05.28.07
Posted in Comunicación, Democracia at 9:03 por jserna
1. Alberto Ruiz-Gallardón. Cuando votamos lo hacemos movidos por alguna intención, por alguna ideología, por alguna simpatía o repudio, o… tal vez guiados por el conocimiento de unos sondeos, por esos datos que confirman lo que deseamos o que niegan lo que esperamos. El caso es que, como dije en un artículo, los efectos de composición de nuestras acciones son, en parte imprevisibles, sobre todo cuando la campaña es general y lo que se vota es un candidato municipal, por ejemplo. Lo imprevisible no es, sin embargo, el resultado local, sino la suma de todo ello y cuando todo ello puede evaluarse en números absolutos o en cuotas de poder. Los números absolutos dan o quitan la victoria, pero al final las concejalías obtenidas o las comunidades autónomas ganadas o arrebatadas al contrario son lo que da la medida de lo que está pasando. Y eso que está pasando no necesariamente es lo que puede suceder con elecciones generales, pero eso que ahora se interpreta y cómo se interpreta sirve para formar opinión. Repasemos, pues, la opinión de quienes desde la derecha más han hecho por el triunfo del Partido Popular. El editorialista de Abc, por ejemplo, quiere hacer la mejor lectura posible de los resultados, celebrando a Mariano Rajoy y advirtiéndole a Rodríguez Zapatero. Pero más allá de esa presentación, sus columnistas expresan malestar…
La abstención ha sido alta, qué duda cabe, y ello puede interpretarse de distintos modos. El PP ha ganado en votos, sobre todo gracias a los resultados de Madrid, pero quedándose prácticamente como estaba, sin aumentar sustancialmente las instituciones que controla. El PSOE, que ha obtenido mayor número de concejales, no se ha hundido pese a los augurios o deseos de algunos. Como el domingo vaticinábamos, “salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores”. Eso es lo que en parte ya está ocurriendo. El mayor número de concejales del PSOE le sirve para salvar la cara ante el desastre de Madrid y de… ¿Qué lectura puede hacer Rajoy? ¿Qué respaldo real tiene su candidatura frente al éxito Alberto Ruiz-Gallardón o de Esperanza Aguirre? El editorialista de Abc recuerda –imprudentemente, a mi juicio— lo dicho por el alcalde de Madrid: “en su momento, Alberto Ruiz-Gallardón ya anunció que su oponente no era Miguel Sebastián -desde ayer un cadáver político-, sino José Luis Rodríguez Zapatero”. Esa declaración es algo más que una jactancia: desde luego es un reto para el actual presidente del Gobierno, pero sigue siendo también una seria advertencia para Mariano Rajoy… Ruiz-Gallardón tiene sus triunfos, pues.
Repasemos lo que dicen algunos caracterizados representantes del columnismo conservador. Que la abstención haya sido alta le sirve al articulista de Abc Xavier Pericay –uno de los intelectuales inspiradores de Ciutadans– para subrayar lo evidente: la creciente desafección del votante, por el alejamiento cada vez mayor que se da entre ciudadanos y representantes. Traduciría una falta de interés por lo que los políticos discuten o abordan o presentan. Lo raro, añade Pericay, es que el PSOE haya resistido: cuatro años jugando con fuego y el resultado es que los socialistas no se queman. Era lo mínimo que cabía esperar: eso, quemarse. “Aunque sea un poco”, admite resignado. Tanto ha afectado el abstencionismo en Cataluña que Valentí Puig, también en Abc, no saca ventaja para nadie. Normalmente hostil con el tripartito y con CiU, podría pensarse en que esos resultados eran aprovechables para PP o para Ciutadans. Ni eso: la consecuencia es, dice Puig, una sociedad átona en la que sólo “el PSC-PSOE amplía su maquinaria de poder” catalán. Es decir, suben quienes deberían haber pagado los platos rotos del Estatut: en vez de ocurrir tal cosa, los socialistas se ven premiados por los suyos y por el grueso de los desencantados que no votan.
Con sentido moderado, sin repeluzno verbal, Pablo Sebastián dice cosas muy ciertas en Abc: “En lo que al Partido Popular se refiere, estos resultados pueden considerarse parcialmente buenos, pero no definitivos para atisbar la victoria y el alcance del poder a nivel nacional. Y revelan, en una primera lectura, que los ciudadanos no han apreciado como positiva su política de oposición frontal a la política antiterrorista del Gobierno, tanto en el Parlamento como en la calle. Y aunque a nivel nacional se puede hablar de una victoria moderada -o de empate técnico de votos- lo cierto es que el vuelco político que esperan los populares de manera clara y decisiva no se ha visto, y ello impide imaginar que, al día de hoy, o en unas elecciones anticipadas, el PP no podría alcanzar una holgada mayoría para gobernar España”.
Un tono aún más dolido, apocalíptico, simplemente desgarrado es, cómo no, el de Hermann Tertsch, en Abc. Conviene reproducir ampliamente sus palabras: “lo terriblemente cierto es que no se hunde ni mucho menos la permanente infamia conceptual del proyecto lanzado por ese Partido Socialista de Rodríguez Zapatero, con su cúpula sectaria de neopensadores mágicos y sus cómplices nacionalistas. No parecen generar el rechazo que merecen sus propuestas de desigualdad territorial, su inseguridad jurídica y ética ante la agresión terrorista y la inanidad moral de que hacen gala en política interior, de seguridad y exterior. El único partido de oposición, el PP, ha fracasado en liderar una revuelta nacional que requería sin duda un cuerpo social más activo para hacer frente a la agresión continua que sufren las libertades agredidas por socialistas y nacionalistas. España no está mejor después de estos resultados”.
Leído lo anterior, conviene saber cuáles son los triunfos de la derecha en un juego de paciencia con peligrosos compañeros de partida, con rivales correosos… Algunos candidatos suben imparablemente; otros se la juegan y su destino aún es incierto. O, como apostilla Ignacio Ruiz Quintano también Abc, “el socialismo zapateril consolida su naufragio en la capital de España, donde Alberto Ruiz-Gallardón se proyecta como la gran esperanza monclovita, acaso la única, del Partido Popular”. ¿Ruiz-Gallardón es el rey del tapete?
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2. Como Ciutadans ha cosechado un inmenso fracaso, Arcadi Espada dice en su blog que no ha triunfado el PP. “El nacionalismo ha ganado las elecciones municipales en España. En Navarra, desde luego, pero también en Baleares, Canarias y Cataluña, y en Vitoria, Palma de Mallorca o Vigo. Existe la posibilidad de que también haya ganado en Madrid, pero sobre eso no me voy a pronunciar ahora. La posibilidad de que el Partido Popular haya ganado las elecciones es sencillamente ridícula. Ganar es gobernar”, dice Espada reproduciendo –casi literalmente– palabras de Victoria Prego en El Mundo.
Cierto, cierto. Por eso, la pregunta es decisiva: ¿el PP espera gobernar sin llegar a acuerdo alguno? Si ganar es gobernar –como dolorosamente apostilla Espada–, en ese caso no es probable que Ciutadans gane nunca. Es decir, permanecerá sin contaminar, como un partido que sólo espera “el restablecimiento de la realidad”, según reza su primer manifiesto. Mientras tanto, los otros partidos –incluido el PP de Alberto Fernández Díaz– conseguirán concejales, eso sí: sumidos en la irrealidad de la que habla Arcadi Espada, en esa abstención que no ha beneficiado a Ciutadans.
Por eso, el propio Espada reconoce: “el tercer partido tiene su mayor enemigo en la abstención, que alcanza en Barcelona dimensiones históricas: desde que las chicas votan jamás había votado tan poca gente en la ciudad. Y es en Barcelona donde Ciutadans ha perdido de modo más doloroso. Aunque no entra en el Ayuntamiento por muy pocos votos, es el único partido que no puede escudarse moralmente en la abstención: él nació para combatirla y para devolverle a la política su nobleza y su pasión”.
Devolverle a la política su nobleza y su pasión, interesante e irreal propósito que se enfrenta inevitablemente a lo que los partidos son: no sólo una organización para alcanzar el mayor número de empleos públicos, sino también una estructura de poder interno. La nobleza y la pasión no le quitarán al partido político su naturaleza: ser una organización más o menos oligárquica. Desde luego habría que dotarse de todo tipo de frenos para impedir la deriva absolutamente cerrada de sus funcionarios, del aparato, pero quienes tienen apetito de poder y ya lo tocan o ya lo disfrutan no son partidarios de que sus cargos se revoquen: por mucha nobleza y pasión que le pongan la militancia o los simpatizantes. Es decir, siendo estructuras más o menos oligárquicas, los partidos son, sin embargo, instrumento de la democracia. Pero la democracia de hoy es sobre todo un espacio de representación, de visibilidad mediática, un proscenio en el que se muestran ciertas cosas con ostentosa publicidad y en el que se ocultan o se velan otras igualmente decisivas para la marcha política. Por eso, la clave del éxito y de los triunfos electorales suele ser el que da la suma del populismo más el crecimiento económico. ¿Duele reconocer esta vulgar realidad?
En Ciutadans. Sed realistas: decid lo indecible, sus intelectuales fundadores creen posible refundar la forma partido y, por ello, proclaman en su ideario un repertorio de evidencias o de buenas intenciones que no cumplirían las restantes organizaciones: una democracia de ciudadanos, un espacio ideológico nuevo (transversal, liberal y socialista a la vez) en el que hacer explícito otro modo de hacer política, una ”gestión objetiva de los problemas reales”, una defensa de “la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros”. Etcétera. Sorprende la confianza que los intelectuales dispensan a los principios, como si esas convicciones expresadas fueran un detente bala, como si los ideales proclamados fueran pensamiento mágico capaz de enderezar el fuste torcido de las conductas sectarias. Frente al nacionalismo, Ciutadans propone nada menos que restituir la realidad o, como antes citaba, gestionar objetivamente los problemas reales. Es ésta un voluntad mayúscula, desde luego, que puede tener, sin embargo, una lectura autoritaria: eso de gestionar objetivamente sólo pueden pretenderlo los tecnócratas… Pero es que, hoy, la política no es el dominio de los tecnócratas: tiene mucho de arte de recreación fantasiosa y de arbitrismo. O, en otros términos, de simulacro y decisionismo. Son, por supuesto, patologías de la democracia, pero sobre todo son dolencias crónicas de la sociedad mediática: aquella sociedad en la que el populismo vistoso y visual triunfa. Insisto: esto es realismo, no cinismo.
