10.31.07

La mano que enreda

Posted in Comunicación, terrorismo, Democracia at 13:49 por jserna

11m.jpg

0. Preguntas a Mariano Rajoy

El 11-M, sin autoría intelectual, dice el titular inmediato de elmundo.es reproduciendo el cargo o el reproche o la autodefensa de que se ha servido el líder de la oposición en su Declaración de 31 de octubre ante la sentencia judicial. “Quiero recordar también“, añade Mariano Rajoy, ”que el PP defendió siempre la necesidad de investigar hasta sus últimos detalles todos los aspectos del atentado más grave de nuestra historia“. ¿Y quién se opuso a que se investigara? ¿Qué partido impidió a los jueces investigar? Que yo sepa los tribunales han podido reunir, acopiar, examinar, evaluar las pruebas que incriminan sin que otras instituciones del Estado o una mano negra hayan impedido realizar dicho trabajo.

Por ello, entre otras, hemos apoyado la investigación que ha dado lugar a la sentencia dictada hoy y seguiremos apoyando cualquier otra“, insiste Mariano Rajoy. ¿Entre otras investigaciones? ¿Ah, pero es que ha habido otras que completan la instrucción? Si se está refiriendo a las pesquisas periodísticas, las de El Mundo o Libertad Digital, ¿éstas se sostienen aún o se descartan? Que yo sepa, los tribunales sólo ordenaron esta investigación. No hay otras… Pero el líder de la oposición insiste: cualquier otra “que permita avanzar sin límites en la acción de la justicia“. ¿Avanzar sin límites? ¿Y cuándo consideraremos que la investigación ha concluido? ¿Quién determinará el límite que no hay que rebasar o el momento en que ya hay que parar? Cualquier otra investigación, apostilla Mariano Rajoy, puesto “que los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales“. Autores intelectuales. Convendrá volver sobre esa apostilla del líder de la oposición…

Hoy es importante también recordar la necesidad de no bajar la guardia ante el terrorismo sea este del signo y de la naturaleza que sea, y creemos que la que hemos visto hoy es la mejor manera de luchar contra los terroristas, llevándolos a juicio y condenándolos. Esa es la política de la derrota del terror que siempre ha defendido y seguirá haciéndolo en el futuro el Partido Popular“, concluye Mariano Rajoy. ¿No bajar la guardia? Pero si hasta José María Aznar admite literalmente en Ocho años de gobierno que su Gabinete bajó la guardia ante el terrorismo global. Leo en la página 263: “Quizás los propios éxitos conseguidos en la lucha contra ETA en los últimos años nos han llevado a bajar la guardia ante la amenaza fundamentalista“. Pero no nos engañemos: si había reproche hacia lo que su propio Gabinete había hecho o no, en realidad el cargo mayor lo dirigía hacia la opinión pública. “Debo reconocer“, dice en esa misma página, “que tal vez la opinión pública española no era lo suficientemente consciente, hasta el 11 de marzo, del alcance de la amenaza del terrorismo islámico, o por lo menos no tanto como lo ha sido de la amenaza del terrorismo de ETA. Si es así, el Gobierno tiene sin duda una responsabilidad que asumir“.  

La política de la derrota del terror, añadía Mariano Rajoy en su Declaración, una política de derrota como divisa permanente de su grupo: tal vez oponiéndola a la filosofía del Gabinete actual, que habría sido la de la dejación. Que se sepa, la persecución posterior a 2004 ha sido implacable y la detención de presuntos terroristas internacionales ha sido una medida seguida en España. Entonces, ¿por qué insistir en la derrota del terror? ¿No será mejor presentar dicha lucha en términos de defensa? No siempre se puede derrotar literalmente a los enemigos, como si estuviéramos en un frente de batalla: cuando el frente no es bien visible, en ese caso habrá que defenderse evitando que los feroces adversarios sean operativos. Ya lo dije tiempo atrás cuando leía la nueva edición del clásico de Karl von Clausewitz (De la Guerra). Para éste, el oponente no es un objeto a aniquilar, sino un rival al que desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula. Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo. Salvando las distancias, el Estado de Derecho se defiende igual: no espera destruir enteramente al enemigo, sino someterlo para impedirle actuar, haciéndole pagar por lo que ha hecho.

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1. Hemeroteca

 ”La mano que enreda“, Levante-EMV, 2 de marzo de 2007.

Un artículo de JS, firmado en marzo de 2007, sobre la teoría de la conspiración…

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2. Ceci n’est pas une chaise.

Ceci n’est pas (qu’)une chaise?

elmundo11m.jpg 

El diario El Mundo hace metáforas de objetos: de muebles, de circunstancias o de hechos que de entrada significan lo que significan, algo literal. En la cubierta que este periódico publicaba el 1 de noviembre una silla no es una silla: es un símbolo. Ese día, El Mundo ilustraba su titular de portada ”Absueltos los ‘cerebros’ del 11-M” con un gran fotografía en la que, según indican expresamente, la protagonista es una silla. “La silla vacía frente al tribunal del 11-M, mientras se lee el fallo, expresa el vacío que ha dejado la sentencia: nadie responde por la autoría intelectual y la planificación de la mayor matanza terrorista de la Historia de España”. ¿La silla vacía? Observo las fotografías que otros periódicos han empleado para ilustrar sus respectivas cubiertas y veo coincidencias en El País y Abc (Afp/Pool): un primer plano del juez Gómez Bermúdez, inmediatamente antes de hacer pública la sentencia. Lo vemos señalando con el dedo, apuntando hacia una parte de la Sala. ¿Qué significa esa imagen? Hay un gesto severo de autoridad del presidente del Tribunal, seguramente sin mayor importancia, una indicación menor en todo el proceso o en la puesta en escena de la sentencia. Son esos momentos de nerviosismo multitudinario que precede a un acotecimiento significativo. Ahora bien, esa foto muda, tan escueta, sin fondo, condensa metafóricamente la determinación de que ha hecho gala Gómez Bermúdez. Es algo que dichos periódicos quieren subrayar: dada la posición de ambos con el desarrollo y con los resultados del proceso. Puede que la imagen del juez con determinación sea una metáfora para ambos periódicos, pero la silla de El Mundo no es más que una silla…

