Junio 2007
Monthly Archive
General27 Jun 2007 10:54 am
Sinatra: a nuestra manera

Éste era uno de mis temores más fundados y no es que no estuviera avisado. No sé quién lo dijo, pero la cosa estaba clara: hubo una vez un cantante llamado Frank Sinatra, pero ahora es sólo un texto.
Así que los amigos de la cultural theory se pusieron manos a la obra y montaron en 1998, año de su muerte, una verbena u homenaje académico en la insigne Hofstra University. Contaban para ello con el Hofstra Cultural Center, un organismo que trabaja alrededor de una gran reunión anual en la que se aborda un asunto relevante. En realidad, lo que hacen es organizar conferencias monográficas sobre una figura histórica ilustre (Einstein, James Joyce, Trotsky, Stalin, Goethe, George Sand, Van Gogh, C. G. Jung, Tchaikovsky o Sarah Bernhardt) o sobre un asunto concreto (Heritage: An Appraisal of the Harlem Renaissance; Bamboo and Oak: The Impact of East Asia on American Society and Culture; and Avant-Garde Art and Literature), sin olvidar una sección dedicada a los presidentes americanos.
En esta ocasión, el programa tenía un título atractivo, “Frank Sinatra: The Man, The Music, The Legend”, pero la procesión iba por dentro. Tres días, con sus tardes y sus noches, repletos de discursos especulativos sobre la música de Sinatra (”Hanging on a String of Dreams: Delirium and Discontent in Sinatra’s Love Songs”); sobre cómo se representaba a sí mismo (”Frank Sinatra’s Second Self: The Transformation of His Personality into His Art”), a su país (”Frank Sinatra: An Artist Whose Creative Expression Amplified the Whispers of the American Collective Unconscious”) y a algunos otros (”Frank Sinatra and Belgium”); su sentido étnico (”I Get No Kick From Assimilation, Or ‘My’ Frank Sinatra Problem”) y racial (”Doing It ‘His’ Way? Frank Sinatra, Black Music and the Performance of Whiteness”); su estilo (”Frank Sinatra and the Endgame of Cool”); sus imitadores (”Dick Haymes: Sinatra Stand-in, Or the Real Thing?”); su significado filosófico (”‘All of Me’: The Cartesian Soul of Frank Sinatra”); sus películas (”Do You Take Sinners Here? How the Films of Frank Sinatra Brought Catholicism Into America’s Pop Culture Mainstream”); su posición política (”Frank Sinatra and the American Presidency”); y, para acabarlo de rematar, sobre su relación con la arquitectura (”Playing the Big Room: Frank Sinatra, The Fountainbleau, and the Architecture of Inclusion”). Como sseñalaría quien ustedes ya saben, El mundo es un pañuelo.
Dicen que “la voz” se removió en su tumba y se oyó la estrofa de My Way que dice aquello de:
“To think I did all that;
And may I say - not in a shy way,
No, oh no not me,
I did it my way”

Pues bien, casi diez años después, ya tenemos aquí el resultado impreso de aquellos interesantísimos debates: Frank Sinatra: The Man, the Music, the Legend, que no es un libro de los que uno esperaría en un tema como éste, sino efectivamente una colección de sesudos ensayos. Los textos han sido editados por Jeanne Fuchs (del Departamento de lenguas y literatura comparada en Hofstra) y Ruth Prigozy (profesora del de inglés) y los ha publicado a primeros de junio la University of Rochester Press.

En su día, la célebre revista Rolling Stone dedicó un breve párrafo al congreso, augurando una fuerte ráfaga de vientos calurosos procedentes del campus de Long Island. Entre esas rachas, destacaba la de la especialista que esperaba demostrar que Sinatra y Dickens eran casi almas gemelas. Se trataba de Patricia Vinci, que aseguraba: “got famous at twenty-four, both were slim with intense blue eyes, always fashionably dressed and … both had fans that would swoon and claw at them in public”. A lo que los redactores de Rolling Stone contestaban: “It’s an interesting argument, but until Vinci demonstrates that Dickens spent his time hanging out with fellas named Johnny Eggs and Vinnie Pyro, we’re not biting …”
En fin, no hay que tomarse las cosas a la tremenda, como estos periodistas de la farándula. Dígase lo que se diga, si hay alguien que merezca un lugar entre los mitos de la Pop Culture ese es Frank Sinatra, y así debe ser estudiado.
P.D.: Para lectores hispanos y oyentes del cardenal Cañizares: Colaboro con el MAL… (vade retro)
General25 Jun 2007 04:51 pm
Roger Chartier: diálogo ininterrumpido
Ya que estamos con las entrevistas, continuemos. En esta ocasión es el historiador francés Roger Chartier quien contesta a las preguntas de Carlos Alfieri para el suplemento mexicano La Jornada Semanal, en un diálogo aparecido el pasado domingo 17 de junio (núm. 641). Como siempre, dejamos hablar a los protagonistas.

Contra el escepticismo histórico En el panorama de la historiografía contemporánea la figura de Roger Chartier –nacido en Lyon, Francia, en 1945– sobresale por la originalidad, amplitud y profundidad de su trabajo. Formado en la herencia intelectual de la Escuela de los Annales, su tarea fue orientándose paulatinamente hacia la búsqueda de nuevos ángulos de abordaje de la historia cultural, para la construcción de lo que él llamó “una historia cultural de lo social”. Desde un interés inicial por la historia de la educación y de las formas de sociabilidad, se fue desplazando hacia el estudio de la producción y circulación del escrito impreso, de cómo éste modificó desde finales de la Edad Media la cultura y la sociedad europeas, y de las prácticas de lectura en distintas épocas, prestando especial atención a los modos de apropiación y reconstrucción de significados por parte de los lectores, de los que hizo un nuevo territorio de investigación. Así, Chartier dio un paso decisivo para la superación de los límites metodológicos de la historia cuantitativa del libro y la lectura, que buscaba determinar qué, cuántos y quiénes leen, para internarse en el complejo asunto del cómo se lee. Esta nueva perspectiva, que reintrodujo la especificidad de los individuos y de las comunidades en modelos globales, amplió sus recursos auxiliares a disciplinas como la crítica, la filosofía y la historia literaria, entre otras. Chartier, director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, profesor en el Collège de France, ex presidente del Consejo Científico de la Biblioteca de Francia, profesor invitado en la Universidad de Pennsylvania, Estados Unidos, es doctor honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid y por la Universidad de Buenos Aires, y ha volcado sus investigaciones en una enorme cantidad de artículos y libros.
Entre estos últimos se cuentan Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa (1990), El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII (1992), El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural (1992), publicados en español por la editorial Gedisa; la codirección, con Guglielmo Cavallo, de la Historia de la lectura en el mundo occidental (1995; en español, Taurus) y la dirección del volumen 3, Del Renacimiento a la Ilustración, de la Historia de la vida privada, dirigida por Philippe Ariès y Georges Duby (1986; en español, Taurus). Su último libro, Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura. Siglos XI-XVIII (2005), fue publicado recientemente en español por Katz Editores.

