05.12.08
Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 22:28 por jserna

0. El Partido Popular está en crisis (12 de mayo)
Está en crisis… desde 2004. Ahora, una generación se aparta o se jubila o es tentada por la empresa privada; la nueva cohorte, al menos los rostros más conocidos que la forman, llega a los puestos de responsabilidad aupada por Mariano Rajoy en un momento de grave enfrentamiento. El Partido Popular corre el riesgo de eliminar las mesnadas de su propio recambio. ¿Y por qué debería preocuparme si el PP es una organización en la que no milito? Perdonen el didactismo: porque la democracia depende de los partidos que compiten, y los partidos son agregados generales de intereses contrapuestos, formas institucionales que se basan en expectativas personales, estructuras que se nutren de poder, el mismo tóxico que envenena las relaciones. ¿Pero es pensable un sistema político sin ese nutriente? Por supuesto es una ingenuidad creer que la forma partido puede ser reemplazada por algo distinto y mejor: por ejemplo, por una organización en la que no se dé un juego de suma cero. Pero los juegos políticos no son sólo lizas entre individuos con expectativas: son básicamente choques y alianzas entre coaliciones internas que compiten para adueñarse de la organización. Son formaciones en las que se milita. El lenguaje es evidentemente bélico y ello no es una casualidad. Pero en un ejército el conflicto no se da sólo hacia el exterior: contra ese enemigo que tratamos de reducir o eliminar. El conflicto se da también internamente: entre esos oficiales y clase tropa que esperan subir en el escalafón granjeándose el apoyo del mando. Por eso, en su seno, todo puede ser objeto de disputa, entre otras cosas porque se fundamentan en un recurso escaso: el poder y sus consecuencias.
Pero digo lo anterior y me corrijo. Un partido es algo bien distinto a un ejército. Salvo casos extremos, la jerarquía no se cuestiona entre la tropa. Las informaciones suben y las órdenes bajan. Pero en una formación política la ejecución de los planes no depende siempre de la anuencia colectiva, sino de los consensos. Cada parte del partido, cada órgano de la organización, es un canal de influencia, un canal a través del cual fluye la capacidad de dirección, de cooptación, de asentimiento. Salvo que haya una fracción suficientemente poderosa, capaz de imponer su dominio y de repartir prebendas, el equilibrio es inestable. El poder institucional es un producto-milagro, un engrasante que suaviza. En principio, una pequeña cantidad sobra para lograr la consecuencia inmediata: para alcanzar una posición aseada. Pero, por lo que parece, el poder es también un narcótico cuyo efecto se disipa pronto porque su disfrute siempre escaso y revocable está amenazado. Digo poder y pienso en Michel Foucault.
1. La sociedad cortesana (13 de mayo)
La única manera sensata de abordar qué sea el poder en un partido es hacerlo desde el pesimismo, desde la lucidez de quien carece de expectativas o desde la voluntad de quien no tiene ambición. Por no militar en partido alguno o por no desear poder institucional alguno, observo su funcionamiento desde el puro desapego. Frente al encanto y frente al engaño de los diagnósticos, hay que oponer el realismo político y el paganismo de las creencias: nada de fantasía o de expectativa o de sagrado. En un partido, como en todo lo humano, cualquier cosa es contrariedad ordinaria, un drama muy vulgar. Si los pensamos bien, es casi milagroso que sean pacíficas la mayor parte de nuestras relaciones: es sorprendente teniendo en cuenta que lo humano suele ser competitivo. Sólo la ingenuidad o la mala fe revisten la competición con la buena intención del altruismo, con la paz del todo que unos y otros aceptan.
