03.20.08

Honrar a los santos quemando cosas

Posted in Antropología, Religión, Valencia, Historia, General at 20:41 por jserna

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1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren…  Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada.   ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.

En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir?  Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión.  ¿Expresión cultural o antropológica?

El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins.  Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins. 

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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)

Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.

Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero?  No se culpen: no hagan penitencia.

El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.

Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado

Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.

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12.29.07

Eduardo Zaplana Hernández-Soro

Posted in Valencia, Comunicación, Democracia at 10:49 por jserna

 eduardozaplana.jpg

0. Feliz año nuevo para todos.

1. La sobrecubierta

Leo Zaplana. El brazo incorrupto del PP, un libro de Alfredo Grimaldos. Lo publica la editorial Foca (Grupo Akal). Puede adquirirse en distintas librerías, pero no en la página electrónica de El Corte Inglés. Leo en distintas webs que el volumen ha sido retirado de los anaqueles de novedades de sus edificios. He verificado que en Valencia no es así: que al menos en el centro comercial de Colón el libro figura en la columna de actualidad política junto a las Cartas a un joven español. ¿Puede hablarse de censura si no lo hallamos en su librería virtual? No puedo pensar tal cosa; no puedo creer que una gran empresa cometa esa torpeza electrónica. Ya lo dijo Voltaire en la tercera de sus Cartas filosóficas: el efecto de la intolerancia es aumentar el interés de lo censurado. “Las persecuciones no sirven casi nunca más que para hacer prosélitos”, para incrementar su atractivo. De ser cierta, la noticia de la retirada forzosa de un libro agigantaría el deseo de poseerlo. 

Pero, claro, la sobrecubierta del volumen es llamativa, bufonesca o hiriente. Podría entender el malestar del protagonista. Como podría entender también la desazón de aquellos que no quisieran indisponerse con el ex ministro de José  María Aznar. Desde luego, ese frontis reclama la atención del espectador. Porque de eso se trata: de atraer al espectador, de convertirlo en comprador y luego en lector. De interpelar al visitante ocasional o habitual de la librería con una imagen y con un título suficientemente espectaculares. El biografiado aparece con gesto pícaro. Es un primer plano del protagonista que dice mucho: con la mano izquierda se tapa la boca, una boca que esboza una sonrisa; y a la vez, con ojillos desafiantes, examina a alguien que está fuera de campo. ¿Quizá un periodista inquisitivo? Las patas de gallo revelan un gesto chistoso y retador a un tiempo, la exacta mezcla de guasa y desdén. Pero no es  esto lo más significativo: lo sorprendente es el reloj que aparece en dicha fotografía. Todo un Hublot Chrono.

 hublot2.jpg

¿Y por qué sorprendente? El reloj es una pieza carísima de varios miles de euros (no les diré cuántos): un objeto que podría figurar en un certamen de lujos cotidianos. Distingue a su portador, lo distancia, lo eleva y lo separa del resto con su “diseño elegante y deportivo”, según leo en su página web. Mostrar ese adminículo sólo es posible para unos pocos. No es la pieza clásica o antigua de la familia: esa herencia, ese apreciado reloj del abuelo que todos los nietos ambicionan. No: este reloj suizo, famoso por su pulsera de caucho con “un delicado aroma a vainilla”, es una maquinaria que sólo se remonta a 1980. Se trata, pues, de un ingenio reciente, una pieza muy valorada que triunfa entre las nuevas clases emergentes y entre algunas celebridades: Quincy Jones o Maradona o… Zaplana.

