10.31.06

El Leviatán de José María Aznar

Posted in Comunicación, Democracia at 10:40 por jserna

 murdoch0.jpg aznar0.jpg 31 de octubre y 1 de noviembre

En las asignaturas que imparto procuro hacer historia conceptual. ¿Qué significa eso? Lo que intento es escudriñar el significado histórico, cambiante, de expresiones que hoy empleamos y que, lejos de ser un hallazgo de nuestros días, son recursos seculares, incluso milenarios. Ese rastreo no obedece a un objetivo arqueológico, sino a una urgencia bien presente, de nuestros días. Los medios de comunicación utilizan todo tipo de fórmulas acuñadas que parecen obvias, con sentido establecido. Los ciudadanos, también. En efecto, nos valemos de toda clase de voces que creemos actuales siendo como son documentos que testimonian el pasado: justamente por eso, su semántica no siempre ha sido la misma. Es incluso hasta probable que el significado original se haya perdido. 

Por eso, un buen historiador o un buen periodista (imparto lección en ambas Facultades…) no deberían hacer anacronismos creyendo que el uso actual ya estaba prefigurado cuando el significante apareció. Esa semántica cambia a lo largo del tiempo y, por tanto, esa inspección documental nos revela mucho de nosotros mismos, de lo que adeudamos a los antecesores y de lo que hay de nuevo en nuestro léxico. Tal vez sea la mía una operación muy simple, pero el presentismo que nos aqueja, esa tendencia irreprimible a aceptar todo tipo de incoherencias, esa propensión a creer que el mundo se fundó ayer, obligan a estas precisiones. Algunas de esas palabras fundamentales sobre las que es preciso volver son derechos o liberalismo, unas palabras que hoy están en la discusión cotidiana y que tal como las empleamos tienen un origen común.   

Para empezar les indico a mis alumnos que los derechos entendidos como cualidades y defensas reconocidas a los individuos en cuanto tales no son algo milenario, sino fruto de la ideación iusnaturalista, de esa concepción que estableció privilegios naturales para todos los seres humanos. Hubo un momento en la historia de la humanidad, en los viejos buenos tiempos, en que los individuos propietarios (de bienes y de sus propias capacidades) podían vivir libremente. No era el Jardín del Edén, pero era lo que más se le parecía. Los seres humanos disfrutaban de sí mismos y velaban por sus objetivos, por sus preferencias. Procuraban perseverar evitando las amenazas que sobre ellos se erigían. Sin embargo, los recursos limitados y el egoísmo incoercible de los individuos les llevó al conflicto de todos contra todos. Es la guerra generalizada de Thomas Hobbes. El único modo de salir de ese marasmo bélico fue un pacto a partir del cual se cedía uno de los derechos naturales: el del uso legítimo de la violencia para defenderse. Nace así el poder político separado, que se alza sobre los individuos y que es desempeñado por unos pocos de esos individuos, con el riesgo que esto entraña.  

Desde luego, toda esta figuración teórica iusnaturalista es una ficción teórica, un modo de concebir con gran fantasía el origen del Estado y, a la larga, el reconocimiento de la ciudadanía. Frente al absolutismo monárquico, los liberales reclaman justamente esos derechos naturales de los que habrían sido excluidos los súbditos. Estamos en el siglo XVII y en el siglo XVIII: frente a la atrocidad penal, frente al arbitrariedad real, frente a la soberanía investida por Dios, los individuos aparecen inermes. Los liberales, como herederos del primer iusnaturalismo, van a exigir esas franquicias para el ciudadano, esa protección y defensa ante las acometidas de la institución política.     

Por esto, los liberales siempre tendrán reparos, serios reparos frente al poder político. El Estado, al ser depositario de la violencia legítima, siempre será una entidad amenazante: la tendencia a convertirse en monstruo (Leviatán), a desempeñar funciones desmedidas, a interferir en la vida de los individuos, hizo que los liberales concibieran todo tipo de frenos, toda clase de límites. De alguna manera, los derechos jurídicos que se reconocen en el primer liberalismo forman parte del establecimiento de esos límites. El individualismo y el garantismo, se piensan contra la tendencia avasalladora del poder político separado. Por tanto, ese reconocimiento de defensas para proteger al individuo  es un producto verdaderamente civilizado. A los ciudadanos se les reconoce como tales y, por consiguiente, se les indican a qué tienen derecho.  

De estas cosas me acordaba estos últimos días, cuando leía el inacabable volumen de Federico Jiménez Losantos. Según cuenta, este locutor creía tener en José María Aznar un correligionario liberal. Sin embargo, nada más llegar al poder el nuevo mandatario optó por el intervencionismo, un intervencionismo que se plasmó en numerosos ámbitos, especialmente en la escuela (lugar en el que se libraría un combate ideológico) y en los medios de comunicación (dominio en el que oponer resistencia a Jesús de Polanco y sus empresas). Jiménez Losantos no deplora la primera de las interferencias: la ideologización de la Historia nacional o el peso dado a la religión como materia evaluable no merecen comentario alguno de su parte. En cambio, la voluntad de intervención de Aznar en la esfera mediática le acarrea al ex presidente una severa andanada del locutor. ¿Por qué razón?  

La empresa privada –dice el locutor– ha de ser capaz de ganar la batalla ideológica en la prensa, en la radio, en la televisión o en Internet, sin que ese combate necesite el apoyo interesado de un poder obsequioso. Añade Jiménez Losantos que la guerra de los medios que inició Aznar la sabía derrotada. ¿Por qué razón? Porque la colusión entre poder político y objetivos empresariales no da buenos resultados económicos y, en todo caso, al final la meta sólo es asegurar el mantenimiento del mandatario, forzar el consenso a favor suyo. En el fondo, dice Jiménez Losantos, ese tipo de alianzas no se sellan para garantizar derechos de los ciudadanos, sino para proteger al gobernante. El Faraón –así llama al ex presidente— habría atentado contra los derechos y sobre todo habría pecado de iliberalismo.  

Más allá de quien las formule, esas críticas del locutor me parecieron muy pertinentes, pues lo que revelan es el uso de expresiones añejas (derechos y liberalismo) para recubrir unos intereses particulares que necesitan valerse del Estado (Aznar). Podría replicarse diciendo que lo que el ex presidente  quería era abrir un dominio (el de los medios de comunicación) prácticamente monopolizado por Prisa. Ése es un latiguillo muy frecuente a pesar de que, como admite Jiménez Losantos, había y hay otros holdings mediáticos de gran fuerza y presencia: el grupo Zeta o Planeta, por ejemplo. En fin… Como parece que José María Aznar quedó muy insatisfecho con el desenlace de aquella guerra mediática, ahora regresa a la batalla comunicativa para… ¿Para hacer qué? ¿Para hacer valer derechos de los ciudadanos, para asegurar la fortaleza del servicio público frente a la acometida de los grandes grupos monopolísticos?  

