04.04.08
Posted in Entrevistas, Religión, Scriptorium, La felicidad de leer at 10:36 por jserna
1. Dios
Siempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Cuando era un muchachito leía la Biblia con unción y con fruición: sintiéndome culpable, a la vez, por la dicha que aquellas páginas me procuraban, una felicidad muy materialista y carnal. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el mito del origen, de la moralidad, del pecado, de la muerte. Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas. La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como Los diez mandamientos confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor.
Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre, preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome con la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada. Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable. Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento. Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes.
En aquellas páginas, siempre me angustiaba la presencia de la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles. En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados tipos israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso. El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos miles de años después. Eso quería decir algo… De quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación adolescente.
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2. Manuel Talens

Desde que leí su primera narración envidio a Manuel Talens. Envidio su portentosa imaginación, capaz de edificar mundos inexistentes pero extraordinariamente parecidos al real; capaz de recrear con la sintaxis lo que justamente quiere decir. Con una palabra de más, con barroquismos lujosos, o con economía verbal –escueta y exacta, pues– su escritura siempre me parece de una sonoridad precisa. No se trata de que escriba bien o bellamente. Es algo más sutil y más importante, por supuesto. Que su escritura sea de una sonoridad precisa significa que dice lo que quiere decir, pero sobre todo que cada personaje (narrador incluido) se pronuncia con el habla, con los modismos, con los idiolectos que le son propios. En general, todos ellos se comunican con gran corrección, incluso cuando los tipos retratados son vulgares o analfabetos: hay en sus voces una sabiduría antigua, popular. Una de las habilidades expresividades que distinguen las obras de Talens son sus exabruptos, sus imprecaciones, sus malas palabras, cuidadosamente dispuestas cuando toca y por quien toca. Hay también en la prosa del autor una capacidad probada para reproducir discursos culturalmente muy distintos, de espacios y de extracciones sociales muy diversas.
Cuando esto se da en un escritor, los críticos literarios suelen decir que el novelista tiene buen oído: que tiene buen oído para captar los registros particulares del pueblo, de los doctos, de los gobernantes, de los refinados y de los adocenados. Es un tópico, ya lo sé, pero en el caso de Manuel Talens, tal capacidad está suficientemente probada. Ahora bien, esa habilidad no sería gran cosa sin el humor. Saber reproducir lo que un capellán o lo que un campesino dicen –y cómo lo dicen– está bien. Lo que está mejor es que quien escribe consiga remedar esos discursos haciendo guasa con la expresión misma, bromeando con nuestro tenor expresivo, con esas fórmulas más o menos estereotipadas, con esos restos verbales del pasado que repetimos cuando hablamos. No es el único rasgo creativo de Talens, pero la ironía es decisiva en sus ficciones: más aún, la ironía posmoderna. “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Eso decía Umberto Eco y eso hace su aventajado discípulo, Manuel Talens.
Ahora acaba de publicar una novela, La cinta de Moebius, en la que retoma pasajes bíblicos con libertad creativa y con documentación abundante, con recursos de escritor o de lector resabiado: con numerosísimos guiños posmodernos, con citas explícitas e implícitas, con alusiones crípticas o expresas. Hay hasta una bibliografía final. ¿Bibliografía? ¿De quién? ¿Del narrador o del escritor? Bien pensado, ese exhibicionismo erudito sólo puede deberse al narrador empírico. Fíjense que en esta novela Dios tiene una presencia definitiva. Es más: es propiamente su narrador. Así, con todas las letras. Si Dios es omnisciente, no le veo justificándose, poniendo acreditaciones o documentando sus afirmaciones. Es, pues, el escritor quien añade ese aparato crítico en el que se basa la ficción. Desde luego no es la primera vez que ocurre. En otra de sus novelas, Hijas de Eva, hacía algo semejante: enumeraba los libros que le habían servido para recrear, por ejemplo, la Valencia de antaño. ¿Está obligado el escritor a hacer algo así? Por supuesto que no. A mis alumnos, siempre que puedo y viene a cuento (nunca mejor dicho), les expongo el caso de Hijas de Eva: el autor empírico de una ficción no está obligado a detallar su fuentes; menos aún, si una parte de esos libros son pura invención, como es el caso de aquella novela de Talens. Cuando eso sucede, ¿qué es lo que estamos leyendo? ¿Una bibliografía apócrifa que, al modo de Jorge Luis Borges, se burla de los usos eruditos? En fin, un lío… posmoderno. También Umberto Eco, naturalmente, se valía de estos recursos académicos para liarnos a su antojo y a su manera: para provocarnos una impresión, un efecto de realidad, que diría su amigo Roland Barthes.
