05.16.08
Posted in Comunicación, educación, La felicidad de leer at 22:32 por jserna

0. Chiripa
No sé si ha sido el azar: tal vez, la indisciplina lectora. Uno es tan agónico y ciclotímico que no sabe cuándo es objetivo o cuándo se abandona a la pura arbitrariedad, al pequeño delirio de las cosas medianamente aprendidas. Sólo medianamente: esas cosas que luego recuerdo por libre asociación y con torpeza erudita. El caso es que he leído, uno tras otro, varios libros que se interpelan mutuamente, a pesar de ser tan distintos. Son novedades editoriales de ahora mismo que me llevan a otros textos anteriores, pero fuera de ese hecho circunstancial no hay nada común entre dichas obras. En efecto, son volúmenes que poco tienen que ver entre sí y sólo los reúnen la chiripa, la casualidad y mi apetencia. Yo los he querido leer tomando o descubriendo algún hilo conductor: al modo de un tipo algo demente que sabe que todo se relaciona con todo; o a la manera de un individuo algo delirante que se deja arrastrar por los ecos y sus sugerencias. ¿Nunca han leído así?
Les recomiendo esta forma asilvestrada de disfrutar y de distinguir las resonancias. Se trata de hermanar páginas diferentes a partir de un indicio común: un indicio que está en uno mismo, en el lector. Quizá sea un modo alocado de acercarse a los libros, un modo nada académico desde luego, pero es también una manera de obligarse a releer más adelante con otros lentes, con otras intuiciones: cada vez accederemos a esas mismas páginas según criterios diversos y, por tanto, en cada ocasión aprenderemos variadas cosas que no teníamos previstas. Según confiesa, Groucho Marx leía así, sin ánimo exhaustivo. Qué remedio: ejercía de lector gorrón en las librerías, picoteando aquí y allá, en esta o en aquella página. En su juventud tenía poco dinero, se justifica. Cierto. Pero sobre todo tenía intuiciones o intereses desbordantes, muy superiores a su liquidez. Eso lo leí hace años, precisamente en uno de los volúmenes de su autobiografía: en Groucho y yo. El señor Kant, conocido de ustedes, me lo prestó cuando éramos jóvenes e indocumentados, muertos de risa y celebrando la evidencia del genio que aprende a trancas y a barrancas: así, a las bravas, con pocos maestros, con autodidactismos y fiándose de su olfato. Tal vez, como a Groucho, también nos faltaban educadores egregios, docentes definitivos…
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1. Lettre aux éducateurs
Educadores egregios, docentes definitivos. El primer volumen que quería comentar es un opúsculo de Nicolas Sarkozy. En realidad, es un discurso del presidente francés, bastante célebre, fechado en septiembre de 2007: Lettre aux éducateurs. Aparece ahora publicado en edición bilingüe por Sequitur (Madrid, 2008): Carta a los educadores. He tenido la oportunidad de leer algún otro libro de Sarkozy, de abordarlo aquí, en el blog, e incluso de escribir algún artículo de prensa. Cada vez que el político francés trata de la educación no me deja indiferente: o lleva razón y convengo; o me provoca malestar y disiento. Suele llevar razón cuando dice cosas obvias, enfáticas: esas cosas que no pueden negarse o decirse del revés. Por ejemplo, cuando ensalza el respeto, el mérito, la maduración, la autoestima, la exigencia, la pluralidad, la laicidad. ¿Quién no podría estar de acuerdo con esos principios? Si son tan evidentes, si yo los comparto, entonces… ¿qué me separa del presidente conservador? La verdad es que hay que sospechar cuando un mandatario exalta la educación. Mientras no lo concrete con mayores presupuestos y con mejores dotaciones, esa celebración no cuesta nada y, además, es políticamente correcta. Es un brindis al sol, que luego parecen desmentir las propias decisiones. En su librito, Sarkozy deplora la pérdida de influencia de la educación, de la cultura, de las humanidades. ¿También de la filosofía? Propone una refundación del sistema educativo, un cambio que podría traer un nuevo Renacimiento, así, con mayúsculas. Nada menos.
¿Refundación? ¿Renacimiento? Es probable que debamos conformarnos con objetivos más modestos, sin grandeur. Eso sí: siempre que diagnostiquemos adecuadamente los males de la educación. El presidente francés no dice prácticamente nada de lo que ocurre y por qué sucede. A lo único que Sarkozy se atreve es a constatar el fin del saber tradicional, cosa que antes homologaba y daba expectativas: la instrucción pública podía tomarse como una vía de ascenso social. Ahora, en cambio, ese saber homologador lo habríamos perdido. Pero el mandatario no dice nada de la sociedad de la información; tampoco… de la multiplicación de referencias. No dice nada de la sociedad de la comunicación de masas; tampoco… de la ruptura de las jerarquías tradicionales. Sólo deplora lo que para él es la incapacidad expresiva de numerosos muchachos: su falta de recursos a la hora de enunciar los sentimientos. “Si tantos adolescentes no logran expresar lo que sienten, si tantos jóvenes en nuestro país ya no consigue expresar sus emociones, sus sentimientos, compartirlos, encontrar las palabras para expresar amor o dolor, si muchos de ellos ya sólo consiguen expresarse a través de la agresividad, de la brutalidad, de la violencia, se debe quizás también a que no los hemos acercado a la literatura, a la poesía, ni a ninguna de las formas del arte que logran expresar lo más emotivo, lo más sensible, lo más trágico que el hombre tiene en sí”.
¿La literatura como lenitivo? ¿La poesía como antídoto? ¿O, por qué no, la filosofía como terapia? ¿Platón como ansiolítico? No… Sarkozy tiene un concepto erróneo de la violencia y de la descivilización. En el siglo XX hay casos, numerosos casos, de individuos refinadísimos de vasta cultura y, a la vez, de conducta agresiva, brutal y violenta. Parece mentira que la solución del presidente francés sea tan políticamente correcta y tan inútil. La cultura general, que es la medicina que él se propone administrar, no es lo que da criterios. Un analfabeto puede ser una persona enteramente sensata, razonable. Ése no es el problema. Lo que rebaja la exigencia o lo que erosiona los criterios es la percepción de la potencia sin freno; la sensación de que todo se puede alcanzar sin reparo, sin acuerdo; la impresión de que la banalidad no es un mal: el infantilismo, que no la infancia. Prefiero releer Schopenhauer como educador, de Nietzsche. Allí encuentro una reflexión profunda acerca de la educación como gestión personal, como maduración atrevida, y no como cultura general: allí se expresa el empeño de superar la trivialidad que nos acecha.
De todos modos, podemos admitir como hipótesis de trabajo la denuncia de Sarkozy. Aceptémosle que los jóvenes no sepan expresarse porque carecen de cultura general. En ese caso debemos preguntarnos cuándo, en qué época, sus antecesores habrían sabido expresarse. Sarkozy suele imputar estos males al 68, a mayo del 68. En realidad, los males de la sociedad que él atisba son a la vez sus ventajas: la masificación actual corre pareja a la democratización de los recursos culturales y a la crítica de unos criterios antes inapelables. Nunca como ahora ha habido un acceso mayor a la cultura, a las fuentes de información. Pero nunca como ahora se cuestionan con tanta porfía los valores anteriormente evidentes. No me parece mal. Todo lo contrario: pero hay que tomarse en serio a uno mismo. No se trata de mirarnos con gravedad enfática, sino con seriedad trágica e irónica, cosa que es muy distinta de la banalidad que algunos difunden. El propio Sarkozy, que se ha beneficiado del cuestionamiento de los valores, ha facilitado lo trivial con entusiasmo de neófito. Lo trivial no es el amor que le dispensa a Carla Bruni, sino la representación pública, masiva, de los sentimientos: la recreación publicitaria de una relación siguiendo los cánones de los mass media.

