Enero 2007
Monthly Archive
Grecia and Ideas31 Ene 2007 10:05 pm
La justicia (poética) y Martha Nussbaum.
Sequimos con las publicaciones periódicas. Ahora le toca el turno a la revista helena Cogito, cuyo número 5 lleva por título Applied ethics. Se trata de una publicación dedicada a la reflexión filosófica que está radicada en Atenas y que no forma parte del mundo académico. La edita Nefeli Publishers y tiene una periodicidad cuatrimestral, algo que hasta ahora ha mantenido desde que viera la luz en 2004. Se entenderá, pues, que los promotores intenten ofrecer textos de carácter general, que permitan conseguir una amplia audiencia, pero sin renunciar a la complejidad del tema que sirve de referencia. Así, se tratan cuestiones referidas a la metafísica, la epistemología, la lógica, la ética y la estética, pero también otras más inusuales que pueden abarcar aspectos como los jardines, la alimentación, la poesía o la música, todo bajo una orientación filosófica. No pretenden simplificar la disciplina, sino hacerla accesible al público en general mostrando que es relevante y atractiva. A tal fin, la revista suele dar cabida a autores griegos de cualquier ámbito del saber, aunque también aparecen de vez en cuando pensadores de otras nacionalidades, con traducciones o entrevistas. Hay además firmas habituales con secciones fijas que dan una imagen estable a la variedad de temas que se tratan en cada ejemplar. Hay, por ejemplo, una columna sobre cómo nutrir una buena biblioteca filosófica. Además, cada número se dedica a un asunto particular: amistad (01), historia y narrativa (02), aislamiento (03), inteligencia natural y artificial (04). Dada mi querencia, les diré que en aquel segundo volumen participaban distintos autores griegos junto a Mark Mazower (“History and the Historical Novel”), profesor de la Universidad de Columbia que está especializado en Grecia, y se incluía la traducción de un texto de Hayden White (“The Fictions of Factual Representation”) que pertenece a su volumen de 1978 Tropics of Discourse (El texto histórico como artefacto literario y otros escritos, Barcelona, Paidós, 2003).
Pero quería hoy cumplir un doble objetivo. Uno ya ha sido cubierto, darles a conocer esta interesante iniciativa. Otro es desentrañarles parte de su contenido. Y para ello, para no remontarnos a años pasados, les he mencionado el último número, el quinto de los hasta ahora editados. Esta nueva entrega se abre, por ejemplo, con una entrevista a la profesora de ética y derecho Martha Nussbaum, de la Universidad de Chicago, a cargo de Stelios Virvidakis, colega de la de Atenas. La pregunta inicial expone a las claras el contenido del diálogo: “¿Qué opina sobre la posibilidad de que la filosofía desempeñe un papel más activo en la esfera pública, en la educación en la ética aplicada?”
En los E.E.U.U, viene a decir la profesora Nussbaum, la filosofía lo tiene muy crudo, al menos en ese propósito, “porque los media son muy sensacionalistas y anti-intelectuales”. En Europa las cosas funcionarían, a su juicio, de forma un tanto distinta. En los Países Bajos, por ejemplo, dice haber experimentado una cultura pública animada por la filosofía, incluso en programas de televisión. Además, en Europa no sólo se hablaría de filosofía política, sino de otras ramas, como de filosofía de la mente o de las emociones. Así empieza ella su intervención:
There are lots of possibilities. And countries are very different. I find that the US is in a way one of the most difficult places for philosophy to play a public role because the media are so sensationalistic and so anti-intellectual. So that if I go to most countries in Europe I’ll have a much easier time having a newspaper story than I would in the US. The New York Times Op-Ed page is very dumbed down and I don’t even bother to try to get something published there anymore because they don’t like anything that has a complicated argument. So I find the US very frustrating. On the other end of the spectrum the Netherlands has a tremendous public culture of philosophy. They have a very large selling journal called Philosophy and my Upheavals of Thought which as you know is an extremely long book and it is even longer in Dutch, it not only sold very well in English, but then it was translated into Dutch only a few months later and it has already sold 4.000 copies. So I feel that that’s quite extraordinary. But it’s because there are TV programs on philosophy, things involving not just political philosophy, but things like the emotions, the mind and so on. But I think one just has to cultivate that over a long period of time, the journalists, the media all have to play a role.
Si desean ampliar todas esas informaciones y continuar, sigan el enlace………

En cualquier caso, quienes no deseen practicar el inglés que busquen otra excusa, porque Martha Craven Mussbaum es una autora bien traducida. Habría que empezar con La fragilidad del bien (Visor, 1995), seguir con Justicia poética (Andrés Bello, 1997) y terminar con los títulos que desde entonces nos ha ofrecido la editorial Paidós: Los límites del patriotismo (1999), La terapia del deseo (2003), El cultivo de la humanidad (2003) y Las fronteras de la justicia (que acaba de aparecer o estará a punto de hacerlo). Entre medias aún queda espacio para Las Mujeres y el desarrollo humano (Herder, 2002), El conocimiento del amor (Antonio Machado, 2005) y El ocultamiento de lo humano (Katz, 2006), sin olvidar el volumen que compiló en 1996 con quien fuera su pareja, Amartya Kumar Sen (La calidad de vida, FCE), y el que coeditó en 2000 con Cass R. Sunstein (Clones y clones, Cátedra). De ella se ha dicho mucho y bien, desde que se hiciera célebre en 1978 con su traducción inglesa del De motu animalium de Aristóteles. Unos la señalan como la máxima representante del liberalismo feminista, otros invocan sus reflexiones sobre la conveniencia de una teoría política tendiente a la justicia social basada en los principios aristotélicos y, en fin, todos coinciden en situarla en la senda del pensamiento rawlsiano, al que intenta mejorar desde aquella tradición helenística y desde la óptica liberal.
Esto dice, por ejemplo, Mussbaum en una reciente entrevista para el periódico argentino Clarín al ser preguntada sobre sus críticas al contractualismo de Rawls:
Quisiera aclarar que mi reivindicación de la ley natural retoma el estoicismo griego y romano y la tradición protestante que desciende de allí, en Grocio, Kant y otros. Es muy diferente del intento del catolicismo por reflotar una cierta política basada en la ley natural. Mi posición es diversa en tema y contenido, y también porque insiste en que estos principios morales son parte de una sociedad liberal que distinguió entre la concepción política y las visiones con las cuales los seres humanos deciden vivir su vida. Retomo la distinción que traza Rawls en su gran Liberalismo Político entre una doctrina política y una doctrina comprehensiva. Digo sólo que necesitamos ciertos principios morales como base para una vida política en conjunto. El interés nacional no puede ser base suficiente para las relaciones internacionales. Por lo tanto, creo que coincido con Grocio en cuanto a la moralidad que necesitamos discutir entre las naciones. Por supuesto, esta discusión se entiende en un modo liberal y no “realista”.
Entrevista en Clarín: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/07/08/u-01229649.htm
Austria and Ideas29 Ene 2007 07:52 pm
La arquitectura del consumo
Ya lo han visto ustedes, repasar la revista Reset nos ha costado un par de entradas y eso que sólo nos hemos detenido en Alberto Toscano. ¿Y si ojeáramos otras publicaciones? Tengan en cuenta que Snop me mantiene atiborrado de todo tipo de textos, sean libros y revistas, y que la mayoría de ellos me son completamente desconocidos. Tranquilos, no lo haré, al menos no regularmente. Pero ya que estamos, permítanme sólo una referencia más, ahora que han pasado las fiestas. En esta ocasión citaré la publicación austríaca Wespennest, su número 145 de 2006. En ese enlace podrán ver ustedes el índice, si es que logran descifrar el alemán.

