02.29.08

¿Tragicomedia de la crispación?

Posted in Sociología, Televisión, Comunicación, Democracia at 16:36 por jserna

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1. Los púgiles

Echen un vistazo a la imagen que encabeza estas líneas. Es la cubierta de un libro, una ilustración debida a Fernando Vicente. Representa una escena de boxeo. Vemos a dos púgiles en combate: Mariano Rajoy parece amagar con un derechazo;  su contrincante, José Luis Rodríguez Zapatero, se protege con la izquierda. Esta ilustración no fue pensada para representar el debate televisivo del pasado 25 de febrero, sino para resumir una legislatura, cuatro años en que los contendientes habrían estado al ataque y a la defensiva… ¿Que es una metáfora muy gastada? Seguramente: es una imagen mil veces repetida, pero hemos de admitir que sirve, que sirve para mostrar la circunstancia de la discusión pública.

En el debate televisivo del 25, Mariano Rajoy hizo acusaciones graves, acusaciones frente a las que Rodríguez Zapatero se defendió con mayor o menor contundencia, con un punto de irritación. De tristeza, decía mi madre: como si al candidato socialista le aturdiera tanta evidencia que el adversario no quiere ver. No sé, no me acaba de convencer esa impresión de tristeza: no me imagino a un púgil fajador lamentándose de la pegada del otro. Creo, más bien, que el rostro contrito de Rodríguez Zapatero es una puesta en escena, una legítima puesta en escena. Desde ese día, los medios han agigantado la colisión haciendo drama del choque y sondeando el efecto del acto televisivo. Por su parte, los propios partidos políticos han procurado sacar ventaja de lo que el debate fue o de lo que las encuestas dicen.

No hay nada que reprochar en esta dramatización que moviliza o suma votos. Tampoco hemos de escandalizarnos de los ultrajes verbales que unos u otros se dedican: ese imbécil, por ejemplo, que Felipe González le ha espetado a Mariano Rajoy. Suena verdaderamente ofensivo y con toda probabilidad el ex presidente podía haberlo evitado: por dignidad institucional, añado. Pero ese dicterio es un insulto infantil comparado con las acusaciones reiteradas que José María Aznar ha vertido contra Rodríguez Zapatero; o comparado con las mofas y chanzas que le han lanzado otros políticos populares; o comparado con las descalificaciones  que sobre el candidato socialista han difundido columnistas muy ocurrentes a la hora de denostar.

Quizá estemos llegando al punto de saturación. Tal vez no está lejos el día en que muchos ciudadanos puedan cansarse de tanta tensión verbal: una tensión muy espectacular desde el punto de vista mediático, pero muy poco edificante si lo que exigimos es convivencia. Me digo lo anterior y a la vez no quiero pecar de ingenuo. La adhesión electoral parece requerir ese estado de verbalismo y de agitación: también lo exige la presión periodística de los medios afines. Sin embargo, inmediatamente me corrijo: entre los ciudadanos parece detectarse un hastío creciente, un hastío que alguien podría acabar pagando. ¿Quién? ¿Quizá el Partido Popular o el Partido Socialista?

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2. ¿Censura ciudadana?

¿Es posible vivir sin una tensión emocionalmente tan devastadora? ¿Es posible organizar la vida pública sin que los grandes partidos se enfrenten por lo básico o por lo nimio? La política se retransmite y se presenta como espectáculo de alto voltaje y de alto rendimiento; la realidad y los sondeos se confunden; todos tenemos o creemos tener una opinión… En esas circunstancias no es probable que el choque se alivie. De momento. Pero no es menos cierto que estamos al borde mismo de la saturación. Hay algunos observadores que manifiestan ese cansancio. Uno de ellos es  Enrique Gil Calvo.

Este sociólogo acaba de publicar el libro de cuya cubierta hemos tomado la ilustración que encabeza: el profesor de la Universidad Complutense y contertulio de la Cadena Ser hace aquí las veces de augur y de analista, de ideólogo y consejero. Se pronuncia sobre esas cuestiones que yo mismo les planteo en el blog una y otra vez. ¿Cuál es su diagnóstico? El dictamen es ciertamente discutible: por eso mismo vale la pena debatirlo. Hay un hastío general, dice Gil Calvo, que acabará pagándose: un aburrimiento que deberíamos hacérselo pagar a los partidos dominantes, añade.  “Sólo los ciudadanos podremos poner fin al callejón sin salida de la crispación política actual. Y eso podemos conseguirlo de varias formas posibles”.

¿De qué manera? ”Por ejemplo, aumentando el nivel de abstención hasta tal punto que los partidos políticos dominantes no puedan menos que darse por aludidos, optando en consecuencia por detener el conflictivo juego de la crispación. Tampoco resultaría imposible –aunque el sistema electoral en vigor no lo haga demasiado probable– que los ciudadanos desviasen su airado voto de castigo a los dos partidos dominantes hacia algún partido bisagra, como la UPD [Unión, Progreso y Democracia] que ha fundado con este fin Fernando Savater”. Son dos posibilidades, pues, las que Gil Calvo contempla y que hay que discutir.

Por un lado, la abstención. En efecto, puede darse un hartazgo, la eventualidad de que los ciudadanos rechacen las formaciones políticas que les piden el voto, simplemente por crítica al estado de partidos y al estrépito mediático: la abstención activa. Es, desde luego, una circunstancia que no cabe descartar como posible y perfectamente legítima. Eso sí: siempre que seamos conscientes de las consecuencias. No votar, reconociendo lo muy repudiables que son ciertas formas de crispación,  es un riesgo real: no es probable que los partidos se corrijan y, simultáneamente, podemos deslegitimar la democracia imperfecta que tenemos. ¿Manifiestamente mejorable la democracia? Sin duda, sin duda: pero es la que tenemos. Además, al mal funcionamiento del sistema contribuimos los propios ciudadanos con nuestro desinterés político o público y, por supuesto, contribuyen también los medios de comunicación: siempre que alientan el estrépito por partidismo, por sectarismo. Hay periódicos que toman partido –cosa legítima– pero para convertirse pura y simplemente en prensa doctrinal. Enrique Gil Calvo cree que es posible imponer un severo correctivo a los partidos dominantes, pero no nos muestra de qué modo podríamos hacer algo semejante con los diarios agitadores, en papel y en Internet. 

Por otro, tenemos, admite Gil Calvo, el voto creativo, regenerador. En efecto, cabría la posibilidad de votar a partidos nuevos, a partidos-bisagra que proponen literalmente regenerar la democracia. Entre ellos está UPyD. No entiendo por qué el sociólogo olvida a Ciudadanos, que compite por el mismo electorado descontento. Pero lo que entiendo menos aún es por qué he de confiar en una formación política nueva que me promete no hacer lo que los partidos dominantes han venido haciendo. ¿Es que, acaso, la buena voluntad y el crédito de algunas personas garantizan su buen funcionamiento? ¿Y por qué la experiencia de Ciudadanos, apoyada por algunos de esos mismos descontentos, ha acabado en enfrentamiento interno? ¿Qué será de UPyD cuando el apetito de poder o los malos resultados despierten al partido tradicional que inevitablemente es? Si esto es así, ¿entonces por qué yo no debería votar a alguno de los partidos dominantes? No creo que sean sustancialmente peores que ese nuevo que se nos anuncia.

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3. ¿El decálogo?
 

Pero lo más discutible de lo dicho por Enrique Gil Calvo es el decálogo final, ese repertorio de normas de buena conducta democrática con el que cierra su volumen. Lo que empezó como un análisis empírico del sistema político español acaba siendo una teoría normativa de la democracia. Los partidos, nos dice el sociólogo, han de someterse a una autorregulación.“Hace falta que la clase política aprenda a autorregularse evitando su doble tentación actual de caer en la crispación y manipular las instituciones”, dice Gil Calvo. “Igual que sucede con las demás adiciones a vicios adquiridos (fumar, beber, drogarse, etcétera), la adicción al vicio de la crispación se puede llegar a superar mediante apropiados ejercicios de desintoxicación y reciclaje”. ¿Cuáles serían estos ejercicios? Hay que seguir una tabla. O, mejor, hay que obedecer una serie de reglas, que forman un decálogo, es decir, que funcionarían como mandamientos.

Primer regla: veracidad

Segunda regla: sinceridad

Tercera regla: transparencia

Cuarta regla: rendición de cuentas

Quinta regla: representación

Sexta regla: lealtad

Séptima regla: inclusividad

Octava regla: confianza

Novena regla: ecuanimidad

Décima –y última— regla: juego limpio

¿Y cómo espera aplicarlas? O, mejor, ¿cómo espera forzar a la clase política para que las cumpla escrupulosamente? ¿Será un ejercicio de buena voluntad? El propio Gil Calvo concluye su libro admitiendo que “hoy por hoy todo esto suena a música celestial. Grandes y bellas palabras, que nuestros representantes no tienen problema en suscribir ni aprobar, aunque se hallen por completo alejadas de su práctica cotidiana”. ¿Entonces? Un código de conducta funciona si su incumplimiento es más gravoso que su cumplimiento: o si la punición es efectiva. Esta sencilla regla que recordara Max Weber, el gran sociólogo alemán, parece ignorarla su colega español: Enrique Gil Calvo. Pedirle a nuestros representantes que se autorregulen y que, por ejemplo, no conviertan el estruendo crítico en su forma de hacer oposición es puro, puritito, idealismo. El propio Gil Calvo admite –y admite atinadamente— que los grandes cambios políticos se han dado en la España democrática como consecuencia de graves crisis difundidas y agrandadas con estrépito mediático.  Cuando leí esa tesis en su libro convine totalmente. Era algo que yo mismo había pensado, una conclusión no muy original y que empíricamente  es demostrable: la retirada de Suárez, el éxito de González, la llegada de Aznar, el triunfo de Zapatero. El ejercicio del Gobierno parece asegurar la repetición y el mantenimiento salvo que un grave descalabro o cataclismo político provoquen la caída del mandatario.

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4. Los sondeos (2 de marzo de 2008)

Leído el libro de Gil Calvo, echemos ahora un vistazo a los sondeos que el domingo 2 de marzo se hacen públicos, una semana antes de las elecciones. El de El País, por ejemplo. O el de Levante-Emv. O el de El Mundo. O el de Abc

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5. Los efectos de composición (3 de marzo de 2008)

La encuesta de El Mundo que hoy se hace pública confirma las tendencias ya sabidas. ¿Resueltas las expectativas? No olviden que los sondeos más rigurosos, esos que están confeccionados con las máximas garantías, no dicen quién va a ganar, sino cuál es el retrato de situación en ese justo momento. Al retratar provocamos efectos. Cuando uno se mira en el espejo, ve a alguien que se le parece: que se parece a quien uno quiere ser. Pero el reflejo nos da una impresión no siempre favorecedora: por eso, procuramos mejorar lo que contemplamos, corregir lo que nos desagrada o maquillar lo que está más a la vista. ¿Cómo votaríamos si conociéramos los datos de las encuestas hasta el día mismo de las elecciones? Al averigurar los resultados probables, depositaríamos nuestros sufragios para reforzar o corregir la tendencia que hemos visto en el espejo. Por eso, no me creo esas actitudes suficientes, sobradas, de quienes desprecian los sondeos: generalmente corresponden a quienes van perdiendo en esas encuestas. Pero lo contrario no es necesariamente sensato ni exacto: no te creas el más guapo, pues puedes ir ganando en los sondeos y, sin embargo, eso no es garantía de éxito final. La tendencia que nos muestra una encuesta no es necesariamente falsa: pero, al sumar, los resultados pueden acabar de una manera o de otra. La información constante satura, desde luego. Ahora bien, los datos que se suministran, las informaciones que se filtran, los acontecimientos imprevistos…, todo ello puede confirmar o alterar aquel retrato inicial. Son lo que Raymond Boudon llamó efectos de composición. Lo que yo haga también lo pueden hacer otros, luego el resultado final es, relativamente incierto.