juezbermudez.jpg

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10.28.07

Mariano Rajoy

Posted in Televisión, Comunicación, Democracia at 9:34 por jserna

 rajoypresidente.jpg

Fotografía: Marga Ferrer, Levante-EMV

1. Proclamación de Mariano Rajoy

En Valencia, el 27 de octubre, ante varios miles de personas, Mariano Rajoy no ha sido proclamado candidato para los próximos comicios. ¿Proclamado candidato? Que sepamos, desde septiembre pasado, es el candidato oficial. ¿Entonces? En realidad, el sábado 27 de octubre tuvo lugar otro acto bien distinto, según la crónica de Abc. Aquella reunión fue “un mitin de confirmación como candidato popular a la presidencia del Gobierno”. Confirmación: una interesante palabra llena de resonancias católicas, de refrendo religioso. Es necesario confirmarlo, reafirmarlo, corroborarlo. Es imprescindible hacerlo explícito por aclamación y con énfasis: precisamente porque hay serias dudas de que su liderazgo pueda resistir, de que su persona pueda aguantar la acometida de sus próximos más ambiciosos. Por eso, hay que repetirlo y proclamarlo.

“Gane o pierda, Mariano Rajoy es la apuesta de futuro inmediato”, dice José Antonio Zarzalejos en Abc. ¿Por qué razón? “Porque reúne un conjunto de requisitos que le hacen idóneo para administrar el poder y, alternativamente, para evitar la implosión en su propio partido, un riesgo que, hoy por hoy, no está conjurado. Los conspiradores -no demasiados, pero sí poderosos- cuentan con que el gallego haga mutis por el foro si la suerte electoral le es adversa. Y con ellos, llegarían la división y el enfrentamiento. Por eso, Rajoy, sí o sí”, concluye Zarzalejos. Abc y El Mundo lleva a primera plana el acto de confirmación. El primero titula: “Rajoy, discurso de presidente“. El segundo rotula: “Rajoy ofrece ‘consenso y cordura’ contra la ’subasta de soberanismo’ “. 

El periodismo parece ser cada vez más un instrumento de los gabinetes de prensa o, si se quiere, un altavoz de este o de aquel partido, necesitado de mostrar una imagen, de representar una posición, de afirmar una decisión. De lo que se trata es de hacer declaraciones, de decir cosas que puedan atraer la atención de los medios. El País ha evitado hacer el principal titular de ese acto de proclamación-confirmación: es un acto previsible de partido…, un acontecimiento montado a tal efecto, organizado para ocupar espacio noticiero.  ¿Tanto como para hacerlo desaparecer de la primera plana? Bien mirado, es algo extraño. O no. En su portada no hay vestigio de Rajoy pero sí, en cambio, hay rastro de Rato, de Rodrigo Rato: justificado como un breve con foto que remite a su sección de “Domingo”. El País dedica, pues, más interés y espacio a la vuelta de Rodrigo Rato, una amenaza más o menos evidente para el liderazgo de Rajoy, que al acto de proclamación-confirmación del candidato popular: o al acto de “consagración” (según la palabra exacta empleada por el reportero Carlos E. Cué en la crónica que hace para dicho periódico). El País, en fin, dedica más relevancia a los veinticinco años del triunfo de Felipe González: en la primera plana, en el centro mismo de la página, una fotonoticia da cuenta de este hecho, en particular del éxito que salieron a celebrar los líderes socialistas a aquella ventana del Hotel Palace de Madrid. La imagen es de ahora y el punto de vista, que es el de González, nos da una perspectiva inversa. 

Digo González y aún me sorprende el comentario que El Mundo le dedica a esos veinticinco años. En este caso, la perspectiva editorial también es… inversa. “28-0: Una victoria malograda” es el título de dicho texto. El repaso crítico es extraordinariamente duro, inmisericorde. Hacia el final, cuando llegamos al último párrafo, leemos: ”sería injusto, a la hora de hacer este balance, negar que González hizo cosas bien”. ¿Cuáles?, nos preguntamos, escépticos y sorprendidos, tras el balance editorial. “Por ejemplo, jamás puso en cuestión el modelo de Estado ni reabrió heridas del pasado. Pero su actuación quedó manchada por la guerra sucia, el nepotismo y la corrupción, que jamás intentó combatir en serio”. ¿Cómo interpretar lo anterior? Para El Mundo, el único balance posible y positivo de lo que se hiciera bajo González es, precisamente, lo que aquél y sus Gobiernos no hicieron. Según esa lógica, a FG se le recordará (o ahora se le recuerda) por lo que no tocó, no acometió, no realizó. “Su actuación  quedó manchada” por esos baldones “que jamás intentó combatir en serio” y que el editorialista cita: es decir, también en esto González fue pasivo, aunque para mal. La pregunta inmediata es si desde 1982 algo de lo que se hizo se hizo bien. ¿Hubo alguna decisión gubernamental positiva? ¿Hubo alguna gestión aceptable? No parece que el periódico recuerde nada: ni la reorganización del ejército, ni la negociación para el ingreso en las Comunidades Europeas, ni la modernización de ciertas instituciones del Estado, ni…

