05.21.08
Posted in Internet, General at 10:31 por jserna

0. Estimados lectores, se avecinan cambios en este blog alojado en epi.es: un servidor de bitácoras que proporciona Prensa Ibérica. Algunos de estos cambios ustedes ya los van viendo; otros los irán apreciando. ¿Adivinan cuáles? En las próximas horas les iré comunicando las novedades de las que yo me haga cargo. Me gustaría poder decirles ya cuál es el cambio principal, el que justifica este modesto misterio. Pero prefiero esperar…
De todos modos, no se hagan ilusiones. Ni los amigos ni los enemigos. A mi edad ya no es posible cambiar gran cosa, apreciablemente. O, como decía John Le Carré en una de sus novelas, uno de los misterios de la vida es crecer, incluso envejecer, sin mejorar. Algo exagerado, sin duda. Yo aún espero mejorar un poquito haciendo lo que hago: entre otras cosas porque cuando era muchacho no me gustaba mucho a mí mismo. Ahora he perdido la melena que tuve cuando joven, he encanecido y no siempre me reconozco en ese que veo ante el espejo. Pero he descubierto cuál es mi nivel de incompetencia, por decirlo con Peter, con Laurence J. Peter. Esto es, creo saber qué cosas hago francamente mal, qué puestos no podría desempeñar o en qué tareas fracasaría, si fuera promocionado.
¿Me refiero a mi condición de profesor? Admiro el oficio de docente y desde pequeñito quise ser profesor. Me parecía y me parece prodigiosa la capacidad que tienen algunas personas para despertar el interés y la valía de un tercero. Ojalá yo haya conseguido estimular a alguien. Si no ha sido así, aún espero conseguir esa proeza. Lo mismo puedo decir de lo que escribo. Ojalá se vea en ellos la vergüenza torera: yo me arrimo. Me arrimo al menos en lo que creo hacer mejor: esto que escribo. Creo que me sale mejor un artículo de prensa o una entrada del blog que un extenso tratado doctrinal, labor esta última para la que no estoy dotado. Artículo de prensa y blog: de eso precisamente quería hablarles. Y del nivel de incompetencia. Pero antes de continuar, permítanme hacer un inciso.
Tachín, tachín
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1. Nuevo emplazamiento para Los archivos de Justo Serna
Este blog cambia de emplazamiento. A partir de ahora mismo tendrá una nueva dirección. Ese sitio con un servidor distinto será el nuevo lugar en el que leer Los archivos de Justo Serna, tanto los posts anteriores como los que a partir de ahora iremos añadiendo. Les invito, pues, a abandonar este sitio en el que ahora están y a pasarse por el nuevo lugar en esta dirección:
http://justoserna.wordpress.com
Y les invito a que abandonen este lugar porque, como decían en Mission Imposible, esta cinta, en realidad esta bitácora, se autodestruirá cinco segundos: bueno quizá en un plazo relativamente breve pero no tan breve. Por tanto, los posts y los comentarios (hechos por ustedes) que les puedan resultar de interés ya no estarán aquí sino en:
http://justoserna.wordpress.com
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2. ¿Y por qué este cambio radical?
Sin duda, debo una explicación.
Continuará en:
http://justoserna.wordpress.com
Ahora, esta pantalla de aquí, la que ustedes están viendo en este momento, ya no tendrá nuevas entradas. Quedará, pues, así:

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01.03.08
Posted in Breves, Internet at 8:34 por jserna

Me tomo unos días de descanso para reponerme, para airearme, para caminar incansablemente, para mirar a distancia, para leer en corto y para quitarme esta segunda piel que se me ha puesto. Necesito desenchufarme, desescamarme, sacudirme esta capa que me cubre, levantar esta coraza que me tapa, sacarme el dichoso yelmo. No es un slogan de vida sana: es el plan que tengo previsto antes de volver a las clases. Ustedes sabrán perdonar mi silencio. El lunes 7 de enero regresaré aquí con más brío y, seguro, con mayor número de comentarios. Las Navidades dejan esto muy frío y algo desangelado, y uno tiene la impresión de que habla con eco, de que escribe con voz metálica, de que hay una resonancia: sólo unos pocos amigos esforzados y analíticos –siempre interesantes– me han hecho la caridad de acompañarme dejando sus réplicas por escrito. Les agradezco su fidelidad bloguera y sus discrepancias. Me desenchufo, pues, hasta el 7 de enero. Me voy a caminar, a leer y a esperar la publicación de mis novedades más inmediatas, esas que aparecerán en los próximos días: una reseña sobre Un día de cólera, de Pérez Reverte, en Ojos de Papel; y un artículo titulado Tres autorretratos de Aznar, en Claves de razón práctica.
Felices lecturas.
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12.13.07
Posted in Comunicación, Internet at 17:06 por jserna
1. Internet provoca ilusiones ópticas (2007)
Con un buscador encuentras de inmediato lo que buscas. Pero aquello que buscas es lo que hay: al lado de miles…, qué digo miles, al lado de millones de referencias. Lo instantáneo es el nuevo modo de relación y de percepción, algo que se ha agudizado con el desarrollo de Internet. Todos podemos tener nuestro espacio electrónico; todos podemos ser fuentes de información; todos podemos tener opinión. La multiplicación exponencial de nuevos medios, la facilidad de su acceso, la rapidez de uso, etcétera, nos habitúan a lo inmediato. Es un logro, indudablemente. Pero es también una pérdida. Hasta hace poco tiempo, el mundo no estaba organizado ni concebido con fines informativos. En ese escenario, lo próximo o lo distante aún tenían una medida humana. Podíamos desplazarnos y comunicarnos, desde luego, pero ese mundo siempre estaba muy lejos y el viaje era arriesgado, azaroso. Como el conocimiento, que era custión de demora. Paciencia: había que tener mucha paciencia. Ahora, con la revolución de los transportes y de las comunicaciones, todo parece estar al alcance del ratón: al alcance de un clic, por ejemplo. Hace casi tres años, publiqué en mi primer blog una reflexión sobre las prisas, sobre las prisas de tantos lectores electrónicos: era, en parte, una cavilación compartida con Rogelio López Blanco. Ahora, este amigo me informa de un artículo que trata este asunto en el diario El País. Creo que el objeto es importante y creo que sigue siendo válida la reflexión que escribí. Lo recupero y, si les parece, discutimos sin prisas.
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2. Leer blogs (2005)
“Son lectores compulsivos que quieren abarcar muchas cosas, visitar otras webs”, admite Rogelio López Blanco. Por eso, “consumen de forma televisiva los textos, sobre los que, en consecuencia, apenas fijan su atención”, añade. “Hay un déficit de capacidad de concentración patente”. ¿Por qué razón? Pues porque muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes e impacientes, “no son capaces de asumir que los textos pueden ser complejos, que tienen varias implicaciones y significados que se van sumando, como si fueran tomas de cámara desde distintos ángulos”, incapacitados para reconocer que “deben leerlos más de una vez. Y así nos va, consumen pero no entienden, no crecen, sino que engordan”, concluye.
Este diagnóstico que, insisto, debo a Rogelio López Blanco describe con precisión lo que son hábitos de lectura muy frecuentes entre muchos internautas y sobre todo entre tantos visitadores de bitácoras. La consulta instantánea que salta entre párrafos, que acude a las negritas o a los enlaces, que revolotea sin demorarse. “La ley de los weblogs es la remisión permanente –mediante los links— a cualquier otros sitio de la web”, admitía Alejandro Piscitelli en Internet, la imprenta del siglo XXI. “En este sentido, violan el principio de pegajosidad (stickiness) que impera generalmente en la red y que exige no dejar que el visitante abandone nunca el propio sitio. Así, atraen a sus lectores para expulsarlos, lo que constituye finalmente el éxito pírrico de muchos weblogs”.