O, como decía Jean Baudrillard, “las imágenes han pasado a las cosas. Ya no son el espejo de la realidad: han ocupado el corazón de la realidad transformándola en una hiperrealidad en la cual, de pantalla en pantalla, ya no hay para la imagen más destino que la imagen. La imagen ya no puede imaginar lo real, puesto que ella es lo real”
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Digresión filosófica, Colección de Richard M. Cohen
2. Digresión filosófica
”¿Y qué con el libro? ¿Y qué con el título del cuadro? La mujer de Hopper, nos dice un crítico, comentó alguna vez que «el libro abierto es de Platón, releído demasiado tarde». Otro crítico reporta que fue el propio Hopper quien subrayó que el hombre «ha estado releyendo a Platón, quizá tarde en su vida». Personalmente, soy incapaz de reconocer qué tiene de malo leer o releer a Platón tarde en la vida”, dice Mark Strand en su libro Hopper (Lumen, 2008). Platón aparece como motivo y como conjetura cuando el autor comenta la Digresión filosófica (Excursion into Philosophy), de Edward Hopper. Es un lienzo datado en 1959, el año en que yo nací, y forma parte de las obras desoladas del pintor norteamericano. En realidad, la alusión al pensador griego es meramente circunstancial e incluso dudosa. ¿Qué indicio hay en el cuadro que permita sostener que el libro que vemos es un texto de Platón?
Con toda probabilidad, hay filosofía en esta obra, pero no es necesariamente lo que Hopper o su esposa nos dicen. Los autores no son quienes han de darnos el significado final, entre otras cosas porque lo que nos digan es siempre paratexto, algo externo, posterior (o anterior), algo que redondea, completa o corrige lo que el libro o el lienzo nos aportan. Así, cuando miramos un cuadro o cuando leemos una novela, por ejemplo, debemos ceñirnos a los datos que internamente se nos suministran. Entonces, ¿cómo dar con el sentido? Desde luego, una obra de creación dice y no dice: en ella son importantes lo dicho y lo no dicho, lo mostrado y lo no mostrado. En cualquier caso, eso que vemos es la información que el autor juzgó relevante o necesaria o suficiente para avanzar en su significado. Como espectadores o como lectores deberíamos aprender a mirar, a captar, a conectar y sólo después a conjeturar sobre lo no dicho o no mostrado. En realidad, los datos y los vacíos de un cuadro o de una novela no son distintos a las informaciones y a las lagunas con que nos tropezamos cada día en nuestra vida cotidiana. Echamos un vistazo a las cosas que ocurren, avizoramos los comportamientos de nuestros vecinos, atisbamos lo que acaece. Y de todo ello, ¿qué sabemos realmente? Hay que aprender a mirar. O como acierta a decir Sarkozy en su enfático discurso: “tenemos que enseñar a nuestros hijos a mirar la obra tanto del artista como de la naturaleza”.
De eso, de la vida cotidiana en la que hay humanidad y naturaleza, tratan los cuadros de Hopper. Y tratan de la mirada parcial, fragmentada, desorientada o desinformada que es siempre la del espectador. En su libro Hopper, el poeta Mark Strand sabe sacar partido a ese doble objeto: se atiene al dato que el cuadro da, conjeturando sólo a partir de lo que la fuente visual proporciona. Eso suele hacer: mirar y describir con tiento. Echen un vistazo al Hopper que les he reproducido. ¿Qué vemos? “En Digresión filosófica, un hombre, a todas luces preocupado, está sentado en el borde de un sofá cama en el que una mujer, con el trasero y las piernas desnudas, yace de espaldas a él. La luz de una ventana abierta ha quedado impresa en el suelo, delante de los pies del hombre, y en la pared que está detrás del sofá. A un costado del hombre hay un libro abierto. Está claro que aquí hay una historia que contar”, admite Strand.
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Habitación de hotel, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
3. Una historia que contar
Un creador que quisiera urdir una historia podría inspirarse en dicho cuadro o en Habitación de hotel, de 1931, una obra esta última que yo siempre procuro ver cuando acudo a Madrid. Podría, en efecto, concebir unos hechos anteriores o posteriores que contar, aportando datos que el pintor no da. En parte, la creación es eso: añadir con verosimilitud lo que no está; fantasear con congruencia a partir de informaciones siempre escasas; aventurar sin posibilidades de verificar o de desmentir en el mundo que se toma como referente. Ésa es la libertad de inventar y sobre ello, sobre sus límites, reflexionaba Antonio Muñoz Molina en su obra Ventanas de Manhattan. Hopper era en ese libro una referencia constante…
A veces, cuando analizan las obras, algunos críticos literarios o artísticos se abandonan a la ficción: se consienten estas libertades, propias de un novelista o de un poeta en ejercicio, pero no de un analista. Strand no quiere inventar; quiere plantear hipótesis narrativas que no son ficciones. La ficción sería aquí lo fácil. Strand no hace eso. Aunque él no lo indica, podemos señalar que su operación nos es la de la fantasía, sino la de la ékfrasis: trata de atisbar fundadamente la historia contada de la que la escena es parte o momento o indicio. Como antes decía, él se ciñe a los cuadros y sólo conjetura a partir de datos bien visibles. Admite estar ante las imágenes de un mundo reconocible, el de su propia infancia en los años cuarenta, por ejemplo. Pero admite también que esos cuadros recrean de manera escasamente realista hechos que no sabemos. Las imágenes son muy contextuales, mínimas, y al mismo tiempo se abstraen de la circunstancia concreta en la que parecen inspirarse: nos resultan familiares y extrañas a la vez.
Strand a veces se aventura: tanta es la sugerencia del cuadro. Como en la obra del Thyssen-Bornemisza que tanto me atrae y que contemplo como si fuera un fotograma de La ventana indiscreta, de Hitchcock. “El modo en que la mujer de Habitación de hotel se sienta en el borde la cama, un tanto jorobada, el modo en que sostiene la carta, con las manos descansando sobre las rodillas, sugieren que ha leído muchas veces esa carta, y que las noticias que contiene no son buenas”, dice Strand. Leer y releer, precisamente. Pero Strand no quiere abandonarse al estupor de la pura ficción: “la pulcra estrechez de la habitación,a despiadada blancura de las paredes iluminadas, las frágiles líneas verticales y horizontales, proporcionan un agradable ambiente de severidad que obliga a los observadores a no ir más allá mientras la mujer se enfrente a su lectura”.
Leer, otra vez: en este caso, esa carta que la mujer deposita sobre sus rodillas. O como en Digresión filosófica. Allí hay un libro, sí: un libro que está abierto del que no sabemos nada. Ni siquiera sabemos si alguien lo ha leído. O releído. Si hemos de hacer caso a Hopper y a su esposa, entonces aquel cuadro trataría de los males de una lectura tardía de Platón. Yo prefiero abstenerme y mirar.
