11.02.06
Posted in Cataluña, La felicidad de leer, Democracia at 9:25 por jserna
Cataluña tiene fama de ser un país serio, un país en el que sus gentes suelen adoptar poses circunspectas, graves, las propias de personas atrafegades, apremiadas por obligaciones impostergables y por el trabajo. Es un tópico sempiterno que a los propios nativos les gusta cultivar. Tal vez porque tradicionalmente les ha dado un aire de modernidad en la España de la siesta y la indolencia, de los toros y el primitivismo, una imagen también estereotipada. Se dice que cuando Eduardo Mendoza y Javier Marías fueron invitados a Apostrophes, el programa televisivo que dirigía Bernard Pivot, tuvieron la ocurrencia de acudir al plató con aspecto de españoles decimonónicos: con patillas de hacha y con una faca, arma dispuesta para ser ensartada en la mesa del estudio. ¿Con qué fin? Con el propósito de reforzar la España del tópico y para confundir a nuestros vecinos con imágenes redundantes y previsibles sobre nuestra violencia salvaje. Finalmente se comportaron: evitaron la sobreactuación histriónica presentándose como un catalán y como un madrileño sensatos y modernos.
Si tomamos a Eduardo Mendoza como hilo conductor, su literatura exagerada, podemos entender muchas cosas de la Cataluña real y actual. Es curioso: en ocasiones, los disparates literarios más elaborados sirven para retratar fielmente el mundo material que escapa a las fantasías más extremadas. Acabo de leer un espléndido volumen –que a todos recomiendo–, un libro titulado Mundo Mendoza (Seix Barral, 2006). Su autor es Llàtzer Moix, redactor jefe de Cultura en La Vanguardia. Estén atentos: cuando vean en los expositores de novedades un volumen de Moix, no se lo pierdan. Les aseguro una exquisita elaboración, una prosa ajustada, precisa, un cariño por su objeto. Trate de lo que trate, Moix siempre confirma lo que es, un buen periodista cultural que sabe de qué modo hay que tratar las cosas sin impostarlas: con cariño, con algo de guasa y con erudición contenida. Hace unos años leí su Wilt soy yo. Conversaciones con Tom Sharpe (Anagrama, 2002). No era fácil convencerme: yo había sido un lector fiel de Sharpe y me había distanciado de su últimos logros, algo decaídos. Pues bien, Moix consiguió persuadirme reanimando al autor de Wilt, vitaminizándolo con preguntas inteligentes, con acotaciones exactas, expresadas con todo respeto. Me gustó tanto…, que le escribí a Moix para agradecerle los buenos momentos pasados con su libro.
Ahora, leyendo Mundo Mendoza, vuelvo a disfrutar porque la Cataluña de Mendoza que compendia Moix parece más real que la que nos transmiten los medios. O quizá, el añejo Principado que ahora ha luchado electoralmente es un mundo plural, menos homogéneo y menos envarado de lo que los candidatos nos presentan. Las novelas de Mendoza no aspiran a ser un calco o reflejo de la Cataluña histórica: se escriben con el propósito evidente de escarnecer unos vicios en un contexto concreto que es, básicamente, la Barcelona natal del autor. Sobre esa meta moral, estas ficciones exageran, por ejemplo, el lado cínico de los poderosos, el lado pendenciero y menesteroso de las clases populares. Pero sobre todo estas novelas suelen mostrar de manera caricaturesca el lado gamberro y descacharrante que hay en aquel país. En sus páginas siempre hay locos que con torpeza o ingenio saben sobrevivir en un país aparentemente circunspecto, grave, severísimo. Son individuos que de sus vidas han hecho existencias desastrosas, justo por no saber acomodarse a la norma común, a ese estadio general de una civilización hipócrita.
