03.31.07
Posted in Muerte, Religión, La felicidad de leer at 8:23 por jserna
1. “¿No ves oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros, que entierran a Dios? ¿Nada olfatearemos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Y somos nosotros quienes le hemos dado muerte!”, leemos en un célebre pasaje de La gaya ciencia, de Friedrich Nietzsche. La salida del estado de minoridad humana, ese afán de auparse por encima de las limitaciones, el desarrollo de la ciencia y de la técnica, que sacuden los velos de la ignorancia y de la superstición: todo ello –que se consuma con la voluntad de expresar la vida, de apoderarse del presente sin hipotecas teológicas, sin renuncias ultramundanas–, es lo que condena a Dios, a juicio de Nitezsche. El hombre se siente superior y a la vez temeroso de su nueva libertad, incluso presa del vértigo ante el abismo que se abre a sus pies, según admite en Así habló Zaratustra. ¿Por qué razón? Porque liquidada esa ficción que adopta la forma de Dios, suprimida esa referencia consoladora a la que nos asíamos, lo único que queda realmente es el individuo solo con su propio presente, que es un vacío o un infierno que no puede rellenarse con presuntas teologías mundanas, con nuevas creencias sustitutivas.
Por eso, Nietzsche condena la secularización de las creencias religiosas. No espera la llegada de la humanidad irredenta que presuntamente reemplazaría a Dios. En todas las circunstancias, la religión (trascendental, civil o política) “es un caso de alteración de la personalidad, una especie de sentimiento de temor y de terror ante sí mismo”, leemos en uno de sus escritos póstumos. “Pero al mismo tiempo es una extraordinaria sensación de felicidad y de superioridad… En los enfermos, la impresión de salud basta para hacerles creer en Dios, en una influencia de Dios”, prosigue. Es decir, quien teme tomarse a sí mismo como lo que es, quien teme su libertad (esa que nos obliga a determinar la índole de cada acto), quien no acepta la fatalidad a la que estamos objetivamente condenados (la muerte), suele acabar pidiendo el auxilio de Dios. Es entonces cuando se aprecia, dice Nietzsche, la auténtica naturaleza de esa Providencia: ser una consolación. Esa ficción tan secular nos hace creer en la inmortalidad personal, nos hace creer en la idea de otro mundo y, sobre todo, nos hace creer que cada acto nuestro puede ser juzgado, condenado, castigado y expiado por una instancia extramundana, por la justicia de un Dios, generalmente colérico y malencarado, que nos amenaza con un Infierno que existe y es eterno. Pero ese tiempo ha pasado, ahora el individuo puede tomarse como lo que es sin dejarse arrastrar por un miedo y una esperanza vana y un resentimiento débil.
“¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses?”, animaba Nietzsche en La gaya ciencia. “No hubo en el mundo acto más grandioso, y las generaciones futuras pertenecerán, por virtud de esta acción, a una historia más elevada de lo que fue hasta el presente toda la historia”, apostilla Nietzsche. Nosotros somos las generaciones futuras y, sin embargo, no se ha consumado el mundo radicalmente humano que Dionisos predicaba: no se han retirado los clérigos de un Dios fallecido y, por eso, regresan periódicamente para adoctrinarnos o para reprocharnos la increencia. Sigmund Freud o Max Weber o Émile Durkheim también se ocuparon del fenómeno religioso sospechando que la cohesión moral que prestó en el pasado sería reemplazada por otras formas de comunidad y consenso; sospechando también que ese velo mítico del mundo, su parte prodigiosa e inexplicable, quedaría iluminada por el chorro de luz de la ciencia, una luz que produciría desencanto y liberación… Lo que no podían sospechar es que en pleno siglo XXI estaríamos tratando de Dios otra vez, que éste regresaría bajo la forma de Alá o de Yahvé para ocupar nuevamente la escena, nuestro mundo particular; que el Papa nos advertiría sobre la realidad del Infierno –el teológico (“existe y es eterno”)– o sobre el Limbo, ya solo metafórico. ¿Teología? Literatura fantástica, repuso Jorge Luis Borges…
2. En mis clases llevo varios días hablando de Friedrich Nietzsche, de aquello que lo hace un autor intempestivo, reacio a lo evidente. En su tiempo, definirse culturalmente como antiburgués o antiplebeyo o antirreligioso era algo incómodo pues quien así lo hacía se enajenaba, se apartaba de las certidumbres de su época. Nietzsche se desprendió de los pretextos más seguros, de las agarraderas más firmes a las que cualquiera de nosotros puede asirse. La autoridad, el respeto, el pasado, la humanidad, el deber, la verdad…, éstas y otras categorías fueron abatidas por él, dispuesto a tomarse literalmente como un individuo que se crea y se concibe en cada acto de exaltación y arrobamiento. Nada menos. Sin Dios, pues esa Providencia que supuestamente me salva y me repara, me compensa y consuela, es una ficción más –la más grande— que me hace concebir esperanzas en un más allá intangible, inmaterial. Contra la moral, carente de todo fundamento en un mundo –el nuestro— que no tiene significado metafísico o ético. Sin patria, pues lo colectivo lleva a lo gregario, dado que las pertenencias y las dependencias nos limitan.
