05.14.08
Posted in terrorismo, Democracia at 19:02 por jserna

Desde luego todo atentado está concebido para dañar objetivamente: para herir, para matar o para ambas cosas a la vez. Pero estos ataques están igualmente pensados para activar o agravar procesos de victimización, para que nadie se sienta a salvo, para que los medios registren el hecho: un acontecimiento del que siempre darán cuenta los periódicos buscándole inevitablemente algún significado. Por supuesto todos somos potenciales víctimas, pero hay más probabilidades de que asesinen a quienes son símbolos o pueden tomarlos como tales. Aparte de matar, eso es lo más extraño de estas acciones: que los ejecutores no lo hacen por razones personales; sólo para que escarmienten los símbolos. Supongo que quienes han puesto una bomba de más de cien kilos en un cuartel no tenían nada particular contra una persona nacida en Melilla hace cuarenta y tantos años: de profesión, guardia civil. Hacer de alguien un emblema de algo tiene la ventaja de que no es preciso enemistarse con él. Basta con convertirlo en símbolo de lo odiado.
Un atentado cobra dimensiones de terror sublime cuando la muerte real agiganta el hecho, pero también cuando la matanza potencial hace imaginar un infierno. Sin embargo, la violencia simbólica en sí tiene poco de sublime: suele ser banalidad incurable, impotencia mediocre, razonamiento averiado. ¿Que en ocasiones hay circunstancias objetivas que parecen justificar el hecho violento? Digo esto y me acuerdo de lo que cuenta Santiago Roncagliolo en La cuarta espada, un volumen en el que el autor rastrea el terror en el Perú reciente, el provocado por Sendero Luminoso y el organizado por el contraterrorismo. Las primeras acciones ordenadas por Abimael Guzmán fueron concebidas por su dimensión especialmente simbólica. O eso creyeron él y los suyos.
El primer atentado ocurría en la madrugada del 17 de mayo de 1980. Duró una media hora. Cinco encapuchados redujeron al guardián de un colegio electoral en Chusti. Quemaron las urnas y el libro de registro.
Quemaron las urnas y el libro de registro.
Durante las siguientes semanas, los senderistas cometieron otros atentados con dinamita y con bombas caseras. Atacaron bancos, torres eléctricas, locales públicos y… algunas dependencias de la embajada de China en Lima.
La embajada de China.
La siguiente acción más llamativa tuvo lugar el 24 de diciembre de ese mismo año: “una columna senderista”, escribe Roncagliolo, ”atacó una hacienda, secuestró al propietario de sesenta años, lo torturó a golpes, le cortó las orejas y lo mató”.
Le cortó las orejas y lo mató.
Dos días después, el 26 de diciembre, Sendero Luminoso engalanó el centro de Lima con adornos de simbolismo obvio: en algunos postes de la luz colgaron perros. Los responsables policiales pensaron que los animales llevaban dinamita. En realidad, los perros sólo tenían carteles con una leyenda extraña: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”.
Deng Xiao Ping, hijo de perra.
Una acción de violencia simbólica, fotografiada por Carlos Bendezu para la Revista Caretas. Con esta acción contraria al reformismo comenzaba en Perú la guerra de guerrillas, replicada con ferocidad por el Estado. Deng Xiao Ping en los Andes… El resultado, casi setenta mil muertos. Desde luego en el origen de tantas violencias suele haber un principio banal que se hace pasar por simbólico, una justificación presunta, un escarmiento.
No me pidan que ahora razone: no puedo decir más de lo que ya he dicho muchas veces. Sólo puedo mostrar mi estupor.
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Viernes 16 de mayo, a poqueta nit, nuevo post.
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10.31.07
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 13:49 por jserna

0. Preguntas a Mariano Rajoy
El 11-M, sin autoría intelectual, dice el titular inmediato de elmundo.es reproduciendo el cargo o el reproche o la autodefensa de que se ha servido el líder de la oposición en su Declaración de 31 de octubre ante la sentencia judicial. “Quiero recordar también“, añade Mariano Rajoy, ”que el PP defendió siempre la necesidad de investigar hasta sus últimos detalles todos los aspectos del atentado más grave de nuestra historia“. ¿Y quién se opuso a que se investigara? ¿Qué partido impidió a los jueces investigar? Que yo sepa los tribunales han podido reunir, acopiar, examinar, evaluar las pruebas que incriminan sin que otras instituciones del Estado o una mano negra hayan impedido realizar dicho trabajo.
“Por ello, entre otras, hemos apoyado la investigación que ha dado lugar a la sentencia dictada hoy y seguiremos apoyando cualquier otra“, insiste Mariano Rajoy. ¿Entre otras investigaciones? ¿Ah, pero es que ha habido otras que completan la instrucción? Si se está refiriendo a las pesquisas periodísticas, las de El Mundo o Libertad Digital, ¿éstas se sostienen aún o se descartan? Que yo sepa, los tribunales sólo ordenaron esta investigación. No hay otras… Pero el líder de la oposición insiste: cualquier otra “que permita avanzar sin límites en la acción de la justicia“. ¿Avanzar sin límites? ¿Y cuándo consideraremos que la investigación ha concluido? ¿Quién determinará el límite que no hay que rebasar o el momento en que ya hay que parar? Cualquier otra investigación, apostilla Mariano Rajoy, puesto “que los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales“. Autores intelectuales. Convendrá volver sobre esa apostilla del líder de la oposición…
“Hoy es importante también recordar la necesidad de no bajar la guardia ante el terrorismo sea este del signo y de la naturaleza que sea, y creemos que la que hemos visto hoy es la mejor manera de luchar contra los terroristas, llevándolos a juicio y condenándolos. Esa es la política de la derrota del terror que siempre ha defendido y seguirá haciéndolo en el futuro el Partido Popular“, concluye Mariano Rajoy. ¿No bajar la guardia? Pero si hasta José María Aznar admite literalmente en Ocho años de gobierno que su Gabinete bajó la guardia ante el terrorismo global. Leo en la página 263: “Quizás los propios éxitos conseguidos en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia ante la amenaza fundamentalista“. Pero no nos engañemos: si había reproche hacia lo que su propio Gabinete había hecho o no, en realidad el cargo mayor lo dirigía hacia la opinión pública. “Debo reconocer“, dice en esa misma página, “que tal vez la opinión pública española no era lo suficientemente consciente, hasta el 11 de marzo, del alcance de la amenaza del terrorismo islámico, o por lo menos no tanto como lo ha sido de la amenaza del terrorismo de ETA. Si es así, el Gobierno tiene sin duda una responsabilidad que asumir“.
La política de la derrota del terror, añadía Mariano Rajoy en su Declaración, una política de derrota como divisa permanente de su grupo: tal vez oponiéndola a la filosofía del Gabinete actual, que habría sido la de la dejación. Que se sepa, la persecución posterior a 2004 ha sido implacable y la detención de presuntos terroristas internacionales ha sido una medida seguida en España. Entonces, ¿por qué insistir en la derrota del terror? ¿No será mejor presentar dicha lucha en términos de defensa? No siempre se puede derrotar literalmente a los enemigos, como si estuviéramos en un frente de batalla: cuando el frente no es bien visible, en ese caso habrá que defenderse evitando que los feroces adversarios sean operativos. Ya lo dije tiempo atrás cuando leía la nueva edición del clásico de Karl von Clausewitz (De la Guerra). Para éste, el oponente no es un objeto a aniquilar, sino un rival al que desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula. Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo. Salvando las distancias, el Estado de Derecho se defiende igual: no espera destruir enteramente al enemigo, sino someterlo para impedirle actuar, haciéndole pagar por lo que ha hecho.
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1. Hemeroteca
”La mano que enreda“, Levante-EMV, 2 de marzo de 2007.
Un artículo de JS, firmado en marzo de 2007, sobre la teoría de la conspiración…
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2. Ceci n’est pas une chaise.
Ceci n’est pas (qu’)une chaise?
El diario El Mundo hace metáforas de objetos: de muebles, de circunstancias o de hechos que de entrada significan lo que significan, algo literal. En la cubierta que este periódico publicaba el 1 de noviembre una silla no es una silla: es un símbolo. Ese día, El Mundo ilustraba su titular de portada ”Absueltos los ‘cerebros’ del 11-M” con un gran fotografía en la que, según indican expresamente, la protagonista es una silla. “La silla vacía frente al tribunal del 11-M, mientras se lee el fallo, expresa el vacío que ha dejado la sentencia: nadie responde por la autoría intelectual y la planificación de la mayor matanza terrorista de la Historia de España”. ¿La silla vacía? Observo las fotografías que otros periódicos han empleado para ilustrar sus respectivas cubiertas y veo coincidencias en El País y Abc (Afp/Pool): un primer plano del juez Gómez Bermúdez, inmediatamente antes de hacer pública la sentencia. Lo vemos señalando con el dedo, apuntando hacia una parte de la Sala. ¿Qué significa esa imagen? Hay un gesto severo de autoridad del presidente del Tribunal, seguramente sin mayor importancia, una indicación menor en todo el proceso o en la puesta en escena de la sentencia. Son esos momentos de nerviosismo multitudinario que precede a un acotecimiento significativo. Ahora bien, esa foto muda, tan escueta, sin fondo, condensa metafóricamente la determinación de que ha hecho gala Gómez Bermúdez. Es algo que dichos periódicos quieren subrayar: dada la posición de ambos con el desarrollo y con los resultados del proceso. Puede que la imagen del juez con determinación sea una metáfora para ambos periódicos, pero la silla de El Mundo no es más que una silla…

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10.24.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo at 12:34 por jserna

Leo el último volumen de Arcadi Espada, en este caso dedicado a El terrorismo y sus etiquetas. Hay en sus páginas pensamiento urgente, entradas de diccionario compuestas con trozos de su blog y algún apéndice. Es interesante la operación de rescate: hay que dar forma y permanencia a la prisa por diagnosticar, a la premura por evaluar. Se nota que Espada aún rinde pleitesía al libro, al formato libro. Lo electrónico no dura o se hace desaparecer: como así ocurre en su bitácora. En las páginas del volumen hay una sintaxis nerviosa, unas palabras que expresan tajantemente para así evacuar lo que excede, lo que sobra, lo que abulta. Es el día a día más perentorio frente a la bomba o a la extorsión o al secuestro o a la amenaza. Está bien mostrar tu indignación moral y política…, siempre que evalúes los efectos: siempre que sepas que te presentas como ídolo de la colectividad. Escribir así, desde una posición admirablemente irredenta, te hace atendible: piensas como expectoras y, en principio, no tienes por qué calcular o medir las consecuencias de tus diagnósticos. No me lo tomen como crítica. Es pura envidia: ojalá yo supiera expectorar tan rápido como Espada piensa. Ya me gustaría hacer lo que AE hace: no tengo capacidad ni posibilidades de disparar tan rápido. Mi prosa es digresiva, lenta; la de Espada saja. Que, además, en esas páginas podamos encontrar un pensamiento es de agradecer: al fin y a la postre, apreciamos el esfuerzo titánico de pensar, de decir algo imprevisto o insólito. En su blog, Arcadi Espada lleva tres años y pico intentándolo. Digo, esforzándose por incomodar: como Albert Boadella, cuando trata de escandalizarnos con tanques amenazantes… Espada lleva una varias temporadas examinando lo que nos acaece desde posiciones inauditas o desde presupuestos imprevisibles. Sobre todo: lleva tres años incomodando al periódico socialdemócrata. Adivinen cuál.
No sé. O tal vez me equivoque; tal vez, Arcadi Espada sea predecible: por estar acosado por los nacionalistas (que hacen valer el colectivismo que les aúna), el periodista catalán se piensa como indispensable, corrosivo y demoledor. Y en cierto modo lo es. ¿Ustedes se imaginan una Cataluña sin Espada? Sería más aburrida y más nacionalista (más de lo que ya es). Pero quizá el problema de nuestro autor –añade alguien– sea confundir lo analítico e imprescindible con el narcisismo: eso es lo que dicen de Espada sus enemigos. Yo no creo que la habilidad de Arcadi Espada pueda explicarse enteramente con el narcisimo (ojalá ése fuera el problema): la cuestión está en que la excepción nacionalista y la tontería colectivista hacen decisivos a quienes sólo son interlocutores interesantes. Yo cometí un error: creer que era un escritor equiparable a Josep Pla. Si pudiéramos hablar ahora (como lo hicimos en el pasado), sin duda Espada me sacaría del error: el periodista catalán no se siente tan y tan ufano. Sabe que no es el nuevo Pla. Es más: Espada opina e interpreta (como hago aquí, aunque yo menestorosamente), mientas que el ampurdanés describía. No es fácil describir. Años atrás leí la edición en castellano de los Dietarios de Pla. La habían preparado Xavier Pericay y Arcadi Espada: creí ver en sus páginas una lección para el nuevo curso. Pla escribe admirablemente; Pericay y Espada lo editan impecablemente, pero hay páginas que enervan: en el ampurdanés hay diagnósticos expeditivos que son tan tajantes como los de Camilo José Cela (generacionalmente próximo); como también hay conservadurismos equiparables a los de su amigo Joan Fuster. No sé: quizá Pericay y Espada convirtieron a Pla en un campo de batalla.
Pero no es eso lo que hay en el último libro de AE. El objeto es distinto. Dedicado al terrorismo, lo catalán se desvanece. En realidad, sus páginas tienen como principal motivo el de arremeter contra aquellos que sostienen que el terrorismo tiene causas. Decir que esto es para Espada como decir que hay alguna razón legítima que lo justifica. Parece una simplificación, ¿no? Aquí, en este blog, hemos tratado dicho asunto y no parece que la condena del terrorismo en todas sus formas nos obligue a descartar las causas. La guerra es odiosa, pero tiene causas… El asunto está en que Espada etiqueta (como reza su título): esto es, designa y marca, separa y descarta de acuerdo con la fórmula del diccionario. El pensamiento actual funciona con etiquetas, es decir, con procedimientos propios de vocabulario o de página web. Yo soy partidario de demorar el análisis, de alargarlo: el expediente diccionario sirve para acotar, para ordenar alfabéticamente (nada que objetar a esta fórmula, incluso cuando me disgustan los resultados), pero si además adoptamos el aforismo o el pensamiento escueto, entonces la brillantez adelgaza el razonamiento.
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2. Forma y contenidos. Los juicios expeditivos, esos que se ganan el aplauso de los ciudadanos soliviantados, presentan el terrorismo y los actores implicados con la apariencia y con la ventaja de la brevedad: el juez-escritor acusa como un savonarola irascible dotado de razones. Si uno está del lado bueno, el mal sólo puede ser uno; el método que se pretende combatir es único; y, en fin, la solución que se le da, también. Hay una perfecta congruencia entre el diagnóstico del mal, la seleción coherente de los procedimientos y la respuesta que hay que arbitrar. Esta manera de concebir las cosas es una supertición occidental a la que habitualmente recurren ciertos políticos y autores influyentes, justo cuando la realidad desmiente y contradice la sencillez de sus dictámenes y pronósticos. Ya está bien, añaden. Amoldemos los hechos. En El fuste torcido de la humanidad, Isaiah Berlin detectó esta avería razonadora tan frecuente…, que en los peores casos te hace recaer en el sectarismo o en el determinismo científico o en el absolutismo doctrinal. ¿A quiénes se acusa si nos basamos en estos métodos? A los que obran con dejación, obstrucción y culpa. Arcadi Espada incurre en algunas simplificaciones en ciertas páginas y, por eso, con su prosa expeditiva (tiene prisa), juzga a sus adversarios como izquierdistas acomplejados que no se revisten con la enseña del liberalismo y como periodistas amodorrados que se dejan llevar por las inercias y por las cegueras profesionales. Como un severo preceptor nos amonesta sin que siempre quede claro cuál es el desliz cometido, seguramente, un disentimiento: una evidencia que nosotros aún no hemos abrazado o la posición que él ha abrazado. Por eso, una parte de su discurso apela sin más al coraje moral que hay que tener para aceptar las evidencias, de las que para él son evidencias: un mismo problema, un mismo método, una misma respuesta. Como esa actitud crea amigos, disidentes, afines, hostiles y, en fin, enemigos. Las figuras del héroe y del guardián de las palabras–que se encarnan en el observador que se sabe perspicaz– aparecen implícita o explícitamente entre sus líneas: ejemplifican lo que los lectores o los seguidores deberían realizar.
