Género


Género and Canadá17 Ene 2007 12:17 pm

Retomemos el hilo. Estábamos adecentándonos y enumerando textos que han tenido éxito textual en ese digno propósito. 

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En primer lugar, tendríamos el Mr. Jones’ Rules for the Modern Man (Hodder & Stoughton, 2006), de Dylan Jones. Se trata del editor de la revista británica GQ (antes llamada Gentlemen’s Quarterly) y, por tanto, lo que hace es relatar sus largas experiencias, con un buen número de anécdotas  y curiosidades sobre asuntos tales como el trabajo, el dinero, la comida,  la moda, y, cómo no, el sexo. En fin, un volumen divertido (a lo británico) de un escribiente que ya triunfó con su iPod, Therefore I Am: A Personal Journey Through Music. 

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Pasamos luego, por ejemplo, a The Man’s Book (Weidenfeld and Nicolson, 2006 ), de Thomas Fink. Aquí hay algo que no cuadra, pero el desconcierto vende. Digamos que es un volumen british total, de modo que servirá para quienes deseen encontrar  las mejores camiserías londinenses y también les hará servicio a quienes estén ansiosos por saber qué equipos compiten en el mundial de Cricket, si es que eso le interesa a alguien fuera de las islas y de las antiguas colonias. Pero, pero, pero.  Hete aquí que el señor Fink no es lo que parece. ¿Qué dirían que es? Pues, no, eso no. Nada menos que un físico teórico que trabaja en el Institut Curie, un centro del muy francés CNRS. ¿Y que puede resultar de esa conjunction? En efecto, una formula matemática para hacer el lazo o el nudo de la corbata, un diagrama o un algoritmo para auscultar si uno tendrá un matrimonio feliz, etcétera. La cosa tiene su aquél.  

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Reparamos también en el primer volumen de The Affected Provincial’s Companion (Bloomsbury, 2006), de Lord Breaulove Swells Whimsy. Éste es todo un caballero, ya lo dice el nombre, y se trata, sin duda, del librito más sofisticado y elaborado de todos, expresión perfecta de lo que entre ciertos gentelmen se entiende por el obsequio adecuado. Ya lo dijo el New York Times en su día: “one of the more charming treatises to come along in years”. Claro que, a pesar de las apariciencias, Whimsy es un norteamericano, eso sí, de Nueva Inglaterra, con blog y todo. Por si faltará algo, su personalidad incluye ciertas dosis de polémica, en particular la mantenida con Christian Chensvold, un auténtico dandy. Éste se define como modernista, el otro como un nostálgico. ¿Y ustedes? 

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Muy, pero que muy distinto es The Dangerous Book for Boys (HarperCollins, 2006), de los hermanos  Conn   y Hal Iggulden. El amigo Conn no es desconocido, pues se han traducido varias de sus novelas históricas (El emperador). En esta ocasión se ha reunido con la familia para ofrecer un volumen que es lo que un colega denominaría superdivertido.  Además, son también británicos, pero nada de Cricket, más bien un recorrido por cosas tales como qué hacer como la tinta invisible. Es decir, para jóvenes, o nostálgicos con ganas de revivir los placeres de la adolescencia. Y para los amantes de la curiosidad, porque hay un apartado dedicado a las grandes batallas de la historia. ¿Que cómo es eso? Averíguenlo ustedes, o intenten pillar  la reseña aparecida en The Telegraph: “A book of old-fashioned, adventurous pastimes for lads and dads has become a surprise bestseller”.   

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Pero acabemos, que me estoy poniendo de los nervios con el repasito. El empalagoso postre será Essential Manners For Men: What To Do, When To Do It, and Why (Collins, 2003), de Peter Post. El libro tiene sus años y muchos más el autor, bisnieto de la gran dama de la etiqueta en tierras americanas,    Emily Post. De hecho, Peter dirige el  Emily Post Institute y ha escrito varios volúmenes sobre el particular, aunque ninguno con el éxito de este último, recién reeditado. Algo que a muchos tiene intrigados, pues la obra es un repertorio de obviedades del tipo de   “Each of us is responsible for how others view us…The best way to deal with hygiene is to wash daily… Honesty is being truthful, not deceptive”. En fin, que hay gente para todo a la hora de decidir lecturas y gastar el dinero.  

Acabada, pues, la inspección,  me doy cuenta que   he rebajado este blog a unos niveles infames y que ésta no es manera de empezar el año. Pero, bueno, será difícil caer más bajo. En cualquier caso, ha sido una añagaza del amigo Snop, porque me podría haber enviado otra cosa, porque en lugar del libro de Russell me podría haber remitido, por ejemplo,  el de Heather Menzies: No Time: Stress and the Crisis of Modern Life (Vancouver: Douglas & McIntyre, 2005).

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Dicen que éste es el mejor académico del pasado año en Canadá. De hecho, esta estudiosa  ha ganado con ese volumen el prestigioso premio Ottawa Book , que examina el impacto de las nuevas tecnologías sobre nuestra vida, en particular cómo nos causan el tan generalizado estrés (yo, por ejemplo, no lo padezco, pero soy portador).     

