02.15.08
Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 21:00 por jserna

1. Livres de circonstances
¿Qué hago yo leyendo literatura política o periodística absolutamente coyuntural? ¿Para qué dedico una parte de mi tiempo a libros exclusivamente circunstanciales, a volúmenes que no rebasan su propio contexto? Desde luego no me voy a poner finolis. A mí lo que me gusta es leer para informarme, buscando entre la ganga y la morralla. Cuando doy clases, mi ideal es impartirlas sin tener sobre la mesa apuntes extensos y desarrollados: sólo unas brevísimas anotaciones, palabras garabateadas que me permitan recordar… No se trata de improvisar, así sin más. Se trata de hurgar dentro con el fin de extraer lo que previamente sembraste. Para ello, desde luego, hay que documentarse, reservando lo aprendido, conservando aquello que podrías necesitar en caso de apuro, justamente cuando no cuentas con la fuente…
Digo esto y recuerdo el caso extremo de Antonio Gramsci: solo, en la cárcel, con escasos libros, elaborando sus apuntes eruditos, pero siempre necesitados de una posterior mejora… que nunca llegará. Leer así, trabajar en esas condiciones, tiene su riesgo. Por faltarle los recursos necesarios, el preso que carece de fuentes corre el peligro de incurrir en el diletantismo, en la mera expansión. Vale decir, puede tratar este o aquel asunto con erudición precaria, buscando sólo la brillantez formal, aproximándose superficialmente, liquidando el tema. Gramsci no quería ser un diletante. Por eso se sometía a los rigores de la disciplina intelectual y por eso multiplicaba sus fuentes, todas las que le permitían: alta y baja literatura.
No es un mal plan: leer cosas de batalla, incluso de baratillo. Más aún, puede ser un ideal: contrastar lo sofisticado y lo complejo con lo común y lo humano, lo demasiado humano. Por ejemplo, yo venía de leer los libros de Miguel Veyrat, refinados y herméticos, y en los últimos días he querido someterme a la disciplina contraria: catar algo prosaico, algo que muestre sensaciones más ordinarias, más vulgares. “Todas las emociones contenidas en este libro –ambiciones, sentimientos, amor, odio, éxito, fracaso, rabia, tragedia y comedia— estallaron de golpe el 15 de enero de 2007”, dice la autora con error perdonable. El desliz lo causan las prisas: se acababa de producir la escena final y la periodista debía aprovechar el interés que el prolongado choque había despertado.
Es un drama que enfrenta a dos postulantes con humana codicia, a un hombre y una mujer que se saben destinados a algo más eximio que la política municipal y espesa… Es el suyo un juego de suma cero, pero es también un lance antiguo en el que los combatientes van de farol, amagan, hacen fintas. El hecho de que sean una dama y un caballero aumenta el interés. En el fondo, encarnan papeles igualmente antiguos, roles predecibles. Por un lado, la mujer resuelta, decidida y lenguaraz, con la campechana vulgaridad de los grandes linajes: la señora que se aupa estratégica, sibilinamente, dando sus hachazos en el momento exacto. Por otro, el varón igualmente codicioso que sabe conquistar con dotes de galán antiguo, una suerte de Don Juan entre tímido y audaz: el hombre culto que se ve exquisito, que se cree destinado a mayores, que sueña con reemplazar y superar las ambiciones del padre. Ambos desean lo mismo, pero no hay reparto del reino: sólo uno podrá aspirar al trono.
Lucía Méndez, periodista de El Mundo, es la autora de Duelo de titanes, un libro en el que relata la historia de dos ambiciones. Pese a lo que pueda pensarse, no hay enigma que en sus páginas se desvele; no hay revelaciones a las que ahora asistamos con asombro; no hay fuentes inéditas que hoy se destapen. El volumen ponen en orden –que no es poco– un caso de enfrentamiento político que hemos seguido con interés morboso, folletinesco. El título es una concesión al tópico, sin duda. La fotografía de la cubierta, en la que se ve a Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón apretaditos, es un azar que alguna inauguración o algún encuentro institucional han forzado. En todo caso, cumple su función: reclamar nuestra atención. Una faja inferior de dicha cubierta acentúa el sentido folletinesco, melodramático. Lamento que la imagen que ustedes ven (capturada de la página de Espasa) no nos permita distinguir el reclamo comercial.

Lo reproduzco. “Las claves secretas”, leo. “Ella creció a su sombra, él la despreciaba…”, acaba la leyenda de dicha faja. En realidad, no hay claves secretas, sino evidencias públicas o pruebas manifiestas que estaban a la vista de todos. Pero el folletín tiene sus reglas, como bien nos advirtió Gramsci cuando analizaba la literatura popular. Caballeros que se descubren y se comportan como héroes, cuando su vida no estaba destinada a ello; príncipes azules que aún creen en la bondad de los sentimientos, en la limpieza de sus emociones; traidores que actúan con doblez y que agrandan los desastres del reino; villanos que obran el mal para adueñarse del mundo, con codicia irrefrenable, con malas artes; princesas bellísimas y algo atolondradas o inocentes que fueron secuestradas… y que finalmente habrán de ser restituidas a sus padres, los monarcas; brujas o hermanastras o madrastras que envidian la delicadeza de esas damas, responsables del rapto o del estupro, y que recibirán su merecido. Esas claves de lectura no son códigos antiguos que hayamos abandonado. Antes al contrario, lo folletinesco perdura en la vida pública y privada de hoy. Me pregunto qué papeles cumplen Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón en el volumen de Lucía Méndez.
La periodista reconoce la emoción que le ponen los actores a los papeles que desempeñan, dramatizando bien su enfrentamiento. El choque es real, pero cobra dimensiones de cuento. Tal vez por eso, la autora no cree que salgan bien parados: piensa finalmente que quizá no haya triunfador neto en este duelo. Por una parte, las simpatías de la periodista se inclinan por Ruiz-Gallardón pero reconoce que el caballero ha manifestado sus ambiciones algo torpe, algo desastrosamente. ¿Cuál es su futuro? De momento sobrellevar melancólicamente la pérdida de un tesoro que nunca tuvo. Aunque, quién sabe, quizá algún día acabe por reponerse presentándose de nuevo como el príncipe azul que antaño fue confundido por la madrastra. Por otra, la autora admira a Aguirre, tan exacta en sus golpes, tan despiadada, con esa sonrisa desacomplejada que luce para escarnio de sus víctimas. Aunque, quién sabe, quizá algún día sus damnificados le hagan pagar amargamente los éxitos de hoy, el botín o el despojo…
Me pregunto, pues, sobre esta literatura política, sobre sus personajes de fábula, sobre sus episodios de cuento y, al hacerlo, creo ver las entretelas, la confección, los trucos menores. No hay que examinar sólo los contenidos o las cubiertas. Hay que demorarse en detalles aparentemente secundarios que mucho dicen de lo que estas obras son. Por ejemplo, el prólogo de Duelo de titanes tiene un pie que reza lo siguiente: Madrid, diciembre de 2007. En cambio, en el epílogo del libro podemos leer: Madrid, enero 2008. Aquel prefacio está escrito y datado cuando el choque final entre Aguirre y Ruiz-Gallardón aún no se ha producido; el último capítulo está fechado cuando el alcalde de Madrid ya ha sido excluido de las listas al Congreso. El libro estaba básicamente confeccionado antes de que se precipitara el desenlace, cuando nada se sabía de lo que podía ocurrir.
¿Qué ha hecho la autora? Retocarlo para introducir brevemente la escena final de la exclusión de Ruiz-Gallardón, sirviendo así como consumación ya sabida. Ese momento lo retoma en las últimas páginas: es un acto dramático y, con ella, la autora da una salida bien distinta a lo que había sido el tono del relato. A la postre, es Mariano Rajoy el gran personaje que Méndez quiere retratar, aquel que con inteligencia y fino olfato habría sabido salir airoso del choque de personalidades. Ese capítulo lo titula “La catarsis”. Se nota el postizo, el añadido, la extensión. Rajoy, que ha estado muy desdibujado a lo largo del volumen, como un rey atribulado, resulta vencedor. Desde luego, es una posibilidad, pero está por ver: está por ver que las cosas puedan explicarse finalmente así.
Mi padre, que acaba de leer Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón, está devorando ahora Duelo de titanes. Me admite que es un libro que pronto olvidaremos, pues es éste el sino de la literatura política circunstancial. Sin embargo, es un libro que ahora cumple un papel. Además de enriquecer a la autora, además de catapultarla como reportera de Corte, la obra convierte en materia de folletín lo que es una vulgar o repetida historia de ambiciones: el rey que ve peligrar su corona y sus dominios por la codicia de los herederos… impide que lo destronen. En los cuentos, los héroes finalmente triunfan; los villanos caen derrotados; los traidores reciben su merecido; y el pueblo asiste complacido a la felicidad de sus superiores. ¿Es Mariano Rajoy el héroe? ¿Durará su reinado o, por el contrario, habrá algún tapado dispuesto a sucederle? No sé, quizá con Mariano Rajoy asistamos otra vez, en clave de farsa, a la historia archisabida del rey Lear. Entonces, cabría preguntarse quiénes son Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre. ¿Quiénes son aquí Cordelia, Goneril o Regan? Como dice Edgar en El rey Lear: “Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo, tanto como para entrar: todo es estar maduros”. Pues eso.
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2. Hemeroteca. El beso

El beso, el beso…, según EP, Abc
El beso, el beso…, según Efe, La Razón
El beso, el beso…, según agencias, El Mundo
El beso, el beso…, según Efe, Levante-Emv
El beso, el beso…, según agencias, El País
“…En efecto, hay algo que se ha impuesto en nuestro país y que es un peligro creciente. Para abreviar lo llamaremos el estilo rosa. La lógica, la dinámica y la retórica de los medios públicos se asemejan cada vez más a ciertos programas televisivos y a algunas revistas del corazón. ¿Qué es la prensa rosa? Ya saben: son publicaciones (y televisiones) en las que se persigue a personajes célebres para arrancarles alguna declaración, alguna opinión, algún juicio sobre sus penúltimos amoríos. Es, por supuesto, el lugar del cotilleo, el corral de vecindad al que se asoman los espectadores para asombrarse con las habladurías, pero es también el proscenio en el que representar el famoseo: un modo de certificar la existencia. Si sales, si te roban la imagen, si te piden opinión, es que cuentas, ya cuentas. Pero eso que dices o que dicen no es todo, sólo una parte de lo que encubres. Hay, pues, un toma y daca. Algunos confiesan algo, pero todos los espectadores saben que hay algo más que no se revela, que detrás de esas pocas palabras triviales o comprometedoras, hay… tomate; hay… tela”, decíamos ayer.
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3. Alberto el Doliente
Dicen que la posición de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la Villa y Corte, es incómoda. Al no haber sido escogido para figurar en la lista electoral del Partido Popular por Madrid, su futuro queda desdibujado. Tanto es así que, tras la reunión en que se le comunicó que no iba a concurrir como candidato al Congreso, éste amenazó con abandonar la vida política. Luego, más sosegadamente, acabó corrigiéndose para decir que tras el 9 de marzo consideraría abierta y públicamente qué hacer de su empleo institucional. Los observadores se apresuraron a señalar que no habría dimisión antes de las elecciones, fundamentalmente para no dañar las expectativas de Mariano Rajoy. Yo creo, sin embargo, que sin ser incierta esa descripción hay otro elemento a considerar. Mantenerse en el cargo hasta el 9 de marzo, con ese vaivén emocional que expresa en público, con ese silencio doloroso que exhibe, con esa resignación callada que manifiesta, le permite jugar con distintas opciones. Si perdiera Mariano Rajoy, entonces él mismo podría presentarse como el candidato que no fue, como el activo que el Partido Popular derrochó a sabiendas. Si ganara el PP, entonces podría presentarse como el militante obediente, alguien a quien correspondería un pago o contraprestación a cambio de su doliente fidelidad. Es decir, su siencio siempre tendrá premio… Es una comedia de enredo y es un juego de suma cero, pero es sobre todo un folletín que puede narrarse como un cuento o que puede dramatizarse como un desamor, con dos rivales cuyo jefe les obliga a representar su fidelidad.
“No dejaré yo de besar a ninguna persona que quiera regalarme un beso“, le confiesa Alberto Ruiz-Gallardón a Andreu Buenafuente…
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Miércoles 20 de febrero, a poqueta nit, nuevo post
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02.11.08
Posted in Comunicación, Democracia at 12:38 por jserna