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Hemeroteca
–Neus Campillo, “Acampados por la filosofía“, El País, 16 de mayo de 2008
–Vicente Sanfélix, “La educación en el Levante feliz“, El País, 19 de mayo de 2008
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Blogosfera
David P. Montesinos, “Enseñar filosofía“, La cueva del gigante, 14 de mayo de 2008
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Atención: nuevo post, martes 20 de mayo, a poqueta nit
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05.12.08
Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 22:28 por jserna

0. El Partido Popular está en crisis (12 de mayo)
Está en crisis… desde 2004. Ahora, una generación se aparta o se jubila o es tentada por la empresa privada; la nueva cohorte, al menos los rostros más conocidos que la forman, llega a los puestos de responsabilidad aupada por Mariano Rajoy en un momento de grave enfrentamiento. El Partido Popular corre el riesgo de eliminar las mesnadas de su propio recambio. ¿Y por qué debería preocuparme si el PP es una organización en la que no milito? Perdonen el didactismo: porque la democracia depende de los partidos que compiten, y los partidos son agregados generales de intereses contrapuestos, formas institucionales que se basan en expectativas personales, estructuras que se nutren de poder, el mismo tóxico que envenena las relaciones. ¿Pero es pensable un sistema político sin ese nutriente? Por supuesto es una ingenuidad creer que la forma partido puede ser reemplazada por algo distinto y mejor: por ejemplo, por una organización en la que no se dé un juego de suma cero. Pero los juegos políticos no son sólo lizas entre individuos con expectativas: son básicamente choques y alianzas entre coaliciones internas que compiten para adueñarse de la organización. Son formaciones en las que se milita. El lenguaje es evidentemente bélico y ello no es una casualidad. Pero en un ejército el conflicto no se da sólo hacia el exterior: contra ese enemigo que tratamos de reducir o eliminar. El conflicto se da también internamente: entre esos oficiales y clase tropa que esperan subir en el escalafón granjeándose el apoyo del mando. Por eso, en su seno, todo puede ser objeto de disputa, entre otras cosas porque se fundamentan en un recurso escaso: el poder y sus consecuencias.
Pero digo lo anterior y me corrijo. Un partido es algo bien distinto a un ejército. Salvo casos extremos, la jerarquía no se cuestiona entre la tropa. Las informaciones suben y las órdenes bajan. Pero en una formación política la ejecución de los planes no depende siempre de la anuencia colectiva, sino de los consensos. Cada parte del partido, cada órgano de la organización, es un canal de influencia, un canal a través del cual fluye la capacidad de dirección, de cooptación, de asentimiento. Salvo que haya una fracción suficientemente poderosa, capaz de imponer su dominio y de repartir prebendas, el equilibrio es inestable. El poder institucional es un producto-milagro, un engrasante que suaviza. En principio, una pequeña cantidad sobra para lograr la consecuencia inmediata: para alcanzar una posición aseada. Pero, por lo que parece, el poder es también un narcótico cuyo efecto se disipa pronto porque su disfrute siempre escaso y revocable está amenazado. Digo poder y pienso en Michel Foucault.
1. La sociedad cortesana (13 de mayo)
La única manera sensata de abordar qué sea el poder en un partido es hacerlo desde el pesimismo, desde la lucidez de quien carece de expectativas o desde la voluntad de quien no tiene ambición. Por no militar en partido alguno o por no desear poder institucional alguno, observo su funcionamiento desde el puro desapego. Frente al encanto y frente al engaño de los diagnósticos, hay que oponer el realismo político y el paganismo de las creencias: nada de fantasía o de expectativa o de sagrado. En un partido, como en todo lo humano, cualquier cosa es contrariedad ordinaria, un drama muy vulgar. Si los pensamos bien, es casi milagroso que sean pacíficas la mayor parte de nuestras relaciones: es sorprendente teniendo en cuenta que lo humano suele ser competitivo. Sólo la ingenuidad o la mala fe revisten la competición con la buena intención del altruismo, con la paz del todo que unos y otros aceptan.
Pero un partido político es una Corte. Permítanme esta metáfora. La organización tiene vida de palacio en torno al príncipe, esa vida de palacio es propiamente representación cortesana: una lucha generalmente incruenta entre nobles (y no sólo guerreros) que disputan entre sí, que se retan buscando el apoyo, el favor, el consentimiento del monarca y de los restantes titulados. Es una nueva forma de batallar con ostentación, con amagos, con excesos; una nueva manera de refinar del combate originariamente bélico, decía Norbert Elias. Es un nuevo modo de civilizar y civilizarse, es decir, de hacer incruenta la liza, dado que disputan luciendo las mejores galas, persuadiendo al príncipe, atrayendo al pueblo, que observa lejano y atónito ese conflicto cortesano. Pero ese monarca no siempre consigue ser un rey absoluto, dueño manifiesto de todos los recursos y de todos los concursos, amo de la soberanía y de la jurisdicción, de la representación del poder y de sus instituciones. Es un primus inter pares.
Para empezar no puede deshacerse impunemente de quienes le acompañaron en las guerras que sostuvo con anterioridad. No se lo perdonarían. Siempre habrá nobles irredentos, nobles dispuestos a abandonar la vida muelle de palacio, la insignificancia que el futuro o el soberano les deparan: por vanidad, por orgullo, desearán disfrutar de los tesoros ganados o, mejor, desearán salir otra vez a batallar, a ensanchar los confines del Reino, a apropiarse de su parte del botín. Sin embargo, si ahora el rey espera beneficiar con títulos y empleos a los advenedizos que llegan, esa camarilla afín que desplaza a los rancios, es probable que la Corte de viejos guerreros se resienta, se levante. El monarca –tan legítimo, tan divino, tan lejano– está necesitado de apoyos y coaliciones: no puede reformar contra sus propios mantenedores ni contra los valedores que antaño ampliaron la superficie del Reino. Podría verse solo, desamparado, arrastrando con él y en su caída a quienes él mismo aupó. Se sacrificaría así a una nueva generación de nobles ambiciosos y jóvenes recién titulados. ¿Es pensable tal cosa? Quizá lo pensable o lo venidero sea la irrupción de un tercero, la salida de un inesperado representante de los valores dinásticos, una línea depuesta pero legítima o un linaje imprevisto pero aceptable: alguien en fin que reclame tradición y reformas, batallas que puedan calmar la sed de los guerreros y que puedan satisfacer las ambiciones de los nuevos, esa rivalidad ostentosa de quienes ya alardean en la Corte. Pero ese tercero no podrá ganar contra una parte del Reino. Mejor dicho, no podrá ganar contra una parte de la Corte.