Pero un partido político es una Corte. Permítanme esta metáfora. La organización tiene vida de palacio en torno al príncipe, esa vida de palacio es propiamente representación cortesana: una lucha generalmente incruenta entre nobles (y no sólo guerreros) que disputan entre sí, que se retan buscando el apoyo, el favor, el consentimiento del monarca y de los restantes titulados. Es una nueva forma de batallar con ostentación, con amagos, con excesos; una nueva manera de refinar del combate originariamente bélico, decía Norbert Elias. Es un nuevo modo de civilizar y civilizarse, es decir, de hacer incruenta la liza, dado que disputan luciendo las mejores galas, persuadiendo al príncipe, atrayendo al pueblo, que observa lejano y atónito ese conflicto cortesano. Pero ese monarca no siempre consigue ser un rey absoluto, dueño manifiesto de todos los recursos y de todos los concursos, amo de la soberanía y de la jurisdicción, de la representación del poder y de sus instituciones. Es un primus inter pares.
Para empezar no puede deshacerse impunemente de quienes le acompañaron en las guerras que sostuvo con anterioridad. No se lo perdonarían. Siempre habrá nobles irredentos, nobles dispuestos a abandonar la vida muelle de palacio, la insignificancia que el futuro o el soberano les deparan: por vanidad, por orgullo, desearán disfrutar de los tesoros ganados o, mejor, desearán salir otra vez a batallar, a ensanchar los confines del Reino, a apropiarse de su parte del botín. Sin embargo, si ahora el rey espera beneficiar con títulos y empleos a los advenedizos que llegan, esa camarilla afín que desplaza a los rancios, es probable que la Corte de viejos guerreros se resienta, se levante. El monarca –tan legítimo, tan divino, tan lejano– está necesitado de apoyos y coaliciones: no puede reformar contra sus propios mantenedores ni contra los valedores que antaño ampliaron la superficie del Reino. Podría verse solo, desamparado, arrastrando con él y en su caída a quienes él mismo aupó. Se sacrificaría así a una nueva generación de nobles ambiciosos y jóvenes recién titulados. ¿Es pensable tal cosa? Quizá lo pensable o lo venidero sea la irrupción de un tercero, la salida de un inesperado representante de los valores dinásticos, una línea depuesta pero legítima o un linaje imprevisto pero aceptable: alguien en fin que reclame tradición y reformas, batallas que puedan calmar la sed de los guerreros y que puedan satisfacer las ambiciones de los nuevos, esa rivalidad ostentosa de quienes ya alardean en la Corte. Pero ese tercero no podrá ganar contra una parte del Reino. Mejor dicho, no podrá ganar contra una parte de la Corte.
José Luis Rodríguez Zapatero fue el tercero en disputa en unas primarias socialistas (primus inter pares), alguien que supo obtener sus triunfos sin apear a toda una generación, aportando –eso sí– gente nueva con ambiciones no menores. Se trataba de reunir apoyos de los viejos para dar paso a los advenedizos, operación que encabezó un joven hombre del aparato y de la estructura parlamentaria del partido. Con aparente ingenuidad y con resuelto maquiavelismo, Rodríguez Zapatero ha sabido representar su acto como si de una narración épica se tratara, como un nuevo Arturo. Suso de Toro, escritor áulico del actual presidente, lo glosaba rememorando el mito: “El mito es bien conocido: a la muerte de Uther, el soberano, el reino se había sumido en el desconcierto y el desgobierno; los nobles se disputaban el trono, pero sólo aquel que arrancase la espada de la piedra sería el elegido. Pero no fue ninguno de los barones, sino Arturo, un muchacho de origen incierto, quien arrancó limpiamente la espada”. Eso leemos en Madera de Zapatero, aquel volumen electoral que aquí analizamos y que les invito a repasar. Desde luego no fue exactamente así, de ese modo prístino, original, adánico que sus oponentes le reprochan. Hay que leer más y creo que muchos de los que opinan en la prensa no leen suficientemente o, al menos, se dejan llevar por la impresión no madurada.
Por ejemplo, estoy seguro de que muchos de los que los que le son hostiles no han leído el Examen a Zapatero, de Philip Pettit. En unas declaraciones que en sus páginas se recogen, el actual presidente habla de las relaciones internacionales y dice: “Los intereses de nuestro país están mejor servidos con una labor discreta y constructiva que permita ir ganando aliados que con confrontaciones estériles con las que se acaba alienando a socios que antes o después vas a necesitar”. Por favor, olviden las relaciones internacionales y lean en clave personal y maquiavélica el texto que les he reproducido. Rodríguez Zapatero se presenta como un político sagaz que sabe lo que se juega: su éxito no dependería sólo de sí mismo, sino de las coaliciones que fuera capaz de organizar, de las colusiones que pueda orquestar, de los potenciales aliados que pueda reunir.