1. José Luis Rodríguez Zapatero
Para José Antonio Zarzalejos, el ex director de Abc, José Luis Rodríguez Zapatero era objeto de repudio. Dicha actitud la hacía explícita una y otra vez, repitiéndose machacona y bravamente en sus epístolas dominicales. Aunque ahora lo hayan defenestrado, no debemos olvidar al antiguo director de Abc. Zarzalejos quiso batallar briosamente contra Zapatero y, desde luego, ha marcado una época del columnismo huraño. Se presentaba como moderado, de verbo contenido, pero acabó venciéndole su propia empresa. Literalmente, una empresa que le sobrepasaba: un gran periódico en horas bajas –con un seguidismo o un partidismo explícitos en cada una de sus páginas– ha precipitado su caída. Se declaró partidario de Alberto Ruiz-Gallardón… y fracasó en su apuesta. Se declaró contrario a Eduardo Zaplana… y fracasó en su apuesta. Quiso mostrarse celosamente vigilante de Mariano Rajoy, dictándole incluso el banquillo, pero fracasó también en sus admoniciones y consejos. Ya lo analicé aquí, en el blog. Para colmo, Zarzalejos estuvo durante meses y meses acosado, ridiculizado y vejado por Federico Jiménez Losantos, que le reprochaba haber convertido el diario que dirigía en un periódico inane. Ahora es fácil olvidar al periodista caído en combate, en un combate periodístico del que él es víctima principal; fácil olvidarlo para una empresa que debe reponerse y rehacerse moviendo el banquillo: volviendo a su cantera.
Zarzalejos supo condensar los clichés expresivos que se han impuesto entre quienes se oponen al líder del partido socialista. Lo supo hacer con porfía aunque con dudosos resultados, todo hay que decirlo: sus tropiezos con las metáforas y el exceso de cacofonías estropeaban su prosa, siempre algo engolada. En un artículo suyo de junio de 2007 –que ya analicé aquí, en el blog– están los rasgos de su columnismo. Pero más que el análisis de su prosa herida, me interesa destacar ahora cómo describía a Zapatero. Pondré los rasgos por orden alfabético.
Adanismo, alevosía, altivez, arbitrariedad, banalidad, buenismo, cesarismo, cinismo, despotismo, doblez, candidez, iluminismo, ingenuidad, irresponsabilidad, magia, mentira, prepotencia, soberbia, redentorismo, tacticismo, vacío.
La verdad es que esos rasgos resultaban y resultan contradictorios. Describen a tipo ingenuo y malévolo, a un individuo inocente y cínico, a un político cándido y táctico. Todo ello a la vez. Veamos esos rasgos más precisamente. Por un lado, si alguien peca de adanismo es porque cree que con él empieza todo, que con él se inaugura la historia. ¿Es banal, además? La banalidad es la condición del insignificante, la propiedad de quien sólo actúa o piensa trivialmente. Quizá esas trivialidades expliquen el fundamento del buenismo. El bueno en política es aquel que nos quiere salvar y a la vez nos hunde. El bueno en política es un irresponsable, pues profesa el redentorismo: ha tenido una iluminación y quiere realizarla, mágicamente. Pero esa idea peca de candidez, de ingenuidad, de modo que el resultado es el vacío.
Pero, por otro lado, Zarzalejos tipificaba a Rodríguez Zapatero de alevoso. Si a uno se le acusa de tal cosa es por su deslealtad, por su traición. Si, además, podemos reprocharle su altivez es por su engreimiento, por su soberbia, el pecado de los individuos altaneros, aquellos que no atienden, aquellos que creyéndose superiores tratan con desprecio. Si encima se le califica de arbitrario es porque actúa con manifiesta ilegalidad, al margen de cualquier contención o freno. De ahí, su cesarismo, su despotismo, lo propio de quienes obran cínicamente, con doblez y tacticismo, con mentiras.
El trazado de estos rasgos se ha impuesto y, sin duda, esos estigmas –que no son idea exclusiva de Zarzalejos– pueden rastrearse entre distintos columnistas igualmente contrarios a Zapatero. Un par de ejemplos bastarán: los de Ignacio Camacho o Pedro J. Ramírez, el domingo 10 de febrero. Lo curioso es que ahora sirven también para abreviar y estigmatizar el perfil de Barack Obama partiendo de parecidos o coincidencias.
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2. Barack Obama
¿Y de Obama qué preocupa? ¿Qué le reprochan Camacho o Ramírez? Su adanismo, dice el primero. O su condición de bambi, añade el segundo. Es decir, un político sin asideros firmes o un reformista que rebasa los límites o los atavismos del propio partido. Un Obama más después de tantos y tantos como habría tenido el Partido Demócrata. “Atractivos Obamas que se quedaron por el camino”, añade Ramírez. ¿Quiénes? “John Edwards, Howard Dean, Bill Bradley, Gary Hart, Eugene Mc Carthy, Jesse Jackson o -aunque su caso fuera distinto- el malogrado Robert Kennedy, tal vez el más parecido al novato senador de Illinois en su ardiente retórica y capacidad de movilizar a los jóvenes”.
El nuevo adán sería alguien que empieza creyendo que inaugura lo que ya estaba o alguien que peca de candidez, presto a ser devorado por las fieras. Como dice Pedro J. Ramírez, “no es aventurado pensar que su desconocimiento de la mayoría de los asuntos importantes, sus contradicciones ideológicas, su ascendencia musulmana e incluso sus coqueteos juveniles con el incendiario predicador negro Jeremiah Wright le harán presa fácil de la máquina de picar carne republicana”.
He leído el volumen de Barack Obama, La audacia de la esperanza, y en su autor no creo ver a un indigente intelectual que profesa el adanismo. Tampoco veo al ingenuo politico que retrata Pedro Jota. Si así fuera, un simple inexperto habría seducido a sus numerosos lectores y a los votantes que en las Primarias están apostando por él. Obama fue un profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago y su solidez académica no está reñida con el realismo político. He vuelto a releer pasajes de dicho libro para comprobar si su perfil se acomoda al retrato de Camacho y Ramírez. Tengo la impresión de que con Obama sucede lo mismo que con Rodríguez Zapatero: que con él se puede hacer un objeto de transferencia (perdonen el vocablo psicoanalítico).
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3. Un objeto de transferencia
Permítanme este didactismo. Tomémoslo como una metáfora operativa. En el proceso de transferencia, el paciente convierte al analista en un objeto vacío: sabe tan poco de él que puede modelarlo a su antojo, según le dictan sus miedos o expectativas. El terapeuta se deja manipular o modelar o rellenar, claro: así facilita la exhumación de lo oculto, de lo olvidado, de lo doloroso, de lo deseado. La transferencia es ese proceso en virtud del cual las fantasías, las frustraciones inconscientes se actualizan. ¿Cómo? El paciente vierte lo que anhela o repudia, tomando al otro como figura vacía: rellenándola, en fin, con experiencias o vivencias propias, con aquello que le angustia o le excita. El terapeuta es así una especie de vertedero.
Salvando las distancias y aceptando que utilizo la transferencia como hipótesis operativa, podemos decir que el columnismo conservador emplea a Obama como esa figura vacía a rellenar. Es sólo un perfil del que poco parecen saber. Mejor así: la analogía funcionará sin contradicción. Obama se convierte en un personaje a quien estigmatizan con las marcas que ellos mismos han trazado para desdibujar a Rodríguez Zapatero. El presidente español ha sido ese adán y taimado, ese ingenuo y cínico; Obama lleva camino de serlo.
En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha hecho a José Luis Rodríguez Zapatero en Cuatro, he buscado al monstruo, he querido verlo, he querido identificar al Jano bifronte (al cesarista y al ingenuo): al caudillo antisistema al que Hermann Tertsch también estigmatiza y combate una y otra vez en las páginas de Abc. No he visto al monstruo. ¿Por la comodísima entrevista que Gabilondo le ha hecho, con preguntas que facilitaban la declaración, la exposición, el lucimiento? ¿Por la cordial interviú de un periodista afín en cuyo rostro se reflejaba distensión y simpatía? Indudablemente, Gabilondo estaba cómodo en el cara a cara con Rodríguez Zapatero, procurando que el encuadre, el tono, las palabras no rebotaran: el candidato socialista transfería sobre el periodista vacío –en el sentido psicoanalítico– un discurso sin resistencia. ¿Es por eso por lo que no he visto al monstruo? Tampoco lo vieron los reporteros críticos e incluso hostiles de La Razón que semanas atrás lo entrevistaban, sorprendidos en vivo y en directo de la cortesía y de la argumentación correosa de la que era capaz el mandatario.
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4. El monstruo
Un (monstruo) irresponsable, presuntuoso, traidor, despótico. Eso es lo que Zarzalejos o Tertsch, entre otros, han estado repitiendo semana a semana, columna a columna, durante estos años: trazando una caricatura finalmente irreconocible. Si los creadores de opinión definen las situaciones como reales, acaban siendo reales en sus efectos; si se insiste, acaban creyéndose como tales. ¿Por qué razón? Porque los lectores o los espectadores somos generalmente perezosos y, por eso, nos valemos de los resúmenes y de los esquemas, de los significados y de los sentidos, que los oráculos hacen para nosotros. Y así que hemos aceptado esos esquemas y esos sentidos, nuestra conducta suele acoplarse al estereotipo creado. Eso, siempre que no nos informemos, siempre que nos dejemos llevar por el prejuicio o la ignorancia. La campaña que ciertos medios han llevado a cabo durante esta legislatura se recordará en la historia del periodismo como un ejemplo de manipulación.
Quien manipula influye alterando la información de los hechos y su significado compartido u objetivo: los cambia para así modificar o impedir el comportamiento racional y razonable del destinatario. ¿Qué hace y para qué? Insisto: altera los datos objetivos de un personaje, de un acontecimiento, su sentido, para dificultar la conducta independiente del receptor, la autonomía personal; para propiciar las decisiones afectivas, emocionales, puramente reactivas. Quien manipula presiona vigorosa, persistentemente tratando de calar hondo, tratando de tapar: que los manipulados no se den cuenta. Por ello procura no manifestar de manera abierta sus propósitos o intenciones. El manipulador persuade, pero a diferencia del informador aprovecha la falta de información del manipulado para suministrar datos falsos o para torcer su sentido más elemental. Encubre, enmascara, embauca, tima, simula, despista e induce a error. El manipulador sabe que somos sugestionables, temerosos o supersticiosos y se dirige a esa parte nuestra.
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5. La manipulación. Dos o tres cosas que sé de ella
¿Qué es la manipulación? Es un medio de forzar la creencia o la acción de un tercero mediante manejos, maniobras. Manejos, maniobras, manipulación: todas esas palabras tienen una raíz común. Proceden del latín manus, mano. Esa coincidencia no es casual: me permite, además, hacer una metáfora.
Manipulare. Se dice que es en el latín vulgar del siglo XII cuando aparece por primera vez el verbo manipulare, que no tiene un sentido negativo, peyorativo. Entonces, manipular significa llevar a un ciego de la mano, conducir a alguien que no ve, una tarea compasiva o humanitaria. Con la mano guiamos a quien no ve, alguien que en principio no sabe si lo llevamos por el camino adecuado. Es decir, al ciego puede engañársele. Ahora bien, por pura supervivencia, por amor propio, por suspicacia incluso, el invidente no lo fía todo a los otros, a la mano de los otros y, por eso, aguza sus restantes sentidos. En efecto, los ciegos pueden descubrir si se les conduce buenamente, maliciosamente, malintencionadamente. Tienen una sensibilidad especial para evitar el engaño. Valiéndose de su experiencia y de su intuición, vislumbran cuándo se les guía recta o equivocadamente.
Por muy despiertos que podamos estar, los ciudadanos somos como el ciego de la metáfora. No vemos o no lo vemos todo: no podemos verlo. Por tanto, como los invidentes reales, hemos de hacer ejercicios de vislumbre que nos permitan distinguir la información de la confusión, los hechos y su sentido recto de la amalgama confusa, los datos de su caricatura. En plena campaña electoral, esa tarea es ciertamente difícil.
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6. Lo real y su metáfora
Hemos de estar bien despiertos para hacer esos ejercicios de vislumbre, para separar lo real de su metáfora. Dicen que añoraremos a José Antonio Zarzalejos. Dicen que era un moderado en territorio comanche. Es probable. Comparado con los fichajes de La Razón que ahora regresan a Abc, era un periodista templado, añaden. “La cúpula directiva de La Razón vuelve a Abc“, proclama el periódico. En efecto, regresan José Alejandro Vara, José Antonio Navas, Pablo Planas y Tomás Cuesta. Abc recupera así a antiguos profesionales que se formaron en dicha casa o que desempeñaron cargos. Pero eso no es lo significativo, eso es lo irrelevante: el narcisismo de las empresas, la herida infligida al rival. Además de descabezar a un periódico de la competencia, el diario de la grapa incorpora para los puestos de responsabilidad a cuatro periodistas de significada posición. Lo relevante de ellos está al final de cada apunte biográfico que publica Abc. De uno se dice que “participa en tertulias de diversos medios, como Antena 3, Telemadrid y la cadena COPE”. De otro se precisa que ”actualmente participa como tertuliano en el programa ‘La Linterna’ de la Cadena COPE”. De un tercero se añade que ”en la actualidad participa en las tertulias políticas de Libertad Digital Televisión”. Del cuarto se indica que ”actualmente es director de programación de Libertad Digital Televisión y tertuliano de la cadena COPE”.
La común circunstancia no es casual, por supuesto. Como tampoco lo es el contento de Federico Jiménez Losantos. Simplemente está dichoso con la “Operación Rescate” de Abc, operación de la que era sabedor de antemano: rescate, dado el declive del diario monárquico; rescate, dado el hundimiento político y mediático de Ruiz-Gallardón; rescate, dada la salvación in extremis de Eduardo Zaplana. A partir de ahora, será posible la mayor afinidad ideológica entre Abc y La Razón, añade Jiménez Losantos, pues el nuevo director de este último diario, Francisco Marhuenda, es también hombre de confianza. “Vaya mi bienvenida”, añade Jiménez Losantos. “Creo que los dos periódicos son necesarios, y que todos somos pocos para frenar el proyecto zapaterino que lleva a la disolución de España y a la liquidación por sedación mediática de los valores básicos liberales y conservadores, lo único que aún sostiene a la Nación”, apostilla. Los ditirambos que Jiménez Losantos expresa no son, sin embargo, lo fundamental: festejar la afinidad está bien entre conmilitones (incluso muy bien si a esa hermandad sumamos el empuje de El Mundo). Pero lo decisivo para él es deshacer el empate político y mediático. Insiste: “la clave de ese empate [en los sondeos] está en los medios de comunicación”. Hay que romper, pues, la hegemonía del contrario político y mediático. Por un lado, hay que estigmatizar al adversario: construir un AntiZapatero, por ejemplo. Por otro hay que hacer rentables las empresas periodísticas: pisarle la audiencia a enemigos y a afines. O en otros términos: por una parte, hay que arrebatarle al contrario la influencia, la agenda; por otra, hay que expandirse económicamente. Es una guerra, una guerra metafórica (si quieren), pero en todo caso es un combate en el que hay posiciones y movimientos. No hay posibilidad de sobrevivir manteniéndose: sólo sobrevivirán aquellos que avancen ocupando el espacio en defensa propia. Como Roma –que conquistó el mundo en defensa propia–, los diarios han de arrebatar el terreno al contrario… sólo en defensa propia. Y aquí, más que afinidad ideológica, hay intereses.
Porque, en efecto, los diarios en papel, por muy afines que sean, son empresas: empresas cuya influencia ahora decrece. ¿Por qué razón? Son numerosos los medios que compiten para atraer la atención de los destinatarios. Desde la televisión hasta Internet, el interés de los lectores o espectadores se divide, se reparte. La publicidad, también: eso obliga a aumentar los reclamos. Quiero decir, el negocio de la prensa siempre fue el anuncio pagado. Más que la venta de ejemplares ha sido la publicidad la fuente principal de los ingresos. Para atraer y retener anunciantes, los medios han de provocar la atención, han de reforzarla, han de quitársela al competidor. Para ello no hay nada mejor que constituirse en empresas multimedia: las sinergias entre medios aumentan, se economizan costes y se multiplican los efectos. Eso ha llevado a una durísima pugna entre empresas que parecen afines (Abc-Vocento, El Mundo-Unedisa y La Razón-Planeta, entre otras): empresas que han convertido los medios en grupos de pertenencia y de referencia a través de los cuales fluye la información, el combate y la adhesión.
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7. Colofón
En los inicios del conflicto de 1914, nadie esperaba que la contienda se fuera a extender durante más de cuatro años. Aquí, desde 2004, las acometidas han sido constantes y en todos los frentes, pero para constatar al final que no se había adelantado gran cosa. Seguramente, eso ha permitido frenar los avances del contrincante: su legimitidad ante tantos y tantos electores, la población civil del conflicto. En 1914, los soldados que iban al frente aún creían en la rapidez de la guerra, y los estados mayores tenían trazados planes que se basaban en la derrota fulminante del enemigo. Sin embargo, el conflicto se prolongó durante un largo período, en lo que se llamó guerra de posiciones. Cuando hablo de guerra de posiciones me refiero a aquella situación en la que los contendientes se guarecen en sus respectivas trincheras, en su propia fortificación, observando al adversario con la esperanza de que desista tras el fuego enemigo. En 1914 fue una vana esperanza, desde luego. Durante la primera fase de la Gran Guerra, cobijados en sus trincheras, los soldados constataron que el conflicto se dilataba. El uso de metralletas, de gases tóxicos y de alambradas y cercados impedía avances significativos y ese estancamiento causaba numerosas bajas. Es bien sabido: batallas como la de Verdún o la del Somme provocaron muchos caídos, una carnicería espantosa, dado que el frente no avanzaba y las incursiones resultaban frenadas por el enemigo. Ambas ofensivas probaron la imposibilidad de acabar con una guerra apuntalada en las trincheras.
Salvando las distancias, la polémica político-periodística que se da entre medios rivales y afines se asemeja a esa guerra de posiciones. Pero es tambiéb un conflicto en el que los atacantes, además, han de sostener una guerra de movimientos para ensanchar el territorio propio frente a los aliados también voraces y expansionistas. A algunos contendientes no parece importarles demasiado los efectos de las posiciones en las que se atrincheran, las fracturas que provocan entre esos mismos aliados, las bajas que ocasionan y, sobre todo, los daños que puedan hacer a la sociedad civil que representan. Se creen al frente de una posición política que juzgan moral, se creen unidos por una coalición antes imposible y ahora factible: de hecho se creen en otra guerra de movimientos, y tiran a dar con la esperanza de abatir al enemigo vejado. Pero observan con irritación creciente que la infamia con que se le marca no derrota al adversario, no le hace desistir; observan con hastío irreprimible que aún hay un empate electoral tras cuatro años de guerra de posiciones y de movimientos, una guerra que no ha persuadido entera y sobradamente a la población civil, un conflicto que fatiga al electorado y a los rivales afines.
El antizapaterismo ha sido y es, así, la estigmatización del contrario, una estigmatización que aúna y amalgama solidariamente a quienes lo profesan: sólo hay un único enemigo y no hay matices. Es un viejo método de la propaganda. A quien así identifican, al enemigo Zapatero, le viene muy bien dicha operación: concentran toda la atención sobre él. Eso le permite acentuar el bipartidismo, la movilización favorable, desprendiéndose del fuego amigo. “Nos conviene que haya tensión“, reconoce a micrófono cerrado, para escándalo de periodistas y adversarios políticos. Por supuesto, por supuesto que conviene que haya tensión. ¿Alguien lo dudaba? Aquello que se libra es una batalla sin cuartel. Y eso ocurre aquí, pero ha ocurrido también en Estados Unidos, por ejemplo. Como reconoce Barack Obama en La audacia de la esperanza cuando relata su campaña para senador, además de presupuesto y del apoyo de las bases, todo político con aspiraciones necesitaba “espacios ganados en los medios”, es decir, necesitaba demostrar una especial “habilidad para generar noticias que tuvieran cobertura gratuita”. La tensión en campaña es movilización, pero es sobre todo un modo de generar noticias. Pero regresemos al oponente.
El antizapaterismo es también un recurso político que sirve para reforzar las filas político-mediáticas del contrario, esas filas solidarias cuya afinidad fue imposible mientras el débil Zarzalejos hizo frente a Jiménez Losantos. De ese modo, el antizapaterismo vale para descabalgar al odioso monstruo, sirve para intentar la derrota de quien se ha hecho una caricatura totalmente irreconocible: su conversión en enemigo estigmatizado (en el sentido extremo que Carl Schmitt le diera a esta palabra). Saquemos siempre siempre del rival el peor plano, la instantánea que más ridiculice a Rodríguez Zapatero, las más incongruente, la más ofensiva. Por eso, el espejo deformante del antizapaterismo es un regocijo público con el que algunos gozan, un señuelo, un sarcasmo, que es el modo expresivo de esta derecha, de la derecha: además, da motivo para estar juntos, bien apretaditos, sintiéndose combatientes solidarios. Pero el antizapaterismo es también y sobre todo la materia prima con la que se puede afianzar la expansión mediática de grupos políticamente próximos aunque económicamente competidores. Si de paso, desempatamos…, mejor: según dice Jiménez Losantos. Pero no está claro cómo hacer compatible el antizapaterismo con el expansionismo mercantil o con el simple periodismo. El simple periodismo. ¿Y las metáforas? Bueno, las metáforas –bello consuelo– las dejamos para los vencidos. Para Zarzalejos.
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02.07.08
Posted in Variedades, Breves, Comunicación, General at 16:14 por jserna
0. País perplejo
Echemos un vistazo al mundo, al mundo hecho pedazos. Les presento algunos trozos recientes, vistos desde España. Todo son perplejidades.
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1. ¿Adiós a Obama?
Lamento no haberme extendido sobre Barack Obama: sobre los contenidos de su libro. Si leen la reseña de Francisco Fuster, que les anunciaba en el post anterior, podrán verificar la riqueza y paradoja (o contradicción) del candidato demócrata. El autor de La audacia de la esperanza intenta hermanar a Abraham Lincoln y a Martin Luther King, a Kennedy y a Reagan, el liberalismo e el intervencionismo. Insisto: creo que la lectura del libro merece retrasar algo más su glosa para sacarle mayor provecho y para distanciarnos de una prosa que es seductora y que tiene sus trampas. Regresaremos sobre él más adelante.
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2. Adiós a Zarzalejos
En un comunicado del Consejo de Administración de Abc –comunicado que publica el propio medio– se nos informa que Ángel Expósito ha sido designado director de dicho diario “en sustitución de José Antonio Zarzalejos, quien asumió la dirección del periódico en septiembre de 1999″. Una pena: aquí, en este blog le he dedicado numerosas entradas y referencias. Un corresponsal me dijo en correo privado que Zarzalejos era para mí lo que el Tomate para Sé lo que hicisteis: vamos, que este blog es parasitario de Abc y sobre todo de su director, de su ex director. Parásitos y basuras, vaya comparaciones…
“José Antonio Zarzalejos deja la dirección del periódico en plena fase de expansión y crecimiento del diario con un claro y continuado ascenso de la difusión durante los últimos meses”, dice la nota de Abc. “Ensayista y conferenciante, José Antonio Zarzalejos, con su continua presencia en foros y debates, se ha convertido en una permanente referencia para la opinión pública y ha contribuido a afianzar la imagen de Abc en la sociedad española”. Precisamente es lo que pensé: que quizá la continua presencia en foros y debates le restó tiempo para dirigir su periódico. Salvo algún cambio menor –lugar y fecha de nacimiento de Zarzalejos (Bilbao, 1954)–, ambas noticias son idénticas. Las empresas periodísticas se expresan con gran hermetismo cuando han de informar de sus cambios internos. ¿Dónde está el editorial de Abc que precise y justifique ese relevo?
–Abc (6 de febrero en su versión digital)
–Abc (7 de febrero en versión digital e impresa)
–Juan Manuel de Prada, “Zarzalejos“, Abc, 9 de febrero de 2008
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3. Adiós a Cécilia
Hablando del Tomate y de noticias rosas o basura…, leo en La Razón una nota de Efe, desde París. “El presidente francés, Nicolas Sarkozy, envió un mensaje por teléfono móvil (un sms), a su ex mujer Cécilia ocho días antes de su boda con Carla Bruni en el que se mostraba dispuesto a volver con ella, según reveló hoy la página de Internet de la revista «Le Nouvel Observateur». «Si vuelves, anulo todo», rezaba -según la revista que no revela cómo tuvo acceso a la información- el mensaje enviado con el teléfono móvil por Sarkozy a la mujer con la que estuvo casado hasta hace cuatro meses y que es madre de su hijo Louis. El presidente no obtuvo respuesta y el pasado sábado contrajo matrimonio con la ex modelo y cantante Carla Bruni, poco más de dos meses después de haberla conocido. «Le Nouvel Observateur» recopiló otros episodios en la serie de lo que llama «venganzas y provocaciones» del jefe del Estado a su ex esposa”.
–La Razón
–Le Nouvel Observateur
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4. El respeto de las costumbres
Leo en un despacho de la Agencia Efe que el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha prometido que si gobierna creará “un contrato de integración” para los inmigrantes. Un contrato de integración, dice. En unas jornadas sobre inmigración organizadas por el PP en Barcelona, el líder del partido ha precisado que el contrato afectará a todo aquel recién llegado que quiera obtener “un permiso superior a un año de residencia en España”: incluirá el requisito de “regresar a su país si durante un tiempo no logra encontrar empleo”. Gracias a ese contrato –añade la nota–, los inmigrantes dispondrán de los mismos derechos que los españoles. Con una contrapartida, eso sí: deberán comprometerse a “cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres”.
¿Respetar las costumbres? He leído una y otra vez la declaración… y no me acostumbro. Me sorprendo.
–El País
–Los juristas ven difícil legislar sobre costumbres
–La fortaleza y la escuela (la costumbre y la ley entre los inmigrantes, según JS)
–Rajoy: “La inmigración es un problema real”
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5. Plante un árbol o dos o tres o quinientos millones
Leo una nota de Efe reproducida por El Mundo. “El líder del PP, Mariano Rajoy, ha prometido que si gana las elecciones plantará 500 millones de árboles en la próxima legislatura, lo que significa sembrar 342.500 árboles al día o 14.269 a la hora, es decir, más de 10 árboles por habitante en cuatro años. Esta promesa electoral responde a otra presentada por el PSOE el pasado 19 de enero por la que se comprometía a plantar, en los próximos cuatro años, un árbol en España por cada ciudadano, es decir unos 45 millones de árboles”.
–El Mundo
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6. Iñaki Gabilondo. La aspereza muda
En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha realizado a Mariano Rajoy para Cuatro ha cometido un error de planteamiento. Se ha mostrado hostil y a la ofensiva en todo tiempo sin poder replicar debidamente al líder del PP: ha realizado la interviú como si fuera un adversario. El País anunciaba la sesión como si de un examen se tratara. Pero un periodista televisivo no es un preceptor severo ni un maestro cascarrabias: si lo intenta da –o queda– mal ante las cámaras. Como ha demostrado en otras ocasiones, Gabilondo es alguien que sabe llevar al entrevistado a su propio terreno mostrando con inteligencia y corrección las incongruencias o contradicciones del interlocutor. Lo ha hecho otras veces sabiendo resolverlo con sutileza. En esta ocasión no ha sido así. Mariano Rajoy se ha dado cuenta inmediatamente del error Gabilondo: la aspereza muda. El periodista le preguntaba con incredulidad, con ganas de hacerle cometer un traspié: como un contendiente, vaya; pero como un contendiente que no puede contraatacar. Por eso, repreguntaba con insistencia, sin poder rematar su faena (si es que no quería cometer grave descortesía). Al final debía callar, pues su papel no era –no podía ser– el de un interlocutor que pugna, sino el de un locutor que pregunta. Mariano Rajoy repetía y repetía cansinamente un guión que tenía bien aprendido, sorteando sus contradicciones. Mientras tanto, a Iñaki Gabilondo se le iba avinagrando el rostro, enmudeciendo, cosa que televivamente no nos gusta.
Los debates televisivos se preparan. Es decir, que si hay un choque retransmitido Zapatero-Rajoy, los contendientes han de ir sobradamente preparados y descansados, lúcidos y despiertos. Pero sobre todo han de ir relajados, sin las premuras de quien quiere abreviar. Las entrevistas también se preparan. Tuve la impresión de que Iñaki Gabilondo lo fió todo a su dominio del medio y a los silencios, algo muy radiofónico. En la radio, un silencio habla: expresa aprobación o rechazo, duda. En cambio, en televisión, que un periodista deba morderse la lengua para no hablar, para no replicar inmediatamente ante una impostura o falsedad o falacia, se ve como una impotencia. En el caso de que el entrevistador sea hostil a un entrevistado, las preguntas han de estar sutilmente envenenadas: formuladas con total sencillez, con (presunto) candor, como si al locutor le costara entender a su interlocutor y, por supuesto, dominando la gestualidad, las reacciones del rostro. Mostrar las reacciones del rostro sin poder replicar, interrumpir, es dejar impotente al periodista. La televisión provoca estas cosas si no se han previsto.
Como nos enseñó Freud, en el psicoanálisis, los silencios del terapeuta son decisivos, así como las palabras breves, escuestas, que expresa. El analista suele callar porque quiere facilitar la confesión del analizado. Pero como es una figura de transferencia, una figura (presuntamente) vacía sobre la que se vuelcan la verbalización y los sentimientos del paciente, ha de permanecer impasible. Lo mejor es, pues, quedar fuera del campo de visión del analizado: de ese modo éste no descubrirá sus reacciones de aprobación o de repudio.
–La opinión previa de Iñaki Gabilondo en Cuatro: “Mariano Rajoy está llegando a Cuatro. Al final de este tiempo de noticias, estará con nosotros y con ustedes…”
–La entrevista en Cuatro
–El País… (Previo)
–El País… (Post)
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7. El infierno existe, vaya si existe
Leo en El País que “el papa Benedicto XVI ha asegurado que el infierno existe y no está vacío. No es anuncio nuevo, en 2007 ya mencionó la existencia del infierno como lugar, algo que su antedecesor, Juan Pablo II, había rechazado. El Papa, durante un encuentro mantenido con párrocos romanos con motivo del inicio de la Cuaresma, ha mandado un mensaje a los fieles: la salvación no es inmediata ni llegará para todos, por eso ha querido destacar la posibilidad real de ir al infierno, según informa el diario italiano La Repubblica”.
El País
En este blog, meses atrás: El infierno existe y es eterno
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02.04.08
Posted in Religión, Comunicación, Democracia at 19:39 por jserna
0. Supermartes (miércoles, 6 de febrero)
Tenía la intención de comentar las incidencias del Supermartes, de extenderme sobre los resultados y su complejidad. No podré hacerlo. Una indisposición pasajera (espero) me tiene aturdido. Creo que deberé regresar sobre Obama en otra circunstancia, quizá en otro post. Ahora les dejo con lo que ya había escrito sobre su libro, totalmente insuficiente, pues son numerosos los asuntos debatibles. Otra vez me vuelve a faltar fuelle. Espero estar a tono el jueves 7 de febrero, a poqueta nit.
-El País Abc El Mundo Público La Razón
-New Yor Times Los Angeles Times
-Barack Obama Hillary Clinton John MacCain
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1. Barack Obama
Leo el libro de Barack Obama, La audacia de la esperanza (The Audacity of Hope, 2006). Es un libro extraordinariamente interesante y discutible en muchas de sus partes, como Francisco Fuster señala en una precisa reseña que publica Ojos de Papel. No siempre puede aceptársele a Obama cómo plantea las cosas y cómo espera resolverlas, pero al leerlo quedo impresionado por el nivel cultural, por la preparación, por el orden expositivo, por el realismo analítico del autor. No estamos sobrados de candidatos tan refinados y a la vez tan accesibles: de gran solidez argumental y de modestia humana, muy humana. Una lástima que la traducción y la edición de Península sean defectuosas, con errores expresivos, con descuidos imperdonables (algunos de los cuales precisaré).
Obama es un antiguo profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago, luego senador y últimamente uno de los demócratas que se postulan para la candidatura presidencial. Es alguien que se toma en serio los textos fundacionales de la democracia americana, pero a la vez es alguien que no olvida la segregación, el estigma de la raza. Sus páginas revelan a un político moderado y audaz: audaz en el sentido de criticar las incercias de su propio partido y en el sentido de asumir algunos logros necesarios que habrían traído los republicanos. Desde la perspectiva europea podríamos decir que es un socialdemócrata, un reformista que, sin embargo, no quiere fiarlo todo al intervencionismo.
El título de volumen me incomoda especialmente. Ese rótulo parece el de un libro de autoayuda. O, incluso: para nosotros, en la Europa laica que el Papa deplora, esa palabra tiene resonancias previsiblemente religiosas. ¿Es así? En primer lugar, es un libro de autoayuda, personal y americana: desde luego, el volumen de Obama está pensado como un acicate tras el conservadurismo; o como un bálsamo contra las erupciones de Bush. El antiguo profesor relata su trayectoria personal, y, a la vez, detalla y sintetiza el proceso histórico de su país. En segundo lugar, esta obra tiene esas resonancias religiosas que conjeturábamos. Obama no oculta sus creencias, pero está lejos de profesar políticamente una confesión: para él, la religión es una argamasa civil, pero un mandatario no puede hacer del cristianismo su moral pública. La propia diversidad de los Estados Unidos lo exige. Por tanto, esperanza –en el libro de Obama– es otra cosa. En la Norteamérica que aguarda el fin de la Presidencia Bush, la esperanza de un cambio a mejor es un propósito político: ojalá que, además, sea un alivio. En todo caso ya veremos qué nos depara la carrera presidencial. Mientras tanto le acepto a Obama esa concesión al vocabulario credencialista: quizá esperanza sólo sea aquí un modo de exigencia, un intento de devolver la confianza política, que es algo muy distinto. En la esfera pública, la confianza es esa certidumbre que dispensamos a nuestros gobernantes porque cumplen sus compromisos, porque son sensatos, porque actúan racional y razonablemente.
La sobrecubierta
Hablando de confianza…, llama la atención la imagen con que se presenta el libro en su versión española. El severo rostro de Barack Obama, en primer plano, está partido y repartido entre la cubierta, el lomo y la contracubierta, con un fondo difuminado de colores bien patrióticos: en la portada se distinguen las barras y en la trasera las estrellas. En la edición estadounidense, por el contrario, nada es igual. Vemos al autor, también: pero ahora sentado, relajado, sin corbata, esbozando una sonrisa, como un vendedor tranquilo dispuesto a ofrecernos un producto con garantías. Esto que digo no es un tópico perezoso. En Estados Unidos, la confianza comercial es decisiva. «¿Le compraría a este hombre un coche usado?», reza un célebre eslogan político de la época de Richard Nixon. ¿Recuerdan a Lee Iacocca, aquel ejecutivo de Ford que pasó a Chrysler tras su despido? Hace muchos años leí su Autobiografía, un interesantísimo volumen en el que relataba cómo había conseguido invertir la desconfianza que despertaban ciertos automóviles de la marca tras su prolongada crisis. Tuvo una idea y la llevó a la práctica desoyendo los consejos de sus asesores y publicistas. Para vender un Chrysler, pero sobre todo para transmitir franqueza, lo mejor no era un actor comercial que desempeñara su papel en el spot de acuerdo con un guión. La mercadotecnia ideal era la que encarnó el propio Iacocca: él mismo vendía a través de la tele, asumía los valores que la marca representaba y se jugaba el prestigio haciéndose portavoz. “Si encuentra un coche mejor, cómprelo”, decía Iacocca mirando fijamente a la cámara. Hoy, la puesta en escena política se parece cada vez más a un acto de mercadotecnia. Hay que despertar confianza, credibilidad, efecto de franqueza, cosa que no reprocho. Sin duda, la respuesta del electorado dependerá en uno u otro caso de la impresión que el candidato cause.

