01.28.08
Posted in Comunicación, Democracia at 13:08 por jserna

1. ‘Seré un presidente previsible, patriota, independiente, moderado y resolutivo’
Leo las dos partes de la interviú que Pedro Jota Ramírez le hace a Mariano Rajoy en El Mundo. La verdad es que, como en el caso de Rodríguez Zapatero, el formato beneficia al entrevistado: sale bien parado, quiero decir. Hay que ser muy sectario para no aceptar que la interviú extensa facilita la argumentación, la racionalización: ese modo de exposición en el que las preguntas y las repreguntas permiten matices… Cada vez me gusta más la literatura política (literatura política, insisto). Esto es: las declaraciones, los libros-entrevista, los volúmenes confeccionados para lucimiento del candidato. Descubres cosas imprevisibles, el punctum del retrato (que diría Roland Barthes). Estoy leyendo el libro de Barak Obama, La audacia de la esperanza, que me prestó Francisco Fuster. Me entretiene tanto…, que me he comprado mi ejemplar para poder subrayarlo, anotarlo, corregirlo: para poder interpelarlo en el margen; para poder comentarlo aquí próximamente. He de hacer lo mismo con el volumen cuyo protagonista es Mariano Rajoy: Si yo fuera presidente, del que son autores Pablo A. Iglesias y María Jesús Güemes. Pero, de momento, dejo el libro dedicado a Rajoy (ya volveré sobre él) para centrarme en la entrevista de Pedro Jota.
Me parece muy interesante el titular que El Mundo dedica a Mariano Rajoy en la primera plana del lunes 28 de enero: “Seré un presidente previsible, patriota, independiente, moderado y resolutivo“. Es una frase muy inteligente que, como tal, no aparece en la entrevista. Es un titular de copypaste, hecho de retales para así abreviar la larga declaración. “Defíname en sólo cinco atributos cómo gobernará usted si llega a La Moncloa”, pregunta Pedro Jota. “Primero y fundamental: seré previsible”, contesta Rajoy. “Independiente. Lo único que condicionará mis decisiones será el interés general”, añade el candidato. “Patriota, en el buen sentido de la expresión. Luego, moderado. Y, por último, capaz de actuar con determinación. O sea, resolutivo”, concluye.
El titular que sintetiza es bello pero no compromete gran cosa. Verán: no conozco a ningún candidato que presumiblemente pueda triunfar diciendo de sí mismo que será un presidente imprevisible, antipatriota, dependiente, extremado e dubitativo. Hagan la prueba y lean la oración así, en esos términos: al revés.
Equilibrismo (martes 29 de enero)
En realidad, lo más interesante de la entrevista es el equilibrismo verbal a que Mariano Rajoy se ve obligado, el empeño que ha de poner para enjuiciar positivamente a los suyos sin disgustarlos, siendo a la vez fuerzas centrífugas y hasta opuestas. El líder del PP reprocha a Rodríguez Zapatero lo que juzga su pactismo débil: la necesidad a que se ve forzado de acordar y convenir con diferentes actores políticos que amenazan con disolver lo común. Si nos fijamos bien, eso mismo es lo que Rajoy ha de hacer en el seno de su propia coalición. Digo bien: coalición. El Partido Popular y su entorno son una colusión de intereses (perfectamente legítima), pero una colusión que con frecuencia es colisión de contrarios. Para apoyar al líder, pero también para obtener réditos futuros y para resarcirse, muchos de esos actores han forzado y extremado la posición de Rajoy, avinagrando su estilo de oposición y el tremendismo. Eso se ha notado hasta en el gesto o el ademán con que se fotografía. Recuerdo imágenes antiguas de Rajoy en las que el retrato nos devolvía a un tipo de aspecto socarrón, relajado, dispuesto a fumarse un enorme cigarro. Veo las fotos de hoy en día y su rostro siempre parece esbozar una sonrisa incipiente y algo amarga, casi una mueca. ¿Se puede hacer crítica política con estos detalles secundarios? Por supuesto que no, pero la impresión de lo que el espectador ve es probablemente más decisiva que una extensísima entrevista que nadie completa para después votar. En ella, el personaje parece sincerarse admitiendo incluso algunos excesos verbales vertidos contra Rodríguez Zapatero (bobo solemne, etcétera). Pero inmediatamente lo vemos recomponer su figura ante los suyos (imaginamos) para reprochar que fue el otro quien empezó. En todo caso, la imagen más significativa de todas las que ilustran la entrevista no es la de un Rajoy flanqueado por Pedro Jota, alguien que representa su condición de Mr Everyman viajando en metro o transitando a pie de calle, sino aquella otra con la que empezábamos este post: de noche, un candidato solo (muy bien iluminado), con Santiago al fondo. Un fondo aún incierto. Imprevisible.
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2. Apéndice documental
Segunda parte de la entrevista (síntesis)
Primera parte de la entrevista (síntesis)
Vídeo de la entrevista (aquí)
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3. Hemeroteca JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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NUEVO POST, JUEVES 31 POR LA TARDE.
AVISO: RETRASADA LA PUBLICACION DEL NUEVO POST HASTA EL VIERNES 1 DE FEBRERO AL MEDIODÍA. ESPERO CUMPLIR.
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01.25.08
Posted in Guerra, Muerte, Cine, Franquismo, Comunicación, Historia at 17:01 por jserna
1. RESTOS
Alguien dijo en cierta ocasión que la investigación histórica sólo es el traslado de huesos… de un cementerio a otro. Del archivo al libro: removemos cosas pasadas que ya no nos afectan, las ponemos en orden y la escribimos. ¿Es así? Desde luego los historiadores averiguan cosas de otro tiempo valiéndose de los archivos: esto es, rastrean buscando vestigios del pasado. Ahora bien, a poco que el historiador haga bien su oficio, esa remoción expresa también una emoción. Cuando acudimos a un camposanto experimentamos un sentimiento… Cuando acudimos a un archivo sentimos la experiencia de otro tiempo. Anaclet Pons y yo lo hemos vivido así, al visitar un cementerio o al consultar viejos legajos…: y, desde luego, lo hemos visto reflejado en historiadores admirables, tal como precisamos en un artículo reciente publicado en La Torre del Virrey.
