12.31.06

Los escombros de la Terminal

Posted in terrorismo at 11:28 por jserna

bomberos.jpg 

0. Hoy es un día de reflexión y de rabia…  

Quienes pueden matar porque carecen de escrúpulos y porque disponen de armas han acabado por accionar su perfecto detonador. Los demás asistimos con decepción al déjà-vu, a algo ya visto. Los bárbaros del Norte sólo parecen entonar un lenguaje prepolítico: los vemos incapaces de articular un discurso auténticamente político. En marzo de 2006 hubo un momento de esperanza en aquellas palabras que se pronunciaron ante las cámaras con txapela y pasamontañas. Sabíamos de la pobre retórica expresiva de la que son capaces, pero queríamos apreciar un cambio de vocablos, unas voces duras pero negociadoras. Una negociación es una cesión o transacción en la que cada una de las partes espera obtener algo, sólo excepcionalmente todo.  Esas partes presionan, farolean, amenazan con retirarse, estratagemas o movimientos de los que sacar provecho. Pero uno no va a esta o a aquella  negociación con la expectativa de practicar un juego de suma cero, con la esperanza de ganar todo para derrotar completamente al adversario. Si espera tal cosa, entonces debe mantener la contienda: es cuando se dan las circunstancias para eliminarlo o, al menos, para desarmarlo (que es lo que recomendaba Von Clausewitz).  

Si se negocia, entonces el provecho de ese juego será sólo una suma variable. Pero cabe otra posibilidad: que la violencia sea sólo el capital de que valerse, que los atentados no sean su guerra particular sino el único aval. Éste parece ser el caso: no es que no se sepa negociar, es que sólo se cuenta con ese recurso y, por tanto, tarde o temprano se hará uso de él. Rodríguez Zapatero hizo una declaración fantasiosamente optimista el 29 de diciembre y al día siguiente estallaban los explosivos en la Terminal de Barajas. Todas las posibilidades son desoladoras: o tenía poca información sobre lo que podía ocurrir; o sabía qué podía ocurrir pero quería frenar al enemigo con unas palabras que comprometen. ¿Inconsciencia, huida hacia adelante, estrategias y retóricas de una negociación que no ha acabado? La efigie del Presidente no sale bien parada, pero de cara a la ciudadanía el sermón  de Rajoy no queda mucho mejor: ¿no decía una y otra vez que el Gobierno había cedido? Tiene razón el líder de la Oposición cuando dice que con gente así no se puede negociar verdaderamente: son poco fiables (en cualquier momento pueden accionar sus detonadores). Pero si ha habido un atentado es porque el Gobierno no ha hecho abdicación de sus responsabilidades.   

José Antonio Zarzalejos firmaba el domingo pasado una Tercera de Abc en el que arremetía contra Rodríguez Zapatero. Le reprochaba –como viene siendo habitual— el inicio del proceso de paz, sus conversaciones con los terroristas, su disposición a negociar. Todo ello, para Zarzalejos, es ejemplo de dejación moral, de desarme frente a unos violentos que no han pedido perdón, que no han entregado las armas, que no han hecho muestra ostensible de hacer propósito de enmienda. No está nada claro que en un proceso de estas características deban cumplirse previamente esos requisitos: perdón, entrega de armas y contrición. Ojalá se cumplieran, pero si así fuera, entonces no haría falta sentarse a hablar de nada. Lo principal lo habríamos conseguido: que se desarmaran y que no volvieran a amenazarnos. Los grupos que emplean la violencia intimidan mientras pueden y, desde luego, no se conoce caso alguno en que se lleve a cabo un armisticio o paz negociada entregando previamente lo que sirve a esa parte para envalentonarse y amenazar. Eso, sin embargo, no significa que deba cederse a lo que éstos piden. La prueba de que la negociación no ha significado la entrega o sumisión del Gobierno es que los violentos no están contentos. Nada contentos. Si a los pocos meses de empezar se hubieran puesto a tirar cohetes de alegría, quizá eso habría significado que habían conseguido lo que querían. Por lo que parece no es  así.  

Paso a reproducirles el artículo que firmé en Levante-EMV cuando se proclamó el alto el fuego.  

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1. El lenguaje de Eta

Justo Serna

Levante-Emv, 24 de marzo de 2006

Hay algo de cruelmente folletinesco en el terrorismo y en su lenguaje, con esos héroes aclamados por su pueblo y con esos villanos que siempre vienen de fuera, ajenos, auténticamente forasteros que pretenden usurpar lo nuestro, lo propio, lo que siendo de la tierra es objeto de latrocinio. En La estrategia de la ilusión, Umberto Eco mostró con minucia y reflexión cuáles eran las toscas incongruencias, el delirante ejercicio, en que incurrían las Brigate Rosse para justificar sus actos violentos forzando la lógica y quebrantando cualquier sentido. Mostró también en qué se basaban sus presuntuosos y burdos manifiestos, unos conceptos cuyo significado original había sido expropiado hasta volver irreconocible su semántica universal. Mostró, en fin, lo cercano que estaba el discurso de los terroristas italianos a los códigos del folletín. Los brigadistas se revestían de un lenguaje leninista, se dotaban de un léxico aparatosamente marxista, salpimentado con vocablos modernos. Bien mirado, todo era muy antiguo: sus declaraciones y sus justificaciones tenían la forma de un cuento viejo y sangriento. Se asemejaban, concluía Eco, a un folletín de justicieros venidos para reparar antiguas heridas, un romance malogrado y mil veces leído del que podríamos carcajearnos si esa fábula no hubiese sido escrita con tanto padecimiento, con tantas laceraciones.   

Durante mucho tiempo, los etarras se han valido de un lenguaje tercermundista y anticolonial, un léxico que mezclaba el izquierdismo más extremado y un etnicismo arcádico, un vocabulario entre delirante y juvenil. Durante mucho tiempo, nuestros bárbaros del norte se supieron jóvenes y no les faltaba el sentimiento del júbilo porque el cataclismo que provocaban les robustecía. Al destruir lo que juzgaban secundario, su quirúrgica amputación simplificaba el mundo mal hecho, el mundo que les tocaba vivir, ese por el que sentían un gran desengaño. Estaban convencidos, en fin, de que dicho desastre devolvería a la sociedad su primitiva o su oculta o su futura armonía. No se preguntaban sobre lo que fuera a reemplazar lo destruido y se exaltaban con el goce del abismo, con el vacío que producían. No se dolían ni se lamentaban ni se explicaban verdaderamente, porque sabían que no les incomodaban ni la conciencia ni el razonamiento: simplemente, practicaban la violencia, esa quirúrgica amputación, de manera grandiosa y expresiva, dispuestos a sacrificarse bajo las llamas humeantes de una fiesta destructiva. 

Ahora, los terroristas decretan un alto el fuego permanente. Nos perdonan la vida, vaya. Es nauseabunda esa actitud, pero les pido que no se dejen llevar por el lógico repudio. Lean el comunicado y observen el nuevo léxico. Junto a enunciados etnicistas, tan característicos de la fase prepolítica de los movimientos anticoloniales, hay un lenguaje político: democracia, justicia, etcétera. Ya sé que pronunciados por estos gudaris, esos vocablos pierden todo sentido recto. Pero que se valgan de un léxico institucional para justificar su alto el fuego o, mejor, su derrota militar, es un avance considerable. Nadie que se sienta fuerte y armado abandona la violencia. Nadie que no esté moral, ideológica y políticamente derribado acepta pronunciarse así. Las concesiones al etnicismo, los llamamientos a los Estados español y francés, la petición de que cese la persecución policial, son debilidades o faroles. Ojalá nuestros representantes, del Gobierno y de la Oposición, sepan enfrentar la nueva situación y sepan administrar sus recursos. Los ciudadanos lo exigimos.