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2. Lujos ostensibles

“La posesión de riqueza confiere honor; es una distinción valorativa”, decía Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa (1899). En las sociedades antiguas, la actividad depredadora era la tarea cotidiana y el hábito de las gentes. En las sociedad modernas, añade Veblen, “la propiedad acumulada reemplaza cada vez en mayor grado los trofeos de las hazañas depredadoras como exponente convencional de prepotencia y éxito”. No es que ya no se conceda valor a la depredación: es que hay menores oportunidades de obtener esos trofeos bélicos, ese botín fruto de la rapiña. El hombre quiere distinguirse, pero en las sociedades modernas esto no suele lograrse con el hecho heroico o notable de la guerra. De ahí que la acumulación material consista, entre otras cosas, “en alcanzar un grado superior, en comparación con el resto de la comunidad, por lo que se refiere a fuerza pecuniaria”. O, en otros términos, lo que es insaciable en el hombre no es la necesidad material, sino su reputación, su estima, su comparación valorativa: y éstas se logran en la sociedad capitalista con la riqueza ostensible, con esos lujos que prueban la calidad de su poseedor. No se trata de ahorrar, cosa que más o menos siempre hacen los seres humanos: de lo que se trata es de mostrar los logros personales, que son conquistas materiales.

El libro de Alfredo Grimaldos se habría beneficiado mucho si su autor hubiera empleado a Veblen para recrear la figura de Eduardo Zaplana, alguien que en sus páginas aparece como un nuevo rico.  Si es cierto lo que leemos en Zaplana. El brazo incorrupto del PP, entonces tenemos a un caudillo moderno que hace de la acumulación y del derroche vicario su lógica. No se trata de destruir riqueza como gesto desprendido, sino de organizar la política como un potlach: como una fiesta exuberante en la que quien da espera recibir duplicado. Según esa lógica, se trata de invertir bienes y recursos públicos para ejemplificar y repartir dádivas, para prosperar personalmente, para tejer un red de beneficiados y paniaguados, de amigos políticos. ¿Es así Eduardo Zaplana? Si hemos de creer lo que Grimaldos dice de él, entonces buena parte de la descripción vebleniana se ajustaría a su figura. El autor nos muestra la suma de rapiñas, el repertorio de gestas depredatorias que hacen del personaje un George Duroy de nuestros días: un Bel Ami, ya no de Maupassant, sino de sí mismo.  Es tal la retahíla de logros materiales, de beneficios vicarios, de gestos instrumentales, de maniobras indirectas; es tanto lo denunciado y lo condenado por algunos tribunales y medios, que sorprende la capacidad de dicho personaje para salir indemne. ¿Falsas imputaciones? Desde luego, el libro de Grimaldos habría ganado si no le hubiera puesto ese subtítulo escandaloso y enfático, innecesariamente sarcástico. Los contenidos del volumen son prueba abundante de lo que el autor quiere mostrar y demostrar.

Iba a continuar, pero qué quieren: regreso al volumen de Grimaldos y vuelvo a ver una versión moderna de los trepas del siglo XIX. En ese caso, vuelvo a pensar lo que escribí para Levante-Emv en mayo de 2007.  “Yo no creo que Eduardo Zaplana sea un calco de esos personajes novelescos; tampoco creo que la suerte venidera del ex president de la Generalitat sea la de regresar a la cuna humilde de la que partió. Pienso que el señor Zaplana es un ciudadano intrépido que concilia envidiablemente provecho y utilidad, alguien que supo granjearse la admiración de sus correligionarios y al que su partido y los periódicos afines ahora pretenden postergar (…). Yo no creo que el señor Zaplana merezca esta suerte que le reservan sus antiguos partidarios: sería muy reparadora si viviéramos en un folletín, pero es tremendamente injusta si pensamos el empeño real que a todos sus amigos mancomunó”. Insisto: ¿es Zaplana un personaje de folletín? Tengo la impresión de que estamos intoxicados por la literatura, razón por la cual aún vemos a nuestros contemporáneos con los perfiles de nuestros héroes alfabéticos. Seguramente, la vida es más simple y, por tanto, los políticos como Eduardo Zaplana se parecen más a personajes televisivos. Él mismo es un personaje televisivo… ¿A cuál de ellos encarna?

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3. Zaplana, entrevisto

¿Recuerdan Eduardo Zaplana, un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, aquel libro de 1995? Su coautor Rafa Marí, el periodista que entrevistó al político, me interpela en Las Provincias. Supongo que su mención se debe al comentario que hice de su libro en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.

