02.29.08

¿Tragicomedia de la crispación?

Posted in Sociología, Televisión, Comunicación, Democracia at 16:36 por jserna

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1. Los púgiles

Echen un vistazo a la imagen que encabeza estas líneas. Es la cubierta de un libro, una ilustración debida a Fernando Vicente. Representa una escena de boxeo. Vemos a dos púgiles en combate: Mariano Rajoy parece amagar con un derechazo;  su contrincante, José Luis Rodríguez Zapatero, se protege con la izquierda. Esta ilustración no fue pensada para representar el debate televisivo del pasado 25 de febrero, sino para resumir una legislatura, cuatro años en que los contendientes habrían estado al ataque y a la defensiva… ¿Que es una metáfora muy gastada? Seguramente: es una imagen mil veces repetida, pero hemos de admitir que sirve, que sirve para mostrar la circunstancia de la discusión pública.

En el debate televisivo del 25, Mariano Rajoy hizo acusaciones graves, acusaciones frente a las que Rodríguez Zapatero se defendió con mayor o menor contundencia, con un punto de irritación. De tristeza, decía mi madre: como si al candidato socialista le aturdiera tanta evidencia que el adversario no quiere ver. No sé, no me acaba de convencer esa impresión de tristeza: no me imagino a un púgil fajador lamentándose de la pegada del otro. Creo, más bien, que el rostro contrito de Rodríguez Zapatero es una puesta en escena, una legítima puesta en escena. Desde ese día, los medios han agigantado la colisión haciendo drama del choque y sondeando el efecto del acto televisivo. Por su parte, los propios partidos políticos han procurado sacar ventaja de lo que el debate fue o de lo que las encuestas dicen.

No hay nada que reprochar en esta dramatización que moviliza o suma votos. Tampoco hemos de escandalizarnos de los ultrajes verbales que unos u otros se dedican: ese imbécil, por ejemplo, que Felipe González le ha espetado a Mariano Rajoy. Suena verdaderamente ofensivo y con toda probabilidad el ex presidente podía haberlo evitado: por dignidad institucional, añado. Pero ese dicterio es un insulto infantil comparado con las acusaciones reiteradas que José María Aznar ha vertido contra Rodríguez Zapatero; o comparado con las mofas y chanzas que le han lanzado otros políticos populares; o comparado con las descalificaciones  que sobre el candidato socialista han difundido columnistas muy ocurrentes a la hora de denostar.

Quizá estemos llegando al punto de saturación. Tal vez no está lejos el día en que muchos ciudadanos puedan cansarse de tanta tensión verbal: una tensión muy espectacular desde el punto de vista mediático, pero muy poco edificante si lo que exigimos es convivencia. Me digo lo anterior y a la vez no quiero pecar de ingenuo. La adhesión electoral parece requerir ese estado de verbalismo y de agitación: también lo exige la presión periodística de los medios afines. Sin embargo, inmediatamente me corrijo: entre los ciudadanos parece detectarse un hastío creciente, un hastío que alguien podría acabar pagando. ¿Quién? ¿Quizá el Partido Popular o el Partido Socialista?

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2. ¿Censura ciudadana?

¿Es posible vivir sin una tensión emocionalmente tan devastadora? ¿Es posible organizar la vida pública sin que los grandes partidos se enfrenten por lo básico o por lo nimio? La política se retransmite y se presenta como espectáculo de alto voltaje y de alto rendimiento; la realidad y los sondeos se confunden; todos tenemos o creemos tener una opinión… En esas circunstancias no es probable que el choque se alivie. De momento. Pero no es menos cierto que estamos al borde mismo de la saturación. Hay algunos observadores que manifiestan ese cansancio. Uno de ellos es  Enrique Gil Calvo.

Este sociólogo acaba de publicar el libro de cuya cubierta hemos tomado la ilustración que encabeza: el profesor de la Universidad Complutense y contertulio de la Cadena Ser hace aquí las veces de augur y de analista, de ideólogo y consejero. Se pronuncia sobre esas cuestiones que yo mismo les planteo en el blog una y otra vez. ¿Cuál es su diagnóstico? El dictamen es ciertamente discutible: por eso mismo vale la pena debatirlo. Hay un hastío general, dice Gil Calvo, que acabará pagándose: un aburrimiento que deberíamos hacérselo pagar a los partidos dominantes, añade.  “Sólo los ciudadanos podremos poner fin al callejón sin salida de la crispación política actual. Y eso podemos conseguirlo de varias formas posibles”.

¿De qué manera? ”Por ejemplo, aumentando el nivel de abstención hasta tal punto que los partidos políticos dominantes no puedan menos que darse por aludidos, optando en consecuencia por detener el conflictivo juego de la crispación. Tampoco resultaría imposible –aunque el sistema electoral en vigor no lo haga demasiado probable– que los ciudadanos desviasen su airado voto de castigo a los dos partidos dominantes hacia algún partido bisagra, como la UPD [Unión, Progreso y Democracia] que ha fundado con este fin Fernando Savater”. Son dos posibilidades, pues, las que Gil Calvo contempla y que hay que discutir.

Por un lado, la abstención. En efecto, puede darse un hartazgo, la eventualidad de que los ciudadanos rechacen las formaciones políticas que les piden el voto, simplemente por crítica al estado de partidos y al estrépito mediático: la abstención activa. Es, desde luego, una circunstancia que no cabe descartar como posible y perfectamente legítima. Eso sí: siempre que seamos conscientes de las consecuencias. No votar, reconociendo lo muy repudiables que son ciertas formas de crispación,  es un riesgo real: no es probable que los partidos se corrijan y, simultáneamente, podemos deslegitimar la democracia imperfecta que tenemos. ¿Manifiestamente mejorable la democracia? Sin duda, sin duda: pero es la que tenemos. Además, al mal funcionamiento del sistema contribuimos los propios ciudadanos con nuestro desinterés político o público y, por supuesto, contribuyen también los medios de comunicación: siempre que alientan el estrépito por partidismo, por sectarismo. Hay periódicos que toman partido –cosa legítima– pero para convertirse pura y simplemente en prensa doctrinal. Enrique Gil Calvo cree que es posible imponer un severo correctivo a los partidos dominantes, pero no nos muestra de qué modo podríamos hacer algo semejante con los diarios agitadores, en papel y en Internet. 