En principio, las huellas materiales del pasado del que tratan los historiadores están reunidas en los archivos. Hace años, en un satírico Diccionario de la Cosa Pública, se definía cómica y precisamente el concepto: un archivo es el “cementerio burocrático donde tantas veces van a parar las instancias, quejas y reclamaciones de los administrados”. Lo inservible, pues. Lo inútil: lo que habiendo podido tener desarrollo material abortó su desarrollo. El redactor de dicha voz se refería, claro, a los archivos oficiales, a los institucionales, a aquellos que sirven para fundamentar documentalmente los derechos de los administrados. La broma estaba en esto: las quejas, las peticiones, los procesos que se forman a partir de las reclamaciones de los individuos van al cesto de los papeles o, mejor, forman un atadijo de papeles, un expediente y finalmente un legajo que se entierra en un estante repleto o en un cajón polvoriento. El archivo, pues, como un cementerio de restos, como un depósito de lo inactual, precisamente porque pertenece a otro tiempo. Digo vestigios, digo huellas y, desde luego, hablo con metáforas para referirme a los documentos.
Ahora bien, hay otro tipo de restos que no tienen nada de metafóricos, que son literalmente eso: restos…, en este caso humanos, cadáveres que fueron inhumados secretamente y que ahora se desentierran. Por ejemplo, en España. “Desde hace algunos años”, nos recuerda Gabriele Ranzato en El pasado de bronce (2007), “primero de uno en uno, luego con cada vez mayor resonancia, se ha ido conociendo que muchos de esos muertos yacían aún en anónimas fosas comunes cavadas y cubiertas a toda prisa allí donde habían sido pasados por las armas”. Andando el tiempo, añade Ranzato, “el fenómeno ha asumido dimensiones imponentes. Se ha localizado un número cada vez mayor de fosas, casi no hay territorio en que no hayan sido descubiertas, casi no hay día en que no aparezca en la prensa la noticia de algún nuevo hallazgo”.
Veo Santa Cruz, por ejemplo…, de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me ha remitido Ana Pavlova. Se lo agradezco: estremece. Es un documental en el que precisamente se nos muestran cadáveres y recuerdos, restos materiales e inmateriales de lo que fue una Guerra Civil y de lo que fue la violencia, la conversión del adversario en enemigo: propiamente su liquidación. En 1936, en Santa Cruz de la Salceda, fueron asesinados nueve vecinos. La película da cuenta de la exhumación parcial y recopila los testimonios de los paisanos más viejos.
¿No aterrorizamos? Si hablamos en general, “más que el horror suscitado por las masacres perpetradas, más que el recuerdo recuperado –incluso se podría decir que impuesto– a través de la sobrecogedora revelación de una presencia tan diseminada de despojos de víctimas espacidos en los lugares más diversos de todo el país, lo que impresiona de todo el fenómeno es el silencio”: el hecho de que, hasta el año 2000, nadie se hubiera aventurado “a denunciar públicamente lo que parientes y comunidades locales sabían”, en Santa Cruz y en otras poblaciones. O en otros términos, dice Gabriele Ranzato: que nadie hubiera osado “reclamar al menos la restitución de aquellos cuerpos y su traslado a los lugares destinado al reposo de los difuntos”.
Gabriele Ranzato admira la democracia española: no por ser española, sino por ser parlamentaria, por ser liberal, por ser equiparable a cualquier sistema precisamente democrático. Pero el sistema español –vuelve a recordarnos este historiador italiano– no pudo fundarse en la condena del franquismo ni en el homenaje a las víctimas, sino en una reconciliación forzada. Tras la amnistía, Marcelino Camacho decía en 1977: “Nosotros […] que tantas heridas hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Desde luego, esas palabras de Camacho no podían tomarse literalmente: los restos, los cadáveres, eran metáfora para hablar del peso del pasado, de su superación. El problema era, entonces y ahora, que la literalidad del pasado no estaba debidamente enterrada, añade Ranzato. De ahí que lo pretétiro regresara y aún regrese entorpeciendo la política actual, condicionándola.
Sorprende que, tratando estos temas, Ranzato no haya empleado el concepto de lo siniestro sobre el que Sigmund Freud reflexionara con aprovechamiento. Imaginemos un hecho, un suceso, enterrado precipitadamente: algo que habiendo ocurrido mucho tiempo atrás, que habiendo sido familiar, lo hubiéramos inhumado con el fin de olvidarlo, de relegarlo. ¿Estaríamos aliviados? Lo que se entierra con prisas y con vergüenza regresa: vuelve bajo la forma de lo siniestro. ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entregarnos a la presencia del horror antiguo? ¿Cómo podemos asimilarlo?
2. EL PASADO Y EL PRESENTE (Domingo 27 de enero)
Desde luego, el único modo que tenemos de que la vieja herida no se emponzoñe es airearla, sanarla, sacarla a la luz. Freud basó su terapia, su discutida terapia, precisamente en esto: no es posible seguir viviendo en silencio, con este malestar que experimentamos y cuyo origen no conocemos o no conocemos bien. Hay que rastrear hasta el fondo partiendo de los vestigios actuales; es imprescindible llegar a las laceraciones antiguas cuyos síntomas desviados ahora se manifiestan. Si se dan cuenta, esto nos conduce otra vez a la idea real y metafórica de los restos: no podemos hacer como que no nos enteramos, pues eso que está mal enterrado asoma malamente, dejándose ver y produciendo desazón y encono.
Para los familiares de quienes fueron abatidos criminalmente en la Guerra Civil resulta muy doloroso no saber dónde están sus restos, no darles una sepultura digna. En efecto, el precio que a los deudos se les hizo pagar para que la democracia pudiera iniciarse en España fue extraordinariamente oneroso: dar por enterrados y bien enterrados los muertos y los rencores, como dijo Marcelino Camacho. Pero no fue exactamente así: la metáfora ocupó el lugar de la realidad para poder construir un sistema político. Dice Ranzato –y dice bien– que historia y memoria no son lo mismo, que él prefiere la historia; insiste en que la exhumación del dolor antiguo, lejos de remover huesos que nadie quiere ver, producirá un alivio: dejaremos de estar sometidos al pasado mal resuelto. No se trata de ganar guerras retrospectivamente: como tampoco se trata de convertir en héroes o campeones de la democracia actual a todas las víctimas de la dictadura. En cualquier circunstancia, ser víctima no te da necesariamente la razón política: tampoco esa condición ha ser la única referencia para dictar unas medidas gubernamentales. Las víctimas del franquismo merecen toda la reparación que pueda dárseles: la primera, si de asesinados se trata, un enterramiento adecuado, para que de esa manera no se perpetúe su profanación. Pero ni la política de hoy ha de fundamentarse en el pasado, ni los muertos del franquismo eran todos luchadores por la democracia, ni las únicas víctimas de la barbarie fueron los acribillados por los esbirros de los sublevados. Por eso, Ranzato juzga positivamente la iniciativa legal de Rodríguez Zapatero: porque es una reparación.
