02.28.07
Posted in Entrevistas, Escribir, Comunicación at 9:20 por jserna
Entrevista a Justo Serna
Por María Canelles
María Canelles: He oído decir que hay que ser trapero del tiempo, es decir, aprovechar cada retal de que podemos disponer en nuestro día a día, aprovechar cada minuto. Usted es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, investigador, escritor, colaborador en el Levante EMV, actualiza casi a diario un blog personal, tiene una página web muy desarrollada… Yo diría que usted es uno de esos traperos del tiempo, ¿cómo se organiza para realizar todas estas tareas?
Justo Serna: Yo creo ser, fundamentalmente, lector. Hace treinta años contaba con todo el tiempo del mundo. Era estudiante de la Facultad y, durante el primer curso, tuvimos meses y meses de huelga. Durante esas semanas de vacación forzada, acostumbraba a perderme en los Jardines de Viveros. Me sentaba en un banco y me pasaba horas leyendo. Aquello fue un hábito, un ejercicio y una disciplina a propósito de lo que ya entonces me gustaba, de lo que quería descubrir y, en definitiva, aprender. Fue allí y en aquella circunstancia cuando me di cuenta de que me interesaban muchas cosas. No sólo la historia -que era lo que estaba estudiando- o no sólo filosofía, que era algo que, en principio, también me gustaba. Había un repertorio muy amplio de temas. Andando el tiempo -justamente hoy- cuento con menos horas para poder leer, pero creo seguir leyendo bastante y lo que escribo en el fondo es un traslado de reflexiones y de lecturas. Tengo la impresión de que he aprendido a administrarme bien el tiempo, básicamente porque hay un cierto bagaje previo, porque una lectura fertiliza a otra y porque creo que, al final, todo se compagina. Otra cosa, además, es la mezcla. Me explico. Me importa mucho –al menos, en este momento– qué contagio se produce entre una y otra lectura, qué secretos o evidentes vasos comunicantes hacen fluir la imaginación de un lado a otro. En el mundo académico estamos obligados a discernir, a no mezclar. Pero a mí me sigue tentando la indisciplina lectora y por eso me pregunto qué me lleva de una referencia a otra, qué me conduce de Karl von Clausewitz a Javier Marías. Y digo eso porque justamente en este momento que usted me entrevista estaba escribiendo algo en el que me dejaba arrastrar por parentescos insólitos y arbitrarios (sin duda): apelaciones de uno a otro, unos breves párrafos en los que partiendo del militar prusiano acabo en el escritor madrileño. En fin, lo dicho: indisciplina lectora.
MC: Usted ha sido colaborador habitual de El País entre 2000 y 2006, y ahora colabora en el Levante EMV. ¿Cómo se da el salto de historiador a colaborador en la sección de opinión?
JS: Bien, yo creo que una cosa en la que no han reflexionado suficientemente los historiadores académicos -los profesores- es la responsabilidad pública que tienen. Cuando digo esto me refiero a las investigaciones que llevan a cabo -que se publican en forma de monografías históricas-, sino a la responsabilidad pública que tienen al crear opinión o al desentenderse de ello. El pasado sigue ejerciendo sobre nosotros una influencia determinante, nuestras imágenes de épocas anteriores siguen todavía afectando a nuestro comportamiento, a lo que somos en la actualidad. De hecho, los medios de comunicación o los políticos, entre otros, desentierran una y otra vez fenómenos de décadas atrás. Entonces, el historiador tiene una responsabilidad grave, gravísima, que no es otra que la de encauzar la opinión a propósito de ese pasado y, por tanto, la evitar tópicos, estereotipos, falsedades. Desde este punto de vista, una manera bastante eficaz de intervenir en la creación de opinión, lógicamente, es a través de las tribunas, columnas de la prensa en donde, de algún modo, uno reflexiona públicamente y en voz alta sobre aspectos de la actualidad pero vistos desde una óptica histórica, desde un enfoque de historiador. De ese modo, se ponen en relación épocas distintas: intentamos ver los parentescos de significado que hay entre los hechos de pasado y los hechos actuales.
MC: ¿Cómo puede uno saber, pues, si se tiene algo que transmitir y decidir (o no) si colaborar en un periódico?
JS: Creo que la actualidad nos da suficientes motivos de preocupación y de reflexión. Sería extraña la semana en que no tuviéramos de qué escribir, en que no tuviéramos de qué hablar. Cualquier semana, cualquier día, en cualquier momento, la actualidad -a través de las cosas más espectaculares y también a partir de los elementos menores, cotidianos - te proporciona motivos de reflexión y, por tanto, elementos de análisis: precisamente para ser más conscientes de tu papel y de tu posición en el mundo, de tu circunstancia como ciudadano. También para hacer más explícita tu manera de conducirte sensata y adecuadamente en un contexto en donde hay mucho estruendo, mucho estrépito, mucho ruido y, por tanto, donde hay que orientarse. Ponerse a escribir es una manera de orientarse y, por tanto, de estructurar lo que puede ser una idea que está flotando. En el momento en que tú la escribes, la idea ya no flota. Se ha expresado y, por tanto, es a lo que llegas y es hasta donde alcanzas. Desde ese punto de vista, considero que las columnas -que suelen ser textos breves- te obligan a sintetizar, a concretar y, por tanto, a abordar un objeto bien determinado: te disciplinan sin dejarte llevar por la tentación de la idea inexpresada.
MC: ¿En qué se basa, entonces, para elegir el tema del que hablar?
JS: Me baso en la sugestión que me produce un determinado tema o problema, me baso en la preocupación que me provoca un determinado hecho o acontecimiento, o me baso en la emoción que me despierta cualquier fenómeno en el que me sienta implicado.
MC: En estos momentos, usted es colaborador habitual del Levante EMV. ¿Se siente a gusto en este periódico?
JS: Me siento muy a gusto, me tratan fenomenalmente bien.
MC: ¿Puede expresar con relativa libertad lo que desea decir o se ha encontrado con alguna ‘barrera’, censurándole el periódico determinados temas?
JS: No, no me han censurado y, no es que me pueda expresar con relativa libertad, sino que me expreso con total libertad. Es decir, no hay ningún tipo de cortapisa, al menos que yo haya percibido. No hay ningún tipo de censura, al menos que yo haya visto. Y el único límite que pueda haber es, en todo caso, la capacidad que tenga uno para tratar adecuadamente los temas o la capacidad que tenga uno de saber expresarse. Porque, más allá de la prensa o de los periódicos, en ocasiones, los que escribimos en medios públicos nos censuramos a nosotros mismos, pero no porque el medio te lo imponga, sino porque crees que debes ser y expresar la cosas de determinada manera. Entonces, puede que haya censura, más bien puede que haya autocensura. No por el medio, sino por el tema que te obliga a ser contenido o por tus propias carencias.
MC: He observado que usted tiene un estilo muy particular, muy formal, con mucho léxico y estructuras complicadas en algunas ocasiones. ¿Dicho estilo se ha ido desarrollando con el paso del tiempo o lo ha creado usted con el propósito de conseguir un determinado perfil como colaborador? Es decir, ¿usted elige su estilo o su estilo le elige a usted?
JS: Creo que el mío es un estilo personal en el sentido de que siempre procuro que haya unas gotas de erudición, un motivo de actualidad, una reflexión literaria, un análisis filosófico o moral -en la medida de mis posibilidades- del hecho que estemos tratando y, también que, en la medida de lo posible, todo eso que se cuenta esté hecho de la mejor manera, de la manera más cuidada. Con ello creo expresar respeto por el lector. Por tanto, el respeto por el lector no pasa por utilizar un lenguaje llano, vulgar o, simplemente, accesible, sino por tratar las cosas con el lenguaje que consideres mejor, el más adecuado al problema que estés abordando. En particular, creo que mi estilo se ha ido creando a lo largo del tiempo, a partir de leer a mis columnistas preferidos, a mis periodistas preferidos, a mis escritores preferidos. Probablemente yo sea un híbrido de todo eso: no siempre mejor, claro.
MC: Alguna vez he leído comentarios de gente criticando su estilo, se ve que complicado para muchos. ¿Qué opina usted de esto?