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Blogosfera
Àngel Duarte, “Dejen de devorarse a ustedes mismos, por favor“, El tinglado de Santa Eufemia, 13 de mayo de 2008
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Miércoles 14 de mayo, nuevo post a poqueta nit…
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05.02.08
Posted in Comunicación, Historia at 10:47 por jserna

0. Lo que la historia no es (2 de mayo de 2008)
Habrá que convenir en unas cuantas evidencias, unas pocas certidumbres acerca de lo que es la disciplina histórica, acerca de lo que los historiadores no hacen o no deberían hacer. Será el mejor modo de mostrar los excesos y la manipulación, el manejo de un pasado para fines actuales, la resignificación de lo pretérito para la política de hoy.
La historia no es nuestro calco; no es ese espejo en el que los contemporáneos nos contemplamos para ver reflejada nuestra efigie. No es un banco de analogías de las que servirnos para confirmar lo actual; no es ese depósito de imágenes ya obvias de las que nos valdríamos para corroborar lo presente. Tampoco es el embrión que se desarrolla y en el que se materializa lo que ya estaba prefigurado de antemano. Menos aún es el objeto del que hacer arrobo y literatura, una exaltación verbosa que se aprovecha de la ignorancia común.
En otros términos, la historia no es un devenir que confirme lo que ya estaba en el origen. No es un relato ordenado y coherente en el que todo encaje para reconocimiento general. En efecto, la historia es conocer, no reconocer… La historia no es un fermento en el que el principio conduzca inexorablemente al fin, siguiendo un ascenso cronológico, sumando acontecimientos congruentes. No es memoria monumental que dé significado simbólico a lo ocurrido. Tampoco es un devenir que pudiéramos racionalizar ulteriormente para confortarnos o para darnos ánimo.
Sólo es posible regresar al pasado de manera metafórica, indirecta, vicaria, parcial, tentativa, buscando el significado que los hechos tuvieron para quienes los vivieron. Quienes protagonizaron esos acontecimientos no sabían cómo iban a andar las cosas; no sabían qué vendría después; no sabían qué hecho o circunstancia serían objeto de rememoración y con qué sentido posterior. La historia se hace con fuentes, con documentos, que son testimonios, versiones; con textos e imágenes, que son productos de su tiempo, productos que tienen su clave interpretativa en el contexto que los alumbró. Por eso, el historiador ha de mirar con cuidado, con respeto, sin forzar lo dicho o lo imaginado, sin sobreinterpretar lo escrito o pintado, sin hacer literatura, pésima literatura, fantaseando, rellenando y añadiendo lo que no está, presentando como cierto lo que sólo es conjetura. ¿Puede conjeturar un historiador? Por supuesto: siempre que avise, siempre que lo diga expresamente. Lo que no puede es pensar hipotéticamente ocultando que lo dicho es mero tanteo, imaginación.
Los hechos históricos son instantes del pasado, de significado no siempre evidente ni general, momentos cuyo sentido varía de acuerdo con lo que los relacionemos, pero esos otros hechos con los que los relacionamos no deben ser aquellos que los protagonistas no podían concebir o no podían ser o no podían hacer. No podemos comparar lo incomparable ni atribuir semillas de democracia a actores históricos que carecían de todo sentido de la Democracia. Como tampoco podemos hablar de Liberalismo o de Nación para atribuírselo a amotinados que se levantaban por razones menos egregias, pero quizá más cercanas: un sentimiento de ultraje, una sucesión de manipulaciones, unas especies que circulan, unos rumores que encienden, unos hechos que no se toleran.
