03.25.08

Resurrección

Posted in Muerte, Antropología, Religión at 20:27 por jserna

valledeguadalest2.jpg 

1. Resurrección 

Durante las pasadas vacaciones, he hecho lo que habitualmente hago en esas circunstancias: camino horas y horas, me oxigeno, levanto la vista y miro lejos. Quizá con la esperanza de atisbar lo que a simple vista no distingo, con la intención de descubrir mientras ando. Los picachos de la Sierra de Aitana siempre me procuran un placer completo: imponentes, pero accesibles; de colores matizados y vivos, con olivos centenarios, con almendros que pronto florecerán. Hay en el entorno algo primitivo, milenario por supuesto. Desde chico, cuando hago marchas montañeras siempre recuerdo la vista que una vez tuve en la cima del Montcabrer, próximo a Cocentaina. Yo era uno de los jóvenes excursionistas que habían ascendido vigilados por un adulto. Mientras divisábamos todo el valle, ese acompañante experimentó algo parecido al arrobo. Con énfasis nos preguntó si viendo lo que veíamos acaso dudábamos de la existencia de Dios. Siempre me ha hecho gracia esa inquisición tan… evidente, tan previsible: similar a la sensación de lo sublime bien codificada desde el primer romanticismo. Lo sublime, otra vez…., entre peñascos milenarios.

Digo milenario y recuerdo otros picachos vistos en una película reciente. Así es. En estos días de vacación, cuando no estaba cultivando el cuerpo, estaba en el cine o leyendo. El Domingo de Resurrección, por ejemplo, acudí a una sala de Benidorm con el objetivo de ver 10.000. Pude cumplir mi propósito a pesar de las multitudes turísticas. 10.000 es un film de Roland Emmerich, suficientemente espectacular y entretenido: trata de una hazaña, de una gesta ocurrida diez mil años antes de Cristo entre los nativos de una pequeña tribu, un pueblo cazador. Entretenimiento para la tarde de un domingo… de Resurrección: no pidan más. Es una película  en la que el peplum se recupera como cuento popular, colectivo y mítico; es también cine de aventuras en que el protagonista, un joven corriente de esa comunidad, se ve obligado a comportarse como héroe. ¿Cuántas veces no habremos escuchado, visto o leído historias en las que un muchacho corajudo ha de restaurar el desorden que el mal ha provocado? En 10.000 hay unos malvados, por supuesto: los llamados “diablos de cuatro patas” que dañan, esquilman, queman, roban bienes y personas de otros pueblos vecinos. No sólo por avaricia, sino también por estricta perversidad. La rapacidad de los villanos no tiene límites: en los cuentos, los malvados destruyen lo ajeno (las chozas, las pequeñas infraestructuras) para agostar la vida, para impedir que florezca lo básico. Lo mismo sucede en esta película.

Un muchacho –cuyo padre abandonó la tribu (¿cobardemente?)– restaurará el buen nombre del progenitor enfrentándose a dichos villanos: como el Telémaco que sale en busca de Ulises. Para ello, el joven nativo deberá caminar soportando el frío y el calor extremos a través de vastísimos desiertos de nieve y arena: deberá marchar al frente de un pequeño grupo de intrépidos, una pequeña vanguardia que con arrojo se atreve a dejar la comunidad para recuperar a los convecinos secuestrados, a la amada… de ojos azules. Deberá asimismo contener la embestida de fieras fantásticas y de cazadores prehistóricos.

Dicha película, que la crítica ha vapuleado, amalgama civilizaciones y ciertas tradiciones culturales: la magia de la comunidad primitiva, las legiones del Imperio romano, las pirámides del antiguo Egipto. También distingo mucho cine en sus fotogramas, repetición de secuencias ya vistas: la camaradería de Objetivo Birmania, por ejemplo. Hay momentos en que uno cree acompañar a Errol Flynn y a su grupo de intrépidos soldados a través de la jungla birmana, avanzando entre las líneas enemigas. Hay otros momentos en que uno cree ver nuevamente a Frodo en la Tierra Media de El señor de los anillos. No es que cada uno de esos elementos esté claramente diferenciado o debidamente contextualizado para que el espectador no confunda lo que no debe confundir. En realidad, todos esos motivos –y otros que se añaden a lo largo del metraje– son objeto de representación híbrida y ficticia, sin intención historicista alguna.

Yo me dejé llevar por la acción, sin mayores pretensiones, como me dejo llevar por el sendero cuando camino por el Valle de Guadalest: por la Vall de Guadalest. No persigo nada, no busco nada. Simplemente ver a lo lejos.

————–

vistasdesdeelcementerio.jpg

2. El cementerio de Guadalest. Un presentimiento de felicidad

En los cementerios es fácil abandonarse a la sugestión gótica: los huesos exhumados, el moho que todo lo envuelve, la herrumbre de los crucifijos, el cardenillo que ataca los cobres o, más aún, esos árboles enhiestos de sombras amenazadoras. Hemos leído relatos sobre este presentimiento ancestral: el bosque que nos rodea y nos absorbe con la intimidación apremiante de lo desconocido. Y lo desconocido es lo invisible, lo informe, pero también lo que habiendo sido conocido se enterró. Es el miedo siniestro, según Freud: es el que provoca aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo ha permanecido inhumado para finalmente regresar o desvelarse.

En los camposantos grandes, el visitante se deja fascinar por la edificación funeraria y por la rivalidad arquitectónica: aturdido, teme perderse entre enterramientos ostentosos. En los cementerios pequeños de  poblaciones chiquititas, la muerte irrumpe directamente para mostrarle al espectador la existencia, una eternidad breve de ochenta o noventa años por vivir, esa que se compendia en una lápida escueta. Hay que visitarlos. ¿Por qué razón?

En ellos no hay pretextos arquitectónicos. Las inscripciones de las tumbas son concisas y su laconismo nos achica mostrándonos la futilidad de tantos esfuerzos. El escritor E. M. Cioran, que supo disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomendaba visitar estos cementerios. ¿Para hacer qué? Para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del espejismo.

En tiempos de bonanza es precisamente cuando hay que acudir a estos camposantos. Hemos visitado uno muy pequeño, emplazado en un lugar insólito, un cementerio que no reúne más de ochenta tumbas. Tiene el punto exacto de abandono que estos osarios han de tener: lápidas casi desleídas o ya ilegibles, cruces quebradas, flores secas que ya nadie renueva y esa sensación de hacinamiento y de asfixia que trae la muerte, la Parca que todo lo iguala. ¿Dónde se encuentra?

El  Valle de Guadalest es probablemente el paisaje valenciano más bello, ese lugar en el que una Naturaleza  imponente de riscos milenarios no resulta victoriosa o amenazante, sino acogedora. El olivo, el almendro, o ese sotobosque de arbustos olorosos que se alza hasta las Sierras de Aitana, de Xortà o de Serrella  aún tapizan las faldas de aquellos peñascos. Situada en el interior de La Marina Baixa, con una orientación NW-SE, la vall de Guadalest es una depresión entre esas sierras voluminosas, una depresión habitada por poco más de mil habitantes de sus distintas poblaciones: Confrides, l´Abdet, Benifato, Beniardà, Benimantell y el Castell de Guadalest.

Es en este último lugar en donde descubrimos el cementerio que inspira estas líneas. Enclavada en el eje del valle, sobre una cresta rocosa de grandes dimensiones, está dicha población, y en su centro mismo hallamos los restos del viejo castillo señorial de los Orduña. Entre éstos, en su  parte más elevada, está la vieja Torre del Homenaje, pero también está el cementerio pequeño al que acudir, al modo de Cioran, para corroborar la insignificancia, la poquedad, de los empeños humanos. La visita, previo pago, permite confirmar la belleza inaudita de este paisaje. Si subimos hasta allí podremos contar con vistas hermosísimas de todas las sierras que delimitan el valle: la convulsión extática del berrocal eterno, decía Gabriel Miró en Años y leguas.

