07.21.06

Los niños de Steiner

Posted in La felicidad de leer, Internet at 9:13 por jserna

 libros2.gif O por qué tomarse un descanso estival

Llega el momento de descansar, de no actualizar la bitácora con nuevos comentarios hasta la vuelta. El lunes día cuatro de septiembre regresaré con un nuevo post, que tomaremos como el inicio de la siguiente temporada. La reactivación del blog se produjo hace pocas semanas, hecho que no parece justificar unas vacaciones, pero el responsable de la bitácora lleva meses y meses de curso académico, impartiendo clases, escribiendo artículos, acabando un libro (ya concluido, felizmente). Es necesario, pues, darse un respiro para reponerse y sobre todo para no defraudar a quienes leen cada día este comentario.

Crece ostensiblemente el número de los lectores y comentaristas del blog: es ya un selecto comité de lectura que de manera crítica  y amistosa sigue esta página con el fin de convenir o polemizar con alguna de las ideas que el autor haya podido expresar. De hecho, hablar de autor en una bitácora participativa es un concepto discutible: ese autor es, en principio, el origen de una discusión que quizá se desarrolle en un sentido distinto del previsto. Cuando los blogs funcionan aceptablemente bien, entonces pueden ser calificados de conversación virtual.

En efecto, frente al diario íntimo, reservado, inédito, escribir un blog es sobre todo exponerse. Al actualizar la bitácora, el responsable pone al servicio de los lectores lo que juzga o cree o sospecha. Frente al diario en papel, los seguidores de las bitácoras pueden establecer una especie de coloquio. Sobre eso han insistido los autores del libro canónico de los Blogs en España, el que firman Rojas, Alonso, Antúnez, Orihuela y Varela. Los visitantes o usuarios de las bitácoras pueden, en efecto, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca. Estas semanas de reapertura de Los archivos de Justo Serna bajo el enlace de Levante prueban que esto es posible y, además, con unos resultados esperanzadores. Auguran su crecimiento e incluso el aumento de su ascendiente. 

Hace unos días se quejaba Timothy Garton Ash de que leer su propio blog es como cruzar un pantano cibernético en busca de joyas escondidas. “Ahora bien, para hallar estas pepitas de oro enterradas hay que hacer un agotador recorrido de siete kilómetros a través de un pantano aparentemente interminable de opiniones: unas inteligentes, otras estúpidas, algunas bien informadas, otras ignorantes, algunas educadas, otras insultantes”. La ventaja de mi bitácora es que al ser menos los comparecientes las pepitas te salen al encuentro sin tener que enlodarte en la ciénaga de las opiniones multitudinarias y estrepitosas. Un simple ejemplo bastará: las intervenciones de Ana Serrano, especialmente las autobiográficas, dejan al lector con una particular conmoción personal… Pero no sólo esas intervenciones: también las de otros interlocutores, experimentados y generosos, que aportan aquí su saber periodístico, como Miguel Veyrat o Roderick. Y me perdonarán si no me extiendo sobre Pedro L. Angosto, sobre Julia Puig, sobre Fernández del Río. Me perdonarán igualmente si no detallo cosas sobre otros viejos y nuevos amigos (Grazia Deledda, Marpop, Júcaro, Despistado, Portnoy…) que, embozados tras un nick, se atreven a aportar luz y conocimientos. Incluso los que me son más hostiles suelen ser respetuosos frente a lo que sucede en otros blogs atabernados. Llegados a este punto, el nuevo curso que se avecina y el estrépito que ha de acompañarlo exige de nosotros algo de silencio. 

Y ahora que hablo de silencio me acuerdo de lo que dijera George Steiner cuando comentaba las novelas de J. K. Rowling: “hay esperanza: en estos momentos millones de adolescentes leen en el   mundo  a Harry Potter, libros difíciles y gordos. Esos niños necesitan silencio y  les   dicen a sus padres que apaguen el televisor”.  Días atrás hablábamos aquí de un panfleto antipedagógico que queriendo ser políticamente incorrecto generaliza sobre los niños, sus inclinaciones y conocimientos. Hablaba de la legislación educativa, pero poco de la empeñosa tarea que nos corresponde a los padres. Yo creo que la principal lección que hay que enseñar a los hijos es a guardar silencio. En silencio se lee y en silencio se piensa. En silencio se observa y en silencio se ama. Es una escena maravillosa ver a un jovencito que lee concentrándose en lo que hace. No siempre se ha leído así, desde luego.  

En el pasado, la lectura se hacía en voz alta y, muy frecuentemente, se hacía para una colectividad de oyentes, generando en ellos distintos efectos: como en el coloquio de un blog. Según nos han enseñado los historiadores de la cultura, leer en silencio es un logro burgués y una pérdida de interacción: es un acto individual, recatado, reservado, una acción que preserva esa intimidad que es la comprensión, la asimilación. Ahora bien, no menos maravilloso es aquel otro momento en que el libro que disfrutamos en silencio nos provoca hasta el punto de que debemos decirlo en voz alta, de que debemos contarlo.

Una de las mejores sensaciones que  provoca leer es contar a un tercero lo que se ha leído: el entusiasmo o el placer o el enojo que unas líneas nos despiertan.  Estamos tan encantados o tan irritados con lo que leemos que debemos comunicarlo. Los niños han leído o leen a Harry Potter, pero sobre todo lo cuentan, se lo cuentan unos a otros. No es mala cosa, no.  Como me sucede a mí: leo, me entusiasmo, me irrito y debo contarlo. Me pongo a escribir para contarlo y eso es el blog. Pues bien, yo creo que el descanso estival es el momento del silencio y de la lectura, del chapoteo en la playa y de los libros demorados, pendientes, ese lapso en que ustedes y yo, como los niños de Steiner, reclamamos silencio y  apagamos.  El alboroto ya volverá. Buen verano. Les agradezco a todos su atención y les espero a la vuelta: el cuatro de septiembre.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.20.06

¿Dónde está Dios?

Posted in Religión at 9:39 por jserna

dios.jpg  

Hace unos meses me preguntaba sobre Dios y las  catástrofes. La pregunta me la planteaba viendo en la televisión las calamidades públicas y los cataclismos de Pakistán y de Guatemala. Los hechos, vistos en televisión, nos perturban y nos hacen interrogarnos sobre el propio medio, sobre la pequeña pantalla, un discurso que, por una parte, retrata nuestro hedonismo (al menos, el deseado), nuestra ligereza existencial; y, por otra, sin interrupción, nos contraría y nos trastorna con las imágenes de un mundo rebosante de dolor y de catástrofes, de guerras y de muertos civiles, un mundo en el que no siempre podemos responsabilizarnos del mal que contemplamos y ante el que muchos sentimos estupor e impotencia: los ateos, también.