–En el ámbito de la historia cultural, usted se ha convertido en el especialista de excepción en la historia del libro y la lectura. ¿Qué nos puede revelar su objeto de estudio sobre una época determinada?
–En primer lugar, la relación entre la cultura escrita y las otras formas culturales, como la oralidad, y cómo se articulan de múltiples maneras estas formas de comunicación, de memoria, de construcción de conocimientos o de expresión de sentimientos y afectos. Constituye una vía de acceso posible para reconstruir la totalidad de las formas de relación entre los individuos, y de los individuos con lo sagrado o con la naturaleza. En segundo lugar, las sociedades occidentales, ya desde la Edad Media pero en particular a partir de su final y durante la Edad Moderna, fueron invadidas por la presencia de lo escrito en todas sus formas, no sólo el libro, especialmente en las ciudades, y se define a partir de esta observación la necesidad de reconstruir los papeles de la escritura como instrumento del poder, como instrumento de la resistencia al poder, como instrumento de la promoción social, como instrumento de la transmisión de la autoridad. Me parece que es una manera de entrar en todo el complejo de las relaciones sociales con una fórmula que he tomado de Armando Petrucci, un colega italiano que es una autoridad en este campo de la historia de la escritura, no del libro, es decir de la escritura-poder, manuscrita o impresa, de la escritura concebida como una forma de controlar, dominar, apropiarse de territorios, gobernar multitudes; la escritura como un instrumento del poder y el poder de la escritura, que sería ese poder que los dominados intentan conquistar para sus propios fines. La escritura se transformó en una necesidad para la promoción social, fue una manera de resistencia explícita o implícita a la autoridad, una manera de quebrar un orden: por ejemplo, la conquista femenina de la escritura como una manera de sustraerse a un orden masculino… Es decir que es un camino para elaborar una historia política y social a partir de una serie de prácticas y un conjunto de objetos que no son microhistóricos en este sentido, pero que constituyen un modo de evitar generalizaciones abstractas y ver cómo estas relaciones de dominación o la resistencia a las mismas pueden expresarse a través de las prácticas vinculadas con tipos de objetos escritos.
–Sabemos que hay un aspecto de extraordinaria importancia en el acto de la lectura: la recepción del texto por parte del lector, que es, en definitiva, quien hasta cierto punto lo resignifica. ¿Cómo puede iluminar la historia cultural un territorio tan personal y secreto?
–No puede, salvo ubicándolo dentro de estos paradigmas compartidos y estas prácticas colectivas o, cuando a la manera del molinero Menocchio de El queso y los gusanos, el magnífico libro de Carlo Ginzburg, hay una posibilidad de estar muy cerca de un lector particular. También en el caso de quien ha escrito sobre sus lecturas, porque sus lecturas son un elemento de cartas, memorias, diarios o de la escritura filosófica o literaria misma, como en los ensayos de Montaigne, donde se puede ver la discrepancia o la relación entre un lector singular y lo que se puede reconstruir en términos de un paradigma de lectura para un determinado medio social, cultural o intelectual en un momento dado. Para seguir el ejemplo, Montaigne paradójicamente es el lector menos humanista que se puede imaginar, porque no le interesa establecer cuadernos de lugares comunes, no anota los libros de esta manera, sino que realiza al final un comentario global sobre lo que ha leído. Así, el humanista por excelencia no respeta la técnica humanista. Cuando se sabe esto se otorga a Montaigne una nueva dimensión, porque toda su plasmación como lector y su práctica a través de lo que dice y de los libros que se han conservado están totalmente a distancia de la práctica lectora de los eruditos. Y la composición misma de sus Ensayos no está organizada por la copia sino por una total libertad: pensamientos, reflexiones, citas.
–De la antigua consideración del lector como un folio en blanco sobre el cual el texto imprime sus signos y sus significados se ha pasado al otro extremo, el de otorgarle al lector poderes omnímodos, hasta el punto de calificarlo no sólo de coautor sino hasta de verdadero autor de lo que lee. ¿No se ha caído en una exageración un tanto demagógica o, por lo menos, ingenua? –Este tema fue expresado con particular fuerza en el ensayo de Roland Barthes, La muerte del autor. Muerte del autor en cuanto el lector es dueño del sentido, y la intención autoral no importa en relación con este lugar. Esto produjo una impresión de gran libertad de interpretación, de que el lector era el autor del texto. Y me parece interesante, porque fundamentó la posibilidad de una historia de la lectura que no estaba escrita ya en el texto, que era la visión más clásica de todas las aproximaciones formalistas, es decir, la lectura dentro del texto porque el texto coacciona la lectura. Así, el lector fue liberado, por Barthes y por otros, como los teóricos de la estética de la recepción o de la concepción de las comunidades de interpretación, o por los historiadores de la lectura. Lo importante es reubicar esta libertad dentro de sus condiciones de posibilidad: evidentemente un lector es un ser histórico y cultural y comparte reglas que dominan las costumbres, las competencias o las prácticas de su comunidad propia. Aunque en el caso de Montaigne podemos ver cómo hay lectores que intentan desbordar estas normas impuestas, pero evidentemente hay una primera instancia de sistemas de coacción que regulan las competencias o los intereses involucrados en la lectura. 
–Hubo dos momentos revolucionarios en la larga historia del libro. Uno se desarrolló entre los siglos II y IV de la era cristiana, cuando el códex fue reemplazando al rollo de la Antigüedad. El otro fue la invención de la imprenta de tipos móviles de plomo fundido por Gutenberg en el siglo XV. ¿La producción y transmisión electrónica del texto conseguida en nuestros días es el tercer episodio revolucionario? ¿Se puede comparar con los anteriores? ¿Podría señalar los cambios en las maneras de leer que esas transformaciones trajeron aparejados?
–Se pueden comparar estos episodios a condición de hacerlos contemporáneos. Quiero decir que la transformación del mundo textual hoy en día es a la vez una mutación técnica, y en este sentido puede compararse con la invención de Gutenberg, que era una nueva técnica para reproducir textos. Pero también es un cambio de la forma de inscripción del texto en la pantalla y dentro de la computadora, dentro de este universo infinito de los textos electrónicos, y a partir de este momento la forma de esta dimensión infinita se concreta en el texto tal como aparece en la pantalla: es como la invención del códex, es decir una ruptura fundamental en la morfología del libro. De esta manera, por primera vez habría una vinculación entre una revolución técnica y una morfológica. Gutenberg no inventó ni el libro ni el códex. Un libro antes de Gutenberg, a partir del siglo II o III o iv, y uno después de él tienen la misma estructura fundamental: son hojas dobladas y pegadas de un lado, formando cuadernos, etcétera. De este modo hubo una revolución técnica que se ubica dentro de una continuidad morfológica. Y en el caso del códex fue al revés: hubo una revolución morfológica –no se lee un códex de la misma forma en que se leía un rollo– pero dentro de la estabilidad de la técnica: ambos están copiados a mano. Mientras que con la escritura electrónica se produce una simultaneidad de las dos revoluciones, y se puede llegar a pensar en un tercer nivel de transformaciones, que son las que se producen en la relación con la textualidad, con lo escrito, difícil de descifrar hoy en día, pero que se correspondería en este sentido con las revoluciones en la lectura, tales como la que significó la progresiva conquista de la lectura silenciosa en el pasado o la lectura de la novela en el siglo XVIII. La importancia de la revolución del presente sería la vinculación de estos tres niveles, que nunca se había registrado antes, porque las revoluciones en la lectura ocurrieron en un estado de estabilidad técnica y morfológica. De los desafíos que plantea la tecnología contemporánea me parece importante destacar que la lectura que implica el texto en la forma electrónica es una lectura fragmentada, segmentada, una lectura que siempre puede extraer fragmentos y componerlos de manera efímera y singular en la pantalla gracias, en particular, al hipertexto y a los vínculos, y que contiene como consecuencia la dificultad de contextualizar este fragmento dentro de la totalidad a la cual pertenece. En cambio, el códex permite también una lectura fragmentada, porque nadie está obligado a leer todas las páginas, pero la forma libresca impone la percepción de la totalidad de la obra, hay una relación corporal con el objeto. De este modo, la contextualización con la totalidad de la obra es inmediata, y también con el género editorial o discursivo. Conviene observar, por un lado, que las pantallas del presente no son las de Marshall McLuhan, porque no son pantallas de imagen, que serían opuestas a la galaxia Gutenberg, sino pantallas de texto, fundamentalmente, es decir que son un instrumento de transmisión de la cultura escrita y no un enemigo de ella. Pero al mismo tiempo no dejan de ser pantallas, y en este sentido se manejan con costumbres que fueron generadas en relación con las otras pantallas, particularmente la de televisión, con esta forma de zapping, de discontinuidad temporal y temática, y la ambigüedad de esta lectura se remite al hecho de que son soporte de lo escrito pero pertenecen a la familia de las otras pantallas. De ahí la ambivalencia del diagnóstico, porque refuerzan la cultura escrita pero a la vez desafían las categorías y prácticas de lectura que hemos construido desde hace casi dos mil años, a partir de la invención del códex.
–Las relaciones entre historia y literatura plantean una serie de complejos problemas. Casi todos los historiadores actuales –y usted entre ellos– admiten que la historia es literatura. Pero cabe preguntar: ¿qué tipo de literatura? ¿En qué sentido se puede asociar historia con ficción? ¿Significa esto que todas las interpretaciones de los hechos históricos son válidas? Si es así, ¿cuál es el peculiar estatuto científico de la historia?
–En primer lugar, responderé con un no a la pregunta acerca de si son válidas todas las interpretaciones de los hechos históricos: de ninguna manera son todas equivalentes. Mi posición es que la historia es escritura y es conocimiento, y que hay criterios que establecen este conocimiento como tal. Pero aquí la pregunta plantea otro tema, que procede de los trabajos de Michel de Certeau, de Hayden White, de Paul Ricoeur: la consideración de que la historia es escritura, es decir que un libro de historia ante todo está escrito, aunque utilice mapas, estadísticas, gráficos, tablas, y que las estructuras narrativas por un lado y las figuras retóricas por otro, en esta escritura de la historia son las mismas que manejan los novelistas. En el caso de las estructuras narrativas, la concepción del tiempo, la personificación de las entidades abstractas, una manera de pensar la causalidad; en el caso de las figuras retóricas, está ese trabajo de Hayden White acerca del uso, explícito o no, por parte de los historiadores, de las figuras clásicas de la retórica, como la metáfora, la sinécdoque, o la ironía, que tiene un estatuto un poco diferente. A partir de esta reflexión, el libro de White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX ; el de Michel de Certeau, La escritura de la historia; el de Paul Ricoeur, Tiempo y narración –todos los cuales han sido traducidos al castellano– plantean la cuestión que usted me está trasladando, es decir, hasta qué punto podemos prolongar esta identificación dentro de la clase de las narraciones entre historia y literatura, es decir, vemos si podemos considerar la historia como ficción, si se entiende como ficción la idea de que es una escritura que representa una realidad que ya no es, que está representada únicamente a través del discurso histórico.
Evidentemente, la historia pertenece a una escritura de la ficción como escritura de la representación, pero si entendemos por ficción lo que usted sugería, o sea que no hay ninguna posibilidad de discriminar entre las narraciones históricas en función de su capacidad de producir un conocimiento, no estoy de acuerdo con esta conclusión, evidentemente. Y los autores que hemos mencionado no estarán de acuerdo unos con otros. Para Hayden White la respuesta a su pregunta sería: “En efecto, no hay posibilidad de establecer una jerarquía científica de conocimientos de verdad de las narraciones históricas, más allá de constatar que un hecho fue o no fue –Napoleón existió o no existió–; más allá de esto, cuando se construye una narración, está totalmente dominada por la retórica y la narrativa, y la diferencia radica en la capacidad del historiador, más o menos aguda, de manejar estas figuras o estructuras.” En cambio, ni Michel de Certeau ni Paul Ricoeur negaron jamás esta capacidad de conocimiento de la historia, ni era el objeto de sus análisis, sino hacer que los historiadores tomaran conciencia de que ellos también escribían, es decir, negar la concepción de la escritura de la historia como receptáculo de la verdad; no, hay una mediación, que es la manera de escribir. La dificultad radica, evidentemente, en que no estamos ante una ciencia “dura”: en el mismo momento se pueden producir interpretaciones aceptables de un fenómeno histórico dentro de un abanico de posibilidades, que rechazan algunas, sí, pero que no se reducen a una sola. Y esta es, como se sabe, la dificultad que comparten todas las ciencias sociales. Ciencias sí, porque hay criterios de verdad, hay operaciones técnicas particulares, hay controles, pero también ciencias particulares en el sentido de que pueden admitir una pluralidad de interpretaciones para el mismo fenómeno, ya sea histórico, sociológico, antropológico, etcétera, y que en este sentido no pueden someterse completamente a los criterios de verdad de la física o de la matemática. Este sería un primer balance sobre un problema que es muy difícil, y que evidentemente tiene consecuencias en el mundo contemporáneo, porque, como se sabe, la producción de falsificaciones históricas fue una gran actividad de los regímenes dictatoriales.
–Y no sólo de ellos. Aún en nuestros días no faltan autores que niegan la existencia del Holocausto.
–Por eso, para historiadores como Carlo Ginzburg es absolutamente esencial resistir a lo que llama “la máquina escéptica”, es decir, la que sostiene que no hay criterios para establecer la verdad y que todas las interpretaciones históricas son equivalentes. Y así vemos que en algunos casos particularmente intensos, particularmente dramáticos, como el que usted menciona, evidentemente la capacidad crítica de la historia para establecer un saber controlado es una dimensión fundamental que no puede hundirse dentro del reconocimiento de los procedimientos narrativos o retóricos de su escritura.
–Lo cierto es que se suele argumentar actualmente que la característica esencial de la historia radica en que es escritura, es decir, una representación del pasado en forma de texto, y de una especificidad que la hermana con la literatura. ¿Pero acaso no son todas las ciencias, desde la física hasta la biología, desde la geología hasta la química, una representación e interpretación de una porción de la realidad –permítame este término tan ambiguo– que se plasma en última instancia en alguna clase de escritura?
–Sí. Lo que ocurre, en primer lugar, es que la historia durante mucho tiempo olvidó o negó la dimensión escritural de su práctica, sea porque estaba confundida con lecciones morales, cuando la historia era considerada, como entre los antiguos, una maestra para la vida, sea porque en el siglo XIX, a la manera de Hegel, la historia como acaecer y la historia como escritura estaban confundidas (el despliegue de la historie dentro de la geschichte, para decirlo con las dos palabras alemanas que permiten discriminar las dos acepciones). De modo que la historia como escritura ha sido identificada con lo que sucedió realmente en el devenir del tiempo. Por su parte, en el siglo XX, ciertas técnicas científicas, particularmente estadísticas, hicieron creer que podía existir un saber del pasado totalmente separado de la fábula, de los mitos, de la narración. Dos cosas hicieron recordar que no era así. La primera ya la hemos discutido, es decir, que cuando se analizan los textos de los historiadores se puede reconocer cómo utilizan y manejan sin saberlo, o sin quererlo, en la mayoría de los casos, figuras y estructuras de la ficción. Y la segunda cosa puede hacer hincapié en la idea según la cual las ciencias biológicas, físicas, matemáticas, etcétera, también son, de una cierta manera, escritura, y así se habla de la elegancia de una demostración o de la economía de una demostración, es decir que se introducen criterios estilísticos.
Evidentemente, este tipo de escritura no se remite ni a estructuras narrativas ni a figuras retóricas, pero así como el discurso histórico hace con el pasado, el científico pretende restituir la realidad de los fenómenos físicos o la escritura geométrica del mundo de las idealidades matemáticas. Resulta claro que también él puede someterse a estos criterios estilísticos que jerarquizan de alguna manera las demostraciones, y sería interesante discutir con físicos y matemáticos acerca de cómo los aplican. En todo caso, es innegable que introducen una dimensión que no es la pura adecuación entre símbolos o ecuaciones y la realidad que está apropiada, representada –no sé si admitirían estas palabras– o transmitida por estas fórmulas. Pero sí, claramente estamos frente a una forma de escritura. La diferencia sería que la elegancia de las demostraciones puede ser medida diferentemente, pero no creo que estos científicos acepten la idea de que hay para un fenómeno físico dado una pluralidad posible de interpretaciones en el mismo tiempo.