Si “esta vida, tal como ahora vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella”; si “cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión”, entonces goza de tu existencia de modo que sea deseable volver a vivir esa misma vida en una repetición eterna: acepta realizar tu yo en cada acción que ejecutas, no confíes en la identidad que perdura, esa ficción que te da estabilidad, fijeza. Acepta la inmanencia total, la vida material, después de la muerte de Dios: el hombre debe elevarse por encima de sí mismo, jugársela. Nietzsche fue un huérfano temprano, la soledad hecha hombre, vivida como tal desde los siete años, un muchachito obligado a convivir con una madre religiosa, pragmática y poco dada a la reflexión. Fue, sí, un huérfano meditabundo, fantasioso y dañado, inclinado a la interioridad y a la música, a la poesía, pero también a la naturaleza, la fuente de la energía. En su caso, la orfandad no era sólo un dato biográfico: era una opción humana, metafísica –añadiríamos.
Por todo lo dicho, por todo lo que he escrito, no creo ser insensato (aunque sí algo impío) si recomiendo la lectura o relectura de Nietzsche en la Semana de Pasión. Éstos son mis ejercicios espirituales. Es un buen momento para refrescar los preceptos mejores de Nietzsche, su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias. Nietzsche aún nos llena y nos aturde y, por momentos, nos incomoda. Todavía lo leemos: lo tomamos como un tónico que administrarnos aunque produzca efectos secundarios. Nos obliga a acarrear con nosotros mismos sin los pretextos antiindividualistas a que nos fuerza ordinariamente una vida de renuncias. ¿Y Dios? ¿Qué hacemos con Dios?
3. Hemeroteca.
Artículos de JS sobre Dios…
Manual de supervivencia 30-03-2007
El Papa y el dolor 06-07-2006
El Papa y el papá 25-05-2006
¿La Iglesia debe pedir perdón? 10-12-2005
El ateísmo es pecado… 04-10-2005
Oración, despedida y cierre 07-06-2003
¿Beatus ille? 07-10-2002
4. Juan Pablo II en el blog
El Papa catódico. Análisis de una agonía mediática (2005)
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03.27.07
Posted in La felicidad de leer at 18:56 por jserna
Ilustraciones: M. y V. Serna
1. Leo el último libro de Sergi Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas, y me recreo en lo cotidiano: lo diario, lo vulgar y lo ordinario tienen en el cuento una de sus mejores formas de expresión. El relato obliga al autor a ser breve: obliga a compendiar, a detallar lo fundamental, sin aspavientos ni hinchazones. Pero el cuento también exige la máxima tensión: en pocas líneas, el autor ha de hallar a un narrador plausible, verosímil; ha de encontrar un punto de vista que permita administrar la información, siempre escueta, siempre concisa; ha de colmar ese depósito que da lo básico y que siempre amenaza con desbordarse, con convertirse en novela. Jorge Luis Borges ya lo anotó: en el cuento no hay desarrollos ni tiempos muertos; hay lo imprescindible, aquello que exigiríamos de alguien que nos relatara un avatar. Estoy leyendo ese libro de Pàmies y lamento que se acabe, tan breve, tan escueto: resulta ejemplar, característico, propio quizá del relato anémico y sincopado de nuestros días. Como yo, hoy mismo: raramente lacónico y deseoso de volver a la lectura de esos episodios menores que tan bien y también nos retratan.
Decía Gustave Flaubert que cualquier cosa observada de cerca, muy de cerca, empieza a perder la impresión de familiaridad, pero además comienza a ser interesante. Eso es lo que me está ocurriendo con Pàmies, alguno de cuyos relatos me recuerdan al mejor Cortázar. Aunque destinados a adultos, estos y aquellos cuentos me devuelven a la infancia, esos momentos en que un detalle aparentemente insignificante nos resultaba revelador, decisivo. Crecemos, envejecemos y perdemos vista, pero también perdemos esa visión inaudita de las cosas, aquella sorpresa con que mirábamos lo que nos rodeaba, justamente porque era amenazante, porque podía hostigarnos: los hábitos nos familiarizan con lo acostumbrado y el tiempo nos hace adultos previsibles. Los protagonistas de Pàmies suelen ser varones de mediana edad que han encontrado su lugar en el mundo, un espacio igualmente predecible, predecible hasta que un leve cambio de las rutinas les arroja a un abismo ordinario o a un cielo inesperado. Son como adultos que, de repente, descubren ser tan desvalidos como los hijos que ahora tienen, guardan o custodian.
