09.27.07
Posted in Comunicación at 8:30 por jserna

¿Hay espacio para un periódico nuevo? Siempre que está por aparecer un diario nos hacemos la misma pregunta. Así sucedió con La Razón, que fundara Luis María Anson para cubrir (al parecer) el espacio que quedaba para un rotativo conservador. Irrumpió en el mercado con contundencia, con sostén empresarial suficiente y con decisiones de impacto (bajo precio del ejemplar). Según la OJD, La Razón registra hoy un total de 142.837 ejemplares de difusión, el cuarto lugar del ránking, tras El País, El Mundo y Abc. ¿Son datos esperanzadores? Teniendo en cuenta la rivalidad entre los dos últimos diarios (circunstancia gracias a la cual podría encontrar hueco) y teniendo en cuenta el ataque continuo de que es objeto el periódico monárquico por parte de la Cope, La Razón no ofrece resultados espectaculares.
Formulemos la misma pregunta del principio, en este caso planteándola para un diario de signo progresista. ¿Hay espacio para un periódico nuevo? Público es nuevo y se proclama progresista: viene envuelto con dicha vitola. En efecto, aparece con reclamos y con señales suficientes como para que los lectores de esa obediencia lo tengan por su periódico. Qué curioso. La campaña publicitaria del rotativo expresa esa idea simple del individuo que se reconoce como tal y a quien se dirige el nuevo medio: “No es un diario más. Es el tuyo“, un lema que sirve para tutear e interpelar directamente al destinatario y para hacerle copartícipe de un producto que otros también verían como suyo. El periódico busca una audiencia de perfil expresamente progresista pero, como suponemos, no muy dada a la lectura.
Para empezar, su cabecera está impresa en tinta roja: que quede claro, pues. Estamos entre rojos. Dicho rótulo está, además, acompañado de una acuarela negra de Miquel Barceló que representa a ese público diverso aún sin identificar.

En el cuadernillo central de autopromoción, los responsables hablan del dibujo de Barceló como su sello identificador: una acuarela, dicen, “viva, rápida, sencilla y suspendida en el vacío”. Sería fácil tomar esa descripción como una metáfora: como una metáfora.., ¿de qué? La edición electrónica del periódico no reproduce el mismo grafismo. ¿Por qué razón? No lo sé.
Desde el principio, Público pregona enfáticamente un radicalismo interclasista, dejando para ello numerosas pistas, valiéndose, en fin, de numerosos guiños: desde el precio (50 céntimos) hasta el regalo con que obsequia a sus lectores (una copia en DVD de Los lunes al sol, el primer día, o de Fahrenheit 9/11, el segundo día). De lo que se trata es de establecer una fuerte complicidad con los lectores de ese sesgo. Para ello presenta un elenco reconocidamente progresista de columnistas y articulistas (Javier Ortiz, Enrique Meneses, Juan Martín Seco, Javier Sádaba, Esther Jaén, José Antonio Labordeta, etcétera). Y presenta también a los responsables del periódico. En efecto, en el cuadernillo de autopromoción podemos ver, por ejemplo, que salvo un periodista encorbatado todos los profesionales de la casa visten un aire casual wear.

Ese tipismo urbano podemos descubrirlo también entre los lectores o, mejor, entre los modelos de lectores a los que se dirigen. Son destinatarios fotografiados en Barcelona, Sevilla, Bilbao y Madrid: gentes de distintas edades sorprendidas en lugares típicos de sus diferentes ciudadades, reconocidas con sus nombres de pila y declarando qué esperan del nuevo periódico. Los de la capital, por ejemplo, tienen al fondo la Puerta de Alcalá (miralá, miralá): Gorka, de 37 años, desea que el diario cumpla un buen servicio público; Ramona, de 18, quiere aprender cada día con su información; e Inés, de 60, espera que el nuevo periódico sea atrevido, vivo y moderno.
Pero no acaba aquí ese radicalismo expresivo o iconográfico, esa campechanía de los lectores. Por eso, también en el cuadernillo podemos identificar sus banderas (que así llaman en Público a sus principios): el progreso, la igualdad, la integración, etcétera. Son banderas que, cómo no, también se ilustran con imágenes de ciudadanos que parecen manifestar naturalidad. La igualdad, por ejemplo, está acompañada de una fotografía firmada por Marta Soul/Nophoto cuyo pie reza: ”Alicia, javier y su hijo Mateo viven en Legazpi (Madrid), en un piso con plaza de garaje. Los dos son ingenieros de telecomunicaciones y llevan al niño a la guardería”.

