02.23.08
Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna
1. Posguerra autobiográfica
Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo.
Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura.
Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”.
Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto. Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta.
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2. El Festival de Eurovisión
Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo… y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.
Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa.
Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención.
Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.
De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?
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3. El Terrat. Salir en los medios
Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados. “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable. Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…
Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.
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4. Acordes y desacuerdos
El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)
Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)
a. De Eurovisión a Frikivisión
b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos
c. La Eurovisión más democrática
d. TVE expulsa a El Gato
e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda
f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet
g. Pucherazo eurovisivo
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01.25.08
Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna
1. RESTOS
Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.
En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”. Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados. La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues, como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.
Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.
Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.
¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.
Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.
Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?
2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)
Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.
Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.
He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban). En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.
Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.
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3. LAS FOSAS COMUNES (26 de enero)
La novela de Miguel Veyrat
En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate:
-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005). En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí.
-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.
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3. HEMEROTECA JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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11.20.07
Posted in Franquismo, Comunicación, Democracia, Historia at 20:29 por jserna

1. El Valle de los Caídos
Lo escribí y no tengo nada más –ni mejor– que añadir hoy, 20 de noviembre. Ustedes sabrán perdonarme. Quizá mañana pueda decir algo nuevo y significativo.
Franco, Lennon y Sinatra…
En 1959, John Lennon comenzaba a organizar en Liverpool el cuarteto que acabaría llamándose The Beatles. Por esas mismas fechas, yo nacía en una España de capitalismo intervenido y agropecuario, la España de la copla en la que los tecnócratas únicamente estaban empezando a proyectar un plan que nos sacara de la autarquía. Llegábamos tarde a casi todo y las bases del mercado libre que traería la sociedad de consumo, el rock, el pop, los adelantos y el bienestar material sólo estaban fijándose. Franco inauguraba el Valle de los Caídos con una alocución en la que la idea y la realidad de la Cruzada seguían siendo el estribillo más repetido, su cantinela.
“Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante”. Se trató de una batalla en la que hubo “mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva en que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?”, añadía Franco sabiéndose aureolado. Pero, a finales de los años cincuenta, esa batalla era una ofensiva inacabada, una acometida que ahora debía hacer frente a una peligrosa especie: los intoxicadores de la juventud. En Madrid se habían registrado las primeras manifestaciones estudiantiles y de fuera, del exterior, llegaban sones envenenados. “La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, advertía el Caudillo. “Periódicamente la vemos levantar cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretende envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”.
¡Ah, las novedades, esos afanes de los jóvenes que les hacen ser siempre curiosos! “Por ello”, concluía el Generalísimo, “es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. La España que estaba por abrirse y que, finalmente, lo haría gracias al fin de la autarquía y gracias al turismo aún estaba, sin embargo, seriamente vigilada y la lucecita de El Pardo iluminaba la senda moral del país. El Caudillo mostraba con sus advertencias hechas en Cuelgamuros, en el Valle de la Muerte, una gran perspicacia, consciente del cambio cultural que ya se atisbaba (esa música…) y que, de aceptarse, podía arruinar el espíritu de una raza, la Cruzada. Las cosas parecían empezar de nuevo para muchos…, ¿pero y para mí?
Cuando crecimos quienes habíamos nacido en 1959 tuve la impresión de que llegábamos tarde a casi todo y así, cuando yo descubría la música de los Beatles, sus hits y sus mejores logros, cuando yo advertía con asombro infantil qué gran pieza era Let it be, justamente en ese momento el grupo se separaba entre el rencor y el tedio de un éxito insoportable. Muchos años después, el ocho de diciembre de 1980, asesinaban a John Lennon, precisamente en el instante en que el cantante estaba reiniciando su carrera musical con un disco Double Fantasy, en la que se incluía una canción de titulo premonitorio y exacto: (Just like) Starting Over. Era ése el último año de la licenciatura que yo cursaba, justo cuando avizoraba mi futuro. Otra vez tuve la sensación de que la fatalidad me impedía disfrutar de mis contemporáneos, de ese Lennon tan sorprendente; tuve la impresión de que mi conocimiento sólo podría ser evocador, rememorativo, y con un significado distinto. La muerte…
La muerte siempre llega demasiado pronto, siempre acaba lo que aún estaba por desarrollarse. Pero la muerte reviste de sentido lo que se hizo en vida, pues parece darle a la existencia y a sus avatares desordenados, caóticos un valor retrospectivo. Hasta tal punto es así que se nos hace evidente, sucesivo y lógico todo lo realizado: como si su cierre, su consumación o su acabamiento invistieran con un significado particular aquello que se emprendió justamente contra la muerte, sólo pensando en prolongar la vida. La muerte, natural o violenta, convierte nuestras vidas en ‘casos’, en expedientes de los que sería posible saber todo aquello que conduce a ese final, de modo que las existencias particulares, sus aciertos y sus fracasos, pueden releerse como esos procesos que tienen el cierre previsto. Si lo pensamos bien, esta forma de hacer biografía es paradójica y dudosa: concebimos al individuo como un embrión en el que ya estarían prefiguradas las acciones que desarrollará, acciones que en conjunto tendrán sentido precisamente porque conocemos el final.
Si los Beatles llegaron a lo más alto, entonces la reconstrucción retrospectiva que hagamos de sus vidas sólo retendrá o detallará aquello que los llevó a ese cenit. Si Lennon murió asesinado por la chifladura mesiánica de un criminal, entonces todas sus letras y todas rebeldías parecerán anticipar ese final adelantado, esa muerte incomprensible. Justamente porque la muerte es incomprensible, un escándalo (como acostumbro a decir), es por lo que nos exigimos encajar las piezas y los pasos que le quiten absurdo al cierre, al acabamiento. Pero no hay nada que explicar, nada. Simplemente es eso: el fin.
El 12 de diciembre de 2005, si le hubiera ganado la batalla a la muerte, Frank Sinatra habría cumplido noventa años. Para mí, para mi gusto personal, The Voice es más importante que Lennon: a él le debo el mejor silabeo, las canciones con más swing, el concepto mismo de álbum, la noción estricta de la elegancia, con esos impecables trajes a medida que le hacían los sastres más afamados, con ese sombrero Fedora, con ese toque Borsalino, en fin, que yo siempre envidié y al que, lamentablemente, también llegué tarde. Sinatra nunca le tuvo simpatía a Franco, y de sus correrías con Ava Gardner en Madrid –en el Castellana Hilton– queda su vida disipada: esa que ya envenenaba y avivaba “de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”, como dijo después el General Franco. Por ello, como precisaría el dictador en 1959, era “necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. Franco no lo consiguió, no logró reducir a aquellas generaciones que irrumpían en los años sesenta, pero Frank supo educarnos en el vicio elegante, aunque fuera retrospectivamente. Con Lennon, además, aprendimos a soñar, a imaginar… Con ambos nos pudimos dar una nueva oportunidad. Había vida después de Franco.
Salud, camaradas.
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2. Otros comentarios A) B) y C)
A) Franco y Sinatra, 21 de noviembre de 2007
Qué diferentes son las sensaciones que transmiten las fotografías que encabezan. En un caso, vemos a un militar uniformado; en el otro, vemos a un crooner bien trajeado. Al primero le queda estrecha la guerrera; el segundo luce suelta la americana, que se adivina de buen paño. Mientras Franco da sensación de incomodo indumentario, Sinatra transmite liviandad: el primero lleva preceptivamente abotonada esa guerrera; el segundo ha aligerado el nudo de su corbata. Ambos hacen algo con sus extremidades superiores, como en espera. El militar parece estar en jarras (al menos, así pone su brazo izquierdo): retando o arengando, en tensión (pues no está propiamente en descanso, sino afirmándose ante una tropa que no vemos). Dirige sus ojos hacia el suelo, como evitando la mirada de alguien que está fuera de campo. Por el contrario, el cantante cruza los brazos, provocando un efecto de relajación: parece estar en silencio; parece estar en las nubes, aguardando que algo acabe en la sala de grabación. Dos formas de vida…
B) Otra foto del Caudillo que ya comenté apoyándome en Javier Marías (21 de noviembre de 20007)
C) Fernando Fernán Gómez, 22 de noviembre de 2007
El padre y el monstruo
Fernando Fernán Gómez nunca encarnó mejor la figura del padre que en El espíritu de la colmena (1973), un padre enigmático, silencioso, entre huraño y tímido, con un pasado que ignoramos: el padre de Ana, la niña que al ver la película de James Whale queda fascinada con el monstruo de Frankenstein. ¿Quién es el monstruo? ¿Son buenos los monstruos u obran mal porque son desdichados? En El espíritu de la colmena estamos en algún pueblo de Castilla en la temprana posguerra. El personaje que encarna Fernán Goméz se llama, precisamente, Fernando. En su figura se expresa el silencio: el dolor y la fatalidad de una dictadura.
De ese personaje dice Jorge Latorre: “Le suponemos un intelectual republicano, pues aparece retratado entre Unamuno y Ortega y Gasset; que se encuentra estancado en un contexto de exilio interior, en un entorno que no es el suyo, y que además parece regido por una leyes sociales que acepta porque no tiene más remedio, o simplemente, porque las ve inevitables, por puro fatalismo (como parte de la naturaleza,de la que no escapa el hombre). En su abulia intelectual, Fernando se aísla de la colmena social y la vez es parte de ella; finalmente quedará identificado con ese orden, al menos para su hija Ana, perdiendo así su ‘autoridad’ sobre ella”.
Fernando es un tipo derrotado que ha renunciado ya a toda rebelión en un contexto de puro aislamiento. Ana, la hija, descubre merodeando por su pueblo a un fugitivo que, en su inocencia, confunde con el monstruo bueno que ella quiso ver en Frankenstein.
La actitud entreguista o callada del padre resulta inexplicable para Ana. No sabemos si, tiempo después, la hija se reconciliará con el padre.
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3. Hemeroteca
Julián Casanova sobre el Valle de los Caídos
JS sobre el franquismo
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4. Gratitudes
Julia Puig
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Mañana viernes, 23 de noviembre, ‘a poqueta nit’, nuevo post
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10.21.07
Posted in Franquismo, Religión, Historia at 12:39 por jserna
1. Jaime Mayor Oreja es un político de raza (que se dice), alguien que desde hace años ocupa puesto oficial y alguien a quien no se le conoce otra dedicación. Forma parte, pues, de lo que Gaetano Mosca llamó la clase política. En principio es una expresión extraña: mezcla voces que parecen contradictorias. En la teoría de Mosca, la elite rectora se caracteriza por disponer de una fórmula política, es decir, por valerse de una concepción del orden, del pasado, del presente y del porvenir, un plan de intervención y actuación. O, en otros términos, una ideología que justifica y fundamenta su dominio sobre los gobernados o seguidores. La clase política no sólo representa demandas de una colectividad más vasta (las de un sector social, por ejemplo), sino que también se forja sus propios intereses. El apellido Oreja designa a una familia de políticos profesionales: diputados o ministros que desde años atrás se dedican a esta tarea. Desde luego se ocupan de cosas a las que la mayoría no queremos dedicar tiempo. Es un servicio, pues, el que nos prestan. Pero la clase política tiene sus propios intereses: mantenerse, conservarse, ampliar su red de influencia. El Network Analysis hace años que estudia esas redes de influencia: unas son formales y otras informales; unas se expresan a través de empleos políticos y otras a través de canales ideológicos afines. Mayor Oreja trabaja en ambos dominios: el del cargo público y el del proselitismo pío. Por eso, su dedicación no es la de un gestor inmune a los principios, o la de un técnico o la de un político sólo mediador: es la de un propagandista católico que persevera en la defensa del confesionalismo.