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 2. Desolador, la Tercera que hoy firma José Antonio Zarzalejos en  Abc. Pide, reclama otra vez una moción de censura. Resultan significativos los epítetos que le dedica. Extractos: A. Rodríguez Zapatero obra… “como si de un autista  se tratara”, “con un rostro marmóreo”,  “inconmovible”,  “pecando de altivez”, actuando como “un político temible, poseído de una soberbia cegadora e inabordable intelectualmente desde los más elementales argumentos de conservación de la integridad del sistema democrático. Todas sus iniciativas -ésta del proceso es la más grave- surgen como ocurrencias geniales, como grandes hallazgos, para derivar después en gravísimos problemas políticos que le restan todo margen de maniobra”.

B. “La intervención de ayer del presidente -cuando todos los ciudadanos sensatos hubiéramos querido que así no fuese- resultó aflictiva, es decir, desoladora, porque provocó una inquietante sensación de orfandad política”.

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3.  Arcadi Espada hace hermenéutica de un editorial. Es frecuente que el profesor de periodismo de la Universitat Pompeu Fabra dedique su blog a hacer publicidad semántica de El País (”que hablen de mí aunque hablen bien”, dirán en Miguel Yuste), a examinar las palabras del diario socialdemócrata. Así lo llama corrientemente.  Habla también de Rodríguez Zapatero.  Una de las cosas más significativas del periodismo de nuestros días es la designación con la que los columnistas se refieren al Presidente del Gobierno. Unos, como Jon Juaristi,  le suelen llamar Rodríguez; otros, como Arcadi Espada, le llaman el Adolescente. Esto es lo que pasa: hay prisa, faltan lecturas y, por eso, sin  informaciones suficientes (¿”queremos saber”?),  algunos columnistas hacen  de hermeneutas y de Bautistas…

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4. Jon Juaristi

A Jon Juaristi lo conocí en Valencia hacia 1998, justamente cuando el escritor vasco estaba pasando una estancia en nuestra Universidad bajo el amparo de la Fundación Cañada-Blanch, una estancia en la que impartía docencia sobre los nacionalismos. Se hospedaba en el Colegio Mayor Rector Peset y en aquel recinto empezó, creo, su devoción por nuestra ciudad. Fueron unos encuentros cálidos. En repetidas ocasiones, varios compañeros quedábamos con Jon para ir a cenar o para tomar copas, pero sobre todo para debatir, para reflexionar o para bromear, para hablar de naciones o de libertades personales, para declarar nuestro amor inextinguible a la literatura… de Borges.

Recuerdo aquellas veladas con una sensación muy agradable: yo descubría a una persona algo tímida (uno de los míos, pues), pero sobre todo llena de ternura, de sensibilidad, de inteligencia y de inacabable cultura. Me impresionaba, claro, la odiosa, la criminal persecución de la que era objeto. Él y otros profesores vascos habían abandonado o lo estaban haciendo en ese momento la docencia en su propia Universidad. Se les hostigaba, pero sobre todo se les amenazaba, y la vida en Euskadi simplemente se les había vuelto insoportable, imposible. ¿Cómo regresar a una tierra de la que te has alejado durante meses para impartir clases en Valencia, una Valencia benigna, agradable? ¿Cómo regresar a un país en el que todo es arisco y amenazante, en donde hay muerte, extorsión e infidencia?

Recuerdo que nosotros le transmitíamos nuestra solidaridad, algo bien sencillo, claro, en una tierra, la nuestra, en la que la dulzura de vivir nos hacía cómodo, muy cómodo, nuestro respaldo, nuestro aval: no es una chifladura defender lo que defiendes, le decíamos: es de justicia, de razón. Evidentemente no necesitaba que nosotros le recordáramos eso, pero oír que los amigos de Valencia te prestaban dicho apoyo era un lenitivo para seguir. Como también lo fue y en grado superlativo la concesión del Premio Nacional a El bucle melancólico, un volumen editado meses antes. Recuerdo la felicidad personal, incluso egoísta, que yo mismo sentí cuando fuimos a festejar con Jon esa recompensa: era uno de los nuestros, reconocido bajo mandato del Partido Popular.

La estancia académica acabó y Jon Juaristi tuvo que regresar. Poco tiempo después aceptaba ser director de la Biblioteca Nacional  para escándalo y repudio de ciertos intelectuales y políticos de izquierda que le reprochaban su colaboración con los populares. Él argumentó que ese empleo no era exactamente político y que, en todo caso, era un cargo de alta gestión cultural, un puesto de enorme responsabilidad… En nuestra ciudad hubo gente que nos reprochó, a quienes consideraban los camaradas valencianos de Jon, su trayectoria. Recuerdo que una amiga tuvo el coraje de publicar en El País una tribuna en la que defendía con ardor y con discernimiento  la legitimidad y la oportunidad de que Juaristi accediera a dicho empleo. “Lo que merece atención y satisfacción”, decía en su artículo, “es, precisamente, el hecho de que gente que no somos de derechas, ni lo seremos nunca, podamos reconocernos vital e intelectualmente en el nuevo director de esta biblioteca nacional y que, además, ese director sea un investigador especialmente capacitado para el cargo que ocupa”. Tenía toda la razón.

Y, sin embargo, lo que vino después me fue desconcertando progresivamente. Y no me refiero a la colaboración de Jon Juaristi con el PP, a su cerrado apoyo a José María Aznar, apadrinando, por ejemplo, el libro que el ex Presidente firmara después de dejar el Gobierno. No me refiero al respaldo que diera a la colaboración de los ‘constitucionalistas’ en el País Vasco. A lo que aludo es a algo más extraño: al deterioro progresivo de su buen humor. Cuando estuvo en Valencia, ya estaba amenazado y perseguido, pero lo que yo le leía rezumaba guasa e ironía.

Jon Juaristi, que siempre fue un maestro de la socarronería culta, lo veo cada vez más como víctima de un sarcasmo desgarrado que no anuncia nada bueno. ¿Atribuible a la odiosa persecución de que es objeto por los terroristas? Yo creo más bien que el humor se le ha avinagrado por completo pero no por esto, sino por su cercanía intelectual a José María Aznar. En realidad, lo que le leo de un tiempo a esta parte es una defensa explícita o implícita del ex Presidente, defensa a la que tiene perfecto derecho habiendo sido él mismo director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes. Pero es también un repudio a veces insultante del nuevo Gobierno, de su actual Presidente, de sus ministros, bromeando con desgarro y haciendo gracias con los nombres y  las personas de los mandatarios. Es evidente que la guasa punzante y zumbona forma parte de la escritura y que en ese ejercicio de estilo que Jon Juaristi practica no hay nada que no dicte alguna de las tradiciones periodísticas. Lo leo cada domingo en Abc y la decepción es creciente, pero no tanto por sus ideas, alguna de las cuales puedo suscribir, sino sobre todo por su entrega frecuente a la chirigota ofensiva.

Yo había leído con placer y con reparos El bucle melancólico, como leí después Sacra Némesis, su continuación, creyendo ver en ambos libros un género híbrido muy bien resuelto: algo de historia, algo de biografía, algo de filología, algo de antropología y, por qué no, algo de psicopatología de lo vasco. Tiempo después devoré La tribu atribulada y ya quedé desagradablemente impresionado. Todo el libro tenía un gran deje de amargura, un dolor incurable, un reproche infinito, un rencor inextinguible hacia un país, una gente, un par de generaciones que habrían doblegado moralmente a unos y a otros. Pero lo que me desagradó no era ese dictamen, sino  el sentimiento de impotencia con que Jon expresaba esa crítica, un sentimiento que podemos compartir pero que a él le llevaba a proferir insultos innecesarios y poco efectivos, casi infantiles, como llamar a ‘Ana Sagasti’ a Iñaki Anasagasti o ‘Guardaovejas’ a Arzallus, etcétera.

