11.30.06
Posted in Breves, Valencia, Historia, General at 8:25 por jserna
Crónica de sociedad
De nuestro corresponsal Lorencito Quesada
Ayer, con gran éxito de publico, se celebró en la Sociedad Valenciana de Agricultura la presentación de Diario de un burgués. Con todo el aforo del Salón de la Chimenea lleno a rebosar, más de doscientas personas ocuparon todas las sillas previstas debiendo habilitarse mayor cantidad de asientos. Aun así, quedaron numerosos espectadores de pie. Los autores, qué duda cabe, disfrutaron con ese hecho: con el número de asistentes. Pero, más que la cifra inhabitual en estos actos, fue la aleación de públicos lo que gustó y conmovió. Había autoridades políticas en activo, como fueron el conseller Esteban González Pons o el director general del Libro, Vicente Navarro de Luján, u otros responsables de la oposición socialista, como Joaquín Azagra; había personas de la alta sociedad, señoras y señores de la Real Maestranza de Nobles; había descendientes actuales de los apellidos linajudos que aparecen en el libro; había empresarios de hoy, impresionados por las andanzas de aquel predecesor suyo, un auténtico burgués andarín y viajero; había numerosas gentes del medio académico, profesores y estudiantes que acudieron amablemente a acompañar a dos colegas en apuros: los que siempre se pasan en la presentación de un libro; y había, en fin, familiares y amigos íntimos que se empeñaron en hacer llevadero el acto tan bien organizado por los editores. Se vendieron muchos libros que a los autores se les vía firmar con auténtico placer. Los presentadores, los miembros de la mesa, estuvieron precisamente en su papel y cumplieron a la perfección y con gran generosidad su cometido. Dedicaron palabras muy amables al volumen, destacaron el placer que el texto procura, una obra escrita con entusiasmo y con cuidado. Dedicaron palabras al empeño de ambos historiadores en seguir siendo amigos e investigando. Concluido el acto la concurrencia pudo asistir a un ágape que se servía en los salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura. Con Diario de un burgués nace la Colección Los libros de la Memoria.
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Noticias sobre la presentación del Diario de un burgués
Últimas noticias de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sobre la presentación del Diarios de un burgués
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Levante-EMV
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en El País
Noticia de la Presentación de Diario de un burgués en Qué Diario
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11.29.06
Posted in Valencia, Historia at 9:33 por jserna
Hoy jueves, a las 19,30 horas en los Salones de la Sociedad Valenciana de Agricultura (calle Comedias, 12, Valencia), presentamos el libro que les vengo anunciando desde hace días. Esa presentación correrá a cargo de Isabel Burdiel, Juan Ignacio de Llano, Tomás Trénor (marqués del Turia), Fernando Villalonga y, finalmente, los autores. Después de las palabras, los presentes serán agasajados con un ágape ofrecido por el editor. Nos complacería que ustedes pudieran estar con nosotros haciéndose eco de lo que será una fiesta intelectual. Queremos concebirla así. Quedan, pues, todos ustedes invitados.
¿Cuál es el objeto del volumen? Les reproduzco la leyenda de la contracubierta, en la que sintetizamos sus contenidos:
En este libro se narra una vida del siglo XIX, la existencia de un burgués valenciano y cosmopolita, sus placeres y sus deberes. Se relata la suerte de un viajero empedernido, justamente cuando transitar por Europa era incómodo y aventurado. El protagonista se desplaza por todo el Continente, disfrutando del confort que Londres o París le ofrecían. Pero marcha también a aquellas capitales para realizar determinadas gestiones empresariales, para aumentar contactos y para ampliar relaciones mercantiles, para obtener información privilegiada y novedades. En este volumen se describe un mundo desaparecido pero muy semejante al nuestro, una Europa refinada en la que se edificaban lujosos hoteles, en la que se abrían restaurantes de buen tono, en la que se levantaban los balnearios más elegantes. El volumen cuenta con numerosas ilustraciones que nos ayudan a familiarizarnos con una sociedad refinada que es el origen de la nuestra. Por las páginas del libro transita una demografía populosa de personajes ilustres (turistas, comerciantes, industriales, aristócratas, políticos, escritores, médicos, dentistas, joyeros, cocineros, fotógrafos) y no es raro que el lector tropiece con apellidos valencianos de mucho postín, linajes de entonces algunos de los cuales aún sobreviven: Llano, Trénor, White, Morand, Lassala, Caruana, Paulín, Palavicino, Campo.