No les voy a descubrir los contenidos de la novela, de La cinta de Moebius, obra en la que lamentablemente toda la bibliografía citada es real. Digo lamentablemente porque en ese apartado final, el dedicado a las fuentes, el autor parece haber abandonado el juego de la erudición apócrifa. Mezclar lo verdadero con lo verosímil es propio de las novelas. De las novelas. En éstas, no es extraño que el novelista disponga al principio o al final del texto, pero siempre fuera del relato, lo que llamaremos notas de autor: son esos apartados paratextuales que sirven para aclarar procedimientos o para justificar decisiones. Hay novelas, sin embargo, en donde las notas de autor son artificio y, por tanto, se integran en la narración misma, en su ficción. Así sucedía, por ejemplo, en El nombre de la rosa. Creo que Talens es capaz de gamberradas como la que se propone en esta ficción, pero –quién sabe– quizá su parte edificante o su disposición académicamente correcta le han aconsejado reprimir la licencia de la bibliografía apócrifa, algo que se consentía en Hijas de Eva.
“Todo narrador de oficio sabe bien que, para ser verosímil, cualquier libro que aspire a reproducir el tiempo pasado debe apoyarse necesariamente en otros libros que lo procedieron. La siguiente es una lista no exhaustiva, aunque sí fundamental, de los que han sido utilizados”, decía al final de Hijas de Eva. ¿Decía? ¿Quién decía eso? El apartado se titulaba “Bibliografía” y las palabras literales que he reproducido no podían tomarse propiamente como nota de autor: la mayor parte de los títulos de los libros eran inventados y, además, si quien decía hablaba de “narrador de oficio”, entonces es que era el propio narrador –quien cuenta la novela– y no el autor empírico –quien la escribe– el que se estaba refiriendo a sí mismo. “Además, el narrador quiere expresar…”, concluía aquella nota.
Si, ahora, Manuel Talens es tan temerario como para poner a Dios en el centro de un relato –cosa que supera lo previsible–, entonces no entiendo por qué no se deja llevar por la ficción hasta el final: hasta ese elenco bibliográfico fabuloso que acreditaría lo dicho. Pero dejemos este reproche erudito…: yo jamás me atrevería a ello, a idear ficciones con Dios como personaje. Pero no por contención piadosa (válgame Dios), sino por mi propia incapacidad para fantasear tan audazmente: nunca se me ocurríría escribir sobre Dios haciéndole protagonista de un relato o usurpando su papel.