De todo el contenido destaca un artículo muy sugerente: Simulierte Städte, sediertes Leben. Ein Versuch über die Shopping Mall. En roman paladino: Ciudades simuladas, vida sedada. Los centros comerciales como lugar paradigmático del estilo de vida capitalista. Autor: el escritor Robert Misik, una firma habitual en periódicos y revistas y autor de varios libros, el últmo de los cuales es Genial dagegen. Kritisches Denken von Marx bis Michael Moore (2005), Si no se lo creen, visiten su blog. Por cierto que tiene entrada en la Wikipedia: “ist ein österreichischer Journalist und politischer Schriftsteller. Misik, der in den 1980er Jahren der Gruppe Revolutionäre Marxisten (GRM) angehörte, arbeitet regelmäßig für die taz sowie für die in Österreich erscheinenden Zeitschriften profil und Falter. Eines seiner Hauptthemen ist die Auseinandersetzung mit der Globalisierung und ihren Folgen“. Han leído bien, el GRM, es decir, la sección austriaca de la IV Internacional trotskista fundada en 1938.
Bien, vayamos al asunto, a lo que escribe Misik. Empecemos con el arquitecto Rem Koolhaas, premio Mies van der Rohe de 2005, como ustedes recordarán, y autor de los excelentes Delirio en Nueva York (Barcelona, Gustavo Gili, 2004) y La ciudad genérica (Barcelona, Gustavo Gili, 2006). Dice este caballero que “ir de compras es la última forma de actividad pública”, la única que nos queda ya. Por eso, añade Misik, son tan importantes los centros comerciales (mall), por eso es tan importante comprenderlos. 
Comprar, shopping
Hagamos lo que hagamos, compramos. Éste es el punto de partida para comprender nuestro estilo de vida. Nuestro mundo emocional incorpora una ristra de imágenes que de alguna manera se asemejan a los anuncios. Incluso el amor se consume. Un romance como debe ser incluirá al menos ir al cine, pero también una cena en un local distinguido, un fin de semana en un hotel con encanto y, para los más pudientes, un paseo por París, la capital de los enamorados. Cualquier experiencia viene modelada, pues, por imágenes prefabricadas. Por tanto, es totalmente correcto decir que “consumimos” o “compramos” nuestras emociones, nuestras experiencias y nuestra identidad. Debido a esto, no es sorprendente que comprar se haya convertido en una categoría sociológica.
De todos modos, comprar es una categoría que es productiva precisamente porque es borrosa: se refiere a aspectos económicos y psicológicos, a lo urbano y a lo tecnológico, coloreando todas las parcelas de la vida. “No es sólo que comprar se combine con todo, es que todo se combina con comprar”, escribe Sze Tsung Leong en un título ya canónico, la Harvard Design School Guide to Shopping. De ahí la frase de Rem Koolhaas. Es decir, en el estilo de vida de nuestros días, los bienes de consumo difieren menos en función de su valor y su utilidad práctica que en relación con sus características culturales, que son las determinantes, de modo que comprar es adquirir una identidad. De eso último tratan las marcas.
Pero las compras son como un espacio en blanco en la cartografía global del conocimiento. Una clase de tabú que no se toca. Teorizar sobre ello parece ser un arte menor, algo para los manuales de usuario, los consultores que se especializan en diseño o los investigadores que compilan conocimiento práctico. Por ejemplo, para gentes como Paco Underhill (sí, Paco), el antropólogo del consumo, el autor de ¿Por qué compramos? La ciencia del Shopping y de Call of the Mall: The Geography of Shopping. Este afamado consultor (Envirosell) nos indica que el comprador permanece en una tienda un promedio de 11.27 minutos mientras que el que no compra solamente pasa allí una media de 2.36 minutos; además fue quien descubrió la regla según la cual al entrar en una tienda lo primero que hace un comprador es torcer a la derecha (cosa de la que los vendedores han sacado jugosas conclusiones).

Así pues, poco sabemos realmente sobre la “mentalidad del consumidor”. En el discurso de la globalización, por ejemplo, todo el debate ha girado sobre la división del trabajo internacional, sobre el hecho de que los coches están diseñados en Alemania, montados en España, vendidos en China, que las oficinas de contabilidad están en Calcuta y que los accionistas de la compañía son fondos de inversión dispersos por todo el orbe. Sin embargo, poco se dice sobre el hecho de la globalización de la emoción y del deseo, sobre la comprensión global del lenguaje de los símbolos con los cuales una materia se comunica con el consumidor.
En el centro comercial se puede simular una vida social normal alrededor de los bienes de consumo y de su presentación, motivo básico al que ese lugar debe su existencia. Fijémonos en los pasillos, en los espacios vacíos. Esos lugares yermos de los grandes centros del pasado se han convertido ahora en espacios fértiles en los que pasar el tiempo, en cafés, cines y restaurantes temáticos. Lugares que simulan el zumbido del centro de una ciudad y que crean una atmósfera apropiada para consumir, en los que todo está planeado y controlado; la apropiación o la adaptación del espacio por parte de los transeúntes es imposible o está prohibida. Así pues, se han transformado en centros de hospitalidad urbana, han adquirido las características propias del centro de la ciudad. Es un espacio pseudo-público o un espacio privado gigantesco. Es un espacio privado porque nos lo apropiamos individualmente y es sólo el telón de fondo de lo social, aunque a todos los efectos, por supuesto, es un espacio público.
Por otra parte, su éxito repercute sobre el centro de cualquier ciudad: petrificado y reordenado, éste adopta cada vez más la estética del mall. El colmo es que los malls han comenzado a incluir reconstrucciones de las calles de la ciudad. Además, en un complejo proceso de ósmosis, la historia y la imagen de una ciudad acaban combinándose en una marca. A diferencia del mall, los centros urbanos tienen una ventaja específica, su aura. De hecho, lo que los visitantes de la ciudad desean comprar, junto con los productos que adquieren, es en parte la imagen de la ciudad como la marca. Visto así, el hacer compras en el centro de una ciudad es casi como una de tantas otras variantes de la compra tematizada. Es decir, un entretenimiento, una experiencia casi semejante a ir a un parque acuático. Con lo que llegamos a la paradoja final: la transformación de la ciudad en parque temático, en escaparate, en centro comercial de tiendas; o sea, la venganza del mall sobre lo urbano.
Concluyamos. Si es cierto lo que dijo Stuart Hall (the material world of goods and technologies is deeply cultural) entonces el mall es realmente el lugar paradigmático de un mundo “culturalmente capitalizado”, en el cual la vida social y la comunicación no pueden imaginarse sin la mediación de los bienes de consumo. Visto así, la “mallificación” de las ciudades ha de verse como algo constante, consistente, algo que no se puede tomar a la ligera. Algo que muchos rechazan, como el citado Rem Koolhaas, que lo ha denominado “espacio chatarra“, una especie de condena perpetua a compartir un jacuzzi con millones de amigos: “Junkspace is the sum total of our current architecture: we have built more than all previous history together, but we hardly register on the same scales. Junkspace is the product of the encounter between escalator and air conditioning, conceived in an incubator of sheetrock (all three missing from the history books). … It substitutes accumulation for hierarchy, addition for composition. More and more, more is more. Junkspace is overripe andundernourishing at the same time, a colossal security blanket that covers the earth. … Junkspace is like being condemned to a perpetual Jacuzzi with millions of your bestfriends” (Rem Koolhaas, “Junk-Space”, Archplus 149, Abril 2000).
En cualquier caso, así es como concluye Misik: El centro comercial puede que sea el código genético, el DNA de nuestro tiempo.
Piensen en todo ello, piensen en sus ciudades, en lo que se están convirtiendo. Actúen en consecuencia, depositen su voto, que queda poco para las municipales. Un poquito de porfavó.
Ideas and Italia26 Ene 2007 09:35 am
Fanatismo. Historia de un concepto.
Queridos hermanos, prosigamos.
Alberto Toscano es profesor de sociología en el Goldsmith College de la London University, donde forma parte del Centre for the Study of Invention and Social Process. Ha traducido al inglés libros (de Alain Badiou y de Toni Negri) y ha publicado numerosos artículos sobre Schelling, Deleuze, Simondon y Badiou, entre otros. Su último volumen, por ejemplo, lleva por título: The Theatre of Production: Philosophy and Individuation between Kant and Deleuze, (Palgrave, 2005).
Su propuesta sobre el particular se pueden resumir en el siguiente párrafo: el creciente uso del término “fanatismo” para identificar los peligros del presente, en particular el recrudecimiento de la política religiosa y el fenómeno terrorista, muy pocas veces se acompaña de una reflexión sobre la genealogía del término y la variedad de usos que permite. Una simple mirada a la historia filosófica del concepto permite rasgar los velos que lo cubren y proponer una crítica de sus funciones retórica y analítica. Siguiendo las huellas de los grandes pensadores que han intentado determinar su significado, nos queda a nosotros la tarea de repensarlo para el presente como una figura histórica, política y psicológica, dejando de utilizarlo como mero talismán para exorcizar el miedo.
Así pues, es ese recorrido histórico el que interesa. Veamos lo que nos dice.
El discurso sobre el fanatismo surgiría de las mezcolanzas ideológicas, teológicas y políticas que acompañan a la Reforma. Mejor dicho, de la feroz polémica entre, por un lado, Lutero y, por otro, los movimientos urbanos y campesinos (como los encabezados por Müntzer) que cuestionaban la autoridad de los príncipes y del clero. Lutero los condenará usando el término Schwärmer (de Schwärmerei, que podemos traducir como fanatismo). ¿A qué se refiere? Recordemos que los ideólogos de la Reforma ven en éstos un intento de eliminar la distinción clave entre las dos ciudades agustinianas, con la voluntad milenaria de que el reino de los cielos se manifieste en la tierra. Para Lutero, el propósito de acabar con la autoridad secular es una desastrosa señal de soberbia, una auténtica catástrofe religiosa.
Si en el discurso protestante el “otro” es el campesino, en la Ilustración se propone inicialmente una figura del fanático que calificaríamos de ambigua, y ello aunque este movimiento pueda definirse por su lucha contra el fanatismo religioso. Por ejemplo, en Le fanatisme, ou Mahomet le prophet (1741), Voltaire obliga a uno de sus sicarios a matar al sheik de la Meca, pues éste rechaza doblegarse ante la religión del “fanático”. Además, el sicario resulta ser hijo del sheik, lo cual vendría a demostrar la fuerza profanadora del fanatismo. Para otros, la verdadera lección sería que ese Mahoma no cree en el dogma e instrumentaliza el fanatismo. En cualquier caso, permite una ecuación que hará fortuna entre una categoría abstracta (fanatismo) y una cultura particular (islam). (Añadamos a lo dicho por Toscazo la aclaración de Voltaire en una carta remitida a Federico II de Prusia: “Me vería recompensado si una de estas almas débiles siempre dispuestas a recibir un furor ajeno […] se dijese, tras leer el libro: ¿por qué obedecer a los ciegos que me gritan: odiad, perseguid, acabad con quien es tan temerario para no pensar como nosotros sobre cuestiones incluso indiferentes?”).
De todos modos, es con Kant con quien vemos un tratamiento más austero y culturalista. Así, en la Crítica de la razón práctica, el filósofo alemán distingue entre “fanatismo religioso”, que concierne al conocimiento de Dios, y un peligroso “fanatismo moral” que desdeña el deber de la razón y funda la moral en el sentimiento, en la noble convicción, en la fe sublime. Un fanático moral es, pues, el que, no sometiéndose a un deber universal, puede convertirse en un homicida bienintencionado. Fanatismo es así transgresión de los límites de la razón humana, un delirio metafísico.
El concepto también sería importante en Hegel, para quien el fanatismo es un paso necesario en la progresiva universalización del espíritu. Si el pensamiento alemán puede verse como una respuesta filosófica al trauma histórico y a la esperanza de emancipación que supone la Revolución Francesa, entonces Hegel no se desvía en absoluto de ese camino. El fanatismo sería una manifestación de la libertad subjetiva en su pura negatividad, en tanto rechazo activo de cualquier determinación. Así, en la Fenomenología del Espíritu, Hegel entiende que es eso lo que está detrás del Terror revolucionario y de la implacable lógica de la sospecha que lo acompaña (en este punro, Toscazo recurre a Alain Badiou, Le Siècle, Le Seuil, Paris, 2005).

