05.28.07
Posted in Comunicación, Democracia at 9:03 por jserna
1. Alberto Ruiz-Gallardón. Cuando votamos lo hacemos movidos por alguna intención, por alguna ideología, por alguna simpatía o repudio, o… tal vez guiados por el conocimiento de unos sondeos, por esos datos que confirman lo que deseamos o que niegan lo que esperamos. El caso es que, como dije en un artículo, los efectos de composición de nuestras acciones son, en parte imprevisibles, sobre todo cuando la campaña es general y lo que se vota es un candidato municipal, por ejemplo. Lo imprevisible no es, sin embargo, el resultado local, sino la suma de todo ello y cuando todo ello puede evaluarse en números absolutos o en cuotas de poder. Los números absolutos dan o quitan la victoria, pero al final las concejalías obtenidas o las comunidades autónomas ganadas o arrebatadas al contrario son lo que da la medida de lo que está pasando. Y eso que está pasando no necesariamente es lo que puede suceder con elecciones generales, pero eso que ahora se interpreta y cómo se interpreta sirve para formar opinión. Repasemos, pues, la opinión de quienes desde la derecha más han hecho por el triunfo del Partido Popular. El editorialista de Abc, por ejemplo, quiere hacer la mejor lectura posible de los resultados, celebrando a Mariano Rajoy y advirtiéndole a Rodríguez Zapatero. Pero más allá de esa presentación, sus columnistas expresan malestar…
La abstención ha sido alta, qué duda cabe, y ello puede interpretarse de distintos modos. El PP ha ganado en votos, sobre todo gracias a los resultados de Madrid, pero quedándose prácticamente como estaba, sin aumentar sustancialmente las instituciones que controla. El PSOE, que ha obtenido mayor número de concejales, no se ha hundido pese a los augurios o deseos de algunos. Como el domingo vaticinábamos, “salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores”. Eso es lo que en parte ya está ocurriendo. El mayor número de concejales del PSOE le sirve para salvar la cara ante el desastre de Madrid y de… ¿Qué lectura puede hacer Rajoy? ¿Qué respaldo real tiene su candidatura frente al éxito Alberto Ruiz-Gallardón o de Esperanza Aguirre? El editorialista de Abc recuerda –imprudentemente, a mi juicio— lo dicho por el alcalde de Madrid: “en su momento, Alberto Ruiz-Gallardón ya anunció que su oponente no era Miguel Sebastián -desde ayer un cadáver político-, sino José Luis Rodríguez Zapatero”. Esa declaración es algo más que una jactancia: desde luego es un reto para el actual presidente del Gobierno, pero sigue siendo también una seria advertencia para Mariano Rajoy… Ruiz-Gallardón tiene sus triunfos, pues.
Repasemos lo que dicen algunos caracterizados representantes del columnismo conservador. Que la abstención haya sido alta le sirve al articulista de Abc Xavier Pericay –uno de los intelectuales inspiradores de Ciutadans– para subrayar lo evidente: la creciente desafección del votante, por el alejamiento cada vez mayor que se da entre ciudadanos y representantes. Traduciría una falta de interés por lo que los políticos discuten o abordan o presentan. Lo raro, añade Pericay, es que el PSOE haya resistido: cuatro años jugando con fuego y el resultado es que los socialistas no se queman. Era lo mínimo que cabía esperar: eso, quemarse. “Aunque sea un poco”, admite resignado. Tanto ha afectado el abstencionismo en Cataluña que Valentí Puig, también en Abc, no saca ventaja para nadie. Normalmente hostil con el tripartito y con CiU, podría pensarse en que esos resultados eran aprovechables para PP o para Ciutadans. Ni eso: la consecuencia es, dice Puig, una sociedad átona en la que sólo “el PSC-PSOE amplía su maquinaria de poder” catalán. Es decir, suben quienes deberían haber pagado los platos rotos del Estatut: en vez de ocurrir tal cosa, los socialistas se ven premiados por los suyos y por el grueso de los desencantados que no votan.
Con sentido moderado, sin repeluzno verbal, Pablo Sebastián dice cosas muy ciertas en Abc: “En lo que al Partido Popular se refiere, estos resultados pueden considerarse parcialmente buenos, pero no definitivos para atisbar la victoria y el alcance del poder a nivel nacional. Y revelan, en una primera lectura, que los ciudadanos no han apreciado como positiva su política de oposición frontal a la política antiterrorista del Gobierno, tanto en el Parlamento como en la calle. Y aunque a nivel nacional se puede hablar de una victoria moderada -o de empate técnico de votos- lo cierto es que el vuelco político que esperan los populares de manera clara y decisiva no se ha visto, y ello impide imaginar que, al día de hoy, o en unas elecciones anticipadas, el PP no podría alcanzar una holgada mayoría para gobernar España”.
Un tono aún más dolido, apocalíptico, simplemente desgarrado es, cómo no, el de Hermann Tertsch, en Abc. Conviene reproducir ampliamente sus palabras: “lo terriblemente cierto es que no se hunde ni mucho menos la permanente infamia conceptual del proyecto lanzado por ese Partido Socialista de Rodríguez Zapatero, con su cúpula sectaria de neopensadores mágicos y sus cómplices nacionalistas. No parecen generar el rechazo que merecen sus propuestas de desigualdad territorial, su inseguridad jurídica y ética ante la agresión terrorista y la inanidad moral de que hacen gala en política interior, de seguridad y exterior. El único partido de oposición, el PP, ha fracasado en liderar una revuelta nacional que requería sin duda un cuerpo social más activo para hacer frente a la agresión continua que sufren las libertades agredidas por socialistas y nacionalistas. España no está mejor después de estos resultados”.
Leído lo anterior, conviene saber cuáles son los triunfos de la derecha en un juego de paciencia con peligrosos compañeros de partida, con rivales correosos… Algunos candidatos suben imparablemente; otros se la juegan y su destino aún es incierto. O, como apostilla Ignacio Ruiz Quintano también Abc, “el socialismo zapateril consolida su naufragio en la capital de España, donde Alberto Ruiz-Gallardón se proyecta como la gran esperanza monclovita, acaso la única, del Partido Popular”. ¿Ruiz-Gallardón es el rey del tapete?
————————-
2. Como Ciutadans ha cosechado un inmenso fracaso, Arcadi Espada dice en su blog que no ha triunfado el PP. “El nacionalismo ha ganado las elecciones municipales en España. En Navarra, desde luego, pero también en Baleares, Canarias y Cataluña, y en Vitoria, Palma de Mallorca o Vigo. Existe la posibilidad de que también haya ganado en Madrid, pero sobre eso no me voy a pronunciar ahora. La posibilidad de que el Partido Popular haya ganado las elecciones es sencillamente ridícula. Ganar es gobernar”, dice Espada reproduciendo –casi literalmente– palabras de Victoria Prego en El Mundo.