Es difícil resignarse a que la vida sólo sea como esa gota de agua que se precipita desde el grifo. Así nos lo cuenta Pàmies. Sin embargo, el problema que no es sólo que la existencia sea corta, sino que nuestra vida es finalmente previsible, muy parecida a la de cualquiera. En el relato de Pàmies, la gota de agua que viaja en caída libre hasta el fregadero constata cuánto se asemeja a aquella otra hija (o hermana) que ya asoma por el caño, pero corrobora también que su viaje ”termina como estaba previsto: chof”. En efecto, “la gota explota y se expande en mil pedazos que, indiferentes al tacto del acero inoxidable del fregadero, vuelven a juntarse, ya no en forma de gota sino de salpicadura, nada, un escuálido hilillo que, después de salvar el obstáculo de los restos de aceite de girasol, se escurre –blop–, aspirado por el desagüe”.
La vida breve, sí. 
2. Cuentos de miedo…
El cuento de Federico (Jiménez Losantos)
¿Quién es el traidor? (De la acusación de traidor en política)
Cuentos políticos (Inspirado en el caso de E.Z.H.-S.)
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03.23.07
Posted in Intelectuales, Comunicación, terrorismo, Democracia, General at 13:40 por jserna

1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.
¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista: los tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente. Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.
Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.
Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: “Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.” Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”.
¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.
Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos… Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse. Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…
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2. Deprisa, de Prisa. Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.
El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.
a. El periodista Hermann Tertsch y El País
(Hermann Tertsch, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).
c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.
d. Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.
e. Editorial del periódico El País al PP.
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3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV
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4. Atención, actualización del blog: nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…
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03.21.07
Posted in Intelectuales, educación, La felicidad de leer at 13:12 por jserna

David Montesinos se doctoró con una tesis sobre Jean Baudrillard, un pensador que ha recobrado evidente actualidad tras su muerte a los setenta y siete años. La prensa francesa –según nos detalla Anaclet Pons– le ha rendido el homenaje que en el país vecino siempre dedican a sus maestros y profesores. Son sabedores de que la intelectualidad es una de sus principales mercancías de exportación. Los filósofos o los sociólogos son allí bienes de uso y de cambio, y sus empeños analíticos tienen eco, a pesar de los posibles extravíos, errores o incluso horrores en los que incurran. La muerte es una razón suficiente para regresar a ciertos autores atendibles, qué le vamos a hacer: tristemente, el más allá nos devuelve al más acá. Leo la tesis de Montesinos me admiro de su sutileza cuando pone en relación crítica a Baudrillard y a otro de esos maestros pensadores que aquél quiso destronar, un Michel Foucault al que siempre regreso con el mismo interés que cuando leí por primera vez el prólogo deslumbrante de Las palabras y las cosas. Fue en ese prefacio en donde también descubrí por primera vez las implicaciones irónicas y cognoscitivas de Jorge Luis Borges.
Leo con ganas la tesis de Montesinos, pero confirmo la impresión que tenía de Baudrillard: hay en este autor una parte de indisciplina y de oscuridad voluntaria, de exégesis de lo que por ser tan transparente nos ciega y violenta. Creo que David Montesinos apunta sensatamente en esa dirección. De todos modos, su texto no deja de ser una tesis, algo académico que producimos los profesores y los doctores, una tesis muy bien escrita y compleja: eso significa que ha hecho una gran inversión emocional al abordar su objeto. Según Montesinos, Baudrillard es un pensador clave para entender por qué la Crítica con mayúsculas ha entrado en situación de incertidumbre, un desconcierto que el pensador afrontó, como en otro tiempo también lo hizo Cioran, filósofo que, según me confiesa, siempre le ha parecido fascinante. Baudrillard y Cioran serían pensadores incómodos que nos pondrían –como en su momento Heidegger– ante la perspectiva de pensar radicalmente… No sé, no sé. A Baudrillard o a Cioran, especialmente, que leo y releo, sólo puedo administrármelos en pequeñas dosis.
Ya lo dije tiempo atrás. Regreso periódicamente a la lectura de Cioran, como un tónico que me receto para mantenerme en forma, como un disolvente que diluye lo sólido o lo macerado o lo rancio. Leerle siempre me beneficia cuando más me aburgueso, cuando más me atempero, según me obliga mi condición de profesor, porque para él la escritura es algo explosivo, enfebrecido o crispado, un ajuste de cuentas en el que las invectivas –dice– sustituyen a las bofetadas y a los golpes. Yo soy de natural pacífico, muy civil, y no tengo el mismo estímulo que movía a Cioran: no soy alguien que necesite escribir para no cometer un crimen, según él mismo confesaba. Escribo –insistía Cioran– para “no pasar al acto, para evitar una crisis”.
Aunque, ahora que lo pienso, algo de eso –de la crisis que se precipita– hay en lo que hago: veo, pues que comparto con este autor la convicción de que “la expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo”, nada menos. “Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión”. Si sigo a Cioran, la escritura puede ser la revancha de la criatura frente a un Dios altanero y lejano: chapucero o inexistente, añadiría el pensador francés. Una idea similar encuentro en Jorge Luis Borges, que me hace regresar a Foucault, y éste a Baudrillard. Para Borges, el mundo se debería a un demiurgo algo tosco, un Dios inescrupuloso a quien imputar su estado imperfecto, una divinidad a la que corregir con la escritura y con la lectura, con la lectura de esos creadores, ahora sí, a los que admiramos y a los que miramos desde arriba.