Ahora bien, el propio autor reconocía que las mejores bitácoras crean para sus lectores “capacidad de invención/descubrimiento amplificada”, es decir, nos suministran “información que desconocíamos, autores valiosos que ignorábamos, asociaciones [de ideas] que nunca se nos hubiesen ocurrido y sobre todo orientaciones de cómo y dónde saber más acerca de algo cuyo conocimiento nos moviliza y fascina” a partir de unas palabras que en parte son residuos de tiempos prebabélicos, de esos tiempos que canta con angustia el poeta Miguel Veyrat, y en parte hallazgos de ahora mismo, inauditos. De lo que se trata es de abalizar el itinerario con criterios.
Como resulta evidente, existe un conexión profunda entre el viaje y el saber. Viajar es sobre todo una experiencia mental y, según se sabe, una metáfora de la condición humana, del tránsito de soledad que vive alguien entre lo conocido y lo desconocido. En los mejores casos, mudar de sitio, de sitio físico o de sitio web, provoca un cierto desorden interior, un desplazamiento de los referentes y un desvanecimiento de los asideros fuertes: nos desfamiliarizamos y lo obvio deja de ser incontrovertible para presentarse como extraño, confuso. A partir del siglo XVI, el viaje de descubrimiento no es sólo una posibilidad imaginaria, como la que se nos narra en la Odisea, en los fantasiosos periplos de Marco Polo o de Sir John de Mandeville: es o comienza ser un dato cierto de la experiencia. Por eso, los primeros Diarios de abordo son un esfuerzo intelectivo y perceptivo, una tarea de exploración, de conocimiento y de registro. Con ello, el viaje se convierte en una especie de laboratorio privilegiado para atisbar lo que hay y que tanto nos desmiente, pero sobre todo se convierte en la expresión de un yo que se deja impresionar y que debe traducir en lenguaje algo para lo que no siempre hay palabras.
“Si, por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen” decía Cioran en su Breviario de podredumbre, “nos sumergiríamos en una angustia y alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esa abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable: la actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta”.
Pues bien, el mejor viaje que Internet nos procura es una exploración nueva para la que nos faltan palabras y para la que las experiencias se viven conforme se crean. “Cuando Adán fue expulsado del paraíso, en lugar de vituperar a su perseguidor se apresuró a bautizar las cosas: era la única manera de acomodarse e a ellas y de olvidarlas (…). Es muy natural pensar que el hombre, cansado de palabras, al cabo de machaconeo del tiempo desbautizará las cosas y quemará sus nombres y el suyo en un gran auto de fe donde se hundirán sus esperanzas. Todos nosotros correremos hacia ese modelo final, hacia el hombre mudo y desnudo”, añadía Cioran en su Breviario.
Vivimos, pues, en esa tensión irresuelta: Internet es el gran depósito de las palabras, allí en donde se acumulan, en donde se acumularán palabras y palabras, pues, como indicaba Umberto Eco, nunca como ahora se ha leído tanto: gracias a la Red, por supuesto. El problema es que esas palabras muy frecuentemente están gastadas, han perdido su brillo, y las nuevas…, ah, las nuevas están todavía por crearse, pues en el exuberante mundo electrónico muchas cosas carecen de estabilidad y para designarlas hay que pulsar el ratón. Esa forma de operar tiene sus ventajas, claro, pero genera también sus patologías. Porque, como admitía el filósofo estadounidense Hubert L. Dreyfus, en su obra Acerca de Internet, “cuando todo puede vincularse indiscriminadamente y sin obedecer a algún propósito o significado concreto, el tamaño de la Red y la arbitrariedad de sus enlaces hacen extremadamente difícil para un usuario encontrar exactamente el tipo de información que busca”. En eso estamos… abalizando el terreno.
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3. ¿Los blogs son tabernas? (2007)
Leo “La entrada en la taberna”, artículo de Julio A. Máñez en El País. Hace una analogía extraña probablemente injusta, inadecuada: es una generalización que no describe, aunque es una comparación bien gráfica. Un blog sería algo así como una taberna, ese sitio en el que los parroquianos beben, murmuran y escupen arrojando al suelo huesos de oliva, restos de gamba, colillas y otras inmundicias. Pero sobre todo la taberna es un blog en el que finalmente se grita (o al revés): ese sitio en el que los machotes efectivamente cantan sin rubor, desafinando y retándose sin ser conscientes de sus limitaciones o de sus ignorancias. Con esa analogía se expresa Julio A. Máñez. No es la primera vez que eso lo escribe en El País. Tampoco es la primera vez que le he discutido su generalización. Perdonen que exhume parte de un comentario que escribí hace un año, en noviembre de 2006:
“…La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?
“Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto…”
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4. Crónica del acto de concesión del XIX Premio Stendhal a Miguel Veyrat por la mejor traducción (2007)
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5. Hemeroteca
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6. A pesar de algún contratiempo familiar que ha sido grave pero no fatal, un contratiempo que ahora me imposibilita…, espero poner un nuevo post el lunes a última hora: a poqueta nit. Si no hay cambios, el título será La vuelta de José María Aznar.
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11.28.06
Posted in Intelectuales, Comunicación, Internet at 9:58 por jserna
Gregorio Martín es catedrático de la Universidad de Valencia y habitual colaborador en prensa. Es raro el día en que no leemos un artículo suyo, alguna tribuna suya, en Levante o en El País, seguramente por su pronto analítico, por vocación descifradora, por su voluntad de hacerse presente en los medios. ¿Con qué fines? Con el propósito de intervenir, de sacudir conciencias, de desenredar madejas equivocadas. Es loable su activismo: hay problemas a los que buscar soluciones y hay falsos problemas, que sólo exigen ser desvelados como tales, como erróneas cuestiones. Gregorio Martín trata temas sin duda importantes: la red ferroviaria, el puerto de Valencia, las comunicaciones en general. En ocasiones aborda asuntos que no son de su estricta competencia, como el fenómeno de la corrupción, sus causas y su análisis: asuntos que, sin embargo, merecen su atención. ¿Por qué? Pues…, ya lo habrán adivinado: porque son temas importantes que no pueden quedar circunscritos a la opinión del experto.
Hoy en día existe un abuso de la opinión, desde luego, y a ello han contribuido las tertulias radiofónicas, por ejemplo. He oído a contertulios tratar a bote pronto cuestiones de actualidad que exigen algún tipo de información y de solvencia, contertulios apresurados que no tienen tiempo para leer. Hay, sí, un abuso de la opinión. Pero los técnicos también padecen una tentación nunca suficientemente sofocada: la de reservarse cosas que nos conciernen a los ciudadanos y sobre las que sólo ellos tendrían derecho a pronunciarse. La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?
Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto.
Ya lo dije tiempo atrás: un panfleto es siempre una declaración de intenciones, un diagnóstico generalmente apocalíptico y ocasional escrito con retórica fogosa, un texto de circunstancias que, por su misma concisión, ha de simplificar la realidad describiéndola en tonos hiperbólicos. Vale decir, frente al análisis documentado, erudito, el panfleto facilita el bullicio verbal y la desmesura. Eso se está dando mucho en Internet, pero los panfletos no se hallan sólo en la Red: hay libros que lo son, que responden al género y que, por tanto, son simplificaciones generalmente dañinas. Lo propio de un autor panfletario es creer que con sus breves y tajantes páginas hay que dar por explicada una cosa. ¿En serio? Cuando alguien cree dar por explicada una cosa normalmente lo que ha hecho es liquidarla, decía David Hume. Pero la historia humana desmiente esta alegría expeditiva: son muchas las cosas no que no acaban y son numerosos los problemas que no terminan de resolverse, por muy eficaces que sean las soluciones de los expertos o por muy contundentes que sean las opiniones de los panfletarios.
