04.27.08
Posted in Escribir, Comunicación, educación, La felicidad de leer at 17:21 por jserna
0. Observar (27 de abril, 17:43)
Nuestra mirada puede cambiar el hecho mirado; el observador puede alterar la cosa observada; el enfoque puede modificar el objeto enfocado…
Todas estas afirmaciones, que parecen audaces, sólo son evidencias de sentido común: del sentido común que hoy domina, que hoy nos domina. Antes, todo parecía ser objetivo, impenetrable, universal. Dios o un narrador omnisciente contaban las cosas y no había problema en contarlas. Una mirada dominadora y un conocimiento general permitían relatar el antes y el después, lo externo y lo interno. Las cosas eran obvias y tenían una calificación incontrovertible. O eso se creía. Los datos eran los que eran y la descripción del objeto debía compartirse.
Hoy, sin embargo, discrepamos sobre el hecho, sobre el objeto, sobre la cosa; disentimos del enfoque y de la presentación, de la perspectiva, de lo que es relevante, justamente porque hacemos depender el hecho, el objeto y la cosa del juicio, de la posición. Hoy, todo parece reducirse a la versión, a la narración, a la opinión. Contamos y ese acto de habla crea propiamente lo observado. ¿Algo reprochable? Habiendo vivido épocas de lenguaje apodíctico y de moral restrictiva –épocas en las que la realidad era un dato inapelable–, que ahora todo se cuestione es… un alivio: un alivio mientras eso no nos paralice. Podría derrotarnos la pereza reflexiva, la duda analítica, sabedores de que sólo reunimos testimonios dudosos, documentos rebatibles, enfoque parciales.
Unas noticias abundantes, unos datos excesivos, nos detienen. Hay que atreverse a pensar con datos siempre exiguos. Los mass media y el dominio de Internet nos han impuesto la lógica del exceso informativo, con reparos crecientes sobre lo que podemos o no podemos saber. Es tal el efecto de los medios de comunicación que empezamos a interrogarnos sobre la posibilidad de llegar a consensos descriptivos, a significados compartidos. Hay miles de páginas sobre un mismo hecho y esas webs se nos ofrecen sin criterio.
En la enseñanza, por ejemplo, hay estudiantes que litigan con sus profesores porque creen que el examen es un repertorio de opiniones, porque creen que la rendición de cuentas es un juicio personal y no la descripción de ciertos hechos con sentido razonado. Ahora bien, aún quedan docentes que se obstinan en lo contrario. Oiga, joven: no hay más que esta presentación de los hechos; no hay más que este significado; cualquier discrepancia es, pues, un error.
Entre la demagogia vulgar que sostiene la equivalencia de todas las opiniones y la tiranía intelectual que elimina toda discrepancia significativa, hay desde luego un trecho transitable. Podemos compartir la voluntad objetiva de encontrar certezas, de rastrear lo que todos esperamos o creemos ver; podemos hacer el esfuerzo de salir de la mera evidencia para fundamentar, para contrastar y para documentar nuestra opinión. Es más difícil describir que opinar, decía Josep Pla. Infinitamente más, añadía. Quizá por ello todo el mundo opina, concluía el ampurdanés. Creo que el escritor catalán nos planteaba una dicotomía confusa.
No está claro que sea más sencillo opinar que describir: creo que es más difícil opinar con datos que no se tergiversan que describir con evidencias que no se cuestionan. Sobre todo porque el juicio documentado nos obliga a salir de nosotros mismos, nos fuerza a buscar lo que no sabíamos, de modo que el dato nuevo altera la percepción. En cambio, podemos describir echando un mero vistazo a lo que veíamos de antemano, a lo que ya atisbábamos sin mayor esfuerzo. De hecho, Josep Pla, que fue un gran observador, tuvo que molestarse en viajar, en documentarse, en leer cosas dispares, en analizar libros distantes… para poder describir y, sobre todo, para poder pasarnos de matute opiniones muy, pero que muy, personales.
Leer cosas dispares, decía. Analizar libros distantes, añadía. Cosas y libros que, en principio, nada tienen que ver entre sí. No hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente.
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1. Contar (28 de abril)
Leo Sobre la dificultad de contar, el discurso de ingreso en la Real Academia de Javier Marías. Tiempo atrás ya nos hicimos eco… Me gusta leer discursos de ingreso, los propiamente literarios y los analíticos. Me parece un género apreciable, sintético, una representación: una forma de compendiar una obra siempre más extensa y previa; un modo de hacerse valer sometiéndose a un rito de paso. La candidatura de quien ingresa ha de ser presentada y avalada por académicos. Es un requisito antiguo, propio de otros tiempos quizá más exigentes, corporativos y suspicaces. Una vez aceptado, el nuevo miembro ha de escribir un discurso. Lo leerá preceptivamente en una ceremonia a la que asistirán las autoriades, sus iguales y el público invitado. Imagino Madrid un 27 de abril, a media tarde, con un sol ya declinante que ilumina increíblemente el Retiro y sus alrededores. Imagino la calle de la Academia, con la calzada impoluta y con las aceras aseadas…
Entre los discursos literarios de ingreso en la institución, recuerdo textos memorables, como el de Max Aub o el de Antonio Muñoz Molina, releídos ahora en un único volumen sobre el que escribí. El de Aub es una invención, un discurso dolorosamente apócrifo; el de Antonio Muñoz Molina es un homenaje elegante y evocador, dedicado a la España vencida, a la España virtual, al pasado y a la tradición que un joven escritor tuvo que recrear sin rendirse al casticismo. Entre los discursos propiamente analíticos, recuerdo el de Carlos Castilla del Pino. El psiquiatra y memorialista tuvo conmigo un generoso detalle: me obsequió con un bello ejemplar de su discurso, expresamente dedicado, una reflexión profunda y liviana a la vez, justamente titulada Reflexión, reflexionar, reflexivo.
Leo ahora las palabras de Marías, palabras que reverencian un género y que, al mismo tiempo, tienen su punto de guasa. Están dedicadas a la novela y a los novelistas, a la ficción. Dice cosas que modestamente suscribo, que le recuerdo, que le apruebo como viejo lector suyo; y dice otras con las que he de mostrar mi desacuerdo. Aborda, exactamente aborda, algunas de las paradojas de la observación y algunos de los aprietos del observador que yo les anticipaba breve y modestamente en el primer apartado de este post (0. Observar). Entre otras cosas, Marías distingue:
-lo real (siempre simultáneo) y el relato (siempre sucesivo);
-los hechos (siempre contundentes) y las palabras (siempre metafóricas e igualmente contundentes, como subrayara Fernando Lázaro Carreter);
-el narrador (quien ordena de acuerdo con un punto de vista informado) y los testigos (quienes testimonian de acuerdo con un enfoque particular);
-lo relevante (”vaya al grano”, no se desvíe) y las digresiones (propiamente la literatura, es decir, remontarse, alejarse, extenderse);
-los personajes reales (siempre dependientes de un documento y de un historiador que les dé vida) y los personajes ficticios (criaturas del aire, recuerda Marías con Fernando Savater, capaces de ir más allá de lo que su creador concibió para ellos).
Frente a los historiadores o los cronistas, frente a los reporteros o los biógrafos, los novelistas desempeñan una tarea que tiene algo de pueril, añade Marías. Además es una ilusión: se pretende decir con palabras lo no sucedido. Los novelistas son, en el fondo, “los únicos que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así»“.
Pues no. No es exactamente así. Me gustaría matizar, aunque sé que si lo hablara con él seguro que convendríamos en lo esencial. Los novelistas no se atienen sólo a una verdad interna, como dice Marías, pues sus obras no son únicamente textos. Son artefactos materiales: son libros cuyo significado final no depende exclusivamente del escritor, sino de un contexto, esa circuntancia mudable que inviste de sentido. Una crónica puede finalmente leerse como ficción: igual que una novela puede cobrar toda la fuerza o todo el mimetismo de un relato verídico. Dice Javier Marías que las narraciones referenciales fracasan irreparablemente, dado que la palabra traiciona, guste o no guste. Es posible que las cosas sean así, pero creo que podemos aceptar que algunas crónicas o algunas historias o algunas biografías son mejores que otras. Mejores porque relatan con mayor esmero y seducción, y mejores porque se atienen con mayor fidelidad al referente. O al menos a lo que su público conviene como referente. El problema es que, andando el tiempo, también cambia: cambia el dato externo, cambia la percepción y cambia su recreación interna. O sea su verosimilitud. Igual que hay novelas que en su momento fueron muy aceptadas y, andando el tiempo, se nos vuelven indigeribles: por inverosímiles.
Contrariamente a lo que espera Javier Marías, tampoco se sigue que los personajes irreales o reales que hay en las ficciones sean necesariamente superiores o ajenos a las criaturas del mundo referencial hasta el punto de suplantarlas. En ocasiones sucede. En otras no. Los caracteres de las novelas, su identidad y reconocimiento, dependen también de su uso, de su interpretación, cosa que varía con el paso de los años, con los contextos variados, con el registro que cada época le da a ciertos comportamientos. Hay personajes, como bien dice Marías, que cobran una dimensión imperecedera gracias a que un escritor se fijó en este o en aquel tipo histórico. Igual que hay criaturas ficticias que se agigantan hasta emanciparse de su creador. Pero eso depende de elementos muy variados y azarosos: no de la mágica intervención de un novelista.
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2. El efecto de realidad (28 de abril)
Javier Marías cita expresamente a Arturo Pérez-Reverte, autor –dice– de “una vibrante novela sobre los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a sus retratos (…), sumados a los de Pérez Galdós en su ‘episodio nacional’ El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento”.
Me permito discrepar. La afirmación de Marías es amistosa, agradecida para con un colega. Pero es aventurada y, desde luego, ignora la suerte de los contextos. Entre otras cosas, no tiene en cuenta la circunstancia actual de patriotismo artificioso que él mismo combate: Marías no parece considerar el significado que el esperancismo le da a dicha conmemoración y de la que esta obra no escapa, voluntaria o involuntariamente: en este caso, Pérez-Reverte se deja querer por el político de turno… ¿quizá uno de esos felones que siempre acaba abandonando al pueblo? El esperancismo lo encarna, claro, la Presidenta Aguirre, pero lo difunde principalmente su historiador de guardia: Fernando García de Cortázar, del que ya hablé en otra ocasión. Hay coincidencias entre los objetivos de Esperanza Aguirre y la crónica que Pérez-Reverte ha publicado, pero no hay una identidad completa: mientras los esperancistas pintan de patriotismo hinchado la jornada del Dos de Mayo, el novelista la convierte en una revuelta extremada y popular de la que hacer crónica, en una intifada de navaja y macetazo. Así la califica en uno de sus artículos explicativos. ¿Algo nuevo, inaudito?
Un día de cólera destaca ahora por una clave intratextual archirrepetida (la del pueblo leal y la de los gobernantes felones), una clave que está en distintas novelas de Pérez-Reverte. Por otro lado, Javier Marías tampoco se plantea qué podrá ser de esta crónica cuando el Bicentenario de 2008 se enfríe, es decir, cuando Daoiz y Velarde o el bajo pueblo de Madrid vuelvan a ser olvidados sin épica alguna, como meros figurantes del autor o de un remotísimo Pérez Galdós.
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3. La dificultad de contar (28 de abril)
Perdonen que me repita. Decía más arriba que “no hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente”. Eso, exactamente eso, es lo que ocurre con el modo de novelar de Javier Marías, que difiere muchísimo de la crónica naturalista a la que aspira Pérez-Reverte en Un día de cólera. Eso es lo que yo vi en Tu rostro mañana: en las dos partes iniciales y en la final.
Pues eso: punto final.
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4. Colofón (29 de abril)
Hay hechos efectivamente ocurridos que, convertidos en materia de una novela, son inverosímiles. Hay personas reales que, concebidas como personajes de una ficción, son increíbles. La actualidad, ese fenómeno que marea con novedades incesantes, nos aporta casos que podrían narrarse, con caracteres fuertes y sucesos vertiginosos: monstruos que no lo parecen, con vida privada y sentimientos comunes; caraduras que se enriquecen manipulando los sentidos de su público; diputados que trastean para su propio y exclusivo provecho; ex mandamases avispados que prosperan en la empresa privada. Si leyéramos novelas protagonizadas por gentes así nos parecería volver al siglo XIX: serían parte de La comedia humana actual. Son materia de la prensa, objeto de atención de los medios, pero no son, no pueden ser personajes de ficción. De serlo, el novelista de hoy debería hacer el inventario de vicios y virtudes. Debería “componer tipos mediante la fusión de rasgos de varios caracteres homogéneos”, según Balzac. ¿Estamos dispuestos a regresar al naturalismo? Leo la prensa, leo las últimas noticias y, aunque no quiero pensarlo, me parece estar en el Ochocientos, en uno de los novelones de aquel tiempo: husmeando, curioseando las vidas ajenas, “los hábitos, la indumentaria, el lenguaje, las viviendas de un príncipe, un banquero, un artista, un burgués…”, según añadía Balzac. No me pidan mayores reflexiones sobre la novela: vuelvo a hojear la prensa y las novedades me aturden. Todo me resulta irreal e increíble, difícil de contar…
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04.24.08
Posted in Escribir, La felicidad de leer, General at 16:12 por jserna
Poesía
0. Discurso de recepción del Premio Cervantes por Juan Gelman (25 de abril)
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1. Carta a Fuca (24 de abril)
Autor: Manel Cantarell i Recatalà
Ciutat de València. 2008. 04. 23.
Hola Fuca… sí, Fuca y no doña Francisca, porque aquí, ahora, puedo quitarme la máscara y charlar más reposadamente contigo. ¡Por supuesto que voy a usar el tuteo!, coincido plenamente con tu opinión al respecto. El tratamiento engolado, petimetre, artificial, buscado pedante, forzado sabiondo de Manel Cantarell i Recatalà es, como le gusta definir a nuestro contertulio David Montesinos, un simulacro: forma parte de su atavío.
Obviamente, tampoco mi nombre propio es el que va con la máscara pero, de la misma forma que me pareció bien que no quisieras conocer en vivo a la gente que conoces a través de Internet, espero que me permitas respetar ese pequeño velo que aun conservo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías. A la postre, como Ulises, soy Nadie, en todo caso, un viajero, como tantos otros, hacia esa Itaca que tanto nos gusta a los lectores de Kavafis, adentrados en la vida con la música de Lluís Llach.
Bueno, mira, Kavafis y Llach salen a colación y ellos mismos me permiten entrar en el tema, la poesía de Miguel Veyrat…
En cierta ocasión mantenía en el blog de Justo Serna mi opinión sobre que el arte debería ser independiente del artista, lugar y tiempo de su realización. Las artes, en su sentido prístino, original, auténtico, entiendo, no pueden ser contingentes si no lo más próximas a la idea de eternidad que tenemos los humanos. Desde ese punto, dudo que nunca hubiera leído a Miguel.
La explicación de ello se refiere a otra idea muy personal mía. Para mí, que soy licenciado en historia y trabajo como técnico de servicios culturales, la cultura Occidental está viviendo su etapa de decadencia, su agonía. Me importa un soberano rábano si, diciendo esto, coincido con algún pensador nazi. Es como lo veo. Y lo puedo razonar. Pues, a pesar de la permanente autosatisfacción de nuestra cultura, de su sentimiento de invulnerabilidad e infinitud, lo cierto es que ciclo vital concluye, ineluctablemente. En cómputos universales, una tenido un recorrido corto, un impacto más traumático que constructivo y una herencia tan banal – pues se fundamenta en su idealismo, por tanto en algo especulativa y evanescente, la materia de los sueños – como negativa: la humanidad entera conservará en sus pesadillas la memoria de la rapiña humana, cultural y económica de este Occidente.
Claro que si te digo esto, debería justificarlo y así nos podríamos pasar varias cuartillas. Te dije que no te atormentaría con mis explicaciones y no lo haré así que concédeme tu confianza y admíteme, al menos como hipótesis de trabajo, mi punto de vista básico. Éste se resume en
(1) No hay diferencia substancial entre el producto cultural que nació con el Renacimiento y nuestro mundo coetáneo. El periodo 1450 – por poner números redondos – 2008, intrínsecamente, es el mismo. Eso es el Occidente contemporáneo. Eso es lo que ya agoniza.
(2) Dicho periodo se vertebra en cuatro periodos:
[1] Orígenes. Con la conformación de un nuevo paradigma cultural que trata de recuperar el pasado clásico y que, por ende, revindica el humanismo y la libertad de conciencia como ejes del nuevo mundo que nace al enfrentarse al mundo integrista cristiano del espacio histórico medieval (ss. IV a primera mitad del XV). Pone los cimientos de las artes y las letras actuales. Ocuparía desde el trecento hasta finales del XVI.
[2] Crecimiento. Con la lucha definitiva contra la última gran reacción integrista cristiana de Occidente (Reforma y Contrarreforma) y el consiguiente triunfo de la Ilustración. Nos movemos en los siglos XVII y XVIII. Las artes y la cultura de Occidente se consolidan y se convierte en una forma pletórica de cultura universal.
[3] Madurez. El cenit occidental. Un largísimo siglo XIX que comienza con la generación de Goya, aun en el XVIII, y acaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Las artes, ya desarrolladas y plenas, alcanzan sus mejores momentos y exponentes de esa cultura. El paradigma del Occidente contemporáneo se fija. Los límites, se alcanzan.
[4] Decrepitud. Es el periodo en el que nos encontramos. Se agrava con cada crisis, con cada bandazo que da un Occidente ya siempre desorientado, estéril, impotente: Primera Guerra Mundial (absurda e innecesaria), Entreguerras (el capitalismo demuestra su incapacidad), Segunda Guerra Mundial (la mejor demostración de las contradicciones en las que entra el sistema) y la Guerra Fría (o la globalización del fracaso de Occidente) conforman los escalones de su patíbulo. Una escalera por la que seguimos ascendiendo, no es que estemos al final de la misma.
