01.16.08

Fernando Savater en Valencia

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:36 por jserna

 fotosavaterenvalencia.jpg

     1. “Contra el nacionalismo obligatorio“,

         Crónica de Francisco Fuster

El pasado lunes 14 de enero a las 19:00 de la tarde tuvo lugar en la “Sala de
la Muralla” del Colegio Mayor Rector Peset de Valencia, una conferencia del Catedrático de Filosofía Fernando Savater, enmarcada dentro del ciclo ”Un partido diferente” que organiza el nuevo partido político Unión, Progreso y Democracia (UPyD). Savater estuvo acompañado por Antonio Gómez (Portavoz Provincial de UPyD) y por Antonio Salvador (Coordinador Autonómico de UPyD). No se trataba de la presentación oficial del Partido en Valencia –no hablaron los delegados del partido, no se anunciaron las listas ni se hizo ninguna referencia especifica a nuestra Comunidad–, sino de una presentación oficiosa con el único objetivo de exponer las razones que han llevado a la creación del partido. En este sentido, el profesor Savater explicó en unos treinta minutos cuáles eran las inquietudes de los fundadores del Partido y esbozó a grandes rasgos el programa político con el que se presentarán a las próximas elecciones generales a celebrar en el mes de marzo. Tras sus palabras iniciales atendió amablemente y por espacio de unos 45 minutos las preguntas de afiliados y simpatizantes que en número de unos ciento cincuenta se personaron para escucharle.
 
Savater inició su intervención con una llamada a la participación política de la ciudadanía y una crítica a la pasividad y el pasotismo de aquellos que se dedican a criticar a los políticos sin tomar ninguna iniciativa al respecto. Habló de la democracia ateniense –donde todo el mundo tenía la obligación de participar en política– como modelo en el que se debe mirar la sociedad española y afirmó que en una democracia, “todos somos políticos”. Luego explicó cómo la crispación que vive actualmente la política nacional y la polarización que vivimos entre nacionalistas y no nacionalistas le había llevado –a él y a un grupo de personas– a la creación de este nuevo partido, concebido como una opción plural y centrista. En un símil muy kennediano, Savater afirmó que: “la pregunta que nos debemos hacer no es ¿qué va a pasar?; la pregunta que estamos obligados a hacernos es ¿qué vamos a hacer nosotros?
 
Tras esta breve introducción sobre los orígenes del partido, Savater pasó a describir la ideología que defiende UPyD. Según dijo el filósofo, el partido nace con la clara intención y el firme propósito de luchar –política y electoralmente– contra lo que el llama nacionalismo obligatorio e intentar “buscar los rasgos comunes que unen a los españoles y no las singularidades regionales que nos separan”. Este argumento –el del hastío provocado por la exacerbación de los nacionalismos (catalán y vasco sobre todo)– fue el que centró la mayor parte del acto y según podemos leer en el Manifiesto Fundacional del Partido, uno de los pilares básicos del programa de UPyD, junto con la defensa del laicismo y su deseo de reformar la Ley Electoral vigente, para evitar, precisamente, que los partidos nacionalistas tengan –según dijo Savater-– “una representación política en las instituciones totalmente desproporcionada respecto a los partidos nacionales o estatales”.

Savater expuso su teoría según la cual los partidos nacionalistas tienen un poder exagerado en el Congreso de los Diputados , puesto que siempre acaban por decidir –decantando su voto a favor de PP o PSOE– los temas que afectan al conjunto del Estado, siendo a la vez los partidos que menos creen en el Estado. El filósofo vasco puso como ejemplos de actitudes que conviene evitar el último partido de fútbol entre las selecciones de Euskadi y Cataluña (en el se quemaron banderas de España) o la manifestación de algunos obispos en la madrileña plaza de Colón (en la que se produjeron diferentes ataques al gobierno y se calificó al laicismo como “disolvente de la democracia”). Ambos actoshan coincidido en el tiempo constituyendo un ataque a las instituciones del Estado.
Savater explicó –en respuesta a la pregunta de un asistente– que pese a ser miembro fundador del partido, él no se iba a presentar en las listas porque prefería mantenerse un poco al margen — escribiendo artículos o aportando ideas– y no actuando en la política activa, aunque –eso sí– proclamó que estaba a la disposición del partido para todo aquello en lo que pudiera colaborar.
 
En la única alusión que se hizo al ámbito valenciano –y en respuesta a otra pregunta–, Savater explicó la designación del filósofo vasco Carlos Martínez Gorriarán como cabeza de lista por Valencia. La razón de esta elección –explicó Savater– es que se trata de “uno de los mayores activos del partido” y, puesto que Valencia es una plaza importante, consideran que es la persona más indicada. Sobre si es acertado proponer a una persona que no es valenciana, una persona que desconoce la situación de nuestra política, Savater argumentó que las elecciones de marzo no eran unas municipales ni unas autonómicas, de modo que los miembros de su partido iban a tener el mismo discurso en todos los lugares de España.
 
Savater cerró el acto animando a que la gente leyera el Manifiesto y el programa de UPyD que se encuentra disponible en la web del partido. Asímismo, instó a todo aquel que tuviera una idea, a proponerla libremente para su consideración y debate. Por otra parte, el portavoz provincial de UpyD anunció para los próximos meses, conferencias de otros miembros del partido como Arcadi Espada o Albert Boadella, dentro de este mismo ciclo “Un partido diferente”.

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2. Hemeroteca JS

El Partido de Fernando Savater en este blog y en la prensa

-¿Un partido nuevo?, Levante-Emv, 15 de junio de 2007

-¿Un partido ómnibus?  

-Ciutadans y Savater

-El partido de Savater

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3. Últimas noticias

Otros Partidos (que también se juegan y se la juegan…)

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-”Alberto Ruiz Gallardón: Quien les habla ha sido derrotado

-”Gallardón se declara ‘derrotado’ y confirma que tras el 9-M ‘abrirá un periodo de reflexión’ ”

-”Gallardón: ‘He sido derrotado’

-Alberto Ruiz-Gallardón en este blog 

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4. Scriptorium

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…Desde esa experiencia, que creo que puede aportar algo a nuestro común proyecto, he confesado mi ilusión por acompañar a Mariano Rajoy en las próximas elecciones generales. Porque después de 24 años de servicio a los ciudadanos, tengo aún muchos proyectos, para Madrid y para España, entre los que destacan dos en la primera página de la agenda política que estreno estos días: ser el Alcalde de todos los madrileños, y ayudar en todo lo que en mi mano esté para que Mariano Rajoy sea el próximo Presidente de España. Es conocida mi determinación. Y hay pocas cosas que me haya propuesto y no haya conseguido. De modo que puedo decir, con bastante seguridad, que mientras de mí dependa estas dos no van a estar entre ellas. Seré el Alcalde de todos los madrileños, y, si tú quieres, Mariano, trabajaré para que seas el Presidente del Gobierno que los españoles merecen“.

Discurso de Alberto Ruiz-Gallardón en el Foro ABC

(Mayo de 2007)

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ATENCIÓN: VIERNES 18 DE ENERO, AL MEDIODÍA, NUEVA ENTRADA EN ESTE BLOG

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01.10.08

Zaplana…

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 18:17 por jserna

altavoz.jpg

1. Hace unas semanas publiqué un artículo titulado “La retirada de Zaplana“. Días después añadí en este blog una entrada, “Eduardo Zaplana Hernández-Soro“, que obviamente trataba de la misma persona. ¿Hay razones de actualidad que me justifiquen? ¿Exhumo arqueológicamente a un personaje olvidado? Creo que para hablar de Zaplana hay razones bien actuales. En mi caso, la reconstrucción de su figura, de su proyección, no es algo sobrevenido, pues llevo varios años rastreando su puesta en escena, examinando los efectos que su protagonismo público, político, provoca. ¿Una manía particular?, me pregunto. No lo creo: Eduardo Zaplana sigue siendo uno de los activos del Partido Popular, mal que les pese a algunos. En efecto, hay antiguos seguidores o correligionarios o conmilitones o periodistas que prefieren olvidarlo, relegarlo, confinarlo, como igualmente puse de relieve en un artículo meses atrás. Esa actitud se da, por ejemplo, entre columnistas o reporteros del grupo Vocento. En Abc, sin ir más lejos, la cantinela antiZaplana es ya un lugar común. Parece que para ellos se ha convertido en un personaje ambicioso, materialista y voraz, quizá poco recomendable. ¿Lo es? Tengo para mí que Zaplana sigue siendo lo que siempre fue y no ocultó. Aparentemente no hay nada nuevo ni nada actual justificaría que yo mismo escribiera sobre él.

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2. Eso parece decirme Rafa Marí, periodista de Las Provincias (también del grupo Vocento) responsable de un libro titulado Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, un volumen de 1995. Como dije días atrás, Rafa Marí, que entrevistó al político para escribir dicha obra, me interpelaba en Las Provincias. Supongo que su mención se debía al comentario que yo había hecho de su libro –tantos años después– en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.

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3. Respuesta de JS del 29 de diciembre de 2007: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.

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4. Respuesta de Rafa Marí del 9 de enero de 2008: aquí. Quizá larguísima.

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5. Respuesta de JS.

¿Zaplana o Zapatero? ¿Eduardo Zaplana. Un liberal…, de Rafa Marí?  ¿O Madera de Zapatero, de Suso de Toro? El señor Rafa Marí tiene la amabilidad de contestarme explayándose en un comentario muy extenso, larguísimo: exactamente como lo que él dice de mi artículo sobre Madera de Zapatero, incluido en este blog. Sin embargo, mi artículo no es larguísimo: es una reseña in progress que fue escribiéndose a lo largo de varios días, conforme la lectura y la relectura del libro me sugerían énfasis o subrayados. Nada más empezar su comentario –insisto, larguísimo–, el señor Marí me dice inmediatamente de lo que no quiere hablar: ni de Zapalana ni de Zapatero, ni de su libro ni del de Suso de Toro. Francamente, creo que desechar esos objetos de análisis es un pérdida que nuestros lectores no entenderán. Y más, admitiendo como hace el señor Marí, que “ninguna de las obras es buena, desde luego”. Precisamente eso es lo que deberíamos debatir: ¿por qué la literatura áulica no suele dar buenos resultados?

Pese al malestar que le provoca el adjetivo “áulico”, pese a que yo le llamara “interlocutor áulico” en un artículo, creo que esa calificación es descriptiva, no necesariamente peyorativa: designa, en efecto, lo cortesano, lo propio de palacio. Designa a aquel que presta servicios a quien ejerce el poder o espera ejercerlo, en acto o in spe. No es infrecuente que el gobernante o el opositor se rodeen de glosadores que le ayuden a explicarse o incluso a expresarse. Esos auxiliares ejercen un papel interesante. Muchos políticos parecen necesitar a estos profesionales de la escritura, pues de ellos dependen la buena o la bella prosa, el orden expositivo y la claridad de enunciados: el lucimiento o los trucos de magia. Por ejemplo, uno de los personajes de la ficción de Javier Marías era un monarca campechano, un virtuoso de los flippers, un frecuentador de todo tipo de cuchipandas; era un soberano simpático, con metas y objetivos incluso sensatos, un rey que tenía algunas ideas, pero al que -según decían- le costaba ordenarlas. Para eso estaba el cortesano: para ordenarle las ideas, para completarle los párrafos o para rellenar sus vacíos. 

Dice el señor Marí que no quiere hablar de Madera de Zapatero ni de Eduardo Zaplana. Un liberal… Dice eso, pero inmediatamente habla de ambas obras: a la primera la descalifica como encomiástica; a la segunda, la suya, la califica como ”una larga entrevista (en nueve capítulos) para dar a conocer los proyectos de un candidato, poco conocido y entonces en la oposición en el gobierno autonómico”. Lo encomiástico puede expresarse con ditirambos: los que hacen los familiares y los amigos del político. Pero lo encomiástico puede expresarse también prestando un servicio verbal: prestándose a hacer una entrevista cómoda que facilite la racionalización, la justificación, las promesas de un candidato.

Pero el grueso de la intervención del señor Marí se dedica no a esto, sino a criticar a Suso de Toro. Él, el escritor gallego, sí que sería un  cortesano socialdemócrata, un tipo capaz de escribir con ditirambos, cosa que yo habría evitado denunciar. No es cierto. Por ejemplo, me parecía y me parece un exceso increíble convertir a Rodríguez Zapatero en “un nuevo Arturo”, como hace Suso de Toro. Literalmente decía yo mismo aquí: “me parece igualmente inverosímil e hiperbólico que el prologuista identifique a Rodríguez Zapatero con el mito de Arturo, aquel joven que se coronó rey“. Y añadía:  ”La hipérbole del seguidor, del militante, del amigo puedo comprenderla, porque se fundamenta en una verdad exagerada en la que el afín cree: en función de ella obra. Pero hay un problema: el elogio desmesurado agiganta virtudes reales hasta convertir en un monstruo al individuo real, amenazado siempre por el engreimiento del poder, del poder gubernamental o de partido”. En un monstruo: las alabanzas de los amigos te pueden convertir en un monstruo. ¿Más claro? ¿Necesita, el señor Marí, que me exprese con mayor claridad?

Por otra parte, como si yo fuera un analista adocenado o apesebrado, el señor Marí, añade generalizando:  ”Los mejores pensadores de la socialdemocracia, y a usted le tengo por uno de ellos, se cuidan mucho de llamarle cortesano al cortesano provisto con una buena carga de melaza, si se trata, como es el caso, de un cortesano socialdemócrata. Prefieren escribir un nuevo y repetitivo artículo sobre Rajoy, Acebes y Zaplana. El miedo a ser políticamente incorrectos ha convertido a la mayoría de comentaristas e intelectuales en apologistas de las propias filas”.

Le agradezco al señor Marí que me considere un pensador, elogio que me da reparo en aceptarle: sólo se lo acepto por la carga irónica que plantea. Lo que ya no entiendo es por qué me identifica como socialdemócrata. ¿En algún momento he calificado al señor Marí de conservador, de liberal? Creo que es una identificación ad hominem. Lo que uno diga puede ser interesante o nada interesante, se sea o no socialdemócrata. Jamás he abreviado un análisis tipificando a un contendiente: procuro tomarme muy en serio lo que dicen las personas al margen de su etiqueta política. Por ejemplo, leo con placer a Mario Vargas Llosa desde hace tiempo y jamás podrá decirse que un escrito mío resume sus ideas tipificándolo. No me gusta esa forma de operar: me gusta argumentar, extenderme, razonar y, si puedo, convencer, persuadir. Punto y aparte.

Le agradezco igualmente al señor Marí que no me considere “un intelectual deshonesto”. La honradez o la probidad intelectuales  son difíciles de mantener sobre todo cuando políticos en ejercicio pueden tentar tan evidentemente a profesores y perodistas. Entiéndaseme. Colaborar con el ejercicio de la democracia, entrevistando a mandamases (o juzgándolos), no es una tarea servil: es rentable y necesaria. Lo que no veo tan bien es que la interviú se convierta en mera plataforma de lanzamiento: desde hace años domina en España el periodismo de declaraciones, que muchas veces es pereza o colusión. Las entrevistas de lanzamiento no me parecen mal género periodístico: como ya dije, me divierten. Además, para mí, la lectura es como la carne de un cerdo: todo lo aprovecho, tratando de nutrirme. 

Una vez que el señor Marí me salva al no colocarme entre los deshonestos intelectuales, la emprende conmigo para aplicarme lo que él llama un “liviano apunte psicoanalítico”. Eso es lo que tiene el psicoanálisis salvaje (en palabras de Freud): que puede ejercerse de buenas a primeras; que puede aplicarse sin pruebas, sin reglas, sólo con datos puramente superficiales. Perdónenme la pedantería: Freud denominaba psicoanálisis salvaje al error técnico en que incurre el terapeuta ignorante cuando, a las primeras de cambio, arroja al paciente el secreto que cree haber descubierto.  El señor Marí me hace, pues, ese análisis precipitado, atreviéndose a diagnosticar mi mal. Por lo que dice, es un mal inespecífico: un malestar del que yo estaría aquejado por ser algo así como “pensador socialdemócrata”.

La dolencia se expresa en estos términos: yo sería “un hombre temeroso, aunque no precisamente de Dios. Temeroso y un tanto atormentado en el terreno de las ideas”. Francamente, no entiendo el diagnóstico del señor Marí. Desde luego puedo sentirme atormentado por las miserias de la vida cotidiana: esas que, como dijo Freud, el psicoanálisis freudiano no puede curar, sólo aliviar. Pero no me veo atormentado por las ideas. Las ideas son para mí el terreno de la felicidad y del disfrute, del aprendizaje y de la observación. Leo todos los libros que puedo y sólo los que me gustan o me interesan; leo tres periódicos en papel y algunos más digitales; leo hasta los prospectos publicitarios. ¿Y para qué? Para reírme, para enfadarme, para aprender, para dialogar, para divertirme… con quienes sustentas estas o aquellas ideas. Quizá por eso, el señor Marí admite polemizar aquí con ”un señor culto pero que no se entera de muchas cosas”. Claro que no me entero de muchas cosas: por eso me informe y leo. Porque no lo fío todo a los sentidos superficiales y a las rutinas de los connaisseurs. Punto y aparte.