Podremos apreciar la heredades y la edificación blanca de Benifato, de Beniardà, de Benimantell, en ese valle abancalado: hondo, fresco y quemado de colores, añadía el escritor. Podremos divisar en la lejanía el Mediterráneo que baña a Benidorm y desde el que sopla un levante benigno que siempre ventila con fragancias deliciosas. Son los vivos que acuden y los difuntos que allí reposan quienes disponen en insólita hermandad de la mejor localización del valle, del emplazamiento  más cercano al azul puro del cielo, un valle al que Miró llegó a comparar con el Paraíso: él, espectador “poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana”. 

vista-de-aitana-desde-el-cementerio.jpg

Fotografías: Víctor Serna

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03.20.08

Honrar a los santos quemando cosas

Posted in Antropología, Religión, Valencia, Historia, General at 20:41 por jserna

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1. Estamos de vacaciones: para los cristianos, estamos en Semana Santa. En Semana Santa. Algunos no se resignan a que los laicos no celebremos la pasión de Cristo. Por ejemplo, un periodista de Abc, Ignacio Camacho, nos afea ese desinterés. Camacho es un antiguo simpatizante de la izquierda, ahora columnista principal de la derecha confesional. Tal vez por eso (¿por eso?), reprocha al jefe del Ejecutivo su laicismo: “Como a Zapatero no le gusta la Semana Santa –quizá nadie le ha explicado aún que ser laico no obliga a mantenerse por completo al margen de una fiesta en la que se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos– se ha ido a Doñana a meditar el nuevo Gobierno“. Me parece insidioso ese comentario: qué más quieren, pero qué más quieren…  Aún recuerdo cualquier Semana Santa del franquismo, unos días en que los establecimientos estaban cerrados; el ocio, prohibido; la diversión, postergada.   ¿Que es una manifestación cultural, de interés etnológico? Pues muy bien. Declaro mi profundo desinterés antropológico por la Semana Santa. ¿Que es una fiesta popular en la que se mezclan lo sagrado y lo profano, en multitudinaria amalgama? Pues muy bien. Declaro mi aversión hacia las fiestas multitudinarias. Otra vez.

En Valencia, por ejemplo, acabamos de salir de las Fallas (cuyas jornadas finales han coincidido con el principio de la Semana Santa): que sean muy visitadas no mejora las cosas. También aquí se involucra medio país, incluidos muchos agnósticos (por decirlo con Ignacio Camacho). ¿Y…? ¿Eso nos obliga a compartir el contento del vecindario más jaranero? Las fiestas populares son una invasión del espacio común: en muchos casos, una violación de la intimidad. En estos días de cohete y explosión, ¿alguna autoridad local se ha preguntado por el daño que los petardistas hacían a los enfermos o a los que no podían huir?  Meses atrás, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, rechazó todo freno o limitación: pólvora para todos, proclamó con demagógica expresión.  ¿Expresión cultural o antropológica?

El miércoles 19 de marzo, en Antena 3, emitieron Misión: imposible II, la secuela que filmó John Woo y que nuevamente protagonizó Tom Cruise. No sé si esa programación fue deliberada o no, pero el caso es que dicha coincidencia es un perfecto engarce para estos días en que acaban las Fallas y se consuma la Semana Santa. ¿Recuerdan el film? Al principio de la película, hay una secuencia que se desarrolla en Sevilla. Es voluntaria o involuntariamente cómica. No sé. Los guionistas cometieron un híbrido simpatiquísimo que, por supuesto, fue muy criticado por los puristas: dada la incultura antropológica que demostraban, supongo. ¿En qué consistía? En una mezcla de la Semana Santa con las Fallas. Hay nazarenos. Hay falleras. Incluso hay gentes con indumentaria blanca y pañuelos colorados, propio de los Sanfermines. Si recuerdan, la fiesta filmada acababa con una cremà: un paso de Semana Santa era incinerado, cosa que celebraba una multitud jubilosa y enfervorizada. “Estas fiestas son un fastidio“, confiesa desdeñosamente Anthony Hopkins.  Tom Cruise escucha. “Honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree? Por poco me queman al venir hacia aquí“, añade el personaje que interpreta Hopkins. 

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2. Otras ficciones (21 de marzo de 2008)

Es evidente que no hay cinefilia en mi alusión: no les recomiendo la visión o revisión de dicha película. Toda ella es un disparate: algo que nos hace reír involuntariamente por su sincretismo inopinado e ignaro –seguro–. Pero es un disparate cuyo principio me recuerda algo muy cierto: mi aversión a las fiestas populares, que aquí ya les he expresado. Perdonen la cita, pero esto decía el 16 de julio del año pasado: “Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso”.

Como digo, no les recomiendo especialmente la película de Cruise para pasar la Semana Santa. Para estos días de la Pasión les invito a leer dos libros. Soldados de cerca de un tal Salamina (Comanegra) y El dinosaurio anotado (Alfaguara). Francisco Fuster me los ha prestado y la verdad es que le estoy muy agradecido. El primero, de Eduardo Fernández, recoge las pifias de los compradores de la Casa del Llibre, de Barcelona: como cualquiera de nosotros. Hay momentos en que trabucas un título, en que confundes editoriales, en que olvidas un autor. No es pereza: es creatividad insospechada del lector. Mezclamos lo sabido y lo desconocido, lo recordado con lo oído. El resultado es un repertorio de sincretismos, de títulos disparatados, de errores que en algunos casos mejoran los rótulos originales. Es una lectura recomendable y piadosa para estas fechas, pues nos rebaja la soberbia: ¿quién no ha cometido simpáticos deslices ante el librero?  No se culpen: no hagan penitencia.

El otro libro, el del dinosaurio, es difícil que lo puedan encontrar. Editada por Lauro Zavala para Alfaguara de México, la obra es una celebración del conocidísimo cuento de Augusto Monterroso. Ya saben cuál es. Paso a reproducirles íntegro dicho relato:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí“.

Ese minicuento (o microrrelato o minificción) ha suscitado numerosa literatura secundaria, una parte de la cual se reproduce en este volumen que, por lo que sé, el editor le remitió a su corresponsal valenciano: Francisco Fuster. He leído, pues, un auténtico regalo que lamentablemente la mayoría de ustedes no podrán disfrutar. ¿Por qué es un cuento tan célebre? Piensen bien en lo que se narra y en lo que no: el dato escondido, lo elidido, el espacio vacío, lo que precede o lo que seguirá, lo que ignoramos, en fin, son parte de las ambigüedades que nos obligan a leer dicho cuento una y otra vez. Eso es lo que hacen los comentaristas de El dinosaurio anotado

Ahora, si me permiten, les dejo. Regresaré el lunes 24 a poqueta nit. Caminado, descansado y bien leído.

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10.13.07

¿Vacaciones en Roma?

Posted in Variedades, Antropología at 15:51 por jserna

1. Gramsci

gramsci2.jpg

He estado unos días en Roma. He estado documentándome más y más sobre Antonio Gramsci, un autor extrañamente actual, interesante, clarividente y discutible.  He visitado la Via delle Botteghe Oscure, allá en donde estuvo la sede del PCI, allá en donde todavía se conserva la librería Rinascita. Regreso de Italia: mi maleta cargada con textos de y sobre Gramsci, documentos utilísimos para completar la edición y traducción del filósofo italiano que Anaclet Pons y yo tenemos prácticamente aviada (Qué es la cultura popular), textos que han de confirmar o corregir lo que ya tenemos escrito en la introducción. Lo interesante de este pensador comunista no es necesariamente lo que nos dice de su partido (que presenta como solución), sino su diagnóstico: el diagnóstico de una gran crisis histórica en la que el comunismo es un acontecimiento relevante, la manifestación clave de una conmoción universal. Estamos a principios del siglo XX, las masas irrumpen, son movilizadas, cobran protagonismo. El mundo cambia y se trastorna: por una parte, la Revolución de Octubre despierta la esperanza y el miedo; por otra, el capitalismo experimenta un avance mecánico y maquínico en un sociedad civil en la que la democracia es aún un anhelo mal definido. La cultura refinada y elitista del Ochocientos decae: el mundo de ayer concluye dejando paso a una sociedad popular y multitudinaria en la que se mezclan la tradición y la cultura de masas. Gramsci observa con gran perspicacia lo que está sucediendo, esa mixtura de lo viejo y de lo nuevo.

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2. Roman Holiday

romanholiday1.jpg

Pero también he estado en Roma por razones turísticas, a qué negarlo. No me gusta viajar, ya lo dije. Y como también dije con Claude Lévi-Strauss: “odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis exploraciones”. Eso me pasa, que me dispongo a relatar mis exploraciones, por otra parte previsibles y turísticas. Mi piace fare il turista…? Unos días en  Roma (era la segunda vez) y la verdad es que he disfrutado ‘facendo il turista‘. Buena compañía y arte inevitable. Uno no puede pasear por esa ciudad sin recordar a Audrey Hepburn y a Greogory Peck en Roman Holiday (1953). O, como se tituló en España: Vacaciones en Roma. Estar en esta ciudad-museo es visitar  pinacotecas con obras que nos interpelan desde hace siglos. En la Galleria Doria Pamhilij he estado durante cuarenta minutos observando el famoso retrato velazqueño dedicado a Inocencio X, del que ya hablé aquí. He estado apreciando las esculturas de Bernini en la Galleria Borghese, con esos mármoles traslúcidos que el artista convirtió en cuerpos de movimientos perfectos, con torsiones helicoidales: enroscados propiamente (El rapto de Proserpina).

