10.31.06
Posted in Comunicación, Democracia at 10:40 por jserna
31 de octubre y 1 de noviembre
En las asignaturas que imparto procuro hacer historia conceptual. ¿Qué significa eso? Lo que intento es escudriñar el significado histórico, cambiante, de expresiones que hoy empleamos y que, lejos de ser un hallazgo de nuestros días, son recursos seculares, incluso milenarios. Ese rastreo no obedece a un objetivo arqueológico, sino a una urgencia bien presente, de nuestros días. Los medios de comunicación utilizan todo tipo de fórmulas acuñadas que parecen obvias, con sentido establecido. Los ciudadanos, también. En efecto, nos valemos de toda clase de voces que creemos actuales siendo como son documentos que testimonian el pasado: justamente por eso, su semántica no siempre ha sido la misma. Es incluso hasta probable que el significado original se haya perdido.
Por eso, un buen historiador o un buen periodista (imparto lección en ambas Facultades…) no deberían hacer anacronismos creyendo que el uso actual ya estaba prefigurado cuando el significante apareció. Esa semántica cambia a lo largo del tiempo y, por tanto, esa inspección documental nos revela mucho de nosotros mismos, de lo que adeudamos a los antecesores y de lo que hay de nuevo en nuestro léxico. Tal vez sea la mía una operación muy simple, pero el presentismo que nos aqueja, esa tendencia irreprimible a aceptar todo tipo de incoherencias, esa propensión a creer que el mundo se fundó ayer, obligan a estas precisiones. Algunas de esas palabras fundamentales sobre las que es preciso volver son derechos o liberalismo, unas palabras que hoy están en la discusión cotidiana y que tal como las empleamos tienen un origen común.
Para empezar les indico a mis alumnos que los derechos entendidos como cualidades y defensas reconocidas a los individuos en cuanto tales no son algo milenario, sino fruto de la ideación iusnaturalista, de esa concepción que estableció privilegios naturales para todos los seres humanos. Hubo un momento en la historia de la humanidad, en los viejos buenos tiempos, en que los individuos propietarios (de bienes y de sus propias capacidades) podían vivir libremente. No era el Jardín del Edén, pero era lo que más se le parecía. Los seres humanos disfrutaban de sí mismos y velaban por sus objetivos, por sus preferencias. Procuraban perseverar evitando las amenazas que sobre ellos se erigían. Sin embargo, los recursos limitados y el egoísmo incoercible de los individuos les llevó al conflicto de todos contra todos. Es la guerra generalizada de Thomas Hobbes. El único modo de salir de ese marasmo bélico fue un pacto a partir del cual se cedía uno de los derechos naturales: el del uso legítimo de la violencia para defenderse. Nace así el poder político separado, que se alza sobre los individuos y que es desempeñado por unos pocos de esos individuos, con el riesgo que esto entraña.
Desde luego, toda esta figuración teórica iusnaturalista es una ficción teórica, un modo de concebir con gran fantasía el origen del Estado y, a la larga, el reconocimiento de la ciudadanía. Frente al absolutismo monárquico, los liberales reclaman justamente esos derechos naturales de los que habrían sido excluidos los súbditos. Estamos en el siglo XVII y en el siglo XVIII: frente a la atrocidad penal, frente al arbitrariedad real, frente a la soberanía investida por Dios, los individuos aparecen inermes. Los liberales, como herederos del primer iusnaturalismo, van a exigir esas franquicias para el ciudadano, esa protección y defensa ante las acometidas de la institución política.
Por esto, los liberales siempre tendrán reparos, serios reparos frente al poder político. El Estado, al ser depositario de la violencia legítima, siempre será una entidad amenazante: la tendencia a convertirse en monstruo (Leviatán), a desempeñar funciones desmedidas, a interferir en la vida de los individuos, hizo que los liberales concibieran todo tipo de frenos, toda clase de límites. De alguna manera, los derechos jurídicos que se reconocen en el primer liberalismo forman parte del establecimiento de esos límites. El individualismo y el garantismo, se piensan contra la tendencia avasalladora del poder político separado. Por tanto, ese reconocimiento de defensas para proteger al individuo es un producto verdaderamente civilizado. A los ciudadanos se les reconoce como tales y, por consiguiente, se les indican a qué tienen derecho.
De estas cosas me acordaba estos últimos días, cuando leía el inacabable volumen de Federico Jiménez Losantos. Según cuenta, este locutor creía tener en José María Aznar un correligionario liberal. Sin embargo, nada más llegar al poder el nuevo mandatario optó por el intervencionismo, un intervencionismo que se plasmó en numerosos ámbitos, especialmente en la escuela (lugar en el que se libraría un combate ideológico) y en los medios de comunicación (dominio en el que oponer resistencia a Jesús de Polanco y sus empresas). Jiménez Losantos no deplora la primera de las interferencias: la ideologización de la Historia nacional o el peso dado a la religión como materia evaluable no merecen comentario alguno de su parte. En cambio, la voluntad de intervención de Aznar en la esfera mediática le acarrea al ex presidente una severa andanada del locutor. ¿Por qué razón?
La empresa privada –dice el locutor– ha de ser capaz de ganar la batalla ideológica en la prensa, en la radio, en la televisión o en Internet, sin que ese combate necesite el apoyo interesado de un poder obsequioso. Añade Jiménez Losantos que la guerra de los medios que inició Aznar la sabía derrotada. ¿Por qué razón? Porque la colusión entre poder político y objetivos empresariales no da buenos resultados económicos y, en todo caso, al final la meta sólo es asegurar el mantenimiento del mandatario, forzar el consenso a favor suyo. En el fondo, dice Jiménez Losantos, ese tipo de alianzas no se sellan para garantizar derechos de los ciudadanos, sino para proteger al gobernante. El Faraón –así llama al ex presidente— habría atentado contra los derechos y sobre todo habría pecado de iliberalismo.
Más allá de quien las formule, esas críticas del locutor me parecieron muy pertinentes, pues lo que revelan es el uso de expresiones añejas (derechos y liberalismo) para recubrir unos intereses particulares que necesitan valerse del Estado (Aznar). Podría replicarse diciendo que lo que el ex presidente quería era abrir un dominio (el de los medios de comunicación) prácticamente monopolizado por Prisa. Ése es un latiguillo muy frecuente a pesar de que, como admite Jiménez Losantos, había y hay otros holdings mediáticos de gran fuerza y presencia: el grupo Zeta o Planeta, por ejemplo. En fin… Como parece que José María Aznar quedó muy insatisfecho con el desenlace de aquella guerra mediática, ahora regresa a la batalla comunicativa para… ¿Para hacer qué? ¿Para hacer valer derechos de los ciudadanos, para asegurar la fortaleza del servicio público frente a la acometida de los grandes grupos monopolísticos?
En realidad, y según los comentarios de gentes próximas, José María Aznar regresaría ahora para respaldar al magnate Rupert Murdoch, de quien ya es socio o empleado. ¿Con qué fines? ¿La defensa de derechos? El retorno de Aznar tendría como meta capitanear una gran operación mediática siendo su primer objetivo la compra de Antena 3. Uf. Cuando leo estas cosas, qué quieren, me entra una melancolía absurda y, de verdad, de verdad, que me dan ganas de regresar al estado de naturaleza, a aquel momento fantasioso y auroral en que no teníamos mandatarios que nos salvasen de nosotros mismos, a aquel instante primitivo en que cada uno disponía de sus derechos naturales, eso sí: en un estado de guerra de todos contra todos. ¿Arriesgado? No se apuren, aquí, la guerra ya ha empezado y el estado belicoso de los enemigos (con el Leviatán mediático de Murdoch) dañará los derechos de que nos creemos depositarios: el primero no ser manipulados, engañados.
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10.30.06
Posted in Escribir, Scriptorium at 9:33 por jserna

Hace más de un año, en mi bitácora comenté un libro de poemas de Miguel Veyrat titulado Babel bajo la Luna. Me atreví a relacionar la oscuridad y la claridad, la oscuridad babélica del origen (no hay manera de entendernos) y la claridad cartesiana que nos impone la comunicación (necesitamos entendernos). Cuando cerré mi primera etapa como blogger, hice desaparecer todas las entradas de aquella bitácora (Los archivos de Justo Serna, 2005).
Un par de lectores fervientes (no descubriré quiénes) me han pedido expresamente que reponga (como en los cines de antaño) aquel texto mío. Aunque no acostumbro a repetir por repetir, deseo complacer a estos seguidores y, por tanto, vuelvo a colgar otra vez de mi blog ese texto. Ha de interpretarse sobre todo como el aturdimiento que experimenté al leer el poemario de Veyrat. Creo que debo reponerlo como homenaje a un lector –el propio Veyrat— que me es fiel a pesar de nuestras serias discrepancias sobre la Transición política española (asunto que, por cierto, muy pronto volveré a tratar para provocar la animosidad de mis queridos radicales).
Ahora, además de mi texto, lo que le pediría al autor de Babel bajo la Luna es que con mano maestra seleccionara unos poemas con el fin de incluirlos y añadirlos en este scriptorium…, para deleite de los adeptos.
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El poeta y el periodista
(6 de marzo de 2005)
El pasado 10 de febrero [de 2005] Félix de Azúa publicó un artículo en el verso de la sección de Opinión de El País. Era un texto extraño, algo así como una venganza tardía y en parte rencorosa contra una generación, la suya. La razón: haber quedado fascinada en los años sesenta y setenta por el lenguaje abstruso del estructuralismo, por la oscuridad verbal de Roland Barthes, por ejemplo: por la tiniebla expresiva de unos autores de procedencia francesa, Louis Althusser, Julia Kristeva, entre otros, que tanto habrían atentado contra la claridad (la clarté, ay), unos autores que habrían hablado con hermetismo y con resuelto desenfado, con esa libertad enunciativa que da la palabra esotérica en la que resuenan los ecos remotos de los poetas voluntariamente indescifrables. Azúa les afeaba su locución, su coquetería, su artificio, su irresponsabilidad verbal.
En España, la consecuencia de aquellas indigestas lecturas, añade, habría sido la de una generación intelectual aquejada de confusas charlatanerías, además de una incapacidad manifiesta para ejercer la crítica. De aquellas tinieblas se habría seguido un galimatías expresivo, el desorden verdaderamente alfabético, de unos políticos inhabilitados para llamar a las cosas por su nombre. El propio Azúa admitía la evidente exageración de su panfleto, un ajuste de cuentas en el que le propinaba un puntapié a Ibarretxe y a sus adeptos o a Carrillo y a sus antiguos camaradas en el trasero del Roland Barthes. Tal vez, Azúa pecaba de lo mismo que denunciaba y, por tanto, su argumento contra toda una generación tenía su mejor prueba en la andanada y en el estrépito del propio autor. Con ello no quiero afirmar que los españoles de su edad no merecieran una reprimenda por su irresponsabilidad verbal, pero tengo para mí que es mucho decir que esa irresponsabilidad procede de lecturas de unos autores que por ser frecuentemente impenetrables fueron más citados que leídos o comprendidos.
Pero olvidemos, de momento, a Azúa, al que siempre leo con delectación, y tomemos en serio el asunto de la clarté expresiva, algo que parece la mar de evidente, siendo como es el problema filosófico del siglo XX. O, mejor, no abandonemos aún al escritor barcelonés. Frente a la oscuridad de los colegas franceses, decía Azúa, los académicos británicos se habrían caracterizado por su claridad, para alivio de los lectores. La búsqueda de un lenguaje neutro y transparente, una prosa científica del mundo acoplada exactamente a lo real, habría sido su tarea básica. En efecto, ésta habría sido obra de todos los positivismos lingüísticos del Novecientos, una ímproba labor condenada en parte al fracaso, como el propio Wittgenstein llegó a reconocer al final de su célebre Tractatus. Lo importante, el significado profundo de las cosas, el sentido, la ética, los principios, los valores, en definitiva, no pueden ser objeto del lenguaje lógico y sólo quedan dos cosas: el silencio o, como en parte le pasó al pensador austriaco, la recaída en un misticismo renovado.
Los poetas llevan tiempo intentando expresar lo inexpresable o al menos lamentando su frustración grave y se empeñan con las metáforas y con los otros recursos oscuros del lenguaje con el fin de rozar lo fundamental, que es lo que Wittgenstein intentó con majestuoso fracaso. Es cierto que el abuso de las metáforas es una lacra en el periodismo y en el lenguaje público. ¿Por qué razón? Porque tiende a convertir en simbólico lo que es real, bien concreto, una cosa o persona que siempre pertenecen a un contexto y que por el hecho de devenir emblema de algo que los sobrepasa dejan de ser lo que en verdad son. Tomar el rascacielos Windsor como metáfora ha convertido su incendio en símbolo de la ruina política del Gobierno Zapatero; tomar el hundimiento de las edificaciones del Carmelo como metáfora ha servido para tratarlo como símbolo de la ruina política de Cataluña. El Windsor y el Carmelo son dos acontecimientos concretos, unos acontecimientos con damnificados a los que no les debe de hacer ninguna gracia que los piensen como emblema de nada: sólo quieren, supongo, que les reconozcan como seres concretos que han padecido de la incuria autonómica o municipal o empresarial.
Pero que se abuse de estas operaciones retóricas no significa que podamos o debamos desprendernos de las metáforas en el lenguaje público. No son ganga desechable: en la práctica nos servimos de ellas en el lenguaje corriente (como de un eficacísimo instrumento) y al final empleamos algunas sin ser conscientes de su origen, imperceptibles e instaladas ya en nuestros usos. Pero las metáforas de los poetas son de otra índole, por supuesto, y rastrean la oscuridad que hay siempre en el hecho de nombrar las cosas, esa oscuridad de la que hacía crítica guasona Félix de Azúa. El escritor barcelonés hablaba de intelectuales franceses, unos intelectuales a los que podremos dispensar o no nuestro aprecio o recuerdo, pero en todo caso deberemos admitir, contra Azúa, que fueron los miembros de una generación, la de posguerra, que se propuso poner al día (que no ocultar) el pensamiento de un país sumido en el estupor. Y en ello les fue de especial ayuda el saber de Heidegger.
