Historia


Historia and General12 Mar 2008 05:07 pm

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A juzgar por lo que leemos en la última entrega del Times Literary Supplement, parecería que en los últimos meses ha habido un aluvión de novedades sobre este asunto. Geoffrey Wheatcroft revisa para el TLS distintos volúmenes:  el de la británica  Jacqueline Rose, que, tras orillar sus celebrados estudios sobre psicoanálisis, feminismo y literatura, ahonda en lo expuesto en su   polémico The Question of Zion, recopilando ahora  en The Last Resistance, que publicó verso en 2007, algunos de sus ensayos dispersos sobre el mismo asunto con mirada psicoanalítica; el del prolífico Colin Shindler, del Centre for Jewish Studies at University of London, The Triumph of Military Zionism: Nationalism and the Origins of the Israeli Right, un volumen de 2006 que queda algo desfasado porque desde entonces ha editado What Do Zionists Believe? (Granta, 2007) y A History of Modern Israel (CUP, 2008);  el del conocido rabino, escritor  y articulista  David J. Goldberg, también de 2006,  The Divided Self: Israel And The Jewish Psyche Today; el muy reciente de la periodista y escritora británica Victoria Clark Allies for Armageddon: The Rise of Christian Zionism, que publicó Yale a finales del pasado año; el más antiguo del historiador canadiense Yakov M. Rabkin A Threat from Within, del que hay incluso versión castellana (La amenaza interior.  Historia de la oposición judía al sionismo, Hiru Argitaletxea, 2006); y el del mandatario norteamericano Jimmy Carter Palestine: Peace Not Apartheid, aparecido asimismo  hace ahora algo más de un año.

Como se ve, la elección es un tanto ecléctica y queda algo desfasada, como suele ocurrir en el mundo editorial, pues a veces olvidamos la catarata de obras que aparecen todos los días. Podría haber incluido otros textos, desde luego, como el de Michael Makovsky, director del Bipartisan Policy Center (Churchill’s Promised Land: Zionism and Statecraft. Yale University Press, 2007),  o la reciente traducción inglesa del libro del profesor berlinés de estudios islámicos  Gudrun Krämer (A History of Palestine: From the Ottoman Conquest to the Founding of the State of Israel, Princeton, 2008), pero lo que importa no es ser exhaustivos, sino que la reseña sea significativa.

Historia and General10 Mar 2008 09:36 am

Según parece, el volumen reciente que mayores elogios concita es la última obra de Lisa Appignanesi, puesto a la venta a mediados de febrero con el título de  Mad, Bad and Sad: A History of Women and the Mind Doctors from 1800 to the Present (Virago). Appignanesi tiene un notable historial como   novelista y estudiosa de las  ideas. De ascendencia polaca y ciudadanía canadiense, quizá alguien la recuerde por Los muertos perdidos (Península, 2007), la única de sus novelas vertida al castellano. En esa obra nos ofrece una crónica autobiográfica sobre el periplo de su propia familia, la huida de unos judíos polacos de la barbarie europea. Pero quizá sea tanto o más conocida por su estudio sobre Simone de Beauvoir o por su   Freud’s Women,   que   escribió con John Forrester, en el que abordaba el asunto que  se explora con mayor profundidad en Mad, Bad and Sad: el desconcierto y el lugar, a menudo inquietante, de las mujeres en la comprensión y el tratamiento de la aflicción mental. Un libro que, por ejemplo, la escritora Salley Vickers ha calificado en The Guardian como soberbio, ambicioso y, además, bien escrito y entretenido.  La prosa de Appignanesi, nos dice, es lúcida y modesta, libre  de la jerga habitual en este género. Es un libro largo pero nunca aburrido, que nos deja con la sensación de querer más. Un volumen, añadiría por mi parte, que también tiene algo de autobiográfico, al menos en el sentido de que la madre de Lisa Appignanesi también sufrió el drama de la demencia.  

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La obra  tiene dos objetivos confesos (sigo a Vickers): hacer un examen histórico de la evolución del “mind doctoring”; y   considerar si hay algo que distinga la mente femenina de la del varón –y si    es social  o   inherente a la psique femenina lo que hace que cada sexo  sea  tratado  de forma distinta.  Así,   el núcleo del libro contiene una investigación feminista, pero realizada sin estridencia -de hecho, con un equilibrio que admite  evidencias contradictorias y otorga el peso   debido al hecho de que todos los informes están culturalmente influenciados y son parciales. De la forma más elocuente posible, Appignanesi intenta exhumar e iluminar las presunciones ocultas que combinan salud moral y mental, y confunden afecto y sentimientos naturales con patología. ¿Es  la locura mala o triste? ¿Es la tristeza locura, o la locura mera tristeza? ¿Es peor estar enojado o triste? ¿O es mejor ser simplemente malo?

 Las evidencias citadas en el libro son numerosas, extraídas  de documentos históricos, muchos de ellos literarios. El libro comienza con uno de los casos más famosos de la historia literaria de la aberración mental: el comportamiento repentino, violento y extraño de Mary Lamb (hermana del conocido Charles Lamb, con quien escribió los Tales from Shakespeare)  que la llevó a apuñalar fatalmente a  su madre en 1796. Esta historia es un paradigma para el conjunto  del libro: Mary, la hija intelectualmente precoz y emocionalmente descuidada de una madre lisiada que favoreció a su primogénito, un hermano menor brillante pero frágil  –ese Charles, una persona propensa a la  melancolía- devino el principal sostén   de su acorralada familia gracias a  su trabajo como modista. Un trabajo duro, que la llevaba a un agotamiento físico extremo, junto con una historia de privación emocional,  parecen haber provocado un   matricidio poco acorde con el carácter que los conocidos le atribuían a Mary. 

La historia del ” sereno” y ” sensible”   arrebato asesino de Mary - con todo, enteramente comprensible - y su eventual regreso a la comunidad resultan instructivos. Gracias a la rápida acción de Charles, fue confinada en una institución, que sirvió como protección inmediata y, dado  que se   diagnosticó su locura, como salvaguardia contra cualquier castigo judicial. Como precisa Appignanesi, el caso fue tratado con una clemencia que en épocas   posteriores, incluida la nuestra, no habría tenido lugar.   De ese modo, Mary retomó una vida de equilibrio desigual. Vivió al cuidado de su alcohólico  hermano y tuvo un trabajo creativo fuera del hospital, cuando su estado aconsejaba la salida, lo cual le permitió imaginar  un objetivo más allá de los límites de la costura. 