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3. El narrador omnisciente
El papel de Dios, justamente. Darle todo el protagonismo a la Providencia hasta el punto de descubrirnos su mundo interior y su entorno. Es de celebrar que un autor como Talens –ateo, supongo– se tome en serio eso del Reino de los Cielos haciendo de dicho espacio el lugar de la acción novelesca. Allí reina Dios, efectivamente, pero es Gabriel Arcángel (que es como firma) quien nos sirve de guía por aquellos dominios. No tenemos a Virgilio, sino a este ser alado y de sexo aplumado. Dicho personaje –que se halla básicamente desocupado desde la Anunciación a María– quiere hacer algo productivo, algo en lo que se reconozca. En este empeño veo un esfuerzo contrario a la alienación, ese estado anímico sobre el que los filosósofos alemanes tanto han escrito… Alienación, enajenación: verse extraño, desubicado, no reconocerse en las obras o en los actos, en los productos finalmente resultantes. Gabriel desea sentirse necesario y desea también sentirse justificado. Desde luego es alguien que valora mucho la formación intelectual y, por lo que leeremos, alguien que tiene una tendencia progresista irreprimible. Un trasunto del autor, quizá? Y qué más da. Gabriel se preocupa por el estado general del Cielo y, más aún, por el estado particular de Dios. Si allá arriba las cosas no marchan demasiado bien, ¿qué podemos decir de esa copia deslucida que es la Tierra? Pero…, ¿quién cuenta todo esto, quién relata? Volvemos al problema que nos planteábamos más arriba. Desde luego no es una voz que se exprese en primera persona, sino un narrador omnisciente que es Dios, exactamente Dios, un mecanismo autogenerador, capaz de decir, de contar, de hacer incluso en estado latente.
Está en medio de la obra observándolo todo, el devenir del mundo. Ese Dios presente pero ausente a un tiempo es también el autor, que gobierna el destino de sus personajes con la autoridad de quien es responsable y creador. El Dios de La cinta de Moebius es efectivamente responsable: rige el curso del mundo y de sus criaturas, aunque –eso sí– con alguna dificultad insalvable. Frente al monstruo de Frankenstein, dejado por su creador, o frente a los Replicantes huérfanos de Philip K. Dick, abandonados, el Dios de Talens se ocupa del orbe. Pero al final ese mundo es igualmente caduco, por lo que habrá que resetearlo, que repararlo, tarea más propia de un autor que de Dios: un autor –Talens– que se descubre en su voluntad ideológica de rehacer voluntariosamente lo torcido o lo que juzga indigno. ¿Una intromisión autorial? Digo esto e inmediatamente recuerdo el consejo de Gustave Flaubert, sus reparos de novelista-demiurgo: “el autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todos lados, visible en ninguno. Dado que el arte es una segunda naturaleza, el creador de esta naturaleza debe actuar según procedimientos análogos: que se note en todos los átomos, en todos los aspectos, una impasibilidad escondida e infinita.”
No me pidan más detalles ni me insistan con mayores pormenores. No diré más para no fastidiarles la novela. También me he reprimido al escribir la reseña para Ojos de Papel. Lo que un comentarista debe mostrar no es un resumen argumental, sino escrutinio crítico y, sobre todo, entusiasmo lector: más allá de que coincidamos o no con la ideología del autor, con su plan de ataque o con su reelaboración del mundo externo. Yo dediqué tres días a leer, anotar y comentar esta novela… con Dios. En plena Semana Santa. Nada mejor podía hacer: reservarme una obra tan bíblica en fechas especiales para elevar mi decaído espíritu con levadura irreverente. Ahora, para expiar mis debilidades, haré la relectura completa de Todo Talens. O eso espero. Me lo piden el cuerpo y una penitencia que me han impuesto.
FIN
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4. Hemeroteca

-Reseña de Justo Serna de La cinta de Moebius para Ojos de Papel (abril de 2008)
-El escritorio de Manuel Talens. El sitio web del escritor.
-Entrevista a Umberto Eco: la interviú que alguna vez habría que releer…
-Naturalmente, Umberto Eco.
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5. Scriptorium

“…Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia…” Más.
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02.28.07
Posted in Entrevistas, Escribir, Comunicación at 9:20 por jserna
Entrevista a Justo Serna
Por María Canelles
María Canelles: He oído decir que hay que ser trapero del tiempo, es decir, aprovechar cada retal de que podemos disponer en nuestro día a día, aprovechar cada minuto. Usted es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, investigador, escritor, colaborador en el Levante EMV, actualiza casi a diario un blog personal, tiene una página web muy desarrollada… Yo diría que usted es uno de esos traperos del tiempo, ¿cómo se organiza para realizar todas estas tareas?