José Luis Rodríguez Zapatero fue el tercero en disputa en unas primarias socialistas (primus inter pares), alguien que supo obtener sus triunfos sin apear a toda una generación, aportando –eso sí– gente nueva con ambiciones no menores. Se trataba de reunir apoyos de los viejos para dar paso a los advenedizos, operación que encabezó un joven hombre del aparato y de la estructura parlamentaria del partido. Con aparente ingenuidad y con resuelto maquiavelismo, Rodríguez Zapatero ha sabido representar su acto como si de una narración épica se tratara, como un nuevo Arturo. Suso de Toro, escritor áulico del actual presidente, lo glosaba rememorando el mito: “El mito es bien conocido: a la muerte de Uther, el soberano, el reino se había sumido en el desconcierto y el desgobierno; los nobles se disputaban el trono, pero sólo aquel que arrancase la espada de la piedra sería el elegido. Pero no fue ninguno de los barones, sino Arturo, un muchacho de origen incierto, quien arrancó limpiamente la espada”. Eso leemos en Madera de Zapatero, aquel volumen electoral que aquí analizamos y que les invito a repasar. Desde luego no fue exactamente así, de ese modo prístino, original, adánico que sus oponentes le reprochan. Hay que leer más y creo que muchos de los que opinan en la prensa no leen suficientemente o, al menos, se dejan llevar por la impresión no madurada.
Por ejemplo, estoy seguro de que muchos de los que los que le son hostiles no han leído el Examen a Zapatero, de Philip Pettit. En unas declaraciones que en sus páginas se recogen, el actual presidente habla de las relaciones internacionales y dice: “Los intereses de nuestro país están mejor servidos con una labor discreta y constructiva que permita ir ganando aliados que con confrontaciones estériles con las que se acaba alienando a socios que antes o después vas a necesitar”. Por favor, olviden las relaciones internacionales y lean en clave personal y maquiavélica el texto que les he reproducido. Rodríguez Zapatero se presenta como un político sagaz que sabe lo que se juega: su éxito no dependería sólo de sí mismo, sino de las coaliciones que fuera capaz de organizar, de las colusiones que pueda orquestar, de los potenciales aliados que pueda reunir.
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Blogosfera
Àngel Duarte, “Dejen de devorarse a ustedes mismos, por favor“, El tinglado de Santa Eufemia, 13 de mayo de 2008
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Miércoles 14 de mayo, nuevo post a poqueta nit…
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05.02.08
Posted in Comunicación, Historia at 10:47 por jserna

0. Lo que la historia no es (2 de mayo de 2008)
Habrá que convenir en unas cuantas evidencias, unas pocas certidumbres acerca de lo que es la disciplina histórica, acerca de lo que los historiadores no hacen o no deberían hacer. Será el mejor modo de mostrar los excesos y la manipulación, el manejo de un pasado para fines actuales, la resignificación de lo pretérito para la política de hoy.
La historia no es nuestro calco; no es ese espejo en el que los contemporáneos nos contemplamos para ver reflejada nuestra efigie. No es un banco de analogías de las que servirnos para confirmar lo actual; no es ese depósito de imágenes ya obvias de las que nos valdríamos para corroborar lo presente. Tampoco es el embrión que se desarrolla y en el que se materializa lo que ya estaba prefigurado de antemano. Menos aún es el objeto del que hacer arrobo y literatura, una exaltación verbosa que se aprovecha de la ignorancia común.
En otros términos, la historia no es un devenir que confirme lo que ya estaba en el origen. No es un relato ordenado y coherente en el que todo encaje para reconocimiento general. En efecto, la historia es conocer, no reconocer… La historia no es un fermento en el que el principio conduzca inexorablemente al fin, siguiendo un ascenso cronológico, sumando acontecimientos congruentes. No es memoria monumental que dé significado simbólico a lo ocurrido. Tampoco es un devenir que pudiéramos racionalizar ulteriormente para confortarnos o para darnos ánimo.
Sólo es posible regresar al pasado de manera metafórica, indirecta, vicaria, parcial, tentativa, buscando el significado que los hechos tuvieron para quienes los vivieron. Quienes protagonizaron esos acontecimientos no sabían cómo iban a andar las cosas; no sabían qué vendría después; no sabían qué hecho o circunstancia serían objeto de rememoración y con qué sentido posterior. La historia se hace con fuentes, con documentos, que son testimonios, versiones; con textos e imágenes, que son productos de su tiempo, productos que tienen su clave interpretativa en el contexto que los alumbró. Por eso, el historiador ha de mirar con cuidado, con respeto, sin forzar lo dicho o lo imaginado, sin sobreinterpretar lo escrito o pintado, sin hacer literatura, pésima literatura, fantaseando, rellenando y añadiendo lo que no está, presentando como cierto lo que sólo es conjetura. ¿Puede conjeturar un historiador? Por supuesto: siempre que avise, siempre que lo diga expresamente. Lo que no puede es pensar hipotéticamente ocultando que lo dicho es mero tanteo, imaginación.
Los hechos históricos son instantes del pasado, de significado no siempre evidente ni general, momentos cuyo sentido varía de acuerdo con lo que los relacionemos, pero esos otros hechos con los que los relacionamos no deben ser aquellos que los protagonistas no podían concebir o no podían ser o no podían hacer. No podemos comparar lo incomparable ni atribuir semillas de democracia a actores históricos que carecían de todo sentido de la Democracia. Como tampoco podemos hablar de Liberalismo o de Nación para atribuírselo a amotinados que se levantaban por razones menos egregias, pero quizá más cercanas: un sentimiento de ultraje, una sucesión de manipulaciones, unas especies que circulan, unos rumores que encienden, unos hechos que no se toleran.
La historia no es simple suma ni progresión; no es trayectoria ascendente ni generalización de lo minúsculo, esa operación en virtud de la cual se extienden ciertos rasgos para así simbolizar mejor, para así abreviar el esfuerzo intelectual. La historia no es sólo resultado, ese final cuyos hechos precedentes serán los únicos constatados: exclusivamente aquellos que muestren la consumación. Hay acontecimientos contradictorios, planes alternativos, protagonistas que desaparecieron o procesos que no cuajaron; políticos que quisieron elevarse y que finalmente fracasaron, mandatarios que anhelaron gobernar su partido y que a la postre fueron apartados; ambiciosos que desearon auparse y que vieron fracasar su proyecto presuntamente indiscutible.
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1. Guerra y memoria (25 de abril… de 2006)
Con frecuencia, los partidos y las instituciones políticas organizan actos de celebración que sirven para conmemorar el pasado. Con esos actos esperan sus responsables exhumar el ejemplo de nuestros antecesores, espejo en el que deberíamos mirarnos. En principio, todo agregado humano tiene derecho a festejar lo que considera gestas principales de tiempos pretéritos, un proceder que se fundamenta como memoria colectiva. Recuerda lo que hicieron tus ascendientes, se nos indica. Recuerda sus proezas, no olvides aquello que te une a ellos. Has de saber de dónde arrancas, has de conocer cuál es la procedencia y cuál es tu sangre, has de mantener su patrimonio. En otros casos, cuando el pasado es odioso, cuando de él emanan trastornos, cuando ese tiempo pretérito sólo refleja sevicias y perversidades, entonces su remembranza será edificante: quien desconoce lo que otros hicieron, quien olvida lo que sus antecesores perdieron, está condenado a repetirlo, a equivocarse otra vez, a ocasionar daños. En uno u otro caso, a la historia se la concibe como un cemento o como un restaurador que daría coherencia a lo que difícilmente la tiene o como una enseñanza que encauza y de la que se desprenderían ejemplos a seguir o a evitar. Pero, además, al pasado se le atribuirían valores comunitarios. Esto es, si volvemos sobre la historia, si hacemos ejercicios de memoria, es porque su evocación nos hace conscientes de nuestra herencia y de nuestra pertenencia, se nos dice. Así como el recuerdo individual nos confirma la filiación, la memoria colectiva nos ataría a una comunidad afirmando los lazos primarios, haciéndonos ver que no somos individuos condenados al presente, sino sucesores que no se pertenecen del todo.