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Capítulo décimo: Viajes al más allá
(Fragmento)
“…una joven con modas, peinados y poses que reflejan el paso de los años, quizá una veintena. La muchacha que ahora vemos está también en la crecida de la edad, y es asimismo una muchacha recatada. Adivinamos un vestido oscuro, tal vez negro, que le envuelve todo el cuerpo y que cubre enteramente el cuello, sólo engalanado –otra vez– con un medallón de forma oval que, a modo de sello, cierra y salvaguarda la anatomía. Adivinamos pudor, en esta joven de cabellos claros, recogidos en un moño o rodete que no vemos. Adivinamos, en fin, a una señorita que se ha sometido al objetivo de la cámara para hacerse la típica fotografía que luego se puede ofrecer a los familiares y a las amistades. Ahora bien, la pudibundez de la imagen es evidente: el torso se difumina hurtándole al espectador cualquier curva, ni siquiera las redondeces del pecho o de la cintura, tampoco la expresividad de las manos. No hay oropel que se muestre: incluso la calidad del vestido se desvanece. Se prefiere la tela oscura, sin filigranas ostentosas, ni el brillo del raso o del terciopelo. Sólo queda, pues, la expresión del rostro, la mirada o el gesto con que la joven dama se presenta. Y se diría que, como tantos otros de aquellos tiempos, la pose es poco significativa, nada reveladora de los humores o estados de ánimo de la retratada. En este caso, es una cara suave, blanda, sin asperezas ni fuerza expresiva. Como es frecuente en esa época, la mirada no enfrenta el objetivo, pero si seguimos la perspectiva que dibuja parece perdida, ensimismada o incluso apocada. Como tantas otras damas, en fin, de aquel tiempo viril y burgués” (págs. 127 y 128).
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Información previa sobre este libro y el acto de presentación
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11.28.06
Posted in Intelectuales, Comunicación, Internet at 9:58 por jserna
Gregorio Martín es catedrático de la Universidad de Valencia y habitual colaborador en prensa. Es raro el día en que no leemos un artículo suyo, alguna tribuna suya, en Levante o en El País, seguramente por su pronto analítico, por vocación descifradora, por su voluntad de hacerse presente en los medios. ¿Con qué fines? Con el propósito de intervenir, de sacudir conciencias, de desenredar madejas equivocadas. Es loable su activismo: hay problemas a los que buscar soluciones y hay falsos problemas, que sólo exigen ser desvelados como tales, como erróneas cuestiones. Gregorio Martín trata temas sin duda importantes: la red ferroviaria, el puerto de Valencia, las comunicaciones en general. En ocasiones aborda asuntos que no son de su estricta competencia, como el fenómeno de la corrupción, sus causas y su análisis: asuntos que, sin embargo, merecen su atención. ¿Por qué? Pues…, ya lo habrán adivinado: porque son temas importantes que no pueden quedar circunscritos a la opinión del experto.
Hoy en día existe un abuso de la opinión, desde luego, y a ello han contribuido las tertulias radiofónicas, por ejemplo. He oído a contertulios tratar a bote pronto cuestiones de actualidad que exigen algún tipo de información y de solvencia, contertulios apresurados que no tienen tiempo para leer. Hay, sí, un abuso de la opinión. Pero los técnicos también padecen una tentación nunca suficientemente sofocada: la de reservarse cosas que nos conciernen a los ciudadanos y sobre las que sólo ellos tendrían derecho a pronunciarse. La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?
Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto.
Ya lo dije tiempo atrás: un panfleto es siempre una declaración de intenciones, un diagnóstico generalmente apocalíptico y ocasional escrito con retórica fogosa, un texto de circunstancias que, por su misma concisión, ha de simplificar la realidad describiéndola en tonos hiperbólicos. Vale decir, frente al análisis documentado, erudito, el panfleto facilita el bullicio verbal y la desmesura. Eso se está dando mucho en Internet, pero los panfletos no se hallan sólo en la Red: hay libros que lo son, que responden al género y que, por tanto, son simplificaciones generalmente dañinas. Lo propio de un autor panfletario es creer que con sus breves y tajantes páginas hay que dar por explicada una cosa. ¿En serio? Cuando alguien cree dar por explicada una cosa normalmente lo que ha hecho es liquidarla, decía David Hume. Pero la historia humana desmiente esta alegría expeditiva: son muchas las cosas no que no acaban y son numerosos los problemas que no terminan de resolverse, por muy eficaces que sean las soluciones de los expertos o por muy contundentes que sean las opiniones de los panfletarios.
Ayer, ante el asunto de la educación, ante el problema de los escolares, Gregorio Martín me amonestaba diciéndome que “el tema me parece tan importante, que no si debe tratarse con la alegría propia de estos sitios”. Se refería, claro, a los blogs. Convengo con él en la importancia del tema; en lo que no coincido es en la condena genérica de estos sitios electrónicos: la opinión es sensata o insensata, razonable o alocada, argumentada o panfletaria…, en un blog o en un artículo de prensa (como los que Martín o yo mismo escribimos). Y también en los libros: hay volúmenes erróneos o incendiarios o justamente panfletarios, como la obra de Ricardo Moreno Castillo. Es verdad que su experiencia le llevó a escribir esas páginas. Materializarla redactando su vivencia es sensato; generalizar a partir de su caso, no. Tal vez, al final, haya que disculparlo pues, como dijera Gustave Flaubert, “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”. Demasiada ambición y escasos recursos, ése es el resultado.