En fin, ese recorrido es amplio, pero es en el siglo XX cuando quizá haya mayor preocupación por el concepto. Aunque no exclusivamente, han sido los pensadores anticomunistas los que mayores esfuerzos han dedicado a esclarecerlo, viendo en él la causa y no el efecto de los males sociales (Cioran o Aron), creando una dicotomía ideológica entre un liberalismo del escepticismo y del compromiso, por un lado, y el frente del fanatismo, por otro. Ya no es, pues, una tendencia errónea de la razón (Kant) o un extremismo necesario en el desarrollo de la humanidad (Hegel), sino simplemente una patología a extirpar. Esa análisis, sin embargo, olvida que los escépticos y los liberales son capaces de causar grandes males (bajo el pretexto de una guerra justa, por ejemplo) y que no todos los reaccionarios pueden ser catalogados de fanáticos. Olvida también que una historia sin fanatismo puede que sólo sea el resultado de una política de emancipación real y no de una abstracta batalla de ideas.
Así pues, siguiendo las huellas de quienes han intentado esclarecer el significado del concepto, queda para nosotros la tarea de repensar el fanatismo como figura histórica, política y psicológica y sus aplicaciones para el presente, no usándolo sólo como talismán que sirva para exorcizar enemigos absolutos. Quizá en ese camino un primer paso sea tratar el concepto como predicado de ciertas acciones y discursos políticos, absteniéndonos de definir a los sujetos políticos como fanáticos sans phrase. Como enseña la vida de Lutero y la de aquellos campesinos revoltosos, la designación de los enemigos como “fanáticos” es a menudo un siniestro preludio para tildarlos de “perros” o de illegal combatants.
Eso es todo. Les ruego me disculpen este desastroso resumen. Pero, claro está, destripar un texto es injusto. Ocurre como con los relatos de misterio, hay que guardar cierta intriga para el lector o el espectador.
Textos de Toscano sobre el fanatismo:
Fanaticism and Social Theory
Fanaticism: A brief history of the concept
Texto de La Ética de Alain Badiou: Ensayo sobre la conciencia del Mal
Ideas and Italia24 Ene 2007 01:36 pm
El pensamiento puente y la diferencia

No sé ustedes, pero a mi me ocurre una cosa curiosa. Cuando me abruman las novedades, me refugio en los clásicos. O al menos releo cosas, repaso números atrasados (que ahora me inundan, tras el restablecimiento de Snop y sus remesas fuera de fecha).
Me ha ocurrido con la revista italiana Reset, que dirige Giancarlo Bosetti. Este periodista y filósofo, nacido en Milán en 1946, fue vicedirector del periódico l’Unità y fundó Reset en 1993. Creo que su último libro es Cattiva maestra. La rabbia di Oriana Fallaci e il suo contagio (Reset, 2005) Pues bien, el número que cerraba el pasado año llevaba por título L’ateismo di Freud, pero me he quedado con el anterior, un volumen doble rotulado Speciale Filosofia. Viaggio nel pensiero-ponte alla scoperta delle differenze. La presentación es atractiva y la nómina de colaboradores interesante:

“Possiamo chiamarlo, il viaggio filosofico che qui vi proponiamo, «pensiero-ponte», perché il ponte è un concetto chiaro ed elementare. La distruzionee poi la ricostruzione del ponte di Mostar (nome di città che peraltro vuol dire «antico ponte») hanno un valore simbolico che non sfugge neanche fino ai disegni dei bambini delle scuole materne. Il regista turco Fatih Akin ha dedicato al concetto il titolo del suo film, Crossing the Bridge, che parla della musica come «ponte» tra mondi diversi, tra Oriente e Occidente (idea cara anche a Daniel Barenboim e alla sua orchestra). Sia Istanbul che la Bosnia sono luoghi di confine tra mondi, di convivenze e di conflitti, nei secoli. Situazioni diffuse sul pianeta. Di ponti e pensieriponte ha bisogno il Medio Oriente.
Non è un caso che vengano da qui alcune delle formule più penetranti per definire quello che serve, e che manca. Amin Malouf, libanese, storico delle Crociate «dall’altra parte», chiama questa merce preziosa «pensiero di cresta»: la capacità di mantenersi in cima all’onda senza scivolare nell’incavo, da una parte o dall’altra, e così di difendere una visione più ampia senza lasciarsi risucchiare dalla faziosità. Amos Oz il pensiero-ponte lo vede come saper «convivere con l’ambiguità» accettando il rischio di passare per traditore da una parte e come nemico dall’altra.
Le sue tesi bellissime «contro il fanatismo» sono state poi oscurate da pagine meno amiche della virtuosa ambiguità durante l’ultima guerra in Libano (la lezione sulla storia del fanatismo di Alberto Toscano è piena di tante altre sorprese), ma ci atteniamo al penultimo Oz. Charles Taylor usa un’altra parola: «umiltà», quella suprema e ofisticata virtù che consiste nel saper immaginare se stessi come qualcosa di diverso dal centro del mondo e prende a prestito ’idea di «provincializzare» l’Europa, noi, l’Occidente, da un indiano che insegna a Chicago, Dipesh Chakrabarty. Con il grande filosofo canadese, che apre questo numero di Reset si affaccia il tema che è filosofico ma anche pratico (e quanto!) di perseguire una visione dell’essere umano che superi «le lealtà nei confronti della propria tribù». L’aspetto più concreto della faccenda consiste nel fatto che non abbiamo altra scelta che individuare in ogni civiltà le persone che sono capaci di dialogare con gli altri. La politica – e con essa la democrazia – finisce spesso per spingere verso la direzione opposta: patriottismi di tribù. Ma nessuna attività è più meritoria di quella che riesce a mettere all’angolo gli estremismi in tutti i campi, in tutte le province.
«Noi abbiamo i nostri “selvaggi” e loro hanno i loro». Fornet-Betancourt chiama questa pratica filosofica interculturale «attraversare contesti» ed è un viaggio che ci porta verso la «profondità del mondo», prepara situazioni di ospitalità e di accoglienza, aiuta a immaginare soluzioni dei conflitti, a superare risentimenti che sembrano invincibili. Che a nessuno venga in mente di dirci che si tratta di pensieri da «anime belle» perché ci arrabbiamo. Chi crede che la politica non si alimenti di visioni capaci di gettare ponti, verso gli altri, verso la fine di conflitti etnici, razziali, sociali, e verso il futuro dia un’occhiata alle vicende del XX secolo, alla biografia di Mandela, di de Klerk, di Martin Luther King, alla storia del socialismo, del laburismo, dei sindacati, del popolarismo cristiano e altro ancora.
Chi crede che si tratti di sogni a occhi aperti dia un’occhiata alle pagine più importanti della storia del pensiero e veda se non hanno a che fare con questi «ponti»: da Abelardo a Cusano a Raimondo Lullo, da Montaigne a Lessing, la capacità di «provincializzarsi» e di immaginare il mondo oltre la lealtà per «la propria tribù» ne ha fatta di strada grazie a loro (Marx se la cava meno bene, il suo internazionalismo è poco pluralista). Se l’Europa ha fatto un addestramento migliore lo deve a una storia che l’ha forzata a gettare più ponti. E a ben vedere la storia del pensiero, letta attraverso i «ponti », altro non è che la storia del pluralismo, nucleo incandescente del pensiero liberale, che si è nutrito non solo di universalismo e cosmopolitismo, ma anche di quella ambigua passione per la diversità che attraversa illuminismo e romanticismo da Vico a Herder, da Montaigne a Isaiah Berlin. Può un’idea di libertà, una pratica, una politica di libertà fare a meno del loro pensiero? Abbiamo chiesto ai nostri amici e collaboratori di farci strada in questo viaggio e la loro risposta è stata generosa, come vedrete in queste pagine. Ma è soltanto l’inizio”.
Me voy a detener en el texto de Alberto Toscano (pero eso será otro día, con perdón).
Historia and General22 Ene 2007 10:57 am
Felipe Fernández-Armesto: Delincuente accidental
Hay una noticia que ha corrido como la pólvora en los ambientes académicos, entre los historiadores más bien. Incluso ha tenido cobertura en los medios informativos, en los ingleses y en los americanos, incluida la mismísima CNN. No se trata de ningún hallazgo, ni de la aparición de un libro digno de figurar en los anales de la profesión. Es algo que linda con el cotilleo y la estupefacción. Un infortunio que ha tenido como paciente a uno de los historiadores más conocidos y celebrados: Felipe Fernandez-Armesto, profesor de “global environmental history” en el Queen Mary, de la University of London, y destacado miembro de la Oxford University. A ello se añaden sus diversas estancias en otros centros, muchos de ellos americanos, y su larguísima producción textual, excesiva en algunos casos (su Barcelona, mil años de historia contiene algún que otro desliz inexplicable).
Este lamentable suceso ocurre a principios de enero, entre los días 4 y 7. El escenario es el Annual Meeting (el que hace 121) de la American Historical Association, que en esta ocasión se celebra en Atlanta, una ciudad habitual en este tipo de reuniones. Todo está dispuesto en el Hilton, en el Marriott Marquis, en el Hyatt Regency y en el Westin Peachtree Plaza para recibir a los invitados y dar comienzo a las sesiones. El título escogido es Unstable Subjects: Practicing History in Unsettled Times y, como verán, viene como anillo al dedo.
Pues bien, el jueves 4 de enero, el señor Fernández-Armesto sale de su hotel y se encamina hacia donde ha de registrarse para participar en el congreso. Pero el azar le tiene reservada una desagradable sorpresa.