JS: Es cierto que me han dicho que tengo un estilo plúmbeo, que escribo ladrillos… A otras personas, por el contrario, les gusta lo que escribo y cómo lo escribo. Si se me critica por mis formas -que generalmente suelen ser correctas, en el sentido del tratamiento cuidadoso de las personas y de los hechos- porque éstas producen ladrillos; si es ése el problema, no me importa.
MC: ¿Se ha planteado alguna vez emplear un lenguaje más estándar a raíz de estas críticas?
JS: No, en absoluto. No voy a cambiar mi forma de escribir porque, de hecho, es la única con la que sé expresarme.
MC: He seguido alguna de sus participaciones en bitácoras de compañeros de profesión y he advertido que -supongo que como todo escritor- ha tenido algunos conflictos o disparidad de opiniones con ellos. Esto ha llevado en algunas ocasiones a que usted tuviera que soportar comentarios de muy mal gusto, ya sea por parte de los que discrepaban de su opinión o por parte de internautas aburridos. ¿Cómo soporta estos comentarios hostiles?
JS: En Internet se está dando un fenómeno muy interesante y que, a la vez, entraña una serie de efectos perversos. El fenómeno interesante es el de la democratización de la opinión, es decir, el acceso masivo, universal, de los que antes eran -o éramos- lectores, a la condición de escritores. Cualquiera puede colgar un texto en Internet, cualquiera puede, de alguna manera, expresar un juicio o una reflexión atinada -o no- sobre ciertos hechos, igual que cualquiera puede opinar afinada o desafinadamente sobre lo que otros escriben. Yo he participado, en efecto, en ciertos foros o blogs de Internet, frecuentemente por amistad, por la relación que haya podido tener con el responsable del blog. Durante un año participé muy activamente en el blog de Arcadi Espada, en parte porque él me había invitado a participar, dado que le interesaban mis comentarios a sus propios comentarios. Justamente, en ese blog es donde, probablemente, he recibido las críticas más desaforadas en la forma y en el fondo, por los objetos que trataba y por las apostillas que yo podía hacer. Son críticas que, generalmente, vienen de personas que no firman con nombre y apellidos. Y éste es el posible elemento perverso que se está dando en Internet. El anonimato está bien siempre y cuando no implique agresión o censura al otro, por la razón de que el alias puede proteger la identidad de uno permitiendo expresarse con mayor libertad. Lo que no está nada bien es utilizarlo para agredir e infligir daño verbal a quien se expresa con nombre y apellidos. Creo que es un problema con el que hay que cargar, un lastre que debemos acarrear y no por eso voy a dejar de escribir en Internet.
MC: ¿Esto le afecta a usted personalmente? Es decir, ¿ha recibido en alguna ocasión un comentario que le haya dolido, llegando más allá del ámbito profesional?
JS: Si dijera que me ha afectado, mentiría. Es decir, se han podido decir auténticas barbaridades de mi persona (desde luego, ése no debería ser parte del protocolo o del procedimiento en Internet, pero lo es). De todas formas, si me hubiera afectado, probablemente habría dejado de escribir en Internet. Creo que la crítica, la polémica -incluso la polémica en tonos graves y altisonantes-, el debate intelectual… son elementos necesarios. O lo diré de otro modo: las opiniones no son respetables por el hecho de ser opiniones. Alguien puede expresar un juicio sobre unos hechos y puede que ese juicio sea algo absolutamente detestable que debe ser combatido. Lo que sí hay que mantener siempre es la corrección con las personas. Éstas sí son respetables: no necesariamente las opiniones. Por tanto, que una opinión mía -por ejemplo- sea objeto de crítica y censura dura, durísima, no me parece mal. Otra cosa diferente podría parecerme si arremeten contra mi persona o utilizan en la discusión solamente argumentos ad hominem. Es decir, contra el individuo sin entrar en el fondo del asunto.
MC: ¿Ha cambiado en alguna ocasión su forma de pensar a raíz de uno de estos comentarios?
JS: La verdad es que sí. Por lo menos, me ha hecho pensar más matizadamente, me ha hecho reflexionar de una manera más moderada y… a lo mejor más plúmbea (se ríe). Es decir, si en ocasiones he querido ser audaz diciendo algo, y alguien ha criticado el objeto que estaba abordando porque le parecía que yo lo planteaba mal, creo que me he vuelto mucho más moderado y mucho más reflexivo.
MC: En alguna ocasión incluso se lo ha tomado con humor, ¿no es así?
JS: En efecto. Otro aspecto muy deplorable que hay en Internet, a parte de lo que antes señalaba, es la gravísima irritación con la que parecen vivir muchas personas, el empeño y el agravio con el que tantos parecen expresarse como si todo estuviera a punto de acabar. La verdad es que, salvo unas pocas cosas realmente importantes, las restantes hay que tomarlas con humor, con menor énfasis, con menor gravedad.
MC: Usted ha realizado varias publicaciones junto a Anaclet Pons, ¿cómo se encontró con este “compañero de viaje” o… cómo se toma la decisión de emprender un trabajo de publicaciones junto a otra persona?
JS: La investigación histórica es, generalmente, una tarea que produce unos rendimientos personales muy elevados, desde el punto de vista narcisista. Es decir, uno descubre cosas y se encuentra en el momento del descubrimiento sintiéndose como el primer lector o, al revés, como el último e insospechado lector de un documento antiguo. Esto es extraordinariamente placentero pero, a la vez, la investigación tiene momentos de soledad, momentos en el archivo donde no puedes compartir con nadie lo que estás descubriendo. Justamente, Anaclet Pons y yo evitamos esos tiempos muertos, ese tedio del investigador. Por tener una amistad personal fértil y antigua -y también como colegas- que nos ha producido unos buenos resultados -creo-, no sólo por lo que hayamos publicado, sino también por la estricta relación que entre nosotros se establece, por el esfuerzo personal que ponemos a la hora de interpretar, por la comunicación y el diálogo que establecemos a propósito de lo que vamos descubriendo. Todo esto es posible, básicamente, porque somos amigos desde hace mucho tiempo, nos conocemos desde que éramos niños. Por tanto, se han establecido entre nosotros una serie de sobreentendidos, de acuerdos, de rutinas que facilitan la comunicación y que te permiten disfrutar de las mismas cosas a pesar de tener caracteres muy diversos.
MC: No hace ni un mes que usted y Anaclet Pons publicaron el volumen Diario de un burgués, la primera entrega de la colección “Los libros de la memoria”. En él se describe el nacimiento de la cultura del viaje en el siglo XIX valenciano a través de la visión de un viajero empedernido que realizaba un dietario cada vez que emprendía un desplazamiento que le llevaba fuera de Valencia. ¿Cómo dieron con dicho manuscrito?
JS: Dimos con el manuscrito a través de una referencia secundaria. Alguien lo citaba en algún texto pero sin extraerle todo el provecho. Es decir, era una nota a pie de página donde se aludía a un diario de un viajero junto a la referencia concreta del archivo. Fuimos a consultarlo -por pura curiosidad- y descubrimos lo que sin exagerar podemos llamar un “tesoro documental”, un gran depósito de informaciones de esa Europa del siglo XIX vista a través de la mirada y el enfoque de un burgués. Alguien distinguido, con dinero suficiente como para poder costearse todo tipo de desplazamientos y alguien que, cuando miraba y observaba el mundo, lo hacía como tantos y tantos otros burgueses de su tiempo. En principio, el protagonista no tiene nada de excepcional a la hora de expresarse, a la hora de mirar. Ve y escribe o transcribe el mundo como lo harían otros burgueses y eso es lo que le da encanto particular al texto, interés. Por supuesto, nosotros hemos intentado no sólo transcribir sus ideas, sus reflexiones y sus percepciones, sino también hemos tratado de reconstruir su propio mundo: a qué familia pertenecía, qué relaciones tenía, con quién se casó, cómo fue su descendencia, cómo administró su riqueza, su poder económico, cómo afrontó su quiebra… Todo ese rastreo documental lo hemos tenido que llevar a cabo más allá del manuscrito.
