05.25.07
Posted in Antropología, Corrupción, Valencia, Democracia, Historia at 9:16 por jserna

0. Hay que votar…
–La cabellera y los cuatreros (Frente al voto en blanco postulado por Fernando Savater).
Artículo de JS en Levante-EMV, 25 de mayo de 2007.
1. Donaciones, regalos
El ideal de la humanidad es que a cada uno se le tome como fin, no como medio. Indudablemente, ese noble objetivo no lo cumplimos siempre en nuestras relaciones sociales. Hay individuos para quienes sólo somos instrumentos o medios (y debe ser así, al menos en determinadas circunstancias): sabes que un funcionario o un representante político son personas, por supuesto; sabes que tienen unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos es meramente instrumental. De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo. Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación…
En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas. En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, quienes tienen esos tratos impersonales con nosotros, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto. Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas. Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores. Dicen que el vicepresidente de la Diputación de Castellón ha incrementado su patrimonio gracias a donaciones de todo tipo. O dicen que, al menos, habría escriturado las nuevas propiedades bajo la fórmula de la donación para pagar menos a Hacienda. El representante político lo niega. No me interesa si esa figura legal esconde o no compraventas o algo peor. Me interesa dicha palabra: donación…
Hace muchos años, el sociólogo Marcel Mauss escribió un Ensayo sobre el don. Estudiaba el funcionamiento y el significado de los regalos. En la vida privada, un presente se ofrece para mantener, mejorar o facilitar nuestras relaciones, para aliviar los malentendidos o encontronazos, para favorecer nuestros intercambios, para suspender unas hostilidades: los regalos circulan, facilitan la irrigación social, afianzan la paz entre individuos o grupos potencialmente adversarios o rivales, crean o refuerzan amistades, premian a los próximos. En principio, donar presentes es gratuito: en el sentido de que regalamos porque queremos y quien recibe el obsequio no nos abona en metálico una suma con la que costear ese dispendio. ¿Gratuito? Lo que pudo observar Mauss es que el regalo establece en realidad un servicio obligatorio. Cuando obsequiamos a alguien con un presente y éste lo acepta, entonces se crea entre nosotros un sistema invisible, pero real, de prescripciones, de obligaciones: una red de prestaciones y contraprestaciones que para funcionar implica devolución proporcionada, equivalente. Piénsese, por ejemplo, que la lógica de funcionamiento de la Mafia o de la Camorra son de esta índole: desde el siglo XIX reparten servicios como si de obsequios se tratara con el fin de suplantar al Estado, de cubrir sus carencias, enredando a sus favorecidos en una obligación criminal.
En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera. En realida, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente y, como indicara Mauss al hablar del don, queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.
Es curioso, releo lo escrito y, como días atrás, creo regresar al siglo XIX, a la época del Cossi en Castellón o a la época de Joaquín Costa…
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05.20.07
Posted in Corrupción, Democracia, Historia at 10:02 por jserna

1. Trituración
Adolf Beltran me menciona muy amablemente en su blog para aludir a la “trituración interna” del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. “Trituración interna”: con esa expresión describo llanamente lo que Beltran analiza sirviéndose de conceptos más nobles y prestigiosos: habla de la entropía de la politica. Según esa formulación, los partidos, tanto en el ejercicio del poder como en el ostracismo de la oposición, acumulan un alto grado de desorden interno, una energía a la vez necesaria y desbordante que es su motor y su propia amenaza. Eso explica que tanto en el poder como en la oposición, PPCV y PSPV tengan jefes, corrientes, disidentes, articulistas, ex altos cargos que esperan (e incluso desean) la derrota del propio partido para así beneficiarse, pero también para adecuar la organización a sus aspiraciones y necesidades.