Cierto, cierto. Por eso, la pregunta es decisiva: ¿el PP espera gobernar sin llegar a acuerdo alguno? Si ganar es gobernar –como dolorosamente apostilla Espada–, en ese caso no es probable que Ciutadans gane nunca. Es decir, permanecerá sin contaminar, como un partido que sólo espera “el restablecimiento de la realidad”, según reza su primer manifiesto. Mientras tanto, los otros partidos –incluido el PP de Alberto Fernández Díaz– conseguirán concejales, eso sí: sumidos en la irrealidad de la que habla Arcadi Espada, en esa abstención que no ha beneficiado a Ciutadans.
Por eso, el propio Espada reconoce: “el tercer partido tiene su mayor enemigo en la abstención, que alcanza en Barcelona dimensiones históricas: desde que las chicas votan jamás había votado tan poca gente en la ciudad. Y es en Barcelona donde Ciutadans ha perdido de modo más doloroso. Aunque no entra en el Ayuntamiento por muy pocos votos, es el único partido que no puede escudarse moralmente en la abstención: él nació para combatirla y para devolverle a la política su nobleza y su pasión”.
Devolverle a la política su nobleza y su pasión, interesante e irreal propósito que se enfrenta inevitablemente a lo que los partidos son: no sólo una organización para alcanzar el mayor número de empleos públicos, sino también una estructura de poder interno. La nobleza y la pasión no le quitarán al partido político su naturaleza: ser una organización más o menos oligárquica. Desde luego habría que dotarse de todo tipo de frenos para impedir la deriva absolutamente cerrada de sus funcionarios, del aparato, pero quienes tienen apetito de poder y ya lo tocan o ya lo disfrutan no son partidarios de que sus cargos se revoquen: por mucha nobleza y pasión que le pongan la militancia o los simpatizantes. Es decir, siendo estructuras más o menos oligárquicas, los partidos son, sin embargo, instrumento de la democracia. Pero la democracia de hoy es sobre todo un espacio de representación, de visibilidad mediática, un proscenio en el que se muestran ciertas cosas con ostentosa publicidad y en el que se ocultan o se velan otras igualmente decisivas para la marcha política. Por eso, la clave del éxito y de los triunfos electorales suele ser el que da la suma del populismo más el crecimiento económico. ¿Duele reconocer esta vulgar realidad?
En Ciutadans. Sed realistas: decid lo indecible, sus intelectuales fundadores creen posible refundar la forma partido y, por ello, proclaman en su ideario un repertorio de evidencias o de buenas intenciones que no cumplirían las restantes organizaciones: una democracia de ciudadanos, un espacio ideológico nuevo (transversal, liberal y socialista a la vez) en el que hacer explícito otro modo de hacer política, una ”gestión objetiva de los problemas reales”, una defensa de “la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros”. Etcétera. Sorprende la confianza que los intelectuales dispensan a los principios, como si esas convicciones expresadas fueran un detente bala, como si los ideales proclamados fueran pensamiento mágico capaz de enderezar el fuste torcido de las conductas sectarias. Frente al nacionalismo, Ciutadans propone nada menos que restituir la realidad o, como antes citaba, gestionar objetivamente los problemas reales. Es ésta un voluntad mayúscula, desde luego, que puede tener, sin embargo, una lectura autoritaria: eso de gestionar objetivamente sólo pueden pretenderlo los tecnócratas… Pero es que, hoy, la política no es el dominio de los tecnócratas: tiene mucho de arte de recreación fantasiosa y de arbitrismo. O, en otros términos, de simulacro y decisionismo. Son, por supuesto, patologías de la democracia, pero sobre todo son dolencias crónicas de la sociedad mediática: aquella sociedad en la que el populismo vistoso y visual triunfa. Insisto: esto es realismo, no cinismo.
——————–
3. Aviso. Un análisis de lo ocurrido en las elecciones valencianas (con el triunfo rotundo del PP de la CV) podrá leerse en Levante-EMV el próximo viernes en el artículo semanal de JS. Aquí, en el blog, pensaba poner un nuevo post hoy. Las declaraciones de Ruiz-Gallardón (”Ruiz-Lancelot”, según Ignacio Camaño en Abc) en el Foro ABC y la respuesta dada por Rajoy me obligan a retrasar el texto. Reproduzco el Discurso en la sección de comentarios. Pueden leerlo y analizarlo.
Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink
05.27.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 8:46 por jserna
1. Leo El enigma Ciutadans. Un misterio político al descubierto, de Álex Sàlmon, y leo Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, editado por Jordi Bernal y José Lázaro. Son, por supuesto, libros de circunstancias, volúmenes que aprovechan o despiertan el apetito de lo noticiable: son ejemplares que pronto caducarán, pues pertenecen a ese género momentáneo que es el libro político ocasional. No es que lo que allí se trata se olvide en un par de semanas. Lo que ocurre es que dos o tres ideas buenas o irritantes, cinco o seis aciertos verbales o siete u ocho análisis atendibles o discutibles se perderán inevitablemente cuando las novedades bibliográficas, la dinámica electoral o el nuevo oportunismo los entierren. Un libro efímero desaloja a otro libro temporal y precario. Por eso, los he leído ahora, justamente ahora, antes de que desaparezcan: he aprovechado que aún están en los expositores de novedades. Dentro de un tiempo es probable que sean descatalogados y finalmente guillotinados.
El primero de ellos, El enigma Ciutadans, lo firma el director de la edición catalana de El Mundo: Álex Sàlmon. El volumen está concebido como la crónica de un partido nuevo, como el relato en el que se narra la gestación de un partido a raíz de un sueño particular: el de una Cataluña posnacionalista. Quince intelectuales, amigos, conocidos y residentes en Barcelona (la mayor parte de ellos) se reúnen en varias ocasiones para hablar; comen en restaurantes más o menos caros mientras alimentan aquella idea, mientras confirman tener una misma idea y, después de hacer públicos algunos manifiestos, deciden plasmarla formando un partido político. Pero por ser eso –intelectuales más o menos talludos, reconocibles, admirados u odiados– ceden dicho trabajo partidista a militantes menos conocidos o nada conocidos, gente de la base que tenga elocuencia o que se para valerse de una oratoria convincente. Forman la organización en cuatro meses y en las siguientes elecciones autonómicas catalanas obtienen tres diputados en el Parlament. A la crónica, Sàlmon le pone su intriga, al tiempo que manifiesta por Ciutadans su admiración abierta. Sàlmon también le pone su entrega, pero el libro se resiente de precipitación: hay numerosas erratas, hay descuidos injustificables e incluso hay repeticiones de párrafos o de citas. Dice haber escrito el volumen en varios fines de semana. Desde luego se nota. No creo que el autor haya leído completamente y de una sentada el original de su libro. Es probable que la necesidad de llegar a las elecciones y de aprovechar el leve tirón de esta circunstancia le haya llevado a cometer esos deslices.
