02.01.08

El barrito del elefante

Posted in Guerra, Comunicación, Democracia at 12:16 por jserna

elefante.jpg 

 1. De elefantes. De partidos

¿Qué se puede decir de lo que está ocurriendo, de las informaciones políticas que nos llegan, de la campaña electoral? ¿Qué se puede decir que no hayamos dicho ya? El creciente hostigamiento es previsible; la absoluta desaparición de la cortesía, también. Se libra una guerra de agotamiento, de tenacidad (permítaseme la metáfora). En una circunstancia así, los choques se dan en todos los frentes, a todas horas y en todo tiempo. En un cierto sentido (pero sólo en un cierto sentido), podríamos pensar que esta circunstancia recuerda a lo que pasaba durante la Guerra Fría (por cierto, no se pierdan un ensayo de síntesis escrito por Álvaro Lozano, que he disfrutado: bien informado y entretenido).

Durante aquel conflicto de las superpotencias, el enfrentamiento entre los bloques se libraba en Europa, aunque también en Asia, en América y en África. El choque se daba entre dos industrias armamentistas:  entre el complejo militar-industrial estadounidense y la dirección político-bélica soviética. Se daba también entre modelos políticos, sociales, culturales, que se presentaban ciertamente como alternativos, como opuestos e inconciliables. Esa guerra fría sin obligaba al alineamiento y, por tanto, a marchar todos juntos contra el enemigo: prietas las filas y sin concesiones. Ahora bien, en la Guerra Fría había unas reglas implícitas que no rigen ahora exactamente. Por muy duro que fuera el choque, el arma nuclear hacía improbable una colisión frontal. O, como dijera Raymond Aron, la paz era imposible, pero la guerra era improbable. Ello obligaba a todo tipo de negociaciones que impidieran un desenlace bélico: pero eran negociaciones con adversarios armados hasta los dientes, amenazantes.

Ahora, en plena campaña electoral, ese lenguaje de Guerra Fría lo ha sabido expresar y recuperar muy bien Manuel Pizarro. El candidato número dos del Partido Popular comentaba la última reunión de Londres a la que no había sido invitado José Luis Rodríguez Zapatero. Manuel Pizarro atribuía la ausencia de España en la reunión de las potencias económicas europeas a que “no pinta nada” en la Unión Europea. ”Sólo se respeta a quien se teme, al competidor que te quita clientes, al que de verdad tiene algo que aportar”, concluyó. La descripción es bien gráfica: respeto y miedo son indisociables; la política es mercadeo.

En la campaña electoral española, la paz es imposible y la guerra es más que probable. Metafóricamente hablando, claro. Por eso, los contendientes han de estar permanentemente en guardia: empleando su propio lenguaje, sus propios marcos de referencia; obligando al enemigo a combatir con elefantes o a hacerle creer que esto que ahora ves es un elefante, como diría George Lakoff en una de sus metáforas ahora más conocidas. Este autor ha sido objeto de vilipendio, justamente por haber entrado él mismo en la batalla electoral que se libra en España: es uno de los asesores internacionales del partido socialista y ello ha provocado la rechifla ignara de algunos columnistas de Abc. De Lakoff leí tiempo atrás Metáforas de la vida cotidiana, un libro complejo aunque muy útil para averiguar cómo abordamos ordinariamente la realidad valiéndonos de mapas, de imágenes, de esquemas que nos sugieren cursos de acción. Metaphors We Live By era el título original. Pero dejemos de momento a Lakoff para regresar al campo de batalla. Hay que estar permanentemente en guardia, decíamos: batallar sin desmayo, sin descanso. No debe haber descuido  que pueda ser aprovechado por el enemigo: un momento de duda, un instante de incertidumbre que acabe beneficiando al contrario es el principio de la derrota. Pero tampoco puede confiarse quien obtenga esa victoria (de momento pírrica): un contragolpe puede desarbolar las defensas del oponente. Guerra…

Irreparable y presumiblemente, las metáforas con que me expreso son ésas: no sólo por falta de imaginación (que, ay, también se agota), sino porque en campaña los candidatos se combaten propiamente, se enfrentan para ganarse el favor de un público, de una clientela. Y los choques que se están dando son los propios de una guerra de posiciones y de una guerra de movimientos. Hemos ganado un territorio que no podemos ni debemos abandonar.  Estamos agazapados en nuestras respectivas trincheras, aguardando el descuido del enemigo para lanzarle un obús o para azuzarle  los elefantes: un choque que provocará numerosas bajas, pero no su derrota total. Al menos, de momento. Para alivio de todos y a diferencia de la guerra, el combate electoral tiene fecha de cierre: habrá unos vencedores y habrá unos derrotados y con ello se dará fin al combate abierto y a las escaramuzas.

¿Seguro? Imaginen un empate entre ambos partidos o un desenlace sin resultados contundentes. Nadie se dará por vencido y la resaca posterior al 9 de marzo aún será peor que la ebriedad electoral. O imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente.

Qué curioso. Digo esto y veo cuáles son las consecuencias imprevisibles de la metáfora: por una parte, los elefantes de combate lo devoran todo, pues son prácticamente insaciables (necesitando comer kilos y kilos de forraje); por otra, estas bestias tienen, además, una peligrosa tendencia a la estampida. En la antigüedad, un ejército podía quedar desarbolado precisamente por los elefantes: su estampida dejaba inermes a los soldados que los montaban. ¿Habrá estampida tras los resultados electorales?

—————-

2. El cementerio de elefantes

Próxima la fecha de los comicios, la Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado. Su Comisión Permanente ha publicado una Nota ante las elecciones de 2008. El Partido Socialista ha respondido con dureza. Ha aprobado un Comunicado del PSOE en respuesta a la nota de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones. Se aprecia una gran irritación entre los dirigentes de dicho partido. ¿Hay razones para ello? Resulta cansado regresar a la Iglesia. Quiero decir, a tener que tratar de moral católica cuando hace años que abandonamos el rebaño. Pero me obligo y leo el documento. Hay dos puntos que parecen especialmente redactados contra los socialistas, contra quienes con tanto malestar se han expresado. Son el 4º y el 5º. Léamoslos:

-”Si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana, ni son tampoco igualmente cercanos y proporcionados a los objetivos y valores que los cristianos deben promover en la vida pública“.

-”Los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido, cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral de la vida. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas. No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo“.

La moral es el criterio que nos permite distinguir el bien del mal: lo bueno de lo malo, lo correcto de lo inadecuado. Cuando emprendemos una acción, cada uno de nosotros puede y debe juzgarla de acuerdo con un criterio que siendo personal pueda predicarse para toda la humanidad.  La jerarquía católica tiene derecho a dictaminar sobre la moral de los creyentes de acuerdo con sus propios criterios: punto número 4. ¿Pero por qué no señala directamente cuáles son esos partidos políticos contrarios a los objetivos y a los valores cristianos? Es aún más insidiosa, sin embargo, la formulación del punto número 5, aquella en la que se establece una acusación genérica (que, por genérica, es bien concreta): la que permite insinuar que los gobernantes no se atienen al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo. La recta razón y la experiencia histórica de cada pueblo no son metáforas… o son algo más que metáforas: son perífrasis evidentes que evitan llamar a las cosas por su nombre. Traduzcamos: la recta razón es la moral dictada por el Vaticano, y la experiencia histórica de cada pueblo es la catolicidad de España. Por eso, la auténtica conclusión de la nota electoral de los obispos es el punto 7º. Dice así:

-”No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna“.

Lo dije y lo vuelvo a repetir: estos obispos levantiscos deberían ”repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente «¿En qué creen los que no creen?». Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de Agustín García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.

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01.25.08

Un cementerio de huesos

Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna

santacruz.jpg 

1. RESTOS

Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo  es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos  legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.

En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están  reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”.  Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido  tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados.  La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues,  como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.

Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.

Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas,  un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.

¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.

Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.

Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?

2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)

Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.

Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.

He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban).  En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.

Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar  sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.  

———–

3.  LAS FOSAS COMUNES (26 de enero) 

La novela de Miguel Veyrat

En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate: 

-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005).  En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí 

-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.

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3.  HEMEROTECA JS

-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008

-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)

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09.14.07

¿Hay que quemar a los Reyes… en efigie?

Posted in Guerra, Fotografía, Democracia, Historia at 16:08 por jserna

quemarenefigie.jpg 

Leo en Abc que, coincidiendo con una visita del Rey a Gerona el día 13 de septiembre, un grupo de cuatrocientos exaltados que se oponían a dicha presencia se manifestaron con contundencia, llegando a quemar fotos de los monarcas españoles. Tenían una particularidad las fotos incineradas: estaban puestas del revés. Por lo visto en televisión, por las banderas de que eran portadores y por los símbolos de que se rodeaban, se infiere que esos manifestantes eran maulets, se autodenominan maulets, y al invertir el retrato de los reyes repetían lo que la tradición atribuye a los naturales de Xàtiva: los nacidos en esta localidad valenciana tuvieron que padecer el incendio de su población, ordenado por el primer Borbón que se instaló en España (de ahí el sobrenombre con que se les conoce: socarrats). La ciudad de Xàtiva fue quemada como castigo a la resistencia que opuso al linaje Borbón. ¿A qué época nos referimos? Estamos hablando del siglo XVIII, de la guerra de Sucesión que se libró entre las tropas que postulaban al Archiduque Carlos y las que seguían al futuro Felipe V. Las venganzas fueron amplias y reconocidas por la historiografía, características por otra parte de tantos enfrentamientos bélicos. Cuando la guerra es verdaderamente un conflicto entre caballeros, entonces los lances tienen por propósito desarmar al enemigo evitando que sus tropas nos dañen o malogren. La legitimidad asiste a las partes y, por tanto, el adversario es visto como un oponente caballeroso y temible que merece ser tratado dignamente. En cambio, cuando el conflicto  cobra perfiles de guerra civil, entonces al enemigo se le quita toda legitimidad: más aún, se le concibe como un verdadero enemigo interior, rebajándosele incluso su condición humana.  