En realidad, y según los comentarios de gentes próximas, José María Aznar regresaría ahora para respaldar al magnate Rupert Murdoch, de quien ya es socio o empleado. ¿Con qué fines? ¿La defensa de derechos? El retorno de Aznar tendría como meta capitanear una gran operación mediática siendo su primer objetivo la compra de Antena 3. Uf. Cuando leo estas cosas, qué quieren, me entra una melancolía absurda y, de verdad, de verdad, que me dan ganas de regresar al estado de naturaleza, a aquel momento fantasioso y auroral en que no teníamos mandatarios que nos salvasen de nosotros mismos, a aquel instante primitivo en que cada uno disponía de sus derechos naturales, eso sí: en un estado de guerra de todos contra todos. ¿Arriesgado? No se apuren, aquí, la guerra ya ha empezado y el estado belicoso de los enemigos (con el Leviatán mediático de Murdoch) dañará los derechos de que nos creemos depositarios: el primero no ser manipulados, engañados.   

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

10.30.06

El poeta y el periodista, otra vez

Posted in Escribir, Scriptorium at 9:33 por jserna

   wittgenstein.jpg    mveyrat4.jpg

Hace más de un año, en mi bitácora comenté un libro de poemas de Miguel Veyrat titulado Babel bajo la Luna. Me atreví a relacionar la oscuridad y la claridad, la oscuridad babélica del origen (no hay manera de entendernos) y la claridad cartesiana que nos impone la comunicación (necesitamos entendernos). Cuando cerré mi primera etapa como blogger, hice desaparecer todas las entradas de aquella bitácora (Los archivos de Justo Serna, 2005). 

Un par de lectores fervientes (no descubriré quiénes) me han pedido expresamente que reponga (como en los cines de antaño) aquel texto mío. Aunque no acostumbro a repetir por repetir, deseo complacer a  estos seguidores y, por tanto, vuelvo a colgar otra vez de mi blog ese texto. Ha de interpretarse sobre todo como el aturdimiento que experimenté al leer el poemario de Veyrat. Creo que debo reponerlo como homenaje a un lector –el propio Veyrat— que me es fiel a pesar de nuestras serias discrepancias sobre la Transición política española (asunto que, por cierto, muy pronto volveré a tratar para provocar la animosidad de mis queridos radicales).

Ahora, además de mi texto, lo que le pediría al autor de Babel bajo la Luna es que con mano maestra seleccionara unos poemas con el fin de incluirlos y añadirlos en este scriptorium…, para deleite de los adeptos.

———————–

El poeta y el periodista

(6 de marzo de 2005)

El pasado 10 de febrero [de 2005] Félix de Azúa publicó un artículo en el verso de la sección de Opinión de El País. Era un texto extraño, algo así como una venganza tardía y en parte rencorosa contra una generación, la suya. La razón: haber quedado fascinada en los años sesenta y setenta por el lenguaje abstruso del estructuralismo, por la oscuridad verbal de Roland Barthes, por ejemplo: por la tiniebla expresiva de unos autores de procedencia francesa, Louis Althusser, Julia Kristeva, entre otros, que tanto habrían atentado contra la claridad (la clarté, ay), unos autores que habrían hablado con hermetismo y con resuelto desenfado, con esa libertad enunciativa que da  la palabra esotérica en la que resuenan los ecos remotos de los poetas voluntariamente indescifrables. Azúa les afeaba su locución, su coquetería, su artificio, su irresponsabilidad verbal.

En España, la consecuencia de aquellas indigestas lecturas, añade, habría sido la de una generación intelectual aquejada de confusas charlatanerías, además de una incapacidad manifiesta  para ejercer la crítica. De aquellas tinieblas se habría seguido un galimatías expresivo, el desorden verdaderamente alfabético, de unos políticos  inhabilitados para llamar a las cosas por su nombre. El propio Azúa admitía la evidente exageración de su panfleto, un ajuste de cuentas en el que le propinaba un puntapié a Ibarretxe y a sus adeptos o a Carrillo y a sus antiguos camaradas en el trasero del Roland Barthes. Tal vez, Azúa pecaba de lo mismo que denunciaba y, por tanto, su argumento contra toda una generación tenía su mejor prueba en la andanada y en el estrépito del propio autor. Con ello no quiero afirmar que los españoles de su edad no merecieran una reprimenda por su irresponsabilidad verbal, pero tengo para mí que es mucho decir que esa irresponsabilidad procede de lecturas de unos autores que por ser frecuentemente impenetrables fueron más citados que leídos o comprendidos.

Pero olvidemos, de momento, a Azúa, al que siempre leo con delectación, y tomemos en serio el asunto de la clarté expresiva, algo que parece la mar de evidente, siendo como es el problema filosófico del siglo XX. O, mejor, no abandonemos aún al escritor barcelonés. Frente a la oscuridad de los colegas franceses, decía Azúa, los académicos británicos se habrían caracterizado por su claridad, para alivio de los lectores. La búsqueda de un lenguaje neutro y transparente, una prosa científica del mundo acoplada exactamente a lo real, habría sido su tarea básica. En efecto, ésta habría sido obra de todos los positivismos lingüísticos del Novecientos, una ímproba labor condenada en parte al fracaso, como el propio Wittgenstein llegó a reconocer al final de su célebre Tractatus. Lo importante, el significado profundo de las cosas, el sentido, la ética, los principios, los valores, en definitiva, no pueden ser objeto del lenguaje lógico y sólo quedan dos cosas: el silencio o, como en parte le pasó al pensador austriaco, la recaída en un misticismo renovado.

Los poetas  llevan tiempo intentando expresar lo inexpresable o al menos lamentando su frustración grave y se empeñan con las metáforas y con los otros recursos oscuros del lenguaje con el fin de rozar lo fundamental, que es lo que Wittgenstein intentó con majestuoso fracaso. Es cierto que el abuso de las metáforas es una lacra en el periodismo y en el lenguaje público. ¿Por qué razón? Porque tiende a convertir en simbólico lo que es real, bien concreto, una cosa o persona que siempre pertenecen a un contexto y que por el hecho de devenir emblema de algo que los sobrepasa dejan de ser lo que en verdad son. Tomar el rascacielos Windsor como metáfora ha convertido su incendio en símbolo de la ruina política del Gobierno Zapatero; tomar el hundimiento de las edificaciones del Carmelo como metáfora ha servido para tratarlo como símbolo de la ruina política de Cataluña. El Windsor y el Carmelo son dos acontecimientos concretos, unos acontecimientos con damnificados a los que no les debe de hacer ninguna gracia que los piensen como emblema de nada: sólo quieren, supongo, que les reconozcan como seres concretos que han padecido de la incuria autonómica o municipal o empresarial.