Lo que en La tribu atribulada era un rasgo de estilo, algo que en volúmenes anteriores sólo estaba levemente apuntado, es ahora en sus colaboraciones en Abc un tic constante. Leo sus artículos, de los que siempre aprendo algo, y no creo reconocer a aquel Jon Juaristi que se entregaba a la broma y a la socarronería sutil. Y la verdad es que lo lamento, y lo lamento porque lo que en el escritor vasco aún es el escarnio medido, en sus seguidores más brutos es ya insulto. Y es eso, el estrépito verbal, la deriva retórica más lamentable que está teniendo la democracia de nuestros días. ¿Es posible la crítica política sin ultraje? Jon, tú puedes hacer pedagogía sofisticada entre tus lectores y no abandonarte a apelativos injuriosos o a sarcasmos agraviados. Ya sabes que Borges defendió el refinamiento en el ultraje verbal: lo que no postuló fue una literatura del insulto.

 

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12.29.06

La Meca, otra vez. La muerte

Posted in Muerte, Antropología, Religión at 9:33 por jserna

 meca.jpg 

29 de diciembre

Leo en un despacho de la Agencia Efe que “cerca de tres millones de musulmanes de todo el planeta han comenzado el rito de la peregrinación o Hach en la ciudad sagrada saudí de La Meca, que este viernes llegará a su clímax cuando suban al monte Arafat. Con el unánime grito de Labbaik allahumma labbaik (Aquí estoy, Señor), los fieles se han dirigido a la localidad de Mina, en La Meca, donde pasarán el día y la noche dedicados al rezo, la meditación y el recogimiento. Todos ellos habían dado siete vueltas alrededor de la Kaaba, un edificio cúbico construido por Abraham, según la tradición islámica, hacia donde los musulmanes de todo el mundo dirigen sus cinco plegarias diarias”.

Hace doce meses, por estas mismas fechas, leí otro despacho de la agencia Efe, especialmente aterrador: “la sagrada peregrinación a La Meca (Arabia Saudí), que los musulmanes deben realizar al menos una vez en la vida, volvió a teñirse ayer de sangre y muerte entre los más de 2,5 millones de personas que han acudido este año a celebrarla. Al menos 345 fieles murieron en una nueva avalancha ocurrida en el puente de Yamarat. Abarrotado de peregrinos, este puente, desde el que las multitudes apedrean al diablo –representado en tres grandes pilares–, se convierte anualmente en una trampa en la que pierden la vida centenares de musulmanes. Según el ministro saudí de Sanidad, Hamid Ben Abdalá al Manei, además de los muertos hay 289 heridos. El ministro indicó que la razón de la estampida fue el intento de algunos peregrinos de recuperar sus equipajes, caídos al suelo. Desoyendo la prohibición, numerosos fieles se acercaban cargados al puente para cumplir con el ritual conocido como la lapidación de las tres columnas de Satán”. 

En esta ocasión, los responsables políticos del lugar prometen mayor cuidado y atención con el fin de evitar avalanchas y muertes. “Para que no haya ningún tipo de incidentes”, precisa Efe, “las autoridades saudíes han desplegado este año un importante dispositivo de seguridad y varios agentes se encargarán de ordenar el tráfico de vehículos y personas hacia el monte Arafat. Entre las autoridades saudíes existe un especial temor de que las habituales aglomeraciones que se ocasionan en la subida a este famoso monte ocasionen alguna tragedia. Por eso el Gobierno saudí ha elaborado un plan de acción que prevé la presencia de noventa ambulancias y numeroso personal especializado en casos de emergencia” 

Lamentablemente, tarde o temprano, avalanchas y muertes se producirán. El propio sentido cíclico de la celebración parece forzar los hechos, unas aglomeraciones que desde antiguo reúnen a millones de personas para las que aquel roce físico es o forma parte de la expresión de su religiosidad. ¿Podría interpretarse lo que ocurre en La Meca a partir de Elias Canetti? ¿Podemos leer ese comportamiento multitudinario con el auxilio de Masa y poder?, me preguntaba hace doce meses. El sentido cíclico de la celebración religiosa invita a volver sobre los mismos argumentos.  

Propia de la muchedumbre es la descarga, ese alivio de los diferentes que así pueden sentirse iguales, ataviados incluso con prendas del mismo color. Característica de la multitud es también la densidad, ese apretujamiento en el que apenas queda espacio libre entre los cuerpos. No es excepcional: es lo deseable de la masa concentrada, una masa en la que cada uno se encuentra tan próximo al otro como a sí mismo, lo que produce un gran descanso emocional, esos momentos de felicidad en que la identidad se descarga en los otros indiferenciados. Pero la muchedumbre puede alborotarse, inducida por ejemplo por un clérigo levantisco que reclama obediencia o lucha (la marcha al frente o el regreso a la guerra), o simplemente puede alterarse hasta el delirio provocada por un obstáculo, por un estallido eventual, por el pánico.

“El pánico es una desintegración de la masa ‘dentro’ de la masa”, dice Canetti. “El individuo quiere abandonarla y escapar de ella, que está amenazada en cuanto totalidad. Pero como aún se halla físicamente en su interior, debe arremeter contra ella. Entregársele entonces sería su perdición, ya que la masa misma está amenazada. En un momento así, nunca podrá acentuar suficientemente su individualidad. Sus golpes y empellones tienen su réplica en otros golpes y empellones”. De ese modo, lo que antes fue comunión de los cuerpos y préstamo gozoso de fluidos es ahora literalmente pánico, “la lucha de cada uno contra todos los que se interpongan en su camino”, una lucha en la que el individuo vive cualquier contacto con una parte de su cuerpo como algo hostil que lo lacera, que lo mata. 

Elias Canetti tiene páginas muy esclarecedoras sobre la peregrinación a La Meca, sobre las formas que adopta la muchedumbre en la ciudad santa. “En este caso se trata de una masa ‘lenta’, que se va formando gradualmente por la afluencia de fieles de todos los países del mundo. Según la distancia que el fiel deba recorrer para llegar a La Meca, tardará semanas, meses o incluso años. La obligación de hacer este viaje al menos una vez en la vida repercute sobre toda la existencia terrenal del hombre”. La muchedumbre de los peregrinos es pacífica y se empeña única y exclusivamente en conseguir dicha meta. “No es tarea suya someter infieles, sólo debe llegar al lugar señalado y haber estado allí”. 

“Se considera un milagro muy especial el que una ciudad del tamaño de La Meca pueda acoger a los innumerables grupos de peregrinos”, señala Canetti. Siempre se ha hablado con admiración o con duda del peculiar “ensanchamiento” que registraría la ciudad y sus llanuras para albergar masas tan gigantescas. Cabría incluso compararla con un útero, añade Canetti, pues “puede hacerse más pequeño o más grande según el tamaño del embrión que contenga”. El momento más significativo de la peregrinación es la jornada en la llanura de Arafat: setecientos mil hombres han de estar allí reunidos. “Lo que falte para completar dicho número es completado por ángeles que se mezclan entre la gente sin ser vistos”. 