Ayer, ante el asunto de la educación, ante el problema de los escolares, Gregorio Martín me amonestaba diciéndome que “el tema me parece tan importante, que no si debe tratarse con la alegría propia de estos sitios”. Se refería, claro, a los blogs. Convengo con él en la importancia del tema; en lo que no coincido es en la condena genérica de estos sitios electrónicos: la opinión es sensata o insensata, razonable o alocada, argumentada o panfletaria…, en un blog o en un artículo de prensa (como los que Martín o yo mismo escribimos). Y también en los libros: hay volúmenes erróneos o incendiarios o justamente panfletarios, como la obra de Ricardo Moreno Castillo. Es verdad que su experiencia le llevó a escribir esas páginas. Materializarla redactando su vivencia es sensato; generalizar a partir de su caso, no. Tal vez, al final, haya que disculparlo pues, como dijera Gustave Flaubert, “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”. Demasiada ambición y escasos recursos, ése es el resultado.
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Ilustración: Monigotepress
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11.07.06
Posted in psicoanálisis, Escribir, Comunicación, Internet at 10:01 por jserna
Ayer recibí un amable correo de Elena Casero en el que me informaba de la entrada que un blogger conocido había escrito. El comentario trataba de las bitácoras, de la libertad que han de darse quienes las mantienen abiertas. No han de sentirse fiscalizados, controlados o perseguidos por ciertos lectores inquisitoriales o quisquillosos que reclaman al autor el blog que a ellos les gustaría escribir. Con guasa y con dolor, dicha entrada se titulaba Manifiesto del mal blogger. Suscribo casi por entero las cláusulas de su panfleto y, desde luego, me adhiero a la libertad que exige frente a lectores melindrosos o irritables. De todos modos, más allá de esos bloggers severos que nos inspeccionan, el principal custodio de nuestra escritura es uno mismo que, sometido a cierto tipo de disciplinas, se exige determinadas cosas. Nos mostramos, nos revelamos, y eso hace que el superyó más o menos tiránico que nos vigila acabe por ser nuestro principal gendarme. Decía Freud que el superyó es una instancia psíquica en la que se reúnen el ideal del yo y el tribunal de conciencia. Es decir, lo que nos gustaría ser, aquella figura mejorada del yo a la que nos gustaría parecernos, pero también unos criterios morales más o menos inflexibles con los que nos medimos a nosotros mismos. Pensando en ello y recordando viejas lecturas, he querido preguntarme por qué escribo este blog.
Pues bien, en mi auxilio acude Roland Barthes, un semiólogo que, como ayer recordábamos, es objeto de denuesto y caricatura por parte de Félix de Azúa. Barthes no fue ese oráculo oscuro e irresponsable, al menos todo el tiempo, sino un autor reflexivo que se interrogó principalmente sobre la escritura y la comunicación. Hace muchos años, en 1969, a requerimiento de Il Corriere della Sera enumeraba las razones por las cuales creía que escribía, un sencillo decálogo sobre las exigencia del yo o del superyó (quién sabe), pero en todo caso un manifiesto particular del que aún podemos extraer lecciones aprovechables. Ahora, ustedes pueden leerlas en un pequeño volumen que reúne textos breves, entrevistas, sueltos de periódico, obra efímera de Barthes en la que hallamos, sin embargo, una reflexión profunda acerca de las Variaciones sobre la escritura (Paidós).
Los motivos que Barthes se daba son semejantes a los míos, a los de tantos de nosotros que emborronamos papel o pantalla, aunque de algunas de esas razones discrepe. La enumeración es exhaustiva, clara, metódica: no se confirma, pues, ese diagnóstico de Félix de Azúa cuando con furia retrospectiva le achacaba a Roland Barthes oscuridad culpable. En todo caso, sólo cabría reprocharle al autor, al gran Barthes, que en su respuesta se sometiera a los números redondos, esos contra los que combate con suerte desigual Enrique Vila-Matas. Por esto, el breve texto al que aludo lleva por título “Diez razones para escribir”. Probemos, pues, a leerlo tomándolo como falsilla de mis propias razones.
En primer lugar, admito escribir en este blog “por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico”, con la pura fruición e incluso con la alegría: por eso no me gustan las declaraciones avinagradas que en otras bitácoras leo. No comprendo por qué se extiende el rencor en la Red y por qué el tono áspero, hosco, de ciertos internautas puede llegar a contaminar a los simpáticos comunicantes que frecuentamos.
En segundo lugar, escribo “porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible”: me libera de mí mismo, me vacía, me trocea, me expone sin que tenga que sentirme ufano por pastorear a una grey de adeptos. Hay bitácoras en las que se establecen custodios de guardia que son como la guardia pretoriana del blogger maximus.
En tercer lugar, quiero pensar –ojalá sea así–, quiero pensar, insisto, que escribo “para poner en práctica un don, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia”, algo que me justifique. Tal vez. Al escribir descubres frecuentemente eso que no sabías que sabías y al poner en orden las palabras, exhumas lo que ignorabas que poseías. ¿Narcisismo? Por supuesto, la escritura como espejo gracias al cual te acicalas haciendo retoques a una identidad que deseas mejorar.
En cuarto lugar, aunque me produzca un cierto embarazo admitirlo, probablemente también escribo “para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado”, un modo de hacerme otro hueco emocional, o una manera fría, electrónica, de tener interlocutor. Hay amigos que nos quieren y a los que conocemos desde hace muchos años (Un abrazo, A…). Eso produce unos sobreentendidos que alivian los empeños a que nos obliga la amistad. Pero con los nuevos interlocutores que te leen y que sólo conoces por la Red inicias un flujo de sentimientos también emocionales y ambivalentes, a pesar de la frialdad del medio.
En quinto lugar, y contrariamente a lo dicho por el Barthes sesentayochista no creo escribir “para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos”: me gusta equivocarme solo y, por eso, no suelo firmar manifiestos colectivos. Me gusta equivocarme solo, pero el hecho de escribir un blog te acerca a lectores diversos que opinan sobre lo que dices y cómo lo dices. ¿El resultado? Estableces una interlocución que tiene mucho de pelotera intelectual, de rifirrafe finalmente ideológico.
En sexto lugar, desconozco si escribo “para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente”: no lo sé. Aquí sí, aquí reaparece el Barthes oscuro y heideggeriano.
En séptimo lugar, no estoy muy seguro de escribir “para satisfacer a amigos e irritar a enemigos”: hay gente así, gente amable o enojada pero fiel que me sigue para amonestarme o para acreditarme. Pero yo creo escribir para satisfacer o irritar a mis propias almas, como decía Montaigne. ¿Solipsismo? Uno se despliega y se critica, y cuando escribe aprecia y distingue lo que por desgajarse ya no es enteramente propio.
En octavo lugar, sin embargo, no me veo con fuerzas para escribir con el propósito de “agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad”: una tarea titánica, colosal, para la que, efectivamente, no estoy dotado ni interesado. El pequeñoburgués que siempre fui tal vez me impide proponerme labores tan formidables. Es curioso: por un lado, la escritura en la Red parece facilitar la construcción y la deconstrucción, la opinión y la contraopinión. Pero esa obra efímera tiene efectos duraderos: Internet se escribe ahora así y, por tanto, la condición inmediata e inestable de los textos provoca, por un lado, el efecto instantáneo y, por otro, la caducidad de lo dicho. Guste o no guste…
En noveno lugar, ojalá algún día llegue a escribir “para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas”, para apoderarme “de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos”, para evitar el tópico. No es fácil: la lengua es una cárcel del sentido en la que lo estereotipado, lo previsible, lo fijado o lo normal reaparecen tras cada línea. Me conformo con acertar alguna vez escribiendo lo inesperado.