Quizá ese tono personal con que el señor Marí acaba su intervención se explique no por el psicoanálisis salvaje, sino por las laceraciones de las que él mismo hace muestra en su último comentario, el del 11 de enero. De verdad, lamento los ataques obscenos de los que haya podido ser víctima. Pero no entiendo por qué se me presenta el señor Marí mostrando esas heridas infligidas por otros, no por mí. La susceptibilidad, que puede estar muy justificada, no es producto de mis juicios, siempre respetuosos en una alusión que era circunstancial: sólo para comprobar que el principal compromiso de Eduardo Zaplana en el libro del señor Marí (1995), el de su retiro de la política, se ha incumplido. De momento.

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01.07.08

Juan José Carreras

Posted in Intelectuales, Historia at 13:02 por jserna

  carreras.jpg   

1. Una conversación con Juan José Carreras

En diciembre de 2006 falleció Juan José Carreras, un gran historiador, un español cuya formación se había completado en la Alemania de la posguerra: en ese país que se rehacía cultural, académica y políticamente  después de la barbarie nazi. Juan José Carreras fue una persona afable y exigente, un individuo capaz de instruirse y de reírse de sí mismo… Hace un tiempo, Anaclet Pons y yo escribimos un artículo sobre su figura o, mejor, sobre su saber historiográfico: el que se compendia en el volumen Razón de Historia. En dicho libro, Carlos Forcadell recopiló diversos ensayos sobre la disciplina, sobre la profesión y sobre la epistemología que Juan José Carreras había ido publicando en distinta fecha.

Cuando a nadie más parecía interesar la historiografía, cuando a tantos se les antojaba una cavilación huera, Juan José Carreras nos mostró cómo y por qué hacerla, enseñándonos cuáles son los réditos intelectuales que se obtienen de reflexionar sobre el oficio de historiador. De él siempre recibimos una palabra generosa y de él aprendimos un estilo desenfadado y riguroso de tratar la teoría, la metodología y la práctica. Desenfadado: es decir, sin enfado, sin énfasis alguno, sin esos envaramientos que son tan propios de los académicos. No había presunción en sus reflexiones: había ironía y ternura, libertad intelectual y consistencia analítica.

Echo un vistazo al folleto y al póster que anuncia el homenaje que la academia y sus amigos le rinden. Hay imágenes de distintos tipos y personajes, imágenes tratadas a la manera de Andy Warhol, al modo, pues, del Pop Art. Podemos verlos como referentes de su quehacer, como estímulos de su pensamiento. Si no me equivoco, distingo a Karl Marx, a Marilyn Monroe, a Max Weber, a Louis Amstrong, a Walter Benjamín, a Nosferatu. Son personajes bien distintos, difíciles de casar, distantes. Supongo que no es una elección arbitraria: es decir, que realmente fueron elementos dispares de su vida. Dispares: sin duda lo son. Pero, bien mirado, ese elenco reúne a individuos trágicos, gentes que reaccionaron contra la evidencia de su tiempo a la vez que resumían sus respectivas épocas. Aventuro esta idea y, sin que Juan José Carreras pueda desmentirme,  conjeturo la razón de su estima: por qué figuran como ilustración de dicho homenaje, por qué les dispensó su aprecio. Tomo esas imágenes como documentos heterogéneos, ahora mudos, que despertaron al observador, al historiador. Dicha mezcla –insólita pero no arbitraria– es la propia de quien no quiso reducirse al académico que fue; la de quien no temió la osadía ni la amalgama intelectual.

En ello, en la apertura, Juan José Carreras fue un individuo audaz, un historiador abierto. Los investigadores que desean profesar el especialismo, sólo atienden a lo que, de entrada, interesa para sus pesquisas. Uno tras otro irán cayendo los volúmenes de una larga lista de obras que tratan el mismo tema, ese justamente del que se ocupan con obstinación, con dedicación. ¿Es incorrecto obrar así? Leer la bibliografía básica de nuestras investigaciones no es una virtud, es una obligación: no puedes irrumpir en un tema ignorando –culpable e inocentemente a la vez– lo que otros ya escribieron, aquellos historiadores que te precedieron.  Pero entre los colegas también debería ser común otra forma de investigación, de inspiración: la de quien halla luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; la de quien espera encontrar lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; la de quien desea alimentarse con nutrientes variados, incluso contradictorios. En ese caso, el historiador, más que escribir y leer, aquello que hace es observar, escuchar y divisar. Aspira a conocer todo, lo bueno y lo malo, lo pasado, pero también lo que ahora mismo se está escribiendo como síntoma de la época. La mezcla, la hibridación, el encuentro fortuito.

En Juan José Carreras se apreciaba lo que de aleatorio e insospechado tiene la pesquisa histórica. Todo se relaciona con todo y la erudición –incluso la banal, la que despreciamos por vulgar o corriente— permite atesorar múltiples referencias para percibir los ecos y las interpelaciones entre obras alejadas y personajes separados. Mirar así es hacerse una competencia errabunda y compleja, justamente como erráticos y diversos son el mundo y la vida, como heterogéneos son los héroes del póster y del folleto. Si no me equivoco, Karl Marx fue para Juan José Carreras el marco y el punto de partida, el hallazgo genial de un autor que quiso pensar la totalidad, el mundo que le tocó vivir y el que le precedió. Marirlyn Monroe fue para él la rubia inteligente y sensual, por supuesto, aquella belleza voluptuosa tras la que latían el drama y el dolor. Max Weber fue para él el esmero conceptual, la precisión metodológica, el rival exigente con quien polemizar y de quien aprender. Louis Amstrong fue para él la cultura subalterna elevada a la máxima expresión, el deleite de lo heredado y nuevamente ensayado o improvisado, una interminable jam session. Walter Benjamín fue para él la audacia intelectual y el desamparo reflexivo, el marxismo culto y judío, el Apocalipsis del pensamiento. Nosferatu fue para él la historia y la ficción, el pasado y el presente, un héroe infausto, ese vampiro que sobrevive desde hace siglos con la esperanza de adueñarse del mundo. Todos ellos fueron trágicos e intempestivos y, la verdad, todos ellos han sobrevivido a su época, a su contexto, al pasado concreto en existieron.

Juan José Carreras admiró la tragedia… No es sencillo ser trágico e intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso del tiempo. Quien así actúa se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos, a pesar de que, tal vez, los resuma y compendie. Paradójicamente, esa rareza que Juan José Carreras apreciaba en dichos personajes es una fértil enajenación, muy propia de la cultura alemana con la que el historiador se nutrió. Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad que ambicionamos. Somos mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto hacemos, decimos que obramos con sentido común.

El ser trágico no respeta exactamente las evidencias de su tiempo, ese repertorio de certezas que no se cuestionan porque parecen funcionar.  Por eso, quizá, los personajes del póster y del folleto interesaron a Juan José Carreras: cada uno en su respectivo ámbito pensó u obró de otra manera, de una manera distinta a la prevista, pero sobre todo cada uno arriesgó lo mejor de sí sin obtener felicidad a cambio. Cada uno, a su modo, fue o se supo genio. El genio es, desde luego, alguien que se adelanta a su tiempo, que actúa o atisba mejor de lo que sus contemporáneos pueden. No sólo ve lo que tiene delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predice con la palabra o con la obra lo que acabará ocurriendo, con una cierta enajenación, pues.

Juan José Carreras no tiene una obra inacabable hecha a su vez de obras repetidas y previsibles. Fue la suya una enseñanza preferentemente oral. Era capaz de estimular, de provocar, de alentar. Pero sobre todo de enseñar y conversar: de adentrarse en un espacio en parte desconocido –la historia– valiéndose de señales nada convencionales, signos de otro tiempo que sabía leer con pericia y con osadía. De algún modo  (al modo alemán, podríamos decir) tomaba los libros y los documentos como textos que había que traducir: recreando su sentido y transportando no sólo la expresión. En los libros del pasado hay múltiples resonancias, voces numerosas que se expresan y que el historiador revive: Juan José Carreras, en este caso. Pero el historiador no busca la fuente según le conviene, no selecciona sólo lo que le confirma, no suprime lo que le contraría: ha de ser respetuoso con esas voces y con las destrezas de su oficio. Por eso, dicho historiador ha de contrastar sus propias ideas con los documentos y con los libros estableciendo con ellos una especie de diálogo.

En cierta ocasión, dijo E. M. Forster que imaginaba el paraíso como una conversación inacabable con sus autores favoritos. Quiero pensar que Juan José Carreras imaginó el olimpo o el edén como un diálogo con sus personajes predilectos, tan distintos y tan trágicos. Algunos de ellos son, sin duda, los que ilustran el cartel de este sentido homenaje: como el propio historiador, que entrevemos o divisamos, y con el que seguiremos conversando quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.  

Colofón (8 de enero de 2008)

Miro y vuelvo a mirar el cartel después de lo que he escrito y descubro algo que sólo ahora veo: el Pato Donald. Donald se encarama al hombro de Carreras. No lo había visto hasta hoy mismo, cosa que me hace preguntarme por mi despiste. ¿Tan atropelladamente miro? ¿Tan superficialmente? No quiero culparme por una minucia. Pero si escribes comentando un cartel y tus ojos no reparan en un elemento esencial del póster, entonces es que hay algo que haces mal: unas prisas que no me gustan.

Miro el hombro de Carreas. Donald parece que le cuchichea algo al oído. Extiende los brazos y abre las manos. Hace ostentación: parece señalar a esos personajes que forman la torre o el puzzle del historiador, como si el Pato estuviera sorprendido de dicha nómina incongruente, extraña. Pero si veo a este personaje de Disney, inmediatamente se me activa el recuerdo, el de aquel libro militante: Para leer al pato Donald.

donald.jpg 

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2. Juan José Carreras. Enlaces:

–Juan José Echevarría, “Juan José Carreras (In memoriam)“, La Opinión de A Coruña, 9 de diciembre de 2006.

–Antón Castro, “Entrevista con Juan José Carreras Ares“, El blog de Antón Castro, diciembre de 2006.

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3. Otros intelectuales…

Slavoj Žižek, por cortesía de David P. Montesinos (su blog).

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12.20.07

Regreso al maoísmo

Posted in Juventud, Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:21 por jserna

mao.jpg

1. Yo nunca fui maoísta. Jamás me dejé seducir por ese marxismo radical que a muchos deslumbró. No me vanaglorio: simplemente describo mi circunstancia biográfica.  Regreso al maoísmo. Quiero decir, me pregunto por qué tantos jóvenes se intoxicaron con ese utopismo. Me incita a ello Federico Jiménez Losantos. Leo su último libro: La ciudad que fue (Madrid, 2007). Hay numerosos aspectos relevantes, desmedidos, objetables. De todos ellos, el que en primer lugar me interesa es precisamente la revisión que el autor hace de su pasado maoísta. Me parece muy complaciente con dicha etapa y sobre todo con su responsabilidad personal.

El marxismo originariamente fue radical, sólo eventualmente extremista. El maoísmo fue un movimiento extremista que, además, se basó en el radicalismo de Marx (a partir de las enseñanzas de Lenin, Stalin y, finalmente, Mao, su principal inspirador). Pero, por otra parte, el maoísmo fue también un utopismo: un movimiento, una corriente, una concepción que aspiró a cambiar al hombre, a conseguir un “hombre nuevo” en una sociedad armoniosa. Un hombre nuevo: qué interesante y peligrosa idea. Históricamente, el ser humano sólo es un ente torcido, algo poco atractivo y siempre decepcionante. El maoísmo, como utopismo radical del siglo XX, postuló una recreación entera de ese ser imperfecto. Depurar sus vicios, enderezarlo, domarlo, disciplinarlo en un sentido colectivista: desindividualizarlo, en fin.  Por eso, el presidente Mao confiaba abiertamente en los jóvenes; por eso adulaba su energía.

“Los jóvenes, plenos de vigor y vitalidad, se encuentran en la primavera de la vida, como el sol a las ocho o nueve de la mañana”, admitía con analogía evidente. “La juventud es la fuerza más activa y vital de la sociedad”, insistía. “Los jóvenes son los más ansiosos de aprender, y los menos conservadores en su pensamiento”, añadía. Ahora bien, no vale de nada esa energía si es puro vigor individual. “¿Cómo juzgar si un joven es revolucionario? ¿Cómo discernirlo? Sólo hay un criterio: si está dispuesto a fundirse, y se funde en la práctica, con las grandes masas obreras y campesinas”. Ése es el criterio, que ha de valer para juzgar a los jóvenes y a los intelectuales, un grupo también necesario, aunque titubeante. ¿Por qué razón? Porque “los intelectuales tienden a menudo al subjetivismo y al individualismo”, mostrándose con frecuencia  poco prácticos en su pensamiento, vacilantes en su acción. Es habitual que estos individuos, si son ajenos a los obreros y los campesinos, se hundan en la pasividad o en la melancolía. “Los intelectuales sólo pueden superar estos defectos en la misma lucha prolongada de las masas”, releo en mi ejemplar del Libro Rojo (Barcelona, 1976), cuya traducción corresponde a las Ediciones de Lenguas Extranjeras de Pekín.

¿Y qué tiene que ver lo dicho por el presidente Mao con los jóvenes españoles de los años setenta? ¿Cómo se podía ser maoísta español en aquella década? Dos son los ingredientes del contexto: la juventud y el franquismo. La revueltas estudiantiles de finales de los años sesenta habían extremado a muchos, llevándolos a un izquierdismo antisistema en el que se mezclaban lo antiinstitucional y lo pulsional, el deseo y la revolución, la oposición antiburguesa y la rebeldía política. Si Occidente adocenaba a los jóvenes con represión moral y consumismo material; si los jóvenes crecían en familias patriarcales…, entonces  la insumisión estaría, estaba, justificada. El izquierdismo era la fórmula expresiva. Umberto Eco supo tratar este sesentayochismo en su libro Sette anni di desiderio. Por su parte, en la España de la dictadura, la revuelta juvenil revelaba una posición antifranquista y una variada gama de marxismos. Habiendo tenido el PCE un papel tan destacado en su tarea de oposición, el marxismo parecía ser la concepción más útil y mejor preparada para analizar la realidad…, una realidad política propia del contexto de la guerra fría. Así lo pensaron muchos jóvenes, justamente cuando por edad debían rebelarse, buscando el placer, el goce, el deseo. Un mayor extremismo marxista podía ser el narcótico que mejor abriera las puertas de la percepción.

Algunas de estas reflexiones me las sugieren las memorias de juventud de Jiménez Losantos. En principio, La ciudad que no fue trata de la Barcelona del joven Federico que allí acude a comienzos de los setenta desde la provincia, desde Teruel. La gran ciudad deslumbra: las Ramblas son el escenario de todas las transgresiones, de todas las libertades, de todo el avance cultural que la España franquista podía permitir. Aprovechando buena parte del libro para tal menester, el autor detalla numerosos hechos de su vida personal exhumando también los sentimientos que le despertaban. O eso hemos de suponer: que el sentido atribuido a los hechos es el mismo que el de ahora. Por supuesto, el asunto principal del volumen es la oposición que Jiménez Losantos demuestra  tempranamente ante la normalización lingüística. Toda una laminación de la cultura castellana, añade, y una forma de presentar su actuación en términos heroicos. La vileza que con el autor cometieron dos tipos que le descerrajaron un tiro agrandarían, sin duda, su papel en dicha historia. 

Echa la culpa de esa circunstancia a la alianza implícita que se dio entre los nacionalismos de izquierdas y de derechas, entre PSUC y CiU, entre el partido comunista catalán y los nacionalistas conservadores. El PSUC de entonces era una gran organización de masas, en parte concebida y pensada a semejanza del PCI. Es decir, hacía del consenso, de la hegemonía, su forma de dirección intelectual y moral: un modelo orgánico de partido gramsciano inspirado en los pactos y alianzas nacional-populares, en el control de las grandes masas. En sus filas militaron comunistas de primera hora, pero también nuevos incorporados que procedían de organizaciones izquierdistas de aquellas fechas: partidos de los años sesenta que habían nacido con Revolución Cultural china y partidos que habían surgido al calor del izquierdismo del 68. Según este esquema, el maoísmo sería el instrumento idóneo para destruir el modelo cultural y social burgués; y los sesentayochismos serían el fermento juvenil precisamente antiburgués. En España, y entre otros productos, la suma de maoísmo y sesentayochismo dio como resultado la Organización Comunista de España (Bandera Roja). Si hemos de creer al memorialista, podemos decir que Jiménez Losantos militó en OCE (BR) a comienzos de los setenta, pasando a incorporarse al PSUC a mediados de dicha década.

