05.25.08
http://justoserna.wordpress.com
ATENCIÓN, ESTE BLOG HA CAMBIADO DE DIRECCIÓN. AHORA ES:
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Allí les espero. Gracias
Ojo: este blog ha cambiado de dirección: ahora es http://justosernawordpress.com
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0. Estimados lectores, se avecinan cambios en este blog alojado en epi.es: un servidor de bitácoras que proporciona Prensa Ibérica. Algunos de estos cambios ustedes ya los van viendo; otros los irán apreciando. ¿Adivinan cuáles? En las próximas horas les iré comunicando las novedades de las que yo me haga cargo. Me gustaría poder decirles ya cuál es el cambio principal, el que justifica este modesto misterio. Pero prefiero esperar…
De todos modos, no se hagan ilusiones. Ni los amigos ni los enemigos. A mi edad ya no es posible cambiar gran cosa, apreciablemente. O, como decía John Le Carré en una de sus novelas, uno de los misterios de la vida es crecer, incluso envejecer, sin mejorar. Algo exagerado, sin duda. Yo aún espero mejorar un poquito haciendo lo que hago: entre otras cosas porque cuando era muchacho no me gustaba mucho a mí mismo. Ahora he perdido la melena que tuve cuando joven, he encanecido y no siempre me reconozco en ese que veo ante el espejo. Pero he descubierto cuál es mi nivel de incompetencia, por decirlo con Peter, con Laurence J. Peter. Esto es, creo saber qué cosas hago francamente mal, qué puestos no podría desempeñar o en qué tareas fracasaría, si fuera promocionado.
¿Me refiero a mi condición de profesor? Admiro el oficio de docente y desde pequeñito quise ser profesor. Me parecía y me parece prodigiosa la capacidad que tienen algunas personas para despertar el interés y la valía de un tercero. Ojalá yo haya conseguido estimular a alguien. Si no ha sido así, aún espero conseguir esa proeza. Lo mismo puedo decir de lo que escribo. Ojalá se vea en ellos la vergüenza torera: yo me arrimo. Me arrimo al menos en lo que creo hacer mejor: esto que escribo. Creo que me sale mejor un artículo de prensa o una entrada del blog que un extenso tratado doctrinal, labor esta última para la que no estoy dotado. Artículo de prensa y blog: de eso precisamente quería hablarles. Y del nivel de incompetencia. Pero antes de continuar, permítanme hacer un inciso.
Tachín, tachín
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1. Nuevo emplazamiento para Los archivos de Justo Serna
Este blog cambia de emplazamiento. A partir de ahora mismo tendrá una nueva dirección. Ese sitio con un servidor distinto será el nuevo lugar en el que leer Los archivos de Justo Serna, tanto los posts anteriores como los que a partir de ahora iremos añadiendo. Les invito, pues, a abandonar este sitio en el que ahora están y a pasarse por el nuevo lugar en esta dirección:
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Y les invito a que abandonen este lugar porque, como decían en Mission Imposible, esta cinta, en realidad esta bitácora, se autodestruirá cinco segundos: bueno quizá en un plazo relativamente breve pero no tan breve. Por tanto, los posts y los comentarios (hechos por ustedes) que les puedan resultar de interés ya no estarán aquí sino en:
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2. ¿Y por qué este cambio radical?
Sin duda, debo una explicación.
Continuará en:
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Ahora, esta pantalla de aquí, la que ustedes están viendo en este momento, ya no tendrá nuevas entradas. Quedará, pues, así:
Poesía
0. Discurso de recepción del Premio Cervantes por Juan Gelman (25 de abril)
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1. Carta a Fuca (24 de abril)
Autor: Manel Cantarell i Recatalà
Ciutat de València. 2008. 04. 23.
Hola Fuca… sí, Fuca y no doña Francisca, porque aquí, ahora, puedo quitarme la máscara y charlar más reposadamente contigo. ¡Por supuesto que voy a usar el tuteo!, coincido plenamente con tu opinión al respecto. El tratamiento engolado, petimetre, artificial, buscado pedante, forzado sabiondo de Manel Cantarell i Recatalà es, como le gusta definir a nuestro contertulio David Montesinos, un simulacro: forma parte de su atavío.
Obviamente, tampoco mi nombre propio es el que va con la máscara pero, de la misma forma que me pareció bien que no quisieras conocer en vivo a la gente que conoces a través de Internet, espero que me permitas respetar ese pequeño velo que aun conservo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías. A la postre, como Ulises, soy Nadie, en todo caso, un viajero, como tantos otros, hacia esa Itaca que tanto nos gusta a los lectores de Kavafis, adentrados en la vida con la música de Lluís Llach.
Bueno, mira, Kavafis y Llach salen a colación y ellos mismos me permiten entrar en el tema, la poesía de Miguel Veyrat…
En cierta ocasión mantenía en el blog de Justo Serna mi opinión sobre que el arte debería ser independiente del artista, lugar y tiempo de su realización. Las artes, en su sentido prístino, original, auténtico, entiendo, no pueden ser contingentes si no lo más próximas a la idea de eternidad que tenemos los humanos. Desde ese punto, dudo que nunca hubiera leído a Miguel.
