10.17.07
Posted in psicoanálisis, La felicidad de leer at 20:26 por jserna
1. Primera lectura, primera interpretación
Permítanme decirlo así: el psicoanálisis es una concepción del alma humana, una concepción del sujeto sexual y de sus impulsos libidinosos; es una terapéutica de sus malestares emocionales, un procedimiento basado en la palabra, en la exhumación oral de lo que nos angustia, nos mueve y nos conmueve. El diván en el que se acuesta el paciente para relajarse es también el instrumento que facilita la verbalización de dichas desazones, la narración del dolor. El habla incluye verdades y mentiras, pero sobre todo transmite datos y significados, deseos y padecimientos que han de interpretarse. El terapeuta escucha y de acuerdo con su experiencia clínica busca el sentido de las palabras y de los silencios, de las omisiones, de los errores.
Pero el psicoanálisis es también una teoría de la cultura, entendida ésta como ley, como represión de lo instintivo que hay en cada uno. Entre las pulsiones primitivas y la contención civilizada se mueve el individuo concebido por Sigmund Freud. Su obra y su lenguaje han tenido una influencia enorme en el siglo XX: desde que en 1900 apareciera La interpretación de los sueños lo que empezó como una corriente judía y vienesa pronto se convirtió en fenómeno occidental y cosmopolita. Su difusión se debe, en parte, al éxito norteamericano. Es de allí, de Estados Unidos y en particular de Nueva York, de donde proceden su renombre así como algunos de sus estereotipos. Desde el principio, desde 1900, Freud intentó extender los beneficios de la terapéutica por él ideada. También desde los inicios trató de universalizar su creación estableciendo seguidores y corresponsales europeos y americanos.
Curiosamente, el autor de La interpretación de los sueños manifestó una temprana animosidad hacia los Estados Unidos. ¿Por qué razón? No lo diré. Por otra parte, Freud sabía a la vez que la suerte del psicoanálisis iba a depender de Norteamérica. Hay una anécdota con motivo de su desplazamiento a Nueva York, en 1909, que es sintomática a este respecto. Advirtiendo lo que se avecinaba, Freud comentó a Carl Jung y a Sandor Ferenczi, sus compañeros de viaje: si supieran los norteamericanos “lo que les traemos…”. Lo que les llevaban era, en palabras del propio Freud, la peste: una pasión por el psicoanálisis que aquejó a una parte importante de la sociedad neoyorquina.

Sobre esa anécdota, Jed Rubenfeld ha escrito una novela entretenida, un best seller repleto de referencias cultas, al modo de El nombre de la rosa. Su título: La interpretación del asesinato. Transcurre precisamente en el Nueva York de 1909 y, entre otros, sus protagonistas son Freud, Jung y Ferenczi. La circunstancia de dicho viaje es histórica, cierta, la que antes mencionábamos: Rubenfeld ha sabido documentar con precisión el contexto de su novela evitando los anacronismos y las ligerezas. Se nota su erudición, su exactitud: no en balde, según reza la solapa del libro, Rubenfeld hizo la tesis doctoral sobre Freud…, además de ser –cito literalmente– “el escritor de temas jurídicos más elegante de su generación”. De entrada, estos datos no auguraban su éxito como narrador: ni el conocimiento del psicoanálisis ni el academicismo son garantías de triunfo, de triunfo como novelista, quiero decir. Felizmente, conforme leemos, confirmamos que lo histórico no asfixia la imaginación: el manejo del elemento ficticio –aquello que el autor añade más allá de lo documentado– es lo que prueba su pericia: un repertorio de crímenes, de escándalos sexuales, que un psicoanalista imaginario ha de aclarar según los cánones de la novela policial. Conjetura tras conjetura, desechando o corroborando, este detective arroja luz sobre los delitos cometidos hallando cierta clave interpretativa en las relaciones libidinosas. El narrador es él y su pesquisa es un psicoanálisis primitivo y audaz.
En toda esta peripecia, Freud no sólo es comparsa: es el referente y el modelo de dicha búsqueda, un pionero que –por razones que no revelaré, insisto— siente esa ojeriza hacia los Estados Unidos. Jed Rubenfeld entretiene y enseña. Quizá, para mayor deleite narrativo, el académico que es podría haberse ahorrado el capítulo final, una erudita “Nota del autor” que sólo nos produce malestar y tedio: más que a las exigencias de la ficción se debe al prurito del academicismo documental.
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01.27.07
Posted in psicoanálisis, Escribir, Historia at 10:12 por jserna
Ilustración: Monigote
A veces, el blogger ve cómo en la prensa coinciden dos textos suyos que en apariencia nada tienen que ver. Uno trata de la publicidad y otro de Hitler; en uno se expresa la opinión y en otro se vierte un juicio. Es la mezcla lo que me estimula; es la historia lo que me mueve… Hay en cada uno de nosotros ciertas inclinaciones, gustos o preferencias. Desde niño me gustó leer: tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales. Como mi padre, que lleva miles de libros leídos y fichados; como mi abuelo paterno, que devoraba un periódico cada día (El Debate), un abuelo al que sus vecinos llamaban Canalejas, por esa propensión a perorar con ciertas dotes intelectuales… Me recuerdo a los diez años leyendo las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? Emprendamos un psicoanálisis salvaje.
Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que viene después de otro hijo… muerto. En la guerra, la muerte convierte en héroe al fiambre: en cambio, la supervivencia del soldado no es heroica. Véase, por ejemplo, Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood: los supervivientes arrastran un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió tu compañero? ¿Por qué sobreviviste tú? Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un mundo que juzgas peligroso y hostil, y del que no te puedes fiar. Ese sentimiento suspicaz me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Para mí, la historia es saber de qué va esto, cuál es el origen del presente que tengo: un presente que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga. Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco: el Genio de la lámpara y Hitler, la publicidad y la política, las ficciones de la tele y las mentiras de un tirano.
Ustedes sabrán perdonarme.
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Artículo de Justo Serna sobre la publicidad (Babas de caracol), en Levante-EMV, 26 de enero de 2007.
Artículo de Justo Serna sobre Hitler (El jerarca inverosímil) en Levante-EMV, Posdata, 26 de enero de 2007.