En sus páginas, la posición moral y política del autor siempre parece quedar clara y a salvo: siempre estuvo en el lugar correcto. A pesar de ser finalmente un acerado crítico de la izquierda, Jiménez Losantos admite que había que ser maoísta cuando él lo fue. A pesar de ser finalmente un fiero oponente del marxismo, Jiménez Losantos admite que había que militar en el PSUC cuando él tuvo el carnet, más o menos hacia 1976: justo el año en que viaja a China a confirmar –dice– el anticomunismo que él mismo ya alimentaba en su interior. De allí regresa con atavíos maoístas (gorra, guerrera, etcétera) aunque ya anticomunista decidido, externamente decidido, cosa que no le evita seguir militando en el PSUC. “Ante del viaje a China yo quería romper con el marxismo, es decir, con lo que Marx llamaba ‘mi conciencia filosófica anterior’, pero no sabía cómo”, añade confusamente Jiménez Losantos. “Quería mantener las posiciones políticas de la lucha antifranquista, que me parecían indisociables de cierta militancia en el PCE/PSUC”, repite. “En ese candente invierno del 76-77 [recién regresado de la China comunista] me dieron por primera vez el carné del Partido, en el transcurso de un acto para la legalización del PCE/PSUC. Hoy puede también parecer absurdo que alguien que ya no es comunista, sino anticomunista, como yo entonces, acepte el carné”, dice intentando justificar su correcta posición de entonces y de ahora. “En mi caso personal”, apostilla, “obraba el respeto al sacrificio de tantos conocidos en la clandestinidad”. 

En realidad, el autor es impreciso en las fechas de sus entradas y salidas de partidos, en sus cambiantes humores políticos. Y no me refiero a los carnets. ¿Por qué esa imprecisión? Buena parte de sus páginas le sirven para mostrar y demostrar su liberalismo antiguo, interior e implícito…  a despecho de su militancia izquierdista, radical o extremada. Con ello, podríamos decir que confunde sus avances personales con el avance general de la humanidad. No me pregunto por su anticatalanismo, bien patente a finales de los setenta: me pregunto por su maoísmo o por su militancia izquierdista, cosas de las que parece aceptar su pertinencia contextual, incluso su toque chic. Si había que ser de OCE (BR) cuando él lo fue, estuvo bien; si ahora hay que ser liberal tonante cuando él lo es, está bien.

El libro de Jiménez Losantos tiene muchas fotografías, pero la mayoría no proceden del archivo del autor. Son imágenes de época, de los años setenta que, en el lector adulto y desprevenido, pueden provocar nostalgia. De hecho, creo que esas fotografías buscan despertar la complacencia sentimental de los contemporáneos: la evidencia con que se imponen las imágenes reforzaría presuntamente la interpretación emocional con que Jiménez Losantos evoca una pasado personal y colectivo. Pero el truco editorial parece bastante obvio. Al menos, para mí. Y ahora, si ustedes me permiten, les dejo.

Fin

—————————

2. Hemeroteca histórica

-Artículo de JS sobre “Federico Jiménez Losantos“, Levante-Emv, 6 de abril de 2006

-Artículo de JS sobre “En el cielo nos veremos“, Levante-Emv, 9 de febrero de 2007

-Artículo de JS sobre “El cuento de Federico“, Los archivos de JS, 23 de octubre de 2007

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11.05.07

José María Aznar

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:34 por jserna

cartas.jpg 

Un nuevo libro

Leo las Cartas a un joven español, el libro de José María Aznar, un volumen recién aparecido que completa su trilogía para Planeta. Según me entero por un despacho de Efe, el ex jefe del Gobierno  presenta el 5 de noviembre su obra,  obra en la “que reflexiona sobre la libertad, la idea de España, el terrorismo, la educación o la familia recurriendo al género epistolar, en un acto en el que participará el historiador Stanley Payne”. Efe añade: “el acto contará con la presencia del propio Aznar y se celebrará en un hotel de la capital a partir de las ocho de la tarde, según informaron fuentes de la editorial Planeta”. Stanley Payne es un historiador estadounidense que, de un tiempo a esta parte, avala el revisionismo historiográfico: como juzga necesario abatir los mitos que la izquierda tiene del pasado, cree posible hacerlo avalando a quienes con estrépito y antiacademicismo se pronuncian contra esas visiones. Así hemos de entender la celebración que el académico norteamericano hace de Pío Moa (con quien ya polemicé tiempo atrás). Ahora, con extremismo verbal, Payne aprueba la visión apocalíptica de España que José María Aznar proclama.

El regreso de José María Aznar

¿Qué importancia tiene esta novedad editorial? Dice Soledad Gallego-Díaz que “la aparición del nuevo libro de José María Aznar Cartas a un joven español ha sido interpretada en el Partido Popular como una declaración pública e inequívoca de que si Mariano Rajoy pierde las elecciones del 9 de marzo próximo, el ex presidente del Gobierno exigirá dirigir la salida de la crisis”. Es decir, que el ex presidente quiere ser influyente publicando libros, una labor que como el agua que cae gota a gota perfora, horada. Para que tal cosa suceda, la comunicación debe dirigirse a un destinatario a quien persuadir: han de cuidarse, pues, todos los detalles, ideológicos y materiales del volumen. Empiezo, justamente, por su aspecto material, un libro editado en tapadura y con subrecubierta. Como me suele ocurrir con sus obras empiezo fijándome en estas cosas, particularmente en la sobrecubierta. Como en los títulos de crédito cinematográficos, allí está todo: se condensan los datos básicos y los recursos comunicativos. Antes de acudir al interior, echen un vistazo a esa sobrecubierta.

La sobrecubierta

Veamos, por ejemplo, a quién se atribuye la autoría del volumen. La tipografía del apellido ha ido creciendo, algo que permite identificar correcta e inmediatamente a su responsable. Así hemos pasado de un “Aznar” que mide 22 milímetros, en Ocho años de gobierno, a los 27 de las Cartas a un joven español, pasando por los 25 de Retratos y perfiles. Por tanto, el tamaño del apellido crece conforme el autor publica. ¿Llegará a los 30 mílimetros? ¿Seguirá siendo con Planeta? Pero esa particularidad tipográfica no es lo fundamental de la sobrecubierta. Reparemos, por ejemplo, en el título del volumen, en esas Cartas a un joven español.

El título y el libro adoptan, en efecto, el modelo espistolar, al modo de las Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke (o, más recientemente, a la manera de las Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa): dirigir una misiva a un corresponsal que no identificamos es un expediente muy empleado…, muy empleado para expresar las propias ideas sin réplica real, documentada, verificable. El volumen que ahora comento lo componen las cartas que José María Aznar remite a Santiago –así, sin apellidos–, un tal Santiago del que sabemos por las misivas del autor pero cuyas palabras o situación personal jamás averiguaremos. Tampoco la sobrecubierta da pista alguna. ¿Es un personaje ficticio?  Siempre cabe pensar que es el tipo de corresponsal que al ex presidente le habría gustado tener si hubiera podido dirigirse a él. Es decir, que se non è vero, è ben trovato. En todo caso, con él  moldea a un joven inquieto, interesado, adaptado, integrado: un muchacho que se llama como el patrón de España y del que el ex presidente nos irá dando fugaces indicios.

Dicho joven no figura en la sobrecubierta, insisto. Allí, fuera del apellido creciente, domina un primer plano de Aznar. Ya no lo vemos envarado, como en Ocho años de gobierno, con una fotografía que nos los presentaba en mangas de camisa, blanca y bien planchada, apoyando los antebrazos en un escritorio, cumplimentando lo que parecía alguna tarea urgente, inexcusable. Tampoco lo vemos mayestático, como en Retratos y perfiles, sombrío y aupado a su Monte Rushmore particular. Ahora, en las Cartas, se nos presenta con aspecto easy wear, campechano: un aspecto que, sin embargo, desmiente su mirada aguda, inquisitiva, quizá interesante, esforzadamente interesante: tanto que sus ojos parecen interpelar al lector. Uf, no sé si podría sostenerle la mirada. Paso página o, mejor, paso cubierta, me adentro en el interior y… ¿qué encuentro?

El texto y los principios

Me encuentro con un texto en el que se hace una enfática profesión de fe conservadora, extremadamente conservadora, que dice ser liberal; una declaración rotundamente ideológica, muy sesgada, por alguien que cree ser ecuánime. En los distintos libros que le he leído, José María Aznar siempre repite el mismo latiguillo: no entiende por qué los demás no comparten la evidencia misma de las cosas, que es al final su forma de ver el mundo, el orden, el presente y el pasado, el porvenir, en suma. Al margen de lo que a mí me parezca su ejecutoria, creo –como lector– que el ex presidente gobierna mejor que se explica. Felizmente no se atuvo a lo que dice profesar. Me guste más o me guste menos, José María Aznar pudo tomar decisiones correctas o puede ahora tener  ideas sensatas sobre ciertas cosas, pero una vez razonadas por escrito, una vez se las leo, me decepciona el nivel de su  argumentación. Quiero decir: en la primera legislatura, cuando gobernaba en minoría, debía actuar como político pragmático que no se deja llevar sólo por la convicción o por los principios, sino por la ley del número. Todo, pues, no se resume en la defensa de unos valores. Tuvo que negociar con los nacionalistas haciendo guiños a sus aliados. En política no hay amigos, decía Winston Churchill; hay intereses. Si José María Aznar gobernó de acuerdo con esa lección (del admirado estadista), entonces contrarió los principios que defiende apasionadamente en sus libros. ¿Tiene sentido el reproche que le hago al político en ejercicio? No, porque nadie puede gobernar como él predica en este volumen: nadie puede hacerlo razonablemente basándose sólo en la convicción o en la pasión . 

La vanidad del político 

Como señalaba Max Weber, “puede decirse que son tres las cualidades decisivas para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia”. ¿Qué significa eso? Weber habla de “pasión, en el sentido de darle importancia a las cosas reales”, de aproximarse con tesón a la realidad tomándosela en serio. Pero no basta: “la pasión no le convierte a uno en político si ella, como servicio a una causa, no convierte la responsabilidad precisamente respecto a esa causa en la estrella que guíe la acción de manera determinante. Y para ello necesita el sentido de la distancia –la cualidad psicológica decisiva para el político–; necesita esa capacidad de dejar que la realidad actúe sobre sí mismo con serenidad y recogimiento interior”. Realismo, pues. “Por este motivo, el político tiene que vencer en sí mismo, día a día y hora a hora, un enemigo muy trivial y demasiado humano, la vanidad”. ¿Y qué es la vanidad en un político?, se pregunta Max Weber. Es tomarse como el centro de las cosas. La vanidad es “esa necesidad” que experimenta algún tipo de mandatario “de ponerse a sí mismo en el primer plano lo más visiblemente posible”. Creo, sinceramente, que la cubierta de Cartas a un joven español revela ese pecado de vanidad: con ese apellido gigantesco que no obedece sólo a razones mercantiles; con esa fotografía desmesurada. Pero creo que la vanidad se aprecia aún más en el texto: el autor sotanea, amonesta, juzga y condena a quienes no piensan como él.

La lectura de los «otros»  

Eso –el tono admonitorio–  es lo que, en principio, más llama la atención. No concibe que no se pueda coincidir con lo que él piensa. Por eso, para fundamentar sus posiciones, sólo cita a aquellos autores que son de su tradición (o que él piensa que son de su tradición), valiéndose, pues, de pensadores de filiación liberal o conservadora que al final de su libro detalla. En efecto, el volumen se cierra con una lista de lecturas recomendables… Los títulos de esos filósofos o sociólogos le sirven para confirmar lo que piensa de antemano. Es decir, esos autores no le incomodan lo más mínimo ni tampoco  le hacen interrogarse. Le valen para corroborar: justo lo contrario de lo que haría un pensador liberal.

Esto es precisamente lo que José María Lassalle dice de Isaiah Berlin, el gran intelectual y pensador liberal. De su muerte se cumplen diez años, y por eso Lassalle, que es miembro del Partido Popular, escribe sobre él en un artículo publicado por Abc. Según leemos, Berlin fue “alguien que sintió una fascinación inagotable por el «otro» porque -como explicó una vez- le resultaba aburrido leer a los que pensaban como él; no en balde prefería asomarse a lo que decían sus adversarios ya que ponían «a prueba la solidez de nuestras defensas al encontrar sus debilidades»…” Comparto ese punto de vista. Es impensable, sin embargo, que José María Aznar –ahora desempeñando las funciones de intelectual liberal– muestre interés por la obra del «otro», de los «otros». ¿Por qué razón? ¿En qué se basan sus nutrientes?

Las ideas 

En realidad, el principal problema del ex presidente del Gobierno es que escribe como si no hubiera gobernado: como si los males que denuncia aún no hubiera podido enfrentarlos; como si los objetivos que se plantea, aún no hubiera podido acometerlos; como si los autores que ahora cita, de cuya receta se vale, aún no hubiera podido aplicarla. En su opinión –que él no sostiene como tal, sino como doctrina–, España asiste a una deriva y a una crisis, algo ahora constatable y agravado, pero que se remontaría a los años sesenta. Critica al actual Gobierno: le hace responsable de las decisiones políticas que él juzga inaceptables, y le culpa del proceso de secularización (”relativismo”, lo llama él) que experimenta el mundo actual, un proceso que habría destruido o relajado la disciplina, la autoridad, el orgullo nacional, justamente los cimientos de la sociedad decente. Entonces, de ser cierto lo anterior, la pregunta es inmediata: ¿y qué ha hecho el ex presidente para frenar esa deriva? ¿No le dejaron? ¿Tuvo que pactar sus decisiones políticas, buscar algún consenso con quienes no eran correligionarios?

Divide su libro en diecisiete capítulos cuyos enunciados son breves y rotundos: entre otros, “La libertad”, “Liderazgo”, “La nación española”, “Relativismo”, “La familia”, “Terrorismo y seguridad”. En esos capítulos, el examen tiende a ser esquemático, anémico; las pruebas, los hechos, los documentos sólo confirman lo que ya se sabe de antemano; y las conclusiones, que se proclaman con sobrante énfasis,  son frecuentemente demagógicas. Por ejemplo, cuando habla de la educación, su diagnóstico es expeditivo, de un elitismo paradójicamente populista. “¿Tú crees, Santiago, que los que no quieren esforzarse tienen derecho a impedir que se esfuercen los que sí quieren hacerlo? ¿Acaso es ese otro de los nuevos derechos que tienen ahora los españoles? Antes a eso se le llamana envidia, y no estaba catalogada, precisamente, como una virtud. Claro que donde el esfuerzo termina, empieza el fracaso, y tal vez sea eso lo que se quiere”, dice José María Aznar en la página 125. Si oyéramos lo anterior en otro contexto, en una tertulia, podríamos creer que es el dictamen tajante de alguien que no ha gobernado, la facundia de un tipo cualquiera que cree arreglarlo todo si se pone… O podríamos pensar que es la conclusión expeditiva que culpa a un responsable que no identifica:”…lo que se quiere”. ¿Y quién lo quiere? En ciertos pasajes responde con claridad. La culpa de lo que nos acaece es de la izquierda –así, en conjunto–, un conjunto de ideas erróneas: una izquierda que se creció tras la pretendida “muerte de Dios”. La culpa, insiste, es de la izquierda local, que no es más que un conglomerado sesentayochista y buenista que ha renunciado al pasado imperial de España, a los principios políticos firmes, a la convicción ideológica arraigada, aunque a la vez ese abandono pueda ser  compatible con el fundamentalismo. Esa izquierda habría anestesiado a la nación, que no está muerta: sólo dormida. Hay que despertarla. Es una metáfora interesante: suelen emplearla prácticamente aquellos nacionalistas que deploran el estado catatónico de su país. ¡Despierta, patria! En el caso de José María Aznar su apego a la nación tiene, además, otra consecuencia: el repudio del hedonismo y la crítica del actual presidente del Gobierno.

Contra el hedonismo. Contra el cortoplacismo

Hemos debido leer casi doscientas páginas para llegar a la clave política de este libro. Amparándose en una interpretación algo simple de Alexis de Tocqueville, José María Aznar rechaza el materialismo que nos invade. “Más de una vez tengo la impresión de que vivimos en una sociedad que ha hecho de la evasión su principal industria”, concluye dolida y resignadamente. ¿Le doy la razón? Como sostuviera Gilles Lipovetsky, desde hace décadas Occidente vive gobernándose con una ética indolora. ¿Algo malo? Es preferible esta moral materialista al libramiento guerrero y patriótico, desde luego. Por eso, el libro de José María Aznar resulta contradictorio: en primer lugar, dice profesar el liberalismo, que es una doctrina preferentemente individualista; en segundo término, hace profesión de fe nacionalista (colectivista) que él reviste de institucionalismo democrático; en tercer lugar, expresa su prevención católica, confesional, al hedonismo, que a la postre es una opción básicamente antiliberal.

