01.30.07

Antonio Muñoz Molina. Delirio o dolor

Posted in Intelectuales, Escribir, Scriptorium, Comunicación, Democracia at 10:46 por jserna

monigotepress.jpg Ilustración: Monigote

Días atrás, Antonio Muñoz Molina publicaba un artículo titulado “Estado de delirio”. Era un texto duro, inmisericorde con los vicios adquiridos por la política española. De lo que se trataba era de denunciar la distancia creciente que se está dando entre los asuntos debatidos por la clase política y los intereses ordinarios de la sociedad civil. Apreciaba Muñoz Molina una enajenación cada vez mayor entre los partidos, entidades con inercias propias que les separan de la realidad cotidiana. El delirio –ya lo sabemos– es una dolencia de la psique humana, aquella por la que un individuo deja de ver lo que objetivamente existe, lo que convencionalmente todos vemos. Es probable que muchos de nosotros hayamos tenido la ocasión de tratar con personas delirantes o con individuos que padecen trastornos episódicos (yo, al menos, sí que he tenido la oportunidad de conocer a esas personas). ¿Cuál es la sensación que experimentamos? Que dicha persona se halla en otra dimensión, que se enajena de la realidad, que confunde persistentemente lo quimérico con lo real. No es una impostura, por supuesto: es una patología grave, incluso muy grave, que limita, que imposibilita. No saber qué tienes enfrente, ignorar qué obstáculos son los reales, desconocer cuál es el camino que debes tomar…, todo ello desarbola las capacidades humanas convirtiendo al individuo en una especie de zombi. ¿Se imaginan que nuestros mandatarios fueran zombis? ¿Se imaginan que  nuestros representantes, los que deben oponerse al Gobierno, fueran tipos delirantes sin ningún sentido de la realidad?

Para caracterizar el estado de la política española, Antonio Muñoz Molina empleó la voz “delirio”, pero lo hizo en un sentido metafórico. Es decir, he de suponer que nuestro novelista no cree que los representantes españoles sean delirantes en su acepción patológica. No cree que padezcan individualmente confusión mental, alucinaciones, incoherencia, incluso paranoia. Lo que sostiene es que el mundo de la política se aleja del mundo real, que las discusiones de nuestros mandatarios y opositores se distancian de lo ordinario. Lo que diagnostica es una manía o síndrome colectivo: que las descripciones de lo real están desajustadas, desenfocadas (como en aquella película de Woody Allen); que el lenguaje político se ha convertido en un argot cifrado autosuficiente. Comparto el pesimismo de este dictamen, pero no coincido tanto en algunos ejemplos concretos que Muñoz Molina propone, tal vez expuestos de manera hiperbólica. Hay en el artículo de nuestro novelista un descarnado retrato de la vida política que veo muy preciso, pero hay también en su radiografía ciertos aspectos enfáticamente exagerados que le llevan a alguna hipergeneralización. Pero no es eso lo que ahora me preocupa destacar de un autor con el que suelo estar siempre fervorosamente de acuerdo. Me importa más convenir con él en su diagnóstico.

¿Qué es lo que está pasando para que el caos verbal y el encono semántico se hayan adueñado de las relaciones políticas. No lo dice Muñoz Molina exactamente, pero yo me atrevería a señalar que lo que sucede es una guerra mediática de enormes proporciones (y pingües beneficios) que intoxica todo y que hace del bla-bla-bla la materia prima de las audiencias y del interés, sin que audiencia e interés sean paradójicamente el calco de la gente. La gente atiende a lo que los medios le proporcionan e incluso discute sobre ello, pero eso sobre lo que discute no es lo que verdaderamente preocupa en su vida cotidiana. Por ejemplo, debatimos sobre Julián Muñoz con una mezcla de actitudes: escándalo por el enriquecimiento presuntamente delictivo y corrupto y, a la vez, interés morboso por el famoseo. Esto lleva a que lo mediático y lo político se intoxiquen creando una realidad (ahí, sí) delirante. No sé.

Lo que sí sé es que a Muñoz Molina su atrevido, quizá su temerario dictamen, ya le ha valido la descalificación (expresada con sordina) o el desprecio silencioso. He de admitir que su artículo, en el que reparte mandobles a derecha e izquierda, no facilita la adhesión de los seguidores o de los fieles, sino el repudio de aquellos a quienes retrata. Como decía, hay en el texto de Muñoz Molina hipergeneralizaciones con las que no estoy exactamente de acuerdo, pero hay, por otro lado, una prudencia descriptiva que la realidad se encarga de rebasar. Véanse, si no me creen, las manifestaciones que se organizan sectariamente para socorrer al mandatario de turno o para instrumentalizar el número de vociferantes. Etcétera.

Como analista político, Antonio Muñoz Molina no lo tiene fácil. Su independencia de criterio y sus diagnósticos (con los que no siempre tiene uno que coincidir) casan mal con el estado general de sectarismo que hoy reina en la prensa. La opinión publicada, que decía Felipe González hace un tiempo, te pone en el disparadero y, en momentos graves de sectarismo como los que vivimos desde hace años, te clasifica según posiciones predefinidas. El mal que aqueja al periodismo de opinión en España es el alistamiento, el prietas las filas, el estás conmigo o estás contra mí. Ciertos periodistas exaltados, gárrulos y vocingleros, en el papel o en las ondas, tocan a rebato y reclutan a los afines, a los aliados, con el fin de oponerse a quienes juzgan como enemigos, como vendepatrias incomprensibles o estafadores, dispuestos sólo a enriquecerse frente a lo que es de ley que, por casualidad, coincide con los intereses del bullicioso de turno. El problema de este estilo que lamentablemente se impone es que incluso sin leer a quienes obran así ya sabes lo que van a decir: temen tanto provocar la ojeriza de los afines, que se muerden la lengua para no hurgar.

“En el articulismo  contemporáneo español”, decía José María Pozuelo Yvancos hace meses, “es muy raro encontrar autores que tengan discurso. Lo común es que quien escribe en los periódicos artículos de fondo se amolde a otra concepción de ‘‘discurso’’ más extendida hoy y muy utilizada por los ensayistas franceses: la que lo concibe como ideología o punto de partida de quien habla, como posición que le define o a la que se amolda. Por desgracia la pobreza del articulismo español contemporáneo es que vamos del bla, bla, bla al discurso concebido como porción de una ideología cerrada, y a menudo blindada de quien habla o escribe, que casi nunca parece hacerlo desde una posición intelectual sino ideológica, esto es, definida previamente al propio discurso y de la que todo el artículo depende”.

