04.30.07
Posted in Juventud, Intelectuales, Historia at 18:04 por jserna
En Francia sigue la disputa final entre los candidatos que aspiran a la Presidencia de la República. Leo en un despacho de la Agencia Efe que el centrismo es el reclamo que ambos contendientes predican, necesitados de los votos que logró François Bayrou. Tal vez por ese centrismo desesperado que los aspirantes necesitan es por lo que se cometen o se dicen más pavadas de las habituales. Una de las últimas se la atribuyen a Nicolas Sarkozy, en concreto en el mitin que diera en París el pasado domingo. Del centrismo pasó ya, directamente, al antisesentayochismo, nada nuevo, en el fondo: es una vitola corriente con la que los conservadores franceses envuelven sus productos y mercancías. En efecto, una de las monsergas con las que éstos o los viejos izquierdistas dan la lata es con Mayo del 68: con su condena, con su repudio. Si un oyente despistado o un lector confuso o un asistente desorientado atendieran sin contexto a las palabras que este domingo pronunció Nicolas Sarkozy, creerían estar en 1969 o en 1970.
El candidato francés culpó a la herencia de Mayo del 68 de todos los males, leo en El Periódico: «de la imposición del “relativismo intelectual y moral”, que no establecía “ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso” y proclamaba que “todo estaba permitido”; de la liquidación de la escuela, “que transmitía una cultura común y una moral compartida”; y de la introducción del “cinismo en la sociedad y en la política”. Llegó a atribuir al Mayo del 68 “el culto al rey dinero, a los beneficios a corto plazo, a la especulación” y las “derivas del capitalismo financiero”…» Pero no acabaron ahí sus invectivas contra los opositores, en este caso, contra la izquierda. Las críticas al Mayo del 68 le sirvieron para denunciar la “hipocresía” de la izquierda en su relación con los trabajadores, los delincuentes, la policía o los okupas. «Toman sistemáticamente partido por los gamberros, los que destrozan y los defraudadores contra la policía», leo en El Periódico.
Ese argumento de quien fuera ministro del Interior es frecuente y ha calado entre muchos comentaristas. Dos años atrás, por ejemplo, cuando estallaba la revuelta incendiaria de los barrios, José Antonio Zarzalejos dictaminaba en Abc: «Lo que sucede en Francia es una revolución nihilista que, casi por definición, consiste en un desafío a los valores y a los códigos de la civilización». Por dejación, nuestros vecinos habrían actuado con irresponsabilidad durante décadas no atendiendo moralmente a los hijos de los inmigrantes, no transmitiéndoles criterios, normas. «Porque podría resultar que hayamos querido ‘lavar’ nuestra conciencia con aportaciones materiales pero sin transmitir a los inmigrantes nuestras creencias que, sin vigencia entre nosotros, han sido suplantadas por las más sólidas de islam o, como quizá ha ocurrido en Francia, por el vacío más absoluto». Como era previsible, ese artículo se titulaba La revolución nihilista. Esa expresión rehabilitada ha cobrado gran relieve desde hace unos años y con ella numerosos periodistas e intelectuales conservadores tratan diagnosticar muchas cosas a la vez.
En ocasiones, el nihilismo se achaca a la Francia sesentayochista, con sus ramalazos izquierdistas; otras veces, al posmodernismo; otras, finalmente, al terrorismo islamista. Fíjense qué mezcla más interesante. Calificar de nihilista al 68 (y por extensión a toda la izquierda), como podemos hacer parafraseando a Sarkozy, serviría para atacar su presunto “relativismo intelectual y moral”, ese que no establece “ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso” y proclama que “todo está permitido”. ¿Es así? ¿Ségolèn Royal expresa un sesentayochismo contumaz? ¿Hay alguien que crea eso? Pero, a la vez, etiquetar con el nihilismo a los islamistas –como también se ha hecho desde el conservadurismo– es identificar a unos fervorosos creyentes –los más fervientes, desde luego— con la vitola de la incredulidad, lo cual es una contradicción, una incongruencia. Así lo ha sabido ver Ian Buruma en el ensayo que dedica a la muerte de Theo van Gogh: Asesinato en Ámsterdam. Lo dice expresamente: ¡cómo vamos a llamar nihilista a quien está dispuesto a sacrificar y a sacrificarse por unas ideas fundadas en una creencia absoluta!
El principal responsable de la rehabilitación peyorativa de ese vocablo, de la voz nihilismo, es André Glucksmann. Ya lo dije tiempo atrás, pero ahora vuelvo sobre ello. En Dostoievski en Manhattan y en Occidente contra Occidente, Glucksmann adoptó la tesis del nihilismo como clave interpretativa de las acciones mortíferas emprendidas por los radicales islamistas. Para cualquier lector avisado, el nihilismo remite a Nietzsche, a su crítica absoluta de todos los valores en los que se empeñan en creer los humanos. André Glucksmann califica de nihilista al terrorista suicida que provoca daños indiscriminados y apocalípticos, pero no lo hace en el sentido exacto que apreciamos en Nietzsche, sino en la acepción que tuvo en la Rusia del Ochocientos. En abierto contraste con la actitud de los populistas que les llevaba a prestar su confianza a la acción espontánea de las masas, los nihilistas se vieron como una elite que se contraponía a la multitud pasiva que sería incapaz de rebelarse. Proclamaron la emancipación de cada uno, o sea, la formación de caracteres fuertes e independientes—críticamente pensantes–, capaces de expresar todo su amargo desprecio a la burguesía. Insistieron en la rebelión de una vanguardia, en la tarea política de la minoría ilustrada presta a pasar a la acción, a la acción terrorista expresiva. “La suficiencia terrorista”, dice Glucksmann en Occidente contra Occidente, “adopta una visión panorámica de los seres y de las cosas, del pasado y del futuro. Sobrevuela el transcurso de un tiempo del que ya no espera nada”.
Qué contradictorio, qué incongruencia. Lo curioso es que este Gluckmann que predica con tanto fervor la llegada del nihilismo, que adjudica esa etiqueta a tanto creyente fervoroso y mortífero, es un antiguo sesentayochista que ahora apuesta por Sarkozy y que el propio candidato presentó en su mitin parisino. Gluckmann es, en efecto, uno de los intelectuales galos que ha hecho campaña por el aspirante a la Presidencia, persuadido de que es el candidato de la apertura.
“En mi vida adulta”, leo en la autobiografía de Glucksmann (Una rabieta infantil), “una de las cosas que más siento fue haber participado por poco tiempo en los favores demasiado desprovistos de críticas que la Francia política reservaba a la persona de Mao Zedong”. La sintaxis es deliberadamente confusa y expresa de manera retorcida la pena que el autor siente por haber sido maoísta, pero expresa también un reproche que él dirige a Francia: a la colectividad que se habría declarado maoísta. El maoísmo fue en los años setenta una corriente importante del radicalismo francés, pero fue algo paradójica y verdaderamente salvífico: mientras en otros países el izquierdismo posterior al 68 llevaba al terrorismo, en Francia el maoísmo no adoptó la deriva violenta. Nunca he tenido la menor simpatía por el maoísmo ni tampoco he experimentado una nostalgia retrospectiva por aquel movimiento estudiantil. Pero creo que hay que resaltar esta virtud insólita del sesentayochismo francés: el maoísmo galo frenó la deriva terrorista. En su autobiografía, Glucksmann no es nada ecuánime con los herederos franceses de la revuelta de Mayo. Sólo habla de sí mismo y de su descubrimiento de la verdad antisesentayochista. Si leen ese texto podrán apreciar el tono airado que caracteriza al escritor, el imposible ajuste de cuentas con Mayo. El problema como también el de otros antiguos izquierdistas es que confunden sus avances personales y sus logros autobiográficos con los progresos de la civilización. Para Gluckmann, el 68 estuvo bien cuando ocurrió, pues según leo en Una rabieta infantil fue “un acontecimiento feliz pero volátil”. Desde luego no es eso lo que sostiene su discípulo Sarkozy.
