05.06.08
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 19:07 por jserna
1. El horror, el horror
En poco tiempo, con una intensidad que no me recordaba, he leído un libro breve pero sobrecogedor. Es el Cuaderno de Fontilles , de Vicente Sorribes Santamaría. Se trata de la edición de un dietario firmado por un joven médico valenciano, un manuscrito que abarca desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre de 1943: unas pocas semanas, pues. Es el diario íntimo, personal, angustiado, exasperado que el galeno lleva mientras cumple con su destino en el Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos, situado en Fontilles. Sus páginas son un viaje al fin de la noche, como el que emprende el joven médico Ferdinand Bardamu en la obra de Céline. Pero lo que en la novela francesa es malditismo y autodestrucción, en el dietario de Sorribes es empeño y decepción, la materialidad misma de la corrupción.
El joven Bardamu se había alistado voluntario en 1914. Muy pronto descubrirá la irracionalidad y la sordidez de la guerra, algo que le derriba, víctima del aturdimiento, de la insania: será conducido a un sanatorio-prisión igualmente sórdido, miserable, del que saldrá abandonándose a la incredulidad, evacuando sus pruritos morales. Sorribes no obra así, con el cinismo de Bardamu. El médico valenciano se duele crecientemente, avanza a tientas, contempla la podredumbre de la carne, el despedazamiento, y detalla sin novelería alguna la repugnancia que la patología le produce, la hostilidad que le rodea.
No hace metáfora de la posguerra, ni generaliza el caso. No convierte el recinto sanitario en símbolo de la España autárquica y violenta. La leprosería no es un microcosmos de algo mayor, no. El lugar es el infierno particular, sin exageraciones literarias ni proyecciones exteriores. Frente a la tentación del lector actual –pensar el sanatorio como espejo de aquella España–, el documento se nos muestra como testimonio de una experiencia irrepetible que ha de enunciarse para ser soportada. Eso es lo que tienen los documentos: nos enseñan algo que no está y que el lector, el historiador exhuma; son versiones de una vivencia sentida subjetivamente pero expresada con los recursos colectivos que un individuo recibe. El dietario es un género con normas particulares: entradas breves escritas, por ejemplo, al final del día; anotaciones cronológicamente ordenadas con información e impresión, con datos y sentido, con descripción y moraleja, tal vez; minucias personales y profesionales, una enumeración de lo que pasa. ¿De lo que pasa? En realidad, en el diario, como en cualquier testimonio escrito, es más importante lo que no se dice: o bien porque el autor se censura, se reprime, temeroso de sí mismo, de lo que sería capaz de expresar, de desear, de criticar si no se contuviera; o bien porque el escritor juzga ciertas cosas como evidentes y redundantes, un innecesario detalle para ese primer lector (quizá único lector).

Pero regresemos a Sorribes, a 1943. El lector se deja llevar por su prosa escueta y precisa, sabiendo de la brevedad e intensidad de sus confesiones. Poner en orden sus experiencias –sus impresiones, sus ideas, sus decepciones– es una forma de atribuir sentido a las cosas espantosas que suceden, a la mediocridad: un contraste entre el joven animoso que llega al sanatorio esperando ser un auxilio, un profesional eficaz, y la miseria moral y material que todo lo detiene. La contradicción entre esos empeños iniciales, esas fuerzas que le llevan a resistir (que tienen raíces religiosas) y esas frustraciones, esas impotencias que lo frenan, me recuerdan las tribulaciones del joven licenciado que protagoniza El árbol de la ciencia, y me recuerdan también la vocación abnegada de Santiago Ramón y Cajal en una sociedad miserable y raquítica. Por su parte, Pío Baroja había hecho de Andrés Hurtado un médico resistente en el medio hostil de la España finisecular. “¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?”, le pregunta Iturrioz a Andrés Hurtado. “Ninguna de las dos cosas”, responde el protagonista de El árbol de la ciencia. “Yo era allí una bacteridia colocada en caldo saturado de ácido fénico”, confiesa Hurtado.
En Fontilles, Sorribes se esfuerza cada día por no experimentar el puro abatimiento. Conmueve la lucha del médico valenciano por entender lo que le rodea, esa enfermedad que desfigura, el mal que amputa, que destruye, una dolencia a la que tradicionalmente se le achacaba una perversión moral. Conmueve su amor propio, ese esmero por hacer las cosas bien, por oponerse a la indolencia administrativa, a la incuria institucional. Conmueve su esfuerzo, finalmente baldío, tratando de enfrentar el abandono y la desolación del enfermo desahuciado. Él es un profesional que desea desempeñar su cometido, atender a sus pacientes, cumplir sus obligaciones administrativas. Pero nada de lo que le rodea funciona verdaderamente, como en la España barojiana de Andrés Hurtado: ni la dirección del centro, ni los empleados que allí trabajan, ni los religiosos que han de velar por las almas de los internados.