Los signos de los tiempos son tozudos. Tras la URSS, Occidente que sólo ha logrado generar ideología estadounidense con elementos de cultura popular tan potentes como el Ratón Micky, las zapatillas Nike, los productos Microsoft o los restaurante de comida-basura Burger King. Las artes entran en barrena. Sólo se puede generar un producto menor, irracionalista y tan peligroso como un mono con navaja: la Postmodernidad. Parida por intelectuales pretenciosos norteamericanos y frustrados intelectuales europeos, es la mejor demostración de la vacuidad del pensamiento actual y de las artes que en dicho caldo se cuecen.
Hablamos, pues, de un espacio cultural póstumo para un arte vacío y comercializado, un pensamiento esclerótico, impotente para generar ideas, fútil, insuficiente, insatisfactorio para las personas e inconsistente para la estética, incapaz de superar lo habido antes de la Primera Guerra Mundial, ni siquiera lo previo a la Segunda. Como en la figura alegórica clásica, este periodo que vivimos resulta un tiempo de enanos sentados en el hombro de un gigante… un gigante que agoniza.
(3) Este último periodo crítico, en cierta forma gramsciano, pues lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo de morir; en cierta forma marxista, pues cuanto vemos a nuestro alrededor es incierto, vaporoso… a mí, personalmente, me despierta mucho recelo respecto a la capacidad de creación que tiene. Es cierto que existen gloriosas excepciones. En los tiempos crepusculares siempre se alumbran las últimas teas que destacan en la mediocridad del fatum. Hoy, como nunca, de Occidente ha brotado tanta cultura, sí, y nunca hubo tanta materia deleznable, prescindible. Brillan las últimas antorchas, sí, pero eso es lo insólito, lo que escapa a la regla. Occidente, se venda los ojos, niega las evidencias y, con el cartelito de “experimental” se lanza a reiterar lo ya creado o a inventar caminos a ninguna parte, experimentos estériles, productos abortados, proyectos absurdos… tutto vanità. Ya no se generan presencias reales en la vida de las personas, si acaso, imposturas intelectuales. Ya no impulsa la inteligencia. Ya no crea razón.
¿A qué viene todo esto?, a fijarnos, desde esa perspectiva, en los signos de los tiempos en nuestra cultura cotidiana. Cuando pienso que nuestra música clásica, la danza, la arquitectura, el teatro, la literatura… ya no dan más de si, no lo expreso de una forma tremendista, ni pesimista. No lo vivo desde el milenarismo, ni en mis palabras ni en mi propósito hay terribilità, sencillamente, tengo la conciencia serena de que Occidente se acaba como concluye toda obra humana. Nuestro ciclo dominante, nuestra capacidad directora, con sus aciertos, errores, frustraciones, alegrías, insuficiencias y herencia se apaga como una vela cuando ya no le queda apenas cera para quemar. Es nuestra penumbra. El sueño de nuestra razón. Como diría Kavafis, vivimos esperando la llegada de los bárbaros. Somos sabedores que nuestro Imperio ya es sólo su ruina, su fachada, su decorado. Están al llegar, hoy no, tal vez mañana, incertidumbre en el día, certeza en su arribada, los bárbaros llegarán. Sabedores también que los muros apuntalados de nuestra cultura ya sólo albergan perillanes, botarates, mercachifles, sinvergüenzas, comerciantes y críticos de arte… fabricantes de irracionalidad, de monstruos.
¿Por qué iba a escapar la poesía a ese sino terminal? Por más sublime que se vea a si misma, la poesía no es más que otra obra humana dependiente de su medio sociocultural. Mi interés por la poesía, así, va languideciendo, hasta desaparecer, conforme avanza el siglo XX. Tras un primer tercio, una primera mitad si quieres, brillantísima, una auténtica súper nova, tan deslumbrante como exponente de una estrella que muere, lo que sigue, no me interesa. La herencia de la segunda mitad del XX es una estrella muerta, negra, silenciosa e insoportable. También se vuelve simulacro, farsa. La que alcanza el siglo XXI, peor. Pervierte su propio fundamento, la rima, y une su destino al de la música “clásica” contemporánea cuando del ritmo se trata. Una estructura inarmónica desacreditada socialmente que, encima, se vanagloria de su “deconstrucción” como si ello fuera un valor añadido al engendro poético. ¿Qué mejor certificado de defunción?… todo es nada… apariencias… presunciones…
No obstante, conocí a Miguel en el blog. O, mejor, reconocí a Miguel en el blog. Paradojas de la vida, milagros y prodigios de nuestro mundo casual (que no causal) ese Miguel Veyrat no era un desconocido para mí. Oh, no, no lo conocía ni como poeta, ni como traductor, ni siquiera como periodista, para mí, fue mucho más que todo eso, era una parte de mi pasado, casi, casi un miembro de mi familia al que nunca había conocido. Un héroe televisivo para mi abuelo, un compañero en los revueltos tiempos del tardofranquismo, un pequeño mito familiar por el que supe de la existencia de Voltaire (mi abuelo lo definía machaconamente como volteriano) o que el mundo no era el que veía sino el que se ocultaba tras aquella falsa realidad de los medios franquistas cuando daba sus crónicas desde París.
Ya sé que no es muy serio lo que te voy a decir pero me negaba a creer que Miguel, “mi” Miguel, fuera un mastuerzo de los que esperaban a los bárbaros cometiendo tropelías e imposturas. Y es que, a la desconfianza abstracta y general sobre la cultura occidental, de la que te hablaba más arriba, aplicaba una constancia concreta de hechos palpables. No eran especulaciones mías, es que lo que la postmodernidad – e incluso la anti-postmodernidad – ofrecía como críptico no era mas que un camelo, lo abstruso se limitaba a lo confuso, lo abstracto, a lo inconcreto y lo elevado, sólo a lo inflado. Lo dicho, el producto de un zote. Miguel no podía ser eso.
Y así lo comencé a leerlo. Llevaba la balanza de Anubis en mi mano, en uno de sus platillos todos mis juicios racionales sobre la cultura contemporánea, en el otro, mi irracionalidad suelta, mi intuición, repitiéndome que Miguel bien podía ser (sólo podía ser) un hiperbóreo, uno de los últimos hiperbóreos nietzchianos que, confundido en la maraña del mercantilismo, la fatuidad pública y el engaño intelectual de nuestros días, conservaba la integridad filosófica aún en el final de nuestros tiempos. Con semejante bagaje me adentré en él.
Me apresuro a decirte que, en absoluto me defraudó. Es cierto, no hay rima en su obra y su ritmo es quebrado, o sea, lo que te decía más arriba que abomino… pero… y ahí comienza la diferencia substancial de Miguel… si seguimos con el símil de la poesía contemporánea con su música coetánea, en Miguel no encontrarás la pretenciosidad vacua de los músicos que se llaman a si mismos “cultos” o “clásicos”, esos que interpretan polifonías asonantes, inarmonía y ruidos que nos quieren hacer pasar por música, vestidos, eso sí, con cuello cerrado y de Hugo Boss. En Miguel encontraré la voz quebrada del saxo en un obscuro club de jazz; tal vez en un recinto muy pequeño, lleno de humo, lleno de gente… de gente sin pajarita en la garganta, gente quebrada, como el jazz, como su poesía. Y cuando comencé a sentir eso, adentrarme en su poesía comienza a serme más fácil pues mis prevenciones disminuyeron y, relajado, sus palabras, sus ideas, comenzaron a fluir más fácilmente en mí. No sabes lo mal que me supo no escucharlo en vivo cuando estuvo en València, estoy seguro que su voz no diferiría demasiado de la de Tom Waits, al menos en su cadencia y profundidad.
Si me sigo adentrando en su obra. Vista y admitida su ausencia de rima y su ritmo quebrado… mmm… quebrado, sí, pero no por eso roto en un sentido violento, en ningún caso, como la línea recta, artificial, interrumpida de la poesía actual, quebrado como retorcido, como una rama, como una raíz, como un tronco, como algo orgánico, humano. Perdón, me voy, decía que sin rima y con un ritmo orgánico hemos de llegar a la misma estructura de su obra… y el peligro latente de la “decontrucción” como fórmula “moderna” de presentación. Miguel lo resuelve de una manera magnífica: manda a la papelera de las estupideces tan desabrido concepto y, sencillamente, no crea estructura, pasa por completo de ella. Propone al lector una lectura laberíntica. Recupera el pensamiento complejo implícito de los clásicos en la figura del laberinto y convierte cada libro suyo en uno. Así el lector, cuando entra, puede hacerlo como Teseo, Dédalo o Ícaro, ese es su poder, un privilegio que muy pocos poetas permiten, camina por sus poemas entre la esperanza por descubrir una vía viable – valga la redundancia – y el temor a tropezar con el minotauro, con el monstruo, con la sinrazón. Miguel, pues, se me hacía cada vez más próximo, su obra era tan compleja como la corteza de un árbol o como el diseño del microcircuito impreso de un chip y eso es de agradecer en este tiempo de poesía pulida y cromada.
¿Pero… no olvido algo de las formas?… Sí, su propia base, el elemento substancial con el que se construyó ese laberinto orgánico, las palabras. ¡Por fin pude leer a un poeta coetáneo que utilizara más de media docena de conceptos! Por fin las palabras se engarzaban en conceptos tras los cuales había ideas, se acabaron los conceptos postmodernos, huecos por definición. Palabras, palabras, palabras… por fin palabras con significado, palabras con fundamento, palabras para decir algo, para expresar alguna cosa, para extirparse dolor-amor del alma y construir con ellas ese laberinto. Palabras como las dichas en los templos de Sumer, en ágoras y foros del Mediterráneo, en las carabelas ibéricas transoceánicas, en las fábricas de Manchester, en los frentes de combate de las guerras mundiales. Palabras vivas, conceptos vivos, poesía viva con formas orgánicas, serpenteantes, ricas… sí, Miguel presentaba con fuerza sus credenciales de hiperbóreo… Y a mi me entusiasmaba.
Faltaba apreciar si su ser volteriano reverberaba dentro de semejantes formas.
En este capítulo de contenidos, ay, cada vez nos adentramos más en lo subjetivo, en la intuición propia, en la percepción irracional de nuestro cerebro. Tenemos menos asideros, menos argumentos con los que defender nuestra opinión… ¡claro!… es que nos adentramos en la república de la poesía pura, más allá de lo formal y ahí nuestros valores palidecen y callan ante los poemas.
Honradamente, no sé ni por donde comenzar, precisamente por esa variedad laberíntica de su obra. Lo dejo al albur de los Dioses Inmortales y te lanzo mis opiniones con el mismo (des)orden del laberinto.
Miguel y lo que dice. Creo que hay otro elemento que diferencia y magnifica a Miguel de los poetastros actuales. Estos son unos plomos. Unos parecen unos desdichados psicóticos practicando alguna terapia escrita para aclarar sus problemas mentales, otros son engolados representantes de la pretenciosidad más falsa, fatua, engolada, incluso ridícula que uno pueda imaginar. Mientras en ellos leemos lo egocéntrico, lo psicoanalítico, lo personal y lo carente de interés – salvo que se sea un cotilla –, Miguel nos habla desde si, no de si, y lo hace con ideas universales que lo conmueven a él, como puede conmoverse cualquier ser humano. Nos libra de las aburridísimas disquisiciones de aquellos mendrugos preocupados por su ombligo… y maldita sea el interés que tiene su ombligo para nadie… y nos propone visiones humanas. Como en el principio hermético de “como es arriba, es abajo”, Miguel facilita al lector el viaje de lo personal a lo universal y viceversa a través de su poesía.
¿Miguel, pretencioso, pedante? Es fácil para un intelectualillo de tres al cuarto hacer una lectura así de su obra. Y, fíjate qué paradójico, precisamente la facilidad del tránsito del plano personal, íntimo, al otro universal, público, demuestra su sencillez. No hay en él pretenciosidad, es la sinceridad de la inteligencia, un bien escaso, este, que no siempre se sabe evaluar con justicia cuando el inteligente – el sabio, y Miguel presenta esas características de conocimiento acumulado y de taumaturgia devenida de ello – hace uso de ella abiertamente.
Por eso tampoco es un pedante, no se aprecia engreimiento en su inteligencia, ni retuerce los textos para hacer un alarde de erudición, sencillamente, aplica en su poesía los elementos que considera oportunos de su universo mental. Lo que ocurre es que éste es muy amplio y, por consiguiente, muy bien dotado de recursos, algo que, por fuerza, han de envidiar los cerebros pequeños y las almas simples, frustradas por sus limitaciones… en fin, lo cotidiano y abundante en la cultura crepuscular.
Miguel, desde esa perspectiva, lejos de ser un clérigo en su púlpito clamando en una lengua que nadie entiende pero que, en su ignorancia, todos admiran, es un intelectual que con su obra impele al conocimiento, provoca las ganas de conocer, empuja a saber, fomenta la razón, la crítica, el conocimiento del uno en si y en su proyección cósmica. Y eso duele.
Lo abstruso de Miguel. A esas alturas, podía encontrar en Miguel mucha materia de mis entretenimientos: mitos y leyendas clásicos, filosofía sin contaminar de cristianismo, mecánica quántica… y así me di cuenta que contaba con una ventaja que otros lectores no tenían… sabía cuando hablaba de incertidumbres que se refería al Principio de Heisemberg, no a una especulación espiritual; donde otros leían metafísica – y en ella se perdían – yo percibía el mundo subatómico de la física quántica; las alusiones al viaje de Gilgamesh, la épica clásica, las visiones isíacas de la Luna… Por algún extraño misterio, nuestros gustos, aficiones y manías habían venido a coincidir en una proporción sorprendentemente grande, toda vez que nunca nos hemos visto, ni siquiera hablado, directamente. Lo cual se traduce en que, sin haberlo pretendido, tenía en mi poder un buen montón de claves para discurrir por su laberinto, para mí, nada abstruso.
Lo que no entiendo de Miguel. Sin embargo, también hay claves de Miguel que no me cuadran. Eso, lejos de resultarme incómodo, al revés, actuaron como esa palanca que apoya el conocimiento. Con lo que no entiendo me fuerzo para querer saber más, porque sé que tras sus poemas, sus imágenes, sus palabras, hay algo más que sólo conceptos.
Tal vez lo más acuciante para mí sea el fuego y todo su campo semántico: la llama, el incendiario, quemar, lucir… ¿Es el fuego de Heráclito, fundamento de todo, alma de todo, inquietud abrasadora permanente, o es el de la hoguera de Platón en la puerta de su cueva, el deformador de la realidad, el creador de sombras, de incertidumbres? ¿Hablamos del fuego como vida, como furia, como tea de la razón y la rabia por la estupidez? ¿hablamos del fuego domesticado, constructivo, cauterizador? Aquí mis lecturas tuvieron que ir y venir, encontrar trazos por acá y por allá, pensar y repensar, interpretar, soñar… bueno, al final, sin entenderlo, disfrutar.
Lo que no comparto de Miguel.
Intermezzo
Acabo de darme cuenta de la hora que es, del rollo que te estoy soltando y de que acabo de llegar al capítulo… ¡¡¡¡al que quería dedicar más espacio!!!!
Perdona, por favor, perdona porque no era mi intención soltarte semejante filípica. Resuelvo esto por la vía rápida y te dejo en paz. Palabra.
La obra de Miguel también tiene para mí aspectos – y no menores – que no comparto. Te los esbocé en mi participación el blog de Justo y ahora, vistas las circunstancias, apenas te lo podré desarrollar un poco más.
En el colmo de lo sucinto te diré que los tres elementos de mi mayor discrepancia con él residen en las figuras de la niebla, el naufragio y la muerte. No, no es eso. No puede serlo. Me estira con fuerza el pensamiento cínico griego – el cínico real, no su reinterpretación platónico-cristiana –el epicúreo romano, el hedonista universal, la luz de la razón, la ilustración, la vida, el Mediterráneo… ¡hasta la paella tira de mí cuando me enfrento a esos tres conceptos!, así que frente a su planteamiento decadente, prefiero, respectivamente, el Sol, la navegación y la vida.
Aquí, Miguel se recubre con una toga que no creo que sea la suya. Si naces en València y tienes sangre saboyana no puedes mirar el paisaje desde la umbría. Vamos, para mí es incomprensible que se deje atrapar por los sfumatos y los pentimentos de la vida. Ese no es mi Voltaire personal (ni el de mi abuelo). Me desconcierta su mirada al abismo cuando sabe, por Nietzsche, que el abismo lo mirará a él. Un ser de razón, de luz, ha de portar en su antorcha la alegría, el humor, la lucha, la sonrisa, el puño cerrado, la acción, la intuición, hasta la magia… No puede cubrir Babilonia de resignación, no puede secar el Nilo, ni vaciar los templos de los Dioses Inmortales, no puede pedir morir para evitar la muerte porque la muerte es vida… ¡es vida!
En fin, pero esto ya es una visión personal mía que no tiene mayor interés, el interés está en el poeta – afortunado mortal que puede portar tal nombre – y en una obra más que abstrusa, enigmática, sobre todo humana, inteligente y generadora de inteligencia, satisfactoria, afortunadamente laberíntica y orgánica, escrita con palabras, cerebro y alma.
Acabo.
La obra, pues, aun con mis disidencias, me gustó y, stricto sensu, en realidad, a pesar de tenerla toda leída, no la he concluido. Es más, sospecho que jamás la acabaré. El bendito laberinto en el que nos adentra tiene demasiadas dobleces, recovecos, alternativas, perspectivas, renuncias, propuestas, ideas, irritaciones, furia, como para disponer de tiempo suficiente en esta vida para agotarlo. Ya te dije, es un poeta.
Por último, recordarte que, como dije en el blog, este texto se lo pasaré a Miguel que tenía interés por leer mi opinión sobre su obra (¡insensato!). Doy por sentado que, compartiendo la amistad-e los tres no te ofrecerá inconveniente alguno.
Te dejo ya, Fuca. Lamento una vez más la perorata que te he lanzado pero, ya ves, me pongo a escribir y se me va el tiempo sin darme cuenta. Espero que seas clemente conmigo, al fin y al cabo, sólo es mi opinión.