La memoria no es la historia, ciertamente. El Mundo hace memoria y, para mayor énfasis, en sus páginas interiores encarga a un antiguo amigo de Felipe González, José Luis Gutiérrez, la evocación de aquellos años. Este reportero, que dice recordar muy bien aquellos años de camaradería, ya no tiene trato con el socialista y, por tanto, por afección o desafección es probablemente el menos indicado para hacer esa crónica del pasado. “No hay que confundir memoria con historia”, nos insiste continuamente Pierre Nora (y que ahora podemos releer en este enlace que me proporcionó Francisco Fuster). “La memoria depende en gran parte de lo mágico y sólo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos”. Ése es el trato que El Mundo dispensa a su poderoso amigo: sólo acepta las informaciones que le convienen confundiendo su evocación con el análisis y el discurso crítico de unos Gobiernos que algo bueno debieron de realizar. Frente a su editorial esforzadamente antifelipista, este periódico exalta la solvencia de Rajoy: quizá más incluso que el propio Abc, que no oculta los errores que el propio líder popular ha cometido al dejarse llevar por sus extremistas o al dejar de actuar cuando debía hacerlo. No oculta los errores: es decir, advierte entrelíneas de que Rajoy se la juega y no hay ya demoras posibles. Lo dice y lo repite Zarzalejos (tal como me recuerda Miguel Veyrat apelando a Enric Sopena), pero este dictamen ya es antiguo: hace casi tres años publiqué un artículo titulado “Elogios de Rajoy” en donde mostraba en qué se basa el apoyo condicional que de los medios próximos recibe el líder popular. Ahora, el esfuerzo del director de Abc por sostener al candidato es la confirmación de esos riesgos afines, de ese fuego amigo.

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2. Hemeroteca de hoy

 -”Violencias“, Levante-EMV, 29 de octubre de 2007. He procurado no hacer sociologismo del agresor de Barcelona. Me alegra ver que mi admirado Eduardo Mendoza proclama lo mismo (véase en la sección de comentarios de este blog).

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3. Hemeroteca JS sobre Mariano Rajoy

-”Presentes populares“, e-barcelona-org, 24 de marzo de 2004 

-”Elogios de Rajoy“, El País, 2 de diciembre de 2004

-”¿Mariano Rajoy es Gary Cooper?“, Los archivos de Justo Serna, 7 de noviembre de 2005

-”Ofender para qué“, Levante-EMV, 19 de enero de 2007

-”Rajoy“, Los archivos de Justo Serna, 2007

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Hoy, miércoles 31 de octubre, nuevo post al mediodía

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10.24.07

Arcadi Espada

Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo at 12:34 por jserna

terrorismo.jpg

Leo el último volumen de Arcadi Espada, en este caso dedicado a El terrorismo y sus etiquetas. Hay en sus páginas pensamiento urgente, entradas de diccionario compuestas con trozos de su blog y algún apéndice. Es interesante la operación de rescate: hay que dar forma y permanencia a la prisa por diagnosticar, a la premura por evaluar.  Se nota que Espada aún rinde pleitesía al libro, al formato libro. Lo electrónico no dura o se hace desaparecer: como así ocurre en su bitácora. En las páginas del volumen hay una sintaxis nerviosa, unas palabras que expresan tajantemente para así evacuar lo que excede, lo que sobra, lo que abulta. Es el día a día más perentorio frente a la bomba o a la extorsión o al secuestro o a la amenaza. Está bien mostrar tu indignación moral y política…, siempre que evalúes los efectos: siempre que sepas que te presentas como ídolo de la colectividad. Escribir así, desde una posición admirablemente irredenta, te hace atendible: piensas como expectoras y, en principio, no tienes por qué calcular o medir las consecuencias de tus diagnósticos. No me lo tomen como crítica. Es pura envidia: ojalá yo supiera expectorar tan rápido como Espada piensa. Ya me gustaría hacer lo que AE hace: no tengo capacidad ni posibilidades de disparar tan rápido. Mi prosa es digresiva, lenta; la de Espada saja. Que, además, en esas páginas podamos encontrar un pensamiento es de agradecer: al fin y a la postre, apreciamos el esfuerzo titánico de pensar, de decir algo imprevisto o insólito. En su blog, Arcadi Espada lleva tres años y pico intentándolo. Digo, esforzándose por incomodar: como Albert Boadella, cuando trata de escandalizarnos con tanques amenazantes… Espada lleva una varias temporadas examinando lo que nos acaece desde posiciones inauditas o desde presupuestos imprevisibles. Sobre todo: lleva tres años incomodando al periódico socialdemócrata. Adivinen cuál.

No sé. O tal vez me equivoque; tal vez, Arcadi Espada sea predecible: por estar acosado por los nacionalistas (que hacen valer el  colectivismo que les aúna), el periodista catalán se piensa como indispensable, corrosivo y demoledor. Y en cierto modo lo es. ¿Ustedes se imaginan una Cataluña sin Espada? Sería más aburrida y más nacionalista (más de lo que ya es). Pero quizá el problema de nuestro autor –añade alguien– sea confundir lo analítico e imprescindible con el narcisismo: eso es lo que dicen de Espada sus enemigos.  Yo no creo que la habilidad de Arcadi Espada pueda explicarse enteramente con el narcisimo (ojalá ése fuera el problema): la cuestión está en que la excepción nacionalista y la tontería colectivista hacen decisivos a quienes sólo son interlocutores interesantes. Yo cometí un error: creer que era un escritor equiparable a Josep Pla. Si pudiéramos hablar ahora (como lo hicimos en el pasado), sin duda Espada me sacaría del error: el periodista catalán no se siente tan y tan ufano. Sabe que no es el nuevo Pla. Es más: Espada opina e interpreta (como hago aquí, aunque yo menestorosamente), mientas que el ampurdanés describía. No es fácil describir. Años atrás leí la edición en castellano  de los Dietarios de Pla. La habían preparado Xavier Pericay y Arcadi Espada: creí ver en sus páginas una lección para el nuevo curso. Pla escribe admirablemente; Pericay y Espada lo editan impecablemente, pero hay páginas que enervan: en el ampurdanés hay  diagnósticos expeditivos que son tan tajantes como los de Camilo José Cela (generacionalmente próximo); como también hay conservadurismos equiparables a los de su amigo Joan Fuster. No sé: quizá Pericay y Espada convirtieron a Pla en un campo de batalla.