Acabo de leer un importante libro de poemas recién aparecido. Su título: Babel bajo la luna. Veo que su autor, Miguel Veyrat, parte de una invocación precisamente heideggeriana, una cita extraída de uno de los textos del filósofo alemán y plantea buena parte de los interrogantes que aquí he expresado sobre la clarté o sobre las tinieblas. Dice así Heidegger: “el exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. Tiene un gran valor ese exergo, ese principio, porque quien lo asume, Miguel Veyrat, es poeta y es periodista, alguien que debe batallar con las palabras sabiendo que oscuridad y claridad, en lo privado y en lo público, en el lenguaje particular del creador o en el lenguaje común de la crónica, no se resuelven tan sencillamente como parecía defender Azúa. Entre otras cosas, porque cuando hablamos expresamos las voces de otros aunque no lo sepamos, voces cuyo significado se adosa a nuestras palabras. La conciencia de ese hecho le sirve a Miguel Veyrat para hacer explícitos los ecos de otros poetas o pensadores que quiere hacer resonar en sus poemas.
Aún me cuesta sobreponerme a la erudición herida de la que hay muestra explícita e implícita en su libro, un estrépito inagotable de cánticos previos, de unas voces que le preceden y que hace propias expresando esa deuda y, a la vez, convirtiéndose él mismo en portavoz involuntario de un coro a veces inaudible y no siempre afinado y congruente, el nuestro, el de los contemporáneos de la incertidumbre, que es él y que somos nosotros. De ahí, precisamente, el subtítulo que le da al libro: Trilogía de la incertidumbre. Entre las muchas cosas a las que pasa revista o sobre las que se pronuncia oscuramente, desde esas tinieblas que habita, según el Heidegger que invoca, está el individuo solo, inarticulado, que espera y desea empezar a hablar, a expresarse, para lo cual se sirve de un armazón lingüístico heredado, rabiando a la vez por inaugurar el lenguaje, un lenguaje que tiene por propósito, nada menos, que el de designar el mundo, algo que es inaprensible y dudoso, algo que se está edificando (como la Torre de Babel) al tiempo que se hace la propia expresión y el nombre de las cosas.
En todos sus poemas, la palabra herida, insuficiente, aventurada, es la gran cuestión del ser, digámoslo con Heidegger, y es la gran zozobra de su poesía, la necesidad y la imposibilidad de nombrar las cosas, del nombrar como gran operación de asimilación del mundo. Por lo que le he leído se trata de una tarea y de un empeño que hacen propiamente humanos a los hombres. Y con ello revelan de otro modo lo que es la arrogancia de nuestra especie, sabedora de sus límites, esa muerte, esa carencia física; así como ese lenguaje que coincide (eso queremos creer) con los límites de ese mundo: limitados pero vomitándose a sí mismos, como transeúntes desposeídos, antiguos habitantes de… ¿un paraíso?, que abandonamos con el pesar inconsolable de los primeros desterrados para, como dice Cioran, caer en el tiempo, peatones del camino real, aspirantes a suplantar a ese ser ignoto y primordial, tal vez tiránico, distante y a la vez imperfecto por el que se empezó a edificar la Torre.
Hay en sus poemas un eco de la fantasía primordial de la unidad indiferenciada entre el hombre y la naturaleza y, por otro, hay también y principalmente una nostalgia o un espanto (no sé) de aquel tiempo, prebabélico, en que coincidían las palabras y las cosas, de aquella fase auroral en la que disponíamos de un solo significante para cada cosa que nombrar. Pero aquello se dilapidó y no hay restitución posible del objeto perdido. El ser que canta en los poemas parece desear con afán y con horror una vuelta al origen, a ese origen en que ese mismo ser se desconocía y sólo era potencialidad sin actualizar. Hay, en efecto, en todo el libro una fantasía trágica de retorno, de muerte, un deseo de regresar para recuperar, aunque fuera con las palabras, aquello que perdió, pero esa recuperación fantasmagórica anularía su propia subjetividad: la plenitud del paraíso prebabélico sería, en efecto, la pérdida del ser mismo que habla.
No predica la náusea ni tampoco se abandona a un lenguaje torrencial, sino al cripticismo heideggeriano, a la oscuridad herida y sentida. Practica una observación deslumbrada y paradójica, viviendo en un espacio que sabe temporal, intentando celebrar el goce de las pequeñas cosas de la vida sin revestirlas a la vez de trascendencia grave o esencial: sólo que son un misterio que el lenguaje ordinario no aclara, no ilumina, no liquida. El amor, por ejemplo, ese amor carnal que aparece constantemente, en parte velado y en parte obscenamente expuesto. Pero la decadencia o la muerte acechan, nos acechan. Por eso la voz que se expresa en los poemas no parece tomarse con sobrante énfasis y se contempla con ironía, con la ternura y el distanciamiento incluso sarcástico del que se reconoce sólo y desvalido. De ahí que la muerte, los huesos, el fuego candente que consume, la hoguera, las brasas o las gotas de agua que se evaporan, el rocío, la lluvia que llueve hacia arriba, fenómenos cuya evanescencia expresan nuestra finitud, incluso la circunstancia angustiosa y liberadora de ser uno mismo propiamente imaginario, sean las imágenes poéticas de que se sirve con angustia y recurrencia.
¿Aún estamos dispuestos a hablar de la inutilidad de lo oscuro, de lo indescifrable? Michel Foucault, otro pensador de aquella generación que mencionaba Félix de Azúa, escribió un volumen que fue luz (vaya, otra metáfora) de aquella cohorte de pensadores. Llevaba por título Las palabras y las cosas. Paradójicamente, con un idioma propio, Foucault arrojó luz sobre el lenguaje, sobre los lenguajes públicos y científicos que han constituido una parte de Occidente y analizó la locución de las ciencias, cierto, cuyo “exceso de claridad arrojó al poeta a las tinieblas”. De ese poeta heideggeriano, Miguel Veyrat, consciente de la insuficiencia verbal de la claridad, nos habla Babel bajo la luna.
Una conmoción.
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Scriptorium:
Primera selección de poemas de Miguel Veyrat
Segunda selección de poemas de Miguel Veyrat
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10.27.06
Posted in Escribir, Comunicación, La felicidad de leer at 8:45 por jserna
A quienes escribimos diariamente, quemándonos las pestañas en la pantalla, a veces nos vienen momentos de crisis, de duda. Hay días en que vacilamos y nos interrogamos por lo que hacemos. ¿No deberíamos emplear nuestro tiempo libre en otra cosa más llevadera o egregia? Más aún, si de lo que se trata es de satisfacer el narcisismo que da ver lo que eres capaz de escribir, ¿no deberíamos empeñarnos en ciertas obras de las que nos creemos merecedores?
Pronto aparecerá un volumen que hemos escrito Anaclet Pons y yo mismo (un volumen que ha sido un placer, una felicidad escribirlo, y del que pronto les daré cuenta). Ése y otros libros los pensamos, los concebimos y con entusiasmo y momentos de crisis. El día en que el blog me impida trabajar así, cambiaré la periodicidad de mis entradas. Ustedes me comprenderán, claro. Escribir una bitácora o una tribuna periodística es, seguramente, oficio de cautivos: con una remuneración material o inmaterial y con una consideración personal o social…, escasas. Al menos para la mayoría. No sé si para Juan José Millás. Para tratar estos asuntos permítanme exhumar a Gustave Flaubert. Ya lo dije, ya lo traté, ya lo escribí, pero creo que debo insistir en su ejemplo, regresar a las indicaciones del maestro francés, sensatas e imposibles de cumplir por todos y en todo el tiempo.
En abril de 1858, Gustave Flaubert le escribía a un corresponsal cuyo deseo era convertirse en hombre de letras, un meritorio, un esforzado y abnegado novel que no sabía muy bien cómo administrar sus fuerzas, su energía, su creatividad, su ingenio y, sobre todo, que no sabía hacia dónde dirigir sus papeles. “Si siente una irresistible necesidad de escribir, y si tiene un temperamento de Hércules, ha hecho bien. ¡Si no, no!”, le advertía Flaubert. El autor consagrado le exigía perseverancia y esfuerzo, una capacidad sobrehumana, propiamente hercúlea, una tarea para la que se necesitan no sólo alguna agudeza e inspiración, sino también empeño, denuedo y un cuerpo incluso musculoso que soporte tal entrega. Por eso voy yo mismo al gimnasio: para desentumecerme, para consumir energía puramente física, para alejarme durante unas horas de la dedicación escrita, para sanarme del tóxico sedentarismo. “Conozco el oficio. ¡No es suave!”, añadía Flaubert. “Pero precisamente porque no es suave, es hermoso”, con ese rendimiento egoísta que implica crear algo que no existía.
Ahora bien, la creación o la escritura pueden dirigirse a numerosas metas, algunas verdaderamente satisfactorias, placenteras y bien retribuidas (aunque éstas sean a largo plazo o por la posteridad) y otras engañosas, perecederas. Entre estas últimas, el gran literato incluía el oficio de cronista y su lugar: la prensa, tan importante ya en tiempos de Flaubert. “El periodismo no le conducirá a nada, sólo a impedirle que realice largas obras y continuados estudios. Tenga cuidado. Se trata de una sima que ha devorado a los organismos más fuertes. Conozco a personas de genio (…). Perdón por el consejo si con él hiero una simpatía; sin embargo, tengo razón”. Es decir, estar al tanto, estar al cabo de la calle, estar bien informado, interpretar y transmitirlo no garantizan saberes ni disfrutes ni logros eximios, pues la dedicación cotidiana es un apremio que probablemente marchita. El periodismo como arte ramplón, prosaico, pues. El diario (el blog, en este caso) como escritura poco exigente, trivial, en fin.
“Lleve a cabo grandes lecturas seguidas; y escoja un argumento largo y complejo. Relea a todos los clásicos, no como en el liceo, sino para usted, y júzguelos como juzgaría a los modernos, amplia y escrupulosamente”. La recomendación no era mala: una lectura empeñada de los textos sublimes nos mejora, pero un seguimiento constante, inculto e irreflexivo de la actualidad nos adocena. La segunda encomienda aún era mejor: no lea al modo secamente académico, sino libre, ferozmente, y, sobre todo, subjetivamente: para usted mismo, no para rendir cuentas ante el maestro o el superior. Y, en fin, la última recomendación era exacta: tome a los clásicos como lo que son, como obras que habiendo rebasado su contexto, su determinación y sus límites, llegan hasta nosotros para mejorarnos y para convertirse en el banco de trabajo del escritor novel.
Los encargos que Flaubert le hacía a este escritor en ciernes eran sensatísimos. Lo que ya no tengo tan claro es el desdén del periodismo. Y ello por dos razones. Para quienes leemos a diario dos o tres periódicos, el papel impreso es un espacio consagrado que nos procura esa información que ávidamente buscamos y que nunca nos sacia. Me recuerdo de niño, cuando mi paga no me daba para comprar periódicos y revistas (al menos todas las revistas que yo anhelaba); me recuerdo apostado frente al kiosco leyendo con vehemencia aquellas cubiertas de la prensa. Fue mi madre quien primero descubrió la rareza que me aquejaba: me las daba de informado, estaba al cabo de la calle, porque leía gratis aquellas primeras planas. Era, sí, una información superficial, y nunca mejor dicho: la que me proporcionaban las cubiertas escuetas. Cómo voy a sentir ahora desdén por la prensa. No puedo.
Por otra parte, escribir en la prensa no suele arruinar grandes carreras en ciernes: simplemente porque nos apañamos con recursos y logros que sabemos escasos. En efecto, para los que nos contentamos con no dañar la sintaxis, la abnegación y el retiro propuestos por Flaubert (y que él se infligió a sí mismo) son exigencias sin recompensa. Entre quienes me rodean (empezando por mí mismo) no conozco a personas de genio que hayan visto frustrada su escritura por esta dedicación: no tenemos obras eximias cuya realización se vea impedida por esas tareas menores. ¿O sí? Algunos suelen reprochar a Juan José Millás que haya arruinado su carrera de novelista por la entrega diaria y furiosa a la columna periodística. Es un error plantearlo así, como ya dije. Millás alcanza la perfección en el espacio corto…, su gran hallazgo. Millás es imbatible en la columna, en la narración breve que condensa un mundo, en la mirada insólita. Dios está en lo particular, decía Flaubert: en ese detalle inapreciable a simple vista que Millás revela. Hay periodistas toscos, pequeñísimos, de vuelo gallináceo, que se creen gigantescos: hacen metaperiodismo. O eso creen. Y hay narradores de tirada corta que atinan casi siempre. Yo no le pido a Millás la gran novela que exigiría Flaubert. Yo le pido cada uno de esos relatos breves y definitivos con que nos obsequia, un libramiento cotidiano… con el que no siempre acierta. Y si hay días en que no acierta no es por desaliño creador, sino por exceso imaginativo. Con todo, será recordado por eso: por la observación insólita de lo real y por la inobservancia humilde de sus reglas.
Así es que los diaristas (del diario personal o público) y los bloggers seguiremos leyéndole y seguiremos empeñándonos en la escritura hasta que nos sobrevenga el tedio o hasta que nos hundamos definitivamente en la sima con que nos amenazó Flaubert. Mientras tanto, disfrutemos. Hoy hay columna de Juan José Millás, en El País: como todos los días en Levante.
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Hoy, viernes, artículo de JS en Levante-EMV:
“Excesos informativos”.
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Presentación de Juan José Millás en Valencia.
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10.26.06
Posted in Escribir, Comunicación, Internet at 8:50 por jserna
Hace unos días fui entrevistado por Carlos Subosky sobre mi blog, sobre mi concepción de lo que es una bitácora cultural como ésta. Subosky es un periodista de la Radio Nacional de Argentina que tiene un blog destinado a difundir los eventos culturales que hay en su programa radiofónico y a promover una cierta discusión sobre los cambios vertiginosos que se están dando en el ámbito de la ciencia, la historia, etcétera. Las ideas que aquí expreso no son nuevas, desde luego, pero son las mías y las he puesto en orden. Son las concepciones con las que me manejo todos los días para componer esta bitácora. Se admiten disensiones, claro…
Pregunta. Usted mantiene en Internet un blog, una página personal. ¿Cuál es su experiencia?