Todo se le opone, hasta la belleza natural que circunda, esas montañas abundantes que son encierro, separación. Hay propiamente una muralla elevada que mide cinco quilómetros de diámetro, nos dice. Hoy, cuando a la mínima pretextamos incapacidad, deberíamos repasar la confesión de Sorribes: sus palabras son un antídoto contra la pereza. Fue una persona religiosa y eso, sin duda, le mantuvo con fuerza en los momentos de mayor abatimiento. Pero en esas páginas Dios es siempre una referencia lejana, incluso silenciosa y hasta ausente. Sorribes sobrevive como un náufrago y, como Robinson Crusoe, ha de empezar un diario para mantenerse, para dialogar consigo mismo, para documentar sus pequeños logros, para dictaminar sobre las desesperanzas y sobre los motivos de las desesperanzas. Vive en un encierro vegetal, entre montañas que le oxigenan y le ahogan. Como el personaje de Daniel Defoe, tampoco Sorribes puede comunicarse propiamente, razón por la que permanecerá silencioso, mudo, precavido: no puede volcar sus sentimientos en un proceso de transferencia imposible con internados hostiles o con un personal administrativo o médico desinteresado. Necesita, pues, llevar un diario en el que realizar esa transferencia. Robinson tardará días y días en escribir, cosa que sólo hará cuando el medio artificial que había construido –aquella empalizada, aquella techumbre menesterosa– empezó a procurarle un entorno más hospitalario. “Fue entonces cuando empecé a llevar un diario de mis tareas cotidianas”, dice el personaje. “En un principio había estado demasiado ocupado, no solamente con mi trabajo sino con los confusos pensamientos que pasaban por mi mente, y mi diario hubiera aparecido lleno de cosas torpes y melancólicas”, leemos en la versión de Robinson Crusoe que hiciera Julio Cortázar. Vicente Sorribes no espera: inicia la escritura conforme emprende el viaje, conforme se adentra entre aquellas montañas abundantes y opresivas, con un dolor creciente.

Y allí escribe. No son páginas esterilizadas, con datos clínicos, sino registros objetivos y emocionales, a un tiempo; anotaciones precisas y subjetivas en las que el médico trata de sobreponerse al asco: propiamente al espanto que el rostro del leproso le refleja y le provoca. Pacientes sin tabique nasal que expelen arrogantemente el aire, humedeciendo la cara del interlocutor; enfermos que esputan descuidadamente al hablar, salpicando las mejillas de médico con gotitas de saliva infecta. Leprosos retadores de los que no hay vestigio o fotografía en el libro, gentes que nada agradecen, incluso dementes, y que el médico ha de contener: de ellos espera extraer experiencia clínica, con ellos cree poder investigar. En ese punto, el diario muestra irritaciones varias con aquellos a quienes auxilia y con aquellos de quienes se informa. Ese tono dolido, avinagrado, me hace recordar vagamente alguna página de un gran dietario, el de otro finísimo observador, también airado con sus informantes, igualmente harto de sus circunstancias: el Diario de campo en Melanesia, de Bronislaw Malinowski, aquel diario en el sentido estricto del término que tanto escandalizó a sus colegas científicos, incrédulos ante las irritaciones del respetado antropólogo. Pero eso que digo es excesivo: fruto de la angustia de influencia, probablemente. Quizá no sea sensato comparar a Sorribes con Malinowski: al fin y al cabo, las estancias de ambos entre nativos o leprosos poco tienen que ver, más allá del viaje metafórico, humanamente incómodo, emocionalmente perturbador.
Si hubiera que buscar referencias, entonces tal vez deberíamos considerar La montaña mágica, de Thomas Mann, como un caso inevitable. Vida de sanatorio; vida en la montaña; vida mórbida, patológica. Pero inmediatamente me corrijo: tampoco la novela de Mann sería el ejemplo con el que cotejar el Cuaderno de Fontilles. En La montaña mágica, doctores y pacientes se abandonan lánguidamente a la enfermedad, deseosos de alcanzar la lucidez que las dolencias pulmonares provocarían. Hans Castorp, la criatura de Thomas Mann, se adapta bien a la vida en Davos, a la existencia ordinaria del Sanatorio Internacional Berghof. El establecimiento de la novela sí que es una transfiguración de la Europa de preguerra, una metáfora de las naciones enfrentadas, un lugar en el que disputan Naphta y Settembrini, entre otros: o sea, Davos es un espacio en el que se representa el choque entre la razón y la naturaleza, una naturaleza de la que también forma parte la propia enfermedad… Pero Sorribes no es Castorp: como tampoco lo son los médicos que allí atienden. El sanatorio de Fontilles no permite la reflexión demorada o la languidez mórbida: en ese establecimiento no hay lugar para la melancolía sin objeto.