La guerra, esa guerra así concebida, “procede de la enemistad, ya que ésta es una negación óptica de un ser distinto”. Esta aseveración la dejó escrita Carl Schmitt en su obra El concepto de lo político (1932). Por eso, las guerras civiles suelen ser tan crueles: a quien se tiene enfrente no es al inimicus sino al hostes: es decir, se tiene a algo más que un adversario: es nuestra negación o contraparte, aquel con quien no puede negociarse, aquel que nos refuta por el simple hecho de existir. Es posible que nos haya infligido daños reales, objetivos, pero, sobre todo, lo más importante es que los menoscabos materiales o fantaseados los vivieron nuestros antepasados y ahora los seguimos viviendo como insoportables. No se pueden olvidar y el trato que podemos dispensar sólo es el de la venganza. Así lo vive determinada gente.  

La guerra de Sucesión tuvo mucho de estas características, pero no porque fuera la imposición de una nación extranjera sobre otra, no porque se implantara una institución extranjera sobre la propia, sino porque las instituciones en conflicto las defendieron unos naturales contra otros y, por tanto, la legitimidad de una sólo podía ser la ilegitimidad de la otra. Pero del resultado de aquella guerra se beneficiaron no sólo las tropas foráneas defensoras de un nuevo orden, sino también tantos y tantos catalanes y valencianos (¿botiflers?) que se valieron de la nueva Monarquía para sus intereses particulares. Los historiadores que han estudiado el Setecientos así lo han mostrado fehacientemente. Un juego de suma cero se libraba, como también se libraban el cese de privilegios y la concesión de nuevas ventajas para los nativos. Al parecer, muchos naturales de  Xàtiva  manifestaron una firme oposición a Felipe V y de ahí vino el incendio de la ciudad, su cambio de nombre (San Phelipe) y otras sevicias menores que los ganadores impusieron. Como contrapartida, como acto de venganza simbólico, aunque tiempo después, el retrato del Rey sería vuelto del revés para su escarnio y oposición.            

Ahora, varias centurias después, unos autodenominados maulets han invertido la fotografía de Juan Carlos y Sofía y, con un retraso de siglos, les han hecho pagar a los Borbones la crueldad de aquel incendio principal ocurrido en Xàtiva: les han hecho pagar por ello pegándoles fuego mientras con fervor viril coreaban “los catalanes no tienen Rey”. De dicho acto podemos efectuar varias lecturas: desde la obvia, el infantilismo violento (son adolescentes enrabietados), hasta la refinada y melancólica, el historicismo (las llagas y las fantasías no se curan); desde la impotencia ideológica (sólo cuatrocientos maulets), hasta la exhibición mediática. La violencia resulta muy atractiva en televisión cuando del acto cometido no se sigue sangre o descuartizamiento. Que un emigrante se queme a lo bonzo resulta insoportable para nuestras tiernas retinas, claro. Que a una persona que simboliza algo se la carbonice en efigie para algunos puede resultar hasta entretenido. Ésa es la lógica de los medios… Pero la historia nos muestra que la quema en efigie es muchas veces cobardía achispada. Esos individuos que incineraron las fotografías para que las televisiones las registraran no se creerán cobardicas ni gallinas: se juzgarán machotes y cojonudos, incluso alegres y combativos. Pero su acto no es más que un gesto impotente, el primer paso del progrom, del linchamiento que una colectividad embriagada comete.  

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Hace mucho tiempo, en los años sesenta, a Joan Fuster  lo quemaron en efigie unos bárbaros que lo repudiaban y, por ello, montaron la ceremonia de un auto de fe. La combustión sucedía el 9 de marzo de 1963 y, como el propio Fuster dijo en Combustible per a Falles, “estas circunstancias solían darse de una manera regular en las antiguas combustiones de heresiarcas, cuando el reo era condenado en  rebeldía o a título póstumo”.

 manifestacionplazaayuntamientogirona.jpg

Patética venganza…

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03.16.07

La foto. Instantánea y propaganda

Posted in Guerra, Fotografía, Comunicación at 10:07 por jserna

fotoazores.jpg 1. La foto

En el mes de marzo de hace cuatro años se publicaba en la prensa una fotografía que todos ustedes recordarán. A esa instantánea se le concedió unos meses después el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría de Información Gráfica. Me refiero, claro, a la fotografía tomada por Sergio Pérez Sanz sobre la reunión de las Azores en la que participaron George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar. El jurado que le otorgó el galardón subrayó  el valor histórico de la instantánea, convertida en “verdadero icono de esa reunión” y “su revelación de la psicología de sus protagonistas”. No hace falta que reproduzca aquí aquella imagen, que está en la retina de todos. O tal vez sí: volvamos mirar aquella fotografía, echémosle un vistazo, ya que si fue una instantánea, si lo fue auténticamente, entonces captó el instante, la circunstancia irrepetible de aquel momento.

A diferencia de lo que sucede con la pintura, el instante que capta el objetivo fotográfico se adhiere al soporte. Roland Barthes insistió en ello en La cámara lúcida haciendo de dicha peculiaridad su condición. Un óleo, aunque represente un momento que fue real, que existió verdaderamente, ese momento congelado en la retina del pintor y que su destreza le permite reproducir sobre la tela, es resultado de una larga elaboración: a la tela se adhieren diferentes instantes que no son los que finalmente se reflejan, las largas horas de pose, por ejemplo. Es posible que también la fotografía necesite mucha preparación, pero aquello que capta es ese momento único e irrepetible que hubo en la vida real de quienes fueron retratados.

El tiempo es un instante, cierto: ese presente eterno que es el que únicamente vivimos, del que tenemos constancia; pero el tiempo dura, se extiende en una sucesión, en una yuxtaposición de momentos, de fotogramas o fotografías, por ejemplo. La pintura figurativa puede optar por una representación realista, hacer explícita la semejanza icónica, como diría Umberto Eco, y puede darnos también un fragmento de vida que jamás existió, porque no hubo nunca ese instante que es posible técnicamente en la fotografía. Por eso, los lienzos más realistas son a la postre los más elaborados, los más artificiosos, aquellos en los que mayor esfuerzo se invirtió en busca de la autenticidad, de la naturalidad. Si en conclusión es eso la pintura, tendríamos que admitir que la fotografía es el arte verdaderamente realista. ¿Lo es? Como resulta a todas luces evidente, la fotografía es también extremo artificio técnico, pero sobre todo es preparación y pose que desnaturaliza, recreación del escenario; es encuadre del mundo, un encuadre que secciona, que recorta sólo una parte de la realidad posible para incluirla en el campo visual; es, en fin, representación sofisticada, laboriosa y connotación, valor significativo y añadido simbólico, como la mano acogedora, amistosa o paternal de George W. Bush que se deposita sobre el hombro de José María Aznar.

Juan José Millás reproduce en su libro Todo son preguntas la revelación del fotógrafo. Sergio Pérez Sanz “dice que cuando comenzó la sesión fotográfica Aznar estaba colocado entre el presidente de Portugal, que era el anfitrión, y Blair,  «Pero el mandatario español», añade, «realizó un fugaz desplazamiento de 180 grados y, en cuestión de segundos, se situó a la izquierda del presidente estadounidense, quien, nada más reparar en su presencia, se apresuró a colocar la mano sobre el hombro izquierdo de José María Aznar». Pérez Sanz”, prosigue Millás, “obtuvo una perspectiva distinta a la del resto de los fotógrafos congregados para la ocasión gracias a una escalera de mano con la que situó el objetivo de su máquina un metro por encima de sus colegas”.

No hace falta que seleccionemos otras fotos de aquel encuentro de las Azores para comprender esa clase y esa sucesión de artificios. Podemos volver a mirar ese retrato galardonado: una pieza que carece de valor estético en sí misma, pero a la que todos confieren una dimensión simbólica. ¿Y qué vemos, si de simbolismo se trata? Distinguimos, en este caso, un retrato de grupo, en el que destaca lo que a todos ellos mancomuna: los miembros de una peña de amigos, de tres amigos, se fotografían mostrando lo que son, haciendo ostentación de sí mismos, de su orden jerárquico y funcional, en perfecta disposición, preparados para cumplir su misión. Por supuesto, como ya sabemos, la vida de aquellos colegas no se captó de forma espontánea y la realidad ordinaria de dicho grupo no se tradujo en imágenes. Por descontado que estaba recreada expresamente, haciendo una representación artificiosa, tanto que hasta nos incomoda la representación, como cuando nos vemos en una foto antigua y recordamos la pose forzada, impostada, que adoptamos. No es el instante prodigiosamente captado de unos amigos; es, por el contrario, la esforzada puesta en escena de una circunstancia artificial.