El autobombo de todos los periódicos siempre peca de excesivo, de enfático, pero hace tiempo que no veía una campaña más evidente, con el acento más obvio, con fotografías más impostadas, con subrayados más explícitos. Público tiene 64 páginas (más ese cuadernillo) editadas en color y con unas imágenes e infografía que dominan la letra imponiéndose sobre el texto…, supongo que dirigidas a lectores urgentes que se cansan inmediatamente, al modo del internauta compulsivo. El periódico prima, en efecto, la imagen ya característica de la prensa gratuita: repleta de ilustraciones que alivien o que aceleren la lectura. Con ello parece destinarse, claramente, a unos individuos para quienes los diarios de referencia cansan por su densidad verbal o su pesadez textual.
Con ese precio y con ese grafismo, como decía uno de sus rivales, el diario se sitúa “a medio camino entre los periódicos gratuitos y los de pago”. ¿Entre los periodicos de gratuitos y los de pago? A mí me recuerda a El País de las Tentaciones… Que un diario y un DVD (que día a día voy a ir añadiendo hasta formar algo así como la videoteca del perfecto progresista), que un diario y un DVD –digo– te los entreguen a 50 céntimos es algo raro: sin duda, una estrategia comercial destinada a crear hábito. ¿Pero cuánto tiempo se puede mantener ese dispendio con reclamo? Sale con un tirada de 250 mil ejemplares, que se vendieron íntegramente el primer día. Público no tiene editoriales (para qué, si ya no hace falta el anonimato que protege la opinión), pero sí un artículo breve (como todos los que allí se publican) que abordará el tema dominante de la cubierta: una cubierta y una opinión firmada por el director, Ignacio Escolar. El primer día estaba dedicada a Eta: es éste un tema que siempre vende, aunque apeste a nevera (como precisa Miguel Veyrat en uno de sus comentarios). Pero no es eso lo que me sorprende (la importancia del titular principal es la lección básica que aprende el periodista inocente): lo que me choca es el contraste de las primeras planas de ese mismo día. Mientras Público destinaba su cubierta al principal dirigente de Eta –cosa que no era noticia–, El País y Abc dedicaban las suyas a los dos últimos presidentes del Gobierno español… justo en el momento de sus respectivos encuentros con George W. Bush. El primer periódico sacaba de la nevera el acta de las reuniones de José María Aznar con el mandatario estadounidense; el segundo diario publicaba con un cierto retraso –y buscando agrandar su efecto– la noticia ya fría de los cuatro segundos de Rodríguez Zapatero con el dirigente norteamericano.
¿El País de las Tentaciones o el formato de El Caso, como me apunta Pavlova en un aparte? Creo que Público no mejora ni erradica lo que existe (el uso de los diarios para fines estrictamente mercantiles y políticos). Antes al contrario, repite con nuevas artes infográficas lo que ya estaba inventado. Por eso, quizá agrava el estilo amarillo y gritón que estaba extendiéndose entre los periódicos de referencia y que ahora procedía de la televisión. La sección de “Actualidad” (cuya incogruencia señalaba muy atinadamente M. Veyrat en un comentario) es el depósito del fait divers. En efecto, esas páginas son como El Caso en chititito, con el vértigo del horror que lo real puede producir. O son como esa sección del telediario en la que nos presentan monstruos y espantos. Según podemos leer en la Encylopédie Universalis: el fait divers es un “récit d’événements variés considérés comme peu importants, le fait divers n’appartient à aucune actualité: il n’est ni politique, ni social, ni économique, ni culturel et pourtant il occupe une surface importante des journaux et hebdomadaires. Alimenté par les accidents, les catastrophes naturelles, les curiosités de la nature, les actes héroïques, les crimes ou les suicides, il décrit ce qui semble hors du commun quotidien, que ce soit par l’action elle-même ou par la spécificité des personnes impliquées“.
En efecto, el segundo día de Público, la sección empezaba con los violadores (con el tratamiento que se quiere dar a los violadores por parte del Ministerio de Justicia) y acababa con los fetos (con el descubrimiento de un feto enterrado envuelto con una señera catalana). Si la sección de sucesos reúne lo indeterminado y horroroso, si cobra la centralidad noticiera que Público le da, entonces toda la información próxima se impregna de ese sentido espantoso, chocante.
Volveremos a hablar de Público en otra ocasión…
Esta tarde de lunes, nuevo post
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09.24.07
Posted in Historia at 7:25 por jserna

1. ¿Historia?
El miércoles 19 de septiembre se inauguró en el Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat (MUVIM) una muestra histórica titulada Dos siglos de industrialización en la Comunidad Valenciana. Está comisariada por Juan Lagardera con el apoyo, entre otras instituciones, del Colegio de Ingenieros Industriales de Valencia y la Diputación de Valencia.
Anaclet Pons y yo hemos contribuido con un capítulo del catálogo y con las pesquisas sobre ciertos fondos que debían exponerse. Mi sensación ante los resultados es ambivalente: me reconozco y no me reconozco en una exposición de la que mi compañero y yo no hemos sido los comisarios. Esos sentimientos particulares son, sin embargo, irrelevantes para el gran público o para los espectadores que acudan a ver dicha muestra. Está concebida para ilustrar, precisamente: no para contentar a los estudiosos o a los académicos o a los eruditos o a los historiadores. Admitamos eso de entrada.
Será bueno el resultado si el gran público obtiene una imagen de conjunto, si los espectadores aprenden algo que ignoraban. Sorprende la ignorancia que del pasado puede llegar a tenerse: muchas personas viven en un presente eterno que no se consume y de cuyo origen nada saben. ¿Puede vivirse así? Puede vivirse felizmente, desde luego, sin interrogarse sobre lo que nos precede y condiciona. Pero el presente dura, sucede y, a la postre, debemos acarrear con las consecuencias de nuestros actos, como cargamos con los efectos de lo que nuestros mayores hicieron.