El libro que tengo en mis manos es el compendio breve de una vida aún incompleta, inacabada, hacia 1943. El joven médico abandonará el sanatorio en septiembre de ese mismo año, marchando a Madrid para rendir exámenes del doctorado. El juicio que Sorribes anota sobre los catedráticos no es muy favorecedor y, como en Fontilles, se siente igualmente maltratado por la incuria, por la pereza institucional. El Diario de un nuevo médico incompleto, que es el título original del manuscrito, ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo? ¿Por qué?
Ruzafa Show Ediciones lo ha publicado en la colección Los libros de la memoria. Y ello ha sido posible gracias a los herederos del autor, que han puesto el manuscrito en manos de especialistas: de los editores; de Josep Lluís Barona, catedrático de Historia de la Medicina, que ha escrito una introducción breve pero imprescindible a Fontilles, a la lepra; de Francisco Gimeno Blay, catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas, que ha revisado minuciosamente la transcripción del manuscrito; y de Ignasi Mora, periodista y escritor, que ha reflexionado sobre la dimensión literaria del diario. Por supuesto, toda obra de edición es mejorable. Habría sido preferible que Barona se hubiera extendido más sobre las condiciones históricas de la enfermedad, sobre el fenómeno de las leproserías. Habría sido preferible también que Gimeno hubiera sido menos respetuoso con ciertas incorrecciones ortográficas de Sorribes: no es ésta una edición erudita o académica y, sin duda, ciertas mejoras del texto finalmente impreso no habrían traicionado el manuscrito original. Habría sido igualmente preferible que Mora no lamentara tanto el estado deplorable de las letras valencianas: el diario no necesita una novela para agigantar el valor de lo que allí se cuenta, precisamente sin intenciones literarias.
Leo Cuaderno de Fontilles y les recomiendo vivamente su lectura. Allí descubrirán el horror. El horror, el punto final.
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2. El humor, el humor
Acaba de aparecer una reseña que he firmado. Es una aproximación a El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. La protagonizan un patricio romano lenguaraz de vientre suelto y un jovencito de pronto avispado. Transcurre en el siglo primero de nuestra era… Al leer dicha novela, lo fácil es asimilar esta broma genial a las locuras de los Monty Python, aquel film que tanto nos divirtió: La vida de Brian (1979). Por supuesto que hay una afinidad más o menos explícita entre ambas obras, pero he preferido pensar esta novela como un precipitado de otras tradiciones propiamente literarias. O mejor: he querido leer esta obra buscando y hallando el sentido del humor, el gamberrismo, la corrección burguesa que Mendoza aplica a materiales narrativos ya ensayados y por él renovados con el recurso posmoderno.
¿Qué es lo posmoderno? Aceptar la carga del pasado con ironía: dado que los contemporáneos siempre estamos en falta, dado que nuestros antepasados siempre parecen exigirnos, el posmoderno acarrea lo pretérito rebajándolo, alterándolo, haciendo collages, parodias explícitas y citas encubiertas. Mendoza asume la gran tradición, incluso las tradiciones menores de la literatura: se hace cargo de ellas con libertad, con broma, con ironía. Presta homenajes aunque, a la vez, rebaja el determinismo del pasado mezclando lo insoluble, sumando lo egregio y lo chusco, lo impostado y lo humilde, lo monumental y lo menesteroso, lo culto y lo chabacano. Eso produce un efecto humorístico generalmente irresistible.
Pero, efectivamente, no es sólo la literatura lo que anima a Mendoza. El cine, sí, también está presente. Ahora bien, más que Monty Python son los hermanos Marx (o Groucho, concretamente), expertos en mezclar lo insoluble, aquello que le inspira: los Marx, capaces de hacer payasadas y de lanzarse tartas y, al mismo tiempo, capaces de soltar un parrafada jocamente erudita y pedante. Este Mendoza cortés, elegante y gamberro podría ser sensible ante un virtuoso del arpa, aplaudiendo a la vez la ocurrencia escatológica. Así quiero ser yo… Siempre he admirado a los que no son sofisticados todo el tiempo. ¿Imaginan qué pesadez? Pomponio, tan reflexivo y culto tiene, simultáneamente, problemas intestinales: flatulencias que no oculta en su relato, en esa confesión epistolar que hace a su destinatario, Fabio. Digo Fabio y digo correspondencia y pienso en la Epistola moral a Fabio. Sí, ya sé que nada tiene que ver la nouvelle de Mendoza con esta obra del barroco sevillano, pero fue leer ese nombre y recordar una obra que, no sé por qué, me remite a un momento concreto de mi adolescencia. Ha sido leer la epístola de Pomponio e inmediatamente preguntarme qué he hecho en mi vida: qué he hecho de mi vida si no soy capaz de escribir algo así.
