04.04.08
Posted in Entrevistas, Religión, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:36 por jserna
1. Dios
Siempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Cuando era un muchachito leía la Biblia con unción y con fruición: sintiéndome culpable, a la vez, por la dicha que aquellas páginas me procuraban, una felicidad muy materialista y carnal. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el mito del origen, de la moralidad, del pecado, de la muerte. Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas. La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como Los diez mandamientos confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor.
Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre, preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome con la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada. Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable. Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento. Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes.
En aquellas páginas, siempre me angustiaba la presencia de la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles. En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados tipos israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso. El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos miles de años después. Eso quería decir algo… De quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación adolescente.
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2. Manuel Talens

Desde que leí su primera narración envidio a Manuel Talens. Envidio su portentosa imaginación, capaz de edificar mundos inexistentes pero extraordinariamente parecidos al real; capaz de recrear con la sintaxis lo que justamente quiere decir. Con una palabra de más, con barroquismos lujosos, o con economía verbal –escueta y exacta, pues– su escritura siempre me parece de una sonoridad precisa. No se trata de que escriba bien o bellamente. Es algo más sutil y más importante, por supuesto. Que su escritura sea de una sonoridad precisa significa que dice lo que quiere decir, pero sobre todo que cada personaje (narrador incluido) se pronuncia con el habla, con los modismos, con los idiolectos que le son propios. En general, todos ellos se comunican con gran corrección, incluso cuando los tipos retratados son vulgares o analfabetos: hay en sus voces una sabiduría antigua, popular. Una de las habilidades expresividades que distinguen las obras de Talens son sus exabruptos, sus imprecaciones, sus malas palabras, cuidadosamente dispuestas cuando toca y por quien toca. Hay también en la prosa del autor una capacidad probada para reproducir discursos culturalmente muy distintos, de espacios y de extracciones sociales muy diversas.
Cuando esto se da en un escritor, los críticos literarios suelen decir que el novelista tiene buen oído: que tiene buen oído para captar los registros particulares del pueblo, de los doctos, de los gobernantes, de los refinados y de los adocenados. Es un tópico, ya lo sé, pero en el caso de Manuel Talens, tal capacidad está suficientemente probada. Ahora bien, esa habilidad no sería gran cosa sin el humor. Saber reproducir lo que un capellán o lo que un campesino dicen –y cómo lo dicen– está bien. Lo que está mejor es que quien escribe consiga remedar esos discursos haciendo guasa con la expresión misma, bromeando con nuestro tenor expresivo, con esas fórmulas más o menos estereotipadas, con esos restos verbales del pasado que repetimos cuando hablamos. No es el único rasgo creativo de Talens, pero la ironía es decisiva en sus ficciones: más aún, la ironía posmoderna. “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Eso decía Umberto Eco y eso hace su aventajado discípulo, Manuel Talens.
Ahora acaba de publicar una novela, La cinta de Moebius, en la que retoma pasajes bíblicos con libertad creativa y con documentación abundante, con recursos de escritor o de lector resabiado: con numerosísimos guiños posmodernos, con citas explícitas e implícitas, con alusiones crípticas o expresas. Hay hasta una bibliografía final. ¿Bibliografía? ¿De quién? ¿Del narrador o del escritor? Bien pensado, ese exhibicionismo erudito sólo puede deberse al narrador empírico. Fíjense que en esta novela Dios tiene una presencia definitiva. Es más: es propiamente su narrador. Así, con todas las letras. Si Dios es omnisciente, no le veo justificándose, poniendo acreditaciones o documentando sus afirmaciones. Es, pues, el escritor quien añade ese aparato crítico en el que se basa la ficción. Desde luego no es la primera vez que ocurre. En otra de sus novelas, Hijas de Eva, hacía algo semejante: enumeraba los libros que le habían servido para recrear, por ejemplo, la Valencia de antaño. ¿Está obligado el escritor a hacer algo así? Por supuesto que no. A mis alumnos, siempre que puedo y viene a cuento (nunca mejor dicho), les expongo el caso de Hijas de Eva: el autor empírico de una ficción no está obligado a detallar su fuentes; menos aún, si una parte de esos libros son pura invención, como es el caso de aquella novela de Talens. Cuando eso sucede, ¿qué es lo que estamos leyendo? ¿Una bibliografía apócrifa que, al modo de Jorge Luis Borges, se burla de los usos eruditos? En fin, un lío… posmoderno. También Umberto Eco, naturalmente, se valía de estos recursos académicos para liarnos a su antojo y a su manera: para provocarnos una impresión, un efecto de realidad, que diría su amigo Roland Barthes.
No les voy a descubrir los contenidos de la novela, de La cinta de Moebius, obra en la que lamentablemente toda la bibliografía citada es real. Digo lamentablemente porque en ese apartado final, el dedicado a las fuentes, el autor parece haber abandonado el juego de la erudición apócrifa. Mezclar lo verdadero con lo verosímil es propio de las novelas. De las novelas. En éstas, no es extraño que el novelista disponga al principio o al final del texto, pero siempre fuera del relato, lo que llamaremos notas de autor: son esos apartados paratextuales que sirven para aclarar procedimientos o para justificar decisiones. Hay novelas, sin embargo, en donde las notas de autor son artificio y, por tanto, se integran en la narración misma, en su ficción. Así sucedía, por ejemplo, en El nombre de la rosa. Creo que Talens es capaz de gamberradas como la que se propone en esta ficción, pero –quién sabe– quizá su parte edificante o su disposición académicamente correcta le han aconsejado reprimir la licencia de la bibliografía apócrifa, algo que se consentía en Hijas de Eva.
“Todo narrador de oficio sabe bien que, para ser verosímil, cualquier libro que aspire a reproducir el tiempo pasado debe apoyarse necesariamente en otros libros que lo procedieron. La siguiente es una lista no exhaustiva, aunque sí fundamental, de los que han sido utilizados”, decía al final de Hijas de Eva. ¿Decía? ¿Quién decía eso? El apartado se titulaba “Bibliografía” y las palabras literales que he reproducido no podían tomarse propiamente como nota de autor: la mayor parte de los títulos de los libros eran inventados y, además, si quien decía hablaba de “narrador de oficio”, entonces es que era el propio narrador –quien cuenta la novela– y no el autor empírico –quien la escribe– el que se estaba refiriendo a sí mismo. “Además, el narrador quiere expresar…”, concluía aquella nota.
Si, ahora, Manuel Talens es tan temerario como para poner a Dios en el centro de un relato –cosa que supera lo previsible–, entonces no entiendo por qué no se deja llevar por la ficción hasta el final: hasta ese elenco bibliográfico fabuloso que acreditaría lo dicho. Pero dejemos este reproche erudito…: yo jamás me atrevería a ello, a idear ficciones con Dios como personaje. Pero no por contención piadosa (válgame Dios), sino por mi propia incapacidad para fantasear tan audazmente: nunca se me ocurríría escribir sobre Dios haciéndole protagonista de un relato o usurpando su papel.
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3. El narrador omnisciente
El papel de Dios, justamente. Darle todo el protagonismo a la Providencia hasta el punto de descubrirnos su mundo interior y su entorno. Es de celebrar que un autor como Talens –ateo, supongo– se tome en serio eso del Reino de los Cielos haciendo de dicho espacio el lugar de la acción novelesca. Allí reina Dios, efectivamente, pero es Gabriel Arcángel (que es como firma) quien nos sirve de guía por aquellos dominios. No tenemos a Virgilio, sino a este ser alado y de sexo aplumado. Dicho personaje –que se halla básicamente desocupado desde la Anunciación a María– quiere hacer algo productivo, algo en lo que se reconozca. En este empeño veo un esfuerzo contrario a la alienación, ese estado anímico sobre el que los filosósofos alemanes tanto han escrito… Alienación, enajenación: verse extraño, desubicado, no reconocerse en las obras o en los actos, en los productos finalmente resultantes. Gabriel desea sentirse necesario y desea también sentirse justificado. Desde luego es alguien que valora mucho la formación intelectual y, por lo que leeremos, alguien que tiene una tendencia progresista irreprimible. Un trasunto del autor, quizá? Y qué más da. Gabriel se preocupa por el estado general del Cielo y, más aún, por el estado particular de Dios. Si allá arriba las cosas no marchan demasiado bien, ¿qué podemos decir de esa copia deslucida que es la Tierra? Pero…, ¿quién cuenta todo esto, quién relata? Volvemos al problema que nos planteábamos más arriba. Desde luego no es una voz que se exprese en primera persona, sino un narrador omnisciente que es Dios, exactamente Dios, un mecanismo autogenerador, capaz de decir, de contar, de hacer incluso en estado latente.
Está en medio de la obra observándolo todo, el devenir del mundo. Ese Dios presente pero ausente a un tiempo es también el autor, que gobierna el destino de sus personajes con la autoridad de quien es responsable y creador. El Dios de La cinta de Moebius es efectivamente responsable: rige el curso del mundo y de sus criaturas, aunque –eso sí– con alguna dificultad insalvable. Frente al monstruo de Frankenstein, dejado por su creador, o frente a los Replicantes huérfanos de Philip K. Dick, abandonados, el Dios de Talens se ocupa del orbe. Pero al final ese mundo es igualmente caduco, por lo que habrá que resetearlo, que repararlo, tarea más propia de un autor que de Dios: un autor –Talens– que se descubre en su voluntad ideológica de rehacer voluntariosamente lo torcido o lo que juzga indigno. ¿Una intromisión autorial? Digo esto e inmediatamente recuerdo el consejo de Gustave Flaubert, sus reparos de novelista-demiurgo: “el autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todos lados, visible en ninguno. Dado que el arte es una segunda naturaleza, el creador de esta naturaleza debe actuar según procedimientos análogos: que se note en todos los átomos, en todos los aspectos, una impasibilidad escondida e infinita.”
No me pidan más detalles ni me insistan con mayores pormenores. No diré más para no fastidiarles la novela. También me he reprimido al escribir la reseña para Ojos de Papel. Lo que un comentarista debe mostrar no es un resumen argumental, sino escrutinio crítico y, sobre todo, entusiasmo lector: más allá de que coincidamos o no con la ideología del autor, con su plan de ataque o con su reelaboración del mundo externo. Yo dediqué tres días a leer, anotar y comentar esta novela… con Dios. En plena Semana Santa. Nada mejor podía hacer: reservarme una obra tan bíblica en fechas especiales para elevar mi decaído espíritu con levadura irreverente. Ahora, para expiar mis debilidades, haré la relectura completa de Todo Talens. O eso espero. Me lo piden el cuerpo y una penitencia que me han impuesto.
FIN
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4. Hemeroteca

-Reseña de Justo Serna de La cinta de Moebius para Ojos de Papel (abril de 2008)
-El escritorio de Manuel Talens. El sitio web del escritor.
-Entrevista a Umberto Eco: la interviú que alguna vez habría que releer…
-Naturalmente, Umberto Eco.
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5. Scriptorium

“…Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia…” Más.
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12.09.07
Posted in Sociología, Scriptorium, Comunicación, Historia, General at 10:54 por jserna
1. Leo Un día de cólera (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte de la que debo escribir una reseña. Son varios los aspectos que trataré cuando me ponga a ello. Ahora, sin embargo, quiero pensar sólo en dos: en Francia y en la acción colectiva (en los actos airados de la muchedumbre). Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple para todos nosotos y para nuestros antepasados. Por un lado, encarnaba la Ilustración, la libertad, la cultura milenaria, ese refinamiento de lo parisino que aún nos atrae; por otro, la violencia, el alboroto urbano, la revolución de 1848, la Comuna, Mayo del 68 o la agitación de las banleieus.
Estamos en 1808, Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar reprimido de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo, se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen.
A lo largo del tiempo, lo que de aquella mañana de mayo más ha llamado la atención es el desigual combate: la firme oposición del pueblo a ser vejado, maltratado, por un ejército invasor, el Ejército napoleónico: portador de las ideas revolucionarias, pero usurpador también de los Gobiernos vecinos. En la mañana del 2 de mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegímitimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política… francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.
Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todos esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los mass media, cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.
En 1808, como dice el narrador de Un día de cólera, es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello. Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando las epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elias Canetti (y me lo recuerda Francisco Fuster). Colectivamente, reunidos en un espacio físico y sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, lo inmediato, lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese rumor es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esos chismes alivian la incertidumbre. La información alivia y enerva.
Pero regresemos a la masa y a ciertos didactismos que ahora me permitirán. Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?
Como decía Ortega y Gasset y también Antonio Gramsci, hoy ya no somos más que hombres-masa, individuos pegados entre sí por un argamasa emocional. A lo largo del siglo XX, la pasión política unió a gentes dispares que se sentían solidarios defendiendo las mismas causas (en ocasiones, terribles causas): la prensa interfería o creaba opiniones, marcaba tendencias o reunía anímicamente a grandes públicos. Ahora, la realidad –que parece la misma o que parece estar definida por los mismos medios– es algo bien distinto: sólo es un espacio más de un entorno completamente mediático y mediatizado: allí vivimos bajo el dictado de una agenda prestada. ¿Algo malo? Es lo que se da y es nuestra condición general: una revolución de tercer orden. O, mejor, como dijo Javier Echeverría, es la revolución del tercer entorno: hemos pasado por la physis, por la polis y, ahora, por telépolis. Vivimos como masas interconectadas y es ahí, en ese nuevo espacio, en donde se dan la inteligencia y el refinamiento, pero también la violencia y sus causas. Para quienes tenemos aversión a la muchedumbre que adocena –aunque podamos entender su empuje social–, el nuevo entorno es paradójico y fatal, pues vivimos multitudinariamente sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo: usted y usted y usted y yo. Disculpen que hoy me ponga apocalíptico: cada uno de nosotros no es más que la parte infinitesimal de un gran público que observa (y participa) en un espectáculo interactivo. Quizá otro día lo vea de un modo distinto. Ahora, perdonen que les deje.
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2. “El cerdo” de Pérez-Reverte
En la descripción de la masa que hay en Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocemos: como le dice Tulio Demichelis en Abc, aquel argumento que procede del Cantar del Mío Cid según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constatemente aparece en sus novelas históricas: desde Alatriste hasta Cabo Trafalgar. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga…, ¿y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al menu peuple (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación (por designarlo a la manera de Gramsci); un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra; una Armada desarbolada y hundida; una Nación política aún incipiente y ya saqueada.
A ver si consigo explicarme: contrariamente a lo que me dice Miguel Veyrat, yo no creo que leer a Pérez-Reverte sea abandonarse a “la mala literatura de consumo”. Resulta muy interesante acudir a sus obras para ver el buen temple relator que tiene o que es capaz de desplegar, aunque –efectivamente– sus esquemas narrativos sean tradicionales: en Un día de cólera es una crónica que en orden cronológico –como no podía ser de otra manera– pone en sucesión los hechos acontecidos tomando como ejemplificación a distintos personajes. Su forma de contar es muy tradicional (pero efectiva) porque quien relata es un narrador omnisciente (según el esquema realista y naturalista), alguien que expresándose en tercera persona sabe todo de todos, anticipa lo que les va a suceder y, por tanto, proporciona datos e información enciclopédica que no son imprescindibles para leer los hechos novelados en tiempo real. Es, pues, un didactismo para quien lo ignora todo.
Es muy interesante y discutible la nota de autor que Pérez-Reverte pone al inicio de la obra. Funciona como un introito informativo: como una declaración de principios metodológicos. Interesa leerla para comprobar cómo trata de burlar la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica). Por otro lado, es chocante, erudito y literal (que no posmoderno) el recurso a una bibliografía final, las bases sobre las que dice apoyar su relato. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Por otra parte, la nota del autor y la bibliografía son propiamente paratextos, algo que rodea al texto y que al autor –que no al narrador– le sirve para enmarcar: esa función cumplen los prólogos. Pero, atención, dichos paratextos pueden ser parte de la ficción: véase, si no me creen, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de El nombre de la rosa –”Naturalmente, un manuscrito”–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en El País. Etcétera, etcétera.
