12.29.07

Eduardo Zaplana Hernández-Soro

Posted in Valencia, Comunicación, Democracia at 10:49 por jserna

 eduardozaplana.jpg

0. Feliz año nuevo para todos.

1. La sobrecubierta

Leo Zaplana. El brazo incorrupto del PP, un libro de Alfredo Grimaldos. Lo publica la editorial Foca (Grupo Akal). Puede adquirirse en distintas librerías, pero no en la página electrónica de El Corte Inglés. Leo en distintas webs que el volumen ha sido retirado de los anaqueles de novedades de sus edificios. He verificado que en Valencia no es así: que al menos en el centro comercial de Colón el libro figura en la columna de actualidad política junto a las Cartas a un joven español. ¿Puede hablarse de censura si no lo hallamos en su librería virtual? No puedo pensar tal cosa; no puedo creer que una gran empresa cometa esa torpeza electrónica. Ya lo dijo Voltaire en la tercera de sus Cartas filosóficas: el efecto de la intolerancia es aumentar el interés de lo censurado. “Las persecuciones no sirven casi nunca más que para hacer prosélitos”, para incrementar su atractivo. De ser cierta, la noticia de la retirada forzosa de un libro agigantaría el deseo de poseerlo. 

Pero, claro, la sobrecubierta del volumen es llamativa, bufonesca o hiriente. Podría entender el malestar del protagonista. Como podría entender también la desazón de aquellos que no quisieran indisponerse con el ex ministro de José  María Aznar. Desde luego, ese frontis reclama la atención del espectador. Porque de eso se trata: de atraer al espectador, de convertirlo en comprador y luego en lector. De interpelar al visitante ocasional o habitual de la librería con una imagen y con un título suficientemente espectaculares. El biografiado aparece con gesto pícaro. Es un primer plano del protagonista que dice mucho: con la mano izquierda se tapa la boca, una boca que esboza una sonrisa; y a la vez, con ojillos desafiantes, examina a alguien que está fuera de campo. ¿Quizá un periodista inquisitivo? Las patas de gallo revelan un gesto chistoso y retador a un tiempo, la exacta mezcla de guasa y desdén. Pero no es  esto lo más significativo: lo sorprendente es el reloj que aparece en dicha fotografía. Todo un Hublot Chrono.

 hublot2.jpg

¿Y por qué sorprendente? El reloj es una pieza carísima de varios miles de euros (no les diré cuántos): un objeto que podría figurar en un certamen de lujos cotidianos. Distingue a su portador, lo distancia, lo eleva y lo separa del resto con su “diseño elegante y deportivo”, según leo en su página web. Mostrar ese adminículo sólo es posible para unos pocos. No es la pieza clásica o antigua de la familia: esa herencia, ese apreciado reloj del abuelo que todos los nietos ambicionan. No: este reloj suizo, famoso por su pulsera de caucho con “un delicado aroma a vainilla”, es una maquinaria que sólo se remonta a 1980. Se trata, pues, de un ingenio reciente, una pieza muy valorada que triunfa entre las nuevas clases emergentes y entre algunas celebridades: Quincy Jones o Maradona o… Zaplana.

———————

2. Lujos ostensibles

“La posesión de riqueza confiere honor; es una distinción valorativa”, decía Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa (1899). En las sociedades antiguas, la actividad depredadora era la tarea cotidiana y el hábito de las gentes. En las sociedad modernas, añade Veblen, “la propiedad acumulada reemplaza cada vez en mayor grado los trofeos de las hazañas depredadoras como exponente convencional de prepotencia y éxito”. No es que ya no se conceda valor a la depredación: es que hay menores oportunidades de obtener esos trofeos bélicos, ese botín fruto de la rapiña. El hombre quiere distinguirse, pero en las sociedades modernas esto no suele lograrse con el hecho heroico o notable de la guerra. De ahí que la acumulación material consista, entre otras cosas, “en alcanzar un grado superior, en comparación con el resto de la comunidad, por lo que se refiere a fuerza pecuniaria”. O, en otros términos, lo que es insaciable en el hombre no es la necesidad material, sino su reputación, su estima, su comparación valorativa: y éstas se logran en la sociedad capitalista con la riqueza ostensible, con esos lujos que prueban la calidad de su poseedor. No se trata de ahorrar, cosa que más o menos siempre hacen los seres humanos: de lo que se trata es de mostrar los logros personales, que son conquistas materiales.

El libro de Alfredo Grimaldos se habría beneficiado mucho si su autor hubiera empleado a Veblen para recrear la figura de Eduardo Zaplana, alguien que en sus páginas aparece como un nuevo rico.  Si es cierto lo que leemos en Zaplana. El brazo incorrupto del PP, entonces tenemos a un caudillo moderno que hace de la acumulación y del derroche vicario su lógica. No se trata de destruir riqueza como gesto desprendido, sino de organizar la política como un potlach: como una fiesta exuberante en la que quien da espera recibir duplicado. Según esa lógica, se trata de invertir bienes y recursos públicos para ejemplificar y repartir dádivas, para prosperar personalmente, para tejer un red de beneficiados y paniaguados, de amigos políticos. ¿Es así Eduardo Zaplana? Si hemos de creer lo que Grimaldos dice de él, entonces buena parte de la descripción vebleniana se ajustaría a su figura. El autor nos muestra la suma de rapiñas, el repertorio de gestas depredatorias que hacen del personaje un George Duroy de nuestros días: un Bel Ami, ya no de Maupassant, sino de sí mismo.  Es tal la retahíla de logros materiales, de beneficios vicarios, de gestos instrumentales, de maniobras indirectas; es tanto lo denunciado y lo condenado por algunos tribunales y medios, que sorprende la capacidad de dicho personaje para salir indemne. ¿Falsas imputaciones? Desde luego, el libro de Grimaldos habría ganado si no le hubiera puesto ese subtítulo escandaloso y enfático, innecesariamente sarcástico. Los contenidos del volumen son prueba abundante de lo que el autor quiere mostrar y demostrar.

Iba a continuar, pero qué quieren: regreso al volumen de Grimaldos y vuelvo a ver una versión moderna de los trepas del siglo XIX. En ese caso, vuelvo a pensar lo que escribí para Levante-Emv en mayo de 2007.  “Yo no creo que Eduardo Zaplana sea un calco de esos personajes novelescos; tampoco creo que la suerte venidera del ex president de la Generalitat sea la de regresar a la cuna humilde de la que partió. Pienso que el señor Zaplana es un ciudadano intrépido que concilia envidiablemente provecho y utilidad, alguien que supo granjearse la admiración de sus correligionarios y al que su partido y los periódicos afines ahora pretenden postergar (…). Yo no creo que el señor Zaplana merezca esta suerte que le reservan sus antiguos partidarios: sería muy reparadora si viviéramos en un folletín, pero es tremendamente injusta si pensamos el empeño real que a todos sus amigos mancomunó”. Insisto: ¿es Zaplana un personaje de folletín? Tengo la impresión de que estamos intoxicados por la literatura, razón por la cual aún vemos a nuestros contemporáneos con los perfiles de nuestros héroes alfabéticos. Seguramente, la vida es más simple y, por tanto, los políticos como Eduardo Zaplana se parecen más a personajes televisivos. Él mismo es un personaje televisivo… ¿A cuál de ellos encarna?

