03.31.07
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 8:23 por jserna
1. “¿No ves oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros, que entierran a Dios? ¿Nada olfatearemos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros quienes le hemos dado muerte!”, leemos en un célebre pasaje de La gaya ciencia, de Friedrich Nietzsche. La salida del estado de minoridad humana, ese afán de auparse por encima de las limitaciones, el desarrollo de la ciencia y de la técnica, que sacuden los velos de la ignorancia y de la superstición: todo ello –que se consuma con la voluntad de expresar la vida, de apoderarse del presente sin hipotecas teológicas, sin renuncias ultramundanas–, es lo que condena a Dios, a juicio de Nitezsche. El hombre se siente superior y a la vez temeroso de su nueva libertad, incluso presa del vértigo ante el abismo que se abre a sus pies, según admite en Así habló Zaratustra. ¿Por qué razón? Porque liquidada esa ficción que adopta la forma de Dios, suprimida esa referencia consoladora a la que nos asíamos, lo único que queda realmente es el individuo solo con su propio presente, que es un vacío o un infierno que no puede rellenarse con presuntas teologías mundanas, con nuevas creencias sustitutivas.
Por eso, Nietzsche condena la secularización de las creencias religiosas. No espera la llegada de la humanidad irredenta que presuntamente reemplazaría a Dios. En todas las circunstancias, la religión (trascendental, civil o política) “es un caso de alteración de la personalidad, una especie de sentimiento de temor y de terror ante sí mismo”, leemos en uno de sus escritos póstumos. “Pero al mismo tiempo es una extraordinaria sensación de felicidad y de superioridad… En los enfermos, la impresión de salud basta para hacerles creer en Dios, en una influencia de Dios”, prosigue. Es decir, quien teme tomarse a sí mismo como lo que es, quien teme su libertad (esa que nos obliga a determinar la índole de cada acto), quien no acepta la fatalidad a la que estamos objetivamente condenados (la muerte), suele acabar pidiendo el auxilio de Dios. Es entonces cuando se aprecia, dice Nietzsche, la auténtica naturaleza de esa Providencia: ser una consolación. Esa ficción tan secular nos hace creer en la inmortalidad personal, nos hace creer en la idea de otro mundo y, sobre todo, nos hace creer que cada acto nuestro puede ser juzgado, condenado, castigado y expiado por una instancia extramundana, por la justicia de un Dios, generalmente colérico y malencarado, que nos amenaza con un Infierno que existe y es eterno. Pero ese tiempo ha pasado, ahora el individuo puede tomarse como lo que es sin dejarse arrastrar por un miedo y una esperanza vana y un resentimiento débil.
“¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses?”, animaba Nietzsche en La gaya ciencia. “No hubo en el mundo acto más grandioso, y las generaciones futuras pertenecerán, por virtud de esta acción, a una historia más elevada de lo que fue hasta el presente toda la historia”, apostilla Nietzsche. Nosotros somos las generaciones futuras y, sin embargo, no se ha consumado el mundo radicalmente humano que Dionisos predicaba: no se han retirado los clérigos de un Dios fallecido y, por eso, regresan periódicamente para adoctrinarnos o para reprocharnos la increencia. Sigmund Freud o Max Weber o Émile Durkheim también se ocuparon del fenómeno religioso sospechando que la cohesión moral que prestó en el pasado sería reemplazada por otras formas de comunidad y consenso; sospechando también que ese velo mítico del mundo, su parte prodigiosa e inexplicable, quedaría iluminada por el chorro de luz de la ciencia, una luz que produciría desencanto y liberación… Lo que no podían sospechar es que en pleno siglo XXI estaríamos tratando de Dios otra vez, que éste regresaría bajo la forma de Alá o de Yahvé para ocupar nuevamente la escena, nuestro mundo particular; que el Papa nos advertiría sobre la realidad del Infierno –el teológico (“existe y es eterno”)– o sobre el Limbo, ya solo metafórico. ¿Teología? Literatura fantástica, repuso Jorge Luis Borges…
2. En mis clases llevo varios días hablando de Friedrich Nietzsche, de aquello que lo hace un autor intempestivo, reacio a lo evidente. En su tiempo, definirse culturalmente como antiburgués o antiplebeyo o antirreligioso era algo incómodo pues quien así lo hacía se enajenaba, se apartaba de las certidumbres de su época. Nietzsche se desprendió de los pretextos más seguros, de las agarraderas más firmes a las que cualquiera de nosotros puede asirse. La autoridad, el respeto, el pasado, la humanidad, el deber, la verdad…, éstas y otras categorías fueron abatidas por él, dispuesto a tomarse literalmente como un individuo que se crea y se concibe en cada acto de exaltación y arrobamiento. Nada menos. Sin Dios, pues esa Providencia que supuestamente me salva y me repara, me compensa y consuela, es una ficción más –la más grande— que me hace concebir esperanzas en un más allá intangible, inmaterial. Contra la moral, carente de todo fundamento en un mundo –el nuestro— que no tiene significado metafísico o ético. Sin patria, pues lo colectivo lleva a lo gregario, dado que las pertenencias y las dependencias nos limitan.
Si “esta vida, tal como ahora vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella”; si “cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión”, entonces goza de tu existencia de modo que sea deseable volver a vivir esa misma vida en una repetición eterna: acepta realizar tu yo en cada acción que ejecutas, no confíes en la identidad que perdura, esa ficción que te da estabilidad, fijeza. Acepta la inmanencia total, la vida material, después de la muerte de Dios: el hombre debe elevarse por encima de sí mismo, jugársela. Nietzsche fue un huérfano temprano, la soledad hecha hombre, vivida como tal desde los siete años, un muchachito obligado a convivir con una madre religiosa, pragmática y poco dada a la reflexión. Fue, sí, un huérfano meditabundo, fantasioso y dañado, inclinado a la interioridad y a la música, a la poesía, pero también a la naturaleza, la fuente de la energía. En su caso, la orfandad no era sólo un dato biográfico: era una opción humana, metafísica –añadiríamos.
Por todo lo dicho, por todo lo que he escrito, no creo ser insensato (aunque sí algo impío) si recomiendo la lectura o relectura de Nietzsche en la Semana de Pasión. Éstos son mis ejercicios espirituales. Es un buen momento para refrescar los preceptos mejores de Nietzsche, su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias. Nietzsche aún nos llena y nos aturde y, por momentos, nos incomoda. Todavía lo leemos: lo tomamos como un tónico que administrarnos aunque produzca efectos secundarios. Nos obliga a acarrear con nosotros mismos sin los pretextos antiindividualistas a que nos fuerza ordinariamente una vida de renuncias. ¿Y Dios? ¿Qué hacemos con Dios?
3. Hemeroteca.
Artículos de JS sobre Dios…
Manual de supervivencia 30-03-2007
El Papa y el dolor 06-07-2006
El Papa y el papá 25-05-2006
¿La Iglesia debe pedir perdón? 10-12-2005
El ateísmo es pecado… 04-10-2005
Oración, despedida y cierre 07-06-2003
¿Beatus ille? 07-10-2002
4. Juan Pablo II en el blog
El Papa catódico. Análisis de una agonía mediática (2005)
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03.27.07
Posted in La felicidad de leer at 18:56 por jserna
Ilustraciones: M. y V. Serna
1. Leo el último libro de Sergi Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas, y me recreo en lo cotidiano: lo diario, lo vulgar y lo ordinario tienen en el cuento una de sus mejores formas de expresión. El relato obliga al autor a ser breve: obliga a compendiar, a detallar lo fundamental, sin aspavientos ni hinchazones. Pero el cuento también exige la máxima tensión: en pocas líneas, el autor ha de hallar a un narrador plausible, verosímil; ha de encontrar un punto de vista que permita administrar la información, siempre escueta, siempre concisa; ha de colmar ese depósito que da lo básico y que siempre amenaza con desbordarse, con convertirse en novela. Jorge Luis Borges ya lo anotó: en el cuento no hay desarrollos ni tiempos muertos; hay lo imprescindible, aquello que exigiríamos de alguien que nos relatara un avatar. Estoy leyendo ese libro de Pàmies y lamento que se acabe, tan breve, tan escueto: resulta ejemplar, característico, propio quizá del relato anémico y sincopado de nuestros días. Como yo, hoy mismo: raramente lacónico y deseoso de volver a la lectura de esos episodios menores que tan bien y también nos retratan.
Decía Gustave Flaubert que cualquier cosa observada de cerca, muy de cerca, empieza a perder la impresión de familiaridad, pero además comienza a ser interesante. Eso es lo que me está ocurriendo con Pàmies, alguno de cuyos relatos me recuerdan al mejor Cortázar. Aunque destinados a adultos, estos y aquellos cuentos me devuelven a la infancia, esos momentos en que un detalle aparentemente insignificante nos resultaba revelador, decisivo. Crecemos, envejecemos y perdemos vista, pero también perdemos esa visión inaudita de las cosas, aquella sorpresa con que mirábamos lo que nos rodeaba, justamente porque era amenazante, porque podía hostigarnos: los hábitos nos familiarizan con lo acostumbrado y el tiempo nos hace adultos previsibles. Los protagonistas de Pàmies suelen ser varones de mediana edad que han encontrado su lugar en el mundo, un espacio igualmente predecible, predecible hasta que un leve cambio de las rutinas les arroja a un abismo ordinario o a un cielo inesperado. Son como adultos que, de repente, descubren ser tan desvalidos como los hijos que ahora tienen, guardan o custodian.
Es difícil resignarse a que la vida sólo sea como esa gota de agua que se precipita desde el grifo. Así nos lo cuenta Pàmies. Sin embargo, el problema que no es sólo que la existencia sea corta, sino que nuestra vida es finalmente previsible, muy parecida a la de cualquiera. En el relato de Pàmies, la gota de agua que viaja en caída libre hasta el fregadero constata cuánto se asemeja a aquella otra hija (o hermana) que ya asoma por el caño, pero corrobora también que su viaje ”termina como estaba previsto: chof”. En efecto, “la gota explota y se expande en mil pedazos que, indiferentes al tacto del acero inoxidable del fregadero, vuelven a juntarse, ya no en forma de gota sino de salpicadura, nada, un escuálido hilillo que, después de salvar el obstáculo de los restos de aceite de girasol, se escurre –blop–, aspirado por el desagüe”.
La vida breve, sí. 
2. Cuentos de miedo…
El cuento de Federico (Jiménez Losantos)
¿Quién es el traidor? (De la acusación de traidor en política)
Cuentos políticos (Inspirado en el caso de E.Z.H.-S.)
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03.23.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia, General at 13:40 por jserna

1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.
¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista: los tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente. Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.
Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.
Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: “Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.” Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”.
¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.
Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos… Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse. Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…
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2. Deprisa, de Prisa. Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.
El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.
a. El periodista Hermann Tertsch y El País
(Hermann Tertsch, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).
c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.
d. Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.
e. Editorial del periódico El País al PP.
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3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV
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4. Atención, actualización del blog: nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…
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03.21.07
Posted in Intelectuales, educación, La felicidad de leer at 13:12 por jserna

David Montesinos se doctoró con una tesis sobre Jean Baudrillard, un pensador que ha recobrado evidente actualidad tras su muerte a los setenta y siete años. La prensa francesa –según nos detalla Anaclet Pons– le ha rendido el homenaje que en el país vecino siempre dedican a sus maestros y profesores. Son sabedores de que la intelectualidad es una de sus principales mercancías de exportación. Los filósofos o los sociólogos son allí bienes de uso y de cambio, y sus empeños analíticos tienen eco, a pesar de los posibles extravíos, errores o incluso horrores en los que incurran. La muerte es una razón suficiente para regresar a ciertos autores atendibles, qué le vamos a hacer: tristemente, el más allá nos devuelve al más acá. Leo la tesis de Montesinos me admiro de su sutileza cuando pone en relación crítica a Baudrillard y a otro de esos maestros pensadores que aquél quiso destronar, un Michel Foucault al que siempre regreso con el mismo interés que cuando leí por primera vez el prólogo deslumbrante de Las palabras y las cosas. Fue en ese prefacio en donde también descubrí por primera vez las implicaciones irónicas y cognoscitivas de Jorge Luis Borges.