No voy a relatar lo sucedido. Me he tomado la molestia (por ser ustedes) de traducir el artículo que el referido historiador publicó en The Independent el 13 de enero de 2007 relatando su caso. Y no me sean quisquillosos. Lo digo por si entre las prisas y mi lamentable manejo de los idiomas foráneos he cometido algún error de bulto.
He aquí el titular desglosado: “Arrested, beaten and jailed by police in Atlanta for crossing a road in an illegal manner, the British historian and writer reflects on his shocking ordeal - and what it reveals about the US”
“Nadie conoce realmente una nación,” dijo Nelson Mandela, “hasta que uno ha sido estado dentro de sus cárceles.” Les diré que he vivido en los EE. UU durante más de un año y que durante ese tiempo no conseguí entender aquel país. Pero la semana pasada adquirí brevemente la autoridad que da ser un convicto. Puedo compartir ahora esa perspicacia que uno sólo puede conseguir cuando es agredido por la policía y encarcelado durante horas en compañía de algunos de los individuos más desfavorecidos y depravados de la clase baja americana (“some of the most deprived and depraved dregs of the American underclass”).

Para alguien como yo -un profesor apacible, de mediana edad, con propensiones de estudioso, hábitos intachables y físico frágil- fue espantoso, traumático y profundamente educativo. Todo comenzó durante mi primera mañana en Atlanta, Georgia, donde asistía a la conferencia anual de la American Historical Association. Sin darme cuenta, crucé una calle por un lugar que más tarde comprendí que era un paso no permitido. Había visto a muchos peatones que hacían lo mismo y no había tráfico a la vista, sin peligro para mí ni para nadie.Por lo visto, sin embargo, como me dijeron más tarde, “cruzar la calle imprudentemente” es delito en el Estado de Georgia. Pero yo no tenía ni la más remota idea de que había hecho algo malo.
Un hombre joven vestido con una especie de chaqueta de aviador (“bomber jacket“) me abordó, diciendo ser policía, pero sin pruebas visibles de tal condición. El malentendido fue mutuo, exigiéndonos uno a otro la identificación Confundí la actitud normal de un policía de Atlanta como una muestra de arrogancia, agresión y amenaza. Él, supongo, confundió el comportamiento normal de un intelectual europeo envejecido y pasado de moda como una actitud evasiva o provocadora.
Su comportamiento me aturdió y él perdió la paciencia, me dio una patada en las piernas, me golpeó en las gafas, me tiró a tierra y, con la ayuda de otros cuatro o cinco policías corpulentos que aparecieron de repente en escena, rasgaron mi abrigo, desparramaron mis libros en el suelo, me esposaron y me inmovilizaron dolorosamente sobre el asfalto.Fui lanzado como un fardo a un furgón asqueroso junto con otros presos de aspecto muy desagradable y pasé ocho horas degradantes en el espantoso ambiente del centro de detención de la cuidad, sin que me fuera ahorrada ninguna humillación: fotografías, huellas, fichero, chequeo, y la frustración de no entender nada: ni por qué estaba allí, ni como podría salir.
Si hubiera asistido a la conferencia que estaba programada, podría haber aprendido algo sobre la producción de pan de centeno o sobre el siglo XVII. En cambio, descubrí mucho sobre la América contemporánea.
Primero, aprendí que la policía de Atlanta es bárbara, brutal y descontrolada. La violencia que experimenté fue la peor de mi resguardada vida. Los atracadores que me atacaron en cierta ocasión cerca de mi casa de Oxford fueron bastante más atentos conmigo que la policia de Atlanta. Muchos de los historiadores asistentes a la reunión, con los que me encontré tras mi liberación, fueron testigos del incidente y me expresaron el horror que sintieron al verlo. Además, aún en el caso de que yo realmente fuera un criminal, no habría sido necesario tratarme con tal ferocidad, cuando es evidente que soy pequeño y débil. Pero las calles de Atlanta están entre las peores del mundo y su vigilancia debe embrutecer.

Una vez en la cárcel descubrí el otro lado, el mejor de Atlanta. El centro de detención es extraño - una especie de pandemónium ordenado, un manicomio donde la locura es normal, de modo que nada lo parece. Sin ventanas, asqueroso y fétido, pero extrañamente seguro, aislado y poco mundano: como el barril de Diógenes, un lugar oscuro que invita a pensar - no hay nada más que hacer entre interrogatorios, reconocimientos y charlas del sargento responsable sobre la necesidad del buen comportamiento. Algunos sujetos de los bajos fondos me ofrecieron su amistad, como hizo también el personal del centro de detención.
En la cárcel, no vi nada de la violencia que se dice típica de las calles. Al contrario, el personal trata a todos -incluso a los más difíciles, desesperados, borrachos o drogados del submundo de Atlanta- con una cortesía impresionante y con profesionalidad. Comencé a sospechar que algunos vagabundos con los que compartía espacio habían buscado deliberadamente el modo de ser detenidos a fin de escapar de las calles, cobijándose en este mundo pacífico -cambiando la jurisdicción arbitraria y peligrosa de la policía por la supervisión humana y servicial del centro.
Creo que Nelson Mandela tenía razón cuando dijo que la cárcel es el mejor lugar para hacer juicios porque “una nación debería ser juzgada no por cómo trata a sus más probos ciudadanos, sino a los más bajos”. Si Atlanta es representativa, América sale muy bien parada en esa medida.