La historia no es simple suma ni progresión; no es trayectoria ascendente ni generalización de lo minúsculo, esa operación en virtud de la cual se extienden ciertos rasgos para así simbolizar mejor, para así abreviar el esfuerzo intelectual. La historia no es sólo resultado, ese final cuyos hechos precedentes serán los únicos constatados: exclusivamente aquellos que muestren la consumación. Hay acontecimientos contradictorios, planes alternativos, protagonistas que desaparecieron o procesos que no cuajaron; políticos que quisieron elevarse y que finalmente fracasaron, mandatarios que anhelaron gobernar su partido y que a la postre fueron apartados; ambiciosos que desearon auparse y que vieron fracasar su proyecto presuntamente indiscutible.
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1. Guerra y memoria (25 de abril… de 2006)
Con frecuencia, los partidos y las instituciones políticas organizan actos de celebración que sirven para conmemorar el pasado. Con esos actos esperan sus responsables exhumar el ejemplo de nuestros antecesores, espejo en el que deberíamos mirarnos. En principio, todo agregado humano tiene derecho a festejar lo que considera gestas principales de tiempos pretéritos, un proceder que se fundamenta como memoria colectiva. Recuerda lo que hicieron tus ascendientes, se nos indica. Recuerda sus proezas, no olvides aquello que te une a ellos. Has de saber de dónde arrancas, has de conocer cuál es la procedencia y cuál es tu sangre, has de mantener su patrimonio. En otros casos, cuando el pasado es odioso, cuando de él emanan trastornos, cuando ese tiempo pretérito sólo refleja sevicias y perversidades, entonces su remembranza será edificante: quien desconoce lo que otros hicieron, quien olvida lo que sus antecesores perdieron, está condenado a repetirlo, a equivocarse otra vez, a ocasionar daños. En uno u otro caso, a la historia se la concibe como un cemento o como un restaurador que daría coherencia a lo que difícilmente la tiene o como una enseñanza que encauza y de la que se desprenderían ejemplos a seguir o a evitar. Pero, además, al pasado se le atribuirían valores comunitarios. Esto es, si volvemos sobre la historia, si hacemos ejercicios de memoria, es porque su evocación nos hace conscientes de nuestra herencia y de nuestra pertenencia, se nos dice. Así como el recuerdo individual nos confirma la filiación, la memoria colectiva nos ataría a una comunidad afirmando los lazos primarios, haciéndonos ver que no somos individuos condenados al presente, sino sucesores que no se pertenecen del todo.
Aunque podamos admitir que esa concepción de la historia tiene su virtud cívica, me permitirán que discrepe, harto de tanta exaltación rememorativa. Algunos historiadores tendemos a desconfiar de la celebración a que estaríamos obligados y que fue faena frecuente entre numerosos colegas, tan inclinados a facilitar provisiones patrióticas para la edificación de las naciones. Concebida así, la historia ha servido y seguiría sirviendo para rendir justicia y homenaje a nuestros muertos, pero sobre todo se emplearía para confirmar identidades. Ese pasado (en realidad, el espejo de los muertos) nos daría un retrato muy mejorado de nosotros mismos, amoldado a los perfiles de nuestra progenie, reafirmándonos frente a los adversarios. Algunos pensamos que la tarea pedagógica de la historia no puede confundirse con la justicia ni fundarse en la reminiscencia que afirma una supuesta continuidad, sino que, por el contrario, debería adentrarnos en lo extraño, en lo que nos separa de aquellos antepasados, en lo que nos incomoda, en lo que desestabiliza la identidad de hoy.