En su blog de El Mundo, Arcadi Espada habla de la abstención a que puede inducir la primera plana de su periódico. Con prosa escueta aborda lo que nadie sabe: que el sondeo del periódico puede provocar cambios electorales… ¿deseados? Imagino a Espada algo inquieto con la circunstancia y con las consecuencias de la circunstancia. “Habrá quien lea el titular del periódico como una sibilina estrategia de desmovilización electoral”, admite. “Ni las ficciones ni las intenciones pueden desmentirse. Por lo tanto yo lanzo mi cuarto a espada y sostengo que si el titular desmoviliza a alguien será al potencial votante del Partido Popular. ¡Justo ése que, si desmoviliza, asegura la victoria del Partido Popular!”, apostilla.

O no… 

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5. Hemeroteca

JS, “Cháchara“, El País, 28 de febrero de 2008 

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02.25.08

Conjeturas y debates

Posted in Televisión, Fotografía, Comunicación, Democracia at 14:19 por jserna

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1. Cara a cara

Domingo, 17 de febrero, domingo, 24 de febrero: El País reúne a los candidatos con sus respectivas esposas en un gesto reconocible, chic to chic. El primer pie reza: “El marido de Sonsoles”. El segundo dice: “Juntos en este viaje”. Hay que verlos en el día a día, descubriéndose y descubriéndonos ternura y familiaridad. Es la imagen previa, cara a cara, anterior al otro cara a cara: al de los propios candidatos. José Luis Rodríguez ZapateroSonsoles  Espinosa se nos muestran sonrientes, desenfadados, con aspecto juvenil o desenvuelto: más aún, es la esposa quien adopta la posición dominante al entrelazar sus manos sobre el pecho del marido. Mariano Rajoy se nos presenta pensativo, estudioso, quizá prudente y reflexivo: su esposa, Elvira Fernández, parece cansada, incluso angustiada, reposando su cabeza en el hombro del cónyuge. ¿Una mentira, una manipulación? No es exactamente así: no me imagino a los fotógrafos forzando a los candidatos. ¿Dramatizan…? Esos ademanes son algo general, común. Las poses fotográficas son artificios colectivos, modos de adoptar ademanes convenientes que el público reconoce, moldes expresivos y esquemas culturales gracias a los cuales los espectadores se ven reflejados: en este caso, en el espejo distinguimos a la futura pareja presidencial.

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2. ¿Coach o sparring?

De cara al debate televisivo entre ambos contendientes noto cierto escepticismo entre los periodistas afines a los conservadores. O es prudencia, contención, cuidado, después del traspié de Manuel Pizarro. En El Mundo, Pedro Jota Ramírez obra como entrenador: así se puede comprobar en sus “Diez consejos a Mariano Rajoy ante el debate“. En cambio, en el mismo periódico, Federico Jiménez Losantos adopta el papel del sparring. “En fin, no voy a decirle a Rajoy lo que sabe mejor que yo, aunque no siempre lo diga con claridad o lo haga recurriendo a esas ironías galaicas que no funcionan casi nunca”, dice el locutor radiofónico. Es como si en esas palabras reapareciera la suspicacia de la derecha extrema ante el Maricomplejines. “Tiene que ser arriesgado y prudente, cauto y valentón, hacer una tortilla sin romper los huevos y exhibiendo las cáscaras”, añade Jiménez Losantos. No es mal consejo, desde luego: una recomendación que valdría para Rajoy pero también para Rodríguez Zapatero.

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3. El candidato popular

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El pasado 24 de febrero, El País dedicaba las páginas principales de su suplemento de “Domingo” al candidato Mariano Rajoy. En la primera del cuadernillo otra vez lo vemos  pensativo, quizá prudente, con la mirada tal vez perdida, cavilando. Es una conjetura, una conjetura más. Está en un avión. Apenas atisbamos el interior de la nave, el fondo oscuro. La luz exterior ilumina su rostro: atraviesa la ventanilla del avión, esa a través de la cual Rajoy observa. Se sujeta la cabeza con la mano. O, mejor, se tapa la boca, gesto habitual de timidez o de contención, de reflexión. Indudablemente es una metáfora visual. Quiero decir: los editores del suplemento han querido emplear esa instantánea como metáfora de su suerte. ¿Qué le depara el inmediato porvenir? Todo parece depender de una ventana, de una pequeña pantalla. 

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4. Los efectos de una impresión

El debate ha reproducido el tono, el sentido, el estilo de las discusiones parlamentarias de esta legistatura. No creo que el acto de esta noche haya convencido a quienes estaban dudosos. Quizá convenza la lectura que se haga posteriormente: los sondeos que miden y provocan efecto… tal vez generen consecuencias. He visto el debate con un Mariano Rajoy permanentemente a la ofensiva y con un Rodríguez Zapatero que se protegía bien pasando en otros momentos al contraataque. Ahora, eso sí, pasaba al contraataque sin sonreír, grave, severo, tenso, en ocasiones justificadamente tenso, como cuando se ha dicho de él que atacaba a las víctimas del terrorismo: una ofensa literal que es difícil de sostener y de mantener. Estar a la ofensiva no da necesariamente el triunfo, pero hacer como que se han obtenido los mejores resultados puede favorecer. Puede favorecer si provoca el efecto: pero puede ser una falsa impresión en la que algunos quieren creer, con lo cual es un error. ¿Será eso lo que les sucede a Mariano Rajoy y a los suyos? Esto es lo que a estas horas, las 0:53 del martes 26 de febrero, puedo escribir. Mañana, leeremos los análisis, los sondeos, las valoraciones. Con todo ello, los espectadores y los lectores nos haremos una idea, y esa impresión acabará determinando el resultado. Buenas noches y buena suerte.

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5. El debate de los medios

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Creo haber acertado con lo que anoche, a última hora y después del debate, les decía: que serán los medios los que determinen el sentido del resultado, más allá de la primera impresión. “Primer round“, dicen en Público. Las metáforas deportivas –de las que yo también me serví– se imponen: o se habla en términos futbolísticos o pugilísticos. Siempre, con palabras propias de un deporte de contacto, pero para reconocer que, a falta de una victoria por KO, los observadores señalan un triunfador  por la mínima. Así presenta los resultados El País. Por su parte, en El Periódico podemos leer que ”Zapatero neutraliza las acometidas de Rajoy y lo supera al contrataque“. Lluís Foix, en La Vanguardia, añade con metáfora pugilística: “Zapatero gana por puntos“. En El Plural recogen las primeras impresiones y aciertan con la clave de la interpretación. Después de mencionar las encuestas televisivas que dan a Rodríguez Zapatero como vencedor, remiten a los sondeos de la prensa conservadora. El juicio que estos medios hagan es el máximo de efecto que Rajoy podría obtener. Por eso apostillan en El Plural: “el hecho de que las encuestas para los diarios y medios conservadores ofrezcan un empate técnico también supone una victoria para los socialistas”. Abc y El Mundo se conforman con las encuestas electrónicas que, sin control riguroso ni científico, conceden un leve triunfo a Mariano Rajoy: esos resultados dudosos Periodista Digital los copia, los reproduce y los exagera. La impresión general no es ésa. Evidentemente: a falta de una contundente pegada que desarbole las defensas del contrario, quien está a la ofensiva comprueba finalmente que su esfuerzo no rinde los frutos esperados. Sobre todo cuando no se gana en los análisis demoscópicos que día a día se hacen.

Transcripción íntegra del Debate: aquí.

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02.23.08

El Festival de Eurovisión

Posted in Juventud, Televisión, Franquismo, Comunicación, Historia at 12:40 por jserna

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1. Posguerra autobiográfica

Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo. 

Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura. 

Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones  en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”. 

Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto.  Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta. 

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2. El Festival de Eurovisión

Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas  una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.  

Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa. 

Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención. 

Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.

De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?

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3. El Terrat. Salir en los medios

Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados.  “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable.  Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…

Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.

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4. Acordes y desacuerdos

El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)

Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)

a. De Eurovisión a Frikivisión

b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos

c. La Eurovisión más democrática

d. TVE expulsa a El Gato

e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda

f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet

g. Pucherazo eurovisivo

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02.20.08

Televisión y deliberación

Posted in Televisión, Comunicación, Democracia, Historia at 20:24 por jserna

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1.Deliberación

Meses atrás, justamente cuando nos disponíamos a votar en las elecciones municipales y autonómicas publiqué un artículo en el que citaba al pensador estadounidense John Dewey. Ahora, cuando estamos tan cerca de otros comicios y cuando la experiencia americana de las Primarias nos hace redescubrir el valor deliberativo de la democracia, regreso a sus palabras, extraídas de una recopilación que pude leer años atrás: Liberalismo y acción social.   

John Dewey hablaba de democracia creativa para referirse a la deliberación ciudadana: el proceso de discusión, el procedimiento compartido y aceptado que nos permite debatir las ideas a partir de un marco común, exponiendo, argumentando, razonando. Seguramente no es preciso llamarla así: democracia creativa. Inquieta esa calificación. Lo creativo en política no siempre da buenos resultados: las ideaciones más audaces en lo público y lo colectivo se fundamentan en convicciones, y los principios están muy bien siempre que se acompañen de responsabilidad. Debemos calcular cuáles son las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en Dewey, la democracia creativa no es mero utopismo: es la acción responsable de quien se implica, expone sus ideas y sus principios (políticos o incluso religiosos) esforzándose en argumentarlos. O, en los términos de Barack Obama, “lo que sí exige nuestra democracia deliberativa y plural es que los que están motivados por la religión”, o por otras creencias o fundamentos, “trasladen sus preocupaciones a unos valores universales en lugar de específicos. Se requiere que sus propuestas estén abiertas a debate y sean permeables a la razón”.

Por eso, deberíamos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo”, había escrito Dewey en 1939. En efecto, deberíamos adquirir “el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, insistía el norteamericano.  Leídas hoy y aquí, tal vez esas palabras nos resulten excesivas. En España, la implicación deliberativa de los ciudadanos no es algo relevante. A ello han contribuido, sin duda, los pésimos ejemplos que nos han dado algunos de nuestros representantes: la corrupción pública o los enriquecimientos escandalosos retraen a los ciudadanos políticamente honrados. Pero también desmotivan el estrépito mediático, la estigmatización del contrario, la destrucción semántica del rival: eso es algo bien distinto del debate civil.

“Me inclino a creer”, decía otra vez John Dewey, ”que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey. Hace unos pocos días estuve con otras personas… en una reunión libre de vecinos. Nos congregamos unos sesenta comensales con el fin de discutir sobre la circunstancia política. Era una convocatoria hecha a través de Internet, por correo electrónico: en red, pues.  Tres ponentes debíamos iniciar las intervenciones con nuestra reflexión o crítica. Yo hablé de la manipulación, de la mentira, de la ganga oral que en campaña tan frecuentemente nos rodea. Tras los primeros parlamentos llegó el momento de la cena; después, la serie de preguntas y discusiones que completaban la velada. La tertulia en la que participé tenía algo de conspiración entrañablemente antigua y contradictoriamente liberal. Liberal, en la acepción de Dewey: comunitaria, republicana, progresista. Y liberal en el sentido propiamente español y decimonónico: el espacio público del primer Ochocientos comenzó con tertulias menesterosas en tabernas municipales en donde los ciudadanos hacían comensalismo y liberalismo.

