05.12.08

Salvemos el PP

Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 22:28 por jserna

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0. El Partido Popular está en crisis (12 de mayo)

Está en crisis… desde 2004. Ahora, una generación se aparta o se jubila o es tentada por la empresa privada; la nueva cohorte, al menos los rostros más conocidos que la forman, llega a los puestos de responsabilidad aupada por Mariano Rajoy en un momento de grave enfrentamiento. El Partido Popular corre el riesgo de eliminar las mesnadas de su propio recambio. ¿Y por qué debería preocuparme si el PP es una organización en la que no milito? Perdonen el didactismo: porque la democracia depende de los partidos que compiten, y los partidos son agregados generales de intereses contrapuestos, formas institucionales que se basan en expectativas personales, estructuras que se nutren de poder, el mismo tóxico que envenena las relaciones. ¿Pero es pensable un sistema político sin ese nutriente? Por supuesto es una ingenuidad creer que la forma partido puede ser reemplazada por algo distinto y mejor: por ejemplo, por una organización en la que no se dé un juego de suma cero. Pero los juegos políticos no son sólo lizas entre individuos con expectativas: son básicamente choques y alianzas entre coaliciones internas que compiten para adueñarse de la organización. Son formaciones en las que se milita. El lenguaje es evidentemente bélico y ello no es una casualidad. Pero en un ejército el conflicto no se da sólo hacia el exterior: contra ese enemigo que tratamos de reducir o eliminar. El conflicto se da también internamente: entre esos oficiales y clase tropa que esperan subir en el escalafón granjeándose el apoyo del mando. Por eso, en su seno, todo puede ser objeto de disputa, entre otras cosas porque se fundamentan en un recurso escaso: el poder y sus consecuencias.

Pero digo lo anterior y me corrijo. Un partido es algo bien distinto a un ejército. Salvo casos extremos, la jerarquía no se cuestiona entre la tropa. Las informaciones suben y las órdenes bajan. Pero en una formación política la ejecución de los planes no depende siempre de la anuencia colectiva, sino de los consensos.  Cada parte del partido, cada órgano de la organización, es un canal de influencia, un canal a través del cual fluye la capacidad de dirección, de cooptación, de asentimiento. Salvo que haya una fracción suficientemente poderosa, capaz de imponer su dominio y de repartir prebendas, el equilibrio es inestable. El poder institucional es un producto-milagro, un engrasante que suaviza. En principio, una pequeña cantidad sobra para lograr la consecuencia inmediata: para alcanzar una posición aseada. Pero, por lo que parece, el poder es también un narcótico cuyo efecto se disipa pronto porque su disfrute siempre escaso y revocable está amenazado.  Digo poder y pienso en Michel Foucault.

1. La sociedad cortesana (13 de mayo)

La única manera sensata de abordar qué sea el poder en un partido es hacerlo desde el pesimismo, desde la lucidez de quien carece de expectativas o desde la voluntad de quien no tiene ambición. Por no militar en partido alguno o por no desear poder institucional alguno, observo su funcionamiento desde el puro desapego. Frente al encanto y frente al engaño de los diagnósticos, hay que oponer el realismo político y el paganismo de las creencias: nada de fantasía o de expectativa o de sagrado. En un partido, como en todo lo humano, cualquier cosa es contrariedad ordinaria, un drama muy vulgar. Si los pensamos bien, es casi milagroso que sean pacíficas la mayor parte de nuestras relaciones: es sorprendente teniendo en cuenta que lo humano suele ser competitivo. Sólo la ingenuidad o la mala fe revisten la competición con la buena intención del altruismo, con la paz del todo que unos y otros aceptan. 

Pero un partido político es una Corte. Permítanme esta metáfora.   La organización tiene vida de palacio en torno al príncipe, esa vida de palacio es propiamente representación cortesana: una lucha generalmente incruenta entre  nobles (y no sólo guerreros) que disputan entre sí, que se retan buscando el apoyo, el favor, el consentimiento del monarca y de los restantes titulados. Es una nueva forma de batallar con ostentación, con amagos, con excesos; una nueva manera de refinar del combate originariamente bélico, decía Norbert Elias. Es un nuevo modo de civilizar y civilizarse, es decir, de hacer incruenta la liza, dado que disputan luciendo las mejores galas, persuadiendo al príncipe, atrayendo al pueblo, que observa lejano y atónito ese conflicto cortesano. Pero ese monarca no siempre consigue ser un rey absoluto, dueño manifiesto de todos los recursos y de todos los concursos, amo de la soberanía y de la jurisdicción, de la representación del poder y de sus instituciones. Es un primus inter pares.

Para empezar no puede deshacerse impunemente de quienes le acompañaron en las guerras que sostuvo con anterioridad. No se lo perdonarían. Siempre habrá nobles irredentos, nobles dispuestos a abandonar la vida muelle de palacio, la insignificancia que el futuro o el soberano les deparan: por vanidad, por orgullo, desearán disfrutar de los tesoros ganados o, mejor, desearán salir otra vez a batallar, a ensanchar los confines del Reino, a apropiarse de su parte del botín. Sin embargo, si ahora el rey espera beneficiar con títulos y empleos a los advenedizos que llegan, esa camarilla afín que desplaza a los rancios, es probable que la Corte de viejos guerreros se resienta, se levante. El monarca –tan legítimo, tan divino, tan lejano– está necesitado de apoyos y coaliciones: no puede reformar contra sus propios mantenedores ni contra los valedores que antaño ampliaron la superficie del Reino. Podría verse solo, desamparado, arrastrando con él y en su caída a quienes él mismo aupó. Se sacrificaría así a una nueva generación de nobles ambiciosos y jóvenes recién titulados. ¿Es pensable tal cosa? Quizá lo pensable o lo venidero sea la irrupción de un tercero, la salida de un inesperado representante de los valores dinásticos, una línea depuesta pero legítima o un linaje imprevisto pero aceptable: alguien en fin que reclame tradición y reformas, batallas que puedan calmar la sed de los guerreros y que puedan satisfacer las ambiciones de los nuevos, esa rivalidad ostentosa de quienes ya alardean en la Corte. Pero ese tercero no podrá ganar contra una parte del Reino. Mejor dicho, no podrá ganar contra una parte de la Corte.

José Luis Rodríguez Zapatero fue el tercero en disputa en unas primarias socialistas (primus inter pares), alguien que supo obtener sus triunfos sin apear a toda una generación, aportando –eso sí– gente nueva con ambiciones no menores. Se trataba de reunir apoyos de los viejos para dar paso a los advenedizos, operación que encabezó un joven hombre del aparato y de la estructura parlamentaria del partido. Con aparente ingenuidad y con resuelto maquiavelismo, Rodríguez Zapatero ha sabido representar su acto como si de una narración épica se tratara, como un nuevo Arturo. Suso de Toro, escritor áulico del actual presidente, lo glosaba rememorando el mito: “El mito es bien conocido: a la muerte de Uther, el soberano, el reino se había sumido en el desconcierto y el desgobierno; los nobles se disputaban el trono, pero sólo aquel que arrancase la espada de la piedra sería el elegido. Pero no fue ninguno de los barones, sino Arturo, un muchacho de origen incierto, quien arrancó limpiamente la espada”. Eso leemos en Madera de Zapatero, aquel volumen electoral que aquí analizamos y que les invito a repasar. Desde luego no fue exactamente así, de ese modo prístino, original, adánico que sus oponentes le reprochan. Hay que leer más y creo que muchos de los que opinan en la prensa no leen suficientemente o, al menos, se dejan llevar por la impresión no madurada.

Por ejemplo, estoy seguro de que muchos de los que los que le son hostiles no han leído el Examen a Zapatero, de Philip Pettit. En unas declaraciones que en sus páginas se recogen, el actual presidente habla de las relaciones internacionales y dice: “Los intereses de nuestro país están mejor servidos con una labor discreta y constructiva que permita ir ganando aliados que con confrontaciones estériles con las que se acaba alienando a socios que antes o después vas a necesitar”. Por favor, olviden las relaciones internacionales y lean en clave personal y maquiavélica el texto que les he reproducido. Rodríguez Zapatero se presenta como un político sagaz que sabe lo que se juega: su éxito no dependería sólo de sí mismo, sino de las coaliciones que fuera capaz de organizar, de las colusiones que pueda orquestar, de los potenciales aliados que pueda reunir.

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Blogosfera 

Àngel Duarte, “Dejen de devorarse a ustedes mismos, por favor“, El tinglado de Santa Eufemia, 13 de mayo de 2008

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Miércoles 14 de mayo, nuevo post a poqueta nit

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05.02.08

Dos de Mayo, 2 de mayo

Posted in Comunicación, Historia at 10:47 por jserna

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0. Lo que la historia no es (2 de mayo de 2008)

Habrá que convenir en unas cuantas evidencias, unas pocas certidumbres acerca de lo que es la disciplina histórica, acerca de lo que los historiadores no hacen o no deberían hacer. Será el mejor modo de mostrar los excesos y la manipulación, el manejo de un pasado para fines actuales, la resignificación de lo pretérito para la política de hoy.

La historia no es nuestro calco; no es ese espejo en el que los contemporáneos nos contemplamos para ver reflejada nuestra efigie. No es un banco de analogías de las que servirnos para confirmar lo actual; no es ese depósito de imágenes ya obvias de las que nos valdríamos para corroborar lo presente. Tampoco es el embrión que se desarrolla y en el que se materializa lo que ya estaba prefigurado de antemano. Menos aún es el objeto del que hacer arrobo y literatura, una exaltación verbosa que se aprovecha de la ignorancia común. 

En otros términos, la historia no es un devenir que confirme lo que ya estaba en el origen. No es un relato ordenado y coherente en el que todo encaje para reconocimiento general. En efecto, la historia es conocer, no reconocer… La historia no es un fermento en el que el principio conduzca inexorablemente al fin, siguiendo un ascenso cronológico, sumando acontecimientos congruentes. No es memoria monumental que dé significado simbólico a lo ocurrido. Tampoco es un devenir que pudiéramos racionalizar ulteriormente para confortarnos o para darnos ánimo.

Sólo es posible regresar al pasado de manera metafórica, indirecta, vicaria, parcial, tentativa, buscando el significado que los hechos tuvieron para quienes los vivieron. Quienes protagonizaron esos acontecimientos no sabían cómo iban a andar las cosas; no sabían qué vendría después; no sabían qué hecho o circunstancia serían objeto de rememoración y con qué sentido posterior. La historia se hace con fuentes, con documentos, que son testimonios, versiones; con textos e imágenes, que son productos de su tiempo, productos que tienen su clave interpretativa en el contexto que los alumbró. Por eso, el historiador ha de mirar con cuidado, con respeto, sin forzar lo dicho o lo imaginado, sin sobreinterpretar lo escrito o pintado, sin hacer literatura, pésima literatura, fantaseando, rellenando y añadiendo lo que no está, presentando  como cierto lo que sólo es conjetura. ¿Puede conjeturar un historiador? Por supuesto: siempre que avise, siempre que lo diga expresamente. Lo que no puede es pensar hipotéticamente ocultando que lo dicho es mero tanteo, imaginación.  

Los hechos históricos son instantes del pasado, de significado no siempre evidente ni general, momentos cuyo sentido varía de acuerdo con lo que los relacionemos, pero esos otros hechos con los que los relacionamos no deben ser aquellos que los protagonistas no podían concebir o no podían ser o no podían hacer.  No podemos comparar lo incomparable ni atribuir semillas de democracia a actores históricos que carecían de todo sentido de la Democracia. Como tampoco podemos hablar de Liberalismo o de Nación para atribuírselo a amotinados que se levantaban por razones menos egregias, pero quizá más cercanas: un sentimiento de ultraje, una sucesión de manipulaciones, unas especies que circulan, unos rumores que encienden, unos hechos que no se toleran. 

La historia no es simple suma ni progresión; no es trayectoria ascendente ni generalización de lo minúsculo, esa operación en virtud de la cual se extienden ciertos rasgos para así simbolizar mejor, para así abreviar el esfuerzo intelectual. La historia no es sólo resultado, ese final cuyos hechos precedentes serán los únicos constatados: exclusivamente aquellos que muestren la consumación. Hay acontecimientos contradictorios, planes alternativos, protagonistas que desaparecieron o procesos que no cuajaron; políticos que quisieron elevarse y que finalmente fracasaron, mandatarios que anhelaron gobernar su partido y que a la postre fueron apartados; ambiciosos que desearon auparse y que vieron fracasar su proyecto presuntamente indiscutible.

