02.23.08
Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna
1. Posguerra autobiográfica
Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo.
Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura.
Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”.
Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto. Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta.
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2. El Festival de Eurovisión
Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo… y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.
Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa.
Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención.
Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.
De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?
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3. El Terrat. Salir en los medios
Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados. “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable. Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…
Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.
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4. Acordes y desacuerdos
El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)
Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)
a. De Eurovisión a Frikivisión
b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos
c. La Eurovisión más democrática
d. TVE expulsa a El Gato
e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda
f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet
g. Pucherazo eurovisivo
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12.20.07
Posted in Juventud, Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:21 por jserna

1. Yo nunca fui maoísta. Jamás me dejé seducir por ese marxismo radical que a muchos deslumbró. No me vanaglorio: simplemente describo mi circunstancia biográfica. Regreso al maoísmo. Quiero decir, me pregunto por qué tantos jóvenes se intoxicaron con ese utopismo. Me incita a ello Federico Jiménez Losantos. Leo su último libro: La ciudad que fue (Madrid, 2007). Hay numerosos aspectos relevantes, desmedidos, objetables. De todos ellos, el que en primer lugar me interesa es precisamente la revisión que el autor hace de su pasado maoísta. Me parece muy complaciente con dicha etapa y sobre todo con su responsabilidad personal.
El marxismo originariamente fue radical, sólo eventualmente extremista. El maoísmo fue un movimiento extremista que, además, se basó en el radicalismo de Marx (a partir de las enseñanzas de Lenin, Stalin y, finalmente, Mao, su principal inspirador). Pero, por otra parte, el maoísmo fue también un utopismo: un movimiento, una corriente, una concepción que aspiró a cambiar al hombre, a conseguir un “hombre nuevo” en una sociedad armoniosa. Un hombre nuevo: qué interesante y peligrosa idea. Históricamente, el ser humano sólo es un ente torcido, algo poco atractivo y siempre decepcionante. El maoísmo, como utopismo radical del siglo XX, postuló una recreación entera de ese ser imperfecto. Depurar sus vicios, enderezarlo, domarlo, disciplinarlo en un sentido colectivista: desindividualizarlo, en fin. Por eso, el presidente Mao confiaba abiertamente en los jóvenes; por eso adulaba su energía.
“Los jóvenes, plenos de vigor y vitalidad, se encuentran en la primavera de la vida, como el sol a las ocho o nueve de la mañana”, admitía con analogía evidente. “La juventud es la fuerza más activa y vital de la sociedad”, insistía. “Los jóvenes son los más ansiosos de aprender, y los menos conservadores en su pensamiento”, añadía. Ahora bien, no vale de nada esa energía si es puro vigor individual. “¿Cómo juzgar si un joven es revolucionario? ¿Cómo discernirlo? Sólo hay un criterio: si está dispuesto a fundirse, y se funde en la práctica, con las grandes masas obreras y campesinas”. Ése es el criterio, que ha de valer para juzgar a los jóvenes y a los intelectuales, un grupo también necesario, aunque titubeante. ¿Por qué razón? Porque “los intelectuales tienden a menudo al subjetivismo y al individualismo”, mostrándose con frecuencia poco prácticos en su pensamiento, vacilantes en su acción. Es habitual que estos individuos, si son ajenos a los obreros y los campesinos, se hundan en la pasividad o en la melancolía. “Los intelectuales sólo pueden superar estos defectos en la misma lucha prolongada de las masas”, releo en mi ejemplar del Libro Rojo (Barcelona, 1976), cuya traducción corresponde a las Ediciones de Lenguas Extranjeras de Pekín.
¿Y qué tiene que ver lo dicho por el presidente Mao con los jóvenes españoles de los años setenta? ¿Cómo se podía ser maoísta español en aquella década? Dos son los ingredientes del contexto: la juventud y el franquismo. La revueltas estudiantiles de finales de los años sesenta habían extremado a muchos, llevándolos a un izquierdismo antisistema en el que se mezclaban lo antiinstitucional y lo pulsional, el deseo y la revolución, la oposición antiburguesa y la rebeldía política. Si Occidente adocenaba a los jóvenes con represión moral y consumismo material; si los jóvenes crecían en familias patriarcales…, entonces la insumisión estaría, estaba, justificada. El izquierdismo era la fórmula expresiva. Umberto Eco supo tratar este sesentayochismo en su libro Sette anni di desiderio. Por su parte, en la España de la dictadura, la revuelta juvenil revelaba una posición antifranquista y una variada gama de marxismos. Habiendo tenido el PCE un papel tan destacado en su tarea de oposición, el marxismo parecía ser la concepción más útil y mejor preparada para analizar la realidad…, una realidad política propia del contexto de la guerra fría. Así lo pensaron muchos jóvenes, justamente cuando por edad debían rebelarse, buscando el placer, el goce, el deseo. Un mayor extremismo marxista podía ser el narcótico que mejor abriera las puertas de la percepción.
Algunas de estas reflexiones me las sugieren las memorias de juventud de Jiménez Losantos. En principio, La ciudad que no fue trata de la Barcelona del joven Federico que allí acude a comienzos de los setenta desde la provincia, desde Teruel. La gran ciudad deslumbra: las Ramblas son el escenario de todas las transgresiones, de todas las libertades, de todo el avance cultural que la España franquista podía permitir. Aprovechando buena parte del libro para tal menester, el autor detalla numerosos hechos de su vida personal exhumando también los sentimientos que le despertaban. O eso hemos de suponer: que el sentido atribuido a los hechos es el mismo que el de ahora. Por supuesto, el asunto principal del volumen es la oposición que Jiménez Losantos demuestra tempranamente ante la normalización lingüística. Toda una laminación de la cultura castellana, añade, y una forma de presentar su actuación en términos heroicos. La vileza que con el autor cometieron dos tipos que le descerrajaron un tiro agrandarían, sin duda, su papel en dicha historia.
Echa la culpa de esa circunstancia a la alianza implícita que se dio entre los nacionalismos de izquierdas y de derechas, entre PSUC y CiU, entre el partido comunista catalán y los nacionalistas conservadores. El PSUC de entonces era una gran organización de masas, en parte concebida y pensada a semejanza del PCI. Es decir, hacía del consenso, de la hegemonía, su forma de dirección intelectual y moral: un modelo orgánico de partido gramsciano inspirado en los pactos y alianzas nacional-populares, en el control de las grandes masas. En sus filas militaron comunistas de primera hora, pero también nuevos incorporados que procedían de organizaciones izquierdistas de aquellas fechas: partidos de los años sesenta que habían nacido con Revolución Cultural china y partidos que habían surgido al calor del izquierdismo del 68. Según este esquema, el maoísmo sería el instrumento idóneo para destruir el modelo cultural y social burgués; y los sesentayochismos serían el fermento juvenil precisamente antiburgués. En España, y entre otros productos, la suma de maoísmo y sesentayochismo dio como resultado la Organización Comunista de España (Bandera Roja). Si hemos de creer al memorialista, podemos decir que Jiménez Losantos militó en OCE (BR) a comienzos de los setenta, pasando a incorporarse al PSUC a mediados de dicha década.