Más cuidada es la edición de Ciudadanos. Sed realistas: decir lo indecible, coordinado por Jordi Bernal y José Lázaro. Aun así, veo igualmente precipitación: aunque en menor número, también hay erratas incomprensibles en un libro hecho con mayor esmero. En esta obra se reúnen los textos fundacionales de Ciutadans de 2005 y 206, los manifiestos elaborados por aquellos quince intelectuales, artículos de prensa, entrevistas a los nuevos diputados y los diálogos con los profesores, escritores, gentes de la cultura, en fin, que alentaron el proyecto. Aquí aparecen, entre otros, Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Xavier Pericay y… Fernando Savater. ¿Savater? En marzo de 2006, en el Teatro Tívoli de Barcelona se realizó el acto fundacional del nuevo partido, todo un acontecimiento pensado como hecho noticiable: sin ser promotor de la idea, sin ser barcelonés de origen o de vecindad, en aquel evento ya estuvo Fernando Savater saludando la iniciativa. En un capítulo de este libro, podemos leer sus respuestas a preguntas que el editor les hace a todos ellos, cada uno de los cuales aprontando ideas. Fuera de algunas enormidades a que tan proclives son los intelectuales y que probablemente no podrán asumir los diputados de Ciutadans, la verdad es que ni Savater ni sus virtuales contertulios no dicen nada que no sea de sentido común. Ése es el problema, dice Félix de Azúa: que decir las cosas más sensatas es en Cataluña un acto revolucionario. Seguramente es una enormidad…
Dicen cosas, pues, en ese capítulo, un capítulo que los editores no han querido titular debate –un debate, dicen, es una lucha–, sino deliberación. Esa palabra tiene un enorme prestigio, pues a lo que alude es a una actitud abierta del dialogante: quien delibera no discute desde posiciones inamovibles; quien delibera expresa su deseo de dejarse influir por las ideas del otro, que –seguro— algo tendrán de racionales y de razonables. Sin haberlos reunido en un espacio físico para grabar sus intervenciones, los editores han compuesto ese capítulo con las declaraciones escritas de estos intelectuales, declaraciones remitidas generalmente por e-mail a partir de preguntas generales: un capítulo provisional luego reenviado para que cada uno de ellos pudiera introducir sus últimos retoques o apaños. Sin duda, es la parte más interesante del libro. Primero por los protagonistas; segundo por lo que tratan y dicen.
Yo no veo especialmente la deliberación por ningún lado: cada uno dice la suya y no creo que nadie modifique sus puntos de partida. En realidad, lo que sostienen es la necesidad de que Cataluña vuelva a los hecho. Los mitos del nacionalismo –dicen– habrían velado la percepción de los ciudadanos y, por tanto, un baño de realidad –incluso de objetividad— sería imprescindible. Entienden que Ciutadans –como partido transversal y posnacionalista– sería la solución y la respuesta: ellos no son los políticos que bregan diariamente, sino que ellos son la referencia última que impulsa. Más allá de la defensa del bilingüismo, se trataría, en suma, de crear y mantener una organización que no cayera en los vicios electoralistas de PSOE o PP, un partido abierto, antiburocrático. Pero no las tienen todas consigo: saben que la política es canibalismo y que, por eso, los cargos públicos de ese nuevo partido que no quiere ser antipartido (no ignoran que eso conduce al fascismo) pueden caer atrapados en la maquinaria del sistema. Savater aparece en el libro como un simpatizante fervoroso y esperanzado: la oferta de Ciutadans no debe limitarse a Cataluña. Eso es lo que espera y desea… Por eso, por ser tan evidente su enfoque, resulta algo impostada y teatral la pose que él y Carlos Martínez Gorriarán han mantenido la última semana. Les resumo.

2. ¿Crónica de un nuevo partido? “Ciutadans y «Basta Ya» escenifican su futura alianza política”, dice el diario Abc en su edición del 26 de mayo. El verbo es exacto y realista, preciso. Muestra hasta qué punto la política es hoy teatro, exhibición, puesta en escena; muestra hasta qué punto aquello que ahora domina es el periodismo de declaraciones: el que persigue el hecho noticiable y a los protagonistas que puedan decir algo. Así empezaron los inspiradores y responsables de Ciutadans, en 2005 y en 2006, sabedores de que hay que crear el acontecimiento: cuando los quince intelectuales presentaron el primer manifiesto y cuando en el Tívoli de Barcelona se constituía el nuevo partido. Para tener eco, para tener respaldo directo o indirecto en los medios, es preciso provocar un evento, por pequeño que sea. Raudos acudirán los periodistas…
Ahora bien, para que funcione como tal, dicho acontecimiento político ha de tener, por supuesto, protagonistas, gentes reconocibles, individuos que antes o en ese momento se ganan una audiencia gracias a esos mediadores que son los periodistas. Se trata, insisto, de provocar un evento, sí, pero sabiendo después de qué modo hay que administrar estratégicamente la información, de qué manera hay que suministrar los datos a los reporteros que cubren los hechos, de qué forma hay que presentarlo y representarlo. Es decir, esos hechos noticiables han de tener su intriga, su planteamiento, su nudo y, finalmente, su desenlace. Es un modo de inducir y de aumentar el interés. En periodismo o en publicidad se sabe que una noticia por sí sola no despierta atención: sólo cuando esa información se convierte en crónica, en serie, en capítulo de un proceso más largo, es cuando el dato llega a una audiencia que lo recibe con solicitud.