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1. Guerra y memoria  (25 de abril… de 2006)

Con frecuencia, los partidos y las instituciones políticas organizan actos de celebración que sirven para conmemorar el pasado. Con esos actos esperan sus responsables exhumar el ejemplo de nuestros antecesores, espejo en el que deberíamos mirarnos. En principio, todo agregado humano tiene derecho a festejar lo que considera gestas principales de tiempos pretéritos, un proceder que se fundamenta como memoria colectiva. Recuerda lo que hicieron tus ascendientes, se nos indica. Recuerda sus proezas, no olvides aquello que te une a ellos. Has de saber de dónde arrancas, has de conocer cuál es la procedencia y cuál es tu sangre, has de mantener su patrimonio. En otros casos, cuando el pasado es odioso, cuando de él emanan trastornos, cuando ese tiempo pretérito sólo refleja sevicias y perversidades, entonces su remembranza será edificante: quien desconoce lo que otros hicieron, quien olvida lo que sus antecesores perdieron, está condenado a repetirlo, a equivocarse otra vez, a ocasionar daños. En uno u otro caso, a la historia se la concibe como un cemento o como un restaurador que daría coherencia a lo que difícilmente la tiene o como una enseñanza que encauza y de la que se desprenderían ejemplos a seguir o a evitar. Pero, además, al pasado se le atribuirían valores comunitarios. Esto es, si volvemos sobre la historia, si hacemos ejercicios de memoria, es porque su evocación nos hace conscientes de nuestra herencia y de nuestra pertenencia, se nos dice. Así como el recuerdo individual nos confirma la filiación, la memoria colectiva nos ataría a una comunidad afirmando los lazos primarios, haciéndonos ver que no somos individuos condenados al presente, sino sucesores que no se pertenecen del todo.

Aunque podamos admitir que esa concepción de la historia tiene su virtud cívica, me permitirán que discrepe, harto de tanta exaltación rememorativa. Algunos historiadores tendemos a desconfiar de la celebración a que estaríamos obligados y que fue faena frecuente entre numerosos colegas, tan inclinados a facilitar provisiones patrióticas para la edificación de las naciones. Concebida así, la historia ha servido y seguiría sirviendo para rendir justicia y homenaje a nuestros muertos, pero sobre todo se emplearía para confirmar identidades. Ese pasado (en realidad, el espejo de los muertos) nos daría un retrato muy mejorado de nosotros mismos, amoldado a los perfiles de nuestra progenie, reafirmándonos frente a los adversarios. Algunos pensamos que la tarea pedagógica de la historia no puede confundirse con la justicia ni fundarse en la reminiscencia que afirma una supuesta continuidad, sino que, por el contrario, debería adentrarnos en lo extraño, en lo que nos separa de aquellos antepasados, en lo que nos incomoda, en lo que desestabiliza la identidad de hoy.

Estamos hechos de retales históricos, de trozos que no casan fácilmente: también de actos espantosos cometidos por los antepasados y de hazañas menores de antecesores humildes. No somos, en efecto, de una pieza y la exhumación de los tiempos pretéritos no nos devuelve una imagen aseada. Si hay dentro de mí algo aciago y sombrío, si dentro de mí anida también lo siniestro de mis mayores, decía Freud, si yo no me conozco bien, entonces la evocación de lo remoto no puede ser la mera y mendaz exaltación de la continuidad, la fábula que me ratifica, la remembranza que me repara. ¿Cuándo dejará la historia de ser materia de reconocimiento patriótico o de enfrentamiento colectivo?, se pregunta el lector inocente. ¿Cuándo será sólo una disciplina de conocimiento humano y de apaciguamiento común, un saber que no oculta la distancia que nos separa de los antecesores? Jamás… En las celebraciones históricas del pasado fue habitual el brío guerrero, la fiebre belicosa, ardor que llevó a la muerte generalizada con los horrores de la movilización patriótica. Para nuestra desgracia, aún seguimos en ello. «Tienen mucha suerte los caballos», leemos en el Viaje al fin de la noche de Céline, «ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella». Nosotros tenemos muertos a los que se les debe justicia, cosa nada objetable; pero también tenemos creyentes que exaltan la épica de la guerra. No me pidan que la suscriba. 

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2. El ombligo de la nación  (3 de mayo de 2008)

El texto inmediatamente superior apareció en Levante-EMV  el 25 de abril de 2006. La casualidad hizo que se publicara en fecha tan significativa. No estaba exactamente pensado para hablar de la Guerra de Sucesión. Estaba pensado para tratar este y aquel conflicto: porque no es raro que este o aquel conflicto se tomen como fermento patriótico o como munición nacionalista.  El 2 de mayo de 1808 se convirtió pronto, casi desde el principio, en el Dos de Mayo. Toda nación suele afirmarse con mitos unificadores y simbólicos, pero no todos los historiadores están dispuestos a administrar esos tóxicos o estupefacientes. Al menos, ahora, tras siglos de belicosidad nacionalista. 

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, desde el 2 de mayo de 1808. Ahora, dos siglos después, dicha fecha es motivo de una renacionalización, como hace Fernando García de Cortázar, presidente de la Fundación Dos de Mayo. Nación y Libertad. Es ésta una operación con la que se pretende fortalecer y hacer evidente el vínculo de la débil nación –una operación que ya le conocíamos–, un artificio político en el que se invocaría la Constitución como detente bala. Pero esa reivindicación es un anacronismo, como lo es la cantinela de los nacionalismos periféricos, que dicen fundarse en naciones igualmente milenarias. ¿Por qué razón? Primero, porque la nación es un producto contemporáneo. En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analizaba el mito del origen como discurso básico de todo nacionalista, siempre ocupado de rastrear su raíz originaria en el curso de la historia. En Nacionalismo, su última gran contribución al tema, Gellner volvía sobre el asunto: si nos remontamos tiempo atrás buscando el origen de la nación -decía-, es probable que lleguemos muy lejos, hasta Adán mismo. Adán no tenía ombligo y nadie, pues, le cortó el cordón umbilical. Entonces sensatamente cabría preguntarse con Gellner: ¿tienen ombligo las naciones? ¿Cortó alguien el cordón umbilical?  El anacronismo nos lleva al paraíso, ya ven…

Pero dejemos esos tiempos remotos para regresar a García de Cortázar. Decía que su operación renacionalizadora es también anacrónica porque mezcla el Dos de Mayo con la Constitución. La respuesta que podría darse a nuestro reproche parece evidente. ¿Acaso no hubo 1808? ¿Acaso no hubo una Constitución nacida del levantamiento del 2 de Mayo? Pues no. El constitucionalismo hispano no es un producto del Dos de Mayo. O es anterior (hay una cultura política constitucional anterior a la Constitución) o es posterior (cuando cristaliza en 1812). El levantamiento del 2 de mayo fue popular y emocional, manipulado y espontáneo a un tiempo, reivindicativo de lo propio y de la tradición, sin que el lenguaje constitucional de la libertad fuera el primero ni el decisivo. Darlo por hecho es hacer aleaciones nacionalistas. Cuando escribe o hace declaraciones, Fernando García de Cortázar no rastrea la continuidad y el cambio del constitucionalismo anterior o posterior al Dos de Mayo. Lo que hace es constatar y dar por evidente la Nación como si ésta ya existiese indiscutiblemente (sin ombligo, pues); y lo que hace es escribir con pompa y énfasis, con prosa campanuda, entre sonora y hueca, sirviéndose en ocasiones de analogías temerarias o simplemente insensatas. En ese caso, la erudición histórica le vale para colorear el presente a su antojo.

¿Una muestra? Valga como ejemplo aquel artículo en el que comparaba y mezclaba a Rodríguez Zapatero con Napoleón. ¿Puede alguien sostener seriamente una analogía tan disparatada? En la pasada legislatura, un antizapaterismo primario fue la enfermedad que se contagió entre ciertas elites intelectuales de la derecha. García de Cortázar cayó víctima del mismo padecimiento, sin que, de momento, se haya repuesto de su prosa altisonante y de su indisposición abiertamente antisocialista. No es un malestar reciente: como mínimo,  se le puede diagnosticar desde que publicara su Breve historia de España. Si no la recuerdan o no la han leído, échenle un vistazo y lo confirmarán: hay en sus páginas una sintaxis trabajosamente literaria, hay conjeturas y generalizaciones sin cuento, hay condenas y atribuciones, suposiciones. Y hay sobre todo una idea embrionaria de la nación, latente o manifiesta según los momentos. Qué pesadez.

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Hemeroteca y fonoteca del Dos de Mayo.

Lo que la historia no es

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Fotografía: Público

–”El Dos de Mayo no tendrá lugar”, artículo de Pedro J. Ramírez (El Mundo, 3 de mayo de 2008)

–Declaraciones de Esperanza Aguirre ante el Dos de Mayo (Cadena Ser, 2 de mayo de 2008)

–”Elogio del Dos de Mayo”, artículo de Mariano Rajoy (Abc, 2 de mayo de 2008)

–”Mayo de España”, artículo de Fernando García de Cortázar (Abc, 1 de mayo de 2008)

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Hemeroteca y blogosfera del blog…

–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.

–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte

–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing

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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena

Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.

Viernes 22, 9:30 horas:

Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX

Ponencia de Justo Serna

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03.20.08

Honrar a los santos quemando cosas

Posted in Antropología, Religión, Valencia, Historia, General at 20:41 por jserna

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1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren…  Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada.   ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.

En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir?  Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión.  ¿Expresión cultural o antropológica?

El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins.  Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins. 

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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)

Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.

Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero?  No se culpen: no hagan penitencia.

El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.

Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado

Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.

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02.23.08

El Festival de Eurovisión

Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna

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1. Posguerra autobiográfica

Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo. 

Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura. 

Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones  en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”. 

Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto.  Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta. 

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2. El Festival de Eurovisión

Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas  una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.  

Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa. 

Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención. 

Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.

De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?

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3. El Terrat. Salir en los medios

Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados.  “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable.  Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…

Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.

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4. Acordes y desacuerdos

El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)

Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)

a. De Eurovisión a Frikivisión

b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos

c. La Eurovisión más democrática

d. TVE expulsa a El Gato

e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda

f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet

g. Pucherazo eurovisivo

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02.20.08

Televisión y deliberación

Posted in Televisión, Comunicación, Democracia, Historia at 20:24 por jserna

tele1.jpg

1.Deliberación

Meses atrás, justamente cuando nos disponíamos a votar en las elecciones municipales y autonómicas publiqué un artículo en el que citaba al pensador estadounidense John Dewey. Ahora, cuando estamos tan cerca de otros comicios y cuando la experiencia americana de las Primarias nos hace redescubrir el valor deliberativo de la democracia, regreso a sus palabras, extraídas de una recopilación que pude leer años atrás: Liberalismo y acción social.   

John Dewey hablaba de democracia creativa para referirse a la deliberación ciudadana: el proceso de discusión, el procedimiento compartido y aceptado que nos permite debatir las ideas a partir de un marco común, exponiendo, argumentando, razonando. Seguramente no es preciso llamarla así: democracia creativa. Inquieta esa calificación. Lo creativo en política no siempre da buenos resultados: las ideaciones más audaces en lo público y lo colectivo se fundamentan en convicciones, y los principios están muy bien siempre que se acompañen de responsabilidad. Debemos calcular cuáles son las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en Dewey, la democracia creativa no es mero utopismo: es la acción responsable de quien se implica, expone sus ideas y sus principios (políticos o incluso religiosos) esforzándose en argumentarlos. O, en los términos de Barack Obama, “lo que sí exige nuestra democracia deliberativa y plural es que los que están motivados por la religión”, o por otras creencias o fundamentos, “trasladen sus preocupaciones a unos valores universales en lugar de específicos. Se requiere que sus propuestas estén abiertas a debate y sean permeables a la razón”.

Por eso, deberíamos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo”, había escrito Dewey en 1939. En efecto, deberíamos adquirir “el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, insistía el norteamericano.  Leídas hoy y aquí, tal vez esas palabras nos resulten excesivas. En España, la implicación deliberativa de los ciudadanos no es algo relevante. A ello han contribuido, sin duda, los pésimos ejemplos que nos han dado algunos de nuestros representantes: la corrupción pública o los enriquecimientos escandalosos retraen a los ciudadanos políticamente honrados. Pero también desmotivan el estrépito mediático, la estigmatización del contrario, la destrucción semántica del rival: eso es algo bien distinto del debate civil.