Ahora bien, no pensemos que ese hieratismo o esa impostación o esa puesta en escena son lo exclusivamente artificial: aun cuando los hubiéramos sorprendido trabajando, con los pies encima de la mesa, por ejemplo, la mirada del fotógrafo se hubiera detenido en un instante ya visto, en un esquema perceptivo previo y reconocible, probablemente aquel que captura y reproduce el punctum (que diría Barthes), el elemento simbólico, incoherente, extraño que atrae o concentra las miradas: la mano sobre el hombro, la palmadita en la espalda.

¿Pero por qué digo todo esto? ¿Habré caído en la trampa de la propaganda? En ese caso regresaría porque el partido socialista devuelve actualidad a esta foto para así contrarrestar el efecto de De Juana. No: lo digo porque la prensa lo registra –la afín y la hostil al partido socialista–  convirtiendo en noticia unas declaraciones y haciendo realidad un efecto. Pero sobre todo lo digo porque ahora se confirman con toda claridad las consecuencias de aquella guerra que se quiso rápida, expeditiva y efectiva, y de la que esta foto era un instrumento de propaganda. El Pentágono admite que el resultado de aquella contienda es ahora lo más parecido a una guerra civil, algo que muchos anunciábamos años atrás.

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2. Hemeroteca (18/03/2007)

A. Manifiesto leído en Madrid el día 17 de marzo de 2007 

B. La izquierda vuelve a utilizar la guerra de Irak para arremeter contra el PP (Abc)

C. Madrid exige a Aznar que pida perdón (Levante-EMV)

D. Miles de personas exigen en Madrid que el ‘trío de las Azores’ pida perdón por la guerra de Irak (El País)

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3. Artículos de JS

A. Sobre Irak, en la prensa

Civismo sonoro (caceroladas)

Las analogías de Trillo (El euro)

Irak entre nosotros

B. Sobre Irak, en el blog

Irak en Los archivos de Justo Serna

C. Temas varios en Levante-EMV, viernes 16/03/2007

Contra el entusiasmo (Mariano Rajoy), Levante-EMV, 16 de marzo de 2007

Lujos en la Valencia burguesa, Levante-EMV, Posdata, 16 de marzo de 2007

 

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01.24.07

El mal político

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:34 por jserna

hitler2.jpg  

1. Si reparan en el epígrafe que encabeza, advertirán su ambigüedad: puede leerse como la maldad política o como el político malo. Es decir, hay una perversidad en la gestión, en la representación, en la dirección, en la dominación; y hay mandatarios que son pésimos políticos porque obran el mal o porque, simplemente, son unos ineptos. Leía estos días En el búnker con Hitler, de Bernd Freytag von Loringhoven, un texto del que he escrito una reseña para Posdata (Levante-EMV) y que aparecerá este mismo viernes. Es un libro interesante que, a la vez, desazona. Pero no por el tema que trata (el nazismo en su estado terminal), sino por la inconsciencia y la ceguera a las que voluntariamente se sometió Von Loringhoven mientras fue oficial de la Wehrmacht: mientras estuvo con Hitler en el búnker. En estas memorias escritas varias décadas después y publicadas originariamente en 2005, no hay una página de reflexión profunda sobre el antisemitismo, sobre el exterminio: sólo sobre la experiencia de la guerra.

“Es difícil admitirlo hoy en día, en la era de la libertad de opinión y de la información globalizada”, dice el autor, “pero por razones relacionadas con la naturaleza del régimen y de las operaciones llevadas a cabo, nunca se mencionaron en esas reuniones los campos de concentración ni el destino trágico de los judíos. Hasta el final de la guerra, desconocía los nombres de los campos de exterminio. No tenía ni la menor idea del sistema creado para exterminar a los judíos”, concluye. ¿Creíble? ¿No tenía pista alguna sobre el desarrollo criminal del antisemitismo?

Von Loringhoven era un militar especializado, un técnico al servicio de los intereses bélicos de su patria, dice. Esa convicción le permitió no ver exactamente qué régimen era al que se sometía  como soldado. ¿Cometió crímenes? No. Y si pudo salir con vida del búnker fue precisamente por haber sido eso: un especialista en información bélica, información  que debía plasmar en los mapas de la contienda. Pregunto otra vez: ¿resulta creíble la protesta de ignorancia sobre el exterminio hecha por un oficial del búnker, que además había guerreado en Rusia? “La terrible experiencia de la guerra, de la dictadura nazi y del Holocausto forma parte de nuestra historia”, dice ahora. “El recuerdo lúcido del pasado no debe conducir a las generaciones futuras a un mea culpa generalizado y permanente, pero forma parte de una obligación de vigilancia”, leemos en su última página.

Produce malestar esta declaración aparentemente sensata, pues el hecho de que los germanos de hoy no deban lacerarse sin fin no excluye el mea culpa de los alemanes de ayer. Y  Von Loringhoven es un alemán de ayer: alguien que debe acarrear la ignominia de haber servido sin mayor malestar a un régimen criminal. Desde luego no son sólo los alemanes quienes deben disculparse: hay en la historia europea una larga nómina de ciudadanos que se han desentendido  y que han acrecentado el mal político con su silencio o dejación. Sin embargo, incomoda muchísimo que Von Loringhoven diga de Hitler que “era cualquier cosa menos un loco”, pues “poseía unas dotes intelectuales admirables y un agudo sentido de las relaciones interpersonales”. Incomoda esa afirmación porque no muestra la banalidad del mal (al modo de Hannah Arendt):  pregona el respeto que el líder carismático despierta en sus subordinados.

Pero Hitler era normal y diabólico a un tiempo, un tipo que supo domeñar a todo un país con el fervor de sus conquistas, con las promesas de un espacio vital: un gran empeño militar que los generales y los oficiales alemanes suscribieron básicamente sin oponerse. Ahora bien, lo que llama la atención en dicho libro no es ese dictamen que el autor maquilla, sino la pésima dirección de la guerra que Hitler asumió sin que los estrategas le frenaran. Hay una página en el volumen de Von Loringhoven que vale por todas. Es aquella en la que nos habla del apego que el dictador tenía por los mapas, como dato aproximado, pero fantasioso, de lo irreal. Ese hecho hace más incomprensible el silencio de los generales durante años de ignominia y hace más explícito lo que es un mal político, un pésimo gobernante. Permítanme reproducirla, con la apostilla final que más adelante incluye el autor. 

“Los mapas ilustran  hasta el absurdo la forma en que Hitler ejercía el poder. El Führer había abandonado el ámbito vital de la política para consagrarse a las labores del mando militar. Los mapas respondían a su obsesión por el detalle y le permitían implicarse en las decisiones tácticas más insignificantes, ya que Hitler daba órdenes de desplazamientos de tropas, de ofensivas y de movimientos a escala de batallón o de compañía. Esas órdenes habían de ser comunicadas inmediatamente a los puestos de mando correspondientes para su ejecución. Este procedimiento provocaban un gran descontento en la base, entre los comandantes y la tropa. Sobre el terreno, por desgracia, los soldados pagaron con sus vidas. 

“Los mapas dibujados minuciosamente, con las indicaciones de cuerpos de ejército, divisiones y otras formaciones señaladas por pequeñas banderas, alimentaban la ilusión sobre las posibilidades reales del ejército alemán. Al mirarlos, cabía pensar que esas líneas continuas correspondían a divisiones con tropas plenamente operativas. Quienes conocían la dura realidad del frente sabían que esos mapas cuidadosamente trazados no eran más que un simulacro (…). El Führer se obstinaba en realizar sus propios análisis, arrastrado por la magia de los dibujos representados en los mapas…

“Inclinado sobre la mesa de los mapas, el Führer se perdía en conjeturas, desplazaba ejércitos y divisiones que no existían y daba unas órdenes inaplicables que cada vez éramos más incapaces de transmitir”, concluye. 

Un mal político es aquel que se deja llevar por la convicción, por la quimera, desatendiendo lo que le contraría. ¿Cómo es posible que generales bien informados dejaran hacer, dejaran pasar, a un mal estratega como Hitler? El mandatario erróneo o diabólico agranda los males del mundo, preferentemente esa parte del mundo que le es más cercana. Pésimo estratega, mal político. Insisto: ¿cómo es posible? El libro de Von Loringhoven no lo aclara.  

2. Atención. Presentación. Jueves, 25 de enero, a las 19 horas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

elenatrenor.JPG

 3. Crónica, por Ana Serrano 

En la llamada Sala Nueva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, se ha presentado hoy el hermosísimo libro de Justo Serna y Anaclet Pons, Diario de un Burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido

Edición cuidadosa y preciosa, tanto por la encuadernación en magnífica tapa dura y estupendo cosido, con tejuelo de tela y perfecto chiflado de guardas, como por el papel, por las cuidadas y magníficas ilustraciones y su impresión a doble columna, al tenerlo en la mano, casi podría decirse de él que es uno de esos llamados libro objeto, lo que se ha dado en llamar libro para regalo y regalo precioso, preciosísimo, a fé mía, pero no, no es sólo un libro de regalo, es un libro de consulta, erudito y magnífico, escrito por dos historiadores prestigiosos y serios, de criterios modernos y científicos que nos llevan de la mano, de modo ameno y singular, por la vida, las costumbres, los hechos y modos del siglo XIX, por medio de un diario que encontraron, de manera fortuita, de un burgués valenciano que, mejor que nada, les ha ayudado a colocarnos en ese tiempo. Hasta el lenguaje, naturalmente, nos ayuda a entender esa época de la que procedemos y de la que ya no queda nada, hasta habiendo hecho casi necesaria, para los más jóvenes, una guía de palabras en desuso a pie de página.

