06.27.07
Posted in Variedades, Democracia at 15:07 por jserna
1. El escritor israelí Amos Oz obtiene el Príncipe de Asturias de Las Letras.
Homenaje a Amos Oz
Lo que dije en 2003:
…A no ser racistas se aprende. Para curarse de toda tentación de pureza racial, de homogeneidad étnica o de identidad firme, hay que aceptar que el extranjero no es sólo aquel que, de entrada, me inquieta o me incomoda, sino también esa parte oscura e ignota que me constituye y que me hace extraño para mí mismo. Dice Amos Oz que el fanatismo se combate con sentido del humor, con la multiplicación de la experiencia propia y, atención, con la literatura. ¿Con la literatura? Quien lee agiganta su imaginación al ser capaz de ponerse en el lugar del otro, añade Oz. Habla del conflicto israelí-palestino y para enfrentarlo moralmente nos propone frecuentar a los grandes, a Shakespeare o a Faulkner, entre otros. Ojalá sea cierto y no una cháchara bienintencionada. No sé. Quienes vivimos lejos de Israel o de Palestina tal vez podríamos intentar algo semejante: servirnos de la literatura, como propone Amos Oz, con el fin de extirpar las suspicacias xenófobas o el fanatismo que siempre está pronto a explotar…

(Más…).
——————–
2. Los intelectuales de Ciutadans, ayer.
–El Titánic y los intelectuales de Cataluña (2005)
–Los tanques de Boadella (2005)

Los intelectuales de Ciutadans, hoy:
“Boadella, Pericay y Espada respaldan la candidatura crítica con Albert Rivera”, Abc, 27 de junio de 2007.
BARCELONA. Cuando faltan tres días para la celebración de su congreso, el cisma en Ciutadans es total. Si el martes el catedrático de Derecho Constitucional Francesc de Carreras mostraba su compromiso con la candidatura del actual presidente, el joven abogado Albert Rivera, ayer, cuatro de los intelectuales promotores del partido -Albert Boadella, Xavier Pericay, Arcadi Espada y Teresa Giménez Barbat- anunciaban que dan su apoyo a la candidatura alternativa, encabezada por Luis Bouza-Brey, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona. Se confirma de esta manera una crisis interna que se arrastra desde hace meses -en julio se cumplirá un año de la constitución del partido- y que Rivera ha negado en todo momento, atribuyendo las críticas a su gestión a un reducido grupo de militantes díscolos.
Críticas a la actual dirección
La escritora Teresa Giménez Barbat explicó ayer a Efe que, en un momento «tan delicado» como el que debe afrontar Ciutadans -al plantearse su fusión con el proyecto de Fernando Savater y Rosa Díez-, es necesario situar al frente del partido a una figura «con la experiencia y la preparación de Bouza», uno de los fundadores del Partido Socialista de Galicia. Una personalidad de prestigio académico «mucho más preparada que Rivera», apostilló Giménez Barbat.
Hasta ahora, según informó la escritora, la dirección actual de Ciutadans «ha hecho alguna tentativa de acercamiento a Basta Ya que no ha cuajado porque no ha habido suficiente entendimiento».
El desencuentro entre Rivera y estos cuatro intelectuales es tal que Giménez Barbat respondía ayer sin miramientos a su oferta para integrarse en una fundación ligada al partido: «No podría contar con nosotros, nuestra relación no atraviesa el mejor momento». La candidatura de Bouza representa a los sectores liberales e izquierdistas de Ciutadans”.
3. Frank Sinatra según Anaclet Pons.
Nada más que añadir 
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06.25.07
Posted in Intelectuales, Democracia, Historia at 11:31 por jserna

Regreso a José Antonio Zarzalejos, a su artículo “Mentira de Estado y despotismo“, publicado el 24 de junio. Regreso a este articulista porque al reservarse como director la Tercera de Abc cada domingo no es raro que acabe siendo el artículo más importante de la semana en el diario conservador. Este período histórico quedará por sus logros y por sus derrotas, pero quedará también por la reactivación de la prensa de trinchera. Cuando creíamos felizmente llegado el periodismo noticiero, en un mundo en el que las ideologías parecían estar en declive, en un dominio en el que la información es lo que cuenta, vemos reaparecer los medios doctrinales y severísimos, el articulismo militantemente ideológico que tiene por único y exclusivo fin afear cualquier conducta del Gabinete rival o celebrar las bondades siempre evidentes de los nuestros. Es tal la convicción con que se escruta, con que se juzga, que no hay momento para la duda. Son tales la firmeza y la seguridad de los principios desde lo que se evalúa, que la respuesta siempre está anclada en certidumbres inconmovibles, cosa que hace intratable o innegociable al otro.
Cada siete días, como si de una epístola moral y dominical se tratara, José Antonio Zarzalejos suele hacer balance de la política española. El resultado es generalmente despectivo, muy despectivo, con Rodríguez Zapatero, y adulador, muy adulador, con Mariano Rajoy. Del primero no es raro que diga lo que leo en su último artículo: que se trata de “un presidente inmaduro y éticamente indigente”, un individuo en el que se distingue “la personalidad de un presidente entre ingenuo y visionario, entre ingenuo y banal”. Doblemente ingenuo, pues: capaz de tener visiones (en ese diagnóstico Zarzalejos coincide con Pío Moa) y de ser simplemente trivial. Los editorialistas no ocultan sus preferencias, desde luego, pero no estaría de más que matizaran sus animadversiones y que frenaran sus inclinaciones, para así evitar que sus reflexiones se conviertan en pura munición electoral, en panfleto, en hagiografía o en todo ello a la vez. Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero le provoca a Zarzalejos, que en democracia dice no haber existido Gobierno peor, pero no por ingenuidad (que es lo primero que se suele denunciar), sino por desprecio a la verdad, por altivez frente a los medios, por soberbia frente a los periodistas.
El diario Abc no tiene gran ventaja ideológica sobre El Mundo. Mientras el primero es un todo coherente en el que cada pieza encaja para hacer de sus lectores unos seguidores fielmente conservadores, el segundo adopta posiciones cambiantes que le ensanchan el negocio. Aunque la línea editorial que le marca su director sea afín a los populares, El Mundo pone los huevos en varios cestos, sabedores sus responsables de que una empresa comercial puede ser un ariete ideológico, pero sobre todo es una firma con mercado potencial, una razón social con consumidores y usuarios. A los destinatarios-modelo de Abc no es preciso convencerles de nada: ya están persuadidos de antemano y, por tanto, cada uno de sus columnistas reafirman lo ya sabido evitando la disonancia cognitiva e ideológica. Mientras el diario Abc padece los reveses del mercado, El Mundo prospera económicamente, dada la ambigüedad de trato que dispensa a este Gobierno y dada la mayor variedad de sus colaboradores.
