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Aprender de la Historia

Martes, 20 Noviembre, 2007

“Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas.” Ortega y Gasset

memoria.jpgLa propuesta de hoy para el post es la de acercarnos al concepto de memoria histórica desde el análisis de la enseñanza de la Historia. Desde luego que este tema no es una cuestión sencilla de tratar en breves líneas, y más aún cuando se ha debatido tanto últimamente, pero creo que no por ello deja de ser un terreno interesante para un debate y, sin duda, las opiniones pueden resultar enriquecedoras. El tema me lo pidió un contertulio habitual de este blog, nuestro amigo Tallaferro.  

No es fácil saber hasta qué punto, a través de la enseñanza de la Historia, es posible dar respuestas a algunas preguntas: ¿qué es la historia?, ¿para qué la enseñamos?, y ¿cuál es la meta que pretendemos alcanzar en la formación de nuestros educandos?, ¿cómo desarrollaremos la capacidad de crítica frente a las actitudes intolerantes?, ¿qué significa hoy educar en la memoria?, ¿cómo enseñar la diversidad de la Historia del pensamiento? Hablar, pues, de la enseñanza de la Historia y contestar a estas preguntas probablemente significa relacionar la filosofía moral y política ya que ambos conceptos recorren las entrañas mismas de lo histórico. 

En un intento de contestar a estas cuestiones me pareció muy interesante la definición que hace el profesor Henry Rousso del concepto de memoria histórica como “el estado de la evolución de las representaciones del pasado, entendidas como hechos políticos, culturales o sociales”, es decir, un estudio que implica que “el acontecimiento debe ser tomado no en su acepción clásica, sino como una secuencia cronológica que no se limita a su envoltura aparente”, un estudio que “incluye tanto el análisis histórico del acontecimiento propiamente dicho como el análisis de su posteridad, entendida no como sus consecuencias, sino como su supervivencia activa y pasiva en el imaginario social y, por tanto, en las prácticas sociales de las generaciones posteriores”.

Por otro lado, a través de la investigación histórica podemos llegar A la realidad palpable de una época; para ello, sólo hay que extraer de las fuentes la verdad de un acontecimiento y, luego, transmitirla correctamente. Si hablamos de memoria, indudablemente, es porque ha habido una circunstancia previa: el olvido. Por este motivo creo que debemos defender una enseñanza de la Historia justa y necesaria. Son muchos los ejemplos de archivos y fuentes donde podemos encontrar parte de nuestra Historia olvidada como el archivo de Carlos Esplá (actualmente todos los documentos originales están en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca y una pequeña parte está digitalizada y accesible a través de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

Tal vez, en el aula se debe, no sólo promover el conocimiento, sino también transmitir a los alumnos una postura en la que ellos sean capaces de realizar una interpretación personal y crítica sobre los temas históricos, todo ello tomando en cuenta los saberes previos del alumno, sus habilidades y destrezas. Como indicó Foucault, “localizar la singularidad de los acontecimientos, fuera de toda finalidad…”, es decir, entender una enseñanza de la Historia como crónica de los acontecimientos extraordinarios que induzcan a la reflexión, a pensar, pero para ello es necesario que se sepa enseñar muy bien dónde trazar las diferencias entre la promoción del bien y la erradicación del mal. La memoria, pues, es un concepto unido al recuerdo; la Historia puede revolver y curar al mismo tiempo que sanar los conflictos de la memoria.

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Recomendación de lectura: Lean algunos de los mejores post de Justo Serna escritos en su blog. Su mirada y la forma de enfocar el tema es extraordinaria y, desde luego, invita a pensar:  http://blog.levante-emv.com/jserna/category/historia/

Sugerencia de web:  

Portal de Carlos Esplá. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 

Biblioteca del exilio en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Recomendación de libros:

Francisco Sevillano Calero: Rojos. La representación del enemigo en la Guerra Civil. 2007, Ed. Alianza Editorial.

Historia y cine

Viernes, 16 Marzo, 2007

El cine es como la ventana del tiempo, un sillón cómodo que nos transporta a otro lugar, a otra secuencia, sintiendo la presencia de las personas como si estuviéramos ahí. Podríamos decir que en el cine se han tratado casi todos los temas y se ha filmado casi todo. Las nuevas tecnologías facilitan el acceso a lugares en los que el ojo humano nunca atisbó soñar. Pero es el cine, denominado histórico, el que he visto siempre con entusiasmo, por un lado, y con desconcierto por otro. El entusiasmo surge por varios motivos, por una parte, la atracción del medio audiovisual, la idea de imaginar a cuantos receptores simultáneamente puede llegar el mensaje; y el desconcierto surge del grado de profundidad del estudio del tema, de la veracidad y confiabilidad de lo narrado. Las opiniones de los historiadores sobre el cine histórico han cambiado según han ido cambiando las mentalidades; algunos defensores como R A. Rosenstone (historiador que participó en documentales), proponen indiscutiblemente que las “imágenes pueden llegar a ser tan apropiadas para explicar la Historia como las palabras escritas”. 