Como dice el narrador-psicoanalista de La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld, “el hombre feliz no mira hacia atrás. Vive en el presente. Y ahí está el problema. El presente nunca puede darnos una cosa: sentido. Los caminos de la felicidad y del sentido no son los mismos. Para encontrar la felicidad, un hombre sólo necesita vivir en el instante; sólo necesita vivir para el instante. Pero si quiere sentido”, añade el narrador, “deberá rehabitar el pasado, por oscuro que fuere, y vivir para el futuro, por incierto que sea”.
Los resultados de dicha Exposición serán igualmente interesantes si los responsables de las empresas actuales se hacen cargo de su pasado, de sus restos, de sus vestigios materiales. En distintos puntos del País Valenciano hay depósitos de piezas industriales que están esperando su adecuada conservación, su restauración, su catalogación… El abandono o la incuria no pueden durar: tienen responsabilidad las firmas y las instituciones, los mecenas y los cargos públicos.
Insisto: el gran público, los dirigentes políticos y los industriales han de rehabilitar y rehabitar ese pasado. Como dice Jed Rubenfeld en La interpretación del asesinato, la vida ha puesto delante “de nuestros ojos la felicidad y el sentido, y se limita a urgirnos a que elijamos una de las dos cosas. En cuanto a mí, siempre he elegido el sentido”, apostilla con grandilocuencia. Sin duda se refiere a la pesquisa sobre el pasado: al significado que vincula los tiempos pretéritos con nuestro presente. Si invocamos la felicidad (en su acepción más banal), si creemos vivir en un presente que no dura, entonces el resultado será previsible: el pasado nos limitará sin saber por qué ni cómo. Al igual que un psicoanalista ayuda a exhumar lo reprimido o lo olvidado, el historiador incomoda y desentierra lo que estaba censurado u oculto de un proceso colectivo. Al igual que el narrador freudiano de La interpretación del asesinato opta por averiguar el significado, también el historiador se inclina por trazar un sentido al pasado que nos llega.
Quizá sea una dejación abandonarse a la felicidad entendida como el simple discurrir de las cosas. Pero no pensemos que, habiendo optado por el sentido, el problema del pasado y de su conocimiento ya está resuelto. Los psicoanalistas disputan por la interpretación, como también los historiadores. Un sentido anacrónico del pasado puede alterarlo, condicionarlo, mixtificarlo. Una reducción de lo pretérito a las necesidades del presente, también; sobre todo si tomamos el hoy como la justificación del camino: si las cosas han acabado bien, por qué no vamos a reconstruir alegremente ese proceso que se consuma en nuestros días. Desde luego soy contrario a esta concepción de la historia que tanto se extiende en exposiciones, en conmemoraciones y en otros regocijos públicos.
Quisiera reproducir los primeros párrafos del capítulo que Anaclet Pons y yo hemos escrito para el catálogo de esta exposición industrial. Es, creo, un aviso para navegantes… de la historia. O un preservativo contra la felicidad.
“La historia no es un proceso que se desarrolle consumando finalmente lo que ya estaba en origen. Tampoco es una narración coherente en la que todo encaje para conformidad común o alivio general: ni siquiera es recorrido continuo que nos transporte desde un momento original a otro superior que lo justificaría. Si así fuera, los historiadores no seríamos más que cronistas, como dijera Walter Benjamin: enumeradores de acontecimientos pasados, de glorias menudas o gigantescas en confusa mezcla. Si así obráramos, reuniríamos bajo una cronología lineal un cúmulo de acontecimientos y sucesos o una retahíla de fechas y personajes. Si así empleáramos los documentos, en fin, cultivaríamos una historia monumental. La historia monumental, al decir de Friedrich Nietzsche, es aquella en la que el cronista da un sentido memorable a lo pretérito, a la sucesión de lo ocurrido: el relato de una gesta unívoca que, llegando al presente, racionaliza retrospectivamente y nos conforta.
Las cosas no han ido necesariamente así ni tampoco hay una única forma de examinar, de explicar y de comprender el pasado. El mismo Walter Benjamin postulaba una recuperación selectiva y fragmentaria de lo inerte histórico: proponía detenerse en ciertos instantes del pasado, instantes que nos iluminan, que nos interpelan y, por eso, nos fuerzan a darles sentido. De este modo, evitaríamos aquel procedimiento basado en la simple adición, que solamente nos proporciona una masa de hechos para llenar un tiempo supuestamente homogéneo y vacío. Cambiando la perspectiva no veríamos trayectorias ascendentes, victorias señaladas, consumaciones, sino sobre todo múltiples líneas contradictorias, proyectos alternativos, cosas que fueron y desaparecieron o futuros posibles que no cuajaron. Si la historia la vemos así, quizá nos sea más sencillo evitar la simple sucesión lineal: ya no podremos ofrecer al espectador una perspectiva coherente, mansa, complaciente, de una realidad que es compleja y dispersa.
Si hablamos de empresarios y de empresas, de fábricas y de fundiciones, podemos decir que por cada éxito, por cada compañía que logra triunfar, hay un sinfín de fracasos, de ilusiones truncadas, de proyectos frustrados, de quiebras. Mirémoslo de este modo, entendamos que las imágenes del éxito sólo son una posibilidad, que las cosas no estaban destinadas necesariamente a tener fortuna, que esas fotografías que ahora vemos, que ahora se exponen, son semejantes a las instantáneas que hubieran podido encargar aquellos que se quedaron en el camino. Por supuesto, habitualmente sólo tenemos la huella del esfuerzo victorioso, sólo nos quedan los catálogos de las empresas que vendieron sus productos, los retratos de quienes las capitanearon. Podemos observar sus membretes, sus máquinas, las fotografías de la fabricación. Y las poseemos porque ellos, los que tuvieron éxito, sí que las guardaron: con esa conservación quisieron inmortalizar su fortuna y quisieron dar orden y sentido a su gesta, esa que otros no pudieron completar y que ahora sólo queda entrevista…”
2. Hemeroteca
-”La historia recreativa“
Artículo de JS (Crítica de una Exposición histórica, mayo de 2001)
————–
-”Credo y Ciudadanía“, Levante-EMV, 24 de septiembre de 2007
Artículo de JS sobre Educación para la Ciudadanía
————–
-”El pasado industrial valenciano mira al futuro“, Levante-EMV, 26 de septiembre de 2007
Artículo de Manuel García Ferrando sobre la Exposición Industrial del Muvim.
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09.21.07
Posted in General at 16:15 por jserna