Por otro, tenemos, admite Gil Calvo, el voto creativo, regenerador. En efecto, cabría la posibilidad de votar a partidos nuevos, a partidos-bisagra que proponen literalmente regenerar la democracia. Entre ellos está UPyD. No entiendo por qué el sociólogo olvida a Ciudadanos, que compite por el mismo electorado descontento. Pero lo que entiendo menos aún es por qué he de confiar en una formación política nueva que me promete no hacer lo que los partidos dominantes han venido haciendo. ¿Es que, acaso, la buena voluntad y el crédito de algunas personas garantizan su buen funcionamiento? ¿Y por qué la experiencia de Ciudadanos, apoyada por algunos de esos mismos descontentos, ha acabado en enfrentamiento interno? ¿Qué será de UPyD cuando el apetito de poder o los malos resultados despierten al partido tradicional que inevitablemente es? Si esto es así, ¿entonces por qué yo no debería votar a alguno de los partidos dominantes? No creo que sean sustancialmente peores que ese nuevo que se nos anuncia.

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3. ¿El decálogo?
 

Pero lo más discutible de lo dicho por Enrique Gil Calvo es el decálogo final, ese repertorio de normas de buena conducta democrática con el que cierra su volumen. Lo que empezó como un análisis empírico del sistema político español acaba siendo una teoría normativa de la democracia. Los partidos, nos dice el sociólogo, han de someterse a una autorregulación.“Hace falta que la clase política aprenda a autorregularse evitando su doble tentación actual de caer en la crispación y manipular las instituciones”, dice Gil Calvo. “Igual que sucede con las demás adiciones a vicios adquiridos (fumar, beber, drogarse, etcétera), la adicción al vicio de la crispación se puede llegar a superar mediante apropiados ejercicios de desintoxicación y reciclaje”. ¿Cuáles serían estos ejercicios? Hay que seguir una tabla. O, mejor, hay que obedecer una serie de reglas, que forman un decálogo, es decir, que funcionarían como mandamientos.

Primer regla: veracidad

Segunda regla: sinceridad

Tercera regla: transparencia

Cuarta regla: rendición de cuentas

Quinta regla: representación

Sexta regla: lealtad

Séptima regla: inclusividad

Octava regla: confianza

Novena regla: ecuanimidad

Décima –y última— regla: juego limpio

¿Y cómo espera aplicarlas? O, mejor, ¿cómo espera forzar a la clase política para que las cumpla escrupulosamente? ¿Será un ejercicio de buena voluntad? El propio Gil Calvo concluye su libro admitiendo que “hoy por hoy todo esto suena a música celestial. Grandes y bellas palabras, que nuestros representantes no tienen problema en suscribir ni aprobar, aunque se hallen por completo alejadas de su práctica cotidiana”. ¿Entonces? Un código de conducta funciona si su incumplimiento es más gravoso que su cumplimiento: o si la punición es efectiva. Esta sencilla regla que recordara Max Weber, el gran sociólogo alemán, parece ignorarla su colega español: Enrique Gil Calvo. Pedirle a nuestros representantes que se autorregulen y que, por ejemplo, no conviertan el estruendo crítico en su forma de hacer oposición es puro, puritito, idealismo. El propio Gil Calvo admite –y admite atinadamente— que los grandes cambios políticos se han dado en la España democrática como consecuencia de graves crisis difundidas y agrandadas con estrépito mediático.  Cuando leí esa tesis en su libro convine totalmente. Era algo que yo mismo había pensado, una conclusión no muy original y que empíricamente  es demostrable: la retirada de Suárez, el éxito de González, la llegada de Aznar, el triunfo de Zapatero. El ejercicio del Gobierno parece asegurar la repetición y el mantenimiento salvo que un grave descalabro o cataclismo político provoquen la caída del mandatario.

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4. Los sondeos (2 de marzo de 2008)

Leído el libro de Gil Calvo, echemos ahora un vistazo a los sondeos que el domingo 2 de marzo se hacen públicos, una semana antes de las elecciones. El de El País, por ejemplo. O el de Levante-Emv. O el de El Mundo. O el de Abc

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5. Los efectos de composición (3 de marzo de 2008)

La encuesta de El Mundo que hoy se hace pública confirma las tendencias ya sabidas. ¿Resueltas las expectativas? No olviden que los sondeos más rigurosos, esos que están confeccionados con las máximas garantías, no dicen quién va a ganar, sino cuál es el retrato de situación en ese justo momento. Al retratar provocamos efectos. Cuando uno se mira en el espejo, ve a alguien que se le parece: que se parece a quien uno quiere ser. Pero el reflejo nos da una impresión no siempre favorecedora: por eso, procuramos mejorar lo que contemplamos, corregir lo que nos desagrada o maquillar lo que está más a la vista. ¿Cómo votaríamos si conociéramos los datos de las encuestas hasta el día mismo de las elecciones? Al averigurar los resultados probables, depositaríamos nuestros sufragios para reforzar o corregir la tendencia que hemos visto en el espejo. Por eso, no me creo esas actitudes suficientes, sobradas, de quienes desprecian los sondeos: generalmente corresponden a quienes van perdiendo en esas encuestas. Pero lo contrario no es necesariamente sensato ni exacto: no te creas el más guapo, pues puedes ir ganando en los sondeos y, sin embargo, eso no es garantía de éxito final. La tendencia que nos muestra una encuesta no es necesariamente falsa: pero, al sumar, los resultados pueden acabar de una manera o de otra. La información constante satura, desde luego. Ahora bien, los datos que se suministran, las informaciones que se filtran, los acontecimientos imprevistos…, todo ello puede confirmar o alterar aquel retrato inicial. Son lo que Raymond Boudon llamó efectos de composición. Lo que yo haga también lo pueden hacer otros, luego el resultado final es, relativamente incierto.