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3. Aviso. Un análisis de lo ocurrido en las elecciones valencianas (con el triunfo rotundo del PP de la CV) podrá leerse en Levante-EMV el próximo viernes en el artículo semanal de JS. Aquí, en el blog, pensaba poner un nuevo post hoy. Las declaraciones de Ruiz-Gallardón (”Ruiz-Lancelot”, según Ignacio Camaño en Abc) en el Foro ABC y la respuesta dada por Rajoy me obligan a retrasar el texto. Reproduzco el Discurso en la sección de comentarios. Pueden leerlo y analizarlo.
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05.27.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:46 por jserna
1. Leo El enigma Ciutadans. Un misterio político al descubierto, de Álex Sàlmon, y leo Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, editado por Jordi Bernal y José Lázaro. Son, por supuesto, libros de circunstancias, volúmenes que aprovechan o despiertan el apetito de lo noticiable: son ejemplares que pronto caducarán, pues pertenecen a ese género momentáneo que es el libro político ocasional. No es que lo que allí se trata se olvide en un par de semanas. Lo que ocurre es que dos o tres ideas buenas o irritantes, cinco o seis aciertos verbales o siete u ocho análisis atendibles o discutibles se perderán inevitablemente cuando las novedades bibliográficas, la dinámica electoral o el nuevo oportunismo los entierren. Un libro efímero desaloja a otro libro temporal y precario. Por eso, los he leído ahora, justamente ahora, antes de que desaparezcan: he aprovechado que aún están en los expositores de novedades. Dentro de un tiempo es probable que sean descatalogados y finalmente guillotinados.
El primero de ellos, El enigma Ciutadans, lo firma el director de la edición catalana de El Mundo: Álex Sàlmon. El volumen está concebido como la crónica de un partido nuevo, como el relato en el que se narra la gestación de un partido a raíz de un sueño particular: el de una Cataluña posnacionalista. Quince intelectuales, amigos, conocidos y residentes en Barcelona (la mayor parte de ellos) se reúnen en varias ocasiones para hablar; comen en restaurantes más o menos caros mientras alimentan aquella idea, mientras confirman tener una misma idea y, después de hacer públicos algunos manifiestos, deciden plasmarla formando un partido político. Pero por ser eso –intelectuales más o menos talludos, reconocibles, admirados u odiados– ceden dicho trabajo partidista a militantes menos conocidos o nada conocidos, gente de la base que tenga elocuencia o que se para valerse de una oratoria convincente. Forman la organización en cuatro meses y en las siguientes elecciones autonómicas catalanas obtienen tres diputados en el Parlament. A la crónica, Sàlmon le pone su intriga, al tiempo que manifiesta por Ciutadans su admiración abierta. Sàlmon también le pone su entrega, pero el libro se resiente de precipitación: hay numerosas erratas, hay descuidos injustificables e incluso hay repeticiones de párrafos o de citas. Dice haber escrito el volumen en varios fines de semana. Desde luego se nota. No creo que el autor haya leído completamente y de una sentada el original de su libro. Es probable que la necesidad de llegar a las elecciones y de aprovechar el leve tirón de esta circunstancia le haya llevado a cometer esos deslices.
Más cuidada es la edición de Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, coordinado por Jordi Bernal y José Lázaro. Aun así, veo igualmente precipitación: aunque en menor número, también hay erratas incomprensibles en un libro hecho con mayor esmero. En esta obra se reúnen los textos fundacionales de Ciutadans de 2005 y 206, los manifiestos elaborados por aquellos quince intelectuales, artículos de prensa, entrevistas a los nuevos diputados y los diálogos con los profesores, escritores, gentes de la cultura, en fin, que alentaron el proyecto. Aquí aparecen, entre otros, Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Xavier Pericay y… Fernando Savater. ¿Savater? En marzo de 2006, en el Teatro Tívoli de Barcelona se realizó el acto fundacional del nuevo partido, todo un acontecimiento pensado como hecho noticiable: sin ser promotor de la idea, sin ser barcelonés de origen o de vecindad, en aquel evento ya estuvo Fernando Savater saludando la iniciativa. En un capítulo de este libro, podemos leer sus respuestas a preguntas que el editor les hace a todos ellos, cada uno de los cuales aprontando ideas. Fuera de algunas enormidades a que tan proclives son los intelectuales y que probablemente no podrán asumir los diputados de Ciutadans, la verdad es que ni Savater ni sus virtuales contertulios no dicen nada que no sea de sentido común. Ése es el problema, dice Félix de Azúa: que decir las cosas más sensatas es en Cataluña un acto revolucionario. Seguramente es una enormidad…
Dicen cosas, pues, en ese capítulo, un capítulo que los editores no han querido titular debate –un debate, dicen, es una lucha–, sino deliberación. Esa palabra tiene un enorme prestigio, pues a lo que alude es a una actitud abierta del dialogante: quien delibera no discute desde posiciones inamovibles; quien delibera expresa su deseo de dejarse influir por las ideas del otro, que –seguro— algo tendrán de racionales y de razonables. Sin haberlos reunido en un espacio físico para grabar sus intervenciones, los editores han compuesto ese capítulo con las declaraciones escritas de estos intelectuales, declaraciones remitidas generalmente por e-mail a partir de preguntas generales: un capítulo provisional luego reenviado para que cada uno de ellos pudiera introducir sus últimos retoques o apaños. Sin duda, es la parte más interesante del libro. Primero por los protagonistas; segundo por lo que tratan y dicen.
Yo no veo especialmente la deliberación por ningún lado: cada uno dice la suya y no creo que nadie modifique sus puntos de partida. En realidad, lo que sostienen es la necesidad de que Cataluña vuelva a los hecho. Los mitos del nacionalismo –dicen– habrían velado la percepción de los ciudadanos y, por tanto, un baño de realidad –incluso de objetividad— sería imprescindible. Entienden que Ciutadans –como partido transversal y posnacionalista– sería la solución y la respuesta: ellos no son los políticos que bregan diariamente, sino que ellos son la referencia última que impulsa. Más allá de la defensa del bilingüismo, se trataría, en suma, de crear y mantener una organización que no cayera en los vicios electoralistas de PSOE o PP, un partido abierto, antiburocrático. Pero no las tienen todas consigo: saben que la política es canibalismo y que, por eso, los cargos públicos de ese nuevo partido que no quiere ser antipartido (no ignoran que eso conduce al fascismo) pueden caer atrapados en la maquinaria del sistema. Savater aparece en el libro como un simpatizante fervoroso y esperanzado: la oferta de Ciutadans no debe limitarse a Cataluña. Eso es lo que espera y desea… Por eso, por ser tan evidente su enfoque, resulta algo impostada y teatral la pose que él y Carlos Martínez Gorriarán han mantenido la última semana. Les resumo.

2. ¿Crónica de un nuevo partido? “Ciutadans y «Basta Ya» escenifican su futura alianza política”, dice el diario Abc en su edición del 26 de mayo. El verbo es exacto y realista, preciso. Muestra hasta qué punto la política es hoy teatro, exhibición, puesta en escena; muestra hasta qué punto aquello que ahora domina es el periodismo de declaraciones: el que persigue el hecho noticiable y a los protagonistas que puedan decir algo. Así empezaron los inspiradores y responsables de Ciutadans, en 2005 y en 2006, sabedores de que hay que crear el acontecimiento: cuando los quince intelectuales presentaron el primer manifiesto y cuando en el Tívoli de Barcelona se constituía el nuevo partido. Para tener eco, para tener respaldo directo o indirecto en los medios, es preciso provocar un evento, por pequeño que sea. Raudos acudirán los periodistas…
Ahora bien, para que funcione como tal, dicho acontecimiento político ha de tener, por supuesto, protagonistas, gentes reconocibles, individuos que antes o en ese momento se ganan una audiencia gracias a esos mediadores que son los periodistas. Se trata, insisto, de provocar un evento, sí, pero sabiendo después de qué modo hay que administrar estratégicamente la información, de qué manera hay que suministrar los datos a los reporteros que cubren los hechos, de qué forma hay que presentarlo y representarlo. Es decir, esos hechos noticiables han de tener su intriga, su planteamiento, su nudo y, finalmente, su desenlace. Es un modo de inducir y de aumentar el interés. En periodismo o en publicidad se sabe que una noticia por sí sola no despierta atención: sólo cuando esa información se convierte en crónica, en serie, en capítulo de un proceso más largo, es cuando el dato llega a una audiencia que lo recibe con solicitud.
Durante una semana, Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán, cabezas visibles de Basta ya y simpatizantes declarados de Ciutadans, se han presentado ante los medios deshojando la margarita…: que si sí, que si no, que si montamos un partido, que si hay que votar en blanco… Al mismo tiempo que esto sucedía, Eduardo Zaplana les proponía una alianza coyuntural, como si el Partido Popular fuera un partido recolector de todo tipo de votos, incluso de laicos confesos. A la vez que eso ocurría, Abc, por su parte, rogaba a Savater y Martínez Gorriarán que prestaran su apoyo al PP: que no forméis un partido al estilo Ciutadans, que no hay tercera vía, que no hay más opción que la de desalojar a Rodríguez Zapatero aliándose con los populares. Savater aprovecha su audiencia de El País y Martínez Gorriarán se vale de una Tercera de Abc para volver a lamentar la vaciedad del actual presidente del Gobierno. El periódico de la grapa (así lo llamaba Javier Marías) da todo su respaldo al articulismo antizapaterista sin que su director parezca advertir que el diario proRajoy está siendo utilizado por otra opción… Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero despierta que José Antonio Zarzalejos cree posible una gran coalición contra el PSOE…
De todas las tribunas y columnas aparecidas en el diario conservador, la más significativa ha sido la de Edurne Uriarte: con una prosa algo envarada, la autora dice que entre Savater y Aznar no hay gran diferencia, que hay más cosas que unen de las que separan, que la izquierda no tiene superioridad moral, que… por favor. Algún día después, el viernes 25 de mayo, Savater y Martínez Gorriarán se presentan en Barcelona haciendo como que descubren ahora las afinidades con Ciutadans. No hay tal cosa. Me refiero al descubrimiento tardío: ya sabemos que desde hace meses Fernando Savater presta su apoyo a Ciutadans al tiempo que muestra su todo desencanto, toda su decepción, con Rodríguez Zapatero. Que dos días antes de las elecciones, después de haber predicado el voto en blanco (que yo mismo le he criticado), el filósofo donostiarra defienda la opción de Ciutadans es… la penúltima operación de una presentación mediática calculada. Vayamos dosificando las informaciones, vayamos dando ruedas de prensa estratégicamente, de modo que siempre haya una novedad que los periodistas puedan registrar.
