09.29.06

Adiós a Franco

Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 8:32 por jserna

franciscofranco1.jpg 29, 30 de septiembre y 1 de octubre de 2006 

Meses atrás leí una separata que amablemente me había mandado desde París Jordi Canal, un artículo suyo en donde repasa con lucidez y erudición la larga serie de exilios en los que se han visto envueltos numerosos españoles de distintas generaciones. Escribí una nota, luego perdida en el ciberespacio. La recupero ahora y la retoco y amplío como cierre de esta revisión sucinta que hemos hecho del franquismo.   

Jordi Canal repasa los exilios: no sólo los de quienes tuvieron que abandonar el país en 1939, sino también los destierros religiosos a que se vieron obligados judíos, moriscos, tantos y tantos súbditos de la Corona que fueron juzgados como antiespañoles, ajenos a la condición católica, expresión de la españolidad. El título del ensayo es revelador: “Historias de destierros: algunas reflexiones sobre exilios y guerras civiles en España”. Los plurales que Jordi Canal introduce no son una mera cuestión de estilo: son un modo de mostrar dolores innumerables, desgarros personales que de siglos a esta parte se han sucedido.

De todos los exilios, la emigración liberal de los exaltados del Ochocientos fue la primera que mandó al extranjero a numerosos creadores, escritores, libreros, revolucionarios que creyeron posible edificar un Estado moderno, un Estado constitucional. Pero el exilio de 1939, como nos recuerda Jordi Canal, fue una derrota cultural sin paliativos, con una oleada ingente de intelectuales que debieron abandonar sus cátedras, sus bufetes, sus columnas periodísticas. Algunos de estos emigrados reflexionaron precisamente sobre esa circunstancia y otros indagaron en la historia de los numerosos destierros españoles. Leyendo las páginas de Jordi Canal, que condensan los dolores de varias generaciones, no puede uno sino apiadarse ante la violencia que a tantos se les infligió: tantos exiliados que sólo habían cometido el crimen del librepensamiento, que únicamente se habían atrevido a pensar de otro modo, con imaginación y con audacia. ¿Qué habría sido de ellos si Franco no hubiese ganado el conflicto? ¿O qué habría pasado si el General hubiera sido apeado tras la Guerra Mundial?  

A esta forma de preguntar, que es un modo de conjeturar, la llamamos ‘historia virtual’. Un par de libros recientes, que debemos a Niall Ferguson (Historia virtual, Taurus) y a Nigel Townson (Historia virtual de España, Taurus) han difundido entre nosotros ese experimento cognoscitivo. Desde antiguo, los historiadores se empeñaron en reconstruir lo realmente acontecido. La frase, como se sabe, corresponde a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Permítanme que me aleje ahora de la literalidad de lo dicho por Ranke y que aproveche el tiempo transcurrido para defender otra cosa bien distinta. Lo sucedido es una parte de la historia; la otra parte es lo posible, lo que pudo suceder. Toda la historia que investigamos y que finalmente trasladamos a un texto es historia posible en el sentido narrativo. Por ser siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes, la historia sólo puede ser uno de los relatos eventuales, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros hechos.  

Pero hay otro modo de hacer historia posible, hay otra forma de abordar lo potencial: conjeturando itinerarios o cursos de acción que no se han dado pero que pudieron haberse dado, con consecuencias distintas en el caso de que las cosas hubieran ido de otro modo. Esta certeza se va abriendo camino a partir de la historia virtual. Las hipótesis ‘contrafactuales’ no son un inútil entretenimiento, puesto que pueden ser un modo de averiguar jerarquías intencionales, causales, la relevancia de los hechos y las consecuencias que de ellos se derivan. Cuando hablo de conjeturas históricas, de historia posible, me refiero a la tarea común, universal e irrefrenable, de imaginar escenarios hipotéticos. Precisamente, una de las formas más sutiles de la inteligencia se manifiesta de ese modo: evaluando itinerarios potenciales a partir de la memoria, a partir de las experiencias que atesoramos. Los jugadores de ajedrez operan justamente así: anticipando situaciones y desenlaces a partir de esquemas previos.  

Sus más célebres adversarios –por ejemplo, el célebre y entrañable ordenador Deep blue, capaz de considerar miles de millones de posiciones antes de tomar una decisión— hacen algo similar: eligen a partir de un cálculo objetivo, dado que el escenario del combate tiene unas condiciones constantes. Sin embargo, en la vida real, esos temibles oponentes tendrían insuperables dificultades y, al menos de momento, mostrarían una grave carencia: la de tener que obrar con información insuficiente y la de ser incapaces de aventurarse con audacia y clarividencia. En efecto, aún les falta imaginación y sobre todo imaginación narrativa, capacidad para contarse y contarnos una buena historia. Entre otras cosas, contar una historia es, pues, eso: poner en relación las experiencias que nos constituyen y extraer de ellas una enseñanza eventual y falible para el futuro que nos aguarda.  

Pues bien, ¿por qué reservar al porvenir esta técnica anticipadora? ¿Por qué no podemos aplicarla sobre el pasado? ¿No son el novelista o el historiador gentes que profetizan lo que ya ha ocurrido? El pasado no esta clausurado, en primer lugar, por el conflicto social e interpretativo que aún provoca y provocará, por esas narraciones en competencia que nos enfrentan a historiadores que pertenecemos a una misma cohorte de edad o a aquellos otros con los que no compartimos generación, ideología, sentimientos e inclinaciones. Pero, en segundo término, el tiempo pretérito no está cerrado individual y colectivamente porque hay una forma especial de ensayo que es el de sopesar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido con la historia efectiva, constatable, real, que nos ha sucedido.