Leo con ganas la tesis de Montesinos, pero confirmo la impresión que tenía de Baudrillard: hay en este autor una parte de indisciplina y de oscuridad voluntaria, de exégesis de lo que por ser tan transparente nos ciega y violenta. Creo que David Montesinos apunta sensatamente en esa dirección. De todos modos, su texto no deja de ser una tesis, algo académico que producimos los profesores y los doctores, una tesis muy bien escrita y compleja: eso significa que ha hecho una gran inversión emocional al abordar su objeto. Según Montesinos, Baudrillard es un pensador clave para entender por qué la Crítica con mayúsculas ha entrado en situación de incertidumbre, un desconcierto que el pensador afrontó, como en otro tiempo también lo hizo Cioran, filósofo que, según me confiesa, siempre le ha parecido fascinante. Baudrillard y Cioran serían pensadores incómodos que nos pondrían –como en su momento Heidegger– ante la perspectiva de pensar radicalmente… No sé, no sé. A Baudrillard o a Cioran, especialmente, que leo y releo, sólo puedo administrármelos en pequeñas dosis.
Ya lo dije tiempo atrás. Regreso periódicamente a la lectura de Cioran, como un tónico que me receto para mantenerme en forma, como un disolvente que diluye lo sólido o lo macerado o lo rancio. Leerle siempre me beneficia cuando más me aburgueso, cuando más me atempero, según me obliga mi condición de profesor, porque para él la escritura es algo explosivo, enfebrecido o crispado, un ajuste de cuentas en el que las invectivas –dice– sustituyen a las bofetadas y a los golpes. Yo soy de natural pacífico, muy civil, y no tengo el mismo estímulo que movía a Cioran: no soy alguien que necesite escribir para no cometer un crimen, según él mismo confesaba. Escribo –insistía Cioran– para “no pasar al acto, para evitar una crisis”.
Aunque, ahora que lo pienso, algo de eso –de la crisis que se precipita– hay en lo que hago: veo, pues que comparto con este autor la convicción de que “la expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo”, nada menos. “Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión”. Si sigo a Cioran, la escritura puede ser la revancha de la criatura frente a un Dios altanero y lejano: chapucero o inexistente, añadiría el pensador francés. Una idea similar encuentro en Jorge Luis Borges, que me hace regresar a Foucault, y éste a Baudrillard. Para Borges, el mundo se debería a un demiurgo algo tosco, un Dios inescrupuloso a quien imputar su estado imperfecto, una divinidad a la que corregir con la escritura y con la lectura, con la lectura de esos creadores, ahora sí, a los que admiramos y a los que miramos desde arriba.
Durante estos días estoy leyendo La vida eterna, de Fernando Savater, una obra aparentemente dedicada a la religión, pero en el fondo destinada a examinar ese escándalo que es la muerte. Pienso en ello, en el ateísmo saludable que profesa Savater y esa circunstancia me devuelve a Cioran. O quizá no: quizá no pueda llamarse ateísmo lo que es una actitud irreligiosa en Savater, ajena totalmente a la religión. Cambio de tercio… Hace treinta años más o menos, Cioran le escribía una carta a Fernando Savater, su estudioso, su amigo, una carta en la que celebraba a uno de los grandes, a uno de sus pares: a Jorge Luis Borges, alguien a quien sólo le faltaba una década para el tránsito definitivo. Podemos leerla en Ejercicios de admiración y otros textos (Tusquets). “Creo haberle dicho en otra ocasión que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de la humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”.
Extraterritorial, vario y fragmentado, degustador de distintas culturas y sin arraigo nacional que lo limitara: un europeo americano y un americano interesado por Japón y por las literaturas más distantes. “Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura”, añadía Cioran empleando una expresión exacta: confinamiento. Hoy, cuando todos nos empeñamos en el arraigo y en el reconocimiento de una comunidad de iguales, la lectura de Borges o de Cioran (o incluso del propio Baudrillard o del mismísimo Foucault) es un antídoto contra la literalidad, contra la mediocridad altisonante que tan frecuentemente nos envuelve. “Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges”, confiesa Cioran a Fernando Savater, “le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango”. O, por nuestra parte, podríamos decir que aquello que nos atrae de Cioran, de Borges o del propio Baudrillard o del mismísimo Foucault es esa condición asilvestrada.
Los profesores no podemos permitirnos exactamente esto, la indisciplina. Debemos atenernos a los objetos concretos; debemos aportar nuestras pruebas; debemos leer con orden; debemos glosar en contexto. Hay momentos en que uno se pregunta si eso que hace como docente –cumpliendo los preceptos que están prescritos– es lo que debería transmitir a los alumnos: si no deberíamos provocar con mayor estrépito, dejando aparte el academicismo burgués que hemos heredado del Ochocientos. La editorial Tusquets reedita ahora Silogismos de la amargura, también Cioran. Regreso nuevamente al escritor apátrida para tonificarme. Leo y releo pasajes de esta obra, me embriago y me escandalizo. Cioran arremete contra la estulticia y contra la arrogancia seca… de los profesores. ¿De los profesores?
“Nunca se criticará demasiado al siglo XIX por haber favorecido a esa ralea de glosadores, esas máquinas de leer, esa malformación del espíritu que encarna el Profesor –símbolo de la decadencia de una civilización, de la degradación del gusto, de la supremacía del trabajo sobre el capricho. Ver todo desde el exterior, sistematizar lo inefable, no mirar nada de frente, hacer el inventario de los proyectos de los demás… Todo comentario a una obra es ramplón o inútil, pues todo lo que no es directo es nulo. En el pasado, los profesores se consagraban con preferencia a la teología; al menos tenía la excusa de enseñar lo absoluto, de limitarse a Dios, mientras que ahora nada escapa a su competencia asesina”.
Uf, leo lo anterior y recuerdo a Friedrich Nietzsche, otro individuo indisciplinado que me desmiente, que arremete contra la contención o la erudición de los profesores. Y recuerdo Schopenhauer como educador. Es de sus ideas explosivas de las que beben esos educadores salvajes de la filosofía, una poción que nuevamente hay que administrarse en pequeñas dosis. Lo siento he de mantener la sobriedad y la erudición seca: sigo siendo profesor…
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03.19.07
Posted in Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:32 por jserna
1. Es tan confuso el estado de la política española, con esa mezcla de agitación y electoralismo, que lo discutido pronto se olvida: el asunto de controversia es inmediatamente reemplazado por un nuevo objeto con el que alancear al adversario. Según sostienen sus responsables, el Partido Popular esgrime el liberalismo como fondo doctrinal con el que oponerse a la política sectaria de los socialistas. Pero, visto de otro modo, el liberalismo puede muy bien justificar algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y, por tanto, serviría para desmentir punto por punto el discurso popular. ¿Piensan ustedes que fuerzo el sentido lógico de las cosas? Trataré de explicarme con un ejemplo conocido, un ejemplo al que debemos volver para orear la bruma que todo lo envuelve.
Es probable que ya no se acuerden pero una de las primeras manifestaciones que movilizó al Partido Popular tuvo como motivo el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales. Pues bien, recuerdo las dificultades conceptuales que tuvo que afrontar Mario Vargas Llosa cuando en un artículo de junio de 2005 enfrentaba los hechos. Eran éstos, eso sí, unos aprietos doctrinales expresados desde el liberalismo. Por un lado, desde ese liberalismo al que se adhiere, aplaudía la medida legal; por otro, desde sus inclinaciones electorales, quería seguir apoyando al Partido Popular. Repito. Por una parte aprobaba sin reservas el avance legislativo que suponía el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales; pero, por otra, no se explicaba la actitud de la oposición parlamentaria que se había echado a la calle para mostrar su repudio.
“Es difícil, para mí, entender las razones por las que el Partido Popular ha apoyado la manifestación contra el matrimonio gay”, admitía. Para un seguidor del liberalismo como es Vargas Llosa, la ampliación de derechos no es un riesgo sino una bendición: justamente por eso, le resultaba extraña la oposición de un partido que dice ser liberal. Al PP le perdonaba este error táctico o esta incongruencia doctrinal, pues –pese a las enfáticas y apocalípticas declaraciones de sus líderes– “es verdad que su dirigente máximo no asistió” a aquella manifestación a la que acudieron tantos obispos; como también es verdad, añadía, “que tampoco estuvieron presentes sus principales líderes”. ¿Que no estuvieron presentes sus principales líderes? Aquí, Mario Vargas Llosa cometía un error de percepción muy notable, pues en la movilización habían estado presentes Acebes y Zaplana, esto es, el secretario general y el portavoz parlamentario. Si, fuera de Mariano Rajoy, esos representantes políticos no eran sus principales líderes, entonces que venga Dios y lo vea…, podríamos decir (y nunca mejor dicho). De aceptar la argumentación de Mario Vargas Llosa, entonces deberíamos admitir que o eran cargos de pega que encubrían a otros militantes que en la sombra disponían del poder real; o son figuras heredadas de la época anterior que ya estaban amortizadas; o ambas cosas a la vez.
El protagonismo creciente que ambos líderes han tenido después desmiente la aseveración de Vargas Llosa: no sólo no han perdido peso, relevancia, sino que han arrastrado a Rajoy a una política de callejeo político. Siempre, eso sí, echándole la culpa a Rodríguez Zapatero por lo bueno, por lo malo y por lo regular. Durante un tiempo, Mariano Rajoy pudo mantener una posición moderada, institucional; hoy, por el contrario, ha hecho de la calle su principal modo de expresión. ¿Por haber sido arrinconado parlamentariamente al aliarse el Gobierno con fuerzas antiespañolas o separatistas? Ese argumento vale para una vez, para cuando te engañan o te relegan, pero no vale para siempre, porque entonces lo que revela es falta de orientación.
Creo que la explicación mejor es la que ahora da Enrique de Diego: a esa posición insostenible que sólo puede expresarse confusamente le han empujado en mayor medida los portavoces más radicales de la derecha. Si el periodista Enrique de Diego, conservador y confesional, reprocha al locutor de la Cope el extremismo en el que ha hundido a ciertos sectores del PP. Por eso se escandaliza al contemplar el “machacón dogmatismo sectario” en que ha caído “una buena parte de la derecha sociológica, atormentada por los zumbones fervorines del propagandista Federico Jiménez Losantos”. Muy benevolente se muestra De Diego, porque si se han dejado confundir por éste es gracias al respaldo mediático que cree obtener con su sumisión.
Entretanto, aunque de ellos no dependa, supongo que los responsables del Partido Socialista seguirán apostando por la permanencia de Jiménez Losantos: no hay nada mejor que radicalizar al adversario para espantar a la gente de orden o a los moderados. Aunque con una prosa algo confusa, De Diego lo expresa sin tapujos: “han extendido una cortina de humo sobre los problemas reales y llevando a la derecha sociológica a la situación más absurda y ridícula de la historia de España”.