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3. Calendario romano

calendariorromano.jpg

¿Bellos cuerpos? Roma es, a qué negarlo, algo más que un museo: es una ciudad insólita que siempre sorprende. El ruido y lo contradictorio lo invaden todo. Los romanos, elegantes y vulgares a un tiempo, se exhiben… Los dependientes de tiendas refinadísimas tienen fama de ásperos, incluso de desagradables, cosa que con frecuencia puede comprobarse. Las vespas y las restantes motocicletas –que son una sofisticación del ingenio italiano– petardean sin descanso por sus calles abarrotadas, hasta hacer insoportable la vida urbana, la vida civilizada. Los coches oficiales, con cristales tintados y con señales luminosas de color azul, se adueñan de las calzadas: a bordo viajan  grandes y pequeños mandamases, engreídos, ufanos, presurosos. Las masas turísticas ocupan –ocupamos– literalmente el espacio, asfixiándonos unos a otros. Los souvenirs repetitivos se amontonan en quioscos y en expositores: entre ellos, un calendario religioso, exactamente titulado Calendario romano. Cada hoja, cada mes, está precedido por imágenes sensuales: bellos curitas de lasciva o inocente mirada. Observen el cuarto sacerdote que cuya foto reproduzco. ¿Dirían que es un ingenuo clérigo? Nos mira directamente, con un punto de enfado. Tiene los ojos esquinados y la piel satinada (se diría que embreada): con un dirty chic enfático.

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3. Kubrick

kubrick.jpg

Pero Roma es algo más. Es el lugar en el que he visto una de las exposiciones más importantes de mi vida: la muestra sobre Stanley Kubrick, que he visitado morosamente. Estuve una mañana y una tarde casi enteras. He visto el casco original de Dave Bowman y el ojo de HAL 9000 (”Dave, what are you doing, Dave?“), los diseños futuristas con los que Vogue vistió a las azafatas de 2001;  he visto el hacha y la máquina de escribir de Jack Torrance (Jack Nicholson); he visto… ¿Sigo? No se lo pueden imaginar. Kubrick es para mí algo muy íntimo y personal, infantil y grandilocuente, algo que traté de expresar hace unos años cuando abordaba el análisis de Eyes Wide Shut.

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4. Hemeroteca

-”Memoria desnuda“, Levante-EMV, 15 de octubre de 2007

Artículo de JS sobre la vicisitud de Dionisio Ridruejo…

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09.18.07

Los medios y el delito

Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación at 7:59 por jserna

jaimegimenezarbesolitario.jpg

El lunes 17 de septiembre publiqué en Levante-EMV un artículo titulado “Retrato del villano“, sobre Jaime Giménez Arbe, alias El Solitario: sobre su imagen, sobre el aura mediática que le rodea… Al escribirlo me valía de ese libro titulado Fichados que aquí empleé meses atrás. Hoy leo en la prensa nuevas revelaciones sobre las actividades del presunto atracador. Creo que vale la pena releer lo que el lunes publiqué y lo que El País (José A. Hernández) o Abc (Ep) abordan otra vez y con nuevos datos. En uno u otro caso, el asunto es la imagen del ladron, el prestigio del ingenio criminal, la intuición del delincuente. Llevamos siglos con historias de atracadores que burlan el acoso de la policía, con cuentos en los que el las fechorías las comete un villano amigo del pueblo, con relatos en los que el olfato le salva de su captura. Pero llevamos años y años también con la moraleja finalmente establecida: el delincuente nunca triunfa. Creo que el  caso de El Solitario se presta a numerosas interpretaciones: tiene algo de literaria, algo de estrella mediática: una figura que dice emplear todo su ingenio para cometer trapacerías que ponen en jaque a la sociedad. Pero el presunto  delincuente es también un supuesto homicida al que se le atribuyen crímenes execrables, algo que rebaja sin duda su prestigio criminal.

Pensaba en todo esto y, por asociación, pensaba igualmente en la literatura policial del siglo XIX. La ciudad, esa ciudad industrial y multitudinaria a la que acuden tantos y tantos rústicos del Ochocientos. Es el ámbito del anonimato, el lugar en el que es más fácil parapetarse tras la semejante apariencia de las cosas y de las personas: los potentados parecen potentados y los obreros se asemejan a los obreros. Adoptar una indumentaria genérica sirve para pasar inadvertido… Por eso, la policía ha de mejorar sus métodos de pesquisa y, por ello, la figura egregia de Sherlock Holmes se alza como héroe tutelar en un medio urbano que es, literalmente, un bosque, con numerosos árboles, con abundante vegetación y con tumultuosa fauna que a todos confunden.

“–Considerándolo todo –dijo Holmes–, creo que su decisión es acertada. Tengo suficientes pruebas de que le están siguiendo en Londres, y entre los millones de habitantes de esta gran ciudad es difícil descubrir quiénes son esas personas o qué es lo que se proponen”.  Eso lo leemos en El sabueso de los Baskerville, al que he regresado en la edición reciente de Valdemar (2006).

O como, en otra página, le dice nuestro detective  a Watson cuando éste muestra indecisión a propósito de las lecciones o consecuencias a extraer:

“–¿No se le ocurre ninguna? Ya conoce mis métodos. Aplíquelos”. 

Ya conoce usted mi método: se basa en la observación de los detalles, de aquello aparentemente irrelevante que acaba siendo significativo. Es un método semiótico, basado en los síntomas o en las huellas, en los restos o en los atisbos. Así nos lo explicaron Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok en uno de los capítulos de El signo de los tresun libro-homenaje a Arthur Conan Doyle y  a Charles Sanders Pierce que organizaron Umberto Eco y Thomas A. Sebeok.

El delincuente, leemos en los relatos del siglo XIX, no pregona su imagen delictiva. Se vale de su aspecto anodino para emboscarse, efectivamente, tras su indumentaria repetida, su índole previsible. En principio no hay nada en él que delate su condición, pero el detective es como un médico que distingue los síntomas gracias a su experiencia clínica. O es como un microhistoriador que sabe rastrear entre documentos inertes que no parecen tener sentido ni conexión (así lo dijo Carlo Ginzburg). El observador ve algo que desentona, algo que sobresale: un punctum que rasca, que hiere la vista, que atrae la atención de quien está entrenado para ver y discernir. Pero ese rasgo aparentemente extraño o incoherente ha de ser objeto de hipótesis. Conan Doyle lo dejó dicho: primero, las hipótesis lógicas; sólo al cierre, cuando no hay interpretación convincente, lo sobrenatural. Sorprendentemente, el autor de Sherlock Holmes se dejó atrapar por el espiritismo. Así lo revela en sus memorias. El gran detective jamás lo hubiera hecho. Holmes no se resignaba a las conjeturas infundadas o a la influencia de los fantasmas (a pesar de la gran tradición británica de ghost romance): como uno de sus personajes, tampoco el investigador quería caer de lleno en plena novela barata. En efecto, “Holmes no prestaría atención a tales fantasías, y yo soy su ayudante”, dice Watson en otra página de El sabueso de los Baskerville. De lo que se trata, en todo caso, es de dar con el criminal, insertando su acción en un relato coherente en el que cada uno tenga  su papel…

Releo esta novela de Conand Doyle (que leí por vez primera en la menesterosa colección de RTV a comienzos de los 70) y confirmo las virtudes del relato clásico. La Inglaterra victoriana es el escenario de una lucha por la propiedad, por una herencia de siglos. La continuidad histórica no ha alterado el poder terrateniente, que subsiste en plena sociedad capitalista, como también sobreviven sus tradiciones y leyendas. De una de ellas espera servirse un segundón dinástico para quedarse con la fortuna que viene del siglo XVII. En esta novela, Conan Doyle narra los delitos en el Ochocientos valiéndose del folclore tradicional. Es un cuento de crimen y castigo, de reparación, un cuento de presuntos fantasmas.

Regreso a El solitario, a su tratamiento mediático. ¿Y qué encuentro? Una novela barata, diría el personaje de Conan Doyle. ¿De fantasmas o de fantasmones? Relean, conmigo, cómo acaba José A. Hernández su crónica para El País: “Utilizaba crema Nivea tras los atracos para suavizar sus grandes manos, que se tapaba con esparadrapo para no dejar huellas dactilares allí donde pudiese tocar. A su novia de Brasil le preguntó, ante de viajar a Figueira, como se decía en portugués ‘esto es un atraco’. Lo quería saber para que le entendiesen adecuadamente. Jiménez Arbe lo tenía todo planificado. Sólo se le escapó pensar que ya podía estar bajo la lupa de la policía. Una vez detenido, tardó en comprender que aquel había sido su último atraco“. ¿Quién es el autor de esa frase…, José A. Hernández? No me digan que no es el final de un folletín del Ochocientos. Sólo un reparo: si los dedos están forrados con esparadrapo, entonces no hay huellas; y si no hay huellas, la lupa de la policía no puede distinguir atisbo alguno. Entonces, ¿para qué y por qué El Solitario nos muestra su dedo (o su huella) en la foto superior? No sé: parece estar en una novela del siglo XIX. En cambio, en el siglo XXI nos las vemos con el CSI…

Ahora bien, dicho esto, me doy cuenta de que regresamos a la ficción.

Uf.

Fin.