La explicación de ello se refiere a otra idea muy personal mía. Para mí, que soy licenciado en historia y trabajo como técnico de servicios culturales, la cultura Occidental está viviendo su etapa de decadencia, su agonía. Me importa un soberano rábano si, diciendo esto, coincido con algún pensador nazi. Es como lo veo. Y lo puedo razonar. Pues, a pesar de la permanente autosatisfacción de nuestra cultura, de su sentimiento de invulnerabilidad e infinitud, lo cierto es que ciclo vital concluye, ineluctablemente. En cómputos universales, una tenido un recorrido corto, un impacto más traumático que constructivo y una herencia tan banal – pues se fundamenta en su idealismo, por tanto en algo especulativa y evanescente, la materia de los sueños – como negativa: la humanidad entera conservará en sus pesadillas la memoria de la rapiña humana, cultural y económica de este Occidente.
Claro que si te digo esto, debería justificarlo y así nos podríamos pasar varias cuartillas. Te dije que no te atormentaría con mis explicaciones y no lo haré así que concédeme tu confianza y admíteme, al menos como hipótesis de trabajo, mi punto de vista básico. Éste se resume en
(1) No hay diferencia substancial entre el producto cultural que nació con el Renacimiento y nuestro mundo coetáneo. El periodo 1450 – por poner números redondos – 2008, intrínsecamente, es el mismo. Eso es el Occidente contemporáneo. Eso es lo que ya agoniza.
(2) Dicho periodo se vertebra en cuatro periodos:
[1] Orígenes. Con la conformación de un nuevo paradigma cultural que trata de recuperar el pasado clásico y que, por ende, revindica el humanismo y la libertad de conciencia como ejes del nuevo mundo que nace al enfrentarse al mundo integrista cristiano del espacio histórico medieval (ss. IV a primera mitad del XV). Pone los cimientos de las artes y las letras actuales. Ocuparía desde el trecento hasta finales del XVI.
[2] Crecimiento. Con la lucha definitiva contra la última gran reacción integrista cristiana de Occidente (Reforma y Contrarreforma) y el consiguiente triunfo de la Ilustración. Nos movemos en los siglos XVII y XVIII. Las artes y la cultura de Occidente se consolidan y se convierte en una forma pletórica de cultura universal.
[3] Madurez. El cenit occidental. Un largísimo siglo XIX que comienza con la generación de Goya, aun en el XVIII, y acaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Las artes, ya desarrolladas y plenas, alcanzan sus mejores momentos y exponentes de esa cultura. El paradigma del Occidente contemporáneo se fija. Los límites, se alcanzan.
[4] Decrepitud. Es el periodo en el que nos encontramos. Se agrava con cada crisis, con cada bandazo que da un Occidente ya siempre desorientado, estéril, impotente: Primera Guerra Mundial (absurda e innecesaria), Entreguerras (el capitalismo demuestra su incapacidad), Segunda Guerra Mundial (la mejor demostración de las contradicciones en las que entra el sistema) y la Guerra Fría (o la globalización del fracaso de Occidente) conforman los escalones de su patíbulo. Una escalera por la que seguimos ascendiendo, no es que estemos al final de la misma.
Los signos de los tiempos son tozudos. Tras la URSS, Occidente que sólo ha logrado generar ideología estadounidense con elementos de cultura popular tan potentes como el Ratón Micky, las zapatillas Nike, los productos Microsoft o los restaurante de comida-basura Burger King. Las artes entran en barrena. Sólo se puede generar un producto menor, irracionalista y tan peligroso como un mono con navaja: la Postmodernidad. Parida por intelectuales pretenciosos norteamericanos y frustrados intelectuales europeos, es la mejor demostración de la vacuidad del pensamiento actual y de las artes que en dicho caldo se cuecen.
Hablamos, pues, de un espacio cultural póstumo para un arte vacío y comercializado, un pensamiento esclerótico, impotente para generar ideas, fútil, insuficiente, insatisfactorio para las personas e inconsistente para la estética, incapaz de superar lo habido antes de la Primera Guerra Mundial, ni siquiera lo previo a la Segunda. Como en la figura alegórica clásica, este periodo que vivimos resulta un tiempo de enanos sentados en el hombro de un gigante… un gigante que agoniza.
(3) Este último periodo crítico, en cierta forma gramsciano, pues lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo de morir; en cierta forma marxista, pues cuanto vemos a nuestro alrededor es incierto, vaporoso… a mí, personalmente, me despierta mucho recelo respecto a la capacidad de creación que tiene. Es cierto que existen gloriosas excepciones. En los tiempos crepusculares siempre se alumbran las últimas teas que destacan en la mediocridad del fatum. Hoy, como nunca, de Occidente ha brotado tanta cultura, sí, y nunca hubo tanta materia deleznable, prescindible. Brillan las últimas antorchas, sí, pero eso es lo insólito, lo que escapa a la regla. Occidente, se venda los ojos, niega las evidencias y, con el cartelito de “experimental” se lanza a reiterar lo ya creado o a inventar caminos a ninguna parte, experimentos estériles, productos abortados, proyectos absurdos… tutto vanità. Ya no se generan presencias reales en la vida de las personas, si acaso, imposturas intelectuales. Ya no impulsa la inteligencia. Ya no crea razón.
¿A qué viene todo esto?, a fijarnos, desde esa perspectiva, en los signos de los tiempos en nuestra cultura cotidiana. Cuando pienso que nuestra música clásica, la danza, la arquitectura, el teatro, la literatura… ya no dan más de si, no lo expreso de una forma tremendista, ni pesimista. No lo vivo desde el milenarismo, ni en mis palabras ni en mi propósito hay terribilità, sencillamente, tengo la conciencia serena de que Occidente se acaba como concluye toda obra humana. Nuestro ciclo dominante, nuestra capacidad directora, con sus aciertos, errores, frustraciones, alegrías, insuficiencias y herencia se apaga como una vela cuando ya no le queda apenas cera para quemar. Es nuestra penumbra. El sueño de nuestra razón. Como diría Kavafis, vivimos esperando la llegada de los bárbaros. Somos sabedores que nuestro Imperio ya es sólo su ruina, su fachada, su decorado. Están al llegar, hoy no, tal vez mañana, incertidumbre en el día, certeza en su arribada, los bárbaros llegarán. Sabedores también que los muros apuntalados de nuestra cultura ya sólo albergan perillanes, botarates, mercachifles, sinvergüenzas, comerciantes y críticos de arte… fabricantes de irracionalidad, de monstruos.