Este espectáculo, ahora retransmitido al mundo entero, lo constituye una masa aparentemente retenida. La retención móvil forma una multitud compacta en la que cualquier acto libre es del todo imposible. Su estado tiene algo de pasivo, de espera… Los fieles esperan a un predicador que les dirija un sermón en el que alabar ininterrumpidamente a Dios. Antes que nada, en dicha masa importa la densidad, esa presión que se siente por todos los lados, ese leve pero irrefrenable oleaje, que es físico, pero también interior, gracias al cual el fiel se disuelve y su cuerpo entra en comunión con los fluidos y con las epidermis de los otros peregrinos. Los fieles allí reunidos forman también una masa lenta. La muchedumbre avanza con perseverancia hacia un objetivo que es inamovible, y en el trayecto todos han de permanecer juntos bajo cualquier circunstancia. O, podríamos decirlo en términos metafóricos, los propios de Canetti: ese lento avance es una marcha alimentada por los arroyos humanos que han desembocado allí hasta formar “un gran cauce, cuya meta es el mar (…), esa llanura de La Meca. 

Por eso, cualquier dique produce fatales consecuencias. O, como precisaba el viejo despacho de Efe, “algunos equipajes cayeron al suelo –según los testigos y las autoridades saudíes– y los peregrinos, al detener su marcha para recogerlos, hicieron tropezar a los que venían detrás, y éstos a los siguientes, convirtiendo el puente en una trampa mortal”. Es decir, aquella confluencia de arroyos que llevaban a La Meca acabó por convertirse en una red fluvial de torrentes bravíos que anegaba al individuo. En este caso, las metáforas no sirven más que para dar significado a lo que de entrada carece de sentido: la muerte, la muerte multitudinaria, el fin colectivo. 

¿Dónde estaban los ángeles que se mezclaban entre la gente sin ser vistos? Esperemos que este año los espíritus celestiales y los agentes terrenales tengan mayor cuidado de la feligresía.

La noticia en El Mundo, en El País.

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                              Condena a muerte de Sadam Husseim                   

              Ejecutado (Léalo en el despacho de Efe aquí) 30 de diciembre 

                                      Qué decir.    Léalo en este blog

                             sadam2.jpg                 sadam1.jpg

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La tetera de Irak

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Artículo de Justo Serna “Vacía tu mente”, en Levante-EMV.

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La Meca, 3 de enero de 2007:  Un alivio, al parecer…

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12.27.06

¿Freud adúltero?

Posted in psicoanálisis, Historia at 10:42 por jserna

freudmarthaandminna.jpg 

Del 4 al 14 de agosto de 1898, Sigmund Freud emprendió un viaje por el Tirol meridional y Suiza. La compañera durante ese periplo fue su cuñada Minna Bernays. No era extraño dicho viaje ni tampoco la compañía. Lo habitual, lo frecuente era que el Dr. Freud trabajara duramente a lo largo del invierno y que, llegado el verano, se tomara un descanso vacacional con toda su familia, para después reservarse algún desplazamiento de solaz. En efecto, transcurrido el veraneo, cuando llegaba el final del estío, el doctor solía prepararlo todo para viajar al Sur. No se desplazaba con toda su familia sino con algún pariente o amigo: su hermano Alexander, su cuñada Minna, Sándor Ferenczi o alguna de sus hijas, Anna por ejemplo. Leo en la prensa que “el 13 de agosto de 1898, Sigmund Freud, que entonces tenía 42 años, y Minna Bernays, de 33, se registraron como matrimonio en la habitación 11 del hotel Schweizerhaus, en la pequeña localidad de Maloja. En ese pueblo pasarían dos semanas mientras la esposa de Freud recibía en Viena tarjetas postales que describían la belleza de los Alpes, sus lagos y sus bosques“.

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 Semanas atrás, ya comenté aquí un libro en el que se reúnen las Cartas de viaje de Sigmund Freud (Siglo XXI editores). El 13 de agosto de 1898, desde Maloja, el doctor remite a su esposa una tarjeta postal que se recoge en dicho volumen. Dice así: “Tengo que expresar lo encantado que estoy, de lo contrario te sorprenderás cuando nos oigas. El viaje desde Pontresina hasta aquí y la propia Maloja, con glaciar, lago, montañas, cielo. ¡Incomparable! Tenemos los dos un aspecto; lástima que no nos podáis ver. Nos hemos hospedado en una humilde casa suiza, delante tenemos el hotel, como una fortaleza. Mañana nos quedamos aquí. Cariño, Sigm”. Según leo en el libro de las Cartas de viaje, después del 14 de agosto, la pareja abandonaba Maloja para regresar a Austria, en donde transcurriría la segunda mitad de aquel mes, ya con Martha Freud. Y, en efecto, el 20 de agosto de ese año, Sigmund Freud le remitía a Wilhelm Fliess una carta desde el bello Obertressen, en Alt-Aussee (Austria), una misiva en la que decía estar con toda la familia padeciendo un calor creciente (eso leo en otro de sus Epistolarios, el editado por Biblioteca Nueva)… El 31 de agosto, con destino a Dalmacia, el doctor iniciaba el único viaje largo en el que le acompañaría su mujer, leo en sus Cartas de viaje. 

En lo que leo y transcribo de las cartas, de sus fechas y de su localización, hay ciertos datos que contradicen lo difundido por la prensa. El doctor Freud y su cuñada dicen estar alojados en “una humilde casa suiza”, no en el hotel, que sólo tienen “delante, como una fortaleza”. ¿Existe realmente ese asiento en el libro de registro del albergue? Según habían revelado en cartas anteriores, previas a su hospedaje en Maloja, los viajeros disfrutaban del paisaje suizo, de sus glaciares, de la buena temperatura, del vino, “que es excelente y barato en todas partes”, según escribe Minna a su hermana, Martha Freud. Más aún, la cuñada del doctor precisaba los cambios tan saludables que el estudioso estaba experimentando en contacto con la naturaleza. “Tengo que contarte una cosa, aunque no me vas a creer”, dice el día 10. “Tu marido ha tomado el menú del día; le ha gustado mucho, y por la noche haremos lo mismo. Está verdaderamente como cambiado: ha hecho amistad con el médico del balneario, habla con todo el mundo, y disfruta del ambiente selecto y el confort todavía más que yo”. Pensaban irse pronto, “pero esto era demasiado fascinante: elegancia y comodidad al mismo tiempo, y los alrededores son de fábula”, concluye Minna. Y, sin embargo, no parece cierto ni verificable que Freud estuviera el resto del mes de agosto en Maloja. 

¿Qué hicieron el doctor y su cuñada en aquellos días? Más allá de lo real y documentable, que un marido sin su esposa viajara con la cuñada podía levantar todo tipo de sospechas. No extraña, pues, que pudieran llegar a registrarse como matrimonio en algunos sitios con el fin de acallar todo comentario o maledicencia, porque si eran amantes, si disfrutaban lúbricamente de sus cuerpos y de su soledad, entonces más conveniente podía haber sido mantener dos cuartos diferentes para evitar rumores. ¿Se hospedaron en una humilde casa o en el hotel-fortaleza? ¿Estuvieron sólo un par de días o un par de semanas?  

Resulta chistoso todo esto, porque estos reproches se sacan a colación para arremeter contra las teorías y contra la integridad del doctor, cuando su significado podría ser justamente el inverso: en todo caso, el adulterio real o fantaseado del burgués Freud confirmaría los hallazgos frecuentes de su clínica, las fantasías sexuales indómitas de los varones de la Europa victoriana.  ¿Freud adúltero? Los círculos psicoanalíticos, los adversarios y los periódicos disputan sobre el particular, sobre la posible incongruencia que se habría dado entre las ideas del doctor y su vida privada; entre la moral del investigador, y el comportamiento lúbrico, adúltero, del burgués rijoso, incapaz de serle fiel a su esposa. Su caso parece confirmar, en efecto, el estereotipo más previsible. Una doble moral de calavera refinado que preserva su familia de manera recatada, una familia en la que trata de conciliar el cariño conyugal con el interés. ¿Y el sexo libidinoso? El sexo libidinoso se practicaría fuera, en el mundo, un mundo contenido y hedonista a un tiempo, con tentaciones ostentosas a las que se sucumbe con decoro y reserva, un mundo de apetitos refinados y de contención. El matrimonio del burgués suele consumarse con mujeres dóciles, irritables, enfermas, aquejadas de padecimientos imprecisos, abatidas por todo tipo de postraciones inespecíficas, mujeres distantes, sumisas y sumidas en dolencias incurables, con desarreglos nerviosos, con neurastenias o abatimientos. Exactamente las mujeres que Sigmund Freud trataba con frecuencia en su consulta vienesa. 