Pero regresemos al reconocimiento del matrimonio homosexual y a la oposición que provocó. Según el propio Vargas Llosa, esa misma situación absurda (y no sé si ridícula) es en la que había recaído el Partido Popular al respaldar aquella manifestación. Apoyarla “sólo puede haber contribuido a confundir y lastimar no sólo a los homosexuales que hay en sus filas sino, sobre todo, a su sector liberal, y a dar argumentos a quienes lo presentan como una formación política ultraconservadora”. Y ése es precisamente el reproche más sensato que cabría hacer a los populares: que la integración de la derecha que logró José María Aznar, lejos de haber domesticado a los sectores más ultramontanos, les ha dado cobijo hospedando a divisiones confesionales que están dispuestas a batallar a poco que los liberales, en conserva o en sazón, decaigan o pierdan el poder.
Pero Vargas Llosa, que repartía mandobles al partido con el que en principio simpatiza, no ahorraba verdugazos al socialismo. “El Gobierno que ha dado esta ley en España”, precisaba, “es socialista y hay que reconocerle todo el mérito que ello tiene”. Ahora bien,“para evitar confusiones”, conviene recordar que el reconocimiento del matrimonio gay es “una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”, añadía Vargas Llosa. “El socialismo ha sido a lo largo de toda su historia, en materia sexual, tan puritano y prejuicioso como la Iglesia católica”, insistía. “Si de él hubiera dependido, la gazmoñería y la pudibundez hubieran dictado la norma aceptable en materia de costumbres sexuales y ésta se hubiera impuesto a la sociedad por la fuerza. Por eso, en las sociedades comunistas, la discriminación y persecución del homosexual fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi”, apostillaba. La descripción de Vargas Llosa era empeñosamente errónea y sorprendía en alguien con espíritu liberal la mixtura deliberada y equívoca que hacía.
En primer lugar, asociaba, sin más, democracia a liberalismo como si los socialistas no tuvieran nada que ver con la democracia (“una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”), como si la socialdemocracia europea no hubiera contribuido a edificar el sistema de derechos que se extiende y se generaliza a partir de los acuerdos de posguerra.
En segundo lugar, la voz socialismo la empleaba en su acepción comunista, identificándola, pues, con el bolchevismo, con el leninismo, con la III Internacional, justamente como si ambas tradiciones políticas hubieran sido idénticas. Es habitual emplear así la voz socialista cuando se trata de desprestigiar electoralmente al adversario: José María Aznar, por ejemplo, hace eso y en semejantes términos en sus dos últimos libros: no se confundan, todos los socialistas son lo mismo, son todos lo mismo y punto.
En tercer lugar, el error culpable en el que incurría Vargas Llosa se revelaba al mezclar los distintos matices de lo liberal, al usar liberal en su sentido europeo y norteamericano como si significaran lo mismo. Decía: “han sido las sociedades democráticas, impregnadas de cultura liberal, como los países escandinavos y los Estados Unidos, donde se ganaron las primeras batallas contra la discriminación de los gays”. Si hablamos de países escandinavos, entonces no podemos dejar de hablar de la tradición socialdemócrata: en Suecia, por ejemplo, ese país en el que gobierna la socialdemocracia desde hace varias décadas, las parejas homosexuales gozan de los mismos derechos que las heterosexuales en materia de trabajo, pensiones, inmigración y adopción. Y si hablamos de Estados Unidos, en donde el socialismo –como dijo Georg Simmel— no podía triunfar, entonces habrá que admitir que los avances en materia de derechos tienen mucho que ver con la revolución cultural y moral que se experimenta en los años sesenta y que empujan sus sectores “liberales”, sus sectores radicales, incluso izquierdistas.
Liberalismo y socialismo son voces confusas que pueden usarse según convenga. Como sabemos, el propio Jiménez Losantos dice profesar de liberal. ¿Y…? El examen de un Gobierno no puede depender de la etiqueta ideológica con la que se reviste o con la que le estigmatizan sus adversarios. Ha de depender de sus acciones, de sus decisiones, de sus provisiones. El reconocimiento del matrimonio homosexual fue un logro que desorientó a los auténticos liberales del PP o a sus afines, según hemos recordado con Vargas Llosa. Y, sin embargo, la movilización antiliberal, confesional, conservadora arrastró también a aquel sector templado o laico de los populares. Ésa es la clave de la política en España: toda decisión importante que el Gobierno ha ido tomando –más o menos discutible, más o menos razonable— bien pronto empezó a ser objetada en la calle y con estrépito a falta de una mayoría parlamentaria.
El Partido Popular dice sentirse fuerte ahora porque se ve respaldado en las sucesivas manifestaciones que apoya. Argumentan sus responsables que la mayor parte de esas movilizaciones no las ha convocado el partido, sino la sociedad civil, lo que sería prueba de malestar y repudio de los ciudadanos…, pronto electores. Pero esas manifestaciones no son ejemplo de fortaleza, sino de dependencia: el Partido Popular está condicionado por numerosas instancias externas que condicionan su política. Una lectura precipitada nos puede hacer creer que esos apoyos dan eco mediático al PP. Es justamente a la inversa: la Iglesia, los locutores exaltados y otros factores exteriores están patroneando al partido de la oposición. Cuando se convocó la manifestación contra el reconocimiento del matrimonio homosexual, no acudió Mariano Rajoy. Ahora ya no falta a ninguna.
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2. Scriptorium. Y ahora un obsequio por su fidelidad…, al haber llegado hasta aquí. Les enlazo al célebre texto de Félix Salvá y Sardany, fechado en 1887.
El liberalismo es pecado.
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03.16.07
Posted in Guerra, Fotografía, Comunicación at 10:07 por jserna
1. La foto
En el mes de marzo de hace cuatro años se publicaba en la prensa una fotografía que todos ustedes recordarán. A esa instantánea se le concedió unos meses después el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría de Información Gráfica. Me refiero, claro, a la fotografía tomada por Sergio Pérez Sanz sobre la reunión de las Azores en la que participaron George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar. El jurado que le otorgó el galardón subrayó el valor histórico de la instantánea, convertida en “verdadero icono de esa reunión” y “su revelación de la psicología de sus protagonistas”. No hace falta que reproduzca aquí aquella imagen, que está en la retina de todos. O tal vez sí: volvamos mirar aquella fotografía, echémosle un vistazo, ya que si fue una instantánea, si lo fue auténticamente, entonces captó el instante, la circunstancia irrepetible de aquel momento.
A diferencia de lo que sucede con la pintura, el instante que capta el objetivo fotográfico se adhiere al soporte. Roland Barthes insistió en ello en La cámara lúcida haciendo de dicha peculiaridad su condición. Un óleo, aunque represente un momento que fue real, que existió verdaderamente, ese momento congelado en la retina del pintor y que su destreza le permite reproducir sobre la tela, es resultado de una larga elaboración: a la tela se adhieren diferentes instantes que no son los que finalmente se reflejan, las largas horas de pose, por ejemplo. Es posible que también la fotografía necesite mucha preparación, pero aquello que capta es ese momento único e irrepetible que hubo en la vida real de quienes fueron retratados.
El tiempo es un instante, cierto: ese presente eterno que es el que únicamente vivimos, del que tenemos constancia; pero el tiempo dura, se extiende en una sucesión, en una yuxtaposición de momentos, de fotogramas o fotografías, por ejemplo. La pintura figurativa puede optar por una representación realista, hacer explícita la semejanza icónica, como diría Umberto Eco, y puede darnos también un fragmento de vida que jamás existió, porque no hubo nunca ese instante que es posible técnicamente en la fotografía. Por eso, los lienzos más realistas son a la postre los más elaborados, los más artificiosos, aquellos en los que mayor esfuerzo se invirtió en busca de la autenticidad, de la naturalidad. Si en conclusión es eso la pintura, tendríamos que admitir que la fotografía es el arte verdaderamente realista. ¿Lo es? Como resulta a todas luces evidente, la fotografía es también extremo artificio técnico, pero sobre todo es preparación y pose que desnaturaliza, recreación del escenario; es encuadre del mundo, un encuadre que secciona, que recorta sólo una parte de la realidad posible para incluirla en el campo visual; es, en fin, representación sofisticada, laboriosa y connotación, valor significativo y añadido simbólico, como la mano acogedora, amistosa o paternal de George W. Bush que se deposita sobre el hombro de José María Aznar.
Juan José Millás reproduce en su libro Todo son preguntas la revelación del fotógrafo. Sergio Pérez Sanz “dice que cuando comenzó la sesión fotográfica Aznar estaba colocado entre el presidente de Portugal, que era el anfitrión, y Blair, «Pero el mandatario español», añade, «realizó un fugaz desplazamiento de 180 grados y, en cuestión de segundos, se situó a la izquierda del presidente estadounidense, quien, nada más reparar en su presencia, se apresuró a colocar la mano sobre el hombro izquierdo de José María Aznar». Pérez Sanz”, prosigue Millás, “obtuvo una perspectiva distinta a la del resto de los fotógrafos congregados para la ocasión gracias a una escalera de mano con la que situó el objetivo de su máquina un metro por encima de sus colegas”.
No hace falta que seleccionemos otras fotos de aquel encuentro de las Azores para comprender esa clase y esa sucesión de artificios. Podemos volver a mirar ese retrato galardonado: una pieza que carece de valor estético en sí misma, pero a la que todos confieren una dimensión simbólica. ¿Y qué vemos, si de simbolismo se trata? Distinguimos, en este caso, un retrato de grupo, en el que destaca lo que a todos ellos mancomuna: los miembros de una peña de amigos, de tres amigos, se fotografían mostrando lo que son, haciendo ostentación de sí mismos, de su orden jerárquico y funcional, en perfecta disposición, preparados para cumplir su misión. Por supuesto, como ya sabemos, la vida de aquellos colegas no se captó de forma espontánea y la realidad ordinaria de dicho grupo no se tradujo en imágenes. Por descontado que estaba recreada expresamente, haciendo una representación artificiosa, tanto que hasta nos incomoda la representación, como cuando nos vemos en una foto antigua y recordamos la pose forzada, impostada, que adoptamos. No es el instante prodigiosamente captado de unos amigos; es, por el contrario, la esforzada puesta en escena de una circunstancia artificial.
Ahora bien, no pensemos que ese hieratismo o esa impostación o esa puesta en escena son lo exclusivamente artificial: aun cuando los hubiéramos sorprendido trabajando, con los pies encima de la mesa, por ejemplo, la mirada del fotógrafo se hubiera detenido en un instante ya visto, en un esquema perceptivo previo y reconocible, probablemente aquel que captura y reproduce el punctum (que diría Barthes), el elemento simbólico, incoherente, extraño que atrae o concentra las miradas: la mano sobre el hombro, la palmadita en la espalda.
¿Pero por qué digo todo esto? ¿Habré caído en la trampa de la propaganda? En ese caso regresaría porque el partido socialista devuelve actualidad a esta foto para así contrarrestar el efecto de De Juana. No: lo digo porque la prensa lo registra –la afín y la hostil al partido socialista– convirtiendo en noticia unas declaraciones y haciendo realidad un efecto. Pero sobre todo lo digo porque ahora se confirman con toda claridad las consecuencias de aquella guerra que se quiso rápida, expeditiva y efectiva, y de la que esta foto era un instrumento de propaganda. El Pentágono admite que el resultado de aquella contienda es ahora lo más parecido a una guerra civil, algo que muchos anunciábamos años atrás.