Ahora, vuelvo a ponerme la máscara.
Señora mía, Dama Galaica, doña Francisca (Fuca para el universo mundo), ríndome enteramente a sus pies de usted, cual devoto admirador suyo que soy. Para cualquier contingencia, quedo a su entera disposición. No dude en reclamarme si acaso me precisare que, presto, me pondré a servicio.
Suyo afectísimo en la solidaridad internacional de los pueblos ibéricos,
Manel Cantarell i Recatalà, vulgo Kant, ciudadano valenciano de nación catalana.
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03.30.08
Posted in Muerte, Escribir, La felicidad de leer at 10:57 por jserna
La autobiografía es una tarea difícil. La memoria personal nos confiere identidad, atribuyendo sucesión a lo que es fragmentario e instantáneo: al memorizar establecemos un hilo entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Para sobrevivir, para no enloquecer, nos aferramos a aquello que recordamos porque es la manera de darnos estabilidad, fijeza, duración: el modo de retrasar lo inevitable, ese tránsito que nos lleva viajando hacia nuestra desaparición. Necesitamos la certidumbre y la reminiscencia de lo que permanece, al final sólo arraigo perecedero, caduco: una empresa a la postre fracasada.
Acabo de leer la nueva recopilación de Aforismos, de Juan Ramón Jiménez, editada por Andrés Trapiello para La Veleta (Granada). Desde que descubrí a JRJ, cuando yo sólo era un jovencito, admiro su escritura. No sólo por su Platero, tan vilipendiado y envidiado, sino por sus aforismos, por su prosa. Recuerdo aquel exergo con el que Ray Bradbury encabezaba Fahrenheit 451: era una instrucción de Juan Ramón: “Si os dan papel pautado / escribid por el otro lado”. O, como puede leerse en este volumen de aforismos: “Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho”. Es un consejo rebelde, una instrucción contra el asentimiento, contra la anuencia. O, si se quiere, es un programa que postula una existencia contradictoria e intensa, libre y fracasada, merecedora de ser disfrutada o padecida, casi un pronunciamiento contra la docilidad y la memoria: justamente aquello a lo que hoy nos aferramos para conjurar los desconciertos del presente. Un plan como el que pregonaba el exergo de Bradbury sigue estando de actualidad, como de actualidad está también la peripecia del Nobel con que se galardonó a Juan Ramón.
El libro de los aforismos que ahora leo es de tacto deliciosamente antiguo, de presentación anacrónica en tiempos de vértigo impresor, adocenado. Con los aforismos podrían rastrearse las peripecias reales y soñadas de JRJ entre 1897 y 1954, aquella existencia que él quiso plasmar en la obra. Su vida interesante, estética, orgullosa y lamentable podría exhumarse, en efecto, con esos documentos indirectos. “Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto”, dice Juan Ramón en uno de sus pensamientos. Estos aforismos son, en efecto, documentos indirectos que simultáneamente testimonian y recrean el impulso creador que se distancia de la existencia ordinaria. Es poesía en prosa que se hace en el acto mismo de anotar. “El arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida”. Son también pensamientos depurados que archivan intuiciones de dicha existencia, intuiciones aparentemente simples que trabajan la forma hasta hacerla desaparecer. Presuntamente, claro: porque “la forma, para que no exista, para que no se sienta, para que no se crea en ella, ha de ser tan perfecta, que no exista”. Son dicciones que compendian de modo aparentemente inaudito: “hay que decir de tal modo, que aunque otro, otros, infinitos lo hayan dicho antes, parezca que lo han dicho antes uno”.
Pero no al precio de la originalidad impostada, del verbalismo, del petardeo: por eso, para JRJ, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna se precipitan y se arruinan. “¡Qué bien dice siempre sus siete primeras palabras! Luego, como en la muerte de Jesús, vienen las tinieblas, el terremoto, las conjunciones astrales, el eclipse total”. Anotar no es brillar: es padecer al comprobar que cada registro es una desazón, una desazón que “consiste en que, cada instante, quiero vivir toda mi vida”. No un instante tras otro, no una sucesión de momentos, sino una multiplicación simultánea de vivencias extremas, al modo de Nietzsche: “tenerlo todo; pero con esfuerzo”. Ese anhelo es cosa que contraría la necesidad de perseverar, la continuidad que nos da la memoria. Tampoco la poesía es sucesiva, “sino sentimiento, pensamiento y acento”, una empresa que se reanuda cada vez, pues “el poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma distinto”. Sin impostación, sin forzada originalidad. “Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo toda la poesía”. De ahí que pueda decirse que “el pasado es falso porque no vive más que en la memoria…”, admite JRJ.
En efecto, un documento no es el hecho, sino su huella, su abreviatura, el mero indicio, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso nos valemos los lectores de este libro de aforismos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado sin su contexto. Es como si todos tuviéramos “la misma edad, la del mundo”, sin esos conocimientos críticos que tantas veces secan, agostan. ¿Recuerdan Schopenhauer como educador, de Nietzsche? Allí, el filósofo se oponía a la filología profesoral. Así he querido leer este prontuario de sentencias, como si la empresa del sentido la consumara ignorando las circunstancias que rodearon la escritura del aforismo. Como en un poema, no es estrictamente necesario documentar el contexto de su elaboración para captar las resonancias imprevistas que esas palabras nos provocan. Puede hacerse, con maestría incluso, pero no es imprescindible para el lector común. “Lo importante no es, señores filólogos, que tal poema haya sido escrito en tal época ni en cuales circunstancias, no de esta manera o la otra; porque el arte no es historia”, ni vida sucesiva. Yo, historiador, no siempre puedo cumplir este modo asilvestrado de leer, pero hoy me lo he querido consentir. Accedo a los aforismos de JRJ como si ingresara en una autobiografía fragmentaria, como si tradujera un documento escrito en lengua extranjera: un manuscrito incompleto, elíptico, con incoherencias, con enmiendas, con reiteraciones, con comentarios oscuros.
Disfrútenlo.

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07.09.07
Posted in Escribir, Comunicación at 8:51 por jserna

1. Lecturas indigestas… El azar ha querido que después de releer Cien años de soledad cayera en mis manos una obra escasa y escandalosa a la que hincarle el ojo. O, mejor dicho, siempre que me doy un festín glotón con lecturas edificantes y copiosas, me suelo imponer una dieta de libros innecesarios, prescindibles pero no por ello aburridos. Leo la recomendación que, a este propósito, nos da Manuel Rodríguez Rivero en Abcd (el suplemento cultural de Abc): ”Se pregunta atinadamente el filósofo Miguel Morey (Pequeñas doctrinas de la soledad, Sextopiso) si vale la pena leer una sola vez un libro que no merece ser leído dos veces. Yo, con los años, he resuelto el dilema de modo ambiguo: no, si leyera sólo para mí; sí, en el caso de desdoblarme en crítico o comentarista de lo que se publica, qué remedio. Y, además, uno nunca sabe qué libro merece ser leído dos veces hasta que no lo ha hecho una primera. Y entonces ya es demasiado tarde”.
Convengo con Miguel Morey y con Rodríguez Rivero en que no todo libro merece ser leído dos veces, pero eso no significa que sólo sea válida la dieta de la excelencia, que por principio parece irrepetible. De vez en cuando hay que comer en un fast food o deleitarse con tapas o con raciones disfrutando de la modesta gastronomía. Igual que algunas veces hay que comer torpes platos para contrastar, para no olvidar lo que es la mala cocina, lo que es la pésima elaboración. Por analogía al fast food, algunos lo llaman el género de los libros-basura. Yo sería más preciso y rotularía esos volúmenes como obras de lectura rápida: rápidamente confeccionados, como una hamburguesa monda y lironda, podemos zampárnoslos en un santiamén. Hay que evitar –eso sí– que nos intoxiquen, que nos sienten mal o, en el peor de los casos, que acaben pervitiéndonos…
He leído en pocos días 100 personajes que hunden España, de Curri Valenzuela. No les recomiendo su lectura: puede producir malas digestiones, dada la mezcla de ingredientes sin criterio (de un lado, los buenos; del otro, los malos…); puede dañar el metabolismo a consecuencia del descuido de su prosa, con tropezones indigestos (entre otros, el persistente uso del verbo cesar como si de un transitivo se tratara); puede provocar intoxicación, en fin… Se subtitula De Zapatero a los hombres que visten de negro. La autora es una periodista de largo recorrido que ha ido a parar a Telemadrid, cadena en la que dirige Alto y Claro, un debate político. Sólo ha escrito un libro: éste. Yo he querido rendirle homenaje a quien ha realizado tan ímprobo esfuerzo y, por eso, lo he leído. No comprendo por qué no había escrito ningún libro hasta la fecha si su experiencia de reportera empieza en los años setenta. ¿No tenía nada que decir? Pero comprendo menos que, una vez decidida, haya escrito este plato tan descuidado. Uno no está varias décadas acumulando experiencias para después perpetrar unas páginas tan anémicas y nocivas.
La verdad es que el libro resulta estomagante, indigesto y ni siquiera es involuntariamente divertido (como los volúmenes de Jiménez Losantos o de Ignacio Villa). Es un repertorio de tapas…, digo de viñetas: rápidos esbozos de cien personajes que, a juicio de la autora, hunden España. Si hacen tal cosa, entonces es que son explícita o implícitamente antiespañoles: gentes dedicadas a destruir el país. Imaginemos que eso sea cierto –digo: imaginemos que haya gente expresamente dedicada a hundir España–, entonces el volumen debería establecer una jerarquía del mal, ¿no es cierto? No es lo mismo quien hunde su país por ser atolondrado e irreflexivo que quien lo hunde por antipatriotismo convicto y confeso. Uno de los problemas de Curri Valenzuela es que no establece ni la jerarquía ni la graduación ni el criterio del antipatriotismo, cosa que le da un sentido completamente arbitrario a su lista. En ella caben desde Rodríguez Zapatero hasta Manolo Escobar, desde Los del Río hasta Josu Ternera. Podría reproducirles pasajes absolutamente banales de esas viñetas, pero me costaría un esfuerzo suplementario. Ya he hecho bastante: no les pido que compren el volumen. Porque, en efecto, no se puede comprar un libro en el que la autora dice: “por último, he intentado retratar brevemente a estos 100 personajes que creo que están tratando de hundir España sin amargura y sin acritud. Porque ése no es mi estilo. Y porque sé que por cada uno de estos cien hay otros cien personajes que todos los días trabajan para salvar a España. Pienso que soy uno de ellos. Y espero que todos nosotros ganemos al final. Somos más y mejores y, además, nos lo merecemos. España es un gran país”.
Así es: no puedes comprar un libro cuyo prólogo acaba de ese modo, con esa primera frase tan mal redactada. La ambigüedad del sentido hace creer que los que obran “sin amargura y sin acritud” son quienes hunden España. No se puede recomendar una obra que divide el país entre los que salvan y los que hunden: es sectarismo extremo. No se puede alentar su adquisición, no. Y, sin embargo, el volumen que yo tengo en mis manos va ya por la tercera edición: supongo que las ventas obedecerán al influjo mediático de Telemadrid y también al extremismo verbal que se ha impuesto en ciertos sectores de la España irritada, cuyo poder adquisitivo les permite comprar entera la biblioteca del buen patriota. En todo caso, yo no he comprado el libro. He hecho de lector gorrón, que decía Groucho Marx. En mi querida librería me consienten estas cosas: saben que tengo un gusto pervertido que me hace intoxicarme breve y frecuentemente con lecturas venenosas. Por eso, me administran gratuita y periódicamente mi dosis de tóxico. Si a pesar de mis palabras, ustedes tienen interés en hincarle el diente, hagan como Groucho, ejerzan de lectores gorrones: acudan a unos grandes almacenes y ojéenlo… Después tómense bicarbonato.
————–
2. Lecturas bien aprovechables (11 de julio de 2007):
Ralf Dahrendorf, Premio Príncipe de Asturias.
-La crónica de Efe en Levante-EMV y en El País.
-Mi primer artículo en Levante-EMV fue sobre Ralf Dahrendorf…
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03.06.07
Posted in Escribir, La felicidad de leer at 9:22 por jserna

Una amable comunicante –cuya identidad sí revelaré: Concha Ridaura– me pregunta por correo electrónico cómo leo los libros que digo leer, cómo hago para extraerles partido, insiste. ¿Haces resúmenes, fichas, vocabulario?, me interroga. Por otra parte, Nicolás Quiroga –que viene preguntándose sobre la influencia, sobre esos autores o libros que, de verdad, nos conmocionan– alude en su blog a mis derivaciones y a mis conexiones bibliográficas. ¿Qué cosa nos lleva a otra? ¿Por qué pasamos de este a aquel libro? Podríamos reconstruir la biografía de un lector enumerando sus lecturas, pero sobre todo examinando sus subrayados, sus anotaciones, las interpelaciones con que se dirige al autor. Lo toma como un interlocutor y, por ello, le enmienda, le corrige o le aprueba.
Cuenta André Maurois en su introducción a Aproximations, de Charles du Bois, que éste llevaba siempre, en el bolsillo interior de su traje, docenas y docenas de lápices increíblemente afilados. Se le veía en Pontigny anotar libro tras libro utilizando uno de aquellos lapiceros de punta muy fina, subrayando con minucia y lentitud páginas enteras. Sin haberlo pretendido, yo empecé haciendo algo parecido. Ahora, puedo tener en casa, a mi disposición, docenas y docenas de lápices. Pero, a diferencia de Du Bois, mis carboncillos tienen las puntas romas o gastadas. Más aún, esos lápices pronto desaparecen extraviados por mis hijos, para quienes son un bien muy preciado que ellos atesoran en rincones particulares o inaccesibles…
Un día, Roger Chartier, viendo un libro de Pierre Bourdieu que yo tenía mientras hablábamos, quedó muy sorprendido: le parecía curioso que los márgenes de ese volumen estuvieran llenos de anotaciones mías, de exclamaciones, de subrayados, de desarrollos, de desmentidos. Inservible, pues. Procuro hacer lo mismo que Charles du Bois, pero ahora con una diferencia que los años y mis hijos me han enseñado: a falta de lápices, subrayo con bolígrafo o con rotulador, con crudeza, toscamente, como si dichas palabras fueran incisiones que le hiciera al papel…, todo hasta dejar inutilizable el ejemplar. Años después, cuando yo mismo regrese a ese volumen, probablemente deberé adquirir otro. No importa: quiero que la relectura sea, en el fondo, una lectura original. Yo ya no soy el mismo; el libro tampoco. Lo que leí después de esa primera visita me ha cambiado: como ha cambiado lo que el volumen me puede decir ahora.
Leo y escribo, alegrándome (a veces angustiándome) por la larga lista de libros que aún tengo en espera, en mi mesilla de noche, en el suelo, en el escritorio de mi despacho, aquí y allá, sin saber cuál será el volumen próximo que abra. Forman torres inestables y oscilantes… No idealizo lo que hago: describo cómo me comporto, buscando provecho, haciéndome notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados u detestados autores me proporcionan. Durante años llevé unas libretas de tapas rojas, cosidas, en cuarto, con páginas cuadriculadas, en las que registraba lo que leía. A veces eran resúmenes, a veces objeciones, pero, eso sí, siempre mostraban la reacción que la página impresa me producía. Hoy ya no lo hago aunque quizá vuelva a obligarme, tal vez como homenaje a mi padre, tan ordenado en sus cuadernos, fichas, registros. Él lo viene haciendo desde 1973; yo, más inconstante, sólo he aguantado unos diez años. Mientras él se atiene a unos criterios inmodificables y computables (valoración, calificación, fecha de inicio y conclusión, etcétera), yo me dejo llevar por la lectura errabunda y por la anotación caprichosa. En fin. Esos apuntes que voy dejando en los márgenes o en cuartillas o antes en libretas, que tanto se asemejan a la tarea escolar, podrían ser los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente como alumno desordenado, como un lector que observa, que quiere crecer y madurar.
Si sigo leyendo, pero sobre todo si sigo anotando y emborronando mis libros, es que aún no he logrado gran cosa.
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02.28.07
Posted in Entrevistas, Escribir, Comunicación at 9:20 por jserna
Entrevista a Justo Serna
Por María Canelles
María Canelles: He oído decir que hay que ser trapero del tiempo, es decir, aprovechar cada retal de que podemos disponer en nuestro día a día, aprovechar cada minuto. Usted es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, investigador, escritor, colaborador en el Levante EMV, actualiza casi a diario un blog personal, tiene una página web muy desarrollada… Yo diría que usted es uno de esos traperos del tiempo, ¿cómo se organiza para realizar todas estas tareas?
Justo Serna: Yo creo ser, fundamentalmente, lector. Hace treinta años contaba con todo el tiempo del mundo. Era estudiante de la Facultad y, durante el primer curso, tuvimos meses y meses de huelga. Durante esas semanas de vacación forzada, acostumbraba a perderme en los Jardines de Viveros. Me sentaba en un banco y me pasaba horas leyendo. Aquello fue un hábito, un ejercicio y una disciplina a propósito de lo que ya entonces me gustaba, de lo que quería descubrir y, en definitiva, aprender. Fue allí y en aquella circunstancia cuando me di cuenta de que me interesaban muchas cosas. No sólo la historia -que era lo que estaba estudiando- o no sólo filosofía, que era algo que, en principio, también me gustaba. Había un repertorio muy amplio de temas. Andando el tiempo -justamente hoy- cuento con menos horas para poder leer, pero creo seguir leyendo bastante y lo que escribo en el fondo es un traslado de reflexiones y de lecturas. Tengo la impresión de que he aprendido a administrarme bien el tiempo, básicamente porque hay un cierto bagaje previo, porque una lectura fertiliza a otra y porque creo que, al final, todo se compagina. Otra cosa, además, es la mezcla. Me explico. Me importa mucho –al menos, en este momento– qué contagio se produce entre una y otra lectura, qué secretos o evidentes vasos comunicantes hacen fluir la imaginación de un lado a otro. En el mundo académico estamos obligados a discernir, a no mezclar. Pero a mí me sigue tentando la indisciplina lectora y por eso me pregunto qué me lleva de una referencia a otra, qué me conduce de Karl von Clausewitz a Javier Marías. Y digo eso porque justamente en este momento que usted me entrevista estaba escribiendo algo en el que me dejaba arrastrar por parentescos insólitos y arbitrarios (sin duda): apelaciones de uno a otro, unos breves párrafos en los que partiendo del militar prusiano acabo en el escritor madrileño. En fin, lo dicho: indisciplina lectora.