Pero estamos en otro tiempo: estamos en  la época de la mediatización absoluta de la experiencia. Nada hay ya que no pase por la comunicación masiva y por la globalización, por la representación, por la televisión.

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2. Televisión

Acaba de hacerse público un Manifiesto… en el que se critica la manipulación, el mal uso de ciertos medios públicos: concretamente, en la televisión valenciana. Un manifiesto: nos fuerzan a volver al primer liberalismo, a los inicios del liberalismo revolucionario, cuando los ciudadanos levantiscos vejados debían publicar hojas volantes para denunciar el mal gobierno del absolutismo. En fin… Pero regreso a la actualidad. Cuando tuve conocimiento de que se estaba elaborando dicho texto, lo firmé sin rechistar. Desde luego, siempre hay aspectos con los que no estás exactamente de acuerdo o que habrías expresado de otro modo. Ahora bien, es tan insoportable esa manipulación (que ya se prolonga muchos años, prácticamente desde sus inicios), que me he guardado mis pequeños reparos. No suelo firmar manifiestos, pero el escándalo de Canal 9, de sus programas informativos, supera lo visto en cualquier televisión pública. Ya escribí sobre este asunto años atrás: como otros muchos, que se han pronunciado sobre las manipulaciones de la tele valenciana. Sin ningún resultado, claro, y con un creciente escepticismo: la prueba de que los artículos que uno publica no sirven para gran cosa es que el motivo de las críticas sigue vigente mucho tiempo después: pero ahora peor. ¿Tiene remedio la televisión? Punto y aparte.

Para quienes impartimos clase en la Universidad; para quienes hablamos en público; para quienes escribimos en prensa o en Internet, la intervención deliberativa supone siempre un esfuerzo: un esfuerzo de razonamiento, de contención, de moderación… en una reunión libre de vecinos o en las aulas. Hoy mismo me lo reprochaba un alumno que cursa estudios de Comunicación Audiovisual: “es usted muy moderado, parece que no se moja”, me decía. ¿Que no me implico? Una cosa es la cortesía, la formalidad, que nunca han de perderse; y otra distinta es la reflexión crítica, que también ha de hacerse con toda la sutileza de la que seamos capaces. Desde luego, uno no siempre consigue hacerse entender, pero tampoco se trata de abandonarse a la agitación o a la intoxicación: como tampoco se trata de sumar adhesiones pronunciándonos sectariamente. Hay que argumentar, trasladando preocupaciones particulares y legítimas a unos valores que puedan universalizarse, que puedan ser discutidos por quienes no comparten nuestros juicios. Eso es el espacio público democrático, el lugar en el que el disidente es respetado.

Por eso  no puedo sino condenar los ataques sufridos por María San Gil, por Dolors Nadal, por Rosa Díez en distintos recintos universitarios. En distintos recintos universitarios. En una democracia no hay derecho alguno a reventar actos legales, a amenazar. Jamás me ha parecido bien que unos vándalos puedan impedir actos de expresión, de reflexión: convengamos o no con lo que allí se expone. Por otra parte, como estamos en la sociedad mediática que todo lo retransmite, la violencia y la intimidación de unos cuantos gritones o matones son muy apetecidas por las televisiones… hasta que las próximas amenazas reactiven o actualicen el deplorable espectáculo. Parece inevitable: la televisión y el periodismo dan cobertura informativa a quien con estrépito agrede.

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3. El primer debate televisivo. Pizarro vs. Solbes (jueves, 22 de febrero)

A las 21 horas, Pedro Piqueras entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero en Tele 5. Se inicia oficialmente la campaña electoral y los candidatos van a multiplicarse concediendo interviús y enfrentándose en debates. Corremos el riesgo de la saturación: el peligro de quedar anegados por el exceso. ¿Hay alguien que todavía precise más datos y más información? Al parecer, las cadenas de televisión, los periódicos, las emisoras de radio necesitan alimentarse con este material previsible: los espectadores nos congregamos y subimos las audiencias. Por otra parte, quizá el empate que registran los sondeos pueda romperse según cómo queden los candidatos, en entrevistas y en debates.  Pero lo que da bien en televisión no es necesariamente la argumentación. O la verdad o la deliberación: lo que da bien en tele es un efecto de representación (que no es necesariamente falso). ¿Cuál es ese efecto?

El que se logra con el dominio de la escena, con la seguridad expositiva, con el sosiego, con la mesura. Son las 23:30 horas del jueves 21 de febrero. En el debate que he seguido en Antena 3, como espectador he tenido la sensación de que Pedro Solbes manifestaba equilibrio y contención, un control de las cifras y de los datos realmente imbatible. Es la impresión, insisto. Tanto es así, que Manuel Pizarro ha debido adaptarse a los términos de una discusión que siempre ha marcado el candidato del Partido Socialista. No me pregunten por la materia económica, de la que tengo pocos conocimientos. No me pregunten por grandes cifras, cuyas magnitudes frecuentemente ignoro. Pregúntenme por los términos de la representación televisiva. Cuando el contendiente debe acoplarse a lo que tú dices, entonces es que llevas la delantera. A un inquieto Pizarro, Solbes le ha dado lecciones de serenidad. La prueba es que la contundencia o el ataque del candidato popular sólo han asomado en dos ocasiones y más bien parecían una rabieta o malestar ante el bastión inconmovible de Solbes. A la postre, el debate ha discurrido con cortesía y con poca verbosidad. ¿Cómo lo percibirán los espectadores?  

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4. Las reacciones (viernes, 22 de febrero)

-Según la encuesta de Antena 3, el 47,4 % de los espectadores da la victoria a Pedro Solbes frente a un  37,1 %.

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5. Hemeroteca-Biblioteca

El bosque de la información, por Anaclet Pons, miércoles, 20 de febrero de 2008.

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02.15.08

Literatura política

Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 21:00 por jserna

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1. Livres de circonstances

¿Qué hago yo leyendo literatura política o periodística absolutamente coyuntural? ¿Para qué dedico una parte de mi tiempo a libros exclusivamente circunstanciales, a volúmenes que no rebasan su propio contexto? Desde luego no me voy a poner finolis. A mí lo que me gusta es leer para informarme, buscando entre la ganga y la morralla. Cuando doy clases, mi ideal es impartirlas sin tener sobre la mesa apuntes extensos y desarrollados: sólo unas brevísimas anotaciones, palabras garabateadas que me permitan recordar… No se trata de improvisar, así sin más. Se trata de hurgar dentro con el fin de extraer lo que previamente sembraste. Para ello, desde luego, hay que documentarse, reservando lo aprendido, conservando aquello que podrías necesitar en caso de apuro, justamente cuando no cuentas con la fuente…  

Digo esto y recuerdo el caso extremo de Antonio Gramsci: solo, en la cárcel, con escasos libros, elaborando sus apuntes eruditos, pero siempre necesitados de una posterior mejora… que nunca llegará.  Leer así, trabajar en esas condiciones, tiene su riesgo. Por faltarle los recursos necesarios,  el preso que carece de fuentes corre el peligro de incurrir en el diletantismo, en la mera expansión. Vale decir, puede tratar este o aquel asunto con erudición precaria, buscando sólo la brillantez formal, aproximándose superficialmente, liquidando el tema. Gramsci no quería ser un diletante. Por eso se sometía a los rigores de la disciplina intelectual y por eso multiplicaba sus fuentes, todas las que le permitían: alta y baja literatura.  

No es un mal plan: leer cosas de batalla, incluso de baratillo. Más aún, puede ser un ideal: contrastar lo sofisticado y lo complejo con lo común y lo humano, lo demasiado humano. Por ejemplo, yo venía de leer los libros de Miguel Veyrat, refinados y herméticos,  y en los últimos días he querido someterme a la disciplina contraria: catar algo prosaico, algo que muestre sensaciones más ordinarias, más vulgares. “Todas las emociones contenidas en este libro –ambiciones, sentimientos, amor, odio, éxito, fracaso, rabia, tragedia y comedia— estallaron de golpe el 15 de enero de 2007”, dice la autora con error perdonable. El desliz lo causan las prisas: se acababa de producir la escena final y la periodista debía aprovechar el interés que el prolongado choque había despertado.

Es un drama que enfrenta a dos postulantes con humana codicia, a un hombre y una mujer que se saben destinados a algo más eximio que la política municipal y espesa… Es el suyo un juego de suma cero, pero es también un lance antiguo en el que los combatientes van de farol, amagan, hacen fintas. El hecho de que sean una dama y un caballero aumenta el interés. En el fondo, encarnan papeles igualmente antiguos, roles predecibles. Por un lado, la mujer resuelta, decidida y lenguaraz, con la campechana vulgaridad de los grandes linajes: la señora que se aupa estratégica, sibilinamente, dando sus hachazos en el momento exacto. Por otro, el varón igualmente codicioso que sabe conquistar con dotes de galán antiguo, una suerte de Don Juan entre tímido y audaz: el hombre culto que se ve exquisito, que se cree destinado a mayores, que sueña con reemplazar y superar las ambiciones del padre. Ambos desean lo mismo, pero no hay reparto del reino: sólo uno podrá aspirar al trono.

Lucía Méndezperiodista de El Mundo, es la autora de Duelo de titanes, un libro en el que relata la historia de dos ambiciones. Pese a lo que pueda pensarse, no hay enigma que en sus páginas se desvele; no hay revelaciones a las que ahora asistamos con asombro; no hay fuentes inéditas que hoy se destapen. El volumen ponen en orden –que no es poco– un caso de enfrentamiento político que hemos seguido con interés morboso, folletinesco. El título es una concesión al tópico, sin duda. La fotografía de la cubierta, en la que se ve a Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón apretaditos, es un azar que alguna inauguración o algún encuentro institucional han forzado. En todo caso, cumple su función: reclamar nuestra atención. Una faja inferior de dicha cubierta acentúa el sentido folletinesco, melodramático. Lamento que la imagen que ustedes ven (capturada de la página de Espasa) no nos permita distinguir el reclamo comercial.

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Lo reproduzco. “Las claves secretas”, leo. “Ella creció a su sombra, él la despreciaba…”, acaba la leyenda de dicha faja. En realidad, no hay claves secretas, sino evidencias públicas o pruebas manifiestas que estaban a la vista de todos. Pero el folletín tiene sus reglas, como bien nos advirtió Gramsci cuando analizaba la literatura popular. Caballeros que se descubren y se comportan como héroes, cuando su vida no estaba destinada a ello; príncipes azules que aún creen en la bondad de los sentimientos, en la limpieza de sus emociones; traidores que actúan con doblez y que agrandan los desastres del reino; villanos que obran el mal para adueñarse del mundo, con codicia irrefrenable, con malas artes; princesas bellísimas y algo atolondradas o inocentes que fueron secuestradas… y que finalmente habrán de ser restituidas a sus padres, los monarcas; brujas o hermanastras o madrastras que envidian la delicadeza de esas damas, responsables del rapto o del estupro, y que recibirán su merecido. Esas claves de lectura no son códigos antiguos que hayamos abandonado. Antes al contrario, lo folletinesco perdura en la vida pública y privada de hoy. Me pregunto qué papeles cumplen Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón en el volumen de Lucía Méndez.