Justo Serna: Yo creo ser, fundamentalmente, lector. Hace treinta años contaba con todo el tiempo del mundo. Era estudiante de la Facultad y, durante el primer curso, tuvimos meses y meses de huelga. Durante esas semanas de vacación forzada, acostumbraba a perderme en los Jardines de Viveros. Me sentaba en un banco y me pasaba horas leyendo. Aquello fue un hábito, un ejercicio y una disciplina a propósito de lo que ya entonces me gustaba, de lo que quería descubrir y, en definitiva, aprender. Fue allí y en aquella circunstancia cuando me di cuenta de que me interesaban muchas cosas. No sólo la historia -que era lo que estaba estudiando- o no sólo filosofía, que era algo que, en principio, también me gustaba. Había un repertorio muy amplio de temas. Andando el tiempo -justamente hoy- cuento con menos horas para poder leer, pero creo seguir leyendo bastante y lo que escribo en el fondo es un traslado de reflexiones y de lecturas. Tengo la impresión de que he aprendido a administrarme bien el tiempo, básicamente porque hay un cierto bagaje previo, porque una lectura fertiliza a otra y porque creo que, al final, todo se compagina. Otra cosa, además, es la mezcla. Me explico. Me importa mucho –al menos, en este momento– qué contagio se produce entre una y otra lectura, qué secretos o evidentes vasos comunicantes hacen fluir la imaginación de un lado a otro. En el mundo académico estamos obligados a discernir, a no mezclar. Pero a mí me sigue tentando la indisciplina lectora y por eso me pregunto qué me lleva de una referencia a otra, qué me conduce de Karl von Clausewitz a Javier Marías. Y digo eso porque justamente en este momento que usted me entrevista estaba escribiendo algo en el que me dejaba arrastrar por parentescos insólitos y arbitrarios (sin duda): apelaciones de uno a otro, unos breves párrafos en los que partiendo del militar prusiano acabo en el escritor madrileño. En fin, lo dicho: indisciplina lectora.
MC: Usted ha sido colaborador habitual de El País entre 2000 y 2006, y ahora colabora en el Levante EMV. ¿Cómo se da el salto de historiador a colaborador en la sección de opinión?
JS: Bien, yo creo que una cosa en la que no han reflexionado suficientemente los historiadores académicos -los profesores- es la responsabilidad pública que tienen. Cuando digo esto me refiero a las investigaciones que llevan a cabo -que se publican en forma de monografías históricas-, sino a la responsabilidad pública que tienen al crear opinión o al desentenderse de ello. El pasado sigue ejerciendo sobre nosotros una influencia determinante, nuestras imágenes de épocas anteriores siguen todavía afectando a nuestro comportamiento, a lo que somos en la actualidad. De hecho, los medios de comunicación o los políticos, entre otros, desentierran una y otra vez fenómenos de décadas atrás. Entonces, el historiador tiene una responsabilidad grave, gravísima, que no es otra que la de encauzar la opinión a propósito de ese pasado y, por tanto, la evitar tópicos, estereotipos, falsedades. Desde este punto de vista, una manera bastante eficaz de intervenir en la creación de opinión, lógicamente, es a través de las tribunas, columnas de la prensa en donde, de algún modo, uno reflexiona públicamente y en voz alta sobre aspectos de la actualidad pero vistos desde una óptica histórica, desde un enfoque de historiador. De ese modo, se ponen en relación épocas distintas: intentamos ver los parentescos de significado que hay entre los hechos de pasado y los hechos actuales.
MC: ¿Cómo puede uno saber, pues, si se tiene algo que transmitir y decidir (o no) si colaborar en un periódico?