Estamos hechos de retales históricos, de trozos que no casan fácilmente: también de actos espantosos cometidos por los antepasados y de hazañas menores de antecesores humildes. No somos, en efecto, de una pieza y la exhumación de los tiempos pretéritos no nos devuelve una imagen aseada. Si hay dentro de mí algo aciago y sombrío, si dentro de mí anida también lo siniestro de mis mayores, decía Freud, si yo no me conozco bien, entonces la evocación de lo remoto no puede ser la mera y mendaz exaltación de la continuidad, la fábula que me ratifica, la remembranza que me repara. ¿Cuándo dejará la historia de ser materia de reconocimiento patriótico o de enfrentamiento colectivo?, se pregunta el lector inocente. ¿Cuándo será sólo una disciplina de conocimiento humano y de apaciguamiento común, un saber que no oculta la distancia que nos separa de los antecesores? Jamás… En las celebraciones históricas del pasado fue habitual el brío guerrero, la fiebre belicosa, ardor que llevó a la muerte generalizada con los horrores de la movilización patriótica. Para nuestra desgracia, aún seguimos en ello. «Tienen mucha suerte los caballos», leemos en el Viaje al fin de la noche de Céline, «ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella». Nosotros tenemos muertos a los que se les debe justicia, cosa nada objetable; pero también tenemos creyentes que exaltan la épica de la guerra. No me pidan que la suscriba.
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2. El ombligo de la nación (3 de mayo de 2008)
El texto inmediatamente superior apareció en Levante-EMV el 25 de abril de 2006. La casualidad hizo que se publicara en fecha tan significativa. No estaba exactamente pensado para hablar de la Guerra de Sucesión. Estaba pensado para tratar este y aquel conflicto: porque no es raro que este o aquel conflicto se tomen como fermento patriótico o como munición nacionalista. El 2 de mayo de 1808 se convirtió pronto, casi desde el principio, en el Dos de Mayo. Toda nación suele afirmarse con mitos unificadores y simbólicos, pero no todos los historiadores están dispuestos a administrar esos tóxicos o estupefacientes. Al menos, ahora, tras siglos de belicosidad nacionalista.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, desde el 2 de mayo de 1808. Ahora, dos siglos después, dicha fecha es motivo de una renacionalización, como hace Fernando García de Cortázar, presidente de la Fundación Dos de Mayo. Nación y Libertad. Es ésta una operación con la que se pretende fortalecer y hacer evidente el vínculo de la débil nación –una operación que ya le conocíamos–, un artificio político en el que se invocaría la Constitución como detente bala. Pero esa reivindicación es un anacronismo, como lo es la cantinela de los nacionalismos periféricos, que dicen fundarse en naciones igualmente milenarias. ¿Por qué razón? Primero, porque la nación es un producto contemporáneo. En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analizaba el mito del origen como discurso básico de todo nacionalista, siempre ocupado de rastrear su raíz originaria en el curso de la historia. En Nacionalismo, su última gran contribución al tema, Gellner volvía sobre el asunto: si nos remontamos tiempo atrás buscando el origen de la nación -decía-, es probable que lleguemos muy lejos, hasta Adán mismo. Adán no tenía ombligo y nadie, pues, le cortó el cordón umbilical. Entonces sensatamente cabría preguntarse con Gellner: ¿tienen ombligo las naciones? ¿Cortó alguien el cordón umbilical? El anacronismo nos lleva al paraíso, ya ven…
Pero dejemos esos tiempos remotos para regresar a García de Cortázar. Decía que su operación renacionalizadora es también anacrónica porque mezcla el Dos de Mayo con la Constitución. La respuesta que podría darse a nuestro reproche parece evidente. ¿Acaso no hubo 1808? ¿Acaso no hubo una Constitución nacida del levantamiento del 2 de Mayo? Pues no. El constitucionalismo hispano no es un producto del Dos de Mayo. O es anterior (hay una cultura política constitucional anterior a la Constitución) o es posterior (cuando cristaliza en 1812). El levantamiento del 2 de mayo fue popular y emocional, manipulado y espontáneo a un tiempo, reivindicativo de lo propio y de la tradición, sin que el lenguaje constitucional de la libertad fuera el primero ni el decisivo. Darlo por hecho es hacer aleaciones nacionalistas. Cuando escribe o hace declaraciones, Fernando García de Cortázar no rastrea la continuidad y el cambio del constitucionalismo anterior o posterior al Dos de Mayo. Lo que hace es constatar y dar por evidente la Nación como si ésta ya existiese indiscutiblemente (sin ombligo, pues); y lo que hace es escribir con pompa y énfasis, con prosa campanuda, entre sonora y hueca, sirviéndose en ocasiones de analogías temerarias o simplemente insensatas. En ese caso, la erudición histórica le vale para colorear el presente a su antojo.