Son numerosas las razones que me llevan a leer Un día de cólera: uno aprende discutiendo con los buenos, con los regulares y con los malos textos. La novela de Pérez-Reverte es eficazmente narrativa y entretiene incluso cuando simplifica los caracteres y los avatares. De eso dan fe muchachos con quienes tengo trato frecuente y que leen con fruición. Lo señalé en “Qué jóvenes“, un artículo para Levante ya olvidado. La novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del reportero, repite fórmulas ya ensayadas por Daniel Defoe (en Diario del año de la peste) y retoma los modelos narrativos de las viejas crónicas. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de mayor eran en buena medida un populacho corajudo y desnortado. Por otro lado, la recreación de conversaciones, de diálogos, entre personajes tan documentados forma parte de la conjetura y de lo verosímil, algo que ya pretendiera Tucídides…
Pero me permitirán que me calle: debo hacer una reseña y esto que he escrito no lo es. Es sólo una reflexión sobre la masa como muchedumbre alborotada, una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje. Me entusiasma leer triturando los volúmenes, interpelándolos, subrayándolos, anotando mis exclamaciones, mis derivaciones, mis erudiciones. Ya lo saben. Un libro es como un cerdo: todo se aprovecha.
Pues eso: que le aproveche a quien decida disfrutarlo.
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3. Hemeroteca
-Francisco Fuster, “Betty Friedan, la mística de la feminidad“, Claves de razón práctica, núm. 177 (2007). Texto completo en pdf
-Novedad: algunos artículos de JS publicados en Claves de razón práctica entre 1999 y 2002, accesibles ahora (2007) en formato pdf
Claves 95. La egohistoria de Pierre Vilar [pdf]
Claves 104. La paradoja de Lovecraft [pdf]
Claves 118. Los liberales. Historia y vidas del ochocientos español [pdf]
Claves 120. La televisión y el mal. El caso de Pierre Bourdieu [pdf]
Claves 125. Simpatía por el vampiro [pdf]
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4. Scriptorium
Antonio Gramsci:
“…Por la propia concepción del mundo pertenecemos siempre a un determinado grupo, precisamente a aquel en el que todos los elementos sociales comparten un mismo modo de pensar y de obrar. Somos conformistas de algún tipo de conformismo, somos siempre hombres-masa u hombres colectivos. La cuestión es la siguiente: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, de qué hombre-masa forma parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada, pertenecemos simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, y la propia personalidad se compone de manera compleja: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las etapas históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura como la que será propia del género humano mundialmente unificado…”
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Jueves, 13 de diciembre de 2007, nuevo post. A poqueta nit
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06.01.07
Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Scriptorium, La felicidad de leer, Historia at 7:52 por jserna

1. El ciudadano moral. Después de semanas y semanas de campaña electoral, leyendo eslóganes previsibles y oyendo una salmodia propagandística, hay que regresar a la gran literatura. Para sanarse de la actualidad especiosa, no hay nada como leer libros intempestivos, ajenos a nuestros días: libros inactuales que, sin embargo, son novedades de hoy, simplemente porque las editoriales los han rescatado para nosotros o, mejor, porque los editores los han compuesto para nuestro deleite y reflexión. Me refiero a Hermano Hitler y otros escritos sobre la cuestión judía, de Thomas Mann, y a Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt, dos volúmenes que sus autores no vieron en vida y que ahora aparecen como recopilaciones post mortem de artículos, de ensayos, de conferencias. ¿Hasta cuándo seguirán apareciendo textos y más textos de los grandes autores ya muertos? No es como en el caso de Fernando Pessoa, que dejó un baúl repleto de originales, de manuscritos, de inéditos que muchos años después colmarían los anaqueles de las librerías. Ahora mismo, por ejemplo, un amigo muy atento me ha regalado El regreso de los dioses, del escritor portugués: un libro que jamás existió pero que, según Ángel Crespo, Pessoa tenía como proyecto. El volumen está compuesto de esos fragmentos que presumiblemente debían haber servido para completar ese proyecto ideado. Libros de fragmentos, un verdadero género del siglo XX, de la modernidad troceada, una manera de rehacer los cachitos rotos del mundo a partir de las percepciones particulares, ocasionales, de los grandes autores.
Pero, en el caso de Mann y Arendt, no hay propiamente inéditos, originales desconocidos. Los textos reunidos son artículos conocidos, incluso muy conocidos, que ahora en su nueva compilación cobran un sentido distinto o refuerzan otros textos mayores de los autores. Hermano Hitler… podemos verlo como un libro hermano de Oíd, alemanes, del que hablé en la primera etapa de este blog: aquel libro que reunía aquellos discursos radiofónicos que Thomas Mann dirigiera contra Adolf Hitler desde la BBC. Por su parte, Responsabilidad y juicio es una secuela, si podemos decirlo así, de la gran obra de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén, seguramente uno de las reflexiones más polémicas y debatidas del siglo XX. Por tanto, si las editoriales publican estos libros no es, desde luego, porque sean futuros best sellers (cosa improbable), sino porque completan y complementan esas obras mayores de clásicos del siglo XX.
No hemos conseguido quitarnos de encima la pasada centuria básicamente porque el totalitarismo (esa peculiaridad perversa del Novecientos) sigue exigiéndonos reflexión y atención. Permítanme el didactismo. El sistema totalitario no es una dictadura, no es ni siquiera una tiranía cruel. Es algo más: es la identificación completa del Estado con la sociedad civil y es la conversión de ciertos seres humanos en tipos superfluos. No es que el totalitarismo persiga sañudamente a sus enemigos (que también); no es que elimine a los adversarios (que también); no es que suprima cualquier forma de disidencia o controversia o conflicto (que también). Lo significativo del totalitarismo es que no se concibe nada sin el Estado: por eso, las instancias intermedias de la sociedad civil (los agregados o asociaciones de particulares) o son destruidas o son absolutamente controladas y dominadas por los hombres del partido único que representan al Estado. Lo definitivo del totalitarismo es que al individuo se le expropia su individualidad, su condición de ser moral: se piensa su vida como obediencia, es decir, se le fuerza a prestar su apoyo para poder sobrevivir o malvivir. Por eso, quienes no se oponen, no se excluyen de la organización o del sistema, devienen seres amorales. No se trata de que el individuo corriente deba convertirse en héroe o en santo, sino de que el humano ordinario ha de tratar de pensar por sí mismo. Aunque no se cometan crímenes, si se colabora, si se prospera bajo un régimen totalitario, anestesiando la conciencia, entonces uno sobrevive, sí, pero acompañado de un asesino. No basta con pretextar que uno sólo es o ha sido el engranaje sustituible de un sistema: uno siempre puede oponerse a la prosperidad o a los honores con que le tienta el régimen totalitario…
Thomas Mann y Hannah Arendt fueron dos centroeuropeos que se exiliaron, que se expatriaron, para finalmente afincarse en los Estado Unidos. Con el pensamiento y con la palabra fueron combatientes tenaces del nazismo y ambos encarnan algunas de las mejores tradiciones alemanas. ¿Qué tienen de común los libros que ahora se publican y leo? Como antes decía, son volúmenes hechos de trozos, obras compuestas con textos circunstanciales que, sin embargo, conservan toda su fuerza: aún nos interpelan precisamente porque son formas de pensamiento urgente en la circunstancia penosa que cada uno tuvo que enfrentar. Sin duda, el libro de Arendt tiene mayor vuelo teórico, como corresponde a una filósofa que reflexiona sobre la sociedad y la esfera pública. Los textos recopilados en Responsabilidad y juicio pertenecen a la última parte de su vida: es más, hay alguno de 1975, el año de su muerte. La obra de Mann reúne artículos anteriores, siendo los más numerosos aquellos que corresponden al período 1935-1945. A pesar de la distancia cronológica entre ambos y a pesar del distinto sentido que tienen, ¿hay algo que los relacione? No sólo el repudio del nazismo: lo que en ambos coincide es la pregunta por la condición moral del individuo.
Lo que ambos se preguntan una y otra vez es por la inacción de tantos y tantos compatriotas suyos que no hicieron nada por oponerse o por no facilitar el horror. Hitler, dice Mann, no es un monstruo ajeno a Alemania. Es, por el contrario, “un hermano… Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente bastante embarazoso. Aun sí, no quiero cerrar los ojos ante la realidad de su existencia, pues, lo repito, mejor, más honesto, más alegre y más productivo que el odio es el reconocerse a sí mismo, la predisposición a fundirse con lo aborrecible, por mucho que eso pueda conllevar el riesgo moral de olvidar el no”. En realidad, hay que ver a Hitler como hermano porque nace de la sociedad germánica: un tipo que hace del resentimiento su combustible, sin que nadie pueda sentirse ajeno. “Nadie se libra de ocuparse de su turbia figura, algo que reside en la naturaleza burdamente efectista y amplificadora de la política, es decir, en el oficio que él resulta que ha escogido, y es bien sabido hasta qué punto se debe sólo a su incapacidad para dedicarse a cualquier otro. Tanto peor para nosotros y tanto peor para la indefensa Europa de hoy, que él”, concluye Mann, “salte de una victoria sobre la nada, sobre la más absoluta falta de resistencia, a la próxima”. Thomas Mann habla expresamente de “castración moral” de tanta gente corriente que pudo ver al dictador como un tipo nacido del pueblo aunque aparentemente dotado de virtudes que lo hacían carismático e irrepetible. Y es acerca de ese punto, acerca de la castración moral, sobre lo que Hannah Arendt dedica las páginas más enérgicas de su libro.
Cuando definimos la moral en términos de costumbres y hábitos, incluso como las costumbres y hábitos respetables, no estamos inmunizados contra el mal. Quienes se aferraron al orden moral respetable en la sociedad hitleriana sucumbieron fácilmente a la perversión: simplemente no tenían nada que preguntarse, pues lo correcto era seguir desempeñando las obligaciones de cada uno. Por el contrario, quienes no concibieron la moral como el orden imperante, quienes se preguntaron sobre lo que hacían, asumían la responsabilidad de sus actos y, por tanto, pudieron percibir en toda su cruel evidencia el efecto de la anestesia moral. Los grandes responsables del totalitarismo no son necesariamente unos tipos diabólicos, unos monstruos que padecerían todas las formas de patología. Lo terrible es que el Estado totalitario puede sostenerse en criminales corrientes y en ciudadanos que se apresuran a dejar de serlo, que procuran no interrogarse sobre lo que hacen y sobre las consecuencias de lo que hacen. Después, el pretexto habitual para exculparse sería el de… yo sólo era el engranaje prescindible, intercambiable, de un sistema que obligaba: si yo no lo hubiera hecho (con grave riesgo de mi vida), otros lo habrían hecho. Por tanto, resistir carecía de sentido. Como dice Arendt, quien arguye esto no se ha parado a pensar qué le habría sucedido a dicho sistema si muchos hubieran optado por no apoyar. No era obediencia, era apoyo. Había numerosas formas de no apoyar (y por tanto de no obedecer), pero para ello no había que ser un héroe: bastaba con no prosperar en la sociedad totalitaria.
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4. Scriptorium. Unas palabras procedentes de Eichmann en Jerusalen, de Hannah Arendt
–”Entonces, se produjo la última declaración de Eichmann: sus esperanzas de justicia habían quedado defraudadas; el tribunal no había creído sus palabras, pese a que él siempre hizo cuanto estuvo en su mano para decir la verdad. El tribunal no le había comprendido. Él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano. Su culpa provenía de la obediencia, y la obediencia es una virtud harto alabada. Los dirigentes nazis habían abusado de su bondad. Él no formaba parte de reducido círculo directivo, él era una víctima, y únicamente los dirigentes merecían el castigo (…). Eichman dijo: ‘No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño’…”
–”Lo más grave, en el caso Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de dlincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.
–”No, Eichmann no era un estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como banalidad, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común”.
–”Debido a que la sociedad respetable había sucumbido, de una manera u otra, ante el poder de Hitler, las máximas morales determinantes del comportamiento social y los mandamientos religiosos –no matarás– que guían la conciencia habían desaparecido. Los pocos individuos que todavía sabían distinguir el bien del mal se guiaban solamente mediante su buen juicio, libremente ejercido, sin la ayuda de normas que pudieran aplicarse a los distintos casos particulares con que se enfrentaban”.
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3. Otras lecturas de filósofas
María Zambrano o la continuidad de la filosofía española, por Miguel Veyrat, en Ojos de Papel.
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4. Hemeroteca de JS.
Días de diario, de Antonio Muñoz Molina. Reseña de JS, 1 de junio de 2007.
Si yo fuera rico, artículo de JS en Levante-EMV, 1 de junio de 2007.
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5. Hace tres años y medio.
Decíamos ayer…
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04.20.07
Posted in Juventud, Variedades, Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 12:43 por jserna

Variedades 0.
Comienzo una nueva sección en este blog. La titulo Variedades. Es poco original, lo admito, pero no conviene excederse en la audacia formal… La nueva sección es un repertorio de chispazos y observaciones, de noticias y de lecturas (que a veces reproduciré como parte de mi scriptorium). Tiene la característica de ser un work in progress. Es decir, son anotaciones breves que se irán yuxtaponiendo, sumando a lo largo del día o de los días, hasta hacer de la entrada un post lógico y sucesivo.
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Variedades 1. Candidatos
Anthony Giddens es un pensador laborista, sociólogo prolífico y, durante un tiempo, director de una institución prestigiosa: la London School of Economics. En 1999, publicó en inglés un libro que era una apretada síntesis, una radiografía del mundo reciente, un compendio para profanos que se transmitió a través de las ondas de la BBC: Runaway World. En castellano, Un mundo desbocado.
En dicho volumen abordaba los temas clave de nuestro tiempo: la globalización, la tradición, la familia, la democracia, etcétera. Admitía las dificultades crecientes a las que debíamos hacer frente, pero no adoptaba un tono apocalíptico, ese estilo agraviado, sombrío y atrabiliario que tanto se lleva entre locutores dolientes y periodistas radicales de salón. Era una sensata presentación de lo que, según su diagnóstico, era, es, ese mundo desbocado, un caballo sin brida, sin rumbo, sin dirección. La metáfora le servía para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, la impresión generalizada de que somos individuos subidos a lomos de un proceso que nadie gobierna enteramente.
Frente al mundo de la Guerra Fría, en el que la contención mutua, la amenaza de la destrucción generalizada, aplacaba ciertas tendencias en principio indomables, la sociedad global de nuestro tiempo carece de esas bridas. La globalización, por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban pero, por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y circunstancia que en el pasado nos auxiliaban.
Se trata, en todo caso, de una tarea difícil que ha de hacer frente a la desafección de los ciudadanos de las viejas democracias, incluso al desinterés de los recién llegados. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen: la corrupción que se destapa justamente por los medios y que revela la granjería de la que tan necesitada están esas maquinarias de gasto que son los partidos; los comportamientos mafiosos que usurpan los servicios y hurtan los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción servil; la desmoralización que genera el súbito enriquecimiento de políticos menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos, de ‘gadgets’ carísimos y viviendas multimillonarias; el sectarismo…
Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos, la de la desconfianza, frente a la democracia indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. “Un viajero británico en EEUU”, dice Giddens, “preguntó una vez a un compañero estadounidense: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?», a lo que el estadounidense respondió: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?»
La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones mutuas, a ciertas fidelidades, con el fin de obtener ventajas respectivas, la principal de ellas el respeto recíproco. La exigencia es el requerimiento básico para el observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la ‘confianza’. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos instituciones y compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Necesitamos confiar, en efecto, en representantes políticos a los que no tendríamos reparos en convidar a cenar o en aceptarles una invitación de sobremesa. Confiar es aguardar que el otro cumpla la palabra dada, una palabra que en el caso del político no es personal, sino institucional, esperando de él que respete la obligaciones contraídas, en el Gobierno o en la Oposición. Cuando esto no se confirma, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus tareas, cometidos y promesas, entonces la ineptitud o la avaricia se gratifican y el solvencia pública de las instituciones se daña.