No sé, no sé. Todo esto es muy previsible y muy interesante para quienes nos ocupamos del mundo burgués o para quienes interesados en el psicoanálisis –como Nicolás Quiroga en su blog— reflexionan con brevedad y tino sobre el adulterio (real o fantaseado). No me pidan moraleja para esta historia, que no la tiene. No hay castigo retrospectivo para el adúltero ni hay salvación posible para el genio. Pese al cuidado con que trazó su imagen, pese a quienes lo repudian, Freud seguirá entre nosotros humanizándose, como un mito frágil o como un titán algo desmejorado.

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Artículo de Justo Serna sobre Freud como turista, en Levante-EMV.

  

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12.22.06

El viaje a Borodino

Posted in Guerra, La felicidad de leer, Historia at 9:54 por jserna

     clausewitz.jpg 1. Leo (en realidad, releo) la nueva edición de la obra clásica de Karl von Clausewitz: De la guerra. El sello Idea Book, de Barcelona, la publica otra vez (incompleta, como siempre) y, la verdad, me admira el hecho de que el volumen aún siga provocando sugerencias. Lo que ahora escribo no pretende ser una reseña (hay lectores que me escriben y me dicen eso). Sólo es una aproximación. Ni siquiera eso: es una deriva a la que me lleva la imaginación.

Desde luego como dijo el prusiano, la guerra es un acto de fuerza que se emprende para forzar al adversario a acatar nuestra voluntad. Dicho así, toda batalla bélica puede compararse con el comercio o con la política (como así lo sostuvo Von Clausewitz). Para él, la guerra no es algo excepcional, sino un hecho propiamente social. Podríamos decir que es un tipo especial de relación o de interacción en el que dos partes esperan conseguir una ganancia, un provecho. Pongamos el ejemplo del primer comercio, del trueque o del regateo, justamente cuando aún no hay un precio establecido para el objeto, para la mercancía con la que se negocia. En esa circunstancia, las partes son contendientes que se enfrentan con el fin de obtener el mayor beneficio. Se farolea con ostentación y con embuste –pero sólo lo necesario– para ganar.

En la guerra, las virtudes militares de un buen ejército son la organización, la jerarquía, la disciplina. La tropa ejecuta, pero las providencias son de la superioridad. Las  decisiones bajan y las informaciones suben. Desde luego, los soldados ejecutan, pero los mandos estudian los datos, conciben estrategias y tácticas y transmiten órdenes. Pero la tropa no es un mero agregado administrativo. El buen ejército, dice Von Clausewitz, debe destacar por su audacia, por su perseverancia, su superioridad numérica, por la sorpresa con que ejecuta sus planes o sus ataques, por la estratagema de que es capaz, por la concentración de fuerzas con que se despliega. Etcétera.

Comparada con las contiendas del siglo XX, la guerra descrita por el prusiano es una desavenencia entre caballeros… armados que se atienen a reglas, que aceptan las normas y límites de ese acto de fuerza. El adversario, sin ir más lejos, no es un objeto a aniquilar, sino un rival a quien desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula. Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo. Qué lejos queda el prusiano de la guerra de posiciones que se desarrolló en la Gran Guerra del 14: ese conflicto de trincheras en el que las líneas estáticas de las fortificaciones sólo permitían la muerte lenta o la resistencia alucinada. Qué lejos queda Von Clausewitz de la guerra aérea: de esa contienda a distancia a que se aplicaban los cazas y una artillería letal y sofisticada.

No quiero idealizar la lucha al viejo modo. La sangre, la mugre, la inmundicia, las enfermedades y la muerte son rasgos de aquellas guerras entre caballeros: también de aquellos conflictos en que se enfrentaban ejércitos feudales. Norbert Elias describió el proceso moderno como un proceso de civilización en el que los viejos combatientes del campo de batalla habrían acabado por rivalizar en la Corte, haciendo ostentación de solemnidades, de galas y de virtudes menos… viriles. No sé: es extraño. Me despierta gran interés el clásico de Von Clausewitz, a pesar de que lo escrito no es lo descrito, sino lo normativo; a pesar de que las reglas tan pulcramente enunciadas sólo son un cuadro virtual en el que ajustar una realidad que sólo intuimos: las viejas  carnicerías. Le guste o no, el prusiano es un producto napoleónico… Piensa, concibe y finalmente escribe cuando Europa está sacudida por las tropas del Emperador.

Digo esto y me pregunto por las formas de heroísmo en las viejas guerras. Digo esto y la imaginación indisciplinada me lleva a Javier Marías.

jmarias.jpg 

La imaginación, insisto, me lleva a un Javier Marías… aún joven. O tal vez sólo es la memoria: recuerdo El monarca del tiempo (1978).  Me apresuro a releer mi volumen para confirmar o desechar las sospechas (no puede ser, no puede ser) que la intuición me ha provocado. Y sí: me llevo una gran sorpresa.

Como si estuviéramos en una novela de Joseph Conrad o de William Faulkner, la voz de su primer capítulo es la de un coronel que habla y habla sin parar, alguien que relata a un interlocutor mudo y condenado, alguien que se expresa en una suerte de monólogo. Estamos en el siglo XIX. El oyente es un soldado que va a sufrir deportación, destinado al islote de Bormes (por alguna falta que desconocemos), un soldado cuyas palabras jamás leeremos. Su superior le cuenta el caso del capitán Louvet, durante la campaña rusa de Napoleón, un  militar pero sobre todo un teórico de la guerra que había ignorado qué era un campo de batalla hasta ese mismo momento: como su homólogo real y prusiano, Karl von Clausewitz, que también en 1812 había decidido sumarse a dicha campaña oriental. Pero Von Clausewitz figurará en el bando contrario, en las filas del ejército ruso. “Tan dramática iniciativa”, leo en lanota introductoria a De la guerra,  “permite captar a las claras el concepto de ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés. Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia”.