Lo que él hace suya es una revelación ardua, aislada y con pocas recompensas materiales o simbólicas, una revelación que habría suscitado la ira, el menosprecio y la irritación del medio académico o de los hostiles. Si Ludwig Wittgenstein arremetía contra el empleo confuso del idioma, Espada arremete contra el uso indolente o mixtificador del periodismo. Wittgenstein criticaba el lenguaje absurdo de lo que es inefable o de lo que no se admite como juego de lenguaje, el Wittgenstein debelador de las pseudodisciplinas pertrechadas con lenguajes presuntamente científicos. Espada crítica también lo que juzga pseudociencias y erige el neodarwnismo –nada menos– como exclusiva referencia de la que ha de servirse para depurar las vaguedades del lenguaje periodístico. Leyéndolo, uno tiene la impresión de que AE tiene la nostalgia de la solución única que explicaría el terrorismo de una vez para siempre, esa solución que los reporteros –tan ignorantes– desconocen: al igual que hubo un gen egoísta, ¿por qué no va a haber un gen terrorista? Como hombre de letras que es, Espada se abandona con irreprimible envidia a los logros incuestionables o divulgadores de los cientítificos. En ese caso, una obra nueva de Steven Pinker, por ejemplo, pasa a ser su principal nutriente (en espera, supongo, del libro venidero o del investigador definitivo que aclaren el comportamiento humano). Mientras tanto, sin embargo, Arcadi Espada sorprendentemente continúa...
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07.01.07
Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación, terrorismo at 9:17 por jserna

El terrorismo es un acto de violencia –una explosión, un disparo, un secuestro, etcétera– que provoca consecuencias inmediatas: daña, hiere o mata a personas que eran objetivos de una organización; daña, hiere o mata a individuos que pasaban por allí, viéndose por ello afectados. Gracias a las películas y a las series americanas, sabemos que el espacio en que se ejecuta la acción se denomina escena del crimen. Lo llamamos así, en traducción directa del inglés, y esa expresión revela indirectamente uno de los sentidos del acto violento: agigantar el efecto, atraer la atención de un público vasto, muy vasto, que no necesariamente está presente.
El terrorismo necesita muertos y heridos, dañados y amenazados, pero necesita sobre todo damnificados indirectos o potenciales: espectadores que alteran su vida cotidiana para interesarse por lo sucedido, para echar un vistazo a los rostros de los detenidos; espectadores que se dejan impresionar por la violencia, que es muy llamativa; espectadores que son o se sienten víctimas vicarias y eventuales gracias a las ondas expansivas de los mass media. La televisión y los periódicos cuentan lo que sucede, pero lo cuentan particularmente cuando los hechos narrados rompen las expectativas y lo ordinario, creándonos con ello una realidad sobrevenida o sobreañadida. Es entonces cuando el ciudadano se siente imantado: busca la noticia en el periódico (generalmente ilustrada con alguna instantánea del acontecimiento), leyendo, confirmando, averiguando. También es entonces cuando el espectador escruta las imágenes y escucha las voces de las víctimas y de los victimarios, de los vecinos, de los expertos y del gran público que, como nosotros, poco sabe pero mucho puede expresar con sus sentimientos revelados.
Detienen a presuntos terroristas, se celebran juicios, y lo primero que hacemos es contemplar su rostro en pantalla…, o su fotografía policial. Esas imágenes no han sido captadas de cualquier manera, no son casuales, por supuesto: responden a unos cánones establecidos, a unas poses específicas y a unas indumentarias previsibles. En el libro Fichados (Alba), Giacomo Papi reconstruye la historia de la fotografía identificativa a través de trescientos y pico rostros retratados, gentes conocidas que fueron sorprendidas cometiendo un presunto delito, gentes desconocidas que después lograron celebridad como artistas o como asesinos o, en fin, gentes anónimas que sólo formaron parte del submundo del crimen, de las sentinas del horror. Uno de los más famosos, Al Capone…
Todo empieza hacia 1848, con los daguerrotipos de una prostituta y de un ladrón, técnica después reemplazada por la fotografía en papel. Retratados de frente y de perfil para que así la cara manifieste su detenida normalidad, para que así exprese todo de lo que ha sido capaz el arrestado. Las imágenes más antiguas que registra el libro nos muestran a individuos temerosos, sorprendidos, algo ajenos y extrañados. Uno supone la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra, el desconcierto de lo venidero, la falta de experiencia. Captar el rostro, pues. ¿Pero cuál, en qué estado? “La cara es móvil, tiene mil expresiones”, añade Papi. “¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?”, insiste.
En principio, en el Ochocientos, el retrato policial ha de evitar las asperezas y el nerviosismo, esos tics o recursos que convierten al arrestado “en un improvisado transformista de la mímica de su rostro”, según decía Umberto Ellero, de la policía de Turín. De lo que se trata es de congelar la normalidad presunta, de captar con naturalidad, que es lo mismo que la inexpresividad, algo también propio del mundo burgués de entonces. Sin embargo, muchas décadas después, ya en nuestro tiempo, los rostros retratados los vemos ”cada vez menos extrañados, cada vez menos culpables, cada vez más seguros de sí mismos”, dice Giacomo Papi. Cada vez más desafiantes: tal vez sabedores de que serán vistos y reconocidos por miles, qué digo miles, por millones de espectadores, el colmo del éxito en la sociedad de masas.
Eso es precisamente lo que nos sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de presuntos terroristas buscados o detenidos: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos. Su indumentaria corrobora una identificación, una uniformidad, una banda; con un cultivo expreso del feísmo adolescente y atronador entre los bárbaros del Norte. Esas imágenes nos los muestran arrogantes, enfrentando el objetivo de la cámara con chulesca expresión. Bien es verdad que si la foto es de un fichado policial, éste no podrá hacernos sarcasmo o burla, pero aun así veremos en sus ojos un destello de jactancia, de atrevimiento. Aunque lo grave es que, si nos fijamos bien, esa imagen generalmente no nos devuelve la cara de un monstruo, sino el rostro de un tipo banal. Como el de cada uno de nosotros. “Cuatro detenidos por los atentados frustrado en Londres y Glasgow“, leo en la prensa del día 1 de julio e inmediatamente me veo buscando las fotos de los arrestados. No las encuentro, de momento, y experimento una desazón imprecisa: noto una frustración de espectador. Y sí, así es: en cuanto se hagan públicas, pronto me apresuraré a escrutar las fotografías policiales. ¿Confirmando qué?
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06.12.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia at 11:04 por jserna

El filósofo norteamericano Richard J. Berstein rotula uno de sus libros con este título: El abuso del mal (Katz editores). Dedica el volumen a analizar lo que entiende que es “la corrupción de la política y la religión desde el 11/9″. Sostiene una tesis fuerte: la peligrosa conversión de la ética en referente político. ¿Algo que reprochar? En principio, que las relaciones internacionales se supediten a unas normas morales parece inobjetable: los actores se someterían al bien y, por tanto, obrarían de acuerdo con bases innegociables. Imaginemos un escenario ideado por Kant: una acción es moral cuando se somete a los principios del imperativo categórico: es un acto autónomo, universalizable, racional, a priori; un acto que no persigue el bien por los efectos, sino que se ejecuta en función de un discernimiento que es previo. Las acciones morales toman a cada ser como fin en sí mismo y no como medio y, desde luego, excluyen la heteronomía…
¿Se imaginan un mundo gobernado así, regido según esos principios? Sin duda sería un planeta formalmente moral, pero a la vez sería una especie de infierno real: si obramos sin atender a las consecuencias de nuestros actos, si aparentemente –al menos– pensamos el mundo al margen de sus consecuencias, el egoísmo no rige, pero la presunta benevolencia nos destruiría. Lo que se pide a los gobernantes es que obren con la mayor decencia posible, pero –por favor– que no conciban sus acciones de acuerdo con la rigidez formal de un presunto kantismo. En realidad, las acciones de Gobierno o las relaciones internacionales o la política exterior no se ciñen a esta forma de concebir el acto moral. ¿Por qué razón? Porque moral y política no coinciden. Sin embargo, desde que sucedieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, parece como si la política internacional norteamericana tuviera que hacerse ateniéndose a la moral. “Hubo otros períodos en la historia reciente” dice Bernstein, “en que los políticos, en especial en los Estados Unidos, utilizaron la retórica del bien y del mal para ganar el apoyo de sus electores. Ronald Reagan llamó a la Unión Soviética ‘El imperio del mal’…”
En apariencia, algo semejante a lo que George W. Bush dice hoy cuando habla del eje del mal. Eje y mal son dos palabras de evidente resonancia histórica, pero son sobre todo dos términos que parecen supeditar la visión de las cosas a un enfoque estrictamente moral. Ahora bien, entre Bush y Reagan hay diferencias. En el ganador de la Guerra Fría, la retórica moral se concebía como parte de un programa propagandístico, como instrumento de un conflicto concebido al modo clásico: en una guerra, si se puede, al enemigo hay que quitarle la capacidad para hacernos daño, logro que será la derrota de dicho adversario. En Bush, por el contrario, la moral parece ser una creencia firme, no una argucia: más que impedirle hacernos daño, al enemigo hay que derrotarlo. Así, sin más, aunque eso provoque un cataclismo, aunque de ello se deriven consecuencias peores. No parece importar… En Reagan sí que importaba. “A pesar de esta retórica, Reagan se mostró flexible y pragmático en sus negociaciones diplomáticas cuando Gorbachov se convirtió en el líder del Kremlin”. En cambio, ahora, la política norteamericana tiene un lado más inquietante: la aparente (o real) convicción sin diplomacia, la defensa de los principios sin dejar abierta negociación alguna.
Piénsese, por ejemplo, en el reproche dirigido a la posición española con respecto a Cuba. Se dice: los españoles gozaron de la libertad tras la muerte de Franco; también los habitantes de la Isla tienen ese derecho. Por supuesto, pero la transición en España se hizo negociando entre los herederos del antiguo régimen y los opositores, no basándose en principios inamovibles, ni tampoco en una idea del bien innegociable del que una parte sería exclusiva portadora. La debilidad o el daño previsible obligan a negociar: pero no porque se tenga razón, sino porque se sabe que el pacto es la fórmula que menos daños ocasiona. En cambio, predicar el absoluto moral impide cualqier transacción. “Lo más inquietante acerca del discurso sobre el mal posterior al 11 de septiembre”, dice Bernstein, ”es su rigidez y su atractivo popular”, algo que se ha extendido entre muchos analistas. ¿Estamos o no estamos dispuestos a derrotar a nuestros malvados enemigos? ¿Quién podría estar en contra de luchar contra el mal? Ésas parecen ser las ideas determinantes.
El problema, si se fijan, no es que a quienes se nos oponen les llamemos enemigos, sino que a los fieros adversarios que hay que reducir los identifiquemos sin más con el mal, con un simplificación traquilizadora. No me malinterpreten. Eso no significa que yo quiera comprenderlos ni justificarlos: significa que la tipificación del mal no puede confundirse con los medios que tenemos para oponernos. Según esta perspectiva radical, el mal es un acto heterónomo, irracional, no universalizable, consecuencialista y, por tanto, egoísta. En cambio, el bien no se mide por sus efectos. Concebir así la política nos deja en el lado bueno –qué duda cabe–, pero no nos ayuda mucho a arreglar problemas concretos. La gestión internacional y nacional no implica necesariamente hacer el bien, sino evitar los daños directos e indirectos, intencionales e inintencionales que se siguen de determinadas medidas. Los pragmatistas norteamericanos nos enseñaron a pensar así las cosas, nos recuerda Bernstein, y ello es aplicable al gobierno diario y a las disputas internacionales.
Aquí, en España y entre nosotros, entre los principales columnistas de la derecha, ese principio liberal ha sido olvidado para reivindicar el bien como convicción absoluta. Durante meses, nuestros articulistas más acérrimos han mostrado la mayor fiereza ideológica, sabiéndose ubicados en el bien. La política de Rodríguez Zapatero puede fracasar, como no prosperaron los tanteos ordenados por Aznar. Sin embargo, esa política del actual presidente ero no ha de medirse por el bien que predica, sino por las gestiones que emprende. Pero no ha sido ésa la vara de medir. A Rodríguez Zapatero le han juzgado a partir de aprioris…, acusándole de relativismo, de nihilismo, alguien sin principios que habría cejado en el empeño de todo estadista: hacer el bien. Es, desde luego, un error grave. El de esta idea, me refiero. El problema no es que algunos columnistas emplearan esta concepción formalista y originariamente kantiana como artimaña, sino que muchos parecieron creer en ella. Si la política se concibe a priori, confundida con la moral, como un imperativo categórico que no puede evaluarse por sus consecuencias, entonces la radicalidad se impone. Y así ha sido. Por eso, antes de la reunión de Rodríguez Zapatero y Rajoy, un Jon Juaristi enrabietado advertía contra la tentación del pacto y de la negociación, mero pragmatismo condenable. Por eso, después de dicha reunión, Ignacio Camacho deplora que todo esto sólo sea la representación vaporosa de unidad, mero maquillaje electoral. Digan lo que quieran, pero –por favor– no interfieran la negociación de estos actores políticos: aunque, quién sabe, quizá antes alguno de los contendientes-negociadores sacará la moralidad para romper enfáticamente pactos tan frágiles.
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06.05.07
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 22:35 por jserna

0. Palabras de ayer y palabras de hoy.
Me pregunto qué decir, qué decir en estas circunstancias que no sea injusto o cobarde, que no sea electoralmente aprovechable o manipulador. Leo y releo editoriales y conforme vuelvo sobre ellos me sorprendo por la distinta vara de medir, por el dominio de la imagen y de las percepciones. Decía en el post anterior que estamos ante una democracia mediática: son o forman parte del sistema actual en España y en Occidente la imágenes que cada personaje público desprende y también la declaración que pueda hacer. Pero las imágenes y las declaraciones no siempre son dominio de aquel que habla o de quien se retrata. Buena parte del choque electoral que padecemos permanentemente es una lucha por la imagen y por la declaración. Los ciudadanos acabamos discutiendo no sobre lo que hace o deja de hacer este o aquel Gobierno, sino sobre lo que este o aquel Gobierno consigue transmitir en medio de una furia mediática. Cuando eso que se transmite está perturbado constantemente por interferencias de los medios, éstos se convierten en ruido que desazona o en guardia pretoriana. Desde hace años, una parte de la prensa española ha adoptado el perfil del periodismo doctrinal, que no institucional. Lejos de examinar los aciertos y los errores, los logros o los fracasos, de este o del otro Gobierno, hay editorialistas que se expresan como militantes encastillados. Y hay opinadores que con sensatez y buen tino piden la unidad en esta circunstancia. Entre los editoriales que hoy se publican (y reproduzco en la sección de comentarios) y los que se publicaron en 1999 hay diferencias. Unos pedían unidad entonces y hoy sólo la consideran como expediente retórico. Adivinen quiénes… Leo la portada en papel de Abc (6 de junio de 2007): “Eta le revienta la legislatura a Zapatero”.
Punto y aparte.
Lean otra vez la cubierta del diario conservador: “Eta le revienta la legislatura a Zapatero”. No doy crédito y, sorteando a los columnistas principales del periódico (esos cuya opinión es previsible) avanzo hasta llegar a las páginas interiores. El titular de la primera plana de la sección de España aclara lo dicho para gran alivio mío: “Eta embarranca el ‘proceso’ y arruina la apuesta clave de Zapatero en la legislatura”. Revienta y embarranca. Parecen dos verbos compatibles pero no lo son. Reventar es estallar: la explosión que se produce tras una bomba. Embarrancar es, por el contrario, atorarse, atascarse en el fondo.