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Variedades 2. Mariano Rajoy y el matrimonio gay
La Iglesia católica acostumbra a escandalizarse de casi todo lo que nos cambia… En Tengo una pregunta para usted (el programa de TVE), el candidato Mariano Rajoy tuvo la cintura suficiente para no escandalizarse y para no profesarse como católico intransigente. Al menos, de cara a la galería. En Abc –el diario conservador que hace campaña por él— se ha celebrado la respuesta emocional y chispeante que Mariano Rajoy dio a un ciudadano que en dicho programa televisivo le preguntaba sobre un futurible familiar. “Dos hijos, uno de siete años y otro de uno, fueron el argumento esgrimido por uno de los asistentes para interrogar a Mariano Rajoy sobre si asistiría «con orgullo» a la boda de uno de ellos si fuera homosexual. «Estaría incondicionalmente con mi hijo y asistiría a la boda», afirmó Mariano Rajoy, para indicar a continuación que, no obstante, «le diría que hiciera una unión de hecho», propuesta que llevaba en su programa electoral de 2004”. Si se fijan bien, la respuesta es afectuosa, tierna y respetable, pero, de otro lado, es absolutamente incongruente. El partido del señor Rajoy ha sido –y es— absolutamente contrario al reconocimiento del matrimonio homosexual, cosa que –al parecer— no sería óbice para que su dirigente aceptara a un hijo deseoso de contraer nupcias con otro varón. Fíjense: ese posible hijo no sólo sería un gay que asume su condición, sino que, además, sería partidario de la legislación (socialista) que posibilita el matrimonio que su padre combate apelando al Tribunal Constitucional. ¿Para qué llegar, pues, a esa situación extrema? La del Tribunal Constitucional, me refiero.
Candidatos: El candidato Sarkozy, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de abril de 2007.
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Variedades 3. Los Simpsons, veinte años.
Fue divertida, en efecto, la presentación de La juventud domesticada, de David. P. Montesinos, en La Casa del Libro de Valencia. Cuando me tocó glosar las virtudes del volumen no pude dejar de leer en voz alta un pasaje de dicha obra que me parece admirable en su sencillez y en su sagacidad. Son un par de párrafos dedicados a escrutar el sentido de The Simpsons. Resulta que hay una coincidencia. Estamos de celebración: se cumplen ahora veinte años de los Simpsons.
David P. Montesinos, La juventud domesticada, capítulo 4, págs. 97-98:
“El idiota de Flandes: la familia en la encrucijada
Lo que odia Homer Simpson de su vecino Ned Flanders es su condición de ciudadano leal y responsable. Ned es considerado, bienintencionado y vive dentro de un mapa moral –propio de un credo protestante asumido de forma entusiasta— que le impide relacionarse con sus congéneres en las claves de envidia, desconfianza o explotación en que lo hace el americano medio como Homer. Y sobre todo Ned es un buen padre, un padre obsesionado con predicar a sus hijos la importancia de llevar una vida decente y arrostrar con humildad y esperanza los reveses que Dios envía. Homer es todo lo contrario: manipula o es manipulado por sus hijos, deshace con su indolente tolerancia el esfuerzo educador de su esposa, abdica de suministrar criterios de verdad porque ni él está dispuesto a cumplirlos ni atisba el interés de hacer otra cosa que ver la tele y comer hamburguesas… Pese a todo, nos sentimos más cerca de los Simpson que de los Flanders, porque intuimos que la vida –en toda su espontaneidad, en toda su paradoja existencia— entra por la ventana de aquellos y no de estos.
Alguien podría pensar que la serie Los Simpsons transmite un mensaje inquietante: quien educa esforzadamente a sus hijos, acaso consigue loque busca, futuros ciudadanos dóciles y anémicos, sin voluntad ni contradicciones, quien, como Homer, los deja al albur de las circunstancias, incapaz de trazar un mínimo perfil de lo que quiere de ellos, deja que sea la vida quien decida, y así pueden surgir individuos de perfil fuerte, enfrentados al mundo y dispuestos a no seguir la corriente general. Ironías de la vida”.
Veinte años de The Simpsons. Links:
http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070419185157&ch=274 http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpson/cumple/anos/elpepugen/20070419elpepuage_4/Tes http://www.abc.es/20070419/sociedad-comunicacion/simpson-cumplen-anos_200704191428.html
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Variedades 4. El limbo, ahora sí, ahora definitivamente

Según leo en un despacho de la Agencia Efe, ahora sí, ahora definitivamente, el limbo desaparece como espacio físico o metafórico. “La Iglesia católica ha eliminado el limbo, el lugar donde la tradición colocaba a los niños que morían sin recibir el bautismo, al considerar que refleja una ‘visión excesivamente restrictiva de la salvación’. Así se afirma en un documento publicado ayer [20 de abril] por la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe al asegurar que existen ’serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios’…” ¿Serias razones? El documento aprobado “se titula La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados y, según la Comisión, el limbo representaba un ‘problema pastoral urgente’, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados y también ‘otros que no nacieron al ser víctimas de abortos’. La Comisión Teológica Internacional señala además que ‘es cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y a la vez excluya a niños que no tienen pecados personales de la felicidad eterna’… Vaya, vaya. Sobre este asunto ya me pronuncié hace un par de años en un artículo de prensa, pero no por poseer conocimientos teológicos (algo para lo que no estoy dotado), sino por estrictas razones personales: “No está mal, no”, me decía, “que se rompa con el encantamiento triste del limbo. No está mal que se libere de esa esclavitud a los millones de niños que allí se apretujan desde el principio de los tiempos. Lo que demandaría a la Iglesia es que pidiera perdón por haber convertido una metáfora en un lugar, por haber descrito como espacio o como cárcel aquello que sólo es un presidio del alma. Lo que les exigiría a nuestros clérigos, en fin, es que dejaran en paz, ahora sí, a los muertos, a nuestros muertos, a mi hermanito, por ejemplo. Salud”.
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03.19.07
Posted in Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:32 por jserna
1. Es tan confuso el estado de la política española, con esa mezcla de agitación y electoralismo, que lo discutido pronto se olvida: el asunto de controversia es inmediatamente reemplazado por un nuevo objeto con el que alancear al adversario. Según sostienen sus responsables, el Partido Popular esgrime el liberalismo como fondo doctrinal con el que oponerse a la política sectaria de los socialistas. Pero, visto de otro modo, el liberalismo puede muy bien justificar algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y, por tanto, serviría para desmentir punto por punto el discurso popular. ¿Piensan ustedes que fuerzo el sentido lógico de las cosas? Trataré de explicarme con un ejemplo conocido, un ejemplo al que debemos volver para orear la bruma que todo lo envuelve.
Es probable que ya no se acuerden pero una de las primeras manifestaciones que movilizó al Partido Popular tuvo como motivo el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales. Pues bien, recuerdo las dificultades conceptuales que tuvo que afrontar Mario Vargas Llosa cuando en un artículo de junio de 2005 enfrentaba los hechos. Eran éstos, eso sí, unos aprietos doctrinales expresados desde el liberalismo. Por un lado, desde ese liberalismo al que se adhiere, aplaudía la medida legal; por otro, desde sus inclinaciones electorales, quería seguir apoyando al Partido Popular. Repito. Por una parte aprobaba sin reservas el avance legislativo que suponía el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales; pero, por otra, no se explicaba la actitud de la oposición parlamentaria que se había echado a la calle para mostrar su repudio.
“Es difícil, para mí, entender las razones por las que el Partido Popular ha apoyado la manifestación contra el matrimonio gay”, admitía. Para un seguidor del liberalismo como es Vargas Llosa, la ampliación de derechos no es un riesgo sino una bendición: justamente por eso, le resultaba extraña la oposición de un partido que dice ser liberal. Al PP le perdonaba este error táctico o esta incongruencia doctrinal, pues –pese a las enfáticas y apocalípticas declaraciones de sus líderes– “es verdad que su dirigente máximo no asistió” a aquella manifestación a la que acudieron tantos obispos; como también es verdad, añadía, “que tampoco estuvieron presentes sus principales líderes”. ¿Que no estuvieron presentes sus principales líderes? Aquí, Mario Vargas Llosa cometía un error de percepción muy notable, pues en la movilización habían estado presentes Acebes y Zaplana, esto es, el secretario general y el portavoz parlamentario. Si, fuera de Mariano Rajoy, esos representantes políticos no eran sus principales líderes, entonces que venga Dios y lo vea…, podríamos decir (y nunca mejor dicho). De aceptar la argumentación de Mario Vargas Llosa, entonces deberíamos admitir que o eran cargos de pega que encubrían a otros militantes que en la sombra disponían del poder real; o son figuras heredadas de la época anterior que ya estaban amortizadas; o ambas cosas a la vez.
El protagonismo creciente que ambos líderes han tenido después desmiente la aseveración de Vargas Llosa: no sólo no han perdido peso, relevancia, sino que han arrastrado a Rajoy a una política de callejeo político. Siempre, eso sí, echándole la culpa a Rodríguez Zapatero por lo bueno, por lo malo y por lo regular. Durante un tiempo, Mariano Rajoy pudo mantener una posición moderada, institucional; hoy, por el contrario, ha hecho de la calle su principal modo de expresión. ¿Por haber sido arrinconado parlamentariamente al aliarse el Gobierno con fuerzas antiespañolas o separatistas? Ese argumento vale para una vez, para cuando te engañan o te relegan, pero no vale para siempre, porque entonces lo que revela es falta de orientación.
Creo que la explicación mejor es la que ahora da Enrique de Diego: a esa posición insostenible que sólo puede expresarse confusamente le han empujado en mayor medida los portavoces más radicales de la derecha. Si el periodista Enrique de Diego, conservador y confesional, reprocha al locutor de la Cope el extremismo en el que ha hundido a ciertos sectores del PP. Por eso se escandaliza al contemplar el “machacón dogmatismo sectario” en que ha caído “una buena parte de la derecha sociológica, atormentada por los zumbones fervorines del propagandista Federico Jiménez Losantos”. Muy benevolente se muestra De Diego, porque si se han dejado confundir por éste es gracias al respaldo mediático que cree obtener con su sumisión.
Entretanto, aunque de ellos no dependa, supongo que los responsables del Partido Socialista seguirán apostando por la permanencia de Jiménez Losantos: no hay nada mejor que radicalizar al adversario para espantar a la gente de orden o a los moderados. Aunque con una prosa algo confusa, De Diego lo expresa sin tapujos: “han extendido una cortina de humo sobre los problemas reales y llevando a la derecha sociológica a la situación más absurda y ridícula de la historia de España”.
Pero regresemos al reconocimiento del matrimonio homosexual y a la oposición que provocó. Según el propio Vargas Llosa, esa misma situación absurda (y no sé si ridícula) es en la que había recaído el Partido Popular al respaldar aquella manifestación. Apoyarla “sólo puede haber contribuido a confundir y lastimar no sólo a los homosexuales que hay en sus filas sino, sobre todo, a su sector liberal, y a dar argumentos a quienes lo presentan como una formación política ultraconservadora”. Y ése es precisamente el reproche más sensato que cabría hacer a los populares: que la integración de la derecha que logró José María Aznar, lejos de haber domesticado a los sectores más ultramontanos, les ha dado cobijo hospedando a divisiones confesionales que están dispuestas a batallar a poco que los liberales, en conserva o en sazón, decaigan o pierdan el poder.
Pero Vargas Llosa, que repartía mandobles al partido con el que en principio simpatiza, no ahorraba verdugazos al socialismo. “El Gobierno que ha dado esta ley en España”, precisaba, “es socialista y hay que reconocerle todo el mérito que ello tiene”. Ahora bien,“para evitar confusiones”, conviene recordar que el reconocimiento del matrimonio gay es “una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”, añadía Vargas Llosa. “El socialismo ha sido a lo largo de toda su historia, en materia sexual, tan puritano y prejuicioso como la Iglesia católica”, insistía. “Si de él hubiera dependido, la gazmoñería y la pudibundez hubieran dictado la norma aceptable en materia de costumbres sexuales y ésta se hubiera impuesto a la sociedad por la fuerza. Por eso, en las sociedades comunistas, la discriminación y persecución del homosexual fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi”, apostillaba. La descripción de Vargas Llosa era empeñosamente errónea y sorprendía en alguien con espíritu liberal la mixtura deliberada y equívoca que hacía.
En primer lugar, asociaba, sin más, democracia a liberalismo como si los socialistas no tuvieran nada que ver con la democracia (“una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”), como si la socialdemocracia europea no hubiera contribuido a edificar el sistema de derechos que se extiende y se generaliza a partir de los acuerdos de posguerra.
En segundo lugar, la voz socialismo la empleaba en su acepción comunista, identificándola, pues, con el bolchevismo, con el leninismo, con la III Internacional, justamente como si ambas tradiciones políticas hubieran sido idénticas. Es habitual emplear así la voz socialista cuando se trata de desprestigiar electoralmente al adversario: José María Aznar, por ejemplo, hace eso y en semejantes términos en sus dos últimos libros: no se confundan, todos los socialistas son lo mismo, son todos lo mismo y punto.
En tercer lugar, el error culpable en el que incurría Vargas Llosa se revelaba al mezclar los distintos matices de lo liberal, al usar liberal en su sentido europeo y norteamericano como si significaran lo mismo. Decía: “han sido las sociedades democráticas, impregnadas de cultura liberal, como los países escandinavos y los Estados Unidos, donde se ganaron las primeras batallas contra la discriminación de los gays”. Si hablamos de países escandinavos, entonces no podemos dejar de hablar de la tradición socialdemócrata: en Suecia, por ejemplo, ese país en el que gobierna la socialdemocracia desde hace varias décadas, las parejas homosexuales gozan de los mismos derechos que las heterosexuales en materia de trabajo, pensiones, inmigración y adopción. Y si hablamos de Estados Unidos, en donde el socialismo –como dijo Georg Simmel— no podía triunfar, entonces habrá que admitir que los avances en materia de derechos tienen mucho que ver con la revolución cultural y moral que se experimenta en los años sesenta y que empujan sus sectores “liberales”, sus sectores radicales, incluso izquierdistas.
Liberalismo y socialismo son voces confusas que pueden usarse según convenga. Como sabemos, el propio Jiménez Losantos dice profesar de liberal. ¿Y…? El examen de un Gobierno no puede depender de la etiqueta ideológica con la que se reviste o con la que le estigmatizan sus adversarios. Ha de depender de sus acciones, de sus decisiones, de sus provisiones. El reconocimiento del matrimonio homosexual fue un logro que desorientó a los auténticos liberales del PP o a sus afines, según hemos recordado con Vargas Llosa. Y, sin embargo, la movilización antiliberal, confesional, conservadora arrastró también a aquel sector templado o laico de los populares. Ésa es la clave de la política en España: toda decisión importante que el Gobierno ha ido tomando –más o menos discutible, más o menos razonable— bien pronto empezó a ser objetada en la calle y con estrépito a falta de una mayoría parlamentaria.
El Partido Popular dice sentirse fuerte ahora porque se ve respaldado en las sucesivas manifestaciones que apoya. Argumentan sus responsables que la mayor parte de esas movilizaciones no las ha convocado el partido, sino la sociedad civil, lo que sería prueba de malestar y repudio de los ciudadanos…, pronto electores. Pero esas manifestaciones no son ejemplo de fortaleza, sino de dependencia: el Partido Popular está condicionado por numerosas instancias externas que condicionan su política. Una lectura precipitada nos puede hacer creer que esos apoyos dan eco mediático al PP. Es justamente a la inversa: la Iglesia, los locutores exaltados y otros factores exteriores están patroneando al partido de la oposición. Cuando se convocó la manifestación contra el reconocimiento del matrimonio homosexual, no acudió Mariano Rajoy. Ahora ya no falta a ninguna.
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2. Scriptorium. Y ahora un obsequio por su fidelidad…, al haber llegado hasta aquí. Les enlazo al célebre texto de Félix Salvá y Sardany, fechado en 1887.
El liberalismo es pecado.
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02.06.07
Posted in Scriptorium, La felicidad de leer at 19:41 por jserna
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0. Nota bene: El domingo próximo, día 11, nuevo post en este blog. Un compromiso académico que me va a tener ocupado en los próximos días me impide escribir en la bitácora. Sin embargo, el viernes día 9 aparecerá en Levante-EMV una nueva colaboración mía: deseo que dicho artículo y no sé si también una reseña sirvan como una entrega a plazo, como un compromiso con ustedes. Gracias.
