06.01.07

El ciudadano moral

Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Scriptorium, La felicidad de leer, Historia at 7:52 por jserna

arendt.jpg    mann.jpg

1. El ciudadano moral. Después de semanas y semanas de campaña electoral, leyendo eslóganes previsibles y oyendo una salmodia  propagandística, hay que regresar  a la gran  literatura. Para sanarse de la actualidad especiosa, no hay nada como leer libros intempestivos, ajenos a nuestros días: libros inactuales que, sin embargo, son novedades de hoy, simplemente porque las editoriales los han rescatado para nosotros o, mejor, porque los editores los han compuesto para nuestro deleite y reflexión. Me refiero a Hermano Hitler y otros escritos sobre la cuestión judía, de Thomas Mann, y a Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt, dos volúmenes que sus autores no vieron en vida y que ahora aparecen como recopilaciones post mortem de artículos, de ensayos, de conferencias. ¿Hasta cuándo seguirán apareciendo textos y más textos de los grandes autores ya muertos? No es como en el caso de Fernando Pessoa, que dejó un baúl repleto de originales, de manuscritos, de inéditos que muchos años después colmarían los anaqueles de las librerías. Ahora mismo, por ejemplo, un amigo muy atento me ha regalado El regreso de los dioses, del escritor portugués: un libro que jamás existió pero que, según Ángel Crespo, Pessoa tenía como proyecto. El volumen está compuesto de esos fragmentos que presumiblemente debían haber servido para completar ese proyecto ideado. Libros de fragmentos, un verdadero género del siglo XX, de la modernidad troceada, una manera de rehacer los cachitos rotos del mundo a partir de las percepciones particulares, ocasionales, de los grandes autores.  

Pero, en el caso de Mann y Arendt, no hay propiamente inéditos, originales desconocidos. Los textos reunidos son artículos conocidos, incluso muy conocidos, que ahora en su nueva compilación cobran un sentido distinto o refuerzan otros textos mayores de los autores. Hermano Hitler… podemos verlo como un libro hermano de Oíd, alemanes, del que hablé en la primera etapa de este blog: aquel libro que reunía aquellos discursos radiofónicos que Thomas Mann dirigiera contra Adolf Hitler desde la BBC. Por su parte, Responsabilidad y juicio es una secuela, si podemos decirlo así, de la gran obra de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén, seguramente uno de las reflexiones más polémicas y debatidas del siglo XX. Por tanto, si las editoriales publican estos libros no es, desde luego, porque sean futuros best sellers (cosa improbable), sino porque completan y complementan esas obras mayores de clásicos del siglo XX.  

No hemos conseguido quitarnos de encima la pasada centuria básicamente porque el totalitarismo (esa peculiaridad perversa del Novecientos) sigue exigiéndonos reflexión y atención. Permítanme el didactismo. El sistema totalitario no es una dictadura, no es ni siquiera una tiranía cruel. Es algo más: es la identificación completa del Estado con la sociedad civil y es la conversión de ciertos seres humanos en tipos superfluos. No es que el totalitarismo persiga sañudamente a sus enemigos (que también); no es que elimine a los adversarios (que también); no es que suprima cualquier forma de disidencia o controversia o conflicto (que también). Lo significativo del totalitarismo es que no se concibe nada sin el Estado: por eso, las instancias intermedias de la sociedad civil (los agregados o asociaciones de particulares) o son destruidas o son absolutamente controladas y dominadas por los hombres del partido único que representan al Estado. Lo definitivo del totalitarismo es que al individuo se le expropia su individualidad, su condición de ser moral: se piensa su vida como obediencia, es decir, se le fuerza a prestar su apoyo para poder sobrevivir o malvivir. Por eso, quienes no se oponen, no se excluyen de la organización o del sistema, devienen seres amorales. No se trata de que el individuo corriente deba convertirse en héroe o en santo, sino de que el humano ordinario ha de tratar de pensar por sí mismo. Aunque no se cometan crímenes, si se colabora, si se prospera bajo un régimen totalitario, anestesiando la conciencia, entonces uno sobrevive, sí, pero acompañado de un asesino. No basta con pretextar que uno sólo es o ha sido el engranaje sustituible de un sistema: uno siempre puede oponerse a la prosperidad o a los honores con que le tienta el régimen totalitario… 

Thomas Mann y Hannah Arendt fueron dos centroeuropeos que se exiliaron, que se expatriaron, para finalmente afincarse en los Estado Unidos. Con el pensamiento y con la palabra fueron combatientes tenaces del nazismo y ambos encarnan algunas de las mejores tradiciones alemanas. ¿Qué tienen de común los libros que ahora se publican y leo? Como antes decía, son volúmenes hechos de trozos, obras compuestas con textos circunstanciales que, sin embargo, conservan toda su fuerza: aún nos interpelan precisamente porque son formas de pensamiento urgente en la circunstancia penosa que cada uno tuvo que enfrentar. Sin duda, el libro de Arendt tiene mayor vuelo teórico, como corresponde a una filósofa que reflexiona sobre la sociedad y la esfera pública. Los textos recopilados en Responsabilidad y juicio pertenecen a la última parte de su vida: es más, hay alguno de 1975, el año de su muerte. La obra de Mann reúne artículos anteriores, siendo los más numerosos aquellos que corresponden al período 1935-1945. A pesar de la distancia cronológica entre ambos y a pesar del distinto sentido que tienen, ¿hay algo que los relacione? No sólo el repudio del nazismo: lo que en ambos coincide es la pregunta por la condición moral del individuo.  

Lo que ambos se preguntan una y otra vez es por la inacción de tantos y tantos compatriotas suyos que no hicieron nada por oponerse o por no facilitar el horror. Hitler, dice Mann, no es un monstruo ajeno a Alemania. Es, por el contrario, “un hermano… Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente bastante embarazoso. Aun sí, no quiero cerrar los ojos ante la realidad de su existencia, pues, lo repito, mejor, más honesto, más alegre y más productivo que el odio es el reconocerse a sí mismo, la predisposición a fundirse con lo aborrecible, por mucho que eso pueda conllevar el riesgo moral de olvidar el no”. En realidad, hay que ver a Hitler como hermano porque nace de la sociedad germánica: un tipo que hace del resentimiento su combustible, sin que nadie pueda sentirse ajeno. “Nadie se libra de ocuparse de su turbia figura, algo que reside en la naturaleza burdamente efectista y amplificadora de la política, es decir, en el oficio que él resulta que ha escogido, y es bien sabido hasta qué punto se debe sólo a su incapacidad para dedicarse a cualquier otro. Tanto peor para nosotros y tanto peor para la indefensa Europa de hoy, que él”, concluye Mann, “salte de una victoria sobre la nada, sobre la más absoluta falta de resistencia, a la próxima”. Thomas Mann habla expresamente de “castración moral” de tanta gente corriente que pudo ver al dictador como un tipo nacido del pueblo aunque aparentemente dotado de virtudes que lo hacían carismático e irrepetible. Y es acerca de ese punto, acerca de la castración moral, sobre lo que Hannah Arendt dedica las páginas más enérgicas de su libro.  