Durante estos días estoy leyendo La vida eterna, de Fernando Savater, una obra aparentemente dedicada a la religión, pero en el fondo destinada a examinar ese escándalo que es la muerte. Pienso en ello, en el ateísmo saludable que profesa Savater y esa circunstancia me devuelve a Cioran. O quizá no: quizá no pueda llamarse ateísmo lo que es una actitud irreligiosa en Savater, ajena totalmente a la religión. Cambio de tercio… Hace treinta años más o menos, Cioran le escribía una carta a Fernando Savater, su estudioso, su amigo, una carta en la que celebraba a uno de los grandes, a uno de sus pares: a Jorge Luis Borges, alguien a quien sólo le faltaba una década para el tránsito definitivo. Podemos leerla en Ejercicios de admiración y otros textos (Tusquets). “Creo haberle dicho en otra ocasión que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de la humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”.
Extraterritorial, vario y fragmentado, degustador de distintas culturas y sin arraigo nacional que lo limitara: un europeo americano y un americano interesado por Japón y por las literaturas más distantes. “Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura”, añadía Cioran empleando una expresión exacta: confinamiento. Hoy, cuando todos nos empeñamos en el arraigo y en el reconocimiento de una comunidad de iguales, la lectura de Borges o de Cioran (o incluso del propio Baudrillard o del mismísimo Foucault) es un antídoto contra la literalidad, contra la mediocridad altisonante que tan frecuentemente nos envuelve. “Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges”, confiesa Cioran a Fernando Savater, “le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango”. O, por nuestra parte, podríamos decir que aquello que nos atrae de Cioran, de Borges o del propio Baudrillard o del mismísimo Foucault es esa condición asilvestrada.
Los profesores no podemos permitirnos exactamente esto, la indisciplina. Debemos atenernos a los objetos concretos; debemos aportar nuestras pruebas; debemos leer con orden; debemos glosar en contexto. Hay momentos en que uno se pregunta si eso que hace como docente –cumpliendo los preceptos que están prescritos– es lo que debería transmitir a los alumnos: si no deberíamos provocar con mayor estrépito, dejando aparte el academicismo burgués que hemos heredado del Ochocientos. La editorial Tusquets reedita ahora Silogismos de la amargura, también Cioran. Regreso nuevamente al escritor apátrida para tonificarme. Leo y releo pasajes de esta obra, me embriago y me escandalizo. Cioran arremete contra la estulticia y contra la arrogancia seca… de los profesores. ¿De los profesores?
“Nunca se criticará demasiado al siglo XIX por haber favorecido a esa ralea de glosadores, esas máquinas de leer, esa malformación del espíritu que encarna el Profesor –símbolo de la decadencia de una civilización, de la degradación del gusto, de la supremacía del trabajo sobre el capricho. Ver todo desde el exterior, sistematizar lo inefable, no mirar nada de frente, hacer el inventario de los proyectos de los demás… Todo comentario a una obra es ramplón o inútil, pues todo lo que no es directo es nulo. En el pasado, los profesores se consagraban con preferencia a la teología; al menos tenía la excusa de enseñar lo absoluto, de limitarse a Dios, mientras que ahora nada escapa a su competencia asesina”.
Uf, leo lo anterior y recuerdo a Friedrich Nietzsche, otro individuo indisciplinado que me desmiente, que arremete contra la contención o la erudición de los profesores. Y recuerdo Schopenhauer como educador. Es de sus ideas explosivas de las que beben esos educadores salvajes de la filosofía, una poción que nuevamente hay que administrarse en pequeñas dosis. Lo siento he de mantener la sobriedad y la erudición seca: sigo siendo profesor…
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03.19.07
Posted in Religión, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:32 por jserna
1. Es tan confuso el estado de la política española, con esa mezcla de agitación y electoralismo, que lo discutido pronto se olvida: el asunto de controversia es inmediatamente reemplazado por un nuevo objeto con el que alancear al adversario. Según sostienen sus responsables, el Partido Popular esgrime el liberalismo como fondo doctrinal con el que oponerse a la política sectaria de los socialistas. Pero, visto de otro modo, el liberalismo puede muy bien justificar algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y, por tanto, serviría para desmentir punto por punto el discurso popular. ¿Piensan ustedes que fuerzo el sentido lógico de las cosas? Trataré de explicarme con un ejemplo conocido, un ejemplo al que debemos volver para orear la bruma que todo lo envuelve.