–A usted se le suele situar como representante de la cuarta generación de la Escuela de los Annales, sin duda la más célebre de las corrientes historiográficas del siglo xx y matriz de la historia cultural, creada en 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch en torno a su revista Annales d’histoire économique et sociale. Sin embargo, se ha mostrado a menudo renuente a hablar de esa tradición y ha negado tanto la unidad de esa escuela como la subsistencia en nuestros días de formas de hacer historia asimilables a ella. Me gustaría hacerle varias preguntas sobre este tema. La primera es si reconoce una filiación con la Escuela de los Annales; la segunda es si podría caracterizar las tendencias en que se dividió, digamos entre la década de 1930 y la de 1990; por último, quisiera saber cuál es, en su opinión, el aporte sustancial que realizó a la historiografía y cuándo dejó de tener vigencia.
–Reconozco, sí, una filiación con la Escuela de los Annales, puesto que intelectualmente e institucionalmente siempre me ubiqué dentro de ese mundo historiográfico, y fui participante activo de la herencia cultural de Lucien Febvre y Marc Bloch. Pero las cosas cambian porque el mundo cambia. Debo recordar que la revista Annales, fundada en 1929, continúa editándose, y que hay un rico patrimonio de textos generados por esa corriente, pero evidentemente lo que le otorga un sentido diferente a este patrimonio intelectual es el mundo en que se ubica. Bloch y Febvre se enfrentaron a una forma de hacer historia que hacía hincapié en el individuo y en el evento político o militar, mientras que lo importante para ellos era lo social, lo económico, las mentalidades. Un segundo núcleo de identidad fuerte era el nacional, no en el sentido de que los Annales fuera una escuela francesa, puesto que casi desde su origen contribuyeron a ella historiadores del mundo entero, pero innegablemente era identificada con la historiografía francesa. Esas dos cosas cambiaron totalmente a partir de la década de 1980, porque la historia a la manera de los Annales cada uno empezó a hacerla a su modo, y no hay el mismo tipo de reticencia o de resistencia del pasado a este paradigma historiográfico. Y es más, es dentro de la herencia de los Annales que hemos visto el retorno de la biografía o del acontecimiento político o militar: ahí tenemos a François Furet con su interpretación estrictamente política de la Revolución francesa, o historias de batallas como la de Georges Duby con Le Dimanche de Bouvines, o biografías como la de Jacques Le Goff con su Saint Louis, publicado en 1996. De manera que la identidad fuerte de una lucha contra los tres ídolos –la biografía, el acontecimiento, la política–, como decía François Simiand, economista vinculado con los Anales, ha desaparecido. Y por otro lado el mundo historiográfico ha cambiado por completo porque las tradiciones nacionales, o identificadas con una raíz nacional, han explotado. Si pensamos en la gran tradición de la historiografía italiana, con figuras como Franco Venturi, veremos que dentro de esta herencia hay gente muy identificada con una historia sociocultural a la manera de los Annales, y otros cercanos a una historia de las ideas políticas a la manera de Cambridge. Si pensamos en la gran tradición del marxismo inglés, personalizado en las décadas de 1950 y 1960 en la revista Past and Present (Thompson, Hobsbawm…), nos encontraremos con que ahora Past and Present sigue siendo una excelente revista, pero ya no existe una identificación plena con una perspectiva teórica. Por lo tanto, se ha dado una recomposición de la historiografía, que abandonó la identificación entre una revista o una institución y una perspectiva metodológica precisa: en cada una de estas tradiciones los historiadores han hecho cosas muy diferentes y finalmente la recomposición se estableció a partir de intereses compartidos, nuevos campos de estudio que mezclaban estas tradiciones.
Por ejemplo, en el caso de mi trabajo, toda esta historia de las prácticas culturales en relación con la cultura escrita nació del entrecruzamiento de la herencia de la Escuela de los Annales, es decir una historia cultural pero que se fundamenta en una perspectiva social; de una historia de los objetos materiales mismos, a través de la bibliografía anglosajona; de la historia de la escritura a la manera italiana, y también del diálogo con diversas corrientes de la crítica literaria. Podría multiplicar los ejemplos en que las fronteras tradicionales entre perspectivas metodológicas, tradiciones disciplinarias, identidades nacionales, se borraron en provecho de un encuentro. Así se ha registrado una transformación profunda. Esto es un poco la manera de decir que los Annales existen como revista, pero ya no existen como una fuerte y nítida e inconfundible identidad. Y pienso que hay una cuarta generación, en la que si usted quiere me puede incluir, que reivindica, sí, el espíritu de apertura de la historia a nuevos espacios, a nuevas fuentes, a nuevos problemas que caracterizó el trabajo intelectual de los Annales.
Historia and General22 Jun 2007 12:58 pm
Entrevista a Eric J. Hobsbawn
La historia del siglo