En sus páginas, la posición moral y política del autor siempre parece quedar clara y a salvo: siempre estuvo en el lugar correcto. A pesar de ser finalmente un acerado crítico de la izquierda, Jiménez Losantos admite que había que ser maoísta cuando él lo fue. A pesar de ser finalmente un fiero oponente del marxismo, Jiménez Losantos admite que había que militar en el PSUC cuando él tuvo el carnet, más o menos hacia 1976: justo el año en que viaja a China a confirmar –dice– el anticomunismo que él mismo ya alimentaba en su interior. De allí regresa con atavíos maoístas (gorra, guerrera, etcétera) aunque ya anticomunista decidido, externamente decidido, cosa que no le evita seguir militando en el PSUC. “Ante del viaje a China yo quería romper con el marxismo, es decir, con lo que Marx llamaba ‘mi conciencia filosófica anterior’, pero no sabía cómo”, añade confusamente Jiménez Losantos. “Quería mantener las posiciones políticas de la lucha antifranquista, que me parecían indisociables de cierta militancia en el PCE/PSUC”, repite. “En ese candente invierno del 76-77 [recién regresado de la China comunista] me dieron por primera vez el carné del Partido, en el transcurso de un acto para la legalización del PCE/PSUC. Hoy puede también parecer absurdo que alguien que ya no es comunista, sino anticomunista, como yo entonces, acepte el carné”, dice intentando justificar su correcta posición de entonces y de ahora. “En mi caso personal”, apostilla, “obraba el respeto al sacrificio de tantos conocidos en la clandestinidad”.
En realidad, el autor es impreciso en las fechas de sus entradas y salidas de partidos, en sus cambiantes humores políticos. Y no me refiero a los carnets. ¿Por qué esa imprecisión? Buena parte de sus páginas le sirven para mostrar y demostrar su liberalismo antiguo, interior e implícito… a despecho de su militancia izquierdista, radical o extremada. Con ello, podríamos decir que confunde sus avances personales con el avance general de la humanidad. No me pregunto por su anticatalanismo, bien patente a finales de los setenta: me pregunto por su maoísmo o por su militancia izquierdista, cosas de las que parece aceptar su pertinencia contextual, incluso su toque chic. Si había que ser de OCE (BR) cuando él lo fue, estuvo bien; si ahora hay que ser liberal tonante cuando él lo es, está bien.
El libro de Jiménez Losantos tiene muchas fotografías, pero la mayoría no proceden del archivo del autor. Son imágenes de época, de los años setenta que, en el lector adulto y desprevenido, pueden provocar nostalgia. De hecho, creo que esas fotografías buscan despertar la complacencia sentimental de los contemporáneos: la evidencia con que se imponen las imágenes reforzaría presuntamente la interpretación emocional con que Jiménez Losantos evoca una pasado personal y colectivo. Pero el truco editorial parece bastante obvio. Al menos, para mí. Y ahora, si ustedes me permiten, les dejo.
Fin
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2. Hemeroteca histórica
-Artículo de JS sobre “Federico Jiménez Losantos“, Levante-Emv, 6 de abril de 2006
-Artículo de JS sobre “En el cielo nos veremos“, Levante-Emv, 9 de febrero de 2007
-Artículo de JS sobre “El cuento de Federico“, Los archivos de JS, 23 de octubre de 2007
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10.05.07
Posted in Juventud, Democracia, Historia at 19:31 por jserna

1. Desde hace varios días, unos pocos jóvenes catalanes que se declaran independentistas han abrasado fotos de don Juan Carlos. Al parecer, con ese gesto incendiario, quieren hacer explícito, manifiesto, su repudio… Como la Corona nos asfixia –deben de pensar–, es normal que la carbonicemos en efigie. Como llevamos trescientos años de opresión monárquica –dicen algunos–, es natural que incineremos las imágenes borbónicas de hoy. Esta lógica me sugiere dos respuestas: una sobre el acto en sí; y otra sobre el sentido de la historia, sobre el significado del pasado que al parecer tienen esos jóvenes. Salvo imprevistos, el lunes 8 de octubre Levante-EMV me publicará un artículo (”¿Jóvenes airados?”) en donde trato ambos asuntos. Mientras tanto, adelanto con otras palabras el objeto.
Para empezar, sobre el acto de carbonizar: no parece que sea un ejercicio con grave riesgo, pues como mucho te quemas las yemas de los dedos. Gracias a cierta prensa, la posible punición penal se compensa con la fama mediática: siempre estará presente el objetivo de un fotógrafo para darte tus quince minutos de gloria. El periódico El Mundo o el diario Abc, por ejemplo, llevan a sus primeras planas las imágenes de un monigote barcelonés que representa al Rey. Lo vemos ahorcado: en su costado derecho, a la altura del corazón, le han descerrajado un balazo de pega, ficticio pero amenazador. Sin duda, es un acto sobre el que la justicia algo tiene que decir. Lo curioso es que dos diarios eleven ese hecho minoritario –por supuesto escaso, delictivo y descerebrado– a portada: si yo fuera un pirómano real desde luego estaría agradecido. Ésta es la lógica de ciertos medios.
Pero no es eso lo que me interesa analizar. Me importa más tratar ese segundo aspecto que adelantaba: el sentido de la historia de que parecen revestirse los incendiarios. Creo que hay que desmontar tal cosa…, si es que tras dicho acto hay algún sentido. Razonemos. El pasado entendido como fuente de identidad colectiva es una guerra ajena: es tedio y es el destino que nos hace epígonos y que fatalmente se nos impone. Cuando estoy con mis estudiantes, jamás trato así los tiempos pretéritos: evito tal manipulación en mis clases. La historia puede ser concebida de otro modo: como un libro en el que adentrarse sin saber lo que sus páginas depararán, como un texto en el que explorarse, buscarse y alejarse de uno mismo, de las evidencias con que uno carga. No se trata de crear buenos patriotas. De lo que se trata es de quebrar las evidencias: de romper con el pasado evidente, ese que está hecho de memoria, de derrota o de gloria nacional. Con la historia se puede ayudar a los jóvenes a ordenar el caos que llevan dentro, a concebir el pasado como un depósito u observatorio de experiencias. Igual que transitamos y admiramos los parajes que nos contradicen, también la historia tiene que ser el dominio en donde apreciar el contraste: lo que nos extraña y lo que nos trastorna. El saber y la maduración sólo son resultado del fastidio y de la sorpresa que los demás nos provocan. Cuando la realidad que tenemos enfrente únicamente nos corrobora, entonces la percepción de lo extraño es inasimilable y, por eso, tendemos a tomar a ese otro como depravado o raro o anómalo. Hay que oponerse a esto. De ahí que la mejor enseñanza de la historia no sea la mera ratificación del barro original con el que fuimos presuntamente modelados.