Resulta cansado, agotador y previsible leer los artículos de opinión de Zarzalejos. La estructura de los mismos es siempre muy parecida: echa un vistazo al presente para explicar algo que le disgusta o aprueba, valiéndose inmediatamente de alguna analogía histórica. Empieza estableciendo los paralelismos, fijando las semejanzas (la verdad, con poca información o escuetas lecturas) y a partir de ahí se lanza a mantener su analogía. Las comparaciones a veces sirven, pero si haces de ellas la base de tu argumentación política no es improbable que las arruines. ¿Por qué razón? Porque los contextos históricos del presente y del pasado varían, porque los hechos pueden tener alguna similitud pero poco más… Si fuerzas una analogía intentando sacarle todo el provecho, lo más probable es que, entonces, se vean la escasez de lo que dices y la frágil comparación que puede hacerse entre personajes o acontecimientos cronológicamente distantes. Si sostienes, como hace Zarzalejos, que Rodríguez Zapatero es un déspota, lo haces, en primer lugar, para censurar sus hábitos, sus decisiones o sus providencias poco o nada democráticas. ¿Y cuáles serían esas actuaciones punibles? Aquellas que el propio periódico ha denunciado (referidas a la cronología de las negociaciones efectivas con Eta) y que el Gobierno ha desmentido y negado. Como el diario no acepta ese rotundo mentís, entonces califica de mentira lo que el Gabinete dice mostrando a su presidente como un político que obra con la mendacidad y con la altivez típica de la especie. ¿De qué especie? La de los déspotas.
“Rodríguez Zapatero es –políticamente hablando– un déspota”, precisa Zarzalejos. ”Es decir, una persona que abusa de su autoridad y cultiva una concepción democrática cínica en la que –como en una moneda– una faz muestra su adanismo y la otra su determinación irresponsable de alcanzar sus propósitos arteramente”. ¿Se puede ser a la vez cínico, adánico e irresponsable? Los déspotas suelen ser cínicos, pero rara vez son adánicos, justamente porque tienen su permanencia como principal meta. Es más, decir de un Gobierno actual que sus decisiones sólo dependen de un tipo irresponsable que se cree adánico es desconocer cómo funciona la política hoy, que está lastrada por determinaciones varias y vastas, que está condicionada por múltiples asesores, ministros, consejeros. Aunque se quiera ser despótico en una democracia consolidada, el poder es limitado. O, como decía Luc Ferry, el antiguo filósofo-ministro francés, “la experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas… Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo (…). La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años”.
Pero, contrariamente a esa evidencia, Zarzalejos piensa en Rodríguez Zapatero como un déspota. No dice que represente ese papel: dice que es un déspota. Fíjense que cuando a Nicolas Sarkozy se le compara con Napoleón nadie piensa en la literalidad de la analogía: se emplea la imagen del Napoleón-Sarkozy como un recurso metafórico gracias al cual se representa un papel que no puede ser estrictamente comparable al que desempeñara Bonaparte. Pero Zarzalejos es literal. Por eso, debe valerse de dos recursos para fundamentar su dictamen. Por un lado, se sirve de la definición que de déspota da el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una definición de urgencia que sintetiza, que abrevia. Justamente lo contrario de aquello que debería perdírsele a todo editorialista. Los diccionarios de la lengua no pueden emplearse para fundamentar un hondo análisis: sólo sirven para tener un compendio apretado de rasgos mucho más complejos. Por eso, en el fondo del artículo de Zarzalejos hay otro recurso de mayor vuelo con el que zaherir a Rodríguez Zapatero: compararlo con los déspotas ilustrados del siglo XVIII. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, etcétera. También en este punto, la erudición del periodista se queda corta y su concepción de lo que fue la época histórica del absolutismo es escasa, anémica. El déspota del Setecientos tiene un asesor, un filósofo de cabecera que le ilumina, que le marca el camino de lo deseable. Aunque no cite el caso de Prusia, creemos entender a qué se refiere: si Federico II tuvo a su Voltaire, Rodríguez Zapatero tiene también a su “adulador académico”, a Philip Pettit, un “mediocre politólogo”, en opinión de Zarzalejos.
Es absolutamente improcedente comparar una etapa preliberal con un período demócrático. Los déspotas ilustrados del Setecientos eran monarcas que ejercían el poder sobre unos súbditos de previlegios desiguales; eran unos soberanos que se preocupaban del fomento de la riqueza pública en un momento en que el Estado carecía de jurisdicción unificada, en una época de crecimiento y de hambrunas, de expansión y de contención; en un tiempo en que la Monarquía necesitaba de nuevos apoyos, de mayores recursos financieros, de instituciones coherentes. La racionalización era la fórmula con la que creyeron arreglar el reino, pero la variedad de competencias, la acumulación de instituciones y la gestión diaria impidieron frecuentemente ese propósito reformista. Hasta tal punto es así que no resulta extraña, por ejemplo, la decepción de los consejeros áulicos del soberano: de ese Voltaire, por ejemplo, que se aparta del príncipe en quien confió.
¿Es Philip Pettit el nuevo Voltaire? ¿Es Rodríguez Zapatero el nuevo Federico II? La validez de las analogías se demuestra cuando se llevan hasta el final: es entonces cuando vemos que las similitudes son meramente superficiales y es entonces cuando vemos el riesgo de las comparaciones precipitadas. De momento, y eso es lo que le molesta especialmente a Zarzalejos, Pettit “ha venido a nuestro país para evaluar a Rodríguez Zapatero” y, según indica el periodista, le “ha otorgado un sobresaliente”.
¿Progresa adecuadamente? ¿Necesita mejorar? Leeré al ‘mediocre politólogo’ (según Zarzalejos): lo que dijo tiempo atrás, en 2004, y lo que ahora sostiene, en 2007.