Ñ, la revista de cultura y libros del periódico argentino Clarín, acaba de publicar una entrevista con el maestro Eric J. Hobsbawm. Nada mejor que reproducirla en su totalidad, sin comentario alguno que oscurezca la lectura.
El más prestigioso historiador del siglo XX, Eric Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia, en un mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del marxismo. Su concepción de la Historia, las dificultades de una disciplina acechada por el escepticismo y el conformismo de la permanente especialización. Hoy, cuando cumple 90 años, reflexiona sobre el tiempo que pasó y el tiempo por venir. Cuando cumplió 85 años, el historiador Eric Hobsbawm, el más reconocido intelectual marxista de la actualidad, publicó su autobiografía, Años interesantes. Para un especialista, interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX, quizás este libro no fuera más que una colorida guía por los modos en que él fue abordando cada cuestión —el siglo XX, la formación de la clase obrera, la tensión entre capitalismo y revolución—; una serie de curiosidades biográficas que definieron ciertos temas y una preferencia filosófica y política. Pero para todo lector apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su pasado inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente única, en la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción personal con los acontecimientos históricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y hermoso, una “edad de los extremos”. Una pieza comparable, en su valor literario y testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las memorias de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la novela G, de John Berger, y algunos de sus relatos breves.Una importancia central que tiene la narración de la propia vida, en el caso de un lúcido observador y analista del siglo XX, es que él “estaba ahí”.
Nacido “en el año de la Revolución Rusa”, estaba ahí cuando se desintegró el imperio británico —se desintegraron, al menos, los efectos simbólicos de ostentar el ejercicio del poder gubernamental en las colonias—, y sobre todo cuando el mundo decimonónico y sus valores cayeron derrotados a los pies de la “vida moderna” —los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su joven esposa austríaca, miembros de la parte más cosmopolita de la comunidad judía de Viena, se vieron allí hundidos en la miseria—. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler al poder y cuando fue vencido. Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y, con él, toda una era de “socialismo real”. Hobsbawm estaba ahí, recorriendo Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo en los años que van desde la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo cómo Washington se declaraba “único protector de cierto orden mundial” y decretaba así la clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: “No existe lugar mejor que ése, lugar por excelencia de una víctima en cautiverio —escribió—, para reflexionar sobre el aluvión extraordinario de palabras e imágenes orwellianas que inunda a la prensa escrita y la televisión”. Pero además, Hobsbawm —que hoy cumple 90, y todavía escribe artículos, publica libros y responde largas entrevistas telefónicas— sigue estando ahí. Desconfía de la perdurabilidad del imperio americano, señala las ingenuidades de la utopía altermundista, piensa que es preciso ser “un historiador escéptico” y, a la vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del marxismo, al que sin dudas reivindica. «p—En una entrevista en Libération decía que “hay que devolverle al marxismo su elemento mesiánico”. A pesar de que el pensamiento político (sobre todo el marxismo) aspira a “salvar” a grandes porciones de la humanidad, la tendencia secular es a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista tiene aún una oportunidad mesiánica en este siglo?
«r—No en la forma en que creíamos en ella, es decir la de una economía planificada centralmente que prácticamente eliminaba el mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades humanas. Creo que, así, el marxismo todavía tiene un campo de acción considerable.
«p—¿Y las utopías altermundistas?
«r—Lo positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear la cuestión de que el capitalismo en su totalidad debe ser criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo altermundista está más cerca de los viejos anarquistas, que decían: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el régimen malvado y después, de alguna manera, todo resultará bien. Hay versiones políticamente más útiles: algunas ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presión en campos importantes como el ambiental.
«p—En su último libro, “Guerra y paz en el siglo XXI”, afirma que la democracia está rodeada de retórica vacía: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia. ¿Sería posible recuperar un sentido auténtico de democracia? ¿Tendría sentido?
«r—La retórica vacía de la democracia sirve de justificación a las conquistas imperiales, pero la crítica principal a la democracia como retórica de propaganda es más amplia. En general se la usa para justificar las estructuras existentes de clase y poder: “Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos legítimos aun para los que no nos votaron. Hasta la próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos. Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo que hacemos es para bien de la nación“. Una crítica: la democracia queda reducida a una participación ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una democracia uno no está autorizado a emprender otras acciones políticas que no sean las legítimas y pacíficas.
«p—Varios politólogos franceses piensan mejorar la democracia fortaleciendo el debate institucional. «r—Sí, pero mi objeción es mucho más amplia: no digo únicamente que la democracia no puede quedar reducida sólo a las elecciones, tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede quedar reducida a una forma particular de constitución. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI escapan al marco de los estados nacionales. La democracia existe sólo dentro de los estados nacionales así que, nos guste o no, tenemos que encontrar otras formas de abordar problemas globales. Es difícil de saber cuáles van a ser porque, hasta ahora, nada reemplazó a los estados.
«p—Cuando habla de “pueblo” piensa en movimientos sociales, los de Argentina, por ejemplo.
«r—Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre que el gobierno tome en cuenta la opinión del pueblo.
«p—Usted estudió la forma en que, históricamente, muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas de clientelismo, usados por el populismo.
«r—”Populismo” es un término que se usa en sentido demasiado general. La mayoría piensa que el populismo está asociado a la derecha política pero también puede estar asociado a la izquierda o al centro. “Populismo” simplemente quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con la gente; lo pueden hacer con diferentes propósitos. Perón era populista en un sentido y Chávez, en otro. No diría que necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No hay ningún mecanismo eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy eficaz. A veces funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.
«p—¿Tiene futuro la “multitud” entendida como sujeto político, tal como piensa Toni Negri?
«r—Debo decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena opinión de Negri. Y creo que el término “multitud” es demasiado general. Hay que definir qué se entiende por “multitud”. Se la podría estructurar por clases, por nacionalidad o de otras formas, pero decir “multitud” no nos lleva muy lejos.
«p—El concepto de “clase social” también fue objetado (Philip Furbank lo atacó sociológica e históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política del concepto de clase?
«r—Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice resultados electorales verá que se los descompone por clase, sección y nivel de educación (hoy día esto también significa clase). Hoy la política no está dominada por movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no significa que la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes (la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia de la clase. Y es un gran error suponer que una clase representa a las otras.
Atlas y el mundo entero

“El 8 de febrero de 1929, a última hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez más desesperadas idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o de algún préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la puerta principal de casa”. Así narra Eric Hobsbawm el más directo impacto de la Depresión en su memoria de 12 años. Dos años después iba a morir su madre. Pero hasta entonces, la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le había resultado casi inadvertida. El primer indicio de “lo dura que era la situación” lo había tenido —cuenta— luego de mostrar la lista de libros que pedían sus profesores del secundario: entre ellos el costoso Atlas Kozenn. “¿Es absolutamente imprescindible que lo tengas?”, se había alarmado su madre. El libro finalmente se compró, pero —escribe Hobsbawm—: “la sensación de que en esa ocasión se había hecho un sacrificio importante siempre me acompañó”. En su biblioteca, Hobsbawm conserva el viejo Atlas Kozenn un poco maltrecho y lleno de dibujitos en los márgenes. Dice que todavía lo consulta. Su obra, que abarcó el mundo entero en transformaciones sucesivas, quizás haya sido una forma de reconocer el valor de aquel sacrificio.Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la globalización capitalista, no verá desaparecer las unidades políticas reconocibles. Por ahora, al menos —afirma Hobsbawm—, no verá desaparecer los Estados nacionales.
“La globalización debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar la economía, la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes organizaciones supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en función de la globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales), pero hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, más chicos, son importantes porque imponen límites a la globalización. La globalización capitalista, por ejemplo, insistía en el libre movimiento de todos los factores de la producción —dinero, bienes—, sin restricción y por todo el mundo. Pero la mano de obra es un factor de la producción que no ha instaurado el libre movimiento, y una de las razones es política (los Estados no lo permiten porque podría crear enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no está desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con un puñado de corporaciones, pero no desaparece.”
«p—El proyecto de Unión Europea, dice, es todavía dudoso. ¿Cuáles son los aspectos más dudosos?
«r—No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman los gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo en términos de política nacional. La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún más evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta que no lo tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la base efectiva de la democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organización. Al contrario, parece buena.
«p—Una grandeza económica.
«r—Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los Estados. Quizá lo más cercano a una federación.
«p—La UE acaba de sancionar una ley que castiga a quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al historiador David Irving (acusado de negar la “solución final”): “La misma expresión —dijo— pertenece a una era en la que la condena moral reemplazó a la historiografía”. ¿Qué opina de esta ley?
«r—No creo que se pueda establecer o negar la verdad histórica por medio de la legislación. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito negar el Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del gobierno de Chirac insistir en que hay que enseñar que el imperio francés fue positivo. Es la opinión general de los historiadores profesionales —no hace falta aclarar que difícilmente tengamos simpatía alguna por los nazis o la masacre de los armenios por los turcos. Sólo que ésa no es la manera de establecer la verdad.
«p—Usa un ejemplo futbolístico para señalar diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio británico. ¿Le gusta el fútbol?
«r—No soy fanático pero todos somos parte de una cultura futbolística. Lo que digo es que hay un conflicto básico entre la lógica del mercado, una lógica global, y el hecho de que las emociones de la gente están atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los principales clubes de los principales países europeos son los que dan el dinero. Pero allí no hay nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el Arsenal, no tenía prácticamente ningún jugador nacido en Inglaterra). Para estos grandes clubes, las selecciones nacionales son una distracción. No les gusta prestar a sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes —empresas capitalistas, naturalmente— la selección nacional es una distracción y sin embargo no pueden prescindir de ella porque lo que mantiene al fútbol en funcionamiento es la competencia internacional.
«p—Esa distracción y las tensiones que plantea son un atractivo mayor. Los partidos no serían tan intensos si no estuvieran esas emociones en juego.
«r—Sí. Y en muchos sentidos, muchos países que antes no tenían identidad, como algunos de Africa, adquieren identidad a través de esto. Porque es más fácil imaginarse como parte de una gran unidad a través de once personas en una cancha que a través de abstracciones.
«p—¿Cómo influyen las emociones en su oficio de historiador?
«r—El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era. Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas. En este sentido, el gran modelo es el francés Marc Bloch. No sólo era un maravilloso historiador: en su primer gran libro también imaginó una sociedad que creía que el rey estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se unió a la Resistencia y murió a manos de los alemanes durante la Guerra. No era en absoluto una persona neutral.
«p—El historiador no inventa los hechos, pero descubre —en los textos, en los documentos, en el análisis— cosas que estaban allí y nadie había visto. “Descubrir” e “inventar” son palabras muy próximas, aun etimológicamente. Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?
«r—Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que surgen de cómo han sido criados, cómo piensan, etc. No llegan a la historia como cámaras que sólo filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y además, los historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden discutir las pruebas; sí las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no murió: está equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí partimos. Qué pien se usted de Elvis, cómo interpreta el Holocausto, hay infinitas discusiones posibles.
«p—¿Su concepción de la historia cambió en todos estos años?
«r—Básicamente no ha cambiado.
«p—Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pensó qué es el tiempo?
«r—Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera de la vida humana. La humanidad abarca una pequeña porción de la historia del mundo, siguiendo patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se inventó hace quizá 10.000 años. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo. Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de la raza humana en perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se pueda concentrar en períodos más breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antropólogos solían entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe la historia no como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos elegidos según un criterio cualquiera. Y es muy importante que los historiadores se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no sólo para otros especialistas.
Historia20 Jun 2007 05:43 pm
La crítica histórica (y la de cal)
Continuemos hablando de historia. Repasando reseñas y críticas, parece ser que hay un volumen que concita unanimidades, en sentido positivo, claro está. Ya les avanzo que trata un asunto del siglo XX, uno muy habitual. Porque, digámoslo sin rodeos, sólo el Novecientos triunfa entre el público lector y los analistas. Las otras centurias producen quizá textos más novedosos, en cuanto a planteamientos metodológicos o formas narrativas, pero no pueden competir con el ciclón de lo reciente, el de esos períodos donde aún pugnan la memoria y la historia.

En este caso, el libro en cuestión es The Wages of Destruction (Viking, 832 páginas), obra de Adam Tooze, un joven y reputado especialista en historia económica que imparte sus enseñanzas en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Nada extraño, por otra parte, tras la nueva oleada de autores británicos preocupados por el tercer reich: Ian Kershaw, Michael Burleigh, Richard Evans y, tratando una época posterior, Tony Judt. Ha de quedar claro, no obstante, que el autor no ha redactado una historia económica ni se ha quedado en su especialidad, como sería de esperar. Ha ido más allá de su perfil, pues se dedica a lo que los anglosajones denominan la “modern european history”, con lo que el siglo XX quedaría fuera de sus preocupaciones habituales.