Tener conocimiento del pasado me exige asumir mi condición inconsútil y fragmentaria a la vez: la casualidad de mi existencia y mi limitación. Estudiar historia no es encajar cómodamente lo que soy, sino ponerme en duda: examinar mi valor infinitesimal, rebelándome contra la determinación que me niega, contra la fatalidad. Por eso, más que carbonizar habría que leer: leer las experiencias de otros que me desmienten, hacer acopio de vivencias que no son mías. La incidencia de mi vida es efímera y ese tipo que quiero ser, ese individuo que creen que soy, está condenado a consumirse dentro de lo previsible. Es en los demás y en la lectura que me extraña en donde espero hallar el alivio. Las historias que aprendo y las que me cuentan me amplían el mundo, dilatan los límites.
Hacen falta políticos sensibles que no envenenen con munición ideológica, que no erijan el pasado como el patrimonio al que te debes. Hacen falta padres que eduquen en la exigencia, en la ternura, en la ironía y en la tolerancia. Hacen falta también profesores que no se abandonen al fatalismo. Hacen falta medios que no intoxiquen, que no agiganten la bravuconada de los brutos. Pero sobre todo hacen falta jóvenes dispuestos a tomarse como individuos prometedores: individuos dispuestos a responsabilizarse de sí mismos. Lo pretérito no es destino ni justificación y frente a lo pasado hemos de rebelarnos, hecho que nos obliga a conocerlo: si lo ignoramos estaremos calcando patéticamente conductas que creemos propias y originales. Lo pretérito no tiene simetría alguna con el presente. Como diría José Lezama Lima, no podemos resignarnos a la elemental y grosera ley de simetría: no podemos ser remedo de algo ya dado o ya vivido. Punto final.
2. Hemeroteca
-”¿Jóvenes airados?”, Levante-EMV, 8 de octubre de 2007
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04.30.07
Posted in Juventud, Intelectuales, Historia at 18:04 por jserna
En Francia sigue la disputa final entre los candidatos que aspiran a la Presidencia de la República. Leo en un despacho de la Agencia Efe que el centrismo es el reclamo que ambos contendientes predican, necesitados de los votos que logró François Bayrou. Tal vez por ese centrismo desesperado que los aspirantes necesitan es por lo que se cometen o se dicen más pavadas de las habituales. Una de las últimas se la atribuyen a Nicolas Sarkozy, en concreto en el mitin que diera en París el pasado domingo. Del centrismo pasó ya, directamente, al antisesentayochismo, nada nuevo, en el fondo: es una vitola corriente con la que los conservadores franceses envuelven sus productos y mercancías. En efecto, una de las monsergas con las que éstos o los viejos izquierdistas dan la lata es con Mayo del 68: con su condena, con su repudio. Si un oyente despistado o un lector confuso o un asistente desorientado atendieran sin contexto a las palabras que este domingo pronunció Nicolas Sarkozy, creerían estar en 1969 o en 1970.
El candidato francés culpó a la herencia de Mayo del 68 de todos los males, leo en El Periódico: «de la imposición del “relativismo intelectual y moral”, que no establecía “ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso” y proclamaba que “todo estaba permitido”; de la liquidación de la escuela, “que transmitía una cultura común y una moral compartida”; y de la introducción del “cinismo en la sociedad y en la política”. Llegó a atribuir al Mayo del 68 “el culto al rey dinero, a los beneficios a corto plazo, a la especulación” y las “derivas del capitalismo financiero”…» Pero no acabaron ahí sus invectivas contra los opositores, en este caso, contra la izquierda. Las críticas al Mayo del 68 le sirvieron para denunciar la “hipocresía” de la izquierda en su relación con los trabajadores, los delincuentes, la policía o los okupas. «Toman sistemáticamente partido por los gamberros, los que destrozan y los defraudadores contra la policía», leo en El Periódico.
Ese argumento de quien fuera ministro del Interior es frecuente y ha calado entre muchos comentaristas. Dos años atrás, por ejemplo, cuando estallaba la revuelta incendiaria de los barrios, José Antonio Zarzalejos dictaminaba en Abc: «Lo que sucede en Francia es una revolución nihilista que, casi por definición, consiste en un desafío a los valores y a los códigos de la civilización». Por dejación, nuestros vecinos habrían actuado con irresponsabilidad durante décadas no atendiendo moralmente a los hijos de los inmigrantes, no transmitiéndoles criterios, normas. «Porque podría resultar que hayamos querido ‘lavar’ nuestra conciencia con aportaciones materiales pero sin transmitir a los inmigrantes nuestras creencias que, sin vigencia entre nosotros, han sido suplantadas por las más sólidas de islam o, como quizá ha ocurrido en Francia, por el vacío más absoluto». Como era previsible, ese artículo se titulaba La revolución nihilista. Esa expresión rehabilitada ha cobrado gran relieve desde hace unos años y con ella numerosos periodistas e intelectuales conservadores tratan diagnosticar muchas cosas a la vez.
En ocasiones, el nihilismo se achaca a la Francia sesentayochista, con sus ramalazos izquierdistas; otras veces, al posmodernismo; otras, finalmente, al terrorismo islamista. Fíjense qué mezcla más interesante. Calificar de nihilista al 68 (y por extensión a toda la izquierda), como podemos hacer parafraseando a Sarkozy, serviría para atacar su presunto “relativismo intelectual y moral”, ese que no establece “ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso” y proclama que “todo está permitido”. ¿Es así? ¿Ségolèn Royal expresa un sesentayochismo contumaz? ¿Hay alguien que crea eso? Pero, a la vez, etiquetar con el nihilismo a los islamistas –como también se ha hecho desde el conservadurismo– es identificar a unos fervorosos creyentes –los más fervientes, desde luego— con la vitola de la incredulidad, lo cual es una contradicción, una incongruencia. Así lo ha sabido ver Ian Buruma en el ensayo que dedica a la muerte de Theo van Gogh: Asesinato en Ámsterdam. Lo dice expresamente: ¡cómo vamos a llamar nihilista a quien está dispuesto a sacrificar y a sacrificarse por unas ideas fundadas en una creencia absoluta!