Entiendo estas perezas y colusiones. Es tan cómodo sentirse acompañado, paciendo con otros en un establo común, sintiendo el calor del limo. ¿Cómo salir al exterior sin miedo, sin hacerse escoltar? Los colectivismos se basan eso, pero también el sectarismo, que lo hay de izquierdas, de derechas, socialista y sedicentemente liberal: me entiendo con los míos y sólo argumento con las razones de mis conmilitones, haciéndome portavoz de otros, hablando por otros. Es cómodo vivir en un espacio imaginario o físico o electrónico en donde todo encaja y todo se amolda, en donde no hay fisuras. Si no me equivoco, en las próximas semanas, Antonio Muñoz Molina regresa a Nueva York, a la vida de docente que allí lleva. Los que seguimos aquí, incluso ejerciendo de profesores de historia, no nos iremos muy lejos ni muy atrás, aunque les aseguro que dan ganas de leer sin parar: ganas de escapar al pasado o a una ficción. Pero, ahora que lo pienso, eso que digo es exactamente lo más parecido a un delirio. En fin, ustedes me perdonarán…

Scriptorium.  “Tan pronto como uno se pone a escribir para el público, entra en la categoría de justiciable. Usted, este señor de aquí delante, yo, pasamos a ser justiciables. Me he dedicado toda la vida a escribir para los demás, y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de quienquiera que sea, tanto si esta persona conoce mejor que uno la matera del propio escrito como si no sabe ni papa. Es un oficio que comporta, como ningún otro, el embate de la gente. Estos embates pueden causarles, a las personas que escriben, momentos de gran malestar; a algunas, las llevan a abandonar esta actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles a ello –demasiado sensibles–. Esta situación es la que ha dado pie a que se diga tan a menudo, que la actividad literaria –y en general todas las actividades artísticas—está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son los que actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar estas embestidas, y, para lograrlo, lo mejor es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no darle muchas vueltas, no responder jamás, permanecer hábilmente firme y con un tacto perfecto. Pero como los embates van a continuar por mucho que uno siga tan buenos consejos, lo mejor es acostumbrarse a ellos, reírse de ellos, pero sin ofender. La gente quiere que se le respete la vanidad y la fachendería que arrastra”.

Josep Pla

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01.27.07

El nieto de Canalejas

Posted in psicoanálisis, Escribir, Historia at 10:12 por jserna

monigote4.jpg   Ilustración: Monigote

A veces, el blogger ve cómo en la prensa coinciden dos textos suyos que en apariencia nada tienen que ver. Uno trata de la publicidad y otro de Hitler; en uno se expresa la opinión y en otro se vierte un juicio. Es la mezcla lo que me estimula; es la historia lo que me mueve… Hay en cada uno de nosotros ciertas inclinaciones, gustos o preferencias. Desde niño me gustó leer: tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales. Como mi padre, que lleva miles de libros leídos y fichados; como mi abuelo paterno, que devoraba un periódico cada día (El Debate), un abuelo al que sus vecinos llamaban Canalejas, por esa propensión a perorar con ciertas dotes intelectuales… Me recuerdo a los diez años leyendo las cubiertas de la prensa y de las revistas  en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? Emprendamos un psicoanálisis salvaje.

Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que viene después de otro hijo… muerto. En la guerra, la muerte convierte en héroe al fiambre: en cambio, la supervivencia del soldado no es heroica. Véase, por ejemplo, Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood: los supervivientes arrastran un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió tu compañero? ¿Por qué sobreviviste tú? Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un mundo que juzgas peligroso y hostil, y del que no te puedes fiar. Ese sentimiento suspicaz me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Para mí, la historia es saber de qué va esto, cuál es el origen del presente que tengo: un presente que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga. Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco: el Genio de la lámpara y Hitler, la publicidad y la política, las ficciones de la tele y las mentiras de un tirano.

Ustedes sabrán perdonarme.

——————– 

Artículo de Justo Serna sobre la  publicidad (Babas de caracol), en Levante-EMV, 26 de enero de 2007.

Artículo de Justo Serna sobre Hitler (El jerarca inverosímil) en Levante-EMV, Posdata, 26 de enero de 2007.

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01.24.07

El mal político

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:34 por jserna

hitler2.jpg  

1. Si reparan en el epígrafe que encabeza, advertirán su ambigüedad: puede leerse como la maldad política o como el político malo. Es decir, hay una perversidad en la gestión, en la representación, en la dirección, en la dominación; y hay mandatarios que son pésimos políticos porque obran el mal o porque, simplemente, son unos ineptos. Leía estos días En el búnker con Hitler, de Bernd Freytag von Loringhoven, un texto del que he escrito una reseña para Posdata (Levante-EMV) y que aparecerá este mismo viernes. Es un libro interesante que, a la vez, desazona. Pero no por el tema que trata (el nazismo en su estado terminal), sino por la inconsciencia y la ceguera a las que voluntariamente se sometió Von Loringhoven mientras fue oficial de la Wehrmacht: mientras estuvo con Hitler en el búnker. En estas memorias escritas varias décadas después y publicadas originariamente en 2005, no hay una página de reflexión profunda sobre el antisemitismo, sobre el exterminio: sólo sobre la experiencia de la guerra.

“Es difícil admitirlo hoy en día, en la era de la libertad de opinión y de la información globalizada”, dice el autor, “pero por razones relacionadas con la naturaleza del régimen y de las operaciones llevadas a cabo, nunca se mencionaron en esas reuniones los campos de concentración ni el destino trágico de los judíos. Hasta el final de la guerra, desconocía los nombres de los campos de exterminio. No tenía ni la menor idea del sistema creado para exterminar a los judíos”, concluye. ¿Creíble? ¿No tenía pista alguna sobre el desarrollo criminal del antisemitismo?

Von Loringhoven era un militar especializado, un técnico al servicio de los intereses bélicos de su patria, dice. Esa convicción le permitió no ver exactamente qué régimen era al que se sometía  como soldado. ¿Cometió crímenes? No. Y si pudo salir con vida del búnker fue precisamente por haber sido eso: un especialista en información bélica, información  que debía plasmar en los mapas de la contienda. Pregunto otra vez: ¿resulta creíble la protesta de ignorancia sobre el exterminio hecha por un oficial del búnker, que además había guerreado en Rusia? “La terrible experiencia de la guerra, de la dictadura nazi y del Holocausto forma parte de nuestra historia”, dice ahora. “El recuerdo lúcido del pasado no debe conducir a las generaciones futuras a un mea culpa generalizado y permanente, pero forma parte de una obligación de vigilancia”, leemos en su última página.