 Los ateos –que estamos condenados ya de antemano– somos, sin embargo, gente sensible y nos preguntamos, con todo respeto, por Dios, por el Dios de los pakistaníes y por el Dios de los guatemaltecos y, hoy, por el Dios de los israelíes y el Dios de los libaneses. ¿Dónde está el Sumo Hacedor cuando los cataclismos aumentan el daño o la muerte de los inocentes?  Me lo preguntaba y no pretendía ser original, desde luego que no. Luego, en los últimos meses y semanas he visto que también desde el lado confesional repiten una pregunta muy antigua, en ocasiones incluso formulada en segunda persona, tuteando a la Providencia. El Papa, el Arzobispo de Valencia, José Bono… son algunos de los últimos que se han atrevido a interpelar a Dios preguntándole sobre el Holocausto, sobre los muertos de Metro valenciano o sobre el horror infligido en el 36. 

En los siglos XVII y XVIII, en un ambiente originariamente jansenista, al Ser Supremo se le tenía por un dieu caché: así tituló Lucien Goldmann su célebre obra, que en castellano se tradujo como El hombre y lo absoluto. Se le tenía como a ese Sumo Hacedor que dejaría a los hombres actuar, equivocarse o acertar, obrar piadosamente o incurrir en el pecado. La libertad (trágica) no sería incompatible con la distante vigilancia de un Dios que ya no sería tan irascible como el bíblico. En fin, un avance. Los hombres vivirían bajo el principio de la libertad y la Providencia no sería ese Ser entrometido e indignado de otros tiempos. Resulta, como digo, un avance que los individuos pudieran hacer así las cosas, sin verse gobernados bajo la férula tiránica del Dios veterotestamentario. Sin embargo, ya para entonces lo que no resultaba fácilmente explicable era el silencio de Dios ante los desastres que infligen daño gratuito a cientos, a miles de seres humanos, desastres que, incluso, podían imputarse a quienes lo invocan o a él mismo, a la Naturaleza desatada. Ya sé que éste es un viejo argumento de los ateos. Ya lo sé: un argumento que se remonta al desastre de Lisboa en 1755 y a la pregunta clásica de Voltaire sobre si los lisboetas merecían mayor castigo por sus vicios que los parisinos o los londinenses. ¿Qué Dios es ese que permitía dicho horror?  

Pero esa pregunta voltairiana que hacemos nuestra los carentes de toda fe es, si la pensamos bien, la demanda que Jesús formula a Dios cuando agoniza en la Cruz, cuando no se explica su silencio o aparente apatía: Padre, ¿por qué me has abandonado?  Para los teólogos el presunto abandono prueba la grandeza de Dios, que quiere compartir con los hombres su dolor, el daño que ocasiona ver el sufrimiento y la pérdida del hijo. Y prueba también la libertad que deja a los individuos para obrar el bien o el mal. La cuestión que formula Cristo expresa, sin embargo, el horror de la humanidad doliente y lo que parece su mal tono, su primera incomprensión, es desde el punto de vista confesional una especie de arrogancia frente a Dios, cuyos designios serían en efecto inescrutables. Por eso, me extraña que los creyentes (con el Papa a la cabeza) signa formulando esta pregunta, que es la de quien parece sentirse incómodo con la libertad humana para dañar, para matar, para destruir. Prefiero, por el contrario, olvidar a Dios (al menos en este punto) y preguntarme  sobre la acción de los hombres sobre sus metas y sus pesadillas.

 Pues bien, una de los sueños más justificados que ha alumbrado la experiencia humana es la necesidad  un Estado de Israel, después de siglos de persecución y muerte. ¿Dónde estaban Dios o Yahvé?  En Basilea, hacia 1897, los asistentes a un congreso del sionismo nombraban a Theodor Herzl líder de dicho movimiento.  Theodor Herzl había nacido en Budapest en 1860, aunque bien pronto vivirá en Viena, dedicándose a la literatura y en general a la escritura y el pensamiento. Ejerció como corresponsal para el Neue Freie Presse cubriendo los avatares y la crisis del caso Dreyfus. Fue este hecho el que le llevó a forjar una idea sencilla pero decisiva: la creación de un Estado Judío. ¿Correspondía este objetivo, el de un Estado Judío con la vieja aspiración de recuperar Sión para los israelitas? No exactamente. La meta de Herzl no recibió el apoyo unánime y, por eso, no extraña la acusación de herético y de soberbio que le dirigieron numerosos judíos ortodoxos. Pese a que nuestro autor creía estar desarrollando una idea antigua, incluso aceptable para los creyentes, en realidad su opción política, su meta, era un objetivo reciente que no se remontaba más que a la segunda mitad del siglo XIX. Les propongo la lectura de su obra más famosa, aparecida en 1896: El Estado Judío (Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005). En este pasaje, el autor quiere condensar y en parte anticipar no la historia sagrada, sino la historia profana de esa parte del mundo y, al final, de nosotros mismos. Les reproduzco uno de los párrafos más señaladamente significativos. 

“Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. Su solo nombre ejercería un poder de convocatoria fuertemente evocador para nuestro pueblo. Si Su Majestad el Sultán nos concediese Palestina, nosotros podríamos comprometernos a poner completo orden en las finanzas turcas. A favor de Europa construiríamos allí una parte de la fortificación que la defendería de Asia, haríamos de avanzada de la cultura frente a la barbarie. Como Estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa, que estaría en la obligación de garantizar nuestra existencia. Respecto de los santos lugares de la Cristiandad cabría buscar una fórmula de derecho internacional que estableciese su extraterritorialidad. Conformaríamos la guardia de honor en torno a los santos lugares, y nuestra propia existencia sería el garante del cumplimiento de dicho deber. Esa guardia de honor sería el gran símbolo para la solución de la cuestión judía, tras dieciocho siglos de penalidades”. 

Si se fijan bien, en estas palabras no hay una presencia explícita de la Providencia y, en todo caso, ésta no estaría aquí para salvar o para condenar a quienes hacen y emprenden ideas nobles o desacertadas. Somos los seres humanos los que optamos por la cultura o por la barbarie. Aun así, todavía preguntamos: ¿Dónde, pues, está Dios?

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.19.06

¿La mala educación?

Posted in educación at 9:14 por jserna

pizarra2.gif     Ahora que el curso académico ha acabado y los muchachos se abandonan al dolce far niente, los padres solemos lamentarnos (o eso me decía recientemente en un artículo en Levante). Qué hacer con los críos, incluso con esos jóvenes iracundos que cursan la ESO y que están a punto de ingresar en el Bachiller: cómo alentar en ellos la lectura. Es incuestionable que el anhelo industrioso es una faena pausada, lenta, diferida, algo que se asimila tras un propósito cotidiano que no puede alimentarse de la noche a la mañana. Cuando descubrimos que es así, cuando lo constatamos, los padres solemos inculpar a los maestros o a los profesores o a la televisión o al estado general de dejadez en que ahora estaría la educación. Más aún, algunos contribuyentes se atreven a incriminar a los pedagogos como los verdaderos responsables de casi todo lo malo que les pasa a nuestros adolescentes. Lo acabo de leer en el Panfleto antipedagógico, de Ricardo Moreno Castillo. 