Ajá, eso es lo que me ocurre: que no soy capaz de hacer reír, de hacer parodias o payasadas reflexivas con estilo y buena prosa, con registros varios. Y, en efecto, no tengo esa virtud, pero creo ser poseedor de una cualidad muy saludable que me libra de mí mismo: la de procurar divertirme. Mi pronto es severo, grave incluso. Pero, a poco que se me conozca y a poco que intime, lo que intento es reírme. Mendoza me hace reír frecuentemente: no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho. Oigan, aprovechen. Dejen de leerme y vayan a las páginas de Mendoza: son un antídoto contra lo inauténtico, contra la mala leche. Son también un homenaje juguetón a las clases menesterosas: qué homenaje tan deliciosamente burgués. Para quienes vivimos consumidos por el rencor de clase contra los pijos, un señor de Barcelona tan elegante como Mendoza nos reconcilia con el mundo.
Fin…
Mendoza y yo
“La Cataluña real“, Levante-emv, 23/3/2007
“Si no lees te quedas tonto“, El País, 9/3/ 2002
“Baroja y yo“, Ojos de Papel, 1/12/2001
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Selecciones
Hemeroteca, fonoteca y blogosfera del mes de mayo
–Justo Serna, Reseña de El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Ojos de Papel, mayo de 2008.
–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.
–Francisco Fuster, Reseña de I Love Your Glasses, de Russian Red, en Ojos de Papel, mayo de 2008,
–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte.
–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing.
–”Una historia de violencia“, La cueva del gigante. Blog de David P. Montesinos
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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena
“Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.
Viernes 22, 9:30 horas:
Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX
Ponencia de Justo Serna
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03.30.08
Posted in Muerte, Escribir, La felicidad de leer at 10:57 por jserna
La autobiografía es una tarea difícil. La memoria personal nos confiere identidad, atribuyendo sucesión a lo que es fragmentario e instantáneo: al memorizar establecemos un hilo entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Para sobrevivir, para no enloquecer, nos aferramos a aquello que recordamos porque es la manera de darnos estabilidad, fijeza, duración: el modo de retrasar lo inevitable, ese tránsito que nos lleva viajando hacia nuestra desaparición. Necesitamos la certidumbre y la reminiscencia de lo que permanece, al final sólo arraigo perecedero, caduco: una empresa a la postre fracasada.
Acabo de leer la nueva recopilación de Aforismos, de Juan Ramón Jiménez, editada por Andrés Trapiello para La Veleta (Granada). Desde que descubrí a JRJ, cuando yo sólo era un jovencito, admiro su escritura. No sólo por su Platero, tan vilipendiado y envidiado, sino por sus aforismos, por su prosa. Recuerdo aquel exergo con el que Ray Bradbury encabezaba Fahrenheit 451: era una instrucción de Juan Ramón: “Si os dan papel pautado / escribid por el otro lado”. O, como puede leerse en este volumen de aforismos: “Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho”. Es un consejo rebelde, una instrucción contra el asentimiento, contra la anuencia. O, si se quiere, es un programa que postula una existencia contradictoria e intensa, libre y fracasada, merecedora de ser disfrutada o padecida, casi un pronunciamiento contra la docilidad y la memoria: justamente aquello a lo que hoy nos aferramos para conjurar los desconciertos del presente. Un plan como el que pregonaba el exergo de Bradbury sigue estando de actualidad, como de actualidad está también la peripecia del Nobel con que se galardonó a Juan Ramón.
El libro de los aforismos que ahora leo es de tacto deliciosamente antiguo, de presentación anacrónica en tiempos de vértigo impresor, adocenado. Con los aforismos podrían rastrearse las peripecias reales y soñadas de JRJ entre 1897 y 1954, aquella existencia que él quiso plasmar en la obra. Su vida interesante, estética, orgullosa y lamentable podría exhumarse, en efecto, con esos documentos indirectos. “Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto”, dice Juan Ramón en uno de sus pensamientos. Estos aforismos son, en efecto, documentos indirectos que simultáneamente testimonian y recrean el impulso creador que se distancia de la existencia ordinaria. Es poesía en prosa que se hace en el acto mismo de anotar. “El arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida”. Son también pensamientos depurados que archivan intuiciones de dicha existencia, intuiciones aparentemente simples que trabajan la forma hasta hacerla desaparecer. Presuntamente, claro: porque “la forma, para que no exista, para que no se sienta, para que no se crea en ella, ha de ser tan perfecta, que no exista”. Son dicciones que compendian de modo aparentemente inaudito: “hay que decir de tal modo, que aunque otro, otros, infinitos lo hayan dicho antes, parezca que lo han dicho antes uno”.
Pero no al precio de la originalidad impostada, del verbalismo, del petardeo: por eso, para JRJ, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se precipitan y se arruinan. “¡Qué bien dice siempre sus siete primeras palabras! Luego, como en la muerte de Jesús, vienen las tinieblas, el terremoto, las conjunciones astrales, el eclipse total”. Anotar no es brillar: es padecer al comprobar que cada registro es una desazón, una desazón que “consiste en que, cada instante, quiero vivir toda mi vida”. No un instante tras otro, no una sucesión de momentos, sino una multiplicación simultánea de vivencias extremas, al modo de Nietzsche: “tenerlo todo; pero con esfuerzo”. Ese anhelo es cosa que contraría la necesidad de perseverar, la continuidad que nos da la memoria. Tampoco la poesía es sucesiva, “sino sentimiento, pensamiento y acento”, una empresa que se reanuda cada vez, pues “el poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma distinto”. Sin impostación, sin forzada originalidad. “Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo toda la poesía”. De ahí que pueda decirse que “el pasado es falso porque no vive más que en la memoria…”, admite JRJ.