Qué pena, qué confusión metafórica. Cómo iba a pensar yo que la prensa culta iba a manejar tan torpemente imágenes incompatibles y tendencialmente realizativas (o ‘performativas’). Desde John Austin sabemos que los enunciados realizativos son aquellos que ejecutan un acto por el hecho de pronunciarse. En principio, yo no creo, obviamente, que emplear ese verbo (’reventar’) sirva para dar ideas, pero cuando los ‘reventadores’ tienen pocas ideas (como es el caso), cualquier ayuda que reciban será bienvenida. Hay predicciones falsas que se cumplen, precisamente porque se hacen públicas; y hay predicciones ciertas que por el hecho de comunicarse se incumplen. Fíjense: el titular rotundo y amenazante de Abc tal vez sea una enseñanza que la oposición le presta al Gobierno. En ese caso, las instituciones se salvan gracias a la clarividencia de una cubierta periodística que equivocadamente yo creía extremista.
Si las miro desde otro ángulo, sin embargo, las cosas no las veo claras. El Abc es un periódico de gran tradición y preocupante deriva, tanto es así que alguno de sus principales opositores, como por ejemplo Federico Jiménez Losantos, lo tildan de diario inane. De ser cierta esa acusación, la inanidad habría empezado tiempo atrás. ¿Cuándo? Yo creo que la acusación de Jiménez Losantos es una maldad: que Abc se desangre perdiendo tirada, según apostilla FJL; que esté lejos de sus momentos de esplendor, aquella época en que Rafael Anson repartía abeceína; que su primavera centrista se marchite (según vemos algunos de sus lectores)…, todo ello no es motivo para desesperar. Quizá llegue un día en que, recobrando el pulso literario, sus editorialistas sepan poner las metáforas. De momento, no.

1. Editoriales y artículos de ayer. La ruptura de la tregua en 1999
A. El País
Sólo hay un culpable
Editorial, El País, 29/11/1999
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de “construcción nacional” vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de “construcción nacional” vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
Al error de volver donde solía ETA añade el de pensar que las cosas pueden ser como antes. Año y medio sin atentados ha roto la inercia social que consideraba inevitable la presencia de los terroristas. Si se consideraba improbable su vuelta era precisamente por la imposibilidad de imaginar un pretexto que la justificara. Ante la población en general, pero sobre todo ante sus aliados nacionalistas. Ayer, tanto el PNV como EA dejaron claro que las divergencias sobre el proceso de paz no justifican el asesinato.
En el fondo, las razones esgrimidas por ETA podrían reducirse a una: la gente se estaba acostumbrando a vivir sin violencia, pero también sin concesiones a ETA. Se trata, pues, del reconocimiento de una impotencia. Sin la coacción de los atentados, los ciudadanos se resisten a obedecer: no votan como ETA esperaba e incluso cuestionan la necesidad de esa organización. Y aunque el PNV y EA han hecho grandes concesiones, justificándolas en nombre del proceso de paz, ya no pueden ir mucho más allá sin renunciar a su condición de partidos democráticos. ETA lo sabe y por eso ha dado por cancelado este periodo.
Otras veces, el comunicado ha llegado por carta bomba. En esta ocasión ha elegido una forma más alambicada, tal vez para dejar a sus aliados nacionalistas alguna duda acerca de si deben romper ya toda relación, como se comprometieron si volvía la violencia, o pueden seguir confraternizando a la espera de que ocurra algo. Pero ya se ha visto que la llamada apuesta inequívoca por las vías políticas tenía límites: ETA aceptaba circular por ellas siempre que se le garantizase que lo que perseguía a tiros podría alcanzarlo ahora sólo con la amenaza de volver a disparar.
Tal vez la escasa resistencia con que los nacionalistas se adaptaron al lenguaje y los tópicos del mundo radical -sobre el nuevo marco que supere el estatuto, el ámbito vasco de decisión, la construcción nacional, la territorialidad- convencieron a Mikel Antza de que en dos años el lehendakari sería él. Pero los ciudadanos, en tanto que electores, desmintieron esa fantasía. No hay motivos para no creer a Arzalluz cuando desmiente que su partido firmara un compromiso con ETA. Pero, una vez más, el problema es que los nacionalistas no violentos actuaron de manera que ETA pudiera interpretarlo así. Como ocurrió en su día con los polimilis, que interpretaron que les animaban a seguir, o como en la famosa parábola de los que mueven el árbol y los que recogen las nueces.
En su última propuesta, desvelada ahora, ETA proponía a los demás nacionalistas la convocatoria unilateral de unas elecciones constituyentes a celebrar simultáneamente en las actuales comunidades vasca y navarra y en los territorios vascos del sur de Francia, que conformarían una circunscripción única. Así de fácil; pasando por encima de siglos de historia y por la evidencia de que la mayoría de los habitantes de esos territorios no tiene una identificación única con ese marco. De hecho, no hace mucho, en las europeas de junio, hubo elecciones simultáneas en ellos: las fuerzas nacionalistas fueron ligeramente mayoritarias en Euskadi, pero no superaron el 20% en Navarra ni alcanzaron el 10% en el País Vasco francés.
Por ello hay cierta confusión en la argumentación que ayer expuso Arzalluz citando a Ibarretxe: no es que los resultados electorales alarmasen a Madrid sobre la existencia de una mayoría abertzale. Lo que demostraron es que no resulta posible un consenso sobre bases diferentes a las de la autonomía. La idea de una paz sobre premisas soberanistas fue desautorizada por los electores. Y eso explica seguramente la decisión de boicotear las elecciones legislativas. El brazo político de ETA consiguió, tras la tregua, los mejores resultados de su historia, pero no sólo no pudo imponer un nuevo marco político creíble, sino que se vio obligado a dar su apoyo a la investidura de Ibarretxe. Tuvo que hacerlo porque su abstención hubiera abierto paso a la elección de un lehendakari no nacionalista. Ahora evita someterse a escrutinio electoral tras la ruptura de la tregua.
ETA ha mantenido el alto el fuego más tiempo de los cuatro meses previstos. Lo que ha conseguido en este plazo es que su agenda -presos, soberanismo, territorialidad- sea asumida como normal por todo el nacionalismo: como si fuera su propio programa. Pero le han fallado los electores. La idea de que el pluralismo reflejado una y otra vez en las elecciones es una anormalidad a superar evidencia una visión no democrática e ilusoria: la cosa no cambiará en un horizonte previsible. ETA intenta de nuevo cambiarla a tiros.
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B. El Mundo
El final de un espejismo La paranoia de ETA pone en evidencia a Arzalluz
Editorial, El Mundo, 3 de diciembre de 1999
Tras 14 meses de tregua, ETA vuelve a poner fecha al terror, como ya lo hiciera en aquellos fatídicos días de julio de 1997. Hace dos años y medio, las movilizaciones populares no lograron salvar la vida de Miguel Angel Blanco. Hoy, la sociedad española contiene el aliento a la espera del próximo viernes.
Nada y todo volverá a ser lo mismo: la muerte, el dolor, la incertidumbre que la banda armada está dispuesta a traer de nuevo a los vascos y al resto de los españoles.
En un estremecedor relato, titulado Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias, el periodista Philip Gourevitch describe los odios ancestrales que desencadenan cíclicamente las matanzas de los Grandes Lagos africanos. La paranoica acción de ETA parece también enmarcada en el mismo contexto de fatalidad y fanatismo que conduce inexorablemente al crimen como método político.
Ante la declaración de guerra de ETA al Estado de Derecho, las Fuerzas de Seguridad deben redoblar su celo y poner todos los medios para evitar el derramamiento de sangre que la banda anuncia eufemísticamente en su comunicado como «más iniciativas concretas».
Pero ETA no sólo anticipa en este comunicado el final de la tregua. Hace un análisis de por qué decidió abandonar temporalmente la lucha armada y de por qué vuelve ahora a la violencia para lograr sus fines políticos. Las palabras de la organización son altamente esclarecedoras de sus propósitos y demuestran que lo que hemos dado en llamar «proceso de paz» no era más que un espejismo. Lo dice la propia ETA al acusar al PNV y EA de «vender insistentemente ante la sociedad un proceso dirigido a la construcción nacional como un proceso de paz». La banda armada veía la tregua como un instrumento para avanzar hacia la independencia de Euskadi a través de un pacto secreto con PNV y EA, que un encapuchado muestra a la cámara en la fotografía que hoy reproducimos en nuestra portada. El precio de la tregua -que no de la paz- era la complicidad de los dos partidos nacionalistas con ETA, relegando a EH a un mero papel de comparsa, para romper con el actual marco constitucional.
Así se explica el tajante desmentido, teñido de falsa indignación, del PNV y EA cuando EL MUNDO reveló estos acuerdos secretos, suscritos en agosto de 1998 y ocultados por los dirigentes de ambas formaciones no sólo a las instituciones y a la opinion pública sino a sus propias bases. No podían sino negar la realidad, ya que el espíritu y la letra de esos pactos ponían en evidencia el doble juego de esos dirigentes, comprometidos a asumir el papel de caballo de Troya de ETA en las instituciones democráticas.
Si hay un responsable de este gran engaño, esa persona se llama Xabier Arzalluz, que, pretendiendo cabalgar a lomos del tigre, lleva camino de acabar devorado por la fiera. El PNV estampó su sello, como muestra el encapuchado de ETA, en un documento en el que se comprometía a romper con los partidos democráticos, a burlar la Constitución y a crear unas nuevas instituciones vascas. Arzalluz, que acusó ayer a ETA de «mentir» sobre las razones que le han llevado a romper la tregua, asegura que el documento exhibido por la banda está manipulado y que el PNV nunca asumió los compromisos que invoca ETA. Pero el dirigente vasco ha perdido su credibilidad. Desgraciadamente, es mucho más verosímil la explicación de la organización armada, que coincide con lo que desveló EL MUNDO y la lógica de los acontecimientos posteriores. Si alguien ha engañado a la sociedad vasca, ha sido el presidente del PNV.
Arzalluz creyó probablemente que podía ser más listo que nadie y que lograría rentabilizar electoralmente la tregua de ETA. Hizo creer a la opinión pública que la banda buscaba una salida digna y que estaba dispuesta a negociar con el Gobierno de Madrid una paz razonable. Y le hizo creer a ETA que el PNV apostaba en serio por la «construcción nacional» de esa mítica Euskal Herria.
Como un jugador de naipes que se lleva el dinero de la caja de su empresa, el líder nacionalista esperaba que las futuras ganancias le permitieran devolver lo sustraído y quedarse con un notable capital. En este caso, el suficiente para convertirse en el árbitro de la situación política en el País Vasco y pasar a la historia como el hombre que convenció a ETA de la necesidad de abandonar las armas.
Pero ha perdido la partida. Sus bazas han quedado al descubierto. La insistencia de los dirigentes del PNV en culpar al Gobierno, durante las pasadas semanas, de una posible ruptura de la tregua se explica ahora: los nacionalistas querían descargar sobre el PP y Aznar sus propios errores. Sabían ya que el anuncio de ETA era cuestión de días, porque la banda había presentado, hace cuatro meses, al PNV y a EA otro documento en el que amenazaba con volver a las armas si no se celebraban elecciones para elegir un Parlamento que representara a las provincias de Euskadi a uno y otro lado de la frontera. PNV y EA no contestaron esta vez a la descabellada pretensión de ETA pero tampoco la desvelaron ni ante la opinión pública ni ante las instituciones del Estado.
Consciente de que la ruptura de la tregua era inminente, Carlos Garaikoetxea decidió dimitir hace ocho días en un rasgo de coherencia. Ayer supimos las verdaderas causas de su renuncia. Arzalluz, que no ha podido reponer el dinero que se llevó de la caja -la lealtad del PNV hacia el Estatuto de Gernika- y ha dejado en quiebra la empresa de la paz, debe seguir el ejemplo de su antiguo compañero de partido.
Pero, con ser importante una correcta comprensión de por qué han sucedido las cosas, lo esencial es ahora la unidad de las fuerzas políticas democráticas ante los negros augurios de la banda. Ojalá no se cumplan y haya todavía un margen para la paz. Si ETA no recapacita, los que aprietan el gatillo, y sólo ellos, serán los responsables de unas acciones criminales cuya finalidad está condenada de antemano al fracaso. El Estado nunca se va a poner de rodillas ante ETA, lo que convertirá en inutil cualquier derramamiento de sangre.
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04.02.07
Posted in Intelectuales, Religión, terrorismo at 13:01 por jserna
Ilustración: Loredano
0. Ahora, a las 21:45 horas del lunes 2 de abril, acabo de enterarme por la prensa que el comando desarticulado por la Guardia Civil estaba haciendo un seguimiento a Fernando Savater, seguimiento que –supongo– no sería una novedad de este momento, sino todo un horror previo y previsible. Vaya por delante mi solidaridad y mi estupor: mi estupor ante una situación como la presente.
Ahora, a las 8:30, del martes 3 de abril, creo que algo más hay que añadir… Durante meses, el filósofo donostiarra ha dado su apoyo al Gobierno en su política antiterrorista, cosa que le provocó todo tipo de denuestos y de repudios. Pero, por encima de eso, estaba su decidida apuesta por un final próximo del terror bien guiado por la mano firme del Estado, sus representantes y sus instituciones. En todo este tiempo y por lo que ahora vamos sabiendo, los bárbaros no habían dejado de organizarse para matar o, al menos, para poder intimidar. ¿Lo sabía el Gobierno? ¿Lo sabía Fernando Savater mientras apoyaba al Gobierno? En fecha reciente, el filósofo ha dejado de respaldar esa política, pero según parece no por estar siendo seguido por los miembros del comando, sino por juzgar ya como inaceptable los pasos dados en dicha negociación, con un Estado que presuntamente estaría haciendo dejación de sus responsabilidades ante De Juan Chaos o ante Otegi, argumento que es la baza empleada por los populares. Sin embargo, la desarticulación del comando prueba justamente lo contrario. Creo que el editorial que ahora reproduzco en parte (y que en los comentarios aparece en la sección de Hemeroteca) abunda en la misma dirección:
”Las Fuerzas de Seguridad han conseguido desmantelar la red terrorista antes de que llegase a actuar, como venía ocurriendo en los años que precedieron al alto el fuego. Todo parece indicar, por tanto, que tenía razón la policía francesa cuando insistía en que durante la tregua ETA no se había parado, y que también la tenían los responsables de Interior cuando afirmaban que tampoco la investigación policial se había detenido. La hipótesis de un fin dialogado de ETA se hacía depender de la aparición de datos indicativos de una voluntad de poner fin a la violencia. Evidenciado que tal voluntad no existe, la eficacia policial vuelve a ser un eje central de la política antiterrorista. Ése es el auténtico plan B que todo Estado de derecho debe tener dispuesto en procesos de paz como el ensayado. Eso no significa que no debería haberse intentado. Las razones que determinaron la debilidad de ETA se mantienen. (…). Las encuestas indican que es ya muy mayoritaria entre las bases de Batasuna la convicción de que el tiempo de la violencia ha pasado. Por muchos pretextos que sus dirigentes busquen para atrasar las decisiones, saben que el abandono de las armas por parte de ETA es inevitable, y también que sin esa condición, o la ruptura clara con la banda, no recobrarán ellos la legalidad, ni podrán ser candidatos en las elecciones”.