Cuando definimos la moral en términos de costumbres y hábitos, incluso como las costumbres y hábitos respetables, no estamos inmunizados contra el mal. Quienes se aferraron al orden moral respetable en la sociedad hitleriana sucumbieron fácilmente a la perversión: simplemente no tenían nada que preguntarse, pues lo correcto era seguir desempeñando las obligaciones de cada uno. Por el contrario, quienes no concibieron la moral como el orden imperante, quienes se preguntaron sobre lo que hacían, asumían la responsabilidad de sus actos y, por tanto, pudieron percibir en toda su cruel evidencia el efecto de la anestesia moral. Los grandes responsables del totalitarismo no son necesariamente unos tipos diabólicos, unos monstruos que padecerían todas las formas de patología. Lo terrible es que el Estado totalitario puede sostenerse en criminales corrientes y en ciudadanos que se apresuran a dejar de serlo, que procuran no interrogarse sobre lo que hacen y sobre las consecuencias de lo que hacen. Después, el pretexto habitual para exculparse sería el de… yo sólo era el engranaje prescindible, intercambiable, de un sistema que obligaba: si yo no lo hubiera hecho (con grave riesgo de mi vida), otros lo habrían hecho. Por tanto, resistir carecía de sentido. Como dice Arendt, quien arguye esto no se ha parado a pensar qué le habría sucedido a dicho sistema si muchos hubieran optado por no apoyar. No era obediencia, era apoyo. Había numerosas formas de no apoyar (y por tanto de no obedecer), pero para ello no había que ser un héroe: bastaba con no prosperar en la sociedad totalitaria.  

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 4. Scriptorium. Unas palabras procedentes de Eichmann en Jerusalen, de Hannah Arendt

–”Entonces, se produjo la última declaración de Eichmann: sus esperanzas de justicia habían quedado defraudadas; el tribunal no había creído sus palabras, pese a que él siempre hizo cuanto estuvo en su mano para decir la verdad. El tribunal no le había comprendido. Él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano. Su culpa provenía de la obediencia, y la obediencia es una virtud harto alabada. Los dirigentes nazis habían abusado de su bondad. Él no formaba parte de reducido círculo directivo, él era una víctima, y únicamente los dirigentes merecían el castigo (…). Eichman dijo: ‘No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño’…”

–”Lo más grave, en el caso Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de dlincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.

–”No, Eichmann no era un estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como banalidad, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común”.

–”Debido a que la sociedad respetable había sucumbido, de una manera u otra, ante el poder de Hitler, las máximas morales determinantes del comportamiento social y los mandamientos religiosos –no matarás– que guían la conciencia habían desaparecido. Los pocos individuos que todavía sabían distinguir el bien del mal se guiaban solamente mediante su buen juicio, libremente ejercido, sin la ayuda de normas que pudieran aplicarse a los distintos casos particulares con que se enfrentaban”. 

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3. Otras lecturas de filósofas 

María Zambrano o la continuidad de la filosofía española, por Miguel Veyrat, en Ojos de Papel. 

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4. Hemeroteca de JS. 

Días de diario, de Antonio Muñoz Molina. Reseña de JS, 1 de junio de 2007. 

Si yo fuera rico, artículo de JS en Levante-EMV, 1 de junio de 2007.

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5. Hace tres años y medio.

Decíamos ayer…

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04.27.07

Gramsci y el fascismo…

Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Fascismo, Historia at 18:45 por jserna

gramsci.jpg Ilustración: Tullio Pericoli

Hoy, 27 de abril de 2007, hace setenta años que murió Antonio Gramsci, aquel que fuera principal dirigente del Partido Comunista de Italia, su figura intelectual. Desde hace meses, Anaclet Pons y yo estamos preparando una nueva antología de los Quaderni del Carcere, sus anotaciones de prisión, sus apuntes y reflexiones. Lo que estamos elaborando es una nueva traducción, diferente de las que respectivamente hicieran Jordi Solé Tura, Manuel Sacristán o Ana María Palos, un texto que, además, tendrá una introducción pensada, concebida para un lector del siglo XXI.

Desde luego ya conocíamos esas páginas en sus diversas versiones: hace muchos años, justamente cuando acabábamos la carrera, la lectura de Gramsci en las traducciones españolas nos acercaba a un culturalismo bien diferente del viejo determinismo marxista que todavía perduraba. En mi caso y en el colmo de la paradoja o de la temeridad, me recuerdo leyendo la Antología gramsciana de Manuel Sacristán en el Servicio Militar. Aún retengo en mi memoria la circunstancia. Me veo de guardia en la Oficina de Estado Mayor (en donde estaba destinado), zampándome dicho volumen. A mi lado, sobre la mesa he depositado un subfusil, el arma incongruente, sin munición, con la que debo repeler al enemigo potencial. Estoy allí, olvidado del mundo, leyendo, a la espera de que pasen las horas: tengo la Antología de Sacristán forrada con papel de periódico, disimulando sus tapas rojas, bien rojas, ocultando el título de su colección, Biblioteca del Pensamiento Socialista. Qué insensatez…

Pocos meses atrás, el intento de Golpe de Estado del 23-F había puesto en situación crítica los cuarteles, y la difidencia –la suspicacia– era la norma con que se trataba a los soldados. Yo era uno de ellos. De los soldados de reemplazo, quiero decir: un graduado universitario que esperaba regresar a la vida civil y que deseaba aprender lo que no siempre la licenciatura nos había dado. Gramsci aparecía como un autor de referencia, como un nutriente que podía vivificar el marxismo occidental, ya esclerótico. A pesar de no militar en ningún partido, yo lo leía con interés, con simpatía, valorando sus conceptos políticos: hegemonía, dirección intelectual y moral, clases subalternas, revolución pasiva, consenso. Me felicitaba de su culturalismo, tan distinto del economicismo marxista:  me interesaban sus ideas sobre la novela de folletín, sobre el folclore, sobre la religión popular, sobre los intelectuales. Como ahora.

Más aún, su análisis del fascismo, al que yo había podido acceder a través de Francisco Fernández Buey, me parecía extraordinariamente clarificador. Gramsci sobre el  régimen mussoliniano: qué lucidez. Yo sabía que el dirigente comunista había muerto en 1937 tras pasar una década en las cárceles fascistas. Lo sabía desde 1977, fecha en que se habían cumplido los cuarenta años de su desaparición. Aún conservo el póster que lo recordaba; aún retengo en la memoria aquel día de 1977 que en la librería Viridiana de Valencia pude comprar el número extraordinario de la revista Materiales dedicado a Gramsci.

La muerte de Gramsci…: desde luego hoy es incorrecto recordar una cosa así. Quizá fuera rompedor leer a este autor en aquellas fechas, pero en la actualidad aparece crudamente como lo fue, un dirigente comunista…, un dirigente comunista que no se envileció con los dogmas estalinistas: tal vez por su propio aislamiento, por su prisión. No es la primera vez que he leído este argumento: gracias a que Benito Mussolini lo encarceló (hay que evitar que piense este cerebro) pudo desarrollar con paradójica libertad su renovadora reflexión marxista sin caer en el materialismo más vulgar. No sé: me parece un coste altísimo, el más oneroso. Es más, salvar a Gramsci de su condición comunista –así, sin más– puede llevar, también, a equivocarse con el fascismo, a atemperar erróneamente la crueldad del fascismo: más aún si lo comparamos con el nazismo o si rebajamos la épica del antifascismo, como hoy es norma y de buen tono.