Lamento discrepar de dos de mis autores preferidos, Fernando Savater y Antonio Muñoz Molina, que han celebrado el libro, su audacia irreverente y su coraje. Supongo que dos escritores que quieren marchar contra la corriente, sin dejarse llevar por el arrastre de lo políticamente correcto,  han apreciado en sus páginas una osadía a ensalzar. Quiero creer que accedieron la primera versión, la que circuló en la Red, no a este volumen que ahora publica El Lector Universal, en Barcelona.  En efecto, eso explicaría que Savater admitiera escribir un prólogo para la edición en papel, prólogo en el que indica que “Ricardo Moreno Castillo ha escrito un panfleto: es decir, no un tratado que resuelve todos los problemas, sino un grito de alerta polémico que nos zarandea para que advirtamos que existen”. Por eso, añade Savater, “todos sus planteamientos pueden ser discutidos, pero ninguno puede ser pasado por alto”. O eso –la lectura de este Panfleto en su primera versión electrónica— es lo que justificaría que Antonio Muñoz Molina remitiera al autor un e-mail elogioso en el que reconociendo estar “al tanto del desastre en el que vive la enseñanza”, decía compartir “punto por punto todo lo que usted dice”.  

He leído ese Panfleto antipedagógico de Ricardo Moreno Castillo, la edición en papel, y no sé si estoy escandalizado o sorprendido. No sé si es posible escribir con un estilo tan avinagrado, tan enojado; o no sé si se puede garabatear alguna idea con  tanta cólera. Admito mi simpatía por la defensa del laicismo que hace el autor. O, como dice Savater, “resulta inmundo, por supuesto, que a estas alturas se siga haciendo depender la formación moral y hasta cívica de los ciudadanos del mantenimiento obligado de una asignatura de religión confesional”. Pero, insisto, hasta la defensa de esta idea cobra unos tintes sombríos en la prosa huraña e indignada de Moreno Castillo.  ¿Hay razones para esa exasperación? El Panfleto trata de objetivar lo que en principio es una desazón personal: el mal, el pésimo estado de la educación que Moreno Castillo habría detectado.  ¿Está justificado ese dictamen? 

El autor es catedrático de Enseñanzas Medias y, a la vez, profesor asociado de Universidad. Con mucha carga docente, presumo: con muchas horas semanales de clases no muy bien pagadas. Estudió matemáticas y filosofía y, según indica la solapa, ejerce desde 1975. Son más de treinta años y, supongo, la crisis personal que aqueja a tantos enseñantes también a él le ha llegado, sobre todo cuando evalúa el estado de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y cuando arremete contra los efectos de la LOGSE y de la nueva LOE. Él mismo reconoce su malestar, esa pesadumbre inespecífica para la que busca responsables: en primer lugar, los pedagogos, tan dados a experimentar con la educación valiéndose de un argot entre vacuo e incomprensible; en segundo lugar, los estudiantes, gente tan frecuentemente malcriada, añade; en tercer lugar, los padres, habituales malcriadores, salvo excepciones, temerosos de sus vástagos; y en cuarto lugar, sus propios colegas, muchos de los cuales se habrían dejado llevar por la jerga pedagógica  o, en otros casos, por la indiferencia.  

Me parece que el libro peca de lo que un mal análisis suele pecar: de generalizaciones abusivas, de increpaciones totales, de irritaciones personales, de vocerío. La misma adopción del género, el del panfleto, le lleva a ello. Un panfleto es siempre una declaración de intenciones, un diagnóstico generalmente apocalíptico y ocasional escrito con retórica fogosa, un texto de circunstancias que, por su misma concisión, ha de simplificar la realidad describiéndola en tonos hiperbólicos. Vale decir, frente al análisis mesurado, documentado, erudito, el panfleto facilita el bullicio verbal: pronunciarse sin impedimento y con temeridad, con desmesuras. El panfleto es una escritura propia de agitador: con ella, el autor hace declaración de intenciones y a la vez emprende la demolición de las ideas recibidas. Cree así desvelar lo que estaba oculto por excesiva prudencia o corrección; cree así extirpar males, erradicar el desvarío que otros no se atreverían a denunciar.  

Que se grite alto, que se muestre irritación por el curso de la realidad, que se manifieste desaliento…, son circunstancias que no dan la razón necesariamente. El principal problema del volumen, que tanto éxito ha tenido desde fuera bendecido por Fernando Savater, es que generaliza ignorando deliberadamente lo que pasa con tantos y tantos muchachos de los centros públicos. Conozco numerosos adolescentes que están cursando la ESO o el Bachiller en los que no veo los rasgos  que justificarían los denuestos de Moreno Castillo. Los veo bien preparados, con mayor número de conocimientos, con mayor caudal de contenidos que los que yo nunca pude llegar a tener a su edad. Por tanto, me parece que es una descripción vejatoria decir, por ejemplo, “que muy pocos de los alumnos que acaban hoy la enseñanza obligatoria a los dieciséis años  aprobarían el examen de ingreso que pasamos a los diez las personas de mi generación, y ninguno el de la reválida de los catorce años”. Con diagnósticos tajantes e impresionistas a la vez, basados supuestamente en su experiencia docente, el autor generaliza y, por tanto, se equivoca.  

Como  se equivoca cuando habla de la mala educación actual, cuando habla de los malos modales que aquejan a todos los adolescentes que cursan la ESO. “Los modales se imponen”, dice Moreno Castillo. Desde luego que sí: no son fruto de una negociación democrática a partir de las mayorías. Los modales son esas normas que rigen nuestro cara a cara, los principios que hemos de respetar para hacernos mutuamente accesibles. Y esas normas no son fruto de una generación: son un legado, una tradición, que llega hasta nosotros y que hemos de aprender. Esto no lo dice así Moreno Castillo, pero lo parafraseo yo mismo con el fin de abreviar. Ahora bien, esos modales recibidos no son necesariamente algo incuestionable: hay normas obsoletas, concebidas para otros tiempos más viriles o patriarcales por ejemplo, que ahora ya no se sostienen. Una parte de la rebeldía juvenil que empieza en los años cincuenta tiene por propósito acabar con esas restricciones que se ven absurdas. Pero hay otra parte de las normas que siguen vigentes, felizmente vigentes, por supuesto, y que hay que conservar. Por eso, añade Moreno Castilla, los profesores (como también los padres) han de ser conservadores, una idea que toma en préstamo de Fernando Savater. Por eso, en fin, si para imponer los modales  “se hace necesaria una bofetada, pues adelante. Una bofetada dada a tiempo no traumatiza a nadie y puede salvar una vida”. Me froto los ojos, vuelvo a leer. No es una afirmación aislada. Reincide en ella y de manera más contundente: “páginas atrás he defendido lo sano de una bofetada en el momento oportuno, pero si se ha dejado pasar la ocasión, la bofetada que no recibió antes de los siete años ya no tiene sentido a los quince”. 