He escuchado con respeto e interés los testimonios que se recogen en Santa Cruz, por ejemplo… Desde luego, nadie merece ser arrancado de su casa, forzado y finalmente fusilado. La evocación de los familiares y de los coetáneos estremece: lo que horroriza es que aquellas venganzas no parecen causadas por la inquina personal, por razones particulares, por odios antiguo o nuevos; lo que espanta es que la liquidación de aquellos rojos fue algo exactamente impersonal, cometido por forasteros que realizaban ese trabajo, mientras algunos de la localidad hacían la faena equivalente en las poblaciones vecinas. En el pueblecito de mi señor padre pudieron librarse de masacres semejantes. Allí, mi abuelo había sido el último alcalde de derechas (”Canalejas” le llamaban). En dicho lugar sólo se contabiliza una muerte, la provocada por unos milicianos del POUM recién llegados de Valencia: en el verano de 1936 asesinaron al cura párroco, a quien no conocían ni contra el que nada tenían. Esa atrocidad irreparable tuvo, sin embargo, una compensación: el cuerpo del sacerdote fue después debidamente enterrado.
Esos jóvenes, esos nietos o biznietos que ahora dedican una parte de su tiempo a dar sepultura a sus abuelos acribillados, merecen el agradecimiento no sólo de sus familias, sino de todos nosotros. Hacen algo que no se pudo o se supo hacer años atrás y que, sin duda, provoca hoy efectos incomodísimos. Desde luego. Ahora bien, yo no justificaría su labor invocando la “memoria histórica” o la “memoria colectiva”, expresiones que, como historiador, no me agradan. Su tarea es más sencilla, más concreta y más noble: repara, da fin a una profanación. La consecuencia de estas exhumaciones ha de ser la inhumación digna del pasado, un entierro que de verdad nos permita hacer el duelo para sacurdirnos la violencia de antaño. Pero no olvidemos que la democracia que tenemos –por defectuosa que sea– es la que ahora facilita esta reparación: una repación que no es metafórica, sino bien real.
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3. LAS FOSAS COMUNES (26 de enero)
La novela de Miguel Veyrat
En un comentario en este blog, Miguel Veyrat se refiere a su novela Paulino y la joven muerte (2004), obra en la que trata especialmente el asunto de las fosas comunes. La referencia de Miguel Veyrat a su novela puede leerse aquí. Por su interés con el asunto tratado proporciono los enlaces a las reseñas que se hicieron sobre dicha obra. Hubo polémica amistosa pero dura entre nosotros. Lamentablemente se ha perdido en la Red. Conservemos al menos las reseñas que provocaron el debate:
-Reseña crítica de Justo Serna de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “Psicoanálisis de la Transición”, apareció originariamente en la primera etapa de este blog (12 de abril de 2005). En la red, dicha reseña se mantiene aquí y aquí.
-Reseña crítica de Rogelio López Blanco de la novela Paulino y la joven muerte. Titulada “La memoria de la guerra civil y del franquismo”, apareció en Ojos de Papel (31 de mayo de 2005). En la red, dicha reseña puede leerse aquí.
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3. HEMEROTECA JS
-”Todo un personaje“, El País, 25 de enero de 2008
-”Tres autorretratos de Aznar“, Claves de razón práctica, núm. 179 (enero/febrero de 2008)
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01.22.08
Posted in Comunicación, Democracia at 13:47 por jserna
1. Propaganda
¿Nos convencen los mensajes políticos que nos envían y que son objeto de disputa? ¿Oponemos resistencia? Necesitamos la propaganda, pero a la vez desconfíamos de ella. Sabemos que es un instrumento para persuadirnos más allá del juicio crítico. Ahora bien, nuestra pereza (humana, demasiado humana) nos hace necesitarla. Desde el punto de vista histórico hay tres maneras de enfocar el problema de la propaganda, que es algo bien distinto de la deliberación, de la reflexión, del diálogo crítico. La propaganda no es la publicidad, pero se le parece extraordinariamente. Es un mensaje político que se basa en supuestos comunes: en la receta, en la simplificación conceptual, en el esquematismo de las soluciones, en la identificación del enemigo.
¿Cómo nos llega la propaganda? El siglo XX es pródigo en su desarrollo. En principio se pensó que la información nos podía llegar como si de una bala mágica se tratara: si así ocurre, lo que se nos dice nos convence, nos persuade… incluso aunque sea mentira. En un segundo momento se pensó que ese poder de convicción no era tan evidente: incluso la propaganda política más sibilina o artera o mendaz no siempre ha logrado sus objetivos. Eso significa que la gente no se halla inerme ante los mensajes que le transmiten: puede oponer resistencia gracias a sus opiniones, a su mundo, a su entorno, a sus concepciones, a sus redes y a sus vínculos emocionales, pues aquello que nos desmiente o que no se amolda a lo que previamente pensamos… tendemos a rechazarlo. Nuestro yo y su formación, su ideología y su cultura, son filtros y los mensajes no nos los pueden inocular con aguja hipodérmica. Sus efectos posibles, por tanto, se relativizan o incluso se pierden. En un tercer momento se admitió, sin embargo, que no estamos tan protegidos como quisiéramos pensar: la propaganda política es un instrumento eficacísimo para imponer temas, problemas, cuestiones como objeto de debate: para centrar las preocupaciones ciudadanas en asuntos que no son centrales. La propaganda es un creador de agenda, de temarios para la preocupación y la discusión, y en este sentido es un instrumento que sirve frecuentemente para manipular. La manipulación se da cuando temas periféricos, intempestivos, forzados… nos los convierten en centrales o determinantes.
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2. La historia intempestiva (23 de enero de 2008)
¿Quieren un ejemplo reciente de esta manipulación? ¿Un ejemplo histórico? Son numerosos los que podrían aportarse y, sin duda, su simple mención desbordaría los límites del blog. Por su simpleza (aunque seguramente también por su inanidad), me gustaría traer aquí la propuesta de uno de los candidatos valencianos, espoleado por el ejemplo de Madrid, el de esa animosa y nacionalista Fundación Dos de Mayo que preside Fernando García de Cortázar. Dice el cabeza de lista del PP valenciano, Esteban González Pons, que el próximo 23 de mayo conmemoraremos el Dia del Palleter: el día en que festejaremos ” el ‘heroísmo’ del pueblo valenciano”, ese que estalló ”el 23 de mayo de 1808 contra las tropas de Napoleón, como se hace con el 2 de mayo de aquel año en Madrid”. Con esta iniciativa, leo en El País, “el candidato del PP quiere así recuperar la figura de Vicent Doménech, de Paiporta, conocido como El Palleter (que trabaja o vende objetos de paja), personaje popular y destacado de la Guerra de la Independencia al que se atribuye ser el primero en alzar su grito contra las tropas francesas: ‘Un pobre palleter li declara guerra a Napoleó. ¡Vixca Fernando sèptim y muiguen els traïdors!’…”, dice el periodista que resume la iniciativa de González Pons. “El Gobierno socialista ha organizado, para conmemorar los 200 años de la Guerra de la Independencia, libros, conferencias y revistas que hablan del 2 de Mayo”, admite González Pons, “pero ninguno se acuerda en la capital de que el 23 de mayo de 1808 en Valencia hubo un palleter que alzó su voz contra los franceses y a favor de la patria y de Valencia”, señaló.