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Atención: Nuevo post el viernes 21 de septiembre, a poqueta nit… 

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07.16.07

Fiesta, vacación y colación

Posted in Antropología at 19:59 por jserna

piccolacolazione2.jpg

Volvemos el 3 de septiembre…

0. Hemeroteca del verano

FEN

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-El Espíritu Nacional,

artículo de JS en Levante-EMV, 20 de julio de 2007

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Abuelos

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-El olvido de los abuelos,

artículo de JS en Levante-EMV, 27 de julio de 2007

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Ciutadans

ciudadanos.jpg 

-La crisis de Ciutadans,

anticipada en este blog hace un año (julio de 2006)

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Umbral

umbral.jpg

-La vida de Francisco Umbral. Su muerte (agosto de 2007).

Conversación con Anna Caballé, su biógrafa (febrero de 2005)

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1. Fiesta, vacación y colación

En la mesa redonda que compartí el jueves 12 de julio en Gandía, los comparecientes hablamos de Ciudadanía, de lo que significa y de lo que implica. Un asunto colateral que despertó gran  interés  fue el de las normas. Lo planteó expresamente Marina Subirats. Otros de los temas abordados que, igualmente, suscitó atención entre el multitudinario público presente fue el de los ritos, los ritos civiles que facilitan y ordenan la integración del individuo en la sociedad. Lo desarrolló Fernando Delgado. Entre  normas y  ritos, los presentes acabamos hablando de la fiesta. Las fiestas populares son una manifestación periódica en la que los ciudadanos expresan su contento y su deseo de colectividad, de continuidad, de proximidad. En su sentido más extremo y antiguo, el regocijo público –que así se llamaba tiempo atrás– es un alivio  del orden, del trabajo, de la obligación.  En efecto, las fiestas populares son inversión y burla, farsa y humor: sátiras contra los poderosos y celebración de lo material, de lo carnal y, a la postre, también de lo espiritual. El Carnaval, por ejemplo, era eso: un modo expresivo y excesivo de dar la vuelta a las cosas, de invertir el mundo; una manera periódica y breve de alterar los valores, de aceptar provisionalmente el caos, de multiplicar la comunicación y el ruido. Todo a una.

Cuando los poderes perseguían, restringían, oprimían, internaban o ejecutaban, las fiestas populares eran un  paréntesis de alivio en el que se consentían algunos excesos, un tiempo breve en el que hacer manifiestas la alegría vecinal o la furia, la risa satírica y el poder corrosivo de los menesterosos. En teoría, el único precepto que se seguía en una manifestación reglada por ritos era éste: fuera normas… ¿Qué es lo que sucede hoy, en nuestros tiempos permisivos e hipermodernos? En muchos casos, las fiestas populares se han convertido en la excusa para que el exceso injustificado se exprese, para que algunos brutos se manifiesten rompiendo materialmente lo propio y lo ajeno, para que algunos se entreguen a un libramiento destructivo con desenfreno impenitente. Por supuesto, en las fiestas siempre estuvo ese sentido de brutalidad: eran incluso bestiales, pues el vandalismo es una forma de expresar lo reprimido, lo que necesita escape o paliativo. Sin embargo, en la sociedad permisiva y democrática de nuestros días, el vandalismo no es necesariamente la manifestación de los humildes: muy frecuentemente es la licencia que se da el individuo bronco y ordinario.

Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso. Decía Marina Subirats que el espacio público está lleno, que sólo hay que pasearse por las calles de Barcelona para comprobar la densidad que rebasa las aceras. No es sólo una realidad tangible: es una metáfora de nuestro tiempo. Ya Ortega y Gasset dijo en una página de su obra que el hecho de las aglomeraciones es el fenómeno más importante de la vida pública europea de la hora actual. “La aglomeración, el lleno, no era antes frecuente”, reconocía Ortega.  Ahora lo es y su evidencia se ha hecho presente bajo la forma de la masa físicamente reunida, de las muchedumbres apiñadas en veredas y calzadas. ¿Alguien imagina a esa multitud agitada, con un estrépito de petardos y de decibelios verbeneros? Lo normal es que la minoría silenciosa se proteja en el interior, sellando puertas, atrancando ventanas, esperando, pues, el fin del ruido municipal.  Siento acabar la temporada así, con este malhumor individualista y tan poco jaranero…, que nada tiene que ver con el fin de curso de 2006, cuando me despedía sin hosquedad.   

Para mí, lo deseable no es la murga non stop que nos prometen, sino la fiesta privada y silenciosa. Lo siento, pero no me convencerán: espero y anhelo la vacación non stop, el relax, esos desayunos largos y fresquitos. Ya sé que esto no es posible y que hay un septiembre de regreso y obligación, pero el Infierno es lo más parecido a un largo domingo de invierno o, mejor, a una fiesta municipal inacabable. Aquí, yo no les prometo fiesta atronadora: sólo confraternización y debate y comensalismo intelectual. Decía Albert O. Hirschman que cuando preparamos un piscolabis  entre amigos el esfuerzo se confunde con el placer, la dedicación con el resultado, la ventaja con el empeño y los prolegómenos. Una vez nos hemos zampado las galletitas y los zumos queda una sensación de hartazón, de hastío…, pero todos recordamos lo bien que lo pasábamos cuando no estaba la mesa puesta, cuando los cubiertos no estaban dispuestos, cuando las tazas no estaban alineadas. Es nuestra fiesta particular, sin estrépito de verbenas ni pólvora de agresión. Aquí, en este blog, nos sentamos a una mesa en cuyo centro se exponen las viandas, unas viandas más o menos apetitosas y frescas que cada uno elaborará a su antojo. Hay exquisiteces, frutas de estación y hay refritos; hay platos sencillos  y hay  bocados deliciosos y alguno indigesto (recuerden a Curri Valenzuela). Ustedes, los lectores fieles y minuciosos, no se limitan a comer, sino que también cocinan lo suyo. No nos merecemos otra cosa: nos dispensamos mutuamente una pequeña colación intelectual. Buen provecho y gracias… 

Como dicen los italianos: ci vediamo el 3 de septiembre.

——————-

2. Lecturas y relecturas de verano

–Relectura de Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)

Ojos de Papel, 4 de julio de 2007 

Lectura de Días de diario (Antonio Muñoz Molina)

Ojos de Papel, 1 de junio de 2007

–Lectura de Hoy, Júpiter (Luis Landero)

Ojos de Papel, 1 de mayo de 2007

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07.01.07

¿La cara del monstruo?

Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación, terrorismo at 9:17 por jserna

alcapone.jpg

El terrorismo es un acto de violencia –una explosión, un disparo, un secuestro, etcétera– que provoca consecuencias inmediatas: daña, hiere o mata a personas que eran objetivos de una organización; daña, hiere o mata a individuos que pasaban por allí, viéndose por ello afectados. Gracias a las películas y a las series americanas, sabemos que el espacio en que se ejecuta la acción se denomina  escena del crimen. Lo llamamos así, en traducción directa del inglés, y esa expresión revela indirectamente uno de los sentidos del acto violento: agigantar el efecto, atraer la atención de un público vasto, muy vasto, que no necesariamente está presente.

El terrorismo necesita muertos y heridos, dañados y amenazados, pero necesita sobre todo damnificados indirectos o potenciales: espectadores que alteran su vida cotidiana para interesarse por lo sucedido, para echar un vistazo a los rostros de los detenidos; espectadores que se dejan impresionar por la violencia, que es muy llamativa; espectadores que son o se sienten víctimas vicarias y eventuales gracias a las ondas expansivas de los mass media. La televisión y los periódicos cuentan lo que sucede, pero lo cuentan particularmente cuando los hechos narrados rompen las expectativas y lo ordinario, creándonos con ello una realidad sobrevenida o sobreañadida. Es entonces cuando el ciudadano se siente imantado: busca la noticia en el periódico (generalmente ilustrada con alguna instantánea del acontecimiento), leyendo, confirmando, averiguando. También es entonces cuando el espectador escruta las imágenes y escucha las voces de las víctimas y de los victimarios, de los vecinos, de los expertos y del gran público que, como nosotros, poco sabe pero mucho puede expresar con sus sentimientos revelados.

Detienen a presuntos terroristas, se celebran juicios, y lo primero que hacemos es contemplar su rostro en pantalla…, o su fotografía policial. Esas imágenes no han sido captadas de cualquier manera, no son casuales, por supuesto: responden a unos cánones establecidos, a unas poses específicas y a unas indumentarias previsibles. En el libro Fichados (Alba), Giacomo Papi reconstruye la historia de la fotografía identificativa a través de trescientos y pico rostros retratados, gentes conocidas que fueron sorprendidas cometiendo un presunto delito, gentes desconocidas que después lograron celebridad como artistas o como asesinos o, en fin, gentes anónimas que sólo formaron parte del submundo del crimen, de las sentinas del horror. Uno de los más famosos, Al Capone

Todo empieza hacia 1848, con los daguerrotipos de una prostituta y de un ladrón, técnica después  reemplazada por la fotografía en papel. Retratados de frente y de perfil para que así la cara manifieste su detenida normalidad, para que así exprese todo de lo que ha sido capaz el arrestado. Las imágenes más antiguas que registra el libro nos muestran a individuos temerosos, sorprendidos, algo ajenos y extrañados. Uno supone la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra, el desconcierto de lo venidero, la falta de experiencia. Captar el rostro, pues. ¿Pero cuál, en qué estado? “La cara es móvil, tiene mil expresiones”, añade Papi. “¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?”, insiste.

