Rusia


Ideas and Rusia and General28 Abr 2007 07:03 pm

Tras seguir la ruta de los blogs, volvemos a nuestras habituales andadas…

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A finales de pasado mes de enero, Perry Anderson publicó un texto sobre la situación en Rusia en la London Review of Books (vol. 29, núm. 2). El ensayo era interesante, en la senda de los escritos de este veterano pensador,  y creo que aún podrán recuperarlo en la página de la citada revista.  Tras un acerado análisis lo que está sucediendo en aquel extenso país, nuestro autor llegaba a la conclusión de que la escena cultural rusa está  caracterizada por la fragmentación y la desconexión, hasta un punto jamás visto en el pasado.  Esa realidad tendría su corolario (o su causa) en la situación padecida por la edición impresa. El derrumbamiento del sistema centralizado de   distribución de  libros y de  periódicos que existió en época  soviética  habría  creado un sinfín de dificultades para los editores independientes, dejando todo lo que no sea  Moscú y   San Petersburgo en manos de   cuatro o cinco   grandes firmas  comerciales que   publican sobre todo basura y que, como en otros lares,  pugnan por los sabrosos contratos estatales de los libros de texto. 

En ese panorama, decía Perry Anderson, la empresa literaria más significativa de los últimos tiempos sería   Novoe Literaturnoe Obozrenie (Nuevo Observador Literario), un proyecto iniciado en  1992 que se ha convertido en la principal revista del país entre las de su género,  además de contar con un pequeño sello editorial que saca al mercado alrededor de 75    títulos al año, centrados en el ámbito de las humanidades. El grupo fue fundado y está dirigido por Irina Prokhorova, hermana de uno de los nuevos magnates rusos (cotillego blog: resulta ser hermana del socio del conocido potentado Vladimir   Potanin, cabeza visible  del conglomerado del níquel que responde al nombre de la ciudad siberiana de Norilsk).  

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Más allá de la curiosidad, Anderson también señalaba que la empresa de Irina Prokhorova incluye una revista político-cultural  titulada  Neprikosnovennij Zapas (‘Emergency Supplies’) o NZ para los amigos, la cual ofrece un foro para la discusión intelectual  y, además,  acaba de lanzar –un  signo de los tiempos, añadía Anderson- una fastuosa publicación dedicada a la “fashion theory” (en realidad, les aclaro, es la Fashion Theory: Dress, Body and Culture, versión rusa de otra británica). En cualquier caso, se trataría  del intento más coherente por recuperar la época dorada de otros tiempos y, como tal,  se podría contemplar  como un modesto oasis de   reflexión en una escena cada vez más filistea. Desde luego, hay otras cosas, muchas de ellas a la izquierda de ese enclave liberal. Ponía  Anderson como conspicuo ejemplo la librería Falansterio, de obvias resonancias fourieristas, en pleno centro del nuevo y rimbombante Moscú, a poca distancia de los lujosos almacenes de la calle   Tverskaya (antes Gorky).  Allí, en una travesía lateral, puede uno encontrar en lugar destacado, junto a todo tipo de literatura seria, pósteres de Chávez, traducciones del Che, biografías de Bakunin y la trilogía de Isaac Deutscher sobre  Trotsky.           

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Cito lo anterior, que tenía archivado en mi paupérrima memoria, porque mira por tú por dónde la mencionada Neprikosnovennij Zapas acaba de cumplir estos días 50 números y para tal efeméride  ha salido al encuentro de su público con un ejemplar titulado “Nuevo Régimen: 1998-2006”, es decir, nos muestra la era Putin desde varios ángulos (político, cultural  y económico). 

Hay, por ejemplo, un apartado dedicado a la  nation building,  donde  Irina y Svyatoslav Kaspe (analistas del Russian Public Policy Center) analizan los intentos por  formular una idea nacional en la sociedad   post-Sovieta, mientras que  Boris Dubin (sociólogo del   All-Russian Centre for the Study of Public Opinion) se dedica a estudiar   la manera en la que esos intentos han sido percibidos en la conciencia pública.  Vyacheslav Morozov (de la St. Petersburg State University), por su parte,    crítica la idea de   “democracia soberana” — la combinación de   responsabilidad presidencial e independencia nacional — como “reaccionaria” y “restauracionista”, mientras  el politólogo y experto en cuestiones electorales Aleksandr Kynev precisa  los cambios radicales que ha sufrido el sistema electoral y los efectos que éstos tienen en la política regional. Fedor Lukyanov (editor de la revista  Russia in Global Policy) rechaza la idea de que el “imperialismo” de Putin difiera substancialmente de la política exterior desarrollada por  Yeltsin en los   90, mientras que Sergei Markedonov (del moscovita Institute for Political and Military Analysis) señala que la pretensión de Rusia de convertirse en una superpotencia no es más que  “una misión sin propósito”.