———————

3. Zaplana, entrevisto

¿Recuerdan Eduardo Zaplana, un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, aquel libro de 1995? Su coautor Rafa Marí, el periodista que entrevistó al político, me interpela en Las Provincias. Supongo que su mención se debe al comentario que hice de su libro en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: “Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones”.

Respuesta: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.

———————–

4. Hemeroteca histórica de Justo Serna sobre Eduardo Zaplana:

-”La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007

-”Zaplana“, Levante-Emv, 4 de mayo de 2007

-”Route Zaplana“, Levante-Emv, 29 de agosto de 2006

-”Eduardo Zaplana, ficción y dicción“, El País, 9 de abril de 2004

-”El portavoz“, El País, 23 de diciembre de 2003

——————-

5. Colofón de Alfons Cervera sobre Eduardo Zaplana:

“El tiempo dirá si al final prescriben los posibles delitos del honorable presidente o se celebra el juicio que decidirá dónde habrá de pasar el tiempo que vendrá después de la sentencia: si en su casa de lujo o en la cárcel. Minuto arriba o abajo de donde se ubica el tiempo de Zaplana: quizá cuando ya no mande nada a partir de marzo lo veamos metido en los berenjenales de algún juzgado valiente, pues valiente ha de ser quien se meta a desinfectar el lodazal de sus aviesas andaduras. Queda para el testimonio el libro “Zaplana. El brazo incorrupto del PP”, del periodista Alfredo Grimaldos. Da gusto y repelús a la vez leer la vida y milagros del portavoz de Aznar en el Parlamento…” Levante-Emv, 30 de diciembre de 2007.

—————————

6. ¡Viva el laicismo disolvente!

“Los clérigos no tienen derecho a convertirse en jueces de quienes no formamos su rebaño, no tienen derecho a dictaminar sobre lo que creemos quienes no creemos y no tienen derecho a imponernos sus metáforas. Resulta sorprendente que estas cosas tan sabidas tengan que ser recordadas…  Quizá García-Gasco o Carles, tan dispuestos a enojarse con los laicos, debieran repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente ¿En qué creen los que no creen? Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica”.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

12.20.07

Regreso al maoísmo

Posted in Juventud, Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:21 por jserna

mao.jpg

1. Yo nunca fui maoísta. Jamás me dejé seducir por ese marxismo radical que a muchos deslumbró. No me vanaglorio: simplemente describo mi circunstancia biográfica.  Regreso al maoísmo. Quiero decir, me pregunto por qué tantos jóvenes se intoxicaron con ese utopismo. Me incita a ello Federico Jiménez Losantos. Leo su último libro: La ciudad que fue (Madrid, 2007). Hay numerosos aspectos relevantes, desmedidos, objetables. De todos ellos, el que en primer lugar me interesa es precisamente la revisión que el autor hace de su pasado maoísta. Me parece muy complaciente con dicha etapa y sobre todo con su responsabilidad personal.

El marxismo originariamente fue radical, sólo eventualmente extremista. El maoísmo fue un movimiento extremista que, además, se basó en el radicalismo de Marx (a partir de las enseñanzas de Lenin, Stalin y, finalmente, Mao, su principal inspirador). Pero, por otra parte, el maoísmo fue también un utopismo: un movimiento, una corriente, una concepción que aspiró a cambiar al hombre, a conseguir un “hombre nuevo” en una sociedad armoniosa. Un hombre nuevo: qué interesante y peligrosa idea. Históricamente, el ser humano sólo es un ente torcido, algo poco atractivo y siempre decepcionante. El maoísmo, como utopismo radical del siglo XX, postuló una recreación entera de ese ser imperfecto. Depurar sus vicios, enderezarlo, domarlo, disciplinarlo en un sentido colectivista: desindividualizarlo, en fin.  Por eso, el presidente Mao confiaba abiertamente en los jóvenes; por eso adulaba su energía.

“Los jóvenes, plenos de vigor y vitalidad, se encuentran en la primavera de la vida, como el sol a las ocho o nueve de la mañana”, admitía con analogía evidente. “La juventud es la fuerza más activa y vital de la sociedad”, insistía. “Los jóvenes son los más ansiosos de aprender, y los menos conservadores en su pensamiento”, añadía. Ahora bien, no vale de nada esa energía si es puro vigor individual. “¿Cómo juzgar si un joven es revolucionario? ¿Cómo discernirlo? Sólo hay un criterio: si está dispuesto a fundirse, y se funde en la práctica, con las grandes masas obreras y campesinas”. Ése es el criterio, que ha de valer para juzgar a los jóvenes y a los intelectuales, un grupo también necesario, aunque titubeante. ¿Por qué razón? Porque “los intelectuales tienden a menudo al subjetivismo y al individualismo”, mostrándose con frecuencia  poco prácticos en su pensamiento, vacilantes en su acción. Es habitual que estos individuos, si son ajenos a los obreros y los campesinos, se hundan en la pasividad o en la melancolía. “Los intelectuales sólo pueden superar estos defectos en la misma lucha prolongada de las masas”, releo en mi ejemplar del Libro Rojo (Barcelona, 1976), cuya traducción corresponde a las Ediciones de Lenguas Extranjeras de Pekín.

¿Y qué tiene que ver lo dicho por el presidente Mao con los jóvenes españoles de los años setenta? ¿Cómo se podía ser maoísta español en aquella década? Dos son los ingredientes del contexto: la juventud y el franquismo. La revueltas estudiantiles de finales de los años sesenta habían extremado a muchos, llevándolos a un izquierdismo antisistema en el que se mezclaban lo antiinstitucional y lo pulsional, el deseo y la revolución, la oposición antiburguesa y la rebeldía política. Si Occidente adocenaba a los jóvenes con represión moral y consumismo material; si los jóvenes crecían en familias patriarcales…, entonces  la insumisión estaría, estaba, justificada. El izquierdismo era la fórmula expresiva. Umberto Eco supo tratar este sesentayochismo en su libro Sette anni di desiderio. Por su parte, en la España de la dictadura, la revuelta juvenil revelaba una posición antifranquista y una variada gama de marxismos. Habiendo tenido el PCE un papel tan destacado en su tarea de oposición, el marxismo parecía ser la concepción más útil y mejor preparada para analizar la realidad…, una realidad política propia del contexto de la guerra fría. Así lo pensaron muchos jóvenes, justamente cuando por edad debían rebelarse, buscando el placer, el goce, el deseo. Un mayor extremismo marxista podía ser el narcótico que mejor abriera las puertas de la percepción.