Interludio español
En España, que ya esté pasando eso (el triunfo de la mercadotecnia) provoca el malestar de analistas y comentaristas contrarios a Rodríguez Zapatero. Al candidato socialista se le presenta como un malabarista, como un seductor incluso, ducho en el arte de encubrir lo que pasa, cosa que podría vislumbrarse si los ciudadanos no fueran tan cortos de vista. O se le presenta también como un tipo capaz de cautivar en la distancia corta, de reducir la hostilidad previa con que se le interroga. Un día y otro también algunos columnistas de Abc se lamentan sin comprender por qué si el presidente lo hace tan mal aún concita tantos apoyos. ¿Será porque los españoles no votan palpándose el bolsillo? ¿Será porque sólo piensan el sufragio en términos ideológicos?, se pregunta Ignacio Camacho. Por su parte, en la entrevista que La Razón ha publicado el 3 y el 4 de febrero, los periodistas admiten la habilidad del presidente para dar siempre su mejor perfil, para salir airoso de preguntas embarazosas, para mostrarse simpático y facundo y extremadamente cortés con sus interlocutores.
Leer a Obama en español
He leído el libro de Obama y, francamente, creo que este volumen que tanto informa sobre el estado de la política americana es un texto imprescindible para entender la última legislatura española. La tensión, la crispación, la fractura entre los partidos. Francisco Fuster me hace memoria y me recuerda que él me dijo eso expresamente. Admito haber olvidado esa precisión. Sin duda, he tenido la misma impresión, pero es mejor así: a cada uno lo suyo. O como dijo Leonardo Sciascia en aquel libro que leímos cuando aprendíamos italiano: A ciascuno il suo.
Continuará…
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2. Lunes, martes…, Nicolas Sarkozy
Mientras escribo sobre la esperanza que profesa Obama, pienso en otro político que también hace suya esa expresión. Sin duda, con un sentido diferente. ¿Recuerdan aquel libro de Nicolas Sarkozy? La República, las religiones, la esperanza, un libro-entrevista de 2004 cuya edición española contiene un prólogo de José María Aznar. En el volumen de Sarkozy me incomodaba especialmente dicha voz, la esperanza: emplearla así, en este contexto, era darle al discurso un sentido trascendente a lo que por fuerza es o debe ser bien mundano, la laicidad republicana. La verdad es Sarkozy hacía unos extraños volatines para hacer coincidir esa virtud cívica aconfesional con la idea providencial. “El ideal republicano no da satisfacción a la necesidad espiritual, a la esperanza”, precisaba. La primera vez que leí esa declaración, repetida una y otra vez en su libro, me provocó estupor, justamente porque el político mezclaba lo civil y lo religioso. Pero, releído ahora, encuentro pasajes que anticipan lo que después ha hecho el presidente francés. “La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación”, añadía. “El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”, apostillaba. Veo algunas de las fotografías de Reuters que se han difundido tras el enlace de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni, instantáneas tomadas en una terraza en el jardín del palacio de Versalles cerca de París, el 3 de febrero de 2008, y no puedo más que confirmar que sí, que “el hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”.