Tres factores parecen especialmente relevantes en la crisis inicial de Maria y su recuperación tentativa. El grado de tensión que soportaba,   causado por sus responsabilidades y largas horas del trabajo ingrato; el trato despectivo que   había recibido desde niñez por parte de su madre; y la intervención crucial de su hermano. Que quien la atormentaba, a su vez víctima de su  “locura”, desapareciera    -por su propia acción- y que ella recibiera la atención y la preocupación de su querido hermano pudo haber sido suficiente para restaurar su ” cordura”, aunque temporalmente. Parece probable  que el daño inflingido en  la niñez fuera el factor principal de su malestar. Durante el resto de su vida quedó sujeta   a agitados “desarreglos”, y ella y su hermano tuvieron siempre a mano una camisa de. Hay una ilustración conmovedora de ellos llorando cuando van caminando hacia    la institución donde Maria iba a  ser confinada, llevando con ellos las prendas de vestir que  allí se requerían. 

Appignanesi describe las numerosas e impactantes brutalidades a las que se sometía a quienes eran señalados como insanos. Es especialmente escalofriante cuando aborda las técnicas de la alimentación forzosa, que llevaban a la pérdida de dientes y, con frecuencia, a mandíbulas rotas. Hay ejemplos terribles de los asaltos quirúrgicos realizados en nombre de la curación. Un  diabólico “cuidador”, el Superintendente   Henry Cotton   del asilo estatal  de Trenton en los E.E.U.U,  “realizó una obscena campaña de   cirugía de amígdalas,   estómago, colon y   útero de los pacientes [del psiquiátrico femenino], además de arrancarles los  dientes. En el proceso,   mutiló y mató a miles”.  
Pero   Mary Lamb no es el único caso donde la amabilidad y el escape de las presiones del mundo probaron ser modestamente eficaces. La propia Maria   ofrece este sabio consejo a un amigo cuya madre se ha convertido en  demente: ” Dedica todo tu empeño  a estar seguro de que la tratan con dulzura… que es algo a lo que  la gente en su estado es con frecuencia susceptible”.  Uno de sus médicos prescribió una terapia eficaz consistente en agua, paz y guardar cama. 

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Uno de los placeres del texto de Appignanesi es su   voluntad de contemplar la posibilidad de que tales simples reconstituyentes pudieran ser efectivos.  El dicho según el cual  ” la naturaleza cura y el médico cobra” no es   simple cinismo. La disposición de un asilo seguro, a salvo de tensiones cotidianas, la calma y la amabilidad pueden ser mejores remedios, en última instancia, que las drogas o la intervención humana especializada. Un hecho sobresale claramente a través del libro: el trato y  la atención   sensible de otra alma humana es la única característica constante en cualquier tratamiento acertado. Y hay también el reconocimiento, hostil a nuestra forma de ver las cosas, de que ” las curaciones raramente son absolutas o para siempre”. 

Appignanesi también subraya que el desarraigado  y el trastornado fueron socialmente más aceptables cuando aún no se habían convertido en objetos  médicos, pues eso obligó a estigmatizarlos.   Y con este cambio ocurre el extraño y bien documentado fenómeno del acuerdo, reconocido o tratado raramente   entonces, entre cualquier teoría   dominante y la naturaleza de los síntomas manifestados. Así tenemos la superabundancia de parálisis histérica a fines  del siglo diecinueve y   principios del veinte, una condición inusual hoy  pero habitual para   Freud y sus contemporáneos; en los sesenta, con el profeta Laing, los estados mentales conflictivos   fueron representados como un aumento de “voces” incorpóreas ; más recientemente, ha habido   múltiples personalidades remiten  su origen a los abusos sexuales (aunque Appignanesi presenta  casos históricos donde nunca fue un factor); y ahora estamos sitiados por  los desordenes de   atención de nuestros niños, una plaga para profesores y a padres distraídos. 

El ejemplo   de Mary  Lamb es solamente una entre muchas historias crueles y fascinantes. La última parte del libro contiene de forma clara  y comprensiva un recuento   de las   principales contribuciones psicológicas del siglo pasado. Pero el latido del libro está en las arrolladoras lecturas   de las vidas desordenadas de Théroigne de Méricourt (el revolucionario francés rescatado por el Marqués De Sade de una tertulia de mujeres chillonas), de Alice James (hermana de Henry y de William), de Virginia Woolf, de Sabina Spielrein (paciente de Jung, amante y analista temprana), de Zelda Fitzgerald, de Sylvia Plath, de Virginia Woolf,  de Lucia Joyce, de Jane Fonda y de Marilyn Monroe. Appignanesi resiste la tentación de darle un toque  romántico a la locura, pero  ejemplos  como éstos demuestran una correlación entre un talento inusual, o sensibilidad, y  susceptibilidad a  desestabilizarse. 

El caso de Celia Branden es particularmente fascinante. La experiencia de Branden, la  corrección física que padeció siendo niña, se convirtió en la fantasía  demoníaca predominante en  sus preferencias sexuales posteriores (el libro demuestra por qué la amabilidad cariñosa para con los niños es esencial para el bienestar del individuo adulto  y para el de la sociedad). Branden proporcionó sus   propias   confesiones, muy   inteligentes, revelando una perspicacia freudiana. Ella había leído y comprendido a  Freud   y podía aplicar sus teorías incluso aunque, confinada con sus propios demonios sexuales,   nunca recibió las ventajas potenciales de esa “cura oral”.  

Por supuesto, no sólo aparecen están célebres mujeres desordenadas. También aparece Philippe Pinel (1745-1826), encargado de los manicomios del París revolucionario, con el hospital de   Salpêtrière como bandera,  donde pudo clasificar la alienación mental en cuatro tipos: manía, melancolía, demencia e imbecilidad.  Y aparece Sigmund Freud cuando es un joven neurólogo que estudia en París y sigue las técnicas de Jean-Martin Charcot, en particular el uso del hipnotismo para tratar esa enfermedad tan femenina, la “histeria”.  Y está el Freíd que vuelve a Viena e idea su “talking cure”, su terapia oral. Y Jung  y Lacan y, por supuesto, la anti-psiquiatría de R.D. Laing.  

Muchos estudios anteriores han enfatizado a menudo los aspectos misóginos   y coactivos de estos médicos, de sus diagnósticos   y   tratamientos. En cambio, Appignanesi modera la perspectiva, acentuando las complejidades de esa relación terapéutica recíproca y colusoria, la gama de emociones experimentadas por ambos lados, el médico y la paciente, así como  la benevolencia de muchos doctores. Sugiere incluso que las pacientes  tuvieron sus propios y sutiles métodos para obtener ciertas ventajas dentro de esa relación.  De todos modos, ¿por qué centrarse en pacientes femeninas? ¿No supone eso   repetir las viejas ideas sobre las  mujeres como seres más frágiles?   Appignanesi ofrece varias respuestas, que habremos de leerle y explorar. Digamos de entrada que las estadísticas contemporáneas acentúan la mayor propensión de las mujeres  a sufrir   tristeza o locura, pero el balance histórico de esa  enfermedad femenina   incluye muy a menudo a mujeres oprimidas  que luchan por articular su cólera y que son tildadas  de neuróticas  o algo peor.  

