07.16.07

Fiesta, vacación y colación

Posted in Antropología at 19:59 por jserna

piccolacolazione2.jpg

Volvemos el 3 de septiembre…

0. Hemeroteca del verano

FEN

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-El Espíritu Nacional,

artículo de JS en Levante-EMV, 20 de julio de 2007

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Abuelos

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-El olvido de los abuelos,

artículo de JS en Levante-EMV, 27 de julio de 2007

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Ciutadans

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-La crisis de Ciutadans,

anticipada en este blog hace un año (julio de 2006)

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Umbral

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-La vida de Francisco Umbral. Su muerte (agosto de 2007).

Conversación con Anna Caballé, su biógrafa (febrero de 2005)

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1. Fiesta, vacación y colación

En la mesa redonda que compartí el jueves 12 de julio en Gandía, los comparecientes hablamos de Ciudadanía, de lo que significa y de lo que implica. Un asunto colateral que despertó gran  interés  fue el de las normas. Lo planteó expresamente Marina Subirats. Otros de los temas abordados que, igualmente, suscitó atención entre el multitudinario público presente fue el de los ritos, los ritos civiles que facilitan y ordenan la integración del individuo en la sociedad. Lo desarrolló Fernando Delgado. Entre  normas y  ritos, los presentes acabamos hablando de la fiesta. Las fiestas populares son una manifestación periódica en la que los ciudadanos expresan su contento y su deseo de colectividad, de continuidad, de proximidad. En su sentido más extremo y antiguo, el regocijo público –que así se llamaba tiempo atrás– es un alivio  del orden, del trabajo, de la obligación.  En efecto, las fiestas populares son inversión y burla, farsa y humor: sátiras contra los poderosos y celebración de lo material, de lo carnal y, a la postre, también de lo espiritual. El Carnaval, por ejemplo, era eso: un modo expresivo y excesivo de dar la vuelta a las cosas, de invertir el mundo; una manera periódica y breve de alterar los valores, de aceptar provisionalmente el caos, de multiplicar la comunicación y el ruido. Todo a una.

Cuando los poderes perseguían, restringían, oprimían, internaban o ejecutaban, las fiestas populares eran un  paréntesis de alivio en el que se consentían algunos excesos, un tiempo breve en el que hacer manifiestas la alegría vecinal o la furia, la risa satírica y el poder corrosivo de los menesterosos. En teoría, el único precepto que se seguía en una manifestación reglada por ritos era éste: fuera normas… ¿Qué es lo que sucede hoy, en nuestros tiempos permisivos e hipermodernos? En muchos casos, las fiestas populares se han convertido en la excusa para que el exceso injustificado se exprese, para que algunos brutos se manifiesten rompiendo materialmente lo propio y lo ajeno, para que algunos se entreguen a un libramiento destructivo con desenfreno impenitente. Por supuesto, en las fiestas siempre estuvo ese sentido de brutalidad: eran incluso bestiales, pues el vandalismo es una forma de expresar lo reprimido, lo que necesita escape o paliativo. Sin embargo, en la sociedad permisiva y democrática de nuestros días, el vandalismo no es necesariamente la manifestación de los humildes: muy frecuentemente es la licencia que se da el individuo bronco y ordinario.

Vienen las vacaciones y, con ellas, vienen las fiestas populares. ¿Hay algo que deteste más? Me refiero, claro, a las fiestas populares, esas que se organizan en homenaje a un santo patrón al que se invoca. Verbenas atronadoras con orquestas humildes que empiezan a la 1:30 de la madrugada. Clavarios y festeros entregándose a la detonación, al estruendo del petardo universal, del pólvora para todos. Y, después, al día siguiente, una arrogante brutalidad de cristales astillados, de papeleras carbonizadas, de orines, botes y botellas… La fiesta patronal sin norma es, seguramente, lo peor que le puede suceder al ciudadano silencioso. Decía Marina Subirats que el espacio público está lleno, que sólo hay que pasearse por las calles de Barcelona para comprobar la densidad que rebasa las aceras. No es sólo una realidad tangible: es una metáfora de nuestro tiempo. Ya Ortega y Gasset dijo en una página de su obra que el hecho de las aglomeraciones es el fenómeno más importante de la vida pública europea de la hora actual. “La aglomeración, el lleno, no era antes frecuente”, reconocía Ortega.  Ahora lo es y su evidencia se ha hecho presente bajo la forma de la masa físicamente reunida, de las muchedumbres apiñadas en veredas y calzadas. ¿Alguien imagina a esa multitud agitada, con un estrépito de petardos y de decibelios verbeneros? Lo normal es que la minoría silenciosa se proteja en el interior, sellando puertas, atrancando ventanas, esperando, pues, el fin del ruido municipal.  Siento acabar la temporada así, con este malhumor individualista y tan poco jaranero…, que nada tiene que ver con el fin de curso de 2006, cuando me despedía sin hosquedad.   