Algunas de estas reflexiones me las sugieren las memorias de juventud de Jiménez Losantos. En principio, La ciudad que no fue trata de la Barcelona del joven Federico que allí acude a comienzos de los setenta desde la provincia, desde Teruel. La gran ciudad deslumbra: las Ramblas son el escenario de todas las transgresiones, de todas las libertades, de todo el avance cultural que la España franquista podía permitir. Aprovechando buena parte del libro para tal menester, el autor detalla numerosos hechos de su vida personal exhumando también los sentimientos que le despertaban. O eso hemos de suponer: que el sentido atribuido a los hechos es el mismo que el de ahora. Por supuesto, el asunto principal del volumen es la oposición que Jiménez Losantos demuestra  tempranamente ante la normalización lingüística. Toda una laminación de la cultura castellana, añade, y una forma de presentar su actuación en términos heroicos. La vileza que con el autor cometieron dos tipos que le descerrajaron un tiro agrandarían, sin duda, su papel en dicha historia. 

Echa la culpa de esa circunstancia a la alianza implícita que se dio entre los nacionalismos de izquierdas y de derechas, entre PSUC y CiU, entre el partido comunista catalán y los nacionalistas conservadores. El PSUC de entonces era una gran organización de masas, en parte concebida y pensada a semejanza del PCI. Es decir, hacía del consenso, de la hegemonía, su forma de dirección intelectual y moral: un modelo orgánico de partido gramsciano inspirado en los pactos y alianzas nacional-populares, en el control de las grandes masas. En sus filas militaron comunistas de primera hora, pero también nuevos incorporados que procedían de organizaciones izquierdistas de aquellas fechas: partidos de los años sesenta que habían nacido con Revolución Cultural china y partidos que habían surgido al calor del izquierdismo del 68. Según este esquema, el maoísmo sería el instrumento idóneo para destruir el modelo cultural y social burgués; y los sesentayochismos serían el fermento juvenil precisamente antiburgués. En España, y entre otros productos, la suma de maoísmo y sesentayochismo dio como resultado la Organización Comunista de España (Bandera Roja). Si hemos de creer al memorialista, podemos decir que Jiménez Losantos militó en OCE (BR) a comienzos de los setenta, pasando a incorporarse al PSUC a mediados de dicha década.

En sus páginas, la posición moral y política del autor siempre parece quedar clara y a salvo: siempre estuvo en el lugar correcto. A pesar de ser finalmente un acerado crítico de la izquierda, Jiménez Losantos admite que había que ser maoísta cuando él lo fue. A pesar de ser finalmente un fiero oponente del marxismo, Jiménez Losantos admite que había que militar en el PSUC cuando él tuvo el carnet, más o menos hacia 1976: justo el año en que viaja a China a confirmar –dice– el anticomunismo que él mismo ya alimentaba en su interior. De allí regresa con atavíos maoístas (gorra, guerrera, etcétera) aunque ya anticomunista decidido, externamente decidido, cosa que no le evita seguir militando en el PSUC. “Ante del viaje a China yo quería romper con el marxismo, es decir, con lo que Marx llamaba ‘mi conciencia filosófica anterior’, pero no sabía cómo”, añade confusamente Jiménez Losantos. “Quería mantener las posiciones políticas de la lucha antifranquista, que me parecían indisociables de cierta militancia en el PCE/PSUC”, repite. “En ese candente invierno del 76-77 [recién regresado de la China comunista] me dieron por primera vez el carné del Partido, en el transcurso de un acto para la legalización del PCE/PSUC. Hoy puede también parecer absurdo que alguien que ya no es comunista, sino anticomunista, como yo entonces, acepte el carné”, dice intentando justificar su correcta posición de entonces y de ahora. “En mi caso personal”, apostilla, “obraba el respeto al sacrificio de tantos conocidos en la clandestinidad”. 

En realidad, el autor es impreciso en las fechas de sus entradas y salidas de partidos, en sus cambiantes humores políticos. Y no me refiero a los carnets. ¿Por qué esa imprecisión? Buena parte de sus páginas le sirven para mostrar y demostrar su liberalismo antiguo, interior e implícito…  a despecho de su militancia izquierdista, radical o extremada. Con ello, podríamos decir que confunde sus avances personales con el avance general de la humanidad. No me pregunto por su anticatalanismo, bien patente a finales de los setenta: me pregunto por su maoísmo o por su militancia izquierdista, cosas de las que parece aceptar su pertinencia contextual, incluso su toque chic. Si había que ser de OCE (BR) cuando él lo fue, estuvo bien; si ahora hay que ser liberal tonante cuando él lo es, está bien.

El libro de Jiménez Losantos tiene muchas fotografías, pero la mayoría no proceden del archivo del autor. Son imágenes de época, de los años setenta que, en el lector adulto y desprevenido, pueden provocar nostalgia. De hecho, creo que esas fotografías buscan despertar la complacencia sentimental de los contemporáneos: la evidencia con que se imponen las imágenes reforzaría presuntamente la interpretación emocional con que Jiménez Losantos evoca una pasado personal y colectivo. Pero el truco editorial parece bastante obvio. Al menos, para mí. Y ahora, si ustedes me permiten, les dejo.

Fin

—————————

2. Hemeroteca histórica

-Artículo de JS sobre “Federico Jiménez Losantos“, Levante-Emv, 6 de abril de 2006

-Artículo de JS sobre “En el cielo nos veremos“, Levante-Emv, 9 de febrero de 2007

-Artículo de JS sobre “El cuento de Federico“, Los archivos de JS, 23 de octubre de 2007

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

12.17.07

La vuelta de José María Aznar

Posted in Comunicación, Democracia at 13:55 por jserna

josemariaaznar.jpg 

Fotografía de Ignacio Gil para D7 (Los domingos de Abc)

De todos los periódicos que leí el domingo 17 de diciembre, el que más me interesó  fue Abc. En su sección dominical, el diario conservador publicaba una larga entrevista que Josefina del Álamo había hecho a José María Aznar. Yo me encontraba en el hospital cuidando a mi padre, recién salido de un infarto, recuperándose felizmente. Entre nosotros, todo eran bromas. Leía la entrevista con fruición, con detalle, subrayándola con  mi boli. La repasaba  y se la comentaba a mi sufrido progenitor. Intentaba entretenerlo, alejarlo de su situación, del peligro superado. Yo me aguantaba el desasosiego y él soportaba mi cháchara, mis comentarios, mis exclamaciones, mis apostillas. Mi señor padre le daba la razón a su hijo…, y el hijo llenaba la desazón con palabras. Había una camaradería nada impostada y la entrevista a José María Aznar nos facilitaba la conversación. Lo primero el titular de portada: “Soy la víctima de la peor cacería”. Convinimos ambos en que la de Aznar era una ilusión óptica. ¿La peor cacería? Desde luego hay cosas peores: peores cacerías y peores carnicerías. El ex presidente se sabe “objeto de una persecución” y lo dice así, con esa postura y con esa apostura que luce en la foto que ilustra, con forzada naturalidad y con infinita paciencia.