Las películas, con su capacidad de incorporar imágenes y sonidos, y acelerar y reducir el tiempo, nos pueden aproximar a la vida real, además de la experiencia cotidiana de las “ideas, palabras, imágenes, preocupaciones, distracciones, ilusiones, motivaciones conscientes e inconscientes, y emociones”. Hoy en día, los medios audiovisuales son la gran fuente de conocimiento histórico para la mayoría de la población. ¿Podemos llevar la historia al cine de forma que sea satisfactoria a los que dedican la vida a comprender, analizar y recrear el pasado de las palabras? ¿Pueden contarse narrativas históricas a través del cine sin que perdamos la profesionalidad como historiadores?

Quizás, porque las imágenes filmadas reflejan situaciones y modos de vivir convierten al celuloide en documental de una época de terminada. Las películas estarán determinadas según la forma de ver la realidad en cada momento, se adecuan a las formas de pensar de cada tiempo y son, de alguna forma, cronistas de la historia. El lenguaje del cine, es el lenguaje de nuestras vidas, de nuestra sociedad; puede reflejar los comportamientos en un momento dado de un país, por lo que tal vez, deba valorarse como un instrumento de aprendizaje. Es impensable entender lo que ocurrió y cómo se vivía en la época de la posguerra sin ver películas como “ladrón de bicicletas” o “los cuatrocientos golpes”. Podemos conocer la ideología dominante en la España del postfranquismo viendo películas de la época. “Raza”, película cuyo guión realizó el mismo Franco con seudónimo de J. de Andrade, es de vital importancia para conocer los valores de varias generaciones de españoles. 

Sin duda, el cine abre la posibilidad de ser utilizado en las aulas como instrumento de trabajo. Creo que las técnicas propias del cine son un soporte ideal para explicar y transportar los hechos del pasado, para narrar los comportamientos sociales. Nada hay que descartar, ya que en cine, todo se puede y debe debatir y cuestionar. Las obras cinematográficas basadas en W. Shakespeare, han tenido, generalmente muy buena aceptación, pueden ser fuente inagotable, no sólo para el estudio de la historia, lengua y literatura, el idioma inglés, etc., sino también para analizar valores o contravalores como la ambición por el poder (Ricardo III), los celos (Otelo), la amistad o los entresijos de la política (Enrique V). 

La reflexión a la que podemos llegar, es sencilla: las películas históricas son útiles tanto para el historiador como para los aficionados al cine. Son un soporte para el relato de un hecho pasado como lo es la escritura para la historia tradicional. La aproximación a la historia a través del cine podrá ser más o menos acertada en función de la seriedad, del respeto histórico, de la veracidad con que se haya realizado la película. Pero por otra parte, la misma película es una fuente de información sobre el hecho ocurrido. 

Como diría José Enrique Monterde, “el film histórico consciente de sus poderes sirve para que el espectador olvide la aparentemente insalvable separación entre pasado y presente, para ponerle en una situación conflictiva frente a la seguridad de un pasado ya clausurado y superado, fosilizado en las páginas de los libros de Historia e inoperante sobre la actualidad”. 

 Las cámaras se introducen en mundos inverosímiles, más aún cuando por medio de la realidad virtual se puede rememorar y reconstruir una situación, un personaje histórico, haciendo posible cualquier punto de vista o perspectiva por arriesgada y complicada que sea. Una película histórica permite, pues, aproximarse al acontecimiento, a los personajes y a los problemas de la época que describe, pero también es una fuente de información sobre la visión que del hecho histórico tienen sus realizadores. El cine creo que puede mostrarnos el complejo y multidimensional mundo de los seres humanos del pasado, aproximarnos a cómo las gentes del pasaron vieron, entendieron y vivieron sus vidas. 

Lectura recomendada:

“Pero, ¿dónde están los japoneses? El mundo del CD Rom: cambios en el espectador y posibles aplicaciones en el análisis de la historia del cine español” por Carmen Arocena.

Web recomendada:

Historia y crítica del cine español en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Agenda:

Se celebrarán nuevas conferencias organizadas por “La Association of Hispanists of Great Britain and Ireland (AHGBI) y la University of Aberdeen”. Días: 2-4 abril 2007. Temas a tratar: Historia de América; Literatura del siglo XIX; Cine.

La nebulosa del exilio

Viernes, 2 Marzo, 2007

El exilio es persistente en la Historia universal repitiéndose constantemente, hasta tal punto que se convierte en un fenómeno determinante en la historia de la cultura.

La llegada del exiliado provoca un choque importante entre la cultura de origen y la receptora, pero su interrelación dependerá de muchos factores, entre otros, de la actitud que tenga la sociedad de origen para aceptar al exiliado. Es decir, dentro de este rechazo o aceptación estarán también la aceptación de su cultura. La cultura receptora aunque más fuerte, también se modifica, se enriquece con colores, comidas, ropas, libros, costumbres, música de otros sitios. Está claro que la fusión cultural no es un invento del siglo XX. Ha existido durante toda la historia de la humanidad y ha sido uno de los ingredientes más enriquecedores.

