05.25.08
http://justoserna.wordpress.com
ATENCIÓN, ESTE BLOG HA CAMBIADO DE DIRECCIÓN. AHORA ES:
http://justoserna.wordpress.com
Allí les espero. Gracias
Ojo: este blog ha cambiado de dirección: ahora es http://justosernawordpress.com
ATENCIÓN, ESTE BLOG HA CAMBIADO DE DIRECCIÓN. AHORA ES:
http://justoserna.wordpress.com
Allí les espero. Gracias
0. Estimados lectores, se avecinan cambios en este blog alojado en epi.es: un servidor de bitácoras que proporciona Prensa Ibérica. Algunos de estos cambios ustedes ya los van viendo; otros los irán apreciando. ¿Adivinan cuáles? En las próximas horas les iré comunicando las novedades de las que yo me haga cargo. Me gustaría poder decirles ya cuál es el cambio principal, el que justifica este modesto misterio. Pero prefiero esperar…
De todos modos, no se hagan ilusiones. Ni los amigos ni los enemigos. A mi edad ya no es posible cambiar gran cosa, apreciablemente. O, como decía John Le Carré en una de sus novelas, uno de los misterios de la vida es crecer, incluso envejecer, sin mejorar. Algo exagerado, sin duda. Yo aún espero mejorar un poquito haciendo lo que hago: entre otras cosas porque cuando era muchacho no me gustaba mucho a mí mismo. Ahora he perdido la melena que tuve cuando joven, he encanecido y no siempre me reconozco en ese que veo ante el espejo. Pero he descubierto cuál es mi nivel de incompetencia, por decirlo con Peter, con Laurence J. Peter. Esto es, creo saber qué cosas hago francamente mal, qué puestos no podría desempeñar o en qué tareas fracasaría, si fuera promocionado.
¿Me refiero a mi condición de profesor? Admiro el oficio de docente y desde pequeñito quise ser profesor. Me parecía y me parece prodigiosa la capacidad que tienen algunas personas para despertar el interés y la valía de un tercero. Ojalá yo haya conseguido estimular a alguien. Si no ha sido así, aún espero conseguir esa proeza. Lo mismo puedo decir de lo que escribo. Ojalá se vea en ellos la vergüenza torera: yo me arrimo. Me arrimo al menos en lo que creo hacer mejor: esto que escribo. Creo que me sale mejor un artículo de prensa o una entrada del blog que un extenso tratado doctrinal, labor esta última para la que no estoy dotado. Artículo de prensa y blog: de eso precisamente quería hablarles. Y del nivel de incompetencia. Pero antes de continuar, permítanme hacer un inciso.
Tachín, tachín
——————–
1. Nuevo emplazamiento para Los archivos de Justo Serna
Este blog cambia de emplazamiento. A partir de ahora mismo tendrá una nueva dirección. Ese sitio con un servidor distinto será el nuevo lugar en el que leer Los archivos de Justo Serna, tanto los posts anteriores como los que a partir de ahora iremos añadiendo. Les invito, pues, a abandonar este sitio en el que ahora están y a pasarse por el nuevo lugar en esta dirección:
http://justoserna.wordpress.com
Y les invito a que abandonen este lugar porque, como decían en Mission Imposible, esta cinta, en realidad esta bitácora, se autodestruirá cinco segundos: bueno quizá en un plazo relativamente breve pero no tan breve. Por tanto, los posts y los comentarios (hechos por ustedes) que les puedan resultar de interés ya no estarán aquí sino en:
http://justoserna.wordpress.com
————————–
2. ¿Y por qué este cambio radical?
Sin duda, debo una explicación.
Continuará en:
http://justoserna.wordpress.com
Ahora, esta pantalla de aquí, la que ustedes están viendo en este momento, ya no tendrá nuevas entradas. Quedará, pues, así:
Poesía
0. Discurso de recepción del Premio Cervantes por Juan Gelman (25 de abril)
——————–
1. Carta a Fuca (24 de abril)
Autor: Manel Cantarell i Recatalà
Ciutat de València. 2008. 04. 23.
Hola Fuca… sí, Fuca y no doña Francisca, porque aquí, ahora, puedo quitarme la máscara y charlar más reposadamente contigo. ¡Por supuesto que voy a usar el tuteo!, coincido plenamente con tu opinión al respecto. El tratamiento engolado, petimetre, artificial, buscado pedante, forzado sabiondo de Manel Cantarell i Recatalà es, como le gusta definir a nuestro contertulio David Montesinos, un simulacro: forma parte de su atavío.
Obviamente, tampoco mi nombre propio es el que va con la máscara pero, de la misma forma que me pareció bien que no quisieras conocer en vivo a la gente que conoces a través de Internet, espero que me permitas respetar ese pequeño velo que aun conservo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías. A la postre, como Ulises, soy Nadie, en todo caso, un viajero, como tantos otros, hacia esa Itaca que tanto nos gusta a los lectores de Kavafis, adentrados en la vida con la música de Lluís Llach.
Bueno, mira, Kavafis y Llach salen a colación y ellos mismos me permiten entrar en el tema, la poesía de Miguel Veyrat…
En cierta ocasión mantenía en el blog de Justo Serna mi opinión sobre que el arte debería ser independiente del artista, lugar y tiempo de su realización. Las artes, en su sentido prístino, original, auténtico, entiendo, no pueden ser contingentes si no lo más próximas a la idea de eternidad que tenemos los humanos. Desde ese punto, dudo que nunca hubiera leído a Miguel.
La explicación de ello se refiere a otra idea muy personal mía. Para mí, que soy licenciado en historia y trabajo como técnico de servicios culturales, la cultura Occidental está viviendo su etapa de decadencia, su agonía. Me importa un soberano rábano si, diciendo esto, coincido con algún pensador nazi. Es como lo veo. Y lo puedo razonar. Pues, a pesar de la permanente autosatisfacción de nuestra cultura, de su sentimiento de invulnerabilidad e infinitud, lo cierto es que ciclo vital concluye, ineluctablemente. En cómputos universales, una tenido un recorrido corto, un impacto más traumático que constructivo y una herencia tan banal – pues se fundamenta en su idealismo, por tanto en algo especulativa y evanescente, la materia de los sueños – como negativa: la humanidad entera conservará en sus pesadillas la memoria de la rapiña humana, cultural y económica de este Occidente.
Claro que si te digo esto, debería justificarlo y así nos podríamos pasar varias cuartillas. Te dije que no te atormentaría con mis explicaciones y no lo haré así que concédeme tu confianza y admíteme, al menos como hipótesis de trabajo, mi punto de vista básico. Éste se resume en
(1) No hay diferencia substancial entre el producto cultural que nació con el Renacimiento y nuestro mundo coetáneo. El periodo 1450 – por poner números redondos – 2008, intrínsecamente, es el mismo. Eso es el Occidente contemporáneo. Eso es lo que ya agoniza.
(2) Dicho periodo se vertebra en cuatro periodos:
[1] Orígenes. Con la conformación de un nuevo paradigma cultural que trata de recuperar el pasado clásico y que, por ende, revindica el humanismo y la libertad de conciencia como ejes del nuevo mundo que nace al enfrentarse al mundo integrista cristiano del espacio histórico medieval (ss. IV a primera mitad del XV). Pone los cimientos de las artes y las letras actuales. Ocuparía desde el trecento hasta finales del XVI.
[2] Crecimiento. Con la lucha definitiva contra la última gran reacción integrista cristiana de Occidente (Reforma y Contrarreforma) y el consiguiente triunfo de la Ilustración. Nos movemos en los siglos XVII y XVIII. Las artes y la cultura de Occidente se consolidan y se convierte en una forma pletórica de cultura universal.
[3] Madurez. El cenit occidental. Un largísimo siglo XIX que comienza con la generación de Goya, aun en el XVIII, y acaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Las artes, ya desarrolladas y plenas, alcanzan sus mejores momentos y exponentes de esa cultura. El paradigma del Occidente contemporáneo se fija. Los límites, se alcanzan.
[4] Decrepitud. Es el periodo en el que nos encontramos. Se agrava con cada crisis, con cada bandazo que da un Occidente ya siempre desorientado, estéril, impotente: Primera Guerra Mundial (absurda e innecesaria), Entreguerras (el capitalismo demuestra su incapacidad), Segunda Guerra Mundial (la mejor demostración de las contradicciones en las que entra el sistema) y la Guerra Fría (o la globalización del fracaso de Occidente) conforman los escalones de su patíbulo. Una escalera por la que seguimos ascendiendo, no es que estemos al final de la misma.
Los signos de los tiempos son tozudos. Tras la URSS, Occidente que sólo ha logrado generar ideología estadounidense con elementos de cultura popular tan potentes como el Ratón Micky, las zapatillas Nike, los productos Microsoft o los restaurante de comida-basura Burger King. Las artes entran en barrena. Sólo se puede generar un producto menor, irracionalista y tan peligroso como un mono con navaja: la Postmodernidad. Parida por intelectuales pretenciosos norteamericanos y frustrados intelectuales europeos, es la mejor demostración de la vacuidad del pensamiento actual y de las artes que en dicho caldo se cuecen.
Hablamos, pues, de un espacio cultural póstumo para un arte vacío y comercializado, un pensamiento esclerótico, impotente para generar ideas, fútil, insuficiente, insatisfactorio para las personas e inconsistente para la estética, incapaz de superar lo habido antes de la Primera Guerra Mundial, ni siquiera lo previo a la Segunda. Como en la figura alegórica clásica, este periodo que vivimos resulta un tiempo de enanos sentados en el hombro de un gigante… un gigante que agoniza.