Aunque podamos admitir que esa concepción de la historia tiene su virtud cívica, me permitirán que discrepe, harto de tanta exaltación rememorativa. Algunos historiadores tendemos a desconfiar de la celebración a que estaríamos obligados y que fue faena frecuente entre numerosos colegas, tan inclinados a facilitar provisiones patrióticas para la edificación de las naciones. Concebida así, la historia ha servido y seguiría sirviendo para rendir justicia y homenaje a nuestros muertos, pero sobre todo se emplearía para confirmar identidades. Ese pasado (en realidad, el espejo de los muertos) nos daría un retrato muy mejorado de nosotros mismos, amoldado a los perfiles de nuestra progenie, reafirmándonos frente a los adversarios. Algunos pensamos que la tarea pedagógica de la historia no puede confundirse con la justicia ni fundarse en la reminiscencia que afirma una supuesta continuidad, sino que, por el contrario, debería adentrarnos en lo extraño, en lo que nos separa de aquellos antepasados, en lo que nos incomoda, en lo que desestabiliza la identidad de hoy.
Estamos hechos de retales históricos, de trozos que no casan fácilmente: también de actos espantosos cometidos por los antepasados y de hazañas menores de antecesores humildes. No somos, en efecto, de una pieza y la exhumación de los tiempos pretéritos no nos devuelve una imagen aseada. Si hay dentro de mí algo aciago y sombrío, si dentro de mí anida también lo siniestro de mis mayores, decía Freud, si yo no me conozco bien, entonces la evocación de lo remoto no puede ser la mera y mendaz exaltación de la continuidad, la fábula que me ratifica, la remembranza que me repara. ¿Cuándo dejará la historia de ser materia de reconocimiento patriótico o de enfrentamiento colectivo?, se pregunta el lector inocente. ¿Cuándo será sólo una disciplina de conocimiento humano y de apaciguamiento común, un saber que no oculta la distancia que nos separa de los antecesores? Jamás… En las celebraciones históricas del pasado fue habitual el brío guerrero, la fiebre belicosa, ardor que llevó a la muerte generalizada con los horrores de la movilización patriótica. Para nuestra desgracia, aún seguimos en ello. «Tienen mucha suerte los caballos», leemos en el Viaje al fin de la noche de Céline, «ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella». Nosotros tenemos muertos a los que se les debe justicia, cosa nada objetable; pero también tenemos creyentes que exaltan la épica de la guerra. No me pidan que la suscriba.
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2. El ombligo de la nación (3 de mayo de 2008)
El texto inmediatamente superior apareció en Levante-EMV el 25 de abril de 2006. La casualidad hizo que se publicara en fecha tan significativa. No estaba exactamente pensado para hablar de la Guerra de Sucesión. Estaba pensado para tratar este y aquel conflicto: porque no es raro que este o aquel conflicto se tomen como fermento patriótico o como munición nacionalista. El 2 de mayo de 1808 se convirtió pronto, casi desde el principio, en el Dos de Mayo. Toda nación suele afirmarse con mitos unificadores y simbólicos, pero no todos los historiadores están dispuestos a administrar esos tóxicos o estupefacientes. Al menos, ahora, tras siglos de belicosidad nacionalista.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, desde el 2 de mayo de 1808. Ahora, dos siglos después, dicha fecha es motivo de una renacionalización, como hace Fernando García de Cortázar, presidente de la Fundación Dos de Mayo. Nación y Libertad. Es ésta una operación con la que se pretende fortalecer y hacer evidente el vínculo de la débil nación –una operación que ya le conocíamos–, un artificio político en el que se invocaría la Constitución como detente bala. Pero esa reivindicación es un anacronismo, como lo es la cantinela de los nacionalismos periféricos, que dicen fundarse en naciones igualmente milenarias. ¿Por qué razón? Primero, porque la nación es un producto contemporáneo. En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analizaba el mito del origen como discurso básico de todo nacionalista, siempre ocupado de rastrear su raíz originaria en el curso de la historia. En Nacionalismo, su última gran contribución al tema, Gellner volvía sobre el asunto: si nos remontamos tiempo atrás buscando el origen de la nación -decía-, es probable que lleguemos muy lejos, hasta Adán mismo. Adán no tenía ombligo y nadie, pues, le cortó el cordón umbilical. Entonces sensatamente cabría preguntarse con Gellner: ¿tienen ombligo las naciones? ¿Cortó alguien el cordón umbilical? El anacronismo nos lleva al paraíso, ya ven…
Pero dejemos esos tiempos remotos para regresar a García de Cortázar. Decía que su operación renacionalizadora es también anacrónica porque mezcla el Dos de Mayo con la Constitución. La respuesta que podría darse a nuestro reproche parece evidente. ¿Acaso no hubo 1808? ¿Acaso no hubo una Constitución nacida del levantamiento del 2 de Mayo? Pues no. El constitucionalismo hispano no es un producto del Dos de Mayo. O es anterior (hay una cultura política constitucional anterior a la Constitución) o es posterior (cuando cristaliza en 1812). El levantamiento del 2 de mayo fue popular y emocional, manipulado y espontáneo a un tiempo, reivindicativo de lo propio y de la tradición, sin que el lenguaje constitucional de la libertad fuera el primero ni el decisivo. Darlo por hecho es hacer aleaciones nacionalistas. Cuando escribe o hace declaraciones, Fernando García de Cortázar no rastrea la continuidad y el cambio del constitucionalismo anterior o posterior al Dos de Mayo. Lo que hace es constatar y dar por evidente la Nación como si ésta ya existiese indiscutiblemente (sin ombligo, pues); y lo que hace es escribir con pompa y énfasis, con prosa campanuda, entre sonora y hueca, sirviéndose en ocasiones de analogías temerarias o simplemente insensatas. En ese caso, la erudición histórica le vale para colorear el presente a su antojo.
¿Una muestra? Valga como ejemplo aquel artículo en el que comparaba y mezclaba a Rodríguez Zapatero con Napoleón. ¿Puede alguien sostener seriamente una analogía tan disparatada? En la pasada legislatura, un antizapaterismo primario fue la enfermedad que se contagió entre ciertas elites intelectuales de la derecha. García de Cortázar cayó víctima del mismo padecimiento, sin que, de momento, se haya repuesto de su prosa altisonante y de su indisposición abiertamente antisocialista. No es un malestar reciente: como mínimo, se le puede diagnosticar desde que publicara su Breve historia de España. Si no la recuerdan o no la han leído, échenle un vistazo y lo confirmarán: hay en sus páginas una sintaxis trabajosamente literaria, hay conjeturas y generalizaciones sin cuento, hay condenas y atribuciones, suposiciones. Y hay sobre todo una idea embrionaria de la nación, latente o manifiesta según los momentos. Qué pesadez.
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Hemeroteca y fonoteca del Dos de Mayo.