En décimo lugar, ojalá escriba “y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y causa noble), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo”. Como lo es también la escritura electrónica, el blog descentrado, el comentario periodístico, ese fragmento inconstante e inevitablemente incongruente. No hay sistema: sólo tanteos con que interpretar la realidad, esa realidad a la que siempre habría que poner entrecomillas, según Nabokov.
Lo que hay es la felicidad, una idea tan dieciochesca. Los revolucionarios americanos y franceses también hicieron públicos sus manifiestos para fijar la tabla de derechos naturales de que estaba dotado el ser humano. Esos derechos se pensaron para evitar la interferencia, el aplastamiento, el ultraje, la humillación, y sobre todo para proclamar la libertad de cada uno. Cada uno de esos individuos portadores de derechos eran libres de buscar por sus propios medios la felicidad. Yo creo que el rencor que hoy se arroja en tantas ventanas de la Red es muestra de infelicidad, de averías emocionales muy serias de quienes emplean la escritura para denigrar o para dañarse. Me gustaría que este blog siguiera siendo un lugar amable en el que la discusión y la interferencia de unos y otros no nos impidiera a cada cual buscar sus propias vías de felicidad, sus propias formas de expresión. Perdonen esta declaración, pero prefiero el tono afectadamente cursi de la palabra (felicidad) a los rugidos que se escuchan en Internet.
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10.26.06
Posted in Escribir, Comunicación, Internet at 8:50 por jserna
Hace unos días fui entrevistado por Carlos Subosky sobre mi blog, sobre mi concepción de lo que es una bitácora cultural como ésta. Subosky es un periodista de la Radio Nacional de Argentina que tiene un blog destinado a difundir los eventos culturales que hay en su programa radiofónico y a promover una cierta discusión sobre los cambios vertiginosos que se están dando en el ámbito de la ciencia, la historia, etcétera. Las ideas que aquí expreso no son nuevas, desde luego, pero son las mías y las he puesto en orden. Son las concepciones con las que me manejo todos los días para componer esta bitácora. Se admiten disensiones, claro…
Pregunta. Usted mantiene en Internet un blog, una página personal. ¿Cuál es su experiencia?
En Los archivos de Justo Serna publico comentarios con una regularidad diaria (salvo los fines de semana) sobre los temas más variados en función de la actualidad. Me guían las novedades de la política y la cultura, de la historia y de la literatura, principalmente. Ésos son los factores que me hacen repensar mi tiempo con la óptica del historiador cultural que soy (o que creo ser). Procuro que mis comentarios tengan algo que ver con los problemas que nos acucian. Son entradas que por decirlo de alguna manera tienen una inspiración intelectual, evitando al mismo tiempo la pesadez propiamente académica, es decir, dándole un tono periodístico.
Mantener un blog con estas condiciones es trabajoso: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos densos, que no sean una mera ocurrencia, es laborioso. Algo, por otra parte, que no siempre tiene un pago suficientemente narcisista. En los medios de comunicación españoles hay una evidente crispación entre derecha e izquierda; en Internet, ese enfado alcanza proporciones descomunales. Mucha gente en la Red parece mostrarse irritadísima, pero hasta un punto en que prácticamente insultan cuando aluden a tus textos. Es una especie de desgarro personal que padece una multitud: tanto que cuesta creer que sea verdadero. La gente no puede vivir con esa hosquedad. De modo que hay días en que uno se replantea la pertinencia de lo que hace: en otros blogs simplemente me acribillan. Eso genera cansancio personal, pero también hartazgo por el insulto y el desgarro y crispación de tanta gente en Internet. Felizmente, en mi bitácora solemos mantener las formas.
¿Cómo es su diario electrónico?
Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Permítame responderle, en primer lugar, en el sentido de periódico. En general, muchos bloggers aspiran a convertirse en fuentes de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación. Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso, esa abundancia, puede generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo puede provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.
Y en su blog, ¿qué prima, la información o la opinión?
Creo que en la Red y en general en los medios empieza a sobrar opinión y empieza a faltar cada vez más información contrastada. Hay una saturación de opiniones, pero faltan juicios informados. No sé si muchos hemos contribuido a este exceso con los blogs. Yo creo que la mejor opinión será siempre deudora de la información razonada, de la deliberación. Pero también la mejor opinión dependerá del crédito que una persona tenga. En Internet cada vez más lo que se está imponiendo es el anonimato del juicio, la exaltación del nick, de los alias, y eso lleva a una degradación, creo, imparable.
Algún periodista ha escrito recientemente que un blog es la fusión entre periodismo y narcisismo. ¿Cuál sería la diferencia entre un blog y una columna de opinión?
Hay muchas clases de blog, de bitácoras. Yo recuerdo haber oído en cierta ocasión a Umberto Eco decir que el blog más extraño que había visto era uno en el que el responsable mostraba su esófago. Ése es el ejemplo más patológico de narcisismo. Pero otros que no exhibimos nuestro esófago, nos mostramos opinando, tratando de analizar la realidad, implicándonos. Y eso, por supuesto, tiene que ver con la vanidad, pues uno acaba creyendo que su opinión tiene algún valor. ¿Es así? Creo que mis comentarios en el blog no se han diferenciado sustancialmente de mis artículos en la prensa (Levante, El País), al menos están hechos con la misma fortuna o con el mismo desacierto.
Pero, insisto, ¿es el blog una forma de narcisismo?
“El diario, sin duda, es un género cómico”, decía Ricardo Piglia en ‘Crítica y ficción’. Uno se convierte automáticamente en una especie de payaso, alguien que provoca la risa o la conmiseración de sus espectadores o lectores en este caso. ¿Por qué razón? Un individuo que anota día a día cosas de su propia vida o pensamientos, sugestiones, reflexiones es algo bastante ridículo, añadía el narrador argentino. No podemos tomar en serio a quien así se expone y a quien va dejando miguitas, sobras o desechos o, mejor, huellas para que otros le sigan el rastro.
Pensamos que la memoria es una función que nos sirve para recordar, para evocar aquello que fuimos o hicimos. En realidad, como anota Piglia, la empleamos para olvidar, para exhumar sólo aquello que nos da coherencia, que nos facilita un relato coherente de nosotros mismos, las piezas bien encajadas que forman una efigie inapelable, bien trazada. De ahí que una parte no despreciable de nuestras reminiscencias sea el caudal de lo que llamamos recuerdos encubridores o creadores, las evocaciones intrascendentes que tapan lo que nos ocasiona dolor o conmoción o las rememoraciones que de manera involuntaria inventamos para darnos un pasado que nunca tuvimos.
Pues bien, como dice expresamente Piglia, “un diario es una máquina de dejar huellas” y, por tanto, dibuja un camino que se puede seguir y que nos lleva hasta el paseante mismo. Confesándose sobre el particular, añade: “me gustan mucho los primeros años de mi diario porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias”. En efecto, una de las cosas más sorprendentes de los diarios de los escritores es que se esfuerzan por captar lo que externamente viven, tomándose como espectadores, tomando sus notas como el observatorio desde el que avizorar la marcha del mundo, y presentándose ellos mismos como testimonios de unas vicisitudes de las que dar registro.
