05.16.08
Posted in Comunicación, educación, La felicidad de leer at 22:32 por jserna

0. Chiripa
No sé si ha sido el azar: tal vez, la indisciplina lectora. Uno es tan agónico y ciclotímico que no sabe cuándo es objetivo o cuándo se abandona a la pura arbitrariedad, al pequeño delirio de las cosas medianamente aprendidas. Sólo medianamente: esas cosas que luego recuerdo por libre asociación y con torpeza erudita. El caso es que he leído, uno tras otro, varios libros que se interpelan mutuamente, a pesar de ser tan distintos. Son novedades editoriales de ahora mismo que me llevan a otros textos anteriores, pero fuera de ese hecho circunstancial no hay nada común entre dichas obras. En efecto, son volúmenes que poco tienen que ver entre sí y sólo los reúnen la chiripa, la casualidad y mi apetencia. Yo los he querido leer tomando o descubriendo algún hilo conductor: al modo de un tipo algo demente que sabe que todo se relaciona con todo; o a la manera de un individuo algo delirante que se deja arrastrar por los ecos y sus sugerencias. ¿Nunca han leído así?
Les recomiendo esta forma asilvestrada de disfrutar y de distinguir las resonancias. Se trata de hermanar páginas diferentes a partir de un indicio común: un indicio que está en uno mismo, en el lector. Quizá sea un modo alocado de acercarse a los libros, un modo nada académico desde luego, pero es también una manera de obligarse a releer más adelante con otros lentes, con otras intuiciones: cada vez accederemos a esas mismas páginas según criterios diversos y, por tanto, en cada ocasión aprenderemos variadas cosas que no teníamos previstas. Según confiesa, Groucho Marx leía así, sin ánimo exhaustivo. Qué remedio: ejercía de lector gorrón en las librerías, picoteando aquí y allá, en esta o en aquella página. En su juventud tenía poco dinero, se justifica. Cierto. Pero sobre todo tenía intuiciones o intereses desbordantes, muy superiores a su liquidez. Eso lo leí hace años, precisamente en uno de los volúmenes de su autobiografía: en Groucho y yo. El señor Kant, conocido de ustedes, me lo prestó cuando éramos jóvenes e indocumentados, muertos de risa y celebrando la evidencia del genio que aprende a trancas y a barrancas: así, a las bravas, con pocos maestros, con autodidactismos y fiándose de su olfato. Tal vez, como a Groucho, también nos faltaban educadores egregios, docentes definitivos…
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1. Lettre aux éducateurs
Educadores egregios, docentes definitivos. El primer volumen que quería comentar es un opúsculo de Nicolas Sarkozy. En realidad, es un discurso del presidente francés, bastante célebre, fechado en septiembre de 2007: Lettre aux éducateurs. Aparece ahora publicado en edición bilingüe por Sequitur (Madrid, 2008): Carta a los educadores. He tenido la oportunidad de leer algún otro libro de Sarkozy, de abordarlo aquí, en el blog, e incluso de escribir algún artículo de prensa. Cada vez que el político francés trata de la educación no me deja indiferente: o lleva razón y convengo; o me provoca malestar y disiento. Suele llevar razón cuando dice cosas obvias, enfáticas: esas cosas que no pueden negarse o decirse del revés. Por ejemplo, cuando ensalza el respeto, el mérito, la maduración, la autoestima, la exigencia, la pluralidad, la laicidad. ¿Quién no podría estar de acuerdo con esos principios? Si son tan evidentes, si yo los comparto, entonces… ¿qué me separa del presidente conservador? La verdad es que hay que sospechar cuando un mandatario exalta la educación. Mientras no lo concrete con mayores presupuestos y con mejores dotaciones, esa celebración no cuesta nada y, además, es políticamente correcta. Es un brindis al sol, que luego parecen desmentir las propias decisiones. En su librito, Sarkozy deplora la pérdida de influencia de la educación, de la cultura, de las humanidades. ¿También de la filosofía? Propone una refundación del sistema educativo, un cambio que podría traer un nuevo Renacimiento, así, con mayúsculas. Nada menos.
¿Refundación? ¿Renacimiento? Es probable que debamos conformarnos con objetivos más modestos, sin grandeur. Eso sí: siempre que diagnostiquemos adecuadamente los males de la educación. El presidente francés no dice prácticamente nada de lo que ocurre y por qué sucede. A lo único que Sarkozy se atreve es a constatar el fin del saber tradicional, cosa que antes homologaba y daba expectativas: la instrucción pública podía tomarse como una vía de ascenso social. Ahora, en cambio, ese saber homologador lo habríamos perdido. Pero el mandatario no dice nada de la sociedad de la información; tampoco… de la multiplicación de referencias. No dice nada de la sociedad de la comunicación de masas; tampoco… de la ruptura de las jerarquías tradicionales. Sólo deplora lo que para él es la incapacidad expresiva de numerosos muchachos: su falta de recursos a la hora de enunciar los sentimientos. “Si tantos adolescentes no logran expresar lo que sienten, si tantos jóvenes en nuestro país ya no consigue expresar sus emociones, sus sentimientos, compartirlos, encontrar las palabras para expresar amor o dolor, si muchos de ellos ya sólo consiguen expresarse a través de la agresividad, de la brutalidad, de la violencia, se debe quizás también a que no los hemos acercado a la literatura, a la poesía, ni a ninguna de las formas del arte que logran expresar lo más emotivo, lo más sensible, lo más trágico que el hombre tiene en sí”.
¿La literatura como lenitivo? ¿La poesía como antídoto? ¿O, por qué no, la filosofía como terapia? ¿Platón como ansiolítico? No… Sarkozy tiene un concepto erróneo de la violencia y de la descivilización. En el siglo XX hay casos, numerosos casos, de individuos refinadísimos de vasta cultura y, a la vez, de conducta agresiva, brutal y violenta. Parece mentira que la solución del presidente francés sea tan políticamente correcta y tan inútil. La cultura general, que es la medicina que él se propone administrar, no es lo que da criterios. Un analfabeto puede ser una persona enteramente sensata, razonable. Ése no es el problema. Lo que rebaja la exigencia o lo que erosiona los criterios es la percepción de la potencia sin freno; la sensación de que todo se puede alcanzar sin reparo, sin acuerdo; la impresión de que la banalidad no es un mal: el infantilismo, que no la infancia. Prefiero releer Schopenhauer como educador, de Nietzsche. Allí encuentro una reflexión profunda acerca de la educación como gestión personal, como maduración atrevida, y no como cultura general: allí se expresa el empeño de superar la trivialidad que nos acecha.
De todos modos, podemos admitir como hipótesis de trabajo la denuncia de Sarkozy. Aceptémosle que los jóvenes no sepan expresarse porque carecen de cultura general. En ese caso debemos preguntarnos cuándo, en qué época, sus antecesores habrían sabido expresarse. Sarkozy suele imputar estos males al 68, a mayo del 68. En realidad, los males de la sociedad que él atisba son a la vez sus ventajas: la masificación actual corre pareja a la democratización de los recursos culturales y a la crítica de unos criterios antes inapelables. Nunca como ahora ha habido un acceso mayor a la cultura, a las fuentes de información. Pero nunca como ahora se cuestionan con tanta porfía los valores anteriormente evidentes. No me parece mal. Todo lo contrario: pero hay que tomarse en serio a uno mismo. No se trata de mirarnos con gravedad enfática, sino con seriedad trágica e irónica, cosa que es muy distinta de la banalidad que algunos difunden. El propio Sarkozy, que se ha beneficiado del cuestionamiento de los valores, ha facilitado lo trivial con entusiasmo de neófito. Lo trivial no es el amor que le dispensa a Carla Bruni, sino la representación pública, masiva, de los sentimientos: la recreación publicitaria de una relación siguiendo los cánones de los mass media.

O, como decía Jean Baudrillard, “las imágenes han pasado a las cosas. Ya no son el espejo de la realidad: han ocupado el corazón de la realidad transformándola en una hiperrealidad en la cual, de pantalla en pantalla, ya no hay para la imagen más destino que la imagen. La imagen ya no puede imaginar lo real, puesto que ella es lo real”
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Digresión filosófica, Colección de Richard M. Cohen
2. Digresión filosófica
”¿Y qué con el libro? ¿Y qué con el título del cuadro? La mujer de Hopper, nos dice un crítico, comentó alguna vez que «el libro abierto es de Platón, releído demasiado tarde». Otro crítico reporta que fue el propio Hopper quien subrayó que el hombre «ha estado releyendo a Platón, quizá tarde en su vida». Personalmente, soy incapaz de reconocer qué tiene de malo leer o releer a Platón tarde en la vida”, dice Mark Strand en su libro Hopper (Lumen, 2008). Platón aparece como motivo y como conjetura cuando el autor comenta la Digresión filosófica (Excursion into Philosophy), de Edward Hopper. Es un lienzo datado en 1959, el año en que yo nací, y forma parte de las obras desoladas del pintor norteamericano. En realidad, la alusión al pensador griego es meramente circunstancial e incluso dudosa. ¿Qué indicio hay en el cuadro que permita sostener que el libro que vemos es un texto de Platón?
Con toda probabilidad, hay filosofía en esta obra, pero no es necesariamente lo que Hopper o su esposa nos dicen. Los autores no son quienes han de darnos el significado final, entre otras cosas porque lo que nos digan es siempre paratexto, algo externo, posterior (o anterior), algo que redondea, completa o corrige lo que el libro o el lienzo nos aportan. Así, cuando miramos un cuadro o cuando leemos una novela, por ejemplo, debemos ceñirnos a los datos que internamente se nos suministran. Entonces, ¿cómo dar con el sentido? Desde luego, una obra de creación dice y no dice: en ella son importantes lo dicho y lo no dicho, lo mostrado y lo no mostrado. En cualquier caso, eso que vemos es la información que el autor juzgó relevante o necesaria o suficiente para avanzar en su significado. Como espectadores o como lectores deberíamos aprender a mirar, a captar, a conectar y sólo después a conjeturar sobre lo no dicho o no mostrado. En realidad, los datos y los vacíos de un cuadro o de una novela no son distintos a las informaciones y a las lagunas con que nos tropezamos cada día en nuestra vida cotidiana. Echamos un vistazo a las cosas que ocurren, avizoramos los comportamientos de nuestros vecinos, atisbamos lo que acaece. Y de todo ello, ¿qué sabemos realmente? Hay que aprender a mirar. O como acierta a decir Sarkozy en su enfático discurso: “tenemos que enseñar a nuestros hijos a mirar la obra tanto del artista como de la naturaleza”.
De eso, de la vida cotidiana en la que hay humanidad y naturaleza, tratan los cuadros de Hopper. Y tratan de la mirada parcial, fragmentada, desorientada o desinformada que es siempre la del espectador. En su libro Hopper, el poeta Mark Strand sabe sacar partido a ese doble objeto: se atiene al dato que el cuadro da, conjeturando sólo a partir de lo que la fuente visual proporciona. Eso suele hacer: mirar y describir con tiento. Echen un vistazo al Hopper que les he reproducido. ¿Qué vemos? “En Digresión filosófica, un hombre, a todas luces preocupado, está sentado en el borde de un sofá cama en el que una mujer, con el trasero y las piernas desnudas, yace de espaldas a él. La luz de una ventana abierta ha quedado impresa en el suelo, delante de los pies del hombre, y en la pared que está detrás del sofá. A un costado del hombre hay un libro abierto. Está claro que aquí hay una historia que contar”, admite Strand.
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Habitación de hotel, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
3. Una historia que contar
Un creador que quisiera urdir una historia podría inspirarse en dicho cuadro o en Habitación de hotel, de 1931, una obra esta última que yo siempre procuro ver cuando acudo a Madrid. Podría, en efecto, concebir unos hechos anteriores o posteriores que contar, aportando datos que el pintor no da. En parte, la creación es eso: añadir con verosimilitud lo que no está; fantasear con congruencia a partir de informaciones siempre escasas; aventurar sin posibilidades de verificar o de desmentir en el mundo que se toma como referente. Ésa es la libertad de inventar y sobre ello, sobre sus límites, reflexionaba Antonio Muñoz Molina en su obra Ventanas de Manhattan. Hopper era en ese libro una referencia constante…
A veces, cuando analizan las obras, algunos críticos literarios o artísticos se abandonan a la ficción: se consienten estas libertades, propias de un novelista o de un poeta en ejercicio, pero no de un analista. Strand no quiere inventar; quiere plantear hipótesis narrativas que no son ficciones. La ficción sería aquí lo fácil. Strand no hace eso. Aunque él no lo indica, podemos señalar que su operación nos es la de la fantasía, sino la de la ékfrasis: trata de atisbar fundadamente la historia contada de la que la escena es parte o momento o indicio. Como antes decía, él se ciñe a los cuadros y sólo conjetura a partir de datos bien visibles. Admite estar ante las imágenes de un mundo reconocible, el de su propia infancia en los años cuarenta, por ejemplo. Pero admite también que esos cuadros recrean de manera escasamente realista hechos que no sabemos. Las imágenes son muy contextuales, mínimas, y al mismo tiempo se abstraen de la circunstancia concreta en la que parecen inspirarse: nos resultan familiares y extrañas a la vez.
Strand a veces se aventura: tanta es la sugerencia del cuadro. Como en la obra del Thyssen-Bornemisza que tanto me atrae y que contemplo como si fuera un fotograma de La ventana indiscreta, de Hitchcock. “El modo en que la mujer de Habitación de hotel se sienta en el borde la cama, un tanto jorobada, el modo en que sostiene la carta, con las manos descansando sobre las rodillas, sugieren que ha leído muchas veces esa carta, y que las noticias que contiene no son buenas”, dice Strand. Leer y releer, precisamente. Pero Strand no quiere abandonarse al estupor de la pura ficción: “la pulcra estrechez de la habitación,a despiadada blancura de las paredes iluminadas, las frágiles líneas verticales y horizontales, proporcionan un agradable ambiente de severidad que obliga a los observadores a no ir más allá mientras la mujer se enfrente a su lectura”.
Leer, otra vez: en este caso, esa carta que la mujer deposita sobre sus rodillas. O como en Digresión filosófica. Allí hay un libro, sí: un libro que está abierto del que no sabemos nada. Ni siquiera sabemos si alguien lo ha leído. O releído. Si hemos de hacer caso a Hopper y a su esposa, entonces aquel cuadro trataría de los males de una lectura tardía de Platón. Yo prefiero abstenerme y mirar.
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Hemeroteca
–Neus Campillo, “Acampados por la filosofía“, El País, 16 de mayo de 2008
–Vicente Sanfélix, “La educación en el Levante feliz“, El País, 19 de mayo de 2008
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Blogosfera
David P. Montesinos, “Enseñar filosofía“, La cueva del gigante, 14 de mayo de 2008
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Atención: nuevo post, martes 20 de mayo, a poqueta nit
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05.10.08
Posted in La felicidad de leer at 19:33 por jserna

0. Leyendo…
Una cosa lleva a otra, una lectura lleva a otra. Estar atento tiene ese riesgo: que te multipliques exponencialmente. A veces de manera demente. ¿Estás ahíto? Sí, en ocasiones, resoplas, como el tipo ese de la foto… Como vio Marx, todo tiene resonancias, todo despierta un eco de otra lectura previa, de esa biblioteca que está detrás de ti y que te exige, una biblioteca en la que cada libro reclama tu atención. Para escribir, por ejemplo. En todo caso, cuando te pones, has de evitar el diletantismo. Ya lo dije: la mera expansión, el tratamiento superficial que liquida el tema, ese picoteo que sólo busca el dato escaso. Por tanto uno debe insistir, debe volver cada cierto tiempo, procurando imponerse rigores y disciplina intelectual: leyendo cosas variadas precisamente. El mejor antídoto contra las muchas lecturas es administrarte dosis no letales de ese mismo veneno.
Los mejores blogs son conversaciones a distancia, charlas virtuales en las que los comparecientes juegan, se interpelan, se retan, se recomiendan mutuamente lecturas y, en ocasiones, hasta se prestan sus libros.

Por ejemplo, en este blog. Si no me equivoco, Francisco Fuster se citó con Marisa Bou para pasarle un par de volúmenes interesantes. En esta bitácora, quienes intervienen se organizan para no dar descanso a los lectores más ávidos, ya ven. Por ejemplo, me han recomendado expresamente a un autor del que nada sabía: Bruce Bégout. Admito mi ignorancia. Me habló de él el propio Francisco Fuster, dejándome un ejemplar de su obra más célebre, ahora recién traducida: Zerópolis. Pero no es Fuster de quien parte esta recomendación: según creo, fue David P. Montesinos quien le habló con entusiasmo de este joven filósofo francés. Y ya ven. Yo, ahora, me veo leyendo este interesante libro. La verdad es que lo he acabado en unas pocas horas, de tan breve que es: eso no significa, sin embargo, que no sea enjundioso.

1. Leaving Las Vegas
¿A qué está dedicado? A Las Vegas. ¿A Las Vegas? ¿Y a quién le interesa algo así, un volumen sobre una ciudad tan estrafalaria, tan distante? Sí, en efecto, Nevada nos queda muy lejos. Pero no creo que el exceso de esta ciudad nos sea tan ajeno: el exceso de la mezcla, de la incongruencia. Ya nos hemos habituado a esas aleaciones imposibles: forman parte de nuestras vidas. De nuestras vidas imaginadas, fantaseadas con el auxilio del cine y de la televisión. Primero, Las Vegas fue precisamente el centro del urbanismo descentrado, extremo y, también, el lugar de la incoherencia impenitente: el espacio de la mera adición; la urbe incongruente de edificios que se repelen.

Pero es también el lugar del énfasis lumínico, la sede de la luz abundosa, sobrante, con neones explícitos que desafían la indiferencia del espectador, del jugador.

Para algunos, esa incoherencia descentrada y este exceso estético son un logro insólito y posmoderno, una operación que se vale del collage y la ironía. Entre otros, esta tesis la sostuvo Robert Venturi en un libro que leí años atrás y cuyo impacto aún me dura: Aprendiendo de Las Vegas. Sabemos de los hoteles-casino y de la compulsión de los jugadores, del ruido de las máquinas. Sabemos de la presencia de una clase de servicio que atiende con prontitud y frialdad profesional los deseos del visitante. Sabemos también de su excepcionalidad urbana: Las Vegas aparece como un artificio descomunal y superficial, luchando contra el determinismo de la naturaleza, del desierto. Aún nos sorprendemos de esas copias de edificios europeos y de esa invasión de los neones luminosos que hipnotizan verdaderamente.

Pero parece también la ciudad de la incomunicación, del ensimismamiento, del solipsismo. Cada jugador encerrado en su apuesta, ajeno al mundo exterior, atento al azar, dispuesto a consumir y consumirse. Es fácil, sí, hacer metáfora de Las Vegas: adoptarla como un microcosmos de nuestro mundo. Bégout evita convertir la ciudad en símbolo de nuestro tiempo. Es de agradecer que el filósofo francés no la tome como metáfora del mundo actual. Es lo obvio, lo falso obvio. Bégout, por el contrario, la recorre con mirada atenta, con los ojos de un antropólogo europeo que no se fía de la familiaridad inmediata de las cosas, que espera entender las formas de ese gigantesco parque de atracciones, el vértigo de su impacto visual. Es, en efecto, una suerte de parque temático cuyo objetivo será siempre divertirse hasta morir o, mejor, divertirse regresando sin haber muerto. ¿Es así? El parque temático nos procura solaz y nos pone en riesgo, recrea entornos urbanos, naturales e históricos, pero a la vez nos protege con la ficción, con lo que no es verdad. Yo, al menos, lo vivo así.