El coronel de la ficción habla con desparpajo –como hablan los personajes de Javier Marías–, con unas palabras inciertas, precarias y abundantes. Frente a Von Clausewitz real o frente al capitán Louvet de la novela, el personaje de  Marías es alguien que perora de la guerra real y sobre todo del relato de la guerra, alguien que lógicamente desconfía de la excesiva individualidad del soldado, de los heroísmos temerarios. La guerra, los héroes y los mártires pueden contarse porque sus detalles se ignoran, porque la sordidez se embellece con la ignorancia, parece decirnos. Frente a la Historia, una historia en la que sus narradores esperan rendir homenaje a la verdad y a la exactitud, la memoria arregla y el relato legendario retoca la oscura vida de los héroes. O, más aún, el burócrata, el superior, el administrativo corrigen e incluso desechan y eliminan expedientes, hojas de servicios. Eso es lo que hace el narrador, porque eso es lo que es: un burócrata, un superior, un administrativo.  No saber permite aventurar…, y ese mando no quiere saber. “Porque nada sabemos, nada en efecto sabemos, y no obstante fíjese en que gracias a ello y a no averiguar nos es dado conjeturar, cavilar, incluso decidir sobre lo que fue de Louvet con la máxima libertad”, leo. “¿Lo ve usted? ¿Lo comprende?”, apostilla el narrador. El mismo olvido –o enmienda– que cupo en suerte a Louvet, al arrogante teórico,  va a caer sobre el interlocutor mudo, sobre el destinatario de ese monólogo…

Pero qué fue de Louvet. Él era un hombre de Letras, un teórico de la guerra que al tiempo de incorporarse al campo de batalla parece enloquecer con la posibilidad del arrojo, del heroísmo. Puede incluso –dice el coronel—que “perdiera el control de sí mismo y se transformara  en un soldado aguerrido cuyo fanatismo” llamaba tanto la atención. “Llevado de su celo y de su furor, él era el primero en contravenir las órdenes que había impartido” siguiendo una y otra vez “el camino untuoso de la enajenación y el pavor, de lo sanguinario y lo montaraz”. Ansiaba las hostilidades –añade el coronel–, no sabemos si para probarse, para corroborar su heroísmo o para acometer la que iba a ser su última traición. Y así ocurrió: al galope, en el apogeo de lo que parecía una carga contra el enemigo, “Louvet espoleó aún más su montura”, solo, ciego de furia, incapaz ya de “embridar los ímpetus de su animal desbocado”. Y allí quedó, en medio de los cosacos, tras el humo y la polvareda, como Fabrizio del Dongo, aquel otro personaje… napoleónico. ¿Qué fue Louvet? ¿Un héroe o un traidor?

“La plana mayor de la Grande Armée” sospechó definitivamente de él, pues alguno pudo confirmar “el favorable trato dispensado a Louvet durante su cautiverio”. Más aún, hubo prisioneros que le vieron “cambiar impresiones, departir, confraternizar y colaborar a menudo” con Karl von Clausewitz. ¡Con Von Clausewitz! Uno de sus iguales, añade el coronel narrador. Y sí, para entonces, Karl von Clausewitz estaba allí, en Borodino.

Un personaje de ficción y un individuo real se ven las caras en una novela cuyo desarrollo yo había olvidado: ahora se las vuelven a ver de nuevo gracias a un eco de la imaginación, gracias a una relectura que vivifica la escena. Algo me hacía sospechar y así, dejándome conducir por la intuición, me he visto pasar de un tratado sobre la guerra a un relato bélico. Estamos en 1812, poco antes de la célebre batalla que iba a cambiar el curso de las campañas napoleónicas. Les dejo. Aunque el narrador de Marías no detalla el choque, oigo ya los disparos de proyectiles, el estrépito de la artillería. Hay que ponerse a cubierto. Yo quiero ser el último espectador de la batalla, contemporáneo de Clausewitz y Louvet.

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2. Artículo de Justo Serna (“¿Qué es un burgués?”) en Levante-EMV, 22 de diciembre de 2006. Réplica a Vicent Soler.

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3. Desde hace unos pocos días, el blog de Julia Puig ha empezado a rodar. No se lo pierdan: escritura refinada, exacta.

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4. Felices fiestas…

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12.20.06

¿El pasado no existe?

Posted in Historia at 9:01 por jserna

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20 y 21 de diciembre 

1. Hace unas semanas, en su columna dominical  del 22 de octubre (Crispación y memoria), Javier Pradera acababa diciendo: “El proyecto de ley para ampliar los derechos de todas las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura ha servido también a los truchimanes de la crispación para mover las aguas. Así, las medidas en favor de los vencidos en 1939, la localización de los restos de los desaparecidos y la superación simbólica del conflicto en los espacios públicos son presentadas como la revancha de los derrotados frente a los vencedores y el respeto por sus muertos. Ese avivamiento de los rescoldos de la Guerra Civil debería hacer reflexionar a quienes critican desde la izquierda el proyecto de ley del Gobierno y hacen de la llamada memoria histórica una sectaria arma de combate para las pugnas políticas de hoy”. 

Quisiera reflexionar precisamente sobre el pasado y la historia, dos conceptos distintos que muchos suelen confundir. Es ésta una reflexión en la que no espero decir nada nuevo o chocante que no haya sido dicho ya por la historiografía más seria. Lo que deseo es centrar los objetos de discusión, pero no para hablar de la Guerra Civil (esa contienda que aún es arma de combate), sino para precisar qué ha de entenderse por pasado.

Empecemos con un enunciado comprometedor y trivial a un tiempo: el pasado no existe. Está desaparecido, ya no sucede, no ocurre en nuestra presencia. Es, por definición, algo clausurado que no permanece. De ese tiempo sólo quedan restos, vestigios: documentos materiales o las huellas que deja en la memoria. Si eso es así, ¿cómo se puede regresar al pasado? ¿Tiene  algún sentido esta frase? ¿Enuncia algo posible? El único regreso que nos es dado resulta siempre indirecto, parcial, vicario: consultando, leyendo, observando, desenterrando esos restos que suelen estar alojados en los archivos o en la memoria de los particulares. Estos restos contienen información, noticias o datos referidos a hechos, a actos humanos, pero contienen también interpretación de esos hechos, de esos actos a los que aluden. Por ello podemos decir que los documentos o las memorias testimonian, es decir, presentan ciertos acontecimientos y su significado. No hay hechos sin interpretación y ésta depende conscientemente o no del productor del documento o del individuo que recuerda, cosa que dificulta su uso y el crédito que podemos dispensarles. Si quisiéramos regresar a ese pasado imposible, ese pasado que  no se puede revivir, entonces deberíamos tomar una serie de medidas, seguir una serie de procedimientos. Para explicarme mejor trataré de exponerlo con una analogía: la del juez y el historiador.

Por supuesto, esta vecindad funcional entre ambos no me la he inventado yo. Hace unos quince años, Carlo Ginzburg la abordó y trató en un libro titulado justamente así: il giudice e lo storico. En parte –pero sólo en parte— lo que ahora escribo se inspira en esas páginas de Ginzburg. ¿Qué tienen de común el juez y el historiador? Para empezar, ambos son profesionales, es decir, para cumplir su misión y para cumplirla bien han debido cursar unos estudios específicos, han debidos superar unas pruebas o exámenes que acreditan sus conocimientos, etcétera. Esa acreditación está avalada por sus iguales, por la comunidad de los historiadores o por los consejos de la judicatura. Pero, más allá de esa semejanza evidente (que después, como veremos, tiene consecuencias), ambos buscan un mismo objetivo: remontarse en el tiempo, tratar cosas ya sucedidas, estudiar asuntos pasados que afectan al presente, precisar una cadena de hechos de acuerdo con la lógica y la cronología que le son propias. En pocas palabras: buscan contar unos hechos humanos ateniéndose a la verdad. O en otros términos (propiamente juduciales): el historiador y el juez llevan adelante una instrucción, un proceso, para averiguar unos actos, para atribuir su autoría, unos actos que se han de precisar y que se han de interpretar.

¿En qué se fundamentan? El juez y el historiador se basan en pruebas, testigos o documentos. Efectivamente, lo normal es que ambos no hayan estado en el lugar de los hechos y, por ello, necesiten valerse de los testimonios escritos, orales (o de otra índole) para precisar el detalle de esos actos. ¿Y la interpretación? El documento o el testigo no sólo transmiten datos: contienen interpretaciones y esas interpretaciones dan el sesgo particular y semántico de los hechos que el juez o el historiador han conseguido poner en orden. Como los documentos y los testigos no coinciden en la significación de esos hechos, como los testimonios de lo pasado suelen incurrir en incongruencias, en incoherencias, en errores, en contradicciones, el juez y el historiador deben reunir numerosas versiones –todas las posibles o imprescindibles— para alcanzar el repertorio de datos más completo ordenado y la interpretación más plausible.