Es probable que ya no se acuerden pero una de las primeras manifestaciones que movilizó al Partido Popular tuvo como motivo el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales. Pues bien, recuerdo las dificultades conceptuales que tuvo que afrontar Mario Vargas Llosa cuando en un artículo de junio de 2005 enfrentaba los hechos. Eran éstos, eso sí, unos aprietos doctrinales expresados desde el liberalismo. Por un lado, desde ese liberalismo al que se adhiere, aplaudía la medida legal; por otro, desde sus inclinaciones electorales, quería seguir apoyando al Partido Popular. Repito. Por una parte aprobaba sin reservas el avance legislativo que suponía el reconocimiento del matrimonio entre homosexuales; pero, por otra, no se explicaba la actitud de la oposición parlamentaria que se había echado a la calle para mostrar su repudio.
“Es difícil, para mí, entender las razones por las que el Partido Popular ha apoyado la manifestación contra el matrimonio gay”, admitía. Para un seguidor del liberalismo como es Vargas Llosa, la ampliación de derechos no es un riesgo sino una bendición: justamente por eso, le resultaba extraña la oposición de un partido que dice ser liberal. Al PP le perdonaba este error táctico o esta incongruencia doctrinal, pues –pese a las enfáticas y apocalípticas declaraciones de sus líderes– “es verdad que su dirigente máximo no asistió” a aquella manifestación a la que acudieron tantos obispos; como también es verdad, añadía, “que tampoco estuvieron presentes sus principales líderes”. ¿Que no estuvieron presentes sus principales líderes? Aquí, Mario Vargas Llosa cometía un error de percepción muy notable, pues en la movilización habían estado presentes Acebes y Zaplana, esto es, el secretario general y el portavoz parlamentario. Si, fuera de Mariano Rajoy, esos representantes políticos no eran sus principales líderes, entonces que venga Dios y lo vea…, podríamos decir (y nunca mejor dicho). De aceptar la argumentación de Mario Vargas Llosa, entonces deberíamos admitir que o eran cargos de pega que encubrían a otros militantes que en la sombra disponían del poder real; o son figuras heredadas de la época anterior que ya estaban amortizadas; o ambas cosas a la vez.
El protagonismo creciente que ambos líderes han tenido después desmiente la aseveración de Vargas Llosa: no sólo no han perdido peso, relevancia, sino que han arrastrado a Rajoy a una política de callejeo político. Siempre, eso sí, echándole la culpa a Rodríguez Zapatero por lo bueno, por lo malo y por lo regular. Durante un tiempo, Mariano Rajoy pudo mantener una posición moderada, institucional; hoy, por el contrario, ha hecho de la calle su principal modo de expresión. ¿Por haber sido arrinconado parlamentariamente al aliarse el Gobierno con fuerzas antiespañolas o separatistas? Ese argumento vale para una vez, para cuando te engañan o te relegan, pero no vale para siempre, porque entonces lo que revela es falta de orientación.
Creo que la explicación mejor es la que ahora da Enrique de Diego: a esa posición insostenible que sólo puede expresarse confusamente le han empujado en mayor medida los portavoces más radicales de la derecha. Si el periodista Enrique de Diego, conservador y confesional, reprocha al locutor de la Cope el extremismo en el que ha hundido a ciertos sectores del PP. Por eso se escandaliza al contemplar el “machacón dogmatismo sectario” en que ha caído “una buena parte de la derecha sociológica, atormentada por los zumbones fervorines del propagandista Federico Jiménez Losantos”. Muy benevolente se muestra De Diego, porque si se han dejado confundir por éste es gracias al respaldo mediático que cree obtener con su sumisión.
Entretanto, aunque de ellos no dependa, supongo que los responsables del Partido Socialista seguirán apostando por la permanencia de Jiménez Losantos: no hay nada mejor que radicalizar al adversario para espantar a la gente de orden o a los moderados. Aunque con una prosa algo confusa, De Diego lo expresa sin tapujos: “han extendido una cortina de humo sobre los problemas reales y llevando a la derecha sociológica a la situación más absurda y ridícula de la historia de España”.
Pero regresemos al reconocimiento del matrimonio homosexual y a la oposición que provocó. Según el propio Vargas Llosa, esa misma situación absurda (y no sé si ridícula) es en la que había recaído el Partido Popular al respaldar aquella manifestación. Apoyarla “sólo puede haber contribuido a confundir y lastimar no sólo a los homosexuales que hay en sus filas sino, sobre todo, a su sector liberal, y a dar argumentos a quienes lo presentan como una formación política ultraconservadora”. Y ése es precisamente el reproche más sensato que cabría hacer a los populares: que la integración de la derecha que logró José María Aznar, lejos de haber domesticado a los sectores más ultramontanos, les ha dado cobijo hospedando a divisiones confesionales que están dispuestas a batallar a poco que los liberales, en conserva o en sazón, decaigan o pierdan el poder.