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06.22.07
Posted in Intelectuales, Comunicación at 11:14 por jserna

1. ¿Los intelectuales callan o simplemente no gozan de audiencia y de ahí su retiro? ¿O, mejor, existen todavía los intelectuales? Si hacemos caso a lo que los franceses discuten desde hace veinticinco años, esta figura heroica de la modernidad estaría en declive e incluso habría desaparecido. Entre 1979 y 1984 morían uno tras otro algunos de los maestros pensadores de la Francia intelectual: el sociólogo Nicos Poulantzas se suicidaba lanzándose al vacío, después de haberse asomado al marxismo árido de Louis Althusser; el semiólogo Roland Barthes era atropellado por la realidad, digo… por una furgoneta banal, después de haber examinado el signo lingüístico; el grafómano Jean-Paul Sartre fallecía finalmente después de haber emborronado el mundo con su escritura abarcadora, la misma que trataba de negar la fatalidad de lo irremediable; el filósofo Michel Foucault era derrotado por el Sida, después de haber impugnado la figura eminente e incontaminada del intelectual universal. Desde entonces, los franceses se interrogan por la generación siguiente, por aquellos maestros pensadores que habrían sustituido a esos autores conocidos y reconocidos; incluso públicamente se interrogan por los efectos y consecuencias de Mayo del 68.
La respuesta general nos la recordaba Edward W. Said (basándose para ello en un diagnóstico de Régis Debray); nos lo recordaba en un libro firmado en 1994 y que ahora rescata la editorial Debate para nosotros: Representaciones del intelectual. Lo vemos asomarse, con tiento y con interés, con algo de timidez académica. Asumiendo las mejores tradiciones occidentales, sintiéndose desgarrado a la vez por su circunstancia palestina… Desde hace años, dice Said, los intelectuales han abandonado en gran parte el redil de sus editores para terminar “confluyendo en los medios de comunicación social: como periodistas, directores e invitados de debates públicos, asesores, gerentes, etcétera. En ese momento, no sólo dispusieron de una gigantesca audiencia de masas, sino que, además, el trabajo de toda una vida como intelectuales dependió de su audiencia, de la aceptación u olvido que recibían de esos ‘otros’ que se habían convertido en un espectador exterior, consumista y sin rostro”. Reparemos en ello, en algo que no es tan nuevo: la relación que se da entre intelectuales y mass media y sobre lo que tuve oportunidad de pronunciarme.
¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba tiempo atrás y me pregunto ahora. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales. Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros y que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, como intelectuales, como filósofos. Nos abismamos en nuestro propio yo y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne empleando las referencias culturales que cada uno tiene. ¿Pero esa circunstancia nos convierte en pensadores? Todos los hombres son intelectuales, decía Antonio Gramsci, aunque no a todos los hombres les corresponda desempeñar en la sociedad dicha función.
Quienes la desempeñan son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian. Son referentes para numerosos seguidores o rivales que aguardan sus pronunciamientos. Estos individuos reverenciados o detestados son creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan. Su conversión en intelectuales viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.
O, como dijera Jean-Paul Sartre, el intelectual es un entrometido, alguien que se inmiscuye donde no le llaman esperando derrocar verdades recibidas y prejuicios heredados, atavismos y políticas que juzga retrógradas. O, más aún, el intelectual es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la ciencia, la literatura, el arte) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para asombrarnos. La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios, cuando el poeta se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales. Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo coronados por el prestigio y protegidos gracias a su crédito. Utilizan, incluso, la televisión.
Propiamente, pues, no hay nada nuevo en la condición del intelectual mediático. Ahora bien, como acabo diciendo en un artículo publicado en Levante-EMV (Posdata), la multiplicación exponencial de esos medios en los que intervienen, la democratización de la opinión, la libertad más o menos real que Internet nos da acaban menoscabando al pensador oracular. ¿Feliz declive? El regreso a Edward W. Said, oportunamente recuperado en Debate, le obliga a uno a tratar estos asuntos. En las páginas de Representaciones del intelectual habla en general pero, a la vez, habla en particular: reconociendo su condición de palestino que no calla ante las agresiones cometidas contra los suyos y que tampoco quiere convertirse en portavoz nacionalista de su pueblo. Defiende un concepto orgulloso y digno del intelectual, entre camusiano y sartreano, que es el de quien sabe auparse por encima de las exigencias del sistema y de la mera radicalidad. Cree que el intelectual que merece ser calificado como tal ha de pensar contra lo obvio y contra el estereotipo, contra el prejuicio y contra las simplificaciones: ha de evitar el arrastre de la corriente que fluye gracias al sentido común de las cosas.
Said no pudo ver el despliegue majestuoso de esa corriente que es Internet (el dominio de los lugares comunes, pero también el espacio del ensayo y del tanteo). Tampoco pudo llegar a medir del todo el peso creciente que la cultura mediática ejerce en nuestras vidas. Por un lado, los intelectuales se desvanecen, eclipsados o sometidos a las tentaciones de éxito, y, por otro, con la nueva circunstancia de la Red parece cumplirse el sueño de Gramsci. Todos los individuos pueden ser intelectuales, aunque antes no todos podían cumplir esa función; ahora, sin embargo, innumerables individuos tienen en la sociedad la función de intelectuales gracias al intervencionismo electrónico.
Pero, a pesar del despliegue de los medios de comunicación, Said no dejó de creer en el tipo particular de intelectual que él mismo representaba. Lo concebía como francotirador, como amateur, como perturbador del statu quo: un individuo dotado de alguna clarividencia o saber, de cierto arrojo o penetración, que espera arrancarse de lo concreto para examinar lo universal o, mejor, que desea intervenir en lo concreto para mostrar sus implicaciones universales. Es individuo, sí, pero se sabe inserto dentro de unas comunidades a las que representa explícita o implícitamente, a las que invoca y expresa. ¿Lo ata eso a una nación? ¿Le establece algún tipo de pertenencia irrevocable? El intelectual descrito por Said busca incesantemente la independencia sabiéndose a la vez vinculado a sus semejantes, sabiéndose exiliado real o metafórico: un tipo marginal, antes solitario que gregario; un tipo que evita la adulación del poder o el señuelo de lo comunitario. Said hablaba de sí mismo o creía describir un modelo al que quería parecerse: alguien que profesa la libertad laica de conciencia y que, por tanto, no se resigna a los compromisos que debilitan la verdad en razón de la religión, de la comunidad o del poder. Es un noble ideal, desde luego, pero Said no dice nada de los errores, de las villanías, de las graves equivocaciones o incompetencias que se han cometido profesando esa libertad de criterio.