Pero que se abuse de estas operaciones retóricas no significa que podamos o debamos desprendernos de las metáforas en el lenguaje público. No son ganga desechable: en la práctica nos servimos de ellas en el lenguaje corriente (como de un eficacísimo instrumento) y al final empleamos algunas sin ser conscientes de su origen, imperceptibles e instaladas ya en nuestros usos. Pero las metáforas de los poetas son de otra índole, por supuesto, y rastrean la oscuridad que hay siempre en el hecho de nombrar las cosas, esa oscuridad de la que hacía crítica guasona Félix de Azúa. El escritor barcelonés hablaba de intelectuales franceses, unos intelectuales a los que podremos dispensar o no nuestro aprecio o recuerdo, pero en todo caso deberemos admitir, contra Azúa, que fueron los miembros de una generación, la de posguerra, que se propuso poner al día (que no ocultar) el pensamiento de un país sumido en el estupor. Y en ello les fue de especial ayuda el saber de Heidegger.

Acabo de leer un importante libro de poemas recién aparecido. Su título:  Babel bajo la luna. Veo que su autor, Miguel Veyrat, parte de una invocación precisamente heideggeriana, una cita extraída de uno de los textos del filósofo alemán y plantea buena parte de los interrogantes que aquí he expresado sobre la clarté o sobre las tinieblas. Dice así Heidegger: “el exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. Tiene un gran valor ese exergo, ese principio, porque quien lo asume, Miguel Veyrat, es poeta y es periodista, alguien que debe batallar con las palabras sabiendo que oscuridad y claridad, en lo privado  y en lo público, en el lenguaje particular del creador o en el lenguaje común de la crónica, no se resuelven tan sencillamente como parecía defender  Azúa. Entre otras cosas, porque cuando hablamos expresamos las voces de otros aunque no lo sepamos, voces cuyo significado se adosa a nuestras palabras. La conciencia de ese hecho le sirve a Miguel Veyrat para hacer explícitos los ecos de otros poetas o pensadores que quiere hacer resonar en sus poemas.

Aún me cuesta sobreponerme a la erudición herida de la que hay muestra explícita e implícita en su libro, un estrépito inagotable de cánticos previos, de unas voces que le preceden y que hace propias expresando esa deuda y, a la vez, convirtiéndose él mismo en portavoz involuntario de un coro a veces inaudible y no siempre afinado y congruente, el nuestro, el de los contemporáneos de la incertidumbre, que es él y que somos nosotros. De ahí, precisamente, el subtítulo que le da al libro:  Trilogía de la incertidumbre. Entre las muchas cosas a las que pasa revista o sobre las que se pronuncia oscuramente, desde esas tinieblas que habita, según el Heidegger que invoca, está el individuo solo, inarticulado, que espera y desea empezar a hablar, a expresarse, para lo cual se sirve de un armazón lingüístico heredado, rabiando a la vez por inaugurar el lenguaje, un lenguaje que tiene por propósito, nada menos, que el de designar el mundo, algo que es inaprensible y dudoso, algo que se está edificando (como la Torre de Babel) al tiempo que se hace la propia expresión y el nombre de las cosas.

En todos sus poemas, la palabra herida, insuficiente, aventurada, es la gran cuestión del ser, digámoslo con Heidegger, y es la gran zozobra de su poesía, la necesidad y la imposibilidad de nombrar las cosas, del nombrar como gran operación de asimilación del mundo. Por lo que le he leído se trata de una tarea y de un empeño que hacen propiamente humanos a los hombres. Y con ello revelan de otro modo lo que es la arrogancia de nuestra especie, sabedora de sus límites, esa muerte, esa carencia física; así como ese lenguaje que coincide (eso queremos creer) con los límites de ese mundo: limitados pero vomitándose a sí mismos, como transeúntes desposeídos, antiguos habitantes de… ¿un paraíso?, que abandonamos con el pesar inconsolable de los primeros desterrados para, como dice Cioran, caer en el tiempo,  peatones del camino real, aspirantes a suplantar a ese ser ignoto y primordial, tal vez tiránico, distante y a la vez imperfecto por el que se empezó a edificar la Torre.

Hay en sus poemas un eco de la fantasía primordial de la unidad indiferenciada entre el hombre y la naturaleza y, por otro, hay también y principalmente una nostalgia o un espanto (no sé) de aquel tiempo, prebabélico, en que coincidían las palabras y las cosas, de aquella fase auroral en la que disponíamos de un solo significante para cada cosa que nombrar. Pero aquello se dilapidó y no hay restitución posible del objeto perdido.  El ser que canta en los poemas parece desear con afán y con horror  una vuelta al origen, a ese origen en que ese mismo ser se desconocía y sólo era potencialidad sin actualizar. Hay, en efecto, en todo el libro una fantasía trágica de retorno, de muerte, un deseo de regresar para recuperar, aunque fuera con las palabras, aquello que perdió, pero esa recuperación fantasmagórica anularía su propia subjetividad: la plenitud del paraíso prebabélico sería, en efecto, la pérdida del ser mismo que habla.

No predica la náusea ni tampoco se abandona a un lenguaje torrencial, sino al cripticismo heideggeriano, a la oscuridad herida y sentida. Practica una observación deslumbrada y paradójica, viviendo en un espacio que sabe temporal, intentando celebrar el goce de las pequeñas cosas de la  vida sin revestirlas a la vez de trascendencia grave o esencial: sólo que son un misterio que el lenguaje ordinario no aclara, no ilumina, no liquida. El amor, por ejemplo, ese amor carnal que aparece constantemente, en parte velado y en parte obscenamente expuesto. Pero la decadencia o la muerte acechan, nos acechan. Por eso la voz que se expresa en los poemas no parece tomarse con sobrante énfasis y se contempla con ironía, con la ternura y el distanciamiento incluso sarcástico del que se reconoce sólo y desvalido. De ahí que la muerte, los huesos, el fuego candente que consume, la hoguera, las brasas o las gotas de agua que se evaporan, el rocío, la lluvia que llueve hacia arriba, fenómenos cuya evanescencia expresan nuestra finitud, incluso la circunstancia angustiosa y liberadora de ser uno mismo propiamente imaginario, sean las imágenes poéticas de que se sirve con angustia y recurrencia.

¿Aún estamos dispuestos a hablar de la inutilidad de lo oscuro, de lo indescifrable? Michel Foucault, otro pensador de aquella generación que mencionaba Félix de Azúa, escribió un volumen que fue luz (vaya, otra metáfora) de aquella cohorte de pensadores. Llevaba por título Las palabras y las cosas. Paradójicamente, con un idioma propio, Foucault arrojó luz sobre el lenguaje, sobre los lenguajes públicos y científicos que han constituido una parte de Occidente y analizó la locución de las ciencias, cierto, cuyo “exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. De ese poeta heideggeriano, Miguel Veyrat, consciente de la insuficiencia verbal de la claridad, nos habla Babel bajo la luna

Una conmoción.

——————

Scriptorium:

Primera selección de poemas de Miguel Veyrat 

Segunda selección de poemas de Miguel Veyrat

 

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

10.27.06

Juan José Millás…, cuando acierta

Posted in Escribir, Comunicación, La felicidad de leer at 8:45 por jserna

   millas2.jpg   A quienes escribimos diariamente, quemándonos las pestañas en la pantalla, a veces nos vienen momentos de crisis, de duda. Hay días en que vacilamos y nos interrogamos por lo que hacemos. ¿No deberíamos emplear nuestro tiempo libre en otra cosa más llevadera o egregia? Más aún, si de lo que se trata es de satisfacer el narcisismo que da ver lo que eres capaz de escribir, ¿no deberíamos empeñarnos en ciertas obras de las que nos creemos merecedores? 