¿Gramscismo?
Hay algo de Antonio Gramsci en el activismo de Nicolas Sarkozy, según el mandatario francés reconoce. En efecto, ahora que Anaclet Pons y yo estamos acabando nuestra antología, traducción y edición del filósofo y líder italiano, hemos podido constatar el peculiar gramscismo de su discípulo. Según confesaba Sarkozy a Le Figaro el pasado 17 de abril: ”Au fond, j’ai fait mienne l’analyse de Gramsci : le pouvoir se gagne par les idées. C’est la première fois qu’un homme de droite assume cette bataille là“. ¿Gramscismo? Concebir el terreno de las ideas como frente de combate no es gramscismo propiamente dicho: es una herencia de la Guerra Fría y es lo que los neocon han recuperado ahora: el intelectual José María Aznar lo ha entendido perfectamente, según yo mismo he podido analizar. No, el gramscismo no es ése: lo que convierte a Sarkozy en discípulo paradójico del líder comunista italiano es su concepción de la hegemonía. Dominar el espacio de la comunicación política, incorporar elementos heterogéneos o adversos para desactivarlos, ejercer la dirección: algo más que agit-prop.
Los viejos bolcheviques, los viejos leninistas, funcionaban con la consigna. La consigna traduce verbalmente una fase de la táctica revolucionaria. Es un concepto movilizador que expresa clara, sintética y eufónicamente un objetivo, el más importante del momento. Todo ello bajo la forma de contraseña: una clave que reconocen los connaisseurs. El bolchevismo distinguía dos tipos de agente: los propagandistas y los agitadores, distinción de Plejánov que Lenin discutió en ¿Qué hacer? El propagandista, indicaba Plejánov, comunica o inculca muchas ideas en una sola persona o en un reducido número de personas. El agitador, por el contrario, no comunica o inculca más que una sola idea o un reducido número de ideas en una gran masa de personas.
Gramsci hizo más compleja esa distinción y su concepto de la hegemonía es la versión marxista de los marcos de referencia que hoy en día estudian los comunicólogos. En la lucha política hay que dictar la agenda, establecer el cuadro de discusión, nombrar las cosas. En la confrontación ideológica hay que ocupar el espacio. Desde luego, Sarkozy ocupa el espacio. Lo que no sabemos es si eso le hace hegemónico.
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3. Hemeroteca literaria
-La poesía y la reflexión de Miguel Veyrat en Ojos de Papel (2008):
El Incendiario
Instrucciones para amanecer
-Tribuna de Justo Serna en Ojos de Papel (2008):
Miguel Veyrat: el fuego de la cigarra
-Grand Tour (El blog de Anaclet Pons)
El perro de Baskerville descansa en paz
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02.01.08
Posted in Guerra, Comunicación, Democracia at 12:16 por jserna
1. De elefantes. De partidos
¿Qué se puede decir de lo que está ocurriendo, de las informaciones políticas que nos llegan, de la campaña electoral? ¿Qué se puede decir que no hayamos dicho ya? El creciente hostigamiento es previsible; la absoluta desaparición de la cortesía, también. Se libra una guerra de agotamiento, de tenacidad (permítaseme la metáfora). En una circunstancia así, los choques se dan en todos los frentes, a todas horas y en todo tiempo. En un cierto sentido (pero sólo en un cierto sentido), podríamos pensar que esta circunstancia recuerda a lo que pasaba durante la Guerra Fría (por cierto, no se pierdan un ensayo de síntesis escrito por Álvaro Lozano, que he disfrutado: bien informado y entretenido).
Durante aquel conflicto de las superpotencias, el enfrentamiento entre los bloques se libraba en Europa, aunque también en Asia, en América y en África. El choque se daba entre dos industrias armamentistas: entre el complejo militar-industrial estadounidense y la dirección político-bélica soviética. Se daba también entre modelos políticos, sociales, culturales, que se presentaban ciertamente como alternativos, como opuestos e inconciliables. Esa guerra fría sin obligaba al alineamiento y, por tanto, a marchar todos juntos contra el enemigo: prietas las filas y sin concesiones. Ahora bien, en la Guerra Fría había unas reglas implícitas que no rigen ahora exactamente. Por muy duro que fuera el choque, el arma nuclear hacía improbable una colisión frontal. O, como dijera Raymond Aron, la paz era imposible, pero la guerra era improbable. Ello obligaba a todo tipo de negociaciones que impidieran un desenlace bélico: pero eran negociaciones con adversarios armados hasta los dientes, amenazantes.
Ahora, en plena campaña electoral, ese lenguaje de Guerra Fría lo ha sabido expresar y recuperar muy bien Manuel Pizarro. El candidato número dos del Partido Popular comentaba la última reunión de Londres a la que no había sido invitado José Luis Rodríguez Zapatero. Manuel Pizarro atribuía la ausencia de España en la reunión de las potencias económicas europeas a que “no pinta nada” en la Unión Europea. ”Sólo se respeta a quien se teme, al competidor que te quita clientes, al que de verdad tiene algo que aportar”, concluyó. La descripción es bien gráfica: respeto y miedo son indisociables; la política es mercadeo.
En la campaña electoral española, la paz es imposible y la guerra es más que probable. Metafóricamente hablando, claro. Por eso, los contendientes han de estar permanentemente en guardia: empleando su propio lenguaje, sus propios marcos de referencia; obligando al enemigo a combatir con elefantes o a hacerle creer que esto que ahora ves es un elefante, como diría George Lakoff en una de sus metáforas ahora más conocidas. Este autor ha sido objeto de vilipendio, justamente por haber entrado él mismo en la batalla electoral que se libra en España: es uno de los asesores internacionales del partido socialista y ello ha provocado la rechifla ignara de algunos columnistas de Abc. De Lakoff leí tiempo atrás Metáforas de la vida cotidiana, un libro complejo aunque muy útil para averiguar cómo abordamos ordinariamente la realidad valiéndonos de mapas, de imágenes, de esquemas que nos sugieren cursos de acción. Metaphors We Live By era el título original. Pero dejemos de momento a Lakoff para regresar al campo de batalla. Hay que estar permanentemente en guardia, decíamos: batallar sin desmayo, sin descanso. No debe haber descuido que pueda ser aprovechado por el enemigo: un momento de duda, un instante de incertidumbre que acabe beneficiando al contrario es el principio de la derrota. Pero tampoco puede confiarse quien obtenga esa victoria (de momento pírrica): un contragolpe puede desarbolar las defensas del oponente. Guerra…
Irreparable y presumiblemente, las metáforas con que me expreso son ésas: no sólo por falta de imaginación (que, ay, también se agota), sino porque en campaña los candidatos se combaten propiamente, se enfrentan para ganarse el favor de un público, de una clientela. Y los choques que se están dando son los propios de una guerra de posiciones y de una guerra de movimientos. Hemos ganado un territorio que no podemos ni debemos abandonar. Estamos agazapados en nuestras respectivas trincheras, aguardando el descuido del enemigo para lanzarle un obús o para azuzarle los elefantes: un choque que provocará numerosas bajas, pero no su derrota total. Al menos, de momento. Para alivio de todos y a diferencia de la guerra, el combate electoral tiene fecha de cierre: habrá unos vencedores y habrá unos derrotados y con ello se dará fin al combate abierto y a las escaramuzas.
¿Seguro? Imaginen un empate entre ambos partidos o un desenlace sin resultados contundentes. Nadie se dará por vencido y la resaca posterior al 9 de marzo aún será peor que la ebriedad electoral. O imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente.
Qué curioso. Digo esto y veo cuáles son las consecuencias imprevisibles de la metáfora: por una parte, los elefantes de combate lo devoran todo, pues son prácticamente insaciables (necesitando comer kilos y kilos de forraje); por otra, estas bestias tienen, además, una peligrosa tendencia a la estampida. En la antigüedad, un ejército podía quedar desarbolado precisamente por los elefantes: su estampida dejaba inermes a los soldados que los montaban. ¿Habrá estampida tras los resultados electorales?
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2. El cementerio de elefantes
Próxima la fecha de los comicios, la Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado. Su Comisión Permanente ha publicado una Nota ante las elecciones de 2008. El Partido Socialista ha respondido con dureza. Ha aprobado un Comunicado del PSOE en respuesta a la nota de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones. Se aprecia una gran irritación entre los dirigentes de dicho partido. ¿Hay razones para ello? Resulta cansado regresar a la Iglesia. Quiero decir, a tener que tratar de moral católica cuando hace años que abandonamos el rebaño. Pero me obligo y leo el documento. Hay dos puntos que parecen especialmente redactados contra los socialistas, contra quienes con tanto malestar se han expresado. Son el 4º y el 5º. Léamoslos:
-”Si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana, ni son tampoco igualmente cercanos y proporcionados a los objetivos y valores que los cristianos deben promover en la vida pública“.
-”Los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido, cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral de la vida. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas. No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo“.
La moral es el criterio que nos permite distinguir el bien del mal: lo bueno de lo malo, lo correcto de lo inadecuado. Cuando emprendemos una acción, cada uno de nosotros puede y debe juzgarla de acuerdo con un criterio que siendo personal pueda predicarse para toda la humanidad. La jerarquía católica tiene derecho a dictaminar sobre la moral de los creyentes de acuerdo con sus propios criterios: punto número 4. ¿Pero por qué no señala directamente cuáles son esos partidos políticos contrarios a los objetivos y a los valores cristianos? Es aún más insidiosa, sin embargo, la formulación del punto número 5, aquella en la que se establece una acusación genérica (que, por genérica, es bien concreta): la que permite insinuar que los gobernantes no se atienen al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo. La recta razón y la experiencia histórica de cada pueblo no son metáforas… o son algo más que metáforas: son perífrasis evidentes que evitan llamar a las cosas por su nombre. Traduzcamos: la recta razón es la moral dictada por el Vaticano, y la experiencia histórica de cada pueblo es la catolicidad de España. Por eso, la auténtica conclusión de la nota electoral de los obispos es el punto 7º. Dice así:
-”No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna“.
Lo dije y lo vuelvo a repetir: estos obispos levantiscos deberían ”repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente «¿En qué creen los que no creen?». Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de Agustín García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.
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01.28.08
Posted in Comunicación, Democracia at 13:08 por jserna