Entre los personajes más obvios de esta calaña está, claro, el orate que protagoniza El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras. Ya lo saben: es un tipo que habiendo estado recluido en un frenopático bajo la tutela del Dr. Sugrañes sale para resolver casos aparentemente ilógicos que la policía no consigue solucionar aplicando la racionalidad y el buen sentido. De todos modos, aunque el individuo tenga mucho de personaje infausto, lo cierto es que tiene un olfato especial para sus pesquisas, una intuición particular para revelar las contradicciones o sevicias de los poderosos. Es, desde luego, una construcción folletinesca, desternillante, exageradamente bufa, como de tebeo (según el propio Mendoza admite): son, en efecto, ficciones en las que los propios personajes se saben actuando, como si creyeran estar en una comedia burguesa o picaresca, con un público cercano. En las novelas serias y en los divertimentos del autor aparecen tipos de estas características, uno de los cuales es, por ejemplo, el llamado “Alcalde de Barcelona” (de La aventura del tocador de señoras). Habla y habla sin parar, sin mucho juicio, con unos sermones tontorrones de no te menees. No es la primera vez que un político local es objeto de chanza en Mendoza. Llàtzer Moix nos recuerda, por ejemplo, a aquel otro alcalde, en este caso de La ciudad de los prodigios, a quien lo único que le gustaba era “gastar sin freno y hacer el bandarra”.
Ese sentido tunante, perturbado y deslenguado de la pillería está en Mendoza, pero está también en la Cataluña política, la que dejan ver los candidatos que han concurrido ahora en una campaña sañuda. A pesar de ir bien trajeados y limpios, los elegibles hacen y dicen cosas muy raras, tan raras que si las pusiera el novelista en uno de sus folletines pensaríamos que es un esperpento fantasioso: un candidato como Artur Mas, que acude al notario cual burgués industrioso dispuesto a firmar pactos o convenios inverificables salvando su origen menestral; un aspirante como el socialista, que consiente promocionarse con la melodía de Nocilla, qué merendilla; un postulante como Josep Piqué, que lucha contra sus rivales electorales a la vez que debe hacer frente a su principal enemigo, un Vidal-Quadras incendiario que no acepta el tono amable de su correligionario; un Carod-Rovira empequeñecido, al que vemos a punto de ser descabalgado por alguno de sus conmilitones acanallados, deseoso de desalojar al filólogo-político; un Joan Saura que no parece de la izquierda obrera y verde, sino un representante de la gauche divine ataviada con polos de marca; y, en fin, un Albert Rivera, que se presenta con un desnudo metafórico, glosado una y otra vez por Arcadi Espada, su mentor.
¿Los políticos? También los payasos de la Cataluña real se asemejan cada vez más a lo descrito por Mendoza. Piensen, por ejemplo, en algunos de los grandes clowns del Principado, justamente individuos que se saben actuando (como los locos de Mendoza) y que con sarcasmo exagerado representan o dicen cosas tremendas. Entre otros, ésos son los casos de Albert Boadella y Toni Albà. Ambos se saben poseedores de ideas firmes, probablemente impermeables, y ridiculizan a algunos de los miembros de la clase política que arriba describíamos: largan con entusiasmo de ideólogos y encarnan papeles de payaso. Cuando se visten de tales y están en un escenario, los soporto e incluso me gustan: por ejemplo, los montajes de Boadella sobre Ubú o los escarnios de Albà sobre el Rey. Cuando, por el contrario, les escuchamos sus opiniones con gran facundia, me desagradan. Qué quieren, para conducirme en la vida prefiero la caballerosidad victoriana de Mendoza a los calcos degradados de sus orates. Es más, al final, cuando Boadella y Albà dicen esas cosas tremendas más que a los pícaros me recuerdan a los políticos chiflados del novelista. En fin…
Hecho el cómputo de los sufragios, todos los candidatos dicen estar muy contentos, todos… empeñados en alejarse de la realidad haciendo suyos unos discursos desorientados. Sólo ha votado la mitad del electorado catalán, asunto del que nadie quiere hablar. Es de chiste. Insisto: si estas cosas las pusiera el novelista en uno de sus folletines pensaríamos que es un esperpento fantasioso. La figura política que ridiculiza Mendoza es siempre “un prototipo de político al uso”, leo en el libro de Llàtzer Moix: “con un discurso descarrilado, que ha perdido contacto con la realidad; es una persona a la que, a fuerza de asistir a actos públicos, se le va la olla. Exagero un poquito”, admite Mendoza, “pero algo de eso hay…” Oyendo a los políticos en la noche del recuento tuve la sensación de que la mayoría de ellos habían sido suplantados por aquel prototipo de Mendoza. Esperemos que recobren la sensatez en algún momento haciendo justiprecio de unos resultados que dejan a todos muy disminuidos. Mientras tanto, seguiré leyendo a Eduardo Mendoza.