En principio, en el Ochocientos, el retrato policial ha  de evitar las asperezas y el nerviosismo, esos tics o recursos que convierten al arrestado “en un improvisado transformista de la mímica de su rostro”, según decía Umberto Ellero, de la policía de Turín. De lo que se trata es de congelar la normalidad presunta, de captar con naturalidad, que es lo mismo que la inexpresividad, algo también propio del mundo burgués de entonces. Sin embargo, muchas décadas después, ya en nuestro tiempo, los rostros retratados los vemos  ”cada vez menos extrañados, cada vez menos culpables, cada vez más seguros de sí mismos”, dice Giacomo Papi. Cada vez más desafiantes: tal vez sabedores de que serán vistos y reconocidos por miles, qué digo miles, por millones de espectadores, el colmo del éxito en la sociedad de masas.

Eso es precisamente lo que nos sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de presuntos terroristas buscados o detenidos: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos. Su indumentaria corrobora una identificación, una uniformidad, una banda; con un cultivo expreso del feísmo adolescente y atronador entre los bárbaros del Norte. Esas imágenes nos los muestran arrogantes, enfrentando el objetivo de la cámara con chulesca expresión. Bien es verdad que si la foto es de un fichado policial, éste no podrá hacernos sarcasmo o burla, pero aun así veremos en sus ojos un destello de jactancia, de atrevimiento. Aunque lo grave es que, si nos fijamos bien, esa imagen generalmente no nos devuelve la cara de un monstruo, sino el rostro de un tipo banal.  Como el de cada uno de nosotros. “Cuatro detenidos por los atentados frustrado en Londres y Glasgow“, leo en la prensa del día 1 de julio e inmediatamente me veo buscando las fotos de los arrestados. No las encuentro, de momento, y experimento una desazón imprecisa: noto una frustración de espectador. Y sí, así es: en cuanto se hagan públicas, pronto me apresuraré a escrutar las fotografías policiales. ¿Confirmando qué?

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05.25.07

Elecciones y corrupciones

Posted in Antropología, Corrupción, Valencia, Democracia, Historia at 9:16 por jserna

ladrillos.jpg

0. Hay que votar…

La cabellera y los cuatreros (Frente al voto en blanco postulado por Fernando Savater).

Artículo de JS en Levante-EMV, 25 de mayo de 2007.

 

 1. Donaciones, regalos

El ideal de la humanidad es que a cada uno se le tome como fin, no como medio. Indudablemente, ese noble objetivo no lo cumplimos siempre en nuestras relaciones sociales. Hay individuos para quienes sólo somos instrumentos o medios (y debe ser así, al menos en determinadas circunstancias): sabes que un funcionario o un representante político son personas, por supuesto; sabes que tienen unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos es meramente instrumental. De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo. Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación…

En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas. En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, quienes tienen esos tratos impersonales con nosotros, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas.  Y punto. Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas. Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores. Dicen que el vicepresidente de la Diputación de Castellón ha incrementado su patrimonio gracias a donaciones de todo tipo. O dicen que, al menos, habría escriturado las nuevas propiedades bajo la fórmula de la donación para pagar menos a Hacienda. El representante político lo niega. No me interesa si esa figura legal esconde o no compraventas o algo peor. Me interesa dicha palabra: donación…

Hace muchos años, el sociólogo Marcel Mauss escribió un Ensayo sobre el don. Estudiaba el funcionamiento y el significado de los regalos. En la vida privada, un presente se ofrece para mantener, mejorar o facilitar nuestras relaciones, para aliviar los malentendidos o encontronazos, para favorecer nuestros intercambios, para suspender unas hostilidades: los regalos circulan, facilitan la irrigación social, afianzan la paz entre individuos o grupos potencialmente adversarios o rivales, crean o refuerzan amistades, premian a los próximos. En principio, donar presentes es gratuito: en el sentido de que regalamos porque queremos y quien recibe el obsequio no nos abona en metálico una suma con la que costear ese dispendio. ¿Gratuito? Lo que pudo observar Mauss es que el regalo establece en realidad un servicio obligatorio. Cuando obsequiamos a alguien con un presente y éste lo acepta, entonces se crea entre nosotros un sistema invisible, pero real, de prescripciones, de obligaciones: una red de prestaciones y contraprestaciones que para funcionar implica devolución proporcionada, equivalente. Piénsese, por ejemplo, que la lógica de funcionamiento de la Mafia o de la Camorra son de esta índole: desde el siglo XIX reparten servicios como si de obsequios se tratara con el fin de suplantar al Estado, de cubrir sus carencias, enredando a sus favorecidos en una obligación criminal.

En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera. En realida, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente y, como indicara Mauss al hablar del don, queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.

Es curioso, releo lo escrito y, como días atrás, creo regresar al siglo XIX, a la época del Cossi en Castellón o a la época de Joaquín Costa 

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12.29.06

La Meca, otra vez. La muerte

Posted in Muerte, Antropología, Religión at 9:33 por jserna

 meca.jpg 

29 de diciembre

Leo en un despacho de la Agencia Efe que “cerca de tres millones de musulmanes de todo el planeta han comenzado el rito de la peregrinación o Hach en la ciudad sagrada saudí de La Meca, que este viernes llegará a su clímax cuando suban al monte Arafat. Con el unánime grito de Labbaik allahumma labbaik (Aquí estoy, Señor), los fieles se han dirigido a la localidad de Mina, en La Meca, donde pasarán el día y la noche dedicados al rezo, la meditación y el recogimiento. Todos ellos habían dado siete vueltas alrededor de la Kaaba, un edificio cúbico construido por Abraham, según la tradición islámica, hacia donde los musulmanes de todo el mundo dirigen sus cinco plegarias diarias”.

Hace doce meses, por estas mismas fechas, leí otro despacho de la agencia Efe, especialmente aterrador: “la sagrada peregrinación a La Meca (Arabia Saudí), que los musulmanes deben realizar al menos una vez en la vida, volvió a teñirse ayer de sangre y muerte entre los más de 2,5 millones de personas que han acudido este año a celebrarla. Al menos 345 fieles murieron en una nueva avalancha ocurrida en el puente de Yamarat. Abarrotado de peregrinos, este puente, desde el que las multitudes apedrean al diablo –representado en tres grandes pilares–, se convierte anualmente en una trampa en la que pierden la vida centenares de musulmanes. Según el ministro saudí de Sanidad, Hamid Ben Abdalá al Manei, además de los muertos hay 289 heridos. El ministro indicó que la razón de la estampida fue el intento de algunos peregrinos de recuperar sus equipajes, caídos al suelo. Desoyendo la prohibición, numerosos fieles se acercaban cargados al puente para cumplir con el ritual conocido como la lapidación de las tres columnas de Satán”. 

En esta ocasión, los responsables políticos del lugar prometen mayor cuidado y atención con el fin de evitar avalanchas y muertes. “Para que no haya ningún tipo de incidentes”, precisa Efe, “las autoridades saudíes han desplegado este año un importante dispositivo de seguridad y varios agentes se encargarán de ordenar el tráfico de vehículos y personas hacia el monte Arafat. Entre las autoridades saudíes existe un especial temor de que las habituales aglomeraciones que se ocasionan en la subida a este famoso monte ocasionen alguna tragedia. Por eso el Gobierno saudí ha elaborado un plan de acción que prevé la presencia de noventa ambulancias y numeroso personal especializado en casos de emergencia” 

Lamentablemente, tarde o temprano, avalanchas y muertes se producirán. El propio sentido cíclico de la celebración parece forzar los hechos, unas aglomeraciones que desde antiguo reúnen a millones de personas para las que aquel roce físico es o forma parte de la expresión de su religiosidad. ¿Podría interpretarse lo que ocurre en La Meca a partir de Elias Canetti? ¿Podemos leer ese comportamiento multitudinario con el auxilio de Masa y poder?, me preguntaba hace doce meses. El sentido cíclico de la celebración religiosa invita a volver sobre los mismos argumentos.  

Propia de la muchedumbre es la descarga, ese alivio de los diferentes que así pueden sentirse iguales, ataviados incluso con prendas del mismo color. Característica de la multitud es también la densidad, ese apretujamiento en el que apenas queda espacio libre entre los cuerpos. No es excepcional: es lo deseable de la masa concentrada, una masa en la que cada uno se encuentra tan próximo al otro como a sí mismo, lo que produce un gran descanso emocional, esos momentos de felicidad en que la identidad se descarga en los otros indiferenciados. Pero la muchedumbre puede alborotarse, inducida por ejemplo por un clérigo levantisco que reclama obediencia o lucha (la marcha al frente o el regreso a la guerra), o simplemente puede alterarse hasta el delirio provocada por un obstáculo, por un estallido eventual, por el pánico.