En efecto, un documento no es el hecho, sino su huella, su abreviatura, el mero indicio, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso nos valemos los lectores de este libro de aforismos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado sin su contexto. Es como si todos tuviéramos “la misma edad, la del mundo”, sin esos conocimientos críticos que tantas veces secan, agostan. ¿Recuerdan Schopenhauer como educador, de Nietzsche? Allí, el filósofo se oponía a la filología profesoral. Así he querido leer este prontuario de sentencias, como si la empresa del sentido la consumara ignorando las circunstancias que rodearon la escritura del aforismo. Como en un poema, no es estrictamente necesario documentar el contexto de su elaboración para captar las resonancias imprevistas que esas palabras nos provocan. Puede hacerse, con maestría incluso, pero no es imprescindible para el lector común. “Lo importante no es, señores filólogos, que tal poema haya sido escrito en tal época ni en cuales circunstancias, no de esta manera o la otra; porque el arte no es historia”, ni vida sucesiva. Yo, historiador, no siempre puedo cumplir este modo asilvestrado de leer, pero hoy me lo he querido consentir. Accedo a los aforismos de JRJ como si ingresara en una autobiografía fragmentaria, como si tradujera un documento escrito en lengua extranjera: un manuscrito incompleto, elíptico, con incoherencias, con enmiendas, con reiteraciones, con comentarios oscuros.
Disfrútenlo.

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03.25.08
Posted in Muerte, Antropología, Religión at 20:27 por jserna
1. Resurrección
Durante las pasadas vacaciones, he hecho lo que habitualmente hago en esas circunstancias: camino horas y horas, me oxigeno, levanto la vista y miro lejos. Quizá con la esperanza de atisbar lo que a simple vista no distingo, con la intención de descubrir mientras ando. Los picachos de la Sierra de Aitana siempre me procuran un placer completo: imponentes, pero accesibles; de colores matizados y vivos, con olivos centenarios, con almendros que pronto florecerán. Hay en el entorno algo primitivo, milenario por supuesto. Desde chico, cuando hago marchas montañeras siempre recuerdo la vista que una vez tuve en la cima del Montcabrer, próximo a Cocentaina. Yo era uno de los jóvenes excursionistas que habían ascendido vigilados por un adulto. Mientras divisábamos todo el valle, ese acompañante experimentó algo parecido al arrobo. Con énfasis nos preguntó si viendo lo que veíamos acaso dudábamos de la existencia de Dios. Siempre me ha hecho gracia esa inquisición tan… evidente, tan previsible: similar a la sensación de lo sublime bien codificada desde el primer romanticismo. Lo sublime, otra vez…., entre peñascos milenarios.
Digo milenario y recuerdo otros picachos vistos en una película reciente. Así es. En estos días de vacación, cuando no estaba cultivando el cuerpo, estaba en el cine o leyendo. El Domingo de Resurrección, por ejemplo, acudí a una sala de Benidorm con el objetivo de ver 10.000. Pude cumplir mi propósito a pesar de las multitudes turísticas. 10.000 es un film de Roland Emmerich, suficientemente espectacular y entretenido: trata de una hazaña, de una gesta ocurrida diez mil años antes de Cristo entre los nativos de una pequeña tribu, un pueblo cazador. Entretenimiento para la tarde de un domingo… de Resurrección: no pidan más. Es una película en la que el peplum se recupera como cuento popular, colectivo y mítico; es también cine de aventuras en que el protagonista, un joven corriente de esa comunidad, se ve obligado a comportarse como héroe. ¿Cuántas veces no habremos escuchado, visto o leído historias en las que un muchacho corajudo ha de restaurar el desorden que el mal ha provocado? En 10.000 hay unos malvados, por supuesto: los llamados “diablos de cuatro patas” que dañan, esquilman, queman, roban bienes y personas de otros pueblos vecinos. No sólo por avaricia, sino también por estricta perversidad. La rapacidad de los villanos no tiene límites: en los cuentos, los malvados destruyen lo ajeno (las chozas, las pequeñas infraestructuras) para agostar la vida, para impedir que florezca lo básico. Lo mismo sucede en esta película.
Un muchacho –cuyo padre abandonó la tribu (¿cobardemente?)– restaurará el buen nombre del progenitor enfrentándose a dichos villanos: como el Telémaco que sale en busca de Ulises. Para ello, el joven nativo deberá caminar soportando el frío y el calor extremos a través de vastísimos desiertos de nieve y arena: deberá marchar al frente de un pequeño grupo de intrépidos, una pequeña vanguardia que con arrojo se atreve a dejar la comunidad para recuperar a los convecinos secuestrados, a la amada… de ojos azules. Deberá asimismo contener la embestida de fieras fantásticas y de cazadores prehistóricos.