Appignanesi es demasiado cauta para intentar establecer ninguna  teoría sobre el lugar de la feminidad en la historia de la enfermedad mental, pero   insinúa que, por   educación y por razones genéticas de procreación, las mujeres   generalmente se adaptan mejor. Son mejores a la hora  de captar las pistas, tanto sobre lo que se les pregunta como sobre lo que es aceptable. Imagina, entonces, que las mujeres pueden concebir y entregar cualquier estrategia que dé  a sus supuestos descontentos   la forma necesaria para que quepan en  las teorías que existen  en la conciencia colectiva. Appignanesi no es una feminista  pero el libro   sugiere que las mujeres son a menudo  los heraldos dramáticos, incluso trágicos,  de las nuevas y radicales teorías de los varones.     

USA and Historia and General10 Ene 2008 08:52 pm

 Leído en Inside Higher Ed 

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El Council of Graduate Schools americano ha presentado sus índices sobre el doctorado: Ph.D. Completion & Attrition: Analysis of Baseline Program Data from the Ph.D. Completion Project. El hallazgo más llamativo es la caída de la tasa de  abandonos (attrition rates),  significativo porque es una de las razones principales que motivan el estudio y porque una de las preocupaciones  de los centros es que  son muchos los estudiantes que nunca acaban - lo cual supone que determinadas áreas tergan escasez de doctores y, por otra parte,    muchos estudiantes tienen la sensación de que perdieron varios años de sus vidas.

Los datos sobre esos índices de “desgaste” del doctorado (Ph.D.) forman parte de un análisis más amplio, de 10 años, con estadísticas sobre quién comienza y acaba dichos programas. Mucho de los datos ya  aparecieron en julio,   confirmando algo que no es ningún secreto: en promedio, son los del área de las humanidades los que más años necesitan para terminar.  

Incluso pasados 10 años, una mayoría de estudiantes  de  humanidades no  han acabado, mientras que, por ejemplo, casi dos tercios de los de las ingenierías ya lo han hecho.   Después de siete años, la mayoría de estudiantes de  ingeniería y de  ciencias naturales han finalizado,    mientras que ése no es el caso   del 30 por ciento en  humanidades. (Las ciencias sociales están en el justo medio, pero hay diferencias según las disciplinas).

Las tendencias generales no cambian. Pero el informe   proporciona  cierta esperanza en cuanto al fracaso de los estudiantes de doctorado. El estudio analizaba tres cohortes - los que comenzaron en 1992, 1995 y 1998 - y les sigue la pista viendo la tasa de abandono en  1995, 1998 y 2001, respectivamente. (Como con otros datos en el estudio, la información fue recogida a partir de 30 universidades.)

Los datos demuestran grandes cambios en los índices de “desgaste” en matemáticas, ciencias físicas  y  ciencias sociales, y cambios más pequeños en general excepto en humanidades, donde disminuye un 0.3 por ciento.

Para las cohortes más tempranas, los estudiantes  de humanidades tenían índices   más bajos, pero hay un cierto debate sobre si eso es  resultado del tirón de los programas o de las oportunidades de trabajos más lucrativos  en las ingenierías o en ciencias, de modo que eso haría que no se doctoraran.  

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Four-Year Cumulative Attrition Rates for 3 Cohorts of Ph.D. Students

Field Starting in 1992 Starting in 1995 Starting in 1998
Engineering 23.2% 23.0% 21.4%
Life sciences 20.9% 22.0% 17.3%
Mathematics and physical sciences 30.7% 30.8% 24.7%
Social sciences 20.0% 19.5% 15.3%
Humanities 18.5% 21.1% 18.2%

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Robert  Sowell, vicepresidente de programas y  operaciones en el Council of Graduate Schools, dijo que esos cambios le animan (a excepción de las humanidades), pero que el estudio hasta el momento no ofrece  explicaciones a por qué los cambios varian tanto por disciplinas. Sin embargo, para los períodos de las tres cohortes,     señaló que muchos centros empezaban a  dedicar más atención a prevenir el agotamiento y   esperaba que esos datos fueran la demostración del   éxito de esos esfuerzos. También indicó que  no podía identificar a partir de los datos disponibles por qué los cambios  en las humanidades eran tan pequeños   durante períodos en los que los otros grupos mejoraron.

La idea que hay tras el proyecto, concluyó, es conseguir  datos que se puedan utilizar  para mejorar los índices de avabado. “Para mejorar esos índices, tenemos que conocer donde estamos”. 

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Cumulative 10-Year Completion Rates for Students Who Entered Ph.D. Programs 1992-3 through 1994-5

Year in Program % Who Earned Doctorate
3 4.5%
4 10.5%
5 22.5%
6 36.1%
7 45.5%
8 50.9%
9 54.6%
10 56.6%

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Todo lo anterior fue presentado oficialmente en la reunión anual de dicho Council celebrada en los primeros días de diciembre de 2007.

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USA and Historia and General27 Dic 2007 11:18 am

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Estamos disfrutando el merecido descanso navideño, con todo lo que ello conlleva, para bien y para mal. Quienes lo vean de este último color y deseen hacer una escapadita tienen mucho donde escoger. Si por casualidad es usted historiador, tiene algún dinero sobrante y ganas de viajar, decídase y váyase a Washington D.C.. Si además es europeo y en su cuenta corriente hay algunos euros disponibles, no lo dude, que el dólar está por los suelos.

Entre el 3 y el 6 de enero se celebra en aquella capital el 122nd Annual Meeting de la Americal Historical Association, la más grande fiesta que pensarse pueda en el seno de la profesión. Porque, dígase lo que se diga y chauvinismos al margen, nuestros colegas americanos son los mejores para todo, para lo bueno y para lo malo.

Si usted no es miembro, ha de preinscribirse (155 dólares, pero menos si no tiene empleo o si es estudiante) y, más adelante, tendrá que satisfacer la cuota que le da derecho a acudir a las distintas sesiones (180 dólares como máximo, según la situación profesional de cada uno). La organización ha dispuesto tres espléndidos hoteles para quienes deseen acudir al evento: el Marriott Wardman Park, el Omni Shoreham Hotel y el Hilton Washington. El alojamiento es a cargo del asistente, a saber, 1o9 dólares por una habitación individual y 139 por una doble, a lo que hay que añadir 30 más por persona.  Aunque me parece que tendrán que buscarse la vida por otros lugares, pues las 1.200 habitaciones del Marriott se han agotado de inmediato, lo mismo que las 800 del Omni.  Es lógico, porque los actos más importantes tienen lugar en esos dos hoteles. Puede que haya alguna libre entre las 768 del Hilton, donde también hay sesiones, pero lo dudo.

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Vayan donde vayan no se aburrirán, eso está asegurado. Por si desconocen la magnitud de este tipo de saraos, les diré que la AHA ha previsto un total de 234 sesiones de trabajo, amén de otros actos de homenaje, entrega de galardones, reuniones plenarias y talleres, que suman en su conjunto un total de 289 actividades, casi sesenta al día. Una locura.

