09.29.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 8:32 por jserna
29, 30 de septiembre y 1 de octubre de 2006
Meses atrás leí una separata que amablemente me había mandado desde París Jordi Canal, un artículo suyo en donde repasa con lucidez y erudición la larga serie de exilios en los que se han visto envueltos numerosos españoles de distintas generaciones. Escribí una nota, luego perdida en el ciberespacio. La recupero ahora y la retoco y amplío como cierre de esta revisión sucinta que hemos hecho del franquismo.
Jordi Canal repasa los exilios: no sólo los de quienes tuvieron que abandonar el país en 1939, sino también los destierros religiosos a que se vieron obligados judíos, moriscos, tantos y tantos súbditos de la Corona que fueron juzgados como antiespañoles, ajenos a la condición católica, expresión de la españolidad. El título del ensayo es revelador: “Historias de destierros: algunas reflexiones sobre exilios y guerras civiles en España”. Los plurales que Jordi Canal introduce no son una mera cuestión de estilo: son un modo de mostrar dolores innumerables, desgarros personales que de siglos a esta parte se han sucedido.
De todos los exilios, la emigración liberal de los exaltados del Ochocientos fue la primera que mandó al extranjero a numerosos creadores, escritores, libreros, revolucionarios que creyeron posible edificar un Estado moderno, un Estado constitucional. Pero el exilio de 1939, como nos recuerda Jordi Canal, fue una derrota cultural sin paliativos, con una oleada ingente de intelectuales que debieron abandonar sus cátedras, sus bufetes, sus columnas periodísticas. Algunos de estos emigrados reflexionaron precisamente sobre esa circunstancia y otros indagaron en la historia de los numerosos destierros españoles. Leyendo las páginas de Jordi Canal, que condensan los dolores de varias generaciones, no puede uno sino apiadarse ante la violencia que a tantos se les infligió: tantos exiliados que sólo habían cometido el crimen del librepensamiento, que únicamente se habían atrevido a pensar de otro modo, con imaginación y con audacia. ¿Qué habría sido de ellos si Franco no hubiese ganado el conflicto? ¿O qué habría pasado si el General hubiera sido apeado tras la Guerra Mundial?
A esta forma de preguntar, que es un modo de conjeturar, la llamamos ‘historia virtual’. Un par de libros recientes, que debemos a Niall Ferguson (Historia virtual, Taurus) y a Nigel Townson (Historia virtual de España, Taurus) han difundido entre nosotros ese experimento cognoscitivo. Desde antiguo, los historiadores se empeñaron en reconstruir lo realmente acontecido. La frase, como se sabe, corresponde a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Permítanme que me aleje ahora de la literalidad de lo dicho por Ranke y que aproveche el tiempo transcurrido para defender otra cosa bien distinta. Lo sucedido es una parte de la historia; la otra parte es lo posible, lo que pudo suceder. Toda la historia que investigamos y que finalmente trasladamos a un texto es historia posible en el sentido narrativo. Por ser siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes, la historia sólo puede ser uno de los relatos eventuales, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros hechos.
Pero hay otro modo de hacer historia posible, hay otra forma de abordar lo potencial: conjeturando itinerarios o cursos de acción que no se han dado pero que pudieron haberse dado, con consecuencias distintas en el caso de que las cosas hubieran ido de otro modo. Esta certeza se va abriendo camino a partir de la historia virtual. Las hipótesis ‘contrafactuales’ no son un inútil entretenimiento, puesto que pueden ser un modo de averiguar jerarquías intencionales, causales, la relevancia de los hechos y las consecuencias que de ellos se derivan. Cuando hablo de conjeturas históricas, de historia posible, me refiero a la tarea común, universal e irrefrenable, de imaginar escenarios hipotéticos. Precisamente, una de las formas más sutiles de la inteligencia se manifiesta de ese modo: evaluando itinerarios potenciales a partir de la memoria, a partir de las experiencias que atesoramos. Los jugadores de ajedrez operan justamente así: anticipando situaciones y desenlaces a partir de esquemas previos.
Sus más célebres adversarios –por ejemplo, el célebre y entrañable ordenador Deep blue, capaz de considerar miles de millones de posiciones antes de tomar una decisión— hacen algo similar: eligen a partir de un cálculo objetivo, dado que el escenario del combate tiene unas condiciones constantes. Sin embargo, en la vida real, esos temibles oponentes tendrían insuperables dificultades y, al menos de momento, mostrarían una grave carencia: la de tener que obrar con información insuficiente y la de ser incapaces de aventurarse con audacia y clarividencia. En efecto, aún les falta imaginación y sobre todo imaginación narrativa, capacidad para contarse y contarnos una buena historia. Entre otras cosas, contar una historia es, pues, eso: poner en relación las experiencias que nos constituyen y extraer de ellas una enseñanza eventual y falible para el futuro que nos aguarda.
Pues bien, ¿por qué reservar al porvenir esta técnica anticipadora? ¿Por qué no podemos aplicarla sobre el pasado? ¿No son el novelista o el historiador gentes que profetizan lo que ya ha ocurrido? El pasado no esta clausurado, en primer lugar, por el conflicto social e interpretativo que aún provoca y provocará, por esas narraciones en competencia que nos enfrentan a historiadores que pertenecemos a una misma cohorte de edad o a aquellos otros con los que no compartimos generación, ideología, sentimientos e inclinaciones. Pero, en segundo término, el tiempo pretérito no está cerrado individual y colectivamente porque hay una forma especial de ensayo que es el de sopesar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido con la historia efectiva, constatable, real, que nos ha sucedido.
Precisamente, uno de los modos de evaluar esos itinerarios es enjuiciar lo razonable de nuestros actos, las consecuencias que se han derivado de lo que hicimos, de lo que no hicimos y de lo que pudimos hacer. La historia virtual plantea hipótesis contrafactuales explícitas y a partir de ellas recrea el escenario posible de esas acciones no dadas en la vida real. Como aprendimos de Max Weber, los hechos son infinitos, inagotables, consienten conexiones distintas y su relevancia o jerarquía son variables. Es decir, se trata de inventar, pero de ‘inventar’ en su sentido inmediatamente etimológico: ‘invenire’ significa ‘encontrar’. Se trata, en efecto, de encontrar hechos a partir de lo que uno mismo lleva dentro, a partir de las resonancias que esos hechos nos provocan; de aventurar relaciones inauditas o insospechadas de hechos jamás avecindados para buscar nuevos significados, para descubrir significados allí donde parecía no haberlos. A esta técnica analítica dedicó páginas memorables un gran liberal: Raymond Aron.
Seguro que los exiliados que tuvieron que marcharse, forzados a irse a otras geografías menos inhóspitas, soñaron con otros destinos menos crueles. Seguro que los desterrados que se vieron expulsados o que escaparon a tiempo para no ser víctimas de la sevicia franquista alimentaron conjeturas retrospectivas. Como, por ejemplo, Max Aub. Nada repara el mal consumado, ni nada compensa el daño infligido, pero el recuerdo que ahora les dedico, casi treinta y un años después de la muerte de Franco, quiere ser un homenaje pequeño a quienes tuvieron que morir en México o en Francia, por ejemplo. Habrá lectores que interpreten estas palabras mías como si de un tributo ‘guerracivilista’ se tratara, como si fuera el pago republicano e izquierdista que la generación de hoy hace a unos antepasados belicosos. Hay muy buena literatura sobre la venganza imaginaria. Estoy pensando, por ejemplo, en Manuel Talens. En Venganzas (Tusquets), un espléndido libro de relatos, Talens reunía un conjunto de cuentos, generalmente narrados en primera persona y enmarcados en una época crucial de la historia reciente, la que va de la República al final del franquismo. La clave de todas esas peripecias y personajes era la dignidad, la cualidad humana de aquellos que no renuncian a su condición y que se rehacen. Las ‘venganzas’ del título lo son, sí, pero desde esa dignidad. En alguno de esos relatos, el desquite se consuma desde la justicia poética: como es la muerte de Franco por asfixia excrementicia.
Pero yo no quería preguntarme sobre venganzas conjeturales y retrospectivas, sino sobre historia virtual, sobre lo que España podría haber sido si el General no hubiera permanecido durante cuarenta años, si la Guerra Fría no hubiera congelado al Régimen dándole una solidez mineral. Pero ya acabo: hay que decirle adiós a Franco, decirle adiós leyendo sobre él y sobre su Régimen. Esto que hemos hecho aquí durante esta semana no ha sido un ejercicio de nostalgia de los derrotados ni tampoco una sesión de espiritismo: ha sido una aproximación crítica, reflexiva, a la actualidad del fenómeno histórico. No hemos hablado de Franco como podríamos haber hablado de Viriato. Lo hemos exhumado para comprender qué grandes cuestiones son las que aún nos preocupan, como historiadores y como ciudadanos.

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Muy generosamente, Julia Puig me manda el enlace a esta pieza documental de Carlos Esplá escrita en su exilio mexicano. Forma parte del Archivo Carlos Esplá y se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Aquel que fuera secretario y amigo de Azaña trata con humor la propia figura de Franco, con ironía y con sarcasmo. Lo voy a leer.
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09.28.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fotografía, Franquismo, Scriptorium, Historia at 8:29 por jserna
En esta semana dedicada al Caudillo no podía faltar una pieza que me es muy querida, una pieza a la que vuelvo regularmente. Se trata de un artículo de Javier Marías, un texto en el que comenta la fotografía de Franco y Millán Astray que encabeza este post. En el tablón de anuncios que está a la entrada de mi despacho, tengo clavada la fotocopia de esa imagen. Pero también tengo colgado el texto de Marías como acotación. Ya amarillean. Desde hace unos diez años, si no recuerdo mal, lo pongo y lo repongo. Me parece un texto absolutamente cómico y escalofriante. De Marías siempre me gustaron sus glosas fotográficas, cosa que empezó en las páginas que el autor dedicara a John Gawsworth en Todas las almas (1989) para luego continuar en la segunda parte de su libro Vidas escritas (1992), en Miramientos (1997) y en otros volúmenes posteriores. He querido rescatar aquella acotación periodística para mi sección Scriptorium, aquella en la que la reproducción de un documento viene a ocupar parte del texto que les propongo. Lamento no disponer de todas las fotografías que Marías comenta en su artículo, pero, al fin y al cabo, la última es la fundamental, la que nos muestra a dos amigos o camaradas, uniformados y campechanos…
Cuando vemos fotografías, en especial las que publica la prensa cada día, todo son preguntas, como decía Juan José Millás en un volumen que tiene ese título. Un retrato es siempre un instante detenido en el tiempo, un momento que captó el objetivo de la cámara por intención expresa de alguien que al observar el mundo capturó una parte infinitesimal del mismo. La suma de todo ello haría el gran álbum de la humanidad, ese cuaderno de imágenes en el que estarían lo bueno, lo malo, lo abyecto y lo sublime. En principio, tiene razón Millás: “cuando repasamos el álbum familiar vemos reflejados en él todos los grandes acontecimientos familiares”, todos “excepto la muerte”. En efecto, “lo malo, en el álbum, sólo aparece como ausencia”, lo que se intuye, pero no se ve. “No hay fotografías de la abuela muerta, ni de su entierro, ni siquiera de sus funerales”. Haciendo una analogía, añade Millás en su libro: “la fotografía de la prensa diaria forma parte del álbum de familia de una sociedad”. ¿Hay diferencias? “La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar, es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desgraciados”, concluye.
Y esa fotografía que comenta Javier Marías en su artículo es el preludio de un suceso desgraciado. A pesar de la alegría que a ambos protagonistas hermana –o tal vez por ello–, la imagen tiene algo de vaticinio funerario: seguro que los novios de la muerte entonan una canción sombría. Indicaba Roland Barthes en La cámara lúcida que a la efigie retratada puede llamársela propiamente Spectrum, con esa acepción fantasmal a la que alude la palabra. El retratado suele ser alguien que adopta una pose, su mejor pose, para inmortalizarse como alguien que se muestra y cuya fachada oculta lo que piensa, siente, hizo o hará. En el caso de Franco y su camarada, la fotografía es espectral, sí, pero esa pinta que exhiben no encubre ni disimula: sólo hay que proponer un sentido.
El procedimiento que emplea Javier Marías es el de conjeturar lo que no se ve a partir de lo que se muestra, profetizar lo que después de ese instante vino, lo que hubo previamente, lo que sentían en su interior el retratado o sus primeros espectadores: suponer, rellenar un espacio vacío, discurrir con más o menos tino acerca de lo que sugiere este o aquel retrato. Su operación no es propiamente informativa sino especulativa. Gracias a su inspiración y a su talento, Marías es capaz de decir fundadamente lo que jamás podrá ser averiguado, salvo que los protagonistas le refutaran. En cualquier caso, al desmentido informativo, Marías siempre podría oponerles su libertad interpretativa, su derecho a fantasear con lo que la imagen le sugiere. Insisto, pues, en que la suya es una operación imaginativa, más que informativa, basada en las licencias de la imaginación, esas que le permiten hacer presunciones de lo que fueron una persona o una circunstancia bien concretas.
