05.14.08
Posted in terrorismo, Democracia at 19:02 por jserna

Desde luego todo atentado está concebido para dañar objetivamente: para herir, para matar o para ambas cosas a la vez. Pero estos ataques están igualmente pensados para activar o agravar procesos de victimización, para que nadie se sienta a salvo, para que los medios registren el hecho: un acontecimiento del que siempre darán cuenta los periódicos buscándole inevitablemente algún significado. Por supuesto todos somos potenciales víctimas, pero hay más probabilidades de que asesinen a quienes son símbolos o pueden tomarlos como tales. Aparte de matar, eso es lo más extraño de estas acciones: que los ejecutores no lo hacen por razones personales; sólo para que escarmienten los símbolos. Supongo que quienes han puesto una bomba de más de cien kilos en un cuartel no tenían nada particular contra una persona nacida en Melilla hace cuarenta y tantos años: de profesión, guardia civil. Hacer de alguien un emblema de algo tiene la ventaja de que no es preciso enemistarse con él. Basta con convertirlo en símbolo de lo odiado.
Un atentado cobra dimensiones de terror sublime cuando la muerte real agiganta el hecho, pero también cuando la matanza potencial hace imaginar un infierno. Sin embargo, la violencia simbólica en sí tiene poco de sublime: suele ser banalidad incurable, impotencia mediocre, razonamiento averiado. ¿Que en ocasiones hay circunstancias objetivas que parecen justificar el hecho violento? Digo esto y me acuerdo de lo que cuenta Santiago Roncagliolo en La cuarta espada, un volumen en el que el autor rastrea el terror en el Perú reciente, el provocado por Sendero Luminoso y el organizado por el contraterrorismo. Las primeras acciones ordenadas por Abimael Guzmán fueron concebidas por su dimensión especialmente simbólica. O eso creyeron él y los suyos.
El primer atentado ocurría en la madrugada del 17 de mayo de 1980. Duró una media hora. Cinco encapuchados redujeron al guardián de un colegio electoral en Chusti. Quemaron las urnas y el libro de registro.
Quemaron las urnas y el libro de registro.
Durante las siguientes semanas, los senderistas cometieron otros atentados con dinamita y con bombas caseras. Atacaron bancos, torres eléctricas, locales públicos y… algunas dependencias de la embajada de China en Lima.
La embajada de China.
La siguiente acción más llamativa tuvo lugar el 24 de diciembre de ese mismo año: “una columna senderista”, escribe Roncagliolo, ”atacó una hacienda, secuestró al propietario de sesenta años, lo torturó a golpes, le cortó las orejas y lo mató”.
Le cortó las orejas y lo mató.
Dos días después, el 26 de diciembre, Sendero Luminoso engalanó el centro de Lima con adornos de simbolismo obvio: en algunos postes de la luz colgaron perros. Los responsables policiales pensaron que los animales llevaban dinamita. En realidad, los perros sólo tenían carteles con una leyenda extraña: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”.
Deng Xiao Ping, hijo de perra.
Una acción de violencia simbólica, fotografiada por Carlos Bendezu para la Revista Caretas. Con esta acción contraria al reformismo comenzaba en Perú la guerra de guerrillas, replicada con ferocidad por el Estado. Deng Xiao Ping en los Andes… El resultado, casi setenta mil muertos. Desde luego en el origen de tantas violencias suele haber un principio banal que se hace pasar por simbólico, una justificación presunta, un escarmiento.
No me pidan que ahora razone: no puedo decir más de lo que ya he dicho muchas veces. Sólo puedo mostrar mi estupor.
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Viernes 16 de mayo, a poqueta nit, nuevo post.
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10.31.07
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 13:49 por jserna

0. Preguntas a Mariano Rajoy
El 11-M, sin autoría intelectual, dice el titular inmediato de elmundo.es reproduciendo el cargo o el reproche o la autodefensa de que se ha servido el líder de la oposición en su Declaración de 31 de octubre ante la sentencia judicial. “Quiero recordar también“, añade Mariano Rajoy, ”que el PP defendió siempre la necesidad de investigar hasta sus últimos detalles todos los aspectos del atentado más grave de nuestra historia“. ¿Y quién se opuso a que se investigara? ¿Qué partido impidió a los jueces investigar? Que yo sepa los tribunales han podido reunir, acopiar, examinar, evaluar las pruebas que incriminan sin que otras instituciones del Estado o una mano negra hayan impedido realizar dicho trabajo.
“Por ello, entre otras, hemos apoyado la investigación que ha dado lugar a la sentencia dictada hoy y seguiremos apoyando cualquier otra“, insiste Mariano Rajoy. ¿Entre otras investigaciones? ¿Ah, pero es que ha habido otras que completan la instrucción? Si se está refiriendo a las pesquisas periodísticas, las de El Mundo o Libertad Digital, ¿éstas se sostienen aún o se descartan? Que yo sepa, los tribunales sólo ordenaron esta investigación. No hay otras… Pero el líder de la oposición insiste: cualquier otra “que permita avanzar sin límites en la acción de la justicia“. ¿Avanzar sin límites? ¿Y cuándo consideraremos que la investigación ha concluido? ¿Quién determinará el límite que no hay que rebasar o el momento en que ya hay que parar? Cualquier otra investigación, apostilla Mariano Rajoy, puesto “que los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales“. Autores intelectuales. Convendrá volver sobre esa apostilla del líder de la oposición…
“Hoy es importante también recordar la necesidad de no bajar la guardia ante el terrorismo sea este del signo y de la naturaleza que sea, y creemos que la que hemos visto hoy es la mejor manera de luchar contra los terroristas, llevándolos a juicio y condenándolos. Esa es la política de la derrota del terror que siempre ha defendido y seguirá haciéndolo en el futuro el Partido Popular“, concluye Mariano Rajoy. ¿No bajar la guardia? Pero si hasta José María Aznar admite literalmente en Ocho años de gobierno que su Gabinete bajó la guardia ante el terrorismo global. Leo en la página 263: “Quizás los propios éxitos conseguidos en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia ante la amenaza fundamentalista“. Pero no nos engañemos: si había reproche hacia lo que su propio Gabinete había hecho o no, en realidad el cargo mayor lo dirigía hacia la opinión pública. “Debo reconocer“, dice en esa misma página, “que tal vez la opinión pública española no era lo suficientemente consciente, hasta el 11 de marzo, del alcance de la amenaza del terrorismo islámico, o por lo menos no tanto como lo ha sido de la amenaza del terrorismo de ETA. Si es así, el Gobierno tiene sin duda una responsabilidad que asumir“.