Durante esta campaña, los populares critican al candidato del Partit Socialista del País Valencià la debilidad de sus apoyos electorales, debilidad que, como mucho, sólo le permitiría formar Gobierno en coalicion, pero no en solitario. Con ello, Joan Ignasi Pla y sus segudiores de izquierdas no tendrían más remedio que intentar un tripartito a la valenciana. Ese reproche del Partido Popular tiene, por supuesto, un sentido estratégico: se amenaza con que aquí pase lo que en Cataluña sucedió con el primer tripartito de Pasqual Maragall y sus socios. Todo puede ocurrir y todo puede empeorar, desde luego, pero al final sólo cuentan las victorias electorales: no hay victorias morales, ni derrotas dulces. Las victorias suelen servir para restañar rápidamente las heridas abiertas y, por lo que veo, las largas derrotas dejan abiertas laceraciones antiguas. También en el PSPV las hay: el artículo que Jordi Palafox, profesor y socialista, publicaba días atrás prueba el malestar que antiguos miembros del partido tienen frente a la actual dirección. ¿Cuál sería su ubicación con un hipotético Gobierno encabezado por los socialistas? ¿Cuál sería su posición tras una eventual derrota del PSPV? En Francia, un fracaso de Nicolas Sarkozy habría sumido en el desconcierto más absoluto a los gaullistas; una derrota de los socialistas ha agravado su colisión interna, su trituración.
Pero el PP de la Comunidad Valenciana no es ajeno a esta circunstancia: tiene también un tripartito en su interior, una división mal avenida entre los seguidores de Francisco Camps, los incondicionales de Eduardo Zaplana y los imputados judicialmente. Eso y las rencillas locales han llevado a que en algunas poblaciones se haya producido el desdoblamiento, el enfrentamiento de listas electorales entre miembros de dicho partido. ¿Cómo afrontar municipalmente ese choque? Si Francisco Camps le reprocha a Joan Ignasi Pla su poca seriedad política, su escasa pegada como líder, cabría preguntarse a la vez qué seriedad política es esa de la que el candidato popular puede alardear cuando hay tantos aspirantes suyos, despechados o despachados, plantando cara a la organización, o cuando hay relevantes miembros de sus listas sobre los que recae la sombra de una duda.
La trituración interna del PP aún puede saldarse o soldarse, aún puede cicatrizar con tiritas gracias a las reales expectativas de triunfo. Ahora bien, algún día dicho partido deberá ajustar cuentas con su figura más emblemática: Eduardo Zaplana Hernández-Soro. ¿O será al revés? ¿Será el ex president de la Generalitat Valenciana quien, perdidos sus apoyos en Madrid, regrese para ver qué hay de lo suyo? Resulta difícil volver en esas condiciones. Un retorno de Eduardo Zaplana a Valencia, con un PP ganador, es improbable, pues sus antiguos correligionarios no parece que le hayan reservado sitio. Una vuelta a Benidorm, a la cuna de la que partió, resultaría humillante. Salvo una derrota del PP de Camps en las autonómicas, a Eduardo Zaplana no le queda salida en Valencia: ya no es una referencia ni puede retirarse como Fraga en Galicia. ¿Por qué ha perdido sus socios, que tanto lo admiraron y con quienes tanto se amistó?
El concepto de trituración aplicado a la vida política popular, que le ha hecho gracia a Adolf Beltran, lo tomo en préstamo de un periodista del siglo XIX, un redactor anónimo del diario valenciano La Opinión (1860-1866). Son tiempos de dominio aplastante del Partido Moderado (la antesala de los conservadores), un partido articulado en torno a José Campo, cuya fuerza empezó al acceder a la alcaldía de Valencia años atrás, en los cuarenta. Allí reunió a amigos y colaboradores para modernizar la ciudad, para satisfacer sus intereses materiales, para enriquecerse con las contratas, con los negocios, para repartir a manos llenas entre socios y testaferros. Pero hacia 1862 Campo ya no está en Valencia: reside en Madrid en un suntuoso palacio en el Paseo del Prado y, desde luego, prefiere gestionar sus múltiples intereses en la Villa y Corte, incluso en los pasilllos de Las Cortes, allá en donde disfruta de escaño parlamentario. Es muy conocido por las innumerables relaciones que tiene, por las granjerías de que disfruta.