JS: Creo que la actualidad nos da suficientes motivos de preocupación y de reflexión. Sería extraña la semana en que no tuviéramos de qué escribir, en que no tuviéramos de qué hablar. Cualquier semana, cualquier día, en cualquier momento, la actualidad -a través de las cosas más espectaculares y también a partir de los elementos menores, cotidianos - te proporciona motivos de reflexión y, por tanto, elementos de análisis: precisamente para ser más conscientes de tu papel y de tu posición en el mundo, de tu circunstancia como ciudadano. También para hacer más explícita tu manera de conducirte sensata y adecuadamente en un contexto en donde hay mucho estruendo, mucho estrépito, mucho ruido y, por tanto, donde hay que orientarse. Ponerse a escribir es una manera de orientarse y, por tanto, de estructurar lo que puede ser una idea que está flotando. En el momento en que tú la escribes, la idea ya no flota. Se ha expresado y, por tanto, es a lo que llegas y es hasta donde alcanzas. Desde ese punto de vista, considero que las columnas -que suelen ser textos breves- te obligan a sintetizar, a concretar y, por tanto, a abordar un objeto bien determinado: te disciplinan sin dejarte llevar por la tentación de la idea inexpresada.
MC: ¿En qué se basa, entonces, para elegir el tema del que hablar?
JS: Me baso en la sugestión que me produce un determinado tema o problema, me baso en la preocupación que me provoca un determinado hecho o acontecimiento, o me baso en la emoción que me despierta cualquier fenómeno en el que me sienta implicado.
MC: En estos momentos, usted es colaborador habitual del Levante EMV. ¿Se siente a gusto en este periódico?
JS: Me siento muy a gusto, me tratan fenomenalmente bien.
MC: ¿Puede expresar con relativa libertad lo que desea decir o se ha encontrado con alguna ‘barrera’, censurándole el periódico determinados temas?
JS: No, no me han censurado y, no es que me pueda expresar con relativa libertad, sino que me expreso con total libertad. Es decir, no hay ningún tipo de cortapisa, al menos que yo haya percibido. No hay ningún tipo de censura, al menos que yo haya visto. Y el único límite que pueda haber es, en todo caso, la capacidad que tenga uno para tratar adecuadamente los temas o la capacidad que tenga uno de saber expresarse. Porque, más allá de la prensa o de los periódicos, en ocasiones, los que escribimos en medios públicos nos censuramos a nosotros mismos, pero no porque el medio te lo imponga, sino porque crees que debes ser y expresar la cosas de determinada manera. Entonces, puede que haya censura, más bien puede que haya autocensura. No por el medio, sino por el tema que te obliga a ser contenido o por tus propias carencias.
MC: He observado que usted tiene un estilo muy particular, muy formal, con mucho léxico y estructuras complicadas en algunas ocasiones. ¿Dicho estilo se ha ido desarrollando con el paso del tiempo o lo ha creado usted con el propósito de conseguir un determinado perfil como colaborador? Es decir, ¿usted elige su estilo o su estilo le elige a usted?
JS: Creo que el mío es un estilo personal en el sentido de que siempre procuro que haya unas gotas de erudición, un motivo de actualidad, una reflexión literaria, un análisis filosófico o moral -en la medida de mis posibilidades- del hecho que estemos tratando y, también que, en la medida de lo posible, todo eso que se cuenta esté hecho de la mejor manera, de la manera más cuidada. Con ello creo expresar respeto por el lector. Por tanto, el respeto por el lector no pasa por utilizar un lenguaje llano, vulgar o, simplemente, accesible, sino por tratar las cosas con el lenguaje que consideres mejor, el más adecuado al problema que estés abordando. En particular, creo que mi estilo se ha ido creando a lo largo del tiempo, a partir de leer a mis columnistas preferidos, a mis periodistas preferidos, a mis escritores preferidos. Probablemente yo sea un híbrido de todo eso: no siempre mejor, claro.
MC: Alguna vez he leído comentarios de gente criticando su estilo, se ve que complicado para muchos. ¿Qué opina usted de esto?