¿Por qué iba a escapar la poesía a ese sino terminal? Por más sublime que se vea a si misma, la poesía no es más que otra obra humana dependiente de su medio sociocultural. Mi interés por la poesía, así, va languideciendo, hasta desaparecer, conforme avanza el siglo XX. Tras un primer tercio, una primera mitad si quieres, brillantísima, una auténtica súper nova, tan deslumbrante como exponente de una estrella que muere, lo que sigue, no me interesa. La herencia de la segunda mitad del XX es una estrella muerta, negra, silenciosa e insoportable. También se vuelve simulacro, farsa. La que alcanza el siglo XXI, peor. Pervierte su propio fundamento, la rima, y une su destino al de la música “clásica” contemporánea cuando del ritmo se trata. Una estructura inarmónica desacreditada socialmente que, encima, se vanagloria de su “deconstrucción” como si ello fuera un valor añadido al engendro poético. ¿Qué mejor certificado de defunción?… todo es nada… apariencias… presunciones…
No obstante, conocí a Miguel en el blog. O, mejor, reconocí a Miguel en el blog. Paradojas de la vida, milagros y prodigios de nuestro mundo casual (que no causal) ese Miguel Veyrat no era un desconocido para mí. Oh, no, no lo conocía ni como poeta, ni como traductor, ni siquiera como periodista, para mí, fue mucho más que todo eso, era una parte de mi pasado, casi, casi un miembro de mi familia al que nunca había conocido. Un héroe televisivo para mi abuelo, un compañero en los revueltos tiempos del tardofranquismo, un pequeño mito familiar por el que supe de la existencia de Voltaire (mi abuelo lo definía machaconamente como volteriano) o que el mundo no era el que veía sino el que se ocultaba tras aquella falsa realidad de los medios franquistas cuando daba sus crónicas desde París.
Ya sé que no es muy serio lo que te voy a decir pero me negaba a creer que Miguel, “mi” Miguel, fuera un mastuerzo de los que esperaban a los bárbaros cometiendo tropelías e imposturas. Y es que, a la desconfianza abstracta y general sobre la cultura occidental, de la que te hablaba más arriba, aplicaba una constancia concreta de hechos palpables. No eran especulaciones mías, es que lo que la postmodernidad – e incluso la anti-postmodernidad – ofrecía como críptico no era mas que un camelo, lo abstruso se limitaba a lo confuso, lo abstracto, a lo inconcreto y lo elevado, sólo a lo inflado. Lo dicho, el producto de un zote. Miguel no podía ser eso.
Y así lo comencé a leerlo. Llevaba la balanza de Anubis en mi mano, en uno de sus platillos todos mis juicios racionales sobre la cultura contemporánea, en el otro, mi irracionalidad suelta, mi intuición, repitiéndome que Miguel bien podía ser (sólo podía ser) un hiperbóreo, uno de los últimos hiperbóreos nietzchianos que, confundido en la maraña del mercantilismo, la fatuidad pública y el engaño intelectual de nuestros días, conservaba la integridad filosófica aún en el final de nuestros tiempos. Con semejante bagaje me adentré en él.
Me apresuro a decirte que, en absoluto me defraudó. Es cierto, no hay rima en su obra y su ritmo es quebrado, o sea, lo que te decía más arriba que abomino… pero… y ahí comienza la diferencia substancial de Miguel… si seguimos con el símil de la poesía contemporánea con su música coetánea, en Miguel no encontrarás la pretenciosidad vacua de los músicos que se llaman a si mismos “cultos” o “clásicos”, esos que interpretan polifonías asonantes, inarmonía y ruidos que nos quieren hacer pasar por música, vestidos, eso sí, con cuello cerrado y de Hugo Boss. En Miguel encontraré la voz quebrada del saxo en un obscuro club de jazz; tal vez en un recinto muy pequeño, lleno de humo, lleno de gente… de gente sin pajarita en la garganta, gente quebrada, como el jazz, como su poesía. Y cuando comencé a sentir eso, adentrarme en su poesía comienza a serme más fácil pues mis prevenciones disminuyeron y, relajado, sus palabras, sus ideas, comenzaron a fluir más fácilmente en mí. No sabes lo mal que me supo no escucharlo en vivo cuando estuvo en València, estoy seguro que su voz no diferiría demasiado de la de Tom Waits, al menos en su cadencia y profundidad.