(3) Este último periodo crítico, en cierta forma gramsciano, pues lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo de morir; en cierta forma marxista, pues cuanto vemos a nuestro alrededor es incierto, vaporoso… a mí, personalmente, me despierta mucho recelo respecto a la capacidad de creación que tiene. Es cierto que existen gloriosas excepciones. En los tiempos crepusculares siempre se alumbran las últimas teas que destacan en la mediocridad del fatum. Hoy, como nunca, de Occidente ha brotado tanta cultura, sí, y nunca hubo tanta materia deleznable, prescindible. Brillan las últimas antorchas, sí, pero eso es lo insólito, lo que escapa a la regla. Occidente, se venda los ojos, niega las evidencias y, con el cartelito de “experimental” se lanza a reiterar lo ya creado o a inventar caminos a ninguna parte, experimentos estériles, productos abortados, proyectos absurdos… tutto vanità. Ya no se generan presencias reales en la vida de las personas, si acaso, imposturas intelectuales. Ya no impulsa la inteligencia. Ya no crea razón.
¿A qué viene todo esto?, a fijarnos, desde esa perspectiva, en los signos de los tiempos en nuestra cultura cotidiana. Cuando pienso que nuestra música clásica, la danza, la arquitectura, el teatro, la literatura… ya no dan más de si, no lo expreso de una forma tremendista, ni pesimista. No lo vivo desde el milenarismo, ni en mis palabras ni en mi propósito hay terribilità, sencillamente, tengo la conciencia serena de que Occidente se acaba como concluye toda obra humana. Nuestro ciclo dominante, nuestra capacidad directora, con sus aciertos, errores, frustraciones, alegrías, insuficiencias y herencia se apaga como una vela cuando ya no le queda apenas cera para quemar. Es nuestra penumbra. El sueño de nuestra razón. Como diría Kavafis, vivimos esperando la llegada de los bárbaros. Somos sabedores que nuestro Imperio ya es sólo su ruina, su fachada, su decorado. Están al llegar, hoy no, tal vez mañana, incertidumbre en el día, certeza en su arribada, los bárbaros llegarán. Sabedores también que los muros apuntalados de nuestra cultura ya sólo albergan perillanes, botarates, mercachifles, sinvergüenzas, comerciantes y críticos de arte… fabricantes de irracionalidad, de monstruos.
¿Por qué iba a escapar la poesía a ese sino terminal? Por más sublime que se vea a si misma, la poesía no es más que otra obra humana dependiente de su medio sociocultural. Mi interés por la poesía, así, va languideciendo, hasta desaparecer, conforme avanza el siglo XX. Tras un primer tercio, una primera mitad si quieres, brillantísima, una auténtica súper nova, tan deslumbrante como exponente de una estrella que muere, lo que sigue, no me interesa. La herencia de la segunda mitad del XX es una estrella muerta, negra, silenciosa e insoportable. También se vuelve simulacro, farsa. La que alcanza el siglo XXI, peor. Pervierte su propio fundamento, la rima, y une su destino al de la música “clásica” contemporánea cuando del ritmo se trata. Una estructura inarmónica desacreditada socialmente que, encima, se vanagloria de su “deconstrucción” como si ello fuera un valor añadido al engendro poético. ¿Qué mejor certificado de defunción?… todo es nada… apariencias… presunciones…
No obstante, conocí a Miguel en el blog. O, mejor, reconocí a Miguel en el blog. Paradojas de la vida, milagros y prodigios de nuestro mundo casual (que no causal) ese Miguel Veyrat no era un desconocido para mí. Oh, no, no lo conocía ni como poeta, ni como traductor, ni siquiera como periodista, para mí, fue mucho más que todo eso, era una parte de mi pasado, casi, casi un miembro de mi familia al que nunca había conocido. Un héroe televisivo para mi abuelo, un compañero en los revueltos tiempos del tardofranquismo, un pequeño mito familiar por el que supe de la existencia de Voltaire (mi abuelo lo definía machaconamente como volteriano) o que el mundo no era el que veía sino el que se ocultaba tras aquella falsa realidad de los medios franquistas cuando daba sus crónicas desde París.
Ya sé que no es muy serio lo que te voy a decir pero me negaba a creer que Miguel, “mi” Miguel, fuera un mastuerzo de los que esperaban a los bárbaros cometiendo tropelías e imposturas. Y es que, a la desconfianza abstracta y general sobre la cultura occidental, de la que te hablaba más arriba, aplicaba una constancia concreta de hechos palpables. No eran especulaciones mías, es que lo que la postmodernidad – e incluso la anti-postmodernidad – ofrecía como críptico no era mas que un camelo, lo abstruso se limitaba a lo confuso, lo abstracto, a lo inconcreto y lo elevado, sólo a lo inflado. Lo dicho, el producto de un zote. Miguel no podía ser eso.
Y así lo comencé a leerlo. Llevaba la balanza de Anubis en mi mano, en uno de sus platillos todos mis juicios racionales sobre la cultura contemporánea, en el otro, mi irracionalidad suelta, mi intuición, repitiéndome que Miguel bien podía ser (sólo podía ser) un hiperbóreo, uno de los últimos hiperbóreos nietzchianos que, confundido en la maraña del mercantilismo, la fatuidad pública y el engaño intelectual de nuestros días, conservaba la integridad filosófica aún en el final de nuestros tiempos. Con semejante bagaje me adentré en él.
Me apresuro a decirte que, en absoluto me defraudó. Es cierto, no hay rima en su obra y su ritmo es quebrado, o sea, lo que te decía más arriba que abomino… pero… y ahí comienza la diferencia substancial de Miguel… si seguimos con el símil de la poesía contemporánea con su música coetánea, en Miguel no encontrarás la pretenciosidad vacua de los músicos que se llaman a si mismos “cultos” o “clásicos”, esos que interpretan polifonías asonantes, inarmonía y ruidos que nos quieren hacer pasar por música, vestidos, eso sí, con cuello cerrado y de Hugo Boss. En Miguel encontraré la voz quebrada del saxo en un obscuro club de jazz; tal vez en un recinto muy pequeño, lleno de humo, lleno de gente… de gente sin pajarita en la garganta, gente quebrada, como el jazz, como su poesía. Y cuando comencé a sentir eso, adentrarme en su poesía comienza a serme más fácil pues mis prevenciones disminuyeron y, relajado, sus palabras, sus ideas, comenzaron a fluir más fácilmente en mí. No sabes lo mal que me supo no escucharlo en vivo cuando estuvo en València, estoy seguro que su voz no diferiría demasiado de la de Tom Waits, al menos en su cadencia y profundidad.
Si me sigo adentrando en su obra. Vista y admitida su ausencia de rima y su ritmo quebrado… mmm… quebrado, sí, pero no por eso roto en un sentido violento, en ningún caso, como la línea recta, artificial, interrumpida de la poesía actual, quebrado como retorcido, como una rama, como una raíz, como un tronco, como algo orgánico, humano. Perdón, me voy, decía que sin rima y con un ritmo orgánico hemos de llegar a la misma estructura de su obra… y el peligro latente de la “decontrucción” como fórmula “moderna” de presentación. Miguel lo resuelve de una manera magnífica: manda a la papelera de las estupideces tan desabrido concepto y, sencillamente, no crea estructura, pasa por completo de ella. Propone al lector una lectura laberíntica. Recupera el pensamiento complejo implícito de los clásicos en la figura del laberinto y convierte cada libro suyo en uno. Así el lector, cuando entra, puede hacerlo como Teseo, Dédalo o Ícaro, ese es su poder, un privilegio que muy pocos poetas permiten, camina por sus poemas entre la esperanza por descubrir una vía viable – valga la redundancia – y el temor a tropezar con el minotauro, con el monstruo, con la sinrazón. Miguel, pues, se me hacía cada vez más próximo, su obra era tan compleja como la corteza de un árbol o como el diseño del microcircuito impreso de un chip y eso es de agradecer en este tiempo de poesía pulida y cromada.
¿Pero… no olvido algo de las formas?… Sí, su propia base, el elemento substancial con el que se construyó ese laberinto orgánico, las palabras. ¡Por fin pude leer a un poeta coetáneo que utilizara más de media docena de conceptos! Por fin las palabras se engarzaban en conceptos tras los cuales había ideas, se acabaron los conceptos postmodernos, huecos por definición. Palabras, palabras, palabras… por fin palabras con significado, palabras con fundamento, palabras para decir algo, para expresar alguna cosa, para extirparse dolor-amor del alma y construir con ellas ese laberinto. Palabras como las dichas en los templos de Sumer, en ágoras y foros del Mediterráneo, en las carabelas ibéricas transoceánicas, en las fábricas de Manchester, en los frentes de combate de las guerras mundiales. Palabras vivas, conceptos vivos, poesía viva con formas orgánicas, serpenteantes, ricas… sí, Miguel presentaba con fuerza sus credenciales de hiperbóreo… Y a mi me entusiasmaba.
Faltaba apreciar si su ser volteriano reverberaba dentro de semejantes formas.
En este capítulo de contenidos, ay, cada vez nos adentramos más en lo subjetivo, en la intuición propia, en la percepción irracional de nuestro cerebro. Tenemos menos asideros, menos argumentos con los que defender nuestra opinión… ¡claro!… es que nos adentramos en la república de la poesía pura, más allá de lo formal y ahí nuestros valores palidecen y callan ante los poemas.
Honradamente, no sé ni por donde comenzar, precisamente por esa variedad laberíntica de su obra. Lo dejo al albur de los Dioses Inmortales y te lanzo mis opiniones con el mismo (des)orden del laberinto.