Quizá no sea esta tarea tan distinta de la que hace el blogger: sabedor de que contempla y registra en un espacio que es inaprensible, desorientado incluso, se empeña por tomarse como portavoz. A quienes cultivan el diario electrónico les suele molestar que les atribuyan razones de narcisismo para justificar el mantenimiento de una bitácora. Ya sostuve una vez que ésa es una de las razones que alientan el mantenimiento de una bitácora. No creo que haya que pedir perdón por ello o rechazar lo obvio al ser descubiertos. El diarista público, aquel que edita en papel o en la Red sus ideas, sus incertidumbres, sus malestares, sus estupores, es siempre alguien cuyo narcisismo se nutre de la exhibición. ¿Acaso el profesor no experimenta un placer exquisito cuando habla ante sus muchachos inquisitivos, cuando ve en ellos la atención despierta de quien quiere más, mucho más? ¿Acaso el periodista no se envanece cuando sus lectores reconocen sus revelaciones?
Entonces, más allá del narcisismo, ¿el blog podemos concebirlo como un laboratorio?
Sí, sí. Me gustaría concebir la bitácora como si de un laboratorio se tratara, el centro de una escritura pública, una agenda propiamente intelectual. “La forma de diario me gusta mucho, la variedad de géneros que se entreveían, los distintos registros”, admitía Ricardo Piglia. En el mejor de los casos, “el diario es el híbrido por excelencia, es una forma muy seductora: combina relatos, ideas, notas de lectura, polémica, conversaciones, citas, diatribas, restos de verdad. Mezcla política, historias, viajes, pasiones, cuentas, promesas, fracasos”. Todo, absolutamente todo, puede escribirse y las cosas que quedan, las huellas de Piglia, son una especie de borradores de escritos mayores, una agenda pública de quien se deja sorprender por un mundo que anota con los recursos del conocimiento, de los libros, de las lecturas; pero son también borradores de vidas potenciales que la existencia cotidiana no nos da.
El blog como experimento, pues.
Como un experimento, cierto. Quiero pensarlo del mismo modo que John Stuart Mill pensaba su dietario. “Este librito es un experimento”, decía John Stuart Mill refiriéndose a su pequeño Diario. Salvando las distancias, que son efectivamente muchas, yo me tomo el blog de una manera semejante, como un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. “Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr”, añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, “servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito”. Sería un prodigio que a mí me suceda exactamente lo mismo, que yo pueda alumbrar un pensamiento cada día. He procurado ser más modesto: que los pensamientos que nacen del roce de otras inteligencias pudieran destilarse en mi bitácora.
“Para este propósito”, insistía Stuart Mill, “no puede contar como pensamiento el mero especialismo, ya sea de ciencia o de práctica”. Es decir, no podemos contentarnos en un dietario de esta índole con consignar ideas o saberes de las disciplinas y de las especialidades. Un blog de historia o un blog de sociología, por ejemplo, que sólo leyeran los colegas. Lo ideal, lo deseable, es que el diario esté “referido a la vida, al sentimiento o a la alta especulación metafísica”, añadía Stuart Mill. Esto es, a aquel conjunto de problemas que nos preocupan y que no tienen fácil respuesta.
“Probablemente, lo primero que descubriré en el intento”, decía el filósofo británico, “será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos…” Ojalá mis anotaciones sean repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros.
¿Y eso cómo lo logra?
De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada. Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original.
¿No creyendo ser original…?
Hace más de un siglo, Auguste Comte, gran amigo y corresponsal de John Stuart Mill, vivió en un delirio creciente. Era un pensador ciertamente original, aunque, eso sí, muy pagado de sí mismo, persuadido de su mérito y de la profundidad de sus discernimientos. Se propuso elaborar una idea completamente nueva, jamás concebida, y para ello decidió prescindir de los libros y de las ideas ajenas. Como los volúmenes lo anticipaban o lo contradecían, resolvió aislarse eliminando todo contacto erudito. Ese retiro defensivo lo vivió como una higiene intelectual. Fue, ya digo, un autor interesante de ideas audaces, pero al final menos originales de lo que él juzgaba. Fueron numerosos los factores que le sumieron en el delirio, pero esin duda entre ellos estuvo esa higiene intelectual que se prescribió a sí mismo. Estaba tan convencido de que podría subsistir valiéndose de sí mismo que acabó su días hundido en sus propias ideas.
¿Está usted “hundido en sus propias ideas”?
Yo no creo correr el mismo riesgo, entre otras cosas porque no profeso esa idolatría a la originalidad y porque mis magros nutrientes son efectivamente externos. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, no me iba a exigir yo mucho más. Espero, así, tener un pensamiento, aunque sólo sea uno, más o menos original, en este tiempo de bitácora.
Pero si repite ideas de otros, entonces es la suya una tarea escolar, un scriptorium (según titula usted mismo en una de sus secciones).
Desde hace mucho tiempo quiero pensar que leo con aplicación y disfrute, observando lo que me rodea. Desde hace mucho tiempo me gusta hacerme notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados autores me proporcionan y sobre lo que la realidad o el pasado me provocan. Un comentarista, que creía ser malicioso, decía que los textos de mi bitácora se parecían, en efecto, a redacciones escolares. Así es: si las bases de mi blog son apuntes que llevo desde antiguo y si esos apuntes se asemejan a la tarea colegial, entonces las cosas que escribo puedo verlas como los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente. Soy una especie de alumno que quiere observar el mundo o un historiador atento o un lector que quiere ser minucioso aprendiendo, madurando, desarrollando una labor de exégesis, de anotación, al modo de quien sigue un dietario. ¿Es ésa una tarea equiparable al periodismo, a la crónica diaria y desconcertada de lo que ocurre? Me parece más próxima a la del ensayo, ese ensayo breve que se encierra y se orden en un dietario, con algo de atrevimiento especulativo y con una deliberada mezcla de escrituras. Es un trabajo de glosa de la realidad, de interpretación bibliográfica, un sedimento caótico y fértil de lecturas más o menos copiosas, hechas según un azar ordinario, fragmentariamente, atendiendo a las vivencias cotidianas y a lo que pasa.
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10.02.06
Posted in Escribir, La felicidad de leer, Internet at 8:48 por jserna
Ya lo dije una vez y vuelvo a proclamarlo: cuando el cronista desfallece, cuando el blogger se siente irreparablemente cansado, le gustaría ser Bartleby, aquel personaje indolente y enigmático de Herman Melville. Ser Bartleby y decir: “Preferiría no hacerlo”, preferiría no escribir, preferiría permanecer al margen.
El actual ciclo narrativo de Enrique Vila-Matas empezó con su celebrada obra Bartleby y compañía (2000). Si recuerdan, se trataba de un ingenioso artificio literario y metaliterario. Con la leve excusa narrativa de un oficinista de baja que relata su diario o las notas al pie de un texto inexistente, el relator nos detalla y presenta una nómina de bartlebies, la serie de aquellos que no escribieron o dejaron de escribir haciendo de la inacción creativa un acto propia y paradójicamente artístico. Esta obra entusiasmó y el público saludó el artificio, el recurso para hacer crítica literaria y para mostrar erudición narrando. No era, desde luego, la primera vez que el autor se proponía algo así. En Extraña forma de vida (1997), por ejemplo, había una novela dentro de la novela, escritura sobre la escritura, reflexión sobre la reflexión. Todas esas oposiciones eran objeto de narración a partir de las similitudes que podían darse entre el espía y el novelista: observadores, perseguidores y, al final, reveladores o inventores de tramas.