¿Una muestra? Valga como ejemplo aquel artículo en el que comparaba y mezclaba a Rodríguez Zapatero con Napoleón. ¿Puede alguien sostener seriamente una analogía tan disparatada? En la pasada legislatura, un antizapaterismo primario fue la enfermedad que se contagió entre ciertas elites intelectuales de la derecha. García de Cortázar cayó víctima del mismo padecimiento, sin que, de momento, se haya repuesto de su prosa altisonante y de su indisposición abiertamente antisocialista. No es un malestar reciente: como mínimo, se le puede diagnosticar desde que publicara su Breve historia de España. Si no la recuerdan o no la han leído, échenle un vistazo y lo confirmarán: hay en sus páginas una sintaxis trabajosamente literaria, hay conjeturas y generalizaciones sin cuento, hay condenas y atribuciones, suposiciones. Y hay sobre todo una idea embrionaria de la nación, latente o manifiesta según los momentos. Qué pesadez.
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Hemeroteca y fonoteca del Dos de Mayo.
Lo que la historia no es
Fotografía: Público
–”El Dos de Mayo no tendrá lugar”, artículo de Pedro J. Ramírez (El Mundo, 3 de mayo de 2008)
–Declaraciones de Esperanza Aguirre ante el Dos de Mayo (Cadena Ser, 2 de mayo de 2008)
–”Elogio del Dos de Mayo”, artículo de Mariano Rajoy (Abc, 2 de mayo de 2008)
–”Mayo de España”, artículo de Fernando García de Cortázar (Abc, 1 de mayo de 2008)
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Hemeroteca y blogosfera del blog…
–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.
–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte
–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing
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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena
“Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.
Viernes 22, 9:30 horas:
Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX
Ponencia de Justo Serna
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03.20.08
Posted in Antropología, Religión, Valencia, Historia, General at 20:41 por jserna
1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren… Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada. ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.
En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir? Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión. ¿Expresión cultural o antropológica?
El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins. Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins.
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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)
Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.
Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero? No se culpen: no hagan penitencia.
El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.
Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado.
Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.
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02.23.08
Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna
1. Posguerra autobiográfica
Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo.
Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura.
Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”.
Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto. Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta.
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2. El Festival de Eurovisión
Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo… y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.
Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa.
Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención.
Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.
De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?
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3. El Terrat. Salir en los medios
Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados. “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable. Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…
Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.
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4. Acordes y desacuerdos
El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)
Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)
a. De Eurovisión a Frikivisión
b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos
c. La Eurovisión más democrática
d. TVE expulsa a El Gato
e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda
f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet
g. Pucherazo eurovisivo
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02.20.08
Posted in Televisión, Comunicación, Democracia, Historia at 20:24 por jserna

1.Deliberación
Meses atrás, justamente cuando nos disponíamos a votar en las elecciones municipales y autonómicas publiqué un artículo en el que citaba al pensador estadounidense John Dewey. Ahora, cuando estamos tan cerca de otros comicios y cuando la experiencia americana de las Primarias nos hace redescubrir el valor deliberativo de la democracia, regreso a sus palabras, extraídas de una recopilación que pude leer años atrás: Liberalismo y acción social.
John Dewey hablaba de democracia creativa para referirse a la deliberación ciudadana: el proceso de discusión, el procedimiento compartido y aceptado que nos permite debatir las ideas a partir de un marco común, exponiendo, argumentando, razonando. Seguramente no es preciso llamarla así: democracia creativa. Inquieta esa calificación. Lo creativo en política no siempre da buenos resultados: las ideaciones más audaces en lo público y lo colectivo se fundamentan en convicciones, y los principios están muy bien siempre que se acompañen de responsabilidad. Debemos calcular cuáles son las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en Dewey, la democracia creativa no es mero utopismo: es la acción responsable de quien se implica, expone sus ideas y sus principios (políticos o incluso religiosos) esforzándose en argumentarlos. O, en los términos de Barack Obama, “lo que sí exige nuestra democracia deliberativa y plural es que los que están motivados por la religión”, o por otras creencias o fundamentos, “trasladen sus preocupaciones a unos valores universales en lugar de específicos. Se requiere que sus propuestas estén abiertas a debate y sean permeables a la razón”.