Pero no es eso lo que hay en el último libro de AE. El objeto es distinto. Dedicado al terrorismo, lo catalán se desvanece. En realidad, sus páginas tienen como principal motivo el de arremeter contra aquellos que sostienen que el terrorismo tiene causas. Decir que esto es para Espada como decir que hay alguna razón legítima que lo justifica. Parece una simplificación, ¿no? Aquí, en este blog, hemos tratado dicho asunto y no parece que la condena del terrorismo en todas sus formas nos obligue a descartar las causas. La guerra es odiosa, pero tiene causas… El asunto está en que Espada etiqueta (como reza su título): esto es, designa y marca, separa y descarta de acuerdo con la fórmula del diccionario. El pensamiento actual funciona con etiquetas, es decir, con procedimientos propios de vocabulario o de página web. Yo soy partidario de demorar el análisis, de alargarlo: el expediente diccionario sirve para acotar, para ordenar alfabéticamente (nada que objetar a esta fórmula, incluso cuando me disgustan los resultados), pero si además adoptamos el aforismo o el pensamiento escueto, entonces la brillantez  adelgaza el razonamiento.

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2. Forma y contenidos. Los juicios expeditivos, esos que se ganan el aplauso de los ciudadanos soliviantados, presentan el terrorismo y los actores implicados con la apariencia y con la ventaja de la brevedad: el juez-escritor acusa como un savonarola irascible dotado de razones. Si uno está del lado bueno, el mal sólo puede ser uno; el método que se pretende combatir es único; y, en fin, la solución que se le da, también. Hay una perfecta congruencia entre  el diagnóstico del mal,  la seleción coherente de los procedimientos y la respuesta que hay que arbitrar. Esta manera de concebir las cosas es una supertición occidental a la que habitualmente recurren ciertos políticos y autores influyentes, justo cuando la realidad desmiente y contradice la sencillez de sus dictámenes y pronósticos. Ya está bien, añaden. Amoldemos los hechos. En El fuste torcido de la humanidad, Isaiah Berlin detectó esta avería razonadora tan frecuente…, que en los peores casos te hace recaer en el sectarismo o en el determinismo científico o en el absolutismo doctrinal. ¿A quiénes se acusa si nos basamos en estos métodos? A los que  obran con dejación, obstrucción y culpa. Arcadi Espada incurre en algunas  simplificaciones en ciertas páginas y, por eso, con su prosa expeditiva (tiene prisa), juzga a sus adversarios como izquierdistas acomplejados que no se revisten con la enseña del liberalismo y como periodistas amodorrados que se dejan llevar por las inercias y por las cegueras profesionales. Como un severo preceptor nos amonesta sin que siempre quede claro cuál es el desliz cometido, seguramente, un disentimiento: una evidencia que nosotros aún no hemos abrazado o la posición que él ha abrazado. Por eso, una parte de su discurso apela sin más al coraje moral que hay que tener para aceptar las evidencias, de las que para él son evidencias: un mismo problema, un mismo método, una misma respuesta. Como esa actitud crea amigos, disidentes, afines, hostiles y, en fin, enemigos. Las figuras del  héroe y del guardián de las palabras–que se encarnan en el observador que se sabe perspicaz– aparecen implícita o explícitamente entre sus líneas: ejemplifican lo que los lectores o los seguidores deberían realizar.  

Lo que él hace suya es una revelación ardua, aislada y con pocas recompensas materiales o simbólicas, una revelación que habría suscitado la ira, el menosprecio y la irritación del medio académico o de los hostiles. Si Ludwig Wittgenstein  arremetía contra el empleo confuso del idioma, Espada arremete contra el uso indolente o mixtificador del periodismo. Wittgenstein criticaba el lenguaje absurdo de lo que es inefable o de lo que no se admite como juego de lenguaje, el Wittgenstein debelador de las pseudodisciplinas pertrechadas con lenguajes presuntamente científicos. Espada crítica también lo que juzga pseudociencias y erige el neodarwnismo –nada menos– como exclusiva referencia de la que ha de servirse para depurar las vaguedades del lenguaje periodístico. Leyéndolo, uno tiene la impresión de que AE tiene la nostalgia de la solución única que explicaría el terrorismo de una vez para siempre, esa solución que los reporteros –tan ignorantes– desconocen: al igual que hubo un gen egoísta, ¿por qué no va a haber un gen terrorista? Como hombre de letras que es, Espada se abandona con irreprimible envidia a los logros incuestionables o divulgadores de los cientítificos. En ese caso, una obra nueva de Steven Pinker, por ejemplo, pasa a ser su principal nutriente (en espera, supongo, del libro venidero o del investigador definitivo que aclaren el comportamiento humano). Mientras tanto, sin embargo,  Arcadi Espada sorprendentemente continúa...

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10.21.07

Memorias franquistas

Posted in Franquismo, Religión, Historia at 12:39 por jserna

  franco.png                                                                                                         

1. Jaime Mayor Oreja es un político de raza (que se dice), alguien que desde hace años ocupa puesto oficial y alguien a quien no se le conoce otra dedicación. Forma parte, pues, de lo que Gaetano Mosca llamó la clase política. En principio es una expresión extraña: mezcla voces que parecen contradictorias. En la teoría de Mosca, la elite rectora se caracteriza por disponer de una fórmula política, es decir, por valerse de una concepción del orden, del pasado, del presente y del porvenir, un plan de intervención y actuación. O, en otros términos, una ideología que justifica y fundamenta su dominio sobre los gobernados o seguidores. La clase política no sólo representa demandas de una colectividad más vasta (las de un sector social, por ejemplo), sino que también se forja sus propios intereses. El apellido Oreja designa a una familia de políticos profesionales: diputados o ministros que desde años atrás se dedican a esta tarea. Desde luego se ocupan de cosas a las que la mayoría no queremos dedicar tiempo. Es un servicio, pues, el que nos prestan.  Pero la clase política tiene sus propios intereses: mantenerse, conservarse, ampliar su red de influencia. El Network Analysis hace años que estudia esas redes de influencia: unas son formales y otras informales; unas se expresan a través de empleos políticos y otras a través de canales ideológicos afines. Mayor Oreja trabaja en ambos dominios: el del cargo público y el del proselitismo pío. Por eso, su dedicación no es la de un gestor inmune a los principios, o la de un técnico o la de un político sólo mediador: es la de un propagandista católico que persevera en la defensa del confesionalismo.  