Su persecución por parte de los terroristas y su empeño personal en hacerles frente le han despertado la simpatía de muchos ciudadanos, de muchos ciudadanos que no son de su partido. Durante un tiempo, esas circunstancias penosas han hecho olvidar su profundo conservadurismo, un ideario confesional militante al que, por supuesto, Mayor Oreja tiene derecho y que los católicos más fervorosos celebran. En los últimos días ha vuelto al interés mediático por las declaraciones hechas a La Voz de Galicia. Leamos un extrato de sus palabras:
“-¿Qué opina de la Ley de la Memoria Histórica?
-Hacer de una tragedia de nuestra historia un elemento de división es fácil, pero es un disparate. Si hicimos un esfuerzo en la transición para que este tema no siguiera dividiendo a los españoles, ¿para qué resucitar otra vez quiénes fueron más asesinos en la guerra?
-¿Por qué le cuesta tanto al PP condenar el franquismo?
-Porque eso forma parte de la historia de España. Yo no lo he condenado, yo elogio y alabo la transición democrática. ¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles?
-Por esa misma lógica, tampoco condenará el nazismo o el estalinismo, porque muchos alemanes y soviéticos los apoyaron.
-En la guerra hubo dos bandos y en el nazismo solo uno.
-En el franquismo solo hubo un bando que reprimía.
-También hubo dos, porque el franquismo fue la consecuencia de una Guerra Civil en la que hubo dos bandos. No es lo mismo que el régimen nazi, donde había un solo verdugo.
-Entonces, dejando al margen la Ley de la Memoria Histórica, ¿no considera pertinente condenar el franquismo?
-No, por muchas razones. ¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? En mi tierra vasca hubo unos mitos infinitos. Fue mucho peor la guerra que el franquismo. Algunos dicen que las persecuciones en los pueblos vascos fueron terribles, pero no debieron serlo tanto cuando todos los guardias civiles gallegos pedían ir al País Vasco. Era una situación de extraordinaria placidez. Dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”.
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2. Disquisiciones y memorias. Es ésta una idea muy interesante, sin duda: “dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”. Resulta aleccionadora la voz que emplea: “disquisición”, cosa a la que –según parece– se dedicarían los historiadores. Leamos el Diccionario de la Real Academia Española. Una disquisición puede ser un examen riguroso, pero puede ser también una divagación, una digresión. No sé si los historiadores nos dedicamos a examinar rigurosamente considerando cada una de las partes que constituyen un objeto del pasado o, si por el contrario, nos alejamos del presente aventurándonos con digresiones. El pasado, en cualquier caso, no es sólo materia de historiadores ni es únicamente asunto de divagaciones.
Digo estas cosas y pienso en Antonio Elorza (”Memorias históricas“, véase en la sección de comentarios). Elorza es un historiador atendible y de larga obra que perdona a Mayor Oreja: le perdona su franquismo nostálgico. El académico, que ha pasado por distintas opciones y por diferentes obediencias (desde el PCE hasta Izquierda Unida, y hoy… Unidad, Progreso y Democracia), es un resuelto defensor de la ejecutoria de este político vasco: por eso le parece un desliz la evocación que Mayor Oreja hace de su infancia franquista como si aquel hubiera sido un tiempo de “absoluta placidez”. Sin duda, nadie le niega sinceridad a Mayor Oreja: nadie le niega que él lo viviera de ese modo, que lo percibiera o lo experimentara de esa manera. Como tampoco nadie niega el derecho de Elorza a mostrar camaradería.
Salvo desdichas graves, la infancia la solemos recordar así, con absoluta placidez: ingresamos en el tiempo con miedo y desconcierto, pero la atención y el cuidado nos apaciguan. Los padres hacen de nuestro entorno un ámbito hospitalario, edénico: aquel que para muchos acabará siendo el Paraíso. Crecemos y aprendemos a tolerar la frustración y las decepciones: con ello se agranda ese tiempo como momento irrepetible… Insisto: Elorza exculpa a Mayor Oreja de lenidad franquista, como si su opinión benévola sobre el pasado del Régimen fuera un desliz que sirviera para acusar al PP. “Resulta lamentable que políticos templados como Mayor Oreja puedan hacer manifestaciones, en el marco de la campaña del PP, que les convierten en nostálgicos de la dictadura de Franco. Dar motivos para ser acusados de neofranquistas no es nada bueno para los populares”. Desde luego, desde luego. Pero el caso es que el franquismo nostálgico de Mayor Oreja no es un error dicho a bote pronto. Lo tiene escrito en su librito Esta gran nación (LibrosLibres) y aquí ya lo analizamos el pasado 18 de junio. Perdonen la autocita:
“Lo que me sorprende no es lo que [Mayor Oreja] dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo“.
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3. Hemeroteca. Memoria y clérigos

–”La riada como metáfora“, Levante-EMV, 22 de octubre de 2007
Artículo de JS sobre el arzobispo de Valencia Agustín García-Gasco
Susan Sontag publicó, años atrás, La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Leí ambas obras con mucho interés: en la primera examinaba las analogías que del cáncer se han hecho para describir la sociedad “enferma”. ¿Por qué se establecen paralelismos entre el crecimiento desordenado de las células y los desarrollos de la vida humana? Las analogías patológicas sirven entre otras cosas para condenar ”el cuerpo enfermo de la sociedad” y, de paso, para ofender voluntaria o involuntariamente a los enfermos. El organicismo se ha servido de estas metáforas, que en su versión confesional asocia pecado a enfermedad. El catolicismo, además, ha empleado anaologías procedentes de los libros bíblicos. Las plagas que caen sobre la tierra o, también, el diluvio universal que castiga a los descendientes de Adán y Eva son relatos míticos que dan cuenta del mal, del origen y del castigo del mal. La riada que parece preocuparle a Agustín García-Gasco es un diluvio laico. Dios permitiría estos castigos de la naturaleza para hacernos reaccionar. Si el laicismo se infiltrara suave, blandamente, entonces el mal infectaría de manera irreparable. Gracias a que se manifiesta con estrépito lo distinguimos: como una riada bien visible que nos avisa de sus venideros destrozos. Hay señales. O se manifiesta también como una vacuna que haría reaccionar los anticuerpos. Digo esto y regreso, precisamente, a Sontag: a los malos usos de las metáforas que ella tan sabiamente diagnósticó. ¡Ay, Dios!

–”En el fondo, los miembros de Eta son revolucionarios“, El País, 21 de octubre de 2007
Entrevista a José María Setién por José Luis Barbería.
He leído un par de veces esta entrevista y la verdad es que no me repongo. No me sorprende lo que afirma el prelado (ya conocía sus ideas de otras declaraciones): lo que me choca es que pueda decir lo que dice desde el cristianismo… No sé, tal vez yo tenga un concepto más piadoso de dicha religión, un sentido más compasivo: a pesar de mi increencia. ¿El amor a un individuo sólo puede materializarse en lo colectivo? Cristo predicaba un amor universal sin distingos, una caridad que no precisa de pertenencias colectivas… Decía Jorge Luis Borges: no creo en la Providencia, pero me interesa. A mí me pasa algo semejante: no creo en la caridad cristiana, pero me interesa. De ese concepto misericordioso viene la fraternidad laica. ¡Ay, Dios!
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4. Colofón. Recuerdos de un niño bajo el franquismo

Historia, memoria y Fórmula 1. Ferrarismo y alonsismo
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12.04.06
Posted in Guerra, Franquismo, Religión, Historia at 9:24 por jserna
1. Leo el editorial que Abc dedicaba el pasado 1 de diciembre al último de los dos Congresos que sobre la Guerra Civil se han celebrado en Madrid. El primero tuvo lugar semanas atrás organizado por la Universidad CEU San Pablo. El segundo, que concluía la semana pasada, no partía con ese sesgo confesional. Al describir las conclusiones de este segundo congreso (ya saben: más laico), el editorialista de Abc parecía perdonar a los historiadores presentes cuando decía: “pretende terminar, según los organizadores, ‘sin vencedores ni vencidos’. Es los menos que cabe exigir a una reunión científica de historiadores cuya misión es contar las cosas tal y como ocurrieron, aportando pruebas documentales y buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”. Más allá del tono, era ésta una escueta lección de historiografía aparentemente irreprochable. Y, sin embargo, en el breve extracto del editorial se deslizaban varios errores de índole historiográfica.
¿De verdad los historiadores tienen como misión “contar las cosas tal y como ocurrieron”? Aparentemente, esta manifestación parece ser una declaración a favor de un relato objetivo y exhaustivo, cosa a la que nadie en su sano juicio podría oponerse. Que al historiador haya que exigirle la mayor objetividad posible o el mayor acopio documental posible no se resuelve con esa declaración simplemente irrealizable y, además, errónea. La frase corresponde originariamente a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso, el del siglo XIX: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Ahora bien, hoy en día esa declaración es historiográficamente insostenible. La idea de que contamos las cosas tal y como ocurrieron hace creer que es posible disponer de todas ellas gracias a haber reunido todos los documentos, Y, sin embargo, tal eventualidad es imposible.
La narración histórica es siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes. La historia sólo puede ser uno de los relatos posibles, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros documentos. ¿Significa eso, como dice el editorialista de Abc que los historiadores aportan “pruebas documentales”, “buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”? No aportan pruebas –como se haría en la justicia– porque no tenemos por meta inculpar, sino recrear con significado. Fue Carlo Ginzburg quien advirtió contra el espejismo que puede provocarnos la analogía entre El juez y el historiador. No desenterramos hechos contenidos en pruebas, sino documentos que tienen determinada información con algún significado. El buen historiador no trata de buscar un equilibrio para ser ecuánime. Un solo documento puede ser más revelador que cientos.
Los historiadores metódicos franceses de finales del Ochocientos quisieron evitar que la época reciente fuera objeto de polémicas contemporáneas. Los investigadores, pues, debían alejarse de su tiempo con el fin de sofocar la contienda. Lo antiguo, lo distante o lo remoto no provocarían controversias políticas y, así, lo pasado podría abordarse sin ira, con estudio. Durante los dos primeros tercios del siglo XIX habían sido tantas las discusiones sobre la Revolución francesa, sobre sus orígenes y sus efectos, que un regreso a esos asuntos enfrentaría a los historiadores… Y, sin embargo, ese apaciguamiento que supuestamente traería la distancia estaba condenada a fracasar, pues los metódicos olvidaban que el interés por el pasado no suele ser algo desinteresado. Lo suele provocar un reactivo que nos despierta el interés, precisamente: el presente.
El presente y nuestra sociedad los concebirnos con sentido. La realidad no es un repertorio de hechos (o, al menos, no queremos vivirla así), sino una amalgama de eventos, actos, individuos, objetos y sentimientos que percibimos a través de distintos medios o canales, amalgama a la que queremos dar algún significado, alguna congruencia. Mirar el presente sin sentido es abandonarse a la pura incertidumbre de lo contradictorio, de lo irrelevante, de lo caótico. Por eso decía Jerome Bruner que nuestra principal acción es la de emprender actos de significado, la de construir la realidad con un sentido coherente. Pues bien, de ese presente esquivo y desordenado al que queremos someter con una semántica congruente nace nuestro interés por el pasado: exhumamos documentos en los que hay versiones de hechos de otro tiempo, de acciones de otros individuos, para contrastarnos con ellos, para averiguar qué hicieron en circunstancias semejantes o en contextos en los que nosotros jamás estaremos. Es un modo de averiguar el temple moral de otros que no debieron de ser ni mejores ni peores que nosotros. Parte de sus acciones llegan hasta nosotros: o bien por los efectos materiales que aún provocan, o bien por los relatos de nuestros mayores -que nos las transmiten-, o bien por los documentos que han sobrevivido y en los que hay vestigio de aquéllas. Pero esos efectos o esos relatos o esos documentos no traen hasta el presente el hecho desnudo, sino el hecho con significado. Es trivial, pero hay que decirlo: no hay hechos sin significado, al menos cuando los contemplan o los narran los seres humanos.