“El pánico es una desintegración de la masa ‘dentro’ de la masa”, dice Canetti. “El individuo quiere abandonarla y escapar de ella, que está amenazada en cuanto totalidad. Pero como aún se halla físicamente en su interior, debe arremeter contra ella. Entregársele entonces sería su perdición, ya que la masa misma está amenazada. En un momento así, nunca podrá acentuar suficientemente su individualidad. Sus golpes y empellones tienen su réplica en otros golpes y empellones”. De ese modo, lo que antes fue comunión de los cuerpos y préstamo gozoso de fluidos es ahora literalmente pánico, “la lucha de cada uno contra todos los que se interpongan en su camino”, una lucha en la que el individuo vive cualquier contacto con una parte de su cuerpo como algo hostil que lo lacera, que lo mata. 

Elias Canetti tiene páginas muy esclarecedoras sobre la peregrinación a La Meca, sobre las formas que adopta la muchedumbre en la ciudad santa. “En este caso se trata de una masa ‘lenta’, que se va formando gradualmente por la afluencia de fieles de todos los países del mundo. Según la distancia que el fiel deba recorrer para llegar a La Meca, tardará semanas, meses o incluso años. La obligación de hacer este viaje al menos una vez en la vida repercute sobre toda la existencia terrenal del hombre”. La muchedumbre de los peregrinos es pacífica y se empeña única y exclusivamente en conseguir dicha meta. “No es tarea suya someter infieles, sólo debe llegar al lugar señalado y haber estado allí”. 

“Se considera un milagro muy especial el que una ciudad del tamaño de La Meca pueda acoger a los innumerables grupos de peregrinos”, señala Canetti. Siempre se ha hablado con admiración o con duda del peculiar “ensanchamiento” que registraría la ciudad y sus llanuras para albergar masas tan gigantescas. Cabría incluso compararla con un útero, añade Canetti, pues “puede hacerse más pequeño o más grande según el tamaño del embrión que contenga”. El momento más significativo de la peregrinación es la jornada en la llanura de Arafat: setecientos mil hombres han de estar allí reunidos. “Lo que falte para completar dicho número es completado por ángeles que se mezclan entre la gente sin ser vistos”. 

Este espectáculo, ahora retransmitido al mundo entero, lo constituye una masa aparentemente retenida. La retención móvil forma una multitud compacta en la que cualquier acto libre es del todo imposible. Su estado tiene algo de pasivo, de espera… Los fieles esperan a un predicador que les dirija un sermón en el que alabar ininterrumpidamente a Dios. Antes que nada, en dicha masa importa la densidad, esa presión que se siente por todos los lados, ese leve pero irrefrenable oleaje, que es físico, pero también interior, gracias al cual el fiel se disuelve y su cuerpo entra en comunión con los fluidos y con las epidermis de los otros peregrinos. Los fieles allí reunidos forman también una masa lenta. La muchedumbre avanza con perseverancia hacia un objetivo que es inamovible, y en el trayecto todos han de permanecer juntos bajo cualquier circunstancia. O, podríamos decirlo en términos metafóricos, los propios de Canetti: ese lento avance es una marcha alimentada por los arroyos humanos que han desembocado allí hasta formar “un gran cauce, cuya meta es el mar (…), esa llanura de La Meca. 

Por eso, cualquier dique produce fatales consecuencias. O, como precisaba el viejo despacho de Efe, “algunos equipajes cayeron al suelo –según los testigos y las autoridades saudíes– y los peregrinos, al detener su marcha para recogerlos, hicieron tropezar a los que venían detrás, y éstos a los siguientes, convirtiendo el puente en una trampa mortal”. Es decir, aquella confluencia de arroyos que llevaban a La Meca acabó por convertirse en una red fluvial de torrentes bravíos que anegaba al individuo. En este caso, las metáforas no sirven más que para dar significado a lo que de entrada carece de sentido: la muerte, la muerte multitudinaria, el fin colectivo. 

¿Dónde estaban los ángeles que se mezclaban entre la gente sin ser vistos? Esperemos que este año los espíritus celestiales y los agentes terrenales tengan mayor cuidado de la feligresía.

La noticia en El Mundo, en El País.

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                              Condena a muerte de Sadam Husseim                   

              Ejecutado (Léalo en el despacho de Efe aquí) 30 de diciembre 

                                      Qué decir.    Léalo en este blog

                             sadam2.jpg                 sadam1.jpg

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La tetera de Irak

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Artículo de Justo Serna “Vacía tu mente”, en Levante-EMV.

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La Meca, 3 de enero de 2007:  Un alivio, al parecer…

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12.06.06

¿El hombre feroz?

Posted in Antropología, psicoanálisis, Cine, La felicidad de leer at 0:31 por jserna

caperucita.jpg  6-10 de diciembre de 2006

¿Hablamos de hombres-lobo? No, no crean que la figura del licántropo es sólo un personaje antiguo, propio de culturas arcaicas aquejadas de atavismos. Es también un carácter de nuestros días: gente que muda de piel y que se deja dominar por sus instintos, por el influjo dañino de la Luna. O gente patética que es recreada en novelas recientes. Me refiero a La noche del lobo, de Javier Tomeo.   En este escritor, los animales suelen desempeñar papeles estelares o parlanchines, al modo de las viejas fábulas. Pero, en Tomeo, lo más significativo no es eso. Lo propio de este autor es idear mundos con individuos que se sienten como animales (como fieras), o a quienes el lector acaba viendo como monstruos (como bestias). La última novela que de él he leído y que les recomiendo como insano divertimento para estos días de Puente es precisamente esa que citaba: La noche del lobo. 

El lobo es una figura muy interesante de la cultura occidental: tan interesante como para que la rodee un ambiente de mito y de leyenda. A él se le han dedicado cuentos y de él se ha destacado su rapiña: su temible ferocidad. Destruye haciendas, devora rebaños enteros y con Caperucita…, pues con Caperucita quiere tener trato carnal. El lobo feroz se embosca, se oculta, vive en la oscuridad y acecha para nuestro horror y para nuestra perdición. Pero no es del lobo exactamente de quien quiero hablar, sino de un pariente cercano: del licántropo. 

Qué tristeza la suya. La del licántropo, me refiero. Por un lado, los hombres-lobo nos producen instintiva repulsión. Nos provocan rechazo porque son el fruto insólito de una dentellada o de una cópula bestial, porque son híbridos antinaturales, compuestos informes; pero sobre todo porque su apariencia extraña, inaudita, parece revelar la perversidad de su alma menoscabada, sin interlocutor. ¿A qué se debe su ferocidad lunática, esa ferocidad que, por ser hombre, es maldad? El licántropo es un humano monstruoso, desamparado, sin identidad definida ni estable, un humano que experimenta una metamorfosis con la Luna llena, un ser que da aullidos de soledad y que mata provocando dolor gratuito. Es la suya una doble naturaleza, mitad hombre, mitad bestia, y eso, esa aleación incongruente, nos repugna, pues atenta contra el buen sentido y el orden natural, contra la sensatez y la estabilidad previsible de las cosas. El género de terror hizo suyo este miedo ancestral al híbrido, al monstruo, a la metamorfosis, porque ese cambio de naturaleza explicaría los instintos más dañinos, la propensión a infligir mal que anida en nuestra alma. Pulsión de muerte, la llamó Freud.  

Pero, al margen del dolor, la simple visión del híbrido produce espanto, precisamente porque nos enfrenta a una personalidad maleable, cambiante, de índole confusa: a un ser indefinible. Hay en él una disolución del yo y una confusión entre partes incompatibles. Los relatos clásicos que recrean la figura del hombre-lobo atribuyen esa condición a grupos muy diversos. A los húngaros-transilvanos, por ejemplo. Pero también a los normandos, a los pieles rojas, a los galeses, a los cárpatos. Etcétera. Es decir, a toda etnia que despierte algún tipo de sospecha, a todo grupo al que se adjudiquen características insólitas. Aunque es un personaje muy varonil –al fin y al cabo, a su repulsivo hermano, el lobo feroz , le gustan las niñas–, hay relatos en que adopta el perfil de una mujer maligna: en esos casos, claramente emparentada con la zorra de los cuentos.