MC: ¿Se enfrentaron con alguna dificultad a la hora de recopilar la información?
JS: No, ninguna dificultad. El documento está en el Archivo Municipal de Valencia y, justamente, ese depósito tiene documentos valiosísimos de varios siglos atrás que están abiertos y son accesibles a los investigadores. Por parte de los facultativos del archivo sólo encontramos facilidades.
MC: Hasta ahora sólo he podido encontrar elogios hacia Diario de un burgués pero ¿han recibido algún tipo de crítica o rechazo hacia esa visión del burgués refinado que sólo observa lo que entiende, lo que comparte y admira, ignorando por completo aquello que le incomoda o que no desea enfrentar?
JS: Los primeros lectores que ha tenido el libro han sido muy generosos con nosotros y han calificado el texto como “magnífico”, “fantástico”, “excelente”… (y no estoy inventando las palabras). En fin, expresiones que son cariñosas y, probablemente, ejemplos de amistad, de relación y de deseo de apoyar o promocionar el libro. Ahora bien, ¿puede venir la crítica de aquello que el volumen no puede proporcionar? Es decir, lo que el viajero no registraba ni anotaba y que, por tanto, no podemos obligarle a decir. Creo que por ahí no va a venir la crítica porque, básicamente, nosotros lo anticipamos y señalamos en el propio libro. Esto es, de alguna manera, una crítica que nosotros le hacemos a él. Sabemos que no va a decirnos lo que no quiere expresar, lo que él, por contención, reserva o prudencia no quiere escribir y, por tanto, de lo privado o de lo estrictamente íntimo habla poquísimo. Los escasos elementos de intimidad que hemos podido incorporar en el libro son fruto de nuestra investigación en otros archivos y con otros documentos, no a partir de su manuscrito. Lo que él no dice de lo que estaba pasando en París o en Londres cuando él frecuentaba esas ciudades lo hemos podido restituir o reconstruir, en parte, con lo que sabemos a partir de otros documentos y otras lecturas. Por tanto, no creo que por ahí nos vengan las críticas al libro. En todo caso, toda crítica es bienvenida.
MC: Para finalizar, ¿hay algo que usted crea que he debido preguntarle y no lo he hecho?
JS: Yo le agradezco profundamente que me haga esta entrevista y agradezco que me plantee las cuestiones que me ha planteado. Únicamente, quería subrayar un aspecto que señalaba al principio y que considero fundamental. El de los géneros de opinión. Digamos que los géneros de opinión, la opinión en sí, está teniendo cada vez mayor crítica en los medios de comunicación porque se supone que hay un exceso de juicio, de interpretación y porque se supone que lo que realmente necesitamos es información. Pues bien, creo que es precisamente lo contrario. Nos sobran noticias, datos, informaciones, es decir, el elemento bruto de la comunicación. Por el contrario, lo que necesitamos cada vez más son criterios con los que orientarnos. Cuando leo a un articulista que ha sabido dar con el aspecto central de un tema, plantearlo en pocos folios y proporcionárselo al lector de la mejor manera posible lo agradezco muchísimo porque me sirve para reflexionar y para encontrar mis propios criterios como lector. Por tanto, creo que los historiadores y profesores deberíamos abandonar de vez en cuando las aulas para intervenir más en los debates públicos. Si no es así, puede haber “mercaderes” -por llamarlos de alguna manera- malintencionados que se ocupen de la opinión o del pasado o de la actualidad y que lo que hagan con el fin de intoxicar, de producir estrépito y, por tanto, de dificultar la comunicación. Desde luego, ser profesor no garantiza nada: pero, cuando estás acostumbrado a dirigirte a los estudiantes, la cautela es un requisito previo, una saludable contención. No hay nada peor que un profesor estridente, adocenado o gritón.
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02.26.07
Posted in Comunicación, Historia at 11:21 por jserna
Los historiadores que quieren permanecer despiertos no se ciñen a un único plan de lectura. Por el contrario, si desean profesar el especialismo, entonces sólo atenderán a lo que, de entrada, les interesa para sus investigaciones. Uno tras otro irán cayendo los volúmenes de una larga lista de obras que tratan el mismo tema, ese justamente del que se ocupan con obstinación, con dedicación. ¿Es eso malo? Leer la bibliografía básica de nuestras investigaciones no es una virtud, es una obligación: no puedes irrumpir en un tema ignorando –culpable e inocentemente a la vez– lo que otros ya escribieron, aquellos historiadores que te precedieron.
Pero entre mis colegas también debería ser común otra forma de lectura: la del investigador que halla luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos, que espera encontrar lecciones provechosas al sumar obras ajenas, que desea fertilizarse con volúmenes diferentes, incluso contradictorios. En ese caso, dicho historiador aspira a leerlo todo, lo bueno y lo malo, lo pasado, pero también lo que ahora mismo se está escribiendo como síntoma de la época. Por eso, por convenir en esta tarea indisciplinada e intuitiva, comparto lo que Carlo Ginzburg nos respondiera en la entrevista que Anaclet Pons y yo mismo le hicimos hace un tiempo: tal como él lo entiende, el oficio de historiador complace el apetito de saber “porque me permite moverme en muchas direcciones. Hay historiadores que conciben su disciplina como si ésta fuera una fortaleza en la que refugiarse; hay otros que la consideran (o al menos la consideraban) como si de un imperio se tratara, como un impero cuyo confines fuera necesario extender. Para mí, por el contrario, es un puerto de mar, un lugar del que se parte y al que se regresa, un lugar que permite encontrar gentes, objetos y variadas formas de saber”.
La mezcla, la hibridación, el encuentro fortuito: la metáfora del puerto le permite a Ginzburg subrayar lo que de aleatorio e insospechado tiene la pesquisa histórica. Tutto c’entra con tutto y la erudición –incluso banal—permite acopiar múltiples referencias para percibir los ecos y las interpelaciones entre obras distantes. Leer así es hacerse una competencia errabunda, justamente como erráticos son el mundo y la vida: un continuo y desordenado vaivén que nos lleva de Alcobendas a Madrid, de lo alto a lo bajo, de lo mejor a lo peor, de lo propio a lo ajeno.
En los últimos días he tenido la oportunidad de leer dos libros que nada tienen que ver entre sí, o tal vez sí: la común profesión de sus autores y el género que dicen adoptar: la crónica periodística. Los periodistas cultivan distintos géneros y la escritura que en ellos distingo sirve para el retrato o para la inspección, para la radiografía o para el vilipendio. Leo El desafío de Alcobendas, una crónica que debemos a Miguel Veyrat. El periodista firma el libro, pero el volumen recoge no sólo sus palabras sino también las voces de otros, de quienes algo pintan o algo cuentan en esa localidad madrileña. Los individuos hablan, hablan entre sí, se cuentan hechos, recuerdos de otros tiempos o los sueños que los guían y motivan; pero se cuentan también el significado que hoy tienen las cosas, cómo dar sentido a tantas circunstancias que han cambiado y que forman parte de discurrir cotidiano de cada uno.
Miras un lugar, pasa el tiempo y ya no lo reconoces. No es sólo el urbanismo voraz el que cambia el paisaje, esa destrucción modernista del vestigio anacrónico: es también la respuesta propiamente humana al reto del espacio, es la adaptación de los vecinos… De repente llega un observador, alguien ajeno, pertrechado con recursos conceptuales, un tipo leído y bien informado: mira, examina, escruta, pero sobre todo escucha. Toma nota, registra y se pregunta por la institución que a todos acoge, por las convenciones que la mayoría de ellos siguen más allá de sus discrepancias. Es Miguel Veyrat, un tipo inquisitivo, alguien que tiene algo de extraño y algo de monstruoso incluso. A pesar de compartir vecindad, es ajeno: sus convecinos lo sospechan connaisseur. Tiene un pasado que los nativos ignoran pero del que saben su profundidad y azar, y de ese pretérito muy, muy imperfecto, lleno de averías, extrae sus herramientas y sus sugerencias. Quiere mirar esa tribu o aldea o pueblo o ciudad… Convierte a todos ellos en compatriotas sobrevenidos, pero sobre todo hace de su localidad una población significativa, relevante. Practica una suerte de historia oral: recoge testimonios que han de retratar una población cambiante. Y el autor lo logra: consigue interesarme en un objeto –Alcobendas— para el que en principio no tenía ningún interés: consigue conmoverme incluso con la voz torrencial de alguno de sus habitantes. Es la suya una auténtica historia local.