Por eso, no extrañará que el primero de estos dos Congresos sobre la Guerra Civil, el organizado por el CEU San Pablo, empezara con un rezo colectivo del Padrenuestro. Lo detallo. Según pudo leerse en El Mundo del día 23 de noviembre de 2006, “el II Congreso Internacional sobre la República y la Guerra Civil, organizado por dos universidades de la Fundación San Pablo CEU, arrancó ayer con el rezo colectivo de un padrenuestro por las víctimas de la República y de la guerra”. Quien inauguraba la reunión, el Rector, recordó la persecución de que fueron víctimas tantos clérigos y fieles: el propio fundador del CEU, sin ir más lejos. En memoria de aquellos muertos de la República y de la Guerra pidió el rezo de esa oración. Vaya, su declaración fue todo un acto de significado: equiparó los muertos cuya causa es una contienda con los muertos que pueda haber bajo un régimen político, por convulso que éste sea. Pero es que, puestos a contar cadáveres, al compasivo Rector se le olvidó tener un acto de piedad con otros muertos: con los que fueron acribillados bajo la dictadura de Franco. Al fin y al cabo, los ajusticiamientos posteriores a 1939 formaban parte de la limpieza que debía consumar el nuevo Estado Español salido de la Guerra Civil. Tal vez, dicho olvido es frecuente ahora entre algunos creyentes desvergonzados porque, como dice Santos Juliá en “Víctima y verdugo”, los jerarcas de la Iglesia insisten en olvidar la contribución del catolicismo a la Cruzada. Y esa conversión -esa denominación: Cruzada- también fue, desde luego, un acto de significado.
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2. Guerra Civil y Revisionismo. Próximamente, en Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, núm. 21, un artículo de JS titulado “Las iluminaciones de Pío Moa. El revisionismo antirrepublicano”.
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3. ¡ATENCIÓN! GRAN NOVEDAD… Acaba de aparecer el Blog de Anaclet Pons (Grand Tour).Visítenlo: no se lo pierdan.
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11.14.06
Posted in Franquismo, Democracia, Historia at 10:19 por jserna
Hasta ahora y salvo excepciones, los historiadores profesionales se habían desentendido de polemizar directamente con Pío Moa. Sabedores de cómo se las gasta el revisionista –profiriendo denuestos rencorosos contra el academicismo–, y sabedores del amparo mediático de que disfruta (Libertad digital y todo el entorno de Federico Jiménez Losantos), los investigadores más reputados habían evitado toda controversia. Es darle alas, es procurarle oxígeno, es convertirlo en interlocutor, es proporcionarle publicidad para sus libros: las razones son reales o metafóricas, pero el caso es que los historiadores se habían abstenido de desmontar sus textos y de mostrar las graves insuficiencias de que están lastrados.
Tal vez pensaban que con Moa podía suceder algo semejante a lo ocurrido con Ricardo de la Cierva: desde los años ochenta –si no antes– sus procedimientos defectuosos, sus tesis inauditas y conspirativas, el alarmismo de sus libros, la hagiografía franquista de sus volúmenes, en fin, le fueron apartando de toda consideración académica y, por tanto, le fueron condenando al ostracismo intelectual. Vendidas o no vendidas, con público o sin publico, las obras de Ricardo de la Cierva no forman parte del canon historiográfico, simplemente porque el autor se ha enajenado el respeto de unos pares que comparten entre sí los mismos presupuestos metodológicos; que aceptan las mismas reglas heurísticas, documentales; que se obligan a razonar con la misma lógica; que se someten a las mismas formas de comunicar.
Si uno funda una editorial (Fénix) en la que publica sus propios libros, unos libros innumerables cuyas cubiertas (y contenidos) son siempre materia de escándalo como reclamo del gran público; si uno dice estar iluminando enigmas de la izquierda audazmente resueltos pese al tupido velo que los ocultaba; si uno cree descubrir aquí y allá conspiraciones que finalmente destapa a pesar de la hostilidad o del reparo de los académicos; si uno cree aclarar la explicación histórica frente al embrollo de los marxistas…, no parece que dicha empresa intelectual sea muy solvente, sensata, ni puede esperar que sus pares académicos le tomen en serio. Y así ha sido: De la Cierva tiene un público fiel aunque menguado, seguidores de aquel autor a quien ven como el guardián que tutela la memoria de Franco.
Tal vez, por eso, insisto, los historiadores pensaron que el modesto o el gran éxito de Pío Moa sería de una naturaleza similar: un publicista que osa tratar con desdén a la academia, que dice hacer grandes descubrimientos, que se muestra arrogante, desafiante, frente a la izquierda… Pero, a diferencia de Ricardo de la Cierva, Moa tiene dos recursos, retóricos y bien efectivos, que aquél no dispone. Primer recurso: dice escribir historia en defensa de la democracia, desvelar las trampas de los socialistas o de los republicanos para mostrar la naturaleza antidemocrática de la izquierda, su irremediable estalinismo, sean cuales sean su origen o su época. Vista una izquierda, vista todas, dado que la actual invoca o exhuma el recuerdo de aquella experiencia republicana. Por tanto, la identificación del presente con el pasado resulta la conclusión inevitable, fatal. Los socialistas de hoy son un calco de los socialistas revolucionarios. Si, además, dicha revelación se hace apelando a la democracia liberal, entonces el público potencial es mayor, afín al sistema parlamentario, pero debelador de una izquierda de comportamientos bolcheviques. No importa si el bolchevismo despareció; no importa si ya no estamos en los años treinta: lo significativo es que el comportamiento totalitario sigue siendo el mismo y los enemigos (ahora, de la democracia) son los mismos. Moa critica el totalitarismo de los socialistas actuales, en el fondo, pero es más bien el suyo un procedimiento totalitario: propio de la propaganda política de inspiración bolchevique. De hecho, sus libros son munición propagandística. Y es éste el segundo recurso de Moa que le diferencia de Ricardo de la Cierva: la cobertura mediática que le presta Federico Jiménez Losantos, una cobertura basada en las técnicas de una agitación y propaganda bien aprendidas por quienes fueron leninistas o maoístas.
Permítanme para ilustrarlo un pequeño ejercicio de didascalia. En un viejo libro de Jean-Marie Domenach, titulado La propaganda política, se fijaban las reglas de los avisos políticos. Repasémoslas y veremos la aplicación inmediata que tienen en la obra de Pío Moa. La primera –y más significativa– es la regla de la simplificación, regla del enemigo único, también llamado método de contaminación: un ideólogo o un partido o un movimiento sugieren que las divisiones de sus adversarios no son sino artificios destinados a confundir al pueblo y que en realidad esos enemigos sólo son uno: en Moa, los socialistas de los años treinta o los socialistas de ahora. La segunda regla es la de la exageración o desfiguración. Se trata de inflar todas las informaciones que son pertinentes a los propios intereses hasta el punto de esquematizar y estigmatizar al oponente. La tercera era la que Domenach llamaba regla de orquestación, es decir, el primer requisito que exige una buena propaganda es la repetición infatigable de ciertos temas: Moa ha creído hallar en la revolución de1934 la clave conspirativa que explicaría todo el proceso posterior y a esa clave vuelve una y otra vez. “La propaganda ha de limitarse a un pequeño número de ideas y a repetirlas incansablemente”, añadía Domenach. “La masa no recordará las ideas más simples si no es a fuerza oírlas centenares y centenares de veces”, dijo un clásico del totalitarismo. Pues bien, Moa repite machaconamente en sus libros unas cuantas ideas sustentadas en pocos, en escasísimos documentos sometidos a interpretaciones conspirativas que se compadecen bien con la perspectiva conspirativa que se extiende desde el11-M entre ciertos sectores de la clase política. La cuarta regla descrita en La propaganda política es la que Domenach llamaba regla de transfusión: la propaganda eficaz no inventa de la nada, no crea algo inexistente, sino que, por el contrario, opera sobre un sustrato preexistente de ideas, sentimientos o necesidades, una serie de preocupaciones o de evidencias de la ciudadanía que, debidamente transferidas y manipuladas, parecen ser evidentes y propias. Es decir, Moa no dice nada nuevo que el sentido común franquista no haya dicho ya, pero en vez de revestirlo con un aparatoso envoltorio franquista, lo justifica con un bla-bla-bla demoliberal (esa concepción que tanto odiaba Franco). La quinta regla es la que llamaremos de unanimidad o de contagio. Resulta evidente que las opiniones antagónicas no subsisten en el ideario del individuo si no hay una presión de los grupos sociales a los que pertenece o a los que da crédito. Se trata, por tanto, de cooptar a distintos sectores para que contagien a los fríos o a los indiferentes. En este punto, Internet desempeña un papel fundamental: Libertad Digital ysus campañas le sirven de refuerzo mediático y su blog en dicha plataforma es un cenáculo al que acuden adeptos, pero también curiosos bienintencionados.
¿Cuáles la razón de su éxito? Aparte de las anteriores, la poca lectura que de la GuerraCivil o del franquismo se ha hecho. Son tantos y tantos los lectores que ignoran la literatura franquista sobre la Guerra; son tantos y tantos los lectores que desconocen lo que la historia académica ha dicho sobre el particular, que no extraña la irrupción de revisionistas que se apoyan en esa ignorancia, revisionistas que, como antes decía, suministran munición ideológica para un presente en el que algunos han hecho del pasado su particular campo de batalla. O, como decía Javier Cercas, dado que el conocimiento fundado y documentado de los historiadores académicos ”no ha llegado a la sociedad, permeándola y permitiendo en consecuencia instituir un relato consensuado de nuestro pasado inmediato que, como un mínimo común denominador, sin tergiversar la realidad histórica sea aceptado por la mayoría de la sociedad”, el resultado es un confuso historicismo rencoroso y manipulador.
Mañana habrá que ver por qué los historiadores han sido incapaces de hacer llegar sus obras, de comunicar bien sus resultados. Mañana.
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Polémica de JS con Pío Moa
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11.13.06
Posted in Franquismo, Democracia, Historia at 9:52 por jserna
Me han pedido un artículo sobre el revisionismo antirrepublicano, sobre los desmanes interpretativos de Pío Moa y otros. Como sostuve con él una polémica en la que yo le reprochaba su desaliño historiográfico, su falta de atención a los criterios mínimos de la profesión, regreso a este asunto que tanto está dañando el clima político de nuestros días. Justamente porque la historia se convierte arma arrojadiza. Agradezco que me pidan ese ensayo, pero, cansado de leer enormidades, me pregunto si tiene algún interés examinar la obra de esos publicistas y polemistas que se ocupan del pasado y que tanto estrépito ocasionan.