Tenía previsto escribir esta misma tarde del viernes la nueva entrada del blog. Escribir largamente, digo. Pero no, no lo haré: una pereza irrefrenable y una leve indisposición –ese catarro de fin de verano que no me quito– me lo impiden. Creo que es la primera vez que, habiendo prometido escribir y publicar, incumplo mi palabra en esta bitácora. No hay nada de lo que preocuparse: es humana holganza. Regresaré en un día o dos: cuando mi cuerpo me lo pida. Perdonen las molestias.
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09.18.07
Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación at 7:59 por jserna

El lunes 17 de septiembre publiqué en Levante-EMV un artículo titulado “Retrato del villano“, sobre Jaime Giménez Arbe, alias El Solitario: sobre su imagen, sobre el aura mediática que le rodea… Al escribirlo me valía de ese libro titulado Fichados que aquí empleé meses atrás. Hoy leo en la prensa nuevas revelaciones sobre las actividades del presunto atracador. Creo que vale la pena releer lo que el lunes publiqué y lo que El País (José A. Hernández) o Abc (Ep) abordan otra vez y con nuevos datos. En uno u otro caso, el asunto es la imagen del ladron, el prestigio del ingenio criminal, la intuición del delincuente. Llevamos siglos con historias de atracadores que burlan el acoso de la policía, con cuentos en los que el las fechorías las comete un villano amigo del pueblo, con relatos en los que el olfato le salva de su captura. Pero llevamos años y años también con la moraleja finalmente establecida: el delincuente nunca triunfa. Creo que el caso de El Solitario se presta a numerosas interpretaciones: tiene algo de literaria, algo de estrella mediática: una figura que dice emplear todo su ingenio para cometer trapacerías que ponen en jaque a la sociedad. Pero el presunto delincuente es también un supuesto homicida al que se le atribuyen crímenes execrables, algo que rebaja sin duda su prestigio criminal.
Pensaba en todo esto y, por asociación, pensaba igualmente en la literatura policial del siglo XIX. La ciudad, esa ciudad industrial y multitudinaria a la que acuden tantos y tantos rústicos del Ochocientos. Es el ámbito del anonimato, el lugar en el que es más fácil parapetarse tras la semejante apariencia de las cosas y de las personas: los potentados parecen potentados y los obreros se asemejan a los obreros. Adoptar una indumentaria genérica sirve para pasar inadvertido… Por eso, la policía ha de mejorar sus métodos de pesquisa y, por ello, la figura egregia de Sherlock Holmes se alza como héroe tutelar en un medio urbano que es, literalmente, un bosque, con numerosos árboles, con abundante vegetación y con tumultuosa fauna que a todos confunden.
“–Considerándolo todo –dijo Holmes–, creo que su decisión es acertada. Tengo suficientes pruebas de que le están siguiendo en Londres, y entre los millones de habitantes de esta gran ciudad es difícil descubrir quiénes son esas personas o qué es lo que se proponen”. Eso lo leemos en El sabueso de los Baskerville, al que he regresado en la edición reciente de Valdemar (2006).
O como, en otra página, le dice nuestro detective a Watson cuando éste muestra indecisión a propósito de las lecciones o consecuencias a extraer:
“–¿No se le ocurre ninguna? Ya conoce mis métodos. Aplíquelos”.
Ya conoce usted mi método: se basa en la observación de los detalles, de aquello aparentemente irrelevante que acaba siendo significativo. Es un método semiótico, basado en los síntomas o en las huellas, en los restos o en los atisbos. Así nos lo explicaron Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok en uno de los capítulos de El signo de los tres, un libro-homenaje a Arthur Conan Doyle y a Charles Sanders Pierce que organizaron Umberto Eco y Thomas A. Sebeok.
El delincuente, leemos en los relatos del siglo XIX, no pregona su imagen delictiva. Se vale de su aspecto anodino para emboscarse, efectivamente, tras su indumentaria repetida, su índole previsible. En principio no hay nada en él que delate su condición, pero el detective es como un médico que distingue los síntomas gracias a su experiencia clínica. O es como un microhistoriador que sabe rastrear entre documentos inertes que no parecen tener sentido ni conexión (así lo dijo Carlo Ginzburg). El observador ve algo que desentona, algo que sobresale: un punctum que rasca, que hiere la vista, que atrae la atención de quien está entrenado para ver y discernir. Pero ese rasgo aparentemente extraño o incoherente ha de ser objeto de hipótesis. Conan Doyle lo dejó dicho: primero, las hipótesis lógicas; sólo al cierre, cuando no hay interpretación convincente, lo sobrenatural. Sorprendentemente, el autor de Sherlock Holmes se dejó atrapar por el espiritismo. Así lo revela en sus memorias. El gran detective jamás lo hubiera hecho. Holmes no se resignaba a las conjeturas infundadas o a la influencia de los fantasmas (a pesar de la gran tradición británica de ghost romance): como uno de sus personajes, tampoco el investigador quería caer de lleno en plena novela barata. En efecto, “Holmes no prestaría atención a tales fantasías, y yo soy su ayudante”, dice Watson en otra página de El sabueso de los Baskerville. De lo que se trata, en todo caso, es de dar con el criminal, insertando su acción en un relato coherente en el que cada uno tenga su papel…
Releo esta novela de Conand Doyle (que leí por vez primera en la menesterosa colección de RTV a comienzos de los 70) y confirmo las virtudes del relato clásico. La Inglaterra victoriana es el escenario de una lucha por la propiedad, por una herencia de siglos. La continuidad histórica no ha alterado el poder terrateniente, que subsiste en plena sociedad capitalista, como también sobreviven sus tradiciones y leyendas. De una de ellas espera servirse un segundón dinástico para quedarse con la fortuna que viene del siglo XVII. En esta novela, Conan Doyle narra los delitos en el Ochocientos valiéndose del folclore tradicional. Es un cuento de crimen y castigo, de reparación, un cuento de presuntos fantasmas.
Regreso a El solitario, a su tratamiento mediático. ¿Y qué encuentro? Una novela barata, diría el personaje de Conan Doyle. ¿De fantasmas o de fantasmones? Relean, conmigo, cómo acaba José A. Hernández su crónica para El País: “Utilizaba crema Nivea tras los atracos para suavizar sus grandes manos, que se tapaba con esparadrapo para no dejar huellas dactilares allí donde pudiese tocar. A su novia de Brasil le preguntó, ante de viajar a Figueira, como se decía en portugués ‘esto es un atraco’. Lo quería saber para que le entendiesen adecuadamente. Jiménez Arbe lo tenía todo planificado. Sólo se le escapó pensar que ya podía estar bajo la lupa de la policía. Una vez detenido, tardó en comprender que aquel había sido su último atraco“. ¿Quién es el autor de esa frase…, José A. Hernández? No me digan que no es el final de un folletín del Ochocientos. Sólo un reparo: si los dedos están forrados con esparadrapo, entonces no hay huellas; y si no hay huellas, la lupa de la policía no puede distinguir atisbo alguno. Entonces, ¿para qué y por qué El Solitario nos muestra su dedo (o su huella) en la foto superior? No sé: parece estar en una novela del siglo XIX. En cambio, en el siglo XXI nos las vemos con el CSI…
Ahora bien, dicho esto, me doy cuenta de que regresamos a la ficción.
Uf.
Fin.
————-
Atención: Nuevo post el viernes 21 de septiembre, a poqueta nit…
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09.16.07
Posted in Variedades, General at 8:19 por jserna