Por eso, deberíamos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo”, había escrito Dewey en 1939. En efecto, deberíamos adquirir “el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, insistía el norteamericano. Leídas hoy y aquí, tal vez esas palabras nos resulten excesivas. En España, la implicación deliberativa de los ciudadanos no es algo relevante. A ello han contribuido, sin duda, los pésimos ejemplos que nos han dado algunos de nuestros representantes: la corrupción pública o los enriquecimientos escandalosos retraen a los ciudadanos políticamente honrados. Pero también desmotivan el estrépito mediático, la estigmatización del contrario, la destrucción semántica del rival: eso es algo bien distinto del debate civil.
“Me inclino a creer”, decía otra vez John Dewey, ”que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey. Hace unos pocos días estuve con otras personas… en una reunión libre de vecinos. Nos congregamos unos sesenta comensales con el fin de discutir sobre la circunstancia política. Era una convocatoria hecha a través de Internet, por correo electrónico: en red, pues. Tres ponentes debíamos iniciar las intervenciones con nuestra reflexión o crítica. Yo hablé de la manipulación, de la mentira, de la ganga oral que en campaña tan frecuentemente nos rodea. Tras los primeros parlamentos llegó el momento de la cena; después, la serie de preguntas y discusiones que completaban la velada. La tertulia en la que participé tenía algo de conspiración entrañablemente antigua y contradictoriamente liberal. Liberal, en la acepción de Dewey: comunitaria, republicana, progresista. Y liberal en el sentido propiamente español y decimonónico: el espacio público del primer Ochocientos comenzó con tertulias menesterosas en tabernas municipales en donde los ciudadanos hacían comensalismo y liberalismo.
Pero estamos en otro tiempo: estamos en la época de la mediatización absoluta de la experiencia. Nada hay ya que no pase por la comunicación masiva y por la globalización, por la representación, por la televisión.
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2. Televisión
Acaba de hacerse público un Manifiesto… en el que se critica la manipulación, el mal uso de ciertos medios públicos: concretamente, en la televisión valenciana. Un manifiesto: nos fuerzan a volver al primer liberalismo, a los inicios del liberalismo revolucionario, cuando los ciudadanos levantiscos vejados debían publicar hojas volantes para denunciar el mal gobierno del absolutismo. En fin… Pero regreso a la actualidad. Cuando tuve conocimiento de que se estaba elaborando dicho texto, lo firmé sin rechistar. Desde luego, siempre hay aspectos con los que no estás exactamente de acuerdo o que habrías expresado de otro modo. Ahora bien, es tan insoportable esa manipulación (que ya se prolonga muchos años, prácticamente desde sus inicios), que me he guardado mis pequeños reparos. No suelo firmar manifiestos, pero el escándalo de Canal 9, de sus programas informativos, supera lo visto en cualquier televisión pública. Ya escribí sobre este asunto años atrás: como otros muchos, que se han pronunciado sobre las manipulaciones de la tele valenciana. Sin ningún resultado, claro, y con un creciente escepticismo: la prueba de que los artículos que uno publica no sirven para gran cosa es que el motivo de las críticas sigue vigente mucho tiempo después: pero ahora peor. ¿Tiene remedio la televisión? Punto y aparte.