2. Hemeroteca
Días después de escrito y publicado mi post, veo que Manuel Rivas aborda la misma cuestión en su columna de los sábados: Mayo 68. Joaquín Estefanía, también. Finalmente, Arcadi Espada incurre…
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04.27.07
Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Fascismo, Historia at 18:45 por jserna
Ilustración: Tullio Pericoli
Hoy, 27 de abril de 2007, hace setenta años que murió Antonio Gramsci, aquel que fuera principal dirigente del Partido Comunista de Italia, su figura intelectual. Desde hace meses, Anaclet Pons y yo estamos preparando una nueva antología de los Quaderni del Carcere, sus anotaciones de prisión, sus apuntes y reflexiones. Lo que estamos elaborando es una nueva traducción, diferente de las que respectivamente hicieran Jordi Solé Tura, Manuel Sacristán o Ana María Palos, un texto que, además, tendrá una introducción pensada, concebida para un lector del siglo XXI.
Desde luego ya conocíamos esas páginas en sus diversas versiones: hace muchos años, justamente cuando acabábamos la carrera, la lectura de Gramsci en las traducciones españolas nos acercaba a un culturalismo bien diferente del viejo determinismo marxista que todavía perduraba. En mi caso y en el colmo de la paradoja o de la temeridad, me recuerdo leyendo la Antología gramsciana de Manuel Sacristán en el Servicio Militar. Aún retengo en mi memoria la circunstancia. Me veo de guardia en la Oficina de Estado Mayor (en donde estaba destinado), zampándome dicho volumen. A mi lado, sobre la mesa he depositado un subfusil, el arma incongruente, sin munición, con la que debo repeler al enemigo potencial. Estoy allí, olvidado del mundo, leyendo, a la espera de que pasen las horas: tengo la Antología de Sacristán forrada con papel de periódico, disimulando sus tapas rojas, bien rojas, ocultando el título de su colección, Biblioteca del Pensamiento Socialista. Qué insensatez…
Pocos meses atrás, el intento de Golpe de Estado del 23-F había puesto en situación crítica los cuarteles, y la difidencia –la suspicacia– era la norma con que se trataba a los soldados. Yo era uno de ellos. De los soldados de reemplazo, quiero decir: un graduado universitario que esperaba regresar a la vida civil y que deseaba aprender lo que no siempre la licenciatura nos había dado. Gramsci aparecía como un autor de referencia, como un nutriente que podía vivificar el marxismo occidental, ya esclerótico. A pesar de no militar en ningún partido, yo lo leía con interés, con simpatía, valorando sus conceptos políticos: hegemonía, dirección intelectual y moral, clases subalternas, revolución pasiva, consenso. Me felicitaba de su culturalismo, tan distinto del economicismo marxista: me interesaban sus ideas sobre la novela de folletín, sobre el folclore, sobre la religión popular, sobre los intelectuales. Como ahora.
Más aún, su análisis del fascismo, al que yo había podido acceder a través de Francisco Fernández Buey, me parecía extraordinariamente clarificador. Gramsci sobre el régimen mussoliniano: qué lucidez. Yo sabía que el dirigente comunista había muerto en 1937 tras pasar una década en las cárceles fascistas. Lo sabía desde 1977, fecha en que se habían cumplido los cuarenta años de su desaparición. Aún conservo el póster que lo recordaba; aún retengo en la memoria aquel día de 1977 que en la librería Viridiana de Valencia pude comprar el número extraordinario de la revista Materiales dedicado a Gramsci.
La muerte de Gramsci…: desde luego hoy es incorrecto recordar una cosa así. Quizá fuera rompedor leer a este autor en aquellas fechas, pero en la actualidad aparece crudamente como lo fue, un dirigente comunista…, un dirigente comunista que no se envileció con los dogmas estalinistas: tal vez por su propio aislamiento, por su prisión. No es la primera vez que he leído este argumento: gracias a que Benito Mussolini lo encarceló (hay que evitar que piense este cerebro) pudo desarrollar con paradójica libertad su renovadora reflexión marxista sin caer en el materialismo más vulgar. No sé: me parece un coste altísimo, el más oneroso. Es más, salvar a Gramsci de su condición comunista –así, sin más– puede llevar, también, a equivocarse con el fascismo, a atemperar erróneamente la crueldad del fascismo: más aún si lo comparamos con el nazismo o si rebajamos la épica del antifascismo, como hoy es norma y de buen tono.
Desde luego, el régimen mussoliniano no fue un sistema totalitario equiparable al hitleriano o al estalinista: a pesar de la dictadura y de la represión, la sociedad civil pudo sobrevivir… “Lo cual no significa”, como nos recordaba muy atinadamente Umberto Eco (Cinco escritos morales), “que el fascismo italiano fuera tolerante. A Gramsci lo metieron en la cárcel hasta su muerte; Mateotti y los hermanos Rosselli fueron asesinados; la prensa libre fue suprimida, los sindicatos desmantelados, los disidentes políticos fueron confinado en islas remotas; el poder legislativo se convirtió en una mera ficción y el ejecutivo (que controlaba el judicial, así como los medios de comunicación) promulgaba directamente las nuevas leyes, entre las cuales se cuentan también las de la defensa de la raza (el apoyo formal italiano al Holocausto)”.
Es probable que los jóvenes de hoy lo ignoren casi todo del fascismo. Felizmente, esa cirugía política es del pasado, pero hay rasgos de dicha concepción o sistema que persisten o que pueden reaparecer: el culto de la tradición como escapismo antimoderno; la exaltación del jefe carismático, virtuoso, popular, frente a la democracia decadente; el antintelectualismo como expresión de la acción; la armonía social como forma de corporativismo político; el nacionalismo extremado, exacerbación de la homogeneidad forzada; la comunidad orgánica y la uniformidad militante frente al individuo libre. Aunque hoy no estoy enteramente de acuerdo con todo lo que Gramsci sostiene, con todo lo que de él releo, aunque nunca me sentí cómodo con el marxismo…, he de admitir que una parte de esos males ya los supo diagnosticar el autor italiano en su propio tiempo, que es la época de ascenso del fascismo. ¿Un analista fino que supo determinar el mal? Simplemente un lector curioso, atento…
Días atrás, y como homenaje paradójico a Gramsci, leí La doctrina del fascismo, un célebre breviario que firma Benito Mussolini. Se trata de un texto que yo ya conocía por otra versión, pero lo interesante es la traducción defectuosa de la que ahora me sirvo: un volumen editado originariamente en 1932 y que leo en su versión española de 1935, hecha en Florencia por Vallecchi Editore. Éste es un libro fundamental de ese confuso, de ese tóxico ideario mussoliniano que Gramsci había diagnosticado tempranamente: pero, sobre todo, esta obra, en esta edición, será un manifiesto esencial del fascismo… español.