Leyendo a Bégout releo indirectamente a Roland Barthes (Mitologías), a Umberto Eco (La estrategia de la ilusión), a Jean Baudrillard (América), autores que me enseñaron a mirar de cerca las pequeñas cosas de la modernidad: los gadgets, el mal gusto, el kitsch propiamente. Entre otros, Bartes, Eco y Baudrillard me mostraron cómo enfocar la perspectiva microanalítica que me revela la porosidad y la profundidad de lo meramente superficial, de lo aparente: Superman y los moteles, la autopista y el museo inacabable de la utopía americana, objetos y el espíritu de esos objetos. No hay nada irrelevante o descontextualizado si miramos bien en el mundo saturado que nos rodea; no hay nada desprovisto de significado y todo se convierte en objeto de pesquisa. Eso hizo Walter Benjamin para el París del Ochocientos y eso mismo podemos hacer ahora cuando miramos la ciudad que nos rodea. No hay que quedarse absorto… Por ello, al menos de momento, me despido de Las Vegas, que es lo que recomienda Bégout (también el final ha de ser Leaving Las Vegas): abandono Zerópolis , esa ciudad en la que se confunden lo real y su sombra, el objeto y su ficción, la nada y su expresión. La abandono para vivir y leer de otro modo y en en otro lado. ¿Y qué encontraré?
2. Continuará…
No continuará. La situación del PP es tan grave (temporalmente grave) que suspendo este post. Martes 13, nuevo post.
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Hemeroteca
-Enric González, “El horror“, El País, 11 de mayo de 2008
-Gustavo Martín Garzo, “Las enseñanzas de Sherezade“, El País, 11 de mayo de 2008
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05.06.08
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 19:07 por jserna
1. El horror, el horror
En poco tiempo, con una intensidad que no me recordaba, he leído un libro breve pero sobrecogedor. Es el Cuaderno de Fontilles , de Vicente Sorribes Santamaría. Se trata de la edición de un dietario firmado por un joven médico valenciano, un manuscrito que abarca desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre de 1943: unas pocas semanas, pues. Es el diario íntimo, personal, angustiado, exasperado que el galeno lleva mientras cumple con su destino en el Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos, situado en Fontilles. Sus páginas son un viaje al fin de la noche, como el que emprende el joven médico Ferdinand Bardamu en la obra de Céline. Pero lo que en la novela francesa es malditismo y autodestrucción, en el dietario de Sorribes es empeño y decepción, la materialidad misma de la corrupción.
El joven Bardamu se había alistado voluntario en 1914. Muy pronto descubrirá la irracionalidad y la sordidez de la guerra, algo que le derriba, víctima del aturdimiento, de la insania: será conducido a un sanatorio-prisión igualmente sórdido, miserable, del que saldrá abandonándose a la incredulidad, evacuando sus pruritos morales. Sorribes no obra así, con el cinismo de Bardamu. El médico valenciano se duele crecientemente, avanza a tientas, contempla la podredumbre de la carne, el despedazamiento, y detalla sin novelería alguna la repugnancia que la patología le produce, la hostilidad que le rodea.
No hace metáfora de la posguerra, ni generaliza el caso. No convierte el recinto sanitario en símbolo de la España autárquica y violenta. La leprosería no es un microcosmos de algo mayor, no. El lugar es el infierno particular, sin exageraciones literarias ni proyecciones exteriores. Frente a la tentación del lector actual –pensar el sanatorio como espejo de aquella España–, el documento se nos muestra como testimonio de una experiencia irrepetible que ha de enunciarse para ser soportada. Eso es lo que tienen los documentos: nos enseñan algo que no está y que el lector, el historiador exhuma; son versiones de una vivencia sentida subjetivamente pero expresada con los recursos colectivos que un individuo recibe. El dietario es un género con normas particulares: entradas breves escritas, por ejemplo, al final del día; anotaciones cronológicamente ordenadas con información e impresión, con datos y sentido, con descripción y moraleja, tal vez; minucias personales y profesionales, una enumeración de lo que pasa. ¿De lo que pasa? En realidad, en el diario, como en cualquier testimonio escrito, es más importante lo que no se dice: o bien porque el autor se censura, se reprime, temeroso de sí mismo, de lo que sería capaz de expresar, de desear, de criticar si no se contuviera; o bien porque el escritor juzga ciertas cosas como evidentes y redundantes, un innecesario detalle para ese primer lector (quizá único lector).

Pero regresemos a Sorribes, a 1943. El lector se deja llevar por su prosa escueta y precisa, sabiendo de la brevedad e intensidad de sus confesiones. Poner en orden sus experiencias –sus impresiones, sus ideas, sus decepciones– es una forma de atribuir sentido a las cosas espantosas que suceden, a la mediocridad: un contraste entre el joven animoso que llega al sanatorio esperando ser un auxilio, un profesional eficaz, y la miseria moral y material que todo lo detiene. La contradicción entre esos empeños iniciales, esas fuerzas que le llevan a resistir (que tienen raíces religiosas) y esas frustraciones, esas impotencias que lo frenan, me recuerdan las tribulaciones del joven licenciado que protagoniza El árbol de la ciencia, y me recuerdan también la vocación abnegada de Santiago Ramón y Cajal en una sociedad miserable y raquítica. Por su parte, Pío Baroja había hecho de Andrés Hurtado un médico resistente en el medio hostil de la España finisecular. “¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?”, le pregunta Iturrioz a Andrés Hurtado. “Ninguna de las dos cosas”, responde el protagonista de El árbol de la ciencia. “Yo era allí una bacteridia colocada en caldo saturado de ácido fénico”, confiesa Hurtado.
En Fontilles, Sorribes se esfuerza cada día por no experimentar el puro abatimiento. Conmueve la lucha del médico valenciano por entender lo que le rodea, esa enfermedad que desfigura, el mal que amputa, que destruye, una dolencia a la que tradicionalmente se le achacaba una perversión moral. Conmueve su amor propio, ese esmero por hacer las cosas bien, por oponerse a la indolencia administrativa, a la incuria institucional. Conmueve su esfuerzo, finalmente baldío, tratando de enfrentar el abandono y la desolación del enfermo desahuciado. Él es un profesional que desea desempeñar su cometido, atender a sus pacientes, cumplir sus obligaciones administrativas. Pero nada de lo que le rodea funciona verdaderamente, como en la España barojiana de Andrés Hurtado: ni la dirección del centro, ni los empleados que allí trabajan, ni los religiosos que han de velar por las almas de los internados.

Todo se le opone, hasta la belleza natural que circunda, esas montañas abundantes que son encierro, separación. Hay propiamente una muralla elevada que mide cinco quilómetros de diámetro, nos dice. Hoy, cuando a la mínima pretextamos incapacidad, deberíamos repasar la confesión de Sorribes: sus palabras son un antídoto contra la pereza. Fue una persona religiosa y eso, sin duda, le mantuvo con fuerza en los momentos de mayor abatimiento. Pero en esas páginas Dios es siempre una referencia lejana, incluso silenciosa y hasta ausente. Sorribes sobrevive como un náufrago y, como Robinson Crusoe, ha de empezar un diario para mantenerse, para dialogar consigo mismo, para documentar sus pequeños logros, para dictaminar sobre las desesperanzas y sobre los motivos de las desesperanzas. Vive en un encierro vegetal, entre montañas que le oxigenan y le ahogan. Como el personaje de Daniel Defoe, tampoco Sorribes puede comunicarse propiamente, razón por la que permanecerá silencioso, mudo, precavido: no puede volcar sus sentimientos en un proceso de transferencia imposible con internados hostiles o con un personal administrativo o médico desinteresado. Necesita, pues, llevar un diario en el que realizar esa transferencia. Robinson tardará días y días en escribir, cosa que sólo hará cuando el medio artificial que había construido –aquella empalizada, aquella techumbre menesterosa– empezó a procurarle un entorno más hospitalario. “Fue entonces cuando empecé a llevar un diario de mis tareas cotidianas”, dice el personaje. “En un principio había estado demasiado ocupado, no solamente con mi trabajo sino con los confusos pensamientos que pasaban por mi mente, y mi diario hubiera aparecido lleno de cosas torpes y melancólicas”, leemos en la versión de Robinson Crusoe que hiciera Julio Cortázar. Vicente Sorribes no espera: inicia la escritura conforme emprende el viaje, conforme se adentra entre aquellas montañas abundantes y opresivas, con un dolor creciente.