Desde luego, el régimen mussoliniano no fue un sistema totalitario equiparable al hitleriano o al estalinista: a pesar de la dictadura y de la represión,  la sociedad civil pudo sobrevivir… “Lo cual no significa”, como nos recordaba muy atinadamente Umberto Eco (Cinco escritos morales), “que el fascismo italiano fuera tolerante. A Gramsci lo metieron en la cárcel hasta su muerte; Mateotti y los hermanos Rosselli fueron asesinados; la prensa libre fue suprimida, los sindicatos desmantelados, los disidentes políticos fueron confinado en islas remotas; el poder legislativo se convirtió en una mera ficción y el ejecutivo (que controlaba el judicial, así como los medios de comunicación) promulgaba directamente las nuevas leyes, entre las cuales se cuentan también las de la defensa de la raza (el apoyo formal italiano al Holocausto)”.

Es probable que los jóvenes de hoy lo ignoren casi todo del fascismo. Felizmente, esa cirugía política es del pasado, pero hay rasgos de dicha concepción o sistema que persisten o que pueden reaparecer: el culto de la tradición como escapismo antimoderno; la exaltación del jefe carismático, virtuoso, popular, frente a la democracia decadente; el antintelectualismo como expresión de la acción; la armonía social como forma de corporativismo político; el nacionalismo extremado, exacerbación de la homogeneidad forzada; la comunidad orgánica y la uniformidad militante frente al individuo libre. Aunque hoy no estoy enteramente de acuerdo con todo lo que Gramsci sostiene, con todo lo que de él releo, aunque nunca me sentí cómodo con el marxismo…, he de admitir que una parte de esos males ya los supo diagnosticar el autor italiano en su propio tiempo, que es la época de ascenso del fascismo. ¿Un analista fino que supo determinar el mal? Simplemente un lector curioso, atento…

Días atrás, y como homenaje paradójico a Gramsci, leí La doctrina del fascismo, un célebre breviario que firma Benito Mussolini. Se trata de un texto que yo ya conocía por otra versión, pero lo interesante es la traducción defectuosa de la que ahora me sirvo: un volumen editado originariamente en 1932 y que  leo en su versión española de 1935, hecha en Florencia por Vallecchi Editore. Éste es un libro fundamental de ese confuso, de ese tóxico ideario mussoliniano que Gramsci había diagnosticado tempranamente: pero, sobre todo, esta obra, en esta edición, será un manifiesto esencial del fascismo… español.

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02.21.07

De genios y de gente corriente

Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Historia at 9:21 por jserna

                    darwin.JPG  marx.jpg              

             nietzsche1.jpg  freud0.jpg

1. No es fácil ser intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso de la corriente. Quien así obra se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos. Hay en él algo que le enajena, que le incomoda y, por eso, se resiste a ser arrastrado, a ser identificado como uno más. Trataba estos días en mis clases qué hay de común y que hay de diferente en cuatro pensadores de la modernidad, autores que supieron distanciarse de su contexto para ver diferente, de otro modo, justamente en un período a cuyas convulsiones ellos contribuyeron (1848-1839). Me refiero a Charles Darwin, a Karl Marx, a Friedrich Nietzsche y a Sigmund Freud, cuatro grandes creadores cuyas vidas no fueron exactamente cómodas ni apacibles. En algún caso, su oposición a la sociedad les llevó al límite, al delirio incluso…

Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad o todo el bienestar que ambicionamos. Somos la mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto lo hacemos, decimos que obramos con sentido común. Actuar así es respetar las evidencias de tu tiempo, gracias a la socialización en la que has madurado. El sentido común es eso precisamente: un repertorio de evidencias que no se cuestionan porque han funcionado. Uno no se levanta cada mañana intentando desmentir lo aprendido o lo heredado. Lo normal, lo frecuente, es aceptar esos códigos que han probado su eficacia pragmática. ¿Para qué mostrar una rebeldía individual que sólo lleva a la incomodidad, al malestar personal? Mejor adaptarse, incluso poniéndose una venda en los ojos para no distinguir lo arbitrario o lo discutible. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud cultivaron distintos saberes, fueron competentes en diferentes disciplinas, desde la biología hasta la filología, desde la neurología hasta la filosofía. Pero esos conocimientos en los que fueron educados no les bastaron y así rebasaron los límites académicos (si es que en el Ochocientos estaban marcados o los había).

Pensaron de otro modo al ser humano, pero sobre todo arriesgaron teorías más o menos fundamentadas o documentadas. Eran tesis que se expresaban, además, con un nuevo lenguaje. Es decir, no sólo repensaban lo obvio, sino que, además, proponían nuevos objetos, temas inauditos que invalidaban explicaciones comúnmente aceptadas. La peligrosa idea de Darwin, por ejemplo, ponía en suspenso el relato bíblico, el sentido del Génesis, las claves del Pentateuco. Nuevos objetos, sí, pero también –como digo— nuevo lenguaje: formas expresivas diferentes en forma de ensayo preferentemente, prosas que describían el mundo de otro modo. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud se supieron genios. El genio es, desde luego, alguien que atisba mejor lo que hay o que creer ver mejor. Pero es también alguien que se atreve como visionario, como analista que profetiza el curso de las cosas, la marcha de ese mundo, el cambio de la especie humana. Nada menos. No sólo ven lo que tienen delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predicen lo que acabará ocurriendo. El genio no tiene miedo a equivocarse y, con un alto grado de autoconciencia, se descubre revolucionario y enajenado…

2. Me decía estas cosas e inmediatamente –no sé por qué— pensaba en la gente corriente, en aquellos que se adaptan maravillosamente a su sociedad sin sentir grave malestar o sin experimentar desazón. Las personas comunes obran con sentido común, por supuesto, ese sentido que cambia históricamente, pero que tiene unas claves en cada momento. Cuando hablamos de gente corriente pensamos normalmente en el obrero, en el artesano, en el campesino, aquellas figuras del pasado que han sobrevivido a todo tipo de estrecheces. Permítanme la evocación fantasiosa. Tenemos una vaga simpatía por esos personajes porque, de algún modo, los vemos como nuestros antepasados más o menos remotos: gentes silenciosas que supieron embridar la vida o sortear los cataclismos. No son gigantes del pensamiento o de la historia, no son figuras intempestivas como Darwin, como Marx, como Nietzsche o como Freud: son héroes humildes que abnegada, silenciosamente, vivieron sin vocear, sin quebrar el sentido común (no podían permitírselo). Pensamos en ellos, pero cuando hablamos de gente corriente también me viene a la cabeza otra especie humana menos heroica o digna. Son esos individuos que no se meten en pendencias aunque una hecatombe derrumbe a sus semejantes, personas que no provocan problemas y que son fieles servidores que acatan la jerarquía.