La política de la derrota del terror, añadía Mariano Rajoy en su Declaración, una política de derrota como divisa permanente de su grupo: tal vez oponiéndola a la filosofía del Gabinete actual, que habría sido la de la dejación. Que se sepa, la persecución posterior a 2004 ha sido implacable y la detención de presuntos terroristas internacionales ha sido una medida seguida en España. Entonces, ¿por qué insistir en la derrota del terror? ¿No será mejor presentar dicha lucha en términos de defensa? No siempre se puede derrotar literalmente a los enemigos, como si estuviéramos en un frente de batalla: cuando el frente no es bien visible, en ese caso habrá que defenderse evitando que los feroces adversarios sean operativos. Ya lo dije tiempo atrás cuando leía la nueva edición del clásico de Karl von Clausewitz (De la Guerra). Para éste, el oponente no es un objeto a aniquilar, sino un rival al que desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula. Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo. Salvando las distancias, el Estado de Derecho se defiende igual: no espera destruir enteramente al enemigo, sino someterlo para impedirle actuar, haciéndole pagar por lo que ha hecho.
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1. Hemeroteca
”La mano que enreda“, Levante-EMV, 2 de marzo de 2007.
Un artículo de JS, firmado en marzo de 2007, sobre la teoría de la conspiración…
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2. Ceci n’est pas une chaise.
Ceci n’est pas (qu’)une chaise?
El diario El Mundo hace metáforas de objetos: de muebles, de circunstancias o de hechos que de entrada significan lo que significan, algo literal. En la cubierta que este periódico publicaba el 1 de noviembre una silla no es una silla: es un símbolo. Ese día, El Mundo ilustraba su titular de portada ”Absueltos los ‘cerebros’ del 11-M” con un gran fotografía en la que, según indican expresamente, la protagonista es una silla. “La silla vacía frente al tribunal del 11-M, mientras se lee el fallo, expresa el vacío que ha dejado la sentencia: nadie responde por la autoría intelectual y la planificación de la mayor matanza terrorista de la Historia de España”. ¿La silla vacía? Observo las fotografías que otros periódicos han empleado para ilustrar sus respectivas cubiertas y veo coincidencias en El País y Abc (Afp/Pool): un primer plano del juez Gómez Bermúdez, inmediatamente antes de hacer pública la sentencia. Lo vemos señalando con el dedo, apuntando hacia una parte de la Sala. ¿Qué significa esa imagen? Hay un gesto severo de autoridad del presidente del Tribunal, seguramente sin mayor importancia, una indicación menor en todo el proceso o en la puesta en escena de la sentencia. Son esos momentos de nerviosismo multitudinario que precede a un acotecimiento significativo. Ahora bien, esa foto muda, tan escueta, sin fondo, condensa metafóricamente la determinación de que ha hecho gala Gómez Bermúdez. Es algo que dichos periódicos quieren subrayar: dada la posición de ambos con el desarrollo y con los resultados del proceso. Puede que la imagen del juez con determinación sea una metáfora para ambos periódicos, pero la silla de El Mundo no es más que una silla…

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10.24.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo at 12:34 por jserna

Leo el último volumen de Arcadi Espada, en este caso dedicado a El terrorismo y sus etiquetas. Hay en sus páginas pensamiento urgente, entradas de diccionario compuestas con trozos de su blog y algún apéndice. Es interesante la operación de rescate: hay que dar forma y permanencia a la prisa por diagnosticar, a la premura por evaluar. Se nota que Espada aún rinde pleitesía al libro, al formato libro. Lo electrónico no dura o se hace desaparecer: como así ocurre en su bitácora. En las páginas del volumen hay una sintaxis nerviosa, unas palabras que expresan tajantemente para así evacuar lo que excede, lo que sobra, lo que abulta. Es el día a día más perentorio frente a la bomba o a la extorsión o al secuestro o a la amenaza. Está bien mostrar tu indignación moral y política…, siempre que evalúes los efectos: siempre que sepas que te presentas como ídolo de la colectividad. Escribir así, desde una posición admirablemente irredenta, te hace atendible: piensas como expectoras y, en principio, no tienes por qué calcular o medir las consecuencias de tus diagnósticos. No me lo tomen como crítica. Es pura envidia: ojalá yo supiera expectorar tan rápido como Espada piensa. Ya me gustaría hacer lo que AE hace: no tengo capacidad ni posibilidades de disparar tan rápido. Mi prosa es digresiva, lenta; la de Espada saja. Que, además, en esas páginas podamos encontrar un pensamiento es de agradecer: al fin y a la postre, apreciamos el esfuerzo titánico de pensar, de decir algo imprevisto o insólito. En su blog, Arcadi Espada lleva tres años y pico intentándolo. Digo, esforzándose por incomodar: como Albert Boadella, cuando trata de escandalizarnos con tanques amenazantes… Espada lleva una varias temporadas examinando lo que nos acaece desde posiciones inauditas o desde presupuestos imprevisibles. Sobre todo: lleva tres años incomodando al periódico socialdemócrata. Adivinen cuál.
No sé. O tal vez me equivoque; tal vez, Arcadi Espada sea predecible: por estar acosado por los nacionalistas (que hacen valer el colectivismo que les aúna), el periodista catalán se piensa como indispensable, corrosivo y demoledor. Y en cierto modo lo es. ¿Ustedes se imaginan una Cataluña sin Espada? Sería más aburrida y más nacionalista (más de lo que ya es). Pero quizá el problema de nuestro autor –añade alguien– sea confundir lo analítico e imprescindible con el narcisismo: eso es lo que dicen de Espada sus enemigos. Yo no creo que la habilidad de Arcadi Espada pueda explicarse enteramente con el narcisimo (ojalá ése fuera el problema): la cuestión está en que la excepción nacionalista y la tontería colectivista hacen decisivos a quienes sólo son interlocutores interesantes. Yo cometí un error: creer que era un escritor equiparable a Josep Pla. Si pudiéramos hablar ahora (como lo hicimos en el pasado), sin duda Espada me sacaría del error: el periodista catalán no se siente tan y tan ufano. Sabe que no es el nuevo Pla. Es más: Espada opina e interpreta (como hago aquí, aunque yo menestorosamente), mientas que el ampurdanés describía. No es fácil describir. Años atrás leí la edición en castellano de los Dietarios de Pla. La habían preparado Xavier Pericay y Arcadi Espada: creí ver en sus páginas una lección para el nuevo curso. Pla escribe admirablemente; Pericay y Espada lo editan impecablemente, pero hay páginas que enervan: en el ampurdanés hay diagnósticos expeditivos que son tan tajantes como los de Camilo José Cela (generacionalmente próximo); como también hay conservadurismos equiparables a los de su amigo Joan Fuster. No sé: quizá Pericay y Espada convirtieron a Pla en un campo de batalla.
Pero no es eso lo que hay en el último libro de AE. El objeto es distinto. Dedicado al terrorismo, lo catalán se desvanece. En realidad, sus páginas tienen como principal motivo el de arremeter contra aquellos que sostienen que el terrorismo tiene causas. Decir que esto es para Espada como decir que hay alguna razón legítima que lo justifica. Parece una simplificación, ¿no? Aquí, en este blog, hemos tratado dicho asunto y no parece que la condena del terrorismo en todas sus formas nos obligue a descartar las causas. La guerra es odiosa, pero tiene causas… El asunto está en que Espada etiqueta (como reza su título): esto es, designa y marca, separa y descarta de acuerdo con la fórmula del diccionario. El pensamiento actual funciona con etiquetas, es decir, con procedimientos propios de vocabulario o de página web. Yo soy partidario de demorar el análisis, de alargarlo: el expediente diccionario sirve para acotar, para ordenar alfabéticamente (nada que objetar a esta fórmula, incluso cuando me disgustan los resultados), pero si además adoptamos el aforismo o el pensamiento escueto, entonces la brillantez adelgaza el razonamiento.