Entre mis colegas, esta etiqueta no goza de gran prestigio: se supone que es el cultivo narcisista de lo propio. Y, sin embargo, la historia local –que no localista— es una inspección difícil: ha de dar sentido a acciones cercanas de las que presuntamente lo sabemos todo o casi todo. Eso es un espejismo, claro: no hay nada más hermético que la intimidad del vecino, que la reserva con que protege sus actos y sus razones. Cuando entrevistamos a alguien, cuando dejamos hablar (como así hace Veyrat con liberalidad y profesionalidad), entonces se dicen cosas y se callan otras: se rehace el sentido de lo pasado y se da congruencia a lo que, en principio, no tenía coherencia. ¿Dicen, decimos, la verdad? El buen cronista es aquel que consigue arrancar testimonios justamente contradictorios para que, de ese modo, el azar de las palabras nos dé pistas reveladoras. Eso es la historia oral, el rastreo de evidencias que no casan entre sí y que transmiten información entrecortada sobre el mundo y sobre la realidad más próxima: la de una población, por ejemplo, que creció sin dejarse atrapar por el monstruo de la especulación inmobiliaria. Veyrat actúa como un buen antropólogo: acude a su ciudad y la piensa como una tribu alejada, muy distante. Se instala allí durante un tiempo. Hace observación participante: mirando (precisamente), anotando, registrando, hablando con sus informantes para después componer su trabajo de campo, un libro al que se le ve la profesionalidad y el cariño, un volumen con una temperatura emocional equilibrada.
Acabo de leer el breviario de Alcobendas y me sumerjo en unas páginas que son su negativo exacto a pesar de rotularse también como crónica. Me refiero a otro libro de periodista, un volumen cuyo autor tiene una licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea. Dada esa cercanía académica, ¿he de sentirme reconocido en sus páginas? No puedo tomar dicha obra como el trabajo de un periodista, a pesar de los títulos que lo acreditan o a despecho de su profesión actual. Es un libro que niega la realidad, que la oculta, que la vela. Aparentemente aborda un objeto actual, pero la inquina y, sobre todo, la ceguera con que se expresa impide cualquier atisbo de lucidez. Me refiero a Zapatero: el efecto Pinocho, de Ignacio Villa. El autor es hoy director de los Servicios Informativos de la Cadena Cope y, por tanto, aunque sólo fuera por eso, deberíamos considerar este libro como un ejemplar interesante del momento actual. Y vaya si lo es. No recuerdo haber leído en tiempo obra más avinagrada de escritor más huraño. Desmiente punto por punto el manual del buen periodista. Sólo como libro cómico podemos leerlo, como síntoma de la España de hoy. Mientras Miguel Veyrat se ciñe a sus testimonios, aquí, en este volumen, el autor impone su yo sobre una realidad que sólo filtra con especial animadversión. Veyrat deja hablar a los vecinos de este y de aquel partido, al cura, al notario, al artista, etcétera, obteniendo de ello un puzzle en el que las piezas no necesariamente encajan. En cambio, Villa se propone radiografiar él sólo una legislatura, operación para la que le faltan testimonios y contrastes.
El retrato del Madrid político es convulso –como él lo llama una y otra vez–, pero dicha instantánea está desenfocada y sólo nos muestra el perfil vago y monstruoso de un personaje al que se le imputan una serie de catastróficas desdichas. Hay, sí, algo de cuento infantil, de rabieta del niño que ve cómo la realidad se le aleja sin captar su sentido. En Veyrat, lo cercano, lo ocurrido, se trata con respeto analítico sin que el yo del autor emborrone el objeto; en Villa, por el contrario, lo sucedido se convierte en especulación fantasiosa, en conjetura conspirativa. Admiro a los periodistas cuando describen y cuando opinan, cuando informan y cuando dan sentido. Pero, ah amigos, qué triste puede ser el periodismo cuando el añoso género de la crónica se convierte en un panfleto triste y fracasado. Villa carece de la formación de Jiménez Losantos y de su guasa diabólica: es literal en su inquina. Se repite (el adjetivo convulso, hasta la saciedad), tratando de hacer pasar como descripciones de hechos lo que son meras opiniones. Es tal el rencor que le guarda a Rodríguez Zapatero –a quien le atribuye todo lo perverso que hoy sucede por aquí– que agiganta al personaje hasta convertirlo en un titán retorcido. Por tanto, la crónica deviene ficción y Rodríguez Zapatero se convierte en un personaje del mal equiparable al villano de Harry Potter: aquel Voldemort envidioso, suspicaz y risible.
Lean a Veyrat como un cronista que hace historia, como un reportero que se toma en serio lo que trata; y lean a Villa como un licenciado en Historia que escribe crónicas terroríficas, humoradas penosas e involuntarias. No confundan los géneros y, sobre todo, no confundan a los periodistas.
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02.23.07
Posted in Escribir, La felicidad de leer at 14:02 por jserna
1. Uno puede estar mirando algo, puede echar un vistazo a lo que le rodea sin atisbar gran cosa. Es una experiencia por la que todos hemos pasado. Estás ensimismado, como aturdido, tienes los ojos abiertos o entreabiertos sin distinguir gran cosa. Sólo perfiles borrosos, como le ocurría a aquel personaje de Woody Allen (“Mamá, mamá: papá está desenfocado…”). Te abandonas a un duermevela, en estado de vigilia pero con las alertas bajas, con los sentidos torpes y o casi cerrados, y aunque ves –al menos, objetivamente es así–, no obtienes información relevante. Estar semiatento no te proporciona significado o noticia en los que reparar: simplemente te abandonas a un dolce far niente… Hay otros momentos, en que tu percepción visual es atenta; te empeñas, incluso, en ver bien, en sacar provecho de lo que tienes enfrente, algún dato que te permita entender qué pasa. Pero, ah amigo, te faltan recursos, careces de vocabulario con el que designar lo que realmente estás captando y, por tanto, eso que percibes queda en suspenso porque no hay rótulo que lo nombre, porque no hay palabra con que comunicarlo.
Hace muchos años, cuando yo sólo era un joven que leía para ver, para poder ver, recuerdo haber aprendido un dictamen inapelable que después repetiré. Lo encontré en un libro de Eugenio Trías, en uno de sus primeros volúmenes. Teoría de las ideologías (1970) se titulaba. Trías aún era uno de los jóvenes filósofos españoles que estaba cambiando el panorama del pensamiento en nuestro país. Todavía no había experimentado su gran cambio doctrinal, es decir, no había llegado a la filosofía del límite y, por tanto, su cercanía a Nietzsche no era tan palpable como llegaría a serlo después. Teoría de las ideologías era un libro inevitablemente deudor de su tiempo: no he vuelto a releerlo, pero de él recuerdo su empeñoso althusserianismo. Estoy hablando de la segunda mitad de los sesenta, del cierre de aquella década: entonces, Louis Althusser era el filósofo de moda cuyo magisterio llegaba de París y su prosa abstrusa, enérgica y a veces inextricable contagiaba a los lectores hispanos. Era el suyo un marxismo de pretensiones científicas y, desde luego, la epistemología –es decir, la teoría del conocimiento que había detrás de Marx— era su principal preocupación. De Althusser, Eugenio Trías repitió ese dictamen inapelable que tanto me conmocionó siendo joven: ver no es conocer.