Abre el fuego el AHA Council meeting, a las nueve dela mañana del día tres, aunque a la misma hora se incia un taller fuera de programa titulado Intersection between Teaching and Research in the New Media,  que sirve de merecido homenaje al desaparecido Roy Rosenzweig, del que hablamos aquí hace unas semanas. Mientras tanto, y desde las 12 del mediodía, se abre la sala para que los asistentes se registren. Y no se preocupen, porque la primera sesión (The Venture of Islam) no empieza hasta las 15 horas, así que tienen tiempo de tomar algún refrigerio. Curiosamente, la última actividad, ya el día 6 de enero,  tiene tintes parecidos: Religion in the History Survey: A Transhistorical Discussion.

Y no se olviden de las exposiciones, que serán dignar de ver

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Historia and General20 Dic 2007 12:09 pm

Leído en History News Network (George Mason University’s)

Más de cincuenta historiadores  han firmado una declaración de apoyo a la candidatura de Barack Obama. Pero no son los únicos historiadores que han  mostrado su temprano  apoyo a  un candidato presidencial. Hace algunas semanas, el historiador Sean Wilentz (de Princeton, célebre por su análisis crítico de  Bush)  anunció en una entrevista con un blogger que  es forofo de Hillary Clinton. (¿Por qué? Porque “está en la mejor posición para ser  presidenta”).

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Varios historiadores han ido más allá de meras declaraciones de ayuda. A principios de 2007   el historiador del Oriente Medio  Daniel  Pipes fue nombrado  consejero de campaña de Rudolph Giuliani. El celebérrimo historiador Niall Ferguson, de Harvard,  parece que desempeña  un papel significativo en la campaña de John McCain, según dicen. Samantha Power, de Harvard, ha estado asesorando en la campaña de Obama. Hace algunas semanas,  el profesor de derecho y  blogger Eugene Volokh, que  a menudo juega un importante papel en ciertas   ediciones de obras históricas (como una especie de control armamentístico), se unió  a Lawyers for Fred Coalition, un grupo que apoya  a Fred Thompson.

Las declaraciones de Obama ha atraído la atención de bloggers y de otros lugares de internet. Tanto en Inside Higher Ed como en el Chronicle of Higher Education han aparecido  historias sobre “Historians for Obama“,  como ocurre con dos  bloggers prominentes: MyDD, uno de los blogs liberales originales en  Internet, y Andrew Sullivan en su su blog en Atlantic Monthly.

Por su parte, los historiadores con un sesgo libertario  han salido en favor de Ron Paul en el blog Liberty and Power.

Mientras  todo eso sucedía,  la biblioteca pública de Nueva York anunció que ha comprado los papeles del último Artur  Schlesinger Jr., que devino una celebridad de Camelot gracias a su relación con el  presidente John F. Kennedy.

Related Links

  • Jeremy Cameron Young: A Historian Against Obama
  • USA and Historia14 Dic 2007 09:41 am

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    Los amantes de la historia cultural están de enhorabuena. Lo están porque acaba de aparecer un nuevo libro de un magnífico oficiante del ramo. Peter Gay  ha publicado en noviembre The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond (W.W. Norton, 610 págs, 35$). 

    Como siempre, Gay recupera la mirada freudiana para penetrar en lo más profundo del modernismo, que presenta a través de sus diferentes manifestaciones: literatura, música y danza, pintura y escultura, arquitectura y cine.  Todo ello definido por un  doble rasgo: “primero, la atracción de la herejía, que empuja a que las acciones (de los artistas) desafíen  la sensibilidad convencional; segundo, un compromiso con los principios de la introspección”.   Con todo, la parte nuclear del trabajo de Gay se centra en la verbalización de todo eso, en la escritura, en la literatura. En Leopold Bloom, por ejemplo,  uno de los héroes del registro abierto por Baudelaire:

     ”Puede que sea un  humilde agente publicitario con  esposa y amantes, pero tiene cierta formación — Molly desde luego la aprecia –, así como  valor y curiosidad  propias. Y estas cualidades le hacen un compañero moral y emocional digno para Stephen Dedalus. …. Pero, para  Joyce, Ulises es más que eso:  es el ser humano completo en literatura…  es hijo, padre, amante, amigo, guerrero,  compañero de armas, una persona con sabiduría y un buen hombre en el trato. Joyce, en busca de la subjetividad desinteresada, hace desfilar antes  sus lectores una de las invenciones trascendentes de la literatura modernista. Su Bloom, como  abota de forma ocasional, es Cualquiera (Everyman)… ”

    O en el diálogo imaginado, cómo no, entre Freud y Kafka:

    ” El veredicto de Freud sobre el animal humano, era severo”, nos dice. “A su juicio, el conflicto se construye en la historia del desarrollo de todo niño,  incluso en el mejor. Pero Freud,   de principios pesimistas, creía que los psicoanalistas podrían aliviar algunas fijaciones y ensanchar el alcance de la racionalidad. …. Por su parte,  Kafka habría tomado este severo realismo  sólo como  otro caso de  autoengaño, algo  demasiado humano. Incómodamente cercano a la desesperación del nihilista, entendió la vida  misma como una villanía. El conflicto entre el  firme desconsuelo de Kafka y la actitud de otros escritores modernistas no podía ser mayor. Recuerdo la última palabra del  “Ulises,” la más positiva en en lenguaje, que Joyce concedió a Molly Bloom: `Sí´.  La última palabra de Kafka en todas sus formas fue `No´”.

    En cambio, Gay es poco compasivo con otros autores, léase Beckett o Eliot, y tampoco lo es con las pasadas veleidades totalitarias ni, en otro sentido,  con la tecnología del entretenimiento que nos invade. “No es, como los críticos culturales conservadores han mantenido, que la cultura se haga comercial: siempre ha mostrado ese ángulo, incluso entre los griegos clásicos y los romanos. Pero la sofisticación de los intercambios culturales,  la facilidad y  la velocidad de las comunicaciones que  interesan particularmente a las clases medias, ha animado un tipo de compromisos que no hacen sino favorecer la marginalización de las vanguardias futuras. Vivimos en una edad de comedias musicales”.

    Pero no todo es condenable. Gay comienza su capítulo final relatando  de nuevo el “entusiamo” que sentió hace algunos años al contemplar el magnífico museo   Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao. Contrasta, por un lado,  la relación estrecha del arquitecto de Los Ángeles con sus clientes y otros artistas con, por otro,  la condescendencia y el desprecio que los grandes  modernistas sentían hacia aquéllos para quienes trabajaron. En Bilbao, Gay encontró no sólo integridad estética sino un modernismo “agradable”.

    En todo caso, concluye, aunque el héroe haya muerto, no hay que derramar muchas lágrimas. El modernismo, esa revolución artística que empezó con el poeta Charles Baudelaire y concluyó hace unas décadas con Warhol, disfrutó de una larga y placentera vida. RIP.