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Ilustración: Monigotepress
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11.27.06
Posted in educación, Democracia at 10:28 por jserna
Ayer leí un artículo de Ricardo Moreno Castillo. Ya saben: el autor del Panfleto antipedagógico que aquí comenté meses atrás. Es un volumen que ha adquirido un cierto renombre como consecuencia de la actualidad o de la oportunidad de sus quejas. La mala educación, por ejemplo, que Moreno Castillo detectaría como patología general de nuestro tiempo. El artículo que publicaba en El País redondeaba la exposición de sus ideas abordando las causas de la violencia escolar. Tiene el mismo tenor que su Panfleto: generalizaciones o condenas abusivas. La causa de la violencia escolar estaría en la LOGSE o en la LOE: leyes que facilitarían el abuso de los alumnos prepotentes o indiferentes; normas que restarían, sin más, autoridad a los profesores. Los responsables de la mala educación serían –cómo no— los pedagogos o los sindicalistas, gentes que amparan un estado de cosas en el que sobresaldrían los peores estudiantes, forzados a estudiar hasta los dieciséis. Por eso, Moreno Castillo propone aligerar la ESO: si alguien no desea estudiar cuando se cumplan los doce años, lo más sensato es no forzarle.
Es absolutamente contradictorio. Por un lado, está exigiendo una pedagogía del esfuerzo y, por otro, propone que el niño tome decisiones drásticas sobre su vida en fecha tan temprana. Según las viejas enseñanzas de la Iglesia, ingresábamos en la edad de la razón a los siete años: tal vez por eso, Moreno Castillo exige aliviar al muchacho cuando él ya pueda decidir con sensatez. A los doce años, sí. ¿Y los padres? En su artículo, Moreno no habla de aquellos padres que se desentienden de la marcha de la escuela o que verían como un remedio que su muchacho se pusiera a trabajar bien pronto. Unos dinerillos extra nunca vienen mal. Como tampoco habla de aquellos colegas suyos, de aquellos profesores, que imparten clases de pena, lecciones que espantan a los alumnos mejor preparados precisamente.
Ahora bien, de todo lo leído en su artículo, tan simplista y demagógico, lo peor es una analogía que Moreno Castillo establece al final, reveladora del estado de su pensamiento. “Que se castiguen las faltas de disciplina, y se admita sin rodeos que quien manda en la clase es el profesor, igual que admitimos que quien manda en un avión es la tripulación, y que esto no significa ser fascista ni autoritario”. No es nueva esta comparación, pues ya se la había leído con anterioridad. “La autoridad del profesor en el aula es tan indispensable como la de la tripulación en un avión”, había dicho. “El piloto puede equivocarse, de hecho hay accidentes debidos a errores humanos, pero siempre habrá más posibilidades de no estrellarse si fiamos en la capacidad del piloto que si los pasajeros se constituyen en asamblea soberana para gobernar la aeronave. Y esto no tiene nada que ver con la democracia”.
Si lo pensamos bien, esta analogía es lamentable. ¿El profesor es como un piloto? ¿Está comparando a los pasajeros de un aeroplano con los estudiantes? El aeronauta no se preocupa de sus pasajeros, sino de conducir la nave hasta su destino por el pasillo aéreo marcado y evitando las turbulencias, qué sé yo. Es decir, el piloto, que nos da la bienvenida, muy pronto se desinteresa de nosotros y va a la suya. Es lo que debe hacer, claro. Los pilotos tienen azafatas y sobrecargos que distribuyen viandas y bebidas, y representan la escena del chaleco entre la indiferencia o el jolgorio de los espectadores. Los profesores, por el contrario, se preocupan de sus alumnos, uno a uno, y no tienen asistentes que repartan golosinas.
Por otra parte, los pasajeros obran bien si permanecen en sus asientos sin moverse, con los cinturones abrochados, cuando así se les indica: guardando la mínima disciplina que se les exige para no poner en peligro sus vidas y el vuelo del aparato. ¿Actúan igual los alumnos, incluso los mejores alumnos? En realidad, los buenos y los malos estudiantes serían como aquellos viajeros que levantándose de sus asientos acudieran a la cabina a preguntar cosas y a interesarse por la marcha del aparato, por la geografía que se divisa desde allí o por las humedades y las temperaturas del exterior. Es tan mala la analogía, que no sabe Moreno Castillo la desastrosa consecuencia a que lleva su comparación. ¿Violencia en las aulas? Podríamos cotejar al estudiante violento con el pasajero terrorista que incumpliendo las normas quisiera desviar el avión de su curso normal, que intimidara a todos los presentes y que, incluso, se propusiera estrellarlos a todos. No sigo…, en efecto, porque las ideas de Moreno Castillo empeoran cuando nos las tomamos en serio.