El autor confunde culpablemente la contención, la represión, la firmeza de los padres con el reparto de los guantazos…, en el momento oportuno. Habrá que averiguar cuál es el momento oportuno y hasta dónde hay que golpear, con qué furia, con qué fines, con qué empeño, con qué fuerza. Y, sobre todo, hay que repartir sopapos antes de los siete años y no a los quince: tal vez porque cuando ya son adolescentes talluditos están encallecidos y no son reeducables, pero quizá también porque a los quince con su musculatura nos rebasan. Me parecería simplemente risible la propuesta –dar guantazos a los un niños antes de los siete años, pero sólo en el momento oportuno–, si no fuera porque es de una gravedad colosal.   

Seguiría, pero no quiero desmenuzar su letra pequeña para no aburrir, unos capítulos que vienen precedidos de citas de autoridad como detente bala, como parapetos tras los que proteger sus ideas frecuentemente banales, generales. Ni todos los pedagogos provocan cataclismos como los que el autor detecta, ni todos los padres son unos blandos, ni todos los muchachos son esa carretada de energúmenos que no quieren aprender, ni todos los medios audiovisuales son necesariamente un freno a la lectura. Moreno Castillo siempre cree hallar excepciones, jóvenes, por ejemplo, que no pueden aprender porque el ambiente creado por la LOGSE lo impediría, unos pocos muchachos que aún leen a pesar de los pedagogos, de los padres y de los profesores.  

Me he puesto a buscar y he encontrado algunos, sí. Yo creo ser un lector consumado de libros-basura o de obras perecederas. Es un vicio que me consiento. ¿Un nuevo libro de Alfredo Urdaci? Inmediatamente lo compro y lo leo. Después de este acto pecador, ¿qué podría reprocharles a mis hijos? El libro que semanas atrás estaba leyendo mi hija, era Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis. Si no me equivoco es un volumen de un confesionalismo bastante fastidioso. Ella vio la película y eso le despertó el interés por leer dicho volumen. Razonablemente, cuando llevaba más de cien páginas me reveló que era soporífero y que deseaba abandonarlo. Por supuesto, le dije. La lectura no puede ser un tormento que se realice sin placer. ¿Creen que podría reprocharle algo a mi hija?  

Uno de los últimos libros que he leído y con los que más me he reído es He dicho, de Andreu Buenafuente (obra de la que, por cierto, he escrito una reseña periodística). No es cultura basura: es un volumen generado por la cultura de masas que estimula la agudeza, el ingenio. Precisamente por eso se lo recomendé a mi hijo. Tiene dieciséis años y Buenafuente es un referente para él. Pero, a la vez, motivado por la profesora de Cultura Clásica  mi hijo leyó El libro de las maravillas, de Nathaniel Hawthorne, sin que yo se lo recomendara. Por cierto, es ésta una materia (Cultura Clásica) de la que Moreno Castillo hace chanza frente a la solidez de los latines. Como se sabe, la obra de Hawthorne es un clásico con el que acceder a la cultura grecolatina. Al menos lo era entre los muchachos norteamericanos de otro tiempo. La idea del mito que H. P. Lovecraft se hiciera cuando era joven procedía de este libro. Ya ven: los medios audiovisuales no son necesariamente un antídoto contra el vicio de leer o contra el deseo de aprender. Ya ven: ni mi hijo ni mi hija, que estudian en un colegio público y en un instituto, han caído víctimas de la LOGSE o de la LOE. No creo que sean ejemplos de mala educación. ¿Gracias a que su padre les propinó guantazos antes de los siete años? ¡Por favor…!

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.17.06

La República…

Posted in Democracia, Historia at 8:41 por jserna

‘Derecha, Monarquía y República’

Martes, 18 de julio de 2006

En este día, martes 18 de julio, no quiero abrir nuevo post  en el blog, pero les remito al artículo que hoy publico en Levante, titulado ‘Derecha, Monarquía y República’ y que pueden comentar aquí mismo. Tiene que ver con el texto que desde ayer lunes es objeto de discusión (‘La República: entre Rajoy y Jiménez Losantos’). “…descreo profundamente del artificio monárquico de la derecha, esa que le lleva a fantasear sobre el peso de la Corona en el recorrido democrático de los dos últimos siglos”.  Leer más…  

La República: entre Rajoy y Jiménez Losantos

Lunes, 17 de julio de 2006

hispania.png  Decía Javier Cercas en uno de los textos de La verdad de Agamenón que necesitamos  “instituir un relato consensuado de nuestro pasado inmediato que, como un mínimo común denominador, sin tergiversar la realidad histórica sea aceptado por la mayoría de la sociedad”. La idea es muy interesante, desde luego, y podríamos añadir que buena parte de los encontronazos que aún tenemos proceden de esa falta. Aunque ese relato consensuado esté aceptado en lo básico por los historiadores académicos, su “conocimiento no ha llegado a la sociedad”. Y eso facilita, precisamente, la proliferación de ideas fantasiosas, de errores de bulto, de fantasmagorías de las que se aprovechan los llamados revisionistas.   Interrogado sobre el régimen de 1931 y los vínculos posibles que pudiera tener con el sistema actual, tal como proponen reconocer los socialistas, Mariano Rajoy expresó sus distancias (Abc, 25 de junio de 2006). Básicamente se mostraba reacio a incorporar la II República dentro de ese relato. Reproduciré el pasaje completo para después analizarlo. El extracto condensa la historia contemporánea de España y en él están el enredo y el encono que el pasado aún provoca entre nosotros. Revela un conocimiento sucinto, entre averiado o defectuoso, si me permiten.   

“España tiene una historia absolutamente amplia. Yo creo que la II República no fue ni mucho menos una de las páginas más brillantes de nuestra historia; más bien muchos coinciden en que fue todo lo contrario. De donde venimos ahora es de la Constitución del 78, que, consciente de la historia próxima española, de lo que pasó en el siglo XIX y en el XX con la II República, que terminó en una Guerra Civil y en 40 años de régimen autoritario, y con voluntad de mirar hacia adelante y hacer un país europeo y democrático, dijo: vamos a mirar hacia el futuro. Y ahora esta pandilla de irresponsables están haciendo exactamente lo contrario y generando problemas que nadie les había pedido que lo generasen, además de tensiones ridículas. Son una pandilla de irresponsables. Me siento cada vez más identificado con el espíritu de la Transición. Por lo menos, aquella era una gente educada y normal que intentó construir”. 

¿Por qué me parece una idea equivocada de la historia contemporánea? En primer lugar, decir que “España tiene una historia absolutamente amplia”  no significa nada, exactamente nada, una enfática declaración de un político solemne. ¿Absolutamente amplia? No me extraña: para algunos historiadores dedicados a la divulgación, como Fernando García de Cortázar, puede hacerse una historia de España de Atapuerca al Euro. Ese exceso también lo cometió dicho autor justamente cuando aceptaba titular una serie televisiva como Memoria de España, remontándose hasta la prehistoria, abuso que ya le critiqué. Por tanto, la amplitud no es un dato significativo a la hora de poder incluir o no la II República como momento significativo de nuestra historia. Pero es que, además, tampoco el sentido de las libertades y de la democracia tienen que ver con esa historia absolutamente amplia, tan absolutamente amplia. Salvo que queramos, claro, hablar de libertades medievales asociándolas a la libertad que trae el Constitucionalismo.  