Miguel y lo que dice. Creo que hay otro elemento que diferencia y magnifica a Miguel de los poetastros actuales. Estos son unos plomos. Unos parecen unos desdichados psicóticos practicando alguna terapia escrita para aclarar sus problemas mentales, otros son engolados representantes de la pretenciosidad más falsa, fatua, engolada, incluso ridícula que uno pueda imaginar. Mientras en ellos leemos lo egocéntrico, lo psicoanalítico, lo personal y lo carente de interés – salvo que se sea un cotilla –, Miguel nos habla desde si, no de si, y lo hace con ideas universales que lo conmueven a él, como puede conmoverse cualquier ser humano. Nos libra de las aburridísimas disquisiciones de aquellos mendrugos preocupados por su ombligo… y maldita sea el interés que tiene su ombligo para nadie… y nos propone visiones humanas. Como en el principio hermético de “como es arriba, es abajo”, Miguel facilita al lector el viaje de lo personal a lo universal y viceversa a través de su poesía.
¿Miguel, pretencioso, pedante? Es fácil para un intelectualillo de tres al cuarto hacer una lectura así de su obra. Y, fíjate qué paradójico, precisamente la facilidad del tránsito del plano personal, íntimo, al otro universal, público, demuestra su sencillez. No hay en él pretenciosidad, es la sinceridad de la inteligencia, un bien escaso, este, que no siempre se sabe evaluar con justicia cuando el inteligente – el sabio, y Miguel presenta esas características de conocimiento acumulado y de taumaturgia devenida de ello – hace uso de ella abiertamente.
Por eso tampoco es un pedante, no se aprecia engreimiento en su inteligencia, ni retuerce los textos para hacer un alarde de erudición, sencillamente, aplica en su poesía los elementos que considera oportunos de su universo mental. Lo que ocurre es que éste es muy amplio y, por consiguiente, muy bien dotado de recursos, algo que, por fuerza, han de envidiar los cerebros pequeños y las almas simples, frustradas por sus limitaciones… en fin, lo cotidiano y abundante en la cultura crepuscular.
Miguel, desde esa perspectiva, lejos de ser un clérigo en su púlpito clamando en una lengua que nadie entiende pero que, en su ignorancia, todos admiran, es un intelectual que con su obra impele al conocimiento, provoca las ganas de conocer, empuja a saber, fomenta la razón, la crítica, el conocimiento del uno en si y en su proyección cósmica. Y eso duele.
Lo abstruso de Miguel. A esas alturas, podía encontrar en Miguel mucha materia de mis entretenimientos: mitos y leyendas clásicos, filosofía sin contaminar de cristianismo, mecánica quántica… y así me di cuenta que contaba con una ventaja que otros lectores no tenían… sabía cuando hablaba de incertidumbres que se refería al Principio de Heisemberg, no a una especulación espiritual; donde otros leían metafísica – y en ella se perdían – yo percibía el mundo subatómico de la física quántica; las alusiones al viaje de Gilgamesh, la épica clásica, las visiones isíacas de la Luna… Por algún extraño misterio, nuestros gustos, aficiones y manías habían venido a coincidir en una proporción sorprendentemente grande, toda vez que nunca nos hemos visto, ni siquiera hablado, directamente. Lo cual se traduce en que, sin haberlo pretendido, tenía en mi poder un buen montón de claves para discurrir por su laberinto, para mí, nada abstruso.
Lo que no entiendo de Miguel. Sin embargo, también hay claves de Miguel que no me cuadran. Eso, lejos de resultarme incómodo, al revés, actuaron como esa palanca que apoya el conocimiento. Con lo que no entiendo me fuerzo para querer saber más, porque sé que tras sus poemas, sus imágenes, sus palabras, hay algo más que sólo conceptos.
Tal vez lo más acuciante para mí sea el fuego y todo su campo semántico: la llama, el incendiario, quemar, lucir… ¿Es el fuego de Heráclito, fundamento de todo, alma de todo, inquietud abrasadora permanente, o es el de la hoguera de Platón en la puerta de su cueva, el deformador de la realidad, el creador de sombras, de incertidumbres? ¿Hablamos del fuego como vida, como furia, como tea de la razón y la rabia por la estupidez? ¿hablamos del fuego domesticado, constructivo, cauterizador? Aquí mis lecturas tuvieron que ir y venir, encontrar trazos por acá y por allá, pensar y repensar, interpretar, soñar… bueno, al final, sin entenderlo, disfrutar.
Lo que no comparto de Miguel.
Intermezzo
Acabo de darme cuenta de la hora que es, del rollo que te estoy soltando y de que acabo de llegar al capítulo… ¡¡¡¡al que quería dedicar más espacio!!!!
Perdona, por favor, perdona porque no era mi intención soltarte semejante filípica. Resuelvo esto por la vía rápida y te dejo en paz. Palabra.
La obra de Miguel también tiene para mí aspectos – y no menores – que no comparto. Te los esbocé en mi participación el blog de Justo y ahora, vistas las circunstancias, apenas te lo podré desarrollar un poco más.
En el colmo de lo sucinto te diré que los tres elementos de mi mayor discrepancia con él residen en las figuras de la niebla, el naufragio y la muerte. No, no es eso. No puede serlo. Me estira con fuerza el pensamiento cínico griego – el cínico real, no su reinterpretación platónico-cristiana –el epicúreo romano, el hedonista universal, la luz de la razón, la ilustración, la vida, el Mediterráneo… ¡hasta la paella tira de mí cuando me enfrento a esos tres conceptos!, así que frente a su planteamiento decadente, prefiero, respectivamente, el Sol, la navegación y la vida.
Aquí, Miguel se recubre con una toga que no creo que sea la suya. Si naces en València y tienes sangre saboyana no puedes mirar el paisaje desde la umbría. Vamos, para mí es incomprensible que se deje atrapar por los sfumatos y los pentimentos de la vida. Ese no es mi Voltaire personal (ni el de mi abuelo). Me desconcierta su mirada al abismo cuando sabe, por Nietzsche, que el abismo lo mirará a él. Un ser de razón, de luz, ha de portar en su antorcha la alegría, el humor, la lucha, la sonrisa, el puño cerrado, la acción, la intuición, hasta la magia… No puede cubrir Babilonia de resignación, no puede secar el Nilo, ni vaciar los templos de los Dioses Inmortales, no puede pedir morir para evitar la muerte porque la muerte es vida… ¡es vida!
En fin, pero esto ya es una visión personal mía que no tiene mayor interés, el interés está en el poeta – afortunado mortal que puede portar tal nombre – y en una obra más que abstrusa, enigmática, sobre todo humana, inteligente y generadora de inteligencia, satisfactoria, afortunadamente laberíntica y orgánica, escrita con palabras, cerebro y alma.
Acabo.
La obra, pues, aun con mis disidencias, me gustó y, stricto sensu, en realidad, a pesar de tenerla toda leída, no la he concluido. Es más, sospecho que jamás la acabaré. El bendito laberinto en el que nos adentra tiene demasiadas dobleces, recovecos, alternativas, perspectivas, renuncias, propuestas, ideas, irritaciones, furia, como para disponer de tiempo suficiente en esta vida para agotarlo. Ya te dije, es un poeta.
Por último, recordarte que, como dije en el blog, este texto se lo pasaré a Miguel que tenía interés por leer mi opinión sobre su obra (¡insensato!). Doy por sentado que, compartiendo la amistad-e los tres no te ofrecerá inconveniente alguno.
Te dejo ya, Fuca. Lamento una vez más la perorata que te he lanzado pero, ya ves, me pongo a escribir y se me va el tiempo sin darme cuenta. Espero que seas clemente conmigo, al fin y al cabo, sólo es mi opinión.
Ahora, vuelvo a ponerme la máscara.
Señora mía, Dama Galaica, doña Francisca (Fuca para el universo mundo), ríndome enteramente a sus pies de usted, cual devoto admirador suyo que soy. Para cualquier contingencia, quedo a su entera disposición. No dude en reclamarme si acaso me precisare que, presto, me pondré a servicio.
Suyo afectísimo en la solidaridad internacional de los pueblos ibéricos,
Manel Cantarell i Recatalà, vulgo Kant, ciudadano valenciano de nación catalana.
1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren… Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada. ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.
En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir? Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión. ¿Expresión cultural o antropológica?
El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins. Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins.
————–
2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)
Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.
Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero? No se culpen: no hagan penitencia.
El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.
Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado.
Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.
0. País perplejo
Echemos un vistazo al mundo, al mundo hecho pedazos. Les presento algunos trozos recientes, vistos desde España. Todo son perplejidades.
—————
1. ¿Adiós a Obama?
Lamento no haberme extendido sobre Barack Obama: sobre los contenidos de su libro. Si leen la reseña de Francisco Fuster, que les anunciaba en el post anterior, podrán verificar la riqueza y paradoja (o contradicción) del candidato demócrata. El autor de La audacia de la esperanza intenta hermanar a Abraham Lincoln y a Martin Luther King, a Kennedy y a Reagan, el liberalismo e el intervencionismo. Insisto: creo que la lectura del libro merece retrasar algo más su glosa para sacarle mayor provecho y para distanciarnos de una prosa que es seductora y que tiene sus trampas. Regresaremos sobre él más adelante.