    Críticas:

    Bookforum:Gay has an expansive definition of modernism, and as his book progresses, it becomes more and more a study of the fate of high culture in the twentieth century. In his effort to survey every field of activity, Gay perhaps spreads himself thin, but his overview provides a good starting point for a finer scrutiny of modernism’s emblematic works. So download Moses und Aron for your iPod, pick up that copy of Ulysses you’ve been meaning to read, and get to work”.

    The Independent: “Gay’s prose is erudite and lucid, his range of example wide. Even its subsidiary thesis, that not only Modernism’s currency but art’s in general was devalued by the advent of Pop and Conceptualism in the 1960s is leavened by a final chapter in which Gay evinces a qualified hope for the future of this recumbent movement. Whether it lies with Frank Gehry and Gabriel García Márquez is open to debate; but so is a good deal else in this absorbing, occasionally maddening book”.

    The Guardian: “I am happy to allow him this self-indulgent detour. After all, many hundreds of pages before, he remarks in his account of Baudelaire that Modernism began ‘not with a whimper but a thrill’. Isms are dispensable. If a work of art excites us, the thrill makes it modern“.

    Los Angeles Times: “Peter Gay is perhaps our leading historian of culture and ideas, and in “Modernism: The Lure of Heresy: From Baudelaire to Beckett and Beyond,” he sets himself an interesting — personally felt — task. It is not, as he writes in his introduction, to give a comprehensive history of the movement. Rather, Gay undertakes a reconstruction of modernism’s origins in the lives and work of various seminal artists — Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Claude Monet, Paul Cézanne, their supporters and friends. Then he moves through a series of essay-like chapters devoted to modernism’s workings in each of the arts — painting, sculpture, literature, music, dance, architecture and so on“.

    New York Times: “A graceful writer, he leads the reader on a pleasant ramble through a well-traveled landscape, pointing right and left to the prominent features along the way and, like a superbly informed guide, offers his thoughts and comments. From seminal figures like Baudelaire and Flaubert, he moves right along to the Impressionists and then, taking the various art forms in turn, advances chronologically through the great debacle wrought by fascism and World War II before wrapping up with such postwar phenomena as Abstract Expressionism and Pop Art”.

    Como leve contrapunto, The Spectator: “There are some contentious omissions — Man Ray, Borges, Boulez, Bacon and Gertrude Stein are altogether invisible, while Webern, Rilke and Brecht are barely mentioned. The dubious concept of post-modernism is not addressed, and significant art forms such as opera and photography get less than their due. In other respects this is a sound floorplan, and one could recommend the book wholeheartedly to a bright A-level student or undergraduate in search of a broader picture“.

    N.B: Ha ocurrido lo de otras veces. Una entrada compuesta hace algunas semanas, y demorada en exceso, ha perdido parte de su utilidad. Lo digo porque el volumen ha aparecido también en castellano. Marta Pino lo ha traducido para Paidós, que ofrece 592 páginas por 40 euros. Una cifra nada despreciable, aunque Amazon vende  la versión original por 20 dólares, que vienen a ser unos 14 €. 

    Reino Unido and Historia and General30 Nov 2007 12:29 pm

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    El  número de otoño de la revista History Workshop Journal  incluye una sección que lleva por título Feature Global Times and Spaces: on Historizing the Global. Parece un signo de los tiempos, un momento en el que el denominado proceso de globalización está permitiendo que vuelva a tomar auge la historia a gran escala, como lo demuestran inumerables libros y artículos, así como distintas revistas especializadas. Sin embargo, en esta ocasión el motivo es más concreto.   En el volumen anterior, el correspondiente a la pasada primavera (el 63), uno de los historiadores británicos más reputados, Geoff Eley, publicaba un artículo titulado Historicizing the Global, Politicizing Capital: Giving the Present a Name. El texto provocó ciertas discusiones y la revista aprovechó la ocasión para promover una especie de debate (el que aparece en el número 64) en el que se invitó a participar a  Antoinette Burton, historiador de la   University of Illinois, Urbana-Champaign, a Sanjay Subrahmanyam, de la UCLA  (autor de una biografía de Vasco de Gama, Crítica, 1998), a Iain A. Boal, de   Berkeley y, finalmente, a Maxine Berg, docente  en la University of Warwick y autora especializada en la revolución industrial que, a su vez, dirige el recientemente creado  Global History and Culture Centre en Warwick.    

    Para no alargar esta reseña nos centraremos en los dos textos fundamentales. Por un lado, el de Eley y, por otro, el de Berg. 

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    La periodización a gran escala que propugna Eley significa, dice, estructurarla alrededor de las historias del desarrollo del capitalismo y de sus distintivas formaciones sociales tal como las encontramos a escala global. Pero, añade, quisiera construir ese marco no alrededor de la comprensión clásica de la industrialización y de la revolución industrial sobre las que reparamos normalmente, ni alrededor del conjunto de debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sino apelando a otros planos del pensamiento contemporáneo. Uno de éstos abarca las cada vez más ricas historiografías de la esclavitud, de las sociedades de la postemancipación y del Atlántico negro, que continúan desafiándonos en la revisión de nuestras notaciones básicas sobre los orígenes del mundo moderno. El otro incide sobre lo que sabemos sobre las distintas condiciones de la acumulación y de la explotación que definen ahora las nuevas divisiones globalizadas del trabajo, particularmente con respecto a la deslocalización y a los mercados de trabajo transnacionales. En ese sentido, deseo precisar algunos contrastes con el modelo anterior de la acumulación, el establecido después de 1945 y que duró hasta cambios de mediados de los años 70.En resumen, observa Eley: de un lado, hay argumentos de peso para ver la servidumbre y la esclavitud como formas sociales de trabajo que fueron fundamentos de la modernidad capitalista forjada durante el siglo XVIII; y por otro, hay igualmente evidencias desde finales del XX de la formación de una nueva y radicalmente degradada versión del contrato de trabajo. Estas nuevas formas de la explotación del trabajo se han ido gestando alrededor del predominio cada vez mayor del salario mínimo, de un trabajo descualificado, desorganizado y desregulado, en un mercado de trabajo semilegal y deslocalizado, en el que los trabajadores son sistemáticamente despojados de la mayoría de las formas de seguridad y de protección organizadas. Esto es lo característico de la circulación del trabajo en las economías globalizadas y posfordistas del mundo capitalista actual, y es ahí donde debemos comenzar la tarea de especificar las peculiaridades del presente. Ya sea desde el punto de vista del futuro del capitalismo o desde el de sus orígenes, la comprensión más clásica del capitalismo y de sus formaciones sociales como algo que gira alrededor de la producción industrial de manufacturas comienza a parecer algo increíblemente parcial y potencialmente distorsionado, una fase que hallamos de forma aplastante en occidente, en formas que presuponen exactamente su ausencia en el resto del mundo y con una duración muy breve en el tiempo histórico.  