Durante una semana, Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán, cabezas visibles de Basta ya y simpatizantes declarados de Ciutadans, se han presentado ante los medios deshojando la margarita…: que si sí, que si no, que si montamos un partido, que si hay que votar en blanco… Al mismo tiempo que esto sucedía, Eduardo Zaplana les proponía una alianza coyuntural, como si el Partido Popular fuera un partido recolector de todo tipo de votos, incluso de laicos confesos. A la vez que eso ocurría, Abc, por su parte, rogaba a Savater y Martínez Gorriarán que prestaran su apoyo al PP: que no forméis un partido al estilo Ciutadans, que no hay tercera vía, que no hay más opción que la de desalojar a Rodríguez Zapatero aliándose con los populares. Savater aprovecha su audiencia de El País y Martínez Gorriarán se vale de una Tercera de Abc para volver a lamentar la vaciedad del actual presidente del Gobierno. El periódico de la grapa (así lo llamaba Javier Marías) da todo su respaldo al articulismo antizapaterista sin que su director parezca advertir que el diario proRajoy está siendo utilizado por otra opción… Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero despierta que José Antonio Zarzalejos cree posible una gran coalición contra el PSOE…
De todas las tribunas y columnas aparecidas en el diario conservador, la más significativa ha sido la de Edurne Uriarte: con una prosa algo envarada, la autora dice que entre Savater y Aznar no hay gran diferencia, que hay más cosas que unen de las que separan, que la izquierda no tiene superioridad moral, que… por favor. Algún día después, el viernes 25 de mayo, Savater y Martínez Gorriarán se presentan en Barcelona haciendo como que descubren ahora las afinidades con Ciutadans. No hay tal cosa. Me refiero al descubrimiento tardío: ya sabemos que desde hace meses Fernando Savater presta su apoyo a Ciutadans al tiempo que muestra su todo desencanto, toda su decepción, con Rodríguez Zapatero. Que dos días antes de las elecciones, después de haber predicado el voto en blanco (que yo mismo le he criticado), el filósofo donostiarra defienda la opción de Ciutadans es… la penúltima operación de una presentación mediática calculada. Vayamos dosificando las informaciones, vayamos dando ruedas de prensa estratégicamente, de modo que siempre haya una novedad que los periodistas puedan registrar.
¿Cuál es la consecuencia? Ciutadans recoge el descontento, cierto, pero la auténtica opción es que, si sale mal, si no obtiene concejales en Barcelona o en otras poblaciones, siempre podrán echarle la culpa al bipartidismo imperfecto que pretenden abatir aquí o allí. Si, por el contrario, sale medianamente bien al lograr algún regidor, siempre será un triunfo, una gesta personal, un hecho heroico. Habrá que ver, no obstante, en qué consiste ser ese nuevo partido que espera no reproducir los vicios de los anteriores. Aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué una organización liderada por Albert Rivera va a funcionar mejor que el PSOE o el PP (siempre decepcionantes, claro), una organización prístina y adánica que por lo que parece llega, incluso, a convencer a Fernando Savater, tan sabedor de decepciones políticas. Mientras estamos atentos a la pantalla, confirmando la alianza de facto, José Antonio Zarzalejos vuelve a lo mismo en su Tercera dominical, ajeno –al parecer– a lo que es evidente:
“Con el respeto más absoluto, sin embargo, y en atención a la historia de España que tanto nos enseña, expreso la duda de si la migración de estos intelectuales a militantes de un nuevo partido sería útil o no a la causa de la democracia constitucional española. El modelo que ha puesto en práctica Sarkozy -nutrirse de las ideas de intelectuales de procedencia diversa pero homogéneos en su convicción sobre la necesidad de una gran regeneración de valores y principios nacionales y sociales- ha sido exitoso. Gallo, Baverez, Marseille o Glucksmann, entre otros, no han entrado en la arena política, pero sí en el compromiso por una opción electoral -la de UMP dirigida por Sarkozy-, ejerciendo así un papel referente y orientador para la opinión pública”.
Esa invitación es ceguera voluntaria: la obstinación de un director de diario que lo fía todo al triunfo del PP. En una dirección semejante se expresa Jon Juaristi, que en su artículo “Fernando” publicado en Abc (27 de mayo, reproducido en la sección de comentarios) viene a decir que al aprecio por Savater no le hará seguirle. “Sus desplazamientos tácticos no me preocupan”, precisa Juaristi. “De Fernando Savater se puede prescindir en las escaramuzas, incluso es recomendable hacerlo con frecuencia”, añade. El Mundo, por el contrario, juega con varias barajas, algo que se puede ver en la crónica de Ciutadans escrita por Álex Sàlmon. Si el PP sale bien parado de las elecciones locales y autonómicas (¿y quién no sale bien parado de unas elecciones?), sus respaldos serán Abc y El Mundo. Si los populares no consiguen “la capacidad de absorción” que ha demostrado Sarkozy (en palabras de Zarzalejos), entonces el diario de Pedro J. Ramírez siempre podrá hacer valer su simpatía por Ciutadans.
En cualquier caso, es difícil que los socialistas puedan salir con bien de este trance al que les llevan sus opositores o sus desengañados. Aumentar o repetir el mismo número de sufragios logrados en 2003 o en 2004 son quizá logros improbables, un menoscabo que siempre podrá ser aprovechado por los rivales: la pérdida de votos en números absolutos probaría el desgaste, la decepción, el hastío incluso. Salvo que el PSOE incremente netamente su respaldo (hazaña improbable) o salvo que los socialistas obtengan alcaldías o autonomías emblemáticas, todos podrán presentarse como ganadores: más aún, un porcentaje abstencionista significativo siempre podrá achacársele al partido socialista. Ésa es una opción interesante para Ciutadans y para la plataforma que auspicia Savater: pueden sumar votos propios y otros que jamás llegaron a las urnas.
(Cerrado el post a las 16:35 horas del domingo 27 de mayo)
Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink
05.25.07
Posted in Antropología, Corrupción, Valencia, Democracia, Historia at 9:16 por jserna

0. Hay que votar…
–La cabellera y los cuatreros (Frente al voto en blanco postulado por Fernando Savater).
Artículo de JS en Levante-EMV, 25 de mayo de 2007.
1. Donaciones, regalos
El ideal de la humanidad es que a cada uno se le tome como fin, no como medio. Indudablemente, ese noble objetivo no lo cumplimos siempre en nuestras relaciones sociales. Hay individuos para quienes sólo somos instrumentos o medios (y debe ser así, al menos en determinadas circunstancias): sabes que un funcionario o un representante político son personas, por supuesto; sabes que tienen unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos es meramente instrumental. De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo. Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación…
En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas. En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, quienes tienen esos tratos impersonales con nosotros, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto. Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas. Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores. Dicen que el vicepresidente de la Diputación de Castellón ha incrementado su patrimonio gracias a donaciones de todo tipo. O dicen que, al menos, habría escriturado las nuevas propiedades bajo la fórmula de la donación para pagar menos a Hacienda. El representante político lo niega. No me interesa si esa figura legal esconde o no compraventas o algo peor. Me interesa dicha palabra: donación…
Hace muchos años, el sociólogo Marcel Mauss escribió un Ensayo sobre el don. Estudiaba el funcionamiento y el significado de los regalos. En la vida privada, un presente se ofrece para mantener, mejorar o facilitar nuestras relaciones, para aliviar los malentendidos o encontronazos, para favorecer nuestros intercambios, para suspender unas hostilidades: los regalos circulan, facilitan la irrigación social, afianzan la paz entre individuos o grupos potencialmente adversarios o rivales, crean o refuerzan amistades, premian a los próximos. En principio, donar presentes es gratuito: en el sentido de que regalamos porque queremos y quien recibe el obsequio no nos abona en metálico una suma con la que costear ese dispendio. ¿Gratuito? Lo que pudo observar Mauss es que el regalo establece en realidad un servicio obligatorio. Cuando obsequiamos a alguien con un presente y éste lo acepta, entonces se crea entre nosotros un sistema invisible, pero real, de prescripciones, de obligaciones: una red de prestaciones y contraprestaciones que para funcionar implica devolución proporcionada, equivalente. Piénsese, por ejemplo, que la lógica de funcionamiento de la Mafia o de la Camorra son de esta índole: desde el siglo XIX reparten servicios como si de obsequios se tratara con el fin de suplantar al Estado, de cubrir sus carencias, enredando a sus favorecidos en una obligación criminal.
En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera. En realida, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente y, como indicara Mauss al hablar del don, queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.
Es curioso, releo lo escrito y, como días atrás, creo regresar al siglo XIX, a la época del Cossi en Castellón o a la época de Joaquín Costa…
Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink
05.22.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, Democracia at 9:53 por jserna

1. Empecemos con cuatro trivialidades bien sabidas, pero que ahora –justamente ahora– merecen ser recordadas. ¿Qué es un partido político? Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder. Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección. Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización. Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar. Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia. Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad. En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad. Nada de eso puede ser extirpado sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana. ¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido? En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos. Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios. De lo que se trata es que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos. De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables. Punto y aparte.
Pasemos a recordar otra cosa archisabida. ¿Qué es un intelectual? Es un individuo al que se le reconocen ciertas habilidades en el pensamiento, en el arte o en la escritura: ahora bien, lo que lo hace intelectual no son esas capacidades creativas, sino su voluntad de intervenir en la sociedad para corregir vicios o enderezar entuertos políticos. Se vale del reconocimiento que su obra ha logrado, de la fama que ha cosechado, para salirse de su competencia denunciando en la prensa, en la televisión, en la radio lo que que cree que debe ser denunciado. Levanta la voz (”yo acuso”), publica o firma manifiestos, escribe artículos, concede entrevistas, expresa posiciones y hace precisamente de la moral, de los principios, su vara de medir. La suya no es una tarea política u organizativa propiamente: su papel es el de ser referencia. Es conocido, es valorado, es apreciado y, por eso, una palabra suya bastará para que sus lectores o seguidores atiendan lo que dice o proclama. Ahora bien, para que tal cosa sea posible, el intelectual necesita los mass media: necesita que esa voz que se alza –que postula o que critica– se haga oír. Esto es, no será nadie si no cuenta con unos medios que le den respaldo o le hagan eco. Habitualmente, los intelectuales han sido distantes del poder, severísimos críticos que denuncian desde la convicción aquello que los gobernantes hacen o dicen hacer por responsabilidad. Eso significa que el político obra con diplomacia, con mesura, con presupuesto; el intelectual, por el contrario, critica armado de principios. El dominio de los primeros se basa en la gestión de las instituciones, en su control; el poder de los segundos se fundamenta en su capacidad de influencia.
Hasta aquí las cosas archisabidas. ¿Pero qué pasa cuando los intelectuales que intervienen en los medios se arriman al poder gubernamental, le dan su apoyo, legitiman su gestión, se hacen valedores de sus intereses políticos? ¿No estarían contradiciendo el cometido al que clásicamente se han entregado, la crítica de las instituciones? En realidad, los intelectuales no son tipos que vuelen sin ataduras y en la España de hoy, por ejemplo, suelen formar parte de grupos de comunicación que son también instrumentos de un poder informal. Por tanto, la imagen romántica del crítico aislado, insobornable y frecuentemente errado es un resto del pasado: es Jean-Paul Sartre. Hoy, la prensa acumula un inmenso poder de intervención, de fiscalización, un poder que no es sólo el de la influencia, sino también el de sus interes materiales.
Fernando Savater es un intelectual sobradamente conocido, alguien que ha sido crítico del poder, pero también fiel aliado de ciertos Gobiernos. Sabedor que es preferible un intelectual sensato a un utopista peligroso, el filósofo vasco ha apoyado distintas opciones políticas. Por ejemplo, según parece depositó su confianza en Rodríguez Zapatero, sobre todo porque, al parecer, esperaba un resultado positivo del giro antiterrorista adoptado por el Gobierno socialista. Eso le supuso severas críticas de antiguos correligionarios suyos, entre ellos vascos y víctimas de la barbarie que recelaban del nuevo Gabinete: o bien porque desconfiaban de dicha estrategia, o bien porque suscribían la política del Partido Popular, férreamente contraria a ese nuevo giro.
Meses después, Savater ha dicho basta ya. Es decir, ha abandonado a Rodríguez Zapatero, a quien ha acusado de adanista, entreguista y debelador de consensos. Ese alejamiento del Gobierno socialista no parece que le haya llevado al PP: Savater dice desconfiar de la política clerical, confesional de los populares. Por eso, con otros correligionarios suyos de ¡Basta ya! (la organización cívica antiterrorista) ha dado los primeros pasos para formar un partido político que habría de presentarse a las elecciones de 2008. Esta postura ha sido alabada y avalada por El Mundo y por Arcadi Espada, columnista de dicho periódico. El diario califica la operación como el principio de una izquierda que va a disputarle al PSOE su hegemonía. Por su parte, Abc ni la aprueba ni la celebra: pide sin más que los antiguos intelectuales de izquierdas descontentos con los socialistas apoyen las listas electorales del PP, como André Glucksmann y otros han hecho en Francia con la opción de Nicolas Sarkozy. Los responsables de El País guardan silencio de momento, sumidos probablemente en un embarazosa incomodidad. Por un lado, no suscriben en público esta operación (e incluso no publican algún artículo suyo: así, el ya famoso Casa tomada). ¿Por qué razón? Porque esa operación –como la de Ciutadans– acabará teniendo una función básicamente partidista, quiero decir: antisocialista. Por otro lado, en El País no pueden desprenderse de uno de sus principales articulistas: Fernando Savater aprovecha sus últimas colaboraciones en dicho periódico para preparar políticamente ese nuevo partido que ya se divisa en lontanza, es decir, está sembrando entre su audiencia para abonar la idea.