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2. Hemeroteca (18/03/2007)
A. Manifiesto leído en Madrid el día 17 de marzo de 2007
B. La izquierda vuelve a utilizar la guerra de Irak para arremeter contra el PP (Abc)
C. Madrid exige a Aznar que pida perdón (Levante-EMV)
D. Miles de personas exigen en Madrid que el ‘trío de las Azores’ pida perdón por la guerra de Irak (El País)
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3. Artículos de JS
A. Sobre Irak, en la prensa
Civismo sonoro (caceroladas)
Las analogías de Trillo (El euro)
Irak entre nosotros
B. Sobre Irak, en el blog
Irak en Los archivos de Justo Serna
C. Temas varios en Levante-EMV, viernes 16/03/2007
Contra el entusiasmo (Mariano Rajoy), Levante-EMV, 16 de marzo de 2007
Lujos en la Valencia burguesa, Levante-EMV, Posdata, 16 de marzo de 2007
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03.14.07
Posted in Sociología, Intelectuales, La felicidad de leer at 11:44 por jserna
Hay que reflexionar una y otra vez sobre la condición de ciertos pensadores originales, audaces: individuos que se distancian de la gente corriente gracias a una clarividencia especial, a un empeño incluso obsesivo por analizar las cosas, por arrojar luz. Son creadores en el sentido más exacto de la expresión: realizan algo diferente y, por eso, son mal comprendidos o aceptados. Pueden ser capaces de sacrificarlo todo a su lucidez analítica, cosa admirable y temible a un tiempo. Es cosa admirable porque se saben dueños de una perspicacia que no se puede derrochar en banalidades, razón por la que son ellos en primer lugar quienes se consagran con denuedo; es cosa temible, sin embargo, porque son sus familiares, las personas más cercanas, los segundos a quienes sacrifican, aquellos que inmediatamente padecen su obstinación. “Esa especie de malestar que se siente cuando se intenta imaginar la vida cotidiana de los grandes hombres…”, decía Cioran. En efecto, muy frecuentemente esa “vida cotidiana de los grandes hombres” suele ser tan adversa o incluso tan desastrosa que su conocimiento acaba siendo para nosotros tan interesante o más que la obra que aquellos producen. Leemos sus creaciones, pero leemos también las biografías que de ellos se escriben, quizá como ejemplos a evitar o como modelos a los que emular.
Reflexionaba sobre estas cosas, sobre la biografía y sobre los grandes creadores, y por chiripa llego a Karl Marx. Acabo de leer una simpática y sencilla obra que nos devuelve el interés por la vida y por los libros de este pensador. Es un texto menor pero eficaz. Es un volumen titulado La historia de El capital de Karl Marx, cuyo autor es Francis Wheen. Acaba de aparecer en castellano, ahora en febrero de 2007. Convendrán conmigo en que resulta temerario que una editorial española (Debate) se aventure publicando una obra de estas características. Todo es De Juana Chaos y sus dolencias; todo es Rajoy y sus inquisiciones; todo es Rodríguez Zapatero y sus decisiones. Que Marx pretenda rivalizar con ellos es, pues, paradójico. Estamos viviendo una época en la que lo formativo, lo básico, lo esencial acabamos descuidándolo para abandonarnos a lo efímero.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, leemos en un pasaje del Manifiesto Comunista, un pasaje que destacó especialmente Marshall Berman para titular uno de sus libros más interesantes. El mundo moderno, que era lo que Berman estudiaba, es el tiempo de lo fugaz, de lo rápidamente nuevo y perecedero, el momento de la iluminación y de la oscuridad inmediata. Los medios de comunicación que Marx no pudo conocer (él sólo pudo emplear la prensa, colaborando en ella con artículos incendiarios, sarcásticos, enciclopédicos y compendiosos) han agrandado esa sensación de lo caduco, de la sucesión y del vértigo. Me pregunto si lo perecedero es Marx y otros que, como él, no gozan de actualidad, otros que son literalmente intempestivos; o si los caducos son los protagonistas de nuestro presente que tan pronto se esfuman. La circunstancia política española es tan convulsa, tan dada a sectarismos, que, por ejemplo, me resulta inimaginable un lector interesado por la obra de Marx a pesar de no ser su acólito. ¿Alguien se imagina a un militante fervoroso de la derecha degustando por primera o por enésima vez una página del pensador alemán? ¿O alguien se imagina a un izquierdista esforzado leyendo a Isaiah Berlin?
Ayer mismo, en su columna habitual, Hermann Tertsch presentaba fogosamente a Isaiah Berlin, entre otros, haciendo uso para ello de unas palabras tan inmoderadas (las propias de un neocon) que, de leerlas, seguro que espantarían a los elogiados. Éste es sólo un ejemplo de la prosa doctrinal y militante que se impone y que hacen odioso al elogiado. Los autores celebrados por Tertsch son mucho más interesantes de lo que el neocon dice, porque eso que dice de aquéllos sólo sirve como validación de lo que el presunto discípulo ya sabe, ya sostiene o ya piensa. Hay que saber leer; hay que saber leer a los grandes pensadores: siempre resultan intempestivos y provocadores. Escriben contra los propios adeptos, al menos para que éstos no puedan apropiarse fácilmente de sus palabras, unas palabras que, a buen seguro, serán suficientemente ambiguas y audaces, hasta el punto de incomodar a los fanáticos. Es su talento el que les lleva a tomar todas las precauciones necesarias “para ser mal comprendidos”, como decía Cioran. Esto es, no facilitan su rápida y militante asimilación.
Aunque parezca mentira (si atendemos a la larga nómina de seguidores que se reconocieron en él), Marx no facilitó su rápida y militante asimilación. Dedicó décadas y décadas a escribir “la obra maestra desconocida”, por decirlo con Balzac, una obra maestra que era El capital y que se dilató o se demoró por los múltiples escritos ocasionales a que Marx se entregó o por las polémicas que mantuvo. De Francis Wheen había leído tiempo atrás una biografía dedicada al pensador alemán. Ahora en La historia de El capital de Karl Marx, resume algunas de aquellas revelaciones y, sobre todo, nos muestra el proceso de gestación de la obra, la dolorosa vida privada del creador: con exilios agotadores (hasta finalmente recalar en la Gran Bretaña), con forúnculos que lo atormentaban o con hijos que se le morían mientras él se entregaba con furia vesánica a la ideación que iba a cambiar el mundo.
Marx cambió el mundo no porque ciertos regímenes políticos desastrosos o criminales invocaran su nombre, sino porque su modo de mirar, su forma de examinar, su manera de estudiar y de leer para averiguar el perfil y la estructura de la realidad han sido determinantes. Entre las personas que gozan de cierta cultura se puede repudiar la etiqueta de marxista (de hecho, Marx también la rechazaba, aunque por otras razones); pero lo que no puede es dejar de admirar y de temer a un autor que, sabiéndose ajeno a su tiempo, quiso escrutarlo valiéndose de todos los recursos disponibles. De ahí su enciclopedismo, sus lecturas inacabables en la Biblioteca del Museo Británico. De él procede un legado que aceptamos y rechazamos a un tiempo, que sirve y no sirve, que en muchos de sus puntos está averiado (como mostrara Jon Elster hace años al referirse a la teoría económica); que en otros es simplemente erróneo, tan erróneo que sólo puede traer funestas consecuencias (como, por ejemplo, su desdén por los derechos…). Etcétera. Hay, sin embargo, algo en Marx que me sigue admirando: su estilo de escritura. Y ello por tres razones.
En primer lugar, por la forma irónica, incluso sarcástica, que le dio a su frase. Lo indicó espléndidamente Umberto Eco: “No se puede sostener que algunas bellas páginas puedan cambiar el mundo ellas solas. Toda la obra de Dante no sirvió para devolverles a los comunes italianos un Sacro Romano Emperador. Con todo, al recordar ese texto que fue el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, y que sin duda ha influido conspicuamente en la historia de dos siglos, creo que hace falta volverlo a leer desde el punto de vista de su calidad literaria o, al menos, al no leerlo en alemán, de su extraordinaria estructura retórico argumentativa (…). Se trata de un texto formidable que sabe alternar tonos apocalípticos e ironía, eslóganes eficaces y explicaciones claras y (si de verdad la sociedad capitalista pretende vengarse de los trastornos que estas no muchas páginas le han procurado) debería analizarse religiosamente todavía hoy en las escuelas para publicitarios”.
En segundo lugar, el estilo de escritura de Marx es fruto de la mezcla, de la hibridación; un estilo que nace de las múltiples referencias con las que se tuvo que manejar y en las que la literatura es fuente. De las novelas o del teatro o de la poesía toma metáforas, imágenes, alusiones que son aderezo y a la vez efecto productivo.
Pero, en tercer lugar y más importante, la literatura le sirvió a Marx para imaginar qué realidad tenía enfrente. Quiero decir, las novelas, por ejemplo, no eran sólo un depósito del que abastecerse de imágenes con las que ornamentar su prosa. La literatura le daba esquemas con los que captar el mundo. El capital, nos recuerda Francis Wheen, puede leerse como una larga novela gótica, como un drama victoriano, como una comedia negra, como una tragedia griega, como una utopía satírica. De todas las referencias que Wheen propone y rastrea me interesa la alusión a Mary W. Shelley. Cuando Marx habla de la alienación, el monstruo de Frankenstein está bien presente en su imaginación: es la realidad de quien vive enajenado, extraño, distante del mundo que lo repudia. El monstruo de Frankenstein nos habla en la novela y evoca para sus lectores lo que fue su “infancia”, la inocencia prístina de quien aún no se había corrompido. ¿Pero qué descubrimos con Marx? Que no hay un Robinson previo, que no hay inocencia presocial como el monstruo parece reclamar. Hay, por el contrario, una máscara que a todos nos identifica: la mirada del otro nos constituye y también a la criatura la convierte en monstruo. Pero de un ser rechazado y alienado no puede esperarse una respuesta pacífica y, por eso, la venganza de aquella criatura se dirige contra la humanidad que lo impugna y, personalizando, contra aquel que debiéndole la vida se convierte en un padre ausente, irresponsable, horrorizado de su propia obra. El monstruo es víctima de su violencia irrefrenable, víctima de un delirio que le ha convertido en un ser depravado. Etcétera.
Como antes decía, resulta cada vez más impensable que autores que no nos son afines los leamos por el placer de reconocer una proeza intelectual, aquejados como estamos de tanto sectarismo. Resulta cada vez más extraño dedicar tu tiempo a disfrutar con un autor que tantos objetan ignorándolo. Citábamos antes a Hermann Tertsch, que con militancia cansina perora desde su columna de El País. Ya me ocupé de él en otro momento, pero regreso ahora a su reciente artículo. Hacia el final del texto, el periodista citaba una serie de intelectuales que él juzga imprescindibles, entre ellos, Isaiah Berlin. Gran autor y gran liberal, por supuesto: ajeno, por completo, a Marx. O, quién sabe, quizá no tanto. En este tiempo de sectarismo no se me ocurría recomendarle a Tertsch la lectura o la relectura de Marx. No es uno de los suyos, no figura entre los creadores atendibles y punto. Así vamos. Pero sí que le recomendaría que leyera o releyera a Isaiah Berlin que, como Francis Wheen, trata a Marx con gran respeto e interés a pesar de la distancia que le separa. La biografía que Berlin le dedicara es un ejemplo de lo que digo. Allí, entre sus páginas aparece un Marx brillante, laborioso, genial, perseverante, estudioso, autoritario, enciclopédico, tosco, sutil, insensible, abnegado, amoral, clarividente, colérico y, a ratos, disciplinado. Isaiah Berlin respeta la figura, la vida y la filosofía del biografiado, pero no la comparte. El autor se expresa y se pronuncia desde un liberalismo exquisitamente inglés y, lejos de sectarismos, analiza con detalle, con profundidad y sin contemplaciones la obra de Marx. Lamentablemente, el estilo pausado y elegante de Berlin –que también colaboró en la prensa— está desapareciendo de los periódicos. Ojalá Marx nos sirviera como excusa para leerlo con distancia e interés. Tristemente no creo que cunda el ejemplo.