MC: Usted ha sido colaborador habitual de El País entre 2000 y 2006, y ahora colabora en el Levante EMV. ¿Cómo se da el salto de historiador a colaborador en la sección de opinión?
JS: Bien, yo creo que una cosa en la que no han reflexionado suficientemente los historiadores académicos -los profesores- es la responsabilidad pública que tienen. Cuando digo esto me refiero a las investigaciones que llevan a cabo -que se publican en forma de monografías históricas-, sino a la responsabilidad pública que tienen al crear opinión o al desentenderse de ello. El pasado sigue ejerciendo sobre nosotros una influencia determinante, nuestras imágenes de épocas anteriores siguen todavía afectando a nuestro comportamiento, a lo que somos en la actualidad. De hecho, los medios de comunicación o los políticos, entre otros, desentierran una y otra vez fenómenos de décadas atrás. Entonces, el historiador tiene una responsabilidad grave, gravísima, que no es otra que la de encauzar la opinión a propósito de ese pasado y, por tanto, la evitar tópicos, estereotipos, falsedades. Desde este punto de vista, una manera bastante eficaz de intervenir en la creación de opinión, lógicamente, es a través de las tribunas, columnas de la prensa en donde, de algún modo, uno reflexiona públicamente y en voz alta sobre aspectos de la actualidad pero vistos desde una óptica histórica, desde un enfoque de historiador. De ese modo, se ponen en relación épocas distintas: intentamos ver los parentescos de significado que hay entre los hechos de pasado y los hechos actuales.
MC: ¿Cómo puede uno saber, pues, si se tiene algo que transmitir y decidir (o no) si colaborar en un periódico?
JS: Creo que la actualidad nos da suficientes motivos de preocupación y de reflexión. Sería extraña la semana en que no tuviéramos de qué escribir, en que no tuviéramos de qué hablar. Cualquier semana, cualquier día, en cualquier momento, la actualidad -a través de las cosas más espectaculares y también a partir de los elementos menores, cotidianos - te proporciona motivos de reflexión y, por tanto, elementos de análisis: precisamente para ser más conscientes de tu papel y de tu posición en el mundo, de tu circunstancia como ciudadano. También para hacer más explícita tu manera de conducirte sensata y adecuadamente en un contexto en donde hay mucho estruendo, mucho estrépito, mucho ruido y, por tanto, donde hay que orientarse. Ponerse a escribir es una manera de orientarse y, por tanto, de estructurar lo que puede ser una idea que está flotando. En el momento en que tú la escribes, la idea ya no flota. Se ha expresado y, por tanto, es a lo que llegas y es hasta donde alcanzas. Desde ese punto de vista, considero que las columnas -que suelen ser textos breves- te obligan a sintetizar, a concretar y, por tanto, a abordar un objeto bien determinado: te disciplinan sin dejarte llevar por la tentación de la idea inexpresada.
MC: ¿En qué se basa, entonces, para elegir el tema del que hablar?
JS: Me baso en la sugestión que me produce un determinado tema o problema, me baso en la preocupación que me provoca un determinado hecho o acontecimiento, o me baso en la emoción que me despierta cualquier fenómeno en el que me sienta implicado.
MC: En estos momentos, usted es colaborador habitual del Levante EMV. ¿Se siente a gusto en este periódico?
JS: Me siento muy a gusto, me tratan fenomenalmente bien.
MC: ¿Puede expresar con relativa libertad lo que desea decir o se ha encontrado con alguna ‘barrera’, censurándole el periódico determinados temas?
JS: No, no me han censurado y, no es que me pueda expresar con relativa libertad, sino que me expreso con total libertad. Es decir, no hay ningún tipo de cortapisa, al menos que yo haya percibido. No hay ningún tipo de censura, al menos que yo haya visto. Y el único límite que pueda haber es, en todo caso, la capacidad que tenga uno para tratar adecuadamente los temas o la capacidad que tenga uno de saber expresarse. Porque, más allá de la prensa o de los periódicos, en ocasiones, los que escribimos en medios públicos nos censuramos a nosotros mismos, pero no porque el medio te lo imponga, sino porque crees que debes ser y expresar la cosas de determinada manera. Entonces, puede que haya censura, más bien puede que haya autocensura. No por el medio, sino por el tema que te obliga a ser contenido o por tus propias carencias.
MC: He observado que usted tiene un estilo muy particular, muy formal, con mucho léxico y estructuras complicadas en algunas ocasiones. ¿Dicho estilo se ha ido desarrollando con el paso del tiempo o lo ha creado usted con el propósito de conseguir un determinado perfil como colaborador? Es decir, ¿usted elige su estilo o su estilo le elige a usted?
JS: Creo que el mío es un estilo personal en el sentido de que siempre procuro que haya unas gotas de erudición, un motivo de actualidad, una reflexión literaria, un análisis filosófico o moral -en la medida de mis posibilidades- del hecho que estemos tratando y, también que, en la medida de lo posible, todo eso que se cuenta esté hecho de la mejor manera, de la manera más cuidada. Con ello creo expresar respeto por el lector. Por tanto, el respeto por el lector no pasa por utilizar un lenguaje llano, vulgar o, simplemente, accesible, sino por tratar las cosas con el lenguaje que consideres mejor, el más adecuado al problema que estés abordando. En particular, creo que mi estilo se ha ido creando a lo largo del tiempo, a partir de leer a mis columnistas preferidos, a mis periodistas preferidos, a mis escritores preferidos. Probablemente yo sea un híbrido de todo eso: no siempre mejor, claro.
MC: Alguna vez he leído comentarios de gente criticando su estilo, se ve que complicado para muchos. ¿Qué opina usted de esto?
JS: Es cierto que me han dicho que tengo un estilo plúmbeo, que escribo ladrillos… A otras personas, por el contrario, les gusta lo que escribo y cómo lo escribo. Si se me critica por mis formas -que generalmente suelen ser correctas, en el sentido del tratamiento cuidadoso de las personas y de los hechos- porque éstas producen ladrillos; si es ése el problema, no me importa.
MC: ¿Se ha planteado alguna vez emplear un lenguaje más estándar a raíz de estas críticas?
JS: No, en absoluto. No voy a cambiar mi forma de escribir porque, de hecho, es la única con la que sé expresarme.
MC: He seguido alguna de sus participaciones en bitácoras de compañeros de profesión y he advertido que -supongo que como todo escritor- ha tenido algunos conflictos o disparidad de opiniones con ellos. Esto ha llevado en algunas ocasiones a que usted tuviera que soportar comentarios de muy mal gusto, ya sea por parte de los que discrepaban de su opinión o por parte de internautas aburridos. ¿Cómo soporta estos comentarios hostiles?
JS: En Internet se está dando un fenómeno muy interesante y que, a la vez, entraña una serie de efectos perversos. El fenómeno interesante es el de la democratización de la opinión, es decir, el acceso masivo, universal, de los que antes eran -o éramos- lectores, a la condición de escritores. Cualquiera puede colgar un texto en Internet, cualquiera puede, de alguna manera, expresar un juicio o una reflexión atinada -o no- sobre ciertos hechos, igual que cualquiera puede opinar afinada o desafinadamente sobre lo que otros escriben. Yo he participado, en efecto, en ciertos foros o blogs de Internet, frecuentemente por amistad, por la relación que haya podido tener con el responsable del blog. Durante un año participé muy activamente en el blog de Arcadi Espada, en parte porque él me había invitado a participar, dado que le interesaban mis comentarios a sus propios comentarios. Justamente, en ese blog es donde, probablemente, he recibido las críticas más desaforadas en la forma y en el fondo, por los objetos que trataba y por las apostillas que yo podía hacer. Son críticas que, generalmente, vienen de personas que no firman con nombre y apellidos. Y éste es el posible elemento perverso que se está dando en Internet. El anonimato está bien siempre y cuando no implique agresión o censura al otro, por la razón de que el alias puede proteger la identidad de uno permitiendo expresarse con mayor libertad. Lo que no está nada bien es utilizarlo para agredir e infligir daño verbal a quien se expresa con nombre y apellidos. Creo que es un problema con el que hay que cargar, un lastre que debemos acarrear y no por eso voy a dejar de escribir en Internet.
MC: ¿Esto le afecta a usted personalmente? Es decir, ¿ha recibido en alguna ocasión un comentario que le haya dolido, llegando más allá del ámbito profesional?
JS: Si dijera que me ha afectado, mentiría. Es decir, se han podido decir auténticas barbaridades de mi persona (desde luego, ése no debería ser parte del protocolo o del procedimiento en Internet, pero lo es). De todas formas, si me hubiera afectado, probablemente habría dejado de escribir en Internet. Creo que la crítica, la polémica -incluso la polémica en tonos graves y altisonantes-, el debate intelectual… son elementos necesarios. O lo diré de otro modo: las opiniones no son respetables por el hecho de ser opiniones. Alguien puede expresar un juicio sobre unos hechos y puede que ese juicio sea algo absolutamente detestable que debe ser combatido. Lo que sí hay que mantener siempre es la corrección con las personas. Éstas sí son respetables: no necesariamente las opiniones. Por tanto, que una opinión mía -por ejemplo- sea objeto de crítica y censura dura, durísima, no me parece mal. Otra cosa diferente podría parecerme si arremeten contra mi persona o utilizan en la discusión solamente argumentos ad hominem. Es decir, contra el individuo sin entrar en el fondo del asunto.
MC: ¿Ha cambiado en alguna ocasión su forma de pensar a raíz de uno de estos comentarios?
JS: La verdad es que sí. Por lo menos, me ha hecho pensar más matizadamente, me ha hecho reflexionar de una manera más moderada y… a lo mejor más plúmbea (se ríe). Es decir, si en ocasiones he querido ser audaz diciendo algo, y alguien ha criticado el objeto que estaba abordando porque le parecía que yo lo planteaba mal, creo que me he vuelto mucho más moderado y mucho más reflexivo.
MC: En alguna ocasión incluso se lo ha tomado con humor, ¿no es así?
JS: En efecto. Otro aspecto muy deplorable que hay en Internet, a parte de lo que antes señalaba, es la gravísima irritación con la que parecen vivir muchas personas, el empeño y el agravio con el que tantos parecen expresarse como si todo estuviera a punto de acabar. La verdad es que, salvo unas pocas cosas realmente importantes, las restantes hay que tomarlas con humor, con menor énfasis, con menor gravedad.
MC: Usted ha realizado varias publicaciones junto a Anaclet Pons, ¿cómo se encontró con este “compañero de viaje” o… cómo se toma la decisión de emprender un trabajo de publicaciones junto a otra persona?
JS: La investigación histórica es, generalmente, una tarea que produce unos rendimientos personales muy elevados, desde el punto de vista narcisista. Es decir, uno descubre cosas y se encuentra en el momento del descubrimiento sintiéndose como el primer lector o, al revés, como el último e insospechado lector de un documento antiguo. Esto es extraordinariamente placentero pero, a la vez, la investigación tiene momentos de soledad, momentos en el archivo donde no puedes compartir con nadie lo que estás descubriendo. Justamente, Anaclet Pons y yo evitamos esos tiempos muertos, ese tedio del investigador. Por tener una amistad personal fértil y antigua -y también como colegas- que nos ha producido unos buenos resultados -creo-, no sólo por lo que hayamos publicado, sino también por la estricta relación que entre nosotros se establece, por el esfuerzo personal que ponemos a la hora de interpretar, por la comunicación y el diálogo que establecemos a propósito de lo que vamos descubriendo. Todo esto es posible, básicamente, porque somos amigos desde hace mucho tiempo, nos conocemos desde que éramos niños. Por tanto, se han establecido entre nosotros una serie de sobreentendidos, de acuerdos, de rutinas que facilitan la comunicación y que te permiten disfrutar de las mismas cosas a pesar de tener caracteres muy diversos.
MC: No hace ni un mes que usted y Anaclet Pons publicaron el volumen Diario de un burgués, la primera entrega de la colección “Los libros de la memoria”. En él se describe el nacimiento de la cultura del viaje en el siglo XIX valenciano a través de la visión de un viajero empedernido que realizaba un dietario cada vez que emprendía un desplazamiento que le llevaba fuera de Valencia. ¿Cómo dieron con dicho manuscrito?
JS: Dimos con el manuscrito a través de una referencia secundaria. Alguien lo citaba en algún texto pero sin extraerle todo el provecho. Es decir, era una nota a pie de página donde se aludía a un diario de un viajero junto a la referencia concreta del archivo. Fuimos a consultarlo -por pura curiosidad- y descubrimos lo que sin exagerar podemos llamar un “tesoro documental”, un gran depósito de informaciones de esa Europa del siglo XIX vista a través de la mirada y el enfoque de un burgués. Alguien distinguido, con dinero suficiente como para poder costearse todo tipo de desplazamientos y alguien que, cuando miraba y observaba el mundo, lo hacía como tantos y tantos otros burgueses de su tiempo. En principio, el protagonista no tiene nada de excepcional a la hora de expresarse, a la hora de mirar. Ve y escribe o transcribe el mundo como lo harían otros burgueses y eso es lo que le da encanto particular al texto, interés. Por supuesto, nosotros hemos intentado no sólo transcribir sus ideas, sus reflexiones y sus percepciones, sino también hemos tratado de reconstruir su propio mundo: a qué familia pertenecía, qué relaciones tenía, con quién se casó, cómo fue su descendencia, cómo administró su riqueza, su poder económico, cómo afrontó su quiebra… Todo ese rastreo documental lo hemos tenido que llevar a cabo más allá del manuscrito.
MC: ¿Se enfrentaron con alguna dificultad a la hora de recopilar la información?
JS: No, ninguna dificultad. El documento está en el Archivo Municipal de Valencia y, justamente, ese depósito tiene documentos valiosísimos de varios siglos atrás que están abiertos y son accesibles a los investigadores. Por parte de los facultativos del archivo sólo encontramos facilidades.
MC: Hasta ahora sólo he podido encontrar elogios hacia Diario de un burgués pero ¿han recibido algún tipo de crítica o rechazo hacia esa visión del burgués refinado que sólo observa lo que entiende, lo que comparte y admira, ignorando por completo aquello que le incomoda o que no desea enfrentar?
JS: Los primeros lectores que ha tenido el libro han sido muy generosos con nosotros y han calificado el texto como “magnífico”, “fantástico”, “excelente”… (y no estoy inventando las palabras). En fin, expresiones que son cariñosas y, probablemente, ejemplos de amistad, de relación y de deseo de apoyar o promocionar el libro. Ahora bien, ¿puede venir la crítica de aquello que el volumen no puede proporcionar? Es decir, lo que el viajero no registraba ni anotaba y que, por tanto, no podemos obligarle a decir. Creo que por ahí no va a venir la crítica porque, básicamente, nosotros lo anticipamos y señalamos en el propio libro. Esto es, de alguna manera, una crítica que nosotros le hacemos a él. Sabemos que no va a decirnos lo que no quiere expresar, lo que él, por contención, reserva o prudencia no quiere escribir y, por tanto, de lo privado o de lo estrictamente íntimo habla poquísimo. Los escasos elementos de intimidad que hemos podido incorporar en el libro son fruto de nuestra investigación en otros archivos y con otros documentos, no a partir de su manuscrito. Lo que él no dice de lo que estaba pasando en París o en Londres cuando él frecuentaba esas ciudades lo hemos podido restituir o reconstruir, en parte, con lo que sabemos a partir de otros documentos y otras lecturas. Por tanto, no creo que por ahí nos vengan las críticas al libro. En todo caso, toda crítica es bienvenida.
MC: Para finalizar, ¿hay algo que usted crea que he debido preguntarle y no lo he hecho?
JS: Yo le agradezco profundamente que me haga esta entrevista y agradezco que me plantee las cuestiones que me ha planteado. Únicamente, quería subrayar un aspecto que señalaba al principio y que considero fundamental. El de los géneros de opinión. Digamos que los géneros de opinión, la opinión en sí, está teniendo cada vez mayor crítica en los medios de comunicación porque se supone que hay un exceso de juicio, de interpretación y porque se supone que lo que realmente necesitamos es información. Pues bien, creo que es precisamente lo contrario. Nos sobran noticias, datos, informaciones, es decir, el elemento bruto de la comunicación. Por el contrario, lo que necesitamos cada vez más son criterios con los que orientarnos. Cuando leo a un articulista que ha sabido dar con el aspecto central de un tema, plantearlo en pocos folios y proporcionárselo al lector de la mejor manera posible lo agradezco muchísimo porque me sirve para reflexionar y para encontrar mis propios criterios como lector. Por tanto, creo que los historiadores y profesores deberíamos abandonar de vez en cuando las aulas para intervenir más en los debates públicos. Si no es así, puede haber “mercaderes” -por llamarlos de alguna manera- malintencionados que se ocupen de la opinión o del pasado o de la actualidad y que lo que hagan con el fin de intoxicar, de producir estrépito y, por tanto, de dificultar la comunicación. Desde luego, ser profesor no garantiza nada: pero, cuando estás acostumbrado a dirigirte a los estudiantes, la cautela es un requisito previo, una saludable contención. No hay nada peor que un profesor estridente, adocenado o gritón.