Pero Vargas Llosa, que repartía mandobles al partido con el que en principio simpatiza, no ahorraba verdugazos al socialismo. “El Gobierno que ha dado esta ley en España”, precisaba, “es socialista y hay que reconocerle todo el mérito que ello tiene”. Ahora bien,“para evitar confusiones”, conviene recordar que el reconocimiento del matrimonio gay es “una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”, añadía Vargas Llosa. “El socialismo ha sido a lo largo de toda su historia, en materia sexual, tan puritano y prejuicioso como la Iglesia católica”, insistía. “Si de él hubiera dependido, la gazmoñería y la pudibundez hubieran dictado la norma aceptable en materia de costumbres sexuales y ésta se hubiera impuesto a la sociedad por la fuerza. Por eso, en las sociedades comunistas, la discriminación y persecución del homosexual fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi”, apostillaba. La descripción de Vargas Llosa era empeñosamente errónea y sorprendía en alguien con espíritu liberal la mixtura deliberada y equívoca que hacía.
En primer lugar, asociaba, sin más, democracia a liberalismo como si los socialistas no tuvieran nada que ver con la democracia (“una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista”), como si la socialdemocracia europea no hubiera contribuido a edificar el sistema de derechos que se extiende y se generaliza a partir de los acuerdos de posguerra.
En segundo lugar, la voz socialismo la empleaba en su acepción comunista, identificándola, pues, con el bolchevismo, con el leninismo, con la III Internacional, justamente como si ambas tradiciones políticas hubieran sido idénticas. Es habitual emplear así la voz socialista cuando se trata de desprestigiar electoralmente al adversario: José María Aznar, por ejemplo, hace eso y en semejantes términos en sus dos últimos libros: no se confundan, todos los socialistas son lo mismo, son todos lo mismo y punto.
En tercer lugar, el error culpable en el que incurría Vargas Llosa se revelaba al mezclar los distintos matices de lo liberal, al usar liberal en su sentido europeo y norteamericano como si significaran lo mismo. Decía: “han sido las sociedades democráticas, impregnadas de cultura liberal, como los países escandinavos y los Estados Unidos, donde se ganaron las primeras batallas contra la discriminación de los gays”. Si hablamos de países escandinavos, entonces no podemos dejar de hablar de la tradición socialdemócrata: en Suecia, por ejemplo, ese país en el que gobierna la socialdemocracia desde hace varias décadas, las parejas homosexuales gozan de los mismos derechos que las heterosexuales en materia de trabajo, pensiones, inmigración y adopción. Y si hablamos de Estados Unidos, en donde el socialismo –como dijo Georg Simmel— no podía triunfar, entonces habrá que admitir que los avances en materia de derechos tienen mucho que ver con la revolución cultural y moral que se experimenta en los años sesenta y que empujan sus sectores “liberales”, sus sectores radicales, incluso izquierdistas.
Liberalismo y socialismo son voces confusas que pueden usarse según convenga. Como sabemos, el propio Jiménez Losantos dice profesar de liberal. ¿Y…? El examen de un Gobierno no puede depender de la etiqueta ideológica con la que se reviste o con la que le estigmatizan sus adversarios. Ha de depender de sus acciones, de sus decisiones, de sus provisiones. El reconocimiento del matrimonio homosexual fue un logro que desorientó a los auténticos liberales del PP o a sus afines, según hemos recordado con Vargas Llosa. Y, sin embargo, la movilización antiliberal, confesional, conservadora arrastró también a aquel sector templado o laico de los populares. Ésa es la clave de la política en España: toda decisión importante que el Gobierno ha ido tomando –más o menos discutible, más o menos razonable— bien pronto empezó a ser objetada en la calle y con estrépito a falta de una mayoría parlamentaria.
El Partido Popular dice sentirse fuerte ahora porque se ve respaldado en las sucesivas manifestaciones que apoya. Argumentan sus responsables que la mayor parte de esas movilizaciones no las ha convocado el partido, sino la sociedad civil, lo que sería prueba de malestar y repudio de los ciudadanos…, pronto electores. Pero esas manifestaciones no son ejemplo de fortaleza, sino de dependencia: el Partido Popular está condicionado por numerosas instancias externas que condicionan su política. Una lectura precipitada nos puede hacer creer que esos apoyos dan eco mediático al PP. Es justamente a la inversa: la Iglesia, los locutores exaltados y otros factores exteriores están patroneando al partido de la oposición. Cuando se convocó la manifestación contra el reconocimiento del matrimonio homosexual, no acudió Mariano Rajoy. Ahora ya no falta a ninguna.
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2. Scriptorium. Y ahora un obsequio por su fidelidad…, al haber llegado hasta aquí. Les enlazo al célebre texto de Félix Salvá y Sardany, fechado en 1887.
El liberalismo es pecado.
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03.16.07
Posted in Guerra, Fotografía, Comunicación at 10:07 por jserna
1. La foto
En el mes de marzo de hace cuatro años se publicaba en la prensa una fotografía que todos ustedes recordarán. A esa instantánea se le concedió unos meses después el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría de Información Gráfica. Me refiero, claro, a la fotografía tomada por Sergio Pérez Sanz sobre la reunión de las Azores en la que participaron George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar. El jurado que le otorgó el galardón subrayó el valor histórico de la instantánea, convertida en “verdadero icono de esa reunión” y “su revelación de la psicología de sus protagonistas”. No hace falta que reproduzca aquí aquella imagen, que está en la retina de todos. O tal vez sí: volvamos mirar aquella fotografía, echémosle un vistazo, ya que si fue una instantánea, si lo fue auténticamente, entonces captó el instante, la circunstancia irrepetible de aquel momento.