La historia como propaganda; la historia como inanidad; la historia como racionalidad retrospectiva. Decía antes que la manipulación se da cuando temas periféricos, intempestivos, forzados… nos los convierten en centrales o determinantes. Ahí tenemos un ejemplo. Otra cosa diferente es si esa evocación forzada de 1808 servirá para entretener a alguien.
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3. Dos de mayo y Veintitrés de mayo de 1808… ¿0 de 2008?
Historia y ficción
-El Dos de Mayo, según Arturo Pérez-Reverte (El País, 24 de enero de 2008)
-Reseña de Justo Serna de Un día de cólera (Ojos de Papel, enero de 2008)
-El Veintitrés de Mayo, según Jesús Civera (Levante-Emv, 24 de enero de 2008)
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4. Hemeroteca JS sobre la Historia y sus usos públicos
-La historia conmemorativa
-La historia recreativa
-¿Contra la historia?
-¿Memoria de España?
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01.18.08
Posted in Fotografía, Comunicación, Democracia at 13:20 por jserna
1. GESTO DE RUIZ-GALLARDÓN (El Mundo, 21 de enero de 2008)

Primera plana de El Mundo.
Pie de foto:
“Enfadado sí, pero disciplinado. El alcalde de Madrid acudió a la conferencia sobre Educación celebrada ayer por el Partido Popular. Con gesto serio, ovacionó a su líder, Mariano Rajoy, cuando éste desgranaba su programa. Llegó al recinto del acto solo –eso sí, aplaudido por sus compañeros a la entrada– y en soledad se sentó, atendiendo más a su teléfono móvil que a los discursos. Y, al final, se fue el primero. El «derrotado» evitó saludar a quien, días antes, le había vencido en la batalla: Esperanza Aguirre. Gallardón, sobrio, cumplió. Hizo lo que debía, pero no más”.
Otros gestos:
Otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y otro.
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1. CAMPAÑA ELECTORAL (18 de enero de 2008)
Partamos de una constatación trivial. En una campaña política, las declaraciones, las imágenes, las poses… alcanzan enorme repercusión: decidido a transmitir un mensaje verbal o visual, quien administra la información espera provocar determinado efecto. Sin embargo, no son menos frecuentes y evidentes las consecuencias imprevistas de lo que se muestra, consecuencias que pueden desmentir o desactivar las intenciones del emisor. Así es: las cámaras registran este o aquel acontecimiento, y su exhibición y repetición en este y en aquel medio pueden provocar reacciones insospechadas, tal vez las contrarias a las deseadas. Precisamente por la saturación informativa, por la multiplicación mediática, las oleadas y los cambios de humor y de opinión que los hechos transmitidos generan entre los destinatarios empiezan a ser bastante imprevisibles. Los partidos quieren llegar a sus votantes; y las televisiones, las cadenas de radio o los periódicos luchan entre sí para aumentar sus beneficios en una sociedad en la que lo esencial es –cada vez más– atraer la atención del público. Pero esas audiencias y esos electores tienen comportamientos frecuentemente impredecibles, muy sensibles como son al puro vértigo, a los hechos azarosos y a los acontecimientos programados. Un detalle, un simple detalle del conjunto, puede cambiar el sentido, puede arruinar la intención del programador o puede alterar el significado de lo que se nos comunica. En cualquier caso, esos elementos aparentemente secundarios se convierten en el objeto principal de la exposición y en el motivo frecuente de discusión entre los espectadores, que somos todos. ¿Algo irrelevante? No tanto, no tanto: sobre todo cuando estamos en campaña electoraly hasta el reloj del nuevo candidato Pizarro lo examinamos con detalle.
Fotografía: Efe
Foto: Álvaro García (El País)
¿Y qué descubrimos? Que es un Hublot: de la misma marca, pues, que el que luce Eduardo Zaplana en una célebre imagen. Aunque –eso sí– de precio inferior: si no me equivoco, justamente la mitad. Ya digo: en campaña examinamos todo y a todo le damos la vuelta…

Confianza en el futuro (con la fotografía de Esperanza Aguirre) y Con Rajoy es posible… son los únicos folletos cuyos títulos identifico en la fotografía de Álvaro García para El País. Sobre la mesa del candidato se distinguen papeles políticos, los textos de campaña, todos ellos debidamente colocados, sin amontonarse: no dejan más que un pequeño espacio sin cubrir. ¿Horror vacui? No necesariamente. Un escritorio de dimensiones aceptables se vuelve escaso, escueto, después de repartir esos folletos por toda su superficie. Se nota que va de estreno, que está sin usar. ¿Quién los ha dispuesto así? ¿Un asistente o el propio Pizarro? El candidato, celoso de sus cosas, tapa con la mano derecha lo que evidentemente es una libreta de campaña. No vemos libros, tal vez porque están debidamente ordenados en una estantería o armario que probablemente están fuera de campo. El nuevo despacho de Pizarro no nos proporciona este punto de vista. En cambio, la oficina de Mariano Rajoy puede visitarse virtualmente. O eso dicen. No se distinguen papeles ni folletos y el conjunto desprende un evidente sentido de irrealidad.