En Los archivos de Justo Serna publico comentarios con una regularidad diaria (salvo los fines de semana) sobre los temas más variados en función de la actualidad. Me guían las novedades de la política y la cultura, de la historia y de la literatura, principalmente. Ésos son los factores que me hacen repensar mi tiempo con la óptica del historiador cultural que soy (o que creo ser). Procuro que mis comentarios tengan algo que ver con los problemas que nos acucian. Son entradas que por decirlo de alguna manera tienen una inspiración intelectual, evitando al mismo tiempo la pesadez propiamente académica, es decir, dándole un tono periodístico.
Mantener un blog con estas condiciones es trabajoso: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos densos, que no sean una mera ocurrencia, es laborioso. Algo, por otra parte, que no siempre tiene un pago suficientemente narcisista. En los medios de comunicación españoles hay una evidente crispación entre derecha e izquierda; en Internet, ese enfado alcanza proporciones descomunales. Mucha gente en la Red parece mostrarse irritadísima, pero hasta un punto en que prácticamente insultan cuando aluden a tus textos. Es una especie de desgarro personal que padece una multitud: tanto que cuesta creer que sea verdadero. La gente no puede vivir con esa hosquedad. De modo que hay días en que uno se replantea la pertinencia de lo que hace: en otros blogs simplemente me acribillan. Eso genera cansancio personal, pero también hartazgo por el insulto y el desgarro y crispación de tanta gente en Internet. Felizmente, en mi bitácora solemos mantener las formas.
¿Cómo es su diario electrónico?
Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Permítame responderle, en primer lugar, en el sentido de periódico. En general, muchos bloggers aspiran a convertirse en fuentes de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación. Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso, esa abundancia, puede generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo puede provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.
Y en su blog, ¿qué prima, la información o la opinión?
Creo que en la Red y en general en los medios empieza a sobrar opinión y empieza a faltar cada vez más información contrastada. Hay una saturación de opiniones, pero faltan juicios informados. No sé si muchos hemos contribuido a este exceso con los blogs. Yo creo que la mejor opinión será siempre deudora de la información razonada, de la deliberación. Pero también la mejor opinión dependerá del crédito que una persona tenga. En Internet cada vez más lo que se está imponiendo es el anonimato del juicio, la exaltación del nick, de los alias, y eso lleva a una degradación, creo, imparable.
Algún periodista ha escrito recientemente que un blog es la fusión entre periodismo y narcisismo. ¿Cuál sería la diferencia entre un blog y una columna de opinión?
Hay muchas clases de blog, de bitácoras. Yo recuerdo haber oído en cierta ocasión a Umberto Eco decir que el blog más extraño que había visto era uno en el que el responsable mostraba su esófago. Ése es el ejemplo más patológico de narcisismo. Pero otros que no exhibimos nuestro esófago, nos mostramos opinando, tratando de analizar la realidad, implicándonos. Y eso, por supuesto, tiene que ver con la vanidad, pues uno acaba creyendo que su opinión tiene algún valor. ¿Es así? Creo que mis comentarios en el blog no se han diferenciado sustancialmente de mis artículos en la prensa (Levante, El País), al menos están hechos con la misma fortuna o con el mismo desacierto.
Pero, insisto, ¿es el blog una forma de narcisismo?
“El diario, sin duda, es un género cómico”, decía Ricardo Piglia en ‘Crítica y ficción’. Uno se convierte automáticamente en una especie de payaso, alguien que provoca la risa o la conmiseración de sus espectadores o lectores en este caso. ¿Por qué razón? Un individuo que anota día a día cosas de su propia vida o pensamientos, sugestiones, reflexiones es algo bastante ridículo, añadía el narrador argentino. No podemos tomar en serio a quien así se expone y a quien va dejando miguitas, sobras o desechos o, mejor, huellas para que otros le sigan el rastro.
Pensamos que la memoria es una función que nos sirve para recordar, para evocar aquello que fuimos o hicimos. En realidad, como anota Piglia, la empleamos para olvidar, para exhumar sólo aquello que nos da coherencia, que nos facilita un relato coherente de nosotros mismos, las piezas bien encajadas que forman una efigie inapelable, bien trazada. De ahí que una parte no despreciable de nuestras reminiscencias sea el caudal de lo que llamamos recuerdos encubridores o creadores, las evocaciones intrascendentes que tapan lo que nos ocasiona dolor o conmoción o las rememoraciones que de manera involuntaria inventamos para darnos un pasado que nunca tuvimos.
Pues bien, como dice expresamente Piglia, “un diario es una máquina de dejar huellas” y, por tanto, dibuja un camino que se puede seguir y que nos lleva hasta el paseante mismo. Confesándose sobre el particular, añade: “me gustan mucho los primeros años de mi diario porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias”. En efecto, una de las cosas más sorprendentes de los diarios de los escritores es que se esfuerzan por captar lo que externamente viven, tomándose como espectadores, tomando sus notas como el observatorio desde el que avizorar la marcha del mundo, y presentándose ellos mismos como testimonios de unas vicisitudes de las que dar registro.
Quizá no sea esta tarea tan distinta de la que hace el blogger: sabedor de que contempla y registra en un espacio que es inaprensible, desorientado incluso, se empeña por tomarse como portavoz. A quienes cultivan el diario electrónico les suele molestar que les atribuyan razones de narcisismo para justificar el mantenimiento de una bitácora. Ya sostuve una vez que ésa es una de las razones que alientan el mantenimiento de una bitácora. No creo que haya que pedir perdón por ello o rechazar lo obvio al ser descubiertos. El diarista público, aquel que edita en papel o en la Red sus ideas, sus incertidumbres, sus malestares, sus estupores, es siempre alguien cuyo narcisismo se nutre de la exhibición. ¿Acaso el profesor no experimenta un placer exquisito cuando habla ante sus muchachos inquisitivos, cuando ve en ellos la atención despierta de quien quiere más, mucho más? ¿Acaso el periodista no se envanece cuando sus lectores reconocen sus revelaciones?
Entonces, más allá del narcisismo, ¿el blog podemos concebirlo como un laboratorio?
Sí, sí. Me gustaría concebir la bitácora como si de un laboratorio se tratara, el centro de una escritura pública, una agenda propiamente intelectual. “La forma de diario me gusta mucho, la variedad de géneros que se entreveían, los distintos registros”, admitía Ricardo Piglia. En el mejor de los casos, “el diario es el híbrido por excelencia, es una forma muy seductora: combina relatos, ideas, notas de lectura, polémica, conversaciones, citas, diatribas, restos de verdad. Mezcla política, historias, viajes, pasiones, cuentas, promesas, fracasos”. Todo, absolutamente todo, puede escribirse y las cosas que quedan, las huellas de Piglia, son una especie de borradores de escritos mayores, una agenda pública de quien se deja sorprender por un mundo que anota con los recursos del conocimiento, de los libros, de las lecturas; pero son también borradores de vidas potenciales que la existencia cotidiana no nos da.
El blog como experimento, pues.
Como un experimento, cierto. Quiero pensarlo del mismo modo que John Stuart Mill pensaba su dietario. “Este librito es un experimento”, decía John Stuart Mill refiriéndose a su pequeño Diario. Salvando las distancias, que son efectivamente muchas, yo me tomo el blog de una manera semejante, como un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. “Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr”, añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, “servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito”. Sería un prodigio que a mí me suceda exactamente lo mismo, que yo pueda alumbrar un pensamiento cada día. He procurado ser más modesto: que los pensamientos que nacen del roce de otras inteligencias pudieran destilarse en mi bitácora.
“Para este propósito”, insistía Stuart Mill, “no puede contar como pensamiento el mero especialismo, ya sea de ciencia o de práctica”. Es decir, no podemos contentarnos en un dietario de esta índole con consignar ideas o saberes de las disciplinas y de las especialidades. Un blog de historia o un blog de sociología, por ejemplo, que sólo leyeran los colegas. Lo ideal, lo deseable, es que el diario esté “referido a la vida, al sentimiento o a la alta especulación metafísica”, añadía Stuart Mill. Esto es, a aquel conjunto de problemas que nos preocupan y que no tienen fácil respuesta.
“Probablemente, lo primero que descubriré en el intento”, decía el filósofo británico, “será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos…” Ojalá mis anotaciones sean repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros.
¿Y eso cómo lo logra?
De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada. Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original.
¿No creyendo ser original…?
Hace más de un siglo, Auguste Comte, gran amigo y corresponsal de John Stuart Mill, vivió en un delirio creciente. Era un pensador ciertamente original, aunque, eso sí, muy pagado de sí mismo, persuadido de su mérito y de la profundidad de sus discernimientos. Se propuso elaborar una idea completamente nueva, jamás concebida, y para ello decidió prescindir de los libros y de las ideas ajenas. Como los volúmenes lo anticipaban o lo contradecían, resolvió aislarse eliminando todo contacto erudito. Ese retiro defensivo lo vivió como una higiene intelectual. Fue, ya digo, un autor interesante de ideas audaces, pero al final menos originales de lo que él juzgaba. Fueron numerosos los factores que le sumieron en el delirio, pero esin duda entre ellos estuvo esa higiene intelectual que se prescribió a sí mismo. Estaba tan convencido de que podría subsistir valiéndose de sí mismo que acabó su días hundido en sus propias ideas.
¿Está usted “hundido en sus propias ideas”?
Yo no creo correr el mismo riesgo, entre otras cosas porque no profeso esa idolatría a la originalidad y porque mis magros nutrientes son efectivamente externos. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, no me iba a exigir yo mucho más. Espero, así, tener un pensamiento, aunque sólo sea uno, más o menos original, en este tiempo de bitácora.
Pero si repite ideas de otros, entonces es la suya una tarea escolar, un scriptorium (según titula usted mismo en una de sus secciones).
Desde hace mucho tiempo quiero pensar que leo con aplicación y disfrute, observando lo que me rodea. Desde hace mucho tiempo me gusta hacerme notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados autores me proporcionan y sobre lo que la realidad o el pasado me provocan. Un comentarista, que creía ser malicioso, decía que los textos de mi bitácora se parecían, en efecto, a redacciones escolares. Así es: si las bases de mi blog son apuntes que llevo desde antiguo y si esos apuntes se asemejan a la tarea colegial, entonces las cosas que escribo puedo verlas como los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente. Soy una especie de alumno que quiere observar el mundo o un historiador atento o un lector que quiere ser minucioso aprendiendo, madurando, desarrollando una labor de exégesis, de anotación, al modo de quien sigue un dietario. ¿Es ésa una tarea equiparable al periodismo, a la crónica diaria y desconcertada de lo que ocurre? Me parece más próxima a la del ensayo, ese ensayo breve que se encierra y se orden en un dietario, con algo de atrevimiento especulativo y con una deliberada mezcla de escrituras. Es un trabajo de glosa de la realidad, de interpretación bibliográfica, un sedimento caótico y fértil de lecturas más o menos copiosas, hechas según un azar ordinario, fragmentariamente, atendiendo a las vivencias cotidianas y a lo que pasa.
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10.25.06
Posted in psicoanálisis, Scriptorium, Historia at 8:46 por jserna
Ustedes me perdonarán. Hoy no hablo de la furiosa realidad, de pistolas robadas por maleantes dispuestos a negociar mostrando su fuerza, dispuestos a aterrorizar intimidando; hoy no hablo de un debate parlamentario en el que se espera una declaración europea. Hoy escapo a otra época, a un tiempo también convulso (¿y cuál no?): estamos a principios del Novecientos, cuando la Gran Guerra concluye provocando efectos lesivos en una Europa agitada que ya no es, que ya no puede ser el mundo decimonónico de caballeros y damiselas.
Acabo de recibir las dos primeras entregas de una novela, una historia que tendrá varias. Su título Que arda la casa pero que no salga el humo. Conforme me llega la leo, motivado por la expresión apasionada de su autora. Una novela no es un texto sin materialidad: es expresión verbal en prosa que se plasma en este o en aquel soporte, en un libro o en cuadernos numerados debidamente correlativos. La obra de Ana Serrano Velasco es así, una novela por entregas, con su faja: un texto cuyo significado ya empieza en la calidad material de sus páginas, en el tacto rugoso y noble de sus tapas, en las fotografías antiguas que ilustran las palabras.
Esas efigies familiares son la prueba o documento que acredita la verdad de lo dicho, pero son también el recurso narrativo que provoca en el lector el efecto de estar allí, de ser copartícipe de una novela familiar. Un retrato es un instante congelado, un momento en las vidas de individuos la mayor parte de los cuales están muertos. Están muertos…, pero es que, además, el arte fotográfico tiene algo de funerario: el objetivo nos detiene y nos deja como ya nunca más seremos.
La novela de Ana Serrano está presidida por dos efigies antiguas, el retrato de una misma niña en épocas distintas, una muchachita de otro tiempo que mira con vislumbre, un espejo remoto en el que la autora quiere mirarse. El relato tiene personajes de antaño, pero sobre todo tiene un secreto familiar que a modo de baldón ultraja, cosa por la que ha sido silenciado y que el lector averiguará. ¿Averiguará? Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera, ya saben ustedes. Como igualmente saben qué significa tener un secreto familiar bien sepulto por los silencios del padre o de la madre: cuando se destapa aparece bajo la forma de lo siniestro, ese motivo familiar que habiendo sido velado o reprimido regresa ocasionando trastorno, dolor y liberación. Pero lo siniestro no sólo se expresa, sino que, aquí, se documenta. Acudimos al archivo, a la hemeroteca, y con la narradora exhumamos breves periodísticos de 1918, textos o recortes que se insertan en el curso del relato y que dan verosimilitud a la historia que nos cuenta esta escritora in progress que es Ana Serrano Velasco. Es, desde luego, una historia de adulterio, como en los novelones decimonónicos, como en los viejos folletines, pero también como en las recreaciones actuales que emprende Javier Marías y del que la autora se reconoce lectora fiel. El secreto familiar que hay reprime un crimen atroz y banal, un secreto que la narradora deberá nombrar. La novela de Ana Serrano Velasco reconstruye con palabras escuetas los perfiles de personajes a los que les pasan cosas, antecesores, indianos incluso, personajes que tienen la vaga irrealidad de los difuntos antiguos; reconstruye con prosa resuelta y con vaivenes cronológicos, casi como si el torrente verbal de la memoria irrumpiera en el diván del analista. No le pidan cartesianismo a quien desentierra con furia y con ternura.