Si me sigo adentrando en su obra. Vista y admitida su ausencia de rima y su ritmo quebrado… mmm… quebrado, sí, pero no por eso roto en un sentido violento, en ningún caso, como la línea recta, artificial, interrumpida de la poesía actual, quebrado como retorcido, como una rama, como una raíz, como un tronco, como algo orgánico, humano. Perdón, me voy, decía que sin rima y con un ritmo orgánico hemos de llegar a la misma estructura de su obra… y el peligro latente de la “decontrucción” como fórmula “moderna” de presentación. Miguel lo resuelve de una manera magnífica: manda a la papelera de las estupideces tan desabrido concepto y, sencillamente, no crea estructura, pasa por completo de ella. Propone al lector una lectura laberíntica. Recupera el pensamiento complejo implícito de los clásicos en la figura del laberinto y convierte cada libro suyo en uno. Así el lector, cuando entra, puede hacerlo como Teseo, Dédalo o Ícaro, ese es su poder, un privilegio que muy pocos poetas permiten, camina por sus poemas entre la esperanza por descubrir una vía viable – valga la redundancia – y el temor a tropezar con el minotauro, con el monstruo, con la sinrazón. Miguel, pues, se me hacía cada vez más próximo, su obra era tan compleja como la corteza de un árbol o como el diseño del microcircuito impreso de un chip y eso es de agradecer en este tiempo de poesía pulida y cromada.
¿Pero… no olvido algo de las formas?… Sí, su propia base, el elemento substancial con el que se construyó ese laberinto orgánico, las palabras. ¡Por fin pude leer a un poeta coetáneo que utilizara más de media docena de conceptos! Por fin las palabras se engarzaban en conceptos tras los cuales había ideas, se acabaron los conceptos postmodernos, huecos por definición. Palabras, palabras, palabras… por fin palabras con significado, palabras con fundamento, palabras para decir algo, para expresar alguna cosa, para extirparse dolor-amor del alma y construir con ellas ese laberinto. Palabras como las dichas en los templos de Sumer, en ágoras y foros del Mediterráneo, en las carabelas ibéricas transoceánicas, en las fábricas de Manchester, en los frentes de combate de las guerras mundiales. Palabras vivas, conceptos vivos, poesía viva con formas orgánicas, serpenteantes, ricas… sí, Miguel presentaba con fuerza sus credenciales de hiperbóreo… Y a mi me entusiasmaba.
Faltaba apreciar si su ser volteriano reverberaba dentro de semejantes formas.
En este capítulo de contenidos, ay, cada vez nos adentramos más en lo subjetivo, en la intuición propia, en la percepción irracional de nuestro cerebro. Tenemos menos asideros, menos argumentos con los que defender nuestra opinión… ¡claro!… es que nos adentramos en la república de la poesía pura, más allá de lo formal y ahí nuestros valores palidecen y callan ante los poemas.
Honradamente, no sé ni por donde comenzar, precisamente por esa variedad laberíntica de su obra. Lo dejo al albur de los Dioses Inmortales y te lanzo mis opiniones con el mismo (des)orden del laberinto.
Miguel y lo que dice. Creo que hay otro elemento que diferencia y magnifica a Miguel de los poetastros actuales. Estos son unos plomos. Unos parecen unos desdichados psicóticos practicando alguna terapia escrita para aclarar sus problemas mentales, otros son engolados representantes de la pretenciosidad más falsa, fatua, engolada, incluso ridícula que uno pueda imaginar. Mientras en ellos leemos lo egocéntrico, lo psicoanalítico, lo personal y lo carente de interés – salvo que se sea un cotilla –, Miguel nos habla desde si, no de si, y lo hace con ideas universales que lo conmueven a él, como puede conmoverse cualquier ser humano. Nos libra de las aburridísimas disquisiciones de aquellos mendrugos preocupados por su ombligo… y maldita sea el interés que tiene su ombligo para nadie… y nos propone visiones humanas. Como en el principio hermético de “como es arriba, es abajo”, Miguel facilita al lector el viaje de lo personal a lo universal y viceversa a través de su poesía.
¿Miguel, pretencioso, pedante? Es fácil para un intelectualillo de tres al cuarto hacer una lectura así de su obra. Y, fíjate qué paradójico, precisamente la facilidad del tránsito del plano personal, íntimo, al otro universal, público, demuestra su sencillez. No hay en él pretenciosidad, es la sinceridad de la inteligencia, un bien escaso, este, que no siempre se sabe evaluar con justicia cuando el inteligente – el sabio, y Miguel presenta esas características de conocimiento acumulado y de taumaturgia devenida de ello – hace uso de ella abiertamente.
Por eso tampoco es un pedante, no se aprecia engreimiento en su inteligencia, ni retuerce los textos para hacer un alarde de erudición, sencillamente, aplica en su poesía los elementos que considera oportunos de su universo mental. Lo que ocurre es que éste es muy amplio y, por consiguiente, muy bien dotado de recursos, algo que, por fuerza, han de envidiar los cerebros pequeños y las almas simples, frustradas por sus limitaciones… en fin, lo cotidiano y abundante en la cultura crepuscular.
Miguel, desde esa perspectiva, lejos de ser un clérigo en su púlpito clamando en una lengua que nadie entiende pero que, en su ignorancia, todos admiran, es un intelectual que con su obra impele al conocimiento, provoca las ganas de conocer, empuja a saber, fomenta la razón, la crítica, el conocimiento del uno en si y en su proyección cósmica. Y eso duele.
Lo abstruso de Miguel. A esas alturas, podía encontrar en Miguel mucha materia de mis entretenimientos: mitos y leyendas clásicos, filosofía sin contaminar de cristianismo, mecánica quántica… y así me di cuenta que contaba con una ventaja que otros lectores no tenían… sabía cuando hablaba de incertidumbres que se refería al Principio de Heisemberg, no a una especulación espiritual; donde otros leían metafísica – y en ella se perdían – yo percibía el mundo subatómico de la física quántica; las alusiones al viaje de Gilgamesh, la épica clásica, las visiones isíacas de la Luna… Por algún extraño misterio, nuestros gustos, aficiones y manías habían venido a coincidir en una proporción sorprendentemente grande, toda vez que nunca nos hemos visto, ni siquiera hablado, directamente. Lo cual se traduce en que, sin haberlo pretendido, tenía en mi poder un buen montón de claves para discurrir por su laberinto, para mí, nada abstruso.
Lo que no entiendo de Miguel. Sin embargo, también hay claves de Miguel que no me cuadran. Eso, lejos de resultarme incómodo, al revés, actuaron como esa palanca que apoya el conocimiento. Con lo que no entiendo me fuerzo para querer saber más, porque sé que tras sus poemas, sus imágenes, sus palabras, hay algo más que sólo conceptos.
Tal vez lo más acuciante para mí sea el fuego y todo su campo semántico: la llama, el incendiario, quemar, lucir… ¿Es el fuego de Heráclito, fundamento de todo, alma de todo, inquietud abrasadora permanente, o es el de la hoguera de Platón en la puerta de su cueva, el deformador de la realidad, el creador de sombras, de incertidumbres? ¿Hablamos del fuego como vida, como furia, como tea de la razón y la rabia por la estupidez? ¿hablamos del fuego domesticado, constructivo, cauterizador? Aquí mis lecturas tuvieron que ir y venir, encontrar trazos por acá y por allá, pensar y repensar, interpretar, soñar… bueno, al final, sin entenderlo, disfrutar.
Lo que no comparto de Miguel.
Intermezzo
Acabo de darme cuenta de la hora que es, del rollo que te estoy soltando y de que acabo de llegar al capítulo… ¡¡¡¡al que quería dedicar más espacio!!!!
Perdona, por favor, perdona porque no era mi intención soltarte semejante filípica. Resuelvo esto por la vía rápida y te dejo en paz. Palabra.
La obra de Miguel también tiene para mí aspectos – y no menores – que no comparto. Te los esbocé en mi participación el blog de Justo y ahora, vistas las circunstancias, apenas te lo podré desarrollar un poco más.
En el colmo de lo sucinto te diré que los tres elementos de mi mayor discrepancia con él residen en las figuras de la niebla, el naufragio y la muerte. No, no es eso. No puede serlo. Me estira con fuerza el pensamiento cínico griego – el cínico real, no su reinterpretación platónico-cristiana –el epicúreo romano, el hedonista universal, la luz de la razón, la ilustración, la vida, el Mediterráneo… ¡hasta la paella tira de mí cuando me enfrento a esos tres conceptos!, así que frente a su planteamiento decadente, prefiero, respectivamente, el Sol, la navegación y la vida.
Aquí, Miguel se recubre con una toga que no creo que sea la suya. Si naces en València y tienes sangre saboyana no puedes mirar el paisaje desde la umbría. Vamos, para mí es incomprensible que se deje atrapar por los sfumatos y los pentimentos de la vida. Ese no es mi Voltaire personal (ni el de mi abuelo). Me desconcierta su mirada al abismo cuando sabe, por Nietzsche, que el abismo lo mirará a él. Un ser de razón, de luz, ha de portar en su antorcha la alegría, el humor, la lucha, la sonrisa, el puño cerrado, la acción, la intuición, hasta la magia… No puede cubrir Babilonia de resignación, no puede secar el Nilo, ni vaciar los templos de los Dioses Inmortales, no puede pedir morir para evitar la muerte porque la muerte es vida… ¡es vida!
En fin, pero esto ya es una visión personal mía que no tiene mayor interés, el interés está en el poeta – afortunado mortal que puede portar tal nombre – y en una obra más que abstrusa, enigmática, sobre todo humana, inteligente y generadora de inteligencia, satisfactoria, afortunadamente laberíntica y orgánica, escrita con palabras, cerebro y alma.
Acabo.
La obra, pues, aun con mis disidencias, me gustó y, stricto sensu, en realidad, a pesar de tenerla toda leída, no la he concluido. Es más, sospecho que jamás la acabaré. El bendito laberinto en el que nos adentra tiene demasiadas dobleces, recovecos, alternativas, perspectivas, renuncias, propuestas, ideas, irritaciones, furia, como para disponer de tiempo suficiente en esta vida para agotarlo. Ya te dije, es un poeta.
Por último, recordarte que, como dije en el blog, este texto se lo pasaré a Miguel que tenía interés por leer mi opinión sobre su obra (¡insensato!). Doy por sentado que, compartiendo la amistad-e los tres no te ofrecerá inconveniente alguno.
Te dejo ya, Fuca. Lamento una vez más la perorata que te he lanzado pero, ya ves, me pongo a escribir y se me va el tiempo sin darme cuenta. Espero que seas clemente conmigo, al fin y al cabo, sólo es mi opinión.
Ahora, vuelvo a ponerme la máscara.
Señora mía, Dama Galaica, doña Francisca (Fuca para el universo mundo), ríndome enteramente a sus pies de usted, cual devoto admirador suyo que soy. Para cualquier contingencia, quedo a su entera disposición. No dude en reclamarme si acaso me precisare que, presto, me pondré a servicio.
Suyo afectísimo en la solidaridad internacional de los pueblos ibéricos,
Manel Cantarell i Recatalà, vulgo Kant, ciudadano valenciano de nación catalana.
1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren… Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada. ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.
En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir? Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión. ¿Expresión cultural o antropológica?
El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins. Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins.
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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)
Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.
Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero? No se culpen: no hagan penitencia.
El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.
Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado.
Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.
0. País perplejo
Echemos un vistazo al mundo, al mundo hecho pedazos. Les presento algunos trozos recientes, vistos desde España. Todo son perplejidades.
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1. ¿Adiós a Obama?