Así pues, dicen que nos hallamos ante una nueva, formidable y profunda interpretación del rearme alemán que comienza en 1933, con los preparativos de la guerra, y finaliza con el desastre de 1945. El tema fundamental es el papel de Adolf Hitler, que llega al poder con un programa claramente establecido sobre el futuro de Alemania cuyo objetivo era la construcción de un imperio racial que daría lugar a la hegemonía alemana en Europa y permitiría desafiar a los americanos. La novedad inicial estaría, pues, sobre todo en esta última parte, en ese novedoso análisis sobre el significado de América en el pensamiento estratégico de Hitler. América vendría a ser la gran barrera, el obstáculo para el dominio europeo y el poder mundial. “Due to modern technology,” escribió Hitler, “and the communication it makes possible, the international relations among peoples have become so close that the European, even without being fully conscious of it, applies as the yardstick for his existence the conditions of American life … “
De hecho, los movimientos de Hitler estarían basados en el ejemplo americano, el la grandiosidad de su mercado y su emergente poder. La anexión de Austria y de los Sudetes, la entrada en Polonia e incluso la invasión de la Unión Sovietica se han de entender en parte dentro de ese contexto. “Once we appreciate,” dice Tooze, “the scale of the international escalation that Hitler had set in motion in 1938, it is possible to reconstruct an intelligible and consistent strategic logic behind Hitler’s actions”. La economía política nazi será, pues, parte de la explicación, incluso del Holocausto, pues el hambre de los presos y su exterminio sirvieron para alimentar a la población alemana, en cuanto su reclusión permitió ayudar a la maquinaria bélica. Por ejemplo, los judíos de Budapest, la última gran comunidad judía liquidada por los nazis, trabajaban en fábricas de aviones. Sobre todo en Dora-Mittelbau, donde se fabricaban y probaban los cohetes V-2 y donde en 1945 llegó a haber hasta veinte mil prisioneros.
Por otra parte, habría nuevas respuestas a la pregunta clásica sobre si Alemania tuvo realmente una economía de guerra antes de 1939, una cuestión que se acompañaba de la idea según la cual el ataque relámpago empleado inicialmente contra Rusia, y más adelante contra Polonia y Francia, fue un modo de prevenir la necesidad de una movilización completa. Se suponía que el punto de inflexión, inducido por el frente oriental y la entrada en guerra de los americanos, estaba en el nombramiento de Albert Speer como ministro de armamento y producción bélica en febrero de 1942. Habría sido el momento de la movivilización total del tejido económico que condujo al “milagro armamentístico” posterior.
Para Tooze, todo eso ha de ser revisado, a la luz de las nuevas fuentes disponibles. Se trata de subrayar el extraordinario aumento en el gasto militar entre 1933 y 1935, así como los esfuerzos del régimen por reducir sus acuerdos comerciales con Francia, Inglaterra y los USA, dando por finiquitada la política seguida por Gustav Stresemann durante la República de Weimar.

El diseño del nuevo plan le habría correspondido en 1934 a Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank, un modelo basado en la subvención de las exportaciones como fórmula para reducir el déficit exterior, dada la escasez de materias primas. En ese sentido, Tooze demuestra que Hitler tenía muy poco interés en producir bienes de consumo o mejorar el nivel de vida, a no ser que fueran resultado y no-impedimento de sus metas imperiales. Eso quedó claro en 1936 cuando tuvo que decidir entre fomentar una economía militarizada o estabilizarla con más exportaciones, momento en el que Hitler optó por lo primero. De hecho, los alemanes tenían pocas cosas a su alcance, no había productos en los que gastar sus ahorros, así que acabaron financiando los planes expansionistas, financiando en silencio la guerra (geräuschlose Kriegsfinanzierung).
USA and Historia18 Jun 2007 04:09 pm
La crítica histórica (Una de arena)
La crítica histórica (Una de arena)
Buenos días: Hay una arraigada creencia según la cual el mundo universitario es una cueva de inveterados zánganos que, no contentos con sangrar al contribuyente, practican con gran pericia el arte de la endogamia. Ya se sabe: trabajan poco, disfrutan de un sinfín de días de asueto (ellos los llaman de forma eufemística jornadas no lectivas), cobran una soldada considerable y, por encima de todo, crecen y se reproducen aplicando de manera sistemática el castizo arte del enchufe y la prebenda. Y así se observa por doquier que uno mire. Fíjense, diría un fustigador del sistema, en la crítica de libros, en las reseñas que escriben los unos sobre volúmenes de los otros. Todo es puro compadreo: fulano alaba el libro de mengano y éste le devuelve el favor ensalzando el de su conocido.
Bien, no negaré que haya argumentos en favor de esa descripción, pero me permito aseverar que peca de parcialidad y desconocimiento. Cierto que el modelo de carrera universitaria favorece esa suerte de arreglo, más informal que formal, pero no es norma generalizada. Cierto que se suelen escribir más elogios que diatribas, pero se debe en gran parte a que hay poco espacio para las recensiones y a que, en consecuencia, se elige lo más sobresaliente. Por otra parte, impera el criterio independiente, excepto en algunas áreas y en ciertos feudos. Y no puede ser de otra manera, porque todas las disciplinas se han fundado sobre esa libertad de cátedra, uno de cuyos rasgos es la discusión sin ataduras del trabajo académico. Si es bueno se acepta, sea quien sea su autor; si es malo, se rechaza, al margen de quien lo firme. Así que polémicas las ha habido siempre, casi desde que despuntó el conocimiento especializado, desde que la Royal Society abriera sus londinenses puertas hacia finales del siglo XVII. Ya entonces hubo sus más y sus menos, con sonadas broncas, como la que enzarzo al admirado Newton con el célebre Leibniz a propósito de la paternidad del cálculo infinitesimal.
Así pues, que en este blog aparezcan casi exclusivamente libros para los que todo son parabienes no quiere decir que no haya casos de signo contrario. Y voy a relatarles uno, un caso que, por lo demás, es bastante significativo (y tiene su gracia, por lo menos yo me he divertido leyéndolo).

El ejemplo procede de la sección literaria del New York Sun (¡hay que ver lo snob –o lo cutre– que me estoy volviendo!). El artículo apareció el miércoles 6 de junio y estaba firmado por Adam Kirsch, crítico habitual de ese periódico, con el revelador título de “Degradación del intelecto”. El objeto de la puya no era un autor cualquiera, sino Patrice Higonnet, un distinguido historiador de Harvard que pasa por ser una de las eminencias mundiales (americanas) en la historia francesa. El motivo, por supuesto, no era este estudioso, sino su obra más reciente: Attendant Cruelties. Nation and Nationalism in American History (Other Press, 2007).

La reseña empieza sin rodeos y, más o menos, viene a decir que cando un hombre tan distinguido como el citado Higonnet escribe un libro como éste, un texto de casi 400 páginas, no es pena o lástima lo que hay que sentir, hay que verlo como un síntoma. De inmediato, una pregunta: ¿por qué ha llevado su rebaño tan lejos de los pastos habituales, por qué ha escrito esta breve historia de América? Porque, en efecto, de eso se trata, de dejar los temas franceses y atreverse con un compendio de la historia de aquel país. El resultado es que, al no ser un experto, ha escrito un volumen donde abunda lo superficial y la crónica convencional, nutrido de fuentes secundarias y repleto de datos e interpretaciones que sorprenderían a cualquier estudiante de bachillerato (siendo benévolo). Más aún, el método que aplica no es tal, pues no pretende explicar la historia, sino calificar a los personajes fundamentales en función de si siguen o no sus criterios de inclusión y exclusión, de patriotismo ilustrado e inicuo nacionalismo.
En fin, la razón por la que ha escrito Attendant Cruelties es mucho más simple. Es su acusado odio a Bush. De hecho, Higonnet se pregunta cómo es posible que ese pueblo en el que ha vivido durante décadas, ese que tanto admira por su espíritu emprendedor y abierto, haya podido elegir (repitiendo) a un sujeto que él considera la encarnación del mal. Tanto es así que lo compara con Hitler (“We can understand him better if we understand what came before him. … Hitler was a madman, but even he did not become chancellor of the German Reich just because he was a madman”) e incluso con Stalin (”What Stalinism was to utopian communism, Bushism is to the American creed”). Como mínimo, Bush es un simple, un incompetente, un insensato, además de ser omnipotente, implacable y un matón. (Casi me apunto). Desde luego, Kirsch no lo ve del mismo modo: “it tells us a great deal about the passionate, self-delighting, deeply irresponsible hatred that now prevails even among the most prestigious and best educated precincts of the Left. It is a book that Mr. Higonnet’s sympathizers will read with vigorous nods, and everyone else will read with despairing shakes of the head”. Por eso, Kirsch no lo duda: el libro habrá sido escrito en inglés, claro está, pero está pensado para una audiencia francesa, cómo no. En realidad, pues, ha adoptado una perspectiva francesa (vade retro) para leer y juzgar la historia americana.
Cómo puede escribir Higonnet, se pregunta Kirsch, frases del tipo de: “Once Americans had put to death tens of thousands of unarmed civilians in a country that was already on its knees [por Japón], every other abuse becomes feasible as well: the massacres of civilians in Korea and Vietnam, Agent Orange, Guantanamo”; “It was likewise from some deep instinct that George W. Bush seized on the idea of a ‘War on Terror’ in order to realize his dream of a softly fascistic America”; “It was likewise from some deep instinct that George W. Bush seized on the idea of a ‘War on Terror’ in order to realize his dream of a softly fascistic America”.