En segundo lugar, decir –como dice Rajoy– que “yo creo que la II República no fue ni mucho menos una de las páginas más brillantes de nuestra historia; más bien muchos coinciden en que fue todo lo contrario”, tampoco significa gran cosa. La evaluación del pasado no depende de la brillantez de este o de aquel pasaje, sino de la lección que podamos aprender. El franquismo es una de las páginas menos brillantes de nuestra historia, cosa en la que muchos coinciden, y sin embargo estamos obligados a estudiarlo. ¿Por qué razón? ¿Porque de ese sistema procede nuestra actual democracia?  Si hemos de atender a lo que dice Pío Moa, es así. Pero la democracia que se erige en la Transición se hace contra el franquismo, contra la exclusión y contra un sistema parlamentario defectuoso y digno que fue el de la II República. Fue éste un régimen en el que la construcción de la libertad se vio seriamente amenazada por la violencia que ya era tradición en la historia de España –las guerras civiles del siglo XIX y las colisiones sociales– y por el contexto antidemocrático de la Europa de entonces.  

En tercer lugar, decir que “de donde venimos ahora es de la Constitución del 78”, un texto en el que el constituyente se hace sabedor “de la historia próxima española, de lo que pasó en el siglo XIX y en el XX con la II República”, es una afirmación que contiene verdades, verdades a medias y simplemente falsedades o errores gravísimos. En todo caso, son equivocaciones intolerables  en un político de campanillas. ¿Por qué digo todo esto? Porque la Constitución se redacta con el propósito de hacernos remontar la anomalía histórica que había supuesto el franquismo, un sistema dictatorial que afectó e infectó todo lo anterior, un régimen que otorgaba nuevo significado a lo ocurrido, por ejemplo, en el Ochocientos. Por otra parte, la violencia decimonónica poco tiene que ver con la República (con la I República). Tiene que ver, por el contrario, con la difícil adaptación de la Monarquía tradicional a las exigencias constitucionalistas. Las guerras carlistas del Ochocientos no son episodios republicanos: la sangre que se vierte es resultado del desajuste con que los Soberanos se insertan en un sistema parlamentario y liberal.  

En cuarto lugar, decir que la República “terminó en una Guerra Civil y en 40 años de régimen autoritario” es una manera de trabar continuidad a lo que es ruptura. El franquismo no fue un régimen autoritario, así, de principio a fin: fue un sistema que atravesó distintas etapas, la de la fascistización, la del nacional-catolicismo, la del desarrollismo: que nos hacen pasar del modelo estrictamente totalitario, de inspiración mussoliniana, de movilización extensa e intensa, a otro de raigambre conservadora, devota, beata y africanista, pero también violenta.  Por eso, es un absoluto error plantear como único contexto de la guerra civil española el de las guerras civiles del Novecientos, como hace César Vidal en su último (¿último?) libro. Ustedes lo habrán visto. El autor comienza diciendo que el siglo XX se resume en la pugna entre revolución y contrarrevolución, esquema que habría suscrito Franco. Me parece una simplificación, pero –en el caso de aceptarlo– ese esquematismo se derrumba si consideramos el Ochocientos: las guerras civiles que se dieron en la España del siglo XIX son el auténtico proemio de la contienda del 36: resolver los conflictos a mamporros, unos conflictos del pasado en los que no había comunistas y en los que los republicanos no eran gran cosa. El palo y el tentetieso también forman parte de esa “historia absolutamente amplia” que evoca Rajoy y que llega hasta el franquismo.  

Por eso, finalmente, decir de los socialistas –como dice Rajoy– que son una “pandilla de irresponsables” que están haciendo lo contrario de lo que fue la Transición “generando problemas que nadie les había pedido que lo generasen, además de tensiones ridículas” es, como mínimo, una expresión altisonante y belicosa. Decir que son una pandilla de irresponsables y a la vez proclamar que “me siento cada vez más identificado con el espíritu de la Transición” es una contradicción. Decir que “por lo menos, aquella era una gente educada y normal que intentó construir” es un gesto entre altanero y soberbio que se acomoda mal con la integración que propusieron los políticos de UCD, una integración que llevó a legalizar al PCE, que llevó a incorporar a una Oposición que se enfrentaba a los restos del franquismo.  

Lamento decirlo, pero lo veo día a día: el lenguaje de Rajoy rinde pleitesía a la batahola de los sectores más bulliciosos de la derecha extremada. Ayer, en la clausura del curso de FAES, el líder actual del Partido Popular acabó echando mano, otra vez, de la historia. Su apostilla fue firme:  “pero, sobre todo, para nosotros, como herederos de la tradición liberal iniciada en las Cortes de Cádiz, España es libertad. Libertad para vivirla desde el orgullo de poder contribuir personalmente a su grandeza y su progreso.  España y la libertad, dos palabras menospreciadas por Zapatero a lo largo de sus dos años de Gobierno. Dos palabras que se echan de menos. Quiero que nuestro proyecto político las convierta en el eje de nuestras propuestas y de nuestra alternativa de gobierno. Quiero que sean el horizonte de un futuro que movilice a los ciudadanos en torno a ella. Quiero que sean la prioridad de un Partido Popular que desea estar a la altura de lo que de verdad está en el corazón de las ilusiones y esperanzas de los españoles. Creo que esto es posible”.  

Bonitas palabras, España y libertad, desde luego. O son declamaciones que todos podríamos suscribir; o son voces de resabios historicistas, como esa invocación a  las Cortes de Cádiz, de las que arranca, por cierto, la primera serie de guerras civiles entre españoles. Pero es que, además, esas palabras campanudas y rimbombantes coinciden, para mayor sorpresa, con el último best seller de Federico Jiménez Losantos: España y libertad. Vaya por Dios.

espanaylibertad.jpg

————————–

Regresamos con nuevo ‘post’ el miércoles 19 de julio.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.14.06

Las ficciones de Pío Moa

Posted in Historia, General at 9:05 por jserna

iluminado.JPG  Semanas atrás, cuando apareció, cuando lo vi en los expositores de novedades, me interesé por el libro. Lo primero que me llamó la atención fue su cubierta, una instantánea que ocupa todo el frontis y en la que vemos saludándose a dos dirigentes políticos. Visten elegantemente, con ternos de excelente paño. Detrás aparece el granito de una columna que adivinamos sólida, pétrea. Parecen estar en el porche de algún edificio oficial, en la recepción que uno da al otro antes de pasar al interior. Se dan la mano, con cortesía, pero el protocolo se rompe cuando uno de ellos señala algo que está fuera de campo, en la parte superior. Quien indica parece ser el anfitrión, ya que ese dominio de la escena (hacer dos cosas a la vez con las manos)  sólo puede deberse a aquella persona que conoce lo que allí hay u ocurre.  