Leídas las dos primeras entregas –cuya vicisitud y lógica concreta no revelaré, puesto que esto no es una reseña—, lo que esta narración proclama es el ardiente deseo de escribir que se apoderó de esa mujer que habla: desde que era niña. Y a esto yo no puedo oponer pero alguno. La bella edición (del Centro editores) tiene defectos, erratas, que forman parte de la materialidad del texto y que la autora ha corregido escrupulosamente para mí, la misma autora cuya voz distingo entre líneas. Porque esa voz que se oye de verdad, la que se impone con la fuerza de quien quiere gobernar el mundo evocado, es la de esta mujer que se expresa en primera persona y que alude a tiempos más o menos remotos, a los familiares de antaño, rememorando geografías cercanas, como ese Retiro madrileño que a modo de escapada o huida es el escenario de señoritos y petimetres. Insisto: es una voz que se configura ella misma como personaje de otro tiempo, la madre de la escritora: seguro. Pero a mí, lector, no me importa tanto la sucesión vertiginosa de azares o de pasados cuanto la remembranza en sí, la configuración de ese yo como protagonista, un yo que se ampara en la historia familiar y de la que siempre querremos saber más…
Como presente o como contraprestación, querría obsequiar a la autora con lo que ella misma busca al convertirse en narradora: con palabras. Unas palabras sacadas de mi Scriptorium que troceo y tomo prestadas de José Ortega y Gasset, casi escritas en ese tiempo del crimen familiar que Ana Serrano Velasco detalla. Ortega no parece necesitar grandes epopeyas novelescas, grandes acciones de masas, escenas vertiginosas. El ensayista prefiere el detalle calmo de la inacción física, prefiere la configuración retardada del personaje a quien recordamos y por quien respiramos durante ese tiempo en que suspendemos la incredulidad o el ajetreo particular. Parecen líneas escritas para Ana Serrano, pero especialmente son Ideas sobre la novela que aún perduran para nosotros.
No sabemos si es cierto el descrédito de la gran aventura narrativa, como dice Ortega; si la novela ya sólo reside en la inacción adulta. No sabemos si el relato maduro ha perdido a ese tipo de lector que se deleita con correrías. Lo que sí sabemos es que la claridad del ensayista arroja luz sobre un género vasto que todo lo comprende. Los familiares de la narradora frecuentaron el mismo Madrid que Ortega, un tiempo denso en el que las masas sólo estaban irrumpiendo y en el que las buenas familias rivalizaban con sus lujos ostentosos o con sus secretos de alcoba. Ese aristocratismo de Ortega se aprecia en aquel Madrid ya desaparecido que Ana Serrano Velasco ha resucitado para deleite de sí misma y para ilustración de los lectores que la acompañen. Si parafraseáramos al ensayista, entonces podríamos decir que la táctica de la narradora ha consistido en aislar al lector de su horizonte real aprisionándolo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de su novela.
José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela (1925).
1. “La novela ha de ser hoy lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. El acento en la fisiología del cuento carga sobre éstas. La frescura pueril se interesa en la aventura como tal, acaso porque […] el niño ve con presencia evidente lo que nosotros no podemos actualizar. La aventura no nos interesa hoy, o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto de nuestra persona no participa en el apasionamiento mecánico que la aventura del folletín acaso nos produce. Por eso, al concluir el novelón nos sentimos con mal sabor de boca, como habiéndonos entregado a un goce bajo y vil. Es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar nuestra sensibilidad superior.
2. “Pasa, pues, la aventura, la trama, a ser sólo pretexto, y como hilo solamente que reúne las perlas en collar. Ya veremos por qué este hilo es, por otra parte, imprescindible. Pero ahora me importa llamar la atención sobre un defecto de análisis que nos hace atribuir nuestro aburrimiento en la lectura de una novela a que su ‘argumento es poco interesante’. Si así fuese, podía darse por muerto este género literario. Porque todo el que medite sobre ello un poco, reconocerá la imposibilidad práctica de inventar hoy nuevos argumentos interesantes.
3. “No, no es el argumento lo que nos complace, no es la curiosidad por saber lo que va a pasar a Fulano lo que nos deleita. La prueba de ello está en que el argumento de toda novela se cuenta en muy pocas palabras, y entonces no nos interesa. Una narración somera no nos sabe: necesitamos que el autor se detenga y nos haga dar vueltas en torno a los personajes. Entonces nos complacemos al sentirnos impregnados y como saturados de ellos y de su ambiente, al percibirlo como viejos amigos habituales de quienes lo sabemos todo y al presentarse nos revelan toda la riqueza de sus vidas. Por esto es la novela un género esencialmente retardatario –como decía no sé si Goethe o Novalis–. Yo diría más: hoy es y tiene que ser un género moroso–, todo lo contrario, por tanto, que el cuento, el folletín y el melodrama.
4. “Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la substancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco –adviértase que me refiero tan sólo a la novela moderna—no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que no es ‘pasar algo’, en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes, sobre todo en su conjunto o ambiente. Una prueba indirecta de ello puede encontrarse en el hecho de que no solemos recordar de las mejores novelas los sucesos, las peripecias por que han pasado sus figuras, sino sólo a éstas, y citarnos el título de ciertos libros equivale a nombrarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; al punto rememoramos un clima, un olor peculiar de la urbe, un tono general de las gentes y un ritmo típico de existencia. Sólo después, si es caso, acude a nuestra memoria alguna escena particular.
Colofón. “La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela”.
———————————
Ilustración: Monigote…
No deje de visitar la página de Monigote…
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10.24.06
Posted in Corrupción, Democracia at 10:18 por jserna
“El peso de la ley debe recaer sobre quienes utilizan cargos públicos al servicio de intereses inconfesables”, leo en el editorial de Abc del 23 de octubre, el periódico que ha destapado el caso de una recalificación urbanística en Ciempozuelos. “Está en juego nada menos que la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático”, concluye el editorialista. Intereses inconfesables y confianza son las claves de ese juicio.
Si los intereses no son transparentes, entonces dañan directamente la base de la democracia, que es la publicidad de la gestión pública, la visibilidad de los actos y de los pactos. Así nos lo recordaba Jürgen Habermas en una de sus primeras obras, para quien el mundo moderno ve nacer la opinión pública, que es la que idealmente vela por lo colectivo y por lo universal. Pero para que esto sea posible tiene que haber condiciones de accesibilidad general: no puede estar restringido el acceso a la función pública, y los servicios prestados deben ser fiscalizados y vigilados de manera visible. El empleado debe poder dar cuenta de manera confesable y transparente de sus actividades y acuerdos. De lo contrario, estamos en la esfera opaca de la política. Es probable que en la alta gestión del Estado siempre deba haber arcana imperii, como se da en el ámbito diplomático, pero en la micropolítica municipal la opacidad sería cómica si no fuera por lo gravosa y desmoralizadora que es para la virtud pública del ciudadano, para el cumplimiento de sus propias obligaciones. Éste ve pasar ante sí ofertas y pelotazos que unos pocos aprovechan precisamente porque no hay publicidad ni accesibilidad universales. Éste ve, en suma, cómo ese contrato originario e hipotético que le ata a su sociedad se ve quebrantado por la rapiña de unos pocos. Porque, como dice el editorialista de Abc, lo que se fractura es la confianza, nuestros acuerdos políticos.
La vida, en efecto, es una sucesión de acuerdos, el esfuerzo de distinguir los códigos formales que nos rigen mutuamente, las reglas escritas o no que debemos cumplir y que regulan el comportamiento de todos en cada contexto. La sociedad funciona cuando el trato entre individuos se basa en expectativas ciertas, cuando entre conocidos o desconocidos, en el comportamiento privado o en el público, hay un marco general de confianza. Un acuerdo es siempre un convenio que se establecen entre dos o más individuos sometidos a cierta norma general, a ciertas obligaciones recíprocas, a ciertas formalidades, con el fin de obtener ventajas, la principal de ellas el mutuo respeto. La obligatoriedad es el requisito básico para el cumplimiento de esos acuerdos, requisito que, en principio, se basa en la confianza. Las instituciones públicas y los compromisos formales están concebidos para garantizar el cumplimiento de las obligaciones por los particulares entre sí o frente al Estado. Por eso, la confianza institucional es básica y constituye el elemento fundamental en un gran número de actividades humanas y sociales. En toda relación de cooperación entre dos o más individuos es necesario el crédito recíproco, saber qué cabe aguardar del otro, su buen hacer.
Confiar es esperar que el otro respete la palabra dada, esperar que se cumplan la obligación que nos hemos prometido o la expectativa que sensatamente nos hemos hecho de las personas y de las cosas. Cuando esto no se verifica, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus funciones, cuando se burla la ley de manera solemne, entonces la confianza se menoscaba, la irresponsabilidad se gratifica y el crédito público se arruina.
Es lo que está pasando con el aprovechamiento delictivo de las oportunidades edilicias. Por lo que parece, la recalificación de terrenos, adquiridos como rústicos y luego vendidos para la edificación, no es infrecuente, como tampoco lo es la ganancia astronómica que de ello se deriva. En la costa valenciana y ahora en Ciempozuelos, etcétera, la colusión entre micropolítica y gran negocio nos lleva a un deterioro de la moral pública. Y no es cierto que eso sólo se dé cuando gobiernan los socialistas: en distintas poblaciones valencianas hay casos de regidores presuntamente desvergonzados, integrantes del Partido Popular, que están siendo investigados por su rapacidad edilicia.
Por lo que se va diciendo, el latrocinio es semejante aquí y allá: siempre son unos cuantos espabilados, unos cuantos avispados los que se aprovechan de la confianza que en ellos hemos depositado, los que se valen de los recursos públicos y de las recalificaciones para hacerse con patrimonios fastuosos, para convertirse en magnates del ladrillo o en reyes del suelo.
Cuando ese crédito público se malogra, entonces ingresamos en el territorio de las mafias. En el extremo, lo característico de estas organizaciones es que quiebran ostentosamente la confianza institucional, volviendo suspicaz, resignado y absentista el comportamiento del ciudadano. A cambio, si se somete, recibirá favores, protección y servicios. Con este vínculo desigual e intimidatorio se deteriora la moral pública, se impone la conducta del avispado y del servil y, en fin, se rehace delictivamente la relación desigual que ata al cliente con el amo. Ése es “il prezzo della sfiducia”, decía el sociólogo italiano Diego Gambetta: el propio de un mundo en el que todos son potencialmente hostiles y en el que la única acción que se emprende es el juego de suma cero, con evidente deterioro de la organización social.
Tal vez el precio que aquí estemos pagando no sea aún el del contexto mafioso y todavía estemos sólo en la fase previa: en la fase de la corrupción, de la transferencia de bienes económicos gracias al favor político, un fase preliminar que nos devuelve, sin embargo, a épocas más o menos remotas, las de la dominación patrimonialista de lo público. En el viejo patrimonialismo descrito por Max Weber en Economía y sociedad, el funcionario hace valer su influencia transformando los recursos colectivos en pertenencia privada. Porque en eso consiste la lógica del patrimonialismo: en el reparto de bienes o de exenciones. El empleado o, en este caso, el regidor se adueña de lo público para hacer un uso discrecional de sus recursos. Con ello vemos enriquecimientos súbitos y alardes lujosos, los propios de esos ventajistas que se reparten recalificaciones edilicias; pero son también los propios de quienes promueven obras asiáticas con contratas millonarias.
En la Comunidad Valenciana tenemos ejemplos bien llamativos. Pero muchas de esas recalificaciones no sólo dañan la gestión pública y la confianza ciudadana. Dañan también los terrenos, con construcciones inverosímiles… con derroches cementeros, con amputaciones en las Sierras, como la que se está haciendo en la Sierra Cortina de Benidorm, a lo largo de la Avenida del Alcalde Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Vean, vean las fotografías inferiores.

Rafael Torres habla de los hampones municipales
Levante editorializa sobre el decálogo del PSOE
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10.23.06
Posted in Comunicación, Democracia at 10:03 por jserna
He leído De la noche a la mañana. El milagro de la COPE, de Federico Jiménez Losantos. Es, ciertamente, un prodigio de páginas y páginas de egolatría e inteligencia cínica, de pronunciamientos sedicentemente liberales y radicalismos trasnochados, de populismo españolista y elitismo altivo. Como en su programa radiofónico…
El grito mañanero despierta y mantiene al oyente quieto en un dial que aturde. La expresión y la modulación, con altibajos sonoros, tienen ese fin: el de no dejar que el oyente reaccione, el de aplacarlo, con sermoneos y reprimendas. Pero las novedades se alternan con expresiones previsibles que aúnan lo alto y lo bajo, una mezcla, dice él, “de estilo culto y popular; de eruditas referencias literarias, filosóficas, históricas o políticas y refranes ancestrales, sanchopancescos, frases hechas al alcance de cualquier persona sin formación intelectual”. Todo dicho con énfasis, pues, según admite con descaro, “hoy el comunicador en la radio se acerca más al showman que al reportero, al funambulista que al oficinista, al predicador que al agrimensor”. Más allá de esas simetrías forzadas sorprende la desfachatez de la declaración: “nosotros nos movemos entre el Club de la Comedia y el Espíritu de la Tragedia, entre el Libro de Job para maldecir el presente y el Apocalipsis para predecir el futuro”.
¿Y con qué fin? En primer lugar, con el propósito de auparse a costa de lo que sea, aunque tenga que sacrificar el temple y la información al aspaviento y el espectáculo. Dice querer el triunfo de las ideas liberales: en realidad sólo esperaba y deseaba desalojar a quienes le ganaban en las ondas. Pero es él y sólo él: sin el concurso de José María Aznar. Si el ex presidente fue intervencionista en los medios, lo critica con dureza, aunque no por razones liberales: simplemente, ese imperialismo mediático del poder popular amenazaba los propios planes de Jiménez Losantos y su programa chillón.