Tal vez alguien me reproche la lectura que hoy les propongo, pero no por el autor, sino por su aparente anacronismo. ¿Franco y Millán Astray? ¿Qué tienen de actualidad? El día 1 de octubre se cumplen setenta años del ascenso del Caudillo a la Jefatura del Estado. Es un buen motivo para la reflexión y eso es lo que vengo haciendo a lo largo de estos últimos días en esta serie que bien podríamos titular “La semana del franquismo”. Aun así, a despecho de esa actualidad conmemorativa, alguien –insisto– quizá me reproche hablar de espectros. Si lo son, me puede decir, es porque ya no están vivos y, por tanto, porque nada pueden hacernos. ¿Seguro? La cualidad reconocida a los espectros –y de eso Javier Marías sabe mucho– es seguir entre nosotros, vigilar nuestros actos, interferir nuestra existencia. ¿Por qué razón? ¿Porque algún vivo muy vivo agita esos fantasmas para acobardarnos? ¿O bien porque los espectros son aquellos muertos que acarrean su culpa inextinguible por la que han de penar eternamente? Es por eso por lo que se harían presentes sus aullidos, sus cánticos, sus gritos. No sé. Tengo la impresión de que esa pareja de militares que amenazan con su canto machote son efectivamente espectros que nos reclaman desde ultratumba. Yo sólo soy historiador y estoy habituado a vérmelas con personajes fantasmales: los que pueblan las fuentes históricas, todos muertos, pero de los que aún podemos ver sus rostros o leer sus manuscritos. Por eso, cuando repaso un texto u observo una fotografía sólo quiero distinguir la buena o mala vida que hubo en esos documentos, porque los documentos son una ausencia (lo que ya no está o no vive) y una presencia (lo que aún sobrevive entre sus líneas o en efigie). Presencias, sí, son eso: presencias. Echen un vistazo.
“La foto”
Javier Marias, 1994
“El pasado domingo, este periódico dedicaba unas páginas a la aparición en castellano de la biografía Franco, del historiador Paul Preston. La información venía ilustrada por cuatro imágenes. Ninguna tenía desperdicio: en una se veía a Serrano Súñer junto a Himmler y otros nazis eminentes; en otra, la más conocida, se veía a Franco y a Hitler en Hendaya, con ocasión de su famoso encuentro del 23 de octubre de 1940: Franco avanza mucho más marcialmente que el Führer (más ridículamente, por tanto, con las manos estiradas como si fuera a echar a correr) y pisa la alfombra que les han puesto, mientras que Hitler la evita y camina al margen; el austríaco lleva gorra y un correaje cruzándole el pecho; el español, gorro de soldado y un fajín que le queda alto. La tercera foto, con ser semifamiliar da bastante más miedo que las anteriores, pese a carecer del elemento germano: según el pie, se trata de una visita de Franco y su mujer, Carmen Polo, a las Torres de Meirás en 1938, y el matrimonio está acompañado del gobernador civil de La Coruña y el general Yuste. La señora tiene el gesto frío y seco que siempre la caracterizó; aún más, el gesto de asco o desprecio perpetuos, la ceja alzada, los labios finos de la rencorosa viuda que tanto tardaría en ser, la mirada difidente y de soslayo, una mujer ya convencida entonces (aún estamos en plena guerra) de que la altivez es un signo de distinción. Aun así no resulta distinguida, la delata la manera en que tiene agarrado el bolso, con fuerza y desconfianza, como si el general Yuste se lo fuera a robar. Es lo que le preocupa, el bolso; quizá también el pañuelo al cuello, su sombrero como boina ancha y su abrigo enlutado. A la izquierda de la imagen está su marido, Franco, ausente, distraído, por algo elevado, quizá las torres, de nuevo con su gorro de cuartel, sobre el uniforme un capote con cuello de piel, versión pobre y guerrera del manto de armiño que le llegaría, al menos en retratos oficiales e idealizados.
“Pero es la cuarta fotografía la que hiela la sangre. El pie dice: “Millán Astray y Franco cantan junto a su tropa. Millán Astray, fundador de la Legión, eligió a Franco para que dirigiera el primer batallón”. Puede que estén cantando, pero la congelación del instante no nos lo permite ver. En todo caso, la cosa es aún peor si en efecto están cantando, porque nadie canta así. Más parece que estén abucheando o desafiando o escarneciendo a alguien. La cara de Millán Astray es la más acabada imagen de la chulería fanática. Alzado con desdén el bigote de hormigas, la, dentadura picada e irregular, los ojos semicerrados como para mirar sin ser visto, su gesto es ya un insulto, parece que estuviera diciendo: “¡Anda ya! ¡A tomar por saco!” o alguna frase similar. Le pasa la mano derecha a su compinche por encima del hombro, y la cara de éste es la de un individuo en el que lo último que debería hacerse es confiar. La expresión de irrisión. y rechifla, la denigración y la crueldad en la boca, las cejas turbias, los ojillos fríos mirando siempre con avidez, el conjunto del rostro mofletudo y fofo, es el de un criminal. Son un par de facinerosos, sin apelación. Si nos encontráramos hoy día con esas caras, ni la calle cruzaríamos en su compañía. ¿Nadie las vio? ¿Eran percibidas de otra manera en su tiempo? Hoy vemos las caras de la gente mucho más a menudo y con mayor impunidad: las vemos en televisión. Pero nadie parece ver lo que las caras dicen, y a veces dicen lo suficiente para no querer tener nada que ver con sus portadores (las apariencias engañan; sin embargo, no siempre). Me pregunto si en estos años nadie ha mirado de verdad los rostros de Javier de la Rosa y de Mario Conde, de Matanzo y de Álvarez Cascos, de Mohedano y Guerra y del ministro Belloch, de Idígoras y Roldán y de tantas figuras de nuestra política y nuestras finanzas. Si los hubiéramos visto en una película, habríamos adivinado en seguida sus papeles. Nos podríamos haber equivocado, pero es posible que no hubiéramos cruzado la calle con ellos, como tampoco con Jack Palance o Lee van Cleef. Que un pueblo entero se deje engañar por las caras de Kennedy o del propio González es comprensible; que se dejara engañar por Franco, no. Por favor, miren la foto otra vez”. 
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09.27.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:31 por jserna
“No es fácil haber sido nazi y reconocerlo”, empezaba diciendo Santos Juliá en su columna del pasado domingo 24 de septiembre de 2006. Lo decía refiriéndose a Günter Grass, a la revelación hecha tantos años después de haberse alistado voluntariamente en las Juventudes Hitlerianas y luego en la Waffen-SS. Su caso habría sido muy común entre antiguos colaboracionistas o seguidores de los regímenes dictatoriales o totalitarios: reprimen sus propios recuerdos para acabar creyendo no haber sido lo que se fue y, en consecuencia, hablar como si nunca se hubiera sido. Mientras aquella letal fantasía duró muchos no habrían sido capaces de decir no. Cuando el fin del Reich certifica esa política criminal, trataron de salvarse y, sobre todo, trataron de que su conciencia no les incomodara todo el tiempo. De ahí, la represión del recuerdo: para seguir viviendo sin la congoja de lo que se ha sido, sin el tormento inextinguible de lo que fueron.
“En España conocemos bien cómo ha funcionado este mecanismo de la memoria entre un grupo de intelectuales, diez o quince años mayores que Grass, y que conservaron un ideal, y un culto, vagamente joseantoniano, hasta una década después de la derrota del nazismo”, precisa Santos Juliá. “No importa ahora sus nombres; importa únicamente que estos intelectuales, cuando fracasaron en sus proyectos de construcción del Nuevo Estado y se quitaron la camisa azul, elaboraron para explicar su pasado unas metáforas dirigidas a transmitir la idea de que no se habían contaminado con la miseria circundante”, concluye Juliá en el largo párrafo reproducido.
Cuando dice todo lo anterior parece estar refiriéndose a lo que hicieron los Laínes (en expresión de Francisco Umbral), aquel grupo de falangistas cultos, de expresión arrebatada, de ínfulas literarias, de vocación fascista, totalitaria, que luego se desencantaron del franquismo para finalmente hacerse demócratas. En general, escribieron memorias y, en este sentido, no ocultaron su pasado o la índole básica de sus recuerdos, pero sí que matizaron su colaboracionismo franquista. En todo caso, su acendrado y originario falangismo –una idea joven, noble y equivocada, según la versión más complaciente — no les habría permitido soportar la corrupción y la duración de aquel Régimen revestido de atributos joseantonianos, pero conservador y rutinario.
He pensado en el caso de Dionisio Ridruejo, justamente por estar leyendo la espléndida biografía que le dedica Francisco Morente. En el caso de Ridruejo quizá se resuma esa parcial represión del recuerdo, ese modo de aligerar el peso del pasado para soportar mejor lo que se ha sido. No se trata de que el personaje mintiera en sus memorias cuando hablaba de su transición personal –del falangismo a la democracia–, pues, como dice Morente, Ridruejo fue “el que antes y más fondo la experimentó, quien más arriesgó con ella, y el que con mayor sinceridad afrontó la revisión crítica de su propio pasado”. Es algo más sutil. Habiendo reconocido su falangismo fervoroso y fascista –cómo negarlo, si era un personaje público que empezó adquiriendo notoriedad al ser nombrado Jefe Nacional de Propaganda–, Ridruejo se las tuvo que ver con su papel en la represión: por ejemplo, nada más estallar la Guerra Civil, cuando era un joven dirigente del Partido en Segovia y cuando la violencia de la Falange local causó doscientos trece asesinatos extrajudiciales.
¿Cuál fue su actitud, ya que no responsabilidad directa? Ridruejo no elude su culpa en aquellas matanzas, dice Morente. “Conviví, toleré, di mi aprobación indirecta al terror con mi silencio público y mi perseverancia militante”, una perseverancia también de sus correligionarios, que hicieron de la utopía fascista la justificación moral del horror. Como ya se ha dicho, Ridruejo experimentó a lo largo de dos décadas un cambio ideológico y personal profundísimo, el que le llevó a ser un personaje incómodo para el Régimen y finalmente un demócrata… ¿La responsabilidad que pudo contraer como dirigente falangista queda saldada con ese mea culpa que puede hallarse en su autobiografía? Aunque reconoce su comezón moral por haber sido lo que fue, ¿reprime algo que no esté dispuesto a revelar, u olvida algo que oprimiéndole especialmente desaparece de su memoria?
El caso de Grass, pero también el ejemplo de Ridruejo nos llevan otra vez a interrogarnos sobre la facultad de la memoria, sobre esa función del aparato psíquico que nos es tan imprescindible y tan poco fiable. Vamos creciendo y nuestras vidas son recuerdos, evocaciones más o menos ordenadas de hechos que se nos agolpan y que no son necesariamente coherentes ni sucesivos, ni correlativos. Recordamos cosas importantes, pero retenemos también hechos menores, incluso irrelevantes, aspectos de nuestro pasado que no nos conmueven de manera especial y otros que son centrales, sin que esa importancia que les damos sea objetivamente reconocida por los demás. En nuestra memoria, sin embargo, no sólo hay reminiscencia de lo ocurrido, sino también fantasías de actos no sucedidos. Son los llamados recuerdos creadores, creadores en el sentido de que rellenan nuestra experiencia de circunstancias no acaecidas ejerciendo sobre nosotros una pequeña o gran influencia. Resulta paradójico que algo así nos pueda ocurrir, pero está constatado por los expertos (y por nuestra propia averiguación) que estas cosas –que no han pasado— pasan, desplazando el recuerdo de hechos ciertos. El resultado es una memoria personal poco fiable, pero necesaria para sobrevivir con una identidad más o menos firme y coherente. ¿Y…?
Antes que nada, recordar es recordarnos con congruencia añadiendo uno tras otro los hechos que nos han ido constituyendo. La garantía de su certeza es escasa, pero no tanto por la represión misma del recuerdo, sino por la resignificación que podemos darle, años después, a lo efectivamente ocurrido y evocado. Porque la memoria es sobre todo el sentido de las cosas, ese que damos a lo que recordamos. Ésta es la clave. Olvidar puede ser una tragedia personal, pero el auténtico problema es cambiar mendaz o inadvertidamente el significado del hecho. Algo ocurrió y justamente en ese momento le damos un sentido; muchos años después recordamos ese hecho pero con un significado distinto, creyendo, además, que el sentido que le otorgamos siempre ha sido el mismo. Éste es el problema. Madurar no es permanecer aferrado a la semántica infantil o juvenil, sino cambiar el sentido de las cosas sin olvidar cuál era el significado que tempranamente les dimos. Si esto sucede así, entonces no aseamos nuestro pasado –nuestros pasados– ni lo hacemos perfectamente coherente, sino que mostramos nuestros desencajes y confesamos el sentido distinto que esos pasados han tenido según la edad, según la circunstancia.