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03.10.07
Posted in Sociología, Comunicación, Democracia at 9:46 por jserna

0. La opinión y la multitud…
Comentario sobre la manifestación convocada bajo el lema “España por la Libertad”… (10 de marzo, 20:15 horas; y 11 de marzo, 9:40 horas)
Supongo que una manifestación concurrida es, sobre todo, una expresión oceánica en la que cada uno es parte infinitesimal. Supongo que te sientes uno entre miles o entre millones y experimentas qué significa el poder, el placer, la rabia, la ira. La proximidad te agiganta, imagino. Y digo “supongo” porque en los últimos veinticinco años calculo que sólo he acudido a cuatro o cinco concentraciones. En efecto, salvo las excepciones de rigor (25 de febrero de 1981, 12 de marzo de 2004 y protestas silenciosas contra el terrorismo), yo no voy a estas reuniones multitudinarias, incluso aunque pueda estar de acuerdo con el objetivo. Respeto a quien quiera acudir, pero a mí me desagrada la muchedumbre guiada por un solo lema, fácilmente manipulable, con una masa humana que se deja llevar por las emociones, por el grito unánime, con el adversario o enemigo reconocible, con el fluir de los sentimientos más primarios. La manifestación convocada por el Partido Popular ha sido gigantesca y, de ella, se derivan varias consecuencias.
Primera, el PSOE no parece haber calculado bien a quién tenía enfrente…, desde hace meses, muchos meses. Una serie infinita de manifestaciones que rechazan cualquier medida razonable o nada razonable del Gobierno, con unos medios de comunicación afines e influyentes, debería haber obligado a José Luis Rodríguez Zapatero a convocar elecciones en el momento de mejor expectativa. Un partido que es capaz estar detrás de tantas manifestaciones que repudian la política del Gobierno o que es capaz de convocar a tantos y tantos ciudadanos, fletando autobuses y transportando a numerosos manifestantes, es un serio oponente que el Gabinete no ha medido bien. Sin embargo, no está claro que de todo esto saque rédito electoral el Partido Popular.
Segunda, es cierto no sólo lo que es objetivamente cierto, sino lo que la gente interpreta como tal (sea verificable o no). Y es así porque provoca consecuencias en la percepción. En este punto me gusta siempre citar un viejo teorema sociológico, una formulación que Robert K. Merton denominó “teorema de Thomas” y que reza así: “Si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”. ¿Por qué razón? Porque los individuos “responden no sólo a los rasgos objetivos de una situación, sino también, y a veces, primordialmente, al sentido que la situación tiene para ellos. Y así que han atribuido algún sentido a la situación, su conducta consiguiente y algunas de las consecuencias de esa conducta, son determinadas por el sentido atribuido”. En una sociedad mediática, esto alcanza proporciones insospechadas: la agitación amenaza con desbordarse, y la ojeriza, también.
Tercera, si ésta es la mayor manifestación de la democracia –como esperaba Mariano Rajoy y como ahora mismo se está diciendo en los medios afines–, entonces es para pensar seriamente qué está pasando y en qué ha contribuido el Partido Popular. Imaginemos que la decisión política tomada por el Gobierno –fundamentada legalmente— sea moralmente repugnante. Si ese hecho moviliza a ciento de miles de personas, más que las manifestaciones del 25 de febrero de 2001 o del 12 de marzo de 2004, entonces es que hay una percepción emocional de la ciudadanía muy preocupante.
Cuarta, el mando militar de EE UU en Irak dice que la fuerza no resuelve el conflicto. El general Petraeus aboga por una solución política que incluya a grupos de la insurgencia. Si hay que contar con algunas facciones de la denominada insurgencia, que tantos actos bélicos o terroristas ha cometido; si, además, el Gobierno de George W. Bush ha demostrado estar dispuesto a mantener contactos bilaterales con Siria e Irán en Bagdad…, entonces es que se puede tratar algo hasta con tu peor enemigo con el fin de aplacarlo. No creo que el Gobierno español se las tenga que ver con oponentes menos fieros o dañinos. Más aún, supongo que está obligado a abordar por todos lo medios el fin de las amenazas terroristas.
Quinta, este hecho multitudinario es, de verdad, un acto de fuerza electoral para aupar a Mariano Rajoy, para aunar a todas las derechas, algunas de las cuales le negaban hasta ahora su apoyo. Si después de esta demostración impresionante no se obtienen rentas políticas; si después de esta concentración gigantesca no se extrae ventaja para las próximas elecciones, entonces es que estamos asistiendo a un espejismo.
Sexta, una manifestación siempre es un espejismo, una ilusión óptica, pues –a poco que sea concurrida– los convocantes que de ello se deriven consecuencias. Pero las próximas elecciones son locales y autonómicas y, a falta de mayorías absolutas, en cada Ayuntamiento o Gobierno de Comunidad Autónoma habrá que negociar. Será entonces cuando se verá el efecto real. Puede muy bien sucederle al PP lo que le ocurrió a CiU: que en algunas ciudades las listas más votadas no sean las que acaben gobernando, cosa perfectamente legal si ese puesto se obtiene por coalición o por colusión electoral.
Séptima, populismo. De todas las frases pronunciadas por Mariano Rajoy hay unas pocas, seguidas, unas tras otras, que sobrecogen por su retórica populista. A lo largo de su intervención, el Presidente del PP ha ido rechazando la política antiterrorista del Gobierno: lo que juzga torpezas, injusticias, falta de gallardía, errores o compromisos con los propios terroristas. Llegado un punto de su alocución, Rajoy debe ir concluyendo y de la crítica a Rodríguez Zapatero pasa al cierre y es entonces cuando se dirige directamente a la muchedumbre allí congregada. El líder cumple entonces con lo que Roman Jakobson llamaba la función conativa del lenguaje: se produce cuando en el proceso de comunicación, el emisor pretende obtener una relación directa con el receptor para así modificar su conducta, para así provocar efectos en el comportamiento.
Es una interpelación directa, sin mediación (ya que no confía reestablecer el consenso con el Gobierno). Pues bien, ese requerimiento es populista y apelativo, un requerimiento que pretende influir en los receptores, que son los presentes, pero también los espectadores que vicariamente observan el espectáculo. El populismo es esa forma de hacer política en la que el estadista o el líder llaman al pueblo, a esa entidad colectiva que no es la suma de cada uno de los individuos, sino su superación, incluso su avasallamiento, gracias a una voluntad que se supone común. Para que triunfe el populismo se precisa una representación bien visible, con escenarios en los que mostrar la resolución del mandamás. A principios del siglo XX, al gobernante populista se le atisbaba al asomarse al balcón o al elevarse a la tarima. Hoy, el efecto del balcón o la tarima se agiganta desde los medios masivos, utilizados precisamente como ventanas que orean. Esos catafalcos –ahora mediáticos– facilitarían la correspondencia del líder con su pueblo, un pueblo al que apela de manera multitudinaria. En el balcón o en la tarima, el amo afecta ademanes y gestos y pronuncia alocuciones inflamadas que son interpelaciones directas, que son órdenes e invocaciones. Se encumbra hasta alcanzar una pompa inaccesible y popular, cercano y distante simultáneamente.
Y ahora lean esos párrafos inflamados; el énfasis de las negritas es mío.
Colofón. “Necesitamos recuperar el consenso. Si no es posible alcanzarlo con el Gobierno yo quiero establecerlo con la gente, con los españoles. En ese espíritu, convoco solemnemente a todos los españoles, a los que les importe España a poner fin a esta situación. Les convoco a defender la nación española y a sumar esfuerzos para recuperar nuestra autoestima como un pueblo que ha sabido dar ejemplo al mundo con su entereza frente al terrorismo.
“Si alguien piensa que esta es una empresa que requiere mucho esfuerzo y mucha constancia y mucha voluntad, piensa bien. Pero si alguien piensa que vamos a cansarnos, se equivoca. Se equivoca de medio a medio y basta con venir aquí para comprobarlo.
“Somos una voluntad en marcha. No nos vamos a resignar. No nos cansaremos de combatir por nuestros principios. No renunciaremos a conquistar lo que es justo. No nos rendiremos jamás. Volved a vuestras casas y contad a todo el mundo lo que ha pasado aquí, lo que habéis hecho, lo que habéis sentido. Que os vean en pie, con la cabeza alta y fuertes como yunques. Orgullosos de ser españoles que no se resignan”.
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1. Mariano Rajoy en la Manifestación.

Fotografía de Gorka Lejarcegi
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2. Hartazgo, atracón, saciedad, saturación, rebosamiento, empacho.
Cansancio, desaliento, desánimo, postración, consternación, abatimiento.
Hastío, tedio, monotonía, repetición, redundancia, plétora.
Fastidio, repugnancia, encono, aversión, animosidad, inquina.
Malestar, desazón, pesadumbre, desconsuelo, congoja, ahogo.
Estupor, aturdimiento, desasosiego, confusión, desorden, desbarajuste.
Desconcierto, desarreglo, barullo, enredo, batahola, bulla.
Sectarismo, intransigencia, exaltación, ceguera, intolerancia, excitación.
Griterío, algarabía, escándalo, embrollo, maraña, lío.
Chaos, confusión, exceso, desenfreno, colmo, hartazgo.
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3. Intelectuales incendiarios
Los modernos medios de comunicación y la rivalidad entre los periódicos y las televisiones han aupado a los intelectuales, a ciertos intelectuales, a la condición de oráculos, dispuestos siempre a repartir su palabra intransigente a manos llenas, preparados para el aplauso. Eso ya lo supo ver el propio Josep Pla en su época, en aquel tiempo estrecho en el que también los letraheridos buscaban afanosamente el resultado social. “En general, los intelectuales y especialmente los poetas son muy sensibles a la generosidad sentimental. Quieren ser halagados. Son como los gatos. La caricia del elogio les hace felices. Si les escucháis, os dirán que sólo están bien en su torre de marfil. Es absolutamente al revés: donde realmente se encuentran es entre gente que les quiere –o aunque sólo lo parezca–. En medio de una determinada fraseología –auténtica o no tan auténtica— se sienten como pez en el agua”.
Cada día o cada semana hemos de leer al intelectual incendiario que se crece o se envanece con una fraseología irresponsable o irredenta.
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4. Los reyes del periodismo, primera etapa de Los archivos de Justo Serna
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5. Hemeroteca
Once de marzo, artículo de JS en Levante-EMV, 9 de marzo de 2007
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03.08.07
Posted in Sociología, Comunicación, Democracia at 10:03 por jserna
La confusión, el caos, la mezcla, la hibridación…
0. Jean Baudrillard, sin seguidores, sin hooligans…
Nada más enterarme de la muerte de Jean Baudrillard me puse a revisar los libros que de él tengo. Nunca le profesé gran aprecio, sobre todo por sus radicalidades verbales, por sus excesos intelectuales, pero reconozco haber leído muchas de sus obras en busca de páginas atinadas, de aciertos o de chiripas expresivas. Alguna hallé. Resulta que de todos los volúmenes que de él tengo, el que mayor atención me provocó y aquel que me sigue despertando interés es una obrita circunstancial y aparentemente menor. Es un libro de conversaciones titulado El paroxista indiferente, título raro, sí, con ese gusto por lo oscuro del que hizo bandera. Paroxista: paroxiton, la penúltima sílaba, esto es, el autor –este sociólogo que ahora fallece— sería el penúltimo pensador…, pensador de lo indiferente. ¿Pero qué es menor o mayor en Baudrillard, en ese autor posmoderno? ¿Qué es verdad o mentira en Baudrillard, en un sentido moral o extramoral? Por ejemplo, A. Espada informaba en su blog de la muerte del autor francés como un hecho real. Ha fallecido y no hay simulacro posible, vendría decirnos. En efecto, como dice el periodista barcelonés: ha tenido lugar la muerte de Jean Baudrillard. No se asusten: la guasa de A. Espada es una broma para entendidos. ¿No decía el sociólogo francés que la Guerra del Golfo no había tenido lugar? Pues…: toma dos tazas. Te mueres, cosa que es un hecho objetivo sobre el que no valen chanzas posmodernas, y encima no hay objeción posible.