     maxberg.jpg Vayamos ahora a Maxine Berg (From Globalization to Global History). Su texto empieza examinando los referentes de Eley. Éste   cita a  Wallerstein, a  Cooper   y a Hobsbawm para abordar    períodos anteriores en los que hubo un orden mundial, observando la carencia de  globalización. A partir de ahí,  intenta actualizar el análisis marxista de  la acumulación   capitalista   con su propia “grand-scale periodization”   acentuando la  esclavitud y la servidumbre como fundamentales para el desarrollo del capitalismo. Las historias del capitalismo, señala, no han incorporado las formas  de trabajo servil  en sus relatos sobre   el augue del trabajo asalariado y  de  la clase obrera. Tampoco han dado la significación  debida a la producción industrial manufacturera  como punto álgido del capitalismo. Intenta reafirmar el lugar de las interacciones globales en la primera industrialización occidental, fundado especialmente en esclavitud del  mundo Atlántico.  Finalmente, encuentra paralelismos contemporáneos en los mercados globalizados de trabajo del   siglo XXI, sujetos a  contratos de trabajo infames   y a otras   formas de coerción. Sin embargo, su análisis se centra sobre Occidente, con notable poca atención a una historia global más amplia.  Eley pretende historizar la globalización, pero lo que realmente necesitamos es una aproximación histórica   mucho más global. La globalización, tanto el proceso como el debate sobre el término,  ha proporcionado gran ímpetu a la historia global entre los historiadores y sus estudiantes, lo cual está también relacionado con una mayor atención a    nuestros orígenes multiculturales. La historia global ha desafiado las viejas historias y estudios nacionales,    estimulando una modificación de la historia imperial, y   más recientemente   de la historia atlántica del mundo, que hasta este momento lo ha sido  sobre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas y caribeñas. La escritura global de la historia tiene un viejo prestigio cuando se habla del  antiguo mundo Greco-Romano, de los  Han en la China o de las tradiciones   árabes, persas e hindúes. En Europa, durante el   siglo XX, es conocido que en los años de entreguerra  se renovó el interés por la China y Japón. Asimismo, los objetos históricos globales volvieron en los años 70 con el sistema-mundo   de Wallerstein. Wallerstein, los historiadores imperiales y los estudios postcoloniales describieron la reproducción de metrópolis y   periferias. El colonialismo y el imperialismo proporcionaron el poder que reforzó la dominación del mundo por parte de Europa y de Norteamérica a partir del   siglo XIX.    Estas historias del mundo, sin embargo, proporcionaron diferentes narrativas  de   dominación y    resistencia. La historia policéntrica   todavía se centra sobre el edificio imperial  y los estados-nación,   que construyen la modernidad como proyecto global europeo. Nuestras historias globales todavía están limitadas en gran parte dentro del marco de la economía y de la política. Son historias comparadas del oeste y del este, por un lado, e historias de la globalización y el internacionalismo, por otra. Las grandes preguntas que nos hacemos, y que persigue la nueva  periodización   de Eley, se centran  en las fuentes del auge occidental,    los orígenes de la gran divergencia  o   la crisis de imperios. Pero, ¿no hay otras preguntas más amplias que podemos plantear sobre conexiones globales  en temas tales como diásporas,   transmisión de la cultura material y conocimiento útil, sobre   historias conectadas de la vida   urbana, de embajadas, misiones comerciales e ideologías religiosas?   

    Eley historiza la globalización para ligarla a las demandas  de los E.E.U.U. y su voluntad de afirmar su poder sobre  el mundo reordenando el Oriente Medio y conteniendo a la China. La modernidad capitalista del XIX, con la   industrialización y el imperio,   no cumplió en última instancia sus promesas de   dominación mundial a largo plazo. La resistencia del Próximo Oriente y el resurgimiento económico chino e indio nos invitan a sus propias historias globales. Las historias de las conexiones chinas e indias con el mundo, así como  entre el  Islam y   Europa o entre el  Islam y   África son historias que necesitamos conocer.  Son también   historias que sostienen, y no coinciden simplemente con, la historia de Occidente   y de la modernidad capitalista.    Planteo esto como historiadora, dice Berg,   que ha escrito  durante más de veinte años sobre muchos de los  aspectos de la industrialización de Gran Bretaña y de Europa con poco conocimiento, y ciertamente ningún contrato directo,  con las historias de la India, de la China o de África. Esto   parece increíble, así que  ahora estoy intentando aprender

    Reino Unido and Historia23 Nov 2007 08:47 pm

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    El tiempo pasa, y nadie va a venir a remediarlo. Por ejemplo, los amigos de The Historical Journal cumplen este año su cincuenta aniversario y lo celebran por todo lo alto (como debe ser). Algunos dirán  que no es que esta publicación sea precisamente la joya de la corona, pero tampoco es nada dedeñable. Por otra parte, y eso sí,  se quita años, porque ese rótulo heredó los restos de otro más antiguo, el de la revista Cambridge Historical Journal, que consiguió perdurar desde 1923 hasta finales de 1957. Ésta había sido impulsada, entre otros, por John Bagnell Bury.  Si les digo que pasaba por ser bizantinista, filólogo e historiador de estirpe irlandesa, quizá les suene poco, pero también fue el autor de un clásico texto sobre la historia de la idea de progreso, cosa que les sonará mucho más, y además ejerció de mentor de muchos otros historiadores, entre ellos el medievalista Steven Runciman. Precisamente Bury abría el primer número de aquel año 1923, cuatro antes de su fallecimiento. En fin, fue  una publicación muy británica, muy de Cambridge, donde asomaron muchos de sus académicos, como Kiernan, Laslett o Pocock, por citar tres nombres de prestigio en mi ramo.

    A principios de 1958 la publicación decidió cambiar el rumbo y apostó por una óptica más global, eliminó la referencia al lugar de edición y permitió que sus páginas dieran acogida a académicos de otras latitudes y a investigaciones sobre cualquier parte del mundo,  dentro de un amplio arco cronológico que abarca desde el siglo XV hasta la actualidad. Continúa residiendo en Cambridge, y allí están sus editores, pero ha cambiado el objeto, aunque a veces no lo parezca (sobre todo en su primera andadura).

     Sea como fuera, la publicación nos obsequia con 20 textos (de acceso gratuito) seleccionados de entre los que han cubierto sus páginas durante este medio siglo. Es algo que conviene agradecer y difundir, sobre todo porque algunos mantienen su interés e incluyen apellidos como Skinner, Pocock, Dunn, Joyce o Eley, todos ellos de gran actualidad.