Precisamente, uno de los modos de evaluar esos itinerarios es enjuiciar lo razonable de nuestros actos, las consecuencias que se han derivado de lo que hicimos, de lo que no hicimos y de lo que pudimos hacer. La historia virtual plantea hipótesis contrafactuales explícitas y a partir de ellas recrea el escenario posible de esas acciones no dadas en la vida real. Como aprendimos de Max Weber, los hechos son infinitos, inagotables, consienten conexiones distintas y su relevancia o jerarquía son variables. Es decir, se trata de inventar, pero de ‘inventar’ en su sentido inmediatamente etimológico: ‘invenire’ significa ‘encontrar’. Se trata, en efecto, de encontrar hechos a partir de lo que uno mismo lleva dentro, a partir de las resonancias que esos hechos nos provocan; de aventurar relaciones inauditas o insospechadas de hechos jamás avecindados para buscar nuevos significados, para descubrir significados allí donde parecía no haberlos. A esta técnica analítica dedicó páginas memorables un gran liberal: Raymond Aron.  

Seguro que los exiliados que tuvieron que marcharse, forzados a irse a otras geografías menos inhóspitas, soñaron con otros destinos menos crueles. Seguro que los desterrados que se vieron expulsados o que escaparon a tiempo para no ser víctimas de la sevicia franquista alimentaron conjeturas retrospectivas. Como, por ejemplo, Max Aub. Nada repara el mal consumado, ni nada compensa el daño infligido, pero el recuerdo que ahora les dedico, casi treinta y un años después de la muerte de Franco, quiere ser un homenaje pequeño a quienes tuvieron que morir en México o en Francia, por ejemplo. Habrá lectores que interpreten estas palabras mías como si de un tributo ‘guerracivilista’ se tratara, como si fuera el pago republicano e izquierdista que la generación de hoy hace a unos antepasados belicosos. Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia. 

Pero yo no quería preguntarme sobre venganzas conjeturales y retrospectivas, sino sobre historia virtual, sobre lo que España podría haber sido si el General no hubiera permanecido durante cuarenta años, si la Guerra Fría no hubiera congelado al Régimen dándole una solidez mineral. Pero ya acabo: hay que decirle adiós a Franco, decirle adiós leyendo sobre él y sobre su Régimen. Esto que hemos hecho aquí durante esta semana no ha sido un ejercicio de nostalgia de los derrotados ni tampoco una sesión de espiritismo: ha sido una aproximación crítica, reflexiva, a la actualidad del fenómeno histórico. No hemos hablado de Franco como podríamos haber hablado de Viriato. Lo hemos exhumado para comprender qué grandes cuestiones son las que aún nos preocupan, como historiadores y como ciudadanos. 

 franciscofranco2.jpg

————–

Muy generosamente, Julia Puig me manda el enlace a esta pieza documental de Carlos Esplá escrita en su exilio mexicano. Forma parte del Archivo Carlos Esplá y se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Aquel que fuera secretario y amigo de Azaña trata con humor la propia figura de Franco, con ironía y con sarcasmo. Lo voy a leer.

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09.28.06

Espectros

Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fotografía, Franquismo, Scriptorium, Historia at 8:29 por jserna

franco.jpg 

En esta semana dedicada al Caudillo no podía faltar una pieza que me es muy querida, una pieza a la  que vuelvo regularmente. Se trata de un artículo de Javier Marías, un texto en el que comenta la fotografía de Franco y Millán Astray que encabeza este post. En el tablón de anuncios que está a la entrada de mi despacho, tengo clavada la fotocopia de esa imagen. Pero también tengo colgado el texto de Marías como acotación. Ya amarillean. Desde hace unos diez años, si no recuerdo mal, lo pongo y lo repongo. Me parece un texto absolutamente cómico y escalofriante. De Marías siempre me gustaron sus glosas fotográficas, cosa que empezó en las páginas que el autor dedicara a John Gawsworth en Todas las almas (1989) para luego continuar en la segunda parte de su libro Vidas escritas (1992), en Miramientos (1997) y en otros volúmenes posteriores. He querido rescatar aquella acotación periodística para mi sección Scriptorium, aquella en la que la reproducción de un documento viene a ocupar parte del texto que les propongo. Lamento no disponer de todas las fotografías que Marías comenta en su artículo, pero, al fin y al cabo, la última es la  fundamental, la que nos muestra a dos amigos o camaradas, uniformados y campechanos…   

Cuando vemos fotografías, en especial las que publica la prensa cada día, todo son preguntas, como decía Juan José Millás en un volumen que tiene ese título. Un retrato es siempre un instante detenido en el tiempo, un momento que captó el objetivo de la cámara por intención expresa de alguien que al observar el mundo capturó una parte infinitesimal del mismo. La suma de todo ello haría el gran álbum de la humanidad, ese cuaderno de imágenes en el que estarían lo bueno, lo malo, lo abyecto y lo sublime. En principio, tiene razón Millás: “cuando repasamos el álbum familiar vemos reflejados en él todos los grandes acontecimientos familiares”, todos “excepto la muerte”. En efecto, “lo malo, en el álbum, sólo aparece como ausencia”, lo que se intuye, pero no se ve. “No hay fotografías de la abuela muerta, ni de su entierro, ni siquiera de sus funerales”. Haciendo una analogía, añade Millás en su libro: “la fotografía de la prensa diaria forma parte del álbum de familia de una sociedad”.  ¿Hay diferencias? “La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar, es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desgraciados”, concluye.  