Ya lo sabemos: el esfuerzo a que estamos obligados es un doble castigo: por un lado, es una condena bíblica, metafórica y mítica; por otro, es un hecho cierto y nada simbólico, el deber de trabajar. Hubo un tiempo en que Adán y Eva paseaban por el Edén oreado. Edén: tiene nombre de bar de carretera. Digo… que, cuando Adán y Eva se abandonaban al deleite y a la holganza, carecían de atropellada inquietud y de premura: caminaban fresquitos, mirando la minucia de aquel vergel, tan reciente y espeso. No sentían la amenaza de la naturaleza tupida, el abrazo de su flora o el acoso de su fauna. Los nombres y las cosas coincidían, la timidez y el esfuerzo no existían, y el Dios tutelar observaba su creación con benevolencia, orgullo y algo de guasa. Se sentía satisfecho, sí, y la verdad es que, aunque mejorable, el Paraíso parecía un auténtico jardín. Todo acabó, sin embargo. ¿Fue la salida de Adán y Eva un retorno? No, por supuesto. ¿No hay regreso en la eternidad de una vida por vivir. Fue un ingreso en el tiempo y en el pavor, en el laboreo y en la repetición. En ello estamos aún, cuando cada otoño se avecina, cuando concluye el ciclo: avergonzándonos de la molicie a que nos hemos entregado, y repudiando el porvenir y las tareas sucesivas. Veo distanciarse el verano, aquel edén. Mañana empieza mi auténtica temporada laboral…
Me pregunto a qué demonio debo esta expulsión.
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09.14.07
Posted in Guerra, Fotografía, Democracia, Historia at 16:08 por jserna
Leo en Abc que, coincidiendo con una visita del Rey a Gerona el día 13 de septiembre, un grupo de cuatrocientos exaltados que se oponían a dicha presencia se manifestaron con contundencia, llegando a quemar fotos de los monarcas españoles. Tenían una particularidad las fotos incineradas: estaban puestas del revés. Por lo visto en televisión, por las banderas de que eran portadores y por los símbolos de que se rodeaban, se infiere que esos manifestantes eran maulets, se autodenominan maulets, y al invertir el retrato de los reyes repetían lo que la tradición atribuye a los naturales de Xàtiva: los nacidos en esta localidad valenciana tuvieron que padecer el incendio de su población, ordenado por el primer Borbón que se instaló en España (de ahí el sobrenombre con que se les conoce: socarrats). La ciudad de Xàtiva fue quemada como castigo a la resistencia que opuso al linaje Borbón. ¿A qué época nos referimos? Estamos hablando del siglo XVIII, de la guerra de Sucesión que se libró entre las tropas que postulaban al Archiduque Carlos y las que seguían al futuro Felipe V. Las venganzas fueron amplias y reconocidas por la historiografía, características por otra parte de tantos enfrentamientos bélicos. Cuando la guerra es verdaderamente un conflicto entre caballeros, entonces los lances tienen por propósito desarmar al enemigo evitando que sus tropas nos dañen o malogren. La legitimidad asiste a las partes y, por tanto, el adversario es visto como un oponente caballeroso y temible que merece ser tratado dignamente. En cambio, cuando el conflicto cobra perfiles de guerra civil, entonces al enemigo se le quita toda legitimidad: más aún, se le concibe como un verdadero enemigo interior, rebajándosele incluso su condición humana.
La guerra, esa guerra así concebida, “procede de la enemistad, ya que ésta es una negación óptica de un ser distinto”. Esta aseveración la dejó escrita Carl Schmitt en su obra El concepto de lo político (1932). Por eso, las guerras civiles suelen ser tan crueles: a quien se tiene enfrente no es al inimicus sino al hostes: es decir, se tiene a algo más que un adversario: es nuestra negación o contraparte, aquel con quien no puede negociarse, aquel que nos refuta por el simple hecho de existir. Es posible que nos haya infligido daños reales, objetivos, pero, sobre todo, lo más importante es que los menoscabos materiales o fantaseados los vivieron nuestros antepasados y ahora los seguimos viviendo como insoportables. No se pueden olvidar y el trato que podemos dispensar sólo es el de la venganza. Así lo vive determinada gente.
La guerra de Sucesión tuvo mucho de estas características, pero no porque fuera la imposición de una nación extranjera sobre otra, no porque se implantara una institución extranjera sobre la propia, sino porque las instituciones en conflicto las defendieron unos naturales contra otros y, por tanto, la legitimidad de una sólo podía ser la ilegitimidad de la otra. Pero del resultado de aquella guerra se beneficiaron no sólo las tropas foráneas defensoras de un nuevo orden, sino también tantos y tantos catalanes y valencianos (¿botiflers?) que se valieron de la nueva Monarquía para sus intereses particulares. Los historiadores que han estudiado el Setecientos así lo han mostrado fehacientemente. Un juego de suma cero se libraba, como también se libraban el cese de privilegios y la concesión de nuevas ventajas para los nativos. Al parecer, muchos naturales de Xàtiva manifestaron una firme oposición a Felipe V y de ahí vino el incendio de la ciudad, su cambio de nombre (San Phelipe) y otras sevicias menores que los ganadores impusieron. Como contrapartida, como acto de venganza simbólico, aunque tiempo después, el retrato del Rey sería vuelto del revés para su escarnio y oposición.
Ahora, varias centurias después, unos autodenominados maulets han invertido la fotografía de Juan Carlos y Sofía y, con un retraso de siglos, les han hecho pagar a los Borbones la crueldad de aquel incendio principal ocurrido en Xàtiva: les han hecho pagar por ello pegándoles fuego mientras con fervor viril coreaban “los catalanes no tienen Rey”. De dicho acto podemos efectuar varias lecturas: desde la obvia, el infantilismo violento (son adolescentes enrabietados), hasta la refinada y melancólica, el historicismo (las llagas y las fantasías no se curan); desde la impotencia ideológica (sólo cuatrocientos maulets), hasta la exhibición mediática. La violencia resulta muy atractiva en televisión cuando del acto cometido no se sigue sangre o descuartizamiento. Que un emigrante se queme a lo bonzo resulta insoportable para nuestras tiernas retinas, claro. Que a una persona que simboliza algo se la carbonice en efigie para algunos puede resultar hasta entretenido. Ésa es la lógica de los medios… Pero la historia nos muestra que la quema en efigie es muchas veces cobardía achispada. Esos individuos que incineraron las fotografías para que las televisiones las registraran no se creerán cobardicas ni gallinas: se juzgarán machotes y cojonudos, incluso alegres y combativos. Pero su acto no es más que un gesto impotente, el primer paso del progrom, del linchamiento que una colectividad embriagada comete.

Hace mucho tiempo, en los años sesenta, a Joan Fuster lo quemaron en efigie unos bárbaros que lo repudiaban y, por ello, montaron la ceremonia de un auto de fe. La combustión sucedía el 9 de marzo de 1963 y, como el propio Fuster dijo en Combustible per a Falles, “estas circunstancias solían darse de una manera regular en las antiguas combustiones de heresiarcas, cuando el reo era condenado en rebeldía o a título póstumo”.

Patética venganza…
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09.11.07
Posted in Comunicación, Democracia at 12:51 por jserna

¿Qué pasaría si Mariano Rajoy ganara ampliamente las próximas elecciones? El lunes 10 de septiembre fue proclamado candidato oficial por su partido . Escuché sus palabras, dichas ante un auditorio que imagino entregado y ante periodistas cuya única función fue la de recoger esas declaraciones. Hablemos de los periodistas. O, mejor, de algunos periódicos de Madrid, del tratamiento que le dan a la noticia, de la presentación del acontecimiento (creado para ellos y para consumo interno). Si se fijan, lo más frecuente es que un acontecimiento se cree de antemano, se establezca para ser registrado. No siempre fue así, desde luego. Indicaba Abraham Moles que un acontecimiento es una variación producida en un entorno o contexto, una variación que es percibida como tal; es decir, como variación que no se hallaba prevista en el conjunto de expectativas que aguardaban los ocupantes de aquel entorno. No es el caso de la presentación de Rajoy. Cada vez más, los acontecimiento se organizan y la periodistas aceptan registrar el hecho. O, como dice Miguel Ángel Aguilar: “Ayer, en la sede del Partido Popular de la calle Génova, los periodistas acreditaron plena docilidad para formar parte del decorado de la sala sin opción alguna de plantear preguntas a Mariano Rajoy. Momentos antes acababa de ser proclamado por la junta directiva nacional candidato para encabezar las listas a las elecciones generales de marzo próximo. Los colegas aceptaron ser relegados a una mera función auditiva y en atento silencio siguieron el discurso del aspirante a la Presidencia del Gobierno“. ¿Sorprendente? En realidad, un acto de propaganda electoral se convierte en acontecimiento periodístico o en noticia. Veamos de qué modo han tratado algunos de esos medios el hecho.
1. El País no editorializa sobre esa proclamación. Le resta, pues, relevancia o urgencia a la noticia. La remite a páginas interiores, a la sección de España, acompañando la información con una fotografía de Claudio Álvarez. En la imagen de la edición en papel se distingue a Ángel Acebes, de perfil; en la edición digital de esa misma foto, el secretario general del PP ha desaparecido del encuadre. Que en papel se recorte una imagen por razones de espacio, puedes entenderlo. Que se haga en la edición digital, sorprende. ¿Por qué quitar a Acebes, el secretario general del partido? 
Pero volvamos al tratamiento y a la ubicación de la noticia. ¿Le resta importancia al hecho su inserción sólo bajo la rúbrica de España. El País lleva también a la primera plana de su edición en papel una fotonoticia del acontecimiento. Se trata de una fotografía del candidato popular cuyo autor es, nuevamente, Claudio Álvarez, una imagen que sólo es posible encontrar en el soporte digital del periódico en su versión pdf. En principio, no pude reproducirla. Ahora sí:
Vemos a Mariano Rajoy en primer plano, con sus compañeros difuminados tras el ajuste del objetivo. El rostro del candidato está serio, severo y con un rictus de desconfianza: no expresa relajación alguna y, sin duda, es el peor retrato que podría escogerse para anunciar el hecho de la mayoría, de la unanimidad partidaria.
2. La fotografía Ignacio Gil que Abc incluye en su cubierta es prácticamente idéntica a la de la portada de El País: también es lateral y, como la otra, también está acompañado de sus correligionarios. En este caso, vemos a Rajoy entre Ana Pastor y Manuel Fraga. En dicha imagen, sí que distinguimos a sus acompañantes, que –salvo Acebes– no aparecen difuminados, sino de perfil. Pero, sobre todo, lo más importante, lo más relevante es el rostro que ofrece el candidato: se le ve sonriente, relajado, incluso satisfecho, con ese punto de serenidad que expresa la confianza.