Para mí, lo deseable no es la murga non stop que nos prometen, sino la fiesta privada y silenciosa. Lo siento, pero no me convencerán: espero y anhelo la vacación non stop, el relax, esos desayunos largos y fresquitos. Ya sé que esto no es posible y que hay un septiembre de regreso y obligación, pero el Infierno es lo más parecido a un largo domingo de invierno o, mejor, a una fiesta municipal inacabable. Aquí, yo no les prometo fiesta atronadora: sólo confraternización y debate y comensalismo intelectual. Decía Albert O. Hirschman que cuando preparamos un piscolabis  entre amigos el esfuerzo se confunde con el placer, la dedicación con el resultado, la ventaja con el empeño y los prolegómenos. Una vez nos hemos zampado las galletitas y los zumos queda una sensación de hartazón, de hastío…, pero todos recordamos lo bien que lo pasábamos cuando no estaba la mesa puesta, cuando los cubiertos no estaban dispuestos, cuando las tazas no estaban alineadas. Es nuestra fiesta particular, sin estrépito de verbenas ni pólvora de agresión. Aquí, en este blog, nos sentamos a una mesa en cuyo centro se exponen las viandas, unas viandas más o menos apetitosas y frescas que cada uno elaborará a su antojo. Hay exquisiteces, frutas de estación y hay refritos; hay platos sencillos  y hay  bocados deliciosos y alguno indigesto (recuerden a Curri Valenzuela). Ustedes, los lectores fieles y minuciosos, no se limitan a comer, sino que también cocinan lo suyo. No nos merecemos otra cosa: nos dispensamos mutuamente una pequeña colación intelectual. Buen provecho y gracias… 

Como dicen los italianos: ci vediamo el 3 de septiembre.

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2. Lecturas y relecturas de verano

–Relectura de Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)

Ojos de Papel, 4 de julio de 2007 

Lectura de Días de diario (Antonio Muñoz Molina)

Ojos de Papel, 1 de junio de 2007

–Lectura de Hoy, Júpiter (Luis Landero)

Ojos de Papel, 1 de mayo de 2007

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07.15.07

Lunes, 16 de julio, último post antes de las vacaciones

Posted in General at 23:09 por jserna

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A las 20 horas…

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07.12.07

Ciudadanía. Dos o tres cosas que sé de ella

Posted in Sociología, Democracia, Historia at 8:47 por jserna

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0. LUNES, 16 DE JULIO, ÚLTIMO POST ANTES DE LAS VACACIONES.

A LAS 16:30 HORAS.

1. Como diría Thomas de Quincey, debo perdirles disculpas por hablar tanto y tan seguido sobre cuestiones abstractas, aparentemente esotéricas y con una prosa accidentada. Llega el fin de curso y uno ya no está para casi nada y lo que le sale no tiene precisamente la liviandad que, por tema y por estación, desearía. Intervengo en la Universitat d’Estiu de Gandia en una mesa redonda sobre la Ciudadanía. No hay que ir con lo puesto, me digo. No hay que ir con lo ya leído o sabido, sino que hay aprovechar el encargo para aprender más, para releer o para combinar reflexiones. Perdonen esta confesión: tengo por principio leer… más de lo que sé, ordenarme aquello de lo que voy a hablar, encontrar alguna idea. Recuerdo una novela de Javier Marías (Mañana en la batalla piensa en mí) en la que el narrador hablaba de un personaje, el Rey, el Soberano, y decía: tiene ideas pero le cuesta ordenárselas. Yo no sé si tengo ideas, pero a veces las pocas que pueda reunir sí que me cuesta ordenármelas: y esto me ocurre cuando leo demasiado… No es exhibicionismo, es mi manera de revelar las fuentes. En las últimas semanas, sobre el tema que nos ocupa, he leído o releído a Umberto Eco, a Ian Buruma, a John Gray, a Andrés Ortega, a Manuel Pérez Ledesma, a Hannah Arendt,  a Victoria Camps y Amelia Valcárcel, a Dominique Schnapper, a Thomas H. Marshall y a Laura Zanfrini. Algunas de las reflexiones que esas lecturas me han provocado las he ido detallando en este blog; otras las expreso ahora. No me pidan gran cosa. Por tema y por estación, por cansancio y por complejidad, el objeto lo trato como buenamente puedo y sobre todo con un didactismo que también deberán perdonarme. Voy a intentarlo, pues.