Pero hay más. El sumario del juez o la monografía del historiador ponen orden e interpretan sabiendo que serán observados, fiscalizados, examinados, validados o desechados por sus iguales: es a ellos a quienes han de convencer en primer lugar, a quienes han de persuadir, no con sofismas o enredos retóricos, sino con las pruebas; y son ellos quienes confirman o rechazan no sólo los resultados, sino también la limpieza y la deontología de los procedimientos seguidos. O, en otros términos, se da semejanza entre el juez y el historiador en la medida en que ambos instruyen el proceso con hipótesis refutables a partir de pruebas. No pueden prevaricar, no pueden alterar esas pruebas, no pueden desechar a su antojo los testigos o los documentos. Ahora bien, hay malos jueces y hay malos historiadores. Incluso hay algunos aficionados, amateurs, que con descaro y estrépito se atreven dar lecciones a la academia.

La mala historia, la que ahora tanto se difunde a través de ciertos medios, la historia de la estridencia y del revisionismo, es un relato del pasado que no ha sido validado por los académicos, por los restantes profesionales de la disciplina, que es eso, precisamente: una disciplina que contiene a los profesionales, que les impone normas compartidas, que les fuerza a respetar las mismas reglas, que les exige comunicar adecuadamente sus resultados. Días atrás hablábamos aquí de Pío Moa. Más que un historiador, Moa es una marca registrada, como César Vidal. Producen libros de historia sin desmayo y sin descanso, como si la investigación pudiera hacerse en un santiamén; como si la reunión de documentos, la visita a los archivos, como si la consulta de testimonios pudiera solventarse con la mayor brevedad y seleccionando sólo que convenga. Los libros de Moa no resisten el más mínimo examen historiográfico: en ellos no hay respeto alguno de las reglas metodológicas o heurísticas, y su forma de comunicación o exposición es la del panfleto.

La única acreditación que le daría presunta respetabilidad  sería la del apoyo de Stanley G. Payne, un historiador académico que se equivoca con este respaldo frente al juicio de sus iguales. Dice Payne que Moa “presenta sus tesis principales enérgicamente y, como es habitual en el caso de la historiografía revisionista, en ocasiones con un énfasis exagerado, en aras del efecto polémico”. La manipulación y la agitación no son un énfasis exagerado: son manipulación y agitación que sacrifican la investigación al efecto polémico, una campaña revisionista cuyo principal valedor mediático –ya lo sabemos– es Federico Jiménez Losantos.

Es probable que en la academia ciertos temas merezcan revisión, pero no es menos verdad que agitarse con estrépito frente a estos tratamientos no da necesariamente la razón historiográfica. “Lo fundamental”, dice Payne refiriéndose a Moa, “es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada, desde hace mucho tiempo, por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo”. Más aún: “los críticos adoptan una actitud hierática de custodios del fuego sagrado de los dogmas de una suerte de religión política que deben aceptarse puramente con la fe y que son inmunes a la más mínima pesquisa o crítica. Esta actitud puede reflejar un sólido dogma religioso pero, una vez más, no tiene nada que ver con la historiografía científica”, concluye.  

Lamentablemente, Payne confunde las reglas de que se vale la historia académica con el dogma religioso, como confunde la energía de Moa, su “énfasis exagerado”, con el polemismo, siempre saludable. Si la historia de Moa es un chorro de aire fresco, ese ventarrón panfletario amenaza con romper el mínimo común denominador, las normas básicas, la contención de la disciplina. En realidad, lo que hace este publicista es regresar a ese pasado que ya no existe para exhumar sólo aquellos documentos que certifican sus propias tesis establecidas de antemano y sobre todo para inculpar al autor de un crimen que él tiene ya identificado: el actual presidente del Gobierno. Nos guste o nos disguste lo que haga o no haga Rodríguez Zapatero, resulta absolutamente indefendible el procedimiento de Moa, que arremete siempre que puede contra la historia académica. Se viste con aparentes atavíos de historiador para ejercer de publicista que mezcla pasado y presente. Es como si un outsider de la justicia se saltara todas las normas de la fase de instrucción, se desentendiera de los requisitos básicos para incriminar a un delincuente que no es presunto y que, además, no estuvo en el pasado, en el lugar de los hechos.

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2. Entrevista de Carlos Subosky a Justo Serna:

Historia y Memoria. El caso de la Guerra Civil española

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3. El scriptorium de Nicolás Quiroga:

Los historiadores: abejas y termitas

“Desde hace tiempo, no mucho, los historiadores tienen puestas sus miras sobre todo en el papel. De abejas que eran se han convertido en termitas y sólo digieren celulosa. Prescinden de todos los colores de su época de abejas; ciegos, en ocultos panales, pues odian la luz, la emprenden con su viejo papel. No leen, se lo comen, y lo que luego sacan se lo comen otras termitas. En su ceguera los historiadores se han convertido, naturalmente, en videntes. No hay pasado, por repulsivo y odioso que haya sido, que no tenga algún historiador que imagine algún futuro que venga después de este pasado. Sus sermones, creen ellos, están hechos de viejas realidades; sus profecías, muchos antes de que se cumplan, están ya probadas. Además del papel les gustan también las piedras, pero éstas no las comen ni las digieren. Se limitan a ordenarlas en ruinas siempre nuevas y completan lo que falta con palabras de madera”.

Elías Canetti, La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972 

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12.18.06

Genocidios. Lean y vean…

Posted in Totalitarismo, Guerra, Historia at 12:43 por jserna

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 18 y 19 de diciembre de 2006

Días atrás hablaba en este blog de la figura arquetípica del caudillo, de un caudillo que resume los rasgos del liderazgo carismático, comunitario y populista; hablaba también del Holocausto y de la historia, de lo que supuso aquella experiencia límite, con la expresa voluntad de exterminio; y hablaba finalmente de la modernidad,  de sus promesas y horrores, de los desengaños que nos ha provocado el proyecto ilustrado tras un tiempo de atrocidades. No sé si son las consumaciones de la modernidad o, por el contrario, son sus fracasos la causa de nuestras desazones. No sé si son ambos factores a la vez. El caso es que lo posmoderno es un diagnóstico atendible y a la vez es un dictamen insuficiente para lo que ahora nos está pasando: algo que, como dice Gilles Lipovetsky, parece claramente una exacerbación de lo moderno más que su superación. Etcétera. 

Veo ahora que sin premeditación alguna esta pequeña serie de reflexiones que he ido aportando en los últimos días ha coincidido con el fin de una lectura: la que he hecho del libro de historiador francés Bernard Bruneteau titulado El siglo de los genocidios. Violencias, masacres y procesos genocidas desde Armenia a Ruanda.  Es una novedad editorial que Alianza editorial acaba de publicar en España y que en su versión original francesa aparecía en 2004. Les recomiendo vivamente su lectura. Con toda seguridad no descubrirá muchas cosas a un lector medianamente informado. Pero eso no es una pega: es la virtud de este volumen. Pone orden, sistematiza y clasifica: en definitiva expone todo lo que deberíamos saber sobre ese horror contemporáneo que es el genocidio y que se reparte por diferentes países y en distintos continentes. Acabo de decir contemporáneo y veo que ésa es una de las cuestiones polémicas que plantea el autor. Masacres las ha habido a lo largo de la historia, matanzas, exterminios. En cambio, el genocidio –nos recuerda Bruneteau— es un hecho reciente y ello por diversas razones.