Pronto aparecerá un volumen que hemos escrito Anaclet Pons y yo mismo (un volumen que ha sido un placer, una felicidad escribirlo, y del que pronto les daré cuenta). Ése y otros libros los pensamos,  los concebimos y con entusiasmo y momentos de crisis. El día en que el blog me impida trabajar así, cambiaré la periodicidad de mis entradas. Ustedes me comprenderán, claro. Escribir una bitácora o una tribuna periodística es, seguramente, oficio de cautivos: con una remuneración material o inmaterial y con una consideración personal o social…, escasas. Al menos para la mayoría. No sé si para Juan José Millás. Para tratar estos asuntos permítanme exhumar a Gustave Flaubert. Ya lo dije, ya lo traté, ya lo escribí, pero creo que debo insistir en su ejemplo, regresar a las indicaciones del maestro francés, sensatas e imposibles de cumplir por todos y en todo el tiempo.

En abril de 1858, Gustave Flaubert le escribía a un corresponsal cuyo deseo era convertirse en hombre de letras, un meritorio, un esforzado y abnegado novel que no sabía muy bien cómo administrar sus fuerzas, su energía, su creatividad, su ingenio y, sobre todo, que no sabía hacia dónde dirigir sus papeles. “Si siente una irresistible necesidad de escribir, y si tiene un temperamento de Hércules, ha hecho bien. ¡Si no, no!”, le advertía Flaubert. El autor consagrado le exigía perseverancia y esfuerzo, una capacidad sobrehumana, propiamente hercúlea, una tarea para la que se necesitan no sólo alguna agudeza e inspiración, sino también empeño, denuedo y un cuerpo incluso musculoso que soporte tal entrega. Por eso voy yo mismo al gimnasio: para desentumecerme, para consumir energía puramente física, para alejarme durante unas horas de la dedicación escrita, para sanarme del tóxico sedentarismo. “Conozco el oficio. ¡No es suave!”, añadía Flaubert. “Pero precisamente porque no es suave, es hermoso”, con ese rendimiento egoísta que implica crear algo que no existía.

Ahora bien, la creación o la escritura pueden dirigirse a numerosas metas, algunas verdaderamente satisfactorias, placenteras y bien retribuidas (aunque éstas sean a largo plazo o por la posteridad) y otras engañosas, perecederas. Entre estas últimas, el gran literato incluía el oficio de cronista y su lugar: la prensa, tan importante ya en tiempos de Flaubert. “El periodismo no le conducirá a nada, sólo a impedirle que realice largas obras y continuados estudios. Tenga cuidado. Se trata de una sima que ha devorado a los organismos más fuertes. Conozco a personas de genio (…). Perdón por el consejo si con él hiero una simpatía; sin embargo, tengo razón”. Es decir, estar al tanto, estar al cabo de la calle, estar bien informado, interpretar y transmitirlo no garantizan saberes ni disfrutes ni logros eximios, pues la dedicación cotidiana es un apremio que probablemente marchita. El periodismo como arte ramplón, prosaico, pues. El diario (el blog, en este caso) como escritura poco exigente, trivial, en fin.

“Lleve a cabo grandes lecturas seguidas; y escoja un argumento largo y complejo. Relea a todos los clásicos, no como en el liceo, sino para usted, y júzguelos como juzgaría a los modernos, amplia y escrupulosamente”. La recomendación no era mala: una lectura empeñada de los textos sublimes nos mejora, pero un seguimiento constante, inculto e irreflexivo de la actualidad nos adocena. La segunda encomienda aún era mejor: no lea al modo secamente académico, sino libre, ferozmente, y, sobre todo, subjetivamente: para usted mismo, no para rendir cuentas ante el maestro o el superior. Y, en fin, la última recomendación era exacta: tome a los clásicos como lo que son, como obras que habiendo rebasado su contexto, su determinación y sus límites, llegan hasta nosotros para mejorarnos y para convertirse en el banco de trabajo del escritor novel.

Los encargos que Flaubert le hacía a este escritor en ciernes eran sensatísimos. Lo que ya no tengo tan claro es el desdén del periodismo. Y ello por dos razones. Para quienes leemos a diario dos o tres periódicos, el papel impreso es un espacio consagrado que nos procura  esa información que ávidamente buscamos y que nunca nos sacia. Me recuerdo de niño, cuando mi paga no me daba para comprar periódicos y revistas (al menos todas las revistas que yo anhelaba); me recuerdo apostado frente al kiosco leyendo con vehemencia aquellas cubiertas de la prensa. Fue mi madre quien primero descubrió la rareza que me aquejaba: me las daba de informado, estaba al cabo de la calle, porque leía gratis aquellas primeras planas. Era, sí, una información superficial, y nunca mejor dicho: la que me proporcionaban las cubiertas escuetas. Cómo voy a sentir ahora desdén por la prensa. No puedo.

Por otra parte,  escribir en la prensa no suele arruinar grandes carreras en ciernes: simplemente porque nos apañamos con recursos y logros que sabemos escasos. En efecto, para los que nos contentamos con no dañar la sintaxis, la abnegación y el retiro propuestos por Flaubert (y que él se infligió a sí mismo) son exigencias sin recompensa. Entre quienes me rodean (empezando por mí mismo) no conozco a personas de genio que hayan visto frustrada su escritura por esta dedicación: no tenemos obras eximias cuya realización se vea impedida por esas tareas menores. ¿O sí? Algunos suelen reprochar a Juan José Millás que haya arruinado su carrera de novelista por la entrega diaria y furiosa a la columna periodística. Es un error plantearlo así, como ya dije. Millás alcanza la perfección en el espacio corto…, su gran hallazgo. Millás es imbatible en la columna, en la narración breve que condensa un mundo, en la mirada insólita. Dios está en lo particular, decía Flaubert: en ese detalle inapreciable a simple vista que Millás revela. Hay periodistas toscos, pequeñísimos, de vuelo gallináceo, que se creen gigantescos: hacen metaperiodismo. O eso creen. Y hay narradores de tirada corta que atinan casi siempre. Yo no le pido a Millás la gran novela que exigiría Flaubert. Yo le pido cada uno de esos relatos breves y definitivos con que nos obsequia, un libramiento cotidiano… con el que no siempre acierta. Y si hay días en que no acierta no es por desaliño creador, sino por exceso imaginativo. Con todo, será recordado por eso: por la observación insólita de lo real y por la inobservancia humilde de sus reglas.

Así es que los diaristas (del diario personal o público) y los bloggers seguiremos leyéndole y seguiremos empeñándonos en la escritura hasta que nos sobrevenga el tedio o hasta que nos hundamos definitivamente en la sima con que nos amenazó Flaubert.  Mientras tanto, disfrutemos. Hoy hay columna de Juan José Millás, en  El País: como todos los días en Levante. 