Pero no. Si lo pensamos bien, puede ser justamente al contrario. Puede, en efecto, que quien apunta con el dedo sea el huésped, tal vez admirado de algo que no esperaba: un ornamento o una gárgola o un cielo azulísimo. En ese caso, el anfitrión, chocando aún su mano, mira hacia ese punto que ignoramos, tratando de confirmar lo que el recién llegado le dice. Es el suyo un gesto de quien no esperaba tal cosa, esta leve ruptura del protocolo que alivia las rigideces propias de los encuentros oficiales. Le queda una mueca característica: la que solemos poner cuando miramos al cielo. Tal vez, no sea ese firmamento azul lo que ha sorprendido al visitante, sino unas nubes amenazadoras que anuncian lluvia. Muchas veces, cuando miramos el cielo, justamente porque levantamos la cabeza se nos suele quedar la boca entreabierta. Si alguien nos hiciera una fotografía en ese momento es probable que apareciéramos con una expresión poco favorecedora…  

Pero no: esos labios entreabiertos quizá sólo indican que quien mira está hablando a la vez, confirmando la amenaza de esas lluvias venideras, sonriendo para restarle importancia. El resultado del cuadro, el efecto que produce en el espectador, es que quien señala con el dedo parece dominar la escena, con resolución, con esa campechanía que dan los muchos años de experiencia. Nada sabemos de lo que en realidad hablaron huésped y anfitrión, pues el hecho es mudo, un momento que captó la instantánea creando una imagen de cuyo sentido no hay registro en la cubierta. El tiempo quedó congelado en la fotografía, la circunstancia está abstraída y nos falta profundidad de campo, el contexto preciso. Por supuesto que podemos averiguar estos datos. Quién hizo la foto, qué reunión es ésa. Aun así, no lograríamos reunir todas las informaciones que dan sentido a los gestos.  

Cuando una imagen está vacía o de ella se han amputado la mayor parte de los datos, entonces corremos el riesgo de fantasear, de añadirle lo que no tuvo, de sobreinterpretar, de manipularla para que esa instantánea diga lo que queremos que diga, para que parezca decir una cosa aun cuando no sepamos si efectivamente lo decía. Roland Barthes lo señaló con tino en dos de sus libros más sabios: Mitologías y La cámara lúcida. El momento se adhiere a la foto y eso le da un efecto de realidad a la instantánea. Pero si ese soplo está evacuado, vacío, entonces el retrato es como un significante sin significado, un significante cuyo relleno corresponde al espectador, inducido o no por quien dispone la fotografía, por quien nos la muestra.  

El retrato no nos da a los personajes en su contexto, sino que, como en este caso, se lleva a la cubierta de un libro: es una imagen rodeada de otros elementos que no estaban en el instante original y que ahora sirven para interpretarla, sobreinterpretarla o malinterpretarla según las intenciones del autor y del editor. No significa nada que dos hombres se den la mano, que uno extienda el dedo índice de su mano izquierda y que el otro mire fuera de campo con un gesto o mohín. Acabará significando lo que los responsables del libro quieran. Pues bien, si el título del volumen es El iluminado de la Moncloa y otras plagas, entonces comprenderemos cuál es el resultado.

¿Quién es el iluminado?  Desde luego aquel que está en las nubes, aquel que está mirando las nubes.  ¿Qué papel desempeña el otro personaje? Desde luego, se apodera de la escena con ese dedo y parece notársele un aire desenvuelto, dominador, y ello, además, siendo el huésped…, ¿en la Moncloa?  Ya lo sabemos: quien mira con ese aire ensimismado es José Luis Rodríguez Zapatero; quien señala con energía campechana, franca,  es Jacques Chirac. ¿Fue así la circunstancia? Insisto, la falta de datos permite manipular la imagen para reforzar un determinado sentido: se vacía ese significante y se rellena con el título y con los contenidos del libro. Pues bien, ése es el modo de operar de Pío Moa, el autor del libro. Utiliza la realidad a su antojo para que sus fuentes, sus vestigios, sus documentos (y esta foto es un documento más) digan lo que él quiere que digan.  

Leí el libro y confirmé lo que me temía y lo que le había reprochado yo mismo a Moa en una polémica que con él sostuve a propósito de Franco. Un balance histórico. El modo de argumentar que tiene, me decía, entraña un empleo dudoso de las fuentes y de los testimonios. Cuando éstos se atienen a la tesis previa que se desgrana en el libro, cuando aquéllas se ciñen a lo que quiere sostener, entonces se cita al adversario, incluso al enemigo, de quien se podrá tomar una u otra frase que se acomode al esquema interpretativo. Cuando así ocurre, Moa  no se pregunta por la verdad de ese testimonio. Sin más admite la certeza o el acierto, justamente porque confirman lo que él ya sabía de antemano. Cuando, por el contrario, el documento (del mismo testimonio, por ejemplo) contradice el hilo argumental, entonces lo atribuye a la falsedad o a la doblez o a la ceguera o a la ignorancia del testigo. Es decir, el expediente del ensayo (género nobilísimo donde los haya) le sirve para justificar su pereza documental o para legitimar sus temeridades interpretativas con frases sacadas de texto o de contexto.  

Frases sacadas de texto o de contexto. Pues bien, la lectura de este segundo volumen me confirma lo que entonces dije. La fotografía de Rodríguez Zapatero y de Chirac es el ejemplo externo de lo que digo: sacar de contexto la instantánea –el documento– para hacer de ella lo que uno buenamente desee. Y eso que desea está claro, como dije ayer mismo en un artículo en Levante: Pío Moa tiene como principal labor propagandística la de inculpar a los perdedores para hacer inmediatamente analogías con los socialistas de hoy: si las víctimas fueron victimarios y estos revisionistas ven ahora semejanzas casi completas con hechos del pasado, entonces la acusación recae sobre los políticos actuales. Ésta es la ficción de Moa que se despliega, uno tras otro, en sus libros. Algún incauto puede que los lea como si sus asertos fueran enunciados de historiador. Pues, ustedes verán: ustedes verán la foto y su manipulación…

—————————-

Regresamos el lunes con un nuevo ‘post’…

 

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.13.06

Cuatro buenas razones para leer a Javier Marías

Posted in La felicidad de leer at 8:35 por jserna

 javiermarias.jpg

Desde el veintinueve de junio quería celebrarlo, sumarme a los parabienes. He tardado algo pero finalmente lo digo y lo escribo: Javier Marías entra en la Real Academia  Española para ocupar el sillón R, el que quedara vacante al fallecer Fernando Lázaro Carreter. Todos los medios se hicieron eco de la noticia. Quien presentó su candidatura, Gregorio Salvador, destacó extrañamente el “prestigio” de su obra como prueba de fuerza, como uno de los avales que harían meritoria su plaza, leo en Levante. Por su parte, los reporteros de El País le reconocían ser “maestro de una prosa sofisticada que ha encandilado a millones de lectores”. Otros periódicos, como Abc y El Mundo, dieron igualmente la noticia repitiendo las declaraciones de Gregorio Salvador y lo extraordinario de su creación.