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Nadie olvida a un buen maestro
Qué hacer con los niños
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11.26.06
Posted in Breves, Televisión, Comunicación at 15:45 por jserna
Hoy nos relajamos. El humor nos alivia, pero no es asunto baladí, como señaló Freud a propósito de los chistes: la broma hace aparecer lo intocado o lo reprimido o lo grave o lo reverencial. Andreu Buenafuente recogía, días atrás, el premio Ondas y, según una encuesta de la revista Gaceta Universitaria, es uno de presentadores favoritos de los universitarios españoles. Entre los programas que aprecian los estudiantes, Buenafuente es el más visto… En la anterior etapa del blog o en Levante, me he ocupado de Buenafuente and Friends en varias ocasiones No me interesan lo que él y sus colegas de El Terrat piensan en la vida real: me gustan cómo interpretan. Hace poco más de un año empecé a escribir sobre ellos: como aquellos textos son introuvables y algún lector generoso me los ha pedido más de una vez, vuelvo a colgarlos como homenaje a la pléyade de comediantes que nos hacen reír a mandíbula batiente. Tengan cuidado: un chiste nos hace reírnos de lo intocado o lo reprimido o lo grave o lo reverencial…
Por qué gusta Andreu Buenafuente
El rey de Buenafuente
Buenafuente dixit
Otros artículos sobre Buenafuente:
Juan Cueto sobre Buenafuente
Juan Cruz sobre Buenafuente
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Con la entradas del sábado y del domingo iniciamos una nueva etapa en la bitácora. Habrá días con comentarios extensos, como esos largos artículos a los que les tengo habituados, y habrá días de observaciones cortas y frecuentes, varias –incluso– en una misma jornada, según lo requiera la actualidad y las sugerencias de lo que pasa… Iremos acostumbrándonos.
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11.25.06
Posted in Breves, Antropología, Historia at 12:33 por jserna
A Clifford Geertz le debo muchas cosas, muchas cosas aprendidas. Mirar el mundo, no darlo por supuesto, sentirlo extraño: y, a la vez, mirarlo con intención de iluminar ese fragmento, ese trozo de realidad siempre parcial, una respuesta local en el que se distinguen inquietudes o preguntas universales. Su célebre estudio sobre la Pelea de Gallos en Bali (la teatralización del espacio, la dramatización de los comportamientos, la ritualización de las relaciones…). Esa enseñanza –que hoy nos parece obvia— es una lección que Geertz difundió a principios de los años setenta. La antropología se benefició de sus hallazgos, que eran sobre todo modos de examinar lo aparentemente obvio o lo aparentemente raro. Las cosas no son tan extrañas ni son tan evidentes. El mundo es un espacio denso que puede ser descrito, lleno de convenciones, de claves, que los individuos deben aprender a descifrar para poder intervenir. Este énfasis en el significado fue un legado que Geertz aprendió de Max Weber. Y de ambos llegó a mí, el penúltimo epígono. Nunca podré agradecer suficientemente esas enseñanzas, modos de averiguar cuáles son los valores con que se rigen nuestros antepasados o cuál es la axiología con que nos conducimos hoy, aquí o en Bali. Es probable que a muchos les resulte desconocido, pero Clifford Geertz es, probablemente, uno de los etnólogos de los que más podemos aprender, además de abastecernos con su guasa e ironía. ¿Por qué no buscan sus libros? Me lo agradecerán. Que se haya muerto no significa que no estén vivas sus enseñanzas. No me resigno, no. Tenía la edad de mi padre. La misma.
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Ensayo de JS sobre Clifford Geertz
Artículo de JS en Levante-EMV (Posdata) sobre la muerte de Clifford Geertz
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Otras referencias a la obra y a la muerte de Clifford Geertz:
-Tapera
-ComuniSfera
-Jornalismo e Comunicaçao
-Jeff Weintraub
-Princeton University
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Con esta entrada de hoy iniciamos una nueva etapa en la bitácora. Habrá días con comentarios extensos, como esos largos artículos a los que les tengo habituados, y habrá días de observaciones breves y frecuentes, varias –incluso– en una misma jornada, según lo requiera la actualidad y las sugerencias de lo que pasa… Iremos acostumbrándonos.
