05.06.08
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 19:07 por jserna
1. El horror, el horror
En poco tiempo, con una intensidad que no me recordaba, he leído un libro breve pero sobrecogedor. Es el Cuaderno de Fontilles , de Vicente Sorribes Santamaría. Se trata de la edición de un dietario firmado por un joven médico valenciano, un manuscrito que abarca desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre de 1943: unas pocas semanas, pues. Es el diario íntimo, personal, angustiado, exasperado que el galeno lleva mientras cumple con su destino en el Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos, situado en Fontilles. Sus páginas son un viaje al fin de la noche, como el que emprende el joven médico Ferdinand Bardamu en la obra de Céline. Pero lo que en la novela francesa es malditismo y autodestrucción, en el dietario de Sorribes es empeño y decepción, la materialidad misma de la corrupción.
El joven Bardamu se había alistado voluntario en 1914. Muy pronto descubrirá la irracionalidad y la sordidez de la guerra, algo que le derriba, víctima del aturdimiento, de la insania: será conducido a un sanatorio-prisión igualmente sórdido, miserable, del que saldrá abandonándose a la incredulidad, evacuando sus pruritos morales. Sorribes no obra así, con el cinismo de Bardamu. El médico valenciano se duele crecientemente, avanza a tientas, contempla la podredumbre de la carne, el despedazamiento, y detalla sin novelería alguna la repugnancia que la patología le produce, la hostilidad que le rodea.
No hace metáfora de la posguerra, ni generaliza el caso. No convierte el recinto sanitario en símbolo de la España autárquica y violenta. La leprosería no es un microcosmos de algo mayor, no. El lugar es el infierno particular, sin exageraciones literarias ni proyecciones exteriores. Frente a la tentación del lector actual –pensar el sanatorio como espejo de aquella España–, el documento se nos muestra como testimonio de una experiencia irrepetible que ha de enunciarse para ser soportada. Eso es lo que tienen los documentos: nos enseñan algo que no está y que el lector, el historiador exhuma; son versiones de una vivencia sentida subjetivamente pero expresada con los recursos colectivos que un individuo recibe. El dietario es un género con normas particulares: entradas breves escritas, por ejemplo, al final del día; anotaciones cronológicamente ordenadas con información e impresión, con datos y sentido, con descripción y moraleja, tal vez; minucias personales y profesionales, una enumeración de lo que pasa. ¿De lo que pasa? En realidad, en el diario, como en cualquier testimonio escrito, es más importante lo que no se dice: o bien porque el autor se censura, se reprime, temeroso de sí mismo, de lo que sería capaz de expresar, de desear, de criticar si no se contuviera; o bien porque el escritor juzga ciertas cosas como evidentes y redundantes, un innecesario detalle para ese primer lector (quizá único lector).

Pero regresemos a Sorribes, a 1943. El lector se deja llevar por su prosa escueta y precisa, sabiendo de la brevedad e intensidad de sus confesiones. Poner en orden sus experiencias –sus impresiones, sus ideas, sus decepciones– es una forma de atribuir sentido a las cosas espantosas que suceden, a la mediocridad: un contraste entre el joven animoso que llega al sanatorio esperando ser un auxilio, un profesional eficaz, y la miseria moral y material que todo lo detiene. La contradicción entre esos empeños iniciales, esas fuerzas que le llevan a resistir (que tienen raíces religiosas) y esas frustraciones, esas impotencias que lo frenan, me recuerdan las tribulaciones del joven licenciado que protagoniza El árbol de la ciencia, y me recuerdan también la vocación abnegada de Santiago Ramón y Cajal en una sociedad miserable y raquítica. Por su parte, Pío Baroja había hecho de Andrés Hurtado un médico resistente en el medio hostil de la España finisecular. “¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?”, le pregunta Iturrioz a Andrés Hurtado. “Ninguna de las dos cosas”, responde el protagonista de El árbol de la ciencia. “Yo era allí una bacteridia colocada en caldo saturado de ácido fénico”, confiesa Hurtado.
En Fontilles, Sorribes se esfuerza cada día por no experimentar el puro abatimiento. Conmueve la lucha del médico valenciano por entender lo que le rodea, esa enfermedad que desfigura, el mal que amputa, que destruye, una dolencia a la que tradicionalmente se le achacaba una perversión moral. Conmueve su amor propio, ese esmero por hacer las cosas bien, por oponerse a la indolencia administrativa, a la incuria institucional. Conmueve su esfuerzo, finalmente baldío, tratando de enfrentar el abandono y la desolación del enfermo desahuciado. Él es un profesional que desea desempeñar su cometido, atender a sus pacientes, cumplir sus obligaciones administrativas. Pero nada de lo que le rodea funciona verdaderamente, como en la España barojiana de Andrés Hurtado: ni la dirección del centro, ni los empleados que allí trabajan, ni los religiosos que han de velar por las almas de los internados.

Todo se le opone, hasta la belleza natural que circunda, esas montañas abundantes que son encierro, separación. Hay propiamente una muralla elevada que mide cinco quilómetros de diámetro, nos dice. Hoy, cuando a la mínima pretextamos incapacidad, deberíamos repasar la confesión de Sorribes: sus palabras son un antídoto contra la pereza. Fue una persona religiosa y eso, sin duda, le mantuvo con fuerza en los momentos de mayor abatimiento. Pero en esas páginas Dios es siempre una referencia lejana, incluso silenciosa y hasta ausente. Sorribes sobrevive como un náufrago y, como Robinson Crusoe, ha de empezar un diario para mantenerse, para dialogar consigo mismo, para documentar sus pequeños logros, para dictaminar sobre las desesperanzas y sobre los motivos de las desesperanzas. Vive en un encierro vegetal, entre montañas que le oxigenan y le ahogan. Como el personaje de Daniel Defoe, tampoco Sorribes puede comunicarse propiamente, razón por la que permanecerá silencioso, mudo, precavido: no puede volcar sus sentimientos en un proceso de transferencia imposible con internados hostiles o con un personal administrativo o médico desinteresado. Necesita, pues, llevar un diario en el que realizar esa transferencia. Robinson tardará días y días en escribir, cosa que sólo hará cuando el medio artificial que había construido –aquella empalizada, aquella techumbre menesterosa– empezó a procurarle un entorno más hospitalario. “Fue entonces cuando empecé a llevar un diario de mis tareas cotidianas”, dice el personaje. “En un principio había estado demasiado ocupado, no solamente con mi trabajo sino con los confusos pensamientos que pasaban por mi mente, y mi diario hubiera aparecido lleno de cosas torpes y melancólicas”, leemos en la versión de Robinson Crusoe que hiciera Julio Cortázar. Vicente Sorribes no espera: inicia la escritura conforme emprende el viaje, conforme se adentra entre aquellas montañas abundantes y opresivas, con un dolor creciente.

Y allí escribe. No son páginas esterilizadas, con datos clínicos, sino registros objetivos y emocionales, a un tiempo; anotaciones precisas y subjetivas en las que el médico trata de sobreponerse al asco: propiamente al espanto que el rostro del leproso le refleja y le provoca. Pacientes sin tabique nasal que expelen arrogantemente el aire, humedeciendo la cara del interlocutor; enfermos que esputan descuidadamente al hablar, salpicando las mejillas de médico con gotitas de saliva infecta. Leprosos retadores de los que no hay vestigio o fotografía en el libro, gentes que nada agradecen, incluso dementes, y que el médico ha de contener: de ellos espera extraer experiencia clínica, con ellos cree poder investigar. En ese punto, el diario muestra irritaciones varias con aquellos a quienes auxilia y con aquellos de quienes se informa. Ese tono dolido, avinagrado, me hace recordar vagamente alguna página de un gran dietario, el de otro finísimo observador, también airado con sus informantes, igualmente harto de sus circunstancias: el Diario de campo en Melanesia, de Bronislaw Malinowski, aquel diario en el sentido estricto del término que tanto escandalizó a sus colegas científicos, incrédulos ante las irritaciones del respetado antropólogo. Pero eso que digo es excesivo: fruto de la angustia de influencia, probablemente. Quizá no sea sensato comparar a Sorribes con Malinowski: al fin y al cabo, las estancias de ambos entre nativos o leprosos poco tienen que ver, más allá del viaje metafórico, humanamente incómodo, emocionalmente perturbador.
Si hubiera que buscar referencias, entonces tal vez deberíamos considerar La montaña mágica, de Thomas Mann, como un caso inevitable. Vida de sanatorio; vida en la montaña; vida mórbida, patológica. Pero inmediatamente me corrijo: tampoco la novela de Mann sería el ejemplo con el que cotejar el Cuaderno de Fontilles. En La montaña mágica, doctores y pacientes se abandonan lánguidamente a la enfermedad, deseosos de alcanzar la lucidez que las dolencias pulmonares provocarían. Hans Castorp, la criatura de Thomas Mann, se adapta bien a la vida en Davos, a la existencia ordinaria del Sanatorio Internacional Berghof. El establecimiento de la novela sí que es una transfiguración de la Europa de preguerra, una metáfora de las naciones enfrentadas, un lugar en el que disputan Naphta y Settembrini, entre otros: o sea, Davos es un espacio en el que se representa el choque entre la razón y la naturaleza, una naturaleza de la que también forma parte la propia enfermedad… Pero Sorribes no es Castorp: como tampoco lo son los médicos que allí atienden. El sanatorio de Fontilles no permite la reflexión demorada o la languidez mórbida: en ese establecimiento no hay lugar para la melancolía sin objeto.
El libro que tengo en mis manos es el compendio breve de una vida aún incompleta, inacabada, hacia 1943. El joven médico abandonará el sanatorio en septiembre de ese mismo año, marchando a Madrid para rendir exámenes del doctorado. El juicio que Sorribes anota sobre los catedráticos no es muy favorecedor y, como en Fontilles, se siente igualmente maltratado por la incuria, por la pereza institucional. El Diario de un nuevo médico incompleto, que es el título original del manuscrito, ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo? ¿Por qué?
Ruzafa Show Ediciones lo ha publicado en la colección Los libros de la memoria. Y ello ha sido posible gracias a los herederos del autor, que han puesto el manuscrito en manos de especialistas: de los editores; de Josep Lluís Barona, catedrático de Historia de la Medicina, que ha escrito una introducción breve pero imprescindible a Fontilles, a la lepra; de Francisco Gimeno Blay, catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas, que ha revisado minuciosamente la transcripción del manuscrito; y de Ignasi Mora, periodista y escritor, que ha reflexionado sobre la dimensión literaria del diario. Por supuesto, toda obra de edición es mejorable. Habría sido preferible que Barona se hubiera extendido más sobre las condiciones históricas de la enfermedad, sobre el fenómeno de las leproserías. Habría sido preferible también que Gimeno hubiera sido menos respetuoso con ciertas incorrecciones ortográficas de Sorribes: no es ésta una edición erudita o académica y, sin duda, ciertas mejoras del texto finalmente impreso no habrían traicionado el manuscrito original. Habría sido igualmente preferible que Mora no lamentara tanto el estado deplorable de las letras valencianas: el diario no necesita una novela para agigantar el valor de lo que allí se cuenta, precisamente sin intenciones literarias.
Leo Cuaderno de Fontilles y les recomiendo vivamente su lectura. Allí descubrirán el horror. El horror, el punto final.
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2. El humor, el humor
Acaba de aparecer una reseña que he firmado. Es una aproximación a El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. La protagonizan un patricio romano lenguaraz de vientre suelto y un jovencito de pronto avispado. Transcurre en el siglo primero de nuestra era… Al leer dicha novela, lo fácil es asimilar esta broma genial a las locuras de los Monty Python, aquel film que tanto nos divirtió: La vida de Brian (1979). Por supuesto que hay una afinidad más o menos explícita entre ambas obras, pero he preferido pensar esta novela como un precipitado de otras tradiciones propiamente literarias. O mejor: he querido leer esta obra buscando y hallando el sentido del humor, el gamberrismo, la corrección burguesa que Mendoza aplica a materiales narrativos ya ensayados y por él renovados con el recurso posmoderno.
¿Qué es lo posmoderno? Aceptar la carga del pasado con ironía: dado que los contemporáneos siempre estamos en falta, dado que nuestros antepasados siempre parecen exigirnos, el posmoderno acarrea lo pretérito rebajándolo, alterándolo, haciendo collages, parodias explícitas y citas encubiertas. Mendoza asume la gran tradición, incluso las tradiciones menores de la literatura: se hace cargo de ellas con libertad, con broma, con ironía. Presta homenajes aunque, a la vez, rebaja el determinismo del pasado mezclando lo insoluble, sumando lo egregio y lo chusco, lo impostado y lo humilde, lo monumental y lo menesteroso, lo culto y lo chabacano. Eso produce un efecto humorístico generalmente irresistible.
Pero, efectivamente, no es sólo la literatura lo que anima a Mendoza. El cine, sí, también está presente. Ahora bien, más que Monty Python son los hermanos Marx (o Groucho, concretamente), expertos en mezclar lo insoluble, aquello que le inspira: los Marx, capaces de hacer payasadas y de lanzarse tartas y, al mismo tiempo, capaces de soltar un parrafada jocamente erudita y pedante. Este Mendoza cortés, elegante y gamberro podría ser sensible ante un virtuoso del arpa, aplaudiendo a la vez la ocurrencia escatológica. Así quiero ser yo… Siempre he admirado a los que no son sofisticados todo el tiempo. ¿Imaginan qué pesadez? Pomponio, tan reflexivo y culto tiene, simultáneamente, problemas intestinales: flatulencias que no oculta en su relato, en esa confesión epistolar que hace a su destinatario, Fabio. Digo Fabio y digo correspondencia y pienso en la Epistola moral a Fabio. Sí, ya sé que nada tiene que ver la nouvelle de Mendoza con esta obra del barroco sevillano, pero fue leer ese nombre y recordar una obra que, no sé por qué, me remite a un momento concreto de mi adolescencia. Ha sido leer la epístola de Pomponio e inmediatamente preguntarme qué he hecho en mi vida: qué he hecho de mi vida si no soy capaz de escribir algo así.
Ajá, eso es lo que me ocurre: que no soy capaz de hacer reír, de hacer parodias o payasadas reflexivas con estilo y buena prosa, con registros varios. Y, en efecto, no tengo esa virtud, pero creo ser poseedor de una cualidad muy saludable que me libra de mí mismo: la de procurar divertirme. Mi pronto es severo, grave incluso. Pero, a poco que se me conozca y a poco que intime, lo que intento es reírme. Mendoza me hace reír frecuentemente: no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho. Oigan, aprovechen. Dejen de leerme y vayan a las páginas de Mendoza: son un antídoto contra lo inauténtico, contra la mala leche. Son también un homenaje juguetón a las clases menesterosas: qué homenaje tan deliciosamente burgués. Para quienes vivimos consumidos por el rencor de clase contra los pijos, un señor de Barcelona tan elegante como Mendoza nos reconcilia con el mundo.
Fin…
Mendoza y yo
“La Cataluña real“, Levante-emv, 23/3/2007
“Si no lees te quedas tonto“, El País, 9/3/ 2002
“Baroja y yo“, Ojos de Papel, 1/12/2001
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Selecciones
Hemeroteca, fonoteca y blogosfera del mes de mayo
–Justo Serna, Reseña de El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Ojos de Papel, mayo de 2008.
–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.
–Francisco Fuster, Reseña de I Love Your Glasses, de Russian Red, en Ojos de Papel, mayo de 2008,
–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte.
–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing.
–”Una historia de violencia“, La cueva del gigante. Blog de David P. Montesinos
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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena
“Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.
Viernes 22, 9:30 horas:
Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX
Ponencia de Justo Serna
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04.04.08
Posted in Entrevistas, Religión, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:36 por jserna
1. Dios
Siempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Cuando era un muchachito leía la Biblia con unción y con fruición: sintiéndome culpable, a la vez, por la dicha que aquellas páginas me procuraban, una felicidad muy materialista y carnal. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el mito del origen, de la moralidad, del pecado, de la muerte. Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas. La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como Los diez mandamientos confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor.
Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre, preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome con la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada. Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable. Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento. Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes.
En aquellas páginas, siempre me angustiaba la presencia de la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles. En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados tipos israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso. El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos miles de años después. Eso quería decir algo… De quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación adolescente.
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2. Manuel Talens