Pero no olvida Valencia: sabe que allí ha de mantener una red de influencias que defiendan su retaguardia. La hegemonía es del Partido Moderado, el partido de Campo, pero esa organización (aún tan embrionaria) sólo es una reunión de gerifaltes cuyos propios intereses acaban chocando entre sí. Sus negocios municipales, que empezaron siendo un juego cooperativo, han acabado siendo un juego de suma cero: lo que tú ganas yo lo pierdo. De otro lado, los partidos rivales acechan y, desde luego, denuncian los malos usos, la política rapaz de los gobernantes. Campo no puede controlar desde Madrid lo que es una guerra sin cuartel entre antiguos amigos y socios… La prensa moderada (y La Opinión, lo es, pues pertenece a José Campo) describe el estado de la política local en esos términos: en Valencia, el moderantismo ya no es un partido, tal es el grado de trituración que experimenta la política, tal es el nivel de fractura, tales son los reproches que unos u otros pueden hacerse dentro de una organización que se disuelve.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, los contextos son distintos y, por supuesto, los actores de la política local no se asemejan en todos su perfiles a lo que fueron aquellos patricios avariciosos. Sin embargo, si nos dejáramos llevar por una analogía precipitada, tal vez podríamos creer que regresamos al siglo XIX. Ayer, acababa mi post anterior (Entre Borges y Mendoza) añorando un regreso imposible a la literatura del Ochocientos, dispuesto a recrearme con folletines reparadores y con melodramas llorones. Hoy veo que el siglo XIX sigue presente entre nosotros, con esa fuerza de lo viejo que no acaba de morir: no sé si lo que nos pasa en política local es un folletín reparador o un melodrama llorón. En una página del libro que ayer mencionaba aquí, Eduardo Mendoza lo diagnosticaba de otro modo: la vida política es una forma de canibalismo.
—————-
2. Hemeroteca
-Francisco Camps, artículo de JS en Levante-EMV, 18 de mayo de 2007.
-¿Cómo votamos?, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de mayo de 2007.
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10.24.06
Posted in Corrupción, Democracia at 10:18 por jserna
“El peso de la ley debe recaer sobre quienes utilizan cargos públicos al servicio de intereses inconfesables”, leo en el editorial de Abc del 23 de octubre, el periódico que ha destapado el caso de una recalificación urbanística en Ciempozuelos. “Está en juego nada menos que la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático”, concluye el editorialista. Intereses inconfesables y confianza son las claves de ese juicio.
Si los intereses no son transparentes, entonces dañan directamente la base de la democracia, que es la publicidad de la gestión pública, la visibilidad de los actos y de los pactos. Así nos lo recordaba Jürgen Habermas en una de sus primeras obras, para quien el mundo moderno ve nacer la opinión pública, que es la que idealmente vela por lo colectivo y por lo universal. Pero para que esto sea posible tiene que haber condiciones de accesibilidad general: no puede estar restringido el acceso a la función pública, y los servicios prestados deben ser fiscalizados y vigilados de manera visible. El empleado debe poder dar cuenta de manera confesable y transparente de sus actividades y acuerdos. De lo contrario, estamos en la esfera opaca de la política. Es probable que en la alta gestión del Estado siempre deba haber arcana imperii, como se da en el ámbito diplomático, pero en la micropolítica municipal la opacidad sería cómica si no fuera por lo gravosa y desmoralizadora que es para la virtud pública del ciudadano, para el cumplimiento de sus propias obligaciones. Éste ve pasar ante sí ofertas y pelotazos que unos pocos aprovechan precisamente porque no hay publicidad ni accesibilidad universales. Éste ve, en suma, cómo ese contrato originario e hipotético que le ata a su sociedad se ve quebrantado por la rapiña de unos pocos. Porque, como dice el editorialista de Abc, lo que se fractura es la confianza, nuestros acuerdos políticos.
La vida, en efecto, es una sucesión de acuerdos, el esfuerzo de distinguir los códigos formales que nos rigen mutuamente, las reglas escritas o no que debemos cumplir y que regulan el comportamiento de todos en cada contexto. La sociedad funciona cuando el trato entre individuos se basa en expectativas ciertas, cuando entre conocidos o desconocidos, en el comportamiento privado o en el público, hay un marco general de confianza. Un acuerdo es siempre un convenio que se establecen entre dos o más individuos sometidos a cierta norma general, a ciertas obligaciones recíprocas, a ciertas formalidades, con el fin de obtener ventajas, la principal de ellas el mutuo respeto. La obligatoriedad es el requisito básico para el cumplimiento de esos acuerdos, requisito que, en principio, se basa en la confianza. Las instituciones públicas y los compromisos formales están concebidos para garantizar el cumplimiento de las obligaciones por los particulares entre sí o frente al Estado. Por eso, la confianza institucional es básica y constituye el elemento fundamental en un gran número de actividades humanas y sociales. En toda relación de cooperación entre dos o más individuos es necesario el crédito recíproco, saber qué cabe aguardar del otro, su buen hacer.