Lamento no haberme extendido sobre Barack Obama: sobre los contenidos de su libro. Si leen la reseña de Francisco Fuster, que les anunciaba en el post anterior, podrán verificar la riqueza y paradoja (o contradicción) del candidato demócrata. El autor de La audacia de la esperanza intenta hermanar a Abraham Lincoln y a Martin Luther King, a Kennedy y a Reagan, el liberalismo e el intervencionismo. Insisto: creo que la lectura del libro merece retrasar algo más su glosa para sacarle mayor provecho y para distanciarnos de una prosa que es seductora y que tiene sus trampas. Regresaremos sobre él más adelante.
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2. Adiós a Zarzalejos
En un comunicado del Consejo de Administración de Abc –comunicado que publica el propio medio– se nos informa que Ángel Expósito ha sido designado director de dicho diario “en sustitución de José Antonio Zarzalejos, quien asumió la dirección del periódico en septiembre de 1999″. Una pena: aquí, en este blog le he dedicado numerosas entradas y referencias. Un corresponsal me dijo en correo privado que Zarzalejos era para mí lo que el Tomate para Sé lo que hicisteis: vamos, que este blog es parasitario de Abc y sobre todo de su director, de su ex director. Parásitos y basuras, vaya comparaciones…
“José Antonio Zarzalejos deja la dirección del periódico en plena fase de expansión y crecimiento del diario con un claro y continuado ascenso de la difusión durante los últimos meses”, dice la nota de Abc. “Ensayista y conferenciante, José Antonio Zarzalejos, con su continua presencia en foros y debates, se ha convertido en una permanente referencia para la opinión pública y ha contribuido a afianzar la imagen de Abc en la sociedad española”. Precisamente es lo que pensé: que quizá la continua presencia en foros y debates le restó tiempo para dirigir su periódico. Salvo algún cambio menor –lugar y fecha de nacimiento de Zarzalejos (Bilbao, 1954)–, ambas noticias son idénticas. Las empresas periodísticas se expresan con gran hermetismo cuando han de informar de sus cambios internos. ¿Dónde está el editorial de Abc que precise y justifique ese relevo?
–Abc (6 de febrero en su versión digital)
–Abc (7 de febrero en versión digital e impresa)
–Juan Manuel de Prada, “Zarzalejos“, Abc, 9 de febrero de 2008
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3. Adiós a Cécilia
Hablando del Tomate y de noticias rosas o basura…, leo en La Razón una nota de Efe, desde París. “El presidente francés, Nicolas Sarkozy, envió un mensaje por teléfono móvil (un sms), a su ex mujer Cécilia ocho días antes de su boda con Carla Bruni en el que se mostraba dispuesto a volver con ella, según reveló hoy la página de Internet de la revista «Le Nouvel Observateur». «Si vuelves, anulo todo», rezaba -según la revista que no revela cómo tuvo acceso a la información- el mensaje enviado con el teléfono móvil por Sarkozy a la mujer con la que estuvo casado hasta hace cuatro meses y que es madre de su hijo Louis. El presidente no obtuvo respuesta y el pasado sábado contrajo matrimonio con la ex modelo y cantante Carla Bruni, poco más de dos meses después de haberla conocido. «Le Nouvel Observateur» recopiló otros episodios en la serie de lo que llama «venganzas y provocaciones» del jefe del Estado a su ex esposa”.
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4. El respeto de las costumbres
Leo en un despacho de la Agencia Efe que el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha prometido que si gobierna creará “un contrato de integración” para los inmigrantes. Un contrato de integración, dice. En unas jornadas sobre inmigración organizadas por el PP en Barcelona, el líder del partido ha precisado que el contrato afectará a todo aquel recién llegado que quiera obtener “un permiso superior a un año de residencia en España”: incluirá el requisito de “regresar a su país si durante un tiempo no logra encontrar empleo”. Gracias a ese contrato –añade la nota–, los inmigrantes dispondrán de los mismos derechos que los españoles. Con una contrapartida, eso sí: deberán comprometerse a “cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres”.
¿Respetar las costumbres? He leído una y otra vez la declaración… y no me acostumbro. Me sorprendo.
–Los juristas ven difícil legislar sobre costumbres
–La fortaleza y la escuela (la costumbre y la ley entre los inmigrantes, según JS)
–Rajoy: “La inmigración es un problema real”
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5. Plante un árbol o dos o tres o quinientos millones
Leo una nota de Efe reproducida por El Mundo. “El líder del PP, Mariano Rajoy, ha prometido que si gana las elecciones plantará 500 millones de árboles en la próxima legislatura, lo que significa sembrar 342.500 árboles al día o 14.269 a la hora, es decir, más de 10 árboles por habitante en cuatro años. Esta promesa electoral responde a otra presentada por el PSOE el pasado 19 de enero por la que se comprometía a plantar, en los próximos cuatro años, un árbol en España por cada ciudadano, es decir unos 45 millones de árboles”.