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12.27.06
Posted in psicoanálisis, Historia at 10:42 por jserna
Del 4 al 14 de agosto de 1898, Sigmund Freud emprendió un viaje por el Tirol meridional y Suiza. La compañera durante ese periplo fue su cuñada Minna Bernays. No era extraño dicho viaje ni tampoco la compañía. Lo habitual, lo frecuente era que el Dr. Freud trabajara duramente a lo largo del invierno y que, llegado el verano, se tomara un descanso vacacional con toda su familia, para después reservarse algún desplazamiento de solaz. En efecto, transcurrido el veraneo, cuando llegaba el final del estío, el doctor solía prepararlo todo para viajar al Sur. No se desplazaba con toda su familia sino con algún pariente o amigo: su hermano Alexander, su cuñada Minna, Sándor Ferenczi o alguna de sus hijas, Anna por ejemplo. Leo en la prensa que “el 13 de agosto de 1898, Sigmund Freud, que entonces tenía 42 años, y Minna Bernays, de 33, se registraron como matrimonio en la habitación 11 del hotel Schweizerhaus, en la pequeña localidad de Maloja. En ese pueblo pasarían dos semanas mientras la esposa de Freud recibía en Viena tarjetas postales que describían la belleza de los Alpes, sus lagos y sus bosques“.

Semanas atrás, ya comenté aquí un libro en el que se reúnen las Cartas de viaje de Sigmund Freud (Siglo XXI editores). El 13 de agosto de 1898, desde Maloja, el doctor remite a su esposa una tarjeta postal que se recoge en dicho volumen. Dice así: “Tengo que expresar lo encantado que estoy, de lo contrario te sorprenderás cuando nos oigas. El viaje desde Pontresina hasta aquí y la propia Maloja, con glaciar, lago, montañas, cielo. ¡Incomparable! Tenemos los dos un aspecto; lástima que no nos podáis ver. Nos hemos hospedado en una humilde casa suiza, delante tenemos el hotel, como una fortaleza. Mañana nos quedamos aquí. Cariño, Sigm”. Según leo en el libro de las Cartas de viaje, después del 14 de agosto, la pareja abandonaba Maloja para regresar a Austria, en donde transcurriría la segunda mitad de aquel mes, ya con Martha Freud. Y, en efecto, el 20 de agosto de ese año, Sigmund Freud le remitía a Wilhelm Fliess una carta desde el bello Obertressen, en Alt-Aussee (Austria), una misiva en la que decía estar con toda la familia padeciendo un calor creciente (eso leo en otro de sus Epistolarios, el editado por Biblioteca Nueva)… El 31 de agosto, con destino a Dalmacia, el doctor iniciaba el único viaje largo en el que le acompañaría su mujer, leo en sus Cartas de viaje.
En lo que leo y transcribo de las cartas, de sus fechas y de su localización, hay ciertos datos que contradicen lo difundido por la prensa. El doctor Freud y su cuñada dicen estar alojados en “una humilde casa suiza”, no en el hotel, que sólo tienen “delante, como una fortaleza”. ¿Existe realmente ese asiento en el libro de registro del albergue? Según habían revelado en cartas anteriores, previas a su hospedaje en Maloja, los viajeros disfrutaban del paisaje suizo, de sus glaciares, de la buena temperatura, del vino, “que es excelente y barato en todas partes”, según escribe Minna a su hermana, Martha Freud. Más aún, la cuñada del doctor precisaba los cambios tan saludables que el estudioso estaba experimentando en contacto con la naturaleza. “Tengo que contarte una cosa, aunque no me vas a creer”, dice el día 10. “Tu marido ha tomado el menú del día; le ha gustado mucho, y por la noche haremos lo mismo. Está verdaderamente como cambiado: ha hecho amistad con el médico del balneario, habla con todo el mundo, y disfruta del ambiente selecto y el confort todavía más que yo”. Pensaban irse pronto, “pero esto era demasiado fascinante: elegancia y comodidad al mismo tiempo, y los alrededores son de fábula”, concluye Minna. Y, sin embargo, no parece cierto ni verificable que Freud estuviera el resto del mes de agosto en Maloja.
¿Qué hicieron el doctor y su cuñada en aquellos días? Más allá de lo real y documentable, que un marido sin su esposa viajara con la cuñada podía levantar todo tipo de sospechas. No extraña, pues, que pudieran llegar a registrarse como matrimonio en algunos sitios con el fin de acallar todo comentario o maledicencia, porque si eran amantes, si disfrutaban lúbricamente de sus cuerpos y de su soledad, entonces más conveniente podía haber sido mantener dos cuartos diferentes para evitar rumores. ¿Se hospedaron en una humilde casa o en el hotel-fortaleza? ¿Estuvieron sólo un par de días o un par de semanas?
Resulta chistoso todo esto, porque estos reproches se sacan a colación para arremeter contra las teorías y contra la integridad del doctor, cuando su significado podría ser justamente el inverso: en todo caso, el adulterio real o fantaseado del burgués Freud confirmaría los hallazgos frecuentes de su clínica, las fantasías sexuales indómitas de los varones de la Europa victoriana. ¿Freud adúltero? Los círculos psicoanalíticos, los adversarios y los periódicos disputan sobre el particular, sobre la posible incongruencia que se habría dado entre las ideas del doctor y su vida privada; entre la moral del investigador, y el comportamiento lúbrico, adúltero, del burgués rijoso, incapaz de serle fiel a su esposa. Su caso parece confirmar, en efecto, el estereotipo más previsible. Una doble moral de calavera refinado que preserva su familia de manera recatada, una familia en la que trata de conciliar el cariño conyugal con el interés. ¿Y el sexo libidinoso? El sexo libidinoso se practicaría fuera, en el mundo, un mundo contenido y hedonista a un tiempo, con tentaciones ostentosas a las que se sucumbe con decoro y reserva, un mundo de apetitos refinados y de contención. El matrimonio del burgués suele consumarse con mujeres dóciles, irritables, enfermas, aquejadas de padecimientos imprecisos, abatidas por todo tipo de postraciones inespecíficas, mujeres distantes, sumisas y sumidas en dolencias incurables, con desarreglos nerviosos, con neurastenias o abatimientos. Exactamente las mujeres que Sigmund Freud trataba con frecuencia en su consulta vienesa.
No sé, no sé. Todo esto es muy previsible y muy interesante para quienes nos ocupamos del mundo burgués o para quienes interesados en el psicoanálisis –como Nicolás Quiroga en su blog— reflexionan con brevedad y tino sobre el adulterio (real o fantaseado). No me pidan moraleja para esta historia, que no la tiene. No hay castigo retrospectivo para el adúltero ni hay salvación posible para el genio. Pese al cuidado con que trazó su imagen, pese a quienes lo repudian, Freud seguirá entre nosotros humanizándose, como un mito frágil o como un titán algo desmejorado.