Y esa fotografía que comenta Javier Marías en su artículo es el preludio de un suceso desgraciado. A pesar de la alegría que a ambos protagonistas hermana –o tal vez por ello–, la imagen tiene algo de vaticinio funerario: seguro que los novios de la muerte entonan una canción sombría. Indicaba Roland Barthes en La cámara lúcida que a la efigie retratada puede llamársela propiamente Spectrum, con esa acepción fantasmal a la que alude la palabra. El retratado suele ser alguien que adopta una pose, su mejor pose, para inmortalizarse como alguien que se muestra y cuya fachada oculta lo que piensa, siente, hizo o hará. En el caso de Franco y su camarada, la fotografía es espectral, sí, pero esa pinta que exhiben no encubre ni disimula: sólo hay que proponer un sentido. 

El procedimiento que emplea Javier Marías es el de conjeturar lo que no se ve a partir de lo que se muestra, profetizar lo que después de ese instante vino, lo que hubo previamente, lo que sentían en su interior el retratado o sus primeros espectadores: suponer, rellenar un espacio vacío, discurrir con más o menos tino acerca de lo que sugiere este o aquel retrato. Su operación no es propiamente informativa sino especulativa. Gracias a su inspiración y a su talento, Marías es capaz de decir fundadamente lo que jamás podrá ser averiguado, salvo que los protagonistas le refutaran. En cualquier caso, al desmentido informativo, Marías siempre podría oponerles su libertad interpretativa, su derecho a fantasear con lo que la imagen le sugiere. Insisto, pues, en que la suya es una operación imaginativa, más que informativa, basada en las licencias de la imaginación, esas que le permiten hacer presunciones de lo que fueron una persona o una circunstancia bien concretas.

Tal vez alguien me reproche la lectura que hoy les propongo, pero no por el autor, sino por su aparente anacronismo. ¿Franco y Millán Astray? ¿Qué tienen de actualidad? El día 1 de octubre se cumplen setenta años del ascenso del Caudillo a la Jefatura del Estado. Es un buen motivo para la reflexión y eso es lo que vengo haciendo a lo largo de estos últimos días en esta serie que  bien podríamos titular “La semana del franquismo”. Aun así, a despecho de esa actualidad conmemorativa, alguien –insisto– quizá me reproche hablar de espectros. Si lo son, me puede decir, es porque ya no están vivos y, por tanto, porque nada pueden hacernos. ¿Seguro? La cualidad reconocida a los espectros –y de eso Javier Marías sabe mucho– es seguir entre nosotros, vigilar nuestros actos, interferir nuestra  existencia. ¿Por qué razón? ¿Porque algún vivo muy vivo agita esos fantasmas para acobardarnos? ¿O bien porque los espectros son aquellos muertos que acarrean su culpa inextinguible por la que han de penar eternamente? Es por eso por lo que se harían presentes sus aullidos, sus cánticos, sus gritos. No sé. Tengo la impresión de que esa pareja de militares que amenazan con su canto machote son efectivamente espectros que nos reclaman desde ultratumba. Yo sólo soy historiador  y estoy habituado a vérmelas con personajes fantasmales: los que pueblan las fuentes históricas, todos muertos, pero de los que aún podemos ver sus rostros o leer sus manuscritos. Por eso, cuando repaso un texto u observo una fotografía sólo quiero distinguir la buena o mala vida que hubo en esos documentos, porque los documentos son una ausencia (lo que ya no está o no vive) y una presencia (lo que aún sobrevive entre sus líneas o en efigie). Presencias, sí, son eso: presencias.  Echen un vistazo. 

franco.jpg 

“La foto”

 Javier Marias, 1994   

“El pasado domingo, este periódico dedicaba unas páginas a la aparición en castellano de la biografía Franco, del historiador Paul Preston. La información venía ilustrada por cuatro imágenes. Ninguna tenía desperdicio: en una se veía a Serrano Súñer junto a Himmler y otros nazis eminentes; en otra, la más conocida, se veía a Franco y a Hitler en Hendaya, con ocasión de su famoso encuentro del 23 de octubre de 1940: Franco avanza mucho más marcialmente que el Führer (más ridículamente, por tanto, con las manos estiradas como si fuera a echar a correr) y pisa la alfombra que les han puesto, mientras que Hitler la evita y camina al margen; el austríaco lleva gorra y un correaje cruzándole el pecho; el español, gorro de soldado y un fajín que le queda alto. La tercera foto, con ser semifamiliar da bastante más miedo que las anteriores, pese a carecer del elemento germano: según el pie, se trata de una visita de Franco y su mujer, Carmen Polo, a las Torres de Meirás en 1938, y el matrimonio está acompañado del gobernador civil de La Coruña y el general Yuste. La señora tiene el gesto frío y seco que siempre la caracterizó; aún más, el gesto de asco o desprecio perpetuos, la ceja alzada, los labios finos de la rencorosa viuda que tanto tardaría en ser, la mirada difidente y de soslayo, una mujer ya convencida entonces (aún estamos en plena guerra) de que la altivez es un signo de distinción. Aun así no resulta distinguida, la delata la manera en que tiene agarrado el bolso, con fuerza y desconfianza, como si el general Yuste se lo fuera a robar. Es lo que le preocupa, el bolso; quizá también el pañuelo al cuello, su sombrero como boina ancha y su abrigo enlutado. A la izquierda de la imagen está su marido, Franco, ausente, distraído, por algo elevado, quizá las torres, de nuevo con su gorro de cuartel, sobre el uniforme un capote con cuello de piel, versión pobre y guerrera del manto de armiño que le llegaría, al menos en retratos oficiales e idealizados.