El principal responsable de la rehabilitación peyorativa de ese vocablo, de la voz nihilismo, es André Glucksmann. Ya lo dije tiempo atrás, pero ahora vuelvo sobre ello. En Dostoievski en Manhattan y en Occidente contra Occidente, Glucksmann adoptó la tesis del nihilismo como clave interpretativa de las acciones mortíferas emprendidas por los radicales islamistas. Para cualquier lector avisado, el nihilismo remite a Nietzsche, a su crítica absoluta de todos los valores en los que se empeñan en creer los humanos. André Glucksmann califica de nihilista al terrorista suicida que provoca daños indiscriminados y apocalípticos, pero no lo hace en el sentido exacto que apreciamos en Nietzsche, sino en la acepción que tuvo en la Rusia del Ochocientos. En abierto contraste con la actitud de los populistas que les llevaba a prestar su confianza a la acción espontánea de las masas, los nihilistas se vieron como una elite que se contraponía a la multitud pasiva que sería incapaz de rebelarse. Proclamaron la emancipación de cada uno, o sea, la formación de caracteres fuertes e independientes—críticamente pensantes–, capaces de expresar todo su amargo desprecio a la burguesía. Insistieron en la rebelión de una vanguardia, en la tarea política de la minoría ilustrada presta a pasar a la acción, a la acción terrorista expresiva. “La suficiencia terrorista”, dice Glucksmann en Occidente contra Occidente, “adopta una visión panorámica de los seres y de las cosas, del pasado y del futuro. Sobrevuela el transcurso de un tiempo del que ya no espera nada”.
Qué contradictorio, qué incongruencia. Lo curioso es que este Gluckmann que predica con tanto fervor la llegada del nihilismo, que adjudica esa etiqueta a tanto creyente fervoroso y mortífero, es un antiguo sesentayochista que ahora apuesta por Sarkozy y que el propio candidato presentó en su mitin parisino. Gluckmann es, en efecto, uno de los intelectuales galos que ha hecho campaña por el aspirante a la Presidencia, persuadido de que es el candidato de la apertura.
“En mi vida adulta”, leo en la autobiografía de Glucksmann (Una rabieta infantil), “una de las cosas que más siento fue haber participado por poco tiempo en los favores demasiado desprovistos de críticas que la Francia política reservaba a la persona de Mao Zedong”. La sintaxis es deliberadamente confusa y expresa de manera retorcida la pena que el autor siente por haber sido maoísta, pero expresa también un reproche que él dirige a Francia: a la colectividad que se habría declarado maoísta. El maoísmo fue en los años setenta una corriente importante del radicalismo francés, pero fue algo paradójica y verdaderamente salvífico: mientras en otros países el izquierdismo posterior al 68 llevaba al terrorismo, en Francia el maoísmo no adoptó la deriva violenta. Nunca he tenido la menor simpatía por el maoísmo ni tampoco he experimentado una nostalgia retrospectiva por aquel movimiento estudiantil. Pero creo que hay que resaltar esta virtud insólita del sesentayochismo francés: el maoísmo galo frenó la deriva terrorista. En su autobiografía, Glucksmann no es nada ecuánime con los herederos franceses de la revuelta de Mayo. Sólo habla de sí mismo y de su descubrimiento de la verdad antisesentayochista. Si leen ese texto podrán apreciar el tono airado que caracteriza al escritor, el imposible ajuste de cuentas con Mayo. El problema como también el de otros antiguos izquierdistas es que confunden sus avances personales y sus logros autobiográficos con los progresos de la civilización. Para Gluckmann, el 68 estuvo bien cuando ocurrió, pues según leo en Una rabieta infantil fue “un acontecimiento feliz pero volátil”. Desde luego no es eso lo que sostiene su discípulo Sarkozy.
2. Hemeroteca
Días después de escrito y publicado mi post, veo que Manuel Rivas aborda la misma cuestión en su columna de los sábados: Mayo 68. Joaquín Estefanía, también. Finalmente, Arcadi Espada incurre…
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04.20.07
Posted in Juventud, Variedades, Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 12:43 por jserna

Variedades 0.
Comienzo una nueva sección en este blog. La titulo Variedades. Es poco original, lo admito, pero no conviene excederse en la audacia formal… La nueva sección es un repertorio de chispazos y observaciones, de noticias y de lecturas (que a veces reproduciré como parte de mi scriptorium). Tiene la característica de ser un work in progress. Es decir, son anotaciones breves que se irán yuxtaponiendo, sumando a lo largo del día o de los días, hasta hacer de la entrada un post lógico y sucesivo.
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Variedades 1. Candidatos
Anthony Giddens es un pensador laborista, sociólogo prolífico y, durante un tiempo, director de una institución prestigiosa: la London School of Economics. En 1999, publicó en inglés un libro que era una apretada síntesis, una radiografía del mundo reciente, un compendio para profanos que se transmitió a través de las ondas de la BBC: Runaway World. En castellano, Un mundo desbocado.
En dicho volumen abordaba los temas clave de nuestro tiempo: la globalización, la tradición, la familia, la democracia, etcétera. Admitía las dificultades crecientes a las que debíamos hacer frente, pero no adoptaba un tono apocalíptico, ese estilo agraviado, sombrío y atrabiliario que tanto se lleva entre locutores dolientes y periodistas radicales de salón. Era una sensata presentación de lo que, según su diagnóstico, era, es, ese mundo desbocado, un caballo sin brida, sin rumbo, sin dirección. La metáfora le servía para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, la impresión generalizada de que somos individuos subidos a lomos de un proceso que nadie gobierna enteramente.
Frente al mundo de la Guerra Fría, en el que la contención mutua, la amenaza de la destrucción generalizada, aplacaba ciertas tendencias en principio indomables, la sociedad global de nuestro tiempo carece de esas bridas. La globalización, por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban pero, por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y circunstancia que en el pasado nos auxiliaban.
Se trata, en todo caso, de una tarea difícil que ha de hacer frente a la desafección de los ciudadanos de las viejas democracias, incluso al desinterés de los recién llegados. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen: la corrupción que se destapa justamente por los medios y que revela la granjería de la que tan necesitada están esas maquinarias de gasto que son los partidos; los comportamientos mafiosos que usurpan los servicios y hurtan los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción servil; la desmoralización que genera el súbito enriquecimiento de políticos menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos, de ‘gadgets’ carísimos y viviendas multimillonarias; el sectarismo…
Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos, la de la desconfianza, frente a la democracia indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. “Un viajero británico en EEUU”, dice Giddens, “preguntó una vez a un compañero estadounidense: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?», a lo que el estadounidense respondió: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?»
La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones mutuas, a ciertas fidelidades, con el fin de obtener ventajas respectivas, la principal de ellas el respeto recíproco. La exigencia es el requerimiento básico para el observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la ‘confianza’. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos instituciones y compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Necesitamos confiar, en efecto, en representantes políticos a los que no tendríamos reparos en convidar a cenar o en aceptarles una invitación de sobremesa. Confiar es aguardar que el otro cumpla la palabra dada, una palabra que en el caso del político no es personal, sino institucional, esperando de él que respete la obligaciones contraídas, en el Gobierno o en la Oposición. Cuando esto no se confirma, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus tareas, cometidos y promesas, entonces la ineptitud o la avaricia se gratifican y el solvencia pública de las instituciones se daña.