Y allí escribe. No son páginas esterilizadas, con datos clínicos, sino registros objetivos y emocionales, a un tiempo; anotaciones precisas y subjetivas en las que el médico trata de sobreponerse al asco: propiamente al espanto que el rostro del leproso le refleja y le provoca. Pacientes sin tabique nasal que expelen arrogantemente el aire, humedeciendo la cara del interlocutor; enfermos que esputan descuidadamente al hablar, salpicando las mejillas de médico con gotitas de saliva infecta. Leprosos retadores de los que no hay vestigio o fotografía en el libro, gentes que nada agradecen, incluso dementes, y que el médico ha de contener: de ellos espera extraer experiencia clínica, con ellos cree poder investigar. En ese punto, el diario muestra irritaciones varias con aquellos a quienes auxilia y con aquellos de quienes se informa. Ese tono dolido, avinagrado, me hace recordar vagamente alguna página de un gran dietario, el de otro finísimo observador, también airado con sus informantes, igualmente harto de sus circunstancias: el Diario de campo en Melanesia, de Bronislaw Malinowski, aquel diario en el sentido estricto del término que tanto escandalizó a sus colegas científicos, incrédulos ante las irritaciones del respetado antropólogo. Pero eso que digo es excesivo: fruto de la angustia de influencia, probablemente. Quizá no sea sensato comparar a Sorribes con Malinowski: al fin y al cabo, las estancias de ambos entre nativos o leprosos poco tienen que ver, más allá del viaje metafórico, humanamente incómodo, emocionalmente perturbador.
Si hubiera que buscar referencias, entonces tal vez deberíamos considerar La montaña mágica, de Thomas Mann, como un caso inevitable. Vida de sanatorio; vida en la montaña; vida mórbida, patológica. Pero inmediatamente me corrijo: tampoco la novela de Mann sería el ejemplo con el que cotejar el Cuaderno de Fontilles. En La montaña mágica, doctores y pacientes se abandonan lánguidamente a la enfermedad, deseosos de alcanzar la lucidez que las dolencias pulmonares provocarían. Hans Castorp, la criatura de Thomas Mann, se adapta bien a la vida en Davos, a la existencia ordinaria del Sanatorio Internacional Berghof. El establecimiento de la novela sí que es una transfiguración de la Europa de preguerra, una metáfora de las naciones enfrentadas, un lugar en el que disputan Naphta y Settembrini, entre otros: o sea, Davos es un espacio en el que se representa el choque entre la razón y la naturaleza, una naturaleza de la que también forma parte la propia enfermedad… Pero Sorribes no es Castorp: como tampoco lo son los médicos que allí atienden. El sanatorio de Fontilles no permite la reflexión demorada o la languidez mórbida: en ese establecimiento no hay lugar para la melancolía sin objeto.
El libro que tengo en mis manos es el compendio breve de una vida aún incompleta, inacabada, hacia 1943. El joven médico abandonará el sanatorio en septiembre de ese mismo año, marchando a Madrid para rendir exámenes del doctorado. El juicio que Sorribes anota sobre los catedráticos no es muy favorecedor y, como en Fontilles, se siente igualmente maltratado por la incuria, por la pereza institucional. El Diario de un nuevo médico incompleto, que es el título original del manuscrito, ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo? ¿Por qué?
Ruzafa Show Ediciones lo ha publicado en la colección Los libros de la memoria. Y ello ha sido posible gracias a los herederos del autor, que han puesto el manuscrito en manos de especialistas: de los editores; de Josep Lluís Barona, catedrático de Historia de la Medicina, que ha escrito una introducción breve pero imprescindible a Fontilles, a la lepra; de Francisco Gimeno Blay, catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas, que ha revisado minuciosamente la transcripción del manuscrito; y de Ignasi Mora, periodista y escritor, que ha reflexionado sobre la dimensión literaria del diario. Por supuesto, toda obra de edición es mejorable. Habría sido preferible que Barona se hubiera extendido más sobre las condiciones históricas de la enfermedad, sobre el fenómeno de las leproserías. Habría sido preferible también que Gimeno hubiera sido menos respetuoso con ciertas incorrecciones ortográficas de Sorribes: no es ésta una edición erudita o académica y, sin duda, ciertas mejoras del texto finalmente impreso no habrían traicionado el manuscrito original. Habría sido igualmente preferible que Mora no lamentara tanto el estado deplorable de las letras valencianas: el diario no necesita una novela para agigantar el valor de lo que allí se cuenta, precisamente sin intenciones literarias.
Leo Cuaderno de Fontilles y les recomiendo vivamente su lectura. Allí descubrirán el horror. El horror, el punto final.
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2. El humor, el humor
Acaba de aparecer una reseña que he firmado. Es una aproximación a El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. La protagonizan un patricio romano lenguaraz de vientre suelto y un jovencito de pronto avispado. Transcurre en el siglo primero de nuestra era… Al leer dicha novela, lo fácil es asimilar esta broma genial a las locuras de los Monty Python, aquel film que tanto nos divirtió: La vida de Brian (1979). Por supuesto que hay una afinidad más o menos explícita entre ambas obras, pero he preferido pensar esta novela como un precipitado de otras tradiciones propiamente literarias. O mejor: he querido leer esta obra buscando y hallando el sentido del humor, el gamberrismo, la corrección burguesa que Mendoza aplica a materiales narrativos ya ensayados y por él renovados con el recurso posmoderno.
¿Qué es lo posmoderno? Aceptar la carga del pasado con ironía: dado que los contemporáneos siempre estamos en falta, dado que nuestros antepasados siempre parecen exigirnos, el posmoderno acarrea lo pretérito rebajándolo, alterándolo, haciendo collages, parodias explícitas y citas encubiertas. Mendoza asume la gran tradición, incluso las tradiciones menores de la literatura: se hace cargo de ellas con libertad, con broma, con ironía. Presta homenajes aunque, a la vez, rebaja el determinismo del pasado mezclando lo insoluble, sumando lo egregio y lo chusco, lo impostado y lo humilde, lo monumental y lo menesteroso, lo culto y lo chabacano. Eso produce un efecto humorístico generalmente irresistible.
Pero, efectivamente, no es sólo la literatura lo que anima a Mendoza. El cine, sí, también está presente. Ahora bien, más que Monty Python son los hermanos Marx (o Groucho, concretamente), expertos en mezclar lo insoluble, aquello que le inspira: los Marx, capaces de hacer payasadas y de lanzarse tartas y, al mismo tiempo, capaces de soltar un parrafada jocamente erudita y pedante. Este Mendoza cortés, elegante y gamberro podría ser sensible ante un virtuoso del arpa, aplaudiendo a la vez la ocurrencia escatológica. Así quiero ser yo… Siempre he admirado a los que no son sofisticados todo el tiempo. ¿Imaginan qué pesadez? Pomponio, tan reflexivo y culto tiene, simultáneamente, problemas intestinales: flatulencias que no oculta en su relato, en esa confesión epistolar que hace a su destinatario, Fabio. Digo Fabio y digo correspondencia y pienso en la Epistola moral a Fabio. Sí, ya sé que nada tiene que ver la nouvelle de Mendoza con esta obra del barroco sevillano, pero fue leer ese nombre y recordar una obra que, no sé por qué, me remite a un momento concreto de mi adolescencia. Ha sido leer la epístola de Pomponio e inmediatamente preguntarme qué he hecho en mi vida: qué he hecho de mi vida si no soy capaz de escribir algo así.
Ajá, eso es lo que me ocurre: que no soy capaz de hacer reír, de hacer parodias o payasadas reflexivas con estilo y buena prosa, con registros varios. Y, en efecto, no tengo esa virtud, pero creo ser poseedor de una cualidad muy saludable que me libra de mí mismo: la de procurar divertirme. Mi pronto es severo, grave incluso. Pero, a poco que se me conozca y a poco que intime, lo que intento es reírme. Mendoza me hace reír frecuentemente: no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho. Oigan, aprovechen. Dejen de leerme y vayan a las páginas de Mendoza: son un antídoto contra lo inauténtico, contra la mala leche. Son también un homenaje juguetón a las clases menesterosas: qué homenaje tan deliciosamente burgués. Para quienes vivimos consumidos por el rencor de clase contra los pijos, un señor de Barcelona tan elegante como Mendoza nos reconcilia con el mundo.
Fin…
Mendoza y yo
“La Cataluña real“, Levante-emv, 23/3/2007
“Si no lees te quedas tonto“, El País, 9/3/ 2002
“Baroja y yo“, Ojos de Papel, 1/12/2001
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Selecciones
Hemeroteca, fonoteca y blogosfera del mes de mayo
–Justo Serna, Reseña de El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Ojos de Papel, mayo de 2008.
–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.
–Francisco Fuster, Reseña de I Love Your Glasses, de Russian Red, en Ojos de Papel, mayo de 2008,
–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte.
–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing.
–”Una historia de violencia“, La cueva del gigante. Blog de David P. Montesinos
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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena
“Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.
Viernes 22, 9:30 horas:
Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX
Ponencia de Justo Serna
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04.27.08
Posted in Escribir, Comunicación, educación, La felicidad de leer at 17:21 por jserna
0. Observar (27 de abril, 17:43)
Nuestra mirada puede cambiar el hecho mirado; el observador puede alterar la cosa observada; el enfoque puede modificar el objeto enfocado…
Todas estas afirmaciones, que parecen audaces, sólo son evidencias de sentido común: del sentido común que hoy domina, que hoy nos domina. Antes, todo parecía ser objetivo, impenetrable, universal. Dios o un narrador omnisciente contaban las cosas y no había problema en contarlas. Una mirada dominadora y un conocimiento general permitían relatar el antes y el después, lo externo y lo interno. Las cosas eran obvias y tenían una calificación incontrovertible. O eso se creía. Los datos eran los que eran y la descripción del objeto debía compartirse.
Hoy, sin embargo, discrepamos sobre el hecho, sobre el objeto, sobre la cosa; disentimos del enfoque y de la presentación, de la perspectiva, de lo que es relevante, justamente porque hacemos depender el hecho, el objeto y la cosa del juicio, de la posición. Hoy, todo parece reducirse a la versión, a la narración, a la opinión. Contamos y ese acto de habla crea propiamente lo observado. ¿Algo reprochable? Habiendo vivido épocas de lenguaje apodíctico y de moral restrictiva –épocas en las que la realidad era un dato inapelable–, que ahora todo se cuestione es… un alivio: un alivio mientras eso no nos paralice. Podría derrotarnos la pereza reflexiva, la duda analítica, sabedores de que sólo reunimos testimonios dudosos, documentos rebatibles, enfoque parciales.
Unas noticias abundantes, unos datos excesivos, nos detienen. Hay que atreverse a pensar con datos siempre exiguos. Los mass media y el dominio de Internet nos han impuesto la lógica del exceso informativo, con reparos crecientes sobre lo que podemos o no podemos saber. Es tal el efecto de los medios de comunicación que empezamos a interrogarnos sobre la posibilidad de llegar a consensos descriptivos, a significados compartidos. Hay miles de páginas sobre un mismo hecho y esas webs se nos ofrecen sin criterio.
En la enseñanza, por ejemplo, hay estudiantes que litigan con sus profesores porque creen que el examen es un repertorio de opiniones, porque creen que la rendición de cuentas es un juicio personal y no la descripción de ciertos hechos con sentido razonado. Ahora bien, aún quedan docentes que se obstinan en lo contrario. Oiga, joven: no hay más que esta presentación de los hechos; no hay más que este significado; cualquier discrepancia es, pues, un error.
Entre la demagogia vulgar que sostiene la equivalencia de todas las opiniones y la tiranía intelectual que elimina toda discrepancia significativa, hay desde luego un trecho transitable. Podemos compartir la voluntad objetiva de encontrar certezas, de rastrear lo que todos esperamos o creemos ver; podemos hacer el esfuerzo de salir de la mera evidencia para fundamentar, para contrastar y para documentar nuestra opinión. Es más difícil describir que opinar, decía Josep Pla. Infinitamente más, añadía. Quizá por ello todo el mundo opina, concluía el ampurdanés. Creo que el escritor catalán nos planteaba una dicotomía confusa.
No está claro que sea más sencillo opinar que describir: creo que es más difícil opinar con datos que no se tergiversan que describir con evidencias que no se cuestionan. Sobre todo porque el juicio documentado nos obliga a salir de nosotros mismos, nos fuerza a buscar lo que no sabíamos, de modo que el dato nuevo altera la percepción. En cambio, podemos describir echando un mero vistazo a lo que veíamos de antemano, a lo que ya atisbábamos sin mayor esfuerzo. De hecho, Josep Pla, que fue un gran observador, tuvo que molestarse en viajar, en documentarse, en leer cosas dispares, en analizar libros distantes… para poder describir y, sobre todo, para poder pasarnos de matute opiniones muy, pero que muy, personales.
Leer cosas dispares, decía. Analizar libros distantes, añadía. Cosas y libros que, en principio, nada tienen que ver entre sí. No hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente.
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1. Contar (28 de abril)
Leo Sobre la dificultad de contar, el discurso de ingreso en la Real Academia de Javier Marías. Tiempo atrás ya nos hicimos eco… Me gusta leer discursos de ingreso, los propiamente literarios y los analíticos. Me parece un género apreciable, sintético, una representación: una forma de compendiar una obra siempre más extensa y previa; un modo de hacerse valer sometiéndose a un rito de paso. La candidatura de quien ingresa ha de ser presentada y avalada por académicos. Es un requisito antiguo, propio de otros tiempos quizá más exigentes, corporativos y suspicaces. Una vez aceptado, el nuevo miembro ha de escribir un discurso. Lo leerá preceptivamente en una ceremonia a la que asistirán las autoriades, sus iguales y el público invitado. Imagino Madrid un 27 de abril, a media tarde, con un sol ya declinante que ilumina increíblemente el Retiro y sus alrededores. Imagino la calle de la Academia, con la calzada impoluta y con las aceras aseadas…
Entre los discursos literarios de ingreso en la institución, recuerdo textos memorables, como el de Max Aub o el de Antonio Muñoz Molina, releídos ahora en un único volumen sobre el que escribí. El de Aub es una invención, un discurso dolorosamente apócrifo; el de Antonio Muñoz Molina es un homenaje elegante y evocador, dedicado a la España vencida, a la España virtual, al pasado y a la tradición que un joven escritor tuvo que recrear sin rendirse al casticismo. Entre los discursos propiamente analíticos, recuerdo el de Carlos Castilla del Pino. El psiquiatra y memorialista tuvo conmigo un generoso detalle: me obsequió con un bello ejemplar de su discurso, expresamente dedicado, una reflexión profunda y liviana a la vez, justamente titulada Reflexión, reflexionar, reflexivo.
Leo ahora las palabras de Marías, palabras que reverencian un género y que, al mismo tiempo, tienen su punto de guasa. Están dedicadas a la novela y a los novelistas, a la ficción. Dice cosas que modestamente suscribo, que le recuerdo, que le apruebo como viejo lector suyo; y dice otras con las que he de mostrar mi desacuerdo. Aborda, exactamente aborda, algunas de las paradojas de la observación y algunos de los aprietos del observador que yo les anticipaba breve y modestamente en el primer apartado de este post (0. Observar). Entre otras cosas, Marías distingue:
-lo real (siempre simultáneo) y el relato (siempre sucesivo);
-los hechos (siempre contundentes) y las palabras (siempre metafóricas e igualmente contundentes, como subrayara Fernando Lázaro Carreter);
-el narrador (quien ordena de acuerdo con un punto de vista informado) y los testigos (quienes testimonian de acuerdo con un enfoque particular);
-lo relevante (”vaya al grano”, no se desvíe) y las digresiones (propiamente la literatura, es decir, remontarse, alejarse, extenderse);
-los personajes reales (siempre dependientes de un documento y de un historiador que les dé vida) y los personajes ficticios (criaturas del aire, recuerda Marías con Fernando Savater, capaces de ir más allá de lo que su creador concibió para ellos).
Frente a los historiadores o los cronistas, frente a los reporteros o los biógrafos, los novelistas desempeñan una tarea que tiene algo de pueril, añade Marías. Además es una ilusión: se pretende decir con palabras lo no sucedido. Los novelistas son, en el fondo, “los únicos que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así»“.
Pues no. No es exactamente así. Me gustaría matizar, aunque sé que si lo hablara con él seguro que convendríamos en lo esencial. Los novelistas no se atienen sólo a una verdad interna, como dice Marías, pues sus obras no son únicamente textos. Son artefactos materiales: son libros cuyo significado final no depende exclusivamente del escritor, sino de un contexto, esa circuntancia mudable que inviste de sentido. Una crónica puede finalmente leerse como ficción: igual que una novela puede cobrar toda la fuerza o todo el mimetismo de un relato verídico. Dice Javier Marías que las narraciones referenciales fracasan irreparablemente, dado que la palabra traiciona, guste o no guste. Es posible que las cosas sean así, pero creo que podemos aceptar que algunas crónicas o algunas historias o algunas biografías son mejores que otras. Mejores porque relatan con mayor esmero y seducción, y mejores porque se atienen con mayor fidelidad al referente. O al menos a lo que su público conviene como referente. El problema es que, andando el tiempo, también cambia: cambia el dato externo, cambia la percepción y cambia su recreación interna. O sea su verosimilitud. Igual que hay novelas que en su momento fueron muy aceptadas y, andando el tiempo, se nos vuelven indigeribles: por inverosímiles.
Contrariamente a lo que espera Javier Marías, tampoco se sigue que los personajes irreales o reales que hay en las ficciones sean necesariamente superiores o ajenos a las criaturas del mundo referencial hasta el punto de suplantarlas. En ocasiones sucede. En otras no. Los caracteres de las novelas, su identidad y reconocimiento, dependen también de su uso, de su interpretación, cosa que varía con el paso de los años, con los contextos variados, con el registro que cada época le da a ciertos comportamientos. Hay personajes, como bien dice Marías, que cobran una dimensión imperecedera gracias a que un escritor se fijó en este o en aquel tipo histórico. Igual que hay criaturas ficticias que se agigantan hasta emanciparse de su creador. Pero eso depende de elementos muy variados y azarosos: no de la mágica intervención de un novelista.
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2. El efecto de realidad (28 de abril)
Javier Marías cita expresamente a Arturo Pérez-Reverte, autor –dice– de “una vibrante novela sobre los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a sus retratos (…), sumados a los de Pérez Galdós en su ‘episodio nacional’ El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento”.
Me permito discrepar. La afirmación de Marías es amistosa, agradecida para con un colega. Pero es aventurada y, desde luego, ignora la suerte de los contextos. Entre otras cosas, no tiene en cuenta la circunstancia actual de patriotismo artificioso que él mismo combate: Marías no parece considerar el significado que el esperancismo le da a dicha conmemoración y de la que esta obra no escapa, voluntaria o involuntariamente: en este caso, Pérez-Reverte se deja querer por el político de turno… ¿quizá uno de esos felones que siempre acaba abandonando al pueblo? El esperancismo lo encarna, claro, la Presidenta Aguirre, pero lo difunde principalmente su historiador de guardia: Fernando García de Cortázar, del que ya hablé en otra ocasión. Hay coincidencias entre los objetivos de Esperanza Aguirre y la crónica que Pérez-Reverte ha publicado, pero no hay una identidad completa: mientras los esperancistas pintan de patriotismo hinchado la jornada del Dos de Mayo, el novelista la convierte en una revuelta extremada y popular de la que hacer crónica, en una intifada de navaja y macetazo. Así la califica en uno de sus artículos explicativos. ¿Algo nuevo, inaudito?
Un día de cólera destaca ahora por una clave intratextual archirrepetida (la del pueblo leal y la de los gobernantes felones), una clave que está en distintas novelas de Pérez-Reverte. Por otro lado, Javier Marías tampoco se plantea qué podrá ser de esta crónica cuando el Bicentenario de 2008 se enfríe, es decir, cuando Daoiz y Velarde o el bajo pueblo de Madrid vuelvan a ser olvidados sin épica alguna, como meros figurantes del autor o de un remotísimo Pérez Galdós.
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3. La dificultad de contar (28 de abril)
Perdonen que me repita. Decía más arriba que “no hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente”. Eso, exactamente eso, es lo que ocurre con el modo de novelar de Javier Marías, que difiere muchísimo de la crónica naturalista a la que aspira Pérez-Reverte en Un día de cólera. Eso es lo que yo vi en Tu rostro mañana: en las dos partes iniciales y en la final.
Pues eso: punto final.
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4. Colofón (29 de abril)
Hay hechos efectivamente ocurridos que, convertidos en materia de una novela, son inverosímiles. Hay personas reales que, concebidas como personajes de una ficción, son increíbles. La actualidad, ese fenómeno que marea con novedades incesantes, nos aporta casos que podrían narrarse, con caracteres fuertes y sucesos vertiginosos: monstruos que no lo parecen, con vida privada y sentimientos comunes; caraduras que se enriquecen manipulando los sentidos de su público; diputados que trastean para su propio y exclusivo provecho; ex mandamases avispados que prosperan en la empresa privada. Si leyéramos novelas protagonizadas por gentes así nos parecería volver al siglo XIX: serían parte de La comedia humana actual. Son materia de la prensa, objeto de atención de los medios, pero no son, no pueden ser personajes de ficción. De serlo, el novelista de hoy debería hacer el inventario de vicios y virtudes. Debería “componer tipos mediante la fusión de rasgos de varios caracteres homogéneos”, según Balzac. ¿Estamos dispuestos a regresar al naturalismo? Leo la prensa, leo las últimas noticias y, aunque no quiero pensarlo, me parece estar en el Ochocientos, en uno de los novelones de aquel tiempo: husmeando, curioseando las vidas ajenas, “los hábitos, la indumentaria, el lenguaje, las viviendas de un príncipe, un banquero, un artista, un burgués…”, según añadía Balzac. No me pidan mayores reflexiones sobre la novela: vuelvo a hojear la prensa y las novedades me aturden. Todo me resulta irreal e increíble, difícil de contar…
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04.24.08
Posted in Escribir, La felicidad de leer, General at 16:12 por jserna
Poesía
0. Discurso de recepción del Premio Cervantes por Juan Gelman (25 de abril)
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1. Carta a Fuca (24 de abril)
Autor: Manel Cantarell i Recatalà
Ciutat de València. 2008. 04. 23.
Hola Fuca… sí, Fuca y no doña Francisca, porque aquí, ahora, puedo quitarme la máscara y charlar más reposadamente contigo. ¡Por supuesto que voy a usar el tuteo!, coincido plenamente con tu opinión al respecto. El tratamiento engolado, petimetre, artificial, buscado pedante, forzado sabiondo de Manel Cantarell i Recatalà es, como le gusta definir a nuestro contertulio David Montesinos, un simulacro: forma parte de su atavío.
Obviamente, tampoco mi nombre propio es el que va con la máscara pero, de la misma forma que me pareció bien que no quisieras conocer en vivo a la gente que conoces a través de Internet, espero que me permitas respetar ese pequeño velo que aun conservo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías. A la postre, como Ulises, soy Nadie, en todo caso, un viajero, como tantos otros, hacia esa Itaca que tanto nos gusta a los lectores de Kavafis, adentrados en la vida con la música de Lluís Llach.
Bueno, mira, Kavafis y Llach salen a colación y ellos mismos me permiten entrar en el tema, la poesía de Miguel Veyrat…
En cierta ocasión mantenía en el blog de Justo Serna mi opinión sobre que el arte debería ser independiente del artista, lugar y tiempo de su realización. Las artes, en su sentido prístino, original, auténtico, entiendo, no pueden ser contingentes si no lo más próximas a la idea de eternidad que tenemos los humanos. Desde ese punto, dudo que nunca hubiera leído a Miguel.
La explicación de ello se refiere a otra idea muy personal mía. Para mí, que soy licenciado en historia y trabajo como técnico de servicios culturales, la cultura Occidental está viviendo su etapa de decadencia, su agonía. Me importa un soberano rábano si, diciendo esto, coincido con algún pensador nazi. Es como lo veo. Y lo puedo razonar. Pues, a pesar de la permanente autosatisfacción de nuestra cultura, de su sentimiento de invulnerabilidad e infinitud, lo cierto es que ciclo vital concluye, ineluctablemente. En cómputos universales, una tenido un recorrido corto, un impacto más traumático que constructivo y una herencia tan banal – pues se fundamenta en su idealismo, por tanto en algo especulativa y evanescente, la materia de los sueños – como negativa: la humanidad entera conservará en sus pesadillas la memoria de la rapiña humana, cultural y económica de este Occidente.
Claro que si te digo esto, debería justificarlo y así nos podríamos pasar varias cuartillas. Te dije que no te atormentaría con mis explicaciones y no lo haré así que concédeme tu confianza y admíteme, al menos como hipótesis de trabajo, mi punto de vista básico. Éste se resume en
(1) No hay diferencia substancial entre el producto cultural que nació con el Renacimiento y nuestro mundo coetáneo. El periodo 1450 – por poner números redondos – 2008, intrínsecamente, es el mismo. Eso es el Occidente contemporáneo. Eso es lo que ya agoniza.
(2) Dicho periodo se vertebra en cuatro periodos:
[1] Orígenes. Con la conformación de un nuevo paradigma cultural que trata de recuperar el pasado clásico y que, por ende, revindica el humanismo y la libertad de conciencia como ejes del nuevo mundo que nace al enfrentarse al mundo integrista cristiano del espacio histórico medieval (ss. IV a primera mitad del XV). Pone los cimientos de las artes y las letras actuales. Ocuparía desde el trecento hasta finales del XVI.
[2] Crecimiento. Con la lucha definitiva contra la última gran reacción integrista cristiana de Occidente (Reforma y Contrarreforma) y el consiguiente triunfo de la Ilustración. Nos movemos en los siglos XVII y XVIII. Las artes y la cultura de Occidente se consolidan y se convierte en una forma pletórica de cultura universal.
[3] Madurez. El cenit occidental. Un largísimo siglo XIX que comienza con la generación de Goya, aun en el XVIII, y acaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Las artes, ya desarrolladas y plenas, alcanzan sus mejores momentos y exponentes de esa cultura. El paradigma del Occidente contemporáneo se fija. Los límites, se alcanzan.
[4] Decrepitud. Es el periodo en el que nos encontramos. Se agrava con cada crisis, con cada bandazo que da un Occidente ya siempre desorientado, estéril, impotente: Primera Guerra Mundial (absurda e innecesaria), Entreguerras (el capitalismo demuestra su incapacidad), Segunda Guerra Mundial (la mejor demostración de las contradicciones en las que entra el sistema) y la Guerra Fría (o la globalización del fracaso de Occidente) conforman los escalones de su patíbulo. Una escalera por la que seguimos ascendiendo, no es que estemos al final de la misma.
Los signos de los tiempos son tozudos. Tras la URSS, Occidente que sólo ha logrado generar ideología estadounidense con elementos de cultura popular tan potentes como el Ratón Micky, las zapatillas Nike, los productos Microsoft o los restaurante de comida-basura Burger King. Las artes entran en barrena. Sólo se puede generar un producto menor, irracionalista y tan peligroso como un mono con navaja: la Postmodernidad. Parida por intelectuales pretenciosos norteamericanos y frustrados intelectuales europeos, es la mejor demostración de la vacuidad del pensamiento actual y de las artes que en dicho caldo se cuecen.
Hablamos, pues, de un espacio cultural póstumo para un arte vacío y comercializado, un pensamiento esclerótico, impotente para generar ideas, fútil, insuficiente, insatisfactorio para las personas e inconsistente para la estética, incapaz de superar lo habido antes de la Primera Guerra Mundial, ni siquiera lo previo a la Segunda. Como en la figura alegórica clásica, este periodo que vivimos resulta un tiempo de enanos sentados en el hombro de un gigante… un gigante que agoniza.
(3) Este último periodo crítico, en cierta forma gramsciano, pues lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo de morir; en cierta forma marxista, pues cuanto vemos a nuestro alrededor es incierto, vaporoso… a mí, personalmente, me despierta mucho recelo respecto a la capacidad de creación que tiene. Es cierto que existen gloriosas excepciones. En los tiempos crepusculares siempre se alumbran las últimas teas que destacan en la mediocridad del fatum. Hoy, como nunca, de Occidente ha brotado tanta cultura, sí, y nunca hubo tanta materia deleznable, prescindible. Brillan las últimas antorchas, sí, pero eso es lo insólito, lo que escapa a la regla. Occidente, se venda los ojos, niega las evidencias y, con el cartelito de “experimental” se lanza a reiterar lo ya creado o a inventar caminos a ninguna parte, experimentos estériles, productos abortados, proyectos absurdos… tutto vanità. Ya no se generan presencias reales en la vida de las personas, si acaso, imposturas intelectuales. Ya no impulsa la inteligencia. Ya no crea razón.
¿A qué viene todo esto?, a fijarnos, desde esa perspectiva, en los signos de los tiempos en nuestra cultura cotidiana. Cuando pienso que nuestra música clásica, la danza, la arquitectura, el teatro, la literatura… ya no dan más de si, no lo expreso de una forma tremendista, ni pesimista. No lo vivo desde el milenarismo, ni en mis palabras ni en mi propósito hay terribilità, sencillamente, tengo la conciencia serena de que Occidente se acaba como concluye toda obra humana. Nuestro ciclo dominante, nuestra capacidad directora, con sus aciertos, errores, frustraciones, alegrías, insuficiencias y herencia se apaga como una vela cuando ya no le queda apenas cera para quemar. Es nuestra penumbra. El sueño de nuestra razón. Como diría Kavafis, vivimos esperando la llegada de los bárbaros. Somos sabedores que nuestro Imperio ya es sólo su ruina, su fachada, su decorado. Están al llegar, hoy no, tal vez mañana, incertidumbre en el día, certeza en su arribada, los bárbaros llegarán. Sabedores también que los muros apuntalados de nuestra cultura ya sólo albergan perillanes, botarates, mercachifles, sinvergüenzas, comerciantes y críticos de arte… fabricantes de irracionalidad, de monstruos.
¿Por qué iba a escapar la poesía a ese sino terminal? Por más sublime que se vea a si misma, la poesía no es más que otra obra humana dependiente de su medio sociocultural. Mi interés por la poesía, así, va languideciendo, hasta desaparecer, conforme avanza el siglo XX. Tras un primer tercio, una primera mitad si quieres, brillantísima, una auténtica súper nova, tan deslumbrante como exponente de una estrella que muere, lo que sigue, no me interesa. La herencia de la segunda mitad del XX es una estrella muerta, negra, silenciosa e insoportable. También se vuelve simulacro, farsa. La que alcanza el siglo XXI, peor. Pervierte su propio fundamento, la rima, y une su destino al de la música “clásica” contemporánea cuando del ritmo se trata. Una estructura inarmónica desacreditada socialmente que, encima, se vanagloria de su “deconstrucción” como si ello fuera un valor añadido al engendro poético. ¿Qué mejor certificado de defunción?… todo es nada… apariencias… presunciones…
No obstante, conocí a Miguel en el blog. O, mejor, reconocí a Miguel en el blog. Paradojas de la vida, milagros y prodigios de nuestro mundo casual (que no causal) ese Miguel Veyrat no era un desconocido para mí. Oh, no, no lo conocía ni como poeta, ni como traductor, ni siquiera como periodista, para mí, fue mucho más que todo eso, era una parte de mi pasado, casi, casi un miembro de mi familia al que nunca había conocido. Un héroe televisivo para mi abuelo, un compañero en los revueltos tiempos del tardofranquismo, un pequeño mito familiar por el que supe de la existencia de Voltaire (mi abuelo lo definía machaconamente como volteriano) o que el mundo no era el que veía sino el que se ocultaba tras aquella falsa realidad de los medios franquistas cuando daba sus crónicas desde París.
Ya sé que no es muy serio lo que te voy a decir pero me negaba a creer que Miguel, “mi” Miguel, fuera un mastuerzo de los que esperaban a los bárbaros cometiendo tropelías e imposturas. Y es que, a la desconfianza abstracta y general sobre la cultura occidental, de la que te hablaba más arriba, aplicaba una constancia concreta de hechos palpables. No eran especulaciones mías, es que lo que la postmodernidad – e incluso la anti-postmodernidad – ofrecía como críptico no era mas que un camelo, lo abstruso se limitaba a lo confuso, lo abstracto, a lo inconcreto y lo elevado, sólo a lo inflado. Lo dicho, el producto de un zote. Miguel no podía ser eso.
Y así lo comencé a leerlo. Llevaba la balanza de Anubis en mi mano, en uno de sus platillos todos mis juicios racionales sobre la cultura contemporánea, en el otro, mi irracionalidad suelta, mi intuición, repitiéndome que Miguel bien podía ser (sólo podía ser) un hiperbóreo, uno de los últimos hiperbóreos nietzchianos que, confundido en la maraña del mercantilismo, la fatuidad pública y el engaño intelectual de nuestros días, conservaba la integridad filosófica aún en el final de nuestros tiempos. Con semejante bagaje me adentré en él.
Me apresuro a decirte que, en absoluto me defraudó. Es cierto, no hay rima en su obra y su ritmo es quebrado, o sea, lo que te decía más arriba que abomino… pero… y ahí comienza la diferencia substancial de Miguel… si seguimos con el símil de la poesía contemporánea con su música coetánea, en Miguel no encontrarás la pretenciosidad vacua de los músicos que se llaman a si mismos “cultos” o “clásicos”, esos que interpretan polifonías asonantes, inarmonía y ruidos que nos quieren hacer pasar por música, vestidos, eso sí, con cuello cerrado y de Hugo Boss. En Miguel encontraré la voz quebrada del saxo en un obscuro club de jazz; tal vez en un recinto muy pequeño, lleno de humo, lleno de gente… de gente sin pajarita en la garganta, gente quebrada, como el jazz, como su poesía. Y cuando comencé a sentir eso, adentrarme en su poesía comienza a serme más fácil pues mis prevenciones disminuyeron y, relajado, sus palabras, sus ideas, comenzaron a fluir más fácilmente en mí. No sabes lo mal que me supo no escucharlo en vivo cuando estuvo en València, estoy seguro que su voz no diferiría demasiado de la de Tom Waits, al menos en su cadencia y profundidad.
Si me sigo adentrando en su obra. Vista y admitida su ausencia de rima y su ritmo quebrado… mmm… quebrado, sí, pero no por eso roto en un sentido violento, en ningún caso, como la línea recta, artificial, interrumpida de la poesía actual, quebrado como retorcido, como una rama, como una raíz, como un tronco, como algo orgánico, humano. Perdón, me voy, decía que sin rima y con un ritmo orgánico hemos de llegar a la misma estructura de su obra… y el peligro latente de la “decontrucción” como fórmula “moderna” de presentación. Miguel lo resuelve de una manera magnífica: manda a la papelera de las estupideces tan desabrido concepto y, sencillamente, no crea estructura, pasa por completo de ella. Propone al lector una lectura laberíntica. Recupera el pensamiento complejo implícito de los clásicos en la figura del laberinto y convierte cada libro suyo en uno. Así el lector, cuando entra, puede hacerlo como Teseo, Dédalo o Ícaro, ese es su poder, un privilegio que muy pocos poetas permiten, camina por sus poemas entre la esperanza por descubrir una vía viable – valga la redundancia – y el temor a tropezar con el minotauro, con el monstruo, con la sinrazón. Miguel, pues, se me hacía cada vez más próximo, su obra era tan compleja como la corteza de un árbol o como el diseño del microcircuito impreso de un chip y eso es de agradecer en este tiempo de poesía pulida y cromada.
¿Pero… no olvido algo de las formas?… Sí, su propia base, el elemento substancial con el que se construyó ese laberinto orgánico, las palabras. ¡Por fin pude leer a un poeta coetáneo que utilizara más de media docena de conceptos! Por fin las palabras se engarzaban en conceptos tras los cuales había ideas, se acabaron los conceptos postmodernos, huecos por definición. Palabras, palabras, palabras… por fin palabras con significado, palabras con fundamento, palabras para decir algo, para expresar alguna cosa, para extirparse dolor-amor del alma y construir con ellas ese laberinto. Palabras como las dichas en los templos de Sumer, en ágoras y foros del Mediterráneo, en las carabelas ibéricas transoceánicas, en las fábricas de Manchester, en los frentes de combate de las guerras mundiales. Palabras vivas, conceptos vivos, poesía viva con formas orgánicas, serpenteantes, ricas… sí, Miguel presentaba con fuerza sus credenciales de hiperbóreo… Y a mi me entusiasmaba.
Faltaba apreciar si su ser volteriano reverberaba dentro de semejantes formas.
En este capítulo de contenidos, ay, cada vez nos adentramos más en lo subjetivo, en la intuición propia, en la percepción irracional de nuestro cerebro. Tenemos menos asideros, menos argumentos con los que defender nuestra opinión… ¡claro!… es que nos adentramos en la república de la poesía pura, más allá de lo formal y ahí nuestros valores palidecen y callan ante los poemas.
Honradamente, no sé ni por donde comenzar, precisamente por esa variedad laberíntica de su obra. Lo dejo al albur de los Dioses Inmortales y te lanzo mis opiniones con el mismo (des)orden del laberinto.
Miguel y lo que dice. Creo que hay otro elemento que diferencia y magnifica a Miguel de los poetastros actuales. Estos son unos plomos. Unos parecen unos desdichados psicóticos practicando alguna terapia escrita para aclarar sus problemas mentales, otros son engolados representantes de la pretenciosidad más falsa, fatua, engolada, incluso ridícula que uno pueda imaginar. Mientras en ellos leemos lo egocéntrico, lo psicoanalítico, lo personal y lo carente de interés – salvo que se sea un cotilla –, Miguel nos habla desde si, no de si, y lo hace con ideas universales que lo conmueven a él, como puede conmoverse cualquier ser humano. Nos libra de las aburridísimas disquisiciones de aquellos mendrugos preocupados por su ombligo… y maldita sea el interés que tiene su ombligo para nadie… y nos propone visiones humanas. Como en el principio hermético de “como es arriba, es abajo”, Miguel facilita al lector el viaje de lo personal a lo universal y viceversa a través de su poesía.
¿Miguel, pretencioso, pedante? Es fácil para un intelectualillo de tres al cuarto hacer una lectura así de su obra. Y, fíjate qué paradójico, precisamente la facilidad del tránsito del plano personal, íntimo, al otro universal, público, demuestra su sencillez. No hay en él pretenciosidad, es la sinceridad de la inteligencia, un bien escaso, este, que no siempre se sabe evaluar con justicia cuando el inteligente – el sabio, y Miguel presenta esas características de conocimiento acumulado y de taumaturgia devenida de ello – hace uso de ella abiertamente.
Por eso tampoco es un pedante, no se aprecia engreimiento en su inteligencia, ni retuerce los textos para hacer un alarde de erudición, sencillamente, aplica en su poesía los elementos que considera oportunos de su universo mental. Lo que ocurre es que éste es muy amplio y, por consiguiente, muy bien dotado de recursos, algo que, por fuerza, han de envidiar los cerebros pequeños y las almas simples, frustradas por sus limitaciones… en fin, lo cotidiano y abundante en la cultura crepuscular.
Miguel, desde esa perspectiva, lejos de ser un clérigo en su púlpito clamando en una lengua que nadie entiende pero que, en su ignorancia, todos admiran, es un intelectual que con su obra impele al conocimiento, provoca las ganas de conocer, empuja a saber, fomenta la razón, la crítica, el conocimiento del uno en si y en su proyección cósmica. Y eso duele.
Lo abstruso de Miguel. A esas alturas, podía encontrar en Miguel mucha materia de mis entretenimientos: mitos y leyendas clásicos, filosofía sin contaminar de cristianismo, mecánica quántica… y así me di cuenta que contaba con una ventaja que otros lectores no tenían… sabía cuando hablaba de incertidumbres que se refería al Principio de Heisemberg, no a una especulación espiritual; donde otros leían metafísica – y en ella se perdían – yo percibía el mundo subatómico de la física quántica; las alusiones al viaje de Gilgamesh, la épica clásica, las visiones isíacas de la Luna… Por algún extraño misterio, nuestros gustos, aficiones y manías habían venido a coincidir en una proporción sorprendentemente grande, toda vez que nunca nos hemos visto, ni siquiera hablado, directamente. Lo cual se traduce en que, sin haberlo pretendido, tenía en mi poder un buen montón de claves para discurrir por su laberinto, para mí, nada abstruso.
Lo que no entiendo de Miguel. Sin embargo, también hay claves de Miguel que no me cuadran. Eso, lejos de resultarme incómodo, al revés, actuaron como esa palanca que apoya el conocimiento. Con lo que no entiendo me fuerzo para querer saber más, porque sé que tras sus poemas, sus imágenes, sus palabras, hay algo más que sólo conceptos.
Tal vez lo más acuciante para mí sea el fuego y todo su campo semántico: la llama, el incendiario, quemar, lucir… ¿Es el fuego de Heráclito, fundamento de todo, alma de todo, inquietud abrasadora permanente, o es el de la hoguera de Platón en la puerta de su cueva, el deformador de la realidad, el creador de sombras, de incertidumbres? ¿Hablamos del fuego como vida, como furia, como tea de la razón y la rabia por la estupidez? ¿hablamos del fuego domesticado, constructivo, cauterizador? Aquí mis lecturas tuvieron que ir y venir, encontrar trazos por acá y por allá, pensar y repensar, interpretar, soñar… bueno, al final, sin entenderlo, disfrutar.
Lo que no comparto de Miguel.
Intermezzo
Acabo de darme cuenta de la hora que es, del rollo que te estoy soltando y de que acabo de llegar al capítulo… ¡¡¡¡al que quería dedicar más espacio!!!!
Perdona, por favor, perdona porque no era mi intención soltarte semejante filípica. Resuelvo esto por la vía rápida y te dejo en paz. Palabra.
La obra de Miguel también tiene para mí aspectos – y no menores – que no comparto. Te los esbocé en mi participación el blog de Justo y ahora, vistas las circunstancias, apenas te lo podré desarrollar un poco más.
En el colmo de lo sucinto te diré que los tres elementos de mi mayor discrepancia con él residen en las figuras de la niebla, el naufragio y la muerte. No, no es eso. No puede serlo. Me estira con fuerza el pensamiento cínico griego – el cínico real, no su reinterpretación platónico-cristiana –el epicúreo romano, el hedonista universal, la luz de la razón, la ilustración, la vida, el Mediterráneo… ¡hasta la paella tira de mí cuando me enfrento a esos tres conceptos!, así que frente a su planteamiento decadente, prefiero, respectivamente, el Sol, la navegación y la vida.
Aquí, Miguel se recubre con una toga que no creo que sea la suya. Si naces en València y tienes sangre saboyana no puedes mirar el paisaje desde la umbría. Vamos, para mí es incomprensible que se deje atrapar por los sfumatos y los pentimentos de la vida. Ese no es mi Voltaire personal (ni el de mi abuelo). Me desconcierta su mirada al abismo cuando sabe, por Nietzsche, que el abismo lo mirará a él. Un ser de razón, de luz, ha de portar en su antorcha la alegría, el humor, la lucha, la sonrisa, el puño cerrado, la acción, la intuición, hasta la magia… No puede cubrir Babilonia de resignación, no puede secar el Nilo, ni vaciar los templos de los Dioses Inmortales, no puede pedir morir para evitar la muerte porque la muerte es vida… ¡es vida!
En fin, pero esto ya es una visión personal mía que no tiene mayor interés, el interés está en el poeta – afortunado mortal que puede portar tal nombre – y en una obra más que abstrusa, enigmática, sobre todo humana, inteligente y generadora de inteligencia, satisfactoria, afortunadamente laberíntica y orgánica, escrita con palabras, cerebro y alma.
Acabo.
La obra, pues, aun con mis disidencias, me gustó y, stricto sensu, en realidad, a pesar de tenerla toda leída, no la he concluido. Es más, sospecho que jamás la acabaré. El bendito laberinto en el que nos adentra tiene demasiadas dobleces, recovecos, alternativas, perspectivas, renuncias, propuestas, ideas, irritaciones, furia, como para disponer de tiempo suficiente en esta vida para agotarlo. Ya te dije, es un poeta.
Por último, recordarte que, como dije en el blog, este texto se lo pasaré a Miguel que tenía interés por leer mi opinión sobre su obra (¡insensato!). Doy por sentado que, compartiendo la amistad-e los tres no te ofrecerá inconveniente alguno.
Te dejo ya, Fuca. Lamento una vez más la perorata que te he lanzado pero, ya ves, me pongo a escribir y se me va el tiempo sin darme cuenta. Espero que seas clemente conmigo, al fin y al cabo, sólo es mi opinión.
Ahora, vuelvo a ponerme la máscara.
Señora mía, Dama Galaica, doña Francisca (Fuca para el universo mundo), ríndome enteramente a sus pies de usted, cual devoto admirador suyo que soy. Para cualquier contingencia, quedo a su entera disposición. No dude en reclamarme si acaso me precisare que, presto, me pondré a servicio.
Suyo afectísimo en la solidaridad internacional de los pueblos ibéricos,
Manel Cantarell i Recatalà, vulgo Kant, ciudadano valenciano de nación catalana.
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04.14.08
Posted in La felicidad de leer at 15:58 por jserna
5. El fin de la poesía (18 de abril)
El fin de la poesía es poder ser leída, recitada, escuchada: escuchar ese lenguaje creador, fundador de realidad. ¿Comunicar? Más que transmitir, su fin básico, su primera acción, es el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, como sostuvo Martin Heidegger. Las cosas carecen de nombre y ese pequeño dios que es el poeta se adueña de la palabra, forcejea con ella emprendiendo una acción que es propiamente lingüística. Pero el suyo no es un decir caprichoso, una explosión de verbosidades. El decir del poeta es una acción fundadora, aquella que establece y fuerza los límites de la expresión, de lo enunciable. El poeta hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano, añadía Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía. Por tanto, ejecuta una acción constitutiva que permite su uso colectivo, su perduración: no es mero ensimismamiento expresivo, sino arte propiamente creador. Es por eso por lo que el poeta no toma el lenguaje como algo preexistente, como un material ya moldeado del que servirse con rutina y pericia, al modo de un artesano resabiado: la poesía misma hace posible el lenguaje primero al nombrar y al forzar el sentido último de las cosas designadas, dificultosamente designadas. Hay, pues, algo de originario, de primitivo: hay propiamente la instauración del ser y de sus nombres, de cada uno de los seres que lo materializan, que lo actualizan. Por eso, por ser el diálogo el fundamento de la existencia humana, por ser el diálogo el propio acontecer del lenguaje, la tarea de la poesía es instauradora. Hay, sí, una tradición con que el poeta acarrea; hay otros poetas que lo preceden, pero al final es en cada instante de expresión poética, de iluminación, cuando el creador rehace lo ya hecho, lo expresado. Ése es su fin, su objetivo; y ése es su fin, su final.
El jueves 17 de abril asistimos a un acto poético en la Casa del Libro de Valencia. En esa circunstancia, la voz quebrada y potente de Miguel Veyrat agigantaba cada uno de los poemas recitados, creaciones que expresan estados de ánimo frente al mundo, frente a la interioridad también quebrada y frente a un exterior amenazante pero aún prometedor. Al escribir (y al recitar), hay que hacerlo como si ese acto de enunciación fuera el último. O el primero, en términos de Heidegger. La creación –la escritura– puede parecer un juego. Desde luego no lo es: no induce al reposo inactivo, o a la familiaridad. No es un adorno que embellezca la existencia. Tampoco es pasajera exaltación, añade Heidegger. La poesía acalora y enfría a la vez: despierta el elemento fantasmagórico que las rutinas nos velan y destapa ese lado irreal que nos desfamilariza. Nos creemos habitantes de una realidad palpable y ruidosa, nos creemos como en casa, y de repente un poema enérgico recitado con impostación suficiente nos altera o conmueve: no es acaloramiento. Es tensión.
En tensión nos puso Veyrat, dando voz a la palabra primera en la que resuenan los ecos remotos de lo primitivo, de lo primordial, ajeno al lenguaje neutro y meramente transitivo de la prosa ordinaria del mundo. Recitaba con pausa, buscando el significado insólito de los vocablos viejos cuando se expresan en contexto nuevo. En muchos momentos, su poesía tiene el propósito (heideggeriano) de inaugurar el lenguaje-mundo, una arrogancia de naúfragos que se saben dioses, de cigarras que esperan sobreponerse a la muerte y al amanecer que cesa: sus versos trata de hacernos regresar al momento primitivo en que las palabras y las cosas coincidían, a aquella fase en que el hombre robó el fuego o en que la cigarra cantaba sin freno. ¿Lo consigue? Quiero pensar que la voz de Veyrat consiguió doblegar a los presentes, al público allí reunido y a quienes le acompañábamos en la mesa: a Juan Planas, a José Vicente Peiró y a mí mismo. Juan Planas, qué descubrimiento. No sólo como poeta: también como persona, como fino humorista a quien seguiré en sus crónicas en El Mundo. Me prometo leerle de continuo… Como a Veyrat. Siempre.