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2. Forma y contenidos. Los juicios expeditivos, esos que se ganan el aplauso de los ciudadanos soliviantados, presentan el terrorismo y los actores implicados con la apariencia y con la ventaja de la brevedad: el juez-escritor acusa como un savonarola irascible dotado de razones. Si uno está del lado bueno, el mal sólo puede ser uno; el método que se pretende combatir es único; y, en fin, la solución que se le da, también. Hay una perfecta congruencia entre el diagnóstico del mal, la seleción coherente de los procedimientos y la respuesta que hay que arbitrar. Esta manera de concebir las cosas es una supertición occidental a la que habitualmente recurren ciertos políticos y autores influyentes, justo cuando la realidad desmiente y contradice la sencillez de sus dictámenes y pronósticos. Ya está bien, añaden. Amoldemos los hechos. En El fuste torcido de la humanidad, Isaiah Berlin detectó esta avería razonadora tan frecuente…, que en los peores casos te hace recaer en el sectarismo o en el determinismo científico o en el absolutismo doctrinal. ¿A quiénes se acusa si nos basamos en estos métodos? A los que obran con dejación, obstrucción y culpa. Arcadi Espada incurre en algunas simplificaciones en ciertas páginas y, por eso, con su prosa expeditiva (tiene prisa), juzga a sus adversarios como izquierdistas acomplejados que no se revisten con la enseña del liberalismo y como periodistas amodorrados que se dejan llevar por las inercias y por las cegueras profesionales. Como un severo preceptor nos amonesta sin que siempre quede claro cuál es el desliz cometido, seguramente, un disentimiento: una evidencia que nosotros aún no hemos abrazado o la posición que él ha abrazado. Por eso, una parte de su discurso apela sin más al coraje moral que hay que tener para aceptar las evidencias, de las que para él son evidencias: un mismo problema, un mismo método, una misma respuesta. Como esa actitud crea amigos, disidentes, afines, hostiles y, en fin, enemigos. Las figuras del héroe y del guardián de las palabras–que se encarnan en el observador que se sabe perspicaz– aparecen implícita o explícitamente entre sus líneas: ejemplifican lo que los lectores o los seguidores deberían realizar.
Lo que él hace suya es una revelación ardua, aislada y con pocas recompensas materiales o simbólicas, una revelación que habría suscitado la ira, el menosprecio y la irritación del medio académico o de los hostiles. Si Ludwig Wittgenstein arremetía contra el empleo confuso del idioma, Espada arremete contra el uso indolente o mixtificador del periodismo. Wittgenstein criticaba el lenguaje absurdo de lo que es inefable o de lo que no se admite como juego de lenguaje, el Wittgenstein debelador de las pseudodisciplinas pertrechadas con lenguajes presuntamente científicos. Espada crítica también lo que juzga pseudociencias y erige el neodarwnismo –nada menos– como exclusiva referencia de la que ha de servirse para depurar las vaguedades del lenguaje periodístico. Leyéndolo, uno tiene la impresión de que AE tiene la nostalgia de la solución única que explicaría el terrorismo de una vez para siempre, esa solución que los reporteros –tan ignorantes– desconocen: al igual que hubo un gen egoísta, ¿por qué no va a haber un gen terrorista? Como hombre de letras que es, Espada se abandona con irreprimible envidia a los logros incuestionables o divulgadores de los cientítificos. En ese caso, una obra nueva de Steven Pinker, por ejemplo, pasa a ser su principal nutriente (en espera, supongo, del libro venidero o del investigador definitivo que aclaren el comportamiento humano). Mientras tanto, sin embargo, Arcadi Espada sorprendentemente continúa...
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07.01.07
Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación, terrorismo at 9:17 por jserna

El terrorismo es un acto de violencia –una explosión, un disparo, un secuestro, etcétera– que provoca consecuencias inmediatas: daña, hiere o mata a personas que eran objetivos de una organización; daña, hiere o mata a individuos que pasaban por allí, viéndose por ello afectados. Gracias a las películas y a las series americanas, sabemos que el espacio en que se ejecuta la acción se denomina escena del crimen. Lo llamamos así, en traducción directa del inglés, y esa expresión revela indirectamente uno de los sentidos del acto violento: agigantar el efecto, atraer la atención de un público vasto, muy vasto, que no necesariamente está presente.
El terrorismo necesita muertos y heridos, dañados y amenazados, pero necesita sobre todo damnificados indirectos o potenciales: espectadores que alteran su vida cotidiana para interesarse por lo sucedido, para echar un vistazo a los rostros de los detenidos; espectadores que se dejan impresionar por la violencia, que es muy llamativa; espectadores que son o se sienten víctimas vicarias y eventuales gracias a las ondas expansivas de los mass media. La televisión y los periódicos cuentan lo que sucede, pero lo cuentan particularmente cuando los hechos narrados rompen las expectativas y lo ordinario, creándonos con ello una realidad sobrevenida o sobreañadida. Es entonces cuando el ciudadano se siente imantado: busca la noticia en el periódico (generalmente ilustrada con alguna instantánea del acontecimiento), leyendo, confirmando, averiguando. También es entonces cuando el espectador escruta las imágenes y escucha las voces de las víctimas y de los victimarios, de los vecinos, de los expertos y del gran público que, como nosotros, poco sabe pero mucho puede expresar con sus sentimientos revelados.
Detienen a presuntos terroristas, se celebran juicios, y lo primero que hacemos es contemplar su rostro en pantalla…, o su fotografía policial. Esas imágenes no han sido captadas de cualquier manera, no son casuales, por supuesto: responden a unos cánones establecidos, a unas poses específicas y a unas indumentarias previsibles. En el libro Fichados (Alba), Giacomo Papi reconstruye la historia de la fotografía identificativa a través de trescientos y pico rostros retratados, gentes conocidas que fueron sorprendidas cometiendo un presunto delito, gentes desconocidas que después lograron celebridad como artistas o como asesinos o, en fin, gentes anónimas que sólo formaron parte del submundo del crimen, de las sentinas del horror. Uno de los más famosos, Al Capone…
Todo empieza hacia 1848, con los daguerrotipos de una prostituta y de un ladrón, técnica después reemplazada por la fotografía en papel. Retratados de frente y de perfil para que así la cara manifieste su detenida normalidad, para que así exprese todo de lo que ha sido capaz el arrestado. Las imágenes más antiguas que registra el libro nos muestran a individuos temerosos, sorprendidos, algo ajenos y extrañados. Uno supone la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra, el desconcierto de lo venidero, la falta de experiencia. Captar el rostro, pues. ¿Pero cuál, en qué estado? “La cara es móvil, tiene mil expresiones”, añade Papi. “¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?”, insiste.
En principio, en el Ochocientos, el retrato policial ha de evitar las asperezas y el nerviosismo, esos tics o recursos que convierten al arrestado “en un improvisado transformista de la mímica de su rostro”, según decía Umberto Ellero, de la policía de Turín. De lo que se trata es de congelar la normalidad presunta, de captar con naturalidad, que es lo mismo que la inexpresividad, algo también propio del mundo burgués de entonces. Sin embargo, muchas décadas después, ya en nuestro tiempo, los rostros retratados los vemos ”cada vez menos extrañados, cada vez menos culpables, cada vez más seguros de sí mismos”, dice Giacomo Papi. Cada vez más desafiantes: tal vez sabedores de que serán vistos y reconocidos por miles, qué digo miles, por millones de espectadores, el colmo del éxito en la sociedad de masas.
Eso es precisamente lo que nos sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de presuntos terroristas buscados o detenidos: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos. Su indumentaria corrobora una identificación, una uniformidad, una banda; con un cultivo expreso del feísmo adolescente y atronador entre los bárbaros del Norte. Esas imágenes nos los muestran arrogantes, enfrentando el objetivo de la cámara con chulesca expresión. Bien es verdad que si la foto es de un fichado policial, éste no podrá hacernos sarcasmo o burla, pero aun así veremos en sus ojos un destello de jactancia, de atrevimiento. Aunque lo grave es que, si nos fijamos bien, esa imagen generalmente no nos devuelve la cara de un monstruo, sino el rostro de un tipo banal. Como el de cada uno de nosotros. “Cuatro detenidos por los atentados frustrado en Londres y Glasgow“, leo en la prensa del día 1 de julio e inmediatamente me veo buscando las fotos de los arrestados. No las encuentro, de momento, y experimento una desazón imprecisa: noto una frustración de espectador. Y sí, así es: en cuanto se hagan públicas, pronto me apresuraré a escrutar las fotografías policiales. ¿Confirmando qué?
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06.12.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia at 11:04 por jserna

El filósofo norteamericano Richard J. Berstein rotula uno de sus libros con este título: El abuso del mal (Katz editores). Dedica el volumen a analizar lo que entiende que es “la corrupción de la política y la religión desde el 11/9″. Sostiene una tesis fuerte: la peligrosa conversión de la ética en referente político. ¿Algo que reprochar? En principio, que las relaciones internacionales se supediten a unas normas morales parece inobjetable: los actores se someterían al bien y, por tanto, obrarían de acuerdo con bases innegociables. Imaginemos un escenario ideado por Kant: una acción es moral cuando se somete a los principios del imperativo categórico: es un acto autónomo, universalizable, racional, a priori; un acto que no persigue el bien por los efectos, sino que se ejecuta en función de un discernimiento que es previo. Las acciones morales toman a cada ser como fin en sí mismo y no como medio y, desde luego, excluyen la heteronomía…
¿Se imaginan un mundo gobernado así, regido según esos principios? Sin duda sería un planeta formalmente moral, pero a la vez sería una especie de infierno real: si obramos sin atender a las consecuencias de nuestros actos, si aparentemente –al menos– pensamos el mundo al margen de sus consecuencias, el egoísmo no rige, pero la presunta benevolencia nos destruiría. Lo que se pide a los gobernantes es que obren con la mayor decencia posible, pero –por favor– que no conciban sus acciones de acuerdo con la rigidez formal de un presunto kantismo. En realidad, las acciones de Gobierno o las relaciones internacionales o la política exterior no se ciñen a esta forma de concebir el acto moral. ¿Por qué razón? Porque moral y política no coinciden. Sin embargo, desde que sucedieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, parece como si la política internacional norteamericana tuviera que hacerse ateniéndose a la moral. “Hubo otros períodos en la historia reciente” dice Bernstein, “en que los políticos, en especial en los Estados Unidos, utilizaron la retórica del bien y del mal para ganar el apoyo de sus electores. Ronald Reagan llamó a la Unión Soviética ‘El imperio del mal’…”
En apariencia, algo semejante a lo que George W. Bush dice hoy cuando habla del eje del mal. Eje y mal son dos palabras de evidente resonancia histórica, pero son sobre todo dos términos que parecen supeditar la visión de las cosas a un enfoque estrictamente moral. Ahora bien, entre Bush y Reagan hay diferencias. En el ganador de la Guerra Fría, la retórica moral se concebía como parte de un programa propagandístico, como instrumento de un conflicto concebido al modo clásico: en una guerra, si se puede, al enemigo hay que quitarle la capacidad para hacernos daño, logro que será la derrota de dicho adversario. En Bush, por el contrario, la moral parece ser una creencia firme, no una argucia: más que impedirle hacernos daño, al enemigo hay que derrotarlo. Así, sin más, aunque eso provoque un cataclismo, aunque de ello se deriven consecuencias peores. No parece importar… En Reagan sí que importaba. “A pesar de esta retórica, Reagan se mostró flexible y pragmático en sus negociaciones diplomáticas cuando Gorbachov se convirtió en el líder del Kremlin”. En cambio, ahora, la política norteamericana tiene un lado más inquietante: la aparente (o real) convicción sin diplomacia, la defensa de los principios sin dejar abierta negociación alguna.
Piénsese, por ejemplo, en el reproche dirigido a la posición española con respecto a Cuba. Se dice: los españoles gozaron de la libertad tras la muerte de Franco; también los habitantes de la Isla tienen ese derecho. Por supuesto, pero la transición en España se hizo negociando entre los herederos del antiguo régimen y los opositores, no basándose en principios inamovibles, ni tampoco en una idea del bien innegociable del que una parte sería exclusiva portadora. La debilidad o el daño previsible obligan a negociar: pero no porque se tenga razón, sino porque se sabe que el pacto es la fórmula que menos daños ocasiona. En cambio, predicar el absoluto moral impide cualqier transacción. “Lo más inquietante acerca del discurso sobre el mal posterior al 11 de septiembre”, dice Bernstein, ”es su rigidez y su atractivo popular”, algo que se ha extendido entre muchos analistas. ¿Estamos o no estamos dispuestos a derrotar a nuestros malvados enemigos? ¿Quién podría estar en contra de luchar contra el mal? Ésas parecen ser las ideas determinantes.
El problema, si se fijan, no es que a quienes se nos oponen les llamemos enemigos, sino que a los fieros adversarios que hay que reducir los identifiquemos sin más con el mal, con un simplificación traquilizadora. No me malinterpreten. Eso no significa que yo quiera comprenderlos ni justificarlos: significa que la tipificación del mal no puede confundirse con los medios que tenemos para oponernos. Según esta perspectiva radical, el mal es un acto heterónomo, irracional, no universalizable, consecuencialista y, por tanto, egoísta. En cambio, el bien no se mide por sus efectos. Concebir así la política nos deja en el lado bueno –qué duda cabe–, pero no nos ayuda mucho a arreglar problemas concretos. La gestión internacional y nacional no implica necesariamente hacer el bien, sino evitar los daños directos e indirectos, intencionales e inintencionales que se siguen de determinadas medidas. Los pragmatistas norteamericanos nos enseñaron a pensar así las cosas, nos recuerda Bernstein, y ello es aplicable al gobierno diario y a las disputas internacionales.
Aquí, en España y entre nosotros, entre los principales columnistas de la derecha, ese principio liberal ha sido olvidado para reivindicar el bien como convicción absoluta. Durante meses, nuestros articulistas más acérrimos han mostrado la mayor fiereza ideológica, sabiéndose ubicados en el bien. La política de Rodríguez Zapatero puede fracasar, como no prosperaron los tanteos ordenados por Aznar. Sin embargo, esa política del actual presidente ero no ha de medirse por el bien que predica, sino por las gestiones que emprende. Pero no ha sido ésa la vara de medir. A Rodríguez Zapatero le han juzgado a partir de aprioris…, acusándole de relativismo, de nihilismo, alguien sin principios que habría cejado en el empeño de todo estadista: hacer el bien. Es, desde luego, un error grave. El de esta idea, me refiero. El problema no es que algunos columnistas emplearan esta concepción formalista y originariamente kantiana como artimaña, sino que muchos parecieron creer en ella. Si la política se concibe a priori, confundida con la moral, como un imperativo categórico que no puede evaluarse por sus consecuencias, entonces la radicalidad se impone. Y así ha sido. Por eso, antes de la reunión de Rodríguez Zapatero y Rajoy, un Jon Juaristi enrabietado advertía contra la tentación del pacto y de la negociación, mero pragmatismo condenable. Por eso, después de dicha reunión, Ignacio Camacho deplora que todo esto sólo sea la representación vaporosa de unidad, mero maquillaje electoral. Digan lo que quieran, pero –por favor– no interfieran la negociación de estos actores políticos: aunque, quién sabe, quizá antes alguno de los contendientes-negociadores sacará la moralidad para romper enfáticamente pactos tan frágiles.
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06.05.07
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 22:35 por jserna

0. Palabras de ayer y palabras de hoy.
Me pregunto qué decir, qué decir en estas circunstancias que no sea injusto o cobarde, que no sea electoralmente aprovechable o manipulador. Leo y releo editoriales y conforme vuelvo sobre ellos me sorprendo por la distinta vara de medir, por el dominio de la imagen y de las percepciones. Decía en el post anterior que estamos ante una democracia mediática: son o forman parte del sistema actual en España y en Occidente la imágenes que cada personaje público desprende y también la declaración que pueda hacer. Pero las imágenes y las declaraciones no siempre son dominio de aquel que habla o de quien se retrata. Buena parte del choque electoral que padecemos permanentemente es una lucha por la imagen y por la declaración. Los ciudadanos acabamos discutiendo no sobre lo que hace o deja de hacer este o aquel Gobierno, sino sobre lo que este o aquel Gobierno consigue transmitir en medio de una furia mediática. Cuando eso que se transmite está perturbado constantemente por interferencias de los medios, éstos se convierten en ruido que desazona o en guardia pretoriana. Desde hace años, una parte de la prensa española ha adoptado el perfil del periodismo doctrinal, que no institucional. Lejos de examinar los aciertos y los errores, los logros o los fracasos, de este o del otro Gobierno, hay editorialistas que se expresan como militantes encastillados. Y hay opinadores que con sensatez y buen tino piden la unidad en esta circunstancia. Entre los editoriales que hoy se publican (y reproduzco en la sección de comentarios) y los que se publicaron en 1999 hay diferencias. Unos pedían unidad entonces y hoy sólo la consideran como expediente retórico. Adivinen quiénes… Leo la portada en papel de Abc (6 de junio de 2007): “Eta le revienta la legislatura a Zapatero”.
Punto y aparte.
Lean otra vez la cubierta del diario conservador: “Eta le revienta la legislatura a Zapatero”. No doy crédito y, sorteando a los columnistas principales del periódico (esos cuya opinión es previsible) avanzo hasta llegar a las páginas interiores. El titular de la primera plana de la sección de España aclara lo dicho para gran alivio mío: “Eta embarranca el ‘proceso’ y arruina la apuesta clave de Zapatero en la legislatura”. Revienta y embarranca. Parecen dos verbos compatibles pero no lo son. Reventar es estallar: la explosión que se produce tras una bomba. Embarrancar es, por el contrario, atorarse, atascarse en el fondo.
Qué pena, qué confusión metafórica. Cómo iba a pensar yo que la prensa culta iba a manejar tan torpemente imágenes incompatibles y tendencialmente realizativas (o ‘performativas’). Desde John Austin sabemos que los enunciados realizativos son aquellos que ejecutan un acto por el hecho de pronunciarse. En principio, yo no creo, obviamente, que emplear ese verbo (’reventar’) sirva para dar ideas, pero cuando los ‘reventadores’ tienen pocas ideas (como es el caso), cualquier ayuda que reciban será bienvenida. Hay predicciones falsas que se cumplen, precisamente porque se hacen públicas; y hay predicciones ciertas que por el hecho de comunicarse se incumplen. Fíjense: el titular rotundo y amenazante de Abc tal vez sea una enseñanza que la oposición le presta al Gobierno. En ese caso, las instituciones se salvan gracias a la clarividencia de una cubierta periodística que equivocadamente yo creía extremista.
Si las miro desde otro ángulo, sin embargo, las cosas no las veo claras. El Abc es un periódico de gran tradición y preocupante deriva, tanto es así que alguno de sus principales opositores, como por ejemplo Federico Jiménez Losantos, lo tildan de diario inane. De ser cierta esa acusación, la inanidad habría empezado tiempo atrás. ¿Cuándo? Yo creo que la acusación de Jiménez Losantos es una maldad: que Abc se desangre perdiendo tirada, según apostilla FJL; que esté lejos de sus momentos de esplendor, aquella época en que Rafael Anson repartía abeceína; que su primavera centrista se marchite (según vemos algunos de sus lectores)…, todo ello no es motivo para desesperar. Quizá llegue un día en que, recobrando el pulso literario, sus editorialistas sepan poner las metáforas. De momento, no.

1. Editoriales y artículos de ayer. La ruptura de la tregua en 1999
A. El País
Sólo hay un culpable
Editorial, El País, 29/11/1999
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de “construcción nacional” vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de “construcción nacional” vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
Al error de volver donde solía ETA añade el de pensar que las cosas pueden ser como antes. Año y medio sin atentados ha roto la inercia social que consideraba inevitable la presencia de los terroristas. Si se consideraba improbable su vuelta era precisamente por la imposibilidad de imaginar un pretexto que la justificara. Ante la población en general, pero sobre todo ante sus aliados nacionalistas. Ayer, tanto el PNV como EA dejaron claro que las divergencias sobre el proceso de paz no justifican el asesinato.