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    He aquí la lista completa:

    The Nineteenth-Century Revolution in Government: A Reappraisal (1958)
    Oliver MacDonagh, Vol. 1, No. 1, pp. 52-67

    Burke and the Ancient Constitution: A Problem in the History of Ideas (1960)
    J.G.A. Pocock, Vol. 3, No. 2, pp. 125-143

    Josiah Wedgwood and Factory Discipline (1961)
    Neil McKendrick, Vol. 4, No. 1, pp. 30-55

    History and Ideology in the English Revolution (1965)
    Quentin Skinner, Vol. 8, No.2, pp. 151-178

    The Ideological Context of Hobbes’s Political Thought (1966)
    Quentin Skinner, Vol. 9, No. 3, pp. 286-317

    Consent in the Political Theory of John Locke (1967)
    John Dunn, Vol. 10, No. 2, pp. 153-182

    Late Nineteenth-Century Colonial Expansion and the Attack on the Theory of Economic Imperialism: A Case of Mistaken Identity? (1969) 
    Eric Stokes, Vol. 12, No. 2, pp. 285-301

    Taverns, Coffee Houses and Clubs: Local Politics and Popular Articulacy in the Birmingham Area in the Age of the American Revolution (1971) 
    John Money, Vol. 14, No. 1, pp. 15-49

    The Expansion of Europe and the Spirit of Capitalism (1974)
    Theodore K. Rabb, Vol. 17, No. 4, pp. 675-689

    The Factory Politics of Lancashire in the Later Nineteenth Century (1975)
    Patrick Joyce, Vol. 18, No. 3, pp. 525-553

    Women Under Italian Fascism (1976)
    Alexander De Grand, Vol. 19, No. 4, pp. 947-968

    Reshaping the Right: Radical Nationalism and the German Navy League, 1898-1908 (1978)
    Geoff Eley, Vol. 21, No. 2, pp. 327-354

    Gentlemen and Geology: The Emergence of a Scientific Career, 1660-1920 (1978)
    Roy Porter, Vol. 21, No. 4, pp. 809-836

    Parliament in the Sixteenth Century: Functions and Fortunes (1979)
    G.R. Elton, Vol. 22, No. 2, pp. 255-278

    Mercantilism Revisited (1980)
    D.C. Coleman, Vol. 23, No. 4, pp. 773-791

    The Origins of the Petition of Right Reconsidered (1982)
    J.A. Guy, Vol. 25, No. 2, pp. 289-312

    On Revisionism: An Analysis of Early Stuart Historiography in the 1970s and 1980s (1990)
    Glenn Burgess, Vol. 33, No. 3, pp. 609-627

    Nations and Nationalism in Modern German History (1990)
    John Breuilly, Vol. 33, No. 3, pp. 659-675

    Golden Age to Separate Spheres?: A Review of the Categories and Chronology of English Women’s History (1993)
    Amanda Vickery, Vol. 36, No. 2, pp. 383-414

    ‘Frantick Hacket’: Prophecy, Sorcery, Insanity, and the Elizabeth Puritan Movement (1998)
    Alexandra Walsham, Vol. 41, No. 1, pp. 27-66

    Historia17 Nov 2007 10:48 am

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    Por estas tierras se tiene por costumbre  que los grandes almacenes, en su afán de perseguir al incauto consumidor, organicen de vez en cuando “la semana de…”. La pretensión no es tanto promocionar los productos de un determinado país o cultura, sino aligerar los bolsillos de los parroquianos. Pues bien, voy a hacer lo mismo. Declaro abierta la semana de Anthony Grafton, y conste que no deseo masacrar a ningún lector, sino sólo honrar a este excelente historiador. He tenido esta imaginativa ocurrencia tras leer dos artículos que ha publicado en New Yorker, una publicación que, dicho sea de paso, nunca decepciona. Grafton ha escrito un texto bastante largo sobre el futuro de la lectura, en la senda de los que no hace mucho redactaba su colega de Princeton, ahora ya emérito, Robert Darnton. Este primer  ensayo ha aparecido en papel, en las páginas de la citada revista, y viene acompañado por otro más corto que lo complementa para los usuarios de internet. En realidad, viene a mostrar la esquizofrenia de la historia digital. Se escribe sobre ella en un medio clásico (textual) con referencias a un mundo nuevo (hipertextual) que no caben en el primero. Por eso, tales  notas o citas se omiten en la primera versión  y   acaban convirtiéndose en una segunda a través de la cual se puede seguir toda la argumentación (¿me he explicado bien?, es que tengo el día tonto). Sea como fuere, es de este reverso del que voy a hablar, dejando el primero para una futura e hipotética  entrada (o post).  

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    Aventuras en el país de las maravillas, de Anthony Grafton, The New Yorker, 5 de noviembre de  2007  

    Son muchos los caminos que conducen al mundo real –y utópico—de las colecciones digitales  que están cobrando forma a través de la  Web. Lo lógico es empezar con el más ancho: Google está  lanzando el  Partners Program y el Library Project; Microsoft ha empezado su Live Search Books Publisher Program; y la   Bibliothèque Nationale de France desarrolla una guía colorista con  su proyecto Gallica. Pero también vale la pena detenerse a revisar viejas iniciativas, como la del Project Gutenberg, que ofrece una  amplia información sobre collateral projects, e-book readers, y otras cosas. O el  Internet Archive, donde uno puede hallar un ecléctico bazar electrónico que permite escuchar a Phil Lesh o a  Matisyahu, disfrutar con los clásicos Betty Boop Cartoons o leer el   manuscrito original  de lo que luego se convertiría en Alicia en el país de las maravillas.   Además, patrocina la Open Library, una iniciativa elegante e idealista  “to get catalog information for every book” de todo el mundo, cuya finalidad es ser compilada en una wiki con la ayuda de los lectores.    

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    Si el que está leyendo esto lo hace en el ordenador de una gran biblioteca, entonces podrá explorar recursos digitales del tipo de  JSTOR, una base de datos que proporciona miles de artículos de revistas académicas en un formato electrónico fiable, así como el Early English Books Online; Eighteenth-Century Collections Online, que retoma   el proyecto inacabado de  E.E.B.O.,  o también  lo que proporciona Alexander Street Press. Hay muchas otras librerías accesibles en la web,  desde los depósitos virtuales patrocinados por las  Great National Collections en todo el mundo (la Library of Congress acaba de firmar su asociación a la  World Digital Library) hasta otras peculiares colecciones destinadas a aquellos a quienes les gustan los   Thomas Nast’s political cartoons o las English music-hall songs. Para los interesados, la revista  D-Lib evalúa todas esas colecciones, además de mantener un archivo con sus comentarios críticos.    

    Los documentos históricos también están creciendo en la  Web, a medida que los archivos nacionales de todo el mundo van digitalizando partes sustanciales de sus fondos. Los historiadores interesados, por ejemplo,  en los documentos que de forma obsesiva produjo   la monarquía española, podrán consultar  miles de ellos en el  Archivo General de Indias y en otras colecciones recogidas en el  Portal de Archivos Españoles o, en algunos casos, en los ordenadores dispuestos al efecto en los propios archivos.  Hoy en día, cualquier historiador se puede crear su propio archivo, gracias a las cámaras digitales, y son muchas las bibliotecas y los archivos que  animan a los lectores a que empleen ese método. En los  British National Archives de Kew, uno puedo ver largas colas de historiadores haciendo click y procurándose copias digitales que luego estudiarán tranquilamente en su casa.   Dado que los documentos se reproducen al por mayor, resulta difícil hoy en día asegurar que el investigador no haga el trabajo en balde porque ya exista una reproducción disponible en algún lugar.     