Releo El paroxista indiferente (E. o.: 1997). Allí, en sus páginas, Baudrillard condensa lo dicho y lo escrito en los últimos años. Para quienes no hayan leído nada de él, es seguramente la obra más recomendable… Es interesante por varias razones. En primer lugar, por el interlocutor, Phillippe Petit, informado y conocedor que no se deja amilanar o sorprender fácilmente, exigiéndole a Baudrillard que se explique (cosa difícil, admitámoslo). Y así ocurre con cierta frecuencia: frente a sus últimos libros (cada vez más sincopados, aforísticos, contradictorios y paradójicos), en éste explica sus ideas con mayor claridad , tal vez por el imperativo del género entrevista. “Mi modo de hablar”, le leo en sintaxis extraña, “no es precisamente una forma familiar de la que se usa y abusa sino algo extraño que hay que seducir. No se trata de trastocarlo por mero juego. Hay que sorprenderlo y que sorprenda”. Cuando de verdad se explica –frente a la oscuridad expresiva a la que es tan proclive–, cuando eso ocurre y lo entendemos, la evaluación que puede hacer el lector es doble.
Por un lado, hay en su reflexión esos excesos verbales a los que aludía con pesar, en ocasiones algo tontorrones y en otras ocasiones intolerables (por ejemplo, cuando denuncia como peor el integrismo del vacío, propio de Occidente, frente al fundamentalismo alimentado bajo el islam). “Es el integrismo de lo vacío, pero justo por ello más feroz. La quiebra esencial pasa actualmente por el islam”, dice en 1997. En 1997. “Pero también por el corazón de cada país llamado civilizado y democrático, y sin duda también por el interior de cada uno de nosotros”, leo con estupor. Con el mismo estupor que me provocó la irresponsabilidad de Michel Foucault cuando celebraba el chiísmo en Irán a finales de los años setenta.
Por otro lado, en las páginas de El paroxista indiferente atisbamos de vez en cuando lucidez, esa de la que están privados los integrados: una visión crítica de lo real como evidente (como supuestamente evidente), una crítica de los artificios que nos constituyen y que Baudrillard ha ido desgranando a lo largo de los años (lo virtual, el consumo, la información sin mensaje). Otras partes interesantes y discutibles de este libro (y en general de sus ideas) son las páginas de dedicadas a América: un volumen que el propio Baudrillard publicara en los años ochenta. En aquella obra y en la revisión que ahora hace habla de Estados unidos con perspicacia, desenvoltura y, otra vez, irresponsabilidad. Todo ello a un tiempo. Allí y aquí describía una Norteamérica, la Norteamérica de la Costa Oeste (desierto, autopista, consumo, televisión y primitivismo), como el espacio simbólico de una utopía realizada: la que los propios Padres Fundadores idearon. “Entre nosotros”, decía Baudrillard refiriéndose a Europa, “la libertad se conquista sobre lo social, al precio del conflicto y del compromiso. Allí se tiene la impresión de que hay demasiado para todo el mundo –llega a ser un problema–, pero, por lo menos, cuando la utopía se ha realizado es posible utilizarla con desenvoltura”.
Otro asunto tratado en este libro, e igualmente interesante y discutible, es la concepción que del arte tiene Baudrillard. Su tesis es bien conocida: nuestras percepciones están saturadas cultural y significativamente, una saturación que viene del peso, del legado de la historia, pero también de la multiplicación de la ejecución y de la producción. ¿Simulacro? Todo es simulación en este autor, una recreación imposible, un hartazgo de lo que ya ha sido dicho, hecho y fabricado. El homo faber de Marx, precisamente, era el punto de partida del primer Baudrillard. No hay, nunca hubo, el hombre aislado capaz de producir lo que jamás ha sido concebido. Cada acción del individuo recoge una tradición, unas aptitudes y unas actitudes: la capacidad y la voluntad de fabricar aprovechando las cualidades que se demostraron eficaces o que permitieron idear una realidad inexistente pero útil. Pero hemos llegado al final, añade Baudrillard.
Ah, qué iluso, se dejó llevar por el simulacro: creyó ser el último hombre o, incluso, el último intelectual: ¿mosca cojonera, asesor áulico o preceptor de príncipes? Pero “para que exista un consejero del príncipe, es preciso que exista un príncipe”, admitía derrotado Baudrillard. Al final, sólo era un resistente anticonsumista, antiglobalizador, opositor de la realidad virtual que él diagnosticó con oscuridad. Nunca me entusiasmó Jean Baudrillard. Pero, ah, amigos: qué nietzscheano, qué libre, qué francés, el autor que mejor diagnosticó la obscenidad, la visibilidad promiscua…
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1. La visibilidad promiscua. Desde comienzos del siglo pasado preocupa cuáles son los efectos que la comunicación provoca en la audiencia, qué consecuencias genera un mensaje que llega a una masa o a un público. Hoy, la discusión continúa. Una información o una opinión difundidas o retransmitidas… ¿nos llegan como balas o proyectiles? ¿O, por el contrario, oponemos resistencia a lo que nos dicen si eso que nos dicen nos desmiente o nos incomoda? Gracias a que tenemos ideas previas, a que hablamos unos con otros reforzando nuestras ideas o prejuicios, no todo lo que nos cuentan nos convence. ¿O no será, acaso, que eso que nos dicen nos impone el asunto del que hablar, el tema del que discutir? Seguramente las informaciones chocantes o contradictorias –aquellas que provocan disonancia– no acabarán cambiando nuestra opinión, ya establecida de antemano; pero dictarán de qué hay que hablar, qué es lo importante y qué es lo urgente, lo perentorio, lo histórico. Así podemos pasar en poco tiempo del matrimonio homosexual, al plan hidrológico nacional, o del once de marzo a De Juan Chaos… Los hechos se convierten en munición informativa con el que disparar, pero sobre todo los acontecimientos de la gran política o del estrépito mediático tapan, ocultan o velan otros asuntos aparentemente menores que de verdad están cambiando la vida de las personas. Así se dicta nuestra agenda diaria…
En el caso español, además, no es que nuestros representantes se hayan adaptado a los medios por el gran poder de la información, de los periódicos o de la radio: es que su discurso espectacular, conflictivo, crispado, da bien en televisión, imanta al espectador y, por tanto, es el fragor político la lógica con que se dicta aquella agenda. Se supone que los políticos deben actuar con responsabilidad, con prudencia. Los gobernantes han de valerse de un presupuesto público –de un dinero que no es suyo–, para emprender acciones colectivas, decisiones que tienen efectos comunes. Han de sopesar lo que dicen, por las consecuencias que ello tiene en la sociedad, por el impacto que ocasionan sus palabras. Pero nuestros representantes saben que vivimos en un tiempo en que el periodismo se abandona al fácil expediente de las declaraciones, de la palabra gruesa. y en una época en que la multiplicación de los medios agranda la repercusión de cualquier cosa que haya sido dicha con ánimo batallador o escandaloso.
El PP ha descubierto que aquí, en España, la política sólo acaba siendo espectáculo de efectos mediáticos. Para derribar a un Gobierno hace falta no sólo que éste lo haga objetivamente mal, sino sobre todo que la gente lo perciba así: que actúe mal y que merezca ser derribado. Los medios de comunicación se han impuesto en la definición-construcción de lo real y eso significa que el videopoder (que decía Giovanni Sartori) es el elemento que sustituye la deliberación parlamentaria. Lamentablemente, como añadió Ralf Dahrendorf, en esa circunstancia el Parlamento sólo parece valer como proscenio en el que representar los combates que van a ser retransmitidos en directo o abreviados para su posterior emisión en diferido, combates que siempre acaba teniendo un sentido decisivo, histórico. Sin embargo, el exceso de historia o el exceso de acontecimientos (ayer, hoy y mañana también se suceden vertiginosamente cosas que identificamos como históricas) aturden. “No es que los acontecimientos sean más numerosos, es que el acontecimiento en sí mismo se ha multiplicado por su difusión”, decía Jean Baudrillard en otro contexto. “No es el fin de la historia”, insistía, “sino la disolución de la historia como acontecimiento: su puesta en escena mediática, su exceso de visibilidad”.
La calle y el Parlamento como espacios de la representación, de la simulación, del simulacro: algo que supo anticipar Jean Baudrillard. Todo lo que nos pueda llamar la atención, acongojarnos, sorprendernos, enfurecernos, convencernos queda registrado y difundido con visibilidad promiscua, añadía Baudrillard, una visibilidad que por su exceso impide la reflexión o la deliberación. “Hace tiempo”, insistía el sociólogo francés, “que los medios y la información han superado el estudio de lo ‘ni cierto ni falso’, ya que en ellos todo se basa en la credibilidad instantánea, con lo que la misma mediatización borra el criterio de referencia y de verdad”. Algo así es lo que en nuestro país está pasando, pero en clave extremada. Porque, al final, “ya no se trata de creer o no de no creer, puesto que lo único que importa es hacer creer y todo se agota en este efecto de credibilidad”. Más aún, “lanzas una información. En la medida en que no es desmentida, es verosímil. Salvo accidente, jamás será desmentida en tiempo real. Incluso si es desmentida más adelante, jamás será ya absolutamente falsa, puesto que ha sido creíble”. La opinión sustituye al hecho y el vocerío tapa el acontecimiento. Ésa es mi impresión, ése es mi estupor.
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2. ¿El hooligan?
Rodríguez Zapatero y el ‘buenismo’
Justo Serna, Levante-Emv, 17 de abril de 2006
Es frecuente que José Luis Rodríguez Zapatero confiese su apego a los principios, es habitual oírle profesar los valores frente al pragmatismo. En la crítica al pragmatismo que suele formular el presidente, en principio caben dos opciones: cree en lo que dice; no cree en lo que dice. Yo, por el contrario, pienso que el asunto es más sutil. Rodríguez Zapatero predica los valores y los principios frente al pragmatismo porque es de ahí de donde le vienen sus respaldos. Los valores no asustan a la clase media: asustan los radicalismos. En cambio, decir que obra de acuerdo con principios le refuerza con una imagen de honestidad que perdió Felipe González en su momento de pragmatismo. Es decir, lo mejor de González era el realismo, la capacidad de sacrificar la convicción a la responsabilidad. Pero para muchos electores el pragmatismo se identificó con la corrupción, con el todo vale. En cambio, Rodríguez Zapatero, diciéndose aferrado a los principios, adopta un rostro sensible, compasivo y bondadoso que inquieta a numerosos destinatarios. Sin ir más lejos, un cómico acostumbrado a representar, como Albert Boadella, decía sentirse muy incómodo con algo que es propio del presidente socialista. Meses atrás lo declaraba en una entrevista que concedía a Abc. «Asume el personaje del bueno. Me molesta esta representación evangélica de la bondad y me parece hipócrita porque nadie puede ser tan bueno», concluía sorprendentemente Boadella. Nadie puede ser tan bueno, en efecto, pero al menos si se sabe afectar bondad y el ademán es verosímil, entonces la prédica contra el pragmatismo es creíble y, además, sirve de legitimación personal: es a él a quien se cree y es a él a quien se le dispensa todo el crédito. La izquierda del PSOE está paralizada y persuadida por Zapatero, por Zapatitos (así se le vilipendiaba por lo flojo y suave). En mi opinión, el presidente español cree que es posible defender algunos principios y llevar a cabo una política vistosa, necesaria y rentable electoralmente, pues esos adjetivos no son incongruentes: una política de principios que la derecha presenta como el fin del mundo (matrimonio entre homosexuales, negociación con los etarras, etcétera) y que hasta un votante templado, moderadísimo, no le criticaría.