Admitamos que eso sea cierto: admitiremos igualmente que dicha cacería no es lo peor que le p0dría ocurrir a alguien. En política hay cosas más preocupantes y, sin duda, la animadversión que Aznar provoca tiene mucho que ver con su forma de presentar las cosas, de justificar sus decisiones; con su modo de fundamentar sus posiciones; con su manera de criticar a quien le sucede en el cargo. Él siempre pone el énfasis en el liderazgo para, inmediatamente, añadir que de eso carece el actual mandatario: “si a un presidente le da miedo que lo abucheen, como hemos visto recientemente, no se le puede dar confianza para que gestione una crisis importante”. Si Aznar es el político fiable, Rodríguez Zapatero (a quien jamás nombra) es el gobernante dudoso, dicho esto –además– con el tono apocalíptico que ya le es propio: “hay momentos en la vida de las naciones para plantearse que hay personas serias y personas que no lo son; personas fiables y personas que no lo son”. La idea del liderazgo es recurrente en sus declaraciones y en sus libros (que aquí hemos analizado): como es obsesiva la condena del relativismo del que Occidente estaría enfermo. “Porque hoy”, precisa, “lo que prevalece en Europa es el relativismo, la ausencia de creencias, de valores, de principios”.

Es por eso por lo que ha asumido José María Aznar ha asumido una tarea de preceptor. No hay que desentenderse, insiste. “Quizás una de las tareas que yo puedo hacer, desde la experiencia, es explicar esto, especialmente a los jóvenes que son quienes van a construir el futuro”. Es por eso por lo que en su último libro, en sus Cartas, se dirige a ese jovencísimo Santiago a quien tutea. Ejerce de propagador, alguien que parece estar por encima de la minucia electoral; pero sobre todo hace las veces de mentor: el viejo dotado de experiencia que tutela al inexperto Telémaco para que no se pierda. La juventud es pasional: necesita doma y freno. Pero los muchachos son también hedonistas: precisan al adulto adusto, árido, al adulto que no se deja adular para que así les recuerde qué significa existir, para que así les indique cómo sobrevivir con coraje en medio de una persecución. Gobernar exige mucho arrojo. Y para eso nadie como Winston Churchill.

Pero éste, “después de ganar la Segunda Guerra Mundial, perdió las elecciones”. Aznar, sin embargo, no las perdió. Dejó de ser presidente de manera voluntaria, a los 51 años, yendo contra la corriente, sin quejarse. ¿Duele? ¿Cuesta? “Supongo que si lo dejas porque pierdes las elecciones, y no por voluntad propia, todavía cuesta más”, añade comparándose implícitamente a Churchill, a Felipe González y, de paso, al sucesor de su partido, Los pueblos suelen ser ingratos, admite Aznar…, y los españoles, según parece, “tienen una cierta incapacidad para reconocer el mérito ajeno. Por eso somos un país necrófilo, que ensalza a los muertos”, concluye el ex presidente. Hay dolor, mucho dolor, en el reproche de José María Aznar: el desasosiego de quien no se siente reconocido suficientemente y, encima, no se lo explica; el malestar de quien se ha considerado “Presidente de España”, con ese tono de jefe de Estado que le da a dicha expresión. Hay una tensión constante en su palabra: entre campanuda y obvia, enfática y evidente. No es una descalificación la que le hago: es una descripción. Admite ser un sequerón (así lo decía en Ocho años de gobierno): alguien cerrado, controlado, frío. Pero a la vez le gusta que le vean como humano y tierno, como reflexivo y cercano.

Podría continuar. Pero, qué quieren, ya me cansa examinar con detalle la letra pequeña del señor Aznar. Por mi parte no le someto a una persecución ni a una cacería. Mentiría si dijera que me sorprende su vuelta: su regreso a la primera plana de Abc, la atención que dicho periódico le concede otra vez, el editorial que nuevamente le dedica (”La palabra de Aznar“). ¿Lo justifica su libro, esas Cartas a un joven español? Por supuesto que no: la novedad editorial ya estaba amortizada. La razón política de esta larga entrevista está en corroborar con su declaración que no vuelve: que es un hombre de palabra, precisamente, que”los rumores interesados que acompañan a cada uno de sus movimientos –sean reales o imaginarios– quedan ahora desmentidos con la rotundidad en la expresión que caracteriza a un personaje fiable”. Que no vuelve ahora ni… después.

——————-

El jueves 20 de diciembre, a mediodía, nuevo post. Si no hay cambios, el título será Regreso al maoísmo.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

12.13.07

Internet: ¿deprisa y corriendo?

Posted in Comunicación, Internet at 17:06 por jserna

 manoconraton1.jpg

1. Internet provoca ilusiones ópticas (2007)

Con un buscador encuentras de inmediato lo que buscas. Pero aquello que buscas es lo que hay: al lado de miles…, qué digo miles, al lado de millones de referencias.  Lo instantáneo es el nuevo modo de relación y de percepción, algo que se ha agudizado con el desarrollo de Internet. Todos podemos tener nuestro espacio electrónico; todos podemos ser fuentes de información; todos podemos tener opinión. La multiplicación exponencial de nuevos medios, la facilidad de su acceso, la rapidez de uso, etcétera, nos habitúan a lo inmediato. Es un logro, indudablemente. Pero es también una pérdida. Hasta hace poco tiempo, el mundo no estaba organizado ni concebido con fines informativos.  En ese escenario, lo próximo o lo distante aún tenían una medida humana. Podíamos desplazarnos y comunicarnos, desde luego, pero ese mundo siempre estaba muy lejos y el viaje era arriesgado, azaroso. Como el conocimiento, que era custión de demora. Paciencia: había que tener mucha paciencia. Ahora, con la revolución de los transportes y de las comunicaciones, todo parece estar al alcance del ratón: al alcance de un clic, por ejemplo. Hace casi tres años, publiqué en mi primer blog una reflexión sobre  las prisas, sobre las prisas de tantos lectores electrónicos: era, en parte, una cavilación compartida con Rogelio López Blanco. Ahora, este amigo me informa de un artículo que trata este asunto en el diario El País. Creo que el objeto es importante y creo que sigue siendo válida la reflexión que escribí. Lo recupero y, si les parece, discutimos sin prisas.

————-

2. Leer blogs (2005)

“Son lectores compulsivos que quieren abarcar muchas cosas, visitar otras webs”, admite Rogelio López Blanco. Por eso, “consumen de forma televisiva los textos, sobre los que, en consecuencia, apenas fijan su atención”, añade. “Hay un déficit de capacidad de concentración patente”. ¿Por qué razón? Pues porque muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes e impacientes, “no son capaces de asumir que los textos pueden ser complejos, que tienen varias implicaciones y significados que se van sumando, como si fueran tomas de cámara desde distintos ángulos”, incapacitados para reconocer que “deben leerlos más de una vez. Y así nos va, consumen pero no entienden, no crecen, sino que engordan”, concluye.  

Este diagnóstico que, insisto, debo a Rogelio López Blanco describe con precisión lo que son hábitos de lectura muy frecuentes entre muchos internautas y sobre todo entre tantos visitadores de bitácoras. La consulta instantánea que salta entre párrafos, que acude a las negritas o a los enlaces, que revolotea sin demorarse. “La ley de los weblogs es la remisión permanente –mediante los links— a cualquier otros sitio de la web”, admitía Alejandro Piscitelli en Internet, la imprenta del siglo XXI. “En este sentido, violan el principio de pegajosidad (stickiness) que impera generalmente en la red y que exige no dejar que el visitante abandone nunca el propio sitio. Así, atraen a sus lectores para expulsarlos, lo que constituye finalmente el éxito pírrico de muchos weblogs”.  