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02.23.07
Posted in Escribir, La felicidad de leer at 14:02 por jserna
1. Uno puede estar mirando algo, puede echar un vistazo a lo que le rodea sin atisbar gran cosa. Es una experiencia por la que todos hemos pasado. Estás ensimismado, como aturdido, tienes los ojos abiertos o entreabiertos sin distinguir gran cosa. Sólo perfiles borrosos, como le ocurría a aquel personaje de Woody Allen (“Mamá, mamá: papá está desenfocado…”). Te abandonas a un duermevela, en estado de vigilia pero con las alertas bajas, con los sentidos torpes y o casi cerrados, y aunque ves –al menos, objetivamente es así–, no obtienes información relevante. Estar semiatento no te proporciona significado o noticia en los que reparar: simplemente te abandonas a un dolce far niente… Hay otros momentos, en que tu percepción visual es atenta; te empeñas, incluso, en ver bien, en sacar provecho de lo que tienes enfrente, algún dato que te permita entender qué pasa. Pero, ah amigo, te faltan recursos, careces de vocabulario con el que designar lo que realmente estás captando y, por tanto, eso que percibes queda en suspenso porque no hay rótulo que lo nombre, porque no hay palabra con que comunicarlo.
Hace muchos años, cuando yo sólo era un joven que leía para ver, para poder ver, recuerdo haber aprendido un dictamen inapelable que después repetiré. Lo encontré en un libro de Eugenio Trías, en uno de sus primeros volúmenes. Teoría de las ideologías (1970) se titulaba. Trías aún era uno de los jóvenes filósofos españoles que estaba cambiando el panorama del pensamiento en nuestro país. Todavía no había experimentado su gran cambio doctrinal, es decir, no había llegado a la filosofía del límite y, por tanto, su cercanía a Nietzsche no era tan palpable como llegaría a serlo después. Teoría de las ideologías era un libro inevitablemente deudor de su tiempo: no he vuelto a releerlo, pero de él recuerdo su empeñoso althusserianismo. Estoy hablando de la segunda mitad de los sesenta, del cierre de aquella década: entonces, Louis Althusser era el filósofo de moda cuyo magisterio llegaba de París y su prosa abstrusa, enérgica y a veces inextricable contagiaba a los lectores hispanos. Era el suyo un marxismo de pretensiones científicas y, desde luego, la epistemología –es decir, la teoría del conocimiento que había detrás de Marx— era su principal preocupación. De Althusser, Eugenio Trías repitió ese dictamen inapelable que tanto me conmocionó siendo joven: ver no es conocer.
No nos importa ahora qué fue el althusserianismo (sobre ello volveremos otro día); lo que nos importa es esa lección aparentemente trivial, pero significativa: el conocimiento no es la mera observación. Esta enseñanza no era un logro de Althusser, tampoco de Trías, pero al leerla yo me tropecé por primera vez con lo que entonces se llamaba la filosofía de la sospecha, una filosofía de la sospecha de la que no sólo Marx habría sido representante, sino también Freud, por ejemplo. Sin embargo, mis carencias de entonces (que sólo he cubierto en parte) me hicieron suponer en principio que dicha aseveración era exclusivamente marxista, ignorando –claro— el papel que en el Ochocientos había tenido el positivismo, desconociendo el peso que el positivismo daba a la observación sistemática, al empeño constante de agotar la contemplación de lo real mirando una y otra vez, con orden y con conexión. Pero no es del positivismo de lo que quiero hablar. Tampoco de Marx expresamente. De lo que quiero tratar es dicha aseveración. Digo esto y me acuerdo de Robinson Crusoe, no sé por qué. Aunque sí, sí lo sé: era el propio Marx quien había tomado muy en serio el mito y la metáfora de Robinson para criticar esa imagen auroral de la vida humana y del conocimiento, aquella según la cual la simple visión de las cosas aclara su significado.
Como saben, nuestro personaje era un náufrago que milagrosamente sobrevivía después de un tempestad furiosa en alta mar. Con casi treinta años llega solo a la isla, exhausto, sin nada de que valerse o, mejor, sí: con los pecios del barco, con los restos que el mar no ha devorado. Comienza para él una etapa durísima, una vida en la que debe rehacer la existencia y la sociedad, aunque sobre todo empieza para él un momento en que debe aprender a mirar. Ve, distingue cosas, pero eso que ve, la mayor parte de lo que percibe, no lo conoce. Ver no es conocer: simplemente porque esos enseres o esas plantas o animales salvajes no formaban parte de su entorno. Ha de iniciar, por tanto, un proceso de reapropiación del mundo que, en su caso, es el pequeño espacio de la isla en la que ha de establecer su cobijo. No basta con echar vistazos a la realidad para después sacar conclusiones; no basta con otear ese entorno para familiarizarse con él. “Era inútil sentarse a esperar lo imposible”, leo en la traducción de Julio Cortázar. Por eso, “la dificultad aguzó mi ingenio”. En efecto, “mi inmediata tarea era la de reconocer el lugar en busca de un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis efectos con toda seguridad. Ignoraba por completo dónde me encontraba. ¿Era el continente o una isla, estaba o no habitado, habría bestias salvajes en los alrededores?”, admite.
Poco a poco se irá adaptando, pero sobre todo irá mirando mejor, con cuidado, examinando lo que le rodea y reconociendo –ahora sí— los parajes hasta los que aventurarse sin peligro. Poco a poco, en fin, irá fabricando: no sólo se valdrá de esos pecios que prodigiosamente ha rescatado, sino que sacará de sí cualidades fabriles que ignoraba. “Nunca había manejado una herramienta en mi vida, pero con tiempo, aplicación y perseverancia descubrí que si hubiera tenido los elementos necesarios habría podido fabricar cuanto me faltaba”, dice. En Robinson vemos al homo faber en esbozo, en estado puro, en estado de naturaleza, diríamos: alguien acabará convertido en tal, en un homo faber neurótico –añadiríamos hoy–, alguien para quien trabajar es un narcótico, una forma de huida. Ya lo sabemos: trabajará incansablemente, con el empeño obsesivo de quien tiene miedo, auténtico pánico ante la simple amenaza de la adversidad y la escasez. Elabora, fabrica, produce un excedente con el que no trafica (¿con quién podría hacerlo?), sino que lo almacena como hormiga previsora. Utensilios e instrumentos que hacen de su entorno un espacio hospitalario. Trabajar es una manera de no pensar demasiado, es un modo de no torturarse: como lo es leer la Biblia o… charlar con Dios en los peores instantes, justo cuando la naturaleza amenaza… “En ningún momento”, añade, “tuve el menor pensamiento religioso, salvo la común imploración: ‘¡Apiádate de mí, Señor!’, y cuando cesó el terremoto también dejé de pronunciarla”. En efecto, bien pronto, siente otra necesidad bien humana: la de dotarse de un interlocutor. Si recuerdan, el monstruo de Frankenstein le exige a Victor, a su creador, una compañera. Por su parte, Robinson comienza a dialogar consigo mismo y con esa Providencia que parece haberlo abandonado. Empieza a llevar un diario personal (algo tan burgués, tan individualista) y a sentirse amo, creador del mundo y del lenguaje. “Podía considerarme dueño y señor de esas tierras, con derechos incontestables, incluso el de legarlas si me parecía bien, al igual que cualquier lord de Inglaterra”, añade. Porque es eso: un propietario que se hace humano y social en el acto mismo de posesionarse de aquellos parajes, de identificarlos y de nombrarlos.
Digo todo esto y experimento una ambivalencia inevitable. Percibo el sentimiento burgués del que somos copartícipes y veo esa tarea de ver y de poner nombre a las cosas que distingues… Recuerdo el primer libro de Antonio Muñoz Molina (El Robinson urbano) y comprendo qué parejas son las experiencias: las primeras colaboraciones periodísticas de este escritor en un diario de Granada tuvieron con hilo conductor la referencia a la novela de Defoe (y a su prolongación en Verne). Un Robinson urbano se adentra en la ciudad, en las ciudades, y trata de explicarse qué ve para así hacerse un entorno acogedor. Hoy, veinticinco años después, doy rotulo por primera vez a mi colaboración semanal de Levante, una colaboración de la que pronto se cumplirán doce meses. La titulo “Lente de contacto”, la etiqueta que identificará mi artículo. Es, por supuesto, una referencia al acto de ver, de ver con dificultad y con prótesis, de leer para conocer, de examinar lo que tienes enfrente sin ser terminante; es una alusión a eso, al contacto. De lo que se trata es de acercar la mirada… La lentilla se pega al ojo y agranda o agiganta lo observado, pero por mucho que me lo proponga tengo dificultades de visión, pues falta, nos falta, el significado: comprender qué nombre y qué sentido hay que darle a las cosas. En eso estoy: tanteando a ciegas, a pesar de la lente (o precisamente por ella). Como Robinson, esa figura tan repetida y tan corriente que se propuso ver sin anteojos…
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2. Artículo de JS en Levante-EMV: La sociedad decente
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02.03.07
Posted in Escribir, Comunicación, La felicidad de leer at 9:38 por jserna
Llevo días sin publicar una nueva entrada en el blog. Algunos amables comunicantes me han escrito para interesarse por la razón. ¿Estás mal? ¿A qué se debe ese silencio? Hay, qué duda cabe, un cierto cansancio (nada grave) y hay, sobre todo, otras escrituras que le roban tiempo al blog. Al final escribo según leo y lo que leo no es todo para la bitácora… De repente, al inicio de la semana he visto cómo se me multiplicaban los trabajos y los compromisos, una condena de galeote que he debido ir cumpliendo con orden, sobreviviendo a la sucesión. Entre otras cosas tenía que entregar mi artículo semanal en Levante-EMV, en este caso una denuncia de la escasez de taxis en Valencia. ¿Un asunto menor? Quienes no vivan en esta ciudad nunca podrán imaginar la dificultad que tenemos sus habitantes para conseguir un vehículo libre justo cuando lo necesitas y a horas, claro, tan intempestivas como las 22:00. Etcétera.
Pero no acaban ahí mis tribulaciones cuando escribía esta misma semana. Debía completar también una reseña sobre Paul Auster para Ojos de Papel. Se trata de la recensión de un libro que ya tiene meses, que está casi un año en el mercado y que, sin embargo, es ahora cuando se me ha pedido que escriba sobre él. Es siempre un placer leer y releer a Auster, aunque en ocasiones le notemos su condición de novelista demiurgo. A veces se le ve la manipulación con que pone y dispone a sus personajes para hacerlos portavoces de sus malestares o esperanzas.
Pero aún tenía más escrituras pendientes. Debía finalizar otra recensión sobre Pierre Bourdieu, un texto sobre su Autoanálisis de un sociólogo y sobre un volumen colectivo acerca de su obra compilado por José Luis Moreno y Francisco Vázquez. ¿Debía finalizar…? Aún no he terminado esa reseña de un autor que me provoca interés y desinterés a un tiempo. Pierre Bourdieu tenía una audacia intelectual indiscutible, supo desentenderse de las corrientes francesas de moda, pero no se sacudió del todo el determinismo sociológico que él había heredado de Émile Durkheim. He de acabar esta reseña, sí. Se la debo a Francisco Vázquez, con agradecimiento.
Por otra parte, he debido contestar a numerosos corresponsales que me han envíado e-mails más o menos urgentes, más o menos ocurrentes. G.M., un amable colega, me escribe para decirme lo siguiente. “Aunque supongo que lo conoces, estoy impactado con el aforismo de Oscar Wilde, que me he tropezado escribiendo los antecedentes historicos de lo que espero sea el esquema de mi próximo libro, dice “Anyboby can make history. Only a great man can write it”. Exagerada como toda frase lapidaria, me parece que merece una reflexión desde un historiador. No he podido resistirme a comentártelo y a pedirte un comentario, aunque sea desde un taxi”. Desde luego, le agradezco a G.M. la broma final, un correo que él me manda el día en que Levante-EMV publicaba mi artículo sobre los taxis. Yo no sabía qué responderle. Creo que intenté salir airoso ante su pregunta sobre el contenido de la forma (sobre el sentido de una frase de Oscar Wilde) yéndome a la forma del contenido. “Estimado G.”, le dije, es“una alegría recibir un correo tuyo. ¡Y encima mencionas a Oscar Wilde! Es, qué duda cabe, un gran narrador, pero sobre todo es un gran ocurrente: creador de aforismos que condensan o enuncian con brevedad algo complejo. De todos modos, aunque las sentencias de Wilde suelen ser acertadas, no te fíes de este hombre de letras… Es un gran prestidigitador. Nada por aquí, nada por allá. Su don de la palabra no le sirve para mentir: le sirve para aparentar precisión donde hay sobre todo ocurrencia existencial, que no es poca cosa. No es mentira, insisto. Es filosofía corriente: como las greguerías de Gómez de la Serna. Sobre los aforismos de Wilde, te recomiendo el capítulo que Umberto Eco le dedica en su libro Sobre la literatura. En cuanto a la frase lapidaria en sí, pues otro día la comentamos… Abrazos, J”.
Pero las reflexiones no acaban ahí. R.L.B., otro amistoso y amable corresponsal, a quien mucho debo, me escribía días atrás para preguntarme precisamente sobre mi reseña de Paul Auster, sobre la distinción entre azar y contingencia en su novela Brooklyn Follies. En concreto, me decía: “Querido J.: Respecto a tu reseña de Brooklyn Follies tenía dos cosas que decirte. El inicio, los dos primeros párrafos, me desconcertaron porque no he sabido distinguir con claridad la diferencia que estableces entre el azar y la contingencia, que siempre he relacionado con los hechos casuales o fortuitos. Intrigado indagué en los diccionarios, pero no he resuelto las dudas. Luego, el resto del texto me pareció espléndido, eso sí, rezumando un cierto pesimismo personal muy tuyo, genuinamente reflexivo y ponderado, justo en el sentido que me trasmitiste en tus e-mails…. Un fuerte abrazo, R.”. En mi contestación, algo confusa tal vez, trataba de responder también a preguntas graves con la mayor brevedad y agradecimiento.
“Querido R., perdona el retraso en contestarte. Mi distinción entre azar y contingencia es de puro sentido común (que es, por otra parte, la acepción que maneja Auster). El azar es la casualidad; en cambio, la contingencia es lo que puede suceder o no suceder. El azar es la pura eventualidad; en cambio, la contingencia es aquella circunstancia en que las cosas aún no están definidas: no dependen tanto del azar, sino de los efectos de composición que provocan nuestra acción o inacción. Yo hago cosas con un fin y éstas se suman a otras que hacen otros. El resultado es incierto, pero no porque haya casualidades, sino porque ignoro qué consecuencias tendrá la suma de mis actos y los de otros. La cualidad de lo contingente así definido (como ves, muy de sentido común) es precisamente lo que se lee una y otra vez en las novelas de Paul Auster. Por otra parte, parece haberte sorprendido la lectura pesimista que yo hago de esta novela cuando lo inmediatamente evidente es la alegría y el optimismo. Más aún, dices que con mi reseña expreso “un cierto pesimismo personal muy tuyo…”
Eso constataba R. refiriéndose al énfasis que yo hacía en la muerte y en la fragilidad, algo presente en Auster y también en casi todo lo que escribo. “¿Pesimismo?”, me preguntaba. “Tal vez, tal vez. La verdad es que no me encuentro anímicamente en mi mejor momento, pero tampoco sé si en el pasado estuve mejor. Es posible que hacia diez años, hacia 1997, yo me encontrara más contento y tranquilo, menos ciclotímico. Ahora, en cambio, con la familia más crecidita y habiendo publicado tanto desde entonces estoy a veces eufórico y a veces harto. De todos modos, no sé cuándo he sido optimista. La constatación de la muerte y de la fragilidad no te hace ser más pesimista, en cualquier caso. Es una lección sorprendentemente tardía de la madurez. ¿Maduro? Pues no sé qué quieres que te diga: me veo comportamientos inmaduros que creía superados. En todo caso, estoy algo cansado. Gracias, R., por tus amables palabras. Abrazos, J.”
Seguimos hablando y hasta gritando para sobrevivir. La contingencia de las palabras, ya ven.
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01.30.07
Posted in Intelectuales, Escribir, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:46 por jserna
Ilustración: Monigote
Días atrás, Antonio Muñoz Molina publicaba un artículo titulado “Estado de delirio”. Era un texto duro, inmisericorde con los vicios adquiridos por la política española. De lo que se trataba era de denunciar la distancia creciente que se está dando entre los asuntos debatidos por la clase política y los intereses ordinarios de la sociedad civil. Apreciaba Muñoz Molina una enajenación cada vez mayor entre los partidos, entidades con inercias propias que les separan de la realidad cotidiana. El delirio –ya lo sabemos– es una dolencia de la psique humana, aquella por la que un individuo deja de ver lo que objetivamente existe, lo que convencionalmente todos vemos. Es probable que muchos de nosotros hayamos tenido la ocasión de tratar con personas delirantes o con individuos que padecen trastornos episódicos (yo, al menos, sí que he tenido la oportunidad de conocer a esas personas). ¿Cuál es la sensación que experimentamos? Que dicha persona se halla en otra dimensión, que se enajena de la realidad, que confunde persistentemente lo quimérico con lo real. No es una impostura, por supuesto: es una patología grave, incluso muy grave, que limita, que imposibilita. No saber qué tienes enfrente, ignorar qué obstáculos son los reales, desconocer cuál es el camino que debes tomar…, todo ello desarbola las capacidades humanas convirtiendo al individuo en una especie de zombi. ¿Se imaginan que nuestros mandatarios fueran zombis? ¿Se imaginan que nuestros representantes, los que deben oponerse al Gobierno, fueran tipos delirantes sin ningún sentido de la realidad?