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4. Invitación (17 de abril)
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Fotografía: Annie Mouriere
3. Miguel Veyrat (16 de abril)
El arte más persistente no es mero asalto; la creación más conmovedora no es la que nos deslumbra de una vez, con el estrépito de lo evidente. La obra se recibe al principio con resistencia, pues nos incomoda, pero hay un momento en que su arte nos derriba: reduce nuestra incredulidad hasta adueñarse de la impresión. Creemos apropiarnos de ella, de la obra, cuando en realidad se nos apodera; es entonces cuando nos preguntamos por qué antes no veíamos su estallido, por qué no estábamos ni estamos tocados por la inspiración del autor. Tendemos, entonces, a confirmar la idea del arrebato, a creer en la teoría de los estros: un creador, conmovido, escribiría igual que expulsa, expelería lo que le trastorna. Pero no es exactamente así. Al menos no siempre es así. La obra es elaboración y reelaboración de esbozos, compilación, elección, rechazo, descarte. La improvisación como arrobo místico que trastorna es algo excepcional: excepcional en todos los sentidos de la expresión. Lo que hay es una percepción embotada que finalmente fluye y se la encauza, como si se consumara lo que llevaba tiempo en sazón. Por eso, frente al tópico más extendido, Nietzsche llevaba razón cuando decía: “Los artistas son a menudo individuos desenfrenados precisamente, en tanto que no son artistas”. En cambio, cuando obran como tales, se someten a unas disciplinas poco comunes para así expresar con contención lo que antes no tenía forma o no se sabía que se sabía. Expresar con contención lo bello, pero también el espanto, lo que debilita y acongoja al hombre, lo que le hace hijo de la decadencia, de la incapacidad. Eso sí: sin moralizar, por favor; sin mejorarnos, sin reforzar el prejuicio o la pereza perceptiva. El buen poeta hace de la palabra su empeño, abreviando, condensando y expandiéndose a la vez, siendo profundo, no pareciéndolo. Ése es el auténtico creador, pues –como dijera Nietzsche otra vez– lo que distingue a la mente propiamente original no es que sea la primera en ver algo nuevo sino que vea lo viejo como nuevo, que vea de otro modo aquello que ya ha visto todo el mundo y que había pasado inadvertido. Nada más. Nada menos.
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2. Luciérnagas (15 de abril)
En los poemas de Juan Planas Bennásar que he leído, una mansión es el centro del mundo. En ellos, el autor se proyecta en una mirada y en una voz que no son suyas: son las de alguien que avanza tentativamente por los corredores de una mansión, por los pasillos de una oquedad, de la nada. Son la mirada y la voz de alguien que observa tras las ventanas sin saber qué hay más allá, ese resto inacabable del mundo. Estos poemas afirman un sentimiento de angustia ante lo desconocido, pero sugieren también audacia ante eso que malamente se distingue fuera de la casa. Juan Planas se afirma de modo plural, poniéndose en el lugar de alguien que observa y que para mirar acarrea vivencias dolorosas o placenteras, incluso sueños lascivos, con evocaciones de personajes de los que nunca llegaremos a saber gran cosa: Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir son ectoplasmas de la experiencia, seguro.
En Alrededores…, un narrador –porque es, propiamente, un narrador– enuncia y se expresa adoptando la perspectiva de ese ser recogido pero que se aventura avanzando por los espacios de la casa, sumido en el desconcierto y en la amenaza del mundo que está del otro lado. Insisto: hay una imagen poderosa que es la de la propia mansión, ese centro desde el que se divisan destellos. ¿Símbolo maternal de protección y acogida? En realidad, no es sólo eso. Si tal cosa sostuviéramos, estaríamos reduciendo de manera simple la potencia interpretativa de dichas palabras, confusas, ambiguas, abiertas. La mansión es un yo rodeado: más que protegido, un yo solo, aislado, ajeno a ese mundo que nos amenaza y del que el observador no se puede librar. Insisto: la mansión es un yo cercado por la ignorancia del adulto y por un miedo prácticamente infantil: como son el pánico y el desconcierto del hombre.
Nosotros, los lectores, miramos desde una vivienda señorial que intuimos abandonada, acosada por objetos quizá inútiles, por fenómenos tal vez extraños, por sonidos indescifrables, por luces equívocas, por luciérnagas que alumbran y, a la vez, oscurecen. Las luciérnagas –que se nos muestran como motivo central de la expresión angustiada del poeta– son luces indirectas, insuficientes y ubicuas, que sirven para iluminar breve, escueta, intermitentemente. Las luciérnagas carecen de todo sentido o destino, pero alumbran desde su pequeñez: son destello mínimo de un mundo sumido en sombras. ¿Iluminan para sí mismas o para quien mira desde la mansión? Desde luego son restos de luz sin objeto, lo que queda de un sol escondido que sobrevive en lo ínfimo, en lo infinitesimal.
Toda casa tiene una ubicación. Ignoramos cuál es la que ésta tiene, a pesar de que el poema expresa la mirada desde dentro de la mansión, o justamente por eso, con el punto de vista de un personaje que vislumbra. Las observaciones están puntuadas, acotadas, con hechos que regresan, con sentimientos pretéritos, con pasados que se evocan, con nombres (Edith, Nicolás, Elizabeth, Emir) que se repiten como cifra y misterio: son palabras de cuya certeza no hay prueba y que al lector le sirven para confiar y para esperar. ¿Quién es ese personaje que nos guía? “Hay un mujer muy pálida”, leo en Duellum: una sirvienta, una sirvienta que atiende llamadas telefónicas periódicas. Siempre hay un interlocutor que reclama al señor de la casa. Y siempre hay un teléfono negro que perturba. Pero el señor no está, está de viaje. Como un ritornello demente, en Alrededores… hay repetición y leves variantes que van afirmando todas las posibilidades:
–El señor no está en casa. Dicen / que no volverá nunca
–El señor no ha llegado y dicen / que es inútil la espera
–El señor no ha vuelto. No volverá / porque nadie le espera
–El señor no ha llegado. Dicen / que no tiene motivos para ello
–El señor no ha venido. No hay ninguna estrella / en el cielo que pueda traerle de regreso
–El señor no está en casa. En realidad / la casa está sitiada por espectros
–No, el señor no ha vuelto. Dicen / que los alrededores están tomados por la muerte
–No, el señor no ha llegado. Dicen / que decrepitud sólo es falta de esperanza
–El señor no está en casa. Quizá el viaje / o alguna vieja herida le retenga en Tennyson
–El señor no está en casa / y sólo existen los alrededores / repletos de luciérnagas
La sirvienta responde dando largas porque no sabe o, mejor, responde diciendo exactamente que no hay espera… ni larga ni corta, pues no está previsto el regreso del señor. ¿Una sirvienta como protagonista? Más aún, ¿alguien que “lleva unos meses al servicio / de alguien que no conoce”? En realidad, es un sujeto adventicio: lo que queda de la identidad cuando el yo está evacuado, cuando además la casa está sitiada por espectros: literalmente por la muerte. Desde luego, me ha trastornado Alrededores. Lo he leído dos, tres veces. Aún sigo repasándolo, anotándolo. Hay una atmósfera de ruina y desolación que me ha hecho evocar a T. S. Eliot y a Ezra Pound, autores a quienes Planas cita. Una crisis que me recuerda La caída de Casa Usher, de Edgar Allan Poe. Hay un sentimiento de podredumbre y un presentimiento de muerte, de jardines anegados, sombríos, húmedos: un desecho moral que me recuerda a H. P. Lovecraft en aquellos relatos en los que una mansión enferma acoge a un habitante maldito e irrecuperable, alucinado. Hay una recreación del acoso, del sitio a que está sometida la residencia, que me hace pensar en Casa tomada, de Julio Cortázar. Pero no se trata de la erudición literaria, pues hay numerosas ficciones y poemas que hacen de la mansión la figura central: prescindo de fundamentar esas sugestiones que Alrededores… me provoca.
Al final, lo relevante no es la casa, sino lo que la circunda: esos alrededores que son cerco y posibilidad. Seguimos allí, averiados en parte, sin cicatrizar: sigue allí, en un lugar “donde ocultarse del gentío / y desafiar los ciclos del tiempo, sus instantes / de creación y sus periodos de derrumbe”. ¿Saldremos? Lo que hay fuera es la vida, un ovillo, pero esa vida sólo la intuimos, no la distinguimos con claridad… Exactamente como nos sucede a cada uno. No hay paraíso. “El paraíso es sólo un soborno / y su precio un exceso”, leo en Alrededores… O, mejor, no hay que confiar en “la hipnosis de un soborno / y un paraíso en sombras”, según se dice en Duellum. No hay paraíso que nos compense, podríamos añadir con Nietzsche. Hay que vivir ese eterno momento que no tiene sucesión ni progreso. “Puro deleite del instante / que se aniquila, / desaparece / y después nada”. Nada. ¿Por qué razón?
–La muerte nos sacude sólo una vez / pero repite cuando la olvidamos.
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1. Inmersión poética (14 de abril)
Empiezo una semana de inversión poética. Era previsible. Después de Nietzsche, de demorarnos en el desgarro poético y en la tortura expresiva de Nietzsche, ¿qué esperaban? ¿Una reflexión sobre el nuevo Gobierno, sobre el poder? Me reservo para otra ocasión… Ahora, por el contrario, prefiero entregarme a las letras o, mejor, a la república de las letras. Como hoy es día 14, catorce de abril, pienso en la República y pienso en la República de las Letras, en el poder que algunos escritores tienen para abordar lo inefable, ese bullir de las palabras que son pensamientos o destellos.
Escribiré inversamente. Es decir, iré sobreponiendo y sobreponiéndome: colocando una encima de la otra las reflexiones que las últimas lecturas me produzcan. Esta semana de inmersión poética concluirá con una presentación de libros en Valencia: Instrucciones para amanecer, El incendiario, Fronteras de lo real. Desde este modesto puente de mando les invito a asistir, sabiendo que los poemas de Miguel Veyrat, que las escrituras sobre las que voy a reflexionar, no son música para los oídos: son tortura y culpa, exhumación, un mero atisbo de lo que nos importa, de lo que entrevemos y nos angustia al percibirlo o al nombrarlo. Me sucede con los libros de Veyrat. Gracias a él he descubierto, mirando con el catalejo, los poemas de Alrededores o La mansión de las luciérnagas y Duellum, de Juan Planas Benássar. He dicho puente de mando –desde el que se mira con el catalejo–, he dicho culpa y he dicho nombrar: inmediatamente pienso en Joseph Conrad, ante quien siempre acabo rindiéndome. Permítanme esta breve expansión.
El domingo 13 de abril, en una cadena televisiva, emitían la versión cinematográfica de Lord Jim. Siempre he pensado que el bello Peter O’Toole y la dirección artística de ese film –las cuidadas imágenes y su ambientación– son superiores al guión de Richard Brooks. ¿Por qué razón? Porque en la novela de Conrad todo es relato e ignorancia, espacio vacío que se completa con conjeturas, con giros imprevistos, con aproximaciones tentativas del capitán Marlow, que no sabe nada o casi nada de lo que realmente importa. Ahora, Edhasa reúne todos los relatos en los que Marlow es narrador u observador o personaje. Las he leído por separado y espero poder leerlas en ese volumen. En cualquier caso, me emociona volver a comprarlas para fantasear con la lectura inacabable de lo desconocido, de lo que no acaba de verse bien. Siempre me gusta leer sin comprender enteramente, sin percibir claramente las cosas. Un exceso de luz deslumbra porque, como ya dije, ver no es conocer. Quizá sea mejor aventurarse de modo tentativo, pues. En Alrededores o La mansión de las luciérnagas, de Juan Planas, las cosas no se ven bien y quien habla avanza tanteando. Tanteando pero sin abandonar la casa…
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04.09.08
Posted in La felicidad de leer at 16:23 por jserna