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11.24.06
Posted in Antropología, Historia at 8:39 por jserna
Uno de los rasgos más evidentes de nuestro estado de ánimo es el miedo difuso, el pánico que provocan las informaciones constantes sobre atentados espantosos cometidos aquí y allá. La presencia del terror retransmitido globalmente hace que seamos damnificados mediáticos, hace que nos sintamos víctimas de una intimidación: varios terroristas son capaces de provocar más de ciento sesenta muertos accionando su detonador o inmolándose, como así sucedió el jueves en Bagdad; las ciudades occidentales mejor protegidas han sido sacudidas por el espanto de las explosiones. En unos u otros casos, sigue siendo la figura del terrorista suicida aquello que más amedrenta, aquello que anonada. Tanto es así, que al terrorista que obra de esa manera se le ha llamado nihilista… Días atrás, la prensa recogía la presencia de Joanna Bourke en Barcelona para participar en un ciclo organizado por el Centro de Cultura Contemporánea de aquella capital. ¿El motivo del encuentro? El mundo después del 11-S. Por ser la autora de un volumen titulado El miedo: una historia cultural, que estoy deseando leer, me interesó la entrevista que la investigadora concedió a Jacinto Antón. Hablaba de los pánicos medievales y de los temores contemporáneos, de emociones ancestrales, pavores o sobresaltos algunos de los cuales se remontan a la infancia del hombre. De todas los terrores enumerados me interesó vivamente el miedo al enterramiento prematuro. Leo:
“En el siglo XIX el miedo dominante era el miedo a la muerte súbita, a morir de manera inesperada, sin preparación. Ahora es al contrario: el miedo mayor es a permanecer mucho tiempo en tránsito. En el XIX no se temía, como en nuestra época, al dolor que antecede a la muerte, el dolor al morir era incluso algo positivo, era algo expiatorio. Hay otros miedos pasados que nos sorprenden: entre 1870 y 1910 se tenía un pánico absoluto al entierro prematuro, a que te sepultaran vivo. Eso era lo peor de todo. Hasta el punto de que para conjurar ese miedo se inventaron nuevos métodos y hasta aparecieron nuevos profesionales que te garantizaban que al morir estarías indiscutiblemente muerto…”
El entierro prematuro…, qué gran relato de Edgar Allan Poe. La primera vez que conocí esa historia no fue porque la leyera, sino porque se me leyó: a los catorce años, en la montaña de Alicante, en un casa de campo semiabandonada en la que pernoctábamos varios muchachos, un grupo de siete u ocho personas al frente de las cuales había un adulto generoso. Hablo de 1973. Interior noche, sin luz eléctrica: con sólo una bombona de camping-gas y con las sombras oscilantes de la chimenea, aquel guía o director nos deslumbró con Poe, con El entierro prematuro en versión de Julio Cortázar. Aún me sobrecojo cuando lo recuerdo: todo el entorno era atrezzo, todo era efecto especial. El crepitar de las llamas (sí, ya lo sé: forma parte del tópico literario) y el ruido de los animales nos hacía temer lo peor. O al menos eso es lo que, angustiados, esperábamos. Fue entonces cuando descubrimos que cabía esa posibilidad: que te inhumaran vivo, aquejado de catalepsia, aparentemente muerto. Poe fue para mí un fogonazo del que todavía no me he repuesto. Periódicamente lo releo y vuelvo a maravillarme con el miedo que es capaz de avivar, con la desazón que un relato suyo te puede provocar. Crecí pensando que esa ocurrencia –la posibilidad de ser enterrado prematuramente— sólo era una alucinación morbosa del escritor.
Luego, andando el tiempo, cuando yo ya era historiador, cuando ya comenzaba con Anaclet Pons a frecuentar los archivos, me sumergí en documentos notariales, en testamentos en los que el responsable adoptaba determinadas precauciones. Estábamos a finales de los años ochenta y con un esfuerzo de la imaginación queríamos trasladarnos al siglo XIX: durante meses y meses consultamos escrituras de últimas voluntades para recrear la vida burguesa del Ochocientos valenciano. En protocolos que amarillean leíamos testamentos en los que las personas más distinguidas establecían cláusulas muy inquietantes sobre las exequias. No era infrecuente hallar testadores reclamando que sus cadáveres no fueran inhumados hasta presentar “signos evidentes de descomposición”. Así, por ejemplo, lo fijaron los valencianos Santiago Luis Dupuy o Pedro Salvá o Francisco Sagrista. “Es ésta una expresión de temor característica de la muerte romántica”, decíamos en La ciudad extensa (1992), “de la que la literatura nos ha dado pruebas fehacientes, desde las narraciones de Allan Poe hasta Madame Bovary, en las que la catalepsia preside el pánico final”.
Años después, en 2002, leí un libro que hacía la historia de este pánico. Era un volumen que entretenía y mortificaba. ¿Su título? Ya lo habrán adivinado: Enterrado vivo, de Jan Bondeson. La obra era una enciclopedia de la muerte o, mejor, del terror que la impericia médica podía provocar, de ahí que –como indicaba Bondeson— se buscara habitual y expresamente señal clara de putrefacción. Imaginé a galenos de gran pericia técnica examinando el cadáver dudoso de un burgués o de una dama…
Joanna Bourke vuelve ahora a hablar de la falsa muerte, de la catalepsia decimonónica, y lo hace desde la perspectiva de la historia cultural. Después de haber investigado a los burgueses, Anaclet Pons y yo hemos ido a parar también a la historia cultural, pero no para rendir tributo a la penúltima moda historiográfica, sino para analizar las percepciones, los marcos, los códigos de realidad que nuestros antecesores tenían. El mundo no se nos aparece tal cual, sino mediado siempre por el filtro de las convenciones. El asunto de la muerte no es uno más. Es el asunto. Y, desde luego, una historia etnografiada como la que esperamos hacer (a la manera de Clifford Geertz), una investigación que tenga por fin exhumar los valores, los miedos, las normas de los antepasados, tiene que abordar las exequias, el luto, el dolor, el enterramiento, la finitud…, expresión de los sentimientos que los antropólogos han sabido examinar.
Ahora, muchos años después, frecuentamos de nuevo el mundo decimonónico para desenterrar a un varón viajero y distinguido: eso es lo que hemos hecho en Diario de un burgués. Y, como entonces, como cuando empezamos, no podemos dejar de sorprendernos con nuestro burgués, con su familia doliente. Hacia 1850…, en Valencia, mandaron edificar un panteón a imitación de un mausoleo de París. Visitamos el panteón valenciano para verificar las lápidas. Y, al final, yo mismo aproveché un viaje a París para ir al cementerio de Père-Lachaise. ¿El objeto? Fotografiar el templete en el que se había inspirado nuestro burgués. Me ayudó mi hijo, que me acompañaba. Era un día del tórrido verano parisino. Caminábamos por las calles del camposanto, nos acercamos a la tumba de Jim Morrison –cómo no— y después fuimos a tomar vistas de aquel mausoleo… Mentiría si dijera que no me acordé, justo entonces, de Edgar Allan Poe.

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Artículo de JS en Levante-EMV sobre Cioran y la visita a los cementerios
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11.23.06
Posted in La felicidad de leer at 8:40 por jserna
La edad de las novelas es una interesante expresión que Antonio Muñoz Molina ha empleado con alguna frecuencia, al menos en un par de ocasiones. La primera, en un artículo que con ese título el escritor jiennense publicara hace unos años en Claves de razón práctica (núm. 113, 2001). La segunda, hace pocos meses, en un texto publicado en Campo de Agramante (núm. 5, 2005), la revista de literatura que edita la Fundación Caballero Bonald (y que amablemente me hizo llegar Alfons Cervera). En la anterior etapa de este blog ya hablé sobre estas coincidencias, el significado que Muñoz Molina le da a dicha expresión y ya reflexioné qué es y cuando se da esa edad de las novelas. Cito ahora de memoria, probablemente sea impreciso, pero no importa, porque lo que retengo no es embustero y recrea en mi interior lo que esas palabras me sugieren. Añado, pues, lo que esa lectura me suscita, esa resonancia que en mi interior despierta. Así leo.
En aquel primer texto, en aquel que publicó en Claves, Muñoz Molina hablaba de sí mismo, claro, de cuál fue la edad en que más novelas había leído. Hacía referencia, pues, a la mocedad, a ese tiempo de cambio, de trastorno y de crisis emocional y personal en el que necesitamos leer novelas, al menos algunos púberes voluntariosos. Hay, en efecto, un momento en nuestras vidas en que la maduración se convierte en el horizonte inevitable: nos alejamos del muchachito que hemos sido y emprendemos una huida o un crecimiento tumultuoso, lleno de alteraciones apreciables e indescifrables. Nos vemos rodeados de adultos misteriosos o decepcionantes, de padres dolorosamente reprochables y, a la vez, emprendemos un tanteo estrictamente personal: debemos buscar al tipo experimentado en que queremos convertirnos. Es justo entonces cuando muchos leemos novelas, cuando las grandes narraciones nos proporcionan lo que la triste, la amarga o magra existencia no nos da: un repertorio de vivencias, de aventuras, de modelos de excelencia que no hallamos en nuestros progenitores, en nuestros mayores. Es una manera de probar, de ensayar vicariamente lo que la realidad no nos facilita. Pongamos algunos ejemplos, algunos casos que, además, proceden de la gran literatura del siglo XIX.