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1. Fernando Savater, el ateísmo y el antiterrorismo
Hace unos días pude seguir la entrevista que Antonio San José le hacía a Fernando Savater. Era el programa Cara a Cara, de Cnn+, y el motivo de su presencia era la reciente publicación de La vida eterna, su último libro. Salvo algunas alusiones brevísimas a la situación del terrorismo y del antiterrorismo, el grueso de dicho espacio se dedicó a hablar de Dios, de la muerte y de las religiones, algo en lo que pueden coincidir sin mayor conflicto San José y Savater, dos personas cultivas y descreídas. El periodista podía haberle interrogado sobre las críticas que en El País Ignacio Sánchez-Cuenca había hecho a entidades cívicas como ¡Basta ya! Pero en dicho artículo Sánchez-Cuenca evitó mencionar al filósofo, se guardó frotar la herida: tal vez, sin pretenderlo expresamente, organizaciones como la que preside Savater favorecen la estrategia del Partido Popular, admitía Sánchez-Cuenca. Si se hubiera tratado dicho asunto en Cnn+, esto bien podría haber provocado el malhumor del compareciente y, de paso, bien podría haber obligado a preguntar sobre la colisión PP-Prisa. Dado que Cnn+ es parte de Prisa, la circunstancia habría podido ser algo embarazosa: más aún, si tenemos en cuenta que Hermann Tertsch ha sido despedido de El País…
Horas después, el pasado domingo 1 de abril, pude leer la interviú que Antonio Astorga le hacía al filósofo donostiarra en Abc. ¿El motivo? El desmarque antiZapatero de Fernando Savater. Después de haber aprobado la audacia o la temeridad antiterrorista de Rodríguez Zapatero (lo que al filósofo le ocasionó severos rapapolvos por parte de organizaciones de víctimas), después de haber mantenido un discreto apoyo gubernamental durante meses, el intelectual vasco se apartó días atrás de dicha posición. Quizá con algo de aspaviento y representación: parecía regresar a la estrategia antiterrorista anterior (sin negociación posible) después de haber defendido posiciones prosocialistas. Cuando Savater leía en la calle, públicamente, un manifiesto aprobado por ¡Basta ya!, por el Foro Ermua y otras organizaciones, hacía quizá una puesta en escena que algunos le celebraban y que otros –el editorialista de El País— le toleraban por ser quien es.
Las organizaciones cívicas parecían decir algo así como: por fin, tenemos al filósofo con nosotros. Por fin se acabaron las disensiones. El artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca de días atrás confirmaba de manera indirecta, inversa, este nuevo alineamiento. Porque de eso se trata: la política española parece exigir alineamientos… Tanto es así que hoy, lunes 2 de abril, aparece en El País aparece un artículo de Fernando Savater que es una clara respuesta al de Sánchez-Cuenca, pero esta vez sin menciones personales, sin nombres, de modo que aquél no pueda responder por alusiones: si lo hace, entonces es que se siente aludido picajosa, quisquillosamente. La diatriba del filósofo donostiarra es diabólicamente perfecta: a quien le pica, ajos come. Es decir, Sánchez-Cuenca no es mencionado…
Pero volvamos a Abc. La entrevista que Antonio Astorga le hacía a Savater confirma en parte lo dicho por Sánchez-Cuenca: que el filósofo ateo sea convocado a las páginas de un diario tan católico no se debe necesariamente a la amplitud de miras de su línea editorial, sino a la coincidencia estratégica. El regreso de Savater a su antigua posición antiterrorista le aleja del PSOE y le aproxima al PP. Justamente por eso es entrevistado por el periódico dirigido por José Antonio Zarzalejos y justamente por eso el interlocutor evita cualquier mención al ateísmo del filósofo, cualquier alusión a ese anticonfesionalismo de estirpe nietzscheana que tal mal sienta en el diario de Vocento. No extrañará, pues, que el entrevistador le pregunte expresamente por Jesús de Polanco, por Hermann Tertsch y por su posición: precisamente esos asuntos sobre los que no le interrogaba San José, el periodista de Cnn+.
En su respuesta a Abc, Savater trata de hallar un punto de equilibrio, una equidistancia que le permita criticar con tiento. “Yo creo que Jesús [de] Polanco, al que yo tengo por una persona muy sensata y que medita mucho lo que dice, en esta ocasión –supongo que nos puede pasar a todos– lo que dijo fueron cosas exageradas, injustas y, sobre todo, desplazadas para decirlas en la situación en la que estaba, ante una cantidad de gente que se podía tomar eso muy en serio. Siendo una persona de tanta importancia en Prisa como es Jesús [de] Polanco, la gente que esté trabajando en el grupo podría decir: bueno, ésta es la bandera que hay que seguir y como nos salgamos de la pauta se nos va a caer el pelo”. Es decir, Savater reta expresamente a Jesús de Polanco y, además, tiene un recuerdo muy medido, muy bien pensado, para Hermann Tertsch. Digo bien medido y bien pensado porque no expresa exactamente una solidaridad aspaventosa, sino melancolía, melancolía con una sintaxis extraña: “y además está el caso de Hermann Tertsch, sin duda uno de los mejores periodistas que había en El País. Cuando yo abría el periódico y veía un artículo suyo, sin dudarlo me lanzaba sobre él. Entonces esta persona ya empobrece, digamos, el periódico faltando. Claro, si todo eso se da junto, a mí me parece un momento bastante aciago en el grupo”.
Cabría preguntarse por qué Savater no expresa rotundamente su solidaridad con Tertsch: rotundamente quiere decir forzando a Jesús de Polanco, una figura que con Juan Luis Cebrián es su némesis en la empresa… Pero, claro, llegados a este punto, Savater ha de marcar distancias frente al PP, pues si sigue la crítica se le identificará con los populares, cosa que sería injusta… “Ahora, la reacción del boicot por parte del Partido Popular me parece un absurdo”, dice inmediatamente. “¿A qué lleva eso? ¿A castigar a los lectores que se van a quedar sin escuchar otras opiniones, sin poder escuchar otras ideas? Al contrario, yo creo que verdaderamente para borrar esa impresión falsa que podría tenerse del Partido Popular o de otras ideas alternativas a las del Gobierno hay que defender los espacios que ofrecen El País y otras ramas del grupo, para que no quede todo monopolizado por los lacayos gubernamentales que hoy se meten con Basta Ya!”, añade en clara alusión a Ignacio Sánchez-Cuenca y en evidente reto a Jesús de Polanco. “Más que nunca hay que luchar en ese espacio, y me parece que ahí cuanto antes se resuelva mejor, creo que algún tipo de disculpas se podría pedir al Partido Popular porque verdaderamente era una ofensa lo que se dijo, sinceramente. E inmediatamente el PP debería ceder en esa postura de boicot que no tiene sentido, y que está perjudicando a trabajadores y a lectores, que no tienen nada que ver con lo que se ha dicho”, concluye.
Fíjense que Fernando Savater pide a Polanco una disculpa, pero no exige al PP una justificación. Durante meses y meses hemos asistido a todo tipo de descalificaciones por parte de los populares (por ejemplo, en la posición rabiosamente clerical que mantiene dicho partido frente a las providencias y decisiones gubernamentales) y, sin embargo, el filósofo donostiarra nada dice de ese enfoque militante y cristianísimo. Para justificar razonablemente la postura de su organización cívica (¡Basta ya!), Savater se pregunta en el artículo que publica en El País: “¿Se ha entregado ¡Basta Ya! a un nuevo fundamentalismo antigubernamental? Pregunto a mi vez: ¿alguien nos ha visto manifestándonos contra los matrimonios de homosexuales, o la Ley de Igualdad o la enseñanza laica y cívica?”. Por supuesto que no, añadiríamos. Pero, a la vez, convendría preguntarse por qué posiciones con un sesgo ideológico tan marcado (las que defiende el PP) son toleradas con comprensión por un filósofo tan ateo. Y todo esto lo digo sin aspaviento ni estrépito: lo digo con la simpatía crítica que le profeso a Fernando Savater desde antiguo, y lo digo ahora, precisamente, cuando acabo de publicar en Ojos de Papel una reseña de su último libro.
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03.23.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia, General at 13:40 por jserna

1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.
¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista: los tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente. Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.
Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.
Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: “Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.” Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”.
¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.
Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos… Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse. Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…
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2. Deprisa, de Prisa. Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.
El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.
a. El periodista Hermann Tertsch y El País
(Hermann Tertsch, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).
c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.
d. Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.
e. Editorial del periódico El País al PP.
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3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV
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4. Atención, actualización del blog: nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…
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01.12.07
Posted in Totalitarismo, Scriptorium, terrorismo, Historia, General at 13:11 por jserna
1. Leo en el blog de Anaclet Pons una estupenda información sobre Hannah Arendt. Siempre es tiempo de regresar a esta autora, que nos dignifica, que nos mejora. Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos empeñamos en vivir. Criticó, como nos recuerda Anaclet Pons en su bitácora, “toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana”. Subrayó la finitud, la escasez, la precariedad como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida. Son numerosos los pensadores que se ensoberbecen, bien pagados por sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos. Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones. Pero frente a lo doméstico defendió el espacio público como ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar. En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme. Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público. Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas. Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…
La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan. ¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje del cientifismo del Ochocientos. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social? Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad, un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades, y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan. Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda hipóstasis (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera): es decir, resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical. Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles. Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para así infligir el mal sin inquietarse. No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse. Tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.
2. Scriptorium:
Digo lo anterior y me acuerdo del comentario que Theodor W. Adorno le hiciera a Thomas Mann (Correspondencia, 1943-1955)
“Estimado y admirado Dr. Mann:
…La radical observación realizada en los Procesos de Nuremberg, a saber, que la culpa indecible en cierto modo se deshace en lo insustancial, esa observación se repite hasta en la cotidianidad más insignificante. Expresado de manera más drástica: con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico deque nadie admite haberlo sido, sino en el sentido, por lejos más ominoso, de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo fueron… El hecho de que lo sucedido escapa a cualquier experiencia regular tiene además como paradójica consecuencia que uno mismo apenas pueda admitirlo. Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo” (Theodor W. Adorno, 28 de diciembre de 1949).
3. Scriptorium. Ejecuciones e imágenes. El mal retratado. “…Recordemos que el 8 de agosto de 1914 los primeros acusados fueron condenados a muerte por el Volksgerichtshof y ejecutados el mismo día en la prisión de Plötzensee en Berlín. Los ocho condenados, colgados de una cuerda de acero, agonizaron durante más de veinte minutos. Unos días más tarde, asistí a la reunión diaria de información en la Guarida del Lobo, y estaba escuchando a Guderian que hablaba de la situación en el frente este cuando Fegelein irrumpió en la sala, interrumpiendo bruscamente la exposición y arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa de los mapas del Führer. Con gran estupor comprobé que se trataba de las ejecuciones del 8 de agosto. Hitler se puso las gafas, cogió ávidamente las macabras fotografías y las contempló durante un buen rato con una especie de placer morboso. Los clichés en primer plano de la lucha a muerte de los condenados circularon a continuación de mano en mano (…). Incapaz de soportar ese espectáculo, abandoné la sala con un pretexto cualquiera”.
Bernd Freytag von Loringhoven, En el búnker con Hitler. Barcelona, Crítica, 2007.

4. Hemeroteca: La violencia, el terrorismo. La historia.
Puede leer un artículo de Justo Serna sobre la negociación en “Enemigos”, Levante-EMV, 12 de enero de 2007.
Diario de un burgués en Ojos de Papel.
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01.03.07
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 10:58 por jserna
1. El atentado de Barajas ha provocado tal desconcierto entre los políticos y los analistas que resulta difícil orientarse con sensatez en medio de la algarabía. Más que los reproches habituales que se le han hecho al Presidente (que se había entregado a los terroristas, que aceptaba y suscribía todo lo que exigían), confunde su temerario optimismo. “Zapatero tendrá que cargar el resto de su carrera política con sus imprudentes palabras del pasado viernes”, decía Josep Ramoneda el día 2 de enero. “Los hechos han convertido su proverbial optimismo –dentro de un año las cosas estarán mejor– en trágico sarcasmo”. Que es, precisamente, lo que fue inmediatamente aprovechado por sus adversarios: resultaría una confirmación de su talante improvisador, propiamente temerario. “Su imprudencia levanta serias dudas sobre la solidez de su apuesta. Es legítimo preguntarse si su osadía es ignorancia sobre cosas que estaban en el ambiente, que todo el mundo decía: que ETA se estaba rearmando, que los comandos tomaban el mando, que la organización se había renovado, que los planes de Batasuna habían sido desautorizados, y así sucesivamente”, añade Ramoneda. Si sobre el atentado no había ni más remota idea, si sobre lo que se fraguaba no había ni el más remoto indicio, más que osadía reprochable es fallo de los sistemas de información. No es concebible que el Presidente recibiera datos concretos sobre la preparación de un atentado y que se descartaran como imprecisos o inverosímiles. Aunque, bien pensado, todo es posible: el anterior mandatario recibió informes reiterados de CNI sobre la inminencia o posibilidad de ataques islamistas y, al parecer, no se atendieron debidamente.
“Debo reconocer”, concluía José María Aznar en Ocho años de Gobierno, “que tal vez la opinión pública española no era lo suficientemente consciente, hasta el 11 de marzo, del alcance de la amenaza del terrorismo islámico, o por lo menos no tanto como lo ha sido de la amenaza del terrorismo de ETA. Si es así, el Gobierno tiene sin duda una responsabilidad que asumir. Quizás los propios éxitos conseguidos en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia ante la amenaza fundamentalista”. Esa evaluación es muy defectuosa en un mandatario. Que la población sea ignorante de ciertas amenazas que sobre ella se ciernen (por ser otras muy explícitas: ETA) no excusa ni justifica al Gobierno de entonces para bajar la guardia ante una acometida probable advertida con antelación por los Servicios de Información. En el caso de hoy, resulta simplemente inverosímil la ignorancia pretextada por el Gabinete actual. Los comentaristas que le son contrarios suelen reprochar a Rodríguez Zapatero su aventurerismo y su radical soledad cuando de tomar decisiones audaces se trata. Pero cuesta creer que las providencias y mandatos del Gobierno (de este o de cualquier otro) se tomen sin la asesoría pertinente, sin las asistencias institucionales, sin los consejeros informados, sin los ministros sabedores. ¿Es posible?
“A Zapatero el optimismo de la voluntad a menudo le hace descontar demasiado deprisa el pesimismo que aporta la inteligencia. En esta coyuntura, la ciudadanía necesita poder confiar plenamente en el Gobierno. Y el patinazo de Zapatero más bien genera dudas. Demasiadas veces el presidente ha dado la sensación de confundir con suma facilidad sus deseos con las realidades. La anticipación es una virtud del liderazgo político. Pero requiere medir adecuadamente los pasos necesarios para alcanzar el objetivo anticipado, de lo contrario se convierte en imprudencia”, concluye Josep Ramoneda con una entonación abiertamente gramsciana. En términos semejantes se pronuncia Javier Pradera también en El País, aunque con un tono menos crítico, menos decepcionado: “Las consecuencias del atentado de Barajas sobre el sistema político español –en vísperas de un agitado año electoral que comenzará con las municipales y autonómicas y concluirá con las legislativas– son de difícil previsión. Sin duda, la imagen de Zapatero ha quedado seriamente dañada por la ruptura de la tregua: la fortuna premia a los audaces pero también castiga a los osados cuando equivocan sus apuestas”. Como en el caso de Ramoneda, también el artículo de Pradera rezuma gramscismo.
La expresión célebre, extraída de los Quaderni del Carcere, de Antonio Gramsci, es la de que el político audaz y realista es aquel que se deja llevar por el optimismo de la voluntad pero frenándose con el pesimismo de la razón. Cuesta creer, insisto, que haya faltado este freno, pero no porque yo confíe en la psicología individual de Rodríguez Zapatero, sino porque me niego a aceptar que en un sistema complejo de redes, de interconexión, de efectos imprevistos, al final las decisiones gubernamentales más graves se tomen por el individuo solo, inspirado, bienintencionado y temerario. “Creedme”, escribía Gramsci citando al abate Galiani, no temáis ni a los bribones ni a los malvados. Temed al hombre honrado que se engaña; él actúa de buena fe, cree en el bien y todos se fían de él; pero desgraciadamente, se engaña acerca de los medios de procurar el bien a los hombres”. Estas ideas, prosigue Gramsci, pueden dirigirse a distintos actores, pero sobre todo “son aplicables a todos los malos políticos que supuestamente actúan de buena fe”.
Antonio Gramsci fue un político que se había hecho comunista esperando hacer el bien, procurando los medios para la dicha de su pueblo. Justamente por eso detestaba a los mandatarios irresponsables que desconocen, que no anticipan el resultado de sus acciones. “En la vida histórica, como en la vida biológica, junto a los que nacen vivos existen los abortos. Historia y política están estrechamente unidas, incluso son una misma cosa, pero hay que distinguir en la apreciación los hechos históricos y los hechos y actos políticos. En la historia, dada su larga perspectiva hacia el pasado y dado que los resultados mismos de las iniciativas son una documento de la vitalidad histórica, se cometen menos errores que en la apreciación de los hechos y de los actos políticos en curso. Por ello, el gran político no puede dejar de ser cultísimo, esto es, debe conocer el máximo de elementos de la vida actual; conocerlos no librescamente, como erudición, sino en forma viva, como sustancia concreta de intuición política (sin embargo, para que se conviertan en élen sustancia vida de intuición será preciso aprenderlos también librescamente)”.