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6. Iñaki Gabilondo. La aspereza muda
En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha realizado a Mariano Rajoy para Cuatro ha cometido un error de planteamiento. Se ha mostrado hostil y a la ofensiva en todo tiempo sin poder replicar debidamente al líder del PP: ha realizado la interviú como si fuera un adversario. El País anunciaba la sesión como si de un examen se tratara. Pero un periodista televisivo no es un preceptor severo ni un maestro cascarrabias: si lo intenta da –o queda– mal ante las cámaras. Como ha demostrado en otras ocasiones, Gabilondo es alguien que sabe llevar al entrevistado a su propio terreno mostrando con inteligencia y corrección las incongruencias o contradicciones del interlocutor. Lo ha hecho otras veces sabiendo resolverlo con sutileza. En esta ocasión no ha sido así. Mariano Rajoy se ha dado cuenta inmediatamente del error Gabilondo: la aspereza muda. El periodista le preguntaba con incredulidad, con ganas de hacerle cometer un traspié: como un contendiente, vaya; pero como un contendiente que no puede contraatacar. Por eso, repreguntaba con insistencia, sin poder rematar su faena (si es que no quería cometer grave descortesía). Al final debía callar, pues su papel no era –no podía ser– el de un interlocutor que pugna, sino el de un locutor que pregunta. Mariano Rajoy repetía y repetía cansinamente un guión que tenía bien aprendido, sorteando sus contradicciones. Mientras tanto, a Iñaki Gabilondo se le iba avinagrando el rostro, enmudeciendo, cosa que televivamente no nos gusta.
Los debates televisivos se preparan. Es decir, que si hay un choque retransmitido Zapatero-Rajoy, los contendientes han de ir sobradamente preparados y descansados, lúcidos y despiertos. Pero sobre todo han de ir relajados, sin las premuras de quien quiere abreviar. Las entrevistas también se preparan. Tuve la impresión de que Iñaki Gabilondo lo fió todo a su dominio del medio y a los silencios, algo muy radiofónico. En la radio, un silencio habla: expresa aprobación o rechazo, duda. En cambio, en televisión, que un periodista deba morderse la lengua para no hablar, para no replicar inmediatamente ante una impostura o falsedad o falacia, se ve como una impotencia. En el caso de que el entrevistador sea hostil a un entrevistado, las preguntas han de estar sutilmente envenenadas: formuladas con total sencillez, con (presunto) candor, como si al locutor le costara entender a su interlocutor y, por supuesto, dominando la gestualidad, las reacciones del rostro. Mostrar las reacciones del rostro sin poder replicar, interrumpir, es dejar impotente al periodista. La televisión provoca estas cosas si no se han previsto.
Como nos enseñó Freud, en el psicoanálisis, los silencios del terapeuta son decisivos, así como las palabras breves, escuestas, que expresa. El analista suele callar porque quiere facilitar la confesión del analizado. Pero como es una figura de transferencia, una figura (presuntamente) vacía sobre la que se vuelcan la verbalización y los sentimientos del paciente, ha de permanecer impasible. Lo mejor es, pues, quedar fuera del campo de visión del analizado: de ese modo éste no descubrirá sus reacciones de aprobación o de repudio.
–La opinión previa de Iñaki Gabilondo en Cuatro: “Mariano Rajoy está llegando a Cuatro. Al final de este tiempo de noticias, estará con nosotros y con ustedes…”
–La entrevista en Cuatro
–El País… (Previo)
–El País… (Post)
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7. El infierno existe, vaya si existe
Leo en El País que “el papa Benedicto XVI ha asegurado que el infierno existe y no está vacío. No es anuncio nuevo, en 2007 ya mencionó la existencia del infierno como lugar, algo que su antedecesor, Juan Pablo II, había rechazado. El Papa, durante un encuentro mantenido con párrocos romanos con motivo del inicio de la Cuaresma, ha mandado un mensaje a los fieles: la salvación no es inmediata ni llegará para todos, por eso ha querido destacar la posibilidad real de ir al infierno, según informa el diario italiano La Repubblica”.
En este blog, meses atrás: El infierno existe y es eterno
1. Leo Un día de cólera (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte de la que debo escribir una reseña. Son varios los aspectos que trataré cuando me ponga a ello. Ahora, sin embargo, quiero pensar sólo en dos: en Francia y en la acción colectiva (en los actos airados de la muchedumbre). Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple para todos nosotos y para nuestros antepasados. Por un lado, encarnaba la Ilustración, la libertad, la cultura milenaria, ese refinamiento de lo parisino que aún nos atrae; por otro, la violencia, el alboroto urbano, la revolución de 1848, la Comuna, Mayo del 68 o la agitación de las banleieus.
Estamos en 1808, Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar reprimido de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo, se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen.
A lo largo del tiempo, lo que de aquella mañana de mayo más ha llamado la atención es el desigual combate: la firme oposición del pueblo a ser vejado, maltratado, por un ejército invasor, el Ejército napoleónico: portador de las ideas revolucionarias, pero usurpador también de los Gobiernos vecinos. En la mañana del 2 de mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegímitimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política… francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.
Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todos esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los mass media, cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.
En 1808, como dice el narrador de Un día de cólera, es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello. Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando las epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elias Canetti (y me lo recuerda Francisco Fuster). Colectivamente, reunidos en un espacio físico y sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, lo inmediato, lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese rumor es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esos chismes alivian la incertidumbre. La información alivia y enerva.
Pero regresemos a la masa y a ciertos didactismos que ahora me permitirán. Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?