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1. En la última novela que he leído de Paul Auster, Viajes por el Scriptorium, alguien, un anciano doblegado por la edad y por un mal inespecífico, padece una amnesia muy dolorosa. No recuerda, efectivamente, qué fue de su vida, cuál fue su pasado. Se enfrenta al mundo escueto que le rodea (la habitación en la que parece que está encerrado) con miedo y con desconcierto. En qué circunstancia está, qué será de su porvenir, qué hay del mundo circundante. El habitáculo en el que se halla está equipado con unos pocos muebles y enseres. Entre otras cosas, una cama, una mesilla, un sillón giratorio y un escritorio. Está solo y desconoce por qué se encuentra allí. El vaciado de su memoria es total o, mejor, casi total: aún sabe y puede leer. Y eso es lo sorprendente. “En la habitación hay una serie de objetos, y cada uno de ellos lleva pegado un trozo de cinta blanca, con una sola palabra escrita en mayúscula. En la mesilla de noche, por ejemplo, la palabra es MESILLA. En la lámpara, la etiqueta dice LÁMPARA. Incluso en la pared, que estrictamente hablando no es un objeto, hay un trozo de cinta adhesiva donde se lee PARED”. La inocencia de esos rótulos produce pánico, la verdad. Imagínense en una circunstancia así. Solos, amnésicos y valiéndose únicamente de la lectura. Como este anciano al que los narradores llaman Míster Blank. ¿Leer? No sabemos… “Puede que se le haya olvidado leer pero sepa reconocer las cosas y llamarlas por su nombre o, a la inversa, que haya perdido la capacidad de distinguirlas pero que aún sepa leer”. Etcétera, etcétera.
No es la primera vez que una circunstancia así se da en las novelas. De todos los casos posibles, el que recuerdo (recuerdo, qué paradoja) con mayor emoción es el que se daba en Cien años de soledad. Vamos a prepararnos, vamos a releer esta novela, que en 2007 se cumplen cuarenta años de su publicación. En un momento dado, en aquella casa de los Buendía que tantas veces frecuentamos, los moradores empiezan a padecer el mal de la amnesia. Acaba de llegar Rebeca, la nueva habitante, y con ella ha llegado la enfermedad del insomnio. Pero ese padecimiento en sí no era lo peor. “Lo más temible”, leemos en la novela de Gabriel García Márquez, “no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inerrable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaba a borrarse de su memoria los recuerdo de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado”. Esa idiotez sin pasado es la que padece Míster Blank, en la novela de Paul Auster, y es la patología que comienza a sufrir José Arcadio en Cien años de soledad. Fue Aureliano Buendía “quien concibió la fórmula que había defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria”. Consistía en marcar con sus respectivos nombres las cosas de su laboratorio (¿recuerdan el laboratorio de Aureliano?). “De modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas”. El propio José Arcadio “lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo”. Ya saben: Macondo. “Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola”. Exactamente como harán con la habitación de Míster Blank. ¿Una solución contra la amnesia? “Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad”. Una tragedia posible. “Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañana para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”. Etcétera, etcétera.
Regreso a Paul Auster y la “realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras”, es un dato de mi propia vida. La historia de los Buendía cambió a Auster y me cambió la vida a los quince años. El olvido que trata de ser conjurado con rótulos es, desde hace décadas, empeño de mi padre. Él no tiene la edad de los centenarios Buendía ni tampoco se parece al protagonista de Viajes por el Scriptorium, pero –como ellos— tiene la realidad rotulada para sobrevivir a la amnesia de la decrepitud. Ya lo dije alguna vez: pone papelitos aquí y allá para saber lo que debe hacer. No tanto lo que hizo, sino lo que mi señora madre y él deben hacer. He estado unos días ausente, en el hospital atendiéndola a ella, desatendiendo el blog. Y mientras allí me quedaba recordaba la primera obra publicada por Auster: La invención de la soledad. Es curiosa la coincidencia: en dicho libro, el novelista norteamericano rememoraba a su padre, frágil y arisco. Esta misma tarde, cuando regresaba del hospital, a mis padres los veía frágiles y aún sonrientes, como personajes de novela.
Que duren…
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2. Hemeroteca
Entrevista de Eduardo Lago a Paul Auster
Paul Auster en el Hotel Kafka
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3. Escurriduras
Vuelvo a lo mismo. Elogio del padre.
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01.30.07
Posted in Intelectuales, Escribir, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:46 por jserna
Ilustración: Monigote
Días atrás, Antonio Muñoz Molina publicaba un artículo titulado “Estado de delirio”. Era un texto duro, inmisericorde con los vicios adquiridos por la política española. De lo que se trataba era de denunciar la distancia creciente que se está dando entre los asuntos debatidos por la clase política y los intereses ordinarios de la sociedad civil. Apreciaba Muñoz Molina una enajenación cada vez mayor entre los partidos, entidades con inercias propias que les separan de la realidad cotidiana. El delirio –ya lo sabemos– es una dolencia de la psique humana, aquella por la que un individuo deja de ver lo que objetivamente existe, lo que convencionalmente todos vemos. Es probable que muchos de nosotros hayamos tenido la ocasión de tratar con personas delirantes o con individuos que padecen trastornos episódicos (yo, al menos, sí que he tenido la oportunidad de conocer a esas personas). ¿Cuál es la sensación que experimentamos? Que dicha persona se halla en otra dimensión, que se enajena de la realidad, que confunde persistentemente lo quimérico con lo real. No es una impostura, por supuesto: es una patología grave, incluso muy grave, que limita, que imposibilita. No saber qué tienes enfrente, ignorar qué obstáculos son los reales, desconocer cuál es el camino que debes tomar…, todo ello desarbola las capacidades humanas convirtiendo al individuo en una especie de zombi. ¿Se imaginan que nuestros mandatarios fueran zombis? ¿Se imaginan que nuestros representantes, los que deben oponerse al Gobierno, fueran tipos delirantes sin ningún sentido de la realidad?
Para caracterizar el estado de la política española, Antonio Muñoz Molina empleó la voz “delirio”, pero lo hizo en un sentido metafórico. Es decir, he de suponer que nuestro novelista no cree que los representantes españoles sean delirantes en su acepción patológica. No cree que padezcan individualmente confusión mental, alucinaciones, incoherencia, incluso paranoia. Lo que sostiene es que el mundo de la política se aleja del mundo real, que las discusiones de nuestros mandatarios y opositores se distancian de lo ordinario. Lo que diagnostica es una manía o síndrome colectivo: que las descripciones de lo real están desajustadas, desenfocadas (como en aquella película de Woody Allen); que el lenguaje político se ha convertido en un argot cifrado autosuficiente. Comparto el pesimismo de este dictamen, pero no coincido tanto en algunos ejemplos concretos que Muñoz Molina propone, tal vez expuestos de manera hiperbólica. Hay en el artículo de nuestro novelista un descarnado retrato de la vida política que veo muy preciso, pero hay también en su radiografía ciertos aspectos enfáticamente exagerados que le llevan a alguna hipergeneralización. Pero no es eso lo que ahora me preocupa destacar de un autor con el que suelo estar siempre fervorosamente de acuerdo. Me importa más convenir con él en su diagnóstico.
¿Qué es lo que está pasando para que el caos verbal y el encono semántico se hayan adueñado de las relaciones políticas. No lo dice Muñoz Molina exactamente, pero yo me atrevería a señalar que lo que sucede es una guerra mediática de enormes proporciones (y pingües beneficios) que intoxica todo y que hace del bla-bla-bla la materia prima de las audiencias y del interés, sin que audiencia e interés sean paradójicamente el calco de la gente. La gente atiende a lo que los medios le proporcionan e incluso discute sobre ello, pero eso sobre lo que discute no es lo que verdaderamente preocupa en su vida cotidiana. Por ejemplo, debatimos sobre Julián Muñoz con una mezcla de actitudes: escándalo por el enriquecimiento presuntamente delictivo y corrupto y, a la vez, interés morboso por el famoseo. Esto lleva a que lo mediático y lo político se intoxiquen creando una realidad (ahí, sí) delirante. No sé.
Lo que sí sé es que a Muñoz Molina su atrevido, quizá su temerario dictamen, ya le ha valido la descalificación (expresada con sordina) o el desprecio silencioso. He de admitir que su artículo, en el que reparte mandobles a derecha e izquierda, no facilita la adhesión de los seguidores o de los fieles, sino el repudio de aquellos a quienes retrata. Como decía, hay en el texto de Muñoz Molina hipergeneralizaciones con las que no estoy exactamente de acuerdo, pero hay, por otro lado, una prudencia descriptiva que la realidad se encarga de rebasar. Véanse, si no me creen, las manifestaciones que se organizan sectariamente para socorrer al mandatario de turno o para instrumentalizar el número de vociferantes. Etcétera.
Como analista político, Antonio Muñoz Molina no lo tiene fácil. Su independencia de criterio y sus diagnósticos (con los que no siempre tiene uno que coincidir) casan mal con el estado general de sectarismo que hoy reina en la prensa. La opinión publicada, que decía Felipe González hace un tiempo, te pone en el disparadero y, en momentos graves de sectarismo como los que vivimos desde hace años, te clasifica según posiciones predefinidas. El mal que aqueja al periodismo de opinión en España es el alistamiento, el prietas las filas, el estás conmigo o estás contra mí. Ciertos periodistas exaltados, gárrulos y vocingleros, en el papel o en las ondas, tocan a rebato y reclutan a los afines, a los aliados, con el fin de oponerse a quienes juzgan como enemigos, como vendepatrias incomprensibles o estafadores, dispuestos sólo a enriquecerse frente a lo que es de ley que, por casualidad, coincide con los intereses del bullicioso de turno. El problema de este estilo que lamentablemente se impone es que incluso sin leer a quienes obran así ya sabes lo que van a decir: temen tanto provocar la ojeriza de los afines, que se muerden la lengua para no hurgar.
“En el articulismo contemporáneo español”, decía José María Pozuelo Yvancos hace meses, “es muy raro encontrar autores que tengan discurso. Lo común es que quien escribe en los periódicos artículos de fondo se amolde a otra concepción de ‘‘discurso’’ más extendida hoy y muy utilizada por los ensayistas franceses: la que lo concibe como ideología o punto de partida de quien habla, como posición que le define o a la que se amolda. Por desgracia la pobreza del articulismo español contemporáneo es que vamos del bla, bla, bla al discurso concebido como porción de una ideología cerrada, y a menudo blindada de quien habla o escribe, que casi nunca parece hacerlo desde una posición intelectual sino ideológica, esto es, definida previamente al propio discurso y de la que todo el artículo depende”.
Entiendo estas perezas y colusiones. Es tan cómodo sentirse acompañado, paciendo con otros en un establo común, sintiendo el calor del limo. ¿Cómo salir al exterior sin miedo, sin hacerse escoltar? Los colectivismos se basan eso, pero también el sectarismo, que lo hay de izquierdas, de derechas, socialista y sedicentemente liberal: me entiendo con los míos y sólo argumento con las razones de mis conmilitones, haciéndome portavoz de otros, hablando por otros. Es cómodo vivir en un espacio imaginario o físico o electrónico en donde todo encaja y todo se amolda, en donde no hay fisuras. Si no me equivoco, en las próximas semanas, Antonio Muñoz Molina regresa a Nueva York, a la vida de docente que allí lleva. Los que seguimos aquí, incluso ejerciendo de profesores de historia, no nos iremos muy lejos ni muy atrás, aunque les aseguro que dan ganas de leer sin parar: ganas de escapar al pasado o a una ficción. Pero, ahora que lo pienso, eso que digo es exactamente lo más parecido a un delirio. En fin, ustedes me perdonarán…
Scriptorium. “Tan pronto como uno se pone a escribir para el público, entra en la categoría de justiciable. Usted, este señor de aquí delante, yo, pasamos a ser justiciables. Me he dedicado toda la vida a escribir para los demás, y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de quienquiera que sea, tanto si esta persona conoce mejor que uno la matera del propio escrito como si no sabe ni papa. Es un oficio que comporta, como ningún otro, el embate de la gente. Estos embates pueden causarles, a las personas que escriben, momentos de gran malestar; a algunas, las llevan a abandonar esta actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles a ello –demasiado sensibles–. Esta situación es la que ha dado pie a que se diga tan a menudo, que la actividad literaria –y en general todas las actividades artísticas—está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son los que actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar estas embestidas, y, para lograrlo, lo mejor es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no darle muchas vueltas, no responder jamás, permanecer hábilmente firme y con un tacto perfecto. Pero como los embates van a continuar por mucho que uno siga tan buenos consejos, lo mejor es acostumbrarse a ellos, reírse de ellos, pero sin ofender. La gente quiere que se le respete la vanidad y la fachendería que arrastra”.
Josep Pla
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01.16.07
Posted in Scriptorium, Comunicación, Democracia at 15:44 por jserna
Fotografía: Agencia Efe
1. Max Weber diferenció la ética del científico de la del político. Es archiconocida esta distinción, pero en momentos como éste –y en debates como el que mantengo con Gregorio Martín— quizá sea conveniente recordarla. Al científico se le pide que se deje guiar por los principios, por la convicción. Uno no puede cambiar las reglas a su antojo: debe, por el contrario, disciplinarse, someterse, contenerse. Perdónenme esta reliquia: el viejo positivismo del Ochocientos lo dictó cuando pensaba en la ciencia de la sociedad. Hay una meta que se formula como objeto de conocimiento, una meta a la que no podemos renunciar y que se plantea en términos de hipótesis; hay unas reglas a las que hay que atenerse, que son las convenciones que todo investigador debería cumplir; hay unos procedimientos a seguir, técnicas comprobadas, verificadas; hay unas pruebas a realizar, pruebas que permiten corroborar o descartar la hipótesis inicial. ¿Rutinario? Quizá. Tal vez, todo ello no haga del científico un genio, sino una figura metódica. Pero necesitamos eso: gente que se ciña a unos pasos que todos podrían seguir si quisieran reproducir las etapas de la investigación. Esos pasos o las audacias del investigador (pues en ocasiones se sale del guión y de ahí viene el descubrimiento) no pueden invalidar el punto de partida, el objeto: uno no puede renunciar de manera arbitraria o por conveniencia a lo que halla, le confirme o no. A esa manera de proceder, entre rigurosa y exigente, Weber la llamaba ética de la convicción. Es la de quien se atiene a los principios…
¿Se le pide al político que actúe igual? Por supuesto que no. Weber describió cuál era el tipo ideal de político: aquel que se ciñe a la ética de la responsabilidad. Tiene unos principios genéricos que le mueven e incluso que le guían en el día a día. Tiene unas convicciones por las que cree valioso batirse, pero no hace de ese ideal una condición sine qua non. ¿Quiere decir eso que el político weberiano es un chaquetero, un pancista, alguien dispuesto a sacrificar cualquier principio? Por supuesto que no. Es, por el contrario, un tipo responsable en el sentido de que teniendo como fin último unos principios que cree moralmente dignos, unos principios que cree buenos, es capaz de demorar su consecución: es capaz de transigir en lo accidental y en lo negociable; es capaz de llegar a pactos para no agravar el estado del mundo. El político que dice guiarse por la convicción y sólo por la convicción es un tipo temible. No espera la ruina ni la destrucción pues se sabe guiado por un ideal que él juzga irreprochablemente moral y valioso y bueno.