———————-

Hoy, viernes, artículo de JS en Levante-EMV:

Excesos informativos”.

————————-

Presentación de Juan José Millás en Valencia.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

10.26.06

Qué es un blog cultural

Posted in Escribir, Comunicación, Internet at 8:50 por jserna

js.jpg  subosky2.JPG       Hace unos días fui entrevistado por Carlos Subosky sobre mi blog, sobre mi concepción de lo que es una bitácora cultural como ésta. Subosky es un periodista de la Radio Nacional de Argentina que tiene un blog destinado a difundir los eventos culturales que hay en su programa radiofónico y a promover una cierta discusión sobre los cambios vertiginosos que se están dando en el ámbito de la ciencia, la historia, etcétera. Las ideas que aquí expreso no son nuevas, desde luego, pero son las mías y las he puesto en orden.  Son las concepciones con las que me manejo todos los días para componer esta bitácora. Se admiten disensiones, claro…

Pregunta. Usted mantiene en Internet un blog, una página personal. ¿Cuál es  su experiencia?

En Los archivos de Justo Serna publico comentarios con una regularidad diaria (salvo los fines de semana) sobre los temas más variados en función de la actualidad. Me guían las novedades de la política y la cultura, de la historia y de la literatura, principalmente. Ésos son los factores que me hacen repensar mi tiempo con la óptica del historiador cultural que soy (o que creo ser). Procuro que mis comentarios tengan algo que ver con los problemas que nos acucian. Son entradas que por decirlo de alguna manera tienen una inspiración intelectual, evitando al mismo tiempo la pesadez propiamente académica, es decir, dándole un tono periodístico.

Mantener un blog con estas condiciones es trabajoso: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos densos, que no sean una mera ocurrencia, es laborioso. Algo, por otra parte, que no siempre tiene un pago suficientemente narcisista. En los medios de comunicación españoles hay una evidente crispación entre derecha e izquierda; en Internet, ese enfado alcanza proporciones descomunales. Mucha gente en la Red parece mostrarse irritadísima, pero hasta un punto en que prácticamente insultan cuando aluden a tus textos. Es una especie de desgarro personal que padece una multitud: tanto que cuesta creer que sea verdadero. La gente no puede vivir con esa hosquedad. De modo que hay días en que uno se replantea la pertinencia de lo que hace: en otros blogs simplemente me acribillan. Eso genera cansancio personal, pero también hartazgo por el insulto y el desgarro y crispación de tanta gente en Internet. Felizmente, en mi bitácora solemos mantener las formas.

¿Cómo es su diario electrónico?

Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Permítame responderle, en primer lugar, en el sentido de periódico. En general, muchos bloggers aspiran a convertirse en fuentes de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación. Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso, esa abundancia, puede generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo puede provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.

Y en su blog, ¿qué prima, la información o la opinión?

Creo que en la Red y en general en los medios empieza a sobrar opinión y empieza a faltar cada vez más información contrastada. Hay una saturación de opiniones, pero faltan juicios informados. No sé si muchos hemos contribuido a este exceso con los blogs. Yo creo que la mejor opinión será siempre deudora de la información razonada, de la deliberación. Pero también la mejor opinión dependerá del crédito que una persona tenga. En Internet cada vez más lo que se está imponiendo es el anonimato del juicio, la exaltación del nick, de los alias, y eso lleva a una degradación, creo, imparable.

Algún periodista ha escrito recientemente que un blog es la fusión entre periodismo y narcisismo. ¿Cuál sería la diferencia entre un blog y una columna de opinión?

Hay muchas clases de blog, de bitácoras. Yo recuerdo haber oído en cierta ocasión a Umberto Eco decir que el blog más extraño que había visto era uno en el que el responsable mostraba su esófago. Ése es el ejemplo más patológico de narcisismo. Pero otros que no exhibimos nuestro esófago, nos mostramos opinando, tratando de analizar la realidad, implicándonos. Y eso, por supuesto, tiene que ver con la vanidad, pues uno acaba creyendo que su opinión tiene algún valor. ¿Es así? Creo que mis comentarios en el blog no se han  diferenciado sustancialmente de mis artículos en la prensa (Levante, El País), al menos están hechos con la misma fortuna o con el mismo desacierto.

Pero, insisto, ¿es el blog una forma de narcisismo?

“El diario, sin duda, es un género cómico”, decía Ricardo Piglia en ‘Crítica y ficción’. Uno se convierte automáticamente en una especie de payaso, alguien que provoca la risa o la conmiseración de sus espectadores o lectores en este caso. ¿Por qué razón? Un individuo que anota día a día cosas de su propia vida o pensamientos, sugestiones, reflexiones es algo bastante ridículo, añadía el narrador argentino. No podemos tomar en serio a quien así se expone y a quien va dejando miguitas, sobras o desechos o, mejor, huellas para que otros le sigan el rastro.

Pensamos que la memoria es una función que nos sirve para recordar, para evocar aquello que fuimos o hicimos. En realidad, como anota Piglia, la empleamos para olvidar, para exhumar sólo aquello que nos da coherencia, que nos facilita un relato coherente de nosotros mismos, las piezas bien encajadas que forman una efigie inapelable, bien trazada. De ahí que una parte no despreciable de nuestras reminiscencias sea el caudal de lo que llamamos recuerdos encubridores o creadores, las evocaciones intrascendentes que tapan lo que nos ocasiona dolor o conmoción o las rememoraciones que de manera involuntaria inventamos para darnos un pasado que nunca tuvimos.

Pues bien, como dice expresamente Piglia, “un diario es una máquina de dejar huellas” y, por tanto, dibuja un camino que se puede seguir y que nos lleva hasta el paseante mismo. Confesándose sobre el particular, añade: “me gustan mucho los primeros años de mi diario porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias”. En efecto, una de las cosas más sorprendentes de los diarios de los escritores es que se esfuerzan por captar lo que externamente viven, tomándose como espectadores, tomando sus notas como el observatorio desde el que avizorar la marcha del mundo, y presentándose ellos mismos como testimonios de unas vicisitudes de las que dar registro.

Quizá no sea esta tarea tan distinta de la que hace el blogger: sabedor de que contempla y registra en un espacio que es inaprensible, desorientado incluso, se empeña por tomarse como portavoz. A quienes cultivan el diario electrónico les suele molestar que les atribuyan razones de narcisismo para justificar el mantenimiento de una bitácora. Ya sostuve una vez que ésa es una de las razones que alientan el mantenimiento de una bitácora. No creo que haya que pedir perdón por ello o rechazar lo obvio al ser descubiertos. El diarista público, aquel que edita en papel o en la Red sus ideas, sus incertidumbres, sus malestares, sus estupores,  es siempre alguien cuyo narcisismo se nutre de la exhibición. ¿Acaso el profesor no experimenta un placer exquisito cuando habla ante sus muchachos inquisitivos, cuando ve en ellos la atención despierta de quien quiere más, mucho más? ¿Acaso el periodista no se envanece cuando sus lectores reconocen sus revelaciones?