La ciudadanía es un estado jurídico del individuo, un marco legal que reconoce a una persona como sujeto de derechos o, mejor, como miembro de pleno derecho de una sociedad determinada. Esa sociedad determinada se constituye políticamente como Estado y, por tanto, la condición de ciudadano la da una nacionalidad de pertenencia. En la Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789, se reconocían dos clases de derechos: los naturales, que son los inherentes al ser humano; y los propios del ciudadano, que son resultado del pacto social, del contrato: del estado de naturaleza se pasa a la sociedad con instituciones, agregados humanos superiores formados por individuos,  y son precisamente estas instituciones –el Estado, principalmente— las que rigen las relaciones entre sus miembros y los extraños, los foráneos. Según la teoría clásica, aquellos individuos originarios cedían parte de sus derechos naturales para que la institución política pudiera funcionar y, principalmente, garantizar la seguridad de cada uno.

Con todos refinamientos y desarrollos que se quieran, pero es de ahí de donde viene la creación moderna de los Estados, de los Estados-nación, que en sus Constituciones identifican y reconocen quiénes son sus miembros, quiénes son los nacionales, y qué derechos originarios tienen o conservan o se les reconocen. Desde ese punto de vista, la Nación política aparece ya excluyendo.  Las declaraciones del siglo XVIII instituyen esos derechos, que ya no son privilegios que unos pocos han podido acumular, sino condiciones, franquicias e inmunidades que a todos se les atribuyen por el hecho de formar parte de una nacionalidad con Estado. Eso es la ciudadanía. O, como dice Thomas H. Marshall, en un pasaje célebre de su obra Ciudadanía y clase social: “la ciudadanía es aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad. Sus beneficiarios son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica”. ¿Cuáles son esos derechos y cuáles esas obligaciones?

Decía T. H. Marshall que los derechos de esa comunidad política son de tres tipos y, además, con una cronología sucesiva (aunque hay excepciones): los civiles, los políticos y los sociales. Esos derechos corresponden a tres épocas históricas de ampliación y de universalización, que empiezan en los varones y acaban en las mujeres, que comienzan en los compatriotas… ¿y acaban en los inmigrantes? La fase más temprana es la propia del primer liberalismo: la civil, la que arranca del Setecientos, aquella en la que una parte significativa de la población consigue la igualdad jurídica fundada en la libertad de la persona, de expresión, de pensamiento y religión, derecho a la propiedad y a establecer contratos válidos, y derecho a la justicia. La segunda fase corresponde a la instauración de la democracia representativa, básicamente a finales del Ochocientos, aquella en la que se registra la extensión de los  derechos políticos (el derecho a ser elector y elegible, el derecho a ser representante o representado). La fase última, dice Marshall, es la propia del Estado-Providencia, aquella en la que se reconocen y se universalizan los derechos sociales (sanidad, educación, etcétera), universalización que es posible gracias a la función redistribuidora del Estado.

En una democracia, los ciudadanos gozan de los derechos civiles y políticos, que son derechos-libertades, que son absolutos, que están presentes en las Constituciones y que no pueden ser revocados justamente por ser irrestrictos. En cambio, los derechos sociales son materiales, son derechos-créditos, figuran también en las Cartas Magnas pero su aplicación efectiva o la calidad de su disfrute dependen del presupuesto. La crisis fiscal del Estado del bienestar arranca, precisamente, de esta contradicción: se universalizan los derechos, pero esos derechos producen un enorme gasto social que el Estado no puede costear. De ahí arrancan las restricciones de presupuesto, la reducción del gasto, el deterioro de los servicios públicos que deberían hacer efectivos esos derechos. Sin embargo, de unos años a esta parte, el crecimiento económico y la inmigración han hecho aumentar los ingresos de un Estado que ahora puede gastar más, cosa que se hace, sin embargo, con mayor mesura o prudencia de lo que lo hacía el Welfare State en los años sesenta, por ejemplo. ¿Qué nos encontramos, pues?

A los inmigrantes se les concede –por decirlo así– la ciudadanía civil, se les concede la ciudadanía social, pero para que ello suceda han de estar reconocidos, han de tener papeles que los identifiquen, que los hagan visibles. De no ser así, no hay derecho alguno y, por tanto, quien se incorpora a una comunidad política queda excluido, auténticamente como un paria. Pero hemos dicho algo fundamental: comunidad. Ésta es siempre, en la literatura sociológica, un agregado humano de vínculos primarios, lazos que atan, pertenencias que unen a todos sus miembros. Esas pertenencias no son sólo políticas, por ejemplo los derechos que se les reconocen a sus integrantes; son también étnicas. El Estado se configura como Estado-nación y, por tanto, instituye a los ciudadanos no sólo como sujetos portadores de derechos, sino también como miembros de una comunidad más o menos homogénea: una lengua, una historia, una cultura e incluso una religión. Así fue, al menos, en el siglo XIX. ¿Cuál es el resultado? Que no son sólo vínculos jurídicos los que nos atan, sino también un imaginario o un espejo cultural en el que nos reconocemos como compatriotas.