Hay en la sociedad exiliada un carácter recurrente de ciertas circunstancias, sucesos y conflictos que son independientes del lugar y la época del exilio. En todo caso dependen más de la filosofía con que el exiliado encare su exilio. Las causas del exilio pueden ser muy diferentes: por motivos políticos, sociales, religiosos, como por ejemplo es el caso desgarrador de Ayaan Hirsi Alí, exiliada de su país de origen, Somalia; ha sido parlamentaria en Holanda y ahora se dedica a luchar contra la opresión de la mujer en el Islam ya que como ella misma afirma, “estoy amenazada de muerte por toda la comunidad musulmana”.

El exilio político Es el más generalizado, como es el caso de nuestro gran exilio de 1939, o el uruguayo y el argentino de 1970 y 1980. En estos casos el exiliado es un crítico del sistema político que lo expulsa y que no puede regresar a su país. Esto determina siempre un matiz cultural concreto, caracterizado por una nostalgia hacia su tierra. La frustración de una salida no deseada provocada por la intolerancia política de un régimen impuesto contra la soberanía popular. Reflexionando sobre este punto recordé la magnífica lectura del poema de Rafael Alberti, que en su destierro argentino, nos habla de ese sentimiento anclado en su memoria y su recuerdo de Cádiz:

“Aunque yo quisiera ser

otro país, de otra parte,

¿quién iba a ahogarme la voz de mis mares? (…)”

O aquellos famosos “apuntes para una novela” que escribió Carlos Esplá en el diario de Izquierda Republicana inspirado en la figura del valenciano Félix Azzati:“Nuestra nostalgia del Mediterráneo ilumina dulcemente la evocación de los hombres de sus playas que han entrado ya en el mundo mágico de los recuerdos. El Mediterráneo es, visto –adivinado- a distancia, algo más que una sinfonía marina, con “allegro” de su brisa, el “adagio” de sus colores, “scherzo” de su “caliu” maternal, y el “rondo” de sus perfumes embriagantes…”.

La necesidad de recordar viene impulsada por el  refuerzo de la propia identidad que a través del recuerdo conecta con la colectividad y la capacidad grupal para reclamar su espacio ante la condena inevitable del olvido. Pero cómo se enfrenta a ese momento en el que el desterrado ha de enfrentarse a lo que constituye un nuevo problema: la vuelta a su tierra. Es entonces cuando los sentimientos que provocan la vuelta son parecidos en cualquiera de los casos.

La vuelta es difícil, y esta dificultad es directamente proporcional al tiempo transcurrido y, sobre todo, a los cambios ocurridos en el país de origen y en su país de adopción. En cierta medida, el desterrado termina siendo un desarraigado y, si bien para una parte del exilio, el intelectual, fundamentalmente, tiene la sensación de “no pertenencia” puede servir para ampliar su horizonte personal hasta superar la necesidad de formar parte de algún lugar y considerarse ciudadano del mundo, como muchos de los que protagonizaron el exilio español de 1939.

Hoy el deber de recordar es cada vez más invocado. Henry Rousso define la historia de la memoria como “el estado de la evolución de las representaciones del pasado, entendidas como hechos políticos, culturales o sociales. La memoria se refiere al pasado dirigiéndose en todo momento al presente, es móvil.”

¿Qué sucede si una persona o una nación no posee memoria? Si alguien por diversos motivos la cercenó y la escondió? Si no existe registro alguno de identidad propia, ¿cómo evaluar los hechos? ¿Qué relación existe entre “memoria” y “enseñanza de la historia”?

La memoria cumple un papel importante en la creación de una cultura e identidad para nuestras vidas. Salta, juega, aparece y desaparece. Es nuestro disco duro. Almacenamos, excluimos e incluimos nuestros sentimientos, derrotas, victorias, alegrías etc.. La información que queda guardada es porque aquella es capital o representa momentos y procesos importantes. Si el pasado pertenece a los que lo han vivido, la memoria no puede ser confiscada por tal o cual grupo humano, por legítimo que pudiera parecer, porque es universal y pertenece a todos los hombres. Por otra parte, la postura del historiador deberá basarse en las fuentes documentales, ordenarlas y estudiarlas para poder sostener con acierto esos hechos.

Son muchas las preguntas, reflexiones que pueden plantearse en un tema como este, tan tratado, tan hablado, pero del que siempre es protagonista nuestra Historia.

Sugerencias de lectura:

Web: Biblioteca del exilio en la  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes 

Textos:  Max Aub o la historia universal del fraude.  Artículo de Héctor Brioso Santos, en la edición digital de la revista Matices.

Agenda:

Os anuncio que el próximo 22 de marzo a las 8 de la tarde tendrá lugar en librería Ochenta Mundos en Alicante, la presentación del libro José Alonso Mallol. El hombre que pudo evitar la guerra, por Pedro L. Angosto, editado por el Instituto Alicantino de “Cultura Juan Gil-Albert”.La presentación la realizará Emilio La Parra catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante y José Luis Ferris, editor.