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Artículo de Justo Serna sobre Freud como turista, en Levante-EMV.
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12.06.06
Posted in Antropología, psicoanálisis, Cine, La felicidad de leer at 0:31 por jserna
6-10 de diciembre de 2006
¿Hablamos de hombres-lobo? No, no crean que la figura del licántropo es sólo un personaje antiguo, propio de culturas arcaicas aquejadas de atavismos. Es también un carácter de nuestros días: gente que muda de piel y que se deja dominar por sus instintos, por el influjo dañino de la Luna. O gente patética que es recreada en novelas recientes. Me refiero a La noche del lobo, de Javier Tomeo. En este escritor, los animales suelen desempeñar papeles estelares o parlanchines, al modo de las viejas fábulas. Pero, en Tomeo, lo más significativo no es eso. Lo propio de este autor es idear mundos con individuos que se sienten como animales (como fieras), o a quienes el lector acaba viendo como monstruos (como bestias). La última novela que de él he leído y que les recomiendo como insano divertimento para estos días de Puente es precisamente esa que citaba: La noche del lobo.
El lobo es una figura muy interesante de la cultura occidental: tan interesante como para que la rodee un ambiente de mito y de leyenda. A él se le han dedicado cuentos y de él se ha destacado su rapiña: su temible ferocidad. Destruye haciendas, devora rebaños enteros y con Caperucita…, pues con Caperucita quiere tener trato carnal. El lobo feroz se embosca, se oculta, vive en la oscuridad y acecha para nuestro horror y para nuestra perdición. Pero no es del lobo exactamente de quien quiero hablar, sino de un pariente cercano: del licántropo.
Qué tristeza la suya. La del licántropo, me refiero. Por un lado, los hombres-lobo nos producen instintiva repulsión. Nos provocan rechazo porque son el fruto insólito de una dentellada o de una cópula bestial, porque son híbridos antinaturales, compuestos informes; pero sobre todo porque su apariencia extraña, inaudita, parece revelar la perversidad de su alma menoscabada, sin interlocutor. ¿A qué se debe su ferocidad lunática, esa ferocidad que, por ser hombre, es maldad? El licántropo es un humano monstruoso, desamparado, sin identidad definida ni estable, un humano que experimenta una metamorfosis con la Luna llena, un ser que da aullidos de soledad y que mata provocando dolor gratuito. Es la suya una doble naturaleza, mitad hombre, mitad bestia, y eso, esa aleación incongruente, nos repugna, pues atenta contra el buen sentido y el orden natural, contra la sensatez y la estabilidad previsible de las cosas. El género de terror hizo suyo este miedo ancestral al híbrido, al monstruo, a la metamorfosis, porque ese cambio de naturaleza explicaría los instintos más dañinos, la propensión a infligir mal que anida en nuestra alma. Pulsión de muerte, la llamó Freud.
Pero, al margen del dolor, la simple visión del híbrido produce espanto, precisamente porque nos enfrenta a una personalidad maleable, cambiante, de índole confusa: a un ser indefinible. Hay en él una disolución del yo y una confusión entre partes incompatibles. Los relatos clásicos que recrean la figura del hombre-lobo atribuyen esa condición a grupos muy diversos. A los húngaros-transilvanos, por ejemplo. Pero también a los normandos, a los pieles rojas, a los galeses, a los cárpatos. Etcétera. Es decir, a toda etnia que despierte algún tipo de sospecha, a todo grupo al que se adjudiquen características insólitas. Aunque es un personaje muy varonil –al fin y al cabo, a su repulsivo hermano, el lobo feroz , le gustan las niñas–, hay relatos en que adopta el perfil de una mujer maligna: en esos casos, claramente emparentada con la zorra de los cuentos.
De todas las narraciones de hombres-lobo que recuerdo haber leído, una de las mejores es El Campamento del lobo, de Algernon Blackwood, extraído de la serie de John Silence. Es un relato evidentemente alegórico, como suelen ser los mejores del género y su moraleja es muy edificante. En cada uno de nosotros hay un cuerpo fluido (o un Doble) en el que tienen asiento nuestras pasiones, nuestros deseos. Mientras está sofrenado y unido al cuerpo físico no hay peligro. Pero si se relajan los lazos de la civilización, del control y de la contención, ese cuerpo fluido puede proyectase fuera. ¿Qué ha de ocurrir para que tal eventualidad se cumpla? Un deseo fuerte, irreprimible, que quede sin satisfacer. Si por nuestras venas corre, además, sangre salvaje (de un piel roja, por ejemplo), la explosión libidinal es segura y nos convertiremos en una fiera, en un hombre-lobo, por ejemplo. Etcétera, etcétera. Admitirán que la historia del británico Algernon Blackwood tiene evidentes resonancias freudianas, ecos que yo no fuerzo, sino que están en un tiempo, 1908, en que el psicoanálisis comenzaba a ser ya la “peste” que se extendía (en palabras de su creador).
Pero ya no estamos a comienzos del XX, sino en los inicios del XXI, y la recreación del hombre-lobo ha de contar con el siglo transcurrido. Ya no vivimos en la época posvictoriana, sino en un tiempo más descreído en el que nadie ha salido indemne de las atrocidades vividas en la pasada centuria. Por eso, el licántropo que protagoniza La noche del lobo, de Javier Tomeo, es enternecedor. Se esfuerza por ser el hombre-lobo y admite el influjo que la Luna ejerce sobre él. Pero es un tipo que sólo inspira compasión: una torcedura del tobillo le deja tirado en una carretera del extrarradio, donde coincidirá con otro accidentado. Ambos padecen soledad y miedo, pero a la vez son tremendamente parlanchines (como suelen serlo los monstruos de Tomeo), creyendo que con el bla-bla-bla podrán reparar su daño o rellenar su propio vacío risible y conmovedor. Más aún, ¿desde cuándo un licántropo puede llamarse Macario? ¿A quién puede asustar? Si, además, ese hombre-lobo está desdentado, ¿a quién morderá?
El género literario y el género… masculino ya no dan para más. Leyendo la novela de Tomeo me acordaba por supuesto de la tradición del licántropo, pero no de las grandes fieras que la pueblan, sino de otras bestias, aquellas de maquillaje menesteroso que encarnara Jacinto Molina, alias Paul Naschy. ¿Recuerdan sus películas españolas, las de los años setenta? La verdad es que, antes de leer a algunos clásicos góticos, yo me inicié con aquellos films pobretones de licántropos. No sé si daban miedo o nos provocaban una inmensa piedad. Con el Macario de Tomeo me pasa lo mismo. Pero lean, lean: ¿no les pica la curiosidad? Déjense morder y ya me dirán.