Hace varias semanas, José Antonio Zarzalejos firmaba una Tercera en Abc especialmente crítica con Rodríguez Zapatero. ¿Qué le reprochaba? Entre otras cosas, un comportamiento inmoral, el propio de quien abandonando todo principio se entrega a la tesis del mal menor. El mal menor. Ética política en una era de terror es un libro de Michael Ignatieff, un autor de simpatías explícitamente weberianas que al director de Abc le servía para arremeter contra el Presidente del Gobierno. Según la lectura de José Antonio Zarzalejos, aceptan el mal menor quienes están dispuestos a negociar con los terroristas: quienes abdican de sus principios (que son morales, pero también políticos, en una aleación al final inextricable). ¿Que tenemos que aceptarles ciertas concesiones a los negociadores? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. ¿Que tenemos que saltarnos la Constitución para así integrar a los terroristas si éstos renuncian a la violencia, evitando con ello sus atentados? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. La imagen que trazaba José Antonio Zarzalejos era la de un político sin escrúpulos, alguien que parece haber renunciado a la convicción y, por tanto, alguien desecha todo principio. En ese retrato de Rodríguez Zapatero había, sin embargo, un desajuste: simplemente la tesis del mal menor descrita por Michael Ignatieff no respondía a la lectura hecha por el director de Abc. Seguramente leído deprisa y meses atrás, el volumen había dejado una impresión confusa en José Antonio Zarzalejos.
Creo haber hecho una lectura más pausada de dicho volumen. Para Ignatieff, el político que defiende el mal menor frente al terrorismo no es el que negocia para evitar males mayores dispuesto a desembarazarse de principios, sino el responsable que cree que es aceptable saltarse la Constitución y los derechos haciendo uso de una violencia extralegal. “Cuando las democracias luchan contra el terrorismo están defendiendo la máxima de que su vida política debería estar libre de violencia”, empezaba Ignatieff. Combatir en serio el terrorismo es estrictamente necesario, por supuesto. Lo que no está tan claro es que los procedimientos tengan que ser ilegales e invisibles, porque si se empieza por emplear esos recursos de manera sistemática, entonces se destruye la superioridad ética de quienes combaten el terror. Entonces, ¿qué podemos hacer con los terroristas? “Su derecho al debido proceso legal, a ser tratados con una dignidad básica, es independiente de la conducta y es irrevocable en toda circunstancia. Creemos que incluso nuestros enemigos merecen ser tratados como seres humanos”, añadía Ignatieff. Además, y “en cualquier caso no podemos detener de forma preventiva a todos los que no están satisfechos en nuestro entorno”.
¿Ha actuado Rodríguez Zapatero como Zarzalejos le reprochaba haciendo uso de El mal menor? Ignatieff trataba el asunto de Guatánamo y trataba los procedimientos extralegales de la Administración Bush. El presunto mal menor ha acabado por convertirse en mal mayor, justamente porque esas medidas excepcionales no superaban las seis pruebas que Ignatieff proponía: la prueba de la dignidad, la de la conservación (hábeas corpus), la de la efectividad, la del último recurso, la de la revisión contradictoria abierta (el control legislativo o judicial tan pronto como lo permita la necesidad) y la de solidaridad internacional (la aprobación de los organismos y aliados). El trato dispensado a los presuntos terroristas ha sido moralmente intolerable. Y, además, desde el punto de vista político las guerras emprendidas contra el terror no han sido suficientemente eficaces, como prueba la desastrosa situación de Irak.
En el caso español, desde luego no ha habido en el proceso actual una guerra sucia emprendida por el Estado con la anuencia silente o explícita del mandatario. No ha habido tampoco una propuesta de combate extralegal por parte del líder de la Oposición. Si eso hemos avanzado, si eso es lo que hemos logrado frente a otras tentaciones y atajos, ¿por qué se rompe la solidaridad básica de los principales partidos? ¿Por qué algunos ahora aplauden la ruptura representada en Cortes?
El domingo pasado ciertos columnistas del periódico Abc creyeron que había llegado la hora de los consensos. “Es menester que alguien frene esta deriva demencial”, decía Ignacio Camacho. “Quizá sea el momento de ir pensando en desmovilizar al personal y dejar la calle”, añadía Jon Juaristi. “El Gobierno y la oposición deberían comprometerse desde ahora a desalentar…”, apostillaba el escritor vasco. Nunca como hasta ahora se había alcanzado “un nivel así de perversión en la descalificación del adversario”, admitía Carlos Herrera.
Hoy, sin embargo, el diario Abc abandona la mesura que defiende y aprueba el estrépito de Rajoy. El problema del líder de la Oposición es que hace representación de su radical enfrentamiento, de su firmeza en las convicciones, de su exaltación de los principios, incluso cuando el Presidente del Gobierno propone acuerdos entre todos por responsabilidad, incluso cuando admite errores, incluso cuando integra a los partidos antes desafectos (PNV). No está claro que la ciudadanía celebre su posición y firme repudio. Y, sin embargo, Mariano Rajoy no indaga en lo fundamental que Rodríguez Zapatero calló: ¿por qué hizo una declaración tan optimista del estado de las negociaciones si al día siguiente se dio el desmentido más brutal? ¿En qué se basaba? ¿En informaciones erróneas, en convicciones irreales?
Seguimos sin saberlo. Si la fantasía no le dejaba ver la realidad, el problema no era sólo del Presidente, sino de sus adláteres, de sus informadores, de sus asesores. Del Estado, en suma. En ese caso, la responsabilidad es grave: pero tan grave es que un político se deje jalear por sus seguidores mediáticos para hacer alarde de unos principios que ponen en peligro el estado de cosas, para provocar mayor estruendo con fines exclusivamente electorales. Decía Álvaro Delgado-Gal en el Abc del pasado domingo que la nuestra es “una democracia que ha dejado de funcionar normalmente desde hace tiempo”. Hay un punto de exageración, claro, una exageración que en otros columnistas alcanza un estilo desgarrado y verboso. Si el sistema político español no funciona, ¿qué podríamos decir del estadounidense? La democracia americana que se embarca en males menores que provocan males mayores, ¿ha dejado de funcionar? ¿Hasta dónde tenemos que llegar en el estrépito verbal, en la confusión de quien dice defender sólo los principios?
Etcétera.
2. Scriptorium
“No es que la ética de la convicción signifique una falta de responsabilidad o que la ética de la responsabilidad suponga una falta de convicción. No se trata de eso. Sin embargo, entre un modo de actuar conforme a la máxima de una ética de convicción, cuyo ordenamiento, religiosamente hablando dice: “el cristiano obra bien y deja los resultados a la voluntad de Dios”, y el otro modo de obrar según una máxima de la ética de la responsabilidad, tal como la que ordena tener presente las previsibles “consecuencias” de la propia actuación, existe una insondable diferencia. En el caso de que ustedes intenten explicar a un sindicalista, así sea lo más elocuentemente posible, que las consecuencias de su modo de proceder habrán de aumentar las posibilidades de la reacción y acrecentarán la tiranía sobre su clase, dificultando su ascenso, no será posible causarle efecto, en el caso de que ese sindicalista se mantenga inflexible en su ética de convicción. En el momento que las consecuencias de una acción con arreglo a una ética de la convicción resultan funestas, quien la llevó a cabo, lejos de considerarse comprometido con ellas, responsabiliza al mundo, a la necedad de los hombres o la voluntad de Dios por haberlas hecho así. Por el contrario, quien actúa apegado a una ética de la responsabilidad toma en consideración todas las fallas del hombre medio. Tal como opina Fichte, no le asiste derecho alguno a dar crédito a la bondad y perfección del hombre, considerándose que su situación no le permite imputar a otros aquellas consecuencias de su proceder que bien pudieron serle previsibles. Siempre se dirá que tales consecuencias deben achacarse a su proceder. A la inversa quien se rige por una ética de la convicción sólo siente la responsabilidad de que no vaya a flamear la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la reprobación de las injusticias del orden social. Prender la mecha una vez tras otra es el fin por el cual se actúa. Y que desde el punto de vista de un probable triunfo, es totalmente irracional y tan sólo puede considerársele en calidad de valor ejemplar”.
“La política estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y mesura. Es del todo cierto, y así lo demuestra la Historia, que en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible; pero para realizar esta tarea no sólo es indispensable ser un caudillo, sino también un héroe en todo el sentido estricto del término, incluso todos aquellos que no son héroes ni caudillos han de armarse desde ahora, de la fuerza de voluntad que les permita soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren mostrarse incapaces de realizar inclusive todo lo que aún es posible. Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su “vocación para la política”. Max Weber
3. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla
Respuesta de Gregorio Martín
Justo:
Gracias por el párrafo de Weber con el que finalizas tu articulo, al que solo puedo hacer una aportación: la complejidad de la naturaleza, que el de “ciencias” estudia con la pretensión de modelizarla, explicarla y comprenderla y en su caso modificarla con más o menos cuidado (me permitirás que pase por encima de la espinosa cuestión de las ciencias sociales). Creo entender que Weber asume esta complejidad y reconoce al político, en el fondo a la sociedad que él conoció (la nuestra como sabes la considero un poco diferente, pero tampoco es de ésta la discusión) y decide moverse en ella en una alarde de valentía intelectual, que no todos tenemos, como también carecemos del carácter y de los talentos propios del político digno de tal nombre.
No podemos comprenderlo todo (de pequeño, los curas me engañaban, diciendo que solo en el cielo podría hacerlo), pero hay que hacer aproximaciones y en este sentido quiero hacer la aportación metodológica que hace la fisiología y de la cual se aprovecha la Informática. El papel del ciudadano y del político creo que están en la metáfora que me atrevo a exponer:
“ Si entendemos como servicio un “contrato” entre proveedor y cliente, en el que el primero proporciona una o varias operaciones que benefician al segundo, la Arquitectura Orientada a Servicios es una manera de organizar el software basada en servicios que soportan los requisitos de los usuarios en cada momento. Esta perspectiva serviría para explicar el cuerpo humano, que puede verse como un conjunto de sistemas autónomos trabajando en un entorno coordinado; así el sistema cardiocirculatorio está formado por elementos tan dispares entre ellos como células sanguíneas, arterias, corazón, etc., donde cada uno de estos sistemas discretos colabora para dar un servicio y así soportar otros procesos, como la respiración, los movimientos musculares, etc. Cada sistema trabaja de forma independiente, las funciones de más bajo nivel, como la oxigenación celular, son ubicuas en todo sistema y las distintas partes colaboran para el desempeño funciones que tienen una mayor integración, a través de interfaces comunes, para el funcionamiento de un determinado órgano. A pesar de lo importante que los pulmones son para el trabajo del corazón, éste parece ignorar como aquellos llevan a cabo su trabajo, lo que no impide, que cuando el cuerpo haga un esfuerzo (como una carrera) y los músculos “pidan” mas oxigeno a un servicio (el sistema cardiorrespiratorio) este responda, sin que parezca preocuparle la forma como los pulmones puedan absorber el oxigeno necesario o cual sea el mecanismo por el cual se produce el correspondiente incremento de la frecuencia cardiaca. Cuando esta demanda excede un cierto nivel, el sistema falla, pero no antes”.
Habrá que considerar que estamos ante un sistema complejo (la política y la relación entre humanos) y trabajar sobre un nivel de confianza que permita que el sistema no sea jerárquico sino colaborativo. Comprenderás que como científico no puedo en absoluto criticar el “experimento” que ha hecho Zapatero para afrontar un problema complejo. No entiendo cómo se pueden producir las descalificaciones y las contundencias que hemos vivido. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla y una cierta pauta basada en “prueba-error” forma parte de nuestra limitación frente a la complejidad, y de hecho, creo que es uno de los aspectos que refleja el párrafo de Weber.
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01.12.07
Posted in Totalitarismo, Scriptorium, terrorismo, Historia, General at 13:11 por jserna
1. Leo en el blog de Anaclet Pons una estupenda información sobre Hannah Arendt. Siempre es tiempo de regresar a esta autora, que nos dignifica, que nos mejora. Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos empeñamos en vivir. Criticó, como nos recuerda Anaclet Pons en su bitácora, “toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana”. Subrayó la finitud, la escasez, la precariedad como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida. Son numerosos los pensadores que se ensoberbecen, bien pagados por sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos. Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones. Pero frente a lo doméstico defendió el espacio público como ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar. En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme. Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público. Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas. Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…
La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan. ¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje del cientifismo del Ochocientos. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social? Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad, un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades, y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan. Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda hipóstasis (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera): es decir, resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical. Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles. Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para así infligir el mal sin inquietarse. No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse. Tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.
2. Scriptorium:
Digo lo anterior y me acuerdo del comentario que Theodor W. Adorno le hiciera a Thomas Mann (Correspondencia, 1943-1955)
“Estimado y admirado Dr. Mann:
…La radical observación realizada en los Procesos de Nuremberg, a saber, que la culpa indecible en cierto modo se deshace en lo insustancial, esa observación se repite hasta en la cotidianidad más insignificante. Expresado de manera más drástica: con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico deque nadie admite haberlo sido, sino en el sentido, por lejos más ominoso, de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo fueron… El hecho de que lo sucedido escapa a cualquier experiencia regular tiene además como paradójica consecuencia que uno mismo apenas pueda admitirlo. Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo” (Theodor W. Adorno, 28 de diciembre de 1949).
3. Scriptorium. Ejecuciones e imágenes. El mal retratado. “…Recordemos que el 8 de agosto de 1914 los primeros acusados fueron condenados a muerte por el Volksgerichtshof y ejecutados el mismo día en la prisión de Plötzensee en Berlín. Los ocho condenados, colgados de una cuerda de acero, agonizaron durante más de veinte minutos. Unos días más tarde, asistí a la reunión diaria de información en la Guarida del Lobo, y estaba escuchando a Guderian que hablaba de la situación en el frente este cuando Fegelein irrumpió en la sala, interrumpiendo bruscamente la exposición y arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa de los mapas del Führer. Con gran estupor comprobé que se trataba de las ejecuciones del 8 de agosto. Hitler se puso las gafas, cogió ávidamente las macabras fotografías y las contempló durante un buen rato con una especie de placer morboso. Los clichés en primer plano de la lucha a muerte de los condenados circularon a continuación de mano en mano (…). Incapaz de soportar ese espectáculo, abandoné la sala con un pretexto cualquiera”.
Bernd Freytag von Loringhoven, En el búnker con Hitler. Barcelona, Crítica, 2007.

4. Hemeroteca: La violencia, el terrorismo. La historia.
Puede leer un artículo de Justo Serna sobre la negociación en “Enemigos”, Levante-EMV, 12 de enero de 2007.
Diario de un burgués en Ojos de Papel.
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01.08.07
Posted in Guerra, Cine, Scriptorium, Historia at 11:34 por jserna
(Fotografía: AP)
1. Al margen de valoraciones técnicas, la película de Clint Eastwood titulada Banderas de nuestros padres es una excelente introducción al tema básico de nuestro tiempo: la guerra. La representación de la contienda está evocada: aunque la veremos en directo, en el fondo es una recreación hecha a partir de evocaciones, a partir de reconstrucciones de la memoria. Un anciano, angustiado por pesadillas y recuerdos desagradables, agoniza; un joven, cuyo rostro está en parte velado por la semioscuridad, entrevista a otros viejos sobre hechos del pasado, removiendo sus respectivas memorias. En principio, no sabemos quién es ni tampoco nos importa: está en la sombra, como están en la sombra las evocaciones de sus interlocutores. Al igual que en Ciudadano Kane, hay un enigma a cuya solución parcial sólo podremos acceder a través de testigos… La película es eso: relatos de guerra hechos muchos años después cuya yuxtaposición y cuyo cruce permiten rehacer lo vivido y lo ocurrido. ¿Tenemos la seguridad de que lo contado es lo cierto? ¿Tenemos la certeza de que lo narrado es lo sucedido? El mundo es relato, pero éste siempre es escaso, no lo agota: lo que retiene es sólo una mínima parte. “Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende de sus relatores”, dice el narrador de Mañana en la batalla piensa en mí. “Pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio. Ese niño no sabrá nunca lo sucedido, se lo ocultarán su padre…” y otros familiares que le rodean, añade el narrador en la novela de Javier Marías, tan llena de resonancias bélicas, tan alusiva a la II Guerra Mundial.