A diferencia de lo que sucede con la pintura, el instante que capta el objetivo fotográfico se adhiere al soporte. Roland Barthes insistió en ello en La cámara lúcida haciendo de dicha peculiaridad su condición. Un óleo, aunque represente un momento que fue real, que existió verdaderamente, ese momento congelado en la retina del pintor y que su destreza le permite reproducir sobre la tela, es resultado de una larga elaboración: a la tela se adhieren diferentes instantes que no son los que finalmente se reflejan, las largas horas de pose, por ejemplo. Es posible que también la fotografía necesite mucha preparación, pero aquello que capta es ese momento único e irrepetible que hubo en la vida real de quienes fueron retratados.
El tiempo es un instante, cierto: ese presente eterno que es el que únicamente vivimos, del que tenemos constancia; pero el tiempo dura, se extiende en una sucesión, en una yuxtaposición de momentos, de fotogramas o fotografías, por ejemplo. La pintura figurativa puede optar por una representación realista, hacer explícita la semejanza icónica, como diría Umberto Eco, y puede darnos también un fragmento de vida que jamás existió, porque no hubo nunca ese instante que es posible técnicamente en la fotografía. Por eso, los lienzos más realistas son a la postre los más elaborados, los más artificiosos, aquellos en los que mayor esfuerzo se invirtió en busca de la autenticidad, de la naturalidad. Si en conclusión es eso la pintura, tendríamos que admitir que la fotografía es el arte verdaderamente realista. ¿Lo es? Como resulta a todas luces evidente, la fotografía es también extremo artificio técnico, pero sobre todo es preparación y pose que desnaturaliza, recreación del escenario; es encuadre del mundo, un encuadre que secciona, que recorta sólo una parte de la realidad posible para incluirla en el campo visual; es, en fin, representación sofisticada, laboriosa y connotación, valor significativo y añadido simbólico, como la mano acogedora, amistosa o paternal de George W. Bush que se deposita sobre el hombro de José María Aznar.
Juan José Millás reproduce en su libro Todo son preguntas la revelación del fotógrafo. Sergio Pérez Sanz “dice que cuando comenzó la sesión fotográfica Aznar estaba colocado entre el presidente de Portugal, que era el anfitrión, y Blair, «Pero el mandatario español», añade, «realizó un fugaz desplazamiento de 180 grados y, en cuestión de segundos, se situó a la izquierda del presidente estadounidense, quien, nada más reparar en su presencia, se apresuró a colocar la mano sobre el hombro izquierdo de José María Aznar». Pérez Sanz”, prosigue Millás, “obtuvo una perspectiva distinta a la del resto de los fotógrafos congregados para la ocasión gracias a una escalera de mano con la que situó el objetivo de su máquina un metro por encima de sus colegas”.
No hace falta que seleccionemos otras fotos de aquel encuentro de las Azores para comprender esa clase y esa sucesión de artificios. Podemos volver a mirar ese retrato galardonado: una pieza que carece de valor estético en sí misma, pero a la que todos confieren una dimensión simbólica. ¿Y qué vemos, si de simbolismo se trata? Distinguimos, en este caso, un retrato de grupo, en el que destaca lo que a todos ellos mancomuna: los miembros de una peña de amigos, de tres amigos, se fotografían mostrando lo que son, haciendo ostentación de sí mismos, de su orden jerárquico y funcional, en perfecta disposición, preparados para cumplir su misión. Por supuesto, como ya sabemos, la vida de aquellos colegas no se captó de forma espontánea y la realidad ordinaria de dicho grupo no se tradujo en imágenes. Por descontado que estaba recreada expresamente, haciendo una representación artificiosa, tanto que hasta nos incomoda la representación, como cuando nos vemos en una foto antigua y recordamos la pose forzada, impostada, que adoptamos. No es el instante prodigiosamente captado de unos amigos; es, por el contrario, la esforzada puesta en escena de una circunstancia artificial.
Ahora bien, no pensemos que ese hieratismo o esa impostación o esa puesta en escena son lo exclusivamente artificial: aun cuando los hubiéramos sorprendido trabajando, con los pies encima de la mesa, por ejemplo, la mirada del fotógrafo se hubiera detenido en un instante ya visto, en un esquema perceptivo previo y reconocible, probablemente aquel que captura y reproduce el punctum (que diría Barthes), el elemento simbólico, incoherente, extraño que atrae o concentra las miradas: la mano sobre el hombro, la palmadita en la espalda.