Produce malestar esta declaración aparentemente sensata, pues el hecho de que los germanos de hoy no deban lacerarse sin fin no excluye el mea culpa de los alemanes de ayer. Y  Von Loringhoven es un alemán de ayer: alguien que debe acarrear la ignominia de haber servido sin mayor malestar a un régimen criminal. Desde luego no son sólo los alemanes quienes deben disculparse: hay en la historia europea una larga nómina de ciudadanos que se han desentendido  y que han acrecentado el mal político con su silencio o dejación. Sin embargo, incomoda muchísimo que Von Loringhoven diga de Hitler que “era cualquier cosa menos un loco”, pues “poseía unas dotes intelectuales admirables y un agudo sentido de las relaciones interpersonales”. Incomoda esa afirmación porque no muestra la banalidad del mal (al modo de Hannah Arendt):  pregona el respeto que el líder carismático despierta en sus subordinados.

Pero Hitler era normal y diabólico a un tiempo, un tipo que supo domeñar a todo un país con el fervor de sus conquistas, con las promesas de un espacio vital: un gran empeño militar que los generales y los oficiales alemanes suscribieron básicamente sin oponerse. Ahora bien, lo que llama la atención en dicho libro no es ese dictamen que el autor maquilla, sino la pésima dirección de la guerra que Hitler asumió sin que los estrategas le frenaran. Hay una página en el volumen de Von Loringhoven que vale por todas. Es aquella en la que nos habla del apego que el dictador tenía por los mapas, como dato aproximado, pero fantasioso, de lo irreal. Ese hecho hace más incomprensible el silencio de los generales durante años de ignominia y hace más explícito lo que es un mal político, un pésimo gobernante. Permítanme reproducirla, con la apostilla final que más adelante incluye el autor. 

“Los mapas ilustran  hasta el absurdo la forma en que Hitler ejercía el poder. El Führer había abandonado el ámbito vital de la política para consagrarse a las labores del mando militar. Los mapas respondían a su obsesión por el detalle y le permitían implicarse en las decisiones tácticas más insignificantes, ya que Hitler daba órdenes de desplazamientos de tropas, de ofensivas y de movimientos a escala de batallón o de compañía. Esas órdenes habían de ser comunicadas inmediatamente a los puestos de mando correspondientes para su ejecución. Este procedimiento provocaban un gran descontento en la base, entre los comandantes y la tropa. Sobre el terreno, por desgracia, los soldados pagaron con sus vidas. 

“Los mapas dibujados minuciosamente, con las indicaciones de cuerpos de ejército, divisiones y otras formaciones señaladas por pequeñas banderas, alimentaban la ilusión sobre las posibilidades reales del ejército alemán. Al mirarlos, cabía pensar que esas líneas continuas correspondían a divisiones con tropas plenamente operativas. Quienes conocían la dura realidad del frente sabían que esos mapas cuidadosamente trazados no eran más que un simulacro (…). El Führer se obstinaba en realizar sus propios análisis, arrastrado por la magia de los dibujos representados en los mapas…

“Inclinado sobre la mesa de los mapas, el Führer se perdía en conjeturas, desplazaba ejércitos y divisiones que no existían y daba unas órdenes inaplicables que cada vez éramos más incapaces de transmitir”, concluye. 

Un mal político es aquel que se deja llevar por la convicción, por la quimera, desatendiendo lo que le contraría. ¿Cómo es posible que generales bien informados dejaran hacer, dejaran pasar, a un mal estratega como Hitler? El mandatario erróneo o diabólico agranda los males del mundo, preferentemente esa parte del mundo que le es más cercana. Pésimo estratega, mal político. Insisto: ¿cómo es posible? El libro de Von Loringhoven no lo aclara.  

2. Atención. Presentación. Jueves, 25 de enero, a las 19 horas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

elenatrenor.JPG

 3. Crónica, por Ana Serrano 

En la llamada Sala Nueva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, se ha presentado hoy el hermosísimo libro de Justo Serna y Anaclet Pons, Diario de un Burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido

Edición cuidadosa y preciosa, tanto por la encuadernación en magnífica tapa dura y estupendo cosido, con tejuelo de tela y perfecto chiflado de guardas, como por el papel, por las cuidadas y magníficas ilustraciones y su impresión a doble columna, al tenerlo en la mano, casi podría decirse de él que es uno de esos llamados libro objeto, lo que se ha dado en llamar libro para regalo y regalo precioso, preciosísimo, a fé mía, pero no, no es sólo un libro de regalo, es un libro de consulta, erudito y magnífico, escrito por dos historiadores prestigiosos y serios, de criterios modernos y científicos que nos llevan de la mano, de modo ameno y singular, por la vida, las costumbres, los hechos y modos del siglo XIX, por medio de un diario que encontraron, de manera fortuita, de un burgués valenciano que, mejor que nada, les ha ayudado a colocarnos en ese tiempo. Hasta el lenguaje, naturalmente, nos ayuda a entender esa época de la que procedemos y de la que ya no queda nada, hasta habiendo hecho casi necesaria, para los más jóvenes, una guía de palabras en desuso a pie de página.

Ningún historiador, ningún escritor de la época, con una sola palabra, podría colocarnos del modo en que lo hace el burgués en su tiempo, porque ningún escritor profesional de la época hubiera utilizado una palabra, que sin ser vulgar, era, sobre todo de uso doméstico. Cito de memoria: “Fuimos al iluminador de fotografías…” y, de pronto, el recuerdo. Mi abuelo me contaba que iban a hacerse foto y, pocos días después, iban al “iluminador” para que colorease (iluminase) las mejores, para que viera su color y le dijeran el de las ropas. “Iluminador”. Un acierto rotundo basarse en el diario del burgués para escribir su libro de historia y de viajes.

Pero no quería yo hacer crítica del libro, que no es lo mío, quería contar que hace tiempo que entro en este blog de Justo Serna, por el que siento un gran afecto y profunda admiración  y que me avisó de este acto, al que he ido contenta.