¿Por qué ha tenido tanta repercusión La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson? Fernando Savater contribuyó enormemente a su reciente éxito español. En aquel animoso libro que se titulaba La infancia recuperada (1976), el filósofo nos enseñó a desentrañar lo mejor en novelas poco apreciadas por la tradición del canon literario. Stevenson aparecía como un autor para adolescentes, liviano, para esa edad de las novelas… Y, en efecto, como nos advirtiera Savater, en las páginas de La isla del tesoro está el joven Jim Hawkins, el muchacho que debe sacar coraje de sí, que debe emprender un camino propio, alejado del hogar, como es tradición hacer en la Gran Bretaña, en la marinera Inglaterra. Una buena novela para adolescentes no es un relato menor, sino esa narración de aprendizaje que nos enseña a ser mejores, incluso héroes, a cursar la enseñanza de la vida sin embozo ni fingimiento. Como cualquiera de nosotros, también Hawkins tiene miedo, claro que sí: tiene miedo de esos piratas despiadados con quienes debe hacer la travesía. Teme su crueldad y su embrutecimiento, siempre aturdidos por los tragos, por ese ron al que rinden el tributo de sus vidas.
Pero a Hawkins le atrae el pirata más sibilino, hasta el punto de querer amistarse con él: el bucanero de sentimientos furtivos, Long John Silver, un tipo equívoco, con dobleces, con sabiduría mundana, con más sesera que sus compinches siempre embriagados y temibles. El muchachito debe agenciárselas para no perecer, para sobreponerse a sus aprensiones, para hallar el tesoro, que es real y es metafórico, para maniobrar la nave de tres palos como un piloto experimentado, para volver a casa como un veterano. Si no leímos en la adolescencia esa novela u otras de su misma estirpe, la edad adulta es todavía una buena época para regresar al tiempo del arrojo juvenil, para averiguar qué hace Jim cuando no tiene un padre cuya autoridad le guíe o cuando no tiene una madre atenta que lo agasaje. El mentor Long John Silver no es precisamente lo más recomendable, pero esa guía o tutela le sirve, como nos sirven sus enseñanzas releyendo ahora dicha novela. Aprenderemos aún, seguro. Yo leí esa novela por cuarta vez hace poco tiempo (no hago, pues, como Savater que decía leerla cada doce meses) y que me aspen si no me instruí con John Silver, un corsario inquietante y atractivo, cauteloso, con capacidad diplomática, con inteligencia mediadora, capaz de afectar docilidad y de amedrentar a sus amigos y enemigos. El tiempo de las narraciones no se agota, pues, con la consumación de la pubertad.
Como decía, Muñoz Molina vuelve a mencionar esa edad de las novelas en el bello artículo al que apuntaba más arriba, un artículo reciente aparecido en Campo de Agramante. En este caso, más que referirse a la infancia o a la adolescencia del muchacho que empieza a labrarse su camino, esa expresión alude a la infancia o a la adolescencia de Occidente, a ese tiempo de revoluciones y de crisis que se inicia a partir de 1789. Es decir, emplea “edad de las novelas” como una fórmula metafórica que le sirve para describir la inocencia brusca y fundacional de la modernidad europea. Es el momento en que, por ejemplo, irrumpe el individuo como ser autónomo, portador de derechos, guía de sí mismo, como ese bravo luchador que se desprende de las pertenencias estamentales: solo, desasistido, fuera de lugar, ajeno al tiempo fatal del feudalismo y del absolutismo. Un héroe… Aparece el burgués sin ataduras, el burgués que debe rehacer el mundo, designarlo y componerlo, adueñarse de él, un tipo que no tiene seguridades firmes ni certidumbres estables y que debe formarse viajando o templando su espíritu en parajes distantes.
Es el momento histórico en que los lectores buscan afanosamente las experiencias que los propios personajes literarios pueden darles y que son, en parte, la aventura de probar y de ensayarse. Menciona Muñoz Molina a Julien Sorel, a Fabrice (o Fabrizio) del Dongo, a Gabriel Araceli, a esos caracteres de Stendhal o de Pérez Galdós, por ejemplo, que se hacen fuertes en la empresa de cursar su propia vida en una fase y en un proceso de grandes y de graves transformaciones que siguen a la epopeya napoleónica. El suelo tiembla por las detonaciones, la pólvora estalla y estos muchachos deben orientarse con tiento o con ojo en un mundo desalmado y sin agarraderas a las que asirse. Son, por supuesto, modelos masculinos trazados para expresar el coraje adolescente, la bravura de quienes han de abandonar a las madres para enfrentarse al mundo hostil… Pero es también la época de las mujeres lectoras (aunque Muñoz Molina no las mencione expresamente), las mujeres que se entregan con fruición al disfrute de las novelas haciendo del amor un ideal y la fuente de su perdición. Son personajes lectores, en efecto: muchachitas trastornadas por páginas vehementes, damas que aún esperan una pasión arrebatadora que los varones decepcionantes no les procuran. Comienza el bovarismo y con él un mundo burgués que penaliza y degrada a la adúltera real o imaginaria, ese mundo burgués y recatado que Anaclet Pons y yo mismo hemos observado en nuestro nuevo libro.