La periodista reconoce la emoción que le ponen los actores a los papeles que desempeñan, dramatizando bien su enfrentamiento. El choque es real, pero cobra dimensiones de cuento. Tal vez por eso, la autora no cree que salgan bien parados: piensa finalmente que quizá no haya triunfador neto en este duelo. Por una parte, las simpatías de la periodista se inclinan por Ruiz-Gallardón pero reconoce que el caballero ha manifestado sus ambiciones algo torpe, algo desastrosamente. ¿Cuál es su futuro? De momento sobrellevar melancólicamente la pérdida de un tesoro que nunca tuvo. Aunque, quién sabe, quizá algún día acabe por reponerse presentándose de nuevo como el príncipe azul que antaño fue confundido por la madrastra. Por otra, la autora admira a Aguirre, tan exacta en sus golpes, tan despiadada, con esa sonrisa desacomplejada que luce para escarnio de sus víctimas. Aunque, quién sabe, quizá algún día sus damnificados le hagan pagar amargamente los éxitos de hoy, el botín o el despojo…

Me pregunto, pues, sobre esta literatura política, sobre sus personajes de fábula, sobre sus episodios de cuento y, al hacerlo, creo ver las entretelas, la confección, los trucos menores. No hay que examinar sólo los contenidos o las cubiertas. Hay que demorarse en detalles aparentemente secundarios que mucho dicen de lo que estas obras son. Por ejemplo, el prólogo de Duelo de titanes tiene un pie que reza lo siguiente: Madrid, diciembre de 2007. En cambio, en el epílogo del libro podemos leer: Madrid, enero 2008. Aquel prefacio está escrito y datado cuando el choque final entre Aguirre y Ruiz-Gallardón aún no se ha producido; el último capítulo está fechado cuando el alcalde de Madrid ya ha sido excluido de las listas al Congreso. El libro estaba básicamente confeccionado antes de que se precipitara el desenlace, cuando nada se sabía de lo que podía ocurrir.

¿Qué ha hecho la autora? Retocarlo para introducir brevemente la escena final de la exclusión de Ruiz-Gallardón, sirviendo así como consumación ya sabida. Ese momento lo retoma en las últimas páginas: es un acto dramático y, con ella, la autora da una salida bien distinta a lo que había sido el tono del relato. A la postre, es Mariano Rajoy el gran personaje que Méndez quiere retratar, aquel que con inteligencia y fino olfato habría sabido salir airoso del choque de personalidades. Ese capítulo lo titula “La catarsis”. Se nota el postizo, el añadido, la extensión. Rajoy, que ha estado muy desdibujado a lo largo del volumen, como un rey atribulado, resulta vencedor. Desde luego, es una posibilidad, pero está por ver: está por ver que las cosas puedan explicarse finalmente así. 

Mi padre, que acaba de leer Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón, está devorando ahora Duelo de titanes. Me admite que es un libro que pronto olvidaremos, pues es éste el sino de la literatura política circunstancial. Sin embargo, es un libro que ahora cumple un papel. Además de enriquecer a la autora, además de catapultarla como reportera de Corte, la obra convierte  en materia de folletín lo que es una vulgar o repetida historia de ambiciones: el rey que ve peligrar su corona y sus dominios por la codicia de los herederos… impide que lo destronen. En los cuentos, los héroes finalmente triunfan; los villanos caen derrotados; los traidores reciben su merecido; y el pueblo asiste complacido a la felicidad de sus superiores. ¿Es Mariano Rajoy el héroe? ¿Durará su reinado o, por el contrario, habrá algún tapado dispuesto a sucederle? No sé, quizá con Mariano Rajoy asistamos otra vez, en clave de farsa, a la historia archisabida del rey Lear. Entonces, cabría preguntarse quiénes son Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre. ¿Quiénes son aquí Cordelia, Goneril o Regan? Como dice Edgar en El rey Lear: “Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo, tanto como para entrar: todo es estar maduros”. Pues eso.

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2. Hemeroteca. El beso

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El beso, el beso…, según EP, Abc

El beso, el beso…, según Efe, La Razón

El beso, el beso…, según agencias, El Mundo

El beso, el beso…, según Efe, Levante-Emv

El beso, el beso…, según agencias, El País

“…En efecto, hay algo que se ha impuesto en nuestro país y que es un peligro creciente. Para abreviar lo llamaremos el estilo rosa. La lógica, la dinámica y la retórica de los medios públicos se asemejan cada vez más a ciertos programas televisivos y  a algunas revistas del corazón. ¿Qué es la prensa rosa? Ya saben: son publicaciones (y televisiones) en las que se persigue a personajes célebres para arrancarles alguna declaración, alguna opinión, algún juicio sobre sus penúltimos amoríos. Es, por supuesto, el lugar del cotilleo, el corral de vecindad al que se asoman los espectadores para asombrarse con las habladurías, pero es también el proscenio en el que representar el famoseo: un modo de certificar la existencia. Si sales, si te roban la imagen, si te piden opinión, es que cuentas, ya cuentas. Pero eso que dices o que dicen no es todo, sólo una parte de lo que encubres. Hay, pues, un toma y daca. Algunos confiesan algo, pero todos los espectadores saben que hay algo más que no se revela, que detrás de esas pocas palabras triviales o comprometedoras, hay… tomate; hay… tela”, decíamos ayer.

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3. Alberto el Doliente

Dicen que la posición de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la Villa y Corte, es incómoda. Al no haber sido escogido para figurar en la lista electoral del Partido Popular por Madrid, su futuro queda desdibujado. Tanto es así que, tras la reunión en que se le comunicó que no iba a concurrir como candidato al Congreso, éste amenazó con abandonar la vida política. Luego, más sosegadamente, acabó corrigiéndose para decir que tras el 9 de marzo consideraría abierta y públicamente qué hacer de su empleo institucional. Los observadores se apresuraron a señalar que no habría dimisión antes de las elecciones, fundamentalmente para no dañar las expectativas de Mariano Rajoy. Yo creo, sin embargo, que sin ser incierta esa descripción hay otro elemento a considerar. Mantenerse en el cargo hasta el 9 de marzo, con ese vaivén emocional que expresa en público, con ese silencio doloroso que exhibe, con esa resignación callada que manifiesta, le permite jugar con distintas opciones. Si perdiera Mariano Rajoy, entonces él mismo podría presentarse como el candidato que no fue, como el activo que el Partido Popular derrochó a sabiendas. Si ganara el PP, entonces podría presentarse como el militante obediente, alguien a quien correspondería un pago o contraprestación a cambio de su doliente fidelidad. Es decir, su siencio siempre tendrá premio… Es una comedia de enredo y es un juego de suma cero, pero es sobre todo un folletín que puede narrarse como un cuento o que puede dramatizarse como un desamor, con dos rivales cuyo jefe les obliga a representar su fidelidad.

No dejaré yo de besar a ninguna persona que quiera regalarme un beso“, le confiesa  Alberto Ruiz-Gallardón a Andreu Buenafuente

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Miércoles 20 de febrero, a poqueta nit, nuevo post

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02.11.08

AntiZapatero

Posted in Comunicación, Democracia at 12:38 por jserna

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1. José Luis Rodríguez Zapatero 

Para José Antonio Zarzalejos, el ex director de Abc, José Luis Rodríguez Zapatero era objeto de repudio. Dicha actitud la hacía explícita una y otra vez, repitiéndose  machacona y bravamente en sus epístolas dominicales. Aunque ahora lo hayan defenestrado, no debemos olvidar al antiguo director de Abc. Zarzalejos quiso batallar briosamente contra Zapatero y, desde luego, ha marcado una época del columnismo huraño. Se presentaba como moderado, de verbo contenido, pero acabó venciéndole su propia empresa. Literalmente, una empresa que le sobrepasaba: un gran periódico en horas bajas –con un seguidismo o un partidismo explícitos en cada una de sus páginas– ha precipitado su caída. Se declaró partidario de Alberto Ruiz-Gallardón… y fracasó en su apuesta. Se declaró contrario a Eduardo Zaplana… y fracasó en su apuesta. Quiso mostrarse celosamente vigilante de Mariano Rajoy, dictándole incluso el banquillo, pero fracasó también en sus admoniciones y consejos. Ya lo analicé aquí, en el blog. Para colmo, Zarzalejos estuvo durante meses y meses acosado, ridiculizado y vejado por Federico Jiménez Losantos,  que le reprochaba haber convertido el diario que dirigía en un periódico inane. Ahora  es fácil olvidar al periodista caído en combate, en un combate periodístico del que él es víctima principal; fácil olvidarlo para una empresa que debe reponerse y rehacerse moviendo el banquillo:  volviendo a su cantera.

Zarzalejos supo condensar los clichés expresivos que se han impuesto entre quienes se oponen al líder del partido socialista. Lo supo hacer con porfía aunque con dudosos resultados, todo hay que decirlo: sus tropiezos con las metáforas y el exceso de cacofonías estropeaban su prosa, siempre algo engolada. En un artículo suyo de junio de 2007 –que ya analicé aquí, en el blog– están los rasgos de su columnismo. Pero más que el análisis de su prosa herida, me interesa destacar ahora cómo describía a Zapatero. Pondré los rasgos por orden alfabético.

Adanismo, alevosía, altivez, arbitrariedad, banalidad, buenismo, cesarismo, cinismo, despotismo, doblez, candidez, iluminismo, ingenuidad, irresponsabilidad, magia, mentira, prepotencia, soberbia, redentorismo, tacticismo, vacío.

La verdad es que esos rasgos resultaban y resultan contradictorios. Describen a tipo ingenuo y malévolo, a un individuo inocente y cínico, a un político cándido y táctico. Todo ello a la vez. Veamos esos rasgos más precisamente. Por un lado, si alguien peca de adanismo es porque cree que con él empieza todo, que con él se inaugura la historia. ¿Es banal, además? La banalidad es la condición del insignificante, la propiedad de quien sólo actúa o piensa trivialmente. Quizá esas trivialidades expliquen el fundamento del buenismo. El bueno en política es aquel que nos quiere salvar y a la vez nos hunde. El bueno en política es un irresponsable, pues profesa el redentorismo: ha tenido una iluminación y quiere realizarla, mágicamente. Pero esa idea peca de candidez, de ingenuidad, de modo que el resultado es el vacío.

Pero, por otro lado, Zarzalejos tipificaba a Rodríguez Zapatero de alevoso. Si a uno se le acusa de tal cosa  es por su deslealtad, por su traición. Si, además, podemos reprocharle su altivez es por su engreimiento, por su soberbia, el pecado de los individuos altaneros, aquellos que no atienden, aquellos que creyéndose superiores tratan con desprecio. Si encima se le califica de arbitrario es porque actúa con manifiesta ilegalidad, al margen de cualquier contención o freno. De ahí, su cesarismo, su despotismo, lo propio de quienes obran cínicamente, con doblez y tacticismo, con mentiras.

El trazado de estos rasgos se ha impuesto y, sin duda, esos estigmas –que no son idea exclusiva de Zarzalejos– pueden rastrearse entre distintos columnistas igualmente contrarios a Zapatero. Un par de ejemplos bastarán: los de Ignacio Camacho o Pedro J. Ramírez, el domingo 10 de febrero. Lo curioso es que ahora sirven también para abreviar y estigmatizar el perfil de Barack Obama partiendo de parecidos o coincidencias.