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Hemeroteca:
–Grand Tour anunciado en Levante-EMV
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11.08.06
Posted in psicoanálisis, Scriptorium at 9:29 por jserna
Sigmund Freud cuenta con numerosos adversarios: antiguos adeptos luego distanciados y enemistados con el autor; viejos seguidores desencantados con el psicoanálisis que arremeten contra lo que juzgan una gran impostura; expertos que jamás le tuvieron simpatía y que conciben la psique humana a partir de otros supuestos o fundamentos; científicos que rechazan el método de investigación freudiano, la manera de argumentar, unos enunciados que no podrían falsarse. Etcétera, etcétera.
Decía Wittgenstein que el psicoanálisis es un lenguaje creativo que hace de la respuesta estética su principal recurso: trata de cosas que no pueden ser abordadas y su manera de designarlas está lejos del lenguaje de la ciencia. Eso no significa que carezca de todo interés para el filósofo austriaco: significa que es un relato que da sentido, que ordena el mundo, pero que no lo roza ni lo designa propiamente. El freudismo sería un modo de percibir la realidad y por tanto implicaría una manera de relacionarse con ella, incluso de aventurarse en ella. Tanto es así que el psicoanálisis ha sido frecuentemente comparado a un viaje: es ésta una equiparación habitual, tanto entre los adeptos y como entre los contrarios.
Es más, el propio Freud concibió el análisis así: como una manera de remontarse a la infancia del hombre, como una vía de ingreso en un pasado más o menos remoto del que sólo quedarían huellas escasas, fragmentos a veces inexplicables de otro tiempo. Para el propio autor, la arqueología era una de sus pasiones intelectuales. Fue un coleccionista contumaz y Bergasse 19, su casa y su consulta en Viena, era un auténtico museo de antigüedades. Con ello, materializaba de alguna manera su pasión por el pasado además de reunir piezas bellas o valiosas de otras culturas, especialmente de la época clásica. En esos objetos creía atisbar el principio de la sociedad a la que él pertenecía y creía ver también un mundo desaparecido que habría que exhumar a partir de indicios menores, siempre escuetos, siempre escasos.
“Supongan ustedes”, indicaba Freud en 1896 ante colegas psiquiatras y neurólogos: “supongan ustedes que un investigador viajero llegara a un lugar poco conocido en el que despertara su interés un campo de ruinas con restos de muros, trozos de columnas, de tablas con signos de escritura medio borrados e ilegibles. Puede contentarse con contemplar lo que queda a la vista, luego preguntar a los habitantes de la zona, semibárbaros, lo que la tradición les ha transmitido sobre la historia y el significado de aquellos restos monumentales, anotar respuestas y seguir viaje. Pero también puede proceder de otra manera: elegir a los vecinos que pueden trabajar con herramientas adecuadas, empezar con ellos los trabajos en el campo de ruinas, quitar los escombros y, a partir de los restos visibles, descubrir lo que estaba enterrado. Si su trabajo se ve recompensado con el éxito, los hallazgos hablan por sí mismos”, concluía.
Wittgenstein hubiera negado rotundamente esa conclusión aparentemente positivista y científica: los hallazgos del psicoanálisis jamás hablan, sino que el sentido es algo que le da el investigador. A ello Freud habría podido responder que el significado otorgado no es una arbitrariedad, sino que puede ser contrastado con pruebas que una comunidad científica acepta o no. Etcétera. En todo caso, más allá de esa posible discusión, lo cierto es que la analogía freudiana entre el arqueólogo y el psicoanalista (el psiquiatra que exhuma restos del pasado individual ayudado por el vecino principal: el paciente) es muy interesante y remite una y otra vez a la práctica y a la metáfora del viaje.
He tenido la oportunidad de volver a un libro que leí este verano pasado y que ejemplifica muchas de estas cuestiones. Es una novedad editorial a pesar de que los contenidos no lo sean. Se titula Cartas de viaje (1895-1923) y su autor es, precisamente, Sigmund Freud. Es una deliciosa selección de las misivas que Freud mandaba cuando emprendía sus periplos estivales. Una vez transcurrido el veraneo, cuando llegaba septiembre, el doctor solía reservar ese mes para viajar al Sur, especialmente a Italia o a Grecia. No se desplazaba con toda su familia sino con algún pariente o amigo: su hermano Alexander, su cuñada Minna, Sándor Ferenczi o alguna de sus hijas, Anna por ejemplo. ¿Por qué viajar?
En parte esa pequeña obsesión parecía cumplir en él un viejo anhelo reparador: cuando era joven e infortunado, “viajar tan lejos, llegar hasta allí se me antojaba fuera de mis posibilidades. Esto tenía que ver con las estrecheces y la pobreza de nuestra vida”. Por eso, “el anhelo de viajar era también sin duda expresión del deseo de escapar a aquella presión, semejante al impulso que induce a tantos adolescentes a fugarse de casa. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que, en gran parte, el deseo de viajar consiste en el cumplimiento de esos deseos, es decir, en el descontento con la casa y la familia”, con el padre: Jakob Freud. El viaje en él será, pues, la realización de aquella huida, casi la gesta heroica de quien espera desfamiliarizarse aventurándose en un territorio sólo vagamente conocido.
Pero esa voluntad adulta de viajar no sólo responde a ese anhelo insatisfecho: responde también al afán de conocer, de saber, pues –como le dirá a su esposa en una de aquellas misivas—“las muchas cosas bellas que se ven acaban por traer, no se sabe cómo, algún fruto”. Y lo bello, convencionalmente, está en el Sur, en ese mediodía que reúne los vestigios de la cultura clásica: Roma, Pompeya, etcétera. Había que ir allí para desenterrar real y metafóricamente los restos de preciosas piezas: en realidad, comprando antigüedades con las que decorar y llenar la casa –hasta casi asfixiar a los parientes–, adquiriendo numerosísimas tarjetas postales que inmortalizaban el Sur redivivo. Por eso, para no equivocarse, para encontrar el sentido de esas piezas que estaban en el mercado, para saber adónde ir, para explorar lo que era un mundo antiguo aún milagrosamente presente, Freud se documentaba, leía de manera enciclopédica y, sobre todo, se agenciaba una imprescindible guía, la mejor de aquel tiempo: la Baedeker. Ese manual del viajero le aportaba datos imprescindibles sobre los museos a visitar, sobre los palacios que admirar, sobre las ruinas que buscar.