El intelectual a la manera del ensayista palestino tiene el coraje de atreverse, de acertar, pero también tiene la libertad de errar, como hicieron Sartre o Camus, cada uno a su manera. No siempre se ha exigido al intelectual la competencia de lo dicho, cosa que le deja margen para porfiar en el yerro, en el descuido irresponsable. Esa tensión forma parte de esta historia y de esta figura egregia de la cultura, pero las nuevas circunstancias mediáticas y electrónicas han cambiado las cosas. Por un lado, mejoran el estado y las posibilidades de la opinión: ya no son sólo unos pocos quienes tienen derecho para expresarse (yo mismo me pronuncio en mi blog…). Pero, por otro lado, la multiplicación del espacio “intelectual” rompe las jerarquías obvias, la auctoritas, cosa que en el peor de los casos podría llevarnos a la irrelevancia o a la estridencia o a la agresión verbales.
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06.20.07
Posted in educación at 18:24 por jserna

Uno de los lectores habituales de este blog, el señor Kant, nos abandona por unos días rumbo a Latveria, un frío país centroeuropeo… ¿de ensueño, de fantasía? Lo echaremos en falta. Otra de las personas habituales de esta bitácora, la señora Fuca, se despide por unas semanas camino de la playa, que imagino templada y gallega. Entre Latveria y la costa, algunos nos quedamos irremediablemente en este lugar, incluso sin habernos dado el primer chapuzón. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad, me digo. Aún nos quedan tareas que cumplir, trabajos por corregir, calificaciones por poner, comisiones en las que estar, investigaciones (las viejas tesinas) que leer. La burocracia hace que todo ello se concentre al final. No es nuestra desidia: es la fatalidad de cada fin de curso universitario.
Aunque vamos completando esas labores, con empeño y responsabilidad, uno siempre tiene la impresión de estar en falta. Cuando llegue el veintitantos de julio –insisto: el veintimuchos de julio–, espero haber hecho todo lo que debía hacer, que es bastante, deseando que no quede nada a medias. Aun así, los profesores de este o de aquel nivel, seguiremos cargando con la pésima fama que tenemos: que si vivimos como obispos, que si nos pagan con largueza, que si lo que hacemos otro lo podría hacer con la gorra y en un plis-plas. Hablando en concreto del mundo universitario, Anaclet Pons lo dice mucho mejor que yo en su blog: el primer párrafo de su entrada sintetiza a la perfección y con guasa el tópico con el que se nos caricaturiza. En efecto, los profesores siempre somos culpables y, por hache o por be, no nos merecemos lo que tenemos.
Cuando acabe este curso cumpliré veinte años impartiendo clases en la Facultad de Historia, veinte años de docencia ininterrumpida. Salvo breves estancias en el extranjero o en congresos inevitables o en algunas conferencias a las que he sido amablemente invitado, lo cierto es que no he dejado de acudir a mis clases durante dos décadas. ¿Por condena? No, por elección. Me gusta la docencia y, a la vez, no me entusiasma viajar. Sé que esto no me granjeará la admiración de nadie: no sé por qué, pero el caso es que siempre he preferido leer o ver películas a viajar físicamente. Quizá por eso ha sido una bendición la difusión de Internet. Puede uno desplazarse electrónicamente sin tener que salir mucho, sin tener que decir aquello que proclamaba Claude Lévi-Strauss al principio de Tristes trópicos: “odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis exploraciones”. Mis exploraciones viajeras son escuetas y, sin duda, las he sustituido por la docencia y por la página impresa…
Días atrás, cuando le mencionaba a mi padre que se cumplen ahora veinte años de docencia, me recordó lo que yo decía en 1987, algo que había olvidado por completo y que él, sin embargo, me pudo reproducir literalmente: qué suerte tengo de hacer lo que me gusta y de que encima me paguen. Desde luego ahora no digo exactamente lo mismo: desde luego no pagan con largueza; hay cansancio acumulado; hay momentos de duda, esos en los que no siempre sabes transmitir bien y no siempre se te escucha o se te entiende; te decepcionan ciertas tareas burocráticas… Pero echas un vistazo y te dices: no, no soy culpable.
Continuará…, el viernes, con una nueva entrada, en ese caso dedicada a los Intelectuales.
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06.18.07
Posted in Religión, Democracia at 7:13 por jserna

1. Resulta muy incómodo criticar a Jaime Mayor Oreja: por su condición y por su ejecutoria. Mayor Oreja es un antiguo ministro del Interior: en principio, que un ciudadano corriente, un simple lector por más señas, crea estar a su altura para reprenderle puede tener algo de ridículo. Mayor Oreja es, además, alguien que lleva años custodiado por guardaespaldas que lo protegen para evitar su muerte: en principio, que un ciudadano corriente, un profesor por más señas, le regañe estando confortablemente instalado en Valencia puede tener algo de grotesco. Vaya por delante, pues, mi incomodidad. Pero ese hecho no me puede hacer callar, porque lo que yo juzgo no es una persona ni su ejecutoria, sino ciertas ideas de un libro que acabo de leer y que firman Jaime Mayor Oreja y César Alonso de los Ríos, un libro de título enfático, retador: Esta gran nación (LibrosLibres). Ese rótulo tan rotundo lo vemos en una cubierta, que tiene la fotografía de un Mayor Oreja cuyo torso se difumina. No hay otro motivo o ilustración que sirva de reclamo: es el rostro del político lo que atrae, interesa o repele, correctamente vestido.
¿Se trata de una biografía, tal vez? No, el volumen recoge unas conversaciones del ex ministro con el periodista César Alonso de los Ríos y su fin es circunstancial, instrumental: salvo algún breve apunte biográfico (del que hablaremos), todas sus páginas se dedican a justificar su ejecutoria ministerial, sus actuales ideas políticas. Es una obra pensada para un contexto determinado de gran convulsión, un contexto en el que el Partido Popular ha hecho una oposición movilizadora y extrema. Tal vez por eso, la presentación en sociedad de este libro ha sido recogido por los medios: con dicho acto se vuelve a escenificar esa oposición. Lo curioso es que el espectáculo se daba poco después de esa reunión de la Moncloa en que Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy acordaban enfriar la diatriba antiterrorista.