“Pero es la cuarta fotografía la que hiela la sangre. El pie dice: “Millán Astray y Franco cantan junto a su tropa. Millán Astray, fundador de la Legión, eligió a Franco para que dirigiera el primer batallón”. Puede que estén cantando, pero la congelación del instante no nos lo permite ver. En todo caso, la cosa es aún peor si en efecto están cantando, porque nadie canta así. Más parece que estén abucheando o desafiando o escarneciendo a alguien. La cara de Millán Astray es la más acabada imagen de la chulería fanática. Alzado con desdén el bigote de hormigas, la, dentadura picada e irregular, los ojos semicerrados como para mirar sin ser visto, su gesto es ya un insulto, parece que estuviera diciendo: “¡Anda ya! ¡A tomar por saco!” o alguna frase similar. Le pasa la mano derecha a su compinche por encima del hombro, y la cara de éste es la de un individuo en el que lo último que debería hacerse es confiar. La expresión de irrisión. y rechifla, la denigración y la crueldad en la boca, las cejas turbias, los ojillos fríos mirando siempre con avidez, el conjunto del rostro mofletudo y fofo, es el de un criminal. Son un par de facinerosos, sin apelación. Si nos encontráramos hoy día con esas caras, ni la calle cruzaríamos en su compañía. ¿Nadie las vio? ¿Eran percibidas de otra manera en su tiempo? Hoy vemos las caras de la gente mucho más a menudo y con mayor impunidad: las vemos en televisión. Pero nadie parece ver lo que las caras dicen, y a veces dicen lo suficiente para no querer tener nada que ver con sus portadores (las apariencias engañan; sin embargo, no siempre). Me pregunto si en estos años nadie ha mirado de verdad los rostros de Javier de la Rosa y de Mario Conde, de Matanzo y de Álvarez Cascos, de Mohedano y Guerra y del ministro Belloch, de Idígoras y Roldán y de tantas figuras de nuestra política y nuestras finanzas. Si los hubiéramos visto en una película, habríamos adivinado en seguida sus papeles. Nos podríamos haber equivocado, pero es posible que no hubiéramos cruzado la calle con ellos, como tampoco con Jack Palance o Lee van Cleef. Que un pueblo entero se deje engañar por las caras de Kennedy o del propio González es comprensible; que se dejara engañar por Franco, no. Por favor, miren la foto otra vez”.  franco.jpg

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09.27.06

El envilecimiento

Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:31 por jserna

 fascismo.jpg   “No es fácil haber sido nazi y reconocerlo”, empezaba diciendo Santos Juliá en su columna del pasado domingo 24 de septiembre de 2006. Lo decía refiriéndose a Günter Grass, a la revelación hecha tantos años después de haberse alistado voluntariamente en las Juventudes Hitlerianas y luego en la Waffen-SS. Su caso habría sido muy común entre antiguos colaboracionistas o seguidores de los regímenes dictatoriales o totalitarios: reprimen sus propios recuerdos para acabar creyendo no haber sido lo que se fue y, en consecuencia, hablar como si nunca se hubiera sido. Mientras aquella letal fantasía duró muchos no habrían sido capaces de decir no. Cuando el fin del Reich certifica esa política criminal, trataron de salvarse y, sobre todo, trataron de que su conciencia no les incomodara todo el tiempo. De ahí, la represión del recuerdo: para seguir viviendo sin la congoja de lo que se ha sido, sin el tormento inextinguible de lo que fueron.

“En España conocemos bien cómo ha funcionado este mecanismo de la memoria entre un grupo de intelectuales, diez o quince años mayores que Grass, y que conservaron un ideal, y un culto, vagamente joseantoniano, hasta una década después de la derrota del nazismo”, precisa Santos Juliá. “No importa ahora sus nombres; importa únicamente que estos intelectuales, cuando fracasaron en sus proyectos de construcción del Nuevo Estado y se quitaron la camisa azul, elaboraron para explicar su pasado unas metáforas dirigidas a transmitir la idea de que no se habían contaminado con la miseria circundante”, concluye Juliá en el largo párrafo reproducido.

Cuando dice todo lo anterior parece estar refiriéndose a lo que hicieron los Laínes (en expresión de Francisco Umbral), aquel grupo de falangistas cultos, de expresión arrebatada, de ínfulas literarias, de vocación fascista, totalitaria, que luego se desencantaron del franquismo para finalmente hacerse demócratas. En general, escribieron memorias y, en este sentido, no ocultaron su pasado o la índole básica de sus recuerdos, pero sí que matizaron su colaboracionismo franquista. En todo caso, su acendrado y originario falangismo –una idea joven, noble y equivocada, según la versión más complaciente — no les habría permitido soportar la corrupción y la duración de aquel Régimen revestido de atributos joseantonianos, pero conservador y rutinario.