En la película de Clint Eastwood, durante muchos minutos de metraje, no vemos el rostro del joven que entrevista, ese que fue niño y que, ya adulto, trata de averiguar qué fue y qué hizo su padre. No nos importa ver el semblante de aquél: sólo los estragos que el tiempo ha hecho en esos ancianos norteamericanos que fueron también jóvenes, que participaron en la II Guerra Mundial y que ahora recuerdan para él y para nosotros. La película es un homenaje a la memoria de los testigos, de los protagonistas que habiendo estado en el lugar de los hechos pueden evocarlos a pesar de las injurias del tiempo y de las manipulaciones de los Gobiernos. El pasado es ciertamente irrecuperable, algo definitivamente desaparecido que intriga a los contemporáneos de hoy, pero la evocación guiada y sincera de lo sucedido nos devuelve parte de lo que fue. Es un esfuerzo personal que remueve antiguos dolores que los años no han aliviado del todo, un empeño que tiene algo de paradójico: los entrevistados fueron héroes o al menos fueron tenidos por tales, homenajeados por la nación en armas tras un lance bélico, vistosamente exhibidos después con fines propagandísticos y recaudatorios. Cuando la guerra aún no ha acabado, las proclamas de esos héroes permitirán recolectar fondos para sufragar y mantener al ejército.
Es decir, el joven que entrevista es una especie de investigador o de historiador que examina lo ocurrido a partir de los vestigios que quedan en la memoria, y eso ocurrido es algo aparentemente claro, diáfano, que deslumbró a todo un país: la participación de estos soldados norteamericanos (Marines) en la toma de la isla de Iwo Jima y en la izada de la bandera norteamericana en el monte Suribachi.
(Fotografía Joe Rosenthal)
Estamos hacia el final del conflicto mundial, en febrero de 1945, cuando la guerra del Pacífico no acaba de terminar. La isla de Iwo Jima tiene un gran valor simbólico para el ejército japonés. Es un trozo de tierra pequeño y mefítico, con un pestilente hedor a azufre (el olor del Infierno, no lo olvidemos), pero es sobre todo un espacio estratégico decisivo para el control de aquella región del Pacífico. Es un campo de batalla en el que los soldados norteamericanos que desembarcan han de librar un fiero combate para eliminar al enemigo. Las bajas estadounidenses sumarán más de seis mil; las japonesas, unas veinte mil. La liza es definitiva. Si no hay rendición, no cabe el desalojo: sólo su destrucción impedirá que los japoneses sigan dominando la isla y sobre todo el monte Suribachi, el punto más alto en el que están instalados y ocultos los nidos de ametralladoras y la artillería…
2. A los japoneses nunca los veremos claramente, con el rostro preciso que identifica a una persona. El enemigo está emboscado, oculto en las madrigueras del Suribachi, cosa que a los invasores confunde. No sabemos cuál es su estrategia ni sus sentimientos, qué piensna o qué esperan. El punto de vista es siempre norteamericano: siempre la perspectiva de aquellos que evocan y ahora relatan al joven que investiga y entrevista. Pero, además, en un combate fiero como aquél, el enemigo carece de fisonomía. Los japos son simplemente un blanco a abatir, un obstáculo que se opone al avance estadounidense y que hay que remover. El combatiente es víctima o verdugo y la vesania de su oponente esta fuera de toda duda. De hecho, los principales rivales de los americanos, los japoneses (como los principales rivales de los soviéticos, los alemanes), no se preocuparon de declarar la guerra en 1941. Este hecho no es irrelevante. Las viejas contiendas eran conflictos entre Estados que declaraban hostilidades mutuas antes de empezar cualquier acto de guerra. Es decir, algunos de los conflictos más sangrientos del siglo XX han comenzado sin que los contendientes se acogieran al derecho internacional. ¿Qué cabe pensar de este hecho?
Leo sobre ello. Coincide la exhibición de esta película con la publicación de un libro titulado La guerra, editado por Nicolás Sánchez Durá y publicado por Pre-Textos. En dicha obra participo con un capítulo titulado “Guerra, civilización y barbarie”. Pero no es de ese texto del que quiero hablar, sino de otros que ahora leo y que me ayudan a entender mejor el fenómeno de la guerra y sus implicaciones antropológicas e históricas. Leo, por ejemplo, “Lo real y lo imaginario en la experiencia del soldado”, de Josep E. Corbí. Aunque me parece precipitada la identificación que el autor llega a hacer sobre la violencia de la guerra y de la tortura (hay verdugos y hay víctimas), su contribución es luminosa sobre la patología del combatiente. Justamente lo que, en la película de Clint Eastwood, padecen los héroes supervivientes de Iwo Jima que narran su experiencia muchos años después. Es un síndrome equívoco.
Por un lado se comportan como verdugos que deben infligir todo el daño posible al enemigo sin reparar en su rostro ni en su humanidad (aunque sólo sea por la pura supervivencia). En las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina: se le desarma. La guerra total del siglo XX es, por el contrario, una guerra civil: a los enemigos no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones… Por eso, como dice Enzo Traverso en el capítulo que escribe para este libro (“Entre Behemoth y Leviatán”), la clave de las guerras mundiales es que son, paradójicamente, guerras civiles: “los dos bandos opuestos colocan al enemigo en el no-derecho”. ¿Cómo va a asistir el derecho a unos combatientes (los japoneses) que ni siquiera declararon la guerra?
Pero, por otro lado, los muchachos supervivientes de Iwo Jima se sienten en parte traidores porque sus compañeros caen abatidos por las balas sin que ellos puedan salvarlos o auxiliarlos. Apoyándose en Jean Améry, Josep E. Corbí nos recuerda la clave para soportar la violencia: todos esperamos que nadie toque nuestra piel sin consentimiento, que nadie la dañe, pero si somos víctimas sobre todo esperamos el auxilio. “La víctima”, añade Corbí, “no mira a las terceras personas como meros espectadores, sino como seres de los que se espera cierto tipo de respuesta. Sólo si esa respuesta se produce, puede la víctima retener su confianza en el mundo a pesar de que su cuerpo haya sido herido por otro ser humano”. Los supervivientes de Iwo Jima, que son instrumentalmente jaleados como héroes, se sienten mal, en especial quienes ejercían de enfermeros. ¿Por qué razón? Porque a pesar de todos sus esfuerzos en el campo de batalla no consiguieron salvar a sus compañeros o aliviar su agonía. ¿Se puede ser héroe en esas circunstancias?, se preguntan.
3. Scriptorium. “Aunque las guerras actuales ya no son tan numerosas y cotidianas como antes, puede decirse que se han vuelto tanto más arrolladoras y totales cuanto más han perdido en frecuencia numérica y cotidianidad. La situación de guerra sigue siendo hoy día el momento de las veras. También aquí, como en tantos otros casos, puede decirse que lo excepcional posee una significación particularmente decisiva, que es la que pone al descubierto el núcleo de las cosas. Pues sólo en la lucha real se hace patente la consecuencia extrema de la agrupación política según amigos y enemigos”.
“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad. Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente [por ser malo y feo además de enemigo, de hostis]; el enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”.
Carl Schmitt, El concepto de lo político (1932). Madrid, Alianza, 1991.
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11.22.06
Posted in Escribir, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:22 por jserna

Para que sirve escribir
Alguien se deja llevar por una ensoñación. En su interior, en esa intimidad a la que nadie más tiene acceso, piensa y siente, y al hacerlo así una historia de imágenes se esboza: unas circunstancias, unos hechos y unos personajes que pueden haberse dado –o no– cobran fisonomía. Es posible que eso que se le ocurre y a lo que se abandona sea una quimera absoluta, un ejercicio de la fantasía sin vínculo apreciable con la vida real. Pero también es posible que sólo sea un avatar leve o profundamente modificado del entorno existente o un análisis de lo que le sucede. En uno o en otro caso, lo cierto es que quien fantasea o imagina experimenta la urgencia perentoria de esa ensoñación, su necesidad o su automatismo, tal vez provocados por un estímulo exterior doloroso o placentero que le lleva a asociar pensamientos y emociones.
Una parte fundamental de nuestras vidas no se materializa, no se consuma, no se exterioriza, pero, lejos de amputarse o eliminarse, queda alojada en nuestro interior provocando consecuencias de las que no siempre somos conscientes. Es una realidad fantasmagórica que arranca de nuestra infancia, que se agranda a partir de la experiencias de la vida y con la que debemos cargar durante toda nuestra existencia. Esas ensoñaciones o fantasías de la vigilia son nuestra historia virtual, poblada por una comunidad de espectros que son remedo del mundo externo, algo así como ectoplasmas sin estricto correlato. Que no se den ahí fuera no significa, claro, que no tengan efectos, puesto que pueden gobernar nuestras vidas tiranizándonos.
Ese individuo que fantasea o que imagina aún no ha escrito ni una línea y las elaboraciones a que se entrega están hechas de sus propios referentes, de sus experiencias, de su cultura, de lo que ha ido viviendo o albergando interiormente. No es un autor en el sentido literario, puesto que dicho ensueño no se ha materializado. Su vida interior, más o menos profunda, no funciona de manera sustancialmente distinta a la de cualquier mortal. Eso que se gesta en su intimidad es por principio inaccesible. Sin embargo, sería parcialmente comunicable si nuestro individuo lo verbalizara. Y digo parcialmente porque esa ensoñación está hecha de imágenes y la palabra sólo es un mediador o traductor. Supongamos que de esa fantasía originaria saliera, andando el tiempo, una novela. Supongamos que ese individuo diera forma a todo aquello que brotó dentro de sí y que aquellas imágenes se plasmaran en un libro.
¿Qué importancia cabría darle al autor? Aun en el caso de pudiéramos sondear al individuo, vivo y accesible, de él sólo lograríamos saber unos pocos datos, probablemente los más mundanos y externos, los que haya querido transmitir en público para dar de sí mismo una fisonomía. En verdad, el lector no cuenta con el autor, sino con la obra hecha libro, en la que habrá huellas o traslado de aquella ensoñación. Insisto: aun en el caso de que el lector pudiera hacerse con la confesión del escritor, esa revelación sería siempre posterior a la novela y, por tanto, no sería fiable. Y ello, por dos razones. Porque el lector sabe que el relato retrospectivo suele ser congruente: da coherencia u organiza lo que no fue así; y porque lo que el autor cree saber de sí mismo como individuo, de sus fuentes, de sus materiales, de sus influencias, de su contexto, de su estímulos, no es necesariamente cierto ni especialmente atinado o revelador. Por tanto, si un lector inquisitivo se extendiera en la vida pública o privada del escritor no tendría garantía alguna de haber dado con la fuente íntima de la creación. Por otro lado, el contexto del autor es el propio de una época y si a ese contexto remitimos la novela, al modo de un reflejo, entonces esa instancia externa explicaría no sólo esta novela, sino también las restantes de ese mismo individuo o de otros. Cuando un factor explica cosas tan diferentes, entonces es que verdaderamente explica bien poca cosa.
¿Por qué se gesta esa ficción? Las razones pueden ser múltiples y concomitantes: desde el tedio que la vida real le ocasiona, hasta el arte puro de la creación, el placer de hacer cosas con palabras. Puede que deje sin reelaborar ese material durante un tiempo, en una especie de barbecho intelectual, tal vez porque no acabe de hallar el hilo conductor o quizá porque la forma definitiva de esa obra que ya estaba en su imaginación no ha adquirido aún su versión verbal, el punto de vista con que tendrá que ser narrada. Es posible, sin embargo, que esa demora sea fruto de algo más banal: que ese autor no viva exactamente de la literatura, que deba acometer numerosas tareas ordinarias con las que mantenerse él y a los suyos. Son labores que pueden tener que ver con su condición de escritor, pero es también probable que esa impedimenta nada tenga que ver con la creación, tal vez porque ese novelista es un autor que aún no puede o no quiere profesionalizarse con la escritura. Hay tareas efectivamente alimenticias, pero es gracias a ellas o a su pesar por lo que ese narrador sobrevive. Ahora bien, llegado un momento, algo interior o la simple presión externa le llevan a escribir. Necesita expresarse o rivalizar con otros que, como él, también se declaran novelistas. Escribe y escribe y escribe, con método, con disciplina y con intuición, corrige, enmienda, desecha, mantiene, completa, acaba.
Porque antes que texto, la novela es sobre todo un libro. La historia que empezó siendo una investigación y una ensoñación de un autor y que acabó en un hecho relatado de mayor o menor extensión tiene un envoltorio, y es un artefacto material. En su elaboración han intervenido muchos, unos mediadores que hicieron del manuscrito un volumen editado, dándole su aspecto. Hablamos de los agentes literarios, de los editores, de los diseñadores, de los impresores, de los distribuidores, etcétera. El libro tiene una cubierta ilustrada en la que se da noticia del título y del novelista; tiene una contracubierta que puede reproducir un detalle o el todo de aquélla; tiene un lomo que repite el rótulo y el nombre de su responsable; suele tener unas solapas que incluyen una nota biográfica, incluso un retrato del autor; es probable que añada una faja que sirve de envoltorio y que refuerza con reclamos varios la novedad y la excelencia del volumen.
¿Qué cabe destacar de todo lo dicho? En primer lugar, los grafismos que sirven para identificarlo como perteneciente a un género, como parte de una editorial, de una colección. En segundo lugar, las palabras que rodean, envuelven al texto del interior. A esas palabras las llamamos paratextos y son los rótulos, los esbozos biográficos del autor, los prólogos, las notas eruditas, o las indicaciones editoriales sobre los contenidos, que suelen figurar en las contracubiertas. El propio escritor aúpa el libro, hace o le toman declaraciones, reseñan el volumen. Él mismo u otros, incluso autores más conocidos, lo difunden con fines estrictamente literarios o con propósitos mercantiles. El escritor alberga la esperanza de que alguien lo reciba, de obtener alguna recompensa material, económica, o rédito narcisista, de lograr un hallazgo propiamente artístico, y luego al final, cuando ese volumen se le emancipa, cuando ya lo ve como algo distante o incluso ajeno, entonces, justamente entonces, llega en el mejor de los casos el lector: ustedes y yo, dispuestos a dejarnos –llevar por lo que fue una ensoñación originaria.
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Enlaces a algunos artículos de JS sobre la lectura, sobre el acto de leer: Si no lees te quedas tonto Para qué sirve leer Una utopía lectora ¿Un libro ayuda a triunfar? Los libros son carísimos
Scriptorium
“¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño del jardín de Combray; tardes de las que yo arrancaba con todo cuidado los mediocres incidentes de mi existencia personal, para poner en lugar suyo una vida de aventuras y de aspiraciones extrañas…!”
Marcel Proust, Por el camino de Swann (1913).
“La novela debe volver a su esencia. Su esencia es, como conviene a su naturaleza, impura, porque la novela, me atrevería a decir, es el único género literario que permite el ensayo, la divagación, la poesía, la política, todo, hasta la literatura, a condición de que sean… novela, mundo. La novela debe volver a lo que ha sido desde su nacimiento: épica pura. La épica de nuestro tiempo es la novela. La historia mitológica de un mundo real. Realismo y mitología, tal es su doble condición vital.
Octavio Paz, “Invitación a la novela” (1939), Primeras letras.
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Una mención muy amable de Francesc Bayarri a este blog
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11.08.06
Posted in psicoanálisis, Scriptorium at 9:29 por jserna
Sigmund Freud cuenta con numerosos adversarios: antiguos adeptos luego distanciados y enemistados con el autor; viejos seguidores desencantados con el psicoanálisis que arremeten contra lo que juzgan una gran impostura; expertos que jamás le tuvieron simpatía y que conciben la psique humana a partir de otros supuestos o fundamentos; científicos que rechazan el método de investigación freudiano, la manera de argumentar, unos enunciados que no podrían falsarse. Etcétera, etcétera.
Decía Wittgenstein que el psicoanálisis es un lenguaje creativo que hace de la respuesta estética su principal recurso: trata de cosas que no pueden ser abordadas y su manera de designarlas está lejos del lenguaje de la ciencia. Eso no significa que carezca de todo interés para el filósofo austriaco: significa que es un relato que da sentido, que ordena el mundo, pero que no lo roza ni lo designa propiamente. El freudismo sería un modo de percibir la realidad y por tanto implicaría una manera de relacionarse con ella, incluso de aventurarse en ella. Tanto es así que el psicoanálisis ha sido frecuentemente comparado a un viaje: es ésta una equiparación habitual, tanto entre los adeptos y como entre los contrarios.