Para quienes impartimos clase en la Universidad; para quienes hablamos en público; para quienes escribimos en prensa o en Internet, la intervención deliberativa supone siempre un esfuerzo: un esfuerzo de razonamiento, de contención, de moderación… en una reunión libre de vecinos o en las aulas. Hoy mismo me lo reprochaba un alumno que cursa estudios de Comunicación Audiovisual: “es usted muy moderado, parece que no se moja”, me decía. ¿Que no me implico? Una cosa es la cortesía, la formalidad, que nunca han de perderse; y otra distinta es la reflexión crítica, que también ha de hacerse con toda la sutileza de la que seamos capaces. Desde luego, uno no siempre consigue hacerse entender, pero tampoco se trata de abandonarse a la agitación o a la intoxicación: como tampoco se trata de sumar adhesiones pronunciándonos sectariamente. Hay que argumentar, trasladando preocupaciones particulares y legítimas a unos valores que puedan universalizarse, que puedan ser discutidos por quienes no comparten nuestros juicios. Eso es el espacio público democrático, el lugar en el que el disidente es respetado.
Por eso no puedo sino condenar los ataques sufridos por María San Gil, por Dolors Nadal, por Rosa Díez en distintos recintos universitarios. En distintos recintos universitarios. En una democracia no hay derecho alguno a reventar actos legales, a amenazar. Jamás me ha parecido bien que unos vándalos puedan impedir actos de expresión, de reflexión: convengamos o no con lo que allí se expone. Por otra parte, como estamos en la sociedad mediática que todo lo retransmite, la violencia y la intimidación de unos cuantos gritones o matones son muy apetecidas por las televisiones… hasta que las próximas amenazas reactiven o actualicen el deplorable espectáculo. Parece inevitable: la televisión y el periodismo dan cobertura informativa a quien con estrépito agrede.
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3. El primer debate televisivo. Pizarro vs. Solbes (jueves, 22 de febrero)
A las 21 horas, Pedro Piqueras entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero en Tele 5. Se inicia oficialmente la campaña electoral y los candidatos van a multiplicarse concediendo interviús y enfrentándose en debates. Corremos el riesgo de la saturación: el peligro de quedar anegados por el exceso. ¿Hay alguien que todavía precise más datos y más información? Al parecer, las cadenas de televisión, los periódicos, las emisoras de radio necesitan alimentarse con este material previsible: los espectadores nos congregamos y subimos las audiencias. Por otra parte, quizá el empate que registran los sondeos pueda romperse según cómo queden los candidatos, en entrevistas y en debates. Pero lo que da bien en televisión no es necesariamente la argumentación. O la verdad o la deliberación: lo que da bien en tele es un efecto de representación (que no es necesariamente falso). ¿Cuál es ese efecto?
El que se logra con el dominio de la escena, con la seguridad expositiva, con el sosiego, con la mesura. Son las 23:30 horas del jueves 21 de febrero. En el debate que he seguido en Antena 3, como espectador he tenido la sensación de que Pedro Solbes manifestaba equilibrio y contención, un control de las cifras y de los datos realmente imbatible. Es la impresión, insisto. Tanto es así, que Manuel Pizarro ha debido adaptarse a los términos de una discusión que siempre ha marcado el candidato del Partido Socialista. No me pregunten por la materia económica, de la que tengo pocos conocimientos. No me pregunten por grandes cifras, cuyas magnitudes frecuentemente ignoro. Pregúntenme por los términos de la representación televisiva. Cuando el contendiente debe acoplarse a lo que tú dices, entonces es que llevas la delantera. A un inquieto Pizarro, Solbes le ha dado lecciones de serenidad. La prueba es que la contundencia o el ataque del candidato popular sólo han asomado en dos ocasiones y más bien parecían una rabieta o malestar ante el bastión inconmovible de Solbes. A la postre, el debate ha discurrido con cortesía y con poca verbosidad. ¿Cómo lo percibirán los espectadores?
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4. Las reacciones (viernes, 22 de febrero)
-Según la encuesta de Antena 3, el 47,4 % de los espectadores da la victoria a Pedro Solbes frente a un 37,1 %.
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5. Hemeroteca-Biblioteca
El bosque de la información, por Anaclet Pons, miércoles, 20 de febrero de 2008.
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01.25.08
Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna
1. RESTOS
Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.
En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”. Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados. La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues, como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.
Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.
Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.
¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.
Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.
Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?
2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)
Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.
Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se