Porque, en efecto, en La Mañana hay voces, latiguillos, anatemas, sarcasmos orales, motes, apelativos jocundos, sobrenombres que califican y tipifican, pronunciamientos afectados…, como hacía en sus mejores tiempos José María García cuando quería derribar a los enemigos poderosos. El timbre de las exclamaciones es aquí una especie de despertador que sacude provocando inmediata o lentamente efectos. Es espectáculo oral, el charlismo: es convertir la lógica masculina de la tertulia, donde uno se expresa a voces, en espectáculo ideológico. Decía Harry G. Frankfurt en su librito On Bullshit que en la tertulia la gente hace declaraciones enfáticas, con gran estropicio, sin que le vaya la vida en ello. Se brama incluso, pero el grito es más escenográfico que otra cosa. Pero esos bramidos persiguen otros fines: el de catequizar ideológicamente, el de reafirmar a los convencidos y el de enseñar a los oyentes indoctos a que aprendan la Palabra, el Sentido, España y la Libertad. Grandes palabras, sí. El oyente recibe una lección sobre el valor, sobre los malos, sobre los traidores, sobre lo que hay que hacer o pensar cada día. Como en los púlpitos de antaño.
Pero quien grita también escribe relatos edificantes. No hay que buscarle a La Mañana significados de segundo orden: relata con afectación y fiereza el horror de los malos, lo que implica sobrevivir bravamente en un mundo hostil. El aspaviento mañanero de Federico Jiménez Losantos y su libro son cuento largo, pero cuento al fin. Como en los relatos populares, el programa está concebido dramáticamente: “nos sumergimos en una atmósfera brumosa y sugerente, que se parece mucho a la vida real”, una vida en la que los oyentes desvalidos desean “el triunfo de los buenos, incomprendidos, solitarios y valientes y el castigo implacable de los malos, poderosos, viles y cobardes”. Hace treinta y tantos años, Umberto Eco advertía que había no pocos telespectadores que veían los Noticiarios como si de Westerns se tratara, con titanes corajudos y con tipos inicuos. En su programa y en su libro, también Jiménez Losantos convierte lo real en un relato inacabable de villanos emboscados, de malvados que acechan, de princesas secuestradas y de héroes abnegados, secretos y públicos: el autor.
“Tiene que haber personajes, a ser posible reales pero, ojo, con ciertas características de ficción: dibujo físico y moral, peripecia larga y con alguna sorpresa frecuente”. Es decir, de lo que se trata es de largar un cuento en el que los caracteres reconocibles y sólo esbozados por sus funciones dramáticas cumplan tareas previsibles y asignadas de antemano. ¿Con qué objetivo? Con el propósito declarado de presentar el bien frente al mal. “No es preciso que gane el bien definitivamente, porque sabemos que no puede ser, pero sí que el bueno sobreviva y podamos irnos a dormir satisfechos con haber ganado junto a él un pequeña batalla moral aunque la guerra continúe y mañana emprendamos otra aventura”.
¿Una aventura? ¿O sea que la información que él transmite, la opinión que vierte, las noticias que presenta sólo son el decorado de acciones de cuento que acometen personajes en parte reales y en parte ficticios? Pues sí y es por eso por lo que hay hermanos de sangre tempranamente muertos que fueron titanes y de los que el aventajado discípulo aprende y redobla (Antonio Herrero); hay donantes o ayudantes (Luis Herrero) que saben retirarse a tiempo para dar la gran oportunidad al héroe; hay traidores que no supieron aguardar hasta el final (José María García); hay villanos distantes pero extremadamente malvados (Jesús de Polanco) que se infiltran; y hay brujas (sí, una bruja). Son páginas en las que se relata una batalla cuya consumación es moraleja aleccionadora: la restauración de un orden previamente quebrado por malvados fuertes, por cofrades. Describiendo sus éxitos en las ondas, el incremento de la audiencia, tiene la festiva idea de calificar esa hazaña en términos de milagro, pues un prodigio es precisamente lo que aquí se relata: “el mayor milagro radiofónico e incluso sociológico de la moderna historia de España”, concluye en la página 577. Nada nos dice, sin embargo, sobre el dichoso porvenir que se abre, pero…
Pero la existencia real –incluso la existencia de los locutores de radio– no es así. Sólo en las ficciones edulcoradas se dan el desenlace y la resolución de los conflictos. Por eso decía Josep Pla que, frente a los cuentos y las novelas naturalistas de antaño, “en la vida no hay nada que se acabe” felizmente. Un día, sin más, ya no estaremos: habremos sido olvidados.—————————————–
Hemeroteca:
Artículo de JS en Levante, 6 de abril de 2006: Federico Jiménez Losantos
———————–
Ilustración:
Monigote…
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10.20.06
Posted in Escribir, Comunicación, Historia at 9:24 por jserna
Los historiadores tienen un problema, admitía Giovanni Levi hablando de su propia profesión: saben el nombre del asesino. O eso creen. La historia es la pesquisa de una serie inenarrable de crímenes, de atrocidades. Hay dramas y hay agentes del drama. Hay delitos que quedan impunes y hay gentes que intervienen y que interfieren: ¿héroes y villanos? Nos empeñamos en ver a los personajes históricos en estos términos. Entre ellos está el asesino, decía Levi. Es una metáfora, claro, pero tiene su cosa…
En general, son los historiadores quienes hablan o escriben sobre los objetos del pasado consultando fuentes o documentos: por ejemplo, papeles viejos, sucios, polvorientos que suelen estar en los archivos. Movidos por una hipótesis que les sirve de punto de partida, suman datos, contrastan versiones, comparan relatos, cotejan informaciones. Como haría un reportero que ha de narrar con orden unos hechos aparentemente caóticos. La vida no es relato, pero cuando nos ponemos a pensarla la concebimos así. Los historiadores reconstruyen vidas, las existencias de estos o de aquellos personajes de otro tiempo, sus respectivas peripecias, los logros de una colectividad, los hechos concatenados, pero también los azares o las fatalidades que los antepasados ignoraban y que los investigadores pueden distinguir por estar al final del proceso. Dicha averiguación produce rendimientos intelectuales evidentes y, por eso, a los historiadores les suponemos una especial clarividencia para mostrar el drama a que se enfrentan los seres humanos: les suponemos aupados a un promontorio alto en el que avizoran mejor que sus antecesores ya que conocerían el final de ese proceso.
¿Es así? Es así y no es así. Lo que diferencia a los investigadores más despiertos y sagaces, lo que les distingue y les encumbra no es su aislamiento o esa suficiencia de quien ya sabe cómo acaba todo, sino su implicación: la conciencia de estar arrojado al mundo y de complicarse con él. No se trata necesariamente de trivializar, sino de ahondar públicamente en el conocimiento de un presente que es histórico y que exige un examen complejo. Algo semejante decía, por ejemplo, José Antonio Zarzalejos en el Congreso sobre Nuevo Periodismo que se celebra en Valencia estos días. Hay que conseguir, decía, que los investigadores no queden recluidos en su cómodo espacio académico: su implicación en los medios obligará a “revisar la formación de los profesionales que trabajan en este tipo de medios”, es decir, la formación de los propios periodistas. Por eso, abogaba “por introducir la colaboración de buenos divulgadores procedentes de todas las ramas académicas, entre los que citó abogados, arquitectos, médicos o historiadores”. Ésta sería una buena idea si, según añadía, admitimos que “el periodismo español está plagado de matones, pistoleros y mentirosos”. Más aún: “hay periodistas que, en vez de hacer periodismo, se dedican a exaltar los aspectos más viscerales del debate público”. Desde luego no parece que incorporar a académicos o historiadores o escritores sea un idea equivocada, pero ese alistamiento de intelectuales o profesionales no trae necesariamente el saber y la mesura. Precisamente por eso, porque cada vez más parece un alistamiento y porque no es raro que trasladen con ellos el peor de sus vicios: la arrogancia intelectual o la superioridad moral para observar a sus coetáneos o a sus antepasados.
Entre nosotros habría que evitar esa petulancia tan frecuente de los contemporáneos (y de los historiadores) que no es otra que la de creer que tienen la suerte de estar al final del proceso histórico, la de mostrarse jactanciosos por saber qué vino y qué vendrá después sintiéndose capaces de juzgar con severidad los errores de los antecesores, sus confusiones. Ya lo dijo el gran historiador E. P. Thompson al principio de La formación de la clase obrera: no deberíamos tener como único criterio de evaluación histórica el que las acciones de un hombre se justifiquen o no a la luz de lo que ha ocurrido después. Es decir, el buen analista y el buen historiador son aquellos que reconstruyen en contexto y saben que ese hecho, ese dato o esa conducta forman parte de una cadena de significados de laboriosa reconstrucción. ¿Sería muy difícil transmitir esta idea, divulgar este punto de vista? No se trata sólo de que arrojen luz sobre este o aquel suceso, sino de que difundan este modo de tratar las cosas.
En vez de encaramarse a la cumbre contemplando lo que ya saben de antemano, el nombre del asesino, deberían mostrar un pensamiento tentativo. Sobra tanto periodismo declarativo como hoy se hace, decía Zarzalejos. Así es: pero creo que sobra más el intelectualismo asertivo y apodíctico que se ha impuesto en la prensa. Algunos de los agitadores más extremados de los medios de comunicación no son periodistas de profesión, sino intelectuales de oficio, gentes que procediendo de la academia, de las ideas, y creyéndose generosos y desprendidos con sus alardes de eruditos, propalan pensamientos de una inteligencia petulante. Ése es el caso, por ejemplo, de Federico Jiménez Losantos. De él precisamente les hablaré el próximo día, de su último libro: allí se retrata. Sabe quiénes son los malos y cuál es el nombre del asesino.
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Artículo de JS en Levante: Defensa del historiador
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Ilustración: Monigote…
No deje de visitar la página de Monigote…
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10.19.06
Posted in Televisión, Scriptorium, Comunicación at 8:38 por jserna
Franco Ferrarotti es, seguramente, el sociólogo italiano más afamado y, además, un cascarrabias célebre. Es autor de numerosas e influyentes obras, textos polémicos con los que no siempre se puede estar de acuerdo, pero a la vez volúmenes que te obligan a reaccionar. Una influencia no sólo se mide por la capacidad que un autor tiene para generar seguidores, admiradores. Esa capacidad se calcula también por las reacciones contrarias que uno puede provocar. Ferrarotti no deja indiferente, hable de la historia del pensamiento sociológico o hable de la vida cotidiana, de esa construcción del sentido con que abordamos la esfera privada o íntima. Por varias y casuales razones he tenido que volver a un pequeño volumen suyo que leí hace unos pocos años, un volumen que es, probablemente, el menos académico de sus libros. ¿Su título? Leer, leerse. La agonía del libro en el cambio de milenio (Península).
Tiene algo de confesión autobiográfica, entre nostálgica y alarmada, pues allí habla de cómo leía cuando joven y cómo sigue leyendo, con qué afán, a diferencia de tantos contemporáneos suyos: “¿Qué leo?”, se pregunta Ferrarotti. “De todo. No leo: devoro. Soy un desagüe. Mordisqueo las palabras, trago las frases antes de leerlas, las intuyo, las adivino. ¿Cómo leo? Leo con el corazón en la garganta. Realizo en la lectura la relación problemática entre lo real y lo imaginario. Leo en estado de vaga embriaguez, suspendido entre el cálculo racional y las sombras alucinatorias. La lectura es mi droga”, admite.
Cuando sea mayor me gustaría parecerme a él, sin duda, y querría que mi mesilla de noche (atiborrada siempre de libros) se asemejara a la suya… Estoy solo, dice, “me velan solamente, en silencio, mis viejos amigos, los libros, acumulados confusamente, mirándome de reojo desde los intersticios entre montón y montón con medio título por completar a tientas. Lo sé con seguridad absoluta. Sé que moriré con un libro en la mano. Será mi extremaunción”, concluye.
Pero, como es propio en la obra de todo sociólogo, el librito tiene también algo de examen del presente, de esos cambios acelerados que este anciano sabio trata de captar con alarma y comprensión. Y en esas páginas se profesa deliberadamente como un crítico apocalíptico de la televisión. No comparto ni mucho menos todo lo que dice de este medio, pero en su escarnio del tubo hay siempre algo que te permite reflexionar.
Hoy quería ofrecer en mi scriptorium un compendio brevísimo de las invectivas que dedica a la televisión. Insisto: no tenemos por qué estar de acuerdo, pero con estas perlas de Ferrarotti quizá podamos hacer un cumplido malhumorado a un medio que en España empezó hace cincuenta años. Y de paso homenajeo a un viejo admirable que tiene justamente la edad de mi padre. Pura arbitrariedad, ya ven. Aún recuerdo, hace cuarenta y dos años, cuando en mi casa apareció el primer televisor, tan voluminoso, tan prometedor. ¿Y ahora?
1. “La televisión vive bajo el signo de una condena cruel: debe seducir a su público. ¿Cómo? Colocándose en el denominador común más bajo, comprensible para todos, y por tanto igualar, achaflanar, es decir, allanar. Al término de este proceso, el público de la televisión ha dejado de ser un agregado humano reactivo; ha sido masificado como una melaza gelatinosa. Eso no significa que haya sido reducido a un nivel ‘troglodita’, como legiones de intelectuales refinados y escandalizados no dejan de denunciar. No es nada necesariamente vulgar o indecoroso. La ‘masificación’ se sitúa en un nivel intermedio que no es demasiado alto ni demasiado bajo, en armonía con la que los directivos de los ‘canales’ consideran una ‘sabiduría convencional’ sólidamente ligada a los valores del buen sentido y de la ‘moral corriente’…”
2. “La televisión es en primer lugar un ojo que documenta, muestra imágenes sobre las que razonar. La imagen es sintética y no tiene nada que ver con el discurso analítico, cartesiano, del papel impreso. Puesto que es sintética, la imagen trabaja sobre la emotividad del espectador, hace prevalecer en él la reacción emotiva sobre el razonamiento deductivo. Es patético esperar conceptos de la televisión. Significa ladrar a la Luna. Más cálida, casi íntima, es la radio, que se limita a evocar con la palabra (sonido más que significado) sistemas de sentido que corresponde luego al espectador reconstruir…”
3. “La televisión borra la historia. Aplasta a sus espectadores contra el presente. Los aplana. No tiene oído para el antecedente. Quema los puentes hacia el pasado. No puede proyectar nada porque promete ya, aquí y ahora, todo posible futuro. Es local y global al mismo tiempo. Está en todas partes y en ningún lugar”.
