11.29.07
Posted in Comunicación, General at 10:40 por jserna

“Durante bastantes años escribí columnas semanales, y al cabo de un cierto tiempo noté con mucha fuerza el cansancio, el peligro tremendo de la repetición, de la autoparodia, del exceso de confianza, incluso del compadreo con el lector o con otros colegas”, dice Antonio Muñoz Molina en “Literaturas de periódico”, un artículo publicado en Mercurio (núm. 95, noviembre de 2007).
Hay un placer y un riesgo en el columnista habitual, ciertamente. Como también hay goce y peligro en el lector: se establece una fidelidad con nuestro autor, la de quien se “habitúa al encuentro periódico con una columna, se reconoce en ella o disiente de ella, en ese juego de búsqueda, hallazgo e identificación que es la base de toda literatura”. Esa fidelidad –que, sin duda, es una satisfacción narcisista para quien publica (ya que se sabe seguido)— puede convertirse “en coartada para la pereza mental. El lector perezoso y sectario es alimentado por el columnista en su pereza y su sectarismo, y le pide a cambio no que le deslumbre o que le desafíe, sino tan sólo que le confirme en sus prejuicios”.
Comparto muchos de los reproches que Antonio Muñoz Molina dedica al columnismo, un género que él practicó semanalmente durante bastantes años y al que yo también me he encadenado durante meses y meses. Como al autor de El jinete polaco, también a mí me repugnan el sectarismo de quienes aprueban o condenan, los juicios expeditivos, las opiniones de vuelo gallináceo y el mero reconocimiento o compadreo. Creo que hay que ser exigentes como lectores y como autores para evitar estos males. En junio de 2006 publiqué un artículo en el diario Levante-Emv que llevaba por título “Periodismo sectario”. Veo con satisfacción que, aparte del aprecio por sus novelas, me une a Muñoz Molina una concepción semejante de lo que es la literatura de periódico.
El 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”. El 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico: “La cena de los políticos”. Desaparece, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un rótulo poco original –lo reconozco— pero que me ha servido para decir que yo miraba valiéndome de recursos ajenos; que yo leía para entender; que yo me servía de prótesis para extenderme. Espero no haber sido eso que tanto detesto: sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o me obligan repensar las cosas. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, vuelvo a mencionarlo. Cito el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.
¿Las razones de mi marcha de Levante-Emv? Me permitirán la discreción (porque así se me ha pedido y porque así lo aconseja la prudencia). Se me ha cuidado en dicho periódico y no tengo nada que reprochar del trato dispensado: no recuerdo censura alguna. Empecé de la mano de Juan Lagardera –amigo– y continué después de su marcha. Es decir, que allí me han soportado durante meses sin el amparo de Juan. Sabía que la colaboración con Levante-Emv tenía que acabar en enero de 2008… (porque así se me había dicho días atrás). Yo he querido adelantar su final dado que no deseo ser una carga. Quedo libre, pues, para nuevos compromisos. Deberé hacer el duelo –como dicen los analistas–, después de un ejercicio semanal que me obligaba a estar en forma. ¿Y el blog? La bitácora que ahora están leyendo ustedes está actualmente asociada a Prensa Ibérica. Ignoro cómo resolveré su futuro: no sé si en este mismo servidor o en otro. Mi deseo es continuar. Pero, aparte del blog, espero seguir escribiendo artículos en prensa. Eso sí, como apostilla Muñoz Molina, ojalá la libertad de columna no me lleve a la “autoindulgencia, especialmente si no hay un editor que pueda llamarle [a uno] la atención, sugerirle que no se repita, proponerle temas alternativos”. En el blog de todos ustedes, en este que ahora leen, no hay ese riesgo: son los lectores quienes amonestan, corrigen, enmiendan, apostillan.
Muchas gracias.
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11.23.07
Posted in Comunicación, Democracia at 20:24 por jserna

Fotografías: Luis Gaspar y Xurxo Lobato.
1. Madera de Zapatero. ¿La cubierta?
23 y 24 de noviembre de 2007
He de leer Madera de Zapatero, escribía días atrás. ¿Qué me deparará?, me preguntaba. Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas, profetizaba. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz, me decía. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo, añadía. Pues bien, cumplo mi palabra. No he querido consultar las reseñas que de este libro se han publicado, algunas de la cuales se enlazan aquí mismo, en la sección de Hemeroteca. Las he enlazado pero no he querido saber qué dicen hasta completar mi Madera de Zapatero. Las leeré, por supuesto, pero posteriormente: para que Arcadi Espada o Matías Vallés, entre otros, no me condicionen…
En un libro, lo primero que hay que examinar es su cubierta. Los grafismos y los paratextos nos dan una información más o menos abundante, más o menos reveladora. Llama la atención un primer plano de Rodríguez Zapatero, un primerísimo primer plano que secciona y deja fuera parte de su rostro y de su cabeza, como si con esa imagen incompleta la editorial advirtiera ya de los contenidos. Como me gusta repetir con Louis Ferdinand Céline, “tout ce qui est intéressant se passe dans l’ombre. On ne sait rien de la véritable histoire des hommes“. Perdonen la pedantería, pero la fotografía (de Luis Gaspar/Cordon Press) produce esa impresión: el propio retratado se tapa la boca con la mano izquierda, con gesto de escucha o de timidez, ocultando, pues, lo que piensa o lo que está a punto de decir. Se le ve en estado de espera, mirando fijamente, con esos ojos claros que es lo primero que sorprende de su rostro. El primer plano revela los estragos del tiempo o del cargo: con unas ojeras que ya arrastran incipientes bolsas, con unas canas que abundan, con unas arrugas que surcan la frente. A pesar de ello, la imagen aún refleja juventud.
Los ojos parecen mirarte expresamente, pero si los observas bien te das cuenta de que no es así. Miran sin ver, algo que nos sucede frecuentemente: como cuando nos desenganchamos de la realidad sin cerrar los párpados, como cuando estamos pensando en las musarañas, como cuando nos preocupa algo hasta el punto de abstraernos. La fotografía, pues, da la impresión de semipenumbra o de silencio, algo que se compadece bien con leyenda de la contracubierta. Al principio de ese paratexto leemos: “El 23 de julio de 2000, José Luis Rodríguez Zapatero fue elegido Secretario General del PSOE. Casi nadie sabía quién era. ¿Lo sabemos hoy? Sobre él se han escrito libros y largos reportajes, muchos de ellos inspirados por una voluntad de descrédito que llega a lo grotesco. A pesar de ellos, José Luis Rodríguez Zapatero sigue siendo un desconocido…”
Pero regresemos a la cubierta. En ella se aprecia inmediatamente el tamaño del apellido, ese ZAPATERO que aquí destaca como reclamo: unos milímetros que aún no llegan a las mayúsculas crecientes con que AZNAR pone su apellido en las cubiertas de los libros. El subtítulo es descriptivo: no es propiamente un autorretrato, como veremos, sino un volumen que compendia Suso de Toro con voces que lo retratan verbalmente. Pero en dicho subtítulo hay algo extraño. En la fotografía del libro que circula en Internet (que es la que he puesto aquí) pone Retrato de un Presidente. En cambio, en la cubierta de mi ejemplar leo Retrato de un presidente. ¿A qué se debe esa minúscula final? ¿Es titubeo o es modestia?
2. Madera de Zapatero. ¿Una novela política?
25 de noviembre de 2007
Decía que este libro está compuesto de voces que retratan verbalmente al personaje. La información que los intervinientes dan es interesada, como corresponde a un volumen concebido para celebrar a un mandatario. En la literatura política norteamericana o en la francesa o en la italiana, esto es perfectamente normal: que sea un libro militante no significa que sea desechable. Si leyéramos los tratados, los ensayos, los panfletos… con sentido crítico, todo podría sernos útil: miraríamos oblicuamente para captar entre líneas lo que se dice y lo que no se dice, lo manifiesto y lo implícito, el retrato en negativo. Me sorprende que tantos rechacen la lectura de libros políticos: de Aznar, de Rodríguez Zapatero, etcétera. Estos volúmenes no son prescindibles sin más. Si empleamos el sentido crítico (que no las anteojeras), estas obras nos documentan sobre la vida real, sobre las fantasías de nuestros mandatarios, sobre sus quimeras o audacias. Yo las leo como los expedientes de un archivo, con el mismo interés, con la misma emoción. En efecto, estas lecturas repiten una situación que me es muy familiar: me recuerdan cuando acudo al archivo para desempolvar legajos examinando la prosa de los antepasados. Lo que hace aprovechable el documento no es si nos cuenta toda la verdad, como algunos ingenuos esperan; lo que lo hace aprovechable es la lectura sintomática, indiciaria, de lo que hay o no hay escrito.
Tengo la impresión de que la mayor parte de lo que en Madera de Zapatero se nos traslada es básicamente aprovechable: aprovechable en el sentido de que nos proporciona una versión de los hechos en la que los actores creen y que nosotros leemos sintomáticamente. Es, por tanto, un documento, vale decir, testimonia con mayor o menor sesgo lo que el presidente dice o no dice de sí mismo o lo que sus afines defienden. No tengo por qué desconfiar de los panegíricos, incluso de los ditirambos, que a Rodríguez Zapatero le dedican sus amigos y colaboradores. De hecho, esas alabanzas a la labor realizada (sacar al Partido Socialista del descrédito en que había caído a finales de los noventa) parecen estar justificadas retórica y políticamente: no es tan sencillo convencer a una organización derrotada, con el liderazgo fracturado, de que no está tan mal. Como dijo el 22 de julio de 2000 cuando presentaba su candidatura a secretario general ante los delegados al XXXV Congreso: “Quiero deciros en primer lugar que yo subo aquí convencido de que no estamos tan mal”, sabedor de los apoyos y poderes locales y autonómicos de que aún disponían, cosa que parecían haber olvidado muchos de sus correligionarios.
Los elogios que a Rodríguez Zapatero se le hacen subrayan este aspecto: en un momento de absoluto desconcierto, hacia el año 2000, el aspirante supo trasmitir optimismo. No sé de dónde se sacó esa energía. Para él mismo, la convicción le vino y aún le viene de su familia: del ejemplo lejano de su abuelo, el capitán Lozano, ajusticiado por los vencedores; de su madre, voluntariosa y decidida hasta la muerte; y sobre todo de su padre, un abogado de provincias que ha sabido sobrevivir en un contexto político hostil. Son breves las páginas dedicadas en este libro a dichas cuestiones, pero revelan un relato familiar que no es improbable ni infrecuente. La pesadumbre y la violencia del franquismo volvieron retraídos a muchos de quienes lo padecieron. La dictadura y la humillación hicieron secretamente fuertes a muchos que lo sobrevivieron. Desde este punto de vista, el nieto del capitán Lozano no exhumaría una historia antigua, sino que se nutriría de un relato familiar bien vivo que aún lacera. ¿Hasta qué punto?
Para algunos de sus críticos (que en este libro no aparecen, desde luego), esa convicción de Rodríguez Zapatero revela la hostilidad de un nieto agraviado, o muestra el adanismo de quien empieza de cero, o demuestra la inconsciencia de quien sólo es un joven inexperto. Pero no creo que sea tan incontestable la explicación que la derecha nos propone: esa según la cual los radicalismos de hoy vienen de una laceración familiar, una suerte de rencor productivo que el joven habría sabido aprovechar para hacerse un líder nuevo y presuroso dispuesto a todo. Los determinismos familiares –una suerte de novela familiar, dicho al modo de Freud– no explican suficientemente la naturaleza de su liderazgo: como tampoco explican sus audaces o acertadas o equivocadas decisiones. Antes bien, por lo que parece, Rodríguez Zapatero mide bastante las opciones calculando su chance y sus tiempos, evaluando sus riesgos. Ya lo dije hace meses: con maquiavelismo, con realismo. Los amigos y familiares que en este libro testimonian coinciden en un par de cosas que no son necesariamente positivas: es muy calculador y, sobre todo, escucha, escucha en silencio, en espera, quizá sopesando siempre qué efectos tendrá en su proyecto y en su persona aquello que se le dice.
Un partido político –y éste es un volumen de partido– ha de ser una maquinaria bien engrasada para ganar elecciones, pero sobre todo es un ámbito de lucha interna en la que los rivales son vecinos. Lo sorprendente no es que Rodríguez Zapatero haya sabido rebasar a sus adversarios socialistas en un contexto de derrota electoral (2000). Lo llamativo es haberlo hecho con tanta astucia: sin que se le notaran las ganas, sin que se le viera el ansia, evaluando, eso sí, el peso de sus apoyos.
¿Por qué el entorno del presidente ha tardado tanto tiempo en confeccionar Madera de Zapatero? ¿Por qué hemos debido esperar a 2007 para ver impresa una obra que le sea partidaria, una obra que le eleve ante la galería? “Sobre él se han escrito libros y largos reportajes periodísticos tanto bien como mal intencionados”, dice Suso de Toro, el prologuista y el autor de la composición que ahora leemos. Lo raro es que de Rodríguez Zapatero aún nos falte “conocer su propia versión de sí mismo“. Podemos pensar que los libros políticos no se leen y, por tanto, podemos pensar también que un volumen como éste tiene poca venta y escasa repercusión. Pero estas obras no están concebidas como best-sellers, sino como testimonios que duran lo que dura una contienda electoral. No se leen pero provocan presentaciones (increíble, culpablemente en el Instituto Cervantes) y repercusión: que hablen de mí…, que es la lógica mediática de nuestros días.
En todo caso, este volumen pretende eso justamente: recrear al personaje a partir de testimonios favorables, con un envoltorio que reclame la atención, que ocupe una parte de nuestro interés. Insisto: en la literatura política de otros países, estos libros son frecuentes. Piénsese, por ejemplo, en Walter Veltroni, alcalde de Roma. Si acudes a Librería Feltrinelli, la sección de actualidad está repleta de libros de y sobre él, de sus ideas, de los testimonios de sus amigos, de sus modelos (Kennedy), de sus ideas, de sus proyectos. Es todo un género. En el caso de Madera de Zapatero, lo que no acabo de entender es que el prologuista califique dicha obra de “una especie de novela política”. Que sea política, lo entiendo. ¿Pero novela? Yo no creo que esta obra tenga que ver con la ficción (que es la condición de lo inventado verosímil), sino con el diálogo, con la declaración, con el retrato más o menos acertado: con la versión de sí mismo… Pero, otra vez, en este libro hablan más sus compañeros que el propio protagonista. Admitiremos que es extraño que sean otros quienes den preferentemente esa versión. Tal vez por ello, el retrato de la cubierta muestra contención, freno verbal. Tal vez por ello, los amigos y familiares destacan su capacidad de escucha. ¿Y cuál es el resultado de dicho retrato, de ese perfil trazado colectivamente?
3. Madera de Zapatero. ¿Un héroe de clase media?
26 de noviembre de 2007
“…él se debe a la gente. Es un hombre muy libre, muy independiente. Es un ciudadano de clase media, de provincias, de una familia decente. Igual que su padre, como abogado, se debe a sus clientes y es un hombre honesto, pues en su honor, en su crédito personal, le va la suerte profesional…” Eso afirma José Andrés Torres Mora en Madera de Zapatero. Lo dice del presidente del Gobierno y, sin duda, describe una impresión compartida: la que tiene Torres Mora, la que tiene el círculo de amigos y familiares y, sospecho, la que el propio mandatario debe de tener de sí mismo. El protagonista de este libro no es un líder de extracción obrera. Tampoco es un dirigente sindical. No es un funcionario acreditado. Es, por el contrario, un ciudadano de clase media: un abogado que, a diferencia del padre, ha dedicado su esfuerzo a la política y no a la profesión. No ha padecido estrecheces materiales; no ha debido dejar los estudios para sostener la economía familiar, como otros tuvieron que hacer. Esa condición no es la de un privilegiado: fue bastante común en la España de la prosperidad y de la transición. Fue, en efecto, la de numerosos muchachos nacidos a finales de los cincuenta o principios de los sesenta para cuyas familias los estudios eran el medio de ascenso o de confirmación de estatus, familias que con empeño pudieron costear licenciaturas.
Además, en el caso de Rodríguez Zapatero, parece ser que el ejemplo del abuelo ajusticiado y el silencio reflexivo y dolido del padre le llevaron a emprender lo que uno u otro no pudieron hacer, aquello que no estaban en condiciones de realizar. Así lo leo en este libro y, a falta de otras fuentes, así he de aceptarlo como testimonio: es la imagen que da de sí mismo y la que los amigos corroboran. Y eso que sus mayores no pudieron consumar es, precisamente, la acción política. Pero decir política durante la transición es decir Parlamento. Precisamente por eso, más que un abogado en ejercicio, Rodríguez Zapatero será parlamentario. Fue el diputado más joven y durante varias legislaturas ha renovado su acta. El auténtico aprendizaje empieza ahí: su verdadero ensayo como dirigente de un partido, sabiendo qué se juega, qué son las alianzas, que es la micropolítica. “Él crece en el parlamento”, dice Julián Lacalle. “Ya no es estar en León”, su circunscripción electoral, añade Lacalle. Hablando de los socialdemócratas alemanes, ya decía Robert Michels en 1911 que el conflicto más grave de una organización viene cuando el líder orgánico no es a la vez parlamentario. El diputado se faja, se curte y, sobre todo, aprende disciplina y demora. O, como dijera Enrico Berlinguer, el parlamentario ha de ser un culo di ferro, alguien que sabe esperar, que sabe hablar, pero sobre todo alguien que sabe resistir y negociar sin agotarse. Es la cualidad clásica e imprescindible de la liza política. ¿En qué consiste? En no abandonar la mesa hasta el fin de las negociaciones; en no mostrar cansancio o hastío; en decir sin dar más para así persuadir y cansar. Eso sostenía Berlinguer: hay que tener paciencia, deliberación expresa, convicción y ascendiente.
En las páginas de Madera de Zapatero, la cualidad más destacada por quienes celebran al protagonista es precisamente ésa: “nos sentábamos siete u ocho a la mesa”, admite Antonio Cuevas, “y él ya tenía ascendiente”, con su característica expresión de escucha, de atención o de reflexión. No sólo hay que escuchar, atender o reflexionar, sino que, además, hay que mostrar esa actitud, hay que impostarla incluso. Sin duda, todos los parlamentarios no son así, pero aquel que aspire a dirigir un partido necesitará crearse afines, necesitará hacerse conocer y necesitará dominar el poder en escenas, hablando o en silencio, con decisión y con contención, con pragmatismo. Rodríguez Zapatero, el joven diputado que en 2000 se postula finalmente –digo bien: finalmente– a la secretaría general de su partido, es y se sabe epítome de su tiempo, ejemplo de su generación: reúne varias características sociológicas imprescindibles y las hace valer con astucia, con maquiavelismo, insisto. Es y se sabe un calco de mucha gente. Por eso pone el énfasis en su condición corriente, en su aspecto normal: eso que tantos esperan de un tipo muy parecido a ellos.
4. Madera de Zapatero. ¿Un nuevo Arturo?
26 y 27 de noviembre de 2007
Rodríguez Zapatero se nos parece a muchos, en efecto. Somos como él: grises y mediocres, dice el señor Kant en este blog. Somos hijos de familias de clase media o de empleados del Estado. Poco heroicos, sí. En 2004, Rodríguez Zapatero ganó las elecciones generales sin que el éxito estuviera garantizado. Es decir, la derrota se veía como eventualidad. Hoy, tengo la impresión de que los socialistas no contemplan dicha posibilidad. ¿Qué sucedería con un partido derrotado en las elecciones? Leo en Madera de Zapatero unas declaraciones de Carme Chacón: “El poder que tiene José Luis en este momento no lo ha tenido ningún secretario general. Lo tiene en un puño”.
Dicho lo anterior, advierte inmediatamente el lapsus, y tratando de corregir esa torpeza, intentando enmendar lo del “puño”, añade: “pero no porque ejerza el poder con puño de hierro, sino por convicción, por afecto, por ilusión”. Que el secretario general de un partido tenga a la organización en un puño porque controla los resortes del poder puedo entenderlo. Que los tenga a todos “por convicción, por afecto, por ilusión” me parece una descripción poco creíble o escasamente realista (nada acorde, por lo demás, con la actitud despierta y difidente de cualquier político en activo). Como me parece igualmente inverosímil o hiperbólico que el prologuista identifique a Rodríguez Zapatero con el “mito de Arturo, aquel joven que se coronó rey”.
Insisto: ¿qué pasaría si el actual presidente perdiera las elecciones? ¿Conservaría la corona de Arturo despertando la misma convicción, el mismo afecto, la misma ilusión que el héroe épico? ¿O, por el contrario, su reino saltaría por los aires? Ditirambos semejantes he leído de Mariano Rajoy y aquí mismo los he analizado. La hipérbole del seguidor, del militante, del amigo puedo comprenderla, porque se fundamenta en una verdad exagerada en la que el afín cree: en función de ella obra. Pero hay un problema: el elogio desmesurado agiganta virtudes reales hasta convertir en un monstruo al individuo real, amenazado siempre por el engreimiento del poder, del poder gubernamental o de partido. ”Recuerda que eres mortal, recuerda que eres mortal”, le decía el bufón al monarca. Si el actual líder del PP saliera derrotado de la próxima contienda, ¿se mantendría la devoción que algunos le dedican? Creo que los populares contemplan como posibilidad perder las elecciones con Rajoy y creo que, por eso, hay delfines dispuestos a suceder al registrador de la propiedad, digo… al soberano. No tengo claro que en el PSOE la eventualidad de la derrota se tome tan en serio como en la organización rival: seguramente porque los efectos de la pérdida podrían ser aún más desastrosos. El desconcierto del PP no puede ser mayor al del 14 de marzo (aunque su refundación orgánica, sí); el del PSOE sería de difícil digestión. Pero, por eso mismo, el empeño de Rodríguez Zapatero parece tan obstinado, un candidato al que ahora vemos muy batallador y muy dispuesto a representar en escenas (mítines retransmitidos) la normalidad heroica de que se reviste, el republicanismo que profesa.
5. Madera de Zapatero. Fin
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A. HEMEROTECA
-JS, “La cena de los políticos“, Levante-EMV, 26 de noviembre de 2007
(Última colaboración de JS en Levante-Emv. Terminó)
-JS, “Rodríguez Zapatero y el buenismo“, Levante-EMV, 17 de abril de 2006
Sobre Madera de Zapatero:
-AE, “Tocando madera“, El Mundo, 17 de noviembre de 2007
-MV, “Zapatero de madera“, Levante-EMV, 24 de noviembre de 2007
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B. FERNANDO FERNÁN GÓMEZ
Léanlo en el blog de David P. Montesinos. No se lo pierdan.
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11.20.07
Posted in Franquismo, Comunicación, Democracia, Historia at 20:29 por jserna

1. El Valle de los Caídos
Lo escribí y no tengo nada más –ni mejor– que añadir hoy, 20 de noviembre. Ustedes sabrán perdonarme. Quizá mañana pueda decir algo nuevo y significativo.
Franco, Lennon y Sinatra…
En 1959, John Lennon comenzaba a organizar en Liverpool el cuarteto que acabaría llamándose The Beatles. Por esas mismas fechas, yo nacía en una España de capitalismo intervenido y agropecuario, la España de la copla en la que los tecnócratas únicamente estaban empezando a proyectar un plan que nos sacara de la autarquía. Llegábamos tarde a casi todo y las bases del mercado libre que traería la sociedad de consumo, el rock, el pop, los adelantos y el bienestar material sólo estaban fijándose. Franco inauguraba el Valle de los Caídos con una alocución en la que la idea y la realidad de la Cruzada seguían siendo el estribillo más repetido, su cantinela.
“Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante”. Se trató de una batalla en la que hubo “mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva en que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?”, añadía Franco sabiéndose aureolado. Pero, a finales de los años cincuenta, esa batalla era una ofensiva inacabada, una acometida que ahora debía hacer frente a una peligrosa especie: los intoxicadores de la juventud. En Madrid se habían registrado las primeras manifestaciones estudiantiles y de fuera, del exterior, llegaban sones envenenados. “La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, advertía el Caudillo. “Periódicamente la vemos levantar cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretende envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”.
¡Ah, las novedades, esos afanes de los jóvenes que les hacen ser siempre curiosos! “Por ello”, concluía el Generalísimo, “es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. La España que estaba por abrirse y que, finalmente, lo haría gracias al fin de la autarquía y gracias al turismo aún estaba, sin embargo, seriamente vigilada y la lucecita de El Pardo iluminaba la senda moral del país. El Caudillo mostraba con sus advertencias hechas en Cuelgamuros, en el Valle de la Muerte, una gran perspicacia, consciente del cambio cultural que ya se atisbaba (esa música…) y que, de aceptarse, podía arruinar el espíritu de una raza, la Cruzada. Las cosas parecían empezar de nuevo para muchos…, ¿pero y para mí?
Cuando crecimos quienes habíamos nacido en 1959 tuve la impresión de que llegábamos tarde a casi todo y así, cuando yo descubría la música de los Beatles, sus hits y sus mejores logros, cuando yo advertía con asombro infantil qué gran pieza era Let it be, justamente en ese momento el grupo se separaba entre el rencor y el tedio de un éxito insoportable. Muchos años después, el ocho de diciembre de 1980, asesinaban a John Lennon, precisamente en el instante en que el cantante estaba reiniciando su carrera musical con un disco Double Fantasy, en la que se incluía una canción de titulo premonitorio y exacto: (Just like) Starting Over. Era ése el último año de la licenciatura que yo cursaba, justo cuando avizoraba mi futuro. Otra vez tuve la sensación de que la fatalidad me impedía disfrutar de mis contemporáneos, de ese Lennon tan sorprendente; tuve la impresión de que mi conocimiento sólo podría ser evocador, rememorativo, y con un significado distinto. La muerte…
La muerte siempre llega demasiado pronto, siempre acaba lo que aún estaba por desarrollarse. Pero la muerte reviste de sentido lo que se hizo en vida, pues parece darle a la existencia y a sus avatares desordenados, caóticos un valor retrospectivo. Hasta tal punto es así que se nos hace evidente, sucesivo y lógico todo lo realizado: como si su cierre, su consumación o su acabamiento invistieran con un significado particular aquello que se emprendió justamente contra la muerte, sólo pensando en prolongar la vida. La muerte, natural o violenta, convierte nuestras vidas en ‘casos’, en expedientes de los que sería posible saber todo aquello que conduce a ese final, de modo que las existencias particulares, sus aciertos y sus fracasos, pueden releerse como esos procesos que tienen el cierre previsto. Si lo pensamos bien, esta forma de hacer biografía es paradójica y dudosa: concebimos al individuo como un embrión en el que ya estarían prefiguradas las acciones que desarrollará, acciones que en conjunto tendrán sentido precisamente porque conocemos el final.
Si los Beatles llegaron a lo más alto, entonces la reconstrucción retrospectiva que hagamos de sus vidas sólo retendrá o detallará aquello que los llevó a ese cenit. Si Lennon murió asesinado por la chifladura mesiánica de un criminal, entonces todas sus letras y todas rebeldías parecerán anticipar ese final adelantado, esa muerte incomprensible. Justamente porque la muerte es incomprensible, un escándalo (como acostumbro a decir), es por lo que nos exigimos encajar las piezas y los pasos que le quiten absurdo al cierre, al acabamiento. Pero no hay nada que explicar, nada. Simplemente es eso: el fin.
El 12 de diciembre de 2005, si le hubiera ganado la batalla a la muerte, Frank Sinatra habría cumplido noventa años. Para mí, para mi gusto personal, The Voice es más importante que Lennon: a él le debo el mejor silabeo, las canciones con más swing, el concepto mismo de álbum, la noción estricta de la elegancia, con esos impecables trajes a medida que le hacían los sastres más afamados, con ese sombrero Fedora, con ese toque Borsalino, en fin, que yo siempre envidié y al que, lamentablemente, también llegué tarde. Sinatra nunca le tuvo simpatía a Franco, y de sus correrías con Ava Gardner en Madrid –en el Castellana Hilton– queda su vida disipada: esa que ya envenenaba y avivaba “de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”, como dijo después el General Franco. Por ello, como precisaría el dictador en 1959, era “necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. Franco no lo consiguió, no logró reducir a aquellas generaciones que irrumpían en los años sesenta, pero Frank supo educarnos en el vicio elegante, aunque fuera retrospectivamente. Con Lennon, además, aprendimos a soñar, a imaginar… Con ambos nos pudimos dar una nueva oportunidad. Había vida después de Franco.
Salud, camaradas.
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2. Otros comentarios A) B) y C)
A) Franco y Sinatra, 21 de noviembre de 2007
Qué diferentes son las sensaciones que transmiten las fotografías que encabezan. En un caso, vemos a un militar uniformado; en el otro, vemos a un crooner bien trajeado. Al primero le queda estrecha la guerrera; el segundo luce suelta la americana, que se adivina de buen paño. Mientras Franco da sensación de incomodo indumentario, Sinatra transmite liviandad: el primero lleva preceptivamente abotonada esa guerrera; el segundo ha aligerado el nudo de su corbata. Ambos hacen algo con sus extremidades superiores, como en espera. El militar parece estar en jarras (al menos, así pone su brazo izquierdo): retando o arengando, en tensión (pues no está propiamente en descanso, sino afirmándose ante una tropa que no vemos). Dirige sus ojos hacia el suelo, como evitando la mirada de alguien que está fuera de campo. Por el contrario, el cantante cruza los brazos, provocando un efecto de relajación: parece estar en silencio; parece estar en las nubes, aguardando que algo acabe en la sala de grabación. Dos formas de vida…
B) Otra foto del Caudillo que ya comenté apoyándome en Javier Marías (21 de noviembre de 20007)
C) Fernando Fernán Gómez, 22 de noviembre de 2007
El padre y el monstruo
Fernando Fernán Gómez nunca encarnó mejor la figura del padre que en El espíritu de la colmena (1973), un padre enigmático, silencioso, entre huraño y tímido, con un pasado que ignoramos: el padre de Ana, la niña que al ver la película de James Whale queda fascinada con el monstruo de Frankenstein. ¿Quién es el monstruo? ¿Son buenos los monstruos u obran mal porque son desdichados? En El espíritu de la colmena estamos en algún pueblo de Castilla en la temprana posguerra. El personaje que encarna Fernán Goméz se llama, precisamente, Fernando. En su figura se expresa el silencio: el dolor y la fatalidad de una dictadura.
De ese personaje dice Jorge Latorre: “Le suponemos un intelectual republicano, pues aparece retratado entre Unamuno y Ortega y Gasset; que se encuentra estancado en un contexto de exilio interior, en un entorno que no es el suyo, y que además parece regido por una leyes sociales que acepta porque no tiene más remedio, o simplemente, porque las ve inevitables, por puro fatalismo (como parte de la naturaleza,de la que no escapa el hombre). En su abulia intelectual, Fernando se aísla de la colmena social y la vez es parte de ella; finalmente quedará identificado con ese orden, al menos para su hija Ana, perdiendo así su ‘autoridad’ sobre ella”.
Fernando es un tipo derrotado que ha renunciado ya a toda rebelión en un contexto de puro aislamiento. Ana, la hija, descubre merodeando por su pueblo a un fugitivo que, en su inocencia, confunde con el monstruo bueno que ella quiso ver en Frankenstein.
La actitud entreguista o callada del padre resulta inexplicable para Ana. No sabemos si, tiempo después, la hija se reconciliará con el padre.
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3. Hemeroteca
Julián Casanova sobre el Valle de los Caídos
JS sobre el franquismo
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4. Gratitudes
Julia Puig
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Mañana viernes, 23 de noviembre, ‘a poqueta nit’, nuevo post
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11.17.07
Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 11:05 por jserna

1. LA FELICIDAD, JA, JA
Hay un anuncio televisivo que me produce estupor. En el spot se habla de la felicidad. O, mejor, de un artículo cuya posesión nos procurará la felicidad, dicen. Se trata de un coche…
Hace unos días comentaba dicho spot con mis alumnos (en Historia y cultura en la época contemporánea). Estábamos hablando del concepto de felicidad de que se valen los revolucionarios del siglo XVIII –un concepto alumbrado por décadas de Iluminismo, de hedonismo parisino– y la anécdota del anuncio me sirvió para mostrar la profundas diferencias semánticas que pueden darse para un mismo vocablo: la felicidad en el Setecientos significa una cosa y otra bien distinta en 2007. ¿De qué modo se empleaba y se emplea dicha voz? Los usos lingüísticos han variado enormemente y, sin duda, un individuo feliz de 1789 no se parece gran cosa a otro del siglo XXI: un abismo histórico los separa.
En el preámbulo de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, se dice que el público conocimiento de los derechos naturales, imprescriptibles e inalienables, permitirá el recto gobierno. Si los poderes se atienen a esos principios sencillos (la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión), entonces podrá disfrutarse de una “felicidad general”, se proclama. Literalmente Bonheur de tous.
Bonheur: es una noción compleja que, en contexto, no significa lo que ahora, inmediatamente, pensamos. Sin duda, es el precedente remoto del concepto actual de bienestar, pero ambos –la felicidad y el bienestar– no pueden identificarse sin más. Aquella felicidad tiene que ver con la civilización como progreso moral; tiene que ver con la dulzura de las costumbres que limita lo impulsivo, lo pasional, lo irracional; tiene que ver con la suavidad de trato, con esa sociabilidad contenida gracias a la cual unos y otros se hacen mutuamente accesibles; pero tiene que ver también con la virtud, palabra equívoca que se fundamenta en la idea de perfectibilidad humana y que algunos revolucionarios del Setecientos harán suya para forzar a los ciudadanos, para ajusticiarlos también. El Terror de Robespierre se basa en esa perfectibilidad humana, en la posibilidad de enderezar el fuste torcido de la humanidad: algo que parece muy noble y bienintencionado aunque su consecuencia es la violencia ortopédica o, a largo plazo, totalitaria. En efecto, los totalitarismos del siglo XX se basaron en el ideal del hombre nuevo, del individuo finalmente virtuoso: algo que esperaba Robespierre y que los totalitarios casi lograrán en el Novecientos.
Pero regreso al siglo XXI; regreso a ese concepto probablemente trivial que aparece en el anuncio televisivo (y sobre el que ahora quiero reflexionar). En el spot de promoción del vehículo se nos anuncia la felicidad, alguna otra forma de felicidad. Creo recordar que dice algo así como: si no le hace feliz, le devolvemos su dinero. Es decir, si el coche que le vendemos no le procura la felicidad, nos lo llevamos sin coste para usted. Sin duda, es una banalización de esa antigua bonheur, algo que tiene que ver con la sociedad de consumo y con el progreso material (una meta que, por cierto, estaba presente entre los viejos ilustrados). En Occidente vivimos en el sueño de un hedonismo consumado y consumido, en una creencia indolora que tiene sus aspectos positivos y negativos.
En primer lugar, esa quimera en parte real nos hace menos pasionales y violentos. Al menos, en principio: rodeados como estamos de bienes materiales –protegidos como estamos por un entorno que, de entrada, no nos hostiga–, nos volvemos menos impulsivos y quizá menos utópicos, cosa que resta tragedia a lo público, a las efusiones de la política, por ejemplo. Aferrándonos a lo posible –porque eso que es posible es materialmente accesible–, nos desenganchamos de lo utópico. Ya lo predijo Max Weber cuando quería hablar del realismo: “la política significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y distanciamiento al mismo tiempo. Es completamente cierto”, admite. Pero, a la vez, el sociólogo sabe del acicate de lo imposible. “Toda la experiencia histórica lo confirma”: ”que no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez”. Por eso, en segundo lugar, el hedonismo nos inhabilita para aguantar el dolor, para demorar la satisfacción, para soportar la frustración o para imaginar una realidad distinta de ésta que nos acoge.
La felicidad era una meta utópica y equívoca en el Setecientos: algo que podía dañar, incluso. Hoy se ha convertido en una promesa banal: algo que nos aseguran una marca automovilística o el líder de un partido. He leído los viejos y nuevos libros de José María Aznar, de Jaime Mayor Oreja, de Eduardo Zaplana (próximamente en esta pantalla). He de leer Madera de Zapatero. ¿Qué me deparará? Tal vez sea un volumen moderado en su perfil y en sus promesas. O quizá sólo sea la hagiografía de un hombre feliz. ¿Quién sabe? Ardo en deseos de leerlo… Bueno: a lo mejor no tanto.
En cualquier caso, podemos hallar esa trivialización de la felicidad a derecha y a izquierda. En mayores o menores dosis. Pero, a bote pronto, para ejemplificarla me viene a la cabeza un compromiso bien concreto: el de un candidato popular (liberal-conservador) en visperas de las pasadas elecciones. Yo no daba crédito: nos prometía la felicidad. Es raro, pues en Occidente los conservadores siempre han sido gentes extremadamente contenidas que no aseguran la dicha del porvenir. También los liberales han sido morigerados en la expresión de sus metas. Ahora que se avecinan las siguientes elecciones y que los partidos se aprestan a establecer sus compromisos, supongo que la felicidad reaparecerá entre las promesas. La disputa ya es, definitivamente, empeño propagandístico o, mejor, reclamo publicístico que se lanza al viento. ¿Al viento? ¿Un brindis al sol? No exactamente: los compromisos de los candidatos quedan por escrito o registrados. Algún día, pues, podríamos afearles la conducta si han incumplido una tras otra las promesas hechas. Pero podría suceder también que los ciudadanos no diéramos demasiada importancia a muchos de esos compromisos que preceden a las elecciones: en el fondo no atan, pues los candidatos saben que luego los votantes no regresaremos al programa –que jamás hemos leído– para verificar lo dicho. Más aún, es posible que algunos de esos compromisos sólo merezcan el olvido (en el caso de que se recuerden), por ser sólo promesas demagógicas.
En general, los automóviles son decepcionantes. En comentario aparte de este blog, Miranda dice ser una “adicta conductora” y añade que, para ella, ”no puede haber felicidad mayor que la de estrenar un buen coche. Ese ruido, ese ir conociendo sus peculiaridades, ese olor…” En efecto. Cada vez más, la publicidad nos vende los autos no por lo que son sino por lo que nos sugieren, por lo que nos provocan: no por su utilidad, sino por el placer que nos procuran, por el simbolismo que llevan aparejados, por la imagen de que están revestidos. A poco fiable que sea el vehículo, su función de utilidad dura, pero su efecto placentero pronto decae. Esto lo analizaba Albert O. Hirschman en Interés privado y acción pública, un libro dedicado al ciudadano-consumidor. Hay en dicha obra páginas espléndidas destinadas a aclarar las formas de la decepción.
Los coches son bienes durables verdaderamente decepcionantes, decía Hirschman: transcurrido un tiempo, el auto sigue marchando, cierto, pero ese brillo original y esa pátina se han ido perdiendo, y otros modelos nuevos vienen a desplazarlos. Es cuando comprobamos que no podemos deshacernos de un vehículo que precisamente dura: hay que amortizarlo. Mengua entonces la función de placer manteniéndose la función de utilidad. Sustituyan ustedes placer por felicidad y así regresaremos al principio de este post. Que nos prometan la felicidad con un coche es un compromiso o muy arriesgado o muy facilón: total, no hay oficina de atención al consumidor entristecido. Tampoco hay oficina de atención al elector decepcionado. El votante siempre puede castigar al político que le prometió la felicidad optando por otro partido, pero, por favor, que nadie se engañe (y nadie se engaña ya): la felicidad, la ofrezca quien la ofrezca, no es asunto de coches ni de candidatos.
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2. HEMEROTECA

-”La retirada de Zaplana“, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007
-Todos los artículos de JS en Ojos de Papel
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3. NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS
A. Gilles Lipovetsky:
-La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Barcelona, Anagrama, 2007.
He leído bastantes ensayos sobre Lipovetsky, alguno de los cuales aquí hemos analizado o citado. Sus libros suelen tener la medida exacta de empirismo, imaginación, rigor académico y comunicación ágil, y la verdad es que, esté o no de acuerdo, nunca me han decepcionado. Este que ahora menciono, La felicidad paradójica, aún no lo leído (cosa que haré pronto), pero por sus contenidos veo que se ajusta perfectamente a alguna de las cosas que en este post abordo.
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-B. Miguel Veyrat:
-Fronteras de lo real. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.
-El incendiario. Palma de Mallorca, La Lucerna, 2007
-Instrucciones para amanecer. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 2007.
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11.12.07
Posted in Comunicación, La felicidad de leer at 18:08 por jserna
1. Lo hemos oído y leído… Pensemos en esa frase común.
“¿Por qué no te callas?” Ese enunciado podría ser precisamente uno de los lemas y temas de Tu rostro mañana, la última novela de Javier Marías, cuyo tercer volumen, Veneno y sombra y adiós, acaba de aparecer. Imaginemos un narrador que se interpelara a sí mismo, que se reprochara lo hablado: entonces podría muy bien decirse…: ¿por qué no te callas? Si hemos de creer lo que dice el colofón de Veneno…, este libro cierra dicho ciclo, una novela que empezó como la confesión de un ex espía integrante de un grupo del MI6. En el primer volumen, el narrador de esta historia comenzaba admitiendo que uno no debería contar nada, que uno no debería atarse con palabras que comprometen y crean realidad, que uno debería cerrar el pico. Es, sin duda, una formulación paradójica para un relator que habla durante más de mil quinientas páginas: las que componen Tu rostro mañana. Si se tienen poderes anticipatorios o, mejor, si se poseen capacidades predictivas, no sabemos si acertamos con la premonición o si, por decirla (por contarla), se cumple (o se incumple) precisamente. En Veneno y sombra y adiós, el narrador de Marías –llamado Jaime, Jacobo, Jacques, Yago o Jack Deza— descubre con horror el efecto de su presciencia. En esta obra hace explícito el efecto que el habla ocasiona: contar abre la puerta a ulteriores revelaciones, confesiones comprometedoras, gestos con los que deberemos cargar. Si aventuras la conducta de alguien a partir de la apariencia puedes acertar o equivocarte, pero lo sustancial es que puedes poner en marcha una consecuencia imprevista o indeseada con tus palabras.
Observando el rostro y el comportamiento, observando la conducta, Deza anticipa y adivina qué hará el observado, pero el observado muere… ¿Tiene algo que ver con lo que él predijo? La novela es una extensa disquisición o divagación. Es el monólogo de alguien que, espantado con las consecuencias de su palabra, con los compromisos que verbalmente contrae, renuncia a hablar; alguien que decide callar para que no se cumplan sus predicciones. Pero este tercer volumen es algo más. Es una reflexión sobre el uso de la violencia, sobre la banalidad moral de la violencia gratuita y vista, la que se contagia como veneno, como un tóxico. Es una indagación sobre el pasado, ese objeto extraño y alejado al que –en este caso– se llega gracias al relato del padre y de un amigo anciano del narrador. Y es el examen de una amenaza: la de la muerte. ¿La violencia, el pasado y la muerte?
En realidad, aquello a lo que Marías vuelve es al relato que frena infructuosamente la muerte, el pasado, la violencia. O, como dice un personaje (Reresby) en este tercer volumen, “…siempre hay quien se mira actuar, quien se ve a sí mismo como en una representación continua. Quien cree que habrá testigos que relatarán su generosa o ruin muerte y que eso es lo que más importa. O que se los imaginan si no puede haberlos, el ojo de Dios, el escenario universal, lo que tú quieras, todo eso. Quien cree que el mundo depende de sus relatores y los hechos de que se cuenten, aunque sea muy improbable que nadie vaya a molestarse en contarlos, o en contar esos concretos, quiero decir los de cada uno. La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas, y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas…”
Son palabras con una resonancia idéntica a las del final de Mañana en la batalla piensa en mí. Lean el último párrafo y verán. “…Cuando las cosas acaban ya tiene su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio…”
Hablamos, escribimos, relatamos, nos remitimos cartas (ya no) y, ahora, nos mandamos correos electrónicos. El mundo nuestro acaba dependiendo de sus relatores, cierto, pero con esos relatos de que nos valemos provocamos malentendidos: sin pretenderlas ni buscarlas expresamente producimos confusiones, efectos no deseados que resultan de nuestras palabras. Leía días atrás que, según los expertos, los e-mails provocan todo tipo de malentendidos entre los remitentes. No hace falta ser un especialista para llegar a tal conclusión: tenemos aquí, entre los ususarios de este blog, suficiente experiencia. La escritura electrónica y la correspondencia postal y la conversación oral tienen sus reglas y tiene sus sobreentendidos y… confusiones, insisto. En un diálogo no todo lo decimos: hay cosas que se sobreentienden, que no hace falta explicitarlas porque forman parte del marco al que se someten los interlocutores. Hay una reglas de comunicación, que son normas de cortesía, normas que nos hacen mutuamente accesibles, pautas de comportamiento que nos permiten evitar los encontronazos. Pero en ese diálogo, repito, lo que efectivamente decimos puede interpretarse torcida o erróneamente, puede causar efectos indeseados o aberrantes…
La novela de Javier Marías, en la que hay numerosas disquisiciones sobre la lengua, sobre los usos lingüísticos, sobre los marcos culturales que invisten de significado a las palabras, es un habla que espera decirlo casi todo, precisarlo todo, con la recurrencia, la digresión y la repetición que son propias de nuestra comunicación. Esa novela no deja de ser un monólogo en el que vemos el esfuerzo de Deza por aclarar el sentido de lo que ve, de lo que le dicen, pero también de lo que no ve ni le dicen. Tanteamos, observamos.
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2. Hemeroteca
-Reseña de JS de Veneno y sombra y adiós en Ojos de Papel
-”La muerte en directo“, recensión breve en Levante-Emv (Posdata), 9 de noviembre de 2007
-Reseña de las partes primera y segunda de Tu rostro mañana en Ojos de Papel
-”Rojos“, Levante-Emv, 12 de noviembre de 2007
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MAÑANA DEL SÁBADO 17, NUEVO POST EN ESTE BLOG.
PERDONEN LA DEMORA…
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11.05.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:34 por jserna
Un nuevo libro
Leo las Cartas a un joven español, el libro de José María Aznar, un volumen recién aparecido que completa su trilogía para Planeta. Según me entero por un despacho de Efe, el ex jefe del Gobierno presenta el 5 de noviembre su obra, obra en la “que reflexiona sobre la libertad, la idea de España, el terrorismo, la educación o la familia recurriendo al género epistolar, en un acto en el que participará el historiador Stanley Payne”. Efe añade: “el acto contará con la presencia del propio Aznar y se celebrará en un hotel de la capital a partir de las ocho de la tarde, según informaron fuentes de la editorial Planeta”. Stanley Payne es un historiador estadounidense que, de un tiempo a esta parte, avala el revisionismo historiográfico: como juzga necesario abatir los mitos que la izquierda tiene del pasado, cree posible hacerlo avalando a quienes con estrépito y antiacademicismo se pronuncian contra esas visiones. Así hemos de entender la celebración que el académico norteamericano hace de Pío Moa (con quien ya polemicé tiempo atrás). Ahora, con extremismo verbal, Payne aprueba la visión apocalíptica de España que José María Aznar proclama.
El regreso de José María Aznar
¿Qué importancia tiene esta novedad editorial? Dice Soledad Gallego-Díaz que “la aparición del nuevo libro de José María Aznar Cartas a un joven español ha sido interpretada en el Partido Popular como una declaración pública e inequívoca de que si Mariano Rajoy pierde las elecciones del 9 de marzo próximo, el ex presidente del Gobierno exigirá dirigir la salida de la crisis”. Es decir, que el ex presidente quiere ser influyente publicando libros, una labor que como el agua que cae gota a gota perfora, horada. Para que tal cosa suceda, la comunicación debe dirigirse a un destinatario a quien persuadir: han de cuidarse, pues, todos los detalles, ideológicos y materiales del volumen. Empiezo, justamente, por su aspecto material, un libro editado en tapadura y con subrecubierta. Como me suele ocurrir con sus obras empiezo fijándome en estas cosas, particularmente en la sobrecubierta. Como en los títulos de crédito cinematográficos, allí está todo: se condensan los datos básicos y los recursos comunicativos. Antes de acudir al interior, echen un vistazo a esa sobrecubierta.
La sobrecubierta
Veamos, por ejemplo, a quién se atribuye la autoría del volumen. La tipografía del apellido ha ido creciendo, algo que permite identificar correcta e inmediatamente a su responsable. Así hemos pasado de un “Aznar” que mide 22 milímetros, en Ocho años de gobierno, a los 27 de las Cartas a un joven español, pasando por los 25 de Retratos y perfiles. Por tanto, el tamaño del apellido crece conforme el autor publica. ¿Llegará a los 30 mílimetros? ¿Seguirá siendo con Planeta? Pero esa particularidad tipográfica no es lo fundamental de la sobrecubierta. Reparemos, por ejemplo, en el título del volumen, en esas Cartas a un joven español.
El título y el libro adoptan, en efecto, el modelo espistolar, al modo de las Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke (o, más recientemente, a la manera de las Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa): dirigir una misiva a un corresponsal que no identificamos es un expediente muy empleado…, muy empleado para expresar las propias ideas sin réplica real, documentada, verificable. El volumen que ahora comento lo componen las cartas que José María Aznar remite a Santiago –así, sin apellidos–, un tal Santiago del que sabemos por las misivas del autor pero cuyas palabras o situación personal jamás averiguaremos. Tampoco la sobrecubierta da pista alguna. ¿Es un personaje ficticio? Siempre cabe pensar que es el tipo de corresponsal que al ex presidente le habría gustado tener si hubiera podido dirigirse a él. Es decir, que se non è vero, è ben trovato. En todo caso, con él moldea a un joven inquieto, interesado, adaptado, integrado: un muchacho que se llama como el patrón de España y del que el ex presidente nos irá dando fugaces indicios.
Dicho joven no figura en la sobrecubierta, insisto. Allí, fuera del apellido creciente, domina un primer plano de Aznar. Ya no lo vemos envarado, como en Ocho años de gobierno, con una fotografía que nos los presentaba en mangas de camisa, blanca y bien planchada, apoyando los antebrazos en un escritorio, cumplimentando lo que parecía alguna tarea urgente, inexcusable. Tampoco lo vemos mayestático, como en Retratos y perfiles, sombrío y aupado a su Monte Rushmore particular. Ahora, en las Cartas, se nos presenta con aspecto easy wear, campechano: un aspecto que, sin embargo, desmiente su mirada aguda, inquisitiva, quizá interesante, esforzadamente interesante: tanto que sus ojos parecen interpelar al lector. Uf, no sé si podría sostenerle la mirada. Paso página o, mejor, paso cubierta, me adentro en el interior y… ¿qué encuentro?
El texto y los principios
Me encuentro con un texto en el que se hace una enfática profesión de fe conservadora, extremadamente conservadora, que dice ser liberal; una declaración rotundamente ideológica, muy sesgada, por alguien que cree ser ecuánime. En los distintos libros que le he leído, José María Aznar siempre repite el mismo latiguillo: no entiende por qué los demás no comparten la evidencia misma de las cosas, que es al final su forma de ver el mundo, el orden, el presente y el pasado, el porvenir, en suma. Al margen de lo que a mí me parezca su ejecutoria, creo –como lector– que el ex presidente gobierna mejor que se explica. Felizmente no se atuvo a lo que dice profesar. Me guste más o me guste menos, José María Aznar pudo tomar decisiones correctas o puede ahora tener ideas sensatas sobre ciertas cosas, pero una vez razonadas por escrito, una vez se las leo, me decepciona el nivel de su argumentación. Quiero decir: en la primera legislatura, cuando gobernaba en minoría, debía actuar como político pragmático que no se deja llevar sólo por la convicción o por los principios, sino por la ley del número. Todo, pues, no se resume en la defensa de unos valores. Tuvo que negociar con los nacionalistas haciendo guiños a sus aliados. En política no hay amigos, decía Winston Churchill; hay intereses. Si José María Aznar gobernó de acuerdo con esa lección (del admirado estadista), entonces contrarió los principios que defiende apasionadamente en sus libros. ¿Tiene sentido el reproche que le hago al político en ejercicio? No, porque nadie puede gobernar como él predica en este volumen: nadie puede hacerlo razonablemente basándose sólo en la convicción o en la pasión .
La vanidad del político
Como señalaba Max Weber, “puede decirse que son tres las cualidades decisivas para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia”. ¿Qué significa eso? Weber habla de “pasión, en el sentido de darle importancia a las cosas reales”, de aproximarse con tesón a la realidad tomándosela en serio. Pero no basta: “la pasión no le convierte a uno en político si ella, como servicio a una causa, no convierte la responsabilidad precisamente respecto a esa causa en la estrella que guíe la acción de manera determinante. Y para ello necesita el sentido de la distancia –la cualidad psicológica decisiva para el político–; necesita esa capacidad de dejar que la realidad actúe sobre sí mismo con serenidad y recogimiento interior”. Realismo, pues. “Por este motivo, el político tiene que vencer en sí mismo, día a día y hora a hora, un enemigo muy trivial y demasiado humano, la vanidad”. ¿Y qué es la vanidad en un político?, se pregunta Max Weber. Es tomarse como el centro de las cosas. La vanidad es “esa necesidad” que experimenta algún tipo de mandatario “de ponerse a sí mismo en el primer plano lo más visiblemente posible”. Creo, sinceramente, que la cubierta de Cartas a un joven español revela ese pecado de vanidad: con ese apellido gigantesco que no obedece sólo a razones mercantiles; con esa fotografía desmesurada. Pero creo que la vanidad se aprecia aún más en el texto: el autor sotanea, amonesta, juzga y condena a quienes no piensan como él.
La lectura de los «otros»
Eso –el tono admonitorio– es lo que, en principio, más llama la atención. No concibe que no se pueda coincidir con lo que él piensa. Por eso, para fundamentar sus posiciones, sólo cita a aquellos autores que son de su tradición (o que él piensa que son de su tradición), valiéndose, pues, de pensadores de filiación liberal o conservadora que al final de su libro detalla. En efecto, el volumen se cierra con una lista de lecturas recomendables… Los títulos de esos filósofos o sociólogos le sirven para confirmar lo que piensa de antemano. Es decir, esos autores no le incomodan lo más mínimo ni tampoco le hacen interrogarse. Le valen para corroborar: justo lo contrario de lo que haría un pensador liberal.
Esto es precisamente lo que José María Lassalle dice de Isaiah Berlin, el gran intelectual y pensador liberal. De su muerte se cumplen diez años, y por eso Lassalle, que es miembro del Partido Popular, escribe sobre él en un artículo publicado por Abc. Según leemos, Berlin fue “alguien que sintió una fascinación inagotable por el «otro» porque -como explicó una vez- le resultaba aburrido leer a los que pensaban como él; no en balde prefería asomarse a lo que decían sus adversarios ya que ponían «a prueba la solidez de nuestras defensas al encontrar sus debilidades»…” Comparto ese punto de vista. Es impensable, sin embargo, que José María Aznar –ahora desempeñando las funciones de intelectual liberal– muestre interés por la obra del «otro», de los «otros». ¿Por qué razón? ¿En qué se basan sus nutrientes?
Las ideas
En realidad, el principal problema del ex presidente del Gobierno es que escribe como si no hubiera gobernado: como si los males que denuncia aún no hubiera podido enfrentarlos; como si los objetivos que se plantea, aún no hubiera podido acometerlos; como si los autores que ahora cita, de cuya receta se vale, aún no hubiera podido aplicarla. En su opinión –que él no sostiene como tal, sino como doctrina–, España asiste a una deriva y a una crisis, algo ahora constatable y agravado, pero que se remontaría a los años sesenta. Critica al actual Gobierno: le hace responsable de las decisiones políticas que él juzga inaceptables, y le culpa del proceso de secularización (”relativismo”, lo llama él) que experimenta el mundo actual, un proceso que habría destruido o relajado la disciplina, la autoridad, el orgullo nacional, justamente los cimientos de la sociedad decente. Entonces, de ser cierto lo anterior, la pregunta es inmediata: ¿y qué ha hecho el ex presidente para frenar esa deriva? ¿No le dejaron? ¿Tuvo que pactar sus decisiones políticas, buscar algún consenso con quienes no eran correligionarios?
Divide su libro en diecisiete capítulos cuyos enunciados son breves y rotundos: entre otros, “La libertad”, “Liderazgo”, “La nación española”, “Relativismo”, “La familia”, “Terrorismo y seguridad”. En esos capítulos, el examen tiende a ser esquemático, anémico; las pruebas, los hechos, los documentos sólo confirman lo que ya se sabe de antemano; y las conclusiones, que se proclaman con sobrante énfasis, son frecuentemente demagógicas. Por ejemplo, cuando habla de la educación, su diagnóstico es expeditivo, de un elitismo paradójicamente populista. “¿Tú crees, Santiago, que los que no quieren esforzarse tienen derecho a impedir que se esfuercen los que sí quieren hacerlo? ¿Acaso es ese otro de los nuevos derechos que tienen ahora los españoles? Antes a eso se le llamana envidia, y no estaba catalogada, precisamente, como una virtud. Claro que donde el esfuerzo termina, empieza el fracaso, y tal vez sea eso lo que se quiere”, dice José María Aznar en la página 125. Si oyéramos lo anterior en otro contexto, en una tertulia, podríamos creer que es el dictamen tajante de alguien que no ha gobernado, la facundia de un tipo cualquiera que cree arreglarlo todo si se pone… O podríamos pensar que es la conclusión expeditiva que culpa a un responsable que no identifica:”…lo que se quiere”. ¿Y quién lo quiere? En ciertos pasajes responde con claridad. La culpa de lo que nos acaece es de la izquierda –así, en conjunto–, un conjunto de ideas erróneas: una izquierda que se creció tras la pretendida “muerte de Dios”. La culpa, insiste, es de la izquierda local, que no es más que un conglomerado sesentayochista y buenista que ha renunciado al pasado imperial de España, a los principios políticos firmes, a la convicción ideológica arraigada, aunque a la vez ese abandono pueda ser compatible con el fundamentalismo. Esa izquierda habría anestesiado a la nación, que no está muerta: sólo dormida. Hay que despertarla. Es una metáfora interesante: suelen emplearla prácticamente aquellos nacionalistas que deploran el estado catatónico de su país. ¡Despierta, patria! En el caso de José María Aznar su apego a la nación tiene, además, otra consecuencia: el repudio del hedonismo y la crítica del actual presidente del Gobierno.
Contra el hedonismo. Contra el cortoplacismo
Hemos debido leer casi doscientas páginas para llegar a la clave política de este libro. Amparándose en una interpretación algo simple de Alexis de Tocqueville, José María Aznar rechaza el materialismo que nos invade. “Más de una vez tengo la impresión de que vivimos en una sociedad que ha hecho de la evasión su principal industria”, concluye dolida y resignadamente. ¿Le doy la razón? Como sostuviera Gilles Lipovetsky, desde hace décadas Occidente vive gobernándose con una ética indolora. ¿Algo malo? Es preferible esta moral materialista al libramiento guerrero y patriótico, desde luego. Por eso, el libro de José María Aznar resulta contradictorio: en primer lugar, dice profesar el liberalismo, que es una doctrina preferentemente individualista; en segundo término, hace profesión de fe nacionalista (colectivista) que él reviste de institucionalismo democrático; en tercer lugar, expresa su prevención católica, confesional, al hedonismo, que a la postre es una opción básicamente antiliberal.
Pero, en fin, no es eso lo más importante: lo decisivo es que este volumen es una justificación de lo que él entiende por la Presidencia del Gobierno. No es de recibo, dice, aceptar un jefe de Gabinete simplemente porque sea simpático o entretenido: “tiene en sus manos una tarea demasiado importante para reducirla a aspectos de imagen o aceptación popular”. Hay que Gobernar al margen de los sondeos, que es cortoplacismo: “uno de los problemas no es que los gobiernos escuchen poco a sus pueblos, sino que la política se agote en la obsesión por el corto plazo, por las encuestas, por las próximas elecciones”. Pues…: lo siento, pero veo una nueva contradicción. El ex presidente gobernó con sondeos del CIS y al mismo tiempo olvida ahora que su partido se presenta a los comicios venideros: olvida que su discurso no beneficia a su candidato, que esas palabras rotundas perjudican a su partido en una sociedad mediática y hedonista.
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1. Hemeroteca histórica
Los otros libros de José María Aznar. Otros artículos de JS sobre los restantes volúmenes de la trilogía de Planeta:

-Retratos y perfiles (2005).

-Ocho años de gobierno (2004).
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2. Hemeroteca actual
-”Liberales“, Levante-EMV, 5 de noviembre de 2007
Artículo de JS sobre el liberalismo… Lo que fue.
-”Epístolas a Santiago“, Levante-EMV, 7 de noviembre de 2007
Artículo de Fernando Delgado sobre las Cartas a un joven español.
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