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2. Barack Obama

¿Y de Obama qué preocupa? ¿Qué le reprochan Camacho o Ramírez? Su adanismo, dice el primero. O su condición de bambi, añade el segundo. Es decir, un político sin asideros firmes o un reformista que rebasa los límites o los atavismos del propio partido. Un Obama más después de tantos y tantos como habría tenido el Partido Demócrata. “Atractivos Obamas que se quedaron por el camino”, añade Ramírez. ¿Quiénes? “John Edwards, Howard Dean, Bill Bradley, Gary Hart, Eugene Mc Carthy, Jesse Jackson o -aunque su caso fuera distinto- el malogrado Robert Kennedy, tal vez el más parecido al novato senador de Illinois en su ardiente retórica y capacidad de movilizar a los jóvenes”.

El nuevo adán sería alguien que empieza creyendo que inaugura lo que ya estaba o alguien que peca de candidez, presto a ser devorado por las fieras. Como dice Pedro J. Ramírez,  “no es aventurado pensar que su desconocimiento de la mayoría de los asuntos importantes, sus contradicciones ideológicas, su ascendencia musulmana e incluso sus coqueteos juveniles con el incendiario predicador negro Jeremiah Wright le harán presa fácil de la máquina de picar carne republicana”. 

He leído el volumen de Barack Obama, La audacia de la esperanza, y en su autor no creo ver a un indigente intelectual que profesa el adanismo. Tampoco veo al ingenuo politico que retrata Pedro Jota. Si así fuera, un simple inexperto habría seducido a sus numerosos lectores y a los votantes que en las Primarias están apostando por él. Obama fue un profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago y su solidez académica no está reñida con el realismo político. He vuelto a releer pasajes de dicho libro para comprobar si su perfil se acomoda al retrato de Camacho y Ramírez. Tengo la impresión de que con Obama sucede lo mismo que con Rodríguez Zapatero: que con él se puede hacer un objeto de transferencia (perdonen el vocablo psicoanalítico).

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3. Un objeto de transferencia

Permítanme este didactismo. Tomémoslo como una metáfora operativa. En el proceso de transferencia, el paciente convierte al analista en un objeto vacío: sabe tan poco de él que puede modelarlo a su antojo, según le dictan sus miedos o expectativas. El terapeuta se deja manipular o modelar o rellenar, claro: así facilita la exhumación de lo oculto, de lo olvidado, de lo doloroso, de lo deseado. La transferencia es ese proceso en virtud del cual las fantasías, las frustraciones inconscientes se actualizan. ¿Cómo? El paciente vierte lo que anhela o repudia, tomando al otro como figura vacía: rellenándola, en fin, con experiencias o vivencias propias, con aquello que le angustia o le excita. El terapeuta es así una especie de vertedero.

Salvando las distancias y aceptando que utilizo la transferencia como hipótesis operativa, podemos decir que el columnismo conservador emplea a Obama como esa figura vacía a rellenar. Es sólo un perfil del que poco parecen saber. Mejor así: la analogía funcionará sin contradicción. Obama se convierte en un personaje a quien estigmatizan con las marcas que ellos mismos han trazado para desdibujar a Rodríguez Zapatero. El presidente español ha sido ese adán y taimado, ese ingenuo y cínico; Obama lleva camino de serlo.

En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha hecho a José Luis Rodríguez Zapatero en Cuatro, he buscado al monstruo, he querido verlo, he querido identificar al Jano bifronte (al cesarista y al ingenuo): al caudillo antisistema al que Hermann Tertsch también estigmatiza y combate una y otra vez en las páginas de Abc. No he visto al monstruo. ¿Por la comodísima entrevista que Gabilondo le ha hecho, con preguntas que facilitaban la declaración, la exposición, el lucimiento? ¿Por la cordial interviú de un periodista afín en cuyo rostro se reflejaba distensión y simpatía? Indudablemente, Gabilondo estaba cómodo en el cara a cara con Rodríguez Zapatero, procurando que el encuadre, el tono, las palabras no rebotaran: el candidato socialista transfería sobre el periodista vacío –en el sentido psicoanalítico–  un discurso sin resistencia. ¿Es por  eso por lo que no he visto al monstruo? Tampoco lo vieron los reporteros críticos e incluso hostiles de La Razón que semanas atrás lo entrevistaban, sorprendidos en vivo y en directo de la cortesía y de la argumentación correosa de la que era capaz el mandatario.

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4. El monstruo

Un (monstruo) irresponsable, presuntuoso, traidor, despótico. Eso es lo que Zarzalejos o Tertsch, entre otros, han estado repitiendo semana a semana, columna a columna, durante estos años: trazando una caricatura finalmente irreconocible. Si los creadores de opinión definen las situaciones como reales, acaban siendo reales en sus efectos; si se insiste, acaban creyéndose como tales. ¿Por qué razón? Porque los lectores o los espectadores somos generalmente perezosos y, por eso, nos valemos de los resúmenes y de los esquemas, de los significados y de los sentidos, que los oráculos hacen para nosotros. Y así que hemos aceptado esos esquemas y esos sentidos, nuestra conducta suele acoplarse al estereotipo creado. Eso, siempre que no nos informemos, siempre que nos dejemos llevar por el prejuicio o la ignorancia. La campaña que ciertos medios han llevado a cabo durante esta legislatura se recordará en la historia del periodismo como un ejemplo de manipulación.

Quien manipula influye alterando la información de los hechos y su significado compartido u objetivo: los cambia para así modificar o impedir el comportamiento racional y razonable del destinatario. ¿Qué hace y para qué? Insisto: altera los datos objetivos de un personaje, de un acontecimiento, su sentido, para dificultar la conducta independiente del receptor, la autonomía personal; para propiciar las decisiones afectivas, emocionales, puramente reactivas. Quien manipula presiona vigorosa, persistentemente tratando de calar hondo, tratando de tapar: que los manipulados no se den cuenta. Por ello procura no manifestar de manera abierta sus propósitos o intenciones. El manipulador persuade, pero a diferencia del informador aprovecha la falta de información del manipulado para suministrar datos falsos o para torcer su sentido más elemental. Encubre, enmascara, embauca, tima, simula, despista e induce a error. El manipulador sabe que somos sugestionables, temerosos o supersticiosos y se dirige a esa parte nuestra.

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5. La manipulación. Dos o tres cosas que sé de ella

¿Qué es la manipulación? Es un medio de forzar la creencia o la acción de un tercero mediante manejos, maniobras. Manejos, maniobras, manipulación: todas esas palabras tienen una raíz común. Proceden del latín manus, mano. Esa coincidencia no es casual: me permite, además, hacer una metáfora.  

Manipulare. Se dice que es en el latín vulgar del siglo XII cuando aparece por primera vez el verbo manipulare, que no tiene un sentido negativo, peyorativo. Entonces, manipular significa llevar a un ciego de la mano, conducir a alguien que no ve, una tarea compasiva o humanitaria. Con la mano guiamos a quien no ve, alguien que en principio no sabe si lo llevamos por el camino adecuado. Es decir, al ciego puede engañársele. Ahora bien, por pura supervivencia, por amor propio, por suspicacia incluso, el invidente no lo fía todo a los otros, a la mano de los otros y, por eso, aguza sus restantes sentidos. En efecto, los ciegos pueden descubrir si se les conduce buenamente, maliciosamente, malintencionadamente. Tienen una sensibilidad especial para evitar el engaño. Valiéndose de su experiencia y de su intuición, vislumbran cuándo se les guía recta o equivocadamente. 

Por muy despiertos que podamos estar, los ciudadanos somos como el ciego de la metáfora. No vemos o no lo vemos todo: no podemos verlo. Por tanto, como los invidentes reales, hemos de hacer ejercicios de vislumbre que nos permitan distinguir la información de la confusión, los hechos y su sentido recto de la amalgama confusa, los datos de su caricatura. En plena campaña electoral, esa tarea es ciertamente difícil.

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6. Lo real y su metáfora

Hemos de estar bien despiertos para hacer esos ejercicios de vislumbre, para separar lo real de su metáfora. Dicen que añoraremos a José Antonio Zarzalejos. Dicen que era un moderado en territorio comanche. Es probable. Comparado con los fichajes de La Razón que ahora regresan a Abc, era un periodista templado, añaden. “La cúpula directiva de La Razón vuelve a Abc“, proclama el periódico. En efecto, regresan José Alejandro Vara, José Antonio Navas, Pablo Planas y Tomás Cuesta. Abc recupera así a antiguos profesionales que se formaron en dicha casa o que desempeñaron cargos. Pero eso no es lo significativo, eso es lo irrelevante: el narcisismo de las empresas, la herida infligida al rival. Además de descabezar a un periódico de la competencia, el diario de la grapa incorpora para los puestos de responsabilidad a cuatro periodistas de significada posición. Lo relevante de ellos está al final de cada apunte biográfico que publica Abc. De uno se dice que “participa en tertulias de diversos medios, como Antena 3, Telemadrid y la cadena COPE”.  De otro se precisa que ”actualmente participa como tertuliano en el programa ‘La Linterna’ de la Cadena COPE”. De un tercero se añade que ”en la actualidad participa en las tertulias políticas de Libertad Digital Televisión”. Del cuarto se indica que ”actualmente es director de programación de Libertad Digital Televisión y tertuliano de la cadena COPE”.

La común circunstancia no es casual, por supuesto. Como tampoco lo es el contento de Federico Jiménez Losantos. Simplemente está dichoso con la “Operación Rescate” de Abc, operación de la que era sabedor de antemano: rescate, dado el declive del diario monárquico; rescate, dado el hundimiento político y mediático de Ruiz-Gallardón; rescate, dada la salvación in extremis de Eduardo Zaplana. A partir de ahora, será posible la mayor afinidad ideológica  entre Abc y La Razón, añade Jiménez Losantos, pues el nuevo director de este último diario, Francisco Marhuenda, es también  hombre de confianza. “Vaya mi bienvenida”, añade Jiménez Losantos. “Creo que los dos periódicos son necesarios, y que todos somos pocos para frenar el proyecto zapaterino que lleva a la disolución de España y a la liquidación por sedación mediática de los valores básicos liberales y conservadores, lo único que aún sostiene a la Nación”, apostilla. Los ditirambos que Jiménez Losantos expresa no son, sin embargo, lo fundamental: festejar la afinidad está bien entre conmilitones (incluso muy bien si a esa hermandad sumamos el empuje de El Mundo). Pero lo decisivo para él es deshacer el empate político y mediático. Insiste: “la clave de ese empate [en los sondeos] está en los medios de comunicación”. Hay que romper, pues, la hegemonía del contrario político y mediático. Por un lado, hay que estigmatizar al adversario: construir un AntiZapatero, por ejemplo. Por otro hay que hacer rentables las empresas periodísticas: pisarle la audiencia a enemigos y a afines. O en otros términos: por una parte, hay que arrebatarle al contrario la influencia, la agenda; por otra, hay que expandirse económicamente. Es una guerra, una guerra metafórica (si quieren), pero en todo caso es un combate en el que hay posiciones y movimientos. No hay posibilidad de sobrevivir manteniéndose: sólo sobrevivirán aquellos que avancen ocupando el espacio en defensa propia. Como Roma –que conquistó el mundo en defensa propia–, los diarios han de arrebatar el terreno al contrario… sólo en defensa propia. Y aquí, más que afinidad ideológica, hay intereses.