En su blog de El Mundo, Arcadi Espada habla de la abstención a que puede inducir la primera plana de su periódico. Con prosa escueta aborda lo que nadie sabe: que el sondeo del periódico puede provocar cambios electorales… ¿deseados? Imagino a Espada algo inquieto con la circunstancia y con las consecuencias de la circunstancia. “Habrá quien lea el titular del periódico como una sibilina estrategia de desmovilización electoral”, admite. “Ni las ficciones ni las intenciones pueden desmentirse. Por lo tanto yo lanzo mi cuarto a espada y sostengo que si el titular desmoviliza a alguien será al potencial votante del Partido Popular. ¡Justo ése que, si desmoviliza, asegura la victoria del Partido Popular!”, apostilla.

O no… 

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5. Hemeroteca

JS, “Cháchara“, El País, 28 de febrero de 2008 

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02.25.08

Conjeturas y debates

Posted in Televisión, Fotografía, Comunicación, Democracia at 14:19 por jserna

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1. Cara a cara

Domingo, 17 de febrero, domingo, 24 de febrero: El País reúne a los candidatos con sus respectivas esposas en un gesto reconocible, chic to chic. El primer pie reza: “El marido de Sonsoles”. El segundo dice: “Juntos en este viaje”. Hay que verlos en el día a día, descubriéndose y descubriéndonos ternura y familiaridad. Es la imagen previa, cara a cara, anterior al otro cara a cara: al de los propios candidatos. José Luis Rodríguez ZapateroSonsoles  Espinosa se nos muestran sonrientes, desenfadados, con aspecto juvenil o desenvuelto: más aún, es la esposa quien adopta la posición dominante al entrelazar sus manos sobre el pecho del marido. Mariano Rajoy se nos presenta pensativo, estudioso, quizá prudente y reflexivo: su esposa, Elvira Fernández, parece cansada, incluso angustiada, reposando su cabeza en el hombro del cónyuge. ¿Una mentira, una manipulación? No es exactamente así: no me imagino a los fotógrafos forzando a los candidatos. ¿Dramatizan…? Esos ademanes son algo general, común. Las poses fotográficas son artificios colectivos, modos de adoptar ademanes convenientes que el público reconoce, moldes expresivos y esquemas culturales gracias a los cuales los espectadores se ven reflejados: en este caso, en el espejo distinguimos a la futura pareja presidencial.

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2. ¿Coach o sparring?

De cara al debate televisivo entre ambos contendientes noto cierto escepticismo entre los periodistas afines a los conservadores. O es prudencia, contención, cuidado, después del traspié de Manuel Pizarro. En El Mundo, Pedro Jota Ramírez obra como entrenador: así se puede comprobar en sus “Diez consejos a Mariano Rajoy ante el debate“. En cambio, en el mismo periódico, Federico Jiménez Losantos adopta el papel del sparring. “En fin, no voy a decirle a Rajoy lo que sabe mejor que yo, aunque no siempre lo diga con claridad o lo haga recurriendo a esas ironías galaicas que no funcionan casi nunca”, dice el locutor radiofónico. Es como si en esas palabras reapareciera la suspicacia de la derecha extrema ante el Maricomplejines. “Tiene que ser arriesgado y prudente, cauto y valentón, hacer una tortilla sin romper los huevos y exhibiendo las cáscaras”, añade Jiménez Losantos. No es mal consejo, desde luego: una recomendación que valdría para Rajoy pero también para Rodríguez Zapatero.

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3. El candidato popular

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El pasado 24 de febrero, El País dedicaba las páginas principales de su suplemento de “Domingo” al candidato Mariano Rajoy. En la primera del cuadernillo otra vez lo vemos  pensativo, quizá prudente, con la mirada tal vez perdida, cavilando. Es una conjetura, una conjetura más. Está en un avión. Apenas atisbamos el interior de la nave, el fondo oscuro. La luz exterior ilumina su rostro: atraviesa la ventanilla del avión, esa a través de la cual Rajoy observa. Se sujeta la cabeza con la mano. O, mejor, se tapa la boca, gesto habitual de timidez o de contención, de reflexión. Indudablemente es una metáfora visual. Quiero decir: los editores del suplemento han querido emplear esa instantánea como metáfora de su suerte. ¿Qué le depara el inmediato porvenir? Todo parece depender de una ventana, de una pequeña pantalla. 

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4. Los efectos de una impresión

El debate ha reproducido el tono, el sentido, el estilo de las discusiones parlamentarias de esta legistatura. No creo que el acto de esta noche haya convencido a quienes estaban dudosos. Quizá convenza la lectura que se haga posteriormente: los sondeos que miden y provocan efecto… tal vez generen consecuencias. He visto el debate con un Mariano Rajoy permanentemente a la ofensiva y con un Rodríguez Zapatero que se protegía bien pasando en otros momentos al contraataque. Ahora, eso sí, pasaba al contraataque sin sonreír, grave, severo, tenso, en ocasiones justificadamente tenso, como cuando se ha dicho de él que atacaba a las víctimas del terrorismo: una ofensa literal que es difícil de sostener y de mantener. Estar a la ofensiva no da necesariamente el triunfo, pero hacer como que se han obtenido los mejores resultados puede favorecer. Puede favorecer si provoca el efecto: pero puede ser una falsa impresión en la que algunos quieren creer, con lo cual es un error. ¿Será eso lo que les sucede a Mariano Rajoy y a los suyos? Esto es lo que a estas horas, las 0:53 del martes 26 de febrero, puedo escribir. Mañana, leeremos los análisis, los sondeos, las valoraciones. Con todo ello, los espectadores y los lectores nos haremos una idea, y esa impresión acabará determinando el resultado. Buenas noches y buena suerte.