———-
2. Adiós a Zarzalejos
En un comunicado del Consejo de Administración de Abc –comunicado que publica el propio medio– se nos informa que Ángel Expósito ha sido designado director de dicho diario “en sustitución de José Antonio Zarzalejos, quien asumió la dirección del periódico en septiembre de 1999″. Una pena: aquí, en este blog le he dedicado numerosas entradas y referencias. Un corresponsal me dijo en correo privado que Zarzalejos era para mí lo que el Tomate para Sé lo que hicisteis: vamos, que este blog es parasitario de Abc y sobre todo de su director, de su ex director. Parásitos y basuras, vaya comparaciones…
“José Antonio Zarzalejos deja la dirección del periódico en plena fase de expansión y crecimiento del diario con un claro y continuado ascenso de la difusión durante los últimos meses”, dice la nota de Abc. “Ensayista y conferenciante, José Antonio Zarzalejos, con su continua presencia en foros y debates, se ha convertido en una permanente referencia para la opinión pública y ha contribuido a afianzar la imagen de Abc en la sociedad española”. Precisamente es lo que pensé: que quizá la continua presencia en foros y debates le restó tiempo para dirigir su periódico. Salvo algún cambio menor –lugar y fecha de nacimiento de Zarzalejos (Bilbao, 1954)–, ambas noticias son idénticas. Las empresas periodísticas se expresan con gran hermetismo cuando han de informar de sus cambios internos. ¿Dónde está el editorial de Abc que precise y justifique ese relevo?
–Abc (6 de febrero en su versión digital)
–Abc (7 de febrero en versión digital e impresa)
–Juan Manuel de Prada, “Zarzalejos“, Abc, 9 de febrero de 2008
———–
3. Adiós a Cécilia
Hablando del Tomate y de noticias rosas o basura…, leo en La Razón una nota de Efe, desde París. “El presidente francés, Nicolas Sarkozy, envió un mensaje por teléfono móvil (un sms), a su ex mujer Cécilia ocho días antes de su boda con Carla Bruni en el que se mostraba dispuesto a volver con ella, según reveló hoy la página de Internet de la revista «Le Nouvel Observateur». «Si vuelves, anulo todo», rezaba -según la revista que no revela cómo tuvo acceso a la información- el mensaje enviado con el teléfono móvil por Sarkozy a la mujer con la que estuvo casado hasta hace cuatro meses y que es madre de su hijo Louis. El presidente no obtuvo respuesta y el pasado sábado contrajo matrimonio con la ex modelo y cantante Carla Bruni, poco más de dos meses después de haberla conocido. «Le Nouvel Observateur» recopiló otros episodios en la serie de lo que llama «venganzas y provocaciones» del jefe del Estado a su ex esposa”.
————–
4. El respeto de las costumbres
Leo en un despacho de la Agencia Efe que el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha prometido que si gobierna creará “un contrato de integración” para los inmigrantes. Un contrato de integración, dice. En unas jornadas sobre inmigración organizadas por el PP en Barcelona, el líder del partido ha precisado que el contrato afectará a todo aquel recién llegado que quiera obtener “un permiso superior a un año de residencia en España”: incluirá el requisito de “regresar a su país si durante un tiempo no logra encontrar empleo”. Gracias a ese contrato –añade la nota–, los inmigrantes dispondrán de los mismos derechos que los españoles. Con una contrapartida, eso sí: deberán comprometerse a “cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres”.
¿Respetar las costumbres? He leído una y otra vez la declaración… y no me acostumbro. Me sorprendo.
–Los juristas ven difícil legislar sobre costumbres
–La fortaleza y la escuela (la costumbre y la ley entre los inmigrantes, según JS)
–Rajoy: “La inmigración es un problema real”
———
5. Plante un árbol o dos o tres o quinientos millones
Leo una nota de Efe reproducida por El Mundo. “El líder del PP, Mariano Rajoy, ha prometido que si gana las elecciones plantará 500 millones de árboles en la próxima legislatura, lo que significa sembrar 342.500 árboles al día o 14.269 a la hora, es decir, más de 10 árboles por habitante en cuatro años. Esta promesa electoral responde a otra presentada por el PSOE el pasado 19 de enero por la que se comprometía a plantar, en los próximos cuatro años, un árbol en España por cada ciudadano, es decir unos 45 millones de árboles”.
———–
6. Iñaki Gabilondo. La aspereza muda
En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha realizado a Mariano Rajoy para Cuatro ha cometido un error de planteamiento. Se ha mostrado hostil y a la ofensiva en todo tiempo sin poder replicar debidamente al líder del PP: ha realizado la interviú como si fuera un adversario. El País anunciaba la sesión como si de un examen se tratara. Pero un periodista televisivo no es un preceptor severo ni un maestro cascarrabias: si lo intenta da –o queda– mal ante las cámaras. Como ha demostrado en otras ocasiones, Gabilondo es alguien que sabe llevar al entrevistado a su propio terreno mostrando con inteligencia y corrección las incongruencias o contradicciones del interlocutor. Lo ha hecho otras veces sabiendo resolverlo con sutileza. En esta ocasión no ha sido así. Mariano Rajoy se ha dado cuenta inmediatamente del error Gabilondo: la aspereza muda. El periodista le preguntaba con incredulidad, con ganas de hacerle cometer un traspié: como un contendiente, vaya; pero como un contendiente que no puede contraatacar. Por eso, repreguntaba con insistencia, sin poder rematar su faena (si es que no quería cometer grave descortesía). Al final debía callar, pues su papel no era –no podía ser– el de un interlocutor que pugna, sino el de un locutor que pregunta. Mariano Rajoy repetía y repetía cansinamente un guión que tenía bien aprendido, sorteando sus contradicciones. Mientras tanto, a Iñaki Gabilondo se le iba avinagrando el rostro, enmudeciendo, cosa que televivamente no nos gusta.
Los debates televisivos se preparan. Es decir, que si hay un choque retransmitido Zapatero-Rajoy, los contendientes han de ir sobradamente preparados y descansados, lúcidos y despiertos. Pero sobre todo han de ir relajados, sin las premuras de quien quiere abreviar. Las entrevistas también se preparan. Tuve la impresión de que Iñaki Gabilondo lo fió todo a su dominio del medio y a los silencios, algo muy radiofónico. En la radio, un silencio habla: expresa aprobación o rechazo, duda. En cambio, en televisión, que un periodista deba morderse la lengua para no hablar, para no replicar inmediatamente ante una impostura o falsedad o falacia, se ve como una impotencia. En el caso de que el entrevistador sea hostil a un entrevistado, las preguntas han de estar sutilmente envenenadas: formuladas con total sencillez, con (presunto) candor, como si al locutor le costara entender a su interlocutor y, por supuesto, dominando la gestualidad, las reacciones del rostro. Mostrar las reacciones del rostro sin poder replicar, interrumpir, es dejar impotente al periodista. La televisión provoca estas cosas si no se han previsto.
Como nos enseñó Freud, en el psicoanálisis, los silencios del terapeuta son decisivos, así como las palabras breves, escuestas, que expresa. El analista suele callar porque quiere facilitar la confesión del analizado. Pero como es una figura de transferencia, una figura (presuntamente) vacía sobre la que se vuelcan la verbalización y los sentimientos del paciente, ha de permanecer impasible. Lo mejor es, pues, quedar fuera del campo de visión del analizado: de ese modo éste no descubrirá sus reacciones de aprobación o de repudio.
–La opinión previa de Iñaki Gabilondo en Cuatro: “Mariano Rajoy está llegando a Cuatro. Al final de este tiempo de noticias, estará con nosotros y con ustedes…”
–La entrevista en Cuatro
–El País… (Previo)
–El País… (Post)
——–
7. El infierno existe, vaya si existe
Leo en El País que “el papa Benedicto XVI ha asegurado que el infierno existe y no está vacío. No es anuncio nuevo, en 2007 ya mencionó la existencia del infierno como lugar, algo que su antedecesor, Juan Pablo II, había rechazado. El Papa, durante un encuentro mantenido con párrocos romanos con motivo del inicio de la Cuaresma, ha mandado un mensaje a los fieles: la salvación no es inmediata ni llegará para todos, por eso ha querido destacar la posibilidad real de ir al infierno, según informa el diario italiano La Repubblica”.
En este blog, meses atrás: El infierno existe y es eterno
1. Leo Un día de cólera (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte de la que debo escribir una reseña. Son varios los aspectos que trataré cuando me ponga a ello. Ahora, sin embargo, quiero pensar sólo en dos: en Francia y en la acción colectiva (en los actos airados de la muchedumbre). Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple para todos nosotos y para nuestros antepasados. Por un lado, encarnaba la Ilustración, la libertad, la cultura milenaria, ese refinamiento de lo parisino que aún nos atrae; por otro, la violencia, el alboroto urbano, la revolución de 1848, la Comuna, Mayo del 68 o la agitación de las banleieus.
Estamos en 1808, Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar reprimido de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo, se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen.
A lo largo del tiempo, lo que de aquella mañana de mayo más ha llamado la atención es el desigual combate: la firme oposición del pueblo a ser vejado, maltratado, por un ejército invasor, el Ejército napoleónico: portador de las ideas revolucionarias, pero usurpador también de los Gobiernos vecinos. En la mañana del 2 de mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegímitimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política… francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.
Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todos esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los mass media, cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.
En 1808, como dice el narrador de Un día de cólera, es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello. Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando las epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elias Canetti (y me lo recuerda Francisco Fuster). Colectivamente, reunidos en un espacio físico y sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, lo inmediato, lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese rumor es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esos chismes alivian la incertidumbre. La información alivia y enerva.
Pero regresemos a la masa y a ciertos didactismos que ahora me permitirán. Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?