He pensado en el caso de Dionisio Ridruejo, justamente por estar leyendo la espléndida biografía que le dedica Francisco Morente.  En el caso de Ridruejo quizá se resuma esa parcial represión del recuerdo, ese modo de aligerar el peso del pasado para soportar mejor lo que se ha sido. No se trata de que el personaje mintiera en sus memorias cuando hablaba de su transición personal –del falangismo a la democracia–, pues, como dice Morente, Ridruejo fue “el que antes y más fondo la experimentó, quien más arriesgó con ella, y el que con mayor sinceridad afrontó la revisión crítica de su propio pasado”. Es algo más sutil. Habiendo reconocido su falangismo fervoroso y fascista –cómo negarlo, si era un personaje público que empezó adquiriendo notoriedad al ser nombrado Jefe Nacional de Propaganda–, Ridruejo se las tuvo que ver con su papel en la represión: por ejemplo, nada más estallar la Guerra Civil, cuando era un joven dirigente del Partido en Segovia y cuando la violencia de la Falange local causó doscientos trece asesinatos extrajudiciales.

¿Cuál fue su actitud, ya que no responsabilidad directa? Ridruejo no elude su culpa en aquellas matanzas, dice Morente. “Conviví, toleré, di mi aprobación indirecta al terror con mi silencio público y mi perseverancia militante”, una perseverancia también de sus correligionarios, que hicieron de la utopía fascista la justificación moral del horror. Como ya se ha dicho, Ridruejo experimentó a lo largo de dos décadas un cambio ideológico y personal profundísimo, el que le llevó a ser un personaje incómodo para el Régimen y finalmente un demócrata…  ¿La responsabilidad que pudo contraer como dirigente falangista queda saldada con ese mea culpa que puede hallarse en su autobiografía? Aunque reconoce su comezón moral por haber sido lo que fue, ¿reprime algo que no esté dispuesto a revelar, u olvida algo que oprimiéndole especialmente desaparece de su memoria?

El caso de Grass, pero también el ejemplo de Ridruejo nos llevan otra vez a interrogarnos sobre la facultad de la memoria, sobre esa función del aparato psíquico que nos es tan imprescindible y tan poco fiable. Vamos creciendo y nuestras vidas son recuerdos, evocaciones más o menos ordenadas de hechos que se nos agolpan y que no son necesariamente coherentes ni sucesivos, ni correlativos. Recordamos cosas importantes, pero retenemos también hechos menores, incluso irrelevantes, aspectos de nuestro pasado que no nos conmueven de manera especial y otros que son centrales, sin que esa importancia que les damos sea objetivamente reconocida por los demás. En nuestra memoria, sin embargo, no sólo hay reminiscencia de lo ocurrido, sino también fantasías de actos no sucedidos. Son los llamados recuerdos creadores, creadores en el sentido de que rellenan nuestra experiencia de circunstancias no acaecidas ejerciendo sobre nosotros una pequeña o gran influencia. Resulta paradójico que algo así nos pueda ocurrir, pero está constatado por los expertos (y por nuestra propia averiguación) que estas cosas –que no han pasado— pasan, desplazando el recuerdo de hechos ciertos. El resultado es una memoria personal poco fiable, pero necesaria para sobrevivir con una identidad más o menos firme y coherente. ¿Y…?

Antes que nada, recordar es recordarnos con congruencia añadiendo uno tras otro los hechos que nos han ido constituyendo. La garantía de su certeza es escasa, pero no tanto por la represión misma del recuerdo, sino por la resignificación que podemos darle, años después, a lo efectivamente ocurrido y evocado.  Porque la memoria es sobre todo el sentido de las cosas, ese que damos a lo que recordamos. Ésta es la clave. Olvidar puede ser una tragedia personal, pero el auténtico problema es cambiar mendaz o inadvertidamente el significado del hecho. Algo ocurrió y justamente en ese momento le damos un sentido; muchos años después recordamos ese hecho pero con un significado distinto, creyendo, además, que el sentido que le otorgamos siempre ha sido el mismo. Éste es el problema. Madurar no es permanecer aferrado a la semántica  infantil o juvenil, sino cambiar el sentido de las cosas sin olvidar cuál era el significado que tempranamente les dimos. Si esto sucede así, entonces no aseamos nuestro pasado –nuestros pasados– ni lo hacemos perfectamente coherente, sino que mostramos nuestros desencajes y confesamos el sentido distinto que esos pasados han tenido según la edad, según la circunstancia.  

Es fácil decir estas cosas cuando la mayoría de nosotros no ha tenido que vivir en una circunstancia excepcional de horror o de abyección, cuando nuestras existencias son jornadas más o menos rutinarias llevadas con angustia o incomodidad, pero sin las graves, las radicales o las perversas decisiones que otros tuvieron que tomar hasta envilecerse. Eso no les justifica, pues hubo gente moralmente irreprochable cuando ellos se entregaban a la ignominia: en realidad, eso nos incomoda a nosotros.  ¿Quiénes somos, efectivamente, nosotros para juzgar a quienes estuvieron de buen grado en el Infierno y regresaron después para salvarse? Hemos de juzgar desde un criterio moral (no hay aquí relativismo posible), pero, atención, revisando también nuestro propio pasado vulgar. El resultado puede ser sorprendente: verán cómo al final distinguiremos un repertorio más o menos grande de mentiras o una gavilla de significados fraudulentos y coherentes con los que nos hemos aseado.  Lo siento. 