Ningún historiador, ningún escritor de la época, con una sola palabra, podría colocarnos del modo en que lo hace el burgués en su tiempo, porque ningún escritor profesional de la época hubiera utilizado una palabra, que sin ser vulgar, era, sobre todo de uso doméstico. Cito de memoria: “Fuimos al iluminador de fotografías…” y, de pronto, el recuerdo. Mi abuelo me contaba que iban a hacerse foto y, pocos días después, iban al “iluminador” para que colorease (iluminase) las mejores, para que viera su color y le dijeran el de las ropas. “Iluminador”. Un acierto rotundo basarse en el diario del burgués para escribir su libro de historia y de viajes.

Pero no quería yo hacer crítica del libro, que no es lo mío, quería contar que hace tiempo que entro en este blog de Justo Serna, por el que siento un gran afecto y profunda admiración  y que me avisó de este acto, al que he ido contenta.

En la Sala Nueva, unas veinte personas, han asistido entusiasmadas a las palabras del editor, de Antonio Muñoz Molina y de Justo Serna, en un acto sencillo y estupendo. He de advertir rápidamente, que en Madrid estábamos ésta tarde a 2º y con viento y, del mismo modo que, con varios bajo cero, cientos de personas son capaces de estar a la intemperie viendo correr a unos millonarios tras una pelota, para la presentación de un libro de historia y de autores valencianos, veinte son un tropel.

El editor, Juan Lagardera, nos ha dicho del porqué y del cómo de la colección, de la edición y del libro, con una modestia encomiable y colocándose en un segundo término muy poquito frecuente en editores. Ha presentado a Antonio Muñoz Molina como a un gigante de las letras y ese escritor, del que acaba de decirme un amigo, con un símil jocoso, que es la estrella de las letras españolas y que con Javier Marías forma el Dúo Dinámico de las mismas, en un tono pausado y agradable, sin leer más que una cita literal del libro (ninguno de los tres ha leído y eso se agradece muchísimo) y con la sencillez característica de los grandes, nos ha explicado que estábamos casi frente a una novela, pero que no, que al final, un hijo del burgués muere y “ya está”. Esto es una característica de un diario, de la historia. Ha muerto y no pasa nada más. No volvemos a saber nada de Paquito, porque el hombre no debió de llagar a nada en la vida. En una novela habríamos tenido toda la información, porque es tramposa y el autor crea la mentira.

Compara el libro con alguno de los maravilloso de viajes de Eça de Queirós y se ha congratulado de tener historiadores como Serna y Pons, recordando su época de estudiante de historia en que todo era “intragable” y se estudiaba terminología, lo que él compensaba leyendo a historiadores anglosajones. No había en la historia de su época personajes, sólo la figura del tirano porque se negaba la realidad del individuo. Después, dice, aparece algo que pretendía hacer de la historia algo próximo y que es igualmente tóxico: la novela histórica.

“El conocimiento de la realidad siempre es preferible al delirio” y ha afirmado que ese delirio y ese falseamiento de la Historia que todos los tiranos han practicado, dificulta muchísimo la labor del historiador riguroso y científico.

Ha terminado diciendo que el trabajo de este libro supone una labor ética encomiable y que continúa una larga tradición, la de escribir la historia con el máximo rigor y que es falso el dicho popular de que un libro de historia es bueno porque se lee como una novela. “Eso es una tontería. La realidad es que hay novelas tan buenas que se leen como si fueran un libro de historia”.

Como detalle curioso, ha dicho, en su tono mesurado y discretísim, que a él le dan miedo los daguerrotipos, con esa inquietante sensación de realidad que dan, de realidad imposible ya hoy.

Y ha tomado la palabra Justo Serna y lo ha hecho de modo realmente ameno y grato, con la desenvoltura que da estar acostumbrado a hablar de modo claro y ameno a un montón de discípulos que seguro que no es que les de miedo un daguerrotipo, por real e imposible, por veraz y distante, es que seguro que no tienen ni idea de qué es un daguerrotipo. Con voz firme y muy clara y expresión sonriente y amable, nos ha dado el porqué de éste libro, concebido para demostrar cómo en siglos anteriores, se podía viajar desde Valencia hacia el resto del mundo y de sus lecturas, para ello, de libros entendidos como de viajes, como La Muerte en Venecia, o las Cartas de viaje, de Freud, porque en ambos se siente identificado en la búsqueda de la belleza, del arte, de la luz del Sur… Un libro de viajes y un libro de burgués. Un burgués siempre era vilipendiado, nos ha dicho, por la izquierda, mientras, curiosamente, Marx y Engels los consideraban precursores de cambios y de avances.

El burgués invierte en su preparación, quiere mejorar y lograr algo que Serna nos ha explicado minucioso lo que era en el XIX, el confort. Va, sobre todo, a Londres y a París y “no se pierde nada”. Disfruta de todas las novedades: el ferrocarril, la iluminación por gas, el agua potable canalizada. También viaja por negocios. El burgués José Inocencio de Llano y White se formó viajando de 1842 a 1695 y haciendo lo que Eça de Queirós dice que ya nadie hace: dedicar mucho dinero y tiempo a cultivarse.

Ha hecho hincapié minucioso en que han procurado que la conjetura estuviera bien señalada en su intento de reconstruir un modo y un concepto de vida que desapareció por completo con la Primera Guerra Mundial y lo han hecho de modo asequible para todos. Afirma que los historiadores suelen escribir para sus iguales, aunque nadie los entienda y en tono encantadoramente próximo, nos ha contado que su padre, un lector exhaustivo e incansable, no leía sus libros, o los comenzaba y los dejaba, pero no les entendía, aunque le jaleaba. Este libro sí lo ha leído y ha sentido la felicidad de entenderlo. Para mi padre y para las personas como mi padre, he escrito mi parte de éste libro.

Realmente un acto estupendo presidido por el talento, por los ojos profundamente inteligentes y tristes de Antonio Muñoz Molina y los ojos profundamente inteligentes y alegres de Justo Serna.

Gracias.

P. S. Lo de las cañas no lo cuento. Haber ido.
4. Monigote, blanco y negro (26 de enero de 2007).

Dedicado a Ana Serrano y a Miguel Veyrat…

Quisiera agradecer a Ana Serrano su magnífica y generosa crónica del acto, sus amables calificaciones… Quisiera agradecer a Miguel Veyrat su cariñosa anotación, su presencia estimulante en el acto de ayer en Madrid. Cómo es posible que yo haya tardado cuarenta y tantos años en conocer a esta persona que idolatré cuando era corresponsal de TVE en París. La tarde de ayer era imposible, pero la presencia de ambos (y de otros amigos) caldeó el acto. Hoy, cuando regresaba de Madrid en el Alaris, he visto nieve, mucha nieve. Como obsequio a ambos y como presente a los amables lectores de esta bitácora les regaló con el muñeco de Monigote: un monstruito de nieve hecho por el siempre comedido Víctor Serna. Ustedes se lo merecen. Lo pueden encontrar aquí abajo.

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01.08.07

La guerra. De Clint Eastwood a Carl Schmitt

Posted in Guerra, Cine, Scriptorium, Historia at 11:34 por jserna

clinteastwood.jpg 

(Fotografía: AP)

1. Al margen de valoraciones técnicas, la película de Clint Eastwood titulada Banderas de nuestros padres es una excelente introducción al tema básico de nuestro tiempo: la guerra. La representación de la contienda está evocada: aunque la veremos en directo, en el fondo es una recreación hecha a partir de evocaciones, a partir de reconstrucciones de la memoria. Un anciano, angustiado por pesadillas y recuerdos desagradables, agoniza; un joven, cuyo rostro está en parte velado por la semioscuridad, entrevista a otros viejos sobre hechos del pasado, removiendo sus respectivas memorias. En principio, no sabemos quién es ni tampoco nos importa: está en la sombra, como están en la sombra las evocaciones de sus interlocutores. Al igual que en Ciudadano Kane, hay un enigma a cuya solución parcial sólo podremos acceder a través de testigos… La película es eso: relatos de guerra hechos muchos años después cuya yuxtaposición y cuyo cruce permiten rehacer lo vivido y lo ocurrido. ¿Tenemos la seguridad de que lo contado es lo cierto? ¿Tenemos la certeza de que lo narrado es lo sucedido? El mundo es relato, pero éste siempre es escaso, no lo agota: lo que retiene es sólo una mínima parte. “Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende de sus relatores”, dice el narrador de Mañana en la batalla piensa en mí. “Pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio. Ese niño no sabrá nunca lo sucedido, se lo ocultarán su padre…” y otros familiares que le rodean, añade el narrador en la novela de Javier Marías, tan llena de resonancias bélicas, tan alusiva a la II Guerra Mundial.  