“Me inclino a creer”, decía otra vez John Dewey, ”que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey. Hace unos pocos días estuve con otras personas… en una reunión libre de vecinos. Nos congregamos unos sesenta comensales con el fin de discutir sobre la circunstancia política. Era una convocatoria hecha a través de Internet, por correo electrónico: en red, pues.  Tres ponentes debíamos iniciar las intervenciones con nuestra reflexión o crítica. Yo hablé de la manipulación, de la mentira, de la ganga oral que en campaña tan frecuentemente nos rodea. Tras los primeros parlamentos llegó el momento de la cena; después, la serie de preguntas y discusiones que completaban la velada. La tertulia en la que participé tenía algo de conspiración entrañablemente antigua y contradictoriamente liberal. Liberal, en la acepción de Dewey: comunitaria, republicana, progresista. Y liberal en el sentido propiamente español y decimonónico: el espacio público del primer Ochocientos comenzó con tertulias menesterosas en tabernas municipales en donde los ciudadanos hacían comensalismo y liberalismo.

Pero estamos en otro tiempo: estamos en  la época de la mediatización absoluta de la experiencia. Nada hay ya que no pase por la comunicación masiva y por la globalización, por la representación, por la televisión.

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2. Televisión

Acaba de hacerse público un Manifiesto… en el que se critica la manipulación, el mal uso de ciertos medios públicos: concretamente, en la televisión valenciana. Un manifiesto: nos fuerzan a volver al primer liberalismo, a los inicios del liberalismo revolucionario, cuando los ciudadanos levantiscos vejados debían publicar hojas volantes para denunciar el mal gobierno del absolutismo. En fin… Pero regreso a la actualidad. Cuando tuve conocimiento de que se estaba elaborando dicho texto, lo firmé sin rechistar. Desde luego, siempre hay aspectos con los que no estás exactamente de acuerdo o que habrías expresado de otro modo. Ahora bien, es tan insoportable esa manipulación (que ya se prolonga muchos años, prácticamente desde sus inicios), que me he guardado mis pequeños reparos. No suelo firmar manifiestos, pero el escándalo de Canal 9, de sus programas informativos, supera lo visto en cualquier televisión pública. Ya escribí sobre este asunto años atrás: como otros muchos, que se han pronunciado sobre las manipulaciones de la tele valenciana. Sin ningún resultado, claro, y con un creciente escepticismo: la prueba de que los artículos que uno publica no sirven para gran cosa es que el motivo de las críticas sigue vigente mucho tiempo después: pero ahora peor. ¿Tiene remedio la televisión? Punto y aparte.

Para quienes impartimos clase en la Universidad; para quienes hablamos en público; para quienes escribimos en prensa o en Internet, la intervención deliberativa supone siempre un esfuerzo: un esfuerzo de razonamiento, de contención, de moderación… en una reunión libre de vecinos o en las aulas. Hoy mismo me lo reprochaba un alumno que cursa estudios de Comunicación Audiovisual: “es usted muy moderado, parece que no se moja”, me decía. ¿Que no me implico? Una cosa es la cortesía, la formalidad, que nunca han de perderse; y otra distinta es la reflexión crítica, que también ha de hacerse con toda la sutileza de la que seamos capaces. Desde luego, uno no siempre consigue hacerse entender, pero tampoco se trata de abandonarse a la agitación o a la intoxicación: como tampoco se trata de sumar adhesiones pronunciándonos sectariamente. Hay que argumentar, trasladando preocupaciones particulares y legítimas a unos valores que puedan universalizarse, que puedan ser discutidos por quienes no comparten nuestros juicios. Eso es el espacio público democrático, el lugar en el que el disidente es respetado.

Por eso  no puedo sino condenar los ataques sufridos por María San Gil, por Dolors Nadal, por Rosa Díez en distintos recintos universitarios. En distintos recintos universitarios. En una democracia no hay derecho alguno a reventar actos legales, a amenazar. Jamás me ha parecido bien que unos vándalos puedan impedir actos de expresión, de reflexión: convengamos o no con lo que allí se expone. Por otra parte, como estamos en la sociedad mediática que todo lo retransmite, la violencia y la intimidación de unos cuantos gritones o matones son muy apetecidas por las televisiones… hasta que las próximas amenazas reactiven o actualicen el deplorable espectáculo. Parece inevitable: la televisión y el periodismo dan cobertura informativa a quien con estrépito agrede.

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3. El primer debate televisivo. Pizarro vs. Solbes (jueves, 22 de febrero)

A las 21 horas, Pedro Piqueras entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero en Tele 5. Se inicia oficialmente la campaña electoral y los candidatos van a multiplicarse concediendo interviús y enfrentándose en debates. Corremos el riesgo de la saturación: el peligro de quedar anegados por el exceso. ¿Hay alguien que todavía precise más datos y más información? Al parecer, las cadenas de televisión, los periódicos, las emisoras de radio necesitan alimentarse con este material previsible: los espectadores nos congregamos y subimos las audiencias. Por otra parte, quizá el empate que registran los sondeos pueda romperse según cómo queden los candidatos, en entrevistas y en debates.  Pero lo que da bien en televisión no es necesariamente la argumentación. O la verdad o la deliberación: lo que da bien en tele es un efecto de representación (que no es necesariamente falso). ¿Cuál es ese efecto?

El que se logra con el dominio de la escena, con la seguridad expositiva, con el sosiego, con la mesura. Son las 23:30 horas del jueves 21 de febrero. En el debate que he seguido en Antena 3, como espectador he tenido la sensación de que Pedro Solbes manifestaba equilibrio y contención, un control de las cifras y de los datos realmente imbatible. Es la impresión, insisto. Tanto es así, que Manuel Pizarro ha debido adaptarse a los términos de una discusión que siempre ha marcado el candidato del Partido Socialista. No me pregunten por la materia económica, de la que tengo pocos conocimientos. No me pregunten por grandes cifras, cuyas magnitudes frecuentemente ignoro. Pregúntenme por los términos de la representación televisiva. Cuando el contendiente debe acoplarse a lo que tú dices, entonces es que llevas la delantera. A un inquieto Pizarro, Solbes le ha dado lecciones de serenidad. La prueba es que la contundencia o el ataque del candidato popular sólo han asomado en dos ocasiones y más bien parecían una rabieta o malestar ante el bastión inconmovible de Solbes. A la postre, el debate ha discurrido con cortesía y con poca verbosidad. ¿Cómo lo percibirán los espectadores?  

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4. Las reacciones (viernes, 22 de febrero)

-Según la encuesta de Antena 3, el 47,4 % de los espectadores da la victoria a Pedro Solbes frente a un  37,1 %.

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5. Hemeroteca-Biblioteca

El bosque de la información, por Anaclet Pons, miércoles, 20 de febrero de 2008.

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01.25.08

Un cementerio de huesos

Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna

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1. RESTOS

Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo  es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos  legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.

En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están  reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”.  Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido  tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados.  La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues,  como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.

Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.

Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas,  un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.

¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.

Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.

Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?

2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)

Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.

Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.

He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban).  En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.

Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar  sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.  

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3.  LAS FOSAS COMUNES (26 de enero) 

La novela de Miguel Veyrat

En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate: 

-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005).  En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí 

-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.

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3.  HEMEROTECA JS

-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008

-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)

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01.07.08

Juan José Carreras

Posted in Intelectuales, Historia at 13:02 por jserna

  carreras.jpg   

1. Una conversación con Juan José Carreras

En diciembre de 2006 falleció Juan José Carreras, un gran historiador, un español cuya formación se había completado en la Alemania de la posguerra: en ese país que se rehacía cultural, académica y políticamente  después de la barbarie nazi. Juan José Carreras fue una persona afable y exigente, un individuo capaz de instruirse y de reírse de sí mismo… Hace un tiempo, Anaclet Pons y yo escribimos un artículo sobre su figura o, mejor, sobre su saber historiográfico: el que se compendia en el volumen Razón de Historia. En dicho libro, Carlos Forcadell recopiló diversos ensayos sobre la disciplina, sobre la profesión y sobre la epistemología que Juan José Carreras había ido publicando en distinta fecha.

Cuando a nadie más parecía interesar la historiografía, cuando a tantos se les antojaba una cavilación huera, Juan José Carreras nos mostró cómo y por qué hacerla, enseñándonos cuáles son los réditos intelectuales que se obtienen de reflexionar sobre el oficio de historiador. De él siempre recibimos una palabra generosa y de él aprendimos un estilo desenfadado y riguroso de tratar la teoría, la metodología y la práctica. Desenfadado: es decir, sin enfado, sin énfasis alguno, sin esos envaramientos que son tan propios de los académicos. No había presunción en sus reflexiones: había ironía y ternura, libertad intelectual y consistencia analítica.

Echo un vistazo al folleto y al póster que anuncia el homenaje que la academia y sus amigos le rinden. Hay imágenes de distintos tipos y personajes, imágenes tratadas a la manera de Andy Warhol, al modo, pues, del Pop Art. Podemos verlos como referentes de su quehacer, como estímulos de su pensamiento. Si no me equivoco, distingo a Karl Marx, a Marilyn Monroe, a Max Weber, a Louis Amstrong, a Walter Benjamín, a Nosferatu. Son personajes bien distintos, difíciles de casar, distantes. Supongo que no es una elección arbitraria: es decir, que realmente fueron elementos dispares de su vida. Dispares: sin duda lo son. Pero, bien mirado, ese elenco reúne a individuos trágicos, gentes que reaccionaron contra la evidencia de su tiempo a la vez que resumían sus respectivas épocas. Aventuro esta idea y, sin que Juan José Carreras pueda desmentirme,  conjeturo la razón de su estima: por qué figuran como ilustración de dicho homenaje, por qué les dispensó su aprecio. Tomo esas imágenes como documentos heterogéneos, ahora mudos, que despertaron al observador, al historiador. Dicha mezcla –insólita pero no arbitraria– es la propia de quien no quiso reducirse al académico que fue; la de quien no temió la osadía ni la amalgama intelectual.

En ello, en la apertura, Juan José Carreras fue un individuo audaz, un historiador abierto. Los investigadores que desean profesar el especialismo, sólo atienden a lo que, de entrada, interesa para sus pesquisas. Uno tras otro irán cayendo los volúmenes de una larga lista de obras que tratan el mismo tema, ese justamente del que se ocupan con obstinación, con dedicación. ¿Es incorrecto obrar así? Leer la bibliografía básica de nuestras investigaciones no es una virtud, es una obligación: no puedes irrumpir en un tema ignorando –culpable e inocentemente a la vez– lo que otros ya escribieron, aquellos historiadores que te precedieron.  Pero entre los colegas también debería ser común otra forma de investigación, de inspiración: la de quien halla luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; la de quien espera encontrar lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; la de quien desea alimentarse con nutrientes variados, incluso contradictorios. En ese caso, el historiador, más que escribir y leer, aquello que hace es observar, escuchar y divisar. Aspira a conocer todo, lo bueno y lo malo, lo pasado, pero también lo que ahora mismo se está escribiendo como síntoma de la época. La mezcla, la hibridación, el encuentro fortuito.

En Juan José Carreras se apreciaba lo que de aleatorio e insospechado tiene la pesquisa histórica. Todo se relaciona con todo y la erudición –incluso la banal, la que despreciamos por vulgar o corriente— permite atesorar múltiples referencias para percibir los ecos y las interpelaciones entre obras alejadas y personajes separados. Mirar así es hacerse una competencia errabunda y compleja, justamente como erráticos y diversos son el mundo y la vida, como heterogéneos son los héroes del póster y del folleto. Si no me equivoco, Karl Marx fue para Juan José Carreras el marco y el punto de partida, el hallazgo genial de un autor que quiso pensar la totalidad, el mundo que le tocó vivir y el que le precedió. Marirlyn Monroe fue para él la rubia inteligente y sensual, por supuesto, aquella belleza voluptuosa tras la que latían el drama y el dolor. Max Weber fue para él el esmero conceptual, la precisión metodológica, el rival exigente con quien polemizar y de quien aprender. Louis Amstrong fue para él la cultura subalterna elevada a la máxima expresión, el deleite de lo heredado y nuevamente ensayado o improvisado, una interminable jam session. Walter Benjamín fue para él la audacia intelectual y el desamparo reflexivo, el marxismo culto y judío, el Apocalipsis del pensamiento. Nosferatu fue para él la historia y la ficción, el pasado y el presente, un héroe infausto, ese vampiro que sobrevive desde hace siglos con la esperanza de adueñarse del mundo. Todos ellos fueron trágicos e intempestivos y, la verdad, todos ellos han sobrevivido a su época, a su contexto, al pasado concreto en existieron.