Dicen que el nuevo candidato se ha instalado en el antiguo despacho de Rodrigo Rato. Podemos pensar que se trata de un intercambio paradójico y de una reparación retrospectiva. Sobre todo si tenemos en cuenta que Rato fue ministro con Aznar porque Pizarro no quiso. El primero –que venía de familia extraordinariamente adinerada– fue ministro y vicepresidente económico, alguien que finalmente se ha visto forzado a regresar a las actividades empresariales: por lo que se sabe, sus nuevos empleos en las grandes corporaciones le reportan unos ingresos fastuosos. Viceversa: Pizarro es un profesional de la empresa –eso leo en La Razón– que renuncia a un “montante económico asombroso” para dedicarse a la política. ¿Cómo es posible hacer tamaño sacrificio? Por patriotismo, podríamos aceptarle. “De una tacada”, dice el editorial de La Razón (18 de enero), “Pizarro ha renunciado a los cargos siguientes: el Consejo de la Bolsa de Madrid, del que formaba parte desde el año 87; la vicepresidencia de la Bolsa y Mercados españoles; el Consejo de Telefónica, al que había accedido recientemente; y el patronato del Parque Nacional de Ordesa”. Y todo ello en nombre del liberalismo. Es curioso… o no. Desde siempre, en el liberalismo clásico, se concibe al individuo –al ser humano– como un tipo egoísta, un homo oeconomicus: alguien que averigua cuáles son sus preferencias, que examina cuáles son sus recursos y que a la postre opta racionalmente por el medio más económico para satisfacer aquellos objetivos. ¿Cómo deberíamos interpretar la conducta de Pizarro, alguien que se desprende de esa impedimenta, de esos cargos corporativos?
Continuará…
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2. OTROS GESTOS (18 de enero de 2008)
Gracias a Miguel Veyrat he reparado en las declaraciones de Mariano Rajoy que recoge el diario La Razón. Dice el líder del Partido Popular que está orgulloso de que Pizarro «haya creído en mí y en mi proyecto». ¿Ha de recibir su beneplácito? En todo caso, es muy interesante analizar las instantáneas de su presentación, los gestos del nuevo político y de su mentor. En La Razón y en Abc. En ambos casos, aquello que transmiten las fotografías es un rasgo de autoridad de Mariano Rajoy. O, en otros términos: estos periódicos convierten una mímica intrascendente en gesto simbólico de autoridad, el de quien hace callar a los presentes.

Fotografía: Luis Sevillano (La Razón)

Fotografía: Iganacio Gil (Abc)
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2. VIEJOS GESTOS (2005)
En la primera época de este blog (2005) publiqué un artículo que ahora cobra interés. Trataba de la frustrada candidatura olímpica de Madrid. Pero trataba también de ademanes y mohínes, de la exposición pública de nuestros políticos, del escrutinio gestual al que los sometemos. Lo reproduzco ahora. Lo titulé Las lágrimas de Zapatero y Gallardón. Por favor, echen un vistazo a las fotografías que acompañan.
Las lágrimas de Zapatero y Gallardón
7 de julio de 2005

El otro día veíamos a Esperanza Aguirre, a Rodríguez Zapatero y a Ruiz-Gallardón representando una unidad de gran simbolismo político, de inmediata lectura semiótica. Levantaban sus respectivos puños con los pulgares hacia arriba. Quizá fue una precipitación, fundada en la expectativa que albergaba cada uno, en los posibles réditos personales. Era un gesto hecho de cara a la galería, un ademán con el que fotografiarse representando unidad, una seña con la que querían comunicar fuerza e ilusión, seguridad en el triunfo. Al día siguiente, cuando ya se sabía el resultado olímpico, se difundió una foto de la Agencia Efe que lo decía todo: mostraba los rostros contritos, hundidos, de Ruiz-Gallardón y Rodríguez Zapatero.
Vestidos con las americanas preceptivas, con los símbolos del COI, miraban aturdidos hacia algún punto del suelo, hacia abajo, como no atreviéndose a enfrentar los ojos de la ciudadanía, como si carecieran de ganas, de espíritu para afectar espíritu olímpico, precisamente. Lo mismo sucede con quienes les seguían, con Esperanza Aguirre, por ejemplo: consternados, ajenos, distantes, clavando sus ojos en el suelo que pisaban. Dicen los pies de fotos: el alcalde de Madrid y el presidente del Gobierno no disimulan su decepción al ser eliminada su candidatura en la tercera votación.
En la foto, el alcalde de Madrid aún parece mantener la compostura: tiene su celular pegado a la oreja, no sabemos si intentando comunicar con alguien o escuchando la voz de algún corresponsal telefónico. No habla: mantiene la boca cerrada. Como corresponde a los móviles más deslumbrantes y modernos, casi no se distingue, de lo escueto, de lo diminuto que es. Rodríguez Zapatero no habla ni escucha ni comunica con nadie: sólo mira hacia abajo. Se le distinguen unas pupilas extraviadas y los labios apretados, también con la boca cerrada, sellada, ajena a todo bla, bla, bla.
Nadie llora, aunque por dentro les rebosen las lágrimas. Todos parecen componer el gesto, afectar tristeza, pero nada más. No parecen tener ganas de charlar entre sí. Mantienen la distancia, la compostura y obran, paradójicamente, como auténticos ingleses. Desde hace tiempo, el llanto masculino es algo secreto, reservado, incluso íntimo, impropio desde luego en la cultura anglosajona, que es la que finalmente se ha impuesto. Los hombres no gimotean ni berrean ante los demás. Recuerdo a Esperanza Aguirre en alguna sesión de las Cortes llorando a moco tendido, lamentándose, incluso hipando. Llamó poderosamente la atención que una correosa parlamentaria se abandonara a sus sentimientos más inmediatos. Se le pudo afear su sentimentalismo, pero nadie dudó de la sinceridad de aquel lamento. Una disposición legal en la que había puesto todo su énfasis se venía abajo en las Cortes por efecto de la ley del número, por rechazo de la mayoría, y, por eso, la entonces ministra se abandonaba al sollozo.
Hago esfuerzos por recordar algo semejante entre los varones de nuestra política actual y, la verdad, sólo me vienen a la cabeza los ‘pucheros’ de Aznar cuando se despedía de sus compañeros del País Vasco. ¿Lloró el entonces presidente o no pudo contener las lágrimas? No es lo mismo. Lo de Aznar era exactamente un puchero. Leemos en el Diccionario de la Real Academia que un puchero es un “gesto o movimiento que precede al llanto verdadero o fingido”. ¿Cómo averiguar si ese gesto o movimiento era natural, espontáneo o forzado, y cómo dictaminar sobre la verdad o el fingimiento de dicho llanto?
Hace tiempo que los hombres aprendieron a no llorar en público, a contener la expresión de sentimientos, antes admisibles o aceptables. Esta restricción, que es o puede ser una patología emocional, la asimilábamos, sobre todo, en la infancia, momento en el cual los hombrecitos aprendíamos a no exhibirnos llorando, a controlarnos, a tragarnos las lágrimas o, como mucho, a emitir pucheros. Educados en la contención de los gestos y de las emociones, muchos hombres sólo se consienten ciertas expansiones cuando es una muchedumbre la que los ampara o devora o atrae. Es entonces, en el esparcimiento colectivo, cuando los varones lloran, colisionan, se restriegan, se acarician, comparten fluidos…, atravesando ese límite impalpable que es la proximidad de los cuerpos, rebosamiento al que las mujeres no suelen tener tanta prevención.
