Blanche y Marie: la fórmula química del deseo.  

Estimados amigos, finalizo hoy mi periplo australiano.  Push Nevada terminó (de manera harto enigmática) y ya no tenía motivos para quedarme entre canguros. Así que  estoy   regresando  al querido hogar (del periplo que me aguarda les hablaré en otro momento). Pero les prometí una noticia a propósito de la familia Curie y de cierto éxito literario. Vayamos a ello.

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Si no estoy en un error, en el verano de 2004 se publicó un libro titulado Boken om Blanche och Marie,   obra    del que  quizá sea el mejor escritor sueco del momento, Per Olov Enquist. Por si no lo conocen, les diré que es también ensayista, dramaturgo y guionista   (¿se acuerdan de Pelle el conquistador?)  y que ha venido cosechando éxitos sin interrupción.  Quizá les suenen  más Henning Mankell   o Marianne Fredriksson, pero Enquist  también ha publicado en España algunos libros. Entre ellos sobresale, sin duda, La visita del médico de cámara (Destino, 2002), un superventas internacional premiado en distintos lugares (mejor libro extranjero en Francia en 2001, por ejemplo) que, en clave de novela histórica, narra el enfrentamiento entre un médico ilustrado y la corte danesa en el Siglo de las Luces. Sin embargo, en esta ocasión la cosa no fue a mayores y su Blanche och Marie se quedó encerrado en los confines suecos y en los países cercanos, además de una edición alemana el pasado año. Pero eso hasta el otro día. Como si se hubieran puesto de acuerdo, por arte de birlibirloque, en las últimas semanas hemos asistido a una cascada de traducciones. Ha aparecido en francés, en italiano y en inglés, por citar las que conozco, y supongo que Destino u otro sello estarán prestos a verterla al castellano.

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El volumen cuenta una historia muy interesante, la de  Blanche Wittman, paciente del Hospital de la Salpêtrière, lugar donde oficiaba el celebérrimo profesor  Charcot, gran especialista en la histeria femenina al que conocerán todos ustedes y, en particular,  los seguidores de Freud (el word me propone freíd, imperativo del verbo freír, y me lo estoy pensando, quizá lo fría). Olvidemos al Sr. Puertas y miremos el conocido cuadro Une leçon clinique à la Salpêtrière (A. Brouillet, 1887):

charcot_blanche.jpg En efecto, Blanche es la que está caída, en brazos de Joseph-Francois-Félix Babinski, con una dejadez que deja traslucir su punto erótico, expuesta a las miradas de todos los que siguen la explicación del doctor Charcot. Es la Blanche que se presentaba como   la reina de las histéricas, a cuyas sesiones públicas de hipnosis asistían  Freud y Strindberg, el citado Babinski y Sarah Bernhard, así como toda la élite médica, intelectual y mundana del París de finales de siglo.    Es aquella Blanche que estampaba en su tarjeta lo de  “Blanche Wittman, primer paciente del Dr. Charcot”. Se dice que su especialidad y  su síntoma era la representación,    con  un primer estado de letargo, otro de catalepsia   y un final sonámbulo.  Una relación, pues, que parece  prefigurar   otras futuras, como la de Anna O. (Bertha Papenheim) con Freud y la de Aimée (Marguerite Pantaine) con Lacan. Tras la muerte de Charcot, Blanche abandonó la Salpêtrière, pero años después  se reincorporó trabajando   a partir de 1900 en la sección radiología. Blanche se convertirá así en  ayudante de Marie Curie y vivirá un trágico destino: sufrirá el “cáncer de los radiólogos” y será sometida a varias amputaciones.  

Mientras tanto, tenemos a Marie Curie, enfrascada en sus investigaciones, ganadora de un Premio Nobel con su marido Pierre. Las cosas les van bien, aunque la discriminación que sufren las mujeres le impide acceder a los cargos que él disfrutará bien pronto. Pero esa felicidad se rompe cuando Pierre es atropellado por un coche de caballos el 19 de abril de 1906. A partir de este momento, Marie toma el relevo, en las clases y en las investigaciones. Y en 1911  se desata el escándalo,  cuando establece una relación con   Paul Langevin, antiguo alumno de Pierre, casado y padre de familia.  “Ladrona de maridos”, “extranjera”, son algunos de los calificativos que la prensa le regalará. Pero, a pesar de las habladurías,   ese año recibe un    segundo Nobel, el de química. No obstante,  en su interior está desesperada y se confía a Blanche, a la que tiene como ayudante. Quiere oírla hablar de su relación con  Charcot. Años de trabajo no han conseguido ocultar a la mujer, a la enamorada. Dos mujeres, pues, entre pasión e investigación, encierro y escritura.  

Per Olov Enquist  relata esa historia de ascensión y de caída, utilizando   los cuadernos que escribiera  Blanche, un material precioso. 

Próximamente en sus pantallas (o eso creo)