1. ¿Qué le da actualidad a un pensador ya fallecido? Sin duda, la reimpresión de sus obras: la lectura o relectura de sus libros. Los textos de Friedrich Nietzsche, por ejemplo, se reeditan constantemente en diferentes sellos. En nuestro país, Alianza editorial, Biblioteca Nueva, Akal o Alba, entre otras, nos devuelven las obras de aquel filósofo: y dicha coincidencia no es una rareza española, desde luego. ¿A qué se debe? Esa vuelta puede ser algo puramente académico: por ejemplo, convertidos en referentes del canon, este o aquel pensador podrían regresar sólo porque los sabios y los eruditos hacen de ellos objeto de especulación, de análisis o de erudición. Como preceptores que tutelan, los maestros indicarían a sus alumnos lo que hay que saber… En ese caso, al viejo pensador se le tomaría propiamente como clásico o legado que preservar, haciendo que sus piezas sirvieran para examen de los discípulos. Uno se prueba en las obras eximias y con su examen verifica el grado de conocimiento adquirido: prácticamente convertidas dichas obras en libros de texto, en manuales que compendian el saber del que el alumno debe dar cuenta, pierden quizá su intención original, aquel objeto para el que fueron escritas. ¿Y eso es malo? No necesariamente: aprender algo, algo ventajoso, algo de otra época, algo incluso antiguo e inservible, algo que nos desmiente, es hoy muy recomendable.
El espíritu de nuestro tiempo premia lo útil, lo breve, lo escueto, lo poco duradero. Todo se agota –se agota en su función– y pronto es reemplazado: como si lo que sigue fuera realmente nuevo e interesante. A los jóvenes de otro tiempo los domaban a mamporros o con la historia, con ese patrimonio al que se debían y que era corsé: una forma de ahormarlos, de sujetarlos más allá del instante creador, de la potencia del momento, del presente como estallido. Nietzsche deploró ese uso y abuso de la historia, ese pasado en el que presuntamente deberían inmolarse los muchachos vigorosos que irrumpen en la vida. La lección de Nietzsche sigue vigente, desde luego. Así lo creo: cada vez que nos saquen lo pretérito como obligación deberíamos oponernos, resistirnos; deberíamos reclamar nuestra vida irremplazable, incomparable. Por eso, sigo pensando frente a todo nacionalismo o colectivismo que hay que oponerse a la Historia, a la Historia como patrimonio que te fuerza.
Hoy, sin embargo, en la época de Internet y del acceso instantáneo a la información, la tendencia se está invirtiendo: el sentido común celebra el puro presente, la vida que no dura y que se consume en el acto. Todo accesible y sin freno: eso es lo que se nos promete. La publicidad y las utopías telemáticas nos muestran un mundo de información absoluta, de lujos virtuales, de ocios instantáneos, de reparación inmediata. ¿Qué hacer? La escuela, el instituto o la universidad tienen serias dificultades para competir con la información electrónica, con la seducción virtual. Hay que repensar la instrucción, desde luego, y hay que repensar de qué modo establecemos criterios de educación. Criterios: no mera información. El profesor no puede permanecer ciego o rebelde a lo que le toca: incurriría en el olvido del presente para refugiarse en lo pretérito, cosa que deploraría Nietzsche. Pero tampoco podemos celebrar bobaliconamente el presente devastador. Por eso, para depurarme, me entregado durante unas horas a una lectura que contraría: Nietzsche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, de Georg Brandes , un contemporáneo del filósofo… Lo edita SextoPiso, un sello mexicano que se asienta en España. Este libro es felizmente inactual, intempestivo del todo.
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2. Admito mi ignorancia culpable: hasta hace poco desconocía completamente quién era Georg Brandes, un erudito danés de origen judío que publicara diferentes obras críticas. Nació en 1842 en Copenhague y murió en la misma ciudad en 1927. Allí hizo estudios de derecho y filosofía y, a lo que nos dicen sus biógrafos, bien pronto se manifestó como un espíritu cosmopolita, radical, crítico, empeñoso, un espíritu renovador de la cultura y de la literatura danesas. Estuvo influido por Hippolyte Taine y por John Stuart Mill (el gran Stuart Mill) y en su etapa docente, como profesor en la Universidad de Copenhague, fue el difusor del realismo en la literatura. Fue amigo de Henrik Ibsen, fue amigo de August Strindberg y también puede decirse que fue amigo de… Friedrich Nietzsche. Con este último mantuvo una correspondencia extraordinariamente interesante, informativa, reveladora de los estados de ánimo de ambos remitentes. Las cartas que se mandaron Brandes y el filósofo se reproducen en este volumen, cubriendo el período que va del 26 de noviembre de 1887 al 4 de enero de 1889. Además de esas misivas, el libro contiene un ensayo breve sobre las ideas de Nietzsche, sobre su gestación, sobre su elaboración prácticamente en tiempo real o, al menos, inmediatamente después de que se plasmaran en sus libros: conforme el pensamiento del alemán se derramaba en una prosa arrebatada, económica, metafórica, explosiva, tentativa, ensayística, fragmentaria, aforística. Me entusiasma la percepción clara, atinada, que de dicha obra tiene Brandes. Digo que me entusiasma porque vemos a un contemporáneo que sabe ver lo que un genio feliz y atormentado crea. No hay huella alguna de envidia o de servilismo en Brandes: se toma a Nietzsche como un nutriente, pero no para absorberlo desechando su restos, sino para elevarse leyéndolo, comentándolo, dudando, matizando, aprendiendo una lección de la que podrá sacar enseñanza. Tomar a los grandes como fuentes de la propia elevación es una decisión muy provechosa, muy sensata y, desde luego, dice mucho de quien no se resigna a la modestia adocenada de los tiempos. El presente no siempre nos procura modelos a partir de los cuales aprender o discutir: también hay una vulgaridad poco exigente que amenaza con aplastarnos. Por su parte, la historia no es un cementerio de grandes monumentos: también es un depósito de mediocridades de las que conviene alejarse. Brandes supo ver en Nietzsche a un par al que aspirar, dicho así: aunque suene cacofónicamente erróneo.
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3. El subtítulo de la obra es aleccionador: un ensayo sobre el radicalismo aristocrático. Si es un ensayo, eso quiere decir que es un esbozo, que tiene la calidad de lo provisional, de lo fragmentario, de lo tentativo. Brandes no escribe una obra académica en la que se expresaría el estudioso que documenta al detalle cada una de sus afirmaciones. En realidad, escribe el amigo, el admirador, el corresponsal que se toma en serio el estímulo del filósofo. En ocasiones, cuando leemos a los grandes, vemos despertar en nosotros el entusiasmo del descubrimiento: no necesitamos ser pesadamente precisos ni tampoco necesitamos el pormenor erudito o el aparato crítico del sabio. Simplemente hay una página que nos provoca. Como la poesía que vence nuestra resistencia: es un acicate que nos lleva a glosar lo que acabamos de leer, deseosos de comunicarlo. O como cuando vemos una película que nos arrebata y necesitamos contar lo que nos maravilla. Algo semejante nos ocurre con los libros que nos conmueven. Pues bien, Brandes obra así: como un comentarista fervoroso que quiere pregonar a pesar de sus discrepancias. Pero, además, el ensayo no es un puro subjetivismo. Es un ejercicio de rigor en un terreno en el que no se tienen o no se quieren los recursos de la ciencia. Por eso, Brandes detalla casi casi en tiempo real su deslumbramiento nietzscheano. No lo sistematiza, dado que Nietzsche se opuso a toda sistematización. No lo simplifica: si tal cosa significa liquidar lo complejo, lo simultáneo, lo instantáneo, que es aquello que el filósofo celebró. Tampoco lo biografía: si eso implica aclarar con la vida las urgencias expresivas, las energías productoras de quien no supo ni quiso saber cuál era la fuente de su pulsión creadora. En realidad, lo que hace es escribir como si leyera: desordenadamente, fragmentariamente, en clave nietzscheana, con la recreación constante de lo mismo. ¿Y qué dice, qué halla?
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4. Brandes ve sobre todo a un inmoralista, a un crítico de esas certidumbres colectivas que se imponen al individuo nada más nacer. Una de ellas, tal vez la más importante, es la religión: esa comunidad moral de obediencia, de resignación, de compensación. Confiamos en el más allá para desentendernos del más acá. Y el más acá es lo inmediato sin sucesión, sin esperanza. Esperar es soportar la penalidad sin rebelarse. Nietzsche quiere ser extraño y quiere vivir como tal, sin Dios, de ahí que proclame su muerte. Los últimos años de su vida, el filósofo los pasará en Turín, solo: “soy la soledad hecha hombre”, admite. En efecto, los pasará frecuentemente aislado, agigantando su rebeldía o su megalomanía, según el diagnóstico apesadumbrado de Brandes. Los pasará luchando contra la resignación y el mañana…, hasta su crisis final, esa que tan bellamente narró Lesley Chamberlain en Nietzsche en Turín. El subtítulo inglés era exacto: The End of the Future. Tonta, pomposamente, el editor español cambió el enunciado para subtitularlo así: Los últimos días de lucidez de una mente privilegiada (1998). Chamberlain describía aquellas semanas anteriores al derrumbe, semanas febriles de cogitación constante. ¿Qué se había propuesto Nietzsche? Alzar la voz contra la moral, llevar a cabo la transvaloración de todos los valores, consumar el ataque a esas verdades colectivas y presuntas que nos aquietan, nos contienen, nos refinan, nos civilizan y nos domestican. Pero el de Nietzsche es un grito sin respuesta: contra esas hormas que nos ciñen deteniendo el crecimiento explosivo de cada uno en el instante, en un eterno retorno de lo mismo que es lo más parecido a la vida eterna. Explosivo, en efecto, el estallido de sí mismo… Eso es lo que busca por las calles de Turín.
Frente al inmoralista que no se atiene, frente al poeta que no se calla, frente al creador que no se resigna, que se consume forjando el tipo del superhombre, el resto de los individuos nos apañamos: nos vamos igualando, nos vamos pareciendo unos a otros, convertidos en masas, en nación, balando gregariamente, diría Nitezsche. Mientras tanto, la sociedad nos premia con la fijeza y con la estabilidad, con el plebeyismo, con un confort burgués que nos desindividualiza. Pero él no quiere ser así: no quiere vivir en la autocontención, aunque se equivoque, pues –como dice en alguna página– “los errores de los grandes hombres son dignos de veneración porque son más fecundos que las verdades de los pequeños”. Ahora bien, Nietzsche tal vez se equivocó al final: justamente cuando cayó derrumbado por la megalomanía, dice Brandes. “El hombre es sabio hasta que busca la verdad”, había recordado el filósofo, “pero cuando pretende haberla encontrado se convierte en un loco”. Brandes recibe cartas de Nietzsche y allí, en esa correspondencia, se aprecia el giro final: justamente cuando firma como el Crucificado o como el Anticristo. ¿Rebeldía adolescente mal curada? Es, sin duda, algo más importante que eso. Antes de consumarse y consumirse, Nietzsche se ha apartado de los saberes académicos y de las prácticas herrumbrosas que ordenan la filología, la historia, el arte, la ciencia. Pero no para caer en el mero solipsismo o en el estricto narcisismo: también el yo recibe su varapalo y con él los conceptos que lo anclan (la identidad, la pertenencia, la herencia). Nietzsche altera y trastorna: tomado a grandes dosis, purga y enajena; tomado en sorbitos, tonifica y estimula. Lejos de Nietzsche, instalado en Copenhague, Brandes supo evitar la ebriedad final.
Fin
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CONVOCATORIA E INVITACIÓN GENERAL
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04.04.08
Posted in Entrevistas, Religión, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:36 por jserna
1. Dios
Siempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Cuando era un muchachito leía la Biblia con unción y con fruición: sintiéndome culpable, a la vez, por la dicha que aquellas páginas me procuraban, una felicidad muy materialista y carnal. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el mito del origen, de la moralidad, del pecado, de la muerte. Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas. La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como Los diez mandamientos confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor.
Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre, preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome con la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada. Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable. Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento. Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes.
En aquellas páginas, siempre me angustiaba la presencia de la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles. En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados tipos israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso. El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos miles de años después. Eso quería decir algo… De quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación adolescente.
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2. Manuel Talens