En la película de Clint Eastwood, durante muchos minutos  de metraje, no vemos el rostro del joven que entrevista, ese que fue niño y que, ya adulto, trata de averiguar qué fue y qué hizo su padre. No nos importa ver el semblante de aquél: sólo los estragos que el tiempo ha hecho en esos ancianos norteamericanos que fueron también jóvenes, que participaron en la II Guerra Mundial y que ahora recuerdan para él y para nosotros. La película es un homenaje a la memoria de los testigos, de los protagonistas que habiendo estado en el lugar de los hechos pueden evocarlos a pesar de las injurias del tiempo y de las manipulaciones de los Gobiernos. El pasado es ciertamente irrecuperable, algo definitivamente desaparecido que intriga a los contemporáneos de hoy, pero la evocación guiada y sincera de lo sucedido nos devuelve parte de lo que fue. Es un esfuerzo personal que remueve antiguos dolores que los años no han aliviado del todo, un empeño que tiene algo de paradójico: los entrevistados fueron héroes o al menos fueron tenidos por tales, homenajeados por la nación en armas tras un lance bélico, vistosamente exhibidos después con fines propagandísticos y recaudatorios. Cuando la guerra aún no ha acabado, las proclamas de esos héroes permitirán  recolectar fondos para sufragar  y mantener al ejército.

Es decir, el joven que entrevista es una especie de investigador o de historiador que examina lo ocurrido a partir de los vestigios que quedan en la memoria, y eso ocurrido es algo aparentemente claro, diáfano, que deslumbró a todo un país: la participación de estos soldados norteamericanos (Marines) en la toma de la isla de Iwo Jima y en la izada de la bandera norteamericana en el monte Suribachi.

iwojima.jpg 

(Fotografía Joe Rosenthal)

Estamos hacia el final del conflicto mundial, en febrero de 1945, cuando la guerra del Pacífico no acaba de terminar. La isla de Iwo Jima tiene un gran valor simbólico para el ejército japonés. Es un trozo de tierra pequeño y mefítico, con un pestilente hedor a azufre (el olor del Infierno, no lo olvidemos), pero es sobre todo un espacio estratégico decisivo para el control de aquella región del Pacífico. Es un campo de batalla en el que los soldados norteamericanos que desembarcan han de librar un fiero combate para eliminar al enemigo. Las bajas estadounidenses sumarán más de seis mil; las japonesas, unas veinte mil. La liza es definitiva. Si no hay rendición, no cabe el desalojo: sólo su destrucción impedirá que los japoneses sigan dominando la isla y sobre todo el monte Suribachi, el punto más alto en el que están instalados y ocultos los nidos de ametralladoras y la artillería…

2. A los japoneses nunca los veremos claramente, con el rostro preciso que identifica a una persona. El enemigo está emboscado, oculto en las madrigueras del Suribachi, cosa que a los invasores confunde. No sabemos cuál es su estrategia ni sus sentimientos, qué piensna o qué esperan. El punto de vista es siempre norteamericano: siempre  la perspectiva de aquellos que evocan y ahora relatan al joven que investiga y entrevista. Pero, además, en un combate fiero como aquél, el enemigo carece de fisonomía. Los japos son simplemente un blanco a abatir, un obstáculo que se opone al avance estadounidense y que hay que remover. El combatiente es víctima o verdugo y la vesania de su oponente esta fuera de toda duda. De hecho, los principales rivales de los americanos, los japoneses (como los principales rivales de los soviéticos, los alemanes), no se preocuparon de declarar la guerra en 1941. Este hecho no es irrelevante. Las viejas contiendas eran conflictos entre Estados que declaraban hostilidades mutuas antes de empezar cualquier acto de guerra. Es decir, algunos de los conflictos más sangrientos del siglo XX han comenzado sin que los contendientes se acogieran al derecho internacional. ¿Qué cabe pensar de este hecho?

Leo sobre ello. Coincide la exhibición de esta película con la publicación de un libro titulado La guerra, editado por Nicolás Sánchez Durá y publicado por Pre-Textos. En dicha obra participo con un capítulo titulado “Guerra, civilización y barbarie”.  Pero no es de ese texto del que quiero hablar, sino de otros que ahora leo y que me ayudan a entender mejor el fenómeno de la guerra y sus implicaciones antropológicas e históricas. Leo, por ejemplo, “Lo real y lo imaginario en la experiencia del soldado”, de Josep E. Corbí.  Aunque me parece precipitada la identificación que el autor llega  a hacer sobre la violencia de la guerra y de la tortura (hay verdugos y hay víctimas), su contribución es luminosa sobre la patología del combatiente. Justamente lo que, en la película de Clint Eastwood, padecen los héroes supervivientes de Iwo Jima que narran su experiencia muchos años después.  Es un síndrome equívoco.

Por un lado se comportan como verdugos que deben infligir todo el daño posible al enemigo sin reparar en su rostro ni en su humanidad (aunque sólo sea por la pura supervivencia). En las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina: se le desarma. La guerra total del siglo XX es, por el contrario, una guerra civil: a los enemigos no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones… Por eso, como dice Enzo Traverso en el capítulo que escribe para este libro (“Entre Behemoth y Leviatán”), la clave de las guerras mundiales es que son, paradójicamente, guerras civiles: “los dos bandos opuestos colocan al enemigo en el no-derecho”. ¿Cómo va a asistir el derecho a unos combatientes (los japoneses) que ni siquiera declararon la guerra?

 Pero, por otro lado, los muchachos supervivientes de Iwo Jima se sienten en parte traidores porque sus compañeros caen abatidos por las balas sin que ellos puedan salvarlos o auxiliarlos. Apoyándose en Jean Améry, Josep E. Corbí nos recuerda la clave para soportar la violencia: todos esperamos que nadie toque nuestra piel sin consentimiento, que nadie la dañe, pero si somos víctimas sobre todo esperamos el auxilio. “La víctima”, añade Corbí, “no mira a las terceras personas como meros espectadores, sino como seres de los que se espera cierto tipo de respuesta. Sólo si esa respuesta se produce, puede la víctima retener su confianza en el mundo a pesar de que su cuerpo haya sido herido por otro ser humano”. Los supervivientes de Iwo Jima, que son instrumentalmente jaleados como héroes, se sienten mal, en especial quienes ejercían de enfermeros. ¿Por qué razón? Porque a pesar de todos sus esfuerzos en el campo de batalla no consiguieron salvar a sus compañeros o aliviar su agonía. ¿Se puede ser héroe en esas circunstancias?, se preguntan.

3. Scriptorium. “Aunque las guerras actuales ya no son tan numerosas y cotidianas como antes, puede decirse que se han vuelto tanto más arrolladoras y totales cuanto más han perdido en frecuencia numérica y cotidianidad. La situación de guerra sigue siendo hoy día el momento de las veras. También aquí, como en tantos otros casos, puede decirse que lo excepcional posee una significación particularmente decisiva, que es la que pone al descubierto el núcleo de las cosas. Pues sólo en la lucha real se hace patente la consecuencia extrema de la agrupación política según amigos y enemigos”.

“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad. Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente [por ser malo y feo además de enemigo, de hostis]; el enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”.

Carl Schmitt, El concepto de lo político (1932). Madrid, Alianza, 1991.

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12.22.06

El viaje a Borodino

Posted in Guerra, La felicidad de leer, Historia at 9:54 por jserna

     clausewitz.jpg 1. Leo (en realidad, releo) la nueva edición de la obra clásica de Karl von Clausewitz: De la guerra. El sello Idea Book, de Barcelona, la publica otra vez (incompleta, como siempre) y, la verdad, me admira el hecho de que el volumen aún siga provocando sugerencias. Lo que ahora escribo no pretende ser una reseña (hay lectores que me escriben y me dicen eso). Sólo es una aproximación. Ni siquiera eso: es una deriva a la que me lleva la imaginación.

Desde luego como dijo el prusiano, la guerra es un acto de fuerza que se emprende para forzar al adversario a acatar nuestra voluntad. Dicho así, toda batalla bélica puede compararse con el comercio o con la política (como así lo sostuvo Von Clausewitz). Para él, la guerra no es algo excepcional, sino un hecho propiamente social. Podríamos decir que es un tipo especial de relación o de interacción en el que dos partes esperan conseguir una ganancia, un provecho. Pongamos el ejemplo del primer comercio, del trueque o del regateo, justamente cuando aún no hay un precio establecido para el objeto, para la mercancía con la que se negocia. En esa circunstancia, las partes son contendientes que se enfrentan con el fin de obtener el mayor beneficio. Se farolea con ostentación y con embuste –pero sólo lo necesario– para ganar.

En la guerra, las virtudes militares de un buen ejército son la organización, la jerarquía, la disciplina. La tropa ejecuta, pero las providencias son de la superioridad. Las  decisiones bajan y las informaciones suben. Desde luego, los soldados ejecutan, pero los mandos estudian los datos, conciben estrategias y tácticas y transmiten órdenes. Pero la tropa no es un mero agregado administrativo. El buen ejército, dice Von Clausewitz, debe destacar por su audacia, por su perseverancia, su superioridad numérica, por la sorpresa con que ejecuta sus planes o sus ataques, por la estratagema de que es capaz, por la concentración de fuerzas con que se despliega. Etcétera.