¿Pero por qué digo todo esto? ¿Habré caído en la trampa de la propaganda? En ese caso regresaría porque el partido socialista devuelve actualidad a esta foto para así contrarrestar el efecto de De Juana. No: lo digo porque la prensa lo registra –la afín y la hostil al partido socialista– convirtiendo en noticia unas declaraciones y haciendo realidad un efecto. Pero sobre todo lo digo porque ahora se confirman con toda claridad las consecuencias de aquella guerra que se quiso rápida, expeditiva y efectiva, y de la que esta foto era un instrumento de propaganda. El Pentágono admite que el resultado de aquella contienda es ahora lo más parecido a una guerra civil, algo que muchos anunciábamos años atrás.
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2. Hemeroteca (18/03/2007)
A. Manifiesto leído en Madrid el día 17 de marzo de 2007
B. La izquierda vuelve a utilizar la guerra de Irak para arremeter contra el PP (Abc)
C. Madrid exige a Aznar que pida perdón (Levante-EMV)
D. Miles de personas exigen en Madrid que el ‘trío de las Azores’ pida perdón por la guerra de Irak (El País)
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3. Artículos de JS
A. Sobre Irak, en la prensa
Civismo sonoro (caceroladas)
Las analogías de Trillo (El euro)
Irak entre nosotros
B. Sobre Irak, en el blog
Irak en Los archivos de Justo Serna
C. Temas varios en Levante-EMV, viernes 16/03/2007
Contra el entusiasmo (Mariano Rajoy), Levante-EMV, 16 de marzo de 2007
Lujos en la Valencia burguesa, Levante-EMV, Posdata, 16 de marzo de 2007
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03.14.07
Posted in Sociología, Intelectuales, La felicidad de leer at 11:44 por jserna
Hay que reflexionar una y otra vez sobre la condición de ciertos pensadores originales, audaces: individuos que se distancian de la gente corriente gracias a una clarividencia especial, a un empeño incluso obsesivo por analizar las cosas, por arrojar luz. Son creadores en el sentido más exacto de la expresión: realizan algo diferente y, por eso, son mal comprendidos o aceptados. Pueden ser capaces de sacrificarlo todo a su lucidez analítica, cosa admirable y temible a un tiempo. Es cosa admirable porque se saben dueños de una perspicacia que no se puede derrochar en banalidades, razón por la que son ellos en primer lugar quienes se consagran con denuedo; es cosa temible, sin embargo, porque son sus familiares, las personas más cercanas, los segundos a quienes sacrifican, aquellos que inmediatamente padecen su obstinación. “Esa especie de malestar que se siente cuando se intenta imaginar la vida cotidiana de los grandes hombres…”, decía Cioran. En efecto, muy frecuentemente esa “vida cotidiana de los grandes hombres” suele ser tan adversa o incluso tan desastrosa que su conocimiento acaba siendo para nosotros tan interesante o más que la obra que aquellos producen. Leemos sus creaciones, pero leemos también las biografías que de ellos se escriben, quizá como ejemplos a evitar o como modelos a los que emular.
Reflexionaba sobre estas cosas, sobre la biografía y sobre los grandes creadores, y por chiripa llego a Karl Marx. Acabo de leer una simpática y sencilla obra que nos devuelve el interés por la vida y por los libros de este pensador. Es un texto menor pero eficaz. Es un volumen titulado La historia de El capital de Karl Marx, cuyo autor es Francis Wheen. Acaba de aparecer en castellano, ahora en febrero de 2007. Convendrán conmigo en que resulta temerario que una editorial española (Debate) se aventure publicando una obra de estas características. Todo es De Juana Chaos y sus dolencias; todo es Rajoy y sus inquisiciones; todo es Rodríguez Zapatero y sus decisiones. Que Marx pretenda rivalizar con ellos es, pues, paradójico. Estamos viviendo una época en la que lo formativo, lo básico, lo esencial acabamos descuidándolo para abandonarnos a lo efímero.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, leemos en un pasaje del Manifiesto Comunista, un pasaje que destacó especialmente Marshall Berman para titular uno de sus libros más interesantes. El mundo moderno, que era lo que Berman estudiaba, es el tiempo de lo fugaz, de lo rápidamente nuevo y perecedero, el momento de la iluminación y de la oscuridad inmediata. Los medios de comunicación que Marx no pudo conocer (él sólo pudo emplear la prensa, colaborando en ella con artículos incendiarios, sarcásticos, enciclopédicos y compendiosos) han agrandado esa sensación de lo caduco, de la sucesión y del vértigo. Me pregunto si lo perecedero es Marx y otros que, como él, no gozan de actualidad, otros que son literalmente intempestivos; o si los caducos son los protagonistas de nuestro presente que tan pronto se esfuman. La circunstancia política española es tan convulsa, tan dada a sectarismos, que, por ejemplo, me resulta inimaginable un lector interesado por la obra de Marx a pesar de no ser su acólito. ¿Alguien se imagina a un militante fervoroso de la derecha degustando por primera o por enésima vez una página del pensador alemán? ¿O alguien se imagina a un izquierdista esforzado leyendo a Isaiah Berlin?
Ayer mismo, en su columna habitual, Hermann Tertsch presentaba fogosamente a Isaiah Berlin, entre otros, haciendo uso para ello de unas pa