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04.25.07
Posted in Comunicación, Democracia at 18:26 por jserna

1. El fútbol y sus metáforas. He esperado unos días a ver si alguien, algún analista, decía algo sobre la Tercera de Abc que José Antonio Zarzalejos publicó el pasado domingo 22 de abril (y que, abajo, en la primera entrada de los comentarios reproduzco). Pero veo que no, que ha pasado inadvertida. ¿De qué hablaba el director de Abc? Su Tercera se titulaba “El gol de Messi” y hacía alusión al portentoso tanto que marcó días atrás el jugador del Barça: semejante (si no superior) a aquella proeza de Maradona realizada veinte años atrás. Vaya por delante que no sé gran cosa de fútbol y, por tanto, que mis conocimientos raquíticos no me permiten examinar la precisión del lenguaje de Zarzalejos, aunque –eso sí— ciertas expresiones que emplea, como “achicar balones”, parecen incorrectas (¿no es más sensato decir “achicar espacios”?). En fin, pero no es de fútbol de lo que quiero hablar, sino de política. Zarzalejos hacía una analogía entre la gesta de Leo Messi y la labor que le propone a Mariano Rajoy de cara a las próximas elecciones. “De siempre”, dice el director de Abc, “el fútbol ha proporcionado magníficas metáforas para la política”. Pues bien, Zarzalejos va desgranando metáfora a metáfora las imágenes futbolísticas de Messi que podrían ser equiparables a la tarea del Partido Popular.
En estos momentos, de acuerdo con el barómetro de primavera elaborado por Metroscopia para Abc, el partido del Gobierno y el partido de la Oposición están igualados: el PSOE sólo adelantaría en un punto y medio al PP, sólo o aún… Esa circunstancia implica, a juicio de Zarzalejos, “que los dos grandes partidos se han instalado en un empate –persistente y aburrido— sin que ninguno de los dos se arranque desde el centro y, con decisión, altere el marcador a su favor”. Como vemos, un dato demoscópico que refleja el estado de la opinión en determinada circunstancia acaba en una metáfora futbolística. En realidad, Zarzalejos hace dicha analogía entre deporte y política para marcar la estrategia y la táctica del PP: no le interesa especialmente el partido socialista, al contrario; le interesa en particular qué deberá hacer Rajoy para ganar el encuentro…
Propone arrancar con ímpetu desde el centro del campo (político), ir rebasando a los jugadores del otro equipo y, así, una vez desarbolada la defensa, llegar a la portería para marcar el tanto que deshaga el empate, el gol que dé la victoria. Propone también dejar a Eduardo Zaplana “una buena temporada en el banquillo”, uno de esos tipos “que no ceden el balón” y por lo que la afición acaba exasperada. Recuerda también lo letal que es marcar goles en propia puerta –es decir, equivocarse— o pretextar mala suerte (“excusarse con el tópico de que ‘el esférico no entra’…”). Postula igualmente echar mano de la “gente de la cantera”, que el PP tendría “por un tubo: en Valencia, en Andalucía, en Galicia, en el País Vasco”. Advierte del peligro que tienen los equipos cuando dejan hacer a los hooligans, que normalmente suelen aprovechar “los partidos para dar rienda suelta a sus bajos instintos, agreden a afición visitante, lanzan objetos al terreno de juego y se envuelven en los colores del club para defenderse de sus desmanes”. ¿A quién se refiere con estas palabras? Desde luego a los hinchas más fanáticos, tan peligrosos en su furia, pero alude especialmente a Jiménez Losantos. Por eso, insiste inmediatamente, “las directivas que se dejan secuestrar –para ganar las elecciones o para caldear el ambiente— de los fondo sur, habituales en todos los públicos, terminan por ser sus víctimas”. La conclusión de todo ello se ve venir, como ese jugador que arrancando del centro del campo avanza por la derecha “sin mirar atrás hasta enfrentarse al guardameta”: de lo que se trata es de superar a los defensas para finalmente batir al portero “por bajo”.
¿Qué decir de esta pieza de retórica futbolística? La ventaja de las metáforas es que proporcionan imágenes para simplificar las cosas, unas imágenes que al descontextualizarse sirven para compendiar algo mucho más complejo, desde luego. Si lo pensamos bien, resulta increíble que todo un periodista de tronío emplee esta analogía para describir lo que debería ser la estrategia electoral del PP. Al fin y al cabo, el gol de Messi es la agudeza y la suerte de un jugador que con su sola habilidad consigue llegar a meta y rematar. ¿De verdad es posible pensar en Rajoy como un Messi de la política, alguien que auxiliado por un equipo ganador es capaz de ejecutar ese virtuosismo de hombre solo? ¿De verdad cree Zarzalejos en esta metáfora, en la similitud del fútbol y de la política?
Hace unos pocos años me tocó organizar un encuentro en el Colegio Mayor Rector Peset (que con mano firme dirige Salvador Albiñana): no era un encuentro futbolístico, sino unas jornadas académicas y periodísticas sobre el fútbol. De aquel evento surgió un librito que recoge las intervenciones: El fútbol o la vida. Una de las sesiones la dedicamos precisamente a “El fútbol y sus metáforas”. Si ustedes me permiten, reproduciré un breve pasaje de mi presentación: en ese trozo advierto del riesgo periodístico de convertir el balompié en algo análogo a la vida (o a la política). “Hay, en efecto, algo de peligroso en designar ciertas actividades con metáforas traídas de otras esferas. Corremos el riesgo de la imprecisión, del simbolismo. Corremos el peligro de describir mal las cosas concretas al hincharlas con un aire tóxico, y perdonen esta imagen, que las agranda hasta convertirlas en símbolos. Los viejos periodistas, los reporteros de siempre, aspiraban a dar bien los detalles de una noticia. De hecho, a ese modo de hacer las cosas se le llamaba periodismo noticiero. Hoy, sin embargo, cuando al reportero le falta información es fácil que incurra en la metaforización indebida de lo concreto”.
En algunos casos es así; en otros, no, desde luego. Yo no pienso que a Zarzalejos le falte información y que, por eso, se vea obligado a recrear con imágenes la política electoral del PP: tiene mucha información, o al menos cree tener la suficiente como para obrar de acuerdo con el papel de un entrenador. De hecho, más que un comentarista parece el Míster del Partido Popular, cosa que resulta llamativa: un director de periódico diciéndole a una organización política lo que debe hacer para ganar un encuentro electoral. Me pregunto quién juega en casa; me pregunto si habrá segunda vuelta; me pregunto por qué hay tanto temor al empate. Después de meses de dura estrategia, el Partido Popular no ha conseguido rebasar a su oponente y, ahora, en plena liga, su Técnico de campanillas le propone “corregir el rumbo”. O, en otros términos: le propone “rectificar la estrategia” para “jugar con hambre de balón, incisivamente, arriesgando, aun cuando se pierda”. Muy mal han debido sentar esos datos del barómetro demoscópico para que el Míster lleve a el nuevo plan a la pizarra, digo a la Tercera de Abc: se puede enterar el contrario, hecho que invalidaría la táctica dibujada con tanto esmero metafórico.