1. ‘Seré un presidente previsible, patriota, independiente, moderado y resolutivo’
Leo las dos partes de la interviú que Pedro Jota Ramírez le hace a Mariano Rajoy en El Mundo. La verdad es que, como en el caso de Rodríguez Zapatero, el formato beneficia al entrevistado: sale bien parado, quiero decir. Hay que ser muy sectario para no aceptar que la interviú extensa facilita la argumentación, la racionalización: ese modo de exposición en el que las preguntas y las repreguntas permiten matices… Cada vez me gusta más la literatura política (literatura política, insisto). Esto es: las declaraciones, los libros-entrevista, los volúmenes confeccionados para lucimiento del candidato. Descubres cosas imprevisibles, el punctum del retrato (que diría Roland Barthes). Estoy leyendo el libro de Barak Obama, La audacia de la esperanza, que me prestó Francisco Fuster. Me entretiene tanto…, que me he comprado mi ejemplar para poder subrayarlo, anotarlo, corregirlo: para poder interpelarlo en el margen; para poder comentarlo aquí próximamente. He de hacer lo mismo con el volumen cuyo protagonista es Mariano Rajoy: Si yo fuera presidente, del que son autores Pablo A. Iglesias y María Jesús Güemes. Pero, de momento, dejo el libro dedicado a Rajoy (ya volveré sobre él) para centrarme en la entrevista de Pedro Jota.
Me parece muy interesante el titular que El Mundo dedica a Mariano Rajoy en la primera plana del lunes 28 de enero: “Seré un presidente previsible, patriota, independiente, moderado y resolutivo“. Es una frase muy inteligente que, como tal, no aparece en la entrevista. Es un titular de copypaste, hecho de retales para así abreviar la larga declaración. “Defíname en sólo cinco atributos cómo gobernará usted si llega a La Moncloa”, pregunta Pedro Jota. “Primero y fundamental: seré previsible”, contesta Rajoy. “Independiente. Lo único que condicionará mis decisiones será el interés general”, añade el candidato. “Patriota, en el buen sentido de la expresión. Luego, moderado. Y, por último, capaz de actuar con determinación. O sea, resolutivo”, concluye.
El titular que sintetiza es bello pero no compromete gran cosa. Verán: no conozco a ningún candidato que presumiblemente pueda triunfar diciendo de sí mismo que será un presidente imprevisible, antipatriota, dependiente, extremado e dubitativo. Hagan la prueba y lean la oración así, en esos términos: al revés.
Equilibrismo (martes 29 de enero)
En realidad, lo más interesante de la entrevista es el equilibrismo verbal a que Mariano Rajoy se ve obligado, el empeño que ha de poner para enjuiciar positivamente a los suyos sin disgustarlos, siendo a la vez fuerzas centrífugas y hasta opuestas. El líder del PP reprocha a Rodríguez Zapatero lo que juzga su pactismo débil: la necesidad a que se ve forzado de acordar y convenir con diferentes actores políticos que amenazan con disolver lo común. Si nos fijamos bien, eso mismo es lo que Rajoy ha de hacer en el seno de su propia coalición. Digo bien: coalición. El Partido Popular y su entorno son una colusión de intereses (perfectamente legítima), pero una colusión que con frecuencia es colisión de contrarios. Para apoyar al líder, pero también para obtener réditos futuros y para resarcirse, muchos de esos actores han forzado y extremado la posición de Rajoy, avinagrando su estilo de oposición y el tremendismo. Eso se ha notado hasta en el gesto o el ademán con que se fotografía. Recuerdo imágenes antiguas de Rajoy en las que el retrato nos devolvía a un tipo de aspecto socarrón, relajado, dispuesto a fumarse un enorme cigarro. Veo las fotos de hoy en día y su rostro siempre parece esbozar una sonrisa incipiente y algo amarga, casi una mueca. ¿Se puede hacer crítica política con estos detalles secundarios? Por supuesto que no, pero la impresión de lo que el espectador ve es probablemente más decisiva que una extensísima entrevista que nadie completa para después votar. En ella, el personaje parece sincerarse admitiendo incluso algunos excesos verbales vertidos contra Rodríguez Zapatero (bobo solemne, etcétera). Pero inmediatamente lo vemos recomponer su figura ante los suyos (imaginamos) para reprochar que fue el otro quien empezó. En todo caso, la imagen más significativa de todas las que ilustran la entrevista no es la de un Rajoy flanqueado por Pedro Jota, alguien que representa su condición de Mr Everyman viajando en metro o transitando a pie de calle, sino aquella otra con la que empezábamos este post: de noche, un candidato solo (muy bien iluminado), con Santiago al fondo. Un fondo aún incierto. Imprevisible.
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2. Apéndice documental
Segunda parte de la entrevista (síntesis)
Primera parte de la entrevista (síntesis)
Vídeo de la entrevista (aquí)
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3. Hemeroteca JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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NUEVO POST, JUEVES 31 POR LA TARDE.
AVISO: RETRASADA LA PUBLICACION DEL NUEVO POST HASTA EL VIERNES 1 DE FEBRERO AL MEDIODÍA. ESPERO CUMPLIR.
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01.25.08
Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna
1. RESTOS
Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.
En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”. Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados. La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues, como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.
Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.
Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.
¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.
Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.
Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?
2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)
Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.
Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.
He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban). En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.
Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.
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3. LAS FOSAS COMUNES (26 de enero)
La novela de Miguel Veyrat
En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate:
-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005). En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí.
-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.
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3. HEMEROTECA JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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01.22.08
Posted in Comunicación, Democracia at 13:47 por jserna
1. Propaganda
¿Nos convencen los mensajes políticos que nos envían y que son objeto de disputa? ¿Oponemos resistencia? Necesitamos la propaganda, pero a la vez desconfíamos de ella. Sabemos que es un instrumento para persuadirnos más allá del juicio crítico. Ahora bien, nuestra pereza (humana, demasiado humana) nos hace necesitarla. Desde el punto de vista histórico hay tres maneras de enfocar el problema de la propaganda, que es algo bien distinto de la deliberación, de la reflexión, del diálogo crítico. La propaganda no es la publicidad, pero se le parece extraordinariamente. Es un mensaje político que se basa en supuestos comunes: en la receta, en la simplificación conceptual, en el esquematismo de las soluciones, en la identificación del enemigo.
¿Cómo nos llega la propaganda? El siglo XX es pródigo en su desarrollo. En principio se pensó que la información nos podía llegar como si de una bala mágica se tratara: si así ocurre, lo que se nos dice nos convence, nos persuade… incluso aunque sea mentira. En un segundo momento se pensó que ese poder de convicción no era tan evidente: incluso la propaganda política más sibilina o artera o mendaz no siempre ha logrado sus objetivos. Eso significa que la gente no se halla inerme ante los mensajes que le transmiten: puede oponer resistencia gracias a sus opiniones, a su mundo, a su entorno, a sus concepciones, a sus redes y a sus vínculos emocionales, pues aquello que nos desmiente o que no se amolda a lo que previamente pensamos… tendemos a rechazarlo. Nuestro yo y su formación, su ideología y su cultura, son filtros y los mensajes no nos los pueden inocular con aguja hipodérmica. Sus efectos posibles, por tanto, se relativizan o incluso se pierden. En un tercer momento se admitió, sin embargo, que no estamos tan protegidos como quisiéramos pensar: la propaganda política es un instrumento eficacísimo para imponer temas, problemas, cuestiones como objeto de debate: para centrar las preocupaciones ciudadanas en asuntos que no son centrales. La propaganda es un creador de agenda, de temarios para la preocupación y la discusión, y en este sentido es un instrumento que sirve frecuentemente para manipular. La manipulación se da cuando temas periféricos, intempestivos, forzados… nos los convierten en centrales o determinantes.
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2. La historia intempestiva (23 de enero de 2008)
¿Quieren un ejemplo reciente de esta manipulación? ¿Un ejemplo histórico? Son numerosos los que podrían aportarse y, sin duda, su simple mención desbordaría los límites del blog. Por su simpleza (aunque seguramente también por su inanidad), me gustaría traer aquí la propuesta de uno de los candidatos valencianos, espoleado por el ejemplo de Madrid, el de esa animosa y nacionalista Fundación Dos de Mayo que preside Fernando García de Cortázar. Dice el cabeza de lista del PP valenciano, Esteban González Pons, que el próximo 23 de mayo conmemoraremos el Dia del Palleter: el día en que festejaremos ” el ‘heroísmo’ del pueblo valenciano”, ese que estalló ”el 23 de mayo de 1808 contra las tropas de Napoleón, como se hace con el 2 de mayo de aquel año en Madrid”. Con esta iniciativa, leo en El País, “el candidato del PP quiere así recuperar la figura de Vicent Doménech, de Paiporta, conocido como El Palleter (que trabaja o vende objetos de paja), personaje popular y destacado de la Guerra de la Independencia al que se atribuye ser el primero en alzar su grito contra las tropas francesas: ‘Un pobre palleter li declara guerra a Napoleó. ¡Vixca Fernando sèptim y muiguen els traïdors!’…”, dice el periodista que resume la iniciativa de González Pons. “El Gobierno socialista ha organizado, para conmemorar los 200 años de la Guerra de la Independencia, libros, conferencias y revistas que hablan del 2 de Mayo”, admite González Pons, “pero ninguno se acuerda en la capital de que el 23 de mayo de 1808 en Valencia hubo un palleter que alzó su voz contra los franceses y a favor de la patria y de Valencia”, señaló.
La historia como propaganda; la historia como inanidad; la historia como racionalidad retrospectiva. Decía antes que la manipulación se da cuando temas periféricos, intempestivos, forzados… nos los convierten en centrales o determinantes. Ahí tenemos un ejemplo. Otra cosa diferente es si esa evocación forzada de 1808 servirá para entretener a alguien.
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3. Dos de mayo y Veintitrés de mayo de 1808… ¿0 de 2008?
Historia y ficción
-El Dos de Mayo, según Arturo Pérez-Reverte (El País, 24 de enero de 2008)
-Reseña de Justo Serna de Un día de cólera (Ojos de Papel, enero de 2008)
-El Veintitrés de Mayo, según Jesús Civera (Levante-Emv, 24 de enero de 2008)
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4. Hemeroteca JS sobre la Historia y sus usos públicos
-La historia conmemorativa
-La historia recreativa
-¿Contra la historia?
-¿Memoria de España?
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01.18.08
Posted in Fotografía, Comunicación, Democracia at 13:20 por jserna
1. GESTO DE RUIZ-GALLARDÓN (El Mundo, 21 de enero de 2008)

Primera plana de El Mundo.
Pie de foto:
“Enfadado sí, pero disciplinado. El alcalde de Madrid acudió a la conferencia sobre Educación celebrada ayer por el Partido Popular. Con gesto serio, ovacionó a su líder, Mariano Rajoy, cuando éste desgranaba su programa. Llegó al recinto del acto solo –eso sí, aplaudido por sus compañeros a la entrada– y en soledad se sentó, atendiendo más a su teléfono móvil que a los discursos. Y, al final, se fue el primero. El «derrotado» evitó saludar a quien, días antes, le había vencido en la batalla: Esperanza Aguirre. Gallardón, sobrio, cumplió. Hizo lo que debía, pero no más”.
Otros gestos:
Otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y otro.
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1. CAMPAÑA ELECTORAL (18 de enero de 2008)
Partamos de una constatación trivial. En una campaña política, las declaraciones, las imágenes, las poses… alcanzan enorme repercusión: decidido a transmitir un mensaje verbal o visual, quien administra la información espera provocar determinado efecto. Sin embargo, no son menos frecuentes y evidentes las consecuencias imprevistas de lo que se muestra, consecuencias que pueden desmentir o desactivar las intenciones del emisor. Así es: las cámaras registran este o aquel acontecimiento, y su exhibición y repetición en este y en aquel medio pueden provocar reacciones insospechadas, tal vez las contrarias a las deseadas. Precisamente por la saturación informativa, por la multiplicación mediática, las oleadas y los cambios de humor y de opinión que los hechos transmitidos generan entre los destinatarios empiezan a ser bastante imprevisibles. Los partidos quieren llegar a sus votantes; y las televisiones, las cadenas de radio o los periódicos luchan entre sí para aumentar sus beneficios en una sociedad en la que lo esencial es –cada vez más– atraer la atención del público. Pero esas audiencias y esos electores tienen comportamientos frecuentemente impredecibles, muy sensibles como son al puro vértigo, a los hechos azarosos y a los acontecimientos programados. Un detalle, un simple detalle del conjunto, puede cambiar el sentido, puede arruinar la intención del programador o puede alterar el significado de lo que se nos comunica. En cualquier caso, esos elementos aparentemente secundarios se convierten en el objeto principal de la exposición y en el motivo frecuente de discusión entre los espectadores, que somos todos. ¿Algo irrelevante? No tanto, no tanto: sobre todo cuando estamos en campaña electoraly hasta el reloj del nuevo candidato Pizarro lo examinamos con detalle.
Fotografía: Efe
Foto: Álvaro García (El País)
¿Y qué descubrimos? Que es un Hublot: de la misma marca, pues, que el que luce Eduardo Zaplana en una célebre imagen. Aunque –eso sí– de precio inferior: si no me equivoco, justamente la mitad. Ya digo: en campaña examinamos todo y a todo le damos la vuelta…

Confianza en el futuro (con la fotografía de Esperanza Aguirre) y Con Rajoy es posible… son los únicos folletos cuyos títulos identifico en la fotografía de Álvaro García para El País. Sobre la mesa del candidato se distinguen papeles políticos, los textos de campaña, todos ellos debidamente colocados, sin amontonarse: no dejan más que un pequeño espacio sin cubrir. ¿Horror vacui? No necesariamente. Un escritorio de dimensiones aceptables se vuelve escaso, escueto, después de repartir esos folletos por toda su superficie. Se nota que va de estreno, que está sin usar. ¿Quién los ha dispuesto así? ¿Un asistente o el propio Pizarro? El candidato, celoso de sus cosas, tapa con la mano derecha lo que evidentemente es una libreta de campaña. No vemos libros, tal vez porque están debidamente ordenados en una estantería o armario que probablemente están fuera de campo. El nuevo despacho de Pizarro no nos proporciona este punto de vista. En cambio, la oficina de Mariano Rajoy puede visitarse virtualmente. O eso dicen. No se distinguen papeles ni folletos y el conjunto desprende un evidente sentido de irrealidad.
Dicen que el nuevo candidato se ha instalado en el antiguo despacho de Rodrigo Rato. Podemos pensar que se trata de un intercambio paradójico y de una reparación retrospectiva. Sobre todo si tenemos en cuenta que Rato fue ministro con Aznar porque Pizarro no quiso. El primero –que venía de familia extraordinariamente adinerada– fue ministro y vicepresidente económico, alguien que finalmente se ha visto forzado a regresar a las actividades empresariales: por lo que se sabe, sus nuevos empleos en las grandes corporaciones le reportan unos ingresos fastuosos. Viceversa: Pizarro es un profesional de la empresa –eso leo en La Razón– que renuncia a un “montante económico asombroso” para dedicarse a la política. ¿Cómo es posible hacer tamaño sacrificio? Por patriotismo, podríamos aceptarle. “De una tacada”, dice el editorial de La Razón (18 de enero), “Pizarro ha renunciado a los cargos siguientes: el Consejo de la Bolsa de Madrid, del que formaba parte desde el año 87; la vicepresidencia de la Bolsa y Mercados españoles; el Consejo de Telefónica, al que había accedido recientemente; y el patronato del Parque Nacional de Ordesa”. Y todo ello en nombre del liberalismo. Es curioso… o no. Desde siempre, en el liberalismo clásico, se concibe al individuo –al ser humano– como un tipo egoísta, un homo oeconomicus: alguien que averigua cuáles son sus preferencias, que examina cuáles son sus recursos y que a la postre opta racionalmente por el medio más económico para satisfacer aquellos objetivos. ¿Cómo deberíamos interpretar la conducta de Pizarro, alguien que se desprende de esa impedimenta, de esos cargos corporativos?
Continuará…
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2. OTROS GESTOS (18 de enero de 2008)
Gracias a Miguel Veyrat he reparado en las declaraciones de Mariano Rajoy que recoge el diario La Razón. Dice el líder del Partido Popular que está orgulloso de que Pizarro «haya creído en mí y en mi proyecto». ¿Ha de recibir su beneplácito? En todo caso, es muy interesante analizar las instantáneas de su presentación, los gestos del nuevo político y de su mentor. En La Razón y en Abc. En ambos casos, aquello que transmiten las fotografías es un rasgo de autoridad de Mariano Rajoy. O, en otros términos: estos periódicos convierten una mímica intrascendente en gesto simbólico de autoridad, el de quien hace callar a los presentes.

Fotografía: Luis Sevillano (La Razón)

Fotografía: Iganacio Gil (Abc)
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2. VIEJOS GESTOS (2005)
En la primera época de este blog (2005) publiqué un artículo que ahora cobra interés. Trataba de la frustrada candidatura olímpica de Madrid. Pero trataba también de ademanes y mohínes, de la exposición pública de nuestros políticos, del escrutinio gestual al que los sometemos. Lo reproduzco ahora. Lo titulé Las lágrimas de Zapatero y Gallardón. Por favor, echen un vistazo a las fotografías que acompañan.
Las lágrimas de Zapatero y Gallardón
7 de julio de 2005

El otro día veíamos a Esperanza Aguirre, a Rodríguez Zapatero y a Ruiz-Gallardón representando una unidad de gran simbolismo político, de inmediata lectura semiótica. Levantaban sus respectivos puños con los pulgares hacia arriba. Quizá fue una precipitación, fundada en la expectativa que albergaba cada uno, en los posibles réditos personales. Era un gesto hecho de cara a la galería, un ademán con el que fotografiarse representando unidad, una seña con la que querían comunicar fuerza e ilusión, seguridad en el triunfo. Al día siguiente, cuando ya se sabía el resultado olímpico, se difundió una foto de la Agencia Efe que lo decía todo: mostraba los rostros contritos, hundidos, de Ruiz-Gallardón y Rodríguez Zapatero.
Vestidos con las americanas preceptivas, con los símbolos del COI, miraban aturdidos hacia algún punto del suelo, hacia abajo, como no atreviéndose a enfrentar los ojos de la ciudadanía, como si carecieran de ganas, de espíritu para afectar espíritu olímpico, precisamente. Lo mismo sucede con quienes les seguían, con Esperanza Aguirre, por ejemplo: consternados, ajenos, distantes, clavando sus ojos en el suelo que pisaban. Dicen los pies de fotos: el alcalde de Madrid y el presidente del Gobierno no disimulan su decepción al ser eliminada su candidatura en la tercera votación.
En la foto, el alcalde de Madrid aún parece mantener la compostura: tiene su celular pegado a la oreja, no sabemos si intentando comunicar con alguien o escuchando la voz de algún corresponsal telefónico. No habla: mantiene la boca cerrada. Como corresponde a los móviles más deslumbrantes y modernos, casi no se distingue, de lo escueto, de lo diminuto que es. Rodríguez Zapatero no habla ni escucha ni comunica con nadie: sólo mira hacia abajo. Se le distinguen unas pupilas extraviadas y los labios apretados, también con la boca cerrada, sellada, ajena a todo bla, bla, bla.
Nadie llora, aunque por dentro les rebosen las lágrimas. Todos parecen componer el gesto, afectar tristeza, pero nada más. No parecen tener ganas de charlar entre sí. Mantienen la distancia, la compostura y obran, paradójicamente, como auténticos ingleses. Desde hace tiempo, el llanto masculino es algo secreto, reservado, incluso íntimo, impropio desde luego en la cultura anglosajona, que es la que finalmente se ha impuesto. Los hombres no gimotean ni berrean ante los demás. Recuerdo a Esperanza Aguirre en alguna sesión de las Cortes llorando a moco tendido, lamentándose, incluso hipando. Llamó poderosamente la atención que una correosa parlamentaria se abandonara a sus sentimientos más inmediatos. Se le pudo afear su sentimentalismo, pero nadie dudó de la sinceridad de aquel lamento. Una disposición legal en la que había puesto todo su énfasis se venía abajo en las Cortes por efecto de la ley del número, por rechazo de la mayoría, y, por eso, la entonces ministra se abandonaba al sollozo.
Hago esfuerzos por recordar algo semejante entre los varones de nuestra política actual y, la verdad, sólo me vienen a la cabeza los ‘pucheros’ de Aznar cuando se despedía de sus compañeros del País Vasco. ¿Lloró el entonces presidente o no pudo contener las lágrimas? No es lo mismo. Lo de Aznar era exactamente un puchero. Leemos en el Diccionario de la Real Academia que un puchero es un “gesto o movimiento que precede al llanto verdadero o fingido”. ¿Cómo averiguar si ese gesto o movimiento era natural, espontáneo o forzado, y cómo dictaminar sobre la verdad o el fingimiento de dicho llanto?
Hace tiempo que los hombres aprendieron a no llorar en público, a contener la expresión de sentimientos, antes admisibles o aceptables. Esta restricción, que es o puede ser una patología emocional, la asimilábamos, sobre todo, en la infancia, momento en el cual los hombrecitos aprendíamos a no exhibirnos llorando, a controlarnos, a tragarnos las lágrimas o, como mucho, a emitir pucheros. Educados en la contención de los gestos y de las emociones, muchos hombres sólo se consienten ciertas expansiones cuando es una muchedumbre la que los ampara o devora o atrae. Es entonces, en el esparcimiento colectivo, cuando los varones lloran, colisionan, se restriegan, se acarician, comparten fluidos…, atravesando ese límite impalpable que es la proximidad de los cuerpos, rebosamiento al que las mujeres no suelen tener tanta prevención.
No sé. Queda un poso de melancolía por la esperanza frustrada –que a mí, francamente, no me afecta, dada mi distancia del evento olímpico–, pero queda sobre todo un futuro en el que paso a paso constatamos que éste, en efecto, es, puede ser, un valle de lágrimas. Y en ese valle de lágrimas habrían enterrado sus expectativas gubernamentales Ruiz-Gallardón o sus ansias de gloria Rodríguez Zapatero, alias el gafe, dicen los malasombras. Cosas peores se leen ya en la Red. ¡Qué país!
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01.16.08
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:36 por jserna