El inmigrante que llega con el ánimo de permanecer, ¿qué debe hacer?  Según la sociología clásica, aquello que debe hacer es integrarse, asimilarse, como haría cualquier niño nacional que aprendiera las normas de la colectividad gracias a un proceso de socialización. Pero lo que el niño aprende no son sólo normas, sino también percepciones, concepciones, marcos, formas de ver el mundo, sea a través de la familia, de la escuela, de la religión. El inmigrante que llega no es una tabula rasa aunque, por su propia supervivencia, ha de aprender pronto cuáles son las normas de obligado cumplimiento en cada unos de los espacios jurídicos en los que se desenvuelve, pero no siempre averigua ni acepta ni comparte aquellas percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que constituyen la cultura dominante de dicha sociedad. Algunos teóricos postulan el reconocimiento de otros derechos, los llamados derechos culturales o étnicos, que serían aquellos que garantizan la preservación de las percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que tienen los distintos individuos y que no siempre coinciden. No se trata de reconocer derechos a grupos, pues los derechos de ciudadanía son individuales, sino de ampliar los derechos a la esfera cultural, de modo que pueda aceptarse como legítimo todo producto o valor étnico que no atente contra la legalidad del Estado constitucional. ¿Multiculturalismo? ¿Pluralismo cultural? En todo caso, insisto, los derechos de ciudadanía habrán de ser individuales y todos los valores que puedan expresarse en la sociedad abierta no podrán excluir, marginar o estigmatizar.¿Qué hay que hacer?

Hay normas que han de ser universales e incuestionables, pero hay percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que son producto de la historia, de la contingencia y, a la vez, perfectamente debatibles. No podemos confiar en que las normas y los valores que todos debemos compartir y que nos hacen ciudadanos se aprendan al azar, gracias a los padres o gracias a las distintas catequesis. Esas normas y valores se expresan en un marco común que hemos de aprender gracias al civismo: lealtad al régimen constitucional, obediencia a la ley, tolerancia ante las diferencias étnicas, participación en tareas colectivas. Esas virtudes cívicas hacen del individuo un ciudadano activo, participativo y deliberativo. Si es ése el objetivo que persigue la Educación para la ciudadanía, me parece una asignatura necesaria e insuficiente.

2. Hemeroteca:

Virtudes cívicas, artículo de JS (2001)

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07.09.07

Lecturas indigestas

Posted in Escribir, Comunicación at 8:51 por jserna

currivalenzuela.jpg

1. Lecturas indigestas… El azar ha querido que después de releer Cien años de soledad cayera en mis manos una obra escasa y escandalosa a la que hincarle el ojo. O, mejor dicho, siempre que me doy un festín glotón con lecturas edificantes y copiosas, me suelo  imponer una dieta de libros innecesarios, prescindibles pero no por ello aburridos. Leo la recomendación que, a este propósito, nos da Manuel Rodríguez Rivero en Abcd (el suplemento cultural de Abc):  ”Se pregunta atinadamente el filósofo Miguel Morey (Pequeñas doctrinas de la soledad, Sextopiso) si vale la pena leer una sola vez un libro que no merece ser leído dos veces. Yo, con los años, he resuelto el dilema de modo ambiguo: no, si leyera sólo para mí; sí, en el caso de desdoblarme en crítico o comentarista de lo que se publica, qué remedio. Y, además, uno nunca sabe qué libro merece ser leído dos veces hasta que no lo ha hecho una primera. Y entonces ya es demasiado tarde”.