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Variedades 2. Mariano Rajoy y el matrimonio gay
La Iglesia católica acostumbra a escandalizarse de casi todo lo que nos cambia… En Tengo una pregunta para usted (el programa de TVE), el candidato Mariano Rajoy tuvo la cintura suficiente para no escandalizarse y para no profesarse como católico intransigente. Al menos, de cara a la galería. En Abc –el diario conservador que hace campaña por él— se ha celebrado la respuesta emocional y chispeante que Mariano Rajoy dio a un ciudadano que en dicho programa televisivo le preguntaba sobre un futurible familiar. “Dos hijos, uno de siete años y otro de uno, fueron el argumento esgrimido por uno de los asistentes para interrogar a Mariano Rajoy sobre si asistiría «con orgullo» a la boda de uno de ellos si fuera homosexual. «Estaría incondicionalmente con mi hijo y asistiría a la boda», afirmó Mariano Rajoy, para indicar a continuación que, no obstante, «le diría que hiciera una unión de hecho», propuesta que llevaba en su programa electoral de 2004”. Si se fijan bien, la respuesta es afectuosa, tierna y respetable, pero, de otro lado, es absolutamente incongruente. El partido del señor Rajoy ha sido –y es— absolutamente contrario al reconocimiento del matrimonio homosexual, cosa que –al parecer— no sería óbice para que su dirigente aceptara a un hijo deseoso de contraer nupcias con otro varón. Fíjense: ese posible hijo no sólo sería un gay que asume su condición, sino que, además, sería partidario de la legislación (socialista) que posibilita el matrimonio que su padre combate apelando al Tribunal Constitucional. ¿Para qué llegar, pues, a esa situación extrema? La del Tribunal Constitucional, me refiero.
Candidatos: El candidato Sarkozy, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de abril de 2007.
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Variedades 3. Los Simpsons, veinte años.
Fue divertida, en efecto, la presentación de La juventud domesticada, de David. P. Montesinos, en La Casa del Libro de Valencia. Cuando me tocó glosar las virtudes del volumen no pude dejar de leer en voz alta un pasaje de dicha obra que me parece admirable en su sencillez y en su sagacidad. Son un par de párrafos dedicados a escrutar el sentido de The Simpsons. Resulta que hay una coincidencia. Estamos de celebración: se cumplen ahora veinte años de los Simpsons.
David P. Montesinos, La juventud domesticada, capítulo 4, págs. 97-98:
“El idiota de Flandes: la familia en la encrucijada
Lo que odia Homer Simpson de su vecino Ned Flanders es su condición de ciudadano leal y responsable. Ned es considerado, bienintencionado y vive dentro de un mapa moral –propio de un credo protestante asumido de forma entusiasta— que le impide relacionarse con sus congéneres en las claves de envidia, desconfianza o explotación en que lo hace el americano medio como Homer. Y sobre todo Ned es un buen padre, un padre obsesionado con predicar a sus hijos la importancia de llevar una vida decente y arrostrar con humildad y esperanza los reveses que Dios envía. Homer es todo lo contrario: manipula o es manipulado por sus hijos, deshace con su indolente tolerancia el esfuerzo educador de su esposa, abdica de suministrar criterios de verdad porque ni él está dispuesto a cumplirlos ni atisba el interés de hacer otra cosa que ver la tele y comer hamburguesas… Pese a todo, nos sentimos más cerca de los Simpson que de los Flanders, porque intuimos que la vida –en toda su espontaneidad, en toda su paradoja existencia— entra por la ventana de aquellos y no de estos.
Alguien podría pensar que la serie Los Simpsons transmite un mensaje inquietante: quien educa esforzadamente a sus hijos, acaso consigue loque busca, futuros ciudadanos dóciles y anémicos, sin voluntad ni contradicciones, quien, como Homer, los deja al albur de las circunstancias, incapaz de trazar un mínimo perfil de lo que quiere de ellos, deja que sea la vida quien decida, y así pueden surgir individuos de perfil fuerte, enfrentados al mundo y dispuestos a no seguir la corriente general. Ironías de la vida”.
Veinte años de The Simpsons. Links:
http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070419185157&ch=274 http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpson/cumple/anos/elpepugen/20070419elpepuage_4/Tes http://www.abc.es/20070419/sociedad-comunicacion/simpson-cumplen-anos_200704191428.html
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Variedades 4. El limbo, ahora sí, ahora definitivamente

Según leo en un despacho de la Agencia Efe, ahora sí, ahora definitivamente, el limbo desaparece como espacio físico o metafórico. “La Iglesia católica ha eliminado el limbo, el lugar donde la tradición colocaba a los niños que morían sin recibir el bautismo, al considerar que refleja una ‘visión excesivamente restrictiva de la salvación’. Así se afirma en un documento publicado ayer [20 de abril] por la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe al asegurar que existen ’serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios’…” ¿Serias razones? El documento aprobado “se titula La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados y, según la Comisión, el limbo representaba un ‘problema pastoral urgente’, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados y también ‘otros que no nacieron al ser víctimas de abortos’. La Comisión Teológica Internacional señala además que ‘es cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y a la vez excluya a niños que no tienen pecados personales de la felicidad eterna’… Vaya, vaya. Sobre este asunto ya me pronuncié hace un par de años en un artículo de prensa, pero no por poseer conocimientos teológicos (algo para lo que no estoy dotado), sino por estrictas razones personales: “No está mal, no”, me decía, “que se rompa con el encantamiento triste del limbo. No está mal que se libere de esa esclavitud a los millones de niños que allí se apretujan desde el principio de los tiempos. Lo que demandaría a la Iglesia es que pidiera perdón por haber convertido una metáfora en un lugar, por haber descrito como espacio o como cárcel aquello que sólo es un presidio del alma. Lo que les exigiría a nuestros clérigos, en fin, es que dejaran en paz, ahora sí, a los muertos, a nuestros muertos, a mi hermanito, por ejemplo. Salud”.