Comparada con las contiendas del siglo XX, la guerra descrita por el prusiano es una desavenencia entre caballeros… armados que se atienen a reglas, que aceptan las normas y límites de ese acto de fuerza. El adversario, sin ir más lejos, no es un objeto a aniquilar, sino un rival a quien desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula. Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo. Qué lejos queda el prusiano de la guerra de posiciones que se desarrolló en la Gran Guerra del 14: ese conflicto de trincheras en el que las líneas estáticas de las fortificaciones sólo permitían la muerte lenta o la resistencia alucinada. Qué lejos queda Von Clausewitz de la guerra aérea: de esa contienda a distancia a que se aplicaban los cazas y una artillería letal y sofisticada.

No quiero idealizar la lucha al viejo modo. La sangre, la mugre, la inmundicia, las enfermedades y la muerte son rasgos de aquellas guerras entre caballeros: también de aquellos conflictos en que se enfrentaban ejércitos feudales. Norbert Elias describió el proceso moderno como un proceso de civilización en el que los viejos combatientes del campo de batalla habrían acabado por rivalizar en la Corte, haciendo ostentación de solemnidades, de galas y de virtudes menos… viriles. No sé: es extraño. Me despierta gran interés el clásico de Von Clausewitz, a pesar de que lo escrito no es lo descrito, sino lo normativo; a pesar de que las reglas tan pulcramente enunciadas sólo son un cuadro virtual en el que ajustar una realidad que sólo intuimos: las viejas  carnicerías. Le guste o no, el prusiano es un producto napoleónico… Piensa, concibe y finalmente escribe cuando Europa está sacudida por las tropas del Emperador.

Digo esto y me pregunto por las formas de heroísmo en las viejas guerras. Digo esto y la imaginación indisciplinada me lleva a Javier Marías.

jmarias.jpg 

La imaginación, insisto, me lleva a un Javier Marías… aún joven. O tal vez sólo es la memoria: recuerdo El monarca del tiempo (1978).  Me apresuro a releer mi volumen para confirmar o desechar las sospechas (no puede ser, no puede ser) que la intuición me ha provocado. Y sí: me llevo una gran sorpresa.

Como si estuviéramos en una novela de Joseph Conrad o de William Faulkner, la voz de su primer capítulo es la de un coronel que habla y habla sin parar, alguien que relata a un interlocutor mudo y condenado, alguien que se expresa en una suerte de monólogo. Estamos en el siglo XIX. El oyente es un soldado que va a sufrir deportación, destinado al islote de Bormes (por alguna falta que desconocemos), un soldado cuyas palabras jamás leeremos. Su superior le cuenta el caso del capitán Louvet, durante la campaña rusa de Napoleón, un  militar pero sobre todo un teórico de la guerra que había ignorado qué era un campo de batalla hasta ese mismo momento: como su homólogo real y prusiano, Karl von Clausewitz, que también en 1812 había decidido sumarse a dicha campaña oriental. Pero Von Clausewitz figurará en el bando contrario, en las filas del ejército ruso. “Tan dramática iniciativa”, leo en lanota introductoria a De la guerra,  “permite captar a las claras el concepto de ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés. Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia”.

El coronel de la ficción habla con desparpajo –como hablan los personajes de Javier Marías–, con unas palabras inciertas, precarias y abundantes. Frente a Von Clausewitz real o frente al capitán Louvet de la novela, el personaje de  Marías es alguien que perora de la guerra real y sobre todo del relato de la guerra, alguien que lógicamente desconfía de la excesiva individualidad del soldado, de los heroísmos temerarios. La guerra, los héroes y los mártires pueden contarse porque sus detalles se ignoran, porque la sordidez se embellece con la ignorancia, parece decirnos. Frente a la Historia, una historia en la que sus narradores esperan rendir homenaje a la verdad y a la exactitud, la memoria arregla y el relato legendario retoca la oscura vida de los héroes. O, más aún, el burócrata, el superior, el administrativo corrigen e incluso desechan y eliminan expedientes, hojas de servicios. Eso es lo que hace el narrador, porque eso es lo que es: un burócrata, un superior, un administrativo.  No saber permite aventurar…, y ese mando no quiere saber. “Porque nada sabemos, nada en efecto sabemos, y no obstante fíjese en que gracias a ello y a no averiguar nos es dado conjeturar, cavilar, incluso decidir sobre lo que fue de Louvet con la máxima libertad”, leo. “¿Lo ve usted? ¿Lo comprende?”, apostilla el narrador. El mismo olvido –o enmienda– que cupo en suerte a Louvet, al arrogante teórico,  va a caer sobre el interlocutor mudo, sobre el destinatario de ese monólogo…

Pero qué fue de Louvet. Él era un hombre de Letras, un teórico de la guerra que al tiempo de incorporarse al campo de batalla parece enloquecer con la posibilidad del arrojo, del heroísmo. Puede incluso –dice el coronel—que “perdiera el control de sí mismo y se transformara  en un soldado aguerrido cuyo fanatismo” llamaba tanto la atención. “Llevado de su celo y de su furor, él era el primero en contravenir las órdenes que había impartido” siguiendo una y otra vez “el camino untuoso de la enajenación y el pavor, de lo sanguinario y lo montaraz”. Ansiaba las hostilidades –añade el coronel–, no sabemos si para probarse, para corroborar su heroísmo o para acometer la que iba a ser su última traición. Y así ocurrió: al galope, en el apogeo de lo que parecía una carga contra el enemigo, “Louvet espoleó aún más su montura”, solo, ciego de furia, incapaz ya de “embridar los ímpetus de su animal desbocado”. Y allí quedó, en medio de los cosacos, tras el humo y la polvareda, como Fabrizio del Dongo, aquel otro personaje… napoleónico. ¿Qué fue Louvet? ¿Un héroe o un traidor?

“La plana mayor de la Grande Armée” sospechó definitivamente de él, pues alguno pudo confirmar “el favorable trato dispensado a Louvet durante su cautiverio”. Más aún, hubo prisioneros que le vieron “cambiar impresiones, departir, confraternizar y colaborar a menudo” con Karl von Clausewitz. ¡Con Von Clausewitz! Uno de sus iguales, añade el coronel narrador. Y sí, para entonces, Karl von Clausewitz estaba allí, en Borodino.

Un personaje de ficción y un individuo real se ven las caras en una novela cuyo desarrollo yo había olvidado: ahora se las vuelven a ver de nuevo gracias a un eco de la imaginación, gracias a una relectura que vivifica la escena. Algo me hacía sospechar y así, dejándome conducir por la intuición, me he visto pasar de un tratado sobre la guerra a un relato bélico. Estamos en 1812, poco antes de la célebre batalla que iba a cambiar el curso de las campañas napoleónicas. Les dejo. Aunque el narrador de Marías no detalla el choque, oigo ya los disparos de proyectiles, el estrépito de la artillería. Hay que ponerse a cubierto. Yo quiero ser el último espectador de la batalla, contemporáneo de Clausewitz y Louvet.

borodino4.jpg

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2. Artículo de Justo Serna (“¿Qué es un burgués?”) en Levante-EMV, 22 de diciembre de 2006. Réplica a Vicent Soler.

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3. Desde hace unos pocos días, el blog de Julia Puig ha empezado a rodar. No se lo pierdan: escritura refinada, exacta.

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4. Felices fiestas…

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12.18.06

Genocidios. Lean y vean…

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:43 por jserna

holocausto.jpg 

 18 y 19 de diciembre de 2006

Días atrás hablaba en este blog de la figura arquetípica del caudillo, de un caudillo que resume los rasgos del liderazgo carismático, comunitario y populista; hablaba también del Holocausto y de la historia, de lo que supuso aquella experiencia límite, con la expresa voluntad de exterminio; y hablaba finalmente de la modernidad,  de sus promesas y horrores, de los desengaños que nos ha provocado el proyecto ilustrado tras un tiempo de atrocidades. No sé si son las consumaciones de la modernidad o, por el contrario, son sus fracasos la causa de nuestras desazones. No sé si son ambos factores a la vez. El caso es que lo posmoderno es un diagnóstico atendible y a la vez es un dictamen insuficiente para lo que ahora nos está pasando: algo que, como dice Gilles Lipovetsky, parece claramente una exacerbación de lo moderno más que su superación. Etcétera. 

Veo ahora que sin premeditación alguna esta pequeña serie de reflexiones que he ido aportando en los últimos días ha coincidido con el fin de una lectura: la que he hecho del libro de historiador francés Bernard Bruneteau titulado El siglo de los genocidios. Violencias, masacres y procesos genocidas desde Armenia a Ruanda.  Es una novedad editorial que Alianza editorial acaba de publicar en España y que en su versión original francesa aparecía en 2004. Les recomiendo vivamente su lectura. Con toda seguridad no descubrirá muchas cosas a un lector medianamente informado. Pero eso no es una pega: es la virtud de este volumen. Pone orden, sistematiza y clasifica: en definitiva expone todo lo que deberíamos saber sobre ese horror contemporáneo que es el genocidio y que se reparte por diferentes países y en distintos continentes. Acabo de decir contemporáneo y veo que ésa es una de las cuestiones polémicas que plantea el autor. Masacres las ha habido a lo largo de la historia, matanzas, exterminios. En cambio, el genocidio –nos recuerda Bruneteau— es un hecho reciente y ello por diversas razones.