Lo que la historia no es
Fotografía: Público
–”El Dos de Mayo no tendrá lugar”, artículo de Pedro J. Ramírez (El Mundo, 3 de mayo de 2008)
–Declaraciones de Esperanza Aguirre ante el Dos de Mayo (Cadena Ser, 2 de mayo de 2008)
–”Elogio del Dos de Mayo”, artículo de Mariano Rajoy (Abc, 2 de mayo de 2008)
–”Mayo de España”, artículo de Fernando García de Cortázar (Abc, 1 de mayo de 2008)
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Hemeroteca y blogosfera del blog…
–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.
–”Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte
–”Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing
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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena
“Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.
Viernes 22, 9:30 horas:
Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX
Ponencia de Justo Serna
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04.27.08
Posted in Escribir, Comunicación, educación, La felicidad de leer at 17:21 por jserna
0. Observar (27 de abril, 17:43)
Nuestra mirada puede cambiar el hecho mirado; el observador puede alterar la cosa observada; el enfoque puede modificar el objeto enfocado…
Todas estas afirmaciones, que parecen audaces, sólo son evidencias de sentido común: del sentido común que hoy domina, que hoy nos domina. Antes, todo parecía ser objetivo, impenetrable, universal. Dios o un narrador omnisciente contaban las cosas y no había problema en contarlas. Una mirada dominadora y un conocimiento general permitían relatar el antes y el después, lo externo y lo interno. Las cosas eran obvias y tenían una calificación incontrovertible. O eso se creía. Los datos eran los que eran y la descripción del objeto debía compartirse.
Hoy, sin embargo, discrepamos sobre el hecho, sobre el objeto, sobre la cosa; disentimos del enfoque y de la presentación, de la perspectiva, de lo que es relevante, justamente porque hacemos depender el hecho, el objeto y la cosa del juicio, de la posición. Hoy, todo parece reducirse a la versión, a la narración, a la opinión. Contamos y ese acto de habla crea propiamente lo observado. ¿Algo reprochable? Habiendo vivido épocas de lenguaje apodíctico y de moral restrictiva –épocas en las que la realidad era un dato inapelable–, que ahora todo se cuestione es… un alivio: un alivio mientras eso no nos paralice. Podría derrotarnos la pereza reflexiva, la duda analítica, sabedores de que sólo reunimos testimonios dudosos, documentos rebatibles, enfoque parciales.
Unas noticias abundantes, unos datos excesivos, nos detienen. Hay que atreverse a pensar con datos siempre exiguos. Los mass media y el dominio de Internet nos han impuesto la lógica del exceso informativo, con reparos crecientes sobre lo que podemos o no podemos saber. Es tal el efecto de los medios de comunicación que empezamos a interrogarnos sobre la posibilidad de llegar a consensos descriptivos, a significados compartidos. Hay miles de páginas sobre un mismo hecho y esas webs se nos ofrecen sin criterio.
En la enseñanza, por ejemplo, hay estudiantes que litigan con sus profesores porque creen que el examen es un repertorio de opiniones, porque creen que la rendición de cuentas es un juicio personal y no la descripción de ciertos hechos con sentido razonado. Ahora bien, aún quedan docentes que se obstinan en lo contrario. Oiga, joven: no hay más que esta presentación de los hechos; no hay más que este significado; cualquier discrepancia es, pues, un error.
Entre la demagogia vulgar que sostiene la equivalencia de todas las opiniones y la tiranía intelectual que elimina toda discrepancia significativa, hay desde luego un trecho transitable. Podemos compartir la voluntad objetiva de encontrar certezas, de rastrear lo que todos esperamos o creemos ver; podemos hacer el esfuerzo de salir de la mera evidencia para fundamentar, para contrastar y para documentar nuestra opinión. Es más difícil describir que opinar, decía Josep Pla. Infinitamente más, añadía. Quizá por ello todo el mundo opina, concluía el ampurdanés. Creo que el escritor catalán nos planteaba una dicotomía confusa.
No está claro que sea más sencillo opinar que describir: creo que es más difícil opinar con datos que no se tergiversan que describir con evidencias que no se cuestionan. Sobre todo porque el juicio documentado nos obliga a salir de nosotros mismos, nos fuerza a buscar lo que no sabíamos, de modo que el dato nuevo altera la percepción. En cambio, podemos describir echando un mero vistazo a lo que veíamos de antemano, a lo que ya atisbábamos sin mayor esfuerzo. De hecho, Josep Pla, que fue un gran observador, tuvo que molestarse en viajar, en documentarse, en leer cosas dispares, en analizar libros distantes… para poder describir y, sobre todo, para poder pasarnos de matute opiniones muy, pero que muy, personales.
Leer cosas dispares, decía. Analizar libros distantes, añadía. Cosas y libros que, en principio, nada tienen que ver entre sí. No hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente.
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1. Contar (28 de abril)
Leo Sobre la dificultad de contar, el discurso de ingreso en la Real Academia de Javier Marías. Tiempo atrás ya nos hicimos eco… Me gusta leer discursos de ingreso, los propiamente literarios y los analíticos. Me parece un género apreciable, sintético, una representación: una forma de compendiar una obra siempre más extensa y previa; un modo de hacerse valer sometiéndose a un rito de paso. La candidatura de quien ingresa ha de ser presentada y avalada por académicos. Es un requisito antiguo, propio de otros tiempos quizá más exigentes, corporativos y suspicaces. Una vez aceptado, el nuevo miembro ha de escribir un discurso. Lo leerá preceptivamente en una ceremonia a la que asistirán las autoriades, sus iguales y el público invitado. Imagino Madrid un 27 de abril, a media tarde, con un sol ya declinante que ilumina increíblemente el Retiro y sus alrededores. Imagino la calle de la Academia, con la calzada impoluta y con las aceras aseadas…
Entre los discursos literarios de ingreso en la institución, recuerdo textos memorables, como el de Max Aub o el de Antonio Muñoz Molina, releídos ahora en un único volumen sobre el que escribí. El de Aub es una invención, un discurso dolorosamente apócrifo; el de Antonio Muñoz Molina es un homenaje elegante y evocador, dedicado a la España vencida, a la España virtual, al pasado y a la tradición que un joven escritor tuvo que recrear sin rendirse al casticismo. Entre los discursos propiamente analíticos, recuerdo el de Carlos Castilla del Pino. El psiquiatra y memorialista tuvo conmigo un generoso detalle: me obsequió con un bello ejemplar de su discurso, expresamente dedicado, una reflexión profunda y liviana a la vez, justamente titulada Reflexión, reflexionar, reflexivo.
Leo ahora las palabras de Marías, palabras que reverencian un género y que, al mismo tiempo, tienen su punto de guasa. Están dedicadas a la novela y a los novelistas, a la ficción. Dice cosas que modestamente suscribo, que le recuerdo, que le apruebo como viejo lector suyo; y dice otras con las que he de mostrar mi desacuerdo. Aborda, exactamente aborda, algunas de las paradojas de la observación y algunos de los aprietos del observador que yo les anticipaba breve y modestamente en el primer apartado de este post (0. Observar). Entre otras cosas, Marías distingue:
-lo real (siempre simultáneo) y el relato (siempre sucesivo);
-los hechos (siempre contundentes) y las palabras (siempre metafóricas e igualmente contundentes, como subrayara Fernando Lázaro Carreter);
-el narrador (quien ordena de acuerdo con un punto de vista informado) y los testigos (quienes testimonian de acuerdo con un enfoque particular);
-lo relevante (”vaya al grano”, no se desvíe) y las digresiones (propiamente la literatura, es decir, remontarse, alejarse, extenderse);
-los personajes reales (siempre dependientes de un documento y de un historiador que les dé vida) y los personajes ficticios (criaturas del aire, recuerda Marías con Fernando Savater, capaces de ir más allá de lo que su creador concibió para ellos).