1. “Contra el nacionalismo obligatorio“,
Crónica de Francisco Fuster
El pasado lunes 14 de enero a las 19:00 de la tarde tuvo lugar en la “Sala de
la Muralla” del Colegio Mayor Rector Peset de Valencia, una conferencia del Catedrático de Filosofía Fernando Savater, enmarcada dentro del ciclo ”Un partido diferente” que organiza el nuevo partido político Unión, Progreso y Democracia (UPyD). Savater estuvo acompañado por Antonio Gómez (Portavoz Provincial de UPyD) y por Antonio Salvador (Coordinador Autonómico de UPyD). No se trataba de la presentación oficial del Partido en Valencia –no hablaron los delegados del partido, no se anunciaron las listas ni se hizo ninguna referencia especifica a nuestra Comunidad–, sino de una presentación oficiosa con el único objetivo de exponer las razones que han llevado a la creación del partido. En este sentido, el profesor Savater explicó en unos treinta minutos cuáles eran las inquietudes de los fundadores del Partido y esbozó a grandes rasgos el programa político con el que se presentarán a las próximas elecciones generales a celebrar en el mes de marzo. Tras sus palabras iniciales atendió amablemente y por espacio de unos 45 minutos las preguntas de afiliados y simpatizantes que en número de unos ciento cincuenta se personaron para escucharle.
Savater inició su intervención con una llamada a la participación política de la ciudadanía y una crítica a la pasividad y el pasotismo de aquellos que se dedican a criticar a los políticos sin tomar ninguna iniciativa al respecto. Habló de la democracia ateniense –donde todo el mundo tenía la obligación de participar en política– como modelo en el que se debe mirar la sociedad española y afirmó que en una democracia, “todos somos políticos”. Luego explicó cómo la crispación que vive actualmente la política nacional y la polarización que vivimos entre nacionalistas y no nacionalistas le había llevado –a él y a un grupo de personas– a la creación de este nuevo partido, concebido como una opción plural y centrista. En un símil muy kennediano, Savater afirmó que: “la pregunta que nos debemos hacer no es ¿qué va a pasar?; la pregunta que estamos obligados a hacernos es ¿qué vamos a hacer nosotros?
Tras esta breve introducción sobre los orígenes del partido, Savater pasó a describir la ideología que defiende UPyD. Según dijo el filósofo, el partido nace con la clara intención y el firme propósito de luchar –política y electoralmente– contra lo que el llama nacionalismo obligatorio e intentar “buscar los rasgos comunes que unen a los españoles y no las singularidades regionales que nos separan”. Este argumento –el del hastío provocado por la exacerbación de los nacionalismos (catalán y vasco sobre todo)– fue el que centró la mayor parte del acto y según podemos leer en el Manifiesto Fundacional del Partido, uno de los pilares básicos del programa de UPyD, junto con la defensa del laicismo y su deseo de reformar la Ley Electoral vigente, para evitar, precisamente, que los partidos nacionalistas tengan –según dijo Savater-– “una representación política en las instituciones totalmente desproporcionada respecto a los partidos nacionales o estatales”.
Savater expuso su teoría según la cual los partidos nacionalistas tienen un poder exagerado en el Congreso de los Diputados , puesto que siempre acaban por decidir –decantando su voto a favor de PP o PSOE– los temas que afectan al conjunto del Estado, siendo a la vez los partidos que menos creen en el Estado. El filósofo vasco puso como ejemplos de actitudes que conviene evitar el último partido de fútbol entre las selecciones de Euskadi y Cataluña (en el se quemaron banderas de España) o la manifestación de algunos obispos en la madrileña plaza de Colón (en la que se produjeron diferentes ataques al gobierno y se calificó al laicismo como “disolvente de la democracia”). Ambos actoshan coincidido en el tiempo constituyendo un ataque a las instituciones del Estado.
Savater explicó –en respuesta a la pregunta de un asistente– que pese a ser miembro fundador del partido, él no se iba a presentar en las listas porque prefería mantenerse un poco al margen — escribiendo artículos o aportando ideas– y no actuando en la política activa, aunque –eso sí– proclamó que estaba a la disposición del partido para todo aquello en lo que pudiera colaborar.
En la única alusión que se hizo al ámbito valenciano –y en respuesta a otra pregunta–, Savater explicó la designación del filósofo vasco Carlos Martínez Gorriarán como cabeza de lista por Valencia. La razón de esta elección –explicó Savater– es que se trata de “uno de los mayores activos del partido” y, puesto que Valencia es una plaza importante, consideran que es la persona más indicada. Sobre si es acertado proponer a una persona que no es valenciana, una persona que desconoce la situación de nuestra política, Savater argumentó que las elecciones de marzo no eran unas municipales ni unas autonómicas, de modo que los miembros de su partido iban a tener el mismo discurso en todos los lugares de España.
Savater cerró el acto animando a que la gente leyera el Manifiesto y el programa de UPyD que se encuentra disponible en la web del partido. Asímismo, instó a todo aquel que tuviera una idea, a proponerla libremente para su consideración y debate. Por otra parte, el portavoz provincial de UpyD anunció para los próximos meses, conferencias de otros miembros del partido como Arcadi Espada o Albert Boadella, dentro de este mismo ciclo “Un partido diferente”.
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2. Hemeroteca JS
El Partido de Fernando Savater en este blog y en la prensa
-¿Un partido nuevo?, Levante-Emv, 15 de junio de 2007
-¿Un partido ómnibus?
-Ciutadans y Savater
-El partido de Savater
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3. Últimas noticias
Otros Partidos (que también se juegan y se la juegan…)

-”Alberto Ruiz Gallardón: Quien les habla ha sido derrotado”
-”Gallardón se declara ‘derrotado’ y confirma que tras el 9-M ‘abrirá un periodo de reflexión’ ”
-”Gallardón: ‘He sido derrotado’ ”
-Alberto Ruiz-Gallardón en este blog
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4. Scriptorium

“…Desde esa experiencia, que creo que puede aportar algo a nuestro común proyecto, he confesado mi ilusión por acompañar a Mariano Rajoy en las próximas elecciones generales. Porque después de 24 años de servicio a los ciudadanos, tengo aún muchos proyectos, para Madrid y para España, entre los que destacan dos en la primera página de la agenda política que estreno estos días: ser el Alcalde de todos los madrileños, y ayudar en todo lo que en mi mano esté para que Mariano Rajoy sea el próximo Presidente de España. Es conocida mi determinación. Y hay pocas cosas que me haya propuesto y no haya conseguido. De modo que puedo decir, con bastante seguridad, que mientras de mí dependa estas dos no van a estar entre ellas. Seré el Alcalde de todos los madrileños, y, si tú quieres, Mariano, trabajaré para que seas el Presidente del Gobierno que los españoles merecen“.
Discurso de Alberto Ruiz-Gallardón en el Foro ABC
(Mayo de 2007)
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ATENCIÓN: VIERNES 18 DE ENERO, AL MEDIODÍA, NUEVA ENTRADA EN ESTE BLOG
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01.14.08
Posted in Fotografía, Comunicación, Democracia at 8:44 por jserna
Foto: José Aymá
1. Pedro Jota Ramírez… y Zapatero.
Me ha sorprendido agradablemente la contundencia expresiva de José Luis Rodríguez Zapatero en la entrevista que le ha hecho Pedro Jota Ramírez en El Mundo. Aparece publicada el domingo 13 y el lunes 14 de enero (podemos acceder a ella en versión sintética). Responde sin amilanarse y sin buscar el compadreo. Tampoco mendiga la compasión de quien sabe adversario mediático. Hasta Arcadi Espada, periodista de dicho periódico y generalmente tan hostil con el presidente del Gobierno, reconoce esa habilidad: la habilidad con la que Rodríguez Zapatero se maneja cuando contesta al director del diario. Por eso, Espada lamenta el largo espacio que El Mundo le concede. Así cualquiera, parece concluir: así, con tantas páginas, cualquiera se explica. Más aún, añade: de tan suelto como se le ve, es como si fuera Rodríguez Zapatero quien interpelara a Ramírez. ¿Qué dirán sus amigos y oponentes? Me refiero a los amigos del mandatario. Y me refiero a los oponentes de Pedro Jota Ramírez.
Al presidente no se le ve inconsistente, que es la cantinela con la que José Antonio Zarzalejos (de Abc) arremete; pero tampoco se hace de él un ser monstruosamente perfecto, un nuevo Arturo, que es lo que Suso de Toro quiere pensar. Se le ve convencido, correoso, insistente. En cambio a Pedro Jota se le nota hastiado, pensativo. Uno gesticula con las manos, con énfasis y pertinacia. Resulta temible: ¿sobre qué perora?, ¿de qué está tan convencido? El otro esconde resignadamente las manos en los bolsillos. Como entristecido: derrotado, con la mirada perdida, con la boca algo desencajada. Al periodista se le aprecian las arrugas del traje: como si se hubiera desabotonado tras una sesión agotadora. Sorprendentemente no lleva desanudada la corbata, ese porte tan americano, tan cinematográfico. Al político, en cambio, se le ve abotonado y bien compuesto. Cómodo. Insisto: temible.

¿Y qué ocurre, qué impresión causan las fotografías, si pasamos al interior? ”Viernes 11 de enero. 18.05. Llueve en el jardín de La Moncloa, pero un sol radiante ilumina a su inquilino. Ya no estamos en el edificio del Consejo de Ministros sino en su despacho del Palacio“, dice Pedro Jota en la acotación preliminar de la segunda entrega. ¿Un sol radiante ilumina a su inquilino? Dejemos la metáfora y acudamos a ese despacho. Echemos un vistazo a esta fotografía:

Vemos a un Rodríguez Zapatero cómodamente sentado, en espera: algo ensimismado tal vez, aguardando la interpelación de Pedro Jota Ramírez. Éste, levemente incorporado, parece repasar sus papeles, ese esquema previo del que servirse. O quizá no: quizá el presidente le ha pasado un informe al periodista. ¿Y qué viene después?
Pues eso: una “entrevista que se prolongó durante ocho horas a lo largo de varias sesiones en distintos días”, leo en El Mundo. ¿Es posible resumir esta extensísima interviú? Por supuesto que es posible. Si somos capaces de leer libros de trescientas páginas para después sintetizarlos, seremos igualmente capaces de abreviar los contenidos de una entrevista en la que, insisto, a Rodríguez Zapatero se le ve dominador. ¿La resumiré? Desisto, pero no me lamento, pues ésa no es la clave de esta pieza, no es la función que cumple en el periódico. Lo significativo de esta entrevista es la demesura del periodista. Concede quince páginas (incluyendo las primeras planas de domingo y lunes) al presidente. ¿Concede? En realidad, la interviu comenzó ocupando la sección que emplea semanalmente el director de El Mundo.
Esa sección consiste en una larguísima misiva. O, mejor, exactamente un sermón dominical que se extiende entre la tercera y cuarta página, una especie de epístola moral al lector en la que el periodista toma un motivo del pasado para evocarlo, generalmente con erudición enciclopédica. Quiero decir, de enciplopedia. Tras exhibir sus conocimientos salta al presente, a la política de nuestros días, con el fin de buscar equivalencias. Encuentra similitudes, vaya si las encuentra. Nos muestra acontecimientos de ahora que casi repiten circunstancias de otro tiempo, hechos que por su morfología o vecindad se refuerzan entre sí. La analogía es el procedimiento retórico: la moraleja es la apostilla y, de paso, la documentadísima erudición es el generoso desprendimiento del director. Porque, en efecto, se presenta así, como un acto de desprendimiento: Pedro Jota nos entrega su saber a manos llenas. ¿Pero qué ha pasado para que, ahora, Rodríguez Zapatero le gane en su campo y con sus reglas?
Frente a otros candidatos, escuetos o celosos de su imagen, temerosos del traspié, Rodríguez Zapatero parece un político facundo: alguien que parece creer, de verdad, en la democracia deliberativa; alguien que se siente cómodo en la exposición pública, esa a la que debe someterse quien profesa el republicanismo cívico. Por ello, espera o, mejor, desea que el debate televisivo con Mariano Rajoy no sea una confrontación agria, sino el lugar de la deliberación. Saber que no será así, que no podrá ser así. Desde luego, Rodríguez Zapatero está convencido de lo que piensa y sostiene, de lo que con arrojo o con temeridad realiza. Pero la clave de todo su programa no radica en la convicción de la que parte o con la que reviste sus políticas. Dice haber tenido cintura porque sabe qué quiere hacer y calcula qué táctica le conviene para lograr lo que estratégicamente le interesa. Por ello, ha sido acusado de tacticista. Es capaz de sacrificar elementos que otros consideran intocables o esenciales para, a la postre, lograr algo y no perder gran cosa. Es por eso por lo que ha sido vilipendiado y continuamente ultrajado con todo tipo de denuestos para los que no tenía o no quería respuesta. Y si no quería dar respuesta es porque se sabe seguro, incluso temerariamente seguro. ¿Para qué contestar a las críticas más furiosas o a los insultos más tajantes? La realidad de mis convicciones sabiamente y tácticamente ejecutadas será el rotundo mentís, parece decirse. Ahora, Pedro Jota no le agrede y le da espacio más que suficiente para explayarse. Rodríguez Zapatero lo aprovecha y se extiende como un razonador que se sabe inevitablemente escuchado, con tiempo suficiente: el interlocutor que, en principio, le es hostil tiene ahora la obligación de callar, de ceder su turno; tiene la obligación de no enrocarse y de avanzar.
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01.10.08
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 18:17 por jserna