2. Tomemos dos ejemplos de la prensa. Del tratamiento dado por la prensa: lo dicho de ese acto por el diario Abc y lo dicho por El País. Puede ser significativo. En el caso de Abc, el protagonismo se lo lleva José María Aznar, que aprovecha su presencia en la mesa de presentación para criticar la “frivolidad temeraria de estos aprendices de brujo”, refiriéndose a Rodríguez Zapatero. Así rotula Cristina de la Hoz su crónica en Abc: “La frivolidad temeraria de Zapatero”. El diario Abc explicita el título del volumen y la editorial, subrayando que el coautor del libro es César Alonso de los Ríos: colaborador del diario, uno de sus columnistas. La crónica del acto deja en muy según plano a este articulista del periódico (como refleja la fotografía del acto, con el periodista casi pillado de milagro). Pero, bien mirado, también Mayor Oreja se desvanece en la instantánea de Ángel de Antonio (que no veo en la edición digital de Abc): como lo importante es lo dicho por Aznar (copresentador con Mariano Rajoy del volumen), el lector no sabrá cuáles son los contenidos aproximados de la obra. No hay en la crónica referencia alguna a sus páginas, dato revelador del valor doctrinal que la cronista da a esta reflexión hecha a dos voces. En realidad, el libro es una excusa para esta reportera… ¿y para los autores? Parece como si de lo que se tratara es de recrear constantemente un combate en el que un volumen se presenta sin que sus contenidos parezcan importar gran cosa. ¿Y lo dicho por Rajoy? Su intervención es muy secundaria, comparada con la andanada de Aznar…
¿Qué leemos en el diario El País? ¿Qué dicen sus reporteros del acto de presentación? Carlos E. Cué hace crónica del acto evitando cuidadosamente aludir al título del volumen a la vez que asocia por contagio, por vecindad, ese hecho a la intervención de Mariano Rajoy en La COPE, en el programa de Federico Jiménez Losantos. Es decir, la página de El País tiene dos noticias dominantes firmadas por la misma persona. Por un lado, C. E. C. titula: “Rajoy recupera los reproches a Zapatero y anuncia que usará a ETA en campaña”. Con ello, destaca la incoherencia (presunta o real) en la que incurre Mariano Rajoy tras la entrevista en La Moncloa. O, mejor, muestra la dependencia del líder del PP: Jiménez Losantos le marcaría el programa, más o menos radical. Por otro, Carlos E. Cué alude a la presentación del libro de Mayor Oreja sin que el volumen que motiva el acto aparezca mencionado expresamente, con su rótulo. Tampoco la editorial es mencionada. Todo ello, además, ilustrado con una fotografía de la presentación en la que veíamos a un Aznar desternillándose, a un Mayor Oreja riendo a mandíbula batiente y a un Rajoy que esboza una mueca entre tímida e incómoda. Vale decir: el lector de El País queda en la inopia, ignorante absolutamente de qué se presenta, de cuál es la obra y qué papel representa Mariano Rajoy.
3. Pero no es esto lo que más interesa. Lo que motiva mi escrito es el contenido del libro, cosa de la que ni Abc ni El País dan pista alguna. O, mejor, lo que provoca esta entrada del blog es un sesgo del político vasco que me llama especialmente la atención. Lo que me sorprende no es lo que dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo.
El volumen tiene errores expresivos notables, fruto –quizá— de la precipitación: errores que hay que achacar al periodista, ese interlocutor al que no podemos consentir deslices o gazapos. En algún momento se afirma que la conversación se está desarrollando en febrero de 2007, pero hay indicios de que estas palabras se han completado después, tal vez con prisas, cosa que justificaría repeticiones y olvidos sintácticos. El interlocutor de Mayor Oreja es un periodista de Abc –ya lo sabemos— pero además es un antiguo militante de izquierdas que dejó de serlo. No lo digo como acusación, sino como dato de hecho, algo que puede ignorar un lector que, sin haberle seguido la pista, llegue a este volumen. ¿Deberá pedir perdón toda su vida por haber sido comunista? Por supuesto que no, pero tampoco deberá hacernos padecer con sus desazones.
Por eso, noto en Alonso de los Ríos irritación, malestar: tal vez algo de animosidad hacia lo que fue. Por eso, no extrañará que el periodista saque de Mayor Oreja al conservador más profundo, al creyente que deplora el relativismo, el ateísmo; al “hombre de principios” que profesa el amor a la nación y a la familia como elementos de la libertad, meta que asocia a esta gran nación llamada España. Frente a tanto político descreído, Mayor Oreja es el católico militante, alguien que no renuncia a defender sus ideas con contundencia y que por tanto se enfrenta a quienes las niegan, haciendo una aleación indisoluble entre catolicismo y españolismo. Es curiosa esa forma de razonar: o te profesas católico y español o te arriesgas a que te condenen por relativista.
Creo que el político vasco tiene todo el derecho a mezclar ambas cosas, catolicismo y españolismo, si así lo juzga pertinente; creo que tiene todo el derecho a sostener una idea nacional, fuerte y homogénea, de España, una España basada en estos principios de inspiración religiosa. Pero quizá debería aceptar como opinables varias cosas que no coinciden con su credo. Para empezar, hay católicos vascos que no se consideran españoles sin que por esto debamos forzarles a sentir o experimentar lo que no quieren ni desean. ¿Qué podemos hacer con ellos? ¿Los echamos al mar? Por lo que sabemos hay un cierto número de radicales del abertzalismo que desean hacer eso con los vascos que se sienten españoles. Habrá que evitar que lo logren.
Y hablando de esto: hay vascos y españoles que no se plantean la libertad como asunto prioritario, a pesar de tener muy claras sus respectivas ideas de nación. Por tanto, reverenciar la nación (la que sea) no es garantía de amar la libertad. Por otra parte, hay vascos que admiten ser españoles sin abrazar el catolicismo, cosa que a Mayor Oreja quizá le parezca improbable o raro. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los condenamos al Infierno? Lamentablemente hay muchos vascos que ya viven en el infierno cotidiano, sean o no católicos, sean o no del PP. Habrá que acabar con esta situación sin renunciar a los principios legales. Pero habrá que hacerlo sin forzar a nadie a creer en lo que no está obligado a creer.
Seguimos: hay españoles que sin declarar a cada momento su amor a esta gran nación llamada España esperan y desean organizar la convivencia en libertad. ¿Qué son? ¿Españoles equivocados, compatriotas relativistas? Y hay, en fin, nacionalistas vascos que no comparten el ideario español sin por ello ser exactamente delincuentes. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los adoctrinamos a ver si cambian? ¿Nos dejamos convencer? Según Mayor Oreja, el PNV –un partido en el que abundan los católicos vascos– es una organización inaprovechable para la democracia española. Sostenga lo que sostenga, leo en Esta gran nación, no hay nada que hacer o que tratar con ellos. Imagino que Mayor Oreja es sincero cuando defiende ese maximalismo, pero es una posición estratégica que ha sido derrotada ampliamente.”Como las elecciones de 2001 pusieron de manifiesto”, nos recuerda Santos Juliá, “en Euskadi nada puede consolidarse contra el PNV”. Más aún, “hoy, el lenguaje directo y la actitud firme del presidente del PNV ofrece una oportunidad para un nuevo comienzo en el que se impliquen, con los dos partidos de ámbito estatal, los nacionalistas vascos y, de rechazo, los catalanes, además de las izquierdas unidas que andan por ahí desperdigadas”, concluía Juliá.