Dicha película, que la crítica ha vapuleado, amalgama civilizaciones y ciertas tradiciones culturales: la magia de la comunidad primitiva, las legiones del Imperio romano, las pirámides del antiguo Egipto. También distingo mucho cine en sus fotogramas, repetición de secuencias ya vistas: la camaradería de Objetivo Birmania, por ejemplo. Hay momentos en que uno cree acompañar a Errol Flynn y a su grupo de intrépidos soldados a través de la jungla birmana, avanzando entre las líneas enemigas. Hay otros momentos en que uno cree ver nuevamente a Frodo en la Tierra Media de El señor de los anillos. No es que cada uno de esos elementos esté claramente diferenciado o debidamente contextualizado para que el espectador no confunda lo que no debe confundir. En realidad, todos esos motivos –y otros que se añaden a lo largo del metraje– son objeto de representación híbrida y ficticia, sin intención historicista alguna.
Yo me dejé llevar por la acción, sin mayores pretensiones, como me dejo llevar por el sendero cuando camino por el Valle de Guadalest: por la Vall de Guadalest. No persigo nada, no busco nada. Simplemente ver a lo lejos.
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2. El cementerio de Guadalest. Un presentimiento de felicidad
En los cementerios es fácil abandonarse a la sugestión gótica: los huesos exhumados, el moho que todo lo envuelve, la herrumbre de los crucifijos, el cardenillo que ataca los cobres o, más aún, esos árboles enhiestos de sombras amenazadoras. Hemos leído relatos sobre este presentimiento ancestral: el bosque que nos rodea y nos absorbe con la intimidación apremiante de lo desconocido. Y lo desconocido es lo invisible, lo informe, pero también lo que habiendo sido conocido se enterró. Es el miedo siniestro, según Freud: es el que provoca aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo ha permanecido inhumado para finalmente regresar o desvelarse.
En los camposantos grandes, el visitante se deja fascinar por la edificación funeraria y por la rivalidad arquitectónica: aturdido, teme perderse entre enterramientos ostentosos. En los cementerios pequeños de poblaciones chiquititas, la muerte irrumpe directamente para mostrarle al espectador la existencia, una eternidad breve de ochenta o noventa años por vivir, esa que se compendia en una lápida escueta. Hay que visitarlos. ¿Por qué razón?
En ellos no hay pretextos arquitectónicos. Las inscripciones de las tumbas son concisas y su laconismo nos achica mostrándonos la futilidad de tantos esfuerzos. El escritor E. M. Cioran, que supo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomendaba visitar estos cementerios. ¿Para hacer qué? Para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del espejismo.
En tiempos de bonanza es precisamente cuando hay que acudir a estos camposantos. Hemos visitado uno muy pequeño, emplazado en un lugar insólito, un cementerio que no reúne más de ochenta tumbas. Tiene el punto exacto de abandono que estos osarios han de tener: lápidas casi desleídas o ya ilegibles, cruces quebradas, flores secas que ya nadie renueva y esa sensación de hacinamiento y de asfixia que trae la muerte, la Parca que todo lo iguala. ¿Dónde se encuentra?
El Valle de Guadalest es probablemente el paisaje valenciano más bello, ese lugar en el que una Naturaleza imponente de riscos milenarios no resulta victoriosa o amenazante, sino acogedora. El olivo, el almendro, o ese sotobosque de arbustos olorosos que se alza hasta las Sierras de Aitana, de Xortà o de Serrella aún tapizan las faldas de aquellos peñascos. Situada en el interior de La Marina Baixa, con una orientación NW-SE, la vall de Guadalest es una depresión entre esas sierras voluminosas, una depresión habitada por poco más de mil habitantes de sus distintas poblaciones: Confrides, l´Abdet, Benifato, Beniardà, Benimantell y el Castell de Guadalest.
Es en este último lugar en donde descubrimos el cementerio que inspira estas líneas. Enclavada en el eje del valle, sobre una cresta rocosa de grandes dimensiones, está dicha población, y en su centro mismo hallamos los restos del viejo castillo señorial de los Orduña. Entre éstos, en su parte más elevada, está la vieja Torre del Homenaje, pero también está el cementerio pequeño al que acudir, al modo de Cioran, para corroborar la insignificancia, la poquedad, de los empeños humanos. La visita, previo pago, permite confirmar la belleza inaudita de este paisaje. Si subimos hasta allí podremos contar con vistas hermosísimas de todas las sierras que delimitan el valle: la convulsión extática del berrocal eterno, decía Gabriel Miró en Años y leguas.