Decía José Ortega y Gasset en una página de su obra que “tal vez las dos cosas originales del siglo XIX que merezcan admiración son su amor y su literatura”. Así como el Setecientos fue una centuria de creación política e intelectual, el Ochocientos habría sido el tiempo del romanticismo, de las emociones, de las pasiones desenvueltas o sofrenadas…, todo ello expresado en la novela familiar. Otra vez, pues, el tiempo de las novelas. Los burgueses son recatados, circunspectos, individuos que preservan lo doméstico frente a la intromisión de lo externo, y entre los enseres de lo doméstico está la esposa, el ángel del hogar, el ángel de los sentimientos al que hay que proteger. De esa intimidad protegida es difícil saber algo. Por eso, tal vez, la novela tuvo gran repercusión en el siglo XIX: era una manera de relatar, de conjeturar, de aventurar qué pasaba en la alcoba de los burgueses, las procacidades o no que se consentían, las fantasías qué pensaban, con qué quimeras se consolaban, cómo vivían sus adulterios propios o ajenos, reales o fingidos. La comedia humana, de Honoré de Balzac, aspiraba a ser una taxonomía de las especies sociales del Ochocientos, la hecha por un naturalista. Balzac igualmente esperaba trazar una demografía copiosa, como si de una reescritura del Registro Civil se tratara. Pero su autor también la concibió como una radiografía del interior burgués, de esa era vida privada de las naciones de la que se desentendieron los historiadores, ocupados como estaban en relatar el pasado político de la colectividad.
Y fue precisamente en ese hogar relatado en donde grandes novelistas descubrieron las tentaciones adúlteras de las esposas. Flaubert y Tolstoi, entre otros muchos, fantasearon con ese pecado, con esa trasgresión moral, y por eso, por sus alardes imaginativos, por su destreza narradora, Madame Bovary (1857) o Ana Karenina (1877) perduran como obras maestras. Es célebre el incipit de la novela rusa: “todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera”. Los apellidos de Bovary, Karenina y Ordóñez están mancillados por esas tentaciones adúlteras que llevan a la desgracia a las mujeres. Los varones incurren en la indiferencia o en la infidelidad, y las esposas, asqueadas o insatisfechas o decepcionadas, inician una carrera de impudicia y oprobio que les reportará dolor, tristeza y muerte.
Hablamos, pues del momento de la gran narración del siglo XIX, la edad de las novelas viriles (como subraya Muñoz Molina) o femeninas (como yo mismo he recordado ahora), esas aventuras de la experiencia humana en las que la ficción sólo era un expediente para hablar de las lecciones verdaderas de la existencia. Algunos de esos personajes son héroes, otros son amorales, carentes de escrúpulos, probablemente porque los viejos valores han caído y los nuevos…, los nuevos están aún definiéndose: varones que son trepadores y que se sirven de las damas para prosperar, para alcanzar la meta burguesa; mujeres que olvidan el recato y la contención que las buenas familias imponen, señoras que se entregan a infidelidades tristes. Unos y otras pierden la inocencia para regresar experimentados o más cínicos… o muertos. Porque esas novelas también nos hablan de individuos que se curten y que se desembarazan de candor del púber. Pero tras unos y otros, nos dice expresamente Muñoz Molina, está siempre la Historia: no porque éstas sean novelas históricas, sino porque la Historia, ese pasado que persiste o ese presente grandioso que irrumpe, no es más que el marco en el que el individuo particular debe ejecutar sus acciones sin que le valgan los moldes de sus antecesores, sin que las enseñanzas de sus mayores les alivien de su responsabilidad personal.
Leí y releí a Muñoz Molina cuando yo estaba escribiendo Pasados ejemplares. Leí y releí sus obras añadiéndole todo lo que mi propia experiencia me dictaba, como si de un diálogo se tratara, como si mis vivencias y las suyas en parte coincidieran o incluso fueran intercambiables. Por eso no estoy seguro de haberle hecho justicia: más bien, seguramente le habré hecho decir cosas que no siempre él había dicho, pero no creo haber traicionado lo que el escritor se proponía decir en sus ficciones. Cuando pensabas que ya lo tenías todo leído y bien interpretado, de repente Muñoz Molina publica El viento de la Luna y ves que aquella reflexión del autor jiennense sobre la edad de las novelas se convierte en objeto de relato, de su propio relato adolescente… y, entonces, cuando debes cerrar el pico sólo para abandonarte al gozo de sus palabras, volviendo a silabear los textos. Así como suena, así como suenan las novelas de la pubertad personal y de la adolescencia europea, unas historias de las que los héroes somos nosotros: los lectores. Una dicha.
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