Para empezar, la propia palabra no tiene una larga historia detrás. “En 1944, Winston Churchill se refirió a los horrores provocados por el nazismo, como un ‘crimen sin nombre’. A modo de respuesta, Raphael Lemkin, profesor de Derecho internacional y judío estadounidense de origen polaco, acuñó ese mismo año la expresión ‘genocidio’ a partir de la palabra griega genos (raza, pueblo) y del sufijo latino cide (de caedere, matar)”. Vale decir, este neologismo –que hoy es lamentablemente de uso corriente, dada la frecuencia y multiplicación de los genocidios  expresa y contiene lo que el Holocausto significó:  no sólo el intentó de eliminar físicamente en masa, sino también la voluntad de destruir las bases mismas de la supervivencia de un grupo étnico (o social) en cuanto grupo. Acabo de decir social, añadiendo al grupo étnico la otra posibilidad de víctimas masivas, y rozo nuevamente otras de las cuestiones controvertidas que Bruneteau trata y señala: la destrucción o el exterminio que se han dado a lo largo del pasado siglo no incluyen sólo a las ”razas” que debían suprimirse sino también a sectores enteros de población que debía ser aniquilados: como, por ejemplo, los kulaks de la Unión Soviética, cuya eliminación en cuanto clase fue decretada por Stalin a partir de 1929. 

El genocidio se extiende en el siglo XX gracias a una serie de factores que coinciden y que refuerzan la política exterminadora que tantas veces y con tanta saña se ha practicado. Primero hubo la experiencia colonial, la aplicación de medidas extremadamente violentas para reprimir, contener y castigar a las poblaciones desafectas que eran incorporadas al dominio de alguna nación de la civilización europea. Enzo Traverso –a quien Bruneteau cita en este punto– ha insistido en la responsabilidad del Imperio británico en estas prácticas de crueldad y muerte. Son muy esclarecedoras las páginas de La violencia nazi dedicadas a aclarar este punto: yo las leí con verdadero dolor. Allí, Traverso mostraba breve pero contundentemente los usos perversos del poder colonial, su brutalidad, herencia después mejorada por los discípulos más aplicados: los nazis, por ejemplo. Pero, además, el genocidio necesita unas concepciones racistas y para ello nada mejor que “el imaginario asesino del social-darwinismo”, según palabras de Bruneteau. Es decir, el exterminio precisa pensar como posible, necesaria y deseable la extinción de las “razas inferiores”, grupos étnicos a los que se estigmatiza con el marbete de la debilidad, de la barbarie, del salvajismo o del atraso.  

Estigmatizar es señalar con una marca infamante, una marca que mostraría y haría bien visibles los rasgos degenerados de su portador. La pertenencia al grupo excluye la individualidad:  no eres un individuo que se singulariza, eres un miembro irrecuperable de una totalidad que te caracteriza. Es raro que en este punto  Bruneteau no haya citado en su libro a Erving Goffman, autor de un clásico indiscutible sobre el fenómeno de la marca social degradada: su libro Estigma no figura entra la bibliografía del historiador francés, pero yo lo recomendaría siempre como una lúcida exposición de lo que significa el etiquetado de las personas con fines destructivos  Etcétera.

Pero, más allá de esa pega, el libro de Bruneteau es una documentada y penetrante exposición de esos factores que posibilitan el genocidio. Y, entre ellos, las páginas que dedica a la guerra del 14 son imprescindibles. Aquel conflicto –ya lo sabemos— cambia radicalmente el mundo, cambia el orden contemporáneo de la política y de la diplomacia, de la hegemonía y del poder, inaugura la contienda civil europea. La presencia de Estados Unidos en el mundo, por ejemplo. Pero aquella guerra será decisiva especialmente en el embrutecimiento de la política (en su brutalización, leemos en la traducción española), en el enfrentamiento; en la estigmatización definitiva del adversario como enemigo exterior o interior al que eliminar o exterminar. La figura del enemigo es, en efecto, el personaje principal de aquella tragedia europea que se inaugura en 1914: no sólo por las atrocidades reales que llegaron a cometerse, sino también por las fantasías que se les atribuyeron a cada uno de los bandos enemigos. La Gran Guerra supuso –dice Bruneteau— “la puesta en escena de un enemigo total y bárbaro, objeto así de todos los odios. Es esta representación alucinada de atrocidades inicialmente reales lo que permite comprender la aceptación de la guerra larga, la volunta de proseguir ‘hasta el final’, sin tregua ni negociación, en medio de indecibles sufrimientos”. No sólo era cierto el embrutecimiento de los enemigos, sino que, además, se estigmatizaba hasta el límite su capacidad de barbarización.  

El compendio que hace Bruneteau de esa guerra y sus efectos antropológicos es apretado, pero indispensable. Menciona a distintos autores, pero sobre todo destaca y subraya las reflexiones de Ernst Jünger como expresión de la vida de trinchera, como transposición literaria del combate y su sublimación, como experiencia interior que despoja al hombre de su último barniz de civilización. En este punto son imprescindibles las reflexiones que Nicolás Sánchez Durá ha hecho acerca de las concepciones jüngerianas, sobre las que ya me expresé en otra ocasión.  Bruneteau destaca y subraya también las célebres páginas que Carl Schmitt dedicara a la distinción política (y no sólo bélica) entre amigo y enemigo. Destaca y subraya las páginas que Norbert Elias escribiera sobre el proceso de civilización, páginas aparentemente desmentidas por la prueba de la descivilización que conduce al nazismo (y que yo tuve oportunidad de abordar tiempo atrás). Pero el bolchevismo no es menos responsable de ese embrutecimiento de la política. “Aunque los dirigentes bolcheviques no conocieron la realidad concreta de la guerra, a diferencia de sus homólogos fascistas, el bolchevismo sociológico estaba moldeado por una misma cultura, y sus representaciones del ‘enemigo’ tenían la misma carga de odio”. Por eso, Bruneteau destaca la aportación  de Lenin como gran precedente ideológico de las políticas genocidas llevadas a cabo bajo Stalin… 

El siglo de los genocidios es un libro rico, documentado, bien informado, un volumen del que no puedo dar exacta y justa cuenta por dos razones: por no ser este texto una reseña y por ser amplísima la vastedad de temas tratados, cosa que impide su inmediato resumen o compendio. “La disposición genocida prospera sobre un terreno abonado por las lógicas de la violencia nacidas del siglo XIX o de la guerra de 1914”, insiste Bruneteau. “Su origen está en un imaginario paranoico engendrado por el miedo, una ‘racionalidad delirante’ propia de la concepción totalitaria del mundo, pero se inserta también en lógicas racionales más clásicas, como la movilización social con fines modernizadores y la construcción o refundación del Estado”.  En las experiencias totalitarias del siglo XX se piensa que todo es posible (como si esto lo declarara el Gran Inquisidor de Dostoiewsky), que todo puede ser ahormado, refundido, corregido, enderezado, perfeccionado; que todo puede ser mejorado hasta el óptimo si nos aplicamos con esfuerzo y obstinación; que todo puede ser objeto de recreación utópica frente a la mediocridad de lo real; que todo puede ser saneado si eliminamos las impurezas (el insecto dañino, el microbio, el parásito, según la imagen orgánica social-darwinista); que todo puede ser salvado si nos oponemos con firmeza y empeño a la amenaza del mal… La nación que nos acoge es como un cuerpo o como un jardín en cuyo diseño y artificio intervenimos para recrear la armonía y la belleza de los fluidos y de lo homogéneo. Esas ideas, el cuerpo o el jardín, son metáforas desdichadas que han servido para enderezar lo torcido…, para destruir intencionadamente.  

Acabo el libro y salgo con alivio de un viaje espantoso.

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