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5. El debate de los medios

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Creo haber acertado con lo que anoche, a última hora y después del debate, les decía: que serán los medios los que determinen el sentido del resultado, más allá de la primera impresión. “Primer round“, dicen en Público. Las metáforas deportivas –de las que yo también me serví– se imponen: o se habla en términos futbolísticos o pugilísticos. Siempre, con palabras propias de un deporte de contacto, pero para reconocer que, a falta de una victoria por KO, los observadores señalan un triunfador  por la mínima. Así presenta los resultados El País. Por su parte, en El Periódico podemos leer que ”Zapatero neutraliza las acometidas de Rajoy y lo supera al contrataque“. Lluís Foix, en La Vanguardia, añade con metáfora pugilística: “Zapatero gana por puntos“. En El Plural recogen las primeras impresiones y aciertan con la clave de la interpretación. Después de mencionar las encuestas televisivas que dan a Rodríguez Zapatero como vencedor, remiten a los sondeos de la prensa conservadora. El juicio que estos medios hagan es el máximo de efecto que Rajoy podría obtener. Por eso apostillan en El Plural: “el hecho de que las encuestas para los diarios y medios conservadores ofrezcan un empate técnico también supone una victoria para los socialistas”. Abc y El Mundo se conforman con las encuestas electrónicas que, sin control riguroso ni científico, conceden un leve triunfo a Mariano Rajoy: esos resultados dudosos Periodista Digital los copia, los reproduce y los exagera. La impresión general no es ésa. Evidentemente: a falta de una contundente pegada que desarbole las defensas del contrario, quien está a la ofensiva comprueba finalmente que su esfuerzo no rinde los frutos esperados. Sobre todo cuando no se gana en los análisis demoscópicos que día a día se hacen.

Transcripción íntegra del Debate: aquí.

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02.23.08

El Festival de Eurovisión

Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna

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1. Posguerra autobiográfica

Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo. 

Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura. 

Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones  en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”. 

Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto.  Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta. 

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2. El Festival de Eurovisión

Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas  una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.  

Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa. 

Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención. 

Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.

De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?

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3. El Terrat. Salir en los medios

Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados.  “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable.  Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…

Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.

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4. Acordes y desacuerdos

El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)

Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)

a. De Eurovisión a Frikivisión

b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos

c. La Eurovisión más democrática

d. TVE expulsa a El Gato

e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda

f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet

g. Pucherazo eurovisivo

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02.20.08

Televisión y deliberación

Posted in Televisión, Comunicación, Democracia, Historia at 20:24 por jserna

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1.Deliberación

Meses atrás, justamente cuando nos disponíamos a votar en las elecciones municipales y autonómicas publiqué un artículo en el que citaba al pensador estadounidense John Dewey. Ahora, cuando estamos tan cerca de otros comicios y cuando la experiencia americana de las Primarias nos hace redescubrir el valor deliberativo de la democracia, regreso a sus palabras, extraídas de una recopilación que pude leer años atrás: Liberalismo y acción social.   

John Dewey hablaba de democracia creativa para referirse a la deliberación ciudadana: el proceso de discusión, el procedimiento compartido y aceptado que nos permite debatir las ideas a partir de un marco común, exponiendo, argumentando, razonando. Seguramente no es preciso llamarla así: democracia creativa. Inquieta esa calificación. Lo creativo en política no siempre da buenos resultados: las ideaciones más audaces en lo público y lo colectivo se fundamentan en convicciones, y los principios están muy bien siempre que se acompañen de responsabilidad. Debemos calcular cuáles son las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en Dewey, la democracia creativa no es mero utopismo: es la acción responsable de quien se implica, expone sus ideas y sus principios (políticos o incluso religiosos) esforzándose en argumentarlos. O, en los términos de Barack Obama, “lo que sí exige nuestra democracia deliberativa y plural es que los que están motivados por la religión”, o por otras creencias o fundamentos, “trasladen sus preocupaciones a unos valores universales en lugar de específicos. Se requiere que sus propuestas estén abiertas a debate y sean permeables a la razón”.

Por eso, deberíamos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo”, había escrito Dewey en 1939. En efecto, deberíamos adquirir “el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, insistía el norteamericano.  Leídas hoy y aquí, tal vez esas palabras nos resulten excesivas. En España, la implicación deliberativa de los ciudadanos no es algo relevante. A ello han contribuido, sin duda, los pésimos ejemplos que nos han dado algunos de nuestros representantes: la corrupción pública o los enriquecimientos escandalosos retraen a los ciudadanos políticamente honrados. Pero también desmotivan el estrépito mediático, la estigmatización del contrario, la destrucción semántica del rival: eso es algo bien distinto del debate civil.

“Me inclino a creer”, decía otra vez John Dewey, ”que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey. Hace unos pocos días estuve con otras personas… en una reunión libre de vecinos. Nos congregamos unos sesenta comensales con el fin de discutir sobre la circunstancia política. Era una convocatoria hecha a través de Internet, por correo electrónico: en red, pues.  Tres ponentes debíamos iniciar las intervenciones con nuestra reflexión o crítica. Yo hablé de la manipulación, de la mentira, de la ganga oral que en campaña tan frecuentemente nos rodea. Tras los primeros parlamentos llegó el momento de la cena; después, la serie de preguntas y discusiones que completaban la velada. La tertulia en la que participé tenía algo de conspiración entrañablemente antigua y contradictoriamente liberal. Liberal, en la acepción de Dewey: comunitaria, republicana, progresista. Y liberal en el sentido propiamente español y decimonónico: el espacio público del primer Ochocientos comenzó con tertulias menesterosas en tabernas municipales en donde los ciudadanos hacían comensalismo y liberalismo.

Pero estamos en otro tiempo: estamos en  la época de la mediatización absoluta de la experiencia. Nada hay ya que no pase por la comunicación masiva y por la globalización, por la representación, por la televisión.