Convengo con Miguel Morey y con Rodríguez Rivero en que no todo libro merece ser leído dos veces, pero eso no significa que sólo sea válida la dieta de la excelencia, que por principio parece irrepetible. De vez en cuando hay que comer en un fast food o deleitarse con tapas o con raciones disfrutando de la modesta gastronomía. Igual que algunas veces hay que comer torpes platos para contrastar, para no olvidar lo que es la mala cocina, lo que es la pésima elaboración. Por analogía al fast food, algunos lo llaman el género de los libros-basura. Yo sería más preciso y rotularía esos volúmenes como obras de lectura rápida: rápidamente confeccionados, como una hamburguesa monda y lironda, podemos zampárnoslos en un santiamén. Hay que evitar –eso sí– que nos intoxiquen, que nos sienten mal o, en el peor de los casos, que acaben pervitiéndonos…

He leído en pocos días 100 personajes que hunden España, de Curri Valenzuela. No les recomiendo su lectura: puede producir malas digestiones, dada la mezcla de ingredientes sin criterio (de un lado, los buenos; del otro, los malos…); puede dañar el metabolismo a consecuencia del descuido de su prosa, con tropezones indigestos (entre otros, el persistente uso del verbo cesar como si de un transitivo se tratara); puede provocar intoxicación, en fin…  Se subtitula De Zapatero a los hombres que visten de negro. La autora es una periodista de largo recorrido que ha ido a parar a Telemadrid, cadena en la que dirige Alto y Claro, un debate político. Sólo ha escrito un libro: éste. Yo he querido rendirle homenaje a quien ha realizado tan ímprobo esfuerzo y, por eso, lo he leído. No comprendo por qué no había escrito ningún libro hasta la fecha si su experiencia de reportera empieza en los años setenta. ¿No tenía nada que decir? Pero comprendo menos que, una vez decidida, haya escrito este plato tan descuidado. Uno no está varias décadas acumulando experiencias para después perpetrar unas páginas tan anémicas y nocivas.

La verdad es que el libro resulta estomagante, indigesto y ni siquiera es involuntariamente divertido (como los volúmenes de Jiménez Losantos o de Ignacio Villa).  Es un repertorio de tapas…, digo de viñetas: rápidos esbozos de cien personajes que, a juicio de la autora, hunden España. Si hacen tal cosa, entonces es que son explícita o implícitamente antiespañoles: gentes dedicadas a destruir el país. Imaginemos que eso sea cierto –digo: imaginemos que haya gente expresamente dedicada a hundir España–, entonces el volumen debería establecer una jerarquía del mal, ¿no es cierto? No es lo mismo quien hunde su país por ser atolondrado e irreflexivo que quien lo hunde por antipatriotismo convicto y confeso. Uno de los problemas de Curri Valenzuela es que no establece ni la jerarquía ni la graduación ni el criterio del antipatriotismo, cosa que le da un sentido completamente arbitrario a su lista. En ella caben desde Rodríguez Zapatero hasta Manolo Escobar, desde Los del Río hasta Josu Ternera. Podría reproducirles pasajes absolutamente banales de esas viñetas, pero me costaría un esfuerzo suplementario. Ya he hecho bastante: no les pido que compren el volumen. Porque, en efecto, no se puede comprar un libro en el que la autora dice: “por último, he intentado retratar brevemente a estos 100 personajes que creo que están tratando de hundir España sin amargura y sin acritud. Porque ése no es mi estilo. Y porque sé que por cada uno de estos cien hay otros cien personajes que todos los días trabajan para salvar a España. Pienso que soy uno de ellos. Y espero que todos nosotros ganemos al final. Somos más y mejores y, además, nos lo merecemos. España es un gran país”.

Así es: no puedes comprar un libro cuyo prólogo acaba de ese modo, con esa primera frase tan mal redactada. La ambigüedad del sentido hace creer que los que obran “sin amargura y sin acritud” son quienes hunden España.   No se puede recomendar una obra que divide el país entre los que salvan y los que hunden: es sectarismo extremo. No se puede alentar su adquisición, no. Y, sin embargo, el volumen que yo tengo en mis manos va ya por la tercera edición: supongo que las ventas obedecerán al influjo mediático de Telemadrid y también al extremismo verbal que se ha impuesto en ciertos sectores de la España irritada, cuyo poder adquisitivo les permite comprar entera la biblioteca del buen patriota. En todo caso, yo no he comprado el libro. He hecho de lector gorrón, que decía Groucho Marx. En mi querida librería me consienten estas cosas: saben que tengo un gusto pervertido que me hace intoxicarme breve y frecuentemente con lecturas venenosas. Por eso, me administran gratuita y periódicamente mi dosis de tóxico. Si a pesar de mis palabras, ustedes tienen interés en hincarle el diente, hagan como Groucho, ejerzan de lectores gorrones: acudan a unos grandes almacenes y ojéenlo… Después tómense bicarbonato.

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2. Lecturas bien aprovechables (11 de julio de 2007):

Ralf Dahrendorf, Premio Príncipe de Asturias.

-La crónica de Efe en Levante-EMV y en El País.

-Mi primer artículo en Levante-EMV fue sobre Ralf Dahrendorf

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07.04.07

Cara a cara

Posted in Fotografía, Comunicación, Democracia at 7:33 por jserna

zaplana-acebes-y-rajoy.jpg 

1. Cara a cara

3 de julio de 2007, 17 horas. Cuando eran las 17 horas del día 3 de julio, cuando Mariano Rajoy llevaba ya más de media hora interviniendo en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, esta imagen que arriba ven era la fotografía (de Efe) con la que Abc digital ilustraba el Debate sobre el Estado de la Nación.  El líder de la Oposición estaba hablando, estaba siendo durísimo con el presidente del Gobierno. Sin embargo, por razones periodísticamente inexplicables, el diario conservador nos mostraba  la bancada del PP. De hecho, cuando fui a guardar la  imagen, el título que el periódico le había dado a ese archivo gráfico era éste: pp. ¿Se dan cuenta de la incongruencia del diario? Si el líder de la Oposición habla desde la tribuna, no se puede ilustrar el hecho con un Mariano Rajoy sentado en la bancada escuchando… ¿A quién? Por el rostro, entre irritado y desdeñoso, adivinamos que quien habla en ese momento que registra la foto es José Luis Rodríguez Zapatero. Resulta sorprendente que un periódico digital –que se actualiza cada pocos minutos– mantenga esa imagen incoherente. ¿Por qué dejaron esa fotografía más tiempo del preciso? ¿Carecían de la nueva instantánea que reemplazara a la anterior o es que ésta, en particular, tenía algún valor político? 

Si se fijan, vemos a un Eduardo Zaplana y a un Ángel Acebes con las mejillas cercanas, con una intimidad o con una proximidad que los varones rectos y severos raramente se consienten en público.  zaplanaacebes.jpg

Parecen cuchichear: un portavoz parlamentario atenazándose la nariz para contener la hilaridad y un secretario general que pasa de la sonrisa a la risa abierta, enseñándonos los dientes. Se saben observados, por supuesto, y por ello el espectador de la fotografía no tiene claro si reprimen de verdad la carcajada o si por el contrario afectan algazara, si representan el contento. Saben, en fin, que todos se preguntarán de qué se ríen Zaplana y Acebes. Inmediatamente, uno tiene la impresión de estar en el banco del colegio, con dos estudiantes que alborotan a medias, a hurtadillas. Uno de ellos parece llevar la voz cantante: es quien embosca su rostro tras el puño. Tanto lo oculta que en realidad sólo divisamos unos ojillos entornados, pequeños, muy pequeños ciertamente, que contrastan con el reloj que cubre su muñeca. De repente, reparamos en dicho artefacto y calculamos su peso, que no su precio. Ese reloj tiene algo de ostentoso, de excesivo. Su interlocutor, el señor Acebes, no oculta la cara: nos muestra efectivamente la hilera de sus dientes, protegidos –eso sí– por un labio inferior prominente en esa barbilla tan encajada. Por la delgadez del rostro, esta sonrisa le sale artificiosa, con un punto cadavérico que, sin embargo, no asusta. Zaplana y Acebes no se miran francamente: sólo fijan sus ojos en algún punto inferior, probablemente irrelevante, ese punto que sirve de clavo para sostener la mirada. Embutidos en trajes inevitablemente grises que imaginamos arrugados y retorcidos después de largas horas de debate, se les ve cómodos, como si ellos fueran meros espectadores de un circo que no les concierne.

Contrasta esa imagen con el rigor expresivo de Mariano Rajoy.  rajoy.jpg

A pesar de ser vecinos, el líder está literalmente apartado de ellos, encajado en su escaño, cargado de hombros y con una impresión creciente de incomodidad, incluso de desazón. No presta atención alguna a quienes a su lado bisbisean. Pero esa misma indiferencia destaca lo incongruente de la escena: mientras unos parecen vivir la circunstancia con una hilaridad algo irresponsable, el otro manifiesta toda su severidad con el ceño fruncido. En Rajoy hay, sin embargo, un rictus de incomprensión, de estupor incluso, que ya le hemos visto otras veces: es como si no acabara de entender qué está pasando, como si le costara discernir de qué se habla. La pregunta no es qué está diciendo Rodríguez Zapatero en ese momento. La pregunta es por qué Abc seleccionó y mantuvo dicha fotografía hasta las 17:15 horas, momento en que apareció esta otra imagen que abajo reproduzco, titulada ya Cara a cara…

3 de julio de 2007, 17:15 horas

caraacara.jpg

Fotografías: Agencia Efe

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5 de julio de 2007. El País valora el resultado del cara a cara y nos lo muestra gráficamente. ¿Cómo representar el eventual triunfo de Rodríguez Zapatero? Carlos E. Cué hace crónica de los estados de ánimo de los principales partidos y lo resume para nosotros:

