Noviembre 2007
Monthly Archive
Reino Unido and Historia and General30 Nov 2007 12:29 pm
Historizar la globalización
El número de otoño de la revista History Workshop Journal incluye una sección que lleva por título Feature Global Times and Spaces: on Historizing the Global. Parece un signo de los tiempos, un momento en el que el denominado proceso de globalización está permitiendo que vuelva a tomar auge la historia a gran escala, como lo demuestran inumerables libros y artículos, así como distintas revistas especializadas. Sin embargo, en esta ocasión el motivo es más concreto. En el volumen anterior, el correspondiente a la pasada primavera (el 63), uno de los historiadores británicos más reputados, Geoff Eley, publicaba un artículo titulado Historicizing the Global, Politicizing Capital: Giving the Present a Name. El texto provocó ciertas discusiones y la revista aprovechó la ocasión para promover una especie de debate (el que aparece en el número 64) en el que se invitó a participar a Antoinette Burton, historiador de la University of Illinois, Urbana-Champaign, a Sanjay Subrahmanyam, de la UCLA (autor de una biografía de Vasco de Gama, Crítica, 1998), a Iain A. Boal, de Berkeley y, finalmente, a Maxine Berg, docente en la University of Warwick y autora especializada en la revolución industrial que, a su vez, dirige el recientemente creado Global History and Culture Centre en Warwick.
Para no alargar esta reseña nos centraremos en los dos textos fundamentales. Por un lado, el de Eley y, por otro, el de Berg.
La periodización a gran escala que propugna Eley significa, dice, estructurarla alrededor de las historias del desarrollo del capitalismo y de sus distintivas formaciones sociales tal como las encontramos a escala global. Pero, añade, quisiera construir ese marco no alrededor de la comprensión clásica de la industrialización y de la revolución industrial sobre las que reparamos normalmente, ni alrededor del conjunto de debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sino apelando a otros planos del pensamiento contemporáneo. Uno de éstos abarca las cada vez más ricas historiografías de la esclavitud, de las sociedades de la postemancipación y del Atlántico negro, que continúan desafiándonos en la revisión de nuestras notaciones básicas sobre los orígenes del mundo moderno. El otro incide sobre lo que sabemos sobre las distintas condiciones de la acumulación y de la explotación que definen ahora las nuevas divisiones globalizadas del trabajo, particularmente con respecto a la deslocalización y a los mercados de trabajo transnacionales. En ese sentido, deseo precisar algunos contrastes con el modelo anterior de la acumulación, el establecido después de 1945 y que duró hasta cambios de mediados de los años 70.En resumen, observa Eley: de un lado, hay argumentos de peso para ver la servidumbre y la esclavitud como formas sociales de trabajo que fueron fundamentos de la modernidad capitalista forjada durante el siglo XVIII; y por otro, hay igualmente evidencias desde finales del XX de la formación de una nueva y radicalmente degradada versión del contrato de trabajo. Estas nuevas formas de la explotación del trabajo se han ido gestando alrededor del predominio cada vez mayor del salario mínimo, de un trabajo descualificado, desorganizado y desregulado, en un mercado de trabajo semilegal y deslocalizado, en el que los trabajadores son sistemáticamente despojados de la mayoría de las formas de seguridad y de protección organizadas. Esto es lo característico de la circulación del trabajo en las economías globalizadas y posfordistas del mundo capitalista actual, y es ahí donde debemos comenzar la tarea de especificar las peculiaridades del presente. Ya sea desde el punto de vista del futuro del capitalismo o desde el de sus orígenes, la comprensión más clásica del capitalismo y de sus formaciones sociales como algo que gira alrededor de la producción industrial de manufacturas comienza a parecer algo increíblemente parcial y potencialmente distorsionado, una fase que hallamos de forma aplastante en occidente, en formas que presuponen exactamente su ausencia en el resto del mundo y con una duración muy breve en el tiempo histórico.
Vayamos ahora a Maxine Berg (From Globalization to Global History). Su texto empieza examinando los referentes de Eley. Éste cita a Wallerstein, a Cooper y a Hobsbawm para abordar períodos anteriores en los que hubo un orden mundial, observando la carencia de globalización. A partir de ahí, intenta actualizar el análisis marxista de la acumulación capitalista con su propia “grand-scale periodization” acentuando la esclavitud y la servidumbre como fundamentales para el desarrollo del capitalismo. Las historias del capitalismo, señala, no han incorporado las formas de trabajo servil en sus relatos sobre el augue del trabajo asalariado y de la clase obrera. Tampoco han dado la significación debida a la producción industrial manufacturera como punto álgido del capitalismo. Intenta reafirmar el lugar de las interacciones globales en la primera industrialización occidental, fundado especialmente en esclavitud del mundo Atlántico. Finalmente, encuentra paralelismos contemporáneos en los mercados globalizados de trabajo del siglo XXI, sujetos a contratos de trabajo infames y a otras formas de coerción. Sin embargo, su análisis se centra sobre Occidente, con notable poca atención a una historia global más amplia. Eley pretende historizar la globalización, pero lo que realmente necesitamos es una aproximación histórica mucho más global. La globalización, tanto el proceso como el debate sobre el término, ha proporcionado gran ímpetu a la historia global entre los historiadores y sus estudiantes, lo cual está también relacionado con una mayor atención a nuestros orígenes multiculturales. La historia global ha desafiado las viejas historias y estudios nacionales, estimulando una modificación de la historia imperial, y más recientemente de la historia atlántica del mundo, que hasta este momento lo ha sido sobre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas y caribeñas. La escritura global de la historia tiene un viejo prestigio cuando se habla del antiguo mundo Greco-Romano, de los Han en la China o de las tradiciones árabes, persas e hindúes. En Europa, durante el siglo XX, es conocido que en los años de entreguerra se renovó el interés por la China y Japón. Asimismo, los objetos históricos globales volvieron en los años 70 con el sistema-mundo de Wallerstein. Wallerstein, los historiadores imperiales y los estudios postcoloniales describieron la reproducción de metrópolis y periferias. El colonialismo y el imperialismo proporcionaron el poder que reforzó la dominación del mundo por parte de Europa y de Norteamérica a partir del siglo XIX. Estas historias del mundo, sin embargo, proporcionaron diferentes narrativas de dominación y resistencia. La historia policéntrica todavía se centra sobre el edificio imperial y los estados-nación, que construyen la modernidad como proyecto global europeo. Nuestras historias globales todavía están limitadas en gran parte dentro del marco de la economía y de la política. Son historias comparadas del oeste y del este, por un lado, e historias de la globalización y el internacionalismo, por otra. Las grandes preguntas que nos hacemos, y que persigue la nueva periodización de Eley, se centran en las fuentes del auge occidental, los orígenes de la gran divergencia o la crisis de imperios. Pero, ¿no hay otras preguntas más amplias que podemos plantear sobre conexiones globales en temas tales como diásporas, transmisión de la cultura material y conocimiento útil, sobre historias conectadas de la vida urbana, de embajadas, misiones comerciales e ideologías religiosas?
Eley historiza la globalización para ligarla a las demandas de los E.E.U.U. y su voluntad de afirmar su poder sobre el mundo reordenando el Oriente Medio y conteniendo a la China. La modernidad capitalista del XIX, con la industrialización y el imperio, no cumplió en última instancia sus promesas de dominación mundial a largo plazo. La resistencia del Próximo Oriente y el resurgimiento económico chino e indio nos invitan a sus propias historias globales. Las historias de las conexiones chinas e indias con el mundo, así como entre el Islam y Europa o entre el Islam y África son historias que necesitamos conocer. Son también historias que sostienen, y no coinciden simplemente con, la historia de Occidente y de la modernidad capitalista. Planteo esto como historiadora, dice Berg, que ha escrito durante más de veinte años sobre muchos de los aspectos de la industrialización de Gran Bretaña y de Europa con poco conocimiento, y ciertamente ningún contrato directo, con las historias de la India, de la China o de África. Esto parece increíble, así que ahora estoy intentando aprender
Ideas and Francia and General27 Nov 2007 09:47 am
Qu’est-ce que le sarkozysme ?
El fenómeno del sarkozysmo (un nuevo término al canto) está sacudiendo el Hexágono. Las claves del nuevo gobierno son la “apertura”, la diversidad ministerial, y el pragmatismo. Claro que la apertura es pragmática, porque por en medio está la figura y el hacer imperiales de Sarkozy, cuya aura hace que existan ministros inanes, conscientes de su futilidad, de su papel secundario. De hecho, como decimos por aquí, son todos ellos ministros sin cartera. Y además dicha apertura no significa pluralismo, sino fachada para conquistar la hegemonía política. El contrapoder no está en la oposición, sino dentro del gobierno, y se manifiesta en polémicas sobre la educación o sobre política inmigratoria. De todo esto y de mucho más se ocupa el último número de la revista Esprit. El que pueda que no lo deje pasar:
EDITORIAL
Ouverture, faux pluralisme et véritable hégémonie
QU’EST-CE QUE LE SARKOZYSME ?
Retour au politique ou nouvelles illusions ?
UN CORPS ET DES PERSONNAGES
VIGARELLO Georges, Ce monde où l’on court
MAYOL Pierre, Portrait en campagne.
FŒSSEL Michaël et MONGIN Olivier, Les mises en scène de la réussite. Entreprendre, entraîner, animer
PADIS Marc-Olivier, Manipulation ou saturation médiatique ?
PADIS Marc-Olivier, « Sarkozy l’Américain » vu par les Américains.
PAQUOT Thierry, Urbanisme et architecture : les hésitations d’un président hypermobile
L’HORIZON POLITIQUE : DES PROMESSES, DES TACTIQUES ET UNE STRATÉGIE INCERTAINE
REVAULT D’ALLONNES David, Opération « Ouverture », Qui n’a pas sa commission ?
GARAPON Antoine et SALAS Denis, La victime plutôt que le droit
WIHTOL DE WENDEN Catherine, Immigration : une politique contradictoire. (Entretien)
PERRET Bernard, Les limites annoncées de la politique économique
MAÏLA Joseph, Entre diplomatie de puissance et diplomatie des valeurs. Chantiers de politique extérieure
BENHAMOU Françoise, Culture. Mission impossible ?
ENTRE VALEURS ET DISCOURS : OÙ VA LA NATION ?
MARIAN Michel, Un « quinqua » pour les seniors. Des arbitrages entre générations LENEVEU Guillemette, Tests génétiques : le passage en force
ROMAN Joël, Identité nationale : parlons-en !
LE BLANC Guillaume, Le travail comme valeur ou comme labeur ?
REVAULT D’ALLONNES Myriam, Le zèle compassionnel de Nicolas Sarkozy SCHLEGEL Jean-Louis, La question religieuse : relier la politique et l’espérance ? CHRETIEN Jean-Pierre, Le discours de Dakar. Le poids idéologique d’un « africanisme » traditionnel
Reino Unido and Historia23 Nov 2007 08:47 pm
The Historical Journal

El tiempo pasa, y nadie va a venir a remediarlo. Por ejemplo, los amigos de The Historical Journal cumplen este año su cincuenta aniversario y lo celebran por todo lo alto (como debe ser). Algunos dirán que no es que esta publicación sea precisamente la joya de la corona, pero tampoco es nada dedeñable. Por otra parte, y eso sí, se quita años, porque ese rótulo heredó los restos de otro más antiguo, el de la revista Cambridge Historical Journal, que consiguió perdurar desde 1923 hasta finales de 1957. Ésta había sido impulsada, entre otros, por John Bagnell Bury. Si les digo que pasaba por ser bizantinista, filólogo e historiador de estirpe irlandesa, quizá les suene poco, pero también fue el autor de un clásico texto sobre la historia de la idea de progreso, cosa que les sonará mucho más, y además ejerció de mentor de muchos otros historiadores, entre ellos el medievalista Steven Runciman. Precisamente Bury abría el primer número de aquel año 1923, cuatro antes de su fallecimiento. En fin, fue una publicación muy británica, muy de Cambridge, donde asomaron muchos de sus académicos, como Kiernan, Laslett o Pocock, por citar tres nombres de prestigio en mi ramo.
A principios de 1958 la publicación decidió cambiar el rumbo y apostó por una óptica más global, eliminó la referencia al lugar de edición y permitió que sus páginas dieran acogida a académicos de otras latitudes y a investigaciones sobre cualquier parte del mundo, dentro de un amplio arco cronológico que abarca desde el siglo XV hasta la actualidad. Continúa residiendo en Cambridge, y allí están sus editores, pero ha cambiado el objeto, aunque a veces no lo parezca (sobre todo en su primera andadura).
Sea como fuera, la publicación nos obsequia con 20 textos (de acceso gratuito) seleccionados de entre los que han cubierto sus páginas durante este medio siglo. Es algo que conviene agradecer y difundir, sobre todo porque algunos mantienen su interés e incluyen apellidos como Skinner, Pocock, Dunn, Joyce o Eley, todos ellos de gran actualidad.

He aquí la lista completa:
The Nineteenth-Century Revolution in Government: A Reappraisal (1958)
Oliver MacDonagh, Vol. 1, No. 1, pp. 52-67
Burke and the Ancient Constitution: A Problem in the History of Ideas (1960)
J.G.A. Pocock, Vol. 3, No. 2, pp. 125-143
Josiah Wedgwood and Factory Discipline (1961)
Neil McKendrick, Vol. 4, No. 1, pp. 30-55
History and Ideology in the English Revolution (1965)
Quentin Skinner, Vol. 8, No.2, pp. 151-178
The Ideological Context of Hobbes’s Political Thought (1966)
Quentin Skinner, Vol. 9, No. 3, pp. 286-317
Consent in the Political Theory of John Locke (1967)
John Dunn, Vol. 10, No. 2, pp. 153-182
Late Nineteenth-Century Colonial Expansion and the Attack on the Theory of Economic Imperialism: A Case of Mistaken Identity? (1969)
Eric Stokes, Vol. 12, No. 2, pp. 285-301
Taverns, Coffee Houses and Clubs: Local Politics and Popular Articulacy in the Birmingham Area in the Age of the American Revolution (1971)
John Money, Vol. 14, No. 1, pp. 15-49
The Expansion of Europe and the Spirit of Capitalism (1974)
Theodore K. Rabb, Vol. 17, No. 4, pp. 675-689
The Factory Politics of Lancashire in the Later Nineteenth Century (1975)
Patrick Joyce, Vol. 18, No. 3, pp. 525-553
Women Under Italian Fascism (1976)
Alexander De Grand, Vol. 19, No. 4, pp. 947-968
Reshaping the Right: Radical Nationalism and the German Navy League, 1898-1908 (1978)
Geoff Eley, Vol. 21, No. 2, pp. 327-354
Gentlemen and Geology: The Emergence of a Scientific Career, 1660-1920 (1978)
Roy Porter, Vol. 21, No. 4, pp. 809-836
Parliament in the Sixteenth Century: Functions and Fortunes (1979)
G.R. Elton, Vol. 22, No. 2, pp. 255-278
Mercantilism Revisited (1980)
D.C. Coleman, Vol. 23, No. 4, pp. 773-791
The Origins of the Petition of Right Reconsidered (1982)
J.A. Guy, Vol. 25, No. 2, pp. 289-312
On Revisionism: An Analysis of Early Stuart Historiography in the 1970s and 1980s (1990)
Glenn Burgess, Vol. 33, No. 3, pp. 609-627
Nations and Nationalism in Modern German History (1990)
John Breuilly, Vol. 33, No. 3, pp. 659-675
Golden Age to Separate Spheres?: A Review of the Categories and Chronology of English Women’s History (1993)
Amanda Vickery, Vol. 36, No. 2, pp. 383-414
‘Frantick Hacket’: Prophecy, Sorcery, Insanity, and the Elizabeth Puritan Movement (1998)
Alexandra Walsham, Vol. 41, No. 1, pp. 27-66
Ideas and Francia21 Nov 2007 10:15 am
Eureka: “La” Revista francesa de libros
Como es bien sabido, ciertos habitantes del hegáxono tienen por costumbre preguntarse por el sentido de la vida y, más en concreto, por el de sus usos y costumbres. Se miran, se observan, reflexionan y concluyen invariablemente que algo les falta, que la grandeur se resiente por alguna de sus costuras. De ello se deduce cierta insatisfacción recurrente, esa que algunos llamaron sinistrosis. Ahora, con el emperador Sarko cabalgando con firmeza parece que algunos de los descosidos se van zurcir, incluso los imposibles, aunque los resultados no siempre sean del agrado de ese pensamiento oficial.
Por ejemplo. Ha sido una tradición francesa preguntarse cómo era posible que no dispusieran de una publicación semejante a la London Review of Books, demandarse por qué no tenían algo comparable al Times Literary Supplement, a la New York Review of Books y ni siquiera al reciente Bookforum. Si tenemos una larga tradición intelectual, si coleccionamos el más grande ramillete de maestros pensadores, si pululan por aquí centenares de escribanos y escribientes de distinto signo, ¿por qué no se nos ha sido concedida la gracia final? Pourquoi ?
Eureka! La solución parece llegar finalmente. Una pequeña casa editorial, Éditions Amsterdam, fundada hace unos cuatro años y que honra con su nombre a Baruch Spinoza, acaba de presentar lo que podría ser el remedio a tantos desvelos: La Revue internationale des livres et des idées. Los presupuestos son lógicos y encomiables.

Quieren:
“■ une revue de débat, attachée à la mise en évidence de la dimension politique des savoirs et des idées, à la mise au jour des lignes de partage, des points de rencontres, des points forts et des points aveugles des positions intellectuelles et politiques existantes ou émergentes, dans toute leur diversité ;
■ une revue critique, consacrée presque exclusivement à l’actualité du livre, de la pensée et de la recherche, aux essais les plus innovants, à la littérature de création, aux travaux les plus « critiques » – qui viennent troubler les savoirs établis et mettre en question les imaginaires sociaux et politiques ;
■ une revue d’actualité, intervenant dans le débat public, portant sur l’actualité un regard décalé et contribuant à la redéfinir ;
■ une revue transnationale, avec un tiers de comptes rendus de livres non disponibles en langue française, un tiers environ de contributeurs étrangers, une sélection d’articles des meilleures revues internationales et une attention toute particulière portée aux traductions ;
■ une revue sans équivalent par son ouverture sur la scène littéraire et intellectuelle internationale”
Todo ello se conjuga perfectamente con el ideario de la casa editorial, dedicada en buena medida a la traducción de textos de lo que podríamos llamar la teoría crítica (los cultural studies en el sentido amplio del término), y de su impulsor, Jérôme Vidal.
Con todos esos mimbres, el contenido del primer número no decepciona. Por un lado, el ensayo que cierra el volumen es el retrato que hace Perry Anderson sobre el significado y el funcionamiento de la London Review of Books, es decir, el modelo a seguir. Por otro, se traduce la primera parte de una entrevista (”Poder y cultura”) realizada en 1998 por Peter Osborne y Lynne Segal a Stuart Hall para la británica Radical Philosophy. Es decir, han escogido al pensador más representativo de esos cultural studies. Además, y en consonancia con el espíritu combativo de la empresa, se reseñan obras recientes del teórico literario Fredric Jameson, de los historiadores Mike Davis y Michael Scott Christofferson, del teórico indio Arjun Appadurai, del sociólogo Georgi Derluguian, del antropólogo Jack Goody, de diversas obras sobre el genocidio de Ruanda e incluso del novelista de ciencia ficción Orson Scott Card. Y hay que añadir asimismo que las firmas que rubrican las recensiones no desmerecen en absoluto.
Así pues, cómo suelo decir, que ustedes lo disfruten.
Historia17 Nov 2007 10:48 am
La historia digitalizada: El País de Jauja

Por estas tierras se tiene por costumbre que los grandes almacenes, en su afán de perseguir al incauto consumidor, organicen de vez en cuando “la semana de…”. La pretensión no es tanto promocionar los productos de un determinado país o cultura, sino aligerar los bolsillos de los parroquianos. Pues bien, voy a hacer lo mismo. Declaro abierta la semana de Anthony Grafton, y conste que no deseo masacrar a ningún lector, sino sólo honrar a este excelente historiador. He tenido esta imaginativa ocurrencia tras leer dos artículos que ha publicado en New Yorker, una publicación que, dicho sea de paso, nunca decepciona. Grafton ha escrito un texto bastante largo sobre el futuro de la lectura, en la senda de los que no hace mucho redactaba su colega de Princeton, ahora ya emérito, Robert Darnton. Este primer ensayo ha aparecido en papel, en las páginas de la citada revista, y viene acompañado por otro más corto que lo complementa para los usuarios de internet. En realidad, viene a mostrar la esquizofrenia de la historia digital. Se escribe sobre ella en un medio clásico (textual) con referencias a un mundo nuevo (hipertextual) que no caben en el primero. Por eso, tales notas o citas se omiten en la primera versión y acaban convirtiéndose en una segunda a través de la cual se puede seguir toda la argumentación (¿me he explicado bien?, es que tengo el día tonto). Sea como fuere, es de este reverso del que voy a hablar, dejando el primero para una futura e hipotética entrada (o post).

Aventuras en el país de las maravillas, de Anthony Grafton, The New Yorker, 5 de noviembre de 2007
Son muchos los caminos que conducen al mundo real –y utópico—de las colecciones digitales que están cobrando forma a través de la Web. Lo lógico es empezar con el más ancho: Google está lanzando el Partners Program y el Library Project; Microsoft ha empezado su Live Search Books Publisher Program; y la Bibliothèque Nationale de France desarrolla una guía colorista con su proyecto Gallica. Pero también vale la pena detenerse a revisar viejas iniciativas, como la del Project Gutenberg, que ofrece una amplia información sobre collateral projects, e-book readers, y otras cosas. O el Internet Archive, donde uno puede hallar un ecléctico bazar electrónico que permite escuchar a Phil Lesh o a Matisyahu, disfrutar con los clásicos Betty Boop Cartoons o leer el manuscrito original de lo que luego se convertiría en Alicia en el país de las maravillas. Además, patrocina la Open Library, una iniciativa elegante e idealista “to get catalog information for every book” de todo el mundo, cuya finalidad es ser compilada en una wiki con la ayuda de los lectores.

Si el que está leyendo esto lo hace en el ordenador de una gran biblioteca, entonces podrá explorar recursos digitales del tipo de JSTOR, una base de datos que proporciona miles de artículos de revistas académicas en un formato electrónico fiable, así como el Early English Books Online; Eighteenth-Century Collections Online, que retoma el proyecto inacabado de E.E.B.O., o también lo que proporciona Alexander Street Press. Hay muchas otras librerías accesibles en la web, desde los depósitos virtuales patrocinados por las Great National Collections en todo el mundo (la Library of Congress acaba de firmar su asociación a la World Digital Library) hasta otras peculiares colecciones destinadas a aquellos a quienes les gustan los Thomas Nast’s political cartoons o las English music-hall songs. Para los interesados, la revista D-Lib evalúa todas esas colecciones, además de mantener un archivo con sus comentarios críticos.
Los documentos históricos también están creciendo en la Web, a medida que los archivos nacionales de todo el mundo van digitalizando partes sustanciales de sus fondos. Los historiadores interesados, por ejemplo, en los documentos que de forma obsesiva produjo la monarquía española, podrán consultar miles de ellos en el Archivo General de Indias y en otras colecciones recogidas en el Portal de Archivos Españoles o, en algunos casos, en los ordenadores dispuestos al efecto en los propios archivos. Hoy en día, cualquier historiador se puede crear su propio archivo, gracias a las cámaras digitales, y son muchas las bibliotecas y los archivos que animan a los lectores a que empleen ese método. En los British National Archives de Kew, uno puedo ver largas colas de historiadores haciendo click y procurándose copias digitales que luego estudiarán tranquilamente en su casa. Dado que los documentos se reproducen al por mayor, resulta difícil hoy en día asegurar que el investigador no haga el trabajo en balde porque ya exista una reproducción disponible en algún lugar.
Una de las mejores maneras de que nos echen una mano en el proceloso mundo de las fuentes digitales es a través del Center for History and New Media de la la George Mason University, creado en 1994 y en funcionamiento desde hace años bajo el impulso del desaparecido Roy Rosenzweig. Este lugar nos muestra cómo hacer y usar la historia digital, pero también nos conduce a través de algunos excelentes sitios sobre la Revolución francesa, el 11 de Septiembre o Jamestown, así como la recreación digital del P. T. Barnum’s American Museum, albergado por la American Social History Project/Center for Media and Learning, en la City University of New York. Pronto ha quedado claro que el mundo digital es una especie de País de Jauja para los académicos —un lugar donde podemos echarnos plácidamente y alimentarnos a voluntad durante todo el día sin tener que movernos, un lugar donde el mayor peligro es reventar.
Ciertamente, cabe preguntase qué significa todo esto para bibliotecas y lectores: el prototipo de Mapamundi del Online Computer Library Center revela con todo detalle que son pocos los libros que se guardan en las bibliotecas, incluso en países como India o Argentina; en la tierra de Borges sólo hay un libro por cada seis habitantes depositado en los centros académicos o en las bibliotecas públicas. Esta situación subraya la necesidad de los recursos electrónicos. La simplicidad de. Google y su rápida interfaz contribuirán en buena medida a hacer que los libros sean rápidamente accesibles, incluso en países pobres con ordenadores desfasados y conexiones poco fiables.
Aún así, quedan algunas dudas. Hace algunos meses, estuve con un grupo de historiadores que trabajan con el apoyo del Centre for History and Economics, en Harvard y en el King’s Collage de Cambridge, y que están investigando el impacto de la historia digital en las bibliotecas y archivos de todo el mundo. Los resultados del grupo están empezando a estar disponibles online. Por ahora, no obstante, la mejor manera de comprender cómo los académicos y bibliotecarios están faenando para obtener algunas pepitas de oro de la ganga de pirita es visitar algunos de los blogs que han creado esos expertos. Como ejemplo, sirva la entrada que escribió el historiador Robert Townsend con el título de “Google Books: What’s Not to Like?,” así como la discusión que suscitó.
Para terminar: si alguien quiere echar un vistazo a alguna de las herramientas que los bibliotecarios crearon en el distante pasado predigital — las Eusebius’s “canon tables,” por ejemplo, o el aviso que te habría indicado qué libros estaban encadenados a una mesa en particular en la Biblioteca Vaticana— se puede visitar la exposición “Rome Reborn: The Vatican Library and Renaissance Culture”. Este conjunto de libros y manuscritos fueron exhibidos en 1993 en la Library of Congress y hace tiempo que volvieron al Vaticano, cuya biblioteca está cerrada por reformas. Pero, de momento, uno puede ver imágenes de cada una de las piezas expuestas —y se puede acceder a otras exposiciones anteriores de libros y de documentos— en la Web.
General15 Nov 2007 10:14 am
Van Gennep, cuentos académicos
Post cruzado desde Tapera
Arnold Van Gennep. Los semisabios, Buenos Aires, Eudeba, 2007, 134 páginas.

Por un precio jamás visto en la Argentina de hoy, el libro de Van Gennep trae diez relatos ácidos, pergeñados para cuestionar algunos modos de pensar lo científico. Hace un tiempo leí en algunos de los capítulos de El perseguido, novela de Daniel Guebel, una historia parecida a una de las diez que Van Gennep narra en Los semisabios. Ambas tienen al laboratorio replicador como su dominio. En el texto de Guebel, Hunico intenta clonar a un revolucionario para que, entre otras cosas, sean los clones a quienes descubra la Inteligencia Estatal.“Ferreti: […]¿Resultarían convincentes al decir, en la mesa de torturas, “Ferretti soy yo”? ¿Serían capaces de dar su “vida” por mí? ¿Me amarían lo suficiente? Llegado el momento, ¿aceptarían que nacieron para ser sacrificados?Hunico: Qué se yo. Hago lo que puedo. Habrá que ver”.
En el texto de Gennep, el héroe -Charles-Auguste Petipoids- ha comenzado la fase industrial de su primer desarrollo partenogenético (un niño negro, por error). Para ello cuenta con un subsidio estatal, bajo el compromiso patriótico de gestar “sólo bebés franceses racialmente puros y de color agradable”.
Si sólo fueran eso, El perseguido y Los semisabios, y si sólo pertenecieran a uno y sólo a un régimen de interpretación, podríamos apostar por la candidez del relato guebeliano: el texto de Gennep vio la luz en 1911.
Lo mismo puede decirse de otra comparación. Ésta no es ya la correspondentista que apuesta a ponderar modos tempranos de tratar ciertos temas, sino otra, también correspondentista, que tiene como dominio el hacer intelectual. En efecto, tanto como Los semisabios cuanto Tristes tópicos de las ciencias sociales, de Emilio de Ípola, comparten el razonamiento que concibe al humor como modo regio de interrogarse sobre el hacer científico. Comparten, si se quiere, esa idea que Rodney Needham, autor del prólogo a la versión en inglés de Los semisabios, homologa a la “libertad para divagar” (esa condición guarecida en esa otra mitad a la que los semi-sabios sólo parecen columbrar a fuerza de sufrir las consecuencias de su salvaje rigidez metodológica). Y entonces, una vez más, si comparásemos una y otra publicación a partir de las respectivas fechas de publicación, entonces podríamos decir que la sólida cifra que las separa hace que los textos de De Ípola pierdan un poco de efecto, de poder para extrañar o shockear.
(Es probable que las condiciones de publicación afecten aún más a Tristes tópicos si está en lo cierto Rodney Needham cuando -en unas cuantas páginas del nuevo prólogo escrito especialmente para esta edición de Los Semisabios- se dedica a argumentar a favor de la condición excéntrica o paria de Gennep en el mundo académico francés de principios de siglo XX –Aunque esa idea puede discutirse si entendemos que por ese mismo período las versiones más abtrusas del posivitismo en antropología o en folklore ya estaban siendo cuestionadas.)
Con todo, es notable que algunos sarcasmos, ciertos párrafos efectistas, aún conserven el impulso iconoclasta por el cual surgieron: nos cuenta algo de la larga vida de algunas prácticas académicas…
Pero, como sabemos, no es posible pensar de ese modo los textos citados aquí. Pero no se trata de problemas de género: asistimos más bien a las dificultades por encajar un texto, antes que a las dificultades a las que el texto y sus lecturas someten al género. En ese sentido, podríamos insistir en una hipótesis que otros han dicho mejor: que la calidad de un libro es inversamente proporcional a la cantidad de advertencias del prólogo. De ser así, Tristes tópicos… y Los semisabios están integrados por textos no tan bien escritos, leídos desde hoy. Lo sabe Needham que se adelanta a denunciar algunas obvias dificultades; lo sabe Eliseo Verón (prologuista del libro de Ípola) quien en lugar de llamarle ficciones a los textos prefiere usar el término fricciones. Guebel, claro, no soporta esta hipótesis, pero tal vez el exceso en otros mundos (los mundos de la novela) se han pensado de otro modo.
Todo esto puede decirse mejor: el libro de Gennep tiene una comunidad interpretativa muy circunscripta y es la misma que la del libro de Emilio de Ípola. El hecho de que en esa comunidad casi no circulen Airas o Guebels, que apenas se alcancen cimas Lodge y que se considere posmodernos a los Schama (cuando escriben cosas muy buenas como Certezas absolutas) es también una razón por la cual esta edición de los cuentos del antropólogo reconocido por su trabajo sobre los ritos de paso merece vivir y ser leída.
General12 Nov 2007 10:15 am
Historia de la flagelación (Hit me with your rhythm stick)
La flagelación voluntaria
Hay comportamientos que cualquier persona razonable definiría como insensatos, un atentado al sentido común. Como, por ejemplo, que alguien se inflija a sí mismo un daño corporal. La salud y la integridad de nuestro cuerpo, en particular, y de nuestra persona, en general, pasan por ser valores comunes. De ahí que califiquemos de insensatos, de locos, de aberrantes o, como mínimo, de masoquistas a quienes se complacen en estas prácticas. Pero, lo cierto es que existen, más allá de la consideración que socialmente nos merezcan. Para comprenderlo nada mejor que recurrir al volumen de Niklaus Largier. (In Praise of the Whip: A Cultural History of Arousal). No me resisto a relatarles lo que se comenta de este libro, que lleva semanas en los escaparates, porque casualmente su autor es de origen suizo, como Valentin Groebner, de quien escribí días atras, y publica en la misma (y excelente) editorial: Zone Boks. Largier, que se formó como especialista en literatura alemana y filosofía en Zurich, trabaja actualmente en Berkeley, donde llegó el año 2000 y donde ha dirigido el Program in Medieval Studies y el Program in Religious Studies.

En el recorrido histórrico que nos propone, Largier observa que esta práctica habría sido habitual en los siglos XI y XII entre las órdenes monásticas, tomándola como un castigo, y su popularización habría venido de la mano del monje benedictino Peter Damian (nacido en Ravena alrededor del 1007). Este reformador introdujo en la vida monástica una disciplina más severa, incorporando el castigo corporal a los rituales de confesión y de penitencia. A partir de entonces se fue expandiendo hasta convertirse en algo habitual, como así acontecería en el siglo XIII. Se cita, por ejemplo, el caso de la ciudad de Perugia, cuyas autoridades, ante la percepción de estar viviendo un período crítico, paralizaron la actividad laboral durante un mes para permitir que sus ciudadanos pudieran arrepentirse de sus pecados y azotarse convenientemente. Una procesión celebrada en Bolonia por aquel entonces sirvió de punto de partida para la extensión por toda Europa de este tipo de manifestaciones flagelantes. El movimiento no perduró en exceso, decayendo al poco, pero resurgió con cieerto vigor el siglo XIV, en parte como consecuencia de la peste negra y sus terribles secuelas. Esta reaparición provocó algunos debates teológicos y fue rechazada, manteniéndose desde entonces en el ámbito privado, y ello a pesar de la defensa que jesuitas y otros teólogos realizaron en el siglo XVI como forma de acceder a la divinidad (los ejercicios espirituales, ¿recuerdan?).
Largier observa un cambio claro alrededor de 1700, una evidente discontinuidad, cuando la interpretación del éxtasis que se asocia a la flagelación pasa de tener un sentido predominantemente ascético a otro donde el primer plano lo ocupa el elemento erótico y médico. Un tratado de 1700 (Historia flagellantium. De recto et perverso flagrorum usu apud cristianos), obra del francés Jacques Boileau, habría sido el primero en expresar el miedo a que la flagelación pudiera encubrir placeres eróticos, con lo que quedó abierta la sospecha de que tal práctica indujera al despertar sexual. Boileau señalaba que aquello no tenía ningún respaldo bíblico y que era, muy al contrario, una costumbre claramente pagana. Además, citaba casos en los que esa percepción quedaba claramente constatada, por lo que era evidente que la práctica tenía un sentido ambiguo, donde el erotismo podía imponerse. Los textos abiertamente impúdicos, como los del marqués de Sade, continuaron esa tradición, al abrir la puerta para que determinado tipo de imágenes dolientes fueran leídas en clave erótica, incluso aquellas que se proponían combatirlo. Es decir, lo que antes eran expresiones de dolor y conmoción, ahora pasaba a ser erección. Y eso ocurría al tiempo que la flagelación se convertía en objeto de la investigación médica. En 1669, el médico Johann Heinrich Meibom publicó un tratado sobre las aplicaciones médicas del azote para estimular y mover los líquidos corporales y genitales, un libro que fue leído (y traducido) cada vez más como si de literatura erótica se tratase. Finalmente, a partir del siglo XIX Inglaterra emergió como centro de la flagelación erótica.

Ya lo ven, se comenta que Largier ha escogido un asunto que es relevante como parte de la historia de la sexualidad, del individuo, de la epistemología del cuerpo, aunque el volumen no ha gustado a todos. Hay quien señala que el autor se ensaña en relatar los mecanismos básicos del fenómeno, sin detenerse como debiera en los aspectos psicológicos, sociales, materiales y teológicos. Otros, en cambio, concluyen que es una obra excelente que tiene mucho que decirnos. Es el caso de Thomas Laqueur, un indudable experto en la historia de la sexualidad y vecino de colección (con su historia cultural de la masturbación, recién traducida por FCE) : “In our era, the medieval singularity of purpose is gone. People whip themselves or each other in the service of self-creation, as a route to a more authentic self, as a rejection of norms, as a tribute to the power of theatricality and performance in making a life. And people read about it for all the same reasons—the reasons we seek arousal, which Largier helps us understand as an awakening of our senses in the service of escaping our sensory limitations. The history of arousal that Largier offers is thus very near the heart of the history of being human, that is, the history of being creatures who are both profoundly embodied and inextricably caught up in imagining ourselves capable of transcending mere matter through giving meaning to what we do”.
Bien, para los rezagados, entre los que me incluyo, no estará de más consultar la reseña que Stephen Greenblatt (”Stroking“) ha publicado en el número 17 (del 8 de noviembre) en la NYRB.
General09 Nov 2007 08:07 pm
Alain Badiou cambia de casa (editorial)
”Ouvertures” es la nueva colección que presenta la editorial Fayard para la nueva temporada y las siguientes. Su presupuesto no deja lugar a dudas: “délimiter la philosophie en explorant ses bords”. Para esa andadura cuenta con Alain Badiou, que compartirá la dirección con Barbara Cassin. Ninguno necesita presentación: ella es especialista en flosofía griega y autora de un célebre Vocabulario europeo de las filosofías (Seuil, 2004). Les recomiendo una entrevista que realizó el suplemento de Clarín; él ha sido uno de los discípulos de Althusser, está en la izquierda de la izquierda (según dice el pensamiento oficial) y debe buena parte de su fama a El ser y el acontecimiento (1988). También pueden acceder a una de sus entrevistas. Ambos, además, han sacudido la siempre movida escena editorial francesa, porque este viaje supone abandonar Seuil, donde dirigían una respetada colección: “L’Ordre philosophique”, además de impulsar otra de bolsillo: “Points”. Con ello, Fayard desmiente con hechos los rumores que insistían en que la casa iba a abandonar la sección de humanidades, algo que tomó cuerpo con la salida de Olivier Bétourné rumbo a Albin Michel hace ahora poco más de un año.