Desde que leí su primera narración envidio a Manuel Talens. Envidio su portentosa imaginación, capaz de edificar mundos inexistentes pero extraordinariamente parecidos al real; capaz de recrear con la sintaxis lo que justamente quiere decir. Con una palabra de más, con barroquismos lujosos, o con economía verbal –escueta y exacta, pues– su escritura siempre me parece de una sonoridad precisa. No se trata de que escriba bien o bellamente. Es algo más sutil y más importante, por supuesto. Que su escritura sea de una sonoridad precisa significa que dice lo que quiere decir, pero sobre todo que cada personaje (narrador incluido) se pronuncia con el habla, con los modismos, con los idiolectos que le son propios. En general, todos ellos se comunican con gran corrección, incluso cuando los tipos retratados son vulgares o analfabetos: hay en sus voces una sabiduría antigua, popular. Una de las habilidades expresividades que distinguen las obras de Talens son sus exabruptos, sus imprecaciones, sus malas palabras, cuidadosamente dispuestas cuando toca y por quien toca. Hay también en la prosa del autor una capacidad probada para reproducir discursos culturalmente muy distintos, de espacios y de extracciones sociales muy diversas.
Cuando esto se da en un escritor, los críticos literarios suelen decir que el novelista tiene buen oído: que tiene buen oído para captar los registros particulares del pueblo, de los doctos, de los gobernantes, de los refinados y de los adocenados. Es un tópico, ya lo sé, pero en el caso de Manuel Talens, tal capacidad está suficientemente probada. Ahora bien, esa habilidad no sería gran cosa sin el humor. Saber reproducir lo que un capellán o lo que un campesino dicen –y cómo lo dicen– está bien. Lo que está mejor es que quien escribe consiga remedar esos discursos haciendo guasa con la expresión misma, bromeando con nuestro tenor expresivo, con esas fórmulas más o menos estereotipadas, con esos restos verbales del pasado que repetimos cuando hablamos. No es el único rasgo creativo de Talens, pero la ironía es decisiva en sus ficciones: más aún, la ironía posmoderna. “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Eso decía Umberto Eco y eso hace su aventajado discípulo, Manuel Talens.
Ahora acaba de publicar una novela, La cinta de Moebius, en la que retoma pasajes bíblicos con libertad creativa y con documentación abundante, con recursos de escritor o de lector resabiado: con numerosísimos guiños posmodernos, con citas explícitas e implícitas, con alusiones crípticas o expresas. Hay hasta una bibliografía final. ¿Bibliografía? ¿De quién? ¿Del narrador o del escritor? Bien pensado, ese exhibicionismo erudito sólo puede deberse al narrador empírico. Fíjense que en esta novela Dios tiene una presencia definitiva. Es más: es propiamente su narrador. Así, con todas las letras. Si Dios es omnisciente, no le veo justificándose, poniendo acreditaciones o documentando sus afirmaciones. Es, pues, el escritor quien añade ese aparato crítico en el que se basa la ficción. Desde luego no es la primera vez que ocurre. En otra de sus novelas, Hijas de Eva, hacía algo semejante: enumeraba los libros que le habían servido para recrear, por ejemplo, la Valencia de antaño. ¿Está obligado el escritor a hacer algo así? Por supuesto que no. A mis alumnos, siempre que puedo y viene a cuento (nunca mejor dicho), les expongo el caso de Hijas de Eva: el autor empírico de una ficción no está obligado a detallar su fuentes; menos aún, si una parte de esos libros son pura invención, como es el caso de aquella novela de Talens. Cuando eso sucede, ¿qué es lo que estamos leyendo? ¿Una bibliografía apócrifa que, al modo de Jorge Luis Borges, se burla de los usos eruditos? En fin, un lío… posmoderno. También Umberto Eco, naturalmente, se valía de estos recursos académicos para liarnos a su antojo y a su manera: para provocarnos una impresión, un efecto de realidad, que diría su amigo Roland Barthes.
No les voy a descubrir los contenidos de la novela, de La cinta de Moebius, obra en la que lamentablemente toda la bibliografía citada es real. Digo lamentablemente porque en ese apartado final, el dedicado a las fuentes, el autor parece haber abandonado el juego de la erudición apócrifa. Mezclar lo verdadero con lo verosímil es propio de las novelas. De las novelas. En éstas, no es extraño que el novelista disponga al principio o al final del texto, pero siempre fuera del relato, lo que llamaremos notas de autor: son esos apartados paratextuales que sirven para aclarar procedimientos o para justificar decisiones. Hay novelas, sin embargo, en donde las notas de autor son artificio y, por tanto, se integran en la narración misma, en su ficción. Así sucedía, por ejemplo, en El nombre de la rosa. Creo que Talens es capaz de gamberradas como la que se propone en esta ficción, pero –quién sabe– quizá su parte edificante o su disposición académicamente correcta le han aconsejado reprimir la licencia de la bibliografía apócrifa, algo que se consentía en Hijas de Eva.
“Todo narrador de oficio sabe bien que, para ser verosímil, cualquier libro que aspire a reproducir el tiempo pasado debe apoyarse necesariamente en otros libros que lo procedieron. La siguiente es una lista no exhaustiva, aunque sí fundamental, de los que han sido utilizados”, decía al final de Hijas de Eva. ¿Decía? ¿Quién decía eso? El apartado se titulaba “Bibliografía” y las palabras literales que he reproducido no podían tomarse propiamente como nota de autor: la mayor parte de los títulos de los libros eran inventados y, además, si quien decía hablaba de “narrador de oficio”, entonces es que era el propio narrador –quien cuenta la novela– y no el autor empírico –quien la escribe– el que se estaba refiriendo a sí mismo. “Además, el narrador quiere expresar…”, concluía aquella nota.
Si, ahora, Manuel Talens es tan temerario como para poner a Dios en el centro de un relato –cosa que supera lo previsible–, entonces no entiendo por qué no se deja llevar por la ficción hasta el final: hasta ese elenco bibliográfico fabuloso que acreditaría lo dicho. Pero dejemos este reproche erudito…: yo jamás me atrevería a ello, a idear ficciones con Dios como personaje. Pero no por contención piadosa (válgame Dios), sino por mi propia incapacidad para fantasear tan audazmente: nunca se me ocurríría escribir sobre Dios haciéndole protagonista de un relato o usurpando su papel.
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3. El narrador omnisciente
El papel de Dios, justamente. Darle todo el protagonismo a la Providencia hasta el punto de descubrirnos su mundo interior y su entorno. Es de celebrar que un autor como Talens –ateo, supongo– se tome en serio eso del Reino de los Cielos haciendo de dicho espacio el lugar de la acción novelesca. Allí reina Dios, efectivamente, pero es Gabriel Arcángel (que es como firma) quien nos sirve de guía por aquellos dominios. No tenemos a Virgilio, sino a este ser alado y de sexo aplumado. Dicho personaje –que se halla básicamente desocupado desde la Anunciación a María– quiere hacer algo productivo, algo en lo que se reconozca. En este empeño veo un esfuerzo contrario a la alienación, ese estado anímico sobre el que los filosósofos alemanes tanto han escrito… Alienación, enajenación: verse extraño, desubicado, no reconocerse en las obras o en los actos, en los productos finalmente resultantes. Gabriel desea sentirse necesario y desea también sentirse justificado. Desde luego es alguien que valora mucho la formación intelectual y, por lo que leeremos, alguien que tiene una tendencia progresista irreprimible. Un trasunto del autor, quizá? Y qué más da. Gabriel se preocupa por el estado general del Cielo y, más aún, por el estado particular de Dios. Si allá arriba las cosas no marchan demasiado bien, ¿qué podemos decir de esa copia deslucida que es la Tierra? Pero…, ¿quién cuenta todo esto, quién relata? Volvemos al problema que nos planteábamos más arriba. Desde luego no es una voz que se exprese en primera persona, sino un narrador omnisciente que es Dios, exactamente Dios, un mecanismo autogenerador, capaz de decir, de contar, de hacer incluso en estado latente.
Está en medio de la obra observándolo todo, el devenir del mundo. Ese Dios presente pero ausente a un tiempo es también el autor, que gobierna el destino de sus personajes con la autoridad de quien es responsable y creador. El Dios de La cinta de Moebius es efectivamente responsable: rige el curso del mundo y de sus criaturas, aunque –eso sí– con alguna dificultad insalvable. Frente al monstruo de Frankenstein, dejado por su creador, o frente a los Replicantes huérfanos de Philip K. Dick, abandonados, el Dios de Talens se ocupa del orbe. Pero al final ese mundo es igualmente caduco, por lo que habrá que resetearlo, que repararlo, tarea más propia de un autor que de Dios: un autor –Talens– que se descubre en su voluntad ideológica de rehacer voluntariosamente lo torcido o lo que juzga indigno. ¿Una intromisión autorial? Digo esto e inmediatamente recuerdo el consejo de Gustave Flaubert, sus reparos de novelista-demiurgo: “el autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todos lados, visible en ninguno. Dado que el arte es una segunda naturaleza, el creador de esta naturaleza debe actuar según procedimientos análogos: que se note en todos los átomos, en todos los aspectos, una impasibilidad escondida e infinita.”
No me pidan más detalles ni me insistan con mayores pormenores. No diré más para no fastidiarles la novela. También me he reprimido al escribir la reseña para Ojos de Papel. Lo que un comentarista debe mostrar no es un resumen argumental, sino escrutinio crítico y, sobre todo, entusiasmo lector: más allá de que coincidamos o no con la ideología del autor, con su plan de ataque o con su reelaboración del mundo externo. Yo dediqué tres días a leer, anotar y comentar esta novela… con Dios. En plena Semana Santa. Nada mejor podía hacer: reservarme una obra tan bíblica en fechas especiales para elevar mi decaído espíritu con levadura irreverente. Ahora, para expiar mis debilidades, haré la relectura completa de Todo Talens. O eso espero. Me lo piden el cuerpo y una penitencia que me han impuesto.
FIN
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4. Hemeroteca

-Reseña de Justo Serna de La cinta de Moebius para Ojos de Papel (abril de 2008)
-El escritorio de Manuel Talens. El sitio web del escritor.
-Entrevista a Umberto Eco: la interviú que alguna vez habría que releer…
-Naturalmente, Umberto Eco.
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5. Scriptorium

“…Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia…” Más.
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03.25.08
Posted in Muerte, Antropología, Religión at 20:27 por jserna
1. Resurrección
Durante las pasadas vacaciones, he hecho lo que habitualmente hago en esas circunstancias: camino horas y horas, me oxigeno, levanto la vista y miro lejos. Quizá con la esperanza de atisbar lo que a simple vista no distingo, con la intención de descubrir mientras ando. Los picachos de la Sierra de Aitana siempre me procuran un placer completo: imponentes, pero accesibles; de colores matizados y vivos, con olivos centenarios, con almendros que pronto florecerán. Hay en el entorno algo primitivo, milenario por supuesto. Desde chico, cuando hago marchas montañeras siempre recuerdo la vista que una vez tuve en la cima del Montcabrer, próximo a Cocentaina. Yo era uno de los jóvenes excursionistas que habían ascendido vigilados por un adulto. Mientras divisábamos todo el valle, ese acompañante experimentó algo parecido al arrobo. Con énfasis nos preguntó si viendo lo que veíamos acaso dudábamos de la existencia de Dios. Siempre me ha hecho gracia esa inquisición tan… evidente, tan previsible: similar a la sensación de lo sublime bien codificada desde el primer romanticismo. Lo sublime, otra vez…., entre peñascos milenarios.
Digo milenario y recuerdo otros picachos vistos en una película reciente. Así es. En estos días de vacación, cuando no estaba cultivando el cuerpo, estaba en el cine o leyendo. El Domingo de Resurrección, por ejemplo, acudí a una sala de Benidorm con el objetivo de ver 10.000. Pude cumplir mi propósito a pesar de las multitudes turísticas. 10.000 es un film de Roland Emmerich, suficientemente espectacular y entretenido: trata de una hazaña, de una gesta ocurrida diez mil años antes de Cristo entre los nativos de una pequeña tribu, un pueblo cazador. Entretenimiento para la tarde de un domingo… de Resurrección: no pidan más. Es una película en la que el peplum se recupera como cuento popular, colectivo y mítico; es también cine de aventuras en que el protagonista, un joven corriente de esa comunidad, se ve obligado a comportarse como héroe. ¿Cuántas veces no habremos escuchado, visto o leído historias en las que un muchacho corajudo ha de restaurar el desorden que el mal ha provocado? En 10.000 hay unos malvados, por supuesto: los llamados “diablos de cuatro patas” que dañan, esquilman, queman, roban bienes y personas de otros pueblos vecinos. No sólo por avaricia, sino también por estricta perversidad. La rapacidad de los villanos no tiene límites: en los cuentos, los malvados destruyen lo ajeno (las chozas, las pequeñas infraestructuras) para agostar la vida, para impedir que florezca lo básico. Lo mismo sucede en esta película.
Un muchacho –cuyo padre abandonó la tribu (¿cobardemente?)– restaurará el buen nombre del progenitor enfrentándose a dichos villanos: como el Telémaco que sale en busca de Ulises. Para ello, el joven nativo deberá caminar soportando el frío y el calor extremos a través de vastísimos desiertos de nieve y arena: deberá marchar al frente de un pequeño grupo de intrépidos, una pequeña vanguardia que con arrojo se atreve a dejar la comunidad para recuperar a los convecinos secuestrados, a la amada… de ojos azules. Deberá asimismo contener la embestida de fieras fantásticas y de cazadores prehistóricos.
Dicha película, que la crítica ha vapuleado, amalgama civilizaciones y ciertas tradiciones culturales: la magia de la comunidad primitiva, las legiones del Imperio romano, las pirámides del antiguo Egipto. También distingo mucho cine en sus fotogramas, repetición de secuencias ya vistas: la camaradería de Objetivo Birmania, por ejemplo. Hay momentos en que uno cree acompañar a Errol Flynn y a su grupo de intrépidos soldados a través de la jungla birmana, avanzando entre las líneas enemigas. Hay otros momentos en que uno cree ver nuevamente a Frodo en la Tierra Media de El señor de los anillos. No es que cada uno de esos elementos esté claramente diferenciado o debidamente contextualizado para que el espectador no confunda lo que no debe confundir. En realidad, todos esos motivos –y otros que se añaden a lo largo del metraje– son objeto de representación híbrida y ficticia, sin intención historicista alguna.
Yo me dejé llevar por la acción, sin mayores pretensiones, como me dejo llevar por el sendero cuando camino por el Valle de Guadalest: por la Vall de Guadalest. No persigo nada, no busco nada. Simplemente ver a lo lejos.
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2. El cementerio de Guadalest. Un presentimiento de felicidad
En los cementerios es fácil abandonarse a la sugestión gótica: los huesos exhumados, el moho que todo lo envuelve, la herrumbre de los crucifijos, el cardenillo que ataca los cobres o, más aún, esos árboles enhiestos de sombras amenazadoras. Hemos leído relatos sobre este presentimiento ancestral: el bosque que nos rodea y nos absorbe con la intimidación apremiante de lo desconocido. Y lo desconocido es lo invisible, lo informe, pero también lo que habiendo sido conocido se enterró. Es el miedo siniestro, según Freud: es el que provoca aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo ha permanecido inhumado para finalmente regresar o desvelarse.
En los camposantos grandes, el visitante se deja fascinar por la edificación funeraria y por la rivalidad arquitectónica: aturdido, teme perderse entre enterramientos ostentosos. En los cementerios pequeños de poblaciones chiquititas, la muerte irrumpe directamente para mostrarle al espectador la existencia, una eternidad breve de ochenta o noventa años por vivir, esa que se compendia en una lápida escueta. Hay que visitarlos. ¿Por qué razón?
En ellos no hay pretextos arquitectónicos. Las inscripciones de las tumbas son concisas y su laconismo nos achica mostrándonos la futilidad de tantos esfuerzos. El escritor E. M. Cioran, que supo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomendaba visitar estos cementerios. ¿Para hacer qué? Para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del espejismo.
En tiempos de bonanza es precisamente cuando hay que acudir a estos camposantos. Hemos visitado uno muy pequeño, emplazado en un lugar insólito, un cementerio que no reúne más de ochenta tumbas. Tiene el punto exacto de abandono que estos osarios han de tener: lápidas casi desleídas o ya ilegibles, cruces quebradas, flores secas que ya nadie renueva y esa sensación de hacinamiento y de asfixia que trae la muerte, la Parca que todo lo iguala. ¿Dónde se encuentra?
El Valle de Guadalest es probablemente el paisaje valenciano más bello, ese lugar en el que una Naturaleza imponente de riscos milenarios no resulta victoriosa o amenazante, sino acogedora. El olivo, el almendro, o ese sotobosque de arbustos olorosos que se alza hasta las Sierras de Aitana, de Xortà o de Serrella aún tapizan las faldas de aquellos peñascos. Situada en el interior de La Marina Baixa, con una orientación NW-SE, la vall de Guadalest es una depresión entre esas sierras voluminosas, una depresión habitada por poco más de mil habitantes de sus distintas poblaciones: Confrides, l´Abdet, Benifato, Beniardà, Benimantell y el Castell de Guadalest.
Es en este último lugar en donde descubrimos el cementerio que inspira estas líneas. Enclavada en el eje del valle, sobre una cresta rocosa de grandes dimensiones, está dicha población, y en su centro mismo hallamos los restos del viejo castillo señorial de los Orduña. Entre éstos, en su parte más elevada, está la vieja Torre del Homenaje, pero también está el cementerio pequeño al que acudir, al modo de Cioran, para corroborar la insignificancia, la poquedad, de los empeños humanos. La visita, previo pago, permite confirmar la belleza inaudita de este paisaje. Si subimos hasta allí podremos contar con vistas hermosísimas de todas las sierras que delimitan el valle: la convulsión extática del berrocal eterno, decía Gabriel Miró en Años y leguas.
Podremos apreciar la heredades y la edificación blanca de Benifato, de Beniardà, de Benimantell, en ese valle abancalado: hondo, fresco y quemado de colores, añadía el escritor. Podremos divisar en la lejanía el Mediterráneo que baña a Benidorm y desde el que sopla un levante benigno que siempre ventila con fragancias deliciosas. Son los vivos que acuden y los difuntos que allí reposan quienes disponen en insólita hermandad de la mejor localización del valle, del emplazamiento más cercano al azul puro del cielo, un valle al que Miró llegó a comparar con el Paraíso: él, espectador “poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana”.

Fotografías: Víctor Serna
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03.20.08
Posted in Antropología, Religión, Valencia, Historia, General at 20:41 por jserna
1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren… Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada. ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.
En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir? Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión. ¿Expresión cultural o antropológica?
El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins. Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins.
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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)
Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.
Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero? No se culpen: no hagan penitencia.
El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.
Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado.
Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.
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02.04.08
Posted in Religión, Comunicación, Democracia at 19:39 por jserna
0. Supermartes (miércoles, 6 de febrero)
Tenía la intención de comentar las incidencias del Supermartes, de extenderme sobre los resultados y su complejidad. No podré hacerlo. Una indisposición pasajera (espero) me tiene aturdido. Creo que deberé regresar sobre Obama en otra circunstancia, quizá en otro post. Ahora les dejo con lo que ya había escrito sobre su libro, totalmente insuficiente, pues son numerosos los asuntos debatibles. Otra vez me vuelve a faltar fuelle. Espero estar a tono el jueves 7 de febrero, a poqueta nit.
-El País Abc El Mundo Público La Razón
-New Yor Times Los Angeles Times
-Barack Obama Hillary Clinton John MacCain
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1. Barack Obama
Leo el libro de Barack Obama, La audacia de la esperanza (The Audacity of Hope, 2006). Es un libro extraordinariamente interesante y discutible en muchas de sus partes, como Francisco Fuster señala en una precisa reseña que publica Ojos de Papel. No siempre puede aceptársele a Obama cómo plantea las cosas y cómo espera resolverlas, pero al leerlo quedo impresionado por el nivel cultural, por la preparación, por el orden expositivo, por el realismo analítico del autor. No estamos sobrados de candidatos tan refinados y a la vez tan accesibles: de gran solidez argumental y de modestia humana, muy humana. Una lástima que la traducción y la edición de Península sean defectuosas, con errores expresivos, con descuidos imperdonables (algunos de los cuales precisaré).
Obama es un antiguo profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago, luego senador y últimamente uno de los demócratas que se postulan para la candidatura presidencial. Es alguien que se toma en serio los textos fundacionales de la democracia americana, pero a la vez es alguien que no olvida la segregación, el estigma de la raza. Sus páginas revelan a un político moderado y audaz: audaz en el sentido de criticar las incercias de su propio partido y en el sentido de asumir algunos logros necesarios que habrían traído los republicanos. Desde la perspectiva europea podríamos decir que es un socialdemócrata, un reformista que, sin embargo, no quiere fiarlo todo al intervencionismo.
El título de volumen me incomoda especialmente. Ese rótulo parece el de un libro de autoayuda. O, incluso: para nosotros, en la Europa laica que el Papa deplora, esa palabra tiene resonancias previsiblemente religiosas. ¿Es así? En primer lugar, es un libro de autoayuda, personal y americana: desde luego, el volumen de Obama está pensado como un acicate tras el conservadurismo; o como un bálsamo contra las erupciones de Bush. El antiguo profesor relata su trayectoria personal, y, a la vez, detalla y sintetiza el proceso histórico de su país. En segundo lugar, esta obra tiene esas resonancias religiosas que conjeturábamos. Obama no oculta sus creencias, pero está lejos de profesar políticamente una confesión: para él, la religión es una argamasa civil, pero un mandatario no puede hacer del cristianismo su moral pública. La propia diversidad de los Estados Unidos lo exige. Por tanto, esperanza –en el libro de Obama– es otra cosa. En la Norteamérica que aguarda el fin de la Presidencia Bush, la esperanza de un cambio a mejor es un propósito político: ojalá que, además, sea un alivio. En todo caso ya veremos qué nos depara la carrera presidencial. Mientras tanto le acepto a Obama esa concesión al vocabulario credencialista: quizá esperanza sólo sea aquí un modo de exigencia, un intento de devolver la confianza política, que es algo muy distinto. En la esfera pública, la confianza es esa certidumbre que dispensamos a nuestros gobernantes porque cumplen sus compromisos, porque son sensatos, porque actúan racional y razonablemente.
La sobrecubierta
Hablando de confianza…, llama la atención la imagen con que se presenta el libro en su versión española. El severo rostro de Barack Obama, en primer plano, está partido y repartido entre la cubierta, el lomo y la contracubierta, con un fondo difuminado de colores bien patrióticos: en la portada se distinguen las barras y en la trasera las estrellas. En la edición estadounidense, por el contrario, nada es igual. Vemos al autor, también: pero ahora sentado, relajado, sin corbata, esbozando una sonrisa, como un vendedor tranquilo dispuesto a ofrecernos un producto con garantías. Esto que digo no es un tópico perezoso. En Estados Unidos, la confianza comercial es decisiva. «¿Le compraría a este hombre un coche usado?», reza un célebre eslogan político de la época de Richard Nixon. ¿Recuerdan a Lee Iacocca, aquel ejecutivo de Ford que pasó a Chrysler tras su despido? Hace muchos años leí su Autobiografía, un interesantísimo volumen en el que relataba cómo había conseguido invertir la desconfianza que despertaban ciertos automóviles de la marca tras su prolongada crisis. Tuvo una idea y la llevó a la práctica desoyendo los consejos de sus asesores y publicistas. Para vender un Chrysler, pero sobre todo para transmitir franqueza, lo mejor no era un actor comercial que desempeñara su papel en el spot de acuerdo con un guión. La mercadotecnia ideal era la que encarnó el propio Iacocca: él mismo vendía a través de la tele, asumía los valores que la marca representaba y se jugaba el prestigio haciéndose portavoz. “Si encuentra un coche mejor, cómprelo”, decía Iacocca mirando fijamente a la cámara. Hoy, la puesta en escena política se parece cada vez más a un acto de mercadotecnia. Hay que despertar confianza, credibilidad, efecto de franqueza, cosa que no reprocho. Sin duda, la respuesta del electorado dependerá en uno u otro caso de la impresión que el candidato cause.

Interludio español
En España, que ya esté pasando eso (el triunfo de la mercadotecnia) provoca el malestar de analistas y comentaristas contrarios a Rodríguez Zapatero. Al candidato socialista se le presenta como un malabarista, como un seductor incluso, ducho en el arte de encubrir lo que pasa, cosa que podría vislumbrarse si los ciudadanos no fueran tan cortos de vista. O se le presenta también como un tipo capaz de cautivar en la distancia corta, de reducir la hostilidad previa con que se le interroga. Un día y otro también algunos columnistas de Abc se lamentan sin comprender por qué si el presidente lo hace tan mal aún concita tantos apoyos. ¿Será porque los españoles no votan palpándose el bolsillo? ¿Será porque sólo piensan el sufragio en términos ideológicos?, se pregunta Ignacio Camacho. Por su parte, en la entrevista que La Razón ha publicado el 3 y el 4 de febrero, los periodistas admiten la habilidad del presidente para dar siempre su mejor perfil, para salir airoso de preguntas embarazosas, para mostrarse simpático y facundo y extremadamente cortés con sus interlocutores.
Leer a Obama en español
He leído el libro de Obama y, francamente, creo que este volumen que tanto informa sobre el estado de la política americana es un texto imprescindible para entender la última legislatura española. La tensión, la crispación, la fractura entre los partidos. Francisco Fuster me hace memoria y me recuerda que él me dijo eso expresamente. Admito haber olvidado esa precisión. Sin duda, he tenido la misma impresión, pero es mejor así: a cada uno lo suyo. O como dijo Leonardo Sciascia en aquel libro que leímos cuando aprendíamos italiano: A ciascuno il suo.
Continuará…
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2. Lunes, martes…, Nicolas Sarkozy
Mientras escribo sobre la esperanza que profesa Obama, pienso en otro político que también hace suya esa expresión. Sin duda, con un sentido diferente. ¿Recuerdan aquel libro de Nicolas Sarkozy? La República, las religiones, la esperanza, un libro-entrevista de 2004 cuya edición española contiene un prólogo de José María Aznar. En el volumen de Sarkozy me incomodaba especialmente dicha voz, la esperanza: emplearla así, en este contexto, era darle al discurso un sentido trascendente a lo que por fuerza es o debe ser bien mundano, la laicidad republicana. La verdad es Sarkozy hacía unos extraños volatines para hacer coincidir esa virtud cívica aconfesional con la idea providencial. “El ideal republicano no da satisfacción a la necesidad espiritual, a la esperanza”, precisaba. La primera vez que leí esa declaración, repetida una y otra vez en su libro, me provocó estupor, justamente porque el político mezclaba lo civil y lo religioso. Pero, releído ahora, encuentro pasajes que anticipan lo que después ha hecho el presidente francés. “La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación”, añadía. “El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”, apostillaba. Veo algunas de las fotografías de Reuters que se han difundido tras el enlace de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni, instantáneas tomadas en una terraza en el jardín del palacio de Versalles cerca de París, el 3 de febrero de 2008, y no puedo más que confirmar que sí, que “el hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”.

¿Gramscismo?
Hay algo de Antonio Gramsci en el activismo de Nicolas Sarkozy, según el mandatario francés reconoce. En efecto, ahora que Anaclet Pons y yo estamos acabando nuestra antología, traducción y edición del filósofo y líder italiano, hemos podido constatar el peculiar gramscismo de su discípulo. Según confesaba Sarkozy a Le Figaro el pasado 17 de abril: ”Au fond, j’ai fait mienne l’analyse de Gramsci : le pouvoir se gagne par les idées. C’est la première fois qu’un homme de droite assume cette bataille là“. ¿Gramscismo? Concebir el terreno de las ideas como frente de combate no es gramscismo propiamente dicho: es una herencia de la Guerra Fría y es lo que los neocon han recuperado ahora: el intelectual José María Aznar lo ha entendido perfectamente, según yo mismo he podido analizar. No, el gramscismo no es ése: lo que convierte a Sarkozy en discípulo paradójico del líder comunista italiano es su concepción de la hegemonía. Dominar el espacio de la comunicación política, incorporar elementos heterogéneos o adversos para desactivarlos, ejercer la dirección: algo más que agit-prop.
Los viejos bolcheviques, los viejos leninistas, funcionaban con la consigna. La consigna traduce verbalmente una fase de la táctica revolucionaria. Es un concepto movilizador que expresa clara, sintética y eufónicamente un objetivo, el más importante del momento. Todo ello bajo la forma de contraseña: una clave que reconocen los connaisseurs. El bolchevismo distinguía dos tipos de agente: los propagandistas y los agitadores, distinción de Plejánov que Lenin discutió en ¿Qué hacer? El propagandista, indicaba Plejánov, comunica o inculca muchas ideas en una sola persona o en un reducido número de personas. El agitador, por el contrario, no comunica o inculca más que una sola idea o un reducido número de ideas en una gran masa de personas.
Gramsci hizo más compleja esa distinción y su concepto de la hegemonía es la versión marxista de los marcos de referencia que hoy en día estudian los comunicólogos. En la lucha política hay que dictar la agenda, establecer el cuadro de discusión, nombrar las cosas. En la confrontación ideológica hay que ocupar el espacio. Desde luego, Sarkozy ocupa el espacio. Lo que no sabemos es si eso le hace hegemónico.
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3. Hemeroteca literaria
-La poesía y la reflexión de Miguel Veyrat en Ojos de Papel (2008):
El Incendiario
Instrucciones para amanecer
-Tribuna de Justo Serna en Ojos de Papel (2008):
Miguel Veyrat: el fuego de la cigarra
-Grand Tour (El blog de Anaclet Pons)
El perro de Baskerville descansa en paz
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10.21.07
Posted in Franquismo, Religión, Historia at 12:39 por jserna
1. Jaime Mayor Oreja es un político de raza (que se dice), alguien que desde hace años ocupa puesto oficial y alguien a quien no se le conoce otra dedicación. Forma parte, pues, de lo que Gaetano Mosca llamó la clase política. En principio es una expresión extraña: mezcla voces que parecen contradictorias. En la teoría de Mosca, la elite rectora se caracteriza por disponer de una fórmula política, es decir, por valerse de una concepción del orden, del pasado, del presente y del porvenir, un plan de intervención y actuación. O, en otros términos, una ideología que justifica y fundamenta su dominio sobre los gobernados o seguidores. La clase política no sólo representa demandas de una colectividad más vasta (las de un sector social, por ejemplo), sino que también se forja sus propios intereses. El apellido Oreja designa a una familia de políticos profesionales: diputados o ministros que desde años atrás se dedican a esta tarea. Desde luego se ocupan de cosas a las que la mayoría no queremos dedicar tiempo. Es un servicio, pues, el que nos prestan. Pero la clase política tiene sus propios intereses: mantenerse, conservarse, ampliar su red de influencia. El Network Analysis hace años que estudia esas redes de influencia: unas son formales y otras informales; unas se expresan a través de empleos políticos y otras a través de canales ideológicos afines. Mayor Oreja trabaja en ambos dominios: el del cargo público y el del proselitismo pío. Por eso, su dedicación no es la de un gestor inmune a los principios, o la de un técnico o la de un político sólo mediador: es la de un propagandista católico que persevera en la defensa del confesionalismo.
Su persecución por parte de los terroristas y su empeño personal en hacerles frente le han despertado la simpatía de muchos ciudadanos, de muchos ciudadanos que no son de su partido. Durante un tiempo, esas circunstancias penosas han hecho olvidar su profundo conservadurismo, un ideario confesional militante al que, por supuesto, Mayor Oreja tiene derecho y que los católicos más fervorosos celebran. En los últimos días ha vuelto al interés mediático por las declaraciones hechas a La Voz de Galicia. Leamos un extrato de sus palabras:
“-¿Qué opina de la Ley de la Memoria Histórica?
-Hacer de una tragedia de nuestra historia un elemento de división es fácil, pero es un disparate. Si hicimos un esfuerzo en la transición para que este tema no siguiera dividiendo a los españoles, ¿para qué resucitar otra vez quiénes fueron más asesinos en la guerra?
-¿Por qué le cuesta tanto al PP condenar el franquismo?
-Porque eso forma parte de la historia de España. Yo no lo he condenado, yo elogio y alabo la transición democrática. ¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles?
-Por esa misma lógica, tampoco condenará el nazismo o el estalinismo, porque muchos alemanes y soviéticos los apoyaron.
-En la guerra hubo dos bandos y en el nazismo solo uno.
-En el franquismo solo hubo un bando que reprimía.
-También hubo dos, porque el franquismo fue la consecuencia de una Guerra Civil en la que hubo dos bandos. No es lo mismo que el régimen nazi, donde había un solo verdugo.
-Entonces, dejando al margen la Ley de la Memoria Histórica, ¿no considera pertinente condenar el franquismo?
-No, por muchas razones. ¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? En mi tierra vasca hubo unos mitos infinitos. Fue mucho peor la guerra que el franquismo. Algunos dicen que las persecuciones en los pueblos vascos fueron terribles, pero no debieron serlo tanto cuando todos los guardias civiles gallegos pedían ir al País Vasco. Era una situación de extraordinaria placidez. Dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”.
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2. Disquisiciones y memorias. Es ésta una idea muy interesante, sin duda: “dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”. Resulta aleccionadora la voz que emplea: “disquisición”, cosa a la que –según parece– se dedicarían los historiadores. Leamos el Diccionario de la Real Academia Española. Una disquisición puede ser un examen riguroso, pero puede ser también una divagación, una digresión. No sé si los historiadores nos dedicamos a examinar rigurosamente considerando cada una de las partes que constituyen un objeto del pasado o, si por el contrario, nos alejamos del presente aventurándonos con digresiones. El pasado, en cualquier caso, no es sólo materia de historiadores ni es únicamente asunto de divagaciones.
Digo estas cosas y pienso en Antonio Elorza (”Memorias históricas“, véase en la sección de comentarios). Elorza es un historiador atendible y de larga obra que perdona a Mayor Oreja: le perdona su franquismo nostálgico. El académico, que ha pasado por distintas opciones y por diferentes obediencias (desde el PCE hasta Izquierda Unida, y hoy… Unidad, Progreso y Democracia), es un resuelto defensor de la ejecutoria de este político vasco: por eso le parece un desliz la evocación que Mayor Oreja hace de su infancia franquista como si aquel hubiera sido un tiempo de “absoluta placidez”. Sin duda, nadie le niega sinceridad a Mayor Oreja: nadie le niega que él lo viviera de ese modo, que lo percibiera o lo experimentara de esa manera. Como tampoco nadie niega el derecho de Elorza a mostrar camaradería.
Salvo desdichas graves, la infancia la solemos recordar así, con absoluta placidez: ingresamos en el tiempo con miedo y desconcierto, pero la atención y el cuidado nos apaciguan. Los padres hacen de nuestro entorno un ámbito hospitalario, edénico: aquel que para muchos acabará siendo el Paraíso. Crecemos y aprendemos a tolerar la frustración y las decepciones: con ello se agranda ese tiempo como momento irrepetible… Insisto: Elorza exculpa a Mayor Oreja de lenidad franquista, como si su opinión benévola sobre el pasado del Régimen fuera un desliz que sirviera para acusar al PP. “Resulta lamentable que políticos templados como Mayor Oreja puedan hacer manifestaciones, en el marco de la campaña del PP, que les convierten en nostálgicos de la dictadura de Franco. Dar motivos para ser acusados de neofranquistas no es nada bueno para los populares”. Desde luego, desde luego. Pero el caso es que el franquismo nostálgico de Mayor Oreja no es un error dicho a bote pronto. Lo tiene escrito en su librito Esta gran nación (LibrosLibres) y aquí ya lo analizamos el pasado 18 de junio. Perdonen la autocita:
“Lo que me sorprende no es lo que [Mayor Oreja] dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo“.
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3. Hemeroteca. Memoria y clérigos

–”La riada como metáfora“, Levante-EMV, 22 de octubre de 2007
Artículo de JS sobre el arzobispo de Valencia Agustín García-Gasco
Susan Sontag publicó, años atrás, La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Leí ambas obras con mucho interés: en la primera examinaba las analogías que del cáncer se han hecho para describir la sociedad “enferma”. ¿Por qué se establecen paralelismos entre el crecimiento desordenado de las células y los desarrollos de la vida humana? Las analogías patológicas sirven entre otras cosas para condenar ”el cuerpo enfermo de la sociedad” y, de paso, para ofender voluntaria o involuntariamente a los enfermos. El organicismo se ha servido de estas metáforas, que en su versión confesional asocia pecado a enfermedad. El catolicismo, además, ha empleado anaologías procedentes de los libros bíblicos. Las plagas que caen sobre la tierra o, también, el diluvio universal que castiga a los descendientes de Adán y Eva son relatos míticos que dan cuenta del mal, del origen y del castigo del mal. La riada que parece preocuparle a Agustín García-Gasco es un diluvio laico. Dios permitiría estos castigos de la naturaleza para hacernos reaccionar. Si el laicismo se infiltrara suave, blandamente, entonces el mal infectaría de manera irreparable. Gracias a que se manifiesta con estrépito lo distinguimos: como una riada bien visible que nos avisa de sus venideros destrozos. Hay señales. O se manifiesta también como una vacuna que haría reaccionar los anticuerpos. Digo esto y regreso, precisamente, a Sontag: a los malos usos de las metáforas que ella tan sabiamente diagnósticó. ¡Ay, Dios!

–”En el fondo, los miembros de Eta son revolucionarios“, El País, 21 de octubre de 2007
Entrevista a José María Setién por José Luis Barbería.
He leído un par de veces esta entrevista y la verdad es que no me repongo. No me sorprende lo que afirma el prelado (ya conocía sus ideas de otras declaraciones): lo que me choca es que pueda decir lo que dice desde el cristianismo… No sé, tal vez yo tenga un concepto más piadoso de dicha religión, un sentido más compasivo: a pesar de mi increencia. ¿El amor a un individuo sólo puede materializarse en lo colectivo? Cristo predicaba un amor universal sin distingos, una caridad que no precisa de pertenencias colectivas… Decía Jorge Luis Borges: no creo en la Providencia, pero me interesa. A mí me pasa algo semejante: no creo en la caridad cristiana, pero me interesa. De ese concepto misericordioso viene la fraternidad laica. ¡Ay, Dios!
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4. Colofón. Recuerdos de un niño bajo el franquismo

Historia, memoria y Fórmula 1. Ferrarismo y alonsismo
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06.18.07
Posted in Religión, Democracia at 7:13 por jserna

1. Resulta muy incómodo criticar a Jaime Mayor Oreja: por su condición y por su ejecutoria. Mayor Oreja es un antiguo ministro del Interior: en principio, que un ciudadano corriente, un simple lector por más señas, crea estar a su altura para reprenderle puede tener algo de ridículo. Mayor Oreja es, además, alguien que lleva años custodiado por guardaespaldas que lo protegen para evitar su muerte: en principio, que un ciudadano corriente, un profesor por más señas, le regañe estando confortablemente instalado en Valencia puede tener algo de grotesco. Vaya por delante, pues, mi incomodidad. Pero ese hecho no me puede hacer callar, porque lo que yo juzgo no es una persona ni su ejecutoria, sino ciertas ideas de un libro que acabo de leer y que firman Jaime Mayor Oreja y César Alonso de los Ríos, un libro de título enfático, retador: Esta gran nación (LibrosLibres). Ese rótulo tan rotundo lo vemos en una cubierta, que tiene la fotografía de un Mayor Oreja cuyo torso se difumina. No hay otro motivo o ilustración que sirva de reclamo: es el rostro del político lo que atrae, interesa o repele, correctamente vestido.
¿Se trata de una biografía, tal vez? No, el volumen recoge unas conversaciones del ex ministro con el periodista César Alonso de los Ríos y su fin es circunstancial, instrumental: salvo algún breve apunte biográfico (del que hablaremos), todas sus páginas se dedican a justificar su ejecutoria ministerial, sus actuales ideas políticas. Es una obra pensada para un contexto determinado de gran convulsión, un contexto en el que el Partido Popular ha hecho una oposición movilizadora y extrema. Tal vez por eso, la presentación en sociedad de este libro ha sido recogido por los medios: con dicho acto se vuelve a escenificar esa oposición. Lo curioso es que el espectáculo se daba poco después de esa reunión de la Moncloa en que Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy acordaban enfriar la diatriba antiterrorista.
2. Tomemos dos ejemplos de la prensa. Del tratamiento dado por la prensa: lo dicho de ese acto por el diario Abc y lo dicho por El País. Puede ser significativo. En el caso de Abc, el protagonismo se lo lleva José María Aznar, que aprovecha su presencia en la mesa de presentación para criticar la “frivolidad temeraria de estos aprendices de brujo”, refiriéndose a Rodríguez Zapatero. Así rotula Cristina de la Hoz su crónica en Abc: “La frivolidad temeraria de Zapatero”. El diario Abc explicita el título del volumen y la editorial, subrayando que el coautor del libro es César Alonso de los Ríos: colaborador del diario, uno de sus columnistas. La crónica del acto deja en muy según plano a este articulista del periódico (como refleja la fotografía del acto, con el periodista casi pillado de milagro). Pero, bien mirado, también Mayor Oreja se desvanece en la instantánea de Ángel de Antonio (que no veo en la edición digital de Abc): como lo importante es lo dicho por Aznar (copresentador con Mariano Rajoy del volumen), el lector no sabrá cuáles son los contenidos aproximados de la obra. No hay en la crónica referencia alguna a sus páginas, dato revelador del valor doctrinal que la cronista da a esta reflexión hecha a dos voces. En realidad, el libro es una excusa para esta reportera… ¿y para los autores? Parece como si de lo que se tratara es de recrear constantemente un combate en el que un volumen se presenta sin que sus contenidos parezcan importar gran cosa. ¿Y lo dicho por Rajoy? Su intervención es muy secundaria, comparada con la andanada de Aznar…
¿Qué leemos en el diario El País? ¿Qué dicen sus reporteros del acto de presentación? Carlos E. Cué hace crónica del acto evitando cuidadosamente aludir al título del volumen a la vez que asocia por contagio, por vecindad, ese hecho a la intervención de Mariano Rajoy en La COPE, en el programa de Federico Jiménez Losantos. Es decir, la página de El País tiene dos noticias dominantes firmadas por la misma persona. Por un lado, C. E. C. titula: “Rajoy recupera los reproches a Zapatero y anuncia que usará a ETA en campaña”. Con ello, destaca la incoherencia (presunta o real) en la que incurre Mariano Rajoy tras la entrevista en La Moncloa. O, mejor, muestra la dependencia del líder del PP: Jiménez Losantos le marcaría el programa, más o menos radical. Por otro, Carlos E. Cué alude a la presentación del libro de Mayor Oreja sin que el volumen que motiva el acto aparezca mencionado expresamente, con su rótulo. Tampoco la editorial es mencionada. Todo ello, además, ilustrado con una fotografía de la presentación en la que veíamos a un Aznar desternillándose, a un Mayor Oreja riendo a mandíbula batiente y a un Rajoy que esboza una mueca entre tímida e incómoda. Vale decir: el lector de El País queda en la inopia, ignorante absolutamente de qué se presenta, de cuál es la obra y qué papel representa Mariano Rajoy.
3. Pero no es esto lo que más interesa. Lo que motiva mi escrito es el contenido del libro, cosa de la que ni Abc ni El País dan pista alguna. O, mejor, lo que provoca esta entrada del blog es un sesgo del político vasco que me llama especialmente la atención. Lo que me sorprende no es lo que dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo.
El volumen tiene errores expresivos notables, fruto –quizá— de la precipitación: errores que hay que achacar al periodista, ese interlocutor al que no podemos consentir deslices o gazapos. En algún momento se afirma que la conversación se está desarrollando en febrero de 2007, pero hay indicios de que estas palabras se han completado después, tal vez con prisas, cosa que justificaría repeticiones y olvidos sintácticos. El interlocutor de Mayor Oreja es un periodista de Abc –ya lo sabemos— pero además es un antiguo militante de izquierdas que dejó de serlo. No lo digo como acusación, sino como dato de hecho, algo que puede ignorar un lector que, sin haberle seguido la pista, llegue a este volumen. ¿Deberá pedir perdón toda su vida por haber sido comunista? Por supuesto que no, pero tampoco deberá hacernos padecer con sus desazones.
Por eso, noto en Alonso de los Ríos irritación, malestar: tal vez algo de animosidad hacia lo que fue. Por eso, no extrañará que el periodista saque de Mayor Oreja al conservador más profundo, al creyente que deplora el relativismo, el ateísmo; al “hombre de principios” que profesa el amor a la nación y a la familia como elementos de la libertad, meta que asocia a esta gran nación llamada España. Frente a tanto político descreído, Mayor Oreja es el católico militante, alguien que no renuncia a defender sus ideas con contundencia y que por tanto se enfrenta a quienes las niegan, haciendo una aleación indisoluble entre catolicismo y españolismo. Es curiosa esa forma de razonar: o te profesas católico y español o te arriesgas a que te condenen por relativista.
Creo que el político vasco tiene todo el derecho a mezclar ambas cosas, catolicismo y españolismo, si así lo juzga pertinente; creo que tiene todo el derecho a sostener una idea nacional, fuerte y homogénea, de España, una España basada en estos principios de inspiración religiosa. Pero quizá debería aceptar como opinables varias cosas que no coinciden con su credo. Para empezar, hay católicos vascos que no se consideran españoles sin que por esto debamos forzarles a sentir o experimentar lo que no quieren ni desean. ¿Qué podemos hacer con ellos? ¿Los echamos al mar? Por lo que sabemos hay un cierto número de radicales del abertzalismo que desean hacer eso con los vascos que se sienten españoles. Habrá que evitar que lo logren.
Y hablando de esto: hay vascos y españoles que no se plantean la libertad como asunto prioritario, a pesar de tener muy claras sus respectivas ideas de nación. Por tanto, reverenciar la nación (la que sea) no es garantía de amar la libertad. Por otra parte, hay vascos que admiten ser españoles sin abrazar el catolicismo, cosa que a Mayor Oreja quizá le parezca improbable o raro. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los condenamos al Infierno? Lamentablemente hay muchos vascos que ya viven en el infierno cotidiano, sean o no católicos, sean o no del PP. Habrá que acabar con esta situación sin renunciar a los principios legales. Pero habrá que hacerlo sin forzar a nadie a creer en lo que no está obligado a creer.
Seguimos: hay españoles que sin declarar a cada momento su amor a esta gran nación llamada España esperan y desean organizar la convivencia en libertad. ¿Qué son? ¿Españoles equivocados, compatriotas relativistas? Y hay, en fin, nacionalistas vascos que no comparten el ideario español sin por ello ser exactamente delincuentes. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los adoctrinamos a ver si cambian? ¿Nos dejamos convencer? Según Mayor Oreja, el PNV –un partido en el que abundan los católicos vascos– es una organización inaprovechable para la democracia española. Sostenga lo que sostenga, leo en Esta gran nación, no hay nada que hacer o que tratar con ellos. Imagino que Mayor Oreja es sincero cuando defiende ese maximalismo, pero es una posición estratégica que ha sido derrotada ampliamente.”Como las elecciones de 2001 pusieron de manifiesto”, nos recuerda Santos Juliá, “en Euskadi nada puede consolidarse contra el PNV”. Más aún, “hoy, el lenguaje directo y la actitud firme del presidente del PNV ofrece una oportunidad para un nuevo comienzo en el que se impliquen, con los dos partidos de ámbito estatal, los nacionalistas vascos y, de rechazo, los catalanes, además de las izquierdas unidas que andan por ahí desperdigadas”, concluía Juliá.
Desde las posiciones militantemente credencialistas de Mayor Oreja, es díficil hablar con esos adversarios con quienes estamos obligados a tratar. ¿Qué hacer? La solución no es la militancia confesional que reduce ideológicamente al contrario. Tampoco es la afirmación de la identidad única frente a quien no la comparte. “Estamos condenados a relacionarnos; no a entendernos”, dice Andrés Ortega al final de su último libro (La fuerza de los pocos). No es mala cosa. Yo, de momento, sigo sin ser creyente… Lo que no sé es si me entiendo.
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05.09.07
Posted in Muerte, Religión, Democracia at 11:33 por jserna

1. Dios y nosotros. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía ayer el volumencito Introducción a la psicopatología; y anteayer acababa el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo; y tres días atrás regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto: la concesión de un galardón por parte de Javier Marías al erudito nacido en París era el acicate (VII Premio Reino de Redonda). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales. I want to believe!
Hoy, leo la nueva obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel. El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios. Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les estoy hablando a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud. No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel que ahora figura en el primer puesto del top ten de La vida eterna), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial pujante: Ciudadela. Así se llama, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Le debo estos detalle editoriales a Alejandro Lillo, que me tiene al día de las insólitas novedades que estos militantes publican. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios. ¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me digan. El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.
Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges. “Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Savater en su última obra–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente. Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel tratan en su libro con gran finura.
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2. Hemeroteca.
Dios contra Darwin.
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04.20.07
Posted in Juventud, Variedades, Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 12:43 por jserna

Variedades 0.
Comienzo una nueva sección en este blog. La titulo Variedades. Es poco original, lo admito, pero no conviene excederse en la audacia formal… La nueva sección es un repertorio de chispazos y observaciones, de noticias y de lecturas (que a veces reproduciré como parte de mi scriptorium). Tiene la característica de ser un work in progress. Es decir, son anotaciones breves que se irán yuxtaponiendo, sumando a lo largo del día o de los días, hasta hacer de la entrada un post lógico y sucesivo.
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Variedades 1. Candidatos
Anthony Giddens es un pensador laborista, sociólogo prolífico y, durante un tiempo, director de una institución prestigiosa: la London School of Economics. En 1999, publicó en inglés un libro que era una apretada síntesis, una radiografía del mundo reciente, un compendio para profanos que se transmitió a través de las ondas de la BBC: Runaway World. En castellano, Un mundo desbocado.
En dicho volumen abordaba los temas clave de nuestro tiempo: la globalización, la tradición, la familia, la democracia, etcétera. Admitía las dificultades crecientes a las que debíamos hacer frente, pero no adoptaba un tono apocalíptico, ese estilo agraviado, sombrío y atrabiliario que tanto se lleva entre locutores dolientes y periodistas radicales de salón. Era una sensata presentación de lo que, según su diagnóstico, era, es, ese mundo desbocado, un caballo sin brida, sin rumbo, sin dirección. La metáfora le servía para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, la impresión generalizada de que somos individuos subidos a lomos de un proceso que nadie gobierna enteramente.
Frente al mundo de la Guerra Fría, en el que la contención mutua, la amenaza de la destrucción generalizada, aplacaba ciertas tendencias en principio indomables, la sociedad global de nuestro tiempo carece de esas bridas. La globalización, por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban pero, por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y circunstancia que en el pasado nos auxiliaban.
Se trata, en todo caso, de una tarea difícil que ha de hacer frente a la desafección de los ciudadanos de las viejas democracias, incluso al desinterés de los recién llegados. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen: la corrupción que se destapa justamente por los medios y que revela la granjería de la que tan necesitada están esas maquinarias de gasto que son los partidos; los comportamientos mafiosos que usurpan los servicios y hurtan los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción servil; la desmoralización que genera el súbito enriquecimiento de políticos menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos, de ‘gadgets’ carísimos y viviendas multimillonarias; el sectarismo…
Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos, la de la desconfianza, frente a la democracia indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. “Un viajero británico en EEUU”, dice Giddens, “preguntó una vez a un compañero estadounidense: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?», a lo que el estadounidense respondió: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?»
La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones mutuas, a ciertas fidelidades, con el fin de obtener ventajas respectivas, la principal de ellas el respeto recíproco. La exigencia es el requerimiento básico para el observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la ‘confianza’. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos instituciones y compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Necesitamos confiar, en efecto, en representantes políticos a los que no tendríamos reparos en convidar a cenar o en aceptarles una invitación de sobremesa. Confiar es aguardar que el otro cumpla la palabra dada, una palabra que en el caso del político no es personal, sino institucional, esperando de él que respete la obligaciones contraídas, en el Gobierno o en la Oposición. Cuando esto no se confirma, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus tareas, cometidos y promesas, entonces la ineptitud o la avaricia se gratifican y el solvencia pública de las instituciones se daña.
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Variedades 2. Mariano Rajoy y el matrimonio gay
La Iglesia católica acostumbra a escandalizarse de casi todo lo que nos cambia… En Tengo una pregunta para usted (el programa de TVE), el candidato Mariano Rajoy tuvo la cintura suficiente para no escandalizarse y para no profesarse como católico intransigente. Al menos, de cara a la galería. En Abc –el diario conservador que hace campaña por él— se ha celebrado la respuesta emocional y chispeante que Mariano Rajoy dio a un ciudadano que en dicho programa televisivo le preguntaba sobre un futurible familiar. “Dos hijos, uno de siete años y otro de uno, fueron el argumento esgrimido por uno de los asistentes para interrogar a Mariano Rajoy sobre si asistiría «con orgullo» a la boda de uno de ellos si fuera homosexual. «Estaría incondicionalmente con mi hijo y asistiría a la boda», afirmó Mariano Rajoy, para indicar a continuación que, no obstante, «le diría que hiciera una unión de hecho», propuesta que llevaba en su programa electoral de 2004”. Si se fijan bien, la respuesta es afectuosa, tierna y respetable, pero, de otro lado, es absolutamente incongruente. El partido del señor Rajoy ha sido –y es— absolutamente contrario al reconocimiento del matrimonio homosexual, cosa que –al parecer— no sería óbice para que su dirigente aceptara a un hijo deseoso de contraer nupcias con otro varón. Fíjense: ese posible hijo no sólo sería un gay que asume su condición, sino que, además, sería partidario de la legislación (socialista) que posibilita el matrimonio que su padre combate apelando al Tribunal Constitucional. ¿Para qué llegar, pues, a esa situación extrema? La del Tribunal Constitucional, me refiero.
Candidatos: El candidato Sarkozy, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de abril de 2007.
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Variedades 3. Los Simpsons, veinte años.
Fue divertida, en efecto, la presentación de La juventud domesticada, de David. P. Montesinos, en La Casa del Libro de Valencia. Cuando me tocó glosar las virtudes del volumen no pude dejar de leer en voz alta un pasaje de dicha obra que me parece admirable en su sencillez y en su sagacidad. Son un par de párrafos dedicados a escrutar el sentido de The Simpsons. Resulta que hay una coincidencia. Estamos de celebración: se cumplen ahora veinte años de los Simpsons.
David P. Montesinos, La juventud domesticada, capítulo 4, págs. 97-98:
“El idiota de Flandes: la familia en la encrucijada
Lo que odia Homer Simpson de su vecino Ned Flanders es su condición de ciudadano leal y responsable. Ned es considerado, bienintencionado y vive dentro de un mapa moral –propio de un credo protestante asumido de forma entusiasta— que le impide relacionarse con sus congéneres en las claves de envidia, desconfianza o explotación en que lo hace el americano medio como Homer. Y sobre todo Ned es un buen padre, un padre obsesionado con predicar a sus hijos la importancia de llevar una vida decente y arrostrar con humildad y esperanza los reveses que Dios envía. Homer es todo lo contrario: manipula o es manipulado por sus hijos, deshace con su indolente tolerancia el esfuerzo educador de su esposa, abdica de suministrar criterios de verdad porque ni él está dispuesto a cumplirlos ni atisba el interés de hacer otra cosa que ver la tele y comer hamburguesas… Pese a todo, nos sentimos más cerca de los Simpson que de los Flanders, porque intuimos que la vida –en toda su espontaneidad, en toda su paradoja existencia— entra por la ventana de aquellos y no de estos.
Alguien podría pensar que la serie Los Simpsons transmite un mensaje inquietante: quien educa esforzadamente a sus hijos, acaso consigue loque busca, futuros ciudadanos dóciles y anémicos, sin voluntad ni contradicciones, quien, como Homer, los deja al albur de las circunstancias, incapaz de trazar un mínimo perfil de lo que quiere de ellos, deja que sea la vida quien decida, y así pueden surgir individuos de perfil fuerte, enfrentados al mundo y dispuestos a no seguir la corriente general. Ironías de la vida”.
Veinte años de The Simpsons. Links:
http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070419185157&ch=274 http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpson/cumple/anos/elpepugen/20070419elpepuage_4/Tes http://www.abc.es/20070419/sociedad-comunicacion/simpson-cumplen-anos_200704191428.html
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Variedades 4. El limbo, ahora sí, ahora definitivamente

Según leo en un despacho de la Agencia Efe, ahora sí, ahora definitivamente, el limbo desaparece como espacio físico o metafórico. “La Iglesia católica ha eliminado el limbo, el lugar donde la tradición colocaba a los niños que morían sin recibir el bautismo, al considerar que refleja una ‘visión excesivamente restrictiva de la salvación’. Así se afirma en un documento publicado ayer [20 de abril] por la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe al asegurar que existen ’serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios’…” ¿Serias razones? El documento aprobado “se titula La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados y, según la Comisión, el limbo representaba un ‘problema pastoral urgente’, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados y también ‘otros que no nacieron al ser víctimas de abortos’. La Comisión Teológica Internacional señala además que ‘es cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y a la vez excluya a niños que no tienen pecados personales de la felicidad eterna’… Vaya, vaya. Sobre este asunto ya me pronuncié hace un par de años en un artículo de prensa, pero no por poseer conocimientos teológicos (algo para lo que no estoy dotado), sino por estrictas razones personales: “No está mal, no”, me decía, “que se rompa con el encantamiento triste del limbo. No está mal que se libere de esa esclavitud a los millones de niños que allí se apretujan desde el principio de los tiempos. Lo que demandaría a la Iglesia es que pidiera perdón por haber convertido una metáfora en un lugar, por haber descrito como espacio o como cárcel aquello que sólo es un presidio del alma. Lo que les exigiría a nuestros clérigos, en fin, es que dejaran en paz, ahora sí, a los muertos, a nuestros muertos, a mi hermanito, por ejemplo. Salud”.
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04.16.07
Posted in Religión, Comunicación at 9:03 por jserna
Lo señalé tiempo atrás, pero ahora vuelvo a insistir en ello, repensando ciertas cosas ya escritas. Regreso al contemplar la fotografía del retrato al óleo que se le ha hecho a Benedicto XVI. En el pasado, los monarcas y los pontífices tenían serías dificultades para hacer llegar su imagen a los súbditos y a los creyentes. Siempre que tropiezo con este asunto, me gusta recordar lo que detallaba Peter Burke en un excelente libro de historia cultural que dedicara a Luis XIV: su corte áulica dispuso y organizó una vasta gama o repertorio de soportes o recursos técnicos y artísticos para poder difundir torpemente la efigie del rey. En un momento histórico en que los medios de difusión de las imágenes eran tan precarios, incluso el poder temporal de los Papas se veía mermado por falta de conocimiento. Los creyentes no sabían cuál era el aspecto de sus pastores.
La extraña o distante magnificencia, pero sobre todo la falta de medios de comunicación masivos impedían un conocimiento exacto de los pontífices y de los monarcas. ¿Un conocimiento exacto? Siempre que nos planteamos esto, inevitablemente regresamos al retrato de Inocencio X, realizado por Velázquez hacia 1650. “Troppo vero”, dicen que dijo el propio pontífice para certificar el acierto,: esa mirada que parece escrutar al observador… Pero más que los ojos inquisitivos me importan el reposo de la autoridad, el trono que lo encumbra, los ropajes aterciopelados, los atavíos del poder. Cada pliegue, cada sombra, cada brillo no son chiripa, sino deliberación…, ¿de quién? ¿Del retratado o del retratista?
Hoy como ayer, el aspecto que damos, el modo en que nos presentamos, siempre es un instante cuidadosamente estudiado. En nuestros días, las fotografías son instantáneas, cierto, pero las poses con que afectamos estados y cualidades las sabemos de antemano: hacemos, por tanto, una dramaturgia deliberada de nuestra exposición pública o privada. Con la mirada o con las manos, pero también con la disposición del cuerpo repetimos imágenes que ya tenemos vistas en la tradición pictórica de los grandes, de los monarcas, de los pontífices, de los aristócratas, de los burgueses. Con esas fotografías propias o de nuestros antepasados –que forman nuestro álbum particular– podríamos incluso recrear nuestra biografía real, imaginaria o fantaseada. Eso es lo que bellamente hace Luis Quiñones, con empeño familiar y con presunciones audaces: revisa el álbum y se ve retrospectivamente en imágenes que sólo pertenecieron a un tercero. Inquiere, conjetura. “El tiempo mejora la obra de este artista anónimo”, decía Juan José Millás en El ojo de la cerradura, y lo decía refiriéndose al retratista familiar. “Basta acudir a los mercadillos de antigüedades para darse cuenta. En esos tenderetes encuentras con frecuencia fotografías antiguas y casi todas son estupendas. ¿Por qué? Porque el tiempo ha llenado de sentido la mirada de los retratados”.
Pero regresemos a los reyes y a los pontífices. En el siglo XIX, al contar con el retrato fotográfico, los soberanos pudieron llegar mejor a sus súbditos: pudieron hacerse ver y reconocer. Los monarcas europeos, en efecto, aceptaron entonces retratarse con el nuevo medio, porque la fotografía no se concebía como un arte vulgar –ese que ahora forma el álbum de cada uno de nosotros–, sino como un recurso que permitía transmitir también la efigie distinguida y la calidad del cliente. Y ello a pesar de las condenas o de las prevenciones de los clérigos ante esa imagen congelada del retratado.
Como señalaba Walter Benjamin en su Pequeña historia de la fotografía, no era extraño ver en la prensa artículos inspirados por la Iglesia en los que se deploraba el diabólico arte francés, justamente por lo que tenía de audacia humana frente a Dios. Si el hombre había sido creado a imagen del Supremo, reproducir su efigie auxiliado por medios técnicos era poco menos que una arrogancia culpable. Sin embargo, los soberanos europeos se valieron de ellos precisamente para difundir su rostro. No se trata de que transmitieran una imagen accesible o abierta, sino todo lo contrario: la efigie que se difundió seguía siendo regia, distante, rodeada de magnificencia.
Ahora, con la fotografía que se quiere espontánea y con televisión que se quiere instantánea, los reyes y los príncipes y los políticos y los Papas multiplican su imagen, la duplican, se hacen ver aquí y allá, en las grandes celebraciones, en los platós y en el tablado de un mitin, en los balcones o en el interior, solos o en compañía de otros, pero ofreciendo siempre de sí mismos un cuadro de proximidad, de relajada simpatía o de afabilidad. Subrayan así con elementos enfáticamente campechanos su condición, su apostura o su aplomo sin recaer en el hieratismo icónico, en la efigie majestuosa, lo peor que les puede ocurrir.
Leo en un despacho de la Agencia Efe que el Papa Benedicto XVI cumple ochenta años hoy, el 16 de abril, “y como regalo del propio Vaticano va a recibir un bonito retrato hecho por la pintura rusa Natalia Tsarkova (en la imagen)”. ¿Un bonito regalo? Echo un vistazo al retrato y distingo pose de poder y atavíos de pontífice: justamente lo mismo con que varios siglos atrás se presentaba Inocencio X. Sorprende el arcaísmo de dicho retrato, la antigüedad de su resolución, pero sorprende más la incomodidad del asiento. “Está sentado en el gran sillón papal con respaldo de terciopelo y adornos dorados, delante de un cortinaje teatral, pero no parece que repose, que se abandone a su propia majestad, a la condición estatuaria y absolutista de su rango. Está erguido, de una manera tensa, seguramente incómoda, apoya el codo derecho en el brazo del sillón pero no se afirma en él, la mano se curva como para aferrarse al sitial en caso necesario, y sólo la otra mano, la izquierda, parece que descansa, que se abandona un poco, sosteniendo una hoja de papel”.
Eso decía Antonio Muñoz Molina en 1996 y así describía nuestro autor el retrato de Inocencio X cuando excepcionalmente pudo verlo en Madrid. Las miradas de ambos papas no se parecen: y la insolencia inquisitiva de Inocencio X no se reproduce en los ojos esquivos de Benedicto XVI. Pero, si cotejamos ambas pinturas, sorprenden la similitud de la pose y la misma incomodidad del sitial. Han pasado varios siglos, Natalia Tsarkova no es Velázquez, pero el Papa sigue afectando hieratismo icónico y efigie majestuosa. El tiempo siempre llena de sentido la mirada de los retratados, decía Millás, “que siempre nos dicen algo (generalmente, algo trascendental) desde esa emulsión química en la que han quedado petrificados”. ¿De qué llenará el tiempo la mirada de Benedicto XVI, esa efigie que aún no ha quedado petrificada, ese óleo que todavía recibe los últimos retoques?