Respuesta: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.

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4. Hemeroteca histórica de Justo Serna sobre Eduardo Zaplana:

-”La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007

-”Zaplana“, Levante-Emv, 4 de mayo de 2007

-”Route Zaplana“, Levante-Emv, 29 de agosto de 2006

-”Eduardo Zaplana, ficción y dicción“, El País, 9 de abril de 2004

-”El portavoz“, El País, 23 de diciembre de 2003

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5. Colofón de Alfons Cervera sobre Eduardo Zaplana:

“El tiempo dirá si al final prescriben los posibles delitos del honorable presidente o se celebra el juicio que decidirá dónde habrá de pasar el tiempo que vendrá después de la sentencia: si en su casa de lujo o en la cárcel. Minuto arriba o abajo de donde se ubica el tiempo de Zaplana: quizá cuando ya no mande nada a partir de marzo lo veamos metido en los berenjenales de algún juzgado valiente, pues valiente ha de ser quien se meta a desinfectar el lodazal de sus aviesas andaduras. Queda para el testimonio el libro “Zaplana. El brazo incorrupto del PP”, del periodista Alfredo Grimaldos. Da gusto y repelús a la vez leer la vida y milagros del portavoz de Aznar en el Parlamento…” Levante-Emv, 30 de diciembre de 2007.

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6. ¡Viva el laicismo disolvente!

“Los clérigos no tienen derecho a convertirse en jueces de quienes no formamos su rebaño, no tienen derecho a dictaminar sobre lo que creemos quienes no creemos y no tienen derecho a imponernos sus metáforas. Resulta sorprendente que estas cosas tan sabidas tengan que ser recordadas…  Quizá García-Gasco o Carles, tan dispuestos a enojarse con los laicos, debieran repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente ¿En qué creen los que no creen? Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.

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05.25.07

Elecciones y corrupciones

Posted in Antropología, Corrupción, Valencia, Democracia, Historia at 9:16 por jserna

ladrillos.jpg

0. Hay que votar…

La cabellera y los cuatreros (Frente al voto en blanco postulado por Fernando Savater).

Artículo de JS en Levante-EMV, 25 de mayo de 2007.

 

 1. Donaciones, regalos

El ideal de la humanidad es que a cada uno se le tome como fin, no como medio. Indudablemente, ese noble objetivo no lo cumplimos siempre en nuestras relaciones sociales. Hay individuos para quienes sólo somos instrumentos o medios (y debe ser así, al menos en determinadas circunstancias): sabes que un funcionario o un representante político son personas, por supuesto; sabes que tienen unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos es meramente instrumental. De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo. Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación…

En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas. En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, quienes tienen esos tratos impersonales con nosotros, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas.  Y punto. Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas. Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores. Dicen que el vicepresidente de la Diputación de Castellón ha incrementado su patrimonio gracias a donaciones de todo tipo. O dicen que, al menos, habría escriturado las nuevas propiedades bajo la fórmula de la donación para pagar menos a Hacienda. El representante político lo niega. No me interesa si esa figura legal esconde o no compraventas o algo peor. Me interesa dicha palabra: donación…

Hace muchos años, el sociólogo Marcel Mauss escribió un Ensayo sobre el don. Estudiaba el funcionamiento y el significado de los regalos. En la vida privada, un presente se ofrece para mantener, mejorar o facilitar nuestras relaciones, para aliviar los malentendidos o encontronazos, para favorecer nuestros intercambios, para suspender unas hostilidades: los regalos circulan, facilitan la irrigación social, afianzan la paz entre individuos o grupos potencialmente adversarios o rivales, crean o refuerzan amistades, premian a los próximos. En principio, donar presentes es gratuito: en el sentido de que regalamos porque queremos y quien recibe el obsequio no nos abona en metálico una suma con la que costear ese dispendio. ¿Gratuito? Lo que pudo observar Mauss es que el regalo establece en realidad un servicio obligatorio. Cuando obsequiamos a alguien con un presente y éste lo acepta, entonces se crea entre nosotros un sistema invisible, pero real, de prescripciones, de obligaciones: una red de prestaciones y contraprestaciones que para funcionar implica devolución proporcionada, equivalente. Piénsese, por ejemplo, que la lógica de funcionamiento de la Mafia o de la Camorra son de esta índole: desde el siglo XIX reparten servicios como si de obsequios se tratara con el fin de suplantar al Estado, de cubrir sus carencias, enredando a sus favorecidos en una obligación criminal.