Esa combinación de intuición y erudición, de atrevimiento y conocimiento, de audacia e prudencia, de coraje y saber es, en efecto, la clave del buen hacer político del Príncipe Moderno, dicho en términos maquiavélicos. En ello Gramsci no se equivocaba en absoluto. La información es el acopio del dato bruto de la experiencia, la noticia y su percepción; el conocimiento es la pericia técnica, la destreza del experto o del sabio; el saber es la prudencia analítica, la sensatez y el buen sentido, la juiciosa discriminación, cosa que depende no tanto del dato o de la técnica, sino de la cordura, de eso que los clásicos llamaron la phronesis. ¿En qué medida los políticos españoles tienen información, conocimiento y saber? ¿En qué medida las decisiones se toman con prudencia? Imaginemos a un Rodríguez Zapatero tomando solo, aislado, esas decisiones temerarias que tal vez le supongan un severo varapalo electoral. ¿De verdad no tiene el Príncipe Moderno a un consejero áulico que le asesore, que le recuerde que es mortal, que le profetice el resultado probable de las acciones? ¿De verdad no tiene el Príncipe Moderno oídos para sus espías que sepan explorar el alma del verdugo? ¿De verdad quienes dialogaron los etarras no sabían anticiparse a lo que éstos pensaban?
Hace muchos meses, en Abc apareció una noticia insólita. Que yo sepa ningún otro periódico español recogía esa información. “Los espías británicos leen a Shakespeare”, rezaba el titular. Firmado por el corresponsal del periódico Emili J. Blasco, se decía que los servicios secretos británicos estaban introduciendo reformas para mejorar su eficacia, después de los fracasos de información sobre las armas de destrucción masiva de Irak. “Shakespeare les está echando una mano”, añadía misteriosamente el reportero. Según el conocido director teatral Richard Olivier, promotor de la experiencia, a la que asistieron doscientos agentes, las obras del clásico enseñan a valorar la inteligencia emocional. “Normalmente se confía a la lógica el deseo de influir en los demás, pero eso lleva su tiempo y en ocasiones no funciona. Nosotros sugerimos que ese tiempo se puede acortar si a la energía mental se añade la energía emocional. Uno puede atrancarse en el nivel lógico y en el uso de argumentos”, aseguraba Olivier, que ponía como ejemplo a seguir el personaje de Marco Antonio, cuyo triunfo sobre sus rivales se debía a una inteligencia emocional que le permitía entender las necesidades de los que le rodeaban.
No sé si a nuestros políticos, espías o negociadores, habremos de recomendarles la lectura de los clásicos: Maquiavelo, algún Monarca de Shakespeare o, más cercanamente, el Príncipe de Gramsci. Ustedes deciden.
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2. Hemeroteca
El proceso, según Rubalcaba, está “roto, liquidado y acabado” (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
Reproches al PP (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
El PP exige una declaración formal de ruptura (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
Las concentraciones de la AVT acaban en gritos contra el Gobierno (Levante-EMV, 3 de enero de 2007).
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3. Comentarios
“Ha dicho varias veces que el tiempo les ha dado la razón, yo creo modestamente que no, porque ustedes dijeron que se había hecho una traición a los muertos, que se había negociado la autodeterminación, que se había negociado un referéndum, que se había entregado Navarra, que la agenda la estaba marcando la banda terrorista, que el Gobierno estaba atado de pies y manos… Yo creo que en eso, afortunadamente, el tiempo no les ha dado la razón. En cualquier caso, ante un hecho tan grave yo, desde luego, me siento triste. Llevo muchos años luchando contra el terrorismo y hoy me siento triste. ¿Cómo entiende usted que haya gente que esté contenta? ¿Cómo entiende que haya gente que está celebrando el que por fin les han dado la razón, que están jaleándose a si mismos y que les parezca más relevante que haya un atentado a que haya necesidad de que haya una unidad entre el PP y el PSOE?”.
José María Calleja, en 59 segundos, respondiendo a Eduardo Zaplana.
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4. Comentarios
“Si ETA no anunció el fin del alto el fuego fue seguramente porque pensaba en un atentado sin muertos -por el aviso previo- que pusiera al Gobierno ante el dilema de si rompía o no los contactos. Sin embargo, los efectos de un coche bomba son inciertos por definición; el más mortífero atentado de ETA, Hipercor (21 muertos), fue con coche bomba y aviso previo. En un aparcamiento con miles de vehículos y con esa carga, la probabilidad de que hubiera víctimas era muy alta, y los terroristas la asumieron. Sin embargo es verosímil que su intención fuera mostrar su capacidad mortífera pero no causar muertos; con la idea de que el Gobierno tuviera que optar entre romper el proceso, asumiendo el coste político de hacerlo (ante los partidos nacionalistas, por ejemplo); o continuarlo (quizás tras un periodo de suspensión), con lo que quedaba convalidado que el diálogo es compatible con los bombazos (…).
“El fracaso no invalida la iniciativa de Zapatero. Había condiciones excepcionales para intentarlo: el periodo previo sin muertos, prolongado luego deliberadamente (es absurdo el argumento del PP de que no mataban porque no podían), unido a la contradicción potencial entre necesidad de legalización de Batasuna y continuidad del terrorismo. Con o sin carta de Ternera al presidente, habría sido irresponsable no hacer lo posible por aprovechar esa situación. Sin embargo, la cosa no era tan sencilla como al parecer llegó a creer Zapatero y comunicó a personas bien dispuestas. Sobre todo, no existía esa información reservada a la que se aludía en su entorno para justificar una gestión tan personalista y sus declaraciones tranquilizadoras -el proceso es irreversible- frente a los signos cada vez más inquietantes que llegaban de ETA y Batasuna. Hoy parece claro que el gran secreto de Zapatero era que no había secreto alguno, y que las cosas no eran muy distintas de lo que aparentaban. No había un acuerdo sobre el desenlace ni una carta a sacar en el último momento (…).
“Es cierto que el futuro no está escrito, pero en las actuales circunstancias las apelaciones de Otegi y los suyos a no dar por definitivamente roto el proceso sólo podrían ser tomadas en serio si fueran acompañadas de una exigencia clara a ETA de olvidarse de treguas permanentes o indefinidas que no lo son y a dar el paso de comprometerse a una disolución definitiva e irreversible. Tras el brutal atentado de Barajas ese paso que antes figuraba como parte del proceso de final dialogado se ha convertido en su requisito previo mínimo”.
Patxo Unzueta, “El secreto de Zapatero”, El País, 4 de enero de 2007.
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5. Colofón
¿Problemas de información y de interlocución cuando se está negociando con terroristas?
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12.31.06
Posted in terrorismo at 11:28 por jserna
0. Hoy es un día de reflexión y de rabia…
Quienes pueden matar porque carecen de escrúpulos y porque disponen de armas han acabado por accionar su perfecto detonador. Los demás asistimos con decepción al déjà-vu, a algo ya visto. Los bárbaros del Norte sólo parecen entonar un lenguaje prepolítico: los vemos incapaces de articular un discurso auténticamente político. En marzo de 2006 hubo un momento de esperanza en aquellas palabras que se pronunciaron ante las cámaras con txapela y pasamontañas. Sabíamos de la pobre retórica expresiva de la que son capaces, pero queríamos apreciar un cambio de vocablos, unas voces duras pero negociadoras. Una negociación es una cesión o transacción en la que cada una de las partes espera obtener algo, sólo excepcionalmente todo. Esas partes presionan, farolean, amenazan con retirarse, estratagemas o movimientos de los que sacar provecho. Pero uno no va a esta o a aquella negociación con la expectativa de practicar un juego de suma cero, con la esperanza de ganar todo para derrotar completamente al adversario. Si espera tal cosa, entonces debe mantener la contienda: es cuando se dan las circunstancias para eliminarlo o, al menos, para desarmarlo (que es lo que recomendaba Von Clausewitz).
Si se negocia, entonces el provecho de ese juego será sólo una suma variable. Pero cabe otra posibilidad: que la violencia sea sólo el capital de que valerse, que los atentados no sean su guerra particular sino el único aval. Éste parece ser el caso: no es que no se sepa negociar, es que sólo se cuenta con ese recurso y, por tanto, tarde o temprano se hará uso de él. Rodríguez Zapatero hizo una declaración fantasiosamente optimista el 29 de diciembre y al día siguiente estallaban los explosivos en la Terminal de Barajas. Todas las posibilidades son desoladoras: o tenía poca información sobre lo que podía ocurrir; o sabía qué podía ocurrir pero quería frenar al enemigo con unas palabras que comprometen. ¿Inconsciencia, huida hacia adelante, estrategias y retóricas de una negociación que no ha acabado? La efigie del Presidente no sale bien parada, pero de cara a la ciudadanía el sermón de Rajoy no queda mucho mejor: ¿no decía una y otra vez que el Gobierno había cedido? Tiene razón el líder de la Oposición cuando dice que con gente así no se puede negociar verdaderamente: son poco fiables (en cualquier momento pueden accionar sus detonadores). Pero si ha habido un atentado es porque el Gobierno no ha hecho abdicación de sus responsabilidades.
José Antonio Zarzalejos firmaba el domingo pasado una Tercera de Abc en el que arremetía contra Rodríguez Zapatero. Le reprochaba –como viene siendo habitual— el inicio del proceso de paz, sus conversaciones con los terroristas, su disposición a negociar. Todo ello, para Zarzalejos, es ejemplo de dejación moral, de desarme frente a unos violentos que no han pedido perdón, que no han entregado las armas, que no han hecho muestra ostensible de hacer propósito de enmienda. No está nada claro que en un proceso de estas características deban cumplirse previamente esos requisitos: perdón, entrega de armas y contrición. Ojalá se cumplieran, pero si así fuera, entonces no haría falta sentarse a hablar de nada. Lo principal lo habríamos conseguido: que se desarmaran y que no volvieran a amenazarnos. Los grupos que emplean la violencia intimidan mientras pueden y, desde luego, no se conoce caso alguno en que se lleve a cabo un armisticio o paz negociada entregando previamente lo que sirve a esa parte para envalentonarse y amenazar. Eso, sin embargo, no significa que deba cederse a lo que éstos piden. La prueba de que la negociación no ha significado la entrega o sumisión del Gobierno es que los violentos no están contentos. Nada contentos. Si a los pocos meses de empezar se hubieran puesto a tirar cohetes de alegría, quizá eso habría significado que habían conseguido lo que querían. Por lo que parece no es así.
Paso a reproducirles el artículo que firmé en Levante-EMV cuando se proclamó el alto el fuego.
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1. El lenguaje de Eta
Justo Serna
Levante-Emv, 24 de marzo de 2006
Hay algo de cruelmente folletinesco en el terrorismo y en su lenguaje, con esos héroes aclamados por su pueblo y con esos villanos que siempre vienen de fuera, ajenos, auténticamente forasteros que pretenden usurpar lo nuestro, lo propio, lo que siendo de la tierra es objeto de latrocinio. En La estrategia de la ilusión, Umberto Eco mostró con minucia y reflexión cuáles eran las toscas incongruencias, el delirante ejercicio, en que incurrían las Brigate Rosse para justificar sus actos violentos forzando la lógica y quebrantando cualquier sentido. Mostró también en qué se basaban sus presuntuosos y burdos manifiestos, unos conceptos cuyo significado original había sido expropiado hasta volver irreconocible su semántica universal. Mostró, en fin, lo cercano que estaba el discurso de los terroristas italianos a los códigos del folletín. Los brigadistas se revestían de un lenguaje leninista, se dotaban de un léxico aparatosamente marxista, salpimentado con vocablos modernos. Bien mirado, todo era muy antiguo: sus declaraciones y sus justificaciones tenían la forma de un cuento viejo y sangriento. Se asemejaban, concluía Eco, a un folletín de justicieros venidos para reparar antiguas heridas, un romance malogrado y mil veces leído del que podríamos carcajearnos si esa fábula no hubiese sido escrita con tanto padecimiento, con tantas laceraciones.
Durante mucho tiempo, los etarras se han valido de un lenguaje tercermundista y anticolonial, un léxico que mezclaba el izquierdismo más extremado y un etnicismo arcádico, un vocabulario entre delirante y juvenil. Durante mucho tiempo, nuestros bárbaros del norte se supieron jóvenes y no les faltaba el sentimiento del júbilo porque el cataclismo que provocaban les robustecía. Al destruir lo que juzgaban secundario, su quirúrgica amputación simplificaba el mundo mal hecho, el mundo que les tocaba vivir, ese por el que sentían un gran desengaño. Estaban convencidos, en fin, de que dicho desastre devolvería a la sociedad su primitiva o su oculta o su futura armonía. No se preguntaban sobre lo que fuera a reemplazar lo destruido y se exaltaban con el goce del abismo, con el vacío que producían. No se dolían ni se lamentaban ni se explicaban verdaderamente, porque sabían que no les incomodaban ni la conciencia ni el razonamiento: simplemente, practicaban la violencia, esa quirúrgica amputación, de manera grandiosa y expresiva, dispuestos a sacrificarse bajo las llamas humeantes de una fiesta destructiva.
Ahora, los terroristas decretan un alto el fuego permanente. Nos perdonan la vida, vaya. Es nauseabunda esa actitud, pero les pido que no se dejen llevar por el lógico repudio. Lean el comunicado y observen el nuevo léxico. Junto a enunciados etnicistas, tan característicos de la fase prepolítica de los movimientos anticoloniales, hay un lenguaje político: democracia, justicia, etcétera. Ya sé que pronunciados por estos gudaris, esos vocablos pierden todo sentido recto. Pero que se valgan de un léxico institucional para justificar su alto el fuego o, mejor, su derrota militar, es un avance considerable. Nadie que se sienta fuerte y armado abandona la violencia. Nadie que no esté moral, ideológica y políticamente derribado acepta pronunciarse así. Las concesiones al etnicismo, los llamamientos a los Estados español y francés, la petición de que cese la persecución policial, son debilidades o faroles. Ojalá nuestros representantes, del Gobierno y de la Oposición, sepan enfrentar la nueva situación y sepan administrar sus recursos. Los ciudadanos lo exigimos.
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2. Desolador, la Tercera que hoy firma José Antonio Zarzalejos en Abc. Pide, reclama otra vez una moción de censura. Resultan significativos los epítetos que le dedica. Extractos: A. Rodríguez Zapatero obra… “como si de un autista se tratara”, “con un rostro marmóreo”, “inconmovible”, “pecando de altivez”, actuando como “un político temible, poseído de una soberbia cegadora e inabordable intelectualmente desde los más elementales argumentos de conservación de la integridad del sistema democrático. Todas sus iniciativas -ésta del proceso es la más grave- surgen como ocurrencias geniales, como grandes hallazgos, para derivar después en gravísimos problemas políticos que le restan todo margen de maniobra”.
B. “La intervención de ayer del presidente -cuando todos los ciudadanos sensatos hubiéramos querido que así no fuese- resultó aflictiva, es decir, desoladora, porque provocó una inquietante sensación de orfandad política”.
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3. Arcadi Espada hace hermenéutica de un editorial. Es frecuente que el profesor de periodismo de la Universitat Pompeu Fabra dedique su blog a hacer publicidad semántica de El País (”que hablen de mí aunque hablen bien”, dirán en Miguel Yuste), a examinar las palabras del diario socialdemócrata. Así lo llama corrientemente. Habla también de Rodríguez Zapatero. Una de las cosas más significativas del periodismo de nuestros días es la designación con la que los columnistas se refieren al Presidente del Gobierno. Unos, como Jon Juaristi, le suelen llamar Rodríguez; otros, como Arcadi Espada, le llaman el Adolescente. Esto es lo que pasa: hay prisa, faltan lecturas y, por eso, sin informaciones suficientes (¿”queremos saber”?), algunos columnistas hacen de hermeneutas y de Bautistas…
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4. Jon Juaristi
A Jon Juaristi lo conocí en Valencia hacia 1998, justamente cuando el escritor vasco estaba pasando una estancia en nuestra Universidad bajo el amparo de la Fundación Cañada-Blanch, una estancia en la que impartía docencia sobre los nacionalismos. Se hospedaba en el Colegio Mayor Rector Peset y en aquel recinto empezó, creo, su devoción por nuestra ciudad. Fueron unos encuentros cálidos. En repetidas ocasiones, varios compañeros quedábamos con Jon para ir a cenar o para tomar copas, pero sobre todo para debatir, para reflexionar o para bromear, para hablar de naciones o de libertades personales, para declarar nuestro amor inextinguible a la literatura… de Borges.