Pero,  en fin, no es eso lo más importante: lo decisivo es que este volumen es una justificación de lo que él entiende por la Presidencia del Gobierno. No es de recibo, dice, aceptar un jefe de Gabinete simplemente porque sea simpático o entretenido: “tiene en sus manos una tarea demasiado importante para reducirla a aspectos de imagen o aceptación popular”. Hay que Gobernar al margen de los sondeos, que es cortoplacismo: “uno de los problemas no es que los gobiernos escuchen poco a sus pueblos, sino que la política se agote en la obsesión por el corto plazo, por las encuestas, por las próximas elecciones”. Pues…: lo siento, pero veo una nueva contradicción. El ex presidente gobernó con sondeos del CIS y al mismo tiempo olvida ahora que su partido se presenta a los comicios venideros: olvida que su discurso no beneficia a su candidato, que esas palabras rotundas perjudican a su partido en una sociedad mediática y hedonista.

—————

1. Hemeroteca histórica

Los otros libros de José María Aznar. Otros artículos de JS sobre los restantes volúmenes de la trilogía de Planeta:

retratos.jpg

-Retratos y perfiles (2005).

ocho.gif

-Ocho años de gobierno (2004).

——————- 

2. Hemeroteca actual

-”Liberales“, Levante-EMV, 5 de noviembre de 2007

Artículo de JS sobre el liberalismo… Lo que fue.

-”Epístolas a Santiago“, Levante-EMV, 7 de noviembre de 2007

Artículo de Fernando Delgado sobre las Cartas a un joven español.

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10.24.07

Arcadi Espada

Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo at 12:34 por jserna

terrorismo.jpg

Leo el último volumen de Arcadi Espada, en este caso dedicado a El terrorismo y sus etiquetas. Hay en sus páginas pensamiento urgente, entradas de diccionario compuestas con trozos de su blog y algún apéndice. Es interesante la operación de rescate: hay que dar forma y permanencia a la prisa por diagnosticar, a la premura por evaluar.  Se nota que Espada aún rinde pleitesía al libro, al formato libro. Lo electrónico no dura o se hace desaparecer: como así ocurre en su bitácora. En las páginas del volumen hay una sintaxis nerviosa, unas palabras que expresan tajantemente para así evacuar lo que excede, lo que sobra, lo que abulta. Es el día a día más perentorio frente a la bomba o a la extorsión o al secuestro o a la amenaza. Está bien mostrar tu indignación moral y política…, siempre que evalúes los efectos: siempre que sepas que te presentas como ídolo de la colectividad. Escribir así, desde una posición admirablemente irredenta, te hace atendible: piensas como expectoras y, en principio, no tienes por qué calcular o medir las consecuencias de tus diagnósticos. No me lo tomen como crítica. Es pura envidia: ojalá yo supiera expectorar tan rápido como Espada piensa. Ya me gustaría hacer lo que AE hace: no tengo capacidad ni posibilidades de disparar tan rápido. Mi prosa es digresiva, lenta; la de Espada saja. Que, además, en esas páginas podamos encontrar un pensamiento es de agradecer: al fin y a la postre, apreciamos el esfuerzo titánico de pensar, de decir algo imprevisto o insólito. En su blog, Arcadi Espada lleva tres años y pico intentándolo. Digo, esforzándose por incomodar: como Albert Boadella, cuando trata de escandalizarnos con tanques amenazantes… Espada lleva una varias temporadas examinando lo que nos acaece desde posiciones inauditas o desde presupuestos imprevisibles. Sobre todo: lleva tres años incomodando al periódico socialdemócrata. Adivinen cuál.

No sé. O tal vez me equivoque; tal vez, Arcadi Espada sea predecible: por estar acosado por los nacionalistas (que hacen valer el  colectivismo que les aúna), el periodista catalán se piensa como indispensable, corrosivo y demoledor. Y en cierto modo lo es. ¿Ustedes se imaginan una Cataluña sin Espada? Sería más aburrida y más nacionalista (más de lo que ya es). Pero quizá el problema de nuestro autor –añade alguien– sea confundir lo analítico e imprescindible con el narcisismo: eso es lo que dicen de Espada sus enemigos.  Yo no creo que la habilidad de Arcadi Espada pueda explicarse enteramente con el narcisimo (ojalá ése fuera el problema): la cuestión está en que la excepción nacionalista y la tontería colectivista hacen decisivos a quienes sólo son interlocutores interesantes. Yo cometí un error: creer que era un escritor equiparable a Josep Pla. Si pudiéramos hablar ahora (como lo hicimos en el pasado), sin duda Espada me sacaría del error: el periodista catalán no se siente tan y tan ufano. Sabe que no es el nuevo Pla. Es más: Espada opina e interpreta (como hago aquí, aunque yo menestorosamente), mientas que el ampurdanés describía. No es fácil describir. Años atrás leí la edición en castellano  de los Dietarios de Pla. La habían preparado Xavier Pericay y Arcadi Espada: creí ver en sus páginas una lección para el nuevo curso. Pla escribe admirablemente; Pericay y Espada lo editan impecablemente, pero hay páginas que enervan: en el ampurdanés hay  diagnósticos expeditivos que son tan tajantes como los de Camilo José Cela (generacionalmente próximo); como también hay conservadurismos equiparables a los de su amigo Joan Fuster. No sé: quizá Pericay y Espada convirtieron a Pla en un campo de batalla.

Pero no es eso lo que hay en el último libro de AE. El objeto es distinto. Dedicado al terrorismo, lo catalán se desvanece. En realidad, sus páginas tienen como principal motivo el de arremeter contra aquellos que sostienen que el terrorismo tiene causas. Decir que esto es para Espada como decir que hay alguna razón legítima que lo justifica. Parece una simplificación, ¿no? Aquí, en este blog, hemos tratado dicho asunto y no parece que la condena del terrorismo en todas sus formas nos obligue a descartar las causas. La guerra es odiosa, pero tiene causas… El asunto está en que Espada etiqueta (como reza su título): esto es, designa y marca, separa y descarta de acuerdo con la fórmula del diccionario. El pensamiento actual funciona con etiquetas, es decir, con procedimientos propios de vocabulario o de página web. Yo soy partidario de demorar el análisis, de alargarlo: el expediente diccionario sirve para acotar, para ordenar alfabéticamente (nada que objetar a esta fórmula, incluso cuando me disgustan los resultados), pero si además adoptamos el aforismo o el pensamiento escueto, entonces la brillantez  adelgaza el razonamiento.

—————-

2. Forma y contenidos. Los juicios expeditivos, esos que se ganan el aplauso de los ciudadanos soliviantados, presentan el terrorismo y los actores implicados con la apariencia y con la ventaja de la brevedad: el juez-escritor acusa como un savonarola irascible dotado de razones. Si uno está del lado bueno, el mal sólo puede ser uno; el método que se pretende combatir es único; y, en fin, la solución que se le da, también. Hay una perfecta congruencia entre  el diagnóstico del mal,  la seleción coherente de los procedimientos y la respuesta que hay que arbitrar. Esta manera de concebir las cosas es una supertición occidental a la que habitualmente recurren ciertos políticos y autores influyentes, justo cuando la realidad desmiente y contradice la sencillez de sus dictámenes y pronósticos. Ya está bien, añaden. Amoldemos los hechos. En El fuste torcido de la humanidad, Isaiah Berlin detectó esta avería razonadora tan frecuente…, que en los peores casos te hace recaer en el sectarismo o en el determinismo científico o en el absolutismo doctrinal. ¿A quiénes se acusa si nos basamos en estos métodos? A los que  obran con dejación, obstrucción y culpa. Arcadi Espada incurre en algunas  simplificaciones en ciertas páginas y, por eso, con su prosa expeditiva (tiene prisa), juzga a sus adversarios como izquierdistas acomplejados que no se revisten con la enseña del liberalismo y como periodistas amodorrados que se dejan llevar por las inercias y por las cegueras profesionales. Como un severo preceptor nos amonesta sin que siempre quede claro cuál es el desliz cometido, seguramente, un disentimiento: una evidencia que nosotros aún no hemos abrazado o la posición que él ha abrazado. Por eso, una parte de su discurso apela sin más al coraje moral que hay que tener para aceptar las evidencias, de las que para él son evidencias: un mismo problema, un mismo método, una misma respuesta. Como esa actitud crea amigos, disidentes, afines, hostiles y, en fin, enemigos. Las figuras del  héroe y del guardián de las palabras–que se encarnan en el observador que se sabe perspicaz– aparecen implícita o explícitamente entre sus líneas: ejemplifican lo que los lectores o los seguidores deberían realizar.  

Lo que él hace suya es una revelación ardua, aislada y con pocas recompensas materiales o simbólicas, una revelación que habría suscitado la ira, el menosprecio y la irritación del medio académico o de los hostiles. Si Ludwig Wittgenstein  arremetía contra el empleo confuso del idioma, Espada arremete contra el uso indolente o mixtificador del periodismo. Wittgenstein criticaba el lenguaje absurdo de lo que es inefable o de lo que no se admite como juego de lenguaje, el Wittgenstein debelador de las pseudodisciplinas pertrechadas con lenguajes presuntamente científicos. Espada crítica también lo que juzga pseudociencias y erige el neodarwnismo –nada menos– como exclusiva referencia de la que ha de servirse para depurar las vaguedades del lenguaje periodístico. Leyéndolo, uno tiene la impresión de que AE tiene la nostalgia de la solución única que explicaría el terrorismo de una vez para siempre, esa solución que los reporteros –tan ignorantes– desconocen: al igual que hubo un gen egoísta, ¿por qué no va a haber un gen terrorista? Como hombre de letras que es, Espada se abandona con irreprimible envidia a los logros incuestionables o divulgadores de los cientítificos. En ese caso, una obra nueva de Steven Pinker, por ejemplo, pasa a ser su principal nutriente (en espera, supongo, del libro venidero o del investigador definitivo que aclaren el comportamiento humano). Mientras tanto, sin embargo,  Arcadi Espada sorprendentemente continúa...

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06.25.07

El ‘filósofo mediocre’

Posted in Intelectuales, Democracia, Historia at 11:31 por jserna

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Regreso a José Antonio Zarzalejos, a su artículo “Mentira de Estado y despotismo“, publicado el 24 de junio. Regreso a este articulista  porque al reservarse como director la Tercera de Abc cada domingo no es raro que acabe siendo el artículo más importante de la semana en el diario conservador. Este período histórico quedará por sus logros y por sus derrotas, pero quedará también por la reactivación de la prensa de trinchera. Cuando creíamos felizmente llegado el periodismo noticiero, en un mundo en el que las ideologías parecían estar en declive, en un dominio en el que la información es lo que cuenta, vemos reaparecer los medios doctrinales y severísimos, el articulismo militantemente ideológico que tiene por único y exclusivo fin afear cualquier conducta del Gabinete rival o celebrar las bondades siempre evidentes de los nuestros.  Es tal la convicción con que se escruta, con que se juzga, que no hay momento para la duda. Son tales  la firmeza y la seguridad de los principios desde lo que se evalúa, que la respuesta siempre está anclada en certidumbres inconmovibles, cosa que hace intratable o innegociable al otro.

Cada siete días, como si de una epístola moral y dominical se tratara, José Antonio Zarzalejos suele hacer balance de la política española. El resultado es generalmente despectivo, muy despectivo, con Rodríguez Zapatero, y adulador, muy adulador, con Mariano Rajoy. Del primero no es raro que diga lo que leo en su último artículo: que se trata de “un presidente inmaduro y éticamente indigente”, un individuo en el que se distingue “la personalidad de un presidente entre ingenuo y visionario, entre ingenuo y banal”.  Doblemente ingenuo, pues: capaz de tener visiones (en ese diagnóstico Zarzalejos coincide con Pío Moa) y de ser simplemente trivial. Los editorialistas  no ocultan sus preferencias, desde luego, pero no estaría de más que matizaran sus animadversiones y que frenaran sus inclinaciones, para así evitar que sus reflexiones se conviertan en pura munición electoral, en panfleto, en hagiografía o en todo ello a la vez. Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero le provoca a Zarzalejos, que en democracia dice no haber existido Gobierno peor, pero no por ingenuidad (que es lo primero que se suele denunciar), sino por desprecio a la verdad, por altivez frente a los medios, por soberbia frente a los periodistas.

 El diario Abc no tiene gran ventaja ideológica sobre El Mundo. Mientras el primero es un todo coherente en el que cada pieza encaja para hacer de sus lectores unos seguidores fielmente conservadores, el segundo adopta posiciones cambiantes que le ensanchan el negocio. Aunque la línea editorial que le marca su director sea afín a los populares, El Mundo pone los huevos en varios cestos, sabedores sus responsables de que una empresa comercial puede ser un ariete ideológico, pero sobre todo es una firma con mercado potencial, una razón social con consumidores y usuarios. A los destinatarios-modelo de Abc no es preciso convencerles de nada: ya están persuadidos de antemano y, por tanto, cada uno de sus columnistas reafirman lo ya sabido evitando la disonancia cognitiva e ideológica. Mientras el diario Abc padece los reveses del mercado, El Mundo prospera económicamente, dada la ambigüedad de trato que dispensa a este Gobierno y dada la mayor variedad de sus colaboradores.

Resulta cansado, agotador y previsible leer los artículos de opinión de Zarzalejos. La estructura de los mismos es siempre muy parecida: echa un vistazo al presente para explicar algo que le disgusta o aprueba, valiéndose  inmediatamente de alguna analogía histórica. Empieza estableciendo los paralelismos, fijando las semejanzas (la verdad, con poca información o escuetas lecturas)  y a partir de ahí se lanza a mantener su analogía. Las comparaciones a veces sirven, pero si haces de ellas la base de tu argumentación política no es improbable que las arruines. ¿Por qué razón? Porque los contextos históricos del presente y del pasado varían, porque los hechos pueden tener alguna similitud pero poco más… Si fuerzas una analogía intentando sacarle todo el provecho, lo más probable es que, entonces, se vean la escasez de lo que dices y la frágil comparación que puede hacerse  entre personajes o acontecimientos cronológicamente distantes. Si sostienes, como hace Zarzalejos, que Rodríguez Zapatero es un déspota, lo haces, en primer lugar, para censurar sus hábitos, sus decisiones o sus providencias poco o nada democráticas. ¿Y cuáles serían esas actuaciones punibles? Aquellas que el propio periódico ha denunciado (referidas a la cronología de las negociaciones efectivas con Eta)  y que el Gobierno ha desmentido y negado. Como el diario no acepta ese rotundo mentís, entonces califica de mentira lo que el Gabinete dice  mostrando a su presidente como un político que obra con la mendacidad y con la altivez típica de la especie. ¿De qué especie? La de los déspotas.

“Rodríguez Zapatero es –políticamente hablando– un déspota”, precisa Zarzalejos. ”Es decir, una persona que abusa de su autoridad y cultiva una concepción democrática cínica en la que –como en una moneda– una faz muestra su adanismo y la otra su determinación irresponsable de alcanzar sus propósitos arteramente”. ¿Se puede ser a la vez cínico, adánico e irresponsable? Los déspotas suelen ser cínicos, pero rara vez son adánicos, justamente porque tienen su permanencia como principal meta. Es más, decir de un Gobierno actual que sus decisiones sólo dependen de un tipo irresponsable que se cree adánico es desconocer cómo funciona la política hoy, que está lastrada por determinaciones varias y vastas, que está condicionada por múltiples asesores, ministros, consejeros. Aunque se quiera ser despótico en una democracia consolidada, el poder es limitado. O, como decía Luc Ferry, el antiguo filósofo-ministro francés, “la experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas… Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo (…). La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años”.

Pero, contrariamente a esa evidencia, Zarzalejos piensa en Rodríguez Zapatero como un déspota. No dice que represente ese papel: dice que es un déspota. Fíjense que cuando a Nicolas Sarkozy se le compara con Napoleón nadie piensa en la literalidad de la analogía: se emplea la imagen del Napoleón-Sarkozy como un recurso metafórico gracias al cual se representa un papel que no puede ser estrictamente comparable al que desempeñara Bonaparte. Pero Zarzalejos es literal. Por eso, debe valerse de dos recursos para fundamentar su dictamen. Por un lado, se sirve de la definición que de déspota da el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una definición de urgencia que sintetiza, que abrevia. Justamente lo contrario de aquello que debería perdírsele a todo editorialista. Los diccionarios de la lengua no pueden emplearse para fundamentar un hondo análisis: sólo sirven para tener un compendio apretado de rasgos mucho más complejos. Por eso, en el fondo del artículo de Zarzalejos hay otro recurso de mayor vuelo con el que zaherir a Rodríguez Zapatero: compararlo con los déspotas ilustrados del siglo XVIII. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, etcétera. También en este punto, la erudición del periodista se queda corta y su concepción de lo que fue la época histórica del absolutismo es escasa, anémica. El déspota del Setecientos tiene un asesor, un filósofo de cabecera que le ilumina, que le marca el camino de lo deseable. Aunque no cite el caso de Prusia, creemos entender a qué se refiere: si Federico II tuvo a su Voltaire, Rodríguez Zapatero tiene también a su “adulador académico”, a Philip Pettit, un “mediocre politólogo”, en opinión de Zarzalejos. 