Digo esto y pienso en la figura antipática, gris, anodina, de Rochus Misch. Acabo de leer un libro suyo que no les recomiendo expresamente. Carece de calidad literaria y sólo como testimonio sesgado y miope podemos tomarlo. Es un volumen que ha sido traducido como Yo fui guardaespaldas de Hitler (1940-1945). Son las memorias de un anciano, alguien nacido en 1917, alguien alistado en una unidad de seguridad de las SS y que por azares acabó siendo destinado a la guardia personal del Führer. El relato de Rochus Misch es tedioso, no arroja luz sobre casi nada y tampoco vale como exculpación: no vio nada, no supo nada, no cometió ninguna villanía especial. Simplemente desempeñó su tarea, su cometido, con disciplina silenciosa, con eficacia abnegada. “No me siento culpable. Hice mi trabajo sin hacer daño a nadie. No disparé ni un solo tiro durante toda la guerra. No me arrepiento de nada. Decir lo contrario no sería honesto. Cumplí con mi deber como soldado igual que millones de alemanes. Obedecí…” Más aún, como tantos y tantos contemporáneos suyos, no se dejó arrastrar por pasión política alguna. Pudo ser miembro de las SS sin experimentar interés alguno por eso: por la política. Nada más y ello a pesar de haber estado casado con una mujer, Gerda, que tuvo militancia socialdemócrata en el SPD, un partido al que el propio Rochus votaría después de regresar a Alemania, después de su cautiverio en la URSS. ¿Cómo concilia una cosa y la otra? “La verdad es que no he leído libros sobre la época nazi. Tengo obras sobre este período en casa, pero lo único que he hecho ha sido hojearlas”. Fíjense en la hondura de dicha afirmación. No sólo permaneció insensible a lo que ocurría a su alrededor en la Cancillería de la que él era guardián, sino que, además, se mantuvo en la ceguera obstinada cuando tuvo oportunidad de reparar en ello. El sentido común de este personaje es inapelable: juzgarse moralmente podría haberle llevado a una incomodidad existencial insoportable. Mantener la servidumbre voluntaria o la miopía fue un expediente que le dictaba el sentido común, ese depósito de evidencias, pero también de cegueras.

En pocas horas, en pocos días, he debido pasar de lo alto a lo bajo, del genio que se alza contra su tiempo… al tipo común que se deja arrastrar por la corriente; de los visionarios que se enfrentan a su época con grave coste personal.. a los hombres comunes y grises que no se interrogan sobre la moralidad de su servidumbre. Rochus es viudo y su testimonio está motivado, en parte por los efectos, por las consecuencias de una película: El hundimiento. Contrariamente a lo dicho por Hugh Trevor-Roper o por Bernd Freytag von Loringhoven, los últimos días de Hitler no fueron ese “drama de opereta” que el film retrataría. “No había fiestas ni borracheras con champaña en aquel minúsculo Fühererbunker, como se ha podido ver en las pantallas”. Es decir, ni siquiera el final del Tercer Reich tuvo esa grandeza trágica, báquica y demente del Infierno. Sólo habría sido un discurrir cotidiano, sin graves exhalaciones ni exaltaciones. El búnker sólo habría sido el último recinto de gente ordinaria, gris, corriente. Al menos, Rochus no vio eso que otros testigos o investigadores han dicho. ¿Porque quiso mantenerse en la ceguera? “Ningún miembro del equipo de la película”, dice refiriéndose a El hundimiento, “ni el historiador que trabajó con ellos [Joachim Fest], vino a verme. Nadie”, añade con rencor. La réplica es inmediata: ¿para qué iban a acudir a pedirle testimonio a alguien que ignoraba todo lo que ocurría a su alrededor, a alguien que se había mantenido en la servidumbre voluntaria sin oponer resistencia alguna, sin percibir cataclismo alguno?

 rochusmisch.jpg    Leo a Rochus, me pasmo con su sintaxis ordinaria y me obligo a regresar a los grandes, a su prosa épica… Ya está bien, me digo. Pero, ahora que lo pienso, la vida de esos genios fue dura, triste o desastrosa: más aún, frecuentemente dañina para quienes tuvieron cerca. Vidas para leerlas, nada más. No sé: regreso a mi existencia común, cotidiana…

3. Hemeroteca.

Artículos recientes de JS sobre Hitler:

 http://www.uv.es/jserna/Hitlerotravez

 http://www.uv.es/jserna/Eljerarcainverosimil

  

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01.24.07

El mal político

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:34 por jserna

hitler2.jpg  

1. Si reparan en el epígrafe que encabeza, advertirán su ambigüedad: puede leerse como la maldad política o como el político malo. Es decir, hay una perversidad en la gestión, en la representación, en la dirección, en la dominación; y hay mandatarios que son pésimos políticos porque obran el mal o porque, simplemente, son unos ineptos. Leía estos días En el búnker con Hitler, de Bernd Freytag von Loringhoven, un texto del que he escrito una reseña para Posdata (Levante-EMV) y que aparecerá este mismo viernes. Es un libro interesante que, a la vez, desazona. Pero no por el tema que trata (el nazismo en su estado terminal), sino por la inconsciencia y la ceguera a las que voluntariamente se sometió Von Loringhoven mientras fue oficial de la Wehrmacht: mientras estuvo con Hitler en el búnker. En estas memorias escritas varias décadas después y publicadas originariamente en 2005, no hay una página de reflexión profunda sobre el antisemitismo, sobre el exterminio: sólo sobre la experiencia de la guerra.

“Es difícil admitirlo hoy en día, en la era de la libertad de opinión y de la información globalizada”, dice el autor, “pero por razones relacionadas con la naturaleza del régimen y de las operaciones llevadas a cabo, nunca se mencionaron en esas reuniones los campos de concentración ni el destino trágico de los judíos. Hasta el final de la guerra, desconocía los nombres de los campos de exterminio. No tenía ni la menor idea del sistema creado para exterminar a los judíos”, concluye. ¿Creíble? ¿No tenía pista alguna sobre el desarrollo criminal del antisemitismo?

Von Loringhoven era un militar especializado, un técnico al servicio de los intereses bélicos de su patria, dice. Esa convicción le permitió no ver exactamente qué régimen era al que se sometía  como soldado. ¿Cometió crímenes? No. Y si pudo salir con vida del búnker fue precisamente por haber sido eso: un especialista en información bélica, información  que debía plasmar en los mapas de la contienda. Pregunto otra vez: ¿resulta creíble la protesta de ignorancia sobre el exterminio hecha por un oficial del búnker, que además había guerreado en Rusia? “La terrible experiencia de la guerra, de la dictadura nazi y del Holocausto forma parte de nuestra historia”, dice ahora. “El recuerdo lúcido del pasado no debe conducir a las generaciones futuras a un mea culpa generalizado y permanente, pero forma parte de una obligación de vigilancia”, leemos en su última página.

Produce malestar esta declaración aparentemente sensata, pues el hecho de que los germanos de hoy no deban lacerarse sin fin no excluye el mea culpa de los alemanes de ayer. Y  Von Loringhoven es un alemán de ayer: alguien que debe acarrear la ignominia de haber servido sin mayor malestar a un régimen criminal. Desde luego no son sólo los alemanes quienes deben disculparse: hay en la historia europea una larga nómina de ciudadanos que se han desentendido  y que han acrecentado el mal político con su silencio o dejación. Sin embargo, incomoda muchísimo que Von Loringhoven diga de Hitler que “era cualquier cosa menos un loco”, pues “poseía unas dotes intelectuales admirables y un agudo sentido de las relaciones interpersonales”. Incomoda esa afirmación porque no muestra la banalidad del mal (al modo de Hannah Arendt):  pregona el respeto que el líder carismático despierta en sus subordinados.

Pero Hitler era normal y diabólico a un tiempo, un tipo que supo domeñar a todo un país con el fervor de sus conquistas, con las promesas de un espacio vital: un gran empeño militar que los generales y los oficiales alemanes suscribieron básicamente sin oponerse. Ahora bien, lo que llama la atención en dicho libro no es ese dictamen que el autor maquilla, sino la pésima dirección de la guerra que Hitler asumió sin que los estrategas le frenaran. Hay una página en el volumen de Von Loringhoven que vale por todas. Es aquella en la que nos habla del apego que el dictador tenía por los mapas, como dato aproximado, pero fantasioso, de lo irreal. Ese hecho hace más incomprensible el silencio de los generales durante años de ignominia y hace más explícito lo que es un mal político, un pésimo gobernante. Permítanme reproducirla, con la apostilla final que más adelante incluye el autor. 