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09.22.06
Posted in Cataluña, Democracia at 9:50 por jserna
22, 23 y 24 de septiembre de 2006
Es increíble que todo esto se repita y que desde hace tres años el Partido Popular siga atascado en idénticas cuestiones, en idénticos asuntos, en idénticos protagonistas, dando vueltas sin parar. Podría hacer pasar como dictamen de ahora lo que yo mismo escribiera en 2004. Podría retocar aquí y allá lo publicado para presentarlo como una valoración de hoy. Pero no lo haré. Por un lado, me siento apenado y ufano. Apenado, porque deseo un Partido Popular que no se atore…, un Partido Popular dispuesto a ganar las elecciones sin enredos, sin gatuperios, sin estar encallado entre extremistas, internos y externos. Ya analicé, por ejemplo, el lenguaje incendiario de este último (en noviembre de 2005): recordarán que Vidal-Quadras proponía perseguir a Rodríguez Zapatero por alta traición. Ahora, Pío Moa, que suele reprochar al PP su debilidad, regresa sobre semejantes argumentos pero en términos aún más apocalípticos en algunos comentarios de su bitácora: los días 20 y 21 de este mismo mes, sin ir más lejos. Si la principal organización opositora reparte sus críticas con tanta perturbación, con perfecto aturdimiento, entonces el Gobierno se crece, lo haga bien, mal o regular. Para los comicios venideros espero y deseo que nadie obtenga la mayoría absoluta y que, por tanto, el ganador precise el apoyo parlamentario de otros grupos para sumar escaños y para aprobar leyes.
A la vez, me siento ufano, porque veo cómo se confirman mis previsiones, mis diagnósticos. No hacía falta tener una gran agudeza o un fino vislumbre para acertar con lo que ahora está pasando. Desde 2004, el PP no remonta su derrotero y su desconcierto. Se les ve como una opción de tardíos reflejos, sometidos durante meses a la iniciativa estratégica que marcaba el Gobierno socialista. Al margen del acierto o desacierto del Gabinete, sus medidas sorprendieron a los populares, que se veían forzados a adoptar una política de protesta ruidosa escasamente acorde con los principios liberales en los que dicen inspirarse. De hecho, la política y la teoría de sus correligionarios europeos no se basa precisamente en el pancarteo, en el callejeo. Ah, y no vale decir que no fueron los responsables del Partido Popular quienes convocaron esas manifestaciones; no vale decir que fueron organizaciones de la sociedad civil. Eso es una patraña mediática, pues la agitación de los partidos, de todos los partidos, pasa también por delegar en asociaciones afines. “Alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad”, que decía aquel personaje de película. El caso, insisto, es que el PP no remonta desde su caída y aturdimiento. ¿A causa de qué?
¿A causa de aquella atrocidad que a todos sacudió, aquel espantoso 11 de marzo? Creo más bien que se debe a la ceguera voluntaria de algunos de sus máximos dirigentes, empeñados en intimidar a su electorado de centro. El caso de Josep Piqué, por ejemplo, es bien ejemplar: acosado entre otros por Alejo Vidal-Quadras, ha de sortear como puede la celada que le han tendido, pero también su inminente, su cantada derrota electoral. Genial la trampa en que han metido a Piqué: si adopta el estilo duro y la estrategia explosiva de Acebes and Co. perderá estrepitosamente en Cataluña siendo desplazado por sus correligionarios más graníticos, más berroqueños. Si adopta un estilo batallador y negociador a un tiempo, alejándose del vocerío incendiario de Vidal-Quadras, entonces será objeto de críticas en el seno de su propio partido o en las proximidades, en esa vecindad incómoda de Ciutadans, que le harán pagar los malos resultados electorales (o ahora demoscópicos) que su partido obtenga. Nunca lo atribuirán a la estrategia general del PP de Rajoy, sino al propio liderazgo de Piqué, insuficiente, escaso, implícitamente pactista, frente a la defensa de los principios. Es, justamente, lo que Jiménez Losantos le reprocha desde hace meses, muchos meses, un Jiménez que vigila y condena a quienes no dan la murga un día y otro también con las revelaciones de El Mundo. Y Piqué es templado… A un político, como sabemos desde Max Weber, no se le pide que sea creyente y defensor de convicciones firmes, al estilo de Vidal-Quadras, dispuesto a atizar el rescoldo, sino responsable y negociador. ¿Qué le quedará a Piqué cuando pierda las elecciones, cuando su partido obtenga magros resultados?