En la Sala Nueva, unas veinte personas, han asistido entusiasmadas a las palabras del editor, de Antonio Muñoz Molina y de Justo Serna, en un acto sencillo y estupendo. He de advertir rápidamente, que en Madrid estábamos ésta tarde a 2º y con viento y, del mismo modo que, con varios bajo cero, cientos de personas son capaces de estar a la intemperie viendo correr a unos millonarios tras una pelota, para la presentación de un libro de historia y de autores valencianos, veinte son un tropel.

El editor, Juan Lagardera, nos ha dicho del porqué y del cómo de la colección, de la edición y del libro, con una modestia encomiable y colocándose en un segundo término muy poquito frecuente en editores. Ha presentado a Antonio Muñoz Molina como a un gigante de las letras y ese escritor, del que acaba de decirme un amigo, con un símil jocoso, que es la estrella de las letras españolas y que con Javier Marías forma el Dúo Dinámico de las mismas, en un tono pausado y agradable, sin leer más que una cita literal del libro (ninguno de los tres ha leído y eso se agradece muchísimo) y con la sencillez característica de los grandes, nos ha explicado que estábamos casi frente a una novela, pero que no, que al final, un hijo del burgués muere y “ya está”. Esto es una característica de un diario, de la historia. Ha muerto y no pasa nada más. No volvemos a saber nada de Paquito, porque el hombre no debió de llagar a nada en la vida. En una novela habríamos tenido toda la información, porque es tramposa y el autor crea la mentira.

Compara el libro con alguno de los maravilloso de viajes de Eça de Queirós y se ha congratulado de tener historiadores como Serna y Pons, recordando su época de estudiante de historia en que todo era “intragable” y se estudiaba terminología, lo que él compensaba leyendo a historiadores anglosajones. No había en la historia de su época personajes, sólo la figura del tirano porque se negaba la realidad del individuo. Después, dice, aparece algo que pretendía hacer de la historia algo próximo y que es igualmente tóxico: la novela histórica.

“El conocimiento de la realidad siempre es preferible al delirio” y ha afirmado que ese delirio y ese falseamiento de la Historia que todos los tiranos han practicado, dificulta muchísimo la labor del historiador riguroso y científico.

Ha terminado diciendo que el trabajo de este libro supone una labor ética encomiable y que continúa una larga tradición, la de escribir la historia con el máximo rigor y que es falso el dicho popular de que un libro de historia es bueno porque se lee como una novela. “Eso es una tontería. La realidad es que hay novelas tan buenas que se leen como si fueran un libro de historia”.

Como detalle curioso, ha dicho, en su tono mesurado y discretísim, que a él le dan miedo los daguerrotipos, con esa inquietante sensación de realidad que dan, de realidad imposible ya hoy.

Y ha tomado la palabra Justo Serna y lo ha hecho de modo realmente ameno y grato, con la desenvoltura que da estar acostumbrado a hablar de modo claro y ameno a un montón de discípulos que seguro que no es que les de miedo un daguerrotipo, por real e imposible, por veraz y distante, es que seguro que no tienen ni idea de qué es un daguerrotipo. Con voz firme y muy clara y expresión sonriente y amable, nos ha dado el porqué de éste libro, concebido para demostrar cómo en siglos anteriores, se podía viajar desde Valencia hacia el resto del mundo y de sus lecturas, para ello, de libros entendidos como de viajes, como La Muerte en Venecia, o las Cartas de viaje, de Freud, porque en ambos se siente identificado en la búsqueda de la belleza, del arte, de la luz del Sur… Un libro de viajes y un libro de burgués. Un burgués siempre era vilipendiado, nos ha dicho, por la izquierda, mientras, curiosamente, Marx y Engels los consideraban precursores de cambios y de avances.

El burgués invierte en su preparación, quiere mejorar y lograr algo que Serna nos ha explicado minucioso lo que era en el XIX, el confort. Va, sobre todo, a Londres y a París y “no se pierde nada”. Disfruta de todas las novedades: el ferrocarril, la iluminación por gas, el agua potable canalizada. También viaja por negocios. El burgués José Inocencio de Llano y White se formó viajando de 1842 a 1695 y haciendo lo que Eça de Queirós dice que ya nadie hace: dedicar mucho dinero y tiempo a cultivarse.

Ha hecho hincapié minucioso en que han procurado que la conjetura estuviera bien señalada en su intento de reconstruir un modo y un concepto de vida que desapareció por completo con la Primera Guerra Mundial y lo han hecho de modo asequible para todos. Afirma que los historiadores suelen escribir para sus iguales, aunque nadie los entienda y en tono encantadoramente próximo, nos ha contado que su padre, un lector exhaustivo e incansable, no leía sus libros, o los comenzaba y los dejaba, pero no les entendía, aunque le jaleaba. Este libro sí lo ha leído y ha sentido la felicidad de entenderlo. Para mi padre y para las personas como mi padre, he escrito mi parte de éste libro.

Realmente un acto estupendo presidido por el talento, por los ojos profundamente inteligentes y tristes de Antonio Muñoz Molina y los ojos profundamente inteligentes y alegres de Justo Serna.

Gracias.

P. S. Lo de las cañas no lo cuento. Haber ido.
4. Monigote, blanco y negro (26 de enero de 2007).

Dedicado a Ana Serrano y a Miguel Veyrat…

Quisiera agradecer a Ana Serrano su magnífica y generosa crónica del acto, sus amables calificaciones… Quisiera agradecer a Miguel Veyrat su cariñosa anotación, su presencia estimulante en el acto de ayer en Madrid. Cómo es posible que yo haya tardado cuarenta y tantos años en conocer a esta persona que idolatré cuando era corresponsal de TVE en París. La tarde de ayer era imposible, pero la presencia de ambos (y de otros amigos) caldeó el acto. Hoy, cuando regresaba de Madrid en el Alaris, he visto nieve, mucha nieve. Como obsequio a ambos y como presente a los amables lectores de esta bitácora les regaló con el muñeco de Monigote: un monstruito de nieve hecho por el siempre comedido Víctor Serna. Ustedes se lo merecen. Lo pueden encontrar aquí abajo.