“Los mapas ilustran  hasta el absurdo la forma en que Hitler ejercía el poder. El Führer había abandonado el ámbito vital de la política para consagrarse a las labores del mando militar. Los mapas respondían a su obsesión por el detalle y le permitían implicarse en las decisiones tácticas más insignificantes, ya que Hitler daba órdenes de desplazamientos de tropas, de ofensivas y de movimientos a escala de batallón o de compañía. Esas órdenes habían de ser comunicadas inmediatamente a los puestos de mando correspondientes para su ejecución. Este procedimiento provocaban un gran descontento en la base, entre los comandantes y la tropa. Sobre el terreno, por desgracia, los soldados pagaron con sus vidas. 

“Los mapas dibujados minuciosamente, con las indicaciones de cuerpos de ejército, divisiones y otras formaciones señaladas por pequeñas banderas, alimentaban la ilusión sobre las posibilidades reales del ejército alemán. Al mirarlos, cabía pensar que esas líneas continuas correspondían a divisiones con tropas plenamente operativas. Quienes conocían la dura realidad del frente sabían que esos mapas cuidadosamente trazados no eran más que un simulacro (…). El Führer se obstinaba en realizar sus propios análisis, arrastrado por la magia de los dibujos representados en los mapas…

“Inclinado sobre la mesa de los mapas, el Führer se perdía en conjeturas, desplazaba ejércitos y divisiones que no existían y daba unas órdenes inaplicables que cada vez éramos más incapaces de transmitir”, concluye. 

Un mal político es aquel que se deja llevar por la convicción, por la quimera, desatendiendo lo que le contraría. ¿Cómo es posible que generales bien informados dejaran hacer, dejaran pasar, a un mal estratega como Hitler? El mandatario erróneo o diabólico agranda los males del mundo, preferentemente esa parte del mundo que le es más cercana. Pésimo estratega, mal político. Insisto: ¿cómo es posible? El libro de Von Loringhoven no lo aclara.  

2. Atención. Presentación. Jueves, 25 de enero, a las 19 horas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

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 3. Crónica, por Ana Serrano 

En la llamada Sala Nueva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, se ha presentado hoy el hermosísimo libro de Justo Serna y Anaclet Pons, Diario de un Burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido

Edición cuidadosa y preciosa, tanto por la encuadernación en magnífica tapa dura y estupendo cosido, con tejuelo de tela y perfecto chiflado de guardas, como por el papel, por las cuidadas y magníficas ilustraciones y su impresión a doble columna, al tenerlo en la mano, casi podría decirse de él que es uno de esos llamados libro objeto, lo que se ha dado en llamar libro para regalo y regalo precioso, preciosísimo, a fé mía, pero no, no es sólo un libro de regalo, es un libro de consulta, erudito y magnífico, escrito por dos historiadores prestigiosos y serios, de criterios modernos y científicos que nos llevan de la mano, de modo ameno y singular, por la vida, las costumbres, los hechos y modos del siglo XIX, por medio de un diario que encontraron, de manera fortuita, de un burgués valenciano que, mejor que nada, les ha ayudado a colocarnos en ese tiempo. Hasta el lenguaje, naturalmente, nos ayuda a entender esa época de la que procedemos y de la que ya no queda nada, hasta habiendo hecho casi necesaria, para los más jóvenes, una guía de palabras en desuso a pie de página.

Ningún historiador, ningún escritor de la época, con una sola palabra, podría colocarnos del modo en que lo hace el burgués en su tiempo, porque ningún escritor profesional de la época hubiera utilizado una palabra, que sin ser vulgar, era, sobre todo de uso doméstico. Cito de memoria: “Fuimos al iluminador de fotografías…” y, de pronto, el recuerdo. Mi abuelo me contaba que iban a hacerse foto y, pocos días después, iban al “iluminador” para que colorease (iluminase) las mejores, para que viera su color y le dijeran el de las ropas. “Iluminador”. Un acierto rotundo basarse en el diario del burgués para escribir su libro de historia y de viajes.

Pero no quería yo hacer crítica del libro, que no es lo mío, quería contar que hace tiempo que entro en este blog de Justo Serna, por el que siento un gran afecto y profunda admiración  y que me avisó de este acto, al que he ido contenta.

En la Sala Nueva, unas veinte personas, han asistido entusiasmadas a las palabras del editor, de Antonio Muñoz Molina y de Justo Serna, en un acto sencillo y estupendo. He de advertir rápidamente, que en Madrid estábamos ésta tarde a 2º y con viento y, del mismo modo que, con varios bajo cero, cientos de personas son capaces de estar a la intemperie viendo correr a unos millonarios tras una pelota, para la presentación de un libro de historia y de autores valencianos, veinte son un tropel.

El editor, Juan Lagardera, nos ha dicho del porqué y del cómo de la colección, de la edición y del libro, con una modestia encomiable y colocándose en un segundo término muy poquito frecuente en editores. Ha presentado a Antonio Muñoz Molina como a un gigante de las letras y ese escritor, del que acaba de decirme un amigo, con un símil jocoso, que es la estrella de las letras españolas y que con Javier Marías forma el Dúo Dinámico de las mismas, en un tono pausado y agradable, sin leer más que una cita literal del libro (ninguno de los tres ha leído y eso se agradece muchísimo) y con la sencillez característica de los grandes, nos ha explicado que estábamos casi frente a una novela, pero que no, que al final, un hijo del burgués muere y “ya está”. Esto es una característica de un diario, de la historia. Ha muerto y no pasa nada más. No volvemos a saber nada de Paquito, porque el hombre no debió de llagar a nada en la vida. En una novela habríamos tenido toda la información, porque es tramposa y el autor crea la mentira.

Compara el libro con alguno de los maravilloso de viajes de Eça de Queirós y se ha congratulado de tener historiadores como Serna y Pons, recordando su época de estudiante de historia en que todo era “intragable” y se estudiaba terminología, lo que él compensaba leyendo a historiadores anglosajones. No había en la historia de su época personajes, sólo la figura del tirano porque se negaba la realidad del individuo. Después, dice, aparece algo que pretendía hacer de la historia algo próximo y que es igualmente tóxico: la novela histórica.

“El conocimiento de la realidad siempre es preferible al delirio” y ha afirmado que ese delirio y ese falseamiento de la Historia que todos los tiranos han practicado, dificulta muchísimo la labor del historiador riguroso y científico.

Ha terminado diciendo que el trabajo de este libro supone una labor ética encomiable y que continúa una larga tradición, la de escribir la historia con el máximo rigor y que es falso el dicho popular de que un libro de historia es bueno porque se lee como una novela. “Eso es una tontería. La realidad es que hay novelas tan buenas que se leen como si fueran un libro de historia”.

Como detalle curioso, ha dicho, en su tono mesurado y discretísim, que a él le dan miedo los daguerrotipos, con esa inquietante sensación de realidad que dan, de realidad imposible ya hoy.