Para caracterizar el estado de la política española, Antonio Muñoz Molina empleó la voz “delirio”, pero lo hizo en un sentido metafórico. Es decir, he de suponer que nuestro novelista no cree que los representantes españoles sean delirantes en su acepción patológica. No cree que padezcan individualmente confusión mental, alucinaciones, incoherencia, incluso paranoia. Lo que sostiene es que el mundo de la política se aleja del mundo real, que las discusiones de nuestros mandatarios y opositores se distancian de lo ordinario. Lo que diagnostica es una manía o síndrome colectivo: que las descripciones de lo real están desajustadas, desenfocadas (como en aquella película de Woody Allen); que el lenguaje político se ha convertido en un argot cifrado autosuficiente. Comparto el pesimismo de este dictamen, pero no coincido tanto en algunos ejemplos concretos que Muñoz Molina propone, tal vez expuestos de manera hiperbólica. Hay en el artículo de nuestro novelista un descarnado retrato de la vida política que veo muy preciso, pero hay también en su radiografía ciertos aspectos enfáticamente exagerados que le llevan a alguna hipergeneralización. Pero no es eso lo que ahora me preocupa destacar de un autor con el que suelo estar siempre fervorosamente de acuerdo. Me importa más convenir con él en su diagnóstico.
¿Qué es lo que está pasando para que el caos verbal y el encono semántico se hayan adueñado de las relaciones políticas. No lo dice Muñoz Molina exactamente, pero yo me atrevería a señalar que lo que sucede es una guerra mediática de enormes proporciones (y pingües beneficios) que intoxica todo y que hace del bla-bla-bla la materia prima de las audiencias y del interés, sin que audiencia e interés sean paradójicamente el calco de la gente. La gente atiende a lo que los medios le proporcionan e incluso discute sobre ello, pero eso sobre lo que discute no es lo que verdaderamente preocupa en su vida cotidiana. Por ejemplo, debatimos sobre Julián Muñoz con una mezcla de actitudes: escándalo por el enriquecimiento presuntamente delictivo y corrupto y, a la vez, interés morboso por el famoseo. Esto lleva a que lo mediático y lo político se intoxiquen creando una realidad (ahí, sí) delirante. No sé.
Lo que sí sé es que a Muñoz Molina su atrevido, quizá su temerario dictamen, ya le ha valido la descalificación (expresada con sordina) o el desprecio silencioso. He de admitir que su artículo, en el que reparte mandobles a derecha e izquierda, no facilita la adhesión de los seguidores o de los fieles, sino el repudio de aquellos a quienes retrata. Como decía, hay en el texto de Muñoz Molina hipergeneralizaciones con las que no estoy exactamente de acuerdo, pero hay, por otro lado, una prudencia descriptiva que la realidad se encarga de rebasar. Véanse, si no me creen, las manifestaciones que se organizan sectariamente para socorrer al mandatario de turno o para instrumentalizar el número de vociferantes. Etcétera.
Como analista político, Antonio Muñoz Molina no lo tiene fácil. Su independencia de criterio y sus diagnósticos (con los que no siempre tiene uno que coincidir) casan mal con el estado general de sectarismo que hoy reina en la prensa. La opinión publicada, que decía Felipe González hace un tiempo, te pone en el disparadero y, en momentos graves de sectarismo como los que vivimos desde hace años, te clasifica según posiciones predefinidas. El mal que aqueja al periodismo de opinión en España es el alistamiento, el prietas las filas, el estás conmigo o estás contra mí. Ciertos periodistas exaltados, gárrulos y vocingleros, en el papel o en las ondas, tocan a rebato y reclutan a los afines, a los aliados, con el fin de oponerse a quienes juzgan como enemigos, como vendepatrias incomprensibles o estafadores, dispuestos sólo a enriquecerse frente a lo que es de ley que, por casualidad, coincide con los intereses del bullicioso de turno. El problema de este estilo que lamentablemente se impone es que incluso sin leer a quienes obran así ya sabes lo que van a decir: temen tanto provocar la ojeriza de los afines, que se muerden la lengua para no hurgar.
“En el articulismo contemporáneo español”, decía José María Pozuelo Yvancos hace meses, “es muy raro encontrar autores que tengan discurso. Lo común es que quien escribe en los periódicos artículos de fondo se amolde a otra concepción de ‘‘discurso’’ más extendida hoy y muy utilizada por los ensayistas franceses: la que lo concibe como ideología o punto de partida de quien habla, como posición que le define o a la que se amolda. Por desgracia la pobreza del articulismo español contemporáneo es que vamos del bla, bla, bla al discurso concebido como porción de una ideología cerrada, y a menudo blindada de quien habla o escribe, que casi nunca parece hacerlo desde una posición intelectual sino ideológica, esto es, definida previamente al propio discurso y de la que todo el artículo depende”.
Entiendo estas perezas y colusiones. Es tan cómodo sentirse acompañado, paciendo con otros en un establo común, sintiendo el calor del limo. ¿Cómo salir al exterior sin miedo, sin hacerse escoltar? Los colectivismos se basan eso, pero también el sectarismo, que lo hay de izquierdas, de derechas, socialista y sedicentemente liberal: me entiendo con los míos y sólo argumento con las razones de mis conmilitones, haciéndome portavoz de otros, hablando por otros. Es cómodo vivir en un espacio imaginario o físico o electrónico en donde todo encaja y todo se amolda, en donde no hay fisuras. Si no me equivoco, en las próximas semanas, Antonio Muñoz Molina regresa a Nueva York, a la vida de docente que allí lleva. Los que seguimos aquí, incluso ejerciendo de profesores de historia, no nos iremos muy lejos ni muy atrás, aunque les aseguro que dan ganas de leer sin parar: ganas de escapar al pasado o a una ficción. Pero, ahora que lo pienso, eso que digo es exactamente lo más parecido a un delirio. En fin, ustedes me perdonarán…
Scriptorium. “Tan pronto como uno se pone a escribir para el público, entra en la categoría de justiciable. Usted, este señor de aquí delante, yo, pasamos a ser justiciables. Me he dedicado toda la vida a escribir para los demás, y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de quienquiera que sea, tanto si esta persona conoce mejor que uno la matera del propio escrito como si no sabe ni papa. Es un oficio que comporta, como ningún otro, el embate de la gente. Estos embates pueden causarles, a las personas que escriben, momentos de gran malestar; a algunas, las llevan a abandonar esta actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles a ello –demasiado sensibles–. Esta situación es la que ha dado pie a que se diga tan a menudo, que la actividad literaria –y en general todas las actividades artísticas—está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son los que actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar estas embestidas, y, para lograrlo, lo mejor es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no darle muchas vueltas, no responder jamás, permanecer hábilmente firme y con un tacto perfecto. Pero como los embates van a continuar por mucho que uno siga tan buenos consejos, lo mejor es acostumbrarse a ellos, reírse de ellos, pero sin ofender. La gente quiere que se le respete la vanidad y la fachendería que arrastra”.
Josep Pla
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01.27.07
Posted in psicoanálisis, Escribir, Historia at 10:12 por jserna
Ilustración: Monigote
A veces, el blogger ve cómo en la prensa coinciden dos textos suyos que en apariencia nada tienen que ver. Uno trata de la publicidad y otro de Hitler; en uno se expresa la opinión y en otro se vierte un juicio. Es la mezcla lo que me estimula; es la historia lo que me mueve… Hay en cada uno de nosotros ciertas inclinaciones, gustos o preferencias. Desde niño me gustó leer: tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales. Como mi padre, que lleva miles de libros leídos y fichados; como mi abuelo paterno, que devoraba un periódico cada día (El Debate), un abuelo al que sus vecinos llamaban Canalejas, por esa propensión a perorar con ciertas dotes intelectuales… Me recuerdo a los diez años leyendo las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? Emprendamos un psicoanálisis salvaje.
Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que viene después de otro hijo… muerto. En la guerra, la muerte convierte en héroe al fiambre: en cambio, la supervivencia del soldado no es heroica. Véase, por ejemplo, Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood: los supervivientes arrastran un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió tu compañero? ¿Por qué sobreviviste tú? Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un mundo que juzgas peligroso y hostil, y del que no te puedes fiar. Ese sentimiento suspicaz me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Para mí, la historia es saber de qué va esto, cuál es el origen del presente que tengo: un presente que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga. Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco: el Genio de la lámpara y Hitler, la publicidad y la política, las ficciones de la tele y las mentiras de un tirano.
Ustedes sabrán perdonarme.
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Artículo de Justo Serna sobre la publicidad (Babas de caracol), en Levante-EMV, 26 de enero de 2007.
Artículo de Justo Serna sobre Hitler (El jerarca inverosímil) en Levante-EMV, Posdata, 26 de enero de 2007.
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11.22.06
Posted in Escribir, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:22 por jserna

Para que sirve escribir
Alguien se deja llevar por una ensoñación. En su interior, en esa intimidad a la que nadie más tiene acceso, piensa y siente, y al hacerlo así una historia de imágenes se esboza: unas circunstancias, unos hechos y unos personajes que pueden haberse dado –o no– cobran fisonomía. Es posible que eso que se le ocurre y a lo que se abandona sea una quimera absoluta, un ejercicio de la fantasía sin vínculo apreciable con la vida real. Pero también es posible que sólo sea un avatar leve o profundamente modificado del entorno existente o un análisis de lo que le sucede. En uno o en otro caso, lo cierto es que quien fantasea o imagina experimenta la urgencia perentoria de esa ensoñación, su necesidad o su automatismo, tal vez provocados por un estímulo exterior doloroso o placentero que le lleva a asociar pensamientos y emociones.
Una parte fundamental de nuestras vidas no se materializa, no se consuma, no se exterioriza, pero, lejos de amputarse o eliminarse, queda alojada en nuestro interior provocando consecuencias de las que no siempre somos conscientes. Es una realidad fantasmagórica que arranca de nuestra infancia, que se agranda a partir de la experiencias de la vida y con la que debemos cargar durante toda nuestra existencia. Esas ensoñaciones o fantasías de la vigilia son nuestra historia virtual, poblada por una comunidad de espectros que son remedo del mundo externo, algo así como ectoplasmas sin estricto correlato. Que no se den ahí fuera no significa, claro, que no tengan efectos, puesto que pueden gobernar nuestras vidas tiranizándonos.
Ese individuo que fantasea o que imagina aún no ha escrito ni una línea y las elaboraciones a que se entrega están hechas de sus propios referentes, de sus experiencias, de su cultura, de lo que ha ido viviendo o albergando interiormente. No es un autor en el sentido literario, puesto que dicho ensueño no se ha materializado. Su vida interior, más o menos profunda, no funciona de manera sustancialmente distinta a la de cualquier mortal. Eso que se gesta en su intimidad es por principio inaccesible. Sin embargo, sería parcialmente comunicable si nuestro individuo lo verbalizara. Y digo parcialmente porque esa ensoñación está hecha de imágenes y la palabra sólo es un mediador o traductor. Supongamos que de esa fantasía originaria saliera, andando el tiempo, una novela. Supongamos que ese individuo diera forma a todo aquello que brotó dentro de sí y que aquellas imágenes se plasmaran en un libro.
¿Qué importancia cabría darle al autor? Aun en el caso de pudiéramos sondear al individuo, vivo y accesible, de él sólo lograríamos saber unos pocos datos, probablemente los más mundanos y externos, los que haya querido transmitir en público para dar de sí mismo una fisonomía. En verdad, el lector no cuenta con el autor, sino con la obra hecha libro, en la que habrá huellas o traslado de aquella ensoñación. Insisto: aun en el caso de que el lector pudiera hacerse con la confesión del escritor, esa revelación sería siempre posterior a la novela y, por tanto, no sería fiable. Y ello, por dos razones. Porque el lector sabe que el relato retrospectivo suele ser congruente: da coherencia u organiza lo que no fue así; y porque lo que el autor cree saber de sí mismo como individuo, de sus fuentes, de sus materiales, de sus influencias, de su contexto, de su estímulos, no es necesariamente cierto ni especialmente atinado o revelador. Por tanto, si un lector inquisitivo se extendiera en la vida pública o privada del escritor no tendría garantía alguna de haber dado con la fuente íntima de la creación. Por otro lado, el contexto del autor es el propio de una época y si a ese contexto remitimos la novela, al modo de un reflejo, entonces esa instancia externa explicaría no sólo esta novela, sino también las restantes de ese mismo individuo o de otros. Cuando un factor explica cosas tan diferentes, entonces es que verdaderamente explica bien poca cosa.
¿Por qué se gesta esa ficción? Las razones pueden ser múltiples y concomitantes: desde el tedio que la vida real le ocasiona, hasta el arte puro de la creación, el placer de hacer cosas con palabras. Puede que deje sin reelaborar ese material durante un tiempo, en una especie de barbecho intelectual, tal vez porque no acabe de hallar el hilo conductor o quizá porque la forma definitiva de esa obra que ya estaba en su imaginación no ha adquirido aún su versión verbal, el punto de vista con que tendrá que ser narrada. Es posible, sin embargo, que esa demora sea fruto de algo más banal: que ese autor no viva exactamente de la literatura, que deba acometer numerosas tareas ordinarias con las que mantenerse él y a los suyos. Son labores que pueden tener que ver con su condición de escritor, pero es también probable que esa impedimenta nada tenga que ver con la creación, tal vez porque ese novelista es un autor que aún no puede o no quiere profesionalizarse con la escritura. Hay tareas efectivamente alimenticias, pero es gracias a ellas o a su pesar por lo que ese narrador sobrevive. Ahora bien, llegado un momento, algo interior o la simple presión externa le llevan a escribir. Necesita expresarse o rivalizar con otros que, como él, también se declaran novelistas. Escribe y escribe y escribe, con método, con disciplina y con intuición, corrige, enmienda, desecha, mantiene, completa, acaba.
Porque antes que texto, la novela es sobre todo un libro. La historia que empezó siendo una investigación y una ensoñación de un autor y que acabó en un hecho relatado de mayor o menor extensión tiene un envoltorio, y es un artefacto material. En su elaboración han intervenido muchos, unos mediadores que hicieron del manuscrito un volumen editado, dándole su aspecto. Hablamos de los agentes literarios, de los editores, de los diseñadores, de los impresores, de los distribuidores, etcétera. El libro tiene una cubierta ilustrada en la que se da noticia del título y del novelista; tiene una contracubierta que puede reproducir un detalle o el todo de aquélla; tiene un lomo que repite el rótulo y el nombre de su responsable; suele tener unas solapas que incluyen una nota biográfica, incluso un retrato del autor; es probable que añada una faja que sirve de envoltorio y que refuerza con reclamos varios la novedad y la excelencia del volumen.
¿Qué cabe destacar de todo lo dicho? En primer lugar, los grafismos que sirven para identificarlo como perteneciente a un género, como parte de una editorial, de una colección. En segundo lugar, las palabras que rodean, envuelven al texto del interior. A esas palabras las llamamos paratextos y son los rótulos, los esbozos biográficos del autor, los prólogos, las notas eruditas, o las indicaciones editoriales sobre los contenidos, que suelen figurar en las contracubiertas. El propio escritor aúpa el libro, hace o le toman declaraciones, reseñan el volumen. Él mismo u otros, incluso autores más conocidos, lo difunden con fines estrictamente literarios o con propósitos mercantiles. El escritor alberga la esperanza de que alguien lo reciba, de obtener alguna recompensa material, económica, o rédito narcisista, de lograr un hallazgo propiamente artístico, y luego al final, cuando ese volumen se le emancipa, cuando ya lo ve como algo distante o incluso ajeno, entonces, justamente entonces, llega en el mejor de los casos el lector: ustedes y yo, dispuestos a dejarnos –llevar por lo que fue una ensoñación originaria.
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Enlaces a algunos artículos de JS sobre la lectura, sobre el acto de leer: Si no lees te quedas tonto Para qué sirve leer Una utopía lectora ¿Un libro ayuda a triunfar? Los libros son carísimos
Scriptorium
“¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño del jardín de Combray; tardes de las que yo arrancaba con todo cuidado los mediocres incidentes de mi existencia personal, para poner en lugar suyo una vida de aventuras y de aspiraciones extrañas…!”
Marcel Proust, Por el camino de Swann (1913).
“La novela debe volver a su esencia. Su esencia es, como conviene a su naturaleza, impura, porque la novela, me atrevería a decir, es el único género literario que permite el ensayo, la divagación, la poesía, la política, todo, hasta la literatura, a condición de que sean… novela, mundo. La novela debe volver a lo que ha sido desde su nacimiento: épica pura. La épica de nuestro tiempo es la novela. La historia mitológica de un mundo real. Realismo y mitología, tal es su doble condición vital.
Octavio Paz, “Invitación a la novela” (1939), Primeras letras.
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Una mención muy amable de Francesc Bayarri a este blog
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11.16.06
Posted in Escribir, Historia at 8:26 por jserna
Hace unos cinco años, dos historiadores, Anaclet Pons y yo mismo, estábamos documentándonos para escribir un texto sobre la imagen pública del tren en la Valencia del siglo XIX. Pues bien, durante el proceso de búsqueda, durante la consulta de fuentes y de bibliografía, durante la fase de acopio de material y de noticias, hallamos una pieza sobresaliente que alguien citaba de pasada y sin darle mayor importancia: el manuscrito de uno de los personajes que asistieron a las primeras inauguraciones ferroviarias.
Se trataba de un dietario de viajes, es decir, la anotación que dicho señor registraba cada vez que emprendía un desplazamiento que le llevaba fuera de Valencia. Es un diario que abarca desde 1842 hasta 1895, contiene casi mil páginas manuscritas y en ellas, el autor, José Inocencio de Llano, se relataba las vicisitudes de sus viajes. Indudablemente, sus desplazamientos a lo largo de cincuenta años fueron a destinos muy variados, no sólo al Grao o a lugares cercanos, sino también y principalmente a París y Londres, a Portugal o a Irlanda, por ejemplo. Hijo de Francisco de Llano (que fue alcalde de Valencia en distintas ocasiones), José Inocencio tuvo una vida acomodada y se condujo como correspondía al miembro de una familia de comerciantes, como el vástago de un linaje de mucho rumbo. Era un burgués valenciano que se sabía europeo, que quería vivir y viajar como un cosmopolita, que quería disfrutar honestamente de los placeres que la sociedad le ofrecía. Resultaba un personaje atractivo, desde luego, y más aún si tenemos en cuenta que contrajo nupcias con Elena Trénor, la hija de una importante dinastía mercantil de origen irlandés afincada en Valencia.