Yo no creo que el prestigio de una obra sea mérito para entrar en la Academia, pues hay reputaciones literarias muy mal ganadas que no justifican un ascenso. Si los medios recogieron bien las palabras de Salvador, entonces habría que matizar ese aval, que es ornamento, pero no fundamento. Si es cierto que Marías es dueño de un significante expansivo o, en los términos periodísticos, “maestro de una prosa sofisticada que ha encandilado a millones de lectores”, entonces creo que ése sólo sería un aspecto más, aunque no el principal. Las palabras que siguen son el argumento que a mi juicio justifica su ingreso en la Academia: la base de su excelencia literaria. ¿Tiene que ver con la prosa, con su prestigio, con sus lectores millonarios?  Tiene que ver con la representación de un mundo –extraordinariamente parecido al nuestro aunque no sea, aunque no pueda ser su calco– en el que los personajes y sus narradores operan de manera obsesiva e indiciaria. Al actuar de este modo, todo lo visto y contado –con esa prosa sofisticada— se convierte en objeto de pesquisa y, así, hasta el más nimio asunto deviene objeto de una especulación perturbadora.

Los narradores de Javier Marías son impresionables, bravos y pasivos a un tiempo, dotados de una imaginación entre enfermiza y creativa: saben mirar los objetos cargados de pasado y densidad, prosopopeyas de los vivos y de los muertos, piezas sueltas de lo real. Conjeturan significados, atribuyen sentido a hechos que parecían no tenerlo o incluso a fotografías…, siempre mudas y sugerentes. Ah, la muerte, la lenta difuminación del yo, las cosas que nos sobreviven, ese mundo de cachivaches que fueron nuestros y que, al final, son los restos de la identidad. Vean, si no, qué le ocurre al relator de Corazón tan blanco. Mira, pero sobre todo habla, habla sin parar para sobrevivir, para detener la descomposición, presuponiendo con detalle, pormenor y circunstancia, dejándose conducir por los hechizos del azar. Divaga sobre lo que ve y sobre lo que él mismo es, abandonándose a unos incisos que le llevan a pronunciarse con elocuencia precaria y expansiva, con ese desparpajo o desembarazo… En el fondo, muchos individuos nos comportamos así: apreciamos un detalle y, lejos de contenernos, nos entregamos a presunciones e inferencias, rastreando la Negra espalda del tiempo, como dice Marías cuando invoca a Shakespeare.

Ésa es la manera que tenemos de abordar la realidad indescifrable que se nos presenta día a día: mero vislumbre creativo. O, como dice Elide Pittarello, los personajes de Marías demuestran ”una desbordante capacidad imaginativa”. Y añade: “ocultos hasta el punto de asimilar su vida a la evanescente condición del fantasma, de lo impreciso, estos sujetos captan sobre todo el lado en sombra de la realidad”.  Dos son las palabras clave del dictamen: fantasma y sombra. Esos personajes tienen siempre algo de fantasmagóricos: o bien porque son literalmente espectros (Cuando fui mortal), o bien por que se cobijan en la irrealidad que alumbran, sumidos en un espacio que carece de lindes y de asideros. Son sombras, en efecto: pura nube sin espesor, aire que sale por la boca.

La impresión que uno tiene cuando lee las novelas de Javier Marías es que los narradores y los personajes se expresan, efectivamente, con una locuacidad ilimitada, como si nos estuvieran revelando algo inconfesable, un secreto familiar, un oscuro detalle que nos hace copartícipes  de una epifanía o una declaración. Saben expresarse, con ese manejo de la sintaxis (¿sofisticada?) que capta, que captura, que subyuga en párrafos inacabables. Con esos períodos larguísimos y envolventes, con enumeraciones, amplificaciones y concatenaciones que sirven para persuadir al lector, imaginando el destino potencial de uno mismo a partir de escasos indicios, meros barruntos de lo que la existencia nos da. Porque, en efecto, en Marías la novela no es sólo relato: es también autoficción y metaficción, formas de indagar sobre un yo que se despliega y que se dice, maneras de hacer explícitos los límites del propio acto de enunciar. “A diferencia de otras clases de pensamiento”, dice el novelista, “que sí son formas de conocimiento, el literario es más bien una forma de reconocimiento”. En realidad, la literatura (la de Marías, por ejemplo) “no cuenta lo consabido, sino lo sólo sabido y a la vez ignorado. O en menos palabras: sin poder explicarlo, cuenta el misterio”. Como en los viejos relatos ingleses, como en el Oxford espectral de Todas las almas.

Me dirijo especialmente a ustedes, sí, a ustedes, lectores tal vez reacios, que le son hostiles o indiferentes, aun sin haberlo frecuentado. ¿Todavía dudan sobre la virtud narrativa de que se vale nuestro autor? Aprovechen ahora que hay un motivo respetable para leerlo: la prosa, la mera prosa que lo lleva a la Academia, según los periódicos; o, mejor, el habla errabunda como acto de supervivencia y perquisición. “Me gustaría ser el tipo de escritor”, dice el novelista, “como los que me gustan a mí”: “que me dé igual de lo que hablen, quiero sólo que sigan hablando”. Eso, exactamente eso, me sucede a mí como lector de Marías: que siga hablando e investigando…

———————————————–

Otros enlaces sobre Javier Marías:

http://www.javiermarias.es/

http://sendalibros.blogspot.com/2006/06/el-acadmico-maras.html

http://www.emboscados.com/foro/viewtopic.php?TopicID=1732

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2006/06/javier-maras-letra-r.html

http://www.uv.es/jserna/Marias.htm

http://www.uv.es/jserna/Pasajesveinte.htm

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot
  • De.lirio.us
  • Ma.gnolia
  • meneame
  • MyShare
  • Netscape
  • Shadows
  • Technorati
  • YahooMyWeb

07.12.06

Azúa, Bodella, Espada y… Rivera

Posted in Cataluña, Democracia at 8:25 por jserna

azuaboadellaespada.jpg    Hace un año, más o menos, escribí un artículo sobre Ciutadans de Catalunya. Mostraba mi escepticismo, básicamente por estar constituido por intelectuales: por profesores metidos en arena política. ¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba días atrás en Levante. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Los intelectuales son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian; aquellas personas que valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos, difunden su palabra, su voz. E incluso fundan partidos.  

Ciutadans de Catalunya (o ahora, Ciutadans-Partit de la Ciutadania / Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía) es un partido promovido por intelectuales. El 7 de junio de 2005 se presentó en la Plaza Real de Barcelona un Manifiesto titulado Por un nuevo partido político en Cataluña, un manifiesto impulsado por quince escritores o profesores de reconocido prestigio, entre los que se encontraban Félix de Azúa, Albert Boadella, Félix Ovejero, Iván Tubau y Arcadi Espada. Según recogía Abc, esa proclama nacía con “el  aval de doscientos intelectuales”. Nada menos. En aquel momento, dicha iniciativa me produjo un enorme escepticismo, justamente por ser obra, mayoritariamente, de intelectuales, de profesores. ¿Se cumplen los vaticinios? 