Pero Bartleby y compañía fue su gran consagración, un homenaje literario a Melville, y una ingeniosa recreación del silencio creativo –lo que el blogger a menudo se pide a sí mismo–, de la pereza recompensada y enigmática. De hecho, el relato del norteamericano ha inspirado variadas interpretaciones, tal vez porque su personaje principal es una incógnita en sí mismo. ¿Por qué Bartleby el oficinista responde siempre con ese “preferiría no hacerlo” ante pedidos o recados que van más allá de la copia amanuense? ¿Es pensable la inacción? ¿Hay alguna razón de peso para preferir no hacer lo que todo el mundo hace aunque esa indiferencia le reporte desventajas materiales? No sabemos nada de él: ni siquiera el narrador –su jefe en la oficina— consigue arrancarle alguna confesión o información. “De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es un pérdida irreparable para la literatura…”, nos dice su jefe. Y esta pérdida irreparable para la literatura y esa imposibilidad de averiguar las razones de su indolencia, Melville las convierte en objeto de relato, de exposición de un caso en el que el ser humano carece de impulso para seguir o para ambicionar. Hasta su figura dice poco de él: “¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!” ¿Es un enigma absoluto, es una esfinge con secreto o es el puro vacío?
Como todo escribiente que empezara con algún pequeño entusiasmo, “al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos”, revela su jefe. Me vi yo también así, en esta bitácora, como un galeote de la tecla y me vuelvo a ver ahora. “No se detenía para la digestión”, añade. “Trabajaba de día y de noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas”. Pero era un espejismo. Ese inicial afán de escribir, de rellenar sin fin escritos y escritos fue enfriándose hasta hacer su trabajo “silenciosa, pálida, mecánicamente”. ¿Sólo Bartleby?
Esa resignación del oficinista está igualmente presente en otro de los grandes empleados de la literatura, en Bernardo Soares, aquel semiheterónimo inventado por Fernando Pessoa. Volver a él tiene la ventaja de que es este mismo individuo quien se expresa, sin la mediación de un narrador, como le sucedía a Bartleby. También Soares vive una vida de retraimiento y escritura mecánica. “Todos nosotros, que soñamos y pensamos, somos ayudantes de tenedor de libros en un almacén de paños, cualquier tipo de paño, en una Baixa cualquiera. Escrituramos y perdemos; sumamos y pasamos; cerramos el balance y el saldo invisible es siempre en contra nuestra”.
¿Ateísmo, ausencia de un Dios que se añora? Simplemente falta de esperanza. Pero esa falta de esperanza no es una carencia o una nostalgia que curar, como los religiosos creerían, sino un dato exacto de la experiencia después del nihilismo. Como la mía. “Siempre seré de la Rua dos Douradores, como el resto de la humanidad. Siempre seré, en verso o en prosa, un oficinista. Siempre seré, en lo místico y en lo no místico, local y sumiso, esclavo de mis sensaciones y del momento de tenerlas”. Se trata, pues, de vivir sin trascendencia alguna que me sobrepase y me justifique en el futuro (Dios o la humanidad), y sin nostalgia del pasado perdido, podríamos decir parafraseando a Soares.
Sólo su dietario (el Libro del desasosiego) parece darle alguna vida. ¿Y cómo registra en él sus asientos? No son intimidades gruesas reveladas. Son impresiones de lo externo, como en esta bitácora nos proponemos. “Narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones”, añade adoptando el género de san Agustín y de Rousseau, “y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir”, dado que no hay nada, que no soy nada, que no espero nada, apostilla. Aceptar que las cosas están así y que de ellas se va a escribir no significa, sin embargo, hacerlo de cualquier manera: dice escribir su “literatura como escribo mis asientos –con cuidado e indiferencia”, con el cuidado y la indiferencia del escribiente abnegado y ajeno. ¿Lo leerá alguien? “¿Qué me importa que nadie lea lo que escribo? Lo escribo para distraerme de vivir”, admite finalmente.
Hay días en que al blogger le sucede algo así: escribe “silenciosa, pálida, mecánicamente”, según la descripción que leíamos en Bartleby. Hay días, como hoy, en que estas confesiones electrónicas parecen no decir nada. ¿Es así? En todo caso, si eso sucede, “si en ellas nada digo es porque nada tengo que decir”, como le ocurre a Soares, dado que no hay nada, que no soy nada, que no espero nada. La urgente realidad se desvanece, la convulsión mediática la veo lejana y sólo una indiferencia budista se apodera del blogger. Es entonces, cuando algún lector me interpela para que escriba expresamente sobre algo o cuando yo mismo me impongo un tema sobre el que escribir, es entonces, insisto, cuando acabo por decirme o espetarle: preferiría no hacerlo…
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09.19.06
Posted in Comunicación, Internet at 9:06 por jserna
¿Son los blogs el diario del futuro? Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Por lo que parece hay muchos bloggers que aspiran a convertirse en fuente de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación.
Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso y esa abundancia (que ahora se han multiplicado hasta el vértigo) pueden generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo pueden provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.
Pero volvamos a las bitácoras. ¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias que hay entre el diario tradicional y los blogs? En principio, ya lo sabemos, las bitácoras son un medio de expresión del yo y un medio de comunicación verdaderamente interesante: ofrecen la posibilidad de enunciar y de enunciarse, de enjuiciar y de enjuiciarse, así, a bote pronto, al calor de la actualidad, según el instante mismo en que nos ocurren las cosas y en que las observamos. Alguien, un espectador, asiste al escenario contemporáneo desde un observatorio que es íntimo, local y, a la vez, universal, y lejos de reservar para sí lo que ese espectáculo le causa lo escribe al alcance de todos. Se muestra, pone al servicio de sus lectores lo que juzga o cree o sospecha. Los visitantes o usuarios de esos cuadernos de bitácora –ustedes mismos– pueden, a su vez, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca.
La ventaja de este medio es que transmite información, pero también algo de la intimidad intelectual (si se puede decir así), algo de opinión: es siempre un individuo el que se manifiesta y no una empresa de comunicación. Ahora bien, justamente porque son una especie de diarios personales expuestos al público es por lo que el responsable del blog no necesita –ni tiene por qué– acreditar la verdad de lo que escribe o de esas noticias de las que da cuenta, esas informaciones que comenta. Sus visitantes, es decir, comentaristas que opinan sobre las ideas del blogger pueden, además, expresarse sin identificarse, emboscados tras un nick. ¿Cuál es el resultado? Por un lado, permite que lo que se evalúa por los otros lectores sea la pertinencia o impertinencia de una opinión, la justeza o no de unas ideas, más allá del respeto que merezca un nombre. Al adoptar un alias, las palabras corren anónimamente y eso permite una gran libertad de opinión, exorciza ciertas prevenciones, pero en algunos facilita también la irresponsabilidad o el energumenismo. Es probable que juzgar sin tener que avalar esas palabras con un nombre propio tenga un gran valor para muchos en la medida en que la audacia expresiva o la temeridad verbal sin censura desinhiben. Pero no es menos cierto que las máscaras, las máscaras de que se valen esos internautas llamados Trolls permiten las osadías, el ruido informativo, las calumnias, el chismorreo irresponsable, el cotilleo, el amarillismo.
Y, así, estos calumniadores, que suelen estar aquejados del malhumor reinante en la prensa española, aumentan la crispación electrónica que ya está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales. Gente en la Red que parece mostrarse irritadísima insultando a quienes se les oponen por ideas o por inclinación: muestran una especie de desgarro personal, hasta un punto difícil de creer. La gente no puede vivir con ese desabrimiento patológico. Ellos creen manifestar opiniones contundentes, pero lo suyo es la hosquedad y la aspereza de quienes se sienten impostores (y encima lo llevan muy mal). “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”, decía Vladímir Nabokov al principio de Opiniones contundentes, aquel libro en donde reunía algunas de sus entrevistas. Eran las suyas, desde luego, respuestas terminantes de quien se sabía inteligente y debía soportar con paciencia y entereza la estulticia que le rodeaba. Nabokov fue arrogante, pero su soberbia intelectual no le impidió ejercer el trabajo más modesto: leer, informarse, documentarse, dotarse de noticias suficientes para fundamentar esas opiniones. Si se interrogaran sobre sí mismos, es probable que muchos de nuestros periodistas más amarillos y muchos de nuestros calumniadores electrónicos respondieran de modo semejante a Nabokov. O no, con una pequeña diferencia. Dirían algo así como… pienso como un genio, escribo como un genio y hablo como un genio. Los demás, cuando escribimos en el blog o cuando publicamos en prensa, intentamos seguir a Nabokov en lo que mejor nos supo enseñar: leer, informarnos, documentarnos, dotarnos de noticias suficientes para fundamentar nuestra opiniones… nada contundentes.