El historiador académico puede estar tentado de debatir sólo con sus iguales, dado que los textos de aquéllos no alcanzan los requisitos historiográficos mínimos que todo investigador solvente debería cumplir. En principio hace bien, pues una discusión sobre objetos históricos necesita un marco común, unas exigencias mutuas y unos criterios compartidos. No te puedes comunicar con quien no emplea un mismo lenguaje. Por eso, en la Universidad, lo que los historiadores aprenden no son sólo unos contenidos, sino sobre todo unas convenciones que hagan comprensibles nuestras futuras investigaciones. Cuando se creó la Revue Historique (1876), una de las publicaciones más importantes del siglo XIX, los fundadores dieron por acabado el tiempo de los historiadores literatos. Había llegado el momento de los investigadores que paciente, laboriosa y modestamente llevarían a cabo sus pesquisas según criterios comunes para después comunicarlas sometiéndose a un lenguaje compartido.
Aceptemos o no todos sus requerimientos, aquellos pioneros trataban de evitar la arbitrariedad del historiador o la reducción de la obra histórica a la ocurrencia particular, al genio individual o a las presiones políticas externas. Los profesionales académicos no siempre han sabido cumplir con esas obligaciones, pero gracias a que la mayoría se atiene a ellas el resultado ha sido el del crecimiento de la disciplina. Se pueden organizar debates en los que los intervinientes saben a lo que atenerse, qué consensos hay que respetar y en qué se puede disentir. Más aún, al valernos de esas convenciones (desde la obligatoriedad de las fuentes hasta los modos de exposición), hemos podido comunicar, en fin, los resultados de las investigaciones siendo comprendidos por nuestros interlocutores.
Por eso, precisamente, entiendo que los historiadores académicos se abstengan de participar en lizas mediáticas sobre el pasado, en encarnizadas discusiones con publicistas que dicen ser investigadores aun cuando no respeten los requisitos mínimos de la profesión. Y, sin embargo, es un error abstraerse de ese combate, ya que no podemos dejar pasar la difusión de ideas nocivas, de enfoques empeñosamente erróneos o mixtificadores sobre el pasado. La historiografía es el examen de lo que los historiadores escriben, cierto; pero también de lo que otros dicen sobre ese pasado, de lo que los contemporáneos proclaman con acierto o embuste.
En España, hay una tendencia de influencia creciente a la que por comodidad llamaremos revisionismo, con el mismo rótulo que también se ha empleado en otros países. Quienes profesan estos revisionismos aquí y allá tienen la característica común de separarse de lo que los historiadores académicos sostienen. ¿Con qué fin? Con el propósito de abatir consensos historiográficos, con el objetivo de interpretar el pasado con claves interesadamente políticas, sesgadas. Podríamos parafrasear al clásico y decir que todas las historiografías académicas se parecen, pero los revisionismos lo son cada uno a su manera. En efecto, aquí y allá, los historiadores académicos deben someterse a esas normas comunes, a esas claves de la profesión y a esas reglas básicas de la comunicación intelectual de las que antes hablaba. Eso nos iguala. Cuando ese flujo de intercambios se da, entonces nuestra profesión se convierte en un aula sin muros, en un colegio invisible en el que coinciden investigadores y autores de distintas procedencias y nacionalidades. En cambio, los revisionistas de la historia alemana, italiana o española, por ejemplo, no son idénticos, no se parecen: cada una de esas corrientes tiene sus propias características y cada una establece una relación distinta entre pasado y presente. Unos pretenden negar el Holocausto, otros esperan rehabilitar el nazismo, otros se empeñan en embellecer el fascismo.
En el caso español, la relectura del pasado hecha recientemente por los revisionistas es, por supuesto, antirrepublicana. Ahora bien, la rehabilitación del franquismo sólo es indirecta y vergonzante: los revisionistas suelen invocar el liberalismo, la democracia, pero sólo para justificar la dictadura como dique anticomunista, como régimen que facilitó el desarrollo económico, como sistema que procuró el bienestar. La evidencia de una España atrasada se achaca a los desmanes de la época republicana y a las consecuencias de la Guerra Civil, cuyos efectos destructivos justificarían el empobrecimiento posterior a 1939. Silencian, claro, la política económica desastrosa de la autarquía, la miseria añadida que provocó, el retraso de muchos años que los españoles debieron padecer. Así, finalmente, los efectos históricos de una época de crecimiento occidental –de los que se benefició una España esquilmada— no se contemplan como realidad común de aquella Europa de posguerra, sino como epopeya particular de un dictador benevolente.
Pero el presupuesto de ese revisionismo más importante no es el del crecimiento económico o el bienestar, sino un presunto silogismo político: si la etapa de la II República fue un período convulso y violento en la que no fue posible la democracia, si los republicanos fueron apoyados por la URSS durante la contienda, entonces… la República no era un sistema democrático, los republicanos sólo eran unos totalitarios filobolcheviques. Con ello, el franquismo se redime políticamente. Pero hay más silogismos. Si las innovaciones y empeños sociales y políticos de aquel régimen no fueron los de una democracia, si la izquierda actual invoca aquel referente como lejana inspiración reformista, entonces… los socialistas de ahora sólo son unos totalitarios, una reedición de la tiranía. Pero estos razonamientos no son silogismos, sino sofismas en los que hay premisas en apariencia verdaderas que dan como resultado conclusiones supuestamente ciertas. A esta forma política de argumentar se le llama falacia. Pues bien, los revisionistas cometen toda suerte de falacias que en nuestra disciplina cobran la forma de infracciones historiográficas: la presentación del tiempo histórico bajo el supuesto implícito de la fatalidad, del determinismo retrospectivo; el anacronismo, o sea la mezcla de hechos de contextos distintos con el fin de hacer analogías con la época actual…
Pero no les canso más. Regreso al principio y vuelvo a preguntarme si vale la pena escribir sobre esos historiadores de pacotilla. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido de interlocutores cuya historia no merecería atención si no fuera por el daño y la mixtificación que provocan.
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Polémica de JS con Pío Moa
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10.10.06
Posted in Franquismo, Democracia, Historia at 9:50 por jserna
Cuando recordamos, la función de la memoria es siempre selectiva e incluso arbitraria, un mecanismo que se activa por estímulos internos y externos y que desentierra no los hechos pasados, sino la huella que aquéllos nos dejaron, un vestigio que puede ser vago, muy vago. Los individuos rememoramos con sentido y eso que regresamos al presente lo recubrimos con el significado que hoy le damos a las cosas pasadas, un significado que frecuentemente no se ajusta al que tuvo tiempo atrás. Las sociedades que organizan sus mecanismos de recuerdo, que erigen monumentos, que conservan sus huellas del pasado, actualizan esas épocas pretéritas con el fin de atribuir sentido a los actos de ahora. Pero esa memoria colectiva que las instituciones promueven para fines honestos o siniestros, para rendir justicia a los muertos o para organizar agresiones y enfrentamientos, no es exactamente equiparable a la historia. Mientras la memoria es sugestiva, completa, coherente, emocional, la historia que llevan a cabo los historiadores es problemática, incompleta, intelectual y analítica.
Cuando durante estas semanas se habla de la ley de memoria histórica, suele hacerse para hablar de las víctimas. “A estos ciudadanos y ciudadanas exiliados –así como los llamados niños de la guerra—supervivientes ya de aquel trágico episodio de nuestra historia, el Congreso de los Diputados considera un deber rendir un tributo de admiración y afecto, por la lealtad a sus convicciones y el sufrimiento que hubieron de padecer por un golpe antidemocrático y una guerra impropios de una nación cuya razón de ser ha de estar en el respeto a los valores democráticos”. Eso decía la Proposición de Ley, la primera iniciativa emprendida en este sentido, a cargo del Grupo de Izquierda Unida. Tiene fecha de 2 de diciembre de 2005. Las discusiones parlamentarias que después ha habido son muy reveladoras y en ocasiones muy equivocadas, pues suelen mezclar historia y memoria: en todo caso, expresan con mayor o menor contundencia esa idea, proclaman la necesidad de preservar los lugares de la memoria (en expresión del historiador Pierre Nora), denuncian el olvido entre la ciudadanía de lo que fue el régimen de Franco.
En los debates parlamentarios y mediáticos, la expresión deber de memoria aparece una y otra vez y aparece como si esto, el recuerdo histórico, fuera algo obvio y asociado inevitablemente a las víctimas: por tanto, como si los negociadores de nuestra Transición hubieran evitado expresamente a las víctimas en la definición política del nuevo régimen democrático. En el sentido que hoy se está planteando es así, desde luego. Pero como bien ha planteado el historiador Enzo Traverso en un libro estupendo y que hoy evoco en Levante, está fórmula (el deber de memoria) es algo reciente, una corriente que se impone en Europa a mediados de los ochenta y ya en los noventa, como consecuencia entre otras cosas de la caída del Muro de Berlín. En efecto, incluso el espanto que mayores escalofríos nos produce (la Shoah) no empezó a ser considerado digno de memoria, la memoria de las víctimas, hasta fecha bien tardía: prácticamente hasta finales de los años setenta. Hasta entonces, Occidente pasaba rápidamente por un genocidio al que no solía mirar directamente. Es decir, achacar a los políticos de la Transición que no ajustaran cuentas con el pasado es una percepción nuestra, pero no una evidencia de entonces. Por otra parte, antes de que las víctimas se recuperaran aquí y allá para cumplir con ese deber de recordar, la memoria histórica aludía a algo bien distinto. Aludía al patriotismo evocador de los connacionales y de los antepasados, al nacionalismo conmemorativo.
Seguro que los mayores no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la memoria histórica se empleaba para elevar la moral de la tropa –idealmente, la nación en armas–; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional. No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias, por decirlo a la manera de Freud. Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo, para honrar la memoria de las víctimas… de siglos atrás. Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades de ese estupefaciente comunitario. La mayoría ya no sorbe dicho bebedizo: ya no acepta convertir la historia en esa memoria venenosa y sublime que irriga los vínculos primarios de la comunidad de origen o de pertenencia; ya no acepta inmolar la vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas. Cuando hablemos de víctimas, pues, hablemos de aquellas que han sufrido, que han padecido y que aún pueden transmitirnos su relato, pero también de aquellas que por haber muerto ya no pueden narrarnos su dolorosa experiencia. No hablemos de victimismo retrospectivo ni de nacionalismo conmemorativo y, sobre todo, no confundamos la justicia o la reparación debida con la historia.
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10.03.06
Posted in Franquismo, Historia at 9:31 por jserna
Los historiadores tratan de cosas generalmente desaparecidas, de hechos o procesos del pasado que ya no están y que por tanto no forman parte de la actualidad, de la urgencia de cada día. Bien mirado, es un ejercicio extraño, una tarea rara: contar acontecimientos o mostrar estructuras sociales y políticas de otros tiempos reclamando la atención de los lectores parece una labor inane, casi inexplicable. De hecho, hay jóvenes que toman lo que los historiadores hacen como batallitas del pasado, como asuntos del abuelito. Podemos documentarnos, estudiar, analizar y narrar el proceso revolucionario español del siglo XIX o podemos abordar hechos más recientes, la II República, por ejemplo. En ambos casos, dichos objetos no parecen tener nada de actuales. Por supuesto no es así. Y no sólo por los efectos que esos procesos aún provocan (somos hijos, nietos o herederos de realidades históricas que no han concluido, de generaciones cuyas vivencias nos han sido transmitidas).