———————-
2. Mariano Rajoy y el Abc:
–Elogios de Rajoy. Artículo de JS de 2004.
–¿Mariano Rajoy es Gary Cooper? Artículo de JS de 2005.
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04.23.07
Posted in La felicidad de leer at 12:45 por jserna

1. Hoy es el 23 de abril. Es costumbre y tradición hacer el panegírico correspondiente. Yo mismo me he forzado en otras ocasiones, incurriendo en lo obvio, proclamando mi afición a la lectura. No soy el único, desde luego. Por ejemplo, leo en Demasiada nieve alrededor, de Javier Marías, recién editado: “Todos los años, entre el 23 de abril, Día del Libro, y mediados de junio, cuando concluye la Feria del Retiro madrileño, a todo el mundo se le llena boca de salvas y loas a la literatura, y los tópicos se suceden (algunos verdaderos): leer nos hace mejores, más imaginativos, más ricos en conocimiento, menos iguales a nosotros mismos, más comprensivos con los demás, nos permite vivir existencias ajenas, desarrolla nuestra tolerancia y hasta evita que cometamos algún que otro crimen”, resume Marías. “No seré yo quien se haya librado de soltar alguna vez estas alabanzas, aunque procuro dosificarlas, para no contribuir al general empalago”.
El general empalago…: efectivamente, uno puede hartarse de tanto hartazgo bienintencionado, de tanta celebración. Leer, lo que se dice leer, hay que hacerlo todos los días, como las abluciones matutinas: para asearse. Ahora bien, sin idolatrar los libros (ese objeto) ni la literatura (esa abstracción): como tampoco el jabón. ¿Por qué no hay que reverenciar los libros? ¿Por qué no hay que venerar la literatura? Ante todo, para no acobardar a nuestros hijos: para que el adulto no festeje algo que ellos, de entrada, no adoran: justamente porque cuesta leerlos. De lo que se trata es de aprender y de pasárselo bien, de formarse y de no ser un merluzo. Pero aprender exige… La vida son cuatro días y no podemos derrochar nuestra felicidad con un empeño triste, cierto. Pero el contento no es hacer lo que a uno menos le fuerza, sino lo que a uno más le llena y le hace irrepetible, sabiendo –eso sí— que el presente dura, que no hay carpe diem, que las consecuencias de nuestros actos hay que arrostrarlas.
Para mí, ser feliz viviendo, leyendo, formándome sin ser un mentecato a quien todos engañan es el objetivo de la existencia. Después me moriré y santas pascuas. Y eso no se obtiene necesariamente de los libros, de las páginas impresas, sino de la instrucción, de la educación, del anhelo, del afán (una palabra privativa de Luis Landero), de la vergüenza torera, de la voluntad. Lo que menos nos cuesta es lo que menos satisfacción nos procura. Pensemos en las sociedades opulentas: decía Jon Elster que comer carne todos los días, un filetón descomunal, es algo que produce rendimientos decrecientes, algo que cansa, pero tocar el piano cada jornada es algo que eleva. Lo primero (la carne siempre nutritiva y previsible) es consumo; lo segundo (el piano que ejecuta el virtuoso que se empeña…, o el violoncello de mi hija) es autorrealización. Aunque lo no dije en el acto de presentación, pensaba en esto, precisamente, cuando glosaba La juventud domesticada, de David P. Montesinos, en La Casa del Libro.
Por eso, por no ser bibliófilo, he de decir que no profeso un amor especial a los libros…, a los libros como artefacto material, como objeto de composición. Prefiero triturar los volúmenes que me compro: subrayarlos con bolígrafo de colorines (últimamente he descubierto el placer del subrayado en rojo); ensuciarlos con mi interlocución, con mis anotaciones, con mis disentimientos, con mis celebraciones o con mis bromas. Yo nací en un mundo de escasez, en una España menesterosa y sufrida, callada y en parte habituada al silencio cómplice. Era un tiempo de limitaciones, de reparaciones, de conservaciones. Todo debía durar y los libros más aún. Por ejemplo, todavía recuerdo ese día de primero de bachiller, en aquel colegio de curas, en que fui a recoger los libros. Estaban recientes, incluso alguno sin guillotinar. Aún retengo el aroma que desprendían sus páginas: yo los olisqueaba como si me embriagara con ellos. Poco tiempo después, conforme esos libros iban perdiendo su olor original, también yo me desinteresé. Había que buscar nuevos ejemplares que desprendieran aquel perfume de imprentas y tinta. Los libros no son nada sin la incisión gráfica del lector, sin su huella festiva o encolerizada. Ese equilibrio entre placer y vergüenza torera es el aprendizaje exacto en que deben formarse nuestros hijos: los míos, al menos.
El señor Kant, uno de los miembros más distinguidos del comité de lectura que tiene este blog, me pedía en un post anterior que detallara lo que él llamaba “las tres características que [yo] consideraba imprescindibles para una educación adecuada en el seno familiar”, asunto que traté en la presentación del libro de David. P. Montesinos. En aquel acto de La Casa del Libro dije que normas entre padres e hijos, sí, por supuesto; pero añadí: ironía y ternura. Predicar normas sin ironía ni ternura –como se postula desde una concepción patriarcal o paternalista— es rigidez; pero proclamar ironía y ternura sin normas es una campechanía irreal, falsa: algo que no puede, que no debe darse entre padres e hijos. Normas, ironía y ternura es exigencia y distancia; es placer y gravedad; es autorrealización y sensatez. Como antes indicaba: la vida es corta, demasiado corta, para sacrificarla con una abnegación resentida, con una espera triste; pero frente al hoy puramente hedonista hemos decir que el presente dura, esto es, que lo que hacemos ahora nos afectará irremisiblemente…
¿Leer?, vuelvo a preguntarme. Ayer, en la víspera del Día del Libro, me reí a mandíbula batiente. Creí enfermar de carcajeo: primero lo viví con mi hijo mayor; después, con mi pequeña. Leíamos algo verdaderamente chistoso, sin valor literario alguno, sin que ese texto tuviera relación alguna con la gran literatura. Creo que mis hijos aprendían lo que es la exigencia de la norma gramatical, léxica, sintáctica sin largarles un discurso. Creo que disfrutaban inteligentemente muriéndose de risa. Yo, por mi parte, me sentía muy bien, pues no hacía falta instrucción alguna. Ellos mismos descubrían lo que es la falta de rigor: la prosa desastrosa y la irrealidad en un folleto –un librito– que ayer entregaba un diario. En sus páginas se detallaba una serie de productos inverosímiles que la empresa ofrecía para el bienestar de la familia. Era como una tienda infausta de productos averiados, un museo de horrores. Les enumeraré –con las palabras literales, con los grafismos originales y con las faltas y errores— parte de ese elenco de gadgets.
–¡Estanterías plegables en madera genuina!
–Conjunto de señalizadores a energía solar.
–Escoba telescópica para exterior.
–Piedritas luminosas.
–Espanta roedores.
–Arranca-hierbas.
–3 gallitos para decorar macetas.
–Raqueta fulmina insectos.
–Ideas para un regalos. Máquina coge-dulces.
–Lámpara Piolín: ¡ornamenta la habitación de los niños!
–Cesta plegable “Vaca”.
–Mariquita de la suerte.
–Doble cierre con pérolas.
–¡Vaciador de bolsillos en piel genuina!
–¡Una estantería por el precio de un libro!
–Cojín porta-pijama “Gato”
–Cámara de vigilancia simulada.
–Amplificador de audición: ¡oye el canto de un pájaro a 90 metros!
–Pelador de ajos.
–Tenedor telescópico.
–Pinza agarra todo con calzador.
–Cortina cubre columna para lavabo.
–Fajas salvadedos con gel.
–Cortadora de comprimidos.
–Regla con guillotina.
–Medidor de distancias con ultrasonidos.
–Kit de reparación de gafas.
–Maleta con cuencos, ¡tu mascota viaja con estilo!
Es tan divertido el catálogo… “Pelar ajos ya no será más un problema”, dice la leyenda del Pelador de ajos. “¡Tus manos ya no tendrán un olor desagradable!”, añaden. “Introduce los dientes del ajo en el recipiente, frótalos por las dos caras y, como por magia, el ajo saldrá limpio y listo pata utilizar en tus recetas. Lavable en la lavadora. Colores surtidos”, aclaran. “¿Se han ensanchado las patillas de tus gafas o, todavía peor, los tornillos que las sujetaban se han perdido?”, se preguntan los redactores. “Con este kit de reparación ¡ya no tendrás que recurrir a la navaja para apretarlas, ni ir al óptico para sustituir los tornillos!”, advierten. “Contiene un mini atornillador especial para tornillos de gafas, una lente de aumento con apoyo, 5 tornillos y un apoyo de nariz”, precisan.
No puedo reproducirles el tuteo irreverente, los errores, los gazapos, las pavadas innumerables de dicho catálogo. Recuerdo cuando era muy jovencito el placer que yo experimentaba leyendo catálogos de libros, de academias de estudios por correspondencia. Como aquel personaje de Landero. ¡Lo que yo habría dado si hubiera tenido a mi disposición este depósito desastroso de mercancías malogradas! Lo que yo habría aprendido, como ahora aprenden mis hijos leyendo estas cosas… Visiten ese museo inverosímil. Disfruten: http://www.dmail.es
2. Hemeroteca. Artículos de JS en Levante-EMV sobre publicidad y propaganda:
-Babas de caracol (26 de enero de 2007).
-Mi pasta de dientes (15 de junio de 2006).
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04.20.07
Posted in Juventud, Variedades, Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 12:43 por jserna

Variedades 0.
Comienzo una nueva sección en este blog. La titulo Variedades. Es poco original, lo admito, pero no conviene excederse en la audacia formal… La nueva sección es un repertorio de chispazos y observaciones, de noticias y de lecturas (que a veces reproduciré como parte de mi scriptorium). Tiene la característica de ser un work in progress. Es decir, son anotaciones breves que se irán yuxtaponiendo, sumando a lo largo del día o de los días, hasta hacer de la entrada un post lógico y sucesivo.
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Variedades 1. Candidatos
Anthony Giddens es un pensador laborista, sociólogo prolífico y, durante un tiempo, director de una institución prestigiosa: la London School of Economics. En 1999, publicó en inglés un libro que era una apretada síntesis, una radiografía del mundo reciente, un compendio para profanos que se transmitió a través de las ondas de la BBC: Runaway World. En castellano, Un mundo desbocado.
En dicho volumen abordaba los temas clave de nuestro tiempo: la globalización, la tradición, la familia, la democracia, etcétera. Admitía las dificultades crecientes a las que debíamos hacer frente, pero no adoptaba un tono apocalíptico, ese estilo agraviado, sombrío y atrabiliario que tanto se lleva entre locutores dolientes y periodistas radicales de salón. Era una sensata presentación de lo que, según su diagnóstico, era, es, ese mundo desbocado, un caballo sin brida, sin rumbo, sin dirección. La metáfora le servía para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, la impresión generalizada de que somos individuos subidos a lomos de un proceso que nadie gobierna enteramente.
Frente al mundo de la Guerra Fría, en el que la contención mutua, la amenaza de la destrucción generalizada, aplacaba ciertas tendencias en principio indomables, la sociedad global de nuestro tiempo carece de esas bridas. La globalización, por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban pero, por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y circunstancia que en el pasado nos auxiliaban.
Se trata, en todo caso, de una tarea difícil que ha de hacer frente a la desafección de los ciudadanos de las viejas democracias, incluso al desinterés de los recién llegados. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen: la corrupción que se destapa justamente por los medios y que revela la granjería de la que tan necesitada están esas maquinarias de gasto que son los partidos; los comportamientos mafiosos que usurpan los servicios y hurtan los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción servil; la desmoralización que genera el súbito enriquecimiento de políticos menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos, de ‘gadgets’ carísimos y viviendas multimillonarias; el sectarismo…
Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos, la de la desconfianza, frente a la democracia indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. “Un viajero británico en EEUU”, dice Giddens, “preguntó una vez a un compañero estadounidense: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?», a lo que el estadounidense respondió: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?»
La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones mutuas, a ciertas fidelidades, con el fin de obtener ventajas respectivas, la principal de ellas el respeto recíproco. La exigencia es el requerimiento básico para el observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la ‘confianza’. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos instituciones y compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Necesitamos confiar, en efecto, en representantes políticos a los que no tendríamos reparos en convidar a cenar o en aceptarles una invitación de sobremesa. Confiar es aguardar que el otro cumpla la palabra dada, una palabra que en el caso del político no es personal, sino institucional, esperando de él que respete la obligaciones contraídas, en el Gobierno o en la Oposición. Cuando esto no se confirma, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus tareas, cometidos y promesas, entonces la ineptitud o la avaricia se gratifican y el solvencia pública de las instituciones se daña.
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Variedades 2. Mariano Rajoy y el matrimonio gay
La Iglesia católica acostumbra a escandalizarse de casi todo lo que nos cambia… En Tengo una pregunta para usted (el programa de TVE), el candidato Mariano Rajoy tuvo la cintura suficiente para no escandalizarse y para no profesarse como católico intransigente. Al menos, de cara a la galería. En Abc –el diario conservador que hace campaña por él— se ha celebrado la respuesta emocional y chispeante que Mariano Rajoy dio a un ciudadano que en dicho programa televisivo le preguntaba sobre un futurible familiar. “Dos hijos, uno de siete años y otro de uno, fueron el argumento esgrimido por uno de los asistentes para interrogar a Mariano Rajoy sobre si asistiría «con orgullo» a la boda de uno de ellos si fuera homosexual. «Estaría incondicionalmente con mi hijo y asistiría a la boda», afirmó Mariano Rajoy, para indicar a continuación que, no obstante, «le diría que hiciera una unión de hecho», propuesta que llevaba en su programa electoral de 2004”. Si se fijan bien, la respuesta es afectuosa, tierna y respetable, pero, de otro lado, es absolutamente incongruente. El partido del señor Rajoy ha sido –y es— absolutamente contrario al reconocimiento del matrimonio homosexual, cosa que –al parecer— no sería óbice para que su dirigente aceptara a un hijo deseoso de contraer nupcias con otro varón. Fíjense: ese posible hijo no sólo sería un gay que asume su condición, sino que, además, sería partidario de la legislación (socialista) que posibilita el matrimonio que su padre combate apelando al Tribunal Constitucional. ¿Para qué llegar, pues, a esa situación extrema? La del Tribunal Constitucional, me refiero.