¿Cuál es la consecuencia? Ciutadans recoge el descontento, cierto, pero la auténtica opción es que, si sale mal, si no obtiene concejales en Barcelona o en otras poblaciones, siempre podrán echarle la culpa al bipartidismo imperfecto que pretenden abatir aquí o allí. Si, por el contrario, sale medianamente bien al lograr algún regidor, siempre será un triunfo, una gesta personal, un hecho heroico. Habrá que ver, no obstante, en qué consiste ser ese nuevo partido que espera no reproducir los vicios de los anteriores. Aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué una organización liderada por Albert Rivera va a funcionar mejor que el PSOE o el PP (siempre decepcionantes, claro), una organización prístina y adánica que por lo que parece llega, incluso, a convencer a Fernando Savater, tan sabedor de decepciones políticas. Mientras estamos atentos a la pantalla, confirmando la alianza de facto, José Antonio Zarzalejos vuelve a lo mismo en su Tercera dominical, ajeno –al parecer– a lo que es evidente:
“Con el respeto más absoluto, sin embargo, y en atención a la historia de España que tanto nos enseña, expreso la duda de si la migración de estos intelectuales a militantes de un nuevo partido sería útil o no a la causa de la democracia constitucional española. El modelo que ha puesto en práctica Sarkozy -nutrirse de las ideas de intelectuales de procedencia diversa pero homogéneos en su convicción sobre la necesidad de una gran regeneración de valores y principios nacionales y sociales- ha sido exitoso. Gallo, Baverez, Marseille o Glucksmann, entre otros, no han entrado en la arena política, pero sí en el compromiso por una opción electoral -la de UMP dirigida por Sarkozy-, ejerciendo así un papel referente y orientador para la opinión pública”.
Esa invitación es ceguera voluntaria: la obstinación de un director de diario que lo fía todo al triunfo del PP. En una dirección semejante se expresa Jon Juaristi, que en su artículo “Fernando” publicado en Abc (27 de mayo, reproducido en la sección de comentarios) viene a decir que al aprecio por Savater no le hará seguirle. “Sus desplazamientos tácticos no me preocupan”, precisa Juaristi. “De Fernando Savater se puede prescindir en las escaramuzas, incluso es recomendable hacerlo con frecuencia”, añade. El Mundo, por el contrario, juega con varias barajas, algo que se puede ver en la crónica de Ciutadans escrita por Álex Sàlmon. Si el PP sale bien parado de las elecciones locales y autonómicas (¿y quién no sale bien parado de unas elecciones?), sus respaldos serán Abc y El Mundo. Si los populares no consiguen “la capacidad de absorción” que ha demostrado Sarkozy (en palabras de Zarzalejos), entonces el diario de Pedro J. Ramírez siempre podrá hacer valer su simpatía por Ciutadans.
En cualquier caso, es difícil que los socialistas puedan salir con bien de este trance al que les llevan sus opositores o sus desengañados. Aumentar o repetir el mismo número de sufragios logrados en 2003 o en 2004 son quizá logros improbables, un menoscabo que siempre podrá ser aprovechado por los rivales: la pérdida de votos en números absolutos probaría el desgaste, la decepción, el hastío incluso. Salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores: más aún, un porcentaje abstencionista significativo siempre podrá achacársele al partido socialista. Ésa es una opción interesante para Ciutadans y para la plataforma que auspicia Savater: pueden sumar votos propios y otros que jamás llegaron a las urnas.
(Cerrado el post a las 16:35 horas del domingo 27 de mayo)
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05.25.07
Posted in Antropología, Corrupción, Valencia, Democracia, Historia at 9:16 por jserna

0. Hay que votar…
–La cabellera y los cuatreros (Frente al voto en blanco postulado por Fernando Savater).
Artículo de JS en Levante-EMV, 25 de mayo de 2007.
1. Donaciones, regalos
El ideal de la humanidad es que a cada uno se le tome como fin, no como medio. Indudablemente, ese noble objetivo no lo cumplimos siempre en nuestras relaciones sociales. Hay individuos para quienes sólo somos instrumentos o medios (y debe ser así, al menos en determinadas circunstancias): sabes que un funcionario o un representante político son personas, por supuesto; sabes que tienen unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos es meramente instrumental. De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo. Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación…
En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas. En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, quienes tienen esos tratos impersonales con nosotros, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto. Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas. Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores. Dicen que el vicepresidente de la Diputación de Castellón ha incrementado su patrimonio gracias a donaciones de todo tipo. O dicen que, al menos, habría escriturado las nuevas propiedades bajo la fórmula de la donación para pagar menos a Hacienda. El representante político lo niega. No me interesa si esa figura legal esconde o no compraventas o algo peor. Me interesa dicha palabra: donación…
Hace muchos años, el sociólogo Marcel Mauss escribió un Ensayo sobre el don. Estudiaba el funcionamiento y el significado de los regalos. En la vida privada, un presente se ofrece para mantener, mejorar o facilitar nuestras relaciones, para aliviar los malentendidos o encontronazos, para favorecer nuestros intercambios, para suspender unas hostilidades: los regalos circulan, facilitan la irrigación social, afianzan la paz entre individuos o grupos potencialmente adversarios o rivales, crean o refuerzan amistades, premian a los próximos. En principio, donar presentes es gratuito: en el sentido de que regalamos porque queremos y quien recibe el obsequio no nos abona en metálico una suma con la que costear ese dispendio. ¿Gratuito? Lo que pudo observar Mauss es que el regalo establece en realidad un servicio obligatorio. Cuando obsequiamos a alguien con un presente y éste lo acepta, entonces se crea entre nosotros un sistema invisible, pero real, de prescripciones, de obligaciones: una red de prestaciones y contraprestaciones que para funcionar implica devolución proporcionada, equivalente. Piénsese, por ejemplo, que la lógica de funcionamiento de la Mafia o de la Camorra son de esta índole: desde el siglo XIX reparten servicios como si de obsequios se tratara con el fin de suplantar al Estado, de cubrir sus carencias, enredando a sus favorecidos en una obligación criminal.
En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera. En realida, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente y, como indicara Mauss al hablar del don, queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.
Es curioso, releo lo escrito y, como días atrás, creo regresar al siglo XIX, a la época del Cossi en Castellón o a la época de Joaquín Costa…
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05.22.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 9:53 por jserna

1. Empecemos con cuatro trivialidades bien sabidas, pero que ahora –justamente ahora– merecen ser recordadas. ¿Qué es un partido político? Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder. Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección. Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización. Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar. Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia. Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad. En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad. Nada de eso puede ser extirpado sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana. ¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido? En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos. Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios. De lo que se trata es que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos. De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables. Punto y aparte.
Pasemos a recordar otra cosa archisabida. ¿Qué es un intelectual? Es un individuo al que se le reconocen ciertas habilidades en el pensamiento, en el arte o en la escritura: ahora bien, lo que lo hace intelectual no son esas capacidades creativas, sino su voluntad de intervenir en la sociedad para corregir vicios o enderezar entuertos políticos. Se vale del reconocimiento que su obra ha logrado, de la fama que ha cosechado, para salirse de su competencia denunciando en la prensa, en la televisión, en la radio lo que que cree que debe ser denunciado. Levanta la voz (”yo acuso”), publica o firma manifiestos, escribe artículos, concede entrevistas, expresa posiciones y hace precisamente de la moral, de los principios, su vara de medir. La suya no es una tarea política u organizativa propiamente: su papel es el de ser referencia. Es conocido, es valorado, es apreciado y, por eso, una palabra suya bastará para que sus lectores o seguidores atiendan lo que dice o proclama. Ahora bien, para que tal cosa sea posible, el intelectual necesita los mass media: necesita que esa voz que se alza –que postula o que critica– se haga oír. Esto es, no será nadie si no cuenta con unos medios que le den respaldo o le hagan eco. Habitualmente, los intelectuales han sido distantes del poder, severísimos críticos que denuncian desde la convicción aquello que los gobernantes hacen o dicen hacer por responsabilidad. Eso significa que el político obra con diplomacia, con mesura, con presupuesto; el intelectual, por el contrario, critica armado de principios. El dominio de los primeros se basa en la gestión de las instituciones, en su control; el poder de los segundos se fundamenta en su capacidad de influencia.
Hasta aquí las cosas archisabidas. ¿Pero qué pasa cuando los intelectuales que intervienen en los medios se arriman al poder gubernamental, le dan su apoyo, legitiman su gestión, se hacen valedores de sus intereses políticos? ¿No estarían contradiciendo el cometido al que clásicamente se han entregado, la crítica de las instituciones? En realidad, los intelectuales no son tipos que vuelen sin ataduras y en la España de hoy, por ejemplo, suelen formar parte de grupos de comunicación que son también instrumentos de un poder informal. Por tanto, la imagen romántica del crítico aislado, insobornable y frecuentemente errado es un resto del pasado: es Jean-Paul Sartre. Hoy, la prensa acumula un inmenso poder de intervención, de fiscalización, un poder que no es sólo el de la influencia, sino también el de sus interes materiales.
Fernando Savater es un intelectual sobradamente conocido, alguien que ha sido crítico del poder, pero también fiel aliado de ciertos Gobiernos. Sabedor que es preferible un intelectual sensato a un utopista peligroso, el filósofo vasco ha apoyado distintas opciones políticas. Por ejemplo, según parece depositó su confianza en Rodríguez Zapatero, sobre todo porque, al parecer, esperaba un resultado positivo del giro antiterrorista adoptado por el Gobierno socialista. Eso le supuso severas críticas de antiguos correligionarios suyos, entre ellos vascos y víctimas de la barbarie que recelaban del nuevo Gabinete: o bien porque desconfiaban de dicha estrategia, o bien porque suscribían la política del Partido Popular, férreamente contraria a ese nuevo giro.