Hoy, en mi scriptorium, me gustaría reproducir fragmentos breves de esas misivas. Pero no lo haré, porque las piezas valiosas arrancadas de su contexto o nicho corren el riesgo de fracturarse, de volatizarse. Esas cartas son textos del pasado, de un pasado reciente pero ya desaparecido: un mundo burgués que se arruinaba con la Gran Guerra y que acababa con el modelo del Grand Tour del aristócrata o del viajero distinguido. Les propongo la lectura de este libro, de sus palabras, concibiéndolas como restos arqueológicos: trozos verbales de un tiempo sepultado. Hagan como Freud: léanlos. Si su trabajo se ve recompensado con el éxito, tal vez los hallazgos hablen por sí mismos. Ya verán.
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Artículo de JS en Levante-EMV sobre la actualidad de Sigmund Freud
Artículo de JS en Levante-EMV sobre Sigmund Freud como turista
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11.07.06
Posted in psicoanálisis, Escribir, Comunicación, Internet at 10:01 por jserna
Ayer recibí un amable correo de Elena Casero en el que me informaba de la entrada que un blogger conocido había escrito. El comentario trataba de las bitácoras, de la libertad que han de darse quienes las mantienen abiertas. No han de sentirse fiscalizados, controlados o perseguidos por ciertos lectores inquisitoriales o quisquillosos que reclaman al autor el blog que a ellos les gustaría escribir. Con guasa y con dolor, dicha entrada se titulaba Manifiesto del mal blogger. Suscribo casi por entero las cláusulas de su panfleto y, desde luego, me adhiero a la libertad que exige frente a lectores melindrosos o irritables. De todos modos, más allá de esos bloggers severos que nos inspeccionan, el principal custodio de nuestra escritura es uno mismo que, sometido a cierto tipo de disciplinas, se exige determinadas cosas. Nos mostramos, nos revelamos, y eso hace que el superyó más o menos tiránico que nos vigila acabe por ser nuestro principal gendarme. Decía Freud que el superyó es una instancia psíquica en la que se reúnen el ideal del yo y el tribunal de conciencia. Es decir, lo que nos gustaría ser, aquella figura mejorada del yo a la que nos gustaría parecernos, pero también unos criterios morales más o menos inflexibles con los que nos medimos a nosotros mismos. Pensando en ello y recordando viejas lecturas, he querido preguntarme por qué escribo este blog.
Pues bien, en mi auxilio acude Roland Barthes, un semiólogo que, como ayer recordábamos, es objeto de denuesto y caricatura por parte de Félix de Azúa. Barthes no fue ese oráculo oscuro e irresponsable, al menos todo el tiempo, sino un autor reflexivo que se interrogó principalmente sobre la escritura y la comunicación. Hace muchos años, en 1969, a requerimiento de Il Corriere della Sera enumeraba las razones por las cuales creía que escribía, un sencillo decálogo sobre las exigencia del yo o del superyó (quién sabe), pero en todo caso un manifiesto particular del que aún podemos extraer lecciones aprovechables. Ahora, ustedes pueden leerlas en un pequeño volumen que reúne textos breves, entrevistas, sueltos de periódico, obra efímera de Barthes en la que hallamos, sin embargo, una reflexión profunda acerca de las Variaciones sobre la escritura (Paidós).
Los motivos que Barthes se daba son semejantes a los míos, a los de tantos de nosotros que emborronamos papel o pantalla, aunque de algunas de esas razones discrepe. La enumeración es exhaustiva, clara, metódica: no se confirma, pues, ese diagnóstico de Félix de Azúa cuando con furia retrospectiva le achacaba a Roland Barthes oscuridad culpable. En todo caso, sólo cabría reprocharle al autor, al gran Barthes, que en su respuesta se sometiera a los números redondos, esos contra los que combate con suerte desigual Enrique Vila-Matas. Por esto, el breve texto al que aludo lleva por título “Diez razones para escribir”. Probemos, pues, a leerlo tomándolo como falsilla de mis propias razones.
En primer lugar, admito escribir en este blog “por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico”, con la pura fruición e incluso con la alegría: por eso no me gustan las declaraciones avinagradas que en otras bitácoras leo. No comprendo por qué se extiende el rencor en la Red y por qué el tono áspero, hosco, de ciertos internautas puede llegar a contaminar a los simpáticos comunicantes que frecuentamos.
En segundo lugar, escribo “porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible”: me libera de mí mismo, me vacía, me trocea, me expone sin que tenga que sentirme ufano por pastorear a una grey de adeptos. Hay bitácoras en las que se establecen custodios de guardia que son como la guardia pretoriana del blogger maximus.
En tercer lugar, quiero pensar –ojalá sea así–, quiero pensar, insisto, que escribo “para poner en práctica un don, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia”, algo que me justifique. Tal vez. Al escribir descubres frecuentemente eso que no sabías que sabías y al poner en orden las palabras, exhumas lo que ignorabas que poseías. ¿Narcisismo? Por supuesto, la escritura como espejo gracias al cual te acicalas haciendo retoques a una identidad que deseas mejorar.
En cuarto lugar, aunque me produzca un cierto embarazo admitirlo, probablemente también escribo “para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado”, un modo de hacerme otro hueco emocional, o una manera fría, electrónica, de tener interlocutor. Hay amigos que nos quieren y a los que conocemos desde hace muchos años (Un abrazo, A…). Eso produce unos sobreentendidos que alivian los empeños a que nos obliga la amistad. Pero con los nuevos interlocutores que te leen y que sólo conoces por la Red inicias un flujo de sentimientos también emocionales y ambivalentes, a pesar de la frialdad del medio.
En quinto lugar, y contrariamente a lo dicho por el Barthes sesentayochista no creo escribir “para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos”: me gusta equivocarme solo y, por eso, no suelo firmar manifiestos colectivos. Me gusta equivocarme solo, pero el hecho de escribir un blog te acerca a lectores diversos que opinan sobre lo que dices y cómo lo dices. ¿El resultado? Estableces una interlocución que tiene mucho de pelotera intelectual, de rifirrafe finalmente ideológico.
En sexto lugar, desconozco si escribo “para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente”: no lo sé. Aquí sí, aquí reaparece el Barthes oscuro y heideggeriano.