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09.26.06

La historia melancólica

Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:52 por jserna

aznar1.jpg No tengo que hacer gran esfuerzo para recordar el adoctrinamiento escolar al que fuimos sometidos bajo el franquismo quienes por entonces éramos niños. Pero he de poner gran empeño para transmitirlo a los más jóvenes, a todos aquellos que felizmente no vivieron algo así. Los responsables del adoctrinamiento pensaban que aquella operación tendría éxito y que, por tanto, seríamos intoxicados por la ideología… En el bachiller estudiábamos Formación del Espíritu Nacional. En dicha asignatura, el profesor de turno –siempre un falangista valeroso— se esforzaba en enseñarnos las Leyes Fundamentales del Reino, es decir, todo el entramado legal que el Régimen había ido elaborando a lo largo de décadas de enredo doctrinal.

No era una Constitución lo que nos regía y lo que aprendíamos, por supuesto. Tampoco era exactamente una Carta Otorgada. Era, por el contrario, una especie de Recopilación anacrónica, al modo de los repertorios borbónicos  (el último, la Novísima Recopilación, de 1805), una colección de textos básicos preliberales que detallaban derechos y deberes. Al menos teóricamente. ¿Me preocupé por los contenidos de esa materia? ¿Me convencieron? Lo que más me interesaba de aquella asignatura era el sonsonete histórico con que nos anestesiaban, con que nos embotaban. Podías simular estar despierto, pero el bla-bla-bla, el atorrante sermón que iba y venía, te sumía en el estupor del sueño. De vez en cuando despertabas, sin embargo. Era cuando el instructor se dejaba llevar por el entusiasmo de la historia,  un enardecimiento que le hacía remontarse a varios siglos atrás, cuando España era un Imperio y cuando el mundo estaba a nuestros pies, decía. Le notabas exaltado, con un cierto arrebato, hasta el punto de sonrojarse de dicha o de rabia, no sé. Lo que habíamos sido y lo que ya estábamos siendo gracias al Caudillo…

Hablaba del pasado en primera persona del plural, trasladándose propiamente a otro tiempo, como si hubiera protagonizado lo sucedido muchos siglos atrás, como si el relato que nos presentaba fuera el testimonio de aquello que él mismo había podido distinguir, en medio de la batalla. No tenía dotes para la dramatización: simplemente hablaba con exaltación o con desgarro de la invasión napoleónica o de la ocupación árabe, de Sagunto –en tiempos de la Hispania romana— o de Felipe II, de Viriato, el  pastor lusitano, o de los Reyes Católicos. Era ciertamente un vaivén cronológico a través del cual nos mostraba el vigor o la extenuación de la patria, de una patria con esencia imperecedera. Si hablaba empleando la primera persona del plural era porque cualquier herida infligida a un antepasado remotísimo de los españoles contemporáneos era un ultraje cometido contra esa Nación. No había olvido posible y, tras largos siglos de decadencia imperial, nuestro profesor aún se dolía con rencor y con desdén del maltrato que ciertos Austrias y Borbones nos habían causado. De igual modo, un simple traslado a una época de esplendor guerrero le elevaba hasta la celebración castrense de nuestras tropas.

Pero, más que un vaivén cronológico, el relato con que aquel instructor nos sotaneaba era propiamente una huida: desde un presente de declinación que se aborrecía y que se agravaba en el siglo XIX. Al final, el recuerdo que guardo de aquellas clases de historia era el ahogo que nos ocasionaba. Era en realidad una negación de nuestro presente hipotecándonos con el fardo de lo heredado, de lo monumental y de lo anticuario. En efecto, era propiamente una muestra grotesca de lo que Nietzsche llamaba historia monumental. Los que la practican –en especial, los celosos guardianes de la Nación— están dispuestos a arruinar el disfrute del hoy a partir de un pasado glorioso que exhuman para amargarnos con pertenencias irrevocables. Pero era también un ejercicio risible de historia anticuaria, tomada en exceso, en grandes dosis: esa historia propia de aquellos que veneran lo antiguo para restar novedad, angustia e importancia al presente que nos contraría.

Para mostrar la irrealidad histórica en que estaba sumida la Falange de los años treinta, Manuel Penella nos recordaba la “fuerte nostalgia imperial” de aquellos primeros fascistas españoles, una nostalgia, sin embargo, “minoritaria”, añade. “Al afirmar que la plenitud de España es el imperio, los falangistas se ponían por modelo la España del siglo XVI. No se trataba de un modelo comprensible para la mayoría de los españoles, aunque –de acuerdo con la enseñanzas escolares—hiciese felices” a aquellos pioneros del fascismo español. Si entonces, en la década de los treinta, el regreso de aquella Hispanidad imperial con la que fantaseaban era una quimera enferma, ¿qué podríamos decir de ese ensueño muchos años después, cuando aquel falangista de mi infancia enrojecía de ira cada vez que recordaba la invasión napoleónica o la dominación árabe? Tiene razón Penella al juzgar así ese extravío histórico de José Antonio y sus conmilitones, pero creo que no es nostalgia de lo que estaban enfermos, sino de melancolía.