Meses después, Savater ha dicho basta ya. Es decir, ha abandonado a Rodríguez Zapatero, a quien ha acusado de adanista, entreguista y debelador de consensos. Ese alejamiento del Gobierno socialista no parece que le haya llevado al PP: Savater dice desconfiar de la política clerical, confesional de los populares. Por eso, con otros correligionarios suyos de ¡Basta ya! (la organización cívica antiterrorista) ha dado los primeros pasos para formar un partido político que habría de presentarse a las elecciones de 2008. Esta postura ha sido alabada y avalada por El Mundo y por Arcadi Espada, columnista de dicho periódico. El diario califica la operación como el principio de una izquierda que va a disputarle al PSOE su hegemonía. Por su parte, Abc ni la aprueba ni la celebra: pide sin más que los antiguos intelectuales de izquierdas descontentos con los socialistas apoyen las listas electorales del PP, como André Glucksmann y otros han hecho en Francia con la opción de Nicolas Sarkozy. Los responsables de El País guardan silencio de momento, sumidos probablemente en un embarazosa incomodidad. Por un lado, no suscriben en público esta operación (e incluso no publican algún artículo suyo: así, el ya famoso Casa tomada). ¿Por qué razón? Porque esa operación –como la de Ciutadans– acabará teniendo una función básicamente partidista, quiero decir: antisocialista. Por otro lado, en El País no pueden desprenderse de uno de sus principales articulistas: Fernando Savater aprovecha sus últimas colaboraciones en dicho periódico para preparar políticamente ese nuevo partido que ya se divisa en lontanza, es decir, está sembrando entre su audiencia para abonar la idea.
¿Cuál es el problema? En realidad, hay dos problemas. Por un lado, Savater y sus correligionarios –que han hecho público un manifiesto bienintencionado– parecen desconocer la lógica inevitablemente oligárquica de los partidos; parecen ignorar que decir organización es decir oligarquía, como apuntara Robert Michels a principios del siglo XX. Demuestran gran inenuidad –adanista, precisamente– proponiendo un nuevo partido prístino, incontaminado, que según añaden estaría por encima del actual enfrentamiento PSOE-PP y de las viejas inercias: el caso de Ciutadans –con alguna colisión interna– prueba que esta idea es, como mínimo, ingenua, pues cuando se empieza de nuevo, cuando se funda o se refunda un partido, suelen reproducirse vicios semejantes. Pero, por otro lado, Fernando Savater –que es un filósofo agudo y entretenido, que es generalmente un articulista perspicaz y persuasivo– ha tomado decisiones políticas legítimas y discutibles a lo largo de su carrera de intelectual: fue ácrata –es decir, acérrimo enemigo del Estado– y fue nietzscheano para después apoyar los Gobiernos de Felipe González durante años y, más tarde, acercarse a Rodríguez Zapatero.
¿Es eso un problema? Desde luego que no: a ello tiene perfecto derecho. El asunto está en que el intelectual Fernando Savater confunde sus avances personales, probablemente justificados, con los avances generales a que estaría obligada la humanidad. Es posible que hasta tenga razón en sus opciones y en sus cambios de postura: lo que no creo es que esos saltos estén cronológicamente justificados. Quiero decir, ¿tantos meses le ha costado a Savater descubrir el presunto adanismo de Rodríguez Zapatero? Como Sartre, el intelectual vasco prefiere equivocarse a destiempo defendiendo principios y apoyando políticas que justifica ante sus lectores. Así, los votantes que leemos sus artículos deberíamos estar justo en el lugar en que él dice estar en dicho momento. Por eso, habría que ser ácrata cuando él lo fue o zapaterista cuando él lo era. Ahora, para las elecciones municipales y autonómicas, propone votar en blanco para castigar al Partido Socialista; en 2008, supongo que habrá que votar la candidatura de ese nuevo partido que se está gestando.
Pues no. Y esto lo digo siendo un seguidor antiguo de Savater; habiendo leído ¿veinte, treinta, cuarenta? libros suyos; habiendo hecho reseñas generalmente elogiosas de sus obras cuando de literatura se trata, pero críticas cuando confunde sus posiciones políticas con la lógica universal o con lo obligado. Tiene derecho a acertar o a equivocarse, pero no a presentar sus posiciones como si fueran evidentes. Sé que es una persona perseguida por los bárbaros y sé que ha defendido la rectitud moral con coraje, pero ser víctima no da la razón política necesariamente y sobre todo no la da en el momento o en el tiempo en que uno decide estar aquí o cambiar o apoyar a este o a aquel partido.
—————–
2. Hemeroteca. Algunas informaciones y editoriales sobre la plataforma para constitución del nuevo partido:
-Abc.es, 22 de mayo de 2007
-Abc.es, 22 de mayo de 2007. Editorial.
-El País.com, 22 de mayo de 2007
-Levante.es, 22 de mayo de 2007. Zaplana sugiere a Rosa Díez y a Fernando Savater una alianza coyuntural.
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05.20.07
Posted in Corrupción, Democracia, Historia at 10:02 por jserna

1. Trituración
Adolf Beltran me menciona muy amablemente en su blog para aludir a la “trituración interna” del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. “Trituración interna”: con esa expresión describo llanamente lo que Beltran analiza sirviéndose de conceptos más nobles y prestigiosos: habla de la entropía de la politica. Según esa formulación, los partidos, tanto en el ejercicio del poder como en el ostracismo de la oposición, acumulan un alto grado de desorden interno, una energía a la vez necesaria y desbordante que es su motor y su propia amenaza. Eso explica que tanto en el poder como en la oposición, PPCV y PSPV tengan jefes, corrientes, disidentes, articulistas, ex altos cargos que esperan (e incluso desean) la derrota del propio partido para así beneficiarse, pero también para adecuar la organización a sus aspiraciones y necesidades.
Durante esta campaña, los populares critican al candidato del Partit Socialista del País Valencià la debilidad de sus apoyos electorales, debilidad que, como mucho, sólo le permitiría formar Gobierno en coalicion, pero no en solitario. Con ello, Joan Ignasi Pla y sus segudiores de izquierdas no tendrían más remedio que intentar un tripartito a la valenciana. Ese reproche del Partido Popular tiene, por supuesto, un sentido estratégico: se amenaza con que aquí pase lo que en Cataluña sucedió con el primer tripartito de Pasqual Maragall y sus socios. Todo puede ocurrir y todo puede empeorar, desde luego, pero al final sólo cuentan las victorias electorales: no hay victorias morales, ni derrotas dulces. Las victorias suelen servir para restañar rápidamente las heridas abiertas y, por lo que veo, las largas derrotas dejan abiertas laceraciones antiguas. También en el PSPV las hay: el artículo que Jordi Palafox, profesor y socialista, publicaba días atrás prueba el malestar que antiguos miembros del partido tienen frente a la actual dirección. ¿Cuál sería su ubicación con un hipotético Gobierno encabezado por los socialistas? ¿Cuál sería su posición tras una eventual derrota del PSPV? En Francia, un fracaso de Nicolas Sarkozy habría sumido en el desconcierto más absoluto a los gaullistas; una derrota de los socialistas ha agravado su colisión interna, su trituración.
Pero el PP de la Comunidad Valenciana no es ajeno a esta circunstancia: tiene también un tripartito en su interior, una división mal avenida entre los seguidores de Francisco Camps, los incondicionales de Eduardo Zaplana y los imputados judicialmente. Eso y las rencillas locales han llevado a que en algunas poblaciones se haya producido el desdoblamiento, el enfrentamiento de listas electorales entre miembros de dicho partido. ¿Cómo afrontar municipalmente ese choque? Si Francisco Camps le reprocha a Joan Ignasi Pla su poca seriedad política, su escasa pegada como líder, cabría preguntarse a la vez qué seriedad política es esa de la que el candidato popular puede alardear cuando hay tantos aspirantes suyos, despechados o despachados, plantando cara a la organización, o cuando hay relevantes miembros de sus listas sobre los que recae la sombra de una duda.
La trituración interna del PP aún puede saldarse o soldarse, aún puede cicatrizar con tiritas gracias a las reales expectativas de triunfo. Ahora bien, algún día dicho partido deberá ajustar cuentas con su figura más emblemática: Eduardo Zaplana Hernández-Soro. ¿O será al revés? ¿Será el ex president de la Generalitat Valenciana quien, perdidos sus apoyos en Madrid, regrese para ver qué hay de lo suyo? Resulta difícil volver en esas condiciones. Un retorno de Eduardo Zaplana a Valencia, con un PP ganador, es improbable, pues sus antiguos correligionarios no parece que le hayan reservado sitio. Una vuelta a Benidorm, a la cuna de la que partió, resultaría humillante. Salvo una derrota del PP de Camps en las autonómicas, a Eduardo Zaplana no le queda salida en Valencia: ya no es una referencia ni puede retirarse como Fraga en Galicia. ¿Por qué ha perdido sus socios, que tanto lo admiraron y con quienes tanto se amistó?
El concepto de trituración aplicado a la vida política popular, que le ha hecho gracia a Adolf Beltran, lo tomo en préstamo de un periodista del siglo XIX, un redactor anónimo del diario valenciano La Opinión (1860-1866). Son tiempos de dominio aplastante del Partido Moderado (la antesala de los conservadores), un partido articulado en torno a José Campo, cuya fuerza empezó al acceder a la alcaldía de Valencia años atrás, en los cuarenta. Allí reunió a amigos y colaboradores para modernizar la ciudad, para satisfacer sus intereses materiales, para enriquecerse con las contratas, con los negocios, para repartir a manos llenas entre socios y testaferros. Pero hacia 1862 Campo ya no está en Valencia: reside en Madrid en un suntuoso palacio en el Paseo del Prado y, desde luego, prefiere gestionar sus múltiples intereses en la Villa y Corte, incluso en los pasilllos de Las Cortes, allá en donde disfruta de escaño parlamentario. Es muy conocido por las innumerables relaciones que tiene, por las granjerías de que disfruta.
Pero no olvida Valencia: sabe que allí ha de mantener una red de influencias que defiendan su retaguardia. La hegemonía es del Partido Moderado, el partido de Campo, pero esa organización (aún tan embrionaria) sólo es una reunión de gerifaltes cuyos propios intereses acaban chocando entre sí. Sus negocios municipales, que empezaron siendo un juego cooperativo, han acabado siendo un juego de suma cero: lo que tú ganas yo lo pierdo. De otro lado, los partidos rivales acechan y, desde luego, denuncian los malos usos, la política rapaz de los gobernantes. Campo no puede controlar desde Madrid lo que es una guerra sin cuartel entre antiguos amigos y socios… La prensa moderada (y La Opinión, lo es, pues pertenece a José Campo) describe el estado de la política local en esos términos: en Valencia, el moderantismo ya no es un partido, tal es el grado de trituración que experimenta la política, tal es el nivel de fractura, tales son los reproches que unos u otros pueden hacerse dentro de una organización que se disuelve.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, los contextos son distintos y, por supuesto, los actores de la política local no se asemejan en todos su perfiles a lo que fueron aquellos patricios avariciosos. Sin embargo, si nos dejáramos llevar por una analogía precipitada, tal vez podríamos creer que regresamos al siglo XIX. Ayer, acababa mi post anterior (Entre Borges y Mendoza) añorando un regreso imposible a la literatura del Ochocientos, dispuesto a recrearme con folletines reparadores y con melodramas llorones. Hoy veo que el siglo XIX sigue presente entre nosotros, con esa fuerza de lo viejo que no acaba de morir: no sé si lo que nos pasa en política local es un folletín reparador o un melodrama llorón. En una página del libro que ayer mencionaba aquí, Eduardo Mendoza lo diagnosticaba de otro modo: la vida política es una forma de canibalismo.