Lo pasado no es un patrimonio inactual, entre otras cosas porque los políticos y los medios lo recrean, lo reviven, porque esos hechos pretéritos estimulan nuestra imaginación, nos llevan, en fin, a compararnos, a cotejar lo que nuestros antepasados fueron y lo que nosotros creemos ser. Por tanto, lo actual no es una sucesión vertiginosa de acontecimientos vividos por personajes de hoy, sino todo aquello que nos preocupa o de lo que hablamos hoy: por ejemplo, los protagonistas de una ficción cinematográfica que, lejos de permanecer en pantalla, salen de sus respectivas historias para albergarse en la imaginación, en la vivencia y en el recuerdo de sus espectadores…, como Alatriste; pero también esos personajes pretéritos que –sensata, razonablemente– sabemos que no son tan pasados, que no están inertes, y cuya actualidad les hace reaparecer de entre los muertos…, como Salvador Puich Antich.
Bien mirado, lo actual es un concepto extraño: el acto es la consumación de lo que sólo era potencial. Y las historias de Alatriste o de Salvador sólo eran potenciales. De la potencia al acto, pues, por decirlo en términos aristotélicos. Pero para que podamos hablar de actualidad ha de haber registro de esos hechos, un reportero que dé cuenta de ellos, un cámara que los filme, etcétera. Es decir, lo actual no es lo de hoy, sino lo que los medios de comunicación presentan como tal. Los periódicos o la televisión o la radio o Internet nos multiplican la agenda –que dicen los anglosajones–, nos agrandan y seleccionan el temario de cosas que nos preocupan, de los personajes que nos interesan y de los que sería imperdonable ignorar su presencia o no hablar.
Durante estos días hemos hablado de la España franquista, de la fascinación estética que el fascismo provocó, del pasado tomado como objeto melancólicamente perdido, del envilecimiento personal de los intelectuales totalitarios, de las fotografías de otro tiempo que son espectros que aún nos intimidan, de la historia potencial, de aquello que bien podría haber ocurrido si un giro, un leve giro de los acontecimientos hubiera cambiado las cosas. Pensaba en ello al recordar lo dicho por Pedro J. Ramírez días atrás, justamente cuando le devolvía al franquismo una actualidad insólita, de significado raro. “El franquismo”, dijo este periodista, “¿no fue una fase larguísima de transición para que se llegaran a dar las condiciones de desarrollo, ahora sí, de la democracia?” Me parece perverso razonar así, me digo a mí mismo en un artículo que hoy publico en Levante, y me parece objetable esa concepción porque convierte el pasado en embrión de lo que ahora hay. Todo lo que hoy tenemos tiene una fecha, tiene un proceso: eso es una evidencia indiscutible, incluso una trivialidad. Pero la idea embrionaria de la historia con la que se maneja Pedro J. Ramírez es algo bien distinto: es aplicar una racionalidad retrospectiva a lo pasado para dar a las cosas de ayer el mismo significado que ahora tienen para nosotros: como si lo que hoy tenemos se estuviera gestando, en efecto, en aquel tiempo. Lo que dice Ramírez…, o bien es una banalidad, o bien es un anacronismo. Me inclino por lo segundo. Un anacronismo, una proyección de lo de hoy en lo de ayer.
En el artículo de Levante tomo El Valle de los Caídos como ejemplo, como espacio sacrificial del franquismo. Inaugurado en 1959, sería una especie de vierteaguas simbólico y cronológico. Lejos de facilitar la transición o la reconciliación, aquel monumento fue una exaltación de la Victoria, expresión de la alianza del trono y del altar que Franco quiso reactualizar: una Cruzada…, contra los infieles, claro. “Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más”, dijo Franco en su inauguración, “sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros más trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido”. Pero el monumento no sólo fue o es un espacio de religiosidad político-bélica, providencial: es también un lugar propiamente físico, propiamente natural. “La Naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra” añadía Franco, “con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto”.
Por tanto, el espacio es una suerte de documento humano, artificial y gigantesco, labrado sobre la naturaleza en forma de paisaje, con piedra y con esculturas, los colosos de Juan de Ávalos. Es un monumento, sí, pero también es un documento: un testimonio topográfico que niega la afirmación de Pedro J. Ramírez. Es el más rotundo mentís de esa concepción embrionaria de la democracia española. La dureza del Régimen, su inmovilismo ideológico, su apego a una Victoria total…, todo eso está en cada muro, en cada piedra, en el granito, en los mármoles allí encajados. Como el propio discurso del General lo subrayó expresamente. Para eso están los documentos de los historiadores: para desmentir las falsas continuidades que hoy queremos trazar, para impugnar y contradecir lo que algunos fantasiosamente quieren pensar.
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09.29.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 8:32 por jserna
29, 30 de septiembre y 1 de octubre de 2006
Meses atrás leí una separata que amablemente me había mandado desde París Jordi Canal, un artículo suyo en donde repasa con lucidez y erudición la larga serie de exilios en los que se han visto envueltos numerosos españoles de distintas generaciones. Escribí una nota, luego perdida en el ciberespacio. La recupero ahora y la retoco y amplío como cierre de esta revisión sucinta que hemos hecho del franquismo.
Jordi Canal repasa los exilios: no sólo los de quienes tuvieron que abandonar el país en 1939, sino también los destierros religiosos a que se vieron obligados judíos, moriscos, tantos y tantos súbditos de la Corona que fueron juzgados como antiespañoles, ajenos a la condición católica, expresión de la españolidad. El título del ensayo es revelador: “Historias de destierros: algunas reflexiones sobre exilios y guerras civiles en España”. Los plurales que Jordi Canal introduce no son una mera cuestión de estilo: son un modo de mostrar dolores innumerables, desgarros personales que de siglos a esta parte se han sucedido.
De todos los exilios, la emigración liberal de los exaltados del Ochocientos fue la primera que mandó al extranjero a numerosos creadores, escritores, libreros, revolucionarios que creyeron posible edificar un Estado moderno, un Estado constitucional. Pero el exilio de 1939, como nos recuerda Jordi Canal, fue una derrota cultural sin paliativos, con una oleada ingente de intelectuales que debieron abandonar sus cátedras, sus bufetes, sus columnas periodísticas. Algunos de estos emigrados reflexionaron precisamente sobre esa circunstancia y otros indagaron en la historia de los numerosos destierros españoles. Leyendo las páginas de Jordi Canal, que condensan los dolores de varias generaciones, no puede uno sino apiadarse ante la violencia que a tantos se les infligió: tantos exiliados que sólo habían cometido el crimen del librepensamiento, que únicamente se habían atrevido a pensar de otro modo, con imaginación y con audacia. ¿Qué habría sido de ellos si Franco no hubiese ganado el conflicto? ¿O qué habría pasado si el General hubiera sido apeado tras la Guerra Mundial?
A esta forma de preguntar, que es un modo de conjeturar, la llamamos ‘historia virtual’. Un par de libros recientes, que debemos a Niall Ferguson (Historia virtual, Taurus) y a Nigel Townson (Historia virtual de España, Taurus) han difundido entre nosotros ese experimento cognoscitivo. Desde antiguo, los historiadores se empeñaron en reconstruir lo realmente acontecido. La frase, como se sabe, corresponde a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Permítanme que me aleje ahora de la literalidad de lo dicho por Ranke y que aproveche el tiempo transcurrido para defender otra cosa bien distinta. Lo sucedido es una parte de la historia; la otra parte es lo posible, lo que pudo suceder. Toda la historia que investigamos y que finalmente trasladamos a un texto es historia posible en el sentido narrativo. Por ser siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes, la historia sólo puede ser uno de los relatos eventuales, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros hechos.
Pero hay otro modo de hacer historia posible, hay otra forma de abordar lo potencial: conjeturando itinerarios o cursos de acción que no se han dado pero que pudieron haberse dado, con consecuencias distintas en el caso de que las cosas hubieran ido de otro modo. Esta certeza se va abriendo camino a partir de la historia virtual. Las hipótesis ‘contrafactuales’ no son un inútil entretenimiento, puesto que pueden ser un modo de averiguar jerarquías intencionales, causales, la relevancia de los hechos y las consecuencias que de ellos se derivan. Cuando hablo de conjeturas históricas, de historia posible, me refiero a la tarea común, universal e irrefrenable, de imaginar escenarios hipotéticos. Precisamente, una de las formas más sutiles de la inteligencia se manifiesta de ese modo: evaluando itinerarios potenciales a partir de la memoria, a partir de las experiencias que atesoramos. Los jugadores de ajedrez operan justamente así: anticipando situaciones y desenlaces a partir de esquemas previos.
Sus más célebres adversarios –por ejemplo, el célebre y entrañable ordenador Deep blue, capaz de considerar miles de millones de posiciones antes de tomar una decisión— hacen algo similar: eligen a partir de un cálculo objetivo, dado que el escenario del combate tiene unas condiciones constantes. Sin embargo, en la vida real, esos temibles oponentes tendrían insuperables dificultades y, al menos de momento, mostrarían una grave carencia: la de tener que obrar con información insuficiente y la de ser incapaces de aventurarse con audacia y clarividencia. En efecto, aún les falta imaginación y sobre todo imaginación narrativa, capacidad para contarse y contarnos una buena historia. Entre otras cosas, contar una historia es, pues, eso: poner en relación las experiencias que nos constituyen y extraer de ellas una enseñanza eventual y falible para el futuro que nos aguarda.
Pues bien, ¿por qué reservar al porvenir esta técnica anticipadora? ¿Por qué no podemos aplicarla sobre el pasado? ¿No son el novelista o el historiador gentes que profetizan lo que ya ha ocurrido? El pasado no esta clausurado, en primer lugar, por el conflicto social e interpretativo que aún provoca y provocará, por esas narraciones en competencia que nos enfrentan a historiadores que pertenecemos a una misma cohorte de edad o a aquellos otros con los que no compartimos generación, ideología, sentimientos e inclinaciones. Pero, en segundo término, el tiempo pretérito no está cerrado individual y colectivamente porque hay una forma especial de ensayo que es el de sopesar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido con la historia efectiva, constatable, real, que nos ha sucedido.
Precisamente, uno de los modos de evaluar esos itinerarios es enjuiciar lo razonable de nuestros actos, las consecuencias que se han derivado de lo que hicimos, de lo que no hicimos y de lo que pudimos hacer. La historia virtual plantea hipótesis contrafactuales explícitas y a partir de ellas recrea el escenario posible de esas acciones no dadas en la vida real. Como aprendimos de Max Weber, los hechos son infinitos, inagotables, consienten conexiones distintas y su relevancia o jerarquía son variables. Es decir, se trata de inventar, pero de ‘inventar’ en su sentido inmediatamente etimológico: ‘invenire’ significa ‘encontrar’. Se trata, en efecto, de encontrar hechos a partir de lo que uno mismo lleva dentro, a partir de las resonancias que esos hechos nos provocan; de aventurar relaciones inauditas o insospechadas de hechos jamás avecindados para buscar nuevos significados, para descubrir significados allí donde parecía no haberlos. A esta técnica analítica dedicó páginas memorables un gran liberal: Raymond Aron.
Seguro que los exiliados que tuvieron que marcharse, forzados a irse a otras geografías menos inhóspitas, soñaron con otros destinos menos crueles. Seguro que los desterrados que se vieron expulsados o que escaparon a tiempo para no ser víctimas de la sevicia franquista alimentaron conjeturas retrospectivas. Como, por ejemplo, Max Aub. Nada repara el mal consumado, ni nada compensa el daño infligido, pero el recuerdo que ahora les dedico, casi treinta y un años después de la muerte de Franco, quiere ser un homenaje pequeño a quienes tuvieron que morir en México o en Francia, por ejemplo. Habrá lectores que interpreten estas palabras mías como si de un tributo ‘guerracivilista’ se tratara, como si fuera el pago republicano e izquierdista que la generación de hoy hace a unos antepasados belicosos. Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia.