Ahora bien, el propio autor reconocía que las mejores bitácoras crean para sus lectores “capacidad de invención/descubrimiento amplificada”, es decir, nos suministran “información que desconocíamos, autores valiosos que ignorábamos, asociaciones [de ideas] que nunca se nos hubiesen ocurrido y sobre todo orientaciones de cómo y dónde saber más acerca de algo cuyo conocimiento nos moviliza y fascina” a partir de unas palabras que en parte son residuos de tiempos prebabélicos, de esos tiempos que canta con angustia el poeta Miguel Veyrat, y en parte hallazgos de ahora mismo, inauditos. De lo que se trata es de abalizar el itinerario con criterios.  

Como resulta evidente, existe un conexión profunda entre el viaje y el saber. Viajar es sobre todo una experiencia mental y, según se sabe, una metáfora de la condición humana, del tránsito de soledad que vive alguien entre lo conocido y lo desconocido. En los mejores casos, mudar de sitio, de sitio físico o de sitio web, provoca un cierto desorden interior, un desplazamiento de los referentes y un desvanecimiento de los asideros fuertes: nos desfamiliarizamos y lo obvio deja de ser incontrovertible para presentarse como extraño, confuso. A partir del siglo XVI, el viaje de descubrimiento no es sólo una posibilidad imaginaria, como la que se nos narra en la Odisea, en los fantasiosos periplos de Marco Polo o de Sir John de Mandeville: es o comienza ser un dato cierto de la experiencia. Por eso, los primeros Diarios de abordo son un esfuerzo intelectivo y perceptivo, una tarea de exploración, de conocimiento y de registro. Con ello, el viaje se convierte en una especie de laboratorio privilegiado para atisbar lo que hay y que tanto nos desmiente, pero sobre todo se convierte en la expresión de un yo que se deja impresionar y que debe traducir en lenguaje algo para lo que no siempre hay palabras. 

“Si, por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen” decía Cioran en su Breviario de podredumbre, “nos sumergiríamos en una angustia y alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esa abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable: la actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta”.  

Pues bien, el mejor viaje que Internet nos procura es una exploración nueva para la que nos faltan palabras y para la que las experiencias se viven conforme se crean. “Cuando Adán fue expulsado del paraíso, en lugar de vituperar a su perseguidor se apresuró a bautizar las cosas: era la única manera de acomodarse e a ellas y de olvidarlas (…). Es muy natural pensar que el hombre, cansado de palabras, al cabo de machaconeo del tiempo desbautizará las cosas y quemará sus nombres y el suyo en un gran auto de fe donde se hundirán sus esperanzas. Todos nosotros correremos hacia ese modelo final, hacia el hombre mudo y desnudo”, añadía Cioran en su Breviario.

Vivimos, pues, en esa tensión irresuelta: Internet es el gran depósito de las palabras, allí en donde se acumulan, en donde se acumularán palabras y palabras, pues, como indicaba Umberto Eco, nunca como ahora se ha leído tanto: gracias a la Red, por supuesto. El problema es que esas palabras muy frecuentemente están gastadas, han perdido su brillo, y las nuevas…, ah, las nuevas están todavía por crearse, pues en el exuberante mundo electrónico muchas cosas carecen de estabilidad y para designarlas hay que pulsar el ratón. Esa forma de operar tiene sus ventajas, claro, pero genera también sus patologías. Porque, como admitía el filósofo estadounidense Hubert L. Dreyfus, en su obra Acerca de Internet, “cuando todo puede vincularse indiscriminadamente y sin obedecer a algún propósito o significado concreto, el tamaño de la Red y la arbitrariedad de sus enlaces hacen extremadamente difícil para un usuario encontrar exactamente el tipo de información que busca”. En eso estamos… abalizando el terreno.  

————————–

3. ¿Los blogs son tabernas? (2007)

Leo “La entrada en la taberna”, artículo de Julio A. Máñez en El País. Hace una analogía extraña  probablemente injusta, inadecuada: es una generalización que no describe, aunque es una comparación bien gráfica. Un blog sería algo así como una taberna, ese sitio en el que los parroquianos beben, murmuran y escupen arrojando al suelo huesos de oliva, restos de gamba, colillas y otras inmundicias. Pero sobre todo la taberna es un blog en el que finalmente se grita (o al revés): ese sitio en el que los machotes efectivamente cantan sin rubor, desafinando y retándose sin ser conscientes de sus limitaciones o de sus ignorancias. Con esa analogía se expresa Julio A. Máñez. No es la primera vez que eso lo escribe en El País. Tampoco es la primera vez que le he discutido su generalización. Perdonen que exhume parte de un comentario que escribí hace un año, en noviembre de 2006:

“…La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?  

“Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto…”

——————–

4. Crónica del acto de concesión del XIX Premio Stendhal a Miguel Veyrat por la mejor traducción (2007)

—————— 

5. Hemeroteca

Javier Rodríguez Marcos, “Leemos, pero a ritmo de ‘zapping’“, El País, 15 de diciembre de 2007

———————

6. A pesar de algún contratiempo familiar que ha sido grave pero no fatal, un contratiempo que ahora me imposibilita…, espero poner un nuevo post el lunes a última hora: a poqueta nit. Si no hay cambios, el título será La vuelta de José María Aznar.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

12.09.07

Masas, cambio y violencia

Posted in Sociología, Scriptorium, Comunicación, Historia, General at 10:54 por jserna

bastilla.jpg 

1. Leo Un día de cólera (2007), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte de la que debo escribir una reseña. Son varios los aspectos que trataré cuando me ponga a ello. Ahora, sin embargo, quiero pensar sólo en dos: en Francia y en la acción colectiva (en los actos airados de la muchedumbre). Francia ha sido un símbolo ambivalente y simple para todos nosotos y para nuestros antepasados. Por un lado, encarnaba la Ilustración, la libertad, la cultura milenaria, ese refinamiento de lo parisino que aún nos atrae; por otro,  la violencia, el alboroto urbano, la revolución de 1848, la Comuna, Mayo del 68 o la agitación de las banleieus.

Estamos en 1808, Madrid está invadido por las tropas imperiales y Napoleón impone su dominio sobre el Continente. Estamos a 2 de mayo. Un cerrajero levanta la voz frente al Palacio Real y con su grito desgarrado expresa el malestar reprimido de la muchedumbre madrileña, ese oprobio que provoca la ocupación francesa. Sin guía, con espontaneidad y con pasión, quienes allí están secundan su protesta. Comienza un choque sangriento y, sobre todo,  se consuma el sentimiento antifrancés que desde tiempo atrás muchos padecen.