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Lean este artículo de Manuel Martín Ferrand sobre Josep Piqué, en Abc.
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09.18.06
Posted in Cataluña, Democracia at 8:45 por jserna
¿Era preciso hacer ese cartel? ¿Era imprescindible enfrentar la contienda electoral catalana con ese señor en cueros, algo entrado en carnes? Le faltan quizá algunas sesiones de gimnasio para aligerar esa flacidez: yo estoy en ello… Cuando se presentó el primer Manifiesto de Ciutadans ya tuve oportunidad de pronunciarme a propósito del pijismo que se les atribuía: “pese a lo que ha dicho Felip Puig, portavoz de Convergència i Unió, no es rigurosamente cierto que la empresa de crear un nuevo partido no nacionalista en Cataluña sea una iniciativa pijo-progresista”. Es más, añadí, “quiero pensar que los pijos de Cataluña son otros: son los amos de las fábricas, los especuladores del capital financiero, los constructores, los retoños o los nietos de aquellos burgueses rapaces y codiciosos que tan brillantemente retrató Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta (al que, por cierto, no veo entre los firmantes del manifiesto). O eso quiero creer: que los auténticos pijos se parecen a los ideados por el novelista. Que a Boadella, a Azúa o a Espada les guste vestir bien no les hace inmediatamente burgueses. Se han hecho retratar en los soportales, supongo, de la plaza barcelonesa en la que presentaron el manifiesto. Se les ve cómodos, como un grupo de amigos, de camaradas o de colegas a la salida de un curso de verano. Que para la fotografía de grupo la mayor parte de los varones se hayan puesto un indumentaria desenfadada, ropa easy wear, atavíos de entretiempo o, mayoritariamente, americanas beige, no les convierte en el retrato de la gente fina y principal, esa que amasa fortunas en la oscuridad o en las covachuelas del poder, sin afectación ni ostentación”.
Frente al pijismo de marca o de entretiempo o de paño fresco, veo ahora la desnudez adánica de quien empieza desde cero. Semanas atrás ya tuve oportunidad de comentar lo que me parecía ese adanismo que ahora encarna Albert Rivera, el candidato al Parlament que sustituye a Albert Boadella o a Arcadi Espada. Algunos analistas malintencionados hablaron de que los intelectuales abandonaban el barco, de que no querían medirse en los comicios, temerosos tal vez de ser batidos por los políticos rutinarios y corrientes. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria de intelectuales. Me decía: creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. Por adánico, precisamente. No quieren capitalizar el respaldo mediático, añadían. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años (ahora de 27), como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro. ¿Le hacían ascos al respaldo mediático?
“Huiremos del dogma izquierda-derecha”, dijo Rivera en El Mundo del 10 de julio de 2006, y ahora vuelve a repetir. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admitía con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé. El Mundo insistía en que este dirigente era y es un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral o una virtud cívica. No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayaban algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”…, desnudos.
No les importa, dice ahora el cartel de Rivera, dónde ha nacido cada uno. Tampoco qué lengua habla. En lo penúltimo veo una coincidencia con lo que yo planteaba: “no nos importa qué ropa vistes”, añade Rivera. Lo dije tiempo atrás y ahora veo que concuerdan. No son pijos, no les importa la ropa que vistes. Ayer, domingo 17 de septiembre, Arcadi Espada hacía hermenéutica de ese póster y nos recordaba lo que señaló el publicista al que se le ocurrió la idea: hay que “tener cuidado con la arrogancia, con la juventud, con la fuerza, con la candidez y con el erotismo. Algo de todo eso, pero sin que predomine nada”. Nada. ¿Cómo que nada? “Lo consiguieron”, añade el periodista catalán. “Predomina el adanismo”, que no es cicciolismo, apostillaba Espada. ¿Por qué razón? Porque “esto de Rivera es más humilde y más civil: un candidato que se quita la camisa. Y que deja a los otros en metáfora picada”, sin slip, ya ven. Eso decía Espada, adversario de las metáforas. En realidad, la metáfora no es ésa. La imagen es la del ombligo, como bien nos advirtió el más serio estudioso del nacionalismo: Ernest Gellner.