Pero yo no quería preguntarme sobre venganzas conjeturales y retrospectivas, sino sobre historia virtual, sobre lo que España podría haber sido si el General no hubiera permanecido durante cuarenta años, si la Guerra Fría no hubiera congelado al Régimen dándole una solidez mineral. Pero ya acabo: hay que decirle adiós a Franco, decirle adiós leyendo sobre él y sobre su Régimen. Esto que hemos hecho aquí durante esta semana no ha sido un ejercicio de nostalgia de los derrotados ni tampoco una sesión de espiritismo: ha sido una aproximación crítica, reflexiva, a la actualidad del fenómeno histórico. No hemos hablado de Franco como podríamos haber hablado de Viriato. Lo hemos exhumado para comprender qué grandes cuestiones son las que aún nos preocupan, como historiadores y como ciudadanos.

————–
Muy generosamente, Julia Puig me manda el enlace a esta pieza documental de Carlos Esplá escrita en su exilio mexicano. Forma parte del Archivo Carlos Esplá y se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Aquel que fuera secretario y amigo de Azaña trata con humor la propia figura de Franco, con ironía y con sarcasmo. Lo voy a leer.
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09.28.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fotografía, Franquismo, Scriptorium, Historia at 8:29 por jserna
En esta semana dedicada al Caudillo no podía faltar una pieza que me es muy querida, una pieza a la que vuelvo regularmente. Se trata de un artículo de Javier Marías, un texto en el que comenta la fotografía de Franco y Millán Astray que encabeza este post. En el tablón de anuncios que está a la entrada de mi despacho, tengo clavada la fotocopia de esa imagen. Pero también tengo colgado el texto de Marías como acotación. Ya amarillean. Desde hace unos diez años, si no recuerdo mal, lo pongo y lo repongo. Me parece un texto absolutamente cómico y escalofriante. De Marías siempre me gustaron sus glosas fotográficas, cosa que empezó en las páginas que el autor dedicara a John Gawsworth en Todas las almas (1989) para luego continuar en la segunda parte de su libro Vidas escritas (1992), en Miramientos (1997) y en otros volúmenes posteriores. He querido rescatar aquella acotación periodística para mi sección Scriptorium, aquella en la que la reproducción de un documento viene a ocupar parte del texto que les propongo. Lamento no disponer de todas las fotografías que Marías comenta en su artículo, pero, al fin y al cabo, la última es la fundamental, la que nos muestra a dos amigos o camaradas, uniformados y campechanos…
Cuando vemos fotografías, en especial las que publica la prensa cada día, todo son preguntas, como decía Juan José Millás en un volumen que tiene ese título. Un retrato es siempre un instante detenido en el tiempo, un momento que captó el objetivo de la cámara por intención expresa de alguien que al observar el mundo capturó una parte infinitesimal del mismo. La suma de todo ello haría el gran álbum de la humanidad, ese cuaderno de imágenes en el que estarían lo bueno, lo malo, lo abyecto y lo sublime. En principio, tiene razón Millás: “cuando repasamos el álbum familiar vemos reflejados en él todos los grandes acontecimientos familiares”, todos “excepto la muerte”. En efecto, “lo malo, en el álbum, sólo aparece como ausencia”, lo que se intuye, pero no se ve. “No hay fotografías de la abuela muerta, ni de su entierro, ni siquiera de sus funerales”. Haciendo una analogía, añade Millás en su libro: “la fotografía de la prensa diaria forma parte del álbum de familia de una sociedad”. ¿Hay diferencias? “La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar, es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desgraciados”, concluye.
Y esa fotografía que comenta Javier Marías en su artículo es el preludio de un suceso desgraciado. A pesar de la alegría que a ambos protagonistas hermana –o tal vez por ello–, la imagen tiene algo de vaticinio funerario: seguro que los novios de la muerte entonan una canción sombría. Indicaba Roland Barthes en La cámara lúcida que a la efigie retratada puede llamársela propiamente Spectrum, con esa acepción fantasmal a la que alude la palabra. El retratado suele ser alguien que adopta una pose, su mejor pose, para inmortalizarse como alguien que se muestra y cuya fachada oculta lo que piensa, siente, hizo o hará. En el caso de Franco y su camarada, la fotografía es espectral, sí, pero esa pinta que exhiben no encubre ni disimula: sólo hay que proponer un sentido.
El procedimiento que emplea Javier Marías es el de conjeturar lo que no se ve a partir de lo que se muestra, profetizar lo que después de ese instante vino, lo que hubo previamente, lo que sentían en su interior el retratado o sus primeros espectadores: suponer, rellenar un espacio vacío, discurrir con más o menos tino acerca de lo que sugiere este o aquel retrato. Su operación no es propiamente informativa sino especulativa. Gracias a su inspiración y a su talento, Marías es capaz de decir fundadamente lo que jamás podrá ser averiguado, salvo que los protagonistas le refutaran. En cualquier caso, al desmentido informativo, Marías siempre podría oponerles su libertad interpretativa, su derecho a fantasear con lo que la imagen le sugiere. Insisto, pues, en que la suya es una operación imaginativa, más que informativa, basada en las licencias de la imaginación, esas que le permiten hacer presunciones de lo que fueron una persona o una circunstancia bien concretas.
Tal vez alguien me reproche la lectura que hoy les propongo, pero no por el autor, sino por su aparente anacronismo. ¿Franco y Millán Astray? ¿Qué tienen de actualidad? El día 1 de octubre se cumplen setenta años del ascenso del Caudillo a la Jefatura del Estado. Es un buen motivo para la reflexión y eso es lo que vengo haciendo a lo largo de estos últimos días en esta serie que bien podríamos titular “La semana del franquismo”. Aun así, a despecho de esa actualidad conmemorativa, alguien –insisto– quizá me reproche hablar de espectros. Si lo son, me puede decir, es porque ya no están vivos y, por tanto, porque nada pueden hacernos. ¿Seguro? La cualidad reconocida a los espectros –y de eso Javier Marías sabe mucho– es seguir entre nosotros, vigilar nuestros actos, interferir nuestra existencia. ¿Por qué razón? ¿Porque algún vivo muy vivo agita esos fantasmas para acobardarnos? ¿O bien porque los espectros son aquellos muertos que acarrean su culpa inextinguible por la que han de penar eternamente? Es por eso por lo que se harían presentes sus aullidos, sus cánticos, sus gritos. No sé. Tengo la impresión de que esa pareja de militares que amenazan con su canto machote son efectivamente espectros que nos reclaman desde ultratumba. Yo sólo soy historiador y estoy habituado a vérmelas con personajes fantasmales: los que pueblan las fuentes históricas, todos muertos, pero de los que aún podemos ver sus rostros o leer sus manuscritos. Por eso, cuando repaso un texto u observo una fotografía sólo quiero distinguir la buena o mala vida que hubo en esos documentos, porque los documentos son una ausencia (lo que ya no está o no vive) y una presencia (lo que aún sobrevive entre sus líneas o en efigie). Presencias, sí, son eso: presencias. Echen un vistazo.
“La foto”
Javier Marias, 1994
“El pasado domingo, este periódico dedicaba unas páginas a la aparición en castellano de la biografía Franco, del historiador Paul Preston. La información venía ilustrada por cuatro imágenes. Ninguna tenía desperdicio: en una se veía a Serrano Súñer junto a Himmler y otros nazis eminentes; en otra, la más conocida, se veía a Franco y a Hitler en Hendaya, con ocasión de su famoso encuentro del 23 de octubre de 1940: Franco avanza mucho más marcialmente que el Führer (más ridículamente, por tanto, con las manos estiradas como si fuera a echar a correr) y pisa la alfombra que les han puesto, mientras que Hitler la evita y camina al margen; el austríaco lleva gorra y un correaje cruzándole el pecho; el español, gorro de soldado y un fajín que le queda alto. La tercera foto, con ser semifamiliar da bastante más miedo que las anteriores, pese a carecer del elemento germano: según el pie, se trata de una visita de Franco y su mujer, Carmen Polo, a las Torres de Meirás en 1938, y el matrimonio está acompañado del gobernador civil de La Coruña y el general Yuste. La señora tiene el gesto frío y seco que siempre la caracterizó; aún más, el gesto de asco o desprecio perpetuos, la ceja alzada, los labios finos de la rencorosa viuda que tanto tardaría en ser, la mirada difidente y de soslayo, una mujer ya convencida entonces (aún estamos en plena guerra) de que la altivez es un signo de distinción. Aun así no resulta distinguida, la delata la manera en que tiene agarrado el bolso, con fuerza y desconfianza, como si el general Yuste se lo fuera a robar. Es lo que le preocupa, el bolso; quizá también el pañuelo al cuello, su sombrero como boina ancha y su abrigo enlutado. A la izquierda de la imagen está su marido, Franco, ausente, distraído, por algo elevado, quizá las torres, de nuevo con su gorro de cuartel, sobre el uniforme un capote con cuello de piel, versión pobre y guerrera del manto de armiño que le llegaría, al menos en retratos oficiales e idealizados.
“Pero es la cuarta fotografía la que hiela la sangre. El pie dice: “Millán Astray y Franco cantan junto a su tropa. Millán Astray, fundador de la Legión, eligió a Franco para que dirigiera el primer batallón”. Puede que estén cantando, pero la congelación del instante no nos lo permite ver. En todo caso, la cosa es aún peor si en efecto están cantando, porque nadie canta así. Más parece que estén abucheando o desafiando o escarneciendo a alguien. La cara de Millán Astray es la más acabada imagen de la chulería fanática. Alzado con desdén el bigote de hormigas, la, dentadura picada e irregular, los ojos semicerrados como para mirar sin ser visto, su gesto es ya un insulto, parece que estuviera diciendo: “¡Anda ya! ¡A tomar por saco!” o alguna frase similar. Le pasa la mano derecha a su compinche por encima del hombro, y la cara de éste es la de un individuo en el que lo último que debería hacerse es confiar. La expresión de irrisión. y rechifla, la denigración y la crueldad en la boca, las cejas turbias, los ojillos fríos mirando siempre con avidez, el conjunto del rostro mofletudo y fofo, es el de un criminal. Son un par de facinerosos, sin apelación. Si nos encontráramos hoy día con esas caras, ni la calle cruzaríamos en su compañía. ¿Nadie las vio? ¿Eran percibidas de otra manera en su tiempo? Hoy vemos las caras de la gente mucho más a menudo y con mayor impunidad: las vemos en televisión. Pero nadie parece ver lo que las caras dicen, y a veces dicen lo suficiente para no querer tener nada que ver con sus portadores (las apariencias engañan; sin embargo, no siempre). Me pregunto si en estos años nadie ha mirado de verdad los rostros de Javier de la Rosa y de Mario Conde, de Matanzo y de Álvarez Cascos, de Mohedano y Guerra y del ministro Belloch, de Idígoras y Roldán y de tantas figuras de nuestra política y nuestras finanzas. Si los hubiéramos visto en una película, habríamos adivinado en seguida sus papeles. Nos podríamos haber equivocado, pero es posible que no hubiéramos cruzado la calle con ellos, como tampoco con Jack Palance o Lee van Cleef. Que un pueblo entero se deje engañar por las caras de Kennedy o del propio González es comprensible; que se dejara engañar por Franco, no. Por favor, miren la foto otra vez”. 