Frente a los historiadores o los cronistas, frente a los reporteros o los biógrafos, los novelistas desempeñan una tarea que tiene algo de pueril, añade Marías. Además es una ilusión: se pretende decir con palabras lo no sucedido. Los novelistas son, en el fondo, “los únicos que podemos contar sin atenernos a nada y sin objeciones ni cortapisas, o sin que nadie nunca nos enmiende la plana ni nos llame la atención y nos diga: «No, esto no fue así»“.
Pues no. No es exactamente así. Me gustaría matizar, aunque sé que si lo hablara con él seguro que convendríamos en lo esencial. Los novelistas no se atienen sólo a una verdad interna, como dice Marías, pues sus obras no son únicamente textos. Son artefactos materiales: son libros cuyo significado final no depende exclusivamente del escritor, sino de un contexto, esa circuntancia mudable que inviste de sentido. Una crónica puede finalmente leerse como ficción: igual que una novela puede cobrar toda la fuerza o todo el mimetismo de un relato verídico. Dice Javier Marías que las narraciones referenciales fracasan irreparablemente, dado que la palabra traiciona, guste o no guste. Es posible que las cosas sean así, pero creo que podemos aceptar que algunas crónicas o algunas historias o algunas biografías son mejores que otras. Mejores porque relatan con mayor esmero y seducción, y mejores porque se atienen con mayor fidelidad al referente. O al menos a lo que su público conviene como referente. El problema es que, andando el tiempo, también cambia: cambia el dato externo, cambia la percepción y cambia su recreación interna. O sea su verosimilitud. Igual que hay novelas que en su momento fueron muy aceptadas y, andando el tiempo, se nos vuelven indigeribles: por inverosímiles.
Contrariamente a lo que espera Javier Marías, tampoco se sigue que los personajes irreales o reales que hay en las ficciones sean necesariamente superiores o ajenos a las criaturas del mundo referencial hasta el punto de suplantarlas. En ocasiones sucede. En otras no. Los caracteres de las novelas, su identidad y reconocimiento, dependen también de su uso, de su interpretación, cosa que varía con el paso de los años, con los contextos variados, con el registro que cada época le da a ciertos comportamientos. Hay personajes, como bien dice Marías, que cobran una dimensión imperecedera gracias a que un escritor se fijó en este o en aquel tipo histórico. Igual que hay criaturas ficticias que se agigantan hasta emanciparse de su creador. Pero eso depende de elementos muy variados y azarosos: no de la mágica intervención de un novelista.
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2. El efecto de realidad (28 de abril)
Javier Marías cita expresamente a Arturo Pérez-Reverte, autor –dice– de “una vibrante novela sobre los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, Un día de cólera. Estoy convencido de que gracias a sus retratos (…), sumados a los de Pérez Galdós en su ‘episodio nacional’ El 19 de marzo y el 2 de mayo, tendremos una imagen mucho más nítida y recordable de los militares Daoiz y Velarde y de cuantos paisanos intervinieron en aquel levantamiento”.
Me permito discrepar. La afirmación de Marías es amistosa, agradecida para con un colega. Pero es aventurada y, desde luego, ignora la suerte de los contextos. Entre otras cosas, no tiene en cuenta la circunstancia actual de patriotismo artificioso que él mismo combate: Marías no parece considerar el significado que el esperancismo le da a dicha conmemoración y de la que esta obra no escapa, voluntaria o involuntariamente: en este caso, Pérez-Reverte se deja querer por el político de turno… ¿quizá uno de esos felones que siempre acaba abandonando al pueblo? El esperancismo lo encarna, claro, la Presidenta Aguirre, pero lo difunde principalmente su historiador de guardia: Fernando García de Cortázar, del que ya hablé en otra ocasión. Hay coincidencias entre los objetivos de Esperanza Aguirre y la crónica que Pérez-Reverte ha publicado, pero no hay una identidad completa: mientras los esperancistas pintan de patriotismo hinchado la jornada del Dos de Mayo, el novelista la convierte en una revuelta extremada y popular de la que hacer crónica, en una intifada de navaja y macetazo. Así la califica en uno de sus artículos explicativos. ¿Algo nuevo, inaudito?
Un día de cólera destaca ahora por una clave intratextual archirrepetida (la del pueblo leal y la de los gobernantes felones), una clave que está en distintas novelas de Pérez-Reverte. Por otro lado, Javier Marías tampoco se plantea qué podrá ser de esta crónica cuando el Bicentenario de 2008 se enfríe, es decir, cuando Daoiz y Velarde o el bajo pueblo de Madrid vuelvan a ser olvidados sin épica alguna, como meros figurantes del autor o de un remotísimo Pérez Galdós.
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3. La dificultad de contar (28 de abril)
Perdonen que me repita. Decía más arriba que “no hay mayor placer intelectual que el de la pesquisa documentada, el del acierto insólito, el de la chiripa, incluso el de la serendipia: ese placer que se da cuando, por ejemplo, oímos ecos insospechados; o cuando hallamos informaciones variadas que nada tienen que ver entre sí y de las que esperamos algo. Hay que tener cuidado con los hallazgos: podemos mezclar cosas ciertamente insolubles. Pero hay que tener un punto de arrojo, de audacia intelectual. Y hay que tener un punto de vista: la convicción de que podemos dar los datos básicos, de que podemos describir, de que podemos razonar, de que podemos contar. No es preciso que todo eso fertilice inmediatamente. Podemos esperar años antes de que la suma, la adición de lo diverso, fermente”. Eso, exactamente eso, es lo que ocurre con el modo de novelar de Javier Marías, que difiere muchísimo de la crónica naturalista a la que aspira Pérez-Reverte en Un día de cólera. Eso es lo que yo vi en Tu rostro mañana: en las dos partes iniciales y en la final.
Pues eso: punto final.