Después de haber escrito nuestro texto sobre el tren (Vítores y pedradas. La imagen pública del ferrocarril en la Valencia del Ochocientos) decidimos escribir una primera aproximación al autor, al diario y a lo que en sus páginas se contaba. El resultado fue un artículo extenso que titulamos Destinos familiares. Diario de un burgués bien acompañado, publicado como capítulo en un volumen colectivo que la editorial Cátedra ha dedicado a la Historia de las mujeres en España. Nuestro texto abordaba la recreación de este viajero, de su familia, de sus relaciones, de su forma de vida, de su parentesco, de sus mujeres (la madre, la esposa, la suegra…). De lo que se trataba era de mostrar cómo vivía un varón burgués en la Valencia del siglo XIX, cómo organizaba su hogar y por qué emprendía aquellos largos desplazamientos que le llevaban a tantas ciudades europeas. Viajaba en diligencia, en vapor, en ferrocarril y se conducía con una actitud resuelta y mundana, como antes decía.
La idea del libro surgió a partir de la confianza que en nosotros, en Anaclet Pons y en mí, depositaron los responsables de la editorial Gratacels. Leyeron nuestro texto primitivo (Destinos familiares. Diario de un burgués bien acompañado) y pensaron que el argumento merecía todo un libro. Creyeron, sin duda, que el caso de José Inocencio de Llano era muy ilustrativo sobre los modos, sobre las maneras con que enfrentaban la existencia unos burgueses valencianos bien adaptados al mundo industrial y comercial del Ochocientos. Los responsables de Gratacels vieron la importancia del caso, confiaron en nuestra capacidad y solvencia, cosa por la que les estamos muy agradecidos, y nos invitaron a escribir un volumen extenso, enteramente dedicado a narrar, a analizar esa vicisitud viajera y a relatar esa red de conocimientos y de relaciones familiares que hay detrás de José Inocencio de Llano, un volumen, además, que cuenta con ilustraciones que ayudan a familiarizarnos con aquel mundo. Hay fotografías de la época, hay grabados, hay un apoyo gráfico que no es mero soporte, sino parte decisiva del libro. Creo que sobre la viabilidad del volumne supimos convencer a Gratacels echando mano de nuestro propio entusiasmo: este burgués y su familia nos invitaban a un pesquisa más amplia. Por eso hicimos acopio de todo tipo de fuentes históricas, completando noticias e información sobre el mundo burgués del siglo XIX y sobre este individuo en particular.
El ejemplo de Llano muestra una determinación cosmopolita, una apertura a Europa, con ese toque mundano y resolutivo que tantas veces se ha negado a nuestros empresarios, propietarios y rentistas. José Inocencio no pertenecía una círculo estrecho, rural o arcaico. Era un individuo conocedor de los avances de su tiempo, de las novedades. Viajaba por toda Europa, generalmente acompañado por su tío Juan Bautista White (otro comerciante de origen irlandés, como los Trénor). Ambos lo hacían por placer, rodeándose del confort que Londres o París ofrecían, pero se desplazaban también para realizar determinadas gestiones de la empresa familiar: la White, Llano y Morand. Aquella Europa era un Continente de contactos y de relaciones mercantiles, de información privilegiada y de novedades, de ensayos y productos de los que todo industrial o comerciante de postín debía ser sabedor. José Inocencio anotaba los sitios a los que iba, los hoteles en los que se hospedaba, los restaurantes a los que acudía, los teatros que frecuentaba. Llevó una vida regalada, disfrutando como un rentista, cierto, mientras su padre permanecía en Valencia al frente del negocio o en su escaño municipal. Pero José Inocencio también registraba en el diario los nombres de los socios a quienes visitaban, los amigos valencianos que encontraba por aquella Europa burguesa. Nuestro libro, por ejemplo, recoge ampliamente el muestrario de esos apellidos ilustres. Los actuales descendientes de aquellas buenas familias encontrarán en nuestras páginas a sus antepasados…
La prosa del dietario es enciclopédica, a veces prolija, a veces escueta. En todo caso, el diarista sabía observar y anotar, sabía escribir del mundo que le interesaba o en el que se desenvolvía. Salvo algunas páginas memorables, de las que damos cuenta en el libro, las guerras o las revoluciones tienen poco eco en su manuscrito. ¿Por qué razón? La observación de aquel burgués –como la observación de cada uno de nosotros— no es un proceso objetivo que detalle de manera exhaustiva lo que hay: es, por el contrario, una percepción hecha con sus propios recursos culturales. Él ve sólo lo que su educación le permite ver, las evidencias que le son diáfanas. Lo que le incomoda o no entiende o no desea enfrentar, simplemente lo ignora. Con ello no se miente; con ello escribe valiéndose de su propia cultura de varón refinado y distinguido. Él no mira el mundo como un narrador naturalista ni como un escritor costumbrista. Simplemente escribe un ejercicio al que se obliga para elaborar su propio álbum de recuerdos; para fijar sobre el papel una Valencia y una Europa que le deslumbran y a las que tan fácilmente se acomoda.
Han sido meses, que digo meses, años de esfuerzo documental y reflexivo, de pesquisa erudita y examen, y el resultado creo que es muy satisfactorio. Es una reconstrucción de caso, al modo de la microhistoria, un caso que nos permite apreciar el mundo tal como él lo vivía, viajando de su mano, en la diligencia, en el ferrocarril o en vapor, visitaremos París o Londres, nos hospedaremos en los hoteles más refinados. Almorzaremos en los restaurantes más exquisitos y asistiremos a las representaciones teatrales más concurridas. Es el nuestro un libro de historia cultural en el que se distinguen los marcos de percepción de un burgués, incluso los propios dibujos que él realizaba y con los que trataba de hacer su Álbum de recuerdos. De aquellos burgueses refinados, justamente, vienen nuestros hábitos actuales: el ocio, la vacación, el turismo, el viaje formativo, entre otros actos civilizados. No se lo pierdan.
Hoy, en una reunión organizada por la editorial, anunciamos a los libreros y distribuidores la aparición de nuestro libro: Diario de un burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido. Yo, por mi parte, les adelanto a todos ustedes lo que han sido meses de pesquisa y de entusiasmo. Volveré sobre ello. De momento, aprovecho además para informarles del acto público de presentación del volumen que tendrá lugar dentro de unos días, el 29 de noviembre a las 19,30 horas en los Salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura (calle Comedias, 12), un local que nuestro viajero frecuentó en su tiempo. El recinto noble de la Sociedad nos permitirá experimentar un regreso: el retorno a un mundo ya desaparecido, entre cortés, elegante y distinguido, y que allí se conserva milagrosamente. Ese día les esperamos a todos ustedes…
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11.15.06
Posted in Escribir, Comunicación, Historia at 9:56 por jserna
He leído AntiMoa, de Alberto Reig Tapia. Aunque coincido con la crítica que hace a Pío Moa y a otros revisionistas de la historia, no comparto sus usos lingüísticos, su expresión y buena parte de sus metáforas. Vitupera, pero los denuestos que les reparte no son una prueba para la convicción. He de admitir que es un libro necesario, necesario por su objeto, pues desmonta pieza a pieza lo que son textos históricos mixtificadores o incluso panfletarios que tanto le y nos irritan. Por eso, al volumen le sobra la retórica que vilipendia: el énfasis retador. Tomar el pasado para hacer de él lo que a uno buenamente le conviene, tratando de sacar provecho político (porque de eso básicamente se trata), es una empresa académicamente reprochable: entraña manipulación, uso selectivo e interesado de las fuentes y de la bibliografía, y conversión de los objetos históricos en espejo del presente. Pues bien, Reig Tapia nos hace ver cómo manipulan Pío Moa, Federico Jiménez Losantos, César Vidal, entre otros, la distancia que les separa de la investigación pausada y exhaustiva que se propone todo historiador riguroso, los años de esfuerzo archivístico a que se obliga. Ahora bien, tiene una concepción virginal de la historia, cosa que le permite entender a los revisionistas como violadores. Es cierto que éstos saquean, pero los malos usos que en ellos podemos denunciar también podrían reprocharse a los historiadores poco rigurosos…
Un objeto histórico no se aclara o ilumina en un santiamén, sino que exige, en primer lugar, una lectura previa de la bibliografía en curso para elaborar un estado de la cuestión. Es decir, el historiador que determina investigar este o aquel tema no se aventura a tontas o a locas, a ciegas, sino que lo hace habiendo leído, consultado, examinado las obras de quienes le precedieron y que, antes que él, dedicaron años y años de pesquisa y reflexión. Desde este punto de vista, la historia es una tarea modesta, un ejercicio de paciencia. La lectura de bibliografías en ocasiones oceánicas, inacabables, obligan al neófito a ser humilde, a no creerse más original de lo que razonablemente puede ser. Otros antes que él llegara se le adelantaron y consumieron tiempo en dicho objeto.
Pero ese objeto no se impone por si solo, con un determinismo que lo haría obvio. El historiador necesita una hipótesis, una explicación primitiva y provisional que ha de contrastar con lo dicho por otros y con lo que va a descubrir en los archivos. Una hipótesis es, en otros términos, una conjetura, pero no una formulación ocurrente, sino un significado razonablemente elaborado a partir de los conocimientos adquiridos. No deberíamos confiar demasiado en quien se entrega con ardor de neófito a la hipótesis imprevista o, si se quiere, a la conjetura impensada: hay bastantes posibilidades de que esa fórmula no sea más que una bobada. Como decía Umberto Eco en Semiotica e filosofia del linguaggio, una buena conjetura ha de empezar siempre por lo razonable, por lo sensato, por lo habitual, por lo acostumbrado, por lo que otros han documentado con éxito. Sólo se descartarán esas hipótesis cuando no funcionen visiblemente: es entonces cuando nos aventuraremos con explicaciones más audaces.
Pero, además de bibliografía e hipótesis, la investigación histórica se desarrolla con un rastreo documental exhaustivo. Eso significa que el historiador debe visitar archivos, muchos archivos, guiado por su intuición y por los indicios que le llevan, armando las piezas de un inmenso puzzle. Pero quizá esa imagen sea inadecuada: en un rompecabezas, los cachitos han de encajar y sus perfiles se acoplan si el jugador tiene pericia y paciencia. En la consulta documental, el historiador no es propiamente un jugador ni tampoco arma puzzles. En realidad, acopia testimonios numerosos (si es que los hay y han sobrevivido personal o materialmente) que suelen ser contradictorios y que le permiten hacerse una idea también contradictoria del objeto histórico. Son numerosas las versiones del pasado, de este o de aquel hecho del pasado, y por tanto el investigador trata de extraer de ellas la explicación y la interpretación que juzga más próximas a la verdad. El historiador sabe que la versión que componga se apoyará en distintos puntos de vista y será una composición más cierta que los testimonios sesgados que ha reunido. Con esa información abultada e incongruente es con lo que se construye la historia y dicho rastreo exige tiempo, mucho tiempo de dedicación. No podemos seleccionar unos pocos documentos que nos confirmen para testimoniar sesgadamente. Lo que debemos hacer es consumir energías, tiempo e inteligencia en una pesquisa laboriosa, una pesquisa en la que nos manchamos las manos y nos quemamos las pestañas con el polvo de los archivos, de esos papeles que amarillean. Abreviar los tiempos de consulta y acumular rápidamente dan como resultado un soporte documental insuficiente y engañoso, pues la administración de la prueba será errónea o parcial.
Pero los historiadores escriben. Es decir, los investigadores han de suministrar esa información reunida o esa hipótesis confirmada o corregida o desechada en un texto que tiene orden. En la obra histórica se administran los datos (el momento o el lugar de su presentación) de acuerdo con las necesidades de exposición. No escribimos (o, al menos, no deberíamos escribir) sin tener un esquema, un índice de asuntos y de problemas, pero tampoco deberíamos redactar sin ser conscientes de qué retórica expresiva es la que vamos a emplear. La escritura histórica no es natural, por supuesto. Es una operación intelectual que requiere de mucho artificio (que no ficción), artificio que supone comunicar, transmitir información, pero también provocar un efecto, persuadir, atraer al lector. Narrar, en suma. Éste es un logro que, lamentablemente, no siempre está al alcance de todos los historiadores, pues el hábito profesional ha hecho que muchos investigadores conciban sus libros para sus pares o iguales, pereza expresiva que daña el interés general de sus obras. No significa que no estén bien informadas; no significa que no estén bien fundamentadas. Lo que quiere decir es que hay muchos historiadores que no adoptan el mismo rigor cuando se expresan que cuando se documentan. Pero dicho rigor no se resuelve teniendo una bella prosa, con alardes verbales, con barroquismos o lirismos, sino haciendo de la escritura un ensayo de expresión: no hay forma, por un lado, y fondo, por otro. De lo que se trata es de expresarnos con el mayor rigor posible sabiendo que no nos dirigimos sólo a los historiadores (que son los que validan la seriedad del producto), sino también a otros destinatarios que no comparten nuestra jerga profesional o nuestros supuestos. Eso nos obliga al mayor esmero verbal, narrativo e informativo, sabedores de los distintos públicos a los que deberíamos llegar.
Sin embargo, cumplidas esas etapas con eficacia y rigor, eso no significa que hallamos resuelto nuestro problema de comunicación, pues en la sociedad de la información, los medios, la publicidad, los diferentes reclamos se reparten de manera desigual. Pues bien, los historiadores han descuidado su inserción en este ámbito, creyendo en el mejor de los casos que la comunicación de masas la resolvemos con divulgación, con buena divulgación. Sin rechazar esta tarea, no creo que la meta se agote en ello. Comunicar bien es lograr atraer la atención de un público variable, voluble, que normalmente se deja guiar por las solicitaciones del presente. El historiador no puede dejar de conectar lo que trata, lo que aborda, con el tiempo histórico en el que vive. Si exhuma el pasado como si éste tuviera valor en sí mismo, el lector menos informado probablemente se desinteresará, creyendo que esas piezas desenterradas nada tienen que ver con él. Pero lo que el historiador no puede ignorar es el estado general de la comunicación que hoy hay. En España, los llamados revisionistas han redescubierto el valor de la agitación y la propaganda y han advertido que el valor de sus ideas sólo podrá certificarse con la eficacia de la comunicación. Acierta Reig Tapia cuando examina a Jiménez Losantos como principal artífice de esta operación: dotarse de unos medios para emprender una auténtica “guerrilla semiológica” ha sido su logro decisivo. Mientras los revisionistas ocupan el ciberespacio, los historiadores serios, profesionales y dengosos suelen manifestar sus reparos a la Red, dejando que otros vendedores ocupen el mercado de la historia.
“La historiografía tendrá siempre por delante una tarea sin fin, una fascinante labor: impedir la manipulación de la verdad histórica por sus tergiversadores profesionales al servicio de determinadas ideologías e intereses. A veces la Historia es secuestrada del templo de la inteligencia por simples mercaderes y, en tal caso, no hay más camino que arrebatársela de nuevo a los traficantes que explotan en su propio beneficio para devolverla, si somos capaces de ello, aún más limpia y transparente al noble santuario en el que habita”, dice Alberto Reig Tapia. No me gusta esa metáfora. La historia no es algo virginal que esté alojado en un santuario, algo que se corrompa por el trato que de ella hacen unos mercaderes.
La historia es un campo de batalla…, y la comunicación, su principal recurso.
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Polémica de JS con Pío Moa
Artículo de JS en Levante-EMV sobre Federico Jiménez Losantos
Artículo de JS en Levante-EMV sobre Periodismo sectario
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11.07.06
Posted in psicoanálisis, Escribir, Comunicación, Internet at 10:01 por jserna
Ayer recibí un amable correo de Elena Casero en el que me informaba de la entrada que un blogger conocido había escrito. El comentario trataba de las bitácoras, de la libertad que han de darse quienes las mantienen abiertas. No han de sentirse fiscalizados, controlados o perseguidos por ciertos lectores inquisitoriales o quisquillosos que reclaman al autor el blog que a ellos les gustaría escribir. Con guasa y con dolor, dicha entrada se titulaba Manifiesto del mal blogger. Suscribo casi por entero las cláusulas de su panfleto y, desde luego, me adhiero a la libertad que exige frente a lectores melindrosos o irritables. De todos modos, más allá de esos bloggers severos que nos inspeccionan, el principal custodio de nuestra escritura es uno mismo que, sometido a cierto tipo de disciplinas, se exige determinadas cosas. Nos mostramos, nos revelamos, y eso hace que el superyó más o menos tiránico que nos vigila acabe por ser nuestro principal gendarme. Decía Freud que el superyó es una instancia psíquica en la que se reúnen el ideal del yo y el tribunal de conciencia. Es decir, lo que nos gustaría ser, aquella figura mejorada del yo a la que nos gustaría parecernos, pero también unos criterios morales más o menos inflexibles con los que nos medimos a nosotros mismos. Pensando en ello y recordando viejas lecturas, he querido preguntarme por qué escribo este blog.
Pues bien, en mi auxilio acude Roland Barthes, un semiólogo que, como ayer recordábamos, es objeto de denuesto y caricatura por parte de Félix de Azúa. Barthes no fue ese oráculo oscuro e irresponsable, al menos todo el tiempo, sino un autor reflexivo que se interrogó principalmente sobre la escritura y la comunicación. Hace muchos años, en 1969, a requerimiento de Il Corriere della Sera enumeraba las razones por las cuales creía que escribía, un sencillo decálogo sobre las exigencia del yo o del superyó (quién sabe), pero en todo caso un manifiesto particular del que aún podemos extraer lecciones aprovechables. Ahora, ustedes pueden leerlas en un pequeño volumen que reúne textos breves, entrevistas, sueltos de periódico, obra efímera de Barthes en la que hallamos, sin embargo, una reflexión profunda acerca de las Variaciones sobre la escritura (Paidós).