Es absolutamente improcedente comparar una etapa preliberal con un período demócrático. Los déspotas ilustrados del Setecientos eran monarcas que ejercían el poder sobre unos súbditos de previlegios desiguales; eran unos soberanos que se preocupaban del fomento de la riqueza pública en un momento en que el Estado  carecía de jurisdicción unificada, en una época de crecimiento y de hambrunas, de expansión y de contención; en un tiempo en que la Monarquía  necesitaba de nuevos apoyos, de mayores recursos financieros, de instituciones coherentes. La racionalización era la fórmula con la que creyeron arreglar el reino, pero la variedad de competencias, la acumulación de instituciones y la gestión diaria impidieron frecuentemente ese propósito reformista. Hasta tal punto es así que no resulta extraña, por ejemplo, la decepción de los consejeros áulicos del soberano: de ese Voltaire, por ejemplo, que se aparta del príncipe en quien confió.

¿Es Philip Pettit el nuevo Voltaire? ¿Es Rodríguez Zapatero el nuevo Federico II? La validez de las analogías se demuestra cuando se llevan hasta el final: es entonces cuando vemos que las similitudes son meramente superficiales y es entonces cuando vemos el riesgo de las comparaciones precipitadas. De momento, y eso es lo que le molesta especialmente a Zarzalejos, Pettit “ha venido a nuestro país para evaluar a Rodríguez Zapatero” y, según indica el periodista, le “ha otorgado un sobresaliente”.

¿Progresa adecuadamente? ¿Necesita mejorar? Leeré al ‘mediocre politólogo’ (según Zarzalejos): lo que dijo tiempo atrás, en 2004, y lo que ahora sostiene, en 2007.

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06.22.07

Los intelectuales y nosotros

Posted in Intelectuales, Comunicación at 11:14 por jserna

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1. ¿Los intelectuales callan o simplemente no gozan de audiencia y de ahí su retiro? ¿O, mejor, existen todavía los intelectuales? Si hacemos caso a lo que los franceses discuten desde hace veinticinco años, esta figura heroica de la modernidad estaría en declive e incluso habría desaparecido. Entre 1979 y 1984 morían uno tras otro algunos de los maestros pensadores de la Francia intelectual: el sociólogo Nicos Poulantzas se suicidaba lanzándose al vacío,  después de haberse asomado al marxismo árido de Louis Althusser; el semiólogo Roland Barthes era atropellado por la realidad, digo… por una furgoneta banal, después de haber examinado el signo lingüístico; el grafómano Jean-Paul Sartre fallecía finalmente después de haber emborronado el mundo con su escritura abarcadora, la misma que trataba de negar la fatalidad de lo irremediable; el filósofo Michel Foucault era derrotado por el Sida, después de haber impugnado la figura eminente e incontaminada del intelectual universal. Desde entonces, los franceses se interrogan por la generación siguiente, por aquellos maestros pensadores que habrían sustituido a esos autores conocidos y reconocidos; incluso públicamente se interrogan por los efectos y consecuencias de Mayo del 68.  

La respuesta general nos la recordaba Edward W. Said (basándose para ello en un diagnóstico de Régis Debray); nos lo recordaba en un libro firmado en 1994 y que ahora rescata la editorial Debate para nosotros: Representaciones del intelectual. Lo vemos asomarse, con tiento y con interés, con algo de timidez académica. Asumiendo las mejores tradiciones occidentales, sintiéndose desgarrado a la vez por su circunstancia palestina… Desde hace años, dice Said, los intelectuales han abandonado en gran parte el redil de sus editores para terminar “confluyendo en los medios de comunicación social: como periodistas, directores e invitados de debates públicos, asesores, gerentes, etcétera. En ese momento, no sólo dispusieron de una gigantesca audiencia de masas, sino que, además, el trabajo de toda una vida como intelectuales dependió de su audiencia, de la aceptación u olvido que recibían de esos ‘otros’ que se habían convertido en un espectador exterior, consumista y sin rostro”. Reparemos en ello, en algo que no es tan nuevo: la relación que se da entre intelectuales y mass media y sobre lo que tuve oportunidad de pronunciarme.  

¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba tiempo atrás y me pregunto ahora. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales. Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros y que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, como intelectuales, como filósofos. Nos abismamos en nuestro propio yo y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne empleando las referencias culturales que cada uno tiene. ¿Pero esa circunstancia nos convierte en pensadores? Todos los hombres son intelectuales, decía Antonio Gramsci, aunque no a todos los hombres les corresponda desempeñar en la sociedad dicha función.

Quienes la desempeñan son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian.  Son referentes para numerosos seguidores o rivales que aguardan sus pronunciamientos. Estos individuos reverenciados o detestados son creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan. Su conversión en intelectuales viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.

O, como dijera Jean-Paul Sartre, el intelectual es un entrometido, alguien que se inmiscuye donde no le llaman esperando derrocar verdades recibidas y prejuicios heredados, atavismos y políticas que juzga retrógradas. O, más aún, el intelectual  es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la ciencia, la literatura, el arte) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para asombrarnos. La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios, cuando el poeta se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales. Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo coronados por el prestigio y protegidos gracias a su crédito. Utilizan, incluso, la televisión.

Propiamente, pues, no hay nada nuevo en la condición del intelectual mediático. Ahora bien, como acabo diciendo en un artículo publicado en Levante-EMV (Posdata), la multiplicación exponencial de esos medios en los que intervienen, la democratización de la opinión, la libertad más o menos real que Internet nos da acaban menoscabando al pensador oracular. ¿Feliz declive? El regreso a Edward W. Said, oportunamente recuperado en Debate, le obliga a uno a tratar estos asuntos. En las páginas de Representaciones del intelectual habla en general pero, a la vez, habla en particular: reconociendo su condición de palestino que no calla ante las agresiones cometidas contra los suyos y que tampoco quiere convertirse en portavoz nacionalista de su pueblo. Defiende un concepto  orgulloso y digno del intelectual, entre camusiano y sartreano, que es el de quien sabe auparse por encima de las exigencias del sistema y de la mera radicalidad. Cree que el intelectual que merece ser calificado como tal ha de pensar contra lo obvio y contra el estereotipo, contra el prejuicio y contra las simplificaciones: ha de evitar el arrastre de la corriente que fluye gracias al sentido común de las cosas.

Said no pudo ver el despliegue majestuoso de esa corriente que es Internet (el dominio de los lugares comunes, pero también el espacio del ensayo y del tanteo). Tampoco pudo llegar a medir del todo el peso creciente que la cultura mediática ejerce en nuestras vidas. Por un lado, los intelectuales se desvanecen, eclipsados o sometidos a las tentaciones de éxito, y, por otro, con la nueva circunstancia de la Red parece cumplirse el sueño de Gramsci. Todos los individuos pueden ser intelectuales, aunque antes no todos podían cumplir esa función; ahora, sin embargo, innumerables individuos tienen en la sociedad la función de intelectuales gracias al intervencionismo electrónico. 

Pero, a pesar del despliegue de los medios de comunicación, Said no dejó de creer en el tipo particular de intelectual que él mismo representaba. Lo concebía como francotirador, como amateur, como perturbador del statu quo: un individuo dotado de alguna clarividencia o saber, de cierto arrojo o penetración, que espera arrancarse de lo concreto para examinar lo universal o, mejor, que desea intervenir en lo concreto para mostrar sus implicaciones universales. Es individuo, sí, pero se sabe inserto dentro de unas comunidades a las que representa explícita o implícitamente, a las que invoca y expresa. ¿Lo ata eso a una nación? ¿Le establece algún tipo de pertenencia irrevocable? El intelectual descrito por Said busca incesantemente la independencia sabiéndose a la vez vinculado a sus semejantes, sabiéndose exiliado real o metafórico: un tipo marginal, antes solitario que gregario; un tipo que evita la adulación del poder o el señuelo de lo comunitario.   Said hablaba de sí mismo o creía describir un modelo al que quería parecerse: alguien que profesa la libertad laica de conciencia y que, por tanto, no se resigna a los compromisos que debilitan la verdad en razón de la religión, de la comunidad o del poder. Es un noble ideal, desde luego, pero Said no dice nada de los errores, de las villanías, de las graves equivocaciones o incompetencias que se han cometido profesando esa libertad de criterio.

El intelectual a la manera del ensayista palestino tiene el coraje de atreverse, de acertar, pero también tiene la libertad de errar, como hicieron Sartre o  Camus, cada uno a su manera. No siempre se ha exigido al intelectual la competencia de lo dicho, cosa que le deja margen para porfiar en el yerro, en el descuido irresponsable. Esa tensión forma parte de esta historia y de esta figura egregia de la cultura, pero las nuevas circunstancias mediáticas y electrónicas han cambiado las cosas. Por un lado, mejoran el estado y las posibilidades de la opinión: ya no son sólo unos pocos quienes tienen derecho para expresarse (yo mismo me pronuncio en mi blog…). Pero, por otro lado, la multiplicación del espacio “intelectual” rompe las jerarquías obvias, la auctoritas, cosa que en el peor de los casos podría llevarnos a la irrelevancia o a la estridencia o a la agresión verbales.

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06.12.07

Kant, Rajoy y Zapatero

Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia at 11:04 por jserna

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El filósofo norteamericano Richard J. Berstein rotula uno de sus libros con este título: El abuso del mal (Katz editores). Dedica el volumen a analizar lo que entiende que es “la corrupción de la política y la religión desde el 11/9″. Sostiene una tesis fuerte: la peligrosa conversión de la ética en referente político. ¿Algo que reprochar? En principio, que las relaciones internacionales se supediten a unas normas morales parece inobjetable: los actores se someterían al bien y, por tanto,  obrarían de acuerdo con bases  innegociables. Imaginemos un escenario ideado por Kant: una acción es moral cuando se somete a los principios del imperativo categórico: es un acto autónomo, universalizable, racional, a priori; un acto que no persigue el bien por los efectos, sino que se ejecuta en función de un discernimiento que es previo. Las acciones morales toman a cada ser como fin en sí mismo y no como medio y, desde luego, excluyen la heteronomía…

 ¿Se imaginan un mundo gobernado así, regido según esos principios? Sin duda sería un planeta formalmente moral, pero a la vez sería una especie de infierno real: si obramos sin atender a las consecuencias de nuestros actos, si aparentemente –al menos– pensamos el mundo al margen de sus consecuencias, el egoísmo no rige, pero la presunta benevolencia nos destruiría. Lo que se pide a los gobernantes es que obren con la mayor decencia posible, pero –por favor– que no conciban sus acciones de acuerdo con la rigidez formal de un presunto kantismo. En realidad, las acciones de Gobierno o las relaciones internacionales o la política exterior no se ciñen a esta forma de concebir el acto moral. ¿Por qué razón? Porque moral y política no coinciden.  Sin embargo, desde que sucedieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, parece como si la política internacional norteamericana tuviera que hacerse ateniéndose a la moral. “Hubo otros períodos en la historia reciente” dice Bernstein, “en que los políticos, en especial en los Estados Unidos, utilizaron la retórica del bien y del mal para ganar el apoyo de sus electores. Ronald Reagan llamó a la Unión Soviética ‘El imperio del mal’…”

En apariencia, algo semejante a lo que George W. Bush dice hoy cuando habla del eje del mal. Eje y mal son dos palabras de evidente resonancia histórica, pero son sobre todo dos términos que parecen supeditar la visión de las cosas a un enfoque estrictamente moral. Ahora bien, entre Bush y Reagan hay diferencias. En el ganador de la Guerra Fría, la retórica moral se concebía como parte de un programa propagandístico, como instrumento de un conflicto concebido al modo clásico: en una guerra, si se puede, al enemigo hay que quitarle la capacidad para hacernos daño, logro que será la derrota de dicho adversario. En Bush, por el contrario,  la moral parece ser una creencia firme, no una argucia: más que impedirle hacernos daño, al enemigo hay que derrotarlo. Así, sin más, aunque eso provoque un cataclismo, aunque de ello se deriven consecuencias peores.  No parece importar… En Reagan sí que importaba. “A pesar de esta retórica, Reagan se mostró flexible y pragmático en sus negociaciones diplomáticas cuando Gorbachov se convirtió en el líder del Kremlin”. En cambio, ahora, la política norteamericana tiene un lado más inquietante: la aparente (o real) convicción sin diplomacia, la defensa de los principios sin dejar abierta negociación alguna. 

Piénsese, por ejemplo, en el reproche dirigido a la posición española con respecto a Cuba. Se dice: los españoles gozaron de la libertad tras la muerte de Franco; también los habitantes de la Isla tienen ese derecho. Por supuesto, pero la transición en España se hizo negociando entre los herederos del antiguo régimen y los opositores, no basándose en principios inamovibles, ni tampoco en una idea del bien innegociable del que una parte sería exclusiva portadora. La debilidad o el daño previsible obligan a negociar: pero no porque se tenga razón, sino porque se sabe que el pacto es la fórmula que menos daños ocasiona. En cambio, predicar el absoluto moral impide cualqier transacción. “Lo más inquietante acerca del discurso sobre el mal posterior al 11 de septiembre”, dice Bernstein, ”es su rigidez y su atractivo popular”, algo que se ha extendido entre muchos analistas. ¿Estamos o no estamos dispuestos a derrotar a nuestros malvados enemigos? ¿Quién podría estar en contra de luchar contra el mal? Ésas parecen ser las ideas determinantes.

El problema, si se fijan, no es que a quienes se nos oponen les llamemos enemigos, sino que a los fieros adversarios que hay que reducir los identifiquemos sin más con el mal, con un simplificación traquilizadora. No me malinterpreten. Eso no significa que yo quiera comprenderlos ni justificarlos: significa que la tipificación del mal no puede confundirse con los medios que tenemos para oponernos. Según esta perspectiva radical, el mal es un acto heterónomo, irracional, no universalizable, consecuencialista y, por tanto, egoísta. En cambio, el bien no se  mide por sus efectos. Concebir así la política nos deja en el lado bueno –qué duda cabe–, pero no nos ayuda mucho a arreglar problemas concretos. La gestión internacional y nacional no implica  necesariamente hacer el bien, sino evitar los daños directos e indirectos, intencionales e inintencionales que se siguen de determinadas medidas. Los pragmatistas norteamericanos nos enseñaron a pensar así las cosas, nos recuerda Bernstein, y ello es aplicable al gobierno diario y a las disputas internacionales. 

Aquí, en España y entre nosotros, entre los principales columnistas de la derecha, ese principio liberal ha sido olvidado para reivindicar el bien como convicción absoluta. Durante meses, nuestros articulistas más acérrimos han mostrado la mayor fiereza ideológica, sabiéndose ubicados en el bien. La política de Rodríguez Zapatero puede fracasar, como no prosperaron los tanteos  ordenados por Aznar. Sin embargo, esa política del actual presidente ero no ha de medirse por el bien que predica, sino por las gestiones que emprende. Pero no ha sido ésa la vara de medir. A Rodríguez Zapatero le han juzgado a partir de aprioris…, acusándole de relativismo, de nihilismo, alguien sin principios que habría cejado en el empeño de todo estadista: hacer el bien. Es, desde luego, un error grave. El de esta idea, me refiero. El problema no es que algunos columnistas emplearan esta concepción formalista y originariamente kantiana como artimaña, sino que muchos parecieron creer en ella. Si la política se concibe a priori, confundida con la moral, como un imperativo categórico que no puede evaluarse por sus consecuencias, entonces la radicalidad se impone. Y así ha sido. Por eso, antes de la reunión de Rodríguez Zapatero y Rajoy, un Jon Juaristi enrabietado advertía contra la tentación del pacto y de la negociación, mero pragmatismo condenable. Por eso, después de dicha reunión, Ignacio Camacho deplora que todo esto sólo sea la representación vaporosa de unidad, mero maquillaje electoral. Digan lo que quieran, pero –por favor– no interfieran la negociación de estos actores políticos: aunque, quién sabe, quizá antes alguno de los contendientes-negociadores sacará la moralidad  para romper enfáticamente pactos tan frágiles.

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06.01.07

El ciudadano moral

Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Scriptorium, La felicidad de leer, Historia at 7:52 por jserna

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1. El ciudadano moral. Después de semanas y semanas de campaña electoral, leyendo eslóganes previsibles y oyendo una salmodia  propagandística, hay que regresar  a la gran  literatura. Para sanarse de la actualidad especiosa, no hay nada como leer libros intempestivos, ajenos a nuestros días: libros inactuales que, sin embargo, son novedades de hoy, simplemente porque las editoriales los han rescatado para nosotros o, mejor, porque los editores los han compuesto para nuestro deleite y reflexión. Me refiero a Hermano Hitler y otros escritos sobre la cuestión judía, de Thomas Mann, y a Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt, dos volúmenes que sus autores no vieron en vida y que ahora aparecen como recopilaciones post mortem de artículos, de ensayos, de conferencias. ¿Hasta cuándo seguirán apareciendo textos y más textos de los grandes autores ya muertos? No es como en el caso de Fernando Pessoa, que dejó un baúl repleto de originales, de manuscritos, de inéditos que muchos años después colmarían los anaqueles de las librerías. Ahora mismo, por ejemplo, un amigo muy atento me ha regalado El regreso de los dioses, del escritor portugués: un libro que jamás existió pero que, según Ángel Crespo, Pessoa tenía como proyecto. El volumen está compuesto de esos fragmentos que presumiblemente debían haber servido para completar ese proyecto ideado. Libros de fragmentos, un verdadero género del siglo XX, de la modernidad troceada, una manera de rehacer los cachitos rotos del mundo a partir de las percepciones particulares, ocasionales, de los grandes autores.  