A lo largo del tiempo, lo que de aquella mañana de mayo más ha llamado la atención es el desigual combate: la firme oposición del pueblo a ser vejado, maltratado, por un ejército invasor, el Ejército napoleónico: portador de las ideas revolucionarias, pero usurpador también de los Gobiernos vecinos. En la mañana del 2 de mayo de 1808 comienza un fiero combate de gentes desarmadas o mal armadas contra unas tropas bien pertrechadas, mayores en número y duchas en tácticas y estrategias. El bajo pueblo alborotándose contra un poder ilegímitimo o avasallador es una imagen muy llamativa. La algarada o la revuelta son algunas de las acciones colectivas más antiguas y son, a la vez, el origen de los modernos movimientos de masas. Es curioso: lo que en Madrid se emprende en 1808 –fundacional y creador– no es algo nuevo, pues los alborotos ya se conocían en la España y en la Francia del Setecientos, de Esquilache a la Bastilla. Es un acto cargado de futuro, un tipo de acción colectiva que marcará el devenir de la política… francesa y contemporánea: la movilización de masas, movilización intensa o extensa, bajo la forma de motín o de mitin.

Todo el debate contemporáneo gira en torno a la masa y a la movilización. La aglomeración es el dato distintivo de lo reciente… “Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de traseúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”, decía José Ortega y Gasset con tono sorprendido y lastimero. “Ahora, de pronto”, todos esas masas de población “aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres”, añadía. Pero lo significativo no es el número, sino la cualidad, el impulso que todos esos individuos dan a la acción colectiva: la movilización. El número importa, ya lo creo que importa: como importan las acciones sumadas. La cosa no tiene remedio. Ya no lo tenía cuando Ortega deploraba el estado masivo (1930): las masas son imprescindibles para traer la democracia (aunque también los regímenes totalitarios); pero ahora, además, se añaden los mass media, cuya importancia el filósofo no pudo diagnosticar.

En 1808, como dice el narrador de Un día de cólera, es el rumor aquello que moviliza a la masa urbana y menestral: la especie o el chismorreo más o menos fantasioso. En efecto, la acción colectiva –es decir, política– comienza cuando una noticia más o menos documentada o probada justifica las decisiones de una muchedumbre, cuando espolea su rabia o su orgullo. Quizá las masas tengan objetivos racionales, metas lógicas o preferencias que se pueden fundamentar, pero esas mismas masas no obran racionalmente cuando actúan de consuno, se nos ha dicho mil y una veces. Y, mal que nos pese, hay mucho de cierto en ello.  Individualmente somos capaces de discernir con objetividad y distancia: igual que somos capaces de perder la razón cuando las epidermis se rozan y los fluidos se nos mezclan. En la masa, en efecto, hay algo de carnal y placentero, de comportamiento hedonista, de mutuo libramiento. Lo dijo Elias Canetti (y me lo recuerda Francisco Fuster). Colectivamente, reunidos en un espacio físico y sometidos a los mismos estímulos, nos desindividualizamos: es fácil perder el sentido de la medida; es frecuente dejarse arrastrar por lo simple, lo inmediato, lo pasional. Como he dicho, un rumor puede ser una noticia más o menos documentada, pero lo que da fuerza a ese rumor es el acicate emocional que provoca, si hay sentimientos en juego: una especie que los hechos parecen corroborar totalmente. En la mañana de 1808, los acontecimientos en parte desconocidos se explican por rumores que se difunden en la Villa y Corte: los chismes son medianamente ciertos, pero sobre todo esos chismes alivian la incertidumbre. La información alivia y enerva.

Pero regresemos a la masa y a ciertos didactismos que ahora me permitirán. Una muchedumbre físicamente congregada en un espacio es eso: una masa. Pero un público diseminado que responde a los mismos estímulos o a la misma información… también lo es. Lo masivo no es sólo el número, algo relativo: lo masivo es aquello que une a distintos individuos, esa emoción de la que son copartícipes, estén o no juntos. En el Madrid de 1808 había una muchedumbre de amotinados, gentes vinculadas por una misma pasión. En el Madrid de 2008 (como en otras ciudades) hay también una masa de espectadores que quizá no coincidan en el foro, en la plaza. Ahora bien, se expresan emocionalmente viendo los mismos programas televisivos, leyendo los mismos periódicos, escuchando las mismas cadenas de radio, visitando los mismos sitios electrónicos… y compartiendo después sus impresiones. ¿Quién de nosotros no vive bajo ese efecto?

Como decía Ortega y Gasset y también Antonio Gramsci, hoy ya no somos más que hombres-masa, individuos pegados entre sí por un argamasa emocional. A lo largo del siglo XX, la pasión política unió a gentes dispares que se sentían solidarios defendiendo las mismas causas (en ocasiones, terribles causas): la prensa interfería o creaba opiniones, marcaba tendencias o reunía anímicamente a grandes públicos. Ahora, la realidad –que parece la misma o que parece estar definida por los mismos medios– es algo bien distinto: sólo es un espacio más de un entorno completamente mediático y mediatizado: allí vivimos bajo el dictado de una agenda prestada. ¿Algo malo? Es lo que se da y es nuestra condición general: una revolución de tercer orden. O, mejor, como dijo Javier Echeverría, es la revolución del tercer entorno: hemos pasado por la physis, por la polis y, ahora, por telépolis. Vivimos como masas interconectadas y es ahí, en ese nuevo espacio, en donde se dan la inteligencia y el refinamiento, pero también la violencia y sus causas. Para quienes tenemos aversión a la muchedumbre que adocena –aunque podamos entender su empuje social–, el nuevo entorno es paradójico y fatal, pues vivimos multitudinariamente sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo: usted y usted y usted y yo. Disculpen que hoy me ponga apocalíptico: cada uno de nosotros no es más que la parte infinitesimal de un gran público que observa (y participa) en un espectáculo interactivo. Quizá otro día lo vea de un modo distinto. Ahora, perdonen que les deje.

—————-

2. “El cerdo” de Pérez-Reverte  

En la descripción de la masa que hay en Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, se repite una clave que ya conocemos, que ya le conocemos: como le dice Tulio Demichelis en Abc, aquel argumento que procede del Cantar del Mío Cid según el cual «Que buen vasallo si oviese buen señor…» Ése es el subtexto interpretativo que constatemente aparece en sus novelas históricas: desde Alatriste hasta Cabo Trafalgar. Podría resumirse así: el coraje o el heroísmo españoles son algo admirable pero desorientado. Hay una crisis; hay una situación extrema que exige algún tipo de intervención; hay una circunstancia que obliga…, ¿y qué nos encontramos? Unos gobernantes que siempre acaban traicionando al buen pueblo, al menu peuple (por decirlo a la francesa); unas clases dirigentes que abdican de su condición y que, como mucho, ejercen la pura, la estricta dominación (por designarlo a la manera de Gramsci); un estamento intelectual que, lejos de comprometerse, se contiene reflexiva o cobardemente, etcétera. ¿El resultado? Generalmente, un desastre: un Imperio en quiebra; una Armada desarbolada y hundida; una Nación política aún incipiente y ya saqueada. 