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04.14.07
Posted in Sociología, Religión, Democracia at 9:48 por jserna
1. Las encuestas y las elecciones
En los últimos días ha vuelto discutirse sobre la mentira o la manipulación que habrían precedido a las elecciones del 14-M; ha vuelto a debatirse agriamente sobre el papel de la información. ¿Cómo recolectamos datos políticos los votantes? La realidad ordinaria del sistema electoral prueba aquí y allá que los ciudadanos solemos ser perezosos, que tomamos dichas decisiones con escasísimos antecedentes, que no solemos hacer el esfuerzo de averiguar qué dicen minuciosamente los programas. El incentivo para informarnos bien… es escaso. De entrada, los partidos suelen contravenir una parte de sus programas, por lo que examinar cuáles sean esas promesas es tarea vana y así, sabedores los votantes de lo poco que vale nuestro esfuerzo informativo, no cosechamos datos y más datos.
¿Ocurre lo mismo con las encuestas? ¿Obramos en consecuencia al saber qué respaldo demoscópico y qué adición tendrá nuestro partido? En teoría, al averiguar que el resultado probable será X y que al mismo contribuye nuestro sufragio, entonces votamos de acuerdo con esa expectativa para sumar o para restar. En la práctica, el conocimiento demoscópico no nos da un mapa, sino un conjunto inestable de tendencias que pueden confirmarse o cambiarse justamente porque se saben o aunque se sepan. ¿Por qué razón? Porque ese conocimiento no garantizaría que las previsiones se cumplieran, ya que precisamente por tener pistas cambiamos o reforzamos el voto, con lo que podemos desmentir o aumentar el dato previo, sin que haya demiurgo que pueda cambiar la suma de nuestras papeletas. De existir sondeos hasta el último día, ¿a qué le achacaríamos los resultados? ¿Al conocimiento o al desconocimiento?
Hace años, para poder estudiar la acción social, Raymond Boudon habló de los llamados efectos de composición. ¿A qué se refería? A las consecuencias imprevistas de la acción que tan frecuentemente contrarían nuestras intenciones, a aquellas que son producto de una combinación que nadie gestiona. Yo tengo una determinada intención cuando voto, intención que puedo adaptar a los resultados que creo previsibles reforzándolos u oponiéndome a ellos. Si lo pensamos bien, estos cálculos no me han obligado a hacer un estudio previo de los programas ni a pasarme horas y horas ante el candidato aceptando o negando lo que dice: me fío de mi intuición y de mi experiencia, sabedor de que no puedo dar mucho crédito a las promesas que figuran en las declaraciones partidistas.
Y esa actitud de difidencia no está en relación directa con tener o no tener estudios, sino con la desconfianza, una actitud de suspicacia instintiva que se acrecienta en situaciones excepcionalmente complicadas. Por eso, lo que yo haga, esto es, conjeturar sobre los resultados para votar con o contra la corriente presumible, también lo harán otros, con lo que la incertidumbre de la suma de sufragios aumentará, como así fue en una circunstancia electoral extrema –la del 14-M– en la que cualquier vaticinio era posible, en la que el recelo fue la norma y en la que la combinación era cualquier cosa menos evidente.