No nos importa ahora qué fue el althusserianismo (sobre ello volveremos otro día); lo que nos importa es esa lección aparentemente trivial, pero significativa: el conocimiento no es la mera observación. Esta enseñanza no era un logro de Althusser, tampoco de Trías, pero al leerla yo me tropecé por primera vez con lo que entonces se llamaba la filosofía de la sospecha, una filosofía de la sospecha de la que no sólo Marx habría sido representante, sino también Freud, por ejemplo. Sin embargo, mis carencias de entonces (que sólo he cubierto en parte) me hicieron suponer en principio que dicha aseveración era exclusivamente marxista, ignorando –claro— el papel que en el Ochocientos había tenido el positivismo, desconociendo el peso que el positivismo daba a la observación sistemática, al empeño constante de agotar la contemplación de lo real mirando una y otra vez, con orden y con conexión. Pero no es del positivismo de lo que quiero hablar. Tampoco de Marx expresamente. De lo que quiero tratar es dicha aseveración. Digo esto y me acuerdo de Robinson Crusoe, no sé por qué. Aunque sí, sí lo sé: era el propio Marx quien había tomado muy en serio el mito y la metáfora de Robinson para criticar esa imagen auroral de la vida humana y del conocimiento, aquella según la cual la simple visión de las cosas aclara su significado.
Como saben, nuestro personaje era un náufrago que milagrosamente sobrevivía después de un tempestad furiosa en alta mar. Con casi treinta años llega solo a la isla, exhausto, sin nada de que valerse o, mejor, sí: con los pecios del barco, con los restos que el mar no ha devorado. Comienza para él una etapa durísima, una vida en la que debe rehacer la existencia y la sociedad, aunque sobre todo empieza para él un momento en que debe aprender a mirar. Ve, distingue cosas, pero eso que ve, la mayor parte de lo que percibe, no lo conoce. Ver no es conocer: simplemente porque esos enseres o esas plantas o animales salvajes no formaban parte de su entorno. Ha de iniciar, por tanto, un proceso de reapropiación del mundo que, en su caso, es el pequeño espacio de la isla en la que ha de establecer su cobijo. No basta con echar vistazos a la realidad para después sacar conclusiones; no basta con otear ese entorno para familiarizarse con él. “Era inútil sentarse a esperar lo imposible”, leo en la traducción de Julio Cortázar. Por eso, “la dificultad aguzó mi ingenio”. En efecto, “mi inmediata tarea era la de reconocer el lugar en busca de un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis efectos con toda seguridad. Ignoraba por completo dónde me encontraba. ¿Era el continente o una isla, estaba o no habitado, habría bestias salvajes en los alrededores?”, admite.
Poco a poco se irá adaptando, pero sobre todo irá mirando mejor, con cuidado, examinando lo que le rodea y reconociendo –ahora sí— los parajes hasta los que aventurarse sin peligro. Poco a poco, en fin, irá fabricando: no sólo se valdrá de esos pecios que prodigiosamente ha rescatado, sino que sacará de sí cualidades fabriles que ignoraba. “Nunca había manejado una herramienta en mi vida, pero con tiempo, aplicación y perseverancia descubrí que si hubiera tenido los elementos necesarios habría podido fabricar cuanto me faltaba”, dice. En Robinson vemos al homo faber en esbozo, en estado puro, en estado de naturaleza, diríamos: alguien acabará convertido en tal, en un homo faber neurótico –añadiríamos hoy–, alguien para quien trabajar es un narcótico, una forma de huida. Ya lo sabemos: trabajará incansablemente, con el empeño obsesivo de quien tiene miedo, auténtico pánico ante la simple amenaza de la adversidad y la escasez. Elabora, fabrica, produce un excedente con el que no trafica (¿con quién podría hacerlo?), sino que lo almacena como hormiga previsora. Utensilios e instrumentos que hacen de su entorno un espacio hospitalario. Trabajar es una manera de no pensar demasiado, es un modo de no torturarse: como lo es leer la Biblia o… charlar con Dios en los peores instantes, justo cuando la naturaleza amenaza… “En ningún momento”, añade, “tuve el menor pensamiento religioso, salvo la común imploración: ‘¡Apiádate de mí, Señor!’, y cuando cesó el terremoto también dejé de pronunciarla”. En efecto, bien pronto, siente otra necesidad bien humana: la de dotarse de un interlocutor. Si recuerdan, el monstruo de Frankenstein le exige a Victor, a su creador, una compañera. Por su parte, Robinson comienza a dialogar consigo mismo y con esa Providencia que parece haberlo abandonado. Empieza a llevar un diario personal (algo tan burgués, tan individualista) y a sentirse amo, creador del mundo y del lenguaje. “Podía considerarme dueño y señor de esas tierras, con derechos incontestables, incluso el de legarlas si me parecía bien, al igual que cualquier lord de Inglaterra”, añade. Porque es eso: un propietario que se hace humano y social en el acto mismo de posesionarse de aquellos parajes, de identificarlos y de nombrarlos.
Digo todo esto y experimento una ambivalencia inevitable. Percibo el sentimiento burgués del que somos copartícipes y veo esa tarea de ver y de poner nombre a las cosas que distingues… Recuerdo el primer libro de Antonio Muñoz Molina (El Robinson urbano) y comprendo qué parejas son las experiencias: las primeras colaboraciones periodísticas de este escritor en un diario de Granada tuvieron con hilo conductor la referencia a la novela de Defoe (y a su prolongación en Verne). Un Robinson urbano se adentra en la ciudad, en las ciudades, y trata de explicarse qué ve para así hacerse un entorno acogedor. Hoy, veinticinco años después, doy rotulo por primera vez a mi colaboración semanal de Levante, una colaboración de la que pronto se cumplirán doce meses. La titulo “Lente de contacto”, la etiqueta que identificará mi artículo. Es, por supuesto, una referencia al acto de ver, de ver con dificultad y con prótesis, de leer para conocer, de examinar lo que tienes enfrente sin ser terminante; es una alusión a eso, al contacto. De lo que se trata es de acercar la mirada… La lentilla se pega al ojo y agranda o agiganta lo observado, pero por mucho que me lo proponga tengo dificultades de visión, pues falta, nos falta, el significado: comprender qué nombre y qué sentido hay que darle a las cosas. En eso estoy: tanteando a ciegas, a pesar de la lente (o precisamente por ella). Como Robinson, esa figura tan repetida y tan corriente que se propuso ver sin anteojos…
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2. Artículo de JS en Levante-EMV: La sociedad decente
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02.21.07
Posted in Totalitarismo, Intelectuales, Historia at 9:21 por jserna

1. No es fácil ser intempestivo: ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso de la corriente. Quien así obra se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos. Hay en él algo que le enajena, que le incomoda y, por eso, se resiste a ser arrastrado, a ser identificado como uno más. Trataba estos días en mis clases qué hay de común y que hay de diferente en cuatro pensadores de la modernidad, autores que supieron distanciarse de su contexto para ver diferente, de otro modo, justamente en un período a cuyas convulsiones ellos contribuyeron (1848-1839). Me refiero a Charles Darwin, a Karl Marx, a Friedrich Nietzsche y a Sigmund Freud, cuatro grandes creadores cuyas vidas no fueron exactamente cómodas ni apacibles. En algún caso, su oposición a la sociedad les llevó al límite, al delirio incluso…
Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad o todo el bienestar que ambicionamos. Somos la mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto lo hacemos, decimos que obramos con sentido común. Actuar así es respetar las evidencias de tu tiempo, gracias a la socialización en la que has madurado. El sentido común es eso precisamente: un repertorio de evidencias que no se cuestionan porque han funcionado. Uno no se levanta cada mañana intentando desmentir lo aprendido o lo heredado. Lo normal, lo frecuente, es aceptar esos códigos que han probado su eficacia pragmática. ¿Para qué mostrar una rebeldía individual que sólo lleva a la incomodidad, al malestar personal? Mejor adaptarse, incluso poniéndose una venda en los ojos para no distinguir lo arbitrario o lo discutible. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud cultivaron distintos saberes, fueron competentes en diferentes disciplinas, desde la biología hasta la filología, desde la neurología hasta la filosofía. Pero esos conocimientos en los que fueron educados no les bastaron y así rebasaron los límites académicos (si es que en el Ochocientos estaban marcados o los había).