—————-
2. Hemeroteca
-Francisco Camps, artículo de JS en Levante-EMV, 18 de mayo de 2007.
-¿Cómo votamos?, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de mayo de 2007.
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05.17.07
Posted in La felicidad de leer at 7:58 por jserna

¿Qué hay de común entre Jorge Luis Borges y Eduardo Mendoza? Fuera de la coincidencia de ser escritores en español, hecho secundario, no parece haber nada que los aúne: ni pertenecen al mismo país ni comparten generación. El primero era argentino de Buenos Aires, una de sus ciudades amadas, tanto que la que recreó imaginariamente con fervor poético y con énfasis de eruditos y cuchilleros, malevos y compadritos; otro es español de Barcelona, población para la que ha edificado novela tras novela un mundo de ficción en el que habitan personajes desastrosos y cómicos, rufianes y emprendedores. Aparte de utilizar el castellano como lengua literaria nada hay de común entre ellos. Borges siempre desconfió de la novela, género que evitó cultivar: esa estructura verbal en prosa en la que, por su extensión, acaban predominando los personajes y los desvíos en detrimento de la trama. Mendoza, en cambio, ha adquirido celebridad como novelista, como gran novelista, aunque a la vez haya declarado con frecuencia la muerte o el declive del género que tan bien domina.
Acabo de disfrutar de dos novedades editoriales que la pura chiripa ha puesto en mis manos. El azar ha hecho que las lea una tras otra. Un libro fertiliza a otro libro: ambos se contaminan y se influyen, se hacen mutuamente accesibles y se interpelan, al menos en la imaginación de lector. Son, además, dos novedades que hacen del acto de leer la principal materia de su reflexión, razón por la que en sus páginas creo escuchar voces que me convocan expresa y directamente: yo soy el lector, ese lector… y, perdonen el narcisismo, pero me gustaría parecerme a esos dos lectores que son protagonistas de ambos libros. Uno es Borges, un escritor en las orillas, de la ensayista argentina Beatriz Sarlo; el otro lleva por título ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés?, y es su autor Eduardo Mendoza. Soy vanidoso pero no tonto: me gustaría parecerme aunque sólo fuera por compartir un mismo entusiasmo, el entusiasmo que Borges y Mendoza siempre han demostrado por la lectura.
Beatriz Sarlo destaca a su compatriota como un narrador que tuvo que hacerse en los márgenes, leyendo la tradición propia, periférica, pero sobre todo recreando con mestizaje, libertad e hibridación las tradiciones foráneas. Por su parte, Eduardo Mendoza fue también un outsider, un outsider cuya primera novela (La verdad sobre el caso Savolta, 1975) rompía con las corrientes españolas predominantes: a pesar de tratar, de narrar, unos hechos de la Barcelona del Novecientos, en las páginas de Mendoza era evidente el cosmopolitismo, la transgresión, la mezcla, los ecos de otras literaturas, la aleación de lo alto y de lo bajo, de lo popular y lo culto. En Borges, desde que iniciara su carrera como autor (escribiendo, por ejemplo, un prospecto publictario para una marca de yogures), hallamos también esa combinación de lo vulgar y de lo elitista, de los cuchilleros y de los eruditos. En el escritor español y en el argentino, la prosa (pero también la poesía en autor bonaerense) es sobre todo una forma de leer o, si se quiere, una manera de reelaborar lo que ya estaba dicho. La Historia universal de la infamia, por ejemplo, es una aparente transcripción de erudiciones varias agrupadas bajo la forma de relatos. De modo semejante, la primera novela de Mendoza es un florilegio de documentos, cortes, testimonios y narraciones cuya mezcla crea efecto de composición y unidad. Pero, además, como Borges, también el catalán es un escritor de orillas, de márgenes: tanto por la lengua en la escribe como por la tradición a la que está obligado a sumarse.
Ambos, Borges y Mendoza, son efectivamente orilleros y cervantinos. ¿Qué es ser orillero? “Colocado en los límites (entre géneros literarios, entre lenguas, entre culturas)”, dice Beatriz Sarlo, un escritor orillero (como Borges y como Mendoza, a su manera) es “un marginal en el centro, un cosmopolita en los márgenes”: es alguien que ha de lidiar no sólo con la propia tradición (débil o periférica), sino también con otras más arraigadas y firmes que le sirven para auparse y para interpelarlas. El orillero es un autor que está entre la ficción y la realidad, entre la ciudad vivida y fantaseada, la de los antepasados y la propia, justamente la propia: allá en donde no se siente hospitalariamente tratado. Por eso, recrea una población ya muerta de la que sólo quedan vestigios de difícil significado. En Borges y en Mendoza, sus respectivas ciudades son hechos históricos en parte nublados por voces y recuerdos fieles o mendaces. Pero no son las ciudades de la modernidad o de la modernización: son municipios que se han hecho gigantescos acopiando materiales del pasado y, por tanto, son localidades en las que lo nuevo y lo viejo cohabitan monstruosamente. Borges, dice Sarlo, “trabajó con todos los sentidos de la palabra orillas (margen, filo, límite, costa, playa)” para construir una imagen en parte real y en parte arbitraria. Las orillas ”designaba a los barrios alejados y pobres, limítrofes con la llanura que rodeaba a la ciudad…”
En las novelas de Mendoza también hay una Barcelona limítrofe, orillera, marginal: ese espacio hacia el que se extiende la ciudad y en el que las calles incluso no tienen la vereda de enfrente, esa acera que delimita la vía ya urbana. Hay personajes alucinados, purria, que han emprendido el ascenso social sin que sus éxitos les permitan quitarse el pelo de la dehesa. Hay un mundo híbrido, hecho a medias, pero sobre todo hay también una orilla metafórica, la que el propio Mendoza ha de franquear cuando escribe en castellano reconociendo una tradición literaria en la que, en principio, no se reconoce exclusivamente. En sus obras hay ecos de Miguel de Cervantes y de Pío Baroja, ¿pero hay también huellas de otros novelistas españoles?
Años después, tras una trayectoria literaria de grandes éxitos y reconocimientos, Mendoza regresa a esa tradición –de la que él empezó distanciándose– para leer o releer un repertorio de novelas españolas de los siglos XIX y XX. El resultado es un volumen delicioso, irónico y orillero: ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés? Como en el caso de Borges, también en Mendoza la lectura es el modo de hacer literatura (no sucede así en todos los escritores). O, en los términos que el narrador catalán emplea en ¿Quien se acuerda…?, “para quien ama los libros sólo existe un placer superior al de la lectura, y es el de la discusión sobre lo leído y lo por leer”. Su volumen es una discusión, precisamente, un repertorio de notas y un par de prólogos para una colección de narración hispánica (¿cuántas notas y cuántos prólogos hizo Borges…?), un libro que no es exégesis del erudito ni tampoco lección del savant. Es puro entusiasmo lo que transmite, pura alegría inteligente, la que vive al descubrir o redescubrir (tras una primera lectura adolescente) lo que son meritorios novelistas que supieron expresar las frustaciones y deseos de su tiempo con los recursos de la ficción. Realismo o naturalismo no son los objetos de debate: es la capacidad de la ficción para condensar lo que percibimos bien o malamente.
Pero es que, además, estas narraciones se inscribían en esa tradición novelística española, tan menguada tras Cervantes y la picaresca, esa tradición cuyas obras del siglo XIX parecen desprender hoy un “tufillo a brasero y naftalina”, un hedor “a museo y a desván”. Pero no es así. O al menos no es sólo así. Pues es sobre “la España amojamada de uniforme y sotana sobre la que cimentaron su obra Galdós, Baroja y Valle-Inclán”, tres grandes autores cuyas narraciones aún podemos leer con dicha. Sus personajes no son tipos “hieráticos, encorsetados, por completos ajenos a nosotros y a los tiempos actuales. Sus protagonistas y también los de otros escritores de menor vuelo podemos descubrirlos o redescubrirlos ahora advirtiendo “hasta qué punto compartían con nosotros los mismos sentimientos, las mismas preocupaciones, las mismas penas y las mismas chaladuras”, añade Mendoza en alguna página. Hasta de Armando Palacio Valdés, un autor prácticamente olvidado, puede sacarse provecho, pues sus obras (que tan frecuentemente desprendían un tufo a “palacio y sacristía”) nos recrean con habilidad momentos, instantes de un pasado poco moderno que ahora no queremos recordar. Mendoza juega con la tradición simplemente como lector apasionado y divertido que luego escribe y ve, por ejemplo, en Armando Palacio Valdés “una figura insólita dentro del panorama literario español: un católico con sentido del humor”. De esos materiales melodramáticos y humorísticos, de ese pasado frágil, ha hecho Mendoza su creación irónica, incluso sus obras sarcásticas, sus mayores chaladuras.
Como dice Beatriz Sarlo, también Borges se apoyó en autores secundarios de la tradición argentina para describirse a sí mismo, para negar esos logros menores, para mezclarlos con la literatura anglosajona, por ejemplo, con gran habilidad irónica. Mendoza, como el narrador americano, nos transmite el entusiasmo por todo lo que toca, incluso por aquellos escritores que lo prefiguran o que él desmiente. Qué quieren, también yo tengo ganas de regresar al siglo XIX.