En fin, eso es todo. Si les interesa lo anterior y se pasan por Canadá, recuerden que el 24 de enero el amigo Russell da una charla en el Albany Club, en la Queen’s University de Toronto. Ahora bien, les confieso que si fuera yo el afortunado preferiría rendir tributo a la gran historiadora Natalie Zemon Davis, que también habita aquellas tierras del norte. Y si tuviera que elegir un libro sobre el hombre y la masculinidad, eliminaría los anteriores y me decantaría por La imagen del hombre: la creación de la moderna masculinidad (Talasa, 2001), del desaparecido historiador George L. Mosse. Pero sobre gustos y modas…

Género and Canadá14 Ene 2007 06:48 pm

Año Nuevo, vida nueva. Ésta es mi decisión. Agarré una depresión a finales del 2006  y tuve que recurrir a un psicoterapeuta. Hubiera acudido a mi párroco, algo mucho más barato y sin cita previa, pero en el último momento me percaté de que no tengo.  Así que me las tuve que ver con un especialista en desórdenes. Le relaté mis cuitas, por supuesto, y el hombre se mostró escéptico. Además, añadí, no recuerdo mis sueños, si es que los tengo. Con eso estaba dicho todo y  a él  le dio un ataque de risa. Cuando se serenó, le recriminé su conducta y me mandó a paseo. Estas fueron las palabras de despedida del matasanos, un tal Gregorio Casa: “Ni lema es vive y deja vivir. Pero me he apuntado a un curso de costura y me han dado una almohada muy grande”. ¿Se lo pueden creer? ¡Será cretino el tío¡ 

Eso sí, se me ha pasado el desarreglo y voy a cambiar de vida. Lo primero será el estilo. Aprovechando las rebajas me voy a poner hecho un pincel. Y cuento con una inestimable ayuda. Snop se ha repuesto y la semana pasada me regaló un libro precioso (yo creo que es una indirecta). Dice que ha sido uno de  los libros del año en Canadá. Y no me extraña, porque su autor es una firma reconocida: Russell Smith. Autor de varias obras de ficción, es sobre todo un reconocido periodista y un crítico cultural.  Quienes hayan estado en Toronto, por ejemplo, y hayan adquirido un ejemplar de The Globe and Mail le recordarán por su columna semanal   “Virtual Culture”.  Yo no me lo pierdo, si lo puedo evitar, para estar al tanto de la moda, la vida social y la nightlife, que es como denomina a la movida. Ahora bien, en lo que es un experto es en men’s clothing and appearance. Y si he de renovarme, qué mejor lectura que su reciente Men’s Style: The Thinking Man’s Guide to Dress (Toronto, McClelland & Stewart, 2005)

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De todos modos, la cosa no es lo que parece. Russell Smith es especialista en literatura francesa, de modo que no sólo es un texto frívolo (que también). Es la obra de quien pasa por ser un filósofo del estilo, que ofrece  abundantes hechos históricos y unas cuentas gotas de sociología.  Y, por si fuera poco, odia a los metrosexuales, porque son poco varoniles. Ahora bien, la masculinidad y cierta preocupación por el estilo en el vestir van juntas. Porque, vamos a ver,  si no está mal visto que te gusten los colores y, por ejemplo, las pinturas de  Matisse y Vermeer, entonces ¿por qué va a ser superficial que te preocupes por la aparicencia? Es decir, “I crave Matisse as I crave a silk tie or a plummy Burgundy”, de modo que el aprecio por la buena música, la pintura exquisita, las viandas de calidad y los mejores ropajes entran en el mismo saco.   Defendamos, pues, lo artificial,   no en vano arte y artificio tienen una raíz común y decimos así que el arte es artificial: “I would no more return to the natural than I would give up Shostakovich and Brahms and the Louvre”.  

Bueno, esto es el resumen digerido, pero el librito empieza así, con una cita del humorista inglés P.G. Wodehouse:  “There are moments, Jeeves, when one asks oneself, ‘Do trousers matter?’ ” “The mood will pass, sir”   (hasta aquí la cita).  

Dicho lo cual, he aquí la consecuencia: “This is the most fundamental question of all, and it had best be settled off the top. Who cares? If I confess — even to myself — an interest in the superficial, am I not admitting to superficiality generally? Am I not admitting my failure to qualify as a practical man, the wholesome but unassuming man that this continent most values?”

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A todo eso, el señor Smith, con esa pose tan sesuda, no está sólo en su batalla por adecentar a sus congéneres masculinos. En el último año han aparecido diversos y muy variopintos volúmenes  sobre el particular, cosa que aquél ha señalado habitualmente en su columna periodística. Recuerdo una del sábado 16 de diciembre en la que citaba algunos ejemplos. Veamos.

Bueno, ver lo que se dice ver (o leer) lo veremos otro día, pues ya saben que tengo poco que contar y muchas entradas que cubrir.