Como decía Ortega y Gasset y también Antonio Gramsci, hoy ya no somos más que hombres-masa, individuos pegados entre sí por un argamasa emocional. A lo largo del siglo XX, la pasión política unió a gentes dispares que se sentían solidarios defendiendo las mismas causas (en ocasiones, terribles causas): la prensa interfería o creaba opiniones, marcaba tendencias o reunía anímicamente a grandes públicos. Ahora, la realidad –que parece la misma o que parece estar definida por los mismos medios– es algo bien distinto: sólo es un espacio más de un entorno completamente mediático y mediatizado: allí vivimos bajo el dictado de una agenda prestada. ¿Algo malo? Es lo que se da y es nuestra condición general: una revolución de tercer orden. O, mejor, como dijo Javier Echeverría, es la revolución del tercer entorno: hemos pasado por la physis, por la polis y, ahora, por telépolis. Vivimos como masas interconectadas y es ahí, en ese nuevo espacio, en donde se dan la inteligencia y el refinamiento, pero también la violencia y sus causas. Para quienes tenemos aversión a la muchedumbre que adocena –aunque podamos entender su empuje social–, el nuevo entorno es paradójico y fatal, pues vivimos multitudinariamente sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo: usted y usted y usted y yo. Disculpen que hoy me ponga apocalíptico: cada uno de nosotros no es más que la parte infinitesimal de un gran público que observa (y participa) en un espectáculo interactivo. Quizá otro día lo vea de un modo distinto. Ahora, perdonen que les deje.
—————-
2. “El cerdo” de Pérez-Reverte
En la descripción de la masa que hay en Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocemos: como le dice Tulio Demichelis en Abc, aquel argumento que procede del Cantar del Mío Cid según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constatemente aparece en sus novelas históricas: desde Alatriste hasta Cabo Trafalgar. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga…, ¿y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al menu peuple (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación (por designarlo a la manera de Gramsci); un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra; una Armada desarbolada y hundida; una Nación política aún incipiente y ya saqueada.
A ver si consigo explicarme: contrariamente a lo que me dice Miguel Veyrat, yo no creo que leer a Pérez-Reverte sea abandonarse a “la mala literatura de consumo”. Resulta muy interesante acudir a sus obras para ver el buen temple relator que tiene o que es capaz de desplegar, aunque –efectivamente– sus esquemas narrativos sean tradicionales: en Un día de cólera es una crónica que en orden cronológico –como no podía ser de otra manera– pone en sucesión los hechos acontecidos tomando como ejemplificación a distintos personajes. Su forma de contar es muy tradicional (pero efectiva) porque quien relata es un narrador omnisciente (según el esquema realista y naturalista), alguien que expresándose en tercera persona sabe todo de todos, anticipa lo que les va a suceder y, por tanto, proporciona datos e información enciclopédica que no son imprescindibles para leer los hechos novelados en tiempo real. Es, pues, un didactismo para quien lo ignora todo.
Es muy interesante y discutible la nota de autor que Pérez-Reverte pone al inicio de la obra. Funciona como un introito informativo: como una declaración de principios metodológicos. Interesa leerla para comprobar cómo trata de burlar la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica). Por otro lado, es chocante, erudito y literal (que no posmoderno) el recurso a una bibliografía final, las bases sobre las que dice apoyar su relato. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Por otra parte, la nota del autor y la bibliografía son propiamente paratextos, algo que rodea al texto y que al autor –que no al narrador– le sirve para enmarcar: esa función cumplen los prólogos. Pero, atención, dichos paratextos pueden ser parte de la ficción: véase, si no me creen, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de El nombre de la rosa –”Naturalmente, un manuscrito”–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en El País. Etcétera, etcétera.
Son numerosas las razones que me llevan a leer Un día de cólera: uno aprende discutiendo con los buenos, con los regulares y con los malos textos. La novela de Pérez-Reverte es eficazmente narrativa y entretiene incluso cuando simplifica los caracteres y los avatares. De eso dan fe muchachos con quienes tengo trato frecuente y que leen con fruición. Lo señalé en “Qué jóvenes“, un artículo para Levante ya olvidado. La novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del reportero, repite fórmulas ya ensayadas por Daniel Defoe (en Diario del año de la peste) y retoma los modelos narrativos de las viejas crónicas. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de mayor eran en buena medida un populacho corajudo y desnortado. Por otro lado, la recreación de conversaciones, de diálogos, entre personajes tan documentados forma parte de la conjetura y de lo verosímil, algo que ya pretendiera Tucídides…
Pero me permitirán que me calle: debo hacer una reseña y esto que he escrito no lo es. Es sólo una reflexión sobre la masa como muchedumbre alborotada, una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje. Me entusiasma leer triturando los volúmenes, interpelándolos, subrayándolos, anotando mis exclamaciones, mis derivaciones, mis erudiciones. Ya lo saben. Un libro es como un cerdo: todo se aprovecha.
Pues eso: que le aproveche a quien decida disfrutarlo.
—————————-
3. Hemeroteca
-Francisco Fuster, “Betty Friedan, la mística de la feminidad“, Claves de razón práctica, núm. 177 (2007). Texto completo en pdf
-Novedad: algunos artículos de JS publicados en Claves de razón práctica entre 1999 y 2002, accesibles ahora (2007) en formato pdf
Claves 95. La egohistoria de Pierre Vilar [pdf]
Claves 104. La paradoja de Lovecraft [pdf]
Claves 118. Los liberales. Historia y vidas del ochocientos español [pdf]
Claves 120. La televisión y el mal. El caso de Pierre Bourdieu [pdf]
Claves 125. Simpatía por el vampiro [pdf]
——————–
4. Scriptorium
Antonio Gramsci:
“…Por la propia concepción del mundo pertenecemos siempre a un determinado grupo, precisamente a aquel en el que todos los elementos sociales comparten un mismo modo de pensar y de obrar. Somos conformistas de algún tipo de conformismo, somos siempre hombres-masa u hombres colectivos. La cuestión es la siguiente: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, de qué hombre-masa forma parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada, pertenecemos simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, y la propia personalidad se compone de manera compleja: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las etapas históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura como la que será propia del género humano mundialmente unificado…”
——————–
Jueves, 13 de diciembre de 2007, nuevo post. A poqueta nit
“Durante bastantes años escribí columnas semanales, y al cabo de un cierto tiempo noté con mucha fuerza el cansancio, el peligro tremendo de la repetición, de la autoparodia, del exceso de confianza, incluso del compadreo con el lector o con otros colegas”, dice Antonio Muñoz Molina en “Literaturas de periódico”, un artículo publicado en Mercurio (núm. 95, noviembre de 2007).
Hay un placer y un riesgo en el columnista habitual, ciertamente. Como también hay goce y peligro en el lector: se establece una fidelidad con nuestro autor, la de quien se “habitúa al encuentro periódico con una columna, se reconoce en ella o disiente de ella, en ese juego de búsqueda, hallazgo e identificación que es la base de toda literatura”. Esa fidelidad –que, sin duda, es una satisfacción narcisista para quien publica (ya que se sabe seguido)— puede convertirse “en coartada para la pereza mental. El lector perezoso y sectario es alimentado por el columnista en su pereza y su sectarismo, y le pide a cambio no que le deslumbre o que le desafíe, sino tan sólo que le confirme en sus prejuicios”.
Comparto muchos de los reproches que Antonio Muñoz Molina dedica al columnismo, un género que él practicó semanalmente durante bastantes años y al que yo también me he encadenado durante meses y meses. Como al autor de El jinete polaco, también a mí me repugnan el sectarismo de quienes aprueban o condenan, los juicios expeditivos, las opiniones de vuelo gallináceo y el mero reconocimiento o compadreo. Creo que hay que ser exigentes como lectores y como autores para evitar estos males. En junio de 2006 publiqué un artículo en el diario Levante-Emv que llevaba por título “Periodismo sectario”. Veo con satisfacción que, aparte del aprecio por sus novelas, me une a Muñoz Molina una concepción semejante de lo que es la literatura de periódico.
El 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”. El 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico: “La cena de los políticos”. Desaparece, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un rótulo poco original –lo reconozco— pero que me ha servido para decir que yo miraba valiéndome de recursos ajenos; que yo leía para entender; que yo me servía de prótesis para extenderme. Espero no haber sido eso que tanto detesto: sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o me obligan repensar las cosas. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, vuelvo a mencionarlo. Cito el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.
¿Las razones de mi marcha de Levante-Emv? Me permitirán la discreción (porque así se me ha pedido y porque así lo aconseja la prudencia). Se me ha cuidado en dicho periódico y no tengo nada que reprochar del trato dispensado: no recuerdo censura alguna. Empecé de la mano de Juan Lagardera –amigo– y continué después de su marcha. Es decir, que allí me han soportado durante meses sin el amparo de Juan. Sabía que la colaboración con Levante-Emv tenía que acabar en enero de 2008… (porque así se me había dicho días atrás). Yo he querido adelantar su final dado que no deseo ser una carga. Quedo libre, pues, para nuevos compromisos. Deberé hacer el duelo –como dicen los analistas–, después de un ejercicio semanal que me obligaba a estar en forma. ¿Y el blog? La bitácora que ahora están leyendo ustedes está actualmente asociada a Prensa Ibérica. Ignoro cómo resolveré su futuro: no sé si en este mismo servidor o en otro. Mi deseo es continuar. Pero, aparte del blog, espero seguir escribiendo artículos en prensa. Eso sí, como apostilla Muñoz Molina, ojalá la libertad de columna no me lleve a la “autoindulgencia, especialmente si no hay un editor que pueda llamarle [a uno] la atención, sugerirle que no se repita, proponerle temas alternativos”. En el blog de todos ustedes, en este que ahora leen, no hay ese riesgo: son los lectores quienes amonestan, corrigen, enmiendan, apostillan.