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09.27.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:31 por jserna
“No es fácil haber sido nazi y reconocerlo”, empezaba diciendo Santos Juliá en su columna del pasado domingo 24 de septiembre de 2006. Lo decía refiriéndose a Günter Grass, a la revelación hecha tantos años después de haberse alistado voluntariamente en las Juventudes Hitlerianas y luego en la Waffen-SS. Su caso habría sido muy común entre antiguos colaboracionistas o seguidores de los regímenes dictatoriales o totalitarios: reprimen sus propios recuerdos para acabar creyendo no haber sido lo que se fue y, en consecuencia, hablar como si nunca se hubiera sido. Mientras aquella letal fantasía duró muchos no habrían sido capaces de decir no. Cuando el fin del Reich certifica esa política criminal, trataron de salvarse y, sobre todo, trataron de que su conciencia no les incomodara todo el tiempo. De ahí, la represión del recuerdo: para seguir viviendo sin la congoja de lo que se ha sido, sin el tormento inextinguible de lo que fueron.
“En España conocemos bien cómo ha funcionado este mecanismo de la memoria entre un grupo de intelectuales, diez o quince años mayores que Grass, y que conservaron un ideal, y un culto, vagamente joseantoniano, hasta una década después de la derrota del nazismo”, precisa Santos Juliá. “No importa ahora sus nombres; importa únicamente que estos intelectuales, cuando fracasaron en sus proyectos de construcción del Nuevo Estado y se quitaron la camisa azul, elaboraron para explicar su pasado unas metáforas dirigidas a transmitir la idea de que no se habían contaminado con la miseria circundante”, concluye Juliá en el largo párrafo reproducido.
Cuando dice todo lo anterior parece estar refiriéndose a lo que hicieron los Laínes (en expresión de Francisco Umbral), aquel grupo de falangistas cultos, de expresión arrebatada, de ínfulas literarias, de vocación fascista, totalitaria, que luego se desencantaron del franquismo para finalmente hacerse demócratas. En general, escribieron memorias y, en este sentido, no ocultaron su pasado o la índole básica de sus recuerdos, pero sí que matizaron su colaboracionismo franquista. En todo caso, su acendrado y originario falangismo –una idea joven, noble y equivocada, según la versión más complaciente — no les habría permitido soportar la corrupción y la duración de aquel Régimen revestido de atributos joseantonianos, pero conservador y rutinario.
He pensado en el caso de Dionisio Ridruejo, justamente por estar leyendo la espléndida biografía que le dedica Francisco Morente. En el caso de Ridruejo quizá se resuma esa parcial represión del recuerdo, ese modo de aligerar el peso del pasado para soportar mejor lo que se ha sido. No se trata de que el personaje mintiera en sus memorias cuando hablaba de su transición personal –del falangismo a la democracia–, pues, como dice Morente, Ridruejo fue “el que antes y más fondo la experimentó, quien más arriesgó con ella, y el que con mayor sinceridad afrontó la revisión crítica de su propio pasado”. Es algo más sutil. Habiendo reconocido su falangismo fervoroso y fascista –cómo negarlo, si era un personaje público que empezó adquiriendo notoriedad al ser nombrado Jefe Nacional de Propaganda–, Ridruejo se las tuvo que ver con su papel en la represión: por ejemplo, nada más estallar la Guerra Civil, cuando era un joven dirigente del Partido en Segovia y cuando la violencia de la Falange local causó doscientos trece asesinatos extrajudiciales.
¿Cuál fue su actitud, ya que no responsabilidad directa? Ridruejo no elude su culpa en aquellas matanzas, dice Morente. “Conviví, toleré, di mi aprobación indirecta al terror con mi silencio público y mi perseverancia militante”, una perseverancia también de sus correligionarios, que hicieron de la utopía fascista la justificación moral del horror. Como ya se ha dicho, Ridruejo experimentó a lo largo de dos décadas un cambio ideológico y personal profundísimo, el que le llevó a ser un personaje incómodo para el Régimen y finalmente un demócrata… ¿La responsabilidad que pudo contraer como dirigente falangista queda saldada con ese mea culpa que puede hallarse en su autobiografía? Aunque reconoce su comezón moral por haber sido lo que fue, ¿reprime algo que no esté dispuesto a revelar, u olvida algo que oprimiéndole especialmente desaparece de su memoria?
El caso de Grass, pero también el ejemplo de Ridruejo nos llevan otra vez a interrogarnos sobre la facultad de la memoria, sobre esa función del aparato psíquico que nos es tan imprescindible y tan poco fiable. Vamos creciendo y nuestras vidas son recuerdos, evocaciones más o menos ordenadas de hechos que se nos agolpan y que no son necesariamente coherentes ni sucesivos, ni correlativos. Recordamos cosas importantes, pero retenemos también hechos menores, incluso irrelevantes, aspectos de nuestro pasado que no nos conmueven de manera especial y otros que son centrales, sin que esa importancia que les damos sea objetivamente reconocida por los demás. En nuestra memoria, sin embargo, no sólo hay reminiscencia de lo ocurrido, sino también fantasías de actos no sucedidos. Son los llamados recuerdos creadores, creadores en el sentido de que rellenan nuestra experiencia de circunstancias no acaecidas ejerciendo sobre nosotros una pequeña o gran influencia. Resulta paradójico que algo así nos pueda ocurrir, pero está constatado por los expertos (y por nuestra propia averiguación) que estas cosas –que no han pasado— pasan, desplazando el recuerdo de hechos ciertos. El resultado es una memoria personal poco fiable, pero necesaria para sobrevivir con una identidad más o menos firme y coherente. ¿Y…?
Antes que nada, recordar es recordarnos con congruencia añadiendo uno tras otro los hechos que nos han ido constituyendo. La garantía de su certeza es escasa, pero no tanto por la represión misma del recuerdo, sino por la resignificación que podemos darle, años después, a lo efectivamente ocurrido y evocado. Porque la memoria es sobre todo el sentido de las cosas, ese que damos a lo que recordamos. Ésta es la clave. Olvidar puede ser una tragedia personal, pero el auténtico problema es cambiar mendaz o inadvertidamente el significado del hecho. Algo ocurrió y justamente en ese momento le damos un sentido; muchos años después recordamos ese hecho pero con un significado distinto, creyendo, además, que el sentido que le otorgamos siempre ha sido el mismo. Éste es el problema. Madurar no es permanecer aferrado a la semántica infantil o juvenil, sino cambiar el sentido de las cosas sin olvidar cuál era el significado que tempranamente les dimos. Si esto sucede así, entonces no aseamos nuestro pasado –nuestros pasados– ni lo hacemos perfectamente coherente, sino que mostramos nuestros desencajes y confesamos el sentido distinto que esos pasados han tenido según la edad, según la circunstancia.
Es fácil decir estas cosas cuando la mayoría de nosotros no ha tenido que vivir en una circunstancia excepcional de horror o de abyección, cuando nuestras existencias son jornadas más o menos rutinarias llevadas con angustia o incomodidad, pero sin las graves, las radicales o las perversas decisiones que otros tuvieron que tomar hasta envilecerse. Eso no les justifica, pues hubo gente moralmente irreprochable cuando ellos se entregaban a la ignominia: en realidad, eso nos incomoda a nosotros. ¿Quiénes somos, efectivamente, nosotros para juzgar a quienes estuvieron de buen grado en el Infierno y regresaron después para salvarse? Hemos de juzgar desde un criterio moral (no hay aquí relativismo posible), pero, atención, revisando también nuestro propio pasado vulgar. El resultado puede ser sorprendente: verán cómo al final distinguiremos un repertorio más o menos grande de mentiras o una gavilla de significados fraudulentos y coherentes con los que nos hemos aseado. Lo siento.
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09.26.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:52 por jserna
No tengo que hacer gran esfuerzo para recordar el adoctrinamiento escolar al que fuimos sometidos bajo el franquismo quienes por entonces éramos niños. Pero he de poner gran empeño para transmitirlo a los más jóvenes, a todos aquellos que felizmente no vivieron algo así. Los responsables del adoctrinamiento pensaban que aquella operación tendría éxito y que, por tanto, seríamos intoxicados por la ideología… En el bachiller estudiábamos Formación del Espíritu Nacional. En dicha asignatura, el profesor de turno –siempre un falangista valeroso— se esforzaba en enseñarnos las Leyes Fundamentales del Reino, es decir, todo el entramado legal que el Régimen había ido elaborando a lo largo de décadas de enredo doctrinal.
No era una Constitución lo que nos regía y lo que aprendíamos, por supuesto. Tampoco era exactamente una Carta Otorgada. Era, por el contrario, una especie de Recopilación anacrónica, al modo de los repertorios borbónicos (el último, la Novísima Recopilación, de 1805), una colección de textos básicos preliberales que detallaban derechos y deberes. Al menos teóricamente. ¿Me preocupé por los contenidos de esa materia? ¿Me convencieron? Lo que más me interesaba de aquella asignatura era el sonsonete histórico con que nos anestesiaban, con que nos embotaban. Podías simular estar despierto, pero el bla-bla-bla, el atorrante sermón que iba y venía, te sumía en el estupor del sueño. De vez en cuando despertabas, sin embargo. Era cuando el instructor se dejaba llevar por el entusiasmo de la historia, un enardecimiento que le hacía remontarse a varios siglos atrás, cuando España era un Imperio y cuando el mundo estaba a nuestros pies, decía. Le notabas exaltado, con un cierto arrebato, hasta el punto de sonrojarse de dicha o de rabia, no sé. Lo que habíamos sido y lo que ya estábamos siendo gracias al Caudillo…
Hablaba del pasado en primera persona del plural, trasladándose propiamente a otro tiempo, como si hubiera protagonizado lo sucedido muchos siglos atrás, como si el relato que nos presentaba fuera el testimonio de aquello que él mismo había podido distinguir, en medio de la batalla. No tenía dotes para la dramatización: simplemente hablaba con exaltación o con desgarro de la invasión napoleónica o de la ocupación árabe, de Sagunto –en tiempos de la Hispania romana— o de Felipe II, de Viriato, el pastor lusitano, o de los Reyes Católicos. Era ciertamente un vaivén cronológico a través del cual nos mostraba el vigor o la extenuación de la patria, de una patria con esencia imperecedera. Si hablaba empleando la primera persona del plural era porque cualquier herida infligida a un antepasado remotísimo de los españoles contemporáneos era un ultraje cometido contra esa Nación. No había olvido posible y, tras largos siglos de decadencia imperial, nuestro profesor aún se dolía con rencor y con desdén del maltrato que ciertos Austrias y Borbones nos habían causado. De igual modo, un simple traslado a una época de esplendor guerrero le elevaba hasta la celebración castrense de nuestras tropas.
Pero, más que un vaivén cronológico, el relato con que aquel instructor nos sotaneaba era propiamente una huida: desde un presente de declinación que se aborrecía y que se agravaba en el siglo XIX. Al final, el recuerdo que guardo de aquellas clases de historia era el ahogo que nos ocasionaba. Era en realidad una negación de nuestro presente hipotecándonos con el fardo de lo heredado, de lo monumental y de lo anticuario. En efecto, era propiamente una muestra grotesca de lo que Nietzsche llamaba historia monumental. Los que la practican –en especial, los celosos guardianes de la Nación— están dispuestos a arruinar el disfrute del hoy a partir de un pasado glorioso que exhuman para amargarnos con pertenencias irrevocables. Pero era también un ejercicio risible de historia anticuaria, tomada en exceso, en grandes dosis: esa historia propia de aquellos que veneran lo antiguo para restar novedad, angustia e importancia al presente que nos contraría.