Juan José Carreras admiró la tragedia… No es sencillo ser trágico e intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso del tiempo. Quien así actúa se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos, a pesar de que, tal vez, los resuma y compendie. Paradójicamente, esa rareza que Juan José Carreras apreciaba en dichos personajes es una fértil enajenación, muy propia de la cultura alemana con la que el historiador se nutrió. Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad que ambicionamos. Somos mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto hacemos, decimos que obramos con sentido común.

El ser trágico no respeta exactamente las evidencias de su tiempo, ese repertorio de certezas que no se cuestionan porque parecen funcionar.  Por eso, quizá, los personajes del póster y del folleto interesaron a Juan José Carreras: cada uno en su respectivo ámbito pensó u obró de otra manera, de una manera distinta a la prevista, pero sobre todo cada uno arriesgó lo mejor de sí sin obtener felicidad a cambio. Cada uno, a su modo, fue o se supo genio. El genio es, desde luego, alguien que se adelanta a su tiempo, que actúa o atisba mejor de lo que sus contemporáneos pueden. No sólo ve lo que tiene delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predice con la palabra o con la obra lo que acabará ocurriendo, con una cierta enajenación, pues.

Juan José Carreras no tiene una obra inacabable hecha a su vez de obras repetidas y previsibles. Fue la suya una enseñanza preferentemente oral. Era capaz de estimular, de provocar, de alentar. Pero sobre todo de enseñar y conversar: de adentrarse en un espacio en parte desconocido –la historia– valiéndose de señales nada convencionales, signos de otro tiempo que sabía leer con pericia y con osadía. De algún modo  (al modo alemán, podríamos decir) tomaba los libros y los documentos como textos que había que traducir: recreando su sentido y transportando no sólo la expresión. En los libros del pasado hay múltiples resonancias, voces numerosas que se expresan y que el historiador revive: Juan José Carreras, en este caso. Pero el historiador no busca la fuente según le conviene, no selecciona sólo lo que le confirma, no suprime lo que le contraría: ha de ser respetuoso con esas voces y con las destrezas de su oficio. Por eso, dicho historiador ha de contrastar sus propias ideas con los documentos y con los libros estableciendo con ellos una especie de diálogo.

En cierta ocasión, dijo E. M. Forster que imaginaba el paraíso como una conversación inacabable con sus autores favoritos. Quiero pensar que Juan José Carreras imaginó el olimpo o el edén como un diálogo con sus personajes predilectos, tan distintos y tan trágicos. Algunos de ellos son, sin duda, los que ilustran el cartel de este sentido homenaje: como el propio historiador, que entrevemos o divisamos, y con el que seguiremos conversando quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.  

Colofón (8 de enero de 2008)

Miro y vuelvo a mirar el cartel después de lo que he escrito y descubro algo que sólo ahora veo: el Pato Donald. Donald se encarama al hombro de Carreras. No lo había visto hasta hoy mismo, cosa que me hace preguntarme por mi despiste. ¿Tan atropelladamente miro? ¿Tan superficialmente? No quiero culparme por una minucia. Pero si escribes comentando un cartel y tus ojos no reparan en un elemento esencial del póster, entonces es que hay algo que haces mal: unas prisas que no me gustan.

Miro el hombro de Carreas. Donald parece que le cuchichea algo al oído. Extiende los brazos y abre las manos. Hace ostentación: parece señalar a esos personajes que forman la torre o el puzzle del historiador, como si el Pato estuviera sorprendido de dicha nómina incongruente, extraña. Pero si veo a este personaje de Disney, inmediatamente se me activa el recuerdo, el de aquel libro militante: Para leer al pato Donald.

donald.jpg 

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2. Juan José Carreras. Enlaces:

–Juan José Echevarría, “Juan José Carreras (In memoriam)“, La Opinión de A Coruña, 9 de diciembre de 2006.

–Antón Castro, “Entrevista con Juan José Carreras Ares“, El blog de Antón Castro, diciembre de 2006.

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3. Otros intelectuales…

Slavoj Žižek, por cortesía de David P. Montesinos (su blog).

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12.09.07

Masas, cambio y violencia

Posted in Sociología, Scriptorium, Comunicación, Historia, General at 10:54 por jserna

bastilla.jpg 

1. Leo Un día de cólera (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte de la que debo escribir una reseña. Son varios los aspectos que trataré cuando me ponga a ello. Ahora, sin embargo, quiero pensar sólo en dos: en Francia y en la acción colectiva (en los actos airados de la muchedumbre). Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple para todos nosotos y para nuestros antepasados. Por un lado, encarnaba la Ilustración, la libertad, la cultura milenaria, ese refinamiento de lo parisino que aún nos atrae; por otro,  la violencia, el alboroto urbano, la revolución de 1848, la Comuna, Mayo del 68 o la agitación de las banleieus.

Estamos en 1808, Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar reprimido de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo,  se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen.

A lo largo del tiempo, lo que de aquella mañana de mayo más ha llamado la atención es el desigual combate: la firme oposición del pueblo a ser vejado, maltratado, por un ejército invasor, el Ejército napoleónico: portador de las ideas revolucionarias, pero usurpador también de los Gobiernos vecinos. En la mañana del 2 de mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegímitimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política… francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.

Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todos esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los mass media, cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.

En 1808, como dice el narrador de Un día de cólera, es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello.  Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando las epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elias Canetti (y me lo recuerda Francisco Fuster). Colectivamente, reunidos en un espacio físico y sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, lo inmediato, lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese rumor es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esos chismes alivian la incertidumbre. La información alivia y enerva.

Pero regresemos a la masa y a ciertos didactismos que ahora me permitirán. Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?

Como decía Ortega y Gasset y también Antonio Gramsci, hoy ya no somos más que hombres-masa, individuos pegados entre sí por un argamasa emocional. A lo largo del siglo XX, la pasión política unió a gentes dispares que se sentían solidarios defendiendo las mismas causas (en ocasiones, terribles causas): la prensa interfería o creaba opiniones, marcaba tendencias o reunía anímicamente a grandes públicos. Ahora, la realidad –que parece la misma o que parece estar definida por los mismos medios– es algo bien distinto: sólo es un espacio más de un entorno completamente mediático y mediatizado: allí vivimos bajo el dictado de una agenda prestada. ¿Algo malo? Es lo que se da y es nuestra condición general: una revolución de tercer orden. O, mejor, como dijo Javier Echeverría, es la revolución del tercer entorno: hemos pasado por la physis, por la polis y, ahora, por telépolis. Vivimos como masas interconectadas y es ahí, en ese nuevo espacio, en donde se dan la inteligencia y el refinamiento, pero también la violencia y sus causas. Para quienes tenemos aversión a la muchedumbre que adocena –aunque podamos entender su empuje social–, el nuevo entorno es paradójico y fatal, pues vivimos multitudinariamente sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo: usted y usted y usted y yo. Disculpen que hoy me ponga apocalíptico: cada uno de nosotros no es más que la parte infinitesimal de un gran público que observa (y participa) en un espectáculo interactivo. Quizá otro día lo vea de un modo distinto. Ahora, perdonen que les deje.

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2. “El cerdo” de Pérez-Reverte  

En la descripción de la masa que hay en Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocemos: como le dice Tulio Demichelis en Abc, aquel argumento que procede del Cantar del Mío Cid según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constatemente aparece en sus novelas históricas: desde Alatriste hasta Cabo Trafalgar. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga…, ¿y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al menu peuple (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación (por designarlo a la manera de Gramsci); un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra; una Armada desarbolada y hundida; una Nación política aún incipiente y ya saqueada. 

A ver si consigo explicarme: contrariamente a lo que me dice Miguel Veyrat, yo no creo que leer a Pérez-Reverte sea abandonarse a “la mala literatura de consumo”. Resulta muy interesante acudir a sus obras para ver el buen temple relator que tiene o que es capaz de desplegar, aunque –efectivamente– sus esquemas narrativos sean tradicionales: en Un día de cólera es una crónica que en orden cronológico –como no podía ser de otra manera– pone en sucesión los hechos acontecidos tomando como ejemplificación a distintos personajes. Su forma de contar es muy tradicional (pero efectiva) porque quien relata es un narrador omnisciente (según el esquema realista y naturalista), alguien que expresándose en tercera persona sabe todo de todos, anticipa lo que les va a suceder y, por tanto, proporciona datos  e información enciclopédica que no son imprescindibles para leer los hechos novelados en tiempo real. Es, pues, un didactismo para quien lo ignora todo.  

Es muy interesante y discutible la nota de autor que Pérez-Reverte pone al inicio de la obra. Funciona como un introito informativo: como una declaración de principios metodológicos. Interesa leerla para comprobar cómo trata de burlar la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica). Por otro lado, es chocante, erudito y literal (que no posmoderno) el recurso a una bibliografía final, las bases sobre las que dice apoyar su relato. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Por otra parte, la nota del autor y la bibliografía son propiamente paratextos, algo que rodea al texto y que al autor –que no al narrador– le sirve para enmarcar: esa función cumplen los prólogos. Pero, atención, dichos paratextos pueden ser parte de la ficción: véase, si no me creen, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de El nombre de la rosa –”Naturalmente, un manuscrito”–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en El País. Etcétera, etcétera.  

Son numerosas las razones que me llevan a leer Un día de cólera: uno aprende discutiendo con los buenos, con los regulares y con los malos textos. La novela de Pérez-Reverte es eficazmente narrativa y entretiene incluso cuando simplifica los caracteres y los avatares. De eso dan fe muchachos con quienes tengo trato frecuente y que leen con fruición. Lo señalé en “Qué jóvenes“, un artículo para Levante ya olvidado. La novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del reportero, repite fórmulas ya ensayadas por Daniel Defoe (en Diario del año de la peste) y retoma los modelos narrativos de las viejas crónicas. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de mayor eran en buena medida un populacho corajudo y desnortado. Por otro lado, la recreación de conversaciones, de diálogos, entre personajes tan documentados forma parte de la conjetura y de lo verosímil, algo que ya pretendiera Tucídides… 

Pero me permitirán que me calle: debo hacer una reseña  y esto que he escrito no lo es. Es sólo una reflexión sobre la masa como muchedumbre alborotada, una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje. Me entusiasma leer triturando los volúmenes, interpelándolos, subrayándolos, anotando mis exclamaciones, mis derivaciones, mis erudiciones. Ya lo saben. Un libro es como un cerdo: todo se aprovecha.  

Pues eso: que le aproveche a quien decida disfrutarlo.

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3. Hemeroteca

-Francisco Fuster, “Betty Friedan, la mística de la feminidad“, Claves de razón práctica, núm. 177 (2007). Texto completo en pdf

-Novedad: algunos artículos de JS publicados en Claves de razón práctica entre 1999 y 2002, accesibles ahora (2007) en formato pdf

Claves 95. La egohistoria de Pierre Vilar  [pdf

Claves 104. La paradoja de Lovecraft  [pdf

Claves 118. Los liberales. Historia y vidas del ochocientos español  [pdf

Claves 120. La televisión y el mal. El caso de Pierre Bourdieu  [pdf

Claves 125. Simpatía por el vampiro  [pdf]

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4. Scriptorium

Antonio Gramsci:

“…Por la propia  concepción del mundo   pertenecemos siempre a un determinado grupo, precisamente a aquel en el que todos los elementos sociales comparten un mismo modo de pensar y de obrar. Somos conformistas de algún tipo de  conformismo, somos siempre hombres-masa u hombres colectivos. La cuestión es la siguiente: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, de qué   hombre-masa forma parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada,   pertenecemos simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, y la propia personalidad se compone  de manera compleja: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las etapas históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura como la que será propia del género humano mundialmente unificado…”

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Jueves, 13 de diciembre de 2007, nuevo post. A poqueta nit

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11.20.07

El Valle de los Caídos

Posted in Franquismo, Comunicación, Democracia, Historia at 20:29 por jserna

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1. El Valle de los Caídos

Lo escribí y no tengo nada más –ni mejor– que añadir hoy, 20 de noviembre. Ustedes sabrán perdonarme. Quizá mañana pueda decir algo nuevo y significativo.

Franco, Lennon y Sinatra…

En 1959, John Lennon comenzaba a organizar en Liverpool el cuarteto que acabaría llamándose The Beatles. Por esas mismas fechas, yo nacía en una España de capitalismo intervenido y agropecuario, la España de la copla en la que los tecnócratas únicamente estaban empezando a proyectar un plan que nos sacara de la autarquía. Llegábamos tarde a casi todo y las bases del mercado libre que traería la sociedad de consumo, el rock, el pop, los adelantos y el bienestar material sólo estaban fijándose. Franco inauguraba el Valle de los Caídos con una alocución en la que la idea y la realidad de la Cruzada seguían siendo el estribillo más repetido, su cantinela.

“Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante”. Se trató de una batalla en la que hubo “mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva en que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?”, añadía Franco sabiéndose aureolado. Pero, a finales de los años cincuenta, esa batalla era una ofensiva inacabada, una acometida que ahora debía hacer frente a una peligrosa especie: los intoxicadores de la juventud. En Madrid se habían registrado las primeras manifestaciones estudiantiles y de fuera, del exterior, llegaban sones envenenados. “La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, advertía el Caudillo. “Periódicamente la vemos levantar cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretende envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”.

¡Ah, las novedades, esos afanes de los jóvenes que les hacen ser siempre curiosos! “Por ello”, concluía el Generalísimo, “es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. La España que estaba por abrirse y que, finalmente, lo haría gracias al fin de la autarquía y gracias al turismo aún estaba, sin embargo, seriamente vigilada y la lucecita de El Pardo iluminaba la senda moral del país. El Caudillo mostraba con sus advertencias hechas en Cuelgamuros, en el Valle de la Muerte, una gran perspicacia, consciente del cambio cultural que ya se atisbaba (esa música…) y que, de aceptarse, podía arruinar el espíritu de una raza, la Cruzada. Las cosas parecían empezar de nuevo para muchos…, ¿pero y para mí?

Cuando crecimos quienes habíamos nacido en 1959 tuve la impresión de que llegábamos tarde a casi todo y así, cuando yo descubría la música de los Beatles, sus hits y sus mejores logros, cuando yo advertía con asombro infantil qué gran pieza era Let it be, justamente en ese momento el grupo se separaba entre el rencor y el tedio de un éxito insoportable. Muchos años después, el ocho de diciembre de 1980, asesinaban a John Lennon, precisamente en el instante en que el cantante estaba reiniciando su carrera musical con un disco Double Fantasy, en la que se incluía una canción de titulo premonitorio y exacto: (Just like) Starting Over. Era ése el último año de la licenciatura que yo cursaba, justo cuando avizoraba mi futuro. Otra vez tuve la sensación de que la fatalidad me impedía disfrutar de mis contemporáneos, de ese Lennon tan sorprendente; tuve la impresión de que mi conocimiento sólo podría ser evocador, rememorativo, y con un significado distinto. La muerte…

La muerte siempre llega demasiado pronto, siempre acaba lo que aún estaba por desarrollarse. Pero la muerte reviste de sentido lo que se hizo en vida, pues parece darle a la existencia y a sus avatares desordenados, caóticos un valor retrospectivo. Hasta tal punto es así que se nos hace evidente, sucesivo y lógico todo lo realizado: como si su cierre, su consumación o su acabamiento invistieran con un significado particular aquello que se emprendió justamente contra la muerte, sólo pensando en prolongar la vida. La muerte, natural o violenta, convierte nuestras vidas en ‘casos’, en expedientes de los que sería posible saber todo aquello que conduce a ese final, de modo que las existencias particulares, sus aciertos y sus fracasos, pueden releerse como esos procesos que tienen el cierre previsto. Si lo pensamos bien, esta forma de hacer biografía es paradójica y dudosa: concebimos al individuo como un embrión en el que ya estarían prefiguradas las acciones que desarrollará, acciones que en conjunto tendrán sentido precisamente porque conocemos el final.

Si los Beatles llegaron a lo más alto, entonces la reconstrucción retrospectiva que hagamos de sus vidas sólo retendrá o detallará aquello que los llevó a ese cenit. Si Lennon murió asesinado por la chifladura mesiánica de un criminal, entonces todas sus letras y todas rebeldías parecerán anticipar ese final adelantado, esa muerte incomprensible. Justamente porque la muerte es incomprensible, un escándalo (como acostumbro a decir), es por lo que nos exigimos encajar las piezas y los pasos que le quiten absurdo al cierre, al acabamiento. Pero no hay nada que explicar, nada. Simplemente es eso: el fin.

El 12 de diciembre de 2005, si le hubiera ganado la batalla a la muerte, Frank Sinatra habría cumplido noventa años. Para mí, para mi gusto personal, The Voice es más importante que Lennon: a él le debo el mejor silabeo, las canciones con más swing, el concepto mismo de álbum, la noción estricta de la elegancia, con esos impecables trajes a medida que le hacían los sastres más afamados, con ese sombrero Fedora, con ese toque Borsalino, en fin, que yo siempre envidié y al que, lamentablemente, también llegué tarde. Sinatra nunca le tuvo simpatía a Franco, y de sus correrías con Ava Gardner en Madrid –en el Castellana Hilton– queda su vida disipada: esa que ya envenenaba y avivaba “de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”, como dijo después el General Franco. Por ello, como precisaría el dictador en 1959, era “necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. Franco no lo consiguió, no logró reducir a aquellas generaciones que irrumpían en los años sesenta, pero Frank supo educarnos en el vicio elegante, aunque fuera retrospectivamente. Con Lennon, además, aprendimos a soñar, a imaginar… Con ambos nos pudimos dar una nueva oportunidad. Había vida después de Franco.

Salud, camaradas.

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2. Otros comentarios A) B) y C)

A) Franco y Sinatra, 21 de noviembre de 2007

Qué diferentes son las sensaciones que transmiten las fotografías que encabezan. En un caso, vemos a un militar uniformado; en el otro, vemos a un crooner bien trajeado. Al primero le queda estrecha la guerrera; el segundo luce suelta la americana, que se adivina de buen paño. Mientras Franco da sensación de incomodo indumentario, Sinatra transmite liviandad: el primero lleva preceptivamente abotonada esa guerrera; el segundo ha aligerado el nudo de su corbata. Ambos hacen algo con sus extremidades superiores, como en espera. El militar parece estar en jarras (al menos, así pone su brazo izquierdo): retando o arengando, en tensión (pues no está propiamente en descanso, sino afirmándose ante una tropa que no vemos). Dirige sus ojos hacia el suelo, como evitando la mirada de alguien que está fuera de campo. Por el contrario, el cantante cruza los brazos, provocando un efecto de relajación: parece estar en silencio; parece estar en las nubes, aguardando que algo acabe en la sala de grabación. Dos formas de vida…

B) Otra foto del Caudillo que ya comenté apoyándome en Javier Marías (21 de noviembre de 20007) 

C) Fernando Fernán Gómez, 22 de noviembre de 2007

ana.png   fernando_2.jpg 

El padre y el monstruo

Fernando Fernán Gómez nunca encarnó mejor la figura del padre que en El espíritu de la colmena (1973), un padre enigmático, silencioso, entre huraño y tímido, con un pasado que ignoramos: el padre de Ana, la niña que al ver la película de James Whale queda fascinada con el monstruo de Frankenstein. ¿Quién es el monstruo? ¿Son buenos los monstruos u obran mal porque son desdichados? En El espíritu de la colmena estamos en algún pueblo de Castilla en la temprana posguerra. El personaje que encarna Fernán Goméz se llama, precisamente, Fernando. En su figura se expresa el silencio: el dolor y la fatalidad de una dictadura.

De ese personaje dice Jorge Latorre: “Le suponemos un intelectual republicano, pues aparece retratado entre Unamuno y Ortega y Gasset; que se encuentra estancado en un contexto de exilio interior, en un entorno que no es el suyo, y que además parece regido por una leyes sociales que acepta porque no tiene más remedio, o simplemente, porque las ve inevitables, por puro fatalismo (como parte de la naturaleza,de la que no escapa el hombre). En su abulia intelectual, Fernando se aísla de la colmena social y la vez es parte de ella; finalmente quedará identificado con ese orden, al menos para su hija Ana, perdiendo así su ‘autoridad’ sobre ella”.

Fernando es un tipo derrotado que ha renunciado ya a toda rebelión en un contexto de puro aislamiento. Ana, la hija, descubre merodeando por su pueblo a un fugitivo que, en su inocencia, confunde con el monstruo bueno que ella quiso ver en Frankenstein.
La actitud entreguista o callada del padre resulta inexplicable para Ana. No sabemos si, tiempo después, la hija se reconciliará con el padre.

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3. Hemeroteca

Julián Casanova sobre el Valle de los Caídos

JS sobre el franquismo

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4. Gratitudes

Julia Puig

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 Mañana viernes, 23 de noviembre, ‘a poqueta nit’, nuevo post

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11.17.07

La felicidad, ja, ja

Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 11:05 por jserna

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1. LA FELICIDAD, JA, JA

Hay un anuncio televisivo que me produce estupor. En el spot se habla de la felicidad. O, mejor, de un artículo cuya posesión nos procurará la felicidad, dicen. Se trata de un coche…

Hace unos días comentaba dicho spot con mis alumnos (en Historia y cultura en la época contemporánea). Estábamos hablando del concepto de felicidad de que se valen los revolucionarios del siglo XVIII –un concepto alumbrado por décadas de Iluminismo, de hedonismo parisino– y la anécdota del anuncio me sirvió para mostrar la profundas diferencias semánticas que pueden darse para un mismo vocablo: la felicidad en el Setecientos significa una cosa y otra bien distinta en 2007. ¿De qué modo se empleaba y se emplea dicha voz? Los usos lingüísticos han variado enormemente y, sin duda, un individuo feliz de 1789 no se parece gran cosa a otro del siglo XXI: un abismo histórico los separa.

En el preámbulo de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, se dice que el público conocimiento de los derechos naturales, imprescriptibles e inalienables, permitirá el recto gobierno. Si los poderes se atienen a esos principios sencillos (la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión), entonces podrá disfrutarse de una “felicidad general”, se proclama Literalmente Bonheur de tous.

Bonheur: es una noción compleja que, en contexto, no significa lo que ahora, inmediatamente, pensamos. Sin duda, es el precedente remoto del concepto actual de bienestar, pero ambos –la felicidad y el bienestar– no pueden identificarse sin más. Aquella felicidad tiene que ver con la civilización como progreso moral; tiene que ver con la dulzura de las costumbres que limita lo impulsivo, lo pasional, lo irracional; tiene que ver con la suavidad de trato, con esa sociabilidad contenida gracias a la cual unos y otros se hacen mutuamente accesibles; pero tiene que ver también con la virtud, palabra equívoca que se fundamenta en la idea de perfectibilidad humana y que algunos revolucionarios del Setecientos harán suya para forzar a los ciudadanos, para ajusticiarlos también. El Terror de Robespierre se basa en esa perfectibilidad humana, en la posibilidad de enderezar el fuste torcido de la humanidad: algo que parece muy noble y bienintencionado aunque su consecuencia es la violencia ortopédica o, a largo plazo, totalitaria. En efecto, los totalitarismos del siglo XX se basaron en el ideal del hombre nuevo, del individuo finalmente virtuoso: algo que esperaba Robespierre y que los totalitarios casi lograrán en el Novecientos.

Pero regreso al siglo XXI; regreso a ese concepto probablemente trivial que aparece en el anuncio televisivo (y sobre el que ahora quiero reflexionar). En el spot de promoción del vehículo se nos anuncia la felicidad, alguna otra forma de felicidad. Creo recordar que dice algo así como: si no le hace feliz, le devolvemos su dinero. Es decir, si el coche que le vendemos no le procura la felicidad, nos lo llevamos sin coste para usted. Sin duda, es una banalización de esa antigua bonheur, algo que tiene que ver con la sociedad de consumo y con el progreso material (una meta que, por cierto, estaba presente entre los viejos ilustrados). En Occidente vivimos en el sueño de un hedonismo consumado y consumido, en una creencia indolora que tiene sus aspectos positivos y negativos.

En primer lugar, esa quimera en parte real nos hace menos pasionales y violentos. Al menos, en principio: rodeados como estamos de bienes materiales –protegidos como estamos por un entorno que, de entrada, no nos hostiga–, nos volvemos menos impulsivos y quizá menos utópicos, cosa que resta tragedia a lo público, a las efusiones de la política, por ejemplo. Aferrándonos a lo posible –porque eso que es posible es materialmente accesible–, nos desenganchamos de lo utópico. Ya lo predijo Max Weber cuando quería hablar del realismo: “la política significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y distanciamiento al mismo tiempo. Es completamente cierto”, admite. Pero, a la vez, el sociólogo sabe del acicate de lo imposible. “Toda la experiencia histórica lo confirma”: ”que no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez”. Por eso, en segundo lugar,  el hedonismo nos inhabilita para aguantar el dolor, para demorar la satisfacción, para soportar la frustración o para imaginar una realidad distinta de ésta que nos acoge.