Muchas gracias.
Tenía previsto escribir esta misma tarde del viernes la nueva entrada del blog. Escribir largamente, digo. Pero no, no lo haré: una pereza irrefrenable y una leve indisposición –ese catarro de fin de verano que no me quito– me lo impiden. Creo que es la primera vez que, habiendo prometido escribir y publicar, incumplo mi palabra en esta bitácora. No hay nada de lo que preocuparse: es humana holganza. Regresaré en un día o dos: cuando mi cuerpo me lo pida. Perdonen las molestias.
Ya lo sabemos: el esfuerzo a que estamos obligados es un doble castigo: por un lado, es una condena bíblica, metafórica y mítica; por otro, es un hecho cierto y nada simbólico, el deber de trabajar. Hubo un tiempo en que Adán y Eva paseaban por el Edén oreado. Edén: tiene nombre de bar de carretera. Digo… que, cuando Adán y Eva se abandonaban al deleite y a la holganza, carecían de atropellada inquietud y de premura: caminaban fresquitos, mirando la minucia de aquel vergel, tan reciente y espeso. No sentían la amenaza de la naturaleza tupida, el abrazo de su flora o el acoso de su fauna. Los nombres y las cosas coincidían, la timidez y el esfuerzo no existían, y el Dios tutelar observaba su creación con benevolencia, orgullo y algo de guasa. Se sentía satisfecho, sí, y la verdad es que, aunque mejorable, el Paraíso parecía un auténtico jardín. Todo acabó, sin embargo. ¿Fue la salida de Adán y Eva un retorno? No, por supuesto. ¿No hay regreso en la eternidad de una vida por vivir. Fue un ingreso en el tiempo y en el pavor, en el laboreo y en la repetición. En ello estamos aún, cuando cada otoño se avecina, cuando concluye el ciclo: avergonzándonos de la molicie a que nos hemos entregado, y repudiando el porvenir y las tareas sucesivas. Veo distanciarse el verano, aquel edén. Mañana empieza mi auténtica temporada laboral…
Me pregunto a qué demonio debo esta expulsión.
1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.
¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista: los tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente. Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.
Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.
Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: “Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.” Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”.
¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.
Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos… Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse. Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…
—————
2. Deprisa, de Prisa. Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.
El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.
a. El periodista Hermann Tertsch y El País
(Hermann Tertsch, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).
c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.
d. Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.
e. Editorial del periódico El País al PP.
—————
3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV
—————
4. Atención, actualización del blog: nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…
1. Leo en el blog de Anaclet Pons una estupenda información sobre Hannah Arendt. Siempre es tiempo de regresar a esta autora, que nos dignifica, que nos mejora. Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos empeñamos en vivir. Criticó, como nos recuerda Anaclet Pons en su bitácora, “toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana”. Subrayó la finitud, la escasez, la precariedad como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida. Son numerosos los pensadores que se ensoberbecen, bien pagados por sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos. Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones. Pero frente a lo doméstico defendió el espacio público como ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar. En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme. Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público. Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas. Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…
La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan. ¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje del cientifismo del Ochocientos. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social? Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad, un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades, y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan. Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda hipóstasis (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera): es decir, resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical. Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles. Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para así infligir el mal sin inquietarse. No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse. Tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.
2. Scriptorium:
Digo lo anterior y me acuerdo del comentario que Theodor W. Adorno le hiciera a Thomas Mann (Correspondencia, 1943-1955)
“Estimado y admirado Dr. Mann:
…La radical observación realizada en los Procesos de Nuremberg, a saber, que la culpa indecible en cierto modo se deshace en lo insustancial, esa observación se repite hasta en la cotidianidad más insignificante. Expresado de manera más drástica: con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico deque nadie admite haberlo sido, sino en el sentido, por lejos más ominoso, de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo fueron… El hecho de que lo sucedido escapa a cualquier experiencia regular tiene además como paradójica consecuencia que uno mismo apenas pueda admitirlo. Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo” (Theodor W. Adorno, 28 de diciembre de 1949).
3. Scriptorium. Ejecuciones e imágenes. El mal retratado. “…Recordemos que el 8 de agosto de 1914 los primeros acusados fueron condenados a muerte por el Volksgerichtshof y ejecutados el mismo día en la prisión de Plötzensee en Berlín. Los ocho condenados, colgados de una cuerda de acero, agonizaron durante más de veinte minutos. Unos días más tarde, asistí a la reunión diaria de información en la Guarida del Lobo, y estaba escuchando a Guderian que hablaba de la situación en el frente este cuando Fegelein irrumpió en la sala, interrumpiendo bruscamente la exposición y arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa de los mapas del Führer. Con gran estupor comprobé que se trataba de las ejecuciones del 8 de agosto. Hitler se puso las gafas, cogió ávidamente las macabras fotografías y las contempló durante un buen rato con una especie de placer morboso. Los clichés en primer plano de la lucha a muerte de los condenados circularon a continuación de mano en mano (…). Incapaz de soportar ese espectáculo, abandoné la sala con un pretexto cualquiera”.
Bernd Freytag von Loringhoven, En el búnker con Hitler. Barcelona, Crítica, 2007.
4. Hemeroteca: La violencia, el terrorismo. La historia.
Puede leer un artículo de Justo Serna sobre la negociación en “Enemigos”, Levante-EMV, 12 de enero de 2007.
Diario de un burgués en Ojos de Papel.
Me piden antiguos lectores que reponga (como en el cine) un viejo artículo mío dedicado a la Televisión. En los últimos meses hasta seis veces me lo han solicitado. Aun siendo un texto denso creo que tiene un par de ideas aceptables. Ustedes verán. Salvo algún retoque menor y excepto alguna actualización evidente, las palabras son las mismas. No suelo reproducir lo que ya escribí, pero ante la petición de una parte del respetable desentierro esta pieza para que juzguen.
No es deseable ni siquiera posible la sujeción de las personas a las propiedades que las encadenan real o supuestamente a las comunidades de origen o de pertenencia, a las familias o a las naciones. Hacerlo así, forzar lo que nos ata, es violentarnos a cada uno de nosotros, es asociarnos con idéntico perfil a quienes por fuerza son distintos. Nos obliga dicha operación a vivir solidarios con una imagen predefinida de cada uno, esto es, al vincularnos por fuerza a nuestro grupo de pertenencia se multiplican efectivamente las diferencias que hay en el mundo entre los distintos grupos étnicos o culturales, pero a la vez se empobrece dicho planeta, pues éste o aquél, tú o yo, por mucho que compartamos rasgos que nos alejen de otros, somos algo más que autómatas obligados a comportarse fatalmente. Es decir, que la alegre defensa de la diferencia étnica, en el fondo, oculta la auténtica diversidad de cada cual o, en otros términos, la murga de los rasgos colectivos irrevocables que me definen impediría la diferencia efectiva.
En el pasado, en el siglo XIX, por ejemplo, los individuos carecían de plurales fuentes de información y lo común era abastecerse con un único canal a través del cual se recibían las percepciones de lo real y las actuaciones prescritas a que estaba obligado cada uno. El hijo de un rico hacendado tendía a reproducir lo obvio, lo que era indiscutible para sus mayores y lo que por tradición o herencia le llegaba, que no era sólo un conjunto de bienes materiales, sino también una concepción del mundo congruente con el medio del que procedía. La educación formal, la socialización y la propia maduración del individuo en un espacio afín reforzaban ese patrimonio inmaterial que era el sentido común heredado (o lo que Marx llamó ideología). (Eso es, precisamente, lo que Anaclet Pons y yo mismo hemos podido constatar en la reconstrucción de ese mundo cultural en nuestro Diario de un burgués, el libro en el que detallamos la Europa del siglo XIX vista por un viajero infatigable, un muchacho distinguido y luego adulto respetable. Las percepciones que el protagonista nos da son las propias del vástago inevitable de su época, alguien que observa la realidad con los recursos y con las noticias que recibe…)
Desde hace tiempo, las cosas ya no son exactamente así. La vastedad y la variedad de fuentes de información, tan contradictorias, el debilitamiento de las reglas comunes y prescriptivas (sustituidas, en parte, por eso que Gilles Lipovetsky llamó la moral indolora) han hecho de nuestro tiempo un mundo efectivamente hecho pedazos. La circunstancia nos concede una gran libertad, pues ni el padre, ni la familia, ni la escuela, ni las autoridades pueden sujetar una socialización que se desborda y en la que la coherencia de los datos acopiados se hace casi imposible. Pero es también nuestro infierno. Es tal la avalancha que los muchachos pueden crecer angustiados por la saturación informativa (por la vecindad de lo alto, de lo bajo, de lo relevante, de lo irrelevante) y por el deterioro o la falta de criterios de discriminación. De los padres se recibían antaño los modelos de vida y ejemplos a seguir (que después podían objetarse si se detestaban sus enseñanzas patriarcales o si repugnaban sus decisiones). El problema es que ahora los padres tienen difícil aleccionar de manera coherente y taxativa para una existencia, la del hijo, que debe adaptarse a los cambios innumerables y al vértigo de esos cambios. Cuáles sean los asideros y cuáles los criterios resultan ser las preguntas más angustiosas. Desde luego que los modelos de vida y la razón moral que los padres puedan enseñar no son inútiles: hay en la vida de nuestros mayores un repertorio de ejemplos que conviene retener, pero esas decisiones más o menos corajudas de nuestros abuelos o progenitores sólo nos sirven como nociones muy generales de lo que deberíamos o podríamos hacer. Por eso, a tientas van creándose o recreándose los muchachos de hoy y, por eso, las series o las ficciones televisivas y cinematográficas les dan patrones que en ocasiones refuerzan o confunden o reemplazan lo que tienen más cerca: el modelo de vida familiar. ¿Entonces…, qué podemos hacer?