En el fondo, las razones esgrimidas por ETA podrían reducirse a una: la gente se estaba acostumbrando a vivir sin violencia, pero también sin concesiones a ETA. Se trata, pues, del reconocimiento de una impotencia. Sin la coacción de los atentados, los ciudadanos se resisten a obedecer: no votan como ETA esperaba e incluso cuestionan la necesidad de esa organización. Y aunque el PNV y EA han hecho grandes concesiones, justificándolas en nombre del proceso de paz, ya no pueden ir mucho más allá sin renunciar a su condición de partidos democráticos. ETA lo sabe y por eso ha dado por cancelado este periodo.
Otras veces, el comunicado ha llegado por carta bomba. En esta ocasión ha elegido una forma más alambicada, tal vez para dejar a sus aliados nacionalistas alguna duda acerca de si deben romper ya toda relación, como se comprometieron si volvía la violencia, o pueden seguir confraternizando a la espera de que ocurra algo. Pero ya se ha visto que la llamada apuesta inequívoca por las vías políticas tenía límites: ETA aceptaba circular por ellas siempre que se le garantizase que lo que perseguía a tiros podría alcanzarlo ahora sólo con la amenaza de volver a disparar.
Tal vez la escasa resistencia con que los nacionalistas se adaptaron al lenguaje y los tópicos del mundo radical -sobre el nuevo marco que supere el estatuto, el ámbito vasco de decisión, la construcción nacional, la territorialidad- convencieron a Mikel Antza de que en dos años el lehendakari sería él. Pero los ciudadanos, en tanto que electores, desmintieron esa fantasía. No hay motivos para no creer a Arzalluz cuando desmiente que su partido firmara un compromiso con ETA. Pero, una vez más, el problema es que los nacionalistas no violentos actuaron de manera que ETA pudiera interpretarlo así. Como ocurrió en su día con los polimilis, que interpretaron que les animaban a seguir, o como en la famosa parábola de los que mueven el árbol y los que recogen las nueces.
En su última propuesta, desvelada ahora, ETA proponía a los demás nacionalistas la convocatoria unilateral de unas elecciones constituyentes a celebrar simultáneamente en las actuales comunidades vasca y navarra y en los territorios vascos del sur de Francia, que conformarían una circunscripción única. Así de fácil; pasando por encima de siglos de historia y por la evidencia de que la mayoría de los habitantes de esos territorios no tiene una identificación única con ese marco. De hecho, no hace mucho, en las europeas de junio, hubo elecciones simultáneas en ellos: las fuerzas nacionalistas fueron ligeramente mayoritarias en Euskadi, pero no superaron el 20% en Navarra ni alcanzaron el 10% en el País Vasco francés.
Por ello hay cierta confusión en la argumentación que ayer expuso Arzalluz citando a Ibarretxe: no es que los resultados electorales alarmasen a Madrid sobre la existencia de una mayoría abertzale. Lo que demostraron es que no resulta posible un consenso sobre bases diferentes a las de la autonomía. La idea de una paz sobre premisas soberanistas fue desautorizada por los electores. Y eso explica seguramente la decisión de boicotear las elecciones legislativas. El brazo político de ETA consiguió, tras la tregua, los mejores resultados de su historia, pero no sólo no pudo imponer un nuevo marco político creíble, sino que se vio obligado a dar su apoyo a la investidura de Ibarretxe. Tuvo que hacerlo porque su abstención hubiera abierto paso a la elección de un lehendakari no nacionalista. Ahora evita someterse a escrutinio electoral tras la ruptura de la tregua.
ETA ha mantenido el alto el fuego más tiempo de los cuatro meses previstos. Lo que ha conseguido en este plazo es que su agenda -presos, soberanismo, territorialidad- sea asumida como normal por todo el nacionalismo: como si fuera su propio programa. Pero le han fallado los electores. La idea de que el pluralismo reflejado una y otra vez en las elecciones es una anormalidad a superar evidencia una visión no democrática e ilusoria: la cosa no cambiará en un horizonte previsible. ETA intenta de nuevo cambiarla a tiros.
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B. El Mundo
El final de un espejismo La paranoia de ETA pone en evidencia a Arzalluz
Editorial, El Mundo, 3 de diciembre de 1999
Tras 14 meses de tregua, ETA vuelve a poner fecha al terror, como ya lo hiciera en aquellos fatídicos días de julio de 1997. Hace dos años y medio, las movilizaciones populares no lograron salvar la vida de Miguel Angel Blanco. Hoy, la sociedad española contiene el aliento a la espera del próximo viernes.
Nada y todo volverá a ser lo mismo: la muerte, el dolor, la incertidumbre que la banda armada está dispuesta a traer de nuevo a los vascos y al resto de los españoles.
En un estremecedor relato, titulado Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias, el periodista Philip Gourevitch describe los odios ancestrales que desencadenan cíclicamente las matanzas de los Grandes Lagos africanos. La paranoica acción de ETA parece también enmarcada en el mismo contexto de fatalidad y fanatismo que conduce inexorablemente al crimen como método político.
Ante la declaración de guerra de ETA al Estado de Derecho, las Fuerzas de Seguridad deben redoblar su celo y poner todos los medios para evitar el derramamiento de sangre que la banda anuncia eufemísticamente en su comunicado como «más iniciativas concretas».
Pero ETA no sólo anticipa en este comunicado el final de la tregua. Hace un análisis de por qué decidió abandonar temporalmente la lucha armada y de por qué vuelve ahora a la violencia para lograr sus fines políticos. Las palabras de la organización son altamente esclarecedoras de sus propósitos y demuestran que lo que hemos dado en llamar «proceso de paz» no era más que un espejismo. Lo dice la propia ETA al acusar al PNV y EA de «vender insistentemente ante la sociedad un proceso dirigido a la construcción nacional como un proceso de paz». La banda armada veía la tregua como un instrumento para avanzar hacia la independencia de Euskadi a través de un pacto secreto con PNV y EA, que un encapuchado muestra a la cámara en la fotografía que hoy reproducimos en nuestra portada. El precio de la tregua -que no de la paz- era la complicidad de los dos partidos nacionalistas con ETA, relegando a EH a un mero papel de comparsa, para romper con el actual marco constitucional.
Así se explica el tajante desmentido, teñido de falsa indignación, del PNV y EA cuando EL MUNDO reveló estos acuerdos secretos, suscritos en agosto de 1998 y ocultados por los dirigentes de ambas formaciones no sólo a las instituciones y a la opinion pública sino a sus propias bases. No podían sino negar la realidad, ya que el espíritu y la letra de esos pactos ponían en evidencia el doble juego de esos dirigentes, comprometidos a asumir el papel de caballo de Troya de ETA en las instituciones democráticas.
Si hay un responsable de este gran engaño, esa persona se llama Xabier Arzalluz, que, pretendiendo cabalgar a lomos del tigre, lleva camino de acabar devorado por la fiera. El PNV estampó su sello, como muestra el encapuchado de ETA, en un documento en el que se comprometía a romper con los partidos democráticos, a burlar la Constitución y a crear unas nuevas instituciones vascas. Arzalluz, que acusó ayer a ETA de «mentir» sobre las razones que le han llevado a romper la tregua, asegura que el documento exhibido por la banda está manipulado y que el PNV nunca asumió los compromisos que invoca ETA. Pero el dirigente vasco ha perdido su credibilidad. Desgraciadamente, es mucho más verosímil la explicación de la organización armada, que coincide con lo que desveló EL MUNDO y la lógica de los acontecimientos posteriores. Si alguien ha engañado a la sociedad vasca, ha sido el presidente del PNV.