De todas las narraciones de hombres-lobo que recuerdo haber leído, una de las mejores es El Campamento del lobo, de Algernon Blackwood, extraído de la serie de John Silence. Es un relato evidentemente alegórico, como suelen ser los mejores del género y su moraleja es muy edificante. En cada uno de nosotros hay un cuerpo fluido (o un Doble) en el que tienen asiento nuestras pasiones, nuestros deseos. Mientras está sofrenado y unido al cuerpo físico no hay peligro. Pero si se relajan los lazos de la civilización, del control y de la contención, ese cuerpo fluido puede proyectase fuera. ¿Qué ha de ocurrir para que tal eventualidad se cumpla? Un deseo fuerte, irreprimible, que quede sin satisfacer. Si por nuestras venas corre, además, sangre salvaje (de un piel roja, por ejemplo), la explosión libidinal es segura y nos convertiremos en una fiera, en un hombre-lobo, por ejemplo. Etcétera, etcétera. Admitirán que la historia del británico Algernon Blackwood tiene evidentes resonancias freudianas, ecos que yo no fuerzo, sino que están en un tiempo, 1908, en que el psicoanálisis comenzaba a ser ya la “peste” que se extendía (en palabras de su creador).  

Pero ya no estamos a comienzos del XX, sino en los inicios del XXI, y la recreación del hombre-lobo ha de contar con el siglo transcurrido. Ya no vivimos en la época posvictoriana, sino en un tiempo más descreído en el que nadie ha salido indemne de las atrocidades vividas en la pasada centuria. Por eso, el licántropo que protagoniza La noche del lobo, de Javier Tomeo,  es enternecedor. Se esfuerza por ser el hombre-lobo y admite el influjo que la Luna ejerce sobre él. Pero es un tipo que sólo inspira compasión: una torcedura del tobillo le deja tirado en una carretera del extrarradio, donde coincidirá con otro accidentado. Ambos padecen soledad y miedo, pero a la vez son tremendamente parlanchines (como suelen serlo los monstruos de Tomeo), creyendo que con el bla-bla-bla podrán reparar su daño o rellenar su propio vacío risible y conmovedor. Más aún, ¿desde cuándo un licántropo puede llamarse Macario? ¿A quién puede asustar? Si, además, ese hombre-lobo está desdentado, ¿a quién morderá?  

El género literario y el género… masculino ya no dan para más. Leyendo la novela de Tomeo me acordaba por supuesto de la tradición del licántropo, pero no de las grandes fieras que la pueblan, sino de otras bestias, aquellas de maquillaje menesteroso  que encarnara Jacinto Molina, alias Paul Naschy. ¿Recuerdan sus películas españolas, las de los años setenta? La verdad es que, antes de leer a algunos clásicos góticos, yo me inicié con aquellos films pobretones de licántropos. No sé si daban miedo o nos provocaban una inmensa piedad. Con el Macario de Tomeo me pasa lo mismo. Pero lean, lean: ¿no les pica la curiosidad? Déjense morder y ya me dirán.   

paulnaschy.jpg 

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Hemeroteca: 

–Grand Tour anunciado en Levante-EMV

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11.25.06

Clifford Geertz, in memoriam

Posted in Breves, Antropología, Historia at 12:33 por jserna

geertz1.gif  A Clifford Geertz le debo muchas cosas, muchas cosas aprendidas. Mirar el mundo, no darlo por supuesto, sentirlo extraño:  y, a la vez, mirarlo con intención de iluminar ese fragmento, ese trozo de realidad siempre parcial, una respuesta local en el que se distinguen inquietudes o preguntas universales. Su célebre estudio sobre la Pelea de Gallos en Bali (la teatralización del espacio, la dramatización de los comportamientos, la ritualización de las  relaciones…). Esa enseñanza –que hoy nos parece obvia— es una lección que Geertz difundió a principios de los años setenta. La antropología se benefició de sus  hallazgos, que eran sobre todo modos de examinar lo aparentemente obvio o lo aparentemente raro. Las cosas no son tan extrañas ni son tan evidentes. El mundo es un espacio denso que puede ser descrito, lleno de convenciones, de claves, que los individuos deben aprender a descifrar para poder intervenir. Este énfasis en el significado fue un legado que Geertz aprendió de Max Weber. Y de ambos llegó a mí, el penúltimo epígono. Nunca podré  agradecer suficientemente esas enseñanzas, modos de averiguar cuáles son los valores con que se rigen nuestros antepasados o cuál es la axiología con que nos conducimos hoy, aquí o en Bali. Es probable que a muchos les resulte desconocido, pero Clifford Geertz es, probablemente, uno de los etnólogos de los que más podemos  aprender, además de abastecernos con su guasa e ironía. ¿Por qué no buscan sus libros? Me lo agradecerán. Que se haya muerto no significa que no estén vivas sus enseñanzas. No me resigno, no. Tenía la edad de mi padre. La misma.

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Ensayo de JS sobre Clifford Geertz

Artículo de JS en Levante-EMV (Posdata) sobre la muerte de Clifford Geertz
 

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Otras referencias a la obra y a la muerte de Clifford Geertz:

-Tapera 

-ComuniSfera

-Jornalismo e Comunicaçao

-Jeff Weintraub

-Princeton University 

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Con esta entrada de hoy  iniciamos una nueva etapa en la bitácora. Habrá días con comentarios  extensos, como esos largos artículos a los que les tengo habituados, y habrá días de observaciones breves y frecuentes, varias –incluso– en una misma jornada, según lo requiera la actualidad y las sugerencias de lo que pasa… Iremos acostumbrándonos.

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11.24.06

Enterrado vivo…

Posted in Antropología, Historia at 8:39 por jserna

cementeriogotico.jpg  Uno de los rasgos más evidentes de nuestro estado de ánimo es el miedo difuso, el pánico que provocan las informaciones constantes sobre atentados espantosos cometidos aquí y allá. La presencia del terror retransmitido globalmente hace que seamos damnificados mediáticos, hace que nos sintamos víctimas de una intimidación:  varios terroristas son capaces de provocar más de ciento sesenta muertos accionando su detonador o inmolándose, como así sucedió el jueves en Bagdad; las ciudades occidentales mejor protegidas han sido sacudidas por el espanto de las explosiones. En unos u otros casos, sigue siendo la figura del terrorista suicida aquello que más amedrenta, aquello que anonada. Tanto es así, que al terrorista que obra de esa manera se le ha llamado nihilista… Días atrás, la prensa recogía la presencia de Joanna Bourke en Barcelona para participar en un ciclo organizado por el Centro de Cultura Contemporánea de aquella capital. ¿El motivo del encuentro? El mundo después del 11-S. Por ser la autora de un volumen titulado El miedo: una historia cultural, que estoy deseando leer, me interesó la entrevista que la investigadora concedió a Jacinto Antón. Hablaba de los pánicos medievales y de los temores contemporáneos, de emociones ancestrales, pavores o sobresaltos algunos de los cuales se remontan a la infancia del hombre. De todas los terrores enumerados me interesó vivamente el miedo al enterramiento prematuro. Leo: 

“En el siglo XIX el miedo dominante era el miedo a la muerte súbita, a morir de manera inesperada, sin preparación. Ahora es al contrario: el miedo mayor es a permanecer mucho tiempo en tránsito. En el XIX no se temía, como en nuestra época, al dolor que antecede a la muerte, el dolor al morir era incluso algo positivo, era algo expiatorio. Hay otros miedos pasados que nos sorprenden: entre 1870 y 1910 se tenía un pánico absoluto al entierro prematuro, a que te sepultaran vivo. Eso era lo peor de todo. Hasta el punto de que para conjurar ese miedo se inventaron nuevos métodos y hasta aparecieron nuevos profesionales que te garantizaban que al morir estarías indiscutiblemente muerto…” 

El entierro prematuro…, qué gran relato de Edgar Allan Poe. La primera vez que conocí esa historia no fue porque la leyera, sino porque se me leyó: a los catorce años, en la montaña de Alicante, en un casa de campo semiabandonada en la que pernoctábamos varios muchachos, un grupo de siete u ocho personas al frente de las cuales había un adulto generoso. Hablo de 1973. Interior noche, sin luz eléctrica: con sólo una bombona de camping-gas y con las sombras oscilantes de la chimenea, aquel guía o director nos deslumbró con Poe, con El entierro prematuro en versión de Julio Cortázar. Aún me sobrecojo cuando lo recuerdo: todo el entorno era atrezzo, todo era efecto especial. El crepitar de las llamas (sí, ya lo sé: forma parte del tópico literario) y el ruido de los animales nos hacía temer lo peor. O al menos eso es lo que, angustiados, esperábamos. Fue entonces cuando descubrimos que cabía esa posibilidad: que te inhumaran vivo, aquejado de catalepsia, aparentemente muerto. Poe fue para mí un fogonazo del que todavía no me he repuesto. Periódicamente lo releo y vuelvo a maravillarme con el miedo que es capaz de avivar, con la desazón que un relato suyo te puede provocar. Crecí pensando que esa ocurrencia –la posibilidad de ser enterrado prematuramente— sólo era una alucinación morbosa del escritor. 