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Pueden leer también “Polución informativa”, artículo de JS en Levante-EMV, 19 de septiembre de 2006
Ilustración: Antón, Carol, Título: “Gritos” (2005). Óleo sobre tela.
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09.13.06
Posted in Internet, Democracia at 9:15 por jserna
Hoy nos ponemos graves. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido con terminachos académicos. Hoy, insisto, nos damos a la teoría, como quien se entrega a un vicio inconfesable o como quien se embriaga con sus propias palabras. Tal vez nos suceda esto, pero de eso, de las palabras, buenas y malas, es de lo que ahora hablamos, de la cortesía y del insulto.
Dicen Sergio Bufano y Jorge S. Perednik que, puestos a hacer una reflexión sobre el vituperio, habría que distinguir entre aquellos vocablos que son insulto y aquellos otros que calificamos de malas palabras u obscenidades. Las últimas, añaden, pertenecen al dominio público, a los usos corrientes que hay en una comunidad lingüística, usos que permiten evacuar malos humores, manifestar estados de ánimo, expresarse con muletillas vistosas. En cambio, el insulto, que pertenece por principio al ámbito privado y corresponde a la iniciativa individual, se elabora y se enuncia contra un destinatario particular. Podemos pronunciar malas palabras en voz baja, podemos injuriar a Dios y a los suyos por querer lamentar nuestra condición, podemos ensuciarnos la boca con toda suerte de obscenidades, pero esas iniciativas van más allá de lo propio o doméstico o privado, pues dichos recursos verbales son un riqueza idiomática gestada en el dominio público que ofende en términos generales, que vulnera ciertos límites de la moralidad.
En cambio, el insulto no es una mera recuperación de enunciados públicos ofensivos: su principal objetivo es deshonrar a alguien. Quien insulta realiza el escarnecimiento de una persona valiéndose para ello de las malas palabras, voces que, curiosamente, primero fueron injurias particulares, injurias que por su éxito, ocurrencia, chispa o logro acabaron ingresando en el patrimonio de esas malas palabras colectivas. “Las dos clases de palabras mencionadas”, precisan Sergio Bufano y Jorge S. Perednik, “se cruzan y retroalimentan: el insulto usa como materia prima las malas palabras, mientras que el corpus de malas palabras de un cualquier idioma se nutre de las injurias exitosas, las que han causado la conmoción o sorpresa que la injuria pretendía”. Porque, en efecto, la injuria suele llegar a oídos de terceros, “además de los destinatarios, y obtiene su aprobación, cuando no su complicidad. Si esto ocurre se cumple el mecanismo alimentador de la lengua: la (mala) palabra es incorporada por la comunidad para el uso de todos”, apostillan.
¿Cuáles serían las características generales del insulto? Para que haya insulto debe vivirse o experimentarse algún conflicto implícito o explícito, una provocación, un fastidio grave cometido por alguien, actividades frente a las cuales habría la imposibilidad objetiva o subjetiva de enfrentarlas de otro modo. De ahí nace la violencia verbal. En segundo lugar, para que pueda hablarse de insulto propiamente, el vituperio ha de hacerse en determinado contexto, es decir, necesita un marco de significado que le dé sentido y que permita ser comprendido como tal. Abstraído de dicha circunstancia, esa mala palabra funciona en la comunidad lingüística como otra mala palabra más. Ya lo decía Ludwig Wittgenstein: no me pregunten por el significado de las palabras; pregúnteme por su uso, un uso cuyo conocimiento sólo puede averiguarse bajo un marco que le confiere su sentido particular. Los juegos lingüísticos de los que hablara el filósofo austríaco no describen la semántica de ciertos enunciados sino su pragmática. Somos hablantes que actuamos en contextos particulares y con una intencionalidad igualmente particular.
En tercer lugar, en el insulto, más que la palabra en sí, lo que de verdad agravia es esa intencionalidad particular, el deseo expreso de vituperar, el animus iniuriandi, pero el ánimo no sólo se cumple en el designio de quien escarnece, sino en la percepción de quien se siente ultrajado. En cuarto lugar, el insulto, que generalmente lo vemos como algo gravísimo, como una violencia verbal que daña a un tercero, es, sin embargo, un avance civilizado: puede ser motivo de agresiones físicas, puede provocar una colisión a trompadas, pero cuando sólo alcanza el estadio verbal es una sublimación de antagonismos o de agonismos guerreros. En ese caso, la violencia física a mamporros es sustituida por un enfrentamiento incruento que tiene algo de ordalía ritual, simbólica, en la que se descargan aquellos malos humores de los que partíamos. Jorge Luis Borges recomendaba ciertas formar en el arte de injuriar. Si el vituperio es un avance frente a la pura violencia física, si es una sofisticación que nos aleja de la fuerza bruta, entonces puede haber una techné del insulto y un refinamiento de esa práctica. Techné y refinamiento permiten hablar de arte, del arte de injuriar y éste se logra, según explicaba Borges en su Historia de la eternidad, cuando nos valemos de una habilidad especial para denostar haciendo uso del humor, mostrando agudeza, atacando con una andanada ácida, irónica.
Pero en todo caso, en esta aproximación teórica al insulto, nos falta aún algo fundamental: la persona injuriada. Para que pueda hablarse propiamente de denuestos, de ultrajes, debe haber un individuo vituperado, alguien que se sienta así, que se reconozca como tal. Ahora bien, esas cosas suelen suceder en la vida real. En el mundo virtual de Internet, aquel en el que se ha impuesto el nick como máscara o defensa tras las que emboscarse, el ultraje no es tal: a lo sumo, esa mala palabra se dirige contra una careta o disfraz que alguien emplea como embozo. Por tanto, los insultos para sentirse como tales han de humillar a alguien con características reales, no a un rótulo que carece de atributos personales.
Más aún, en Internet, un alias no siempre oculta a la misma persona, sino a varias que se valen de ese nick. O, incluso, aunque el apodo sea el de una sola persona, es probable que sea el disfraz de distintos estados de ánimo, de un yo múltiple que se desdobla haciendo de la incongruencia el nuevo modo de vivir la pluralidad incoherente de la vida. O, como dijera Sherry Turckle, a muchos Internet les ha cambiado el tipo de personas que son o creen ser, pues la adopción de nicks les ha facilitado verse a sí mismas como fluidas, variables, emergentes, descentradas, flexibles, misceláneas, sin compromisos estables. Por tanto, cuando una persona que firma con nombre y apellidos ultraja a un alias que se expresa, ¿quién siente la afrenta? ¿Un flatus vocis?
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07.21.06
Posted in La felicidad de leer, Internet at 9:13 por jserna
O por qué tomarse un descanso estival
Llega el momento de descansar, de no actualizar la bitácora con nuevos comentarios hasta la vuelta. El lunes día cuatro de septiembre regresaré con un nuevo post, que tomaremos como el inicio de la siguiente temporada. La reactivación del blog se produjo hace pocas semanas, hecho que no parece justificar unas vacaciones, pero el responsable de la bitácora lleva meses y meses de curso académico, impartiendo clases, escribiendo artículos, acabando un libro (ya concluido, felizmente). Es necesario, pues, darse un respiro para reponerse y sobre todo para no defraudar a quienes leen cada día este comentario.