3. Por su parte, el diario El Mundo también lleva a portada la imagen de Mariano Rajoy. En este caso, su autor es Philippe Desmazes (AFP). Contrariamente a las imágenes elegidas por sus periódicos rivales, la de El Mundo es frontal, un retrato frontal: a nadie de quienes le acompañan se le distingue con claridad, sólo adivinamos detrás, exactamente detrás, a un Javier Arenas, siempre con ese bronceado que tanto destaca sobre su pelo cano. A Rajoy se le ve serio pero no tenso, con un punto quizá de malestar recóndito o con lo que parece un esbozo sonriente, no se sabe muy bien: en esa situación intermedia o incipiente que el objetivo ha captado y que aún no revela el estado de ánimo.

4. Pero más allá de las imágenes, Abc y El Mundo editorializan sobre el candidato. ¿Qué dicen? Por supuesto, los editoriales de ambos periódicos –y los artículos que les son vecinos– apoyan sin duda a Mariano Rajoy, lo ensalzan y, como mucho, censuran algún aspecto menor de su estilo personal o político: o critican a ciertos asesores de que se ha rodeado, o lamentan los apoyos radicales de que se ha servido, o deploran las luchas intestinas de su partido, que lo han debilitado. Proclamado como candidato, ya no queda espacio para alternativas. “Errores al margen, el PP es en este momento la única alternatica seria y coherente al PSOE para todos aquellos que creen en la España constitucional, al margen de cual sera su adscripción ideológica“, concluye el editorialista de El Mundo. “Esta vez“, añade, ”ni siquiera existe una opción de izquierda nacional como era IU en los años 90. Es dudoso que plataformas como las de Ciutadans y el partido Rosa Díez vayan a lograr resultados significativos. Salvo sorpresas, el PP será, pues, el único instrumento eficaz de quienes anhelan el cambio“. La posición de El Mundo queda manifiesta y clara. Los experimentos políticos y electorales han acabado si de lo que se trata es de sostener la España constitucional: un periódico que se caracterizó por alentar, por apoyar la formación de Ciutadans, por conceder espacio a Plataforma Pro, da el cierre a estas iniciativas minúsculas.
La actitud de Abc sigue siendo más contradictoria y desconcertada: ha sido el diario que mayor resonancia ha dado a Martínez Gorriarán, a Fernando Savater y a Rosa Díez. Durante días y días, el diario conservador ha estado festejando y celebrando el nuevo partido. Ha reprochado a la prensa ‘progre’ su cicatería, el no decir nada –o casi nada– de ese partido: las páginas de Abc llevan semanas alimentando la expectativa mediática de dicha organización con noticias que no son tales, engordando su efecto con hechos menores, con fotografías de Savater, de Díez o de Martínez Gorriarán que agigantan el impacto, con artículos de intelectuales afines (Xavier Pericay, etcétera). Con toda probabilidad, ese apoyo se debe a que los editorialistas del diario conservador han creído ver en la Plataforma de Savater la formación de un partido de la izquierda nacional que, de algún modo, podía reunir a los descontentos del PSOE. Pero, a estas alturas, ya nadie se engaña: en Abc comienza la crítica a una opción que, a la postre, podría restarle votos a Mariano Rajoy. En su editorial del martes 11 de septiembre, titulado “Rajoy, candidato”, no hay mención alguna al nuevo partido de Díez y Savater. Más aún, como añade Valentí Puig en la página siguiente, “lo que a la sociedad española más falta le hace son diagnósticos acertados y no candidaturas de buena voluntad“, indica. “En la lejanía del tiempo, una izquierda nacional –con esbozo de partido radical– acaba por ser contigua a la izquierda de la que se quiso apartar“, precisa.
No hay vuelta de hoja. Lo que aquí hemos pronosticado con Ciutadans y, después, con “el partido de Savater” parece cumplirse inexorablemente: según sus adeptos, Rajoy ha de vencer las elecciones y no puede haber ya interferencias. Quizá se sorprendan de mi escaso análisis, de mi escueta glosa. Pero es que no hay más, ni menos. De momento.
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09.07.07
Posted in Comunicación, Democracia at 10:33 por jserna