Para empezar, la propia palabra no tiene una larga historia detrás. “En 1944, Winston Churchill se refirió a los horrores provocados por el nazismo, como un ‘crimen sin nombre’. A modo de respuesta, Raphael Lemkin, profesor de Derecho internacional y judío estadounidense de origen polaco, acuñó ese mismo año la expresión ‘genocidio’ a partir de la palabra griega genos (raza, pueblo) y del sufijo latino cide (de caedere, matar)”. Vale decir, este neologismo –que hoy es lamentablemente de uso corriente, dada la frecuencia y multiplicación de los genocidios  expresa y contiene lo que el Holocausto significó:  no sólo el intentó de eliminar físicamente en masa, sino también la voluntad de destruir las bases mismas de la supervivencia de un grupo étnico (o social) en cuanto grupo. Acabo de decir social, añadiendo al grupo étnico la otra posibilidad de víctimas masivas, y rozo nuevamente otras de las cuestiones controvertidas que Bruneteau trata y señala: la destrucción o el exterminio que se han dado a lo largo del pasado siglo no incluyen sólo a las ”razas” que debían suprimirse sino también a sectores enteros de población que debía ser aniquilados: como, por ejemplo, los kulaks de la Unión Soviética, cuya eliminación en cuanto clase fue decretada por Stalin a partir de 1929. 

El genocidio se extiende en el siglo XX gracias a una serie de factores que coinciden y que refuerzan la política exterminadora que tantas veces y con tanta saña se ha practicado. Primero hubo la experiencia colonial, la aplicación de medidas extremadamente violentas para reprimir, contener y castigar a las poblaciones desafectas que eran incorporadas al dominio de alguna nación de la civilización europea. Enzo Traverso –a quien Bruneteau cita en este punto– ha insistido en la responsabilidad del Imperio británico en estas prácticas de crueldad y muerte. Son muy esclarecedoras las páginas de La violencia nazi dedicadas a aclarar este punto: yo las leí con verdadero dolor. Allí, Traverso mostraba breve pero contundentemente los usos perversos del poder colonial, su brutalidad, herencia después mejorada por los discípulos más aplicados: los nazis, por ejemplo. Pero, además, el genocidio necesita unas concepciones racistas y para ello nada mejor que “el imaginario asesino del social-darwinismo”, según palabras de Bruneteau. Es decir, el exterminio precisa pensar como posible, necesaria y deseable la extinción de las “razas inferiores”, grupos étnicos a los que se estigmatiza con el marbete de la debilidad, de la barbarie, del salvajismo o del atraso.  

Estigmatizar es señalar con una marca infamante, una marca que mostraría y haría bien visibles los rasgos degenerados de su portador. La pertenencia al grupo excluye la individualidad:  no eres un individuo que se singulariza, eres un miembro irrecuperable de una totalidad que te caracteriza. Es raro que en este punto  Bruneteau no haya citado en su libro a Erving Goffman, autor de un clásico indiscutible sobre el fenómeno de la marca social degradada: su libro Estigma no figura entra la bibliografía del historiador francés, pero yo lo recomendaría siempre como una lúcida exposición de lo que significa el etiquetado de las personas con fines destructivos  Etcétera.

Pero, más allá de esa pega, el libro de Bruneteau es una documentada y penetrante exposición de esos factores que posibilitan el genocidio. Y, entre ellos, las páginas que dedica a la guerra del 14 son imprescindibles. Aquel conflicto –ya lo sabemos— cambia radicalmente el mundo, cambia el orden contemporáneo de la política y de la diplomacia, de la hegemonía y del poder, inaugura la contienda civil europea. La presencia de Estados Unidos en el mundo, por ejemplo. Pero aquella guerra será decisiva especialmente en el embrutecimiento de la política (en su brutalización, leemos en la traducción española), en el enfrentamiento; en la estigmatización definitiva del adversario como enemigo exterior o interior al que eliminar o exterminar. La figura del enemigo es, en efecto, el personaje principal de aquella tragedia europea que se inaugura en 1914: no sólo por las atrocidades reales que llegaron a cometerse, sino también por las fantasías que se les atribuyeron a cada uno de los bandos enemigos. La Gran Guerra supuso –dice Bruneteau— “la puesta en escena de un enemigo total y bárbaro, objeto así de todos los odios. Es esta representación alucinada de atrocidades inicialmente reales lo que permite comprender la aceptación de la guerra larga, la volunta de proseguir ‘hasta el final’, sin tregua ni negociación, en medio de indecibles sufrimientos”. No sólo era cierto el embrutecimiento de los enemigos, sino que, además, se estigmatizaba hasta el límite su capacidad de barbarización.  

El compendio que hace Bruneteau de esa guerra y sus efectos antropológicos es apretado, pero indispensable. Menciona a distintos autores, pero sobre todo destaca y subraya las reflexiones de Ernst Jünger como expresión de la vida de trinchera, como transposición literaria del combate y su sublimación, como experiencia interior que despoja al hombre de su último barniz de civilización. En este punto son imprescindibles las reflexiones que Nicolás Sánchez Durá ha hecho acerca de las concepciones jüngerianas, sobre las que ya me expresé en otra ocasión.  Bruneteau destaca y subraya también las célebres páginas que Carl Schmitt dedicara a la distinción política (y no sólo bélica) entre amigo y enemigo. Destaca y subraya las páginas que Norbert Elias escribiera sobre el proceso de civilización, páginas aparentemente desmentidas por la prueba de la descivilización que conduce al nazismo (y que yo tuve oportunidad de abordar tiempo atrás). Pero el bolchevismo no es menos responsable de ese embrutecimiento de la política. “Aunque los dirigentes bolcheviques no conocieron la realidad concreta de la guerra, a diferencia de sus homólogos fascistas, el bolchevismo sociológico estaba moldeado por una misma cultura, y sus representaciones del ‘enemigo’ tenían la misma carga de odio”. Por eso, Bruneteau destaca la aportación  de Lenin como gran precedente ideológico de las políticas genocidas llevadas a cabo bajo Stalin… 

El siglo de los genocidios es un libro rico, documentado, bien informado, un volumen del que no puedo dar exacta y justa cuenta por dos razones: por no ser este texto una reseña y por ser amplísima la vastedad de temas tratados, cosa que impide su inmediato resumen o compendio. “La disposición genocida prospera sobre un terreno abonado por las lógicas de la violencia nacidas del siglo XIX o de la guerra de 1914”, insiste Bruneteau. “Su origen está en un imaginario paranoico engendrado por el miedo, una ‘racionalidad delirante’ propia de la concepción totalitaria del mundo, pero se inserta también en lógicas racionales más clásicas, como la movilización social con fines modernizadores y la construcción o refundación del Estado”.  En las experiencias totalitarias del siglo XX se piensa que todo es posible (como si esto lo declarara el Gran Inquisidor de Dostoiewsky), que todo puede ser ahormado, refundido, corregido, enderezado, perfeccionado; que todo puede ser mejorado hasta el óptimo si nos aplicamos con esfuerzo y obstinación; que todo puede ser objeto de recreación utópica frente a la mediocridad de lo real; que todo puede ser saneado si eliminamos las impurezas (el insecto dañino, el microbio, el parásito, según la imagen orgánica social-darwinista); que todo puede ser salvado si nos oponemos con firmeza y empeño a la amenaza del mal… La nación que nos acoge es como un cuerpo o como un jardín en cuyo diseño y artificio intervenimos para recrear la armonía y la belleza de los fluidos y de lo homogéneo. Esas ideas, el cuerpo o el jardín, son metáforas desdichadas que han servido para enderezar lo torcido…, para destruir intencionadamente.  

Acabo el libro y salgo con alivio de un viaje espantoso.

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12.11.06

Necrología de un caudillo

Posted in Guerra, Fascismo, Historia at 12:04 por jserna

 

 

gorra.jpg 12 y 13 de diciembre de 2006

 De nuestro corresponsal Lorencito Quesada

 

Un caudillo es un hombre que se sabe providencial, con alguna cualidad irrepetible, con un aura particular que lo distingue. Suele llevar barba o bigote poblado y esos pelos viriles le dan un porte verdaderamente masculino. Es un varón macho, muy macho, bien dotado, con atributos de los que hacer ostentación: con coraje, con un valor incluso temerario que no se le arruga en circunstancia adversa, quizá temporal. Es un guerrero con uniforme de campaña o de gala, con charreteras y medallas: un combatiente, alguien preparado para la declamación castrense y la lucha, para una contienda inevitable en la que siempre están en juego los valores más apreciados a los que no podrá renunciar. Le va la vida en ello. Es un individuo humilde y verbal, gran amante de la oratoria: alguien que tiene a bien exhibir su condición modesta, popular y plebeya, alguien que dice inspirarse en una comunidad a la que le unen vasos comunicantes, lazos firmes y primarios. Es el hombre de la nación en armas.

Hay circunstancias en que el país atraviesa momentos gravísimos que no todos quieren admitir, situaciones de decadencia o de amenaza, de corrupción, situaciones de las que se benefician los enemigos externos, siempre dispuestos a hostigar y a rapiñar lo ajeno. Acechan y vislumbran la debilidad. Hay instantes, en efecto, en que la nación se hunde ante la ceguera del común y la insidia y la traición de los antipatriotas, vendidos a los extranjeros. Es entonces, justo entonces, cuando un puñado de soldados o de combatientes que forman el último pelotón de guerreros corajudos salvarán la patria y la civilización. Guiados por ese hombre providencial, dichos campeones sabrán qué hacer, cuáles son sus objetivos y quién es el enemigo a derrotar. La guerra en la que participaron o en la que ahora anhelan estar no ha concluido, pues la política en la que luchan es el frente de batalla en la que habrán de librar choques cruentos coronados con victorias memorables.