En su libro Naciones y nacionalismo nos recordaba que en el discurso esencialista es fundamental el mito del origen. De lo que se trataría es de rastrear la raíz primigenia de un agregado que siendo contingente se presenta como una comunidad necesaria, como una comunión permanente (Catalunya, mil anys enrera, por ejemplo). Justamente por eso, por la irrealidad del atavismo nacionalista, Ernest Gellner se preguntaba con guasa: ¿tienen ombligo las naciones? Si el nacionalismo es un fenómeno moderno, ¿hasta dónde cabría remontar la historias de la nación proclamada y evidente? Tomemos el caso bíblico, nos dice Gellner. Por ser el origen mismo del hombre, una humanidad creada por Dios, Adán carecía de ombligo: no le habían cortado cordón umbilical alguno. Aunque, ahora que lo pienso, Adán sí que tenía sus atributos sexuales y sólo fue al caer en pecado cuando el primer hombre se tapó sus vergüenzas, como el Albert Rivera de la fotografía. Pero…, uf, vamos a dejar las metáforas.
O no, porque no acaban ahí las paradojas. Los más célebres cómicos catalanes –de soca i arrel o importados–, Albert Boadella y Pepe Rubianes, son muy mal hablados, dicen cosas feas y escandalizan los oídos castos de España y del Principado. ¿Triste espectáculo? No es eso lo que deploro expresamente: lo que lamento es que ambos sólo se arropen con metáforas obvias, no sé si adánicas, pero sí primitivas y complementarias: uno dice desear que le revienten los huevos a España, a la España eterna; y otro pide los tanques para frenar el separatismo de la Cataluña que quiere separarse por huevos. Qué espectáculo: un día va y se desnudan de verdad enseñándonos los… ombligos.
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07.12.06
Posted in Cataluña, Democracia at 8:25 por jserna
Hace un año, más o menos, escribí un artículo sobre Ciutadans de Catalunya. Mostraba mi escepticismo, básicamente por estar constituido por intelectuales: por profesores metidos en arena política. ¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba días atrás en Levante. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Los intelectuales son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian; aquellas personas que valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos, difunden su palabra, su voz. E incluso fundan partidos.
Ciutadans de Catalunya (o ahora, Ciutadans-Partit de la Ciutadania / Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía) es un partido promovido por intelectuales. El 7 de junio de 2005 se presentó en la Plaza Real de Barcelona un Manifiesto titulado Por un nuevo partido político en Cataluña, un manifiesto impulsado por quince escritores o profesores de reconocido prestigio, entre los que se encontraban Félix de Azúa, Albert Boadella, Félix Ovejero, Iván Tubau y Arcadi Espada. Según recogía Abc, esa proclama nacía con “el aval de doscientos intelectuales”. Nada menos. En aquel momento, dicha iniciativa me produjo un enorme escepticismo, justamente por ser obra, mayoritariamente, de intelectuales, de profesores. ¿Se cumplen los vaticinios?
¿Unos intelectuales y docentes organizando un partido político? No me los imaginaba cotizando, acudiendo a inacabables reuniones de célula (¿se dice así?), haciendo labor de proselitismo y formación, dedicando horas a la agitación y propaganda, tratando de hacerse un hueco en la contienda electoral, achicando espacios políticos, adoctrinando a la base, engrasando la maquinaria y ajustando la fontanería. “Llamamos, pues, a los ciudadanos de Cataluña identificados con estos planteamientos”, concluían en su Manifiesto, “a reclamar la existencia de un partido político que contribuya al restablecimiento de la realidad”. Es decir, que no iban a ser ellos quienes lo organizasen, sino que invitaban a otros crearlo; que no iban a ser ellos quienes militaran para levantar una estructura, sino que, retirados en sus gabinetes o dedicados a sus tareas profesionales, inspirarían, como si de regeneracionistas se tratara, a una nueva generación de políticos comprometidos con “la realidad”. No sé, no sé…, me decía.