No sé. Queda un poso de melancolía por la esperanza frustrada –que a mí, francamente, no me afecta, dada mi distancia del evento olímpico–, pero queda sobre todo un futuro en el que paso a paso constatamos que éste, en efecto, es, puede ser, un valle de lágrimas. Y en ese valle de lágrimas habrían enterrado sus expectativas gubernamentales Ruiz-Gallardón o sus ansias de gloria Rodríguez Zapatero, alias el gafe, dicen los malasombras. Cosas peores se leen ya en la Red. ¡Qué país!
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01.16.08
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:36 por jserna

1. “Contra el nacionalismo obligatorio“,
Crónica de Francisco Fuster
El pasado lunes 14 de enero a las 19:00 de la tarde tuvo lugar en la “Sala de
la Muralla” del Colegio Mayor Rector Peset de Valencia, una conferencia del Catedrático de Filosofía Fernando Savater, enmarcada dentro del ciclo ”Un partido diferente” que organiza el nuevo partido político Unión, Progreso y Democracia (UPyD). Savater estuvo acompañado por Antonio Gómez (Portavoz Provincial de UPyD) y por Antonio Salvador (Coordinador Autonómico de UPyD). No se trataba de la presentación oficial del Partido en Valencia –no hablaron los delegados del partido, no se anunciaron las listas ni se hizo ninguna referencia especifica a nuestra Comunidad–, sino de una presentación oficiosa con el único objetivo de exponer las razones que han llevado a la creación del partido. En este sentido, el profesor Savater explicó en unos treinta minutos cuáles eran las inquietudes de los fundadores del Partido y esbozó a grandes rasgos el programa político con el que se presentarán a las próximas elecciones generales a celebrar en el mes de marzo. Tras sus palabras iniciales atendió amablemente y por espacio de unos 45 minutos las preguntas de afiliados y simpatizantes que en número de unos ciento cincuenta se personaron para escucharle.
Savater inició su intervención con una llamada a la participación política de la ciudadanía y una crítica a la pasividad y el pasotismo de aquellos que se dedican a criticar a los políticos sin tomar ninguna iniciativa al respecto. Habló de la democracia ateniense –donde todo el mundo tenía la obligación de participar en política– como modelo en el que se debe mirar la sociedad española y afirmó que en una democracia, “todos somos políticos”. Luego explicó cómo la crispación que vive actualmente la política nacional y la polarización que vivimos entre nacionalistas y no nacionalistas le había llevado –a él y a un grupo de personas– a la creación de este nuevo partido, concebido como una opción plural y centrista. En un símil muy kennediano, Savater afirmó que: “la pregunta que nos debemos hacer no es ¿qué va a pasar?; la pregunta que estamos obligados a hacernos es ¿qué vamos a hacer nosotros?
Tras esta breve introducción sobre los orígenes del partido, Savater pasó a describir la ideología que defiende UPyD. Según dijo el filósofo, el partido nace con la clara intención y el firme propósito de luchar –política y electoralmente– contra lo que el llama nacionalismo obligatorio e intentar “buscar los rasgos comunes que unen a los españoles y no las singularidades regionales que nos separan”. Este argumento –el del hastío provocado por la exacerbación de los nacionalismos (catalán y vasco sobre todo)– fue el que centró la mayor parte del acto y según podemos leer en el Manifiesto Fundacional del Partido, uno de los pilares básicos del programa de UPyD, junto con la defensa del laicismo y su deseo de reformar la Ley Electoral vigente, para evitar, precisamente, que los partidos nacionalistas tengan –según dijo Savater-– “una representación política en las instituciones totalmente desproporcionada respecto a los partidos nacionales o estatales”.
Savater expuso su teoría según la cual los partidos nacionalistas tienen un poder exagerado en el Congreso de los Diputados , puesto que siempre acaban por decidir –decantando su voto a favor de PP o PSOE– los temas que afectan al conjunto del Estado, siendo a la vez los partidos que menos creen en el Estado. El filósofo vasco puso como ejemplos de actitudes que conviene evitar el último partido de fútbol entre las selecciones de Euskadi y Cataluña (en el se quemaron banderas de España) o la manifestación de algunos obispos en la madrileña plaza de Colón (en la que se produjeron diferentes ataques al gobierno y se calificó al laicismo como “disolvente de la democracia”). Ambos actoshan coincidido en el tiempo constituyendo un ataque a las instituciones del Estado.
Savater explicó –en respuesta a la pregunta de un asistente– que pese a ser miembro fundador del partido, él no se iba a presentar en las listas porque prefería mantenerse un poco al margen — escribiendo artículos o aportando ideas– y no actuando en la política activa, aunque –eso sí– proclamó que estaba a la disposición del partido para todo aquello en lo que pudiera colaborar.
En la única alusión que se hizo al ámbito valenciano –y en respuesta a otra pregunta–, Savater explicó la designación del filósofo vasco Carlos Martínez Gorriarán como cabeza de lista por Valencia. La razón de esta elección –explicó Savater– es que se trata de “uno de los mayores activos del partido” y, puesto que Valencia es una plaza importante, consideran que es la persona más indicada. Sobre si es acertado proponer a una persona que no es valenciana, una persona que desconoce la situación de nuestra política, Savater argumentó que las elecciones de marzo no eran unas municipales ni unas autonómicas, de modo que los miembros de su partido iban a tener el mismo discurso en todos los lugares de España.
Savater cerró el acto animando a que la gente leyera el Manifiesto y el programa de UPyD que se encuentra disponible en la web del partido. Asímismo, instó a todo aquel que tuviera una idea, a proponerla libremente para su consideración y debate. Por otra parte, el portavoz provincial de UpyD anunció para los próximos meses, conferencias de otros miembros del partido como Arcadi Espada o Albert Boadella, dentro de este mismo ciclo “Un partido diferente”.
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2. Hemeroteca JS
El Partido de Fernando Savater en este blog y en la prensa
-¿Un partido nuevo?, Levante-Emv, 15 de junio de 2007
-¿Un partido ómnibus?