Arzalluz creyó probablemente que podía ser más listo que nadie y que lograría rentabilizar electoralmente la tregua de ETA. Hizo creer a la opinión pública que la banda buscaba una salida digna y que estaba dispuesta a negociar con el Gobierno de Madrid una paz razonable. Y le hizo creer a ETA que el PNV apostaba en serio por la «construcción nacional» de esa mítica Euskal Herria.
Como un jugador de naipes que se lleva el dinero de la caja de su empresa, el líder nacionalista esperaba que las futuras ganancias le permitieran devolver lo sustraído y quedarse con un notable capital. En este caso, el suficiente para convertirse en el árbitro de la situación política en el País Vasco y pasar a la historia como el hombre que convenció a ETA de la necesidad de abandonar las armas.
Pero ha perdido la partida. Sus bazas han quedado al descubierto. La insistencia de los dirigentes del PNV en culpar al Gobierno, durante las pasadas semanas, de una posible ruptura de la tregua se explica ahora: los nacionalistas querían descargar sobre el PP y Aznar sus propios errores. Sabían ya que el anuncio de ETA era cuestión de días, porque la banda había presentado, hace cuatro meses, al PNV y a EA otro documento en el que amenazaba con volver a las armas si no se celebraban elecciones para elegir un Parlamento que representara a las provincias de Euskadi a uno y otro lado de la frontera. PNV y EA no contestaron esta vez a la descabellada pretensión de ETA pero tampoco la desvelaron ni ante la opinión pública ni ante las instituciones del Estado.
Consciente de que la ruptura de la tregua era inminente, Carlos Garaikoetxea decidió dimitir hace ocho días en un rasgo de coherencia. Ayer supimos las verdaderas causas de su renuncia. Arzalluz, que no ha podido reponer el dinero que se llevó de la caja -la lealtad del PNV hacia el Estatuto de Gernika- y ha dejado en quiebra la empresa de la paz, debe seguir el ejemplo de su antiguo compañero de partido.
Pero, con ser importante una correcta comprensión de por qué han sucedido las cosas, lo esencial es ahora la unidad de las fuerzas políticas democráticas ante los negros augurios de la banda. Ojalá no se cumplan y haya todavía un margen para la paz. Si ETA no recapacita, los que aprietan el gatillo, y sólo ellos, serán los responsables de unas acciones criminales cuya finalidad está condenada de antemano al fracaso. El Estado nunca se va a poner de rodillas ante ETA, lo que convertirá en inutil cualquier derramamiento de sangre.
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04.02.07
Posted in Intelectuales, Religión, terrorismo at 13:01 por jserna
Ilustración: Loredano
0. Ahora, a las 21:45 horas del lunes 2 de abril, acabo de enterarme por la prensa que el comando desarticulado por la Guardia Civil estaba haciendo un seguimiento a Fernando Savater, seguimiento que –supongo– no sería una novedad de este momento, sino todo un horror previo y previsible. Vaya por delante mi solidaridad y mi estupor: mi estupor ante una situación como la presente.
Ahora, a las 8:30, del martes 3 de abril, creo que algo más hay que añadir… Durante meses, el filósofo donostiarra ha dado su apoyo al Gobierno en su política antiterrorista, cosa que le provocó todo tipo de denuestos y de repudios. Pero, por encima de eso, estaba su decidida apuesta por un final próximo del terror bien guiado por la mano firme del Estado, sus representantes y sus instituciones. En todo este tiempo y por lo que ahora vamos sabiendo, los bárbaros no habían dejado de organizarse para matar o, al menos, para poder intimidar. ¿Lo sabía el Gobierno? ¿Lo sabía Fernando Savater mientras apoyaba al Gobierno? En fecha reciente, el filósofo ha dejado de respaldar esa política, pero según parece no por estar siendo seguido por los miembros del comando, sino por juzgar ya como inaceptable los pasos dados en dicha negociación, con un Estado que presuntamente estaría haciendo dejación de sus responsabilidades ante De Juan Chaos o ante Otegi, argumento que es la baza empleada por los populares. Sin embargo, la desarticulación del comando prueba justamente lo contrario. Creo que el editorial que ahora reproduzco en parte (y que en los comentarios aparece en la sección de Hemeroteca) abunda en la misma dirección:
”Las Fuerzas de Seguridad han conseguido desmantelar la red terrorista antes de que llegase a actuar, como venía ocurriendo en los años que precedieron al alto el fuego. Todo parece indicar, por tanto, que tenía razón la policía francesa cuando insistía en que durante la tregua ETA no se había parado, y que también la tenían los responsables de Interior cuando afirmaban que tampoco la investigación policial se había detenido. La hipótesis de un fin dialogado de ETA se hacía depender de la aparición de datos indicativos de una voluntad de poner fin a la violencia. Evidenciado que tal voluntad no existe, la eficacia policial vuelve a ser un eje central de la política antiterrorista. Ése es el auténtico plan B que todo Estado de derecho debe tener dispuesto en procesos de paz como el ensayado. Eso no significa que no debería haberse intentado. Las razones que determinaron la debilidad de ETA se mantienen. (…). Las encuestas indican que es ya muy mayoritaria entre las bases de Batasuna la convicción de que el tiempo de la violencia ha pasado. Por muchos pretextos que sus dirigentes busquen para atrasar las decisiones, saben que el abandono de las armas por parte de ETA es inevitable, y también que sin esa condición, o la ruptura clara con la banda, no recobrarán ellos la legalidad, ni podrán ser candidatos en las elecciones”.