En séptimo lugar, no estoy muy seguro de escribir “para satisfacer a amigos e irritar a enemigos”: hay gente así, gente amable o enojada pero fiel que me sigue para amonestarme o para acreditarme. Pero yo creo escribir para satisfacer o irritar a mis propias almas, como decía Montaigne. ¿Solipsismo? Uno se despliega y se critica, y cuando escribe aprecia y distingue lo que por desgajarse ya no es enteramente propio.
En octavo lugar, sin embargo, no me veo con fuerzas para escribir con el propósito de “agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad”: una tarea titánica, colosal, para la que, efectivamente, no estoy dotado ni interesado. El pequeñoburgués que siempre fui tal vez me impide proponerme labores tan formidables. Es curioso: por un lado, la escritura en la Red parece facilitar la construcción y la deconstrucción, la opinión y la contraopinión. Pero esa obra efímera tiene efectos duraderos: Internet se escribe ahora así y, por tanto, la condición inmediata e inestable de los textos provoca, por un lado, el efecto instantáneo y, por otro, la caducidad de lo dicho. Guste o no guste…
En noveno lugar, ojalá algún día llegue a escribir “para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas”, para apoderarme “de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos”, para evitar el tópico. No es fácil: la lengua es una cárcel del sentido en la que lo estereotipado, lo previsible, lo fijado o lo normal reaparecen tras cada línea. Me conformo con acertar alguna vez escribiendo lo inesperado.
En décimo lugar, ojalá escriba “y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y causa noble), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo”. Como lo es también la escritura electrónica, el blog descentrado, el comentario periodístico, ese fragmento inconstante e inevitablemente incongruente. No hay sistema: sólo tanteos con que interpretar la realidad, esa realidad a la que siempre habría que poner entrecomillas, según Nabokov.
Lo que hay es la felicidad, una idea tan dieciochesca. Los revolucionarios americanos y franceses también hicieron públicos sus manifiestos para fijar la tabla de derechos naturales de que estaba dotado el ser humano. Esos derechos se pensaron para evitar la interferencia, el aplastamiento, el ultraje, la humillación, y sobre todo para proclamar la libertad de cada uno. Cada uno de esos individuos portadores de derechos eran libres de buscar por sus propios medios la felicidad. Yo creo que el rencor que hoy se arroja en tantas ventanas de la Red es muestra de infelicidad, de averías emocionales muy serias de quienes emplean la escritura para denigrar o para dañarse. Me gustaría que este blog siguiera siendo un lugar amable en el que la discusión y la interferencia de unos y otros no nos impidiera a cada cual buscar sus propias vías de felicidad, sus propias formas de expresión. Perdonen esta declaración, pero prefiero el tono afectadamente cursi de la palabra (felicidad) a los rugidos que se escuchan en Internet.
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10.25.06
Posted in psicoanálisis, Scriptorium, Historia at 8:46 por jserna
Ustedes me perdonarán. Hoy no hablo de la furiosa realidad, de pistolas robadas por maleantes dispuestos a negociar mostrando su fuerza, dispuestos a aterrorizar intimidando; hoy no hablo de un debate parlamentario en el que se espera una declaración europea. Hoy escapo a otra época, a un tiempo también convulso (¿y cuál no?): estamos a principios del Novecientos, cuando la Gran Guerra concluye provocando efectos lesivos en una Europa agitada que ya no es, que ya no puede ser el mundo decimonónico de caballeros y damiselas.
Acabo de recibir las dos primeras entregas de una novela, una historia que tendrá varias. Su título Que arda la casa pero que no salga el humo. Conforme me llega la leo, motivado por la expresión apasionada de su autora. Una novela no es un texto sin materialidad: es expresión verbal en prosa que se plasma en este o en aquel soporte, en un libro o en cuadernos numerados debidamente correlativos. La obra de Ana Serrano Velasco es así, una novela por entregas, con su faja: un texto cuyo significado ya empieza en la calidad material de sus páginas, en el tacto rugoso y noble de sus tapas, en las fotografías antiguas que ilustran las palabras.
Esas efigies familiares son la prueba o documento que acredita la verdad de lo dicho, pero son también el recurso narrativo que provoca en el lector el efecto de estar allí, de ser copartícipe de una novela familiar. Un retrato es un instante congelado, un momento en las vidas de individuos la mayor parte de los cuales están muertos. Están muertos…, pero es que, además, el arte fotográfico tiene algo de funerario: el objetivo nos detiene y nos deja como ya nunca más seremos.
La novela de Ana Serrano está presidida por dos efigies antiguas, el retrato de una misma niña en épocas distintas, una muchachita de otro tiempo que mira con vislumbre, un espejo remoto en el que la autora quiere mirarse. El relato tiene personajes de antaño, pero sobre todo tiene un secreto familiar que a modo de baldón ultraja, cosa por la que ha sido silenciado y que el lector averiguará. ¿Averiguará? Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera, ya saben ustedes. Como igualmente saben qué significa tener un secreto familiar bien sepulto por los silencios del padre o de la madre: cuando se destapa aparece bajo la forma de lo siniestro, ese motivo familiar que habiendo sido velado o reprimido regresa ocasionando trastorno, dolor y liberación. Pero lo siniestro no sólo se expresa, sino que, aquí, se documenta. Acudimos al archivo, a la hemeroteca, y con la narradora exhumamos breves periodísticos de 1918, textos o recortes que se insertan en el curso del relato y que dan verosimilitud a la historia que nos cuenta esta escritora in progress que es Ana Serrano Velasco. Es, desde luego, una historia de adulterio, como en los novelones decimonónicos, como en los viejos folletines, pero también como en las recreaciones actuales que emprende Javier Marías y del que la autora se reconoce lectora fiel. El secreto familiar que hay reprime un crimen atroz y banal, un secreto que la narradora deberá nombrar. La novela de Ana Serrano Velasco reconstruye con palabras escuetas los perfiles de personajes a los que les pasan cosas, antecesores, indianos incluso, personajes que tienen la vaga irrealidad de los difuntos antiguos; reconstruye con prosa resuelta y con vaivenes cronológicos, casi como si el torrente verbal de la memoria irrumpiera en el diván del analista. No le pidan cartesianismo a quien desentierra con furia y con ternura.