Es fácil decir estas cosas cuando la mayoría de nosotros no ha tenido que vivir en una circunstancia excepcional de horror o de abyección, cuando nuestras existencias son jornadas más o menos rutinarias llevadas con angustia o incomodidad, pero sin las graves, las radicales o las perversas decisiones que otros tuvieron que tomar hasta envilecerse. Eso no les justifica, pues hubo gente moralmente irreprochable cuando ellos se entregaban a la ignominia: en realidad, eso nos incomoda a nosotros. ¿Quiénes somos, efectivamente, nosotros para juzgar a quienes estuvieron de buen grado en el Infierno y regresaron después para salvarse? Hemos de juzgar desde un criterio moral (no hay aquí relativismo posible), pero, atención, revisando también nuestro propio pasado vulgar. El resultado puede ser sorprendente: verán cómo al final distinguiremos un repertorio más o menos grande de mentiras o una gavilla de significados fraudulentos y coherentes con los que nos hemos aseado. Lo siento.
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09.26.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:52 por jserna
No tengo que hacer gran esfuerzo para recordar el adoctrinamiento escolar al que fuimos sometidos bajo el franquismo quienes por entonces éramos niños. Pero he de poner gran empeño para transmitirlo a los más jóvenes, a todos aquellos que felizmente no vivieron algo así. Los responsables del adoctrinamiento pensaban que aquella operación tendría éxito y que, por tanto, seríamos intoxicados por la ideología… En el bachiller estudiábamos Formación del Espíritu Nacional. En dicha asignatura, el profesor de turno –siempre un falangista valeroso— se esforzaba en enseñarnos las Leyes Fundamentales del Reino, es decir, todo el entramado legal que el Régimen había ido elaborando a lo largo de décadas de enredo doctrinal.
No era una Constitución lo que nos regía y lo que aprendíamos, por supuesto. Tampoco era exactamente una Carta Otorgada. Era, por el contrario, una especie de Recopilación anacrónica, al modo de los repertorios borbónicos (el último, la Novísima Recopilación, de 1805), una colección de textos básicos preliberales que detallaban derechos y deberes. Al menos teóricamente. ¿Me preocupé por los contenidos de esa materia? ¿Me convencieron? Lo que más me interesaba de aquella asignatura era el sonsonete histórico con que nos anestesiaban, con que nos embotaban. Podías simular estar despierto, pero el bla-bla-bla, el atorrante sermón que iba y venía, te sumía en el estupor del sueño. De vez en cuando despertabas, sin embargo. Era cuando el instructor se dejaba llevar por el entusiasmo de la historia, un enardecimiento que le hacía remontarse a varios siglos atrás, cuando España era un Imperio y cuando el mundo estaba a nuestros pies, decía. Le notabas exaltado, con un cierto arrebato, hasta el punto de sonrojarse de dicha o de rabia, no sé. Lo que habíamos sido y lo que ya estábamos siendo gracias al Caudillo…
Hablaba del pasado en primera persona del plural, trasladándose propiamente a otro tiempo, como si hubiera protagonizado lo sucedido muchos siglos atrás, como si el relato que nos presentaba fuera el testimonio de aquello que él mismo había podido distinguir, en medio de la batalla. No tenía dotes para la dramatización: simplemente hablaba con exaltación o con desgarro de la invasión napoleónica o de la ocupación árabe, de Sagunto –en tiempos de la Hispania romana— o de Felipe II, de Viriato, el pastor lusitano, o de los Reyes Católicos. Era ciertamente un vaivén cronológico a través del cual nos mostraba el vigor o la extenuación de la patria, de una patria con esencia imperecedera. Si hablaba empleando la primera persona del plural era porque cualquier herida infligida a un antepasado remotísimo de los españoles contemporáneos era un ultraje cometido contra esa Nación. No había olvido posible y, tras largos siglos de decadencia imperial, nuestro profesor aún se dolía con rencor y con desdén del maltrato que ciertos Austrias y Borbones nos habían causado. De igual modo, un simple traslado a una época de esplendor guerrero le elevaba hasta la celebración castrense de nuestras tropas.
Pero, más que un vaivén cronológico, el relato con que aquel instructor nos sotaneaba era propiamente una huida: desde un presente de declinación que se aborrecía y que se agravaba en el siglo XIX. Al final, el recuerdo que guardo de aquellas clases de historia era el ahogo que nos ocasionaba. Era en realidad una negación de nuestro presente hipotecándonos con el fardo de lo heredado, de lo monumental y de lo anticuario. En efecto, era propiamente una muestra grotesca de lo que Nietzsche llamaba historia monumental. Los que la practican –en especial, los celosos guardianes de la Nación— están dispuestos a arruinar el disfrute del hoy a partir de un pasado glorioso que exhuman para amargarnos con pertenencias irrevocables. Pero era también un ejercicio risible de historia anticuaria, tomada en exceso, en grandes dosis: esa historia propia de aquellos que veneran lo antiguo para restar novedad, angustia e importancia al presente que nos contraría.
Para mostrar la irrealidad histórica en que estaba sumida la Falange de los años treinta, Manuel Penella nos recordaba la “fuerte nostalgia imperial” de aquellos primeros fascistas españoles, una nostalgia, sin embargo, “minoritaria”, añade. “Al afirmar que la plenitud de España es el imperio, los falangistas se ponían por modelo la España del siglo XVI. No se trataba de un modelo comprensible para la mayoría de los españoles, aunque –de acuerdo con la enseñanzas escolares—hiciese felices” a aquellos pioneros del fascismo español. Si entonces, en la década de los treinta, el regreso de aquella Hispanidad imperial con la que fantaseaban era una quimera enferma, ¿qué podríamos decir de ese ensueño muchos años después, cuando aquel falangista de mi infancia enrojecía de ira cada vez que recordaba la invasión napoleónica o la dominación árabe? Tiene razón Penella al juzgar así ese extravío histórico de José Antonio y sus conmilitones, pero creo que no es nostalgia de lo que estaban enfermos, sino de melancolía.
Jon Juaristi lo supo expresar muy bien en El bucle melancólico cuando se ocupaba de las ensoñaciones del nacionalismo vasco. Valiéndose de Freud, el filólogo advertía que lo propio de esas fantasías históricas no es la nostalgia: ésta es siempre el dolor por una pérdida real, el duelo que alguien experimenta al recordar un objeto material o personal desaparecido. Es como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros, como si nos hubieran amputado. En cambio, la melancolía es la dolencia que ocasiona la pérdida de algo no poseído. Es, por tanto, un dolor imaginario, un malestar sin etiología real. Que sea fantasioso no hace menos grave ese padecimiento.
De estas cosas, de las clases de historia que recibía en el franquismo, y de la melancolía como estado patológico del alma humana, me he acordado estos días al escuchar a José María Aznar. No quiero decir que el ex presidente sea un franquista agazapado o confeso o vergonzante, como algunos le reprochan: en realidad, lo que he pensado es que en Aznar sí que se cumplieron los sueños confusos, quiméricos y reparadores de aquellos falangistas. Imagino que, como yo, también el ex presidente debió de recibir lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tengo la impresión de que en él causaron un cierto efecto y que es esa historia monumental y anticuaria en la que acabó creyendo lo que ahora proclama. Aunque sea una pose, aunque sea un recurso, cuando habla de la invasión árabe en términos de reproche, de resentimiento, expresa una melancolía por una pérdida no padecida. Tal vez, Jon Juaristi –que es su asesor áulico, un Jon Juaristi refinado y culto— debería haberle advertido. En fin.
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Sobre las ideas históricas de José María Aznar, pueden leer mi artículo de hoy mismo en Levante-EMV También, la columna de Javier Ortiz
Sobre los libros de José María Aznar, véase esta reseña. Y ésta también.
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09.25.06
Posted in Especiales: La semana del franquismo, Fascismo, Franquismo, Historia at 9:39 por jserna
¿Hubo una vía estética hacia el fascismo? ¿Hubo una vía estética hacia el falangismo? He acabado de leer La Falange Teórica (Planeta, 2006), de Manuel Penella. Este libro es históricamente correcto, aunque se maneje con una bibliografía demasiado concisa y aunque al final deje caer alguna conclusión muy desacertada. No es el único, desde luego, que trata este asunto en España: ahí está también el libro de Jordi Gracia… Pero la lectura del volumen de Penella me sirve ahora para recordar, setenta años después del inicio de la Guerra Civil, cómo se formó por la vía estética el fascismo español, cómo se creó la corte literaria de José Antonio Primo de Rivera, cómo un grupo selecto de jóvenes universitarios u obreros, culturalmente mal acomodados, insatisfechos y desazonados con su tiempo, creyeron constituirse en vanguardia de su época frente a la inminencia bolchevique, frente a una realidad cierta o fantaseada de la que sentían su amenaza u hostigamiento. Ya lo sabemos: el fascismo italiano nacía después de la Gran Guerra, con veteranos de difícil regreso, con desempleados, con un movimiento obrero pujante y amenazador…
“Tanto el fascismo como el nazismo se habían nutrido de grandes contingentes de soldados desmovilizados que, al volver a sus lares, encontraron todo peor que antes, sin ninguna compensación”, nos recuerda Penella. “Muchos de esos hombres, todavía muy jóvenes, se vieron sin ningún horizonte vital y, por lo tanto, en situación de añorar la vida militar (…). Los mismos hombres que habían arrasado las aldeas belgas y francesas, los mismos que habían dejado las calles sembradas de cadáveres y de botellas vacías (…) no se consideraban unos bárbaros. Actuaban por una idea, al amparo de un patriotismo extremo. Esos hombres jóvenes pero ya curtidos en hechos de armas fueron los que sirvieron de fundamento a Musolini y a Hitler”, señala Manuel Penella.
Los falangistas nacieron en un país que no había tenido nada de eso, cosa que no les impidió forjarse su propia realidad, una poesía entre cursi y grandilocuente que añoraba la Hispanidad, un Imperio a restaurar… Admiraron el coraje de sus colegas italianos, aquellos fascistas uniformados, su escuadrismo, la dialéctica de los puños y las pistolas, la poesía arrebatadora que exalta y que empuja, que eleva y que lleva más allá de la vida muelle del burgués. “José Antonio”, dice Penella, “disfrutaba con el trato de estos escritores” españoles, castellanos viejos, muchos de ellos, que él consiguió atraer a su causa. ¿Por qué razón buscaba la proximidad intelectual? “Porque, a diferencia de su padre, quería sentirse arropado por los intelectuales”, añade Penella.
Sin embargo, aunque uniformados y ataviados con correajes y símbolos militares, los falangistas no venían de una guerra; y aunque eran jóvenes la mayoría de ellos no disponían de titulación universitaria: como mucho eran estudiantes en formación que envidiaban a los escuadristas italianos cuando éstos cantaban Giovinezza o exaltaban el cuerpo y el deporte al modo de la culura precristiana. Los falangistas, en cambio, solían ser creyentes, incluso beatos, con un sentido social…, cosa que no les frenó para ejercer la violencia propia de los jóvenes, cosa que no les contuvo a la hora de la represión que impuso el franquismo. Ahora bien, esa limitación –el ser fervientes católicos, a su manera– les salvó de la fiebre más exaltada y, desde luego, su acomodación al régimen de Franco les impidió construir exactamente el Estado totalitario o Imperio como el que soñaron con su retórica enardecida, cuando creían reproducir la poesía exasperada del primer fascismo, aquel que se había inspirado en la elocuencia alegre y combativa del futurismo. Si abandonamos el falangismo y regresamos al germen del fascismo, podremos apreciar las diferencias doctrinales, algunas de las cosas que comparten estéticamente y, sobre todo, para nuestra sorpresa, el gran número de motivos que el futurismo legó a la cultura de masas de nuestro tiempo.
El Manifiesto futurista de Filippo Tommasso Marinetti fue, en efecto, el cimiento de lo que después vendría. Se publicó en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Formado como hombre de Leyes, de orden y de contención, Marinetti se consideró, sin embargo, un creador, alguien dotado para el empeño, para el genio. Fue el suyo el riesgo de la poesía y quiso hacer de la escritura literaria un acto de fundación y de impugnación de lo real. O mejor: quiso enfrentarse a la realidad acomodaticia concibiendo un mentís popular (es decir, antiburgués) y elitista (esto es, vanguardista); quiso pensar un movimiento moderno (vale decir, admirador del progreso técnico) y bárbaro (en otros términos, violento, agresivo).
Desde 1919, su adhesión al fascismo fue estrecha y sin dudas. Su más célebre contribución a la cultura fascista sería ese temprano Manifiesto, un texto literario fundacional y fundamental del siglo XX. Allí se recogen algunas de las audacias a que se creyeron convocados los futuros fascistas y allí se resumen algunas de las catástrofes estéticas y éticas de la pasada centuria. Nace ese texto en un momento de conciencia decadente, tras la Europa finisecular que se juzga sumida en un declive. Nace en el momento mismo de las vanguardias, cuando la provocación eufórica, el arrojo aristocrático, el repudio de lo burgués –de evidente resonancia nietzscheana– son actitudes que se extienden entre los creadores e intelectuales. En su letra está el tópico de la decadencia, pero está también el vértigo de la velocidad, del porvenir. El progreso no puede frenarse por los patrones contemporizadores: ha de expresarse sin trabas con la tecnología que avanza y nos hace avanzar. Los hombres del futurismo no se arredran, no se contentan con la vida de provincia…
Queremos cantar el amor al peligro, habituarnos a la energía y a la temeridad, dice el primer punto del Manifiesto. Esa forma de vida, vivir peligrosamente, es la muestra de un coraje, de la audacia, de la rebelión, que es un modo de existir y es a la vez una manera de hacer poesía, hacer de la vida poesía, afirman rotundamente en su segundo punto. Durante mucho tiempo, la literatura se conformó con el sedentarismo creativo, aquel que produce pensamientos inmóviles, aquel que es fruto del éxtasis y del sueño. Ahora, por el contrario, ha de exaltarse el movimiento agresivo que está en el hombre, el desvelo, la fiebre de quien no se acomoda, la carrera, el salto mortal, la bofetada, el puñetazo, añaden.