4. “Estamos en la paradójica situación de ser al mismo tiempo capaces de informarnos de lo que sucede, literalmente, en todo el mundo, y encontrarnos, en nuestra realidad cotidiana existencial, huérfanos, hijos de nadie, a merced de fuerzas que no pueden controlar y que con mucha frecuencia ni siquiera conocen. Estar aplastados en el presente equivale, en definitiva, a quedar anulados como sujetos pensantes”.
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10.18.06
Posted in Deporte, Comunicación, terrorismo at 9:25 por jserna
Leo en Levante: “El Real Madrid despertó por fin, firmó el mejor partido de la era Capello, destrozó al Steaua de Bucarest de inicio a fin y mandó un mensaje de optimismo a sus aficionados para afrontar con garantías el duelo del próximo domingo en la Liga ante el FC Barcelona”. Por su parte, para el partido que hoy disputa el Valencia contra el Shakhtar leo que se espera un llenazo en Mestalla. “El Shakhtar, que el pasado fin de semana venció por 0-3 en su liga al Khakiv, es el líder del campeonato ucraniano empatado a puntos con el Dinamo de Kiev, tras ganar ocho encuentros y empatar dos en las diez jornadas disputadas, con 26 goles a favor y tres en contra”. Literal: esa información es literal. Uf. Un equipo despierta, destroza a otro y afronta un duelo. Un estadio se llena para contemplar una disputa. Otro equipo vence y es líder.
El lenguaje del fútbol es guerrero, pero el balompié no es una guerra. Trato de explicarme qué es. Para empezar, a despecho de que me esfuerzo sigo sin entender la emoción que despierta el fútbol. Tampoco acabo comprender esos cálculos de puntos y su interés. Entiendo cuáles son las reglas de un partido, incluso algo de táctica pedestre puedo aventurar si alguien me pregunta. Entiendo lo que es falta, fuera de juego, achicar espacios, etcétera. Pero, insisto, no me provoca impresión alguna. Tan fuera de todo esto estoy, tan lejos me considero que cuando tuve que tratarlo por primera vez en El País adopté la fórmula retórica del explorador científico que se pregunta por las costumbres de los nativos, entre ellas el fútbol. “Imaginemos a un antropólogo ajeno a nuestro mundo, un extraño que llegara a esta ciudad. Pero imaginémosle también como un etnógrafo inquisitivo, vivamente interesado por las convenciones que rigen la existencia”.
Pero no, no hay ni hubo manera. Ese espectáculo colorista en el que tantos se vuelcan para jugar el conflicto de la identidad sigue sin motivarme. Sólo el hecho bélico que encierra, la violencia sublimada, es lo que me llama la atención. Norbert Elias le dedicó páginas interesantes a esta circunstancia: el deporte como espacio de civilización en el que los antiguos contendientes que a mamporros se mataban ahora libran combates incruentos… Y, en efecto, el fútbol es uno de los sucesos contemporáneos que mejor representa y restaura el agonismo que es siempre vivir y enfrentarse al otro. El agonismo no es la guerra sin preceptos, sin mediación, sin arbitraje. Es, por el contrario, un refinadísimo modo de resolver los conflictos o de representarlos para suavizar sus efectos más dañinos: es una especie de ordalía personal en la que cada uno se somete a un juego consigo mismo, una especie de lucha con el propio cuerpo para comprobar si se es capaz de vencer.
Tendemos a pensar el fútbol sólo como una prueba colectiva, como una manifestación de las identidades comunitarias, pero, visto de cerca, en el césped, es sobre todo un ejercicio individual de resistencia, de camaradería, de inteligencia. O, mejor: es y a la vez lo representa para unos espectadores que viven de manera indirecta, por persona interpuesta, esa ordalía de cada jugador. Por eso, examinar el fútbol en lo que tiene de espectáculo de la vida llevado hasta el agonismo sublimado y elegante no es una cuestión de machotes eventualmente violentos, sino una tarea sutil de la inteligencia, lo contrario de la defensa de identidades colectivas en liza.
Pero no, en el balompié acaba triunfando también la lamentable fiesta de identidad y de la exaltación política, que es siempre un instrumento de posible manipulación. Para muchos, la pelota es su corazón, el órgano que les bombea comunidad, nación y fluidos. Por eso, por ser fuente de identificación colectiva y de afirmación, es por lo que se presta a ser interesadamente jaleado por representantes políticos: para hacer de ello inversiones pasionales que rindan beneficios electorales, por ejemplo. Pero hay un riesgo extremo en el uso político del fútbol que la afición no suele tolerar. ¿Cuál podría ser?
“Se puede ocupar una catedral y sólo habrá algún obispo que proteste, algunos católicos conmocionados, un grupo de disidentes favorables, la izquierda que será indulgente y los laicos históricos (en el fondo) felices”, decía Umberto Eco en La estrategia de la ilusión. “Pero si alguien ocupase un estadio, aparte de las reacciones inmediatas que esto provocaría, nadie sería solidario: la Iglesia, la Izquierda, la Derecha, el Estado, la Magistratura, los Chinos, la Liga por el Divorcio y los Anarcosindicalistas, todas pondrían al criminal en la picota”, concluía Eco en aquel libro. Ayer hablábamos de terrorismo. ¿Se imaginan el estadio ocupado por un grupo de fanáticos dispuestos a todo? Sí, ya sé que hay extremas medidas de seguridad. Pero la imaginación de los terroristas no tiene límites. Ojalá nada de esto se cumpla nunca y este hecho sólo sea una pesadilla insomne, pues de lo contrario esa sublimación de la violencia que es el fútbol y ese refinamiento del conflicto podrían volverse reales y humanos, demasiado humanos. Prefiero, pues, que todo continúe igual, que sigan la ficción y la afición.
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10.17.06
Posted in Escribir, Comunicación, terrorismo at 9:18 por jserna
¿Cómo deberíamos llamar a los combatientes que se oponen a la nueva administración de Bagdad? ¿Cómo tendríamos que calificar a los suicidas que se enfundan con bombas para dañar a quienes consideran sus enemigos? Son éstas preguntas que hemos visto planteadas en la prensa durante estos últimos meses. Los combatientes de Irak son grupos e individuos que ponen explosivos, que matan a cientos de personas, que destruyen edificios, que arruinan un país. Insisto: ¿cómo llamar a esos fieros beligerantes? ¿Terroristas o resistentes? En principio no hay dudas: hay que llamarles terroristas. Y punto. ¿Y punto? ¿Cuál es el problema?
La palabra resistente tiene un gran prestigio en la historia política como consecuencia de la oposición armada al fascismo y al nazismo, tarea de oposición que dio una gran reputación a quienes se enfrentaban por todos los medios a aquellas dictaduras. La Resistencia francesa, por ejemplo, goza de una merecida fama y, para el propio imaginario galo, es un ejemplo de dignidad en medio de la ignominia del régimen de Vichy. Pero la Resistencia francesa empleó métodos terroristas, justamente para oponer resistencia a los ocupantes alemanes y a los compatriotas que colaboraban con el sistema impuesto. No hemos querido reflexionar públicamente sobre este asunto: como los nazis encarnaban el mal absoluto, hemos pasado por alto el hecho de que los resistentes adoptaran métodos terroristas. Como Mussolini fue un dictador fascista, el dictador fascista por antonomasia, también hemos pasado por alto cómo ajusticiaron al odioso tirano y a Clara Petacci.
En los últimos días he leído en la prensa española un par de artículos sobre estos problemas de lenguaje, pero ahora referidos a los fanáticos islamistas que aquí y allá se involucran en una actividad violenta, terrorista. Estos problemas de lenguaje son también los de la Administración Bush. La lucha contra el terrorismo la denominaron Guerra contra el Terror convirtiendo, pues, un fenómeno nuevo (el terrorismo global) en un asunto aparentemente conocido: una Guerra Mundial con un enemigo reconocible. Pero tras esta operación hay dos cuestiones.
Primer problema: El frente de batalla. En este caso, en el de Irak y en el del terrorismo islamista, ¿dónde está el frente? Como admitía recientemente Umberto Eco en una entrevista, “desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos. La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio. Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra. Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo”.
Perdonen la inmodestia, pero me alegra coincidir con Eco. Según escribí en enero de 2005: “La circunstancia actual me ha hecho evocar una película, Which Way to the Front? (1970), de Jerry Lewis. Ustedes la recordarán: al principio de la Segunda Guerra Mundial, un rico ostentoso, Brendan Byers III, interpretado por Jerry Lewis, un magnate, en fin, quiere alistarse como voluntario en las tropas del frente europeo. Es rechazado, sin embargo, por un Tribunal del Ejército. Brendan Byers III no renunciará a su sueño, empeñado en ser partícipe del conflicto, como un nuevo y torpe Fabrizio del Dongo en Waterloo. Organizará un ejército financiado por él mismo, una tropa formada por unos pocos, tan ineptos como él. Su propósito era noble: armarse de valor para combatir fieramente al enemigo nazi. Pero… ¿dónde está el frente? Las guerras tienen frentes, incluso trincheras, enemigos reconocibles, uniformados, alineados, con banderas, con bayonetas. En las contiendas hay artillería y aviación, dos ejércitos combatiéndose y sobre todo unas imágenes censuradas. En Irak no parece haber esto. Se decretó el fin de las hostilidades, se proclamó cumplida la misión, se auguró una reconstrucción, se habló de democracia para el porvenir. De momento, sin embargo, el resultado de dicha operación es un proscenio bélico, un campo de entrenamiento para terroristas y, además, a la vista del mundo entero, con explosiones suicidas que se registran en directo, con ajusticiamientos atroces que se difunden por la Red”.
Segundo problema: La definición del enemigo. Si el combate contra el terrorismo islamista lo definimos como una Guerra Mundial (cuyas vicisitudes ya conocemos), entonces el enemigo también puede ser calificado en un términos reconocibles. Por ejemplo, islamofascismo es un hallazgo idiomático de la Administración Bush: si bien se mira, es una manera muy extraña de calificar al oponente al que habría que derrotar. Por un lado, hace de la memoria antifascista un aliado retrospectivo de la nueva guerra; y por otro, subsume el islamismo bajo las formas reconocibles del totalitarismo. El fascismo fue un comunitarismo extremista, generalmente ateo o religiosamente indiferente, fundado en los lazos primarios de la Nación, una nación guiada por un Líder, siempre de origen modesto como la mejor encarnación del pueblo; fue un movimiento organizado militarmente en milicias o escuadras que empleaban la intimidación violenta y visible contra los enemigos de clase o los oponentes de las formaciones antinacionales; fue una experiencia política en la que un partido aspiraba a la toma del Estado, a adueñarse de todas sus instituciones para así imponer ese aparato sobre la sociedad civil, sobre las instancias intermedias, a las que invadiría o propiamente haría desaparecer. Como ya dijimos tiempo atrás, el fundamentalismo islamista no es exactamente eso. Siguiendo a Bernard Lewis, en el islam moderno, la nación no es una referencia central de su organización política, entre otras cosas porque las estructuras estatales se ven como herencias o artificios coloniales: la unidad política real es, por el contrario, la comunidad de los creyentes, algo transnacional. Por tanto, llamar a los terroristas islamofascistas es un enredo conceptual de grandes dimensiones.
¿Y por qué este lío expresivo? Desde antiguo, los fenómenos nuevos, inauditos, tendemos a identificarlos con un léxico previo con el fin de conjurar fantasiosamente lo que ignoramos y, sin embargo, eso no reduce el proceso desconocido y las consecuencias inusitadas del acontecimiento. Creo que tenemos serio problema con la violencia extrema del islamismo, con los atentados, con las amenazas…, y creo que tenemos un grave asunto con el lenguaje. Los periodistas, los historiadores, observan la realidad, pero esa realidad no es un dato que se imponga sin intelección alguna. Necesitan un armazón conceptual que les permita entender qué tienen ahí enfrente, qué significado hay que darle para después transmitírselo a los lectores. ¿Me refiero al lenguaje? Resulta obvio que es así, pero esa afirmación es insuficiente porque con los lectores no sólo compartimos un idioma del que nos servimos, sino también ciertos significados de las cosas, el sedimento histórico que las palabras tienen. Decía Umberto Eco que el proceso de comunicación (que inicia un periodista, pero que empieza también un historiador) comienza no con un mensaje, sino con la puesta en marcha de varios códigos. Esos códigos someten el hipotético mensaje a transmitir a una serie de reglas expresivas de modo que pueda hacerse llegar a través de algún canal. Si los lectores compartimos los códigos, entenderemos el idioma del redactor, entenderemos los usos verbales, entenderemos también qué nos quieren decir expresa o implícitamente, los datos explícitos y los sobreentendidos. Pero sobre todo entenderemos de qué cosas nos hablan, qué es eso que hay ahí fuera, qué es lo que ha ocurrido, cosas a las que el emisor alude.
Pues bien, el nuevo terrorismo es un fenómeno efectivamente reciente e inaudito, para el que nos faltan referencias, una conceptualización en la que se están empeñando los mayores expertos (no sin polémicas) y que no tiene por qué coincidir con la designación que a esos hechos les dan los Gobiernos y las Administraciones. Hay un mundo externo, referencial, que funciona o sucede al margen de la voluntad del observador, sea éste un reportero o sea éste un investigador, pero ese mundo necesita, en efecto, de alguien que lo atisbe, que lo escrute y que, al final, sepa relatarlo, explicarlo e interpretarlo poniendo en orden los datos. Para narrar, los cronistas (de la índole que sean) precisan un dato documentado y un vocabulario cierto: un léxico que aluda a algo externo que se quiere aclarar, pero sobre todo los cronistas necesitan los conceptos, las nociones generales y abstractas con las que indicar los datos concretos. Pues bien, pese a los cinco años transcurridos desde el 11-S aún estamos en esa fase previa, aquella en la que distinguimos a qué refriegas nos enfrentamos y con qué rótulo calificamos al enemigo.