Candidatos: El candidato Sarkozy, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de abril de 2007.
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Variedades 3. Los Simpsons, veinte años.
Fue divertida, en efecto, la presentación de La juventud domesticada, de David. P. Montesinos, en La Casa del Libro de Valencia. Cuando me tocó glosar las virtudes del volumen no pude dejar de leer en voz alta un pasaje de dicha obra que me parece admirable en su sencillez y en su sagacidad. Son un par de párrafos dedicados a escrutar el sentido de The Simpsons. Resulta que hay una coincidencia. Estamos de celebración: se cumplen ahora veinte años de los Simpsons.
David P. Montesinos, La juventud domesticada, capítulo 4, págs. 97-98:
“El idiota de Flandes: la familia en la encrucijada
Lo que odia Homer Simpson de su vecino Ned Flanders es su condición de ciudadano leal y responsable. Ned es considerado, bienintencionado y vive dentro de un mapa moral –propio de un credo protestante asumido de forma entusiasta— que le impide relacionarse con sus congéneres en las claves de envidia, desconfianza o explotación en que lo hace el americano medio como Homer. Y sobre todo Ned es un buen padre, un padre obsesionado con predicar a sus hijos la importancia de llevar una vida decente y arrostrar con humildad y esperanza los reveses que Dios envía. Homer es todo lo contrario: manipula o es manipulado por sus hijos, deshace con su indolente tolerancia el esfuerzo educador de su esposa, abdica de suministrar criterios de verdad porque ni él está dispuesto a cumplirlos ni atisba el interés de hacer otra cosa que ver la tele y comer hamburguesas… Pese a todo, nos sentimos más cerca de los Simpson que de los Flanders, porque intuimos que la vida –en toda su espontaneidad, en toda su paradoja existencia— entra por la ventana de aquellos y no de estos.
Alguien podría pensar que la serie Los Simpsons transmite un mensaje inquietante: quien educa esforzadamente a sus hijos, acaso consigue loque busca, futuros ciudadanos dóciles y anémicos, sin voluntad ni contradicciones, quien, como Homer, los deja al albur de las circunstancias, incapaz de trazar un mínimo perfil de lo que quiere de ellos, deja que sea la vida quien decida, y así pueden surgir individuos de perfil fuerte, enfrentados al mundo y dispuestos a no seguir la corriente general. Ironías de la vida”.
Veinte años de The Simpsons. Links:
http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070419185157&ch=274 http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpson/cumple/anos/elpepugen/20070419elpepuage_4/Tes http://www.abc.es/20070419/sociedad-comunicacion/simpson-cumplen-anos_200704191428.html
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Variedades 4. El limbo, ahora sí, ahora definitivamente

Según leo en un despacho de la Agencia Efe, ahora sí, ahora definitivamente, el limbo desaparece como espacio físico o metafórico. “La Iglesia católica ha eliminado el limbo, el lugar donde la tradición colocaba a los niños que morían sin recibir el bautismo, al considerar que refleja una ‘visión excesivamente restrictiva de la salvación’. Así se afirma en un documento publicado ayer [20 de abril] por la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe al asegurar que existen ’serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios’…” ¿Serias razones? El documento aprobado “se titula La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados y, según la Comisión, el limbo representaba un ‘problema pastoral urgente’, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados y también ‘otros que no nacieron al ser víctimas de abortos’. La Comisión Teológica Internacional señala además que ‘es cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y a la vez excluya a niños que no tienen pecados personales de la felicidad eterna’… Vaya, vaya. Sobre este asunto ya me pronuncié hace un par de años en un artículo de prensa, pero no por poseer conocimientos teológicos (algo para lo que no estoy dotado), sino por estrictas razones personales: “No está mal, no”, me decía, “que se rompa con el encantamiento triste del limbo. No está mal que se libere de esa esclavitud a los millones de niños que allí se apretujan desde el principio de los tiempos. Lo que demandaría a la Iglesia es que pidiera perdón por haber convertido una metáfora en un lugar, por haber descrito como espacio o como cárcel aquello que sólo es un presidio del alma. Lo que les exigiría a nuestros clérigos, en fin, es que dejaran en paz, ahora sí, a los muertos, a nuestros muertos, a mi hermanito, por ejemplo. Salud”.
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04.18.07
Posted in Juventud, Sociología, Cine, Comunicación at 13:02 por jserna
0. Jóvenes violentos… (Jueves, 19 de abril de 2007)
Semanas atrás escribí un artículo sobre la violencia en el cine y evocaba aquella célebre película de Martin Scorsese, Taxi Driver, de cuyo estreno se cumplen más de treinta años. Ustedes la recordarán. Estamos en los setenta y Travis Bickle, un jovencísimo Robert de Niro, transita por Nueva York conduciendo uno de esos vehículos amarillos que son emblema de sus calles. Es una especie de cowboy que hace la carrera sin apenas descansar, aquejado de insomnio, con la noche como espacio que recorrer y con la pesadumbre y el rencor como únicos combustibles. Ha de ganarse unos dólares y sus compañeros taxistas son rivales. Su pasado es una laceración: sabemos que es un ex marine que ha estado en Vietnam, alguien que resiste en la gran ciudad como un llanero solitario, como un misántropo crecientemente avenado y triste, sin ataduras. Vive solo, en efecto, tiene pocos tratos con sus colegas y se deja hipnotizar por la televisión banal. Quiere confiar en el amor y en la política, pero la candidata y el aspirante le decepcionan. El mundo simplemente le es hostil (o así lo siente), sin valores perdurables, y, por eso, hay que pertrecharse.
Estamos en un verano canicular y las calles son abrasadoras y comprometidas, pero más riesgo entraña el asiento trasero del taxi. La ciudad hostiga sin descanso y el conductor –como un mohicano demente– asiste a su propio derrumbe psíquico. Espera y desea redimir a los más débiles –a Iris, la prostituta preadolescente que encarna Jodie Foster–, pero nadie entiende su porfía ni tampoco le reconocen su empeño. Lo toman como un buen muchacho, esquivo, algo arisco y tronado. Todos ustedes recordarán el baño de sangre que Bickle provoca, un acto insensato que consuma una tensión creciente. Al protagonista le hemos visto armarse entre otras con una Magnum o con una Smith and Wesson… En efecto, no hay manera de olvidar un film que tiene más de treinta años y que todavía nos incomoda y angustia. Después de haber visto esa película, uno ya no sube igual a un taxi, en Nueva York o en Valencia.