-Ciutadans y Savater
-El partido de Savater
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3. Últimas noticias
Otros Partidos (que también se juegan y se la juegan…)

-”Alberto Ruiz Gallardón: Quien les habla ha sido derrotado”
-”Gallardón se declara ‘derrotado’ y confirma que tras el 9-M ‘abrirá un periodo de reflexión’ ”
-”Gallardón: ‘He sido derrotado’ ”
-Alberto Ruiz-Gallardón en este blog
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4. Scriptorium

“…Desde esa experiencia, que creo que puede aportar algo a nuestro común proyecto, he confesado mi ilusión por acompañar a Mariano Rajoy en las próximas elecciones generales. Porque después de 24 años de servicio a los ciudadanos, tengo aún muchos proyectos, para Madrid y para España, entre los que destacan dos en la primera página de la agenda política que estreno estos días: ser el Alcalde de todos los madrileños, y ayudar en todo lo que en mi mano esté para que Mariano Rajoy sea el próximo Presidente de España. Es conocida mi determinación. Y hay pocas cosas que me haya propuesto y no haya conseguido. De modo que puedo decir, con bastante seguridad, que mientras de mí dependa estas dos no van a estar entre ellas. Seré el Alcalde de todos los madrileños, y, si tú quieres, Mariano, trabajaré para que seas el Presidente del Gobierno que los españoles merecen“.
Discurso de Alberto Ruiz-Gallardón en el Foro ABC
(Mayo de 2007)
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ATENCIÓN: VIERNES 18 DE ENERO, AL MEDIODÍA, NUEVA ENTRADA EN ESTE BLOG
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01.14.08
Posted in Fotografía, Comunicación, Democracia at 8:44 por jserna
Foto: José Aymá
1. Pedro Jota Ramírez… y Zapatero.
Me ha sorprendido agradablemente la contundencia expresiva de José Luis Rodríguez Zapatero en la entrevista que le ha hecho Pedro Jota Ramírez en El Mundo. Aparece publicada el domingo 13 y el lunes 14 de enero (podemos acceder a ella en versión sintética). Responde sin amilanarse y sin buscar el compadreo. Tampoco mendiga la compasión de quien sabe adversario mediático. Hasta Arcadi Espada, periodista de dicho periódico y generalmente tan hostil con el presidente del Gobierno, reconoce esa habilidad: la habilidad con la que Rodríguez Zapatero se maneja cuando contesta al director del diario. Por eso, Espada lamenta el largo espacio que El Mundo le concede. Así cualquiera, parece concluir: así, con tantas páginas, cualquiera se explica. Más aún, añade: de tan suelto como se le ve, es como si fuera Rodríguez Zapatero quien interpelara a Ramírez. ¿Qué dirán sus amigos y oponentes? Me refiero a los amigos del mandatario. Y me refiero a los oponentes de Pedro Jota Ramírez.
Al presidente no se le ve inconsistente, que es la cantinela con la que José Antonio Zarzalejos (de Abc) arremete; pero tampoco se hace de él un ser monstruosamente perfecto, un nuevo Arturo, que es lo que Suso de Toro quiere pensar. Se le ve convencido, correoso, insistente. En cambio a Pedro Jota se le nota hastiado, pensativo. Uno gesticula con las manos, con énfasis y pertinacia. Resulta temible: ¿sobre qué perora?, ¿de qué está tan convencido? El otro esconde resignadamente las manos en los bolsillos. Como entristecido: derrotado, con la mirada perdida, con la boca algo desencajada. Al periodista se le aprecian las arrugas del traje: como si se hubiera desabotonado tras una sesión agotadora. Sorprendentemente no lleva desanudada la corbata, ese porte tan americano, tan cinematográfico. Al político, en cambio, se le ve abotonado y bien compuesto. Cómodo. Insisto: temible.

¿Y qué ocurre, qué impresión causan las fotografías, si pasamos al interior? ”Viernes 11 de enero. 18.05. Llueve en el jardín de La Moncloa, pero un sol radiante ilumina a su inquilino. Ya no estamos en el edificio del Consejo de Ministros sino en su despacho del Palacio“, dice Pedro Jota en la acotación preliminar de la segunda entrega. ¿Un sol radiante ilumina a su inquilino? Dejemos la metáfora y acudamos a ese despacho. Echemos un vistazo a esta fotografía:

Vemos a un Rodríguez Zapatero cómodamente sentado, en espera: algo ensimismado tal vez, aguardando la interpelación de Pedro Jota Ramírez. Éste, levemente incorporado, parece repasar sus papeles, ese esquema previo del que servirse. O quizá no: quizá el presidente le ha pasado un informe al periodista. ¿Y qué viene después?
Pues eso: una “entrevista que se prolongó durante ocho horas a lo largo de varias sesiones en distintos días”, leo en El Mundo. ¿Es posible resumir esta extensísima interviú? Por supuesto que es posible. Si somos capaces de leer libros de trescientas páginas para después sintetizarlos, seremos igualmente capaces de abreviar los contenidos de una entrevista en la que, insisto, a Rodríguez Zapatero se le ve dominador. ¿La resumiré? Desisto, pero no me lamento, pues ésa no es la clave de esta pieza, no es la función que cumple en el periódico. Lo significativo de esta entrevista es la demesura del periodista. Concede quince páginas (incluyendo las primeras planas de domingo y lunes) al presidente. ¿Concede? En realidad, la interviu comenzó ocupando la sección que emplea semanalmente el director de El Mundo.
Esa sección consiste en una larguísima misiva. O, mejor, exactamente un sermón dominical que se extiende entre la tercera y cuarta página, una especie de epístola moral al lector en la que el periodista toma un motivo del pasado para evocarlo, generalmente con erudición enciclopédica. Quiero decir, de enciplopedia. Tras exhibir sus conocimientos salta al presente, a la política de nuestros días, con el fin de buscar equivalencias. Encuentra similitudes, vaya si las encuentra. Nos muestra acontecimientos de ahora que casi repiten circunstancias de otro tiempo, hechos que por su morfología o vecindad se refuerzan entre sí. La analogía es el procedimiento retórico: la moraleja es la apostilla y, de paso, la documentadísima erudición es el generoso desprendimiento del director. Porque, en efecto, se presenta así, como un acto de desprendimiento: Pedro Jota nos entrega su saber a manos llenas. ¿Pero qué ha pasado para que, ahora, Rodríguez Zapatero le gane en su campo y con sus reglas?