A ver si consigo explicarme: contrariamente a lo que me dice Miguel Veyrat, yo no creo que leer a Pérez-Reverte sea abandonarse a “la mala literatura de consumo”. Resulta muy interesante acudir a sus obras para ver el buen temple relator que tiene o que es capaz de desplegar, aunque –efectivamente– sus esquemas narrativos sean tradicionales: en Un día de cólera es una crónica que en orden cronológico –como no podía ser de otra manera– pone en sucesión los hechos acontecidos tomando como ejemplificación a distintos personajes. Su forma de contar es muy tradicional (pero efectiva) porque quien relata es un narrador omnisciente (según el esquema realista y naturalista), alguien que expresándose en tercera persona sabe todo de todos, anticipa lo que les va a suceder y, por tanto, proporciona datos  e información enciclopédica que no son imprescindibles para leer los hechos novelados en tiempo real. Es, pues, un didactismo para quien lo ignora todo.  

Es muy interesante y discutible la nota de autor que Pérez-Reverte pone al inicio de la obra. Funciona como un introito informativo: como una declaración de principios metodológicos. Interesa leerla para comprobar cómo trata de burlar la barrera que separa la novela histórica de la disciplina histórica). Por otro lado, es chocante, erudito y literal (que no posmoderno) el recurso a una bibliografía final, las bases sobre las que dice apoyar su relato. Un novelista no está obligado a presentar sus fuentes, porque en el género que cultiva se tolera la imaginación: la invención, la pura fantasía, incluso. Por otra parte, la nota del autor y la bibliografía son propiamente paratextos, algo que rodea al texto y que al autor –que no al narrador– le sirve para enmarcar: esa función cumplen los prólogos. Pero, atención, dichos paratextos pueden ser parte de la ficción: véase, si no me creen, el texto introductorio “explicativo” que Umberto Eco colocara al inicio de El nombre de la rosa –”Naturalmente, un manuscrito”–, texto ficticio que le sirvió para justificar el uso de un expediente literario mil veces empleado: el del manuscrito hallado. Sobre eso ya escribí en El País. Etcétera, etcétera.  

Son numerosas las razones que me llevan a leer Un día de cólera: uno aprende discutiendo con los buenos, con los regulares y con los malos textos. La novela de Pérez-Reverte es eficazmente narrativa y entretiene incluso cuando simplifica los caracteres y los avatares. De eso dan fe muchachos con quienes tengo trato frecuente y que leen con fruición. Lo señalé en “Qué jóvenes“, un artículo para Levante ya olvidado. La novela de Pérez-Reverte es un interesante experimento algo anacrónico: en parte recrea los procedimientos del reportero, repite fórmulas ya ensayadas por Daniel Defoe (en Diario del año de la peste) y retoma los modelos narrativos de las viejas crónicas. Sabe hacerlo bien, sabe simplificar y sabe salir airoso de una prueba que, tal vez, convenga aprobar: que el público lector se entere de que los heroicos madrileños del 2 de mayor eran en buena medida un populacho corajudo y desnortado. Por otro lado, la recreación de conversaciones, de diálogos, entre personajes tan documentados forma parte de la conjetura y de lo verosímil, algo que ya pretendiera Tucídides… 

Pero me permitirán que me calle: debo hacer una reseña  y esto que he escrito no lo es. Es sólo una reflexión sobre la masa como muchedumbre alborotada, una multitud cuya perturbación la provocan el rumor, la mala información, las emociones primitivas, la realidad vivida como ultraje. Me entusiasma leer triturando los volúmenes, interpelándolos, subrayándolos, anotando mis exclamaciones, mis derivaciones, mis erudiciones. Ya lo saben. Un libro es como un cerdo: todo se aprovecha.  

Pues eso: que le aproveche a quien decida disfrutarlo.

—————————-

3. Hemeroteca

-Francisco Fuster, “Betty Friedan, la mística de la feminidad“, Claves de razón práctica, núm. 177 (2007). Texto completo en pdf

-Novedad: algunos artículos de JS publicados en Claves de razón práctica entre 1999 y 2002, accesibles ahora (2007) en formato pdf

Claves 95. La egohistoria de Pierre Vilar  [pdf

Claves 104. La paradoja de Lovecraft  [pdf

Claves 118. Los liberales. Historia y vidas del ochocientos español  [pdf

Claves 120. La televisión y el mal. El caso de Pierre Bourdieu  [pdf

Claves 125. Simpatía por el vampiro  [pdf]

——————–

4. Scriptorium

Antonio Gramsci:

“…Por la propia  concepción del mundo   pertenecemos siempre a un determinado grupo, precisamente a aquel en el que todos los elementos sociales comparten un mismo modo de pensar y de obrar. Somos conformistas de algún tipo de  conformismo, somos siempre hombres-masa u hombres colectivos. La cuestión es la siguiente: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, de qué   hombre-masa forma parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada,   pertenecemos simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, y la propia personalidad se compone  de manera compleja: hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas las etapas históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura como la que será propia del género humano mundialmente unificado…”

——————–

Jueves, 13 de diciembre de 2007, nuevo post. A poqueta nit

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

12.03.07

Feo, extraño, monstruoso

Posted in Comunicación, La felicidad de leer at 20:38 por jserna

frankenstein2.jpg 

0. Lo vemos así: solo, inexpresivo, incluso temeroso,  entre unas plantas, entre unos arbustos tras los que se embosca. Ignoramos su estado de ánimo y lo que después ocurrirá.

1. La casualidad ha querido que  lleguen a mí  dos novedades editoriales que poco o nada tienen que ver entre sí, pero que, bien miradas, poseen elementos comunes. Leer así, cosas heterogéneas, tiene rendimientos muy placenteros, depara sorpresas: hallamos luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos o referencias distantes; encontramos lecciones provechosas al sumar obras heterogéneas; nos alimentamos con nutrientes variados, incluso contradictorios. Tengo sobre mi mesa la Historia de la fealdad, de Umberto Eco, y El mundo, de Juan José Millás. Semanas atrás, Anaclet Pons se nos adelantó cuando con perspicacia hablaba de la Storia de la bruttezza; yo, por mi parte, he procurado escribir lo más aseadamente posible de la novela de Millás en el número de Ojos de Papel que acaba de aparecer. Hay algo en común: un examen de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso. Del sentimiento de lo feo, de lo extraño, de lo monstruoso.

Así, a bote pronto, creemos saber qué es la fealdad. Lo contrario de la belleza, diremos: siendo la belleza aquello que se caracteriza por la armonía, por la proporción. Convencionalmente, lo feo sería, pues, aquello que carece de ambas propiedades: lo que no tiene concertación entre sus partes, aquello a lo que le falta correspondencia. Sería también lo que no posee conformidad o equilibrio: lo que, en suma, es desordenado, con elementos incongruentes. Pero, como bien nos advierte Umberto Eco, en su Historia, la fealdad es un criterio evidentemente cultural e histórico, un criterio que cambia de acuerdo con la idea misma de lo aceptable, de lo tolerable, de lo normal, de habitual, de lo convencional, de lo sano. No podemos conformarnos diciendo que todo cambia con el curso del tiempo y que, por tanto, es imposible definir lo feo. En cada momento histórico, en cada sociedad, en cada cultura, sabemos o creemos saber qué es lo que nos sorprende desagradablemente, lo que nos repugna estéticamente. Puede que no siempre sea lo mismo, en efecto, pero eso que repudiamos por su fealdad lo rechazamos valiéndonos de un sentimiento semejante: algo hay en un rostro, en un objeto, en un paisaje o en un hecho que juzgamos feo. Es decir, algo hay que vemos inarmónico, desproporcionado, contrario a su tiempo, inesperado, insoportable.