Ese movimiento es, además, algo artificial, producido por la máquina, algo que es hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido, parafraseando a Marinetti, que sí: que un coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”; que un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Por eso, el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza.
Al fin y al cabo, la obra bella no es un producto involuntario o previo o estático, sino fruto de la energía agresiva de quien compone y rehace por encima de los obstáculos que se le oponen. Por eso, lo más poético es la violencia de quien se enfrenta a lo desconocido para obligarle a postrarse. Pero esto no se dice en abstracto, sino en una centuria de avance, en lo más alto de los siglos, en una época que a la vez derriba los límites del tiempo y del espacio, una época que vive con el vértigo de la velocidad y del empuje.
Es por eso por lo que la guerra es la máxima expresión de ese brío, de ese coraje, un arresto masculino que desprecia todo utilitarismo, todas blandura femenina, el sedentarismo de los museos y del patrimonio acumulado que ahora nos arrancamos de cuajo. Es ésta una energía que no es sólo la del individuo temerario, sino la de las masas agitadas por la conmoción del trabajo y del placer, ejemplo máximo de esa energía, moderna e industrial: los arsenales y las canteras, las fábricas humeantes, los puentes que se estiran como gimnastas, las locomotoras de acero, los aeroplanos…
Es ésta, en fin, una proclama italiana y mundial, que expresa y exalta una violencia arrolladora, incendiaria, la que ha de extirpar esta “fetida cancrena di professori, d’archeologi, di ciceroni e d’antiquari”. “Noi”, dice Marinetti de la nación, “vogliamo liberarla dagli innumerevoli musei che la coprono tutta di cimiteri”.
Uf, leo lo anterior, una paráfrasis del Manifiesto, y me impresiono: yo pertenezco a esa gangrena de profesores que se ocupan del pasado, de lo viejo, de lo antiguo, de lo que se acumula en los museos y de lo que se pudre en los osarios de la historia. Frente a los viejos –dice el futurismo, dirá el fascismo, dirá el falangismo– están esos jóvenes que no temen el riesgo y que aman la velocidad, que se enardecen con la máquina y que quieren hacer compatible la violencia y la creación. Uf, el tema del siglo…
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09.22.06
Posted in Cataluña, Democracia at 9:50 por jserna
22, 23 y 24 de septiembre de 2006
Es increíble que todo esto se repita y que desde hace tres años el Partido Popular siga atascado en idénticas cuestiones, en idénticos asuntos, en idénticos protagonistas, dando vueltas sin parar. Podría hacer pasar como dictamen de ahora lo que yo mismo escribiera en 2004. Podría retocar aquí y allá lo publicado para presentarlo como una valoración de hoy. Pero no lo haré. Por un lado, me siento apenado y ufano. Apenado, porque deseo un Partido Popular que no se atore…, un Partido Popular dispuesto a ganar las elecciones sin enredos, sin gatuperios, sin estar encallado entre extremistas, internos y externos. Ya analicé, por ejemplo, el lenguaje incendiario de este último (en noviembre de 2005): recordarán que Vidal-Quadras proponía perseguir a Rodríguez Zapatero por alta traición. Ahora, Pío Moa, que suele reprochar al PP su debilidad, regresa sobre semejantes argumentos pero en términos aún más apocalípticos en algunos comentarios de su bitácora: los días 20 y 21 de este mismo mes, sin ir más lejos. Si la principal organización opositora reparte sus críticas con tanta perturbación, con perfecto aturdimiento, entonces el Gobierno se crece, lo haga bien, mal o regular. Para los comicios venideros espero y deseo que nadie obtenga la mayoría absoluta y que, por tanto, el ganador precise el apoyo parlamentario de otros grupos para sumar escaños y para aprobar leyes.
A la vez, me siento ufano, porque veo cómo se confirman mis previsiones, mis diagnósticos. No hacía falta tener una gran agudeza o un fino vislumbre para acertar con lo que ahora está pasando. Desde 2004, el PP no remonta su derrotero y su desconcierto. Se les ve como una opción de tardíos reflejos, sometidos durante meses a la iniciativa estratégica que marcaba el Gobierno socialista. Al margen del acierto o desacierto del Gabinete, sus medidas sorprendieron a los populares, que se veían forzados a adoptar una política de protesta ruidosa escasamente acorde con los principios liberales en los que dicen inspirarse. De hecho, la política y la teoría de sus correligionarios europeos no se basa precisamente en el pancarteo, en el callejeo. Ah, y no vale decir que no fueron los responsables del Partido Popular quienes convocaron esas manifestaciones; no vale decir que fueron organizaciones de la sociedad civil. Eso es una patraña mediática, pues la agitación de los partidos, de todos los partidos, pasa también por delegar en asociaciones afines. “Alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad”, que decía aquel personaje de película. El caso, insisto, es que el PP no remonta desde su caída y aturdimiento. ¿A causa de qué?
¿A causa de aquella atrocidad que a todos sacudió, aquel espantoso 11 de marzo? Creo más bien que se debe a la ceguera voluntaria de algunos de sus máximos dirigentes, empeñados en intimidar a su electorado de centro. El caso de Josep Piqué, por ejemplo, es bien ejemplar: acosado entre otros por Alejo Vidal-Quadras, ha de sortear como puede la celada que le han tendido, pero también su inminente, su cantada derrota electoral. Genial la trampa en que han metido a Piqué: si adopta el estilo duro y la estrategia explosiva de Acebes and Co. perderá estrepitosamente en Cataluña siendo desplazado por sus correligionarios más graníticos, más berroqueños. Si adopta un estilo batallador y negociador a un tiempo, alejándose del vocerío incendiario de Vidal-Quadras, entonces será objeto de críticas en el seno de su propio partido o en las proximidades, en esa vecindad incómoda de Ciutadans, que le harán pagar los malos resultados electorales (o ahora demoscópicos) que su partido obtenga. Nunca lo atribuirán a la estrategia general del PP de Rajoy, sino al propio liderazgo de Piqué, insuficiente, escaso, implícitamente pactista, frente a la defensa de los principios. Es, justamente, lo que Jiménez Losantos le reprocha desde hace meses, muchos meses, un Jiménez que vigila y condena a quienes no dan la murga un día y otro también con las revelaciones de El Mundo. Y Piqué es templado… A un político, como sabemos desde Max Weber, no se le pide que sea creyente y defensor de convicciones firmes, al estilo de Vidal-Quadras, dispuesto a atizar el rescoldo, sino responsable y negociador. ¿Qué le quedará a Piqué cuando pierda las elecciones, cuando su partido obtenga magros resultados?
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Lean este artículo de Manuel Martín Ferrand sobre Josep Piqué, en Abc.
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09.21.06
Posted in Scriptorium, La felicidad de leer at 8:54 por jserna
Iniciamos hoy una nueva sección que periódicamente incluiré en el blog. La titulo Scriptorium. Ya sé que ese rótulo no es muy original y que juega con la ambivalencia. Serán textos, pasajes, citas propiamente, de autores en los que hallamos una reflexión de interés. Reproducir esas palabras prestadas no es hurto o ratería, sino una forma de homenaje a una idea que vale la pena. No se trata de festejar a este o a aquel autor, sino de rescatar opiniones fundadas. Pero para nosotros será también una manera de alejarnos un poco del ruido mediático, del estrépito de la actualidad informe.
Hoy empezamos con una selección de aforismos de Joan Fuster, referidos en este caso a la palabra, al hecho de leer y escribir, aspectos que forman parte de la tarea habitual del blogger. En el Fuster ensayista, reflexivo, aforístico he hallado trozos, restos de pensamiento, juicios taxativos, en ocasiones contradictorios, que aluden a la labor ímproba que se propone quien escribe porque lee. ¿Leer nos aleja de la vida? “Las pocas lecturas apartan de la vida; las muchas nos acercan”, indicaba Fuster con gran tino. O como había dicho André Gide en un aforismo de su propio Diario: “leo demasiado; todo eso fermenta”.
“Sólo me preocuparía, en último término, que el laconismo obligado o la poca maña de algunas frases dejasen al lector más perplejo que persuadido”, añadía Fuster cuando tuvo que presentar su primer libro de aforismos. “Si hay algo que me repugne es parecer sibilítico o confuso. Confío, sin embargo, en que, cuando alguien no acierte a adivinarme el sentido justo, aún le quede la posibilidad de inventarse una interpretación benévola. Lo aceptaré como una penitencia”. No hay penitencia leyendo estas escurriduras de Fuster: quizá nos ayuden a entender mejor, a entender por qué ustedes y yo escribimos en este scriptorium. Estos aforismos, sobre cada uno de los cuales podríamos debatir, proceden de su libro Consells, proverbis i insolències. (Barcelona, Aportació Catalana, 1968). La traducción que ahora leen es la que hicimos Encarna García Monerris y yo mismo para la antología del autor en Espasa con el título de Nuevos ensayos civiles (Madrid, 2004).
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1. Un hombre feliz no siente necesidad de expresarse.
2. Todo depende de la palabra.
3. La palabra fue dada al hombre, no para revelar, ni para ocultar, sus pensamientos, sino para justificarlos.
4. Cada palabra es ya, en sí, una perífrasis.
5. Consejo a mí mismo.— Que cada palabra tuya sea, al menos, una reticencia.
6. Todas mis ideas son provisionales (Pero que conste que no lo digo con orgullo).
7. Reflexionar –parece que la propia palabra lo diga— es tanto como reflejar. ¿O como reflejarse?
8. Piensa –sobre ti mismo, sobre el mundo, sobre cualquier cosa–, y te sentirás distinto de los demás: la reflexión aísla.
9. Sólo decimos –¡y escribimos!— lugares comunes: de otra manera no nos entenderíamos.
10. Como no me atrevo a decir lo que pienso, me esfuerzo en decir lo que debería pensar.
11. Lo peor del plagio no es que sea un robo, sino que es una redundancia.
12. En el arte como en toda actividad, conviene imitar mientras sea posible. Sólo cuando no haya más remedio resulta tolerable ser original.
13. Todo lo que yo ahora pienso y escribo lo ha pensado y lo ha escrito mucha, muchísima gente, antes que yo. Si no fuera así, no tendría mérito.
14. Es sorprendente cuántas simplezas podemos decir por nuestra cuenta –y lo que me parece peor: con la conciencia tranquila–, amparándonos en la cita de un autor ilustre.
15. Sólo hay una manera seria de leer, que es releer.
16. La primera obligación de un escritor es la de hacerse leer.
17. Las pocas lecturas apartan de la vida; las muchas nos acercan.
18. Literatura “engagée”.—Me parece que todo lo que no es literatura de resentimiento es sólo literatura de consentimiento.
19. Es triste no haber contado con un crítico implacable cuando más lo necesitábamos.
20. Mi posteridad será de papel.
21. ¿Y no será que todos somos unos personajes apócrifos?
22. Y después de todo, ¿qué? Nos hemos de morir. No hay más remedio.
23. Y morir debe de ser dejar de escribir.
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09.20.06
Posted in Religión, Democracia at 9:20 por jserna
Hubo un tiempo –nos dijo Borges— en que “bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo— para embelesar a los hombres”, formas nuevas de religión política; hubo un tiempo –añadía tristemente— en que sólo podía aventurarse un porvenir odioso, el de hombres resignados a las empresas más atroces: las de los guerreros (esos guerreros que empuñaban la espada en defensa de la fe). Cuando así se expresaba Borges, las nuevas religiones políticas habían convertido Europa en un campo de batalla y algunos de los espíritus más finos, templados y cultivados recaían una y otra vez en la fatalidad. Los continentales eran tan feroces y sanguinarios que el diagnóstico sólo podía ser pesimista. La Europa violenta del pasado, la de las guerras de fe, no tenía remedio: regresaba bajo la forma de la religión política.
Años después, evaluando su propia vida y el pecado del siglo, George Steiner nos daba un balance pavoroso. Según su escrutinio, “estimaciones moderadas sitúan en torno a los 75 millones el total de hombres, mujeres y niños acribillados a tiros, bombardeados, asfixiados en las cámaras de gas, muertos de hambre, sacrificados en las deportaciones, reducidos a la esclavitud y la hambruna entre 1914 y el cierre de los gulags”. Después de toda la atrocidad de que hemos sido víctimas y testigos en este tiempo; después de la crueldad que se ha infligido y que obscenamente han exhibido los mass media durante el siglo pasado, ¿hay alguna razón para el optimismo, para la templanza?, se preguntaba Steiner ¿Podemos dispensar algún crédito al género humano, entregado como está a todo tipo de excesos fanáticos? ¿Hay algo parecido al progreso material y moral?