JS: Es cierto que me han dicho que tengo un estilo plúmbeo, que escribo ladrillos… A otras personas, por el contrario, les gusta lo que escribo y cómo lo escribo. Si se me critica por mis formas -que generalmente suelen ser correctas, en el sentido del tratamiento cuidadoso de las personas y de los hechos- porque éstas producen ladrillos; si es ése el problema, no me importa.
MC: ¿Se ha planteado alguna vez emplear un lenguaje más estándar a raíz de estas críticas?
JS: No, en absoluto. No voy a cambiar mi forma de escribir porque, de hecho, es la única con la que sé expresarme.
MC: He seguido alguna de sus participaciones en bitácoras de compañeros de profesión y he advertido que -supongo que como todo escritor- ha tenido algunos conflictos o disparidad de opiniones con ellos. Esto ha llevado en algunas ocasiones a que usted tuviera que soportar comentarios de muy mal gusto, ya sea por parte de los que discrepaban de su opinión o por parte de internautas aburridos. ¿Cómo soporta estos comentarios hostiles?
JS: En Internet se está dando un fenómeno muy interesante y que, a la vez, entraña una serie de efectos perversos. El fenómeno interesante es el de la democratización de la opinión, es decir, el acceso masivo, universal, de los que antes eran -o éramos- lectores, a la condición de escritores. Cualquiera puede colgar un texto en Internet, cualquiera puede, de alguna manera, expresar un juicio o una reflexión atinada -o no- sobre ciertos hechos, igual que cualquiera puede opinar afinada o desafinadamente sobre lo que otros escriben. Yo he participado, en efecto, en ciertos foros o blogs de Internet, frecuentemente por amistad, por la relación que haya podido tener con el responsable del blog. Durante un año participé muy activamente en el blog de Arcadi Espada, en parte porque él me había invitado a participar, dado que le interesaban mis comentarios a sus propios comentarios. Justamente, en ese blog es donde, probablemente, he recibido las críticas más desaforadas en la forma y en el fondo, por los objetos que trataba y por las apostillas que yo podía hacer. Son críticas que, generalmente, vienen de personas que no firman con nombre y apellidos. Y éste es el posible elemento perverso que se está dando en Internet. El anonimato está bien siempre y cuando no implique agresión o censura al otro, por la razón de que el alias puede proteger la identidad de uno permitiendo expresarse con mayor libertad. Lo que no está nada bien es utilizarlo para agredir e infligir daño verbal a quien se expresa con nombre y apellidos. Creo que es un problema con el que hay que cargar, un lastre que debemos acarrear y no por eso voy a dejar de escribir en Internet.
MC: ¿Esto le afecta a usted personalmente? Es decir, ¿ha recibido en alguna ocasión un comentario que le haya dolido, llegando más allá del ámbito profesional?
JS: Si dijera que me ha afectado, mentiría. Es decir, se han podido decir auténticas barbaridades de mi persona (desde luego, ése no debería ser parte del protocolo o del procedimiento en Internet, pero lo es). De todas formas, si me hubiera afectado, probablemente habría dejado de escribir en Internet. Creo que la crítica, la polémica -incluso la polémica en tonos graves y altisonantes-, el debate intelectual… son elementos necesarios. O lo diré de otro modo: las opiniones no son respetables por el hecho de ser opiniones. Alguien puede expresar un juicio sobre unos hechos y puede que ese juicio sea algo absolutamente detestable que debe ser combatido. Lo que sí hay que mantener siempre es la corrección con las personas. Éstas sí son respetables: no necesariamente las opiniones. Por tanto, que una opinión mía -por ejemplo- sea objeto de crítica y censura dura, durísima, no me parece mal. Otra cosa diferente podría parecerme si arremeten contra mi persona o utilizan en la discusión solamente argumentos ad hominem. Es decir, contra el individuo sin entrar en el fondo del asunto.
MC: ¿Ha cambiado en alguna ocasión su forma de pensar a raíz de uno de estos comentarios?