Es más, el propio Freud concibió el análisis así: como una manera de remontarse a la infancia del hombre, como una vía de ingreso en un pasado más o menos remoto del que sólo quedarían huellas escasas, fragmentos a veces inexplicables de otro tiempo. Para el propio autor, la arqueología era una de sus pasiones intelectuales. Fue un coleccionista contumaz y Bergasse 19, su casa y su consulta en Viena, era un auténtico museo de antigüedades. Con ello, materializaba de alguna manera su pasión por el pasado además de reunir piezas bellas o valiosas de otras culturas, especialmente de la época clásica. En esos objetos creía atisbar el principio de la sociedad a la que él pertenecía y creía ver también un mundo desaparecido que habría que exhumar a partir de indicios menores, siempre escuetos, siempre escasos.
“Supongan ustedes”, indicaba Freud en 1896 ante colegas psiquiatras y neurólogos: “supongan ustedes que un investigador viajero llegara a un lugar poco conocido en el que despertara su interés un campo de ruinas con restos de muros, trozos de columnas, de tablas con signos de escritura medio borrados e ilegibles. Puede contentarse con contemplar lo que queda a la vista, luego preguntar a los habitantes de la zona, semibárbaros, lo que la tradición les ha transmitido sobre la historia y el significado de aquellos restos monumentales, anotar respuestas y seguir viaje. Pero también puede proceder de otra manera: elegir a los vecinos que pueden trabajar con herramientas adecuadas, empezar con ellos los trabajos en el campo de ruinas, quitar los escombros y, a partir de los restos visibles, descubrir lo que estaba enterrado. Si su trabajo se ve recompensado con el éxito, los hallazgos hablan por sí mismos”, concluía.
Wittgenstein hubiera negado rotundamente esa conclusión aparentemente positivista y científica: los hallazgos del psicoanálisis jamás hablan, sino que el sentido es algo que le da el investigador. A ello Freud habría podido responder que el significado otorgado no es una arbitrariedad, sino que puede ser contrastado con pruebas que una comunidad científica acepta o no. Etcétera. En todo caso, más allá de esa posible discusión, lo cierto es que la analogía freudiana entre el arqueólogo y el psicoanalista (el psiquiatra que exhuma restos del pasado individual ayudado por el vecino principal: el paciente) es muy interesante y remite una y otra vez a la práctica y a la metáfora del viaje.
He tenido la oportunidad de volver a un libro que leí este verano pasado y que ejemplifica muchas de estas cuestiones. Es una novedad editorial a pesar de que los contenidos no lo sean. Se titula Cartas de viaje (1895-1923) y su autor es, precisamente, Sigmund Freud. Es una deliciosa selección de las misivas que Freud mandaba cuando emprendía sus periplos estivales. Una vez transcurrido el veraneo, cuando llegaba septiembre, el doctor solía reservar ese mes para viajar al Sur, especialmente a Italia o a Grecia. No se desplazaba con toda su familia sino con algún pariente o amigo: su hermano Alexander, su cuñada Minna, Sándor Ferenczi o alguna de sus hijas, Anna por ejemplo. ¿Por qué viajar?
En parte esa pequeña obsesión parecía cumplir en él un viejo anhelo reparador: cuando era joven e infortunado, “viajar tan lejos, llegar hasta allí se me antojaba fuera de mis posibilidades. Esto tenía que ver con las estrecheces y la pobreza de nuestra vida”. Por eso, “el anhelo de viajar era también sin duda expresión del deseo de escapar a aquella presión, semejante al impulso que induce a tantos adolescentes a fugarse de casa. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que, en gran parte, el deseo de viajar consiste en el cumplimiento de esos deseos, es decir, en el descontento con la casa y la familia”, con el padre: Jakob Freud. El viaje en él será, pues, la realización de aquella huida, casi la gesta heroica de quien espera desfamiliarizarse aventurándose en un territorio sólo vagamente conocido.
Pero esa voluntad adulta de viajar no sólo responde a ese anhelo insatisfecho: responde también al afán de conocer, de saber, pues –como le dirá a su esposa en una de aquellas misivas—“las muchas cosas bellas que se ven acaban por traer, no se sabe cómo, algún fruto”. Y lo bello, convencionalmente, está en el Sur, en ese mediodía que reúne los vestigios de la cultura clásica: Roma, Pompeya, etcétera. Había que ir allí para desenterrar real y metafóricamente los restos de preciosas piezas: en realidad, comprando antigüedades con las que decorar y llenar la casa –hasta casi asfixiar a los parientes–, adquiriendo numerosísimas tarjetas postales que inmortalizaban el Sur redivivo. Por eso, para no equivocarse, para encontrar el sentido de esas piezas que estaban en el mercado, para saber adónde ir, para explorar lo que era un mundo antiguo aún milagrosamente presente, Freud se documentaba, leía de manera enciclopédica y, sobre todo, se agenciaba una imprescindible guía, la mejor de aquel tiempo: la Baedeker. Ese manual del viajero le aportaba datos imprescindibles sobre los museos a visitar, sobre los palacios que admirar, sobre las ruinas que buscar.
Hoy, en mi scriptorium, me gustaría reproducir fragmentos breves de esas misivas. Pero no lo haré, porque las piezas valiosas arrancadas de su contexto o nicho corren el riesgo de fracturarse, de volatizarse. Esas cartas son textos del pasado, de un pasado reciente pero ya desaparecido: un mundo burgués que se arruinaba con la Gran Guerra y que acababa con el modelo del Grand Tour del aristócrata o del viajero distinguido. Les propongo la lectura de este libro, de sus palabras, concibiéndolas como restos arqueológicos: trozos verbales de un tiempo sepultado. Hagan como Freud: léanlos. Si su trabajo se ve recompensado con el éxito, tal vez los hallazgos hablen por sí mismos. Ya verán.
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Artículo de JS en Levante-EMV sobre la actualidad de Sigmund Freud
Artículo de JS en Levante-EMV sobre Sigmund Freud como turista
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10.30.06
Posted in Escribir, Scriptorium at 9:33 por jserna

Hace más de un año, en mi bitácora comenté un libro de poemas de Miguel Veyrat titulado Babel bajo la Luna. Me atreví a relacionar la oscuridad y la claridad, la oscuridad babélica del origen (no hay manera de entendernos) y la claridad cartesiana que nos impone la comunicación (necesitamos entendernos). Cuando cerré mi primera etapa como blogger, hice desaparecer todas las entradas de aquella bitácora (Los archivos de Justo Serna, 2005).
Un par de lectores fervientes (no descubriré quiénes) me han pedido expresamente que reponga (como en los cines de antaño) aquel texto mío. Aunque no acostumbro a repetir por repetir, deseo complacer a estos seguidores y, por tanto, vuelvo a colgar otra vez de mi blog ese texto. Ha de interpretarse sobre todo como el aturdimiento que experimenté al leer el poemario de Veyrat. Creo que debo reponerlo como homenaje a un lector –el propio Veyrat— que me es fiel a pesar de nuestras serias discrepancias sobre la Transición política española (asunto que, por cierto, muy pronto volveré a tratar para provocar la animosidad de mis queridos radicales).
Ahora, además de mi texto, lo que le pediría al autor de Babel bajo la Luna es que con mano maestra seleccionara unos poemas con el fin de incluirlos y añadirlos en este scriptorium…, para deleite de los adeptos.
———————–
El poeta y el periodista
(6 de marzo de 2005)
El pasado 10 de febrero [de 2005] Félix de Azúa publicó un artículo en el verso de la sección de Opinión de El País. Era un texto extraño, algo así como una venganza tardía y en parte rencorosa contra una generación, la suya. La razón: haber quedado fascinada en los años sesenta y setenta por el lenguaje abstruso del estructuralismo, por la oscuridad verbal de Roland Barthes, por ejemplo: por la tiniebla expresiva de unos autores de procedencia francesa, Louis Althusser, Julia Kristeva, entre otros, que tanto habrían atentado contra la claridad (la clarté, ay), unos autores que habrían hablado con hermetismo y con resuelto desenfado, con esa libertad enunciativa que da la palabra esotérica en la que resuenan los ecos remotos de los poetas voluntariamente indescifrables. Azúa les afeaba su locución, su coquetería, su artificio, su irresponsabilidad verbal.
En España, la consecuencia de aquellas indigestas lecturas, añade, habría sido la de una generación intelectual aquejada de confusas charlatanerías, además de una incapacidad manifiesta para ejercer la crítica. De aquellas tinieblas se habría seguido un galimatías expresivo, el desorden verdaderamente alfabético, de unos políticos inhabilitados para llamar a las cosas por su nombre. El propio Azúa admitía la evidente exageración de su panfleto, un ajuste de cuentas en el que le propinaba un puntapié a Ibarretxe y a sus adeptos o a Carrillo y a sus antiguos camaradas en el trasero del Roland Barthes. Tal vez, Azúa pecaba de lo mismo que denunciaba y, por tanto, su argumento contra toda una generación tenía su mejor prueba en la andanada y en el estrépito del propio autor. Con ello no quiero afirmar que los españoles de su edad no merecieran una reprimenda por su irresponsabilidad verbal, pero tengo para mí que es mucho decir que esa irresponsabilidad procede de lecturas de unos autores que por ser frecuentemente impenetrables fueron más citados que leídos o comprendidos.
Pero olvidemos, de momento, a Azúa, al que siempre leo con delectación, y tomemos en serio el asunto de la clarté expresiva, algo que parece la mar de evidente, siendo como es el problema filosófico del siglo XX. O, mejor, no abandonemos aún al escritor barcelonés. Frente a la oscuridad de los colegas franceses, decía Azúa, los académicos británicos se habrían caracterizado por su claridad, para alivio de los lectores. La búsqueda de un lenguaje neutro y transparente, una prosa científica del mundo acoplada exactamente a lo real, habría sido su tarea básica. En efecto, ésta habría sido obra de todos los positivismos lingüísticos del Novecientos, una ímproba labor condenada en parte al fracaso, como el propio Wittgenstein llegó a reconocer al final de su célebre Tractatus. Lo importante, el significado profundo de las cosas, el sentido, la ética, los principios, los valores, en definitiva, no pueden ser objeto del lenguaje lógico y sólo quedan dos cosas: el silencio o, como en parte le pasó al pensador austriaco, la recaída en un misticismo renovado.
Los poetas llevan tiempo intentando expresar lo inexpresable o al menos lamentando su frustración grave y se empeñan con las metáforas y con los otros recursos oscuros del lenguaje con el fin de rozar lo fundamental, que es lo que Wittgenstein intentó con majestuoso fracaso. Es cierto que el abuso de las metáforas es una lacra en el periodismo y en el lenguaje público. ¿Por qué razón? Porque tiende a convertir en simbólico lo que es real, bien concreto, una cosa o persona que siempre pertenecen a un contexto y que por el hecho de devenir emblema de algo que los sobrepasa dejan de ser lo que en verdad son. Tomar el rascacielos Windsor como metáfora ha convertido su incendio en símbolo de la ruina política del Gobierno Zapatero; tomar el hundimiento de las edificaciones del Carmelo como metáfora ha servido para tratarlo como símbolo de la ruina política de Cataluña. El Windsor y el Carmelo son dos acontecimientos concretos, unos acontecimientos con damnificados a los que no les debe de hacer ninguna gracia que los piensen como emblema de nada: sólo quieren, supongo, que les reconozcan como seres concretos que han padecido de la incuria autonómica o municipal o empresarial.
Pero que se abuse de estas operaciones retóricas no significa que podamos o debamos desprendernos de las metáforas en el lenguaje público. No son ganga desechable: en la práctica nos servimos de ellas en el lenguaje corriente (como de un eficacísimo instrumento) y al final empleamos algunas sin ser conscientes de su origen, imperceptibles e instaladas ya en nuestros usos. Pero las metáforas de los poetas son de otra índole, por supuesto, y rastrean la oscuridad que hay siempre en el hecho de nombrar las cosas, esa oscuridad de la que hacía crítica guasona Félix de Azúa. El escritor barcelonés hablaba de intelectuales franceses, unos intelectuales a los que podremos dispensar o no nuestro aprecio o recuerdo, pero en todo caso deberemos admitir, contra Azúa, que fueron los miembros de una generación, la de posguerra, que se propuso poner al día (que no ocultar) el pensamiento de un país sumido en el estupor. Y en ello les fue de especial ayuda el saber de Heidegger.
Acabo de leer un importante libro de poemas recién aparecido. Su título: Babel bajo la luna. Veo que su autor, Miguel Veyrat, parte de una invocación precisamente heideggeriana, una cita extraída de uno de los textos del filósofo alemán y plantea buena parte de los interrogantes que aquí he expresado sobre la clarté o sobre las tinieblas. Dice así Heidegger: “el exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. Tiene un gran valor ese exergo, ese principio, porque quien lo asume, Miguel Veyrat, es poeta y es periodista, alguien que debe batallar con las palabras sabiendo que oscuridad y claridad, en lo privado y en lo público, en el lenguaje particular del creador o en el lenguaje común de la crónica, no se resuelven tan sencillamente como parecía defender Azúa. Entre otras cosas, porque cuando hablamos expresamos las voces de otros aunque no lo sepamos, voces cuyo significado se adosa a nuestras palabras. La conciencia de ese hecho le sirve a Miguel Veyrat para hacer explícitos los ecos de otros poetas o pensadores que quiere hacer resonar en sus poemas.
Aún me cuesta sobreponerme a la erudición herida de la que hay muestra explícita e implícita en su libro, un estrépito inagotable de cánticos previos, de unas voces que le preceden y que hace propias expresando esa deuda y, a la vez, convirtiéndose él mismo en portavoz involuntario de un coro a veces inaudible y no siempre afinado y congruente, el nuestro, el de los contemporáneos de la incertidumbre, que es él y que somos nosotros. De ahí, precisamente, el subtítulo que le da al libro: Trilogía de la incertidumbre. Entre las muchas cosas a las que pasa revista o sobre las que se pronuncia oscuramente, desde esas tinieblas que habita, según el Heidegger que invoca, está el individuo solo, inarticulado, que espera y desea empezar a hablar, a expresarse, para lo cual se sirve de un armazón lingüístico heredado, rabiando a la vez por inaugurar el lenguaje, un lenguaje que tiene por propósito, nada menos, que el de designar el mundo, algo que es inaprensible y dudoso, algo que se está edificando (como la Torre de Babel) al tiempo que se hace la propia expresión y el nombre de las cosas.
En todos sus poemas, la palabra herida, insuficiente, aventurada, es la gran cuestión del ser, digámoslo con Heidegger, y es la gran zozobra de su poesía, la necesidad y la imposibilidad de nombrar las cosas, del nombrar como gran operación de asimilación del mundo. Por lo que le he leído se trata de una tarea y de un empeño que hacen propiamente humanos a los hombres. Y con ello revelan de otro modo lo que es la arrogancia de nuestra especie, sabedora de sus límites, esa muerte, esa carencia física; así como ese lenguaje que coincide (eso queremos creer) con los límites de ese mundo: limitados pero vomitándose a sí mismos, como transeúntes desposeídos, antiguos habitantes de… ¿un paraíso?, que abandonamos con el pesar inconsolable de los primeros desterrados para, como dice Cioran, caer en el tiempo, peatones del camino real, aspirantes a suplantar a ese ser ignoto y primordial, tal vez tiránico, distante y a la vez imperfecto por el que se empezó a edificar la Torre.
Hay en sus poemas un eco de la fantasía primordial de la unidad indiferenciada entre el hombre y la naturaleza y, por otro, hay también y principalmente una nostalgia o un espanto (no sé) de aquel tiempo, prebabélico, en que coincidían las palabras y las cosas, de aquella fase auroral en la que disponíamos de un solo significante para cada cosa que nombrar. Pero aquello se dilapidó y no hay restitución posible del objeto perdido. El ser que canta en los poemas parece desear con afán y con horror una vuelta al origen, a ese origen en que ese mismo ser se desconocía y sólo era potencialidad sin actualizar. Hay, en efecto, en todo el libro una fantasía trágica de retorno, de muerte, un deseo de regresar para recuperar, aunque fuera con las palabras, aquello que perdió, pero esa recuperación fantasmagórica anularía su propia subjetividad: la plenitud del paraíso prebabélico sería, en efecto, la pérdida del ser mismo que habla.