Desde las posiciones militantemente credencialistas de Mayor Oreja, es díficil hablar con esos adversarios con quienes estamos obligados a tratar. ¿Qué hacer? La solución no es la militancia confesional que reduce ideológicamente al contrario. Tampoco es la afirmación de la identidad única frente a quien no la comparte. “Estamos condenados a relacionarnos; no a entendernos”, dice Andrés Ortega al final de su último libro (La fuerza de los pocos). No es mala cosa. Yo, de momento, sigo sin ser creyente… Lo que no sé es si me entiendo.
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06.14.07
Posted in Cine, La felicidad de leer at 10:29 por jserna

1. Regreso a Frankenstein
Hace treinta años leí por vez primera Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, una novela ambientada en el Setecientos. Les digo todo esto como dato privado que probablemente no interese. Salvo grave trastorno, nadie va confesando sus lecturas a voz en grito… El blog es una especie de taburete al que te subes en pleno Hyde Park, rodeado también de otros oradores que no te atienden. Logras superar la primera indiferencia: te alzas a esa banqueta inestable y desde allí, desde esa exigua elevación, comienzas a hablar, a chillar, a declamar incluso, revelando opiniones, estupores y felicidades. Es probable que alguien te tome por excéntrico o por exhibicionista. Tal vez. Pero cerca del taburete vemos formarse ya un grupo pequeño de espectadores atentos y generalmente amables que también dicen la suya. El círculo de quienes peroran disputan confesando sus propias lecturas. En efecto, el blog es un modo de expresarse y de comunicarse, justamente aquellos medios o canales o destinatarios de los que carecía el monstruo de Frankenstein. Nadie le atendía y nadie se apiadaba de él. Por eso, cuando tuvo que comenzar su relato ante Victor, la critura exigía escucha y compasión. Oigamos, pues, al monstruo…
Para ello, para enternecerme con su oratoria, vuelvo a releer Frankenstein, ahora, cuando ha sado mucho tiempo tras mi lectura precedente. Es la cuarta vez que regreso, si no me equivoco. ¿Y…?, se preguntarán. ¿Qué tiene de interesante la relectura que usted pueda hacer de una obra del Ochocientos, una obra que no disputa el espacio de la novedad a las publicaciones de este mismo momento? Regresar a los clásicos está bien, podrían aceptarme, pero ¿y qué? ¿Debemos celebrar sus relecturas, los pasos que usted da, la cronología de sus disfrutes?
Desde luego sería una vanidad en la que espero no incurrir. Pero a la vez me pregunto cómo podría callarme el placer de un regreso, cómo podría silenciar la felicidad que me procura una reedición a la que ahora vuelvo. Por supuesto, no confundo mis avances personales con los progresos generales de la humanidad: por eso, si hablo de Frankenstein se debe al hecho simple pero significativo de que Alianza editorial haya publicado otra vez esta novela en una colección nueva y selecta con la traducción de Francisco Torres Oliver. El papel es malo, barato, poco duradero (lamentable, en fin), la cubierta no es errónea y el formato es comodísimo. ¿Cómo negarse el goce? Uno podría pensar que ya no hay placer en una trama que conoces, en unas escenas y personajes cuyo desarrollo adivinas, anticipas. Pero es un error plantear así las cosas: Frankestein aún conmueve y su potencial metafórico permanece. Sorprende, desde luego, que la autora de esta obra imperecedera fuera una jovencita que apenas había llegado a la veintena. Sorprende que en sus páginas esté todo o casi todo lo que modernamente nos inquieta: desde la libertad hasta la responsabilidad, desde Dios hasta la ciencia. Son, efectivamente, cuestiones generales, pero esos asuntos abstractos cobran interés porque el relato concreto en que aparecen les da verosimilitud.
No tiene los vicios de las novelas filosóficas: Frankenstein nos muestra una vicisitud bien particular en la que se plasman y se plantean problemas universales, sin que estos problemas se enuncien de manera declamatoria, impostada, increíble. Tampoco peca de la artificiosidad y de la tetralidad de tanto relato gótico: se desenvuelve con una naturalidad maravillosa, como si las cosas ocurrieran irreparablemente así, sin fantasmas ni espectros, sin tintineo de huesos ni amenazas del más allá. Lo narrado es algo bien real, material, humano, demasiado humano. Justamente por eso, lo universal y lo concreto cobran una dimensión inescindible en esta gran novela. Por otra parte, las circunstancias de lo narrado, el espacio al que se alude (Suiza, Alemania, Gran Bretaña…), le dan mucha precisión, tanta que nos hace averiguar qué era Centroeuropa en aquel momento (en el Setecientos), cuáles eran las condiciones de un cambio que estaba dándose y que maravillaba o asustaba a los contemporáneos. Si la ciencia avanza a gran velocidad, si la técnica nos auxilia, si lo seres humanos pueden enorgullecerse por la magnitud de sus adelantos, ¿entonces cabe temer algún efecto perverso, alguna consecuencia negativa?
La novela tiene distintas instancias narrativas. Quiero decir: quien narra principalmente es el capitán Walton, que remite cartas a su hermana para hacerle sabedora de su viaje a los hielos perpetuos del Norte y para narrarle la triste aventura de Victor Frankenstein, un ginebrino de buena familia, estudioso y viudo que persigue con obsesión y denuedo al monstruo que él mismo ha creado. La narración tiene la forma de la novela epistolar, pero el grueso del relato es un diario en el que Walton recrea la confesión de Frankenstein (en esta edición desde la página 42 a la 278) y, a la vez, de los distintos personajes que éste frecuentó: las palabras de Victor, de sus familiares y de esa criatua que el ginebrino hizo de cadáveres, un ser al que insufló vida con el auxilio de la ciencia natural, de la química. Nos hallamos, pues, ante una novela polifónica en la que distintas voces se suceden hablando, voces que incluso se enfrentan confiriendo sentido a los hechos ocurridos. Frankenstein es una disputa verbal, ciertamente.