Por eso, Rodríguez Zapatero suele desconcertar. En ocasiones parece una mente perspicaz y en otros momentos parece portavoz de evidencias tan simples… que no nos las podemos creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse, pues… ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: hace declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus providencias con gran realismo, con astucia, con maquiavelismo incluso.
Numerosos editorialistas y articulistas de la derecha presentan a Rodríguez Zapatero como un tipo sectario que improvisa, que hace del buenismo su hoja de ruta. ¿Sectario…, alguien que parece dejarse llevar por la tentación de hablar, negociar, pactar hasta lo que algunos juzgan innegociable? ¿Sectario…, alguien que demuestra una inclinación, quizás excesiva, a contentar a todos? ¿Qué podríamos decir, entonces, de Aznar, un ex presidente que por resolución e intemperancia sabía cuál era la disposición correcta más allá de las mayorías o de los humores sociales? En todos los ramos, sus decisiones eran tajantes, inapelables, dando con ello pruebas de firmeza, sabiendo que el decisionismo no se opone a la democracia sino al gastado parlamentarismo, a la manera de Carl Schmitt. La mayoría absoluta le permitía refrendar esas decisiones en sede parlamentaria, pero en la valoración de esas metas no cumplían ningún papel regulador las Cortes. Muchos llaman improvisador a Rodríguez Zapatero, improvisador, supongo, en comparación con el decisionismo de Aznar. La pregunta es obligada: ¿y por qué tenemos que pensar que el buenismo y el pactismo de Rodríguez Zapatero son rasgos bienintencionados y no estrategias de conducta política incluso sibilinas. Podríamos dar la vuelta al argumento de la improvisación y pensar que el buenismo del actual presidente es una maniobra o habilidad envolventes para incorporar a sus adversarios y a los partidos nacionalistas en el marco constitucional sin tener que proclamar a cada instante el amor a la Carta Magna. Desde ese punto de vista, la remodelación gubernamental de ahora mismo me parece una decisión de gran inteligencia estratégica. Supo aplacar a Bono con un ministerio y ha sabido descorazonar finalmente a quien fue su rival dentro del partido. Supo valerse de su principal práctico, de Pérez Rubalcaba, como negociador parlamentario y ha sabido reemplearlo como perito o ministro amortizado. ¿Se puede tener mayor olfato? Insisto: Rodríguez Zapatero desconcierta.
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03.06.07
Posted in Escribir, La felicidad de leer at 9:22 por jserna

Una amable comunicante –cuya identidad sí revelaré: Concha Ridaura– me pregunta por correo electrónico cómo leo los libros que digo leer, cómo hago para extraerles partido, insiste. ¿Haces resúmenes, fichas, vocabulario?, me interroga. Por otra parte, Nicolás Quiroga –que viene preguntándose sobre la influencia, sobre esos autores o libros que, de verdad, nos conmocionan– alude en su blog a mis derivaciones y a mis conexiones bibliográficas. ¿Qué cosa nos lleva a otra? ¿Por qué pasamos de este a aquel libro? Podríamos reconstruir la biografía de un lector enumerando sus lecturas, pero sobre todo examinando sus subrayados, sus anotaciones, las interpelaciones con que se dirige al autor. Lo toma como un interlocutor y, por ello, le enmienda, le corrige o le aprueba.
Cuenta André Maurois en su introducción a Aproximations, de Charles du Bois, que éste llevaba siempre, en el bolsillo interior de su traje, docenas y docenas de lápices increíblemente afilados. Se le veía en Pontigny anotar libro tras libro utilizando uno de aquellos lapiceros de punta muy fina, subrayando con minucia y lentitud páginas enteras. Sin haberlo pretendido, yo empecé haciendo algo parecido. Ahora, puedo tener en casa, a mi disposición, docenas y docenas de lápices. Pero, a diferencia de Du Bois, mis carboncillos tienen las puntas romas o gastadas. Más aún, esos lápices pronto desaparecen extraviados por mis hijos, para quienes son un bien muy preciado que ellos atesoran en rincones particulares o inaccesibles…
Un día, Roger Chartier, viendo un libro de Pierre Bourdieu que yo tenía mientras hablábamos, quedó muy sorprendido: le parecía curioso que los márgenes de ese volumen estuvieran llenos de anotaciones mías, de exclamaciones, de subrayados, de desarrollos, de desmentidos. Inservible, pues. Procuro hacer lo mismo que Charles du Bois, pero ahora con una diferencia que los años y mis hijos me han enseñado: a falta de lápices, subrayo con bolígrafo o con rotulador, con crudeza, toscamente, como si dichas palabras fueran incisiones que le hiciera al papel…, todo hasta dejar inutilizable el ejemplar. Años después, cuando yo mismo regrese a ese volumen, probablemente deberé adquirir otro. No importa: quiero que la relectura sea, en el fondo, una lectura original. Yo ya no soy el mismo; el libro tampoco. Lo que leí después de esa primera visita me ha cambiado: como ha cambiado lo que el volumen me puede decir ahora.
Leo y escribo, alegrándome (a veces angustiándome) por la larga lista de libros que aún tengo en espera, en mi mesilla de noche, en el suelo, en el escritorio de mi despacho, aquí y allá, sin saber cuál será el volumen próximo que abra. Forman torres inestables y oscilantes… No idealizo lo que hago: describo cómo me comporto, buscando provecho, haciéndome notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados u detestados autores me proporcionan. Durante años llevé unas libretas de tapas rojas, cosidas, en cuarto, con páginas cuadriculadas, en las que registraba lo que leía. A veces eran resúmenes, a veces objeciones, pero, eso sí, siempre mostraban la reacción que la página impresa me producía. Hoy ya no lo hago aunque quizá vuelva a obligarme, tal vez como homenaje a mi padre, tan ordenado en sus cuadernos, fichas, registros. Él lo viene haciendo desde 1973; yo, más inconstante, sólo he aguantado unos diez años. Mientras él se atiene a unos criterios inmodificables y computables (valoración, calificación, fecha de inicio y conclusión, etcétera), yo me dejo llevar por la lectura errabunda y por la anotación caprichosa. En fin. Esos apuntes que voy dejando en los márgenes o en cuartillas o antes en libretas, que tanto se asemejan a la tarea escolar, podrían ser los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente como alumno desordenado, como un lector que observa, que quiere crecer y madurar.
Si sigo leyendo, pero sobre todo si sigo anotando y emborronando mis libros, es que aún no he logrado gran cosa.
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03.03.07
Posted in Comunicación, Democracia at 12:32 por jserna

¿Qué podemos decir de las movilizaciones alentadas por el Partido Popular y nutridas por personajes de extrema derecha que vociferan con expresiones gárrulas e injuriosas? La palabra traición se ha pronunciado una y otra vez. Un aviso para navegantes: cada vez que un actor de la vida pública o de la sociedad civil acuse a otro de traidor, es conveniente ponerse a cubierto. Es probable que estemos llegando a lo peor, al momento más indigno de la política. Según Abc, las movilizaciones espontáneas (ja, ja, ja) son expresión de una justa cólera ciudadana. ¡Por favor! La santa indignación se provoca, se guía, se tutela, se patronea. El editorial del 3 de marzo que el periódico de José Antonio Zarzalejos dedica a este asunto es simplemente tramposo. Se dice que son manifestaciones abiertas y, por otro lado, se advierte al líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, para que las guíe, encauce y atempere con el fin de obtener réditos electorales. La circunstancia es simplemente insoportable. ¿Por causa del Gobierno? Hasta ahora, la oposición y la colisión quedaban reducidas a la esfera propiamente política y al ámbito mediático. En estos momentos, sin embargo, después de la movilización intensa y extensa de los sectores afines al PP, el choque se está trasladando a la sociedad civil. Es lo que, de manera alarmante, estoy percibiendo.
Puedes estar de acuerdo o en desacuerdo con el Gobierno; puedes aceptar o rechazar esta o aquella decisión del Gabinete; puedes lamentar esta o a aquella provisión de Rodríguez Zapatero…, pero lo que no puedes es deslegitimar lo que es legal, aunque sea aprovechando los subterfugios que el propio marco constitucional facilita. En el Estado de Derecho, los contendientes se benefician de los resquicios reglamentarios para llevar a cabo su política y para emprender las acciones de Gobierno, incluso para oponerse. Lo que no puedes hacer es presentar como traidor a quien, amparándose en el marco legal, toma decisiones que te disgustan. Mientras hay cauces de expresión para la oposición legal en las instituciones, mientras el Estado de Derecho funciona (y a veces funciona contrariando tus objetivos o tus metas, qué le vamos a hacer), no puedes quebrar una tras otra las decisiones de los mandatarios, de los gobernantes. La calle se reserva para los trabajadores o para los sindicalistas, para las reivindicaciones concretas que se desean exhibir.
Cuando en una democracia la Nación –la presunta Nación, de consuno– se echa a la calle (como dicen que está sucediendo para oponerse al traidor Rodríguez Zapatero), entonces es que estamos en una fase de obstruccionismo peligrosísimo, fase que será aprovechada no por los sectores moderados del PP (como algunos analistas desean), sino por sus palmeros más extremistas. No es sexismo, es funcionalismo: el Partido Popular se presenta o lo presentan como un doncella mancillada, como un damisela que merecería mejor trato. Una y otra vez, el Abc sugiere esta manifestación de los hechos y algo semejante leo en el editorial de Ojos de Papel. Si tose, nos hemos de preocupar; si repudia, nos hemos de inquietar; si manipula, nos hemos de intranquilizar. Llevamos años en los que se confunde el constitucionalismo con la Patria española, cosa a la que también han sido proclives gentes que me son muy próximas. Llevamos años en que toda expresión de la izquierda o de los partidos nacionalistas se juzga en términos de felonía, de abandono, como una confabulación poco menos que infernal, entre diabólica y tontorrona. Por su parte, la Iglesia Católica arremete contra el laicismo del Gobierno, como si sus medidas fueran contrarias al Concordato; arremete contra todos aquellos que contradicen sus postulados morales, calificándolos de relativistas y, por extensión, de nihilistas. Fernando Savater está ya condenado, seguro. Uf, qué cansancio…
Es ésta una circunstancia simplemente insoportable: hay medidas del Gobierno de Rodríguez Zapatero que son, además de legítimas, perfectamente sensatas; hay provisiones de su Gabinete que, en mi opinión, son absolutamente discutibles, pero legales; y hay decisiones aparentemente menores que son un avance civilizador, por mucho que les duela a los clérigos. En todos los casos, la coalición (implícita o explícitamente) antigubernamental se opone: sean medidas sensatas, discutibles o menores. Siempre se subleva con los mismos argumentos: deslegitimando y amenazando con sacar a las masas nacionales a la calle, con una deriva actual hacia el escuadrismo verdaderamente inquietante, poco afín –por cierto— a la lógica liberal. Y, ahora, permítanme que me retire: también yo manifiesto mi santa indignación. Trato de evitar el estruendo real y metafórico en un momento en que el estrépito es ensordecedor, con voces múltiples también de consuno: la pólvora de las Fallas –alentadas por Rita Barberá– amenaza la tranquilidad de quienes somos gente de orden.