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4. Colofón (29 de abril)
Hay hechos efectivamente ocurridos que, convertidos en materia de una novela, son inverosímiles. Hay personas reales que, concebidas como personajes de una ficción, son increíbles. La actualidad, ese fenómeno que marea con novedades incesantes, nos aporta casos que podrían narrarse, con caracteres fuertes y sucesos vertiginosos: monstruos que no lo parecen, con vida privada y sentimientos comunes; caraduras que se enriquecen manipulando los sentidos de su público; diputados que trastean para su propio y exclusivo provecho; ex mandamases avispados que prosperan en la empresa privada. Si leyéramos novelas protagonizadas por gentes así nos parecería volver al siglo XIX: serían parte de La comedia humana actual. Son materia de la prensa, objeto de atención de los medios, pero no son, no pueden ser personajes de ficción. De serlo, el novelista de hoy debería hacer el inventario de vicios y virtudes. Debería “componer tipos mediante la fusión de rasgos de varios caracteres homogéneos”, según Balzac. ¿Estamos dispuestos a regresar al naturalismo? Leo la prensa, leo las últimas noticias y, aunque no quiero pensarlo, me parece estar en el Ochocientos, en uno de los novelones de aquel tiempo: husmeando, curioseando las vidas ajenas, “los hábitos, la indumentaria, el lenguaje, las viviendas de un príncipe, un banquero, un artista, un burgués…”, según añadía Balzac. No me pidan mayores reflexiones sobre la novela: vuelvo a hojear la prensa y las novedades me aturden. Todo me resulta irreal e increíble, difícil de contar…
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04.21.08
Posted in Comunicación, Democracia at 12:43 por jserna

0. Proemio (21 de abril, 12:43)
La actualidad es un concepto discutido y discutible. Como la nación. Como el Espíritu Santo. Como Esperanza Aguirre. Como Dios…, ah, qué grandes momentos he pasado leyendo los últimos libros de Manuel Talens y a Eduardo Mendoza. Aún me divierto pensando en las carcajadas que me han provocado. Deberíamos estar siempre agradecidos a quienes nos hacen reír. También Esperanza Aguirre me hizo reír cuando se convirtió en personaje habitual de Caiga Quien Caiga, con un Pablo Carbonell divertido y demente persiguiéndola. Incluso le dedicaron su apartado especial en la emisión: “El rincón de Espe”, creo que lo rotularon. Eran momentos de esplendor político. Estaba endiosada. Como ahora.
En La cinta de Moebius, de Manuel Talens, Dios aparece en persona, aquejado de dolencias humanas, demasiado humanas, avejentado tras siglos de faena providencial: tras siglos de una tutoría agotadora. En El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, es el Niño Jesús quien aparece: un pillete bastante repelente, de ingenio agudo, un pícaro, un sabelotodo. Dios y el Niño Jesús están convencidos de su verdad, de la Verdad. Creen ser muy listos, sabedores de sus respectivos papeles en el mundo; y creen tener sentido estratégico, conscientes de que librarán batallas trascendentales que les dejarán en buen lugar. Bien mirado, el rol que desempeñan es algo desastroso. Ambos se saben decisivos pero no calculan suficientemente el peligro de sus enemigos. Un exceso de confianza o de autoestima les lleva a desatender lo que es una vida eterna.
Esperanza Aguirre no tiene una vida eterna. De hecho, su existencia política se está acortando. Es una mujer avispada, de ingenio agudo, algo pícara y convencida de su faena providencial, pero le pierden su sentido pijo de la presentación y la representación, sus hachazos mal dados y una militancia doctrinaria que cree estratégica. Pero hay más. Esperanza Aguirre no es un símbolo: es un concepto. Es persona, sí, pero también es un concepto discutido y discutible. Como Dios: se postula indirectamente, valiéndose de sus segundos y, por tanto, se sueña como líder… pero sin conseguir el aplauso mayoritario de su partido, de sus secuaces y de sus opositores, claro. Leamos bien: secuaz es quien “sigue el partido, doctrina u opinión de otro”, dice el Diccionario de la RAE. Aguirre tiene gentes que la siguen, que la quieren como “lideresa” del partido, como ariete doctrinal, como directora de opinión. Pero el suyo es un concepto discutido: los marianistas se le oponen. También el suyo es un concepto discutible porque el liberalismo no intervencionista que abandera Aguirre es una posición doctrinaria que no aceptan todos los votantes del PP. Pero eso no es lo peor. Lo peor es la colusión entre mercantilismo, periodismo y ambición política.
De hecho, la presencia y la actualidad de Aguirre entre nosotros se deben a los periodistas de papel o radiofónicos: son ellos quienes la encumbran o la convierten en centro de discusión. Es triste el papel que el periodismo está desempeñando en esta lid. Nada nuevo…: habrá que volver a leer a Karl Kraus y confirmar que hay profesionales que emplean diputados en uso o en desuso para sus fines político-mercantiles. “¿Es la prensa un mensajero?”, se pregunta Kraus. “No: es el acontecimiento. ¿Un discurso? No: es la vida. No sólo plantea la exigencia de que el verdadero acontecimiento lo constituyan sus noticias sobre los acontecimientos, sino que provoca también esa siniestra identidad por la cual, en apariencia, se informa de los hechos antes de que se hagan realidad”.
Lunes 21 de abril. Esperanza Aguirre tiene previsto reunirse con Francisco Camps. ¿Qué declaraciones hará? Lunes 21 de abril. Esperanza Aguirre tiene previsto acudir a un programa televisivo, 59 segundos, enteramente dedicado a ella. Allí podrá departir con periodistas. ¿Qué declaraciones hará? ¿Será hoy el día?
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1… 59 segundos (21 de abril, 23:56 horas)
Veo las imágenes de Esperanza Aguirre en el programa de Televisión Española. Ante periodistas varones y ante la moderadora se presenta simultáneamente rotunda, medida, inconsciente, contenida, temeraria, convencida, suelta, segura. Con respuestas necesariamente rápidas, como exige el esquema de los cincuenta y nueve segundos, se afirma sin afirmar, se postula sin postularse, se vende sin vender directamente el producto. Esperanza Aguirre es un producto –como diría Risto Mejide– y ella lo sabe: sabe que en este momento no puede ganar el congreso del PP pero sabe a la vez que el candidato a la Presidencia del Gobierno no tienen por qué elegirlo ahora. Por tanto, ha de iniciar la campaña futura cuando cuente con sus recursos potenciales, con sus avales; cuando Mariano Rajoy dé sus boqueadas como candidato. Sin embargo, Aguirre parece haberse quemado en poco tiempo. Quizá por ello las dificultades o el fracaso de Rajoy se salden con un tercero en disputa. ¿Un tercero en disputa?
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Hemeroteca
Justo Serna, Tertius gaudens, El País, 22 de abril de 2008 El artículo que ahora leen se escribió y fue remitido el pasado 11 de abril. Siendo como es un artículo de plena actualidad, su publicación se ha retrasado once días. Aparece hoy en El País-Comunidad Valenciana. Si se ignora lo anterior, ese lapso, y se lee ahora, podría interpretarse como un análisis implícito de los últimos choques y desenlaces de Esperanza Aguirre con los suyos: con Alberto Ruiz-Gallardón, con Mariano Rajoy e incluso con Francisco Camps. Pero no es así: no lo he escrito valiéndome de los últimos hechos noticiables. Es un vaticinio de lo que puede suceder en el futuro al margen de lo ocurrido en la última semana. Es decir, sigo pensando que Esperanza Aguirre –que ahora parece reservar su hachazo para mejor ocasión– tiene muy difícil conciliar a quienes se ha enfrentado a tumba y ambición abiertas. No descartemos, pues, a un tercero. ¿A quién?
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Hemeroteca histórica
Una entrada de este blog dedicada a la última novela de Manuel Talens, ahora traducida al inglés para su mayor difusión y publicada de nuevo. No me pregunten por qué.
-Red de traductores Tlaxcala
-Revista Cubanow
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Hemeroteca y predicciones hechas en este blog
-El barrito del elefante (1 de febrero de 2008): ”…imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente”.
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HOY, JUEVES, 24 DE ABRIL, NUEVO POST A LAS DOS DE LA TARDE
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