Y ha tomado la palabra Justo Serna y lo ha hecho de modo realmente ameno y grato, con la desenvoltura que da estar acostumbrado a hablar de modo claro y ameno a un montón de discípulos que seguro que no es que les de miedo un daguerrotipo, por real e imposible, por veraz y distante, es que seguro que no tienen ni idea de qué es un daguerrotipo. Con voz firme y muy clara y expresión sonriente y amable, nos ha dado el porqué de éste libro, concebido para demostrar cómo en siglos anteriores, se podía viajar desde Valencia hacia el resto del mundo y de sus lecturas, para ello, de libros entendidos como de viajes, como La Muerte en Venecia, o las Cartas de viaje, de Freud, porque en ambos se siente identificado en la búsqueda de la belleza, del arte, de la luz del Sur… Un libro de viajes y un libro de burgués. Un burgués siempre era vilipendiado, nos ha dicho, por la izquierda, mientras, curiosamente, Marx y Engels los consideraban precursores de cambios y de avances.

El burgués invierte en su preparación, quiere mejorar y lograr algo que Serna nos ha explicado minucioso lo que era en el XIX, el confort. Va, sobre todo, a Londres y a París y “no se pierde nada”. Disfruta de todas las novedades: el ferrocarril, la iluminación por gas, el agua potable canalizada. También viaja por negocios. El burgués José Inocencio de Llano y White se formó viajando de 1842 a 1695 y haciendo lo que Eça de Queirós dice que ya nadie hace: dedicar mucho dinero y tiempo a cultivarse.

Ha hecho hincapié minucioso en que han procurado que la conjetura estuviera bien señalada en su intento de reconstruir un modo y un concepto de vida que desapareció por completo con la Primera Guerra Mundial y lo han hecho de modo asequible para todos. Afirma que los historiadores suelen escribir para sus iguales, aunque nadie los entienda y en tono encantadoramente próximo, nos ha contado que su padre, un lector exhaustivo e incansable, no leía sus libros, o los comenzaba y los dejaba, pero no les entendía, aunque le jaleaba. Este libro sí lo ha leído y ha sentido la felicidad de entenderlo. Para mi padre y para las personas como mi padre, he escrito mi parte de éste libro.

Realmente un acto estupendo presidido por el talento, por los ojos profundamente inteligentes y tristes de Antonio Muñoz Molina y los ojos profundamente inteligentes y alegres de Justo Serna.

Gracias.

P. S. Lo de las cañas no lo cuento. Haber ido.
4. Monigote, blanco y negro (26 de enero de 2007).

Dedicado a Ana Serrano y a Miguel Veyrat…

Quisiera agradecer a Ana Serrano su magnífica y generosa crónica del acto, sus amables calificaciones… Quisiera agradecer a Miguel Veyrat su cariñosa anotación, su presencia estimulante en el acto de ayer en Madrid. Cómo es posible que yo haya tardado cuarenta y tantos años en conocer a esta persona que idolatré cuando era corresponsal de TVE en París. La tarde de ayer era imposible, pero la presencia de ambos (y de otros amigos) caldeó el acto. Hoy, cuando regresaba de Madrid en el Alaris, he visto nieve, mucha nieve. Como obsequio a ambos y como presente a los amables lectores de esta bitácora les regaló con el muñeco de Monigote: un monstruito de nieve hecho por el siempre comedido Víctor Serna. Ustedes se lo merecen. Lo pueden encontrar aquí abajo.

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01.18.07

Hitler, Stalin y Rodríguez Zapatero

Posted in Totalitarismo, Comunicación, Democracia, Historia at 13:58 por jserna

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1. El peligro de las analogías históricas…

Uno de los errores más graves en los que puede incurrir quien observa el pasado es el del anacronismo, la mezcla indebida de hechos o de fenómenos que no son del mismo contexto. Confundir datos, informaciones o procesos asimilándolos como si éstos fueran idénticos o pertenecieran a una misma época son licencias o deslices o traspiés que un historiador profesional no puede cometer. Establecer analogías históricas con cierta cautela es, sin embargo, un recurso frecuente de los profesionales. Hay semejanzas, qué duda cabe, entre actos del pasado y acciones del presente. Hay similitudes entre hechos de otro tiempo y acontecimientos de ahora. Bajo determinada perspectiva no hemos cambiado tanto: tropezamos con barreras parecidas y  cometemos yerros análogos. Ahora bien, el historiador riguroso suele ser prudente, incluso receloso, con estas aproximaciones, pues para hallar la similitud entre hechos distantes es preciso saltarse los contextos, palabra de orden entre los investigadores.

He quedado simplemente asombrado con la analogía absolutamente desmedida y anacrónica que el editorialista de El Mundo (18 de enero de 2007) traza entre la política parlamentaria española y el trato dispensado a los judíos por los nazis. Hay que leerlo dos, tres veces, frotarse los ojos, echarse agua a la cara, releerlo nuevamente, incluso deletrearlo, para corroborar lo que uno acaba de confirmar. El editorialista critica el comunicado sobre la política antiterrorista que el miércoles hizo público el PSOE, un comunicado suscrito por los partidos parlamentarios que le apoyan, que son todos a excepción del PP. De lo que se trata es de evitar lo que, a juicio de los firmantes, es la conducta obstruccionista de los populares. ¿Juzgo ese comunicado? ¿Apruebo o desapruebo dicha postura? No es eso lo que ahora me importa o creo relevante.

Más que esto, lo que me escandaliza es la comparación  que establece el editorialista. “El comunicado del PSOE parece la puesta en práctica del ‘cordón sanitario’ propugnado por el actor Federico Luppi hace unos días. Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”, concluye. Repito: “Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”.

Es detestable esa analogía, pues, si se acepta, lo que inmeditamente nos preguntamos es cuándo emprenderá el PSOE la Solución Final con el PP. Si los populares son los nuevos judíos, si la derecha es la nueva apestada, entonces pronto veremos un nuevo Wannsee en donde se decrete el exterminio… Ésa es la conclusión lógica de la analogía, el resultado de esas comparaciones absolutamente indecentes. La política parlamentaria es dura, incluso durísima, y está sometida a todo tipo de acuerdos, de negociaciones, de barreras, de obstáculos. Por ejemplo, un partido puede utilizar su  mayoría absoluta para imponer –por la ley del número— sus iniciativas. La democracia puede tener rasgos totalitarios si las minorías quedan excluidas, quedan sin  representación o quedan simplemente aplastadas por la fuerza parlamentaria del partido gobernante. A esa tendencia del parlamentarismo podríamos identificarla como una perversión. Ahora bien, calificar de democracia totalitaria a eso –como suele hacer Jiménez Losantos desde hace años— es una hipérbole política y moralmente reprobable. Es tal estrépito que ensordece, que ya no extraña una identificación de la política parlamentaria española con las prácticas nazis. Rodríguez Zapatero reivindicó la democracia deliberativa, concepto que yo mismo expuse hace unos años. El editorialista de El Mundo le reprocha haber pasado de esa deliberación a la mordaza. Es legítima la posición crítica de este periódico –no faltaba más–: lo que no resulta aceptable es el estruendo verbal a que su editorialista se entrega. Estamos llegando a un límite que no creíamos posible rebasar. No es que no sea posible el pacto entre los dos grandes partidos: el problema es que las guerras mediáticas favorecen el atrincheramiento y la guerra de posiciones, una colisión en la que ciertos medios parecen ser estrategas de la tropa. Resulta asfixiante y manipulador, sobre todo si esas analogías históricas, absolutamente ignaras y desvergonzadas, sirven para abatir al contrario.

Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventar hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer analogías extremas o conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y, en definitiva, histórico. A partir de ahí, el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con que analices. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia. Pero pensar que una par de referencias históricas permiten la comparación extrema es recaer en la ignorancia culpable.

Aún me froto los ojos.

2. “Para esto que cierren el Parlamento” (antetítulo del editorial de El Mundo, 18 de enero de 2007, y conclusión de la crítica a la política parlamentaria del PSOE y sus aliados). 

3.  Otras analogías

En una rueda de prensa concedida en Marbella, Mariano Rajoy  aseguró que «ni Stalin» imponía vetos como el promovido por el PSOE contra el PP (Agencia Efe).

 “Me parece un acto absolutamente totalitario y antidemocrático que las propuestas del PP no se debatan en las Cortes. ¿Entonces qué hacemos? ¿Qué democracia es esta? ¿Y los 10 millones de personas que han votado al PP, dónde van y cuál es su cauce de expresión? Es una cosa verdaderamente dramática”, afirmó. Rajoy denunció, además, que “esto no pasa en ningún país del mundo”, ni siquiera sucedía en la Unión Soviética de Stalin. Por eso, no sólo calificó de “inaceptable” el veto a sus propuestas, sino que informó de que piensa defender sus ideas “tenga el coste personal que tenga”. Etcétera. “Me parece verdaderamente sorprendente porque es la primera vez, no en la democracia española, sino en la historia de cualquier democracia en la cual las posiciones de un partido y sus propuestas no se pueden debatir en un parlamento. Esto, ni Stalin, de verdad, esto no se ha visto nunca”, concluyó. 

3. Hemeroteca

Ofender para qué, artículo de Justo Serna en Levante-EMV, 19 de enero de 2007.

4. Hemeroteca

Elogios de Rajoy (2004).

5. Lecturas de fin de semana

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Reseña de Ricardo García Cárcel de Diario de un burgués en Abcd Las Artes y Las Letras.

6. Atención. Noticia:

El próximo jueves día 25 de enero, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

Seguiremos informando…

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01.12.07

Verdugos, víctimas, mal

Posted in Totalitarismo, Scriptorium, terrorismo, Historia, General at 13:11 por jserna

arendt.jpg    1. Leo en el blog de Anaclet Pons una estupenda información sobre Hannah Arendt. Siempre es tiempo de regresar a esta autora, que nos dignifica, que nos mejora. Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos  empeñamos en vivir. Criticó, como nos recuerda Anaclet Pons en su bitácora, “toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana”. Subrayó la finitud, la escasez, la precariedad como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida. Son numerosos los pensadores que se ensoberbecen, bien pagados por sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos. Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones. Pero frente a lo doméstico defendió el espacio público como  ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar. En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme. Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público. Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas. Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…

 La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan. ¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje del cientifismo del Ochocientos. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social? Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad, un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades, y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan. Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda hipóstasis (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera): es decir, resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical. Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles. Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para así infligir el mal sin inquietarse. No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse. Tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.   

2. Scriptorium: 

Digo lo anterior y me acuerdo del comentario que Theodor W. Adorno le hiciera a Thomas Mann (Correspondencia, 1943-1955) 

“Estimado y admirado Dr. Mann:

…La radical observación realizada en los Procesos de Nuremberg, a saber, que la culpa indecible en cierto modo se deshace en lo insustancial, esa observación se repite hasta en la cotidianidad más insignificante. Expresado de manera más drástica: con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico deque nadie admite haberlo sido, sino en el sentido, por lejos más ominoso, de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo  fueron… El hecho de que lo sucedido escapa a cualquier experiencia regular tiene además como paradójica consecuencia que uno mismo apenas pueda admitirlo. Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo” (Theodor W. Adorno, 28 de diciembre de 1949).

3. Scriptorium.  Ejecuciones e imágenes. El mal retratado. “…Recordemos que el 8 de agosto de 1914 los primeros acusados fueron condenados a muerte por el Volksgerichtshof y ejecutados el mismo día en la prisión de Plötzensee en Berlín. Los ocho condenados, colgados de una cuerda de acero, agonizaron durante más de veinte minutos. Unos días más tarde, asistí a la reunión diaria de información en la Guarida del Lobo, y estaba escuchando a Guderian que hablaba de la situación en el frente este cuando Fegelein irrumpió en la sala, interrumpiendo bruscamente la exposición y arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa de los mapas del Führer. Con gran estupor comprobé que se trataba de las ejecuciones del 8 de agosto. Hitler se puso las gafas, cogió ávidamente las macabras fotografías y las contempló durante un buen rato con una especie de placer morboso. Los clichés en primer plano  de la lucha a muerte de los condenados circularon a continuación de mano en mano (…). Incapaz de soportar ese espectáculo, abandoné la sala con un pretexto cualquiera”.

Bernd Freytag von Loringhoven, En el búnker con Hitler. Barcelona, Crítica, 2007.

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4. Hemeroteca: La violencia, el terrorismo.  La historia.

Puede leer un artículo de Justo Serna sobre la negociación en “Enemigos”, Levante-EMV, 12 de enero de 2007.

Diario de un burgués en Ojos de Papel.

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12.18.06

Genocidios. Lean y vean…

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:43 por jserna

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 18 y 19 de diciembre de 2006

Días atrás hablaba en este blog de la figura arquetípica del caudillo, de un caudillo que resume los rasgos del liderazgo carismático, comunitario y populista; hablaba también del Holocausto y de la historia, de lo que supuso aquella experiencia límite, con la expresa voluntad de exterminio; y hablaba finalmente de la modernidad,  de sus promesas y horrores, de los desengaños que nos ha provocado el proyecto ilustrado tras un tiempo de atrocidades. No sé si son las consumaciones de la modernidad o, por el contrario, son sus fracasos la causa de nuestras desazones. No sé si son ambos factores a la vez. El caso es que lo posmoderno es un diagnóstico atendible y a la vez es un dictamen insuficiente para lo que ahora nos está pasando: algo que, como dice Gilles Lipovetsky, parece claramente una exacerbación de lo moderno más que su superación. Etcétera. 

Veo ahora que sin premeditación alguna esta pequeña serie de reflexiones que he ido aportando en los últimos días ha coincidido con el fin de una lectura: la que he hecho del libro de historiador francés Bernard Bruneteau titulado El siglo de los genocidios. Violencias, masacres y procesos genocidas desde Armenia a Ruanda.  Es una novedad editorial que Alianza editorial acaba de publicar en España y que en su versión original francesa aparecía en 2004. Les recomiendo vivamente su lectura. Con toda seguridad no descubrirá muchas cosas a un lector medianamente informado. Pero eso no es una pega: es la virtud de este volumen. Pone orden, sistematiza y clasifica: en definitiva expone todo lo que deberíamos saber sobre ese horror contemporáneo que es el genocidio y que se reparte por diferentes países y en distintos continentes. Acabo de decir contemporáneo y veo que ésa es una de las cuestiones polémicas que plantea el autor. Masacres las ha habido a lo largo de la historia, matanzas, exterminios. En cambio, el genocidio –nos recuerda Bruneteau— es un hecho reciente y ello por diversas razones.