1. Hace unos meses publiqué un artículo en Levante-EMV titulado “¿Un partido nuevo?“, una reflexión sobre el anuncio de Fernando Savater de contribuir a formar una organización política distinta a partir de la agrupación Basta Ya. Me habían parecido irresponsables las palabras que Savater escribiera poco antes de las elecciones cuando pedía el voto en blanco para castigar expresamente a los socialistas. Se quería que ese voto en blanco fuera sobre todo la expresión del descontento general que precede a la constitución de un nuevo partido…, como así ha sido. En fin, en este blog he escrito sobre esa organización in pectore.
Como dije desde el principio, a todo ciudadano asiste el derecho constitucional de formar partidos, de reunirse, de expresar sus opiniones. Las organizaciones políticas son entidades muy defectuosas que dependen no sólo de sí mismas, sino también y especialmente del marco electoral en el que compiten. En su interior, los responsables tienden a perpetuarse: entre otras razones porque hay rendimientos materiales e inmateriales que se disfrutan por el hecho de ser dirigente. Pero hay más razones: porque la mayor parte de los ciudadanos no queremos invertir nuestro tiempo en dichas labores, porque no deseamos ocuparnos constantemente de tareas de gestión, de gobierno, de responsabilidad. Ya a principios del siglo XX lo sostuvo, lo afirmó y lo dictaminó Robert Michels en Los partidos políticos: los líderes se encastillan porque obtienen ventajas de su posición, porque son apoyados por seguidores a los que han persuadido y porque muchos que podrían oponerse a ellos se desentienden de la pugna.
Leo, hoy viernes 7 de septiembre, una Tercera de Mikel Buesa (del Foro Ermua) en Abc que se titula “Por un partido nuevo“. Si se ve, el rótulo de dicho artículo es prácticamente idéntico al que yo publicara meses atrás. Prácticamente idéntico… Yo lo ponía entre interrogantes porque las razones de moralidad política en la que dicen apoyarse sus promotores se basan en la confianza, en el crédito. Viene a ser algo así como: el sistema electoral español favorece el peso determinante de los pequeños partidos nacionalistas; el modelo político español facilita la oligarquización de las grandes organizaciones; nuestra oferta romperá con esa dinámica. Nos piden que confiemos en una nueva organización –irremediablemente pequeña– que reemplazará a otros partidos pequeños, pero ahora con un ideario constitucionalista. Bien, pongamos que eso sea así o que pueda ocurrir algo así. Queda, sin embargo, la gran cuestión que estos promotores no responden y que Buesa, por supuesto, ignora completamente: ¿cómo esperan romper con la oligarquización de los partidos o las maquinaciones de unos dirigentes contra otros? Sean grandes o pequeñas (vean el ejemplo de Ciutadans, analizado repetidamente en este blog), las organizaciones políticas reproducen los mismos vicios y, a la postre, en un entorno mediático, todo acaba dependiendo de la capacidad de intervención en los medios, de permanencia en los medios.
En la Tercera, Mikel Buesa habla del nuevo partido: la organización incipiente se caracterizaría por “una ambición democrática y un sueño de libertad”. ¿Y por qué hemos de creer que ese partido no reproducirá los vicios de otros anteriores? ¿Y por qué hemos creer que esa organización no registrará conflictos internos por el liderazgo? Buesa estuvo durante meses mostrando toda su simpatía por las posiciones políticas del PP y ahora, justamente ahora, dice sumarse al nuevo partido. Así se lo ha comunicado a Mariano Rajoy. Decía Fernando Savater en un entrevista en El Mundo (6 de septiembre) que “nuestros votantes vendrán de los hartos del nacionalismo del PSOE y el clericalismo del PP”. Dice ahora Buesa que en el nuevo partido pueden encontrar cabida muchas personas desencantadas del “etno-nacionalismo” del PSOE y también aquellas otras “que no gustan del conservadurismo”.
Bien, aceptemos lo anterior. Pero si los reclamos son tan amplios, de tan amplio espectro ideológico, entonces el funcionamiento del nuevo partido se asemejará al de las otras organizaciones: más que una agrupación ad hoc (que es lo que han sido hasta ahora Basta Ya o el Foro Ermua) será un partido ómnibus, en palabras Moisei Ostrogorski (en La democracia y los partidos políticos, 1902). ¿Qué es un partido ómnibus? Como la propia expresión indica, una organización de esta índole se basa en las elecciones, con un candidato –o un diputado– que necesariamente será una especie de charlatán. En materia política ha de ser una especie de doctor de omni re scibili et quibusdam aliis, es decir, ha de tener en la recámara una solución para cada uno de los problemas posibles, comprometiéndose a resolverlos pronto: por varios o numerosos que sean. El candidato que pudo muy bien haber empezado como campeón de una causa, como representante de una agrupación ad hoc, se convierte en sabelotodo que efectivamente atiende a todos. Pero ese dirigente no sólo persuade con su facundia: detrás ha de contar con un aparato de partido. Toda organización –constataba Ostrogorski en 1902–necesita una maquinaria y, por tanto, maquinistas. Eso es especialmente cierto en partidos que tienen como objetivo mover grandes masas de población. No se podrá prescindir, pues, del servicio de organizadores de distinto rango y éstos rivalizarán con los líderes que se aúpan por encima del aparato. Habrá colisiones: tensiones entre la maquinaria y aquellos dirigentes que se sienten autónomos; pero también fricciones entre aquellos líderes que se hacen fuertes apoyando la endogamia del aparato por oposición a los mandamases rivales que se creen soberanos.
“Crearemos comités electorales en todos los sitios donde haya gente que quiera participar”, dice Carlos Martínez Gorriarán en Abc. “Necesitamos una estructura que no sea la de los partidos españoles clásicos. Queremos un partido transversal, estamos insistiendo mucho en eso, aunque sabemos que es difícil y, además, que tenga una estructura innovadora, un tanto diferente de la de los partidos tradicionales, que son leninistas, y esto no es una broma. Fue Lenin el que creó un modelo de partido centralizado con un entramado muy complicado de organizaciones y células y luego con un aparato muy grande. Vamos a ver si conseguimos que el aparato sea el mínimo indispensable y que la gente pueda participar todo lo que quiera, a través de la fórmula de los comités electorales. Con esa fórmula, los miembros del partido hacen propuestas, asumen responsabilidades y participan activamente en el debate”.
Sorprende el optimismo antiburocrático de Martínez Gorriarán, pero sorprende más que dictamine con tan escaso fuelle teórico sobre el funcionamiento de los partidos actuales. La tipificación de leninista ya se la había leído a Fernando Savater en el libro de Ciudadanos, editado por Jordi Bernal y José Lázaro (que aquí comentamos). Allí, el filósofo donostiarra decía ver Ciutadans como una alternativa al leninismo de los partidos existentes. La historia posterior (y anterior), que aquí hemos ido examinando, prueba que los nuevos partidos reproducen… ¿el leninismo? No: el peso de la maquinaria y de los dirigentes que se creen irrevocables, algo que se agrava en una sociedad mediática que aumenta la importancia del programa ómnibus. Ambos vicios no se dan sólo en el partido bolchevique: ya lo anticipó Moisei Ostrogorski; ya lo predijo Robert Michels; y ya lo refrendó Max Weber. Los intelectuales que fundan un partido deberían saberlo.
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2. Nuevo post: martes 11 de septiembre…
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09.03.07
Posted in Comunicación, La felicidad de leer, Democracia at 8:13 por jserna