¿Cuál es el problema? En realidad, hay dos problemas. Por un lado, Savater y sus correligionarios –que han hecho público un manifiesto bienintencionado– parecen desconocer la lógica inevitablemente oligárquica de los partidos; parecen ignorar que decir organización es decir oligarquía, como apuntara Robert Michels a principios del siglo XX. Demuestran gran inenuidad –adanista, precisamente– proponiendo un nuevo partido prístino, incontaminado, que según añaden estaría por encima del actual enfrentamiento PSOE-PP y de las viejas inercias: el caso de Ciutadans –con alguna colisión interna– prueba que esta idea es, como mínimo, ingenua, pues cuando se empieza de nuevo, cuando se funda o se refunda un partido, suelen reproducirse vicios semejantes. Pero, por otro lado, Fernando Savater –que es un filósofo agudo y entretenido, que es generalmente un articulista perspicaz y persuasivo– ha tomado decisiones políticas legítimas y discutibles a lo largo de su carrera de intelectual: fue ácrata –es decir, acérrimo enemigo del Estado– y fue nietzscheano para después apoyar los Gobiernos de Felipe González durante años y, más tarde, acercarse a Rodríguez Zapatero.
¿Es eso un problema? Desde luego que no: a ello tiene perfecto derecho. El asunto está en que el intelectual Fernando Savater confunde sus avances personales, probablemente justificados, con los avances generales a que estaría obligada la humanidad. Es posible que hasta tenga razón en sus opciones y en sus cambios de postura: lo que no creo es que esos saltos estén cronológicamente justificados. Quiero decir, ¿tantos meses le ha costado a Savater descubrir el presunto adanismo de Rodríguez Zapatero? Como Sartre, el intelectual vasco prefiere equivocarse a destiempo defendiendo principios y apoyando políticas que justifica ante sus lectores. Así, los votantes que leemos sus artículos deberíamos estar justo en el lugar en que él dice estar en dicho momento. Por eso, habría que ser ácrata cuando él lo fue o zapaterista cuando él lo era. Ahora, para las elecciones municipales y autonómicas, propone votar en blanco para castigar al Partido Socialista; en 2008, supongo que habrá que votar la candidatura de ese nuevo partido que se está gestando.
Pues no. Y esto lo digo siendo un seguidor antiguo de Savater; habiendo leído ¿veinte, treinta, cuarenta? libros suyos; habiendo hecho reseñas generalmente elogiosas de sus obras cuando de literatura se trata, pero críticas cuando confunde sus posiciones políticas con la lógica universal o con lo obligado. Tiene derecho a acertar o a equivocarse, pero no a presentar sus posiciones como si fueran evidentes. Sé que es una persona perseguida por los bárbaros y sé que ha defendido la rectitud moral con coraje, pero ser víctima no da la razón política necesariamente y sobre todo no la da en el momento o en el tiempo en que uno decide estar aquí o cambiar o apoyar a este o a aquel partido.
—————–
2. Hemeroteca. Algunas informaciones y editoriales sobre la plataforma para constitución del nuevo partido:
-Abc.es, 22 de mayo de 2007
-Abc.es, 22 de mayo de 2007. Editorial.
-El País.com, 22 de mayo de 2007
-Levante.es, 22 de mayo de 2007. Zaplana sugiere a Rosa Díez y a Fernando Savater una alianza coyuntural.
Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink
05.20.07
Posted in Corrupción, Democracia, Historia at 10:02 por jserna

1. Trituración
Adolf Beltran me menciona muy amablemente en su blog para aludir a la “trituración interna” del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. “Trituración interna”: con esa expresión describo llanamente lo que Beltran analiza sirviéndose de conceptos más nobles y prestigiosos: habla de la entropía de la politica. Según esa formulación, los partidos, tanto en el ejercicio del poder como en el ostracismo de la oposición, acumulan un alto grado de desorden interno, una energía a la vez necesaria y desbordante que es su motor y su propia amenaza. Eso explica que tanto en el poder como en la oposición, PPCV y PSPV tengan jefes, corrientes, disidentes, articulistas, ex altos cargos que esperan (e incluso desean) la derrota del propio partido para así beneficiarse, pero también para adecuar la organización a sus aspiraciones y necesidades.
Durante esta campaña, los populares critican al candidato del Partit Socialista del País Valencià la debilidad de sus apoyos electorales, debilidad que, como mucho, sólo le permitiría formar Gobierno en coalicion, pero no en solitario. Con ello, Joan Ignasi Pla y sus segudiores de izquierdas no tendrían más remedio que intentar un tripartito a la valenciana. Ese reproche del Partido Popular tiene, por supuesto, un sentido estratégico: se amenaza con que aquí pase lo que en Cataluña sucedió con el primer tripartito de Pasqual Maragall y sus socios. Todo puede ocurrir y todo puede empeorar, desde luego, pero al final sólo cuentan las victorias electorales: no hay victorias morales, ni derrotas dulces. Las victorias suelen servir para restañar rápidamente las heridas abiertas y, por lo que veo, las largas derrotas dejan abiertas laceraciones antiguas. También en el PSPV las hay: el artículo que Jordi Palafox, profesor y socialista, publicaba días atrás prueba el malestar que antiguos miembros del partido tienen frente a la actual dirección. ¿Cuál sería su ubicación con un hipotético Gobierno encabezado por los socialistas? ¿Cuál sería su posición tras una eventual derrota del PSPV? En Francia, un fracaso de Nicolas Sarkozy habría sumido en el desconcierto más absoluto a los gaullistas; una derrota de los socialistas ha agravado su colisión interna, su trituración.
Pero el PP de la Comunidad Valenciana no es ajeno a esta circunstancia: tiene también un tripartito en su interior, una división mal avenida entre los seguidores de Francisco Camps, los incondicionales de Eduardo Zaplana y los imputados judicialmente. Eso y las rencillas locales han llevado a que en algunas poblaciones se haya producido el desdoblamiento, el enfrentamiento de listas electorales entre miembros de dicho partido. ¿Cómo afrontar municipalmente ese choque? Si Francisco Camps le reprocha a Joan Ignasi Pla su poca seriedad política, su escasa pegada como líder, cabría preguntarse a la vez qué seriedad política es esa de la que el candidato popular puede alardear cuando hay tantos aspirantes suyos, despechados o despachados, plantando cara a la organización, o cuando hay relevantes miembros de sus listas sobre los que recae la sombra de una duda.