¿Unos intelectuales y docentes organizando un partido político? No me los imaginaba cotizando, acudiendo a inacabables reuniones de célula (¿se dice así?), haciendo labor de proselitismo y formación, dedicando horas a la agitación y propaganda, tratando de hacerse un hueco en la contienda electoral, achicando espacios políticos, adoctrinando a la base, engrasando la maquinaria y ajustando la fontanería. “Llamamos, pues, a los ciudadanos de Cataluña identificados con estos planteamientos”, concluían en su Manifiesto, “a reclamar la existencia de un partido político que contribuya al restablecimiento de la realidad”. Es decir, que no iban a ser ellos quienes lo organizasen, sino que invitaban a otros crearlo; que no iban a ser ellos quienes militaran para levantar una estructura, sino que, retirados en sus gabinetes o dedicados a sus tareas profesionales, inspirarían, como si de regeneracionistas se tratara, a una nueva generación de políticos comprometidos con “la realidad”. No sé, no sé…, me decía.   

Un año después, insisto, las previsiones se han cumplido. Leo en Abc (que tanta simpatía les ha dispensado), en el Abc del 10 de julio de 2006, que “los fundadores de Ciudadanos de Cataluña renuncian a la acción política”. ¿Renuncian a la acción política? Es decir, ¿que Félix de Azúa, que Arcadi Espada, que Albert Boadella, etcétera, se repliegan? La descripción del corresponsal Ángel Marín, aunque de sintaxis enrevesada, no tiene desperdicio: “después de más de casi dos años de compartir ilusiones en la penumbra, los promotores de la plataforma antinacionalista dejaron ayer, de alguna manera, huérfano al partido recién nacido. Una sensación de abandono que dificultara aún mas el crecimiento de la nueva formación política que tendrá su primer reto electoral en los próximos comicios autonómicos catalanes de mediados de octubre”.

Algunos analistas malintencionados hablan de que los intelectuales abandonan el barco, de que no quieren medirse en los comicios. Yo no creo que sea exactamente una dejadez o una incuria profesorales. Creo, más bien, que tienen un concepto entre utópico y vanguardista de la  política. Utópico y vanguardista, pero equivocado. No quieren capitalizar el respaldo mediático, dicen. No quieren atraer sobre sí todo el interés y, por eso, dejan a Albert Rivera, un joven abogado de 26 años, como presidente del nuevo partido, integrado básicamente por “ciudadanos anónimos dispuestos a tirar del carro de un proyecto que nació a partir de las reflexiones políticas de una quincena de intelectuales reunidos en un restaurante barcelonés”, añade Ángel Marín.  

¿Un restaurante barcelonés? Dicho así, suena inadvertidamente frívolo y creo, de verdad, que había seriedad y empeño voluntarista en lo que se proponían, error de perspectiva pero formalidad y esfuerzo. Se planteaban nada menos que rehacer la política partidista en Cataluña y, por extensión, en España. Nada menos que reconstruir los modos, las maneras de concebir militancia y representación. Por eso, desde el principio los profesores Azúa, Espada y los restantes juzgaron Ciudadanos como si esta iniciativa fuera un experimento. Al fin y al cabo son intelectuales y el ensayo doctrinal y el tanteo práctico forman parte de su experiencia. No podían conformarse con la rutinaria vida de partido, tan esclerótica, supongo.  

“Huiremos del dogma izquierda-derecha”, dice Rivera en El Mundo del 10 de julio. “Queremos ser el partido de las ideas y de los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas”, admite con renuencia el nuevo líder. No sé, no sé… El Mundo insiste en que este dirigente es “un desconocido abogado residente en Granollers”, como si este dato demográfico, como si la falta de celebridad, fuera un obstáculo electoral. No quiero creer que los Ciudadanos pongan el énfasis en la trascendencia mediática del liderazgo, porque de ser así entonces estaríamos ante una opción partidista corriente, equiparable a las ofertas que ya hay. Creo más bien que subrayan algo especial: “Mucha gente decía que era imposible lo que hemos conseguido: crear un partido de ciudadanos”. No hay líderes que se alcen, sino ciudadanos que son aupados o cooptados, defensores de ideas o valores. ¿Nos lo creemos? El Partido Verde, de Alemania, ya lo intentó hace treinta años. 

Si los ciudadanos han debido esperar a que este nuevo partido los represente, entonces… ¿qué cabe esperar de la inevitable oxidación de su fontanería, la férrea consecuencia de toda formación? Decía Robert Michels en Los partidos políticos que la ley de hierro de la oligarquía afecta a toda organización que tenga una estructura administrativa en la que los líderes, desconocidos o no, traten de permanecer. Pasó con el Partido Socialdemócrata alemán (que analizara Michels) y pasó muchas décadas después con los Verdes. Todo dirigente aspira a aguantar, a hacerse con el poder y conservarlo. Los intelectuales de Ciudadanos parece que han renunciado a medirse electoralmente…, cosa que ha parecido muy frívola. No necesariamente es así. Tal vez han renunciado al poder partidista porque son desprendidos y reparten a manos llenas esa influencia que atesoran. O tal vez porque temen enfrentarse a unas maquinarias de los partidos rivales en las que el liderazgo y el sometimiento son sus formas de operar. O tal vez porque sus respectivos empleos les permiten dicha renuncia sin mayor conflicto. Precisamente Arcadi Espada ha declarado que no será candidato a la Presidencia de la Generalitat porque su profesión es la de periodista (y profesor) y no la de político. 

Han contribuido a crear un partido nuevo y han aupado a un dirigente desconocido y dotado al parecer de gran facundia.  Sin ir más lejos: el editorial de El Mundo, de 10 de julio, destacaba las condiciones oratorias del joven Rivera, “su falta de complejos”. Tanto es así que este periódico (que ha apoyado con entusiasmo la formación de este partido) celebraba su remontada hasta el liderazgo, un acierto, decían, “tanto por su desparpajo como por su juventud”. ¿Desparpajo y juventud? No sé si esas condiciones harán olvidar a los seguidores de Ciudadanos a quienes promovieron la iniciativa y ahora se retiran: esos intelectuales también elocuentes aunque talluditos, esos intelectuales que habiéndose pronunciado regresan ahora a sus empleos como profesores y periodistas… No sé. En cualquier caso, la ley de hierro de la oligarquía también acabará afectando a la nueva formación (y a ese joven y “desconocido abogado residente en Granollers”). Seguro que para entonces tendrán que refundarla.

Share and Enjoy: These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • del.icio.us
  • barrapunto
  • blinkbits
  • BlinkList
  • blogmarks
  • BlogMemes
  • BlogMemes Sp
  • blogtercimlap
  • Blue Dot