“Si el resultado del debate sobre el estado de la nación se midiera por impresiones en las propias filas, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, habría vencido con claridad a su principal adversario, Mariano Rajoy, líder del PP. Entre los socialistas, la euforia era general y todos coincidían en que su principal dirigente había resuelto con holgura el último gran debate antes de las próximas elecciones generales. En las filas populares no se registraron ayer grandes entusiasmos en las tertulias sobre lo ocurrido en el hemiciclo. Por si estas dos impresiones partidistas no permitieran inclinar suficientemente el balance final, los grupos minoritarios expresaron su rechazo a la estrategia de Rajoy de situar en el centro del debate la política antiterrorista y de formular en el pleno una propuesta insólita en la historia de la democracia: que el Gobierno entregue las actas de las conversaciones mantenidas con ETA para buscar una solución dialogada al problema del terrorismo. Ni José María Aznar, que autorizó los contactos con ETA, ni Felipe González, que hizo lo mismo, hicieron públicas nunca las actas de las conversaciones”.

¿Es así? ¿Ése es el resultado y ése es el estado de ánimo? Si leemos el editorial que Abc dedica al día siguiente del cara a cara, la percepción del analista es que Rodríguez Zapatero fracasó estrepitosamente y que Rajoy estuvo sensatísimo. Por eso, el editorialista exige la convocatoria de elecciones como único modo de resolver un conflicto irreparable entre Gobierno y Oposición. Pero no es esto lo que ahora me interesa analizar. Lo que me gustaría destacar  es el modo en que El País representa el estado de opinión que habrían generado las intervenciones de Rajoy: decepción. Siempre hay un instantánea que ilustra lo real, parecen pensar los responsables del periódico. Y esa fotografía puede ser coherente o no con el contenido de la información. En este caso, es incongruente y fuerza de manera enfática , indebidamente metafórica, una imagen. Observen…

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Foto: Mariano Rajoy de espaldas- Bernardo Pérez

El resultado del cara cara, parecen decir los responsables de El País, es la espalda. Un hombre solo camina de regreso –suponemos– a su escaño, dejando atrás unas palabras cuyos ecos registran los medios. ¿Cargado de hombros? ¿Derrengado? No parece: se le ve andando con resolución, suelto, aunque -eso sí– mirando hacia el suelo, hacia algo inferior y probablemente indeterminado. ¿Es la imagen del hombre derribado? Puede que haya salido derrotado de la confrontación (según confirma una encuesta de Sigma 2 para El Mundo), pero ese resultado es una percepción, siempre una percepción. Es decir, en la sociedad mediática los objetos se vuelven líquidos o gaseosos, lo duro se ablanda con  sondeos o, por parafrasear a Marx y Engels, lo sólido se desvanece en el aire..

Pero la fotografía de El País representa quizá otra cosa. Por ejemplo, un diputado que quiso hacer méritos abandona, también solo, el Hemiciclo. Lleva la americana arrugada, fruto tal vez de largas horas de encierro. No hay gesto que podamos adivinar en su rostro invisible. ¿Por qué El País hace metáfora de lo que no ve…? ¿Por qué convierte en símbolo lo que es un hombre caminando? Decía Jean Baudrillard en Mitologías que una fotografía es un signo: un signo con significado y con significante. La operación de simbolización se da cuando el usuario o el emisor mantienen un significante cambiándole el significado, cuando a la fotografía se le amputa el contexto textual que lo explica o cuando se le quita la circunstancia que sirve para captar su significado concreto. Lo concreto de esta foto –como en la operación de Abc descrita más arriba– está eliminado y a este signo (un Rajoy a quien vemos de espaldas) se le confiere un sentido que sobrepasa el hecho en sí hasta convertirlo en símbolo.

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Atención: Nuevo post el lunes 9 de julio

Mientras tanto, les dejo los enlaces de los útimos artículos que he escrito:

A) Relectura de Cien años de soledad, artículo en Ojos de Papel.

B)  Terrores londinenses, artículo en Levante-EMV, 6 de julio de

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07.01.07

¿La cara del monstruo?

Posted in Antropología, Fotografía, Comunicación, terrorismo at 9:17 por jserna

alcapone.jpg

El terrorismo es un acto de violencia –una explosión, un disparo, un secuestro, etcétera– que provoca consecuencias inmediatas: daña, hiere o mata a personas que eran objetivos de una organización; daña, hiere o mata a individuos que pasaban por allí, viéndose por ello afectados. Gracias a las películas y a las series americanas, sabemos que el espacio en que se ejecuta la acción se denomina  escena del crimen. Lo llamamos así, en traducción directa del inglés, y esa expresión revela indirectamente uno de los sentidos del acto violento: agigantar el efecto, atraer la atención de un público vasto, muy vasto, que no necesariamente está presente.