Pero para ello hay que organizarse como vanguardia militar, un comando selecto de bravos soldados entre quienes se alza aquel varón irrepetible y duro, carismático y obsequioso. Como ocurre en la guerra, el general da las órdenes y la tropa cumple: no hay discusión ni hay revocación, sólo obediencia  y ejecución. El combate llama a combate y nuevos seguidores se suman al ejército de los veteranos que empezó y proclamó la movilización: se alistan, son encuadrados y, como los pioneros, hacen de la violencia quirúrgica y sanadora su instrumento de convicción. Al enemigo se le derriba y se le elimina en un frente que es ya toda la ciudad.  Aquellos primeros combatientes no se doblegan ante los tempranos fracasos y, sabedores del declive imparable de su patria, se levantan una vez y otra más, exaltando a quien les tutela y guía con mano firme y penetración. Cuando libra esa batalla, el caudillo, que es instinto y voluntad, no puede pactar ni rendirse, pues la nación injuriada es la deshonra que ha de vengar.

El caudillo logra los primeros triunfos y gana la guerra postrera: pero es ya al principio cuando despliega toda su ferocidad, pues nadie se le podrá oponer. Le organizan desfiles y marchas, exaltaciones y demostraciones, y allí, sobre el catafalco prueba una vez más las dotes oratorias que le dieron fama y que le auparon hasta el final. Hay una exhibición, una escenografía, gestos, dramas que el caudillo representa para ilustración de esa patria que, ahora sí, ve el aura que lo nimba. Él es el jefe de ese puñado de soldados que, a la postre, ha salvado la civilización… Mientras tanto, lo que empezó como un regato de sangre ha acabado inundando el frente y el mar, de un rojo salvador. Lamentablemente y poco a poco, el caudillo declina y la rutina con que lo ensalzan también. Los tiempos cambian y sus súbditos innumerables envejecen buscando seguridad con egoísmo culpable y material: aquellos que lo alzaron ya no ven justificación y sólo la esperanza de su retirada o dulce muerte o prologada agonía es la solución final.  “Es entonces, sólo entonces, cuando la civilización, la auténtica civilización, vuelve a empezar”, dicen los iracundos, los envidiosos, los resentidos… Ya viene, ya regresa un nuevo  conductor que a todos nos salvará.

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12.04.06

El Padrenuestro de los historiadores

Posted in Guerra, Franquismo, Religión, Historia at 9:24 por jserna

padrenuestro.jpg    1. Leo el editorial que Abc dedicaba el pasado 1 de diciembre al último de los dos Congresos que sobre la Guerra Civil se han celebrado en Madrid. El primero tuvo lugar semanas atrás organizado por la Universidad CEU San Pablo. El segundo, que concluía la semana pasada, no partía con ese sesgo confesional. Al describir las conclusiones de este segundo congreso (ya saben: más laico), el editorialista de Abc parecía perdonar a los historiadores presentes cuando decía: “pretende terminar, según los organizadores, ‘sin vencedores ni vencidos’. Es los menos que cabe exigir a una reunión científica de historiadores cuya misión es contar las cosas tal y como ocurrieron, aportando pruebas documentales y buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”. Más allá del tono, era ésta una escueta lección de historiografía aparentemente irreprochable. Y, sin embargo, en el breve extracto del editorial se deslizaban varios errores de índole historiográfica.

¿De verdad los historiadores tienen como misión “contar las cosas tal y como ocurrieron”? Aparentemente, esta manifestación parece ser una declaración a favor de un relato objetivo y exhaustivo, cosa a la que nadie en su sano juicio podría oponerse. Que al historiador haya que exigirle la mayor objetividad posible o el mayor acopio documental posible no se resuelve con esa declaración simplemente irrealizable y, además, errónea. La frase corresponde originariamente a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso, el del siglo XIX: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Ahora bien, hoy en día esa declaración es historiográficamente insostenible. La idea de que contamos las cosas tal y como ocurrieron hace creer que es posible disponer de todas ellas gracias a haber reunido todos los documentos, Y, sin embargo, tal eventualidad es imposible.

 La narración histórica es siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes. La historia sólo puede ser uno de los relatos posibles, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros documentos. ¿Significa eso, como dice el editorialista de Abc que los historiadores aportan “pruebas documentales”, “buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”? No aportan pruebas –como se haría en la justicia– porque no tenemos por meta inculpar, sino recrear con significado. Fue Carlo Ginzburg quien advirtió contra el espejismo que puede provocarnos la analogía entre El juez y el historiador. No desenterramos hechos contenidos en pruebas, sino documentos que tienen determinada información con algún significado. El buen historiador no trata de buscar un equilibrio para ser ecuánime. Un solo documento puede ser más revelador que cientos.  

Los historiadores metódicos franceses de finales del Ochocientos quisieron evitar que la época reciente fuera objeto de polémicas contemporáneas. Los investigadores, pues, debían alejarse de su tiempo con el fin de sofocar la contienda. Lo antiguo, lo distante o lo remoto no provocarían controversias políticas y, así, lo pasado podría abordarse sin ira, con estudio. Durante los dos primeros tercios del siglo XIX habían sido tantas las discusiones sobre la Revolución francesa, sobre sus orígenes y sus efectos, que un regreso a esos asuntos enfrentaría a los historiadores… Y, sin embargo, ese apaciguamiento que supuestamente traería la distancia estaba condenada a fracasar, pues los metódicos olvidaban que el interés por el pasado no suele ser algo desinteresado. Lo suele provocar un reactivo que nos despierta el interés, precisamente: el presente.  

El presente y nuestra sociedad los concebirnos con sentido. La realidad no es un repertorio de hechos (o, al menos, no queremos vivirla así), sino una amalgama de eventos, actos, individuos, objetos y sentimientos que percibimos a través de distintos medios o canales, amalgama a la que queremos dar algún significado, alguna congruencia. Mirar el presente sin sentido es abandonarse a la pura incertidumbre de lo contradictorio, de lo irrelevante, de lo caótico. Por eso decía Jerome Bruner que nuestra principal acción es la de emprender actos de significado, la de construir la realidad con un sentido coherente. Pues bien, de ese presente esquivo y desordenado al que queremos someter con una semántica congruente nace nuestro interés por el pasado: exhumamos documentos en los que hay versiones de hechos de otro tiempo, de acciones de otros individuos, para contrastarnos con ellos, para averiguar qué hicieron en circunstancias semejantes o en contextos en los que nosotros jamás estaremos. Es un modo de averiguar el temple moral de otros que no debieron de ser ni mejores ni peores que nosotros. Parte de sus acciones llegan hasta nosotros: o bien por los efectos materiales que aún provocan, o bien por los relatos de nuestros mayores -que nos las transmiten-, o bien por los documentos  que han sobrevivido y en los que hay vestigio de aquéllas. Pero esos efectos o esos relatos o esos documentos no traen hasta el presente el hecho desnudo, sino el hecho con significado. Es trivial, pero hay que decirlo: no hay hechos sin significado, al menos cuando los contemplan o los narran los seres humanos.

Por eso, no extrañará que el primero de estos dos Congresos sobre la Guerra Civil, el organizado por el CEU San Pablo, empezara con un rezo colectivo del Padrenuestro. Lo detallo. Según pudo leerse en El Mundo del día 23 de noviembre de 2006, “el II Congreso Internacional sobre la República y la Guerra Civil, organizado por dos universidades de la Fundación San Pablo CEU, arrancó ayer con el rezo colectivo de un padrenuestro por las víctimas de la República y de la guerra”. Quien inauguraba la reunión, el Rector, recordó la persecución de que fueron  víctimas tantos clérigos y fieles: el propio fundador del CEU, sin ir más lejos. En memoria de aquellos muertos de la República y de la Guerra pidió el rezo de esa oración. Vaya, su declaración fue todo un acto de significado: equiparó los muertos cuya causa es una contienda con los muertos que pueda haber bajo un régimen político, por convulso que éste sea. Pero es que, puestos a contar cadáveres, al compasivo Rector se le olvidó tener un acto de piedad con otros muertos: con los que fueron acribillados bajo la dictadura de Franco. Al fin y al cabo, los ajusticiamientos posteriores a 1939 formaban parte de la limpieza que debía consumar el nuevo Estado Español salido de la Guerra Civil. Tal vez, dicho olvido es frecuente ahora entre algunos creyentes desvergonzados porque, como dice Santos Juliá en “Víctima y verdugo, los jerarcas de la Iglesia insisten en olvidar la contribución del catolicismo a la Cruzada. Y esa conversión -esa denominación: Cruzada- también fue, desde luego, un acto de significado.

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2. Guerra Civil y  Revisionismo. Próximamente, en  Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, núm. 21, un artículo de JS titulado “Las iluminaciones de Pío Moa. El revisionismo antirrepublicano”.

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3. ¡ATENCIÓN! GRAN NOVEDAD… Acaba de aparecer el Blog de Anaclet Pons (Grand Tour).Visítenlo: no se lo pierdan.

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