Entonces, más allá del narcisismo, ¿el blog podemos concebirlo como un laboratorio?

Sí, sí. Me gustaría concebir la bitácora como si de un laboratorio se tratara, el centro de una escritura pública, una agenda propiamente intelectual. “La forma de diario me gusta mucho, la variedad de géneros que se entreveían, los distintos registros”, admitía Ricardo Piglia. En el mejor de los casos, “el diario es el híbrido  por excelencia, es una forma muy seductora: combina relatos, ideas, notas de lectura, polémica, conversaciones, citas, diatribas, restos de verdad. Mezcla política, historias, viajes, pasiones, cuentas, promesas, fracasos”. Todo, absolutamente todo, puede escribirse y las cosas que quedan, las huellas de Piglia, son una especie de borradores de escritos mayores, una agenda pública de quien se deja sorprender por un mundo que anota con los recursos del conocimiento, de los libros, de las lecturas; pero son también borradores de vidas potenciales que la existencia cotidiana no nos da.

El blog como experimento, pues.

Como un experimento, cierto. Quiero pensarlo del mismo modo que John Stuart Mill pensaba su dietario. “Este librito es un experimento”, decía John Stuart Mill refiriéndose a su pequeño Diario. Salvando las distancias, que son efectivamente muchas, yo me tomo el blog de una manera semejante, como un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. “Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr”, añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, “servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito”. Sería un prodigio que a mí me suceda exactamente lo mismo, que yo pueda alumbrar un pensamiento cada día. He procurado ser más modesto: que los pensamientos que nacen del roce de otras inteligencias pudieran destilarse en mi bitácora.

“Para este propósito”, insistía Stuart Mill, “no puede contar como pensamiento el mero especialismo, ya sea de ciencia o de práctica”.  Es decir, no podemos contentarnos en un dietario de esta índole con consignar ideas o saberes de las disciplinas y de las especialidades. Un blog de historia o un blog de sociología, por ejemplo, que sólo leyeran los colegas. Lo ideal, lo deseable, es que el diario esté “referido a la vida, al sentimiento o a la alta especulación metafísica”, añadía Stuart Mill. Esto es, a aquel conjunto de problemas que nos preocupan y que no tienen fácil respuesta.

“Probablemente, lo primero que descubriré en el intento”, decía el filósofo británico, “será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos…” Ojalá mis anotaciones sean repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros. 

¿Y eso cómo lo logra?

De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada.  Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original.

¿No creyendo ser original…?

Hace más de un siglo, Auguste Comte, gran amigo y corresponsal de John Stuart Mill, vivió en un delirio creciente. Era un pensador ciertamente original, aunque, eso sí, muy pagado de sí mismo, persuadido de su mérito y de la profundidad de sus discernimientos. Se propuso elaborar una idea completamente nueva, jamás concebida, y para ello decidió prescindir de los libros y de las ideas ajenas. Como los volúmenes lo anticipaban o lo contradecían, resolvió aislarse eliminando todo contacto erudito. Ese retiro defensivo lo vivió como una higiene intelectual. Fue, ya digo, un autor interesante de ideas audaces, pero al final menos originales de lo que él juzgaba. Fueron numerosos los factores que le sumieron en el delirio, pero esin duda entre ellos estuvo esa higiene intelectual que se prescribió a sí mismo. Estaba tan convencido de que podría subsistir valiéndose de sí mismo que acabó su días hundido en sus propias ideas.

¿Está usted “hundido en sus propias ideas”?

Yo no creo correr el mismo riesgo, entre otras cosas porque no profeso esa idolatría a la originalidad y porque mis magros nutrientes son efectivamente externos. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, no me iba a exigir yo mucho más. Espero, así, tener un pensamiento, aunque sólo sea uno, más o menos original, en este tiempo de bitácora.

Pero si repite ideas de otros, entonces es la suya una tarea escolar, un scriptorium (según titula usted mismo en una de sus secciones).

Desde hace mucho tiempo quiero pensar que leo con aplicación y disfrute, observando lo que me rodea. Desde hace mucho tiempo me gusta hacerme notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados autores me proporcionan y sobre lo que la realidad o el pasado me provocan. Un comentarista, que creía ser malicioso, decía que los textos de mi bitácora se parecían, en efecto, a redacciones escolares. Así es: si las bases de mi blog son apuntes que llevo desde antiguo y si esos apuntes se asemejan a la tarea colegial, entonces las cosas que escribo puedo verlas como los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente. Soy una especie de alumno que quiere observar el mundo o un historiador atento o un lector que quiere ser minucioso aprendiendo, madurando, desarrollando una labor de exégesis, de anotación, al modo de quien sigue un dietario.  ¿Es ésa una tarea equiparable al periodismo, a la crónica diaria y desconcertada de lo que ocurre? Me parece más próxima a la del ensayo, ese ensayo breve que se encierra y se orden en un dietario, con algo de atrevimiento especulativo y con una deliberada mezcla de escrituras. Es un trabajo de glosa de la realidad, de interpretación bibliográfica, un sedimento caótico y fértil de lecturas más o menos copiosas, hechas según un azar ordinario, fragmentariamente, atendiendo a las vivencias cotidianas y a lo que pasa.  

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

10.25.06

La novela familiar del lector

Posted in psicoanálisis, Scriptorium, Historia at 8:46 por jserna

monigotelector.jpg Ustedes me perdonarán. Hoy no hablo de la furiosa realidad, de pistolas robadas por maleantes dispuestos a negociar mostrando su fuerza, dispuestos a aterrorizar intimidando; hoy no hablo de un debate parlamentario en el que se espera una declaración europea. Hoy escapo a otra época, a un tiempo también convulso (¿y cuál no?): estamos a principios del Novecientos, cuando la Gran Guerra concluye provocando efectos lesivos en una Europa agitada que ya no es, que ya no puede ser el mundo decimonónico de caballeros y damiselas. 

 Acabo de recibir las dos primeras entregas de una novela, una historia que tendrá varias. Su título Que arda la casa pero que no salga el humo. Conforme me llega la leo, motivado por la expresión apasionada de su autora. Una novela no es un texto sin materialidad: es expresión verbal en prosa que se plasma en este o en aquel soporte, en un libro o en cuadernos numerados debidamente correlativos. La obra de Ana Serrano Velasco es así, una novela por entregas, con su faja: un texto cuyo significado ya empieza en la calidad material de sus páginas, en el tacto rugoso y noble de sus tapas, en las fotografías antiguas que ilustran las palabras.

Esas efigies familiares son la prueba o documento que acredita la verdad de lo dicho, pero son también el recurso narrativo que provoca en el lector el efecto de estar allí, de ser copartícipe de una novela familiar. Un retrato es un instante congelado, un momento en las vidas de individuos la mayor parte de los cuales están muertos. Están muertos…, pero es que, además, el arte fotográfico tiene algo de funerario:  el objetivo nos detiene y nos deja como ya nunca más seremos.