Leídas las dos primeras entregas –cuya vicisitud y lógica concreta no revelaré, puesto que esto no es una reseña—, lo que esta narración proclama es el ardiente deseo de escribir que se apoderó de esa mujer que habla: desde que era niña. Y a esto yo no puedo oponer pero alguno. La bella edición (del Centro editores) tiene defectos, erratas, que forman parte de la materialidad del texto y que la autora ha corregido escrupulosamente para mí, la misma autora cuya voz distingo entre líneas. Porque esa voz que se oye de verdad, la que se impone con la fuerza de quien quiere gobernar el mundo evocado, es la de esta mujer que se expresa en primera persona y que alude a tiempos más o menos remotos, a los familiares de antaño, rememorando geografías cercanas, como ese Retiro madrileño que a modo de escapada o huida es el escenario de señoritos y petimetres. Insisto: es una voz que se configura ella misma como personaje de otro tiempo, la madre de la escritora: seguro. Pero a mí, lector, no me importa tanto la sucesión vertiginosa de azares o de pasados cuanto la remembranza en sí, la configuración de ese yo como protagonista, un yo que se ampara en la historia familiar y de la que siempre querremos saber más…
Como presente o como contraprestación, querría obsequiar a la autora con lo que ella misma busca al convertirse en narradora: con palabras. Unas palabras sacadas de mi Scriptorium que troceo y tomo prestadas de José Ortega y Gasset, casi escritas en ese tiempo del crimen familiar que Ana Serrano Velasco detalla. Ortega no parece necesitar grandes epopeyas novelescas, grandes acciones de masas, escenas vertiginosas. El ensayista prefiere el detalle calmo de la inacción física, prefiere la configuración retardada del personaje a quien recordamos y por quien respiramos durante ese tiempo en que suspendemos la incredulidad o el ajetreo particular. Parecen líneas escritas para Ana Serrano, pero especialmente son Ideas sobre la novela que aún perduran para nosotros.
No sabemos si es cierto el descrédito de la gran aventura narrativa, como dice Ortega; si la novela ya sólo reside en la inacción adulta. No sabemos si el relato maduro ha perdido a ese tipo de lector que se deleita con correrías. Lo que sí sabemos es que la claridad del ensayista arroja luz sobre un género vasto que todo lo comprende. Los familiares de la narradora frecuentaron el mismo Madrid que Ortega, un tiempo denso en el que las masas sólo estaban irrumpiendo y en el que las buenas familias rivalizaban con sus lujos ostentosos o con sus secretos de alcoba. Ese aristocratismo de Ortega se aprecia en aquel Madrid ya desaparecido que Ana Serrano Velasco ha resucitado para deleite de sí misma y para ilustración de los lectores que la acompañen. Si parafraseáramos al ensayista, entonces podríamos decir que la táctica de la narradora ha consistido en aislar al lector de su horizonte real aprisionándolo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de su novela.
José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela (1925).
1. “La novela ha de ser hoy lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. El acento en la fisiología del cuento carga sobre éstas. La frescura pueril se interesa en la aventura como tal, acaso porque […] el niño ve con presencia evidente lo que nosotros no podemos actualizar. La aventura no nos interesa hoy, o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto de nuestra persona no participa en el apasionamiento mecánico que la aventura del folletín acaso nos produce. Por eso, al concluir el novelón nos sentimos con mal sabor de boca, como habiéndonos entregado a un goce bajo y vil. Es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar nuestra sensibilidad superior.
2. “Pasa, pues, la aventura, la trama, a ser sólo pretexto, y como hilo solamente que reúne las perlas en collar. Ya veremos por qué este hilo es, por otra parte, imprescindible. Pero ahora me importa llamar la atención sobre un defecto de análisis que nos hace atribuir nuestro aburrimiento en la lectura de una novela a que su ‘argumento es poco interesante’. Si así fuese, podía darse por muerto este género literario. Porque todo el que medite sobre ello un poco, reconocerá la imposibilidad práctica de inventar hoy nuevos argumentos interesantes.
3. “No, no es el argumento lo que nos complace, no es la curiosidad por saber lo que va a pasar a Fulano lo que nos deleita. La prueba de ello está en que el argumento de toda novela se cuenta en muy pocas palabras, y entonces no nos interesa. Una narración somera no nos sabe: necesitamos que el autor se detenga y nos haga dar vueltas en torno a los personajes. Entonces nos complacemos al sentirnos impregnados y como saturados de ellos y de su ambiente, al percibirlo como viejos amigos habituales de quienes lo sabemos todo y al presentarse nos revelan toda la riqueza de sus vidas. Por esto es la novela un género esencialmente retardatario –como decía no sé si Goethe o Novalis–. Yo diría más: hoy es y tiene que ser un género moroso–, todo lo contrario, por tanto, que el cuento, el folletín y el melodrama.
4. “Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la substancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco –adviértase que me refiero tan sólo a la novela moderna—no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que no es ‘pasar algo’, en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes, sobre todo en su conjunto o ambiente. Una prueba indirecta de ello puede encontrarse en el hecho de que no solemos recordar de las mejores novelas los sucesos, las peripecias por que han pasado sus figuras, sino sólo a éstas, y citarnos el título de ciertos libros equivale a nombrarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; al punto rememoramos un clima, un olor peculiar de la urbe, un tono general de las gentes y un ritmo típico de existencia. Sólo después, si es caso, acude a nuestra memoria alguna escena particular.
Colofón. “La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela”.
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Ilustración: Monigote…
No deje de visitar la página de Monigote…
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10.13.06
Posted in psicoanálisis, Cine at 9:08 por jserna
Crees conocer a una persona y de repente te sorprende con un giro inesperado, señalándote el ultraje que tú le habrías infligido sin saberlo o agradeciéndote una deferencia, una cortesía que no recuerdas haberle hecho. Nos levantamos cada día pensando que hoy es ayer, que todo sigue igual y súbitamente el pequeño destino cambia: el significado que debes darle a las cosas, el sentido con que te conduces. Creemos posible hacernos un porvenir y de repente descubrimos que todo propósito sólo es una prerrogativa accidental o una parca casualidad. Todas aquellas cosas que nos importan, como la paternidad, el amor, la amistad, tardan en lograrse y, una vez obtenidas, pueden disiparse. Ignoramos qué nos espera y ese dato banal cobra una fatalidad dramática y retrospectiva, una premonición.
No hay aburrimiento posible en las relaciones humanas, no hay rutina ni repetición; hay siempre sorpresa, pesquisa y novedad. A pesar de lo que queremos creer, la identidad del hijo, del viejo camarada o del que creemos nuevo amigo no lo conocemos, ni su rostro ni sus pliegues internos. No hay nada dado de antemano, no hay amistad asegurada, hay riesgo y hay fantasmas que emergen, que se desbordan y que muestran rencores o afectos, emociones que no sospechábamos.