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04.18.07
Posted in Juventud, Sociología, Cine, Comunicación at 13:02 por jserna
0. Jóvenes violentos… (Jueves, 19 de abril de 2007)
Semanas atrás escribí un artículo sobre la violencia en el cine y evocaba aquella célebre película de Martin Scorsese, Taxi Driver, de cuyo estreno se cumplen más de treinta años. Ustedes la recordarán. Estamos en los setenta y Travis Bickle, un jovencísimo Robert de Niro, transita por Nueva York conduciendo uno de esos vehículos amarillos que son emblema de sus calles. Es una especie de cowboy que hace la carrera sin apenas descansar, aquejado de insomnio, con la noche como espacio que recorrer y con la pesadumbre y el rencor como únicos combustibles. Ha de ganarse unos dólares y sus compañeros taxistas son rivales. Su pasado es una laceración: sabemos que es un ex marine que ha estado en Vietnam, alguien que resiste en la gran ciudad como un llanero solitario, como un misántropo crecientemente avenado y triste, sin ataduras. Vive solo, en efecto, tiene pocos tratos con sus colegas y se deja hipnotizar por la televisión banal. Quiere confiar en el amor y en la política, pero la candidata y el aspirante le decepcionan. El mundo simplemente le es hostil (o así lo siente), sin valores perdurables, y, por eso, hay que pertrecharse.
Estamos en un verano canicular y las calles son abrasadoras y comprometidas, pero más riesgo entraña el asiento trasero del taxi. La ciudad hostiga sin descanso y el conductor –como un mohicano demente– asiste a su propio derrumbe psíquico. Espera y desea redimir a los más débiles –a Iris, la prostituta preadolescente que encarna Jodie Foster–, pero nadie entiende su porfía ni tampoco le reconocen su empeño. Lo toman como un buen muchacho, esquivo, algo arisco y tronado. Todos ustedes recordarán el baño de sangre que Bickle provoca, un acto insensato que consuma una tensión creciente. Al protagonista le hemos visto armarse entre otras con una Magnum o con una Smith and Wesson… En efecto, no hay manera de olvidar un film que tiene más de treinta años y que todavía nos incomoda y angustia. Después de haber visto esa película, uno ya no sube igual a un taxi, en Nueva York o en Valencia.
He visto las imágenes de Cho Seung-Hui, autor de la matanza de la Universidad de Virginia, y veo reproducidas tres décadas después las mismas poses, la misma arrogancia herida, la misma juventud dañada, que exhibía Travis Bickle. Sería un error hacer de Cho Seung-Hui un símbolo de la juventud anómica y airada, pero sin duda hay un parentesco lejano: ambos reprochan al mundo, a la sociedad, sus desajustes, su indiferencia, su molicie, su libertinaje, su opulencia, su charlatanería; y ambos se sienten irresponsables de sus actos. “Vosotros provocasteis que hiciera esto…”

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Ilus.: Monigote con rastas
1. Jóvenes, éramos tan jóvenes
No se lo pierdan, no. Hoy miércoles a las 19:30 horas en La Casa del Libro de Valencia presentamos una obra inteligente, fina, erudita, accesible, sagaz, incluso divertida. Es el volumen de David P. Montesinos titulado La juventud domesticada (Editorial Popular). No sé por qué pero cuando leía ese libro pensaba en Pablo Veyrat, un joven que ahora hace un máster de comunicación (si no estoy equivocado) y que se prepara para acceder al mercado laboral. Pablo fue un visitante frecuente de esta bitácora en su primera época (como ahora lo es Jaime): dejó escritas reflexiones de hondura… a pesar de –o justamente por– su edad. Recuerdo sus palabras sobre la televisión y los niños; recuerdo su empeño rebelde, algo que –como la transpiración humana— se percibe inmediatamente, pero tampoco he olvidado su sensatez. Pensaba en él –como pensaba en mis hijos…–, porque todo lo que David P. Montesinos describe en su espléndido volumen es el horizonte inmediato de los jóvenes que ahora irrumpen… Rebeldía e integración, insolencia y educación, modelos de excelencia y experimentación. La referencia a lo joven es, hoy, dominante, pero los muchachos ya no tienen por qué ser el negativo exacto de sus mayores.
2. La cita –el exergo- con que Montesinos empieza su volumen es una cita de Jim Morrison. Qué casualidad. El rótulo de la segunda parte de El jinete polaco (que analicé en Pasados ejemplares) es la traducción literal del título de una canción de The Doors (Riders on the Storm), uno de los grupos de rock de finales de los sesenta que mejor expresó, con furia poética y autodestructiva y con rabia alucinada, la voluntad de conseguir el mundo y de conseguirlo ahora, la voluntad de los jóvenes, de los jinetes que se distanciaban de la tierra de los mayores sacudiéndose la adolescencia y las pertenencias que eran lastre y determinación. En la novela de Antonio Muñoz Molina, la acción evocada y el entorno descrito con la evocación de Jim Morrison son, principalmente, los que corresponden a la Mágina (Úbeda) de los años setenta, la de 1973, cuando el cantante de los Doors ya había muerto en París y los jóvenes héroes ya habían abandonado el mundo.
La música popular del siglo XX ha contribuido a forjar la educación sentimental de numerosas generaciones que en el cine, en la radio o en la televisión han compartido unas mismas sintonías y parecidas ensoñaciones. Los grandes crooners de los cuarenta y de los cincuenta cantaron bellas melodías para jóvenes amantes, para parejas dispuestas a enlazarse con bailables. Por el contrario, el rock y el pop, las músicas que nacieron del blues y de otras influencias negras doloridas, aquejadas, pudieron expresar sobre todo un canto de rebeldía, de insatisfacción adolescente, de oposición al mundo de los adultos. Ese mundo de la posguerra mundial, estable, permisivo y represivo a un tiempo, fue contestado real y fantasiosamente por los jóvenes vocalistas y los grupos que irrumpieron en el mercado del vinilo y de las ondas radiofónicas. El mundo contestado y sus descontentos eran norteamericanos principal y originariamente y las poses de rebeldía luego mil veces imitadas fueron sobre todo las que transmitieron las fotografías de los ídolos juveniles anglosajones.
La noción misma de joven y, por extensión, la idea de la juventud como categoría y no como carencia datan de entonces, de los cincuenta. Es en aquellas fechas cuando el cine, la radio, los discos y la televisión crean la figura del adolescente rebelde, la imagen del descontento con ideas, con estudios, con problemas y con una cierta capacidad adquisitiva. Son jovencitos que cuentan con algo de dinero para comprar vinilos y otros gadgets de quienes expresan con mejor o peor poesía sus anhelos y sus furias. La herencia simbólica de aquellos cincuenta la forman James Dean y el púber parlanchín de El guardián entre el centeno, Elvis y sus contoneos procaces, los Levi’s, las cazadoras de cuero y las camisetas de Marlon Brando. Ahora corremos el riesgo de olvidarlo, instalados como estamos en una babélica convivencia de modas, de estilos y de tendencias, pero en los años sesenta el rock y el pop cambiaron por completo la indumentaria de los adolescentes y de aquellos que se resistían a envejecer, y cambiaron también el concepto de la vida y del sexo. El Manuel de 1973 –el personaje que es evocado en El jinete polaco– cree haber llegado tarde y periféricamente a esa eclosión: tarde porque los grandes cantantes rebeldes ya están muertos (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix) o son muertos en vida (Lou Reed) y periféricamente porque la distancia entre Mágina y los Estados Unidos es más grande que el abismo oceánico que los separa. Sin embargo, él aspira a rabiar como sus admirados ídolos suicidas, y los cabellos largos que le caen, la greña rebelde que se deja crecer, provocan la ira de sus mayores.