1. Hace unas semanas publiqué un artículo titulado “La retirada de Zaplana“. Días después añadí en este blog una entrada, “Eduardo Zaplana Hernández-Soro“, que obviamente trataba de la misma persona. ¿Hay razones de actualidad que me justifiquen? ¿Exhumo arqueológicamente a un personaje olvidado? Creo que para hablar de Zaplana hay razones bien actuales. En mi caso, la reconstrucción de su figura, de su proyección, no es algo sobrevenido, pues llevo varios años rastreando su puesta en escena, examinando los efectos que su protagonismo público, político, provoca. ¿Una manía particular?, me pregunto. No lo creo: Eduardo Zaplana sigue siendo uno de los activos del Partido Popular, mal que les pese a algunos. En efecto, hay antiguos seguidores o correligionarios o conmilitones o periodistas que prefieren olvidarlo, relegarlo, confinarlo, como igualmente puse de relieve en un artículo meses atrás. Esa actitud se da, por ejemplo, entre columnistas o reporteros del grupo Vocento. En Abc, sin ir más lejos, la cantinela antiZaplana es ya un lugar común. Parece que para ellos se ha convertido en un personaje ambicioso, materialista y voraz, quizá poco recomendable. ¿Lo es? Tengo para mí que Zaplana sigue siendo lo que siempre fue y no ocultó. Aparentemente no hay nada nuevo ni nada actual justificaría que yo mismo escribiera sobre él.
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2. Eso parece decirme Rafa Marí, periodista de Las Provincias (también del grupo Vocento) responsable de un libro titulado Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, un volumen de 1995. Como dije días atrás, Rafa Marí, que entrevistó al político para escribir dicha obra, me interpelaba en Las Provincias. Supongo que su mención se debía al comentario que yo había hecho de su libro –tantos años después– en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.
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3. Respuesta de JS del 29 de diciembre de 2007: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.
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4. Respuesta de Rafa Marí del 9 de enero de 2008: aquí. Quizá larguísima.
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5. Respuesta de JS.
¿Zaplana o Zapatero? ¿Eduardo Zaplana. Un liberal…, de Rafa Marí? ¿O Madera de Zapatero, de Suso de Toro? El señor Rafa Marí tiene la amabilidad de contestarme explayándose en un comentario muy extenso, larguísimo: exactamente como lo que él dice de mi artículo sobre Madera de Zapatero, incluido en este blog. Sin embargo, mi artículo no es larguísimo: es una reseña in progress que fue escribiéndose a lo largo de varios días, conforme la lectura y la relectura del libro me sugerían énfasis o subrayados. Nada más empezar su comentario –insisto, larguísimo–, el señor Marí me dice inmediatamente de lo que no quiere hablar: ni de Zapalana ni de Zapatero, ni de su libro ni del de Suso de Toro. Francamente, creo que desechar esos objetos de análisis es un pérdida que nuestros lectores no entenderán. Y más, admitiendo como hace el señor Marí, que “ninguna de las obras es buena, desde luego”. Precisamente eso es lo que deberíamos debatir: ¿por qué la literatura áulica no suele dar buenos resultados?
Pese al malestar que le provoca el adjetivo “áulico”, pese a que yo le llamara “interlocutor áulico” en un artículo, creo que esa calificación es descriptiva, no necesariamente peyorativa: designa, en efecto, lo cortesano, lo propio de palacio. Designa a aquel que presta servicios a quien ejerce el poder o espera ejercerlo, en acto o in spe. No es infrecuente que el gobernante o el opositor se rodeen de glosadores que le ayuden a explicarse o incluso a expresarse. Esos auxiliares ejercen un papel interesante. Muchos políticos parecen necesitar a estos profesionales de la escritura, pues de ellos dependen la buena o la bella prosa, el orden expositivo y la claridad de enunciados: el lucimiento o los trucos de magia. Por ejemplo, uno de los personajes de la ficción de Javier Marías era un monarca campechano, un virtuoso de los flippers, un frecuentador de todo tipo de cuchipandas; era un soberano simpático, con metas y objetivos incluso sensatos, un rey que tenía algunas ideas, pero al que -según decían- le costaba ordenarlas. Para eso estaba el cortesano: para ordenarle las ideas, para completarle los párrafos o para rellenar sus vacíos.
Dice el señor Marí que no quiere hablar de Madera de Zapatero ni de Eduardo Zaplana. Un liberal… Dice eso, pero inmediatamente habla de ambas obras: a la primera la descalifica como encomiástica; a la segunda, la suya, la califica como ”una larga entrevista (en nueve capítulos) para dar a conocer los proyectos de un candidato, poco conocido y entonces en la oposición en el gobierno autonómico”. Lo encomiástico puede expresarse con ditirambos: los que hacen los familiares y los amigos del político. Pero lo encomiástico puede expresarse también prestando un servicio verbal: prestándose a hacer una entrevista cómoda que facilite la racionalización, la justificación, las promesas de un candidato.
Pero el grueso de la intervención del señor Marí se dedica no a esto, sino a criticar a Suso de Toro. Él, el escritor gallego, sí que sería un cortesano socialdemócrata, un tipo capaz de escribir con ditirambos, cosa que yo habría evitado denunciar. No es cierto. Por ejemplo, me parecía y me parece un exceso increíble convertir a Rodríguez Zapatero en “un nuevo Arturo”, como hace Suso de Toro. Literalmente decía yo mismo aquí: “me parece igualmente inverosímil e hiperbólico que el prologuista identifique a Rodríguez Zapatero con el mito de Arturo, aquel joven que se coronó rey“. Y añadía: ”La hipérbole del seguidor, del militante, del amigo puedo comprenderla, porque se fundamenta en una verdad exagerada en la que el afín cree: en función de ella obra. Pero hay un problema: el elogio desmesurado agiganta virtudes reales hasta convertir en un monstruo al individuo real, amenazado siempre por el engreimiento del poder, del poder gubernamental o de partido”. En un monstruo: las alabanzas de los amigos te pueden convertir en un monstruo. ¿Más claro? ¿Necesita, el señor Marí, que me exprese con mayor claridad?
Por otra parte, como si yo fuera un analista adocenado o apesebrado, el señor Marí, añade generalizando: ”Los mejores pensadores de la socialdemocracia, y a usted le tengo por uno de ellos, se cuidan mucho de llamarle cortesano al cortesano provisto con una buena carga de melaza, si se trata, como es el caso, de un cortesano socialdemócrata. Prefieren escribir un nuevo y repetitivo artículo sobre Rajoy, Acebes y Zaplana. El miedo a ser políticamente incorrectos ha convertido a la mayoría de comentaristas e intelectuales en apologistas de las propias filas”.
Le agradezco al señor Marí que me considere un pensador, elogio que me da reparo en aceptarle: sólo se lo acepto por la carga irónica que plantea. Lo que ya no entiendo es por qué me identifica como socialdemócrata. ¿En algún momento he calificado al señor Marí de conservador, de liberal? Creo que es una identificación ad hominem. Lo que uno diga puede ser interesante o nada interesante, se sea o no socialdemócrata. Jamás he abreviado un análisis tipificando a un contendiente: procuro tomarme muy en serio lo que dicen las personas al margen de su etiqueta política. Por ejemplo, leo con placer a Mario Vargas Llosa desde hace tiempo y jamás podrá decirse que un escrito mío resume sus ideas tipificándolo. No me gusta esa forma de operar: me gusta argumentar, extenderme, razonar y, si puedo, convencer, persuadir. Punto y aparte.
Le agradezco igualmente al señor Marí que no me considere “un intelectual deshonesto”. La honradez o la probidad intelectuales son difíciles de mantener sobre todo cuando políticos en ejercicio pueden tentar tan evidentemente a profesores y perodistas. Entiéndaseme. Colaborar con el ejercicio de la democracia, entrevistando a mandamases (o juzgándolos), no es una tarea servil: es rentable y necesaria. Lo que no veo tan bien es que la interviú se convierta en mera plataforma de lanzamiento: desde hace años domina en España el periodismo de declaraciones, que muchas veces es pereza o colusión. Las entrevistas de lanzamiento no me parecen mal género periodístico: como ya dije, me divierten. Además, para mí, la lectura es como la carne de un cerdo: todo lo aprovecho, tratando de nutrirme.
Una vez que el señor Marí me salva al no colocarme entre los deshonestos intelectuales, la emprende conmigo para aplicarme lo que él llama un “liviano apunte psicoanalítico”. Eso es lo que tiene el psicoanálisis salvaje (en palabras de Freud): que puede ejercerse de buenas a primeras; que puede aplicarse sin pruebas, sin reglas, sólo con datos puramente superficiales. Perdónenme la pedantería: Freud denominaba psicoanálisis salvaje al error técnico en que incurre el terapeuta ignorante cuando, a las primeras de cambio, arroja al paciente el secreto que cree haber descubierto. El señor Marí me hace, pues, ese análisis precipitado, atreviéndose a diagnosticar mi mal. Por lo que dice, es un mal inespecífico: un malestar del que yo estaría aquejado por ser algo así como “pensador socialdemócrata”.
La dolencia se expresa en estos términos: yo sería “un hombre temeroso, aunque no precisamente de Dios. Temeroso y un tanto atormentado en el terreno de las ideas”. Francamente, no entiendo el diagnóstico del señor Marí. Desde luego puedo sentirme atormentado por las miserias de la vida cotidiana: esas que, como dijo Freud, el psicoanálisis freudiano no puede curar, sólo aliviar. Pero no me veo atormentado por las ideas. Las ideas son para mí el terreno de la felicidad y del disfrute, del aprendizaje y de la observación. Leo todos los libros que puedo y sólo los que me gustan o me interesan; leo tres periódicos en papel y algunos más digitales; leo hasta los prospectos publicitarios. ¿Y para qué? Para reírme, para enfadarme, para aprender, para dialogar, para divertirme… con quienes sustentas estas o aquellas ideas. Quizá por eso, el señor Marí admite polemizar aquí con ”un señor culto pero que no se entera de muchas cosas”. Claro que no me entero de muchas cosas: por eso me informe y leo. Porque no lo fío todo a los sentidos superficiales y a las rutinas de los connaisseurs. Punto y aparte.
Quizá ese tono personal con que el señor Marí acaba su intervención se explique no por el psicoanálisis salvaje, sino por las laceraciones de las que él mismo hace muestra en su último comentario, el del 11 de enero. De verdad, lamento los ataques obscenos de los que haya podido ser víctima. Pero no entiendo por qué se me presenta el señor Marí mostrando esas heridas infligidas por otros, no por mí. La susceptibilidad, que puede estar muy justificada, no es producto de mis juicios, siempre respetuosos en una alusión que era circunstancial: sólo para comprobar que el principal compromiso de Eduardo Zaplana en el libro del señor Marí (1995), el de su retiro de la política, se ha incumplido. De momento.
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12.29.07
Posted in Valencia, Comunicación, Democracia at 10:49 por jserna

0. Feliz año nuevo para todos.
1. La sobrecubierta
Leo Zaplana. El brazo incorrupto del PP, un libro de Alfredo Grimaldos. Lo publica la editorial Foca (Grupo Akal). Puede adquirirse en distintas librerías, pero no en la página electrónica de El Corte Inglés. Leo en distintas webs que el volumen ha sido retirado de los anaqueles de novedades de sus edificios. He verificado que en Valencia no es así: que al menos en el centro comercial de Colón el libro figura en la columna de actualidad política junto a las Cartas a un joven español. ¿Puede hablarse de censura si no lo hallamos en su librería virtual? No puedo pensar tal cosa; no puedo creer que una gran empresa cometa esa torpeza electrónica. Ya lo dijo Voltaire en la tercera de sus Cartas filosóficas: el efecto de la intolerancia es aumentar el interés de lo censurado. “Las persecuciones no sirven casi nunca más que para hacer prosélitos”, para incrementar su atractivo. De ser cierta, la noticia de la retirada forzosa de un libro agigantaría el deseo de poseerlo.
Pero, claro, la sobrecubierta del volumen es llamativa, bufonesca o hiriente. Podría entender el malestar del protagonista. Como podría entender también la desazón de aquellos que no quisieran indisponerse con el ex ministro de José María Aznar. Desde luego, ese frontis reclama la atención del espectador. Porque de eso se trata: de atraer al espectador, de convertirlo en comprador y luego en lector. De interpelar al visitante ocasional o habitual de la librería con una imagen y con un título suficientemente espectaculares. El biografiado aparece con gesto pícaro. Es un primer plano del protagonista que dice mucho: con la mano izquierda se tapa la boca, una boca que esboza una sonrisa; y a la vez, con ojillos desafiantes, examina a alguien que está fuera de campo. ¿Quizá un periodista inquisitivo? Las patas de gallo revelan un gesto chistoso y retador a un tiempo, la exacta mezcla de guasa y desdén. Pero no es esto lo más significativo: lo sorprendente es el reloj que aparece en dicha fotografía. Todo un Hublot Chrono.

¿Y por qué sorprendente? El reloj es una pieza carísima de varios miles de euros (no les diré cuántos): un objeto que podría figurar en un certamen de lujos cotidianos. Distingue a su portador, lo distancia, lo eleva y lo separa del resto con su “diseño elegante y deportivo”, según leo en su página web. Mostrar ese adminículo sólo es posible para unos pocos. No es la pieza clásica o antigua de la familia: esa herencia, ese apreciado reloj del abuelo que todos los nietos ambicionan. No: este reloj suizo, famoso por su pulsera de caucho con “un delicado aroma a vainilla”, es una maquinaria que sólo se remonta a 1980. Se trata, pues, de un ingenio reciente, una pieza muy valorada que triunfa entre las nuevas clases emergentes y entre algunas celebridades: Quincy Jones o Maradona o… Zaplana.
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2. Lujos ostensibles
“La posesión de riqueza confiere honor; es una distinción valorativa”, decía Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa (1899). En las sociedades antiguas, la actividad depredadora era la tarea cotidiana y el hábito de las gentes. En las sociedad modernas, añade Veblen, “la propiedad acumulada reemplaza cada vez en mayor grado los trofeos de las hazañas depredadoras como exponente convencional de prepotencia y éxito”. No es que ya no se conceda valor a la depredación: es que hay menores oportunidades de obtener esos trofeos bélicos, ese botín fruto de la rapiña. El hombre quiere distinguirse, pero en las sociedades modernas esto no suele lograrse con el hecho heroico o notable de la guerra. De ahí que la acumulación material consista, entre otras cosas, “en alcanzar un grado superior, en comparación con el resto de la comunidad, por lo que se refiere a fuerza pecuniaria”. O, en otros términos, lo que es insaciable en el hombre no es la necesidad material, sino su reputación, su estima, su comparación valorativa: y éstas se logran en la sociedad capitalista con la riqueza ostensible, con esos lujos que prueban la calidad de su poseedor. No se trata de ahorrar, cosa que más o menos siempre hacen los seres humanos: de lo que se trata es de mostrar los logros personales, que son conquistas materiales.
El libro de Alfredo Grimaldos se habría beneficiado mucho si su autor hubiera empleado a Veblen para recrear la figura de Eduardo Zaplana, alguien que en sus páginas aparece como un nuevo rico. Si es cierto lo que leemos en Zaplana. El brazo incorrupto del PP, entonces tenemos a un caudillo moderno que hace de la acumulación y del derroche vicario su lógica. No se trata de destruir riqueza como gesto desprendido, sino de organizar la política como un potlach: como una fiesta exuberante en la que quien da espera recibir duplicado. Según esa lógica, se trata de invertir bienes y recursos públicos para ejemplificar y repartir dádivas, para prosperar personalmente, para tejer un red de beneficiados y paniaguados, de amigos políticos. ¿Es así Eduardo Zaplana? Si hemos de creer lo que Grimaldos dice de él, entonces buena parte de la descripción vebleniana se ajustaría a su figura. El autor nos muestra la suma de rapiñas, el repertorio de gestas depredatorias que hacen del personaje un George Duroy de nuestros días: un Bel Ami, ya no de Maupassant, sino de sí mismo. Es tal la retahíla de logros materiales, de beneficios vicarios, de gestos instrumentales, de maniobras indirectas; es tanto lo denunciado y lo condenado por algunos tribunales y medios, que sorprende la capacidad de dicho personaje para salir indemne. ¿Falsas imputaciones? Desde luego, el libro de Grimaldos habría ganado si no le hubiera puesto ese subtítulo escandaloso y enfático, innecesariamente sarcástico. Los contenidos del volumen son prueba abundante de lo que el autor quiere mostrar y demostrar.
Iba a continuar, pero qué quieren: regreso al volumen de Grimaldos y vuelvo a ver una versión moderna de los trepas del siglo XIX. En ese caso, vuelvo a pensar lo que escribí para Levante-Emv en mayo de 2007. “Yo no creo que Eduardo Zaplana sea un calco de esos personajes novelescos; tampoco creo que la suerte venidera del ex president de la Generalitat sea la de regresar a la cuna humilde de la que partió. Pienso que el señor Zaplana es un ciudadano intrépido que concilia envidiablemente provecho y utilidad, alguien que supo granjearse la admiración de sus correligionarios y al que su partido y los periódicos afines ahora pretenden postergar (…). Yo no creo que el señor Zaplana merezca esta suerte que le reservan sus antiguos partidarios: sería muy reparadora si viviéramos en un folletín, pero es tremendamente injusta si pensamos el empeño real que a todos sus amigos mancomunó”. Insisto: ¿es Zaplana un personaje de folletín? Tengo la impresión de que estamos intoxicados por la literatura, razón por la cual aún vemos a nuestros contemporáneos con los perfiles de nuestros héroes alfabéticos. Seguramente, la vida es más simple y, por tanto, los políticos como Eduardo Zaplana se parecen más a personajes televisivos. Él mismo es un personaje televisivo… ¿A cuál de ellos encarna?
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3. Zaplana, entrevisto
¿Recuerdan Eduardo Zaplana, un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, aquel libro de 1995? Su coautor Rafa Marí, el periodista que entrevistó al político, me interpela en Las Provincias. Supongo que su mención se debe al comentario que hice de su libro en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.
Respuesta: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.
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4. Hemeroteca histórica de Justo Serna sobre Eduardo Zaplana:
-”La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007
-”Zaplana“, Levante-Emv, 4 de mayo de 2007
-”Route Zaplana“, Levante-Emv, 29 de agosto de 2006
-”Eduardo Zaplana, ficción y dicción“, El País, 9 de abril de 2004
-”El portavoz“, El País, 23 de diciembre de 2003
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5. Colofón de Alfons Cervera sobre Eduardo Zaplana:
“El tiempo dirá si al final prescriben los posibles delitos del honorable presidente o se celebra el juicio que decidirá dónde habrá de pasar el tiempo que vendrá después de la sentencia: si en su casa de lujo o en la cárcel. Minuto arriba o abajo de donde se ubica el tiempo de Zaplana: quizá cuando ya no mande nada a partir de marzo lo veamos metido en los berenjenales de algún juzgado valiente, pues valiente ha de ser quien se meta a desinfectar el lodazal de sus aviesas andaduras. Queda para el testimonio el libro “Zaplana. El brazo incorrupto del PP”, del periodista Alfredo Grimaldos. Da gusto y repelús a la vez leer la vida y milagros del portavoz de Aznar en el Parlamento…” Levante-Emv, 30 de diciembre de 2007.
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6. ¡Viva el laicismo disolvente!
“Los clérigos no tienen derecho a convertirse en jueces de quienes no formamos su rebaño, no tienen derecho a dictaminar sobre lo que creemos quienes no creemos y no tienen derecho a imponernos sus metáforas. Resulta sorprendente que estas cosas tan sabidas tengan que ser recordadas… Quizá García-Gasco o Carles, tan dispuestos a enojarse con los laicos, debieran repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente ¿En qué creen los que no creen? Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.
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12.20.07
Posted in Juventud, Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:21 por jserna