Para mostrar la irrealidad histórica en que estaba sumida la Falange de los años treinta, Manuel Penella nos recordaba la “fuerte nostalgia imperial” de aquellos primeros fascistas españoles, una nostalgia, sin embargo, “minoritaria”, añade. “Al afirmar que la plenitud de España es el imperio, los falangistas se ponían por modelo la España del siglo XVI. No se trataba de un modelo comprensible para la mayoría de los españoles, aunque –de acuerdo con la enseñanzas escolares—hiciese felices” a aquellos pioneros del fascismo español. Si entonces, en la década de los treinta, el regreso de aquella Hispanidad imperial con la que fantaseaban era una quimera enferma, ¿qué podríamos decir de ese ensueño muchos años después, cuando aquel falangista de mi infancia enrojecía de ira cada vez que recordaba la invasión napoleónica o la dominación árabe? Tiene razón Penella al juzgar así ese extravío histórico de José Antonio y sus conmilitones, pero creo que no es nostalgia de lo que estaban enfermos, sino de melancolía.
Jon Juaristi lo supo expresar muy bien en El bucle melancólico cuando se ocupaba de las ensoñaciones del nacionalismo vasco. Valiéndose de Freud, el filólogo advertía que lo propio de esas fantasías históricas no es la nostalgia: ésta es siempre el dolor por una pérdida real, el duelo que alguien experimenta al recordar un objeto material o personal desaparecido. Es como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros, como si nos hubieran amputado. En cambio, la melancolía es la dolencia que ocasiona la pérdida de algo no poseído. Es, por tanto, un dolor imaginario, un malestar sin etiología real. Que sea fantasioso no hace menos grave ese padecimiento.
De estas cosas, de las clases de historia que recibía en el franquismo, y de la melancolía como estado patológico del alma humana, me he acordado estos días al escuchar a José María Aznar. No quiero decir que el ex presidente sea un franquista agazapado o confeso o vergonzante, como algunos le reprochan: en realidad, lo que he pensado es que en Aznar sí que se cumplieron los sueños confusos, quiméricos y reparadores de aquellos falangistas. Imagino que, como yo, también el ex presidente debió de recibir lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tengo la impresión de que en él causaron un cierto efecto y que es esa historia monumental y anticuaria en la que acabó creyendo lo que ahora proclama. Aunque sea una pose, aunque sea un recurso, cuando habla de la invasión árabe en términos de reproche, de resentimiento, expresa una melancolía por una pérdida no padecida. Tal vez, Jon Juaristi –que es su asesor áulico, un Jon Juaristi refinado y culto— debería haberle advertido. En fin.
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Sobre las ideas históricas de José María Aznar, pueden leer mi artículo de hoy mismo en Levante-EMV También, la columna de Javier Ortiz
Sobre los libros de José María Aznar, véase esta reseña. Y ésta también.
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09.25.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:39 por jserna
¿Hubo una vía estética hacia el fascismo? ¿Hubo una vía estética hacia el falangismo? He acabado de leer La Falange Teórica (Planeta, 2006), de Manuel Penella. Este libro es históricamente correcto, aunque se maneje con una bibliografía demasiado concisa y aunque al final deje caer alguna conclusión muy desacertada. No es el único, desde luego, que trata este asunto en España: ahí está también el libro de Jordi Gracia… Pero la lectura del volumen de Penella me sirve ahora para recordar, setenta años después del inicio de la Guerra Civil, cómo se formó por la vía estética el fascismo español, cómo se creó la corte literaria de José Antonio Primo de Rivera, cómo un grupo selecto de jóvenes universitarios u obreros, culturalmente mal acomodados, insatisfechos y desazonados con su tiempo, creyeron constituirse en vanguardia de su época frente a la inminencia bolchevique, frente a una realidad cierta o fantaseada de la que sentían su amenaza u hostigamiento. Ya lo sabemos: el fascismo italiano nacía después de la Gran Guerra, con veteranos de difícil regreso, con desempleados, con un movimiento obrero pujante y amenazador…
“Tanto el fascismo como el nazismo se habían nutrido de grandes contingentes de soldados desmovilizados que, al volver a sus lares, encontraron todo peor que antes, sin ninguna compensación”, nos recuerda Penella. “Muchos de esos hombres, todavía muy jóvenes, se vieron sin ningún horizonte vital y, por lo tanto, en situación de añorar la vida militar (…). Los mismos hombres que habían arrasado las aldeas belgas y francesas, los mismos que habían dejado las calles sembradas de cadáveres y de botellas vacías (…) no se consideraban unos bárbaros. Actuaban por una idea, al amparo de un patriotismo extremo. Esos hombres jóvenes pero ya curtidos en hechos de armas fueron los que sirvieron de fundamento a Musolini y a Hitler”, señala Manuel Penella.
Los falangistas nacieron en un país que no había tenido nada de eso, cosa que no les impidió forjarse su propia realidad, una poesía entre cursi y grandilocuente que añoraba la Hispanidad, un Imperio a restaurar… Admiraron el coraje de sus colegas italianos, aquellos fascistas uniformados, su escuadrismo, la dialéctica de los puños y las pistolas, la poesía arrebatadora que exalta y que empuja, que eleva y que lleva más allá de la vida muelle del burgués. “José Antonio”, dice Penella, “disfrutaba con el trato de estos escritores” españoles, castellanos viejos, muchos de ellos, que él consiguió atraer a su causa. ¿Por qué razón buscaba la proximidad intelectual? “Porque, a diferencia de su padre, quería sentirse arropado por los intelectuales”, añade Penella.
Sin embargo, aunque uniformados y ataviados con correajes y símbolos militares, los falangistas no venían de una guerra; y aunque eran jóvenes la mayoría de ellos no disponían de titulación universitaria: como mucho eran estudiantes en formación que envidiaban a los escuadristas italianos cuando éstos cantaban Giovinezza o exaltaban el cuerpo y el deporte al modo de la culura precristiana. Los falangistas, en cambio, solían ser creyentes, incluso beatos, con un sentido social…, cosa que no les frenó para ejercer la violencia propia de los jóvenes, cosa que no les contuvo a la hora de la represión que impuso el franquismo. Ahora bien, esa limitación –el ser fervientes católicos, a su manera– les salvó de la fiebre más exaltada y, desde luego, su acomodación al régimen de Franco les impidió construir exactamente el Estado totalitario o Imperio como el que soñaron con su retórica enardecida, cuando creían reproducir la poesía exasperada del primer fascismo, aquel que se había inspirado en la elocuencia alegre y combativa del futurismo. Si abandonamos el falangismo y regresamos al germen del fascismo, podremos apreciar las diferencias doctrinales, algunas de las cosas que comparten estéticamente y, sobre todo, para nuestra sorpresa, el gran número de motivos que el futurismo legó a la cultura de masas de nuestro tiempo.
El Manifiesto futurista de Filippo Tommasso Marinetti fue, en efecto, el cimiento de lo que después vendría. Se publicó en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Formado como hombre de Leyes, de orden y de contención, Marinetti se consideró, sin embargo, un creador, alguien dotado para el empeño, para el genio. Fue el suyo el riesgo de la poesía y quiso hacer de la escritura literaria un acto de fundación y de impugnación de lo real. O mejor: quiso enfrentarse a la realidad acomodaticia concibiendo un mentís popular (es decir, antiburgués) y elitista (esto es, vanguardista); quiso pensar un movimiento moderno (vale decir, admirador del progreso técnico) y bárbaro (en otros términos, violento, agresivo).
Desde 1919, su adhesión al fascismo fue estrecha y sin dudas. Su más célebre contribución a la cultura fascista sería ese temprano Manifiesto, un texto literario fundacional y fundamental del siglo XX. Allí se recogen algunas de las audacias a que se creyeron convocados los futuros fascistas y allí se resumen algunas de las catástrofes estéticas y éticas de la pasada centuria. Nace ese texto en un momento de conciencia decadente, tras la Europa finisecular que se juzga sumida en un declive. Nace en el momento mismo de las vanguardias, cuando la provocación eufórica, el arrojo aristocrático, el repudio de lo burgués –de evidente resonancia nietzscheana– son actitudes que se extienden entre los creadores e intelectuales. En su letra está el tópico de la decadencia, pero está también el vértigo de la velocidad, del porvenir. El progreso no puede frenarse por los patrones contemporizadores: ha de expresarse sin trabas con la tecnología que avanza y nos hace avanzar. Los hombres del futurismo no se arredran, no se contentan con la vida de provincia…
Queremos cantar el amor al peligro, habituarnos a la energía y a la temeridad, dice el primer punto del Manifiesto. Esa forma de vida, vivir peligrosamente, es la muestra de un coraje, de la audacia, de la rebelión, que es un modo de existir y es a la vez una manera de hacer poesía, hacer de la vida poesía, afirman rotundamente en su segundo punto. Durante mucho tiempo, la literatura se conformó con el sedentarismo creativo, aquel que produce pensamientos inmóviles, aquel que es fruto del éxtasis y del sueño. Ahora, por el contrario, ha de exaltarse el movimiento agresivo que está en el hombre, el desvelo, la fiebre de quien no se acomoda, la carrera, el salto mortal, la bofetada, el puñetazo, añaden.
Ese movimiento es, además, algo artificial, producido por la máquina, algo que es hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido, parafraseando a Marinetti, que sí: que un coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”; que un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Por eso, el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza.
Al fin y al cabo, la obra bella no es un producto involuntario o previo o estático, sino fruto de la energía agresiva de quien compone y rehace por encima de los obstáculos que se le oponen. Por eso, lo más poético es la violencia de quien se enfrenta a lo desconocido para obligarle a postrarse. Pero esto no se dice en abstracto, sino en una centuria de avance, en lo más alto de los siglos, en una época que a la vez derriba los límites del tiempo y del espacio, una época que vive con el vértigo de la velocidad y del empuje.
Es por eso por lo que la guerra es la máxima expresión de ese brío, de ese coraje, un arresto masculino que desprecia todo utilitarismo, todas blandura femenina, el sedentarismo de los museos y del patrimonio acumulado que ahora nos arrancamos de cuajo. Es ésta una energía que no es sólo la del individuo temerario, sino la de las masas agitadas por la conmoción del trabajo y del placer, ejemplo máximo de esa energía, moderna e industrial: los arsenales y las canteras, las fábricas humeantes, los puentes que se estiran como gimnastas, las locomotoras de acero, los aeroplanos…
Es ésta, en fin, una proclama italiana y mundial, que expresa y exalta una violencia arrolladora, incendiaria, la que ha de extirpar esta “fetida cancrena di professori, d’archeologi, di ciceroni e d’antiquari”. “Noi”, dice Marinetti de la nación, “vogliamo liberarla dagli innumerevoli musei che la coprono tutta di cimiteri”.
Uf, leo lo anterior, una paráfrasis del Manifiesto, y me impresiono: yo pertenezco a esa gangrena de profesores que se ocupan del pasado, de lo viejo, de lo antiguo, de lo que se acumula en los museos y de lo que se pudre en los osarios de la historia. Frente a los viejos –dice el futurismo, dirá el fascismo, dirá el falangismo– están esos jóvenes que no temen el riesgo y que aman la velocidad, que se enardecen con la máquina y que quieren hacer compatible la violencia y la creación. Uf, el tema del siglo…
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