Si el siglo pasado ha sido el de mayor desarrollo y, sin embargo, ha sido también el de la organización industrial de la muerte y el exterminio; si la cultura no nos ha distanciado suficientemente de la banalidad, de la perversidad; si la educación académica ha sido frecuentemente derrotada por lo trivial y por la imagen adocenada, ¿no deberíamos abandonar el presente para regresar a la naturaleza, al recogimiento del viejo creyente, arraigado y ajeno al mundo? Algo así parecen entenderlo, por ejemplo, aquellos que, firmes ante el avance de las multinacionales, deploran la globalización por ser arrasadora de lo peculiar, de lo irrepetible, de lo que nos distingue.
“Cierren un momento los ojos e imaginen la vida antes del cloroformo”, les decía el creyente C. S. Lewis a sus alumnos. El cloroformo no fue sólo un avance material; fue sobre todo y principalmente un logro moral, un instrumento de elevación espiritual, un remedio universal contra el dolor. Cierren un momento los ojos –podríamos ahora parafrasear a Lewis— e imaginen la vida antes de la Ilustración, de la tolerancia, de la democracia parlamentaria; imaginen la vida antes de que se decretara la educación universal y obligatoria; imaginen la vida antes de que se reconocieran los derechos de ciudadanía, aquellos que Thomas Marshall enumeró (civiles, políticos y sociales). Cierren los ojos e imaginen lo que pudo ser la vida de nuestros antepasados, cuando las mujeres carecían de visibilidad pública, cuando las minorías sexuales no se aventuraban a salir del armario, cuando el otro, el inmigrante, el bárbaro sólo eran esas figuras con que se amenazaba nuestra identidad estable. Cierren los ojos, en fin, e imaginen lo que pudo ser la vida de aldea, esa apacible vida de aldea comunitaria, religiosamente coherente, sin interferencias externas, sin turismo arrasador, sin antenas parabólicas ni Internet.
La marcha de nuestro tiempo está llena de claroscuros, de atrocidades y de banalidades, pero también de conquistas razonables, de hallazgos civilizados. ¿Alguien se cree capaz de regresar a una época sin democracia, sin reconocimiento de libertades, con varones satisfechos y arrogantes y mujeres invisibles, con clérigos ufanos, con masas dóciles y abnegadas, carentes de derechos y de ilustración? Se objeta a Occidente su hegemonismo cultural e incluso su vocación imperial, interventora. Tengo para mí que hay que pedir mayor intervención, que hay que luchar por una globalización verdaderamente universal de modo que ya no sea posible invocar la peculiaridad tribal y la fe contra el relativismo.
El Papa merece nuestro apoyo frente a las amenazas de los fundamentalistas, frente a los islamistas que nos quieren hacer regresar al pasado. No hay derecho, no. Pero del Papa esperamos más ecumenismo y menos proselitismo, menos religión y más razón, esa cualidad que nos hace humanamente orgullosos. Lo decimos quienes hemos abandonado la comunidad de los creyentes y quienes apreciamos el materialismo, el laicismo e incluso las formas suaves de relativismo: ismos que fueron bandera contra el poder de la Iglesia. Quién lo diría…
Ahora, algunos purpurados deploran la actitud cobarde de los intelectuales occidentales ante el acoso que sufre el Papa. Es curioso: se reprocha a la descreída Europa la falta de un apoyo claro frente a la acometida bestial que emprenden los creyentes más fanáticos. A la Europa hedonista, materialista, siempre se le reprende por todo: por las violencias del pasado –esas que tuvieron en la religión uno de sus nutrientes– y por el relativismo de hoy.
Hace año y pico, cuando daba comienzo el Cónclave que debía escoger al nuevo Papa, el cardenal Joseph Ratzinger ofició la misa previa. Para entonces ya era uno de los favoritos para alcanzar la silla de Pedro. Aquella homilía que pronunciara Ratzinger fue durísima y empezó atacando la “dictadura del relativismo”. El cardenal arremetió no sólo contra el relativismo, sino también contra “todos los vientos de doctrina que hemos conocido en estos últimos decenios”. ¿Qué vientos eran estos que habían oreado el espacio de la comunidad creyente? Numerosos. “Cuántas corrientes ideológicas, cuántos modas del pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada por estas olas, que van de un extremo a otro, desde el marxismo, al liberalismo, pasando por el libertinaje, al colectivismo, al individualismo radical, desde el ateísmo al un vago misticismo religioso”, dijo el cardenal. “Tener una fe clara, según el credo de la Iglesia, a veces es etiquetado como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar de un lado otro por cualquier forma de doctrina, aparece la única manera de comportarse en la actualidad”, afirmó Ratzinger.
Vaya, vaya. Pues ahora parece que los vientos que agitan la pequeña barca del pensamiento y de la vida no son los ismos de la secularización, sino el vendaval furioso que sopla desde la creencia más firme, desde el fanatismo. ¿Qué? ¿Y si el Papa dejara ya de satanizarnos, a nosotros, a quienes profesamos el individualismo y el ateísmo?
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Lea otras tribunas de JS sobre religión, ateísmo y el Papa…
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Se desata en la Red el aplauso a Herman Terstch, casi el único periodista español que habría defendido al Papa frente a los cobardes. Es muy dado el propio Terstch a creer en su superioridad moral, a juzgarse muy por encima de los demás. Tuve oportunidad de analizar su concepción ideológica en una entrega anterior, que ahora pueden leer o releer.
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09.19.06
Posted in Comunicación, Internet at 9:06 por jserna
¿Son los blogs el diario del futuro? Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Por lo que parece hay muchos bloggers que aspiran a convertirse en fuente de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación.
Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso y esa abundancia (que ahora se han multiplicado hasta el vértigo) pueden generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo pueden provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.
Pero volvamos a las bitácoras. ¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias que hay entre el diario tradicional y los blogs? En principio, ya lo sabemos, las bitácoras son un medio de expresión del yo y un medio de comunicación verdaderamente interesante: ofrecen la posibilidad de enunciar y de enunciarse, de enjuiciar y de enjuiciarse, así, a bote pronto, al calor de la actualidad, según el instante mismo en que nos ocurren las cosas y en que las observamos. Alguien, un espectador, asiste al escenario contemporáneo desde un observatorio que es íntimo, local y, a la vez, universal, y lejos de reservar para sí lo que ese espectáculo le causa lo escribe al alcance de todos. Se muestra, pone al servicio de sus lectores lo que juzga o cree o sospecha. Los visitantes o usuarios de esos cuadernos de bitácora –ustedes mismos– pueden, a su vez, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca.
La ventaja de este medio es que transmite información, pero también algo de la intimidad intelectual (si se puede decir así), algo de opinión: es siempre un individuo el que se manifiesta y no una empresa de comunicación. Ahora bien, justamente porque son una especie de diarios personales expuestos al público es por lo que el responsable del blog no necesita –ni tiene por qué– acreditar la verdad de lo que escribe o de esas noticias de las que da cuenta, esas informaciones que comenta. Sus visitantes, es decir, comentaristas que opinan sobre las ideas del blogger pueden, además, expresarse sin identificarse, emboscados tras un nick. ¿Cuál es el resultado? Por un lado, permite que lo que se evalúa por los otros lectores sea la pertinencia o impertinencia de una opinión, la justeza o no de unas ideas, más allá del respeto que merezca un nombre. Al adoptar un alias, las palabras corren anónimamente y eso permite una gran libertad de opinión, exorciza ciertas prevenciones, pero en algunos facilita también la irresponsabilidad o el energumenismo. Es probable que juzgar sin tener que avalar esas palabras con un nombre propio tenga un gran valor para muchos en la medida en que la audacia expresiva o la temeridad verbal sin censura desinhiben. Pero no es menos cierto que las máscaras, las máscaras de que se valen esos internautas llamados Trolls permiten las osadías, el ruido informativo, las calumnias, el chismorreo irresponsable, el cotilleo, el amarillismo.
Y, así, estos calumniadores, que suelen estar aquejados del malhumor reinante en la prensa española, aumentan la crispación electrónica que ya está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales. Gente en la Red que parece mostrarse irritadísima insultando a quienes se les oponen por ideas o por inclinación: muestran una especie de desgarro personal, hasta un punto difícil de creer. La gente no puede vivir con ese desabrimiento patológico. Ellos creen manifestar opiniones contundentes, pero lo suyo es la hosquedad y la aspereza de quienes se sienten impostores (y encima lo llevan muy mal). “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”, decía Vladímir Nabokov al principio de Opiniones contundentes, aquel libro en donde reunía algunas de sus entrevistas. Eran las suyas, desde luego, respuestas terminantes de quien se sabía inteligente y debía soportar con paciencia y entereza la estulticia que le rodeaba. Nabokov fue arrogante, pero su soberbia intelectual no le impidió ejercer el trabajo más modesto: leer, informarse, documentarse, dotarse de noticias suficientes para fundamentar esas opiniones. Si se interrogaran sobre sí mismos, es probable que muchos de nuestros periodistas más amarillos y muchos de nuestros calumniadores electrónicos respondieran de modo semejante a Nabokov. O no, con una pequeña diferencia. Dirían algo así como… pienso como un genio, escribo como un genio y hablo como un genio. Los demás, cuando escribimos en el blog o cuando publicamos en prensa, intentamos seguir a Nabokov en lo que mejor nos supo enseñar: leer, informarnos, documentarnos, dotarnos de noticias suficientes para fundamentar nuestra opiniones… nada contundentes.
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Pueden leer también “Polución informativa”, artículo de JS en Levante-EMV, 19 de septiembre de 2006
Ilustración: Antón, Carol, Título: “Gritos” (2005). Óleo sobre tela.
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09.18.06
Posted in Cataluña, Democracia at 8:45 por jserna
¿Era preciso hacer ese cartel? ¿Era imprescindible enfrentar la contienda electoral catalana con ese señor en cueros, algo entrado en carnes? Le faltan quizá algunas sesiones de gimnasio para aligerar esa flacidez: yo estoy en ello… Cuando se presentó el primer Manifiesto de Ciutadans ya tuve oportunidad de pronunciarme a propósito del pijismo que se les atribuía: “pese a lo que ha dicho Felip Puig, portavoz de Convergència i Unió, no es rigurosamente cierto que la empresa de crear un nuevo partido no nacionalista en Cataluña sea una iniciativa pijo-progresista”. Es más, añadí, “quiero pensar que los pijos de Cataluña son otros: son los amos de las fábricas, los especuladores del capital financiero, los constructores, los retoños o los nietos de aquellos burgueses rapaces y codiciosos que tan brillantemente retrató Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta (al que, por cierto, no veo entre los firmantes del manifiesto). O eso quiero creer: que los auténticos pijos se parecen a los ideados por el novelista. Que a Boadella, a Azúa o a Espada les guste vestir bien no les hace inmediatamente burgueses. Se han hecho retratar en los soportales, supongo, de la plaza barcelonesa en la que presentaron el manifiesto. Se les ve cómodos, como un grupo de amigos, de camaradas o de colegas a la salida de un curso de verano. Que para la fotografía de grupo la mayor parte de los varones se hayan puesto un indumentaria desenfadada, ropa easy wear, atavíos de entretiempo o, mayoritariamente, americanas beige, no les convierte en el retrato de la gente fina y principal, esa que amasa fortunas en la oscuridad o en las covachuelas del poder, sin afectación ni ostentación”.
Frente al pijismo de marca o de entretiempo o de paño fresco, veo ahora la desnudez adánica de quien empieza desde cero. Semanas atrás ya tuve oportunidad de comentar lo que me parecía ese adanismo que ahora encarna Albert Rivera, el candidato al Parlament que sustituye a Albert Boadella o a Arcadi Espada. Algunos analistas malintencionados hablaron de que los intelectuales abandonaban el barco, de que no querían medirse en los comicios, temerosos tal vez de ser batidos por los políticos rutinarios y corrientes. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria de intelectuales. Me decía: creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. Por adánico, precisamente. No quieren capitalizar el respaldo mediático, añadían. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años (ahora de 27), como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro. ¿Le hacían ascos al respaldo mediático?
“Huiremos del dogma izquierda-derecha”, dijo Rivera en El Mundo del 10 de julio de 2006, y ahora vuelve a repetir. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admitía con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé. El Mundo insistía en que este dirigente era y es un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral o una virtud cívica. No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayaban algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”…, desnudos.
No les importa, dice ahora el cartel de Rivera, dónde ha nacido cada uno. Tampoco qué lengua habla. En lo penúltimo veo una coincidencia con lo que yo planteaba: “no nos importa qué ropa vistes”, añade Rivera. Lo dije tiempo atrás y ahora veo que concuerdan. No son pijos, no les importa la ropa que vistes. Ayer, domingo 17 de septiembre, Arcadi Espada hacía hermenéutica de ese póster y nos recordaba lo que señaló el publicista al que se le ocurrió la idea: hay que “tener cuidado con la arrogancia, con la juventud, con la fuerza, con la candidez y con el erotismo. Algo de todo eso, pero sin que predomine nada”. Nada. ¿Cómo que nada? “Lo consiguieron”, añade el periodista catalán. “Predomina el adanismo”, que no es cicciolismo, apostillaba Espada. ¿Por qué razón? Porque “esto de Rivera es más humilde y más civil: un candidato que se quita la camisa. Y que deja a los otros en metáfora picada”, sin slip, ya ven. Eso decía Espada, adversario de las metáforas. En realidad, la metáfora no es ésa. La imagen es la del ombligo, como bien nos advirtió el más serio estudioso del nacionalismo: Ernest Gellner.