En aquellas fechas se dio justamente una de las paradojas sociales más llamativas de la modernidad: la afirmación rabiosa de la individualidad sin restricciones y sin culpa y, a la vez, la uniformidad indumentaria, la subordinación universal a una moda masiva e identificadora, no menos sumisa que la de los mayores. Los vaqueros, por ejemplo, o las botas camperas que los jóvenes se calzaban entonces los aunaban, fueran de Mágina o de Nueva York. Así va vestido Manuel en 1973, expresando con esa ropa lo que lo distancia de sus padres. Pero, atención, Manuel expresa también su rebeldía enconada y triste embutiéndose en un chaquetón tres cuartos que perteneciera a su abuelo, una prenda de abrigo azul de quien fuera guardia de asalto y de quien fuera represaliado por el primer franquismo. El abuelo Manuel, temible y brusco, es también el ejemplo indómito de un familiar que se opuso con torpeza tierna y con intuición a los nuevos amos políticos. Es aquel que se presentó en el cuartel como guardia respetuoso de la legalidad republicana cuando la sublevación del treinta y seis ya había triunfado, aquel que se pierde por las palabras, ese palabrista, de quien Manuel recibe el nombre y el aprecio por contar historias. Por tanto, la indumentaria de nuestro protagonista es un híbrido entre las modas anglosajonas y el uniforme de alguien propio, cercano y alucinado a quien admira.
Los jóvenes de los años sesenta y setenta fueron, pues, los primeros que sintieron universalmente su adolescencia como un estado afirmativo y peculiar, como un atributo que oponer al mundo de sus mayores. Ese logro era resultado del proceso de individualización, del debilitamiento de los controles familiares y patriarcales. Pero esa conquista necesitaba rasgos que diferenciaran a los nuevos jóvenes, que los distanciaran de la uniformidad adulta. Algunos de esos atributos externos, que tanto escándalos provocaban, se convirtieron precisamente en una nueva uniformidad generacional. ¿Es posible afirmar la individualidad en la soledad, esa soledad muda y rabiosa que, por ejemplo, tanto daño le ocasionaba a Manuel? ¿Es posible afirmarse uno mismo sin compartir una cierta estética con quienes los vemos como los nuestros? El rock y el pop desempeñaron esa función individualizadora, de contestación, pero fueron también el modo generacional de compartir algo con una multitud acogedora, la manera de sentirse acompañado, próximo, vecino, de sentirse copartícipe de un sentimiento oceánico –en el sentido que le diera Freud a estas palabras–, un sentimiento oceánico que se expresa principalmente en el concierto, en Woodstock, por ejemplo.
Una de las figuras públicas que mejor encarnó esos logros y esos sentimientos, con sus ventajas y sus miserias y sus desastres fue Jim Morrison. A comienzos de los setenta, a la altura de 1973, un adolescente enfurruñado y temeroso, taciturno, secretamente rebelde, pasea por las calles de Mágina. Ya lo sabemos: se llama Manuel y sueña con irse, con abandonar el destino que le legan y al que está atado: el cultivo de una huerta y la venta de hortalizas en un puesto del mercado. Es o se cree un “Jinete en la tormenta”, alguien solitario y audaz, ajeno a la meta que le han marcado, que él no ha elegido, alguien que vive con rabia la hipoteca que recibe. La vida que le han previsto, que el padre le ha programado, es la reproducción inevitable de lo que el progenitor mismo ha heredado y de lo que ha logrado con obstinado esfuerzo: modesta, mansa, rural, honrada y sacrificada, de abnegación y de trabajo agotador. En esa existencia predecible, el joven está condenado a sobrellevar el miedo y la ignominia heredados del linaje materno: el miedo transmitido de generación en generación, el miedo de una madre tierna y abnegada que creció con penuria y con estrecheces o el miedo a la brutalidad viril, a los arranques violentos del abuelo Manuel; y la vieja ignominia del bisabuelo Pedro, la herida familiar del expósito ignorante de su origen. Si el joven se cree un jinete en la tormenta es porque se vive arrojado a un mundo que no es el suyo, un mundo hipotecado de antemano, con infiernos y con determinaciones de sus antecesores: se vive –parafraseando a Morrison– como un perro sin hueso, como un actor de prestado. La canción que cerraba el último disco de The Doors, L.A. Woman, llevaba por título Riders on the Storm y resumía el grito existencial torturado y alucinado de Jim Morrison, el mensaje enfático, desgarrado y sombrío del letrista norteamericano.
La figura del Morrison cabalga a lo largo de toda la novela y su figura de jinete desbocado se solapa con la efigie del cuadro de Rembrandt, en un maridaje icónico absolutamente arbitrario e irrepetible que se opera dentro de Manuel. Morrison cobra una dimensión notable en la historia de la música rock por varias razones. En primer lugar, por la carga consciente e intelectual de sus letras, el dolor y el desgarro de quien se expresa desde la desazón y la incomodidad a pesar de (o justamente por) sus orígenes familiares acomodados. En segundo término, por la vida de desenfreno a la que se entregó, una vida de ebriedad en la que la alegría del viaje fue pronto reemplazada por la tortura de la posesión y de la autodestrucción. En tercer lugar, por la tempranísima muerte, cuando sólo contaba veintisiete años, con la que cerró una existencia vertiginosa, creativa y breve. Manuel sabe o cree saber inglés: entiende o hace creer que entiende las letras de aquellas canciones, tan rabiosas, literatura maldita y negra, como aquel Walk on the Wild Side, de Lou Reed; Manuel quiere emprender un viaje literal, un viaje que le lleve a Norteamérica y que le distancie de sus padres y de sí mismo, un viaje que a falta de Nueva York o San Francisco bien puede ser con destino a Madrid; Manuel bromea peligrosamente con el alcohol y con el tabaco, incluso con el hachís, y la pérdida de sentido a que se entrega con frecuencia en el bar Martos le hace creer en una vida disuelta y dolorida, una vida en la que no hay mujeres y en la que el joven se siente absolutamente desdichado, acodado en la barra y escuchando My girl, de Otis Redding, para lacerarse mejor.