Porque, en efecto, los diarios en papel, por muy afines que sean, son empresas: empresas cuya influencia ahora decrece. ¿Por qué razón? Son numerosos los medios que compiten para atraer la atención de los destinatarios. Desde la televisión hasta Internet, el interés de los lectores o espectadores se divide, se reparte. La publicidad, también: eso obliga a aumentar los reclamos. Quiero decir, el negocio de la prensa siempre fue el anuncio pagado. Más que la venta de ejemplares ha sido la publicidad la fuente principal de los ingresos. Para atraer y retener anunciantes, los medios han de provocar la atención, han de reforzarla, han de quitársela al competidor. Para ello no hay nada mejor que constituirse en empresas multimedia: las sinergias entre medios aumentan, se economizan costes y se multiplican los efectos. Eso ha llevado a una durísima pugna entre empresas que parecen afines (Abc-Vocento, El Mundo-Unedisa y La Razón-Planeta, entre otras): empresas que han convertido los medios en grupos de pertenencia y de referencia a través de los cuales fluye la información, el combate y la adhesión.

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7. Colofón

En los inicios del conflicto de 1914, nadie esperaba que la contienda se fuera a extender durante más de cuatro años. Aquí, desde 2004, las acometidas han sido constantes y en todos los frentes, pero para constatar al final que no se había adelantado gran cosa. Seguramente, eso ha permitido frenar los avances del contrincante: su legimitidad ante tantos y tantos electores, la población civil del conflicto. En 1914, los soldados que iban al frente aún creían en la rapidez de la guerra, y los estados mayores tenían trazados planes que se basaban en la derrota fulminante del enemigo. Sin embargo, el conflicto se prolongó durante un largo período, en lo que se llamó guerra de posiciones. Cuando hablo de guerra de posiciones me refiero a aquella situación en la que los contendientes se guarecen en sus respectivas trincheras, en su propia fortificación, observando al adversario con la esperanza de que desista tras el fuego enemigo. En 1914 fue una vana esperanza, desde luego. Durante la primera fase de la Gran Guerra, cobijados en sus trincheras, los soldados constataron que el conflicto se dilataba. El uso de metralletas, de gases tóxicos y de alambradas y cercados impedía avances significativos y ese estancamiento causaba numerosas bajas. Es bien sabido: batallas como la de Verdún o la del Somme provocaron muchos caídos, una carnicería espantosa, dado que el frente no avanzaba y las incursiones resultaban frenadas por el enemigo. Ambas ofensivas probaron la imposibilidad de acabar con una guerra apuntalada en las trincheras.

Salvando las distancias, la polémica político-periodística que se da entre medios rivales y afines se asemeja a esa guerra de posiciones. Pero es tambiéb un conflicto en el que los atacantes, además, han de sostener una guerra de movimientos para ensanchar el territorio propio frente a los aliados también voraces y expansionistas. A algunos contendientes no parece importarles demasiado los efectos de las posiciones en las que se atrincheran, las fracturas que provocan entre esos mismos aliados, las bajas que ocasionan y, sobre todo, los daños que puedan hacer a la sociedad civil que representan. Se creen al frente de una posición política que juzgan moral, se creen unidos por una coalición antes imposible y ahora factible: de hecho se creen en otra guerra de movimientos, y tiran a dar con la esperanza de abatir al enemigo vejado. Pero observan con irritación  creciente que la infamia con que se le marca no derrota al adversario, no le hace desistir; observan con  hastío irreprimible que aún hay un empate electoral tras cuatro años de guerra de posiciones y de movimientos, una guerra que no ha persuadido entera y sobradamente a la población civil, un conflicto que fatiga al electorado y a los rivales afines. 
 

El antizapaterismo ha sido y es, así, la estigmatización del contrario, una estigmatización que aúna y amalgama solidariamente a quienes lo profesan: sólo hay un único enemigo y no hay matices. Es un viejo método de la propaganda. A quien así identifican, al enemigo Zapatero, le viene muy bien dicha operación: concentran toda la atención sobre él. Eso le permite acentuar el bipartidismo, la movilización favorable, desprendiéndose del fuego amigo. “Nos conviene que haya tensión“, reconoce a micrófono cerrado, para escándalo de periodistas y adversarios políticos. Por supuesto, por supuesto que conviene que haya tensión. ¿Alguien lo dudaba? Aquello que se libra es una batalla sin cuartel. Y eso ocurre aquí, pero ha ocurrido también en Estados Unidos, por ejemplo. Como reconoce Barack  Obama en La audacia de la esperanza cuando relata su campaña para senador, además de presupuesto y del apoyo de las bases, todo político con aspiraciones necesitaba “espacios ganados en los medios”, es decir, necesitaba demostrar una especial “habilidad para generar noticias que tuvieran cobertura gratuita”. La tensión en campaña es movilización, pero es sobre todo un modo de generar noticias. Pero regresemos al oponente.

El antizapaterismo es también un recurso político que sirve para reforzar las filas político-mediáticas del contrario, esas filas solidarias cuya afinidad fue imposible mientras el débil Zarzalejos hizo frente a Jiménez Losantos. De ese modo, el antizapaterismo vale  para descabalgar al odioso monstruo, sirve para intentar la derrota de quien se ha hecho una caricatura totalmente irreconocible: su conversión en enemigo estigmatizado (en el sentido extremo que Carl Schmitt le diera a esta palabra). Saquemos siempre siempre del rival el peor plano, la instantánea que más ridiculice a Rodríguez Zapatero, las más incongruente, la más ofensiva. Por eso, el espejo deformante del antizapaterismo es un regocijo público con el que algunos gozan, un señuelo, un sarcasmo, que es el modo expresivo de esta derecha, de la derecha: además, da motivo para estar juntos, bien apretaditos, sintiéndose combatientes solidarios. Pero el antizapaterismo es también y sobre todo la materia prima con la que se puede afianzar la expansión mediática de grupos políticamente próximos aunque económicamente competidores. Si de paso, desempatamos…, mejor: según dice Jiménez Losantos. Pero no está claro cómo hacer compatible el antizapaterismo con el expansionismo mercantil o con el simple periodismo. El simple periodismo. ¿Y las metáforas? Bueno, las metáforas –bello consuelo– las dejamos para los vencidos. Para Zarzalejos.

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02.07.08

País perplejo

Posted in Variedades, Breves, Comunicación, General at 16:14 por jserna

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0. País perplejo

Echemos un vistazo al mundo, al mundo hecho pedazos. Les presento algunos trozos recientes, vistos desde España. Todo son perplejidades.

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1. ¿Adiós a Obama? 

Lamento no haberme extendido sobre Barack Obama: sobre los contenidos de su libro. Si leen la reseña de Francisco Fuster, que les anunciaba en el post anterior, podrán verificar la riqueza y paradoja (o contradicción) del candidato demócrata. El autor de La audacia de la esperanza intenta hermanar a Abraham Lincoln y a Martin Luther King,  a Kennedy y a Reagan, el liberalismo e el intervencionismo. Insisto: creo que la lectura del libro merece retrasar algo más su glosa para sacarle mayor provecho y para distanciarnos de una prosa que es seductora y que tiene sus trampas. Regresaremos sobre él más adelante.

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2. Adiós a Zarzalejos

En un comunicado del Consejo de Administración de Abc –comunicado que publica el propio medio– se nos informa que Ángel Expósito ha sido designado director de dicho diario “en sustitución de José Antonio Zarzalejos, quien asumió la dirección del periódico en septiembre de 1999″. Una pena: aquí, en este blog le he dedicado numerosas entradas y referencias. Un corresponsal me dijo en correo privado que Zarzalejos era para mí lo que el Tomate para Sé lo que hicisteis: vamos, que este blog es parasitario de Abc y sobre todo de su director, de su ex director. Parásitos y basuras, vaya comparaciones…

“José Antonio Zarzalejos deja la dirección del periódico en plena fase de expansión y crecimiento del diario con un claro y continuado ascenso de la difusión durante los últimos meses”, dice la nota de Abc. “Ensayista y conferenciante, José Antonio Zarzalejos, con su continua presencia en foros y debates, se ha convertido en una permanente referencia para la opinión pública y ha contribuido a afianzar la imagen de Abc en la sociedad española”. Precisamente es lo que pensé: que quizá la continua presencia en foros y debates le restó tiempo para dirigir su periódico. Salvo algún cambio menor –lugar y fecha de nacimiento de Zarzalejos (Bilbao, 1954)–, ambas noticias son idénticas. Las empresas periodísticas se expresan con gran hermetismo cuando han de informar de sus cambios internos. ¿Dónde está el editorial de Abc que precise y justifique ese relevo?

Abc (6 de febrero en su versión digital)

Abc (7 de febrero en versión digital e impresa)

–Juan Manuel de Prada, “Zarzalejos“, Abc, 9 de febrero de 2008

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3. Adiós a Cécilia

Hablando del Tomate y de noticias rosas o basura…, leo en La Razón una nota de Efe, desde París. “El presidente francés, Nicolas Sarkozy, envió un mensaje por teléfono móvil (un sms), a su ex mujer Cécilia ocho días antes de su boda con Carla Bruni en el que se mostraba dispuesto a volver con ella, según reveló hoy la página de Internet de la revista «Le Nouvel Observateur». «Si vuelves, anulo todo», rezaba -según la revista que no revela cómo tuvo acceso a la información- el mensaje enviado con el teléfono móvil por Sarkozy a la mujer con la que estuvo casado hasta hace cuatro meses y que es madre de su hijo Louis. El presidente no obtuvo respuesta y el pasado sábado contrajo matrimonio con la ex modelo y cantante Carla Bruni, poco más de dos meses después de haberla conocido. «Le Nouvel Observateur» recopiló otros episodios en la serie de lo que llama «venganzas y provocaciones» del jefe del Estado a su ex esposa”.

La Razón

Le Nouvel Observateur

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4. El respeto de las costumbres

Leo en un despacho de la Agencia Efe que el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha prometido que si gobierna creará “un contrato de integración” para los inmigrantes. Un contrato de integración, dice. En unas jornadas sobre inmigración organizadas por el PP en Barcelona, el líder del partido ha precisado que el contrato afectará a todo aquel recién llegado que quiera obtener “un permiso superior a un año de residencia en España”: incluirá el requisito de “regresar a su país si durante un tiempo no logra encontrar empleo”. Gracias a ese contrato –añade la nota–, los inmigrantes dispondrán de los mismos derechos que los españoles. Con una contrapartida, eso sí: deberán comprometerse a “cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres”.

¿Respetar las costumbres? He leído una y otra vez la declaración… y no me acostumbro. Me sorprendo.

El País

Los juristas ven difícil legislar sobre costumbres

La fortaleza y la escuela (la costumbre y la ley entre los inmigrantes, según JS)

–Rajoy: “La inmigración es un problema real

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5. Plante un árbol o dos o tres o quinientos millones

Leo una nota de Efe reproducida por El Mundo. “El líder del PP, Mariano Rajoy, ha prometido que si gana las elecciones plantará 500 millones de árboles en la próxima legislatura, lo que significa sembrar 342.500 árboles al día o 14.269 a la hora, es decir, más de 10 árboles por habitante en cuatro años. Esta promesa electoral responde a otra presentada por el PSOE el pasado 19 de enero por la que se comprometía a plantar, en los próximos cuatro años, un árbol en España por cada ciudadano, es decir unos 45 millones de árboles”.