Recuerdo aquellas veladas con una sensación muy agradable: yo descubría a una persona algo tímida (uno de los míos, pues), pero sobre todo llena de ternura, de sensibilidad, de inteligencia y de inacabable cultura. Me impresionaba, claro, la odiosa, la criminal persecución de la que era objeto. Él y otros profesores vascos habían abandonado o lo estaban haciendo en ese momento la docencia en su propia Universidad. Se les hostigaba, pero sobre todo se les amenazaba, y la vida en Euskadi simplemente se les había vuelto insoportable, imposible. ¿Cómo regresar a una tierra de la que te has alejado durante meses para impartir clases en Valencia, una Valencia benigna, agradable? ¿Cómo regresar a un país en el que todo es arisco y amenazante, en donde hay muerte, extorsión e infidencia?
Recuerdo que nosotros le transmitíamos nuestra solidaridad, algo bien sencillo, claro, en una tierra, la nuestra, en la que la dulzura de vivir nos hacía cómodo, muy cómodo, nuestro respaldo, nuestro aval: no es una chifladura defender lo que defiendes, le decíamos: es de justicia, de razón. Evidentemente no necesitaba que nosotros le recordáramos eso, pero oír que los amigos de Valencia te prestaban dicho apoyo era un lenitivo para seguir. Como también lo fue y en grado superlativo la concesión del Premio Nacional a El bucle melancólico, un volumen editado meses antes. Recuerdo la felicidad personal, incluso egoísta, que yo mismo sentí cuando fuimos a festejar con Jon esa recompensa: era uno de los nuestros, reconocido bajo mandato del Partido Popular.
La estancia académica acabó y Jon Juaristi tuvo que regresar. Poco tiempo después aceptaba ser director de la Biblioteca Nacional para escándalo y repudio de ciertos intelectuales y políticos de izquierda que le reprochaban su colaboración con los populares. Él argumentó que ese empleo no era exactamente político y que, en todo caso, era un cargo de alta gestión cultural, un puesto de enorme responsabilidad… En nuestra ciudad hubo gente que nos reprochó, a quienes consideraban los camaradas valencianos de Jon, su trayectoria. Recuerdo que una amiga tuvo el coraje de publicar en El País una tribuna en la que defendía con ardor y con discernimiento la legitimidad y la oportunidad de que Juaristi accediera a dicho empleo. “Lo que merece atención y satisfacción”, decía en su artículo, “es, precisamente, el hecho de que gente que no somos de derechas, ni lo seremos nunca, podamos reconocernos vital e intelectualmente en el nuevo director de esta biblioteca nacional y que, además, ese director sea un investigador especialmente capacitado para el cargo que ocupa”. Tenía toda la razón.
Y, sin embargo, lo que vino después me fue desconcertando progresivamente. Y no me refiero a la colaboración de Jon Juaristi con el PP, a su cerrado apoyo a José María Aznar, apadrinando, por ejemplo, el libro que el ex Presidente firmara después de dejar el Gobierno. No me refiero al respaldo que diera a la colaboración de los ‘constitucionalistas’ en el País Vasco. A lo que aludo es a algo más extraño: al deterioro progresivo de su buen humor. Cuando estuvo en Valencia, ya estaba amenazado y perseguido, pero lo que yo le leía rezumaba guasa e ironía.
Jon Juaristi, que siempre fue un maestro de la socarronería culta, lo veo cada vez más como víctima de un sarcasmo desgarrado que no anuncia nada bueno. ¿Atribuible a la odiosa persecución de que es objeto por los terroristas? Yo creo más bien que el humor se le ha avinagrado por completo pero no por esto, sino por su cercanía intelectual a José María Aznar. En realidad, lo que le leo de un tiempo a esta parte es una defensa explícita o implícita del ex Presidente, defensa a la que tiene perfecto derecho habiendo sido él mismo director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes. Pero es también un repudio a veces insultante del nuevo Gobierno, de su actual Presidente, de sus ministros, bromeando con desgarro y haciendo gracias con los nombres y las personas de los mandatarios. Es evidente que la guasa punzante y zumbona forma parte de la escritura y que en ese ejercicio de estilo que Jon Juaristi practica no hay nada que no dicte alguna de las tradiciones periodísticas. Lo leo cada domingo en Abc y la decepción es creciente, pero no tanto por sus ideas, alguna de las cuales puedo suscribir, sino sobre todo por su entrega frecuente a la chirigota ofensiva.
Yo había leído con placer y con reparos El bucle melancólico, como leí después Sacra Némesis, su continuación, creyendo ver en ambos libros un género híbrido muy bien resuelto: algo de historia, algo de biografía, algo de filología, algo de antropología y, por qué no, algo de psicopatología de lo vasco. Tiempo después devoré La tribu atribulada y ya quedé desagradablemente impresionado. Todo el libro tenía un gran deje de amargura, un dolor incurable, un reproche infinito, un rencor inextinguible hacia un país, una gente, un par de generaciones que habrían doblegado moralmente a unos y a otros. Pero lo que me desagradó no era ese dictamen, sino el sentimiento de impotencia con que Jon expresaba esa crítica, un sentimiento que podemos compartir pero que a él le llevaba a proferir insultos innecesarios y poco efectivos, casi infantiles, como llamar a ‘Ana Sagasti’ a Iñaki Anasagasti o ‘Guardaovejas’ a Arzallus, etcétera.
Lo que en La tribu atribulada era un rasgo de estilo, algo que en volúmenes anteriores sólo estaba levemente apuntado, es ahora en sus colaboraciones en Abc un tic constante. Leo sus artículos, de los que siempre aprendo algo, y no creo reconocer a aquel Jon Juaristi que se entregaba a la broma y a la socarronería sutil. Y la verdad es que lo lamento, y lo lamento porque lo que en el escritor vasco aún es el escarnio medido, en sus seguidores más brutos es ya insulto. Y es eso, el estrépito verbal, la deriva retórica más lamentable que está teniendo la democracia de nuestros días. ¿Es posible la crítica política sin ultraje? Jon, tú puedes hacer pedagogía sofisticada entre tus lectores y no abandonarte a apelativos injuriosos o a sarcasmos agraviados. Ya sabes que Borges defendió el refinamiento en el ultraje verbal: lo que no postuló fue una literatura del insulto.
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12.14.06
Posted in terrorismo, Historia at 8:27 por jserna
Hace un año, justamente, escribí en mi blog sobre el Holocausto. Ahora, vuelvo a sobre ese fenómeno. No es que me repita: es que me repugna el espectáculo de Irán. No tengo nada que añadir. Lo dicho está en lo que sigue.
Lamentablemente, el horror continúa y los negacionistas se empeñan en ocultar o tapar lo evidente. Ayer en una mesa redonda en la que participé me invitaron a hablar del revisionismo histórico. Hoy jueves, en la clase que debo impartir, he de tratar el Holocausto. Reproduzco lo que escribí doce meses atrás y lo que amables comentaristas de entonces me dijeron. Mejoran lo dicho, por supuesto.
Hitler y el Holocausto
Martes, 13 de diciembre de 2005
Entre los libros más estremecedores que recuerdo haber leído está, sin duda, Auschwitz. Los nazis y la Solución Final (Barcelona, Crítica), de Laurence Rees, un volumen que ha llegado a las librerías españolas en 2005, inmediata, oportuna, justamente traducido. Es, con toda seguridad, una de las mejores obras de historia que hemos podido leer este año. Lo paradójico, lo significativo, es que quien lo firma no ejerce de historiador, sino de periodista. Rees es documentalista de la BBC y en dicha cadena se ha encargado de distintas series dedicadas a la Segunda Guerra Mundial. El volumen muestra la cercanía, la estrecha relación que hay entre el trabajo del periodista y el del historiador, una afinidad que viene de antiguo.
El cronista es aquel que, fundándose en fuentes, exhuma hechos para darles un significado. La realidad no está en los documentos, sino que es algo desaparecido, concluido. En las fuentes sólo hay testimonios, versiones acerca de lo que ocurre o sucedió y que el historiador lee o compulsa para contrastar, para así alcanzar una versión más depurada de aquellas circunstancias y de aquellas acciones de las que él no suele ser observador directo. Días atrás, tratando de estas cosas, yo mismo insistía en la práctica de esta profesión. El historiador, decía, no busca las fuentes según le convengan, no selecciona arbitrariamente lo que le confirma, no descarta lo que le incomoda. Con gran generosidad de su parte, Martí Perarnau apostillaba que eso que yo decía de la historia le hacía recordar la utopía del periodismo responsable e independiente.
Pues bien, esa utopía investigadora, esa corrección profesional, la he visto materializada en el libro de Laurence Rees. No sé si trabaja como un buen periodista o como un historiador consumado, pero lo cierto es que su detallado examen de Auschwitz se basa en un repertorio inmenso de fuentes escritas y orales, en un minucioso contraste de los distintos testimonios, en una prudente y firme conciencia moral, en una objetividad que es el fundamento de la honestidad, en una esforzada y compleja atribución de significado. No sé, en fin, si Rees opera también como un fino antropólogo de la conciencia humana, como un observador que disecciona los comportamientos y analiza los valores con que sus protagonistas los revisten.
Las cosas a veces suceden de manera simple, es decir, los actos se emprenden guiados por una intención, como, por ejemplo, la decisión de exterminar a los judíos tomada en la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942. Los jerarcas nazis pecaron habitualmente de rigidez planificadora, aunque al mismo tiempo solían errar en sus cálculos, culpablemente ignorantes de las circunstancias que rodeaban sus decisiones. En Wannsee se reunieron quince personas para tomar la decisión más terrorífica que se recuerda, más inhumana, pero éstos eran “funcionarios asalariados de una de las grandes naciones de Europa, y no terroristas clandestinos”. Esos quince individuos no constituían “una ‘clase inferior de criminales’ de escasa formación”: más de la mitad “habían alcanzado el grado de doctor universitario”, nos recuerda Rees. El saber, en este caso, no garantizaba por supuesto, la rectitud moral, pero sorprendentemente tampoco avalaba la exactitud de las previsiones mortíferas.
Quizá los actos sean simples, ya digo, pero los efectos que provocan no pueden explicarse simplemente. ¿Por qué razón?, podríamos preguntarnos con Rees. Porque las acciones humanas se refuerzan, se complican, se tuercen o se desvían al cruzarse con otras acciones o al desarrollarse en contexto mudables o no previstos o insuficientemente analizados. Los nazis siempre estaban dispuestos a ‘solucionar’ hechos o datos de la realidad que ellos concebían como tales. Así es, nos dice Rees: tal como solían hacer a menudo, los nacionalsocialistas creaban “las circunstancias que mejor concordaban con sus prejuicios”. Pero ese acomodo de la realidad al estereotipo solía provocar obstáculos que eran fruto del fanatismo, de la ceguera: los nazis en su ignorancia y en su imprevisión, en su fatua ambición, creaban un verdadero problema…: para ellos mismos, de tan pésimos planificadores como eran.
Les pasó con Stalin y la campaña del Frente Oriental y les pasó con la organización del exterminio. En este último caso, por ejemplo, hasta 1942, la persecución y muerte de los judíos se hizo de manera absolutamente desorganizada, sin tener en cuenta, además, que ejecutar directamente, a palos o fusilando, con los verdugos mirando a los ojos de su víctimas es algo difícil de soportar: más aún cuando es numerosa la población a eliminar y cuando no se cuentan con medios suficientes. Matar a distancia y sin intervenir directamente es una forma muy cómoda de irresponsabilizarse, ya que uno no es quien acciona el gatillo o el detonador. Por eso, el comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Hoess, dijo sentirse aliviado cuando gracias al refinamiento técnico del gas Zyklon B podía multiplicar las muertes evitando un baño de sangre. “No podía estar más equivocado”, apostilla Laurence Rees, pues “el verdadero baño de sangre estaba a punto de producirse”, en parte nuevamente por la imprevisión planificadora.
¿Por qué razón? Porque la Solución Final no había previsto con suficiente antelación y organización una red de campos de exterminio. En los albores de 1942, dice Rees, sólo un campo estaba especializado en el exterminio, centro absolutamente insuficiente para los fines que se proponían, cosa que les obligó a reacomodar otros establecimientos con gran improvisación. Otra vez, por tanto, “a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando primero en detalle sus acciones para después –y sólo después— llevarlas a cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó a la deportación de los judíos antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado o instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente como estructuraron su genocidio”.
“De hecho, ésta es una de las constantes de esta historia”, precisa Rees. “La cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos que no había previsto de forma correcta. Llevados siempre de una ambición y un optimismo inconmensurables –fundados en el convencimiento de que la ‘voluntad’ podía lograrlo todo por sí sola–, sus dirigentes acabaron por estrellarse, bien a causa de su propia falta de planificación y previsión, bien porque el enemigo era más poderoso de lo que les permitía reconocer su hinchada autoestima”.
En Belzec, Sobibór y Treblinka murieron un millón setecientos mil presos; en Auschwitz, un millón cien mil personas. Pero antes de que se pudiera administrar de manera eficaz la muerte industrial, limpia, expedita, “tranquila, desapasionada y sistemática”, añade Rees, los nazis organizaron un cruento caos con “escenas que parecían sacadas del infierno”, reduciendo a los prisioneros a un estado infrahumano. “Al proclamar que aquellos contra los que luchaban eran seres inferiores, los nazis habían generado una profecía que ellos mismos se proponían hacer realidad”. Etcétera, etcétera.
Pero Lawrence Rees es sobre todo un narrador, alguien que sabe que la virtud de un texto (o de un documental) no depende del objeto o del problema. Es decir, a los lectores o a los espectadores no se nos gana de antemano, por muy estremecedor que sea el tema abordado. A los destinatarios más exigentes se les persuade cuando no se atenta a la verdad, cuando se da ese respeto deontológico que todo periodista o historiador debe cumplir, pero también cuando el tratamiento del objeto se hace con intriga y significado, cuando se administra la información de manera estratégica, como si el autor y los lectores o los espectadores estuvieran asistiendo a los hechos mismos y en el tiempo en que suceden.
Decía Clifford Geertz que una de las virtudes más sobresalientes de los grandes antropólogos es la de provocar un efecto en sus lectores: el de hacerles copartícipes del descubrimiento, el de testimoniar los hechos como si el investigador y sus destinatarios hubieran estado allí. “Estar allí”, ése es el efecto provocado, un resultado que no es impostura. “Los etnógrafos”, precisaba Geertz en El antropólogo como autor, “necesitan convencernos” a los lectores “no sólo de que verdaderamente han ‘estado allí’, sino de que (…), de haber estado nosotros allí, hubiéramos visto lo que ellos vieron, sentido lo que ellos sintieron, concluido lo que ellos concluyeron”. A ese efecto, que está en la obra de los grandes antropólogos, pero también en los textos de los mejores periodistas e historiadores, lo podemos llamar narración, esa conversión de los datos brutos de la experiencia en un relato con significado. Y, en eso, Laurence Rees se nos ha revelado como un gran maestro: como un periodista que hace crónica, pero también como un antropólogo capaz de analizar los valores mismos de la inhumanidad, como un historiador preparado para enfrentarse a los testimonios vivos o muertos del horror.