En su libro Naciones y nacionalismo nos recordaba que en el discurso esencialista es fundamental el mito del origen. De lo que se trataría es de rastrear la raíz primigenia de un agregado que siendo contingente se presenta como una comunidad necesaria, como una comunión permanente (Catalunya, mil anys enrera, por ejemplo). Justamente por eso, por la irrealidad del atavismo nacionalista, Ernest Gellner se preguntaba con guasa: ¿tienen ombligo las naciones? Si el nacionalismo es un fenómeno moderno, ¿hasta dónde cabría remontar la historias de la nación proclamada y evidente? Tomemos el caso bíblico, nos dice Gellner. Por ser el origen mismo del hombre, una humanidad creada por Dios, Adán carecía de ombligo: no le habían cortado cordón umbilical alguno. Aunque, ahora que lo pienso, Adán sí que tenía sus atributos sexuales y sólo fue al caer en pecado cuando el primer hombre se tapó sus vergüenzas, como el Albert Rivera de la fotografía. Pero…, uf, vamos a dejar las metáforas.
O no, porque no acaban ahí las paradojas. Los más célebres cómicos catalanes –de soca i arrel o importados–, Albert Boadella y Pepe Rubianes, son muy mal hablados, dicen cosas feas y escandalizan los oídos castos de España y del Principado. ¿Triste espectáculo? No es eso lo que deploro expresamente: lo que lamento es que ambos sólo se arropen con metáforas obvias, no sé si adánicas, pero sí primitivas y complementarias: uno dice desear que le revienten los huevos a España, a la España eterna; y otro pide los tanques para frenar el separatismo de la Cataluña que quiere separarse por huevos. Qué espectáculo: un día va y se desnudan de verdad enseñándonos los… ombligos.
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09.15.06
Posted in terrorismo, Historia at 9:39 por jserna
15, 16 y 17 de septiembre de 2006
En la primera época de este blog discutí un día, amistosamente, con Rogelio López Blanco. Rogelio es un excelente lector y publica reseñas enjundiosas en El Cultural, de El Mundo, acerca de historia, política y terrorismo. No hay novedad que sobre estos temas aparezca que no reciba un tratamiento serio por parte de este refinado estudioso. Debatí con Rogelio López Blanco a partir de la recensión que él había hecho sobre un volumen circunstancial y analítico publicado por Espasa: Terrorismo y democracia tras el 11-M, de Edurne Uriarte. La reseña que escribió López Blanco era breve pero tenía las líneas suficientes para ensalzar a la autora vasca, para celebrar sus arrestos a la hora de enfrentarse al terrorismo local. Más aún, a Rogelio, la lectura de aquel volumen le había demostrado el coraje de Uriarte: no se dejaba llevar por lo políticamente correcto. Así, el libro mencionado sería un ejemplo, como lo serían las columnas que regularmente publica en Abc. Pues no, lejos de compartir ese juicio, yo criticaba a Uriarte. No era un volumen especialmente documentado: parecía más bien escrito con premura con el fin de destinarlo a un público ávido de informaciones sobre la violencia; pero sobre todo parecía un libro lastrado por un fallo argumentativo, lógico.
Como digo, me parecía cuestionable su escasa documentación para abordar un fenómeno muy complicado, que tiene detrás una bibliografía que crece día a día. Uriarte citaba a Walter Laqueur (La guerra sin fin) o a Rohan Gunaratna (Al Qaeda) o los volúmenes de otros pocos especialistas entonces en el mercado. Pero si leemos estos libros, o el de Fernando Reinares y Antonio Elorza (El nuevo terrorismo islamista), o estudiamos las obras de otros expertos en el mundo islámico o en fundamentalismo o en terrorismo, como Bernard Lewis (La crisis del Islam), Jasón Burke (Al Qaeda) o John Gray (Al Qaeda y lo que significa ser moderno), cosa que hicimos, entonces se advierte la precariedad del texto de Uriarte, con escaso aparato bibliográfico, insisto, con una única tesis fuerte: aquella según la cual el terrorismo no tiene causas, aspecto éste en el que coincidía con un autor insólito, Alfredo Urdaci. En su libro exculpatorio y retador, Días de ruido y furia, el antiguo director de los Servicios Informativos de TVE decía algo semejante, aunque con menor refinamiento: es la izquierda la que habla de causas del terrorismo sólo porque hay gente que piensa que “detrás de un suicida o de un pistolero existe una razón, y por tanto una causa justa”. En fin…
En el contexto en el que se inserta Edurne Uriarte, decir que el terrorismo tiene causas parece una abdicación y una derrota y, por tanto, parece exculpar la responsabilidad de los asesinos, que siempre podrían invocar el hambre, la explotación, las humillaciones padecidas, cosas así. Que las causas del terrorismo no sean las que habitualmente se proponen por quienes disculpan a aquéllos, que la indagación sobre las causas del terrorismo pueda acabar en un ocioso o enmarañado trabajo intelectual, no significa que debamos abandonar su estudio.
Los mayores especialistas mundiales del fenómeno hablan de causas, claro que sí, cómo no iban a hacerlo, sólo que su mirada y su documentación son más complejas que las que proponen los simpatizantes que exculpan a los violentos. De aceptar la tesis de Uriarte, entonces deberíamos decir que el terrorismo no tiene causas, efectivamente, pero que la guerra sí que las tiene, porque en la polemología o en la historia militar nadie (que yo sepa) ha negado el estudio de las causas. Todo tiene su etiología, un incendio fortuito del bosque, un asesinato motivado en una circunstancia: lo que ocurre es que el incendio carece de intenciones, mientras que el crimen siempre las tiene. Por eso decía Jon Elster –y yo insistía en esta vertiente– que los análisis sociales requieren una explicación causal-intencional-funcional. Y son éstas, las intenciones, aquello que mejor puede redondear la explicación circunstancial, el entorno contextual que activó al asesino. Su propia percepción patológica, por ejemplo, le lleva a cometer un crimen en un contexto que lo facilita.
Pero, por eso mismo, coincido con Walter Laqueur, a quien Uriarte citaba profusamente aunque no siempre con el máximo aprovechamiento. “Incluso en el improbable supuesto de que todos los conflictos mundiales se resuelvan, que todas las tensiones económicas, políticas y sociales del plantea desaparezcan”, dice en La guerra sin fin, “no podremos afirmar que el terrorismo ha acabado. La combinación de paranoia, fanatismo y extremismo político (o religioso) encontrará nuevos medios de expresión. Se trata de una cantera de la que han salido los seguidores del terrorismo del presente y del futuro. Tal vez no forme parte de la condición humana, pero forma parte, sin duda alguna, de la condición de algunos grupos y de algunas personas”.
Esta sofisticación analítica es, precisamente, la que yo echaba en falta en Edurne Uriarte. Pues bien, meses después, ahora mismo, acaba de aparecer un volumen que les recomiendo y que es la antítesis del anterior. Se trata de un sofisticado y documentado estudio de Luis de la Corte Ibáñez titulado La lógica del terrorismo (Alianza ed.). “¿Tiene causas el terrorismo?”, se pregunta el autor. Si aceptamos con el diccionario de la RAE que causa es “aquello que se considera fundamento u origen de algo”, entonces –añade Luis de la Corte—“la idea de un terrorismo sin causas es sencillamente absurda”. El autor cita entre los defensores de esta idea sencillamente absurda a Edurne Uriarte. Uriarte tiene poderosas razones para estar asqueada por la persecución de que es objeto en el País Vasco, tiene motivos fundados para sentir miedo, dada la amenaza de muerte que pesa sobre ella, tiene justificación suficiente para detestar a quienes comprenden o legitiman la extorsión, el asesinato, el secuestro.
Pero carece de sentido cuando deja a medias la explicación sobre el terrorismo, pues entiende que cualquier análisis del fenómeno que rastree sus causas (la base material en la que se asienta) acaba exculpando a sus oficiantes, “Estas conjeturas”, dice Luis de la Corte, “y el temor a que puedan ser ciertas, a veces lleva a proferir frases absurdas desde una perspectiva racional o científica como la de que el terrorismo no tiene causas”. También el autor parte de Jon Elster, de su reflexión sobre la explicación en ciencias sociales (intencional-causal-funcional) y ese hecho, lejos de servir para exculpar a los asesinos, sirve para abordar de manera compleja el fenómeno. Pero el hecho de hablar de causas, ¿supone ya un acierto explicativo, un refinamiento analítico?
Hay explicaciones que niegan la etiología del terrorismo, como hace Uriarte, y hay explicaciones insuficientes y generalizadoras que reducen la causalidad a un solo factor. “El terrorismo”, decía José María Aznar en Ocho años de gobierno, “sólo tiene una causa en todas partes y en todas las situaciones. La causa del terrorismo es el fanatismo, es el deseo de exterminar al otro, es el fundamentalismo de la clase que sea, étnico, nacionalista o religioso. La chispa que enciende el terrorismo es siempre la misma, en cualquier circunstancia”, añadía el ex presidente del Gobierno. La explicación monocausal es absolutamente indefendible en historia y en ciencias sociales. Lo que Aznar hacía cuando sostenía lo anterior era confundir dos planos muy distintos: el plano moral con el causal. Evidentemente, “el terrorismo”, subraya Luis de la Corte una y otra vez, “constituye una actividad execrable. Por ello me atrevería a añadir que, en términos morales, todos los terrorismos deben ser considerados iguales; quiero decir, igual de reprobables”, pero “la variedad de circunstancias sociales e históricas en las que han sido aplicadas sugiere que, desde el punto de vista de sus causas, no existen dos terrorismos iguales”.
En fin, les dejo aquí, en este punto, invitándoles a leer una obra densa, académica y bien fundamentada de psicología social que nos aleja de los volúmenes circunstanciales y de las explicaciones apresuradas. Ojalá Rogelio López Blanco también la lea. La reseña que podría hacer sería una excelente defensa de un libro que, sin embargo, se ampara solo.
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09.14.06
Posted in Comunicación, Democracia at 9:50 por jserna
“Mientras «El Mundo» pague, les cuento la Guerra Civil”. Eso es lo que confesó meses atrás Emilio Suárez Trashorras, procesado por la matanza del 11-M, una revelación publicada por El País (13 de septiembre de 2006). Se le imputa dirigir la trama de explosivos que fueron a parar a la célula terrorista que preparó y ejecutó los atentados contra los trenes de Cercanías en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia.
“Hemos asistido”, dice el editorial de Abc (14 de septiembre), “a un nuevo episodio de la retroalimentación de intereses entre el diario El Mundo y Federico Jiménez, director del programa de la cadena Cope La mañana, para ganar cuota de mercado a golpe de teorías conspiratorias, alentadas por sectores muy concretos y extremos del PP que están causando un grave daño a los intereses generales del centro derecha. Sin entrar a considerar en profundidad lo que estas supuestas informaciones periodísticas pudieran tener de agresión a la deontología profesional, resulta evidente que se ha puesto en marcha una campaña contra las instituciones del Estado de la que no es ajeno el portavoz del Grupo Parlamentario Popular, convertido en satélite de aquellos medios y amplificador de supuestas exclusivas”.
Hace casi tres años publiqué un artículo sobre Eduardo Zaplana. También era portavoz, pero no del grupo parlamentario de la oposición, sino del Gobierno popular, al que pertenecía. Entonces como ahora llamaron la atención su facundia y sus arrestos verbales. Algún día habrá que estudiar el estilo de su oratoria, de qué modo se expresa y discursea y hasta qué punto enreda. Mientras tanto podemos valernos de un pequeño libro que les recomiendo. Es de Harry G. Frankfurt y su título es On Bullshit, o sea, literalmente caca de toro. Con esa expresión, en inglés se refieren a la palabrería, a la charlatanería, a ese bla bla bla al que “cada uno de nosotros contribuye con su parte alícuota”, dice Frankfurt. Todos contribuimos, aunque algunos más que otros, desde luego.
El charlatán o el palabrero es alguien dotado para la expresión gárrula, pero especialmente para la maraña verbal que adultera o nubla. En efecto, humo y excrementos son las dos expresiones que Frankfurt emplea para describir la esencia de la charlatanería. Añade este autor que el charlatán es dado a soltar paparruchas, a soltar lastre, pero este verbalismo no es necesariamente mentiroso, sino material excedente, una ganga oral que confunde por exceso. En realidad, más que falsear, el palabrero habla y habla sin preocuparse del valor veritativo y descriptivo de sus enunciados, profiere humo, simple vapor. Es por eso por lo que su discurso es vacío, fraudulento, trivial, sin sustancia ni contenido: suele encontrar en la cháchara o en el faroleo la expresión de su irresponsabilidad, y su voz no tiene por qué enunciar convicciones profundas o no tiene por qué ser manifestación de “lo que cree inequívocamente verdadero”.