El Mundo

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6. Iñaki Gabilondo. La aspereza muda

En la entrevista que Iñaki Gabilondo ha realizado a Mariano Rajoy para Cuatro ha cometido un error de planteamiento. Se ha mostrado hostil y a la ofensiva en todo tiempo sin poder replicar debidamente al líder del PP: ha realizado la interviú como si fuera un adversario. El País anunciaba la sesión como si de un examen se tratara. Pero un periodista televisivo no es un preceptor severo ni un maestro cascarrabias: si lo intenta da –o queda– mal ante las cámaras. Como ha demostrado en otras ocasiones, Gabilondo es alguien que sabe llevar al entrevistado a su propio terreno mostrando con inteligencia y corrección las incongruencias o contradicciones del interlocutor. Lo ha hecho otras veces sabiendo resolverlo con sutileza. En esta ocasión no ha sido así. Mariano Rajoy se ha dado cuenta inmediatamente del error Gabilondo: la aspereza muda. El periodista le preguntaba con incredulidad, con ganas de hacerle cometer un traspié: como un contendiente, vaya; pero como un contendiente que no puede contraatacar. Por eso, repreguntaba con insistencia, sin poder rematar su faena (si es que no quería cometer grave descortesía). Al final debía callar, pues su papel no era –no podía ser– el de  un interlocutor que pugna, sino el de un locutor que pregunta. Mariano Rajoy repetía y repetía cansinamente un guión que tenía bien aprendido, sorteando sus contradicciones. Mientras tanto, a Iñaki Gabilondo se le iba avinagrando el rostro, enmudeciendo, cosa que televivamente no nos gusta.

Los debates televisivos se preparan. Es decir, que si hay un choque retransmitido Zapatero-Rajoy, los contendientes han de ir sobradamente preparados y descansados, lúcidos y despiertos. Pero sobre todo han de ir relajados, sin las premuras de quien quiere abreviar. Las entrevistas también se preparan. Tuve la impresión de que Iñaki Gabilondo lo fió todo a su dominio del medio y a los silencios, algo muy radiofónico. En la radio, un silencio habla: expresa aprobación o rechazo, duda. En cambio, en televisión, que un periodista deba morderse la lengua para no hablar, para no replicar inmediatamente ante una impostura o falsedad o falacia, se ve como una impotencia. En el caso de que el entrevistador sea hostil a un entrevistado, las preguntas han de estar sutilmente envenenadas: formuladas con total sencillez, con (presunto) candor, como si al locutor le costara entender a su interlocutor y, por supuesto, dominando la gestualidad, las reacciones del rostro. Mostrar las reacciones del rostro sin poder replicar, interrumpir, es dejar impotente al periodista. La televisión provoca estas cosas si no se han previsto.

Como nos enseñó Freud, en el psicoanálisis, los silencios del terapeuta son decisivos, así como las palabras breves, escuestas, que expresa. El analista suele callar porque quiere facilitar la confesión del analizado. Pero como es una figura de transferencia, una figura (presuntamente) vacía sobre la que se vuelcan la verbalización y los sentimientos del paciente, ha de permanecer impasible. Lo mejor es, pues, quedar fuera del campo de visión del  analizado: de ese modo éste no descubrirá sus reacciones de aprobación o de repudio.

La opinión previa de Iñaki Gabilondo en Cuatro: “Mariano Rajoy está llegando a Cuatro. Al final de este tiempo de noticias, estará con nosotros y con ustedes…”

–La entrevista en Cuatro

El País… (Previo)

El País… (Post)

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7. El infierno existe, vaya si existe

Leo en El País que “el papa Benedicto XVI ha asegurado que el infierno existe y no está vacío. No es anuncio nuevo, en 2007 ya mencionó la existencia del infierno como lugar, algo que su antedecesor, Juan Pablo II, había rechazado. El Papa, durante un encuentro mantenido con párrocos romanos con motivo del inicio de la Cuaresma, ha mandado un mensaje a los fieles: la salvación no es inmediata ni llegará para todos, por eso ha querido destacar la posibilidad real de ir al infierno, según informa el diario italiano La Repubblica”.

El País

En este blog, meses atrás: El infierno existe y es eterno

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02.04.08

Obama o Sarkozy

Posted in Religión, Comunicación, Democracia at 19:39 por jserna

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0. Supermartes (miércoles, 6 de febrero)

Tenía la intención de comentar las incidencias del Supermartes, de extenderme sobre los resultados y su complejidad. No podré hacerlo. Una indisposición pasajera (espero) me tiene aturdido. Creo que deberé regresar sobre Obama  en otra circunstancia, quizá en otro post. Ahora les dejo con lo que ya había escrito sobre su libro, totalmente insuficiente, pues son numerosos los asuntos debatibles. Otra vez me vuelve a faltar fuelle. Espero estar a tono el jueves 7 de febrero, a poqueta nit.

-El País   Abc   El Mundo   Público   La Razón

-New Yor Times    Los Angeles Times

-Barack Obama Hillary Clinton John MacCain

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1. Barack Obama

Leo el libro de Barack Obama, La audacia de la esperanza (The Audacity of Hope, 2006).  Es un libro extraordinariamente interesante y discutible en muchas de sus partes, como Francisco Fuster señala en una precisa reseña que publica Ojos de Papel. No siempre puede aceptársele a Obama cómo plantea las cosas y cómo espera resolverlas, pero al leerlo quedo impresionado por el nivel cultural, por la preparación, por el orden expositivo, por el realismo analítico del autor. No estamos sobrados de candidatos tan refinados y a la vez tan accesibles: de gran solidez argumental y de modestia humana, muy humana. Una lástima que la traducción y la edición de Península sean defectuosas, con errores expresivos, con descuidos imperdonables (algunos de los cuales precisaré).

Obama es un antiguo profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago, luego senador y últimamente uno de los demócratas que se postulan para la  candidatura presidencial. Es alguien que se toma en serio los textos fundacionales de la democracia americana, pero a la vez es alguien que no olvida la segregación, el estigma de la raza. Sus páginas revelan a un político moderado y audaz: audaz en el sentido de criticar las incercias de su propio partido y en el sentido de asumir algunos logros necesarios que habrían traído los republicanos. Desde la perspectiva europea podríamos decir que es un socialdemócrata, un reformista que, sin embargo, no quiere fiarlo todo al intervencionismo. 

El título de volumen me incomoda especialmente. Ese rótulo parece el de un libro de autoayuda. O, incluso: para nosotros, en la Europa laica que el Papa deplora, esa palabra tiene resonancias previsiblemente religiosas. ¿Es así? En primer lugar, es un libro de autoayuda, personal y americana: desde luego, el volumen de Obama está pensado como un acicate tras el conservadurismo; o como un bálsamo contra las erupciones de Bush. El antiguo profesor relata su trayectoria personal, y, a la vez, detalla y sintetiza el proceso histórico de su país. En segundo lugar, esta obra tiene esas resonancias religiosas que conjeturábamos. Obama no oculta sus creencias, pero está lejos de profesar políticamente una confesión: para él, la religión es una argamasa civil, pero un mandatario no puede hacer del cristianismo su moral pública. La propia diversidad de los Estados Unidos lo exige. Por tanto, esperanza –en el libro de Obama– es otra cosa. En la Norteamérica que aguarda el fin de la Presidencia Bush, la esperanza de un cambio a mejor es un propósito político: ojalá que, además, sea un alivio. En todo caso ya veremos qué nos depara la carrera presidencial. Mientras tanto le acepto a Obama esa concesión al vocabulario credencialista: quizá esperanza sólo sea aquí un modo de exigencia, un intento de devolver la confianza política, que es algo muy distinto. En la esfera pública, la confianza es esa certidumbre que dispensamos a nuestros gobernantes porque cumplen sus compromisos, porque son sensatos, porque actúan racional y razonablemente.

La sobrecubierta

Hablando de confianza…, llama la atención la imagen con que se presenta el libro en su versión española. El severo rostro de Barack Obama, en primer plano, está partido y repartido entre la cubierta, el lomo y la contracubierta, con un fondo difuminado de colores bien patrióticos: en la portada se distinguen las barras y en la trasera las estrellas. En la edición estadounidense, por el contrario, nada es igual. Vemos al autor, también: pero ahora sentado, relajado, sin corbata, esbozando una sonrisa, como un vendedor tranquilo dispuesto a ofrecernos un producto con garantías. Esto que digo no es un tópico perezoso. En Estados Unidos, la confianza comercial es decisiva. «¿Le compraría a este hombre un coche usado?», reza un célebre eslogan político de la época de Richard Nixon. ¿Recuerdan a Lee Iacocca, aquel ejecutivo de Ford que pasó a Chrysler tras su despido? Hace muchos años leí su Autobiografía, un interesantísimo volumen en el que relataba cómo había conseguido invertir la desconfianza que despertaban ciertos automóviles de la marca tras su prolongada crisis. Tuvo una idea y la llevó a la práctica desoyendo los consejos de sus asesores y publicistas. Para vender un Chrysler, pero sobre todo para transmitir franqueza, lo mejor no era un actor comercial que desempeñara su papel en el spot de acuerdo con un guión.  La mercadotecnia ideal era la que encarnó el propio Iacocca: él mismo vendía a través de la tele, asumía los valores que la marca representaba y se jugaba el prestigio haciéndose portavoz. “Si encuentra un coche mejor, cómprelo”, decía Iacocca mirando fijamente a la cámara. Hoy, la puesta en escena política se parece cada vez más a un acto de mercadotecnia. Hay que despertar confianza, credibilidad, efecto de franqueza, cosa que no reprocho. Sin duda, la respuesta del electorado dependerá en uno u otro caso de la impresión que el candidato cause.

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Interludio español

En España, que ya esté pasando eso (el triunfo de la mercadotecnia) provoca el malestar de analistas y comentaristas contrarios a Rodríguez Zapatero. Al candidato socialista se le presenta como un malabarista, como un seductor incluso, ducho en el arte de encubrir lo que pasa, cosa que podría vislumbrarse si los ciudadanos no fueran tan cortos de vista. O se le presenta también como un tipo capaz de cautivar en la distancia corta, de reducir la hostilidad previa con que se le interroga. Un día y otro también algunos columnistas de Abc se lamentan sin comprender por qué si el presidente lo hace tan mal aún concita tantos apoyos. ¿Será porque los españoles no votan palpándose el bolsillo? ¿Será porque sólo piensan el sufragio en términos ideológicos?, se pregunta Ignacio Camacho. Por su parte, en la entrevista que La Razón ha publicado el 3 y el 4 de febrero, los periodistas admiten la habilidad del presidente para dar siempre su mejor perfil, para salir airoso de preguntas embarazosas, para mostrarse simpático y facundo y extremadamente cortés con sus interlocutores.

Leer a Obama en español

He leído el libro de Obama y, francamente, creo que este volumen que tanto informa sobre el estado de la política americana es un texto imprescindible para entender la última legislatura española. La tensión, la crispación, la fractura entre los partidos. Francisco Fuster me hace memoria y me recuerda que él me dijo eso expresamente. Admito haber olvidado esa precisión. Sin duda, he tenido la misma impresión, pero es mejor así: a cada uno lo suyo. O como dijo Leonardo Sciascia en aquel libro que leímos cuando aprendíamos italiano: A ciascuno il suo.