Bien mirado, el muchacho tiene la habilidad para descifrar los mensajes televisivos, la pluralidad de significados y de marcos que envuelven esos mensajes. Nuestros sistemas de percepción y de descodificación van madurando a lo largo del tiempo, de suerte que es bastante probable que a los niños les gusten programas distintos de los que les agradan a los mayores. Que la falta de recursos propios de la edad deban suplirse con la presencia de los adultos no es mala cosa. De hecho, lo deseable es ver la televisión en compañía de esos adultos, trabar conversación sobre lo visto y sobre su significado: la disputa acerca del sentido es la tarea principal a que nos entregamos conforme crecemos y maduramos, distanciándonos así de las prescripciones semánticas de nuestros mayores. Por otra parte, la programación que se destina al público infantil no es, básicamente, distinta de la que se ofrece a los adultos, no es distinta en el sentido de que está informada por valores culturales semejantes, tan elevados o tan abyectos. También en este caso la cercanía de unos mayores preocupados y atentos y su supervisión ayudan incluso a aprender de la basura y del cotilleo. Los niños suelen ser muy chismosos y no debe extrañarnos que puedan tener propensión a ver los programas de revelaciones y escándalos. En fin, no es desde luego lo más recomendable, pero lo menos recomendable es que los vean solos.
Los significados que tengan los hechos televisivos no se imponen como si de una bala mágica se tratara, capaz de atravesar el umbral de nuestra resistencia: los significados se negocian y se renegocian y se modifican gracias al discurso y a la situación social que nos envuelve. Enjuiciar la realidad para poder adaptarnos eficazmente a ella, a sus limitaciones o posibilidades es, con toda seguridad, la tarea más importante de la socialización. Muchos de los que deploran los efectos de la televisión suelen decir que su emisión sólo produce un discurso delirante, ya que entre su programación se pasa de la ficción a lo real sin solución de continuidad. Este hecho, añaden, produciría aturdimiento y, en el peor de los casos, confusiones acerca de lo real. La mera exhibición de individuos encerrados en una casa cuya vida se retransmite (Gran Hermano) es, probablemente, una emisión poco interesante y, quizá, les dé a nuestros muchachos ejemplos de cómo ganar dinero sin hacer gran cosa, simplemente dejándose llevar por la fama que el medio genera. Si se tomaran en serio esta forma de vida, los niños podrían ver dañados sus criterios de observación de la realidad, de su entorno y de sí mismos. Pero conozco muchachos que han visto estos programas y no han adoptado conductas delirantes o tan toscas como las del actual ídolo de GH: Pulpillo. Eso sí, siempre y cuando haya más estímulos fuera de la televisión: siempre y cuando el ejemplo de los padres y un universo propio que sobrepasa las sugestiones de la televisión les permita distanciarse irónicamente. Hay que leer, por ejemplo, pero no para no ver la tele, sino para que la lectura y otros recursos culturales enriquezcan y hagan plural el conjunto de referentes de unos jóvenes que no pueden pasar sólo por el tubo catódico, bueno, perdón, por la pantalla de plasma.
Además, la fantasía que se suministra en televisión o en el cine es tan buena o tan mala como pueda serlo la fantasía escrita: conozco a muchachos que han devorado obras, novelas de fantaciencia, de nulo valor moral, de irrelevante valor estético y que, sin embargo, se han sobrepuesto a la perversión del gusto. De hecho, el gusto es también una recreación costosa, lenta, laboriosa, que requiere un esfuerzo de años: conozco adultos de pésima fruición y no han sido adictos a la televisión en su infancia. ¿Y la violencia en televisión? Ay, con la violencia en televisión, hemos tocado la parte más sensible y que más disgusto suele provocar en padres desconcertados. Pues bien, creo que hay que desdramatizar. En general, los niños distinguen bien la violencia en la pantalla, su índole ficticia. Más aún, en ocasiones lo más dañino no son los mamporros o las balaceras (como diría el llorado Cabrera Infante), sino la crueldad con que se presentan las imágenes a que debemos parecernos. A veces, en efecto, la violencia es pura coreografía. Algunos de mis amigos de adolescencia admiraban a Bruce Lee (Empty your mind…) y no se perdían ninguno de sus estrenos. No recuerdo que alguno quedara especialmente afectado por aquello. Tal vez, lo mejor sea retener lo que decía Gerard Jones en su libro Matando monstruos: “Es muy fácil caer en la trampa de pensar que los jóvenes imitan al dedillo lo que ven en televisión y los conciertos (…). Hay algo de verdad en todo ello. Una de las funciones de las películas, los relatos y los juegos es ayudarles a entrenarse para lo que serán de adultos. Sin embargo, los antropólogos y los psicólogos que estudian el juego han demostrado que esos espectáculos cumplen otras funciones: una es que los niños finjan ser algo que saben que ‘nunca serán’. Explorar, en un contexto seguro y controlado, lo que es imposible o demasiado peligroso o prohibido es una herramienta crucial que permite aceptar los límites de la realidad”.
Y en eso estamos, pues: educando a los reyes catódicos.
Crónica de sociedad
De nuestro corresponsal Lorencito Quesada
Ayer, con gran éxito de publico, se celebró en la Sociedad Valenciana de Agricultura la presentación de Diario de un burgués. Con todo el aforo del Salón de la Chimenea lleno a rebosar, más de doscientas personas ocuparon todas las sillas previstas debiendo habilitarse mayor cantidad de asientos. Aun así, quedaron numerosos espectadores de pie. Los autores, qué duda cabe, disfrutaron con ese hecho: con el número de asistentes. Pero, más que la cifra inhabitual en estos actos, fue la aleación de públicos lo que gustó y conmovió. Había autoridades políticas en activo, como fueron el conseller Esteban González Pons o el director general del Libro, Vicente Navarro de Luján, u otros responsables de la oposición socialista, como Joaquín Azagra; había personas de la alta sociedad, señoras y señores de la Real Maestranza de Nobles; había descendientes actuales de los apellidos linajudos que aparecen en el libro; había empresarios de hoy, impresionados por las andanzas de aquel predecesor suyo, un auténtico burgués andarín y viajero; había numerosas gentes del medio académico, profesores y estudiantes que acudieron amablemente a acompañar a dos colegas en apuros: los que siempre se pasan en la presentación de un libro; y había, en fin, familiares y amigos íntimos que se empeñaron en hacer llevadero el acto tan bien organizado por los editores. Se vendieron muchos libros que a los autores se les vía firmar con auténtico placer. Los presentadores, los miembros de la mesa, estuvieron precisamente en su papel y cumplieron a la perfección y con gran generosidad su cometido. Dedicaron palabras muy amables al volumen, destacaron el placer que el texto procura, una obra escrita con entusiasmo y con cuidado. Dedicaron palabras al empeño de ambos historiadores en seguir siendo amigos e investigando. Concluido el acto la concurrencia pudo asistir a un ágape que se servía en los salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura. Con Diario de un burgués nace la Colección Los libros de la Memoria.
———————-
Noticias sobre la presentación del Diario de un burgués
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Levante-EMV
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en El País
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Qué Diario
Hace semanas fui entrevistado por Víctor Romero para El boletín de las Empresas. Me interrogaba por ser yo un blogger y un historiador. Fue muy amable y cortés. Cortés: algún día deberemos escribir sobre la cortesía, esa virtud tan necesaria en todo tiempo y más… en épocas convulsas. Pensaba que una parte de lo que en aquella interviú respondí ya no interesaba, pero echándole un vistazo al cuestionario y a las respuestas, me he dado cuenta de la actualidad de los asuntos abordados y sobre todo de la insidiosa permanencia de ciertos problemas. No hay manera de desprendernos de lo que ya es pasado y aún nos incomoda… Desde luego, no quiero reproducir toda la entrevista, sino regresar a los asuntos que más convienen a este blog. En nuestra bitácora hablamos de historia, de política, de cultura, de medios de comunicación, entre otras cosas. Algunas de las observaciones que Víctor Romero me hacía y algunos de los diagnósticos que yo aventuraba siguen en pie y se relacionan con nuestras preocupaciones ordinarias. O eso creo. Juzguen ustedes.
¿La historia es una ciencia exacta?
¿Una ciencia exacta? ¡Ni pensarlo! Es una disciplina sometida a reglas, rigurosa. O al menos aspira a serlo. Quiero decir: es un saber fruto de la investigación, desempeñado por profesionales, no por amateurs, un saber que a la postre tiene como principio la búsqueda de la verdad. Afirmar que puede ser una ciencia exacta me parece una exageración.
Según Pío Moa, la guerra civil fue producto de una reacción a una revolución marxista en España. ¿Podría ofrecer una opinión sobre el punto de vista que tienen estos revisionistas de la historia como Moa o César Vidal?