Admitido lo anterior, hay, sin embargo, dos asuntos importantes a considerar. ¿Qué pasa cuando esa percepción la tiene quien se vive feo, ajeno, distante, desencajado? ¿Y qué sucede cuando lo feo es validado, cuando es incorporado como parte de lo estético?  En el primer caso, no se trata de que te vean feo, ajeno, distante, desencajado, sino de que tú te veas así. Cuando tal cosa ocurre, la impresión de extrañeza, de extrañamiento, de desterritorialización… incomoda, desestructura el yo frágil de quien sobrevive como puede. Pienso en la criatura de Frankenstein, por supuesto. Él, que era de identidad prístina, incontaminada, acaba viéndose así:  como un monstruo. ¿Lo es? Para quienes lo juzgan con los criterios estéticos del Ochocientos, para su propio creador (Victor Frankenstein), es desde luego un ser espantoso, de suturas mal cosidas, de rostro tumefacto, con pliegues que lo avejentan… a pesar de su edad infantil. Difícilmente te van a aceptar los demás si tú no te aceptas, si además se hace explícito el rechazo. Pero hay algo raro en ese monstruo: si prescindimos de Victor –tan irresposable y duro–, la fealdad del ser nos conmueve. Por eso, lo hemos incorporado y lo hemos rehabilitado. Está solo, se siente solo: nadie le dispensa ternura alguna. Se pregunta para qué vive, para qué se le ha creado, y por ello interpela al mundo que lo repudia: él no es culpable de la fealdad. Lo sabemos y por ello le perdonamos. ¿Quién, alguna vez, no se ha sentido extraño, incómodo, ajeno al entorno en que existe? Es, de hecho, una constante de la condición humana. Hay al menos un momento en nuestras vidas en que nos sentimos mal encajados. El niño que no sabe cómo crecer, cómo madurar.

Digo lo anterior y regreso a El mundo, precisamente. En la novela de Millás, que es una autoficción, el narrador reelabora su infancia: la narra y a la vez piensa y repiensa sus significados. Es la historia de un niño que se siente extraño, aunque no espantoso. Pero, a semejanza de los monstruos, se interroga sobre la filiación, sobre los padres, sobre su lugar en el mundo, sobre su encaje… Hacia el final, el narrador evoca aquella célebre película que interpretara Harrison Ford de la que en estas fechas se cumplen veinticinco años: Blade Runner. “O soy irreal yo o es irreal aquél”, dice refiriéndose al niño que ahora exhuma. “Me viene a la memoria la escena…”, añade, “en la que los replicantes observan las fotos de sus padres falsos, de sus hermanos falsos, de sus abuelos falsos al tiempo que construyen una historia familiar falsa”. Una de las claves de esta novela de tono psicoanalítico es precisamente ésa: la impresión de haber sido un niño de filiación equivocada. Como se sabe, ésta es una de las constantes de la literatura freudiana. Me refiero a esa impresión tan común que tienen muchos individuos de no ser hijos de quienes dicen ser sus padres. A este sentimiento neurótico frecuente, Freud lo llamaba novela familiar. Podríamos resumirlo con nuestras propias palabras (indudablemente peores y más romas que las de Millás). 

Ese individuo que está ahí haciéndome creer que es mi padre, haciéndose pasar por tal, en realidad es un impostor. Cuando nací, sé que hubo un error en el hospital, un cambio de cunas que nadie advirtió. Ése es el secreto de mi vida, de mi dolor, que sólo ahora descubro, dice el adolescente incomodado, extraño, feo, monstruoso. Llegará un día en que este entuerto se enderece o en que este malentendido se aclare. Entonces conseguiré librarme de esos dos tramposos que simulan ser mis padres, de ese progenitor que no se responsabiliza de mí y que me tiene secuestrado desde chico.

Sin duda, éste será un sentimiento perfectamente comprensible para alguien –para cualquiera de nosotros– que perciba el repudio del mundo, que se percate del maltrato que se le inflige: un maltrato real o fantástico, pero no menos doloroso, el de quien se ve como un monstruo, un tipo raro, un ser extraño. Insisto: como cualquiera de nosotros.

Hacer la taxonomía de muchas de esas fealdades es lo que ha pretendido Umberto Eco en su atractivo libro: es una suerte de galería de monstruos ideados por la fantasía humana o concebidos por la imaginación mimética. Lo curioso es que esas deformidades no son tan raras… Echamos un vistazo ahí fuera y las vemos , ciertamente. Pero examinamos el interior y vemos a ese doble que pugna por aparecer: a ese ser interno o previo o remoto en quien no queremos reconocernos, porque nos avergüenza. Por eso, Juan José Millás relata la vicisitud de otro monstruo: el narrador que fue niño y que fantaseó con su propia excepción o deformidad. Ese relator, un tal “Juan José” o también un tal “Millás”, cuenta con angustia lo que pensó de sí y lo que ahora ya no es. El problema no es que no fuera espía o misionero (como creyó ser); el problema no es que se mintiera. La cuestión es que ordenó su vida según esas fantasías, según esas excentricidades tan comunes. Narra, pues, con la modestia de quien hace la ficción de la propia vida, de quien hace su autoficción.

Sin duda, ya no puede relatar como un autor realista; tampoco como un memorialista exacto. Ya no puede hacer de sí mismo aquello que quería hacer Balzac con la Francia del Ochocientos: escribir como un zoólogo. En el famoso prólogo a La comedia humana tenía (1842), Balzac declara su intención. “Han existido, pues, y siempre existirán, especies sociales como existen especies zoológicas. Y si Buffon llevó a cabo una obra magnífica al tratar de representar en un libro el conjunto de zoología, ¿no habría otra obra que hacer de ese estilo con respecto a la sociedad?”, se pregunta. Ahora, siglo y pico después, la taxonomía ya no puede ser realista: será fantástica, porque ese ser narrado también lo es. Ya no tenemos a un sujeto seguro de su identidad (al principe, al banquero, al artista, al burgués, al cura o al pobre, de quienes Balzac quiso pintar sus caracteres): tenemos a un ser incierto o, como dice Manuel Alberca (El pacto autobiográfico, 2007), a un buscador, a “un simulador de identidades”. El monstruo de Frankenstein fue, desde luego, su antepasado. Nuestro antepasado.

Fin

—————–

2. Noticias

La Asociación Colegial de Escritores y Traductores ha concedido a Miguel Veyrat el Premio Stendhal 2007 por la traducción del libro de Jacques Darras Antología fluvial. Es posible leer su prólogo aquí. Enhorabuena.

———————–

3. Hemeroteca

–Desde el lunes 3 de diciembre de 2007 ha acabado mi colaboración con Levante-Emv. Algún detalle de este cese lo preciso en el post anterior (Columnismo habitual).

–Reseña de El mundo, de Juan José Millás, en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de JS.

–Celebración de Doris Lessing (Premio Nobel), en Ojos de Papel, diciembre de 2007. Artículo de Francisco Fuster.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and di