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10.13.06
Posted in psicoanálisis, Cine at 9:08 por jserna
Crees conocer a una persona y de repente te sorprende con un giro inesperado, señalándote el ultraje que tú le habrías infligido sin saberlo o agradeciéndote una deferencia, una cortesía que no recuerdas haberle hecho. Nos levantamos cada día pensando que hoy es ayer, que todo sigue igual y súbitamente el pequeño destino cambia: el significado que debes darle a las cosas, el sentido con que te conduces. Creemos posible hacernos un porvenir y de repente descubrimos que todo propósito sólo es una prerrogativa accidental o una parca casualidad. Todas aquellas cosas que nos importan, como la paternidad, el amor, la amistad, tardan en lograrse y, una vez obtenidas, pueden disiparse. Ignoramos qué nos espera y ese dato banal cobra una fatalidad dramática y retrospectiva, una premonición.
No hay aburrimiento posible en las relaciones humanas, no hay rutina ni repetición; hay siempre sorpresa, pesquisa y novedad. A pesar de lo que queremos creer, la identidad del hijo, del viejo camarada o del que creemos nuevo amigo no lo conocemos, ni su rostro ni sus pliegues internos. No hay nada dado de antemano, no hay amistad asegurada, hay riesgo y hay fantasmas que emergen, que se desbordan y que muestran rencores o afectos, emociones que no sospechábamos.
Internet ha agrandado esa dimensión ignota de nuestros corresponsales o amigos. No ves el rostro, esa máscara que creemos reveladora de la identidad y de los humores, sólo un nombre propio o un nick que sirven para identificar y para ocultar, para acercarnos y para decir adiós. Pero entre esa voz que no oyes, entre esa expresión escrita y tú hay un abismo infranqueable: no puedes acceder y tu pesquisa siempre se queda corta. En realidad, las relaciones humanas siempre se quedan cortas. Hasta en el cara a cara, el otro tiene una densidad y un parapeto que te impiden averiguar lo que quieres saber o que te hacen suponer que sabes algo de lo mucho que esconde. A pesar de lo que queremos creer, no conocemos la epidermis ni los pliegues interiores del ser amado, como no conocemos del todo las demandas de nuestro propio cuerpo, las urgencias, las tentaciones, los desajustes. Adentrarse en lo cotidiano entre personas que creemos conocer no tiene nada de ordinario, pues nada hay de antemano, nada hay de lealtad asegurada: sólo una intimidad reflexiva que ignoras, que no siempre aceptamos o que no siempre sospechamos y que se sobrepone a la vida pública con la que se muestran o nos mostramos.
Pensaba en estas cosas después de haber visto una excelente película española: Vete de mí (2006), de Víctor García León. Interpretada por Juan Diego y Juan Diego Botto, la historia que se cuenta es la de un derrumbe, la de un actor ya viejo, Santiago, que sobrevivía felizmente representando vodeviles en teatros de segunda, piezas dramáticas de salón, para un público poco exigente, quizá adocenado. Su existencia no es envidiable, pues muchos de sus sueños se han evaporado o han sido desmentidos por la realidad tozuda. Pero, a pesar de todo, ha conseguido rehacer su biografía después de un primer matrimonio: vive en un pequeño apartamento con una mujer más joven a la que quiere y con la que comparte el trabajo. En efecto, su enamorada representa un papelito en ese vodevil: poca cosa, pero lo suficiente como para pensar en que ambos son actores que comen de su trabajo. Todo empieza a hundirse el día en que en casa de Santiago aparece el hijo que tuvo de su primer matrimonio: es un joven de treinta años, un soltero ya machucho (aunque de aspecto aniñado) que dice haberse ido de casa de su madre. Por haberse enemistado con ella pide auxilio al padre para pasar allí, en el apartamento, sólo unos días.
Esos pocos días se alargan, los suficientes como para que el progenitor descubra cómo es o cómo cree que es su hijo. No tiene oficio ni beneficio: dice haber empezado mil carreras y haber trabajado de esto y de aquello, de nada, en fin. Pero sabe ser atractivo, seductor: fascina a las mujeres e irrita al padre. Por su simpatía, por su entusiasmo, todo parece que se le perdona, pero su actitud es destructiva y eso el espectador lo ve: parece que con lo que dice sabe manipular a los demás, palparles la parte más frágil o más débil o más necesitada de cariño. Puede hacérsenos detestable, justamente porque estamos viendo cómo empieza la destrucción del padre, un derrumbe que es autodestrucción. ¿Por qué razón? Porque la simple convivencia de ambos remueve un interior amansado o remansado.
Durante esos días, el hijo hará preguntas acerca del pasado, pero sobre todo hará que el interlocutor –el padre– se plantee interrogantes sobre la existencia ordenada que cree disfrutar o sobre el determinismo cobarde con el que parece haber aceptado sus derrotas y renuncias. Con amargura, el viejo distingue lo que no quería ver: su propia mediocridad, que durante tanto tiempo tapó creyéndose mejor de lo que era… Ahora bien, el hijo no se va, no se aleja, queda allí también adherido a esa mediocridad demolida que es su padre, sin nada que ofrecer, compartiendo la soledad y disputándole unos tallarines fríos. No hay más, no hay nada. El padre ha vivido su existencia protegiéndose con respuestas falsas y reparadoras, defensas contra su propia decepción, con frases hechas, con esquematismos, con soluciones triviales.
Pero sobre todo ese viejo ha alcanzado la tercera edad creyéndose una fábula conspirativa: si no ha podido llegar a más ha sido por culpa de los restantes o del teatro, de esa profesión en retroceso que, además, no lo ha reconocido. El hijo también queda derribado por su propia miseria, por su desidia, pero sobre todo por sus quimeras de excelencia: como cree ser alguien destinado a cumplir altas metas no puede conformarse con lo cotidiano, con un trabajo regular y con una felicidad ordinaria. La solución de ambos, desde luego, era no haberse encontrado (o, mejor, reencontrado), de modo que esa relación enfermiza no los desarbolara. Como el hijo ha regresado a casa del padre y la experiencia es desastrosa por lo que remueve, la salida menos destructiva habría sido la de romper ese lazo, dejar de hablar entre ellos, no hurgar en las heridas del viejo. Había tiempo para frenar aquello, para huir.
Y esa fue la ruina de ambos o, quizá, la ruina de los seres humanos: pueden soportarlo casi todo, la mediocridad, la mentira, la propia falsedad, siempre que la vida íntima y las fantasías que las animan no se toquen. “Esa vida de fantasía, la vida íntima a la que me estoy refiriendo, tiene una propiedad formidable: hace al sujeto omnipotente en esa realidad”, precisa Carlos Castilla del Pino. “Gracias a la vida de la fantasía, forma figurada del deseo, podemos soportar esa otra vida a la que habitualmente reservamos el calificativo de real, la externa a nosotros, la vida social, preñada de frustraciones, errores, desengaños y sufrimientos”, insiste. “La fantasía, que nadie lo dude, es la ortopedia del sujeto”, apostilla Castilla del Pino.
Viejo y joven, interpretados por Juan Diego y Juan Diego Botto, destapan sus fantasías respectivas, levantan su ortopedia, muestran su indigencia y se derrumban: nadie conoce a nadie –ni siquiera a uno mismo– hasta que no se quitan esas defensas con que nos hemos protegido. ¿Y qué descubrimos? Generalmente, el vacío. Punto.
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ATENCIÓN: mantenemos hoy lunes 16 de octubre esta entrada del fin de semana. Por problemas técnicos del servidor, este blog no ha podido leerse en los últimos días. Por fin se ha solucionado la avería. Mañana martes nueva entrada.
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10.11.06
Posted in Escribir, La felicidad de leer, Historia at 9:27 por jserna
11 y 12 de octubre de 2006
Acaba de aparecer un libro en cuya traducción he participado. La versión al castellano la hemos hecho Anaclet Pons y yo mismo. Lo edita PUV y lleva por título Pasión por la historia. Se trata de un libro en el que Denis Crouzet entrevista con Natalie Zemon Davis, la gran historiadora norteamericana. Les recomiendo vivamente el volumen. Es un auténtico manual de instrucciones: un texto reflexivo en el que Davis detalla con perspicacia y memoria lo que ha sido su tarea como investigadora. Otro día volveré sobre este libro, sobre sus contenidos. Ahora bastará con señalar que en sus páginas queda muy claro qué distingue a un historiador de un amateur, qué le diferencia de un reportero o de un novelista o de un poeta, a pesar de que la obra de Davis muestre coincidencias con las tareas que éstos emprenden. Ella regresa al pasado francés como si de un corresponsal se tratara, intentando transmitir a sus lectores de hoy lo que es un mundo distante, ajeno, con valores que no son exactamente compatibles con los nuestros; ella se plantea el problema de la ficción y la relación o no que ésta pueda tener con la escritura de la historia, ese espacio jamás visto que se alberga en los archivos y que hay que hacerle ver al destinatario; ella se plantea, en fin, la función de la palabra, el papel que desempeña la comunicación, pero también la expresión en sí, aquello que no siempre es comunicable, aquello que es abstruso y que forma parte del mundo de percepciones de los antepasados. A la postre, su ejercicio como historiadora es una traducción: la traslación de un repertorio de experiencias ajenas que se condensan en palabras y en imágenes…
Nosotros, quienes hemos traducido el libro, creo que experimentamos una pasión por la historia semejante a la de Natalie Zemon Davis, pero, también como ella, nos hemos planteado reflexivamente ese ejercicio práctico de traducción: una historiadora que se expresa en inglés, que se ocupa de temas franceses –de la época moderna– que no son inmediatamente accesibles o comprensibles. Si lo pensamos bien, la tarea del historiador se asemeja, es cierto, a la del traductor, incluso a la del intérprete: debe transportar un repertorio de referencias a unos destinatarios que las ignoran… En eso consiste, precisamente, la historia: en sondear un espacio ignoto –normalmente, un espacio escrito que se conserva en los archivos— para interpretar textos que son versiones del mundo, textos mutilados, llenos de sobreentendidos, evidencias que nos resultan incomprensibles. En eso consiste, justamente, la traducción.
Digo traducción y me acuerdo inmediatamente de un artículo de Fernando Savater. Me da la risa. Aunque tiene más de diez años, todavía me acuerdo de mis carcajadas. Me desternillo aún cuando lo releo. Reproduciré para ustedes el párrafo más cómico. Se trata de un artículo fechado en febrero de 1995 cuyo título era Menosprecio al castellano. Decía: es deplorable el estado de “los folletos de instrucciones de algunos aparatos que se venden en España”, pero no por la impresión, por el papel o por la tinta, sino por la lengua que emplean. “Supuestamente redactados en varios idiomas, al llegar al castellano” es triste confirmar que manejan “una jerga no ya incorrecta, sino ininteligible y paródica”, constataba Savater.
“A uno de mis hermanos le regalaron estas navidades un calentador de toallas, cuyas normas de manejo venían, al parecer, en inglés, alemán, francés y castellano. Las tres primeras lenguas, con mayor o menor propiedad, resultaron reconocibles, pero las reglas en castellano desafiaban al más fino hermeneuta. Verbigracia: una de las recomendaciones importantes nos prevenía así: “Para evitar quemadura acaso, no deje desnudo piel alcanzar caliente superficie, reserva superior barra cuando mudando”. Más claro, agua. Otra imprudencia posible quedaba no menos nítidamente advertida: “No opera cerca de niños o inválidos, siempre que su toalla calentador es dejado operado y no concurrido”. En efecto, ni a un calentador de toallas le gusta que le operen y luego nadie le concurra. Y también, por si acaso: “No arrolla cuerda cuando en servicio a evitar calor levantado”. Lo del “calor levantado” es un hallazgo que les sugiero a próximos concursantes al premio de La Sonrisa Vertical, usen o no toallas”.
No me pregunten por el calentador de toallas: no he llegado aún a esa sofisticación del confort. Cuando el buen tiempo lo permite me valgo de toallas tendidas y aireadas en la terraza. Cuando el relente valenciano del invierno mantiene húmedo su paño, entonces llenamos nuestra casa de tendederos, qué le vamos a hacer. Es decir, que en Navidades te regalen un calentador me puede parecer el colmo del consumismo tonto. O no, tal vez no. Eso que contaba Savater con tanta guasa ocurría diez años atrás: hoy en día, el colmo del gasto quizá sea ese último teléfono repleto de prestaciones que tantos ambicionamos. En fin…
Lo que me llamaba la atención del artículo de Savater era su porfía en favor de la buena traducción. Queremos pensar que la poesía es una de las más exquisitas creaciones humanas. Justamente por eso, su traducción exige un esfuerzo muy notable, descomunal incluso. ¿Por qué razón? Porque la recreación del poema obliga a trasladar no sólo el logro verbal, sino también las imágenes en él contenidas, las experiencias allí acumuladas o incluso las vivencias incomunicables que se han forjado a través de una lengua particular. En un texto poético resuenan miles de voces: es efectivamente polifónico y a poca virtud que se alcance ese poema encierra otros textos que lo anticipan, que lo prefiguran y de los que esos versos son su consumación y recreación. Precisamente por esto, como decía Octavio Paz refiriéndose a la poesía, “cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original, porque el lenguaje mismo, en su esencia, es una traducción”, añadía. “Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único”.
Ésa es una de las paradojas de la traducción, la posibilidad o no de repetir, de decir casi la misma cosa, como reza uno de los últimos libros de Umberto Eco, dedicado precisamente a la traducción: Dire quasi la stessa cosa. La poesía obliga a un gran esfuerzo “translaticio”, por la dificultad que supone capturar esas imágenes, esas voces que aún resuenan, esa tradición o esos libros que hasta el poema llegan. Pero, si lo pensamos bien, incluso en textos más banales, el empeño a que obliga la traducción es notable. Como decía Karl Popper en su autobiografía, Búsqueda sin término, “cualquiera que haya hecho alguna traducción, y que haya pensado sobre ello, sabe que no existe ninguna traducción de un texto interesante que sea gramaticalmente correcta y además casi literal. Toda buen traducción es una interpretación del texto original; e incluso iría más lejos y diría que toda buena traducción de un texto no trivial ha de ser una reconstrucción teórica (…). Incidentalmente, es un error pensar que en la tarea de traducir un fragmento de un escrito puramente teórico. No son importantes las consideraciones estéticas”.