Pero lo mejor de América lo encontré cuando comparecí ante el tribunal. Todos, incluidos el propio juez y el maravilloso vicepresidente de la American Historical Association, que me acompañó para darme ánimos, me aconsejaron sobre la mejor manera de ser representado. Un abogado que había consultado apresuradamente esa misma mañana me había sugerido que demandara a la ciudad. Pero yo no tenía estómago para una estrategia tan hostil y complicada. En cambio, lo que hice fue fijarme en el juez Jackson mientras trabajaba. Tenía 117 casos que atender ese día. Los manejó con indefectible compasión, sentido común y buen humor.
Advertí que el cargo que leyó el juez -”desobediencia y obstrucción a la policía”- no coincidía con el ilegible garabato que el oficial había escrito en mi citación: entonces deduje que, en caso necesario, me las podría componer solo. Mientras tanto, simplemente apelé a la sabiduría y la piedad del juez.Sólo le llevó unos minutos concluir que yo era la víctima, no el culpable. Los acusadores retiraron los cargos. El juez proclamó entonces mi libertad con amable entusiasmo y sólo me retuvo unos instantes para charlar sobre sus recuerdos de Old Bailey.
La primera lección es obvia. Las autoridades de la ciudad de Atlanta tienen que reeducar a su policía. Puedo entender por qué algunos oficiales se comporten irracionalmente y no como sería de esperar. En buena medida, el ambiente del centro de la cuidad es horrible - inofensivo al ojo sólo cuando está cubierto por la habitual y predominante niebla. Las aceras están atestadas de mendigos que pueden resultar repugnantes por la noche. El índice de delitos es espantoso.El resultado es que los policías son descarados, nerviosos y carecen de comedimiento, paciencia o tolerancia. Dicen los testigos que hasta 10 oficiales participaron en mi detención. Esto prueba no sólo el celo excesivo, sino hasta qué punto sus prioridades van desencaminadas.
En una ciudad celebre por las violaciones, los asesinatos y el caos, la policía debería tener mejores cosas que hacer que perseguir a peatones imprudentes o acosar a un extranjero débil. Además, Atlanta depende del ingreso que generan las convenciones. La forma en que está diseñado el centro de congresos es muy práctica. Es mucho lo bueno y el precio del alojamiento es razonable. Pero si Atlanta sigue acumulando tal reputación por el frenesí de policía y su hostilidad con los invitados, la economía se derrumbará.
Al menos, es necesario que se haga ver a la policía que ha de tratar con paciencia a los forasteros -sobre todo a los extranjeros-, que puede que no entiendan las particularidades de la ley y la costumbre locales. Pero, aún a riesgo de proyectar mi propia y limitada experiencia en una gran pantalla con el efecto de enturbiarla, veo cuestiones más grandes en juego: cuestiones para América; cuestiones para el mundo.
Advertí que en Atlanta la civilización de la cárcel y de los tribunales contrasta con el salvajismo de la policía y de las calles. Este es un contraste americano típico. El brazo ejecutivo del gobierno tiende a ser mudo, insensible, violento y peligroso. La judicatura es la garantía vital para la paz y la libertad del ciudadano.
Devine una especie de ejemplo en miniatura de un clásico dilema americano: “el equilibrio de la constitución”, como lo denominan los americanos, entre poder ejecutivo y judicial. Durante largo tiempo he entendido, cuando cualquier persona razonable debe entender, que los tribunales son la única protección del ciudadano contra un ejecutivo bribón y unas fuerzas de seguridad racionalmente descontroladas. Aunque mi propia desventura fuera trivial y -en perspectiva- ridícula, esto es lo que parece que le está ocurriendo al mundo en la era de George W Bush. El planeta es patrullado por una fuerza violenta, arbitraria, estúpida y peligrosa. Dentro de los EE.UU, los tribunales luchan por mantener los derechos individuales ante el acoso “de la guerra contra el terror”, defendiendo a las víctimas de Guantánamo y esforzándose por contener los excesos del sistema.
Si queremos proteger al mundo, necesitamos instituciones globales de justicia y jueces con el nivel de humanidad y sabiduría que posee el Juez Jackson, Me siento feliz y privilegiado por ser capaz de vivir y trabajar en los Estados Unidos. En general, en mi trabajo de historiador, he sostenido consecuentemente que América ha tenido una influencia benigna en el mundo. El crecimiento del antiamericanismo me llena de la desesperación, sobre todo cuando veo a americanos normales, decentes y generosos ser culpabilizados en el extranjero por las locuras del gobierno americano y la crudeza de la imagen americana.Espero que si algo bueno se extrae de mi horrorosa desgracia, incluya más seguridad en el futuro frente a la mala conducta de la policía con los invitados en Atlanta y más conciencia en el mundo de algunas virtudes -así como algunos vicios- de la vida estadounidense.
That’s all folks!

Comunicado de la AHA
General19 Ene 2007 09:26 am
Llorar a las víctimas, conocer a los verdugos
Más importante que llorar a las víctimas es conocer a los verdugos
Estimados señores: me he impuesto algo de moderación y mucha seriedad. De ahí el título, que he tomado prestado de otro sitio que quisiera recordar.
Estos días precedentes hemos visto de nuevo la tragedia africana, esta vez y de nuevo en el llamado cuerno de África (Etiopía, Somalia, Eritrea, Ogaden, etcétera). No deseo incidir en este asunto, porque se ha publicado mucho en las semanas pasadas. Quiero retomar, en cambio, tres noticias judiciales que me han hecho recordar turbulencias pasadas. Habían quedado relegadas en la retaguardia mental, pero con el empacho navideño las he regurgitado casi de forma inconsciente. Nos hablan del mundo de los reversos, de ese gran trastero infame de la historia.
Una citaba a los bosquimanos y a su victoria legal en Bostwana. Éste es, como saben, un pequeño país africano famoso por sus diamantes y por sus maravillosas reservas (de caza). Una de estas últimas, la del del Kalahari Central, había sido catalogada por las autoridades como zona de protección ecológica y, como consecuencia, los bosquimanos (los san) habían sido expulsados, con la prohibición de habitar a menos de un kilómetro de la zona protegida. En realidad, muchos vieron en ello una fórmula legal para despejar el terreno y proceder a la exploración del preciado diamante. Pues bien, han ganado. Los tribunales les han permitido volver a sus tierras y sobrevivir unos años más, hasta que la presión de la miseria les haga desaparecer. En todo caso, una decisión judicial que es un ejemplo democrático para los países vecinos.
Otra noticia recogía la condena a un sacerdote católico por su contribución al genocidio rwandés. Atanasio Seromba se llama y es el primer párroco condenado por aquellos abominables hechos, aunque otros religiosos lo han sido antes. Poco se puede decir ya sobre aquella sangrienta temporada de machetes que acaeció en los noventa y que todos conocen.
Finalmente, Mengistu, un nombre que recordaran quienes acumulen ya cierta edad. Se trata de Mengistu Haile Mariam, el «Negus rojo», quien derrocara al emperador etíope Haile Selasie en 1974 implantando un pavoroso régimen que duraría hasta 1991. En aquel año fue derrotado por los insurgentes que encabezaba el actual primer ministro, Meles Zenawi. Tres años después comenzaba el juicio contra él que ahora ha concluido con su condena. Sin embargo, la aplicación parece imposible. Desde 1991 vive exiliado en Zimbabwe, país que ha rechazado la petición de extradición. Hay que recordar que, siendo presidente, Mengistu prestó su ayuda a Zimbabwe en la lucha por la independencia. De ahí que Robert Mugabe le considere un huésped amigo. Además, el presidente de Zimbabwe ha declarado que Mengistu sólo se arriesgaría a ser deportado en caso de realizar comentarios políticos, algo que parece imposible.

En fin, eso es todo. Hoy no recomendaré ninguna lectura ignota. No quiero que hayan de buscar en tierras lejanas para informarse de estos dramas. Creo en que convendrán conmigo que Ébano, de Ryszard Kapuscinscki, es aún el libro imprescindible, por el que no pasan los años. Y lo son también los textos de la periodista británica Michaela Wrong, acreditada corresponsal de la agencia Reuters, de la BBC y del Financial Times. Yo tengo buen recuerdo de la lectura de su Tras los pasos del señor Kurtz, sobre el conflicto congoleño y espero el que en este momento está preparando para Harpercollins sobre Kenya y que se titulará Our Turn to Eat. De momento, acaba de traducirse No lo hice por ti, ambos publicados por Intermon/Oxfam. Este último está centrado en Eritrea, el país que acaso mejor ilustre la humillante historia africana, pero también analiza la caída de Selasie, la llegada de Mengistu y su privilegiada relación con los soviéticos:
“Mengistu hizo su primer viaje a Moscú en mayo de 1977 y regresó en un estado próximo a la euforia. Sin inmutarse por su papel de abastecedor militar de Somalia, un compromiso contraído desde hacía mucho tiempo, los soviéticos habían ofrecido a Mengistu el armamento que le permitiría hacer una guerra absoluta contra los enemigos de Etiopía, es decir, Somalia y los rebeldes eritreos”. “Al igual que las insaciables demandas de Haile Selassie acabaron por envenenar sus relaciones con Washington, Mengistu desarrolló rápidamente una sed militar tan inmensa que ni la superpotencia más extravagante hubiera podido saciarla». Al parecer, el amigo Mengistu dilapidó en material militar una cifra cercana a los 9.000 millones de dólares, lo cual viene a significar más de cinco mil por etíope, en un país en el que una persona se sentiría feliz de poseer un dólar diario.
Epílogo. Hay brebajes tan amargos que ningún azucarillo sería capaz de edulcorar. Ni siquiera honrar la memoria de un recién fallecido, Ahmet Ertegun. De origen turco e hijo del embajador de aquella República en Washington, le cabe la gloria de haber sido fundador y presidente de Atlantic Records, un sello discográfico que dio mucha guerra desde 1947. Se ha señalado estos días el empuje que ofreció a las carreras de Ray Charles, Aretha Franklin, Otis Redding, Led Zeppelin, Crosby-Stills-Nash & Young e incluso AC/DC, entre muchos otros. Pero en lo que a mi respecta, su mejor contribución fue el catálogo de jazz que creó con su hermano Nesuhi y que incluía artistas tan espectaculares como Charles Mingus, Ornette Coleman y, sobre todo, John Coltrane. No se lo que opinarán, pero diría que Giant Steps (1959) es la primera obra maestra de Coltrane, al menos hasta A Love Supreme (1964), grabado ya para Impulse. En aquel album, registrado en el 59 y editado en 1960, Coltrane estaba acompañado del pianista Tommy Flanagan, compañero habitual de Ella Fitzgerald en los sesenta, del extraordinario Paul Chambers al bajo, fallecido por desgracia muy joven (1969), y del percusionista Art Taylor, casi más conocido en Europa, donde de instaló a principios de los sesenta, que en su propia tierra. En su memoria, dejaré que la aguja surque “Mr. P.C.” y así recordaremos también a Chambers.