Crece ostensiblemente el número de los lectores y comentaristas del blog: es ya un selecto comité de lectura que de manera crítica y amistosa sigue esta página con el fin de convenir o polemizar con alguna de las ideas que el autor haya podido expresar. De hecho, hablar de autor en una bitácora participativa es un concepto discutible: ese autor es, en principio, el origen de una discusión que quizá se desarrolle en un sentido distinto del previsto. Cuando los blogs funcionan aceptablemente bien, entonces pueden ser calificados de conversación virtual.
En efecto, frente al diario íntimo, reservado, inédito, escribir un blog es sobre todo exponerse. Al actualizar la bitácora, el responsable pone al servicio de los lectores lo que juzga o cree o sospecha. Frente al diario en papel, los seguidores de las bitácoras pueden establecer una especie de coloquio. Sobre eso han insistido los autores del libro canónico de los Blogs en España, el que firman Rojas, Alonso, Antúnez, Orihuela y Varela. Los visitantes o usuarios de las bitácoras pueden, en efecto, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca. Estas semanas de reapertura de Los archivos de Justo Serna bajo el enlace de Levante prueban que esto es posible y, además, con unos resultados esperanzadores. Auguran su crecimiento e incluso el aumento de su ascendiente.
Hace unos días se quejaba Timothy Garton Ash de que leer su propio blog es como cruzar un pantano cibernético en busca de joyas escondidas. “Ahora bien, para hallar estas pepitas de oro enterradas hay que hacer un agotador recorrido de siete kilómetros a través de un pantano aparentemente interminable de opiniones: unas inteligentes, otras estúpidas, algunas bien informadas, otras ignorantes, algunas educadas, otras insultantes”. La ventaja de mi bitácora es que al ser menos los comparecientes las pepitas te salen al encuentro sin tener que enlodarte en la ciénaga de las opiniones multitudinarias y estrepitosas. Un simple ejemplo bastará: las intervenciones de Ana Serrano, especialmente las autobiográficas, dejan al lector con una particular conmoción personal… Pero no sólo esas intervenciones: también las de otros interlocutores, experimentados y generosos, que aportan aquí su saber periodístico, como Miguel Veyrat o Roderick. Y me perdonarán si no me extiendo sobre Pedro L. Angosto, sobre Julia Puig, sobre Fernández del Río. Me perdonarán igualmente si no detallo cosas sobre otros viejos y nuevos amigos (Grazia Deledda, Marpop, Júcaro, Despistado, Portnoy…) que, embozados tras un nick, se atreven a aportar luz y conocimientos. Incluso los que me son más hostiles suelen ser respetuosos frente a lo que sucede en otros blogs atabernados. Llegados a este punto, el nuevo curso que se avecina y el estrépito que ha de acompañarlo exige de nosotros algo de silencio.
Y ahora que hablo de silencio me acuerdo de lo que dijera George Steiner cuando comentaba las novelas de J. K. Rowling: “hay esperanza: en estos momentos millones de adolescentes leen en el mundo a Harry Potter, libros difíciles y gordos. Esos niños necesitan silencio y les dicen a sus padres que apaguen el televisor”. Días atrás hablábamos aquí de un panfleto antipedagógico que queriendo ser políticamente incorrecto generaliza sobre los niños, sus inclinaciones y conocimientos. Hablaba de la legislación educativa, pero poco de la empeñosa tarea que nos corresponde a los padres. Yo creo que la principal lección que hay que enseñar a los hijos es a guardar silencio. En silencio se lee y en silencio se piensa. En silencio se observa y en silencio se ama. Es una escena maravillosa ver a un jovencito que lee concentrándose en lo que hace. No siempre se ha leído así, desde luego.
En el pasado, la lectura se hacía en voz alta y, muy frecuentemente, se hacía para una colectividad de oyentes, generando en ellos distintos efectos: como en el coloquio de un blog. Según nos han enseñado los historiadores de la cultura, leer en silencio es un logro burgués y una pérdida de interacción: es un acto individual, recatado, reservado, una acción que preserva esa intimidad que es la comprensión, la asimilación. Ahora bien, no menos maravilloso es aquel otro momento en que el libro que disfrutamos en silencio nos provoca hasta el punto de que debemos decirlo en voz alta, de que debemos contarlo.
Una de las mejores sensaciones que provoca leer es contar a un tercero lo que se ha leído: el entusiasmo o el placer o el enojo que unas líneas nos despiertan. Estamos tan encantados o tan irritados con lo que leemos que debemos comunicarlo. Los niños han leído o leen a Harry Potter, pero sobre todo lo cuentan, se lo cuentan unos a otros. No es mala cosa, no. Como me sucede a mí: leo, me entusiasmo, me irrito y debo contarlo. Me pongo a escribir para contarlo y eso es el blog. Pues bien, yo creo que el descanso estival es el momento del silencio y de la lectura, del chapoteo en la playa y de los libros demorados, pendientes, ese lapso en que ustedes y yo, como los niños de Steiner, reclamamos silencio y apagamos. El alboroto ya volverá. Buen verano. Les agradezco a todos su atención y les espero a la vuelta: el cuatro de septiembre.
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07.06.06
Posted in Internet, General at 11:00 por jserna
Durante un año, de enero de 2005 a enero de 2006, tuve abierto un blog concebido como diario personal, que no íntimo. A lo largo de aquellos meses lo había tomado como un laboratorio en el que ensayar esbozos de otras escrituras. Y lo había concebido también como una agenda pública en la que opinar sobre el mundo, en la que mirar y tomar apuntes valiéndome para ello de un pensamiento ordinario, según decía John Stuart Mill en su dietario. Casi diariamente escribí lo que sabía pero eso que sabía lo ignoraba hasta el momento en que me ponía a escribir.
Y, sin embargo, transcurrido un año (2005-2006), dejé de actualizar la bitácora. ¿Por qué razón? Publicar extensos comentarios casi diariamente sobre los temas más variados en función de la actualidad y de mis urgencias cansa. Eran comentarios que por decirlo de alguna manera tenían una inspiración intelectual, aunque pensados con un tono periodístico. Mantener un blog con estas condiciones es muy cansado: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos largos, densos, que no sean una mera ocurrencia, es costoso. Pero en mi cierre había otras razones: la crispación electrónica y anónima, esa crispación que está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales.
A pesar de todo, ahora regreso, regresan ‘Los archivos de Justo Serna’, alojados en Levante-EMV y, por tanto, mejor protegidos contra el estrépito rabioso que mucho abunda en la Red. Sólo excepcionalmente los comentarios serán extensos, tan extensos como lo fueron meses atrás. Quiero evitar el puro cansancio. Ahora bien, siguiendo la misma filosofía que seguí, el blog será para mí como su Diario para John Stuart Mill. Salvando las distancias, claro. “Este librito es un experimento”, decía el filósofo inglés: un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. “Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr”, añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, “servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito”.
Será un prodigio que a mí me suceda exactamente lo mismo, que yo alumbre un pensamiento cada día. Procuraré ser más modesto: que los pensamientos que nacen del roce de otras inteligencias y de la actualidad pueda destilarse en la bitácora. “Probablemente, lo primero que descubriré en el intento”, decía el filósofo británico, “será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos…”
Ojalá mis anotaciones sean repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros. De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada. Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, yo no me voy a exigir mucho más. Espero, así, tener un pensamiento, aunque sólo sea uno, más o menos original, en esta nueva andadura de la bitácora. Procuraré que sea regular y previsible la actualización del blog. En sucesivas entregas diré cuál es su periodicidad. Muchas gracias.
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