     Una de las mejores maneras de que nos echen una mano en el proceloso mundo de las fuentes digitales es a través del Center for History and New Media de la la  George Mason University, creado en 1994 y en funcionamiento desde hace años bajo el impulso del desaparecido  Roy Rosenzweig. Este lugar nos muestra cómo hacer y usar  la  historia digital, pero también nos conduce a través de algunos excelentes sitios sobre la  Revolución francesa, el 11 de Septiembre  o Jamestown, así como la recreación digital del  P. T. Barnum’s American Museum, albergado por la  American Social History Project/Center for Media and Learning, en la City University of New York.  Pronto ha quedado claro que el mundo digital es una especie de País de Jauja para los académicos  —un lugar donde podemos echarnos plácidamente y alimentarnos a voluntad durante todo el día sin tener que movernos, un lugar donde el mayor peligro es reventar.    

    Ciertamente, cabe preguntase qué significa todo esto para bibliotecas y lectores: el prototipo de  Mapamundi del Online Computer Library Center revela con todo detalle que son  pocos   los libros que se guardan en las bibliotecas, incluso en países como  India o Argentina; en la tierra de   Borges sólo hay un libro por cada seis habitantes  depositado en los centros académicos o en las bibliotecas públicas. Esta situación subraya la necesidad de los recursos electrónicos.  La simplicidad de. Google y su rápida interfaz contribuirán en buena medida a hacer que los libros sean rápidamente accesibles, incluso en países pobres con ordenadores desfasados y conexiones poco fiables.    

    Aún así, quedan algunas dudas.  Hace algunos meses, estuve con un grupo de historiadores  que trabajan con el apoyo del Centre for History and Economics, en Harvard y en el King’s Collage de Cambridge, y que están investigando el impacto de la historia digital en las bibliotecas y archivos de todo el mundo.   Los resultados del grupo están empezando a estar disponibles    online. Por ahora, no obstante,  la mejor manera de comprender cómo los académicos y bibliotecarios están faenando para obtener algunas pepitas de oro de la ganga de pirita es visitar algunos de los blogs que han creado esos expertos.  Como ejemplo, sirva la entrada que escribió el historiador  Robert Townsend con el título de  “Google Books: What’s Not to Like?,” así como la discusión que suscitó. 

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     Para terminar: si alguien quiere echar un vistazo a alguna de las herramientas que los bibliotecarios crearon en el distante pasado predigital  — las Eusebius’s “canon tables,” por ejemplo, o el aviso  que te habría indicado qué libros estaban encadenados a una mesa en particular en la Biblioteca Vaticana— se puede visitar la exposición   “Rome Reborn: The Vatican Library and Renaissance Culture”. Este conjunto de libros y manuscritos fueron exhibidos en  1993 en la  Library of Congress y hace tiempo que volvieron al Vaticano, cuya biblioteca está cerrada por reformas.   Pero, de momento, uno puede ver imágenes de cada una de las piezas expuestas   —y se puede acceder a otras exposiciones anteriores  de libros y de documentos—  en la Web. 

    Historia22 Oct 2007 08:55 am

    Del último número de la London Review of Books rescato dos textos. Por un lado, el que ha escrito el teórico  Tom Nairn, uno de los impulsores de la New Left Review junto con Perry Anderson y otros.  Mucho ha llovido desde entonces, de modo que Nairn es más conocido ahora por sus posiciones políticas, por sus teorías sobre el nacionalismo y por su defensa de la autonomía escocesa, tierra en la que nació. En esta ocasión, Nairn habla sobre los problemas de la izquierda, con un título bastante curioso (Todos sonos pequeño-burgueses) con el que repasa un par de libros del teórico  Roberto Mangabeira Unger (impulsor del Partido Republicano Brasileiro) y otro de Jacques Attali. Por otro, la reseña que realiza Natalie Zemon Davis de un libro realmente interesante y muy cercano a las preocupaciones de la historiadora norteamericana: Who Are You? Identification, Deception and Surveillance in Early Modern Europe, de  Valentin Groebner.

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     Podría decirse que Groebner es un autor austríaco muy bien considerado, que desde su despacho del Historisches Seminar de la Universität Luzern en Suiza  ha conseguido obtener un reconocimiento justificado. Así lo atestigua el éxito de crítica de  su anterior libro, Defaced: The Visual Culture of Violence in the Late Middle Ages (Zone Books. 2004), traducido de inmediato del original alemán.

    Zemon Davis se pregunta, comentanto el volumen de Groebner, por la importancia de averiguar los orígenes de las técnicas de  identificación personal, por el proceso que va de las   huellas dactilares y las fotografías a  las exploraciones de la retina y la prueba del ADN. Y también por las distintas  situaciones en las que se nos invita a probar quiénes somos, así como por los muchos lugares en los que se controla nuestra identidad.  Hay quien señala que todo eso comenzó con  la Revolución francesa o más bien con las necesidades de los Estados modernos y de los imperios coloniales. Otros, siguiendo a Foucault, lo llevan hacia atrás y lo vinculan a la vigilancia y al castigo, a las nuevas tecnologías del poder que ponen en marcha  las monarquías de los siglos XVII y XVIII para controlar a sus súbditos.  En cambio, Valentin Groebner remonta los orígenes a los impulsos reguladores de las viejas instituciones políticas y religiosas. Los certificados de identidad modernos podrían  ser descritos así como el resultado combinado de  técnicas desarrolladas entre los siglos XIII y XVI.  Presenta, además, su análisis utilizando  una gama de ejemplos impresionante,  recorriendo Alemania,  Suiza,  Italia,  España y  Francia.  

    El volumen, por lo demás, se incia con una historia deliciosa. En los primeros tiempos del Renacimiento, un grupo de distinguidos florentinos, entre los que estaba Brunelleschi,  deciden gastarle una broma a un carpintero llamado Manetto. Acuerdan entre ellos y con otros de su entorno que actuaran como si dicho artesano no fuera quien dice ser. Sus amigos, sus hermanos, las autoridades locales e incluso el párroco se dirigen a él llamándole Matteo. El juez al que se presenta el caso le dice al confundido carpintero que lo que le sucede no es tan extraño como pudiera parecer, que sucesos como el suyo suelen presentarse con cierta regularidad, que puede que sufra alguna clase de amnesia. Y así, rodeado de impostura, Manetto acaba por admitir que su verdadero nombre es Matteo.

     A disfrutar…

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