Género and Canadá17 Ene 2007 12:17 pm
La nueva masculinidad (?)
Retomemos el hilo. Estábamos adecentándonos y enumerando textos que han tenido éxito textual en ese digno propósito.

En primer lugar, tendríamos el Mr. Jones’ Rules for the Modern Man (Hodder & Stoughton, 2006), de Dylan Jones. Se trata del editor de la revista británica GQ (antes llamada Gentlemen’s Quarterly) y, por tanto, lo que hace es relatar sus largas experiencias, con un buen número de anécdotas y curiosidades sobre asuntos tales como el trabajo, el dinero, la comida, la moda, y, cómo no, el sexo. En fin, un volumen divertido (a lo británico) de un escribiente que ya triunfó con su iPod, Therefore I Am: A Personal Journey Through Music.

Pasamos luego, por ejemplo, a The Man’s Book (Weidenfeld and Nicolson, 2006 ), de Thomas Fink. Aquí hay algo que no cuadra, pero el desconcierto vende. Digamos que es un volumen british total, de modo que servirá para quienes deseen encontrar las mejores camiserías londinenses y también les hará servicio a quienes estén ansiosos por saber qué equipos compiten en el mundial de Cricket, si es que eso le interesa a alguien fuera de las islas y de las antiguas colonias. Pero, pero, pero. Hete aquí que el señor Fink no es lo que parece. ¿Qué dirían que es? Pues, no, eso no. Nada menos que un físico teórico que trabaja en el Institut Curie, un centro del muy francés CNRS. ¿Y que puede resultar de esa conjunction? En efecto, una formula matemática para hacer el lazo o el nudo de la corbata, un diagrama o un algoritmo para auscultar si uno tendrá un matrimonio feliz, etcétera. La cosa tiene su aquél.

Reparamos también en el primer volumen de The Affected Provincial’s Companion (Bloomsbury, 2006), de Lord Breaulove Swells Whimsy. Éste es todo un caballero, ya lo dice el nombre, y se trata, sin duda, del librito más sofisticado y elaborado de todos, expresión perfecta de lo que entre ciertos gentelmen se entiende por el obsequio adecuado. Ya lo dijo el New York Times en su día: “one of the more charming treatises to come along in years”. Claro que, a pesar de las apariciencias, Whimsy es un norteamericano, eso sí, de Nueva Inglaterra, con blog y todo. Por si faltará algo, su personalidad incluye ciertas dosis de polémica, en particular la mantenida con Christian Chensvold, un auténtico dandy. Éste se define como modernista, el otro como un nostálgico. ¿Y ustedes?

Muy, pero que muy distinto es The Dangerous Book for Boys (HarperCollins, 2006), de los hermanos Conn y Hal Iggulden. El amigo Conn no es desconocido, pues se han traducido varias de sus novelas históricas (El emperador). En esta ocasión se ha reunido con la familia para ofrecer un volumen que es lo que un colega denominaría superdivertido. Además, son también británicos, pero nada de Cricket, más bien un recorrido por cosas tales como qué hacer como la tinta invisible. Es decir, para jóvenes, o nostálgicos con ganas de revivir los placeres de la adolescencia. Y para los amantes de la curiosidad, porque hay un apartado dedicado a las grandes batallas de la historia. ¿Que cómo es eso? Averíguenlo ustedes, o intenten pillar la reseña aparecida en The Telegraph: “A book of old-fashioned, adventurous pastimes for lads and dads has become a surprise bestseller”.

Pero acabemos, que me estoy poniendo de los nervios con el repasito. El empalagoso postre será Essential Manners For Men: What To Do, When To Do It, and Why (Collins, 2003), de Peter Post. El libro tiene sus años y muchos más el autor, bisnieto de la gran dama de la etiqueta en tierras americanas, Emily Post. De hecho, Peter dirige el Emily Post Institute y ha escrito varios volúmenes sobre el particular, aunque ninguno con el éxito de este último, recién reeditado. Algo que a muchos tiene intrigados, pues la obra es un repertorio de obviedades del tipo de “Each of us is responsible for how others view us…The best way to deal with hygiene is to wash daily… Honesty is being truthful, not deceptive”. En fin, que hay gente para todo a la hora de decidir lecturas y gastar el dinero.
Acabada, pues, la inspección, me doy cuenta que he rebajado este blog a unos niveles infames y que ésta no es manera de empezar el año. Pero, bueno, será difícil caer más bajo. En cualquier caso, ha sido una añagaza del amigo Snop, porque me podría haber enviado otra cosa, porque en lugar del libro de Russell me podría haber remitido, por ejemplo, el de Heather Menzies: No Time: Stress and the Crisis of Modern Life (Vancouver: Douglas & McIntyre, 2005).