Luego, andando el tiempo, cuando yo ya era historiador, cuando ya comenzaba con Anaclet Pons a frecuentar los archivos, me sumergí en documentos notariales, en testamentos en los que el responsable adoptaba determinadas precauciones.  Estábamos a finales de los años ochenta y con un esfuerzo de la imaginación queríamos trasladarnos al siglo XIX:  durante meses y meses consultamos escrituras de últimas voluntades para recrear la vida burguesa del Ochocientos valenciano. En protocolos que amarillean leíamos testamentos en los que las personas más distinguidas establecían cláusulas muy inquietantes sobre las exequias. No era infrecuente hallar testadores reclamando que sus cadáveres no fueran inhumados hasta presentar “signos evidentes de descomposición”. Así, por ejemplo, lo fijaron los valencianos Santiago Luis Dupuy o Pedro Salvá o Francisco Sagrista. “Es ésta una expresión de temor característica de la muerte romántica”, decíamos en La ciudad extensa (1992), “de la que la literatura nos ha dado pruebas fehacientes, desde las narraciones de Allan Poe hasta Madame Bovary, en las que la catalepsia preside el pánico final”. 

Años después, en 2002, leí un libro que hacía la historia de este pánico. Era un volumen que entretenía y mortificaba. ¿Su título? Ya lo habrán adivinado: Enterrado vivo, de Jan Bondeson. La obra era una enciclopedia de la muerte o, mejor,  del terror que la impericia médica podía provocar, de ahí que –como indicaba Bondeson— se buscara habitual y expresamente señal clara de putrefacción. Imaginé a galenos de gran pericia técnica examinando el cadáver dudoso de un burgués o de una dama… 

Joanna Bourke vuelve ahora a hablar de la falsa muerte, de la catalepsia decimonónica, y lo hace desde la perspectiva de la historia cultural. Después de haber investigado a los burgueses, Anaclet Pons y yo hemos ido a parar también a la historia cultural, pero no para rendir tributo a la penúltima moda historiográfica, sino para analizar las percepciones, los marcos, los códigos de realidad que nuestros antecesores tenían.  El mundo no se nos aparece tal cual, sino mediado siempre por el filtro de las convenciones. El asunto de la muerte no es uno más. Es el asunto. Y, desde luego, una historia etnografiada como la que esperamos hacer (a la manera de Clifford Geertz), una investigación que tenga por fin exhumar los valores, los miedos, las normas de los antepasados, tiene que abordar las exequias, el luto, el dolor, el enterramiento, la finitud…, expresión de los sentimientos que los antropólogos han sabido examinar. 

Ahora, muchos años después, frecuentamos de nuevo el mundo decimonónico para desenterrar a un varón viajero y distinguido: eso es lo que hemos hecho en Diario de un burgués. Y, como entonces, como cuando empezamos, no podemos dejar de sorprendernos con nuestro burgués, con su familia doliente. Hacia 1850…, en Valencia, mandaron edificar un panteón a imitación de un mausoleo de París. Visitamos el panteón valenciano para verificar las lápidas. Y, al final, yo mismo aproveché un viaje a París para ir al cementerio de Père-Lachaise. ¿El objeto? Fotografiar el templete en el que se había inspirado nuestro burgués. Me ayudó mi hijo, que me acompañaba. Era un día del tórrido verano parisino. Caminábamos por las calles del camposanto, nos acercamos a la tumba de Jim Morrison –cómo no—  y después fuimos a tomar vistas de aquel mausoleo… Mentiría si dijera que no me acordé, justo entonces, de Edgar Allan Poe.

cubierta.JPG

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Artículo de JS en Levante-EMV sobre Cioran y la visita a los cementerios

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11.20.06

¿Cómo se puede ser kazajo?

Posted in Antropología, Cine, Comunicación at 10:36 por jserna

borat.jpg  En las Cartas Persas (1721), Montesquieu adoptaba una fórmula narrativa eficaz: contar lo bueno y lo malo de su propio país, lo aceptable y lo inaceptable, valiéndose de la mirada de un extraño. Alguien nos mira y ese que está observando –un persa de gira por París, por ejemplo— percibe lo que nosotros por rutina no vemos. Estamos tan habituados a lo propio que nuestro entorno nos parece obvio. Precisamente, eso que llamamos nuestro entorno no es un mero soporte físico. Es sobre todo un espacio en el que hay códigos de reconocimiento, claves y normas que aprendemos y que nos sirven para distinguir un paisaje con figuras, un todo aparentemente coherente. En efecto, la urdimbre de la cultura no es azarosa, pues todo lo que tenemos delante está sometido a gramáticas que sabemos o no sabemos. Pero eso que llamamos cultura sólo es el modo expresivo y reglamentado de la vida propia: hay otras a las que sólo con dificultad y empeño accedemos. Los otros, los que veo como extraños, me resultan diferentes, con adhesiones, con fidelidades que me resultan insólitas. Son portadores de atributos y de rasgos que me desmienten, y mis cualidades o pertenencias, los desmienten a ellos.  

Si me sitúan en tierra extraña, esa migración me obliga a hacer interpretaciones constantes de lo que veo, pues casi todo me desconcierta. Por el contrario, es probable que ese a quien observo viva confortablemente consigo mismo o con aquellos que llama sus iguales, ciego a lo que le es distante o le desmiente…, salvo que un persa aparezca en los salones de París y su propia extrañeza le incomode. La novela de Montesquieu adopta el género epistolar, tan característico del siglo XVIII, un expediente narrativo que al autor le permite contar cosas sirviéndose de ese ojo escrutador. Todo lo ordinario es evidente hasta que nos tomamos en serio su observación detallada. Entonces empieza a ser insólito, raro, artificial. Montesquieu se vale de ese ojo escrutador del persa, pero –por ser una novela epistolar– se sirve también del destinatario de las cartas, alejado del lugar de los hechos: en este caso, distanciado también culturalmente de lo que el persa andarín aprecia, distingue y ve. Si tienes que contar algo cuyo significado no te es evidente, si ese a quien relatas está fuera del escenario, entonces has de hacer un enorme esfuerzo para traducir lo que tu corresponsal no vislumbra.  

Sobre esta base antropológica está concebido el último éxito cinematográfico del año: Borat (2006). Incluso aunque  no la hayan visto, es probable que sepan de qué va. Un periodista kazajo, Borat, es enviado a Estados Unidos con un productor y un cámara para filmar la vida norteamericana, para realizar un documental que ilustre a sus compatriotas sobre las ventajas y los progresos de los estadounidenses. Se supone que Kazajstán es un país muy atrasado y, por tanto, de la primera potencia mundial los corresponsales pueden extraer provechosas enseñanzas. La idea es atinada y el humor que salta de las situaciones insólitas o de incomprensión suele ser desternillante. El personaje que interpreta Sacha Baron Cohen es una invención, claro; pero los norteamericanos que aparecen en pantalla son gente que cree estar siendo grabada en un documental verdadero y, por tanto, sus contestaciones no tienen impostura.  

Si el entrevistador, Borat, es machista, antisemita, xenófobo y… amante de los Estados Unidos es probable que saque lo peor de sus entrevistados: gente frecuentemente machista, antisemita y xenófoba. Hay, en efecto, secuencias delirantes. Como, por ejemplo, la de la armería. Qué arma me recomendaría para matar a un judío, pregunta Borat. Creo que una 9 mm bastaría, le responde el maestro armero. O como, por ejemplo, la secuencia de la reunión evangelista, con cánticos gospel y predicadores alucinados que trastornan a los creyentes allí reunidos. La cámara filma sin parar y Borat comenta una tras otra las circunstancias en las que se ve envuelto. A pesar de que hubo instantes en que me reí a mandíbula batiente, lo cierto es que la película me irritó en muchos de sus momentos y por su propio planteamiento maniqueo, bufo y exagerado: políticamente correcto. Las únicas personas buenas y atendibles que aparecen en el film pertenecen a las minorías estadounidenses, retratadas con los tópicos de rigor: negros campechanos, judíos hospitalarios, gays jubilosos y una inmensa prostituta de color llena de inmejorables sentimientos. Los malos son los wasp: blancos, anglosajones y protestantes, claro. Y los tontos y primitivos…, pues los tontos y primitivos son los kazajos. Es decir, para ridiculizar a los norteamericanos, el actor judío británico no se le ocurre mejor cosa que forzar el contraste con un pueblo realmente existente al que pinta como energúmeno y salvaje.  

El persa de Montesquieu no era objeto de mortificación: era el modo de acceder a lo extraño que se nos antoja obvio u ordinario. Por eso, en otras películas que ha de utilizarse la referencia a un país extraño no es infrecuente que se invente el nombre: Krakovia, en La terminal (de Spielberg). Ustedes se reirán si ven Borat, desde luego. Pero lo que les pediría cuando estén carcajeándose es que reflexionen sobre el daño que hace el maniqueísmo. Si a Sacha Baron Cohen lo comparan con Michael Moore, este  último nos parecerá un estilista refinado y sus películas, un ejemplo de moderación. Lo siento, pero el estilo freak y tontamente procaz de Borat me recuerda  a los peores momentos de Benny Hill. Sigo prefiriendo al persa de Montesquieu y con él me pregunto cómo se puede ser ese kazajo.

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