La novela de Ana Serrano está presidida por dos efigies antiguas, el retrato de una misma niña en épocas distintas, una muchachita de otro tiempo que mira con vislumbre, un espejo remoto en el que la autora quiere mirarse. El relato tiene personajes de antaño, pero sobre todo tiene un secreto familiar que a modo de baldón ultraja, cosa por la que ha sido silenciado y que el lector  averiguará. ¿Averiguará? Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera, ya saben ustedes. Como igualmente saben qué significa tener un secreto familiar bien sepulto por los silencios del padre o de la madre: cuando se destapa aparece bajo la forma de lo siniestro, ese motivo familiar que habiendo sido velado o reprimido regresa ocasionando trastorno, dolor y liberación. Pero lo siniestro no sólo se expresa, sino que, aquí,  se documenta. Acudimos al archivo, a la hemeroteca, y con la narradora exhumamos breves periodísticos de 1918, textos o recortes que se insertan en el curso del relato y que dan verosimilitud a la historia que nos cuenta esta escritora in progress que es Ana Serrano Velasco. Es, desde luego, una historia de adulterio, como en los novelones decimonónicos, como en los viejos folletines, pero también como en las recreaciones actuales que emprende Javier Marías y del que la autora se reconoce lectora fiel. El secreto familiar que hay  reprime un crimen atroz y banal, un secreto que la narradora deberá nombrar. La novela de Ana Serrano Velasco reconstruye con palabras escuetas los perfiles de personajes a los que les pasan cosas, antecesores, indianos incluso, personajes que tienen la vaga irrealidad de los difuntos antiguos; reconstruye con  prosa resuelta y con vaivenes cronológicos, casi como si el torrente verbal de la memoria irrumpiera en el diván del analista. No le pidan cartesianismo a quien desentierra con furia y con ternura.  

Leídas las dos primeras entregas  –cuya vicisitud y lógica concreta no revelaré, puesto que esto no es una reseña—, lo que esta narración proclama es el ardiente deseo de escribir que se apoderó de esa mujer que habla: desde que era niña. Y a esto yo no puedo oponer pero alguno. La bella edición (del Centro editores) tiene defectos, erratas, que forman parte de la materialidad del texto y que la autora ha corregido escrupulosamente para mí, la misma autora cuya voz distingo entre  líneas. Porque esa voz que se oye de verdad, la que se impone con la fuerza de quien quiere gobernar el mundo evocado, es la de esta mujer que se expresa en primera persona y que alude a tiempos más o menos remotos, a los familiares de antaño, rememorando geografías cercanas, como ese Retiro madrileño que a modo de escapada o huida es el escenario de señoritos y petimetres. Insisto: es una voz que se configura ella misma como personaje de otro tiempo, la madre de la escritora: seguro. Pero a mí, lector, no me importa tanto la sucesión vertiginosa de azares o de pasados cuanto la remembranza en sí, la configuración de ese yo como protagonista, un yo que se ampara en la historia familiar y de la que siempre querremos saber más…

Como presente o como contraprestación, querría obsequiar a la autora con lo que ella misma busca al convertirse en narradora: con palabras. Unas palabras sacadas de mi Scriptorium  que  troceo y  tomo prestadas de José Ortega y Gasset, casi escritas en ese tiempo del crimen familiar que Ana Serrano Velasco detalla. Ortega no parece necesitar grandes epopeyas novelescas, grandes acciones de masas, escenas vertiginosas. El ensayista prefiere el detalle calmo de la inacción física, prefiere la configuración retardada del personaje a quien recordamos y por quien respiramos durante ese tiempo en que suspendemos la incredulidad o el ajetreo particular. Parecen líneas escritas para Ana Serrano, pero especialmente son Ideas sobre la novela que aún perduran para nosotros.

No sabemos si es cierto el descrédito de la gran aventura narrativa, como dice Ortega; si la novela ya sólo reside en la inacción adulta. No sabemos si el relato maduro ha perdido a ese tipo de  lector que se deleita con correrías. Lo que sí sabemos es que la claridad del ensayista arroja luz sobre un género vasto que todo lo comprende. Los familiares de la narradora frecuentaron el mismo Madrid que Ortega, un tiempo denso en el que las masas sólo estaban irrumpiendo y en el que las buenas familias rivalizaban con sus lujos ostentosos o con sus secretos de alcoba. Ese aristocratismo de Ortega se aprecia en aquel Madrid ya desaparecido que Ana Serrano Velasco ha resucitado para deleite de sí misma y para ilustración de los lectores que la acompañen. Si parafraseáramos al ensayista, entonces podríamos decir que la táctica de la narradora ha consistido en aislar al lector de su horizonte real aprisionándolo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de su novela.

José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela (1925). 

1. “La novela ha de ser hoy lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. El acento en la fisiología del cuento carga sobre éstas. La frescura pueril se interesa en la aventura como tal, acaso porque […] el niño ve con presencia evidente lo que nosotros no podemos actualizar. La aventura no nos interesa hoy, o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto de nuestra persona no participa en el apasionamiento mecánico que la aventura del folletín acaso nos produce. Por eso, al concluir el novelón nos sentimos con mal sabor de boca, como habiéndonos entregado a un goce bajo y vil. Es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar nuestra sensibilidad superior.

2. “Pasa, pues, la aventura, la trama, a ser sólo pretexto, y como hilo solamente que reúne las perlas en collar. Ya veremos por qué este hilo es, por otra parte, imprescindible. Pero ahora me importa llamar la atención sobre un defecto de análisis que nos hace atribuir nuestro aburrimiento en la lectura de una novela a que su ‘argumento es poco interesante’. Si así fuese, podía darse por muerto este género literario. Porque todo el que medite sobre ello un poco, reconocerá la imposibilidad práctica de inventar hoy nuevos argumentos interesantes.

3. “No, no es el argumento lo que nos complace, no es la curiosidad por saber lo que va a pasar a Fulano lo que nos deleita. La prueba de ello está en que el argumento de toda novela se cuenta en muy pocas palabras, y entonces no nos interesa. Una narración somera no nos sabe: necesitamos que el autor se detenga y nos haga dar vueltas en torno a los personajes. Entonces nos complacemos al sentirnos impregnados y como saturados de ellos y de su ambiente, al percibirlo como viejos amigos habituales de quienes lo sabemos todo y al presentarse nos revelan toda la riqueza de sus vidas. Por esto es la novela un género esencialmente retardatario –como decía no sé si Goethe o Novalis–. Yo diría más: hoy es y tiene que ser un género moroso–, todo lo contrario, por tanto, que el cuento, el folletín y el melodrama.

4. “Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la substancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco –adviértase que me refiero tan sólo a la novela moderna—no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que no es ‘pasar algo’, en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes, sobre todo en su conjunto o ambiente. Una prueba indirecta de ello puede encontrarse en el hecho de que no solemos recordar de las mejores novelas los sucesos, las peripecias por que han pasado sus figuras, sino sólo a éstas, y citarnos el título de ciertos libros equivale a nombrarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; al punto rememoramos un clima, un olor peculiar de la urbe, un tono general de las gentes y un ritmo típico de existencia. Sólo después, si es caso, acude a nuestra memoria alguna escena particular.