¿Qué es lo más llamativo? Lo principal es, desde luego, la elocuencia del monstruo, esa verbosidad que padece, contrariamente al personaje mudo que encarnara Boris Karloff en la primera versión cinematográfica. Aunque no sé por qué a su don lo califico así: imaginénse cualquiera de nosotros en su circunstancia; imagínense delante de su creador… ¿No intentarían hablar con detalle y precisión?¿No tratarían de persuadirlo con lisonjas o con amenazas? Este monstruo paténtico es, sin duda, cada uno de nosotros exigiendo del creador mayor responsabilidad, mayor atención, mayor cuidado; pero este ser artificial es también –ahora hace veinticinco años– el replicante de Blade Runner que reclama mayor vida…
La criatura de Victor habla con minucia y esmero, se expresa con gran soltura y capacidad, convincentemente, como los replicantes: en pocos meses, el monstruo de Frankenstein ha podido aprender a hablar, a leer, a reproducir los hábitos civilizados, cosa que le permite dirigirse a su responsable con un refinamiento elevado. Es por eso por lo que su desdicha aún nos conmueve más. No es una tosca criatura: es un ser feísimo, descomunal, horrible, en fin; pero es un ser cultivado, con la sofisticación media de un europeo del Setecientos: ha aprendido copiando las costumbres de unos emigrados franceses caídos en desgracia y, desde luego, posee el don de la palabra y del discernimiento, esa dulzura de costumbres que uno imagina en un parisino del siglo XVIII. Pero esa criatura naturalmente buena o neutra se vuleve perversa… Una y otra vez se pregunta por qué es tan desgraciado, por qué debe evitar todo contacto humano. Su aspecto es repulsivo, pero su alma (passe moi le mot) no es naturalmente malvada: sólo el repudio de los otros y el horror que su figura despierta le llevarán a cometer fechorías, villanías de las que después se lamentará, con gran sentimiento de culpa, con un remordimiento incurable. No es desdichado porque sea malo, sino que se hizo malo por ser desdichado, por sentir en sí mismo la aversión de la sociedad, por experimentar en su figura el rechazo de los otros.
Y qué hace usted, señor Serna, hablando de monstruitos desamparados en un día como hoy, cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. Hable de la política, hombre de Dios, y dejése de pavadas infantiles. ¿Qué puedo responder a eso? No digo que no hable en otras ocasiones de cosas aparentemente intrascedentes. Pero, desde luego, Frankenstein no es una pavada infantil: nos habla de lo que significa el miedo, la soledad, el desamparo, la falta de un espacio habitable que podamos compartir. Aceptemos, sin embargo, el reproche: la criatura sirve para meter miedos. Pero esos miedos no son el espanto ante la aparición del fantasma (una figura, por cierto, muy respetable e interesante de la tradición gótica); no son tampoco los sustos que provoca algo inesperado ante lo que reaccionamos instintivamente. Los miedos de Frankenstein son de otra índole.
Están los temores que experimentan los espectadores que azarosamerte tropiezan con él, lance del que salen espantados ante la realidad de una criura sólo vagamente humana que les devuelve una imagen perturbadora. Así es él, pero así podríamos ser nosotros: su figura y su rostro son una deformación de algo humano, con unos sentimientos que no queremos conocer. Y están también los pavores que padece el propio monstruo, expulsado de la insociable sociabilidad kantiana en la que vivimos. Ha de asumir que su hechura, su altura, su compostura son excepcionalmente anormales, descubrimiento que hace ante el espejo o en las aguas de un lago o en la mirada espantada de sus espectadores. ¿Qué hacer cuando uno es tan objetivamente feo? Si hemos de creer a los clásicos, belleza y bondad son inseparables: por tanto el rostro deforme del monstruo prefigura el estado de perversidad de que es capaz. Ese repudio le saca de la comunidad humana; no hay, no habrá para él, un espacio hospitalario en el que pueda desarrollar vida común, sociabilidad, bajo un marco general que todos comparten. Así lo deja dicho:
“¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y despóta conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en demonio”, concluye. Pero Victor Frankenstein –que fue osado, temerario, al crear un ser con el auxilio de la ciencia y de la audacia– sólo es un tipo irresponsable que quiere desentenderse de su obra, de los efectos perversos de sus actos. Por eso, esta novela ha sido tomada como una metáfora de la ciencia en tiempos modernos, aunque también como una ilustración de lo que fue la revolución: damos arranque a un ente nuevo que creemos conocer por analogía y resulta que ese ser escapa a nuestro control. Aunque, quién sabe, tal vez el monstruo de esta ficción sólo sea una recreación de algo más antiguo: la del miedo infantil al ogro, al hombre del saco, al sacamantecas, siempre dispuesto a arrancarnos de ese espacio acogedor, hospitalario, que él no tiene.
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2. Relectura de la relectura. Hace más de diez años, tras mi relectura de entonces, escribí un artículo a partir de la edición de Cátedra, en su colección ‘Letras Universales’ (y no erróneamente ‘Feminismos’, como dije en principio: gracias a Isabel Burdiel y a Paco Fuster por la enmienda…). Aquella edición de ‘Letras Universales’, con una bellísima cubierta, contaba también con una inteligente y documentada introducción de Isabel Burdiel.
“Frankenstein en la Academia“ fue el título del artículo y lo publiqué en Claves de razón práctica (núm. 66, 1996, págs. 68-73).
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3. Hemeroteca. De monstruos a partidos…
¿Partidos viejos, partidos nuevos? La partida se juega.
a. ¿Un partido nuevo?, artículo de JS en Levante-EMV, 15 de junio de 2007. ¿Está acabado el Partido Socialista?
b. Crisis en Esquerra Unida del País Valencià, en Levante-EMV, 16 de junio de 2007
c. Ciutadans, ¿un partido en declive?
d. El Partido de Savater.
Los intelectuales se divierten: Savater y el derby de Epsom
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4. Avance del 18 de junio, lunes.