¿Es un texto trivial un manual de instrucciones, aquel en el que se detalla al funcionamiento de un calentador de toallas? Indudablemente no: la simple, la alocada incorrección del caso que contaba Savater puede dañar el buen funcionamiento de la máquina. Cuando adquirimos un electrodoméstico, solemos ignorarlo todo o casi todo de su mecanismo. ¿Cómo aprendemos a hacer un uso adecuado de dicho aparatito? O bien disponemos de un conocimiento previo de sus funciones básicas, de su utilidad práctica, que es fruto de una experiencia anterior; o bien recurrimos al manual que nos aclare qué ocurrirá si por azar pulsamos aquella tecla que su diseñador ha colocado allí. Al final, nuestra destreza de consumidores y ese librillo (cada vez más grueso, cada vez más librote) nos permitirán accionar correctamente el aparatito de marras. Eso…, siempre que el manual no nos dé instrucciones incomprensibles o aberrantes.
Si el prospecto de un electrodoméstico no es exactamente trivial, ¿qué podríamos decir de un manual de instrucciones como el que nos propone Natalie Zemon Davis? Ella debe accionar un mecanismo complejo que es la historia, una suerte de artefacto que permite trasladarnos en el tiempo provocando en nosotros la impresión de haber estado allí, justamente en esa Francia moderna, en aquella tierra convulsa. Del recto entendimiento de sus claves depende la adecuada comprensión de nosotros mismos, pues la historia nos proporciona el contraste para nuestro propio autoanálisis. Si tan importante es, ¿cómo no íbamos a cuidar la traducción que hemos hecho? Ahora bien, si nos hemos equivocado, entonces la lectura aberrante de ese manual de instrucciones dañará el funcionamiento de la comprensión y, por tanto, el mecanismo que sirve para accionar nuestra particular máquina del tiempo: la historia.
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10.10.06
Posted in Franquismo, Democracia, Historia at 9:50 por jserna
Cuando recordamos, la función de la memoria es siempre selectiva e incluso arbitraria, un mecanismo que se activa por estímulos internos y externos y que desentierra no los hechos pasados, sino la huella que aquéllos nos dejaron, un vestigio que puede ser vago, muy vago. Los individuos rememoramos con sentido y eso que regresamos al presente lo recubrimos con el significado que hoy le damos a las cosas pasadas, un significado que frecuentemente no se ajusta al que tuvo tiempo atrás. Las sociedades que organizan sus mecanismos de recuerdo, que erigen monumentos, que conservan sus huellas del pasado, actualizan esas épocas pretéritas con el fin de atribuir sentido a los actos de ahora. Pero esa memoria colectiva que las instituciones promueven para fines honestos o siniestros, para rendir justicia a los muertos o para organizar agresiones y enfrentamientos, no es exactamente equiparable a la historia. Mientras la memoria es sugestiva, completa, coherente, emocional, la historia que llevan a cabo los historiadores es problemática, incompleta, intelectual y analítica.
Cuando durante estas semanas se habla de la ley de memoria histórica, suele hacerse para hablar de las víctimas. “A estos ciudadanos y ciudadanas exiliados –así como los llamados niños de la guerra—supervivientes ya de aquel trágico episodio de nuestra historia, el Congreso de los Diputados considera un deber rendir un tributo de admiración y afecto, por la lealtad a sus convicciones y el sufrimiento que hubieron de padecer por un golpe antidemocrático y una guerra impropios de una nación cuya razón de ser ha de estar en el respeto a los valores democráticos”. Eso decía la Proposición de Ley, la primera iniciativa emprendida en este sentido, a cargo del Grupo de Izquierda Unida. Tiene fecha de 2 de diciembre de 2005. Las discusiones parlamentarias que después ha habido son muy reveladoras y en ocasiones muy equivocadas, pues suelen mezclar historia y memoria: en todo caso, expresan con mayor o menor contundencia esa idea, proclaman la necesidad de preservar los lugares de la memoria (en expresión del historiador Pierre Nora), denuncian el olvido entre la ciudadanía de lo que fue el régimen de Franco.
En los debates parlamentarios y mediáticos, la expresión deber de memoria aparece una y otra vez y aparece como si esto, el recuerdo histórico, fuera algo obvio y asociado inevitablemente a las víctimas: por tanto, como si los negociadores de nuestra Transición hubieran evitado expresamente a las víctimas en la definición política del nuevo régimen democrático. En el sentido que hoy se está planteando es así, desde luego. Pero como bien ha planteado el historiador Enzo Traverso en un libro estupendo y que hoy evoco en Levante, está fórmula (el deber de memoria) es algo reciente, una corriente que se impone en Europa a mediados de los ochenta y ya en los noventa, como consecuencia entre otras cosas de la caída del Muro de Berlín. En efecto, incluso el espanto que mayores escalofríos nos produce (la Shoah) no empezó a ser considerado digno de memoria, la memoria de las víctimas, hasta fecha bien tardía: prácticamente hasta finales de los años setenta. Hasta entonces, Occidente pasaba rápidamente por un genocidio al que no solía mirar directamente. Es decir, achacar a los políticos de la Transición que no ajustaran cuentas con el pasado es una percepción nuestra, pero no una evidencia de entonces. Por otra parte, antes de que las víctimas se recuperaran aquí y allá para cumplir con ese deber de recordar, la memoria histórica aludía a algo bien distinto. Aludía al patriotismo evocador de los connacionales y de los antepasados, al nacionalismo conmemorativo.
Seguro que los mayores no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la memoria histórica se empleaba para elevar la moral de la tropa –idealmente, la nación en armas–; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional. No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias, por decirlo a la manera de Freud. Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo, para honrar la memoria de las víctimas… de siglos atrás. Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades de ese estupefaciente comunitario. La mayoría ya no sorbe dicho bebedizo: ya no acepta convertir la historia en esa memoria venenosa y sublime que irriga los vínculos primarios de la comunidad de origen o de pertenencia; ya no acepta inmolar la vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas. Cuando hablemos de víctimas, pues, hablemos de aquellas que han sufrido, que han padecido y que aún pueden transmitirnos su relato, pero también de aquellas que por haber muerto ya no pueden narrarnos su dolorosa experiencia. No hablemos de victimismo retrospectivo ni de nacionalismo conmemorativo y, sobre todo, no confundamos la justicia o la reparación debida con la historia.
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10.09.06
Posted in Democracia, Historia at 9:53 por jserna
Es extraordinariamente interesante el repaso que ayer domingo le daba la prensa al estado de nuestra derecha. Por ejemplo, Abc se tomaba en serio el análisis de esa derecha reformista de la que el periódico se siente emisario o portavoz. De una parte, el director del diario, José Antonio Zarzalejos recordaba a aquel José María Aznar del año 2000, cuando el centrismo sin complejos parecía la palabra de orden del partido, cuando los principales dirigentes no estaban condicionados por el discurso extremista que ahora les viene de fuera –dice– y que tanto beneficia a José Luis Rodríguez Zapatero. De otra parte, una entrevista en Abc a Alberto Ruiz Gallardón le permitía al entrevistado buscar ese reformismo, esa moderación que consigna entre sus correligionarios y que peligra por el estrépito de la derecha extrema y externa (a la que, por cierto, Fraga también ha criticado recientemente). Hoy lunes, el periódico conservador vuelve a tratar este grave asunto en uno de sus editoriales. Celebra, otra vez, el liderazgo de Mariano Rajoy, auténtico heredero de aquella derecha centrista o reformista que habrían encarnado Manuel Fraga y el primer Aznar, y acaba diciendo: “las condiciones son, por tanto, muy favorables al PP, y lo seguirán siendo siempre que sea capaz de centrar el debate social y político sobre estos asuntos y no secundar la estrategia de crispación que, al alimón, están ejecutando tanto quienes, diciéndose afines a los populares, buscan anular su capacidad de maniobra e instalarlos en la radicalidad, como el Gobierno, para asegurarse una participación similar a la del 14-M y, por tanto, el voto del electorado de la izquierda más extremista”.
Por otro lado, El País evocaba ayer domingo la fundación de Alianza Popular, de la que hoy se cumplen treinta años. En el reportaje el diario reproducía unas palabras de Fraga pronunciadas justamente en 1976. Confiaba agrupar a la derecha reformista, decía: “Lo que estamos haciendo en AP es aislar a la extrema derecha y traer las fuerzas conservadoras hacia el centro”. Fue, qué duda cabe, una tarea interesante, de supervivencia personal y de reordenación del espacio político, cosa que se prolongó años después con la refundación del partido, con la creación del PP. A la vez, en el mismo diario, Karmentxu Marín le hacía una de sus entrevistas guasonas a Manuel Fraga. En una parte de la interviú, Marin hacía mención de una cita empleada alguna vez por el ex presidente de la Xunta de Galicia para alegrarse de haber promocionado a José María Aznar: “Si no vencí reyes moros, engendré quien los venciera”, reproduce Marín para preguntar inmediatamente: “¿Aznar es su engendro?”. La respuesta de Fraga es contundente y previsible: “No. La palabra engendro tiene dos significados. Yo le designé, y me alegro de haberlo hecho”.
Estas palabras me han hecho recordar ciertas cosas… He releído el capítulo que José María Aznar dedica a su mentor, a Manuel Fraga, en su libro Retratos y perfiles. Justamente allí habla de la oportunidad que le dio permitiéndole encabezar el paso de Alianza Popular al nuevo Partido Popular. Y he releído también mis papeles, lo que escribí para mí… Es curioso: si atendemos a los esbozos que Aznar hizo en su último libro, el capítulo que dedica a Fraga es seguramente muy certero y a la vez bastante inmisericorde. Le tiene respeto, claro, le tiene admiración, una admiración debida, contenida, algo roñosa (como parece corresponder al carácter del ex presidente del Gobierno). Tal vez por eso hay también en sus palabras algo de reproche o de reconvención indirecta, el reparo de quien se ve justamente como el contraejemplo del retratado, el pero de quien valora la quietud y el sosiego en la toma de decisiones.
En palabras de Aznar, Fraga siempre habría sido expeditivo, “un vendaval”: como esos individuos a los que les cuesta disfrutar de la lentitud y de la demora, de esa parsimonia en la que la vida se expresa y en la que están los mejores detalles de la existencia. Cuenta el autor que, siendo joven, veía a don Manuel, entonces ministro de Información y Turismo, acudir a un piscina de mucho ringorrango del Madrid más distinguido, la misma balsa a la que concurrían quien hace la semblanza y sus hermanos. “Aparecía con un bañador grande”, nadaba, tomaba el sol y se iba. “En total, venían a ser unos cinco o seis minutos”. Siempre las prisas, esas perentorias urgencias del que está muy ocupado y no dedica más que unos minutos al solaz o al descanso: siempre ese vendaval…, un ventarrón que, sin llegar a ser temporal, amenaza con arrastrar todo lo que encuentra a su paso, siempre esos apremios de quienes se jactan de trabajar más que nadie o de quienes llegan los primeros y se retiran los últimos.
Cuando casi está por acabar el capítulo que le dedica, José María Aznar traza un perfil de Fraga de una precisión verdaderamente asombrosa. “Fraga es la encarnación misma de la pasión política. Vive por la política, para la política y de la política. Es su elemento, el único horizonte donde está cómodo, la única atmósfera donde puede respirar. No he conocido a nadie con una vocación política tan arraigada en su propia naturaleza, tan indiscernible de su identidad y de su carácter. Eso le ha proporcionado una increíble capacidad para sacrificarse por lo que él consideraba una causa justa o adecuada a los intereses generales, y también ese rasgo de carácter tan propio de Fraga que consiste en empeñarse en ser siempre el primero y marcharse el último. Fraga ha padecido más que nadie las consecuencias de esa ansiedad, que podía conducir a la precipitación, en algunos casos a la dispersión, en otros a una sobreactuación no siempre necesaria. El ritmo vertiginoso que imprimía Fraga a su actividad le llevaba a elaborar y articular proyectos sumamente valiosos, pero también a pasar demasiado de prisa sobre muchas cosas y a no rentabilizar como era posible hacerlo el ingente esfuerzo que estaba desplegando. Ahora bien, a esa energía le debemos nuestro partido. Fraga es el creador del Partido Popular y consiguió articular un proyecto en torno a esa gran visión”.
Repasemos esos enunciados, los verbos que definen la actividad del retratado.
1. Vivir la política como pasión y ser ésta “el único horizonte donde está cómodo, la única atmósfera donde puede respirar” hasta el punto de ser “indiscernible de su identidad y de su carácter”. ¿Cuál ha sido, pues, la vida de don Manuel más allá de la política? Si hemos de hacer caso al autor de esta semblanza no hay atmósfera ni horizonte que no sea esa actividad.
2. “Sacrificarse por lo que él consideraba una causa justa o adecuada a los intereses generales”. Capacidad de sacrificio por lo que uno mismo juzga adecuado o pertinente no significa necesariamente esfuerzo generoso, sino una visión cerrada, autosuficiente, incluso intolerante.
3. ”Empeñarse en ser siempre elprimero y marcharse el último”. Quien llega el primero y se marcha el último demuestra empeño, laboriosidad, dedicación, pero quien destaca en otra persona esa obstinación diagnostica también un desmedido afán de protagonismo.
4. Padecer “esa ansiedad, que podía conducir a la precipitación, en algunos casos a la dispersión, en otros a una sobreactuación no siempre necesaria”. La ansiedad es congoja, es desazón, es falta de sosiego que lleva, en efecto, a la premura, a la multiplicación improductiva y sobre todo a un exceso. Decir de Fraga que sobreactúa no tiene lectura positiva alguna.
5. “Elaborar y articular proyectos sumamente valiosos, pero también a pasar demasiado de prisa sobre muchas cosas y a no rentabilizar como era posible hacerlo el ingente esfuerzo que estaba desplegando”. Nuevamente, los apremios de quien carece de sosiego, de quien no sabe sacar un provecho razonable del empeño, del “ingente esfuerzo”, sólo pueden revelar a una persona que es incapaz de medir con lógica y mesura la tarea que realiza.
¿Se puede decir más en menor espacio, con menos palabras y con una crítica más explícita? ¿Se puede reprochar de una manera más expresa? Con este perfil trazado, José María Aznar demuestra tener una maña increíble de retratista, pues le saca al personaje los claroscuros…

Lo he recordado ahora que la prensa se apresura a esbozar la imagen de Fraga, treinta años después de que fundara Alianza Popular.
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