Desde que leí su primera narración envidio a Manuel Talens. Envidio su portentosa imaginación, capaz de edificar mundos inexistentes pero extraordinariamente parecidos al real; capaz de recrear con la sintaxis lo que justamente quiere decir. Con una palabra de más, con barroquismos lujosos, o con economía verbal –escueta y exacta, pues– su escritura siempre me parece de una sonoridad precisa. No se trata de que escriba bien o bellamente. Es algo más sutil y más importante, por supuesto. Que su escritura sea de una sonoridad precisa significa que dice lo que quiere decir, pero sobre todo que cada personaje (narrador incluido) se pronuncia con el habla, con los modismos, con los idiolectos que le son propios. En general, todos ellos se comunican con gran corrección, incluso cuando los tipos retratados son vulgares o analfabetos: hay en sus voces una sabiduría antigua, popular. Una de las habilidades expresividades que distinguen las obras de Talens son sus exabruptos, sus imprecaciones, sus malas palabras, cuidadosamente dispuestas cuando toca y por quien toca. Hay también en la prosa del autor una capacidad probada para reproducir discursos culturalmente muy distintos, de espacios y de extracciones sociales muy diversas.
Cuando esto se da en un escritor, los críticos literarios suelen decir que el novelista tiene buen oído: que tiene buen oído para captar los registros particulares del pueblo, de los doctos, de los gobernantes, de los refinados y de los adocenados. Es un tópico, ya lo sé, pero en el caso de Manuel Talens, tal capacidad está suficientemente probada. Ahora bien, esa habilidad no sería gran cosa sin el humor. Saber reproducir lo que un capellán o lo que un campesino dicen –y cómo lo dicen– está bien. Lo que está mejor es que quien escribe consiga remedar esos discursos haciendo guasa con la expresión misma, bromeando con nuestro tenor expresivo, con esas fórmulas más o menos estereotipadas, con esos restos verbales del pasado que repetimos cuando hablamos. No es el único rasgo creativo de Talens, pero la ironía es decisiva en sus ficciones: más aún, la ironía posmoderna. “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Eso decía Umberto Eco y eso hace su aventajado discípulo, Manuel Talens.
Ahora acaba de publicar una novela, La cinta de Moebius, en la que retoma pasajes bíblicos con libertad creativa y con documentación abundante, con recursos de escritor o de lector resabiado: con numerosísimos guiños posmodernos, con citas explícitas e implícitas, con alusiones crípticas o expresas. Hay hasta una bibliografía final. ¿Bibliografía? ¿De quién? ¿Del narrador o del escritor? Bien pensado, ese exhibicionismo erudito sólo puede deberse al narrador empírico. Fíjense que en esta novela Dios tiene una presencia definitiva. Es más: es propiamente su narrador. Así, con todas las letras. Si Dios es omnisciente, no le veo justificándose, poniendo acreditaciones o documentando sus afirmaciones. Es, pues, el escritor quien añade ese aparato crítico en el que se basa la ficción. Desde luego no es la primera vez que ocurre. En otra de sus novelas, Hijas de Eva, hacía algo semejante: enumeraba los libros que le habían servido para recrear, por ejemplo, la Valencia de antaño. ¿Está obligado el escritor a hacer algo así? Por supuesto que no. A mis alumnos, siempre que puedo y viene a cuento (nunca mejor dicho), les expongo el caso de Hijas de Eva: el autor empírico de una ficción no está obligado a detallar su fuentes; menos aún, si una parte de esos libros son pura invención, como es el caso de aquella novela de Talens. Cuando eso sucede, ¿qué es lo que estamos leyendo? ¿Una bibliografía apócrifa que, al modo de Jorge Luis Borges, se burla de los usos eruditos? En fin, un lío… posmoderno. También Umberto Eco, naturalmente, se valía de estos recursos académicos para liarnos a su antojo y a su manera: para provocarnos una impresión, un efecto de realidad, que diría su amigo Roland Barthes.
No les voy a descubrir los contenidos de la novela, de La cinta de Moebius, obra en la que lamentablemente toda la bibliografía citada es real. Digo lamentablemente porque en ese apartado final, el dedicado a las fuentes, el autor parece haber abandonado el juego de la erudición apócrifa. Mezclar lo verdadero con lo verosímil es propio de las novelas. De las novelas. En éstas, no es extraño que el novelista disponga al principio o al final del texto, pero siempre fuera del relato, lo que llamaremos notas de autor: son esos apartados paratextuales que sirven para aclarar procedimientos o para justificar decisiones. Hay novelas, sin embargo, en donde las notas de autor son artificio y, por tanto, se integran en la narración misma, en su ficción. Así sucedía, por ejemplo, en El nombre de la rosa. Creo que Talens es capaz de gamberradas como la que se propone en esta ficción, pero –quién sabe– quizá su parte edificante o su disposición académicamente correcta le han aconsejado reprimir la licencia de la bibliografía apócrifa, algo que se consentía en Hijas de Eva.
“Todo narrador de oficio sabe bien que, para ser verosímil, cualquier libro que aspire a reproducir el tiempo pasado debe apoyarse necesariamente en otros libros que lo procedieron. La siguiente es una lista no exhaustiva, aunque sí fundamental, de los que han sido utilizados”, decía al final de Hijas de Eva. ¿Decía? ¿Quién decía eso? El apartado se titulaba “Bibliografía” y las palabras literales que he reproducido no podían tomarse propiamente como nota de autor: la mayor parte de los títulos de los libros eran inventados y, además, si quien decía hablaba de “narrador de oficio”, entonces es que era el propio narrador –quien cuenta la novela– y no el autor empírico –quien la escribe– el que se estaba refiriendo a sí mismo. “Además, el narrador quiere expresar…”, concluía aquella nota.
Si, ahora, Manuel Talens es tan temerario como para poner a Dios en el centro de un relato –cosa que supera lo previsible–, entonces no entiendo por qué no se deja llevar por la ficción hasta el final: hasta ese elenco bibliográfico fabuloso que acreditaría lo dicho. Pero dejemos este reproche erudito…: yo jamás me atrevería a ello, a idear ficciones con Dios como personaje. Pero no por contención piadosa (válgame Dios), sino por mi propia incapacidad para fantasear tan audazmente: nunca se me ocurríría escribir sobre Dios haciéndole protagonista de un relato o usurpando su papel.
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3. El narrador omnisciente
El papel de Dios, justamente. Darle todo el protagonismo a la Providencia hasta el punto de descubrirnos su mundo interior y su entorno. Es de celebrar que un autor como Talens –ateo, supongo– se tome en serio eso del Reino de los Cielos haciendo de dicho espacio el lugar de la acción novelesca. Allí reina Dios, efectivamente, pero es Gabriel Arcángel (que es como firma) quien nos sirve de guía por aquellos dominios. No tenemos a Virgilio, sino a este ser alado y de sexo aplumado. Dicho personaje –que se halla básicamente desocupado desde la Anunciación a María– quiere hacer algo productivo, algo en lo que se reconozca. En este empeño veo un esfuerzo contrario a la alienación, ese estado anímico sobre el que los filosósofos alemanes tanto han escrito… Alienación, enajenación: verse extraño, desubicado, no reconocerse en las obras o en los actos, en los productos finalmente resultantes. Gabriel desea sentirse necesario y desea también sentirse justificado. Desde luego es alguien que valora mucho la formación intelectual y, por lo que leeremos, alguien que tiene una tendencia progresista irreprimible. Un trasunto del autor, quizá? Y qué más da. Gabriel se preocupa por el estado general del Cielo y, más aún, por el estado particular de Dios. Si allá arriba las cosas no marchan demasiado bien, ¿qué podemos decir de esa copia deslucida que es la Tierra? Pero…, ¿quién cuenta todo esto, quién relata? Volvemos al problema que nos planteábamos más arriba. Desde luego no es una voz que se exprese en primera persona, sino un narrador omnisciente que es Dios, exactamente Dios, un mecanismo autogenerador, capaz de decir, de contar, de hacer incluso en estado latente.
Está en medio de la obra observándolo todo, el devenir del mundo. Ese Dios presente pero ausente a un tiempo es también el autor, que gobierna el destino de sus personajes con la autoridad de quien es responsable y creador. El Dios de La cinta de Moebius es efectivamente responsable: rige el curso del mundo y de sus criaturas, aunque –eso sí– con alguna dificultad insalvable. Frente al monstruo de Frankenstein, dejado por su creador, o frente a los Replicantes huérfanos de Philip K. Dick, abandonados, el Dios de Talens se ocupa del orbe. Pero al final ese mundo es igualmente caduco, por lo que habrá que resetearlo, que repararlo, tarea más propia de un autor que de Dios: un autor –Talens– que se descubre en su voluntad ideológica de rehacer voluntariosamente lo torcido o lo que juzga indigno. ¿Una intromisión autorial? Digo esto e inmediatamente recuerdo el consejo de Gustave Flaubert, sus reparos de novelista-demiurgo: “el autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todos lados, visible en ninguno. Dado que el arte es una segunda naturaleza, el creador de esta naturaleza debe actuar según procedimientos análogos: que se note en todos los átomos, en todos los aspectos, una impasibilidad escondida e infinita.”
No me pidan más detalles ni me insistan con mayores pormenores. No diré más para no fastidiarles la novela. También me he reprimido al escribir la reseña para Ojos de Papel. Lo que un comentarista debe mostrar no es un resumen argumental, sino escrutinio crítico y, sobre todo, entusiasmo lector: más allá de que coincidamos o no con la ideología del autor, con su plan de ataque o con su reelaboración del mundo externo. Yo dediqué tres días a leer, anotar y comentar esta novela… con Dios. En plena Semana Santa. Nada mejor podía hacer: reservarme una obra tan bíblica en fechas especiales para elevar mi decaído espíritu con levadura irreverente. Ahora, para expiar mis debilidades, haré la relectura completa de Todo Talens. O eso espero. Me lo piden el cuerpo y una penitencia que me han impuesto.
FIN
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4. Hemeroteca

-Reseña de Justo Serna de La cinta de Moebius para Ojos de Papel (abril de 2008)
-El escritorio de Manuel Talens. El sitio web del escritor.
-Entrevista a Umberto Eco: la interviú que alguna vez habría que releer…
-Naturalmente, Umberto Eco.
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5. Scriptorium

“…Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia…” Más.
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03.30.08
Posted in Muerte, Escribir, La felicidad de leer at 10:57 por jserna
La autobiografía es una tarea difícil. La memoria personal nos confiere identidad, atribuyendo sucesión a lo que es fragmentario e instantáneo: al memorizar establecemos un hilo entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Para sobrevivir, para no enloquecer, nos aferramos a aquello que recordamos porque es la manera de darnos estabilidad, fijeza, duración: el modo de retrasar lo inevitable, ese tránsito que nos lleva viajando hacia nuestra desaparición. Necesitamos la certidumbre y la reminiscencia de lo que permanece, al final sólo arraigo perecedero, caduco: una empresa a la postre fracasada.
Acabo de leer la nueva recopilación de Aforismos, de Juan Ramón Jiménez, editada por Andrés Trapiello para La Veleta (Granada). Desde que descubrí a JRJ, cuando yo sólo era un jovencito, admiro su escritura. No sólo por su Platero, tan vilipendiado y envidiado, sino por sus aforismos, por su prosa. Recuerdo aquel exergo con el que Ray Bradbury encabezaba Fahrenheit 451: era una instrucción de Juan Ramón: “Si os dan papel pautado / escribid por el otro lado”. O, como puede leerse en este volumen de aforismos: “Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho”. Es un consejo rebelde, una instrucción contra el asentimiento, contra la anuencia. O, si se quiere, es un programa que postula una existencia contradictoria e intensa, libre y fracasada, merecedora de ser disfrutada o padecida, casi un pronunciamiento contra la docilidad y la memoria: justamente aquello a lo que hoy nos aferramos para conjurar los desconciertos del presente. Un plan como el que pregonaba el exergo de Bradbury sigue estando de actualidad, como de actualidad está también la peripecia del Nobel con que se galardonó a Juan Ramón.
El libro de los aforismos que ahora leo es de tacto deliciosamente antiguo, de presentación anacrónica en tiempos de vértigo impresor, adocenado. Con los aforismos podrían rastrearse las peripecias reales y soñadas de JRJ entre 1897 y 1954, aquella existencia que él quiso plasmar en la obra. Su vida interesante, estética, orgullosa y lamentable podría exhumarse, en efecto, con esos documentos indirectos. “Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto”, dice Juan Ramón en uno de sus pensamientos. Estos aforismos son, en efecto, documentos indirectos que simultáneamente testimonian y recrean el impulso creador que se distancia de la existencia ordinaria. Es poesía en prosa que se hace en el acto mismo de anotar. “El arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida”. Son también pensamientos depurados que archivan intuiciones de dicha existencia, intuiciones aparentemente simples que trabajan la forma hasta hacerla desaparecer. Presuntamente, claro: porque “la forma, para que no exista, para que no se sienta, para que no se crea en ella, ha de ser tan perfecta, que no exista”. Son dicciones que compendian de modo aparentemente inaudito: “hay que decir de tal modo, que aunque otro, otros, infinitos lo hayan dicho antes, parezca que lo han dicho antes uno”.
Pero no al precio de la originalidad impostada, del verbalismo, del petardeo: por eso, para JRJ, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se precipitan y se arruinan. “¡Qué bien dice siempre sus siete primeras palabras! Luego, como en la muerte de Jesús, vienen las tinieblas, el terremoto, las conjunciones astrales, el eclipse total”. Anotar no es brillar: es padecer al comprobar que cada registro es una desazón, una desazón que “consiste en que, cada instante, quiero vivir toda mi vida”. No un instante tras otro, no una sucesión de momentos, sino una multiplicación simultánea de vivencias extremas, al modo de Nietzsche: “tenerlo todo; pero con esfuerzo”. Ese anhelo es cosa que contraría la necesidad de perseverar, la continuidad que nos da la memoria. Tampoco la poesía es sucesiva, “sino sentimiento, pensamiento y acento”, una empresa que se reanuda cada vez, pues “el poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma distinto”. Sin impostación, sin forzada originalidad. “Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo toda la poesía”. De ahí que pueda decirse que “el pasado es falso porque no vive más que en la memoria…”, admite JRJ.
En efecto, un documento no es el hecho, sino su huella, su abreviatura, el mero indicio, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso nos valemos los lectores de este libro de aforismos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado sin su contexto. Es como si todos tuviéramos “la misma edad, la del mundo”, sin esos conocimientos críticos que tantas veces secan, agostan. ¿Recuerdan Schopenhauer como educador, de Nietzsche? Allí, el filósofo se oponía a la filología profesoral. Así he querido leer este prontuario de sentencias, como si la empresa del sentido la consumara ignorando las circunstancias que rodearon la escritura del aforismo. Como en un poema, no es estrictamente necesario documentar el contexto de su elaboración para captar las resonancias imprevistas que esas palabras nos provocan. Puede hacerse, con maestría incluso, pero no es imprescindible para el lector común. “Lo importante no es, señores filólogos, que tal poema haya sido escrito en tal época ni en cuales circunstancias, no de esta manera o la otra; porque el arte no es historia”, ni vida sucesiva. Yo, historiador, no siempre puedo cumplir este modo asilvestrado de leer, pero hoy me lo he querido consentir. Accedo a los aforismos de JRJ como si ingresara en una autobiografía fragmentaria, como si tradujera un documento escrito en lengua extranjera: un manuscrito incompleto, elíptico, con incoherencias, con enmiendas, con reiteraciones, con comentarios oscuros.
Disfrútenlo.

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02.15.08
Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 21:00 por jserna

1. Livres de circonstances
¿Qué hago yo leyendo literatura política o periodística absolutamente coyuntural? ¿Para qué dedico una parte de mi tiempo a libros exclusivamente circunstanciales, a volúmenes que no rebasan su propio contexto? Desde luego no me voy a poner finolis. A mí lo que me gusta es leer para informarme, buscando entre la ganga y la morralla. Cuando doy clases, mi ideal es impartirlas sin tener sobre la mesa apuntes extensos y desarrollados: sólo unas brevísimas anotaciones, palabras garabateadas que me permitan recordar… No se trata de improvisar, así sin más. Se trata de hurgar dentro con el fin de extraer lo que previamente sembraste. Para ello, desde luego, hay que documentarse, reservando lo aprendido, conservando aquello que podrías necesitar en caso de apuro, justamente cuando no cuentas con la fuente…
Digo esto y recuerdo el caso extremo de Antonio Gramsci: solo, en la cárcel, con escasos libros, elaborando sus apuntes eruditos, pero siempre necesitados de una posterior mejora… que nunca llegará. Leer así, trabajar en esas condiciones, tiene su riesgo. Por faltarle los recursos necesarios, el preso que carece de fuentes corre el peligro de incurrir en el diletantismo, en la mera expansión. Vale decir, puede tratar este o aquel asunto con erudición precaria, buscando sólo la brillantez formal, aproximándose superficialmente, liquidando el tema. Gramsci no quería ser un diletante. Por eso se sometía a los rigores de la disciplina intelectual y por eso multiplicaba sus fuentes, todas las que le permitían: alta y baja literatura.
No es un mal plan: leer cosas de batalla, incluso de baratillo. Más aún, puede ser un ideal: contrastar lo sofisticado y lo complejo con lo común y lo humano, lo demasiado humano. Por ejemplo, yo venía de leer los libros de Miguel Veyrat, refinados y herméticos, y en los últimos días he querido someterme a la disciplina contraria: catar algo prosaico, algo que muestre sensaciones más ordinarias, más vulgares. “Todas las emociones contenidas en este libro –ambiciones, sentimientos, amor, odio, éxito, fracaso, rabia, tragedia y comedia— estallaron de golpe el 15 de enero de 2007”, dice la autora con error perdonable. El desliz lo causan las prisas: se acababa de producir la escena final y la periodista debía aprovechar el interés que el prolongado choque había despertado.
Es un drama que enfrenta a dos postulantes con humana codicia, a un hombre y una mujer que se saben destinados a algo más eximio que la política municipal y espesa… Es el suyo un juego de suma cero, pero es también un lance antiguo en el que los combatientes van de farol, amagan, hacen fintas. El hecho de que sean una dama y un caballero aumenta el interés. En el fondo, encarnan papeles igualmente antiguos, roles predecibles. Por un lado, la mujer resuelta, decidida y lenguaraz, con la campechana vulgaridad de los grandes linajes: la señora que se aupa estratégica, sibilinamente, dando sus hachazos en el momento exacto. Por otro, el varón igualmente codicioso que sabe conquistar con dotes de galán antiguo, una suerte de Don Juan entre tímido y audaz: el hombre culto que se ve exquisito, que se cree destinado a mayores, que sueña con reemplazar y superar las ambiciones del padre. Ambos desean lo mismo, pero no hay reparto del reino: sólo uno podrá aspirar al trono.
Lucía Méndez, periodista de El Mundo, es la autora de Duelo de titanes, un libro en el que relata la historia de dos ambiciones. Pese a lo que pueda pensarse, no hay enigma que en sus páginas se desvele; no hay revelaciones a las que ahora asistamos con asombro; no hay fuentes inéditas que hoy se destapen. El volumen ponen en orden –que no es poco– un caso de enfrentamiento político que hemos seguido con interés morboso, folletinesco. El título es una concesión al tópico, sin duda. La fotografía de la cubierta, en la que se ve a Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón apretaditos, es un azar que alguna inauguración o algún encuentro institucional han forzado. En todo caso, cumple su función: reclamar nuestra atención. Una faja inferior de dicha cubierta acentúa el sentido folletinesco, melodramático. Lamento que la imagen que ustedes ven (capturada de la página de Espasa) no nos permita distinguir el reclamo comercial.

Lo reproduzco. “Las claves secretas”, leo. “Ella creció a su sombra, él la despreciaba…”, acaba la leyenda de dicha faja. En realidad, no hay claves secretas, sino evidencias públicas o pruebas manifiestas que estaban a la vista de todos. Pero el folletín tiene sus reglas, como bien nos advirtió Gramsci cuando analizaba la literatura popular. Caballeros que se descubren y se comportan como héroes, cuando su vida no estaba destinada a ello; príncipes azules que aún creen en la bondad de los sentimientos, en la limpieza de sus emociones; traidores que actúan con doblez y que agrandan los desastres del reino; villanos que obran el mal para adueñarse del mundo, con codicia irrefrenable, con malas artes; princesas bellísimas y algo atolondradas o inocentes que fueron secuestradas… y que finalmente habrán de ser restituidas a sus padres, los monarcas; brujas o hermanastras o madrastras que envidian la delicadeza de esas damas, responsables del rapto o del estupro, y que recibirán su merecido. Esas claves de lectura no son códigos antiguos que hayamos abandonado. Antes al contrario, lo folletinesco perdura en la vida pública y privada de hoy. Me pregunto qué papeles cumplen Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón en el volumen de Lucía Méndez.
La periodista reconoce la emoción que le ponen los actores a los papeles que desempeñan, dramatizando bien su enfrentamiento. El choque es real, pero cobra dimensiones de cuento. Tal vez por eso, la autora no cree que salgan bien parados: piensa finalmente que quizá no haya triunfador neto en este duelo. Por una parte, las simpatías de la periodista se inclinan por Ruiz-Gallardón pero reconoce que el caballero ha manifestado sus ambiciones algo torpe, algo desastrosamente. ¿Cuál es su futuro? De momento sobrellevar melancólicamente la pérdida de un tesoro que nunca tuvo. Aunque, quién sabe, quizá algún día acabe por reponerse presentándose de nuevo como el príncipe azul que antaño fue confundido por la madrastra. Por otra, la autora admira a Aguirre, tan exacta en sus golpes, tan despiadada, con esa sonrisa desacomplejada que luce para escarnio de sus víctimas. Aunque, quién sabe, quizá algún día sus damnificados le hagan pagar amargamente los éxitos de hoy, el botín o el despojo…
Me pregunto, pues, sobre esta literatura política, sobre sus personajes de fábula, sobre sus episodios de cuento y, al hacerlo, creo ver las entretelas, la confección, los trucos menores. No hay que examinar sólo los contenidos o las cubiertas. Hay que demorarse en detalles aparentemente secundarios que mucho dicen de lo que estas obras son. Por ejemplo, el prólogo de Duelo de titanes tiene un pie que reza lo siguiente: Madrid, diciembre de 2007. En cambio, en el epílogo del libro podemos leer: Madrid, enero 2008. Aquel prefacio está escrito y datado cuando el choque final entre Aguirre y Ruiz-Gallardón aún no se ha producido; el último capítulo está fechado cuando el alcalde de Madrid ya ha sido excluido de las listas al Congreso. El libro estaba básicamente confeccionado antes de que se precipitara el desenlace, cuando nada se sabía de lo que podía ocurrir.
¿Qué ha hecho la autora? Retocarlo para introducir brevemente la escena final de la exclusión de Ruiz-Gallardón, sirviendo así como consumación ya sabida. Ese momento lo retoma en las últimas páginas: es un acto dramático y, con ella, la autora da una salida bien distinta a lo que había sido el tono del relato. A la postre, es Mariano Rajoy el gran personaje que Méndez quiere retratar, aquel que con inteligencia y fino olfato habría sabido salir airoso del choque de personalidades. Ese capítulo lo titula “La catarsis”. Se nota el postizo, el añadido, la extensión. Rajoy, que ha estado muy desdibujado a lo largo del volumen, como un rey atribulado, resulta vencedor. Desde luego, es una posibilidad, pero está por ver: está por ver que las cosas puedan explicarse finalmente así.
Mi padre, que acaba de leer Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón, está devorando ahora Duelo de titanes. Me admite que es un libro que pronto olvidaremos, pues es éste el sino de la literatura política circunstancial. Sin embargo, es un libro que ahora cumple un papel. Además de enriquecer a la autora, además de catapultarla como reportera de Corte, la obra convierte en materia de folletín lo que es una vulgar o repetida historia de ambiciones: el rey que ve peligrar su corona y sus dominios por la codicia de los herederos… impide que lo destronen. En los cuentos, los héroes finalmente triunfan; los villanos caen derrotados; los traidores reciben su merecido; y el pueblo asiste complacido a la felicidad de sus superiores. ¿Es Mariano Rajoy el héroe? ¿Durará su reinado o, por el contrario, habrá algún tapado dispuesto a sucederle? No sé, quizá con Mariano Rajoy asistamos otra vez, en clave de farsa, a la historia archisabida del rey Lear. Entonces, cabría preguntarse quiénes son Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre. ¿Quiénes son aquí Cordelia, Goneril o Regan? Como dice Edgar en El rey Lear: “Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo, tanto como para entrar: todo es estar maduros”. Pues eso.
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2. Hemeroteca. El beso