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05.14.07
Posted in Intelectuales, Democracia, Historia at 19:55 por jserna

En 1994, Encarna García Monerris y yo publicamos un libro titulado La crisis del Antiguo Régimen y los absolutismos. Era una obra de síntesis centrada en la experiencia prusiana y francesa especialmente. Al final de aquel volumen incorporábamos textos de autores del Setecientos, textos que analizábamos para ilustración didáctica de los lectores. Entre los escritores reproducidos estaba Joseph de Maistre, sin duda uno de los reaccionarios más excelsos que jamás hayan existido. Por ejemplo, leer sus Consideraciones sobre Francia (1796) es un antídoto contra las ilusiones del iluminismo, una cura de todo mito moderno. Los buenos reaccionarios tienen una clarividencia especial, insistíamos en aquel volumen de 1994.
Perdonen la cita literal, pero creo que debo reproducirla. En los mejores reaccionarios – indicábamos– destaca su perspicacia: esa capacidad pesimista para sentirse a disgusto con su época y con aquello que se nos promete. A partir de esa desazón, y frente al optimismo progresista, un reaccionario como De Maistre es capaz de subrayar el ilusionismo y el escaso realismo de las abstracciones ilustradas y revolucionarias… Citábamos a E. M. Cioran y a Isaiah Berlin, dos autores que estando alejados del ilustre reaccionario le dedicaron sendos ensayos para celebrar su penetración analítica y su escepticismo antimoderno. Desde luego, ni entonces ni ahora se trata de profesar el pensamiento reaccionario, generalmente nostálgico, anhelante de un mundo perdido. De lo que se trata es de aprender de su realismo crítico frente a la Modernidad a la que pertenecemos.
Ahora, trece años después, acabo de leer un volumen de John Gray titulado Contra el progreso y otras ilusiones, un libro que les recomiendo vivamente, incluso para pelearse con el autor. Es una recopilación de ensayos que llegan hasta 2003, ensayos agrupados en dos partes. En la primera, Gray arremete contra el ilusionismo tecnológico; contra la creencia de que el conocimiento acabará solucionando nuestros problemas; contra la convicción de que la ciencia dictaminará y resolverá nuestras cuestiones morales. En la segunda parte, el autor embiste contra el ilusionismo de los neoconservadores a la hora de concebir el arreglo tras el 11-S, contra la idea de que moral y política son lo mismo, confusión que sirve para desechar las formas tradicionales de la diplomacia en el conflicto de Irak mientras en realidad se persigue el dominio sobre el crudo.
En algún capítulo, Gray cita expresamente el realismo y la perspicacia de Joseph de Maistre frente a los jacobinos, y lo invoca precisamente para criticar con severidad a esos nuevos jacobinos que son los neocons, dispuestos a remodelar el mapa y a exportar la democracia mientras por otro lado destruyen el Estado iraquí, con las graves consecuencias que conocemos. Lo significativo de los juicios de Gray es que están hechos antes del estallido de la guerra de Irak o en los primeros meses: prácticamente todos su vaticinios se cumplen uno a uno con una fidelidad asombrosa. En realidad, el autor puede expresarse así porque es un escéptico, alguien completamente ajeno a la idea de perfectibilidad humana. Seguramente, su diatriba contra el progreso es inmoderada (y cómo no iba a serlo en alguien que admira a De Maistre), pero a la vez no le falta razón: es indudable –dice– que hay avances materiales y científicos, pero hacer analogía con la moral es un error. No hay progreso moral, señala: en cualquier momento se pierden las conquistas. Por supuesto tiene razón en este escepticismo, pero yo discutiría su idea de que en nada se avanza moralmente: es cierto que no puede desecharse el mal de la faz de la tierra, como Gray insiste, pero la simple percepción de ciertas prácticas como perversas o execrables es un logro que no se pierde.
En todo caso, lo relevante en este autor es el esfuerzo de pensar más allá de los tópicos, de las etiquetas, de los mitos que nos constituyen, aunque con los resultados de ese esfuerzo no siempre podamos estar de acuerdo. Lo curioso de John Gray es, además, su trayectoria. El otro día, en este mismo blog, yo hablaba del significativo tránsito que se suele dar entre ciertos pensadores radicales de izquierdas, que acaban en pensadores radicales de derechas. En la bitácora de Mujer-Pez (a su vez, uno de los nicks más activos de blog de Arcadi Espada), se me criticaba por ello, por ese diagnóstico que tantos comparten. Ahora, sin embargo, quiero plantearles a todos ustedes un caso inverso. El de John Gray, precisamente.
¿Se puede ser liberal y, a un tiempo, poner peros a algunas de sus inconsistencias? ¿Se puede predicar el individualismo y, a la vez, defender lo comunitario e incluso el Estado como garante de la vida pacífica? O, al menos, ¿se puede reivindicar la existencia previa e incondicionada del individuo y, al mismo tiempo, exigir un espacio hospitalario e instituciones que le den cobijo?
Desde hace veinte años, eso es lo que intenta hacer John Gray, alguien que empezó siendo estrictamente liberal, thatcheriano, para después distanciarse de dicha ortodoxia política. Tal vez le ayudó ser discípulo de Isaiah Berlin, sobre quien precisamente escribió un ensayo polémico en el que resaltaba el liberalismo agonístico y trágico de su maestro. En la trayectoria de Gray hay voluntad de reflexión y de polémica y, desde luego, no siempre acierta con sus juicios. Ya lo he dicho: John Gray fue en los años ochenta un simpatizante del liberalismo. Por razones biográficas que ignoro y que tampoco quiero averiguar, este autor acabó definiéndose antithatcherista. Leí de él Liberalismo (1989) cuando nuestro autor aún era seguidor de esta corriente, y leí después Postrimerías e inicios. Ideas para un cambio de época (1997), una obra en la que me sorprendió como laborista de nuevo cuño.
Los libros que después ha publicado –algunos de los cuales he leído– extreman ese giro hasta hacer de él un crítico durísimo de la nueva derecha e incluso del laborismo de Blair: tanto que, incluso, lo arriman a un radicalismo antiliberal, anticonservador y antilaborista obsesivo. Resulta agotadora su crítica (por reiterativa), pero no por ello es menos interesante su lectura. Salvando las distancias, es como E. M. Cioran, el otro admirador de Joseph de Maistre: no es preciso estar de acuerdo con ellos, pero de vez en cuando conviene frecuentar a autores así para oxigenarse o para aturdirse, para hacer autocrítica de aquello en lo que creemos o de aquello que ni siquiera percibimos (de tan obvio que nos resulta).
Verán, un autor como Gray que, así, por principio, crítica el progreso no despierta simpatía, ya lo sé. No añoramos un regreso rousseauniano a una comunidad prístina u originaria. Aunque, si lo pensamos bien, podemos hacer una crítica del progreso, del industrialismo, de nuestro consumismo, sin por eso proclamar una vuelta a un pasado imposible y felizmente desaparecido. En Gray no hay anhelo de Rousseau, pero sí que hay una crítica de la Ilustración. En esto, como en otras cosas, se parece a Isaiah Berlin, a E. M. Cioran: de la Contrailustración aprendemos a objetar, aunque sea en negativo, por supuesto.
Insisto y acabo. Los reaccionarios no son simplemente desechables: muchos, los más sutiles, tienen una perspicacia singular, la de aquellos a quienes el presente les incomoda. No vivimos en el mejor de los mundos posibles: más aún, estamos rodeados de ídolos, de mitos, de evidencias de sentido común que nublan nuestra percepción. Los reaccionarios o, si quieren, los contrailustrados nos fuerzan a interrogarnos. Gray opera así, como un ilustre reaccionario de estirpe liberal que deplora nuestras ilusiones modernas: las liberales, las neoconservadoras, las de izquierdas.
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05.10.07
Posted in Deporte, Valencia, Comunicación, Democracia at 20:11 por jserna

0. La servidumbre voluntaria.
Un artículo de JS en Levante-EMV, 13 de mayo de 2007.
(Trata el mismo tema abajo desarrollado en el punto 2., aunque con otra elaboración…)
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1. Interpretando al multimillonario Bernie Ecclestone.
Un artículo de Pedro Muelas en Levante-EMV, 13 de mayo de 2007.
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2. Empieza la campaña electoral. Me encantaría escribir –otra vez y ahora– sobre Dios y la religión (cosa que no descarto seguir haciendo); me gustaría deleitarme con ese asunto del que ya he tratado: sin duda un asunto de altura. Pero prefiero abordar la política más urgente…, la política sublunar, esa a la que no hay que hacer ascos, pues nos va la vida ello. Empieza la campaña electoral y quizá deba pronunciarme. No creo que mi opinión sea más atendible que la de otros: todos creemos defender nuestros juicios a partir de los intereses particulares, pero no es menos cierto que deseo pronunciarme sin ataduras, lo que no significa sin inclinaciones. No concedo tanta importancia a lo que yo pueda juzgar: me conformo con no pronunciar muchos desatinos.
Señala Jesús Civera en Levante-EMV que los intelectuales se repliegan, se retiran: guardan un prudente silencio en espera –quién sabe– de tiempos menos convulsos. Los intelectuales tienen eso: o bien pretextan urgencias académicas para así no pronunciarse; o bien, cuando se manifiestan, se empeñan en el error o en el crimen, incluso. Releo lo que Hans Magnus Enzensberger decía en Zigzag. A lo largo del Novecientos, precisa, muchos intelectuales han sido celosos productores de odio: gentes que, en vez de optar por la dignidad, prefirieron equivocarse con la utopía o con la real politik; gentes que habiendo sido muy radicales y habiendo embaucado a tantos, a un público entregado, jamás pidieron disculpas por su obstinación o por sus sorprendentes cambios. Yo vengo pronunciándome en este blog y en Levante-EMV y, por eso, ahora me detengo en lo más perentorio: en las declaraciones de Bernie Ecclestone, el empresario de la Fórmula 1.
Para empezar he de decir que el automovilismo siempre me ha atraído, desde niño… Lo escribí y de esos recuerdos no me arrepiento. Yo no soy experto en estas materias, pero sí soy aficionado, alguien que disfruta con la belleza de la máquina, alguien que experimenta placer o vértigo contemplando la velocidad del bólido. Como dije tiempo atrás cuando hablaba del Futurismo, la velocidad que alcanza el automóvil en un circuito es algo hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido parafraseando a un Marinetti exaltado, el coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”, incluso: un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Eso decía Marinetti. Yo lo evoqué, pero no creo en este extremo. Para los futuristas (antecedentes de los fascistas, ay), el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza. Yo no suscribo el ideario del Futurismo, pero admito la simpatía que me despierta el prodigio humano de la velocidad y del maquinismo… Por eso, me enorgullecen las gestas de los pilotos.