Todo lo anterior ocurre en medio de una gran polémica. Por un lado, la que ha provocado la aparición del volumen Une querelle avec Alain Badiou, philosophe (Gallimard), en el que Eric Marty relata la relación de Badiou con la siempre peliaguda cuestión judía. Por otro lado, resulta que Seuil se negó a que a “L’Ordre philosophique” publicara un texto sobre fenomenología de François Wahl, un autor habitual en la casa. Barbara Cassin lo explica del siguiente modo : “Le refus de publier François Wahl nous a désarçonnés, Alain Badiou et moi-même, mais cela faisait déjà un moment que nous ne savions plus exactement quel était notre place au Seuil. La notion même de “collection” s’estompait. Quand nous avons voulu la réorganiser, cela n’a guère suscité l’enthousiasme. L’idée de publier des oeuvres complètes, par exemple celles de Levinas, n’était plus envisageable. Le contexte a changé, on a connu la maison moins comptable à court terme, plus ouverte, plus patrimoniale”. Pues eso, que François Wahl ha abierto “Ouvertures”.
General08 Nov 2007 09:30 am
T. E. Lawrence
Hablando de palestinos e israelíes he recordado un artículo de este verano escrito por el historiador revisionista Benny Morris. El objeto era comentar dos recientes libros: Lawrence and Aaronsohn - T.E. Lawrence, Aaron Aaronsohn, and the Seeds of the Arab-Israeli Conflict, de Ronald Florence (Viking) y Aaronsohn’s Maps - the Untold Story of the Man Who Might have Created Peace in the Middle East, de Patricia Goldstone (Harcourt).
Decían Morris que todas las guerras, desagradables y sucias como son, siempre dejan tras de sí misterios de mayor o menor fuste. Si, por ejemplo, nos situamos en la I Guerra Mundial, uno de ellos es la identidad que se esconde tras las iniciales S.A., a quien Lawrende dedicó Los sietes pilares de la sabiduría. Se decía que la persona homenajeada era Sarah Aaronsohn, una de las impulsoras de la red de espionaje que respondía al acrónimo de NILI (Netzakh Yisrael Lo Yishaker, algo así como “La Eternidad de Israel no es ninguna mentira”, una frase entresacada del Libro de Samuel) . Nadie puede asegurar que Lawrence y Sarah se conocieran, pero sí está acreditado que su camino se cruzó en varias ocasiones con Aaron, hermano de ésta y miembro también del NILI. Eran muy distintos: Aaron era alto, una especie de hombretón de estilo prusiano, alguien con los pies en la tierra y persona sistemática; Lawrence era más bien escuálido y bajo, inconstante y depresivo. Y, a pesar de ello, vivieron vidas paralelas, muy parecidas en muchos aspectos.

Ahora bien, Morris cree que hay mucho de artificial en unir las vidas de estas personas y creer que Aaron era S.A. Por eso considera que el libro de Florence, ún siendo razonable y ameno, peca de libresco, con muy poca documentación de archivo y mucha lectura previa, entre la que, no obstante, no está la geografía, pues comete bastantes errores en lo referente al territorio palestino.

Por su parte, el volumen de Goldstone es para echarse a temblar: “is an appalling book. The prose is overheated, occasionally hysterical and ungrammatical. Often, the author meanders into gossip. (Aaronsohn is repeatedly described as ogling this or that hotel chambermaid. Who cares?)”. Es decir, un texto horroroso y una prosa histérica. Así pues, se puede decir más alto, pero no más claro. Y no digamos qué juicio le merece el análisis histórico: manipulador. Y cita un pasaje como prueba: “The maximum boundary for which he [Aaronsohn] fought before his death in 1919 became the basis for all subsequent Zionist territorial demands … up to the present day. It is, in fact, the rock on which the 1990s peace process initiated by Bill Clinton foundered. Aaron’s maps make it possible to understand why Israel and Syria cannot agree on the Golan Heights [and] how their disagreement led to war with Iraq [?!?]” − and so on”.
En cualquier caso, yo no me los voy a comprar…
General04 Nov 2007 07:37 pm
La desposesión palestina
En el año 2000 la historiadora israelí Anita Shapira publicó en Jewish Social Studies un artículo titulado “Hirbet Hizah: Between Remembrance and Forgetting” que se iniciaba con una cita de Ephraim Kleiman:
Woe to the generation constrained to
commit the deeds of Hizah
but which escapes the pain in their
recounting.
Aquel artículo trataba sobre las cambiantes representaciones del pasado y las recíprocas relaciones entre memoria y realidad (conciencia) histórica. A tal fin, se tomaban como ejemplo las actitudes que el público israelí había adoptado con el tiempo en relación con uno de los textos clásicos de su literatura, ”The Story of Hirbet Hizah”, de S. Yizhar, un relato corto que aborda con valentía la expulsión de los habitantes de una aldea árabe en la llamada (por Israel) “guerra de independencia”. Eso sí, el lugar no era real, puesto que se trataba de ficción. Tampoco eso era importante, sino su significaco. La cuestión es que lo que inicialmente fue visto como una consecuencia desagradable del conflicto, como casos aislados, paso a ser un secreto de Estado, algo que convenía olvidar, algo que incluso los veteranos de guerra deseaban borrar de su memoria.
De eso y de otras cosas trataba el ensayo publicado en 1978 por Ephraim Kleiman. “Hirbot Hizah ve-zikhronot lo neimim aherim” publicado en el número 25 de Prozah. Relataba las experiencias de un antiguo soldado que tres décadas más tarde era un renombrado profesor de economía en la Hebrew University de Jerusalén. Se identificaba plenamente con el relato de Yizhar y describía su memoria (reprimida) de la lucha y la expulsión de la que había sido testigo. ”I believe you cannot understand the incidents I described, and our relation to them, unless it is placed against the backdrop of the mass flight of the Arab population that accompanied the War of Liberation”. Añadía que, incluso antes de la conocida masacre de Deir Yassin, los árabes habían sido aterrorizados, hasta el punto de que eso permitió que se abusara de ellos: “Perhaps in their minds they projected onto us those same punishments the average Arab wished to inflict on us”. Finalmente, indicaba que el hecho de que las autoridades árabes hubieran pedido a su población que abandonara las zonas conquistadas por Israel supuso un salto significativo: “That exhortation transformed individual flight into a full-blown national exodus”.
Pues bien, acababo de recibir en mi correo la noticia de que Anita Shapira e Ephraim Kleiman presentan un breve volumen, con prefacio de Pierre Vidal-Naquet (una introducción escrita poco antes de su fallecimiento). El libro se titula Brutti Ricordi y lo publica Edizioni Una città. Trata, pues, de lo sucedido a los palestinos en 1948, de la nakba (catástrofe, desastre). Y aborda también el debate dramático que hubo en Israel en los años 50. Y, en fin, vuelve sobre el uso político de la memoria. De todos modos, el libro italiano recupera el ensayo-testimonio de Kleiman, que acompaña de otro de Anita Shapira en el que reconstruye la historia del debate. No es nuevo, pues, pero nos permite acceder mejor a unos textos de difícil consulta por estos pagos. Además, como siempre, permite reconocer que la sociedad israelí es mucho más abierta y reflexiva que sus dirigentes.

Extracto del prefacio de Pierre Vidal-Naquet:
”… scrivo due parole per presentare un libro che ho trovato affascinante, non solo per il suo argomento, che non manca assolutamente d’interesse dal momento che si tratta delle condizioni nelle quali la stragrande maggioranza degli arabi palestinesi, che abitavano nel paese divenuto poi Israele nelle sue frontiere del 1967, hanno lasciato le città ed i paesi che appartenevano loro da secoli. Per gli autori palestinesi si trattò dell’Espulsione, da cui deriva il titolo che il mio amico Elias Sanbar ha dato al racconto, solidamente documentato, di questi eventi. Da parte israeliana, esiste una leggenda, sulla quale tornerò più avanti, che vuole che siano stati gli arabi a partire, seguendo gli ordini dei loro capi per lasciare il campo libero ai combattenti il cui sogno era la distruzione della colonizzazione sionista. Fortunatamente esistono anche i libri di storia, nel senso che questo termine ha per gli storici di mestiere. L’opera fondamentale, pubblicata prima in inglese, nel 1987
[The Birth of the Palestinian Refugee problem, 1947-1949, Cambridge],
successivamente in ebraico, è quella di Benny Morris, ora tradotta [dall’edizione aggiornata, 2004, ndc] anche in italiano con il titolo Esilio. Israele e l’esodo palestinese (Rizzoli 2005).
Naturalmente, non ci si può aspettare che la verità degli uni sia identica a quella degli altri; non lo si può fare e, in tutta onestà, non lo si deve fare perché si tratta, in un caso come nell’altro, di qualcosa che non è di dominio esclusivo dell’interpretazione degli archivi, ma anche del sentimento nazionale nel suo senso più profondo ed esistenziale. Per gli israeliani, il 1948-1949 è l’epoca della Guerra di Indipendenza; per i palestinesi è il tempo della catastrofe, la Naqba.
Questi punti di vista probabilmente non sono destinati ad essere eterni, ma rimane il fatto che i palestinesi da maggioranza sono divenuti minoranza, ed è vero l’opposto per gli israeliani che, conquistata l’indipendenza e la sovranità, si sono aperti ad un’immigrazione ebraica massiccia, mentre ai palestinesi era vietato il ritorno in patria. Il libro che ho l’onore di presentare al pubblico non è un’opera sui fatti in sé, ma sulla loro memoria, sulla loro eco, in un certo senso…
… La Guerra di Indipendenza è stata l’”ora più gioiosa” o l’”ora più tragica” della generazione che la visse? Forse, l’una e l’altra contemporaneamente. Conosco alcuni israeliani a cui l’esodo degli albanesi, durante la guerra in Kosovo, ha ricordato, immediatamente, quello che era successo nel 1948 con la partenza massiccia delle popolazioni arabe. Ephraim Kleiman cita il poeta ebreo Alterman, secondo il quale il sangue, anche se giustamente versato, si lascia dietro “il gusto salato delle lacrime dell’innocente”.
Kleiman evoca un dialogo sui modi di vita dei beduini: “Sono all’età della pietra”, dice un ufficiale dell’intelligence; “No! Ai tempi dei Patriarchi” gli viene risposto. Nel saggio di Kleiman i riferimenti alla Bibbia, come quelli all’affare Dreyfus, sono costanti. “Lavoro sporco” dice un soldato, “Qualcuno lo deve pur fare”, gli risponde un altro. E la replica inevitabile: “Ma perché devo essere proprio io?”. E l’altro: “Che vadano nel deserto o all’inferno, per te che differenza fa?”. …
… Ma bisogna sempre pensare al peggio? Ripetiamo, con le parole di Paul Claudel, nel sottotitolo di “La scarpetta di raso”: [le pire] n’est pas toujours sûr [non è sempre detto che accada il peggio, ndt].
All’inizio di questo 2006, accanto ai sinistri eventi accaduti in Medio Oriente, in Iraq ma anche in Israele-Palestina, è stato pubblicato, a Parigi, un libro intitolato Ta’ayush. Journal d’un combat pour la paix Israël-Palestine 2002-2005” [Ta’ayush. Diario di una battaglia per la pace in Israele-Palestina, ndt], la cui prefazione è di un mio vecchio amico, l’indianista Charles Malamoud, e il cui autore, David Shulman, è anche lui indianista. Ta’ayush è una parola araba che significa “coesistenza”. E’ bello che questo movimento assolutamente minoritario, i cui principali dirigenti sono degli ebrei israeliani, abbia un nome arabo. Come dice Charles Malamoud, “agli occhi di David Shulman, l’ingiustizia, la brutalità, il disprezzo contribuiscono all’abbruttimento del mondo”. Ta’ayush è un movimento di disobbedienza civile che mira a promuovere la coesistenza attraverso atti altamente simbolici, per esempio mietere, con la falce, un campo palestinese per i palestinesi; oppure reimpiantare degli ulivi proprio dove altri ulivi furono sradicati; piantare un gelso dove un altro gelso era stato distrutto; parlare il più possibile agli abitanti dei villaggi palestinesi nella loro lingua -tutto questo sotto gli insulti dei coloni ed il controllo ostile delle forze governative. Questo movimento, ispirato a Gandhi, ha un futuro? Come avrebbe detto Léon Blum, ci credo perché ci spero.
Scrivo queste poche pagine nel luglio del 2006, mentre l’intervento, sempre più evidente, dell’Iran in quello che fu un conflitto regionale, se non addirittura locale, mette in causa nientemeno che la pace nel mondo, e che l’escalation bellica attuata da Israele, in risposta agli Hezbollah, ha già provocato la fuga di 500 mila nuovi rifugiati. Sicuramente la soluzione non arriverà entro sera.
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