Pero, en el caso de Mann y Arendt, no hay propiamente inéditos, originales desconocidos. Los textos reunidos son artículos conocidos, incluso muy conocidos, que ahora en su nueva compilación cobran un sentido distinto o refuerzan otros textos mayores de los autores. Hermano Hitler… podemos verlo como un libro hermano de Oíd, alemanes, del que hablé en la primera etapa de este blog: aquel libro que reunía aquellos discursos radiofónicos que Thomas Mann dirigiera contra Adolf Hitler desde la BBC. Por su parte, Responsabilidad y juicio es una secuela, si podemos decirlo así, de la gran obra de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén, seguramente uno de las reflexiones más polémicas y debatidas del siglo XX. Por tanto, si las editoriales publican estos libros no es, desde luego, porque sean futuros best sellers (cosa improbable), sino porque completan y complementan esas obras mayores de clásicos del siglo XX.  

No hemos conseguido quitarnos de encima la pasada centuria básicamente porque el totalitarismo (esa peculiaridad perversa del Novecientos) sigue exigiéndonos reflexión y atención. Permítanme el didactismo. El sistema totalitario no es una dictadura, no es ni siquiera una tiranía cruel. Es algo más: es la identificación completa del Estado con la sociedad civil y es la conversión de ciertos seres humanos en tipos superfluos. No es que el totalitarismo persiga sañudamente a sus enemigos (que también); no es que elimine a los adversarios (que también); no es que suprima cualquier forma de disidencia o controversia o conflicto (que también). Lo significativo del totalitarismo es que no se concibe nada sin el Estado: por eso, las instancias intermedias de la sociedad civil (los agregados o asociaciones de particulares) o son destruidas o son absolutamente controladas y dominadas por los hombres del partido único que representan al Estado. Lo definitivo del totalitarismo es que al individuo se le expropia su individualidad, su condición de ser moral: se piensa su vida como obediencia, es decir, se le fuerza a prestar su apoyo para poder sobrevivir o malvivir. Por eso, quienes no se oponen, no se excluyen de la organización o del sistema, devienen seres amorales. No se trata de que el individuo corriente deba convertirse en héroe o en santo, sino de que el humano ordinario ha de tratar de pensar por sí mismo. Aunque no se cometan crímenes, si se colabora, si se prospera bajo un régimen totalitario, anestesiando la conciencia, entonces uno sobrevive, sí, pero acompañado de un asesino. No basta con pretextar que uno sólo es o ha sido el engranaje sustituible de un sistema: uno siempre puede oponerse a la prosperidad o a los honores con que le tienta el régimen totalitario… 

Thomas Mann y Hannah Arendt fueron dos centroeuropeos que se exiliaron, que se expatriaron, para finalmente afincarse en los Estado Unidos. Con el pensamiento y con la palabra fueron combatientes tenaces del nazismo y ambos encarnan algunas de las mejores tradiciones alemanas. ¿Qué tienen de común los libros que ahora se publican y leo? Como antes decía, son volúmenes hechos de trozos, obras compuestas con textos circunstanciales que, sin embargo, conservan toda su fuerza: aún nos interpelan precisamente porque son formas de pensamiento urgente en la circunstancia penosa que cada uno tuvo que enfrentar. Sin duda, el libro de Arendt tiene mayor vuelo teórico, como corresponde a una filósofa que reflexiona sobre la sociedad y la esfera pública. Los textos recopilados en Responsabilidad y juicio pertenecen a la última parte de su vida: es más, hay alguno de 1975, el año de su muerte. La obra de Mann reúne artículos anteriores, siendo los más numerosos aquellos que corresponden al período 1935-1945. A pesar de la distancia cronológica entre ambos y a pesar del distinto sentido que tienen, ¿hay algo que los relacione? No sólo el repudio del nazismo: lo que en ambos coincide es la pregunta por la condición moral del individuo.  

Lo que ambos se preguntan una y otra vez es por la inacción de tantos y tantos compatriotas suyos que no hicieron nada por oponerse o por no facilitar el horror. Hitler, dice Mann, no es un monstruo ajeno a Alemania. Es, por el contrario, “un hermano… Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente bastante embarazoso. Aun sí, no quiero cerrar los ojos ante la realidad de su existencia, pues, lo repito, mejor, más honesto, más alegre y más productivo que el odio es el reconocerse a sí mismo, la predisposición a fundirse con lo aborrecible, por mucho que eso pueda conllevar el riesgo moral de olvidar el no”. En realidad, hay que ver a Hitler como hermano porque nace de la sociedad germánica: un tipo que hace del resentimiento su combustible, sin que nadie pueda sentirse ajeno. “Nadie se libra de ocuparse de su turbia figura, algo que reside en la naturaleza burdamente efectista y amplificadora de la política, es decir, en el oficio que él resulta que ha escogido, y es bien sabido hasta qué punto se debe sólo a su incapacidad para dedicarse a cualquier otro. Tanto peor para nosotros y tanto peor para la indefensa Europa de hoy, que él”, concluye Mann, “salte de una victoria sobre la nada, sobre la más absoluta falta de resistencia, a la próxima”. Thomas Mann habla expresamente de “castración moral” de tanta gente corriente que pudo ver al dictador como un tipo nacido del pueblo aunque aparentemente dotado de virtudes que lo hacían carismático e irrepetible. Y es acerca de ese punto, acerca de la castración moral, sobre lo que Hannah Arendt dedica las páginas más enérgicas de su libro.  

Cuando definimos la moral en términos de costumbres y hábitos, incluso como las costumbres y hábitos respetables, no estamos inmunizados contra el mal. Quienes se aferraron al orden moral respetable en la sociedad hitleriana sucumbieron fácilmente a la perversión: simplemente no tenían nada que preguntarse, pues lo correcto era seguir desempeñando las obligaciones de cada uno. Por el contrario, quienes no concibieron la moral como el orden imperante, quienes se preguntaron sobre lo que hacían, asumían la responsabilidad de sus actos y, por tanto, pudieron percibir en toda su cruel evidencia el efecto de la anestesia moral. Los grandes responsables del totalitarismo no son necesariamente unos tipos diabólicos, unos monstruos que padecerían todas las formas de patología. Lo terrible es que el Estado totalitario puede sostenerse en criminales corrientes y en ciudadanos que se apresuran a dejar de serlo, que procuran no interrogarse sobre lo que hacen y sobre las consecuencias de lo que hacen. Después, el pretexto habitual para exculparse sería el de… yo sólo era el engranaje prescindible, intercambiable, de un sistema que obligaba: si yo no lo hubiera hecho (con grave riesgo de mi vida), otros lo habrían hecho. Por tanto, resistir carecía de sentido. Como dice Arendt, quien arguye esto no se ha parado a pensar qué le habría sucedido a dicho sistema si muchos hubieran optado por no apoyar. No era obediencia, era apoyo. Había numerosas formas de no apoyar (y por tanto de no obedecer), pero para ello no había que ser un héroe: bastaba con no prosperar en la sociedad totalitaria.  

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 4. Scriptorium. Unas palabras procedentes de Eichmann en Jerusalen, de Hannah Arendt

–”Entonces, se produjo la última declaración de Eichmann: sus esperanzas de justicia habían quedado defraudadas; el tribunal no había creído sus palabras, pese a que él siempre hizo cuanto estuvo en su mano para decir la verdad. El tribunal no le había comprendido. Él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano. Su culpa provenía de la obediencia, y la obediencia es una virtud harto alabada. Los dirigentes nazis habían abusado de su bondad. Él no formaba parte de reducido círculo directivo, él era una víctima, y únicamente los dirigentes merecían el castigo (…). Eichman dijo: ‘No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño’…”

–”Lo más grave, en el caso Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de dlincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.

–”No, Eichmann no era un estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como banalidad, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común”.

–”Debido a que la sociedad respetable había sucumbido, de una manera u otra, ante el poder de Hitler, las máximas morales determinantes del comportamiento social y los mandamientos religiosos –no matarás– que guían la conciencia habían desaparecido. Los pocos individuos que todavía sabían distinguir el bien del mal se guiaban solamente mediante su buen juicio, libremente ejercido, sin la ayuda de normas que pudieran aplicarse a los distintos casos particulares con que se enfrentaban”. 

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3. Otras lecturas de filósofas 

María Zambrano o la continuidad de la filosofía española, por Miguel Veyrat, en Ojos de Papel. 

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4. Hemeroteca de JS. 

Días de diario, de Antonio Muñoz Molina. Reseña de JS, 1 de junio de 2007. 

Si yo fuera rico, artículo de JS en Levante-EMV, 1 de junio de 2007.

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5. Hace tres años y medio.

Decíamos ayer…

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05.27.07

Ciutadans y Savater

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:46 por jserna

ciutadanslibros.jpg          

 1. Leo El enigma Ciutadans. Un misterio político al descubierto, de Álex Sàlmon, y leo Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, editado por Jordi Bernal y José Lázaro. Son, por supuesto, libros de circunstancias, volúmenes que aprovechan o despiertan el apetito de lo noticiable: son ejemplares que pronto caducarán, pues pertenecen a ese género momentáneo que es el libro político ocasional. No es que lo que allí se trata se olvide en un par de semanas. Lo que ocurre es que dos o tres ideas buenas o irritantes, cinco o seis aciertos verbales o siete u ocho análisis atendibles o discutibles se perderán inevitablemente cuando las novedades bibliográficas, la dinámica electoral o el nuevo oportunismo los entierren. Un libro efímero desaloja a otro libro temporal y precario. Por eso, los he leído ahora, justamente ahora, antes de que desaparezcan: he aprovechado que aún están en los expositores de novedades. Dentro de un tiempo es probable que sean descatalogados y finalmente guillotinados.

El primero de ellos, El enigma Ciutadans, lo firma el director de la edición catalana de El Mundo: Álex Sàlmon. El volumen está concebido como la crónica de un partido nuevo, como el relato en el que se narra la gestación de un partido a raíz de un sueño particular: el de una Cataluña posnacionalista. Quince intelectuales, amigos, conocidos y residentes en Barcelona (la mayor parte de ellos) se reúnen en varias ocasiones para hablar; comen en restaurantes más o menos caros mientras alimentan aquella idea, mientras confirman tener una misma idea y, después de hacer públicos algunos manifiestos, deciden plasmarla formando un partido político. Pero por ser eso –intelectuales más o menos talludos, reconocibles, admirados u odiados– ceden dicho trabajo partidista a militantes menos conocidos o nada conocidos, gente de la base que tenga elocuencia o que se para valerse de una oratoria convincente. Forman la organización en cuatro meses y en las siguientes elecciones autonómicas catalanas obtienen tres diputados en el Parlament. A la crónica,  Sàlmon le pone su intriga, al tiempo que manifiesta por Ciutadans su admiración abierta. Sàlmon también le pone su entrega, pero el libro se resiente de precipitación: hay numerosas erratas, hay descuidos injustificables e incluso hay repeticiones de párrafos o de citas. Dice haber escrito el volumen en varios fines de semana. Desde luego se nota. No creo que el autor haya leído completamente y de una sentada el original de su libro. Es probable que la necesidad de llegar a las elecciones y de aprovechar el leve tirón de esta circunstancia le haya llevado a cometer esos deslices.  

Más cuidada es la edición de  Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, coordinado por Jordi Bernal y José Lázaro. Aun así, veo igualmente precipitación: aunque en menor número, también hay erratas incomprensibles en un libro hecho con mayor esmero. En esta obra se reúnen los textos fundacionales de Ciutadans de 2005 y 206, los manifiestos elaborados por aquellos quince intelectuales, artículos de prensa, entrevistas a los nuevos diputados y los diálogos con los profesores, escritores, gentes de la cultura, en fin, que alentaron el proyecto. Aquí aparecen, entre otros, Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Xavier Pericay y… Fernando Savater. ¿Savater? En marzo de 2006, en el Teatro Tívoli de Barcelona se realizó el acto fundacional del nuevo partido, todo un acontecimiento pensado como hecho noticiable: sin ser promotor de la idea, sin ser barcelonés de origen o de vecindad, en aquel evento ya estuvo Fernando Savater saludando la iniciativa. En un capítulo de este libro, podemos leer sus respuestas a preguntas que el editor les hace a todos ellos, cada uno de los cuales aprontando ideas. Fuera de algunas enormidades a que tan proclives son los intelectuales y que probablemente no podrán asumir los diputados de Ciutadans, la verdad es que ni Savater ni sus virtuales contertulios no dicen nada que no sea de sentido común. Ése es el problema, dice Félix de Azúa: que decir las cosas más sensatas es en Cataluña un acto revolucionario. Seguramente es una enormidad…  

Dicen cosas, pues, en ese capítulo, un capítulo que los editores no han querido titular debate –un debate, dicen, es una lucha–, sino deliberación. Esa palabra tiene un enorme prestigio, pues a lo que alude es a una actitud abierta del dialogante: quien delibera no discute desde posiciones inamovibles; quien delibera expresa su deseo de dejarse influir por las ideas del otro, que –seguro— algo tendrán de racionales y de razonables. Sin haberlos reunido en un espacio físico para grabar sus intervenciones, los editores han compuesto ese capítulo con las declaraciones escritas de estos intelectuales, declaraciones remitidas generalmente por e-mail a partir de preguntas generales: un capítulo provisional luego reenviado para que cada uno de ellos pudiera introducir sus últimos retoques o apaños. Sin duda, es la parte más interesante del libro. Primero por los protagonistas; segundo por lo que tratan y dicen.  

Yo no veo especialmente la deliberación por ningún lado: cada uno dice la suya y no creo que nadie modifique sus puntos de partida. En realidad, lo que sostienen es la necesidad de que Cataluña vuelva a los hecho. Los mitos del nacionalismo –dicen– habrían velado la percepción de los ciudadanos y, por tanto, un baño de realidad –incluso  de objetividad— sería imprescindible. Entienden que Ciutadans –como partido transversal y posnacionalista– sería la solución y la respuesta: ellos no son los políticos que bregan diariamente, sino que ellos son la referencia última que impulsa. Más allá de la defensa del bilingüismo, se trataría, en suma, de crear y mantener una organización que no cayera en los vicios electoralistas de PSOE o PP, un partido abierto, antiburocrático. Pero no las tienen todas consigo: saben que la política es canibalismo y que, por eso, los cargos públicos de ese nuevo partido que no quiere ser antipartido (no ignoran que eso conduce al fascismo) pueden caer atrapados en la maquinaria del sistema. Savater aparece en el libro como un simpatizante fervoroso y esperanzado: la oferta de Ciutadans no debe limitarse a Cataluña. Eso es lo que espera y desea… Por eso, por ser tan evidente su enfoque, resulta algo impostada y teatral la pose que él y Carlos Martínez Gorriarán han mantenido la última semana. Les resumo.  

  gorriaransavater.jpg

2. ¿Crónica de un nuevo partido?Ciutadans y «Basta Ya» escenifican su futura alianza política”, dice el diario Abc en su edición del 26 de mayo. El verbo es exacto y realista, preciso. Muestra hasta qué punto la política  es hoy teatro, exhibición, puesta en escena; muestra hasta qué punto aquello que ahora domina es el periodismo de declaraciones: el que persigue el hecho noticiable y a los protagonistas que puedan decir algo. Así empezaron los inspiradores y responsables de Ciutadans, en 2005 y en 2006, sabedores de que hay que crear el acontecimiento: cuando los quince intelectuales presentaron el primer manifiesto y cuando en el Tívoli de Barcelona se constituía el  nuevo partido. Para tener eco, para tener respaldo directo o indirecto en los medios, es preciso provocar un evento, por pequeño que sea. Raudos acudirán los periodistas… 

Ahora bien, para que funcione como tal, dicho acontecimiento político ha de tener, por supuesto, protagonistas, gentes reconocibles, individuos que antes o en ese momento se ganan una audiencia gracias a esos mediadores que son los periodistas. Se trata, insisto, de provocar un evento, sí, pero sabiendo después de qué modo hay que administrar estratégicamente la información, de qué manera hay que suministrar los datos a los reporteros que cubren los hechos, de qué forma hay que presentarlo y representarlo. Es decir, esos hechos noticiables han de tener su intriga, su planteamiento, su nudo y, finalmente, su desenlace. Es un modo de inducir y de aumentar el interés. En periodismo o en publicidad se sabe que una noticia por sí sola no despierta atención: sólo cuando esa información se convierte en crónica, en serie, en capítulo de un proceso más largo, es cuando el dato llega a una audiencia que lo recibe con solicitud.  