He regresado a mi artículo de hace tres años y he visto que lo que yo describía entonces se asemeja bastante a ciertas cosas defendidas por Frankfurt. Dice nuestro autor que el mentiroso tiene un respeto grave por la verdad, la considera, y justamente por eso la evita (para salvarse, por ejemplo); el charlatán, en cambio, no se preocupa por los hechos, se desentiende de la correspondencia que su discurso ha de tener con el mundo. “Por ello”, concluye Frankfurt, “la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”, pues el embustero sabe qué es cierto y qué no y, por tanto, aunque sea indirectamente, rinde homenaje a la verdad. El palabrero, por el contrario, se desentiende produciendo una espesa maraña de enredos. Me parece un análisis brillante el que hace Frankfurt. Lo que ya no tengo tan claro es que, como dice en On Bullshit, charlatanería y mentira puedan separarse tan fácilmente. Hay casos en los que la ganga oral y el embuste salen de la misma boca y a la vez.
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El portavoz
Justo Serna
El País, 23 de diciembre de 2003
Uno de los hechos frecuentes de la liza política es la controversia verbal. No hay nada que objetar, ya que en ello se fundamenta la supremacía del régimen parlamentario. Nos referimos, en efecto, a aquel sistema en el que la palabra es ejercicio de convicción, de deliberación. En eso consiste parlamentar, en conferenciar con la parte contraria para intentar llegar a algún acuerdo o para zanjar diferencias. La elocuencia democrática no es pirotecnia verbosa que deslumbre, que encandile, sino pensamiento expresado en voz alta, la proclamación de unas pocas ideas con el fin de que los ciudadanos reflexionen en el espacio público, examinándolas, refutándolas incluso. Decía Ralf Dahrendorf en Después de la democracia, un libro dialogado, un volumen precisamente oral, que uno de los peligros más graves que amenazan al sistema representativo es la crisis de la argumentación, el significado torticero y manipulador con que tantos pervierten o desnaturalizan las palabras. Ahí, en el mundo exterior, ocurren cosas y eso que sucede no cobra dimensión hasta que lo designamos, hasta que lo nombramos. Dominar el lenguaje, adueñarse de la semántica, es calificar ese mundo, pero es asimismo construir lo que nos sobreviene al darle espesor verbal. Desde luego, mentir es negar los hechos realmente acaecidos, empecinarse en ocultar lo consumado. Pero decir embustes es también apropiarse de un significante para rellenarlo con un significado contrario a las evidencias o, sin más, reinventar el sentido que atribuimos a las circunstancias y que la generalidad suscribe. Reparemos en el habla del portavoz del Gobierno.
Seguramente, la principal tarea que se le encomienda no es la de mantener la limpieza de su expresión, ni la de articular con justa dicción. Lo que se le pide, lo que se le exige, es hablar con vehemencia o con facundia o con convicción, con un torrente verbal que anegue la duda, la vacilación, que descarte todo embarazo o reparo. Cumpliendo su tarea, habrá de exhortar, de dar ruedas de prensa, de conceder entrevistas, de entregar este o aquel dossier a los informadores con el fin de hacerse propagador de sí mismo y de su Gobierno. No está mal que obre así, no esta mal que se explique. ¿Pero se explica realmente Eduardo Zaplana? Llaman mucho la atención los modos, las formas, la actuación del actual portavoz. Con gesto llano o con prosopopeya, con media sonrisa o con gravedad, con suficiencia, con ademanes de galán otoñal, departe. Hemos de admitir que es un personaje de recursos, dado a la representación. A pesar de haber perdido parte de su energía olímpica, alcanzada tiempo atrás accionando aparatos de musculación, aún suele presentarse con ligereza, atildado, afectando garbo, quehacer y dinamismo, con el cabello esculpido a navaja, nunca legañoso, nunca greñudo. O, como dijo Manuel Vicent en un daguerrotipo poco caritativo: “Eduardo Zaplana viste siempre muy planchado y da la sensación de que asoma la cabeza por el cuello alto y acartonado de la camisa como si la hubiera puesto sobre una de esas figuras de los barracones de feria donde te sacan un retrato con tu rostro y el cuerpo de un torero, de un vaquero o de un caballista, sólo que en este caso el cuerpo pertenece al propio Zaplana”.
Cuando comparece ante la prensa después de un Consejo de Ministros se expresa con su simpática locución regional, lejana del decir de la Corte, pero más que el habla copiosa, gárrula y campechana, sorprende la retórica de sus exposiciones. Así, uno de sus hábitos más arraigados es el de difundir un relato contrario a los hechos, a las evidencias y a las pruebas, un espeso y torrencial sermón que recubre, que tapona, que oculta lo que cualquiera está en condiciones de ver o de sostener. Su discurso vocinglero es como un cuento en el que todo parece encajar, un apólogo pronunciado con tono ceremoniosamente sencillo, franco. Pero la afectación de buenas formas no tiene por qué ser ejemplo de hábito o de talante democrático. Podemos ser educados y, a la vez, revelar índole autoritaria; podemos obrar con estudiada gentileza y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario. ¿Cuántas veces no habremos tenido la sensación, la explícita y abierta sensación, de que Eduardo Zaplana se expresa con trampas, con fullerías, y que lo hace con simpatía y con la sonrisa en los labios? Es frecuente que evite voces peligrosas reemplazándolas por otras que no le dañan o incomodan; es habitual que emplee tópicos que no admiten, en efecto, controversia; es común que plantee oposiciones verbales que no son tales para así hacernos debatir sobre lo que no tiene opción; es normal que distorsione el significado de vocablos tomados del adversario reinvistiéndolos con acepciones inauditas; es corriente que formule generalizaciones dudosas como si fueran certezas documentadas. Pero, sobre todo, el colmo del descaro es cuando afirma una cosa y su contraria valiéndose de un discurso que pretende coherente. Algunos calificarán estos ejercicios orales como propios de una estafa verbal. ¿Es así?
Permítanme dudarlo. Pero no por la simpatía que el personaje me pueda despertar, sino por el fracaso mismo de la operación. Para que una impostura produzca consecuencias, para que un embeleco sea creíble y dure, entonces el fingimiento no debe apreciarse y el fingidor tiene que hacerlo con entusiasmo y solvencia, ya que de lo contrario se arruina su efecto. Pues bien, desde que Eduardo Zaplana está en la Corte ejerciendo la nueva función de portavocía, desde que está obligado a comparecer y a departir con frecuencia semanal, no sé por qué pero el caso es que el personaje resulta cada vez menos plausible, más bronco, más intemperante, y sus vocablos encubridores acaban diciendo, revelando, incluso proclamando, lo que justamente querían ocultar. Tal vez porque, como precisaba Jorge Luis Borges, omitir siempre una palabra recurriendo a metáforas ineptas y a perífrasis obvias es la manera involuntaria, torpe, enfática de indicar aquello que se quería evitar. O tal vez porque ya no es, ya no pude ser, la promesa del régimen y ante la indiferencia del jefe, la ingratitud del delfín y el desplante de su audiencia se le agria el gesto hasta convertirse en mueca, en avinagrado mohín.
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09.13.06
Posted in Internet, Democracia at 9:15 por jserna
Hoy nos ponemos graves. Les pido disculpas por hablar tanto y tan seguido con terminachos académicos. Hoy, insisto, nos damos a la teoría, como quien se entrega a un vicio inconfesable o como quien se embriaga con sus propias palabras. Tal vez nos suceda esto, pero de eso, de las palabras, buenas y malas, es de lo que ahora hablamos, de la cortesía y del insulto.
Dicen Sergio Bufano y Jorge S. Perednik que, puestos a hacer una reflexión sobre el vituperio, habría que distinguir entre aquellos vocablos que son insulto y aquellos otros que calificamos de malas palabras u obscenidades. Las últimas, añaden, pertenecen al dominio público, a los usos corrientes que hay en una comunidad lingüística, usos que permiten evacuar malos humores, manifestar estados de ánimo, expresarse con muletillas vistosas. En cambio, el insulto, que pertenece por principio al ámbito privado y corresponde a la iniciativa individual, se elabora y se enuncia contra un destinatario particular. Podemos pronunciar malas palabras en voz baja, podemos injuriar a Dios y a los suyos por querer lamentar nuestra condición, podemos ensuciarnos la boca con toda suerte de obscenidades, pero esas iniciativas van más allá de lo propio o doméstico o privado, pues dichos recursos verbales son un riqueza idiomática gestada en el dominio público que ofende en términos generales, que vulnera ciertos límites de la moralidad.
En cambio, el insulto no es una mera recuperación de enunciados públicos ofensivos: su principal objetivo es deshonrar a alguien. Quien insulta realiza el escarnecimiento de una persona valiéndose para ello de las malas palabras, voces que, curiosamente, primero fueron injurias particulares, injurias que por su éxito, ocurrencia, chispa o logro acabaron ingresando en el patrimonio de esas malas palabras colectivas. “Las dos clases de palabras mencionadas”, precisan Sergio Bufano y Jorge S. Perednik, “se cruzan y retroalimentan: el insulto usa como materia prima las malas palabras, mientras que el corpus de malas palabras de un cualquier idioma se nutre de las injurias exitosas, las que han causado la conmoción o sorpresa que la injuria pretendía”. Porque, en efecto, la injuria suele llegar a oídos de terceros, “además de los destinatarios, y obtiene su aprobación, cuando no su complicidad. Si esto ocurre se cumple el mecanismo alimentador de la lengua: la (mala) palabra es incorporada por la comunidad para el uso de todos”, apostillan.
¿Cuáles serían las características generales del insulto? Para que haya insulto debe vivirse o experimentarse algún conflicto implícito o explícito, una provocación, un fastidio grave cometido por alguien, actividades frente a las cuales habría la imposibilidad objetiva o subjetiva de enfrentarlas de otro modo. De ahí nace la violencia verbal. En segundo lugar, para que pueda hablarse de insulto propiamente, el vituperio ha de hacerse en determinado contexto, es decir, necesita un marco de significado que le dé sentido y que permita ser comprendido como tal. Abstraído de dicha circunstancia, esa mala palabra funciona en la comunidad lingüística como otra mala palabra más. Ya lo decía Ludwig Wittgenstein: no me pregunten por el significado de las palabras; pregúnteme por su uso, un uso cuyo conocimiento sólo puede averiguarse bajo un marco que le confiere su sentido particular. Los juegos lingüísticos de los que hablara el filósofo austríaco no describen la semántica de ciertos enunciados sino su pragmática. Somos hablantes que actuamos en contextos particulares y con una intencionalidad igualmente particular.
En tercer lugar, en el insulto, más que la palabra en sí, lo que de verdad agravia es esa intencionalidad particular, el deseo expreso de vituperar, el animus iniuriandi, pero el ánimo no sólo se cumple en el designio de quien escarnece, sino en la percepción de quien se siente ultrajado. En cuarto lugar, el insulto, que generalmente lo vemos como algo gravísimo, como una violencia verbal que daña a un tercero, es, sin embargo, un avance civilizado: puede ser motivo de agresiones físicas, puede provocar una colisión a trompadas, pero cuando sólo alcanza el estadio verbal es una sublimación de antagonismos o de agonismos guerreros. En ese caso, la violencia física a mamporros es sustituida por un enfrentamiento incruento que tiene algo de ordalía ritual, simbólica, en la que se descargan aquellos malos humores de los que partíamos. Jorge Luis Borges recomendaba ciertas formar en el arte de injuriar. Si el vituperio es un avance frente a la pura violencia física, si es una sofisticación que nos aleja de la fuerza bruta, entonces puede haber una techné del insulto y un refinamiento de esa práctica. Techné y refinamiento permiten hablar de arte, del arte de injuriar y éste se logra, según explicaba Borges en su Historia de la eternidad, cuando nos valemos de una habilidad especial para denostar haciendo uso del humor, mostrando agudeza, atacando con una andanada ácida, irónica.
Pero en todo caso, en esta aproximación teórica al insulto, nos falta aún algo fundamental: la persona injuriada. Para que pueda hablarse propiamente de denuestos, de ultrajes, debe haber un individuo vituperado, alguien que se sienta así, que se reconozca como tal. Ahora bien, esas cosas suelen suceder en la vida real. En el mundo virtual de Internet, aquel en el que se ha impuesto el nick como máscara o defensa tras las que emboscarse, el ultraje no es tal: a lo sumo, esa mala palabra se dirige contra una careta o disfraz que alguien emplea como embozo. Por tanto, los insultos para sentirse como tales han de humillar a alguien con características reales, no a un rótulo que carece de atributos personales.