La felicidad era una meta utópica y equívoca en el Setecientos: algo que podía dañar, incluso. Hoy se ha convertido en una promesa banal: algo que nos aseguran una marca automovilística o el líder de un partido. He leído los viejos y nuevos libros de José María Aznar, de Jaime Mayor Oreja, de Eduardo Zaplana (próximamente en esta pantalla). He de leer Madera de Zapatero. ¿Qué me deparará? Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo… Bueno: a lo mejor no tanto.

En cualquier caso, podemos hallar esa trivialización de la felicidad a derecha y a izquierda. En mayores o menores dosis. Pero, a bote pronto, para ejemplificarla me viene a la cabeza un compromiso bien concreto: el de un candidato popular (liberal-conservador) en visperas de las pasadas elecciones. Yo no daba crédito: nos prometía la felicidad. Es raro, pues en Occidente los conservadores siempre han sido gentes extremadamente contenidas que no aseguran la dicha del porvenir.  También los liberales han sido morigerados en la expresión de sus metas. Ahora que se avecinan las siguientes elecciones y que los partidos se aprestan a establecer sus compromisos, supongo que la felicidad reaparecerá entre las promesas. La disputa ya es, definitivamente, empeño propagandístico o, mejor, reclamo publicístico que se lanza al viento. ¿Al viento? ¿Un brindis al sol? No exactamente: los compromisos de los candidatos quedan por escrito o registrados. Algún día, pues, podríamos afearles la conducta si han incumplido una tras otra las promesas hechas. Pero podría suceder también que los ciudadanos no diéramos demasiada importancia a muchos de esos compromisos que preceden a las elecciones: en el fondo no atan, pues los candidatos saben que luego los votantes no regresaremos al programa –que jamás hemos leído– para verificar lo dicho. Más aún, es posible que algunos de esos compromisos sólo merezcan el olvido (en el caso de que se recuerden), por ser sólo promesas demagógicas.

En general, los automóviles son decepcionantes. En comentario aparte de este blogMiranda dice ser  una “adicta conductora” y añade que, para ella, ”no puede haber felicidad mayor que la de estrenar un buen coche. Ese ruido, ese ir conociendo sus peculiaridades, ese olor…” En efecto. Cada vez más, la publicidad nos vende los autos no por lo que son sino por lo que nos sugieren, por lo que nos provocan: no por su utilidad, sino por el placer que nos procuran, por el simbolismo que llevan aparejados, por la imagen de que están revestidos. A poco fiable que sea el vehículo, su función de utilidad dura, pero su efecto placentero pronto decae. Esto lo analizaba Albert O. Hirschman en Interés privado y acción pública, un libro dedicado al ciudadano-consumidor. Hay en dicha obra páginas espléndidas destinadas a aclarar las formas de la decepción.

Los coches son bienes durables verdaderamente decepcionantes, decía Hirschman: transcurrido un tiempo, el auto sigue marchando, cierto, pero ese brillo original y esa pátina se han ido perdiendo, y otros modelos nuevos vienen a desplazarlos. Es cuando comprobamos que no podemos deshacernos de un vehículo que precisamente dura: hay que amortizarlo. Mengua entonces la función de placer manteniéndose la función de utilidad. Sustituyan ustedes placer por felicidad y así regresaremos al principio de este post. Que nos prometan la felicidad con un coche es un compromiso o muy arriesgado o muy facilón: total, no hay oficina de atención al consumidor entristecido. Tampoco hay oficina de atención al elector decepcionado. El votante siempre puede castigar al político que le prometió la felicidad optando por otro partido, pero, por favor, que nadie se engañe (y nadie se engaña ya): la felicidad, la ofrezca quien la ofrezca, no es asunto de coches ni de candidatos.

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2. HEMEROTECA

 eduardozaplana.jpg

-”La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007

-Todos los artículos de JS en Ojos de Papel

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3. NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS

A. Gilles Lipovetsky:

-La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Barcelona, Anagrama, 2007.

He leído bastantes ensayos sobre Lipovetsky, alguno de los cuales aquí hemos analizado o citado. Sus libros suelen tener la medida exacta de empirismo, imaginación, rigor académico y comunicación ágil, y la verdad es que, esté o no de acuerdo, nunca me han decepcionado. Este que ahora menciono, La felicidad paradójica, aún no lo leído (cosa que haré pronto), pero por sus contenidos veo que se ajusta perfectamente a alguna de las cosas que en este post abordo.

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-B. Miguel Veyrat:

-Fronteras de lo real. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.

-El incendiario. Palma de Mallorca, La Lucerna, 2007

-Instrucciones para amanecer. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.

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10.21.07

Memorias franquistas

Posted in Franquismo, Religión, Historia at 12:39 por jserna

  franco.png                                                                                                         

1. Jaime Mayor Oreja es un político de raza (que se dice), alguien que desde hace años ocupa puesto oficial y alguien a quien no se le conoce otra dedicación. Forma parte, pues, de lo que Gaetano Mosca llamó la clase política. En principio es una expresión extraña: mezcla voces que parecen contradictorias. En la teoría de Mosca, la elite rectora se caracteriza por disponer de una fórmula política, es decir, por valerse de una concepción del orden, del pasado, del presente y del porvenir, un plan de intervención y actuación. O, en otros términos, una ideología que justifica y fundamenta su dominio sobre los gobernados o seguidores. La clase política no sólo representa demandas de una colectividad más vasta (las de un sector social, por ejemplo), sino que también se forja sus propios intereses. El apellido Oreja designa a una familia de políticos profesionales: diputados o ministros que desde años atrás se dedican a esta tarea. Desde luego se ocupan de cosas a las que la mayoría no queremos dedicar tiempo. Es un servicio, pues, el que nos prestan.  Pero la clase política tiene sus propios intereses: mantenerse, conservarse, ampliar su red de influencia. El Network Analysis hace años que estudia esas redes de influencia: unas son formales y otras informales; unas se expresan a través de empleos políticos y otras a través de canales ideológicos afines. Mayor Oreja trabaja en ambos dominios: el del cargo público y el del proselitismo pío. Por eso, su dedicación no es la de un gestor inmune a los principios, o la de un técnico o la de un político sólo mediador: es la de un propagandista católico que persevera en la defensa del confesionalismo.  

Su persecución por parte de los terroristas y  su empeño personal en hacerles frente le han despertado la simpatía de muchos ciudadanos, de muchos ciudadanos que no son de su partido.  Durante un tiempo, esas circunstancias penosas han hecho olvidar su profundo conservadurismo, un ideario confesional militante al que, por supuesto, Mayor Oreja tiene derecho y que los católicos más fervorosos celebran.  En los últimos días ha vuelto al interés mediático por las declaraciones hechas a La Voz de Galicia.  Leamos un extrato de sus palabras:

-¿Qué opina de la Ley de la Memoria Histórica? 

-Hacer de una tragedia de nuestra historia un elemento de división es fácil, pero es un disparate. Si hicimos un esfuerzo en la transición para que este tema no siguiera dividiendo a los españoles, ¿para qué resucitar otra vez quiénes fueron más asesinos en la guerra? 

-¿Por qué le cuesta tanto al PP condenar el franquismo? 

-Porque eso forma parte de la historia de España. Yo no lo he condenado, yo elogio y alabo la transición democrática. ¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles? 

-Por esa misma lógica, tampoco condenará el nazismo o el estalinismo, porque muchos alemanes y soviéticos los apoyaron. 

-En la guerra hubo dos bandos y en el nazismo solo uno. 

-En el franquismo solo hubo un bando que reprimía.

-También hubo dos, porque el franquismo fue la consecuencia de una Guerra Civil en la que hubo dos bandos. No es lo mismo que el régimen nazi, donde había un solo verdugo. 

-Entonces, dejando al margen la Ley de la Memoria Histórica, ¿no considera pertinente condenar el franquismo? 

-No, por muchas razones. ¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? En mi tierra vasca hubo unos mitos infinitos. Fue mucho peor la guerra que el franquismo. Algunos dicen que las persecuciones en los pueblos vascos fueron terribles, pero no debieron serlo tanto cuando todos los guardias civiles gallegos pedían ir al País Vasco. Era una situación de extraordinaria placidez. Dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”.

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2. Disquisiciones y memorias. Es ésta una idea muy interesante, sin duda: “dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”. Resulta  aleccionadora la voz que emplea: “disquisición”, cosa a la que –según parece– se dedicarían los historiadores. Leamos el Diccionario de la Real Academia Española. Una disquisición puede ser un examen riguroso, pero puede ser también una divagación, una digresión. No sé si los historiadores nos dedicamos a examinar rigurosamente considerando cada una de las partes que constituyen un objeto del pasado o, si por el contrario, nos alejamos del presente aventurándonos con digresiones. El pasado, en cualquier caso, no es sólo materia de historiadores ni es únicamente asunto de divagaciones.  

Digo estas cosas y pienso en Antonio Elorza (”Memorias históricas“, véase en la sección de comentarios). Elorza es un historiador atendible y de larga obra que perdona a Mayor Oreja: le perdona su franquismo nostálgico. El académico, que ha pasado por distintas opciones y por diferentes obediencias (desde el PCE hasta Izquierda Unida, y hoy… Unidad, Progreso y Democracia), es un resuelto defensor de la ejecutoria de este político vasco: por eso le parece un desliz la evocación que Mayor Oreja hace de su infancia franquista como si aquel hubiera sido un tiempo de “absoluta placidez”. Sin duda, nadie le niega sinceridad a Mayor Oreja: nadie le niega que él lo viviera de ese modo, que lo percibiera o lo experimentara de esa manera. Como tampoco nadie niega el derecho de Elorza a mostrar camaradería.

Salvo desdichas graves, la infancia la solemos recordar así, con absoluta placidez: ingresamos en el tiempo con miedo y desconcierto, pero la atención y el cuidado nos apaciguan. Los padres hacen de nuestro entorno un ámbito hospitalario, edénico: aquel que para muchos acabará siendo el Paraíso. Crecemos y aprendemos a tolerar la frustración y las decepciones: con ello se agranda ese tiempo como momento irrepetible… Insisto: Elorza exculpa a Mayor Oreja de lenidad franquista, como si su opinión benévola sobre el pasado del Régimen fuera un desliz que sirviera para acusar al PP. “Resulta lamentable que políticos templados como Mayor Oreja puedan hacer manifestaciones, en el marco de la campaña del PP, que les convierten en nostálgicos de la dictadura de Franco. Dar motivos para ser acusados de neofranquistas no es nada bueno para los populares”. Desde luego, desde luego. Pero el caso es que el franquismo nostálgico de Mayor Oreja no es un error dicho a bote pronto. Lo tiene escrito en su librito Esta gran nación (LibrosLibres) y aquí ya lo analizamos el pasado 18 de junio. Perdonen la autocita:

Lo que me sorprende no es lo que [Mayor Oreja] dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro  señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española  como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo“.

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3. Hemeroteca. Memoria y clérigos

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–”La riada como metáfora“, Levante-EMV, 22 de octubre de 2007

Artículo de JS sobre el arzobispo de Valencia Agustín García-Gasco

Susan Sontag publicó, años atrás, La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Leí ambas obras con mucho interés: en la primera examinaba las analogías que del cáncer se han hecho para describir la sociedad “enferma”. ¿Por qué se establecen paralelismos entre el crecimiento desordenado de las células y los desarrollos de la vida humana? Las analogías patológicas sirven entre otras cosas para condenar ”el cuerpo enfermo de la sociedad” y, de paso, para ofender voluntaria o involuntariamente a los enfermos. El organicismo se ha servido de estas metáforas, que en su versión confesional asocia pecado a enfermedad. El catolicismo, además, ha empleado anaologías procedentes de los libros bíblicos. Las plagas que caen sobre la tierra o, también, el diluvio universal que castiga a los descendientes de  Adán y Eva son relatos míticos que dan cuenta del mal, del origen y del castigo del mal. La riada que parece preocuparle a Agustín García-Gasco es un diluvio laico. Dios permitiría estos castigos de la naturaleza para hacernos reaccionar. Si el laicismo se infiltrara suave, blandamente, entonces el mal infectaría de manera irreparable. Gracias a que se manifiesta con estrépito lo distinguimos: como una riada bien visible que nos avisa de sus venideros destrozos. Hay señales. O se manifiesta también como una vacuna que haría reaccionar los anticuerpos. Digo esto y regreso, precisamente, a Sontag: a los malos usos de las metáforas que ella tan sabiamente diagnósticó. ¡Ay, Dios!