En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera. En realida, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente y, como indicara Mauss al hablar del don, queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.

Es curioso, releo lo escrito y, como días atrás, creo regresar al siglo XIX, a la época del Cossi en Castellón o a la época de Joaquín Costa 

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05.10.07

Servidumbres políticas

Posted in Deporte, Valencia, Comunicación, Democracia at 20:11 por jserna

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0. La servidumbre voluntaria.

Un artículo de JS en Levante-EMV, 13 de mayo de 2007.

(Trata el mismo tema  abajo desarrollado en el punto 2., aunque con otra elaboración…)

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 1. Interpretando al multimillonario Bernie Ecclestone.

Un artículo de Pedro Muelas en Levante-EMV, 13 de mayo de 2007.

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2. Empieza la campaña electoral. Me encantaría escribir –otra vez y ahora– sobre Dios y la religión (cosa que no descarto seguir haciendo); me gustaría deleitarme con ese asunto del que ya he tratado: sin duda un asunto de altura. Pero prefiero abordar la política más urgente…, la política sublunar, esa a la que no hay que hacer ascos, pues nos va la vida ello. Empieza la campaña electoral y quizá deba pronunciarme. No creo que mi opinión sea más atendible que la de otros: todos creemos defender nuestros juicios a partir de los intereses particulares, pero no es menos cierto que deseo pronunciarme sin ataduras, lo que no significa sin inclinaciones. No concedo tanta importancia a lo que yo pueda juzgar: me conformo con no pronunciar muchos desatinos. 

Señala Jesús Civera en Levante-EMV que los intelectuales se repliegan, se retiran: guardan un prudente silencio en espera –quién  sabe– de tiempos menos convulsos. Los intelectuales tienen eso: o bien pretextan urgencias académicas para así no pronunciarse; o bien, cuando se manifiestan, se empeñan en el error o en el crimen, incluso. Releo lo que Hans Magnus Enzensberger decía en Zigzag. A lo largo del Novecientos, precisa, muchos intelectuales han sido celosos productores de odio: gentes que, en vez de optar por la dignidad, prefirieron equivocarse con la utopía o con la real politik; gentes que habiendo sido muy radicales y habiendo embaucado a tantos, a un público entregado, jamás pidieron disculpas por su obstinación o por sus sorprendentes cambios. Yo vengo pronunciándome en este blog y en Levante-EMV y, por eso, ahora me detengo en lo más perentorio: en las declaraciones de Bernie Ecclestone, el empresario de la Fórmula 1.

Para empezar he de decir que el automovilismo siempre me ha atraído, desde niño… Lo escribí y de esos recuerdos no me arrepiento. Yo no soy experto en estas materias, pero sí soy aficionado, alguien que disfruta con la belleza de la máquina, alguien que experimenta placer o vértigo contemplando la velocidad del bólido. Como dije tiempo atrás cuando hablaba del Futurismo, la velocidad que alcanza el automóvil en un circuito es algo hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido parafraseando a un Marinetti exaltado,  el coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”, incluso:  un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Eso decía Marinetti. Yo lo evoqué, pero no creo en este extremo. Para los futuristas (antecedentes de los fascistas, ay), el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza.  Yo no suscribo el ideario del Futurismo, pero admito la simpatía que me despierta el prodigio humano de la velocidad y del maquinismo… Por eso, me enorgullecen las gestas de los pilotos.

Una vez dicho eso, cambio de tercio. Siento una enorme rabia o tristeza o indignación ante Francisco Camps, el actual president de la Generalitat Valenciana, alguien que ha tratado con Bernie Ecclestone y con quien ha comparecido ante los medios de comunicación para anunciar la concesión de una prueba de Fórmula 1 a nuestra ciudad. Primero, no sé si es sensato organizar una carrera de Fórmula 1 en un circuito urbano, como el político pretende. El propio Fernando Alonso tiene sus dudas. La verdad, sin ser especialista –sólo soy un ciudadano–, tengo serias dudas sobre la pertinencia de esa idea de Camps: convertir ciertas calles de la urbe en circuito es, desde luego, una incomodidad para la vida local, por mucho que esto atraiga a tantos turistas y por mucho que esto imante dinero, mucho dinero. ¿No hubiera sido más sensato aprovechar el circuito de Cheste, tan próximo a la capital? Eso dice Fernando Alonso y lo suscribo. Las carreras de motociclismo se efectúan allí con gran afluencia de público y con complacencia de todos.

Pero no es eso lo que más me sorprende. Lo que me asombra, lo que me escandaliza, es otra cosa que he oído y visto. El empresario propietario de los derechos hace depender la firma final del contrato de una condición democráticamente inaceptable: que las próximas elecciones autonómicas las gane el señor Camps, o sea, el PP. El mandamás de la Fórmula 1 puede decir lo que juzgue oportuno, incluso aunque nos moleste o lo consideremos un chantaje. Aquello que resulta inaceptable es la actitud servil del señor Camps. Lejos de quitarse importancia o de protestar por tan insólita cláusula, el actual president de la Generalitat asiente complacido a esa exigencia de un empresario privado y agradece las generosas palabras de confianza que –según él–  suponen. Es una desvergüenza. Los eventos que atrae no vienen, pues, gratis: suponen el pago de una gabela. Esto es la ruina de la política y es el triunfo del amiguismo, de la granjería. Pongamos un ejemplo: ¿qué debería hacer un valenciano aficionado a la Fórmula 1 y deseoso del circuito urbano que no fuera votante del PP? ¿Plegarse a los deseos del empresario? Insisto, es la servidumbre voluntaria que algunos confunden con la confianza. ¿Qué debería haber dicho el señor Camps como representante político? El actual president de la Generalitat Valenciana podría haber sido cortés con Bernie Ecclestone y, a la vez, institucionalmente digno. ¿Cómo?

Le agradezco, señor Ecclestone, la confianza que deposita en mí; le agradezco –no sabe cuánto– la cordialidad con la que me trata al esperar mi triunfo electoral. Pero, admitida esa cortesía, le debo decir que Valencia es merecedora de esta prueba de Fórmula 1, esté yo o no al frente de la Generalitat.  Le garantizo que quienes nos enfrentamos en esta contienda política somos todos candidatos dignos de confianza. Entiendo sus preferencias, pero admítame igualmente que, como actual presidente, yo me deba a quienes me eligieron, pero  también  a quienes no me votaron.

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3. Hemeroteca

Patriotismo frío, artículo de JS en Levante-EMV, 11 de mayo de 2007

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4. De Camps a Fabra

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Francisco Camps, toma de posesión, junio de 2003

Francisco Camps, entrevista televisiva, mayo de 2005 

Carlos Fabra… and Friends, enero de 2004

Carlos Fabra, según Juan José Millás (cf. sección de comentarios)

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11.30.06

El burgués comenzó a viajar…

Posted in Breves, Valencia, Historia, General at 8:25 por jserna

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Crónica de sociedad

De nuestro corresponsal Lorencito Quesada

Ayer, con gran éxito de publico, se celebró en la Sociedad Valenciana de Agricultura la presentación de Diario de un burgués. Con todo el aforo del Salón de la Chimenea lleno a rebosar, más de doscientas personas ocuparon todas las sillas previstas debiendo habilitarse mayor cantidad de asientos. Aun así, quedaron numerosos espectadores de pie. Los autores, qué duda cabe, disfrutaron con  ese hecho: con el número de asistentes. Pero, más que la cifra inhabitual en estos actos, fue la aleación de públicos lo que gustó y conmovió. Había autoridades políticas en activo, como fueron el conseller Esteban González Pons o el director general del Libro, Vicente Navarro de Luján, u otros responsables de la oposición socialista, como Joaquín Azagra; había  personas de la alta sociedad, señoras y señores de la Real Maestranza de Nobles; había descendientes actuales de los apellidos linajudos que aparecen en el libro; había empresarios de hoy, impresionados por las andanzas de aquel predecesor suyo, un auténtico burgués andarín y viajero; había numerosas gentes del medio académico, profesores y estudiantes que acudieron amablemente a acompañar a dos colegas en apuros: los que siempre se pasan en la presentación de un libro; y había, en fin, familiares y amigos íntimos que se empeñaron en hacer llevadero el acto tan bien organizado por los editores. Se vendieron muchos libros que a los autores se les vía firmar con auténtico placer. Los presentadores, los miembros de la mesa, estuvieron precisamente en su papel y cumplieron a la perfección y con gran generosidad su cometido. Dedicaron palabras muy amables al volumen, destacaron el placer que el texto procura, una obra escrita con entusiasmo y con cuidado. Dedicaron palabras al empeño de ambos historiadores en seguir siendo amigos e investigando. Concluido el acto la concurrencia pudo asistir a un ágape que se servía en los salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura. Con Diario de un burgués nace la Colección Los libros de la Memoria.

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Noticias sobre la presentación del Diario de un burgués 

Últimas noticias de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sobre la presentación del Diarios de un burgués

Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Levante-EMV

Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en El País

Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Qué Diario

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11.29.06

Diario de un Burgués (Presentación-Invitación)

Posted in Valencia, Historia at 9:33 por jserna

cubierta.JPG   

Hoy jueves, a las 19,30 horas en los Salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura (calle Comedias, 12, Valencia), presentamos el libro que les vengo anunciando desde hace días. Esa presentación correrá a cargo de Isabel Burdiel, Juan Ignacio de Llano, Tomás Trénor (marqués del Turia), Fernando Villalonga y, finalmente, los autores. Después de las palabras, los presentes serán agasajados con un ágape ofrecido por el editor. Nos complacería que ustedes pudieran estar con nosotros haciéndose eco de lo que será una fiesta intelectual. Queremos concebirla así. Quedan, pues, todos ustedes invitados. 

¿Cuál es el objeto del volumen? Les reproduzco la leyenda de la contracubierta, en la que sintetizamos sus contenidos:

En este libro se narra una vida del siglo XIX, la existencia de un burgués valenciano y cosmopolita, sus placeres y sus deberes. Se relata la suerte  de un viajero empedernido, justamente cuando transitar por Europa era incómodo y aventurado. El protagonista se desplaza por todo el Continente, disfrutando del confort que Londres o París le ofrecían. Pero marcha también a aquellas capitales para realizar determinadas gestiones empresariales, para aumentar contactos y para ampliar relaciones mercantiles, para obtener información privilegiada y novedades. En este volumen se describe un mundo desaparecido pero muy semejante al nuestro, una Europa refinada en la que se edificaban lujosos hoteles, en la que se abrían restaurantes de buen tono, en la que se levantaban los balnearios más elegantes. El volumen cuenta con numerosas ilustraciones que nos ayudan a familiarizarnos con una sociedad  refinada que es el origen de la nuestra. Por las páginas del libro transita una demografía populosa de personajes ilustres (turistas, comerciantes, industriales, aristócratas, políticos, escritores, médicos, dentistas, joyeros, cocineros, fotógrafos) y no es raro que el lector tropiece con  apellidos valencianos de mucho postín, linajes de entonces algunos de los cuales aún sobreviven: Llano, Trénor, White, Morand, Lassala, Caruana, Paulín, Palavicino,  Campo.

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Capítulo décimo:   Viajes al más allá

(Fragmento)

carolina.jpg  “…una joven con modas, peinados y poses que reflejan el paso de los años, quizá una veintena. La muchacha que ahora vemos está también en la crecida de la edad, y es asimismo una muchacha recatada. Adivinamos un vestido oscuro, tal vez negro, que le envuelve todo el cuerpo y que cubre enteramente el cuello, sólo engalanado –otra vez– con un medallón de forma oval que, a modo de sello, cierra y salvaguarda la anatomía. Adivinamos pudor, en esta joven de cabellos claros, recogidos en un moño o rodete que no vemos. Adivinamos, en fin, a una señorita que se ha sometido al objetivo de la cámara para hacerse la típica fotografía que luego se puede ofrecer a los familiares y a las amistades. Ahora bien, la pudibundez de la imagen es evidente: el torso se difumina hurtándole al espectador cualquier curva, ni siquiera las redondeces del pecho o de la cintura, tampoco la expresividad de las manos. No hay oropel que se muestre: incluso la calidad del vestido se desvanece. Se prefiere la tela oscura, sin filigranas ostentosas, ni el brillo del raso o del terciopelo. Sólo queda, pues, la expresión del rostro, la mirada o el gesto con que la joven dama se presenta. Y se diría que, como tantos otros de aquellos tiempos, la pose es poco significativa, nada reveladora de los humores o estados de ánimo de la retratada. En este caso, es una cara suave, blanda, sin asperezas ni fuerza expresiva. Como es frecuente en esa época, la mirada no enfrenta el objetivo, pero si seguimos la perspectiva que dibuja parece perdida, ensimismada o incluso apocada. Como tantas otras damas, en fin, de aquel tiempo viril y burgués” (págs. 127 y 128).

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Información previa sobre este libro y el acto de presentación

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07.10.06

¿La Valencia papista?

Posted in Valencia, Democracia at 8:44 por jserna

“Y andamos por las calles para inventar novelas y ejercer de sociólogos. Y no se puede negar tampoco que muchos de nosotros caminamos por ellas únicamente para desplazarnos o por mor de una digestión más ligera”, decía Robert Louis Stevenson en uno de sus ensayos. Es un delicioso capítulo en este caso recogido en Memoria para el olvido (Siruela), que un amigo querido y próximo me ha regalado para festejar mi aniversario.  

He seguido la indicación de RLS para comprobar qué hay por las calles de Valencia, la Valencia oreada por el ventarrón papista. Yo he caminado por las vías, por las travesías de la ciudad, no para imaginar o inventar o fantasear novelas, sino para ejercer de sociólogo de guardia. Quería desplazarme, sentir que las piernas me llevaban aquí y allá, activar el bombeo de mi corazón. Quería caminar para mejorar un metabolismo que, en mi caso, nunca es fastidioso: ligero que se mantiene uno y ligero que almuerza. Pero, insisto, quería ejercer de sociólogo. Echar un vistazo a las calles, a las balconadas que, se supone, estaban engalanadas con banderas vaticanas.  

Pues bien, Benimaclet –mi barrio, popular y menestral, orgulloso y hortelano– no estaba completamente acicalado. Había más ventanas y miradores sin el pabellón papal, que balcones ataviados con el paño benedictino. Sé que había carteles que se le oponían, esa señal prohibitiva que proclama jo no t’espere; pero sé también que ha habido una indiferencia superior, una población mayoritaria y felizmente indolente y apática que no ha querido centrar su vida en el evento vaticano. ¿Es un ejemplo, un caso más, de esa España moribunda de la que hablaba Ricardo Blázquez?  

“La sociedad española se ha mostrado indiferente a las decisiones de Zapatero, que han sido apoyadas por una pequeña parte de la sociedad, mientras que los católicos se han opuesto. Pero el problema es que una buena parte de los españoles no considera que el problema (de los matrimonios gay) sea decisivo para España y esa es la señal de que la sociedad está apagada, moribunda”, declaró días atrás Blázquez en una entrevista al semanario católico italiano Famiglia Cristiana.  

Contrariamente a lo que dice Monseñor, la salud de la sociedad española parece muy robusta. La indiferencia o la apatía o la simple espera ante ciertas medidas adoptadas revelan un gran olfato o simple sensatez. Y esa actitud madura y discreta contrasta, desde luego, con el apocalipsis de ciertos católicos fervientes, como el de Kiko Argüello, que en Valencia tuvo la desfachatez de diagnosticar los males que padece la Europa de hoy como si éstos anunciaran la época más trágica del Continente. No sé: hay algo de desmesura en este desajuste clerical, una desmesura que la Iglesia está pagando desde hace tiempo. Levantan la voz los prelados españoles: denuncian la falta de vigor del catolicismo patrio y de ello se hace eco José Antonio Zarzalejos en una Tercera de Abc. Se confunde el eminente periodista: declaraciones como las de Blázquez no son moderadas ni inteligentes ni humildes: son una muestra de impotencia ante la secularización, la falta de espesor del humus católico, cada vez más superficial. Eso es lo que no se explica Zarzalejos; Blázquez, tampoco.  

Por un lado, dice el director de Abc, “la sociedad española es culturalmente católica y sus referencias de identidad colectiva y familiar consisten en una secularización de ritos, hábitos y prácticas religiosas católicas que siguen vivas en nuestro tiempo. Los niños siguen siendo bautizados por los padres en un porcentaje altísimo; los progenitores siguen también reclamando formación religiosa para sus hijos; los matrimonios eclesiásticos se mantienen en cifras que todavía superan a los exclusivamente civiles y la creencia en el más allá hace que los ritos funerarios trasciendan a la mera costumbre social de celebrarlos. Esta realidad es compatible, sin embargo, con una perceptible ausencia de vigor en el debate moral”.  

¿Es que, acaso, esos hábitos que perduran por inercia y por vigor ritual –ahí, sí— reflejan creencias profundas? Sorprende la falta de olfato sociológico de muchos de nuestros periodistas. Habría que recomendarles lo que decía Robert Louis Stevenson: que pisen las calles, que caminen con espíritu inquisitivo –que no inquisidor— y se pregunten qué es lo que ven. Eso es lo que otros periodistas han hecho, comprobando la desmesura y la desproporción de lo que se nos anunciaba en Valencia. Las muy beatas autoridades locales hicieron previsiones tan entusiastas, tan desmesuradas, que el simple paseo por la ciudad parecía desmentir el gigantismo de las imágenes televisivas, ese esfuerzo de Canal 9 por agrandar el número de peregrinos en una ciudad de la que, al parecer, habían escapado muchos de sus naturales. Los periodistas y comentaristas de la televisión autonómica –con un Alfredo Urdaci… resucitado— pisaban catódicamente las calles pero no para hacer sociología, sino para inventar novelas y fantasear con un fervor valenciano que me cuesta creer. ¿Que había muchos peregrinos…, procedentes del mundo entero? Por supuesto, pero como decía Martín Vallés en Levante, cuando hablan de ese número “se olvidan de relacionarlo con el aumento de la población planetaria en ese lapso. En católicos constantes –en todos los sentidos– se registra un descenso”. 

Pero no es la televisión autonómica lo que más me preocupa (cuya cobertura ha sido severamente criticada), sino el gesto beato de las autoridades valencianas, que han obrado con una devoción insólita. ¿Cómo calificar esa actitud? Abc titulaba ayer domingo: “Protagonismo de las instituciones valencianas en la primera jornada de la visita papal”. ¿En la primera? En la primera y en la segunda jornada…, Francisco Camps o Rita Barberá no protagonizaron nada, sino que se mostraron postizamente sumisos, con gran reverencia, tomando la comunión, ejerciendo de católicos antes que de representantes de toda la ciudadanía, dejándose arrastrar por una religiosidad en parte impostada, pecando en fin de un electoralismo ventajista. No es la primera vez que critico esa aleación de lo confesional y lo autonómico, no. Tampoco será la última… Qué cruz. Habrá que volver a pisar las calles para hacer esta sociología de urgencia.

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