No predica la náusea ni tampoco se abandona a un lenguaje torrencial, sino al cripticismo heideggeriano, a la oscuridad herida y sentida. Practica una observación deslumbrada y paradójica, viviendo en un espacio que sabe temporal, intentando celebrar el goce de las pequeñas cosas de la vida sin revestirlas a la vez de trascendencia grave o esencial: sólo que son un misterio que el lenguaje ordinario no aclara, no ilumina, no liquida. El amor, por ejemplo, ese amor carnal que aparece constantemente, en parte velado y en parte obscenamente expuesto. Pero la decadencia o la muerte acechan, nos acechan. Por eso la voz que se expresa en los poemas no parece tomarse con sobrante énfasis y se contempla con ironía, con la ternura y el distanciamiento incluso sarcástico del que se reconoce sólo y desvalido. De ahí que la muerte, los huesos, el fuego candente que consume, la hoguera, las brasas o las gotas de agua que se evaporan, el rocío, la lluvia que llueve hacia arriba, fenómenos cuya evanescencia expresan nuestra finitud, incluso la circunstancia angustiosa y liberadora de ser uno mismo propiamente imaginario, sean las imágenes poéticas de que se sirve con angustia y recurrencia.
¿Aún estamos dispuestos a hablar de la inutilidad de lo oscuro, de lo indescifrable? Michel Foucault, otro pensador de aquella generación que mencionaba Félix de Azúa, escribió un volumen que fue luz (vaya, otra metáfora) de aquella cohorte de pensadores. Llevaba por título Las palabras y las cosas. Paradójicamente, con un idioma propio, Foucault arrojó luz sobre el lenguaje, sobre los lenguajes públicos y científicos que han constituido una parte de Occidente y analizó la locución de las ciencias, cierto, cuyo “exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. De ese poeta heideggeriano, Miguel Veyrat, consciente de la insuficiencia verbal de la claridad, nos habla Babel bajo la luna.
Una conmoción.
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Scriptorium:
Primera selección de poemas de Miguel Veyrat
Segunda selección de poemas de Miguel Veyrat
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10.25.06
Posted in psicoanálisis, Scriptorium, Historia at 8:46 por jserna
Ustedes me perdonarán. Hoy no hablo de la furiosa realidad, de pistolas robadas por maleantes dispuestos a negociar mostrando su fuerza, dispuestos a aterrorizar intimidando; hoy no hablo de un debate parlamentario en el que se espera una declaración europea. Hoy escapo a otra época, a un tiempo también convulso (¿y cuál no?): estamos a principios del Novecientos, cuando la Gran Guerra concluye provocando efectos lesivos en una Europa agitada que ya no es, que ya no puede ser el mundo decimonónico de caballeros y damiselas.
Acabo de recibir las dos primeras entregas de una novela, una historia que tendrá varias. Su título Que arda la casa pero que no salga el humo. Conforme me llega la leo, motivado por la expresión apasionada de su autora. Una novela no es un texto sin materialidad: es expresión verbal en prosa que se plasma en este o en aquel soporte, en un libro o en cuadernos numerados debidamente correlativos. La obra de Ana Serrano Velasco es así, una novela por entregas, con su faja: un texto cuyo significado ya empieza en la calidad material de sus páginas, en el tacto rugoso y noble de sus tapas, en las fotografías antiguas que ilustran las palabras.
Esas efigies familiares son la prueba o documento que acredita la verdad de lo dicho, pero son también el recurso narrativo que provoca en el lector el efecto de estar allí, de ser copartícipe de una novela familiar. Un retrato es un instante congelado, un momento en las vidas de individuos la mayor parte de los cuales están muertos. Están muertos…, pero es que, además, el arte fotográfico tiene algo de funerario: el objetivo nos detiene y nos deja como ya nunca más seremos.
La novela de Ana Serrano está presidida por dos efigies antiguas, el retrato de una misma niña en épocas distintas, una muchachita de otro tiempo que mira con vislumbre, un espejo remoto en el que la autora quiere mirarse. El relato tiene personajes de antaño, pero sobre todo tiene un secreto familiar que a modo de baldón ultraja, cosa por la que ha sido silenciado y que el lector averiguará. ¿Averiguará? Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera, ya saben ustedes. Como igualmente saben qué significa tener un secreto familiar bien sepulto por los silencios del padre o de la madre: cuando se destapa aparece bajo la forma de lo siniestro, ese motivo familiar que habiendo sido velado o reprimido regresa ocasionando trastorno, dolor y liberación. Pero lo siniestro no sólo se expresa, sino que, aquí, se documenta. Acudimos al archivo, a la hemeroteca, y con la narradora exhumamos breves periodísticos de 1918, textos o recortes que se insertan en el curso del relato y que dan verosimilitud a la historia que nos cuenta esta escritora in progress que es Ana Serrano Velasco. Es, desde luego, una historia de adulterio, como en los novelones decimonónicos, como en los viejos folletines, pero también como en las recreaciones actuales que emprende Javier Marías y del que la autora se reconoce lectora fiel. El secreto familiar que hay reprime un crimen atroz y banal, un secreto que la narradora deberá nombrar. La novela de Ana Serrano Velasco reconstruye con palabras escuetas los perfiles de personajes a los que les pasan cosas, antecesores, indianos incluso, personajes que tienen la vaga irrealidad de los difuntos antiguos; reconstruye con prosa resuelta y con vaivenes cronológicos, casi como si el torrente verbal de la memoria irrumpiera en el diván del analista. No le pidan cartesianismo a quien desentierra con furia y con ternura.
Leídas las dos primeras entregas –cuya vicisitud y lógica concreta no revelaré, puesto que esto no es una reseña—, lo que esta narración proclama es el ardiente deseo de escribir que se apoderó de esa mujer que habla: desde que era niña. Y a esto yo no puedo oponer pero alguno. La bella edición (del Centro editores) tiene defectos, erratas, que forman parte de la materialidad del texto y que la autora ha corregido escrupulosamente para mí, la misma autora cuya voz distingo entre líneas. Porque esa voz que se oye de verdad, la que se impone con la fuerza de quien quiere gobernar el mundo evocado, es la de esta mujer que se expresa en primera persona y que alude a tiempos más o menos remotos, a los familiares de antaño, rememorando geografías cercanas, como ese Retiro madrileño que a modo de escapada o huida es el escenario de señoritos y petimetres. Insisto: es una voz que se configura ella misma como personaje de otro tiempo, la madre de la escritora: seguro. Pero a mí, lector, no me importa tanto la sucesión vertiginosa de azares o de pasados cuanto la remembranza en sí, la configuración de ese yo como protagonista, un yo que se ampara en la historia familiar y de la que siempre querremos saber más…
Como presente o como contraprestación, querría obsequiar a la autora con lo que ella misma busca al convertirse en narradora: con palabras. Unas palabras sacadas de mi Scriptorium que troceo y tomo prestadas de José Ortega y Gasset, casi escritas en ese tiempo del crimen familiar que Ana Serrano Velasco detalla. Ortega no parece necesitar grandes epopeyas novelescas, grandes acciones de masas, escenas vertiginosas. El ensayista prefiere el detalle calmo de la inacción física, prefiere la configuración retardada del personaje a quien recordamos y por quien respiramos durante ese tiempo en que suspendemos la incredulidad o el ajetreo particular. Parecen líneas escritas para Ana Serrano, pero especialmente son Ideas sobre la novela que aún perduran para nosotros.
No sabemos si es cierto el descrédito de la gran aventura narrativa, como dice Ortega; si la novela ya sólo reside en la inacción adulta. No sabemos si el relato maduro ha perdido a ese tipo de lector que se deleita con correrías. Lo que sí sabemos es que la claridad del ensayista arroja luz sobre un género vasto que todo lo comprende. Los familiares de la narradora frecuentaron el mismo Madrid que Ortega, un tiempo denso en el que las masas sólo estaban irrumpiendo y en el que las buenas familias rivalizaban con sus lujos ostentosos o con sus secretos de alcoba. Ese aristocratismo de Ortega se aprecia en aquel Madrid ya desaparecido que Ana Serrano Velasco ha resucitado para deleite de sí misma y para ilustración de los lectores que la acompañen. Si parafraseáramos al ensayista, entonces podríamos decir que la táctica de la narradora ha consistido en aislar al lector de su horizonte real aprisionándolo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de su novela.
José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela (1925).
1. “La novela ha de ser hoy lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. El acento en la fisiología del cuento carga sobre éstas. La frescura pueril se interesa en la aventura como tal, acaso porque […] el niño ve con presencia evidente lo que nosotros no podemos actualizar. La aventura no nos interesa hoy, o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto de nuestra persona no participa en el apasionamiento mecánico que la aventura del folletín acaso nos produce. Por eso, al concluir el novelón nos sentimos con mal sabor de boca, como habiéndonos entregado a un goce bajo y vil. Es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar nuestra sensibilidad superior.
2. “Pasa, pues, la aventura, la trama, a ser sólo pretexto, y como hilo solamente que reúne las perlas en collar. Ya veremos por qué este hilo es, por otra parte, imprescindible. Pero ahora me importa llamar la atención sobre un defecto de análisis que nos hace atribuir nuestro aburrimiento en la lectura de una novela a que su ‘argumento es poco interesante’. Si así fuese, podía darse por muerto este género literario. Porque todo el que medite sobre ello un poco, reconocerá la imposibilidad práctica de inventar hoy nuevos argumentos interesantes.
3. “No, no es el argumento lo que nos complace, no es la curiosidad por saber lo que va a pasar a Fulano lo que nos deleita. La prueba de ello está en que el argumento de toda novela se cuenta en muy pocas palabras, y entonces no nos interesa. Una narración somera no nos sabe: necesitamos que el autor se detenga y nos haga dar vueltas en torno a los personajes. Entonces nos complacemos al sentirnos impregnados y como saturados de ellos y de su ambiente, al percibirlo como viejos amigos habituales de quienes lo sabemos todo y al presentarse nos revelan toda la riqueza de sus vidas. Por esto es la novela un género esencialmente retardatario –como decía no sé si Goethe o Novalis–. Yo diría más: hoy es y tiene que ser un género moroso–, todo lo contrario, por tanto, que el cuento, el folletín y el melodrama.
4. “Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la substancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco –adviértase que me refiero tan sólo a la novela moderna—no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que no es ‘pasar algo’, en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes, sobre todo en su conjunto o ambiente. Una prueba indirecta de ello puede encontrarse en el hecho de que no solemos recordar de las mejores novelas los sucesos, las peripecias por que han pasado sus figuras, sino sólo a éstas, y citarnos el título de ciertos libros equivale a nombrarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; al punto rememoramos un clima, un olor peculiar de la urbe, un tono general de las gentes y un ritmo típico de existencia. Sólo después, si es caso, acude a nuestra memoria alguna escena particular.
Colofón. “La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela”.
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Ilustración: Monigote…
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10.19.06
Posted in Televisión, Scriptorium, Comunicación at 8:38 por jserna
Franco Ferrarotti es, seguramente, el sociólogo italiano más afamado y, además, un cascarrabias célebre. Es autor de numerosas e influyentes obras, textos polémicos con los que no siempre se puede estar de acuerdo, pero a la vez volúmenes que te obligan a reaccionar. Una influencia no sólo se mide por la capacidad que un autor tiene para generar seguidores, admiradores. Esa capacidad se calcula también por las reacciones contrarias que uno puede provocar. Ferrarotti no deja indiferente, hable de la historia del pensamiento sociológico o hable de la vida cotidiana, de esa construcción del sentido con que abordamos la esfera privada o íntima. Por varias y casuales razones he tenido que volver a un pequeño volumen suyo que leí hace unos pocos años, un volumen que es, probablemente, el menos académico de sus libros. ¿Su título? Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio (Península).
Tiene algo de confesión autobiográfica, entre nostálgica y alarmada, pues allí habla de cómo leía cuando joven y cómo sigue leyendo, con qué afán, a diferencia de tantos contemporáneos suyos: “¿Qué leo?”, se pregunta Ferrarotti. “De todo. No leo: devoro. Soy un desagüe. Mordisqueo las palabras, trago las frases antes de leerlas, las intuyo, las adivino. ¿Cómo leo? Leo con el corazón en la garganta. Realizo en la lectura la relación problemática entre lo real y lo imaginario. Leo en estado de vaga embriaguez, suspendido entre el cálculo racional y las sombras alucinatorias. La lectura es mi droga”, admite.
Cuando sea mayor me gustaría parecerme a él, sin duda, y querría que mi mesilla de noche (atiborrada siempre de libros) se asemejara a la suya… Estoy solo, dice, “me velan solamente, en silencio, mis viejos amigos, los libros, acumulados confusamente, mirándome de reojo desde los intersticios entre montón y montón con medio título por completar a tientas. Lo sé con seguridad absoluta. Sé que moriré con un libro en la mano. Será mi extremaunción”, concluye.
Pero, como es propio en la obra de todo sociólogo, el librito tiene también algo de examen del presente, de esos cambios acelerados que este anciano sabio trata de captar con alarma y comprensión. Y en esas páginas se profesa deliberadamente como un crítico apocalíptico de la televisión. No comparto ni mucho menos todo lo que dice de este medio, pero en su escarnio del tubo hay siempre algo que te permite reflexionar.
Hoy quería ofrecer en mi scriptorium un compendio brevísimo de las invectivas que dedica a la televisión. Insisto: no tenemos por qué estar de acuerdo, pero con estas perlas de Ferrarotti quizá podamos hacer un cumplido malhumorado a un medio que en España empezó hace cincuenta años. Y de paso homenajeo a un viejo admirable que tiene justamente la edad de mi padre. Pura arbitrariedad, ya ven. Aún recuerdo, hace cuarenta y dos años, cuando en mi casa apareció el primer televisor, tan voluminoso, tan prometedor. ¿Y ahora?
1. “La televisión vive bajo el signo de una condena cruel: debe seducir a su público. ¿Cómo? Colocándose en el denominador común más bajo, comprensible para todos, y por tanto igualar, achaflanar, es decir, allanar. Al término de este proceso, el público de la televisión ha dejado de ser un agregado humano reactivo; ha sido masificado como una melaza gelatinosa. Eso no significa que haya sido reducido a un nivel ‘troglodita’, como legiones de intelectuales refinados y escandalizados no dejan de denunciar. No es nada necesariamente vulgar o indecoroso. La ‘masificación’ se sitúa en un nivel intermedio que no es demasiado alto ni demasiado bajo, en armonía con la que los directivos de los ‘canales’ consideran una ‘sabiduría convencional’ sólidamente ligada a los valores del buen sentido y de la ‘moral corriente’…”
2. “La televisión es en primer lugar un ojo que documenta, muestra imágenes sobre las que razonar. La imagen es sintética y no tiene nada que ver con el discurso analítico, cartesiano, del papel impreso. Puesto que es sintética, la imagen trabaja sobre la emotividad del espectador, hace prevalecer en él la reacción emotiva sobre el razonamiento deductivo. Es patético esperar conceptos de la televisión. Significa ladrar a la Luna. Más cálida, casi íntima, es la radio, que se limita a evocar con la palabra (sonido más que significado) sistemas de sentido que corresponde luego al espectador reconstruir…”
3. “La televisión borra la historia. Aplasta a sus espectadores contra el presente. Los aplana. No tiene oído para el antecedente. Quema los puentes hacia el pasado. No puede proyectar nada porque promete ya, aquí y ahora, todo posible futuro. Es local y global al mismo tiempo. Está en todas partes y en ningún lugar”.
4. “Estamos en la paradójica situación de ser al mismo tiempo capaces de informarnos de lo que sucede, literalmente, en todo el mundo, y encontrarnos, en nuestra realidad cotidiana existencial, huérfanos, hijos de nadie, a merced de fuerzas que no pueden controlar y que con mucha frecuencia ni siquiera conocen. Estar aplastados en el presente equivale, en definitiva, a quedar anulados como sujetos pensantes”.
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