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–”En el fondo, los miembros de Eta son revolucionarios“, El País, 21 de octubre de 2007

Entrevista a José María Setién por José Luis Barbería.

He leído un par de veces esta entrevista y la verdad es que no me repongo. No me sorprende lo que afirma el prelado (ya conocía sus ideas de otras declaraciones): lo que me choca es que pueda decir lo que dice desde el cristianismo… No sé, tal vez yo tenga un concepto más piadoso de dicha religión, un sentido más compasivo: a pesar de mi increencia. ¿El amor a un individuo sólo puede materializarse en lo colectivo? Cristo predicaba un amor universal sin distingos, una caridad que no precisa de pertenencias colectivas… Decía Jorge Luis Borges: no creo en la Providencia, pero me interesa. A mí me pasa algo semejante: no creo en la caridad cristiana, pero me interesa. De ese concepto misericordioso viene la fraternidad laica. ¡Ay, Dios!

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4. Colofón. Recuerdos de un niño bajo el franquismo

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Historia, memoria y Fórmula 1. Ferrarismo y alonsismo

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10.05.07

Historia y jóvenes

Posted in Juventud, Democracia, Historia at 19:31 por jserna

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1. Desde hace varios días, unos pocos jóvenes catalanes que se declaran independentistas han abrasado fotos de don Juan Carlos. Al parecer, con ese gesto incendiario, quieren hacer explícito, manifiesto, su repudio… Como la Corona nos asfixia –deben de pensar–, es normal que la carbonicemos en efigie. Como llevamos trescientos años de opresión monárquica –dicen algunos–, es natural que incineremos las imágenes borbónicas de hoy. Esta lógica me sugiere dos respuestas: una sobre el acto en sí; y otra sobre el sentido de la historia, sobre el significado del pasado que al parecer tienen esos jóvenes. Salvo imprevistos, el lunes 8 de octubre Levante-EMV me publicará un artículo (”¿Jóvenes airados?”)  en donde trato ambos asuntos. Mientras tanto, adelanto con otras palabras el objeto.   

Para empezar, sobre el acto de carbonizar: no parece que sea un ejercicio con grave riesgo, pues como mucho te quemas las yemas de los dedos. Gracias a cierta prensa, la posible punición penal se compensa con la fama mediática: siempre estará presente el objetivo de un fotógrafo para darte tus quince minutos de gloria. El periódico El Mundo o el diario Abc, por ejemplo, llevan a sus primeras planas las imágenes de un monigote barcelonés que representa al Rey. Lo vemos ahorcado: en su costado derecho, a la altura del corazón, le han descerrajado un balazo de pega, ficticio pero amenazador. Sin duda, es un acto sobre el que la justicia algo tiene que decir. Lo curioso es que dos diarios eleven ese hecho minoritario –por supuesto escaso, delictivo y descerebrado– a portada: si yo fuera un pirómano real desde luego estaría agradecido. Ésta es la lógica de ciertos medios.

Pero no es eso lo que me interesa analizar. Me importa más tratar ese segundo aspecto que adelantaba: el sentido de la historia de que parecen revestirse los incendiarios. Creo que hay que desmontar tal cosa…, si es que tras dicho acto hay algún sentido. Razonemos. El pasado entendido como fuente de identidad colectiva es una guerra ajena: es tedio y es el destino que nos hace epígonos y que fatalmente se nos impone. Cuando estoy con mis estudiantes, jamás trato así los tiempos pretéritos: evito tal manipulación en mis clases. La historia puede ser concebida de otro modo: como un libro en el que adentrarse sin saber lo que sus páginas depararán, como un texto en el que explorarse, buscarse y alejarse de uno mismo, de las evidencias con que uno carga. No se trata de crear buenos patriotas. De lo que se trata  es de quebrar las evidencias: de romper con el pasado evidente, ese que está hecho de memoria, de derrota o de gloria nacional. Con la historia se puede ayudar a los jóvenes a ordenar el caos que llevan dentro, a concebir el pasado como un depósito u observatorio de experiencias. Igual que transitamos y admiramos los parajes que nos contradicen, también la historia tiene que ser el dominio en donde apreciar el contraste: lo que nos extraña y lo que nos trastorna. El saber y la maduración sólo son resultado del fastidio y de la sorpresa que los demás nos provocan. Cuando la realidad que tenemos enfrente únicamente nos corrobora, entonces la percepción de lo extraño es inasimilable y, por eso, tendemos a tomar a ese otro como depravado o raro o anómalo. Hay que oponerse a esto. De ahí que la mejor enseñanza de la historia no sea la mera ratificación del barro original con el que fuimos presuntamente modelados.

Tener conocimiento del pasado me exige asumir mi condición inconsútil y fragmentaria a la vez: la casualidad de mi existencia y mi limitación. Estudiar historia no es encajar cómodamente lo que soy, sino ponerme en duda: examinar mi valor infinitesimal, rebelándome contra la determinación que me niega, contra la fatalidad. Por eso, más que carbonizar  habría que leer: leer las experiencias de otros que me desmienten, hacer acopio de vivencias que no son mías. La incidencia de mi vida es efímera y ese tipo que quiero ser, ese individuo que creen que soy, está condenado a consumirse dentro de lo previsible. Es en los demás y en la lectura que me extraña en donde espero hallar el alivio. Las historias que aprendo y las que me cuentan me amplían el mundo, dilatan los límites.

Hacen falta políticos sensibles que no envenenen con munición ideológica, que no erijan el pasado como el patrimonio al que te debes. Hacen falta padres que eduquen en la exigencia, en la ternura, en la ironía y en la tolerancia. Hacen falta también profesores que no se abandonen al fatalismo. Hacen falta medios que no intoxiquen, que no agiganten la bravuconada de los brutos. Pero sobre todo hacen falta jóvenes dispuestos a tomarse como individuos prometedores: individuos dispuestos a responsabilizarse de sí mismos. Lo pretérito no es destino ni justificación y frente a lo pasado hemos de rebelarnos, hecho que nos obliga a conocerlo: si lo ignoramos estaremos calcando patéticamente conductas que creemos propias y originales. Lo pretérito no tiene simetría alguna con el presente. Como diría José Lezama Lima, no podemos resignarnos a la elemental y grosera ley de simetría: no podemos ser remedo de algo ya dado o ya vivido. Punto final.

2. Hemeroteca

-”¿Jóvenes airados?”, Levante-EMV, 8 de octubre de 2007

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10.01.07

La Monarquía…

Posted in Democracia, Historia at 14:22 por jserna

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1. La Monarquía. Leo en Levante-EMV un despacho de Efe. Son palabras del Jefe del Estado. El Rey ha destacado en Oviedo, durante el acto de apertura del curso universitario, que “la monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución” ha determinado “el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España“. En su intervención, don Juan Carlos ha pedido que se forme a los jóvenes en “convivencia democrática, entendimiento y respeto mutuos, tolerancia y libertad” porque son ésos los valores que han hecho posible este período de estabilidad democrática“.

Son dos ideas interesantes, sí: la función de la Monarquía y el papel de la educación cívica. Las instituciones son creaciones humanas, un entramado de redes o de relaciones urdidas a partir de centros que reúnen poder o influencia: centros que también encarnan simbolismo o representación. Ninguna de esas posibilidades son excluyentes. Fíjense que en su alocución universitaria don Juan Carlos hablaba de la Monarquía parlamentaria. Hablaba de una institución política que adjetiva: hablaba, en fin, de un sistema representativo (el parlamentario) que en origen –en el siglo XIX– fue liberal pero no democrático. Por supuesto estas precisiones no son irrelevantes, dado que los régimenes liberales de la Monarquía española del Ochocientos fueron cualquier cosa menos democráticos: en 1845, por ejemplo, los derechos políticos estaban sería, muy seriamente, restringidos y, por tanto, el sufragio sólo podían ejercerlos… cuatro y el de la guitarra (si ustedes me permiten emplear la expresión castiza).

¿Que estas limitaciones no se debían a la exclusiva responsabilidad de la Corona? Por supuesto, una parte decisiva de los liberales españoles excluyeron políticamente a aquellos que decían invocar: la nación. Pero la Corona tenía un papel interventor, controlador, de origen absolutista, muy alejado, por ejemplo, del modelo británico. La Reina Isabel II, que fue vilipendiada, denostada, ridiculizada por una parte de sus camarillas y opositores, fue una soberana temprana y toscamente educada bajo los principios políticos del absolutismo que su padre (Fernando VII) supo aplicar con saña.  Isabel Burdiel ha sabido tratar este asunto de manera atinada en un libro sofisticado: Isabel II. No se puede reinar inocentemente. Allí hay páginas de un patetismo extremo: vemos a una soberana tristemente cómica, risible; a una reina a la que se la estigmatiza por el hecho de ser mujer poco fiable, rodeada de cortesanos y familiares con intereses espúreos o contrarios a la propia institución monárquica que los nutre.

Repaso lo anterior, reparo en las palabras de Juan Carlos, en la precisión del adjetivo (Monarquía parlamentaria) y aún la veo insuficiente si no relacionamos ese calificativo con la Constitución a la que el Rey finalmente alude, la del 78: con todas las servidumbres que se quiera (después de una dictadura), pero ésa es la primera gran Constitución democrática que regula en España las funciones de la Monarquía, que limita su poder.

Releo lo anterior y de repente me acuerdo de una incongruencia típica de columnista monárquico: lo que el domingo pasado leí en Abc. Era en el suplemento D7: en particular en la sección de Valentí Puig, titulada “La semana en un bloc”. “En la historia de la España moderna, la monarquía tiene algunos defectos; la república, prácticamente todos“, concluía Puig. Es, sin duda, un pensamiento erróneo, una comparación confusa. Ahora bien, tiene el brillo de la concisión y el prestigio del aforismo, algo que el escritor balear aprendió de su admirado Josep Pla…  

Pero que parezca un pensamiento exacto no quiere decir que lo sea, por descontado.  Puestos a comparar, la Monarquía sale peor parada que la República. En la España del siglo XIX, los problemas dinásticos que se originan a la muerte de Fernando VII –el Deseado o el Rey felón– provocan tres guerras civiles (las llamadas guerras carlistas). ¿Que la causa de esos enfrentamientos no es exclusivamente la pugna entre las distintas ramas de los Borbones? Por supuesto: en la España del Ochocientos, las luchas dinásticas son el envoltorio de numerosos conflictos enconados, irresueltos.  Pero, atención, la Monarquía española del XIX es simplemente desastrosa si la comparamos con su equivalente británica, pues –como dijo Isabel Burdiel en un artículo abajo reproducido– “en realidad, la Monarquía británica era una ‘república disfrazada’ al servicio de los intereses de unas clases medias amenazadas por aspiraciones políticas y cambios socioeconómicos muy rápidos e intensos”…

2. Revista de prensa

Martes, 2 de octubre. Leo El País, leo Abc, leo El Mundo…, los tres coinciden en el titular de primera plana: “El Rey reivindica…”

3. Hemeroteca

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-”Caudillos“, Levante-EMV, 1 de octubre de 2007

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-Reseña crítica del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (de Fernando Savater), Ojos de Papel, 1 de octubre de 2007.

——–

Esta tarde, 5 de octubre, nuevo post titulado “La historia y los jóvenes”

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09.24.07

Qué sentido de la historia

Posted in Historia at 7:25 por jserna

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1. ¿Historia?

El miércoles 19 de septiembre se inauguró en el Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat (MUVIM) una muestra histórica titulada Dos siglos de industrialización en la Comunidad Valenciana. Está comisariada por Juan Lagardera con el apoyo, entre otras instituciones, del Colegio de Ingenieros Industriales de Valencia y la Diputación de Valencia.

Anaclet Pons y yo hemos contribuido con un capítulo del catálogo y con las pesquisas sobre ciertos fondos que debían exponerse. Mi sensación ante los resultados es ambivalente: me reconozco y no me reconozco en una exposición de la que mi compañero y yo no hemos sido los comisarios. Esos sentimientos particulares son, sin embargo, irrelevantes para el gran público o para los espectadores que acudan a ver dicha muestra. Está concebida para ilustrar, precisamente: no para contentar a los estudiosos o a los académicos o a los eruditos o a los historiadores. Admitamos eso de entrada.