Durante una semana, Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán, cabezas visibles de Basta ya y simpatizantes declarados de Ciutadans, se han presentado ante los medios deshojando la margarita…: que si sí, que si no, que si montamos un partido, que si hay que votar en blanco… Al mismo tiempo que esto sucedía, Eduardo Zaplana les proponía una alianza coyuntural, como si el Partido Popular fuera un partido recolector de todo tipo de votos, incluso de laicos confesos. A la vez que eso ocurría, Abc, por su parte, rogaba a Savater y Martínez Gorriarán que prestaran su apoyo al PP: que no forméis un partido al estilo Ciutadans, que no hay tercera vía, que no hay más opción que la de desalojar a Rodríguez Zapatero aliándose con los populares. Savater aprovecha su audiencia de El País y Martínez Gorriarán se vale de una Tercera de Abc para volver a lamentar la vaciedad del actual presidente del Gobierno. El periódico de la grapa (así lo llamaba Javier Marías) da todo su respaldo al articulismo antizapaterista sin que su director parezca advertir que el diario proRajoy está siendo utilizado por otra opción… Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero despierta que José Antonio Zarzalejos  cree posible una gran coalición contra el PSOE…  

De todas las tribunas y columnas aparecidas en el diario conservador, la más significativa ha sido la de Edurne Uriarte: con una prosa algo envarada, la autora dice que entre Savater y Aznar no hay gran diferencia, que hay más cosas que unen de las que separan, que la izquierda no tiene superioridad moral, que… por favor. Algún día después, el viernes 25 de mayo, Savater y Martínez Gorriarán se presentan en Barcelona haciendo como que descubren ahora las afinidades con Ciutadans. No hay tal cosa. Me refiero al descubrimiento tardío: ya sabemos que desde hace meses Fernando Savater presta su apoyo a Ciutadans al tiempo que muestra su todo desencanto, toda su decepción, con Rodríguez Zapatero. Que dos días antes de las elecciones, después de haber predicado el voto en blanco (que yo mismo le he criticado), el filósofo donostiarra defienda la opción de Ciutadans es… la penúltima operación de una presentación mediática calculada. Vayamos dosificando las informaciones, vayamos dando ruedas de prensa estratégicamente, de modo que siempre haya una novedad que los periodistas puedan registrar.

¿Cuál es la consecuencia? Ciutadans recoge el descontento, cierto, pero la auténtica opción es que, si sale mal, si no obtiene concejales en Barcelona o en otras poblaciones, siempre podrán echarle la culpa al bipartidismo imperfecto que pretenden abatir aquí o allí. Si, por el contrario, sale medianamente bien al lograr  algún regidor, siempre será un triunfo, una gesta personal, un hecho heroico. Habrá que ver, no obstante, en qué consiste ser ese nuevo partido que espera no reproducir los vicios de los anteriores. Aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué una organización liderada por Albert Rivera va a funcionar mejor que el PSOE o el PP (siempre decepcionantes, claro), una organización prístina y adánica que por lo que parece llega, incluso, a convencer a Fernando Savater, tan sabedor de decepciones políticas. Mientras estamos atentos a la pantalla, confirmando la alianza de facto, José Antonio Zarzalejos vuelve a lo mismo en su Tercera dominical, ajeno –al parecer– a lo que es evidente: 

“Con el respeto más absoluto, sin embargo, y en atención a la historia de España que tanto nos enseña, expreso la duda de si la migración de estos intelectuales a militantes de un nuevo partido sería útil o no a la causa de la democracia constitucional española. El modelo que ha puesto en práctica Sarkozy -nutrirse de las ideas de intelectuales de procedencia diversa pero homogéneos en su convicción sobre la necesidad de una gran regeneración de valores y principios nacionales y sociales- ha sido exitoso. Gallo, Baverez, Marseille o Glucksmann, entre otros, no han entrado en la arena política, pero sí en el compromiso por una opción electoral -la de UMP dirigida por Sarkozy-, ejerciendo así un papel referente y orientador para la opinión pública”.

Esa invitación es ceguera voluntaria: la obstinación de un director de diario que lo fía todo al triunfo del PP. En una dirección semejante se expresa Jon Juaristi, que en su artículo “Fernando” publicado en Abc (27 de mayo, reproducido en la sección de comentarios) viene a decir que al aprecio por Savater no le hará seguirle. “Sus desplazamientos tácticos no me preocupan”, precisa Juaristi. “De Fernando Savater se puede prescindir en las escaramuzas, incluso es recomendable hacerlo con frecuencia”, añade.  El Mundo, por el contrario, juega con varias barajas, algo que se puede ver en la crónica de Ciutadans escrita por Álex Sàlmon. Si el PP sale bien parado de las elecciones locales y autonómicas (¿y quién no sale bien parado de unas elecciones?), sus respaldos serán Abc y El Mundo. Si los populares no consiguen “la capacidad de absorción” que ha demostrado Sarkozy (en palabras de Zarzalejos), entonces el diario de Pedro J. Ramírez siempre podrá hacer valer su simpatía por Ciutadans

En cualquier caso, es difícil que los socialistas puedan salir con bien de este trance al que les llevan sus opositores o sus desengañados. Aumentar o repetir el mismo número de sufragios logrados en 2003 o en 2004 son quizá logros improbables, un menoscabo que siempre podrá ser aprovechado por los rivales: la pérdida de votos en números absolutos probaría el desgaste, la decepción, el hastío incluso. Salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores: más aún, un porcentaje abstencionista significativo siempre podrá achacársele al partido socialista. Ésa es una opción interesante para Ciutadans y para la plataforma que auspicia Savater: pueden sumar votos propios y otros que jamás llegaron a las urnas. 

 (Cerrado el post a las 16:35 horas del domingo 27 de mayo)

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05.22.07

El Partido de Savater

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 9:53 por jserna

savater2.jpg

1. Empecemos con cuatro trivialidades bien sabidas, pero que ahora –justamente ahora– merecen ser recordadas. ¿Qué es un partido político? Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder. Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección. Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización.  Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar. Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia. Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad. En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad. Nada de eso puede ser extirpado sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana. ¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido? En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos. Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios. De lo que se trata es que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos. De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables. Punto y aparte.

Pasemos a recordar otra cosa archisabida. ¿Qué es un intelectual? Es un individuo al que se le reconocen ciertas habilidades en el pensamiento, en el arte o en la escritura: ahora bien, lo que lo hace intelectual no son esas capacidades creativas, sino su voluntad de intervenir en la sociedad para corregir vicios o enderezar entuertos políticos. Se vale del reconocimiento que su obra ha logrado, de la fama que ha cosechado, para salirse de su competencia denunciando en la prensa, en la televisión, en la radio lo que que cree que debe ser denunciado. Levanta la voz (”yo acuso”), publica o firma manifiestos, escribe artículos, concede entrevistas, expresa posiciones  y hace precisamente de la moral, de los principios, su vara de medir. La suya no es una tarea política u organizativa propiamente: su papel es el de ser referencia. Es conocido, es valorado, es apreciado y, por eso, una palabra suya bastará para que sus lectores o seguidores atiendan  lo que dice o proclama. Ahora bien, para que tal cosa sea posible, el intelectual necesita los mass media: necesita que esa voz que se alza –que postula o que critica– se haga oír. Esto es, no será nadie si no cuenta con unos medios que le den respaldo o le hagan eco. Habitualmente, los intelectuales han sido distantes del poder, severísimos críticos que denuncian desde la convicción aquello que los gobernantes hacen o dicen hacer por responsabilidad. Eso significa que el político obra con diplomacia, con mesura, con presupuesto; el intelectual, por el contrario, critica armado de principios. El dominio de los primeros se basa en la gestión de las instituciones, en su control; el poder de los segundos se fundamenta en su capacidad de influencia.

Hasta aquí las cosas archisabidas. ¿Pero qué pasa cuando los intelectuales que intervienen en los medios se arriman al poder gubernamental, le dan su apoyo, legitiman su gestión, se hacen valedores de sus intereses políticos? ¿No estarían contradiciendo el cometido al que clásicamente se han entregado, la crítica de las instituciones? En realidad, los intelectuales no son tipos que vuelen sin ataduras y en la España de hoy, por ejemplo, suelen formar parte de grupos de comunicación que son también instrumentos de un poder informal. Por tanto, la imagen romántica del crítico aislado, insobornable y frecuentemente errado es un resto del pasado: es Jean-Paul Sartre. Hoy, la prensa acumula un inmenso poder de intervención, de fiscalización, un poder que no es sólo el de la influencia, sino también el de sus interes materiales.

Fernando Savater es un intelectual sobradamente conocido, alguien que ha sido crítico del poder, pero también fiel aliado de ciertos Gobiernos. Sabedor que es preferible un intelectual sensato a un utopista peligroso, el filósofo vasco ha apoyado distintas opciones políticas. Por ejemplo, según parece depositó su confianza en Rodríguez Zapatero, sobre todo porque, al parecer, esperaba un resultado positivo del giro antiterrorista adoptado por el Gobierno socialista. Eso le supuso severas críticas de antiguos correligionarios suyos, entre ellos vascos y víctimas de la barbarie que recelaban del nuevo Gabinete: o bien porque desconfiaban de dicha estrategia, o bien porque suscribían la política del Partido Popular, férreamente contraria a ese nuevo giro.

Meses después, Savater ha dicho basta ya. Es decir, ha abandonado a Rodríguez Zapatero, a quien ha acusado de adanista,  entreguista y debelador de consensos. Ese alejamiento del Gobierno socialista no parece que le haya llevado al PP: Savater dice desconfiar de la política clerical, confesional de los populares. Por eso, con otros correligionarios suyos de ¡Basta ya! (la organización cívica antiterrorista) ha dado los primeros pasos para formar un partido político que habría de presentarse a las elecciones de 2008. Esta postura ha sido alabada y avalada por El Mundo y por Arcadi Espada, columnista  de dicho periódico. El diario califica la operación como el principio de una izquierda que va a disputarle al PSOE su hegemonía. Por su parte, Abc ni la aprueba ni la celebra: pide sin más que los antiguos intelectuales de izquierdas descontentos con los socialistas apoyen las listas electorales del PP, como André Glucksmann y otros han hecho en Francia con la opción de Nicolas Sarkozy. Los responsables de El País guardan silencio de momento, sumidos  probablemente en un embarazosa incomodidad. Por un lado, no suscriben en público esta operación (e incluso no publican algún artículo suyo: así, el ya famoso Casa tomada). ¿Por qué razón? Porque esa operación –como la de Ciutadans– acabará teniendo una función básicamente partidista, quiero decir: antisocialista. Por otro lado, en El País no pueden desprenderse de uno de sus principales articulistas: Fernando Savater aprovecha sus últimas colaboraciones en dicho periódico para preparar políticamente ese nuevo partido que ya se divisa en lontanza, es decir, está sembrando entre su audiencia para abonar la idea.

¿Cuál es el problema? En realidad, hay dos problemas. Por un lado, Savater y sus correligionarios –que han hecho público un manifiesto bienintencionado– parecen desconocer la lógica inevitablemente oligárquica de los partidos; parecen ignorar que decir organización es decir oligarquía, como apuntara Robert Michels a principios del siglo XX. Demuestran gran inenuidad –adanista, precisamente– proponiendo un nuevo partido prístino, incontaminado,  que según añaden estaría por encima del actual enfrentamiento PSOE-PP y de las viejas inercias: el caso de Ciutadans –con alguna colisión interna– prueba que esta idea es, como mínimo, ingenua, pues cuando se empieza de nuevo, cuando se funda o se refunda un partido, suelen reproducirse vicios semejantes. Pero, por otro lado, Fernando Savater –que es un filósofo agudo y entretenido, que es generalmente un articulista perspicaz y persuasivo– ha tomado decisiones políticas legítimas y discutibles a lo largo de su carrera de intelectual: fue ácrata –es decir, acérrimo enemigo del Estado– y fue nietzscheano para después apoyar los Gobiernos de Felipe González durante años y, más tarde, acercarse a Rodríguez Zapatero.

¿Es eso un problema?  Desde luego que no: a ello tiene perfecto derecho. El asunto está en que el intelectual Fernando Savater confunde sus avances personales, probablemente justificados, con los avances generales a que estaría obligada la humanidad. Es posible que hasta tenga razón en sus opciones y en sus cambios de postura: lo que no creo es que esos saltos estén cronológicamente justificados. Quiero decir, ¿tantos meses le ha costado a Savater descubrir el presunto adanismo de Rodríguez Zapatero? Como Sartre, el intelectual vasco prefiere equivocarse a destiempo defendiendo principios y apoyando políticas que justifica ante sus lectores.  Así, los  votantes que leemos sus artículos deberíamos estar justo en el lugar en que él dice estar en dicho momento. Por eso, habría que ser ácrata cuando él lo fue o zapaterista cuando él lo era. Ahora, para las elecciones municipales y autonómicas, propone votar en blanco para castigar al Partido Socialista; en 2008, supongo que habrá que votar la candidatura de ese nuevo partido que se está gestando.

Pues no. Y esto lo digo siendo un seguidor antiguo de Savater; habiendo leído ¿veinte, treinta, cuarenta? libros suyos; habiendo hecho reseñas generalmente elogiosas de sus obras cuando de literatura se trata, pero críticas cuando confunde sus posiciones políticas con la lógica universal o con lo obligado. Tiene derecho a acertar o a equivocarse, pero no a presentar sus posiciones como si fueran evidentes. Sé que es una persona perseguida por los bárbaros y sé que ha defendido la rectitud moral con coraje, pero ser víctima no da la razón política necesariamente y sobre todo no la da en el momento o en el tiempo en que uno decide estar aquí o cambiar o apoyar a este o a aquel partido.

—————–

2. Hemeroteca. Algunas informaciones y editoriales sobre la plataforma para constitución del nuevo partido:

-Abc.es, 22 de mayo de 2007

-Abc.es, 22 de mayo de 2007. Editorial.

-El País.com, 22 de mayo de 2007

-Levante.es, 22 de mayo de 2007. Zaplana sugiere a Rosa Díez y a Fernando Savater una alianza coyuntural.

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05.14.07

La perspicacia del reaccionario

Posted in Intelectuales, Democracia, Historia at 19:55 por jserna

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En 1994, Encarna García Monerris y yo publicamos un libro titulado La crisis del Antiguo Régimen y los absolutismos. Era una obra de síntesis centrada en la experiencia prusiana y francesa especialmente. Al final de aquel volumen incorporábamos textos de autores del Setecientos, textos que analizábamos para ilustración didáctica de los lectores. Entre los escritores reproducidos estaba Joseph de Maistre, sin duda uno de los reaccionarios más excelsos que jamás hayan existido. Por ejemplo, leer sus Consideraciones sobre Francia (1796) es un antídoto contra las ilusiones del iluminismo, una cura de todo mito moderno. Los buenos reaccionarios tienen una clarividencia especial, insistíamos en aquel volumen de 1994.

Perdonen la cita literal, pero creo que debo reproducirla. En los mejores reaccionarios – indicábamos– destaca su perspicacia: esa capacidad pesimista para sentirse a disgusto con su época y con aquello que se nos promete. A partir de esa desazón, y frente al optimismo progresista, un reaccionario como De Maistre es capaz de subrayar el ilusionismo y el escaso realismo de las abstracciones ilustradas y revolucionarias… Citábamos a E. M. Cioran y a Isaiah Berlin, dos autores que estando alejados del ilustre reaccionario le dedicaron sendos ensayos para celebrar su penetración analítica y su escepticismo antimoderno. Desde luego, ni entonces ni ahora se trata de profesar el pensamiento reaccionario, generalmente nostálgico, anhelante de un mundo perdido. De lo que se trata es de aprender de su realismo crítico frente a la Modernidad a la que pertenecemos.  

Ahora, trece años después, acabo de leer un volumen de John Gray titulado Contra el progreso y otras ilusiones, un libro que les recomiendo vivamente, incluso para pelearse con el autor. Es una recopilación de ensayos que llegan hasta 2003, ensayos agrupados en dos partes. En la primera, Gray arremete contra el ilusionismo tecnológico; contra la creencia de que el conocimiento acabará solucionando nuestros problemas; contra la convicción de que la ciencia dictaminará y resolverá nuestras cuestiones morales. En la segunda parte, el autor embiste contra el ilusionismo de los neoconservadores a la hora de concebir el arreglo tras el 11-S, contra la idea de que moral y política son lo mismo, confusión que sirve para desechar las formas tradicionales de la diplomacia en el conflicto de  Irak mientras en realidad se persigue el dominio sobre el crudo.  