Una vez dicho eso, cambio de tercio. Siento una enorme rabia o tristeza o indignación ante Francisco Camps, el actual president de la Generalitat Valenciana, alguien que ha tratado con Bernie Ecclestone y con quien ha comparecido ante los medios de comunicación para anunciar la concesión de una prueba de Fórmula 1 a nuestra ciudad. Primero, no sé si es sensato organizar una carrera de Fórmula 1 en un circuito urbano, como el político pretende. El propio Fernando Alonso tiene sus dudas. La verdad, sin ser especialista –sólo soy un ciudadano–, tengo serias dudas sobre la pertinencia de esa idea de Camps: convertir ciertas calles de la urbe en circuito es, desde luego, una incomodidad para la vida local, por mucho que esto atraiga a tantos turistas y por mucho que esto imante dinero, mucho dinero. ¿No hubiera sido más sensato aprovechar el circuito de Cheste, tan próximo a la capital? Eso dice Fernando Alonso y lo suscribo. Las carreras de motociclismo se efectúan allí con gran afluencia de público y con complacencia de todos.
Pero no es eso lo que más me sorprende. Lo que me asombra, lo que me escandaliza, es otra cosa que he oído y visto. El empresario propietario de los derechos hace depender la firma final del contrato de una condición democráticamente inaceptable: que las próximas elecciones autonómicas las gane el señor Camps, o sea, el PP. El mandamás de la Fórmula 1 puede decir lo que juzgue oportuno, incluso aunque nos moleste o lo consideremos un chantaje. Aquello que resulta inaceptable es la actitud servil del señor Camps. Lejos de quitarse importancia o de protestar por tan insólita cláusula, el actual president de la Generalitat asiente complacido a esa exigencia de un empresario privado y agradece las generosas palabras de confianza que –según él– suponen. Es una desvergüenza. Los eventos que atrae no vienen, pues, gratis: suponen el pago de una gabela. Esto es la ruina de la política y es el triunfo del amiguismo, de la granjería. Pongamos un ejemplo: ¿qué debería hacer un valenciano aficionado a la Fórmula 1 y deseoso del circuito urbano que no fuera votante del PP? ¿Plegarse a los deseos del empresario? Insisto, es la servidumbre voluntaria que algunos confunden con la confianza. ¿Qué debería haber dicho el señor Camps como representante político? El actual president de la Generalitat Valenciana podría haber sido cortés con Bernie Ecclestone y, a la vez, institucionalmente digno. ¿Cómo?
Le agradezco, señor Ecclestone, la confianza que deposita en mí; le agradezco –no sabe cuánto– la cordialidad con la que me trata al esperar mi triunfo electoral. Pero, admitida esa cortesía, le debo decir que Valencia es merecedora de esta prueba de Fórmula 1, esté yo o no al frente de la Generalitat. Le garantizo que quienes nos enfrentamos en esta contienda política somos todos candidatos dignos de confianza. Entiendo sus preferencias, pero admítame igualmente que, como actual presidente, yo me deba a quienes me eligieron, pero también a quienes no me votaron.
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3. Hemeroteca
Patriotismo frío, artículo de JS en Levante-EMV, 11 de mayo de 2007
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4. De Camps a Fabra

Francisco Camps, toma de posesión, junio de 2003
Francisco Camps, entrevista televisiva, mayo de 2005
Carlos Fabra… and Friends, enero de 2004
Carlos Fabra, según Juan José Millás (cf. sección de comentarios)
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05.09.07
Posted in Muerte, Religión, Democracia at 11:33 por jserna

1. Dios y nosotros. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía ayer el volumencito Introducción a la psicopatología; y anteayer acababa el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo; y tres días atrás regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto: la concesión de un galardón por parte de Javier Marías al erudito nacido en París era el acicate (VII Premio Reino de Redonda). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales. I want to believe!
Hoy, leo la nueva obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel. El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios. Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les estoy hablando a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud. No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel que ahora figura en el primer puesto del top ten de La vida eterna), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial pujante: Ciudadela. Así se llama, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Le debo estos detalle editoriales a Alejandro Lillo, que me tiene al día de las insólitas novedades que estos militantes publican. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios. ¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me digan. El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.
Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges. “Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Savater en su última obra–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente. Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel tratan en su libro con gran finura.
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2. Hemeroteca.
Dios contra Darwin.
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05.07.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 13:08 por jserna

1. Patriotismo. Hace un par de años, en la primera época del blog, coincidiendo con el referéndum francés sobre la Constitución europea, escribí un post que titulé El voto de Tocqueville. En el fondo era la crítica a una cierta izquierda imaginativa que aún abunda en el vecino país, tan aquejado de narcisismo ‘revolucionario’, dolencia que se alimenta con las conmociones del 89, del 30, del 48, con la Comuna: con la convicción arraigada de que los obstáculos se resuelven a golpe de ingenio popular, de experimentos radicales (Nicolas Sarkozy, ahora, amenaza con serlo) o con violencia creadora. La derecha no está libre de esta tendencia.
Por tradición política, Francia sería la energía creadora y expresiva de la Revolución, un acto ‘realizativo’ de quienes son capaces de rivalizar con Dios, una fiesta paradójica en la que se hacen presentes y explícitos los malos humores: la convicción de que todo puede ser removido gracias a la interpelación (frecuentemente retórica) de las clases populares, cueste lo que cueste; el propósito de que la fatalidad no está dada de una vez para siempre. En los mismos términos –entre retóricos y patrióticos– se expresa ahora el patriota Sarkozy. Fíjense: la misma Francia que votó contra la Constitución europea, que pareció abrazar una pose extrema, es ahora la que entroniza a Sarzkozy, un aspirante que hace uso de grandes palabras, como son Trabajo, Autoridad, Patriotismo: palabras y éxito electoral a los que ahora responden con violencia callejera nuevos-viejos alborotadores.
Yo creo que una sociedad necesita trabajo y autoridad, por supuesto. Pero creo que debe administrarse el patriotismo en dosis muy moderadas, las justas: sólo la cantidad suficiente para que la colectividad no se destruya provocando perjuicio a los individuos que la integran. Francia no es, precisamente, un país horro de patriotismo: padece esa afección. Creo, más bien, que el énfasis nacional con que Sarkozy se expresa ahora es un mal augurio: es la vuelta a un gaullismo de última hora, un gaullismo que se expresa no contra los rivales de otras naciones (que también sería temible), sino contra aquellos connacionales que no participan de las ideas de orgullo patrio. La monserga de Mayo del 68 es un instrumento eficacísimo para confundir a los votantes y para desviar la atención, como lo es la exaltación patriótica en tiempos de paz.
Decía Sebastian Haffner en Alemania: Jekyll y Hyde que “el patriotismo es una emoción que, en condiciones razonables, debería ser sólo latente. No es otra cosa que la reacción natural ante un ‘peligro’ real para la ‘madre patria’, para el territorio, la lengua y las costumbres del pueblo, para la independencia del Estado y el derecho a la autodeterminación. Un patriotismo sano es el que mostraron al mundo los belgas en el año 1914 o los finlandeses en 1939. En épocas de paz, el patriota causa una impresión levemente cómica, aunque también agradablemente cómica. Es normal y natural amar a la propia patria y a los propios paisanos y, en silencio, preferirlos a los países y a los pueblos extranjeros. Pero cuanto más en silencio, mejor. En tiempos de paz, los patriotas recuerdan un poco a esos hombres que acarician y besuquean a sus mujeres en público”.
2. Ilustración. Leo en El Mundo el artículo de Arcadi Espada titulado “El voto que lustra“. Veo que celebra con fervor el iluminismo de Sarkozy: las Luces de que el presidente electo sería portador. ¿Realmente alguien espera que la política de hoy se resuelva inyectando dosis mayores de Patriotismo e Ilustración, así, como si de una medicina se tratara? ¿Francia, una Francia reblandecida y posmoderna, necesitada de Patriotismo e Ilustración? Sarkozy lo predica y parece ser que A. Espada lo cree: y con él Gallo, Glucksmann, Bruckner y Finkielkraut, intelectuales que fueron de izquierdas, algunos incluso radicales de izquierda, y que ahora parecen intelectuales radicales de derechas, según precisaba Javier Cercas. Me parece que esta cuestión, la de las Luces en el siglo XXI, la del Iluminismo en la sociedad pluriétnica hay que plantearla de otro modo, quizá de una manera más sutil, como lo hace Ian Buruma en sus últimos libros. Pero no para abdicar de los valores ilustrados –como algunos tontamente le reprochan–, sino para saber cuáles son las consecuencias de nuestras prédicas. Uno puede hinchar el pecho, abombar la caja torácica, y dar vivas a las Luces. Los convencidos aplaudirán con entusiasmo. Uno puede deplorar la pérdida de los valores achacando esa crisis espiritual al reblandecimiento ocasionado por Mayo del 68. Los damnificados reales e incluso las víctimas imaginarias celebrarán retrospectivamente esa audacia de última hora, pero la realidad es algo más compleja.
Precisamente eso es lo que trata de examinar Ian Buruma en Occidentalismo y en Asesinato en Amsterdam, dos libros que le han dado justa celebridad. En el primero analiza las fuentes del sentimiento antioccidental que surge en las ex colonias pero también en Europa; en el segundo relata y detalla la muerte del cineasta Theo van Gogh, el perfil de su asesino (un holandés de origen marroquí), el contexto cultural de su odio. En uno y otro libro, la clave es el examen del resentimiento, esa herida irrestañable y por la que se realiza una venganza grandiosa. ¿Tiene causas? Que la política europea haya sido desastrosa e incluso cruel con África o con Oriente no explica ni exculpa estas acciones mortíferas: el odio se alimenta con estereotipos que crean o agigantan laceraciones reales o imaginarias, con ensoñaciones melancólicas, se agrava con exhibiciones poco razonables aunque su fondo pueda estar justificado: ése es el caso de Theo van Gogh, alguien que quiso enfrentarse a los enemigos antioccidentales por motivos perfectamente asumibles pero adoptando poses extremas y verbosas. El análisis de Buruma es tan sutil que le ha costado el repudio de los ilustrados militantes: como si las Luces debieran defenderse a gritos o pronunciando grandes soflamas que quedan bien ante un auditorio entregado. Por eso, espero y deseo que Sarkozy se desembarace de sus intelectuales de guardia (radicales aquejados de convicción) para entregarse a un política razonable de responsabilidad. Sin grandes palabras, por favor.