monigotenieve.jpg 

monigotenegro.jpg

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01.22.07

Nostalgia del futuro

Posted in Cine, Comunicación at 12:04 por jserna

dosmiluno.jpg 

1. Qué curiosas coincidencias. Rafa Torres hablaba en su blog del espacio ruidoso, de ese espacio exterior en el que, al parecer, los ventiladores y las máquinas nos hacen ensordecer. Por su parte, Julia Puig hablaba de literatura infantil en su bitácora, de lo que significa contar y leer historias. Ambos comentarios me hicieron recordar una cosa aparentemente tan banal como qué es lo que nos hace humanos, qué es lo que nos distingue desde niños. No pude evitarlo: recordé a Hal 9000, de 2001 (Stanley Kubrick) . Hay en aquella película secuencias memorables que rentengo desde que la vi por primera vez con nueve o diez años. Para mí, cuando la estaba contemplando era un relato majestuoso e indescifrable, como esos cuentos enigmáticos de los que hablaba Julia Puig. La veía como una película de ciencia-ficción, sí, pero hermética y bella, o quizá oscura y premonitoria. Con astronautas en hibernación; con tripulantes enfundados en sus trajes blancos moviéndose con lentitud sideral; con comida en cápsulas o en patés de colorines. Era el futuro. El porvenir no estaba en una población de la Tierra, con adelantos que podríamos ver, sino en una estación espacial o en la nave Discovery, no-lugares convertidos en alojamiento humano. Recuerdo los atavíos de los pasajeros o de la tripulación de la estación espacial: una moda muy pop, de un primer pop prehippy, con pantalones aún estrechos. Pero recuerdo sobre todo la vida en el Discovery. Era una aventura en el sentido más literal de la expresión: un viaje más allá de las estrellas, con un destino que no se conoce bien y con unas metas que la tripulación verdaderamente ignora. Pero quien lo sabe todo es ese otro miembro de la tripulación que desde entonces me fascinó: Hal 9000.  

Las computadoras de entonces, de los años sesenta, se llamaban así: computadoras. O al menos  eso era lo que oíamos en pantalla. Y su aspecto externo no era como los ordenadores de hoy: su parte decisiva no era una pantalla o teclado, sino el ojo que te ve, una especie de objetivo con el diafragma bien abierto. Hal era como Polifemo, pues disponía de un solo ojo, sí, pero, a diferencia de aquel, tenía un dominio panóptico sobre la nave: en todos los rincones del Discovery había terminales que le facilitaban el control de lo que pasaba. Porque, como nos recuerdan Joan Bassa y Ramon Freixas en su libro dedicado al cine de ciencia-ficción, “es necesario precisar ante todo la existencia de dos tipos diferentes de computadora: la máquina programada, archivo de memoria y suminsitrador de datos, y el cerebro electrónico, categoría máxima de máquina dotada de una inteligencia propia, capaz de razonamientos de todo tipo y, sobre todo, no sólo capaz de responder, sino también de preguntar”. Hal es memoria y razonamiento, capaz de averiguar lo que pasa.

 hal.jpg

Pero lo que pasaba no sólo lo advertía con su único ojo. También sus redes neuronales le permitían acoplarse a la nave, solaparse con ella, de modo que un desperfecto técnico era captado o percibido inmediatamente.  La historia de 2001 puede ser interpretada de modo diverso y hay, desde luego, distintos problemas que allí se nos muestran:  el dominio espacial, sí; pero también los misterios de la existencia, la ambición y la soledad; el poderío de las máquinas y la pequeñez del hombre; las persistentes necesidades humanas de amor, de comprensión, que aquí las expresa Hal, un cacharro concebido para ser perfecto pero cuyo desarreglo neuronal empieza cuando debe enfrentarse a los hombres; las promesas, en fin, de superación que nos depara el futuro (con ese superhombre que vemos nacer). 

superhombre.gif

Cuando Dave Bowman, el único astronauta que sobrevive, empieza a desconectar la computadora, el cacharro tiene miedo. “Just what do you think you’re doing, Dave?”, le dice Hal. Es una pregunta literal pero es también la expresión de un miedo, pues su vida se apaga, cosa que puede producir serios daños en esas redes cerebrales. Justo en ese momento empezamos a oír ruidos electrónicos, chasquidos metálicos (así lo recuerdo) y un tarareo de Hal. No es el vals de Strauss (ese que Rafa Torres recuerda también), sino una cancioncilla infantil. “Daisy, Daisy…” Esa canción nos muestra la infancia de la computadora: le fueron introducidos recuerdos y sentimientos, recursos de la existencia humana que siempre se expresan bajo la forma de relatos. Ruidos, valses y sonsonetes. Siendo niño, la primera vez que vi aquella película no la entendí (insisto), pero quedé definitivamente fascinado por la mezcla de imágenes y sonidos. Admití que el futuro era así y que, por supuesto, el espacio exterior (qué bien sonaba aquello: el espacio exterior) era exactamente igual al visto en 2001. Era una película pomposa, cierto, pero qué película, señores. No puedo volver a verla (o a oírla) sin sentir una punzada de nostalgia por el… futuro.  

2. Del Gulag al Spútnik

3. El proyecto Apolo y nosotros

elvientodelaluna.jpg

4. El último Kubrick…

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01.18.07

Hitler, Stalin y Rodríguez Zapatero

Posted in Totalitarismo, Comunicación, Democracia, Historia at 13:58 por jserna

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1. El peligro de las analogías históricas…

Uno de los errores más graves en los que puede incurrir quien observa el pasado es el del anacronismo, la mezcla indebida de hechos o de fenómenos que no son del mismo contexto. Confundir datos, informaciones o procesos asimilándolos como si éstos fueran idénticos o pertenecieran a una misma época son licencias o deslices o traspiés que un historiador profesional no puede cometer. Establecer analogías históricas con cierta cautela es, sin embargo, un recurso frecuente de los profesionales. Hay semejanzas, qué duda cabe, entre actos del pasado y acciones del presente. Hay similitudes entre hechos de otro tiempo y acontecimientos de ahora. Bajo determinada perspectiva no hemos cambiado tanto: tropezamos con barreras parecidas y  cometemos yerros análogos. Ahora bien, el historiador riguroso suele ser prudente, incluso receloso, con estas aproximaciones, pues para hallar la similitud entre hechos distantes es preciso saltarse los contextos, palabra de orden entre los investigadores.

He quedado simplemente asombrado con la analogía absolutamente desmedida y anacrónica que el editorialista de El Mundo (18 de enero de 2007) traza entre la política parlamentaria española y el trato dispensado a los judíos por los nazis. Hay que leerlo dos, tres veces, frotarse los ojos, echarse agua a la cara, releerlo nuevamente, incluso deletrearlo, para corroborar lo que uno acaba de confirmar. El editorialista critica el comunicado sobre la política antiterrorista que el miércoles hizo público el PSOE, un comunicado suscrito por los partidos parlamentarios que le apoyan, que son todos a excepción del PP. De lo que se trata es de evitar lo que, a juicio de los firmantes, es la conducta obstruccionista de los populares. ¿Juzgo ese comunicado? ¿Apruebo o desapruebo dicha postura? No es eso lo que ahora me importa o creo relevante.