Confiar es esperar que el otro respete la palabra dada, esperar que se cumplan la obligación que nos hemos prometido o la expectativa que sensatamente nos hemos hecho de las personas y de las cosas. Cuando esto no se verifica, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus funciones, cuando se burla la ley de manera solemne, entonces la confianza se menoscaba, la irresponsabilidad se gratifica y el crédito público se arruina.
Es lo que está pasando con el aprovechamiento delictivo de las oportunidades edilicias. Por lo que parece, la recalificación de terrenos, adquiridos como rústicos y luego vendidos para la edificación, no es infrecuente, como tampoco lo es la ganancia astronómica que de ello se deriva. En la costa valenciana y ahora en Ciempozuelos, etcétera, la colusión entre micropolítica y gran negocio nos lleva a un deterioro de la moral pública. Y no es cierto que eso sólo se dé cuando gobiernan los socialistas: en distintas poblaciones valencianas hay casos de regidores presuntamente desvergonzados, integrantes del Partido Popular, que están siendo investigados por su rapacidad edilicia.
Por lo que se va diciendo, el latrocinio es semejante aquí y allá: siempre son unos cuantos espabilados, unos cuantos avispados los que se aprovechan de la confianza que en ellos hemos depositado, los que se valen de los recursos públicos y de las recalificaciones para hacerse con patrimonios fastuosos, para convertirse en magnates del ladrillo o en reyes del suelo.
Cuando ese crédito público se malogra, entonces ingresamos en el territorio de las mafias. En el extremo, lo característico de estas organizaciones es que quiebran ostentosamente la confianza institucional, volviendo suspicaz, resignado y absentista el comportamiento del ciudadano. A cambio, si se somete, recibirá favores, protección y servicios. Con este vínculo desigual e intimidatorio se deteriora la moral pública, se impone la conducta del avispado y del servil y, en fin, se rehace delictivamente la relación desigual que ata al cliente con el amo. Ése es “il prezzo della sfiducia”, decía el sociólogo italiano Diego Gambetta: el propio de un mundo en el que todos son potencialmente hostiles y en el que la única acción que se emprende es el juego de suma cero, con evidente deterioro de la organización social.
Tal vez el precio que aquí estemos pagando no sea aún el del contexto mafioso y todavía estemos sólo en la fase previa: en la fase de la corrupción, de la transferencia de bienes económicos gracias al favor político, un fase preliminar que nos devuelve, sin embargo, a épocas más o menos remotas, las de la dominación patrimonialista de lo público. En el viejo patrimonialismo descrito por Max Weber en Economía y sociedad, el funcionario hace valer su influencia transformando los recursos colectivos en pertenencia privada. Porque en eso consiste la lógica del patrimonialismo: en el reparto de bienes o de exenciones. El empleado o, en este caso, el regidor se adueña de lo público para hacer un uso discrecional de sus recursos. Con ello vemos enriquecimientos súbitos y alardes lujosos, los propios de esos ventajistas que se reparten recalificaciones edilicias; pero son también los propios de quienes promueven obras asiáticas con contratas millonarias.
En la Comunidad Valenciana tenemos ejemplos bien llamativos. Pero muchas de esas recalificaciones no sólo dañan la gestión pública y la confianza ciudadana. Dañan también los terrenos, con construcciones inverosímiles… con derroches cementeros, con amputaciones en las Sierras, como la que se está haciendo en la Sierra Cortina de Benidorm, a lo largo de la Avenida del Alcalde Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Vean, vean las fotografías inferiores.

Rafael Torres habla de los hampones municipales
Levante editorializa sobre el decálogo del PSOE
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