He visto las imágenes de Cho Seung-Hui, autor de la matanza de la Universidad de Virginia, y veo reproducidas tres décadas después las mismas poses, la misma arrogancia herida, la misma juventud dañada, que exhibía Travis Bickle. Sería un error hacer de Cho Seung-Hui un símbolo de la juventud anómica y airada, pero sin duda hay un parentesco lejano: ambos reprochan al mundo, a la sociedad, sus desajustes, su indiferencia, su molicie, su libertinaje, su opulencia, su charlatanería; y ambos se sienten irresponsables de sus actos. “Vosotros provocasteis que hiciera esto…”

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Ilus.: Monigote con rastas
1. Jóvenes, éramos tan jóvenes
No se lo pierdan, no. Hoy miércoles a las 19:30 horas en La Casa del Libro de Valencia presentamos una obra inteligente, fina, erudita, accesible, sagaz, incluso divertida. Es el volumen de David P. Montesinos titulado La juventud domesticada (Editorial Popular). No sé por qué pero cuando leía ese libro pensaba en Pablo Veyrat, un joven que ahora hace un máster de comunicación (si no estoy equivocado) y que se prepara para acceder al mercado laboral. Pablo fue un visitante frecuente de esta bitácora en su primera época (como ahora lo es Jaime): dejó escritas reflexiones de hondura… a pesar de –o justamente por– su edad. Recuerdo sus palabras sobre la televisión y los niños; recuerdo su empeño rebelde, algo que –como la transpiración humana— se percibe inmediatamente, pero tampoco he olvidado su sensatez. Pensaba en él –como pensaba en mis hijos…–, porque todo lo que David P. Montesinos describe en su espléndido volumen es el horizonte inmediato de los jóvenes que ahora irrumpen… Rebeldía e integración, insolencia y educación, modelos de excelencia y experimentación. La referencia a lo joven es, hoy, dominante, pero los muchachos ya no tienen por qué ser el negativo exacto de sus mayores.
2. La cita –el exergo- con que Montesinos empieza su volumen es una cita de Jim Morrison. Qué casualidad. El rótulo de la segunda parte de El jinete polaco (que analicé en Pasados ejemplares) es la traducción literal del título de una canción de The Doors (Riders on the Storm), uno de los grupos de rock de finales de los sesenta que mejor expresó, con furia poética y autodestructiva y con rabia alucinada, la voluntad de conseguir el mundo y de conseguirlo ahora, la voluntad de los jóvenes, de los jinetes que se distanciaban de la tierra de los mayores sacudiéndose la adolescencia y las pertenencias que eran lastre y determinación. En la novela de Antonio Muñoz Molina, la acción evocada y el entorno descrito con la evocación de Jim Morrison son, principalmente, los que corresponden a la Mágina (Úbeda) de los años setenta, la de 1973, cuando el cantante de los Doors ya había muerto en París y los jóvenes héroes ya habían abandonado el mundo.
La música popular del siglo XX ha contribuido a forjar la educación sentimental de numerosas generaciones que en el cine, en la radio o en la televisión han compartido unas mismas sintonías y parecidas ensoñaciones. Los grandes crooners de los cuarenta y de los cincuenta cantaron bellas melodías para jóvenes amantes, para parejas dispuestas a enlazarse con bailables. Por el contrario, el rock y el pop, las músicas que nacieron del blues y de otras influencias negras doloridas, aquejadas, pudieron expresar sobre todo un canto de rebeldía, de insatisfacción adolescente, de oposición al mundo de los adultos. Ese mundo de la posguerra mundial, estable, permisivo y represivo a un tiempo, fue contestado real y fantasiosamente por los jóvenes vocalistas y los grupos que irrumpieron en el mercado del vinilo y de las ondas radiofónicas. El mundo contestado y sus descontentos eran norteamericanos principal y originariamente y las poses de rebeldía luego mil veces imitadas fueron sobre todo las que transmitieron las fotografías de los ídolos juveniles anglosajones.
La noción misma de joven y, por extensión, la idea de la juventud como categoría y no como carencia datan de entonces, de los cincuenta. Es en aquellas fechas cuando el cine, la radio, los discos y la televisión crean la figura del adolescente rebelde, la imagen del descontento con ideas, con estudios, con problemas y con una cierta capacidad adquisitiva. Son jovencitos que cuentan con algo de dinero para comprar vinilos y otros gadgets de quienes expresan con mejor o peor poesía sus anhelos y sus furias. La herencia simbólica de aquellos cincuenta la forman James Dean y el púber parlanchín de El guardián entre el centeno, Elvis y sus contoneos procaces, los Levi’s, las cazadoras de cuero y las camisetas de Marlon Brando. Ahora corremos el riesgo de olvidarlo, instalados como estamos en una babélica convivencia de modas, de estilos y de tendencias, pero en los años sesenta el rock y el pop cambiaron por completo la indumentaria de los adolescentes y de aquellos que se resistían a envejecer, y cambiaron también el concepto de la vida y del sexo. El Manuel de 1973 –el personaje que es evocado en El jinete polaco– cree haber llegado tarde y periféricamente a esa eclosión: tarde porque los grandes cantantes rebeldes ya están muertos (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix) o son muertos en vida (Lou Reed) y periféricamente porque la distancia entre Mágina y los Estados Unidos es más grande que el abismo oceánico que los separa. Sin embargo, él aspira a rabiar como sus admirados ídolos suicidas, y los cabellos largos que le caen, la greña rebelde que se deja crecer, provocan la ira de sus mayores.
En aquellas fechas se dio justamente una de las paradojas sociales más llamativas de la modernidad: la afirmación rabiosa de la individualidad sin restricciones y sin culpa y, a la vez, la uniformidad indumentaria, la subordinación universal a una moda masiva e identificadora, no menos sumisa que la de los mayores. Los vaqueros, por ejemplo, o las botas camperas que los jóvenes se calzaban entonces los aunaban, fueran de Mágina o de Nueva York. Así va vestido Manuel en 1973, expresando con esa ropa lo que lo distancia de sus padres. Pero, atención, Manuel expresa también su rebeldía enconada y triste embutiéndose en un chaquetón tres cuartos que perteneciera a su abuelo, una prenda de abrigo azul de quien fuera guardia de asalto y de quien fuera represaliado por el primer franquismo. El abuelo Manuel, temible y brusco, es también el ejemplo indómito de un familiar que se opuso con torpeza tierna y con intuición a los nuevos amos políticos. Es aquel que se presentó en el cuartel como guardia respetuoso de la legalidad republicana cuando la sublevación del treinta y seis ya había triunfado, aquel que se pierde por las palabras, ese palabrista, de quien Manuel recibe el nombre y el aprecio por contar historias. Por tanto, la indumentaria de nuestro protagonista es un híbrido entre las modas anglosajonas y el uniforme de alguien propio, cercano y alucinado a quien admira.
Los jóvenes de los años sesenta y setenta fueron, pues, los primeros que sintieron universalmente su adolescencia como un estado afirmativo y peculiar, como un atributo que oponer al mundo de sus mayores. Ese logro era resultado del proceso de individualización, del debilitamiento de los controles familiares y patriarcales. Pero esa conquista necesitaba rasgos que diferenciaran a los nuevos jóvenes, que los distanciaran de la uniformidad adulta. Algunos de esos atributos externos, que tanto escándalos provocaban, se convirtieron precisamente en una nueva uniformidad generacional. ¿Es posible afirmar la individualidad en la soledad, esa soledad muda y rabiosa que, por ejemplo, tanto daño le ocasionaba a Manuel? ¿Es posible afirmarse uno mismo sin compartir una cierta estética con quienes los vemos como los nuestros? El rock y el pop desempeñaron esa función individualizadora, de contestación, pero fueron también el modo generacional de compartir algo con una multitud acogedora, la manera de sentirse acompañado, próximo, vecino, de sentirse copartícipe de un sentimiento oceánico –en el sentido que le diera Freud a estas palabras–, un sentimiento oceánico que se expresa principalmente en el concierto, en Woodstock, por ejemplo.