Más que esto, lo que me escandaliza es la comparación  que establece el editorialista. “El comunicado del PSOE parece la puesta en práctica del ‘cordón sanitario’ propugnado por el actor Federico Luppi hace unos días. Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”, concluye. Repito: “Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”.

Es detestable esa analogía, pues, si se acepta, lo que inmeditamente nos preguntamos es cuándo emprenderá el PSOE la Solución Final con el PP. Si los populares son los nuevos judíos, si la derecha es la nueva apestada, entonces pronto veremos un nuevo Wannsee en donde se decrete el exterminio… Ésa es la conclusión lógica de la analogía, el resultado de esas comparaciones absolutamente indecentes. La política parlamentaria es dura, incluso durísima, y está sometida a todo tipo de acuerdos, de negociaciones, de barreras, de obstáculos. Por ejemplo, un partido puede utilizar su  mayoría absoluta para imponer –por la ley del número— sus iniciativas. La democracia puede tener rasgos totalitarios si las minorías quedan excluidas, quedan sin  representación o quedan simplemente aplastadas por la fuerza parlamentaria del partido gobernante. A esa tendencia del parlamentarismo podríamos identificarla como una perversión. Ahora bien, calificar de democracia totalitaria a eso –como suele hacer Jiménez Losantos desde hace años— es una hipérbole política y moralmente reprobable. Es tal estrépito que ensordece, que ya no extraña una identificación de la política parlamentaria española con las prácticas nazis. Rodríguez Zapatero reivindicó la democracia deliberativa, concepto que yo mismo expuse hace unos años. El editorialista de El Mundo le reprocha haber pasado de esa deliberación a la mordaza. Es legítima la posición crítica de este periódico –no faltaba más–: lo que no resulta aceptable es el estruendo verbal a que su editorialista se entrega. Estamos llegando a un límite que no creíamos posible rebasar. No es que no sea posible el pacto entre los dos grandes partidos: el problema es que las guerras mediáticas favorecen el atrincheramiento y la guerra de posiciones, una colisión en la que ciertos medios parecen ser estrategas de la tropa. Resulta asfixiante y manipulador, sobre todo si esas analogías históricas, absolutamente ignaras y desvergonzadas, sirven para abatir al contrario.

Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventar hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer analogías extremas o conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y, en definitiva, histórico. A partir de ahí, el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con que analices. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia. Pero pensar que una par de referencias históricas permiten la comparación extrema es recaer en la ignorancia culpable.

Aún me froto los ojos.

2. “Para esto que cierren el Parlamento” (antetítulo del editorial de El Mundo, 18 de enero de 2007, y conclusión de la crítica a la política parlamentaria del PSOE y sus aliados). 

3.  Otras analogías

En una rueda de prensa concedida en Marbella, Mariano Rajoy  aseguró que «ni Stalin» imponía vetos como el promovido por el PSOE contra el PP (Agencia Efe).

 “Me parece un acto absolutamente totalitario y antidemocrático que las propuestas del PP no se debatan en las Cortes. ¿Entonces qué hacemos? ¿Qué democracia es esta? ¿Y los 10 millones de personas que han votado al PP, dónde van y cuál es su cauce de expresión? Es una cosa verdaderamente dramática”, afirmó. Rajoy denunció, además, que “esto no pasa en ningún país del mundo”, ni siquiera sucedía en la Unión Soviética de Stalin. Por eso, no sólo calificó de “inaceptable” el veto a sus propuestas, sino que informó de que piensa defender sus ideas “tenga el coste personal que tenga”. Etcétera. “Me parece verdaderamente sorprendente porque es la primera vez, no en la democracia española, sino en la historia de cualquier democracia en la cual las posiciones de un partido y sus propuestas no se pueden debatir en un parlamento. Esto, ni Stalin, de verdad, esto no se ha visto nunca”, concluyó. 

3. Hemeroteca

Ofender para qué, artículo de Justo Serna en Levante-EMV, 19 de enero de 2007.

4. Hemeroteca

Elogios de Rajoy (2004).

5. Lecturas de fin de semana

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Reseña de Ricardo García Cárcel de Diario de un burgués en Abcd Las Artes y Las Letras.

6. Atención. Noticia:

El próximo jueves día 25 de enero, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

Seguiremos informando…

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01.16.07

El político y el científico

Posted in Scriptorium, Comunicación, Democracia at 15:44 por jserna

rajoyzapatero.jpg 

Fotografía: Agencia Efe

1. Max Weber diferenció la ética del científico de la del político. Es archiconocida esta distinción, pero en momentos como éste –y en debates como el que mantengo con Gregorio Martín— quizá sea conveniente recordarla. Al científico se le pide que se deje guiar por los principios, por la convicción. Uno no puede cambiar las reglas a su antojo: debe, por el contrario, disciplinarse, someterse, contenerse. Perdónenme esta reliquia: el viejo positivismo del Ochocientos lo dictó cuando pensaba en la ciencia de la sociedad. Hay una meta que se formula como objeto de conocimiento, una meta a la que no podemos renunciar y que se plantea en términos de hipótesis; hay unas reglas a las que hay que atenerse, que son las convenciones que todo investigador debería cumplir; hay unos procedimientos a seguir, técnicas comprobadas, verificadas; hay unas pruebas a realizar, pruebas que permiten corroborar o descartar la hipótesis inicial. ¿Rutinario? Quizá. Tal vez, todo ello no haga del científico un genio, sino una figura metódica. Pero necesitamos eso: gente que se ciña a unos pasos que todos podrían seguir si quisieran reproducir las etapas de la investigación. Esos pasos o las audacias del investigador (pues en ocasiones se sale del guión  y de ahí viene el descubrimiento) no pueden invalidar el punto de partida, el objeto: uno no puede renunciar de manera arbitraria o por conveniencia a lo que halla, le confirme o no. A esa manera de proceder, entre rigurosa y exigente, Weber la llamaba ética de la convicción. Es la de quien se atiene a los principios…  

¿Se le pide al político que actúe igual? Por supuesto que no. Weber describió cuál era el tipo ideal de político: aquel que se ciñe a la ética de la responsabilidad. Tiene unos principios genéricos que le mueven e incluso que le guían en el día a día. Tiene unas convicciones por las que cree valioso batirse, pero no hace de ese ideal una condición sine qua non. ¿Quiere decir eso que el político weberiano es un chaquetero, un pancista, alguien dispuesto a sacrificar cualquier principio? Por supuesto que no. Es, por el contrario, un tipo responsable en el sentido de que teniendo como fin último unos principios que cree moralmente dignos, unos principios que cree buenos, es capaz de demorar su consecución: es capaz de transigir en lo accidental y en lo negociable; es capaz de llegar a pactos para no agravar el estado del mundo. El político que dice guiarse por la convicción y sólo por la convicción es un tipo temible. No espera la ruina ni la destrucción pues se sabe guiado por un ideal que él juzga irreprochablemente moral y valioso y bueno.  

Hace varias semanas, José Antonio Zarzalejos firmaba una Tercera en Abc especialmente crítica con Rodríguez Zapatero. ¿Qué le reprochaba? Entre otras cosas, un comportamiento inmoral, el propio de quien abandonando todo principio se entrega a la tesis del mal menor. El mal menor. Ética política en una era de terror es un libro de Michael Ignatieff, un autor de simpatías explícitamente weberianas que al director de Abc le servía para arremeter contra el Presidente del Gobierno. Según la lectura de José Antonio Zarzalejos, aceptan el mal menor quienes están dispuestos a negociar con los terroristas: quienes abdican de sus principios (que son morales, pero también políticos, en una aleación al final inextricable). ¿Que tenemos que aceptarles ciertas concesiones a los negociadores? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. ¿Que tenemos que saltarnos la Constitución para así integrar a los terroristas si éstos renuncian a la violencia, evitando con ello sus atentados? Pues no pasa nada, se acepta y ya está. La imagen que trazaba José Antonio Zarzalejos era la de un político sin escrúpulos, alguien que parece haber renunciado a la convicción y, por tanto, alguien desecha todo principio. En ese retrato de Rodríguez Zapatero había, sin embargo, un desajuste: simplemente la tesis del mal menor descrita por Michael Ignatieff no respondía a la lectura hecha por el director de Abc. Seguramente leído deprisa y meses atrás, el volumen había dejado una impresión confusa en José Antonio Zarzalejos. 

Creo haber hecho una lectura más pausada de dicho volumen. Para Ignatieff, el político que defiende el mal menor frente al terrorismo no es el que negocia para evitar males mayores dispuesto a desembarazarse de principios, sino el responsable que cree que es aceptable saltarse la Constitución y los derechos haciendo uso de una violencia extralegal.  “Cuando las democracias luchan contra el terrorismo están defendiendo la máxima de que su vida política debería estar libre de violencia”, empezaba Ignatieff. Combatir en serio el terrorismo es estrictamente necesario, por supuesto. Lo que no está tan claro es que los procedimientos tengan que ser ilegales e invisibles, porque si se empieza por emplear esos recursos de manera sistemática, entonces se destruye la superioridad ética de quienes combaten el terror. Entonces, ¿qué podemos hacer con los terroristas? “Su derecho al debido proceso legal, a ser tratados con una dignidad básica, es independiente de la conducta y es irrevocable en toda circunstancia. Creemos que incluso nuestros enemigos merecen ser tratados como seres humanos”, añadía Ignatieff. Además, y “en cualquier caso no podemos detener de forma preventiva a todos los que no están satisfechos en nuestro entorno”. 

¿Ha actuado Rodríguez Zapatero como Zarzalejos le reprochaba haciendo uso de El mal menor? Ignatieff trataba el asunto de Guatánamo y trataba los procedimientos extralegales de la Administración Bush. El presunto mal menor ha acabado por convertirse en mal mayor, justamente porque esas medidas excepcionales no superaban las seis pruebas que Ignatieff proponía: la prueba de la dignidad, la de la conservación (hábeas corpus), la de la efectividad, la del último recurso, la de la revisión contradictoria abierta (el control legislativo o judicial tan pronto como lo permita la necesidad) y la de solidaridad internacional (la aprobación de los organismos y aliados). El trato dispensado a los presuntos terroristas ha sido moralmente intolerable. Y, además, desde el punto de vista político las guerras emprendidas contra el terror no han sido suficientemente eficaces, como prueba la desastrosa situación de Irak.

En el caso español, desde luego no ha habido en el proceso actual una guerra sucia emprendida por el Estado con la anuencia silente o explícita del mandatario. No ha habido tampoco una propuesta de combate extralegal por parte del líder de la Oposición. Si eso hemos avanzado, si eso es lo que hemos logrado frente a otras tentaciones y atajos, ¿por qué se rompe la solidaridad básica de los principales partidos? ¿Por qué algunos ahora  aplauden la ruptura representada en Cortes?

El domingo pasado ciertos columnistas del periódico Abc creyeron que había llegado la hora de los consensos. “Es menester que alguien frene esta deriva demencial”, decía Ignacio Camacho.  “Quizá sea el momento de ir pensando en desmovilizar al personal y dejar la calle”, añadía Jon Juaristi. “El Gobierno y la oposición deberían comprometerse desde ahora a desalentar…”, apostillaba el escritor vasco. Nunca como hasta ahora se había alcanzado “un nivel así de perversión en la descalificación del adversario”, admitía Carlos Herrera.

Hoy, sin embargo, el diario Abc abandona la mesura que defiende y aprueba el estrépito de Rajoy. El problema del líder de la Oposición es que hace representación de su radical enfrentamiento, de su firmeza en las convicciones, de su exaltación de los principios,  incluso cuando el Presidente del Gobierno propone acuerdos entre todos por responsabilidad, incluso cuando admite errores, incluso cuando integra a los partidos antes desafectos (PNV). No está claro que la ciudadanía celebre su posición y firme repudio.  Y, sin embargo, Mariano Rajoy no indaga en lo fundamental que Rodríguez Zapatero calló: ¿por qué hizo una declaración tan optimista del estado de las negociaciones si al día siguiente se dio el desmentido más brutal? ¿En qué se basaba? ¿En informaciones erróneas, en convicciones irreales?