Pensaron de otro modo al ser humano, pero sobre todo arriesgaron teorías más o menos fundamentadas o documentadas. Eran tesis que se expresaban, además, con un nuevo lenguaje. Es decir, no sólo repensaban lo obvio, sino que, además, proponían nuevos objetos, temas inauditos que invalidaban explicaciones comúnmente aceptadas. La peligrosa idea de Darwin, por ejemplo, ponía en suspenso el relato bíblico, el sentido del Génesis, las claves del Pentateuco. Nuevos objetos, sí, pero también –como digo— nuevo lenguaje: formas expresivas diferentes en forma de ensayo preferentemente, prosas que describían el mundo de otro modo. Darwin, Marx, Nietzsche y Freud se supieron genios. El genio es, desde luego, alguien que atisba mejor lo que hay o que creer ver mejor. Pero es también alguien que se atreve como visionario, como analista que profetiza el curso de las cosas, la marcha de ese mundo, el cambio de la especie humana. Nada menos. No sólo ven lo que tienen delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predicen lo que acabará ocurriendo. El genio no tiene miedo a equivocarse y, con un alto grado de autoconciencia, se descubre revolucionario y enajenado…
2. Me decía estas cosas e inmediatamente –no sé por qué— pensaba en la gente corriente, en aquellos que se adaptan maravillosamente a su sociedad sin sentir grave malestar o sin experimentar desazón. Las personas comunes obran con sentido común, por supuesto, ese sentido que cambia históricamente, pero que tiene unas claves en cada momento. Cuando hablamos de gente corriente pensamos normalmente en el obrero, en el artesano, en el campesino, aquellas figuras del pasado que han sobrevivido a todo tipo de estrecheces. Permítanme la evocación fantasiosa. Tenemos una vaga simpatía por esos personajes porque, de algún modo, los vemos como nuestros antepasados más o menos remotos: gentes silenciosas que supieron embridar la vida o sortear los cataclismos. No son gigantes del pensamiento o de la historia, no son figuras intempestivas como Darwin, como Marx, como Nietzsche o como Freud: son héroes humildes que abnegada, silenciosamente, vivieron sin vocear, sin quebrar el sentido común (no podían permitírselo). Pensamos en ellos, pero cuando hablamos de gente corriente también me viene a la cabeza otra especie humana menos heroica o digna. Son esos individuos que no se meten en pendencias aunque una hecatombe derrumbe a sus semejantes, personas que no provocan problemas y que son fieles servidores que acatan la jerarquía.
Digo esto y pienso en la figura antipática, gris, anodina, de Rochus Misch. Acabo de leer un libro suyo que no les recomiendo expresamente. Carece de calidad literaria y sólo como testimonio sesgado y miope podemos tomarlo. Es un volumen que ha sido traducido como Yo fui guardaespaldas de Hitler (1940-1945). Son las memorias de un anciano, alguien nacido en 1917, alguien alistado en una unidad de seguridad de las SS y que por azares acabó siendo destinado a la guardia personal del Führer. El relato de Rochus Misch es tedioso, no arroja luz sobre casi nada y tampoco vale como exculpación: no vio nada, no supo nada, no cometió ninguna villanía especial. Simplemente desempeñó su tarea, su cometido, con disciplina silenciosa, con eficacia abnegada. “No me siento culpable. Hice mi trabajo sin hacer daño a nadie. No disparé ni un solo tiro durante toda la guerra. No me arrepiento de nada. Decir lo contrario no sería honesto. Cumplí con mi deber como soldado igual que millones de alemanes. Obedecí…” Más aún, como tantos y tantos contemporáneos suyos, no se dejó arrastrar por pasión política alguna. Pudo ser miembro de las SS sin experimentar interés alguno por eso: por la política. Nada más y ello a pesar de haber estado casado con una mujer, Gerda, que tuvo militancia socialdemócrata en el SPD, un partido al que el propio Rochus votaría después de regresar a Alemania, después de su cautiverio en la URSS. ¿Cómo concilia una cosa y la otra? “La verdad es que no he leído libros sobre la época nazi. Tengo obras sobre este período en casa, pero lo único que he hecho ha sido hojearlas”. Fíjense en la hondura de dicha afirmación. No sólo permaneció insensible a lo que ocurría a su alrededor en la Cancillería de la que él era guardián, sino que, además, se mantuvo en la ceguera obstinada cuando tuvo oportunidad de reparar en ello. El sentido común de este personaje es inapelable: juzgarse moralmente podría haberle llevado a una incomodidad existencial insoportable. Mantener la servidumbre voluntaria o la miopía fue un expediente que le dictaba el sentido común, ese depósito de evidencias, pero también de cegueras.
En pocas horas, en pocos días, he debido pasar de lo alto a lo bajo, del genio que se alza contra su tiempo… al tipo común que se deja arrastrar por la corriente; de los visionarios que se enfrentan a su época con grave coste personal.. a los hombres comunes y grises que no se interrogan sobre la moralidad de su servidumbre. Rochus es viudo y su testimonio está motivado, en parte por los efectos, por las consecuencias de una película: El hundimiento. Contrariamente a lo dicho por Hugh Trevor-Roper o por Bernd Freytag von Loringhoven, los últimos días de Hitler no fueron ese “drama de opereta” que el film retrataría. “No había fiestas ni borracheras con champaña en aquel minúsculo Fühererbunker, como se ha podido ver en las pantallas”. Es decir, ni siquiera el final del Tercer Reich tuvo esa grandeza trágica, báquica y demente del Infierno. Sólo habría sido un discurrir cotidiano, sin graves exhalaciones ni exaltaciones. El búnker sólo habría sido el último recinto de gente ordinaria, gris, corriente. Al menos, Rochus no vio eso que otros testigos o investigadores han dicho. ¿Porque quiso mantenerse en la ceguera? “Ningún miembro del equipo de la película”, dice refiriéndose a El hundimiento, “ni el historiador que trabajó con ellos [Joachim Fest], vino a verme. Nadie”, añade con rencor. La réplica es inmediata: ¿para qué iban a acudir a pedirle testimonio a alguien que ignoraba todo lo que ocurría a su alrededor, a alguien que se había mantenido en la servidumbre voluntaria sin oponer resistencia alguna, sin percibir cataclismo alguno?
Leo a Rochus, me pasmo con su sintaxis ordinaria y me obligo a regresar a los grandes, a su prosa épica… Ya está bien, me digo. Pero, ahora que lo pienso, la vida de esos genios fue dura, triste o desastrosa: más aún, frecuentemente dañina para quienes tuvieron cerca. Vidas para leerlas, nada más. No sé: regreso a mi existencia común, cotidiana…
3. Hemeroteca.
Artículos recientes de JS sobre Hitler:
http://www.uv.es/jserna/Hitlerotravez
http://www.uv.es/jserna/Eljerarcainverosimil
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02.19.07
Posted in Sociología at 9:58 por jserna
1. Los intelectuales son un grupo humano paradójico: se crecen interiormente alimentando un yo que les aleja del resto; se rehacen con nutrientes culturales ajenos que ellos sintetizan con metabolismo erudito; interiorizan experiencias que para la mayoría de los mortales son datos puramente externos. Son un grupo paradójico porque lo que hacen como creadores o como académicos les distancia objetivamente de la masa y, sin embargo, esa misma cualidad o esa diferencia imantan, atraen, seducen. Justamente por eso, sabiéndose escuchados, seguidos, aplaudidos, levantan su voz, peroran. No sólo de lo que saben, de aquello en lo que son competentes, sino también de otras cosas públicas que a muchos interesan y sobre las que ellos creen tener opinión o juicio. Intervienen en la prensa, se hacen presentes en los medios, denuncian, aprueban, condenan, celebran… y su imagen se impone más allá de su propia obra. Es raro poder escapar del envanecimiento que este proceso suele provocar, pues saberse conocidos y apreciados, saber que hay tantos que aguardan esa voz o dictamen, trastorna. Por esta circunstancia paradójica –un mundo interno cuyas emanaciones se esperan con unción y fervor–, muchos intelectuales maduran mal, padeciendo frecuentes trastornos narcisistas. Entre quienes están muy pagados de sí mismos, entre quienes sueñan con la posteridad, no es raro hallar casos de engreimiento fantasioso: gentes que, cuando recuerdan su propia vida, se engañan con sus logros, su identidad y su coherencia. Tanto es así, que a muchos habría que enviarlos al diván. Es allí en la soledad incongruente de la vida en donde deberían examinar su actos o sus cobardías para así abandonar el último rastro de jactancia. Lamentablemente, esto no es corriente y, por eso, las memorias de los intelectuales pecan de congruencia, de afectación. ¿A quién o a quiénes me refiero?