JS: La verdad es que sí. Por lo menos, me ha hecho pensar más matizadamente, me ha hecho reflexionar de una manera más moderada y… a lo mejor más plúmbea (se ríe). Es decir, si en ocasiones he querido ser audaz diciendo algo, y alguien ha criticado el objeto que estaba abordando porque le parecía que yo lo planteaba mal, creo que me he vuelto mucho más moderado y mucho más reflexivo.
MC: En alguna ocasión incluso se lo ha tomado con humor, ¿no es así?
JS: En efecto. Otro aspecto muy deplorable que hay en Internet, a parte de lo que antes señalaba, es la gravísima irritación con la que parecen vivir muchas personas, el empeño y el agravio con el que tantos parecen expresarse como si todo estuviera a punto de acabar. La verdad es que, salvo unas pocas cosas realmente importantes, las restantes hay que tomarlas con humor, con menor énfasis, con menor gravedad.
MC: Usted ha realizado varias publicaciones junto a Anaclet Pons, ¿cómo se encontró con este “compañero de viaje” o… cómo se toma la decisión de emprender un trabajo de publicaciones junto a otra persona?
JS: La investigación histórica es, generalmente, una tarea que produce unos rendimientos personales muy elevados, desde el punto de vista narcisista. Es decir, uno descubre cosas y se encuentra en el momento del descubrimiento sintiéndose como el primer lector o, al revés, como el último e insospechado lector de un documento antiguo. Esto es extraordinariamente placentero pero, a la vez, la investigación tiene momentos de soledad, momentos en el archivo donde no puedes compartir con nadie lo que estás descubriendo. Justamente, Anaclet Pons y yo evitamos esos tiempos muertos, ese tedio del investigador. Por tener una amistad personal fértil y antigua -y también como colegas- que nos ha producido unos buenos resultados -creo-, no sólo por lo que hayamos publicado, sino también por la estricta relación que entre nosotros se establece, por el esfuerzo personal que ponemos a la hora de interpretar, por la comunicación y el diálogo que establecemos a propósito de lo que vamos descubriendo. Todo esto es posible, básicamente, porque somos amigos desde hace mucho tiempo, nos conocemos desde que éramos niños. Por tanto, se han establecido entre nosotros una serie de sobreentendidos, de acuerdos, de rutinas que facilitan la comunicación y que te permiten disfrutar de las mismas cosas a pesar de tener caracteres muy diversos.
MC: No hace ni un mes que usted y Anaclet Pons publicaron el volumen Diario de un burgués, la primera entrega de la colección “Los libros de la memoria”. En él se describe el nacimiento de la cultura del viaje en el siglo XIX valenciano a través de la visión de un viajero empedernido que realizaba un dietario cada vez que emprendía un desplazamiento que le llevaba fuera de Valencia. ¿Cómo dieron con dicho manuscrito?
JS: Dimos con el manuscrito a través de una referencia secundaria. Alguien lo citaba en algún texto pero sin extraerle todo el provecho. Es decir, era una nota a pie de página donde se aludía a un diario de un viajero junto a la referencia concreta del archivo. Fuimos a consultarlo -por pura curiosidad- y descubrimos lo que sin exagerar podemos llamar un “tesoro documental”, un gran depósito de informaciones de esa Europa del siglo XIX vista a través de la mirada y el enfoque de un burgués. Alguien distinguido, con dinero suficiente como para poder costearse todo tipo de desplazamientos y alguien que, cuando miraba y observaba el mundo, lo hacía como tantos y tantos otros burgueses de su tiempo. En principio, el protagonista no tiene nada de excepcional a la hora de expresarse, a la hora de mirar. Ve y escribe o transcribe el mundo como lo harían otros burgueses y eso es lo que le da encanto particular al texto, interés. Por supuesto, nosotros hemos intentado no sólo transcribir sus ideas, sus reflexiones y sus percepciones, sino también hemos tratado de reconstruir su propio mundo: a qué familia pertenecía, qué relaciones tenía, con quién se casó, cómo fue su descendencia, cómo administró su riqueza, su poder económico, cómo afrontó su quiebra… Todo ese rastreo documental lo hemos tenido que llevar a cabo más allá del manuscrito.