El terrorismo necesita muertos y heridos, dañados y amenazados, pero necesita sobre todo damnificados indirectos o potenciales: espectadores que alteran su vida cotidiana para interesarse por lo sucedido, para echar un vistazo a los rostros de los detenidos; espectadores que se dejan impresionar por la violencia, que es muy llamativa; espectadores que son o se sienten víctimas vicarias y eventuales gracias a las ondas expansivas de los mass media. La televisión y los periódicos cuentan lo que sucede, pero lo cuentan particularmente cuando los hechos narrados rompen las expectativas y lo ordinario, creándonos con ello una realidad sobrevenida o sobreañadida. Es entonces cuando el ciudadano se siente imantado: busca la noticia en el periódico (generalmente ilustrada con alguna instantánea del acontecimiento), leyendo, confirmando, averiguando. También es entonces cuando el espectador escruta las imágenes y escucha las voces de las víctimas y de los victimarios, de los vecinos, de los expertos y del gran público que, como nosotros, poco sabe pero mucho puede expresar con sus sentimientos revelados.

Detienen a presuntos terroristas, se celebran juicios, y lo primero que hacemos es contemplar su rostro en pantalla…, o su fotografía policial. Esas imágenes no han sido captadas de cualquier manera, no son casuales, por supuesto: responden a unos cánones establecidos, a unas poses específicas y a unas indumentarias previsibles. En el libro Fichados (Alba), Giacomo Papi reconstruye la historia de la fotografía identificativa a través de trescientos y pico rostros retratados, gentes conocidas que fueron sorprendidas cometiendo un presunto delito, gentes desconocidas que después lograron celebridad como artistas o como asesinos o, en fin, gentes anónimas que sólo formaron parte del submundo del crimen, de las sentinas del horror. Uno de los más famosos, Al Capone

Todo empieza hacia 1848, con los daguerrotipos de una prostituta y de un ladrón, técnica después  reemplazada por la fotografía en papel. Retratados de frente y de perfil para que así la cara manifieste su detenida normalidad, para que así exprese todo de lo que ha sido capaz el arrestado. Las imágenes más antiguas que registra el libro nos muestran a individuos temerosos, sorprendidos, algo ajenos y extrañados. Uno supone la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra, el desconcierto de lo venidero, la falta de experiencia. Captar el rostro, pues. ¿Pero cuál, en qué estado? “La cara es móvil, tiene mil expresiones”, añade Papi. “¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?”, insiste.

En principio, en el Ochocientos, el retrato policial ha  de evitar las asperezas y el nerviosismo, esos tics o recursos que convierten al arrestado “en un improvisado transformista de la mímica de su rostro”, según decía Umberto Ellero, de la policía de Turín. De lo que se trata es de congelar la normalidad presunta, de captar con naturalidad, que es lo mismo que la inexpresividad, algo también propio del mundo burgués de entonces. Sin embargo, muchas décadas después, ya en nuestro tiempo, los rostros retratados los vemos  ”cada vez menos extrañados, cada vez menos culpables, cada vez más seguros de sí mismos”, dice Giacomo Papi. Cada vez más desafiantes: tal vez sabedores de que serán vistos y reconocidos por miles, qué digo miles, por millones de espectadores, el colmo del éxito en la sociedad de masas.

Eso es precisamente lo que nos sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de presuntos terroristas buscados o detenidos: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos. Su indumentaria corrobora una identificación, una uniformidad, una banda; con un cultivo expreso del feísmo adolescente y atronador entre los bárbaros del Norte. Esas imágenes nos los muestran arrogantes, enfrentando el objetivo de la cámara con chulesca expresión. Bien es verdad que si la foto es de un fichado policial, éste no podrá hacernos sarcasmo o burla, pero aun así veremos en sus ojos un destello de jactancia, de atrevimiento. Aunque lo grave es que, si nos fijamos bien, esa imagen generalmente no nos devuelve la cara de un monstruo, sino el rostro de un tipo banal.  Como el de cada uno de nosotros. “Cuatro detenidos por los atentados frustrado en Londres y Glasgow“, leo en la prensa del día 1 de julio e inmediatamente me veo buscando las fotos de los arrestados. No las encuentro, de momento, y experimento una desazón imprecisa: noto una frustración de espectador. Y sí, así es: en cuanto se hagan públicas, pronto me apresuraré a escrutar las fotografías policiales. ¿Confirmando qué?

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