Acabo de leer dos libros sobre un mismo intelectual. El primero se titula Autoanálisis de un sociólogo y el autor es Pierre Bourdieu. El segundo, que está coordinado por José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez García, está dedicado a Pierre Bourdieu y la filosofía. De entrada he de confesar que este sociólogo no es un académico o un estudioso que me entusiasme particularmente. Es más, he escrito sobre y contra alguna de sus obras, por haber juzgado confusas sus respuestas. Eso no quita, sin embargo, para que me haya interesado su empeño analítico. Pero ahora más que sus categorías, me han conmovido sus memorias y las evocaciones agradecidas y polémicas de sus antiguos amigos y seguidores. En todo caso rezuman sinceridad y modestia, algo bastante insólito en el medio intelectual francés y, por extensión y contagio, en el ámbito español. Les detallo.
Pierre Bourdieu era un sociólogo reconocido, un estudioso francés que alcanzó la celebridad en los años 70 y 80. Fallece en 2002, cuando aún tenía mucho que decir y cuando sus análisis brillantes e impertinentes todavía podían rendir fruto. La muerte siempre llega demasiado pronto, corta una reflexión y consume nuestras potencias. Conozco a pocas personas de las que se pueda decir “ya viviste lo tuyo”. En el caso de Bourdieu, su creatividad nos prometía un porvenir de debates interesantes y ásperos, sobre todo a quienes no le teníamos por maestro. La Parca, pues, nos arrebata a un interlocutor con quien crecer y madurar: toda una amputación. Nos conformaremos, por tanto, con lo que Bourdieu nos lega, que es, en definitiva, una obra intelectual interesante e impertinente. Los lectores pueden apreciar en sus obras la variedad y la calidad polémicas, la decidida voluntad de controversia. Trató desde la dominación masculina hasta la televisión, desde el consumismo hasta el parentesco. Siempre, eso sí, con esa desenvoltura tan francesa que muchos seguimos valorando.
Ya lo hemos dicho: un intelectual de París es alguien que se agiganta al hablar, consciente de sus recursos: alguien que diagnostica, que enjuicia, que dictamina… sabiendo que siempre podrá doblegar lo real aun cuando ese referente externo le oponga mucha resistencia. En Gran Bretaña, los escritores no disfrutan de ese crédito: a veces incluso son parias. En cambio, en Francia, un intelectual es una figura prestigiosa, envidiada, a despecho de sus mamarrachadas. Por lo que yo sé, Bourdieu no se prodigó con necedades graves, inconsecuentes o delictivas. Ustedes me perdonarán, pero eso ya lo hace atendible en ese gremio de frecuentes voceadores. Reparemos, pues, en su obra y en los libros que ahora le devuelven actualidad.
Pierre Bourdieu era alguien cuyo prestigio internacional se debía en parte a la posición académica que conquistó con perseverancia y méritos, con actitudes y aptitudes que le encumbraron cuando París era el centro de un dominio intelectual. En principio, este hecho no es extraño y se repite entre los maîtres à penser que Francia exporta desde antiguo. Ahora bien, en el caso de Bourdieu, ese dato es distintivo si tenemos en cuenta el origen pirenaico, provinciano, excéntrico, de un joven que debió asediar el París institucional en la posguerra (el acceso a la École Normale Supérieure), un joven que tenía un marcado acento rural, aldeano (según él mismo reconocía), acento por el que se le ultrajaba con discriminación metropolitana. Esa laceración y el aislamiento académico alimentaron su rechazo y, sobre esas heridas, Bourdieu acabará erigiendo su obra, su triunfo personal y su desquite de clase, si me permiten decirlo así.
Este éxito intelectual ha sido tan grande que para muchos de sus lectores y seguidores, decir sociología francesa y decir Bourdieu es una y la misma cosa. Es más: su influencia va más allá de las ciencias sociales y, por eso, no es una rareza el imprescindible libro que José Luis Moreno y Francisco Vázquez dedican a sus tratos con la filosofía. Para ambos autores –y en general para quienes escriben en dicho volumen–, Bourdieu se tomó en serio la tarea más noble del saber: la iluminación. Radicalizar las luces, destapar, desvelar, incluso contra sí mismo. Para sus deudos más militantes –que forman una especie de cofradía, afín y cerrada–, una amplísima bibliografía lo respalda: pero también una gran variedad de objetos lo confirman (la familia, el sistema educativo, el arte, etcétera); un léxico característico lo identifica (con acepciones propias que aplica a diversos ámbitos); y, en fin, una contribución original lo reafirma, rebasando los límites de distintas corrientes. No es ni subjetivista ni objetivista, ni estructuralista ni individualista, ni marxista ni liberal… Como un autor que se admite distante, se alza y se aleja de posiciones predeterminadas, cosa que es de agradecer; pero, a la vez, ese esfuerzo intelectual le llevó en sus polémicas a la arrogancia de quien se sabe mejor colocado. Por eso, de él puede decirse que trata lo fundamental, que aborda las cuestiones básicas de nuestro tiempo y que, en sus textos más felices (que no son tantos), llega a concepciones perspicaces. Por los objetos difíciles que aborda, pero sobre todo por el lenguaje artificial con que los enfrenta (habitus, campo, estrategia, etcétera) y por la índole académica de sus libros, los análisis que emprende no siempre sobrepasan las barreras de un público universitario.
Autoanálisis de un sociólogo es una especie de autobiografía escrita poco antes de morir, una autobiografía en la que el autor repudia esa etiqueta de los géneros literarios: son recuerdos personales en los que Bourdieu dice rechazar la añagaza de la memoria o, como dijo en cierta ocasión, la ilusión biográfica. ¿Por qué razón? Sus obras se concibieron como una superación de las viejas contradicciones de las ciencias sociales: individuo-sociedad, estructura-acción, regla-libertad. ¿Cómo abordar la explicación de lo social? Bourdieu trató durante toda su vida académica de concebir una doctrina basada en el dato empírico, pero también una doctrina que aunara a los clásicos más fértiles (Marx, Durkheim, Weber) y que permitiera analizar lo concreto, sin recaer en el vicio especulativo de los filósofos franceses y sin abandonarse a la creencia de la libertad indeterminada que predicara Jean-Paul Sartre. A mi juicio, el resultado fue una heroica tentativa inevitablemente condenada al fracaso, pues no todos le han seguido ni todos aceptan los planteamientos de su ciencia social: Bourdieu creyó resolver las aporías, las contradicciones tradicionales de la sociología, pensándose equidistante del existencialismo y del estructuralismo, de la existencia incondicionada que se crea en el acto y de la estructura que determina un comportamiento.
La biografía o la autobiografía serían géneros que hacen depender el relato de una ilusión, de esa ilusión que Bourdieu denunciara: el sujeto se expresa y se manifiesta según una narración que hace de su esencia un embrión que se despliega. La coherencia del yo, sus presuntas congruencias más allá de los diferentes contextos, sus preferencias bien claras de principio a fin, el concepto mismo de relato ordenado. Frente a la ilusión biográfica que Bourdieu repudiaba (que guiaría los géneros del yo y de la memoria), la vida es bien distinta, como el espacio de lo posible, un dominio en el que hay reglas que los agentes saben o no saben, que cumplen o incumplen según los réditos que de su acción o inacción se deriven. Por ejemplo, los agentes académicos; por ejemplo, los agentes intelectuales.