Su persecución por parte de los terroristas y  su empeño personal en hacerles frente le han despertado la simpatía de muchos ciudadanos, de muchos ciudadanos que no son de su partido.  Durante un tiempo, esas circunstancias penosas han hecho olvidar su profundo conservadurismo, un ideario confesional militante al que, por supuesto, Mayor Oreja tiene derecho y que los católicos más fervorosos celebran.  En los últimos días ha vuelto al interés mediático por las declaraciones hechas a La Voz de Galicia.  Leamos un extrato de sus palabras:

-¿Qué opina de la Ley de la Memoria Histórica? 

-Hacer de una tragedia de nuestra historia un elemento de división es fácil, pero es un disparate. Si hicimos un esfuerzo en la transición para que este tema no siguiera dividiendo a los españoles, ¿para qué resucitar otra vez quiénes fueron más asesinos en la guerra? 

-¿Por qué le cuesta tanto al PP condenar el franquismo? 

-Porque eso forma parte de la historia de España. Yo no lo he condenado, yo elogio y alabo la transición democrática. ¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles? 

-Por esa misma lógica, tampoco condenará el nazismo o el estalinismo, porque muchos alemanes y soviéticos los apoyaron. 

-En la guerra hubo dos bandos y en el nazismo solo uno. 

-En el franquismo solo hubo un bando que reprimía.

-También hubo dos, porque el franquismo fue la consecuencia de una Guerra Civil en la que hubo dos bandos. No es lo mismo que el régimen nazi, donde había un solo verdugo. 

-Entonces, dejando al margen la Ley de la Memoria Histórica, ¿no considera pertinente condenar el franquismo? 

-No, por muchas razones. ¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? En mi tierra vasca hubo unos mitos infinitos. Fue mucho peor la guerra que el franquismo. Algunos dicen que las persecuciones en los pueblos vascos fueron terribles, pero no debieron serlo tanto cuando todos los guardias civiles gallegos pedían ir al País Vasco. Era una situación de extraordinaria placidez. Dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”.

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2. Disquisiciones y memorias. Es ésta una idea muy interesante, sin duda: “dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores”. Resulta  aleccionadora la voz que emplea: “disquisición”, cosa a la que –según parece– se dedicarían los historiadores. Leamos el Diccionario de la Real Academia Española. Una disquisición puede ser un examen riguroso, pero puede ser también una divagación, una digresión. No sé si los historiadores nos dedicamos a examinar rigurosamente considerando cada una de las partes que constituyen un objeto del pasado o, si por el contrario, nos alejamos del presente aventurándonos con digresiones. El pasado, en cualquier caso, no es sólo materia de historiadores ni es únicamente asunto de divagaciones.  

Digo estas cosas y pienso en Antonio Elorza (”Memorias históricas“, véase en la sección de comentarios). Elorza es un historiador atendible y de larga obra que perdona a Mayor Oreja: le perdona su franquismo nostálgico. El académico, que ha pasado por distintas opciones y por diferentes obediencias (desde el PCE hasta Izquierda Unida, y hoy… Unidad, Progreso y Democracia), es un resuelto defensor de la ejecutoria de este político vasco: por eso le parece un desliz la evocación que Mayor Oreja hace de su infancia franquista como si aquel hubiera sido un tiempo de “absoluta placidez”. Sin duda, nadie le niega sinceridad a Mayor Oreja: nadie le niega que él lo viviera de ese modo, que lo percibiera o lo experimentara de esa manera. Como tampoco nadie niega el derecho de Elorza a mostrar camaradería.

Salvo desdichas graves, la infancia la solemos recordar así, con absoluta placidez: ingresamos en el tiempo con miedo y desconcierto, pero la atención y el cuidado nos apaciguan. Los padres hacen de nuestro entorno un ámbito hospitalario, edénico: aquel que para muchos acabará siendo el Paraíso. Crecemos y aprendemos a tolerar la frustración y las decepciones: con ello se agranda ese tiempo como momento irrepetible… Insisto: Elorza exculpa a Mayor Oreja de lenidad franquista, como si su opinión benévola sobre el pasado del Régimen fuera un desliz que sirviera para acusar al PP. “Resulta lamentable que políticos templados como Mayor Oreja puedan hacer manifestaciones, en el marco de la campaña del PP, que les convierten en nostálgicos de la dictadura de Franco. Dar motivos para ser acusados de neofranquistas no es nada bueno para los populares”. Desde luego, desde luego. Pero el caso es que el franquismo nostálgico de Mayor Oreja no es un error dicho a bote pronto. Lo tiene escrito en su librito Esta gran nación (LibrosLibres) y aquí ya lo analizamos el pasado 18 de junio. Perdonen la autocita:

Lo que me sorprende no es lo que [Mayor Oreja] dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro  señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española  como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo“.

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3. Hemeroteca. Memoria y clérigos

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–”La riada como metáfora“, Levante-EMV, 22 de octubre de 2007

Artículo de JS sobre el arzobispo de Valencia Agustín García-Gasco

Susan Sontag publicó, años atrás, La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Leí ambas obras con mucho interés: en la primera examinaba las analogías que del cáncer se han hecho para describir la sociedad “enferma”. ¿Por qué se establecen paralelismos entre el crecimiento desordenado de las células y los desarrollos de la vida humana? Las analogías patológicas sirven entre otras cosas para condenar ”el cuerpo enfermo de la sociedad” y, de paso, para ofender voluntaria o involuntariamente a los enfermos. El organicismo se ha servido de estas metáforas, que en su versión confesional asocia pecado a enfermedad. El catolicismo, además, ha empleado anaologías procedentes de los libros bíblicos. Las plagas que caen sobre la tierra o, también, el diluvio universal que castiga a los descendientes de  Adán y Eva son relatos míticos que dan cuenta del mal, del origen y del castigo del mal. La riada que parece preocuparle a Agustín García-Gasco es un diluvio laico. Dios permitiría estos castigos de la naturaleza para hacernos reaccionar. Si el laicismo se infiltrara suave, blandamente, entonces el mal infectaría de manera irreparable. Gracias a que se manifiesta con estrépito lo distinguimos: como una riada bien visible que nos avisa de sus venideros destrozos. Hay señales. O se manifiesta también como una vacuna que haría reaccionar los anticuerpos. Digo esto y regreso, precisamente, a Sontag: a los malos usos de las metáforas que ella tan sabiamente diagnósticó. ¡Ay, Dios!