Continuará…

——————–

2. Lunes, martes…, Nicolas Sarkozy 

Mientras escribo sobre la esperanza que profesa Obama, pienso en otro político que también hace suya esa expresión. Sin duda, con un sentido diferente. ¿Recuerdan aquel libro de Nicolas Sarkozy? La República, las religiones, la esperanza, un libro-entrevista de 2004 cuya edición española contiene un prólogo de José María Aznar. En el volumen de Sarkozy me incomodaba especialmente dicha voz, la esperanza: emplearla así, en este contexto, era darle al discurso un sentido trascendente a lo que por fuerza es o debe ser bien mundano, la laicidad republicana. La verdad es Sarkozy hacía unos extraños volatines para hacer coincidir esa virtud cívica aconfesional con la idea  providencial. “El ideal republicano no da satisfacción a la necesidad espiritual, a la esperanza”, precisaba. La primera vez que leí esa declaración, repetida una y otra vez en su libro, me provocó estupor, justamente porque el político mezclaba lo civil y lo religioso. Pero, releído ahora, encuentro pasajes que anticipan lo que después ha hecho el presidente francés. “La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación”, añadía. “El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”, apostillaba. Veo algunas de las fotografías de Reuters que se han difundido tras el enlace de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni, instantáneas tomadas en una terraza en el jardín del palacio de Versalles cerca de París, el 3 de febrero de 2008, y no puedo más que confirmar que sí, que  “el hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore”.

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¿Gramscismo?

Hay algo de Antonio Gramsci en el activismo de Nicolas Sarkozy, según el mandatario francés reconoce. En efecto, ahora que Anaclet Pons y yo estamos acabando nuestra antología, traducción y edición del filósofo y líder italiano, hemos podido constatar el peculiar gramscismo  de su discípulo. Según confesaba Sarkozy a Le Figaro  el pasado 17 de abril: ”Au fond, j’ai fait mienne l’analyse de Gramsci : le pouvoir se gagne par les idées. C’est la première fois qu’un homme de droite assume cette bataille là“. ¿Gramscismo? Concebir el terreno de las ideas como frente de combate no es gramscismo propiamente dicho: es una herencia de la Guerra Fría y es lo que los neocon han recuperado ahora: el intelectual José María Aznar lo ha entendido perfectamente, según yo mismo he podido analizar. No, el gramscismo no es ése: lo que convierte a Sarkozy en discípulo paradójico del líder comunista italiano es su concepción de la hegemonía. Dominar el espacio de la comunicación política, incorporar elementos heterogéneos o adversos para desactivarlos, ejercer la dirección: algo más que agit-prop.

Los viejos bolcheviques, los viejos leninistas, funcionaban con la consigna. La consigna traduce verbalmente una fase de la táctica revolucionaria. Es un concepto movilizador que expresa clara, sintética y eufónicamente un objetivo, el más importante del momento. Todo ello bajo la forma de contraseña: una clave que reconocen los connaisseurs. El bolchevismo distinguía dos tipos de agente: los propagandistas y los agitadores, distinción de Plejánov que  Lenin discutió en ¿Qué hacer? El propagandista, indicaba Plejánov, comunica o inculca muchas ideas en una sola persona o en un reducido número de personas. El agitador, por el contrario, no comunica o inculca más que una sola idea o un reducido número de ideas en una gran masa de personas.

Gramsci hizo más compleja esa distinción y su concepto de la hegemonía es la versión marxista de los marcos de referencia que hoy en día estudian los comunicólogos. En la lucha política hay que dictar la agenda, establecer el cuadro de discusión, nombrar las cosas. En la confrontación ideológica hay que ocupar el espacio. Desde luego, Sarkozy ocupa el espacio. Lo que no sabemos es si eso le hace hegemónico.
 

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3. Hemeroteca literaria  

-La poesía y la reflexión de Miguel Veyrat en Ojos de Papel (2008):

El Incendiario

Instrucciones para amanecer 

-Tribuna de Justo Serna en Ojos de Papel (2008):

Miguel Veyrat: el fuego de la cigarra 

-Grand Tour (El blog de Anaclet Pons)

El perro de Baskerville descansa en paz

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02.01.08

El barrito del elefante

Posted in Guerra, Comunicación, Democracia at 12:16 por jserna

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 1. De elefantes. De partidos

¿Qué se puede decir de lo que está ocurriendo, de las informaciones políticas que nos llegan, de la campaña electoral? ¿Qué se puede decir que no hayamos dicho ya? El creciente hostigamiento es previsible; la absoluta desaparición de la cortesía, también. Se libra una guerra de agotamiento, de tenacidad (permítaseme la metáfora). En una circunstancia así, los choques se dan en todos los frentes, a todas horas y en todo tiempo. En un cierto sentido (pero sólo en un cierto sentido), podríamos pensar que esta circunstancia recuerda a lo que pasaba durante la Guerra Fría (por cierto, no se pierdan un ensayo de síntesis escrito por Álvaro Lozano, que he disfrutado: bien informado y entretenido).

Durante aquel conflicto de las superpotencias, el enfrentamiento entre los bloques se libraba en Europa, aunque también en Asia, en América y en África. El choque se daba entre dos industrias armamentistas:  entre el complejo militar-industrial estadounidense y la dirección político-bélica soviética. Se daba también entre modelos políticos, sociales, culturales, que se presentaban ciertamente como alternativos, como opuestos e inconciliables. Esa guerra fría sin obligaba al alineamiento y, por tanto, a marchar todos juntos contra el enemigo: prietas las filas y sin concesiones. Ahora bien, en la Guerra Fría había unas reglas implícitas que no rigen ahora exactamente. Por muy duro que fuera el choque, el arma nuclear hacía improbable una colisión frontal. O, como dijera Raymond Aron, la paz era imposible, pero la guerra era improbable. Ello obligaba a todo tipo de negociaciones que impidieran un desenlace bélico: pero eran negociaciones con adversarios armados hasta los dientes, amenazantes.

Ahora, en plena campaña electoral, ese lenguaje de Guerra Fría lo ha sabido expresar y recuperar muy bien Manuel Pizarro. El candidato número dos del Partido Popular comentaba la última reunión de Londres a la que no había sido invitado José Luis Rodríguez Zapatero. Manuel Pizarro atribuía la ausencia de España en la reunión de las potencias económicas europeas a que “no pinta nada” en la Unión Europea. ”Sólo se respeta a quien se teme, al competidor que te quita clientes, al que de verdad tiene algo que aportar”, concluyó. La descripción es bien gráfica: respeto y miedo son indisociables; la política es mercadeo.

En la campaña electoral española, la paz es imposible y la guerra es más que probable. Metafóricamente hablando, claro. Por eso, los contendientes han de estar permanentemente en guardia: empleando su propio lenguaje, sus propios marcos de referencia; obligando al enemigo a combatir con elefantes o a hacerle creer que esto que ahora ves es un elefante, como diría George Lakoff en una de sus metáforas ahora más conocidas. Este autor ha sido objeto de vilipendio, justamente por haber entrado él mismo en la batalla electoral que se libra en España: es uno de los asesores internacionales del partido socialista y ello ha provocado la rechifla ignara de algunos columnistas de Abc. De Lakoff leí tiempo atrás Metáforas de la vida cotidiana, un libro complejo aunque muy útil para averiguar cómo abordamos ordinariamente la realidad valiéndonos de mapas, de imágenes, de esquemas que nos sugieren cursos de acción. Metaphors We Live By era el título original. Pero dejemos de momento a Lakoff para regresar al campo de batalla. Hay que estar permanentemente en guardia, decíamos: batallar sin desmayo, sin descanso. No debe haber descuido  que pueda ser aprovechado por el enemigo: un momento de duda, un instante de incertidumbre que acabe beneficiando al contrario es el principio de la derrota. Pero tampoco puede confiarse quien obtenga esa victoria (de momento pírrica): un contragolpe puede desarbolar las defensas del oponente. Guerra…

Irreparable y presumiblemente, las metáforas con que me expreso son ésas: no sólo por falta de imaginación (que, ay, también se agota), sino porque en campaña los candidatos se combaten propiamente, se enfrentan para ganarse el favor de un público, de una clientela. Y los choques que se están dando son los propios de una guerra de posiciones y de una guerra de movimientos. Hemos ganado un territorio que no podemos ni debemos abandonar.  Estamos agazapados en nuestras respectivas trincheras, aguardando el descuido del enemigo para lanzarle un obús o para azuzarle  los elefantes: un choque que provocará numerosas bajas, pero no su derrota total. Al menos, de momento. Para alivio de todos y a diferencia de la guerra, el combate electoral tiene fecha de cierre: habrá unos vencedores y habrá unos derrotados y con ello se dará fin al combate abierto y a las escaramuzas.

¿Seguro? Imaginen un empate entre ambos partidos o un desenlace sin resultados contundentes. Nadie se dará por vencido y la resaca posterior al 9 de marzo aún será peor que la ebriedad electoral. O imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente.

Qué curioso. Digo esto y veo cuáles son las consecuencias imprevisibles de la metáfora: por una parte, los elefantes de combate lo devoran todo, pues son prácticamente insaciables (necesitando comer kilos y kilos de forraje); por otra, estas bestias tienen, además, una peligrosa tendencia a la estampida. En la antigüedad, un ejército podía quedar desarbolado precisamente por los elefantes: su estampida dejaba inermes a los soldados que los montaban. ¿Habrá estampida tras los resultados electorales?

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2. El cementerio de elefantes

Próxima la fecha de los comicios, la Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado. Su Comisión Permanente ha publicado una Nota ante las elecciones de 2008. El Partido Socialista ha respondido con dureza. Ha aprobado un Comunicado del PSOE en respuesta a la nota de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones. Se aprecia una gran irritación entre los dirigentes de dicho partido. ¿Hay razones para ello? Resulta cansado regresar a la Iglesia. Quiero decir, a tener que tratar de moral católica cuando hace años que abandonamos el rebaño. Pero me obligo y leo el documento. Hay dos puntos que parecen especialmente redactados contra los socialistas, contra quienes con tanto malestar se han expresado. Son el 4º y el 5º. Léamoslos:

-”Si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana, ni son tampoco igualmente cercanos y proporcionados a los objetivos y valores que los cristianos deben promover en la vida pública“.

-”Los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido, cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral de la vida. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas. No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo“.

La moral es el criterio que nos permite distinguir el bien del mal: lo bueno de lo malo, lo correcto de lo inadecuado. Cuando emprendemos una acción, cada uno de nosotros puede y debe juzgarla de acuerdo con un criterio que siendo personal pueda predicarse para toda la humanidad.  La jerarquía católica tiene derecho a dictaminar sobre la moral de los creyentes de acuerdo con sus propios criterios: punto número 4. ¿Pero por qué no señala directamente cuáles son esos partidos políticos contrarios a los objetivos y a los valores cristianos? Es aún más insidiosa, sin embargo, la formulación del punto número 5, aquella en la que se establece una acusación genérica (que, por genérica, es bien concreta): la que permite insinuar que los gobernantes no se atienen al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo. La recta razón y la experiencia histórica de cada pueblo no son metáforas… o son algo más que metáforas: son perífrasis evidentes que evitan llamar a las cosas por su nombre. Traduzcamos: la recta razón es la moral dictada por el Vaticano, y la experiencia histórica de cada pueblo es la catolicidad de España. Por eso, la auténtica conclusión de la nota electoral de los obispos es el punto 7º. Dice así:

-”No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna“.

Lo dije y lo vuelvo a repetir: estos obispos levantiscos deberían ”repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente «¿En qué creen los que no creen?». Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de Agustín García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.

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