Colofón. “La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela”. 

———————————

Ilustración: Monigote…

No deje de visitar la página de Monigote…

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

10.24.06

Corrupciones y amputaciones

Posted in Corrupción, Democracia at 10:18 por jserna

    ladrillos.jpg  “El peso de la ley debe recaer sobre quienes utilizan cargos públicos al servicio de intereses inconfesables”, leo en el editorial de Abc del 23 de octubre, el periódico que ha destapado el caso de una recalificación urbanística en Ciempozuelos. “Está en juego nada menos que la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático”, concluye el editorialista. Intereses inconfesables y confianza son las claves de ese juicio. 

Si los intereses no son transparentes, entonces dañan directamente la base de la democracia, que es la publicidad de la gestión pública, la visibilidad de los actos y de los pactos. Así nos lo recordaba Jürgen Habermas en una de sus primeras obras, para quien el mundo moderno ve nacer la opinión pública, que es la que idealmente vela por lo colectivo y por lo universal. Pero para que esto sea posible tiene que haber condiciones de accesibilidad general: no puede estar restringido el acceso a la función pública, y los servicios prestados deben ser fiscalizados y vigilados  de manera visible. El empleado debe poder dar cuenta de manera confesable y transparente de sus actividades y acuerdos. De lo contrario, estamos en la esfera opaca de la política. Es probable que en la alta gestión del Estado siempre deba haber arcana imperii, como se da en el ámbito diplomático, pero en la micropolítica municipal la opacidad  sería cómica si no fuera por lo gravosa y desmoralizadora que es para la virtud pública del ciudadano, para el cumplimiento de sus propias obligaciones. Éste ve pasar ante sí ofertas y pelotazos que unos pocos aprovechan precisamente porque no hay publicidad ni accesibilidad universales. Éste ve, en suma, cómo ese contrato originario e hipotético que le ata a su sociedad se ve quebrantado por la rapiña de unos pocos. Porque, como dice el editorialista de  Abc, lo que se fractura es la confianza, nuestros acuerdos políticos.

La vida, en efecto, es una sucesión de acuerdos, el esfuerzo de distinguir los códigos formales que nos rigen mutuamente, las reglas escritas o no que debemos cumplir y que regulan el comportamiento de todos en cada contexto. La sociedad funciona cuando el trato entre individuos se basa en expectativas ciertas, cuando entre conocidos o desconocidos, en el comportamiento privado o en el público, hay un marco general de confianza. Un acuerdo es siempre un convenio que se establecen entre dos o más individuos sometidos a cierta norma general, a ciertas obligaciones recíprocas, a ciertas formalidades, con el fin de obtener ventajas, la principal de ellas el mutuo respeto. La obligatoriedad es el requisito básico para el cumplimiento de esos acuerdos, requisito que, en principio, se basa en la confianza. Las instituciones públicas y los compromisos formales están concebidos para garantizar el cumplimiento de las obligaciones por los particulares entre sí o frente al Estado. Por eso, la confianza institucional es básica y constituye el elemento fundamental en un gran número de actividades humanas y sociales. En toda relación de cooperación entre dos o más individuos es necesario el crédito recíproco, saber qué cabe aguardar del otro, su buen hacer.

Confiar es esperar que el otro respete la palabra dada, esperar que se cumplan la obligación que nos hemos prometido o la expectativa que sensatamente nos hemos hecho de las personas y de las cosas. Cuando esto no se verifica, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus funciones, cuando se burla la ley de manera solemne, entonces la confianza se menoscaba, la irresponsabilidad se gratifica y el crédito público se arruina.

Es lo que está pasando con el aprovechamiento delictivo de las oportunidades edilicias. Por lo que parece, la recalificación de terrenos, adquiridos como rústicos y luego vendidos para la edificación, no es infrecuente, como tampoco lo es la ganancia astronómica que de ello se deriva. En la costa valenciana y ahora en Ciempozuelos, etcétera, la colusión  entre micropolítica y gran negocio nos lleva a un deterioro de la moral pública. Y no es cierto que eso sólo se dé cuando gobiernan los socialistas: en distintas poblaciones valencianas hay casos de regidores presuntamente desvergonzados, integrantes del Partido Popular, que están siendo investigados por su rapacidad edilicia.

Por lo que se va diciendo, el latrocinio es semejante aquí y allá: siempre son  unos cuantos espabilados, unos cuantos avispados los que se aprovechan de la confianza que en ellos hemos depositado, los que se valen de los recursos públicos y de las recalificaciones para hacerse con patrimonios fastuosos, para convertirse en magnates del ladrillo o en reyes del suelo.

Cuando ese crédito público se malogra, entonces ingresamos en el territorio de las mafias. En el extremo, lo característico de estas organizaciones es que quiebran ostentosamente la confianza institucional, volviendo suspicaz, resignado y absentista el comportamiento del ciudadano. A cambio, si se somete, recibirá favores, protección y servicios. Con este vínculo desigual e intimidatorio se deteriora la moral pública, se impone la conducta del avispado y del servil y, en fin, se rehace delictivamente la relación desigual que ata al cliente con el amo. Ése es “il prezzo della sfiducia”, decía el sociólogo italiano Diego Gambetta: el propio de un mundo en el que todos son potencialmente hostiles y en el que la única acción que se emprende es el juego de suma cero, con evidente deterioro de la organización social.

Tal vez el precio que aquí estemos pagando no sea aún el del contexto mafioso y todavía estemos sólo en la fase previa: en la fase de la corrupción, de la transferencia de bienes económicos gracias al favor político, un fase preliminar que nos devuelve, sin embargo, a épocas más o menos remotas,  las de la dominación patrimonialista de lo público. En el viejo patrimonialismo descrito por Max Weber en Economía y sociedad, el funcionario hace valer su influencia transformando los recursos colectivos en pertenencia privada. Porque en eso consiste la lógica del patrimonialismo: en el reparto de bienes o de exenciones. El empleado o, en este caso, el regidor se adueña de lo público para hacer un uso discrecional de sus recursos. Con ello vemos enriquecimientos súbitos y alardes lujosos, los propios de esos ventajistas que se reparten recalificaciones edilicias; pero son también los propios de quienes promueven obras asiáticas con contratas millonarias.

En la Comunidad Valenciana tenemos ejemplos  bien llamativos.  Pero muchas de esas recalificaciones no sólo dañan la gestión pública y la confianza ciudadana. Dañan también los terrenos, con construcciones inverosímiles…  con derroches cementeros, con amputaciones en las Sierras, como la que se está haciendo en la Sierra Cortina de Benidorm, a lo largo de la Avenida del Alcalde Eduardo Zaplana Hernández-Soro.  Vean, vean las fotografías inferiores.

 

    avenida-del-alcalde-eduardo-zaplana-054.jpg     

 

avenida-del-alcalde-eduardo-zaplana-066.jpg

Rafael Torres habla de los hampones municipales

Levante editorializa sobre el decálogo del PSOE                             

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame