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General10 Abr 2008 11:26 am

Este Blog ha completado su recorrido, así que se despide. Pero no fenece por completo, pues deja un heredero al que lega sus parcos bienes, un sucesor con otro nombre y aspiraciones más modestas. Quienes estén interesados, pueden visitar esa nueva bitácora: Clionauta. Allí nos vemos

Hasta luego

General07 Abr 2008 08:57 am

Stefan Collini pasa por ser un crítico feroz de los Cultural Studies (véase su  “Grievance Studies: How not to do Cultural Criticism”, en su recopilación de artículos periodísticos English Pasts. Essays in History and Culture, Oxford, Oxford University Press, 1999,   págs. 252-268). Es bien conocido por ello, además de por sus trabajos de historia intelectual, y por  la larga polémica que sobre el particular mantuvo hace años con otro crítico, Francis Mulhern (Culture/Metaculture, Routledge, 2000)  en la New Left Review.  

Sirva lo anterior como breve preámbulo para dar cuenta de que Collini acaba de publicar Common Reading: Critics, historians, publics (OUP), que incluye una amplia reflexión sobre el historiador  E. H. Carr.

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El volumen ha sido bien recibido y, por ejemplo, fue seleccionado como libro de la semana por The Times Higher Education, donde se recogía una frase que Terry Eagleton le dedicó a propósito de su volumen Absent Minds y que resulta significativa para comprender su posición: “Collini has the air of the genial but apolitical don, with little sense of the power and oppression that underlie social relations; for him, society is just a delightfully diverse set of positions and opinions, with nothing as vulgar as a dominant power in view”. Digo esto porque entrte los historiadores que aparecen en Common reading, y no muy bien parados, están E.P. Thompson y Perry Anderson.

Pero decíamos que analiza a Carr y como prueba de ello está el largo artículo que ha aparecido en The Times Literary Supplement como avance y difusión de ese Common reading: “E. H. Carr: historian of the future. An intellectual, a realist and an optimist, Carr respected power over all illusions of liberal morality”. Así empieza:

“La carrera de E.H. Carr (1892-1982) proporciona una singular, y a menudo desconcertante,  ilustración de las tensiones y paradojas que supone  ser uno de los principales intelectuales de la Gran Bretaña del siglo XX.   Mediante ese pequeño libro titulado  ¿Qué es la historia?  probablemente hizo tanto como cualquier otra  figura para dar forma a una serie de reflexiones  sobre la naturaleza del conocimiento histórico en la segunda mitad del siglo, especialmente entre estudiantes de instituto y  universitarios, y más si tenemos en cuenta que  no se había  formado como historiador ni fue nombrado nunca como profesor de la materia. Fue el principal fundador británico  de lo que acabaría convertiéndose en  escuela dominante, la “realista”,  en el estudio de las relaciones internacionales. Además, en la última parte de su larga y productiva vida  desacreditó la disciplina y marcó  distancias respecto a ella. Durante la guerra fría,  mantuvo un aislamiento intelectual y político,  defendiendo los logros de la revolución rusa y de la Unión Soviética, aunque en buena medida se antuvo indiferente a la teoría marxista.

Hay paradojas comparables si hablamos de la manera en la que Carr desempeñó sus variados papeles. Algunos de sus textos más notables  tomaron  la forma de artículos de fondo para la reconocible voz  de la opinión establecida de mediados de  siglo, The Times, del cual fue Assistant Editor entre 1941 y 1946; con todo, sus contribuciones fueron denunciadas regularmente por  políticos y  administradores en el poder, que las vieron como peligroso subversivo de la política nacional. En los años 60 y  70 lo proclamaron como una especie de  líder perdido de la izquierda intelectual, aunque desdeñaba el “análisis abstracto de los textos marxistas” que  caracterizaba a su parecer a la New Left Review de aquella época, prefiriendo publicar sus propias opiniones en el mucho más convencional Times Literary Supplement.

Carr era un escritor enérgico,  con  talento y  gusto para la polémica, aunque mucha de su escritura más influyente se publicó de forma  anónima (de todos modos, su profesión de escritor era a menudo conocida o ampliamente sospechada). Había también cierta calidad paradójica en muchas de sus opiniones características y de sus sensibilidades intelectuales. Defendió de forma vigorosa el progreso, contra todas las formas de conservadurismo y de nostalgia, aunque no fue de ninguna manera un liberal. (…)”

En fin, aquí lo dejo, porque tampoco es que haya nada realmente nuevo. Al menos nada fundamental que no estuviera en el volumen de Jonathan Haslam The Vices of Integrity The Vices of Integrity: E H Carr 1892-1982 (Verso, 2000) o en el editado por Michael Cox,  E.H. Carr: a critical appraisal (Palgrave, 2000).

General03 Abr 2008 01:43 pm

A principios de septiembre del pasado año, la agencia de noticias alemana Deutsche Welle distribuyó un comunicado con el siguiente encabezamiento “Profesor alemán de derecho envuelto en un escándalo de sexo y corrupción“. Toda la prensa alemana cubrió el asunto. Ahora aquella agencia nos informa de la resolución.

Resulta que este docente de la Leibniz University (Hannover) ha sido condenado  a tres años de cárcel tras haber dictaminado los jueces que recibió dinero de estudiantes que cursaban estudios de doctorado. Al parecer, se habría embolsado con ello una suma de 153.750 euros, aceptando ese soborno a cambio de permitir a determinados estudiantes como candidatos doctorales aunque no cumplieran los requisitos académicos. De hecho, de los 68 estudiantes que dicho profesor aceptó, solamente 10 obtuvieron finalmente el título de doctor. Todo ello consta en la sentencia y en la completa confesión que realizó ante el juzgado correspondiente, afirmando que el metálico le fue entregado por una empresa consultora, la cual a su vez lo recibía de los alumnos.

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Como agravante queda el hecho de que no se conformara con recibir un buen fajo de billetes. Durante un  juicio anterior, se impuso una multa de  1.800 euros a una estudiante que negoció otorgarle sus favores sexuales a cambió de que le subiera las calificaciones y así poder conseguir  un trabajo en la universidad. Y eso se supo porque otras alumnas denunciaron sus particulares métodos de evaluación.

Añadamos que el docente se excusó diciendo que su sueldo neto apenas llegaba a los 5.000 euros y que ese monto era insuficiente para hacer frente a las  deudas que atrastaba. (A los ajenos al mundillo les conviene saber que eso es más del doble de lo que se paga por aquí, pero que las deudas las tenemos igualmente abultadas, con las hipotecas suspendidas de la bóveda celeste).

En fin, parece ser que los falsos doctorados constituyen una lacra en la Germania toda, dada la escasez de plazas y lo bien considerado que está ese título. Nada que ver con Hispania…

General31 Mar 2008 10:50 am

En sus incesantes búsquedas de material bibliográfico y documental sobre la Francia de finales del XVIII y principios del XIX, Robert Darnton se topó con un texto casi desconocido de 1790: Les bohêmiens, de Anne Gédéon La Fite de Pelleport, más conocido como marqués de Pelleport.  Se trata de una novela política, más bien libertina, que el historiador norteamericano trata como libelo, en consonancia con los textos que estudió en Edición y Subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen (Madrid, Turner, 2003). A raiz de lo anterior, se publicó una nueva versión en neerlandés del volumen de Pelleport, con una introducción  de Darnton, prólogo que presentó en una conferencia impartida en el verano de 2006 en la Koninklijke Bibliotheek, la Bilioteca Nacional holandesa, de La Haya: Bohemians before Bohemianism. No me pregunten el por qué de esa elección neerlandesa, porque ahora mismo lo desconozco.

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Al parecer, la University of Pennsylvania Press está preparando una edición inglesa y, mientras tanto, Darnton ha presentado su introducción en la New York Review of Books de principios de abril: Finding a Lost Prince of Bohemia. Aunque el texto es delicioso, como suelen ser los suyos, es asimismo largo y costoso de traducir, al menos si se desea respetar la escritura de Darnton. Por eso, sólo reproduzco los primeros párrafos:

 ”Lo bohemio pertenece a la Belle Époque. Puccini le dio forma musical  y lo fijó firmemente en el París de finales del siglo XIX. Pero   La Bohème,   representada por primera vez en   1896, miraba hacia  una era anterior, hacia el París pre-Haussmann de las Scènes de la vie de Bohème de Henry Murger,  volumen publicado en 1848. Murger insistió en una serie de temas retomando  el París de las Illusions perdues    de   Balzac (publicado en 1837), y a su vez la imaginación de Balzac se enraizaba en el Antiguo Régimen,  donde empezó todo. ¿Pero cómo comenzó? Los primeros Bohemios habitaron un paisaje cultural rico, que nunca se ha explorado.

En el siglo XVIII, el término Bohémiens se refería generalmente a los habitantes de Bohemia o, por   extensión, a los gitanos (Romany), pero había comenzado a adquirir un significado figurado, relativo a vagabundos que vivían de su ingenio. Muchos fingieron ser hombres de letras. De hecho, antes de 1789, Francia había desarrollado una enorme población de  autores indigentes -sólo los poetas sumaban 672, según una estimación de la época. La mayor parte   vivían en París sin tener donde caerse muertos, sobreviviendo como mejor podían con chapuzas  y migajas que les daban sus patrocinadores. Aunque sus caminos se cruzaran con grisettes, como Manon Lescaut, no había nada de romántico u operístico en sus vidas. Vivieron como el sobrino de Rameau, no como Rameau. Su mundo estaba delimitado  por Grub Street.

Por supuesto, Grub Street, como expresión y como entorno, se refiere a Londres. La propia calle, que recorría un distrito miserable e infestado de criminales, el de Cripplegate, había atraído a escritores de poca monta desde épocas isabelinas. Ya en el siglo XVIII, éstos se habían trasladado a otros barrios, pero Grub Street se había convertido en un importante entorno en la imaginación literaria, y fue celebrada en muchas obras literarias -no sólo el Grub-Street Journal sino  obras maestras  como The Dunciad de Alexander Pope y The Beggar’s Opera de John Gay.

¿Existió algo comparable en París? Ciertamente: París tenía una población incluso más grande de escritorzuelos, pero estaban dispersos por las buhardillas de la ciudad, sin una   vecindad concreta, y nunca dramatizaron o satirizaron su posición en  trabajos que capturaran la imaginación de la posteridad. En verdad, el Neveu de Rameau de Diderot, el Pauvre Diable de Voltaire y partes de las  Confessions de Rousseau  evocaron la vida de Grub Street, París, y la cultura  Scriblerian de París impregna trabajos menos conocidos como el Tableau de Paris de Mercier. Con todo, ningun escritor   antes de Balzac y  Murger  le dio vida a  La Bohème, es decir, nadie que sepamos, excepto el autor olvidado de una obra maestra perdida (…)”

Esa obra perdida, por supuesto, es la de Pelleport.

Y aquí les dejo, pidiendo disculpas por esa somera traducción, que ni siquiera ha castellanizado libros archiconocidos y que debería estar anotada comme il faut. El consejo: no se pierdan la versión inglesa.

General26 Mar 2008 01:41 pm

En el verano de 2004 la Duke University hizo un anuncio sorprendente. Había tomado la decisión (y de eso hace casi cuatro años) de obsequiar con un iPod a sus nuevos egresados, que eran para aquel nuevo curso unas 1600 almas, más otros 150 aparatitos para los correspondientes profesores, con el fin de que los utilizaran en sus cursos. En total, se suponía   un gasto aproximado de medio millón de dólares, cuando el billete verde no era lo que ahora es y no estaba por los suelos, sino todo lo contrario. Desde entonces ha llovido mucho y la Duke ha refrenado esa ansia dadivosa en beneficio de los ajustes contables y gracias a que la difusión privada del invento entre los nuevos alumnos hace innecesaria la amplitud de la medida. En todo caso, no sabemos cómo los estudiantes utilizaron el obsequio.  

Señalo lo anterior porque parece que los responsables académicos norteamericanos vuelven a la carga. En febrero fue la Abilene Christian University, un pequeño centro de unos cinco mil estudiantes, con un plan consistente en ofrecer iPhones o iPods a sus nuevos alumnos (unos 900), tal como consta en su página. Se acompaña el proyectoo con un video promocional y una clara  filosofía: “What might a university look like with a fully deployed program of converged devices like the iPhone? Connected is one possible vision. This fictional day-in-the-life account highlights some of the potential benefits in a higher education setting when ever student, faculty, and staff member is “connected.” Though the applications and functions portrayed in the film are purely speculative, they’re based on needs and ideas uncovered by our research - and we’ve already been making strides to transform this vision of mobile learning (mLearning) into reality”.

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Por si lo anterior les parece excepcional, sepan que a la subasta se suma ahora mismo la Oklahoma Christian University, otro centro confesional, que ofrece ese iPod (o un Ipod Touch) y añade un portatil Apple. ¿Quién da más? Su portal también nos explica el por qué: “The vision of incorporating instructional technology tools into teaching and learning is critical to our future success and the success of our graduates. We are excited about this new phase of mobile learning at Oklahoma Christian University and will continue to search for ways to enhance teaching and learning”.

No digo más, porque estoy gestionando los papeles para formalizar la matrícula en Oklahoma. Siempre he dicho que es una de las mejores, cien por cien cristiana y muy familiar, con apenas unos dos mil quinientos parroquianos.  Hasta luego.

General24 Mar 2008 05:56 pm

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De vez en cuando ocurre, no es inusual, que algunos colegas de profesión polemicen fuera de los cauces habituales. Jean-Louis Crémieux-Brilhac, un  venerable académico  de ascendencia judía, ha escogido las páginas del periódico Libération para arremeter contra la emisión de un documental (docu-ficción, más bien) sobre la Resistencia emitido por France2 en dos episodios. En particular, ha sido la segunda parte la que le ha molestado,  la que trata sobre “Quand il fallait sauver les Juifs”.  Pero no solo eso, bien es verdad: “France Télévisions a patronné un film sur le drame des Juifs de France dans les années 1940-1944 et l’a programmé à une heure de grande écoute, alors que la Shoah a été occultée un quart de siècle, bravo !”

Se subraya con justicia la indignidad del gobierno de Vichy, dice Crémieux-Brilhac, pero se ensalza a la Resistencia más allá de la realidad: “Faut-il rappeler que le mot d’ordre «Il faut sauver les Juifs» n’a jamais été lancé ni par le Conseil national de la Résistance, ni par la France libre dans les années 1943-1944, ni par la presse clandestine, mis à part les Cahiers du Témoignage chrétien. Le titre même de l’émission est un faux-semblant”.

Más aún, el documental daría a entender que los franceses desarrollaron un inmenso movimiento de solidaridad hacia los judíos entre 1943-1944, cosa que el articulista considera una auténtica impostura por parte de los responsables de ese documental.  “C’est vouloir construire une légende. Il va de soi que l’opinion publique n’était plus, en 1944, ce qu’elle avait été au lendemain du désastre : l’approche de la Libération a freiné le zèle répressif et stimulé de beaux dévouements. De là à extrapoler à la nation entière, et même à la Résistance entière, ce qui fut le mérite admirable de quelques mouvements, de quelques groupes ou de quelques individualités, il y a plus qu’une marge”.

Así pues, un exceso de buena voluntad, el deseo de construir una buena consciencia patriótica transforma una película que debería ser rigurosamente histórica en mera propaganda. Lo peor, no obstante, es  que  el sello de veradidad lo otorgan dos de los mayores especialistas en el asunto, los historiadores Annette Wieviorka y Jean-Pierre Azéma.

La polémica está servida, aunque de momento la única respuesta que conozco es la del historiador Lucien Lazare y su “C’était aussi de la Résistance“.

General16 Mar 2008 06:37 pm

Por fin ha ocurrido, era de esperar. Mientras los  Hobbits y el Señor de los anillos recaudan dólares a mansalva, mientras los herederos de Tolkien reclaman lo suyo y amenazan con paralizar las nuevas aventuras de la Comarca,  los   universitarios franceses han decidido que también ellos quieren participar de la epopeya.   Así que caba de parecer una recopilación de artículos, publicada por el CNRS, bajo el título de Tolkien et le Moyen Age

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Para los interesados, nada mejor que recurrir a la reseña del helenista Charles Delattre, profesor de la Université de Paris X Nanterre, que este 2008 publicará su Le cycle de l’Anneau, de Minos à Tolkien en las ediciones Belin. Dice Delattre: “J. R. R. Tolkien, auteur réputé facile, fait-il encore l’objet d’un ostracisme de la part de la communauté universitaire? On hésiterait à le croire, au vu des publications qui ne cessent de se multiplier depuis quelques années à son sujet. Point d’orgue de ce mouvement, l’édition par Christopher Tolkien de la plus grande partie des brouillons, rapports d’étape, esquisses et œuvres inachevées de son père, dans un monumental History of Middle Earth en douze volumes, aujourd’hui en cours de publication en français chez Christian Bourgois. En France, le mouvement a été relayé depuis plusieurs années par Vincent Ferré, un jeune universitaire spécialiste de littérature comparée, auteur d’un Tolkien: Sur les rivages de la Terre du milieu (Christian Bourgois, 2001) qui a connu un large succès. Il n’y a plus de raison aujourd’hui de faire passer Tolkien pour un auteur maudit des intellectuels, même si la rhétorique universitaire affiche encore parfois sa pudeur devant le succès commercial de l’œuvre et de ses dérivés, en particulier cinématographiques. Tolkien et le Moyen Âge est un recueil d’articles rédigés par des étudiants en master et doctorat sous la direction de Leo Carruthers, professeur d’anglais à Paris IV Sorbonne et directeur du Centre d’Etudes Médiévales Anglaises (…)”.

He aquí el índice

  • Tatjana Silec, “Tolkien et le Kalevala”, p. 31-52
  • Frédéric Grut, “Hobbit et Holbytla: la langue des Hobbits”, p. 53-68
  • Dorota Kotowicz, “Les noms propres dans Le Seigneur des Anneaux”, p. 69-84
  • Anne-Cécile Clément, “Beorn”, p. 85-102
  • Margaux Nahon, “Gollum ou la personnification de l’Anneau”, p. 103-119
  • Catherine Royer-Hémet, “Les seigneurs du Seigneur des Anneaux”, p. 123-142
  • Claire Jardillier, “Les échos arthuriens dans Le Seigneur des Anneaux”, p. 143-169
  • Cécile Bouteille, “Armes et armures dans Le Seigneur des Anneaux”, p. 175-189
  • Émilie Denard, “De la Grande Musique d’Ilúvatar aux chants de pouvoir : la place de l’art poétique et musical en Terre du Milieu”, p. 193-216
  • Cyrine Lourimi, “Intertextualité médiévale dans la musique, les chants et les poèmes du Seigneur des Anneaux”, p. 217-233
  • Dino Meloni, “Arda : l’inspiration antique et médiévale et son architecture et de ses édifices”, p. 237-262
  • Jérôme Coudurier-Abaléa, “Médecine et guérison dans Le Seigneur des Anneaux”, p. 265-282
  • Clément Delesalle, “La magie d’Arda: symboles et sub-création”, p. 285-302

Historia and General12 Mar 2008 05:07 pm

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A juzgar por lo que leemos en la última entrega del Times Literary Supplement, parecería que en los últimos meses ha habido un aluvión de novedades sobre este asunto. Geoffrey Wheatcroft revisa para el TLS distintos volúmenes:  el de la británica  Jacqueline Rose, que, tras orillar sus celebrados estudios sobre psicoanálisis, feminismo y literatura, ahonda en lo expuesto en su   polémico The Question of Zion, recopilando ahora  en The Last Resistance, que publicó verso en 2007, algunos de sus ensayos dispersos sobre el mismo asunto con mirada psicoanalítica; el del prolífico Colin Shindler, del Centre for Jewish Studies at University of London, The Triumph of Military Zionism: Nationalism and the Origins of the Israeli Right, un volumen de 2006 que queda algo desfasado porque desde entonces ha editado What Do Zionists Believe? (Granta, 2007) y A History of Modern Israel (CUP, 2008);  el del conocido rabino, escritor  y articulista  David J. Goldberg, también de 2006,  The Divided Self: Israel And The Jewish Psyche Today; el muy reciente de la periodista y escritora británica Victoria Clark Allies for Armageddon: The Rise of Christian Zionism, que publicó Yale a finales del pasado año; el más antiguo del historiador canadiense Yakov M. Rabkin A Threat from Within, del que hay incluso versión castellana (La amenaza interior.  Historia de la oposición judía al sionismo, Hiru Argitaletxea, 2006); y el del mandatario norteamericano Jimmy Carter Palestine: Peace Not Apartheid, aparecido asimismo  hace ahora algo más de un año.

Como se ve, la elección es un tanto ecléctica y queda algo desfasada, como suele ocurrir en el mundo editorial, pues a veces olvidamos la catarata de obras que aparecen todos los días. Podría haber incluido otros textos, desde luego, como el de Michael Makovsky, director del Bipartisan Policy Center (Churchill’s Promised Land: Zionism and Statecraft. Yale University Press, 2007),  o la reciente traducción inglesa del libro del profesor berlinés de estudios islámicos  Gudrun Krämer (A History of Palestine: From the Ottoman Conquest to the Founding of the State of Israel, Princeton, 2008), pero lo que importa no es ser exhaustivos, sino que la reseña sea significativa.

Historia and General10 Mar 2008 09:36 am

Según parece, el volumen reciente que mayores elogios concita es la última obra de Lisa Appignanesi, puesto a la venta a mediados de febrero con el título de  Mad, Bad and Sad: A History of Women and the Mind Doctors from 1800 to the Present (Virago). Appignanesi tiene un notable historial como   novelista y estudiosa de las  ideas. De ascendencia polaca y ciudadanía canadiense, quizá alguien la recuerde por Los muertos perdidos (Península, 2007), la única de sus novelas vertida al castellano. En esa obra nos ofrece una crónica autobiográfica sobre el periplo de su propia familia, la huida de unos judíos polacos de la barbarie europea. Pero quizá sea tanto o más conocida por su estudio sobre Simone de Beauvoir o por su   Freud’s Women,   que   escribió con John Forrester, en el que abordaba el asunto que  se explora con mayor profundidad en Mad, Bad and Sad: el desconcierto y el lugar, a menudo inquietante, de las mujeres en la comprensión y el tratamiento de la aflicción mental. Un libro que, por ejemplo, la escritora Salley Vickers ha calificado en The Guardian como soberbio, ambicioso y, además, bien escrito y entretenido.  La prosa de Appignanesi, nos dice, es lúcida y modesta, libre  de la jerga habitual en este género. Es un libro largo pero nunca aburrido, que nos deja con la sensación de querer más. Un volumen, añadiría por mi parte, que también tiene algo de autobiográfico, al menos en el sentido de que la madre de Lisa Appignanesi también sufrió el drama de la demencia.  

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La obra  tiene dos objetivos confesos (sigo a Vickers): hacer un examen histórico de la evolución del “mind doctoring”; y   considerar si hay algo que distinga la mente femenina de la del varón –y si    es social  o   inherente a la psique femenina lo que hace que cada sexo  sea  tratado  de forma distinta.  Así,   el núcleo del libro contiene una investigación feminista, pero realizada sin estridencia -de hecho, con un equilibrio que admite  evidencias contradictorias y otorga el peso   debido al hecho de que todos los informes están culturalmente influenciados y son parciales. De la forma más elocuente posible, Appignanesi intenta exhumar e iluminar las presunciones ocultas que combinan salud moral y mental, y confunden afecto y sentimientos naturales con patología. ¿Es  la locura mala o triste? ¿Es la tristeza locura, o la locura mera tristeza? ¿Es peor estar enojado o triste? ¿O es mejor ser simplemente malo?

 Las evidencias citadas en el libro son numerosas, extraídas  de documentos históricos, muchos de ellos literarios. El libro comienza con uno de los casos más famosos de la historia literaria de la aberración mental: el comportamiento repentino, violento y extraño de Mary Lamb (hermana del conocido Charles Lamb, con quien escribió los Tales from Shakespeare)  que la llevó a apuñalar fatalmente a  su madre en 1796. Esta historia es un paradigma para el conjunto  del libro: Mary, la hija intelectualmente precoz y emocionalmente descuidada de una madre lisiada que favoreció a su primogénito, un hermano menor brillante pero frágil  –ese Charles, una persona propensa a la  melancolía- devino el principal sostén   de su acorralada familia gracias a  su trabajo como modista. Un trabajo duro, que la llevaba a un agotamiento físico extremo, junto con una historia de privación emocional,  parecen haber provocado un   matricidio poco acorde con el carácter que los conocidos le atribuían a Mary. 

La historia del ” sereno” y ” sensible”   arrebato asesino de Mary - con todo, enteramente comprensible - y su eventual regreso a la comunidad resultan instructivos. Gracias a la rápida acción de Charles, fue confinada en una institución, que sirvió como protección inmediata y, dado  que se   diagnosticó su locura, como salvaguardia contra cualquier castigo judicial. Como precisa Appignanesi, el caso fue tratado con una clemencia que en épocas   posteriores, incluida la nuestra, no habría tenido lugar.   De ese modo, Mary retomó una vida de equilibrio desigual. Vivió al cuidado de su alcohólico  hermano y tuvo un trabajo creativo fuera del hospital, cuando su estado aconsejaba la salida, lo cual le permitió imaginar  un objetivo más allá de los límites de la costura. 

Tres factores parecen especialmente relevantes en la crisis inicial de Maria y su recuperación tentativa. El grado de tensión que soportaba,   causado por sus responsabilidades y largas horas del trabajo ingrato; el trato despectivo que   había recibido desde niñez por parte de su madre; y la intervención crucial de su hermano. Que quien la atormentaba, a su vez víctima de su  “locura”, desapareciera    -por su propia acción- y que ella recibiera la atención y la preocupación de su querido hermano pudo haber sido suficiente para restaurar su ” cordura”, aunque temporalmente. Parece probable  que el daño inflingido en  la niñez fuera el factor principal de su malestar. Durante el resto de su vida quedó sujeta   a agitados “desarreglos”, y ella y su hermano tuvieron siempre a mano una camisa de. Hay una ilustración conmovedora de ellos llorando cuando van caminando hacia    la institución donde Maria iba a  ser confinada, llevando con ellos las prendas de vestir que  allí se requerían. 

Appignanesi describe las numerosas e impactantes brutalidades a las que se sometía a quienes eran señalados como insanos. Es especialmente escalofriante cuando aborda las técnicas de la alimentación forzosa, que llevaban a la pérdida de dientes y, con frecuencia, a mandíbulas rotas. Hay ejemplos terribles de los asaltos quirúrgicos realizados en nombre de la curación. Un  diabólico “cuidador”, el Superintendente   Henry Cotton   del asilo estatal  de Trenton en los E.E.U.U,  “realizó una obscena campaña de   cirugía de amígdalas,   estómago, colon y   útero de los pacientes [del psiquiátrico femenino], además de arrancarles los  dientes. En el proceso,   mutiló y mató a miles”.  
Pero   Mary Lamb no es el único caso donde la amabilidad y el escape de las presiones del mundo probaron ser modestamente eficaces. La propia Maria   ofrece este sabio consejo a un amigo cuya madre se ha convertido en  demente: ” Dedica todo tu empeño  a estar seguro de que la tratan con dulzura… que es algo a lo que  la gente en su estado es con frecuencia susceptible”.  Uno de sus médicos prescribió una terapia eficaz consistente en agua, paz y guardar cama. 

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Uno de los placeres del texto de Appignanesi es su   voluntad de contemplar la posibilidad de que tales simples reconstituyentes pudieran ser efectivos.  El dicho según el cual  ” la naturaleza cura y el médico cobra” no es   simple cinismo. La disposición de un asilo seguro, a salvo de tensiones cotidianas, la calma y la amabilidad pueden ser mejores remedios, en última instancia, que las drogas o la intervención humana especializada. Un hecho sobresale claramente a través del libro: el trato y  la atención   sensible de otra alma humana es la única característica constante en cualquier tratamiento acertado. Y hay también el reconocimiento, hostil a nuestra forma de ver las cosas, de que ” las curaciones raramente son absolutas o para siempre”. 

Appignanesi también subraya que el desarraigado  y el trastornado fueron socialmente más aceptables cuando aún no se habían convertido en objetos  médicos, pues eso obligó a estigmatizarlos.   Y con este cambio ocurre el extraño y bien documentado fenómeno del acuerdo, reconocido o tratado raramente   entonces, entre cualquier teoría   dominante y la naturaleza de los síntomas manifestados. Así tenemos la superabundancia de parálisis histérica a fines  del siglo diecinueve y   principios del veinte, una condición inusual hoy  pero habitual para   Freud y sus contemporáneos; en los sesenta, con el profeta Laing, los estados mentales conflictivos   fueron representados como un aumento de “voces” incorpóreas ; más recientemente, ha habido   múltiples personalidades remiten  su origen a los abusos sexuales (aunque Appignanesi presenta  casos históricos donde nunca fue un factor); y ahora estamos sitiados por  los desordenes de   atención de nuestros niños, una plaga para profesores y a padres distraídos. 

El ejemplo   de Mary  Lamb es solamente una entre muchas historias crueles y fascinantes. La última parte del libro contiene de forma clara  y comprensiva un recuento   de las   principales contribuciones psicológicas del siglo pasado. Pero el latido del libro está en las arrolladoras lecturas   de las vidas desordenadas de Théroigne de Méricourt (el revolucionario francés rescatado por el Marqués De Sade de una tertulia de mujeres chillonas), de Alice James (hermana de Henry y de William), de Virginia Woolf, de Sabina Spielrein (paciente de Jung, amante y analista temprana), de Zelda Fitzgerald, de Sylvia Plath, de Virginia Woolf,  de Lucia Joyce, de Jane Fonda y de Marilyn Monroe. Appignanesi resiste la tentación de darle un toque  romántico a la locura, pero  ejemplos  como éstos demuestran una correlación entre un talento inusual, o sensibilidad, y  susceptibilidad a  desestabilizarse. 

El caso de Celia Branden es particularmente fascinante. La experiencia de Branden, la  corrección física que padeció siendo niña, se convirtió en la fantasía  demoníaca predominante en  sus preferencias sexuales posteriores (el libro demuestra por qué la amabilidad cariñosa para con los niños es esencial para el bienestar del individuo adulto  y para el de la sociedad). Branden proporcionó sus   propias   confesiones, muy   inteligentes, revelando una perspicacia freudiana. Ella había leído y comprendido a  Freud   y podía aplicar sus teorías incluso aunque, confinada con sus propios demonios sexuales,   nunca recibió las ventajas potenciales de esa “cura oral”.  

Por supuesto, no sólo aparecen están célebres mujeres desordenadas. También aparece Philippe Pinel (1745-1826), encargado de los manicomios del París revolucionario, con el hospital de   Salpêtrière como bandera,  donde pudo clasificar la alienación mental en cuatro tipos: manía, melancolía, demencia e imbecilidad.  Y aparece Sigmund Freud cuando es un joven neurólogo que estudia en París y sigue las técnicas de Jean-Martin Charcot, en particular el uso del hipnotismo para tratar esa enfermedad tan femenina, la “histeria”.  Y está el Freíd que vuelve a Viena e idea su “talking cure”, su terapia oral. Y Jung  y Lacan y, por supuesto, la anti-psiquiatría de R.D. Laing.  

Muchos estudios anteriores han enfatizado a menudo los aspectos misóginos   y coactivos de estos médicos, de sus diagnósticos   y   tratamientos. En cambio, Appignanesi modera la perspectiva, acentuando las complejidades de esa relación terapéutica recíproca y colusoria, la gama de emociones experimentadas por ambos lados, el médico y la paciente, así como  la benevolencia de muchos doctores. Sugiere incluso que las pacientes  tuvieron sus propios y sutiles métodos para obtener ciertas ventajas dentro de esa relación.  De todos modos, ¿por qué centrarse en pacientes femeninas? ¿No supone eso   repetir las viejas ideas sobre las  mujeres como seres más frágiles?   Appignanesi ofrece varias respuestas, que habremos de leerle y explorar. Digamos de entrada que las estadísticas contemporáneas acentúan la mayor propensión de las mujeres  a sufrir   tristeza o locura, pero el balance histórico de esa  enfermedad femenina   incluye muy a menudo a mujeres oprimidas  que luchan por articular su cólera y que son tildadas  de neuróticas  o algo peor.  

Appignanesi es demasiado cauta para intentar establecer ninguna  teoría sobre el lugar de la feminidad en la historia de la enfermedad mental, pero   insinúa que, por   educación y por razones genéticas de procreación, las mujeres   generalmente se adaptan mejor. Son mejores a la hora  de captar las pistas, tanto sobre lo que se les pregunta como sobre lo que es aceptable. Imagina, entonces, que las mujeres pueden concebir y entregar cualquier estrategia que dé  a sus supuestos descontentos   la forma necesaria para que quepan en  las teorías que existen  en la conciencia colectiva. Appignanesi no es una feminista  pero el libro   sugiere que las mujeres son a menudo  los heraldos dramáticos, incluso trágicos,  de las nuevas y radicales teorías de los varones.     

General06 Mar 2008 01:01 pm

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Terreur et  martyre. Relever le défi de civilisation. Así se titula el libro que el pasado tres de marzo ha publicado  el conocido estudioso Gilles Kepel (Flammarion, 224 páginas). Retomando sus celebrados estudios anteriores, Kepel se centra ahora en buena medida en los hechos y acontecimientos que envuelven   el 11 de septiembre de 2001. Pasa revista a la evolución del radicalismo musulmán, por supuesto,  descifrando  los discursos de Ben Laden,   los comunicados de Zawahiri o los mensajes de Zarqawi. La catástrofe, el antes y el después le conducen a una tesis: hay dos lineas maestras que se disputan   el control del Islam a la era digital, el terror y al martirio,  ”una dialéctica mortífera”. Así que no hay frente, como se ha dicho, porque en esta guerra el frente está por doquier.

El libro coincide, además, con un artículo aparecido unos días antes en Le Figaro  con motivo de la visita de  Ahmadinejad a la capital iraquí y que al poco ha traducido El País. El texto se titula   “L’Europe doit maintenant relever le défi d’Ahmadinejad” y   no dice nada nuevo, puesto que sigue a grandes rasgos las conclusiones  de un reciente  informe redactado para los servicios de inteligencia americanos (National Intelligence Estimate). De hecho, algo parecido se puede leer, sobre las mismas bases, en el último número del New York Review of Books. La diferencia con los autores de este último artículo es que Kepel no cree que los amigos americanos estén dispuestos a asumir sus responsabilidades o que, en todo caso,   es más escéptico sobre esa eventualidad. Así que, arrimando el ascua a la sardina europea,  concluye del siguiente modo:

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“Sin embargo, el presidente iraní, que llegó ayer a Bagdad, no tiene una situación mejor dentro de sus propias fronteras que su colega George W. Bush. La política de enfrentamiento -al menos verbal- con EE UU, Israel y Occidente se ha traducido en el empobrecimiento del país debido a las sanciones económicas y financieras, a pesar del alza extraordinaria de los precios de los hidrocarburos, que no reporta ningún beneficio a los ciudadanos iraníes, a diferencia de sus vecinos árabes del Consejo de Cooperación del Golfo. La generación Pasdaran -Ejército y milicias de los Guardianes de la Revolución- a la que representa está en conflicto con un clero asustado por su carácter aventurero y con las clases medias iraníes, que viven en sintonía con Occidente gracias a las parabólicas y no entienden por qué se les impide el acceso a la prosperidad cuando los precios del crudo sobrepasan los 100 dólares por barril. Ante esta alianza que amenaza con hacerle perder las elecciones legislativas del 14 de marzo, Ahmadineyad cuenta con que esta visita le permita adquirir una categoría de jefe de Estado con reconocimiento internacional. Pero cualquier negociación y cualquier esbozo de diálogo con Occidente serán de provecho, ante todo, para los reformistas, y ése es el dilema del presidente iraní. Lo paradójico es que su fuerza procede del bloqueo que ejerce en varias situaciones: sobre las elecciones presidenciales libanesas a través de Hezbolá, sobre el reconocimiento de Israel, etcétera. Empezar a negociar puede suponer para él, ante sus adversarios interiores, el beso de la muerte.

 La política del Gobierno de Bush, la guerra contra el terror que iba a reorganizar Oriente Próximo bajo la batuta de Estados Unidos, ha fracasado en el marasmo iraquí; la apoteosis islamista prometida por Bin Laden, Zawahiri y compañía, gracias a la yihad y el martirio, no ha conseguido movilizar a las masas árabes, y el Estado islámico de Irak en embrión que Al Qaeda ha instaurado en las provincias suníes va camino de ser un aborto, sin ningún elemento de realidad más que en Internet. El enemigo común de Bush y Bin Laden, el Irán chií y revolucionario, está hoy en condiciones de negociar. La presidencia estadounidense, deslegitimada por su fracaso y desfavorecida por la incertidumbre electoral, no puede recoger el guante; por consiguiente, es Europa la que debe mostrar el camino, en colaboración con los Estados árabes del Consejo de Cooperación del Golfo, un órgano creado en 1981 contra Irán pero que acogió a Ahmadineyad en su última cumbre, celebrada en Qatar. Este desafío -que es un desafío de civilización- será una de las principales tareas de la presidencia francesa de la UE: es preciso que calculemos lo que está en juego y manifestemos la voluntad política necesaria.”.

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