El Partido Popular: Mayor Oreja y esa Gran Nación llamada España
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06.12.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia at 11:04 por jserna

El filósofo norteamericano Richard J. Berstein rotula uno de sus libros con este título: El abuso del mal (Katz editores). Dedica el volumen a analizar lo que entiende que es “la corrupción de la política y la religión desde el 11/9″. Sostiene una tesis fuerte: la peligrosa conversión de la ética en referente político. ¿Algo que reprochar? En principio, que las relaciones internacionales se supediten a unas normas morales parece inobjetable: los actores se someterían al bien y, por tanto, obrarían de acuerdo con bases innegociables. Imaginemos un escenario ideado por Kant: una acción es moral cuando se somete a los principios del imperativo categórico: es un acto autónomo, universalizable, racional, a priori; un acto que no persigue el bien por los efectos, sino que se ejecuta en función de un discernimiento que es previo. Las acciones morales toman a cada ser como fin en sí mismo y no como medio y, desde luego, excluyen la heteronomía…
¿Se imaginan un mundo gobernado así, regido según esos principios? Sin duda sería un planeta formalmente moral, pero a la vez sería una especie de infierno real: si obramos sin atender a las consecuencias de nuestros actos, si aparentemente –al menos– pensamos el mundo al margen de sus consecuencias, el egoísmo no rige, pero la presunta benevolencia nos destruiría. Lo que se pide a los gobernantes es que obren con la mayor decencia posible, pero –por favor– que no conciban sus acciones de acuerdo con la rigidez formal de un presunto kantismo. En realidad, las acciones de Gobierno o las relaciones internacionales o la política exterior no se ciñen a esta forma de concebir el acto moral. ¿Por qué razón? Porque moral y política no coinciden. Sin embargo, desde que sucedieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, parece como si la política internacional norteamericana tuviera que hacerse ateniéndose a la moral. “Hubo otros períodos en la historia reciente” dice Bernstein, “en que los políticos, en especial en los Estados Unidos, utilizaron la retórica del bien y del mal para ganar el apoyo de sus electores. Ronald Reagan llamó a la Unión Soviética ‘El imperio del mal’…”
En apariencia, algo semejante a lo que George W. Bush dice hoy cuando habla del eje del mal. Eje y mal son dos palabras de evidente resonancia histórica, pero son sobre todo dos términos que parecen supeditar la visión de las cosas a un enfoque estrictamente moral. Ahora bien, entre Bush y Reagan hay diferencias. En el ganador de la Guerra Fría, la retórica moral se concebía como parte de un programa propagandístico, como instrumento de un conflicto concebido al modo clásico: en una guerra, si se puede, al enemigo hay que quitarle la capacidad para hacernos daño, logro que será la derrota de dicho adversario. En Bush, por el contrario, la moral parece ser una creencia firme, no una argucia: más que impedirle hacernos daño, al enemigo hay que derrotarlo. Así, sin más, aunque eso provoque un cataclismo, aunque de ello se deriven consecuencias peores. No parece importar… En Reagan sí que importaba. “A pesar de esta retórica, Reagan se mostró flexible y pragmático en sus negociaciones diplomáticas cuando Gorbachov se convirtió en el líder del Kremlin”. En cambio, ahora, la política norteamericana tiene un lado más inquietante: la aparente (o real) convicción sin diplomacia, la defensa de los principios sin dejar abierta negociación alguna.
Piénsese, por ejemplo, en el reproche dirigido a la posición española con respecto a Cuba. Se dice: los españoles gozaron de la libertad tras la muerte de Franco; también los habitantes de la Isla tienen ese derecho. Por supuesto, pero la transición en España se hizo negociando entre los herederos del antiguo régimen y los opositores, no basándose en principios inamovibles, ni tampoco en una idea del bien innegociable del que una parte sería exclusiva portadora. La debilidad o el daño previsible obligan a negociar: pero no porque se tenga razón, sino porque se sabe que el pacto es la fórmula que menos daños ocasiona. En cambio, predicar el absoluto moral impide cualqier transacción. “Lo más inquietante acerca del discurso sobre el mal posterior al 11 de septiembre”, dice Bernstein, ”es su rigidez y su atractivo popular”, algo que se ha extendido entre muchos analistas. ¿Estamos o no estamos dispuestos a derrotar a nuestros malvados enemigos? ¿Quién podría estar en contra de luchar contra el mal? Ésas parecen ser las ideas determinantes.
El problema, si se fijan, no es que a quienes se nos oponen les llamemos enemigos, sino que a los fieros adversarios que hay que reducir los identifiquemos sin más con el mal, con un simplificación traquilizadora. No me malinterpreten. Eso no significa que yo quiera comprenderlos ni justificarlos: significa que la tipificación del mal no puede confundirse con los medios que tenemos para oponernos. Según esta perspectiva radical, el mal es un acto heterónomo, irracional, no universalizable, consecuencialista y, por tanto, egoísta. En cambio, el bien no se mide por sus efectos. Concebir así la política nos deja en el lado bueno –qué duda cabe–, pero no nos ayuda mucho a arreglar problemas concretos. La gestión internacional y nacional no implica necesariamente hacer el bien, sino evitar los daños directos e indirectos, intencionales e inintencionales que se siguen de determinadas medidas. Los pragmatistas norteamericanos nos enseñaron a pensar así las cosas, nos recuerda Bernstein, y ello es aplicable al gobierno diario y a las disputas internacionales.
Aquí, en España y entre nosotros, entre los principales columnistas de la derecha, ese principio liberal ha sido olvidado para reivindicar el bien como convicción absoluta. Durante meses, nuestros articulistas más acérrimos han mostrado la mayor fiereza ideológica, sabiéndose ubicados en el bien. La política de Rodríguez Zapatero puede fracasar, como no prosperaron los tanteos ordenados por Aznar. Sin embargo, esa política del actual presidente ero no ha de medirse por el bien que predica, sino por las gestiones que emprende. Pero no ha sido ésa la vara de medir. A Rodríguez Zapatero le han juzgado a partir de aprioris…, acusándole de relativismo, de nihilismo, alguien sin principios que habría cejado en el empeño de todo estadista: hacer el bien. Es, desde luego, un error grave. El de esta idea, me refiero. El problema no es que algunos columnistas emplearan esta concepción formalista y originariamente kantiana como artimaña, sino que muchos parecieron creer en ella. Si la política se concibe a priori, confundida con la moral, como un imperativo categórico que no puede evaluarse por sus consecuencias, entonces la radicalidad se impone. Y así ha sido. Por eso, antes de la reunión de Rodríguez Zapatero y Rajoy, un Jon Juaristi enrabietado advertía contra la tentación del pacto y de la negociación, mero pragmatismo condenable. Por eso, después de dicha reunión, Ignacio Camacho deplora que todo esto sólo sea la representación vaporosa de unidad, mero maquillaje electoral. Digan lo que quieran, pero –por favor– no interfieran la negociación de estos actores políticos: aunque, quién sabe, quizá antes alguno de los contendientes-negociadores sacará la moralidad para romper enfáticamente pactos tan frágiles.
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