Dicen que éste es el mejor académico del pasado año en Canadá. De hecho, esta estudiosa ha ganado con ese volumen el prestigioso premio Ottawa Book , que examina el impacto de las nuevas tecnologías sobre nuestra vida, en particular cómo nos causan el tan generalizado estrés (yo, por ejemplo, no lo padezco, pero soy portador).
En fin, eso es todo. Si les interesa lo anterior y se pasan por Canadá, recuerden que el 24 de enero el amigo Russell da una charla en el Albany Club, en la Queen’s University de Toronto. Ahora bien, les confieso que si fuera yo el afortunado preferiría rendir tributo a la gran historiadora Natalie Zemon Davis, que también habita aquellas tierras del norte. Y si tuviera que elegir un libro sobre el hombre y la masculinidad, eliminaría los anteriores y me decantaría por La imagen del hombre: la creación de la moderna masculinidad (Talasa, 2001), del desaparecido historiador George L. Mosse. Pero sobre gustos y modas…
Género and Canadá14 Ene 2007 06:48 pm
Año nuevo, nueva masculinidad
Año Nuevo, vida nueva. Ésta es mi decisión. Agarré una depresión a finales del 2006 y tuve que recurrir a un psicoterapeuta. Hubiera acudido a mi párroco, algo mucho más barato y sin cita previa, pero en el último momento me percaté de que no tengo. Así que me las tuve que ver con un especialista en desórdenes. Le relaté mis cuitas, por supuesto, y el hombre se mostró escéptico. Además, añadí, no recuerdo mis sueños, si es que los tengo. Con eso estaba dicho todo y a él le dio un ataque de risa. Cuando se serenó, le recriminé su conducta y me mandó a paseo. Estas fueron las palabras de despedida del matasanos, un tal Gregorio Casa: “Ni lema es vive y deja vivir. Pero me he apuntado a un curso de costura y me han dado una almohada muy grande”. ¿Se lo pueden creer? ¡Será cretino el tío¡
Eso sí, se me ha pasado el desarreglo y voy a cambiar de vida. Lo primero será el estilo. Aprovechando las rebajas me voy a poner hecho un pincel. Y cuento con una inestimable ayuda. Snop se ha repuesto y la semana pasada me regaló un libro precioso (yo creo que es una indirecta). Dice que ha sido uno de los libros del año en Canadá. Y no me extraña, porque su autor es una firma reconocida: Russell Smith. Autor de varias obras de ficción, es sobre todo un reconocido periodista y un crítico cultural. Quienes hayan estado en Toronto, por ejemplo, y hayan adquirido un ejemplar de The Globe and Mail le recordarán por su columna semanal “Virtual Culture”. Yo no me lo pierdo, si lo puedo evitar, para estar al tanto de la moda, la vida social y la nightlife, que es como denomina a la movida. Ahora bien, en lo que es un experto es en men’s clothing and appearance. Y si he de renovarme, qué mejor lectura que su reciente Men’s Style: The Thinking Man’s Guide to Dress (Toronto, McClelland & Stewart, 2005)
De todos modos, la cosa no es lo que parece. Russell Smith es especialista en literatura francesa, de modo que no sólo es un texto frívolo (que también). Es la obra de quien pasa por ser un filósofo del estilo, que ofrece abundantes hechos históricos y unas cuentas gotas de sociología. Y, por si fuera poco, odia a los metrosexuales, porque son poco varoniles. Ahora bien, la masculinidad y cierta preocupación por el estilo en el vestir van juntas. Porque, vamos a ver, si no está mal visto que te gusten los colores y, por ejemplo, las pinturas de Matisse y Vermeer, entonces ¿por qué va a ser superficial que te preocupes por la aparicencia? Es decir, “I crave Matisse as I crave a silk tie or a plummy Burgundy”, de modo que el aprecio por la buena música, la pintura exquisita, las viandas de calidad y los mejores ropajes entran en el mismo saco. Defendamos, pues, lo artificial, no en vano arte y artificio tienen una raíz común y decimos así que el arte es artificial: “I would no more return to the natural than I would give up Shostakovich and Brahms and the Louvre”.
Bueno, esto es el resumen digerido, pero el librito empieza así, con una cita del humorista inglés P.G. Wodehouse: “There are moments, Jeeves, when one asks oneself, ‘Do trousers matter?’ ” “The mood will pass, sir” (hasta aquí la cita).
Dicho lo cual, he aquí la consecuencia: “This is the most fundamental question of all, and it had best be settled off the top. Who cares? If I confess — even to myself — an interest in the superficial, am I not admitting to superficiality generally? Am I not admitting my failure to qualify as a practical man, the wholesome but unassuming man that this continent most values?”
A todo eso, el señor Smith, con esa pose tan sesuda, no está sólo en su batalla por adecentar a sus congéneres masculinos. En el último año han aparecido diversos y muy variopintos volúmenes sobre el particular, cosa que aquél ha señalado habitualmente en su columna periodística. Recuerdo una del sábado 16 de diciembre en la que citaba algunos ejemplos. Veamos.
Bueno, ver lo que se dice ver (o leer) lo veremos otro día, pues ya saben que tengo poco que contar y muchas entradas que cubrir.
Reino Unido and Ideas10 Ene 2007 12:16 pm
Hanna Arendt
No sé si el título es el apropiado, pues no acierto a pensar qué podría añadir a lo ya escriro y hablado en los últimos meses. Así que me limitaré a mencionarles las novedades de la London Review of Books.

No resumiré los contenidos, pues ustedes mismos pueden ojearlos con un simple click:
Contents
Articles online from Vol. 29, No, 1
Cover date 4 january 2007
Uno de esos artículos lleva por título Dragon-Slayers y está escrito por Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el Graduate Center of the City University of New York. Además, es autor de Fear: The History of a Political Idea (galardonado con el Best First Book in Political Theory Award de la American Political Science Association). El texto puede resultar polémico, pues sostiene que “if Arendt matters today, it is because of her writings on imperialism, Zionism and careerism”, sin olvidar su concepto de banalización del mal y su crítica de toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana.
En cualquier caso, Corey Robin repasa tres volúmenes recientes sobre la pensadora alemana:
“Last year marked the centenary of Hannah Arendt’s birth. From Slovenia to Waco, conferences, readings and exhibitions were convened in her honour. This month, Schocken Books is issuing a new collection of her writings, its fifth publication of her work in four years. Penguin has reissued On Revolution, Eichmann in Jerusalem and Between Past and Future. And Yale has inaugurated a new series, ‘Why X Matters’, with Elisabeth Young-Bruehl’s Why Arendt Matters”
Cabe destacar, pues, sobre todo Why Arendt Matters (Yale, 2006), de Elisabeth Young-Bruehl. Recordemos que ésta fue alumna de doctorado de Arendt en los años 70 y que escribió su biografía en 1982, recién reeditada entre nosotros. En esta ocasión, revisa sus obras más importantes y analiza las ideas fundamentales. Young-Bruehl considera que su análisis del totalitarismo nazi y estalinista aún tiene cosas que enseñar en nuestra época, así como su comprensión revolucionariua de la acción política, que podemos conectar con la idea de perdón y con las promesas futuras. Asimismo, reflexiona sobre The Life of the Mind (La vida del espíritu), su meditación inacabada sobre cómo pensar acerca del pensamiento. En fin, una presentación para lectores del siglo XXI.
Como quiera que este último año se han editado entre nosotros diversas obras sobre esta autora, les recomiendo que no pierdan la ocasión y que lean, pero sobre todo que la lean.
De momento, vean cómo termina Corey Robin su análisis:
“Many people believe that great crimes come from terrible ideas: Marxism, racism and Islamic fundamentalism gave us the Gulag, Auschwitz and 9/11. It was the singular achievement of Eichmann in Jerusalem, however, to remind us that the worst atrocities often arise from the simplest of vices. And few vices, in Arendt’s mind, were more vicious than careerism. ‘The East is a career,’ Disraeli wrote. And so was the Holocaust, according to Arendt. ‘What for Eichmann was a job, with its daily routine, its ups and downs, was for the Jews quite literally the end of the world.’ Genocide, she insisted, is work. If it is to be done, people must be hired and paid; if it is to be done well, they must be supervised and promoted.
Eichmann was a careerist of the first order. He had ‘no motives at all’, Arendt insisted, ‘except for an extraordinary diligence in looking out for his personal advancement’. He joined the Nazis because he saw in them an opportunity to ‘start from scratch and still make a career’, and ‘what he fervently believed in up to the end was success.’ Late in the war, as Nazi leaders brooded in Berlin over their impending fate and that of Germany, Eichmann was fretting over superiors’ refusing to invite him to lunch. Years later, he had no memory of the Wannsee Conference, but clearly remembered bowling with senior officials in Slovakia.
This aspect of Arendt’s treatment of Eichmann is often overlooked in favour of her account of the bureaucrat, the thoughtless follower of rules who could cite the letter of Kant’s categorical imperative without apprehending its spirit. The bureaucrat is a passive instrument, the careerist an architect of his own advance. The first loses himself in paper, the second hoists himself up a ladder. The first was how Eichmann saw himself; the second is how Arendt insisted he be seen.
Most modern theorists, from Montesquieu to the American Framers to Hayek, have considered ambition and careerism to be checks against, rather than conduits of, oppression and tyranny. Arendt’s account of totalitarianism, too, makes it difficult to see how a careerist could survive or prosper among Nazis and Stalinists. Totalitarianism, she argued, appeals to people who no longer care about their lives, much less their careers, and destroys individuals who do. It preys on the dissolution of class structures and established hierarchies – or dissolves those that remain – and replaces them with a shapeless mass movement and a bureaucracy that resembles an onion more than a pyramid.
The main reason for the contemporary evasion of Arendt’s critique of careerism, however, is that addressing it would force a confrontation with the dominant ethos of our time. In an era when capitalism is assumed to be not only efficient but also a source of freedom, the careerist seems like the agent of an easy-going tolerance and pluralism. Unlike the ideologue, whose great sin is to think too much and want too much from politics, the careerist is a genial caretaker of himself. He prefers the marketplace to the corridors of state power. He is realistic and pragmatic, not utopian or fanatic. That careerism may be as lethal as idealism, that ambition is an adjunct of barbarism, that some of the worst crimes are the result of ordinary vices rather than extraordinary ideas: these are the implications of Eichmann in Jerusalem that neo-cons and neoliberals alike find too troubling to acknowledge”.
México and General08 Ene 2007 09:33 am
Gary Paul Nabhan vs Keith Jenkins, combate de fondo
Servicio de Llamadas
Buenos días a todos y feliz regreso. Deseo confesarles que sólo he conseguido un visitante atento, algo que expongo a las claras por si aparece alguno extraviado. Como contrapartida a tal soledad, ese lector se ha convertido en amigo y mantenemos desde hace semanas una correspondencia íntima que aquí ya no puede reproducirse. Sin embargo, por azar o descuido, he perdido sus señas y no puedo comunicarme con él. Me preocupa, pues tampoco recibo noticias suyas desde hace unos días. Así que, dada la calma que reina en ese blog, aprovecharé el púlpito para dirigirme a mi compañero del alma:
“Querido Snop : Desde que nos vimos el pasado mes de noviembre estoy inquieto y la misiva que me hicieste llegar tres jornadas después aumentó aún más la intranquilidad. Ya te comenté mis dudas sobre las virtudes del altramuz como remedio para rebajar la presión arterial, pero si insistes en que lo asegura tu médico, entonces lo daré por cierto. Sabes que sólo pretendo cumplir tus deseos y por eso te remetí una partida, por eso y porque aseguras que esa legumbre no se encuentra por tu tierra. Lo que no entiendo es por qué señalabas que los habías encontrado duros y que te habían sentado mal. ¿Cómo es posible que te hayan destrozado la dentadura postiza? Te recuerdo lo que le dije a tu prima. Los altramuces han de ponerse en remojo unas cuantas horas para que absorban el agua y se hinchen. Una vez realizado lo anterior, has de hervirlos para eliminar los alcaloides tóxicos que contienen. Y, finalmente, hay que cambiarles el agua varias veces al día hasta que ese líquido no esté amargo. Mucho me temo, pues, que te los has comido secos y duros, tal como te los envié, y si es así no me extrañaría que te hubieras intoxicado o algo peor. Por favor, escríbeme”.
Diálogo
Olviden lo anterior, se lo ruego, y no me lo tengan en cuenta. Si me preocupo tanto es porque también ustedes se merecen mi atención y él contribuye a que así sea. De hecho, lo tengo subarrendado para completar mis crónicas en momentos de apuro. Cuando interrumpimos el contacto me estaba relatando los libros aparecidos en México, en donde había estado unas semanas antes. Estábamos, además, en proceso de negociación, dado que yo había puesto el ojo en una traducción del historiador Keith Jenkins y él se decantaba por el volumen del etnobotánico y ecologista Gary Paul Nabhan, ambos presentados no hace mucho por la editorial FCE. Y en ese punto nos quedamos, de modo que me ha dejado huérfano.
En cualquier caso, al menos puede relatarles los pormenores de la discusión que iniciamos.
Le dije a Snop: Yo no pondo en duda las virtudes de los libros de Nabhan ni tampoco su reconocida trayectoria, pero no comparto el entusiamo que muestras por este autor.
Vamos a ver –repuso él: los méritos de este científico son innumerables. No te recordaré la cantidad de premios con los que ha sido honrado, desde el John Burroughs, por su primer libro (Gathering in the Desert), hasta el Emil Haury Award, que honra la memoria del célebre arqueólogo fallecido en 1992. Lo mismo se puede decir de su actividad profesional: cofundador del Native Seeds/SEARCH y primer director del Center for Sustainable Environments en la Northern Arizona University, entre otras cosas. Además, tengo otra razón de peso, que no es otra que el inexplicable hecho de que hasta ahora nadie lo haya vertido al castellano.
Hombre –le contesté–, ya te he dicho que no voy a discutir sus méritos, pero creo que exageras. Veo, por ejemplo, que no has citado su último galardón, el Copper Quill, que concede la Biblioteca Pública de la insigne ciudad Flagstaff, en el condado de Coconino, que da la casualidad de que está en Arizona.