Pero, al final de su existencia, cuando la muerte ya era una evidencia próxima, vemos a Bourdieu escribiendo una autobiografía que rechaza ese apelativo, una autobiografía selectiva, parcial, a la que se resiste a llamar así. ¿Por qué razón? Porque prefiere llamarla autoanálisis (según una acepción vagamente freudiana), una inspección sobre sí mismo hecha en un diván metafórico que lo convertiría en objeto antes que en sujeto. Eso es, al menos, lo que él cree. Se objetiva, se hace cosa observada, como predicara Émile Durkheim, para superar el subjetivismo o el sentimentalismo. En todo caso, fuera de esta impostación antisubjetiva, esta obra es la más accesible de Bourdieu, la más personal y tiene un halo trágico semejante al que apreciábamos años atrás en El porvenir es largo, de Louis Althusser: un ajuste de cuentas consigo mismo en el que los empeños y las empresas acaban viéndose en parte como un fracaso. Sería injusto que de Bourdieu repitiéramos otra vez lo que Henri Poincaré –contemporáneo de Durkheim— predicara de la sociología: que “es una teoría que puede ofrecer el mayor número de métodos y el menor número de resultados”. Pero no sería incorrecto si dijéramos que los resultados de Bourdieu son magros: magros si los comparamos con los empeños que él se propuso y si los cotejamos con los métodos a que obliga la complejidad del individuo y de sus relaciones, normas y valores. En realidad, nunca acabaremos de resolver lo que Bourdieu creyó haber resuelto, pensando que su obra –como la de un Ludwig Wittgenstein de las ciencias sociales— acababa con las contradicciones académicas.
Frente a tantos y tantos intelectuales que viven en el hiperuranio, en el reino de las ideas, Pierre Bourdieu fue un sociólogo que se propuso acercarse a lo real. Con errores y porfías inexplicables, con una prosa frecuentemente desabrida, Bourdieu supo, sin embargo, diagnosticar alguno de los males que aquejan a esos sabios sin ataduras. Entre ellos, el del idealismo de tantos intelectuales de izquierda que creyeron acercarse a lo real forzando su radicalismo ideológico, haciéndose maoístas o trotskistas, por ejemplo: “Los efectos del aislamiento”, dice en su última obra, “acentuados por los de la elección escolar y de la cohabitación prolongada de un grupo socialmente muy homogéneo, sólo pueden, en efecto, propiciar un distanciamiento social y mental en relación con el mundo que nunca es tan manifiesto, paradójicamente, como en los intentos, a menudo patéticos, por alcanzar el mundo real, en particular mediante los compromisos políticos (estalinismo, maoísmo, etcétera) que por su utopismo irresponsable y su radicalidad irrealista manifiesta que siguen constituyendo una forma paradójica de negar las realidades del mundo social”.
¿Les suena esta música?
2. Las polémicas de o sobre Bourdieu no acabaron tras su muerte. Aún hoy, en Francia regresan su figura y sus ideas: se le aprueba, se le discute, se le combate, se le reprocha. Lean el magnífico tratamiento que Anaclet Pons hace en su blog de lo que ha llamado La polémica Bourdieu. No será la última… Francia en estado puro.
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02.16.07
Posted in Comunicación, Democracia, Historia at 10:16 por jserna
1. El resentimiento –la animosidad con que se sobrelleva a los otros– es un concepto sobre el que reflexionó ampliamente Friedrich Nietzsche. Quien se siente impotente, quien no puede hacerse a sí mismo, quien no soporta a los demás por su desenvoltura… se consume en su propia debilidad: un rencor interior que no sabe o no puede expresar. Todo le agota, le agosta. Espera rebajar a los otros y no les tolera su disentimiento o su orgullo de hacerse y ser diferentes. El resentido vive en la aversión de sí mismo…
He leído con sorpresa e incluso con estupor el artículo Longevidad del resentimiento, que Félix de Azúa publicó días atrás, artículo que mereció un par de respuestas durísimas, una de ellas de Miguel Veyrat: tajante, contundente, exacta. He releído el texto de Félix de Azúa y he quedado simplemente desconcertado por la inquina que dedica a tantos contemporáneos suyos, a casi todos nosotros, vaya. ¿Cuál es la clave de lectura? La izquierda española, la de hoy, pero también la de treinta años atrás, vive en el resentimiento de los majaderos, en la impotencia de quienes no saben hacerse a sí mismos sin experimentar rencor hacia los mejores. ¿Y quiénes fueron los mejores? Como izquierdista que fue, Félix de Azúa se lamenta por haber despreciado a Adolfo Suárez y a Felipe González; deplora su ceguera de tal; se flagela por haber creído en una ficción tóxica: el maoísmo.
Éramos jóvenes –parece disculparse– y ya se sabe que la juventud es un estado en el que se suele dar la exaltación algo bobalicona de lo simple, de lo rotundo, una exaltación hecha con empeño feroz. Félix de Azúa era joven, pues, y maoísta, seguidor o heredero, por tanto, de la Revolución Cultural. No sé si llegó a pertenecer a la Joven Guardia Roja o a Bandera Roja, que eran dos de las organizaciones revolucionarias que mayor prestigio alcanzaron frente al reformismo que encarnaba Santiago Carrillo. Al Partido Comunista de España se le veía como una entidad anquilosada, aburguesada, envejecida, frente a BR o la JGR, experimentos audaces de quienes querían cambiar las cosas de raíz, sin ataduras, sin concesiones, sin contemplaciones. Los maoístas de entonces se presentaban como lo que eran: jóvenes revolucionarios y, al igual que en el caso francés, eran la consecuencia izquierdista del 68. Impugnaban la democracia burguesa, las instituciones occidentales, etcétera. Eran, insisto, los jóvenes de entonces. ¿De entonces? Vamos a ver. ¿De qué fechas estamos hablando? Creo que en todo esto hay una maniobra narcisista y una confusión cronológica.
Veamos en qué consiste esa maniobra narcisista. Félix de Azúa habla expresamente de la Transición y, por tanto, sus nostalgias lo son de Adolfo Suárez o de Felipe González. Habría sido su juventud maoísta la que le habría llevado a repudiar alocadamente a quienes eran políticos de talla, sensatos, prudentes. Hasta aquí parece todo muy correcto y autopunitivo. Pero si nos fijamos bien hay un problema de cronología: mejor dicho, Félix de Azúa incurre en un anacronismo con el que creo que quiere salvarse. La lógica de este procedimiento la he visto empleada en algunas memorias o autobiografías. Para dar fuerza y sinceridad a la evocación de la propia vida no hay nada mejor que ser inmisericorde con uno mismo o, mejor, con lo que fuimos. Si censuras con crudeza lo que fuiste, si te das un severo rapapolvo por lo que hiciste, entonces la autenticidad del recuerdo pasa sin mayor problema y parece responder con fidelidad al pacto autobiográfico que estableces con tu lector. No puedes mentir, enredar o confundir cuando la evocación de ti mismo es tan extremadamente dura. Y, sin embargo, ese procedimiento tiene truco: si te condenas por lo que fuiste acabas reflotándote por lo que ahora eres, de modo que siempre te salvas en presente. Cuando fuiste maoísta te enorgullecías de serlo; ahora que ya no lo eres te enorgulleces también. Es un procedimiento de narcisismo que no entraña un auténtico autoanálisis, porque la inspección sólo sirve para preservarte en cada instante que estás viviendo en presente.
Veamos en qué consiste la confusión cronológica en la que incurre Félix de Azúa. Cuando Adolfo Suárez es nombrado Presidente del Gobierno estamos en 1976. Yo tengo diecisiete años y siento una vaga simpatía por el partido socialista. Ya ven, siempre he sido muy moderado, incluso cuando las circunstancias invitaban a la exaltación. Pero no acaba aquí la cosa. Estoy en COU y con ayuda de otros organizo una encuesta multitudinaria sobre nuestras inclinaciones políticas. No me pidan exactitud científica. El sondeo que yo hice entre mis colegas no habría superado el examen descuidado del estadístico menos riguroso. Pero no es eso lo que ahora importa: en los resultados que yo reúno ganaban los socialistas y sólo en tercer lugar quedaba el Partido Comunista de España. Entre mis condiscípulos también alguno decía sentir simpatías por los maoístas, algo que a mí me parecía inquietante y pintoresco. Tanto es así que poco tiempo después m