No se sabe muy bien a qué razones concretas se debe el vértigo a que se sometió Jim Morrison, a qué motivos obedece su disgusto vital. ¿A un padre militar y autoritario que asqueado por la existencia del hijo renunció a él en vida? Quizá un padre así siente decepción ante el vástago que ha de prolongar su trayectoria y que desmiente una a una todas las previsiones que sobre él ha hecho y su actitud fría y luego distante no hará sino incrementar el conato de rebeldía adolescente y el abismo generacional que separarán a Morrison de su progenitor. Quizá ese vértigo autodestructivo se debió a una creatividad caudalosa e indomable que no supo expresar adecuadamente y que acabó por doblegarle. Quizá se debió a un odio cuya energía no supo sublimar. Morrison fue un tipo bien parecido, declaradamente guapo y viril, revestido de cuero negro, esa uniformidad siniestra tan característica del rechazo a lo burgués. Fue el vocalista y el letrista de un grupo cuyo nombre, The Doors, rendía tributo a Aldous Huxley (The Doors of Perception) y a la ebriedad, a la alucinación inducida y a la exploración personal y dionisíaca. Pero no quiso ser una estrella del rock, un ídolo quinceañero, sino un poeta, un artista dispuesto a aventurarse, a crear valiéndose para ello de todos los soportes posibles. Como indica el tópico y como él mismo confió, el creador, el auténtico creador, debela: en su expresión francesa –que él tanto admiró–, el creador es un crítico radical y un opositor del gusto adocenado y del poder. Siempre que pudo, Morrison hizo declaraciones contraculturales y proclamó una revuelta sin cuartel contra el orden mojigato y conservador de la América en la que nació.
La verdad de ese credo contestatario cobró mayor fuerza con la prueba de su muerte, de su extraña muerte ocurrida en París. Otros como él, Janis Joplin o Jimi Hendrix, habían perecido a los veintitantos años y sus vidas alucinadas se agrandaron hasta el mito. Entre 1970 y 1971 morían, pues, tres figuras torturadas del rock y esos decesos constituían el primer síntoma del vértigo creador y del abuso de estimulantes. A la música de entonces la agigantaron precisamente esas caídas y sirvió para mezclar el esteticismo con la muerte. Hacer de la propia vida una obra de arte era un divisa del esteticismo nacido en ochocientos, llevar hasta el límite las experiencias sensoriales, también. Rimbaud fue lectura familiar para Morrison, como lo fueron Kerouac o Ginzberg. Esta generación musical, la de Joplin, Hendrix y Morrison, quiso hacer del presente esa eternidad predicada desde el ochocientos. La vida es instante y la eternidad se resuelve en ese instante de vida. Lo que esta generación musical olvidó es que la existencia es también duración, instante y duración, presente y una cierta y una esperanzada provisión de futuro. Manuel, el Manuel de El jinete polaco, creció coqueteando con ese esteticismo rabioso que entonces aprendió, pero lo que su generación no pudo permitirse, lo que por su medio no se consintió, es agotar la vida en un instante de eternidad.
Él había nacido en el seno de una familia humilde, una familia de Mágina que accedía a los adelantos y a los electrodomésticos a comienzos de los setenta, mientras que en los Estados Unidos llevaban varias décadas disfrutando con el consumismo material y con los utensilios más sofisticados de la vida práctica. Hay páginas de gran ternura y sutil ironía en que se describen esos bienes materiales, la llegada de esos adelantos a Mágina, páginas que son elipsis y radiografía histórica, un diagnóstico de los avances que trajo aquella década condensados en un par de electrodomésticos que resumen años y cambios: de cómo se pasó en la España de entonces, de la penuria y la incomodidad del hogar, el malestar de cada día, al confort modesto que trajo el gas butano y la televisión, por ejemplo. Los bienes materiales abreviaban las operaciones de la vida, pero no venían solos, puesto llevaban dentro de sí la amenaza y todo tipo de peligros, la existencia misma era un peligro, aseguraban los mayores que protegían a Manuel. Para ellos, el mundo campesino y provinciano que siempre habían conocido mejoraba con los adelantos, pero a la vez esos electrodomésticos eran riesgo y tenían algo de ingenio maléfico.
En cambio, en el país de Morrison, las cosas andaban de otra manera. De allí nos venían esos aparatos y de allí llegaban los ejemplos de una juventud rebelde, de una juventud que se sobreponía al bienestar material, que incluso lo despreciaba, y que se marcaba metas vertiginosas, sin temer el riesgo, sin percibir las amenazas. Morrison era el hijo bien nutrido de una familia bien, un muchacho que había crecido rodeado de comodidades y para quien todo eran facilidades, para quien era fácil cursar estudios superiores, arte dramático, por ejemplo. Manuel era el vástago de unos menesterosos, alguien en cuya casa no había libros y alguien para quien una carrera universitaria sólo podía pensarse si se disfrutaba de una beca. En los Estados Unidos de los sesenta, un título superior era una acreditación que hacer valer en el mercado o incluso una inversión en capital humano que la familia hacía en sus vástagos, pero no era una garantía o símbolo de prosperidad personal o de riqueza que idolatraran. “Desde Maine hasta California”, nos recordaba Donald McCloskey, “el norteamericano capitalista y demócrata se complace en la más norteamericana de las burlas, esa pregunta norteamericana: ‘Si eres tan listo, ¿por qué no eres rico?’ “. En España, por el contrario, la carrera era entonces un emblema de superación personal y de mejora familiar, un modo de abandonar el campo y trabajo agrario, una manera de intentar salir de la condición menesterosa que compartían tantos y tantos funcionarios y empleados. En la España en la que comenzaba la masificación universitaria, más que ser experto se llevaba tener un título. Ésa era para muchos una meta por la que sacrificarse, un objetivo a alcanzar con el esfuerzo de los parientes y con el auxilio de las becas. El malditismo rebelde, incluso suicida, y la autodestrucción creadora, rabiosamente poética, inspirada en Rimbaud, por ejemplo, eran más difíciles de practicar si uno procedía de ese ambiente pobretón y había crecido en un país devastado por las penalidades, sometido a una tiranía y acomplejado por un miedo secular. Justamente el ambiente en el que creció Manuel. Por eso, en figuras como la de Manuel, el esfuerzo debía ser titánico. Por un lado, recibía en herencia el miedo, incluso la amenaza explícita del mundo, el riesgo, y por otro esperaba rebelarse tímida, silenciosa y rencorosamente contra un destino limitado o pueblerino, aquel que se asignaba a tantos y tantos hijos de una España profunda y atávica. El futuro era entonces algo a lo que se aspiraba: el porvenir era un viaje y no sólo ese instante que se consume en la eternidad del presente, un viaje que era duración. Esa certidumbre, esa exclusiva certidumbre, le salvó probablemente de recaer en el ejemplo de esos héroes del rock cuya sombra de siniestro atractivo se proyecta en la páginas de “Jinete en la tormenta”.
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