La trituración interna del PP aún puede saldarse o soldarse, aún puede cicatrizar con tiritas gracias a las reales expectativas de triunfo. Ahora bien, algún día dicho partido deberá ajustar cuentas con su figura más emblemática: Eduardo Zaplana Hernández-Soro. ¿O será al revés? ¿Será el ex president de la Generalitat Valenciana quien, perdidos sus apoyos en Madrid, regrese para ver qué hay de lo suyo? Resulta difícil volver en esas condiciones. Un retorno de Eduardo Zaplana a Valencia, con un PP ganador, es improbable, pues sus antiguos correligionarios no parece que le hayan reservado sitio. Una vuelta a Benidorm, a la cuna de la que partió, resultaría humillante. Salvo una derrota del PP de Camps en las autonómicas, a Eduardo Zaplana no le queda salida en Valencia: ya no es una referencia ni puede retirarse como Fraga en Galicia. ¿Por qué ha perdido sus socios, que tanto lo admiraron y con quienes tanto se amistó?
El concepto de trituración aplicado a la vida política popular, que le ha hecho gracia a Adolf Beltran, lo tomo en préstamo de un periodista del siglo XIX, un redactor anónimo del diario valenciano La Opinión (1860-1866). Son tiempos de dominio aplastante del Partido Moderado (la antesala de los conservadores), un partido articulado en torno a José Campo, cuya fuerza empezó al acceder a la alcaldía de Valencia años atrás, en los cuarenta. Allí reunió a amigos y colaboradores para modernizar la ciudad, para satisfacer sus intereses materiales, para enriquecerse con las contratas, con los negocios, para repartir a manos llenas entre socios y testaferros. Pero hacia 1862 Campo ya no está en Valencia: reside en Madrid en un suntuoso palacio en el Paseo del Prado y, desde luego, prefiere gestionar sus múltiples intereses en la Villa y Corte, incluso en los pasilllos de Las Cortes, allá en donde disfruta de escaño parlamentario. Es muy conocido por las innumerables relaciones que tiene, por las granjerías de que disfruta.
Pero no olvida Valencia: sabe que allí ha de mantener una red de influencias que defiendan su retaguardia. La hegemonía es del Partido Moderado, el partido de Campo, pero esa organización (aún tan embrionaria) sólo es una reunión de gerifaltes cuyos propios intereses acaban chocando entre sí. Sus negocios municipales, que empezaron siendo un juego cooperativo, han acabado siendo un juego de suma cero: lo que tú ganas yo lo pierdo. De otro lado, los partidos rivales acechan y, desde luego, denuncian los malos usos, la política rapaz de los gobernantes. Campo no puede controlar desde Madrid lo que es una guerra sin cuartel entre antiguos amigos y socios… La prensa moderada (y La Opinión, lo es, pues pertenece a José Campo) describe el estado de la política local en esos términos: en Valencia, el moderantismo ya no es un partido, tal es el grado de trituración que experimenta la política, tal es el nivel de fractura, tales son los reproches que unos u otros pueden hacerse dentro de una organización que se disuelve.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, los contextos son distintos y, por supuesto, los actores de la política local no se asemejan en todos su perfiles a lo que fueron aquellos patricios avariciosos. Sin embargo, si nos dejáramos llevar por una analogía precipitada, tal vez podríamos creer que regresamos al siglo XIX. Ayer, acababa mi post anterior (Entre Borges y Mendoza) añorando un regreso imposible a la literatura del Ochocientos, dispuesto a recrearme con folletines reparadores y con melodramas llorones. Hoy veo que el siglo XIX sigue presente entre nosotros, con esa fuerza de lo viejo que no acaba de morir: no sé si lo que nos pasa en política local es un folletín reparador o un melodrama llorón. En una página del libro que ayer mencionaba aquí, Eduardo Mendoza lo diagnosticaba de otro modo: la vida política es una forma de canibalismo.
—————-
2. Hemeroteca
-Francisco Camps, artículo de JS en Levante-EMV, 18 de mayo de 2007.
-¿Cómo votamos?, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de mayo de 2007.
Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink
05.17.07
Posted in La felicidad de leer at 7:58 por jserna

¿Qué hay de común entre Jorge Luis Borges y Eduardo Mendoza? Fuera de la coincidencia de ser escritores en español, hecho secundario, no parece haber nada que los aúne: ni pertenecen al mismo país ni comparten generación. El primero era argentino de Buenos Aires, una de sus ciudades amadas, tanto que la que recreó imaginariamente con fervor poético y con énfasis de eruditos y cuchilleros, malevos y compadritos; otro es español de Barcelona, población para la que ha edificado novela tras novela un mundo de ficción en el que habitan personajes desastrosos y cómicos, rufianes y emprendedores. Aparte de utilizar el castellano como lengua literaria nada hay de común entre ellos. Borges siempre desconfió de la novela, género que evitó cultivar: esa estructura verbal en prosa en la que, por su extensión, acaban predominando los personajes y los desvíos en detrimento de la trama. Mendoza, en cambio, ha adquirido celebridad como novelista, como gran novelista, aunque a la vez haya declarado con frecuencia la muerte o el declive del género que tan bien domina.
Acabo de disfrutar de dos novedades editoriales que la pura chiripa ha puesto en mis manos. El azar ha hecho que las lea una tras otra. Un libro fertiliza a otro libro: ambos se contaminan y se influyen, se hacen mutuamente accesibles y se interpelan, al menos en la imaginación de lector. Son, además, dos novedades que hacen del acto de leer la principal materia de su reflexión, razón por la que en sus páginas creo escuchar voces que me convocan expresa y directamente: yo soy el lector, ese lector… y, perdonen el narcisismo, pero me gustaría parecerme a esos dos lectores que son protagonistas de ambos libros. Uno es Borges, un escritor en las orillas, de la ensayista argentina Beatriz Sarlo; el otro lleva por título ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés?, y es su autor Eduardo Mendoza. Soy vanidoso pero no tonto: me gustaría parecerme aunque sólo fuera por compartir un mismo entusiasmo, el entusiasmo que Borges y Mendoza siempre han demostrado por la lectura.