Están Pío Moa y estos historiadores amateurs, aunque César Vidal no sea un historiador amateur, sino alguien graduado en historia… Pero al margen de la titulación la particularidad de todos ellos es que convierten el pasado en objeto de disputa contemporánea, una exhumación política. Establecen analogías apresuradas entre lo que son hechos históricos –que nos afectan y cuyos efectos todavía llegan hasta nosotros– y el presente. Operan de tal modo que proclaman una relación inmediata o una identificación estrecha entre el pasado y nuestro tiempo. Hasta tal punto es así, que si leemos el último libro de Pío Moa, el dedicado a Franco, bien pronto podemos advertir cuál es el objetivo del libro: no es evaluar al anterior Jefe de Estado, sino denostar a Rodríguez Zapatero, criticarlo radicalmente mostrando las lagunas o las insuficiencias del Gobierno actual. Obrar así contraviene los preceptos del buen historiador.
¿España ha restañado sus heridas internas?
En todo país que ha pasado por una guerra civil o por una serie de guerras civiles es difícil que lo pretérito no sea objeto de forcejeo. Lo que ocurre es que ahora en particular y desde mediados de los noventa, desde que José María Aznar decidiera convertir el pasado en objeto de revisión y por tanto de querella, ciertos sectores de la derecha y de la izquierda han entrado al trapo y una nueva generación de gente más joven está convirtiendo los tiempos pasados y los hechos históricos en elementos de controversia actual, como si lo ocurrido varias décadas atrás pudiera ser restituido, enmendado o reparado.
¿A qué atribuye el auge de los nacionalismos?
En principio, el nacionalismo no es un fenómeno carente de fundamentos. En el caso de España, las diferencias culturales que nos distinguen a unos y a otros se basan en las diversas lenguas que hay. Esas diferencias culturales y lingüísticas no son una impostura, no son algo artificioso, sino que están bien fundamentadas y han tenido un largo proceso y desarrollo. Lo que ocurre es que desde finales del XIX, desde el 98, desde que entra en crisis el Estado-nación decimonónico, el modelo político se ha convertido en objeto de disputa y lo español ha tendido a identificarse con una anomalía, con un fracaso. El franquismo agravó ese proceso al convertir todo lo español, o una parte fundamental de las tradiciones y del imaginario español, en la identidad antiliberal y antidemocrática del propio régimen.
¿El PP es también un partido nacionalista?
Digamos que los partidos estatales, el PSOE o el Partido Popular, tienen una concepción del Estado-nación, de lo que es la nación española y de lo que puedan ser las naciones periféricas. El hecho de que se tenga un concepto de nación, como espacio hospitalario en el que hacerse copartícipes, no significa que se sea exactamente nacionalista. Lo que ocurre es que el Partido Popular de un tiempo a esta parte está convirtiendo su discurso, de controversia con el Partido Socialista, en un discurso efectivamente nacionalista, de exaltación de la identidad española, por oposición a la fiebre periférica. ¿Eso es bueno o es malo? El Partido Popular cree encontrar réditos electorales en ese tipo de disputa subrayando las hipotecas que el Partido Socialista podría tener con sus socios de Gobierno.
En esa línea que comenta sobre los discursos de los partidos políticos, diríase que vivimos en tiempos de crispación, en tiempos de confusión. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación en esta especie de circo político?
A mi juicio, la crispación en España es un fenómeno político realmente llamativo, sobre todo por lo artificioso que es, que llega a ser. Hay una relación evidente, una vinculación explícita entre medios de comunicación y partidos políticos. En ese sentido, yo creo que el objeto principal o el factor que genera la mayor crispación política en los últimos años no son exactamente los partidos, sino los medios de comunicación. Es una disputa mediática por el control de la información, de la opinión y de la difusión, y en definitiva por la expansión de los propios medios. A partir de ahí, justamente porque hay una vinculación política entre los distintos medios y los partidos, este hecho agrava las cosas. Insisto: no es tanto un problema político (que se suele resolver en las elecciones y en la aritmética parlamentaria) como un problema mediático. De lo que se trata es de abatir al rival, de vender más periódicos o de tener más oyentes, o en definitiva, de tener más espectadores. Creo que eso se puede ir retroalimentando y generando una situación ciertamente perversa que poco tiene que ver además con la percepción, más calmada, de la gente.
¿Los periodistas, por tanto, diría que somos fabricantes de realidades?
Todo discurso acerca de lo real es una construcción de la realidad, evidentemente. No hay un mundo transparente y obvio que se imponga, que pueda ser mostrado sin comentario, sin atribuirle algún sentido particular. En la medida en que traducimos la realidad a un discurso le conferimos un significado u otro. Ahora bien, pensar que todo discurso es una mera construcción, y por tanto que lo que hay es sólo una controversia de discursos, más aún, que cualquier periodista que diga cualquier cosa tiene idéntica legitimidad que cualquier otro, me parece una exageración, porque entonces no se puede establecer una jerarquía de discursos en función de la verdad.
Tendría que haber una conexión con la realidad real, por explicarlo de alguna manera…
En efecto, debe haber algún tipo de correspondencia. Lo veo semejante a lo que hacemos los historiadores. Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventarte hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y en definitiva histórico. A partir de ahí el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con los que las analizas. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia.
¿Federico Jiménez Losantos es el Walter Winchell de la derecha española?
(Ríe) No. Como tampoco es Thomas Mann, que desde el exilio alertaba a sus compatriotas contra el diabólico Hitler valiéndose de un discurso exaltado. Jiménez Losantos es un personaje al que le gusta ser retador, algo de lo que extrae réditos: alguien que está siendo devorado por su éxito. Es un portavoz, creo, de sus propios intereses empresariales, intereses que hacen de la crispación su capital económico y simbólico. Es, además, portavoz de ciertos intereses ideológicos, que no sé si identificar con la extrema derecha, pero sí con ciertos sectores de la extrema derecha… sin complejos, unos sectores que se revisten de un aparatoso envoltorio ideológico presuntamente liberal. Sin embargo, el liberalismo ha sido históricamente tolerante, no ha generado crispación, ni ha hecho un discurso bravucón. El liberalismo español, el que arranca del doceañismo de las Cortes de Cádiz, ha tenido poco que ver con lo que dice representar Jiménez Losantos.
Usted también ha discrepado públicamente con Arcadi Espada. Sin embargo, hay quien dice que en el interior ambos comparten ciertas dosis de jacobinismo.
No sé si discrepo de Arcadi Espada, porque hace tiempo que no nos comunicamos y su blog multitudinario ha dejado de interesarme intelectualmente. Arcadi Espada vive una circunstancia política difícil en Cataluña. Defiende una tesis y unos presupuestos, defiende unas posiciones, abiertamente antinacionalistas que no le generan ningún tipo de comodidad. Ahora bien, esa incomodidad digamos valerosamente defendida, esas posiciones críticas del nacionalismo valerosamente proclamadas, a veces le han llevado a extremar su posición negando cualquier tipo de acierto o de legitimidad a los sectores nacionalistas o próximos al nacionalismo. Por tanto, creo que si se le dijera a Arcadi Espada que tiene posiciones jacobinas como si eso fuera un insulto se carcajearía muchísimo.
¿Y si se lo dijeran a usted también?
Francamente, no me importa en absoluto (ríe).
¿Pero usted sí que tiene un concepto del Estado, de cómo deberían ser las cosas para que se alcance un cierto grado de convivencia?
Creo que la Transición política en España ha ido razonablemente bien, que el Estado de las autonomías ha construido una estructura estatal adecuada, acertada, mejorable por supuesto, pero que ha resuelto bastantes problemas que históricamente habían acarreado los españoles. Sobre esa concepción por la que me pregunta yo no puedo decirle nada que no sea mi aprobación de lo que fue una modélica transición política en España. Incluso diría más: cuando hoy en día se revisa la Transición pensando que ha sido un conjunto de abdicaciones por parte de unos y de otros, me parece un error, un riesgo, plantearlo así. O por ejemplo, cuando se supone que la Constitución está lastrada por el ruido de sables me parece un error de planteamiento. De algún modo, la amenaza del golpismo, y sobre todo, el recuerdo de la guerra civil fueron precisamente lo que llevaron al consenso, pero no por el miedo, sino por la intención de evitar la repetición de los mismos errores.
¿Qué ve detrás de Zapatero?
He de confesar que me desconcierta. En ocasiones me parece una mente verdaderamente perspicaz y en otros momentos me parece portavoz de evidencias tan simples…, que no me lo puedo creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse Rodríguez Zapatero, pues…, ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: suele hacer declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus disposiciones y providencias con gran realismo, con maquiavelismo incluso. Al menos de momento. ¿Hasta cuándo?
¿Y de Rajoy?
De Rajoy se alaba habitualmente la fina ironía gallega, incluso el sarcasmo sutil. Creo que Rajoy es una persona lastrada básicamente por dos pesos heredados, que son Acebes y Zaplana. Ante sus correligionarios, ante los conmilitones que le supervisan, Mariano Rajoy ha dicho varias veces que es libre, que es libre y que se siente libre para tomar decisiones y para reorganizar la estructura de mando de su partido. Qué énfasis, qué insistencia en proclamarse horro de dependencias. ¿No será acaso que es justamente al revés? ¿Que Mariano Rajoy está condicionado por Aznar, vigilado por el ex presidente, determinado por su herencia? De hecho, Acebes y Zaplana son la clave de futuro de Rajoy, pero no en el sentido que se quiere transmitir, sino en el sentido de que el candidato gallego remontará sus hipotecas cuando se desprenda de ambos.
—————
El observatorio del historiador, artículo de JS, hoy viernes 6 de octubre en Levante-Posdata.
« Previous entries Project-Id-Version: WordPress 2.0 es_ES Formal Beta
POT-Creation-Date: 2005-10-05 22:49+0200
PO-Revision-Date: 2006-02-01 16:18+0100
Last-Translator: Maira Belmonte