En algún capítulo, Gray cita expresamente el realismo y la perspicacia de Joseph de Maistre  frente a los jacobinos, y lo invoca precisamente para criticar con severidad a esos nuevos jacobinos que son los neocons, dispuestos a remodelar el mapa y a exportar la democracia mientras por otro lado destruyen el Estado iraquí, con las graves consecuencias que conocemos. Lo significativo de los juicios de Gray es que están hechos antes del estallido de la guerra de Irak  o en los primeros meses: prácticamente todos su vaticinios se cumplen uno a uno con una fidelidad asombrosa. En realidad, el autor puede expresarse así porque es un escéptico, alguien completamente ajeno a la idea de perfectibilidad humana. Seguramente, su diatriba contra el progreso es inmoderada (y cómo no iba a serlo en alguien que admira a De Maistre), pero a la vez no le falta razón: es indudable –dice– que hay avances materiales y científicos, pero hacer analogía con la moral es un error. No hay progreso moral, señala: en cualquier momento se pierden las conquistas. Por supuesto tiene razón en este escepticismo, pero yo discutiría su idea de  que en nada se avanza moralmente: es cierto que no puede desecharse el mal de la faz de la tierra, como Gray insiste, pero la simple percepción de ciertas prácticas como perversas o execrables es un logro que no se pierde.  

En todo caso, lo relevante en este autor es el esfuerzo de pensar más allá de los tópicos, de las etiquetas, de los mitos que nos constituyen, aunque con los resultados de ese esfuerzo no siempre podamos estar de acuerdo. Lo curioso de John Gray es, además, su trayectoria. El otro día, en este mismo blog, yo hablaba del significativo tránsito que se suele dar entre ciertos pensadores radicales de izquierdas, que acaban en pensadores radicales de derechas. En la bitácora de Mujer-Pez (a su vez, uno de los nicks más activos de blog de Arcadi Espada), se me criticaba por ello, por ese diagnóstico que tantos comparten. Ahora, sin embargo, quiero plantearles a todos ustedes un caso inverso. El de John Gray, precisamente. 

¿Se puede ser liberal y, a un tiempo, poner peros a algunas de sus inconsistencias? ¿Se puede predicar el individualismo y, a la vez, defender lo comunitario e incluso el Estado como garante de  la vida pacífica? O, al menos, ¿se puede reivindicar la existencia previa e incondicionada del individuo y, al mismo tiempo, exigir un espacio hospitalario e instituciones que le den cobijo? 

Desde hace veinte años, eso es lo que intenta hacer John Gray, alguien que empezó siendo estrictamente liberal, thatcheriano, para después distanciarse de dicha ortodoxia política. Tal vez le ayudó ser discípulo de Isaiah Berlin, sobre quien precisamente escribió un ensayo polémico en el que resaltaba el liberalismo agonístico y trágico de su maestro. En la trayectoria de Gray hay voluntad de reflexión y de polémica y, desde luego,  no siempre acierta con sus juicios. Ya lo he dicho: John Gray fue en los años ochenta un simpatizante del liberalismo. Por razones biográficas que ignoro y que tampoco quiero averiguar, este autor acabó definiéndose antithatcherista. Leí de él Liberalismo (1989) cuando nuestro autor aún era seguidor de esta corriente, y leí después Postrimerías e inicios. Ideas para un cambio de época (1997), una obra en la que me sorprendió como laborista de nuevo cuño.

Los libros que después ha publicado –algunos de los cuales he leído– extreman ese giro hasta hacer de él un crítico durísimo de la nueva derecha e incluso del laborismo de Blair: tanto que, incluso, lo arriman a un radicalismo antiliberal, anticonservador  y antilaborista obsesivo. Resulta agotadora su crítica (por reiterativa), pero no por ello es menos interesante su lectura. Salvando las distancias, es como E. M. Cioran, el otro admirador de Joseph de Maistre: no es preciso estar de acuerdo con ellos, pero de vez en cuando conviene frecuentar a autores así para oxigenarse o para aturdirse, para hacer autocrítica de aquello en lo que creemos o  de aquello que ni siquiera percibimos (de tan obvio que nos resulta).  

Verán, un autor como Gray que, así, por principio, crítica el progreso no despierta simpatía, ya lo sé. No añoramos un regreso rousseauniano a una comunidad prístina u originaria. Aunque, si lo pensamos bien, podemos hacer una crítica del progreso, del industrialismo, de nuestro consumismo, sin por eso proclamar una vuelta a un pasado imposible y felizmente desaparecido. En Gray no hay anhelo de Rousseau, pero sí que hay una crítica de la Ilustración. En esto, como en otras cosas, se parece a Isaiah Berlin, a E. M. Cioran: de la Contrailustración aprendemos a objetar, aunque sea en negativo, por supuesto.   

Insisto y acabo. Los reaccionarios no son simplemente desechables: muchos, los más sutiles, tienen una perspicacia singular, la de aquellos a quienes el presente les incomoda. No vivimos en el mejor de los mundos posibles: más aún, estamos rodeados de ídolos, de mitos, de evidencias de sentido común que nublan  nuestra percepción. Los reaccionarios o, si quieren, los contrailustrados nos fuerzan a interrogarnos. Gray opera así, como un ilustre reaccionario de estirpe liberal que deplora nuestras ilusiones modernas: las liberales, las neoconservadoras, las de izquierdas.   

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05.07.07

¿Patriotismo e Ilustración?

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:08 por jserna

sarkozy.jpg

1. Patriotismo. Hace un par de años, en la primera época del blog, coincidiendo con el referéndum francés sobre la Constitución europea, escribí un post que titulé El voto de Tocqueville. En el fondo era la crítica a una cierta izquierda imaginativa que aún abunda en el vecino país, tan aquejado de narcisismo ‘revolucionario’, dolencia que se alimenta con las conmociones del 89, del 30, del 48, con la Comuna: con la convicción arraigada de que los obstáculos se resuelven a golpe de ingenio popular, de experimentos radicales (Nicolas Sarkozy, ahora, amenaza con serlo) o con violencia creadora. La derecha no está libre de esta tendencia. 

Por tradición política, Francia sería la energía creadora y expresiva de la Revolución, un acto ‘realizativo’ de quienes son capaces de rivalizar con Dios, una fiesta paradójica en la que se hacen presentes y explícitos los malos humores: la convicción de que todo puede ser removido gracias a la interpelación (frecuentemente retórica) de las clases populares, cueste lo que cueste; el propósito de que la fatalidad no está dada de una vez para siempre. En los mismos términos –entre retóricos y patrióticos– se expresa ahora el patriota Sarkozy. Fíjense: la misma Francia que votó contra la Constitución europea, que pareció abrazar una pose extrema, es ahora la que entroniza a Sarzkozy, un aspirante que hace uso de grandes palabras, como son Trabajo, Autoridad, Patriotismo: palabras y éxito electoral a los que ahora responden con violencia callejera nuevos-viejos alborotadores.  

Yo creo que una sociedad necesita trabajo y autoridad, por supuesto. Pero creo que debe administrarse el patriotismo en dosis muy moderadas, las justas: sólo la cantidad suficiente para que la colectividad no se destruya provocando perjuicio a los individuos que la integran. Francia no es, precisamente, un país horro de patriotismo: padece esa afección. Creo, más bien, que el énfasis nacional con que Sarkozy se expresa ahora es un mal augurio: es la vuelta a un gaullismo de última hora, un gaullismo que se expresa no contra los rivales de otras naciones (que también sería temible), sino contra aquellos connacionales que no  participan de las ideas de orgullo patrio. La monserga de Mayo del 68 es un instrumento eficacísimo para confundir a los votantes y para desviar la atención, como lo es la exaltación patriótica en tiempos de paz.  

Decía Sebastian Haffner en Alemania: Jekyll y Hyde que “el patriotismo es una emoción que, en condiciones razonables, debería ser sólo latente. No es otra cosa que la reacción natural ante un ‘peligro’ real para la ‘madre patria’, para el territorio, la lengua y las costumbres del pueblo, para la independencia del Estado y el derecho a la autodeterminación. Un patriotismo sano es el que mostraron al mundo los belgas en el año 1914 o los finlandeses en 1939. En épocas de paz, el patriota causa una impresión levemente cómica, aunque también agradablemente cómica. Es normal y natural amar a la propia patria y a los propios paisanos y, en silencio, preferirlos a los países y a los pueblos extranjeros. Pero cuanto más en silencio, mejor. En tiempos de paz, los patriotas recuerdan un poco a esos hombres que acarician y besuquean a sus mujeres en público”. 

2. Ilustración. Leo en El Mundo el artículo de Arcadi Espada titulado “El voto que lustra“. Veo que celebra con fervor el iluminismo de Sarkozy: las Luces de que el presidente electo sería portador. ¿Realmente alguien espera que la política de hoy se resuelva inyectando dosis mayores de Patriotismo e Ilustración, así, como si de una medicina se tratara? ¿Francia, una Francia reblandecida y posmoderna, necesitada de Patriotismo e Ilustración? Sarkozy lo predica y parece ser que A. Espada lo cree: y con él Gallo, Glucksmann, Bruckner y Finkielkraut, intelectuales que fueron de izquierdas, algunos incluso  radicales de izquierda, y que ahora parecen intelectuales radicales de derechas, según precisaba Javier Cercas. Me parece que esta cuestión, la de las Luces en el siglo XXI, la del Iluminismo en la sociedad pluriétnica hay que plantearla de otro modo, quizá de una manera más sutil, como lo hace Ian Buruma en sus últimos libros. Pero no para abdicar de los valores ilustrados –como algunos tontamente  le reprochan–, sino para saber cuáles son las consecuencias de nuestras prédicas.  Uno puede hinchar el pecho, abombar la caja torácica, y dar vivas  a las Luces. Los convencidos aplaudirán con entusiasmo. Uno puede deplorar la pérdida de los valores achacando esa crisis espiritual al reblandecimiento ocasionado por Mayo del 68. Los  damnificados reales e incluso las víctimas imaginarias celebrarán retrospectivamente esa audacia de última hora, pero la realidad es algo más compleja.

Precisamente eso es lo que trata de examinar Ian Buruma en Occidentalismo y en Asesinato en Amsterdam,  dos libros que le han dado justa celebridad. En el primero analiza las fuentes del sentimiento antioccidental que surge en las ex colonias pero también en Europa; en el segundo relata y detalla la muerte del cineasta Theo van Gogh, el perfil de su asesino (un holandés de origen marroquí), el contexto cultural de su odio. En uno y otro libro, la clave es el examen del resentimiento, esa herida irrestañable y por la que se realiza una venganza grandiosa. ¿Tiene causas? Que la política europea haya sido desastrosa e incluso cruel con África o con Oriente no explica ni exculpa estas acciones mortíferas: el odio se alimenta con estereotipos que crean o agigantan  laceraciones reales o imaginarias, con ensoñaciones melancólicas, se agrava con exhibiciones poco razonables aunque su fondo pueda estar justificado: ése es el caso de Theo van Gogh, alguien que quiso enfrentarse a los enemigos antioccidentales por motivos perfectamente asumibles pero adoptando poses extremas y verbosas. El análisis de Buruma es tan sutil que le ha costado el repudio de los ilustrados militantes: como si las Luces debieran defenderse a gritos o pronunciando grandes soflamas que quedan bien ante un auditorio entregado. Por eso, espero y deseo que Sarkozy se desembarace de sus intelectuales de guardia (radicales aquejados de convicción) para entregarse a un política razonable de responsabilidad. Sin grandes palabras, por favor.  

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05.05.07

Aznar y Savonarola

Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 10:29 por jserna

aznarpesquera.jpg

1. Sería sencillo arremeter contra él, caricaturizar sus declaraciones, asombrarnos, darnos golpes de pecho por las opiniones vertidas ante una audiencia afín y entregada. Sería sencillo atribuirle causas bien reales: al haber tomado alguna copa ha perdido temporalmente el sentido de la realidad. Es como si estuviera achispado, dicen algunos. Se le ve alegre tras regar el gaznate con esos caldos castellanos de los que ahora es bodeguero mayor. La mirada la tiene algo empañada, con los párpados semicaídos, y la boca…, pues la boca se adivina espesa, incapaz de articular bien las ideas que a borbotones amenazan con salir. Parece que el vino ha levantado la censura, esos frenos que la vida de vigilia nos impone. Es como si el leve aturdimiento que provoca el tinto –ese Pesquera que se entreve– hubiera aligerado la pesada carga de ideas que debe acarrear el ex presidente. Parafraseémosle.

Por fin, voy a poder decir lo que me he estado callando. Ya está bien de morderse la lengua. Cuando las cosas son así, son así, y sería una falta de valor callar por no herir. En realidad, callamos muchas veces por parálisis, por esta superioridad moral que cree tener la izquierda y que aún nos cuesta sacudirnos. Hemos de romper esa escollera para dejar salir el líquido que arrase la política progre, sus diques de contención. Nos dictan lo que debemos comer, lo que debemos beber, lo que debemos consumir. ¿Por qué he de mantener la velocidad de mi vehículo dentro de los límites que nos impone el Estado invasor? ¿Por qué he de privarme del placer de apurar esta o aquella copa de tinto con que me he hecho acompañar?  Algunos envidiosos, enfermos de rencor, de ese resentimiento tan socialista, dirán que yo lo puedo hacer porque no conduzco: porque me conducen. Disponer de chofer y de automóvil oficial es una ventaja reservada a los ex presidentes del Gobierno.   Lo siento, envidiosos, pero yo no tengo por qué estar atento a la conducción, a ese vehículo que vamos a sobrepasar, que ya, que ya estamos rebasando. Puedo mirar el paisaje que rodea a la autopista, deleitarme con lo que adorna ese entorno. Es allí donde veo los cartelones amenazadores. O, mejor,  más que amenazadores, esos anuncios que bordean la carretera quieren ser tutelares: nos salvan. No podemos conducir por ti, me dicen. Ja, ja, ja. Y quién te ha dicho que yo quiero que hagas eso por mi. Mira, escucha bien: no quiero que conduzcas por mí, ¿de acuerdo? ¿Y sabes por qué?

Ayer oí a Iñaki Gabilondo en Cuatro. Con un tono airado decía: no hagan caso a  este señor, no le escuchen. No confundan –como él– el liberalismo con la falta de civismo. Indudablemente, ésa es la clave de todo este pequeño escándalo verbal. Desde hace tiempo, los representantes de la derecha española ya no confían sólo en los intereses económicos que hacer valer: han descubierto la ideología o, mejor, el ideologismo, el empeño firme y militante de expresar sus ideas en todo contexto, vengan o no vengan a cuento. Una vez que el provecho económico de los privados está garantizado incluso por Gobiernos de izquierda, una vez que los socialistas abandonaron todo estatalismo invasor, toda moralidad extraeconómica, entonces las ideas de la derecha se perfilan sobre todo como ideas enfáticamente morales. Ya en Adam Smith y entre los ilustrados escoceses, moral y economía eran inextricables: ahora, compartida una misma ética general de la economía –la que se fundamenta en el libre mercado–, la derecha debe poner el acento en otras cosas. Quienes dicen profesar el liberalismo desde la derecha ya no se resignan a la mera defensa de los intereses materiales. Ahora ha llegado el momento de las ideas, y lo expresan con la furia del converso: convirtiéndose en intelectuales insólitos, como José María Aznar en FAES. 

Ahora también, cuando el fantasma de la URSS ha desaparecido, los antiguos intelectuales anticomunistas –entre ellos, algunos que profesaron el sovietismo en alguna de sus formas— se alzan como vigías o garantes frente a los nuevos enemigos: el relativismo moral, un mal del que estaría aquejada la izquierda poscomunista después de haber defendido en otro tiempo ideas fuertes; o la biopolítica (de la que habría advertido con extraña paradoja Michel Foucault), un intervencionismo del Estado, una invasión tutelar y paternalista sobre los privados, último atavismo izquierdista. Es éste un tóxico, un equivocado diagnóstico, pues quienes dicen que nos salvarán no profesan el liberalismo moral ni el individualismo cultural, sino un fundamentalismo confuso del que son cofrades los neoconservadores: un fundamentalismo confuso que mezcla pasado y presente, que nos da lecciones atropelladas… En Aznar, la defensa de estas ideas en ocasiones se hace con chanza, con burla achulapada; en otras se hace con profecías aterradoras, semejantes, por ejemplo, a las que, ahora en Abc, propala nuevamente Hermann Tertsch, el converso del Apocalipsis, el defensor de Aznar.

(Véase el artículo de Tertsch en la sección de comentarios de este post).

——————-

2. Hemeroteca. Últimos artículos de JS en Levante-EMV y en Ojos de Papel:

-”Zaplana”, Levante-EMV, 4 de mayo de 2007.

-”Libros y cerdos”, Levante-EMV, 27 de abril de 2007.

-”Ciudadano y excéntrico” (Javier Marías), Posdata, Levante-EMV, 4 de mayo.

-”Hoy, Júpiter” (Luis Landero), Ojos de Papel, 1de mayo de 2007.

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