Una de las figuras públicas que mejor encarnó esos logros y esos sentimientos, con sus ventajas y sus miserias y sus desastres fue Jim Morrison. A comienzos de los setenta, a la altura de 1973, un adolescente enfurruñado y temeroso, taciturno, secretamente rebelde, pasea por las calles de Mágina. Ya lo sabemos: se llama Manuel y sueña con irse, con abandonar el destino que le legan y al que está atado: el cultivo de una huerta y la venta de hortalizas en un puesto del mercado. Es o se cree un “Jinete en la tormenta”, alguien solitario y audaz, ajeno a la meta que le han marcado, que él no ha elegido, alguien que vive con rabia la hipoteca que recibe. La vida que le han previsto, que el padre le ha programado, es la reproducción inevitable de lo que el progenitor mismo ha heredado y de lo que ha logrado con obstinado esfuerzo: modesta, mansa, rural, honrada y sacrificada, de abnegación y de trabajo agotador. En esa existencia predecible, el joven está condenado a sobrellevar el miedo y la ignominia heredados del linaje materno: el miedo transmitido de generación en generación, el miedo de una madre tierna y abnegada que creció con penuria y con estrecheces o el miedo a la brutalidad viril, a los arranques violentos del abuelo Manuel; y la vieja ignominia del bisabuelo Pedro, la herida familiar del expósito ignorante de su origen. Si el joven se cree un jinete en la tormenta es porque se vive arrojado a un mundo que no es el suyo, un mundo hipotecado de antemano, con infiernos y con determinaciones de sus antecesores: se vive –parafraseando a Morrison– como un perro sin hueso, como un actor de prestado. La canción que cerraba el último disco de The Doors, L.A. Woman, llevaba por título Riders on the Storm y resumía el grito existencial torturado y alucinado de Jim Morrison, el mensaje enfático, desgarrado y sombrío del letrista norteamericano.
La figura del Morrison cabalga a lo largo de toda la novela y su figura de jinete desbocado se solapa con la efigie del cuadro de Rembrandt, en un maridaje icónico absolutamente arbitrario e irrepetible que se opera dentro de Manuel. Morrison cobra una dimensión notable en la historia de la música rock por varias razones. En primer lugar, por la carga consciente e intelectual de sus letras, el dolor y el desgarro de quien se expresa desde la desazón y la incomodidad a pesar de (o justamente por) sus orígenes familiares acomodados. En segundo término, por la vida de desenfreno a la que se entregó, una vida de ebriedad en la que la alegría del viaje fue pronto reemplazada por la tortura de la posesión y de la autodestrucción. En tercer lugar, por la tempranísima muerte, cuando sólo contaba veintisiete años, con la que cerró una existencia vertiginosa, creativa y breve. Manuel sabe o cree saber inglés: entiende o hace creer que entiende las letras de aquellas canciones, tan rabiosas, literatura maldita y negra, como aquel Walk on the Wild Side, de Lou Reed; Manuel quiere emprender un viaje literal, un viaje que le lleve a Norteamérica y que le distancie de sus padres y de sí mismo, un viaje que a falta de Nueva York o San Francisco bien puede ser con destino a Madrid; Manuel bromea peligrosamente con el alcohol y con el tabaco, incluso con el hachís, y la pérdida de sentido a que se entrega con frecuencia en el bar Martos le hace creer en una vida disuelta y dolorida, una vida en la que no hay mujeres y en la que el joven se siente absolutamente desdichado, acodado en la barra y escuchando My girl, de Otis Redding, para lacerarse mejor.
No se sabe muy bien a qué razones concretas se debe el vértigo a que se sometió Jim Morrison, a qué motivos obedece su disgusto vital. ¿A un padre militar y autoritario que asqueado por la existencia del hijo renunció a él en vida? Quizá un padre así siente decepción ante el vástago que ha de prolongar su trayectoria y que desmiente una a una todas las previsiones que sobre él ha hecho y su actitud fría y luego distante no hará sino incrementar el conato de rebeldía adolescente y el abismo generacional que separarán a Morrison de su progenitor. Quizá ese vértigo autodestructivo se debió a una creatividad caudalosa e indomable que no supo expresar adecuadamente y que acabó por doblegarle. Quizá se debió a un odio cuya energía no supo sublimar. Morrison fue un tipo bien parecido, declaradamente guapo y viril, revestido de cuero negro, esa uniformidad siniestra tan característica del rechazo a lo burgués. Fue el vocalista y el letrista de un grupo cuyo nombre, The Doors, rendía tributo a Aldous Huxley (The Doors of Perception) y a la ebriedad, a la alucinación inducida y a la exploración personal y dionisíaca. Pero no quiso ser una estrella del rock, un ídolo quinceañero, sino un poeta, un artista dispuesto a aventurarse, a crear valiéndose para ello de todos los soportes posibles. Como indica el tópico y como él mismo confió, el creador, el auténtico creador, debela: en su expresión francesa –que él tanto admiró–, el creador es un crítico radical y un opositor del gusto adocenado y del poder. Siempre que pudo, Morrison hizo declaraciones contraculturales y proclamó una revuelta sin cuartel contra el orden mojigato y conservador de la América en la que nació.
La verdad de ese credo contestatario cobró mayor fuerza con la prueba de su muerte, de su extraña muerte ocurrida en París. Otros como él, Janis Joplin o Jimi Hendrix, habían perecido a los veintitantos años y sus vidas alucinadas se agrandaron hasta el mito. Entre 1970 y 1971 morían, pues, tres figuras torturadas del rock y esos decesos constituían el primer síntoma del vértigo creador y del abuso de estimulantes. A la música de entonces la agigantaron precisamente esas caídas y sirvió para mezclar el esteticismo con la muerte. Hacer de la propia vida una obra de arte era un divisa del esteticismo nacido en ochocientos, llevar hasta el límite las experiencias sensoriales, también. Rimbaud fue lectura familiar para Morrison, como lo fueron Kerouac o Ginzberg. Esta generación musical, la de Joplin, Hendrix y Morrison, quiso hacer del presente esa eternidad predicada desde el ochocientos. La vida es instante y la eternidad se resuelve en ese instante de vida. Lo que esta generación musical olvidó es que la existencia es también duración, instante y duración, presente y una cierta y una esperanzada provisión de futuro. Manuel, el Manuel de El jinete polaco, creció coqueteando con ese esteticismo rabioso que entonces aprendió, pero lo que su generación no pudo permitirse, lo que por su medio no se consintió, es agotar la vida en un instante de eternidad.
Él había nacido en el seno de una familia humilde, una familia de Mágina que accedía a los adelantos y a los electrodomésticos a comienzos de los setenta, mientras que en los Estados Unidos llevaban varias décadas disfrutando co