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2. Televisión

Acaba de hacerse público un Manifiesto… en el que se critica la manipulación, el mal uso de ciertos medios públicos: concretamente, en la televisión valenciana. Un manifiesto: nos fuerzan a volver al primer liberalismo, a los inicios del liberalismo revolucionario, cuando los ciudadanos levantiscos vejados debían publicar hojas volantes para denunciar el mal gobierno del absolutismo. En fin… Pero regreso a la actualidad. Cuando tuve conocimiento de que se estaba elaborando dicho texto, lo firmé sin rechistar. Desde luego, siempre hay aspectos con los que no estás exactamente de acuerdo o que habrías expresado de otro modo. Ahora bien, es tan insoportable esa manipulación (que ya se prolonga muchos años, prácticamente desde sus inicios), que me he guardado mis pequeños reparos. No suelo firmar manifiestos, pero el escándalo de Canal 9, de sus programas informativos, supera lo visto en cualquier televisión pública. Ya escribí sobre este asunto años atrás: como otros muchos, que se han pronunciado sobre las manipulaciones de la tele valenciana. Sin ningún resultado, claro, y con un creciente escepticismo: la prueba de que los artículos que uno publica no sirven para gran cosa es que el motivo de las críticas sigue vigente mucho tiempo después: pero ahora peor. ¿Tiene remedio la televisión? Punto y aparte.

Para quienes impartimos clase en la Universidad; para quienes hablamos en público; para quienes escribimos en prensa o en Internet, la intervención deliberativa supone siempre un esfuerzo: un esfuerzo de razonamiento, de contención, de moderación… en una reunión libre de vecinos o en las aulas. Hoy mismo me lo reprochaba un alumno que cursa estudios de Comunicación Audiovisual: “es usted muy moderado, parece que no se moja”, me decía. ¿Que no me implico? Una cosa es la cortesía, la formalidad, que nunca han de perderse; y otra distinta es la reflexión crítica, que también ha de hacerse con toda la sutileza de la que seamos capaces. Desde luego, uno no siempre consigue hacerse entender, pero tampoco se trata de abandonarse a la agitación o a la intoxicación: como tampoco se trata de sumar adhesiones pronunciándonos sectariamente. Hay que argumentar, trasladando preocupaciones particulares y legítimas a unos valores que puedan universalizarse, que puedan ser discutidos por quienes no comparten nuestros juicios. Eso es el espacio público democrático, el lugar en el que el disidente es respetado.

Por eso  no puedo sino condenar los ataques sufridos por María San Gil, por Dolors Nadal, por Rosa Díez en distintos recintos universitarios. En distintos recintos universitarios. En una democracia no hay derecho alguno a reventar actos legales, a amenazar. Jamás me ha parecido bien que unos vándalos puedan impedir actos de expresión, de reflexión: convengamos o no con lo que allí se expone. Por otra parte, como estamos en la sociedad mediática que todo lo retransmite, la violencia y la intimidación de unos cuantos gritones o matones son muy apetecidas por las televisiones… hasta que las próximas amenazas reactiven o actualicen el deplorable espectáculo. Parece inevitable: la televisión y el periodismo dan cobertura informativa a quien con estrépito agrede.

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3. El primer debate televisivo. Pizarro vs. Solbes (jueves, 22 de febrero)

A las 21 horas, Pedro Piqueras entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero en Tele 5. Se inicia oficialmente la campaña electoral y los candidatos van a multiplicarse concediendo interviús y enfrentándose en debates. Corremos el riesgo de la saturación: el peligro de quedar anegados por el exceso. ¿Hay alguien que todavía precise más datos y más información? Al parecer, las cadenas de televisión, los periódicos, las emisoras de radio necesitan alimentarse con este material previsible: los espectadores nos congregamos y subimos las audiencias. Por otra parte, quizá el empate que registran los sondeos pueda romperse según cómo queden los candidatos, en entrevistas y en debates.  Pero lo que da bien en televisión no es necesariamente la argumentación. O la verdad o la deliberación: lo que da bien en tele es un efecto de representación (que no es necesariamente falso). ¿Cuál es ese efecto?

El que se logra con el dominio de la escena, con la seguridad expositiva, con el sosiego, con la mesura. Son las 23:30 horas del jueves 21 de febrero. En el debate que he seguido en Antena 3, como espectador he tenido la sensación de que Pedro Solbes manifestaba equilibrio y contención, un control de las cifras y de los datos realmente imbatible. Es la impresión, insisto. Tanto es así, que Manuel Pizarro ha debido adaptarse a los términos de una discusión que siempre ha marcado el candidato del Partido Socialista. No me pregunten por la materia económica, de la que tengo pocos conocimientos. No me pregunten por grandes cifras, cuyas magnitudes frecuentemente ignoro. Pregúntenme por los términos de la representación televisiva. Cuando el contendiente debe acoplarse a lo que tú dices, entonces es que llevas la delantera. A un inquieto Pizarro, Solbes le ha dado lecciones de serenidad. La prueba es que la contundencia o el ataque del candidato popular sólo han asomado en dos ocasiones y más bien parecían una rabieta o malestar ante el bastión inconmovible de Solbes. A la postre, el debate ha discurrido con cortesía y con poca verbosidad. ¿Cómo lo percibirán los espectadores?  

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4. Las reacciones (viernes, 22 de febrero)

-Según la encuesta de Antena 3, el 47,4 % de los espectadores da la victoria a Pedro Solbes frente a un  37,1 %.

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5. Hemeroteca-Biblioteca

El bosque de la información, por Anaclet Pons, miércoles, 20 de febrero de 2008.