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05.05.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 10:29 por jserna

1. Sería sencillo arremeter contra él, caricaturizar sus declaraciones, asombrarnos, darnos golpes de pecho por las opiniones vertidas ante una audiencia afín y entregada. Sería sencillo atribuirle causas bien reales: al haber tomado alguna copa ha perdido temporalmente el sentido de la realidad. Es como si estuviera achispado, dicen algunos. Se le ve alegre tras regar el gaznate con esos caldos castellanos de los que ahora es bodeguero mayor. La mirada la tiene algo empañada, con los párpados semicaídos, y la boca…, pues la boca se adivina espesa, incapaz de articular bien las ideas que a borbotones amenazan con salir. Parece que el vino ha levantado la censura, esos frenos que la vida de vigilia nos impone. Es como si el leve aturdimiento que provoca el tinto –ese Pesquera que se entreve– hubiera aligerado la pesada carga de ideas que debe acarrear el ex presidente. Parafraseémosle.
Por fin, voy a poder decir lo que me he estado callando. Ya está bien de morderse la lengua. Cuando las cosas son así, son así, y sería una falta de valor callar por no herir. En realidad, callamos muchas veces por parálisis, por esta superioridad moral que cree tener la izquierda y que aún nos cuesta sacudirnos. Hemos de romper esa escollera para dejar salir el líquido que arrase la política progre, sus diques de contención. Nos dictan lo que debemos comer, lo que debemos beber, lo que debemos consumir. ¿Por qué he de mantener la velocidad de mi vehículo dentro de los límites que nos impone el Estado invasor? ¿Por qué he de privarme del placer de apurar esta o aquella copa de tinto con que me he hecho acompañar? Algunos envidiosos, enfermos de rencor, de ese resentimiento tan socialista, dirán que yo lo puedo hacer porque no conduzco: porque me conducen. Disponer de chofer y de automóvil oficial es una ventaja reservada a los ex presidentes del Gobierno. Lo siento, envidiosos, pero yo no tengo por qué estar atento a la conducción, a ese vehículo que vamos a sobrepasar, que ya, que ya estamos rebasando. Puedo mirar el paisaje que rodea a la autopista, deleitarme con lo que adorna ese entorno. Es allí donde veo los cartelones amenazadores. O, mejor, más que amenazadores, esos anuncios que bordean la carretera quieren ser tutelares: nos salvan. No podemos conducir por ti, me dicen. Ja, ja, ja. Y quién te ha dicho que yo quiero que hagas eso por mi. Mira, escucha bien: no quiero que conduzcas por mí, ¿de acuerdo? ¿Y sabes por qué?
Ayer oí a Iñaki Gabilondo en Cuatro. Con un tono airado decía: no hagan caso a este señor, no le escuchen. No confundan –como él– el liberalismo con la falta de civismo. Indudablemente, ésa es la clave de todo este pequeño escándalo verbal. Desde hace tiempo, los representantes de la derecha española ya no confían sólo en los intereses económicos que hacer valer: han descubierto la ideología o, mejor, el ideologismo, el empeño firme y militante de expresar sus ideas en todo contexto, vengan o no vengan a cuento. Una vez que el provecho económico de los privados está garantizado incluso por Gobiernos de izquierda, una vez que los socialistas abandonaron todo estatalismo invasor, toda moralidad extraeconómica, entonces las ideas de la derecha se perfilan sobre todo como ideas enfáticamente morales. Ya en Adam Smith y entre los ilustrados escoceses, moral y economía eran inextricables: ahora, compartida una misma ética general de la economía –la que se fundamenta en el libre mercado–, la derecha debe poner el acento en otras cosas. Quienes dicen profesar el liberalismo desde la derecha ya no se resignan a la mera defensa de los intereses materiales. Ahora ha llegado el momento de las ideas, y lo expresan con la furia del converso: convirtiéndose en intelectuales insólitos, como José María Aznar en FAES.
Ahora también, cuando el fantasma de la URSS ha desaparecido, los antiguos intelectuales anticomunistas –entre ellos, algunos que profesaron el sovietismo en alguna de sus formas— se alzan como vigías o garantes frente a los nuevos enemigos: el relativismo moral, un mal del que estaría aquejada la izquierda poscomunista después de haber defendido en otro tiempo ideas fuertes; o la biopolítica (de la que habría advertido con extraña paradoja Michel Foucault), un intervencionismo del Estado, una invasión tutelar y paternalista sobre los privados, último atavismo izquierdista. Es éste un tóxico, un equivocado diagnóstico, pues quienes dicen que nos salvarán no profesan el liberalismo moral ni el individualismo cultural, sino un fundamentalismo confuso del que son cofrades los neoconservadores: un fundamentalismo confuso que mezcla pasado y presente, que nos da lecciones atropelladas… En Aznar, la defensa de estas ideas en ocasiones se hace con chanza, con burla achulapada; en otras se hace con profecías aterradoras, semejantes, por ejemplo, a las que, ahora en Abc, propala nuevamente Hermann Tertsch, el converso del Apocalipsis, el defensor de Aznar.
(Véase el artículo de Tertsch en la sección de comentarios de este post).
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2. Hemeroteca. Últimos artículos de JS en Levante-EMV y en Ojos de Papel:
-”Zaplana”, Levante-EMV, 4 de mayo de 2007.
-”Libros y cerdos”, Levante-EMV, 27 de abril de 2007.
-”Ciudadano y excéntrico” (Javier Marías), Posdata, Levante-EMV, 4 de mayo.
-”Hoy, Júpiter” (Luis Landero), Ojos de Papel, 1de mayo de 2007.
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05.03.07
Posted in Comunicación at 13:24 por jserna

1.Cuentos (3 de mayo de 2007)
Frente a la novedad que irrumpe y que trastorna, que despedaza lo propio y lo urgente hasta hacerlo irrelevante, a veces uno prefiere escapar. Hoy no quiero hablar de Sarkozy ni de Royal. Tampoco de Pantoja. No se trata de ser irresponsable cegándose o velando la vista, sino de que la flema informativa y la sobredosis de realidad no me impidan sobrevivir o ser feliz. Hay ocasiones en que el dato, el hecho, el acontecimiento atoran como un esputo impidiendo pensar en lo que es, de verdad, significativo, importante. Lo importante, lo significativo, es perdurable y lo que dura –en mi caso– es aquel descubrimiento adolescente que se me hizo evidente y necesario: Edgar Allan Poe. Cuando todo es furia, ruido y premura, cuando los mass media nos aturden sobre cosas de las que inevitablemente hablaré, echo el freno abandonándome a lo intempestivo, a lo que me sacude y me saca de mis casillas, de mi realidad ordinaria. Creemos vivir algo propio, pero los periódicos nos hacen vivir lo que la agenda mediática dicta: cuando siento esa saturación, regreso a lo aparentemente intrascendente, a lo inactual, que es –seguro– la manera de ser perdurable: por eso, releer a Poe en la versión de Julio Cortázar (que acaba de vender El País), no es algo postizo o arbitrario: tampoco un escapismo burgués. Es, por el contrario, la definición misma de lo que nos acaece e inquieta, aquello que siempre acaece e inquieta. Releo a Freud para mis clases y hallo –como no podía ser de otro modo— concomitancias con Poe: lo siniestro, la inquietante extranjeridad que nos habita. Estamos rodeados de objetos y personas que creemos normales –obvias– y, sin embargo, una leve, levísima variación, un apariencia nueva o un hecho pequeño pero inexplicable altera el orden de las cosas. Y ese pequeño cambio puede darse cuando regresan lo conocido o lo familiar: lo que habiendo sido conocido o familiar se reprimió o se olvidó después.
Me leyeron por primera vez a Poe cuando tenía catorce años. Y digo bien: me leyeron. Me recuerdo en una casa de campo que carecía de electricidad; me recuerdo con amigos y con un adulto que nos acompañaba, adulto que, a falta de televisión, nos había propuesto leer en voz alta aquel libro de tapas azules que Alianza había editado con la traducción de Julio Cortázar. Había sombras y la sola iluminación de un camping-gas nos permitía la operación. Reunidos en torno a una chimenea humilde, asistíamos sin saberlo a una experiencia iniciática: la lectura de los cuentos de Poe. Junto a la luz espectral del hogar y atento a todos los ruidos y murmullos de la montaña, me veo sobrecogido, con un pánico que difícilmente puedo disimular. ¿Es posible que el miedo pueda relatarse y no sólo verse en pantalla? Enterramientos prematuros; corazones delatores de epilépticos; casas malditas que se hunden y con ellas linajes milenarios; mesmerismo y tratos inconscientes; muertas bellísimas que hechizan y espantan; tintineo de huesos que son algo más que fantasmas; cadáveres que parecen vivos; gatos negros que son augurio y condena; tempestades que nos llevan al centro del horror; dobles que espían y vigilan en la oscuridad; cámaras de tortura de la Inquisición con péndulos que siegan la vida
“Desde muy niño”, confiesa Julio Cortázar en una de sus páginas, “tuve que aceptar mi soledad en ese terreno ambiguo donde el miedo y la atracción morbosa componian mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: la lectura clandestina, a los ocho o nueve años, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Allí lo real y lo fantástico”, añade, “se fundieron en un horror, unívoco, que literalmente me enfermó durante meses y del que no me he curado jamás del todo”.
Envidio a Cortázar: me leyeron a Poe a una edad muy avanzada. En cambio, él pudo estremecerse personalmente cuando todavía era muy impresionable, cuando los temores propiamente infantiles podían derribarlo con esa suspicacia dolorosa que aún recordamos: el miedo al abandono, a la hostilidad y al hostigamiento, a la agresión, a la soledad. Pero, si lo pienso bien, envidio a quien aún no lo haya leído. Conjeturemos con el improbable caso de un joven actual que todavía no haya disfrutado del mundo mórbido y amenazador de Poe. Es improbable, porque las ensoñaniones del escritor americano forman parte del aire que respiramos desde hace décadas, de las fantasías que han servido para imaginar los horrores de H. P. Lovecraft o para idear los pánicos de Stephen King. De todos modos, quizá aún pueda haber un joven así, expectante, deseoso de leer los cuentos de Poe, de leerlos en la admirable traducción de Julio Cortázar, deseoso de averiguar cómo funciona lo fantástico, lo extraño o lo maravillo. Digámoslo con Tzvetan Todorov:
“En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides, ni vampiros se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos… Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo maravilloso”. Ahí estamos…
2. Moralejas (4 de mayo de 2007)
No hay moraleja…
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