El beso, el beso…, según EP, Abc
El beso, el beso…, según Efe, La Razón
El beso, el beso…, según agencias, El Mundo
El beso, el beso…, según Efe, Levante-Emv
El beso, el beso…, según agencias, El País
“…En efecto, hay algo que se ha impuesto en nuestro país y que es un peligro creciente. Para abreviar lo llamaremos el estilo rosa. La lógica, la dinámica y la retórica de los medios públicos se asemejan cada vez más a ciertos programas televisivos y a algunas revistas del corazón. ¿Qué es la prensa rosa? Ya saben: son publicaciones (y televisiones) en las que se persigue a personajes célebres para arrancarles alguna declaración, alguna opinión, algún juicio sobre sus penúltimos amoríos. Es, por supuesto, el lugar del cotilleo, el corral de vecindad al que se asoman los espectadores para asombrarse con las habladurías, pero es también el proscenio en el que representar el famoseo: un modo de certificar la existencia. Si sales, si te roban la imagen, si te piden opinión, es que cuentas, ya cuentas. Pero eso que dices o que dicen no es todo, sólo una parte de lo que encubres. Hay, pues, un toma y daca. Algunos confiesan algo, pero todos los espectadores saben que hay algo más que no se revela, que detrás de esas pocas palabras triviales o comprometedoras, hay… tomate; hay… tela”, decíamos ayer.
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3. Alberto el Doliente
Dicen que la posición de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la Villa y Corte, es incómoda. Al no haber sido escogido para figurar en la lista electoral del Partido Popular por Madrid, su futuro queda desdibujado. Tanto es así que, tras la reunión en que se le comunicó que no iba a concurrir como candidato al Congreso, éste amenazó con abandonar la vida política. Luego, más sosegadamente, acabó corrigiéndose para decir que tras el 9 de marzo consideraría abierta y públicamente qué hacer de su empleo institucional. Los observadores se apresuraron a señalar que no habría dimisión antes de las elecciones, fundamentalmente para no dañar las expectativas de Mariano Rajoy. Yo creo, sin embargo, que sin ser incierta esa descripción hay otro elemento a considerar. Mantenerse en el cargo hasta el 9 de marzo, con ese vaivén emocional que expresa en público, con ese silencio doloroso que exhibe, con esa resignación callada que manifiesta, le permite jugar con distintas opciones. Si perdiera Mariano Rajoy, entonces él mismo podría presentarse como el candidato que no fue, como el activo que el Partido Popular derrochó a sabiendas. Si ganara el PP, entonces podría presentarse como el militante obediente, alguien a quien correspondería un pago o contraprestación a cambio de su doliente fidelidad. Es decir, su siencio siempre tendrá premio… Es una comedia de enredo y es un juego de suma cero, pero es sobre todo un folletín que puede narrarse como un cuento o que puede dramatizarse como un desamor, con dos rivales cuyo jefe les obliga a representar su fidelidad.
“No dejaré yo de besar a ninguna persona que quiera regalarme un beso“, le confiesa Alberto Ruiz-Gallardón a Andreu Buenafuente…
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Miércoles 20 de febrero, a poqueta nit, nuevo post
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12.03.07
Posted in Comunicación, La felicidad de leer at 20:38 por jserna
0. Lo vemos así: solo, inexpresivo, incluso temeroso, entre unas plantas, entre unos arbustos tras los que se embosca. Ignoramos su estado de ánimo y lo que después ocurrirá.
1. La casualidad ha querido que lleguen a mí dos novedades editoriales que poco o nada tienen que ver entre sí, pero que, bien miradas, poseen elementos comunes. Leer así, cosas heterogéneas, tiene rendimientos muy placenteros, depara sorpresas: hallamos luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; encontramos lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; nos alimentamos con nutrientes variados, incluso contradictorios. Tengo sobre mi mesa la Historia de la fealdad, de Umberto Eco, y El mundo, de Juan José Millás. Semanas atrás, Anaclet Pons se nos adelantó cuando con perspicacia hablaba de la Storia de la bruttezza; yo, por mi parte, he procurado escribir lo más aseadamente posible de la novela de Millás en el número de Ojos de Papel que acaba de aparecer. Hay algo en común: un examen de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso. Del sentimiento de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso.
Así, a bote pronto, creemos saber qué es la fealdad. Lo contrario de la belleza, diremos: siendo la belleza aquello que se caracteriza por la armonía, por la proporción. Convencionalmente, lo feo sería, pues, aquello que carece de ambas propiedades: lo que no tiene concertación entre sus partes, aquello a lo que le falta correspondencia. Sería también lo que no posee conformidad o equilibrio: lo que, en suma, es desordenado, con elementos incongruentes. Pero, como bien nos advierte Umberto Eco, en su Historia, la fealdad es un criterio evidentemente cultural e histórico, un criterio que cambia de acuerdo con la idea misma de lo aceptable, de lo tolerable, de lo normal, de habitual, de lo convencional, de lo sano. No podemos conformarnos diciendo que todo cambia con el curso del tiempo y que, por tanto, es imposible definir lo feo. En cada momento histórico, en cada sociedad, en cada cultura, sabemos o creemos saber qué es lo que nos sorprende desagradablemente, lo que nos repugna estéticamente. Puede que no siempre sea lo mismo, en efecto, pero eso que repudiamos por su fealdad lo rechazamos valiéndonos de un sentimiento semejante: algo hay en un rostro, en un objeto, en un paisaje o en un hecho que juzgamos feo. Es decir, algo hay que vemos inarmónico, desproporcionado, contrario a su tiempo, inesperado, insoportable.
Admitido lo anterior, hay, sin embargo, dos asuntos importantes a considerar. ¿Qué pasa cuando esa percepción la tiene quien se vive feo, ajeno, distante, desencajado? ¿Y qué sucede cuando lo feo es validado, cuando es incorporado como parte de lo estético? En el primer caso, no se trata de que te vean feo, ajeno, distante, desencajado, sino de que tú te veas así. Cuando tal cosa ocurre, la impresión de extrañeza, de extrañamiento, de desterritorialización… incomoda, desestructura el yo frágil de quien sobrevive como puede. Pienso en la criatura de Frankenstein, por supuesto. Él, que era de identidad prístina, incontaminada, acaba viéndose así: como un monstruo. ¿Lo es? Para quienes lo juzgan con los criterios estéticos del Ochocientos, para su propio creador (Victor Frankenstein), es desde luego un ser espantoso, de suturas mal cosidas, de rostro tumefacto, con pliegues que lo avejentan… a pesar de su edad infantil. Difícilmente te van a aceptar los demás si tú no te aceptas, si además se hace explícito el rechazo. Pero hay algo raro en ese monstruo: si prescindimos de Victor –tan irresposable y duro–, la fealdad del ser nos conmueve. Por eso, lo hemos incorporado y lo hemos rehabilitado. Está solo, se siente solo: nadie le dispensa ternura alguna. Se pregunta para qué vive, para qué se le ha creado, y por ello interpela al mundo que lo repudia: él no es culpable de la fealdad. Lo sabemos y por ello le perdonamos. ¿Quién, alguna vez, no se ha sentido extraño, incómodo, ajeno al entorno en que existe? Es, de hecho, una constante de la condición humana. Hay al menos un momento en nuestras vidas en que nos sentimos mal encajados. El niño que no sabe cómo crecer, cómo madurar.
Digo lo anterior y regreso a El mundo, precisamente. En la novela de Millás, que es una autoficción, el narrador reelabora su infancia: la narra y a la vez piensa y repiensa sus significados. Es la historia de un niño que se siente extraño, aunque no espantoso. Pero, a semejanza de los monstruos, se interroga sobre la filiación, sobre los padres, sobre su lugar en el mundo, sobre su encaje… Hacia el final, el narrador evoca aquella célebre película que interpretara Harrison Ford de la que en estas fechas se cumplen veinticinco años: Blade Runner. “O soy irreal yo o es irreal aquél”, dice refiriéndose al niño que ahora exhuma. “Me viene a la memoria la escena…”, añade, “en la que los replicantes observan las fotos de sus padres falsos, de sus hermanos falsos, de sus abuelos falsos al tiempo que construyen una historia familiar falsa”. Una de las claves de esta novela de tono psicoanalítico es precisamente ésa: la impresión de haber sido un niño de filiación equivocada. Como se sabe, ésta es una de las constantes de la literatura freudiana. Me refiero a esa impresión tan común que tienen muchos individuos de no ser hijos de quienes dicen ser sus padres. A este sentimiento neurótico frecuente, Freud lo llamaba novela familiar. Podríamos resumirlo con nuestras propias palabras (indudablemente peores y más romas que las de Millás).
Ese individuo que está ahí haciéndome creer que es mi padre, haciéndose pasar por tal, en realidad es un impostor. Cuando nací, sé que hubo un error en el hospital, un cambio de cunas que nadie advirtió. Ése es el secreto de mi vida, de mi dolor, que sólo ahora descubro, dice el adolescente incomodado, extraño, feo, monstruoso. Llegará un día en que este entuerto se enderece o en que este malentendido se aclare. Entonces conseguiré librarme de esos dos tramposos que simulan ser mis padres, de ese progenitor que no se responsabiliza de mí y que me tiene secuestrado desde chico.
Sin duda, éste será un sentimiento perfectamente comprensible para alguien –para cualquiera de nosotros– que perciba el repudio del mundo, que se percate del maltrato que se le inflige: un maltrato real o fantástico, pero no menos doloroso, el de quien se ve como un monstruo, un tipo raro, un ser extraño. Insisto: como cualquiera de nosotros.
Hacer la taxonomía de muchas de esas fealdades es lo que ha pretendido Umberto Eco en su atractivo libro: es una suerte de galería de monstruos ideados por la fantasía humana o concebidos por la imaginación mimética. Lo curioso es que esas deformidades no son tan raras… Echamos un vistazo ahí fuera y las vemos , ciertamente. Pero examinamos el interior y vemos a ese doble que pugna por aparecer: a ese ser interno o previo o remoto en quien no queremos reconocernos, porque nos avergüenza. Por eso, Juan José Millás relata la vicisitud de otro monstruo: el narrador que fue niño y que fantaseó con su propia excepción o deformidad. Ese relator, un tal “Juan José” o también un tal “Millás”, cuenta con angustia lo que pensó de sí y lo que ahora ya no es. El problema no es que no fuera espía o misionero (como creyó ser); el problema no es que se mintiera. La cuestión es que ordenó su vida según esas fantasías, según esas excentricidades tan comunes. Narra, pues, con la modestia de quien hace la ficción de la propia vida, de quien hace su autoficción.
Sin duda, ya no puede relatar como un autor realista; tampoco como un memorialista exacto. Ya no puede hacer de sí mismo aquello que quería hacer Balzac con la Francia del Ochocientos: escribir como un zoólogo. En el famoso prólogo a La comedia humana tenía (1842), Balzac declara su intención. “Han existido, pues, y siempre existirán, especies sociales como existen especies zoológicas. Y si Buffon llevó a cabo una obra magnífica al tratar de representar en un libro el conjunto de zoología, ¿no habría otra obra que hacer de ese estilo con respecto a la sociedad?”, se pregunta. Ahora, siglo y pico después, la taxonomía ya no puede ser realista: será fantástica, porque ese ser narrado también lo es. Ya no tenemos a un sujeto seguro de su identidad (al principe, al banquero, al artista, al burgués, al cura o al pobre, de quienes Balzac quiso pintar sus caracteres): tenemos a un ser incierto o, como dice Manuel Alberca (El pacto autobiográfico, 2007), a un buscador, a “un simulador de identidades”. El monstruo de Frankenstein fue, desde luego, su antepasado. Nuestro antepasado.
Fin
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2. Noticias
La Asociación Colegial de Escritores y Traductores ha concedido a Miguel Veyrat el Premio Stendhal 2007 por la traducción del libro de Jacques Darras Antología fluvial. Es posible leer su prólogo aquí. Enhorabuena.
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3. Hemeroteca
–Desde el lunes 3 de diciembre de 2007 ha acabado mi colaboración con Levante-Emv. Algún detalle de este cese lo preciso en el post anterior (Columnismo habitual).
–Reseña de El mundo, de Juan José Millás, en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de JS.
–Celebración de Doris Lessing (Premio Nobel), en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de Francisco Fuster.
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11.12.07
Posted in Comunicación, La felicidad de leer at 18:08 por jserna
1. Lo hemos oído y leído… Pensemos en esa frase común.
“¿Por qué no te callas?” Ese enunciado podría ser precisamente uno de los lemas y temas de Tu rostro mañana, la última novela de Javier Marías, cuyo tercer volumen, Veneno y sombra y adiós, acaba de aparecer. Imaginemos un narrador que se interpelara a sí mismo, que se reprochara lo hablado: entonces podría muy bien decirse…: ¿por qué no te callas? Si hemos de creer lo que dice el colofón de Veneno…, este libro cierra dicho ciclo, una novela que empezó como la confesión de un ex espía integrante de un grupo del MI6. En el primer volumen, el narrador de esta historia comenzaba admitiendo que uno no debería contar nada, que uno no debería atarse con palabras que comprometen y crean realidad, que uno debería cerrar el pico. Es, sin duda, una formulación paradójica para un relator que habla durante más de mil quinientas páginas: las que componen Tu rostro mañana. Si se tienen poderes anticipatorios o, mejor, si se poseen capacidades predictivas, no sabemos si acertamos con la premonición o si, por decirla (por contarla), se cumple (o se incumple) precisamente. En Veneno y sombra y adiós, el narrador de Marías –llamado Jaime, Jacobo, Jacques, Yago o Jack Deza— descubre con horror el efecto de su presciencia. En esta obra hace explícito el efecto que el habla ocasiona: contar abre la puerta a ulteriores revelaciones, confesiones comprometedoras, gestos con los que deberemos cargar. Si aventuras la conducta de alguien a partir de la apariencia puedes acertar o equivocarte, pero lo sustancial es que puedes poner en marcha una consecuencia imprevista o indeseada con tus palabras.
Observando el rostro y el comportamiento, observando la conducta, Deza anticipa y adivina qué hará el observado, pero el observado muere… ¿Tiene algo que ver con lo que él predijo? La novela es una extensa disquisición o divagación. Es el monólogo de alguien que, espantado con las consecuencias de su palabra, con los compromisos que verbalmente contrae, renuncia a hablar; alguien que decide callar para que no se cumplan sus predicciones. Pero este tercer volumen es algo más. Es una reflexión sobre el uso de la violencia, sobre la banalidad moral de la violencia gratuita y vista, la que se contagia como veneno, como un tóxico. Es una indagación sobre el pasado, ese objeto extraño y alejado al que –en este caso– se llega gracias al relato del padre y de un amigo anciano del narrador. Y es el examen de una amenaza: la de la muerte. ¿La violencia, el pasado y la muerte?
En realidad, aquello a lo que Marías vuelve es al relato que frena infructuosamente la muerte, el pasado, la violencia. O, como dice un personaje (Reresby) en este tercer volumen, “…siempre hay quien se mira actuar, quien se ve a sí mismo como en una representación continua. Quien cree que habrá testigos que relatarán su generosa o ruin muerte y que eso es lo que más importa. O que se los imaginan si no puede haberlos, el ojo de Dios, el escenario universal, lo que tú quieras, todo eso. Quien cree que el mundo depende de sus relatores y los hechos de que se cuenten, aunque sea muy improbable que nadie vaya a molestarse en contarlos, o en contar esos concretos, quiero decir los de cada uno. La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas, y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas…”
Son palabras con una resonancia idéntica a las del final de Mañana en la batalla piensa en mí. Lean el último párrafo y verán. “…Cuando las cosas acaban ya tiene su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio…”
Hablamos, escribimos, relatamos, nos remitimos cartas (ya no) y, ahora, nos mandamos correos electrónicos. El mundo nuestro acaba dependiendo de sus relatores, cierto, pero con esos relatos de que nos valemos provocamos malentendidos: sin pretenderlas ni buscarlas expresamente producimos confusiones, efectos no deseados que resultan de nuestras palabras. Leía días atrás que, según los expertos, los e-mails provocan todo tipo de malentendidos entre los remitentes. No hace falta ser un especialista para llegar a tal conclusión: tenemos aquí, entre los ususarios de este blog, suficiente experiencia. La escritura electrónica y la correspondencia postal y la conversación oral tienen sus reglas y tiene sus sobreentendidos y… confusiones, insisto. En un diálogo no todo lo decimos: hay cosas que se sobreentienden, que no hace falta explicitarlas porque forman parte del marco al que se someten los interlocutores. Hay una reglas de comunicación, que son normas de cortesía, normas que nos hacen mutuamente accesibles, pautas de comportamiento que nos permiten evitar los encontronazos. Pero en ese diálogo, repito, lo que efectivamente decimos puede interpretarse torcida o erróneamente, puede causar efectos indeseados o aberrantes…
La novela de Javier Marías, en la que hay numerosas disquisiciones sobre la lengua, sobre los usos lingüísticos, sobre los marcos culturales que invisten de significado a las palabras, es un habla que espera decirlo casi todo, precisarlo todo, con la recurrencia, la digresión y la repetición que son propias de nuestra comunicación. Esa novela no deja de ser un monólogo en el que vemos el esfuerzo de Deza por aclarar el sentido de lo que ve, de lo que le dicen, pero también de lo que no ve ni le dicen. Tanteamos, observamos.
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2. Hemeroteca
-Reseña de JS de Veneno y sombra y adiós en Ojos de Papel
-”La muerte en directo“, recensión breve en Levante-Emv (Posdata), 9 de noviembre de 2007
-Reseña de las partes primera y segunda de Tu rostro mañana en Ojos de Papel
-”Rojos“, Levante-Emv, 12 de noviembre de 2007
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MAÑANA DEL SÁBADO 17, NUEVO POST EN ESTE BLOG.
PERDONEN LA DEMORA…
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10.17.07
Posted in psicoanálisis, La felicidad de leer at 20:26 por jserna
1. Primera lectura, primera interpretación
Permítanme decirlo así: el psicoanálisis es una concepción del alma humana, una concepción del sujeto sexual y de sus impulsos libidinosos; es una terapéutica de sus malestares emocionales, un procedimiento basado en la palabra, en la exhumación oral de lo que nos angustia, nos mueve y nos conmueve. El diván en el que se acuesta el paciente para relajarse es también el instrumento que facilita la verbalización de dichas desazones, la narración del dolor. El habla incluye verdades y mentiras, pero sobre todo transmite datos y significados, deseos y padecimientos que han de interpretarse. El terapeuta escucha y de acuerdo con su experiencia clínica busca el sentido de las palabras y de los silencios, de las omisiones, de los errores.
Pero el psicoanálisis es también una teoría de la cultura, entendida ésta como ley, como represión de lo instintivo que hay en cada uno. Entre las pulsiones primitivas y la contención civilizada se mueve el individuo concebido por Sigmund Freud. Su obra y su lenguaje han tenido una influencia enorme en el siglo XX: desde que en 1900 apareciera La interpretación de los sueños lo que empezó como una corriente judía y vienesa pronto se convirtió en fenómeno occidental y cosmopolita. Su difusión se debe, en parte, al éxito norteamericano. Es de allí, de Estados Unidos y en particular de Nueva York, de donde proceden su renombre así como algunos de sus estereotipos. Desde el principio, desde 1900, Freud intentó extender los beneficios de la terapéutica por él ideada. También desde los inicios trató de universalizar su creación estableciendo seguidores y corresponsales europeos y americanos.
Curiosamente, el autor de La interpretación de los sueños manifestó una temprana animosidad hacia los Estados Unidos. ¿Por qué razón? No lo diré. Por otra parte, Freud sabía a la vez que la suerte del psicoanálisis iba a depender de Norteamérica. Hay una anécdota con motivo de su desplazamiento a Nueva York, en 1909, que es sintomática a este respecto. Advirtiendo lo que se avecinaba, Freud comentó a Carl Jung y a Sandor Ferenczi, sus compañeros de viaje: si supieran los norteamericanos “lo que les traemos…”. Lo que les llevaban era, en palabras del propio Freud, la peste: una pasión por el psicoanálisis que aquejó a una parte importante de la sociedad neoyorquina.