Internet ha agrandado esa dimensión ignota de nuestros corresponsales o amigos. No ves el rostro, esa máscara que creemos reveladora de la identidad y de los humores, sólo un nombre propio o un nick que sirven para identificar y para ocultar, para acercarnos y para decir adiós. Pero entre esa voz que no oyes, entre esa expresión escrita y tú hay un abismo infranqueable: no puedes acceder y tu pesquisa siempre se queda corta. En realidad, las relaciones humanas siempre se quedan cortas. Hasta en el cara a cara, el otro tiene una densidad y un parapeto que te impiden averiguar lo que quieres saber o que te hacen suponer que sabes algo de lo mucho que esconde. A pesar de lo que queremos creer, no conocemos la epidermis ni los pliegues interiores del ser amado, como no conocemos del todo las demandas de nuestro propio cuerpo, las urgencias, las tentaciones, los desajustes. Adentrarse en lo cotidiano entre personas que creemos conocer no tiene nada de ordinario, pues nada hay de antemano, nada hay de lealtad asegurada: sólo una intimidad reflexiva que ignoras, que no siempre aceptamos o que no siempre sospechamos y que se sobrepone a la vida pública con la que se muestran o nos mostramos.
Pensaba en estas cosas después de haber visto una excelente película española: Vete de mí (2006), de Víctor García León. Interpretada por Juan Diego y Juan Diego Botto, la historia que se cuenta es la de un derrumbe, la de un actor ya viejo, Santiago, que sobrevivía felizmente representando vodeviles en teatros de segunda, piezas dramáticas de salón, para un público poco exigente, quizá adocenado. Su existencia no es envidiable, pues muchos de sus sueños se han evaporado o han sido desmentidos por la realidad tozuda. Pero, a pesar de todo, ha conseguido rehacer su biografía después de un primer matrimonio: vive en un pequeño apartamento con una mujer más joven a la que quiere y con la que comparte el trabajo. En efecto, su enamorada representa un papelito en ese vodevil: poca cosa, pero lo suficiente como para pensar en que ambos son actores que comen de su trabajo. Todo empieza a hundirse el día en que en casa de Santiago aparece el hijo que tuvo de su primer matrimonio: es un joven de treinta años, un soltero ya machucho (aunque de aspecto aniñado) que dice haberse ido de casa de su madre. Por haberse enemistado con ella pide auxilio al padre para pasar allí, en el apartamento, sólo unos días.
Esos pocos días se alargan, los suficientes como para que el progenitor descubra cómo es o cómo cree que es su hijo. No tiene oficio ni beneficio: dice haber empezado mil carreras y haber trabajado de esto y de aquello, de nada, en fin. Pero sabe ser atractivo, seductor: fascina a las mujeres e irrita al padre. Por su simpatía, por su entusiasmo, todo parece que se le perdona, pero su actitud es destructiva y eso el espectador lo ve: parece que con lo que dice sabe manipular a los demás, palparles la parte más frágil o más débil o más necesitada de cariño. Puede hacérsenos detestable, justamente porque estamos viendo cómo empieza la destrucción del padre, un derrumbe que es autodestrucción. ¿Por qué razón? Porque la simple convivencia de ambos remueve un interior amansado o remansado.
Durante esos días, el hijo hará preguntas acerca del pasado, pero sobre todo hará que el interlocutor –el padre– se plantee interrogantes sobre la existencia ordenada que cree disfrutar o sobre el determinismo cobarde con el que parece haber aceptado sus derrotas y renuncias. Con amargura, el viejo distingue lo que no quería ver: su propia mediocridad, que durante tanto tiempo tapó creyéndose mejor de lo que era… Ahora bien, el hijo no se va, no se aleja, queda allí también adherido a esa mediocridad demolida que es su padre, sin nada que ofrecer, compartiendo la soledad y disputándole unos tallarines fríos. No hay más, no hay nada. El padre ha vivido su existencia protegiéndose con respuestas falsas y reparadoras, defensas contra su propia decepción, con frases hechas, con esquematismos, con soluciones triviales.
Pero sobre todo ese viejo ha alcanzado la tercera edad creyéndose una fábula conspirativa: si no ha podido llegar a más ha sido por culpa de los restantes o del teatro, de esa profesión en retroceso que, además, no lo ha reconocido. El hijo también queda derribado por su propia miseria, por su desidia, pero sobre todo por sus quimeras de excelencia: como cree ser alguien destinado a cumplir altas metas no puede conformarse con lo cotidiano, con un trabajo regular y con una felicidad ordinaria. La solución de ambos, desde luego, era no haberse encontrado (o, mejor, reencontrado), de modo que esa relación enfermiza no los desarbolara. Como el hijo ha regresado a casa del padre y la experiencia es desastrosa por lo que remueve, la salida menos destructiva habría sido la de romper ese lazo, dejar de hablar entre ellos, no hurgar en las heridas del viejo. Había tiempo para frenar aquello, para huir.
Y esa fue la ruina de ambos o, quizá, la ruina de los seres humanos: pueden soportarlo casi todo, la mediocridad, la mentira, la propia falsedad, siempre que la vida íntima y las fantasías que las animan no se toquen. “Esa vida de fantasía, la vida íntima a la que me estoy refiriendo, tiene una propiedad formidable: hace al sujeto omnipotente en esa realidad”, precisa Carlos Castilla del Pino. “Gracias a la vida de la fantasía, forma figurada del deseo, podemos soportar esa otra vida a la que habitualmente reservamos el calificativo de real, la externa a nosotros, la vida social, preñada de frustraciones, errores, desengaños y sufrimientos”, insiste. “La fantasía, que nadie lo dude, es la ortopedia del sujeto”, apostilla Castilla del Pino.
Viejo y joven, interpretados por Juan Diego y Juan Diego Botto, destapan sus fantasías respectivas, levantan su ortopedia, muestran su indigencia y se derrumban: nadie conoce a nadie –ni siquiera a uno mismo– hasta que no se quitan esas defensas con que nos hemos protegido. ¿Y qué descubrimos? Generalmente, el vacío. Punto.
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ATENCIÓN: mantenemos hoy lunes 16 de octubre esta entrada del fin de semana. Por problemas técnicos del servidor, este blog no ha podido leerse en los últimos días. Por fin se ha solucionado la avería. Mañana martes nueva entrada.
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