MC: ¿Se enfrentaron con alguna dificultad a la hora de recopilar la información?
JS: No, ninguna dificultad. El documento está en el Archivo Municipal de Valencia y, justamente, ese depósito tiene documentos valiosísimos de varios siglos atrás que están abiertos y son accesibles a los investigadores. Por parte de los facultativos del archivo sólo encontramos facilidades.
MC: Hasta ahora sólo he podido encontrar elogios hacia Diario de un burgués pero ¿han recibido algún tipo de crítica o rechazo hacia esa visión del burgués refinado que sólo observa lo que entiende, lo que comparte y admira, ignorando por completo aquello que le incomoda o que no desea enfrentar?
JS: Los primeros lectores que ha tenido el libro han sido muy generosos con nosotros y han calificado el texto como “magnífico”, “fantástico”, “excelente”… (y no estoy inventando las palabras). En fin, expresiones que son cariñosas y, probablemente, ejemplos de amistad, de relación y de deseo de apoyar o promocionar el libro. Ahora bien, ¿puede venir la crítica de aquello que el volumen no puede proporcionar? Es decir, lo que el viajero no registraba ni anotaba y que, por tanto, no podemos obligarle a decir. Creo que por ahí no va a venir la crítica porque, básicamente, nosotros lo anticipamos y señalamos en el propio libro. Esto es, de alguna manera, una crítica que nosotros le hacemos a él. Sabemos que no va a decirnos lo que no quiere expresar, lo que él, por contención, reserva o prudencia no quiere escribir y, por tanto, de lo privado o de lo estrictamente íntimo habla poquísimo. Los escasos elementos de intimidad que hemos podido incorporar en el libro son fruto de nuestra investigación en otros archivos y con otros documentos, no a partir de su manuscrito. Lo que él no dice de lo que estaba pasando en París o en Londres cuando él frecuentaba esas ciudades lo hemos podido restituir o reconstruir, en parte, con lo que sabemos a partir de otros documentos y otras lecturas. Por tanto, no creo que por ahí nos vengan las críticas al libro. En todo caso, toda crítica es bienvenida.
MC: Para finalizar, ¿hay algo que usted crea que he debido preguntarle y no lo he hecho?
JS: Yo le agradezco profundamente que me haga esta entrevista y agradezco que me plantee las cuestiones que me ha planteado. Únicamente, quería subrayar un aspecto que señalaba al principio y que considero fundamental. El de los géneros de opinión. Digamos que los géneros de opinión, la opinión en sí, está teniendo cada vez mayor crítica en los medios de comunicación porque se supone que hay un exceso de juicio, de interpretación y porque se supone que lo que realmente necesitamos es información. Pues bien, creo que es precisamente lo contrario. Nos sobran noticias, datos, informaciones, es decir, el elemento bruto de la comunicación. Por el contrario, lo que necesitamos cada vez más son criterios con los que orientarnos. Cuando leo a un articulista que ha sabido dar con el aspecto central de un tema, plantearlo en pocos folios y proporcionárselo al lector de la mejor manera posible lo agradezco muchísimo porque me sirve para reflexionar y para encontrar mis propios criterios como lector. Por tanto, creo que los historiadores y profesores deberíamos abandonar de vez en cuando las aulas para intervenir más en los debates públicos. Si no es así, puede haber “mercaderes” -por llamarlos de alguna manera- malintencionados que se ocupen de la opinión o del pasado o de la actualidad y que lo que hagan con el fin de intoxicar, de producir estrépito y, por tanto, de dificultar la comunicación. Desde luego, ser profesor no garantiza nada: pero, cuando estás acostumbrado a dirigirte a los estudiantes, la cautela es un requisito previo, una saludable contención. No hay nada peor que un profesor estridente, adocenado o gritón.
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