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02.15.08

Literatura política

Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 21:00 por jserna

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1. Livres de circonstances

¿Qué hago yo leyendo literatura política o periodística absolutamente coyuntural? ¿Para qué dedico una parte de mi tiempo a libros exclusivamente circunstanciales, a volúmenes que no rebasan su propio contexto? Desde luego no me voy a poner finolis. A mí lo que me gusta es leer para informarme, buscando entre la ganga y la morralla. Cuando doy clases, mi ideal es impartirlas sin tener sobre la mesa apuntes extensos y desarrollados: sólo unas brevísimas anotaciones, palabras garabateadas que me permitan recordar… No se trata de improvisar, así sin más. Se trata de hurgar dentro con el fin de extraer lo que previamente sembraste. Para ello, desde luego, hay que documentarse, reservando lo aprendido, conservando aquello que podrías necesitar en caso de apuro, justamente cuando no cuentas con la fuente…  

Digo esto y recuerdo el caso extremo de Antonio Gramsci: solo, en la cárcel, con escasos libros, elaborando sus apuntes eruditos, pero siempre necesitados de una posterior mejora… que nunca llegará.  Leer así, trabajar en esas condiciones, tiene su riesgo. Por faltarle los recursos necesarios,  el preso que carece de fuentes corre el peligro de incurrir en el diletantismo, en la mera expansión. Vale decir, puede tratar este o aquel asunto con erudición precaria, buscando sólo la brillantez formal, aproximándose superficialmente, liquidando el tema. Gramsci no quería ser un diletante. Por eso se sometía a los rigores de la disciplina intelectual y por eso multiplicaba sus fuentes, todas las que le permitían: alta y baja literatura.  

No es un mal plan: leer cosas de batalla, incluso de baratillo. Más aún, puede ser un ideal: contrastar lo sofisticado y lo complejo con lo común y lo humano, lo demasiado humano. Por ejemplo, yo venía de leer los libros de Miguel Veyrat, refinados y herméticos,  y en los últimos días he querido someterme a la disciplina contraria: catar algo prosaico, algo que muestre sensaciones más ordinarias, más vulgares. “Todas las emociones contenidas en este libro –ambiciones, sentimientos, amor, odio, éxito, fracaso, rabia, tragedia y comedia— estallaron de golpe el 15 de enero de 2007”, dice la autora con error perdonable. El desliz lo causan las prisas: se acababa de producir la escena final y la periodista debía aprovechar el interés que el prolongado choque había despertado.

Es un drama que enfrenta a dos postulantes con humana codicia, a un hombre y una mujer que se saben destinados a algo más eximio que la política municipal y espesa… Es el suyo un juego de suma cero, pero es también un lance antiguo en el que los combatientes van de farol, amagan, hacen fintas. El hecho de que sean una dama y un caballero aumenta el interés. En el fondo, encarnan papeles igualmente antiguos, roles predecibles. Por un lado, la mujer resuelta, decidida y lenguaraz, con la campechana vulgaridad de los grandes linajes: la señora que se aupa estratégica, sibilinamente, dando sus hachazos en el momento exacto. Por otro, el varón igualmente codicioso que sabe conquistar con dotes de galán antiguo, una suerte de Don Juan entre tímido y audaz: el hombre culto que se ve exquisito, que se cree destinado a mayores, que sueña con reemplazar y superar las ambiciones del padre. Ambos desean lo mismo, pero no hay reparto del reino: sólo uno podrá aspirar al trono.

Lucía Méndezperiodista de El Mundo, es la autora de Duelo de titanes, un libro en el que relata la historia de dos ambiciones. Pese a lo que pueda pensarse, no hay enigma que en sus páginas se desvele; no hay revelaciones a las que ahora asistamos con asombro; no hay fuentes inéditas que hoy se destapen. El volumen ponen en orden –que no es poco– un caso de enfrentamiento político que hemos seguido con interés morboso, folletinesco. El título es una concesión al tópico, sin duda. La fotografía de la cubierta, en la que se ve a Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón apretaditos, es un azar que alguna inauguración o algún encuentro institucional han forzado. En todo caso, cumple su función: reclamar nuestra atención. Una faja inferior de dicha cubierta acentúa el sentido folletinesco, melodramático. Lamento que la imagen que ustedes ven (capturada de la página de Espasa) no nos permita distinguir el reclamo comercial.

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Lo reproduzco. “Las claves secretas”, leo. “Ella creció a su sombra, él la despreciaba…”, acaba la leyenda de dicha faja. En realidad, no hay claves secretas, sino evidencias públicas o pruebas manifiestas que estaban a la vista de todos. Pero el folletín tiene sus reglas, como bien nos advirtió Gramsci cuando analizaba la literatura popular. Caballeros que se descubren y se comportan como héroes, cuando su vida no estaba destinada a ello; príncipes azules que aún creen en la bondad de los sentimientos, en la limpieza de sus emociones; traidores que actúan con doblez y que agrandan los desastres del reino; villanos que obran el mal para adueñarse del mundo, con codicia irrefrenable, con malas artes; princesas bellísimas y algo atolondradas o inocentes que fueron secuestradas… y que finalmente habrán de ser restituidas a sus padres, los monarcas; brujas o hermanastras o madrastras que envidian la delicadeza de esas damas, responsables del rapto o del estupro, y que recibirán su merecido. Esas claves de lectura no son códigos antiguos que hayamos abandonado. Antes al contrario, lo folletinesco perdura en la vida pública y privada de hoy. Me pregunto qué papeles cumplen Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón en el volumen de Lucía Méndez.