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2. Suicidio y religión
Cuando nos preguntamos acerca del suicidio, acerca de los factores que lo provocan, acerca de su contexto social, es habitual que nos sirvamos de Émile Durkheim. Publicó El suicidio en 1897, una obra clásica de la sociología, pero ya antes, desde la década precedente, se había interesado por el tema y por la prolija literatura que por entonces lo acompañaba.
Un aumento notable de suicidios, decía hacía 1888, testifica un serio trastorno de las condiciones orgánicas de la sociedad. La obra de 1897 era un intento serio, muy serio, de análisis social y de taxonomía. Preocupaba a Durkheim, en primer lugar, analizar la distribución geográfica tratando de verificar la relación que se daría entre índice de suicidios y adscripción religiosa. Así observaba que en los países de tradición católica era más bajo ese indicador que en los de confesión protestante. ¿A qué podía deberse dicha correlación?
La explicación, decía Durkheim, no puede proceder del distinto grado de condena que el suicidio provoque en ambos credos, pues catolicismo y protestantismo lo sancionan sin más. La solución proviene de las diferencias en la organización social de las Iglesias. La disparidad fundamental procede de la promoción protestante del libre examen, del individualismo sin ataduras. Por el contrario, el catolicismo se organiza en torno a la comunidad, en torno a una jerarquía tradicional cuya autoridad se expresa en el dogma, en la regulación colectiva sobre el creyente. El protestante se encuentra a solas con Dios: como dice Durkheim, “lo mismo que los fieles, el ministro no dispone de otra fuente que él mismo y su conciencia”, lo que se traduce en que las confesiones protestantes tengan “un integración menos firme” que el catolicismo.
De todo ello infiere el sociólogo que la cuota de suicidios depende estrechamente del grado de integración (es decir, del nivel de dependencia y de relación, de obligación para con otros) y del grado de regulación (esto es, del nivel de coerción y de restricción que los ministros de la Iglesia tienen sobre los creyentes). Así, en principio, sería menor el índice de suicidios entre los católicos casados, con trabajo y con un cierto número de hijos.
Durkheim estableció básicamente tres tipos de suicidio. Tendríamos, en primer lugar, el egoísta, resultado de una ‘solidaridad insuficiente’, el propio de quien no se siente atado a una colectividad que le defrauda, el propio de aquel individuo que se ve abandonado a sus propias fuerzas sin fuentes de apoyo socialmente estructuradas, cosa que le hace irresponsable: “el yo individual se afirma con exceso frente al yo social y a expensas de este último”. Tendríamos, en segundo término, el suicidio altruista, característico de quien se siente tan integrado en su comunidad que da la vida por sus prójimos, característico de las sociedades tradicionales con fuerte implantación de la conciencia colectiva. Tendríamos, en fin, el suicidio anómico, que es el que practica quien experimenta una falta total de normas, de valores, el que practica quien nota una falta de reglamentación moral. En cualquiera de los casos, el suicidio lo pensó como hecho social, como algo que es comprensible exteriormente, más allá de la disposición individual, de los impulsos y designios de quien se arrebata la vida. Así, Durkheim observaba que la asiduidad de los suicidas suele acrecentarse en aquellas circunstancias en que menores compromisos sociales, laborales, familiares tenga a su cargo el sujeto o cuando menor sea la restricción colectiva, el freno que recaiga sobre él.
El sociólogo francés no habló –no pudo hablar– del suicidio en la sociedad islámica. Menos aún pudo hacerlo sin conocer de cerca qué pasa cuando fracasa la secularización: cuando ese proceso de adaptación laica o aconfesional son reemplazados por una islamización que ataca todo principio de modernidad.
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3. Un artículo sobre el islamismo en el Magreb. Prosa torturada, error y prejuicio del autor: Rafael L. Bardaji: Al Qaida a las puertas.
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4. 14 de abril…
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5. Lo que falta cuando se hace turismo cultural en Valencia:
artículo de JS en Levante-Emv, 13 de abril de 2007
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04.02.07
Posted in Intelectuales, Religión, terrorismo at 13:01 por jserna
Ilustración: Loredano
0. Ahora, a las 21:45 horas del lunes 2 de abril, acabo de enterarme por la prensa que el comando desarticulado por la Guardia Civil estaba haciendo un seguimiento a Fernando Savater, seguimiento que –supongo– no sería una novedad de este momento, sino todo un horror previo y previsible. Vaya por delante mi solidaridad y mi estupor: mi estupor ante una situación como la presente.
Ahora, a las 8:30, del martes 3 de abril, creo que algo más hay que añadir… Durante meses, el filósofo donostiarra ha dado su apoyo al Gobierno en su política antiterrorista, cosa que le provocó todo tipo de denuestos y de repudios. Pero, por encima de eso, estaba su decidida apuesta por un final próximo del terror bien guiado por la mano firme del Estado, sus representantes y sus instituciones. En todo este tiempo y por lo que ahora vamos sabiendo, los bárbaros no habían dejado de organizarse para matar o, al menos, para poder intimidar. ¿Lo sabía el Gobierno? ¿Lo sabía Fernando Savater mientras apoyaba al Gobierno? En fecha reciente, el filósofo ha dejado de respaldar esa política, pero según parece no por estar siendo seguido por los miembros del comando, sino por juzgar ya como inaceptable los pasos dados en dicha negociación, con un Estado que presuntamente estaría haciendo dejación de sus responsabilidades ante De Juan Chaos o ante Otegi, argumento que es la baza empleada por los populares. Sin embargo, la desarticulación del comando prueba justamente lo contrario. Creo que el editorial que ahora reproduzco en parte (y que en los comentarios aparece en la sección de Hemeroteca) abunda en la misma dirección:
”Las Fuerzas de Seguridad han conseguido desmantelar la red terrorista antes de que llegase a actuar, como venía ocurriendo en los años que precedieron al alto el fuego. Todo parece indicar, por tanto, que tenía razón la policía francesa cuando insistía en que durante la tregua ETA no se había parado, y que también la tenían los responsables de Interior cuando afirmaban que tampoco la investigación policial se había detenido. La hipótesis de un fin dialogado de ETA se hacía depender de la aparición de datos indicativos de una voluntad de poner fin a la violencia. Evidenciado que tal voluntad no existe, la eficacia policial vuelve a ser un eje central de la política antiterrorista. Ése es el auténtico plan B que todo Estado de derecho debe tener dispuesto en procesos de paz como el ensayado. Eso no significa que no debería haberse intentado. Las razones que determinaron la debilidad de ETA se mantienen. (…). Las encuestas indican que es ya muy mayoritaria entre las bases de Batasuna la convicción de que el tiempo de la violencia ha pasado. Por muchos pretextos que sus dirigentes busquen para atrasar las decisiones, saben que el abandono de las armas por parte de ETA es inevitable, y también que sin esa condición, o la ruptura clara con la banda, no recobrarán ellos la legalidad, ni podrán ser candidatos en las elecciones”.
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1. Fernando Savater, el ateísmo y el antiterrorismo
Hace unos días pude seguir la entrevista que Antonio San José le hacía a Fernando Savater. Era el programa Cara a Cara, de Cnn+, y el motivo de su presencia era la reciente publicación de La vida eterna, su último libro. Salvo algunas alusiones brevísimas a la situación del terrorismo y del antiterrorismo, el grueso de dicho espacio se dedicó a hablar de Dios, de la muerte y de las religiones, algo en lo que pueden coincidir sin mayor conflicto San José y Savater, dos personas cultivas y descreídas. El periodista podía haberle interrogado sobre las críticas que en El País Ignacio Sánchez-Cuenca había hecho a entidades cívicas como ¡Basta ya! Pero en dicho artículo Sánchez-Cuenca evitó mencionar al filósofo, se guardó frotar la herida: tal vez, sin pretenderlo expresamente, organizaciones como la que preside Savater favorecen la estrategia del Partido Popular, admitía Sánchez-Cuenca. Si se hubiera tratado dicho asunto en Cnn+, esto bien podría haber provocado el malhumor del compareciente y, de paso, bien podría haber obligado a preguntar sobre la colisión PP-Prisa. Dado que Cnn+ es parte de Prisa, la circunstancia habría podido ser algo embarazosa: más aún, si tenemos en cuenta que Hermann Tertsch ha sido despedido de El País…
Horas después, el pasado domingo 1 de abril, pude leer la interviú que Antonio Astorga le hacía al filósofo donostiarra en Abc. ¿El motivo? El desmarque antiZapatero de Fernando Savater. Después de haber aprobado la audacia o la temeridad antiterrorista de Rodríguez Zapatero (lo que al filósofo le ocasionó severos rapapolvos por parte de organizaciones de víctimas), después de haber mantenido un discreto apoyo gubernamental durante meses, el intelectual vasco se apartó días atrás de dicha posición. Quizá con algo de aspaviento y representación: parecía regresar a la estrategia antiterrorista anterior (sin negociación posible) después de haber defendido posiciones prosocialistas. Cuando Savater leía en la calle, públicamente, un manifiesto aprobado por ¡Basta ya!, por el Foro Ermua y otras organizaciones, hacía quizá una puesta en escena que algunos le celebraban y que otros –el editorialista de El País— le toleraban por ser quien es.
Las organizaciones cívicas parecían decir algo así como: por fin, tenemos al filósofo con nosotros. Por fin se acabaron las disensiones. El artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca de días atrás confirmaba de manera indirecta, inversa, este nuevo alineamiento. Porque de eso se trata: la política española parece exigir alineamientos… Tanto es así que hoy, lunes 2 de abril, aparece en El País aparece un artículo de Fernando Savater que es una clara respuesta al de Sánchez-Cuenca, pero esta vez sin menciones personales, sin nombres, de modo que aquél no pueda responder por alusiones: si lo hace, entonces es que se siente aludido picajosa, quisquillosamente. La diatriba del filósofo donostiarra es diabólicamente perfecta: a quien le pica, ajos come. Es decir, Sánchez-Cuenca no es mencionado…
Pero volvamos a Abc. La entrevista que Antonio Astorga le hacía a Savater confirma en parte lo dicho por Sánchez-Cuenca: que el filósofo ateo sea convocado a las páginas de un diario tan católico no se debe necesariamente a la amplitud de miras de su línea editorial, sino a la coincidencia estratégica. El regreso de Savater a su antigua posición antiterrorista le aleja del PSOE y le aproxima al PP. Justamente por eso es entrevistado por el periódico dirigido por José Antonio Zarzalejos y justamente por eso el interlocutor evita cualquier mención al ateísmo del filósofo, cualquier alusión a ese anticonfesionalismo de estirpe nietzscheana que tal mal sienta en el diario de Vocento. No extrañará, pues, que el entrevistador le pregunte expresamente por Jesús de Polanco, por Hermann Tertsch y por su posición: precisamente esos asuntos sobre los que no le interrogaba San José, el periodista de Cnn+.
En su respuesta a Abc, Savater trata de hallar un punto de equilibrio, una equidistancia que le permita criticar con tiento. “Yo creo que Jesús [de] Polanco, al que yo tengo por una persona muy sensata y que medita mucho lo que dice, en esta ocasión –supongo que nos puede pasar a todos– lo que dijo fueron cosas exageradas, injustas y, sobre todo, desplazadas para decirlas en la situación en la que estaba, ante una cantidad de gente que se podía tomar eso muy en serio. Siendo una persona de tanta importancia en Prisa como es Jesús [de] Polanco, la gente que esté trabajando en el grupo podría decir: bueno, ésta es la bandera que hay que seguir y como nos salgamos de la pauta se nos va a caer el pelo”. Es decir, Savater reta expresamente a Jesús de Polanco y, además, tiene un recuerdo muy medido, muy bien pensado, para Hermann Tertsch. Digo bien medido y bien pensado porque no expresa exactamente una solidaridad aspaventosa, sino melancolía, melancolía con una sintaxis extraña: “y además está el caso de Hermann Tertsch, sin duda uno de los mejores periodistas que había en El País. Cuando yo abría el periódico y veía un artículo suyo, sin dudarlo me lanzaba sobre él. Entonces esta persona ya empobrece, digamos, el periódico faltando. Claro, si todo eso se da junto, a mí me parece un momento bastante aciago en el grupo”.
Cabría preguntarse por qué Savater no expresa rotundamente su solidaridad con Tertsch: rotundamente quiere decir forzando a Jesús de Polanco, una figura que con Juan Luis Cebrián es su némesis en la empresa… Pero, claro, llegados a este punto, Savater ha de marcar distancias frente al PP, pues si sigue la crítica se le identificará con los populares, cosa que sería injusta… “Ahora, la reacción del boicot por parte del Partido Popular me parece un absurdo”, dice inmediatamente. “¿A qué lleva eso? ¿A castigar a los lectores que se van a quedar sin escuchar otras opiniones, sin poder escuchar otras ideas? Al contrario, yo creo que verdaderamente para borrar esa impresión falsa que podría tenerse del Partido Popular o de otras ideas alternativas a las del Gobierno hay que defender los espacios que ofrecen El País y otras ramas del grupo, para que no quede todo monopolizado por los lacayos gubernamentales que hoy se meten con Basta Ya!”, añade en clara alusión a Ignacio Sánchez-Cuenca y en evidente reto a Jesús de Polanco. “Más que nunca hay que luchar en ese espacio, y me parece que ahí cuanto antes se resuelva mejor, creo que algún tipo de disculpas se podría pedir al Partido Popular porque verdaderamente era una ofensa lo que se dijo, sinceramente. E inmediatamente el PP debería ceder en esa postura de boicot que no tiene sentido, y que está perjudicando a trabajadores y a lectores, que no tienen nada que ver con lo que se ha dicho”, concluye.
Fíjense que Fernando Savater pide a Polanco una disculpa, pero no exige al PP una justificación. Durante meses y meses hemos asistido a todo tipo de descalificaciones por parte de los populares (por ejemplo, en la posición rabiosamente clerical que mantiene dicho partido frente a las providencias y decisiones gubernamentales) y, sin embargo, el filósofo donostiarra nada dice de ese enfoque militante y cristianísimo. Para justificar razonablemente la postura de su organización cívica (¡Basta ya!), Savater se pregunta en el artículo que publica en El País: “¿Se ha entregado ¡Basta Ya! a un nuevo fundamentalismo antigubernamental? Pregunto a mi vez: ¿alguien nos ha visto manifestándonos contra los matrimonios de homosexuales, o la Ley de Igualdad o la enseñanza laica y cívica?”. Por supuesto que no, añadiríamos. Pero, a la vez, convendría preguntarse por qué posiciones con un sesgo ideológico tan marcado (las que defiende el PP) son toleradas con comprensión por un filósofo tan ateo. Y todo esto lo digo sin aspaviento ni estrépito: lo digo con la simpatía crítica que le profeso a Fernando Savater desde antiguo, y lo digo ahora, precisamente, cuando acabo de publicar en Ojos de Papel una reseña de su último libro.
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03.31.07
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 8:23 por jserna
1. “¿No ves oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros, que entierran a Dios? ¿Nada olfatearemos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros quienes le hemos dado muerte!”, leemos en un célebre pasaje de La gaya ciencia, de Friedrich Nietzsche. La salida del estado de minoridad humana, ese afán de auparse por encima de las limitaciones, el desarrollo de la ciencia y de la técnica, que sacuden los velos de la ignorancia y de la superstición: todo ello –que se consuma con la voluntad de expresar la vida, de apoderarse del presente sin hipotecas teológicas, sin renuncias ultramundanas–, es lo que condena a Dios, a juicio de Nitezsche. El hombre se siente superior y a la vez temeroso de su nueva libertad, incluso presa del vértigo ante el abismo que se abre a sus pies, según admite en Así habló Zaratustra. ¿Por qué razón? Porque liquidada esa ficción que adopta la forma de Dios, suprimida esa referencia consoladora a la que nos asíamos, lo único que queda realmente es el individuo solo con su propio presente, que es un vacío o un infierno que no puede rellenarse con presuntas teologías mundanas, con nuevas creencias sustitutivas.
Por eso, Nietzsche condena la secularización de las creencias religiosas. No espera la llegada de la humanidad irredenta que presuntamente reemplazaría a Dios. En todas las circunstancias, la religión (trascendental, civil o política) “es un caso de alteración de la personalidad, una especie de sentimiento de temor y de terror ante sí mismo”, leemos en uno de sus escritos póstumos. “Pero al mismo tiempo es una extraordinaria sensación de felicidad y de superioridad… En los enfermos, la impresión de salud basta para hacerles creer en Dios, en una influencia de Dios”, prosigue. Es decir, quien teme tomarse a sí mismo como lo que es, quien teme su libertad (esa que nos obliga a determinar la índole de cada acto), quien no acepta la fatalidad a la que estamos objetivamente condenados (la muerte), suele acabar pidiendo el auxilio de Dios. Es entonces cuando se aprecia, dice Nietzsche, la auténtica naturaleza de esa Providencia: ser una consolación. Esa ficción tan secular nos hace creer en la inmortalidad personal, nos hace creer en la idea de otro mundo y, sobre todo, nos hace creer que cada acto nuestro puede ser juzgado, condenado, castigado y expiado por una instancia extramundana, por la justicia de un Dios, generalmente colérico y malencarado, que nos amenaza con un Infierno que existe y es eterno. Pero ese tiempo ha pasado, ahora el individuo puede tomarse como lo que es sin dejarse arrastrar por un miedo y una esperanza vana y un resentimiento débil.
“¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses?”, animaba Nietzsche en La gaya ciencia. “No hubo en el mundo acto más grandioso, y las generaciones futuras pertenecerán, por virtud de esta acción, a una historia más elevada de lo que fue hasta el presente toda la historia”, apostilla Nietzsche. Nosotros somos las generaciones futuras y, sin embargo, no se ha consumado el mundo radicalmente humano que Dionisos predicaba: no se han retirado los clérigos de un Dios fallecido y, por eso, regresan periódicamente para adoctrinarnos o para reprocharnos la increencia. Sigmund Freud o Max Weber o Émile Durkheim también se ocuparon del fenómeno religioso sospechando que la cohesión moral que prestó en el pasado sería reemplazada por otras formas de comunidad y consenso; sospechando también que ese velo mítico del mundo, su parte prodigiosa e inexplicable, quedaría iluminada por el chorro de luz de la ciencia, una luz que produciría desencanto y liberación… Lo que no podían sospechar es que en pleno siglo XXI estaríamos tratando de Dios otra vez, que éste regresaría bajo la forma de Alá o de Yahvé para ocupar nuevamente la escena, nuestro mundo particular; que el Papa nos advertiría sobre la realidad del Infierno –el teológico (“existe y es eterno”)– o sobre el Limbo, ya solo metafórico. ¿Teología? Literatura fantástica, repuso Jorge Luis Borges…
2. En mis clases llevo varios días hablando de Friedrich Nietzsche, de aquello que lo hace un autor intempestivo, reacio a lo evidente. En su tiempo, definirse culturalmente como antiburgués o antiplebeyo o antirreligioso era algo incómodo pues quien así lo hacía se enajenaba, se apartaba de las certidumbres de su época. Nietzsche se desprendió de los pretextos más seguros, de las agarraderas más firmes a las que cualquiera de nosotros puede asirse. La autoridad, el respeto, el pasado, la humanidad, el deber, la verdad…, éstas y otras categorías fueron abatidas por él, dispuesto a tomarse literalmente como un individuo que se crea y se concibe en cada acto de exaltación y arrobamiento. Nada menos. Sin Dios, pues esa Providencia que supuestamente me salva y me repara, me compensa y consuela, es una ficción más –la más grande— que me hace concebir esperanzas en un más allá intangible, inmaterial. Contra la moral, carente de todo fundamento en un mundo –el nuestro— que no tiene significado metafísico o ético. Sin patria, pues lo colectivo lleva a lo gregario, dado que las pertenencias y las dependencias nos limitan.