Sobre esa anécdota, Jed Rubenfeld ha escrito una novela entretenida, un best seller repleto de referencias cultas, al modo de El nombre de la rosa. Su título: La interpretación del asesinato. Transcurre precisamente en el Nueva York de 1909 y, entre otros, sus protagonistas son Freud, Jung y Ferenczi. La circunstancia de dicho viaje es histórica, cierta, la que antes mencionábamos: Rubenfeld ha sabido documentar con precisión el contexto de su novela evitando los anacronismos y las ligerezas. Se nota su erudición, su exactitud: no en balde, según reza la solapa del libro, Rubenfeld hizo la tesis doctoral sobre Freud…, además de ser –cito literalmente– “el escritor de temas jurídicos más elegante de su generación”. De entrada, estos datos no auguraban su éxito como narrador: ni el conocimiento del psicoanálisis ni el academicismo son garantías de triunfo, de triunfo como novelista, quiero decir. Felizmente, conforme leemos, confirmamos que lo histórico no asfixia la imaginación: el manejo del elemento ficticio –aquello que el autor añade más allá de lo documentado– es lo que prueba su pericia: un repertorio de crímenes, de escándalos sexuales, que un psicoanalista imaginario ha de aclarar según los cánones de la novela policial. Conjetura tras conjetura, desechando o corroborando, este detective arroja luz sobre los delitos cometidos hallando cierta clave interpretativa en las relaciones libidinosas. El narrador es él y su pesquisa es un psicoanálisis primitivo y audaz.
En toda esta peripecia, Freud no sólo es comparsa: es el referente y el modelo de dicha búsqueda, un pionero que –por razones que no revelaré, insisto— siente esa ojeriza hacia los Estados Unidos. Jed Rubenfeld entretiene y enseña. Quizá, para mayor deleite narrativo, el académico que es podría haberse ahorrado el capítulo final, una erudita “Nota del autor” que sólo nos produce malestar y tedio: más que a las exigencias de la ficción se debe al prurito del academicismo documental.
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09.03.07
Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 8:13 por jserna

1. Leer y releer
El 3 de septiembre fue la fecha que me marqué para regresar al blog, para actualizarlo después de las vacaciones. La vuelta suspende mi dolce far niente. Durante semanas he conseguido caminar mucho, hacer senderismo, leer sin premuras (sin que cada libro fuera una pieza por abatir) y mirar a lo lejos. Cuando digo mirar a lo lejos me refiero a levantar la vista para divisar paisajes distantes, para contemplar picos inaccesibles, cosas en fin que me separan de la página o de la pantalla. Veraneando en un pueblecito de montaña situado en plena sierra alicantina, cada día me levantaba con el ánimo de caminar dos o tres horas. ¿La excusa? Desplazarme hasta la población más cercana en que se vende la prensa. Aunque el viaje peatonal de ida y vuelta puede salvarse en hora y media, yo lo alargaba hasta las tres horas incluso: un modo de justificar la excursión, de imponerme nuevas tareas físicas, de descubrir parajes que aún no conocía, pero también una manera de conseguir los diarios como recompensa.
Cada día volvía con tres periódicos, cargado con mi tesoro de papel, creyendo que el esfuerzo merecía la pena. Pues bien, al final de la mañana, la impresión siempre era la misma: los diarios veraniegos adelgazan, pierden páginas y consistencia, se rellenan de contenidos banales y el producto acaba pareciéndose a la prensa cordial, a la prensa del corazón. En ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria. Yo agradecía la brevedad de la consulta: el hecho de que pronto pudiera deshacerme de la prensa acarreada para regresar a mi lectura y relectura de Jorge Luis Borges (que, por lo que ahora veo, ha coincidido con un artículo laudatorio e inteligente de Roderick Guzmán Meza en su blog).
Borges escribió mucho, leyó más y, desde que alcanzó notoriedad, no dejó de dar entrevistas o de hacer declaraciones, de pronunciar frases rotundas, llenas de malicia inteligente o, en algunos casos, de irresponsabilidad. Por ejemplo: “la democracia es un abuso de las estadísticas“, le dijo en 1976 a Joaquín Soler Serrano en aquella interviú televisiva (A fondo). Ciertamente, la frase tiene la consistencia del aforismo e incluso tiene mucho de verdad, pero era un comentario irresponsable en un momento en que España se sacudía una dictadura de décadas, un régimen mineral… Por su parte, Argentina y Chile asistían a sendos procesos de represión, de cruel represión. Como nos recuerda Edwin Williamson en su biografía (Borges. Una vida), el narrador argentino tenía un deficiente conocimiento de la realidad política, un saber lastrado por la inquina que profesaba al peronismo. Regímenes populistas, revolucionarios, eran lo contrario de la democracia formal, institucional, aquella que hace de los medios el principal fin de su funcionamiento: por tanto, esas democracias populistas sí que eran un abuso de la estadística, de la manipulación. Frente al radicalismo, frente al extremismo político, Borges se hizo ilusiones sobre unos “hombres de honor” que vendrían a restaurar el orden, sobre ”una elite ética y una dictadura ilustrada” que librarían a su país del nacionalismo agresivo y del petardeo revolucionario. Así lo justifica Williamson en su biografía.
Esa inocencia conservadora y esa irresponsabilidad verbal no hacen olvidar dos cosas, sin embargo. La primera: la tenaz y temprana oposición de Borges al nazismo y, por extensión, a las dictaduras populistas. “Las dictaduras fomentan la opresión“, decía en los años cuarenta, algo que ahora podemos leer en el libro Borges en Sur. “Las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor“.
Uno de los muchos deberes del escritor, decía. El principal: escribir con el ánimo de recrear la realidad, de refundarla, de convertirla en voz, ¿de expresar lo inefable? Durante este mes he leído y releído los cuentos de Borges, sus ensayos, su poesía: tan culta, tan intelectualista, tan precisa y pensaba en la emoción. No tenía mejor paraje para disfrutarla: sin interferencias ordinarias, sin la prensa plebeya que pronto desechaba. Pero este paraíso ha acabado y aquí me tienen, sumando palabras, multiplicando el ruido.
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2. Palabras tóxicas (4 de septiembre de 2007)
Perdonen la autocita. Ayer, refiriéndome a la lectura veraniega, yo mismo decía: en ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria.
No recuerdo si Hermann Tertsch –sobre el que ya escribí– pertenece a los segundos o a los primeros; a los desaparecidos a quienes no eché en falta o a los que se mantuvieron en guardia y de guardia. El caso es que ayer lunes día 3 leí un artículo suyo en Abc titulado “La temeridad contagiosa“: un texto en el que el periodista glosaba la entrevista al Presidente del Gobierno que apareciera en El País el domingo anterior. Tertsch tiene derecho a descreer de él (empleemos este verbo tan borgiano); tiene derecho a mostrarse pendenciero, retador, a achicar la figura de su adversario. A lo que no creo que tenga derecho es a atemorizar a los lectores conservadores que pacientemente leen su diario. Yo no sé si en Abc se dan cuenta del columnista que han contratado. Ayer se destapó por fin, sin velos, sin ataduras: comentando las palabras hueras de Rodríguez Zapatero o, mejor, denunciando “la profanación de la sintaxis” que cometería el Presidente, Tertsch le atribuye como meta la liquidación de la democracia. Últimamente no es este periodista quien puede dar lecciones de sentido expresivo. Recuerdo haber leído artículos suyos en los que se sabía dónde empezaba la frase, pero no dónde acababa; párrafos en los que el significado confuso de la prosa aturdía al lector más voluntarioso.
Pero cito ahora, literalmente, sus palabras del lunes 3: “la liquidación de la democracia que es, desde un principio, el sueño experimental del mago de León“. Me froto los ojos creyendo no haber leído esa frase, un diagnóstico tan expeditivo y fantástico. Pero no, líneas después precisa aún mejor ese dictamen que es a la vez un vaticinio: “De ganar las elecciones Zapatero con su apuesta por la «modernización definitiva»“, concluye Tertsch, “nadie puede estar seguro de que volvamos a tener unas elecciones en condiciones democráticas y alternancia posible. El centroderecha español ganó por mayoría absoluta las últimas elecciones celebradas en condiciones normales en este país. Si no gana estas puede que no vuelva a haberlas“. Vuelvo sobre lo anterior y, qué quieren, me dan ganas de regresar a mi vacación, cuando leía páginas que mejoran, no palabras que intoxican.
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3. Hemeroteca
Caricatura de André Carrilho
–Reseña de JS del libro de Edwin Williamson, Borges. Una vida, en Ojos de Papel…
–Nuevo artículo de JS, “El totalitarismo“, en Levante-EMV, 3 de septiembre de 2007
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06.14.07
Posted in Cine, La felicidad de leer at 10:29 por jserna

1. Regreso a Frankenstein
Hace treinta años leí por vez primera Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, una novela ambientada en el Setecientos. Les digo todo esto como dato privado que probablemente no interese. Salvo grave trastorno, nadie va confesando sus lecturas a voz en grito… El blog es una especie de taburete al que te subes en pleno Hyde Park, rodeado también de otros oradores que no te atienden. Logras superar la primera indiferencia: te alzas a esa banqueta inestable y desde allí, desde esa exigua elevación, comienzas a hablar, a chillar, a declamar incluso, revelando opiniones, estupores y felicidades. Es probable que alguien te tome por excéntrico o por exhibicionista. Tal vez. Pero cerca del taburete vemos formarse ya un grupo pequeño de espectadores atentos y generalmente amables que también dicen la suya. El círculo de quienes peroran disputan confesando sus propias lecturas. En efecto, el blog es un modo de expresarse y de comunicarse, justamente aquellos medios o canales o destinatarios de los que carecía el monstruo de Frankenstein. Nadie le atendía y nadie se apiadaba de él. Por eso, cuando tuvo que comenzar su relato ante Victor, la critura exigía escucha y compasión. Oigamos, pues, al monstruo…
Para ello, para enternecerme con su oratoria, vuelvo a releer Frankenstein, ahora, cuando ha sado mucho tiempo tras mi lectura precedente. Es la cuarta vez que regreso, si no me equivoco. ¿Y…?, se preguntarán. ¿Qué tiene de interesante la relectura que usted pueda hacer de una obra del Ochocientos, una obra que no disputa el espacio de la novedad a las publicaciones de este mismo momento? Regresar a los clásicos está bien, podrían aceptarme, pero ¿y qué? ¿Debemos celebrar sus relecturas, los pasos que usted da, la cronología de sus disfrutes?
Desde luego sería una vanidad en la que espero no incurrir. Pero a la vez me pregunto cómo podría callarme el placer de un regreso, cómo podría silenciar la felicidad que me procura una reedición a la que ahora vuelvo. Por supuesto, no confundo mis avances personales con los progresos generales de la humanidad: por eso, si hablo de Frankenstein se debe al hecho simple pero significativo de que Alianza editorial haya publicado otra vez esta novela en una colección nueva y selecta con la traducción de Francisco Torres Oliver. El papel es malo, barato, poco duradero (lamentable, en fin), la cubierta no es errónea y el formato es comodísimo. ¿Cómo negarse el goce? Uno podría pensar que ya no hay placer en una trama que conoces, en unas escenas y personajes cuyo desarrollo adivinas, anticipas. Pero es un error plantear así las cosas: Frankestein aún conmueve y su potencial metafórico permanece. Sorprende, desde luego, que la autora de esta obra imperecedera fuera una jovencita que apenas había llegado a la veintena. Sorprende que en sus páginas esté todo o casi todo lo que modernamente nos inquieta: desde la libertad hasta la responsabilidad, desde Dios hasta la ciencia. Son, efectivamente, cuestiones generales, pero esos asuntos abstractos cobran interés porque el relato concreto en que aparecen les da verosimilitud.
No tiene los vicios de las novelas filosóficas: Frankenstein nos muestra una vicisitud bien particular en la que se plasman y se plantean problemas universales, sin que estos problemas se enuncien de manera declamatoria, impostada, increíble. Tampoco peca de la artificiosidad y de la tetralidad de tanto relato gótico: se desenvuelve con una naturalidad maravillosa, como si las cosas ocurrieran irreparablemente así, sin fantasmas ni espectros, sin tintineo de huesos ni amenazas del más allá. Lo narrado es algo bien real, material, humano, demasiado humano. Justamente por eso, lo universal y lo concreto cobran una dimensión inescindible en esta gran novela. Por otra parte, las circunstancias de lo narrado, el espacio al que se alude (Suiza, Alemania, Gran Bretaña…), le dan mucha precisión, tanta que nos hace averiguar qué era Centroeuropa en aquel momento (en el Setecientos), cuáles eran las condiciones de un cambio que estaba dándose y que maravillaba o asustaba a los contemporáneos. Si la ciencia avanza a gran velocidad, si la técnica nos auxilia, si lo seres humanos pueden enorgullecerse por la magnitud de sus adelantos, ¿entonces cabe temer algún efecto perverso, alguna consecuencia negativa?
La novela tiene distintas instancias narrativas. Quiero decir: quien narra principalmente es el capitán Walton, que remite cartas a su hermana para hacerle sabedora de su viaje a los hielos perpetuos del Norte y para narrarle la triste aventura de Victor Frankenstein, un ginebrino de buena familia, estudioso y viudo que persigue con obsesión y denuedo al monstruo que él mismo ha creado. La narración tiene la forma de la novela epistolar, pero el grueso del relato es un diario en el que Walton recrea la confesión de Frankenstein (en esta edición desde la página 42 a la 278) y, a la vez, de los distintos personajes que éste frecuentó: las palabras de Victor, de sus familiares y de esa criatua que el ginebrino hizo de cadáveres, un ser al que insufló vida con el auxilio de la ciencia natural, de la química. Nos hallamos, pues, ante una novela polifónica en la que distintas voces se suceden hablando, voces que incluso se enfrentan confiriendo sentido a los hechos ocurridos. Frankenstein es una disputa verbal, ciertamente.
¿Qué es lo más llamativo? Lo principal es, desde luego, la elocuencia del monstruo, esa verbosidad que padece, contrariamente al personaje mudo que encarnara Boris Karloff en la primera versión cinematográfica. Aunque no sé por qué a su don lo califico así: imaginénse cualquiera de nosotros en su circunstancia; imagínense delante de su creador… ¿No intentarían hablar con detalle y precisión?¿No tratarían de persuadirlo con lisonjas o con amenazas? Este monstruo paténtico es, sin duda, cada uno de nosotros exigiendo del creador mayor responsabilidad, mayor atención, mayor cuidado; pero este ser artificial es también –ahora hace veinticinco años– el replicante de Blade Runner que reclama mayor vida…
La criatura de Victor habla con minucia y esmero, se expresa con gran soltura y capacidad, convincentemente, como los replicantes: en pocos meses, el monstruo de Frankenstein ha podido aprender a hablar, a leer, a reproducir los hábitos civilizados, cosa que le permite dirigirse a su responsable con un refinamiento elevado. Es por eso por lo que su desdicha aún nos conmueve más. No es una tosca criatura: es un ser feísimo, descomunal, horrible, en fin; pero es un ser cultivado, con la sofisticación media de un europeo del Setecientos: ha aprendido copiando las costumbres de unos emigrados franceses caídos en desgracia y, desde luego, posee el don de la palabra y del discernimiento, esa dulzura de costumbres que uno imagina en un parisino del siglo XVIII. Pero esa criatura naturalmente buena o neutra se vuleve perversa… Una y otra vez se pregunta por qué es tan desgraciado, por qué debe evitar todo contacto humano. Su aspecto es repulsivo, pero su alma (passe moi le mot) no es naturalmente malvada: sólo el repudio de los otros y el horror que su figura despierta le llevarán a cometer fechorías, villanías de las que después se lamentará, con gran sentimiento de culpa, con un remordimiento incurable. No es desdichado porque sea malo, sino que se hizo malo por ser desdichado, por sentir en sí mismo la aversión de la sociedad, por experimentar en su figura el rechazo de los otros.
Y qué hace usted, señor Serna, hablando de monstruitos desamparados en un día como hoy, cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. Hable de la política, hombre de Dios, y dejése de pavadas infantiles. ¿Qué puedo responder a eso? No digo que no hable en otras ocasiones de cosas aparentemente intrascedentes. Pero, desde luego, Frankenstein no es una pavada infantil: nos habla de lo que significa el miedo, la soledad, el desamparo, la falta de un espacio habitable que podamos compartir. Aceptemos, sin embargo, el reproche: la criatura sirve para meter miedos. Pero esos miedos no son el espanto ante la aparición del fantasma (una figura, por cierto, muy respetable e interesante de la tradición gótica); no son tampoco los sustos que provoca algo inesperado ante lo que reaccionamos instintivamente. Los miedos de Frankenstein son de otra índole.
Están los temores que experimentan los espectadores que azarosamerte tropiezan con él, lance del que salen espantados ante la realidad de una criura sólo vagamente humana que les devuelve una imagen perturbadora. Así es él, pero así podríamos ser nosotros: su figura y su rostro son una deformación de algo humano, con unos sentimientos que no queremos conocer. Y están también los pavores que padece el propio monstruo, expulsado de la insociable sociabilidad kantiana en la que vivimos. Ha de asumir que su hechura, su altura, su compostura son excepcionalmente anormales, descubrimiento que hace ante el espejo o en las aguas de un lago o en la mirada espantada de sus espectadores. ¿Qué hacer cuando uno es tan objetivamente feo? Si hemos de creer a los clásicos, belleza y bondad son inseparables: por tanto el rostro deforme del monstruo prefigura el estado de perversidad de que es capaz. Ese repudio le saca de la comunidad humana; no hay, no habrá para él, un espacio hospitalario en el que pueda desarrollar vida común, sociabilidad, bajo un marco general que todos comparten. Así lo deja dicho:
“¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y despóta conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en demonio”, concluye. Pero Victor Frankenstein –que fue osado, temerario, al crear un ser con el auxilio de la ciencia y de la audacia– sólo es un tipo irresponsable que quiere desentenderse de su obra, de los efectos perversos de sus actos. Por eso, esta novela ha sido tomada como una metáfora de la ciencia en tiempos modernos, aunque también como una ilustración de lo que fue la revolución: damos arranque a un ente nuevo que creemos conocer por analogía y resulta que ese ser escapa a nuestro control. Aunque, quién sabe, tal vez el monstruo de esta ficción sólo sea una recreación de algo más antiguo: la del miedo infantil al ogro, al hombre del saco, al sacamantecas, siempre dispuesto a arrancarnos de ese espacio acogedor, hospitalario, que él no tiene.
—————-
2. Relectura de la relectura. Hace más de diez años, tras mi relectura de entonces, escribí un artículo a partir de la edición de Cátedra, en su colección ‘Letras Universales’ (y no erróneamente ‘Feminismos’, como dije en principio: gracias a Isabel Burdiel y a Paco Fuster por la enmienda…). Aquella edición de ‘Letras Universales’, con una bellísima cubierta, contaba también con una inteligente y documentada introducción de Isabel Burdiel.
“Frankenstein en la Academia“ fue el título del artículo y lo publiqué en Claves de razón práctica (núm. 66, 1996, págs. 68-73).
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3. Hemeroteca. De monstruos a partidos…
¿Partidos viejos, partidos nuevos? La partida se juega.
a. ¿Un partido nuevo?, artículo de JS en Levante-EMV, 15 de junio de 2007. ¿Está acabado el Partido Socialista?
b. Crisis en Esquerra Unida del País Valencià, en Levante-EMV, 16 de junio de 2007
c. Ciutadans, ¿un partido en declive?
d. El Partido de Savater.
Los intelectuales se divierten: Savater y el derby de Epsom
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4. Avance del 18 de junio, lunes.
El Partido Popular: Mayor Oreja y esa Gran Nación llamada España
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