Seguimos sin saberlo. Si la fantasía no le dejaba ver la realidad, el problema no era sólo del Presidente, sino de sus adláteres, de sus informadores, de sus asesores. Del Estado, en suma. En ese caso, la responsabilidad es grave: pero tan grave es que un político se deje jalear por sus seguidores mediáticos  para hacer alarde de unos principios que ponen en peligro el estado de cosas, para provocar mayor estruendo con fines exclusivamente electorales. Decía Álvaro Delgado-Gal en el Abc del pasado domingo que la nuestra es “una democracia que ha dejado de funcionar normalmente desde hace tiempo”.  Hay un punto de exageración, claro, una exageración que en otros columnistas alcanza un estilo desgarrado y verboso. Si el sistema político español no funciona, ¿qué podríamos decir del estadounidense? La democracia americana que se embarca en males menores que provocan males mayores, ¿ha dejado de funcionar? ¿Hasta dónde tenemos que llegar en el estrépito verbal, en la confusión de quien dice defender sólo los principios?  

Etcétera.

2. Scriptorium

“No es que la ética de la convicción signifique una falta de responsabilidad o que la ética de la responsabilidad suponga una falta de convicción. No se trata de eso. Sin embargo, entre un modo de actuar conforme a la máxima de una ética de convicción, cuyo ordenamiento, religiosamente hablando dice: “el cristiano obra bien y deja los resultados a la voluntad de Dios”, y el otro modo de obrar según una máxima de la ética de la responsabilidad, tal como la que ordena tener presente las previsibles “consecuencias” de la propia actuación, existe una insondable diferencia. En el caso de que ustedes intenten explicar a un sindicalista, así sea lo más elocuentemente posible, que las consecuencias de su modo de proceder habrán de aumentar las posibilidades de la reacción y acrecentarán la tiranía sobre su clase, dificultando su ascenso, no será posible causarle efecto, en el caso de que ese sindicalista se mantenga inflexible en su ética de convicción. En el momento que las consecuencias de una acción con arreglo a una ética de la convicción resultan funestas, quien la llevó a cabo, lejos de considerarse comprometido con ellas, responsabiliza al mundo, a la necedad de los hombres o la voluntad de Dios por haberlas hecho así. Por el contrario, quien actúa apegado a una ética de la responsabilidad toma en consideración todas las fallas del hombre medio. Tal como opina Fichte, no le asiste derecho alguno a dar crédito a la bondad y perfección del hombre, considerándose que su situación no le permite imputar a otros aquellas consecuencias de su proceder que bien pudieron serle previsibles. Siempre se dirá que tales consecuencias deben achacarse a su proceder. A la inversa quien se rige por una ética de la convicción sólo siente la responsabilidad de que no vaya a flamear la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la reprobación de las injusticias del orden social. Prender la mecha una vez tras otra es el fin por el cual se actúa. Y que desde el punto de vista de un probable triunfo, es totalmente irracional y tan sólo puede considerársele en calidad de valor ejemplar”.

“La política estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y mesura. Es del todo cierto, y así lo demuestra la Historia, que en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible; pero para realizar esta tarea no sólo es indispensable ser un caudillo, sino también un héroe en todo el sentido estricto del término, incluso todos aquellos que no son héroes ni caudillos han de armarse desde ahora, de la fuerza de voluntad que les permita soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren mostrarse incapaces de realizar inclusive todo lo que aún es posible. Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su “vocación para la política”. Max Weber

3. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla

Respuesta de Gregorio Martín

Justo:

Gracias por el párrafo de Weber con el que finalizas tu articulo, al que solo puedo hacer una aportación: la complejidad de la naturaleza, que el de “ciencias” estudia con la pretensión de modelizarla, explicarla y comprenderla y en su caso modificarla con más o menos cuidado (me permitirás que pase por encima de la espinosa cuestión de las ciencias sociales). Creo entender que Weber asume esta complejidad y reconoce al político, en el fondo a la sociedad que él conoció (la nuestra como sabes la considero un poco diferente, pero tampoco es de ésta la discusión) y decide moverse en ella en una alarde de valentía intelectual, que no todos tenemos, como también carecemos del carácter y de los talentos propios del político digno de tal nombre.

No podemos comprenderlo todo (de pequeño, los curas me engañaban, diciendo que solo en el cielo podría hacerlo), pero hay que hacer aproximaciones y en este sentido quiero hacer la aportación metodológica que hace la fisiología y de la cual se aprovecha la Informática. El papel del ciudadano y del político creo que están en la metáfora que me atrevo a exponer:

“ Si entendemos como  servicio un “contrato” entre proveedor y cliente,  en el que el primero proporciona una o varias operaciones que benefician al segundo, la Arquitectura Orientada a Servicios  es una manera de organizar el software basada en servicios que  soportan  los requisitos de los usuarios en cada momento. Esta perspectiva serviría  para explicar  el cuerpo humano, que  puede verse como un conjunto de sistemas autónomos trabajando en un entorno coordinado; así el sistema cardiocirculatorio está formado por elementos tan dispares entre ellos como células sanguíneas, arterias, corazón, etc., donde cada uno de estos sistemas discretos colabora para dar un servicio y así soportar otros procesos, como la respiración, los movimientos musculares, etc. Cada sistema trabaja de forma independiente, las funciones de más bajo nivel, como la oxigenación celular, son ubicuas en todo sistema y las distintas partes colaboran para el desempeño funciones que tienen una mayor integración, a través de interfaces comunes, para el  funcionamiento de un determinado órgano. A pesar de lo importante que los pulmones son  para el trabajo del corazón, éste parece ignorar como aquellos llevan a cabo su trabajo, lo que no impide, que cuando el cuerpo haga un esfuerzo (como una carrera) y los músculos “pidan” mas oxigeno a un servicio (el sistema cardiorrespiratorio) este responda, sin que  parezca preocuparle la forma como los pulmones puedan absorber el oxigeno necesario o cual sea el mecanismo por el cual se produce el correspondiente incremento de la frecuencia cardiaca. Cuando esta demanda excede  un cierto nivel, el sistema falla, pero no antes”.

Habrá que considerar que estamos ante un sistema complejo (la política y la relación entre humanos) y trabajar sobre un nivel de confianza que permita que el sistema no sea jerárquico sino colaborativo. Comprenderás que como científico no puedo en absoluto criticar el “experimento” que ha hecho Zapatero para afrontar un problema complejo. No entiendo cómo se pueden producir las descalificaciones y las contundencias que hemos vivido. La realidad es compleja, no hay modelo para interpretarla y una cierta pauta basada en “prueba-error” forma parte de nuestra limitación frente a la complejidad, y de hecho, creo que es uno de los aspectos que refleja el párrafo de Weber.  

 

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01.15.07

Prisa por pensar…

Posted in Sociología, Comunicación at 10:22 por jserna

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Ilustraciones: Monigote