Déjate de ironías –me escupió Snop–. Pero si no te has leído nada! A mi me vas a decir. Como soy un enamorado de México, te confesaré que me hechizó con uno de sus libros anteriores, con ese !Tequila! A Natural and Cultural History que escribió junto con su colega Ana Guadalupe Valenzuela-Zapata, que trabaja en el Laboratorio de Etnobotánica de la Universidad de Guadalajara. Y ese mismo año, el 2004, publicó también el que ahora se traduce: ¿Por qué a algunos les gusta el picante? Alimentos, genes y diversidad cultural. Y si no quieres hacerme caso, al menos escucha lo que dicen los editores de FCE:
”Este elocuente y fascinante libro anuncia el amanecer de la gastronomía evolucionista, que salvará y enriquecerá a millones de seres humanos. Partiendo de Arizona a Java y Bali, de allí a Creta y Cerdeña, y de aquí a Hawai y México, Gary Paul Nabhan, laureado historiador de la natruraleza, nos lleva de la mano a una odisea culinaria, genética y cultural que cambiará nuestro entendimiento de la salud humana y la diversidad cultural. Obesidad, intolerancia a la lactosa, diabetes, alcoholismo, todo un cúmulo de enfermedades tienen, según la ciencia médica, origen genético, pero en realidad es la interacción de factores genéticos, alimentarios y culturales la que las causa. Esta interacción es expuesta por el autor en un lenguaje llano, pese a su profundidad científica, haciendo hincapié en la alimentación: cómo el abandono de nuestras dietas tradicionales por alimentos y bebidas foráneos nos hace propensos a la enfermedad. Para comprender cuán profundamente afecta a la humanidad la interacción gen-alimento-cultura emprendamos el viaje con el autor para escuchar las historias de personas que sufren a causa de tal interacción o son protegidas por ella. Y celebramos también la vuelta al hogar: esos momentos en que podemos sentir que nuestros genes y tradiciones culturales, así como los alimentos que comemos están en perfecta armonía unos con otros, donde la salud de nuestros cuerpos, comunidades y hábitats es una sola cosa”.

Dejémoslo estar–concluí. Ahora no puedo seguir, así que lo hablaremos en otro momento.
Historia y posmodernidad
Y ahí se quedó la cosa, sin que pudiera yo exponerle mis argumentos, no tanto en contra de Nabhan cuanto a favor de Jenkins. Por eso poco puedo agregar, porque no me ha traído el libro, ese ¿Por qué la historia? Ética y posmodernidad que se acaba de publicar en FCE.

Les diré que este académico me interesa. No es que comparta todas sus ideas, pero me gusta leer esa revista llamada Rethinking History que dirige Alun Munslow y de la que Jenkins forma parte desde el principio (ambos son o han sido también colegas de la University of Chichester). Además, me atrae el prospecto, por el revoltijo y por aquello de airearse de vez en cuando: “La era posmoderna rompe la linealidad de la concepción del tiempo histórico y abre varias posibilidades de interpretación a partir de la creación de nuevos imaginarios. Keith Jenkins analiza los textos de los pensadores más representativos: Jacques Derrida, Jean Baudrillard, Jean-François Lyotard, Richard Evans, Hayden White, Frank Ankersmit, Elizabeth Deeds Ermarth y David Harlan, y muestra la existencia de nuevas formas de “vivir en el tiempo pero fuera de la historia, vivir en la moral pero fuera de la ética”. Es decir, ¿Por qué la historia?‘ de Keith Jenkins nos permite conocer las corrientes historiográficas de vanguardia y la controversia que alrededor de ellas se ha tejido. El texto nos ubica en el debate contemporáneo acerca de la teoría de la historia, la historiografía y la teoría literaria vistas desde la posmodernidad.
En principio, sólo tengo un leve reparo. Jenkins, como Nabhan, no había sido traducido hasta ahora (que yo sepa, al menos). Entonces, ¿por qué han escogido este volumen?, que fue publicado en 1999. En realidad, su última obra, editada en 2004 en colaboración con Munslow, se titula The Nature of History Reader y recopila textos breves de destacados historiadores sobre la disciplina. Esos párrafos se agrupan en cuatro apartados (reconstructivismo, constructivismo, deconstructivismo y endismos; así, como suena pero en inglés) que se accompañan de los comentarios y críticas de los editores, cosa que resulta bastante interesante y graciosa.
Juzguen, pues, ustedes mismo. Les propongo dos lecturas:
Las reseñas de Nabhan, publicadas en Nature (volumen 431, número 7011, de 2004) y en Science Communication (número 27 de 2006). Por desgracia, Snop no me las ha facilitado.
La entrevista de Paul Newall a Jenkins en 2004 para la virtual Galilean Library. Allí podrán leer sobre sus proyectos (The Feminist History Reader y Manifestos for History) aún inconclusos.
De regalo, una pequéña incursión polémica entre Alun Munslow y Patrick K. O’Brien a propósito de esa inclinación posmoderna del primero y de Jenkins. De todos modos, y por si a algun@ se le hace larga la cosa, les traduciré las últimas y significativas palabras del ataque de O’Brien, profesor emérito en la UNiversity of London:
“En el campo de la historia, los aplausos a la metáfora, a la retórica y a la moda son transitorios, porque las disciplinas existen para separar la paja del grano. Por supuesto, todo lo dicho puede que no sea más que el punto de vista privativo de un historiador mayor, blanco y varón, que ha sido lo bastante afortunado como para ocupar un cómodo sillón en la jerarquía de la disciplina académica. ¿Es así? ¡Espero que no!
¿Y qué dice Munslow? Pues empieza señalando algo así como que “La historia ya no es no que era” y termina con: “Mi historia es relativista y eso de ninguna manera me preocupa. Mi historia colapsa conocimiento y representación, representación y ser, y goza de la relación permeable entre la realidad pasada y el presente. Reconocer que somos criaturas textualizadas (vaya palabrita) no nos obliga sino a liberarnos. Me alegro de asumir que si bien nuestras interpretaciones poseen referencialidad en cambio no tienen acceso a la realidad, de modo que la historia puede que nunca sea lo que una vez fue”.
Ahí queda eso