Para empezar, la propia palabra no tiene una larga historia detrás. “En 1944, Winston Churchill se refirió a los horrores provocados por el nazismo, como un ‘crimen sin nombre’. A modo de respuesta, Raphael Lemkin, profesor de Derecho internacional y judío estadounidense de origen polaco, acuñó ese mismo año la expresión ‘genocidio’ a partir de la palabra griega genos (raza, pueblo) y del sufijo latino cide (de caedere, matar)”. Vale decir, este neologismo –que hoy es lamentablemente de uso corriente, dada la frecuencia y multiplicación de los genocidios  expresa y contiene lo que el Holocausto significó:  no sólo el intentó de eliminar físicamente en masa, sino también la voluntad de destruir las bases mismas de la supervivencia de un grupo étnico (o social) en cuanto grupo. Acabo de decir social, añadiendo al grupo étnico la otra posibilidad de víctimas masivas, y rozo nuevamente otras de las cuestiones controvertidas que Bruneteau trata y señala: la destrucción o el exterminio que se han dado a lo largo del pasado siglo no incluyen sólo a las ”razas” que debían suprimirse sino también a sectores enteros de población que debía ser aniquilados: como, por ejemplo, los kulaks de la Unión Soviética, cuya eliminación en cuanto clase fue decretada por Stalin a partir de 1929. 

El genocidio se extiende en el siglo XX gracias a una serie de factores que coinciden y que refuerzan la política exterminadora que tantas veces y con tanta saña se ha practicado. Primero hubo la experiencia colonial, la aplicación de medidas extremadamente violentas para reprimir, contener y castigar a las poblaciones desafectas que eran incorporadas al dominio de alguna nación de la civilización europea. Enzo Traverso –a quien Bruneteau cita en este punto– ha insistido en la responsabilidad del Imperio británico en estas prácticas de crueldad y muerte. Son muy esclarecedoras las páginas de La violencia nazi dedicadas a aclarar este punto: yo las leí con verdadero dolor. Allí, Traverso mostraba breve pero contundentemente los usos perversos del poder colonial, su brutalidad, herencia después mejorada por los discípulos más aplicados: los nazis, por ejemplo. Pero, además, el genocidio necesita unas concepciones racistas y para ello nada mejor que “el imaginario asesino del social-darwinismo”, según palabras de Bruneteau. Es decir, el exterminio precisa pensar como posible, necesaria y deseable la extinción de las “razas inferiores”, grupos étnicos a los que se estigmatiza con el marbete de la debilidad, de la barbarie, del salvajismo o del atraso.  

Estigmatizar es señalar con una marca infamante, una marca que mostraría y haría bien visibles los rasgos degenerados de su portador. La pertenencia al grupo excluye la individualidad:  no eres un individuo que se singulariza, eres un miembro irrecuperable de una totalidad que te caracteriza. Es raro que en este punto  Bruneteau no haya citado en su libro a Erving Goffman, autor de un clásico indiscutible sobre el fenómeno de la marca social degradada: su libro Estigma no figura entra la bibliografía del historiador francés, pero yo lo recomendaría siempre como una lúcida exposición de lo que significa el etiquetado de las personas con fines destructivos  Etcétera.

Pero, más allá de esa pega, el libro de Bruneteau es una documentada y penetrante exposición de esos factores que posibilitan el genocidio. Y, entre ellos, las páginas que dedica a la guerra del 14 son imprescindibles. Aquel conflicto –ya lo sabemos— cambia radicalmente el mundo, cambia el orden contemporáneo de la política y de la diplomacia, de la hegemonía y del poder, inaugura la contienda civil europea. La presencia de Estados Unidos en el mundo, por ejemplo. Pero aquella guerra será decisiva especialmente en el embrutecimiento de la política (en su brutalización, leemos en la traducción española), en el enfrentamiento; en la estigmatización definitiva del adversario como enemigo exterior o interior al que eliminar o exterminar. La figura del enemigo es, en efecto, el personaje principal de aquella tragedia europea que se inaugura en 1914: no sólo por las atrocidades reales que llegaron a cometerse, sino también por las fantasías que se les atribuyeron a cada uno de los bandos enemigos. La Gran Guerra supuso –dice Bruneteau— “la puesta en escena de un enemigo total y bárbaro, objeto así de todos los odios. Es esta representación alucinada de atrocidades inicialmente reales lo que permite comprender la aceptación de la guerra larga, la volunta de proseguir ‘hasta el final’, sin tregua ni negociación, en medio de indecibles sufrimientos”. No sólo era cierto el embrutecimiento de los enemigos, sino que, además, se estigmatizaba hasta el límite su capacidad de barbarización.  

El compendio que hace Bruneteau de esa guerra y sus efectos antropológicos es apretado, pero indispensable. Menciona a distintos autores, pero sobre todo destaca y subraya las reflexiones de Ernst Jünger como expresión de la vida de trinchera, como transposición literaria del combate y su sublimación, como experiencia interior que despoja al hombre de su último barniz de civilización. En este punto son imprescindibles las reflexiones que Nicolás Sánchez Durá ha hecho acerca de las concepciones jüngerianas, sobre las que ya me expresé en otra ocasión.  Bruneteau destaca y subraya también las célebres páginas que Carl Schmitt dedicara a la distinción política (y no sólo bélica) entre amigo y enemigo. Destaca y subraya las páginas que Norbert Elias escribiera sobre el proceso de civilización, páginas aparentemente desmentidas por la prueba de la descivilización que conduce al nazismo (y que yo tuve oportunidad de abordar tiempo atrás). Pero el bolchevismo no es menos responsable de ese embrutecimiento de la política. “Aunque los dirigentes bolcheviques no conocieron la realidad concreta de la guerra, a diferencia de sus homólogos fascistas, el bolchevismo sociológico estaba moldeado por una misma cultura, y sus representaciones del ‘enemigo’ tenían la misma carga de odio”. Por eso, Bruneteau destaca la aportación  de Lenin como gran precedente ideológico de las políticas genocidas llevadas a cabo bajo Stalin… 

El siglo de los genocidios es un libro rico, documentado, bien informado, un volumen del que no puedo dar exacta y justa cuenta por dos razones: por no ser este texto una reseña y por ser amplísima la vastedad de temas tratados, cosa que impide su inmediato resumen o compendio. “La disposición genocida prospera sobre un terreno abonado por las lógicas de la violencia nacidas del siglo XIX o de la guerra de 1914”, insiste Bruneteau. “Su origen está en un imaginario paranoico engendrado por el miedo, una ‘racionalidad delirante’ propia de la concepción totalitaria del mundo, pero se inserta también en lógicas racionales más clásicas, como la movilización social con fines modernizadores y la construcción o refundación del Estado”.  En las experiencias totalitarias del siglo XX se piensa que todo es posible (como si esto lo declarara el Gran Inquisidor de Dostoiewsky), que todo puede ser ahormado, refundido, corregido, enderezado, perfeccionado; que todo puede ser mejorado hasta el óptimo si nos aplicamos con esfuerzo y obstinación; que todo puede ser objeto de recreación utópica frente a la mediocridad de lo real; que todo puede ser saneado si eliminamos las impurezas (el insecto dañino, el microbio, el parásito, según la imagen orgánica social-darwinista); que todo puede ser salvado si nos oponemos con firmeza y empeño a la amenaza del mal… La nación que nos acoge es como un cuerpo o como un jardín en cuyo diseño y artificio intervenimos para recrear la armonía y la belleza de los fluidos y de lo homogéneo. Esas ideas, el cuerpo o el jardín, son metáforas desdichadas que han servido para enderezar lo torcido…, para destruir intencionadamente.  

Acabo el libro y salgo con alivio de un viaje espantoso.

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