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–”En el fondo, los miembros de Eta son revolucionarios“, El País, 21 de octubre de 2007

Entrevista a José María Setién por José Luis Barbería.

He leído un par de veces esta entrevista y la verdad es que no me repongo. No me sorprende lo que afirma el prelado (ya conocía sus ideas de otras declaraciones): lo que me choca es que pueda decir lo que dice desde el cristianismo… No sé, tal vez yo tenga un concepto más piadoso de dicha religión, un sentido más compasivo: a pesar de mi increencia. ¿El amor a un individuo sólo puede materializarse en lo colectivo? Cristo predicaba un amor universal sin distingos, una caridad que no precisa de pertenencias colectivas… Decía Jorge Luis Borges: no creo en la Providencia, pero me interesa. A mí me pasa algo semejante: no creo en la caridad cristiana, pero me interesa. De ese concepto misericordioso viene la fraternidad laica. ¡Ay, Dios!

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4. Colofón. Recuerdos de un niño bajo el franquismo

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Historia, memoria y Fórmula 1. Ferrarismo y alonsismo

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10.17.07

El malestar de Freud

Posted in psicoanálisis, La felicidad de leer at 20:26 por jserna

freud1909.jpg                               

    1. Primera lectura, primera interpretación

Permítanme decirlo así: el psicoanálisis es una concepción del alma humana, una concepción  del sujeto sexual y de sus impulsos libidinosos; es una terapéutica de sus malestares emocionales, un procedimiento basado en la palabra, en la exhumación oral de lo que nos angustia, nos mueve y nos conmueve. El diván en el que se acuesta el paciente para relajarse es también el instrumento que facilita la verbalización de dichas desazones, la narración del dolor. El habla incluye verdades y mentiras, pero sobre todo transmite datos y significados, deseos y padecimientos que han de interpretarse. El terapeuta escucha y de acuerdo con su experiencia clínica busca el sentido de las palabras y de los silencios, de las omisiones, de los errores.

Pero el psicoanálisis es también una teoría de la cultura, entendida ésta como ley, como represión de lo instintivo que hay en cada uno. Entre las pulsiones primitivas y la contención  civilizada se mueve el individuo concebido por Sigmund Freud. Su obra y su lenguaje han tenido una influencia enorme en el siglo XX: desde que en 1900 apareciera La interpretación de los sueños lo que empezó como una corriente judía y vienesa pronto se convirtió en fenómeno occidental y cosmopolita. Su difusión se debe, en parte, al éxito norteamericano. Es de allí, de Estados Unidos y en particular de Nueva York, de donde proceden su renombre así como algunos de sus estereotipos. Desde el principio, desde 1900, Freud intentó extender los beneficios de la terapéutica por él ideada. También desde los inicios trató de universalizar su creación estableciendo seguidores y corresponsales europeos y americanos.

Curiosamente, el autor de La interpretación de los sueños manifestó una temprana animosidad hacia los Estados Unidos. ¿Por qué razón? No lo diré. Por otra parte, Freud sabía a la vez que la suerte del psicoanálisis iba a depender de Norteamérica. Hay una anécdota con motivo de su desplazamiento a Nueva York, en 1909, que es sintomática a este respecto. Advirtiendo lo que se avecinaba, Freud comentó a Carl Jung y a Sandor Ferenczi, sus compañeros de viaje: si supieran los norteamericanos “lo que les traemos…”. Lo que les llevaban era, en palabras del propio Freud, la peste: una pasión por el psicoanálisis que aquejó a una parte importante de la sociedad neoyorquina.

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Sobre esa anécdota, Jed Rubenfeld ha escrito una novela entretenida, un best seller repleto de referencias cultas, al modo de El nombre de la rosa. Su título: La interpretación del asesinato. Transcurre precisamente en el Nueva York de 1909 y, entre otros, sus protagonistas son Freud, Jung y Ferenczi. La circunstancia de dicho viaje es histórica, cierta, la que antes mencionábamos: Rubenfeld ha sabido documentar con precisión el contexto de su novela evitando los anacronismos y las ligerezas. Se nota su erudición, su exactitud: no en balde, según reza la solapa del libro, Rubenfeld hizo la tesis doctoral sobre Freud…, además de ser –cito literalmente– “el escritor de temas jurídicos más elegante de su generación”. De entrada, estos datos no auguraban su éxito como narrador: ni el conocimiento del psicoanálisis ni el academicismo son garantías de triunfo, de triunfo como novelista, quiero decir. Felizmente, conforme leemos, confirmamos que lo histórico no asfixia la imaginación: el manejo del elemento ficticio –aquello que el autor añade más allá de lo documentado– es lo que  prueba su pericia: un repertorio de crímenes, de escándalos sexuales, que un psicoanalista imaginario ha de aclarar según los cánones de la novela policial. Conjetura tras conjetura, desechando o corroborando, este detective arroja luz sobre los delitos cometidos hallando cierta clave interpretativa en las relaciones libidinosas. El narrador es él y su pesquisa es un psicoanálisis primitivo y audaz.

En toda esta peripecia, Freud no sólo es comparsa: es el referente y el modelo de dicha búsqueda, un pionero que –por razones que no revelaré, insisto— siente esa ojeriza hacia los Estados Unidos. Jed Rubenfeld entretiene y enseña. Quizá, para mayor deleite narrativo, el académico que es podría haberse ahorrado el capítulo final, una erudita “Nota del autor” que sólo nos produce malestar y tedio: más que a las exigencias de la ficción se debe al prurito del academicismo documental.

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10.13.07

¿Vacaciones en Roma?