1. Yo nunca fui maoísta. Jamás me dejé seducir por ese marxismo radical que a muchos deslumbró. No me vanaglorio: simplemente describo mi circunstancia biográfica. Regreso al maoísmo. Quiero decir, me pregunto por qué tantos jóvenes se intoxicaron con ese utopismo. Me incita a ello Federico Jiménez Losantos. Leo su último libro: La ciudad que fue (Madrid, 2007). Hay numerosos aspectos relevantes, desmedidos, objetables. De todos ellos, el que en primer lugar me interesa es precisamente la revisión que el autor hace de su pasado maoísta. Me parece muy complaciente con dicha etapa y sobre todo con su responsabilidad personal.
El marxismo originariamente fue radical, sólo eventualmente extremista. El maoísmo fue un movimiento extremista que, además, se basó en el radicalismo de Marx (a partir de las enseñanzas de Lenin, Stalin y, finalmente, Mao, su principal inspirador). Pero, por otra parte, el maoísmo fue también un utopismo: un movimiento, una corriente, una concepción que aspiró a cambiar al hombre, a conseguir un “hombre nuevo” en una sociedad armoniosa. Un hombre nuevo: qué interesante y peligrosa idea. Históricamente, el ser humano sólo es un ente torcido, algo poco atractivo y siempre decepcionante. El maoísmo, como utopismo radical del siglo XX, postuló una recreación entera de ese ser imperfecto. Depurar sus vicios, enderezarlo, domarlo, disciplinarlo en un sentido colectivista: desindividualizarlo, en fin. Por eso, el presidente Mao confiaba abiertamente en los jóvenes; por eso adulaba su energía.
“Los jóvenes, plenos de vigor y vitalidad, se encuentran en la primavera de la vida, como el sol a las ocho o nueve de la mañana”, admitía con analogía evidente. “La juventud es la fuerza más activa y vital de la sociedad”, insistía. “Los jóvenes son los más ansiosos de aprender, y los menos conservadores en su pensamiento”, añadía. Ahora bien, no vale de nada esa energía si es puro vigor individual. “¿Cómo juzgar si un joven es revolucionario? ¿Cómo discernirlo? Sólo hay un criterio: si está dispuesto a fundirse, y se funde en la práctica, con las grandes masas obreras y campesinas”. Ése es el criterio, que ha de valer para juzgar a los jóvenes y a los intelectuales, un grupo también necesario, aunque titubeante. ¿Por qué razón? Porque “los intelectuales tienden a menudo al subjetivismo y al individualismo”, mostrándose con frecuencia poco prácticos en su pensamiento, vacilantes en su acción. Es habitual que estos individuos, si son ajenos a los obreros y los campesinos, se hundan en la pasividad o en la melancolía. “Los intelectuales sólo pueden superar estos defectos en la misma lucha prolongada de las masas”, releo en mi ejemplar del Libro Rojo (Barcelona, 1976), cuya traducción corresponde a las Ediciones de Lenguas Extranjeras de Pekín.
¿Y qué tiene que ver lo dicho por el presidente Mao con los jóvenes españoles de los años setenta? ¿Cómo se podía ser maoísta español en aquella década? Dos son los ingredientes del contexto: la juventud y el franquismo. La revueltas estudiantiles de finales de los años sesenta habían extremado a muchos, llevándolos a un izquierdismo antisistema en el que se mezclaban lo antiinstitucional y lo pulsional, el deseo y la revolución, la oposición antiburguesa y la rebeldía política. Si Occidente adocenaba a los jóvenes con represión moral y consumismo material; si los jóvenes crecían en familias patriarcales…, entonces la insumisión estaría, estaba, justificada. El izquierdismo era la fórmula expresiva. Umberto Eco supo tratar este sesentayochismo en su libro Sette anni di desiderio. Por su parte, en la España de la dictadura, la revuelta juvenil revelaba una posición antifranquista y una variada gama de marxismos. Habiendo tenido el PCE un papel tan destacado en su tarea de oposición, el marxismo parecía ser la concepción más útil y mejor preparada para analizar la realidad…, una realidad política propia del contexto de la guerra fría. Así lo pensaron muchos jóvenes, justamente cuando por edad debían rebelarse, buscando el placer, el goce, el deseo. Un mayor extremismo marxista podía ser el narcótico que mejor abriera las puertas de la percepción.
Algunas de estas reflexiones me las sugieren las memorias de juventud de Jiménez Losantos. En principio, La ciudad que no fue trata de la Barcelona del joven Federico que allí acude a comienzos de los setenta desde la provincia, desde Teruel. La gran ciudad deslumbra: las Ramblas son el escenario de todas las transgresiones, de todas las libertades, de todo el avance cultural que la España franquista podía permitir. Aprovechando buena parte del libro para tal menester, el autor detalla numerosos hechos de su vida personal exhumando también los sentimientos que le despertaban. O eso hemos de suponer: que el sentido atribuido a los hechos es el mismo que el de ahora. Por supuesto, el asunto principal del volumen es la oposición que Jiménez Losantos demuestra tempranamente ante la normalización lingüística. Toda una laminación de la cultura castellana, añade, y una forma de presentar su actuación en términos heroicos. La vileza que con el autor cometieron dos tipos que le descerrajaron un tiro agrandarían, sin duda, su papel en dicha historia.
Echa la culpa de esa circunstancia a la alianza implícita que se dio entre los nacionalismos de izquierdas y de derechas, entre PSUC y CiU, entre el partido comunista catalán y los nacionalistas conservadores. El PSUC de entonces era una gran organización de masas, en parte concebida y pensada a semejanza del PCI. Es decir, hacía del consenso, de la hegemonía, su forma de dirección intelectual y moral: un modelo orgánico de partido gramsciano inspirado en los pactos y alianzas nacional-populares, en el control de las grandes masas. En sus filas militaron comunistas de primera hora, pero también nuevos incorporados que procedían de organizaciones izquierdistas de aquellas fechas: partidos de los años sesenta que habían nacido con Revolución Cultural china y partidos que habían surgido al calor del izquierdismo del 68. Según este esquema, el maoísmo sería el instrumento idóneo para destruir el modelo cultural y social burgués; y los sesentayochismos serían el fermento juvenil precisamente antiburgués. En España, y entre otros productos, la suma de maoísmo y sesentayochismo dio como resultado la Organización Comunista de España (Bandera Roja). Si hemos de creer al memorialista, podemos decir que Jiménez Losantos militó en OCE (BR) a comienzos de los setenta, pasando a incorporarse al PSUC a mediados de dicha década.
En sus páginas, la posición moral y política del autor siempre parece quedar clara y a salvo: siempre estuvo en el lugar correcto. A pesar de ser finalmente un acerado crítico de la izquierda, Jiménez Losantos admite que había que ser maoísta cuando él lo fue. A pesar de ser finalmente un fiero oponente del marxismo, Jiménez Losantos admite que había que militar en el PSUC cuando él tuvo el carnet, más o menos hacia 1976: justo el año en que viaja a China a confirmar –dice– el anticomunismo que él mismo ya alimentaba en su interior. De allí regresa con atavíos maoístas (gorra, guerrera, etcétera) aunque ya anticomunista decidido, externamente decidido, cosa que no le evita seguir militando en el PSUC. “Ante del viaje a China yo quería romper con el marxismo, es decir, con lo que Marx llamaba ‘mi conciencia filosófica anterior’, pero no sabía cómo”, añade confusamente Jiménez Losantos. “Quería mantener las posiciones políticas de la lucha antifranquista, que me parecían indisociables de cierta militancia en el PCE/PSUC”, repite. “En ese candente invierno del 76-77 [recién regresado de la China comunista] me dieron por primera vez el carné del Partido, en el transcurso de un acto para la legalización del PCE/PSUC. Hoy puede también parecer absurdo que alguien que ya no es comunista, sino anticomunista, como yo entonces, acepte el carné”, dice intentando justificar su correcta posición de entonces y de ahora. “En mi caso personal”, apostilla, “obraba el respeto al sacrificio de tantos conocidos en la clandestinidad”.
En realidad, el autor es impreciso en las fechas de sus entradas y salidas de partidos, en sus cambiantes humores políticos. Y no me refiero a los carnets. ¿Por qué esa imprecisión? Buena parte de sus páginas le sirven para mostrar y demostrar su liberalismo antiguo, interior e implícito… a despecho de su militancia izquierdista, radical o extremada. Con ello, podríamos decir que confunde sus avances personales con el avance general de la humanidad. No me pregunto por su anticatalanismo, bien patente a finales de los setenta: me pregunto por su maoísmo o por su militancia izquierdista, cosas de las que parece aceptar su pertinencia contextual, incluso su toque chic. Si había que ser de OCE (BR) cuando él lo fue, estuvo bien; si ahora hay que ser liberal tonante cuando él lo es, está bien.
El libro de Jiménez Losantos tiene muchas fotografías, pero la mayoría no proceden del archivo del autor. Son imágenes de época, de los años setenta que, en el lector adulto y desprevenido, pueden provocar nostalgia. De hecho, creo que esas fotografías buscan despertar la complacencia sentimental de los contemporáneos: la evidencia con que se imponen las imágenes reforzaría presuntamente la interpretación emocional con que Jiménez Losantos evoca una pasado personal y colectivo. Pero el truco editorial parece bastante obvio. Al menos, para mí. Y ahora, si ustedes me permiten, les dejo.
Fin
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2. Hemeroteca histórica
-Artículo de JS sobre “Federico Jiménez Losantos“, Levante-Emv, 6 de abril de 2006
-Artículo de JS sobre “En el cielo nos veremos“, Levante-Emv, 9 de febrero de 2007
-Artículo de JS sobre “El cuento de Federico“, Los archivos de JS, 23 de octubre de 2007
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12.17.07
Posted in Comunicación, Democracia at 13:55 por jserna
Fotografía de Ignacio Gil para D7 (Los domingos de Abc)
De todos los periódicos que leí el domingo 17 de diciembre, el que más me interesó fue Abc. En su sección dominical, el diario conservador publicaba una larga entrevista que Josefina del Álamo había hecho a José María Aznar. Yo me encontraba en el hospital cuidando a mi padre, recién salido de un infarto, recuperándose felizmente. Entre nosotros, todo eran bromas. Leía la entrevista con fruición, con detalle, subrayándola con mi boli. La repasaba y se la comentaba a mi sufrido progenitor. Intentaba entretenerlo, alejarlo de su situación, del peligro superado. Yo me aguantaba el desasosiego y él soportaba mi cháchara, mis comentarios, mis exclamaciones, mis apostillas. Mi señor padre le daba la razón a su hijo…, y el hijo llenaba la desazón con palabras. Había una camaradería nada impostada y la entrevista a José María Aznar nos facilitaba la conversación. Lo primero el titular de portada: “Soy la víctima de la peor cacería”. Convinimos ambos en que la de Aznar era una ilusión óptica. ¿La peor cacería? Desde luego hay cosas peores: peores cacerías y peores carnicerías. El ex presidente se sabe “objeto de una persecución” y lo dice así, con esa postura y con esa apostura que luce en la foto que ilustra, con forzada naturalidad y con infinita paciencia.
Admitamos que eso sea cierto: admitiremos igualmente que dicha cacería no es lo peor que le p0dría ocurrir a alguien. En política hay cosas más preocupantes y, sin duda, la animadversión que Aznar provoca tiene mucho que ver con su forma de presentar las cosas, de justificar sus decisiones; con su modo de fundamentar sus posiciones; con su manera de criticar a quien le sucede en el cargo. Él siempre pone el énfasis en el liderazgo para, inmediatamente, añadir que de eso carece el actual mandatario: “si a un presidente le da miedo que lo abucheen, como hemos visto recientemente, no se le puede dar confianza para que gestione una crisis importante”. Si Aznar es el político fiable, Rodríguez Zapatero (a quien jamás nombra) es el gobernante dudoso, dicho esto –además– con el tono apocalíptico que ya le es propio: “hay momentos en la vida de las naciones para plantearse que hay personas serias y personas que no lo son; personas fiables y personas que no lo son”. La idea del liderazgo es recurrente en sus declaraciones y en sus libros (que aquí hemos analizado): como es obsesiva la condena del relativismo del que Occidente estaría enfermo. “Porque hoy”, precisa, “lo que prevalece en Europa es el relativismo, la ausencia de creencias, de valores, de principios”.
Es por eso por lo que ha asumido José María Aznar ha asumido una tarea de preceptor. No hay que desentenderse, insiste. “Quizás una de las tareas que yo puedo hacer, desde la experiencia, es explicar esto, especialmente a los jóvenes que son quienes van a construir el futuro”. Es por eso por lo que en su último libro, en sus Cartas, se dirige a ese jovencísimo Santiago a quien tutea. Ejerce de propagador, alguien que parece estar por encima de la minucia electoral; pero sobre todo hace las veces de mentor: el viejo dotado de experiencia que tutela al inexperto Telémaco para que no se pierda. La juventud es pasional: necesita doma y freno. Pero los muchachos son también hedonistas: precisan al adulto adusto, árido, al adulto que no se deja adular para que así les recuerde qué significa existir, para que así les indique cómo sobrevivir con coraje en medio de una persecución. Gobernar exige mucho arrojo. Y para eso nadie como Winston Churchill.
Pero éste, “después de ganar la Segunda Guerra Mundial, perdió las elecciones”. Aznar, sin embargo, no las perdió. Dejó de ser presidente de manera voluntaria, a los 51 años, yendo contra la corriente, sin quejarse. ¿Duele? ¿Cuesta? “Supongo que si lo dejas porque pierdes las elecciones, y no por voluntad propia, todavía cuesta más”, añade comparándose implícitamente a Churchill, a Felipe González y, de paso, al sucesor de su partido, Los pueblos suelen ser ingratos, admite Aznar…, y los españoles, según parece, “tienen una cierta incapacidad para reconocer el mérito ajeno. Por eso somos un país necrófilo, que ensalza a los muertos”, concluye el ex presidente. Hay dolor, mucho dolor, en el reproche de José María Aznar: el desasosiego de quien no se siente reconocido suficientemente y, encima, no se lo explica; el malestar de quien se ha considerado “Presidente de España”, con ese tono de jefe de Estado que le da a dicha expresión. Hay una tensión constante en su palabra: entre campanuda y obvia, enfática y evidente. No es una descalificación la que le hago: es una descripción. Admite ser un sequerón (así lo decía en Ocho años de gobierno): alguien cerrado, controlado, frío. Pero a la vez le gusta que le vean como humano y tierno, como reflexivo y cercano.
Podría continuar. Pero, qué quieren, ya me cansa examinar con detalle la letra pequeña del señor Aznar. Por mi parte no le someto a una persecución ni a una cacería. Mentiría si dijera que me sorprende su vuelta: su regreso a la primera plana de Abc, la atención que dicho periódico le concede otra vez, el editorial que nuevamente le dedica (”La palabra de Aznar“). ¿Lo justifica su libro, esas Cartas a un joven español? Por supuesto que no: la novedad editorial ya estaba amortizada. La razón política de esta larga entrevista está en corroborar con su declaración que no vuelve: que es un hombre de palabra, precisamente, que”los rumores interesados que acompañan a cada uno de sus movimientos –sean reales o imaginarios– quedan ahora desmentidos con la rotundidad en la expresión que caracteriza a un personaje fiable”. Que no vuelve ahora ni… después.
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El jueves 20 de diciembre, a mediodía, nuevo post. Si no hay cambios, el título será Regreso al maoísmo.
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