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1. Fernando Savater, el ateísmo y el antiterrorismo
Hace unos días pude seguir la entrevista que Antonio San José le hacía a Fernando Savater. Era el programa Cara a Cara, de Cnn+, y el motivo de su presencia era la reciente publicación de La vida eterna, su último libro. Salvo algunas alusiones brevísimas a la situación del terrorismo y del antiterrorismo, el grueso de dicho espacio se dedicó a hablar de Dios, de la muerte y de las religiones, algo en lo que pueden coincidir sin mayor conflicto San José y Savater, dos personas cultivas y descreídas. El periodista podía haberle interrogado sobre las críticas que en El País Ignacio Sánchez-Cuenca había hecho a entidades cívicas como ¡Basta ya! Pero en dicho artículo Sánchez-Cuenca evitó mencionar al filósofo, se guardó frotar la herida: tal vez, sin pretenderlo expresamente, organizaciones como la que preside Savater favorecen la estrategia del Partido Popular, admitía Sánchez-Cuenca. Si se hubiera tratado dicho asunto en Cnn+, esto bien podría haber provocado el malhumor del compareciente y, de paso, bien podría haber obligado a preguntar sobre la colisión PP-Prisa. Dado que Cnn+ es parte de Prisa, la circunstancia habría podido ser algo embarazosa: más aún, si tenemos en cuenta que Hermann Tertsch ha sido despedido de El País…
Horas después, el pasado domingo 1 de abril, pude leer la interviú que Antonio Astorga le hacía al filósofo donostiarra en Abc. ¿El motivo? El desmarque antiZapatero de Fernando Savater. Después de haber aprobado la audacia o la temeridad antiterrorista de Rodríguez Zapatero (lo que al filósofo le ocasionó severos rapapolvos por parte de organizaciones de víctimas), después de haber mantenido un discreto apoyo gubernamental durante meses, el intelectual vasco se apartó días atrás de dicha posición. Quizá con algo de aspaviento y representación: parecía regresar a la estrategia antiterrorista anterior (sin negociación posible) después de haber defendido posiciones prosocialistas. Cuando Savater leía en la calle, públicamente, un manifiesto aprobado por ¡Basta ya!, por el Foro Ermua y otras organizaciones, hacía quizá una puesta en escena que algunos le celebraban y que otros –el editorialista de El País— le toleraban por ser quien es.
Las organizaciones cívicas parecían decir algo así como: por fin, tenemos al filósofo con nosotros. Por fin se acabaron las disensiones. El artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca de días atrás confirmaba de manera indirecta, inversa, este nuevo alineamiento. Porque de eso se trata: la política española parece exigir alineamientos… Tanto es así que hoy, lunes 2 de abril, aparece en El País aparece un artículo de Fernando Savater que es una clara respuesta al de Sánchez-Cuenca, pero esta vez sin menciones personales, sin nombres, de modo que aquél no pueda responder por alusiones: si lo hace, entonces es que se siente aludido picajosa, quisquillosamente. La diatriba del filósofo donostiarra es diabólicamente perfecta: a quien le pica, ajos come. Es decir, Sánchez-Cuenca no es mencionado…
Pero volvamos a Abc. La entrevista que Antonio Astorga le hacía a Savater confirma en parte lo dicho por Sánchez-Cuenca: que el filósofo ateo sea convocado a las páginas de un diario tan católico no se debe necesariamente a la amplitud de miras de su línea editorial, sino a la coincidencia estratégica. El regreso de Savater a su antigua posición antiterrorista le aleja del PSOE y le aproxima al PP. Justamente por eso es entrevistado por el periódico dirigido por José Antonio Zarzalejos y justamente por eso el interlocutor evita cualquier mención al ateísmo del filósofo, cualquier alusión a ese anticonfesionalismo de estirpe nietzscheana que tal mal sienta en el diario de Vocento. No extrañará, pues, que el entrevistador le pregunte expresamente por Jesús de Polanco, por Hermann Tertsch y por su posición: precisamente esos asuntos sobre los que no le interrogaba San José, el periodista de Cnn+.
En su respuesta a Abc, Savater trata de hallar un punto de equilibrio, una equidistancia que le permita criticar con tiento. “Yo creo que Jesús [de] Polanco, al que yo tengo por una persona muy sensata y que medita mucho lo que dice, en esta ocasión –supongo que nos puede pasar a todos– lo que dijo fueron cosas exageradas, injustas y, sobre todo, desplazadas para decirlas en la situación en la que estaba, ante una cantidad de gente que se podía tomar eso muy en serio. Siendo una persona de tanta importancia en Prisa como es Jesús [de] Polanco, la gente que esté trabajando en el grupo podría decir: bueno, ésta es la bandera que hay que seguir y como nos salgamos de la pauta se nos va a caer el pelo”. Es decir, Savater reta expresamente a Jesús de Polanco y, además, tiene un recuerdo muy medido, muy bien pensado, para Hermann Tertsch. Digo bien medido y bien pensado porque no expresa exactamente una solidaridad aspaventosa, sino melancolía, melancolía con una sintaxis extraña: “y además está el caso de Hermann Tertsch, sin duda uno de los mejores periodistas que había en El País. Cuando yo abría el periódico y veía un artículo suyo, sin dudarlo me lanzaba sobre él. Entonces esta persona ya empobrece, digamos, el periódico faltando. Claro, si todo eso se da junto, a mí me parece un momento bastante aciago en el grupo”.
Cabría preguntarse por qué Savater no expresa rotundamente su solidaridad con Tertsch: rotundamente quiere decir forzando a Jesús de Polanco, una figura que con Juan Luis Cebrián es su némesis en la empresa… Pero, claro, llegados a este punto, Savater ha de marcar distancias frente al PP, pues si sigue la crítica se le identificará con los populares, cosa que sería injusta… “Ahora, la reacción del boicot por parte del Partido Popular me parece un absurdo”, dice inmediatamente. “¿A qué lleva eso? ¿A castigar a los lectores que se van a quedar sin escuchar otras opiniones, sin poder escuchar otras ideas? Al contrario, yo creo que verdaderamente para borrar esa impresión falsa que podría tenerse del Partido Popular o de otras ideas alternativas a las del Gobierno hay que defender los espacios que ofrecen El País y otras ramas del grupo, para que no quede todo monopolizado por los lacayos gubernamentales que hoy se meten con Basta Ya!”, añade en clara alusión a Ignacio Sánchez-Cuenca y en evidente reto a Jesús de Polanco. “Más que nunca hay que luchar en ese espacio, y me parece que ahí cuanto antes se resuelva mejor, creo que algún tipo de disculpas se podría pedir al Partido Popular porque verdaderamente era una ofensa lo que se dijo, sinceramente. E inmediatamente el PP debería ceder en esa postura de boicot que no tiene sentido, y que está perjudicando a trabajadores y a lectores, que no tienen nada que ver con lo que se ha dicho”, concluye.
Fíjense que Fernando Savater pide a Polanco una disculpa, pero no exige al PP una justificación. Durante meses y meses hemos asistido a todo tipo de descalificaciones por parte de los populares (por ejemplo, en la posición rabiosamente clerical que mantiene dicho partido frente a las providencias y decisiones gubernamentales) y, sin embargo, el filósofo donostiarra nada dice de ese enfoque militante y cristianísimo. Para justificar razonablemente la postura de su organización cívica (¡Basta ya!), Savater se pregunta en el artículo que publica en El País: “¿Se ha entregado ¡Basta Ya! a un nuevo fundamentalismo antigubernamental? Pregunto a mi vez: ¿alguien nos ha visto manifestándonos contra los matrimonios de homosexuales, o la Ley de Igualdad o la enseñanza laica y cívica?”. Por supuesto que no, añadiríamos. Pero, a la vez, convendría preguntarse por qué posiciones con un sesgo ideológico tan marcado (las que defiende el PP) son toleradas con comprensión por un filósofo tan ateo. Y todo esto lo digo sin aspaviento ni estrépito: lo digo con la simpatía crítica que le profeso a Fernando Savater desde antiguo, y lo digo ahora, precisamente, cuando acabo de publicar en Ojos de Papel una reseña de su último libro.
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