Podremos apreciar la heredades y la edificación blanca de Benifato, de Beniardà, de Benimantell, en ese valle abancalado: hondo, fresco y quemado de colores, añadía el escritor. Podremos divisar en la lejanía el Mediterráneo que baña a Benidorm y desde el que sopla un levante benigno que siempre ventila con fragancias deliciosas. Son los vivos que acuden y los difuntos que allí reposan quienes disponen en insólita hermandad de la mejor localización del valle, del emplazamiento más cercano al azul puro del cielo, un valle al que Miró llegó a comparar con el Paraíso: él, espectador “poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana”.

Fotografías: Víctor Serna
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01.25.08
Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna
1. RESTOS
Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.
En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”. Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados. La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues, como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.
Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.
Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.
¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.
Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.
Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?
2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)
Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.
Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.
He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban). En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.
Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.
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3. LAS FOSAS COMUNES (26 de enero)
La novela de Miguel Veyrat
En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate:
-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005). En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí.
-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.
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3. HEMEROTECA JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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05.09.07
Posted in Muerte, Religión, Democracia at 11:33 por jserna

1. Dios y nosotros. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía ayer el volumencito Introducción a la psicopatología; y anteayer acababa el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo; y tres días atrás regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto: la concesión de un galardón por parte de Javier Marías al erudito nacido en París era el acicate (VII Premio Reino de Redonda). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales. I want to believe!
Hoy, leo la nueva obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel. El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios. Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les estoy hablando a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud. No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel que ahora figura en el primer puesto del top ten de La vida eterna), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial pujante: Ciudadela. Así se llama, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Le debo estos detalle editoriales a Alejandro Lillo, que me tiene al día de las insólitas novedades que estos militantes publican. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios. ¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me digan. El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.
Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges. “Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Savater en su última obra–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente. Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel tratan en su libro con gran finura.
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2. Hemeroteca.
Dios contra Darwin.
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03.31.07
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 8:23 por jserna
1. “¿No ves oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros, que entierran a Dios? ¿Nada olfatearemos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros quienes le hemos dado muerte!”, leemos en un célebre pasaje de La gaya ciencia, de Friedrich Nietzsche. La salida del estado de minoridad humana, ese afán de auparse por encima de las limitaciones, el desarrollo de la ciencia y de la técnica, que sacuden los velos de la ignorancia y de la superstición: todo ello –que se consuma con la voluntad de expresar la vida, de apoderarse del presente sin hipotecas teológicas, sin renuncias ultramundanas–, es lo que condena a Dios, a juicio de Nitezsche. El hombre se siente superior y a la vez temeroso de su nueva libertad, incluso presa del vértigo ante el abismo que se abre a sus pies, según admite en Así habló Zaratustra. ¿Por qué razón? Porque liquidada esa ficción que adopta la forma de Dios, suprimida esa referencia consoladora a la que nos asíamos, lo único que queda realmente es el individuo solo con su propio presente, que es un vacío o un infierno que no puede rellenarse con presuntas teologías mundanas, con nuevas creencias sustitutivas.
Por eso, Nietzsche condena la secularización de las creencias religiosas. No espera la llegada de la humanidad irredenta que presuntamente reemplazaría a Dios. En todas las circunstancias, la religión (trascendental, civil o política) “es un caso de alteración de la personalidad, una especie de sentimiento de temor y de terror ante sí mismo”, leemos en uno de sus escritos póstumos. “Pero al mismo tiempo es una extraordinaria sensación de felicidad y de superioridad… En los enfermos, la impresión de salud basta para hacerles creer en Dios, en una influencia de Dios”, prosigue. Es decir, quien teme tomarse a sí mismo como lo que es, quien teme su libertad (esa que nos obliga a determinar la índole de cada acto), quien no acepta la fatalidad a la que estamos objetivamente condenados (la muerte), suele acabar pidiendo el auxilio de Dios. Es entonces cuando se aprecia, dice Nietzsche, la auténtica naturaleza de esa Providencia: ser una consolación. Esa ficción tan secular nos hace creer en la inmortalidad personal, nos hace creer en la idea de otro mundo y, sobre todo, nos hace creer que cada acto nuestro puede ser juzgado, condenado, castigado y expiado por una instancia extramundana, por la justicia de un Dios, generalmente colérico y malencarado, que nos amenaza con un Infierno que existe y es eterno. Pero ese tiempo ha pasado, ahora el individuo puede tomarse como lo que es sin dejarse arrastrar por un miedo y una esperanza vana y un resentimiento débil.
“¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses?”, animaba Nietzsche en La gaya ciencia. “No hubo en el mundo acto más grandioso, y las generaciones futuras pertenecerán, por virtud de esta acción, a una historia más elevada de lo que fue hasta el presente toda la historia”, apostilla Nietzsche. Nosotros somos las generaciones futuras y, sin embargo, no se ha consumado el mundo radicalmente humano que Dionisos predicaba: no se han retirado los clérigos de un Dios fallecido y, por eso, regresan periódicamente para adoctrinarnos o para reprocharnos la increencia. Sigmund Freud o Max Weber o Émile Durkheim también se ocuparon del fenómeno religioso sospechando que la cohesión moral que prestó en el pasado sería reemplazada por otras formas de comunidad y consenso; sospechando también que ese velo mítico del mundo, su parte prodigiosa e inexplicable, quedaría iluminada por el chorro de luz de la ciencia, una luz que produciría desencanto y liberación… Lo que no podían sospechar es que en pleno siglo XXI estaríamos tratando de Dios otra vez, que éste regresaría bajo la forma de Alá o de Yahvé para ocupar nuevamente la escena, nuestro mundo particular; que el Papa nos advertiría sobre la realidad del Infierno –el teológico (“existe y es eterno”)– o sobre el Limbo, ya solo metafórico. ¿Teología? Literatura fantástica, repuso Jorge Luis Borges…
2. En mis clases llevo varios días hablando de Friedrich Nietzsche, de aquello que lo hace un autor intempestivo, reacio a lo evidente. En su tiempo, definirse culturalmente como antiburgués o antiplebeyo o antirreligioso era algo incómodo pues quien así lo hacía se enajenaba, se apartaba de las certidumbres de su época. Nietzsche se desprendió de los pretextos más seguros, de las agarraderas más firmes a las que cualquiera de nosotros puede asirse. La autoridad, el respeto, el pasado, la humanidad, el deber, la verdad…, éstas y otras categorías fueron abatidas por él, dispuesto a tomarse literalmente como un individuo que se crea y se concibe en cada acto de exaltación y arrobamiento. Nada menos. Sin Dios, pues esa Providencia que supuestamente me salva y me repara, me compensa y consuela, es una ficción más –la más grande— que me hace concebir esperanzas en un más allá intangible, inmaterial. Contra la moral, carente de todo fundamento en un mundo –el nuestro— que no tiene significado metafísico o ético. Sin patria, pues lo colectivo lleva a lo gregario, dado que las pertenencias y las dependencias nos limitan.
Si “esta vida, tal como ahora vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella”; si “cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión”, entonces goza de tu existencia de modo que sea deseable volver a vivir esa misma vida en una repetición eterna: acepta realizar tu yo en cada acción que ejecutas, no confíes en la identidad que perdura, esa ficción que te da estabilidad, fijeza. Acepta la inmanencia total, la vida material, después de la muerte de Dios: el hombre debe elevarse por encima de sí mismo, jugársela. Nietzsche fue un huérfano temprano, la soledad hecha hombre, vivida como tal desde los siete años, un muchachito obligado a convivir con una madre religiosa, pragmática y poco dada a la reflexión. Fue, sí, un huérfano meditabundo, fantasioso y dañado, inclinado a la interioridad y a la música, a la poesía, pero también a la naturaleza, la fuente de la energía. En su caso, la orfandad no era sólo un dato biográfico: era una opción humana, metafísica –añadiríamos.
Por todo lo dicho, por todo lo que he escrito, no creo ser insensato (aunque sí algo impío) si recomiendo la lectura o relectura de Nietzsche en la Semana de Pasión. Éstos son mis ejercicios espirituales. Es un buen momento para refrescar los preceptos mejores de Nietzsche, su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias. Nietzsche aún nos llena y nos aturde y, por momentos, nos incomoda. Todavía lo leemos: lo tomamos como un tónico que administrarnos aunque produzca efectos secundarios. Nos obliga a acarrear con nosotros mismos sin los pretextos antiindividualistas a que nos fuerza ordinariamente una vida de renuncias. ¿Y Dios? ¿Qué hacemos con Dios?
3. Hemeroteca.
Artículos de JS sobre Dios…
Manual de supervivencia 30-03-2007
El Papa y el dolor 06-07-2006
El Papa y el papá 25-05-2006
¿La Iglesia debe pedir perdón? 10-12-2005
El ateísmo es pecado… 04-10-2005
Oración, despedida y cierre 07-06-2003
¿Beatus ille? 07-10-2002
4. Juan Pablo II en el blog
El Papa catódico. Análisis de una agonía mediática (2005)
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12.29.06
Posted in Muerte, Antropología, Religión at 9:33 por jserna
29 de diciembre
Leo en un despacho de la Agencia Efe que “cerca de tres millones de musulmanes de todo el planeta han comenzado el rito de la peregrinación o Hach en la ciudad sagrada saudí de La Meca, que este viernes llegará a su clímax cuando suban al monte Arafat. Con el unánime grito de Labbaik allahumma labbaik (Aquí estoy, Señor), los fieles se han dirigido a la localidad de Mina, en La Meca, donde pasarán el día y la noche dedicados al rezo, la meditación y el recogimiento. Todos ellos habían dado siete vueltas alrededor de la Kaaba, un edificio cúbico construido por Abraham, según la tradición islámica, hacia donde los musulmanes de todo el mundo dirigen sus