La periodista reconoce la emoción que le ponen los actores a los papeles que desempeñan, dramatizando bien su enfrentamiento. El choque es real, pero cobra dimensiones de cuento. Tal vez por eso, la autora no cree que salgan bien parados: piensa finalmente que quizá no haya triunfador neto en este duelo. Por una parte, las simpatías de la periodista se inclinan por Ruiz-Gallardón pero reconoce que el caballero ha manifestado sus ambiciones algo torpe, algo desastrosamente. ¿Cuál es su futuro? De momento sobrellevar melancólicamente la pérdida de un tesoro que nunca tuvo. Aunque, quién sabe, quizá algún día acabe por reponerse presentándose de nuevo como el príncipe azul que antaño fue confundido por la madrastra. Por otra, la autora admira a Aguirre, tan exacta en sus golpes, tan despiadada, con esa sonrisa desacomplejada que luce para escarnio de sus víctimas. Aunque, quién sabe, quizá algún día sus damnificados le hagan pagar amargamente los éxitos de hoy, el botín o el despojo…

Me pregunto, pues, sobre esta literatura política, sobre sus personajes de fábula, sobre sus episodios de cuento y, al hacerlo, creo ver las entretelas, la confección, los trucos menores. No hay que examinar sólo los contenidos o las cubiertas. Hay que demorarse en detalles aparentemente secundarios que mucho dicen de lo que estas obras son. Por ejemplo, el prólogo de Duelo de titanes tiene un pie que reza lo siguiente: Madrid, diciembre de 2007. En cambio, en el epílogo del libro podemos leer: Madrid, enero 2008. Aquel prefacio está escrito y datado cuando el choque final entre Aguirre y Ruiz-Gallardón aún no se ha producido; el último capítulo está fechado cuando el alcalde de Madrid ya ha sido excluido de las listas al Congreso. El libro estaba básicamente confeccionado antes de que se precipitara el desenlace, cuando nada se sabía de lo que podía ocurrir.

¿Qué ha hecho la autora? Retocarlo para introducir brevemente la escena final de la exclusión de Ruiz-Gallardón, sirviendo así como consumación ya sabida. Ese momento lo retoma en las últimas páginas: es un acto dramático y, con ella, la autora da una salida bien distinta a lo que había sido el tono del relato. A la postre, es Mariano Rajoy el gran personaje que Méndez quiere retratar, aquel que con inteligencia y fino olfato habría sabido salir airoso del choque de personalidades. Ese capítulo lo titula “La catarsis”. Se nota el postizo, el añadido, la extensión. Rajoy, que ha estado muy desdibujado a lo largo del volumen, como un rey atribulado, resulta vencedor. Desde luego, es una posibilidad, pero está por ver: está por ver que las cosas puedan explicarse finalmente así. 

Mi padre, que acaba de leer Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón, está devorando ahora Duelo de titanes. Me admite que es un libro que pronto olvidaremos, pues es éste el sino de la literatura política circunstancial. Sin embargo, es un libro que ahora cumple un papel. Además de enriquecer a la autora, además de catapultarla como reportera de Corte, la obra convierte  en materia de folletín lo que es una vulgar o repetida historia de ambiciones: el rey que ve peligrar su corona y sus dominios por la codicia de los herederos… impide que lo destronen. En los cuentos, los héroes finalmente triunfan; los villanos caen derrotados; los traidores reciben su merecido; y el pueblo asiste complacido a la felicidad de sus superiores. ¿Es Mariano Rajoy el héroe? ¿Durará su reinado o, por el contrario, habrá algún tapado dispuesto a sucederle? No sé, quizá con Mariano Rajoy asistamos otra vez, en clave de farsa, a la historia archisabida del rey Lear. Entonces, cabría preguntarse quiénes son Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre. ¿Quiénes son aquí Cordelia, Goneril o Regan? Como dice Edgar en El rey Lear: “Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo, tanto como para entrar: todo es estar maduros”. Pues eso.

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2. Hemeroteca. El beso

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El beso, el beso…, según EP, Abc

El beso, el beso…, según Efe, La Razón

El beso, el beso…, según agencias, El Mundo

El beso, el beso…, según Efe, Levante-Emv

El beso, el beso…, según agencias, El País

“…En efecto, hay algo que se ha impuesto en nuestro país y que es un peligro creciente. Para abreviar lo llamaremos el estilo rosa. La lógica, la dinámica y la retórica de los medios públicos se asemejan cada vez más a ciertos programas televisivos y  a algunas revistas del corazón. ¿Qué es la prensa rosa? Ya saben: son publicaciones (y televisiones) en las que se persigue a personajes célebres para arrancarles alguna declaración, alguna opinión, algún juicio sobre sus penúltimos amoríos. Es, por supuesto, el lugar del cotilleo, el corral de vecindad al que se asoman los espectadores para asombrarse con las habladurías, pero es también el proscenio en el que representar el famoseo: un modo de certificar la existencia. Si sales, si te roban la imagen, si te piden opinión, es que cuentas, ya cuentas. Pero eso que dices o que dicen no es todo, sólo una parte de lo que encubres. Hay, pues, un toma y daca. Algunos confiesan algo, pero todos los espectadores saben que hay algo más que no se revela, que detrás de esas pocas palabras triviales o comprometedoras, hay… tomate; hay… tela”, decíamos ayer.

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3. Alberto el Doliente

Dicen que la posición de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la Villa y Corte, es incómoda. Al no haber sido escogido para figurar en la lista electoral del Partido Popular por Madrid, su futuro queda desdibujado. Tanto es así que, tras la reunión en que se le comunicó que no iba a concurrir como candidato al Congreso, éste amenazó con abandonar la vida política. Luego, más sosegadamente, acabó corrigiéndose para decir que tras el 9 de marzo consideraría abierta y públicamente qué hacer de su empleo institucional. Los observadores se apresuraron a señalar que no habría dimisión antes de las elecciones, fundamentalmente para no dañar las expectativas de Mariano Rajoy. Yo creo, sin embargo, que sin ser incierta esa descripción hay otro elemento a considerar. Mantenerse en el cargo hasta el 9 de marzo, con ese vaivén emocional que expresa en público, con ese silencio doloroso que exhibe, con esa resignación callada que manifiesta, le permite jugar con distintas opciones. Si perdiera Mariano Rajoy, entonces él mismo podría presentarse como el candidato que no fue, como el activo que el Partido Popular derrochó a sabiendas. Si ganara el PP, entonces podría presentarse como el militante obediente, alguien a quien correspondería un pago o contraprestación a cambio de su doliente fidelidad. Es decir, su siencio siempre tendrá premio… Es una comedia de enredo y es un juego de suma cero, pero es sobre todo un folletín que puede narrarse como un cuento o que puede dramatizarse como un desamor, con dos rivales cuyo jefe les obliga a representar su fidelidad.