Jon Juaristi lo supo expresar muy bien en El bucle melancólico cuando se ocupaba de las ensoñaciones del nacionalismo vasco. Valiéndose de Freud, el filólogo advertía que lo propio de esas fantasías históricas no es la nostalgia: ésta es siempre el dolor por una pérdida real, el duelo que alguien experimenta al recordar un objeto material o personal desaparecido. Es como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros, como si nos hubieran amputado. En cambio, la melancolía es la dolencia que ocasiona la pérdida de algo no poseído. Es, por tanto, un dolor imaginario, un malestar sin etiología real. Que sea fantasioso no hace menos grave ese padecimiento. 

De estas cosas, de las clases de historia que recibía en el franquismo, y de la melancolía como estado patológico del alma humana, me he acordado estos días al escuchar a José María Aznar. No quiero decir que el ex presidente sea un franquista agazapado o confeso o vergonzante, como algunos le reprochan:  en realidad, lo que he pensado es que en Aznar sí que se cumplieron los sueños confusos, quiméricos y reparadores de aquellos falangistas. Imagino que, como yo, también el ex presidente debió de recibir lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tengo la impresión de que en él causaron un cierto efecto y que es esa historia monumental y anticuaria en la que acabó creyendo lo que ahora proclama. Aunque sea una pose, aunque sea un recurso, cuando habla de la invasión árabe en términos de reproche, de resentimiento, expresa una melancolía por una pérdida no padecida. Tal vez, Jon Juaristi –que es su asesor áulico, un Jon Juaristi refinado y culto— debería haberle advertido. En fin.     

————————  

Sobre las ideas históricas de José María Aznar, pueden leer mi artículo de hoy mismo en Levante-EMV También, la columna de Javier Ortiz

 Sobre los libros de José María Aznar, véase esta reseñaY ésta también.  

 

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09.25.06

Intelectuales. La fascinación estética del fascismo

Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:39 por jserna

fasci.jpg     ¿Hubo una vía estética hacia el fascismo? ¿Hubo una vía estética hacia el falangismo? He acabado de leer La Falange Teórica (Planeta, 2006), de Manuel Penella. Este libro es históricamente correcto, aunque se maneje con una bibliografía  demasiado concisa y aunque al final deje caer alguna conclusión muy desacertada. No es el único, desde luego, que trata este asunto en España: ahí está también el libro de Jordi Gracia… Pero la lectura del volumen de Penella me sirve ahora para recordar, setenta años después del inicio de la Guerra Civil, cómo se formó por la vía estética el fascismo español, cómo se creó la corte literaria de José Antonio Primo de Rivera, cómo un grupo selecto de jóvenes universitarios u obreros, culturalmente mal acomodados, insatisfechos y desazonados con su tiempo, creyeron constituirse en vanguardia de su época frente a la inminencia bolchevique, frente a una realidad cierta o fantaseada de la que sentían su amenaza u hostigamiento. Ya lo sabemos: el fascismo italiano nacía después de la Gran Guerra, con veteranos de difícil regreso, con desempleados, con un movimiento obrero pujante y amenazador… 

“Tanto el fascismo como el nazismo se habían nutrido de grandes contingentes de soldados desmovilizados que, al volver a sus lares, encontraron todo peor que antes, sin ninguna compensación”, nos recuerda Penella. “Muchos de esos hombres, todavía muy jóvenes, se vieron sin ningún horizonte vital y, por lo tanto, en situación de añorar la vida militar (…). Los mismos hombres que habían arrasado las aldeas belgas y francesas, los mismos que habían dejado las calles sembradas de cadáveres y de botellas vacías (…) no se consideraban unos bárbaros. Actuaban por una idea, al amparo de un patriotismo extremo. Esos hombres jóvenes pero ya curtidos en hechos de armas fueron los que sirvieron de fundamento a Musolini y a Hitler”, señala Manuel Penella. 

Los falangistas nacieron en un país que no había tenido nada de eso, cosa que no les impidió forjarse su propia realidad, una poesía entre cursi y grandilocuente que añoraba la Hispanidad, un Imperio a restaurar… Admiraron el coraje de sus colegas italianos, aquellos fascistas uniformados, su escuadrismo, la dialéctica de los puños y las pistolas, la poesía arrebatadora que exalta y que empuja, que eleva y que lleva más allá de la vida muelle del burgués. “José Antonio”, dice Penella, “disfrutaba con el trato de estos escritores” españoles, castellanos viejos, muchos de ellos, que él consiguió atraer a su causa. ¿Por qué razón buscaba la proximidad intelectual? “Porque, a diferencia de su padre, quería sentirse arropado por  los intelectuales”, añade Penella.  