Frente a otros candidatos, escuetos o celosos de su imagen, temerosos del traspié, Rodríguez Zapatero parece un político facundo: alguien que parece creer, de verdad, en la democracia deliberativa; alguien que se siente cómodo en la exposición pública, esa a la que debe someterse quien profesa el republicanismo cívico. Por ello, espera o, mejor, desea que el debate televisivo con Mariano Rajoy no sea una confrontación agria, sino el lugar de la deliberación. Saber que no será así, que no podrá ser así. Desde luego, Rodríguez Zapatero está convencido de lo que piensa y sostiene, de lo que con arrojo o con temeridad realiza. Pero la clave de todo su programa no radica en la convicción de la que parte o con la que reviste sus políticas. Dice haber tenido cintura porque sabe qué quiere hacer y calcula qué táctica le conviene para lograr lo que estratégicamente le interesa. Por ello, ha sido acusado de tacticista. Es capaz de sacrificar elementos que otros consideran intocables o esenciales para, a la postre, lograr algo y no perder gran cosa. Es por eso por lo que ha sido vilipendiado y continuamente ultrajado con todo tipo de denuestos para los que no tenía o no quería respuesta. Y si no quería dar respuesta es porque se sabe seguro, incluso temerariamente seguro. ¿Para qué contestar a las críticas más furiosas o a los insultos más tajantes? La realidad de mis convicciones sabiamente y tácticamente ejecutadas será el rotundo mentís, parece decirse. Ahora, Pedro Jota no le agrede y le da espacio más que suficiente para explayarse. Rodríguez Zapatero lo aprovecha y se extiende como un razonador que se sabe inevitablemente escuchado, con tiempo suficiente: el interlocutor que, en principio, le es hostil tiene ahora la obligación de callar, de ceder su turno; tiene la obligación de no enrocarse y de avanzar.
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01.10.08
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 18:17 por jserna

1. Hace unas semanas publiqué un artículo titulado “La retirada de Zaplana“. Días después añadí en este blog una entrada, “Eduardo Zaplana Hernández-Soro“, que obviamente trataba de la misma persona. ¿Hay razones de actualidad que me justifiquen? ¿Exhumo arqueológicamente a un personaje olvidado? Creo que para hablar de Zaplana hay razones bien actuales. En mi caso, la reconstrucción de su figura, de su proyección, no es algo sobrevenido, pues llevo varios años rastreando su puesta en escena, examinando los efectos que su protagonismo público, político, provoca. ¿Una manía particular?, me pregunto. No lo creo: Eduardo Zaplana sigue siendo uno de los activos del Partido Popular, mal que les pese a algunos. En efecto, hay antiguos seguidores o correligionarios o conmilitones o periodistas que prefieren olvidarlo, relegarlo, confinarlo, como igualmente puse de relieve en un artículo meses atrás. Esa actitud se da, por ejemplo, entre columnistas o reporteros del grupo Vocento. En Abc, sin ir más lejos, la cantinela antiZaplana es ya un lugar común. Parece que para ellos se ha convertido en un personaje ambicioso, materialista y voraz, quizá poco recomendable. ¿Lo es? Tengo para mí que Zaplana sigue siendo lo que siempre fue y no ocultó. Aparentemente no hay nada nuevo ni nada actual justificaría que yo mismo escribiera sobre él.
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2. Eso parece decirme Rafa Marí, periodista de Las Provincias (también del grupo Vocento) responsable de un libro titulado Eduardo Zaplana. Un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, un volumen de 1995. Como dije días atrás, Rafa Marí, que entrevistó al político para escribir dicha obra, me interpelaba en Las Provincias. Supongo que su mención se debía al comentario que yo había hecho de su libro –tantos años después– en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.
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3. Respuesta de JS del 29 de diciembre de 2007: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.
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4. Respuesta de Rafa Marí del 9 de enero de 2008: aquí. Quizá larguísima.
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5. Respuesta de JS.
¿Zaplana o Zapatero? ¿Eduardo Zaplana. Un liberal…, de Rafa Marí? ¿O Madera de Zapatero, de Suso de Toro? El señor Rafa Marí tiene la amabilidad de contestarme explayándose en un comentario muy extenso, larguísimo: exactamente como lo que él dice de mi artículo sobre Madera de Zapatero, incluido en este blog. Sin embargo, mi artículo no es larguísimo: es una reseña in progress que fue escribiéndose a lo largo de varios días, conforme la lectura y la relectura del libro me sugerían énfasis o subrayados. Nada más empezar su comentario –insisto, larguísimo–, el señor Marí me dice inmediatamente de lo que no quiere hablar: ni de Zapalana ni de Zapatero, ni de su libro ni del de Suso de Toro. Francamente, creo que desechar esos objetos de análisis es un pérdida que nuestros lectores no entenderán. Y más, admitiendo como hace el señor Marí, que “ninguna de las obras es buena, desde luego”. Precisamente eso es lo que deberíamos debatir: ¿por qué la literatura áulica no suele dar buenos resultados?
Pese al malestar que le provoca el adjetivo “áulico”, pese a que yo le llamara “interlocutor áulico” en un artículo, creo que esa calificación es descriptiva, no necesariamente peyorativa: designa, en efecto, lo cortesano, lo propio de palacio. Designa a aquel que presta servicios a quien ejerce el poder o espera ejercerlo, en acto o in spe. No es infrecuente que el gobernante o el opositor se rodeen de glosadores que le ayuden a explicarse o incluso a expresarse. Esos auxiliares ejercen un papel interesante. Muchos políticos parecen necesitar a estos profesionales de la escritura, pues de ellos dependen la buena o la bella prosa, el orden expositivo y la claridad de enunciados: el lucimiento o los trucos de magia. Por ejemplo, uno de los personajes de la ficción de Javier Marías era un monarca campechano, un virtuoso de los flippers, un frecuentador de todo tipo de cuchipandas; era un soberano simpático, con metas y objetivos incluso sensatos, un rey que tenía algunas ideas, pero al que -según decían- le costaba ordenarlas. Para eso estaba el cortesano: para ordenarle las ideas, para completarle los párrafos o para rellenar sus vacíos.
Dice el señor Marí que no quiere hablar de Madera de Zapatero ni de Eduardo Zaplana. Un liberal… Dice eso, pero inmediatamente habla de ambas obras: a la primera la descalifica como encomiástica; a la segunda, la suya, la califica como ”una larga entrevista (en nueve capítulos) para dar a conocer los proyectos de un candidato, poco conocido y entonces en la oposición en el gobierno autonómico”. Lo encomiástico puede expresarse con ditirambos: los que hacen los familiares y los amigos del político. Pero lo encomiástico puede expresarse también prestando un servicio verbal: prestándose a hacer una entrevista cómoda que facilite la racionalización, la justificación, las promesas de un candidato.
Pero el grueso de la intervenci