Más aún, en Internet, un alias no siempre oculta a la misma persona, sino a varias que se valen de ese nick. O, incluso, aunque el apodo sea el de una sola persona, es probable que sea el disfraz de distintos estados de ánimo, de un yo múltiple que se desdobla haciendo de la incongruencia el nuevo modo de vivir la pluralidad incoherente de la vida. O, como dijera Sherry Turckle, a muchos Internet les ha cambiado el tipo de personas que son o creen ser, pues la adopción de nicks les ha facilitado verse a sí mismas como fluidas, variables, emergentes, descentradas, flexibles, misceláneas, sin compromisos estables. Por tanto, cuando una persona que firma con nombre y apellidos ultraja a un alias que se expresa, ¿quién siente la afrenta? ¿Un flatus vocis?
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09.12.06
Posted in educación, Democracia at 8:41 por jserna
Ayer empezó el año escolar. Niños y niños de todas las edades acudían presurosos a las aulas, dispuestos a comenzar el nuevo curso, con el miedo o con la prevención que siempre producen lo desconocido o ese maestro que aún no se conoce o esas asignaturas que se estudiarán por primera vez. Yo recuerdo mis veranos como una época excepcionalmente dilatada, con aquellas vacaciones que al principio acogíamos con entusiasmo.
Poco tiempo después, nuestro arrebato se evaporaba, dejándonos sumidos en una especie de tedio estival que sólo aliviaban un viaje al pueblo, las novelas o alguna excursión. Nuestra excitación de las primeras jornadas se disipaba: la vida por delante era anormalmente larga y debíamos contar día a día lo que ya era una eternidad de sesenta días por consumir. Pronto deseábamos el regreso del estudio, pero no por acatamiento u obediencia, sino por la novedad que suponía abrir nuestros manuales para olerlos, para olfatear aquel tufo embriagante de las colas y el papel.
Yo no tuve grandes maestros, al menos no los recuerdo con agradecimiento o placer. Por regla general, en primaria o luego en el bachiller, mis profesores no despertaban el interés de sus alumnos. Tuve muchos maestros rutinarios, previsibles, algunos de ellos gente avinagrada que siempre estaba dispuesta a azotarte con una vara de olivo (a los cuatro años, por ejemplo) o a zurrarte con una regla (a lo largo de los años) o aturdirte con los coscorrones que te infligían. Tuve docentes poco motivados por su trabajo, probablemente mal pagados y peor considerados, capellanes y seglares enemistados con el mundo y con su condición. Nos tomaban como potenciales enemigos, pues de nosotros no podía esperarse nada bueno: el estrépito de la muchachada, la indisciplina de adolescentes. Nos metían el miedo en el cuerpo y nos amenazaban con el Averno o con severísimos correctivos. Pero no eran mejores algunos de aquellos compañeros que padecían ese infierno cotidiano.
Me reconozco, sí, en estas palabras de Antonio Muñoz Molina: “Yo de niño era muy consciente de la fuerza bruta de la que carecía, y viví atemorizado por ella con mucha frecuencia. En Úbeda, en mi calle, los niños mayores podían ser temibles, y en la escuela y luego en el colegio de curas donde hice tres cursos de bachillerato elemental había individuos que, sinceramente, me causaban pánico. Había una pareja tremenda en segundo de bachiller, dos forajidos que iban siempre juntos, internos, con mirada torva y granos en la cara. Uno se llamaba Endrino y el otro, adecuadamente, Rufián Rufián. Yo me sentía cobarde y débil, y me avergonzaba de mi debilidad”. Ambos personajes cobran ahora entidad literaria y el autor los hace regresar en El viento de la Luna. Cuando días atrás leía esas páginas me volvían aquellos temores adolescentes. También yo tenía que vérmelas con tipos semejantes; también yo tenía a mi Rufián Rufián y a mi Endrino, gentes corpulentas y rústicas con quienes había que amistarse servilmente para evitar futuras represalias.
Pero mi experiencia bajo el franquismo no cuenta, porque lo que ahora relato es sólo la vicisitud particular de un estudiante que en general tuvo mala suerte con muchos de sus profesores, poco atractivos y desinteresados, o con algunos de sus compañeros, cuya testosterona les hacía reventar de virilidad ufana. Probablemente por eso empecé a refugiarme en los libros: como una manera de escapar de una realidad tan poco edificante… Freud cuenta que Atenas o Roma o Florencia fueron destinos a los que siempre quiso llegar pudiendo cumplir ese sueño cuando ya era un adulto. “Viajar tan lejos, llegar hasta allí se me antojaba fuera de mis posibilidades”, le dice en carta a Romain Rolland. “Esto tenía que ver con las estrecheces y la pobreza de nuestra vida cuando era pequeño. El anhelo de viajar era también sin duda expresión del deseo de escapar a aquella presión, semejante al impulso que induce a tantos adolescentes a fugarse de casa. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que, en gran parte, el deseo de viajar consiste en el cumplimiento de esos deseos, es decir, en el descontento con la casa y la familia”.
Yo no tuve sueños persistentes de fuga, pues el descontento adolescente con la casa o con la familia al menos no me forzaban a ello, pero sí que tuve una decepción creciente con los maestros, con la escuela, con los colegios que frecuenté y probablemente sustituí aquel mundo infantil por una ficción que de forma vicaria me llevaba a otros parajes y me hacía tratar con otros adultos. Como ven, se trata de una reacción muy previsible. Frente a ello, la realidad infantil que mi padre me relataba y aún me relata era totalmente distinta: él tuvo la fortuna de contar con un maestro, con un Maestro con mayúsculas que sobre todo les hizo aprender historia, literatura y geografía: tuvo la dicha de aprender con un educador que les incitaba a seguir los pasos del Correo del Zar para así averiguar y localizar en un mapa los parajes rusos por los que atravesaba aquel personaje de Verne. Mi padre siempre ha hablado con reverencia y mejor recuerdo de aquel docente humilde cuya estatura se agiganta gracias a sus palabras. En parte, de él le viene su afición a los libros y, tal vez, en aquel maestro está el origen de mi propia inclinación lectora. Aquel hombre lo pasó mal, fue depurado y su rastro acabó perdiéndolo mi padre. Se trataba, claro, de un Maestro republicano. Hoy he querido recordarlo y, basándome en los recuerdos agradecidos de mi padre, he querido evocar la figura del gran docente, porque nadie olvida a un buen maestro.
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09.11.06
Posted in terrorismo, Democracia at 9:54 por jserna
Desde hace tiempo, el mundo siempre está punto de acabar. Para algunos, esa crisis, su derrumbe inminente, comenzó décadas atrás, en los primeros años del siglo XX. Las cosas marchaban tan deprisa, el desarrollo de la técnica era tan vertiginoso, la irrupción de las masas era tan amenazante, que muchos contemporáneos sólo podían asistir desazonados a lo que les llegaba, a lo que arrollaba un escenario burgués ya desvencijado. Los europeos sabían que todo se transformaba. Algunos afectaban comportamientos distantes, ajenos irresponsablemente a lo que suponían que tendría remedio o a lo que por carecer de procedimiento no merecía esfuerzo o aplicación. Otros, por el contrario, se empecinaron en tratar de comprender las cosas, buscando sentido, extraviados, cargando con su propio estupor y ceguera. Fue aquél el inicio de un tiempo atroz, un tiempo en el que, como deploró Borges, pareció imponerse “cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo—”, unas simetrías que bastaron, añade, “para embelesar a los hombres”. Esa impresión de derrumbe la tuvimos, qué duda cabe, cuando vimos por primera vez aquellas imágenes humeantes de las Torres Gemelas, cuando, poco después, se precipitaban. El mundo cambió. No sabíamos qué podía ser aquello, si un acto de terrorismo a gran escala o el inicio de una guerra de nuevo tipo. Yo era un espectador y, como Fabrizio del Dongo en Waterloo (mil veces evocado), me veía aturdido. En aquel célebre pasaje de La cartuja de Parma, un dolido y atolondrado Fabrizio acababa preguntándose sobre el sentido de los proyectiles, del polvo, de la pólvora… “¿He asistido a una verdadera batalla?”, se interroga.
Estuvo en el centro del combate pero no pudo ver gran cosa siéndole difícil determinar si Waterloo era algo significativo para la marcha victoriosa del Emperador. Hoy sabemos que Waterloo fue una batalla decisiva, como sabemos también que con el 11-S presenciamos una acometida violenta, mortífera, desconcertante. Pero igualmente sabemos que los embates de los enemigos, sus proyectiles, sus bombas, dejan el campo semioculto por una humareda blanca, la batalla sin fin. Son tales el polvo y los humos que aún quedan en suspensión –y no son simples metáforas– que no se divisan ni el curso ni los límites ni el frente en que están los adversarios que golpean con tanta fiereza. Están ocultos y eso hace difícil prevenir sus ataques, combatirlos. Ojalá fuera fácil atisbar o adivinar dónde se encuentran y cuál pueda ser la próxima embestida. Debemos defendernos, pero a la vez debemos evocar a los muertos, rendirles homenaje y recuerdo, mientras sigue el curso de una batalla incierta.Más aún: no sabemos si esto es verdaderamente una guerra o, por el contrario, escaramuzas y refriegas sangrientas, atroces, de quienes emboscados pueden dañar porque se saben huidos del presente, ajenos a las blanduras occidentales y burguesas, a toda forma de humanitarismo. El fanatismo facilita estas cosas, qué duda cabe. Ahora bien, como me he atrevido a decir una y otra vez en mis artículos de prensa, hay que refinar la respuesta sin dejarse llevar por la ciega ira o la venganza o el linchamiento; hay que obrar con contundencia legal, pues lo que de nosotros esos enemigos esperan es que también abandonemos la mansedumbre constitucional, burguesa.
No es mera conjetura lo que ahora digo: es lo que pudimos leer meses atrás en unos extractos de la carta de Abdennabi Kounjaa, aquel muyahidin del 11-M: “No soporto vivir esta vida como una persona débil y humillada bajo la mirada de los infieles y tiranos”, decía el presunto terrorista, pues “esta vida es el camino hacia la muerte”, un camino en el que es preferible “la muerte a la vida”, un camino que pasa por provocar la guerra abierta, sin freno, sin contención, sin reglas, de Occidente contra el Islam. Aunque con otro vocabulario, colmado de exhortaciones religiosas, Abdennabi Kounjaa podría haber dicho aquello que confesara el mortífero, cínico y provocador fanático que aparece por las páginas de El agente secreto, de Joseph Conrad: “Nuestro objetivo ha de ser romper la superstición y el culto de la legalidad. Nada me gustaría más que ver al inspector Heat y a sus pares asumiendo la tarea de limpiarnos a plena luz del día con la aprobación de la gente. Entonces habremos ganado la mitad de la batalla; la desintegración de la vieja moralidad se habrá asentado en su propio templo”.
Pues bien, romper la superstición y el culto de la legalidad es algo que ya se ha hecho y, al parecer, repetidamente. Las cárceles de Bush, repartidas por todo el mundo, sin jurisdicciones visibles, sin reservas reconocidas, son una ignominia que todo buen liberal, todo constitucionalista, todo defensor del Estado de Derecho, no pueden aceptar. Imagino la soberbia religiosa, fanática, de los suicidas, su apetito destructivo, la fortaleza de sus creencias, los preparativos… Pero sobre todo imagino la fría racionalidad con que idean sus acciones. Sospecho su júbilo: esos fieros terroristas saben que la única posibilidad que les cabe para destruirnos, para acabar con nuestra superioridad moral y legal, es romper esa superstición y es culto de la legalidad. De lo que se trata es de dejar un solar carbonizado, arrasar con las vidas de inocentes provocando la respuesta ilegal y brutal de los países dañados.
“Nada me gustaría más”, dice el terrorista de Conrad, “que ver al inspector Heat y a sus pares asumiendo la tarea de limpiarnos a plena luz del día con la aprobación de la gente”. Añade: “entonces habremos ganado la mitad de nuestra batalla; la desintegración de la vieja moralidad se habrá asentado en su propio templo”. El proceso de civilización que llega hasta hoy, un proceso que no es exactamente acumulativo y que puede perderse cuando arruinamos la moralidad y la contención, ha exigido de nuestras sociedades una limitación de la violencia, de su uso, de la represión. Antaño, muchos siglos atrás, buena parte de los conflictos se resolvían a mamporros o con las armas, con torturas y sevicias. Hoy, sin embargo, el uso de la violencia es muy limitado entre particulares, comparado con lo que fue; y su despliegue por el Estado está reducido a casos de defensa y estricta represión legal. El fundamento de esa represión basada en la Ley tiene un origen remoto y se asienta en la mejor tradición liberal, aquella que estableciera los derechos naturales de los individuos y que, por tanto, restringiera la violencia ejercida por el Gobierno a la Ley, a esa Ley que define previamente qué es delito, y a la Publicidad, a la rendición de cuentas ante los ciudadanos.
¿Qué hacer ante el terrorista que golpea sin piedad y que, además, busca vulnerar nuestro sentido de la legalidad? ¿Le aplicamos los mismos principios, sin reparo, sin freno, sin compasión? De la respuesta que demos a estos interrogantes –que ya me formulé meses atrás en un artículo— dependerá nuestro concepto de la sociedad decente. Al final, habrá que determinar si lo que tenemos a las puertas es al enemigo o la moralidad; al final habrá que preguntarse si no estaremos echando fuera los dengues legalistas por los que los muhayidines tanto nos desprecian.
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