1. Leer y releer
El 3 de septiembre fue la fecha que me marqué para regresar al blog, para actualizarlo después de las vacaciones. La vuelta suspende mi dolce far niente. Durante semanas he conseguido caminar mucho, hacer senderismo, leer sin premuras (sin que cada libro fuera una pieza por abatir) y mirar a lo lejos. Cuando digo mirar a lo lejos me refiero a levantar la vista para divisar paisajes distantes, para contemplar picos inaccesibles, cosas en fin que me separan de la página o de la pantalla. Veraneando en un pueblecito de montaña situado en plena sierra alicantina, cada día me levantaba con el ánimo de caminar dos o tres horas. ¿La excusa? Desplazarme hasta la población más cercana en que se vende la prensa. Aunque el viaje peatonal de ida y vuelta puede salvarse en hora y media, yo lo alargaba hasta las tres horas incluso: un modo de justificar la excursión, de imponerme nuevas tareas físicas, de descubrir parajes que aún no conocía, pero también una manera de conseguir los diarios como recompensa.
Cada día volvía con tres periódicos, cargado con mi tesoro de papel, creyendo que el esfuerzo merecía la pena. Pues bien, al final de la mañana, la impresión siempre era la misma: los diarios veraniegos adelgazan, pierden páginas y consistencia, se rellenan de contenidos banales y el producto acaba pareciéndose a la prensa cordial, a la prensa del corazón. En ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria. Yo agradecía la brevedad de la consulta: el hecho de que pronto pudiera deshacerme de la prensa acarreada para regresar a mi lectura y relectura de Jorge Luis Borges (que, por lo que ahora veo, ha coincidido con un artículo laudatorio e inteligente de Roderick Guzmán Meza en su blog).
Borges escribió mucho, leyó más y, desde que alcanzó notoriedad, no dejó de dar entrevistas o de hacer declaraciones, de pronunciar frases rotundas, llenas de malicia inteligente o, en algunos casos, de irresponsabilidad. Por ejemplo: “la democracia es un abuso de las estadísticas“, le dijo en 1976 a Joaquín Soler Serrano en aquella interviú televisiva (A fondo). Ciertamente, la frase tiene la consistencia del aforismo e incluso tiene mucho de verdad, pero era un comentario irresponsable en un momento en que España se sacudía una dictadura de décadas, un régimen mineral… Por su parte, Argentina y Chile asistían a sendos procesos de represión, de cruel represión. Como nos recuerda Edwin Williamson en su biografía (Borges. Una vida), el narrador argentino tenía un deficiente conocimiento de la realidad política, un saber lastrado por la inquina que profesaba al peronismo. Regímenes populistas, revolucionarios, eran lo contrario de la democracia formal, institucional, aquella que hace de los medios el principal fin de su funcionamiento: por tanto, esas democracias populistas sí que eran un abuso de la estadística, de la manipulación. Frente al radicalismo, frente al extremismo político, Borges se hizo ilusiones sobre unos “hombres de honor” que vendrían a restaurar el orden, sobre ”una elite ética y una dictadura ilustrada” que librarían a su país del nacionalismo agresivo y del petardeo revolucionario. Así lo justifica Williamson en su biografía.
Esa inocencia conservadora y esa irresponsabilidad verbal no hacen olvidar dos cosas, sin embargo. La primera: la tenaz y temprana oposición de Borges al nazismo y, por extensión, a las dictaduras populistas. “Las dictaduras fomentan la opresión“, decía en los años cuarenta, algo que ahora podemos leer en el libro Borges en Sur. “Las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor“.
Uno de los muchos deberes del escritor, decía. El principal: escribir con el ánimo de recrear la realidad, de refundarla, de convertirla en voz, ¿de expresar lo inefable? Durante este mes he leído y releído los cuentos de Borges, sus ensayos, su poesía: tan culta, tan intelectualista, tan precisa y pensaba en la emoción. No tenía mejor paraje para disfrutarla: sin interferencias ordinarias, sin la prensa plebeya que pronto desechaba. Pero este paraíso ha acabado y aquí me tienen, sumando palabras, multiplicando el ruido.
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2. Palabras tóxicas (4 de septiembre de 2007)
Perdonen la autocita. Ayer, refiriéndome a la lectura veraniega, yo mismo decía: en ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria.
No recuerdo si Hermann Tertsch –sobre el que ya escribí– pertenece a los segundos o a los primeros; a los desaparecidos a quienes no eché en falta o a los que se mantuvieron en guardia y de guardia. El caso es que ayer lunes día 3 leí un artículo suyo en Abc titulado “La temeridad contagiosa“: un texto en el que el periodista glosaba la entrevista al Presidente del Gobierno que apareciera en El País el domingo anterior. Tertsch tiene derecho a descreer de él (empleemos este verbo tan borgiano); tiene derecho a mostrarse pendenciero, retador, a achicar la figura de su adversario. A lo que no creo que tenga derecho es a atemorizar a los lectores conservadores que pacientemente leen su diario. Yo no sé si en Abc se dan cuenta del columnista que han contratado. Ayer se destapó por fin, sin velos, sin ataduras: comentando las palabras hueras de Rodríguez Zapatero o, mejor, denunciando “la profanación de la sintaxis” que cometería el Presidente, Tertsch le atribuye como meta la liquidación de la democracia. Últimamente no es este periodista quien puede dar lecciones de sentido expresivo. Recuerdo haber leído artículos suyos en los que se sabía dónde empezaba la frase, pero no dónde acababa; párrafos en los que el significado confuso de la prosa aturdía al lector más voluntarioso.
Pero cito ahora, literalmente, sus palabras del lunes 3: “la liquidación de la democracia que es, desde un principio, el sueño experimental del mago de León“. Me froto los ojos creyendo no haber leído esa frase, un diagnóstico tan expeditivo y fantástico. Pero no, líneas después precisa aún mejor ese dictamen que es a la vez un vaticinio: “De ganar las elecciones Zapatero con su apuesta por la «modernización definitiva»“, concluye Tertsch, “nadie puede estar seguro de que volvamos a tener unas elecciones en condiciones democráticas y alternancia posible. El centroderecha español ganó por mayoría absoluta las últimas elecciones celebradas en condiciones normales en este país. Si no gana estas puede que no vuelva a haberlas“. Vuelvo sobre lo anterior y, qué quieren, me dan ganas de regresar a mi vacación, cuando leía páginas que mejoran, no palabras que intoxican.
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3. Hemeroteca
Caricatura de André Carrilho
–Reseña de JS del libro de Edwin Williamson, Borges. Una vida, en Ojos de Papel…
–Nuevo artículo de JS, “El totalitarismo“, en Levante-EMV, 3 de septiembre de 2007
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