Y hemos de añadir aún que esta no la sido la única crítica feroz. El muy leído Publishers Weekly dice, por ejemplo: “This frustrating book offers an interpretation of American history as an enduring conflict between inclusionary and exclusionary impulses. Harvard’s Higonnet (cuyo libro más celebrado es Paris: Capital of the World, Harvard University Press, 2002) has his sights set on the Bush administration, which he places among the exclusionists-those who try to retard the incorporation of all peoples within the American dream. And he has no warmth for those who, like Theodore Roosevelt and Bush, accept as necessary the cruelties and costs attendant upon forging a nation and becoming a world power. Higonnet’s broad knowledge of French history is on display as he emphasizes the telling absence in the United States of European anticlericalism and anticapitalism. But as a work of history serving as contemporary criticism, the book largely fails. Yes, the nation’s history has been marked by shifting attitudes-inclusionary during the Civil War era, exclusionary for the first third of the 20th century. But that binary division scarcely exhausts the complexities of our history. Higonnet’s scheme will appeal to those who want their national history to conform to a lazy, contemporary kind of feel-good liberalism. But few readers will be challenged to think afresh about their country’s past”.
En fin, que o bien Harvard se ha convertido en un bastión de rojos maliciosos o bien el nivel de sus historiadores está bajo mínimos. Ya veremos, porque el libro ni siquiera está aún en las librerías cuando compongo estas líneas.

Quedamos a la espera, pues, dado que Higonnet no es muy conocido entre nosotros. Sólo he conseguido localizar un texto que se publicó en el periódico Cinco Días en 2004 y que en realidad, traducía otro aparecido en Le Monde. Decía allí: “Para los estadounidenses, Europa no existe desde 1840. Para ese pueblo profundamente aislacionista, dominante y seguro de sí mismo, Europa es desde hace mucho una ficción (…). EE UU tampoco es ya para Europa una esperanza ni un modelo (…). La distancia es más vasta que nunca (…). Las antiguas imágenes de complementariedad han desaparecido o subsisten en EE UU en una versión extravagante de rechazo y hostilidad (…). Estamos cerca de un gran giro en la historia de esta vieja pareja. El divorcio parece inevitable”. Nada del otro mundo.
Otra recomendación: la reseña de Ian Buruma (“Fascinante narcisismo”) al libro de Steven Bach (Leni: The Life and Work of Leni Riefenstahl) en el NYRB del 14 de junio.
literatura and Francia and General14 Jun 2007 07:05 pm
Julien Gracq: todo un clásico (o nunca te acostarás….)
La revista Magazine littéraire dedicó su número de mayo a Montaige, como debe ser en los tiempos que corren y merece el ensayista, aunque el título no era demasiado original: Un autre regard sur Montaigne. En cambio, en la entrega que abre el verano, en la que hace 465, la cosa ha cambiado notablemente. El rótulo de la portada no lleva a engaño: Julien Gracq, le dernier des classiques. No sé a ustedes, pero a mi me ha sorprendido. Si me hubieran preguntado por los clásicos franceses que aún siguen al pie del cañon, no creo que Gracq hubiera sido el primero en venirme a la mente (de hecho, no estaría en mi corta lista). Y, sin embargo, las cosas son como son. Dicen, los que saben, que es el escritor más visitado de Francia y que cuanto menos publica mayor es el rosario de peregrinos que acuden a su casa de Saint-Florent-le-Vieil, junto al Loira. Por allí pasan regularmente nombres como Angelo Rinaldi, Philippe Le Guillou, Régis Debray, Jérôme Garcin, todos cual discípulos deseosos de ser tocados por la gracia del maestro.

No sé, ustedes tienen más elementos de juicio que yo. Pero si hemos de creer al citado Magazine Julien Gracq es el último, así que me he puesto manos a la obra y me he agenciado una buena muestra de este literato: Los ojos del bosque, El mar de las Sirtes, En el castillo de Argol y Las aguas estrechas. Con ese listado estoy bien dispuesto, de momento. Tampoco es que uno pueda llegar muy lejos, pues hace años que no escribe o, al menos, que no publica. En cambio, ha accedido a ser entrevistado por la mencionada revista, para relatar, entre otras cosas, su pasión inveterada por Julio Verne y por el surrealismo, el escándalo de su rechazo al Goncourt en 1951, su fidelidad al editor José Corti, su negativa a pasar por el registro televisivo o a ser editado en formato de bolsillo, etc. Originalidad no le falta, desde luego.
Por si les ocurre como a mí y no están puestos en este escritor escondido, cultivador del siempre curioso simbolismo francés, les recomiendo su texto Leyendo escribiendo, que es una buena manera de empezar. En general, parece ser que es esta parte de su escritura, más sincopada, la que mantiene más adeptos hoy en día y ahí hay una buena muestra. Para los más afortunados, aseguran que lo mejor es recuperar su opúsculo de 1949 La littérature à l’estomac, donde dice cosas como:
« […] le Français, lui, se classe au contraire par la manière qu’il a de parler littérature, et c’est un sujet sur lequel il ne supporte pas d’être pris de court : certains noms jetés dans la conversation sont censés appeler automatiquement une réaction de sa part, comme si on l’entreprenait sur sa santé ou ses affaires personnelles – il le sent vivement – ils sont de ces sujets sur lesquels il ne peut se faire qu’il n’ait pas son mot à dire. Ainsi se trouve-t-il que la littérature en France s’écrit et se critique sur un fond sonore qui n’est qu’à elle, et qui n’en est sans doute pas entièrement séparable : une rumeur de foule survoltée et instable, et quelque chose comme le murmure enfiévré d’une perpétuelle Bourse aux valeurs. Et en effet – peu importe son volume exact et son nombre — ce public en continuel frottement (il y a toujours eu à Paris des “ salons ” ou des “ quartiers littéraires ”) comme un public de Bourse a la particularité bizarre d’être à peu près constamment en ” état de foule ”): même happement avide des nouvelles fraîches, aussitôt bues partout à la fois comme l’eau par le sable, aussitôt amplifiées en bruits, monnayées en échos, en rumeurs de coulisses[…]”.
Sea como fuere, su nombre aún se asocia al escándalo Goncourt. He aquí la carta que remitió a Maurice Noël, editor literario de Le Figaro a finales de noviembre de 1951: « Je n’ai pas prêté une attention vive aux premiers échos - parus dans Le Figaro et Le Figaro littéraire et ailleurs - qui faisaient état de mes « chances » pour le prix de fin d’année. La position que j’avais prise l’an dernier au sujet des compétitions littéraires dans un article La littérature à l’estomac (dont Le Figaro littéraire avait reproduit des extraits) tout autant qu’elle les rendait invraisemblables me paraissait leur opposer d’avance un démenti suffisant : on ne s’attendait tout de même pas à ce que j’aie changé d’avis en quelques mois. Mais ces échos se multiplient et se précisent et j’ai de bonnes raisons de ne plus leur refuser aujourd’hui un caractère sérieux. Dès lors, ceux qui me lisent ne comprendraient pas que je ne m’explique pas brièvement, mais publiquement à ce sujet. Non seulement je ne suis pas, et je n’ai jamais été, candidat, mais, puisqu’il paraît que l’on n’est pas candidat au prix Goncourt, disons pour mieux me faire entendre que je suis, et aussi résolument que possible, non candidat. Je ne redirai pas des raisons que j’ai dites longuement en leur temps. Je ne tiens pas à me poser en champion publicitaire de la vertu : cela ne me serait pas agréable. Je ne nie nullement non plus que certains suffrages sincères, dans un jury comme ailleurs, puissent me faire plaisir. Mais, tout de même, je ne veux pas qu’on pense qu’après avoir sérieusement détourné peut-être quelques jeunes (peu nombreux, qu’on se rassure) de la conquête des prix littéraires, je songe maintenant à la dérobée à me servir. Je ne m’en prends pas spécialement au prix Goncourt. Je m’en prends à lui moins qu’aux autres, du fait que longtemps, il fut le seul. Deux ou trois prix littéraires, passe encore si on y tient - deux ou trois cents (le nombre sera dépassé la semaine prochaine) cela devient un trait déplaisant d e « mœurs indigènes » sur lequel tout le monde au fond est d’accord, sans toujours l’avouer. Je persiste à penser qu’il n’y a plus aucun sens à se prêter de loin ou de près à quelque compétition que ce soit et qu’un écrivain n’a rien à gagner à se laisser rouler sous cette avalanche. Je m’excuse d’être obligé de revenir sur un sujet avec lequel je croyais en avoir fini. Avouez qu’au moins ce n’est pas de ma faute : il semble qu’en cette matière il soit bien difficile de se faire entendre clairement. Agréez, cher Monsieur, etc. » JULIEN GRACQ
Alemania and Ideas and General11 Jun 2007 05:57 pm
Alemania e Israel: una difícil relación
Hablando de temas relactivos a la cuestión judía, puede que no esté de más volver a la revista alemana Merkur, que ya ha salido por aquí en alguna ocasión. El número de junio (el 698) se abre con un ensayo del filósofo del derecho Bernhard Schlink sobre un asunto bien interesante: la traición o el engaño. ¿En qué consiste?

Bernhard Schlink dice que la era de las grandes lealtades –y la de las traiciones– ya ha pasado. Hoy en día, las unas se han difuminado y las otras disipado: eso sirve también para la “traición intelectual” de los sesentayochistas, que han abandonado las ínfulas revolucionarias por la comodidad política. La trayectoria de Enzensberger, por ejemplo, se puede leer como una traición y como un signo de independencia intelectual. “En la era post-psicoanalítica”, añade Schlink, “lealtad a uno mismo es lealtad a la propia naturaleza dañada, […] a la propia incapacidad de adherirse a algo, es decir, a todo que hace que uno sea lo que es”. Por ejemplo: las feroces reacciones que siguieron a las revelaciones de los antiguos informantes de la RDA, “se reciben con un alto grado de irritación, irritación porque no caben en nuestro tiempo, irritación porque en nuestra era carecemos de profundidad, de fuerza y de convicción”.

Al texto de entrada le sigue otro de Martin Kloke, autor de un volumen titulado Israel und die deutsche Linke. Zur Geschichte eines schwierigen Verhältnisses [Israel y la izquierda alemana. La historia de una relación difícil, 1994). El tema en esta ocasión es parecido, pues trata de “Das zionistische Staatsgebilde als Brückenkopf des Imperialismus“ (algo así como “El estado sionista como trampolín del imperalismo“) y el subtítulo retoma la idea de que fue hace cuarenta años cuando la izquierda alemana se tornó antiisraelí. Para Kloke, inicialmente los alemanes se mostraron indignados con los acuerdos suscritos por los países árabes, acuerdos que pretendían lanzar a los judíos al mar, pero esa posición cambió a raíz de la Guerra de los Seis Días, cuando la mayoría empezó a criticar la política israelí. En un momento en el que la izquierda tenía como bandera los procesos de liberación del Tercer Mundo, Israel pasó a estar alineada junto a los USA como el enemigo por antonomasia de ese proceso, así que a finales de los años sesenta emergió de nuevo el antisionismo.
Kloke recuerda en ese sentido el atentado frustrado contra el centro comunitario de una sinagoga berlinesa, ocurrido a principios de noviembre de 1969, una fecha sintomática, pues 31 años antes los nazis habían organizado la famosa Kristall-nacht. En efecto, Dieter Kunzelmann, un antiguo miembro de la Internacional Situacionista, fue el promotor de éste y otros falsos atentados. Es sabido que el grupo de Kunzelmann había recibido una bomba defectuosa, pero el simple hecho de tenerla provocó un gran revuelo mediático, que es lo que Kunzelmann, lector habitual del periodico derechista Bild, más deseaba.

De eso trata, por ejemplo, Die Bombe im jüdischen Gemeindehaus (La bomba en la sede de la comunidad judía, 2005), del historiador Wolfgang Kraushaar, donde señala la existencia de vínculos entre el antifascismo y el antisemitismo, algo que se vehicularía a través de la oposición al Estado de Israel. Como se ha dicho, el debate sobre el ’68 entroncaría por esa vía con el trauma alemán, el del nazismo y el Holocausto.
Desde entonces, las cosas no han ido a mejor, sobre todo con la persistente política israelí de asentamientos y colonias. Para Kloke, parece evidente que predomina una amalgama de ideas antisemitas y de resentimientos antisionistas. De hecho, una encuesta realizada en 2003 por la Unión Europea puso de relieve que el 65% veían a Israel como “una amenaza para la paz mundial”. Kloke, citando al historiador Dan Diner, concluye que es necesario combatir ese antisemitismo, para lo cual no sería mala idea hacer como si el conflicto israelo-palestino no existiera; y también es urgente hallar una solución a este enfrentamiento, para lo que no sería descabellado imaginar que no existe el antisemitismo.
Dígase lo que se diga, es mucho imaginar.
En fin, la revista trae otros contenidos, claro está:
Inhalt
Schlink, Bernhard
Der Verrat
|
471 - 486 |
Kloke, Martin
»Das zionistische Staatsgebilde als Brückenkopf des Imperialismus«. Vor vierzig Jahren wurde die neue deutsche Linke antiisraelisch
Beitrag lesen
|
487 - 497 |
Zakharine, Dmitri
Deutsch-russische Saunafreundschaften. Über die Genese des Kapitalismus unter Anwesenden
|
498 - 507 |
Krugman, Paul
Auf eine Reformation folgt eine Gegenreformation. Über Milton Friedman
|
508 - 521 |
Kritik
Heuser, Uwe Jean
Ökonomiekolumne. Ideen, die die Welt bestimmten
Beitrag lesen
|
522 - 527 |
Demand, Christian
Ästhetikkolumne. Mehr Licht!
|
527 - 532 |
Schulz, Bernhard
Wie das geschehen konnte. Zum Stand der Geschichtsschreibung über das Dritte Reich
|
533 - 539 |
Riechelmann, Cord
Historiker des Lebens. Zu Josef H. Reichholfs Naturgeschichte
|
540 - 544 |
Marginalien
Crews, Frederick
Gewohnheiten des Herzens, Regeln des Beweisens
|
545 - 549 |
Hessing, Jakob
Ödipus und Ungeziefer. Sigmund Freud und Franz Kafka haben ein Vater-Sohn-Problem
|
549 - 554 |
Fischer, Jens Malte
Nimmundlies (XV). Karl Kraus: »Dritte Walpurgisnacht«
|
554 - 559 |
General08 Jun 2007 10:04 am
La guerra de los seis días cumplirá 40 años (y como si nada)
La guerra de los seis días cumplirá 40 años (y como si nada)

Seguramente, conjeturaba hace poco el periodista y escritor David Remmich en The New Yorker, si hay un lugar en el que el revisionismo histórico desempeñe un papel crucial, en el sentido político y moral del término, ese es Israel. El Estado se creó en 1948 y, casi de inmediato, su prehistoria — los orígenes de la ideología sionista, el comportamiento de los británicos durante el mandato colonial y, críticamente, la relación con la otra parte, con los árabes-palestinos–, se convertía en materia para los libros de texto, el periodismo, el adoctrinamiento militar o la retórica pública. La generación de los fundadores, los que llamaron a su guerra como la “de la independencia” contra Egipto, Siria, Irak y otros vecinos hostiles, creaban ahora su historia. De hecho, es lo que ocurre siempre, que al vencedor le corresponde narrarla. Como en cualquier otro nuevo Estado, esa narrativa tendió a ser establecida en los términos de una epopeya histórica gloriosa. Y así, una parte podía ser silenciada. Lo dijo Golda Meir en 1969: “There was no such thing as Palestinians”.
No fue hasta los años ochenta, después de que se abrieran al público nuevos archivos estatales y de que apareciera una generación desilusionada y descreída en relación con los viejos mitos fundadores, que los estudiosos israelíes comenzaron a afrontar algunos hechos incómodos. El más importante de los nuevos historiadores israelíes fue Benny Morris, un izquierdista (entonces) que había participado en la desastrosa guerra del Líbano como soldado y como reportero, y que incluso fue encarcelado por negarse a servir como reservista en los territorios ocupados. En 1987, el año del estallido de la intifada, Morris publicó The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949 (Cambridge, Cambridge University Press, 1988), en cuál desmontaba una de las ideas más queridas por los israelíes: que los tres cuartos de millón de árabes-palestinos que abandonaron sus aldeas durante y después de la guerra lo hicieron voluntariamente y siguiendo las ordenes de sus líderes, que les prometieron que pronto podrían volver. En su lugar, Morris dejó claro que una buena parte de los palestinos fueron expulsados por los líderes militares israelies (incluyendo al joven Yitzhak Rabin) y que muchos otros huyeron atemorizados después de oír hablar de las matanzas y de la destrucción de los hogares en las aldeas próximas.

La mayoría de los nuevos historiadores se doctoraron en el extranjero, lo que les permitió cuestionarse la narrativa con la que habían crecido. Y aunque nunca han conformado una escuela cohesionada, ni personal ni ideológicamente, su trabajo supuso una suerte de oleada que desafió a la historiografía israelí tradicional. Junto con Morris vino llan Pappe con su Britain and the Arab-Israeli Conflict (London: Macmillan, 1988), Avi Shlaim con Collusion Across the Jordan: King Abdullah, the Zionist Movement, and the Partition of Palestine (Nueva York, Columbia University Press, 1988), así como el trabajo del sociólogo Baruch Kimmerling, que describió la ideología del sionismo en términos coloniales (por ejemplo, en su The Invention and Decline of Israeliness: State, Culture and Military in Israel. Los Angeles & Berkeley, University of California Press, 2001). Desde entonces, los críticos no han dejado de acusar a los nuevos historiadores de hacer lecturas políticamente tendenciosas de los archivos, de difamar a un pueblo que había escapado de un seguro exterminio y, en suma, de intentar minar los fundamentos del Estado. En el diario liberal Ha’aretz, por ejemplo, el novelista Aharon Megged señaló en su día: “What is it that moves Israeli scholars to distort and make ugly the Jewish national liberation movement, whose only desire was to realize the two-thousand-year-old hope to return to Zion?”
De todos modos, Remmich considera que, con el tiempo, el mejor revisionismo académico ha acabado por filtrase, influyendo incluso entre los políticos del pais. Un ejemplo sería ha sido Shlomo Ben-Ami que, como es sabido, fue ministro del interior con Ehud Barak y, más adelante, de Asuntos Exteriores. Ben-Ami escribió su historia del Estado en forma de memorias, las Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-ArabTragedy (Oxford University Press, vertido al castellano por Ediciones B), volumen publicado el año pasado, donde señala que las expulsiones de palestinos en 1947 y 1948 fueron debidas a “una predisposición ideológica, una actitud mental, un entorno de soporte cultural”, es decir, fue ese entorno lo que permitió tal crueldad. Es difícil creer, concluye Remmich, que un funcionario israelí hubiera podido llegar por sí mismo a tales conclusiones críticas sin el trabajo de los nuevos historiadores.

En esa senda, Tom Segev acaba de publicar en inglés un relato sobre la principal de todas las guerras arabo-israelies con el título de 1967: Israel, the War and the Year That Transformed the Middle East (Metropolitan Books). En cualquier caso, se trata de una obra con claro acento periodístico, dado que Segev es quien más cultiva ese género dentro de los nuevos historiadores. Su estilo es más seco y distanciado que el de algunos de sus colegas más abiertamente ideológicos; durante años, su columna sobre asuntos nacionales en Ha’aretz fue rotulada “Foreign Correspondent”, para marcar distancias. Los padres de Segev huyeron de Alemania con rumbo a Palestina en 1935, pero su padre murió en la guerra de 1948. Segev, que se doctoró en la universidad de Boston, ha sido una voz constante en la izquierda israelí, pero sus opiniones son muy moderadas si las comparamos con las de Pappe, que representa la izquierda anti-Sionista, o bien con las ideas, que hoy calificaríamos de sui generis, de Benny Morris. Este último, tras la fallida cumbre de Camp David en 2000, se mostró tan desesperado que vino a decir que David Ben-Gurion debería haber expulsado a muchos más palestinos “cuando tuvo ocasión”, para así asegurar la mayoría judía y la seguridad israelí.
De todos modos, el libro más polémico de Segev fue su voluminoso The Seventh Million: The Israelis and the Holocaust (Owl Books, 2000), en el que hablada de la poca habilidad del movimiento sionista a la hora ayudar a los judíos de Europa cuando los mataban, criticando haber convertido el Holocausto en una carga emocional para la sociedad israelí. El libro, que fue recibido con un desdén parecido al otorgado al Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt , describia la vergüenza de los pioneros sionistas por la ausencia de una amplia rebelión contra los nazis entre los judíos europeos, y mostraba cómo recibieron a los sobrevivientes en Israel, no solamente con alivio, sino también, y ocasionalmente, con suspicacia e indiferencia burocrática. Desde luego, Segev hizo pocos amigos entre el establishment israelí cuando citó una frase de Ben-Gurion de 1938, “If I knew that it was possible to save all the children in Germany by transporting them to England, but only half of them by transporting them to Palestine, I would choose the second—because we face not only the reckoning of those children, but the historical reckoning of the Jewish people”.

Sea como fuere, Segev viene a ser el primero en argumentar que la guerra 1967 se asemeja poco a la narrativa tipo David-y-Goliath popularizada por los propagandistas románticos y que, en cambio, tiene mucho de trágica marcha hacia la locura. Incluso Michael Oren, un historiador situado en la derecha política de Segev, expone en su valioso libro, Six Days of War: June 1967 and the Making of the Modern Middle East (Oxford University Press), que va a ” to account for the mistakes, miscommunications, random events, and lethal vanities on both sides”. Cierto es que Oren, que ha dedicado mucho tiempo a estudiar las memorias escritas por los árabes y la literatura disponible, pone mayor énfasis en su libro en las malévolas intenciones de Nasser, señalando que hubo un plan de invasión a gran escala (la Operation Dawn) que fue cancelado en el último momento. En cambio, Segev es menos comprensivo con la decisión de Israel de adelantarse en el ataque. Los libros de Segev y de Oren tienen sus limitaciones, señala Remnick. Segev ignora la situación política árabe y parece renuente a dar crédito a los israelíes, en aquello de un sentimiento legítimo de amenaza; Oren, en tanto erudito más versátil, se ha esforzado en leer toda fuente árabe disponible (la mayoría de los archivos están cerrados) y, aunque está más cercano al poder, tiende a mostrar los aspectos negativos de la victoria y de la conquista.

En ese sentido, para Remnick, el libro más completo sobre las consecuencias de la guerra es el del periodista Gershom Gorenberg (The Accidental Empire: Israel and the Birth of the Settlements, 1967-1977, Times Books, 2006 ). En este volumen se describe cómo, en la década posterior a la guerra, la principal tarea de los gobiernos de Levi Eshkol, Golda Meir y Yitzhak Rabin fue la de alentar de forma descarada los asentamientos, sin ninguna ignorancia fingida. Consecuentemente, ayudaron a legitimar esa ideología del establecimiento que practicarían sus sucesores de la derecha, como Menachem Begin, Benjamin Netanyahu y Ariel Sharon. Gorenberg lo deja bien claro: “all the government ministers, without exception, felt obligated to support settlement somewhere in the territories. Their feeling was that in order to feel that you belonged, you had to support some form of settlement - if not in Hebron, then in Gush Etzion, and if not in Gush Etzion, then in the Jordan Valley. Even Pinhas Sapir, who held very dovish views, was forced to declare that he supported settlement in the Golan Heights”. A pesar de que los gobiernos dijeran en su momento que asentamientos y controles eran una cosa temporal, no se trataba más que de evitar que se les señalara como violadores de la Convención de Ginebra, cuando en realidad, añade Gorenberg, “the purpose of settlement, since the day in July 1967 when the first Israeli settler climbed out of a jeep in the Syrian heights, had been to create facts that would determine the final status of the land, to sculpt the political reality before negotiations ever got under way”.
Es decir, hemos asistido a la creación de los “hechos sobre el terreno”, algo que encubre la voluntad política de rescribir, con ladrillos y mortero, los contornos de una nación a expensas de otra. Cuarenta años después, las cosas han ido a peor. Y así lo ven muchos israelíes, porque, al fin y al cabo, su sociedad, aunque a veces no lo parezca, es una sociedad democrática, sujeta al debate y a la revisión, a pesar de sus dirigentes.
General05 Jun 2007 04:45 pm
Hanna Arendt: la cuestión judía
Hace ya unos meses, mencionaba en este blog algunas de las novedades en torno a una de las pensadoras fundamentales del siglo XX: Hanna Arendt. Una de ellas hacía referencia a la inminente publicación de una nueva recopilación de sus escritos por parte de la editorial Schocken. Ahora tenemos ya el título y las primeras reacciones: The Jewish Writings, editado por Ron H. Feldman y Jerome Kohn. La cosa es como sigue. En 1978, Ron H. Feldman publicó un volumen que recopilaba los ensayos póstumos de Hannah Arendt sobre temas judíos: The Jew as Pariah: Jewish Identity and Politics in the Modern Age (Grove Press). Este volumen se convirtió en uno de los trabajos más citados a la hora de estudiar a Arendt, aunque el aluvión posterior lo dejó en desuso, sin que nadie tuviera interés en reeditarlo. Ahora, casi treinta años después, Feldman ha reaparecido con una nueva edición ampliada, para lo cual se ha contado con la inestimable ayuda de Jerome Kohn, un experto en el asunto que trabaja en el Hannah Arendt Center de la New School University y que se ha hecho cargo de la introducción.
“Arendt’s experience as a Jew was sometimes that of an eyewitness and sometimes that of an actor and sufferer of events, all of which run the risk of partiality; but it was also always that of a judge, which means that she looked at those events and, insofar as she was in them, at herself from the outside. Her Jewish writings from more than thirty years are less exemplifications of Arendt’s political ideas at work than the experiential ground from which those ideas grew and developed. It is in this sense that her experience as a Jew is literally the foundation of her thought: it supports her thinking even when she is not thinking about Jews or Jewish questions” (Jerome Kohn)

El volumen se inicia con un célebre ensayo de 1932 titulado “La ilustración y la cuestión judía” (que entre nosotros se incluye en La tradición oculta) y finaliza con la defensa de su “Eichmann en Jerusalén” de 1966 (el intercambio epistolar entre Hannah Arendt y Gershom Sholem acerca del libro se puede seguir en Una revisión de la historia judía y otros ensayos). Pero en buena medida, la mayor parte de los textos están datados en la década posterior a 1938, desde la “noche delos cristales rotos” hasta la independencia de Israel. Así pues, la posición de Arendt está relacionada con esos hechos, mudando su condición de filósofa en otra donde primaba el periodismo y el activismo políticos. Precisamente en esto ultimo está parte del “problema Arendt”, sobre todo para los judíos.

El periodista Calev Ben-David lo señala con claridad en el Jerusalem Post. Nada hay que objetar a su condición de intelectual, a sus estudios sobre el totalitarismo, pero la parte judía es mucho más problemática, sobre todo a raíz de Eichmann en Jerusalén. Recordemos que desde entonces fue acusada de deshonrar el judaísmo y que, como ejemplo supremo, “Le Nouvel Observateur” reprodujo parte de las reacciones en un artículo titulado “¿Es nazi Hannah Arendt?”. En cualquier caso, la posición de Calev Ben-David es mesurada y tiene razón en una cosa, no hay nada revelador, pues todo era ya conocido. Dicho eso, prosigue, cualquier consideración sobre Arendt como judía ha de comenzar con el prefijo “alemana”, de ahí que buena parte delos textos nos muestren su condición de tal, su reacción frente al ascenso nazi, que es donde hay que situar su estudio sobre el antisemitismo en Europa (que prefigura lo que será Los orígenes del Totalitarismo). Esas preocupaciones explicarían su apoyo a la emigración a Palestina y su preocupación por los asuntos judíos durante los años 40.

Sin embargo, tras el nacimiento de Israel en 1948, Arendt perdió ese interés, de modo que no hay casi nada en este libro a partir de los 50, su década más productiva, la que le hace ganar su merecida reputación internacional. Esos años de silencio relativo concluye con el choque y la decepción que para buena parte de la comunidad judía supone la publicación de Eichmann en Jerusalén, con su análisis sobre la banalidad del mal nazi y lo que se entiende como áspera desaprobación de la política israelí. De eso, y de las reacciones, trata la parte final del volumen. Sobre todo de su respuesta a Gershom Scholem, que la había acusado de carecer de cualquier sentido del “ahavat Yisrael” (amor al pueblo gente judío): “the heartless, the downright malicious tone you employ in dealing with a topic that so profoundly concerns the center of our life. There is something in the Jewish language that is completely indefinable, yet fully concrete — what the Jews call ahavath Israel, or love for the Jewish people. With you, my dear Hannah, as with so many intellectuals coming from the German left, there is no trace of it”.
Arendt respondió con claridad: “You are quite right - I am not moved by any ‘love’ of this sort, and for two reasons: I have never in my life ‘loved’ any people or collective - neither the German people, nor the French, nor the American, nor the working class, nor anything of that sort. I indeed love ‘only’ my friends, and the only kind of love I know of and believe in is the love of persons. Secondly, this ‘love of the Jews’ would appear to me, since I am myself Jewish, as something rather suspect. I cannot love myself or anything I know is part and parcel of my own person.”
Calev Ben-David recurre a algunos de los biógrafos de Arendt para explicar esa respuesta, en particular a los que ven en ella la influencia de Heidegger. También utiliza las palabras de su sobrina, Edna Brocke, en el epílogo sugiriendo la influencia de su segundo marido, Heinrich Blucher, cuyo “communist background prevented him from coming to terms either with us Jews or the State of Israel”. En cualquier caso, la pensadora alemana habría proporcionó apoyo filosófico a esa relación profundamente ambigua en un ensayo titulado “El judío como Paria: Una tradición oculta”, donde repasaba a judíos como Henrich Heine, Bernard Lazare y Charlie Chaplin. Por eso, en la introducción, Ron Feldman afirma: “Fundamentally, these essays show that Hannah Arendt chose the role of a ‘conscious pariah’… Not only did she formulate and celebrate the Jewish pariah as a human type, she epitomized it in her life and thought”. Ahiora bien, como señala Ben-David, Arendt tuvo que pagar un precio por esa trayectoria, el de ser “ no more than marginal Jewish thinker”.

En fin, eso es lo que hay. De todos modos, Arendt lo tenía claro. “To be a Jew,” escribió, “belongs for me to the indisputable facts of my life, and I have never had the wish to change or disclaim facts of this kind. There is such a thing as a basic gratitude for everything that is as it is; for what has been given and not made”. Para ella, pues, la nacionalidad judía -y como no creyente, era siempre la nacionalidad y no la religión lo que la definía- debe desempeñar el mismo papel en el pensamiento moral de un judío que el que desempeña la Frenchness para un francés.