Si “esta vida, tal como ahora vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella”; si “cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión”, entonces goza de tu existencia de modo que sea deseable volver a vivir esa misma vida en una repetición eterna: acepta realizar tu yo en cada acción que ejecutas, no confíes en la identidad que perdura, esa ficción que te da estabilidad, fijeza. Acepta la inmanencia total, la vida material, después de la muerte de Dios: el hombre debe elevarse por encima de sí mismo, jugársela. Nietzsche fue un huérfano temprano, la soledad hecha hombre, vivida como tal desde los siete años, un muchachito obligado a convivir con una madre religiosa, pragmática y poco dada a la reflexión. Fue, sí, un huérfano meditabundo, fantasioso y dañado, inclinado a la interioridad y a la música, a la poesía, pero también a la naturaleza, la fuente de la energía. En su caso, la orfandad no era sólo un dato biográfico: era una opción humana, metafísica –añadiríamos.
Por todo lo dicho, por todo lo que he escrito, no creo ser insensato (aunque sí algo impío) si recomiendo la lectura o relectura de Nietzsche en la Semana de Pasión. Éstos son mis ejercicios espirituales. Es un buen momento para refrescar los preceptos mejores de Nietzsche, su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias. Nietzsche aún nos llena y nos aturde y, por momentos, nos incomoda. Todavía lo leemos: lo tomamos como un tónico que administrarnos aunque produzca efectos secundarios. Nos obliga a acarrear con nosotros mismos sin los pretextos antiindividualistas a que nos fuerza ordinariamente una vida de renuncias. ¿Y Dios? ¿Qué hacemos con Dios?
3. Hemeroteca.
Artículos de JS sobre Dios…
Manual de supervivencia 30-03-2007
El Papa y el dolor 06-07-2006
El Papa y el papá 25-05-2006
¿La Iglesia debe pedir perdón? 10-12-2005
El ateísmo es pecado… 04-10-2005
Oración, despedida y cierre 07-06-2003
¿Beatus ille? 07-10-2002
4. Juan Pablo II en el blog
El Papa catódico. Análisis de una agonía mediática (2005)
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03.19.07
Posted in Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:32 por jserna
1. Es tan confuso el estado de la política española, con esa mezcla de agitación y electoralismo, que lo discutido pronto se olvida: el asunto de controversia es inmediatamente reemplazado por un nuevo objeto con el que alancear al adversario. Según sostienen sus responsables, el Partido Popular esgrime el liberalismo como fondo doctrinal con el que oponerse a la política sectaria de los socialistas. Pero, visto de otro modo, el liberalismo puede muy bien justificar algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y, por tanto, serviría para desmentir punto por punto el discurso popular. ¿Piensan ustedes que fuerzo el sentido lógico de las cosas? Trataré de explicarme con un ejemplo conocido, un ejemplo al que debemos volver para orear la bruma que todo lo envuelve.
Es probable que ya no se acuerden pero una de las primeras manifestaciones que movilizó al Partido Popular tuvo como motivo el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales. Pues bien, recuerdo las dificultades conceptuales que tuvo que afrontar Mario Vargas Llosa cuando en un artículo de junio de 2005 enfrentaba los hechos. Eran éstos, eso sí, unos aprietos doctrinales expresados desde el liberalismo. Por un lado, desde ese liberalismo al que se adhiere, aplaudía la medida legal; por otro, desde sus inclinaciones electorales, quería seguir apoyando al Partido Popular. Repito. Por una parte aprobaba sin reservas el avance legislativo que suponía el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales; pero, por otra, no se explicaba la actitud de la oposición parlamentaria que se había echado a la calle para mostrar su repudio.
“Es difícil, para mí, entender las razones por las que el Partido Popular ha apoyado la manifestación contra el matrimonio gay”, admitía. Para un seguidor del liberalismo como es Vargas Llosa, la ampliación de derechos no es un riesgo sino una bendición: justamente por eso, le resultaba extraña la oposición de un partido que dice ser liberal. Al PP le perdonaba este error táctico o esta incongruencia doctrinal, pues –pese a las enfáticas y apocalípticas declaraciones de sus líderes– “es verdad que su dirigente máximo no asistió” a aquella manifestación a la que acudieron tantos obispos; como también es verdad, añadía, “que tampoco estuvieron presentes sus principales líderes”. ¿Que no estuvieron presentes sus principales líderes? Aquí, Mario Vargas Llosa cometía un error de percepción muy notable, pues en la movilización habían estado presentes Acebes y Zaplana, esto es, el secretario general y el portavoz parlamentario. Si, fuera de Mariano Rajoy, esos representantes políticos no eran sus principales líderes, entonces que venga Dios y lo vea…, podríamos decir (y nunca mejor dicho). De aceptar la argumentación de Mario Vargas Llosa, entonces deberíamos admitir que o eran cargos de pega que encubrían a otros militantes que en la sombra disponían del poder real; o son figuras heredadas de la época anterior que ya estaban amortizadas; o ambas cosas a la vez.
El protagonismo creciente que ambos líderes han tenido después desmiente la aseveración de Vargas Llosa: no sólo no han perdido peso, relevancia, sino que han arrastrado a Rajoy a una política de callejeo político. Siempre, eso sí, echándole la culpa a Rodríguez Zapatero por lo bueno, por lo malo y por lo regular. Durante un tiempo, Mariano Rajoy pudo mantener una posición moderada, institucional; hoy, por el contrario, ha hecho de la calle su principal modo de expresión. ¿Por haber sido arrinconado parlamentariamente al aliarse el Gobierno con fuerzas antiespañolas o separatistas? Ese argumento vale para una vez, para cuando te engañan o te relegan, pero no vale para siempre, porque entonces lo que revela es falta de orientación.
Creo que la explicación mejor es la que ahora da Enrique de Diego: a esa posición insostenible que sólo puede expresarse confusamente le han empujado en mayor medida los portavoces más radicales de la derecha. Si el periodista Enrique de Diego, conservador y confesional, reprocha al locutor de la Cope el extremismo en el que ha hundido a ciertos sectores del PP. Por eso se escandaliza al contemplar el “machacón dogmatismo sectario” en que ha caído “una buena parte de la derecha sociológica, atormentada por los zumbones fervorines del propagandista Federico Jiménez Losantos”. Muy benevolente se muestra De Diego, porque si se han dejado confundir por éste es gracias al respaldo mediático que cree obtener con su sumisión.
Entretanto, aunque de ellos no dependa, supongo que los responsables del Partido Socialista seguirán apostando por la permanencia de Jiménez Losantos: no hay nada mejor que radicalizar al adversario para espantar a la gente de orden o a los moderados. Aunque con una prosa algo confusa, De Diego lo expresa sin tapujos: “han extendido una cortina de humo sobre los problemas reales y llevando a la derecha sociológica a la situación más absurda y ridícula de la historia de España”.
Pero regresemos al reconocimiento del matrimonio homosexual y a la oposición que provocó. Según el propio Vargas Llosa, esa misma situación absurda (y no sé si ridícula) es en la que había recaído el Partido Popular al respaldar aquella manifestación. Apoyarla “sólo puede haber contribuido a confundir y lastimar no sólo a los homosexuales que hay en sus filas sino, sobre todo, a su sector liberal, y a dar argumentos a quienes lo presentan como una formación política ultraconservadora”. Y ése es precisamente el reproche más sensato que cabría hacer a los populares: que la integración de la derecha que logró José María Aznar, lejos de haber domesticado a los sectores más ultramontanos, les ha dado cobijo hospedando a divisiones confesionales que están dispuestas a batallar a poco que los liberales, en conserva o en sazón, decaigan o pierdan el poder.
Pero Vargas Llosa, que repartía mandobles al partido con el que en principio simpatiza, no ahorraba verdugazos al socialismo. “El Gobierno que ha dado esta ley en España”, precisaba, “es socialista y hay que reconocerle todo el mérito que ello tiene”. Ahora bien,“para evitar confusiones”, conviene recordar que el reconocimiento del matrimonio gay es “una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”, añadía Vargas Llosa. “El socialismo ha sido a lo largo de toda su historia, en materia sexual, tan puritano y prejuicioso como la Iglesia católica”, insistía. “Si de él hubiera dependido, la gazmoñería y la pudibundez hubieran dictado la norma aceptable en materia de costumbres sexuales y ésta se hubiera impuesto a la sociedad por la fuerza. Por eso, en las sociedades comunistas, la discriminación y persecución del homosexual fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi”, apostillaba. La descripción de Vargas Llosa era empeñosamente errónea y sorprendía en alguien con espíritu liberal la mixtura deliberada y equívoca que hacía.
En primer lugar, asociaba, sin más, democracia a liberalismo como si los socialistas no tuvieran nada que ver con la democracia (“una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”), como si la socialdemocracia europea no hubiera contribuido a edificar el sistema de derechos que se extiende y se generaliza a partir de los acuerdos de posguerra.
En segundo lugar, la voz socialismo la empleaba en su acepción comunista, identificándola, pues, con el bolchevismo, con el leninismo, con la III Internacional, justamente como si ambas tradiciones políticas hubieran sido idénticas. Es habitual emplear así la voz socialista cuando se trata de desprestigiar electoralmente al adversario: José María Aznar, por ejemplo, hace eso y en semejantes términos en sus dos últimos libros: no se confundan, todos los socialistas son lo mismo, son todos lo mismo y punto.
En tercer lugar, el error culpable en el que incurría Vargas Llosa se revelaba al mezclar los distintos matices de lo liberal, al usar liberal en su sentido europeo y norteamericano como si significaran lo mismo. Decía: “han sido las sociedades democráticas, impregnadas de cultura liberal, como los países escandinavos y los Estados Unidos, donde se ganaron las primeras batallas contra la discriminación de los gays”. Si hablamos de países escandinavos, entonces no podemos dejar de hablar de la tradición socialdemócrata: en Suecia, por ejemplo, ese país en el que gobierna la socialdemocracia desde hace varias décadas, las parejas homosexuales gozan de los mismos derechos que las heterosexuales en materia de trabajo, pensiones, inmigración y adopción. Y si hablamos de Estados Unidos, en donde el socialismo –como dijo Georg Simmel— no podía triunfar, entonces habrá que admitir que los avances en materia de derechos tienen mucho que ver con la revolución cultural y moral que se experimenta en los años sesenta y que empujan sus sectores “liberales”, sus sectores radicales, incluso izquierdistas.
Liberalismo y socialismo son voces confusas que pueden usarse según convenga. Como sabemos, el propio Jiménez Losantos dice profesar de liberal. ¿Y…? El examen de un Gobierno no puede depender de la etiqueta ideológica con la que se reviste o con la que le estigmatizan sus adversarios. Ha de depender de sus acciones, de sus decisiones, de sus provisiones. El reconocimiento del matrimonio homosexual fue un logro que desorientó a los auténticos liberales del PP o a sus afines, según hemos recordado con Vargas Llosa. Y, sin embargo, la movilización antiliberal, confesional, conservadora arrastró también a aquel sector templado o laico de los populares. Ésa es la clave de la política en España: toda decisión importante que el Gobierno ha ido tomando –más o menos discutible, más o menos razonable— bien pronto empezó a ser objetada en la calle y con estrépito a falta de una mayoría parlamentaria.
El Partido Popular dice sentirse fuerte ahora porque se ve respaldado en las sucesivas manifestaciones que apoya. Argumentan sus responsables que la mayor parte de esas movilizaciones no las ha convocado el partido, sino la sociedad civil, lo que sería prueba de malestar y repudio de los ciudadanos…, pronto electores. Pero esas manifestaciones no son ejemplo de fortaleza, sino de dependencia: el Partido Popular está condicionado por numerosas instancias externas que condicionan su política. Una lectura precipitada nos puede hacer creer que esos apoyos dan eco mediático al PP. Es justamente a la inversa: la Iglesia, los locutores exaltados y otros factores exteriores están patroneando al partido de la oposición. Cuando se convocó la manifestación contra el reconocimiento del matrimonio homosexual, no acudió Mariano Rajoy. Ahora ya no falta a ninguna.
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2. Scriptorium. Y ahora un obsequio por su fidelidad…, al haber llegado hasta aquí. Les enlazo al célebre texto de Félix Salvá y Sardany, fechado en 1887.
El liberalismo es pecado.
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12.29.06
Posted in Muerte, Antropología, Religión at 9:33 por jserna
29 de diciembre
Leo en un despacho de la Agencia Efe que “cerca de tres millones de musulmanes de todo el planeta han comenzado el rito de la peregrinación o Hach en la ciudad sagrada saudí de La Meca, que este viernes llegará a su clímax cuando suban al monte Arafat. Con el unánime grito de Labbaik allahumma labbaik (Aquí estoy, Señor), los fieles se han dirigido a la localidad de Mina, en La Meca, donde pasarán el día y la noche dedicados al rezo, la meditación y el recogimiento. Todos ellos habían dado siete vueltas alrededor de la Kaaba, un edificio cúbico construido por Abraham, según la tradición islámica, hacia donde los musulmanes de todo el mundo dirigen sus cinco plegarias diarias”.
Hace doce meses, por estas mismas fechas, leí otro despacho de la agencia Efe, especialmente aterrador: “la sagrada peregrinación a La Meca (Arabia Saudí), que los musulmanes deben realizar al menos una vez en la vida, volvió a teñirse ayer de sangre y muerte entre los más de 2,5 millones de personas que han acudido este año a celebrarla. Al menos 345 fieles murieron en una nueva avalancha ocurrida en el puente de Yamarat. Abarrotado de peregrinos, este puente, desde el que las multitudes apedrean al diablo –representado en tres grandes pilares–, se convierte anualmente en una trampa en la que pierden la vida centenares de musulmanes. Según el ministro saudí de Sanidad, Hamid Ben Abdalá al Manei, además de los muertos hay 289 heridos. El ministro indicó que la razón de la estampida fue el intento de algunos peregrinos de recuperar sus equipajes, caídos al suelo. Desoyendo la prohibición, numerosos fieles se acercaban cargados al puente para cumplir con el ritual conocido como la lapidación de las tres columnas de Satán”.
En esta ocasión, los responsables políticos del lugar prometen mayor cuidado y atención con el fin de evitar avalanchas y muertes. “Para que no haya ningún tipo de incidentes”, precisa Efe, “las autoridades saudíes han desplegado este año un importante dispositivo de seguridad y varios agentes se encargarán de ordenar el tráfico de vehículos y personas hacia el monte Arafat. Entre las autoridades saudíes existe un especial temor de que las habituales aglomeraciones que se ocasionan en la subida a este famoso monte ocasionen alguna tragedia. Por eso el Gobierno saudí ha elaborado un plan de acción que prevé la presencia de noventa ambulancias y numeroso personal especializado en casos de emergencia”
Lamentablemente, tarde o temprano, avalanchas y muertes se producirán. El propio sentido cíclico de la celebración parece forzar los hechos, unas aglomeraciones que desde antiguo reúnen a millones de personas para las que aquel roce físico es o forma parte de la expresión de su religiosidad. ¿Podría interpretarse lo que ocurre en La Meca a partir de Elias Canetti? ¿Podemos leer ese comportamiento multitudinario con el auxilio de Masa y poder?, me preguntaba hace doce meses. El sentido cíclico de la celebración religiosa invita a volver sobre los mismos argumentos.
Propia de la muchedumbre es la descarga, ese alivio de los diferentes que así pueden sentirse iguales, ataviados incluso con prendas del mismo color. Característica de la multitud es también la densidad, ese apretujamiento en el que apenas queda espacio libre entre los cuerpos. No es excepcional: es lo deseable de la masa concentrada, una masa en la que cada uno se encuentra tan próximo al otro como a sí mismo, lo que produce un gran descanso emocional, esos momentos de felicidad en que la identidad se descarga en los otros indiferenciados. Pero la muchedumbre puede alborotarse, inducida por ejemplo por un clérigo levantisco que reclama obediencia o lucha (la marcha al frente o el regreso a la guerra), o simplemente puede alterarse hasta el delirio provocada por un obstáculo, por un estallido eventual, por el pánico.
“El pánico es una desintegración de la masa ‘dentro’ de la masa”, dice Canetti. “El individuo quiere abandonarla y escapar de ella, que está amenazada en cuanto totalidad. Pero como aún se halla físicamente en su interior, debe arremeter contra ella. Entregársele entonces sería su perdición, ya que la masa misma está amenazada. En un momento así, nunca podrá acentuar suficientemente su individualidad. Sus golpes y empellones tienen su réplica en otros golpes y empellones”. De ese modo, lo que antes fue comunión de los cuerpos y préstamo gozoso de fluidos es ahora literalmente pánico, “la lucha de cada uno contra todos los que se interpongan en su camino”, una lucha en la que el individuo vive cualquier contacto con una parte de su cuerpo como algo hostil que lo lacera, que lo mata.
Elias Canetti tiene páginas muy esclarecedoras sobre la peregrinación a La Meca, sobre las formas que adopta la muchedumbre en la ciudad santa. “En este caso se trata de una masa ‘lenta’, que se va formando gradualmente por la afluencia de fieles de todos los países del mundo. Según la distancia que el fiel deba recorrer para llegar a La Meca, tardará semanas, meses o incluso años. La obligación de hacer este viaje al menos una vez en la vida repercute sobre toda la existencia terrenal del hombre”. La muchedumbre de los peregrinos es pacífica y se empeña única y exclusivamente en conseguir dicha meta. “No es tarea suya someter infieles, sólo debe llegar al lugar señalado y haber estado allí”.
“Se considera un milagro muy especial el que una ciudad del tamaño de La Meca pueda acoger a los innumerables grupos de peregrinos”, señala Canetti. Siempre se ha hablado con admiración o con duda del peculiar “ensanchamiento” que registraría la ciudad y sus llanuras para albergar masas tan gigantescas. Cabría incluso compararla con un útero, añade Canetti, pues “puede hacerse más pequeño o más grande según el tamaño del embrión que contenga”. El momento más significativo de la peregrinación es la jornada en la llanura de Arafat: setecientos mil hombres han de estar allí reunidos. “Lo que falte para completar dicho número es completado por ángeles que se mezclan entre la gente sin ser vistos”.
Este espectáculo, ahora retransmitido al mundo entero, lo constituye una masa aparentemente retenida. La retención móvil forma una multitud compacta en la que cualquier acto libre es del todo imposible. Su estado tiene algo de pasivo, de espera… Los fieles esperan a un predicador que les dirija un sermón en el que alabar ininterrumpidamente a Dios. Antes que nada, en dicha masa importa la densidad, esa presión que se siente por todos los lados, ese leve pero irrefrenable oleaje, que es físico, pero también interior, gracias al cual el fiel se disuelve y su cuerpo entra en comunión con los fluidos y con las epidermis de los otros peregrinos. Los fieles allí reunidos forman también una masa lenta. La muchedumbre avanza con perseverancia hacia un objetivo que es inamovible, y en el trayecto todos han de permanecer juntos bajo cualquier circunstancia. O, podríamos decirlo en términos metafóricos, los propios de Canetti: ese lento avance es una marcha alimentada por los arroyos humanos que han desembocado allí hasta formar “un gran cauce, cuya meta es el mar (…), esa llanura de La Meca.
Por eso, cualquier dique produce fatales consecuencias. O, como precisaba el viejo despacho de Efe, “algunos equipajes cayeron al suelo –según los testigos y las autoridades saudíes– y los peregrinos, al detener su marcha para recogerlos, hicieron tropezar a los que venían detrás, y éstos a los siguientes, convirtiendo el puente en una trampa mortal”. Es decir, aquella confluencia de arroyos que llevaban a La Meca acabó por convertirse en una red fluvial de torrentes bravíos que anegaba al individuo. En este caso, las metáforas no sirven más que para dar significado a lo que de entrada carece de sentido: la muerte, la muerte multitudinaria, el fin colectivo.
¿Dónde estaban los ángeles que se mezclaban entre la gente sin ser vistos? Esperemos que este año los espíritus celestiales y los agentes terrenales tengan mayor cuidado de la feligresía.
La noticia en El Mundo, en El País.
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Condena a muerte de Sadam Husseim
Ejecutado (Léalo en el despacho de Efe aquí) 30 de diciembre
Qué decir. Léalo en este blog

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La tetera de Irak
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Artículo de Justo Serna “Vacía tu mente”, en Levante-EMV.
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La Meca, 3 de enero de 2007: Un alivio, al parecer…
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