Un año después, insisto, las previsiones se han cumplido. Leo en Abc (que tanta simpatía les ha dispensado), en el Abc del 10 de julio de 2006, que “los fundadores de Ciudadanos de Cataluña renuncian a la acción política”. ¿Renuncian a la acción política? Es decir, ¿que Félix de Azúa, que Arcadi Espada, que Albert Boadella, etcétera, se repliegan? La descripción del corresponsal Ángel Marín, aunque de sintaxis enrevesada, no tiene desperdicio: “después de más de casi dos años de compartir ilusiones en la penumbra, los promotores de la plataforma antinacionalista dejaron ayer, de alguna manera, huérfano al partido recién nacido. Una sensación de abandono que dificultara aún mas el crecimiento de la nueva formación política que tendrá su primer reto electoral en los próximos comicios autonómicos catalanes de mediados de octubre”.
Algunos analistas malintencionados hablan de que los intelectuales abandonan el barco, de que no quieren medirse en los comicios. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria profesorales. Creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. No quieren capitalizar el respaldo mediático, dicen. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años, como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por “ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro de un proyecto que nació a partir de las reflexiones políticas de una quincena de intelectuales reunidos en un restaurante barcelonés”, añade Ángel Marín.
¿Un restaurante barcelonés? Dicho así, suena inadvertidamente frívolo y creo, de verdad, que había seriedad y empeño voluntarista en lo que se proponían, error de perspectiva pero formalidad y esfuerzo. Se planteaban nada menos que rehacer la política partidista en Cataluña y, por extensión, en España. Nada menos que reconstruir los modos, las maneras de concebir militancia y representación. Por eso, desde el principio los profesores Azúa, Espada y los restantes juzgaron Ciudadanos como si esta iniciativa fuera un experimento. Al fin y al cabo son intelectuales y el ensayo doctrinal y el tanteo práctico forman parte de su experiencia. No podían conformarse con la rutinaria vida de partido, tan esclerótica, supongo.
“Huiremos del dogma izquierda-derecha”, dice Rivera en El Mundo del 10 de julio. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admite con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé… El Mundo insiste en que este dirigente es “un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral. No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayan algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”. No hay líderes que se alcen, sino ciudadanos que son aupados o cooptados, defensores de ideas o valores. ¿Nos lo creemos? El Partido Verde, de Alemania, ya lo intentó hace treinta años.
Si los ciudadanos han debido esperar a que este nuevo partido los represente, entonces… ¿qué cabe esperar de la inevitable oxidación de su fontanería, la férrea consecuencia de toda formación? Decía Robert Michels en Los partidos políticos que la ley de hierro de la oligarquía afecta a toda organización que tenga una estructura administrativa en la que los líderes, desconocidos o no, traten de permanecer. Pasó con el Partido Socialdemócrata alemán (que analizara Michels) y pasó muchas décadas después con los Verdes. Todo dirigente aspira a aguantar, a hacerse con el poder y conservarlo. Los intelectuales de Ciudadanos parece que han renunciado a medirse electoralmente…, cosa que ha parecido muy frívola. No necesariamente es así. Tal vez han renunciado al poder partidista porque son desprendidos y reparten a manos llenas esa influencia que atesoran. O tal vez porque temen enfrentarse a unas maquinarias de los partidos rivales en las que el liderazgo y el sometimiento son sus formas de operar. O tal vez porque sus respectivos empleos les permiten dicha renuncia sin mayor conflicto. Precisamente Arcadi Espada ha declarado que no será candidato a la Presidencia de la Generalitat porque su profesión es la de periodista (y profesor) y no la de político.
Han contribuido a crear un partido nuevo y han aupado a un dirigente desconocido y dotado al parecer de gran facundia. Sin ir más lejos: el editorial de El Mundo, de 10 de julio, destacaba las condiciones oratorias del joven Rivera, “su falta de complejos”. Tanto es así que este periódico (que ha apoyado con entusiasmo la formación de este partido) celebraba su remontada hasta el liderazgo, un acierto, decían, “tanto por su desparpajo como por su juventud”. ¿Desparpajo y juventud? No sé si esas condiciones harán olvidar a los seguidores de Ciudadanos a quienes promovieron la iniciativa y ahora se retiran: esos intelectuales también elocuentes aunque talluditos, esos intelectuales que habiéndose pronunciado regresan ahora a sus empleos como profesores y periodistas… No sé. En cualquier caso, la ley de hierro de la oligarquía también acabará afectando a la nueva formación (y a ese joven y “desconocido abogado residente en Granollers”). Seguro que para entonces tendrán que refundarla.
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