* * *
Coda
Visita virtual al campo de Auschwitz (enlace por cortesía de Dolores García Cantús) Por: Justo Serna | La historia | Comentarios (12) | Referencias (0)
Comentarios
Estremece pensar que hombres cultos, inteligentes y civilizados pudieran tomar semejantes decisiones.Estremece pensar que todo un pueblo de muchos millones de habitantes pudiera cerrar los ojos, transigir e incluso apoyar esto.Estremece pensar que la democracia sirviera para aupar al poder a este gente. (Si , gente, no monstruos)Y lo que más estremece es que, a diferencia de lo que nos intentan hacer creer, Hitler, Goebbels, Goering, Himmler, etc… no eran monstruos. Eran gente, en algunos casos completamente normal, con una vida familiar , social,… de los más idílica. Si ellos fueron capaces en su momento ¿qué nos garantiza que no sé volverá a repetir? ¿Qué es el ser humano, cuando es capaz de acontecimientos como este, Camboya, el Gulag, Yugoslavia..?
Hellblazer| 13-12-2005 09:12:52
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Unos fragmentos de incomprensión al azar:
-¿Por qué de pequeño me enseñaron a aplaudir y animar a los genocidas conquistadores del Oeste, o a los torturadores policías?
-¿Por qué las buenas gentes nos movilizamos tanto por la limpieza de las costas del del norte (no hubo que lamentar ningún muerto) y damos la espalda o entregamos a la policía, a los homres mujeres y niños que huyen del hambre y de la miseria? ¿No hacían lo mismo los alemanes de los años 40? ¿Qué manchas queremos limpiar?
- ¿Por qué ni siquiera nos planteamos un boicot contra los estados que no respetan los más elementales derechos humanos y nos cae la baba recreándonos en un boicot contra una nación que reclama su nombre y sus derechos?
No huyan, no huyan. Los otros somos nosotros.
dd| 13-12-2005 09:48:43
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En el comentario que ha puesto, Hellblazer señala, con acierto, que a los jerarcas nazis hay que considerarlos tipos sanguinarios pero, a la vez, gente ordinaria, no sujetos monstruosos. Si los conceptuamos como tales, como monstruos, la inhumanidad de que somos capaces los individuos bajo determinadas circunstancias no se puede explicar. Por ejemplo, ¿fue Adolf Eichmann un simple psicópata? Me permito reproducir algún párrafo de una entrada mía del 28 de abril de 2005: “Adolf Eichmann, según la célebre radiografía de Hannah Arendt [Eichmann en Jerusalén], fue un funcionario ejemplar. Tuvo bajo su responsabilidad la muerte de cientos de miles, que digo cientos de miles, de millones, de hebreos: una tarea que ejecutó con rigor y puntualidad. Fue un ciudadano más que, en el desempeño de sus funciones, no se preguntó sobre lo que hacía o dejaba de hacer, no se interrogó sobre el mal que infligía. Fue una persona que no experimentó incomodo particular o desazón o duda: simplemente no se hacía reproche alguno, no se imputaba nada. Era tan trabajador, tan escrupuloso en el cumplimiento de sus obligaciones, que sus labores se desempeñaron impersonalmente, sin inquina particular contra los judíos, algunos de los cuales incluso habían sido amigos suyos.En general, los funcionarios nazis desplegaron una gran capacidad administrativa. Sus trabajos se ejecutaron a satisfacción de sus superiores, como advertía Sebastian Haffner [en Alemania: Jekyll y Hyde], con un ordenancismo obsesivo. Así, por ejemplo, no es casualidad que el capitán Wofgang Hoffman, jefe de una de las tres compañías del Batallón Policial 101, un funcionario que acribillaba con verdadero entusiasmo a los judíos que estaban a su cargo…, no es casualidad, digo, que dicho verdugo se sintiera herido en su honor al recordarle sus superiores una orden para él evidente. En efecto, relata Daniel Goldhagen [en ‘Los verdugos voluntarios de Hitler’] que Hoffman experimentó un auténtico ultraje cuando se le indicó la prohibición de robar a los prisioneros polacos, algo para él evidente. “El asesino genocida”, añade Goldhagen, “se sentía herido en su honor, y herido doblemente, como soldado y como alemán”. El funcionario, en efecto, conocía cuáles eran sus obligaciones dictadas por la ley del Reich, obligaciones sobre cuya moralidad no se interrogaba”. Etcétera”.Un largo etcétera de horrores.
Justo Serna | 13-12-2005 10:07:49
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Para una versión cinematográfica de la reunión fatal de Wannsee, véase “La solución final”, protagonizada por Keneth Branagh. Es cierto, no eran monstruos, y eso es lo que nos estremece. ¿Seríamos nosotros, sería yo, capaz de ejecutar -o justificar- un acto semejante?Justo, ¿qué opinión te merece la interpretación de Goldhagen en “Los verdugos voluntarios de Hitler”?
Juan | 13-12-2005 11:07:09
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Basta de literatura cataplásmica, de repetir consignas archisabidas cómo novedades (no me refiero al nuevo volumen). Sobre otros temas no molesta tanto, la literatura. Léan también a Jéan Améry, por favor. Leérle no es un placer. Páginas para no releerle nunca más, para recordarle siempre.
dd | 13-12-2005 11:28:05
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¿Literatura cataplásmica? Explíquese, dd. Hay que leer a Améry, pero también a Primo Levi, por ejemplo su obra ‘Los hundidos y los salvados’. Usted conocerá la polémica que enfrentó a Levi con Hans Mayer, alias Jean Améry, “el filósofo suicida, y teórico del suicidio”, añade Levi. Mientras Améry sería el pensador de la venganza, Lévi sería el teórico de la justicia (que puede entrañar después el perdón), que no del olvido. “Améry me definió como ‘el perdonador’. No lo considero ni una ofensa ni una alabanza pero sí una imprecisión”, insiste Levi. “No sé de ningún acto humano que pueda borrar una culpa; pido justicia, pero no soy capaz personalmente de liarme a puñetazos ni de devolver los golpes”. Levi confía en las leyes reparadoras de su país, en la Italia de posguerra. Ahora bien, le admite a Améry la mayor pérdida: “si yo también hubiera visto caérseme encima el mundo, si hubiese sido condenado al exilio y a la pérdida de la nacionalidad, si hubiese sido torturado hasta perder el conocimiento, quizás hubiese aprendido a devolver el golpe, y alimentaría, como Améry, esos sentimientos a los que ha dedicado un largo ensayo cargado de angustia”.
Justo Serna | 13-12-2005 11:48:50
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“Infinitos hombre civilizados que retrocederían temerosos ante el incesto ó el homicidio, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y aplicarles la muerte a distancia a miles de seres humanos”. El presidente Bush ayer en una rueda de prensa preguntado sobre el nº de víctimas en Irak reconoció, -sin reparar en ello-, que son unas 30.000. Lo cual provocó que sus asesores de imagen intervienieran rápido para deshacer la metedura de pata del “genocida”.
charnego impertinente | 13-12-2005 12:13:02
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Desde un punto de vista increíblemente cínico… el error de Hitler (Rusia aparte) fué el de invadir Polonia, provocando así el enfrentamiento contra Francia e Inglaterra. ¿Qué hubiera pasado -hipótesis poco probable, claro está, dada la necesidad de expansión de la maquina militar alemana- si el Fuhrer se hubiera conformado con anexionar Austria, el Ruhr y hubiera ejecutado, tarde o temprano, la solución final? ¿Se habría conocido el destino de los judíos, gitanos, homosexuales,etc.? De haber sido así, ¿se hubieran levantado alguna de las potencias para impedir el genocidio? Lo dudo mucho. Me da la impresión de que sólo el ansia desmedida provocó el derrumbe militar del III Reich, no una reacción de los aliados que sólo se produjo después de gravísimos ataques (Rusia y EEUU).
Hellblazer | 13-12-2005 14:16:32
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Abusando de la amabilidad de D. Justo, me gustaría pedirle referencias de bibliografía sobre el frente soviético en la II Guerra Mundial (Stalingrado aparte), pues si bien las campañas de los aliados en el frente occidental han sido mucho más popularizadas (el Bulge, la operación Market Garden,etc), el avance del ejército rojo queda bastante al oscuro.
Hellblazer | 13-12-2005 14:23:24
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Intentaré explicarme mejor. Me refería a un uso cataplásmico de la historia y la literatura en el mismo sentido que denunciaba Améry. Améry concebía que tal pasado no había “pasado”, era sobretodo presente y aún más, futuro immediato. La “herida”, seguia abierta y la sociedad seguía desentendiéndose de ella. ¿A quién hay que perdonar? ¿En qué hay que confiar? Su resentimiento era eminentemente ético. Me parece equivocado y demasiado fácil, por la predominancia de la moral cristiana, insinuar que la acitud moral de Améry es inferior a la de Levy. Creo sinceramente que no se le ha entendido: ¿Podemos perdonar el presente y el futuro?
dd | 13-12-2005 14:27:58
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Juan, sobre los ‘verdugos voluntarios’, algo de eso he tratado en:http://www.uv.es/jserna/NorbertElias.htmSobre el frente oriental, amigo Hellblazer, me perdonará si no le respondo como debiera. No tengo suficientes recursos bibliográficos en este momento y lo que es peor: no tengo tiempo ahora de sistematizarlos para poder proporcionárselos, como sería mi intención. Reciba un saludo cordial.
Justo Serna | 13-12-2005 15:05:56
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“La gente cambia bajo ciertas condiciones. La gente me pregunta qué aprendí”, dice Toivi Blatt, superviviente de Auschwitz y uno de los testimonios del libro de Laurence Rees. “Y creo que sólo hay una cosa de la que estoy seguro: nadie se conoce a sí mismo. La persona amable y simpática a la que en la calle usted pregunta cómo ir a determinado lugar y lo acompaña media manzana para indicarle el camino, podría en una situación diferente convertirse en el peor sádico. Nadie se conoce a sí mismo. Todos podemos ser buenas personas en [diferentes] situaciones. A veces, cuando alguien es realmente bueno conmigo, me descubro preguntándome cómo se habría comportado en Sobibór”
Justo Serna | 13-12-2005 15:25:40
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11.09.06
Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 8:37 por jserna
Resulta increíble la irritación con que se expresan algunos periodistas elevados a la condición de columnistas. Cuando sólo ejercían de reporteros no tenían más remedio que contenerse y, por tanto, reprimían sus ansias de pontificar. O eso, al menos, es lo que solía ocurrir. El yo del reportero ha de contenerse y su expresión y su relato no pueden mostrarnos a un observador entregado a la defensa de una causa, sino a un periodista que capta los hechos, que se documenta aceptablemente y que transmite con orden y pormenor.
Pero puede ocurrir que se llegue a reportero después de haber logrado celebridad como columnista. Un autor que alcanza fama como novelista y que escribe en la prensa colaboraciones vistosas y bien pagadas puede, en efecto, ejercer eventual o excepcionalmente de cronista. Fue el caso, por ejemplo, de Juan Manuel de Prada. Leímos en Abc sus crónicas papales, las de la agonía de Juan Pablo II, y esos relatos periodísticos fueron un despliegue desmesurado de santurronería, con frases inacabables, con reproches a los ateos, con celebraciones para cofrades, un atracón de abeceína mal digerida, dicen algunos. La de esos reportajes era una moralina pesadísima, la misma que destila el Juan Manuel de Prada articulista, tan esforzadamente católico, tan machaconamente creyente y comunitario, un articulista que quiere emular a Chesterton, modelo para el que le faltarían ironía e individualismo.
Pero volvamos al modesto reportero que luego le pierde el articulismo. Ese periodista cuando cobra suficiente celebridad y se le aúpa hasta la columna, entonces alguno de ellos se dejan arrastrar por la tentación de las opiniones contundentes. Tienen voz propia y una audiencia particular, y esos datos les envanecen. Pero hay más: el engreimiento no es suficiente para explicar sus tremendos juicios, las condenas que propalan. Hay algo de convicción firme de última hora, la irritación del converso o del que se ha quitado el maquillaje.
En la pasada época de esta bitácora escribí en distintas ocasiones sobre Hermann Tertsch. En alguna de ellas se dignó contestarme con un tono insultante, vaya. Yo le criticaba su conversión en ideólogo neocon: su pluma se había ensombrecido, su estilo se había agraviado, su columna sólo era púlpito, su frase se había hecho trinchera, había abrazado la causa de lo políticamente incorrecto y, desde ese momento, se sabía rodeado de envidiosos y enemigos, muchos de los cuales estarían entre los colegas aparatosamente progresistas de su propio periódico. En aquella inflamación que Tertsch padeció o reveló finalmente, aprobó a Bush de manera entusiástica, celebró a Juan Pablo II casi con fe de carbonero y repudió todo lo que como el azufre oliera a progre.
El martes 7 de noviembre leí la última de sus columnas. En ella criticaba la comparación, sin duda desafortunada, que Rodríguez Zapatero ha hecho entre el cambio climático y el terrorismo: entre los muertos que uno y otro fenómeno provocan. Mientras el primero tiene una responsabilidad colectiva, anónima y compartida, el segundo tiene autorías bien definidas, culpabilidades precisas. Es cierto que Estados Unidos no ha firmado el Protocolo de Kioto, pero el daño climático lo hemos producido entre todos, con nuestros aerosoles o con la escapes de nuestros vehículos, con nuestra fábricas humeantes. Etcétera.
Pero más allá de esa crítica –por equiparar la naturaleza de los muertos–, Tertsch empezaba y acababa su artículo haciendo una evaluación sumaria de quienes se habían opuesto a la guerra de Irak. Ahora los examinaba y suspendía como si de un preceptor severo y airado se tratara. En el primer párrafo decía:
“La percepción del riesgo es difícil de evaluar. Como la amistad, el amor y la memoria. Algunos recuerdan ahora que hace tres años sabían exactamente lo que pasaría hoy en Irak. Son fantásticos. Han ayudado a que sucediera aquello de lo que se vanaglorian. Afectará también a sus hijos. Quizás ahora mirando atrás haya alguno con el coraje moral de pensar que con una actitud occidental global distinta hoy Irak sería otra cosa. Pero la tragedia de Irak tiene un culpable claro y, por tanto, tampoco preocupa en general, sufra quien sufra. Da la razón”.
En el colofón del artículo, Tertsch entre otras cosas apostillaba:
“Hoy, aniversario de la Revolución Soviética, hay elecciones en EE UU, donde un Bush tan incapaz como demonizado ha servido a otros para erigirse en supuestos jinetes de la razón frente a una catástrofe que por desgracia auspiciaron desde un principio como máxima conveniencia. Pero el cataclismo continúa”.
Me resultaría incomprensible esta lógica argumentativa, si yo no conociera ya al personaje, si no le hubiera leído anteriores soflamas, siempre hinchadas de la retórica del Bien, ajenas presuntamente al realismo diplomático. Si hay que hacer el Bien.., se hace y punto; si hay que hacer una guerra para implantar una democracia…, se hace y punto.¿Y los que no piensan como él? Pues son aliados voluntarios o tontos de los enemigos. Como ya dije en su momento, los adversarios de Tertsch suelen ser antagonistas temibles de la humanidad (que, a mí, sin duda, me atemorizan), pero esos rivales adquieren en su prosa un perfil cada vez más abstracto y mayúsculo, con un énfasis próximo al de Bush: el Nacionalismo criminal, el Terrorismo homicida, el Fanatismo intolerante, claro. Se trata de grandes abstracciones, como la Maldad, que él detecta, percibe e identifica en personajes reconociblemente perversos o en tipos secundarios aparentemente inocuos.
Al leerle otra vez, he recordado Irak. La tetera prestada, un libro de Slavoj Zizek, que les recomiendo vivamente. Es un volumen extraño de un sociólogo esloveno de gran éxito actual. No es un bluff. Es un tipo preparadísimo dotado de una erudición apabullante y de una formación freudiana-lacaniana que, si no se le desborda, da como resultado análisis finísimos e implacables. Es imposible glosar aquí todos los matices de su pensamiento zigzagueante, pero sí quería valerme de un par de ideas.