Los motivos que Barthes se daba son semejantes a los míos, a los de tantos de nosotros que emborronamos papel o pantalla, aunque de algunas de esas razones discrepe. La enumeración es exhaustiva, clara, metódica: no se confirma, pues, ese diagnóstico de Félix de Azúa cuando con furia retrospectiva le achacaba a Roland Barthes oscuridad culpable. En todo caso, sólo cabría reprocharle al autor, al gran Barthes, que en su respuesta se sometiera a los números redondos, esos contra los que combate con suerte desigual Enrique Vila-Matas. Por esto, el breve texto al que aludo lleva por título “Diez razones para escribir”. Probemos, pues, a leerlo tomándolo como falsilla de mis propias razones.
En primer lugar, admito escribir en este blog “por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico”, con la pura fruición e incluso con la alegría: por eso no me gustan las declaraciones avinagradas que en otras bitácoras leo. No comprendo por qué se extiende el rencor en la Red y por qué el tono áspero, hosco, de ciertos internautas puede llegar a contaminar a los simpáticos comunicantes que frecuentamos.
En segundo lugar, escribo “porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible”: me libera de mí mismo, me vacía, me trocea, me expone sin que tenga que sentirme ufano por pastorear a una grey de adeptos. Hay bitácoras en las que se establecen custodios de guardia que son como la guardia pretoriana del blogger maximus.
En tercer lugar, quiero pensar –ojalá sea así–, quiero pensar, insisto, que escribo “para poner en práctica un don, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia”, algo que me justifique. Tal vez. Al escribir descubres frecuentemente eso que no sabías que sabías y al poner en orden las palabras, exhumas lo que ignorabas que poseías. ¿Narcisismo? Por supuesto, la escritura como espejo gracias al cual te acicalas haciendo retoques a una identidad que deseas mejorar.
En cuarto lugar, aunque me produzca un cierto embarazo admitirlo, probablemente también escribo “para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado”, un modo de hacerme otro hueco emocional, o una manera fría, electrónica, de tener interlocutor. Hay amigos que nos quieren y a los que conocemos desde hace muchos años (Un abrazo, A…). Eso produce unos sobreentendidos que alivian los empeños a que nos obliga la amistad. Pero con los nuevos interlocutores que te leen y que sólo conoces por la Red inicias un flujo de sentimientos también emocionales y ambivalentes, a pesar de la frialdad del medio.
En quinto lugar, y contrariamente a lo dicho por el Barthes sesentayochista no creo escribir “para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos”: me gusta equivocarme solo y, por eso, no suelo firmar manifiestos colectivos. Me gusta equivocarme solo, pero el hecho de escribir un blog te acerca a lectores diversos que opinan sobre lo que dices y cómo lo dices. ¿El resultado? Estableces una interlocución que tiene mucho de pelotera intelectual, de rifirrafe finalmente ideológico.
En sexto lugar, desconozco si escribo “para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente”: no lo sé. Aquí sí, aquí reaparece el Barthes oscuro y heideggeriano.
En séptimo lugar, no estoy muy seguro de escribir “para satisfacer a amigos e irritar a enemigos”: hay gente así, gente amable o enojada pero fiel que me sigue para amonestarme o para acreditarme. Pero yo creo escribir para satisfacer o irritar a mis propias almas, como decía Montaigne. ¿Solipsismo? Uno se despliega y se critica, y cuando escribe aprecia y distingue lo que por desgajarse ya no es enteramente propio.
En octavo lugar, sin embargo, no me veo con fuerzas para escribir con el propósito de “agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad”: una tarea titánica, colosal, para la que, efectivamente, no estoy dotado ni interesado. El pequeñoburgués que siempre fui tal vez me impide proponerme labores tan formidables. Es curioso: por un lado, la escritura en la Red parece facilitar la construcción y la deconstrucción, la opinión y la contraopinión. Pero esa obra efímera tiene efectos duraderos: Internet se escribe ahora así y, por tanto, la condición inmediata e inestable de los textos provoca, por un lado, el efecto instantáneo y, por otro, la caducidad de lo dicho. Guste o no guste…
En noveno lugar, ojalá algún día llegue a escribir “para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas”, para apoderarme “de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos”, para evitar el tópico. No es fácil: la lengua es una cárcel del sentido en la que lo estereotipado, lo previsible, lo fijado o lo normal reaparecen tras cada línea. Me conformo con acertar alguna vez escribiendo lo inesperado.
En décimo lugar, ojalá escriba “y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y causa noble), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo”. Como lo es también la escritura electrónica, el blog descentrado, el comentario periodístico, ese fragmento inconstante e inevitablemente incongruente. No hay sistema: sólo tanteos con que interpretar la realidad, esa realidad a la que siempre habría que poner entrecomillas, según Nabokov.
Lo que hay es la felicidad, una idea tan dieciochesca. Los revolucionarios americanos y franceses también hicieron públicos sus manifiestos para fijar la tabla de derechos naturales de que estaba dotado el ser humano. Esos derechos se pensaron para evitar la interferencia, el aplastamiento, el ultraje, la humillación, y sobre todo para proclamar la libertad de cada uno. Cada uno de esos individuos portadores de derechos eran libres de buscar por sus propios medios la felicidad. Yo creo que el rencor que hoy se arroja en tantas ventanas de la Red es muestra de infelicidad, de averías emocionales muy serias de quienes emplean la escritura para denigrar o para dañarse. Me gustaría que este blog siguiera siendo un lugar amable en el que la discusión y la interferencia de unos y otros no nos impidiera a cada cual buscar sus propias vías de felicidad, sus propias formas de expresión. Perdonen esta declaración, pero prefiero el tono afectadamente cursi de la palabra (felicidad) a los rugidos que se escuchan en Internet.
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10.30.06
Posted in Escribir, Scriptorium at 9:33 por jserna

Hace más de un año, en mi bitácora comenté un libro de poemas de Miguel Veyrat titulado Babel bajo la Luna. Me atreví a relacionar la oscuridad y la claridad, la oscuridad babélica del origen (no hay manera de entendernos) y la claridad cartesiana que nos impone la comunicación (necesitamos entendernos). Cuando cerré mi primera etapa como blogger, hice desaparecer todas las entradas de aquella bitácora (Los archivos de Justo Serna, 2005).
Un par de lectores fervientes (no descubriré quiénes) me han pedido expresamente que reponga (como en los cines de antaño) aquel texto mío. Aunque no acostumbro a repetir por repetir, deseo complacer a estos seguidores y, por tanto, vuelvo a colgar otra vez de mi blog ese texto. Ha de interpretarse sobre todo como el aturdimiento que experimenté al leer el poemario de Veyrat. Creo que debo reponerlo como homenaje a un lector –el propio Veyrat— que me es fiel a pesar de nuestras serias discrepancias sobre la Transición política española (asunto que, por cierto, muy pronto volveré a tratar para provocar la animosidad de mis queridos radicales).
Ahora, además de mi texto, lo que le pediría al autor de Babel bajo la Luna es que con mano maestra seleccionara unos poemas con el fin de incluirlos y añadirlos en este scriptorium…, para deleite de los adeptos.
———————–
El poeta y el periodista
(6 de marzo de 2005)
El pasado 10 de febrero [de 2005] Félix de Azúa publicó un artículo en el verso de la sección de Opinión de El País. Era un texto extraño, algo así como una venganza tardía y en parte rencorosa contra una generación, la suya. La razón: haber quedado fascinada en los años sesenta y setenta por el lenguaje abstruso del estructuralismo, por la oscuridad verbal de Roland Barthes, por ejemplo: por la tiniebla expresiva de unos autores de procedencia francesa, Louis Althusser, Julia Kristeva, entre otros, que tanto habrían atentado contra la claridad (la clarté, ay), unos autores que habrían hablado con hermetismo y con resuelto desenfado, con esa libertad enunciativa que da la palabra esotérica en la que resuenan los ecos remotos de los poetas voluntariamente indescifrables. Azúa les afeaba su locución, su coquetería, su artificio, su irresponsabilidad verbal.
En España, la consecuencia de aquellas indigestas lecturas, añade, habría sido la de una generación intelectual aquejada de confusas charlatanerías, además de una incapacidad manifiesta para ejercer la crítica. De aquellas tinieblas se habría seguido un galimatías expresivo, el desorden verdaderamente alfabético, de unos políticos inhabilitados para llamar a las cosas por su nombre. El propio Azúa admitía la evidente exageración de su panfleto, un ajuste de cuentas en el que le propinaba un puntapié a Ibarretxe y a sus adeptos o a Carrillo y a sus antiguos camaradas en el trasero del Roland Barthes. Tal vez, Azúa pecaba de lo mismo que denunciaba y, por tanto, su argumento contra toda una generación tenía su mejor prueba en la andanada y en el estrépito del propio autor. Con ello no quiero afirmar que los españoles de su edad no merecieran una reprimenda por su irresponsabilidad verbal, pero tengo para mí que es mucho decir que esa irresponsabilidad procede de lecturas de unos autores que por ser frecuentemente impenetrables fueron más citados que leídos o comprendidos.
Pero olvidemos, de momento, a Azúa, al que siempre leo con delectación, y tomemos en serio el asunto de la clarté expresiva, algo que parece la mar de evidente, siendo como es el problema filosófico del siglo XX. O, mejor, no abandonemos aún al escritor barcelonés. Frente a la oscuridad de los colegas franceses, decía Azúa, los académicos británicos se habrían caracterizado por su claridad, para alivio de los lectores. La búsqueda de un lenguaje neutro y transparente, una prosa científica del mundo acoplada exactamente a lo real, habría sido su tarea básica. En efecto, ésta habría sido obra de todos los positivismos lingüísticos del Novecientos, una ímproba labor condenada en parte al fracaso, como el propio Wittgenstein llegó a reconocer al final de su célebre Tractatus. Lo importante, el significado profundo de las cosas, el sentido, la ética, los principios, los valores, en definitiva, no pueden ser objeto del lenguaje lógico y sólo quedan dos cosas: el silencio o, como en parte le pasó al pensador austriaco, la recaída en un misticismo renovado.
Los poetas llevan tiempo intentando expresar lo inexpresable o al menos lamentando su frustración grave y se empeñan con las metáforas y con los otros recursos oscuros del lenguaje con el fin de rozar lo fundamental, que es lo que Wittgenstein intentó con majestuoso fracaso. Es cierto que el abuso de las metáforas es una lacra en el periodismo y en el lenguaje público. ¿Por qué razón? Porque tiende a convertir en simbólico lo que es real, bien concreto, una cosa o persona que siempre pertenecen a un contexto y que por el hecho de devenir emblema de algo que los sobrepasa dejan de ser lo que en verdad son. Tomar el rascacielos Windsor como metáfora ha convertido su incendio en símbolo de la ruina política del Gobierno Zapatero; tomar el hundimiento de las edificaciones del Carmelo como metáfora ha servido para tratarlo como símbolo de la ruina política de Cataluña. El Windsor y el Carmelo son dos acontecimientos concretos, unos acontecimientos con damnificados a los que no les debe de hacer ninguna gracia que los piensen como emblema de nada: sólo quieren, supongo, que les reconozcan como seres concretos que han padecido de la incuria autonómica o municipal o empresarial.
Pero que se abuse de estas operaciones retóricas no significa que podamos o debamos desprendernos de las metáforas en el lenguaje público. No son ganga desechable: en la práctica nos servimos de ellas en el lenguaje corriente (como de un eficacísimo instrumento) y al final empleamos algunas sin ser conscientes de su origen, imperceptibles e instaladas ya en nuestros usos. Pero las metáforas de los poetas son de otra índole, por supuesto, y rastrean la oscuridad que hay siempre en el hecho de nombrar las cosas, esa oscuridad de la que hacía crítica guasona Félix de Azúa. El escritor barcelonés hablaba de intelectuales franceses, unos intelectuales a los que podremos dispensar o no nuestro aprecio o recuerdo, pero en todo caso deberemos admitir, contra Azúa, que fueron los miembros de una generación, la de posguerra, que se propuso poner al día (que no ocultar) el pensamiento de un país sumido en el estupor. Y en ello les fue de especial ayuda el saber de Heidegger.
Acabo de leer un importante libro de poemas recién aparecido. Su título: Babel bajo la luna. Veo que su autor, Miguel Veyrat, parte de una invocación precisamente heideggeriana, una cita extraída de uno de los textos del filósofo alemán y plantea buena parte de los interrogantes que aquí he expresado sobre la clarté o sobre las tinieblas. Dice así Heidegger: “el exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. Tiene un gran valor ese exergo, ese principio, porque quien lo asume, Miguel Veyrat, es poeta y es periodista, alguien que debe batallar con las palabras sabiendo que oscuridad y claridad, en lo privado y en lo público, en el lenguaje particular del creador o en el lenguaje común de la crónica, no se resuelven tan sencillamente como parecía defender Azúa. Entre otras cosas, porque cuando hablamos expresamos las voces de otros aunque no lo sepamos, voces cuyo significado se adosa a nuestras palabras. La conciencia de ese hecho le sirve a Miguel Veyrat para hacer explícitos los ecos de otros poetas o pensadores que quiere hacer resonar en sus poemas.
Aún me cuesta sobreponerme a la erudición herida de la que hay muestra explícita e implícita en su libro, un estrépito inagotable de cánticos previos, de unas voces que le preceden y que hace propias expresando esa deuda y, a la vez, convirtiéndose él mismo en portavoz involuntario de un coro a veces inaudible y no siempre afinado y congruente, el nuestro, el de los contemporáneos de la incertidumbre, que es él y que somos nosotros. De ahí, precisamente, el subtítulo que le da al libro: Trilogía de la incertidumbre. Entre las muchas cosas a las que pasa revista o sobre las que se pronuncia oscuramente, desde esas tinieblas que habita, según el Heidegger que invoca, está el individuo solo, inarticulado, que espera y desea empezar a hablar, a expresarse, para lo cual se sirve de un armazón lingüístico heredado, rabiando a la vez por inaugurar el lenguaje, un lenguaje que tiene por propósito, nada menos, que el de designar el mundo, algo que es inaprensible y dudoso, algo que se está edificando (como la Torre de Babel) al tiempo que se hace la propia expresión y el nombre de las cosas.
En todos sus poemas, la palabra herida, insuficiente, aventurada, es la gran cuestión del ser, digámoslo con Heidegger, y es la gran zozobra de su poesía, la necesidad y la imposibilidad de nombrar las cosas, del nombrar como gran operación de asimilación del mundo. Por lo que le he leído se trata de una tarea y de un empeño que hacen propiamente humanos a los hombres. Y con ello revelan de otro modo lo que es la arrogancia de nuestra especie, sabedora de sus límites, esa muerte, esa carencia física; así como ese lenguaje que coincide (eso queremos creer) con los límites de ese mundo: limitados pero vomitándose a sí mismos, como transeúntes desposeídos, antiguos habitantes de… ¿un paraíso?, que abandonamos con el pesar inconsolable de los primeros desterrados para, como dice Cioran, caer en el tiempo, peatones del camino real, aspirantes a suplantar a ese ser ignoto y primordial, tal vez tiránico, distante y a la vez imperfecto por el que se empezó a edificar la Torre.
Hay en sus poemas un eco de la fantasía primordial de la unidad indiferenciada entre el hombre y la naturaleza y, por otro, hay también y principalmente una nostalgia o un espanto (no sé) de aquel tiempo, prebabélico, en que coincidían las palabras y las cosas, de aquella fase auroral en la que disponíamos de un solo significante para cada cosa que nombrar. Pero aquello se dilapidó y no hay restitución posible del objeto perdido. El ser que canta en los poemas parece desear con afán y con horror una vuelta al origen, a ese origen en que ese mismo ser se desconocía y sólo era potencialidad sin actualizar. Hay, en efecto, en todo el libro una fantasía trágica de retorno, de muerte, un deseo de regresar para recuperar, aunque fuera con las palabras, aquello que perdió, pero esa recuperación fantasmagórica anularía su propia subjetividad: la plenitud del paraíso prebabélico sería, en efecto, la pérdida del ser mismo que habla.
No predica la náusea ni tampoco se abandona a un lenguaje torrencial, sino al cripticismo heideggeriano, a la oscuridad herida y sentida. Practica una observación deslumbrada y paradójica, viviendo en un espacio que sabe temporal, intentando celebrar el goce de las pequeñas cosas de la vida sin revestirlas a la vez de trascendencia grave o esencial: sólo que son un misterio que el lenguaje ordinario no aclara, no ilumina, no liquida. El amor, por ejemplo, ese amor carnal que aparece constantemente, en parte velado y en parte obscenamente expuesto. Pero la decadencia o la muerte acechan, nos acechan. Por eso la voz que se expresa en los poemas no parece tomarse con sobrante énfasis y se contempla con ironía, con la ternura y el distanciamiento incluso sarcástico del que se reconoce sólo y desvalido. De ahí que la muerte, los huesos, el fuego candente que consume, la hoguera, las brasas o las gotas de agua que se evaporan, el rocío, la lluvia que llueve hacia arriba, fenómenos cuya evanescencia expresan nuestra finitud, incluso la circunstancia angustiosa y liberadora de ser uno mismo propiamente imaginario, sean las imágenes poéticas de que se sirve con angustia y recurrencia.
¿Aún estamos dispuestos a hablar de la inutilidad de lo oscuro, de lo indescifrable? Michel Foucault, otro pensador de aquella generación que mencionaba Félix de Azúa, escribió un volumen que fue luz (vaya, otra metáfora) de aquella cohorte de pensadores. Llevaba por título Las palabras y las cosas. Paradójicamente, con un idioma propio, Foucault arrojó luz sobre el lenguaje, sobre los lenguajes públicos y científicos que han constituido una parte de Occidente y analizó la locución de las ciencias, cierto, cuyo “exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. De ese poeta heideggeriano, Miguel Veyrat, consciente de la insuficiencia verbal de la claridad, nos habla Babel bajo la luna.
Una conmoción.
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Scriptorium:
Primera selección de poemas de Miguel Veyrat
Segunda selección de poemas de Miguel Veyrat
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