En la sección de economía, Yevgeny Saburov (ex-alto cargo y director, entre otras muchas cosas,  del Institute for Investment Problems)  ridiculiza a los jóvenes economistas que ven en el libre mercado la garantía de todo y que, al mismo tiempo, idealizan   el régimen soviético. No tienen  ni idea, dice Saburov, porque desconocen cuál era la  principal   característica   de la economía soviética: la escasez. Asimismo, Leonid Kosals (profesor de sociología económica en la Higher School of Economics de Moscú)  insiste en que discutir sobre la escena económica de la  Rusia contemporánea no es posible si se pasa por alto   la continuidad con el modelo de capitalismo   de los   90 (el clan capitalism). En cuanto a los temas culturales,    Dmitri Travin (profesor y redactor habitual en la prensa) rastrea el auge de los comentaristas  mediáticos en la era post-Sovieta, y  Andrei Levkin (periodista con diversas iniciativas a sus espaldas) obtiene algunas sorprendentes conclusiones   sobre los orígenes de la autocensura   en la prensa rusa. Para concluir,  Mikhail Gabovich, antiguo editor de la revista, contesta a la crítica de la distinguida historiadora Dina Khapaeva sobre la edición especial que NZ dedicó a la Segunda Guerra Mundial y en la que se   reproducía (¿inconscientemente?)  el mito de la gran guerra patriótica. 

Pues eso, que nunca es tarde para aprender las lenguas eslavas

Rusia03 Dic 2006 01:17 pm

Mal empezamos. Era de esperar que estos comentarios interesaran a muy pocos lectores o transeúntes, pero no imaginaba que uno de esos escasos parroquianos decidiera tergiversar mis indicaciones, y menos aún que lo hiciera de modo imperativo y desconsiderado. Para que sean testigos de su actitud les transcribo parte del correo: “…es fácil concluir que esto va a ser un tostón o una tomadura de pelo, pues lo único que va a hacer es copiar lo que publican los periódicos. Va usted de listillo, pero  es un simple pedante. Ya que sabe y lee tanto, ¿por qué no nos dice algo de Rusia?…” 

Permítanme que responda públicamente. En primer lugar, sugiero a este lector (y a cualquier  otro  posible) que en adelante modere sus opiniones y que, en cualquier caso, las incluya en un post, que no use mi correo particular.  En segundo término, le diré que creo haber escrito “sugerencias”. Es decir, estoy abierto a cualquier discusión razonable sobre qué cosas podemos tratar, pero esto no es un programa radiofónico tipo “La petición del oyente” o “Música mientras trabaja”.  Finalmente, he de reconocer que mi relación con los idiomas es tortuosa. Si ya me es harto difícil codearme con algunas grandes lenguas europeas, mi trato con el alemán  o el ruso, por citar sólo dos,  es sencillamente inexistente. Por esta razón se entenderá que poco o nada pueda decir sobre lo que acaece en aquellas tierras.

Aún así, y en aras de no decepcionar a quienes se acerquen, me he puesto a ello (con algo de trampa). Advertencia:  lo que sigue no es lo que desearía como tono habitual de estas entradas. Además, como reparación, les anuncio que tengo casi listos un texto sobre el historiador Carlo Ginzburg y otro sobre el género biográfico. Espero que ambas elecciones compensen el despropósito de hoy.

El gran libro ruso

 El amigo Bykov, satisfecho

La noticia en cuestión no ha sido portada en ningún sitio y tampoco ha provocado revuelo. El pasado 23 de noviembre, tal como distribuyó la agencia rusa Novisti, se fallaron los primeros galardones de un nuevo premio literario. Se denomina Bolshaya Kniga (algo así como “el gran libro”) y gratifica a los mejores volúmenes del año. Lo promueve el gobierno y, al parecer, lo financian los llamados nuevos oligarcas. La ceremonia, muy informal,  estuvo conducida por Fekla Tolstaya, una conocida presentadora de televisión emparentada para nuestro infortunio con el gran maestro Tosltoi. Un nutrido y ágil jurado, compuesto por un   total de 97 personas, declaró que el ganador era Dmitry Bykov, un prolífico escritor (periodista, ensayista y novelista) que se llevó 3 millones de rublos (unos 87.000 euros)  por su biografía de casi novecientas páginas sobre Boris Pasternak. La consolación fue  para Mijaíl Shishkin (en torno a los 29.000) y entre uno y otro se situó    Alexander Kabakov  (algo más de 43.000), que creo que es el único que ha llegado al mercado español (Sin retorno, Ediciones Libertarias, 1990).

  Kabakov 

Estoy convencido de que, como es mi caso,  estos nombres poco les dirán y no debe extrañar, pues la literatura rusa es poco conocida en el Occidente europeo. El ganador, por ejemplo, sólo parece haber conseguido cierto eco en Francia y de, hecho, fue uno de los invitados a la 25 edición del salón del libro de París que se celebró el pasado año 2005. Además, allí se ha  publicado no hace mucho su volumen La justificación, una novela sobre el pasado estalinista aparecida en 2001 y de gran éxito en Rusia.  Pero, y he aquí una cierta curiosidad, al leer ese teletipo recordé que hace unos meses el suplemento Babelia dedicó unas páginas a la nueva literatura rusa. Y, ¿a quién dirán ustedes que entrevistaban? Pues a a Kabakov y a Shiskin, acompañados de Pável Krusánov y  Yevgueni Popov. Sólo faltaba  Bykov. Los interesados tendrán que tirar de hemeroteca.

Poco más puedo decir, obligado como estoy por las circunstancias descritas. Acaso que los promotores pregonan que la  gratificación ofrecida es la segunda en importancia tras el Nobel. Desde luego,   poco saben estos amigos cómo nos las gastamos por estos pagos. Si no ando desencaminado, el Planeta debe estar por los 600 mil euros entre unas cosas y otras.