Será bueno el resultado si el gran público obtiene una imagen de conjunto, si los espectadores aprenden algo que ignoraban. Sorprende la ignorancia que del pasado puede llegar a tenerse: muchas personas viven en un presente eterno que no se consume y de cuyo origen nada saben. ¿Puede vivirse así? Puede vivirse felizmente, desde luego, sin interrogarse sobre lo que nos precede y condiciona. Pero el presente dura, sucede y, a la postre, debemos acarrear con las consecuencias de nuestros actos, como cargamos con los efectos de lo que nuestros mayores hicieron.

Como dice el narrador-psicoanalista de La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld, “el hombre feliz no mira hacia atrás. Vive en el presente. Y ahí está el problema. El presente nunca puede darnos una cosa: sentido. Los caminos de la felicidad y del sentido no son los mismos. Para encontrar la felicidad, un hombre sólo necesita vivir en el instante; sólo necesita vivir para el instante. Pero si quiere sentido”, añade el narrador, “deberá rehabitar el pasado, por oscuro que fuere, y vivir para el futuro, por incierto que sea”.

Los resultados de dicha Exposición serán igualmente interesantes si los responsables de las empresas actuales se hacen cargo de su pasado, de sus restos, de sus vestigios materiales. En distintos puntos del País Valenciano hay depósitos de piezas industriales que están esperando su adecuada conservación, su restauración, su catalogación… El abandono o la incuria no pueden durar: tienen responsabilidad las firmas y las instituciones, los mecenas y los cargos públicos.

Insisto: el gran público, los dirigentes políticos y los industriales han de rehabilitar y rehabitar ese pasado. Como dice Jed Rubenfeld en La interpretación del asesinato, la vida  ha puesto delante “de nuestros ojos la felicidad y el sentido, y se limita a urgirnos a que elijamos una de las dos cosas. En cuanto a mí, siempre he elegido el sentido”, apostilla con grandilocuencia. Sin duda se refiere a la pesquisa sobre el pasado: al significado que vincula los tiempos pretéritos con nuestro presente. Si invocamos la felicidad (en su acepción más banal), si creemos vivir en un presente que no dura, entonces el resultado será previsible: el pasado nos limitará sin saber por qué ni cómo. Al igual que un psicoanalista ayuda a exhumar lo reprimido o lo olvidado, el historiador incomoda y desentierra lo que estaba censurado u oculto de un proceso colectivo.  Al igual que el narrador freudiano de La interpretación del asesinato opta por averiguar el significado, también el historiador se inclina por trazar un sentido al pasado que nos llega.

Quizá sea una dejación abandonarse a la felicidad entendida como el simple discurrir de las cosas. Pero no pensemos que, habiendo optado por el sentido, el problema del pasado y de su conocimiento ya está resuelto. Los psicoanalistas disputan por la interpretación, como también los historiadores.  Un sentido anacrónico del pasado puede alterarlo,  condicionarlo, mixtificarlo. Una reducción de lo pretérito a las necesidades del presente, también; sobre todo si tomamos el hoy como la justificación del camino: si las cosas han acabado bien, por qué no vamos a reconstruir alegremente ese proceso que se consuma en nuestros días. Desde luego soy contrario a esta concepción de la historia que tanto se extiende en exposiciones, en conmemoraciones y en otros regocijos públicos.

 Quisiera reproducir los primeros párrafos del capítulo que Anaclet Pons y yo hemos escrito para el catálogo de esta exposición industrial. Es, creo, un aviso para navegantes… de la historia. O un preservativo contra la felicidad.

“La historia no es un proceso que se desarrolle consumando finalmente lo que ya estaba en origen. Tampoco es una narración coherente en la que todo encaje para conformidad común o alivio general: ni siquiera es recorrido continuo que nos transporte desde un momento original a otro superior que lo justificaría. Si así fuera, los historiadores no seríamos más que cronistas, como dijera Walter Benjamin: enumeradores de acontecimientos pasados, de glorias menudas o gigantescas en confusa mezcla. Si así obráramos, reuniríamos bajo una cronología lineal un cúmulo de acontecimientos y sucesos o una retahíla  de fechas y personajes. Si así empleáramos los documentos, en fin, cultivaríamos una historia monumental. La historia monumental, al decir de Friedrich Nietzsche, es aquella en la que el cronista da un sentido memorable a lo pretérito, a la sucesión de lo ocurrido: el relato de una gesta unívoca que, llegando al presente, racionaliza retrospectivamente y nos conforta.

Las cosas no han ido necesariamente así ni tampoco hay una única forma de examinar, de explicar y de comprender el pasado.  El mismo Walter Benjamin postulaba una recuperación selectiva y fragmentaria de lo inerte histórico: proponía detenerse en ciertos instantes del pasado, instantes que nos iluminan, que nos interpelan y, por eso, nos fuerzan a darles sentido. De este modo, evitaríamos aquel procedimiento basado en la simple adición, que  solamente nos proporciona una masa de hechos para llenar un  tiempo supuestamente homogéneo y vacío. Cambiando la perspectiva no veríamos trayectorias ascendentes, victorias señaladas, consumaciones, sino  sobre todo múltiples líneas contradictorias, proyectos alternativos, cosas que fueron y desaparecieron o futuros posibles que no cuajaron. Si la historia la vemos así, quizá nos sea más sencillo evitar la simple sucesión lineal: ya no podremos ofrecer al espectador una perspectiva coherente, mansa, complaciente, de una realidad que es compleja y dispersa.

Si hablamos de empresarios y de empresas, de fábricas y de fundiciones, podemos decir que por cada éxito, por cada compañía que logra triunfar, hay un sinfín de fracasos, de ilusiones truncadas, de proyectos frustrados, de quiebras. Mirémoslo  de este modo, entendamos que las imágenes del éxito sólo son una posibilidad, que las cosas no estaban destinadas necesariamente a tener fortuna, que esas fotografías que ahora vemos, que ahora se exponen, son semejantes a las instantáneas que hubieran podido encargar aquellos que se quedaron en el camino. Por supuesto, habitualmente sólo tenemos la huella del esfuerzo victorioso,  sólo nos quedan los catálogos de las empresas que vendieron  sus productos, los retratos de quienes las capitanearon. Podemos observar sus membretes, sus máquinas, las fotografías de la fabricación. Y las poseemos porque ellos, los que tuvieron éxito, sí que las guardaron: con esa conservación quisieron inmortalizar su fortuna y quisieron dar orden y sentido a su gesta, esa que otros no pudieron completar y que ahora sólo queda entrevista…”

2. Hemeroteca

-”La historia recreativa

Artículo de JS (Crítica de una Exposición histórica, mayo de 2001)

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-”Credo y Ciudadanía“, Levante-EMV, 24 de septiembre de 2007

Artículo de JS sobre Educación para la Ciudadanía 

————–

-”El pasado industrial valenciano mira al futuro“, Levante-EMV, 26 de septiembre de 2007 

Artículo de Manuel García Ferrando sobre la Exposición Industrial del Muvim.

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09.14.07

¿Hay que quemar a los Reyes… en efigie?

Posted in Guerra, Fotografía, Democracia, Historia at 16:08 por jserna

quemarenefigie.jpg 

Leo en Abc que, coincidiendo con una visita del Rey a Gerona el día 13 de septiembre, un grupo de cuatrocientos exaltados que se oponían a dicha presencia se manifestaron con contundencia, llegando a quemar fotos de los monarcas españoles. Tenían una particularidad las fotos incineradas: estaban puestas del revés. Por lo visto en televisión, por las banderas de que eran portadores y por los símbolos de que se rodeaban, se infiere que esos manifestantes eran maulets, se autodenominan maulets, y al invertir el retrato de los reyes repetían lo que la tradición atribuye a los naturales de Xàtiva: los nacidos en esta localidad valenciana tuvieron que padecer el incendio de su población, ordenado por el primer Borbón que se instaló en España (de ahí el sobrenombre con que se les conoce: socarrats). La ciudad de Xàtiva fue quemada como castigo a la resistencia que opuso al linaje Borbón. ¿A qué época nos referimos? Estamos hablando del siglo XVIII, de la guerra de Sucesión que se libró entre las tropas que postulaban al Archiduque Carlos y las que seguían al futuro Felipe V. Las venganzas fueron amplias y reconocidas por la historiografía, características por otra parte de tantos enfrentamientos bélicos. Cuando la guerra es verdaderamente un conflicto entre caballeros, entonces los lances tienen por propósito desarmar al enemigo evitando que sus tropas nos dañen o malogren. La legitimidad asiste a las partes y, por tanto, el adversario es visto como un oponente caballeroso y temible que merece ser tratado dignamente. En cambio, cuando el conflicto  cobra perfiles de guerra civil, entonces al enemigo se le quita toda legitimidad: más aún, se le concibe como un verdadero enemigo interior, rebajándosele incluso su condición humana.  

La guerra, esa guerra así concebida, “procede de la enemistad, ya que ésta es una negación óptica de un ser distinto”. Esta aseveración la dejó escrita Carl Schmitt en su obra El concepto de lo político (1932). Por eso, las guerras civiles suelen ser tan crueles: a quien se tiene enfrente no es al inimicus sino al hostes: es decir, se tiene a algo más que un adversario: es nuestra negación o contraparte, aquel con quien no puede negociarse, aquel que nos refuta por el simple hecho de existir. Es posible que nos haya infligido daños reales, objetivos, pero, sobre todo, lo más importante es que los menoscabos materiales o fantaseados los vivieron nuestros antepasados y ahora los seguimos viviendo como insoportables. No se pueden olvidar y el trato que podemos dispensar sólo es el de la venganza. Así lo vive determinada gente.  

La guerra de Sucesión tuvo mucho de estas características, pero no porque fuera la imposición de una nación extranjera sobre otra, no porque se implantara una institución extranjera sobre la propia, sino porque las instituciones en conflicto las defendieron unos naturales contra otros y, por tanto, la legitimidad de una sólo podía ser la ilegitimidad de la otra. Pero del resultado de aquella guerra se beneficiaron no sólo las tropas foráneas defensoras de un nuevo orden, sino también tantos y tantos catalanes y valencianos (¿botiflers?) que se valieron de la nueva Monarquía para sus intereses particulares. Los historiadores que han estudiado el Setecientos así lo han mostrado fehacientemente. Un juego de suma cero se libraba, como también se libraban el cese de privilegios y la concesión de nuevas ventajas para los nativos. Al parecer, muchos naturales de  Xàtiva  manifestaron una firme oposición a Felipe V y de ahí vino el incendio de la ciudad, su cambio de nombre (San Phelipe) y otras sevicias menores que los ganadores impusieron. Como contrapartida, como acto de venganza simbólico, aunque tiempo después, el retrato del Rey sería vuelto del revés para su escarnio y oposición.            

Ahora, varias centurias después, unos autodenominados maulets han invertido la fotografía de Juan Carlos y Sofía y, con un retraso de siglos, les han hecho pagar a los Borbones la crueldad de aquel incendio principal ocurrido en Xàtiva: les han hecho pagar por ello pegándoles fuego mientras con fervor viril coreaban “los catalanes no tienen Rey”. De dicho acto podemos efectuar varias lecturas: desde la obvia, el infantilismo violento (son adolescentes enrabietados), hasta la refinada y melancólica, el historicismo (las llagas y las fantasías no se curan); desde la impotencia ideológica (sólo cuatrocientos maulets), hasta la exhibición mediática. La violencia resulta muy atractiva en televisión cuando del acto cometido no se sigue sangre o descuartizamiento. Que un emigrante se queme a lo bonzo resulta insoportable para nuestras tiernas retinas, claro. Que a una persona que simboliza algo se la carbonice en efigie para algunos puede resultar hasta entretenido. Ésa es la lógica de los medios… Pero la historia nos muestra que la quema en efigie es muchas veces cobardía achispada. Esos individuos que incineraron las fotografías para que las televisiones las registraran no se creerán cobardicas ni gallinas: se juzgarán machotes y cojonudos, incluso alegres y combativos. Pero su acto no es más que un gesto impotente, el primer paso del progrom, del linchamiento que una colectividad embriagada comete.  

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Hace mucho tiempo, en los años sesenta, a Joan Fuster  lo quemaron en efigie unos bárbaros que lo repudiaban y, por ello, montaron la ceremonia de un auto de fe. La combustión sucedía el 9 de marzo de 1963 y, como el propio Fuster dijo en Combustible per a Falles, “estas circunstancias solían darse de una manera regular en las antiguas combustiones de heresiarcas, cuando el reo era condenado en  rebeldía o a título póstumo”.

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Patética venganza…

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