Como decía Ortega y Gasset y también Antonio Gramsci, hoy ya no somos más que hombres-masa, individuos pegados entre sí por un argamasa emocional. A lo largo del siglo XX, la pasión política unió a gentes dispares que se sentían solidarios defendiendo las mismas causas (en ocasiones, terribles causas): la prensa interfería o creaba opiniones, marcaba tendencias o reunía anímicamente a grandes públicos. Ahora, la realidad –que parece la misma o que parece estar definida por los mismos medios– es algo bien distinto: sólo es un espacio más de un entorno completamente mediático y mediatizado: allí vivimos bajo el dictado de una agenda prestada. ¿Algo malo? Es lo que se da y es nuestra condición general: una revolución de tercer orden. O, mejor, como dijo Javier Echeverría, es la revolución del tercer entorno: hemos pasado por la physis, por la polis y, ahora, por telépolis. Vivimos como masas interconectadas y es ahí, en ese nuevo espacio, en donde se dan la inteligencia y el refinamiento, pero también la violencia y sus causas. Para quienes tenemos aversión a la muchedumbre que adocena –aunque podamos entender su empuje social–, el nuevo entorno es paradójico y fatal, pues vivimos multitudinariamente sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo: usted y usted y usted y yo. Disculpen que hoy me ponga apocalíptico: cada uno de nosotros no es más que la parte infinitesimal de un gran público que observa (y participa) en un espectáculo interactivo. Quizá otro día lo vea de un modo distinto. Ahora, perdonen que les deje.
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2. “El cerdo” de Pérez-Reverte
En la descripción de la masa que hay en Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocemos: como le dice Tulio Demichelis en Abc, aquel argumento que procede del Cantar del Mío Cid según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constatemente aparece en sus novelas históricas: desde Alatriste hasta Cabo Trafalgar. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga…, ¿y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al menu peuple (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación (por designarlo a la manera de Gramsci); un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra; una Armada desarbolada y hundida; una Nación política aún incipiente y ya saqueada.
A ver si consigo explicarme: contrariamente a lo que me dice Miguel Veyrat, yo no creo que leer a Pérez-Reverte sea abandonarse a “la mala literatura de consumo”. Resulta muy interesante acudir a sus obras para ver el buen temple relator que tiene o que es capaz de desplegar, aunque –efectivamente– sus esquemas narrativos sean tradicionales: en Un día de cólera es una crónica que en orden cronológico –como no podía ser de otra manera– pone en sucesión los hechos acontecidos tomando como ejemplificación a distintos personajes. Su forma de contar es muy tradicional (pero efectiva) porque quien relata es un narrador omnisciente (según el esquema realista y naturalista), alguien que expresándose en tercera persona sabe todo de todos, anticipa lo que les va a suceder y, por tanto, proporciona datos e información enciclopédica que no son imprescindibles para leer los hechos novelados en tiempo real. Es, pues, un didactismo para quien lo ignora todo.
Es muy interesante y discutible la nota de autor que Pérez-Reverte pone al inicio de la obra. Funciona como un introito informativo: como una declaración de principios metodológicos. Interesa leerla para comprobar cómo trata de burlar la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica). Por otro lado, es chocante, erudito y literal (que no posmoderno) el recurso a una bibliografía final, las bases sobre las que dice apoyar su relato. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Por otra parte, la nota del autor y la bibliografía son propiamente paratextos, algo que rodea al texto y que al autor –que no al narrador– le sirve para enmarcar: esa función cumplen los prólogos. Pero, atención, dichos paratextos pueden ser parte de la ficción: véase, si no me creen, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de El nombre de la rosa –”Naturalmente, un manuscrito”–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en El País. Etcétera, etcétera.
Son numerosas las razones que me llevan a leer Un día de cólera: uno aprende discutiendo con los buenos, con los regulares y con los malos textos. La novela de Pérez-Reverte es eficazmente narrativa y entretiene incluso cuando simplifica los caracteres y los avatares. De eso dan fe muchachos con quienes tengo trato frecuente y que leen con fruición. Lo señalé en “Qué jóvenes“, un artículo para Levante ya olvidado. La novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del reportero, repite fórmulas ya ensayadas por Daniel Defoe (en Diario del año de la peste) y retoma los modelos narrativos de las viejas crónicas. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de mayor eran en buena medida un populacho corajudo y desnortado. Por otro lado, la recreación de conversaciones, de diálogos, entre personajes tan documentados forma parte de la conjetura y de lo verosímil, algo que ya pretendiera Tucídides…
Pero me permitirán que me calle: debo hacer una reseña y esto que he escrito no lo es. Es sólo una reflexión sobre la masa como muchedumbre alborotada, una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje. Me entusiasma leer triturando los volúmenes, interpelándolos, subrayándolos, anotando mis exclamaciones, mis derivaciones, mis erudiciones. Ya lo saben. Un libro es como un cerdo: todo se aprovecha.
Pues eso: que le aproveche a quien decida disfrutarlo.
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3. Hemeroteca
-Francisco Fuster, “Betty Friedan, la mística de la feminidad“, Claves de razón práctica, núm. 177 (2007). Texto completo en pdf
-Novedad: algunos artículos de JS publicados en Claves de razón práctica entre 1999 y 2002, accesibles ahora (2007) en formato pdf
Claves 95. La egohistoria de Pierre Vilar [pdf]
Claves 104. La paradoja de Lovecraft [pdf]
Claves 118. Los liberales. Historia y vidas del ochocientos español [pdf]
Claves 120. La televisión y el mal. El caso de Pierre Bourdieu [pdf]
Claves 125. Simpatía por el vampiro [pdf]
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4. Scriptorium
Antonio Gramsci:
“…Por la propia concepción del mundo pertenecemos siempre a un determinado grupo, precisamente a aquel en el que todos los elementos sociales comparten un mismo modo de pensar y de obrar. Somos conformistas de algún tipo de conformismo, somos siempre hombres-masa u hombres colectivos. La cuestión es la siguiente: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, de qué hombre-masa forma parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada, pertenecemos simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, y la propia personalidad se compone de manera compleja: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las etapas históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura como la que será propia del género humano mundialmente unificado…”
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Jueves, 13 de diciembre de 2007, nuevo post. A poqueta nit