“Fue la misma inflamación de la retórica ética abstracta de las declaraciones públicas de George W. Bush (del tipo de ‘¿Tiene el mundo el valor de actuar contra el Mal o no?’) lo que reveló la profunda pobreza ética de la postura norteamericana; la función de la referencia ética aquí es puramente mistificadora; solamente sirve para ocultar lo que está en juego desde el punto de vista político, lo cual no es difícil de ver”. A lo largo de su volumen repasa lo que Bush y Rumsfeld argumentaron o pretextaron para invadir Irak, lo endeble de sus posiciones, y sobre todo los verdaderos efectos de ese conflicto: una revolución blanda que ha de transformar nuestras sociedades con la obsesión de la seguridad y del control panóptico de los ciudadanos. En el viejo panóptico de Jeremy Bentham –luego glosado por Michel Foucault en Vigilar y castigar–, un espacio ha de ser vigilado por un solo custodio con un simple golpe de vista. Por eso, la disposición arquitectónica del edificio tiene forma circular. Ahora, por el contrario, estos primitivismos técnicos han sido superados por la sofisticación de los sistemas de control o por la incorporación de los ciudadanos a labores de vigilancia interna).
Pero, en su libro, lo que mejor trata Zizek es la lógica de la intervención americana: “sólo intentamos hacer el bien, ayudar a otros, traer la paz y prosperidad, y mira lo que nos dan a cambio…” Es una lógica antigua y glosada por el propio cine americano (Centauros del desierto o Taxi Driver), una forma de operar que vemos en “la figura del ‘americano tranquilo’, un agente ingenuo y benevolente que sinceramente quiere llevar la democracia y la libertad occidental a los vietnamitas [por ejemplo]; lo que ocurre es que sus intenciones falla totalmente, o, como escribió Graham Greene, “nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”. Sinceramente o no, lo cierto es que Donald Rumsfeld, George W. Bush pretextaron hacer el bien, se disculparon con los mejores motivos, para finalmente ocasionar un sinfín de problemas en Irak y fuera de Irak.
Hermann Tertsch suele escribir con la misma inflación retórica de Bush, apelando al Bien (la tetera prestada que me devuelves rota), y suele reprocharnos que no convengamos con él en sus argumentos de ética abstracta. Lo que no sabíamos es que Rumsfeld iba a dimitir y, en cambio, Tertsch nos iba a seguir amonestando, echando la culpa de lo que sus admirados guerreros no supieron hacer prever u organizar. A ojos del columnista, quienes acertaron en la predicción de lo que finalmente ha ocurrido no fueron clarividentes, sino responsables del cataclismo, pues por acción o por omisión “han ayudado a que sucediera aquello de lo que se vanaglorian”. Es decir, la conclusión de Tertsch es absolutamente inverosímil y se basa en la lógica diplomática del Gobierno Bush: “el mensaje subyacente”, dice Slavoj Zizek, “es siempre ‘Lo haremos con o sin vosotros’ (en resumen: sois libres de estar de acuerdo con nosotros, pero no sois libres de no estar de acuerdo). Aquí aparece de nuevo la vieja paradoja de la elección obligatoria: la libertad de elegir a condición de que uno tome la decisión correcta”. En fin, la tetera ya está rota.
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10.18.06
Posted in Deporte, Comunicación, terrorismo at 9:25 por jserna
Leo en Levante: “El Real Madrid despertó por fin, firmó el mejor partido de la era Capello, destrozó al Steaua de Bucarest de inicio a fin y mandó un mensaje de optimismo a sus aficionados para afrontar con garantías el duelo del próximo domingo en la Liga ante el FC Barcelona”. Por su parte, para el partido que hoy disputa el Valencia contra el Shakhtar leo que se espera un llenazo en Mestalla. “El Shakhtar, que el pasado fin de semana venció por 0-3 en su liga al Khakiv, es el líder del campeonato ucraniano empatado a puntos con el Dinamo de Kiev, tras ganar ocho encuentros y empatar dos en las diez jornadas disputadas, con 26 goles a favor y tres en contra”. Literal: esa información es literal. Uf. Un equipo despierta, destroza a otro y afronta un duelo. Un estadio se llena para contemplar una disputa. Otro equipo vence y es líder.
El lenguaje del fútbol es guerrero, pero el balompié no es una guerra. Trato de explicarme qué es. Para empezar, a despecho de que me esfuerzo sigo sin entender la emoción que despierta el fútbol. Tampoco acabo comprender esos cálculos de puntos y su interés. Entiendo cuáles son las reglas de un partido, incluso algo de táctica pedestre puedo aventurar si alguien me pregunta. Entiendo lo que es falta, fuera de juego, achicar espacios, etcétera. Pero, insisto, no me provoca impresión alguna. Tan fuera de todo esto estoy, tan lejos me considero que cuando tuve que tratarlo por primera vez en El País adopté la fórmula retórica del explorador científico que se pregunta por las costumbres de los nativos, entre ellas el fútbol. “Imaginemos a un antropólogo ajeno a nuestro mundo, un extraño que llegara a esta ciudad. Pero imaginémosle también como un etnógrafo inquisitivo, vivamente interesado por las convenciones que rigen la existencia”.
Pero no, no hay ni hubo manera. Ese espectáculo colorista en el que tantos se vuelcan para jugar el conflicto de la identidad sigue sin motivarme. Sólo el hecho bélico que encierra, la violencia sublimada, es lo que me llama la atención. Norbert Elias le dedicó páginas interesantes a esta circunstancia: el deporte como espacio de civilización en el que los antiguos contendientes que a mamporros se mataban ahora libran combates incruentos… Y, en efecto, el fútbol es uno de los sucesos contemporáneos que mejor representa y restaura el agonismo que es siempre vivir y enfrentarse al otro. El agonismo no es la guerra sin preceptos, sin mediación, sin arbitraje. Es, por el contrario, un refinadísimo modo de resolver los conflictos o de representarlos para suavizar sus efectos más dañinos: es una especie de ordalía personal en la que cada uno se somete a un juego consigo mismo, una especie de lucha con el propio cuerpo para comprobar si se es capaz de vencer.
Tendemos a pensar el fútbol sólo como una prueba colectiva, como una manifestación de las identidades comunitarias, pero, visto de cerca, en el césped, es sobre todo un ejercicio individual de resistencia, de camaradería, de inteligencia. O, mejor: es y a la vez lo representa para unos espectadores que viven de manera indirecta, por persona interpuesta, esa ordalía de cada jugador. Por eso, examinar el fútbol en lo que tiene de espectáculo de la vida llevado hasta el agonismo sublimado y elegante no es una cuestión de machotes eventualmente violentos, sino una tarea sutil de la inteligencia, lo contrario de la defensa de identidades colectivas en liza.
Pero no, en el balompié acaba triunfando también la lamentable fiesta de identidad y de la exaltación política, que es siempre un instrumento de posible manipulación. Para muchos, la pelota es su corazón, el órgano que les bombea comunidad, nación y fluidos. Por eso, por ser fuente de identificación colectiva y de afirmación, es por lo que se presta a ser interesadamente jaleado por representantes políticos: para hacer de ello inversiones pasionales que rindan beneficios electorales, por ejemplo. Pero hay un riesgo extremo en el uso político del fútbol que la afición no suele tolerar. ¿Cuál podría ser?
“Se puede ocupar una catedral y sólo habrá algún obispo que proteste, algunos católicos conmocionados, un grupo de disidentes favorables, la izquierda que será indulgente y los laicos históricos (en el fondo) felices”, decía Umberto Eco en La estrategia de la ilusión. “Pero si alguien ocupase un estadio, aparte de las reacciones inmediatas que esto provocaría, nadie sería solidario: la Iglesia, la Izquierda, la Derecha, el Estado, la Magistratura, los Chinos, la Liga por el Divorcio y los Anarcosindicalistas, todas pondrían al criminal en la picota”, concluía Eco en aquel libro. Ayer hablábamos de terrorismo. ¿Se imaginan el estadio ocupado por un grupo de fanáticos dispuestos a todo? Sí, ya sé que hay extremas medidas de seguridad. Pero la imaginación de los terroristas no tiene límites. Ojalá nada de esto se cumpla nunca y este hecho sólo sea una pesadilla insomne, pues de lo contrario esa sublimación de la violencia que es el fútbol y ese refinamiento del conflicto podrían volverse reales y humanos, demasiado humanos. Prefiero, pues, que todo continúe igual, que sigan la ficción y la afición.
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10.17.06
Posted in Escribir, Comunicación, terrorismo at 9:18 por jserna
¿Cómo deberíamos llamar a los combatientes que se oponen a la nueva administración de Bagdad? ¿Cómo tendríamos que calificar a los suicidas que se enfundan con bombas para dañar a quienes consideran sus enemigos? Son éstas preguntas que hemos visto planteadas en la prensa durante estos últimos meses. Los combatientes de Irak son grupos e individuos que ponen explosivos, que matan a cientos de personas, que destruyen edificios, que arruinan un país. Insisto: ¿cómo llamar a esos fieros beligerantes? ¿Terroristas o resistentes? En principio no hay dudas: hay que llamarles terroristas. Y punto. ¿Y punto? ¿Cuál es el problema?
La palabra resistente tiene un gran prestigio en la historia política como consecuencia de la oposición armada al fascismo y al nazismo, tarea de oposición que dio una gran reputación a quienes se enfrentaban por todos los medios a aquellas dictaduras. La Resistencia francesa, por ejemplo, goza de una merecida fama y, para el propio imaginario galo, es un ejemplo de dignidad en medio de la ignominia del régimen de Vichy. Pero la Resistencia francesa empleó métodos terroristas, justamente para oponer resistencia a los ocupantes alemanes y a los compatriotas que colaboraban con el sistema impuesto. No hemos querido reflexionar públicamente sobre este asunto: como los nazis encarnaban el mal absoluto, hemos pasado por alto el hecho de que los resistentes adoptaran métodos terroristas. Como Mussolini fue un dictador fascista, el dictador fascista por antonomasia, también hemos pasado por alto cómo ajusticiaron al odioso tirano y a Clara Petacci.
En los últimos días he leído en la prensa española un par de artículos sobre estos problemas de lenguaje, pero ahora referidos a los fanáticos islamistas que aquí y allá se involucran en una actividad violenta, terrorista. Estos problemas de lenguaje son también los de la Administración Bush. La lucha contra el terrorismo la denominaron Guerra contra el Terror convirtiendo, pues, un fenómeno nuevo (el terrorismo global) en un asunto aparentemente conocido: una Guerra Mundial con un enemigo reconocible. Pero tras esta operación hay dos cuestiones.
Primer problema: El frente de batalla. En este caso, en el de Irak y en el del terrorismo islamista, ¿dónde está el frente? Como admitía recientemente Umberto Eco en una entrevista, “desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos. La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio. Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra. Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo”.
Perdonen la inmodestia, pero me alegra coincidir con Eco. Según escribí en enero de 2005: “La circunstancia actual me ha hecho evocar una película, Which Way to the Front? (1970), de Jerry Lewis. Ustedes la recordarán: al principio de la Segunda Guerra Mundial, un rico ostentoso, Brendan Byers III, interpretado por Jerry Lewis, un magnate, en fin, quiere alistarse como voluntario en las tropas del frente europeo. Es rechazado, sin embargo, por un Tribunal del Ejército. Brendan Byers III no renunciará a su sueño, empeñado en ser partícipe del conflicto, como un nuevo y torpe Fabrizio del Dongo en Waterloo. Organizará un ejército financiado por él mismo, una tropa formada por unos pocos, tan ineptos como él. Su propósito era noble: armarse de valor para combatir fieramente al enemigo nazi. Pero… ¿dónde está el frente? Las guerras tienen frentes, incluso trincheras, enemigos reconocibles, uniformados, alineados, con banderas, con bayonetas. En las contiendas hay artillería y aviación, dos ejércitos combatiéndose y sobre todo unas imágenes censuradas. En Irak no parece haber esto. Se decretó el fin de las hostilidades, se proclamó cumplida la misión, se auguró una reconstrucción, se habló de democracia para el porvenir. De momento, sin embargo, el resultado de dicha operación es un proscenio bélico, un campo de entrenamiento para terroristas y, además, a la vista del mundo entero, con explosiones suicidas que se registran en directo, con ajusticiamientos atroces que se difunden por la Red”.
Segundo problema: La definición del enemigo. Si el combate contra el terrorismo islamista lo definimos como una Guerra Mundial (cuyas vicisitudes ya conocemos), entonces el enemigo también puede ser calificado en un términos reconocibles. Por ejemplo, islamofascismo es un hallazgo idiomático de la Administración Bush: si bien se mira, es una manera muy extraña de calificar al oponente al que habría que derrotar. Por un lado, hace de la memoria antifascista un aliado retrospectivo de la nueva guerra; y por otro, subsume el islamismo bajo las formas reconocibles del totalitarismo. El fascismo fue un comunitarismo extremista, generalmente ateo o religiosamente indiferente, fundado en los lazos primarios de la Nación, una nación guiada por un Líder, siempre de origen modesto como la mejor encarnación del pueblo; fue un movimiento organizado militarmente en milicias o escuadras que empleaban la intimidación violenta y visible contra los enemigos de clase o los oponentes de las formaciones antinacionales; fue una experiencia política en la que un partido aspiraba a la toma del Estado, a adueñarse de todas sus instituciones para así imponer ese aparato sobre la sociedad civil, sobre las instancias intermedias, a las que invadiría o propiamente haría desaparecer. Como ya dijimos tiempo atrás, el fundamentalismo islamista no es exactamente eso. Siguiendo a Bernard Lewis, en el islam moderno, la nación no es una referencia central de su organización política, entre otras cosas porque las estructuras estatales se ven como herencias o artificios coloniales: la unidad política real es, por el contrario, la comunidad de los creyentes, algo transnacional. Por tanto, llamar a los terroristas islamofascistas es un enredo conceptual de grandes dimensiones.
¿Y por qué este lío expresivo? Desde antiguo, los fenómenos nuevos, inauditos, tendemos a identificarlos con un léxico previo con el fin de conjurar fantasiosamente lo que ignoramos y, sin embargo, eso no reduce el proceso desconocido y las consecuencias inusitadas del acontecimiento. Creo que tenemos serio problema con la violencia extrema del islamismo, con los atentados, con las amenazas…, y creo que tenemos un grave asunto con el lenguaje. Los periodistas, los historiadores, observan la realidad, pero esa realidad no es un dato que se imponga sin intelección alguna. Necesitan un armazón conceptual que les permita entender qué tienen ahí enfrente, qué significado hay que darle para después transmitírselo a los lectores. ¿Me refiero al lenguaje? Resulta obvio que es así, pero esa afirmación es insuficiente porque con los lectores no sólo compartimos un idioma del que nos servimos, sino también ciertos significados de las cosas, el sedimento histórico que las palabras tienen. Decía Umberto Eco que el proceso de comunicación (que inicia un periodista, pero que empieza también un historiador) comienza no con un mensaje, sino con la puesta en marcha de varios códigos. Esos códigos someten el hipotético mensaje a transmitir a una serie de reglas expresivas de modo que pueda hacerse llegar a través de algún canal. Si los lectores compartimos los códigos, entenderemos el idioma del redactor, entenderemos los usos verbales, entenderemos también qué nos quieren decir expresa o implícitamente, los datos explícitos y los sobreentendidos. Pero sobre todo entenderemos de qué cosas nos hablan, qué es eso que hay ahí fuera, qué es lo que ha ocurrido, cosas a las que el emisor alude.
Pues bien, el nuevo terrorismo es un fenómeno efectivamente reciente e inaudito, para el que nos faltan referencias, una conceptualización en la que se están empeñando los mayores expertos (no sin polémicas) y que no tiene por qué coincidir con la designación que a esos hechos les dan los Gobiernos y las Administraciones. Hay un mundo externo, referencial, que funciona o sucede al margen de la voluntad del observador, sea éste un reportero o sea éste un investigador, pero ese mundo necesita, en efecto, de alguien que lo atisbe, que lo escrute y que, al final, sepa relatarlo, explicarlo e interpretarlo poniendo en orden los datos. Para narrar, los cronistas (de la índole que sean) precisan un dato documentado y un vocabulario cierto: un léxico que aluda a algo externo que se quiere aclarar, pero sobre todo los cronistas necesitan los conceptos, las nociones generales y abstractas con las que indicar los datos concretos. Pues bien, pese a los cinco años transcurridos desde el 11-S aún estamos en esa fase previa, aquella en la que distinguimos a qué refriegas nos enfrentamos y con qué rótulo calificamos al enemigo.
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