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03.02.07
Posted in La felicidad de leer at 9:33 por jserna
0. Juan Manuel de Prada, José Maria Eça de Queiroz, Paul Auster y Arcadi Espada.
1. Juan Manuel de Prada. Ya dije tiempo atrás, en la primera época de este blog, que Juan Manuel de Prada es un prosista terco y brillante, dueño de un significante expansivo que siempre amenaza con derramarse. A qué negarlo, pese a la distancia ideológica que me separa de él (yo no soy nada piadoso ni devoto), no suelo perderme ninguno de sus libros: aunque al final pueda salir escaldado de una lectura que siempre es copiosa. En sus novelas hay un cuidado extremo de la sintaxis y una observancia rigurosa del adjetivo y de la frase, del ritmo… que, en ocasiones, recuerda en exceso a Javier Marías o a Antonio Muñoz Molina (como así sucede en La tempestad, 1997). Ahora acabo de comprarme su última novela y, la verdad, he de reprimirme para no leerla ya…, o tal vez sí. La leeré inmediatamente o Dios mediante (y nunca mejor dicho), conforme me libre de otros compromisos. José Lezama Lima, otro novelista de significante recargado, recomendaba siempre dejar las novedades para más adelante. Yo incumplo punto por punto dicho programa y, llevado del placer, no suelo demorar la lectura de lo que me interesa, me irrita o me conmueve. Así es que no retrasaré el disfrute o el disgusto que a la vez Juan Manuel de Prada me ocasione (seguro). Con toda probabilidad será una obra convencionalmente bien escrita, con aciertos verbales y temeridades metafóricas que bordearán lo cursi.
Insisto en que la prosa de Juan Manuel de Prada es, en ocasiones, deslumbrante y, por esto, ese cuidado del adjetivo le ha hecho merecedor del aprecio de sus lectores: ese adjetivo que como decía Josep Pla lo es todo a la hora de escribir. Las mejores dotes de Prada las habíamos visto, por ejemplo, en El silencio del patinador (1995), en donde el lector quedaba abrumado por una prolijidad deslumbrante a través de ajustados relatos a los que, por lo que recuerdo, no les sobraba nada: no estaban lastrados por amplificaciones innecesarias, vicio en el que el autor ha incurrido después con porfía y repetición, con esa hinchazón retórica o verbal que no se reprime un prosista con dominio expresivo.
Leí con interés y con delectación (a qué negarlo) Las esquinas del aire (2000), un volumen interesante aunque de título algo afectado, una obra dedicada a Ana María Martínez Sagi. En sus páginas reaparecía desde el pasado un personaje tierna y bellamente trazado y evocado, a tientas descubierto, reconstruido, con significados yuxtapuestos, sumados. Martínez Sagi era una escritora, una periodista y poeta que dejó vestigio editorial en los años treinta, un ejemplo de esa generación derrotada por la Guerra Civil y cuyo recuerdo y cuyo nombre se olvidaron tras el velo de la indiferencia hasta sumirse en el estricto anonimato. Concebido al modo de una novela, pero también a la manera de una biografía, el libro tenía una trama argumental escasa y secundaria, simplemente creíble, verosímil, una trama concebida como mero ornamento para la indagación que el autor se proponía. Era Martínez Sagi un personaje entre heroico y patético, un personaje en cierto modo maldito que tuvo que arrostrar su propia suerte y la de una España fracasada.
Ese aspecto, el del malditismo, ha formado parte de los intereses literarios de Juan Manuel de Prada, quien desde el inicio de su carrera ha dedicado varios libros a escritores frustrados, bohemios, desorientados, exageradamente desastrosos. Ésa era precisamente la clave de lectura de El silencio del patinador: los fracasados, la canalla de la literatura, los modelos de creación de noveles y arribistas de la escritura. Y así volvería a suceder, por ejemplo, en la novela que le consagró, en Las máscaras del héroe (1996), una extensísima ficción coral, por momentos tediosa y artificialmente alargada, en la que a través de los vestigios dejados por el poeta y anarquista Pedro Luis de Gálvez el autor reconstruía la historia de España entre 1908 y el final de la guerra civil.
El cuerpo de aquella obra estaba constituido por las memorias de Fernando Novales, contemporáneo de Gálvez, otro bohemio, literato plagiario, igualmente fracasado, arribista, cínico y falangista-franquista por conveniencia, sin entusiasmo. La prosa era brillante, incluso demasiado brillante, repleta de metáforas esforzadamente cultas, hallazgos alegóricos e hipérboles adjetivales. Yo le hubiera pedido al autor mayor contención y le hubiera pedido también un superior dominio de la trama y un esfuerzo por dotar de verosimilitud a los lances de la intriga, cosa que, por ejemplo, no le discutía Arturo Pérez-Reverte. Para este autor, con Las máscaras del héroe Juan Manuel de Prada habría escrito la mejor novela de los últimos años. Cuando la leí yo no me mostré tan entusiasta. El lector asistía a los grandes episodios históricos en sucesión vertiginosa, sin que esa deriva permitiera prospección alguna de los personajes, de su mundo interior. Algo más pudo verse en una nueva vuelta de tuerca, en Desgarrados y excéntricos (2001), un repertorio o galería de pequeñas biografías dedicadas a monstruos literarios, a escritores, de desigual interés humano o artístico. Con esa obra, Juan Manuel de Prada pareció cerrar dicho filón.
Otra corriente de su escritura ha sido la literatura sicalíptica, una suerte de recreación entre mojigata y santurrona del erotismo más picante, de la pornografía y de los viejos modelos decimonónicos de Felipe Trigo, de Joaquín Belda y de Ramón Gómez de la Serna. En esa clave hay que entender Coños (1995), que le valió, si no recuerdo mal, el apadrinamiento de Francisco Umbral (el gran enemigo de Pérez-Reverte). Pero en esa clave hay que entender también La vida invisible (2003), su penúltima novela. En esta obra, sin embargo, hay un cambio de rumbo: el malditismo y la excitación carnal, el tratamiento verde, son vencidos por la culpa, y la moraleja de la novela tiene su clímax de redención. Hay en sus páginas sexo y deseo y hay pecado, dolor por el adulterio cometido o soñado o pensado, algo que le da un aire muy decimonónico, sin pizca de guasa. No sé: el asunto literario del adulterio puede ser objeto de distintos tratamientos: desde el bovarismo clásico y trágico (con Gustave Flaubert lógicamente a la cabeza) hasta la ironía del burgués culto, refinado y descreído, como el que llegó a representar José Maria Eça de Queiroz con su Alves y C.ª. De esto último hablo, precisamente, en un artículo en Posdata (Levante-Emv).
En el Juan Manuel de Prada de La vida invisible había, por el contrario, una moralina pesadísima que se adaptaba perfectamente a las prédicas del Juan Manuel de Prada articulista: tan esforzadamente católico, tan machaconamente creyente y comunitario, un articulista que quiere emular, tal vez, a G. K. Chesterton, modelo para el que, sin embargo, le seguirían faltando ironía e individualismo. Cuando murió Juan Pablo II pudimos leer en Abc sus crónicas papales, de las que el inmisericorde Arcadi Espada hizo cruel sarcasmo, y esos relatos fueron un despliegue desmesurado de afectación, con frases inacabables, con reproches a los ateos, con celebraciones para cofrades, un atracón de santurronería mal digerida, dicen algunos. En dicho periódico arremete usualmente contra el gobierno de Rodríguez Zapatero, contra su impiedad, cosa a la que tiene perfecto derecho, pero su mordacidad se pierde al escribir sólo para adeptos, para convencidos, con esa pose entre pedante y gazmoña de señor de provincias, un señor que frecuentemente se dirige a “las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan”.
No sé: de la bohemia y del malditismo literarios de Juan Manuel de Prada ya no parece quedar vestigio, sólo beatería: ese mismo clericalismo que le reprochaba el irreligioso Fernando Savater en un artículo evidentemente ateo (Sin fe, ni fu ni fa). Yo, con recogimiento, con unción, me dispongo a leer la última obra de nuestro devoto escritor. ¿Valdrá la pena? Me respondo parafraseando a Italo Calvino: estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Juan Manuel de Prada, El séptimo velo. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida…
Ojalá no acabe resultando una novela de tesis; ojalá su desarrollo responda a lo que de las ficciones exigía precisamente un personaje de Calvino: “La novela que más me gustaría leer en este momento –explica Ludmilla—debería tener como fuerza motriz sólo las ganas de contar, de acumular historias sobre historias, sin pretender imponerte una visión del mundo, sino sólo hacerte asistir a su propio crecimiento, como una planta, un enmarañarse como de ramas y hojas…” De eso, de crecimiento y de páginas innumerables hay promesa..
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2. Otros novelistas:
-José Maria Eça de Queiroz (artículo de JS sobre Alves & C.ª en Levante-EMV, Posdata). 
-Paul Auster (artículo de JS sobre Viajes por el Scriptorium en Ojos de Papel). 
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3. Otras ficciones:
Artículo de JS en Levante-EMV sobre la teoría de la conspiración (11-M)
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4. Otros cronistas:
Estimado Arcadi… 
He leído tu libro Ebro/Orbe. Acabo de leer también el delicioso prólogo de Salvador Albiñana y el artículo de Juan Lagardera en Levante-EMV (un artículo excelente). Conociendo a ambos –o creyendo conocerlos–, entiendo su entusiasmo por tu prosa desinhibida. Si eres un disidente de la catalanidad, SA y JL expresan admiración por quien es capaz de aventurarse río arriba o, mejor, costa abajo para averiguar la variedad de lo valenciano, su alejada identidad e identificación con el Principado. En tu volumen hay momentos de lucidez analítica y hay otros de empeño enfáticamente provocador. Creyendo guiarte por el puro –por el puritito— sentido común, retratas, describes, presentas con pocos trazos, con prisa.
Como te dije en la entrevista que yo mismo te hiciera años atrás, tu escritura tiende cada vez más a la limpieza o a la economía verbal, al aforismo, al comentario escueto y desgarrado, incluso a la greguería afilada. De greguerías, incluso hablas en este libro. La respuesta que me diste es el síntoma de tu escritura y ese rasgo se agudiza hasta hacer de tu prosa lo mejor y lo peor. “Tengo prisa”, me dijiste, “No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases”.
No sé exactamente si ese desinterés por los nexos y las pedagogías también se da cuando escribes libros. Sospecho que sí: evitas el didactismo, cierto, tomas a tu lector como un destinatario que supuestamente contaría con los mismos referentes, es decir, lo piensas como un par, como un igual, y con ese acto le obligas a transitar por el sendero que tú quieres caminar. Pero no es la tuya una auténtica camaradería intelectual, sino la exhibición de quien busca interlocutor que se pasme ante cada estallido de tu yo verbal, expansivo y culto. Por eso tu prosa es cada vez más entrecortada y por eso tus libros, tus composiciones, pierden los nexos que no te propusiste hallar.
Escribes como si cada capítulo fuera una pequeña crónica, una suma cuyo único hilo conductor fuera el hecho simple de seguir el curso de un río o bajar una costa. Ya sé que como libro de viajes, Ebro/Orbe es la instancia que impone las convenciones de dicho género, pero esa fragmentación te permite no tener que argumentar en extenso y con congruencia de principio a fin. Siguiendo a Josep Pla, dirás que es más difícil describir que opinar o que argumentar. Bien, yo no veo por qué cada capítulo es un boceto o un retrato en el que aparece algún asunto importante o definitivo y ese asunto siempre acaba tratado con escasez y prisa. No significa que te equivoques: significa que el tratamiento escueto te hace cultivar la greguería, que es una forma de coquetería.
Abrazos, JS
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