Beatriz Sarlo destaca a su compatriota como un narrador que tuvo que hacerse en los márgenes, leyendo la tradición propia, periférica, pero sobre todo recreando con mestizaje, libertad e hibridación las tradiciones foráneas. Por su parte, Eduardo Mendoza fue también un outsider, un outsider cuya primera novela (La verdad sobre el caso Savolta, 1975) rompía con las corrientes españolas predominantes: a pesar de tratar, de narrar, unos hechos de la Barcelona del Novecientos, en las páginas de Mendoza era evidente el cosmopolitismo, la transgresión, la mezcla, los ecos de otras literaturas, la aleación de lo alto y de lo bajo, de lo popular y lo culto. En Borges, desde que iniciara su carrera como autor (escribiendo, por ejemplo, un prospecto publictario para una marca de yogures), hallamos también esa combinación de lo vulgar y de lo elitista, de los cuchilleros y de los eruditos. En el escritor español y en el argentino, la prosa (pero también la poesía en autor bonaerense) es sobre todo una forma de leer o, si se quiere, una manera de reelaborar lo que ya estaba dicho. La Historia universal de la infamia, por ejemplo, es una aparente transcripción de erudiciones varias agrupadas bajo la forma de relatos. De modo semejante, la primera novela de Mendoza es un florilegio de documentos, cortes, testimonios y narraciones cuya mezcla crea efecto de composición y unidad. Pero, además, como Borges, también el catalán es un escritor de orillas, de márgenes: tanto por la lengua en la escribe como por la tradición a la que está obligado a sumarse.
Ambos, Borges y Mendoza, son efectivamente orilleros y cervantinos. ¿Qué es ser orillero? “Colocado en los límites (entre géneros literarios, entre lenguas, entre culturas)”, dice Beatriz Sarlo, un escritor orillero (como Borges y como Mendoza, a su manera) es “un marginal en el centro, un cosmopolita en los márgenes”: es alguien que ha de lidiar no sólo con la propia tradición (débil o periférica), sino también con otras más arraigadas y firmes que le sirven para auparse y para interpelarlas. El orillero es un autor que está entre la ficción y la realidad, entre la ciudad vivida y fantaseada, la de los antepasados y la propia, justamente la propia: allá en donde no se siente hospitalariamente tratado. Por eso, recrea una población ya muerta de la que sólo quedan vestigios de difícil significado. En Borges y en Mendoza, sus respectivas ciudades son hechos históricos en parte nublados por voces y recuerdos fieles o mendaces. Pero no son las ciudades de la modernidad o de la modernización: son municipios que se han hecho gigantescos acopiando materiales del pasado y, por tanto, son localidades en las que lo nuevo y lo viejo cohabitan monstruosamente. Borges, dice Sarlo, “trabajó con todos los sentidos de la palabra orillas (margen, filo, límite, costa, playa)” para construir una imagen en parte real y en parte arbitraria. Las orillas ”designaba a los barrios alejados y pobres, limítrofes con la llanura que rodeaba a la ciudad…”
En las novelas de Mendoza también hay una Barcelona limítrofe, orillera, marginal: ese espacio hacia el que se extiende la ciudad y en el que las calles incluso no tienen la vereda de enfrente, esa acera que delimita la vía ya urbana. Hay personajes alucinados, purria, que han emprendido el ascenso social sin que sus éxitos les permitan quitarse el pelo de la dehesa. Hay un mundo híbrido, hecho a medias, pero sobre todo hay también una orilla metafórica, la que el propio Mendoza ha de franquear cuando escribe en castellano reconociendo una tradición literaria en la que, en principio, no se reconoce exclusivamente. En sus obras hay ecos de Miguel de Cervantes y de Pío Baroja, ¿pero hay también huellas de otros novelistas españoles?
Años después, tras una trayectoria literaria de grandes éxitos y reconocimientos, Mendoza regresa a esa tradición –de la que él empezó distanciándose– para leer o releer un repertorio de novelas españolas de los siglos XIX y XX. El resultado es un volumen delicioso, irónico y orillero: ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés? Como en el caso de Borges, también en Mendoza la lectura es el modo de hacer literatura (no sucede así en todos los escritores). O, en los términos que el narrador catalán emplea en ¿Quien se acuerda…?, “para quien ama los libros sólo existe un placer superior al de la lectura, y es el de la discusión sobre lo leído y lo por leer”. Su volumen es una discusión, precisamente, un repertorio de notas y un par de prólogos para una colección de narración hispánica (¿cuántas notas y cuántos prólogos hizo Borges…?), un libro que no es exégesis del erudito ni tampoco lección del savant. Es puro entusiasmo lo que transmite, pura alegría inteligente, la que vive al descubrir o redescubrir (tras una primera lectura adolescente) lo que son meritorios novelistas que supieron expresar las frustaciones y deseos de su tiempo con los recursos de la ficción. Realismo o naturalismo no son los objetos de debate: es la capacidad de la ficción para condensar lo que percibimos bien o malamente.
Pero es que, además, estas narraciones se inscribían en esa tradición novelística española, tan menguada tras Cervantes y la picaresca, esa tradición cuyas obras del siglo XIX parecen desprender hoy un “tufillo a brasero y naftalina”, un hedor “a museo y a desván”. Pero no es así. O al menos no es sólo así. Pues es sobre “la España amojamada de uniforme y sotana sobre la que cimentaron su obra Galdós, Baroja y Valle-Inclán”, tres grandes autores cuyas narraciones aún podemos leer con dicha. Sus personajes no son tipos “hieráticos, encorsetados, por completos ajenos a nosotros y a los tiempos actuales. Sus protagonistas y también los de otros escritores de menor vuelo podemos descubrirlos o redescubrirlos ahora advirtiendo “hasta qué punto compartían con nosotros los mismos sentimientos, las mismas preocupaciones, las mismas penas y las mismas chaladuras”, añade Mendoza en alguna página. Hasta de Armando Palacio Valdés, un autor prácticamente olvidado, puede sacarse provecho, pues sus obras (que tan frecuentemente desprendían un tufo a “palacio y sacristía”) nos recrean con habilidad momentos, instantes de un pasado poco moderno que ahora no queremos recordar. Mendoza juega con la tradición simplemente como lector apasionado y divertido que luego escribe y ve, por ejemplo, en Armando Palacio Valdés “una figura insólita dentro del panorama literario español: un católico con sentido del humor”. De esos materiales melodramáticos y humorísticos, de ese pasado frágil, ha hecho Mendoza su creación irónica, incluso sus obras sarcásticas, sus mayores chaladuras.
Como dice Beatriz Sarlo, también Borges se apoyó en autores secundarios de la tradición argentina para describirse a sí mismo, para negar esos logros menores, para mezclarlos con la literatura anglosajona, por ejemplo, con gran habilidad irónica. Mendoza, como el narrador americano, nos transmite el entusiasmo por todo lo que toca, incluso por aquellos escritores que lo prefiguran o que él desmiente. Qué quieren, también yo tengo ganas de regresar al siglo XIX.

Share and Enjoy:
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
Permalink