No dejaré yo de besar a ninguna persona que quiera regalarme un beso“, le confiesa  Alberto Ruiz-Gallardón a Andreu Buenafuente

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Miércoles 20 de febrero, a poqueta nit, nuevo post

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02.11.08

AntiZapatero

Posted in Comunicación, Democracia at 12:38 por jserna

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1. José Luis Rodríguez Zapatero 

Para José Antonio Zarzalejos, el ex director de Abc, José Luis Rodríguez Zapatero era objeto de repudio. Dicha actitud la hacía explícita una y otra vez, repitiéndose  machacona y bravamente en sus epístolas dominicales. Aunque ahora lo hayan defenestrado, no debemos olvidar al antiguo director de Abc. Zarzalejos quiso batallar briosamente contra Zapatero y, desde luego, ha marcado una época del columnismo huraño. Se presentaba como moderado, de verbo contenido, pero acabó venciéndole su propia empresa. Literalmente, una empresa que le sobrepasaba: un gran periódico en horas bajas –con un seguidismo o un partidismo explícitos en cada una de sus páginas– ha precipitado su caída. Se declaró partidario de Alberto Ruiz-Gallardón… y fracasó en su apuesta. Se declaró contrario a Eduardo Zaplana… y fracasó en su apuesta. Quiso mostrarse celosamente vigilante de Mariano Rajoy, dictándole incluso el banquillo, pero fracasó también en sus admoniciones y consejos. Ya lo analicé aquí, en el blog. Para colmo, Zarzalejos estuvo durante meses y meses acosado, ridiculizado y vejado por Federico Jiménez Losantos,  que le reprochaba haber convertido el diario que dirigía en un periódico inane. Ahora  es fácil olvidar al periodista caído en combate, en un combate periodístico del que él es víctima principal; fácil olvidarlo para una empresa que debe reponerse y rehacerse moviendo el banquillo:  volviendo a su cantera.

Zarzalejos supo condensar los clichés expresivos que se han impuesto entre quienes se oponen al líder del partido socialista. Lo supo hacer con porfía aunque con dudosos resultados, todo hay que decirlo: sus tropiezos con las metáforas y el exceso de cacofonías estropeaban su prosa, siempre algo engolada. En un artículo suyo de junio de 2007 –que ya analicé aquí, en el blog– están los rasgos de su columnismo. Pero más que el análisis de su prosa herida, me interesa destacar ahora cómo describía a Zapatero. Pondré los rasgos por orden alfabético.

Adanismo, alevosía, altivez, arbitrariedad, banalidad, buenismo, cesarismo, cinismo, despotismo, doblez, candidez, iluminismo, ingenuidad, irresponsabilidad, magia, mentira, prepotencia, soberbia, redentorismo, tacticismo, vacío.

La verdad es que esos rasgos resultaban y resultan contradictorios. Describen a tipo ingenuo y malévolo, a un individuo inocente y cínico, a un político cándido y táctico. Todo ello a la vez. Veamos esos rasgos más precisamente. Por un lado, si alguien peca de adanismo es porque cree que con él empieza todo, que con él se inaugura la historia. ¿Es banal, además? La banalidad es la condición del insignificante, la propiedad de quien sólo actúa o piensa trivialmente. Quizá esas trivialidades expliquen el fundamento del buenismo. El bueno en política es aquel que nos quiere salvar y a la vez nos hunde. El bueno en política es un irresponsable, pues profesa el redentorismo: ha tenido una iluminación y quiere realizarla, mágicamente. Pero esa idea peca de candidez, de ingenuidad, de modo que el resultado es el vacío.

Pero, por otro lado, Zarzalejos tipificaba a Rodríguez Zapatero de alevoso. Si a uno se le acusa de tal cosa  es por su deslealtad, por su traición. Si, además, podemos reprocharle su altivez es por su engreimiento, por su soberbia, el pecado de los individuos altaneros, aquellos que no atienden, aquellos que creyéndose superiores tratan con desprecio. Si encima se le califica de arbitrario es porque actúa con manifiesta ilegalidad, al margen de cualquier contención o freno. De ahí, su cesarismo, su despotismo, lo propio de quienes obran cínicamente, con doblez y tacticismo, con mentiras.

El trazado de estos rasgos se ha impuesto y, sin duda, esos estigmas –que no son idea exclusiva de Zarzalejos– pueden rastrearse entre distintos columnistas igualmente contrarios a Zapatero. Un par de ejemplos bastarán: los de Ignacio Camacho o Pedro J. Ramírez, el domingo 10 de febrero. Lo curioso es que ahora sirven también para abreviar y estigmatizar el perfil de Barack Obama partiendo de parecidos o coincidencias.

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2. Barack Obama

¿Y de Obama qué preocupa? ¿Qué le reprochan Camacho o Ramírez? Su adanismo, dice el primero. O su condición de bambi, añade el segundo. Es decir, un político sin asideros firmes o un reformista que rebasa los límites o los atavismos del propio partido. Un Obama más después de tantos y tantos como habría tenido el Partido Demócrata. “Atractivos Obamas que se quedaron por el camino”, añade Ramírez. ¿Quiénes? “John Edwards, Howard Dean, Bill Bradley, Gary Hart, Eugene Mc Carthy, Jesse Jackson o -aunque su caso fuera distinto- el malogrado Robert Kennedy, tal vez el más parecido al novato senador de Illinois en su ardiente retórica y capacidad de movilizar a los jóvenes”.

El nuevo adán sería alguien que empieza creyendo que inaugura lo que ya estaba o alguien que peca de candidez, presto a ser devorado por las fieras.