Sin embargo, aunque uniformados y ataviados con correajes y símbolos militares, los falangistas no venían de una guerra; y aunque eran jóvenes la mayoría de ellos no disponían de titulación universitaria: como mucho eran estudiantes en formación que envidiaban a los escuadristas italianos cuando éstos cantaban Giovinezza o exaltaban el cuerpo y el deporte al modo de la culura precristiana. Los falangistas, en cambio, solían ser creyentes, incluso beatos, con un sentido social…, cosa que no les frenó para ejercer la violencia propia de los jóvenes, cosa que no les contuvo a la hora de la represión que impuso el franquismo. Ahora bien, esa limitación –el ser fervientes católicos, a su manera– les salvó de la fiebre más exaltada y, desde luego, su acomodación al régimen de Franco les impidió construir exactamente el Estado totalitario o Imperio como el que soñaron con su retórica enardecida, cuando creían reproducir la poesía exasperada del primer fascismo, aquel que se había inspirado en la elocuencia alegre y combativa del futurismo.  Si abandonamos el falangismo y regresamos al germen del fascismo, podremos apreciar las diferencias doctrinales, algunas de las cosas que comparten estéticamente y, sobre todo, para nuestra sorpresa, el gran número de motivos que el futurismo legó a la cultura de masas de nuestro tiempo.  

El Manifiesto futurista de Filippo Tommasso Marinetti fue, en efecto,  el cimiento de lo que después vendría. Se publicó en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Formado como hombre de Leyes, de orden y de contención, Marinetti se consideró, sin embargo, un creador, alguien dotado para el empeño, para el genio. Fue el suyo el riesgo de la poesía y quiso hacer de la escritura literaria un acto de fundación y de impugnación de lo real. O mejor: quiso enfrentarse a la realidad acomodaticia concibiendo un mentís popular (es decir, antiburgués) y elitista (esto es, vanguardista); quiso pensar un movimiento moderno (vale decir, admirador del progreso técnico) y bárbaro (en otros términos, violento, agresivo).  

Desde 1919, su adhesión al fascismo fue estrecha y sin dudas. Su más célebre contribución a la cultura fascista sería ese temprano Manifiesto, un texto literario fundacional y fundamental del siglo XX. Allí se recogen algunas de las audacias a que se creyeron convocados los futuros fascistas y allí se resumen algunas de las catástrofes estéticas y éticas de la pasada centuria. Nace ese texto en un momento de conciencia decadente, tras la Europa finisecular que se juzga sumida en un declive. Nace en el momento mismo de las vanguardias, cuando la provocación eufórica, el arrojo aristocrático, el repudio de lo burgués –de evidente resonancia nietzscheana– son actitudes que se extienden entre los creadores e intelectuales. En su letra está el tópico de la decadencia, pero está también el vértigo de la velocidad, del porvenir. El progreso no puede frenarse por los patrones contemporizadores: ha de expresarse sin trabas con la tecnología que avanza y nos hace avanzar. Los hombres del futurismo no se arredran, no se contentan con la vida de provincia…  

Queremos cantar el amor al peligro, habituarnos a la energía y a la temeridad, dice el primer punto del Manifiesto. Esa forma de vida, vivir peligrosamente, es la muestra de un coraje, de la audacia, de la rebelión, que es un modo de existir y es a la vez una manera de hacer poesía, hacer de la vida poesía, afirman rotundamente en su segundo punto. Durante mucho tiempo, la literatura se conformó con el sedentarismo creativo, aquel que produce pensamientos inmóviles, aquel que es fruto del éxtasis y del sueño. Ahora, por el contrario, ha de exaltarse el movimiento agresivo que está en el hombre, el desvelo, la fiebre de quien no se acomoda, la carrera, el salto mortal, la bofetada, el puñetazo, añaden.  

Ese movimiento es, además, algo artificial, producido por la máquina, algo que es hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido, parafraseando a Marinetti, que sí: que un coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”; que un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Por eso, el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza.  

Al fin y al cabo, la obra bella no es un producto involuntario o previo o estático, sino fruto de la energía agresiva de quien compone y  rehace por encima de los obstáculos que se le oponen. Por eso, lo más poético es la violencia de quien se enfrenta a lo desconocido para obligarle a postrarse. Pero esto no se dice en abstracto, sino en una centuria de avance, en lo más alto de los siglos, en una época que a la vez derriba los límites del tiempo y del espacio, una época que vive con el vértigo de la velocidad y del empuje.  

Es por eso por lo que la guerra es la máxima expresión de ese brío, de ese coraje, un arresto masculino que desprecia todo utilitarismo, todas blandura femenina, el sedentarismo de los museos y del patrimonio acumulado que ahora nos arrancamos de cuajo. Es ésta una energía que no es sólo la del individuo temerario, sino la de las masas agitadas por la conmoción del trabajo y del placer, ejemplo máximo de esa energía, moderna e industrial: los arsenales y las canteras, las fábricas humeantes, los puentes que se estiran como gimnastas, las locomotoras de acero, los aeroplanos…

Es ésta, en fin, una proclama italiana y mundial, que expresa y exalta una violencia arrolladora, incendiaria, la que ha de extirpar esta “fetida cancrena di professori, d’archeologi, di ciceroni e d’antiquari”. “Noi”, dice Marinetti de la nación, “vogliamo liberarla dagli innumerevoli musei che la coprono tutta di cimiteri”.  

Uf, leo lo anterior, una paráfrasis del Manifiesto, y me impresiono: yo pertenezco a esa gangrena de profesores que se ocupan del pasado, de lo viejo, de lo antiguo, de lo que se acumula en los museos y de lo que se pudre en los osarios de la historia.  Frente a los viejos –dice el futurismo, dirá el fascismo, dirá el falangismo– están esos jóvenes que no temen el riesgo y que aman la velocidad, que se enardecen con la máquina y que quieren hacer compatible la violencia y la creación. Uf, el tema del siglo… 

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