Posted in Variedades, Antropología at 15:51 por jserna

1. Gramsci

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He estado unos días en Roma. He estado documentándome más y más sobre Antonio Gramsci, un autor extrañamente actual, interesante, clarividente y discutible.  He visitado la Via delle Botteghe Oscure, allá en donde estuvo la sede del PCI, allá en donde todavía se conserva la librería Rinascita. Regreso de Italia: mi maleta cargada con textos de y sobre Gramsci, documentos utilísimos para completar la edición y traducción del filósofo italiano que Anaclet Pons y yo tenemos prácticamente aviada (Qué es la cultura popular), textos que han de confirmar o corregir lo que ya tenemos escrito en la introducción. Lo interesante de este pensador comunista no es necesariamente lo que nos dice de su partido (que presenta como solución), sino su diagnóstico: el diagnóstico de una gran crisis histórica en la que el comunismo es un acontecimiento relevante, la manifestación clave de una conmoción universal. Estamos a principios del siglo XX, las masas irrumpen, son movilizadas, cobran protagonismo. El mundo cambia y se trastorna: por una parte, la Revolución de Octubre despierta la esperanza y el miedo; por otra, el capitalismo experimenta un avance mecánico y maquínico en un sociedad civil en la que la democracia es aún un anhelo mal definido. La cultura refinada y elitista del Ochocientos decae: el mundo de ayer concluye dejando paso a una sociedad popular y multitudinaria en la que se mezclan la tradición y la cultura de masas. Gramsci observa con gran perspicacia lo que está sucediendo, esa mixtura de lo viejo y de lo nuevo.

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2. Roman Holiday

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Pero también he estado en Roma por razones turísticas, a qué negarlo. No me gusta viajar, ya lo dije. Y como también dije con Claude Lévi-Strauss: “odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis exploraciones”. Eso me pasa, que me dispongo a relatar mis exploraciones, por otra parte previsibles y turísticas. Mi piace fare il turista…? Unos días en  Roma (era la segunda vez) y la verdad es que he disfrutado ‘facendo il turista‘. Buena compañía y arte inevitable. Uno no puede pasear por esa ciudad sin recordar a Audrey Hepburn y a Greogory Peck en Roman Holiday (1953). O, como se tituló en España: Vacaciones en Roma. Estar en esta ciudad-museo es visitar  pinacotecas con obras que nos interpelan desde hace siglos. En la Galleria Doria Pamhilij he estado durante cuarenta minutos observando el famoso retrato velazqueño dedicado a Inocencio X, del que ya hablé aquí. He estado apreciando las esculturas de Bernini en la Galleria Borghese, con esos mármoles traslúcidos que el artista convirtió en cuerpos de movimientos perfectos, con torsiones helicoidales: enroscados propiamente (El rapto de Proserpina).

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3. Calendario romano

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¿Bellos cuerpos? Roma es, a qué negarlo, algo más que un museo: es una ciudad insólita que siempre sorprende. El ruido y lo contradictorio lo invaden todo. Los romanos, elegantes y vulgares a un tiempo, se exhiben… Los dependientes de tiendas refinadísimas tienen fama de ásperos, incluso de desagradables, cosa que con frecuencia puede comprobarse. Las vespas y las restantes motocicletas –que son una sofisticación del ingenio italiano– petardean sin descanso por sus calles abarrotadas, hasta hacer insoportable la vida urbana, la vida civilizada. Los coches oficiales, con cristales tintados y con señales luminosas de color azul, se adueñan de las calzadas: a bordo viajan  grandes y pequeños mandamases, engreídos, ufanos, presurosos. Las masas turísticas ocupan –ocupamos– literalmente el espacio, asfixiándonos unos a otros. Los souvenirs repetitivos se amontonan en quioscos y en expositores: entre ellos, un calendario religioso, exactamente titulado Calendario romano. Cada hoja, cada mes, está precedido por imágenes sensuales: bellos curitas de lasciva o inocente mirada. Observen el cuarto sacerdote que cuya foto reproduzco. ¿Dirían que es un ingenuo clérigo? Nos mira directamente, con un punto de enfado. Tiene los ojos esquinados y la piel satinada (se diría que embreada): con un dirty chic enfático.

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3. Kubrick

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Pero Roma es algo más. Es el lugar en el que he visto una de las exposiciones más importantes de mi vida: la muestra sobre Stanley Kubrick, que he visitado morosamente. Estuve una mañana y una tarde casi enteras. He visto el casco original de Dave Bowman y el ojo de HAL 9000 (”Dave, what are you doing, Dave?“), los diseños futuristas con los que Vogue vistió a las azafatas de 2001;  he visto el hacha y la máquina de escribir de Jack Torrance (Jack Nicholson); he visto… ¿Sigo? No se lo pueden imaginar. Kubrick es para mí algo muy íntimo y personal, infantil y grandilocuente, algo que traté de expresar hace unos años cuando abordaba el análisis de Eyes Wide Shut.

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4. Hemeroteca

-”Memoria desnuda“, Levante-EMV, 15 de octubre de 2007

Artículo de JS sobre la vicisitud de Dionisio Ridruejo…

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10.05.07

Historia y jóvenes

Posted in Juventud, Democracia, Historia at 19:31 por jserna

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1. Desde hace varios días, unos pocos jóvenes catalanes que se declaran independentistas han abrasado fotos de don Juan Carlos. Al parecer, con ese gesto incendiario, quieren hacer explícito, manifiesto, su repudio… Como la Corona nos asfixia –deben de pensar–, es normal que la carbonicemos en efigie. Como llevamos trescientos años de opresión monárquica –dicen algunos–, es natural que incineremos las imágenes borbónicas de hoy. Esta lógica me sugiere dos respuestas: una sobre el acto en sí; y otra sobre el sentido de la historia, sobre el significado del pasado que al parecer tienen esos jóvenes. Salvo imprevistos, el lunes 8 de octubre Levante-EMV me publicará un artículo (”¿Jóvenes airados?”)  en donde trato ambos asuntos. Mientras tanto, adelanto con otras palabras el objeto.   

Para empezar, sobre el acto de carbonizar: no parece que sea un ejercicio con grave riesgo, pues como mucho te quemas las yemas de los dedos. Gracias a cierta prensa, la posible punición penal se compensa con la fama mediática: siempre estará presente el objetivo de un fotógrafo para darte tus quince minutos de gloria. El periódico El Mundo o el diario Abc, por ejemplo, llevan a sus primeras planas las imágenes de un monigote barcelonés que representa al Rey. Lo vemos ahorcado: en su costado derecho, a la altura del corazón, le han descerrajado un balazo de pega, ficticio pero amenazador. Sin duda, es un acto sobre el que la justicia algo tiene que decir. Lo curioso es que dos diarios eleven ese hecho minoritario –por supuesto escaso, delictivo y descerebrado– a portada: si yo fuera un pirómano real desde luego estaría agradecido. Ésta es la lógica de ciertos medios.

Pero no es eso lo que me interesa analizar. Me importa más tratar ese segundo aspecto que adelantaba: el sentido de la historia de que parecen revestirse los incendiarios. Creo que hay que desmontar tal cosa…, si es que tras dicho acto hay algún sentido. Razonemos. El pasado entendido como fuente de identidad colectiva es una guerra ajena: es tedio y es el destino que nos hace epígonos y que fatalmente se nos impone. Cuando estoy con mis estudiantes, jamás trato así los tiempos pretéritos: evito tal manipulación en mis clases. La historia puede ser concebida de otro modo: como un libro en el que adentrarse sin saber lo que sus páginas depararán, como un texto en el que explorarse, buscarse y alejarse de uno mismo, de las evidencias con que uno carga. No se trata de crear buenos patriotas. De lo que se trata  es de quebrar las evidencias: de romper con el pasado evidente, ese que está hecho de memoria, de derrota o de gloria nacional. Con la historia se puede ayudar a los jóvenes a ordenar el caos que llevan dentro, a concebir el pasado como un depósito u observatorio de experiencias. Igual que transitamos y admiramos los parajes que nos contradicen, también la historia tiene que ser el dominio en donde apreciar el contraste: lo que nos extraña y lo que nos trastorna. El saber y la maduración sólo son resultado del fastidio y de la sorpresa que los demás nos provocan. Cuando la realidad que tenemos enfrente únicamente nos corrobora, entonces la percepción de lo extraño es inasimilable y, por eso, tendemos a tomar a ese otro como depravado o raro o anómalo. Hay que oponerse a esto. De ahí que la mejor enseñanza de la historia no sea la mera ratificación del barro original con el que fuimos presuntamente modelados.

Tener conocimiento del pasado me exige asumir mi condición inconsútil y fragmentaria a la vez: la casualidad de mi existencia y mi limitación. Estudiar historia no es encajar cómodamente lo que soy, sino ponerme en duda: examinar mi valor infinitesimal, rebelándome contra la determinación que me niega, contra la fatalidad. Por eso, más que carbonizar  habría que leer: leer las experiencias de otros que me desmienten, hacer acopio de vivencias que no son mías. La incidencia de mi vida es efímera y ese tipo que quiero ser, ese individuo que creen que soy, está condenado a consumirse dentro de lo previsible. Es en los demás y en la lectura que me extraña en donde espero hallar el alivio. Las historias que aprendo y las que me cuentan me amplían el mundo, dilatan los límites.

Hacen falta políticos sensibles que no envenenen con munición ideológica, que no erijan el pasado como el patrimonio al que te debes. Hacen falta padres que eduquen en la exigencia, en la ternura, en la ironía y en la tolerancia. Hacen falta también profesores que no se abandonen al fatalismo. Hacen falta medios que no intoxiquen, que no agiganten la bravuconada de los brutos. Pero sobre todo hacen falta jóvenes dispuestos a tomarse como individuos prometedores: individuos dispuestos a responsabilizarse de sí mismos. Lo pretérito no es destino ni justificación y frente a lo pasado hemos de rebelarnos, hecho que nos obliga a conocerlo: si lo ignoramos estaremos calcando patéticamente conductas que creemos propias y originales. Lo pretérito no tiene simetría alguna con el presente. Como diría José Lezama Lima, no podemos resignarnos a la elemental y grosera ley de simetría: no podemos ser remedo de algo ya dado o ya vivido. Punto final.

2. Hemeroteca

-”¿Jóvenes airados?”, Levante-EMV, 8 de octubre de 2007

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10.01.07

La Monarquía…

Posted in Democracia, Historia at 14:22 por jserna

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1. La Monarquía. Leo en Levante-EMV un despacho de Efe. Son palabras del Jefe del Estado. El Rey ha destacado en Oviedo, durante el acto de apertura del curso universitario, que “la monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución” ha determinado “el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España“. En su intervención, don Juan Carlos ha pedido que se forme a los jóvenes en “convivencia democrática, entendimiento y respeto mutuos, tolerancia y libertad” porque son ésos los valores que han hecho posible este período de estabilidad democrática“.

Son dos ideas interesantes, sí: la función de la Monarquía y el papel de la educación cívica. Las instituciones son creaciones humanas, un entramado de redes o de relaciones urdidas a partir de centros que reúnen poder o influencia: centros que también encarnan simbolismo o representación. Ninguna de esas posibilidades son excluyentes. Fíjense que en su alocución universitaria don Juan Carlos hablaba de la Monarquía parlamentaria. Hablaba de una institución política que adjetiva: hablaba, en fin, de un sistema representativo (el parlamentario) que en origen –en el siglo XIX– fue liberal pero no democrático. Por supuesto estas precisiones no son irrelevantes, dado que los régimenes liberales de la Monarquía española del Ochocientos fueron cualquier cosa menos democráticos: en 1845, por ejemplo, los derechos políticos estaban sería, muy seriamente, restringidos y, por tanto, el sufragio sólo podían ejercerlos… cuatro y el de la guitarra (si ustedes me permiten emplear la expresión castiza).

¿Que estas limitaciones no se debían a la exclusiva responsabilidad de la Corona? Por supuesto, una p